ARCHIVO
Y BIBLIOTECA
N A C IO N A L E S D E B O L IV IA
ESTUDIOS
CRÍTICOS
OBRA CUSTODIADA POR EL
ARCHIVO Y BIBLIOTECA NACIONALES DE BOLIVIA
SUCRE— BOLIVIA
Editori«! “ Ö»«rc»«"*
Gabriel leñé Moreno
Gabriel Rene . Moreno, de pura estirpe espafié-
, Ja/ pnes era descendiente, en línea directa, del con
quistador Safio /de Chaves, nació en Santa .Cruz
de la Sierra, el 7 de noviembre de 1838. / Se aveci
na, pues, el centenario de su nacimiento,
' Es imputable a la circunstancia de que Boli-
via áún no ha podido, por su situación mediterrá
nea y porque no dispone de grandes medios de
. publicidad y propaganda, que n o hubiese exaltado
¿i-valor, de Gabriel René Moreno, difundiendo su
, obra y evidenciando su personalidad, hasta colo
carlo a la altura que le corresponde, com o han
hecho, ya, con sus figuras «representativas», el res
to de las naciones indohispanas, Ecuador con Mon-
talyo, Cuba con Marti, Perú con González Prada,
Venezuela con Cecilio Acosta, Chile con Bello y
Argentina con Sarmiento. A esta familia de pa
tricios. de la mentalidad continental pertenece tam
bién René Moreno y es digno de figurar a la mis
ma altura-de ellos per la proceridad -del ser, la va
lentía del pensar y la galanura del decir.
Moreno se encuentra a la altara de ellos, pues
el autor de « Ultimos 'Días Coloniales* no le va
en Zaga al autor de «Siete Tratados» en donosu
ras castizas y en el valor civil para decir duras
verdades a los pueblos y los poderosos y zaherir,
con implacable severidad, las ignominias de sús
compatriotas. Tampoco está lejos de los demás
en la elevación del pensamiento y en capacidad de
trabajo. En este aspecto, sólo cabe parangonarlo
— 12 —
con el mismo don Rufino Cuervo. Como este be
nedictino de la filología, que se echó sobre los
hombros aquella montaña de erudición que es su
«Diccionario de Construcción y Régimen», More
no cargó con la ciclópea tarea de acopiar, catalo
gar^ juzgar en sus numerosos trabajos bibliográficos,
' cuanto libro, opúsculo, periódico y hasta simple
hoja volante salió de las prensas perú-bolivianas.
No satisfecho con eso, que es resguardar el espíritu
de un pueblo, su tradición cultural, en los peores tiem
pos en que el pretorianismo cuartelario, odiador
del libro y del documento, iba sumiendo a la na
ción en la barbarie, salvó valiosísimos papeles, re
cogió los Archivos de Mojos y Chiquitos, los cla
sificó y escribió sobre ellos un admirable estudio.
Como Director de la Biblioteca del Instituto
Nacional de Santiago de Chile, durante cuarenta
años, la organizó; se encargó, por designio del go
bierno chileno, de la edición de las «Obras Com
pletas» de don Andrés Bello y escribió dos nutri
dos tomos sobre los libros peruanos existentes en
aquella bibioteca chilena y continuó acumulando
piezas para su BIBLIOTECA BOLIVIANA, donde
llegó a reunir casi todo lo -publicado al respecto,
hasta el día de su muerte, en abril de 1908. Esa
Biblioteca fué adquirida por el gobierno de Boli
via. Hoy se encuentra en Sucre y constituye lo
mejor que contamos como repositorio cultural.
Mas conviene advertir, en Moreno no sola
mente hay que admirar su capacidad de trabajo
y disciplina mental. A estas cualidades, propias
del espíritu germano, alía la frescura juvenil del
ingenio, la luminosa vivacidad del juicio— no se ol
vide su herencia andaluza—la típica gracia latina
en el pensamiento y en el donaire remirado del
estilo, virtudes que le favorecen para que pueda
sortear, con «primor en la fuerza», la forzosa ari
dez de aquel género de estudios qué en otras ma
nos,— como en el bibiógrafo chileno José Toribio
Medina— nos abruman por su sequedad y dureza
y en Moreno se leen con el deleite de una novela
francesa o un ágil ensayo renaniano.
Los títulos de sus obras, como «Archivos de
Mojos y Chiquitos» o «Biblioteca Boliviana», en
gañan al lector desprevenido. Cree éste que se
trata de libros de una grisosidad catalográfica.
Tan luego como dá en leerlos, va sosprendiendo a
cada momento, aquí una jugosa apostilla bibliográ
fica, allá un finísimo rasgo de ironía, un clarivi
dente atisbo de psicología individual o social o
una aguileña mirada sociológica y la excursión
que pensaba iba a ser por el yermo inhóspito, se
convierte en el soleado pasear por la floresta ver
decida y las tentaculares azuladas lontananzas con
blancura de cumbre andina en el londo. Tal en
aquellos virgilianos paisajes que nos brinda en
«Archivos de Mojos y Chiquitos», cuando, con un
mago pincel miguelangelesco, traza, con amplios
brochazos, el edénico panorama de las tierras mo-
jeñas o, cuando en la biografía de su paisano y amigo,
el sugestivo naturalista Nicomedes Antelo, evoca la
patriarcal vida del Santa Cruz de su tiempo o aque
lla página magistral, cuando en «Informaciones
verbales sobre los sucesos de Chuquisaca en 1809»,
pinta de una manera tan viva el sonriente y lu
minoso panorama de Sucre, la «Ciudad Blanca»:
Allí estaba todavía—nos dice— la señora de las pro
vincias alto-peruanas, la docta capital de los Char
cas, postrada al pie de sus dos cerros de aspecto
singular, como la anciana que implora de las es
— 14
finges del destino, un oráculo favorable a su des
cendencia. Brillan al sol las azoteas vidriadas
del esbelto grupo arquitectónico de San Felipe
Nery. La soberbia torre bermeja del Colegio Azul,
enjalbergada ahora, persiste en empinarse al ni
vel de aquel gran campanario metropolitano lla
mando eternamente a coro. Los obeliscos del rey,
las bóvedas y torrecillas monásticas, las macizas,
cúpulas y otras fábricas descollantes de la piedad
castellana, despliegan sus formas bizantinas; mien
tras que trechos de frontispicios, arquitrabes y
baluastradas asoman como surgiendo en el oleaje
rojizo del denso caserío, que entre riberas de lo
mas áridas desciende hasta el Prado, obra postre
ra de los ediles que aquí no dejaron sucesores».
Dígase si esta no es una prosa' marmórea, digna
de los mejores estilistas americanos como Martí o
Cecilio Acosta. Don Nicolás Ortiz sólo le encon
traba semejante, entre los prosadores castizos, pro
ceres del idioma, en don Juan Va'era. Es preciso
llegar, empera, hasta la Generación del 98 en Es
paña, para encontrar páginas de tan depurada be
lleza, en Azorín o Valí? Inclán, como la del Mo
reno paisajista.
Ha sido una desventaja para la difusión de
este escritor de raza, que llevado por su inefa
ble modestia,— él decía'que no era historiador,
ni sociólogo, ni menos literato, sino simple biblió
grafo, «papelista», «simple acarreador de materia
les»— que hubiese dado a sus libros ese aspecto de
«catálogo», pues en Moreno, a más del biblió
grafo,— el más científico de los bibliógrafos ame
ricanos a juicio de Max Grillo— hay un crítico
literario, un historiador y, sobre todo, un estilis
ta. Como Taine, Moreno es un hombre de ciencia
— 15
tan sometido al rigor del «documento» y del «mé
todo positivo», que no afirma nada sino es, com o
él dice, «al respaldo del documento», pero, copio
Taine también, posee el sentimiento estético de la
historia, disfruta de una lozana imaginación re
productora, lo que le permite reconstruir las épo
cas pretéritas, animándolas con el color y la vi
da propios de ella. Tal en Ultimos Días Colo
niales. En esta obra estudia el estado social y la
formación de ideas en la Chuquisaca de 1807 y
1808, precursores del estallido revolucionario del
25 de Mayo de 1809, con que se inicia la guerra
por la emancipación del Alto Peni. Analiza los
factores mesológicos y étnicos y el momento his-r
tórico, describe la estructuración de las diversas
clases sociales, su colonial jerarquización en gre
mios y pinta, sirviéndose de lo que Taine llamaba
«los pequeños hechos significativos», el señorial
urbanismo de la ciudad togada, el chimorreo de
los estrados cortesanos, los trampantojos y zanga
mangas de alguaciles y procuradores, el moscar-
doneo de la vida universitaria, la solemnidad del
ritual religioso y la insultante soberbia de los Oi
dores junto a la humildad clara y descalza del
Arzobispo San Alberto, hasta que llegan los mo
mentos propicios de la Revolución, «los últimos
días coloniales», cuando en Chuquisaca son cono
cidos los acontecimientos de la Metrópoli, las pre
tensiones de la princesa Carlota de Braganza y lle
ga el Brigadier Goyeneche con las «tres casacas»
de su triple misión y estalla «la disputa del co
jín», puntillo de honor qué picando la vanidad del
Oidor Ussós y Mozzi, desinteligencia a la Audien
cia con su Presidente Pizarro, todo ello «pequeñas
causas» que los inquietos «patricianos» aprove
chan para precipitar el gran efecto de la revolu
ción por la independencia. Todo esto evoca M o
reno sobre la base de la más circunspecta docu
mentación, pero relievando el cuadro con una ad
mirable riqueza de color, una escultórica plastici
dad y un certero tacto fisiognómico.
Es, por eso, aplicable a él mismo, esto que el
gran polígrafo dijo de su paisano Antelo: «Esto
de no ver sino contornos gráficos, de no percibir
sino fases que se pintan solas, de delatar sorpre
sivamente el meollo que se oculta entre confusas y
difusas apariencias, no es como algunos quisieran
un privilegio del artista plástico, que también sue
le ser una prerrogativa de quien está dotado de
intuición científica. Su suelo nativo y la índole
de sus estudios en el nativo suelo, infundieron y
desenvolvieron temprano, en el espíritu de Antelo,
el «sentimiento expresivo de la naturaleza».
Este «sentimiento expresivo de la naturaleza»,
la vivacidad del ingenio y hasta, ¿por qué no de
cirlo?, la mordaz socarronería queveduna de su tem
peramento, fueron partes eficacísimas para que sus
estudios, de yermal erudición, cobraran la gracili
dad atrayente de una amena lectura. Y, de la
misma manera que sus coterráneas, aquellas ga
rridas andaluzas criollas, saben con gracia de ca-
néforas, llevar el cántaro colmado hasta el borde,
luciéndolo enyesto encima de la cabeza, sin perder
el garbo de la prestancia y el cimbreño donaire
del andar, don Gabriel René Moreno, supo llevar
con aérea lijereza, el gran peso de la bibiografía
americana.
II.
Aunque Moreno no emprendió el estudio com-
— 17 -
p letod e la historia de Bolivia, para lo que estaba
capacitado como el que más, con sus estudios ha
dejado las bases para elevar sobre ellos el edificio
de lá historia boliviana y es sobre la obra del po
lígrafo cruceño que Arguedas está construyendo
su historia monumental del proceso de la nacio
nalidad.
En este simple bosquejo informativo, no pode
mos ni referirnos siquiera a su ideología. Para ex
poner «el meollo» de su pensamiento necesitaría
mos extendernos a lo largo de un nutrido volu
men.
Y, aun más, tendríamos que considerar la per
sonalidad misma del autor con relación a su pa
tria. El caso de René Moreno en Bolivia es anti
tético. Es un contrasentido que no tendría expli
cación, sino fuera porque, en realidad, ni espiritual,
ni mental, ni étnicamente, don Gabriel Rene M o
reno es boliviano, sino español. Por eso, resulta
entre nosotros, hombres de mentalidad y espíritu
mestizos, un mirlo blanco, una cosa exótica. Re
presenta la desesperación de España agonizando
en el paisaje indígena de América. Es «el conquis
tador» vencido por «el ayllu», según la concepción
de Waldo Frank. De aquí la tragedia del pobre,
y grande, y colérico don Gabriel René. Semejante
tipo de español clásico, con todo el decir castizo
de la mejor Castilla, el estoicismo senequista y el
sentido del honor del más puntillos hidalgo, no
pudo haber nacido en otra parte que en Santa
Cruz de la Sierra, donde lo ibérico puro ha pervi
vido arraetado a un anacrónico colonialismo. De
ahí ha provenido este doble dolor para nosotros y
para Moreno: ni éste llegó a comprender, íntegra-
a
mente, a su patria, ni su patria le comprendió
tampoco. Ni alcanza a comprenderle, plenamente,
hasta ahora.
Moreno asume desde su oficina de la Biblio
teca de Santiago, el papel de censor de la plebe
ya politiquería altoperuana y de juez de nuestra
mentalidad y conducta, y así en sus juicios histó
ricos como literarios, tanto al valorar hombres co
mo hechos, es de una severidad rayana en la obse-
cación y la crueldad, es un hombre que vive echando
rayos y centellas contra sus compatriotas y an
gustiado de ver que su patria se va hundiendo
cada vez más en el caos étnico y perdiendo su es
tilo clásico de vivir, cuando el resto de las nacio
nes hispanoamericanas van encaminándose por el
sendero de luz de la cultura occidental y caucási
ca: en Moreno encontramos inteligencia, trabajo,
severidad, pero no se encuentra aquello que Sha
kespeare llamaba «la leche de los dioses», la pie
dad, la humana comprensión de faltas que no son
imputables a nadie, sino a las fatalidades cósmi
cas, a la historia y a la geografía.
Su patria tampoco tuvo piedad de él. No
comprendió su tragedia. La tragedia del español
puro, de alma de conquistador, de encomendero y
de gran señor, que juzgaba con la moral caldero
niana del honor y la frialdad inquisitorial de un
asceta intelectual.
Por ello, muy poco se puede encontrar en su
vasta obra, con virtualidad porvenirista. Se es
forzó por salvar en Bolivia la tradición cultural
de España. El pasado, en suma. No avisoró el
futuro para vislumbrar lo que, dadas sus virtuali
dades, le esperaba a Bolivia. Fué un acusador de
presente, no un constructor del porvenir. No tu
— 19 —
yo la fé del apóstol que predica el evangelio d e
una vida nueva, sino el anatema furibunda
del profeta hebraico que azota con un haz fulgu
rante de verdades implacables la corrupción de la
ramera babilónica. Es nuestro Isaías, pero no el
Mesías que esperan aún estas míseras muchedum
bres de indios irredentos, multisecularmente escla-
visados.
Su labor, empero, nos ha sido muy provecho-,
sa y su ejemplo es edificante: él nos ha enseñado,
o enseñará cuando se lo conozca mejor, el culto
flaubertiano del estilo, la rigorosa disciplina men
tal, la consagración absoluta al estudio y el tra
bajo, la viril, insobornable y señera libertal de pen
samiento y la fidelidad a la propia verdad «lle
vada hasta el sacrificio».
En síntesis, Moreno ofrece en Bolivia, el caso
extraordinario del «escritor puro». Tuvo tal fe,
tal convicción, tal confianza en el poder y. el va
lor de la pluma, que no buscó jamás otra activi
dad más para su rica personalidad. Confiaba en
que con ella podía hacer más, educar, civilizar y
moralizar, que a ese culto permaneció fiel duran
te toda su vida. Mientras el resto de sus con
temporáneos y de los hombres de hoy mismo, em
piezan de literatos para acabar en políticos, M o
reno, en cambio, como Flaubert, no creía más que
en el arte. A él consagró su existencia. Y por
ello, llegó a ser un gran maestro de la palabra. Y,
ahora, no hay quién le dispute la primacía de su
rango del primer escritor boliviano. Este señorío,
este dominio, en el campo que eligió vocacional-
mente, le permitió enfocar nuestros preblemas y
juzgarnos desde tal- altura y con tal independen
cia de juicio, que nadie ha alcanzado en su pa
— 20 —
tria. Como no fué un político, ni tuvo ninguna
ambición de medro personal o compromisos de
partido, pudo avaluar, objeiivamente, el ajetreo
político nacional con aquella independencia de
criterio que Descartes, en su «Discurso del Méto
dos, recomienda para llegar a la verdad. Fué un
hombre de letras en Bolivia: escritor en un pueblo
sin lectores, con masas analfabetas y élites semile-
tradas, más peligrosas que aquellas. Y esa fué
su tragedia. Y ese es su triunfo.
Porque mientras que el resto de sus contem
poráneos, que disfrutaron de las granjerias del
poder y brillaron como astros de primera magni
tud , en el escenario de su patria, hoy se van ofus
cando como estrellas que se apegan, la figura de
este modesto «papelista» Y a comenzando a lucir
en el horizonte intelectual de America como es-
cintilan los astros con luz propia, tanto más be
llos y radiantes cuanto de más cerca se los con
templa.
Cuando la obra y la vida de este escritor sean
conocidas eomo lo son las de Montalvo o Sar
miento, se le colocará junto a estos próceres del
patriciado mental de América.
Porque este hombre de letras lo fué también
de ciencia y de conciencia. Y supo elevarse a la
grandehombría del zaratústrico destino: Di tu ver-
ditd y rómpete.
La Paz—1973.
Un cultor de la prosa artística
«Símbolos Profanos», primer libro del señor
Manuel Céspedes, ha sido muy bien recibido por
la critica y, en realidad, es obra que merece elo
gio. El autor se ha colocado de golpe y porrazo,
por así decirlo, entre los prosistas nacionales de
primer rango. Al revés de la mayoría de nues
tros literatos, Céspedes no ha padecido el pu-
bertario desasosiego de darse a conocer desde el
primer momento; esperó a que la experiencia hu
mana y el entrenamiento técnico granasen en opi
mo fruto de otoño para brindárnoslo, libre, por
una parte, de las vehemencias primaverales y le
jos también, por otra, de la frialdad inverniza.
Por ello, su primer libro ha sido una revelación y
una sorpresa: después de leerlo, harta ha sido
nuestra ufanía al descubrir en Céspedes al hermé
tico hierofante de una religión de belleza entraña
blemente profesada en el apartamiento jde un San
tuario laborioso y recóndito.
El autor parece haberse hecho cargo de la re
comendación de René Moreno cuando éste, en su
«Biografía de Néstor Galindo», aconsejaba a la
juventud «el culto reverente, apasionado y casi
pagano de la forma», pues para el polígrafo cru-
ceño, el desaliño lingüístico es mácula que, en Bo-
livia, malogra las mejores inspiraciones.
Cabe afirmar aún hoy en día que, si desde el
tiempo del autor de «Lágrimas», algo se ha pro
gresado y contamos con personalidades que en
yerso se perfilan por la pulcritud y riqueza de léxi
co, en cambio, en prosa, es notorio el descuido de
la forma, con raras excepciones. René Moreno fue
quién alió al neocasticismo bruñido y dúctil del
lenguaje, la corriente caudalosa de un pensamien
to hondo y sutil, pero, con todo, el autor de
« Ultimos días Coloniales», no fué un exclusivo
orfebre del vocablo, un «parnasiano» del estilo: esas
virtudes las puso en servicio de la expresión ge-
1nial de sus ideas. Manuel Céspedes es el primero
que, hasta hoy, se presenta en Bolivia cultivando
el arte de la palabra por la belleza intrínseca de
ella misma, fuera de su contenido ideológico, como
acontece con los Hermanos Goncourd o Valle In-
clán quién, al decir de Cansinos Assens, «ha sido
el creador de la forma bella, ornamental y evo
cadora y el cultivador más egregio de este estilo
en el que la palabra tiene un valor estético, pre
cioso y raro, plástico y musical, con independencia
de su sentido preciso y de su valor lógico: en que
la palabra, amada y gustada por sí misma, asu
me en el coro léxico la diadema de la belleza in
dividual y se erige en centro misterioso dé remo
tas evocaciones; y es simbólica y única, como la
estrella roja que forma el rojo de las constelacio
nes,»
Tal, el caso de don Manuel Céspedes. Su
ejemplo puede ser útil entre nosotros, donde tan
poco respeto profesamos por esta disciplina y en
que la generalidad de los escritores nos arroja
mos en brazos de una producción desordenada y
febril, antes de haber vencido el noviciado de re-
busca de léxico, valoración y ejercicio a que alu
de la célebre forma tainiana: «Un escritor necesi
ta quince años paraNaprender a escribir, no con
genio, porque eso no se aprende, sino con clari
dad, ilación, propiedad v precisión.»
ÍI.
Como para demostrar que el tema más árido
y pequeño cobra fertilidad en almas grandes, Cés
pedes arranca de motivos mínimos y familiares, exe-
lencias de dicción y pensamiento; la contem
plación de seres humildes, plantas y florecillas,
niños y animales, escenas cotidianas de la cam
piña o el poblado, le sugiere lindas metáforas y
significaciones simbólicas que siempre apuntan a
suministrarnos una gaya enseñanza de moral c de
vida.
Explota temas humildes, pero no sería dable,
por ello, asimilarle a los afiliados a un género
muy cultivado hoy, por ejemplo el que ha puesto
en moda Azorm. Ortega y Gasset, rielevando las
características del autor de «Confesiones de un
pequeño filósofo», titula su crítica: «Primores de
lo vulgar» e indica: «En Azorín» no hay nada s o
lemne, majestuoso, altisonante. No le interesan
las grandes líneas que, mirada la trayectoria
del hombre en sintética visión, se desarrollan se
renas, simples y magníficas, como perfil de una
serranía. Por una genial inversión de la perspec
tiva. lo minúsculo, lo atómico, ocupa el primer
rango en su panorama, y lo grande, lo monumen
tal, queda reducido a un breve ornamento. Otro
tanto cabría anotar de Céspedes, pero sólo cuan
to a elección de temas: su filosofía y su estilo es
tán a cien leguas del escritor valenciano.
El autor de «Símbolos Profanos» también sabe
_ 24 —
descubrir los «primores de lo vulgar», pero es ésta
la diferencia: «Azorín» ha retornado su mirada
ternurosa y escrutadora a los seres pequeños por
desencanto... de los grandes. Sin fe en los tras
cendentales principios filosóficos y religiosos que,
antaño, unificaban la acción, pues ha concurrido a
la disolución de ellos, no confía más que en los
hechos menudos, en los datos inmediatos, pero cier
tos. «El hombre— escribe Gómez de Baquero re
firiéndose al estilista de «La Voluntad»—ha perdi
do la brújula, se ha borrado la senda delante de
sus ojos, y falto de guía, va de un lado a otro y
no se atreve a perseguir más que objetivos cerca
nos y pasajeros». Además, Azorín, es nn espíritu
aígotado por «la manía deí análisis», descontento de
s y de su época; busca en la contemplación de
«la humilde verdad» y en la evocación del pasado,
uin refugio a su corazón enfermo de cósmico pe-
samismo. Céspedes es muy distinto. La fe no le
h& abandonado; su inteligencia no se ha desarro-
lledo a expensas de las otras facultades; cree en la
p rfectibilidad humana y en la bondad de la na-
t uraleza, pues en beneficio de aquella ama y es
c r ita a ésta robándole sus secretos de belleza que
s°n exortaciones a la bondad y el optimismo. El
amor a la vida campesina, a las cosas pequeñas,
a las escenas cotidianas, proviene de un espíritu
delicado que conserva la ingenuidad y blancura
del alma de un niño, lo que le compele a fraterni
zar con todos ellas y escuchar mansamente, hu
mildemente, religiosamente, lecciones de bien, tra
zas de hermosura.
Así, para ejemplificar, en «Pena CbicA». Es
te motivo, en manos azorinescas, habría valido p a
ra la insinuación de que no es un grande dolor,
— 25 —
sino cualquier enano accidente, quien influye piás
en la cenducta. Céspedes piensa, en cambio, en
el niño. Afirma que las penas chicas «le enseñan
a querer con fuerza y los que quieren así, pueden
lo que quieren». Se preocupa en recoger de ese
percance una fortalecedora lección de entereza, no
la acre filosofía de lo menudo trascendente.
Luego, no se origina su amor a la naturaleza
de una roussoniana enemiga a la sociedad, ni de
una azorinesca misantropía, sino de un sentimien
to tan manso y espiritual como el que clarificó el
alma del «Povereilo» de Asís, quien, al decir de un
maestro en estetismo, «podía vivir una semana en
tera alimentándose con el canto de una cigarra».
III.
Dada la orientación de «Símbolos Profanos»,
cabía esperar la intervención del elemento pictóri
co. Céspedes, cuando describe, lo hace incidental
mente, si la índole de la composición exige, pero
se ve que ésto no constituye el móvil principal.
No le escasean facultades para ello; tiene descrip
ciones que no se excusarían de firmar Valle Inclán o
Gabriel Miró, (como en Pastoral), pero no suscribo
el juicio de Prudencio Bustillo, según el cual los
poemas de este autor, «son tiernos como los de
Samain». No discutiré lo de la ternura, que no
la encuentro tan explícita como en el poeta fran
cés, pero me parece que la semejanza es lejana.
Céspedes, al evocar un paisaje, no lo siente com o
«un estado de alma», subjetivando la naturaleza
u objetivando su vida afectiva en ella, sentimiento
que los tratadistas de estética alemanes designan
con el intraductible término de E iti f i i g l u n g y
— 26 —
que es tan típico del autor de «Cbariot d’ On>.
Céspedes describe de una manera impersonal, ate
niéndose a un canon clásico, destacando de lo des
crito una cualidad resaltante, suerte de arquetipo
platónico, que él aprovecha para una significa
ción simbólica. En Samain, todos los elementos
pictóricos del poema concurren a precipitar la
emoción trasmitiéndole la trémula vibración del
sollozo que malogra la uniformidad del ritmo. No
así en el autor de «Símbolos Profanos», donde la
representación emotiva no gana el intelecto; no
desvía la rotundidad escultórica de la línea, ni le
roba la serenidad suficiente para que el autor se
detenga a cincelar la frase o exponer una conclu
sión edificante.
La explicación de ello nos sería dable encon
trar en razones psico-físiológicas: es que en Céspe
des predomina la memoria auditiva sobre la visual:
por eso que al describir no nos dá la sensación ne
ta e insubstituible de un paisaje determinado; al
revés, asocia con facilidad palabras que se apare
ja n por su sonoridad y armonía, aunque de sentido
impersonal y abstracto. No es, en mi sentir, un
colorista puro, a la manera de los Goncuord o Gau-
tier, ni un emotivo dueño de la nuance, como Sa
main o Charles de Guerin, sino, al contrario, un
cerebral y excelente retórico, a quien las metáfo
ras, antes que para expresar «sensaciones de pintor
o emociones de poeta», le valen para corporizar, con
una áurea suntuosidad y sensual plasticidad, ideas
abstractas, a l o q u e él llama ^símbolos profanos*.
Por ello, cabría, más bien, señalarle afinidades con
José Enrique Rodó. Aunque la obra del escritor
cochabambino carece del pedagogismo estimulante
que como misión providencial asumió el escritor
— 27 —
montevideano en tierras de América, es semejan
te a ella en cuanto a la técnica literaria y la fi
nalidad ética. También la calidad de sus espíri
tus presenta más de un contacto: ambos son es
critores de un sereno objetivismo que recogen sus
materiales del mundo exterior y sienten la em oción
intelectual de la belleza, con un mínimun de afec
tividad personalista, de romántico joism o.
IV.
Otro rasgo que deseo destacar de este escri
tor es el de que pertenece a la estirpe de aque
llos escritores enfáticos y aseñorados como Mon
talvo, Valle Inclán o Rodríguez Larreta, que lejos
de captar la notación exacta de la realidad, pre
fiere decantarla por el aspecto distinguido, aris
tocrático, selecto, que presentan. Esta actitud,
difícil de explicar, es como una suerte de urbani
dad señorial o prestancia de hidalguía; espíritu
que se traduce’ en la manera culterana, elevada,
noble de la expresión. No importa si los moti
vos son humildes: el autor sabe ennoblecerlos, pro
yectar sobre ellos una luz dorada tan magnifican
te, que esos temas parecen como qnedarse rubo
rosos al contemplarse engalanados de tan suntuo
sa vestimenta, como vergonzosos en palacio. Una
florecilla, un vaso de agua, unas barquitas de pa
pel, sugieren" a Céspedes tan brillantes metáforas
y sugestivos símiles, que denuncian una cálida ri
queza de imaginación y poder asociativo de ideas.
Cuando se detiene en sus justos límites, pasma y
deleita, como en «La Abeja» o «La Azucena, pero
cuando abusa de su aptitud, cansa y desorienta:
al darnos repetidas imágenes de un mismo m oti
— 28 —
vo, no sabemos, al final, a cuál atenernos; en la
mente queda la sensación de luz y armonía, como
el zumbido de un insecto, pero ya no ninguna re
presentación única e insubstituible. Tal ha acon
tecido a menudo con los poetas de imaginación
tropical, desde Góngora y Hugo, hasta Montalvo
y. Reissig. En ello cae, en veces, nuestro autor,
como en «M otivo Blanco», donde la proliferación
de metáforas y el juego de palabras no alcanza a
cubrir la pobreza del contenido ideológico. No lle
ga a darnos la sensación plena de blancura, aun
que lo pretende sirviéndose de variadísimos tropos.
Otras veces, estimulado por el alarde de mul
tiplicar comparaciones o burilar trases se olvida
de expresar conceptos o los repite en diversas for
mas, como para demostrar su riqueza de recursos
expresivos, pero con lo que ya no llega a desper
tarnos una sensación o sugerir una idea. (Véase,
por ejemplo, el final del poema «Aurora»),
V.
Cuanto a uso de metáforas y figuras de dic
ción, Céspedes es un clásico modernizado. Usa
giros y elegancias que circulan dentro de la cau
dalosa corriente de los grandes hablistas del si
glo áureo español. Unas veces, como Quevedo,
aplica calificativos arrancados de la tecnología de
ciencias, artes o instituciones, a seres o aspectos
de la naturaleza.
Así, por ejemplo, dice:
«El más bello artificio de la ingeniería celeste».
(El Beso);
«corredor de la bolsa del vicio». (Indulto Celeste);
— 29 — ■
«!a pobreza es tm delicado ministerio de virtu
des». (La Bondad de la pobreza);
«generoso socialismo de la naturaleza». (La
Abeja),
Esta antítesis, un tanto recargada, es también
quevedezca:
«Tú que has costado al vicio elefantes de oro
y camellos de diamante', esta vez con diez centavos
compraste a Dios.» (Indulto celeste).
Usa con toda propiedad los términos; desen
tierra algunos desusados; se beneficia de elipsis y
definiciones cortas; sus períodos son concisos y
armónicos; su léxico es abundante y puro. Algu
nas de sus imágenes son notables por su propiedad
y grafismo; otras se revisten de cierto conceptis
mo alambicado que es preciso desentrañar, lo que
denuncia el buen lector de «El Criticón.»
Cuando el tema no le facilita la enunciación
de una idea original o el hallazgo de símbolo nue
vo, como al invocar la laboriosidad de la abeja o
las virtudes del árbol, se da modos para decir lo ya
sabido en forma galana y graciosa, tanto que el
pensamiento también parece original. El poema
«Las perlas de la nube», significativo y hermoso,
ha sido tema caro a los poetas. Céspedes, en él,
se finge «un postorcillo»; enamorado de una nube,
trepa hasta la más alta cumbre y allí busca a
"las que como perlas había visto" y añade "aproxi
mé mis labios a las perlas para besarlas, y sen-
eí una dulzura inefablé, y anhelosamente las aspiré
y las perlas desaparecieron en mí». Desde enton
ces se siente desgraciado, pues descuida los deberes
terrenos, pero al mismo tiempo es feliz, porque todo
lo vé a través de un éxtasis de belleza. Paul de
Saint Víctor, en «Las dos Carátulas», menta este
— 30 —
otro caso: «Un joven, en cierto poema alemán, vé
surgir una mujer maravillosa en medio de las bru
mas que blanquean la cima de la montaña, sube
a la cumbre, penetra entre las nubes, oprime
entre sus brazos a la celeste forma...Apenas la
toca, la forma se disipa, y se convierte en
una lágrima que le cae sobre el corazón»: El
delicado poeta argentino Pedro Miguel Obligado,
en el sugestivo estudio que ha consagrado a Al
berto Samain, precisamente, escribe: «Existe una
leyenda antiquísima que narra la vida de un pas
tor que se enamoró de una nube, y empezó a per
seguirla a través de selvas y barrancas, hasta que
consiguió abrazarla en la cumbre de una montaña.
Entonces vio que la nube se esfumaba y sintió que
le caía una lágrima inmensa dentro del corazón:
los poetas como el pastor de la leyenda, tienen
que seguir sin desfallecer los ásperos senderos si
quieren alcanzar a su amor en la cumbre de una
montaña; pero deben saber que todo ideal no es
sino una nube que en los brazos desaparece para
transformarse en una lágrima. El arte, como todas las
pasiones, es una fatalidad; y el verdadero artista,
no es, sino el que sabe obedecer». Como se vé,
Cépedes, al modernizar esta leyenda tan linda y
simbólica, no solamente para representar el ideal
siempre insatisfecho no solo de los artistas, sino
de todos los hombres, que tras de la esperanza lo
grada, sufren el hastío o desencanto de ella, ha sa
bido interpretarla con la suavidad y buen gusto
que le distinguen.
VI.
La filosofía de Céspedes la ha definido siñtéti-
camente Ignacio Prudencie. Bustillo en estas líneas:
«En cuanto a doctrina moral, notorio es su paren
tesco con los moralistas cristianos que cifran la vir
tud en la bondad y el ejercicio en la caridad».
Concluye «Símbolos Profanos» con un ensayo
sobre «La bondad de la pobreza».
La posición en que se coloca el autor es una
actitud idealista, relacionada con su espíritu dul
ce y generoso. Si este ensayo no es interesante
desde el punto de vista de su ideología y el razo
namiento es endeble, es sugestivo en l oque mira a
la psicología propia del escritor: si no temiera ser
indiscreto, me sumiría en una serie de aproxima
ciones inductivas para desentrañar el por qué Cés
pedes ha llegado a ser partidario de esta religión
humanitarista. Baste decir que el autor, a seme
janza de los grandes castellanos, huyendo el mun
danal ruido y las esperanzas cortezanas, ha prefe
rido ir a revisar su Virgilio y saborear su Horacio
en el apartamiento campesino y en la soledosa
paz del valle, donde, lejos de la perfidia de los
hombres, se adormecen los dolores del corazón an
te la santidad de la naturaleza.
Hasta el mismo Gracián, no obstante su inex-
plorable pesimismo, loa las virtudes de la pobreza.
Céspedes asentiría' de buen grado estas frases de
«El Criticón», pues en sustancia, ellas contienen la
ideología de su ensayo: «Más no digo bien, pues
lo que me acarreó de males la riqueza, me resti-
tuj'ó en bienes la pobreza. Puédolo decir con ver
dad, pues que aquí hallé la sabiduría, que hasta
entonces rio La había conocido; aquí el desengaño,
la experiencia y la salud del cuerpo y alma». («P o
breza Sabia»).
Manuel Díaz Rodríguez, el remirado prosista
-venezolano, dedicó hermosas páginas al mismo te
ma en su «Camino de perfección» pero enderezando
su prédica del desinterés en servicio de la consa
gración al Arte. Céspedes es más humano y me
nos esteta que el autor de «Sangre Patricia», pues
recomienda la pobreza en beneficio de la familia
y el bien social...¡Qué diferencia de estos escritores
con aquellos otros, como el autor de «La muerte
del cisne», que se declaran decididos partidarios
del espíritu mercantilista y utilitario de maestros
días y glorifican la fuerza, la riqueza, el apetito
de poder y los instintos combativos y aguiléftogi
Tal vez los que así razonan están más al com
pás cón el espíritu de hoyen día y más próximos
a la realidad de todos los tiempos, pués pese a
nuestros jesucristianos deseos, el execrado judío
Señor Oro, continúa siendo el resorte poderoso de
las sociedades, como ya lo dijo con su insuperable
gracia de primitivo el Arcipreste maravilloso:
Mucho fas el dinero et mucho es de amar...
Empero, como el tema excede de lo meramen
te literario, no hay para qué exegetizarlo sutil
mente. En Céspedes por otra parte, no interesa
el pensador o moralista, sino el orfebre de la pro
sa artística.
Concluyamos-
VII.
)
La riqueza artística de «Símbolos Profanos» se
presta a mayores consideraciones. No alargaré
más estos apuntes. Para resumir diré que estriban
do en la excelencia y belleza del estilo la fuerza
del talento del autor, no es raro columbrar en su
libro un predominio del intelecto sobre la emo
ción, de la forma sobre el contenido ideológico, lo
— 33 —
que permite clasificarle com o a un «parnasiano del
estilo», pero sin la impasibilidad colorista y es
cultórica de los afiliados a esta escuela, sino con
la generosa pi'eocupación de los moralistas que, co
mo Montalvo o Rodó, arrancan enseñanza de bien y
un doctrinal de vida, de la amorosa contemplación
de la naturaleza.
Además por la fluidez, y, sin embargo, consi-
ción de la frase, es un mago de la armonía, y ra
tos, por sus cualidades pictóricas, del color. Con
ello confirmamos una vez más el juicio tan certe
ro de Nietzche: «La buena prosa se escribe pen
sando en la poesía, pero huyéndola hábilmente en
el momento oportuno».
N. B. El término «retórica» lo empleo aquí no
en el sentido despectivo que actualmente se le dá,
sino en este que asigna Ramón Pérez de Ayala:
«El fin de la retórica se cifra en conocer las leyes
que conducen a esa perfecta adecuación entre la
expresión y el contenido.
El «poema en prosa» que cultiva Céspedes, se
prestaría también a algunas consideraciones. No
las hago aquí, porque el lector culto sabe ya a
qué atenerse. Género muy cultivado en Francia
especialmente, reconoce como a su precursor más
ilustre a Aloysius Bertründ, cuyo único libro «Gas
p ar de la Nuit—Fantasías a la manera de Rem-
brat y Callot», es un diamante de primeras aguas.
Baudelaire, Catulle Méndez, Arthur Rimbaud, Ma-
llarmé, Pierre Loüis, han cultivado el género en
tre los más eminentes.
Se ha dicho que cuando a un crítico comien-
8
*a a escasearle la perspicacia comprensiva, se arro
j a en brazos de la investigación de afinidades e
influencias. En el presente comentario, si aludo a
afinidades,—no hablo de influencias—lo hago p or
dos razones: una que espontáneamente se me
han venido en mientes a la lectura de su libro, y,
otra, porque con ello no creo restarle ningún
mérito. Con la enorme difusión cultural de ahora,
sería poco menos que imposible la existencia de
un escritor absolutamente original, hasta sería ab
surdo, pues nadie puede creerse el Adán de las
letras y rechazar la herencia de tantos siglos de
literatura. Arthur Ransone, a propósito de la in
fluencia de Flaubert en Oscar Wilde, dice: «De
clarar que la obra de un joven poeta está infini
da, no significa condenarla. Toda obra está más
ó menos influida, y aplastar las imitaciones de
Wilde bajo un inconsiderado desdén, es mostrar
una lamentable ignorancia de la historia de la
poesía». Pérez de Ayala, cuanto a la formación
del estilo, emite estas observaciones básicas: «El
estilo absolutamenre personal, sin nada de raza
vieja ni nada de época actual es imposible. Por
este derrotero, la novedad del estilo es inaccesible,
porque la personalidad pura,—aquello profunda
mente íntimo que a cada cuál distingue de los
demás hombres, es por esencia inefable y por ende
ininteligible de los demás. Un estilo absolutamen
te personal no sería nuevo ni viejo, sería un tene
broso ruido, caos pregeneisiaco».— («Divagaciones
Literarias»).
Potosí 1924.
Recordando a Ignacio Prudencio Bustillo
Cuando por los meses de marzo o abril de 1,928.
Ignacio prudencio Bustillo daba la última mano a
«La vida y la obra de Aniceto Arce», y escribía aquel
capítulo final «Ultimos Días» en que con una emo
ción tan contenida y difuminada melancolía, como
en un cuadro de Durerò, pinta los últimos momen
tos, en Tirispaya, del patricio boliviano, Prudencio
no sabía aún que él también estaba ya en poder
de esa mujer pálida y enlutada que visitara a M o
zart y le pidiera componer una Marcha Fúne
bre.,.¡La Marcha Fúnebre que se tocó en el entie
rro de Mozart!
¡Hay coincidencias tan extrañas! Prudencio,
al escribir la viril serenidad con que muere Arce,
estaba describiendo también la estoica resignación
con que él moriría dentro de poco tiempo...!
«Era el 14 de Agosto,— Escribe Prudencio—
Anochece. El anciano está moribundo. Rodean
su lecho todos sus hijos. Abre los ojos y los mi
ra uno por uno, amorosamente y de sus labios
brota como un murmullo, su postrera recomenda
ción. La sombra entre tanto, gana el huerto, y
la quebrada, y los gigantes árboles que rodean la
casa de hacienda, y los altos cerros en cuyas ci
m asalgunos arbustos enanos parecían alejarse al
infinito en basca de luz» Brotaron'en el cielo al
gunas luceciflas parpadeantes. Y cuando los ran^
chos, esparcidos en las faldas de los cerros, agu-
gerearon la oscuridad con la rojiza llamarada de
los hogares, Aniceto Arce cerró los ojos para siem
pre».
Jaime Mendoza nos cuenta: «Hace pocos días
pude ver a Prudencio en su lecho de muerte. En
la vaga penumbra destacaba su rostro simpático.
