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FRAY MARTÍN DE MURÚA

Fray Martín de Murúa, fraile mercedario, fue misionero en

Perú, en el tránsito del siglo XVI al XVII, y desempeñó su

misión en las cercanías del lago Titicaca y del Cuzco.

Allí pudo conocer muy bien algunos rasgos de los primitivos

habitantes del Tahuantinsuyu.

Además de su labor de evangelización, se dedicó a la tarea

de recopilar datos para escribir una historia del pasado

Incaico. Esta obra permaneció prácticamente desconocida

hasta mediados del siglo XX, en que se editó por primera

vez.

Son dos los manuscritos que sabemos con certeza salieron de

la pluma de Murúa. El primero, conocido como Manuscrito

Wellington, por haber permanecido durante años en la

Biblioteca del Duque de Wellington, es el más completo, y

estaba preparado para ser impreso, aunque no sabemos los

motivos por los que permaneció inédito. El segundo,

conocido a través de una copia conservada en el archivo de

los jesuitas de Loyola -de ahí su nombre, el Manuscrito

Loyola-, aún no ha sido impreso, y parece que se trata de

un borrador que sirvió de base para la obra definitiva.

En la tesis se realiza un análisis y una comparación

exhaustiva de los dos manuscritos, entre los que se


advierten notables diferencias de contenido. A través de

una revisión de crónicas anteriores y contemporáneas a la

de Murúa sobre la historia de los Incas, se señalan las

fuentes utilizadas por el mercedario para cada uno de los

manuscritos, así como las relaciones que existen con otros

cronistas. Además, se ofrece una completa visión de la

interpretación que la obra de Murúa hace de la historia,

sociedad y religión incaicas.

Batalla Martín de Murúa

La batalla Martín de Murúa, Friar dominicano español y

cronista, era misionario en Perú durante el XVI y XVII los

siglos, realizando su misión en los proximities del lago

Titicaca y Cuzco, adonde él vino saber algunas

características de los habitantes primitivos del

Tahuantinsuyu (imperio del inca) muy bien. Además de su

trabajo evangelistic, lo dedicaron a la tarea de recopilar

datos para escribir una historia del pasado Incan que, en

1613, él dio derecho Historia del general Perú. Se

considera el chronicle ilustrado más temprano de Perú de su

historia poste-Española prehispanic y temprana de la

conquista.

El trabajo de Murúa viajó primero a través del virreinato

en busca de aprobaciones en última instancia incumplidas de


la publicación, antes de hacer su manera a España y a

Inglaterra, acumulando las cicatrices de las políticas,

historia y celebró las figuras que la acariciaron, pero las

consignó al oblivion genteel por sobre un siglo. En 1945,

volvió a allanar, entonces reasumido su odisea, a Nueva

York, Alemania, y de nuevo al mundo nuevo, donde el libro,

sus aumentos y las canceladuras finalmente están gozando de

estudio sostenido.

Las tentaciones de la carne

Fray Martín de Murúa es un cronista de quien no se tiene

muchos datos. Vasco, se presume que nació en Azpetia;

alguien lo hace paisano de San Ignacio de Loyola. Lo que

sabemos de él en tierras peruanas es que fue comendador del

pueblo de Yanaca, de la provincia de Angaraes. Que fue

fraile doctrinero de Guamán Poma de Ayala, quien lo acusa

de haber tratado de birlarle la mujer. Que su ministerio lo

llevó por tierras de Puno y del Lago: fue cura vicario de

Capachica y Aymaraes. Que gran parte de su crónica la

escribió en el convento de La Merced, del Cusco. Que la

terminó entre temblores, cenizas y oscuridades, en

Arequipa, cuando la reventazón del Huaynaputina, el año de

1600. En 1614 se hallaba en Córdoba del Tucumán y Buenos

Aires. Y, finalmente, en 1616, lo encontramos muy atareado

en Madrid.
Otra acotación que debe hacerse a la escueta biografía de

Murúa es su inocultable y desmedido entusiasmo, amén de

democrática falta de prejuicios por el bello sexo nativo.

