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"Demonios y Recuerdos de Muerte"

El documento presenta varias escenas relacionadas con la muerte y el dolor. Un hombre le dice a su hija que la muerte está en el corazón. Más tarde, un hombre tiene visiones oscuras de un bebé con un cuchillo y de un pueblo celebrando eufóricamente. Una chica visita a su hermano para preguntarle sobre su padre, pero recuerda dolorosos eventos del pasado. Al final, la chica teme que ella también morirá mientras observan una procesión religiosa.
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"Demonios y Recuerdos de Muerte"

El documento presenta varias escenas relacionadas con la muerte y el dolor. Un hombre le dice a su hija que la muerte está en el corazón. Más tarde, un hombre tiene visiones oscuras de un bebé con un cuchillo y de un pueblo celebrando eufóricamente. Una chica visita a su hermano para preguntarle sobre su padre, pero recuerda dolorosos eventos del pasado. Al final, la chica teme que ella también morirá mientras observan una procesión religiosa.
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Demonios

¿Dónde está la muerte, papá?

No supo qué responder. Supongo que aquí, hija, aquí- contestó, señalando

directo al corazón.

***

Las nubes danzaban horripilantes y frenéticas en el cielo, buscaban por quién

llorar y a quien matar. El hombre despertó de sus cavilaciones y caminó

confuso hasta la laguna, se quedó unos minutos pensando en la extrañeza

rojiza del cielo y volvió a dormir. En sus sueños había un niño recién nacido

retorciéndose en una burbuja roja. El hombre solo podía coger la mano del

pequeño, y este con un cuchillo inmenso deseó matarlo.

En el pueblo todos bailaban eufóricos. Las melodías sonaban constantemente

en los oídos de aquel hombre viejo que seguía durmiendo, cansado de la bulla

de aquellos seres.

***

El bus arrancó excitado por las hojas verdes y las piedras inmensas,

acumulando emociones y rarezas. Ella solo deseaba verlo y abrazarlo.

Necesitaba preguntarle sobre su padre. Quizá lo siniestro nunca se había ido

de su cabeza. En su abrigo negro llevaba consigo una fotografía de los tres

dañada por aquellos dedos que eran como agujeros. Tan solo podía

reconocer el lunar negro junto a su ceja izquierda. El bus descendió


rápidamente en el último tramo de la carretera. Toda la muchedumbre estaba

desesperada. Cuando la chica vio sus ojos, de pronto eran como hielo

desgarrándose en su mejilla. El amor era como una luciérnaga ensombrecida

que colapsa.

Pasearon por el campo y llegaron hasta el pueblo. Las calles estaban llenas de

decoraciones y en cada casa había hermosas flores blancas y lilas. La

procesión estaba a punto de comenzar. La inmensidad de fieles preparados

con sus vestimentas y sus velas para adorar a su Dios era terrible. Ambos

veían desde una esquina a aquella muchedumbre eufórica. El, solo deseaba

amarla, amarla sin miedo. Zara desviaba la mirada, no lograba ver cuanta

adoración sentía su hermano. El frío humedecía sus cuerpos y la gente por fin

descendía por aquellos cerros hacia la plaza central para idolatrar a su Dios.

-Te he extrañado tanto estos años- le dijo él. ¿Qué has hecho después de la

muerte de ella?

-He permanecido en el psiquiatra- respondió ella. ¿Y mi padre?, qué ha sido de

él.

-Nunca quiso que yo lo cuidara. Se fue a vivir a la chacra.

-Mejor, entonces todo va de maravilla, ¿verdad?-dijo rápidamente ella.

-Y él, pensativo, respondió- sí, claro. Todo bien.

Caminaron y se sentaron en las bancas de la plaza. Ella con la mirada perdida

y viendo a un punto fijo, cerca muy cerca del mirador, deseaba desaparecer.

Pensaba mucho en su padre y su pequeña hermana. Te aborrezco, te

aborrezco, resonaban voces en su cerebro. Y las lágrimas asfixiaban su alma.


Los recuerdos habían cincelado cada espacio de su cuerpo como una bala que

entra inerte al corazón.

Él no sabía qué hacer, nervioso, solo la amó, deseó abrazarla hasta estrujarle

los huesos. Decidieron ir al mirador, a esperar la venida del Señor de los

Milagros. A lo lejos parecían como cenizas, esparcidos entre las piedras, como

si fueran dos cóndores desprotegidos y llenos de dolor. Los tres, a pesar de

que eran hermanastros, se amaban con la misma intensidad que se aman los

demonios.

***

El hombre despertó extrañado de aquel sueño. Caminó rápidamente hacia la

habitación donde se quedaba, y solo deseó dormir, alejarse de todos los

recuerdos de ellos, sus hijos. Posiblemente aún recuerde las heridas inmensas

que dejaban sus azotes, sus cuchillazos, su vida, pero ya nada le importaba;

su hija había muerto. Él la mató. Aún debe recordar esa peña inmensa donde

la sangre discurría turbulenta y desesperada por el campo de flores negras.

***

Los dos, desde el cerro, observaban la venida de El Señor de los Milagros. Un

Señor triste, funesto, herido por el prójimo. Porque sus hijos pecaban, herían a

los corazones, destruían lo indestructible y solo dejaban polvo. La gente

esperanzada en el único Dios que los protegía, aplaudía inmensamente feliz.

Pero ellos, ¿qué era de ellos? Esos seres crucificados por un padre sin amor,

esos seres con llagas en el cerebro, con pozos inmensos en las manos, con

latigazos que quedaban como fotografías en blanco y negro a punto de

colapsar. Esos seres que cada día mueren un poco más.


-¿Crees que mi padre sea feliz?- dijo ella.

-Lo dudo. Una noche cuando andaba vigilando la chacra del don Melciades, lo

vi caminando hacia su casa, iba con un cuchillo y un látigo. Lo perseguí por

pura curiosidad y logré escuchar que repetía varias veces: ¿dónde estás hija?-

dijo él tristemente.

- Aún tengo la imagen de ella en mi cabeza.-contestó ella a punto de llorar.

-Tranquilízate, Zara- le dijo cariñosamente él. Mírame, mírame, Te amo.

Ella, exaltada, no paraba de decir: hermano, hermano. Yo también voy a morir.

De pronto, la oscuridad descendió en segundos y la procesión solo deseó llorar

desconsoladamente.

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