Tenía los ojos cerrados. No hablaba. Estaba ca
si inconsciente. Cuando me llegué a él y con voz
pàvida dije su dombre, él abrió sus grandes ojos,
y me miró como si quisiera sonreír con ellos, pero
muy luego sus párpados tornaron a cerrarse y
quedó estereotipado en su rostro un gesto dulce,
amable, seductor. No parecía morir. Parecía vi
vir. Vivir una vida suave, apacible, luminosa. Esa
vida que yo llamo la vida de la muerte. La vi
da de un sol poniente, que aún al despedirse del
paisaje, le envuelve en una mirada suave y pa
ternal».
¡Bueno y grande amigo! Hoy—31 de mayo— ,
aniversario de su muerte, recordárnoslo aunque no
sea más que con este volandero comentario, ya
que no es posible realizar el homenaje que merece.
SU PERSONALIDAD
Para Daniel Sánchez Bustamante, Ignacio Pru
dencio Bustillo «es el más vigoróso exponente de
la novísima generación intelectual de Bolivia». Es
ta opinión no es exagerada. Si se ojea en el pa
norama nacional, no hay quien le supere entre los
jóvenes. Si algunos por su especializaciou dentro
de una actividad determinaba, como Guillermo
Erancovich, en Filosofía, se le acercan o están a
Si mismo nivel, en cambio nadie le supera en
amplitud de cultura y capacidad comprensiva.
Temperamento de garra también el suyo, como
René Moreno o Franz Tamayo, allí donde pone la
mano, allí hay que ver el zarpazo leonino. Su
juicio, sino original siempre, al pasar por su cere
bro, por antiguo que sea el tema, se vivifica con
una luz nueva, amplificadora y fecundante. Tan
igual le era a Prudencio ofrecernos una exposi
ción sugestiva de las corrientes imperantes en Fi
losofía, como deleitarnos con un sabroso estudio
crítico, o una cálida evocación de un paisaje, o
tratar de un abstracto tema de Economía Polí
tica, como en su estudio «La Reforma Bancaria
de la Misión Kemmerer y los Bancos Comercia
les»
Esto no arguye en el frívolo diletantismo, de
nuncio, como se sabe, de incapacidad mental; al
contrario, revela amplia mirada para abarcar, con
dominadora intensidad, vastos horizontes menta
les, abrir múltiples perspectivas. No era un dis
perso, dentro de esa amplitud, aparecía su perso
nalidad, su inclinación temperamental al análisis
crítico Era un meditador de cosas hondas y su
tiles. Esta, su "personalidad intelectual. Su espe
cialidad, dentro de un campo ilimitado, como pa
sa con esas dos altas mentes americanas, primo
génitas de Rodó: Pedro Enriquez de Urcña y Al
fonso Reyes.
No es posible puntualizar, en un mero artículo
de prensa, las múltiples facetas del escritor y del
hombre. Para juzgar al filósolo, y, más propia
mente, al ensayista, ai sociólogo, al psicólogo bio
grafista, al historiador, al crítico y al profesor, ne
cesitaríamos mayor espacio del que disponemos en
estas columnas, y mayor atención de la que po
— 38 —
demos esperar de nuestros lectores. Escribimos só
lo por recordar la noble figura del amigo y el
regio talento de un alto escritor boliviano, pre
maturamente arrancado a la vida...
Vamos a puntualizar tínicamente dos aspec
tos: su actividad de maestro y su sindéresis de
crítico.
EL PROFESOR
Ignacio Prudencio, de vuelta de Europa, don
de fuera por escudiar Ciencias Sociales, se hizo
cargo de la cátedra de Filosofía del Derecho en
la Universidad de Chuquisaca.— Comprendió desde
luego, guiado por su propia experiencia,— como
confiesa en el prólogo de su «Filosofía Jurídica»
— que los bachilleres bolivianos egresan de los co
legios con muchos, infinitos defectos mentales, pro
venientes de la mala educación que reciben. Cuan
to a su orientación filosófica, a su concepción in
tegral del universo, si alguna tienen, es coática y
contradictoria, debido unas veces, a la dispari
dad de materias que aprenden; otras, a los crite
rios opuestos de los profesores. Se da el caso,—
y es frecuente—de que mientras el profesor de fi
losofía es espiritualista, idealista y hasta clerical
o pechoño, el de Ciencias Naturales, hace gala de
un materialismo brutal, digno del conspicuo per
sonaje de Flaubert. El alumno sale desconcerta
do, si ha llegado a darse cuenta de los problemas
filosóficos, que es lo raro. Lo comtín es que pa
sa por estas materias de árdua cerebración sin
comprender nada, como una bala por entre nubes.
La única facultad que desarrolla es la memoria
verbal. Sabe de todo un poco, nada a ciencia cier
— 39 —
ta. Lo que menos sabe, es razonar p o r cuenta,
propia. Sus ideas, si las tiene, carecen de perso
nalidad: son ideas desubstanciadas, que 61 ha al
macenado en su cerebro, sin analizar su sentido.
Prudencio vió la urgencia de reaccionar con-
.tra esta educación pasivista y realizar una labor
socrática: partear los espíritus... Tendió a desper-
tar en los alumnos, la personalidad en el razo
namiento, el vigor del raciocinio, el amor de la
.investigación propia y el culto por las ideal gene
rales. En suma, el respeto por la cultura. Defec
to capital, que prima en los profesionales bolivia
nos, singularmente en los abogados. Sacados és
tos de sus códigos son de una supina ignorancia.
Defecto que se traduce en su dogmatismo e inmo
ralidad profesional. Prudencio los compara a los
caballos cocheros a quienes se les pone anteojeras
para que sólo miren el camino por donde van,
sin deleitarse en el paisaje que ondula sonriente
y magnífico a ambos lodos de la ruta. Los abo
gados bolivianos son hombres con antiojeras en el
espíritu.
Había que hacerles ver el panorama amplio
de la vida en general. Nada mejor que su cáte
dra de Filosofía, para que los alumnos se pro
porcionen una vista panorámica del universo, qué
tengan « ideas geneiales» y amor a la cultura...
Un abogado por más bueno que sea, si al expre
sarse habla en «altoperuano» y no sabe quien fué
Shakespeare o quién tué Pasteur, será siempre un
hombre inferior. Será siempre un «hombre peli
groso»...
Esta fué su labor en la cátedra. Labor de
Saneamiento educativo, de serenidad científica y,
de moralidad. Por los pocos años que dictó ésta
materia, su obra ha sido mínima: pero ha dejado
un ejemplo y ha despertado algunas buenas inte
ligencias, ha parteado algunos espíritus...Ya es
mucho en este país donde, para abrir la mente de
algunas gentes, se necesita escoplo y berbiquí...
¡Oh Sócrates!
Se piensa en Prudencio al releer estos re
cuerdos de don Rafael Altamira, cuando evoca la
figura del gran Clarín, profesor. «La cátedra que
explicó Leopoldo Alas,— escribe Altamira—Fué la
de Filosofía del Derecho. Trabajar en una mate
ria de esta índole, con muchachos viciados por la
educación memorista y servil que aún prodomi-
ua en las escuelas, es tarea propia para desani
mar a quien no sea educador de raza y para lan
zar, a los no preparados, en el fácil camino «del
libro de texto», de la lección aprendida ad pedem
literae y el discurso dogmático. Con Leopoldo
Alas no era de temer. Espontáneamente desde un
principio, siguió el procedimiento único para lo
grar un provecho firme. Este procedimiento con
sistía en destruir toda la falsa obra amontonada
en los espíritus jóvenes, hasta limpiarlos de la
herrumbre contraída por culpas ajenas. Procedía
con ellos como con los autores a quienes zaran
deaba en sus críticas, empleando un rigor que,
en el fondo, era amoroso y siempre podía ser sa
ludable. Presentábales el retrato de su propia ig
norancia, de carencia de reflexión, de su falta de
personalidad pensante, para provocar en ellos una
reacción enérgica que los sacase del pantano; y
para ello, no los conducía sólo por los caminos
particulares de la filosofía jurídica, ni utilizaba úni
camente los temas de este género, sino que los
perseguía en todas las manifestaciones de su vul-
garidad y de su incultura, desde la sintaxis de sus
expresiones habladas, hasta el desconocimiento de
nombres gloriosos que ningún intelectual debe ig
norar, exitando así en ellos, con la vergüenza de
no saber tales cosas, la noble aspiración de apren
derlas!»
¡Oh, Sócrates, si así es lo que hay que hacer!...
¿Pero, ¡cuántos maestros se hallan, ellos mismos,
capacitados para eso? ¿Son cultos realmente?
EL ESCRITOR
Pero, después hácia la época del saavedrismo,
Prudencio, desengañado de la instrucción y, más
que de ella, del mal cariz que iba tom ando
la política, renunció su cátedra y tomó por la
escondida senda: se marchó a Camargo. Fruto
de esa existencia tranquila en la franciscana dul
cedumbre de la hermana agua y el hermano ár
bol, son sus magníficas evocaciones regionales:
«Junto a la Bodega» y Visiones de Tarija».
Una cualidad, por encima de todas, le dis
tingue como a escritor: la inalterable ecuanimi
dad del juicio, la serenidad, no exenta de simpa
tía, para interpretar la obra ajena. Posee, com o
los maestros franceses, el sentido de la medida y
la percepción, de la nauce; no es exagerado; no es
apasionado. Y esto es muy raro en Bolivia, don
de priva ese «estilo desmesurado» que Salaverría,
advirtió también en la Argentina. Esa cualidad
' le capacitaba para su labor de crítico, de atinado
justipreciador de labores. Por ello, cuanto com o
juicio crítico ha salido de su pluma, asume al
significación de la opinión más acertada y exacta-
Tales sus estudios sobre figuras del pasado:
Mana el José Cortés, Ricardo Bustamante, Manuel
Tovar, Néstor Galindo, Daniel Calvo, o sns opi
niones sobre escritores contemporáneos, como su
juicio sobre Manuel Céspedes.
Reuniendo toda esta labor dispersa podría
mos formar un bello volumen, sino orgánico co
mo los que nos ha dejado, vario, amenísimo y
útil.
Util, a más de ameno y vario, pues, con él
sé acresentaria la cultura popular, se refinaría el
gusto literario; él nos enseñaría el amor del pen
samiento hondo expresado en forma bella, porque,
Prudencio fué un alma bella, un espíritu platónico
que se exaltaba de pagana alegría frente a la san
tidad, siempre pura, de la naturaleza, y como
Guyau, a quien se lo ha comparado, era un cere
bro de pensador injerto en el alma de un artista.
SU MUERTE
Al final de su vida, empero, su espíritu fué ti-
ñéndose con los pálidos matices del pesimismo.
La vida, que antes le había sido pródiga en bie«.
nes, pues le concedió tod o—talento, espíritu, cu
na, belleza física y moral—comenzó—¡traidora!—a
mirarle suspicáz y avara. Una incurable enferme
dad fué minando su organismo. Comenzó a com
prender que le restaban pocos años de vida y
que había «que apresurarse», (así se titula una de
sus más hermosas páginas]— ¡Cuán amargo ha de
bido ser, para Prudencio, sentir que dentro de él
palpitaba un mundo de ideas y un enjambre de
sentires, para dar vida a obras que inmortaliza
rían su nombre, pero que la salud precaria, el
fin próximo, no le permitirían dar cima a nada
43 —
de eso...¡Cóm o nos quebranta el destinol, habríase
dicho con Leopardi.— Apresúrate, Ignacio, porque
te quedan pocos días... (1)
Al mismo tiempo fué comprendiendo que su la
bor culturizadora, en un medio tan hostil a las
expansiones de la mente como el boliviano, iba a
serle muy dura, y, a la larga, .cambiaríasele en
pesimismo, desánimo talvez, encono, la tristeza
del incomprendido, del «hombre fracasado», que
diría Papini... El, en realidad, era hombre para
actuar en un medio donde la palabra del pensa
dor sea escuchada como en el Pórtico de Atenas
o la Sorbona parisiense y donde el propon er ideas,
no sea lo que es en Bolivia: el «soliloquio de quién
busca voz, sin encontrarla, en una pesadilla abru
madora y violenta»... Fue perdiendo su fé en el
porvenir de Bolivia, y, si resultaba «un inadapta
do», un ser exótico al ambiente, como una flor de
lis en ún matorral de hortigas, talvez habría lle
gado al final, a perder la ática serenidad de su
(1) En esta carta que publico se revela
la situación de ánimo a que aludo, al mismo tiem
po que el autor de «Ensayo de una F ilosofía Ju
rídica», explica sus propósitos. Dice así:
, Camargo 5 de mayo de 1923.
Señor don Carlos Medinaceli.
Potosí.
Estimado amigo:
Con placer he leido,_su carta del 14 de abril
que ha llegado con mucho retraso. Le agradez
co de veras el interés que le despierta mi pequeño
alma platónica, para tornarse en un pesimista
colérico y triste, en un fulminador de anatemas
y verdugo de verdades crueles, como el grande y
pobre René Moreno, o en un profeta de desgra
cias, un Schopenhaur a domicilio, un pesimista de
cantina y genio de café, como somos otros fra
casados...
La muerte, bondadosa talvez, le libró caer en
esta sorda fermentación del propio descontento y del
descontento de todo y de todos, de la repugnancia de
<tÉnsayo de Filosofía Jurídica» y, masque todo de
las ideas que le suscita, pues el mejor premio moral
que recibe un escritor es ver que su trabajo «su
giera ideales» y levante los espíritus, sacándolos de
la monotonía del pensar cotidiano. Constato con
gran alegría que mi obra no es estéril, puesto que
halla eco en los estudiosos cultos como usted, que,
por desgracia, son muy escasos en nuestro país.
Temo que la lectura completa de mi libro le
desilusione. Se trata apenas de un libro didáctico
escrito para los estudiantes que se inician en las
Facultades de Derecho. Cierto que en un princi
pio llevaba el propósito de hacer una obra ex
tensa, algo así como un resumen crítico de las
ideas jurídicas en boga: pero me desalentó la
enormidad del trabajo y la pequenez de mi espíri
tu para dar cima a la tentativa; y por último,
postrado por la larga enfermedad, creyendo que la
vida no me daría tiempo para realizar ni siquiera
parcialmente mi objeto, resolví reducir las propor
ciones y la índole del libro, produciendo algo, por
pobre y malo que sea. He ahí por qué acorto las
disertaciones, suprimo de intento argumentos en
— 45
sí mismo y de los demás, que nos ataca a cuantos, en
Bolivia, no habiéndonos resignado a la domestica
ción social, a ese sistema de nivelación en la me-
favor de mi tesis, paso volando sobre cuestiones
que habría deseado desarrollar ampliamente. Con
todo, tal vez encuentre usted en sus páginas las
ideas morales melioristas, tan maravillosamente
expuestas por Gu}rau, la filosofía positivo idealis
ta del admirable Taine, y el esceptisismo pruden
te de Renán, que nos aconseja admitir con mu
cha reserva las opiniones más aceptadas y difun
didas en el ambiente.
Esta orientación filosófica concluye en cierto
modo, con referencia al Derecho especulativo y
práctico en el realismo de Ihering, Korkounov,
Bierling, Vanni, Gropali, Duguit y tantos otros
pensadores modernos, casi desconocidos en Bolivia.
El realismo es una reacción contra el dogmatis
mo tradicional, y se manifiesta primero en el mé
todo proconizando la inducción, para ensayar des
pués sus ampliaciones en temas concretos del De
recho, como son el Estado, la familia, la propie
dad, etc. En mi libro he tratado estas cuestiones,
pero sin darles la amplitud que requerían. Me he
detenido, sí, quizá más de lo conveniente, en criti
car los dogmas revolucionarios de la libertad o
igualdad, introducidos a ciegas en nuestra legisla
ción, para defender al indio.
Tengo la esperanza de conversar largamente con
usted sobre estas ideas, en las que, lo espero halla
remos motivo para estrechar nuestra amistad, gra
cias a la semejanza de nuestro modo de pensar.
Le estrecha las manos su aftmo. amigo.
Ignacio Prudencio Bustillo
diocridad y el conformismo inmoral, a cuantos no
queremos llevar la leva del curaca en los desfiles
o el escapulario de la clerigalla en las procesio
nes, nos abruma.
¿Para qué luchar en un ambiente donde de
antemano sabemos que toda iniciativa, toda ac
ción depurativa, toda obra de bien y de cultura,
todo anhelo de elevación, de claridad y de ver
dad, fracasa? ¿Para qué esforzarse por contrarres
tar la barbarie que sube de nivel, como una plea
mar, cuando sabemos ya que todo gesto sarmen-
tiano de combate es estéril y las mejores inten
ciones son las peor interpretadas?
Dejemos que la rueda de la mentira, de la
mentira enorme, imponderable, siga rodando, por
el ambiente boliviano, porque en ella nadan ad
mirablemente «las medianías interesadas y las inep
cias astutas.»
En el ambiente nacional lo único que cabe
hacer es emigrar o corromperse. No hay otra al
ternativa!
Y Prudencio Bustillo, alma pura, conducta in
tachable, mente clara, corazón magnánimo, tal
vez habría concluido por caer en este vulgar acha
que en que caemos «los buenos». Todo por seguir
aün «con la tonta industria de vivir».
Prudencio, en cambio, ha muerto dejando el
ejemplo de una vida limpia y austera, sin que la
democracia de la envidia pueda señalarle una falta
en su Y¡da, o el gregarismo politiquero una man
cha: dejando al revés, un noble ejemplo de reli
giosa consagración a las más honradas y altas ac
tividades de la existencia y un claro y puro nom
bre en las letras.
Potosí—1929.—
Daniel Sánchez Bustamante
A través de su conferencia sobre « L a Función Intelectual»
Como lo suponemos "al lector informado del
contenido de esta conferencia que ha sido publi
cada íntegramente en el Suplemento Dominical de
«El diario», nos vamos a referir a la personalidad
del conferenciante más bien que a su conferencia,
en esta simple nota:
Creemos que todos cuantos com o el autor de
«Opiniones y Discursos» ejercen en Bolivia el papel
de «maestros de la juventud» y difunden ideas y
realizan sus prédicas, deben estar sujetos tam
bién a la controlación de aquellas ideas y al co
mentario de su personalidad, pues as» obraremos
como país consciente y- valorizaremos a nuestros
hombres. Debe, además, trascender su obra al
gran grbeso público, mediante la difusión que de
ella hagamos los periodistas. >
Si se revisa la obra y la vida del autor de
«Opiniones y Discursos», desde cuando por los
años de 1898 se debatía en Sucre en afanes cul
turales y fundó la célebre REVISTA DE BOLIVIA
lo primero que salta a la vista es su anhelo por
culturizar el país y despertarlo a-,1a vida del pen
samiento.
Luego, en el resto de su vida, hasta nuestros
días, ha pasado y pasa por ser el hombre que más
seriamente se ocupa de asuntos educacionales.
Bustamante, como intelectual, es un hombre
que tiene una infinita curiosidad; es un cerebro que
vive ancioso de saberlo todo y de estar al tanto
de la última novedad europea, en tratándose de
ideas y doctrinas.
Su saber debe de ser grande. Pero más que la
impresión del pensador, dá la del erudito.
Y aquí está la razón o causa que explica por
qué Sánchez Bustamante, pudiendo haber sido un
apóstol, no lo ha sido. Que se le hubiese procla
mado «maestro de la Juventud» por las frívolas
Federaciones de Estudiantes, no significa nada:
son actos externos, de aparatosidad, pero sin sen
timiento, ni valor real. Porque si Bustamante,
realmente, hubiera sido «maestro de la juventud»,
habría formado escuela, habría tenido »discípulos»,
hombres que le sigan, capaces de sacrificarse por
la doctrina predicando «por el maestro».
Lo que le falta a Bustamante es precisamen
te eso: personalidad intelectual. Como todos los
hombres que más piensan en las ideas de los de
más y no en las propias de ellos, Bustamante dá
la impresión de que vive siempre de prestado. Es
un intelectual, tiene una ágil mente asimilativa, se
encuentra al tanto de la última novedad europea;
pero detrás de toda su cultura, de su erudición
y de su fría inteligencia, nosotros encontramos
siempre «al 'maestro», (en el mal sentido de la pa
labra), al que quiere enseñar, pero no encontra
mos al hombre. Podemos admirarlo y respetarlo,
pero no quererlo y, mucho menos, seguirlo. No nos
despierta ningún entusiasmo o pasión. Tiene al
ma de profesor, de catedrático, pero nó de apóstol.
— 49 —
Es una erudición, pero nada más que una erudi
ción.
El caso de Bustamante, se parece al de Rodó.
Nos doematiza sin movernos a la acción. Nos dá
muy buenos .consejos, pero lo que nos aconseja es
tan cuerdo que esos consejos ya nos los dió nuestro
maestro en la escuela, en clases de moral barata. No
seguimos esas normas, porque no nos llegan al alma.
No nos inspiran ni una gran pasión, ni nos
arrancan un grito de protesta o de rebeldía. So
mos muchachos y queremos ser héroes; nuestros
maestros son viejos y quieren hacernos santos.
No son hombres como Pascal o Amiel, que nos
hablan a la intimidad del alma, o como Dosto—
yewsky que nos tortu-an, pero nos vuelven
» más humanos, o como Nietzche, o Lesseing, que
cuando nos visitan nos despiertan las energías,
nos enseñan a andar por las cumbres.
De maestros como Rodó, Sánchez Bustamante,
Manuel Céspedes o Marden, salimos con el tedio
de haber escuchado una excelente lección de moral
casera, más sin una gota de dinamismo en el es
píritu.
Y, es que ellos mismos, en su vida, no son
más que eso: un río de aguas tranquilas, sosega
das y majestuosas, como el Amazonas, que se desr
lizan por vastas planicies, calmosos, solemnes, sin
tropiezos, sin una caída, sin una exaltación, con be
lleza, pero sin inquietud. Sin dolor.
Lo que dignifica la vida y engrandece al hom
bre, doctor Bustamante, es el dolor.
Potosí, 1929.—
4
Un notable escritor olvidado: Julio
César Valdés
A juicio de Arguedas, fué Julio César Valdés, el es
critor «de pluma más ágil y diestra entre los de
su generación», la que comenzó a figurar por los
años de 1885, durante los gobiernos conservadores
de Arce y Pacheco y en la que aparecen Ricardo
Jaimes Freire, Rosendo Villalobos, Daniel Sánchez
Bustamante y otros, imbuidos de ideas nuevas,
lectores de los novelistas españoles y franceses de
boga entonces.
Valdés, que comenzó publicando sus artículos
en el periódico «La Razón» de entonces, dirigido
por Nicolás Acosta, se señaló desde un principio,
por la reidera perspicacia de sus cuadros de cos
tumbres, pintura de tipos y de caracteres, que fue
ron muy celebrados en su patria y le granjearon
rápida fama, a punto que se reproducían en los dia
rios nacionales y aún en los extranjeros, en el Pe
rú y Venezuela, y obtuvieron e! aplauso del en
tonces patriarca de las letras continentales, don
Ricardo Palma.
Si no voy muy descaminado de juicio, me pa
rece que, Julio César Valdés, puede ser considera
do, con las limitaciones que significa el desnivel
— 52 —
de ambiente, como el más afortunado discípulo de
don Mariano José de Larra, del genial Fígaro, en
Bolivia. Esto es muy natural, pues el autor de
«El día de difuntos» y « Un castellano viejo», ha de
jado una considerable descendencia en Hispano
—América, a punto de que no hay un país del con
tinente, que no haya contado, en su tiempo, con
su respectivo Figarito, con el escritor ágil de inge-
:nio, perspicaz de observación y de chiste oportuno,
que zahiere con el estilo de su sátira aguda las
ridiculeces públicas y pone en solfa los aspectos
defectuosos de una sociedad que debe reformarse.
La existencia de esta clase de escritores, que to
maron de su maestro, de Fígaro, lo más útil, o
sea la vibrátil sensibilidad para percibir las defi
ciencias de una sociabilidad atrasada y lerda, la
impetuosa vehemencia para incitarla a reformar
sus costumbres y despertarle el amor por el pro
greso y el modernismo, ha sido una necesidad so
cial tanto en la España de Larra, la caduca Iberia
de los últimos borbones, como en los pueblos de
Indoamérica, tan llenos de taras españolas. A na
die seguramente, se lo ha imitado más, se ha se
guido sus procedimientos, aquella manera tan tí
pica de Larra de poner en evidencia el contraste
entre el ideal y la realidad, que a él. Alberdi en
la Argentina y Nicanor Bolet Peraza en Venezuela
son los más destacados. A esta familia pertenece
también Julio César Valdés
A semejanza de su maestro, Valdés escribía
artículos cortos, pero enjundiosos, sembrados de
chistes y, en donde, descubriendo el lado cómico
o ridículo de personas o cosas, las presenta así,
caricaturizadas, para que despertando la risa mo-
ralizadora en los lectores, éstos noten el defecto
— 53 —
y lo corrijan. Cierto es también que el hoy olvi
dado y tan leído en su tiempo autor de <Picadi-
lio*, no estaba sólo en esta empresa, ni dejaba de
contar con una tradición a seguir; anteriormente
a él, esa modalidad fué ya cultivada por escrito
res consagrados, como Manuel José Cortés, que es
cribió despampanantes artículos de costumbres,
como «Las Beatas», y Belisario Loza, que allá,
por 1860, publicó una serie de cuadros de género,
en «La Aurora Literaria», una de las primeras
revistas bolivianas. Loza fué un apasionado ad
mirador de Fígaro; le consagró entusiastas pági
nas ditirámbicas y siguió fielmente su manera, pe
ro sin el talento, ni el patetismo romántico del
maestro, es claro. Así Loza pone en solfa a los
que entonces se llamaba «futres», en «Los domin
gueros»; se ríe del tonto presuntuoso en «Don I-
nocencio Mazapán» y censura costumbres y ridi
culiza tipos, siempre valiéndose de los procedimien
tos figarescos. Valdés continúa esta modalidad
con más talento y sentido de lo moderno, y más
persistencia en la labor intelectual, tanto que lo
gra,—aparte de sus folletos circunstanciales y de
otros estudios de carácter histórico— dar cima a
tres obras que son de lo más valioso dentro de
nuestra pobre bibliografía, pobre en el sentido de
la calidad, nó de la cantidad, que es abrumadora.
Esas obras son: «Mi Noviciado», «Siluetas y Cro
quis» y «Picadillo», (colecciones de artículos).
En los presentes apuntes bibliográficos, sólo
voy a referirme a «Afi Noviciado», que es el único
libro que he leído íntegramente, de Valdés, y, de
los dos posteriores, sólo a 1o que conozco de ellos,
por recortes de periódico, pues no he podido dar
— 54 —
con ellos ni en las Bibliotecas públicas, ni en al
gunas particulares. (1)
Valdés, q ‘ escribía también, como su maestro, con
un pseudónimo, Jales Wells, tiene de Fígaro, la agili
dad de pensamiento y de estilo, la perspicacia crítica
para descubrir, en el detalle inapercibido, el aspecto
ridículo de las cosas, la preocupación «el estado de
las costumbres» y la inquietud por la reforma de
ellas, pero está exento del sombrío pesimismo y la
vehemencia romántica del genial suicida. Bs un
Fígaro burgués, que se acomoda de buen grado a
las normas sociales, aunque tiene ojos para ver
lo absurdo u ordinario de ellas, más no llega a
sentir esa brusca separación de las distancias y esa
trágica oposición entre su Yo y el medio, que fué
el phatos del creador de Maclas, que explica su
suicidio. «Fígaro» dijo de sí mismo que tenía «el
alma gangrenada». Valdés no sufrió, por lo me
nos con la intensidad de Larra, de aquellas dife
rencias, sino, solamente, que como era un hombre
inteligente, ansioso de progreso y de moralidad, te
nía pupilas para descubrir dónde se hallaba el
bien, la bondad oculta, para ponderarla, justicie
ramente, y con cariño, tal en ese hermoso cuento,
<nLa hermana fea», que parece una página de A-
mado Ñervo, y, en otras ocasiones, se tropieza con
la eterna tontería humana, con la fatuidad presu
mida, la superficialidad de la vida mundana, la
(I) Postorioimente he podidoleer los dos libros de Val
dés, queme faltaban: «Narraciones y Croquis» y «Picadillo»,
publicado, este último, en 1898. En general, he confirmado
mi juicio a cerca de él. Un artículo, posterior a aquellas co
lecciones, es "‘Los círculos del Dante“ . Lo mejor que le co
nozco. Es una página de antología.
— 55 —
rusticidad de ciertas costumbres o de ciertos hom
bres u oficios, (tal en «El barbero») y seria, amena
mente, o los satiriza, sin saña, con risueño urba
nismo, con señorial gracejo, como un hombre dis
tinguido, culto e inteligente que es. Así, algo que
le choca, por la superficialidad y el vacío espiritual
que revela, es sorprender la falta de preocupacio
nes superiores, de inteligencia, en personas de la
«buena sociedad», que si parecen europeizadas por
el traje y las maneras, son de una rutina aldeana
por la cultura y la mente. Describiéndonos las
reuniones familiares de su tiempo, escribe, enton
ces, aquella página admirable, por la fiel repro
ducción de la realidad y el sentido educativo que
entraña. / «E1 Violín». Allí nos cuenta:
«Después de tan benéfico chubasco, tom o asien
to al lado de Luz y le dirijo una que otra frase
hueca. Vuelvo la cara al lado de mis contertulios
y me los veo a todos haciendo como que tocan
violín. Cesa la orquesta churrigueresca y comien
za la eterna tonada:
— Se me han adormecido los brazos tanto to
car violín.
—Parece que Juíes nos hubiera contratado pa
ra tocárselo esta noche violín.
— Nos ha creído Paganinis.
—Si ya no era violín, sino violonchelo.
— Yo soy 'el eterno violinista de todos.
— No diga usted de mí, porque yo toco y a na
die hago tocar.
—Yo menos.
— Ni yo.
—Sólo Jules abusa de nuestra condescenden
cia.
— 56 —
— Pero, ¡por Dios!, señores: creo que ustedes
quieren pasar la noche conmigo.
—Es usted, que quiere hacernos pasar la no
che tocando violín.
— Pero, por qué me dicen eso?
— Porque, en fin, por lo que usted sabe.
— Si yo no sé nada.
— Sólo sabe usted hacer tocar violín.
— Es lo que menos sé.
— Es lo que más sabe usted.
— Les prometo que me es desconocido este
lenguaje.
—Es claro: sólo conoce usted el lenguaie del
violín.
— Pasemos a otra conversación, les suplico.
— A otra ópera querrá usted decir.
— ¡Qué linda está la luna!
— Sí, y cuando usted hace tocar violín, se po
ne más hermosa».
No puede haber nada más tonto, más superfi
cial, más vacío, que lo que se pinta en este diá
logo. Estamos en 1886. Pero, ¿ha variado acaso?
Aún hoy mismo, después de que la cultura se ha
difundido un poco entre las mujeres, ¿se puede ha
blar de otras cosas, en una visita, de otros temas,
que no sean estas frases hechas, estas fruslerías
idiotas?
Jales Wells, en aquella visita, intenta hacer
les variar -de tema. Pregunta:
.—¿Han leído ustedes el «Rafael» de Lamarti
ne?
— Sí, pero no hacía tocar tanto violín como
usted.
—¿Saben que Pasteur y Ferrán han abierto épo
ca en la historia de la ciencia médica?
— 57 —
—Es claro, porque no hacían tocar violín.
De observaciones de esta naturaleza, repro
ducción verista de las costumbres de aquellos tiem
pos, pintura de sentimientos, atisbos de caracteres,
tipos y modalidades diversos, es jugosa la produc
ción de Valdés, aunque ella, relativamente, haya
sido escasa, pues, el autor, por haberse malogrado
prematuramente, no llegó a cuajar su talento en
una obra de maduréz que hubiera dado mayor re
lieve a su personalidad. En esto también se ase
meja a su maestro: murió joven, defraudando las.
legítimas esperanzas que los de su generación de
positaron en el simpático y popular Jules Wells.
Es, indudablemente, dentro de los de su tiem
po, el escritor que hoy mismo se lee con m ayor
deleite, tanto por la galanura de su estilo, ágil y
sintético, como por sus sátiras oportunas y el fiel
trasunto de las costumbres e individualidades pin
torescas que nos ofrece, eomo en una «galería» de
rápidos «cartones» amablemente caricaturescos..
Ha de ser necesario volver a él, releer sus libros,
cuando querramos darnos cuenta de cómo eran las
gentes y cómo era la sociedad, cuál era el esta
do de las costumbres y cómo se vivía en La Paz
hace cuarenta años. Aunque su obra no asuma
la trascendencia sociológica y la penetración psi
cológica que alcanzó a dar a la suya, veinte años
después, Alcides Arguedas, en « Vida Criolla», la
mejor novela nacional, a mi juicio, por la valien
te sinceridad en la pintura de caracteres y la se
vera preocupación por los problemas nacionales
que hay en aquel cuadro inexorable que trazó el
autor de «Pueh/o Enferm o», de la sociedad pa
ceña de 1910, Julio César Valdés es un procUtsor
— 58 —
de Arguedas y, en general, de la novela realista,
en Bolivia.
Daniel Sánchez Bustamante, en el estudio que
consagró a la personalidad de Valdés, en «La Re
vista de Bolivia», (N°. 20, Sucre, 5 de junio de 1898),
le niega calidad de escritor naturalista,— aquello
estaba de moda entonces, pues Zolá iba llenando el
mundo con los rugidos sexuales de su «Bestia Hu
mana» y su dogmático determinisnio cientifícista—
al ensayo de este género, «Ea Chavelita» de Val
dés, muy acertadamente, por cierto, pues aduce
como razón fundamental el temple bonancible
mente cristiano del autor y su amable sentimen
talismo romántico. «El error de confundir—dice
Bustamante— el naturalismo, con la pintura de
costumbres, que más debería llamarse regionalis
m o o «escuela flamenca», es muy general en los
países de habla castellana. Y añade esta obser
vación, que es básica: «Paréceme por lo que co
nozco de la obra de Julio César Valdés, que él se
ha llevado a confundir el naturalismo con la ob
servación de la vida real, que no constituye siste
ma, sino precepto en la retórica secular».
Sí, el autor, de «La Chavelita» es realista, pe
ro nó naturalista, porque no es partidario del de-
terminismo biologista de los afiliados a esa escue
la, que no podía sentirla ni por temperamento, ni
por educación: su alma se expande mejor dentro
•de un paisaje amablemente sentimental y sus au
tores favoritos parecen haber sido los románticos
Víctor Hugo, Lamartine, Bécquer, a quienes alude
con cariño. Su realismo es el de los españoles
que a manera de Alarcón o la Pardo Bazán, no
han tenido necesidad de renunciar a sus creencias
católicas para pintar «el mundo objetivo». Este
— 59 —
es el que atisba con preferencia Yaldés, más que
«el interior de las almas». Por ello es que es há
bil para destacar sus figuras con la captación de
aquellos rasgos típicos que las relievan gráfica
mente. Tal, en esta pintura del cholo, que no tie
ne desperdicio:
«Yed ese cholito de corbata verde, camisa al
midonada y botines de charol, con el pescuezo
afeitado y la cerduda melena peinada con goma
aguada; vedle tomando púdicamente la copita de
pisco, un si es no es tímido y ensimismado;
vedle piropeando a su manera a la hembra
de sus simpatías y sonriendo afeminadamente».
Está dada la imagen del personaje, tanto en su
traza física como moral. Yaldés sabía seleccionar,
dentro de la muchedumbre de datos que brinda el
mundo sensible al observador, aquellos típicos e in
substituibles que dán animación al cuadro, que lo
diferencian de los demás, perfilándolo en su indi
vidualidad distinta, tal como aconsejaba Flaubert
a Maupassant. ¡Y qué sobriedad en la adjetivación
para dar el carácter, para trazar lo que los retó
ricos clásicos llamaban la ctopeya del personaje!
Estos dos solos adjetivos: tímido y ensimismado y
ese «sonriendo afeminadamente» nos dan su ser
moral, la faz psíquica, sin mayores divagaciones.
Al leer esta clase de cuentos y cuadros de gé
nero de nuestros buenos prosistas del pasado, ta
les como Belizario Loza, Jorge Delgadillo, Julio
César Yaldés, dan tentaciones de pensar que los
cuentistas y costumbristas de ahora, lejos de pro
gresar y superar a aquellos, carecemos de su gracia
y donaire: ellos, por lo menos se cuidaban mucho
del llamado «arte de la composición», se sabían bien
su gramática y su preceptiva,— cosa que ahora
despreciamos, pues nos basta, para suplir aquellos
estudios previos, leer «La Gaceta Literaria» de Ma
drid—y, antes de escribir, poníanse a urdir con
habilidad una fábula interesante, que sabían desa
rrollarla en forma sugestiva. Ahora en nuestros
días, el cuento se ha convertido en tema favorito
de la inepcia, sobajado por cuantos quieren dár
selas de «escritores» sin haber saludado ni el
«Arte de hablar» de Toro y Gómez. Asi sale ello!
A más del ironista de las costumbres y el
pintor de los tipos sociales, hay en Valdés también
el sentimental que gusta de desahogarla intimidad
de su sentir en un romántico suspiro, teñido de
una discreta melancolía becqueriana, del Bécquer
de las «Cartas desde mi celda». Leed este bello
trozo:
«La nieve del invierno se derretía bajo la ac
ción del sol primaveral. Y las golondrinas se posa
ron en la cruz del campanario y fabricaron sus ni
dos en los rústicos relieves de la iglesia de piedra.
Las jóvenes se hicieron madres. Y al soplo de la
vida nacieron otras golondrinas. Yo las miraba
cada tarde revolotear en los campos, así como re
volotean en mi cerebro los pensamienros tristes.
Mas, ^hay! amaneció un día nublado, las flores
cerraron sus broches, el pastor recogió su ganado
y las golondrinas se fueron».
Este es Julio César Valdés juzgado solamente
a través de su libro {«Mi noviciado» y algunos
fracmentos de sus dos libros posteriores, «Siluetas
y Croquis» y «Picadillo».
En resumen, Julio César Valdés, ha cultivado
con éxito los géneros menores de la literatura: el
cuento, la leyenda, el cuadro de costumbres, la
sátira social, la descripción de tipos y el comenta
rio bibliográfico y critico, y, al fina!, la novela
de costumbres. Esto último, con una tendencia
criollista, en «La Chavelita», donde, consecuente
con su doctrina de que el arte boliviano debe ex
plotar lo genuinamente propio, buscó como moti
vo digno del arte aquello que antes y aún hoy en
día mismo, es despreciado, o visto com o indigno
de las letras, la vida y costumbres, sentimientos
y acciones de la chola, que constituye no sola
mente el elemento pintoresco y característico del
país, sino también el más rico de vitalidad orgá
nica, de maternidad creadora, de pasionalidad efu
siva y, por eso mismo, de más enjundia para el
teatro y la novela. La chola es el elemento bá
sico de la nacionalidad. Ella representa el elemen
to más sano, laborioso y próspero de la patria.
La chola vale, psicológicamente hablando, más
que la india. Esta es una anquilosada en el pa
sado, sin plasticidad para el presente y, en cuan
to a la «señorita», es un tipo que corresponde a
una moral a «la antigua española», pero carece
también de porvenir, porque vive con una moral
escolástica en un ambiente dinámico y creador.
Tendrá que transformarse, si quiere subsistir.
Esto venía yo pensando, intuitivamente, has
ta que ha llegado a aclararme totalmente el con
cepto, dando a mis presunciones, consistencia. de
doctrina, José Uriel García, quien en su «Nuevo
Indio», afirma taxativamente:
«La vitalidad orgánica del pueblo mestizo así
como su aptitud creadora de arte popular, se po
tencia y se desborda en la chola». «Mientras la
india tradicional,—añade—madre de la chola, con
serva su pureza primitiva, su alma reacia y nóma
da, en constante fuga del tiempo, la chola es la
— 62 —
fuerza orgánica rejuvenecida que avanza desen
vuelta y sin miedo hacia la ciudad y hacia el
presente, nutriendo con sus pechos ópimos y ma
ternales la energía varonil de la raza, como ma
dre o como nodriza, con su tufo a chicha y su
huaiño en la garganta, com o fragancias serranie
gas. La mujer india es la tradición madura y
casi envejecida, por incambiable o poco plástica,
de un pasado milenario. La chola es el rejuve
necimiento de esa misma mujer que engendró la
indianidad o espíritu acrecentado de ^aptitudes
germinales».
De suerte que, si como creo, Valdés en «La
Chavelita», noveló la vida de la chola, venciendo
los prejuicios de su tiempo, es justo lo considere
mos, también por este aspecto, como un precursor
del arte vernacular que será el que triunfe en el
porvenir.
I a Paz, 1930.
El ahistoricismo de un historiador
Don Luis Subieta Sagárnaga, acaba de publi
car un estudio monográfico bajo el rubro de «P o
tosí Antiguo y M oderno», (primera entrega), don
de se ocupa de los siguientes temas: Noticias geo
gráficas, Reseña histórica, Industria minera y sis
temas de beneficio, Edificios coloniales y Casa Na
cional de Moneda.» En las entregas posteriores
es de esperar concluya las demás materias.
El autor es un meritorio 'profesor de Histo
ria General y Patria en el colegio «Pichincha» de
Potosí, donde hace más de veinticinco años que
dicta esta materia. Ha cosechado las simpatías
de sus alumnos tanto por la bondad de su ca
rácter, como por la amenidad de sus lecciones, pues
sabe darlas en la forma anecdótica y leyendesca
apropiada a la mentalidad m itologizante de los
niños. A más de eso, es un afanoso acarreador
de materiales monográficos para la Historia. Tiene
publicados como treinta folletos sobre geografía,
estadística, biografía etc. Todo, sobre temas po-
tosinos. Cometiendo un barbarismo acaso perdo
nable, diríamos que el señor Subieta es un «doc
tor en potosinología». Es un erudito en la materia.
