El arte del discernimiento espiritual
El arte del discernimiento espiritual
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Transcripción del libro “El Discernimiento”, PPC, Roma, 2001, I parte.
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Para un recorrido histórico sobre el discernimiento y un tratamiento en detalle de todas las dimensiones
mencionadas, véase Ruiz Jurado, M., II discernimento spirituale. Teología, storia, pratica, Cisinello
Balsamo, 1997. Además, se puede consultar el artículo «Discernement des ésprits», en Dictionnaire de
spiritualité, III, París I957 -1222 a 1291-. Para el aspecto más práctico y didáctico, véase Fausti, S.,
Ocasión o tentación, PPC, Madrid, 1997.
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realismo y la objetividad de Cristo, nuestro Señor y Salvador, Mesías pascual
que vive en la Iglesia y en la historia. El discernimiento lle va a una madurez
eclesial y a una fidelidad probada.
Por eso, la segunda parte empieza con un capí tulo dedicado al principio y
fundamento teológico de cómo permanecer en Cristo. El capítulo siguiente está
dedicado a las tentaciones que el cristiano experimenta en su camino tras el
Señor. Se describen las ilusiones y los mecanismos princi pales del tentador y el
modo como los padres espirituales desenmascaraban esos engaños. Después
viene un capítulo dedicado a la comprobación de nuestra adhesión real a Cristo,
en la que no hay espacio para las ilusiones y los engaños. Y como el
discernimiento no es una técnica para resolver los problemas de la vida
espiritual sino una realidad situada en la relación entre el hombre y Dios -por
tanto, en el espacio del amor-, es necesario iniciarse y dar los primeros pasos en
el ejercicio del discernimiento. Se explican aquí las circunstancias más
adecuadas y los modos más apropiados para em pezar en el arte del
discernimiento y se concluye con dos de los elementos más significativos de esta
segunda fase, que son el discernimiento de la vo cación y el discernimiento
comunitario. De todo ello se deduce que el verdadero discernimiento es una
actitud constante. A lo largo de todo el texto, casi paralelamente a cada título,
se dan referencias -preferentemente de Ignacio de Loyola y de autores de la
Filocalia- que constituyen, junto al estudio y a los años de praxis pastoral, el
ámbito de maduración de las reflexiones que siguen 3.
Debe quedar claro que, a pesar de que sea importante conocer los textos sobre este tema,
el discernimiento es, sobre todo, algo a lo que uno debe iniciarse, algo que requiere una
aproximación experiencial-racional. Por tanto, este pequeño libro no exime de aprender
el discernimiento con un maestro espiritual, en el esfuerzo de un camino que pretende,
paso a paso, ser cada vez más conforme al Señor.
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Señalo algunos textos de autores espirituales que pueden constituir un magnífico telón de fondo para el
tema: el «Discorso sugli otto pensieri y Leonzio Igumeno. I Santi Padri che vivono a Scete. Discorso
sommamente utile a proposito del discernimento», de Casiano el Romano en La filocalia, I, traducción
italiana de M. B. Artioli y M. F. Lo vato, Turín 1985 (de ahora en adelante se designará como Filocalia),
127-169; los escritos de Nil Soirskij, en Bianchi, E. (ed.), N. Sorskij. La vita e gli scritti, Turín 1998, 35-
133; Ignacio de Loyola, Autobiografía, ed. de M. Costa, Roma 1991; Hausherr, I., Philautia. Dall'amore
di sé alia carita, trad. italiana Magnano 1999; y Spidlík, T., Ignazio de Loyola e la spiritualitá orientale,
Roma 1994.
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hombre piensa qué complace más a Dios a partir de los mandamientos y lo realiza?
¿Existe un espacio de autonomía para el hombre dentro del gran plan de Dios?
Entre la persona humana y su Señor existe por tanto una comunicación verdadera que,
para tener la garantía de la libertad, se sirve de los pensamientos y sentimientos del
hombre. Los Padres han optado normalmente por el lenguaje simbólico, considerando
que el símbolo es el lenguaje en el que la comunicación humano-divina se realiza más
auténticamente. Para ellos el discernimiento es oración, un arte propio y verdadero de
la vida en el Espíritu. El discernimiento forma parte de la relación vital entre el hombre
y Dios; es más: es precisamente un espacio en el cual el hombre experimenta la relación
con Dios como experiencia de libertad, incluso como posibilidad de crearse a sí mismo.
En el discernimiento, el hombre experimenta su identidad como creador de la propia
persona. En este sentido, es el arte en el cual el hombre se abre a sí mismo en la
creatividad de la historia y crea la historia creándose a sí mismo.
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como a tres Personas. Invocando cada Persona invocamos a Dios todo, puesto que cada
Persona existe en una relación de unidad indisoluble y total con las otras dos. Cuando
afirmamos la fe en Dios Padre, decimos al mismo tiempo nuestra fe en el Espíritu y el
Hijo. Lo mismo vale para cada una de las Personas divinas: la referencia a una de ellas
implica automáticamente su comunión trinitaria, en referencia a las otras dos Personas.
En este sentido, el primer artículo del Credo, Creo en un solo Dios Padre, es de
importancia capital. Afirmar sin más la fe en Dios es ambiguo, porque ésta es una
afirmación abierta a cualquier tipo de interpretación, comprensión e incluso idolatría
(desde las ideas y conceptos hasta las estatuas y ritos, de lo más abstracto a las realidades
más sensuales). Sin embargo, creer en Dios Padre significa que Dios es una concreción
más allá de toda posible manipulación, porque «Padre» significa una persona, y la
persona nunca es un concepto, sino una realidad, una concreción. Decir «Padre» significa
indicar un rostro, y el rostro - aunque nunca visto- es siempre concreto y designa una
realidad personal, precisa, objetiva en sí misma. Diciendo «Padre» decimos la concreción
de Dios en las tres Personas, así como la concreción de su relación. Sin embargo, decir
«Creo en Dios Padre» significa también afirmar la propia identidad, desvelar el propio
rostro, porque quien pronuncia la palabra «Padre» se declara hijo y descubre una
filiación precisamente en virtud de la revelación de Dios como Padre.
El artículo de fe «Creo en un solo Dios Padre» explícita la relación que existe entre el
hombre y Dios, que es precisamente la de filiación. La fe es, por tanto, una relación filial.
Esto significa entonces que no se puede abordar la cuestión de la fe con principios o
terminología abstractos.
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un conocimiento comunicativo, es decir, una conciencia dentro de la cual acontece la
comunicación. Dios se comunica de modo personal en su relación libre con nosotros, los
hombres. El Espíritu Santo -que es el comunicador por excelencia entre la Santísima
Trinidad y la creación- comunica a Dios de forma personal, en forma de
autocomunicación. Dios se hace presente a la persona humana cuando ésta se dispone
en una actitud cognoscitiva. Tal conocimiento, que podemos llamar simbólico-
sapiencial, lleva a una vida similar a Dios. El conocimiento de Dios supone también
comunicar el arte de vivir: Dios comunica al hombre, es decir, a nivel creatural, su
semejanza. El hombre es imagen de Dios. Pero, por obra de la redención realizada por
Dios mismo y del Espíritu Santo que nos comunica la salvación operada por Cristo, el
hombre puede conocer a Dios y realizar este conocimiento como semejanza con El. Dios,
de algún modo, comunica al hombre su modo de ser, que es amor. Por lo tanto, la
persona humana se hace semejante a Dios también cuando entrega su vida en el amor,
es decir, en la comunión. La semejanza con Dios se realiza en una vida de relaciones
libres, en una adhesión libre como imagen de la Trinidad. El modo de vivir que el
hombre adquiere en el conocimiento de Dios es el propio de la Iglesia y la comunidad,
puesto que es la Iglesia quien nos genera como creyentes.
CREER ES AMAR
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Podemos, por lo tanto, creer sólo si nos dejamos invadir por el amor de Dios, porque la
fe crece en la medida del amor. En I Cor 13, Pablo no dice «si no amo», sino «sí no tengo
amor»: esto indica que Dios nos crea dando su amor y que el hombre existe sólo en la
medida en que el Espíritu Santo le hace ser inhabitado por el amor de Dios, que no es
iniciativa humana, sino acogida del don de Dios. El pecado nos ha aislado del amor de
Dios. El hombre intenta realizar su vida fuera del amor, siguiendo en sí mismo esa
dimensión que Pablo llama «carne», que es la parte vulnerable, la parte que al percibir
la fragilidad y la muerte se quiere salvar en la autoafirmación exclusiva, unilateral,
reclamando para sí toda la creación y las relaciones de los demás. La carne es rebelión
contra el espíritu, es decir, aquella dimensión de la persona capaz de abrirse al Espíritu
de Dios que con su acción inhabita la persona. La carne es oposición a la apertura, a la
relación real, al ágape, a la caridad, es renunciar a la inteligencia del amor. El gran riesgo
que pocas veces evitamos es terminar por encerrar a Dios dentro de nuestra realidad sin
redimir, afirmando un conocimiento de Dios de modo auto afirmativo, en donde, de
hecho, somos nosotros mismos los que damos forma y contenido a la revelación de Dios.
De hecho, es posible pensar a Dios con la óptica de la carne, es decir, con la inteligencia
que razona con criterios carnales. Y quizá no haya cosa peor que pensar a Dios con una
inteligencia ejercitada de modo reductivo, con una racionalidad no integrada. Esta
racionalidad recortada, amputada, se reconoce por su afán de dominio, de posesividad,
por su agotamiento de todas las posibilidades y su búsqueda de la omnipotencia. La
trampa principal en la que se cae y que nos engaña es la metodología del razonamiento,
de una lógica perfecta, impecable, que evita las sorpresas y cierra el circuito para sentirse
autosuficiente y omnipotente. Pero esta lógica falla porque no integra la libertad. Es
típico su comportamiento dualístico: en lo ideológico, intenta crear espacios de libertad
y para la libertad, pero, de hecho, no promueve la adhesión libre, no enciende el corazón
como expresión de la integridad del hombre. Por eso no es capaz de suscitar la
conversión y se contenta con principios éticos e imperativos morales que se agotan en su
fracaso y la llevan o a pactos con la mediocridad -puesto que no se llega a vivir como se
piensa- o a una rebaja de los ideales, para no sufrir el fracaso ético. La trampa que, sin
embargo, explotará antes o después por la falsa libertad consiste en querer llegar al
conocimiento de Dios, al descifre de su voluntad -seguido por la deducción de sus
consecuencias morales o ascéticas-, sin la experiencia de ser redimidos, es decir, sin la
experiencia del despertar del amor de Dios que nos habita y que es el único capaz de
asumirnos íntegramente, de hacernos experimentar la integralidad y de ponernos en
contacto con una esfera de relaciones libres, sea para con Dios o con el prójimo. Si el
conocimiento de Dios no deriva de la experiencia de su amor para con nosotros,
comprendido y experimentado en la redención, es pura ilusión o idolatría egoísta de la
propia razón hinchada. Aquí podemos evocar Jr 31, en donde el profeta proclama que el
fruto de la nueva alianza con la casa de Israel será el conocimiento del Señor a partir de
la experiencia de la misericordia: "No se deberán instruir uno al otro diciendo:
«"Reconoced al Señor", porque todos me conocerán, del mayor al más pequeño. Así dice
el Señor: "Yo perdonaré sus iniquidades y no recordaré más sus pecados"». Se trata de la
misma realidad que se anuncia en I Jn 4, en donde claramente se dice que no se puede
amar a Dios sin haber experimentado previamente su Amor.
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El discernimiento es, por tanto, el arte de la vida espiritual en el que uno comprende
cómo Dios se le comunica o, lo que es igual, cómo Dios salva, cómo actúa en uno mismo
la redención en Cristo Jesús, que el Espíritu convierte en salvación para mí. El
discernimiento es aquel arte en el que se experimenta la libre adhesión a un Dios que
libremente se ha entregado en mis manos en Cristo. Es un arte en el cual mi propia
realidad, la de la creación, la de las personas de mi entorno, la de mi historia personal y
la historia general dejan de ser mudas y comienzan a comunicarme el amor de Dios. No
sólo eso: además el discernimiento es el arte de llegar a evitar el engaño, la ilusión, y
llegar a leer y descifrar la realidad de forma verdadera, yendo más allá de los espejismos
que se me puedan presentar. El discernimiento es el arte de hablar con Dios, no el de
hablar con las tentaciones, ni siquiera aquellas que versan sobre Dios mismo.
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precisamente porque nos hace experimentar que no es importante lo que podamos
decidir, sino que hagamos todo en plena adhesión libre a Dios, sintonizando con su
voluntad. Puesto que su voluntad es Amor, será difícil realizarla si afirmamos la nuestra,
aunque lleve etiquetas de gran santidad. Muchas personas han decidido vivir una
pobreza radical, quizá más que san Francisco, pero sin provecho espiritual. El
radicalismo en sí mismo no es nada, si no es una respuesta al amor de Dios. Los eventos
con más significado espiritual de la Iglesia nunca han sucedido porque alguien se ha
propuesto realizarlos, sino porque Dios ha encontrado a alguien disponible para
acogerlos de forma tan radical que Él podía manifestarse y cumplir su redención.
El hombre es creado por medio de la participación del amor de Dios Padre. El Espíritu
Santo hace que este amor inhabite en el hombre imprimiendo en él la imagen del Hijo.
Los Padres dicen que somos creados «en el Hijo». La creación del hombre es, pues, la
participación del amor de Dios. Ahora bien, también la redención es acción del mismo
amor. Ella habilita al hombre para la plena realización del amor de Dios en la forma de
Cristo, hasta llegar a la plenitud de la filiación que se realiza en comunión con los
hermanos, entre personas que viven relaciones de fraternidad porque son hijos e hijas
que en Cristo vuelven al Padre. Sobre este fondo de creación y redención es donde se
comprende la vocación.
Ahora bien, ¿en qué consiste la vocación del hombre? En I Cor 13, Pablo hace notar con
mucha claridad que cualquier cosa que el hombre haga fuera del amor no le aprovecha
para nada, es más, lo vacía y dispersa. Se pueden hacer sacrificios heroicos, inauditos,
tener fe como para mover montañas, pero fuera del amor no sirven para nada. Esto
significa que la vocación del hombre es precisamente la vida en el amor, en aquel amor
en el que el hombre se ha creado y del cual es capaz de nuevo por la redención. Por eso,
la vocación es la plena realización del hombre en el amor, es decir, dentro del principio
dialógico en el que ha sido creado, con Dios como primer interlocutor.
El discernimiento se define entonces como el arte a través del cual el hombre comprende
la palabra que se le dirige y en esta palabra descubre el camino que debe recorrer para
responder a la Palabra. El discernimiento ayuda al hombre a santificar el tiempo que
Dios le ha dado para cumplir su vocación, que es el amor, es decir, para realizarse en
Cristo, plena realización del amor pascual. La vocación no es un hecho automático, sino
un proceso de maduración en las relaciones a partir de la relación fundante con Dios. Es,
por tanto, verse a sí mismo y a la historia progresivamente y con los ojos de Dios, ver
cómo Dios se realiza en uno mismo y en los demás y cómo puedo disponerme a esta
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obra de tal manera que pueda hacerme parte de la humanidad que Cristo asume y a
través de la cual asume también la creación, para al final entregar todo al Padre.
En este diálogo con Dios, en esta conversación con su Creador y Redentor, el hombre no
está solo, sino que ya lo precede una larga memoria de cómo es posible exponerse al
amor para no caer en la trampa de querer servirlo en la autoafirmación. La sabiduría es
la tradición de la Iglesia, un tejido vivo, un organismo que hace vivir la revelación de
Dios no sólo como Escritura, sino también como su interpretación multiforme y su
inculturación en las vidas de los cristianos de tantas generaciones que nos han precedido,
memoria de santidad de la cual beber a través de una iniciación espiritual.
La vida espiritual se aprende de modo sapiencial, es decir, a partir de las personas, y así
se evita el riesgo de la ideología, de la teoría, emergiendo un pensamiento que nace de
la vida y una vida iluminada por un intelecto guiado por el Espíritu Santo . Para la
memoria son importantes las imágenes, las figuras, los sabores y gustos, todas las
realidades concretas, como el rostro, que se encuentran en la comunión con los santos.
Por otra parte, el cristiano no existe sino en la Iglesia, desde el momento en que, si creer
significa amar, la verdadera realización de la fe es la comunidad y su verdadera
expresión es el arte de las relaciones libres y espirituales. El cristiano inserto en una
comunidad participa en la vida de la Iglesia y escucha a los pastores y a los primeros
padres en la fe. En su escucha y en unión con ellos, participando en su vida de caridad,
el cristiano confluye en la liturgia, en donde se entra en comunión real con el amor de
Dios Padre, con la redención de Cristo y con la acción del Espíritu Santo, que hace
presentes y personales todas estas realidades santas. Es dentro de este ámbito donde se
reconoce si el discernimiento que se ha hecho es verdadero o falso, porque cada
discernimiento auténtico confluye en la celebración de Cristo en la Iglesia. La Iglesia
cumple en su tradición, liturgia y magisterio el discernimiento sobre Cristo y sobre la
salvación que sigue surgiendo del corazón de Dios para todos los hombres de todos los
tiempos. El discernimiento personal hace posible que esta realidad se convierta en
realidad vivida por la persona concreta en las situaciones concretas. La persona acoge la
salvación responsable y personalmente y se adhiere a Cristo, su Salvador y Señor, con
opciones, actitudes y pasos concretos que afectan a toda la persona, incluida su
mentalidad, su cultura, entretejiendo así su historia con la de la Iglesia, entendida ésta
no como la suma de historias individuales, sino como organismo vivo comunitario,
puesto que en ella se acoge la salivación.
