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Las Diabólicas

Éste es el nombre que un señor francés llamado Jules Barbey d’Aurevilly le dio
al libro en el cual el escritor ofrece seis novelas cortas protagonizadas por mujeres
que, a su entender, merecen dicha etiqueta. Tal vez mucho tenga que ver con que los
relatos daten de casi un siglo y medio atrás. Ahora sería otro cantar, espero.
Estas mujeres son endemoniadas porque sucumben a sus instintos y, como
bien sabemos, lo instintivo carece de civilidad. Revelan su maldad en su relación con
los hombres a través del amor y del sexo. Las historias son truculentas y sus acciones
develan que son lobas disfrazadas de ovejas.
¿Cómo no considerar diabólica a una mujer que toma la iniciativa? La joven
Alberta era la imagen de la castidad ante sus padres mientras tocaba a su amante, el
oficial Brassard, por debajo de la mesa, se metía en su alcoba después de
osadamente traspasar la habitación de sus padres en mitad de la noche para arder en
sus brazos y una noche morir en ellos. Por oposición, el oficial se desembaraza del
cuerpo arrojándolo por la ventana, huye y pide a su superior que lo rescate.
Una muchachita que entra en la pubertad se obsesiona por Don Juan, el
amante de su madre. Eso es diabólico: pensar día y noche en el pecado sin tener la
menor idea de cómo concretarlo. Creerse embarazada por haberse sentado en el
asiento que él había dejado. Ardiendo por el fuego del deseo, la niña entra en el
mundo adulto abrumada por la perturbación y la desesperación.
Una mujer andrógina, bella amazona, esgrimista, sucumbe bajo las garras del
amor, lo deja todo, se convierte en sirvienta de su amante y envenena a su antecesora
para quedarse con su amor, Serlon, a quien renuncia a darle hijos para no amarlo
menos. Mujer pantera, mujer esfinge. Imperturbable ante todo. Fría, indiferente,
misteriosa. Muy diferente de la Duquesa que acepta su envenenamiento y pide que
no sea revelado para mantener la estirpe.
Rosalba, la Púdica, era amada amante. Sonrojándose se vestía con máscara
de inocencia y virtud mientras engañaba a su amante con todos y cada uno de los
soldados del regimiento. Pareja infeliz. Hombre celoso. Toda una prostituta que goza
y sin amar. Ni siquiera al fruto de su pasión. Hijo que muere y es llorado por su padre.
El mismo que en un rapto de locura le arroja el corazón momificado de su hijo y la
asesina.
El mal anida en la venganza de una mujer que decide prostituirse para
mancillar el buen nombre de su marido mientras paga con su autodestrucción. Amó y
fue amada. También fue castigada con el asesinato de su amante platónico en manos
de sirvientes y con el dolor de no poder salvar su corazón de ser devorado por perros
hambrientos. El Marqués creía ser un hombre de honor, pero no lo era sino se habría
batido a duelo.
Mujeres diabólicas, por designio de un juez parcial, masculino, patriarcal, que
se atribuye el derecho negar a las mujeres el derecho a la igualdad. Son diabólicas
porque desean, sienten y actúan. Y, al hacerlo, enfrentan a los hombres con su
fragilidad, con su castración.
El mal merece castigo: el descrédito, la blasfemia, la muerte, la deshonra, la
autodestrucción. Mujeres sufrientes por un goce truncado producido por hombres que
no las merecen, ni las valoran, ni las aman. Las usan, las tiran y las critican sin
siquiera ocurrírseles mirar su propio ombligo.

© Edith Fiamingo 2021