A pocos hombres conocemos más amantes de
su terruño que al autor de «Potosí antiguo y
moderno»: es un apasionado de su tienruca. Y
este amor terruñero le ha llevado a sacrificarse,
— 64 —
con una hidalguía rara en estos tiempos, por la
cultura de su pueblo: ha gastado sus mejores ener
gías catequizando a las generaciones mozas y ha
gastado su dinero costeando la publicación de sus
opúsculos, contando sólo en muy pocas ocasio
nes con la ayuda de las autoridades y nunca con
la del pueblo. Eso ya se sabe: allí nadie compra
libros, más si se trata de un autor del lugar. Al
revés, cuando a uno le ataca esta locura, dar a
luz un libro, después de los dolores del parto, hay
que refregarse el cuerpo con árnica, porque la
paliza de los íntimos es tan fírme y recia, que a
uno no le queda hueso sano.
Pero éste no es el caso del señor Subieta. A
él le perdonan nomás, en gracia a su potosinis-
m o dieciochesco. Algunas veces hasta le hacen el
servicio de leerlo. Cuando el autor les regala un
ejémplar, con dedicatoria y todo.
Decíamos que el señor Subieta es un apasio
nado de su tierra. Y, como todo apasionado,—
ya se sabe que la pasión, según Ribot, «en el do
minio de la sensibilidad corresponde a lo que es
la idea fija en el de la inteligencia»—vive ence
rrado dentro de un círculo bien circunscrito sin
salir jamás de él. No tiene ojos más que para
ver lo potosino, con un criterio potosino. Atisba
todos los acontecimientos desde aquel estrecho cír
culo, desde dentro, como quien contempla el valle,
desde el fondo del mismo valle, sin ascender ja
más hasta la cumbre, desde donde lo señorearía,
fijando sus límites y contrastándolo con otras
perspectivas. De ahí proviene su intransigencia y
la pequeñez de sus miras, lo reducido de su ho
rizonte mental. Esto es necesario hacerlo notar
claramente, porque el caso de Subieta, no es ex-
65
elusivo de él, sino de cuantos monografistas e
historiadores hay en Bolivia, como don Luis S.
Crespo en La Paz y Macedonio Urquidi en Co
chabamba, que al escribir sobre sus respectivos
departamentos, enfocan los hechos de sus regiones
con un particularismo tan reconcentrado, com o
si se tratase de países independientes, sin recipro
cidades con el resto de la nación, ni querer saber
nada «del mundanal ruido». Es lo que Ortega y
Gasset señala, en su doctrina del Perspectivismo,
como típico del «espíritu provinciano». Este, se
gún aquel, «consiste en un error de óptica: el pro
vinciano no cae en la cuenta de que mira el
mundo desde una posición excéntrica. Supone por
el contrario, que está en el centro del orbe y juzga
todo como si su visión fuese central». De ahí que
«todas sus opiniones nacen falsificadas, porque par
ten de un pseudocentro». El espíritu avisado y
el alma andariega ' Saben que en el mundo no hay
centro. Hay tantos paisajes como puncos de vista.
En Bolivia no ocurre eso. Cada uno de noso
tros creemos que nuestra provincia es el ombligo
del mundo. Somos, mentalmente, «una nación
provinciana». Incluso escritores de mayor vuelo
mental, como Arguedas, caen en parcialidades.
Así, este último, tanto en su ya tan trajinado «Pue
blo Enfermo» como en sus volúmenes de Historia,
está estudiando el proceso de la nacionalidad so
lamente desde el punto de vista político y urba
no, sin considerar la vida de los campos, de las
minas, y, sobre todo, la estupenda energía colo
nizadora de los pobladores de la selva. Argue
das no ha querido advertir que mientras en los
centros urbanizados imperaba la inmoralidad po-
5
— 66 —
lítica, en las mismas épocas de las más desenfre
nadas orgías demagógicas y mayores desgo
biernos caudillistas, cientos de hombres honrados
y vigorozos estaban arrancando «el sol debajo de la
tierra» del fondo de las minas y cientos y miles
de hombres, allá, en las selvas del Noroeste y del
oriente, sobre el dorso ondulante de los ríos eri
zados de cachuelas y los bosques embrujados de
peligros, en hercúlea lucha con la naturaleza, iban
ganando palmo a palmo tierras para la patria y
la civilización. ¿Revela esto las flojedades de un
pueblo enfermo?...Arguedas ha enfocado ahincada
mente sus observaciones a los tráfajos de la polí
tica, que en todas partes y tiempos ha revestido
siempre, porque esa es su condición vital, un carácter
contrario a la pureza moral, pero no se ha dete
nido a meditar en el hombre que realmente hace
la nacionalidad y es el elemento sano, el núcleo
biológico de la patria, el hombre de los campos,—
agricultor o minero.— Puede muy bien darse el
caso de que en un país, la política sea de una in
moralidad extrema, pero el pueblo, si está henchido
de vitalidad, siga progresando, a pesar de la polí
tica, o contra la política. Sería el caso de Boli-
Yia. Ella ha progresado aún en contra de sus ma
los gobiernos.
El defecto de nuestros publicistas consiste en
que hasta ahora—con pocas excepciones, como la
de Jaime Mendoza, que ya es un escritor boliviano
—han encarado todos los problemas con un cri
terio parcial, unas veces en servicio de los inte
reses regionalistas, como en el caso de Subieta Sa-
gárnaga, que destacamos, y, otras de una tesis pre
concebida, como en el caso de Arguedas.
Mas, no seamos injustos. Distingamos. Argüe-
— 67 —
das, auque con un sociologismo inexorablemente
quirúrgico, es un hombre de ideas. Su doctrina
puede pecar de ésta u otra limitación, pero sabe
elevarse a las alturas de la generalización. El se
ñor Subieta no es así. Su labor es modesta. Se
constriñe al aporte de datos, fechas, anécdotas.
No sale de los hechos. Con los pies metidos den
tro de este atolladero, carece de la fuerza necesa
ria para cernirse en un arriesgado vuelo por las
amplitudes de la ideación sociológica.
Demos un ejemplo, para dejarnos entender más
claramente. Subieta Sagárnaga cuida de no olvi
darse nunca, cuando de Potosí escribe, de enume
rar, pormenorizadamente, los millones de pesos fuer
tes que el «Cerro Rico» ha producido, lo que rin
dió a la corona de España y lo que ha aportado
a la república. Parece que lo dijera con una es
pecie de insultante orgullo, detrás del cual no se
ría difícil descubrir aquel agrio gesto del « resenti
dos> de Max Scheler, pero no se le ha ocurrido
preguntarse, de qué le ha valido a la Villa Impe
rial, en pequeño, y a Bolivia, en general, tan fabu
losa riqueza, por qué ella no ha refluido en el bie
nestar público. Si a nosotros se nos ocurriera de
cirle que ello ha sucedido así, porque en el pueblo
de Alonso de Ibáñez, habiendo tenido todo, lo
único que les faltó fué lo que allí se desprecia,—
la inteligencia—creería el señor Subieta que esta
mos ’profiriendo [una horrible blasfemia, de esas
que en los dichosos tiempos de nuestro muy amado
monarca y Señor don Felipe II, no merecían otra
cosa que la hoguera. Y, aunque nos expongamos
a ella, no podemos negarlo: esa verdad la estamos
sufriendo en carne propia: hoy por hoy reina la
más desconcertante pobreza, al pié del Cerro de tan
enorme riquéza. Es que Potosí no contó en su se
no con hombres que sepan aprovecharla inteligen
temente, con una sociedad apta para administrarla
con el talento que las grandes fortunas requieren.
Y este fenómeno no es solamente de Potosí, sinc
de la nación toda. En general, las riquezas natu
rales del país y el esfuerzo de los hombres, no han
aprovechado a la nación. Lo mismo que lo ocu
rrido con la plata de Potosí, ha sucedido después
con los gomalep del Beni y nos amenaza aconte
cer con el petróleo. Todo, cuestión de sociabili
dad rudimentaria, y, sobre todo, de falta de culture
técnica.
Lo que crea la prosperidad de los pueblos no
son los bienes naturales, que como regalo de los
dioses brinda la naturaleza, sino la capacidad ins
titucional y organizadora de los hombres. La ri
queza verdadera no está en la tierra, sino en el
espíritu humano. El puro y sereno sentimiento
estético de los griegos llegó a convertir en un jar
dín de delicias las rocas desnudas del Peloponeso
y la indomable energía de los nórdicos ha transa
formado en colmenares de florecientes industrias las
laudas fangosas de Holanda y Bélgica.
Es, pues, necesario, en beneficio del amor mis
mo que se tiene a la tierra natal, no detenerse
en la contemplación apologética de los hechos del
pasado, sino extraer de ellos las experiencias útiles
para el presente y el porvenir.
Pero el historiador -que comentamos, llevado
tanto por su excesivo amor al terruño, como por
su ausencia de espíritu filosófico, no ha querido
ver nada de absurdo en la evolución económico—
social de su pueblo, sino todo de bueno, al revés
de Arguedas. Ha sido un defensor esforzado y
apasionado de las riquezas del Potosí de ayer,
pero no ha tenido pupilas para ver la pobreza del
Potosí de hoy.
Este escritor se encuentra tan consubstancia-
lizado con su terruño, que aún por este aspecto
de su conducta y mentalidad, viene a ser un repre
sentativo del potosino clásico,—del minero traba
jador honrado.—A semejanza de éste, el autor que
nos ocupa, ha consagrado todas sus energías y
desvelos intelectuales en acumular la riqueza de
una información suficiente para construir un sun
tuoso edificio historiográfico, pero ha preferido
abandonar todo ese precioso material,—piedra can
teada y labrada—para que lo aprovechen otros.
Algún judío inteligente.
Por una parte, eso; por otra, que su potosi-
nismo fetichista, le hace perder en claridad de jui
cio: lo que le hace ganar en ofuscamiento pasio
nal, hasta el extremo de estimularle a deformar
los mismos hechos históricos, unas veces; otras, a
supervalorarlos, como cuando nos dice que don
Manuel José Cortés fué «el primer historiador bo
liviano», siendo así que, si de lo cronológico se
trata, con anterioridad al «Ensayo» de Cortés,
salieron los «Apuntes» de Urcullo, y, si de jerar
quía intelectual, aquel, en frente de René Moreno,
se halla en la misma situación del simple aficio
nado o dilettante, ante el historiador profesional.
O como cuando dice que incluye a Arce, que na
ció en Tarija. A lo que cabría argüirle, en el su
puesto de que ello fuese así, ¿qué beneficio ha
reportado ello a la Villa Imperial? ¿O, en qué me
dida ellos deben a su pueblo su encumbramiento?...
En tratándose de Arce, es prudente no olvidarse
que cuando este hombre constructivo y dinámico
como el que más, quiso llevar a Potosí el ferro
carril de Antofagasta, fué el mismo pueblo, por
boca de sus personeros más caracterizados, que se
opuso a ello, con una intransigencia y alarma que
serían inexplicables, si no estuviéramos ya conven
cidos de que el espíritu del potosino clásico es,
de suyo, tan arisco y reconcentrado, que tiene el
horror de la vida de relación con los «foraste
ros»: lo que le place es vivir encerrado dentro de
sus montañas, aterrado a sus costumbres, sin que
rer saber nada ni de sus vecinos, ni de los extran
jeros.
Este mismo individualismo asocial y ensimis
mado explica el hecho de por qué Potosí, habien
do producido hombres de talento, como Cortés,
Quijarro o Brocha Gorda, no tuvo «el talento» de
utilizarlo en su propio beneficio,—el ambiente los
repudió—unas veces; otras, los combatió hasta
anularlos, como en los casos de Adrián Vila Val-
da y Celestino López.
Constatar esta clase de verdades «amargas»
y tener la valentía de decirlas, es, indudablemen
te, más provechoso para la moralización del am
biente y para que las nuevas generaciones vayan
corrigiendo esos defectos, que exaltar cantonalis
mos pasionales glorificando héroes fosilizados.
Lejos, pues, las publicaciones de este autor,—
como tantos otros— de beneficiar los intereses na
cionales, conspiran contra ellos y son obras hasta
perjudiciales, porque continuar caritando el pasa
do, cuando existe un presente doloroso y se ave
cina un porvenir judaico, es adormecer las tuer
zas juveniles que deben ponerse al servicio de lo
vital.
Obsecarse en nó ver la dura realidad de hoy,
— 71 —
cerrar los ojos ante la9 extorciones del capital y
los mandarinatos de autoridades de pacotilla y
no querer comprender la desoladora anulación de
la voluntad, de los sentimientos de civilidad y
amor de la justicia a que ha llegado el pueblo,
para deleitarse en la contemplación de un pasa
do sin virtualidad ya, y, en aras de un lugareñis-
mo pueril, sacrificar las experiencias históricas,
encontrando todo bueno, porque es propio, y mi
rando con suspicacia lo ajeno, porque es ajeno;
no alimentarse, en suma, con el tuétano viriliza-
dor de la verdad, sino vivir evaporándose con el
narcótico de la leyenda, es realizar una obra con
traria a los intereses mismos de la causa que se
cree defender.
Este género de labores, son sobre todo, dañi
nas para las nuevas generaciones, más si ellas,—
como ocurre con la juventud de Potosí— no cuen
tan con otros conductores espirituales que estos
anacrónicos cancerveros de los museos de ideas...
retrospectivas. Esta es la hora, precisamente, en
que Potosí debe hacer acopio de toda su fuerza,
de toda su energía, de toda su inteligencia y de
toda su valentía para hacer frente al problema
de la vida o muerte que le ha planteado su sino
histórico: Ser o no Ser:
«Desdichada la raza—dice Ortega y Gasset—
que no hace alto en la encrucijada antes de pro
seguir su ruta, que no se hace un problema de su
propia intimidad, que no siente la heroica necesi
dad de justificar su destino, de volcar claridades
sobre su misión en la Historia». Nada más opues
to a esta interiorización conciencíal que los espí
ritus dogmáticos y unilaterales.
Hombres de espíritu científico, sin nada de
vida interior profunda, que nunca han sentido la
angustia de justificar su propia vida, ni se han
propuesto el problema de su propia intimidad,—
menos, claro está, de la intimidad de su pueblo—
ni han descendido, por ende, a ese fondo de tor
bellino dantesco donde se esconde el propio Yo,
donde se tropieza con la fría claridad de con
ciencia. En ese fondo amargo es donde el hombre
encuentra la desoladora soledad del Yo frente al
misterio del Cosmos. Es de esa escalofriante so
ledad espiritual de sentirse anonadado ante el pa
vor de las potencias contingentes, que el hombre
sale con el ímpetu faástico de henchir de sentido
el Universo y el corazón " sediento de solidaridad
humana, base de toda cultura superior. Es arran
cando la fuerza de esta profundidad, que el más
grande de los españoles de hoy llama «el seínti-
iniento trágico de la vida», que tanto los hombres
como los pueblos, se dan a la creación de valores
humanos: arte, ciencia, moralidad. Eso es vivir con
la impetuosa desesperación de vencer a la muerte,
a la materia. Sólo así se vive con plena vida his
tórica. Así fueron los pueblos de valimento: la In
dia,. Grecia, el pueblo Hebreo. Lo que vale, por
que triunfa de la muerte, es el espíritu. Todo lo
demás, riqueza material, poderío militar, opulen
cia suntuaria, carcome el tiempo. Fenicia y Car-
tago nada han dejado para bien de los hombres.
Nada les debemos. Con su riqueza se perdieron.
Con su opulencia los olvidamos.
¡ Para concluir, debemos expresar que no obs
tante la buena fe y el meritorio esfuerzo que acom
pañan al señor Subieta en sus estudios históricos,
ellos caen en las limitaciones que hemos anotado,
contradiciendo los propósitos mismos del autor.
78 —
Todo, porque lo curioso de observar en este autor
dedicado a investigaciones históricas, es que las
realiza con un sorprendente espíritu ahistórico. De
cimos, esto último porque para comprender la His
toria, es necesario poseer un sentimiento deveni-
rista del tiempo y de su irrestapable fluencia. Al
revés, el señor Subieta, es 'un permanentista: tieije
el sentimiento estático de la duración, la imagen
subconsciente de la inercia cósmica. De ahí tam
bién que no deduzca nada de las enseñanzas del
pasado, ni infiera algo para el porvenir. Parece
que no se hubiese dado cuenta de que si se inves
tiga el pasado, nó es por el culto hierático de él,
sino por arrancar de él las sugerencias útiles para
la acción de hoy y de mañana. El valor de la His
toria está en que ella sea suscitadora de nueva
vida, no guardadora de lo extinto.
Las nuevas generaciones potosinas, en los opús
culos de este autor, han de encontrar lo que les
sobra: fechas, datos, anécdotas, hipérboles; no han
de encontrar lo que les falta: ideas, orientaciones,
iniciativas, porvenir.
La Paz, 1930.
El sentimiento de la piedad y la ironía en
Osvaldo Molina
Una de las personalidades más sugestivas» por
lo que ella significa dentro de la literatura nacio
nal, en su tiempo y su medio, es la de Osvaldo
Molina.
Frente al mar de lágrimas de nuestra Frica
jemebunda y patética y del océano del énfasis doc
toral y parlamentario de nuestra oratoria, es uno
de los pocos qne ha sabido sonreír, que ha poseído
el fino arte de la nuance y del claroscuro.
Mientras los demás se creían obligados a no
expresarse en otra forma sino era en «aquel re
montado estilo altoperuano» del que se reía René
Moreno y cuyo espécimen sería aquel «orador es
drújulo» que pintó Brocha Gorda, Osvaldo Moli
na escribía con la sencillez con que se habla en
la vida diaria. Mientras los otros sólo sabían afir
mar o negar rotundamente, con todo el dogmatis
mo pasional que heredamos de los españoles, él
supo sonreír como ninguno, con el esprit de los
cuentistas franceses como Alfonso Daudet y el es
cepticismo dieciochesco de los moralistas mundanos
como La Bruyere o Chamfort. Representa dentro
de nuestra literatura aún en pañales, un caso de
precocidad y madurez inusitado.
Molina, nació dotado con esa facultad de ob-
— 76 —
Servación penetrante que le permite adentrarse en
el intei'iorde las almas, descubrir el rostro verdadero
del espíritu detrás de la careta carnal y descubrir
hasta en los hechos más solemnes, el cariz ridícu
lo que esconden. Esa facultad lo llevó a la psi
cología descriptiva, a pintar tipos y caracteres,
desnudar hipocresías y reirse del bufonesco espec
táculo que siempre se presenta a la eterna come
dia social y la fundamental tontería humana.
No ha llegado, naturalmente, como los humo
ristas propiamente dichos, al supremo desinterés
humano que, según Hoffding, define a estos. Su
obra no está excenta de preocupaciones morales.
Por cual, en rigor crítico, antes que como «a
un humorista», cabe considerarlo, más bien, como a
un moralista regocijado y un costumbrista satíri
co que tiene fé en la misión social y educativa
del escritor.
Tuvo la sensibilidad aguzada para escribir, a
golpe de vista, el contraste entre lo ideal y lo
real, entre la teoría y la práctica y el vicio que se
disfraza de virtud. Descubrió la maldad detrás de
la bondad opulenta de la seda y la bondad ocul
ta en el infortunio del harapo. Se rió de los gran
des y amó a los humildes. Para éstos tuvo su pie
dad. Para aquellos su ironía.
Ironía y piedad, estas han sido las Musas de
OsvaldoMolina y a él son también aplicables estas
palabras que de sí mismo dijo Anatole France:
«Cuanto más pienso en la vida humana, más creo
que hay que d'arle por testigos y jueces, la Ironía
y la Piedad, así como los egipcios evocaban sobre
sus muertos a la Diosa Isis y a la Diosa Neftis.
La ironía y la piedad son dos buenas consejeras:
la una sonriendo, nos hace amable la vida; la otra,
— ■ 77 —
llorando, nos la hace sagrada. La Ironía que in
voco no es cruel. No se burla del amor ni de la
belleza. Es dulce y benévola. Su risa calma la
cólera y ella es quién nos enseña a burlarnos de
los malos y de los tontos, a quienes, sin ella, po
dríamos tener la debilidad de odiar».
Esa ha sido su actitud espiritual. Irónico y sen
timental, en él, cuando buscamos la risa, encontra
mos la lágrima. Tal, cuando después de habernos
divertido criticando la manía de versificar en «L os
poetas rurales», o la vanidad presuntuosa en «Las
buenas maneras», nos enternece la piedad cuando
en « Fugitiva» o «Pobre lágrim a» nos habla del
dolor de los humildes en medio de la alegría de los
dichosos y bien nacidos.
Molina ha sido la mejor posibilidad de ironis-
ta que hemos tenido. Y, naturalmente, posibili
dad frustrada. Porque, se explica: ¿cómo íbamos
a permitir que en un pueblo donde todos somos
tristes, haya alguien que se atreva a reir, y donde
todos somos solemnes, alguien se ría de la solem
nidad...?
El medio tenía que combatirlo. Y, ahí lo te
nemos, paseando su ironía frustrada por las vie
jas calles de la letárgica Chuquisaca de San Alber
to y el Arzobispo Villareoel, el de «Los dos cuchi
llos», con un alma de Mefistófeles convertido al
catolicismo y sometido a la autoridad del altar y
del trono, «los dos cuchillos»-
No impunemente se comete el delito de haber
nacido antes de tiempo y de haber osado oponerse
al ambiente. Querer reír de las cosas sagradas en
el pueblo de la tan colonial herencia católica y te
ner el sentimiento de la realidad en un pueblo que
ama la apariencia, descubrir las hipocresías y de-
— 78 —
uuuciar las simulaciones de una sociedad que, pre
cisamente, ha erigido la superstición de los tí
tulos de nobleza y de los títulos universitarios a la
categoría del dogma de la Concepción Inmaculada
y de la Predestinación y la Gracia, pretender des
nudar al hombre de la gorguera almidonada y a la
dama del miriñaque pompadour para ver la reali
dad de su carne y hueso y que sigue aún creyendo
que la «verdad» es «un pecado» y que, por no ver-
la desnuda, aunque sea hermosa, pero que es «in
moral», le habrían puesto si por ahí se hubiese ex
traviado, a la Venus de Milo, el hábito de Santa
Teresa, era para vivir en una lucha a muerte con
el ambiente y se reproduzca aquel antagonismo
entre la aptitud individual tomada a brazo parti
do con la pequeñez del medio, que nadie simboli
za mejar que el Julián Sorel de Stendahl. Para
sostener ese combate, se requería tener aquel sen
timiento trágico de la libertad del pensamiento
del Federico Nietzsche de «Así hablaba Zarathustra»,
o la vehemencia romántica de Mariano José de
Larra, «El p obrecito hablador».
Pero si no se tiene el temple de alma de es
tos héroes de la cultura, sólo queda una alternati
va: o emigrar allí donde se encuentre la patria del
alma, para salvar aquello que se debe defender
por encima de todas las cosas, «el derecho al desa
rrollo completo de la personalidad», o adaptarse.
Y, adaptarse, es sacrificar en homenaje al
Sancho carnal y casero que cada quisque carga en
su fisiología, la parte luminosa del Quijote que hay
en las almas privilegiadas.
Tal el caso de Osvaldo Molina entre nosotros:
el de una posibilidad brillante combatida por un
medio adverso.
— 79 —
Fué uno de esos talentos qtíe si hubiera llega
do a realizar toda su personalidad en un ambiente
propicio, habría llegado a ocupar el rango del pri
mer ironista boliviano. Pero, el popular «Osmin»,
antes que tomar en serio «su esprit», apuntando
hacia lo grande, fué derrochándolo en corrillos de
amigos, en charlas de salón, en etímeros artículos
de prensa, hasta llegar— hoy— a despreciar sus
mejores páginas, considerándolas como simples es
carceos juveniles. M ató en gérmen, al ternuroso
cuentista de la piedad humana y al fino ironista
de la comedia social que había en él.
Ingenio y gracia, sentimiento de la ironía y
de la piedad, eso hay en la muy sustanciosa, aun
que muy escasa, obra literaria de Osvaldo M oli
na. Eso es lo que más falta ' en nuestros corazo
nes: la enternecida piedad por los humildes y la
delicada ironía para todo aquello, que, sin ella, nos
hace caer en «la debilidad de odiar».
Es un deber para sus amigos y admiradores
que recojamos su labor dispersa, en un libro, cuyo
título ya se anunció de hace años: «L a religión
de las montañas». Ese opúseulo será no solo rega
lo de los lectores de buen gusto, sino una valiosa
contribución al refinamiento de la espiritualidad
del ambiente y a la cultura de los sentimientos
morales.
La Paz, 1.934,
Observaciones críticas a «Itinerario Espiri
tual de Bolivia» por José Eduardo (¡uerra
Los diversos comentarios bibliográficos que se
han vertido por la prensa de esta capital con mo
tivo del último libro de José Eduardo Guerra han
pecado o de muy superficiales, o de muy elásticos
en el elogio, pero no han aportado,— fecundando la
obra del autor— lo que era de más provecho para
una discriminada valorización del libro y del au
tor: juicios razonados de crítica positiva, de crítica
que señale, con los elementos de prueba de rigor,
las excelencias y deficiencias de la obra comentada.
Nosotros, aunque se nos tache de rigurosos por
demás, preferimos seguir ese sistema, con el cual
creemos servir más eficazmente al progreso de la
cultura nacional, que nó con el sistema del elogio
amistuoso o e^simple «juicio de valor» impresionis
ta.
Y, para empezar por lo primero, apresurémo
nos en decir que si bien el «Itinerario Espiritual»
de José Eduardo Guerra, que en su intención no
ha tenido otra que la de hacer labor bolivianista
en Europa, y, en general ha cumplido bien ese pro
pósito, para Europa, en cambio, para los bolivia
nos, especialmente para los que no pertenecemos a
la generación del autor, nos resulta inaceptable,
6
por el criterio «atrasado»,— «ochocentista»— con
que el autor ha contemplado el panorama de la li
teratura nacional. A más de eso, es deficiente en
su información bibliográfica y en el juicio crítico,
Guerra se ha dejado influir por las solicitudes de
la amistad y el compañerismo, unas veces, y, otras,
ha aceptado por suyas, sin mayor análisis, opi
niones hechas, cristalizadas, convencionalmente ad
mitidas, que serían perdonables en boca o en plu
ma de un gacetillero, pero no en un escritor co
mo Guerra, que debiera evidenciarse por su «jui
cio propio». Hay derecho a exigirle eso. Se trata
no de un aficionado, sino de un Yerdadoro hombre
de letras.
Si los de la presente generación vamos a per
mitir que esos juicios «consagrados por la rutina»
continúen sosteniéndose y difundiéndose por es
critores del prestigio del autor de «Estancias», sin
revisarlos u objetarlos, entonces se corre el riesgo
de un perjudicial estancamiento dentro del pasa
do que retardaría el progreso a que, por impera
tivo vital, están llamadas las letras nacjonales.
Por lo mismo que este «Itinerario Espiritual»
es el único ensayo serio que se ha hecho en estos
últimos tiempos, para darnos una visión panorá
mica de nuestra literatura' y de sus perspectivas
porvepiristas, importa analizarlo con severidad,
revisar los juicios apresurados, completar las de
ficiencias de información, y, en suma, demostrar al
autor que mientras él, en Europa, sigue creyendo
de buena fe en ideales que fueron los de su tiem
po, en la Bolivia actual, las nuevas generaciones
van en pos de otros ideales muy distintos, que es
otra, muy diversa, su orientación.
Y que, por muchas r'azones, pero sobre todo
por la capital de este momento histórico, por la
tragedia de la realidad boliviana que cada cual
sufre, debe llegar el momento de que la literatura
deje de ser, - como hasta ahora, el simple d ileta n
tismo que ha sido, para empezar, realmente, a ser
arte nietzscheanamente escrito con sangre, digno
de los tiempos de angustia en que nos ha tocado
vivir.
Esto que afirmamos no quiere decir que
dejemos de reconocer que en las generaciones
pasadas ha habido algunos, verdaderos héro
es de la cultura, que han sentido el phatos del
arte, y no han cultivado las letras por vanaglo
ria mundana o arribismo político, sino que han
sacrificado, flaubertianamente, su vida a su arte,
como Ricardo Jaimes Freyre, o a sus ideas, como
Rene Moreno, o a su apostolado, como don Ben
jamín Fernández, el hoy olvidado profesor de De
recho, que sostuvo el positivismo comtiano en la
teológica Chuquisaca de su tiempo. Tales ejemplos
de artistas puros o idealistas de verdad constitu
yen la excepción. Ellos no pueden dar a su ge
neración el colorido general. Este lo dan los p o e
tas albumiuoideos y efem eridográficos y los afi
cionados que a los veinte años prometían llegar
a ser literatos y a los treinta resultaban ya dipu
tados. Por eso mismo, también, urge, en un aná
lisis de la literatura boliviana, revisar muchos jui
cios'convencionales que han alcanzado ya la inmo
vilidad de lugares;! comunes estratificados por la
clásica pereza mental nuestra y la falta de críti
ca. Muchas de esas beatificaciones oficiales se han
urdido atendiendo más que a lo que el hombre ha
dado como «intelectual», a su figuración política
o a su rango social. Y, mientras a unos, por estas
— 84 —
causas, se les ha supervalorizado, hasta alzarlos a
la categoría de «ídolos intangibles», a otros, que
han aportado su valioso, aunque oscuro concurso
a la cultura, se los olvida o desestima.
Indudablemente que no es justo pedir á Gue
rra, que presenta su libro sin pretensiones de es
tudio crítico, sino en la forma cordial de «Itine
rario», haga una «revisión de valores», para lo
cual no está capacitado, tanto por lo epidérmico
de su sentido crítico, su carencia de información y
estudio profundo de la evolución literaria del país,
— él está muy versado en literatura francesa— co
mo porque también, para realizar esa tarea se
necesita ese valor moral y espíritu de sacrificio a
las propias convicciones de que en Bolivia, hasta
ahora, no han dado muestras de poseer sino Ga
briel René Moreno y Arguedas, en e! juicio históri
co,— por lo que han sufrido la excomunión mayor
que merecen todos los herejes de nuestra Santa
Iglesia Católica de la Mentira Patriótica— y don
Franz Tamayo y Jaime Mendoza, y algunos po
cos más aspirantes a herejes.
Cuanto a José Eduardo Guerra no hay temor
de que incurra en ninguna herejía, digna de un
auto de fe altoperuano. El «Itinerario Espiritual»,
antes que la obra de un crítico, es la de un di
plomático. De un diplomático que para ante la Eu
ropa aristocrática que nos ignora decentemente y
a la cual no le significamos otra cosa que un caso
de «folklorismo pintoresco», ha desempeñado el
papel del buen «cicerone» que va a enseñarles
todo lo de presentable que tenemos.
Por eso, antes que hablarles de nuestra li
teratura y de nuestros literatos, les ha hablado de
nuestro paisaje, de la irqpoluta belleza del Illima-
— 85 —
ni, la solemne austeridad de la altipampa y la vir
gínea suculencia de las selvas, lo único bello que,
hasta ahora, tenemos en materia de arte. Ha pro
cedido,— como que Guerra es un fino espíritu—con
sagaz perspicuidad y sonriente levedad anatoliana.
Su labor es digna de aplauso. Ha hecho una
buena obra para el fin a que su libro está desti
nado. Pero aquí,— dentro de casa—ya no podemos
estar de acuerdo del todo, en un todo, con él. Es
preciso que nos digamos la verdad y no continue
mos comulgando con ruedas de molino. Que nos
estudiemos a nosotros mismos. Que procuremos
alcanzar la conciencia más clara de lo que hemos
sido, de lo que somos y de lo que podemos ser.
Don Miguel de Unamuno atribuye a la falta de au-
toconocimiento que ha caracterizado al español clá
sico en la mayoría de sus fracasos como pueblo y
como cultura. En Bolivia hemos heredado esta ta
ra. Vivimos de m entira-decía, ya hace años, don
Fran Tamayo—y todo miente y todos mentimos.
Nadje se atreve a decir la verdad, ni a decírsela a
sí mismo. Esforcémonos por ser veraces, por es
tudiarnos a nosotros mismos.
Y volviendo al «Itinerario», pensamos que, para
la propia información de Guerra, no ha de ser inú
til examinemos sus opiniones, ratifiquemos unas,
rectifiquemos otras, y le presentemos nuestro crite
rio. Por más que no sea más que el de un bolivia
no que ve las cosas desde un punto de vista aca
so estrechamente, provincianamente boliviano, pue
de por eso mismo, servirle para sus libros posterio
res. -
La Paz—1933.
La cuestión del "Indianismo 11
Entre los juicios apresurados, o desacertados,
de José Eduardo Guerra, en el libro que examina
mos, nos ha parecido el capital el que emite so
bre la cuestiórí del «Indianismo» en literatura, Por
eso, empezamos por consagrar al tema este primer
análisis.
Dice Guerra: «El llamado «Indianismo» que
tiene hoy en América— yen Bólivia—exaltados pro
pagandistas, no pasa, en mi concepto, se ser una
simpática ilusión sin aplicación posible en la pre
miosa realidad que nos impone a cada instante vol
ver los ojos hacia Europa».
Se explica que Guerra, que vive en Europa,
haya vertido ese juicio. Si viviera en Bolivia, si
hubiese conocido la Bolivia verdadera, que es la
campesina, su opinión sería otra. Para los que vi
vimos en Bolivia, para los que, desde pequeños,
viajando por campos y pueblos, hemos tenido que
enfrentarnos ante la realidad de la vida nacional,
la primera exigencia que se nos impone, a cada
momento, es apartar los ojos de la Europa exóti
ca que desorienta nuestra conducta y volver a la
realidad boliviana que es la fundamental, decisiva
vida indígena.
A más de reconocer esto, es tiempo ya de
arrancar deducciones de nuestra historia. Si ahon
damos en ella, forzosamente tendremos que llegar
88 —
a ver que, desde la Colonia para acá, nuestra exis
tencia ha sido en la forma hispánica, pero en la
* esencia, india.
De ello ha provenido el desequilibrio de nues
tra existencia pseudomorfótica. Queremos vivir a
la europea, pero sentimos como indios. En todos
los aspectos de nuestra existencia se refleja esta
desarmonía: lo mismo en política que en litera
tura, en lo social como en lo doméstico, Así, en
política, hemos adoptado «las formas» de gobier
no europeas, pero esas formas, al llevarse a la
práctica, han cobrado la modalidad indígena, más
concretamente, pseudomorfóticamente, chola. Se
legisla con leyes occidentales, pero se obra con
espíritu de aylltt. Igual en literatura: escribimos
en castellano, pero pensamos en aymara o keswa.
Y, de hecho, nuestra vida, nuestra conducta, nues
tro sentir y gobernar, resultan falsos, deficientes,
fragmentarios y vacilantes; no llegamos nunca, ple
namente a realizar la totalidad de nuestro espíri
tu dentro de una forma definida. Somos natura
lezas problemáticas, en el sentido goethiano de
estos términos.
Y, este hecho fractura nuestra existencia, coar
ta el desarrollo y expansión de la personalidad y,
a la larga, ocasiona que todos seamos unos hom
bres fracasados.
¿Cómo hacer frente a este conflicto? Unos, co
mo Guerra, piensan que hay que volver los ojos a
Europa, occidentalizarnos. Hace ya euatro siglos
que venimos persiguiendo ese ideal. ¿Lo hemos,
alcanzado?... El medio telúrico continúa como an
tes de la conquista, como durante ella y como
ahora, sin haber perdido su enorme fuerza plas
madora de hombres v acontecimientos.
Entonces, antes que,— como hasta ahora—pre
tender vivir desligados' de nuestro medio, impor
tando y trasplantando lo mismo modos de vestir
que sistemas de gobierno, y. hasta emoción y be
lleza, lo fatalmente imperativo es volver los ojos
a la tierra que habitamos, obedeciendo, dóciles, a
los influjos maternales de la tierra nutricia.
Esto no significa el rechazo sistemático de to
do cuanto de bueno nos viene de Europa. Sería
absurdo. Lo que decimos es que, antes de euro
peizar hasta lo raigalmente nuestro, como hemos
pretendido hacer hasta ahora, debemos esforzarnos
por imprimir un sello americano a lo europeo.
Y, si bien, en muchos aspectos de la ciencia y
de la técniaa eso ya no es posible, en el terreno
ideal del Arte, ¿por qué no vamos a tener derecho
de ir en busca de nuestra propia expresión, de
fender la originalidad de nuestro espíritu y dar
una emoción autóctona a nuestras letras?
Esto es lo que persigue el Indianismo. ¿Por
qué una orientación de tal naturaleza, que no va
en pos de lo brillante fascinador de Europa, como
fueron el Romanticismo y el Modernismo, sino que,
más bien busca sus fuentes de inspiración én los
motivos familiares y en lo que a diario convivi
mos iba a ser «una simple ilusión sin aplicación
posible en la realidad» eomo afirma Guerra?
Al revés: entre el pseudoclacicismo de los Co
loniales, el Romanticismo de los Patricios, el M o
dernismo de los rubendarianos y el «Indigenismo»
de hoy, las orientaciones exóticas, desvinculadas
del medio y ajenas a la realidad nacional, fueron
aquellas y no el Indigenismo que responde no ya
solamente a una efímera veleidad de moda litera
ria, sino a la «premiosa realidad» de nuestra vida,
que nos obliga a volver los ojos a lo nuestro, a lo
que no es sólo un alarde de erudito o de retóri
co, como el de nuestros anacrónicos grecologistas
como Tamayo o el bizarro versallismo de los M o
dernistas que cantaban a ia Marquesa Pompa
dour y el clavecín de su abuela, sino que respon
de a la angustia de todos los días, a lo profun
damente de nuestro vivir y a un legítimo senti
miento de reivindicación social y a la expresión
sincera de la «humilde verdad», a dar, en arte, lo
que es nuestro, aunque sea indio, y nó pompadu-
rismos de boudoir y erotismos satánicos aprendi
dos en Baudelaire y Lorrain.
«En un renacimiento literario—escribe Ganivet
— es esencial que el punto de arranque esté en el
mismo suelo de la nación y que los tipos inicia
les sean- tipos del pueblo, vistos como son, no
idealizados y falseados al modo de los pastores
de idilio y los campesinos de cromo. Sólo cuando
en una literatura abundan estos tipos reales se
puede confiar en un florecimiento artístico dura
ble».
Precisamente, en el hecho de que , empezemos
a conceder carta de ciudadanía al indio dentro
de la república del arte, hay que ver el síntoma
de que nuestra literatura, habiendo vencido ya su
período de infancia— que es siempre de imitación
indiscriminada— está alcanzando su vigor de ju
ventud,—-período que es, tanto en lo psicológico
individual como en la evolución cíclica de la acti
vidad estética en los pueblos—de conquista de la
autonomía y conciencia del Yo.
Ideología Indianista
El Indianismo como doctrina y creación ha
nacido en el Perú serrano y ha trascendido a la
Bolivia altiplánica. Cuenta ya cdn una ideología
propia. José Carlos Mariátegui, de presltigio con
tinental, José Uriel García, el rutilante preconiza-
dor del «Nuevo Indio», Gamaliel Churata, el más-
culo prosista de «El Gamonal» y, tantos otros,
han dicho ya mucho de lo que en fundamenta-
ción de la doctrina, había que decir.
El pensamiento de Mariátegui es conocido en
tre nosotros. Por eso, recomendaríamos a Guerra,
la lectura de «Siete ensayos de interpretación de
la realidad peruana», especialmente el ensayo sép
timo, dónde enjuicia la literatura de su patria y
llega a valorizaciones críticas de tan luminosa pe
netración. Uriel García a difundido, ¡con qué ma
gia del arte de la prosa!, su tesis de la «indiani-
dad» plasmadora de cultura en «El Nuevo Indio»
y en los ensayos que publica en «La Prensa» de
Buenos Aires, y Gamaliel Churata, que no ha reu
nido aún su jugosa producción en volúmen, ha
publicado estudios de tanta enjundia como «El
Gamonal», «Ubicación del Pallasiri», «Tendencia y
Filosofía de la Chujlla» y «Temas de Religión y
de Arte americanos». Un estudio último del meji
cano Moisés Sanz, «Sobre el Indio Peruano», pro
porciona la más metódica información sobre los
— 92 —
diversos aspectos del problema .indígena en Sura-
mérica. (1)
Cuenta, luego, el Indianismo, con una ideolo
gía bien cimentada. Lo que falta es la realización
de esos ideales en creaciones maestras de arte. Esa
obra vendrá. El porvenir de este arte duerme en
el seno de los dioses del Ande, Apus tutelares.
Necesario es advertir, empero, que prescindien
do de los precursores de esta tendencia, como el
López Albújar de «Cuentos Andinos» y el Argüe-
das de «Raza de Bronce»— indianistas con técnica
europea— en la lírica contamos ya con una reali
zación estética de primer valor; es el poemario
«Ande» del puneño Alejandro Peralta. «Con «An
de»— ha dicho Chocano—ha nacido el Imperio In
cásico de la lírica en América». Hoy, acaba de
darnos otro libro, de menor pureza estética que
«Ande», pero de mayor ímpetu revolucionario, «El
Koll&o».,
Peralta es el poeta del Titikaka y de su es
píritu encarnado, el indio balsero dellago.
Y, ahora, con referencia a su obra, se nos ocu
rre esta idea: los límites de las nacionalidades en
América, como obra artificial de la política, no
son los mismos para los espíritus. Estos obede
cen a otros factores más sustanciales, el influjo
cósmico y análoga sensibilidad y credo estéticos.
