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Las hermanas

Eran viejas, muy viejas. Eran parecidas, muy a su pesar. Ambas habían
perdido capacidades motoras y cognitivas, por eso estaban viviendo en un hogar
geriátrico. Sus familiares le pidieron al personal que nos les dijeran que eran
hermanas dado que hacía más de treinta años que no se veían y, dada su situación,
no se reconocerían. Esto era muy importante porque tenerlas en dos lugares
diferentes sería engorroso para ellos. La vida ya es complicada de por sí como para
tener que correr de un lado para otro.
A las empleadas del hogar les resultó misterioso ya que nadie sabía muy bien
el motivo de su alejamiento y se morían de curiosidad por saberlo. Todas esperaban
que en algún momento de lucidez se reconocieran y todo surgiera a la luz. Pero eso
nunca sucedió, no se sabe si para bien o para mal de las hermanas.
La mayor se la pasaba tarareando o cantando pedacitos de canciones, en su
mayoría tangos. En el hilo de voz que le quedaba se notaba que en su juventud
habría cantado muy bien. La otra nunca cantaba. Daba vuelta las páginas de revistas
viejas mientras hacía de cuenta que no la oía.
Ambas eran obedientes. Hacían todo los que las empleadas les decían. Se
dejaban cambiar y colaboraban levantando brazos, estirando piernas, bajando o
subiendo la cabeza. Comían las frugales comidas que les servían, siempre con
cuchara. En general papillas y compotas ya que ambas eran vegetarianas.
Dormían en la misma habitación donde compartían un televisor que le trajeron
sus familiares. La mayor ni escuchaba ni veía demasiado, era más lo que adivinaba
que lo que comprendía. La menor elegía los programas y la otra se mostraba muy
condescendiente hacia ella.
Con tanta armonía, una de las empleadas sentía tanta curiosidad que les
sacaba información de las conversaciones que mantenía con ellas. Todo con la
finalidad de enterarse como de ayudar a su reconciliación. Los recuerdos eran
fragmentarios e inconexos.
La mayor se acordaba de haber tenido una hermana, de cuánto había añorado
su nacimiento de lo feliz que había sido con ella, que fue lo mejor que le había pasado
en la vida. Le dijo que había sido su compañera de toda la vida, mejor dicho, de casi
toda la vida hasta que se dejaron de ver. Se acordaba de que cuando la bañaba ella
jugaba a sumergir la esponja y levantarla para ver el chorro de agua. Decía que le
parecía oír su risa, esa risa tan bella que tienen los bebés.
La menor no le decía nada. Se limitó a decirle que había tenido una hermana
mayor a quién había dejado de ver cuando era joven. Le habló minuciosamente de
sus hijos y nietos, de los sacrificios que había hecho para salir adelante en la vida: el
trabajo, los estudios y un sinfín de otras cosas. Lo único que Alma logró que le dijera
fue que, aunque lejos, le deseaba a su hermana que estuviera viva y bien.
Alma las veía bien juntas. Estaban calmas y en paz. Compartían las comidas
y las cosas que les traían sus familiares. Cuando las iban a ver no se hablaba de
parentescos, les cebaban mate, les traían tortas caseras, les limaban las uñas, lo
mismo que ellas habían hecho con su madre.
Finalmente, un día Alma decidió dejar las cosas como estaban. No importaba
lo que había sucedido, ni los años de alejamiento. Con picardía sonreía hacia afuera y
hacia sus adentros porque estaba segura de que en algún lugar de su limitada
existencia las hermanas se reconocían y disfrutaban de su compañía en secreto, un
secreto que llevarían a la tumba.
© Edith Fiamingo 2020