HACIENDO UN POCO DE HISTORIA
Decía Albert Einstein (1879-1955) que, para ser idóneo en una disciplina, es necesario
acercarse a conocer el devenir histórico de la misma.
Remontémonos, entonces, hasta los siglos XV y XVI, en que comienza a conformarse
una nueva visión del mundo: la Modernidad.
Por esa época, la institución dedicada a la preservación del saber letrado era la
Iglesia. Los clérigos, por lo general, conformaban el grupo de los intelectuales. No ha
de extrañarnos, por lo tanto, que las discusiones acerca de la creación de instituciones
que se dedicaran a la transmisión de la cultura se concentraran en los espacios
religiosos.
Por otra parte, en el siglo XVI comienza a configurarse una nueva institución: la
escuela pública. A medida que esta comenzaba a expandirse, se hizo necesaria la
existencia de maestros para atender a un número creciente de alumnos.
Dentro de la constelación de personajes preocupados por la educación en el siglo
XVII, nos encontramos con quienes muchos teóricos consideran el padre de la
Didáctica: el obispo protestante Juan Amós Comenio (1592-1670. En realidad, no
porque hasta entonces nadie hubiera hablado de ellas, sino por haber sido el primero
en sistematizarla como una ciencia especial que presentara, al mismo tiempo, los
perfiles fundamentales de la escuela como institución moderna.
No solo fue el precursor de la enseñanza a través de imágenes y el iniciador del
método global, sino que también fue autor de numerosas obras pedagógicas, entre
las que sobresalieron los manuales Orbis sensualium pictus y Janua linguarum
reserata. A nosotros nos interesa su Didáctica Magna, donde el humanista moravo
comprendió sus ideas pedagógicas con la intención de que fueran trasladadas a las
aulas de su época. Sin embargo, su pedagogía llegaría a los establecimientos
escolares recién dos siglos más tarde.
Este líder religioso de carácter bohemio, perteneciente a una orden eclesiástica
partidaria de la Reforma, luchó por modificar las concepciones metodológicas
memorísticas, repetitivas y elitistas de su época. No se detuvo sólo en una actitud
crítica, sino que además propuso la creación de un método universal que pudiera
enseñar todo a todos.
Textualmente en el epígrafe de la obra fundante de nuestra disciplina, escribe:
“Didáctica Magna que expone el artificio universal para enseñar a todos todas
las cosas (…) la proa y popa de nuestra Didáctica ha de ser investigar y hallar el
modo de que los que enseñan tengan menos que enseñar, y los que aprenden
más que aprender; que las escuelas tengan menos ruido, molestias en vano, y
más sosiego” (J. A. Comenio)
Principios del método global de Comenio
El maestro debía:
Tener como oficio exclusivo el ser docente.
Impartir clases a muchos niños a la vez.
Tener un método para ello.
Enseñar en la lengua materna relegando a un segundo plano el latín.
Motivar a los alumnos y captar su atención sin recurrir a métodos violentos.
Realizar explicaciones racionales del conocimiento, en forma agradable y
amena.
Proceder de lo general a lo particular.
Graduar la presentación del contenido: ir de lo más fácil a lo más difícil.
Seguir la siguiente secuencia en la presentación de los contenidos: sentidos,
memoria, entendimiento, juicio.
Implementar, siempre, “un solo y el mismo método para enseñar las ciencias;
uno solo y el mismo para todas las artes, y uno solo e idéntico para todas las
lenguas”.
Enseñar buenas costumbres.
Didáctica
La palabra “Didáctica” deriva del verbo griego didaskein que significa enseñar, instruir,
exponer claramente, demostrar. Si bien esta palabra acusa en griego una serie de
nociones que se refieren a la escuela, al maestro, a la instrucción y a la ciencia, en sus
comienzos no debía ser entendida en estricto sentido pedagógico. Más bien, lo
didáctico era primariamente un género literario, al lado de lo heroico y lo histórico. Este
significado se conservó a lo largo de la Edad Media hasta la Modernidad. Recién en el
siglo XVII, con J. A. Comenio, aparece con un sentido específicamente pedagógico.
La visión de Comenio era cosmológica: es decir, tenía su base en un orden natural
de origen divino. Pensaba que, para alcanzar la perfección, bastaba con imitar las
leyes naturales de la creación divina.