En este sentido, más nuestros los sentimos, verbi-
(1) Saenz ha escrito también otros estudios sobre el
indio de Guatemala y del Ecuador.—Ultimamente ha publica
do el valiosísimo aporte de psicología y pedagogía experi
mental del indio mejicano *Corafrán-Bosquejo de una ex
periencia», algo de lo mejor que sobre vitales problemas de
América se ha escrito para los americanos. .
gracia, a Gamaniel Churata, que si nacido en Pu
no, es tan andino y altiplánico, tan «kollawipo»
en su espíritu y el másculo empuje de su prosa
varonil, o a su hermano Alejandro Peralta, el poe
ta diáfano del .lago, que a un poeta o escritor de
un emperifollado versallismo de una ciudad boli
viana con un poco o ningún ambiente andino ya,
como Tarija por ejemplo. Más compenetración psí
quica hay, por eso, entre un escritor paceño y
otro cuzqueño, que entre éste y otro limeño, con
el cual, si la nacionalidad política los une, el es
píritu de sierra del primero y de llanura del segun
do, los separa. Los límites de las literaturas no se
van a conformar con los de las nacionalidades,
han de obedecer al insurgente influjo telúrgico que
en esta américa agreste imprime tan rotunda mo
dalidad a las conciencias. Ya en Bolivia misma,
va diferenciándose la literatura del «Ande», que
ha de cobrar con la surperuana un mismo carác
ter, de la del oriente y del sudeste, determinadas por
otro paisaje, como que ya ahora mismo, los tími
dos asomos de literatura regional que están apa
reciendo en Tarija, más semejanza presentan con el
vernaculismo del norte argentino, al que sigue en
el folklorismo gauchesco, el criollismo verbal y el co
lor local, que con la lírica o cuentística de esta re
gión kollawina.
Entonces, y volviendo al caso del autor de «An
de»: ¿porqué no considerarlo como un poeta nues
tro? En espíritu y obra está ligado a nuestro pai
saje y nuestra sensibilidad como el mejor de los
nuestros. Es el poeta del Lago. Y el Lago es tan
boliviano que no es de creer que el hecho de haber
nacido en Puno, sea parte para que dejemos de con
siderarlo como a uno nuestros valores representad-
vos, el piloto avizor, precursor profético, vate, de
una corriente por hoy literaria,— el indigenismo—
pero llamada en el futuro a cobrar una palinge-
nésica trascendencia social revolucionaria.
Churata, que tan impagables servicios ha pres
tado a nuestra cultura,—él fué el iniciador, conduc
tor y maestro del movimiento «Gesta Bárbara» en
Potosí, en 1,918. y hoy es el alma y nervio de «Se
mana Gráfica» en La Paz—y el poeta de «Ande» y
«El Kollao» son dos valores andinos, indianistas.
«La corriente indigenista— escribe Mariátegui
— que caracteriza a la nuevr. generación peruana,
no debe su propagación presente ni su exageración
posible a las causas eventuales y contingentes que
determinan comunmente una moda literaria. Tie
ne una significación mucho más profunda. Basta
observar su contingencia visible y su consanguini
dad íntima con una corriente ideológica y social
que recluta cada día más adhesiones en la juven
tud, para comprender que el indigenismo literario
traduce un estado de ánimo, un estado de concien
cia del Perú nuevo».
El indigenismo no es, como se ve, una mera
moda literaria. Arranca de la tierra materna. Co
mo tiene sus raíces en la gleba, está -nutrido con el
jugo de las angustias proletarias, recoge el clamor
de justicia de estos nuestros pueblos del Ande que
buscan también su redención por la belleza que
es bien y verdad.
Esto es lo que parece ignorar Guerra. Por eso
ha afirmado que «el indianismo no pasa de ser
una simple ilusión».
La ilusión es creer que vamos a seguir cantan
do al cisne de Leda y el monte Helicona cuando
para eso tenemos al Illimani y al Indio,
Fisiognomica del paisaje andino
El «Itinerario Espiritual» que, al decir de su au
tor, «es algo así como una geografía literaria dé
Bolivia», comienza por referirse a la región andi
na y dice: «El paisaje de Ja altiplanicie andina
ge resiste, por su grandiosa simplicidad, a ser tras
mutado en palabras y.colores».
Por eso, precisamente, pone a prueba la sen
sibilidad endopática del artista. Ya es clásico
aquello de Amiel: el paisaje es un estado de alma».
La belleza no está en el dintorno. Está en el hom
bre.
Mas también, si todo paisaje es un estado de
alma, toda alma es un estado del paisaje. Cada
paisaje engendra un ser distinto. Y un arte propio.
Cabe preguntarse: ¿cuál es la literatura que
va a producir el medio andino, cuando nuestros ar
tistas alcancen a expresar el sentido propio de aquel?
Sí^ según Pedro Henríquez Ureña, «el espíri
tu déla poesía clásica española adquiere unidad y
augusta armonía, graciás al sello nacional que la
austera Castilla llegó a imprimir al resto del país»,
nos será lícito, también, aventurar la afirmación
de que ha de ser el espíritu del Ande, quien ha
de dar a nuestras letras un relieve característico,
la anhelante inquietud de cumbre y la ansiedad
infinita de la pampa, un sentido sobrio y humano,
ese fundamental estoicismo y desdén del sufrimien
— 96 —
to propios del indio, con la nostalgia y saudade
de un bien desconocido, sentimientos que ya en
contramos en algunas poesías aymaras y algunos
poemas keswas como los de Hualparrimachi. Ade
más, una profunda compenetración con la «madre
tierra».—la Pachamama— , la consubstancialización
con el cosmos, con una percepción tan aguileña de la
transparencia ambiental, un admirable sentido del
color y de la línea, el todo dicho con una gran
economía de expresión, con un tiwanacota sinte-
tismo,
Sintomático es, en este aspecto, la transfor
mación, experimentada por Gregorio Reynolds, cuan
do el cantor de las noches perfumadas de luna y
de jazmín de las huertas chuquisaqueñas, sintió el
influjo del Kollao y el poeta versallesco y senti
mental de «Quimeras» se convirtió en el épico
cantor de «Tiwanacu». Reynolds dice, y dice ver
dad, verdad y poesía:
«En este ambiente el alma se retempla,
y entre sueños heroicós, sueños grandes,
tocada por el éxtasis contempla
el grandioso hemiciclo de los Andes».
i
El mismo Guerra ad/ierte, acertadamente: «sue
le ocurrir que escritores nacidos y educados en las
provincias del oriente, al ponerse en contacto con
la naturaleza de la sierra, sufren la influencia de
ésta sobre su temperamento y su mentalidad». Es
que la sierra es más espíritu que el valle y la
selva. Estos son más naturaleza. En ellos el al
ma se adormece en el sueño nirvanieo. Ea sierra
urge la energía creadora. Hay que insuflar vida
vida en el yermo y la roca.
Cita Guerra, como trozos antológicos kollavi-
nos, un fragmento de «La Raza de Bronce», unas
estrofas de «Los Antepasados» de Jaimes Freyre
y el popular soneto «La Llama» de Reynolds. Es
imputable a carencia de bibliografía que no hu
biese mencionado siquiera, ya que no trascrito
algo, de lo «más representativo» que hay al res
pecto: el poema «Illimánica» de Jaime Mendoza y
algunas producciones más. Ellas habrían podido
dar mejor sensación del paisaje andino en el Itine
rario».
De los que menciona, no los hace figurar con
lo mas logrado de su obra: la mejor de Reynolds
es el poema «Tiwanacu» y varios trozos de «Re
dención».
De Ricardo Jaimes Freyre opina «que el pai
saje de la tierra natal asoma dos veces solamen
te en esa obra, (Castalia Bárbara), una en este
apunte del trópico, (Cristo) y otra en una breve
visión del valle, «Crepúsculo». Y, agrega: En «Cas
talia Bárbara» los paisajes son paisajes ideales o
pretéritos y el sentimiento poético se encarna en
personajes de la mitología nórdica y el alma le
gendaria del medipevo».
Al revés, casi todo el paisaje de «Castalia Bár
bara», y no solamente el paisaje, sino el ritmo, el
matiz, la sobriedad y precisión de imágenes y el
ambiente general del poema, son andinos. Este
juicio, al parecer paradójico, o arbitrario, sería de
evidenciarlo ante el pensar rutinario de los que
se quedan en la letra, sin penetrar en el espíritu,
con suficientes elementos de prueba, en un análi
sis minucioso de la poesía freyriana, cosa que no
podemos hacer ahora. Por lo pronto bástenos es-
7
— 98 —
ta afirmación apodíctica: el paisaje de «Castalia
Bárbara» es boliviano, sólo que el poeta lo ha ex
presado con símbolos de la mitología nórdica. O-
tro caso de psevtdoformismo en nuestra literatura.
En una exégesis prolija de la lírica dejaimes
Freyre, habría que comenzar por preguntarse: ¿de
dónde viene al poeta esa visión tan fina y sutil del
paisaje, la reiteración con que alude a la llanura de
solada, los cactus solitarios y la persistente sen
sación de altura, dfe nieve y de niebla que hay en
todo «Castalia Bárbara» y en «País de Sueño»...?
¿Será que eso captó en un tratado de mitología
nórdica? ¿Pero, dónde se compenetró Jaimes F'rey-
re con el paisaje escandinavo hasta trasubstanciar
a su Yo el sentimiento profundo de aquel paisaje?
Seguramente Jaimes Freyre no conoció Noruega y
los países germánicos y vikingos sino a través de
las Operas de Wagner y los «Poemas Bárbaros» de
Leconte de Lisie...Eso no es suficiente...
En cambio, viajó mucho, desde niño, en esas
largas, lentas y abrumadoras caminatas a lomo
de muía, que antes se hacía por las llanuras y sie
rras del Perú y Bolivia y, al viajar así, al per
noctar en los tambos, en esas primitivas chujllas
azotadas del viento, la nieve y la neblina, todo ese
paisaje fué adentrándosele en el alma, hasta caer
en el subconsciente, donde, estratificándosele, for
mó la base granítica de su propia alma, la verte
bra de su persolidad. Cuando llegó la hora de la
poesía, el subconsciente afloró al exterior y el poe
ta al expresar lo más soterráño de su espíritu, su
sentimiento del paisaje, su visión cosmogónica y
su anhelo metafísieo, recurrió, .sugestionado por la
moda literaria de su tiempo, a la simbología nór
— 99 —
dica, mas, en forma europea, virtió un espíritu, un
sentimiento andino de la vida.
De otro andinista que se ha olvidado Guerra,
es de Franz Tamayo. ¿Qué dónde ha expresado
Tamayo su andinismo? En toda su obra, hasta
en su conferencia sobre Horacio y en la «Creación
de la Pedagogía Nacional», pero, sobre todo, en
toda su obra poética, y, hasta en su ensayo de tra?
gedia griega, «La Prometheida».
Esto exigiría otro comentario. Más, no cabe
pecar de inoportunos con estas exégesis fuera de
tiempo y de lugar. Lo háremos en otra oportuni
dad.
La Paz— 1,933.
El andinismo en la literatura boliviana
Comentario a una confe
rencia dada en Berlín p o r
José Eduardo Guerra.
El análisis de juicio y la controversia inte
lectual, cuando se los realiza con el honesto pro
pósito de buscar la verdad como los griegos y no
de armar pleito como los rábulas, son siempre fe
cundos en buenos resultados para la cultura. Tal
lo ocurrido con las critículas que consagramos a
«Itinerario Espiritual de Bolivia» de José Eduardo
Guerra. Esos comentarios han alcanzado el buen
efecto de precisar y acrecentar el criterio con que
Guerra enfocó el panorama de la literatura na
cional y ¿por qué no decirlo?, le ha estimulado a
que dando un cuarto de conversión de su actitud
exclusivamente occidentalista, se incline por «el
andinismo» la doctrina que sosteníamos.
Guerra afirmó: «El llamado «indianismo» no
pasa de ser una simple ilusión sin aplicación po
sible en la premiosa realidad que nos impone a
cada instante volver los ojos hacia Europa». Ob
jetamos nosotros: « Al revés, entre el Pseudoclasi-
cismo de lo^ Coloniales; el Romanticismo de los
Patricios, el Rubendarismo de los Modernistas y el
Indianismo de hoy, las orientaciones desvinculadas
de la realidad nacional fueron aquellas y no ésta,
— 102
que responde no a una efímera veleidad de moda
literaria, sino al rehuible determinismo telúrico y
manifiesta un estado de conciencia de la Bolivia
actual.
Por su Conferencia, dada en días pasados en
el «Seminario Románico de la Universidad de Fe
derico Guillermo» de Berlín, vemos que Guerra ha
reaccionado de su exclusivismo europeista, incli
nándose al andinismo que le planteábamos.
Aparte de eso, nos complace que algunos jui
cios críticos nuestros, que sonaron aquí mismo a
paradógicos, como la presencia del «paisaje andi
no» en la poesía pseudomorfóticamente nórdica de
Jaimes Freyre- hubieran sido aceptados por el au
tor de «Itinerario». Así, escribe: «El mismo críti
co advierte (se refiere al autor de estas líneas), y
acaso no ande descaminado, qué en Ricardo Jaimes
Freyre, el admirable poeta de «Castalia Bárbara»,
no solamente el paisaje, sino el ritmo, el matiz, la
sobriedad y precisión de imágenes y el ambiente
en general, son andinos».
«La afirmación me parece ya aventurada— agre
ga Guerra—en demasía en pretender aplicarse en
la misma medida a «La Prometheida» de Franz
Tamayo, tragedia lírica que revela las arraigadas
aficiones humanistas del autor y su culto por los
efectos verbales, bastante extraños a la sobriedad y
precisión de «imágenes» que Medinaceli reconoce
como cualidades andinas en la poética de Jaimes
Freyre».
Esto dejamos de explicar porque en «El Diario»
de esta ciudad, donde se publicaron nuestros co
mentarios, nos cortaron bruscamente, el derecho a
continuar colaborando o ocupando esas columnas,
precisamente en el momento en que íbamos a in-
— 103 —
gresar a lo más interesante de nuestro tema: el
«andinismo» en la poesía y la personalidad de Ta
mayo. Tuvimos que dar por terminado el comen
tario del libro de Guerra, que estaba en su- comien
zo, pues nos faltaba mucho por analizar, lo refe
rente al paisaje de valle y del oriente y concluir con
estas palabras: «De otro andinista que se ha ol
vidado Guerra es de Franz Tamayo. ¿Qué dónde
ha expresado Tamayo su andinismo? En toda su
obra, hasta en su conferencia, sobre Horacio y en
«Creación de la Pedegogía Nacional», pero, sobre
todo, en «La Prometheida».
«Esto exigiría,— agregábamos—otro comenta
rio. Mas, no cabe pecar de inoportunos con estás
exégesis fuera de tiempo y lugar. Lo haremos en
otra oportunidad». Esa oportunidad tampoco ha
llegado hoy. La clamorosa resonancia política
del hombre—de Tam ayo—nos veda el deseo de es
tudiar su literatura. (1) La «cavilosidad altope-
ruana» que decía Moreno, hallaría motivos incon
fesables a un mero afán literario de estudiar, de
finir y caracterizar a un escritor que, para quien
esto escribe, no tiene otra importancia, que la de
ser escritor. Sin embargo, para sostener esa afir
mación que le parece a Guerra «aventurada en
demasía» sobre el «indianismo» en lírica de Tama
yo, cuánto no desearíamos detenernos a analizar
y evidenciar, con los suficientes elementos de prue
ba y el razonamiento dialéctico y crítico de rigor,
(1) Esto se escribió en octubre de 1931. Por aquellos días
don Franz Tamayo era candidato a la Presidencia de la Re
pública.
/
— 104 —
«el sentido sanguíneo» del color en los versos del
autor de «Scherzos», «color aymara» (1). el senti
miento de la lejanía «espacial» en los mejores mo
mentos de «La Prometheida», como allí donde ha
bla de «horizontes que sigue a horizontes» y de
«lontananzas detrás de lontananzas» sensación de
infinitud planimétrica que según Roberto Pruden
cio, es lo que caracteriza el sentido cósmico del
paisaje andino y, en suma, que Tamavo, no sola
mente por su poesía, sino por el ímpetu insurgente
de su espíritu y sú fuerza temperamental, es neta
mente un andino. Así lo ha reconocido en estos
días Luis Velasco Aragón, en el extenso estudio
que ha publicado «El Diario» bajo el rubro de
«Los grandes escritores andinos». «Hasta en sus
luchas periodísticas, su tono polémico és andino»
afirma el aludido escritor cuzqueño.
(1) Véase a propósito de este sugestivo tema,
en Spengler, «Decadencia de Occidente» Volumen
II, pág. 52 y sgts. «Simbolismo de los colores. Co
lores de la proximidad y colores de ¡a lejanía». Ca
da cultura, según el filósofo germano, tiene un de
terminado sentimiento y predilección por circuns
critos colores. Además, está relacionado con el gra
do de espiritualidad del sujeto, con su evolución
cultural: los salvajes, como los animales, solo per
ciben el rojo. «El amarillo y el rojo—dice—son co
lores populares, los colores de las multitudes, de los
niños, de las mujeres y de los salvajes. En España y
Venecia el hombre distinguido prefiere—por el afán
inconsciente de mantenerse apartado y distante—
un negro o azul suntuoso. El azul y el verde— co
lores faústicos monoteístas—spn los colores de la
— 105 —
Pero, ¿qué es lo andino y cómo se está expre
sando en las letras nacionales? El tema es tan
complejo que no cabe desacreditarlo tratándolo a
aquí tan periodísticamente. Quien desee formarse un
la soledad, de la solicitud, de la gran curva que une
el presente con el pasado y el futuro, del sino co
mo decreto inmanente en el cósmico conjunto». A
juzgar de Tamayo por ‘-el color” de sus versos,— es
el poeta nacional de más rotundo colorismo— esta
ríamos autorizados a considerarlo, con toda su re
finada cultura, como a una naturaleza “ primitiva” .
En uno de sus Rubayatt dice: “ Mar rojo, monte
azul, cielo punzó” . ¿Y, esto, no es color aymara? Son
también los colores predilectos con que los indios
ornamentan sus ponchos. Hay una directa relación
entre el tejido de los ponchos y los versos de Ta
mayo. En cambio en la poesía de Ricardo Jaimes
Freyre, casi no encontramos ya “ color” . Ella es
tá toda hecha de “ matices” . Verlainianamente es
un cultor de la “ nuance” . Es que Jaimes Freyre,
al revés de Tamayo, era un civilizado ultrarefina-
do, un “ fin de raza” , o de «aristocracia» si se pre
fiere. Sería, pués, sumamente interesante, un es
tudio de la poesía boliviana, singularmente de los
“ representativos” como Jaimes Freyre, Tamayo,
Reynolds y el propio Guerra, desde el punto de vis
ta de su “ sentimiento del color” . Abrigamos la
esperanza de emprender ese estudio en otra ocasión
mes propicia. Véase también con relación a estos
mismos temas de psicología estética, los muy ins
tructivos estudios de psicología experimental, “ La
Verbocromía" por Víctor Mercante y “ Las E stoglo-
sias” por Rodolfo Senet.
— 106 —
concepto provisionalmente claro del tema, ya que
aún no está definido con precisión, debe acudir a
la bibliografía peruana y especialmente a los estu
dios medulares como “ El nuevo Indio” de Uriel
García. Entre nosotros, el campeón más bizarro de
la tesis andinista, no en el plano estético, sino en
el geográfico e histórico, es Jaime Mendoza en to
da su obra, pero singularmente en su trilogía his
tórico—polémica, “ El mar del sur” , “ La ruta atlán
tica” y “ La tesis andinista” y en sus dos obras pos
teriores, “ La tragedia del Chaco» y “El Macizo
Boliviano” . En lo que mira a estética ideológica,
lo mejor producido en el país, con mayor sentido de
exactitud, profundidad de juicio y concepción, es la
conferencia de Roberto Prudencio: “ Ideas sobre el sen
tido de la cultura altiplánica (1) y el estudio me-
(1) La conferencia de Roberto Prudencio, dada
en “ Los Amigos de la Ciudad” , se publicó en el
diario “ La Razón” de La Paz, en el N°. correspon
diente al 5 de junio de 1934. “ La sensación más
aguda—dice Prudencio— que produce la altiplani
cie andina es su extensión, su ilimitada lejanía.
La sensación de lejanía, de una angustiosa leja
nía, es en verdad lo primero que se prende del hom
bre que contempla el altiplano. Esta sensación
es tan intensa que me hace sospechar sea el im
pulso primario que emerge del alma de la tierra” .
Al referirse al mismo asunto, escribe estas avizo
ras palabras José Uriel García, (V. el artículo “ De
La Paz a Sorata” , El paisaje altiplánico” , publi
cado en “ La Prensa” de Buenos Aires, 4 de agosto
de 1935). Cabe asegurar que en este escenario dra
mático el hombre, donde esté y se coloque, resulta
— 107 —
dular y másculo, como todo lo suyo, de Gamaliel
Churata, que figura como colofón del libro «Jirones
Kollaivinos» de Gloria Serrano, con el título de
«Temas de Religión y Arte Americanos»,
El “sentido cósmico” del paisaje andino para
Prudencio es el de la “ infinitud espacial" , porque
el indio andino, al revés del europeo faústico, no
contempla la infinitud estelaria del cielo, sino la
infinitud esteparia de la pampa, lo que, más bien,
lo emparenta con el ruso. De ahí que, a su juicio,
la religión tiwanakota no fué, como se cree, la del
culto al sol,—el Inti keswa—sino de las montañas,
del Achachila. De ese sentido cósmico espacial de
rivará la auténtica cultura altiplánica, si «es que
llegamos nosotros algñn día a poseer en verdad
una cultura autóctona».
el eje del mundo—como así piensa, con sutil intui
ción, el aldeano— el centro mismo del universo en
cuyo torno gira el Sol, se mueve la pampa, gravi
tan las montañas, se buscan y se entrecruzan en
mil rumbos los caminos, mientras que él, donde
vaya, se encuentra rodeado por la misma inmensi
dad: la meta está en todas partes y en ninguna.
Acaso este falaz desplazamiento crea en el hombre
la seguridad en sí mismo. Porque en este vasto
confín de la estepa andina no hay nada para la
voluntad que no sea la racional adecuación a la
realidad circundante, a esta trágica realidad cuya
dinámica se resuelve solo en este dilema: vencer o
perecer. Nada aquí induce a la ilusión— porque el
iluso ya es el vencido— , sino más bien todo espo
lea al desengaño, porque el desengaño que se hace
consciente conduce a la victoria, crea la esperanza
108
Para Churata, el rasgo caracterizador de la
actual literatura americana, con especialidad de la
perú—boliviana, es el «pintoricism o» «Son redu
cidos los casos—escribe— de escritores americanos
que interpretando el problema de América hayan
llegado a la expresión psicológica. Y son mayoría,
en cambio, aquellos que al traducirlo, revelan ca
de la liberación, es decir, la fortaleza de dominio
al ambiente inmediato, que no es vaguedad de con
fín lejano sino amarga realidad que desgarra la
piel. Este ambiente tiene gérmenes de rebelión,
porque en su periferia es real, amargamente real,
y en su contenido, acaso la irrealidad ya la va
corroyendo; lo «irreal» de la realidad secularmen
te prolongada, de la rutina, en una palabra, del
voraz vacío en torno. La pampa desmezurada y
de elementos vitales determinados y estrecho es,
después de todo un límite para la ambición hu
mana, un antídoto para el ensueño idealista, una
barrera que concreta la voluntad, la asegura y afir
ma mejor, pues más allá está el fracaso que es la
utopía. Estas llanuras son para los hombres des
piertos, vigilantes de sus contornos, porque enton
ces la inseguridad del mundo crea una mayor se
guridad en el hombre». «Quien vive en estas atro
ces plazas aldeanas—agrega— aquellos pinzones de
Llalli, de Pucarani, de Guarina— vive «realmente»,
es decir, de acuerdo con su entorno, y es allí solo
donde empapa la fuerza moral de empuje que le
dará la victoria. Más aquí no hay victoria sin re
belión, sin ese salto de rapaz que se rebela contra
esta realidad que no rebela nada más de lo que
otrece. Rebelarse aquí significa dominar la reali-
— 109 —
racterísticas de su paisaje en un persistente afán
de pintoricismo que rinde aveces magníficos resul
tados. Evidencia esto— agrega— , que nuestra po
sibilidad estética atraviesa una etapa infantil en
que lo formal y objetivo prima sobre lo interno y
eonciencial». Y sobre el hecho—capital—de que
dad, la amarga realidad, sojuzgarla a necesidades
más altas. La pampa no crea ilusos ni se mantiene
de promesas ni esperanzas; la pampa es lucha de rea
lidades. Lo que exige es al hombre en rebeldía. De
otro modo, tiene un vacío voraz que lo consume».
Churata, en su « Tendencia y Filosofía de la
Chujlla» emite estas certeras observaciones: «Al
diálogo entre las tendencias que asignan priori
dad al ancestro europeo, exclusivo hispano o lati
no, para América, se ha operado recientemente
una tendencia indígena de que ha nacido la deno
minación de Indoamérica. No puedo confutar aho
ra donde se bautiza así al continente; "pero para
la beligerancia estética, Indoamérica nació en Pu
no. Haya de La Torre ha establecido la oposición
triple de estos nompres: Hispanoamérica es la con
quista, Latinoamérica la Independencia, Indoamé-
rica, la autonomía. Tres edades y tres funciones histó
ricas. «Por nuestra raza hablará el espíritu» es
la leyenda heráldica del Méjico de la Revolución.
«Reclamamos el derecho de ir espiritualmente a
España, o de no ir a ella», escribe Tamayo. «Que
remos nuestra libertad de escoger—agrega—fuentes
y caminos». Pero si América es hispana por la
Conquista y latina por la independencia, sería sa-
xoamericana o sajona en la edad financiera. Ca
bría de la misma manera llegar a lo que Valcárcel
— lio
los mestizos vivimos divorciados del dintorno cós
mico, añade esto, que lo consignamos porque es
tamos seguros de que ha de merecer la ahincada
meditación de Guerra: «Instructivo es anotar en
dos de los grandes poetas de América, Ricardo
señala como la poliamérica: América para el co
lonizador suavo; América para el colonizador checo;
América para el eslavo; para el portugués, polia
mérica poliándrica. De conformidad con tan va
riadas tendencias raciales, se genera la multiplici
dad de tendencias estéticas». «Si la emancipación
económica—agrega párrafos después— es una nece
sidad histórica porque es un imperativo vital—
son fenómenos de paralelismo indiscutible— la eman
cipación intelectual y artística es un resultado de
.esos fenómenos».
«Entonces— añade—no sólo nos encaminamos
a la concepción de un arte americano en cuanto
significamos un caso geográfico, sino que preten
demos trasmitir un mensaje para el Mundo. Por
nuestra boca hablará el espíritu—Y entonces po
dríamos radicalmente entrar a un examen rápido,
sumario, a través de los hitos culminantes de nues
tra panorámica artística, para confutar si estamos
o nó en un error. ¿Hablaríamos de escuelas de
arte? Pero esto es exsultante! ¿Será posible que
este continente «estúpido» haya llegado a la edad
de albergar en su seno esos síntomas de sabiduría
y de esperanza que son las escuelas mentales? Sí.
Hay que decirlo bravamente. Ha llegado el mo
mento en que América contribuj^a con unos ismos
más a la beligerancia de la cultura humana. No
hay que asustarse de los ismos. Suelen los maja-
111 —
Jaimes Freyre y José María Eguren, cómo el paisa
je es sustantivamente proscrito para su traducción
en el poema, de lo cual se colige que el divorcio
entre el hombre y el mundo en América, es una
deros hacer fdfa de los ismos. Lo que no se po
drá negar es que en un ISMO se encierra el secre
to de la salvación humana. Desde los viejos tiem
pos de Salomón—Salomón nos resultará siempre
oportuno y nuevo—se conceptuaba que en la reu
nión de los muchos estaba la salud del pueblo,
antes que en el dictamen soberbio de uno, aunque
ese uno fuese Salomón. Esta vieja célula del par
lamentarismo es, como nunca, aplicable a la con
moción actual de las multitudes del planeta.» «Ta
les porciones de inquietud organizada, cuya repre
sentación tácita es la tendencia gregaria de los
grupos artísticos, en América no ha tenido sino dos
manifestaciones evidentes: el Modernismo de Darío
y el Vanguardismo. Pero mientras el Modernismo
es europeizante, el Vanguardismo es aborigen y,
por lo tanto, infiere a la masa, y es socialista o
socializante. En la Argentina se viaja a la pampa
y el códice es Martín Fierro, como en Méjico lo es
Thoticán o la talla directa» Y, concluye: «Parece
que en este plano no cabe la menor duda al res
pecto. El movimiento liberador, intelectualmente,
para nosotros, tiene que partir de un repudio de
la Metrópoli, de todo el españolismo o chulismo
ibérico, con una radical y poderosa actitud abori
gen, salvaje, cruda y rucia, dionisíaca, actitud que
en sí envuelve un mensaje de salud y de tempera
tura varonil. Y, además, tiene que ser en el as
pecto metafísico, mágica y satánica».
112 —
trágica y perentoria realidad. Y sin embargo, el
paisaje en «Castalia Bárbara» es una recordación
del paisaje primitivo de América, sobre todo del
paisaje altipampico, y no, claro está, en su nume
ral importancia, sino en su espíritu, en .su esencia».
«La patria es el paisaje—agrega—, es la nacionali
dad que no se corrompe con la política del Estado,
con la concurrencia de los mercados, los kárcels y
los trust de la Edad Capitalista. Esa conexión es
tablecida entre el ojo que copia y el cielo que po
sa, es la religión— religiare—que forma la psicolo
gía más fuerte y engendradora en el hombre desti
nado a la creación y a lo cual no se traiciona,
pues ocurre con ella que se denuncia por más que
no se le proponga el individuo, como en el deca
dente autor de «Prosas Profanas» surgía presto el
indio chorotega. Y no hay caso más interesante
para ello que el de Jaimes Freyre, cuya estirpe es
española, pero cuya expresión del paisaje es pro
funda, virtual y severamente americano».
Para Churata también, como para Prudencio,
él porvenir de nuestro arte, y, en general, de la cul
tura americana, no está sino en el todopoderoso
influjo eósmico. «Lo elemental—observa— base de
lo complejo, lo tenemos que buscar en la tierra y
en el cielo americanos. Y en la tierra y e n el cielo
americanos está el ayllu—primitiva e indestructible
célula de organización social— No puede—concluye
— ni debe el arte americano evadirse de su desti
no cósmico, que en la América lo une a esta célu
la social».
Para concluir queremos manifestar que ha sido
grata nuestra complascencia al haber constatado
que en los comentarios que consagramos a «Itine
rario Espiritual de Bolivia» de nuestro estimabi-
113
lisimo y noble amigo José Eduardo Guerra, hemos
realizado el propósito que nos impulsó a escribir
los, cuando decíamos: «Pensamos que para la pro
pia información del autor, tal vez no sea inútil que
examinemos sus opiniones, ratifiquemos unas, recti
fiquemos otras, y, en suma, le presentamos nuestro
criterio. Por más que él no sea más que el de un
boliviano, que ve las cosas desde un punto de vista
restrrngidamente boliviano,puede, por eso mismo,
servirle para sus libros posteriores». Que es lo que
cabalmente, ha ocurrido. (1)
fl) Nuestras observaciones al libro de José Eduardo Gue
rra fueron comentadas en España por el escritor Pedro Gon
zales Blanco »La Semana Gráfica» de La Paz, al trascribí]^
el comentario de Gonzáles Blanco, consignó: «Pedro Gonza
les Blanco, hermano de Eduardo v Andrés, dos prestigiosos
polígiafos españoles, ha camentado desde “ La Libertad“ de
Madrid los artículos que al debate de indoamérica dedicara
Carlos Medinaceli, el medular crítico boliviano“ . “ La Se
mana Gráfica“ , sin doctrinal determinado en la materia,
pero amigo sincero de la causa educacional del indio, cree un
deber suyo la trascripción del artículo de Gonzá es Blanco,
ya que no solamente reconoce el valor intrínseco de nues
tro compatriota, sino acarrea argumentos pava la discusión
del asunto. Por su parte el señor Medinaceli nos ha manifes
tado que refutará lss ideas de Gonzáles“ .
8
LOS NOVELISTAS
La Novela Nacional
Porfirio Díaz Machicao, inteligente escritor de
la nueva generación, acaba de dar en Oruro, una in
teresante conferencia acerca de la novela «Juan
de 1a Rosa», de don Nataniel Aguirre, que deseo
comentarla, o, más propiamente, tomando pié de
ella, formular algunas consideraciones generales
sobre las características más salientes de la «nove
la nacional».
«El estudio de la novela en Bolivia— nos dice Díaz
Machicao—es de una complejidad que no ha imagina
do aún nadie con verdadero espíritu de justicia». Ello
es cierto, pero no porque las novelas, en sí, sean difíci
les de estudiarlas v reducirlas a una valoración preci
sa, va q’ por su escaso número— no llegan a una vein
tena—y por la improvisación con que han sido
escritas, suscitaran árduos problemas de arte, sino
porque aún habiéndose limitado a la simple pre
sentación de «hechos» sociales, fiel copia de la rea
lidad nacional, ella es, de suyo, tan engorrosa, que
a cada momento nos ofrece problemas de raza, de
institucionalidad, de psicología colectiva e indivi
dual, etc. Debe de ser en este sentido que el confe
rencista ha formulado ese juicio.
En suma, para decirlo clara y rudamente, nues
tras novelas valen nó como «obras de arte en sí»,
como «creación», sino, como expresión de un muy
típico estado social nuestro. Nuestros novelistas,
aún sin proponérselo, con la mera presentación
impersonal y objetiva de los hechos, reflejan y brin
dan al hombre de estudio, un riquísimo material
para deducciones de otra índole, no sobre el arte,
sino sobre la vida nacional. Valen como docu
mentos para estudiar la sociología boliviana, no
como novelas, por la dosis de belleza o deleite es
piritual que contuvieran.
Propiamente no podemos decir aún que con
temos con una novela nacional, expresión genui
no e insubstituible del g&nius loci boliviano, .re
presentativo de nuestro espíritu, tal como es, por
ejemplo, el Quijote de España, o el Róbinson para
Inglaterra. Y, esto se explica muy fácilmente, por
que este género,— la novela—corresponde a una na
ción que ya ha llegado a la época de la madurez
o el otoño de su cultura y está ya «civilizada»,
es decir, .que, la ciudad ha vencido el campo, el
hombre a la naturaleza. Sabido es que cada uno
de los géneros literarios corresponde a un determi
nado período de evolución social y que en la vi
da de los pueblos,— como en la evolución psíquica
de los individuos—se comienza por la fantasía y
el canto, el ensueño y el sentimiento, que se ex
presan en la lírica y la épica, y que sólo después
de un largo proceso evolutivo se llegan a la refle
xión y el ' análisis, que se expresan en la novela
y la filosofía, de la misma manera que el hombre,
en sus diversas etapas, es en adolescente soñador
y sentimental y en adulto razonador y analítico.
La literatura, que refleja siempre los estados
de animo colectivos, por medio de individualidades
representativas, primero la épica y la lírica, le
yenda guerrera o canto de amor, que responde al
stado social o momento histórico del pueblo, que
— 119
es guerrero y caudillista, imaginativo y sentimen
tal. Sólo luego después de una larga evolución,
cuando está ingresando a su madurez de otoñó,
se torna reflexión y análisis, valoración de sí pro
pio y rebusca del propio Yo, anhelo de llegar a la
plena conciencia. A esta etapa corresponde, den
tro de la evolución del arte de una nación, la no
vela que es expresión, siempre, de una intensa vi
da espiritual y de una época en que el hombre vi
ve ya dentro de la urbe, con una máxima tensión
espiritual, sea su vida extravertida o introvertida.
En Bolivia estamos atravesando el primer esta
dio de la evolución social: estamos aún en la infan
cia, o, cuando más, en la adolescencia. La prueba
de ello es que nuestra vida es netamente pasional.
Obramos por impulsos bruscos, indiscriminados, irre
flexivos, estimulados por una fuerza instintiva que
no es la dirección de la voluntad consciente, sino
el arrojo calenturiento de la fuerza de la sangre.
Por eso, tanto en religión como en política, en
arte como en comercio, seguimos obrando pasio
nalmente, sin reflexión ni análisis. Nos apasiona
mos lomismo por un santo que por un caudillo,
por un autor favorito al cual admiramos e imita
mos sin beneficio de inventario o nos damos a
una industria por amor a ella, nó por mercantilis
mo. De ahí que el boliviano, metido a industrial
o comerciante en grande escala, fracasa siempre.
Es que no tiene un cerebro lo suficientemente desa
rrollado para moverse dentro de complejas concep
ciones abstractas: la nuestra es una mentalidad de
niño que percibe con claradad y profundidad lo
próximo, lo concreto, los hechos pero nó su senti
do trascendente.
Vivimos ,una existencia pseudomorfótica: las
— 120 —
formas externas de nuestra vida son europeas, pe-j
ro el contenido esencial con que llenamos esas
formas es indígena. Ahí está el conflicto de nues
tra vida como nación: vivimos en una época que
corresponde a la alta cultura occidental, con un
cerebro mqy inferior a la época. Ello es tan ab
surdo y perjudicial para nosotros, como si a un
niño, que debiera estar deleitándose con los cuen
tos de Hadas o la poesía idílico sentimental de
«Pablo y Virginia» o «Graziella», se le obligara a
estudiar el «Discurso del Método» de Descartes o
a atormentarse la cabeza tratando de resolver ár-
duos problemas de Física-Matemática. Me refiero,
naturalmente, al término medio de la mentalidad
colectiva, no a las excepciones privilegiadas que se
deleitan con la Séptima Sinfonía beethoveniana o
a los que leen a Proust y James Joyce.
Días Machicao observa: «Mayor profusión de
poetas que de novelistas ha proporcionado Bolivia
a nuestra cultura». Constata un hecho. La causa
es la indicada.
Volviendo a la novela, no resulta una parado
ja afirmar qije, propiamente, no contamos con una
sola que merezca tal nombre, en el rigor del géne
ro: se trata en algunas, de poesía épica, con sus
aspectos de leyenda y de historia, como en el ca
so de «Juan de Rosas» de don Nataniel Aguirre o
«La Isla» de don Manuel María Caballero. De esta
última, la primera que se escribió como «novela»
en Bolivia, acaba de expresar este juicio exacto
Max Daireux, en «Panoramade la Littérature His-
pano-Americaine»: «De meme, en Solivie, Manuel
María Caballero, autor de LE ISLE, qui connut
un moment una celebrite comparable a celle de
MARIA, mais que, bien plus que un román est un
— 121 —
tableau de meurs d’ actualité»; en otras de poesía
lírica, sentimental y declamatoria: como «Días A-
margos» de Santiago Vaca Guzmán, o, simplemen
te descriptiva y casi folletinesca, com o en «Sin Es
peranza» del mismo, y las mismas novelas natura
listas y realistas de los últimos años, aunque con
la técnica de esas escuelas, algunas de ellas, como
las de Arguedas, resultan otra cosa: así, la cele
brada «Raza de Bronce», es, en realidad, una églo
ga, y la ñ o menos famosa «En las tierrás del P o to
sí» de Jaime Mendoza, una serie de «cuadros de
costumbres», vistos con un admirable objetivismo,
p^ro en donde la vida interior de los protagonis
tas es completamente pobre y a la cual le falta
esa armóniea correlación de partes que se requie
re para que sea «una novela». Esta es un or
ganismo donde todos los episodios, aunque cum
pliendo, al parecer, diversas funciones, contribu
yen todos a la unidad de vida del conjunto. Eso
es lo que falta a nuestras novelas, como técnica.
El novelista crea de dentro para afuera: lo esencial
es que tenga el sentido interno de la vida de
sus héroes, esté en el secreto de sus almas: los acon
tecimientos exteriores de la vida práctica no son
más que consecuencias de lo interno, del espíritu.
Pero es por ahí por donde fallan nuestros novelis
tas: son muy hábiles para pintarnos la parte ex
terior, objetiva, los hechos, de los hombres, del am
biente social, de los paisajes, de todo lo que cons
tituye la tramoya de la novela, pero se quedan
ahí, no penetran en el alma de sus protagonistas,
como si se tratase de autómatas que no obedecen
a más determinismo que a los estímulos físicos.
Es que los novelistas no pueden crear más de
lo que su mismo medio les dá: la vida espiritual
— 122 —
del hombre medio entre nosotros, es completamen
te pobre, de una arenosidad tan desolada como
el yermo del altiplano y lo único que sabe es reac
cionar sentimentalmente, lo que confirma la ob
servación a que nos referíamos: el estado de ado
lescencia social y psíquica por el que atravesa
mos.
Otro aspecto de nuestra novelística que ya lo
observó Arturo Oblitas y que importa reproducirlo,
porque es la manifestación patente de nuestra rudi
mentaria vida social, o, más propiamente, de que
aún no hemos salido de la precultura, que refleja
flagrantementé nuestra novela, es el «hecho de la
abundancia concedida a la naturaleza, en mengua
de la actuación del hombre». «Lo primero que se
nota al leer cualquier composición literaria de A-
mérica, y singularmente de Bolivia,— escribía Obli
tas en el prólogo a la «Antología de Escritores
Bolivianos» de Fermín Rejas,—es derroche de co
lores, abigarrada pintura de lugares, al mismo
tiempo que pobreza de tipos, falta de vida, vacío
de observaciones psicológico-sociales, siendo preci
samente eso, que aquí es merma o hueco, lo que
constituye el mérito de la novela moderna». «Con
firma nuestra opinión—agrega— «María» del co
lombiano Jorge Isaacs. Es una lágrima caída en
un mar de palabras. Y se explica si se tiene en
■cuenta las influencias desiguales de las solemnes
bellezas de los paisajes americanos, por una parte
y por otra, de la quietud y sociegq de sus pobla
ciones, las más, todavía, en ese primer período pa
triarcal de formación; todo a la inversa de lo que
ocurre en Europa, donde la vida, por su natural
desarrollo excede en fecundidad inspiradora a la
naturaleza, totalmente sojuzgada por el elemento
social».
