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SOBRE EL VERDADERO OBJETO DE ESTUDIO DE LA ESTÉTICA EN TANTO

FILOSOFÍA DE ARTE
El objeto de estética lo constituye lo estético o lo artístico y en términos de belleza, como
se ha hecho tradicionalmente, y se tiende a identificar, en última instancia, lo estético con
lo bello, y el arte con la belleza, y se asigna a la estética como algo esencial investigar lo
bello en sus diversas formas o manifestaciones, se echa en el olvido lo que a nuestro
parecer no puede quedar nunca marginado, es decir, la obra de arte en sí misma.
Lo bello lo podemos entender como eso que nos produce una máxima satisfacción plena y
desbrozada, y se le considere como una manifestación sensible de la verdad de que lo bello no
puede construir más que un objeto importante, pero secundario porque la experiencia de lo bello
como la de estética, se originan y se generan esencialmente en la obra de arte. Los problemas
centrales de la estética siempre han estado estrechamente ligados al arte, no obstante, hay que
insistir que eso tan sólo no basta; hace falta detenerse en la obra de arte concreta e individual para
poder responder desde su esencia a la pregunta más general sobre su estatuto ontológico. Basta
examinar la historia de la estética para advertir que esta pregunta no ha sido jamás plenamente
respondida. Está filosofía de arte postulada cuyo objeto esencial es la obra de arte y su tarea
consiste en desvelar la naturaleza el ser, la estructura óntica- de la obra artística para poder
contestar a la pregunta fundamental y primera que interroga sobre algo aparentemente tan
sencillo, pero en verdad profundamente oscuro, como lo es el ser de la obra artística.

Desde el punto de vista fenomenológico y hermenéutico sólo se puede responder a esta pregunta
desde la vivencia estética. Es en la vivencia estética experiencia originaria del ser artístico es donde
se constituye y se estructura la obra de arte como fenómeno estético. Es, por eso que es un error
pensar que la obra de arte es como los demás objetos del mundo, que en buena medida se
autoconstituyen sin una intervención decisiva del espíritu humano. Ejemplo: La taza de té “aquí”
sobre mi escritorio, con su color, su aroma, su forma y su estructura es en sí y por sí taza de té. Se
da al conocimiento de una manera más bien acabada y aunque es verdad que por el sólo hecho de
ser objeto de conocimiento es de alguna manera taza de té “humanizada”, el ser todo se agota y se
consume en ser lo que es y como es, independientemente del conocimiento. No ocurre lo mismo
con la obra de arte. Es aparentemente, pero no como la taza de té, sino que su ser, sobre saliendo
de la materia, alcanza su plena realización en él y por el acto espiritual que lo vive y lo contempla.
El ser artístico se constituye, en el activísimo proceso que enfrenta la “cosa artística” con la
conciencia estética sin que por ello quede reducido ni a cosa concreta alguna, ni a síntesis mental
como sostendría la estética psicologista. La obra de arte, en tanto fenómeno estético, no es nada
real como la taza de té; tampoco es nada ideal como el concepto de número primo, ni nada mental
como el agrado que me provoca la taza de té, sino lo que falta de mejor término, irreal. No se
podría fácilmente negar que la “La mona Lisa”, en cuanto obra de arte y no en cuanto trozo pintado
de tela, es decir, de algo real, no puede ser reducida a ninguna de las tres categorías primeramente
señaladas. Es irreductible a la pura cosa que es la tela que la soporta; es irreductible a una pura
idea de como ocurre con los números, entonces es evidente que una cosa es la idea de la mona
Lisa y otra, muy diferente, la “mona Lisa” como obra de arte; tampoco podríamos confundirla
con el acto mental que su presencia nos suscita. La “mona Lisa” no es ni nuestra alegría ni el
sentimiento de serenidad y paz que nos hace sentir cuando contemplamos la obra. La “mona Lisa”
es, en este sentido, un objeto irreal. Cuando decimos “irreal” no queremos decir, en modo alguno,
no real. Por irreal entendemos, siguiendo a Hartmann y a Sartre, el modo de ser de ciertas
entidades imaginarias que, en tanto imaginarias, son, como señalan los fenomenólogos,
intencionales. Sin embargo, como el predicado irreal puede decirse de una serie de objetos que
desbordan las categorías de lo artístico, llamaremos más bien objetos ficticios o entes de ficción al
tipo de seres irreales que se constituyen en la experiencia estética. Conocemos, vivimos y
actuamos en un mundo que llamamos real. En este mundo real vivimos como seres reales,
establecemos relaciones con otros seres reales, con las cosas y con los hechos en medio de un
espacio y de un tiempo real. En la obra de arte, en cambio, se vive la realidad como ficción. Cada
obra es un cosmos, un mundo que ella misma instaura y constituye. También encontramos en ese
mundo seres, personas, cosas, objetos y acontecimientos en medio de un tiempo y de un espacio
inherente a la obra, pero de ficción. Nada puede justificar, entonces, el negar la existencia del
mundo de La Odisea con sus personajes, sus objetos, sus hechos y sus historias. Todo se desarrolla
en ese mundo como si fuera real, aunque no lo sea en el sentido que lo es el mundo que nos
rodea. Lo es, en cambio, en tanto de algún modo modifica y actúa sobre nuestra existencia. Quien
lea la Ilíada o la Odisea vivirá, sufrirá y se emocionará con los acontecimientos, los dichos y los
hechos de los personajes. Ingresará espiritualmente en la esfera de ese mundo como
contemplador apasionado y de esa manera el mundo de ficción acabará por entrar en relaciones
con su mundo real, con su vida cotidiana, modificándola incluso profundamente. Es un hecho
generalmente admitido que las grandes obras enriquece el espíritu, profundizan nuestra
concepción del mundo y ensanchan nuestra experiencia.