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El retoño

La vida se renueva con más vida como un círculo mágico en el agua que
reverbera y se amplía. Un día se anunció su llegada y se confirmó su existencia con
una foto de la ecografía y algunas flechas que indicaban dónde estaba la cabeza y
dónde los pies para los que no supieran interpretarla. En ese entonces lo llamaron
Porote, nombre genérico inclusivo que hacía referencia a la forma vista en la foto y a la
incógnita de su genitalidad.
Muchas de las afirmaciones de este relato son generalizaciones de mi sentir
dado que mi contacto con la totalidad de las personas que esperaban su llegada ha
sido mínimo o nulo. Hije de padres relativamente jóvenes su nacimiento convertiría a
los familiares adultos en abuelos y abuelas, tíos y tías, madre y padre. Muchas
expectativas en forma de anhelada caricia y abrazo. Porote ya era el objeto de amor
de muchos.
Todo transcurrió bien durante su estadía en la panza de su mamá de la cual
salió casi terminada la primavera. Bastante tiempo antes ya se había definido su
poroteidad masculina y tenían pensado qué nombre ponerle. Fue una sorpresa que
uno de sus nombres fuera, de pura casualidad, el de uno de sus bisabuelos y era de
cajón que el otro sería un vocablo de un Pueblo Originario. Pero para mí era Porote.
El retoño vino con un pan bajo el brazo ya que la parentela les había provisto
de muchos regalos, a tal punto que, más de un año después, sus mapadres me
prohibieron aumentar la montaña de juguetes y de ropa. También nació con la buena
fortuna de que sus progenitores hayan tenido la suerte de poder educarse, obtener
trabajo y tener un techo para vivir.
Como primerizos lo cuidaban como a una joya o, mejor dicho, como a un maple
de huevos que hay que tratar con cuidado para que no se rompa. Temerosos de
contagios o de malcriarlo muy pocas veces me permitieron alzarlo y lo tenían tapado
con mosquitero así que casi ni podía verlo. Así pasó el verano a pura foto.
Justo antes de la llegada del otoño ocurrió algo que influyó en la vida de todos:
llegó una pandemia mundial y se declaró el aislamiento social preventivo y obligatorio
en forma de cuarentena. No sé si mi sobrino nieto y sus mapadres opinarán como yo.
Esta situación fue, por un lado, una calamidad para todos los brazos ansiosos de
acunarlo; por otro, una gran fortuna para el bebé, su mamá y su papá de poder estar
juntes todo el día al trabajar a distancia.
Foto a foto, video a video, fui conociéndolo. Un día sus patitas, como dos
empanaditas bien repulgadas. Otro, un gestito. En algún momento ruiditos que
imitaba. Y paulatinamente me convertí en testigo de sonrisas, balbuceos, gateos y
caminatas, la evolución esperada de un retoño saludable y fuerte.
Porote, al igual que todos los nacidos y creciendo en cuarentena, registró una
vida en familia con atención constante ante todo suspiro, toda mueca, todo
movimiento. Un niño atendido 24/7, como se estila decir ahora. Atendido por sus
mapadres al mismo tiempo o de manera alternada.
Hasta ahora llevo en mi retina los recuerdos de su traslado en cuna, su paseo
en tricicochecito, su baño en pileta inflable, su caminata arrastrando el sillón. Y
también sus saludos y sonrisas. Una carita de curiosidad y descubrimiento,
característica privilegiada de la primera infancia, que hace del mundo una maravilla
llena de novedades y diversiones.
© Edith Fiamingo 2021