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¿QUÉ ES EL DISCERNIMIENTO?
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orientación básica de la persona -y en ese plano, es importante tener pensamientos
propios buenos y justos para tener esa mirada sana y espiritual como telón de
fondo desde donde orientar la vida- pero, por otra parte, también componen las
visiones que motivan las opciones y elecciones concretas tanto en la vida entera
como en lo cotidiano. Se trata de dos horizontes y niveles distintos, que no pesan
lo mismo. Si seguimos ciertos pensamientos, se excluyen de por sí otras po-
sibilidades. Por eso, es necesario estar seguro no sólo de que tal pensamiento
sea bueno y para la vida, sino además de que sea bueno para mí, para mi vida.
Esto es lo que hemos mencionado más arriba, cuando recordábamos que el
Espíritu Santo es el personalizador de la salvación, quien con sigue que la
persona perciba la salvación como algo presente y ofrecido a ella en primera
persona. Ahora bien, el hombre puede comprender cuál es el pensamiento
espiritual experimentándolo íntegramente, es decir, sus repercusiones en los
sentimientos, de tal forma que orienta al amor, al bien y la verdad y resiste las
resistencias del pecado, y así se prefiere tal pensamiento a otros. La in teracción
entre el pensamiento y el sentimiento es importante porque permite analizar el
estado de la adhesión personal a Dios o a las realidades que rae engañan y de
hecho me alejan de Dios. El sentimiento traiciona, es decir, revela mi adhesión
o repulsa y sus motivaciones. Por ejemplo, si un pen samiento es bueno y
evangélico y el sentimiento es negativo, surge enseguida la cuestión: ¿qué está
oponiendo resistencia a tal idea, en qué punto tal idea toca a la persona como para
suscitar sentimientos negativos? Todavía más: ¿el sentimiento es negativo porque
toda la persona está mal orientada o se trata de un proceso de purificación por
el que la idea hace brotar todo lo negativo sin que haya adhesión personal al
mal? La realidad, como se ve, es bastante compleja. Los pensamientos pueden
ser muy abstractos o no tener nada que ver con lo que se vive. Los sentimientos,
sin embargo, revelan más fácilmente la concreción de la persona, incluso de la
memoria, y nos hacer leer más fá cilmente los pensamientos. Las ideas que en
cualquier modo son mediatizadas por la cultura tampoco están exentas de
sentimiento y precisamente a través de la memoria cultural se viven tantos pre -
juicios. Dios, sin embargo, siempre habla a la per sona en lo concreto y, por tanto,
a través de todas estas realidades.
EL DISCERNIMIENTO COMO ACTITUD
La interacción entre pensamiento y sentimiento afecta al proceso del
discernimiento y es en él como el papel tornasol que indica la orientación del
hombre. De hecho, la orientación concreta de la persona determina el modo en
que percibe los pensamientos que la asaltan y, a su vez, a causa de una
determinada orientación surgen en la persona determinados pensamientos.
Estar atentos a la interacción pensamiento-sentimiento aprovecha porque ayuda a
identificar el gusto de los pensamientos y del conocimiento mismo. Todos los
grandes maestros espirituales hablan del gusto, del sabor del conocimiento y
éste es precisamente el punto de llegada del discernimiento. Se trata de llegar a
identificar los gustos que acompañan un conocimiento espiritual y, por tanto,
de ejercitarse en hacer propia una memoria de tales gustos y sabores
espirituales. Cuando se adquiere una certeza del gusto de Dios y de los
pensamientos que de Él vienen y a Él llevan, nos encontramos ante una actitud
de discernimiento.
Todos los ejercicios de discernimiento tienen, en efecto, la finalidad de
adquirir una actitud constante de discernimiento. Hay una gran diferencia entre
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el discernimiento como ejercicio espiritual dentro de un momento de oración y
la actitud de discernimiento adquirida ya como habitus, como actitud constante
y orante a la cual llevan todos los ejercicios de oración 5. La actitud de
discernimiento es un estado de atención constante a Dios y al Es píritu, una
certeza experiencial de que Dios habla, se comunica y de que ya mi atención a
Él es mi conversión más radical. Es un estilo de vida que invade todo lo que soy
y lo que hago. La actitud de discernimiento consiste en vivir constantemente una
relación abierta, es la certidumbre de que lo que cuenta es fijar la mirada en el Señor
y de que no puedo cerrar el proceso de mi razonamiento sin la posibilidad
objetiva de que el Señor se pueda ha cer oír (precisamente porque es libre) y así
me haga cambiar de idea. La actitud de discernimiento es lo que me impide ser
testarudo: no me puedo encerrar en mi razón, porque yo no soy mi propio
epicentro, sino que lo es el Señor, a quien reconozco como la fuente de la cual
proviene todo y hacia la que todo confluye. La actitud de dis cernimiento es, por
tanto, una expresión orante de la fe, en cuanto la persona permane ce como acti-
tud de fondo en el reconocimiento radical de la objetividad de Dios Padre, Hijo
y Espíritu Santo, personas libres, es decir, en la fe.
El discernimiento, entonces, no es un cálculo, una lógica deductiva, una técnica de
ingeniería en la cual equilibro sin más medios y fines, ni una discusión, ni una búsqueda
de la mayoría, sino un modo de oración, la ascesis constante de renunciar al querer y
pensar propios, elaborándolos como si todo dependiese sólo de mí, pero dejándolo todo
libre. Una actitud así es imposible a menos que uno esté movido por un gran amor,
puesto que es necesaria una humildad radical. Precisamente es la humildad el
sentimiento que mejor garantiza el proceso de discernimiento. Pero sabemos bien que la
humildad, igual que la libertad, sólo se encuentra en el amor, es una dimensión constante
del amor, y fuera del amor no existe, del mismo modo que un amor sin humildad ya no
es amor.
Toda sabiduría espiritual, por tanto, no es tal sin la experiencia del amor de
Dios. Los ejercicios de discernimiento llevan a la persona a esta experiencia
fundante del amor de Dios que puede llegar a ser una actitud constante, orante,
de discernimiento, adquiriendo la humildad, que es sobre todo docilidad,
capacidad de dejarse decir.
DOS ETAPAS DEL DISCERNIMIENTO
Los maestros distinguen dos etapas en el dis cernimiento. La primera es
purificativa y lleva a un auténtico conocimiento de uno mismo en Dios y de Dios
en la propia historia. En la segunda, el discernimiento se convierte en hábito.
La experiencia de Dios más auténtica, la que no ofrece dudas, ambigüedades
o ilusiones, es el perdón de los pecados. Sólo Dios perdona los pecados. Sólo la
reconciliación consigue regenerar al hombre de tal forma que hace de él un
hombre nuevo. Por eso la primera fase del discernimiento mueve a la persona
hacia una conciencia de sí misma y de Dios cada vez mayor. Este conoci miento
de sí mismo llega inevitablemente a reconocerse como pecador, y el
conocimiento de Dios se traduce en conocimiento de sí mism o como pecador
perdonado. La experiencia del infierno del pecado, del camino sin salida que es la
5
Cfr. Rupnik, M. I., «Paralelismos entre el discernimiento según san Ignacio y el discernimiento según
algunos autores de la Filocalia», en Las fuentes de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, Simposio
Internacional (Loyola, 15-19 de septiembre de 1997), Bilbao 1998, 241-286.
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vía del pecado, el encuentro con la muerte como retribución del pecado son una
dimensión auténtica de la experiencia de Dios como misericordia, como amor
absoluto, perdón gratuito, regeneración, resurrec ción, nueva creación. La
experiencia del perdón, experiencia íntegra y total del Dios Amor, se convierte en
ese gusto fundante sobre el que se basará la capacidad de discernir. La memoria
se hace de este modo la vía privilegiada de la vida espiri tual. El hombre
progresa recordándose lo que está llamado a ser. La memoria es capacidad que
se ha de desarrollar cuidadosamente y con atención para aprender a discernir y
adquirir una actitud constante de discernimiento. No se trata de simples
recuerdos o nostalgias, sino de la memoria de Dios, de su acción. Es una
memoria teúrgica, una memoria en la que Dios mismo actúa. En efecto, tal
memoria se basa en la liturgia y, siendo memoria litúrgica, se vuelve l a eterna
anámnesis de Dios en la cual conseguimos ver las cosas y la historia tal como la
recuerda Dios. No se trata entonces de recordar los propios pecados, defectos y
carencias, sino de cómo Dios se acuerda en su amor de todas es tas realidades
mías. El perdón surge dentro de una liturgia y su memoria arranca de la liturgia
y crece gracias a la liturgia, por esa eterna anámnesis en la cual toda la vida del
cristiano confluye en el Espíritu Santo.
El discernimiento que lleva a este evento fundante se basa en la integridad
cognoscitiva del hombre, para poder seguir la inspiración y la ilu minación del
Espíritu Santo, hasta llegar a verse con los ojos de Dios y no encerrarse en las
propias consideraciones sobre el pecado personal. Generalmente, el hombre
experimenta a menudo el reconocimiento de los propios límites, errores e
incluso pecados, sabe cómo debería actuar, qué debería hacer, y sin embargo no
es capaz de realizarlo. Es más: si consigue hacer algo, en muchos casos la si -
tuación se agrava, puesto que surge la soberbia y aumenta la desintegración
interior. Sin embargo, se trata no de conocerse por sí mismo, sino de con seguir,
a través del discernimiento, la actitud fundamental de diálogo, apertura, de
descubrirse dentro de una relación cuidada, de no encontrarse solo con el
pecado, de no re-proponerse por enésima vez propósitos de mejora de los que
uno por sí solo, y casi siempre no salvado, no es capaz.
Tampoco otra persona puede tomar el puesto de Dios en niveles tan
profundos de relación. Nadie, sino Cristo médico, puede resanar a un pe cador;
nadie, sino el Espíritu Consolador, puede consolar a un pecador afligido. A
través del discernimiento el hombre alcanza el umbral de esa relación fundante
y vivificante que tiene Dios para con el hombre desde el momento de su creación
y que ahora el hombre revive en la redención y recon ciliación, descubriéndose
a sí mismo como nueva criatura.
EL DISCERNIMIENTO NO SE HACE EN SOLITARIO
Es interesante que los antiguos maestros no es cribieran reglas para el
discernimiento, porque lo consideraban posible sólo dentro del discipulado y la
paternidad espiritual. De hecho, uno de los objetivos de la paternidad espiritual
era enseñar a discernir. Esto significa que para aprender a dis cernir es necesario
antes que nada aprender una relación, entrar en una relación sana. También en
Occidente, san Ignacio de Loyola, que elabora reglas muy detalladas para
discernir, precisa que en todo caso tales reglas son para quien da los ejer cicios,
para poder reconocer mejor las mociones del que los recibe. Por tanto, también
él piensa que esas reglas se deben usar en el marco de un colo quio espiritual,
de una relación. Esto indica que toda nuestra tradición espiritual, al valorar el
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discernimiento en sí mismo, advierte de los riesgos de desviaciones si no se
ejercita de modo adecuado.
En Casiano se ve que el discernimiento es la virtud que hace que otras
virtudes lo sean. Sin discernimiento, incluso las realidades más santas pueden
ser ilusión y engaño, incluso la caridad. También Ignacio de Loyola habla de la
discreción de la caridad, es decir, de la caridad con discer nimiento. Si el
discernimiento es tan importante, debe existir un motivo por el que los Padres
lo hayan conservado dentro de una pedagogía interpersonal. El motivo está
probablemente en el hecho de que el discernimiento, a pesar de que mantie ne
una apertura fundamental, lleva al hombre a una gran certeza personal. Se corre,
por tanto, el riesgo de una especie de autosuficiencia al plantears e qué o cómo
se debería ser o hacer. Es más: estando en una cultura fuertemente tecnológica,
racionalista y habituada a ordenar y por ende a dominar, existe un riesgo de que
se tomen las reglas del discernimiento como una técnica, una especie de me -
todología para comprender a Dios y descifrar su voluntad, hasta el punto de
creerse que uno puede poseer a Dios.
Debemos entender el coloquio espiritual en su auténtico sentido: no es la
simple apertura a un amigo cualquiera, sino a una persona que sabe d e vida
espiritual, tiene experiencia de ella y, por tanto, está en disposición de
observarte con ojos espirituales, viendo cómo la salvación opera en ti, cómo tu
vida se puede a esa salvación y cómo puede transmitirla a los demás, llegando
a la realización en el amor 6.
DOS EJEMPLOS CLÁSICOS DE DISCERNIMIENTO
Un modo muy sencillo de verificar la conexión entre un pensamiento y el
resto de las capacidades cognitivas del hombre es la repetición. La repeti ción
ayuda a ver la relación real entre una idea y la verdad del hombre concreto, es
decir, el alcance de un pensamiento para la vida auténtica de una determinada
persona. Por esto la repetición representa uno de los más antiguos métodos de dis-
cernimiento. Es un modo que encontramos frecuentemente en la Biblia y en la liturgia.
El hombre moderno siente una cierta alergia a la repetición, mientras que en la
antigüedad se valoraba muchísimo. ¿Cómo se usa la repetición como modo de
discernir? Si una persona repite a menudo el mismo pensamiento, comienza a
advertir dentro de sí mismo una reacción: o comienza a gus tarle, le calienta el
corazón y le libera la creatividad o bien resulta cada vez más aburrido, extraño
hasta el punto de hacerse insoportable. La perso na es capaz de acoger e integrar
todo lo verdadero y que surge de la vida verdadera. Aunque se trate de algo
dramático, puede suscitar una percepción de lo Bello. Sin embargo, todo lo que
simula o finge verdad pero no lo es, puede incluso fascinar al inicio, pero tras
pocas repeticiones comienza a perder su encanto y puede llegar a ser fastidioso.
Si, por ejemplo, uno escribe cada día una página de diario, puede percibir que
es muy rica y bella, pero la verdad de esa página saldrá a la luz si durante un
tiempo la lee varias veces cada día y corrige con lápiz las expresiones que le
resultan poco auténticas, sustituyéndolas por otras. Quién sabe cómo quedará
esa página después de algunas semanas...
Otro modo que los antiguos usaban para poner a prueba el pensamiento está
basado en la convicción de que el pensamiento que hay que evitar es el que viene
desde fuera, ya sea porque ejerce una fascinación sensorial o afectiva tal que se
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Cfr. Rupnik, M. I., En el fuego de la zarza ardiente, PPC, Madrid 1998.
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le considera prioritario, o ya sea que se presenta con tal vehemencia y presión
que, por la prisa, se opta por él como más urgente. Los monjes antiguos
aconsejaban someter a la idea que viniera a cuestiones como: «¿De dónde
vienes? ¿Vienes de mi corazón, en donde inhabita el Señor y por tanto eres de
los nuestros? ¿O vienes del exterior y alguien te ha traído? ¿Quién te ha traído?
¿Qué quieres?» (Josué 5, 13). Ya haciendo estas preguntas se percibe que el
pensamiento comienza a reaccionar. Se aconsejaba preguntar también: «¿Por
qué tanta urgencia, si ahora no tengo tiempo de ocuparme de ti?». O también:
«Tu me metes prisa para tomar esta decisión, pero los santos me dicen que si es
cierto que tanto el demonio como el Espíritu quieren que sea santo, el primero
desea que esto se realice cuanto antes». Al discípulo que preguntaba en qué
consistía el pecado le respondió el padre espiritual: en la prisa. A partir de esta
«estrategia» de lucha espiritual, estamos invitados a de cirle al pensamiento que
no se le toma demasiado en serio y, por tanto, a recoger la atención so bre la
palabra de Dios, alguna memoria de Él o, simplemente, a continuar lo que se
estaba haciendo. Precisamente con esta atención a la interioridad y con cierto
distanciamiento de lo que me asalta, se puede observar que tal idea no viene de
dentro, que es ajena a mí y que reviste un lenguaje despersonalizador, moralista,
del tipo «tú debes...», «no es justo que...», «hay que reaccionar contra...», «es
necesario defender...», etc... De forma más intensa, estos pensamientos se imponen
como etiquetas espirituales, religiosas, morales o éticas que ponen al hombre en
una situación tal que se olvida de que es libre. Pensamientos de este tipo
recortan la libertad y ciegan al hombre para las relaciones, ocultan los rostros
de los demás e infunden el terror del sentido del deber, de la urgencia, hasta
hacer que se desenganche del amor y vuelva la espalda a la libre adhesión. Todo
pensamiento que me impide adherirme libremente y mantener la conciencia viva
de las relaciones es un pensamiento no-propio, ajeno. El Espíritu Santo no usa
el imperativo «tú debes». En el pasaje que presenta un discurso más
absolutamente «programático» -las Bienaventuranzas y el Sermón de la
montaña-, Cristo habla de «dichosos»: el Evangelio es una revelación y son
dichosos quienes se adhieren a él. Tampoco María en la hora de la anunciación
ha respondido: «Sí, debo ser Madre de Dios porque, si no, el mundo no será
salvado».
Cuando no se hace caso al pensamiento, si el Es píritu lo suscita, volverá de
nuevo, porque el Señor es humilde, está a nuestra puerta y llama. Si el
pensamiento es del Tentador, se ofenderá, porque la suya es una lógica de auto
afirmación y no soporta no ser considerado. Si no lo tomamos en consideración,
este pensamiento malo se debilita.
