UNIVERSIDAD NACIONAL ABIERTA.
VICERRECTORADO ACADÈMICO.
TEMBLADOR, ESTADO MONAGAS.
(Informe)
Asesor: Estudiante UNA.
Lcdo. Aníbal Velásquez. Zambrano Zaibel
CI: 20.139.778
Centro Local:
Temblador, Estado Monagas.
Asignatura: 119.
Ética y Pluralismo Moral
Introducción.
Uno de los aspectos que singularizan a las sociedades modernas es su
pluralismo moral. La modernidad misma puede ser descrita como el tránsito
desde sociedades de código moral único, o “monismo moral”, a sociedades
diversas y plurales en lo moral, en las que existe no sólo una forma de “vida
buena”, sino muchas.
Legislar en sociedades pluralistas implica, por tanto, establecer leyes
que permitan que la diversidad moral de una sociedad pueda expresarse, y que
las personas puedan vivir según sus convicciones y creencias. Casi estaría de
más decirlo, pero una ley sobre matrimonio igualitario o de despenalización del
aborto -como la que hoy se debate- no obliga a practicar estas opciones a las
personas que por sus creencias morales las rechazan, pero sí permite que
aquellas para quienes son moralmente legítimas puedan hacerlo. Es lo que
ocurrió y ocurre con la ley de divorcio. Hoy la usan quienes no creen que exista
una contradicción entre ella y sus valores morales, y quienes sienten que
contradice sus convicciones más profundas tienen la libertad de no usarla. La
diferencia no es menor, pues en un caso la legislación impone al conjunto de la
sociedad el núcleo valórico de un grupo determinado, mientras que en una
legislación pluralista, las distintas opciones encuentran cobijo jurídico,
permitiendo así a individuos o grupos vivir según sus particulares creencias.
El pluralismo moral en una sociedad no nace del hecho de que las
personas no tengan valores en común, sino de la manera como jerarquizan
dichos valores frente a temas socialmente controvertidos. Los verdaderos
problemas morales ponen siempre en tensión valores deseables y
generalmente compartidos: el derecho a la vida, la dignidad humana, la
autonomía para decidir, la libertad y la igualdad, los derechos de la mujer, la
mirada de la diversidad multicultural. Sin embargo, no existe hoy un
fundamento único -distinto del que pueda lograrse a través de la deliberación y
la decisión democrática- que permita jerarquizar dichos valores de manera
inequívoca e incontrovertible para todos.
LAS TEORIAS ÉTICAS Y PLURALISMO MORAL
Las teorías éticas haciendo uso de las herramientas de la filosófica,
tratan de conseguir cierta coherencia lógica y expositiva, a la hora de
responder las grandes preguntas de la ética. Estas no nos ofrecen una
orientación precisa e inmediata para nuestra vida moral, sino más dan
cuenta del fenómeno de la moralidad en general.
Las diferencias que podemos encontrar de las diferentes teorías ética no
viene de los conceptos que manejan sino del modo como lo ordenan (la
prioridad que dan a unos sobre otros) y de los métodos filosóficos que
emplean.
Las teorías éticas, al menos en occidente, comienzan a elaborarse
desde el siglo V a.c. con Sócrates (incluso antes con los llamados
presocráticos).
La filosofía occidental nació entre los griegos, pero inmediatamente se
sumó al elemento latino lego con la expansión del cristianismo ese
elemento grecolatino se enriqueció de la sabiduría hebrea. La ética ha
sabido adaptarse a los problemas de cada época elaborando nuevos
conceptos y diseñando nuevas soluciones.
LA TRADICIÓN ARISTOTÉLICA: BÚSQUEDA PRUDENCIAL DE LA
FELICIDAD.
El fin último la felicidad:
Los seres humanos realizamos nuestras acciones y elecciones por un
fin, la eudaimonía, la vida buena, la felicidad. La felicidad es el fin natural de la
vida. La felicidad no es solo le fin natural sino también el fin moral, alcanzarlo o
no depende de sepamos elegir los medios más adecuados para llegar y de que
actuemos según lo elegido.
