Demonios
¿Dónde está la muerte, papá?
No supo qué responder. Supongo que aquí, hija, aquí- contestó, señalando
directo al corazón.
***
Las nubes danzaban horripilantes y frenéticas en el cielo, buscaban por quién
llorar y a quien matar. El hombre despertó de sus cavilaciones y caminó
confuso hasta la laguna, se quedó unos minutos pensando en la extrañeza
rojiza del cielo y volvió a dormir. En sus sueños había un niño recién nacido
retorciéndose en una burbuja roja. El hombre solo podía coger la mano del
pequeño, y este con un cuchillo inmenso deseó matarlo.
En el pueblo todos bailaban eufóricos. Las melodías sonaban constantemente
en los oídos de aquel hombre viejo que seguía durmiendo, cansado de la bulla
de aquellos seres.
***
El bus arrancó excitado por las hojas verdes y las piedras inmensas,
acumulando emociones y rarezas. Ella solo deseaba verlo y abrazarlo.
Necesitaba preguntarle sobre su padre. Quizá lo siniestro nunca se había ido
de su cabeza. En su abrigo negro llevaba consigo una fotografía de los tres
dañada por aquellos dedos que eran como agujeros. Tan solo podía
reconocer el lunar negro junto a su ceja izquierda. El bus descendió
rápidamente en el último tramo de la carretera. Toda la muchedumbre estaba
desesperada. Cuando la chica vio sus ojos, de pronto eran como hielo
desgarrándose en su mejilla. El amor era como una luciérnaga ensombrecida
que colapsa.
Pasearon por el campo y llegaron hasta el pueblo. Las calles estaban llenas de
decoraciones y en cada casa había hermosas flores blancas y lilas. La
procesión estaba a punto de comenzar. La inmensidad de fieles preparados
con sus vestimentas y sus velas para adorar a su Dios era terrible. Ambos
veían desde una esquina a aquella muchedumbre eufórica. El, solo deseaba
amarla, amarla sin miedo. Zara desviaba la mirada, no lograba ver cuanta
adoración sentía su hermano. El frío humedecía sus cuerpos y la gente por fin
descendía por aquellos cerros hacia la plaza central para idolatrar a su Dios.
-Te he extrañado tanto estos años- le dijo él. ¿Qué has hecho después de la
muerte de ella?
-He permanecido en el psiquiatra- respondió ella. ¿Y mi padre?, qué ha sido de
él.
-Nunca quiso que yo lo cuidara. Se fue a vivir a la chacra.
-Mejor, entonces todo va de maravilla, ¿verdad?-dijo rápidamente ella.
-Y él, pensativo, respondió- sí, claro. Todo bien.
Caminaron y se sentaron en las bancas de la plaza. Ella con la mirada perdida
y viendo a un punto fijo, cerca muy cerca del mirador, deseaba desaparecer.
Pensaba mucho en su padre y su pequeña hermana. Te aborrezco, te
aborrezco, resonaban voces en su cerebro. Y las lágrimas asfixiaban su alma.
Los recuerdos habían cincelado cada espacio de su cuerpo como una bala que
entra inerte al corazón.
Él no sabía qué hacer, nervioso, solo la amó, deseó abrazarla hasta estrujarle
los huesos. Decidieron ir al mirador, a esperar la venida del Señor de los
Milagros. A lo lejos parecían como cenizas, esparcidos entre las piedras, como
si fueran dos cóndores desprotegidos y llenos de dolor. Los tres, a pesar de
que eran hermanastros, se amaban con la misma intensidad que se aman los
demonios.
***
El hombre despertó extrañado de aquel sueño. Caminó rápidamente hacia la
habitación donde se quedaba, y solo deseó dormir, alejarse de todos los
recuerdos de ellos, sus hijos. Posiblemente aún recuerde las heridas inmensas
que dejaban sus azotes, sus cuchillazos, su vida, pero ya nada le importaba;
su hija había muerto. Él la mató. Aún debe recordar esa peña inmensa donde
la sangre discurría turbulenta y desesperada por el campo de flores negras.
***
Los dos, desde el cerro, observaban la venida de El Señor de los Milagros. Un
Señor triste, funesto, herido por el prójimo. Porque sus hijos pecaban, herían a
los corazones, destruían lo indestructible y solo dejaban polvo. La gente
esperanzada en el único Dios que los protegía, aplaudía inmensamente feliz.
Pero ellos, ¿qué era de ellos? Esos seres crucificados por un padre sin amor,
esos seres con llagas en el cerebro, con pozos inmensos en las manos, con
latigazos que quedaban como fotografías en blanco y negro a punto de
colapsar. Esos seres que cada día mueren un poco más.
-¿Crees que mi padre sea feliz?- dijo ella.
-Lo dudo. Una noche cuando andaba vigilando la chacra del don Melciades, lo
vi caminando hacia su casa, iba con un cuchillo y un látigo. Lo perseguí por
pura curiosidad y logré escuchar que repetía varias veces: ¿dónde estás hija?-
dijo él tristemente.
- Aún tengo la imagen de ella en mi cabeza.-contestó ella a punto de llorar.
-Tranquilízate, Zara- le dijo cariñosamente él. Mírame, mírame, Te amo.
Ella, exaltada, no paraba de decir: hermano, hermano. Yo también voy a morir.
De pronto, la oscuridad descendió en segundos y la procesión solo deseó llorar
desconsoladamente.