Pero el cristiano se debe preparar para otro ataque más sutil. Guando un pensamiento
presiona sobre la persona y ésta lo resiste, custodiando un cierto recogimiento de
corazón, la memoria de Dios, de su salvación ya experimentada, en la fidelidad a la
propia tarea y a la vida cotidiana, este pensamiento se transforma, haciéndose más con-
forme a la persona, a su mentalidad, su carácter y a las experiencias ya vividas. Esto
complica enormemente el discernimiento y es un fenómeno típico de la segunda fase, y
como tal se tratará en la segunda parte de este tratado. Este fenómeno no es frecuente en
los principiantes, que son más bien tentados de forma más abierta, sea con bellos pen-
samientos muy evidentes y que meten prisa o con tentaciones claramente pecaminosas
o tendentes al vicio. En uno y otro caso es importante no tomar en consideración el
pensamiento ni tener prisa. Es más, en la tradición espiritual se aconseja a menudo reírse
15
de él, ridiculizarlo. Guando nos agobia una preocupación, un juicio negativo sobre otra
persona, las ganas de responder violentamente, la opinión que los demás tengan de uno,
no hace ningún daño situarse delante del espejo y carcajearse a gusto de todos estos
pensamientos, sabiendo que nada malo nos sucederá mientras no nos los tomemos
demasiado en serio. Sin embargo, si los escuchamos, llegaremos bien rápido al pecado o
al menos se nos quitará la paz interior al ocuparnos de cosas que no tienen peso por sí
mismas y que incluso no existen si no las comenzamos a considerar, porque les damos
existencia con nuestra atención.
Alguno se preguntará si todo esto no está en contraposición con la afirmación de Jesús
en Mc 7, 14 ss., a propósito del hecho de que de dentro del hombre proviene el mal:
«Todo lo que sale del hombre, esto sí contamina al hombre; de dentro, es decir, del
corazón del hombre provienen las malas intenciones, fornicación, robo, adulterio,
avaricia, maldad, engaño, indecencia, envidia, calumnia, soberbia, estupidez. Todas
estas cosas malas vienen de dentro y contaminan al hombre». En primer lugar, es
necesario recordar que el contexto es la discusión sobre alimentos puros e impuros.
Cristo hace ver que comer un determinado alimento no es lo que hace a alguien impuro,
sino que la impureza surge del corazón. Los Padres han entendido siempre este pasaje
en el sentido de que la tentación llega desde fuera, pero que es en el corazón, órgano de
la decisión y la opción, donde se efectúa la adhesión. Es en el corazón donde el hombre
hace suyas ciertas realidades. Cuando el hombre se adhiere al pecado, comienza a
custodiar una memoria del pecado y las imágenes, recuerdos, impresiones, sensaciones
y pensamientos de pecados se presentan al hombre como si fueran propios. La lucha se
traslada al interior del hombre. Sin embargo, el hombre que acoge la redención y se
adhiere a ella renunciando al pecado, acoge la acción del Espíritu Santo y en su corazón
centra toda su atención y da todo el espacio a la imagen de Dios que ha permanecido
sepultada dentro de él bajo el pecado. En ese momento esta imagen de Dios se revela
como verdadera acción suya y, en la sinergia entre hombre y Espíritu Santo, se hace
semejanza con Dios. Esto es el paraíso en la tierra, el «resto» del Edén, la morada de Dios,
el templo del Espíritu Santo. En ese momento es claro que las imágenes e impresiones
pecaminosas que se despiertan en el hombre e inhabitan su conciencia, aunque se
perciban como algo interno, de hecho pertenecen al hombre viejo, el hombre carnal ajeno
al hombre espiritual, a quien le impide ser libre y vivir los frutos del Espíritu.
7
Las páginas que siguen son la elaboración de una larga reflexión a partir de textos de san Ignacio (sobre
todo las Reglas de la Primera Semana de los Ejercicios, la Autobiografía y algunas cartas del Epistolario),
de autores de la Filocalia (Diadoco de Fótica: Discurso ascético dividido en cien capítulos prácticos de
ciencia y discernimiento espiritual, la Paráfrasis de Macario el Egipcio sobre Simeón Metafrasto, el
Discurso muy provechoso sobre el Abad Filemón, las Colaciones de Casiano o las Centurias sobre la
caridad de san Máximo el Confesor), aparte de la experiencia de 25 años de predicación de ejercicios.
16
salvación que Dios va realizando en el hombre. El pecado se cumple dentro del amor,
porque sólo en el amor es posible la experiencia de la libertad y por tanto de la no-ad-
hesión8. El pecado significa comprenderse uno a sí mismo fuera del amor, tener una
visión de uno mismo desvinculado de los demás, en donde la conciencia más radical de
uno mismo no está en tender hacia los otros, sino en proyectar el devenir en la propia
visual y ver a los demás también desde esta óptica, hasta el punto de captarlos sólo en
función de uno mismo. El pecado fractura las relaciones y las reorganiza de modo
perverso. Por ejemplo, si antes del pecado el hombre comprende la tierra como ámbito
de encuentro con su Creador, después la comprende sólo en función de sí mismo, de
cómo se puede servir de ella: el hombre la domina con un principio de autoafirmación
hasta hacer de toda la creación servidora de su egoísmo, y así con el resto de las cosas.
Lo más grave es que le ocurre así para con Dios. El pecado engorda el ego y presenta
todo lo que existe como un posible capital para asegurar el propio yo que,
desenganchado de las relaciones, se da cuenta de su fragilidad existencial y de su
condena a morir y por ello se debe servir de todo para nutrir la ilusión de asegurar la
vida. Pero es precisamente eso, una ilusión, porque lo único que da vida al hombre es
precisamente el sacrificio del egoísmo, morir al principio autoafirmativo para entrar en
la órbita del amor, la única realidad que permanece y por ello tiene vida eterna. El pecado
es capaz de convencer al hombre porque le da además una mentalidad de pecado. Ahora
bien, la mentalidad pecaminosa no es necesariamente anti-Dios, aunque sea anti-amor,
una mentalidad que convence al hombre de que no conviene amar, que le insinúa la
desconfianza en el sacrificio que exige el amor, que le llena de miedo ante el morir a sí
mismo y le sugiere la debilidad e insuficiencia de los argumentos del amor hasta llegar
a bloquearlo antes incluso del sacrificio. El amor sólo se realiza al modo de Cristo, es
decir, en la pascua del sacrificio y de la resurrección. El pecado es exactamente vaciarse
de esta «lógica pascual» y, por tanto, de la obra de Cristo. El pecado es capaz de con-
vencer al hombre de que la obra de Cristo, su Pascua, no es un argumento suficiente para
su pascua. De hecho, esto es un ataque frontal contra el Espíritu Santo, porque la obra
del Espíritu es la personalización del acontecimiento-Cristo en cada bautizado. Es el
Espíritu el que hace de la Salvación mi salvación, de Cristo, mi Señor. El pecado logra
hacer ver que el Espíritu es una ilusión y que el hombre debe procurarse por sí mismo
lo necesario para salvarse. Este es el engaño más grande del pecado: convencer al
hombre de que es suficiente saber qué hacer para salvarse para, de hecho, ser salvado.
Desconectando de la relación, indiferente al amor del Espíritu que lo inhabita, el hombre
se hace la idea de que es capaz de amar a Dios y de hacer lo que él cree haber compren-
dido que se debe hacer. Puede actuar así sólo porque hay una dimensión constitutiva
del amor que es la libertad: el hombre está inhabitado del amor de Dios, sin que esto
signifique estar constreñido a vivir según el Bien. Es precisamente en esta libertad que
se experimenta como elemento constitutivo del amor en donde el hombre puede
desengancharse del amor y proyectar por su cuenta un presunto amor. Creerá amar
porque actúa según ciertos preceptos y mandamientos prefijados sobre un esquema de
valores religiosos que, de hecho, suplantan al Dios viviente, el Dios con rostros, el Dios
del amor.
8
Cfr. Decir el hombre, op. cit., 234-297
17
MÁS ALLÁ DE UNA TENTACIÓN REFINADA
La vía purificativa está, pues, llena de engaños e ilusiones. El hombre será
tentado continuamente a confesarse de pecados, episodios, costumbres, errores,
pensando que así cumple la purificación. Normalmente se reconoce este engaño
por los propósitos que se hacen. Se confiesa un pecado, in cluso con gran
conmoción afectiva, e inmediatamente se hace un firme propósito para contra -
rrestar o reparar ese pecado. Es necesario estar atento para ver si es un propósito
de verdad o, más bien, un modo escondido de llegar a mere cer el perdón y la
salvación. Es más: podría ser un modo sutil de afirmarse a sí mismo, el propio
ego y la propia voluntad, siguiendo un propósito religioso, evangélico e incluso
heroico, pero que siempre lo propone la propia persona. En reali dad, no se ha
llegado a un mayor conocimiento de Dios, porque el corazón no se ha calentado
por Él, sino que más bien uno se siente incómodo porque no es como debería,
porque uno se está preocupando por proyectar cómo llegar a ser lo que debería
ser, sin que se haya encendido ese amor loco por Dios, ese entusiasmo que se
llama celo y que es una pasión profunda por el rostro del Señor y no por
cualquier otra idea o realidad. No hay ese corazón contrito que se derrama en
lágrimas que expresan la implicación en la pasión de Cristo, precio de nuestra
salvación 9.
El discernimiento de la primera fase consiste en saber elegir los pensamientos que llevan
a un reconocimiento radical de Dios, a ceder ante El, a admitir que se ha elegido muchas
veces uno a sí mismo antes que a Él, a reconocer que el verdadero epicentro ha sido el
«yo» y no Dios. La primera fase del discernimiento reparte los pensamientos en dos
polos, o Dios o yo. Se trata del conocimiento más profundo de sí mismo, de cómo me
reconozco en la orientación más de fondo que llego a entrever: si me percibo como un
«yo» que piensa, programa, actúa y protagoniza la vida en solitario, o si me percibo como
persona de relaciones, lazos, en unión con los otros y sobre todo en la orientación radical
que da vida, que es el reconocimiento de Dios en Cristo Jesús. El discernimiento de la
primera fase nos lleva a una experiencia sapiencial de radicalismo evangélico: o Cristo o
yo. En realidad, no es así como se presenta la verdadera cuestión espiritual, porque este
antagonismo es exactamente la consecuencia del pecado original. Aquí se está
considerando el «yo» como el sujeto autoafirmativo que se identifica con la «carne» de
san Pablo. El «yo» se siente realizado si es el centro de todo lo que existe, de la creación
y las relaciones. En esto justamente está el engaño, porque eso significaría religar las
cosas y las relaciones a un centro que no es vital, que no es la fuente. Si el hombre elige
a Cristo, elige todas las cosas de Cristo y todo le recordará a Cristo y le llevará a Él y se
encontrará a sí mismo con Cristo en todas las cosas. Si se elige a sí mismo, se dispersará
en las cosas con las que busca salvarse y se olvidará de hecho de sí mismo al centrarse
en las cosas que se volverán su tumba.
Discernir, entonces, significa descubrir por medio de los propios
sentimientos y pensamientos las mociones del Espíritu Santo y llegar a admitir
el pecado y no sólo sus consecuencias. Al mismo tiempo, el discernimiento es el
arte de evitar las trampas del espíritu enemigo, que querría que el hombre no
llegase jamás al verdadero conocimiento de Dios com o Amor y que
permaneciese solitario, fundamentado en sí mismo, pretendiendo que cree en
Dios y le sigue, a pesar de que, de hecho, se sigue a sí mismo, incluso bajo un
9
Cfr. Rupnik, M. I., Le abrazó y le besó, PPC, Madrid 1999. Roma 1997. 43-45
18
pretexto religioso. Con una imagen podemos explicar esta lucha: un hombre
descubre que en su cuarto han entrado serpientes. Después de matarlas, se cree seguro
y piensa que lo único que debe hacer es vigilar para que no entren de nuevo. El
hombre confiesa algunos pecados y cree que lo más importante es empeñarse en no
repetirlos más. Pero ha olvidado que en un ángulo escondido del cuarto la serpiente
madre ha sobrevivido y pronto tendrá nuevas crías, no ya fuera, sino dentro del
cuarto. ¿Qué significa esto? Que hasta que el hombre no llega a confesar el
pecado, la vida espiritual no fructifica. Es necesario erradicar del hombre el
amor a hacer su voluntad, que es la madre de todos los pecados y se expresa de
forma muy sutil para esconder el engaño grosero de autodivinización, de
fundamentación de la vida en y para uno mismo.
CÓMO COMIENZA EL DISCERNIMIENTO
A menudo se oye decir que el pensamiento que otorga paz y llena a la persona
es un pensamiento espiritual, pero aquel que conoce un poco el dis cernimiento
sabe que la paz en sí misma no sig nifica nada. Será necesario, más bien, ver de
qué tipo de paz se trata, por qué causa se provoca y, sobre todo, verificar los
pensamientos que se generan, adonde me llevan y hacia qué me orientan.
El hombre es muy sensible a la serenidad, a la alegría y el bienestar interior.
Probablemente por esta razón los maestros espirituales comienzan a delinear las
reglas de discernimiento distinguiendo entre paz y paz, entre alegría y alegría. En Ig-
nacio de Loyola, sea en los Ejercicios como en las cartas o escritos autobiográficos,
son muy explícitas las diferencias entre dos tipos de alegría o gozo.
1. La alegría «efervescente»
La primera es una alegría que podríamos llamar «efervescente», un tipo de
alegría muy atrayente, convincente, pero en sí mismo es precisamente un
sentimiento sembrado de tentación, en la que no obra el Espíritu Santo. He aquí
algunas características de esta alegría. Antes que nada, tal como la hemos
definido, se comporta como una bebida gaseosa: cuando la sirves en el vaso,
hace mucha espuma y ruido, pero la espuma desciende velozmente y, si no se
bebe rápido, habrá que tirarla. Se trata de una alegría que se presenta de modo
fuerte, con emociones intensas y ruidosas, pero de poca duración. Cuando pasa,
deja un pozo de amargura, como el cava que se deja demas iado tiempo en el
vaso. Normalmente, se comprende rápidamente con qué ha comenzado, qué la
ha provocado, y se puede identificar su origen. Con frecuencia, está asociada a
un lugar visitado, a un evento en el que se ha participado, a una persona que se
encuentra, una música que se escucha, una imagen vista, un éxito que se tiene,
algo que se come, una fiesta en la que se participa... Casi siempre el origen es
externo. Es una alegría que crece rápidamente, muy intensa, y que toma a la persona
incluso en el ámbito sensorial. Puesto que es ruidosa, obliga a la expresión, a la
carcajada estruendosa e inoportuna, a contar cuanto antes lo que se siente. Uno
encuentra personas que vuelven de alguna experiencia de éstas y comienzan a
hablar sin parar, de forma exagerada, llevadas por esta alegría de comunicar,
gritar, hablar vehementemente. A menudo los jóvenes me dicen que ex-
perimentan estos estados de ánimo en sus fiestas. Y no deja de ser curioso que,
a pesar de tanta comunicación, se sienten bastante solos-, el otro me sirve
exclusivamente como término de mi necesi dad de hablar. Este tipo de alegría
lleva a pensar sólo en sí mismo de tal forma que el otro es sólo alguien que
escucha pasivamente, al que no se le presta ninguna atención, con el que no hay
una relación real, al que no se reconoce de verdad. De hecho, uno se acerca al
19
otro sin prestarle atención, sino centrado en lo que se está experimentando. Los
padres espirituales advierten constantemente sobre el riesgo de centrarse en los
sentimientos, placeres y alegrías, aunque surjan en la oración. Si nos
concentramos en este estado de bienestar, podremos comenzar a rezar sólo para
experimentar estos efectos y llegar a olvidar al Señor, del mismo modo que
cuando tenemos esta alegría «efervescente» nos centramos en ella sin tomar en
cuenta a nuestro interlocutor.
Es ésta una alegría que llena de un entusiasmo irreal y abstracto. Cuando se
tiene, uno se siente capaz de todo, se hace presuntuoso y la cabeza se llena de
pensamientos normalmente falsos. Con frecuencia encontramos gente que se ha
equivocado en su elección de trabajo, de estudios o incluso de pareja o estado de vida
porque hizo su opción en un estado de ánimo marcado por esta alegría. Es como el telón
de fondo de un mundo irreal, porque es el horizonte de una autocom prensión
irreal, puesto que nos hace creer que podemos lo que no está en nuestro poder.
En esta alegría no hay un espacio mínimo para una mira da realista, un recuerdo
de las enfermedades, equivocaciones y fracasos, sino que se ve toda la vida de
forma rectilínea, en constante progreso lleno de heroísmo. Es una alegría de
breve duración, que pasa velozmente, frecuentemente de forma impre vista, y
que cuando se esfuma deja un gran vacío, un desagrado que inclu so llega a
estados de verdadera tristeza.
Los jóvenes me han contado cientos de veces que después de la discoteca se sienten así.
Vuelven a casa, cierran la puerta y experimentan un vacío increíble que les entristece. Lo
mismo puede suceder después de un trabajo intenso que ofrece mucha satisfacción:
después del descanso, a menudo surge en el hombre una inquietud extraña, un no saber
qué hacer, el reproche de que quizá se ha ido más allá de lo debido, que quizá se ha caído
demasiado en el protagonismo. Son los típicos residuos de esta alegría «efervescente».
A veces la persona comienza a echarse en cara haber hecho y dicho aquello, haber reído
demasiado, haberse dejado llevar por la euforia. En efecto, cuando se está en este estado
de alegría, uno no se mide, calcula en falso y exagera.
Cuando la alegría se esfuma, comienza la tristeza, un reproche sordo, un
vacío que hace problemáticos los momentos de alegría vividos. Aparece una
especie de vergüenza por haber hecho ciertas cosas, hasta el punto en que el
vacío se hace insoportable y nace el deseo de actuar tan sólo para colmar ese
vacío y acallar el reproche que corroe por dentro. A causa del vacío que deja
esta alegría ya apagada, se siente la necesidad de hacer lo que sea, de desviar la
atención del mundo interior. Entonces las personas en cienden la radio o el
televisor, o se van a la nevera a tomar algo o incluso se rinden a la sensualidad.