Obrar moralmente es entonces lo mismo que obrar racionalmente. La
felicidad más perfecta, reside en el ejercicio de la inteligencia teórica, es decir,
en la contemplación o comprensión de los conocimientos.
A la felicidad también se puede acceder mediante el ejercicio del
mantenimiento práctico que consiste en dominar las pasiones y conseguir una
relación amable y satisfactoria con el mundo natural y social en el que estamos
integrados.
En esa tarea nos ayudarán las virtudes que Aristóteles clasifica así:
Virtudes dianoéticas o intelectuales:
Propias del intelecto teórico: (inteligencia, ciencia y sabiduría).
Propias del intelecto práctico: (prudencia, arte o técnica, discreción,
perspicacia, buen consejo).
Virtudes éticas o del carácter:
Propias del autodominio: (fortaleza o coraje, templanza o moderación,
pudor.)
Propias de las relaciones humanas: (justicia, generosidad o
liberalidad, amabilidad, veracidad, buen humor, afabilidad o dulzura,
magnificencia, magnanimidad.)
Obrar moralmente es lo mismo que obrar racionalmente, siempre que
entendamos aquí por “razón” la “razón prudencial” que nos a conseja elegir los
medios oportunos.
La Prudencia:
La prudencia tal y como lo señala Aristóteles constituye la verdadera
“sabiduría práctica”, pues ella nos permite deliberar correctamente,
mostrándonos lo más conveniente en cada momento para nuestra vida en su
totalidad, el prudente será:
Aquella persona, que al elegir, no tiene en cuenta solo un momento
concreto de su vida, sino lo que le conviene en el conjunto de su
existencia.
Aquella persona que posee fines buenos, a diferencia de quien solo es
hábil.
Aquella persona que aplica los principios morales que se captan por una
intuición intelectual, a los casos concretos.
Quién sabe discernir que deseo deben ser satisfechos, porque su
satisfacción proporcionará felicidad y cuáles no.
Es prudente, quien en la toma de decisiones, se sabe guiar hacia el
logro de un equilibrio entre el exceso y el defecto. El prudente es el que
ha adquirido el sentido del término medio, el punto justo.
Criterio de racionalidad prudencia, según Aristóteles.
Sostiene que todo conocedor rehúye del exceso y del efecto, y busca el
término medio y lo prefiere; pero no el término medio no de la cosas, sino el
relativo a nosotros.
Hay moral porque los seres humanos buscan inevitablemente la
felicidad, la dicha, y para alcanzar plenamente este objetivo de las
orientaciones morales. Nos proporciona criterios racionales para averiguar qué
tipos de comportamientos, qué virtudes, en una palabra qué tipo de carácter
moral es adecuado para tal fin. La vida moral es un modo de autorrealización y
por lo tanto la ética aristotélica pertenece al grupo de éticas eudinistas.
LA TRADICIÓN HEDONISTA: CÁLCULO INTELIGENTE DEL
PLACER.
Fin último. El placer individual y social.
El epicureísmo es una ética hedonista, es decir, una explicación de la
moral en términos de búsqueda de la felicidad entendida como placer,
como satisfacción del carácter sensible.
Epicuro de Samos sostiene que, si lo que mueve nuestra conducta es la
búsqueda del placer, será sabio quien sea capaz de calcular
correctamente qué actividades proporcionan mayor placer y menos
dolor, es decir quien consiga conducir su vida calculando la intensidad y
duración de los placeres, disfrutando de los que tienen menos
consecuencias dolorosas y repitiéndolos con medida a lo largo de la
existencia.
Condiciones que hacen posible la verdadera sabiduría y la auténtica
felicidad.
El placer y el entendimiento calculador.
El hedonismo epicúreo es individualista (se trata de conseguir el mayor
placer individual). En la modernidad, el hedonismo se convertirá en social y
recibirá el nombre de utilitarismo).