Se ayuntaba con doncellas, anota indignado Poma de Ayala. Y

para su uso, nos dice, tenía, en la cocina, a la hija de un

indio tributario.

Aún hay algo más del buen Murúa. Registra con minuciosos

detalles las cualidades, calidades y exigencias corporales

de las que debían estar dotadas las vírgenes del sol; como

los cuidados para preservarlas de miradas que despertaran

apetitos plebeyos. Se preocupa también el cronista por los

hechizos y filtros de amor para revitalizar "la potencia

del varón". Como igualmente se solaza describiendo muslos,

pechos y desnudeces femeninas reales: todos andaban

desnudos, tanto mujeres como hombres, cuenta engolosinado.

Aunque, luego, olvidándose, acota que las ñustas no se

desnudaban para dormir. Datos calenturientos de una libido

en ebullición que, por cierto, ningún otro cronista

registra. Y que Raúl Porras Barrenechea, en ese insuperable

trabajo que es Los cronistas del Perú, destaca con sorna, y

buen humor no exento de malicia.

LA OBRA

La obra de Murúa que se titula Historia de los Incas, Reyes

del Perú ha merecido diversas ediciones. Las de Horacio H.


Urteaga (1922-25); Constantino Bayle S. J.(1946), Francisco

A. Loayza, prologada por Raúl Porras Barrenechea; y de

Mendizabal Losack (1963); además, del denominado manuscrito

Wellington -tomado como trofeo de guerra en España, por el

susodicho duque-, publicado por Manuel Ballesteros Gabrois

(1962).

Pero aquí viene lo bueno. Murúa llegó a Madrid en 1616,

donde pidió licencia para publicar su "crónica, que traía

dibujos groseramente pintados de los Incas y Coyas y de las

armas y costumbres," obra cuyo título era Historia General

de los Quipus de los Indios y otras antigüedades del Perú,

se dice, muy distinta de su Historia de los Incas.

Lo cierto es que aquí hay un batiburrillo de fechas, citas,

manuscritos perdidos y encontrados y vueltos a perder.

Hipótesis, donde los nombres de los hagiógrafos de Guamán

Poma especulan y pontifican. Acusaciones a Murúa de conocer

la Nueva Corónica y "de haberse aprovechado impunemente de

sus dibujos, datos folclóricos y por lo menos del plan de

la obra". En fin, divertido nudo gordiano que quizá podrá

cortarse cuando se publique el aún inédito Códice Getty,

que con el Galvin/Ossio y el de Wellington, ya publicados,

permitirán realizar trabajos de eurística y de hermenéutica

que darán luces y derroteros en esa hasta ahora azarosa

senda.
Lo cierto es que esta edición facsimilar del Libro

Segundo / De los Príncipes y Capitanes del Gran Reino del

Perú, compuesto por el P. Fray Martín de Murúa, del Orden

de la Merced, nos plantea muchas interrogantes que, debemos

suponer, serán develadas, en algún momento, por

investigadores y estudiosos.

Lo primero que salta a primera vista al comparar Murúa con

Poma de Ayala son las ilustraciones. Las 113, a colores, de

Murúa frente a las 399 en blanco y negro de Poma de Ayala.

Ilustraciones que parecen provenir en la mayoría de los

casos de una misma mano. Y en otros de mano distinta pero

dentro del mismo patrón. Ni más ni menos que los dibujos

que ornan a Trujillo del Perú, del ilustre obispo don Jaime

Martínez Compañón. Este prelado, del siglo XVII, quien en

su largo periplo de visita a su diócesis norteña llevó en

su numeroso cortejo un equipo de dibujantes -acuarelistas-

que registraron admirablemente en imágenes, personas,

fauna, flora, costumbres, vestidos, juegos, música, villas,

etc. En el tiempo, ni más ni menos que lo que registran

tanto Pomas de Ayala cuanto Murúa.

