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Palmira

El nombre Palmira, así se llamaba mi abuela materna, me llamaba mucho la


atención. Era española y, aunque su primer nombre era María, su segundo nombre
me hacía pensar en dátiles, palmeras, decoraciones árabes, la alhambra, todas cosas
lindas y extravagantes. Al buscar su significado me enteré de que también está
relacionado con el cristianismo ya que deriva de palma, un antecedente del domingo
de ramos.
Era una persona muy creyente. Le gustaba ir a la parroquia Santa Rita a la
cual una vez me llevó de chica. Al entrar me pareció estar rodeada de oro y le
pregunté lo primero que me vino a la mente: ¿por qué hay tanta gente pobre si en la
iglesia hay tanto oro? No me respondió, ni volvió a pedirme que la acompañara.
Tengo pocos recuerdos de ella. Era una señora muy bien arreglada, con su
ropa hecha a medida por ella misma, su pelo bien prolijo y matizado y un toque de
lápiz labial. No hay foto en la que esté con un batón o despeinada. Evidentemente no
salí a ella. Ni por la fe, ni por la elegancia.
Vino de España después de la Primera Guerra Mundial, cuando la pobreza
dolía en el estómago y la Argentina le ofrecía la promesa de una vida mejor. Al llegar
fue a vivir con uno de sus hermanos y su esposa a Pehuajó, donde la hacían trabajar
de mucama, cocinera y afines sin pagarle, solamente por la comida, entonces se vino
para Buenos Aires donde consiguió trabajo pago en el mismo rubro.
Mujer de armas tomar, determinada y trabajadora, anhelaba formar su propia
familia algún día. En la casa de los Toranzo Montero la trataban muy bien y compartía
su tiempo libre con la dueña de casa y sus hijas aprendiendo a hacer su propia ropa
con telas que el señor de la casa traía de Europa. Gracias a ellos conoció a Manuel,
cobrador del Hospital Español, un hombre respetuoso, educado, aficionado a tocar el
violín y muy bonachón.
Se casaron y fueron a vivir a una casita pequeña en lo que en esa época
parecía el campo: el extremo pobre de Villa del Parque. Con el sueldo de cobrador
podían pagar la hipoteca, tenían un dormitorio, una cocina, un comedor y un baño y,
algún día, la casita estaría pagada y sería propia. Pronto vinieron las niñas, primero
Ana, mi mamá y, dos años y medio después, Alicia, su hermana menor.
La vida les sonreía, mientras su marido trabajaba, ella cuidaba a sus hijas,
hacía las tareas domésticas y arreglaba el pequeño jardín del patio alegrado los
domingos por las notas del violín. Hasta que un día el abuelo se enfermó y todo fue
cuesta abajo hasta su partida. Una señora viuda con dos niñas de 4 y 6 años no era
una situación fácil de llevar adelante.
Afortunadamente su cuñada y su esposo les tendieron una mano y se fueron a
vivir con ellos para alquilar la casa y, con ese dinero, seguir pagando la hipoteca. Si
bien no podría afirmarlo es muy probable que haya sido la Fundación Eva Perón quién
le entregó la máquina de coser con la cuál comenzó a coser camisas y pantalones que
le traían cortados a domicilio.
Fue así como después de un tiempo pudo volver a su casa para que las niñas
asistieran a la escuela de su barrio mientras ella trabajaba. A la vuelta de la escuela a
mi mamá la esperaba el trabajo de limpiar las prendas de hilos, ayudar con las tareas
domésticas y cuidar a su hermanita. La vida no fue fácil para ninguna de ellas pero
tenían un techo, comida y la determinación de salir adelante. Fue una vida de trabajo,
menos larga de lo esperable, pero con un poco más de setenta años la abuela Palmira
nos dejó con su sueño cumplido: se casó, les dio a sus hijas techo, educación y
alimento y hasta pudo conocer a sus nietos.
© Edith Fiamingo 2021