Por ello, se da el caso curioso de qi^e, en
nuestras novelas, el personaje central, el protago
nista o héroe, no es el hombre, sino la naturaleza.
El héroe de «En las tierras del Potosí», no.es aquel
memo y amorfo de Martín Martínez, hombre sin
personalidad, sin carácter, víctima de los aconte
cimientos, sino el VIENTO que se desata formida
ble en las llanuras de Llallagua, el VIENTO que,
cuando Martín está caminando por la pampa, lo
azota como a un niño, se le entra por todos los
resquicios de su cuerpo, lo zarandea a su gusto,
hasta que, por fin, concluye por derribarlo ae la
miserable bestia que cabalga, como a un guiñapo
humano. La sensación que perdura del romance
es la del viento, la serranía y la mina. Lo mis
mo pasa en «Páginas Bárbaras» del mismo Men
doza. El personaje allí es la selva y relevante
mente aquel árbol fabuloso de la siringa, que lo
llena todo, y ante el cual el hombre no es más
que el pobre esclavo. Como en «Raza de Bronce»,
los miserables sunichos—apodo de los indios del la
go Titikaka—.son apenas unos puntos impercepti
bles en la inmensidad de la altipampa y se ven
anonadados ante el desborde de los ríos del válle
y se quedan chiquitos,—orugas humanas—ante la
majestuosa excelsitud y aplastante grandeza del
Illimani.
En todas esas novelas—y en las demás—es
siempre la naturaleza la que nos sugestiona y dá
interés y movilidad a la narración, mientras el
hombre, de vida espiritual pobrísima, no tiene na
da para entusiasmarnos: lo compadecemos por sus
sufrimientos, como podríamos compadecernos de
— 124 —
una bestia herida,— como al leer La M ortdu Loup»
de Vigny, pero no vamos más allá. No llegamos
a entrar dentro del «mundo» de una alma.
Y es que en Bolivial la vida del hombre es mu
cho más intensa ante los fenómenos de la natura
leza, que ante los problemas de la cultura. El
hombre siente, a cada rato, el influjo de lo cósmi
co, que lo rodea y cerca por todas partes, y, al
gunas veces, lo deleita, pero en la mayoría de los
casos, lo abruma, vence y aplasta. Somos un
pueblo de montañas muy grandes, con hombres es
piritualmente pequeños.
Y,—repito—sin vida espiritual intensa, en que
se lltígue a la máxima tensión, ya sea ante los
conflictos del mundo psíquico o del mundo exter
no, lucha de pasiones o de intereses, no es posible
hacer, «novela», porque no hay dónde ejercitar el
análisis, ni dar interés creciente, complejización ca
da vez más sugestiva a la trama. Las obras se
quedan en épica, en lírica, en costumbrismo o des-
criptivismo, pero resultan un género pseudomor-
fótico, materia que se expresa en la forma que no
le es propia.
Pero este tema— para darle razón a Díaz Ma-
chicao—es tan complejo, que no es posible ago
tarlo en un rápido comentario. La lectura de nues
tras novelas nos proporciona otras muchas ob
servaciones interesantes, que nos llevan a muy úti
les inducciones para una más clara y profunda
conciencización de nuestra vida y de nuestra men
talidad, tal como el hecho de que, en cuanto a
desarrollo cerebral y capacidad sostenida de
trabajo, el nuestro, el boliviano, se encuen
tra aún en el período rudimentario, pues es apto
para la improvisación o estalla en una chispa de
125 —
ingenio,—y por eso, los géneros más cultivados
han sido aquellos que no demandan una extensa
labor como la poesía lírica, el epigrama o el dis
curso—pero es incapaz del 'esfuerzo continuado y
la atención sostenida a la misma altura a lo lar
go de una novela de trescientas páginas. Muchos
de nuestros novelistas, con todo de ser tenaces pa
ra la árdua tarea, como Jaime Mendoza, dan por
concluida su «novela», cuando la «novela» estaba
comenzando a serlo, propiamente, como en «Los
Malos Pensamientos», o, al final, ella decae lamen
tablemente y acaba de cualquier manera.
Otro hecho, revelador de que en Bolivia, no se
vive con vida nacional, es que todas nuestras no
velas son regionales o circunscritas a un a clase
social determinada. No hay ninguna de ellas que
hubiese pintado un tipo o un «carácter» que sea
viable en todos los puntos de! territorio, lo mismo
en el norte que eu el sur, en el oriente que en el
occidente. Y es que el tipo del boliviano aún no
existe. Todas ellas pueden consignar lo que a la
suya puso Demetrio Candías: « fragm entos de la vi
da nacional». Es que la vida nacional es frag
mentaria. Tal vez el único ra¿go que las unifica
a todas, que les imprime «carácter nacional»— y
ello es muy digno de notarse— es el derrotismo de
lo novela boliviana: todos los héroes de ella son
hombres vencidos, voluntades fluctuantes, almas
rotas y con una agudización morbosa para sumir
se en la desesperación del dolor del fracasado. T o
dos ellos también podrían hacer suya esta excla
mación de «Los Eternos Vagabundos» de Roberto
Leytón,— novela aún inédita donde pinta el horror
de la vida minera en los socabones del Chorol-
que—: «Maldita la hora en que nací en esta tie
126 —
rra desgraciada», Y es que, si fuéramos a ser sin
ceros, .eso es lo que, en el fondo, sentimos todos los
bolivianos: el dolor de ser bolivianos. Esta sería
el único rasgo de carácter nacional.
Ya se va viendo la importancia de las induc
ciones, verificaciones y descubrimientos a qué nos
conduciría un estudio riguroso de la novela nacio
nal. Este género es el de mayor porvenir en Bo
livia, tanto porque acaso es el único que puede
tolerar el espíritu del siglo,—la poesía está hoy
en una irremediable decadencia y el teatro no
puede hacer competencia al Cine— como porque la
novela, que es de una amplitud infinita donde ca
be todo come, en un orbe, ha de seguir siendo,
cada vez más, un espejo que vaya reflejando cada
vez con mayor luz y exactitud la conciencia na
cional. Que es lo que ante todo importa.
«El alto de las ánimas» por José
Eduardo Guerra
Desde que la novela nacional comenzó a dar
señales de vida, se encaminó directamente al estu
dio de los problemas políticos y sociales, que in
teresan a la existencia de Bolivia. Esto no puede
ser más natural y se explica lógicamente: Bolivia
es una nacionalidad en formación y necesita de
todo el aporte de cultura de sus escritores para ro
bustecer sus instituciones y dar consistencia a su
carácter. Como todo pueblo que va constituyén
dose, ofrece innumerables problemas de vitalidad
que solucionar: nada más congruente que la inte
lectualidad boliviana dirija su esfuerzo a estudiar
estos problemas y descubrir la mejor manera de
resolverlos. Dado el carácter eminentemente rea
lista de la novela actual, natural también quesea
en ella donde este trabajo de elaboración ideoló
gica se efectúe. No Se observa otro fenómeno des
de la aparición de «Vida Criolla», que señala, en
las letras nacionales, la era de la novela realista,
hasta la última de José Eduardo Guerra, que solo
se diferencia de las anteriores por su inclinación
mas bien psicológica que naturalista, ya que- el
autor analiza una peculiaridad tipológica del alma
nacional.
En «El Alto dé las Animas» no hay «trama
— 128 —
novelesca»; o, si la hay, es muy sencilla. Se re
duce a las perplejidades volitivas de Andrés Ber
múdez, protagonista al rededor ‘ del cual se desa
rrolla la fábula. Andrés Bermúdez es un joven de
familia nobiliaria, la cual está compuesta de su
madre (doña María), su tía Antonia y su herma
na Amalia; vive en una casa solariega que posee
en su ciudad natal, (La Paz). Profesa hondo afec
to a Matilde Lozano, pero no se atreve a mani
festárselo; ésta parece comprenderlo, pero finge ig
norarlo y acepta el matrimonio con un burgués
vulgar y antipático. Andrés, desengañado, intenta
volver al cariño equívoco de doña Clara Fuentes
de Rivera, pero su ingénita honradez se opone a
ello, la murria cotidiana le persigue, el ambiente
hostil que le rodea, lo ahoga; descubre los amo
res de su hermana Amalia con Felipe Zorsano,
quien por su laboriosidad abogadil y promisor arri
bismo, hace disculpar la inferioridad de su origen
y capta «una buena posición»; le repugna a Ber
múdez este hombre, pero no se opone al matrimo
nio, asiste a los preparativos con una indiferencia
heroica y dolorosa; aparejado a este desengaño
viene el de la fuga de doña Clara y Andrés decide
ausentarse a su finca «La Hondonada», conven
cido de la incapacidad de su voluntad al frente
de la vida y con un hondo desprecio de la so
ciedad en la que vive.
Este es el argumento. Narrado así, esquemá
ticamente, no ofrece ningún interés. En «El Alto
de las Animas», como en toda buena novela mo
derna, lo sugestivo no reside en el argumento, si
no en el estudio de caracteres. .
Andrés Bermúdez es un «caso» psicológico. El
autor lo considera un inadaptado y un abúlico, un
— 129
enfermo de la voluntad. La inadaptabilidad de
Andrés explica su concepto pesimista del ambiente;
su abulia, el fracaso de sus ideales. El ambiente
que le rodea es polo opuesto a su personalidad:
Andrés es un espíritu superior, idealista y por don
de quiera vé sólo sordidez inicua y craso mate
rialismo; es generoso, donde un egoísmo aldeano
impera; es caballeroso, donde la indecencia y el
plebeísmo imperan; vive ajeno a las lugareñas
preocupaciones de sus semejantes,— frivolidad mun
dana, venalidad burguesa, politiquería bursátil, li-
terarismo ridículo. La ruidad moral del ambien
te acrecienta su abulia: Andrés no se entusiasma
con nada, todo le suena a ludibrio y basofia. Es
ecéptico, reconcentrado, apático, en la existencia
monótona que lleva, no tiene más distracción que
su atormentada propensión al autoanálisis.
Este hombre tan inútil para la acción es, en
cambio, un cerebral potente que no teme los más
arriesgados vuelos de la ideación, ni evade las más
dilaseerantes crueldades del análisis. Aunque no
llega a sentir como Leopardi «la infinita vanidad
de todo», ni la tortura de Amiel, bien cerca de
ellos se anda y pudiera como el dislocado prota
gonista de «La Voluntad», Azoríu, negar la fina
lidad del Universo y la utilidad de la existencia.
Incapaz de determinarse en un sentido rectilíneo,
cuando dos sugestiones opuestas le solicitan a ello,
permanece indeciso, fluctuante, hasta que un de
rrumbe fatal lo precipita al desastre. En medio
de su casi total ausencia de ideales— tónicos esti
mulantes de la voluntad—sólo el amor por Ma
tilde puede despertarle alguna vez energías voliti-
9
— 130 —
vas, pero el análisis, el dominio del análisis, le
corta los pasos.
Tal ocurre cuando vencidos todos sus escrú
pulos de tímido, concurre al baile del ministro Ce
sáreo Sierra y se entera de la inasistencia de Ma
tilde «porque su novio está ausente de la ciudad».
«Andrés—dice el autor,—sintió rabia de su igno
rancia de las cosas más pequeñas de la vida, de
aquellas que seguramente comprendía a primera
vista el más tonto de los mozalbetes o las dami
selas que bailaban en el salón. El era más necio
que cualquiera de ellos, «¿Haberse devanado los
cesos por descubrir el motivo por el cual ella no
estaba en la matinée, cuando todo el mundo no
tenía necesidad de averiguarlo?» Andrés procedía
de acuerdo con su carácter; veía la vida a través
de su Yo, elevado y serio. He aquí la causa de
las continuas desazones y murrias de Andrés: el
enorme desnivel entre la mentalidad generally la
suya; la radical diferencia entre la sinuosa com
plejidad de su espíritu y la inodora vacuidad espi
ritual de los otros.
Señalamos algunos detalles que descubren par
ticularidades de stt carácter: «Consiguió (Matilde)
que una noche fuera a visitarla (Andrés) y desde
entonces quedó fírme entre los dos un convenio
de amistad que se hizo más íntimo con las con
fidencias de Matilde sobre su manera de ser y ver
la vida». Nada más lógico, dada la naturaleza tí
mida de Andrés; éste para salir de su mutismo,
para difundir su Yo, necesitaba un ambiente cor
dial, una garantía de sinceridad, pues, según dice
Stendhal, «si se logra la perfección en lo natural
la dicha de dos individuos llega a confundirse»,
En este párrafo se muestra bien la cualidad yo-
— 131
litiva de Bermúdez: «Si ella lo amaba y él también
a ella. Entonces, ¿no eran vanos sus temores?, ¿qué
era lo que se oponía que ese amor fuera una rea
lidad? El, y nada más que él, tenía la culpa de
que la felicidad se le escapara. El, con] sus dudas,
con su pesimismo, con su ridículo afán de anali
zarlo todo y de encontrar en todo, un fondo de
dolor y de mentira».
Bermúdez se encuentra con Matilde. Por un
primer impulso quiere acercarse a ella, pero conti
núa su camino sin volver la cabeza, ¿Por qué?
Matilde está con su novio, pero Andrés no siente
celos por él, le es indiferente. ¿Por qué no se aproxi
ma entonces? El temor a parecer ridículo desvía
su voluiítad, temor muy frecuente en los tímidos.
«Experimentaba nuevamente un sordo rencor contra
sí mismo, reprochándose amargamente, como tan
tas otras veces, su falta de voluntad que era, según
él, la única causa de todos sus fracasos».
Insinuando más hondo el análisis psicológico
de su protagonista, Guerra escribe este párrafo
definitivo para la comprensión del carácter de Ber-
múdez.
«Pero con todo, no estaba satisfecho de lo que
habría querido que fuese una resolución indeclina
ble, y su voluntad claudicante se revelaba contra
aquella incertidurnbre que convertiría su vida] en
un perpétuo descontento. Suceptible a las más
leves contrariedades, que echaban por tierra en un
momento sus mejores ideologías, y apto para ilu
sionarse con las más supérfluas apariencias de feli
cidad, se debatía entre opuestas soluciones que lo
mantenían en una tensión nerviosa insoportable.
Tan pronto como adoptaba un partido, se sentía
desorientado, insatisfecho; tornaba a analizar sus
132
sentimientos, a buscar el pro y el contra de las
cosas, acabando, casi siempre, por convencerse de
que todo era inútil, pasajero, inconsistente y que
el hombre debía abandonarse a su destino, ya. que
lo que debía suceder, sucedería, sin que la perse
verancia, la acción, la voluntad, por intensa que
fuesen, pudiera cambiar el curso de lo que estaba
escrito de antemano en los designios de un poder
obscuro, incontrastable que se llama Fatalidad; y
entonces el fatalismo que desde la infancia se po
sesionara de las potencias de su alma, surgía an
te los ojos de Andrés, como su espectro desconso
lador e impositivo».
La sensibilidad humana progresa. Si ella fue
ra inmutable, no se escribiera con la sutileza con
la que hoy se escribe; no se sintiera como hoy se
siente. Y si, como cree Azorín, la sensibilidad es
la base de la inteligencia, de la comprensión, es,
en cambio, quiebra de la voluntad, de la acción.
Acaso sea este el mal del siglo, el desproporciona
do desarrollo del intelecto a expensas de las otras
facultades, pero lo cierto es que el hombre, ani
mal metafísico, cuanto más sensitivo se vuelve,
más se incapacita para el impulso. La deslumbra
dora percepción del juicio paraliza la energía prác
tica; un intelectual de verdad, ni puede tener cer
tidumbres absolutas, ni pasiones intensas; en opo
sición a estas cualidades, le distinguen un amplio
espíritu de tolerancia y ese dualismo crítico del que el
autor de «El Libro de Job», hizo su caballo de
batalla y se conoce en literatura con el nombre de
renanismo. Andrés Bermúdez que, precipitado por
su versatilidad volitiva, concluye por sumergirse
en el círculo férreo del fatalismo, se convence de
su inutilidad para la lucha por la vida. Si es in-
— 133 —
capaz para vivir ¿qué le queda? La respuesta es
categórica. Pero si tampoco puede realizarla por
que eso, a más de ser contrario a los designios
del Factüm, Andrés es de mucha vida interior pa
ra tomar en serio aquello que en lengua vulgar
se llama «vida» a la fenomenología exterior. A
falta de convicciones íntegras que pudieran arras
trarlo al pesimismo nihilista de un Sehopenhauer
o un Hartmann, un escepticismo estoico le salva
de estos escollos; así, la actitud que observa fren
te al matrimonio de Amalia con Zorsano es lógi
ca, consecuente con su temperamento: Zorsano
ofende su orgullo de linaje, lastima sus conviccio
nes, pero él no puede deviar la voluntad ni inmis
cuirse en los sentimientos ajenos, ¿a qus título se
opondría al matrimonio de su hermana?
«Un hombre a quién apenas conozco, pues ni
siquiera he puesto atención en sus modales ni en
su rostro, pero que sin duda es hombre de acción,
se lleca a Matilde; y otro hombre que me es pro
fundamente repulsivo, pero que tiene también vo
luntad, que es emprendedor, que ha resuelto ser
feliz, y que lo conseguirá, estoy seguro, se lleva
a mi hermana; y a mi, ¡claro!, que no tengo vo
luntad, ni fe en mí mismo, que ni siquiera soy
audaz, ni hombre práctico, me mandan a paseo
con entera justicia, pues para ellos, para los au
daces, para los activos, se ha hecho la felicidad,
el amor, la fortuna, la vida en fin, y para mí,
pobre diablo, sin voluntad y sin nada, la soledad,
el olvido, el renunciamiento...... la muerte.»
Esta es la novela de José Eduardo Guerra. An
drés Bermúdez está bien delineado, resalta en la
obra; los caracteres secundarios, como el aboga-
— 134 —
do Salcedo, el músico Ovando, etc., se revelan en
su entidad moral con pocos, seguros rasgos.
Las razones que el autor expone para justifi
car las singularidades del carácter de Andrés, son
las de inadaptabilidad y abulia. Cabe preguntar
se ahora ¿de dónde provienen esta inadaptabilidad
y esta abulia? Guerra no lo dice; parece insinuar
lo subrepticiamente; nosotros vamos a procurar
deducir algunas interpretaciones de «El Alto de las
Animas» desde un punto de vista histórico y so
cial.
II
Guerra, al pintar en Andrés una individuali
dad, ha diseñado un carácter genérico. Conviene
distinguir el valor técnico de estos vocablos en la
novela: «Hay—dice Emilia Pardo Bazán—carac
teres individuales y caracteres genéricos, y me
explicaré por medio de ejemplos: Tartufo, Harpa-
gón, son caracteres generales; son el hipócrita, el
avaro; sus rasgos convienen a muchos Y, en cam
bio, Ricardo III, es un carácter individual, hay en
él señales que no vemos ni en otros monarcas, ni
en otros ambiciosos, ni en otros hombres de su
época». Sucede a veces que el ¿novelista, al pin
tar un carácter individual, una oportunidad clari
vidente le hace encontrar en un tipo aislado, cua
lidades que convienen a muchos; entonces aquel
personaje que parecía una personalidad aparte, se
transforma en un símbolo representativo de una
modalidad peculiar de un país, de una época o sim
plemente de un determinado grupo social. Tene
mos en Werther y Madame Bobary dos ejemplos
clásicos en abono de este suceso; el caso se ha re
petido, con «El Alto de las Animas», porque muy
— 135 —
bien puede ser que las desazones espirituales de
Andrés, no sólo sean patrimonio suyo, sino de al
gunos de sus compatriotas, bien puede ser que sea
un símbolo, un representativo psicológico de un
grupo del alma, boliviana.
La razón de su abulia es una cuestión de
raza, de fatalidad hereditaria. Andrés desciende
de patricios, de guerreros, de hombres de acción
que derrocharon en ella todo su haber de ener
gías; no pudo heredar esta energía que derrocha
ron, sino, al revés, una gran potencia mental que
ellos conservaron íntegra. Ya otro novelista ame
ricano, Manuel Días Rodríguez, escrivió una nove
la; «Sangre Patricia», en tal sentido y, lo que en
«El A lto de las Animas» apenas se sugiere, cons
tituye la tesis en el escritor venezolano: Tulio Ar
cos, protagonista de «Sangre. Patricia», cuenta
también, como Andrés, entre sus antepasados, a
muchos héroes, grandes batalladores; en cambio él
es un enfermo de la voluntad que cae por inac
ción en la neurosis. Siente de vez en cuando fer
vorosos impulsos de acción, «como si el fondo ca-
ballerezco de su raza» removiera en su interior los
gérmenes ancestrales; pero, por la fuerza de su ta
lento imaginativo, se torna un obsecionado y un
visionario, perseguido por ideas fijas y temores es
trafalarios. En Andrés pasa el mismo fenómeno,
aunque no con la intensidad del héroe de «Sangre
Patricia». Andrés siente también estos repenti
nos reclamos del Yo dinámico, como si la voz de
sus abuelos le hablara desde el fondo de su alma.
«Y cuántas veces había escuchado la voz de aque
lla raza, la única que él amaba y admiraba, y que
le recordaba que algunos de sus tatarabuelos, un
Bermúdez tal vez, había sido un hidalgo o un gue-
— 136 -
rrero, galante o brutal, tranquilo o pendenciero,
pero siempre valiente y siempre hidalgo». La in
dividualidad de Andrés cobra en este párrafo pro
porciones de carácter genérico, que conviene a un
grupo de la sociedad boliviana: es un símbolo.
Y la razón de este símbolo hay que buscarla
en la historia del desarrollo social de Bolivia. Pa
sa ésta hoy por una etapa de transición: perdido
el orden social del coloniaje, cüyo régimen guber
nativo bien establecido, refluía en la normalidad
de la sociedad, con .la guerra de la Indepen
dencia; se desquició esa normalidad y se produjo
la anarquía consiguiente a toda desorganización
que, repudiando las virtudes del orden combatido,
no acierta a improvisar las del imperante. La an
tigua aristocracia que no qxxería ceder sus prerro
gativas y se atrincheraba en la tradición, fué arro
llada por el nuevo estado de cosas, la naciente
democrática, que se colocaba en pugna contx-a los
prejuicios de la tradición y de las jerarquías so
ciales. Repudiado el régimen español, fué creán
dose otro ambiente donde los que permanecían
apegados' a la tradición, aparecían como elementos
retardados de un pasado superviviente en medio de
una época nueva, causa de la inadaptabilidad de
aquellos. Los que en el nuevo orden resultaron
más aptos para prosperar fueroq los que por su
mismo hibridismo étnico, se aconsonantaban con
el hibridismo democrático de la nueva república.
En este fenómeno de transformación social está la
razón de las irregularidades del carácter de Andrés;
política y socialmente, él es un conservador; no le
place la sociedad en la que vive, ni el régimen
político al que está sujeto. La democracia triun
fante le repugna; las aspiraciones colectivas disue
— 137 —
nan de las suyas; hay. un profundo abismo entre
su modo de pensar y el pensar común. ¿Por qué?
La fuerza del pasa,do actúa. El es un hidalgo per
dido en una democracia americana y, en su país y
dentro de su época, siente que ni és de su país,
ni es de su época, y se asombra de que sus con
temporáneos vivan tan pieocupados y luchen tan
desafordamente por ideales que a él se le antojan
perfectamente despreciables. Esta es la fatalidad
de las épocas de transición. En la agitación pro
funda que ha sufrido su patria, al desaparecer las
jerarquías, quedó libre el pasado a las ambiciones
ilimitadas de las clases inferiores que ahora son
superiores; y su orgullo de hidalgo le impide con
tender con gentes que ante su criterio, siguen sien
do inferiores.
'En el héroe de «El Alto de las Animas», se
evidencian las divergencias étnicas y psíquicas de la
sociedad boliviana y la atormentada individuali
dad del protagonista no reconoce otra causa. Bo-
livia, si geográfica y políticamente, constituye «una
nación», socialmente aún no lo es. En nosotros
no existe sentimientos de solidaridad social, pues
la base de esta es la similitud de caracteres y
la unidad de origen y aspiraciones. En Bolivia
cada uno va por distinta senda y no porque así
se quiera, sino porque sus condiciones raciales nos
arrastran a ello. La diversidad de castas o su
brazas, es la principal causa del desorden nacio
nal y de la insignificancia de Bolivia como «pa
tria». Será necesario que desaparezcan todas ellas
por cruzamiento e inmigración a fin deque nazca
entonces el verdadero tipo nacional y Bolivia ad
quiera personalidad propia, base eficiente de todo
progreso.
— 138 —
Mientras tanto, para el novelista, como para
el psicólogo, se ofrece en el estudio de estas im
perfecciones, una abundante materia prima de la
que se pueden obtener muchas enseñanzas y con
las cuales dar vida a obras de alto valor estéti
co y patético interés moral como la que José Eduar
do Guerra ha realizado con el caso de un noble es
píritu analítico extraviado en plena democracia
hispanoamericana, plebeyamente democrática y a-
nárquicamente amorfa.
Potosí— 1921.
Recordando a «M arina» de Arturo Oblitas
La novela en Cochabamba ha encontrado bue
nos cultores, dignos de figurar a la altura de los
mejores noveladores de Bolivia. Nataniel Agui-
rre, por lo pronto, nos ha dado en «Juan de la
Rosa», la novela más característica del espíritu
nacional. Don Mariano Ricardo Terrazas, un ver
dadero hombre de letras, según el juicio del seve-
rísimo René Moreno, cultivó también la novela
en «Misterios del Corazón». Posteriormente apa
rece Arturo Oblitas y, ya en pleno realismo, por
1910, Demetrio Canelas, quien acertó en el género
con «Aguas Estancadas», romance que resiste, sin
menoscabo, el parangón de los mejores de Argue-
das, Chirveches y Mendoza, considerados como los
mejores novelistas nuestros. Es una lástima que
Canelas no hubiera continuado cultivando un gé
nero para el que se mostró con tan felices dispo
siciones. Ya en nuestros días ha publicado don
José, Aguirre Achá la novela «Platonia», donde, en
forma alegórica, traza una donosa y oportuna sá
tira de las democracias latino-americanas.. Otro
día hablaremos de estas obras.
Ahora, nos concretamos a recordar una precio
sa novelita que escribió con morosa delectación
artística don Arturo Oblitas: «Marina». Aunque
hoy está olvidada, ello no obedece a otra causa
— 140 —
sino a que en Bolivia se desconoce todas las cosas
buenas de la propia tierra. Se aprecia lo extran
jero; se lee al autor que ponen en moda los gustos
europeos y lo nuestro se mira con un absurdo
desprecio. De ahí que permanezcan sin valora
ción justas obras y escritores que merecen bien de
la. patria por su talento e irreprochable buen gus
to artístico, como, en el presente caso, Oblitas.
Dentro de la evolución que ha sufrido el géne
ro en Bolivia, desde que alboreara con «La Isla»
de don Manuel María Caballero, cobrara bríos
con Santiago Vaca Guzmán, autor de cuatro no
velas, «Marina» corresponde al período que señala
el tránsito de la novela romántica a la naturalista.
Es romántica por el procedimiento técnico, pero
resulta «parnasiana» por el estilo y algo tiene tam
bién de nacional, la evocación del paisaje de Co
chabamba.
\
EL ARGUMENTO DÉ MARINA
En síntesis, se reduce a esto: don Juan Zurba-
no, gerente del Bánco de Osma, se casa con Aida,
en segundas nupcias. De su matrimonio anterior,
conserva dos hijos, Marina, jovencita como de
diez y ocho años y Pepito como de cinco. Mari
na, por las malas artes de su madrastra, es envia
da a un colegio de religiosas, y Pepito en poder
de ,1a sei'vidumbre, sufre un trato tan malo, que
enferma y muere.
La descripción del abandono en que queda
Pepito, después de que Marina ha sido confinada
a un colegio, especialmente la de aquella noche
en que Aida está «de gran sarao» y la servidum
bre se ha ido de jolgorio, cuando en busca de
— 141
amparo sale Pepito hasta el zaguán de la casona,
desafiando la obscuridad y la lluvife torrencial, no
encuentra anadie y siente el horror de lo incom
prensible, tiene un patetismo doloroso que, para
mi gusto, es lo mejor de la novela. Es también
de lo mejor, que, como emoción tierna, ha produ
cido nuestra literatura. Nada, en verdad, emocio
na y enternece más, que el injusto dolor de un ni
ño. Es lo inefablemente puro que se ve ultraja
do, con una crueldad estúpida, por 'los homb.ies,
Con cuánta razón decía don Eduardo Wilde, el
inefable evocador de su propia infancia, transcu
rrida en Tupiza, en esa maravilla de sentimiento y
homour que es «Aguas A b a j o «que no hay pá
gina sentimental más bien escrita que la, que se
lee a través del primer dolor de un niño». Y, Dos-
toyewsky, ese coloso: «Para mi, toda la ciencia del
mundo no vale lo que las lágrimas de un niño». A-
parte Jíé Dickens, el emocionante novelador de
los niños, sólo en nuestros días se ha despertado
esta sensibilidad nueva para comprender el alma
de los niños. Responden a ese espíritu obras que
ya han modelado en carne de eternidad el corazón
blando de los niños, como «Poil de Carotte» de
Renard, «Juan Cristóbal» de Román Rollán y, so
bre todo, aquel, que sólo ahora está comenzando
a ocupar el rango que le correspondía como gran
novelista, el éscritor de la pobreza, la humildad
y la ternura, Charles Louis Philipe, en «La M adre
y eJ Niño».
Es, pues, honda mi complascencia al anotar
que un escritor boliviano, estimulado por su ex
quisita'sensibilidad, hubiese dado vida a este cora
zón de niño. «Marina» resulta, por este concepto,
actual.
— 142 —
Mas, prosigamos con el argumento. Marina
llega o consolarse de la muerte de Pepito con el
amor de Vicente de la Serna, un buen joven, amigo
de su familia. Aida, mientras tanto, que ya se ha
deshecho de sus dos hijastros, sueña también en
librarse de su esposo, una vez que ha alcanzado
de éste lo único que ella buscaba, al casarse as
cender en rango social, llevar una vida de ostenta
ción y vanagloria mundana.
Llega, fácilmente, a traicionarlo con el aboga
do del Banco, Celso de Trueva y, con sus exigen
cias de lujo y boato precipita la ruina económica
de Zurbano, labra su desprestigio comercial y, a
la larga, concluye por ocasionarle la muerte',
cuando el esposo engañado se convence del adul
terio de Aida.
Muere Zurbano, y Marina, que ha cancelado
con su propio patrimonio, las deudas de su padre,
se casa con la Serna y se va a vivir a una alque
ría en las orillas del río Rocha. De Aida y su
amenté no sabemos qué suerte corrieron. Es de
de suponer que se irían a vivir a Qüeruquero, en
la hacienda que Zurbano compró para su esposa.
El novelista no indica la suerte futura de estos
protagonistas.
ANALISIS DEL ARGUMENTO
El argumento de «Marina» puede ser verosí
mil, nada hay de extraordinario en él. Pero 0-
blitas ha empleado una técnica más «romántica»
que «naturalista», como lo pretendía. En la épo
ca en quej, escribió su novela (1907), estaba en bo
ga la doctrina zolesca del «naturalismo». Solo
que el autor, de temperamento y educación ro
— 143 — .
mánticos, se dejó vencer, subconscientemente, por
aquellos factores determinantes.
Es necesario reparar en esto para explicarse
por qué suceden en «Marina» los-acontecimientos
de ese modo y no de otro, menos sugestivo, pero
«más real».
Sabido es que los románticos no eran unos ob
servadores impasibles de la realidad, sino que se
seccionaban de ella aquello que se conformaba a
su cánon de belleza artística y moral; preferían
el aspecto noble, distinguido, «idealista» de los
acontecimientos, y, más que ser analistas del co
razón humano, como los cultores de la novela psi
cológica, eran unos líricos del sentimiento. Antes
que someterse a ellos a la realidad, hacían que és
ta encajara dentro del casillero de su cánon pre
establecido. De ahí que pintaban unos persona
jes como absolutamente buenos, y otros malos, de
una pieza. Con esto obtenían bellos efectos de
contraste, el contraste de la intensa maldad del
traidor frente a la pureza angélica de la víctima.
Dentro de la novelística romántica encontramos
obras maestras en cuanto a belleza del estilo e in
terés de la intriga. Lo que no hay es exactitud
y profundidad en la pintura de caracteres. Lo que
flaquea en ellos es la psicología de los protagonis
tas y la lógica inmanente del acontecer real. Am
bos están sacrificados al «efecto romántico» de
las situaciones.
Cabe, pues, clasificar la novela de Oblitas
dentro de esta escuela, considerando a «Marina»
como a una hermana menor y...criolla que les ha
nacido en estas tierras bolivianas, a esa fúlgida
iamilia del cielo de la literatura romántica, que
viene desde las Julietas, Ofelias, Desdémonas y
— 144
Cordelias shakespearianas, y, pasando por las goe-
thianas Margaritas y Carlotas, la chateaubrianez-
ca Atala, las llorosas lamartinianas Graciellas y la
dulce María de Jorge Isaacs, que tantas lágri
mas ha hecho verter a las adolescencias puras, lle
ga hasta esta «Marina» que luce su poemático
sentimentalismo sobre el fondo verdegueante y jocun
do de los valles cochabambinos.
No es poco el honor que le concedemos atri
buyéndole este parentesco espiritual, aunque lo
hacemos más que por «droit des naissance», por un
vago aire de familia que la aureola.
No es poco también el honor que le conferi
mos a Oblitas, colocando a la . hija de su fanta
sía, en esta estelar «theoría» de vírgenes puras y
corazones tiernos. . Por eso mismo, no cabe sus
cribir el juicio del prologuista, Félix Antonio del
Granado, cuando afirma que «Marina» es «un in
teresante estudio psicológico», y cuando agrega que
«Oblitas, en la composición de su novela, ha se
guido el procedimiento que Zola observaba en las
suyas, «esto jes, sentando los principios, estable
cer, sin esfuerzo ni violencia, el encadenamiento y
las consecuencias lógicas».
No hay tal estudio psicológico, ni tales pro
cedimientos zolescos. La novela psicológica vive
de lo excepcional y complejo en la vida del espí
ritu, y, para que en «Marina» haya estudio psico
lógico, ésta no debiera presentar la lineal unifor
midad de la conducta y el pensamiento que pre
senta; y, para que hubiera seguido el procedimien
to «naturalista», el autor debiera haber tenido en
cuenta los factores hereditarios y mesológicos que
influían en ella, determinando su conducta,.lo que
tampoco hay. Se trata, simplemente, de una ame
— 145 —
na y bien escrita novela paisajista y de costum
bres, a la manera burguesa, discretamente senti
mental, de los Pedro Antonio de Alarcón, Pereda
y Palacio Valdez.
COMPROBACION INDUCTIVA
Precisamente una de las observaciones mejor
hechas por Oblitas a la «Antología Boliviana» de
Fermín Rejas, que se publicó en Cochabamba, y
cuyo sabroso prólogo es del autor de «Marina», es
aquélla en que nos dice que las obras americanas
«pecan por la pobreza de la trama en relación a
la extensión y abundancia concedida a la descrip
ción del paisaje». Al componer su novela, no
quiso caer, a buen seguro, en el defecto señalado
por él, y se esforzó en tejer una intriga bien es
tructurada y compleja, fértil en acontecimientos y
lances diversos. Mas, para alcanzar ese fin,sevió
obligado a violentar la realidad social que quería
copiar. Creó escenas, situaciones, tipos, que no
se dan con esa unilateridad en la vida, apartán
dose, desdé luego, de la «técnica realista» que cre
yó seguir.
Singularmente al final de la novela, en el des
enlace, la fábula peca de ai'tificiosa, de «muy he
cha». Es, en verdad, un tanto desconcertante ver
que la perversidad de Aida llegue hasta el extre
mo de confabularse con su amante para precipitar
la ruina económica de su esposo, y, por consiguien
te, su desprestigio social, que, sobreviniéndole a
el, refluía también sobre ella. Y Aida-, como todo
tipo de «arribista», ponía por encima de las nu
bes «el qué dirán». El ataque de hipcthepiia cere-
10
— 146
bral y la muerte del banquero Zurbano ocurren
«muy oportunamente» para el fin estético del no
velista y la generosidad de Marina, sacrificando
su propio patrimonio, para abonar las deudas de
un padre, que siempre fué un egoísta con ella, de
latan una virtud de calidad tan heroica, que es un
tanto difícil de imaginarse en nuestras mezqui
nas sociedades.
Los retratos, morales o psicológicos, que nos
dá Oblitas, de sus personajes, se parecen a esos
cuadros de pintores muy hábiles, minuciosos, que
copian fielmente el modelo, pero delante de los
cuales uno se queda con una sensación de vacío,
anhelando algo más: les falta el alma, la expre
sión individualizadora y distinta. Los tipos que
nos presenta son criaturas dibujadas conforme aun
preconcepto sistemático, como retratos hechos con
cuadrícula; ¡son lo que quiere el novelista que
sean, no lo que debieran haber sido, criaturas de
carne y hueso.
Talvez el tipo mejor pintado sea el banquero
Zurbano, hombre que cifra su ideal en adquirir
fortuna, para satisfacer con ella sus apetitos sen
suales. Por eso, en cuanto enviuda, se casa con
una mujer de espíritu vulgar, pero que le ha se
ducido por su belleza física y a cuyos caprichos y
exigencias cede, hasta llegar al robo, con tal de
disfrutar sus favores, sin advertir que ella ya no
puede amarlo; abandona a sus hijos y cuando se
convence de la traición de Aida, cae fulminado
por el derrumbe de su ilusión. Tipos como éste,
materialistas, sensuales, pagados de su burocratis
mo, y, en el fondo, de una yerma aridez espiritual,
sin un ápice de idealidad superior, abundan en
nuestras sociedades mediatizadas. L o mismo ca
— 147 —
bría decir de Aída, mujer vulgar, huérfana de sen-
timientos nobles y hasta de sensibilidad moral, ti
po de la arribista que no vacila en sacrificar sus
propios sentimientos en holocausto a sus ambicio
nes mundanas. Estos caracteres pueden haber si
do copiados al natural, lo mismo que Teresa, la
madre de Aida, el abogado Trueva, don Aristófa
nes Almendras el «Tarateño» de «sonoro nombre
histórico», pero no están suficientemente «indivi
dualizados».
Los diálogos que el autor pone en boca de
ellos son, por lo general, falsos, retóricos, no re
velan la personalidad. Tal cuando conversan en
tre Marina y su enamorado Vicente de la Serna.
Se dicen cosas tan generales e impersonales, que
no delatan nada de su «yo». La piedra de toque
del buen novelista es el diálogo. El le permite
pintar con rasgos seguros la psicología de los pro
tagonistas.
De Vicente de la Serna nos dice «que es un
poeta de elevadísimos, tiernos y profundos senti
mientos y de extraordinaria inspiración y talento».
Sólo que, en el curso de la novela, no llega la oca
sión de que nos convenzamos de ellos. Que ame a
una joven de tan buenas prendas com o Marina,
no prueba aquellas dotes: eso hace cualquiera, sin
ser poeta, ni talentoso. Su genio poético tampo
co lo vemos. Si éste consistiera,— como se observa
en la novela— en vivir ajeno a las preocupaciones
humanas, forjando castillos en el aire y soñando
con el claro de luna y los ojos de la novia, todos
serían poetas, hasta los Oficiales del ejército. Eso
no prueba talento, sino ociosidad-
Lo que ha pasado es que Oblitas no ha teni
do en su ambiente dé (jopóle cppiar al poeta idea
— 148
lista, talentoso y . grande, que quiso para enamo
rado de su Marina, porque,—claro está—tampoco
hemos tenido en Bolivia ni un Chateaubriand, ni
un Byron, ni un Shelley.
Igual reparo cabe hacer en cuanto al carácter
de Marina. Es ésta una índole tan dulce, un co
razón tan tierno, una sensibilidad tan vibrátil, una
figura, en suma, «tan poética»,—pero no en sus
hechos, sino según el decir del novelista, a quien
deberemos creerá fe de su palabra de caballero—
que no creemos que se produzca en nuestros valles.
Ñi la educación qué recibe, ni los factores heredi
tarios, confirmarían ese carácter. Y es lo que de
biera haber tenido en cuenta oblitas si pretendía
hacer novela «náturalista».
Más que una criatura copiada del natural,
Marina ha sido arrancada de «un bello ideal» que
llevaba metido en el caletre el autor, sugerido por
su versación en literatura romántica. Quiso crear
una figura que encarne sus ideales de artista y
escribió «Marina». Hizo bien. A no haber sido
esto, algo habría faltado en nuestra literatura. Es
una «Gretchen» nacida, por el talento de Oblitas,
én Cochabamba. Ha variado algo— naturalmente
—con el cambio de clima. Es una flor de lis tras
plantada.