Ahora bien, las ilustraciones tanto de Murúa como las de

Poma de Ayala, por su -diríamos- factura, asombroso

parecido, bien podrían haber procedido de un taller de

ilustradores. Lo que nos haría pensar dos veces sobre la


infusa genialidad del autor de Nueva Corónica, a quien cada

día le descubren nuevas y desconcertantes virtudes que,

francamente, nos dejan perplejos.

Y volviendo a esto de las imágenes, y de comparar textos,

bien podemos preguntarnos con todo derecho: ¿quién copió a

quién? Si bien hay ya por allí una estudiosa italiana que

dice tener pruebas irrefutables, amenazando con hacerlas

públicas, de que Poma de Ayala no sería el autor de la

Nueva Corónica. Y sí lo sería el padre Murúa. Lo que

provoca el enojo e indignación de los incondicionales y

genuflexos adoradores del cronista indio.

Si el asunto se quiere complicar más, por allí aparece una

carta del padre de Guamán Poma, recomendado al susodicho

Murúa, verdugo que maltraba a su hijo, para que reciba

mercedes de la corte. ¿El mismo Murúa la escribió y se la

adjudicó al progenitor del cronista indio? ¿El padre de

Poma de Ayala también era poseedor de la ciencia infusa al

igual que su letradísimo hijo? Cómo será, pues.

Lo que sí debemos anotar es que la publicación del Libro

Segundo / De los Príncipes y Capitanes del Gran Reino del

Perú, compuesto por el P. Fray Martín de Murúa, del Orden

de la Merced, acompañado por el estudio de Juan Ossio, es

una valiosa contribución al estudio de nuestra abierta


historia andina. Y es también, un espacio histórico que

plantea atractivos y desconcertantes enigmas.

Murúa ganó premio

Libros mejor editados.La hermosa reproducción de crónica de

s. XVI alcanzó el tercer lugar de galardón que da el

Ministerio de Cultura español.

Texto narra sobre los incas y lleva prólogo del antropólogo

Juan Ossio.

El Códice Murúa, un compendio de la historia de los incas

escrito por el fraile vasco Martín de Murúa en el siglo

XVI, cuyo original es propiedad de un coleccionista privado

irlandés, ha sido reproducido en un facsímil que permitirá

divulgar las costumbres de este pueblo americano.

El estudioso de este códice, el catedrático peruano Juan

Ossio, el editor del facsímil, César Olmos, y el aventurero

Miguel de la Quadra Salcedo dieron a conocer ayer este

documento, uno de cuyos ejemplares donaron a la biblioteca

del centro Koldo Mitxelena, en agradecimiento al trato

ofrecido por el Gobierno regional vasco a los componentes

de la última edición de la Ruta Quetzal.

El facsímil, galardonado con el tercer premio a los Libros

Mejor Editados concedido por el Ministerio español de

Cultura, está, al igual que el original, dividido en cuatro


partes que tratan sobre los incas y sus reyes, sus mujeres

y capitanes, y sus instituciones, al tiempo que describe 16

ciudades coloniales del siglo XVI.

El códice del religioso vasco contiene 113 dibujos a color

de los principales personajes de la vida inca, lo que,

según Ossio, resulta de gran importancia para conocer cómo

eran los vestidos de este pueblo.

Otros aspectos que cita la obra son los ritos y leyendas de

esta civilización, ya que describe hasta un sacrificio

humano y cuenta la historia de amor prohibido entre un

pastor y una "virgen del sol" (una mujer consagrada a este

astro).

El estudioso aclara que también es un documento de gran

valor para comprender la relación entre los europeos y los

indígenas, ya que Murúa contó para escribir e ilustrar su

libro con la ayuda de un indio, llamado Felipe Guamán Poma,

quien a su vez redactó otro códice que, según Ossio, es el

complemento ideal al del fraile.

Tras elaborar este texto, titulado originalmente Historia y

genealogía real de los reyes incas del Perú, de sus hechos,

costumbres, trajes y manera de Gobierno, Fray Martín de

Murúa lo adaptó para su publicación, algo que se intentó

sin éxito ya en 1616, a pesar de contar entonces con el

permiso del rey.