Según Comenio, no cualquiera podía dedicarse a la enseñanza: para hacerlo, debía
conocer el método y sus reglas y, claro está, aplicarlo.
Los primeros postulados teóricos de la Didáctica resultan normativos: son claras las
prescripciones acerca del “saber hacer” del docente para lograr un “deber ser” y
conformar, de ese modo, un modelo pedagógico completo.
Sin ánimo de desmerecer la importancia del pensamiento comeniano, es preciso
hacer algunas consideraciones de tono crítico. Una de las limitaciones en sus ideas
didácticas es que él no se planteaba mayores distinciones a la hora de enseñar.
Esto es así porque pensaba en la Didáctica como un artificio universal, válido tanto
para cualquier alumno- independientemente de sus características- como para
cualquier rama del saber, sin considerar sus rasgos distintivos.
Sin embargo, el desarrollo mismo de la disciplina ha demostrado que esto no es así.
En lo últimos años se han desprendido y desarrollado distintas Didácticas
Especiales, ya fuera en relación con la disciplina (Didáctica de la Matemáticas,
Didáctica de las Ciencias Naturales, etc.) o en relación con el nivel educativo (didáctica
de Nivel Primario, Didáctica de Nivel Superior.)
Esto quiere decir que tanto la edad como el tipo de conocimiento a enseñar ha
resultado ser dos variables de fundamental importancia a la hora de diseñar cualquier
actividad didáctica. Son elementos que dan estructuras al método didáctico. No se
debe al azar Comenio se haya preocupado por cuestiones didácticas. Para su época,
podemos identificar a Comenio como un emergente del pensamiento burgués que
florecía en ese entonces, un representante de los intereses de esta clase que se
encontraba en pleno ascenso social y que, imperiosamente, necesitaba de la
formación de un número creciente de jóvenes para cubrir puestos en la administración
y en el comercio. Al mismo tiempo, se hacían necesario reordenar y legitimar las
nuevas estructuras de poder diseñadas por la burguesía, recurriendo a argumentos de
corte científico y racional.
En los comienzos de la constitución de la Didáctica como disciplina de un saber
diferenciado, encontramos un rasgo que quizás sea necesario recuperar: el de
albergar en su interior utopías pedagógicas, las formas más puras del deber ser en
educación. Y, como bien señala Eduardo Galeano (1940- ), las utopías están en el
horizonte cual si fueran faros: si nos acercamos a ellas dos pasos, se alejarán
dos pasos; si hacemos diez, se correrán diez. Por mucho que andemos, no las
alcanzaremos. Entonces ¿para qué sirven? La respuesta la brinda este mismo
autor: “Para eso sirven: para caminar”.
¿Arte, Técnica o Ciencia?
Conocer la Didáctica desde una perspectiva epistemológica no constituye una
tarea sencilla. Es necesario encararla seriamente, pues no es un tema habitual de
reflexión por parte del educador. A decir verdad, ha sido un tema bastante
descuidado en la formación del profesorado. Este “descuido”, por llamarlo de
alguna manera, no ha sido ni ingenuo ni inocuo. Fue socio de una concepción
positivista de la ciencia y de un núcleo de “verdades didácticas” que circulaban,
en los salones de clase.
Esta filosofía se sustentaba en conocimientos que se autocalificaban como
“científicos” y se trasladaban al aula sin mayores miramientos, como si el espacio
de la práctica pedagógica fuera un campo de aplicación de meras fórmulas o
técnicas didácticas.
En otro plano, esto contribuyó a que el docente no pensara acerca de su propia
relación con el conocimiento en general. Para abordar el campo del saber didáctico
o de cualquier otro campo de conocimiento se debe aclara, en primer lugar, de qué
concepción de conocimiento se parte.
Si el docente parte de una concepción de conocimiento cerrada, estática, aislada,
cosificada y concibe al conocimiento como una verdad acabada o como un “deber
ser” seguramente planteará sus clases presentando los contenidos como verdades
absolutas e incuestionables.
Supongamos que un docente de 6to grado debe dar una clase acerca del
Descubrimiento de América y la presenta realizando un relato en el que describe la
llegada de Colón. Su discurso podría ser similar a este: “Niños, copien en sus
cuadernos. En el año 1492 Cristóbal Colón, luego de partir del Puerto de Palos,
llega a América. Viajaban en tres carabelas: la Niña, la Pinta y la Santa María…”
Por el contrario, si el docente concibe al conocimiento como una construcción
social en contaste devenir, seguramente presentará los contenidos como
inacabados, falibles, relativos y permitirá que sus alumnos generes una relación
autónoma en su búsqueda personal del saber, ya que estará permitiendo la
posibilidad de dudar frente al conocimiento que se le presenta. Un docente, desde
esta perspectiva, plantearía su clase de un modo totalmente diferente a la anterior.