El utilitarismo puede considerase hedonista porque afirma que lo que
mueve a los hombres a obrar es la búsqueda del placer, pero considera que
todos tenemos unos sentimientos sociales entre los que destaca la simpatía,
que nos llevan a caer en la cuenta de que los demás también desean alcanzar
el mencionado placer. El fin de la moral, el principio de la moralidad es, por
tanto, alcanzar la máxima felicidad, es decir, el máximo placer, para el mayor
número de seres vivos y funciona a la vez, como criterio para tomar decisiones
racionales. El utilitarismo constituye forma renovada del hedonismo clásico y
adopta un carácter social del que aquél carecía.
Según los hedonistas y los utilitaristas, todos los seres vivos buscan el
placer y huyen del dolor. El móvil del comportamiento humano es el placer.
Pero a la vez, que el placer es también el fin al que se dirigen todas nuestras
acciones y el fin por el que realizamos todas nuestras elecciones. De donde se
sigue que el placer es el fin natural y moral de los seres humanos. Al placer
individual de los antiguos, los utilitaristas se preocuparan por la búsqueda del
placer social.
¿Quién Obra Moralmente?: La Razón Calculadora.
Según hedonistas y utilitaristas, obra moralmente quien sabe calcular de
forma inteligente, a la hora de tomar decisiones, qué opciones
proporcionarán consecuencias más placenteras y menos dolorosas, y
elige para sus vidas las que producen mayor placer y menos dolor.
Desde esta perspectiva, la moral, es el tipo de saber que nos ayuda a
calcular de forma inteligente las consecuencias de nuestras acciones
para lograr el máximo placer y el mínimo dolor máximo de placer para el
mayor numero de seres vivos.
Criterio de Racionalidad Utilitarista.
Es cuando ante dos cursos de acción, obra moralmente el que elige
aquel cuyas consecuencias proporcionan el máximo placer para el mayor
número de seres vivos.
Para calcular los placeres hay que saber si los hay, si existen tales
placeres y de qué tipo.
Epicuro distingue entre los placeres estables (superiores), que consisten
en la armonía producida por la ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación
en el alma. Y los placeres positivos, como la alegría. Por eso, la razón ha de
hacer el cálculo, ponderando qué placeres son más intensos y duraderos, y
cuales producen menos dolor, para obtener así el máximo placer posible.
Jeremy Bentham, un utilitarista expuso una aritmética de los placeres. El
placer puede ser medido porque todos los placeres son relativamente iguales.
Teniendo en cuenta criterios de intensidad, duración, proximidad y seguridad,
se podrán calcular la mayor cantidad de placer para el mayor número de seres.
Distintas persona pueden comparar sus placeres entre sí para lograr máximo
total de placer.
J.S. Mill, sostiene que los placeres no se diferencian cuantitativamente
sino cualitativamente, de manera que hay placeres superiores y placeres
inferiores. Los seres humanos cuanto más conscientes y cultos necesitamos
más para ser felices, cuanto más inconscientes y menos cultos nos
contentamos con placeres como la bebida y la comida. Sin embargo más vale
no estar plenamente satisfechos que contentarnos con placeres que nos
asemejan a los animales.
El hedonismo surde en el siglo IV a.c. de la mano de Erasmo de Samos.
LA TRADICIÓN KANTIANA: RESPETO A LO QUE EN SÍ ES
VALIOSO.
Ni prudencia ni razón calculadora, sino razón práctica.
Los fines que queremos por naturaleza, de manera inevitable, no pueden
ser morales, porque no podemos elegirlos. La naturaleza es el reino de la
necesidad, no el de la libertad, por mucho que podamos elegirlos. La
naturaleza es el reino de la necesidad, no el de la libertad, por mucho que
podamos elegir entre los medios. Por eso serán los fines morales los que
podemos proponernos libremente y no los que y nos vienen impuestos por
naturaleza. Finales del siglo XVIII
¿Cuáles o netos fines? Las personas tenemos conciencia de que hay
determinados mandatos que debemos seguir, nos haga o no felices
obedecerlos.
Nuestra propia razón e s lo que nos da leyes de cómo comportarnos
para ser personas autenticas. Y un ser capaza de darse leyes a sí mismo es,
un ser autónomo.