Este segundo texto adaptado y que no vio la luz es conocido

como Manuscrito Wellington, porque su original permaneció

durante años en poder de la familia del duque británico que

venció al emperador francés Napoleón, y actualmente se

encuentra en un museo de EEUU.

Perfil

EL CÓDICE. La crónica se llama Historia y genealogía real

de los reyes incas del Perú, de sus hechos, costumbres,

trajes y manera de gobierno. Fue escrita en el siglo XVI.

CONTENIDO. Reúne 113 dibujos a color. Describe 16 ciudades

incas. Narra con detalle un sacrificio humano y cuenta la

historia de amor de una "virgen del Sol" con un pastor.

Juan Ossio:

"Cronista Martín de Murúa fue el creador del cómic"

Rescate de Indias. El reconocido antropólogo acaba de

presentar la edición facsimilar con su respectivo estudio

de un manuscrito del cronista mercedario.

Coetáneo de Guamán Poma, con quien se enemistó, solo fue

historiográfico y descriptivo.

El antropólogo Juan Ossio Acuña, después de "perseguir" 26

años al cronista mercedario fray Martín de Murúa, pudo

tener entre manos -en 1996-, el original de una de las

versiones de lo que se conoció después como Historia y


genealogía real de los reyes incas del Perú. Pasaron nueve

años más para que Ossio Acuña presente con su respectivo

estudio una edición facsimilar de esa versión conocida como

Manuscrito de Galvín en honor a su actual dueño.

La edición facsimilar es de Testimonio Compañía Editorial

de España y respeta al detalle el original Galvín que data

de 1590. Contiene 113 dibujos en 145 infolios. El estudio

de Ossio se titula Códice Murúa y analiza la relación que

existió entre Murúa y Guamán Poma, la importancia de este

texto, así como la trascripción del manuscrito.

"El Manuscrito de Galvín es la segunda versión que Murúa

escribió. La primera, como esta segunda, fue descartada

porque le habían dicho que estaba muy ligada a sus

informantes indígenas y que no iba a interesar al público

europeo. La tercera versión, llamada Manuscrito de

Wellington fue la que llegó a publicarse, cambiada y con

solo 37 ilustraciones", explica Juan Ossio.

-¿Cuándo se interesó por Murúa?

-A finales de los años 60 estudiaba a Guamán Poma y entre

líneas siempre aparecía Murúa. Desde esos años, sin dejar a

Guamán Poma, que es mi guía para mis estudios del mundo

andino, he perseguido a Murúa. En 1996 hice amistad con la

familia Galvín y pude ver este hermoso original.


-¿Quién era Murúa?

-Es lo más trágico. De Murúa no sabemos más cosas que las

que él afirma o lo que dice Guamán Poma en Nueva crónica.

Nació en Azpeitia, Guipuzcoa, España, quizá en 1540. No

sabemos cuándo llegó al Perú. Guamán Poma lo menciona cinco

veces, incluso lo dibuja pegando a una india. Lo trata

pésimo.

-¿Alguna vez se llevaron bien?

-A finales del siglo XVI se llevaron bien y prueba de ello

es que Guamán Poma le ayuda en su crónica. Pero después, a

principio del siglo XVII (1604-1606), hay un rompimiento

entre ambos. Guamán Poma lo acusa de que quería robarle su

mujer.

Juan Ossio asegura que muchos dibujos que aparecen en

Manuscrito de Galvín son de Guamán Poma o de gente que

trabajaba con el cronista indígena.

"Podría aseverar que este manuscrito está hecho al alimón

entre Guamán Poma y Murúa. Hay muchas pruebas de ello!,

dice Ossio.

"Debo señalar también -agrega el antropólogo- que por el

uso de las secuencias de las escenas y los colores, por lo


menos en un dibujo, se podría decir que Murúa es uno de los

creadores del cómic".

-En cuanto a sentido, Guamán Poma reivindica a los indios,

¿también Murúa?+

No, Murúa es solo historiográfico. Describe a los incas y

sus costumbres como un anticuario. Se recrea con las cosas

cotidianas. Era sensual, por ejemplo, se recreaba

imaginando que las indias iban desnudas por los caminos.


