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Quam Singulari

Decreto de san Pío X sobre la edad para la primera comunión


8 de agosto de 1910

Cuán singular amor profesó Jesucristo a los niños, durante su vida mortal, claramente lo
manifiestan las páginas del Evangelio. Eran sus delicias estar entre ellos; acostumbraba a imponerles
sus manos, los abrazaba, los bendecía. Llevó a mal que sus discípulos los apartasen de El,
reconviniéndoles con aquellas graves palabras: Dejad que los niños vengan a Mí, y no se lo vedéis, pues de
ellos es el reino de Dios1. En cuánto estimaba su inocencia y el candor de sus almas, lo expresó bien claro
cuando, llamando a un niño, dijo a sus discípulos: En verdad os digo, si no os hiciereis como niños, no
entraréis en el reino de los cielos. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, ése es el mayor en el
reino de los cielos. El que recibiere a un niño así en mi nombre, a Mí me recibe2.

Los pequeñuelos, a Cristo


2. Teniendo presente todo esto, la Iglesia católica, ya desde sus principios, tuvo cuidado de
acercar los pequeñuelos a Cristo por medio de la Comunicación eucarística, que solía administrarles aun
siendo niños de pecho. Esto, según aparece mandado en casi todos los rituales anteriores al siglo XIII,
se hacía en el acto del bautismo, costumbre que en algunos sitios perseveró hasta tiempos posteriores;
aun subsiste entre los griegos y los orientales. Y, para alejar el peligro de que, concretamente, los niños
de pecho arrojasen el Pan consagrado, desde el principio se hizo común la costumbre de administrarles
la Sagrada Eucaristía bajo la especie de vino.

Y no sólo en el acto del bautismo, sino después y repetidas veces los niños eran alimentados con
el divino manjar; pues fue costumbre de algunas Iglesias el dar la Comunión a los niños inmediatamente
después de comulgar el clero; y en otras partes, después de la Comunión de los adultos, los niños,
recibían los fragmentos sobrantes.

Esta costumbre desapareció más tarde en la Iglesia latina y los niños no eran admitidos a la
Sagrada Mesa hasta que el uso de la razón estuviera de algún modo despierto en ellos y pudieran tener
alguna idea del Augusto Sacramento. Esta nueva disciplina, admitida ya por varios sínodos particulares,
fue solemnemente sancionada por el Concilio general cuarto de Letrán, en el año 1215, promulgando su
célebre canon número 21, por el cual se prescribe la confesión sacramental y la Sagrada Comunión a los
fieles que hubiesen llegado al uso de la razón, con las siguientes palabras: Todos los fieles de uno y de
otro sexo, en llegando a la edad de la discreción, deben por sí confesar fielmente todos sus pecados, por lo
menos una vez al año, al sacerdote propios, procurando según sus fuerzas cumplir la penitencia que les
fuere impuesta y recibir con reverencia, al menos por Pascua, el sacramento de la Eucaristía, a no ser que
por consejo del propio sacerdote y por causa razonable creyeren oportuno abstenerse de comulgar por
algún tiempo.

1
Marc. 10, 13. 14. 16.
2
Mat. 18, 3, 4. 5.
1
3. El Concilio de Trento3, sin reprobar la antigua disciplina de administrar la Sagrada Eucaristía a
los niños antes del uso de la razón, confirmó el decreto de Letrán, lanzando anatema contra los que
opinasen lo contrario: Si alguno negase que todos y cada uno de los fieles de Cristo, de uno y otro sexo, al
llegar a la edad de la discreción, están obligados a comulgar cada año, por lo menos en Pascua, según
precepto de nuestra Santa Madre la Iglesia, sea anatema 4.
Por lo tanto, en virtud del citado decreto lateranense -aun vigente-, los cristianos, tan pronto
como lleguen a la edad de la discreción, están obligados a acercarse por lo menos una vez al año a los
sacramentos de la Confesión y de la Comunión.