Esas leyes mandan sin condiciones y no prometen la felicidad a cambio:
sólo prometen realizar la propia humanidad. Los mandatos se expresan como
imperativos categóricos, incondicionados, y no simplemente hipotéticos,
condiciones a que alguien quiera ser feliz de uno u otro modo. Ser persona es
por sí mismo valioso, y la meta de la moral consiste en querer serlo por encima
de cualquier otra meta: en querer tener buena voluntad de cumplir nuestras
propias leyes.
La razón que de esas leyes morales no es la prudencial ni la
calculadora, sino la razón práctica, que orienta la acción de forma
incondicionada.
El punto de partida de la ética no es el bien que apetecemos como
criaturas naturales, sino el deber que reconocemos interiormente como
criaturas racionales. Porque el deber no es deducible del bien, sino que el
propio bien y especifico de la moral no consiste en otra cosa que en el
cumplimento del deber.
Características del imperativo.
Los imperativos categóricos son aquellos que mandan a hacer algo
incondicionalmente. Estos están al servicio de la preservación y promoción de
aquello que percibimos como un valor absoluto: la persona, incluyendo la de
uno mismo.
La verdadera moralidad supone que un verdadero espeto a los valores
que están implícitos en la obediencia a los imperativos categóricos. Actuar
contra tales imperativos es inmoral, aunque pueda conducirnos al placer o a la
felicidad, puesto que las conductas que ellos recomiendan o prohíben son las
que la razón considera propias o impropias de seres humanos.
¿Cómo puede la razón ayudarnos a descubrir cuáles son los verdaderos
imperativos categóricos y cómo podemos distinguirlos de los que
simplemente lo parecen, pero no son?
En 1er lugar los imperativos morales se hallan ya presentes en la vida
cotidiana, y que no son un invento de los filósofos. La misión de la ética es
descubrir los rasgos formales que dichos imperativos han de poseer para que
percibamos en ella la forma de la razón y que, por tanto, son normas morales.
Para saber que una norma es una ley moral dada por la razón practica y
que puede, por tanto, expresarse como un imperativo categórico (como un
mandato incondicionado) Kant nos propone una especie de test, que tiene 3
pasos:
Universalidad: “Obrar sólo según una máxima tal que puedas querer al
mismo tiempo que se torne en ley universal”. Es decir, será la ley moral
aquella que yo creo que todos los seres humanos deberían cumplir,
porque respeta y promociona a seres que no vale para otra cosa (seres
relativamente valiosos), sino que son valiosos en sí mismos
(absolutamente valiosos).
Seres que son fines en sí mismos: “Obra de tal modo que trates a la
humanidad, tanto en tu persona como a la de cualquier otro, como un fin
al mismo tiempo u nunca como un medio”. Será ley moral la que obligue
a respetar a los seres que tienen un valor absoluto (son valiosos en sí y
no para otra cosa) y que, por lo tanto, fines en sí mismos y no simples
medio. Para Kant los únicos seres que podemos considerar que son
fines en sí son los seres racionales.
Valer como una norma para una legislación universal en un reino de
los fines: “obra por máximas de un miembro legislador universal en un
posible reino de los fines”
Para poder saber si una norma es ley moral es preciso que podamos
comprobar si querría que estuviera vigente en un reino o sociedad en
que todos los seres racionales llegaran realmente a tratarse entre sí
como fines y nunca como medios. Es decir, que no se manipularan
recíprocamente.
La libertad como autonomía y la dignidad de las personas.
Al obedecer imperativos morales las personas muestran respeto a sí
mismas, puesto que no se trata de mandatos impuestos desde afuera,
sino reconocidos en conciencia por uno mismo.
Si las personas somos capaces de darnos este tipo de leyes que nos
permiten superara el egoísmo y asumir la perspectiva de la universalidad
(1er paso), es decir, si somos capaces de ponernos en el lugar de
cualquier otra persona a la hora de decidir si las acciones son morales e
inmorales, entonces este asumen que somos personas libres y
autónomas. Autónomo no es el que se rige por sus apetencias e
instintos, sino quien se rige por un tipo de normas que cree que debería
cumplir cualquier persona, le apetezca o no cumplirlas.