FERNANDO DE MONTESINOS

El cronista Fernando de Montesinos es uno de los pocos

cronistas que nos describe por completo el calendario

inkaico con sus 12 meses de 30 días fijos, sus semanas de

10 días y los cinco días finales y el bisiesto, lo cual

resulta exactamente igual a lo descrito para el calendario

Maya.

Y los actuales aymaras tratan de festejar el año nuevo

aymara en la fecha en que los Inkas tan sólo medían el paso

del Cénit por el Cusco (21 de junio). Fuera de esa

medición, los Inkas celebraban en junio la fiesta del Sol,

el Inti Raymi (Pallardel 1988:1-28).

Montesinos y la presunta escritura perdida

El cronista Fernando de Montesinos era un clérigo jesuita

que llegó al Perú hacia 1628 y recorrió todo su territorio

llegando realmente a conocerlo, por lo menos físicamente. Y

de regreso a España publicó dos libros. El primero, Anales


o Memorias Nuevas del Perú, sobre la conquista del Perú y

Memorias Antiguas, Historiales y Políticas del Perú donde

precisamente planteó una versión alucinante de la historia

de los Incas. Dijo, por ejemplo, que había recogido la

versión de un imperio incaico anterior a los conocidos, con

una dinastía de hasta 62 Incas que fueron vencidos por una

horda invasora primitiva. Estos guerreros, ignorantes,

habrían destruido las pruebas de la existencia de escritura

en los tiempos inme-moriales. Agregó incluso que el Perú

era el Ofir de David y Salomón y que Noé estuvo aquí.

Las historias de Montesinos han sido calificadas de falsas

e irrelevantes por la mayoría de los más importantes

estudiosos del pasado peruano. Porras, por citar un

ejemplo, lo calificó de “fantaseador”, aunque reconoció que

la existencia de la palabra quilca “no es una de las tantas

invenciones del clérigo (Monte-sinos)” y que efectivamente

existió, como veremos adelante, un singular sistema de

escritura. Citaremos extensamente a Riva Aguero para

explicar la tesis de Montesinos respecto de la existencia

de un gran imperio anterior a los Incas:

El único historiador importante que sostuvo la existencia

de este imperio fue el licenciado Fernando Montesinos.

Asegura Montesinos que Pirua Pacari Manco, denominado

también Ayar Uchu, fue el padre de Manco Cápac y el


fundador del reino peruano y del Cuzco, su capital; que el

quinto de sus sucesores ganó las comarcas de la costa.

Chachapoyas y Quito; que al cabo de muchos años ocurrieron

varias irrupciones de tribus venidas del sur, y que la

nación de los Chimus arribó a Santa Elena, Trujillo y

Pachacamac, se estableció en todo el litoral y ocupó en la

sierra Cajamarca, Huaitara y Quinua; que después de haber

gobernado sesenta y dos monarcas cuzqueños, en constante

lucha con los costeños o yungas y con los bárbaros de

Tucuman y Chile, el impoerio sucumbió por la acometida de

nuevas hordas feroces; el rey Titu Yupanqui fue derrotado y

muerto en Pucara, la anarquía se extendió en el país, el

Perú se fragmentó en pequeños estados, cada provincia

eligió caudillos particulares, el Cuzco fue deshabitado, la

dinastía legítima se refugió en Tamputocco o Pacaritambo,

las costumbres se corrompieron, la religión se alteró y se

perdieron los jeroglíficos, conocidos desde los primeros

tiempos.

El rey Túpac Cauri, a semejanza de Chihuang-ti en la China,

ordenó la destrucción de las quilcas o pergaminos y de las

hojas de los árboles en que escribían y prohibió, so pena

de la vida, el uso de las letras, que fueron reemplazadas

por los quipus...