Muchos vicios y dificultades tienen su raíz en estos momentos de vacío, porque
a través de una actividad sensual y sensorial se querría suscitar de nuevo algo
de lo que se experimentó cuando la alegría era intensa. En estos momentos se
siente la necesidad de salir, de dar una vuelta, de hacer una llamada, pero de
hecho nada de esto satisface en serio y al final lo único que se desea es volver al
lugar donde se ha experimentado tal alegría, repetir lo mismo, encontrar de
nuevo la misma compañía. Muchos jóvenes me han comentado que empiezan a
vivir con agitación en cuanto comienzan a pensar en que el sábado saldrán de
nuevo y experimentarán otra vez las mismas experiencias. Pero esto sacia sólo
un par de veces; después la persona no se puede satisfacer tan sólo haciendo las
mismas cosas de antes, porque la alegría ya no es tan intensa como antes. Nace
ahora la necesidad de aumentar la excitación, porque el estímulo debe ser cada
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vez más fuerte. Comienza un deseo irrefrenable de lo nuevo, lo distinto, lo
atrevido, hasta llegar al nivel de excitación que satisface. Surge así de hecho una
actitud de dependencia.
En nuestro mundo esta lógica se encuentra casi detrás de todo fenómeno,
desde las realidades aparentemente insignificantes e inofensivas hasta las au -
ténticas depravaciones. Se entrevé así cómo gran par te de los problemas de
nuestra cultura son en realidad de índole espiritual. Por eso, las terapias y
actuaciones preventivas en el campo psicológico y sociológico, aunque son
útiles, no llegan al fondo de la cuestión y deben completarse con el arte de la
lucha espiritual. Si De Lubac sostiene que el pr oblema de los más grandes
pensadores de la Edad Moderna no es tanto filosófico o intelectual sino más bien
espiritual, lo mismo se podría decir de muchos fenómenos de hoy, que podrían
ser leídos como problemática de la vida espiritual.
2. La alegría silenciosa
La otra alegría puede llamarse silenciosa o humilde. Se manifiesta en el
hombre como un agua que surge de la tierra. De golpe, uno se da cuen ta de que
está lleno de un gozo en el que no puede notar grados de desarrollo, pero que
ahí está.
Puede pasar que uno vaya caminando por la calle y de repente se siente sereno y
los rostros que se le cruzan le parecen todos bellos, el camino parece fácil y ningún
pensamiento negativo nos ensombrece la mente. Es más: uno mismo se siente
mejor. Normalmente, no vemos el origen de este gozo, y es difícil conectarlo a
algo exterior, porque se comprende que tal alegría no depende de nada de fuera.
Podría ser que algo externo la despertase, pero no depende de ello, no es eso lo
que te la da. Sientes que te pertenece, que la lle vas contigo o que brota de
improviso. De golpe aparece, pero no depende de nada. Está dentro de ti, pero
sólo en un determinado momento se hace sentir.
Es un gozo de mucha compostura, pacífico, que se mueve con elegancia,
lentamente, con simplicidad. Una característica inconfundible es que hace que
aparezcas luminoso, claro, bello, borrando toda sombra y todo mal, haciendo
todo transparente. Te hace ver que no posees las cosas y ni siquiera lo deseas.
Es un gozo que hace contemplar y que lleva a la contemplación. En este estado,
el recuerdo de Dios es fácil. Incluso aquello que más nos gusta, cuando estamos
invadidos de esta alegría, no lo querríamos tener siempre, ni nos lo quisié ramos
llevar a casa para ligarnos a ello. La misma actitud surge en la relación con las
personas. La persona se siente en comunión con todos.
Este gozo no exige a la persona expresarlo enseguida, exteriorizarlo. Es más:
puesto que hace que uno se sienta en comunión con los otros, lleva con
frecuencia a no-hablar o, al menos, a no ser ruidoso, porque la persona siente
que la comunicación ya se ha dado y advierte que ya llegará el momento en que
todo madurará y se podrá decir y compartir con los demás con naturalidad.
Desaparece el temor, los miedos se alejan, las preocupaciones disminuyen,
aunque permanezcan presentes. Cuanto más fuerte es la alegría, menos se siente
la necesidad de expresarla. Puede parecer una contradicción, pero es así: cuanto
más avanza uno en la vida espiritual, menos necesita hablar de ella. Por esta
razón, los principiantes hablan mucho de sus experiencias, mientras que los más
avanzados hablan muy poco, porque no tienen ne cesidad de ello; no porque se
encierren en sí mismos, sino porque no se sabe qué haya que decir. A menudo
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la persona, después de una experiencia fuerte de un retiro o una peregrinación,
tiene muchos deseos de contar lo que le ha pasado, mientras que quien está más
avanzado en la vida espiritual es persona de pocas palabras. Sin embargo, si se
le pregunta, hablará de sí mismo sin di ficultad.
Cuando uno comunica bajo el influjo de esta alegría, de este estado de ánimo,
se habla como confiando algo muy valioso y casi cambia la voz, como cuando se
reza en serio y cambia el tono de voz, porque se está hablando de algo muy
precioso. Se comunica con atención, para no destruir nada, pero también para
no avasallar al otro, que está presente y al cual queremos prestar atención.
Es un gozo que inspira un gran respeto por la otra persona y por sí mismo. Cuando
llegan estos momentos, nacen pensamientos de gran respeto llenos de un optimismo
muy realista: se percibe que uno es capaz, a pesar de las dificultades. Es un
realismo optimista: se tienen en cuenta todas las d ificultades, pero hay una gran
prontitud para la acción. Es una alegría de más larga duración: puede continuar
durante horas, días e incluso meses. Una persona puede estar largas temporadas
en un estado de gran paz interior y belleza. Desarrolla bien su trabajo, sus
relaciones son normales, aunque quizá un año antes peleaba con todos. Se puede
estar mucho tiempo bajo este influjo, como bajo la «cobertura» del Espíritu
Santo. Cuando esta alegría desaparece -a veces puede desaparecer de golpe, si
se vive algo violento- uno no se siente solo, porque se percibe que tal alegría nos
pertenece; se ha esfumado, pero permanece dentro de nosotros. Es como los
«ojos» del Guadiana, que desaparece bajo la tierra para aparecer un poco más
allá. Antes o después reflorecerá y es ya parte de nuestra personalidad. Esta
certeza es bella, y el convencimiento de que volverá es tan fuerte que pue de
ayudar a que vuelva la alegría, al menos hasta un cierto punto. A veces, con tan
sólo traer a la memoria esta alegría, ésta se presenta de nuevo. Si uno consigue
recordar bien cómo estaba, qué pensamientos tenía, las actitudes y los lugares,
con frecuencia la alegría se hace sentir de nuevo.
Los Padres de la Filocalia llamaban a este gozo «sobriedad»: estar sobrios y
vigilantes, manteniendo la atención sobre las cosas verdaderas ya gustadas,
seguras, y a partir de ahí avanzar, buscando sus huellas en todo lo que se afronta.
En cierto modo, esta alegría se puede custod iar. No se trata de volver a una
determinada experiencia precisa, para sentirla en un lugar especial. Esa alegría
la llevas contigo porque te pertenece.
Estas son algunas de las características de esta alegría, que es espiritual.
Cuando se experimentan tales actitudes, el pensamiento que allí nace podría ser
verdaderamente espiritual, mientras que, en el estado de ánimo determinado
por la otra alegría, los pensamientos que surgen no lo son. Esta ale gría es el
ámbito en el que el Espíritu nos habla más.
Los grandes maestros espirituales precisamente comenzaban el
discernimiento distinguiendo entre sentimientos que en apariencia son muy
parecidos o que incluso se pueden confundir entre sí. Ig nacio de Loyola, por
ejemplo, experimentó todo esto cuando, desp ués de haber sido herido en el
asedio de Pamplona, debió soportar una larga convalecencia en casa. Comenzó
su descubrimiento del discernimiento precisamente distinguiendo los dos tipos
de alegría ya descritos, que se encuentran en toda la literatura ignac iana, aunque
expresados en otros términos. En la Autobiografía Ignacio se describe a sí mismo
como «un hombre dado a las vanidades del mundo». Obligado a guardar cama, leía
las novelas de caballería de su época y se en vanecía, imaginándose en la piel de
22
tal o cual personaje, a la conquista de las más bellas damas de España y victorioso
en todas las hazañas militares que habría cumplido en su servicio. Llevado por
estos pensamientos, a veces durante horas sin darse cuenta, se sentía feliz. Pero
cuando ya había leído todas las novelas de caballería que había en casa,
terminaron por darle una vida de Cristo y un li bro de vidas de santos. Visto que
no había otra cosa que leer, Ignacio tuvo que contentarse con esto. Puesto que
tenía el esquema mental de sentirse siempre héroe, cuando leía la vida de los
santos se identificaba con san Francisco o santo Domingo y se paraba a pensar
que, si aquellos santos habían actuado así, él debería hacer lo mismo. Después,
comenzando a reflexionar sobre sus lecturas, las de caballería y las de santos,
empezó a darse cuenta de dos tipos de alegría, una que cuando desaparecía lo
dejaba árido y descontento, y otra que no sólo le daba consolación en vez de
euforia, sino que cuando se iba le daba contento, y gozo. Maravillado po r esta
diferencia, comenzó a reflexionar y a conocer los diversos espíritus que se
agitaban en su interior. Más tarde llegó a descubrir que eran fru to de dos
inspiraciones diversas: una del Enemigo, la otra de Dios.
LA REGLA FUNDAMENTAL
Tomemos ahora en consideración la regla fundamental para el discernimiento de
la primera fase, la que nos orienta en la dirección justa de una continua
profundización en nuestra relación con Dios. Este proceso, como ya hemos
dicho, culminará con un encuentro real en el perdón.
El discernimiento se mueve en el límite entre lo psicológico y lo espiritual. Se
trata de captar dentro de mi mundo interior qué es lo que viene de Dios, cómo
se comunica. Así, el discernimiento por un lado se ocupa de la esfera de lo
puramente psíquico -la observación de sentimientos, pensamientos y cambios de
estado anímico- y, por el otro, abre todas estas realidades a su dimensión
espiritual.
Esta primera regla considera el estado de paz. En el aspecto psicológico,
experimentamos la paz cuando la componente racional y la afectiva están orien -
tadas hacia el mismo objeto. Cuando el raciocinio se orienta hacia un objeto y la
afectividad hacia otro se experimenta inquietud, turbación, abati miento.
Nuestra orientación ya no es íntegra por que con la razón y con el corazón nos
orientamos hacia dos objetos diversos.
Surge ahora la pregunta: ¿cómo saber hacia qué se está orientando, ya que no
basta con sentir paz para estar seguro de tender hacia el objeto justo? En efecto,
es fácil encontrar personas que, atentas a sus sensaciones, experimentan la paz
y deducen de esto que el objeto hacia el que se orientan es el bien. Pero
psíquicamente no es así de inmediata la distinción entre la paz que acompaña a
la persona bien orientada de la paz que acompaña a aquella que se orienta hacia
el objeto equivocado. Precisamente por esto el discernimiento es nece sario,
aunque no sea fácil.
Como es fácil adivinar, no es tan importante concentrase sobre cómo se siente
uno y sobre lo que se siente cuanto ver de dónde proviene tal sentimiento,
adonde me lleva, qué pensamientos se derivan de él y adonde me empujan. Hoy,
bajo un gran influjo de la psicología, corremos el riesgo de desvirtuar el arte del
discernimiento, soslayando la lucha espiritual y, apenas la persona comienza a
no sentirse bien, se saca todo el instrumental psi cológico para ayudarla a salir
fuera del atolladero para que se sienta mejor. Siempre hay alguien dis puesto a
23
ayudarla para que no se sienta mal. Para ello, se cambia su ritmo de tra bajo, el
ambiente, las personas del entorno... Pero esto significa eli minar la posibilidad
de una lectura espiritual de la jornada, de la historia, de la vida misma. En vez
de esto, es mucho más importante comenzar a ver cuáles son los pensamientos
que vienen en esos estados de ánimo, hacia dónde orientan. Se puede así
descubrir, con gran sorpresa, que un cier to estado de ánimo de incomodidad,
tristeza o inquietud puede estar suscitado por el Espíritu Santo, como veremos
más adelante. Ahora bien, si no aceptamos que la vida espiritual pueda tener
momentos de malestar -que incluso pueden ser prolongados- nos escapamos de
la acción del Espíritu y Dios ya no nos dice nada.
Desde el momento en que en la primera fase del discernimiento los «objetos»
hacia los cuales uno se orienta son sólo dos -Dios y el ego-, es bastante fácil
descubrir que estos objetos se revelan en determinados pensamientos que surgen
de un estado de ánimo determinado. Si nos hacemos la pregunta: ¿voy con estos
pensamientos y sentimientos hacia Dios, hacia una apertura más madura, un
amor más realista, o cada vez me estoy cerran do más, me quiero asegurar cada vez
más, me defiendo cada vez mejor o me realizo según mi voluntad? La respuesta es
fácil. Será necesario tan sólo estar a tentos a no dejarse engañar por las impre-
siones inmediatas. Cada cual, en efecto, percibe que en lo cotidiano hay
momentos en los que actuamos de modo egoísta, pensando sólo en nosotros
mismos, y que hay momentos en que actuamos con amor, por amor, por Dios y
los demás. Es necesario no dejarse engañar por estas impresiones ni deducir
nuestra orientación fundamental de algunos episodios o gestos momentáneos.
Es necesario fijar la mirada en la profundidad donde el hombre se percibe de
forma unitaria, sin aún articularse en dimensiones múltiples, sea en lo
psicológico o en lo moral. La persona abraza la salvación, se adhiere al bautismo,
a Cristo, en lo más profundo de su ser, es decir, con todo su corazón, pero es
evidente que en lo cotidiano continuará equivocándose y pecando. Sin embargo,
su estado es muy distinto si en su interior no se adhiere a Dios, sino que
permanece anclado en sí mismo, lleno de preocupación sólo por sí mismo, y tan
sólo superficialmente y en lo cotidiano querría actuar según el h ombre nuevo.
No se recogen uvas de las zarzas, y del hombre viejo no se pueden esperar los
frutos, acciones y mentalidad del hombre nuevo, si su corazón sigue como antes.
LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU ENEMIGO SOBRE LA PERSONA QUE SE
ORIENTA HACIA SÍ MISMA
Intentaremos entender esta dinámica con un ejemplo: la persona que en lo más
profundo de su ser está vuelta hacia sí misma, es decir, que aún se busca a sí
misma, quizá se puede camuflar en la vida cotidiana detrás de gestos bellos,
religiosos, muy santos que, sin embargo, no consiguen que se despegue de su
fundamental adhesión a la propia voluntad. En este caso, ¿qué intentará hacer el
«espíritu enemigo de natura humana», tal como lo llama san Ignacio de Loyola?
Buscará mantener unificados raciocinio y sentimiento. ¿Con qué fin? Para que se
esté bien en una cierta paz y se continúe adelante por el camino equivocado. En
este caso, el tentador actúa sobre todo sobre el sentimiento: lo alimenta con la
sensualidad, con consolaciones y placeres sensuales. Al decir «sensua les»
aludimos a las inclinaciones bajas, pequeñas, mezquinas, como, por ejemplo, la
preocupación de cómo debería ser para que la gente me acepte, para ser
aplaudido, para tener casa caliente, cama blanda y buena comida, para adquirir
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gloria, aplausos, salud, un coche bueno, poder... Y sobre todo estar seguro de no
tener problemas ni dificultades: en definitiva, de vivir bien.
¿Qué hace el enemigo con lo racional, mientras va alimentando el
sentimiento? Buscar cualquier apoyo para confirmar que se está en buen camino.
Los Padres griegos tenían una palabra para describir este juego: lo llamaban
dikaioma, intento de autojustificarse incluso con palabras de la Escritura, de la
Regla, de los autores espirituales, para engañarse y creerse en el buen camino.
Con su acción sobre el raciocinio, el enemigo intenta dar razones y confirmar lo
que en lo afectivo se está dando, es decir, da motivaciones para aferrarse a uno
mismo. Tales motivaciones dependen a menudo de la cultura de la que proviene
el sujeto, de su carácter e historia personal. Se trata de motivacio nes nada fáciles
de desmantelar, porque pueden tener miles de razones para justificar la actitud
de fondo, enmascarando la banalidad del placer sensual.
EL ESPÍRITU SANTO EN LA PERSONA ORIENTADA HACIA SÍ MISMA
¿Qué hace, por el contrario, el Espíritu Santo cuando la persona se orienta
hacia sí misma? Buscará separar razón y sentimiento, provocando así inquietud
y malestar. ¿Con qué fin? Para que el sujeto se detenga, reflexione y se oriente
de otra forma. El Espíritu Santo actúa sobre todo sobre el raciocinio y, cuando
éste comienza a separarse de la dirección hacia la que se orientaba y se dirige
hacia Dios, la persona comienza a estar mal, porque su componente afectivo -
sensorial y el racional no se dirigen unidos hacia el mismo objeto. Enton ces es
claro que en la vida espiritual son necesarios momentos de malestar, de estado
de ánimo bajo combate, en lucha. En el caso de una persona orientada hacia sí
misma, el Espíritu Santo no puede actuar sobre el sentimiento porque está ocu -
pado por los placeres sensuales. El Espíritu no puede actuar, porque el
sentimiento no posee ninguna ranura abierta, pues los sentimientos se hinchan
con los placeres sensuales y cuando uno está satisfecho con ellos, no está
disponible para considerar los placeres espirituales. Sin estos momentos de
malestar no es posible la conversión. Se sabe que se está mal cuando hay q ue
abandonar las posiciones de placer y las «cánulas» con las que se chupaba.