En resumen, y como juicio sintético, cabe ex
presar esto: Oblitas es más un «literato» que «un
novelista», pues, si sus cualidades de observador
son deficientes sus virtudes de «estilista» son no
tables. Es un escritor que cuida más de la forma
que del fondo y si su psicología y su arte de no
velar son objetables, su léxico y su estilo son dig
nos de encomio.
Esto pide comentario aparte.— Potosí,— 1928.
El estilo y el léxico en la novela «M arina»
de Arturo Oblitas
En cuanto comencé a leer «Marina», me sor
prendió la pulcritud del lenguaje, la riqueza del
léxico, la armonía de la construcción y la belleza
del estilo. Era prosa que se leía fácilmente, con
deleite, admirando la propiedad de términos e imá
genes, la musicalidad de los párrafos, como si en
vez de habérmelas con un escritor nacional, de
construcción enrevesada y tartajoso entrechoque
de sílabas, me.las hubiera con un pulido estilis
ta ibérico enamorado de la precisión, abudancia,
novedad y pureza de los términos, riqueza de me
táforas, colorido y armonía de los párrafos, tal un
Ázorín o un Valle Inclán, un Gabriel Miró o un
Pérez de Ayala, prosistas a quienes he recordado al
saborear algunos vocablos, giros de frase, los cas
ticismos, y, en suma, la nobleza del lenguaje que
emplea Oblitas. Otro carácter más le aproxima a
estos grandes del estilo y es ese señorío de abo
lengo, aristocrático y campesino al mismo tiempo,
que distingue a aquellos y a éste nuestro prosador
nacional. No quiero insinuar con esto que Obli
tas hubiese seguido o imitado a aquellos, pues,
en la época en que componía «Marina», no alcan
zaron la notoriedad que ahora disfrutan. En aque-
150 —
lia época,—1907—eran aún desconocidos en Boli
via.
Azorín ha puesto en moda una cantidad con
siderable de términos arcaicos, pero de insubstitui
ble valor, singularmente con referencia a nombres
de utensilios, muebles, habitaciones, lugares, esce
nas, labores de campo, etc. Así, emplea palabras
tan propias, y de tan rancio abolengo nobiliario,
dentro de la aristocracia del lenguaje, como alto
zano, otero, mesón, astràgalo, trebejo, eriazo,
pestorejo, albanega, almilla, estadal, altramuces,
alabearse, condumio, zangamanga, hontanar, ar
tesa, aladar, tepulgo, jacena, almazara, aljibe, to l
va, alcaraza, etc.
Ultimamente, otro novelista español Bartolo
mé Soler, ha aportado como quinientas voces cas
tizas y muchos giros de frase nuevos al castellano,
todos tomados de la vida agrícola, en su hermoso
romance trágico, elogiado por Alomar, / M arcos Vi
llar!».
Oblitas también se esfuerza en llamar a cada
cosa por su nombre. Así, desentierra del tesoro de
la lengua y emplea términos tan castizos y pro
pios como «oquedad, mohedo, cilanco, nadadero,
breñal, zureo, llamllambrias, chortal, torca, enfaldo,
chospar, travio, recocina, a teja vana, de suelo te
rrizo, poco vividera, trebejo, cachivache, rebujo,
llavera, jacilla, mal agestada, zollipando, becera,
pingante, mocear, torces, dentellada, cenizoso, ce
rrejón, sobrefaz, mirilla, taque, descansadero, va
gueación, vaharada, repullo, elación, chacloteo, fim
bria cascarrienta, rebujal, guijo, chaparro, telliza,
tectera, solapo, trasera, rebudiando, trasoñar, sar
desco, siseo, etcétera».
Valle Inclán dice: «Los idiomas son hijos del
— 151 —
afado. De los surcos de la siembra vuelan las pa
labras con gracia de amanecida, como vuelan las
alondras». Tal este vocabulario que descubre el
castizo autor de «Marina».
Véase está descripción:
«En el confín del cielo se esfuman los picachos
de los montes más distantes hasta desaparecer en
en el azul del cielo.
«En las paratas y bancales de las faldas pró
ximas los trigales hacían aguas con el oleaje de
sus doradas espigas al soplo leve de la brisa.
«Acá y allá proyectaban su sombra sobre te
rrenos llecos, bosques de terebintos y algarrobos,
y, en los claros, se veían las chozas con techum
bre de chamiza, de los colonos y collazos, sus cer
cados y sus huertezuelos.
«Se veían también los apriscos con sus valla
dares de nopales y piedras y aún los rebaños que
a la sazón herbajeaban en las colinas.
«Tras la casa, en lo alto de la montaña, los
manantiales se derramaban en una red de tornas
y regueros, por donde, entre elechos y berros, se
precipitaban en los satines de las aceñas escalo
nadas en toda la pendiente.
«Más abajo, el agua bulidora y espumosa de
los cárcamos serpenteaba en la escarpa, despeñá
base por lo más agrio de la caída y deslizábase
luego cadenciosa y socegadamente por los bade
nes y arroyos hasta juntarse en la vagueda por
donde, durante la estación lluviosa, corría un cau
daloso río».
Las descripciones de paisaje que nos dá Obli-
tas no desmerecen en un ápice de las que nos
ofrecen Arguedas, Chirveches o Mendoza en sus
novelas. Acaso las superan en la «propiedad» con
— 152
que emplea los términos para designar las caracte
rísticas salientes, pero, por el hecho mismo de que
para ello, se sirve de la terminalogía «clásica»,—lo
que estaría muy bien para un paisaje español— y
no de de la vernacular, que en este caso sería más
propio, no llega a dar la sensación neta, insubsti
tuible y única, de los paisajes cochabambinos que
evoca, los cuales, por el conocido predominio que
en aquella región tiene la raza y el idioma kes-
was, abunda la toponimia en este idioma. Tal,
por ejemplo, todos conocemos al terebinto no por
tal, sino, vernacularmente, por molle, en vez de de
cir «techumbre de chamiza», que sólo entenderán
los cultos, decimos, más gráfica y pintorescamente,
«wailla». Este casticismo a outrance del escritor
cochabarnbino, le ha perjudicado para quedé ma
yor color local, y sabor criollo, al ambiente de su
novela. (1)
Lo cual, no impide reconocer que Oblitas, es,
sobre todo, un escritor en quien las representa
ciones e imágenes visuales y auditivas, y, en gene
ral, sensitivas, predominan sobre las facultades de
ideación y análisis. Es también de los del tipo
artístico de Teófilo Gautier, de los «que vé el
mundo exterior». Al igual que su coterráneo don
Manuel Céspedes, que se ha revelado sólo en nues
tros días con su tan aplaudido, «Símbolos Profa
nos», es un colorista y un sensual, o sensacionis-
tá, quiero decir, un escritor en quien las sensa-
(1) Este estudio se publicó, primitivamente, en el pl-
riódico «El-Día» de Potosí, en 1928. Posteriormente, en «El
Diario» de La Paz, el señor Augusto Gruzmán ha publicado
otro estudio sobre “ Marina“ ,—seguramente sin conocer el
mío.—Me complazco en constatar que coincidimos, en general,
en el juicio sobre la novela.
— 153 —
dones son más intensas que las ideas. Tiene ma
yor perspicuidad para percibir antes lo objetivo
que lo subjetivo.
En ambos, empero, en Oblitas y Céspedes, la
te férvido el culto del arte y los unifica el amor
por lo atildado, pulcro y señorial de la expresión
y el pensamiento.
Algunas de sus imágenes y metáforas, son su
gestivas, ya sea por la precisión, buen gusto o
ingenio. Así, nos dice:
«Un beso sin amor es peor que una palabra
sin verdad, una caridad hecha con moneda falsa».
«Escribir la vida de un niño, es pintar la ho
ra del alba. ¡Cuán semejante es a una alborada,
la alborada de la vida!».
Esta adjetivación es digna de Valle Inclán:
«...la tarde caía tristemente sobre aquel ho
rizonte mustio y desolado».
Un raSgo de ironía:
«Don Aristófanes, como lo indica su nombre,
era natural de Tarata, sonora villa meridional
donde al doblar una calle, corre el riesgo de to
par con un Eurípides o un Demóstenes».
Esta antítesis es muy bonita:
«El amor es la parte del sentimiento que mi
ra al cielo; el odio la opuesta, q u e d á a la tierra».
Esta metáfora acaso no se habría escusado de
aceptar por suya el mismo Flaubert: «El último
movimiento del alma en la vida, es todavía un
movimiento de esperanza...El último movimiento
en la agonía de un pájaro, es todavía un movi
miento de alas».
Este cuadrito es de un suave tinte melancóli
co como un interior flamenco, una pincelada de
Brughel:
— 154 —
«Por las ventanas entraba la luz amarillenta
del crepúsculo y al esparcirse sobre el uniforme
azul de las huérfanas, teñía el aire de un tinfe ver
de extraño y melancólico. Todas postradas en una
misma actitud humilde y fervorosa, rezaban a me
dia voz».
Giros y maneras de decir como éstos: «así no
habría escándalo, ni andarían en opiniones», o, «se
fué a mocear (la eocinera) con el portero», son mo
dismos de un rancio abolengo castizo que los es
critores de hoy en día ya no solemos usar, o por
que no los hemos recogido en los clásicos, o, lo
que es más cierto, porque no los hemos oído en
nuestros hogares. Esta habla castiza, limpia y
señoril de los antepasados, está desapareciendo
también paralelamente a la creciente mestización
de las familias.
Es interesante esta definición retórica, en for
ma de sentencia:
«El corazón es un privilegio de las almas su
periores, una lámpara cuya llama arde en el pe
cho y cuyo depósito de aceite está en el cerebro».
La descripción de la escena aquella cuando
Zurbano descubre el adulterio de Aida y la acti
tud de ésta ante la muerte de aquel, la hace grá
ficamente:
«Zuburbano sintió que la tierra oscilaba y
cuando percibió el ruido de un beso sonoro y apa
sionado, crujieron las muletas bajo sus axilas y
dando un crito de dolor que no acabó de salir y
que le tapó la boca, como un coágulo de sangre,
cayó, y esta vez para no levantarse más».
«El piso se sacudió y todas las puertas tre
pidaron con los golpes: Trueva salió corriendo y
Aida, como un pájaro azorado, con el cuello exten-
— lí>5 —
dido y los ojos muy abiertos, se quedó junto a
la vidriera contemplando el cadáver de aquel hom
bre que tanto la había amado y cuya muerte era
todavía una prueba de amor».
En resumen, y como juicio sintétioo, cabe ex
presar lo siguiente, a cei^ca de don Arturo Oblitas,
en «Marina»: la psicología y la técnica novelís
tica de este autor, son deficientes y objetables, pe
ro es un paisajista y cultor de la prosa artística
como, hasta ahora, ha habido pocos en Bolivia.
En el presente estudio no he considerado la
personalidad íntegra de don Arturo Oblitas—cuen
tista, crítico y periodista—sino en lo que mira a
su actividad como ensayista de la novela nacional.
Potosí,—1928.
Una sugesiiva novela de Adolfo Costa du
Rels: «Terres Embrasées»
1.
Al ocuparnos en otro artículo, de las carac
terísticas sobresalientes de «la novela nacional»,
decíamos que, las nuestras, no valen como «obras
de arte en sí», como «creación», por los problemas
de arte y de estilo que susitaren o por la belleza
y emoción que contuvieren, sino, sobre todo, por
ser la manifestación patente de un muy particular
estado de la sociabilidad boliviana. Carecen—de
cíamos—de un valor intrínseco y absoluto y, al
juzgarlas, no conviene desligarlas de la considera
ción del medio y de la época. Interesan sobre to
do porque presentan las modalidades de un pue
blo que es desconocido dentro de la geografía li
teraria». Escribiendo sobre Bolivia cabe realizar
el papel del descubridor de «tierras ignotas» y
presentar a éstas con el pintoresco sabor de lo
exótico.
Así, en tratándose de «Terres Embrasées», si
ella ha interesado en Francia, como gustó «La Can
didatura de Rojas» de Chirveches, es porque pa
ra los lectores de la patria de Balzac, la novela de
Costa du Rels, les resulta atrayente por la narra
ción misma, por los tipos, las costumbres y los
— 158 —
paisajes propios de un país, para ellos desconoci
do. De otra manera, no cabría pensar que en
Francia, país tan literaturizado, donde especial
mente la novela ha sido explotada por todas las
regiones del mundo sensible y del espíritu, un au
tor novel llegara a despertar la atención con lo
mismo de lo que ellos ya están hastiados hasta la
náusea, como ya lo dijo Huysmans refiriéndose al
naturalismo, (1) Costa du Reís se ha singulari
zado en París por todo lo de boliviano que les
presenta en su novela.
A nosotros también nos ha ’interesado su ro
mance porque el autor nos resulta, al revés un fran
cés que nos observa. Esta dualidad le ha favore
cido en gran manera para el suceso de su obra-
esta es la ventaja que posee el autor sobre el res;
to de los noveladores nacionales: para los extran
jeros es un hombre de las tierras nuevas que les
habla de ellas y para los nacionales es un extran
jero que nos atisba con pupilas de hombre cosmo
polita.
Otro aspecto de la novela nacional que im
porta destacar es que, como ella, necesariamente,
tiene que reflejar el grado de evolución social en
que se halla el país y Bolivia aún no ha alcanza
do a «la «cultura urbana», sino que apenas si es
tá en el estadio del primitivo ruralismo, con pre
dominante influjo cósmico,— según la doctrina spen-
gleriana de las culturas, la vida del hombre es más
(1) “ El naturalismo, al cual dieron comienzo con obras no
tables los escritores andidos, se encontró pronto en un “ ca
llejón sin salida, o mejor dicho, en un túnel con la salida obs
truida“ , según la expresión de Huysmans. Jorge Flejánov.
El Arte y la Vida Social. Pág. 51. Empresa Letras. San
tiago. Chile.
— 159 —
intensa ante los fenómenos de la naturaleza que
ante los conflictos de la vida social o del espíritu.
Por ello, en nuestras novelas, la descripción o evo
lución del paisaje ocupa mayor dimensión y asu
me mayor trascendencia que el análisis del mun
do subjetivo, la pintura de caracteres o de pa
siones. Tal ocurre en «Terres Embrasées», que si
por la propiedad del colorido y elegancia del es
tilo supera al resto de las bolivianas, asimilándose
a las de la gran literatura francesa,— idioma como
se sabe el- más denodamente trabajado para la
prosa— no deja, en cambio, de ser típicamente bo
liviana, por la abundancia concedida a Jos aspec
tos de la naturaleza en relación a la poca profun-
dización en el espíritu de los protagonistas. La
vida de éstos, por obra misma del factor geográ
fico, es más «extravértida» que «introvertida» aun
que el autor de «Terres Embrasées» ha puesto un
dramático y hasta trágico [conflicto sentimental
sobre el fondo de lujuriante feracidad de los na
ranjales del Chaco. Pero aunque el romance con
cluye con este desenlace conmovedor, éste ha sido
precipitadamente forjado. Los lectores no hemos
venido siguiendo, paso a paso, y detalle por deta
lle, la génesis lenta y el proceso minucioso, dentro del
alma de los protagonistas, que nos prepare a con
currir a ésta escena tinal, que si ■bien estremece
por la rapidez con que se nos presenta, nos des
concierta en cambio, tal como si en una repre
sentación teatral, antes de que sospecháramos el
enredo y llegáramos a posesionarnos del fuego de
sentimientos y modalidad de caracteres, estallara,
súbitamente, un pistoletazo.
Parece que a Costa du Reís le hubiera ocu
rrido lo que le pasó a don Jaime Mendoza en «Los
— 160 —
M alos Pensamientos», que derrochó toda su enei-
gía en pintar el «ambiente» donde tenían que ac
tuar los protagonistas, pero cuando llegó el mo
mento en que, propiamente, iba a comenzar «la
novela», profundizando en el análisis psicológico,
le faltaron las fuerzas y concluyó la novela pre
cipitadamente. Esto podría imputarse a la im
pericia técnica del novelista, que no sabe «distri
buir» su fuerza con una «hábil administración»,
como hace Tolstoi, (Ana Karénine) o que es más
apto para captar las percepciones del mundo sen
sible,—mentalidad objetivista, a la francesa—y ca
rece de pupilas psicológicas para adentrarse en
las lobregueces del espíritu, pero es más justo pen
sar que ello obedece al determinismo mesológico
ya aludido: el predominio, en Bolivía, de la «natu
raleza» sobre «la cultura». El novelista se encuen
tra con una estupenda riqueza natural, que leab-
sorve gran parte de su atención, mientras que las
vidas son de tal pobreza anímica que casi nada
se puede beneficiar de ellas. Es por esta faz por
d onde «Terres Embrasées» resulta típicamente bo-
liviana, simbólica de todo lo que, en lo geográ
fico y social, es nuestra patria.
Otros matices más, yá no con miramiento a lo
literario, sino a lo sociah cabe observar en esta
novela, tales como el medievalismo feudatario de
nuestra economía, el tipo superviviente del feu-
dalista que encarna don Pedro Vidal, la politique
ría criolla, el nepotismo en provincias y otros que
demandan otro comentario.
El Upo del latifundista en "Terres Embrasées”
de Adolfo Costa Du Reís
De la última novela de Adolfo Costa Du Reís,
«Tierras Abrasadas», que ha publicado reciente
mente, en sus suplementos faseiculares, «La Ilus
tración Francesa», prescindimos por el momento,
del aspecto literario, para sólo destacar otra cues-,
tión de mayor interés para los lectores.
La novela es casi autobiográfica, pues es el pro
pio Costa y Mr. Trewick, un petrógrafo inglés, a
quien han tratado varios en Potosí y murió en las
pampas de Tarairi, que intervienen en la acción de
ella, aunque en una forma impersonal e indirecta.
Ambos, Costa y Trewick, deciden, una noche, en
Londres, sabedores de la existencia del petróleo en
estas regiones, explorar por la frontera de Chuqui-
Saca. Realizan la expedición y después de obte
ner, en La Paz, unas cartas de recomendación del
Minstro de Hacienda Entreambasaguas, llegan a
«El Mataral», vasto la tifundio de don Pedro Vidal,
en la provincia del Azero. El argumento de «Te-
rres Embrhsées» es interesante y, al final de una
intensa dramaticidad lindante en la tragedia, pues se
se suscita la rivalidadpasional entre el padre, don Pe-
droVidal, y su hijio Carlos, capitán de ejército, que
ha concluido por tener amores con su madrastra,
doña María, a quién su esposo la mantenía com o
11
— 162 —
confinada dentro de sus habitaciones, incomprensi
vo y cruel. El mejor carácter pintado en el ro
mance es el de don Pedro Vidal, como que es co
pia fiel del original. Puede considerárselo com o el
tipo del « latifundista colonialistas que supervive
en Solivia con indurescencia crónica, tal como la
creó el parasitismo colonial. Don Pedro ha he
redado un hacienda, tan extensa, que ni él mismo
conoce sus confines. Ha estudiado Derecho por
seguir por la trillada senda. Como es el principal
hacendado de la región, hace diputados a su an
tojo e impone las autoridades que le convienen.
Mantiene la provincia de un puño. No solo la
provincia, sino el departamento. Trátese del par
tido que se trate. Todos los gobiernos saben que
don Pedro es un hacendado con mas de diez mil
árboles de naranjo y cientos de colonos y que cuan
do se necesita de sus servicios a la causa, ha de
ganar las elecciones con una mayoría aplastante,
com o entre guiños y risa mefistofélicos, le dice el
Ministro Entreambasaguas al autor. Don Pedro
Vidal es una fuerza viva de la nación. Un puntal
del Estado.
Pero, ¿cuál es la acción social de este formi-
dible mónstruo de poder y fuerzja? Dentro de la
fauna social, si algunos representamos el papel de
la plácida cigarra, que canta por cantar, aunque
no coma, o escriba por escribir, aunque no gane con
ello más q ‘ ,los silvidos de la maldad, el formidable don
Pedro es un cocodrilo de la nacionalidad, como Pa-
tiño, Aramayo o Suárez. Es el que se los come a to
dos, sin permitir que los demás coman.
Don Pedro es poseedor de enormes tierras, pe
ro esas tierras no existen más que para q‘ él ejerza
— 163 —
sa dominio absoluto sobre ellas, en exclusivo be
neficio personal süyo.
Don Pedro es Senador perpètuo, pero él no va
a las cámaras a velar por los intereses de la Patria,
sino a defender sus privilegios de terrateniente. Su
cultura no va más allá de unos cuantos lugares co
munes de Derecho Constitucional y como es un hom
bre todo carne, sin nada de espíritu, su espíritu es de
una sensualidad asiática y su mentalidad de un obje
tivismo indígena. En «El Mataral», don Pedro,
no se ocupa sino de castigar a los colonos que no
han ofrendado el máximun de su rendimiento en
provecho del hacendado y, después, satisfacer sus
apetitos sensuales con las mujeres que le propor
cionan sus Celestinos y enturbiar su conciencia con
las delicuescencias del alcohol. ,
Este es,Q&gToso modo, el esquema psicológico
del hombre. ¿No es la tipificación del «patrón»
boliviano? Sin mucho esfuerzo de imaginación es
ta pintura de un «carácter individual», se puede
transformarla en «carácter genérico», pues con
viene a todos los ejemplares de su especie. Muta-
tis mutandis, son así, hombres sin más ideal que
la satisfacción de los más groseros apetitos sen
suales, sin más cultura que el vagazo de nuestras
Universidades y sin más norma social que la de
fensa de sus intereses, enemigos del bienestar ge
neral, todos estos latifundistas, capitalistas y jefes
de pueblo. Ellos son los que quieren que en Bo
livia se eternice el régimen 'económ ico feudatario
en el que siempre hemos vivido desde la Conquis
ta hasta nuestros días.
No es una paradoja afirmar, sino una obser
vación exacta, que en cuanto a nuestro régimen
económico, la distribución de la riqueza y la ex
— 164 —
plotación de ella,— sea minera o agrícola— no he
mos salido de un sistema medieval, en que super
vive el Señor Feudal con sus derechos de vida,
hacienda y pernada y el vasallo y la gleba, trá-
tése de intelectuales o ckoya-ranas, que todos so
mos ciervos de los don Pedro Vidal.
No hemos llegado siquiera a apreciar la doc
trina liberal de Libre Cambio y para que alcan
cemos la era del capitalismo a la moderna y de
ahí a la revolución proletaria, eso...
Eso está en verde, Chávela.
Empero, cabe pensar que si en Bolivia se es
tá presentando con sintomáticos caracteres el Co
munismo, los causantes para ello son estos seño
res, los Colonialistas, [trátese del patrón minero
como Patiño o del patrón agrícola cemo don Pe
dro Vidal, que no realizan más función social que
la de una viscera tan hipertrofiada dentro de un
organismo raquítico, que amenaza de muerte a
todo el organismo. Estos señores, que debieran
ser, los organizadores de|la vida nacional, son al re
vés, los que desorganizan la nación y hacen que
la inmoralidad administrativa y el medievalismo
económico se prolonguen indefinidamente.
Diríase que no les importa que sucumba So
livia, con tal de que ellos continúen acrecentando
su fortuna. Como que algunos de ellos, en pre
visión de una catástrofe, han asegurado sus ca
pitales en el extranjero y cuando muera la pa
tria, ellos se irán, cosodrilescamente, a llorar la
muerte de la patria en Biarritz o la Costa Azul,
Y tan patente y efectivo es esto, que esta rea
lidad se objetiva plásticamente allí donde la vi
da de nacional se manifiesta con mayor claridad
porque aquello es una síntesis del organismo so
— 165 —
cial, com o la conciencia es la síntesis de los pro
cesos psico-físicos de un ser: el Parlamento.
Acabamos, en este momento, y después de una
Revolución, de seguir las sesiones de un Congreso
que ha aprobado un Referendum con el cual se
va a salvar, una vez más, la patria. En nuestro
concepto el tal Referéndum, con todas sus mara
villosas reformas constitucionales, no pasa de ser
una hábil martingala para engatusar bobos. Es
como darle un caramelo a un niño indigente o co
menzar por invitarle el habano de los postres a
quién no ha comido ocho días.
Nuestros admirados y admirables, «padres de
la patria» han discutido ardorosamente el Refe
réndum como si, ccn ello, iban a descubrir la pa
nacea universal que cure todos los dolores de la
patria, o la fórmula mágica que obre milagros.
Pero, en el fondo, ¿qué cosas se van a remediar
con el Referéndum? Apenas un poco de inmorali
dad administrativa. Eso, si hay hombres capaces
de hacer cumplir las leyes en la práctica. Lo
que no hay, como ya eátamos comenzando a ver.
En Bolivia, como en la España clásica, «hecha
la ley, hecha la trampa».
El problema esencial en Bolivia, es el proble
ma agrario. ¿Y por qué no lo han tratado en el
Congreso, encarándolo de frente y planteándolo
a fondo? Por una razón tan sencilla como huma
na: porque la mayoría de nuestros parlamentarios
son unos feudatarios a la manera de don Pedro
Vidal; porque ellos viven, y medran, y son «gran
des de Bolivia», precisamente, por eso: porque se
han aprovechado del medievalismo económ ico im
perante y es natural que para no desaparecer ellos
y perder sus privilegios parasitadores, sostenerlo
166 —
en su esencia, variando la forma. Tal el propio
don Franz Tamayo, cuyo talento admiramos, pero
cuya conducta no es admirable. Tamayo nos ha
hablado desde el Congreso de la cultura griega y
el espíritu francés, del íascismo y del soviet, de la
democracia directa y hasta de los Padres de la
Iglesia. Ha pronunciado un discurso tan elocuen
te como los de su colega Cicerón en el Foro ro
mano o Castelar en las Cortes españolas. Pero,
en síntesis, ¿qué? ¿Qué es lo que ha hecho Ta
mayo y cuál el espíritu con el que ha hablado?
Tamayo, nuevo San Juan Evangelista eu la
isla de Patmos: se ha erguido con vehemencia de
qpóstol judaico y ha lanzado un nuevo apocalip
sis augurando la destrucción de Bolivia, si Boli-
via acepta algunas de «las reformas referenda-
rias», sobre todo la democracia directa y la des
centralización administrativa. En la lejanía, don
Franz, está viendo la polonización de Bolivia.
El autor de «Proverbios» ha derrochado su ad
mirable riqueza de fórmulas verbales y su gran
capacidad raciocinativa y, en suma, ha puesto su
gran talento, al servicio de un sentimiento peque
ño; estimulado por su fundamental paceñismo, ha
visto con un exceso de suspicacia, que detrás de
la descentralización administrativa se esconde nó
la polonización de Bolivia, que él dice, sino una
atenuación del poder hegemónico y centralista de
La Paz y es en defensa de eso, que el latifundis
ta del lago, nó el pensador de «Proverbios», ha
reaccionado ciceronianamente.
Y si esto decimos de un hombre que, en otros
aspectos nos merece toda admiración,— como es
critor y poeta—ya se puede juzgar lo que pensa
mos del resto de la tropa. Los tales «padres dé
\
— 167 —
la patria» no son otra cosa que hermanos legíti
mos de don Pedro Vidal.
Pero, si por una parte, cabe imputar «al
autocratismo patronal» que acabamos de descri
bir y por las razones que exponemos, el atraso,
la desorganización, la inmoralidad, la injusticia
en la vida económica y social del país, tanto que
ello explica, en parte, la difusión y arraigo que
está tomando el Comunismo en las masas y en
las Universidades, es justo y leal afirmar tam
bién que, por otro lado le cabe también una
parte de la culpa al propio pueblo, a la enor
me masa terrícola, nuestros indios, para decir
lo concretamente, que viven sin vida histórica, fe-
Jajes, dejándose explotar, pasivamente, por sus
patrones y los obreros, que carecen también de
conciencia de clase, de espíritu de solidaridad y
hasta de preparación técnica dentro de sus ofi
cios o peculiares actividades.
Todo es solidario en la vida de los pueblos.
Si se presenta un fenómeno social cualquiera, él
está encadenado a una serie de causas que le
han dado origen. Si en Bolivia existe el tipo del
usufructuador del trabajo del obrero minero o
del indio colono, el «patrón autócrata», minero o
latifundista, colonialista o feudatario, medievalis-
ta y avasallador, es que la misma masa social
es la que lo ha creado, porque ellos son el te
rreno propio donde esa planta arraiga y prós
pera como el eucalipto se alza gallardo y altivo
en los terrenos húmedos y fangosos.
Es el mismo pueblo, por sus propias condi
ciones étnicas y su inferioridad de cultura, el que
ha creado el «autocratismo patronal». Su respon
sabilidad para ante la desolación de la patria es
igual a la del burgués, del burócrata, del lati
fundista, del capitalista minero, para la desorga
nización política, social y económica de Bolivia,
para esta. situación de hambre, de miseria, de
desesperación, de mugre y de oprobio de vivir
que es la vida boliviana.
A la afirmación que acabamos de hacer nos
ha conducido la lectura del por mil títulos valio
so estudio que sobre «JEtnografía Chiriguana»
escribió el P. Fr. Bernardino de Niño. No hay
más que leer aquel libro, sobre todo la descrip
ción de nuestra riqueza en flora y fauna, y con
frontar el espíritu holgazán e incapaz del chiri-
guano, para evidenciarse de que la tierra bolivia
na es rica, pero que el pobre es el boliviano. Po
bre de espíritu de iniciativa y de capacidad de
trabajo, sobre todo. La solución de nuestros pro
blemas económicos mismos, entonces, hay que bus
carlos en la difusión de la cultura y en una sa
bia política demográfica, tal como se están em
prendiendo estas tareas en el Méjico actual y no
limitarse, a unas menguadas reformas «referenda-
rias» cornos hacen nuestros anacrónicos «padres de
la patria», estos abominables Pedros Vidales.
Potosí, 1031.
EL DRAMA
Valentín Meriles, su técnica de dramatur
go y su medio ambiente
P rólogo a «El Alma de la Provincia»
Valentín Meriles es un dramaturgo poco co
nocido en Bolivia. Este hecho es imputable tan
to a que sus dramas no se han representado sino
muy fugazmente en algunas ciudades del país,
como a la sustantiva de que ellos están hechos
más para leídos en la calma y meditación del ho
gar; son dramas de una gracianesca densidad de
pensamiento. Sintéticos. Cada frase de cualquie
ra de sus protagonistas esconde la condensación
mental, la riqueza de sugerencias de una «senten
cia» cuyo sentido recóndito hay que desentrañar.
Son una esencia destilada con el jugo de cinco
plantas distintas que han cuajado en una sola
pastilla de un perfume exquisito. Tal vez, por ello,
en este autor, antes que el talento de un drama
turgo, se recata el de un «pensador» y un «mora
lista» (1) y de haber recibido una buena educación
(1) A semejanza de estos moralistas célebres,
Meriles es, también, a más de un implacable ana
lizador, un descontento del mundo y un desenga
ñado del «corazón humano». Si por su pesimismo
— 172
y vivido en un ambiente intelectual fino habría
llegado a la manera de aquellos como Gracián,
La Rochefoucauld, La Bruyére, Joubert o Cham-
fort, que después de haber atisbado el mundo con
la mirada fría del analizador implacable y agudo,
condensan un mundo de observaciones en la du
reza cortante y afilada, como un puñal florentino,
radical es un pariente próximo de Gracián, por
otro aspecto presenta una indudable afinidad es
piritual con Jaubert. Es sabido que a este no le
gustaba escribir y aunque poseía mente sutil y re
finada cultura, por lo mismo que su pensar era
hondo y su ansia de perfección estilística tan depura
da, se quedaba impotente delante de la página
blanca. «Si hay un hombre atormentado—decía
— por la maldita ambición de poner un libro en una
página, toda una página en una frase y esa frase en
una palabra, ese hombre soy yo». «Yo soy como Mon
taigne—añadía—impropio para el esfuerzo conti
nuado. En todas las cosas me parece .que las
ideas intermediarias me faltan o me aburren de
masiado». «Todavía no puedo escribir, necesito de
una larga paz». «No es mi frase lo que yo me
obstino en pulir sino mi idea, y persisto hasta que
la gota de luz que he menester quede formada
y caiga de mi pluma». Y, concluye, desalentado:
«El cielo le dió fuerzas a mi espíritu nada más
que para un tiempo y ese tiempo ha pasado».
Guardando el desnivel de ambiente y de edu
cación—Joubert era un erudito y Meriles es un in
tuitivo—es también el caso de nuestro autor. A
haber tenido fe en sí mismo y un mínimun de
audacia, Meriles habría sido conocido como escri-
— 173 —
de una «máxima», de un «proverbio», que vale tan
to como un libro. La manera de ser, y de hablar mis
mo, de Meriles, es esa. Aunque él, modesto e inte
ligente, no dá jamás a sus «agudezas» el carácter
antipático y dogmático de sentencias y las disfraza
tor desde muy joven. Se requirió todo el espal
darazo dinamizador que le dimos los de la gene
ración de «Gesta Barbara» para que saliera de su
inhibición sistemática. Conocíamos su talento.
Cuando nos mostró «Don Venancio»— su primer
ensayo dramático— no nos extrañó: hacía tiempo
que todos los entonces «jóvenes» en relación a
Meriles, que ya no lo era, esperábamos un fru
to granado de aquel que ya desde entonces lo
llamábamos «nuestro Schopenhauer a domicilio».
Entusiasmados y comprendiendo que a los tími
dos—según observa Stendhal—para que se expan
dan y revelen les hace falta el éxito, lo aplaudi
mos. Alberto Saavedra Nogales, Saturnino Rodri
go; todos los compañeros, lo estimulamos. Era
justo. Era necesario.
Más, no obstante de que desde un comienzo
y desde que estrenó su primer drama obtuvo el
más confirmatorio éxito en el ambiente nativo, ha
permanecido reacio a producir las obras medula
res que hay derecho a exigir de su talento. Mu
chas veces nos ha dicho: «Yo ya soy viejo para
tener los entusiasmos de ustedes. Si hubiese em
pezado joven...»
Hace años, dos o tres, empezó un nuevo dra
ma: «El Cristo de Marfil». No ha pasado del pri
mer acto. En vez pasada descubrió un tema, mag
nífico, sobre el problema sexual y el cariz que él
— 174 —
con una aérea clámide de la ironía, sus procesos
de ideación obran por sintesis. Es un «cerebral»
con más talento de pensador que de comediógra
fo. El sintetismo con que hablan sus personajes
les perjudica para que cobren fluidez para las
efusiones del corazón, para la expresión tumultuo
sa de las pasiones. El sentimiento, la vehemen
cia, el dolor mismo, no se expresan en sus per
sonajes con gestos «teatrales», con enfáticas de
clamaciones, con torrencialidad tropical y expan
sión vital. Al revés, en una forma mesurada, cohi
bida, por frases entrecortadas y silencios retiscen-
tes, pero cargados de alma, como de quién llora
por dentro.
asume en nuestra sociedad pacata. Enfervorizado,
nos habló largamente del asunto, Mas, ¿ha em
pezado siquiera?
He aquí otro rasgo que lo emparenta con
Joubert: es un excelente conversador. Pero cuan
do se trata de escribir, de «pasar por las ideas in
termediarias» y realizar un «esfuerzo continuado»,
se echa para atrás, como si tuviera que empujar
la mole de Sísifo.
Pero no todo—claro está— es imputable al au
tor. Mucha parte de ello hay que cargar en cuen
ta al ambiente. Este no solo no brinda estímulo
al creador de arte, ni siquiera tiene un gesto de
humana tolerancia con él. En Potosí, como en
todos los pueblos que han vivido sofocados por
una esclavitud de siglos, pervive el odio teológi
co a la inteligencia y el terror jesuítico, al pen
samiento libre. Se necesita ser un apasionado de
las ideas y de la verdad para atreverse a pensar
libremente—y escribir—en semejante medio.
— 175
Esto obedece tanto a la calidad mental del
autor, que por rotación natural de 'sus procesos
de ideación se inclina a decir mucho en pocas pa
labras, como a su temperamento introvertido: Me-
riles, como todas las naturalezas de fina sensibili
dad, es un tímido: los gestos desmesurados, los
gritos del entusiasmo o los singultos del dolor, los
siente de «mal gusto», antiestéticos, plebeyos.
Y aquí, precisamente estriba su error, «com o
dramaturgo». El teatro vive del desborde pasio
nal. Es, como lo ha definido Cansinos Assens, «un
fenómeno orgiástico». Al teatro no va el público
a recibir lecciones de ética; menos a analizar con
flictos psicológicos o estudiar un curso de «Ca-
racteriología» freudiana, sino a divertirse, a olvi
dar los tráfagos cotidianos y submergirse, por un
momento, dentro de un mundo ideal, más bello
y libre que el que en la vida práctica lo tiene
encadenado al carro de la necesidad y del deber.
Quiere reír con una ficción cómica, aunque sea
absurda, o emocionarse con los jugos de la vida
intensa, aunque sea irracional, inmergirse dentro
del golfo de la pasión, donde la lógica es un es
torbo; alucinarse, sugestionado por la obra teatral,
olvidándose de su Yo habitual, para cambiar de
alma, siquiera por unos instantes. El teatro es
una efímera, pero necesaria liberación de la vida
vulgar consuetudinaria: es vivir en el reino de la
pasión y de la fantasía.
Al público poco le importa si el drama es ar
tístico o trascendente; no le importa nada de lo
intelectual que tiene, sino la parte de ensueño y
de espectáculo. He ahí por qué el teatro «realis
ta» y el de «ideas» ha fracasado en la misma
Francia. Ahí también está la causa de por qué
— 176 —
nuestro público aún se deleita con los dramones-
de Echegaray—puñaladas, sangre, orgía pasional
— que en otras partes son piezas de museo, y es
imposible subir a escena un drama de Ibsen o de
Maeterlinck, grávidos de ideas, temblorosos de
misterio.
Meriles, como ellos, plantea también conflic
tos de almas, divergencias de caracteres. Por esor
no ha de llegar nunca a la notoriedad indiscri-
minativa y ruidosa de los públicos heterogéneos y
pasionales de Bolivia, que se regocijan con argu
mentos folletinescos o astracanadas despampa
nantes. Es un teatro, el del autor de «El Alma de la
Provincia», gris, lleno de claroobscuros, por don
de circula ese aire gélido de fatalidad tácita y de
impenetrable misterio como una sutil niebla ceni
cienta q ‘ flota también en la vida de todas las gen
tes, pero que las gentes no perciben y son, por
ello mismo, víctimas de ese poder trágico por
incognoscible.
Para mi gusto, el pasaje más bello de «El
Alma de la Provincia», es la escena XV. En esta
el autor ha llegado a difundir ese aire de bru
ma que enigmatiza la vida y que sólo en nuestros
días ha sido traído al teatro por el genio místico
co y sutil del autor de «La Intrusa»:
Lizandro.— (Cortándole) Silencio, Julián: no me
molestes.
Julián.— Tú sabes todo: debes explicármelo. Los
hombres que sabéis mucho sois unos ego
ístas. (Con tristeza) ¡De qué vale lo que
tánto te quiero... y tú... no me dices ña
uada...!
Lizandro.—(Compasivo) ¿Qué quieres que te diga?
—- 177 —
Julián.—Dicen que hay hombres que lo saben todo;
para ellos no existe esta oscuridad llena
de dolores. Si yo pudiera explicarme por
qué sufro tanto! ¿Ellos tendrán razón?
Yo no comprendo! Y vivo con la espe
ranza de que alguien me explique.
Lizandro.—Así, todos esperamos.
Al formular esta sencilla pregunta, ingénua-
mente, como un pobre campesino que es, ¿no ha
apuntado Julián a lo más pungente del problema
del conocimiento moral mismo? Espinoso proble
ma. Por él andamos desasosegados todos, sabios e
ignorantes, pobres y ricos, santos y pecadores.
Y estas sutilezas, ¿es posible que comprenda y
guste un auditorioi.boliviano?
Meriles, como todo espíritu aristocrático, na
ha de llegar a ser popular en Bolivia, como no es
popular la poesía de Ricardo Jaimes Freyre o de
José Eduardo Guerra. Se perderá para la fama
«casera y barata» que decía el otro, pero se sal
vará para ante el santuario del arte selecto.
II
Pocas obras dentro de nuestra paupérrima li
teratura dramática, se ha escrito en Bolivia, tan
nutridas de observación certera, como «El Alma
de la Provincia».
Meriles,— repito—no ha producido más que
dos dramas: «Don Venancio», donde escorza un
carácter típico de nuestra democracia, el tipo del
vividor egoísta, el mediocre moral, y «El Alma de
la Provincia», donde analiza el conflicto de los
12
— 178 —
matrimonios entre personas de distinta jerarquía
social, en donde todo, diversidad de educación,
gustos dispares, caracteres incompatibles, contri
buyen a infernar la existencia de esos seres con
denados a vivir bajo un mismo techo, mientras
sus almas se repelen y sus corazones se hieren. (1)
Esos dos únicos dramas, si bien obras prime
rizas, revelan una técnica segura en el manejo de
situaciones y precisa agudeza para profundizar—
dentro de las obscuridades del subconsciente—en
los móviles recónditos de la conducta.
La inteligencia del autor es sintética. Se sir
ve de pocos rasgos para pintar los caracteres y
hace estribar en la precisión del detalle» la expre
sión de complejos estados de alma. Esto se com
prueba en «El Alma de la Provincia». Ninguna
palabra, ningún gesto, ninguna actitud, por indi
ferentes que parezcan, están demás: todo es inten
cionado: cada palabra, cada gesto, cada actitud,
están puestos ahí para ir relievando los caracte
res, sugiriendo la calidad distinta de los espíritus.
Esa exactitud obedece tanto al criterio que
el autor sustenta sobre el drama, como a su ma
nera de componer, y de ser.