Edad de la discreción
4. Pero al fijar cuál sea esta edad de la razón o de la discreción, se han introducido en el curso del
tiempo muchos errores y lamentables abusos. Hubo quienes sostuvieron que la edad de la discreción
era distinta, según se tratase de recibir la Penitencia o la Comunión. Para la Penitencia juzgaron ser
aquella en que se pudiera distinguir lo bueno de lo malo, y en que, por lo mismo, se podía pecar; pero
para la Comunión exigían más edad, en la que se pudiese tener más completo conocimiento de las
cosas de la fe y una preparación mayor. Y así, según las diferentes costumbres locales y según las
diversas opiniones, se fijaba la edad de la primera Comunión en unos sitios a los diez años o doce, y en
otros a los catorce o aún más, excluyendo, entre tanto, de la Comunión Eucarística a los niños o
adolescentes menores de la edad prefijada.

5. Esta costumbre, por la cual, so pretexto de mirar por el decoro del Santísimo Sacramento, se
alejaba de él a los fieles, ha sido causa de no pocos males. Sucedía, pues, que la inocencia de los
primeros años, apartada de abrazarse con Cristo, se veía privada de todo jugo de vida interior; de
donde se seguía que la juventud, careciendo de tan eficaz auxilio, y envuelta por tantos peligros,
perdido el candor, cayese en los vicios antes de gustar los santos Misterios. Y aunque a la primera
Comunión preceda una preparación diligente y una confesión bien hecha, lo cual no en todas partes
ocurre, siempre resulta tristísima la pérdida de la inocencia bautismal, que, recibiendo en edad más
temprana la Santa Eucaristía, acaso pudiera haberse evitado.

Ni merece menos reprobación la costumbre existente en muchos lugares de prohibir la


confesión a los niños no admitidos a la Sagrada Mesa, o de no darles la absolución, con lo cual es muy
fácil que permanezcan largo tiempo tal vez, en pecado mortal, con gravísimo peligro de su salvación.

Y aun es más grave, que en algunos sitios, a los niños no admitidos a la primera Comunión, ni
aun en peligro de muerte se les permite recibir el Santo Viático; y si fallecen, enterrados como párvulos,
no se les aplican sufragios de la Iglesia.

Restos de jansenismo
6. Tales daños ocasionan los que insisten tenazmente, más de lo debido, en exigir que a la
primera Comunión antecedan preparaciones extraordinarias, no fijándose quizá en que tales excesivas
precauciones son resto de errores jansenistas, pues sostenían que la Santísima Eucaristía era un

3
Sess. 21 de Commun. c. 4.
4
Sess. 13 de Euchar. c. 8, can. 9.
2
premio, pero no medicina de la fragilidad humana. Muy al contrario sentía el Concilio de Trento, al
enseñar que era antídoto para librarnos de las culpas diarias y para preservarnos contra los pecados
mortales5; doctrina poco ha inculcada con empeño por la Sagrada Congregación del Concilio en su
decreto del 26 de diciembre de 1905, por el cual se abre camino a toda clase de personas para comulgar
diariamente, ya sean de madura, ya de tierna edad, exigiendo tan sólo dos condiciones: estado de
gracia y pureza de intención.

Ni hay justa razón para que, si en la antigüedad se distribuían los residuos de las Sagradas
Especies a los niños, aun a los de pecho, ahora se exija extraordinaria preparación a los niños que se
encuentran en el felicísimo estado de su primera inocencia, los cuales, por muchos peligros y
asechanzas que les rodean, tanto necesitan de este místico Pan.

Doctrina conciliar
7. Los abusos que hemos reprendido proceden de que no fijaron bien cuál era la edad de la
discreción, quienes señalaron una para la confesión y otra distinta para la Comunión. El Concilio de
Letrán exige sólo una misma edad para uno y otro sacramento, al imponer conjuntamente el precepto
de confesar y comulgar. Y si para la confesión se juzga que la edad de la discreción es aquella en que se
puede distinguir lo bueno de lo malo, es decir, en la que se tiene algún uso de razón, para la Comunión
será aquella en que se pueda distinguir el Pan Eucarístico del pan ordinario: es la misma edad en que el
niño llega al uso de su razón.

8. No de otro modo lo entendieron los principales intérpretes del Concilio de Letrán y los
escritores contemporáneos. Consta, en efecto, según la historia eclesiástica, que los niños de siete
años fueron admitidos a la primera Comunión por muchos concilios y decretos episcopales ya desde el
siglo XIII, poco después del citado Concilio Lateranense.