Cuando, dado que no puede actuar sobre los sentimientos, el Espíritu Santo
sugiere argumentos para hacer entender que se está mirando al propio ombligo,
la persona comienza a estar mal, se siente abatida, turbada e inquieta. Se adivina
así lo delicado que puede ser el trabajo pastoral si quiere ser respetuoso con la
vida espiritual. A veces se quiere tocar a la persona en el plano sentimental para
atraerla al Evangelio, sin saber que una pastoral así difícilmente irá más allá del
pasatiempo, con el riesgo de limitarse a una pas toral de «estar con la gente» sin
obtener conversiones reales, maduras y duraderas. O también, por el otro
extremo, se corre el riesgo de reducir la pastoral a un mero discurso sobre
valores más o menos compartidos con la sociedad civil. Se pasa de tocar la tecla
del sentimentalismo a una pastoral distanciada, racional y «moralística». Si el
sentimiento está atrapado por un fuerte placer sensual y la persona está aún orientada
racionalmente hacia la misma actitud, es inútil decirle que, si acepta a Cristo,
encontrará la paz, la alegría y la vida. Es como ofrecer un menú a alguien que
acaba de comer. La persona no está preparada para dejar nada, porq ue el placer
que posee, aunque sea miserable, existe. Quién sabe si se encontrará aquello que
le prometen... Es ésta la situación en la que el Espíritu Santo actúa sobre la razón,
que puede más fácilmente ser atraída por un pensamiento di verso y nuevo...
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Si al raciocinio se le presentan la lógica y las ideas del Evangelio, puede que
le «tiente» escucharlos. Apenas el raciocinio atiende a los pensamien tos
inspirados por el Evangelio, se le encienden flashes brevísimos, pero de una
claridad y lucidez extraordinarias, que le indican que ése y no el suyo es el
camino para una vida de verdad. Es como si de un modo muy profundo, más en
la intuición que en el razonamiento, comprendiese que el Evangelio es verdad y
lo es precisamente para él. Pero apenas el raciocinio se detiene sobre el Evan-
gelio, con la intrínseca pero breve convicción de que es verdad y tiene
consistencia, el sentimiento comienza a gritar y llorar en un grito desespera do
porque deberá abandonar todas las afecciones placenteras de las cual es vive. Y,
apenas la persona se siente mal, el raciocinio vuelve a la orienta ción del
sentimiento, o sea, la preocupación por sí mismo, y así la persona se
«reencuentra», está de nuevo «bien».
Esta situación es típica de ciertos estilos pastorales, de cierto tipo de retiros y
experiencias espirituales: apenas la Palabra comienza a incidir so bre la persona,
asustada de lo que está ocurriendo en ella, se la abandona para que siga como
era en su vida. Pero el Espíritu Santo, actuando so bre el raciocinio por medio de
estos flashes evidentes, continúa provocando en la persona un malestar, una
inquietud que es casi un remordimiento de conciencia por parte de la razón. Si
la persona continúa sintiéndose mal un poco más, también el sentimiento
comenzará a moverse, por un instante, hacia el Evangelio que el raciocinio ha
comenzado a considerar. Entramos, aunque sea por unos instantes, en una nueva
situación: el hombre se orienta tanto en lo racional como en lo afectivo hacia el
Evangelio y hacia Dios. Y puesto que hemos definido la paz como la integridad
en la orientación, la persona experimen ta ahora de nuevo la paz, pero una paz
distinta. Y es sólo en este momento cuando puede captar la diferencia entre los
dos tipos de paz. Esta diferencia la puede haber oído explicada mil veces, pero
sólo se comprende si se experimenta. La persona puede comenzar el
discernimiento cuando capta la diferencia entre estar complacido y ser feliz,
estar satisfecho y estar sereno, estar excitado y estar contento. La consolación
que se vive en el sentimiento, cuando por un momento se adhiere a la nueva
orientación y está en sintonía con el nuevo pensamiento, consiste a menudo en una
dulce tristeza, una tristeza muy distinta de la que surgía poco antes por el
abatimiento de tener que abandonar sus afecciones. Ahora en la consolación se
puede llegar a las lágrimas y a llorar por la vida equivocada, así como por la
fuerza sobrecogedora del amor de Dios que ha llega do hasta mí para salvarme.
Es una consolación íntima que se da entre lágrimas, sollozos, conmoción y gozo.
Estos breves flashes pueden así convertirse en el criterio que ayuda a la persona
a acoger la nueva paz y, a partir de ella, comenzar a ale jarse de la precedente,
que ahora se comprende y experimenta como falsa. Ex perimentar así un
sentimiento espiritual llena el corazón mucho más que ninguna satisfacción
sensual y se vuelve un punto de apoyo para que la voluntad llegue a la adhesión
íntegra a Dios. El sentimiento, que comienza a saborear la consolación de un
amor real, que tiene un sabor completamente nuevo, se conmueve también por
el carácter dramático del amor de Dios en su esfuerzo por alcanzarme. La Pasión
del Salvador se hace consolación para la persona tocada por Él y se vuelve el
motor de una adhesión grata, pero libre. Sin esto, la adhesión a Dios puede
reducirse a lo ideológico, lo no-personal.
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LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN LA PERSONA ORIENTADA
HACIA DIOS
Tomemos ahora la segunda regla de san Ignacio. Imaginemos una persona
que en su ser más profundo esté orientada hacia Dios. Veamos antes la acción
del Espíritu Santo, teniendo en cuenta que esta persona está orientada hacia Dios
siguiendo la dinámica con que antes hemos contemplado a la persona orientada
hacia el pecado, en que sobre todo hemos considera do la acción del espíritu ene-
migo, del tentador.
¿Qué intentará hacer en tal persona el Espíri tu? Mantener raciocinio y
sentimiento orientados hacia Dios, para que la persona no cambie. Para hacer
esto, el Espíritu nutrirá y cuidará sus sentimientos, para que el hombre tenga el
alimento que lo haga vivir como creyente. Cuando un cristiano cree sólo en el
ámbito ideal, sucede fácilmente que tenga un pensamiento muy elevado,
estructurado e incluso profundo, pero sin sabor, separado del sentir del corazón.
La persona, entonces, descubre en sí una especie de dualismo: con la cabeza
defiende doctrinas a veces incluso austeras y severas, mientras que con los
sentimientos vive inmersa en la sensualidad del mundo. Cuando una persona
está seriamente orientada hacia Dios, el Espíritu Santo nutre el sentimiento con
la consolación espiritual, que, a diferencia de la sensual, es un poco como esa
alegría que hemos descrito antes, cuando todo aparece bello, es fácil la relación
con el Señor y las cosas no nos atraen por sí mismas ni por querer poseerlas, sino
porque nos recuerdan a Dios y nos llevan a alabarle, llenándonos de gratitud. Se
trata de una consolación no en solitario - «estoy bien» - sino en el conjunto de
toda la realidad, en una apertura al Creador, en la facilidad de una ligazón con
Él. Esta consolación se reconoce, en efecto, precisamente en el hecho de que yo
no estoy en el centro, sino en la presencia del Otro, de Dios, al que percibo en
una relación real, en una pertenencia recíproca. Es pacificarse en el propio
Creador. En esta cercanía con el Señor se inflama el amor, se siente uno libera do
y atraído por las realidades que sabemos que no nos engañarán y que
permanecerán. Crece la esperanza y, aunque se vea la propia debilidad o incluso
el propio pecado, es más fuerte aún la certeza de la salvación. Es más: la persona
es capaz de llorar y conmoverse profundamente a causa de la salvación otorgada
por nuestro Señor.
En esta situación de consolación espiritual, ¿cómo actúa el Espíritu Santo
sobre el raciocinio? Igual que actúa el enemigo de natura huma na sobre el
hombre orientado hacia sí mismo: busca dar razones a lo que se está viviendo.
En este sentido, son muy importantes la tradición, la Igle sia, la vida de los
santos, porque a través de estas realidades Dios actúa para reforzar mi mente,
para que sepa lo que me ocurre y por qué me ocurre. Así, de esta manera,
raciocinio y sentimiento confluyen en la misma dirección, en la misma orien -
tación, creando en la persona una integridad.
EL ESPÍRITU ENEMIGO EN LA PERSONA ORIENTADA HACIA DIOS
¿Cómo actúa, por el contrario, el espíritu enemigo sobre la persona orientada
hacia Dios? Busca separar el raciocinio del sentimiento, de manera que se rompa
el equilibrio de la persona y, mientras el sentimiento permanezca orientado
hacia donde está, el raciocinio cambie de orientación y así la persona
experimente la inquietud. El enemigo actúa sobre todo sobre el raciocinio,
suscitando falsos razonamientos, creando o aumentando impedimentos,
engrandeciendo obstáculos o dificultades.
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¿Cómo se reconoce un falso razonamiento? Del hecho de que concluye
siempre con la preocupación de cómo estaré yo, de qué cosa he de hacer..., es
decir, que siempre lleva a preocuparse por el ego. La persona puede estar
meditando sobre la Trinidad, pero si entra en un falso razonamiento, terminará
preocupándose de sí misma (cómo será, qué dirá la gente, cuántas dificultades
le esperan...). O, si medita la Sagrada Escritura, comenzarán a surgir
razonamientos que desacrediten la Palabra de Dios, que duden de su
autenticidad o de que haya que tomarla en serio, etc. Normal mente, el falso
razonamiento se descubre por los miedos que siembra en el alma, miedos que se
centran más o menos explícitamente en el temor de lo que pueda pasarle al ego.
En general, la estrategia del enemigo es intentar atraer la atención del
razonamiento con una o dos preguntas iniciales, un par de puntos de novedad
diferentes al pensamiento espiritual previo. A menudo esto surge de modo
chocante e imprevisto y la persona se dice: «mira, nunca lo había pensado; he
sido un iluso, no he verificado todas las posibilidades», y así en adelante. Pero
la tentación ya se ha consumado, porque la mente ya ha comenzado a ocuparse
de las cosas que la tentación ha suscitado. A menudo, estos primeros impulsos
provienen de una mente que por un tiempo vaga acá y allá, entre recuerdos,
personas conocidas, eventos acontecidos... Apenas el racio cinio comienza a
ocuparse de este pensamiento que el enemigo le suscita, el hombre empieza a
sentirse mal, se vuelve inquieto, turbado, y la con solación espiritual que
colmaba el sentimiento y captaba el sabor espiritual del intelecto se des compone
y retira. En este momento, el enemigo buscará agrava r el malestar, asustando
aún más a la persona o quitándole el sabor y el gusto de las co sas, de manera
que, habituada al estado precedente de bienestar espiritual, sufrirá aún más este
vacío inquietante. La persona se volverá más deseo sa de consolación, de
pacificación, de un estado placentero, y así el enemigo tiene una oportuni dad de
ofrecer una consolación, pero de tipo sen sual. Como la persona está bastante mal, el
pensamiento se hunde en las arenas movedizas de miedos y temores, recluido en
el yo aislado, y puede ceder a la tentación sensual y experimentarla como
consolación. La tentación, por un breve instante, mueve la atención sentimental
sobre el falso pensamiento que se está elaborando y la persona siente de nuevo
una cierta pacificación, al recomponerse por un instante la unidad de
orientación, pero en la dirección equivocada. En efecto, la consola ción es de tipo
sensual y la orientación está de nuevo centrada en la búsqueda de sí mismo.
LA ORACIÓN QUE LLEVA AL DISCERNIMIENTO
Toda oración es oración si es de verdad ora ción, pero no toda oración lleva al
discernimiento. Para que una oración ayude al discernimiento, es necesario estar
atentos a tener al final de ella una cierta evidencia de lo que ha sucedido en ella.
Para preparar un discernimiento es necesario cuidar sobre todo el examen de la
oración. Los maestros del discernimiento han insistido siempre en que este
examen debería ser incluso por escrito. De hecho, a partir de estos exámenes de
la oración se recoge el «material» para el discernimiento. Para la oración se
aconseja un pasaje bíblico, o en todo caso, un texto o imagen auténticamente
espirituales. En la hora de oración, se puede seguir un recorrido similar al que
proponemos. Partiendo de algunas indicaciones de Ignacio de Loyola, Orígenes
y autores de la Filocalia, propongo los puntos siguientes. Quizá parezcan en
inicio un poco esquemáticos, pero en realidad corresponden a la estructura
dialogal en la cual se desenvuelve todo encuentro interpersonal.
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1. Elijo el lugar de la oración, la actitud física y la postura corporal
Es una elección importante, en cuanto que la falta de un lugar fijo lleva a
distraerse aún más. Aunque se ore paseando, es importante fijar un espa cio
determinado en donde moverse, porque cada novedad es una tentación para
distraerse. La posición corporal es también importante, porque fa vorece o
dificulta el coloquio interior. Por un lado, como dice Orígenes en su tratado
sobre la oración, los gestos preparatorios (por ejemplo, la varse) predisponen al
acto que se comienza, evidencian la importancia de aquello que iniciamos y,
sobre todo, implican el cuerpo y los sentidos en la oración. Por otro lado, para
nosotros, cristianos, el principio vital es el Espíritu Santo que inhabi ta al hombre
y lo penetra con su acción a través del mundo espiritual, psíquico, hasta lo
corpóreo. La tradición cristiana enseña que, cuando el Es píritu está activo y el
hombre trabaja espiritualmente, también la psique y el cuerpo participan de esta
actividad. Cuando una persona sigue un espectáculo deportivo en el cual
participa una persona o un equipo del que es seguidor, vemos cómo en el momento
en que su favorito actúa, lo acompaña con los movimientos de su cuerpo y así par-
ticipa de la actividad del otro. Este moverse es instintivo, porque la atención
psicológica de la persona es tan fuerte que le absorbe totalmente. El cuerpo
simplemente participa y sigue a la psique. Al mismo tiempo, según san Teófanes
el Recluso, cuando la oración interior es m uy intensa, en ella participan
sensiblemente el cuerpo y la psique. Ocurre a veces que la persona que se ha
metido en oración profunda se da cuenta de que se ha colo cado en una
determinada postura. La siguiente vez que vaya a orar, elige ya esa postura qu e
le acompañaba cuando su oración ha sido fuerte. Así, asumiendo la postura que
por experiencia es más favorable para la oración, la persona comienza ya a
recogerse para orar.
Los autores de la Filocalia insisten a pesar de esto en no absolutizar el tem a
de la postura corporal, por muy importante que sea. No se debe ser rí gido en
este punto, para no caer en el extremo de hacer del tema corporal algo más
importante que la oración misma. En ese caso, la oración termi na convirtiéndose
en un mero ejercicio de voluntarismo, concentración y resistencia.
Hay que recordar que la oración es ante todo participación de la vida de Dios
en el Espíritu Santo, una toma de conciencia de la filiación di vina en el Hijo.
Nuestro consejo es, pues, tomar la postura corporal que facilite de verdad la
atención interior y evitar las que cansan o adormilan. Para nosotros, cristianos,
como ya hemos dicho, el principio vital es el Espíritu Santo: de él nos vie ne el
amor, la vida y la luz del conocimiento, y no al contrario. Nu nca a causa de una
posición física, concentración psíquica, pensamientos o repetición de palabras o
nombres se puede llegar a vadear el profundo abismo ontológico que nos separa
de Dios y llegar a la oración auténtica.
2- ¿Adónde ir? ¿Qué deseo y quiero en esta hora de oración?
Con respecto a la primera pregunta, la respuesta es siempre la misma: voy a
rezar, voy a mi corazón para estar allá con mi Señor. Para responder a la segunda
pregunta aconsejo que se haga por escrito.
Elijo un pasaje bíblico, un texto espiritual, una imagen espiritual, una
exhortación, homilía o lo que crea útil para mi relación con Dios y para adhe -
rirme más a su misión en el mundo, en otras palabras, lo que más me aproveche
para mi salvación.
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Los maestros aconsejan preparar el tema de la oración el día anterior, o al
menos unas horas antes de la hora de rezar. Ignacio de Loyola sugiere hacer esto
por la noche antes de acostarse.
Lo que consideremos tan importante como para dedicarle una oración de una
hora lo intentamos formular en un solo punto y lo expresamos de modo
dialógico. Supongamos que tomo el pasaje evangélico de la curación del ciego
de Jericó. Después de haberlo leído, me ha tocado especialmente el detalle de
que el ciego, sin ver aún, ha ido de un salto hacia Jesús que lo llamaba. Entonces
pongo por escrito: «Señor, te pido, si tú quieres y sabes que es bueno para mí,
que me des la gracia de experimentar esta fuerza de confianza y esta entrega a
ti que el ciego experimentó». Esta formulación de lo que se quiere pedir en la
oración es importante: el hombre es un ser de sentido y resulta muy eficaz e
íntegro que conozca el fin de cada acción que emprende. Concentrándome en lo
que quiero pedir, obtengo una especie de orien tación de todo lo que soy hacia
esa oración y toda mi realidad comienza a disponerse para acoger la luz, la
iluminación o cualquier otro don que tiene que ver con lo que estoy pidiendo.
3. La oración absoluta (de ab-solutus, no atado a nada)
Con respecto a lo que he pedido en el punto precedente, ahora pido a Dios
que sea libre de lo que he pedido. Sólo Dios sabe qué necesito para relacionarme
más íntegramente con Él. Si el Señor sabe que para mi relación con Él es mejor
que no me haga gustar lo que he deseado, le pido que no me lo hag a gustar. Dios
viene y habla siempre. Para que lo reconozca y lo acepte, no debo predeterminar
el modo de su venida ni lo que me va a decir ni lo que me hará sentir ni lo que
experimentaré.