Meriles es un «realista», en el mejor sentido
(1) Es un» charla, simple, entre una lavandera, y su hi
jo. Pero está tan llena de humanidad,—a la vez que de in
tención—, tan cuajada de lo que Shakespeare llamaba «la
leche de los dioses», la piedad^ que, dentro de su apaiente
intrascendencia, es para mi juicio, algo de lo más lindo que
ha producido nuestra literatura, por el perfecto escorzo de lo»
caracteres, tanto como por la tern u ra que humaniza el diá
logo. Cosa tanto más rara en nuestra literatura, de una
tan enfática arrogoneia, encontrarse con algo donde sea po
sible saborear el inefable sentimiento de la «ternura».
— 179 —
de este término literario: para componer sus dra
mas él se somete, humildemente a los imperativos
de la realidad. No quiere poner nada «inventan
do». Todo ha sido observado, visto, sopesado.
Claro que «a través de su temperamento». Lo que
quiero decir es que conserva la mayor dosis de
«impersonalidad», manteniéndose dentro de la más
ecuánime neutralidad contemplativa, dentro del
«objetivismo más riguroso».
Arnold Schroeder, al ocuparse de Shakespeare
escribe: «Como en el caso de Goethe, también en el de
Shakespeare los testimonios de sus contemporáneos
son inequívocos acerca de un rasgo decisivo de su ca
rácter: aquella amable ausencia de egoismo que lo
permitía ahondar en el corazón de los demás,
comprender los problemas morales más profunda
mente que su misma época. De aquí se debe par
tir para explicar su eminente talento dramático, la
convincente realidad de sus figuras, la abundan
cia de problemas, siempre nuevos, que sus perso
najes plantean ante nosotros.»
Todos cuantos quieran cultivar el drama,—y
la novela—deben tener esta «amable ausencia de
egoismo», saber ver «en impersonal» a sus prota
gonistas, neutralizar su «Yo», acallar su propia
alma, para escuchar los latidos,— sutilísimos—de
las almas ajenas. De otra manera no cabe hacer
drama, o novela, propiamente. Esta cualidad la po-
sée Meriles. De ahí que al pintar tipos como Ar-
gensola, como Lizandro, como Ofelia, como Julián,
como doña Clara, como Rosalía, como don De-
móstenes, les insufla de vida propia, individual y
distinta a cada uno de ellos, aunque, para crear
los,—como es explicable desde el punto de vista
epistemológico—los ha nutrito con los jugos más
180 -~
sustanciosos de su propio espíritu. Kantianamen
te hablando, siempre la «forma» es la de la indi
vidualidad psicológica del artista, la «materia» es
la que recibe del mundo exterior,
Para alcanzar esta pulcritud, que habrá que
llamar «limpieza técnica», le favorece su manera
de componer y de ser. Meriles es lo más opues
to que puede haber a un escritor profesional. Pro
piamente, no sabe escribir. Es lerdo hasta para
escribir una carta. Cuanto a estilo, no hay que
hablar de eso. El no sabe ni lo que es estilo. Y,
esto, que para otros literatos, sería una deficien
cia, para el dramaturgo es una ventaja. Care
ciendo de una manera propia y sistemática de es
cribir, fácil le es hacer hablar a sus personajes
con la llaneza con que se habla en la vida ordi
naria, sin adobos retóricos.
No sabe escribir. Lo que sabe es ver, observar,
analizar, ahondar. Mas, como para conservar el
fruto de esta labor es necesario, apuntarla por lo
menos en notas sueltar, eso es lo que hace.
Un drama lo escribe en uno, dos, tres años. El
tiempo no importa. El no se apresura. Si la obra
sale, saldrá, pues si puede. Si no puede, se queda
rá así. Tanto vale lo uno como lo otro.
Construye sus dramas como los pájaros sus ni
dos: saliendo a preveerse de todas partes de mate
riales de edificación: de aquí unas espinitas, de
acullá un montoncito de paja, de más lejas unas
plumas. Sale a la calle. Mira. Observa. Sor
prende un diálogo. Se le ocurre una idea. Atis
ba alguna situación. Registra un gesto, Se ríe de
fulano. Intuye lo que le está pasando a mengano.
Todo ello va a servir para su drama. Después de
haber tomado el sol en la plaza y contemplado un
— 181 —
rato el crepúsculo, dice: Bueno, yo me voy. Y
se marcha a su casa, arrastrando los pies, con te
dio, sin dar importancia, como otros, al hecho fun
damental de andar por la calle. *E1 sabe que na
die va a fijarse en él. El no es una mujer bonita.
No es un político notable. Como sabe que nadie
va a parar mientes en él, él disfruta de la calma
suficiente para ir observando o los demás. Lo
que les pesa. Y lo que no les pesa. Y, lo que de
biera pasarles Cumple el refrán vulgar— para na
die más eficaz que para un dramaturgo:—ver, oír
y callar...¿Callar?...No: escribir.
Llega a su casa. Se tira, derrengado, en un
sillón mórrison que hay por ahí. Se siente un po
co atediado. Un poco triste también. Piensa que
nada vale la pena de nada.
Lo mejor sería morirse. El así lo deseara. Pero
lo que le horroriza no es la muerte, sino el entie
rro, las ceremonias del entierro. Todo ese aparato,
esa solemnidad, esa «teatralidad» con que se ro
dea a ese hecho tan trivial, tan humano, tan sen
cillo, qtie es la muerte.
Y, piensa:—Si yo muriera, ¿cómo se redactarían
las esquelas de defunción...?
Para el trato social es un tímido. Un tímido
que a veces, como Stendhal, disfraza su timidez,
con arranques de cinismo. Más, es suyo el verso
de Rimbaud:
« Par delicatteze
J’ ai perdu ma vie».
Meriles está sentado en su sillón, un poco tedioso,
un poco triste. El ya no espera nada de la vida. Vive
sin ilusiones. Vive sin pasiones. La vida, además,
— 182 —
en Potosí, es tonta, es mediocre. La ciudad es
gris, melancólica. Los hombres son...
Ah! Argensola tiene que decir tal cosa! Ha
recordado... Lo que ha oído, la frase: lo que ha
visto, el gesto; lo que ha intuido, el espíritu, en
algún sujeto de esos, en la calle, es aplicable
perfectamente a lo que Argensola, o Lizandro, u
Ofelia, tenía que decir en la comedia. Y anota la
frase, en un cuaderno de esos, lleno de manchas de
tinta,—lágrimas intelectuales—borrones, tachadu
ras, rayas largas, sinuosas, sucias, como hilos de
sangre...Los dolores del parto.
Y consigna la frase, el gesto, la actitud, sin
importarle nada de la ortografía, ni de la sintaxis,
ni de la preceptiva: lo que le importa es que Ju
lián, Lizandro u Ofelia (1) digan, sea real, sea exac-
(1) En Ofelia nos ha dado el tipo de la mu
jer de sociedad que se cree llamada a un gran
destino, pero que cae en la promiscuidad de un
matrimonio de última hora, constreñida por las
circunstancias, o engañada por las apariencias de
su novio. Su esposo Lizandro, corresponde al tipo
del arribista social que casándose con una mu
jer de jerarquía superior a la suya, piensa que va
a ganar en rango él también. Ambos se engañan.
Ofelia se ve defraudada. Su marido no alcanza
los éxitos a que su presunto talento le hacía acree
dor: no le proporciona el tren de lujo y vana
gloria con que soñaba Ofelia. Incomprensiva, se
estrella contra Lizandro, que no es culpable de
sus fracasos. Mucha parte de ellos los debe a su
mujer. Ofelia se ha casado sin mente,, sin cora
zón y sin humanidad. No ha aportado al matri-
— 183 —
to, sea verdadero, acomodado a su edad, a su se
xo, a su estado social y su estado de alma.
Esto es lo importante. Estas personas no pue
den mentir. Tienen que deeir la verdad. Aún la
misma verdad de su mentira, de su hipocresía, de
su indigencia espiritual. Porque estas gentes tie
nen que llevar a la posteridad la voz, la repre
sentación de este momento de la vida boliviana.
Tienen que ser los testigos de esta época. Tienen
que seguir viviendo, hablando, pensando, para an
te las gentes que vendrán después y querrán sa
ber cómo hablábamos, cómo pensábamos, cómo éra
mos, nosotros. Nosotros los de éste tiempo.
Estas gentes, don Venancio, don Napoleón, Lizan-
dro, Ofelia, Juliá n, tienen que seguir viviendo, hablan-
monio la cordialidad inteligente y el buen senti
do de una mujer que ha de ser compañera y co
laboradora de su esposo, sino un espíritu ocupa
do por vanidades de sociedad y por sus inclina
ciones egoístas y prosaicas, fruto de la vida sin
ideas, rutinaria y rastrera en que ha sido educa
da, llena de prejuicios de casta y sin aspiración
más levantada que el exhibicionismo y la superfi
cialidad de la vida mundana. Al ver que Lizandro
no satisface estas sus aspiraciones, se torna cruel,
déspota, exigente con él: le desprecia a la familia
de su marido y antes de ser una leal compañera
de aquel, se le transforma en su más fatídico
tormento. Se deja dominar por sus sentimientos
encontrados y concluye por ser una mujer de al
ma dislocada, una « declassé» y una bobáryca. Exac
ta tipificación de las llamadas «mujeres de socie
dad», entre nosotros.
— 184 —
do, amando y odiando, cuando el propio creador de
ellos, el autor, y los contemporáneos del autor, ya es
temos callados, para siempre, en el cementerio.
Los hombres pasan, las obras quedan. Maravillo
so poder del arte.
De aquí, de está concepción que diríamos
«trágica» de la creación estética, nace en Meriles
la honradez con que compone sus dramas. El quie
re infundirles la mayor cantidad de vida, porque
sabe que el valor de las obras de arte,— sobre to
do en Bolivia— a más de la belleza inherente a
ellas, estriba en la importancia de documentos
que asumirán para ante la posteridad. Será la
última huella que ha de quedar para mañana de
nuestros efímeros pasos por sobre la tierra.
Y es preciso ofrecer el retrato más fiel posible
de nosotros mismos, para que se sepa cómo fui
mos nosotros. Lo que nos importa es nuestro Yo.
No queremos que se nos conozca mejor de lo que
fuimos. Tampoco peor. Como hemos sido real
mente. Con todos nuestros vicios. Con todos nues
tros defectos. Con todos nuestros amores. Con
todos nuestros odios. Todo esto ha sido nuestro
Yo. Todo esto queremos que perviva. Aunque
no sea más que en la realidad ideal del arte, ya
que no hay otra manera de perdurar.
Practica la recomendación de Guyau: «Es ne
cesario comprender cuánto sobrepuja la vida al
arte, para poner en el arte la mayor cantidad
posible de vida».
Y la fórmula de Stendhal: «El arte es un es
pejo que uno pasea por un 'cam ino.»
III.
Pero esto no es popular. No puede serlo. Es
odioso. La sociedad— clase burguesa— no quiere
— 185 —
verse la cara en el espejo de la realidad, porque
su cara es fea.
La realidad actual de esta Yida boliviana que
estamos viviendo en estos días es triste. Es misé
rrima.
Hay pequeñez en todo: en caracteres, en pa
siones, en deseos. La existencia es monótona, vul
gar, tonta, rutinaria. La sociedad, desilusa, no
alienta ningún ideal. No persigue otro fin que el
puramente vegetativo de ir viviendo de cualquier
manera. No hay brillo en las inteligencias, ni be
lleza en las pasiones. Se carece de energía. Se es
cobarde tanto para el bien, como para el mal.
Priva el sentido de la irresponsabilidad: no hay
coherencia social; egoístas fuerzas disolventes cons
piran a disgregar el alma social. No hay senti
miento de solidaridad y sentido de cooperación; al
revés, se afila el individualismo más arisco y me
droso, ese que caracteriza a las sociedades sin «al
ma social», en las que están en. etapa de disolu
ción. Todo anda desmedrado y canijo. Se pelea
por puntillos de honor lugareños, se lucha por
mendrugos y, en suma, como ha periclitado nues
tra economía nacional y hay una angustiosa ban
carrota financiera, el hambre nos rodea por todas
partes y estamos comenzando a conocer ese retor
no a la barbarie de la que dice Spengler: «El ham
bre provoca esa especie de miedo vital, índole fea,
ordinaria e inmetafísica en que el mundo de las
formas superiores de una cultura se sumerge, para
dar comienzo a la desnuda lucha por la existen
cia entre bestias humanas».
Y como el arte, necesariamente, tiene que de
latar, con fría claridad de espejo, todo este estado
social, sin nada de belleza, porque no es posible
186 —
embellecer lo feo, ni idealismo, porque no es posi
ble idealizar lo putrefacto, de aque aquí que este
arte, lejos de provocar deleite, despierta repug
nancia.
Y la sociedad, naturalmente, ya que no quie
re ver reflejada la miseria de su cara en la clari
dad del espejo, lo que hace es... lo que hizo la
vieja aquella del romance de Quevedo, «arrojar ei
espejo».
Arrojar la cara importa,
que el espejo no hay por qué...
IV.
El pueblo boliviano no solamente no quiere
ver la realidad de su propia vida y poseer una clara
conciencia de sus males: lo que desea es vivir en
el engaño, soñando que disfruta de una salud
robusta, mientras por lo subterráneo, taras ine
xorables, van minando su organismo.
L o que el país quiere es—para decirlo con las
palabras gráficas de René Moreno— «que se le bese
las llagas».
«La benevolencia en el favor de las muche
dumbres—escribía René Moreno— quiere siempre tri
buto de halagos que sepan decir y sepan callar.
Pero en Bolivia es cosa distinta. Ella exige impe
riosamente pleito homenaje de caricias nauseabun
das; hay que besarle al país sus llagas. Este es
el origen-—agregaba—de una flor abundante y ópi-
ma, cultivadísima en aquel clima en por muy ape
tecida de todos: la flo r del engaño, que viene de
raíces de verdad amarga enterrada bien hondo por
importuna. Es flor que ya tapiza las vías públi
cas para los efectos de la buena vista.»
187 —
Esta «flor del engaño» es la que cultivan pro
fusamente cuantos desean prosperar fácilmente.
Políticos, oradores, periodistas, rotarios, poetas,
Todos los que constituyen «la flor y nata de la
sociedad», la «élite» y la aristocracia intelectual».
Todos los parásitos.
Estos son los que se ocupan en adormecer el
sentido crítico de la realidad con el sahumerio
opiáceo de la «mentira patriótica» y entorpecer
los registros de la percepción con el aroma des
vanecedor de la «flor del engaño».
En tratándose del arte, en Potosí, hay dos cla
ses de artistas: unos, muy pocos, dos, tres, que le
muestran el espejo al pueblo. Tal, Roberto Lei-
tón, el buido aguafuertista de la vida tabernaria
y borrachosa de Potosí, o Valentín Meriles, el im
placable analista de las hipocresías sociales, o Luis
¿árate Araujo, el cálido folklorista de la vida in
dígena; y los otros, la mayoría de los intelectua-
loides patrioteros y provincialistas, que son los que
le besan al país las llagas, los cantores de «las
glorias patrias», de «los bolivianos ilustres» y de
otras mentirolas, o, los aduladores profesionales,
que no encontrando nada que loar en el Potosí
del presente, o careciendo de pupilas para perci
bir la realidad de hoy, se corren, cabalgados en
los lomos de «Los Anales» de Martínez y Vela, o
en «La Villa Imperial» de Brocha Gorda, hasta
las playas tumultuosas de la Colonia, para loar el
Potosí grande...que fu é y ya no existe.
Pero estos cultores de la tradición, sin talento
para comprender el pasado, sin grandeza de alma
para sentir aquel vuelo de águilas que fué la co
lonia en la Villa Imperial, sin sentido artístico
para evocarla colorida y plástica, sin imaginación
— 188 —
en fin, para «recrearla», lo único que hacen es re
petirnos mal y y sin gracia, por la centésima vez,
lo que bien y con gracia, ya nos lo dijeron hombres
que fueron señores, ya no siervos de la pluma.
Para evocar la Colonia— misticismo y sensua
lidad y «cobdicia»— se precisaría, si no la magia
aldinesca de Flaubert, de Salambó o el empuje ru
tilante y sanguíneo de Jean Lombard de «La A-
gonía», la bizarría hidalguesca y agorera de un
Valle Inclán, por lo menos la premiosidad en el
el detalle precioso, el amor de la suntuosidad y el
donaire del estilo de un Larreta, porque de nó, se
hace lo que estos recalentadores de la tradición,
acopiar datos sin alma y describir monumentos con
la fidelidad de un notario que levanta un inven
tario de vejeces, como el señor Ricardo León, «el
ropavejero del estilo».
Como estos escritores—fósiles— no provocan
ya ninguna emoción, se los deja, sin leerlos. A
los otros, a los que desnudan la realidad, tampo
co se los lee. No porque no conmuevan o susci
ten repulsa, sino porque esta sociedad burguesa,
cobarde hasta para manifestar sus odios, la mejor
manera para reaccionar que tiene es «la conspi
ración del silencio». Nadie se entera de nada. Na
die lee nada. Y, en paz. 0, mejor dicho, en gue
rra. En guerra subterránea.
L o único que se alcanza es que alguno de
esos que va a destripar un tedio propiamente pro
vinciano en cualquier cantina 'de esas, se ocupe
mal del que ha tenido la osadía de «publicar un
libro». Esto, sin haber leído el libro. Solo por el
delito de la osadía. Este es el ambiente.
V.
Gabriel René Moreno que, como el mejor es-
— 189
■critor boliviano, con oció‘como el que más estos
páramos del vacío social, dijo una vez de sí mismo:
« F o s o y com o las gitanas, canto para mí solo».
Una misma es nuestra pena don Gabriel.
Pero, no importa. Aunque las gentes los des
precien, las nulidades los descueren, los compasi
vos los ultrajen y las autoridades les perdonen la
vida, ellos,— los artistas veraces—continuarán pa
seando a lo largo de la ruta su espejo de aguas
claras y limpias, para que esta sociedad inerte va
ya contemplando cada día la miseria de su cara
de vencido y porque saben también, con Mariáte-
gui, que «en esta época de decadencia de un orden
social—y por consiguiente de un arte— el más im
perativo deber del artista es la verdad. Las úni
cas obras que sobrevivirán a esta crisis, serán las
que constituyan una confesión y un testimonio».
Ellos continuarán, pues, grabando con los tra
zos más firmes y exactos la fisonomía de estos
tiempos miserables que les tocó vivir. Estas pá
ginas dirán mañana, a las gentes «nuevas» que
vendrán en una «nueva sociedad», que ésta fué su
vida y éstos sus contemporáneos.
Y aquellos hombres nuevos, al comprender el
valor de estas almas finas como la de Enrique
Viaña y estos espíritus rectos como Valentín Me-
riles, nos enjuiciarán a nosotros, sus contemporá
neos, con el mismo asco con que hoy abominamos
de aquellos cortesanos canallas de la época de
los Felipes que en Cervantes no vieron otra cosa
que un alcabalero abrumado de trampas o a los
cretinoides empelucados de la España decadente
de Carlos IV, que rieron ante el suicidio de Fí
garo:
Qué miserables fueron aquellas gentes!
LOS POETAS
El alma medieval de don Ricardo
Jaimes Freyre
<Nous sommes pleins de nos
talgies. E t puis quand a la
nostalgie d* un p ays se jo in t
la nostalgie cf un temps...ah!
alors, c’ est complet...-»
The o Gautier. (Journal des
Goncourd).
Así también, como el poeta de los «Camafeos»,
habría podido exclamar el poeta de «Los Sueños
son vida»: «he nacido con una nostalgia». Y, con
la peor de las nostalgias»: no la nostalgia en el espa
cio, sino en el tiempo, de un tiempo que se fué, ya
para siempre, eternamente irreversible...
Era un espíritu de «otro tiempo», ¿Cuál fué
ese tiempo? He tenido siempre la sospecha que ca
da vez confirmo más, de que don Ricardo tenía
«un alma medieval». Ha sido el hombre de sensi
bilidad más aguzada para vibrar al estímulo de
todo lo que aquel tiempo evoca. El poeta que ha
sentido, con mayor pathos, el Medioevo.
En ninguno de los Modernistas de su genera
ción, en América, ni en los anteriores, es . posible
encontrar,—tal vez con la sóla excepción de José
María Eguren, aunque éste en «otro Sentido»— uno
13
— 194 —
que haya evocado con mayor delectación estética,
e interpretado con más fina intuición, los diversos
aspectos del alma mediévica, que en el autor de
«Castalia Bárbara».
Tanto en «Medievales» de aquel libro, como en
otros poemas de «Los Sueños son Vida», como
«Dios sea Loado» o «La Hechicera», cabe consta
tar esto. Desde «Aeternun Vale» y a través del
«Pórtico», «El hermano pintor», «Hoc Signun», «El
misionero», «El Hospitalario», «Sombra» hasta esa
«maravilla» de estremecimiento trágico que es «La
Hechicera», pasa todo el frémito de horror, de som
bra y de misterio, que fue aquel «ceñudo crepús
culo medieval», tan henchido de superstición y alu
cinado de terror milenario, pero de tan sólida uni
dad religiosa.
Todo esto ha sentido en lo más entrañado de
su alma el poeta de «Castalia Bárbara» y lo ha
expresado con más belleza y sentido de la «nuan-
ce» que ninguno de los mejores americanos, in
cluso el propio Darío. Es ahí donde se encuentra
el acento más propio y valioso de la líricá, así
como lo más genuino del espíritu mismo, del gran
poeta boliviano.
II.
Aunque en «Alma Helénica» recuerda a Grecia
y sintiéndose un desterrado de la Hélade armonio
sa, escucha la voz de los pájaros sagrados que le
dicen si acaso él, en aquellos tiempos, fúé unaeda,
un guerrero o un filósofo, su paganismo es retóri
ca. Donde hay emoción es en «Los Antepasados»,
cuando se pregunta:
¿En qué lid, en qué claustros, en qué castillo,
espada, cruz o lira, tuve en mi mano?
— 195 —
Plantea en «Los Antepasados» el conflicto de
nuestro «caos étnico» que ha hecho tan estrafala
ria nuestra existencia política y tan fracturada el
alma criolla, tan falta de unidad y de estilo
«Fué talvez un arcano grave y profundo,
de confusas grandezas y sombras lleno,
el que fundió en la raza del Nuevo Mundo
al indio, al castellano y al sarraceno».
De estos tres acervos raigales, el que prodomi
naba en el poeta era el castellano, y un poco, tam
bién, el sarraceno. Jaimes Freyre, aunque poeta
«modernista», no tuvo nada de «moderno», nunca
perdió su empaque de los de espadín y gola extra
viado en «castellano viejo». Era un hidalgo de
estas barbarocracias criollas. Por eso, condenado
a vivir en una eterna, vaga e insatisfecha nostal
gia de un ayer ido para siempre..
El sentimiento que domina en su lírica es el
sentimiento de la nostalgia. Para él, sólo fueron
bellos los tiempos pasados. En el presente no en
contraba nada que pudiera entusiasmarle, y, an
tes de cantar: «lo moderno».—como debiera haber
hecho un «modernista»—de lo contemporáneo sólo
percibió lo negativo de ella, el clamor proletario
en «Las Víctimas», o el sangriento tributo que es
te Occidente supercivilizado continúa rindiendo a
la barbarie ancestral de la guerra, en «El Idolo».
Cuanto al porvenir, el poeta nostálgico que
hizo de sus »sueños», «vida», su visión era aún
más lúgubre: «En estas civilizaciones angustiosas
y apresuradas— nos escribió una vez—nada hay de
consolador ni cordial».
Lejos, pues, de creer que hubiera sido un hom-
196 —
bre del tipo de los del Renacimiento— como se ha
afirmado— cabe sostener que en la intimidad de
su espíritu, así como en l o ' sustantivo de su poe
sía, nada tiene del hervor sanguíneo y calenturien
to, rico de vitalidad y aururoso de porvenir de los
hombres del Renacimiento. Al revés, es un alma
crepuscular, indecisa y vaga, poblada «de sombras»,
estremecida de dudas, temblorosa de misterio, de
terrores y angustias medievales, que no persigue la
claridad radiante de la certeza, sino el refugio de
la vaguedad brumosa y soñadora de lo incierto.
No vivía en el presente. Buscaba en la añoran
za saudosa del pasado un refugio a su corazón so
litario y una castalia donde apagar su sed, nunca
satisfecha, de belleza.
III
Por el choque brusco entre el ensueño y la
realidad, entre la vida y el arte, entre su alma y
su medio, era un hombre que ha debido encontrar
se siempre sólo en medio de las muchedumbres,
haber sentido esa profunda, terrible, cósmica so
ledad del Yo de la que nada puede librarnos y
que las felices gentes que no han despertado a la
proustiniana vida de la conciencia vigilante, no
conocen,
Por eso, asume también el valor de un sím
bolo,— tremendo símbolo—su muerte en Buenos
Aires. Jaimes Freyre ha muerto sólo, en medio de las
gentes, sin un corazón al par del suyo q' lo acompa
ñe y comprenda, como vivió sólo, en medio de los
suyos y del mundo. Sólo, con la profunda sole
dad de los que como Pascal y Senancour, vívenla
tragedia de su alma metafísica.
1.934
Alberto Saavedra Nogales y el sentimiento
del paisaje potosino
En esta bravia región montañosa, ante esta
simplicidad salvaje de la naturaleza, ante estas lla
nuras yermas, pardas, desoladas: ¿qué han sentido
los potosinos?
¿No han sentido ellos mismos también un po
co desolados y tristes como sus llanuras; adustos
y soberbios como sus montañas, brumosos como
su cielo, huraños como la tierra? Seguramente. El
alma potosina, su relación al medio, ofrece pecu
liaridades características. La investigación de ellas
corresponde a la Historia, a la Psicología y So
ciología. En el presente brevísimo ensayo, nos con
cretamos a la literatura.
En la literatura de anteriores épocas, no en
contramos una expresión sustantiva del alma po
tosina local. La causa de ello salta a la vista:
no se ha hecho literatura propia. La literatura
de entonces era toda de indiscriminada imitación.
Cuando se intentó hacer literatura regional, se ex
plotó la historia— con un criterio romántico— , las
costumbres y la leyenda. Es necesario llegar a
1920 para encontrar algo genuinamente potosino.
Los poetas de las generaciones pasadas no tu
vieron el sentimiento estético de la naturaleza, no
sintieron el paisaje, se limitaron a describirlo. Para
describir el paisaje es suficiente «ver con ojos de
— 198
realismo»; para sentirlo, es necesario compenetrar
se con él, establecer una comunicación espiritual,
convertir «los estados de conciencia en paisajes y
los paisajes en estados de conciencia». Esta sen
sación del paisaje, visto, sentido con sensibilidad
moderna y como parte del paisaje, es decir, com
penetrándose espiritualmente delídintorno cósmico,
nos dá, por primera vez en Potosí, Alberto Saavedra
Nogales, en «Alma y Tarde-». En este pequeño poe
ma sobriamente escrito, con precisión de imágenes
y propiedad de colorido, nos dá típicas visiones
de tierra potosina, como ésta:
«En esta calma que pasma
va recorriendo el camino
un furioso torbellino
como un viajero iantasma».
La forma revela la personalidad del autor: es
una poesía austera, reconcentrada, que no estalla
en pomposas palabras, ni imágenes opulentas; flu
ye balbuciente, trémula, con el temblor del sollozo.
Si la forma es sobria, el contenido interior es
rico de enjundia subjetiva. El poeta no describe el
paisaje sinó como un estado de alma, y su alma a la
vez, es un estado del paisaje. Vibra un sentimiento
panteista, o, mejor q’ panteista, para decirlo con una
expresión unamunesca, monoteistico. Personaliza,
animiza ciertos aspectos de la naturaleza. Pero a
la vez el poeta contagiado también, en el fondo
del alma, de la ascética gravedad de su tierra, se
siente viejo, triste, adusto, a pesar de su juventud
y exclama:
«Y ante estas canas tempranas,
—nieves de decrepitud—
simula mi juventud
un beso dado sin ganas.»
— 199 —
Es tan rico el contenido simbólico de este sí
mil que en él se ha resumido todo un carácter de
la psicología potosina. Esta juventud vieja del
poeta es todo Potosí. Saavedra Nogales, al expre
sar un sentimiento personal, ha manifestado—por
mn fenómeno frecuente en los poetas representati
vos—el alma de su pueblo. El alma de su pueblo
■en íntima compenetración con la naturaleza del
terruño.
Si para hacer literatura propia de una región
lo capital es expresar el sentimiento colectivo, la
psicología, en lo que ella tiene de peculiar de ese
pueblo, el autor ha hecho eso en « Alma y Tarde».
Justo es considerar esta poesía como anuncio de
una literatura propia. Saavedra Nogales es una
bella síntesis del alma potosina.
Potosí,— 1922.
La agudeza epigramática en Ángel
Casto Valda
Un poeta epigramático poco conocido fuera de
Potosí, de donde no es nativo, pues nació en Sucre,
pero donde ha sentado definitivamente sus reales,
compenetrándose con el alma y el vivir potosinos,
es don Angel Casto Valda. Su posición intelec
tual en Bolivia, hoy, es única: perteneciendo a
la generación de Santiago Vaca Guzmán de quién
fué amigo íntimo en Sucre, cuando ambos, en su
juventud, fueron profesores del colegio «Junín» y
desde entonces los ha ligado la más fraternal amis
t a d l e Belisario Loza, Luis Pablo Rosquellas, Jor
ge Delgadillo y, en general, aquel grupo que hácia
1860 se agregó al rededor de «La Aurora Literaria»,
cronológicamente una de las primeras revistas na
cionales, donde publicó don Manuel María Caba
llero el primer ensayo de novela nacional. «La Isla» y
y Pantaleón Dalence, la leyenda novelesca también,
«Crimen y Expiación», perteneciendo, decimos, a esa
generación que ahora nos parece ya tan antigua, casi
antediluviana, don Angel Casto, como el único so
breviviente de sus centemporáneos, los representa
ahora en un medio y una época completamente
cambiados. (1)
(1) Esta rápida notícula que hoy corrijo y
amplío se escribió en 1921 y se publicó en la revis
— 202 -
. Don Angel Casto Valda, nació en Sucre en 1845,
Cultivó las letras desde su juventud. Toda su pro
ducción en verso la tiene reunida en tres tomos
bajo el título de «Risas y lágrimas». Ha trabajado
activamente en el periodismo de su tiempo; ha en
sayado el género histórico.
La presente notícula se refiere sólo al poeta.
Un carácter curioso, al parecer antitético, de
los literatos y, en especialidad, de los poetas de
aquel tiempo, es la coexistencia, en el mismo in
dividuo, y simultáneamente, del énfasis elegiaco,
jemebundo y declamatorio, lacrimatoriamente la
ta «La Ilustración» de La Paz. Don Angel Casto
Valda, por entonces ya cercano a los ochenta años,
emocionado, nos agradeció de ella: había sido lo
único que, hasta entonces, se había escrito acerca
de su personalidad y su labor literaria, Entre el
anciano respetable, lleno de años y de experiencia,
y el joven escritor, se estableció una cordial amis
tad literaria, como la que se produce entre el abue
lo y el nieto. En nuestros paseos por las calle
jas coloniales de Potosí o los alrededores, don
Angel nos narraba sabrosísimos pasajes de la his
toria de Bolivia y nos ilustraba en todos esos
«pequeños hechos» que obran los grandes efectos
en la historia, pero que la historia oficial, por con
siderarlos demasiado pequeños o domésticos, no los
recoge. Como era un hombre lleno de historia,
había intervenido mucho en la política de su tiem
po, había sido amigo de Linares y de Frías, de
Santiago Vaca Guzmán,—de quien nos obsequió
su hoy tan buscado estudio sobre literatura bolivia
na—y de otros hombres notables, le propusimos
— 203
martiniano y misantrópicamente chatea ubrianesco,
con la perspicacia satírica, la sal cómica del in
ingenio y la agudeza regocijada. Más, cabe de
cir que si eii otros poetas, como Félix Reyes Or-
tiz, el el romanticismo patético fué una traducción
fiel de su sensibilidad melancólica, pues, como es
sabido, aquel murió víctima de una acre misan
tropía, en don Angel Casto Valda, sus «lágrimas»
no son más que p ose «romántica», lo sincero, la
expresión genuina de su temperamento, esta en
sus «risas». Y no ha de ser por sus odas, elegías
o becquerianas, casi todas del «género aburrido»
que él nos fuera narrando, su vida y experiencias
y nosotros, levantando eso que René Moreno lla
maría «informaciones verbales», por escrito lo na
rrado por él, pues era algo inapreciable aquel tes
timonio viviente e ingenioso de la historia política,
social y literaria de la Bolivia que pasó. Poco
tiempo después, cuando de vacaciones, me encon
traba en el campo, supe que mi bueno y grande
amigo don Angel Casto, había fallecido,—ya de
más de ochenta años—en Potosí. Posteriormente
hice gestiones ante sus descendientes para que
costeasen la edición de los tres tomos de versos,
con el título de «Risas y lágrimas», que ha deja
do y hasta hoy permanecen inéditos, lo mismo que
otros trabajos en prosa, unos de índole costum
brista y otros de valor histórico. Abrigo la espe
ranza de publicar, en buena edición, todo lo del
ingenioso escritor. Y de escribir una biografía de
don Angel Casto Valda con todo lo de que por sus
propios labios sé, mis recuerdos de entonces y lo
que allegue por la investigación, Nota de 1938.
— 204 —
que ha de ocupar un rango característico en la
historia de nuestras letras, sino por esas cuarte
tas, letrillas y epigramas que escritas al desgaire,
generalmente improvisadas en un corro de amigos
o con oportunidad de un acontecimiento social o
político, cobran, algunas de ellas, a más de su
prístino valor literario, un valor histórico, como
los epigramas con los que don Angel Casto sa
tiriza a Agustín Morales o la cesión del Litoral.
De la lectura de sus composiciones festivas se re
fiere que el espíritu del autor, pese a sus crisis de ro
manticismo, es francamente burlón, pero regocijado y
sano. No es un «humorista», claro está, porque el hu
morismo, como sesabe, sólo en la forma es reidero, y
en el fondo esconde, las más de las veces, el más
profundo dolor, la acritud trascendental del nihilis
ta, como en Heine, por ejemplo, o es complicado
y morboso como en los enrabiados humoristas in
gleses como Swith. El «esprít» de don Angel Cas
to Yalda no está herido de escepticismo tam
poco como el de los ironistas franceses: no es
más que el buen humor castellano,—producto de
un temperamento equilibrado, picardía de primi
tivo, como el excelso Arcipreste, sin hiel ni dolor.
Se burla donosamente de los tontos y las pre
sumidas, zahiere 'las costumbres ridiculas y los pre
juicios locales, pero no apunta a los grandes
problemas humanos: se detiene ante la periferie
de las cosas. Su ironía es la del buen Coleridge,
que «más que brotar del sentimiento, viene de
la inteligencia y de la imaginación».
Crítica menuda la suya, intenta moralizar
con el criterio del buen sentido; aprovecha del
ingenio, del juego de palabras, del retruécano, pa
ra evidenciar el contraste entre lo moral y lo fí-
— 205 —
sico, entre la teoría y la práctica, entre lo puro
del ideal y lo menguado de su traducción en la
realidad; descubre las simulaciones, mentiras, ne
cedades y fraudes o, simplemente se ríe de álgún
pobre diablo de esos, víctima del ridículo social.
Circunceñido a un círculo de acción reducido, cae
en el defecto de la personalización y el oportu
nismo. Tal censura, empero, más que el poeta, le
corresponde al ambiente: éste exije al poeta par
ticularice su sátira al suceso que pasa, a la ac
tualidad que interesa, al hombre de moda. El
ironista no ha podido, dejando los hechos menu
dos, elevarse a formular críticas generales que
compendien grupos de hechos. Mas, tal fenómeno
no autoriza a desconocer el ingenio del autor que,
por el factor determinante del medio y de la épo
ca, no produjo obras de mayor consistencia, dando
completo desarrollo a su personalidad.
No todos sus epigramas caen bajo el anterior
reproche: ha escrito algunos que han de alcanzar,
o ya han alcanzado, la actualidad perpétua que
los Marcial y Cátulo imprimieron a los suyos,
que tienen la perpétua juventud de lo permanen
temente inmarchitable. Nacidos a raíz de un su
ceso capital de nuestra historia le' valdrán un
nombre en el parnaso, una vez que ellos, habien
do ya entrado a formar parte del acerbo popular,
han asegurado su existencia. Esa importancia asu
me, vr, gr. la octavilla que compusa satirizando la
malhadada cesión de nuestra costa en el Pacílico:
“ Cristo nos dijo una vez,
con su palabra sencilla:
si recibes un revés,
presenta la otra mejilla.
— 206 —
Pero aunque busco prolijo
otras iguales razones,
no encuentro que Cristo dijo:
«Entregarás mejillones».
Sabido es que, precisamente aquellos que cuan
do conquisten el poder han de ser los peores tira
nos del pueblo, cuando se encuentran «en el-lla
no» son los más puros, los más catonianos repú
blicos. Esta intuición acerca de la psicología del
tirano, que hoy conocemos bien por los esclareci
mientos que nos 'han traído el Psicoanálisis, la
encontramos en la siguiente sextilla de don Angel
Casto Valda. Con aquella admirable intuición de
su perspicuo ingenio, el autor previo en el espar-
táquico repúblico de entonces, Agustín Morales, el
futuro tirano y forajido que mandó disolver el
Congreso a tiros. Empero, rememoremos aún un
poco de historia, para comprender mejor lo in
tencionado del epigrama: como se recordará, A-
gustín Morales intentó asesinar a Belzu en el
Prado de Sucre, junto con otros cómplices; años
después, cuando la Presidencia de Achá, reunido
el Congreso en Cochabamba, fué elegido Morales di
putado, pero no recordamos por el momento por qué
distrito. Los parlamentarios hidalgos de enton
ces, como don Evaristo Valle, objetaron sus cre
denciales, arguyendo que «un asesino» no podía
ser «representante» del pueblo. La sesión fué bo
rrascosísima: el forajido de Morales rompió, de un
golpe violento el respaldar de su asiento y dijo
que «no se encontraba en un banco del Parlamen
to sino en el banquillo del acusado y que se lo
juzgara, pero que, según su doctrina, era virtud
republicana asesinar a los tiranos». Don Angel
— 207 —
Casto, entonces en Sucre, lo crucificó para ante
la historia con estos renglones cortos:
«Por política doctrina,
los tiranos asesina,
un señor ex-ciudadano.
Y es su mente tan fogosa,
que aún su sillón lo destroza,
creyendo que era tirano».
Morales, suponiendo que era el poeta Federico
■Gonzáles el autor del epigrama, poco tiempo des
pués, lo persiguió a tiros por las calles de Sucre.
Discutiáse en cierta ocasión en el Congreso
una cuestión de Derecho Civil referente al funda
mento de la propiedad y el derecho a la sucesión
hereditaria. Una sociedad de obreros, que había
alquilado, hacía tiempo, el local que junto al
convento poseían los padres Mercedarios, se nega
ron, posteriormente, a eancelar aquel alguiler, ale
gando que dicho local ya no era de «propiedad»
de los nuevos padres, pues sólo cuando hay suce
sión de padres a hijos se produce el derecho a la
herencia ab-intestato. Esta tesis, en defensa de
los obreros, sostuvo en el Congreso acaloradamen
te don Julio; Méndez, haciendo gala de aquel ra-
. dicalismo clerófobo que se acostumbraba en aque
llos tiempos y hasta era de buen tono: como
es sabido el doctor cochabambino era un podero
so dialéctico y, sobre todo, de una caudalosa co
rriente oratoria. Había ocupado ya durante tres
días la atención del parlamento; había hecho aca
rrear al congreso un montón de tratados jurídicos
de su biblioteca con uno de sus pongos y, en unas
pequeñas cuartillas de papel, anotaba sumaria—
— 208 —
mente, los argumentos que debía continuar desa
rrollando. En una cuartilla semejante, mejor di
cho idéntica, puesto que era de la misma clase
que los ujieres distribuyen para sus anotaciones
a todos los diputados, había escrito don Angel
Casto (1) una cuartilla, que, para distraerlo, le pa
só a su compañero de asiento.
Este la pasó al siguiente y, así sucesivamente,
la cuartilla llegó a colocarse, sin que Méndez se
diera cuenta, encima de las cuartillas suyas. Cuan
do pensando habérselas con sus salvadoras ano
taciones, Méndez levantó una nueva cuartilla, pa
ra continuar desarrollando otros puntos de vista,
se encontró con lo siguiente:
«Si pues la propiedad nace,
sólo cuando nacen hijos,
¿tendrá derechos más fijos
aquel que más hijos hace?
Don Julio Méndez se quedó callado. Absolu
tamente -callado. No pudo ya decir ni «He con
cluido». Se le había producido el vacío cerebral.
Lo más trágico que puede ocurrirle a un orador y
un fenómeno que hoy explica la psicopatología.
Si bien la mayoría dé los epigramas, letrillas,
jácaras, fábulas, etc., del poeta que comentamos,
no tienen el valor histórico de los anteriores, re
velan siempre la agilidad de su ingenio y la irres-
tañable gracia de su numen castizo, como estos,
que cito al azar:
(1) Diputado entonces por Potosí.
— 209 —
— «Su valor, su fuerza alabo,
dá una paliza de ver!...
—¿A otro tan valiente y bravo?—
— No, señor: a su mujer.
— ¿Las fieras has visto, Zalles?
—Nunca en el circo me vieras...
Y también, para ver fieras,
basta con andar las calles.
A mucha gente mantiene
nuestro buen cura Vicario,
sobrinos y nietos tiene,
es cura prole...... tario.