Esta libertad como autonomía, esta capacidad de que cada uno pueda
llegar a conducirse por las normas que su propia conciencia reconoce
como universales, es la razón por la cual reconocemos a los seres
humanos un valor absoluto que no reconocemos a los demás seres que
hay en el mundo.
Las personas, los seres humanos no tiene precio, no pueden
intercambiarse por un equivalente. Las personas no tienen precio sino
dignidad.
La libertad como posibilidad de decidir por uno mismo es, en
consecuencia, para Kant la cualidad humana más sorprendente. Kant
defendió esta posición por primera vez en su para fundamentación de la
metafísica de las costumbres.
SABER DIALOGAR EN SERIO: LA TRADICIÓN DIALÓGICA.
La tradición dialógica arranca con Sócrates en el siglo V a.c. Para él una
persona sola no encontrará la verdad ni el bien, sino que necesita dialogar con
otras para lograrlo. Al final del dialogo es ella la que ha de decidir qué es lo que
tiene por verdadero y por bueno, y no establecer sus criterios sobre lo que
digan todos o la mayoría. Somos seres dialógicos pero también autónomos.
A partir de la década de los 70 Karl Otto Apel y Jürgen Habermas, nos
hablan de la ética discursiva.
De la razón práctica monológica a la razón practica dialógica.
Apel y Habermas continúan con la ética Kantiana pero superando las
insuficiencias. Los creedores de lo que se llama “ética del discurso” están de
acuerdo con Kant que el mundo moral es el mundo de la autonomía humana,
es decir, el de aquellas leyes que los seres humanos nos damos a nosotros
mismos. Por lo tanto podemos aceptarlas o rechazarlas, promulgarla so
abolirlas.
Sin embargo difieren de Kant a la hora de determinar qué significa “nos
damos nuestras propias leyes”. Kant entiende que cada uno de nosotros ha de
decidir que leyes creen que son propias de las personas, estos autores,
considera que ello lo deben decidir los afectados por ellas después de haber
celebrado un dialogo en condiciones de racionalidad.
La razón moral no es una razón monológica, sino una razón practica
dialógica: una racionalidad comunicativa. Las personas no debemos llegar a la
conclusión de que una norma es ley moral o es correcta individualmente, sino a
través de un dialogo. Pero no a través de cualquier dialogo, sino a través de un
dialogo que se celebre entre los afectados por las normas y que llegue a la
convicción por parte de todos. Es evidente que no es así como se decide si una
norma es o no correcta, pero es como debería hacerse.
Saber comportarse significa dialogar en serio a la hora de decidir
normas, teniendo en cuenta que cualquier afectado por ella es un interlocutor
válido y como tal hay que tratarle.
Reglas del discurso y test de validez.
La ética dialógica parte de un hecho: las personas argumentamos sobre
normas y nos interesamos por averiguar cuáles son moralmente correctas. Se
debe realizar un dialogo que tenga sentido, como una búsqueda cooperativa de
la justicia y la corrección.
La ética discursiva se esfuerza en descubrir los presupuestos que hacen
racional la argumentación, los que hacen de ella una actividad con sentido.
La ética discursiva propone someter a las normas a un dialogo entre los
afectados por la misma, dialogo que recibirá el nombre de discurso y se
atendrá a algunas normas. Este proceso propone:
1. Que cualquiera que pretenda argumentar en serio sobre normas tiene
que presuponer:
Que todos los interlocutores capaces de comunicarse son válidos, es decir,
personas y que por tanto, cuando se dialoga sobre normas que les afectan, sus
intereses deben ser entendidos en cuenta y defendidos a poder ser, por ellos
mismos.
Que cualquier diálogo no nos permite descubrir si una norma es correcta o
no, sino solo el que se atenga a unas reglas determinadas, que permiten
celebrarlo en condiciones de simetría (igualdad) entre los interlocutores. A este
diálogo se le llama discurso.
2. Para comprobar después del discurso si la norma es correcta se habrá
de cumplir con 2 principios:
El principio de universalización que dice así: “una norma será válida cuando
todos los afectados por ella puedan aceptar libremente las consecuencias y
efectos secundarios que se seguirán, previsiblemente, de su cumplimiento
general para la satisfacción de los intereses de cada uno”.