Recordemos que ya una vez los hombres esperaban al Dios-Mesías
determinando por anticipado cuándo y cómo debía venir, lo que debería ha cer...
Cuando por fin llegó, de forma diversa a la esperada, no lo pudieron reconocer
y por fin lo despreciaron. Orígenes recuerda que la oración del cristiano es la
del Espíritu Santo y éste es el que ora de verdad en nosotros, de tal manera que
la madurez en la oración es adherirse a lo que el Es píritu Santo ora en nosotros.
Dios Padre escucha la oración del Espíritu Santo, porque pide lo que necesitamos
para la salvación. Por eso es bueno para nosotros que el Padre atienda la oración
del Espíritu y así aprendamos poco a poco a someter nuestra oración a la suya.
Sobre todo para los principiantes es muy im portante este tercer paso, porque
nos recuerda que no podemos depender de lo s efectos de la oración, sino que
hemos de adquirir una actitud de desprendimiento, libertad y apertura, cada vez
más conscientes de que el Señor escucha nuestra ora ción siempre, pero en la
interpretación que de ella da el Espíritu Santo, y de que no pod emos controlar,
dominar o manipular su venida, la modalidad de su gracia ni los sentimientos,
los estados de ánimo o pensamientos que suscita. Dios es li bre y la oración nos
ayuda a disponernos a un encuentro con una persona libre.
Una nota final: con estos tres primeros puntos ya se entra en diálogo con Dios. Se
ha instaurado así una actitud relacional, nace un coloquio que nos ayuda a
asumir el reconocimiento radical de Dios como Persona libre que suscita en
nosotros la misma libertad típica de un amor humilde, que no pretende nada. A
estos tres puntos dedico no más de cinco minutos.
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4- El núcleo de la oración
Verifico que el pensamiento haya calado hasta el corazón. Esto lo hago
buscando con atención sentir por un momento el latido del corazón y r ecordando
el gusto de un encuentro con Dios anterior. Así conecto con el hilo de un
conocimiento interior ligado a una oración anterior más «sabo reada». Al mismo
tiempo, pido el don del Espíritu Santo.
Tomo el pasaje elegido para la oración. Renuevo en mí la conciencia de que
esta palabra está llena de Espíritu y comienzo a leerla con respeto y empatía de
fondo. Leo y releo el texto hasta que mi atención interior se detiene en ciertas
palabras, sacando de ellas algún gusto o calor, o has ta que perciba que ciertas
palabras comienzan a relacionarse vivamente conmigo. O hasta que com prendo
algunas de ellas como particularmente importantes para mí, mi situación
personal, mi comunidad eclesial o el momento actual.
Ahora me detengo y comienzo a repetir en voz baja, con la atención puesta en el
corazón y en mi relación con esa Palabra, que es una Persona la que me habla. De este
modo, mientras repito estas palabras sagradas durante unos minutos, incluso con los
ojos cerrados, no centro mi atención en su significado, sino en de quién son, de qué
están llenas y adonde querrían llevarme. Se trata de la Palabra de Dios que
suscita en mí una veneración llena de temor y respeto. Como enseña Orígenes,
es una palabra empapada de Espíritu Santo. Cuando escucho la Palabra, la repito
o simplemente estoy atento a ella, es el Espíritu quien actúa en mí. La relación
que se instaura con la Palabra es realizada por y en el Espíritu Santo. Es él quien
me abre a la actitud necesaria para que la Palabra me hable. Puest o que la
Palabra es una Persona viva, para conocerla no necesito agredir la con mis ideas
y preconceptos, sino más bien asumir una actitud humilde y acogedora que pre -
dispone a que el Otro pueda revelarse. Cuando entre nosotros y la Palabra existe
la relación que se da entre el Amante y la Amada del Cantar de los Cantares,
entonces se descorren los misterios.
Cada poco -cinco o diez minutos- puedo por un momento pararme a ver qué
está suscitando la Palabra repetida en mi corazón, qué sentimientos hace nacer
y qué pensamientos la acompañan (puedo escribir en un cuaderno con una sola
palabra este pensamiento o sentimiento). También puedo interrumpir la
repetición de la Palabra para decir al Señor alguna de mis reflexiones o sentimientos
del momento. Lo importante es que durante todo el tiempo custodie esta fórmula en
hablar, pensar y orar a un Tú, es decir, que mantenga una relación con Dios. No hay
que tener miedo de contarle, al inicio incluso en voz baja, mis reflexiones,
preguntas, acciones de gracias, súplicas, llamando al Señor por su nombre.
Puedo también volver al punto fijado para la oración y, al releerlo, inten tar
ponerlo junto a alguna de las palabras encon tradas en la Escritura. Busco la
relación existente entre el punto de meditación y la Pal abra de Dios y así
transformo tal punto en oración narrada al Señor.
La meta que hay que alcanzar en este cuarto momento es aquietar el corazón
en la Palabra y domesticarlo con respecto a ella. Por eso es impor tante que quien
ora entre cada vez más enteramente en la relación que la Palabra busca instau rar
con él. Así va naciendo un diálogo, un hablar con la Palabra.
Una nota final: es necesario incluir de forma simple en la oración todas las
tentaciones y distracciones que surjan, contándoselas al Señor. No conviene
rechazarlas en la oración -como tampoco en la vida- porque tentaciones y
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distracciones actúan como los perros: cuanto más los quieres alejar a patadas,
más ladran y muerden. La tentación se rechaza o no dedicándole ninguna
atención o abriéndose al Señor, diciéndole que escuche también estos
pensamientos míos, que venga a socorrerme y a estar junto a mí. Apenas haga
esto, sentiré cómo la tentación se esfuma, se aleja y de bilita. En cualquier caso,
conviene tomar nota de ciertas distracciones o tentaciones particularmente
fuertes o insistentes.
Este cuarto momento puede durar alrededor de 45 minutos.
5- La acción de gracias
Doy gracias al Señor por esta hora de oración y por todo lo que en ella haya
ocurrido. Concluyo la oración recitando un padrenuestro, dándome cuenta de
que son las mismas palabras con que el Señor ha rezado. Tengo un breve
coloquio con algún santo, dirigiéndome a él o simplemente re cordándolo.
Es muy importante pensar que no se está solo en este camino hacia el Señor,
que no se es el único ni el mejor en este camino. Para nosotros, seres humanos,
el consenso social en orden a la propia mentalidad y comportamiento es de im -
portancia vital. Dado que el hombre es un ser re lacional y social, crece también
a través de este consenso. Es una regla que vale tanto en sentido positivo como
en negativo. Un marido infiel buscará la complicidad de otros adúlteros para
así sentirse justificado. Le será, sin embargo, mucho más difícil estar en
compañía de otros maridos fieles. Es la misma actitud del estudiante que no
supera un examen y llega a casa haciendo una lista a sus padres de todos sus
buenos amigos que han sido suspendidos como él.
Desde el inicio, los cristianos han percibido cómo en cada hombre vive todo el Adán
natural, todos los miembros del género humano. Esta unidad del género humano
explica por qué todos hemos pecado en Adán y hemos sido redimidos en el Nuevo
Adán. Esta solidaridad ontológica de todos se expresa en la Iglesia, signo e
instrumento de la unidad de toda la humanidad, tal como la define el Vaticano
II. En ella, la memoria viva de los santos se une a la percepción de su
participación en nuestra vida. Si nos relacionamos continua mente con ellos,
estamos «en buena compañía» y así tenemos, ya en el aspecto psicológico, un
consenso relacional social constructivo, positivo, capaz de hacernos progresar
verdaderamente en el camino hacia el Señor. La época moderna, con su énfasis
en todo lo que se puede verificar empíricamente, ha hecho olvidar de alguna
manera esta dimensión de la comunión de los santos que, jun to a la relación con
los ya difuntos, forma parte de la misma realidad: el sentido de participación en
la Iglesia como convocación sincrónica de los salvados de todas las
generaciones, en la que las relaciones se mantienen a pesar de las distancias
cronológicas.
La fe revela con claridad que la muerte no rom pe las relaciones, sino que, en
el caso de los santos, tales relaciones se potencian. Si un santo ya ha amado
mucho en vida, aún amará más cuando vive glorificado en Cristo y Cristo
glorificado en él o ella. Así, este momento de la oración nos ayuda a tomar
conciencia de que somos, no metafórica sino realmente, cuerpo del Cristo
pneumático, en el que vivimos una plenitud de relaciones c on todos los que en
Él participan, para disponernos a acoger su ayuda.
Para la vida espiritual es muy importante tener al menos un amigo entre los
santos, que invocamos y a través del cual crecemos en esta concien cia. Los
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santos no son, por tanto, simples modelos para imitar, lo cual fácilmente deriva
hacia el moralismo y la despersonalización psicológica. Son sobre todo una
inspiración espiritual que me llega a través de relaciones reales como la Iglesia
o la liturgia.
En este tejido eclesial, en esta amistad espiritual, puedo dar espacio y cuerpo a
la inspiración inicial, mientras los santos interceden por mí y realmente me
ayudan. Tener amigos entre los santos es muy importante también para sanar y
nutrir una imaginación espiritual, indispensable para una creatividad en lo
espiritual.
6. El examen de la oración
Este punto es uno de los más importantes de la oración que lleva al
discernimiento y se debe hacer por escrito. El examen de la oración es ya en sí
mismo un ejercicio de discernimiento, en tanto que el orante debe elegir qué
debe poner en este punto. Es ahora cuando se recoge el «material» para el
discernimiento propiamente dicho. Primero se intenta retener lo que se crea
sugerido por Dios; más tarde se enumeran las cosas de las cuales no se está
seguro ni de su origen ni de su fin.
El examen de la oración es útil porque de cuando en cuando permite ver por
medio de cuáles sentimientos Dios suscita sus pensamientos. Asi mismo, uno se
puede dar cuenta mejor de dónde se oponen resistencias, a qué se está aferrado,
dónde se dan testarudeces o complacencias sensuales. En el examen se pueden
llegar a ver también los engaños y así, de hora en hora, de una oración a otra
podemos mejorar la actitud y estrategia de la oración.
El examen de la oración es importante para crecer en la relación con el Señor.
Fácilmente ocurre que la oración se convierte en un cliché, una costumbre, y
termina por ser un estar solo con los propios pensamientos, creyéndose en
presencia de Dios. Si, por el contrario, se está atento a lo que acontece en cada
encuentro, en cada oración, se crece en sabiduría, porque se da un diálogo
abierto y constante, y la relación fluye y se con tinúa de modo orgánico,
auténtico y vivo. Si de cada encuentro con alguien se recuerda algo, sería una
torpeza absurda no tener una memoria de los en cuentros con Dios. En la Biblia
vemos precisamente esta memoria de los encuentros. La religión es, sobre todo,
una memoria espiritual.
Para el examen escrito se puede proceder de este modo:
PENSAMIENTOS SENTIMIENTOS
...suscitando en mi los siguientes sentimientos... Escribo
A. En esta hora Dios me quería decir... Escribo el los sentimientos correspondientes. (NB: puede suceder
pensamiento que creo que Dios me ha inspirado. también al contrario: a partir de lo afectivo suscitar pensa-
mientos)
B. En esta hora, además, me han venido los siguientes Estos pensamientos me suscitan los siguientes senti-
pensamientos... Escribo algunos más importantes y/o mientos...
interesantes. Los escribo en la línea correspondiente.
C. Me venían a la mente también las siguientes tentaciones y Sentimientos suscitados por
distracciones. Las escribo. ellas... Las escribo.
NB: Para A, B y C lo mejor es escribir una o como mucho dos cosas
33
CÓMO USAR LOS EXÁMENES DE LA ORACIÓN
En este punto, la persona toma en considera ción todas las «parejas»
pensamiento-sentimiento que tenga escritas y pondera si, siguiendo tal pen-
samiento o sentimiento, se acerca más al Señor, se hace más humilde, se confiará
más a Dios. Si la respuesta es positiva, escribe esos pensamientos en otro folio,
donde coloca sólo los que cree obra del Espíritu Santo. Hará l o mismo con los
sentimientos que piensa que son inspiración del Espíritu. Si pensamientos y
sentimientos no le ayudan a darse a Dios, sino que llevan a resistencias y blo -
queos, los transcribe en folios dedicados respectivamente a pensamientos y
sentimientos inspirados por el espíritu enemigo. Es importante recordar que las
parejas pensamiento-sentimiento de las hojas de examen ahora se copian por
separado. Para mayor claridad, pongamos un ejemplo.
Supongamos que hemos escrito este examen de oración: «E n esta hora Dios
me ha querido decir que Él es santo y fiel y esto ha suscitado en mí un
sentimiento de incomodidad y miedo». El pensamiento evidentemente tiende a
Dios, y por tanto lo coloco en el folio de pensamientos sugeridos por el Espíritu
Santo. El sentimiento no me ayuda a lanzarme tras el pensamiento, y lo coloco
en el folio de sentimientos inspirados por el mal es píritu. Está claro que la
santidad y fidelidad de Dios me dan miedo, quizá porque las percibo como
exigencias de cambio, renuncia o de fidelidad a algo que no me gusta. Pero para
tratar las ilusiones, es muy importante ver qué indican otros pen samientos
registrados en el examen de la oración, porque a menudo tienen mucho que ver
con lo que he identificado como fruto espiritual de esa hora de oración.
Siguiendo el ejemplo, en algún otro pensamiento secundario se podrían aclarar
los motivos del miedo. Si he consentido con ese miedo, de él han nacido los
pensamientos que explicitan la causa o el contenido de ese miedo.
Así se analiza un buen número de exámenes de oración, resumiendo en esos
cuatro folios los pensamientos que reconozco inspirados por el Espíritu (porque
me impulsan hacia Dios y suscitan mi purificación y una mayor adhesión al
Señor), los sentimientos inspirados por el Espíritu (que favo recen y sostienen
mis pasos de entrega a Dios y los pensamientos purificadores), las ideas
inspiradas por el enemigo (que me aconsejan no abrirme ra dicalmente a Dios,
escaparme de Él y ocuparme de mí mismo) y los sentimientos suscitados por el
mal espíritu (que me mantienen ocupado en mí mismo y alimentan la
desconfianza para con Dios y el pesimismo sobre mí mismo).
Con este material puedo llegar a ver con clari dad cómo actúa en mí el Espíritu
Santo, cuáles son los pensamientos que hay que seguir, cuáles son los
razonamientos más espirituales, cuáles los puntos más sensibles del Espíritu,
cuáles los estados de ánimo que hay que custodiar y cuáles hay que evitar, no
acoger, rechazar o no tomar en cuenta, cuáles no hay que tomar en serio porque
están inspirados por el tentador, con cuyo consejo no puedo tomar el camino
que lleva a la vida. Así vamos recomponiendo las parejas pensamiento -sen-
timiento y se puede elaborar una síntesis de los pensamientos que llevan a Dios
con los sentimientos correspondientes que favorecen la adhesión a Él. Así veo
los sentimientos y pensamientos más significativos para el crecimiento
espiritual. Así sé a qué debo prestar atención. Lo mismo hago con los
pensamientos y sentimientos a través de los que actúa el tentador. Se llega así a
un notable conocimiento de sí bajo el aspecto espiritual. Se puede llegar incluso
a ver qué tiempos, ambientes, personas, relaciones, lecturas o trabajos me fa vo-
34
recen una actitud más espiritual, más tendente a mi salvación y cuáles por el
contrario están más sujetos a tentación o incluso deben evitarse por riesgo real
de pecado. Insistimos que, en todo caso, no se trata de negar a priori realidades
de nosotros mismos o de ciertas dimensiones, porque se ha llegado a esta
conclusión sólo después de que tras mucha oración uno se ha abierto totalmente
al Señor. Es ahora cuando se llega a una verdadera sabiduría, que al mismo
tiempo es sanación para el hombre.
CÓMO COMENZAR EL PROCESO DE DISCERNIMIENTO
Para comenzar el proceso espiritual del discernimiento en la primera fase, es
necesario entrar en un ritmo regular de oración. Se pueden dedicar al gunos días
de forma exclusiva al ejercicio espiritual, retirados d e los ambientes habituales
de vida y trabajo, o bien se puede tomar la firme decisión de guardar un tiempo
diario para la oración prolongada, como mínimo de una hora, con el método ya
descrito. Lo ideal sería, en cualquier caso, ha cer unos días de ejercicios
espirituales guiados por la sabiduría de la tradición espiritual de la Iglesia. Con
respecto al discernimiento, son preferibles los guías que estén empapados de la
sabiduría espiritual de la tradición y atentos a los movimien tos culturales y
psico-espirituales del hombre contemporáneo.
Se comienza con la Sagrada Escritura y los temas fundamentales de nuestra
fe, con una explicación prevalentemente racional de la Palabra de Dios. Esto no
significa una exégesis racionalista o filológica, ni una rel ectura de la Escritura
desde alguna corriente filosófica. Significa más bien abrir el texto de tal forma
que aparezca una coherencia racionalmente comprensible de las dinámicas in -
ternas del pasaje elegido, que a su vez se com prende en el arco entero de la
Biblia y en la orgánica racionalidad de la dinámica de la revela ción 10. La Sagrada
Escritura, en cuanto Palabra de Dios, está impregnada de Espíritu Santo, como
el pan que se empapa del vino en el que se sumer ge. Como ya hemos dicho,
cuando se escucha la Palabra y se repite, el Espíritu Santo actúa en mí, ilumina
los rincones de mi vida y de mi persona. Puesto que la explicación que se me
ofrece -sea como exhortación o como explicación del pasaje - es ante todo
racional, esto significa que en la ora ción estoy poniendo a disposición del
Espíritu un amplio radio de acción. ¿Cómo así?