Cierta enfermedad tenía
el libertino Pascual.
Mi mal es moral, decía.
Y su mal era inmoral.
Temperamentalmente era don Angel Casto un
hombre burlón, no un ironista o satírico mordaz o con
saña, sino, al revés, con un humor regocijado: era un
epicúreo a quien le gustaba la buena mesa, el
buen vino, los lindos versos y las bellas mujeres
y los paisajes desinteresados. Y no podía librar
se de andar tomando el pelo al gaznápiro mun
do. En cierta ocasión lo encuentra, al salir de la
librería de Iturralde y Rivacoba, el solemne e hi
dalgo historiador de la época del Virrey Toledo,
don Luis Subieta Sagárnaga y, de improviso, le
dice;
14
— 210
—Pero, don Angel ¿dónde se ha perdido? Lo
veo de un año!
— Eso no puede ser,—responde don Angel—
Todo el que me vé a mí, me ve de 78 años.
Le gustaba mucho el queso de Pomabamba,
tan sab“oso como la mantequilla. Fuimos por el
el mercado a inquirir si había llegado, más, de
paso, entramos a la tienda «La Castellana». Don
Angel debía comprar para su hija, a quien idola
traba, no recuerdo qué menester. Una señora dis
tinguida de Potosí se encontraba ahí de compras
y al saber el precio de un género, exclamó:
— Pero, esto vale un ojo de la cara.
Don Angel no pudo resistir a la zumba que
ya le estaba hormigueando. Se aproximo a la se
ñora y le dijo: Claro, pues, señora, que de ser
ojo, tiene que ser de la cara, porque si no fuera
de la cara...¿de dónde fuera?
— Que tal, nó,—me dijo, de que hubimos sali
do de la tienda—lo que uno Yaría con el tiempo:
en joven yo era de lo más tímido con las muje
res, no sabía en qué lengua había que hablar
les. Ahora, les digo todo lo que me da la gana.
Y les gusta.
Así era don Angel Casto Valda, uno de esos
hombres felices, bien quistos con el mundo, satis
fecho de haber vivido bien sus años y que llegan
a una serena y plácida ancianidad sin quebranta-
mientros del cuerpo ni del espíritu y desde esa
panorámica cumbre contemplan con nostalgia,
pero sin amarguras, el camino recorrido y se en
cuentran serenos para afrontar el gran misterio,
que para ellos ya sólo es merecido descanso ten el
regazo de la madre tierra, a la sombra del lau
rel florido, Se extinguen como esos bellos y largos
crepúsculos del invierno serrano con aquella excel-
— 211 —
sitad que'le hacía exclamar a Amado Ñervo: «¡Cuán
serena la tarde y cuán augusta!»
En síntesis, la obra literaria de don Angel
Casto Valda, autoriza a considerarlo com o a uno
de nuestros mejores epigramistas y representativos
de una modalidad castizamente española que pro
longando en América su nobiliaria tradición, señala
también una época muy característica en la his
toria de nuestras letras.
Potosí,—1921.
El subjetivismo Introvertido de José Eduardo
Guerra en «Estancias»
El poemario «Estancias» que ha publicado
recientemente José Eduardo Guerra, es uno de los
mejores libros de versos que se ha escrito en Bo
livia. Para mi gusto lo pondría muy cerca a «Cas
talia Bárbara» y «Los Sueños son Vida» del gran
maestro de la poesía selecta, de los libros de
Reynolds y de «La Prometheida», indiscutiblemen
te lo mejor que, hasta el memento, tenemos en
materia de «poesía».
El mérito sustantivo de «Estancias» reside en
su unidad espiritual. En este libro el poeta, ya
dueño de su personalidad literaria, acusa con fir
meza su «individualidad»,— muy característicamen
te introvertida—y ha logrado independizarse de
las influencias y dar una nota propia.
Cierto es que no dejan de asomar ciertas re-
miscencias de los poetas predilectos, pero ese in
flujo se recata muy recónditamente: sólo aguzan
do mucho la perspicuidad crítica se puede reco
nocer más que la influencia propiamente dicha, el
parentesco espiritual del poeta con otros poetas de
su misma familia y alcurnia, como Asunción Silva.
Cuanto al contenido sentimental e ideológico,
Guerra revela una riqueza admirable de «Vida
interior». El autor, en «Estancias», ha acen
tuado las cualidades que le tipificaban en sus li-
— 214
tros anteriores: se vé que su espíritu es tan fina
mente emotivo como antes, sólo que las cualida
des primordiales que poseía, ahora se han intensi
ficado. Guerra es un poeta de un hondamen
te entrañado «subjetivismo». Indiscutiblemente, es
el más subjetivo de nuestros poetas, más que lo
son José Antonio de Sainz y Raúl Jaimes Freyre,
líricos también adentrados en su vivencia interior.
Guerra, en sus versos, sólo nos habla de la
intimidad de sus sentimientos: la suya es, por esen
cia, una «poesía «intimista». Y, propiamente, más
que lírica, en el sentido de cantar los propios sen
timientos, es psicológicamente introspectiva y des
carnadamente analítica: Guerra se uutoanaliza con
una crueldad, verdaderamente dilascerante: es un
Amiel del verso. Por ello, en él también se cum
ple la exacta observación de Guyau: «Todo hom
bre que se analiza mucho, es forzosamente des
graciado».
«Estancias» es un libro doloroso, amargo, pero
no porque en él nos hable de infaustos aconteci
mientos o infortunios de la vida real, como su
cede en la novelística rusa, sino porque el espíritu
mismo del poeta, por su hiperestésica sensibilidad
y su schopenhauriano sentimiento de la vida, le
hace ver el irremediable dolor del mundo y del
vivir.
Por eso, cabe afirmar que este poemario ha de
interesar a pocos, a los «refinados» que se torturan
el alma con los problemas del ideal inasequible y el
misterio metafísico del cosmos; el grueso público, que
solo capta las emociones fuertes, diríamos «san
guíneas», ha de pasar por este libro,—si lo pasa,
es decir, si acaso lo lee siquiera— como una «bala
por entre nubes», sin comprender nada. Como
— 215
que es una obra totalmente «exótica» al medio.
Está a mil codos de distancia de la espiritualidad
del ambiente. ¿Espiritualidad...?No. De la «aespiri-
tualidad» municipal y espesa delambiente.
En efecto, los problemas, mejor dicho, las emo
ciones y sentimientos, porque en este poeta de
«psicología indiferenciada» (1) los problemas que
los racionalistas los sentimos como tales proble
mas, racionalmente, en él se convierten en emo
ción y sentimiento, los sentimientos que inquietan
primero, torturan luego y concluyen por angus
tiarlo, son los de la alta cultura occidental: pro
blemas de credo estético y de metafísica.
Cuanto al credo estético, para Guerra, como
para Goethe, la poesía es música. Todo lo que
llega a herir la sensibilidad del poeta se transfor
ma en canción, al revés de lo que le ocurría a Gau-
lier, que se le transformaba en color y línea, en
pintura:
«Está el alma del poeta
— fuera del bien y del mal—
perpètuamente sujeta
al m ilagro musical:
en las quimeras que labra,
vagarosas como el viento,
es música la palabra
y es música el pensamiento».
(1) Sobre el sentido de los términos “ psicología indife-
Tenciada“ , véase Young, “ Los tipos psicológicos“ —Defini
ciones.
— 216 —
Más apesar de sostener el criterio de que el
poeta «siente la vida líricamente», en el eurso de
«Estancias» nos convencemos de que Guerra no
se limita a cantar, sino que «analiza» sus sensa
ciones y emociones que en él se transforman en
complejos y árduos estados de alma y su sensibi
lidad, por su misma fineza le hace caer en el dolor.
Al leer algunas de sus poesías se nos ha ocurrido
la semejanza con altos espíritus que han padeci
do idénticas angustias por análogas causas, poe
tas y psicólogos: Guerra es un atormentado de la
auto-psicología o introspección como Amiel, un
gustiado por el problema metafísico del «más allá»
como Antero de Quental y Horderling, un medita-
dor en verso, un poeta filósolo como Asunción
Silva, a quien se le parece también ,en lo aristo
crático de su espíritu y en su amor del pasado, de
«lo que fué y ya no existe» como en esta suges
tiva «Estancia»:
«Avanico que un gusto singular
ornara en seda de preciosa trama,
pañuelo de historiado monograma
que no habrá quién acierte a descifrar;
crucifijo de ébano y marfil
o arcaica y primorosa miniatura
que trasunta una prócera apostura
o una gentil figura femenil».
Y también en el indesarraigable sentimiento
de la fuerza de la herencia y el influjo de la estir
pe, a quien le imputa Guerra,—y no hierra en ello—
una trascendental acción determinante en su vida.
Por eso dice:
— 217 —
«Y pensé con horror alguna vez
que las almas de oscuros ancestrales
tal vez purgaban culpas capitales
en esta arcilla de mi ser... ¡tal vez!
«Estancias», es una sinfonía cuyo motivo cen
tral es uno mismo, pero cuya intensidad de dolor
vá en crescendo, hasta llegar, al final, como en los
Nocturnos de Chopin, a dar los acordes más dilas-
cerantes, desesperados. En la primera parte, de «Es
tancias», el poeta aún se preocupa de asuntos de
fé estética y encuentra en el arte un refugio a su
dolor, la Esperanza y el Recuerdo le acom pañan;
en la segunda sección, «Sonetos», vuelve la vista
atrás, realiza como un balance de su vida y la
amargura le tuerce los labios, hasta que, en la
última parte, «Poemas», resignado a todo, sin fé,
sin esperanza, poblada el alma de dudas y escep
ticismos, se enfrenta con la muerte, y unas veces
la interroga pidiéndole que aclare sus enigmas,
otras veces la increpa, otras se somete a ella, has
ta que, vé en ella una liberación del mal de vivir.
En esta sección dá las notas más altas y su lu~
cides raciocinativa, su fuerza analítica, su amargu
ra son tales, que llega a hacer daño al lector sen
sible y comprensivo. Hay momentos que tiene
apostrofes dignos de los grandes poetas como Hei-
ne y una invocación a la muerte que es casi tan
profunda y patética como la célebre de Antero de
Quental, el gran poeta suicida. «Estancias» es un
libro triste desolador y, por eso mismo,—lá eterna
paradoja del arte—profundamente moral, viriliza-
dor del carácter, porque nos dá toda la fuerza que
los pobres hombres necesitamos para afrontar el
dolor: la mejor escuela para «la vida intensa» di
— 218 —
ría Guyau, o para «la vida heroica» diría Nietzs-
ehe, es la educación trágica, la del Prometeo esqui-
llano que aún víctima de los más grandes dolores
es superior y se sobrepone a ellos porque así vive
más intensa y bellamente: cree en la vida, Lejos,
pues, de pensar, como opinaría la gente superfi
cial, que esta clase de libros son dañinos porque
nos hacen caer en el pesimismo, son, al revés, una
profunda lección de energía moral.
Ya hemos dicho cuatro palabras a vuela plu
ma sobre el libro de este alto y noble espíritu q ue
es José Eduardo Guerra. Otra será la ocasión en
que le consagremos el estudio meditado que de
manda.
Potosí,—1924.
Tamayo, ¿poeta lírico?
«Franz Tamayo, con sólo
sus «Nuevos Rubayat», está
por encima de toda la lírica
boliviana pretérita y moder
na».
BIG-CEN.— «Ultima Hora» N°.
936.
El poeta lírico, no cantando sino sus propios sen
timientos. objetivando su «yo», expresa, al mismo
tiempo, lo que de más propio y característico tie
ne un pueblo. Hasta hoy, fuera de los cancio
neros vernáculos, creación espontánea de ese tro
vero anónimo—el pueblo—apenas si cabe hablar
de una lírica americana. ¿Qué ha sido ella has
ta el presente? NO expresión del alma de un país,
que encuentra su voz en la palabra de una per
sonalidad representativa tal como se revela el
^sentimiento metafísico de la SEHNSUCHT del alma
germana en Goethe, o el inefable acorde de la
«Saudade» en la lírica portuguesa, sino que, co
mo los pueblos novomundanos no han sufrido
aun un proceso de depuración étnica, que les pro
porcione un alma bella, capaz de ser expresada
líricamente, tampoco han podido engendrar un
p oeta nacional, condensación individualizada del
sentimiento colectivo.
— 220 —
Si eso pesa en naciones ya culturizadas, con
relación a la nuestra, como Brasi^ y Argentina,
menos ha podido ocurrir en Bolivia. La poesía
"brasilera es una resonancia colonial de Francia.
La Argentina culta,—no la gauchesca—es, en téc
nica y modalidad, francesa. ¿Quién es el poeta
del alma argentina? Todos ellos parecen poetas
franceses IN PARTIBUS INFIDELIUM.
El más encumbrado ha sido Lugones. Y nin
gún caso más demostrativo de la cultura argen
tina que el autor de «Odas Seculares». Como su
patria es una nación organizada por el aporte
civilizador de todas las regiones del mundo, me
nos de lo propio, Lugones es un poeta enriqueci
do con el tesoro espiritual de los más grandes poe
tas del orbe, menos de su propia poesía. Si el
ímpetu oceánico de Hugo repercute en «Las Mon
tañas del Oro», Laforgue y Banville piruetean en
«Lunario Sentimental», Pascoli canta en los zor
zales de «El libro de los Paisajes», la ternura oto
ñal de Samain se refleja en «Los Crepúsculos del
Jardín», la sombra venerable de Virgilio pasa por
el realismo bucólico de la «Oda de los ganados
y de las mieses» ¿Dónde está Lugones?
La respuesta es sencilla: Lugones no es poeta.
Es poeta, a veces, por puro inteligente. Pero
el poeta verdadero es enemigo radical de la inte
ligencia. Cuando un poeta comienza a ser inte
ligente, es que vá dejando de ser poeta, y se está
transformando en alguna cosa mecánica, en un
instrumento al servicio de la democracia, en pe
riodista, por ejemplo. La luminosa intelección ma
ta el sentimiento, sustancia de que la poesía vive.
Así, Lugones. Es una gran inteligencia con
— 221
una admirable capacidad de asimilación y reflejo.
Es un discípulo sobresaliente de la clase de retó
rica. Es un versificador eximio, pero en su pro
ducción rítmica, apenas si en raros momentos,—
-como en «El Canto de la Angustia»—se advierte
el acento propio de la poesía, inconfundible con
el mero ajuste de las palabras y la taracea de
las imágenes. Conocemos su talento. No cono
cemos su alma lírica.
Dada su ágil inteligencia, a Lugones le ha
sido igual expresarse en verso o en prosa; culti
var la poesía, el cuento, el ensayo, la novela. En
cada uno de ellos lo ha hecho bien; se ha por
tado como buen alumno. En todos ha permane
cido como huésped de honor, no como dueño de
casa. No ha encontrado su «querencia», rancho
aparte.
El poeta no necesita buscarse. Se encuentra
a sí mismo y está, como Dios, en todo tiempo y
lugar. Menos necesita ir a la escuela para estu
diar para poeta. Así no vale. ¿Qué gracia ten
dría? La gracia está en ser poeta sin estudiar.
No estudia. Vive su poesía. El mismo es su
poesía. Vive por ella. Muere por ella. Es su fa
talidad. La maldición de los dioses, O, tal vez
de qué diablo. Pero no aprovecha de la poesía
para darse tono. Eso sería una desvergüenza, co
mo si Cristo hiciera «rédame» de su cruz.
El poeta, que no es más que una frágil «flor
del aire» expuesta a desvanecerse al menor soplo
del relente matinal, vive y se nutre de la savia
del árbol cuyas raíces están hundidas en el limo
del territorio y la raza.
Y cuando en un país aparece un poeta,—eso,
222 —
-un poeta—con su alma nueva, nutrida con la po
tasa y la sosa'del humus patrio,— no traducido del
griego y del latín, a través de Francia—entonce»
la vida nacional se colora con el color del alma
del poeta. Despierta una profunda emoción hu
mana que patetiza una época. Tal hicieron Goethe
y Byron, Leopardi y Hugo.
El caso de Lugones, MUTATIS MUTAND1S,
es el de Tamayo. Te trata de un talento asimi
lativo y explosivo, de una inteligencia aguda y
ahondadora, de un alma abruptay volcánica, pe
ro, ¿es poeta lírico Franz Tamayo?
Lo es a ratos perdidos, cuando se olvi- .
da de Homero, Píndaro, Tucídides, Esquilo, Só
focles, Virgilio, Horacio, Alfredo de Vigny y Ornar
Khayam. Cuando dá libre desahogo a lo más ín
timo de sus sentimientos como en la «Balada de'
Claribel» donde, con la tan cristalina transparen
cia de la propia lírica, ha musicalizado el añoran
te clamor de la ausencia y en algunos gritos, los
más estremecidos de su poesía, que se le han es
capado en los mejores momentos de «La Prome-
theida».
El resto de su producción está ahogada bajo
el fárrago de una erudición barroca. Tamayo tie
ne el ímpetu de vuelo de un Icaro, pero lleva en
las alas el peso de una biblioteca.
Su escasa producción en el género no autori
za, en rigor crítico, a considerarlo como poeta lí
rico puro. «El lírico—advierte Nietzche—es el que
dice siempre «yo» y nos canta toda la escala cro
mática de sus pasiones y deseos».
¿Es lo que ha hecho el autor de «La Crea
ción de la Pedagogía Nacional» para considerarlo
— 223
com o poeta lírico? Sólo en contadas ocasiones ha
tenido el- IMPUDOR de desnudar su alma en pú
blico, con la cándida inocencia de los verdaderos
líricos; al revés, la ha velado, enigmatizándola
dentro del simbolismo mítico de «La Prometbei-
da», o la ha impersonalizado en el hiStoricismo de
«Odas», o el escepticismo trascendental de «NUE
VOS EUBAYAT».
Un poeta lírico puro es José Eduardo Gue
rra, ese hermano menor de Antcro de Quental y
Asunción Silva, por la angustia metafísica y la
valentía en la sinceridad psicológica, como un 0 -
hermann en verso.
Por eso, por la riqueza de vida interior, el autor
de «Estancias» es el más impopular* de nuestros
poetas: su lírica es el trémolo de un violín que
suena en la lejanía, mientras la charanga muni
cipal de la poesía al uso, estridula sus áureos co
bres y rojos cornetines en la plaza de la urbe crio
lla.
La Paz,—1932.
EPILOGO
Nuestra generación y la lucha por la de*
fensa de la personalidad
En la sección «Urbi et Orbi» de «Universal» y
a raíz de un rápido comentario mío sobre la ubi
cación actual de «Pueblo Enfermo» en el panorama
ideológico de Bolivia, Fra Moreale, hidalgo y ca
balleroso, ha tenido la generosidad de comentar y
aplaudir mis observaciones críticas sobre la obra
y personalidad de Arguedas, encontrándolas acer
tadas. Son tan pocas las ocasiones en que un
camarada de pluma comenta, y, aún más, tiene la
valiente honestidad intelectual de declararse de
acuerdo con las ideas del colega, que es cosa no
ya de aplaudir y felicitarse, sino de sentirse con
movido y deslumbrado, que es lo que me ha acon
tecido con la nota de Fra Moreale, quien ha sa
bido interpretar mi actitud con aquel «amor in-
tellectualis» que, [¡según Spinoza, constituye uno de
los grados más altos de la perfección humana.
«Amor intellectualis», voluntad de comprensión, lo
que más falta en Bolivia.
Voy a aprovechar, de esta feliz oportunidad,
para emitir algunas consideraciones que urge di
fundirlas, sobre el destino de las generaciones bo
livianas en Bolivia, que han fracasado todas ellas,
y sobre la árdua lucha, la guerra a muerte que
— 228 —
estalla siempre entre la aptitud individual y la
acción anuladora del medio.
Todo artista o intelectual, y, en general, todo
hombre que, en Bolivia, ha nacido con la vocación
de la cultura y con el amor délo que Renán lla
maba «los altos ideales de la especie», tiene que
defenderse a sangre y fuego contra la acción nu-
lificadora del ambiente, porque todo conspira en
él a matar en germen la vocación naciente. Es
preciso tener en cuenta esta circunstancia para
juzgar con mayor equidad a las generaciones bo
livianas y, por lo menos, dentro de cada una de
ellas, salvar algunos nombres, que han permaneci
do puros— a trueque de cuántos sacrificios— antes
que condenarlas como en realidad han sido, como
generaciones fracasadas.
He ahí por qué en mi concepto, tiene impor
tancia y era necesario trazar el paralelo, o mejor,
cotejo, entre la situación especialmente favoreci
da de Arguedas para su formación y desarrollo
intelectual y la del resto de los intelectuales de su
generación, que no disfrutaron de esas ventajosas
circunstancias, sino al revés, de otras muy adver
sas. Era de justicia esclarecer y destacar la razón bási
ca por la cual Alcides Arguedas ha llegado al pres
tigio continental, mientras el resto de los hom
bres de su generación, literariamente, no han sa
lido de su aldea. Porque hay que decirlo también
claramente, aunque choque a los chauvinistas y a
los tontos,— que son lo mismo— .Bolivia intelectual
mente, no es más que una aldea, una provincia
dentro de la universalidad de la cultura. Vivimos,
com o nación, una vida provinciana. Y, los que
no salen de la provincia, provincianos se quedan,
— 229 —
por más talento que tengan y literariamente via
jen hasta Grecia como Tamayo o sean de espí
ritu francés como Reynolds. Esto mismo es un
signo de provincianismo: el deslumbrarse con lo
exótico y el de no ser profundamente de la tierra.
Lo más personal—como nos lo ha dicho tan rei
teradamente Unamuno—es, precisamente por eso,
lo más universal.
Más, volviendo a lo anterior, justo es decir
que ya vamos viendo que de la generación de Ar-
guedas, el que ha llegado a desenvolver amplia
mente su personalidad, a «expresarse», en el sen
tido que dá a este término Benedetto Croce en su
«Estética», acaso sea solamente el autor de «Pue
blo Enfermo». El resto de sus contemporáneos, no
por causas personales, sino por las externas del
ambiente, no han llegado a realizar la obra que
debiera haber hecho. Es una generación fracasa
da, aunque individualmente se salven algunos. Es
una generación destruida como tal generación,
porque de ella, los de las subsiguientes genera
ciones hemos heredado tan poco de bueno, que ya
casi no nos queda nada de aprovechable para la acción
de hoy, v, menos para la de mañana. Al contrario, he
mos recibido como triste patrimonio, tal cantidad de
taras y de imperfecciones propias de aquella, que te
nemos que hacer un esfuerzo violento, reaccionar con
la más vigorosa energía, para rechazar esa tradición
perjudicial, abrirnos nuevo camino y no continuar,
como hasta el presente, por el camino aquel del
«dorado pongueaje» a que aludía, el del burocra
tismo esclavizante y fosilizador, al que tenemos
que acudir, porque ni en la escuela, ni en la U-
niversidad, ni en el medio ambiente, en general,
— 230 —
nos han educado para que ya, en la vida prác
tica, tengamos la capacidad de crearnos, por vir
tud de la iniciativa y esfuerzo personales, una si
tuación económica indepediente, que posibilite tam
bién la libre expresión de la personalidad.
Nuestras escuelas y colegios no son otra co
sa que una descarada fábrica al por mayor de
servilismo y achatamiento intelectual y volitivo.
De la Universidad no se sale a la vida de la li
bertad del pensamiento y de la dignidad de la
conducta, sino a la del incondicional sometimien
to al caudillo o patrón y de la abdicación del de
coro ante el ara del «háber mantenimiento» que
decía el Arcipreste. Porque la acción nulificado-
ra de la Universidad, es eficazmente secundada
por la acción corruptora del caciquismo oclocràti
co en que vivimos. No hay más que observar la
diligencia y tartufino olfato con que los caudillos
políticos están a la atisba de los muchachos que
se han distinguido en la Facultad o las Letras
para caerles encima, uncirlos al carro de sus am
biciones y transformarlos de hombres 'dignos, en
vocingleros voceros de las ignominias políticas y
los ilusorios redentorismos caciquiles. ¡Qué frui
ción sienten éstos cuando a una conciencia pura
y blanca como la piel del armiño, la manchan
con el lodo putrefacto de la politiquería eleccio
naria y de un limpio corazón juvenil hacen la
moral túrbida y de manga ancha de los monipó-
dicos traficantes de la fé pública! No, no es po
sible que ellos, los corruptores profesionales, dis
frazados de providenciales salvadores de la patria,
permitan que haya un hombre digno, mirlo blan
co, en el rebaño de Panurgo que ellos aborregan.
— 231 —
y borregilmente conducen. Excelentes discípulos
de la buena madre Celestina, como ella, ellos
sienten verdadero placer de comadrejas cuando de
la honesta doncella que era Melibea, la convier
ten en la lasciva manceba de Calixto. Estos son
los grandes Celestinos de la tragicomedia nacional,
a quienes, por cortesía o por cortesanía, solemos
llamar «Maestros de la juventud». Son maestros,
en realidad, maestros mayores, tan repugnantes co
mo los maestros normalistas.
Es esta la tradición nacional en materia de
«pedagogía social» de las nuevas generaciones. La
herencia que de la pasada hemos recibido no es
la de aquel que ha heredado bienes positivos por
cobrar, sino muchas deudas de honor que salvar.
Nunca mejor que ahora se justifican estas pala
bras de Baroja: «Toda generación es desinfectan
te de la que le antecede e infecciosa para la que
le sigue». Necesitamos desinfectarnos.
Pero, ¿es posible hacerlo? Al paso que vamos,
no lo creo. Porque, a decir verdad, tampoco te
nemos generación: cada quisque anda por el ca
mino que Dios le ha dado, metido dentro de su
áspero individualismo bosquimano o, a lo más,
metido en alguna «cuerda»,—política o literaria— ,
pero ya se sabe que estas cuerdas sólo sirven pa
ra ahorcar con ellas a los de otras cuerdas, o pa
ra ahorcarse los unos a los otros, como ordena
la Santa Madre Celestina.
Este es el ambiente y la temporada es ésta.
Y, lógicamente, los que no quieren seguir por la
trillada senda, sino ir por un camino nuevo y
propio; los que, en un grado mayor o menor, han
nacido con una vocación absorvente,—que no sea
— 232 —
de las que el medio exige e impone—tienen que
sostener una lucha a muerte entre su aptitud in
dividual y el medio. En nuestra patria, lo que
hay que defender es este derecho elemental que
no se reconoce, sino, al revés, se lo niega y com
bate, el derecho al desarrollo com pleto de la per
sonalidad, a aquello que, según dijo una vez Os
car Wilde, «se debe defender por encima de todas
las cosas, pues se trata de algo más caro que la
propia vida».
Hay en la última parte del Fausto, nó de
Goethe, sino de Marlowe, una escena simbólica
que viene al caso. Cuando Fausto, ya en Grecia,
encuentra con Helena, le dice:— «Dulce Helena
hazme inmortal con un beso—y le besa— Pero lue
go, desesperado Fausto exclama:—¡Sus labios me
chupan el alma! ¡Mira cómo huye! ¡Ven, Helena,
devuélveme el alma! Mi Yo,—grita luego, despa
vorido— Mi Yo, que me arrebatan mi Yo».— Y Faus
to se queda sin alma.
Eso es lo que hace el ambiente con nosotros,
nos arrebata el Yo, aunque sin ningún beso dul
ce como Helena, la tindáride.
Y los que no dejamos que la pérfida Hele
na del ambiente nos arrebate el Yo, o, por lo me
nos luchamos por no dejárnoslo arrebatar y no
vendemos, tampoco, como Fausto, el alma al de
monio de la concupiscencia colectiva, entonces so
m os acreedores a la judaica condenación que su
frió en su alma el estoico Spinoza: somos arroja
dos de la Sinagoga por herejes y traidores a la
santa causa de la ramplonería socializada y nun
ca ya podremos salir de la jornalería de la plu
ma como usted, Fra Moreale, o de una vergon
zante y menesterosa maestreescuelía como el sus
— 233
crito y nos veremos obligados a vivir refugiándo
nos en la franciscana filosofía del harapo, con más
la adehala del DESDEN SUFICIENTE de los que
a falta de saber, como cualquier ministro monoli-
tiquero, tuvieron fortuna, que el saber no vale
según reza el proverbio español. Volitivamente*
somos unos hombres destruidos, sin ningún ímpe
tu cordial para la emoción creadora, ni aliento pa-
ija la esperanza.
Tal lo ocurrido con nuestra generación potosi-
na de «Gesta Bárbara». Como todas las de la re
pública, estalló en un verso y encalló en un em
pleo. Usted recuerda, Fra Moreale, cómo tuvimos
que atrincherarnos y conjuncionarnos solidaria
mente para hacer frente al medio, luchar a bra
zo partido para defender nuestro derecho al desa
rrollo a la propia personalidad, y constituir un is
lote de refugio de la cultura en medio del océano
de tumultuosa mesocracia utilitaria que nos ro
deaba y cómo, al final, el ambiente tuvo el placer
suicida de destruirnos hasta anular a unos y dis
persar a otros. Esa generación pudo haber sido
la dignidad intelectual de un pueblo que, com o el
que más requería de conductores espirituales que,
sean voz y clamor de los sollozos y angustias
que se estrangulan en su conciencia. Pero ese
pueblo no quiso comprender que nunca dejará de
ser «mitayo» mientras no sepa que la única re
dención verdadera de la esclavitud económica en
que siempre ha vivido,— eterna colonia—es la re
dención por la cultura y la independencia del es
píritu.
No pudimos, o no nos dejaron, en nuestro pue
blo, ser lo que en nuestro pueblo queríamos y debi
— 234 —
m os haber sido, los representativos conciencíales
de ese pueblo, los creadores de su espíritu en el
arte y el pensamiento. Unos ya han dejado de
ser, en el sentido pindàrico del término— , «Sé lo
que eres»— y se han adaptado al medio, es decir,
ya son lo que todos querían que sean, un Don
Nadie, y, otros, los más infortunados tal vez, he
mos tenido que emigrar y vagar por ajenas tie
rras barojianamente como «hombres humildes y
errantes» y ser aquí, en la urbe capitolina, otros
Don Nadie, sin Nada ni Nadie que nos valga, el
perfecto tipo de aquellos malaventurados lorene-
ses que tan perspicuamente pintó Mauricio Barrés
en los «DERACINES», que en su aldea estuvieron
de menos y en la urbe están demás.
Empero, con todo, creo que aún nos asiste el
derecho de levantar cualquier cargo que, a título
de juicio histórico sobre nuestra generación, pu
diera hacérsenos: si no pudimos realizar nuestros
ideales, no los hemos traicionado tampoco hacién
dolos servir para edulcorar con ellos una mala
causa o de escabel para que sobre ese pedestre
estropajo se empinen los mandarinatos caciquiles
de nuestra patria, el precio de un plato de len
tejas o de un proconsulado en Judea. A cambio
de nuestra pobreza indiscutible hemos sabido con
servar una honradez inevitable. Y, aunque como
generación seamos una fracasada, hemos fracasa
do o fracasaremos en buena ley, luchando por
nuestros propios ideales, nó por los ajenos. «Ca
da generación—escribe el autor de «España Inver
tebrada»—ha de ser lo que los hebreos llamaban
«¡Neftalí», que quiere decir: «Yo he combatido mis
combates». De lo contrario es una generación sui-
— 235 —
cida. Esto nos autoriza a no aceptar condenas
como la que don Alcides Arguedas formula en
«L a Danza de las Sombras» sobre otras genera
ciones más brillantes y rangosas que la nuestra,
que no fue capitolinamente hegemónica, sino des
lucidamente provinciana. Y, por ello, si acaso co
metimos algunos pecados, no fueron de los mor
talmente nacionales, sino de los venialmente pro
vincianos, para el gasto de casa, y en la casa
los pagamos: fueron los pecados de nuestras pro
pias virtudes, el pecado de una juventud que qui
so tener la virtud de ser joven en un pueblo don
de todas las juventudes habían nacido viejas. Y,
por ello también, podemos exclamar con el pen
sador de los «Proverbios»: «Todo error es una
enseñanza y toda juventud un error, Ay! de quien
no aproveche la primera enseñanza y el primer
error».
Carlos Medinaceli.
La Paz,— 1.935.
INDICE
Prefacio
VALORACIONES
Página
Gabiiel René M oreno 11
Un cultor de la prosa artística 21
Recordando a Ignacio Prudencio Bustillo 35
Daniel Sánchez Bustamante 47
Un notable escritor olvidado: Julio César
Valdés 51
El ahistoricismo de un historiador 63
El sentimiento de la piedad y la ironía en
Osvaldo Molina 75
Observaciones críticas a «Itinerario Es-
piiitual de Bolivia» p o r José Eduardo
Guerra 81
La cuestión del «Indianismo» 87
Ideología Indianista 91
Fisiognòmica del paisaje andino 95
El andinismo en la literatura boliviana 101
LOS NOVELISTAS
La novela nacional 117
«£?/ Alto de las Animas» por José Eduardo
Guerra 121
— 238 —
Página
Recordando a «Marina» de Arturo Oblitas 137
El estilo y el léxico en la novela «Marina»
de Arturo Oblitas 195
Una sugestiva novela de Adolfo Costa
du Reís: « Terres Embrasées» 157
El tipo del latifundista en « Tei res Embra
sées» de Adolfo Costa du Reís 161
EL DRAMA
Valentín Meriles, su técnica de dramaturgo
y su medio ambiente 171
LOS POETAS
El alma medieval de don Ricardo Jaimes
Freyre 193
Alberto Saavedra Nogales y el sentimien
to del paisaje potosino 197
La agudeza epigramática en Angel Cas
to Valda 201
El subjetivismo introvertido de José
Eduardo Guerra en Estancias 213
Tamayo, ¿poeta lírico? 219
EPILOGO
Nuestra generación y la lucha p o r la defen
sa de la personalidad 227
Indice 237
Fe de erratas 239
f e de erratas
El «sfuerzo de la Editorial Charcas por [edi
tar este libro ha sido grande. El autor lo reconoce
asi. Mas, por no haber intervenido en la correc
ción de pruebas, se han deslizado muchas erratas.
Las principales son las siguientes:
En la página 69, línea 29, a partir de la frase
«O como cuando dice que incluye a Arce, que na
ció en Tanja», faltan las palabras:
«O como cuando dice que los mejores presi
dentes de Bolivia han sido potosinos, entre los que
incluye a Arce, que nació en Tarija».
En la llamada de la página 178 faltan las si
guientes líneas: '
«Posteriormente a este estudio, escrito en 1.927,
Meriles sólo ha producido un diálogo, «Entre Cielo
y Tierra», en apenas dos páginas, publicado en el
Númsro 2 de la «Revista del Círculo de Bellas Ar
tes de Potosí. Es una charla, etc...»
L ín ea D ice: D ebe d ecir: Pág.
€ I a. m mi II
« última nouva nova IY
« 29 puntillos puntilloso 17
« 7 Métodos Método 20
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« última 1973 1?38
240 —
L in ea D ice: D ebe d ecir: Pág.
« 14 nn un 24
« 14 quedarse quedarse 27
« 31 eí ti 29
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« 9 y ratos a ratos * 33
« 12 Nietzche Nietzsche «
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« 22 absolutamente absolutamente «
€ 14 escribir describir 35
« 17 Escribe escribe «
« 10 dombre nombre 36
« 21 recordárnoslo recordémosle <
« 27 Enriquez de Henríquez Trena 37
< Ureña
« 10 ideal ideas 39
4T 21 antiojeras anteojeras «
« 34 serenidad seriedad «
« 10 Fué fué 40
€ 14 predomiua predomina «
< 28 de carencia su carencia «
« 1 después hacia después, hacia 41
« 9 Visiones de «Visiones de Tarija» «
Tarija
« 15 nauce manee «
< 20 labores valores «
« 10 acre sentaría acrecentarla 42
< 8 tal vez tal vez 43
€ 19 talvez tal vez «
« 8 talvez, le li tal vez, le libró de
bró caer caer 44
€ 31 espero ha espero, hallaremos 45
llaremos
€ 4 «El diario» «El Diario» 47
— 241 —
L in ea D icé: D ebe decir: Pág*
« 15 gran grbeso grueso «
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« 13 «maestro «Maestro «
« 4 docmatiza dogmatiza 49
« 16 Nietzche Nietzsche «
« 7 preocupación preocupación por
«el estado «el estado 54
« Nota podidoler podido leer «
€ 2 seria se ríe 55
« 9 maduréz madurez 57
« 24 hay ay 60
« 30 fracmentos fragmentos «
« 3 ópimos opimos 62
« 1 Sagárnaga, acaba Sagárnaga acaba 63
- € 20 biografía etc. biografía, etc. 63
€ 20 Y, como Como 64
« 24 circunscrito sin eircunscrito, sin 64
« 27 Enfermo» como Enfermo», como 65
« 33 otros de otros, de 66
« 8 trabajador hon trabajador y hon
rado rado 69
« 18 juicio: juicio, 69
« 17 más mas 71
« 25 de la vida de vida 71
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« 4 Decimos, esto Decimos esto 73
4 25 Molina, nació Molina nació 75
« 1 que le permite que permite 76
€ 8 siempre se pre siempre presenta 76
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« 12 estremece 1% estremece de piedad 77
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— 242 —
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4 10 gérmen germen 79
4 21 recojamos recogamos 79
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4 24 efemeridogra- efemeridográficos 82
fícos
4 17 clásico en clásico la mayoría 85
la mayoría
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4 16 García a di García ha difundido 89
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€ 21 YOlümen volumen 89
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4 7 con un poco con poco 92
1C 16 américa América 93
« 17 misma, va misma va 93
« 35 uno nuestros uno de nuestros 93
4 10 Sintomático Sintomática 96
€ 33 nirvanico nirvánico 96
4 35 insuflar vi insuflar vida en 96
da vida en
4 11 le ha estimulado le han estimulado 101
4 14 andinismo» la andinismo», la doc
doctrina trina 101
\ 2 rehuible irrehuible 102
4 26 «indianismo» en «Andinismo en la
lírica lírica 103
4 5 sigue siguen 104
4 1 (nota) la la soledad la soledad 105
« 4 4 juzgar de Tamayo juagar a Tamayo 105
4 13 « cambio en cambio, en 105
4 16 « Cabe «Cabe 106
— 243 —
L in e a D ice: D ebe decir: Pág.
« 3 Kollaivinos Kollavinos 107
« 10 (nota) estrecho es estrechos es 108
« 21 « iexultante 110
«2 0 « Thoticán 111
« 24 eósmieo cósmico 112
« 12 representativo representativa 118
« 13 Quijote de Quijote en España «
España
€ 18 que, la ciudad que la ciudad «
« 33 primero la épica primero es épica
y la lírica y lírica, «
« 35 Stado estado «
« 23 lomismo lo mismo 119
« 31 sociego sosiego 122
« 13 resquicios resquicios 123
€ 22 que el pobre que un pobre 123
« 2 Vigny, pero Vigny,—pero 124
« 19 eu en 125
« 31 ellos ellas 125
« 12 ruidad ruindad 129
« 15 Esecéptico Escéptico 129
« 1 «Si ella «Si, ella 131
« 4 Factum Fatum 133
« 14 deviar desviar 133
« 35 repetido, con repetido con 134
< 14 novela; «Sangre novela, «Sangre 135
« 13 escrivió escribió 135
« 24 obsecionado obsesionado 135
« 28 Andrés Andrés 135
« 12 Independencia; se Independencia se 136
« 12 oasado paso 137
« 13 parangón de los parangón con los 139
« 6 justas justa 140
— 244 —
Linca Dice: Debe decir: Pág,
« 8 más, que más que 141
« 26 aquel, que aquel que «
« 7 casarse ascender casarse, ascender 142
« 19 vivir a una al vivir en una al-
quería alquería €
« 9 seseccionaban seleccionaban 143
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« 6 utensilios utencillos 150
« 13 tepulgo repulgo «
€ 15 español Barto español, Bartolomé «
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« 25 bul idora bullidora «
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« 13 qne que 152
« 29 crito grito 154
« 9' novelística novelísticas 155
« 1 ocuparnos en ocuparnos, en otro 157
otro *
« 14 literaria». literaria. «
« 1 ellos desconocido ellos, desconocido 158
« 4 explotada
« 9 naturalismo, (1) naturalismo. (1)
Costa Costa «
« 13 revés un francés revés, un francés «
245 —
L in e a D ice: D ebe decir: Pág-
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« 17 «introvertida» «introvertida»,
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« 31 fuego juego «
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€ 18 necesita necesite «
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— 246 —
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agorera agorera <<
« 4 nostalgias” : no nostalgias: no 193
« 5 “ Fué tal vez “ Fué tal vez 195
« 23 proustiniana proustiana 196
« 5 ¿No han ¿No se han 197
« 9 su relación al en relación al
medio medio 197
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18 a eancelar a cancelar 207
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2 dá una paliza de dá unas palizas
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quirir si habia rir si había lle
llegado, más gado: mas 210
15 Se aproximo Se aproximó <<
29 quebrantamien- quebrantamientos U
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9 “ poesía” “ poesía” 213
14 se uutoanaliza autoanaliza 214
12 introspección ¡introspección 216
13 un gustiado un angustiado <<
9 parte, de parte de 217
31 triste desolador triste, desolador <<
6 (epígrafe) BIG-CEN BIG-BEN 219
9 Te trata Se trata 222
31 -advierte -advierte
Nietzche- Nietzsche- <<
9 camarada de camarada de la
pluma pluma 227
9 Más Mas 229
13 “ háber manteni- “ haber manteni
niemto” miento” 230
25 menos luchamos menos, luchamos 232
17 a la propia déla propia 233
24 el precio al precio 234
16 error, Ay! de error, ¡ay! de 235