Tenemos, además, como testigo de suma autoridad, a Santo Tomás de Aquino, que dice: Cuando
los niños empiezan ya a tener algún uso de razón, de modo que puedan concebir devoción a este
sacramento (de la Eucaristía), entonces pueden ya recibirle6. Lo cual explana así Ledesma: Digo, fundado
en unánime consentimiento, que se ha de dar la Eucaristía a todos los que tienen uso de razón, aunque
lleguen muy pronto a este uso de razón, y a pesar de que el niño no conozca aún con perfecta claridad lo
que hace 77 . El mismo lugar explica Vásquez con estas palabras: Desde el momento en que el niño llega al
uso de razón queda obligado, por derecho divino, de tal manera que no puede la Iglesia desligarle de un
modo absoluto8. Lo mismo enseña San Antonino: Cuando el niño es capaz de malicia y puede, por lo
mismo, pecar mortalmente, queda por esto obligado a la confesión y, por consiguiente, a la Comunión9. El
mismo Concilio de Trento llega a la misma conclusión cuando, al señalar en su citada sesión XXI, cap. 4,
la causa por la cual el párvulo que carece de razón no está obligado por ninguna necesidad a la comunión
de la Eucaristía, señala como única el que, en efecto, dice, en aquella edad no pueden perder la gracia de
hijos de Dios que han recibido. De todo esto se deduce con claridad la mente del santo Concilio, a saber,

5
Ibid. c. 2.
6
3, 80, 9 ad 3.
7
In S. Th. 3, 80, 9 dub. 6.
8
Jn. 3 S. Th. disp. 214, c. 4, n. 43.
9
P. 3, tit. 14, c. 2, 5.
3
que entonces vienen necesariamente obligados los niños a comulgar, cuando puedan ya perder la
gracia por el pecado. Eco de tales palabras son las del Concilio Romano, celebrado bajo Benedicto XIII,
al enseñar que la obligación de recibir la Eucaristía empieza después que los niños y niñas llegaren al uso
de razón, a saber, en aquella edad, en la cual pueden discernir este manjar sacramental, que no es otro que
el verdadero Cuerpo de Jesucristo, del pan común y profano, y saber acercarse a recibirle con la debida
piedad y devoción10. Y el Catecismo Romano afirma que nadie puede determinar mejor la edad en que
deben darse a los niños los sagrados misterios que el padre y el sacerdote con quien aquéllos confiesan sus
pecados. A ellos pertenece, pues, explorar y averiguar de los niños si tienen éstos algún conocimiento y
sabor de este admirable sacramento11.

Edad de la Comunión
9. De todo esto se desprende que la edad de la discreción para la Comunión es aquella, en la cual
el niño sepa distinguir el Pan Eucarístico del pan común y material, de suerte que pueda acercarse
devotamente al altar. Así, pues, no se requiere un perfecto conocimiento de las verdades de la Fe, sino
que bastan algunos elementos, esto es, algún conocimiento de ellas; ni tampoco se requiere el pleno
uso de la razón, pues basta cierto uso incipiente, esto es, cierto uso de razón. Por lo cual, la costumbre
de diferir por más tiempo la Comunión y exigir, para recibirla, una edad ya más reflexiva, ha de
reprobarse por completo -y la Sede Apostólica la ha condenado muchas veces-. Y así el Papa Pío IX, de
f. m., en la carta del Cardenal Antonelli a los Obispos de Francia, fechada el 12 de marzo del año 1866,
reprobó severamente la costumbre que se introducía en algunas diócesis de retardar la primera
Comunión hasta una edad más madura y predeterminada. La Sagrada Congregación del Concilio, el día
15 de marzo de 1851, corrigió un capítulo del Concilio Provincial de Ruán, que prohibía a los niños recibir
la Comunión antes de cumplir los doce años. Con igual criterio se condujo esta Sagrada Congregación
de Sacramentos en la causa de Estrasburgo, el día 25 de marzo de 1910, en la cual se preguntaba si se
podían admitir a la Sagrada Comunión los niños de catorce o de doce años, y resolvió: "Que los niños y
las niñas fuesen recibidos a la Sagrada Mesa tan pronto como llegasen a los años de la discreción o al
uso de la razón".