El principio de la ética del discurso, según la cual: “sólo pueden pretender
validez las normas que se encuentran aceptación por parte de todos los
afectados, como participantes de un discurso practico”
Reglas del discurso, J. Habermas.
Cualquier sujeto capaz de lenguaje y acción puede participar en el
discurso.
Cualquiera puede problematizar cualquier afirmación.
Cualquiera puede introducir en el discurso cualquier afirmación.
Cualquiera puede expresar su posición, deseos y necesidades.
No puede impedirse a ningún hablante hacer uso de sus derechos,
establecidos en las reglas anteriores, mediante coacción interna o externa al
discurso.
Según Habermas ambos principios indican que la norma solo se
declarará correcta si todos los afectados por ella están de acuerdo en darle su
consentimiento. Porque satisface, no los intereses de un grupo o de un
individuo, sino intereses universalizables.
Como señala A. Cortina: “en una negociación los interlocutores se
instrumentalizan recíprocamente para alcanzar cada una de sus metas
individuales, mientras que en un dialogo se aprecian recíprocamente como
interlocutores igualmente facilitados, y tratan de llegar a un acuerdo que
satisfaga intereses universalizables”.
LOS MANDATOS ABSOLUTOS.
Hay moral porque en el universo existe un tipo de seres que tienen un
valor absoluto, y por eso no deben ser tratados como instrumentos; hay moral
porque todo ser racional es fin en sí mismo, y no medio para otra cosa.
Significado del valor absoluto según Kant.
Significa que hay seres valiosos en sí mismos y no valiosos porque
sirven para otra cosa; es decir, que su valor no es tal porque vengan a
satisfacer necesidades o deseos, como ocurre con las mercancías, sino que su
valor reside en ellos mismos.
Solo si existen seres en sí valiosos, cuyo valor no proceda de que
satisfagan necesidades, podemos decir que para ellos no hay ningún
equivalente ni posibilidad de fijarles precio. Para Kant las personas son
absolutamente valiosas.
Mandatos absolutos.
Son aquellos que han de ser obedecidos sin excepción., porque
prohíben atentar contra un valor absoluto (o lo protegen), realizando una acción
mala en sí misma.
Aquí absoluto significa suelto de desligado de cualquier situación o de
cualquier consecuencia.
Norma o valor absoluto.
Es aquel que prohíbe realizar determinadas acciones, en sí malas, sin
atender ni a las circunstancias del caso concreto en que es preciso actuar, ni a
las consecuencias que previsiblemente se seguirán de obedecerlo, porque
circunstancias y consecuencias son incapaces de matizar o modular su maldad
intrínseca.
No matar, no mentir, no robar, son mandatos absolutos. Es cierto que
estos mandatos pluralistas no pueden multiplicarse en una sociedad pluralista
como la nuestra.
Relativismo moral.
Es la convicción segunda la cual para decir qué es justo o qué es bueno
hemos de situarnos dentro de cada grupo determinado y ser conscientes de
que los resultados a que lleguemos valen para el pero no para los restantes. En
otras palabras, es la convicción de que la calificación moral de una acción
como buena o mala depende de cada cultura o de cada grupo.
Según el relativista, es imposible llegar a un acuerdo sobre lo que es
cierto, objetivo o valido desde el punto de vista moral. No hay nada universal.
Sin embargo algo que caracteriza nuestros tiempos es el dialogo intercultural.
Subjetivismo moral.
Es la afirmación de que en cuestiones morales cada persona opina
como quiere, y es imposible argumentar sobre ellas, de modo que llegamos a
las mismas conclusiones porque nos convenzan los argumentos que nos dan.
Según esto es imposible que en el ámbito moral lleguemos a
convicciones intersubjetivas (entre diferentes sujetos), y si se da es por una
coincidencia coyuntural.
Según esto es imposible que en el ámbito moral lleguemos a
convicciones intersubjetivas (entre diferentes sujetos), y si se da es por una
coincidencia coyuntural.
Aspectos importantes sobre el relativismo, subjetivismo moral como
sobre universalismo moral:
En cuestiones morales es imposible admitir que “todo vale”, que “toda
opinión es respetable”.