Por ejemplo, podría seleccionar un tramo de la película E.T (cuando el niño
protagonista de la misma se encuentra por primera vez con el personaje que viene
de otro planeta). A partir de esta actividad motivadora el docente puede guiar una
actividad de análisis en la que sea posible examinar los sentimientos y
sensaciones de los dos personajes ante ese encuentro inesperado. Paralelamente,
podría guiarse a los niños en un análisis que les permitiera pensar acerca del
impacto que se produjo al encontrarse dos culturas totalmente distintas como la
europea y la indígena.
Es evidente, que en estos dos ejemplos, los docentes parten de posturas
diferentes, que inciden directamente en el planteo de sus clases.
La enseñanza como arte
La opción de ver a la enseñanza como un arte representa la línea de pensamiento
de quienes reconocen, en los docentes, cualidades innatas que se ponen en juego
en el salón de clases, y gracias a las cuales llevan adelante el proceso de
enseñanza sin mayores dificultades, despreciando cualquier tipo de saber
pedagógico.
Decir que la enseñanza es un arte no implica que los profesores nazcan y que no
se hagan. Por el contrario, los artistas aprenden y trabajan extraordinariamente
para ello. Pero aprenden a través de la práctica crítica de su arte.
La enseñanza como una técnica
La segunda opción representa el pensamiento de la Modernidad, que simplificó el
concepto de técnica a su expresión instrumental.
La palabra “técnica” tiene su origen en el verbo griego tectein, que significa crear,
producir, engendrar, dar a luz. En el mundo griego la técnica se encuadraba en un
contexto social, ético y metafísico que indagaba cómo y por qué se producía un
determinado objeto, desde el origen de la mente humana hasta la finalización y
concreción del producto.
A partir de la cosmovisión moderna, se produce esa simplificación de lo técnico al
respecto puramente instrumental, abandonando el contexto social y ético. Desde el
momento en que se produjo esta reducción, surgió socialmente la necesidad de
tener una visión más científica del hacer.
La enseñanza como una ciencia
La última opción, concebir a la Didáctica como una ciencia es la que genera más
polémica y discusión en los ámbitos académicos. Sin lugar a dudas, el carácter
científico de la didáctica es un punto controvertido. En ámbitos académicos y
científicos, se la cuestiona como disciplina científica ¿Por qué?
Señalábamos anteriormente que la Didáctica tiene como marca de origen su
carácter prescriptivo y normativo. Wilfred Carr define a la teoría de la
educación como una teoría práctica.
Según este filósofo, esto es así por el tipo de objetivos y propósitos que se
planifican en ámbitos educativos para guiar la acción del educador, que suelen ser
independientes de las situaciones complejas que puedan atravesarse en el aula.
La Didáctica tiene un fuerte compromiso con la intervención en situaciones reales
concretas y conflictivas, y con la acción desplegada en ellas. Esto denota un
fuerte componente práctico en la tarea de cualquier maestro.
De aquí que podamos afirmar que la actividad práctica docente está teñida de
prejuicios valorativos.
Por lo anterior algunos autores encuentran una razón válida para sostener que la
Didáctica es una teoría práctica pero no científica. A fin de poder defender nuestra
labor cotidiana en las aulas, y alejarnos de quienes dicen que somos partidarios de
las prácticas no científicas, es preciso que reflexionemos y tomemos conciencia de
los valores que las mismas conllevan.
Algunos docentes y expertos piensan que la Didáctica es un arte. El arte de la
enseñanza. Otros, en cambio, piensan que es una técnica. Una técnica para la
enseñanza.
Por último, están aquellos que sostienen que la Didáctica es una ciencia. La
ciencia de la enseñanza.
¿Cuál de ellas se acerca más a nuestra idea? Recordemos el objeto que elegimos
para representarla, y tratemos de incluirlo en alguna de las afirmaciones
anteriores.
Bibliografía:
Escuela para Educadores. El Universo Didáctico. Grupo Clasa.