Supongamos que la persona esté fundamentalmente orientada hacia sí misma. En
este caso, recordemos que el Espíritu Santo comienza a actuar sobre todo
moviendo el raciocinio hacia pensamientos nuevos y evangélicos. Entonces,
dando al que medita un pasaje de la Escritura de fuerte componente racional,
estoy alimentando su raciocinio, la parte más libre de esa persona, la menos
atrapada.
Es, en efecto, la racionalidad con su actividad reflexiva quien está más abierta
a la acción del Espíritu Santo, si la persona está todavía anclada en su capricho,
en su propia voluntad, con fuertes amarras afectivas para con su ego. Si el
pensamiento comienza a captar la propuesta de la Palabra de Dios que el
Espíritu ilumina con breves y lúcidos fiases que claramente constatan que es ése
el camino de la vida verdadera, en la persona sur gen las primeras inquietudes,
las primeras turbaciones como ya hemos descrito. Así entramos en el proceso
10
Como ejemplos, se pueden ver en Le abrazó y le besó, op. cit.; «Busco a mis hermanos» (296 y ss.) o
Gn 3-4 y la Pasión de Cristo en Decir el hombre, op. cit., PPC, Madrid 2000.
35
del discernimiento. Es importante que la persona comience a tomar nota de las
mociones que advierte, como hemos indicado en el método de oración.
Si, por el contrario, la persona ya estuviera orientada hacia Cristo y no
buscase ya afirmar la propia voluntad, sino seguir el camino del Señor, si se le
ofrece una página de la Palabra de Dios con un comentario de tipo racional, le estará
dando su plato favorito. Como el sentimiento está alimentándose de una consolación
espiritual, gracias a la Palabra de Dios el Espíritu actúa sobre el raciocinio reforzando
el conocimiento espiritual, dándole motivaciones, disminuyendo los obstáculos,
animándolo. En ningún caso con este proceder se violenta a la persona, sino que
se le da justo lo que más le aprovecha. Sólo tras unos días trabajando así se
puede dar una explicación de la Palabra o de las verdades espirituales que tenga
una componente afectiva más cálida e inmediata. Actuando así, se favorece el
momento conclusivo de la purificación, el momento del ar repentimiento, del
calor afectivo que el hombre siente cuando siente sobre él la mirada
infinitamente misericordiosa del Señor.
Dedicar cada cierto tiempo un momento más largo a la oración aprovecha
mucho para obtener una verificación general del propio e stado de salud
espiritual. En efecto, los que se ocupan «pro fesionalmente» de la vida espiritual
o de la oración pueden caer en la trampa de sentirse ya avanzados, en su sitio,
de pensar que han adquirido ya mucha sabiduría. Cuando se encuentran ante
un pasaje bíblico explicado del modo indicado, pueden reaccionar pensando
que no se trata de algo nuevo, que ya se lo saben. Esto revela que en lo profundo
corren el riesgo de volver sobre sí mismos, a una vida dirigida por su propia
voluntad. Si estuvieran orientados hacia el Señor de modo transparente,
reaccionarían del modo típico de los que, abiertos a la vida de Dios, disfrutarían del
alimento espiritual que han encontrado. Con un ejemplo banal pero elocuente, es
como el hombre que ama a una mujer y escucha que su dama es bella u otras
consideraciones dadas por descontadas. Nos dirá: «Eso ya lo he escuchado, nada
nuevo», porque escucha una confirmación que le agrada. Encontrar placer en
escuchar estas afirmaciones depende de la fuerza de la relación, del amor y la
simpatía que unen a ese hombre con esa mujer.
A menudo las personas que se creen espirituales se traicionan mediante este
«esnobismo» que revela unos ciertos celos, una secreta envidia o competencia
con quien propone el texto o la exhortación espiritual. Los celos que impiden
alegrarse de que otros hablen de Dios son el pecado de los que se han
desvinculado del amor y ya no se sienten implicados por él y, por tanto, ya no
saben razonar con la mentalidad del amor. Si no fuera así, el amor por Dios haría
que se alegraran cuando otro habla bien de Dios, lo proclama y lo anuncia.
A partir de esta reacción al primer impacto con esta oración basada en la
Palabra de Dios, comienza a explicitarse qué buscamos de hecho en la vida, qué
es lo que nuestro corazón considera prioritario y, por tanto, cuál es nuestra
orientación real. A todos estos descubrimientos es mucho más difícil llegar si se
comienza con una predicación de tipo afectivo, que suscitará en la persona una
dialéctica poco o nada diversa a la que provoca una predicación racionalista
abstracta y sin oración.
36
HASTA LLEGAR AL PERDÓN
Seguir fielmente los pensamientos y sentimientos espirituales
Emprendiendo este camino, advirtiendo las primeras mociones interiores,
comienza el verdadero proceso de discernimiento que apunta hacia el en cuentro
real y personal con Dios Padre. La per sona, si hace bien la oración y sobre todo
el examen, llega a la evidencia de lo que le ocurre. Con viene recordar que no es
tan importante que nos suceda lo que querríamos y que no debemos to mar con
demasiado pathos lo que nos pueda suceder, sino que se hará bien este ejercicio
si se anotan en una hoja los pensamientos y sentimientos significativos que nos
vienen, porque así se enriquece el «material» que nos revelará cómo actúa en
nosotros el Espíritu Santo y el tentador. Hacemos todo esto para seguir los
pensamientos y sentimientos a través de los cuales más actúa el Es píritu Santo
y para no seguir, por el contrario, los pensamientos y sentimientos que más
estén sujetos a las tentaciones y a través de los cuales actúa más fácilmente el
enemigo.
Se trata de adquirir y mantener una actitud de docilidad que, de hecho, es
una dimensión de humildad auténtica. Es necesario aceptar la lucha espiritual
y mantener esa actitud contemplativa que se caracteriza por la ausencia de
protagonismo del orante, que acoge pacientemente. Puede suceder que, después
de los primeros movimientos espirituales, la oración se me presente con una dificultad
insuperable y una hora me parece eterna. Puede suceder que uno pierda de vista
la finalidad y sienta tentaciones de acortarla, de no comenzarla o de dejarla para
más tarde. Quizá el camino nos pueda parecer excesivamente exigente, y
podemos recordar que tantas personas en el mundo y en la Iglesia no se
empeñan tan a fondo y sin embargo están bien. Nos preguntaremos: ¿por qué
precisamente yo me lo he de tomar tan en serio? Nace el pensamiento de que
esta vida espiritual es demasiado complicada o exigente, que no es para tanto,
que ya es suficiente y no se ha de querer más. Es más: de que hoy por hoy lo que
debo hacer es vivir lo que ya he captado y escuchado. En tales mo mentos sólo
una auténtica actitud contemplativa, paciente y obediente me pueden colocar
en la actitud justa, que no sólo es hacer el ejercicio, sino incluso reaccionar
contra estas tendencias.
Esta reacción puede ser alargar un poco más la oración o decidir renunciar a
hacer algo que me es placentero, y tomo estas decisiones en el marco dialogal
de la oración. No es bueno reaccionar contra estos estados de ac edia apoyándose
en el mero voluntarismo o en la firmeza de los propios propósitos, porque el
enemigo espera justo esto: que nos metamos de nuevo en el c arril de la
autoafirmación de nuestro propio querer, contrario a la salvación. La verdadera
medicina es reaccionar estrechando la relación con Cristo.
No detenerse sino ante Cristo crucificado
Es necesario saber por anticipado que con toda probabilidad se pasarán
momentos difíciles de incomodidad, sequedad espiritual, desánimo, de do lor al
descubrir los errores, equivocaciones y verdaderos pecados en la vida pasada.
No es muy agradable llegar a darse cuenta de que en el fondo he buscado mi
voluntad, que he usado con elegancia y con razonamientos camuflados bajo
motivaciones religiosas la justificación para una vida gobernada por mí mismo.
Es necesario estar atentos a que, en el momento de la incomodidad, cuando se
comienza a advertir el pecado como realidad inherente a la propia vida, no se
37
caiga en la trampa de buscar consolación en otras personas. Es necesa rio más
bien permanecer en el camino, sabiendo que el verdadero consolador es el
Paráclito, el Espíritu Santo.
Precisamente porque se ha buscado asumir esa actitud contemplativa en la cual
no hay protagonismo, sino que se busca colaborar con la acción del Espíritu
Santo, o al menos no obstaculizar, tomando conciencia de mis propios pecados,
soy capaz de verlos en clave espiritual, es decir, com o un estímulo para buscar
al Señor. Descubriéndome pecador aumenta la tristeza de mi corazón y pue de
nacer un cierto desprecio de mí mismo, un abatimiento, pero al mismo tiempo
intuyo que esta toma de conciencia de mis pecados es la urgencia de ver el ros tro
del Salvador. El encuentro con este rostro no es la solución facilona para mi an-
gustia a causa del pecado, sino un gesto de amor en el que Dios mismo se
compromete. Nacen ahora la tristeza y el llanto al contemplar la Pasión de
Cristo, y mis pecados comienzan cada vez más a besar sus heridas, no con una
percepción de culpa, sino como una curación, como un amor incom prensible en
su locura que no sólo sana mis pecados, sino que enciende el amor con su amor
que por mí ha sufrido las penas. Así se experimenta de modo real que Él ha
cargado con nuestros dolores y ha sido atravesado por nuestros delitos y hemos
sido curados con sus heridas (véase Is 53 , 4-5). La verdadera moción espiritual
mueve a la persona hacia el Calvario hasta encontrar al Crucifi cado en las
propias manos, entregado a nosotros, peca dores, para tocarnos con su amor.
Tenemos un falso temor de Dios, no nos fiamos de Él y en consecuencia no somos
capaces de entregarle nuestra propia vida. Pero es El quien da el primer paso,
amándonos el primero y dándosenos para hacernos ver que nos considera dignos
de su autodonación. Sólo cuando la carne del hombre viejo muere en la muerte
de Cristo, el hombre consigue hacer un gesto de entrega total al Señor. Allá sobre
el Calvario experimenta así el hombre su salvación.
Otra trampa muy frecuente sobre todo hoy, cuando la mente de las
generaciones jóvenes es frágil e incapaz de afrontar la soledad es, apenas se
presenta un pecado, correr a confesarlo y pen sar que así se llega a la purificación.
Está claro que hay pecados tan graves que revelan directamente el Pecado, es decir,
la actitud que hace del hombre el epicentro de todo, el amo de todo y de sí mismo,
suplantando a Dios. Pero es también útil recordar la tradición de las Iglesias
antiguas que tenían un tiempo determinado en el que el peni tente se preparaba
para la reconciliación. Es conveniente que el penitente no sea víctima de pre -
siones psicológicas sobre sí mismo, sino que también su psiquismo, con todas
sus angustias y urgencias, se abra a la dinámica espiritual, de modo que el
sacramento de la reconciliación no se viva como un efecto psicológico, sino,
sobre todo, como un acto de fe, del cual también puede nutrirse la psique. Como
hemos visto ya, se trata de seguir los pensamientos que me lleven a admitir el
pecado, a descubrirme como pecador porque de uno u otro modo me elijo a mí
mismo como centro de todo, de diversas maneras (a través de la inteli gencia y
el modo de razonar, de los sentimientos, de los sentidos y un a vida sensual, de
imponer banalmente mi voluntad, etc.).
Estos sutilísimos engaños salen a la luz sobre todo a través de los
autocastigos aparentemente saludables que tientan a la persona en el proceso
de la purificación. La persona comienza a decirse: «Sí, ya lo sé, he pecado, he
hecho esto y aquello porque no sabía de verdad quién es Dios ni cómo me salva.
38
Pero ahora lo sé y lo comprendo. A par tir de ahora ya no lo haré más. Es más,
Señor: me arrepiento y te prometo que haré tal y tal penitencia, tal y tal sacrificio,
porque he pecado. De ahora en adelante, Señor, puedes contar con que haré así,
estaré atento a esto y esto...». Es un razonar totalmente cerrado en el ego. Usa la
fórmula dialógica, pero teje un monólogo. No llega a desembocar en la relación
verdadera, sino que continúa haciendo su propia voluntad, proponiendo
sacrificios, mejoras, misiones, actos heroicos y obras muy santas, pero todas
inspiradas en el propio ego.
Las personas que siguen el movimiento espiritual correcto y qu e no observan
el propio pecado con sus ojos porque lo han hecho ya durante años sin resultado
provechoso, cada vez razonan menos de aquella manera sobre su pecado y
comienzan a percibirlo tal como lo percibe Cristo y tal como Cris to lo ha
asumido. Comienzan, por tanto, a ver cómo Cristo les redime. Cada vez
comprenden y constatan con mayor claridad que no tienen nada que ofrecer,
porque no son capaces de mantener y llevar a cabo las promesas, sino que todo
es un don absolutamente gratuito e inmerecido. Ca da vez se reconocen más a sí
mismos en la imagen de Pedro en el patio del Sumo Sacerdote, que delante de
la criada consumó todas sus promesas y juramentos y, totalmente desnudo y
desarmado, reducido a la nada el orgullo de persona que cree merecerse la
misericordia y el perdón, resulta alcanzado por una mirada de misericordia y
bondad inesperadas.
Si la persona no reza auténticamente, sino que de cualquier modo finge rezar
o protagoniza un monólogo, los pecados que van emergiendo de su vida le pueden
caer encima con tanta fuerza que no sólo le pueden hacer caer en la acidia o pereza
espiritual, sino que incluso le pueden hacer sentirse separado de Dios. Y si Dios
permanece demasiado lejano, comienza a sufrir un falso «com plejo de
inferioridad» espiritual, a dejar de creer en el perdón de Dios, en su salvación
y en la posibilidad de vivir una vida nueva. Es una reacción que acontece en un
corazón que ha cedido a alguna tentación y que evidencia que la persona no cree
que Dios pueda hacerle cambiar de vida y darle la fuerza para ir adelante, sino
que permanece anclada a sí misma, a sus propias fuerzas, en donde de hecho no
hay esperanza. Se trata de una desconfianza hacia Dios, porque de hecho no hay
un movimiento de entrega a Él. En este estado, no se pueden alcanzar ni la fe ni
la esperanza ni la caridad, puesto que las tres son realidades relacionales.
Si se está razonando sólo dentro del propio ego, la esperanza se convierte en
ilusión o utopía que, una vez llegada la decepción, hundirá a la per sona aún
más. La caridad se vuelve cansancio de tener que amar siempre, o bien se
pervierte en un amor propio a través del cual se llega a declarar la imposibilidad
de vivir la fe y el Evangelio si no es como destrucción de uno mismo. Así, lo que
pide el Evangelio se percibe como un amargo sa crificio para la persona, que sólo
funciona con los héroes -y uno no es uno de ellos- que puedan alardear de ser
capaces de ello.
A través de la desolación espiritual
La persona que sigue las mociones espirituales con una serena apertura y se
deja ayudar, camina siempre en un gran equilibrio entre desolación y
consolación, puesto que no toma demasiado en serio ni a una ni a la otra, desde
el momento en que sabe que son sólo indicaciones, signos, medios, pero que la
meta es el encuentro con el Señor. Por este motivo hay que concentrarse en la
perseverancia. Se trata de perseverar en el camino comenzado hasta llegar a la
39
meta, sobre todo cuando sea difícil y se caiga presa del abatimiento o la
desolación. Puede darse que, desanimado por las debilidades y pecados propios
o por el mal en el mundo, surja la tentación de detenerse, de no ir más adelante,
de disminuir la oración y cosas por el estilo. Las personas que están en una
actitud contemplativa adecuada perseveran, sabiendo que, en el momento del
abatimiento, de la desolación o el desánimo, el Espíritu Santo no inspira los
pensamientos y por tanto no se deben seguir. Es nece sario, de todos modos,
estar atentos a la desolación y los momentos de vacío y sequedad y conviene
hablar de ellos con alguna persona espiritual, por que se podría tratar de
momentos suscitados por Dios mismo y que querrían proteger a la persona de
engaños debidos al mismo ejercicio.
Hay personas que necesitan compulsivamente confirmación por todo lo que
hacen y fácilmente atribuyen los pequeños avances en lo espiritual a los méritos
propios, pensando que, siendo buenos en todo y si hacen bien la tarea, el
resultado se deberá a sí mismos. De esta manera, se corre el riesgo de encerrarse
en el propio yo y basar la vida espiritual en sus efectos. En esa situación, el Señor
puede dejar a la persona en soledad y vacío para que se dé cuenta de que es la
gracia de Dios quien inflama el corazón y que sólo desde el don del amor se
puede llegar al sabor del amor, no por que uno se lo imagine. Con personas
ligeras o tendentes al entusiasmo y la euforia, el Señor puede actuar quitándoles
los sentimientos fuertes y los efectos psíquicos de la oración para que descubran
de forma más objetiva su realidad personal, de qué cosas son capaces, y no
pierdan el tiempo en grandes promesas y proyectos, si después, a la hora de la
verdad, tiran la toalla en cuanto no son com placidos suficientemente.
Abrirse a la relación espiritual
Los maestros espirituales insisten de modo unánime sobre que no hay que
dialogar con la tentación. En cuanto la persona comienza a tener una cierta
claridad sobre los pensamientos que orientan hacia el Señor y cuáles
sentimientos le caldean el corazón en relación con El, debe sostener con firmeza
tal orientación. Cualquier cosa que se le presente con vehemencia o urgencia,
turbándole o asustándole, es bueno contarla a una persona verdaderamente
espiritual que sepa desenmascarar las tentaciones.