Normas obligatorias
10. Bien considerados estos antecedentes, esta Sagrada Congregación de Sacramentos, en la
sesión general celebrada en 15 de julio de 1910, para evitar los mencionados abusos y conseguir que los
niños se acerquen a Jesucristo desde sus tiernos años, vivan su vida de El y encuentren defensa contra
los peligros de la corrupción, juzgó oportuno establecer las siguientes normas, sobre la primera
comunión de los niños, normas que deberán observarse en todas partes:

I) La edad de la discreción, tanto para la confesión como para la Sagrada Comunión, es aquella
en la cual el niño empieza a raciocinar; esto es, los siete años, sobre poco más o menos. Desde este
tiempo empieza la obligación de satisfacer ambos preceptos de Confesión y Comunión.
II) Para la primera confesión y para la primera Comunión, no es necesario el pleno y perfecto
conocimiento de la doctrina cristiana. Después, el niño debe ir poco a poco aprendiendo todo el
Catecismo, según los alcances de su inteligencia.

10
Istruzione per quei che debbono la prima volta ammettersi alla S. Comunione. Append. XXX, 6, 11.
11
1 Part. 2, n. 63.
4
III) El conocimiento de la religión, que se requiere en el niño para prepararse convenientemente
a la primera Comunión, es aquel por el cual sabe, según su capacidad, los misterios de la fe, necesarios
con necesidad de medio, y la distinción que hay entre el Pan Eucarístico y el pan común y material, a fin
de que pueda acercarse a la Sagrada Eucaristía con aquella devoción que puede tenerse a su edad.
IV) El precepto de que los niños confiesen y comulguen afecta principalmente a quienes deben
tener cuidado de los mismos, esto es, a sus padres, al confesor, a los maestros y al párroco. Al padre, o
a aquellos que hagan sus veces, y al confesor, según el Catecismo Romano, pertenece admitir los niños
a la primera Comunión.
V) Una o más veces al año cuiden los párrocos de hacer alguna comunión general para los niños,
pero de tal modo, que no sólo admitan a los noveles, sino también a otros que, con el consentimiento
de sus padres y confesores, como se ha dicho, ya hicieron anteriormente su primera Comunión. Para
unos y para otros conviene que antecedan algunos días de instrucción y de preparación.
VI) Los que tienen a su cargo niños deben cuidar con toda diligencia que, después de la primera
Comunión, estos niños se acerquen frecuentemente, y, a ser posible, aun diariamente a la Sagrada
Mesa, pues así lo desea Jesucristo y nuestra Madre la Iglesia, y que los practiquen con aquella devoción
que permite su edad. Recuerden, además, aquellos a cuyo cuidado están los niños, la gravísima
obligación que tienen de procurar que asistan a la enseñanza pública del Catecismo, o, al menos, suplan
de algún modo esta enseñanza religiosa.
VII) La costumbre de no admitir a la Confesión a los niños o de no absolverlos nunca, habiendo
ya llegado al uso de la razón, debe en absoluto reprobarse, por lo cual los Ordinarios locales,
empleando, si es necesario, los medios que el derecho les concede, cuidarán de desterrar por completo
esta costumbre.
VIII) Es de todo punto detestable el abuso de no administrar el viático y la extremaunción a los
niños que han llegado al uso de la razón, y enterrarlos según el rito de los párvulos. A los que no
abandonen esta costumbre castíguenlos con rigor los Ordinarios locales.
Dado en Roma, en el palacio de la misma Sagrada Congregación, el 8 de agosto de 1910.

5
Quam Singulari

 Pío X, San
Autor(es):

Título:  Quam Singulari


Ciudad:  Roma
Fecha:  8 de Agosto de 1910
 Magisterio Pontificio : San Pío X
Tema(s):  Teología : Liturgia : Sacramentos : Eucaristía

 Comunión en edad temprana.


Aporte a la  Comunión frecuente.
catequesis  Viático.

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