Está en la página 1de 1

Incomprensión

Alguna vez leí que, cuando las carabelas de Colón se acercaban a la costa de
lo que ahora son las Bahamas, los nativos del lugar no las vieron porque su cerebro no
conocía un objeto tal. Es decir, esas embarcaciones que para hoy parecen cáscaras
de nuez en ese momento eran algo monumental y nunca visto para los lugareños.
Esto es lo que sucede en la actualidad con muchas personas que no verían un
elefante violeta hasta que el paquidermo los pisara o los pinchara con sus colmillos.
En pleno período de aislamiento estricto me tocó salir a buscar remedios para
mi hermana recién llegada a su casa de la internación hospitalaria, todavía con
COVID. En una sociedad avanzada un paciente dado de alta debería salir con la
epicrisis bajo un brazo y una bolsita de medicamentos en la otra. En fin, fui a su casa
a buscar la receta, el carnet y el DNI para iniciar la gira farmacéutica en bicicleta.
Decidí ir a Farmacity porque casi todas las sucursales atienden para la obra
social en cuestión, hay dos sucursales a treinta cuadras de mi casa y a menos de diez
entre sí y, de no contar con el medicamento, te dicen dónde está disponible. Munida
de la receta y un sinfín de esperanzas fui pedaleando con el viento en contra.
Al acercarme a la sucursal más cercana no me sorprendió ver bastante gente
afuera. Lo que si me asombró es ver que había dos filas: una para “farmacia” y otra
para “salón”. El empleado de seguridad dejaba entrar a parejas y familias con una
notable falta de empatía de su parte y de los compradores que llenaban el aforo por
gusto más que por necesidad (con los shoppings cerrados el lugar para comprar todo
tipo de cosas superfluas y golosinas es Farmacity).
Cabe destacar que la reglamentación indica que el aforo permitido es una
persona cada 15 metros cuadrados. Sin necesidad de un metro, ni un título de
arquitecta o ingeniera, fue muy simple saber que había personas en exceso en una
relación 1 a 10, que dichas personas se cruzaban en los pasillos, que mamitas corrían
a sus niñitos por entre las góndolas y que las canastas estaban llenas de productos de
belleza a los cuales sumaban golosinas al llegar a la zona de cajas.
Como buena cristiana me persigné antes de entrar cuando me tocó el turno
para que ningún minúsculo rastro de COVID atravesara el tapabocas y la pañoleta que
me rodeaba la cabeza para aislarme del viento del exterior. En el sector farmacia hice
otra cola, la empleada me atendió muy amablemente y me indicó que el medicamento
lo podía conseguir en la sucursal más cercana y que tenían tres unidades. Más rápido
que un bombero salí de ese centro de contagio capitalista hacia mi próximo destino.
Mi fe me impulsó a rezar mientras pedaleaba para que nadie se llevara los
medicamentos que mi hermana necesitaba y me fui preparando mental y
emocionalmente para vivir una situación similar en esta otra sucursal. Al llegar me
recibió una cola un poco más larga pero una situación más ordenada y un lugar menos
lleno de gente.
Tenían el medicamento, pero la receta necesitaba duplicado, motivo por el cuál
me lo pudieron vender sin el descuento. La necesidad tiene cara de hereje así que me
peleé un rato con el cocodrilo para que largara los billetes y salí con el medicamento y
un ticket para reintegro en caso de conseguir otra receta por duplicado para
reemplazar la anterior.
El alivio de tener las medicinas superó la angustia que me había generado
constatar otra vez la incomprensión que me rodea: la de las personas que salen de
shopping como si nada, la de los profesionales de la salud que omiten hacer un
duplicado y ponen en riesgo la salud de un paciente, la de los comerciantes que por
vender son capaces de infringir las leyes y poner en riesgo las vidas de todos.
© Edith Fiamingo 23 de mayo de 2021