Las tentaciones no se deben nunca compartir con quienes no sean expertos en la
lucha espiritual, porque pueden caer en la trampa de la misma tentación o
pueden hacer que la persona que se les confía se ocupe de ella, puesto que no
consideran a tal persona desde el punto de vista espiritual. Sobre todo, conviene
desvelar las tentaciones que se presentan como algo íntimo, privado, como un
secreto entre dos. La tentación, narrada a una persona espiritual, se desvanece
como hielo puesto sobre plancha caliente. Es más: es ésta la única medicina
preventiva. ¿Qué ocurre de hecho en este coloquio espiritual? La perso na,
abriéndose a la relación espiritual, se ejercita en la apertura al Señor. Al inicio,
existe aún el riesgo de que, en la psicología de la persona, el Señor sea una
realidad abstracta, conceptual o marcada por nuestra propia psicología. A través
de una apertura eclesial o incluso litúrgica, es posi ble dar paso a la objetividad
del Señor. La comunión con Dios disipa la oscuridad, vence el mal y vivifica el
corazón.
40
La experiencia fundante del Dios-Amor
La primera fase del discernimiento toca a su fin cuando la persona,
hundiéndose en lo oscuro de la noche, llega a sentir el olor de la muerte, como Lázaro
envuelto en vendas y depositado en la tumba, pero que, como Lázaro, siente la Voz que
llama fuera del sepulcro. Para el pecador es una nueva creación donde revive
regenerado. De ahora en adelante, verá la vida siempre con una óptica di versa,
porque ya no la sentirá como una carrera desenfrenada y trágica hacia una
tumba sellada, sino que sentirá cómo surge de una tumba abierta. Ig nacio de
Loyola concluye la primera fase del camino espiritual en el infierno, donde la
persona constata el absurdo y la nada de una vida si n Dios en forma existencial-
experiencial-relacional. La vida y Dios son, en efecto, realidades que, si se se -
paran, llevan a la ilusión y el engaño. Ignacio comienza el camino de la segunda
etapa con la llamada de nuestro Señor porque, de hecho, la vo cación, la creación
y la redención coinciden en el hombre espiritual.
El discernimiento de la primera fase se con cluye, por tanto, dejándose
alcanzar por Cristo, dejándose acoger por Él, cayendo en su abrazo y
permitiéndole que se lance a tu cuello y así tú puedas susurrarle con toda tu
carne herida y abierta a las tentaciones: «Jesús Cristo, mi Señor y Salvador, haz
de mí según tu voluntad». Alcanzado por el amor en el resplandor de la nueva
creación, el hombre puede ahora cumplir el acto supremo del amor y la fe: ofrece
la voluntad propia a la de Aquel que no sólo quiere el bien, sino que lo posee
realmente y puede realizarlo. Este acto es indispensable, si es que el hombre quiere
comenzar a crear, a construir o realizarse a sí mismo. Quien no llega a la
experiencia de Pedro, que llora en el patio del Sumo Sacerdote y se en cuentra
con los ojos del Amor Misericordioso, no puede entender que en la renuncia a
uno mismo se da la autorrealización y en la muerte a la pro pia voluntad se
realiza la auténtica voluntad de la persona, a imagen del amor que no muere
jamás. Es un acto en el que el amor de Dios toca el corazón humano en modo
sensible, hasta el punto de que la carne experimenta la redención.
Como la mujer de Mc 5 sintió en su cuerpo la curación, advierto que en la
fuerza de la Carne de Cristo expuesta al mal del mundo, encontrando mi carne
en sus heridas, puedo reconocerle como mi Señor. Es un acto verdadero de fe,
en el que yo, alcanzado del éxtasis de Dios, salgo de mí mismo y, tras las huel las
del amor divino, retorno a El afirmándole como el Señor, el Único, el
Incomparable. Ahora bien, el hombre no puede por sí mismo re alizar ese acto.
Esto sólo es posible en el Espíritu Santo, aquel que hace de Dios nuestro Dios y
de la salvación mi salvación. La persona ahora experimenta esta realidad
teológica precisamente porque se ha dejado guiar por el Espíritu y a través del
discernimiento está dispuesta para su presen cia y acción cada vez de forma más
plena y radical. Por ello, en el momento en que se cae en los brazos del Señor,
se sale de la dimensión de esclavo y finalmente se pronuncia «Abba, Padre». En
ese momento, Cristo, a quien uno se entrega, se vuelve el ámbito en que uno se
descubre como hijo.
Todo este proceso no es un episodio «místico», cerrado en un
autoconvencimiento psicológico, sino un evento que acontece a la luz del sol,
en la Iglesia, en una liturgia como el sacramento de la reconciliación. El
sacramento de perdón es una liturgia y, por tanto, un lenguaje que se dirige a
todo el hombre y, por ello, hace hablar a todo el hombre. Por eso mismo se trata
de un encuentro, un evento en el que de forma sensible acogemos realidades
41
eternas. La reconciliación y el perdón no son efectos prevalentemente psico -
lógicos, porque la persona, a causa de su historia, de su carácter u otros motivos
puede que durante mucho tiempo no pueda sentirse perdonada, pero a partir
de la entrega percibida podrá creer se pecador perdonado y, poco a poco, este
perdón llenará todo su ser.
La reconciliación es una liturgia que, como tal, expresa toda la verdad de
Cristo en toda su objetividad. Se da en un encuentro real y auténtico entre dos
objetividades personales, la del pecador y la del Salvador. El perdón no significa
tan sólo que el Señor cancele sin más nuestros pecados, sino que la vida vivida
sin Dios queda asumida por El. Todo lo que el propio egoísmo vacía, la potencia
devastadora que priva a la vida de su sentido, se llena ahora de gracia y se
ilumina con el verdadero sentido. En el perdón, el cristiano reencuentra la vida
íntegra, recogida en la mirada misericordiosa de Cristo. Toda la historia propia se
vuelve una realidad espiritual porque nuevamente aparece el sentido orgánico de
todo lo vivido con Cristo. También lo pecaminoso recuerda a Dios, habla de Él
y estrecha al pecador perdonado con su Creador y Salvador. La penitencia que
se le dé será siempre un pharmakos, una paideia o camino pedagógico salutífero
para tener una memoria viva del perdón. Lo más importante es que es te perdón
no se queda en la persona que lo recibe, sino que tiene su sentido más profundo
en la Iglesia. Descubrirse hijo significa descubrir a los hermanos y hermanas.
Comienza entonces un camino para descubrir los rostros de mis hermanos y
hermanas.
CUSTODIAR EL GUSTO DEL PERDÓN
El perdón es el evento fundante de la vida de todo cristiano. La parábola
cristiana comienza con el bautismo, que, como dice Orígenes, es una am nistía
general y gratuita. Sin embargo, como nos recuerda Truhlar, el bautismo
administrado a niños que después viven en una cultura ajena al bau tismo a
menudo queda sepultado. La reconciliación es así el momento en que todo el
esplendor, la fuerza y la eficacia del bautismo vuelven a la luz. Por eso para
muchos cristianos, la reconciliación es un principio verdaderamente fundante
de la vida, cuando se vive conscientemente el perdón.
A menudo se encuentra gente que cuenta su desilusión porque ciertos retiros y
oraciones, que se consideraban una experiencia auténtica de Dios, con la vida se llega
a la conclusión de que eran en el fondo autosugestiones o una forma de psicote-
rapia. Por esto, el discernimiento de la primera fase termina haciendo coincidir
los recorridos de reflexión intelectual y las realidades que se afirman
afectivamente, y así se implica a toda la persona. Cada evento tiene un sabor y
un gusto característicos, que se puede captar racionalmente, memorizar y
guardar en el depósito de la experiencia del sentimiento, mientras que la
voluntad se orienta más bien hacia tal evento fundante. Los temas
fundamentales de la fe (creación, pecado, reden ción, Iglesia, Trinidad) se
convierten, para la mente del pecador perdonado, en la trayectoria por la que la
memoria, el gusto y la creatividad reen cuentran la unidad rota por el pecado.
El cristiano que ha hecho un camino de oración para discernir comienza a pensar
dentro de las coordenadas de la historia de la salvación. La teología vivida se
convierte en horizonte del pensamiento y ya no bastan los maestros que
proponen el pensamiento en el mundo.
Es importante ejercitar la memoria. De ahora en adelante, la vida espiritual
no puede ser sana sino con un ejercicio constante de custodia. Una gran parte
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de la vida espiritual consistirá en conservar el corazón purificado, el sabor de
la Palabra de Dios, del gusto del perdón, el sabor de la acción del Espíritu Santo.
Hablo de gusto y no sólo de sentimiento. El gusto es una realidad que in dica
una mayor integración que el mero sentimiento. Para individuar un gusto es
necesaria la participación de toda la persona. El corazón humano resanado
conoce su gusto y reconoce los sabores que le dan vida.
Uno de los caminos que hay que recorrer para guardar el sabor y el gusto de
Dios es ciertamente recordar el evento mismo del perdón . ¿Cómo? Repitiendo,
reviviendo la oración que hacía pidiendo con todo mi ser el perdón. Cuando el
hombre pide el perdón, ya ha sido alcanzado por el amor de Dios. Cuando se
advierte el pecado, se ha superado ya la psicología de las culpas, las im -
perfecciones y los errores y se entra en la dimen sión de la fe. El pecado sólo se
comprende a la luz de la fe y quien se percibe como pecador ya está viendo en
el umbral del propio corazón al Señor que llama con la misericordia. Fuera de
la fe nos percibimos como quien no da la talla, que no es como querría o debería,
imperfectos, no según la ley... En la fe uno se siente pecador, porque sabe que
el pecado tiene que ver con la relación, el amor, el rostro del otro y de Dios.
El arrepentimiento que surge de lo pro fundo de nosotros es un luto, un
sollozo, un dolor como si el corazón se hiciera mil pedazos. Un dolor que antes
el corazón guardaba en un puño, porque se creía capaz de salvarse a sí mismo,
y así sus lágrimas eran de tristeza. Después el dolor llega a se r insoportable y el
hombre acoge al Señor que se le lanza al cuello y todo lo que consideraba impor -
tante se hace pedazos y este dolor se convierte en dolores de parto, es decir, de
recién nacido, de generado, y las lágrimas en llanto de alegría y de fiesta. El
corazón no se rompe, sino que el candado que lo atrapaba salta en pedazos y así
el corazón puede latir libremente sin estrecheces. El arrepentimiento es un
movimiento que lleva al hombre hacia el abrazo. Es como el niño cuando la
mamá le dice algo que no le gusta. Se ofende, quiere abandonar a la madre, se
aleja, pero inmediatamente se arrepiente, vuelve al cuarto si lencioso, se siente
un sollozo y corre de nuevo a la madre, susurrándole alguna cosa.
El arrepentimiento es un movimiento que pone a la persona en la onda de la
relación libre, donde incluso la culpa se interpreta en la clave de una relación
más genuina, más estrecha, es decir, en la clave del Rostro. Cuando, por el
contrario, se va hacia la reconciliación sin arrepentimiento, pi diendo perdón
más por la presión psíquica que por la contrición de corazón, no se siente el
Rostro, sino el propio desajuste, la regla, la ley y el mandamiento imposible de
cumplir. Es confesarse más a causa de uno mismo que a causa del loco amor de
Dios que nos ha alcanzado. El arrepentimiento es la medida de la autenticidad
del camino recorrido. Por este motivo, la memoria más segu ra del perdón, del
sabor del amor, es la oración que conserva la memoria del perdón. Es una es -
pecie de penthos: mantener vivo en el corazón el efecto del arrepentimiento, que
es el amor reencontrado. Al repetir aquella oración por el perdón que rezaba en
el arrepentimiento, lloro, pero son lágrimas dulces, lágrimas de la fiesta que es
reencontrar el amor. La mejor memoria es, por tanto, fijar la atención en el
primer toque del Amor sobre el corazón arrepentido. Esto significa man tener
constantemente viva la atención sobre el efecto del arrepentimiento, del perdón,
que es el amor reencontrado. Los Padres de la F ilocalia llamarían a tal memoria
sobriedad. La sobriedad es poner la atención en las realidades que permanecen,
que tienen peso, es decir, en la realidad de Dios. Cuando la atención está ligada
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a un gusto es mucho más fácil ejercitarla. Allá donde está la atención allí está el
intelecto de una persona, entendido en sentido espiritual. Puesto que la atención
se coloca en la memoria del amor experimentado, también el intelecto, llamado
a esta realidad, reencuentra allí exactamente su puesto auténtico, e s decir, su
verdadera base, que es el amor. El hombre revive así la más verdadera y deseada
integración personal. Se reconoce una integración tal porque la persona es
creativa de forma transparente, limpia, sin intereses ambiguos, sin buscarse a sí
misma, sino con unos impulsos verdaderamente gratuitos. Una creatividad, por
tanto, dirigida a las realidades que permanecen, porque parten del amor y hacia
él confluyen: «Permaneced en mi amor».
Una advertencia
Como ya hemos recordado, todos los grandes maestros han reservado el
discernimiento para el coloquio espiritual. Llegados a este punto de lectura,
probablemente estemos de acuerdo en que no se trata de un recorrido simple y que
en él se esconden muchas trampas. Por ello, insistimos en el consejo ya antiguo
de no adentrarse en este camino en solitario.
Es necesario además decir que el discernimiento, aunque sea el arte que
preserva de las exageraciones y desviaciones y garantiza la sabiduría, que es
una mirada sana sobre las cosas, no es un camino que todos tengan que recorrer.
Se puede vivir cristianamente, como bien sabemos, limitándose a calcar el
camino de los que nos han precedido en el camino de fe, repitiendo gestos,
hábitos y costumbres y poco a poco ir descubriendo la dimen sión consciente y
personal de la salvación. El hecho está en que los cambios culturales de nuestro
tiempo hacen extremadamente difícil una vida así, porque las diferencias
culturales se hacen tan enormes que dentro de una misma familia se pueden
encontrar diferencias de mentalidad más grandes que las que se dan entre
grupos de culturas diversas. El discernimiento, por tanto, es una realidad urgen -
te sobre todo en momentos en los que el tejido social, cultural y eclesial se abre
a una época de cambios y a un cambio de época. También la Iglesia, a través de
sus documentos, nos invita continuamente a un ejercicio de discernimiento. La
tradición de la Iglesia testimonia precisamente que el dis cernimiento es el
camino por excelencia del creyente, un arte de sinergia con el don de Dios, de
escucha de la tradición, de incardinación eclesial, de apertura a la historia y de
ejercicio psico-espiritual.
Está claro que para una persona que llega a una identificación fuerte y
personal del sabor y el gusto de la salvación, la vida será bien distinta de otra
que se mueve dentro de las coordenadas típicas de preceptos y reglas, en el
remolino cultural, moral y psicológico de nuestro tiempo. Quien llega a una
memoria de Dios, comienza ya la jornada de una manera diferente, porque
comienza a reconocer dentro de los aromas, sabores y gustos del mundo lo que
es de Dios y lo que no. Afronta el día que comienza, la actividad y los encuentros
con una actitud diversa y, por ello, también lo concluye de forma distinta,
recogiendo sus frutos. En un caos de sabores, aromas y ofertas que inquietan al
hombre de hoy, es muy difícil vivir la doctrina y el precepto si no se tiene una
convicción interior que llena el corazón y aporta sabor. La persona que, por el
contrario, llega a la certeza de que Dios actúa en ella y llega a identificar tal
acción, precisamente con este gusto queda preservada de dogmatismos y
fundamentalismos, así como de laxismos y psicologismos y se encamina hacia
la segunda fase de discernimiento, donde se ejercita en di scernir entre diversas
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posibilidades de bien, hasta que este gusto de Dios, a través de muchos ejer -
cicios de discernimiento, se consolida como acti tud constante de discernimiento.
Hoy se habla mucho de discernimiento comu nitario. Después de haber
recorrido hasta aquí las principales características de la fase primera del
discernimiento, resultará evidente que debemos ser muy cautos con respecto a
tal discernimiento comunitario. Si en una comunidad hay personas que aún son
víctimas de la propia voluntad y que buscan gestionar su vida -o la de su
comunidad o congregación- según su propia visión, incluso camuflada bajo
etiquetas espirituales, está claro que no se puede hacer discernimiento
comunitario. Realidades como las dificultades, la cruz, las en fermedades, las
resistencias ajenas o los fallos son leídos de forma distinta por quien ya ha
adquirido un conocimiento de Dios, y por tanto razona ya con una mentalidad
espiritual, y por quien no posee aún esta mentalidad. Unos podrán llegar a ver
en esas realidades un significado salvífico o exquisitamente espiritual, mientras
los otros seguirán aun luchando por realizar la visión propia. Los primeros
tendrán no sólo el arte, sino incluso una actitud de discernimiento y, por eso,
acogerán los eventos de la vida en clave sapiencial, encontrando en ellos un
significado espiritual. Los segundos combatirán todavía las dificultades y
acogerán sólo lo que se realiza según sus ideas. Se pueden en contrar centenares
de estas diferencias y todas ellas hacen ver cuán difícil es realizar un
discernimiento comunitario. Conviene entonces ser coherentes y decir que a menudo
las comunidades se esfuerzan por llegar a un compartir más o menos fraternal, a una
conversación o un intercambio de puntos de vista, pero no a un discernimiento pro-
piamente dicho. En rigor, para un discernimiento comunitario es necesario que todos
los miembros de la comunidad hayan consolidado la primera fase del
discernimiento y coincidan en un punto de partida espiritual fundamental. Se
debe apreciar, en cualquier caso, el esfuerzo que muchos hacen en este aspecto,
porque la Iglesia posconciliar nos hace ver que allá donde estén dos, tres
personas o más que de verdad se comprenden en el Señor, allá florece la vida.
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