Riva-Aguero justificó a Montesinos especulando sobre sus

fuentes, que no habrían sido otras que documentos

depositados en las bibliotecas de los jesuitas, en Lima y

que él habría copiado con algo de ligereza: “No es, pues,

el Licenciado Fernando Montesinos un deliberado inventor de

patrañas, pero no es tampoco el portentoso revelador de una

vasta región histórica que pocos imaginan. Es un compilador

de tradiciones preincaicas amontonadas por otros cronistas

hoy desconocidos, en los cuales una partícula de verdad se

ahoga y pierde bajo inmenso cúmulo de alteraciones y

falsificaciones”.

Escuchemos finalmente al propio Montesinos en una breve

selección de sus Memorias Antiguas:

Ya por ese tiempo, el primer hijo de Huanacaui, llamado

Sincho Cosque, era mozo de buena edad y hermosa

disposición, y era querido y amado por todos los súbditos

de su padre. Dicen los amautas que sabían las cosas de

estos tiempos por tradiciones de los antiquísimos

comunicadas mano a mano, que cuando este príncipe reinaba,

había letras y hombres doctos en ellas, que llamaban

amautas, y estos enseñaban a leer y escribir; la principal

ciencia era la astrología; a lo que he podido alcanzar

escribían en hojas de plátanos; secábanlas y luego

escribían en ellas, de donde vino a Juan Coctovito en su


‘Itinerario Hierosolimitano y Siriano’ (lib.I, cap.14, fol.

92), que los antiguos escribían en estas hojas, y que las

líneas que hoy se usa en los pergaminos de Italia, se debió

tomar de aquí. Y en Chile, cuando a Alonso de Ercilla le

faltó papel para su ‘Araucana’, un indio le suplió la

necesidad con hojas de plátano, y en ellas escribió muy

grandes pedazos, como dice el padre Acosta. También

escribían en piedras: hallóse un español en los edificios

de Quínoa, tres leguas de Guamánga, una piedra con unos

caracteres, y pensando que allí estaba la memoria de una

guaca escrita, guardó la piedra para mejor entendida. Estas

letras se perdieron a los peruanos por un suceso que

acaeció en tiempo de Pachacuti sexto, como veremos en su

lugar.

Más adelante, efectivamente, Montesinos hizo un relato muy

detallado de la presunta guerra con los invasores que

terminaron destruyendo el viejo imperio... y su escritura,

que desapareció para siempre.

El licenciado Fernando de Montesinos adolecía de un grave,

gravísimo e inexplicable mal para quienes pretenden

dedicarse a relatar lo sucedido: exceso de imaginación.

¿Cómo, por favor, pudo inventar dinastías y períodos

incaicos de miles de años como los días de la Biblia?

En su monumental obra Los cronistas del Perú, (Biblioteca

Clásicos del Perú - Banco de Crédito del Perú) don Raúl


Porras Barrenechea hace una extraordinaria y deliciosa

descripción de este audaz caballero a quien Riva-Agüero

llamó "Padre de todas las quimeras y depositario de todas

las patrañas".

Lo que no significa, sin embargo, que no haya legado

documentos importantes y confiables como su Arte de los

metales y sus Anales del Perú.

Pero su gran pecado histórico, tal como lo señala Porras,

se resume en dos de sus teorías: "1.- La existencia de un

larguísimo Imperio Incaico antes de los Incas conocidos y

oleados por todos los cronistas y 2.- La existencia de la

escritura que fue conocida por los primitivos peruanos y

perdida después de feroces invasiones tras de las cuales se

sustituyó por los quipus".

De acuerdo a Porras, el Licenciado Montesinos (que llegó al

Perú con el Conde de Chinchón en 1628 y murió en España

probablemente en 1644), "prolongó su cronología desde Manco

Cápac hasta el Diluvio y para rellenar los 4.000 años que

le faltaban para ligar a Noé y Ofir, acogió la lista de 90

reyes o incas recogidos en los relatos de algún indio

gárrulo o bellaco, o en los escritos de un fraile

fantasista que por alguna causa reservaron de la

publicación los cuerdos jesuitas y aprovechó el transeúnte

aventurero".