Tampoco se puede decir que todas las personas deberían hacer las
mismas cosas, que todos deberían ser felices de la misma forma.
Pluralismo Moral.
El pluralismo moral se diferencia del subjetivismo y del relativismo. Pero
suelen señalarse, además, otras dos posibilidades que son totalmente
opuestas entre sí.
Monismo moral: una sociedad es moralmente monista cuando todos
sus miembros comparten la misma visión del mendo, de las cosas, de la
sociedad, bien espontáneamente o bien por imposición del estado. Existe un
código moral único que orienta la acción de los ciudadanos y desde el cual hay
que encontrar la solución cuando hay algún problema moral.
Politeísmo moral: esta posición que termina en un subjetivismo moral,
consiste en creer que en una sociedad cada individuo o cada grupo tiene su
propia jerarquía de valores. No se puede argumentar sobre la superioridad de
dichos valores, por lo tanto no se llega a un acuerdo intersubjetivo.
Una sociedad monista es aquella en la que todos sus miembros deben
tener los mismos ideales morales.
Una sociedad politeísta es aquella en la que sus miembros no tienen
nada en común.
¿Cuándo se dice que una sociedad es moralmente pluralista?
Cuando en ella viven personas que tienen distintas concepciones
morales de lo que una vida buena, de lo que es la felicidad, distintas maneras
de concebir el mundo, etc., pero que pueden convivir porque comparten, al
menos, unos mínimos morales de justicia.
Todos los seres humanos queremos ser felices, y cuando nos
presentamos en qué consiste la justicia lo hacemos sobre el trasfondo de una
idea de felicidad.
El pluralismo exige, un mínimo de conciencia surgida desde dentro. Y en
una democracia liberal, como la que decimos tener, defender o desear, el
pluralismo es necesario, pues es precisamente el pluralismo el que las hace
posible.
Máximos de Felicidad:
Son aquellos ideales de vida que proponen y ofertan las distintas
concepciones morales.
o Son sociedades pluralista, aquellas en las exigimos moralmente unos
mínimos y respetamos activamente unos máximos. Los máximos son los
ideales de buena vida, los proyectos de felicidad que ofrecen las
distintas concepciones morales, es decir, los distintos modos de
concebir al ser humano, su historia y su realización.
o Éticas de máximos son las que aconsejan que camino seguir para
alcanzar la felicidad, cómo organizar las distintas metas que una
persona se puede proponer, los distintos bienes que puede perseguir
para lograr ser feliz.
o Potenciar esos mínimos que ya unen a todos y les permiten construir un
mundo justo y respetar activamente las premisas que dan vida a cada
concepción.
A. Cortina dice que los mínimos y los máximos son: “un tema que hoy es
ineludible para construir una moral y cívica, una ética de la sociedad civil.
Mínimos de Justicia.
Son el conjunto de valores que comparten todas las concepciones
morales de una sociedad pluralista y que, por tanto, sus miembros pueden
exigir.
Conclusiones:
El pluralismo moral en una sociedad no nace del hecho de que las
personas no tengan valores en común, sino de la manera como jerarquizan
dichos valores frente a temas socialmente controvertidos. Los verdaderos
problemas morales ponen siempre en tensión valores deseables y
generalmente compartidos: el derecho a la vida, la dignidad humana, la
autonomía para decidir, la libertad y la igualdad, los derechos de la mujer, la
mirada de la diversidad multicultural. Sin embargo, no existe hoy un
fundamento único -distinto del que pueda lograrse a través de la deliberación y
la decisión democrática- que permita jerarquizar dichos valores de manera
inequívoca e incontrovertible para todos.
En las sociedades pluralistas y democráticas, las diversas concepciones
de “vida buena” o, como diría Adela Cortina, de “máximos éticos”, pueden
proponerse a los otros, o bien testimoniarse con el ejemplo, pero carecen de un
fundamento último que las haga racionalmente exigibles a los demás.
Referencias Bibliográficas.
Roberto Zapata, Temas De Ética, Caracas, UNA (2000).
www.scielo.org.mx.com.
www.latercera.com/pluralismo-moral.