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Resumen Inhibición, Síntoma y Angustia. Caps IV, V y VI.

Cap .IV.

En este apartado, Freud profundiza en la angustia de las fobias, particularmente las Zoofobias, a
través del caso Juanito, con algunas referencias al caso del Hombre de los Lobos. En un inicio
menciona que Juanito sufre de una zoofobia histérica infantil. La incomprensible angustia frente
al caballo es el síntoma. La incapacidad para andar por la calle es una inhibición, una limitación
que el Yo impone para no provocar el síntoma-angustia. No se trata de una angustia difusa frente
al caballo, sino de una expectativa angustiada de ser mordido por éste, o que incluso éste pueda
entrar en su cuarto en cualquier momento.

Freud pide considerar la situación psíquica general de Juanito, quien se encuentra en pleno
complejo de Edipo. El amor hacia su madre y la rivalidad hacia su padre marcan su conflicto.
Existe también un conflicto de ambivalencia dirigido al padre, un amor bien fundado y un odio
igual, ambos dirigidos al padre. Su fobia es un intento de solucionar ese conflicto.

Freud describe, que podría haber otro desenlace mediante la formación reactiva, si la moción
tierna se refuerza, mientras que la otra desaparece, y solo tenemos noticias de esta otra por el
carácter desmesurado y compulsivo de la ternura que nos revela que se mantiene así para tener
sofocada a su contraria, siendo el impulso hostil hacia el padre la moción pulsional que queda
reprimida. Sin embargo en Juanito no sucede tal formación reactiva, el había visto caerse un
caballo, así como vio caerse y lastimarse a un compañerito de juegos que jugaba al “caballito”. El
deseaba que su padre se cayese, y se hiciera daño como el amigo y el caballo, siendo este deseo
una moción equivalente a la asesina del complejo de Edipo. De allí el temor de ser mordido por el
caballo como una venganza de éste.

Se aclara que si bien Juanito siente amor hacia su madre y rivalidad hacia su padre, es natural que
temiera la venganza y el castigo de éste y que su actitud frente a él fuese de angustia. Sin
embargo, esto sería la expresión de sus afectos y no necesariamente algo neurótico, lo que lo
vuelve neurótico es la sustitución (desplazamiento) del padre por el caballo, siendo este el síntoma
que permite la resolución del conflicto por ambivalencia sin auxilio de la formación reactiva. Se
añade que el desplazamiento es posibilitado ya que a ésta edad pueden reanimarse las huellas
innatas del pensamiento totemista, donde el varón adulto, admirado pero temido, se sitúa en la
misma serie que el animal grande al que se le envidiaba, pero se le temía porque podía volverse
peligroso. El conflicto de ambivalencia no se tramite entonces en la persona misma; se lo esquiva
deslizando una de sus mociones hacia otra persona como objeto sustitutivo.

Sin embargo, Freud aclara, que si sólo se hubiese mudado de objeto, las mociones hostiles de
Juanito se enfocarían en los caballos, sin embargo esto no se mostró, se mostraba era el temor a
ser mordido por éstos, por lo que ha ocurrido algo más. Al igual que en el Hombre de los Lobos y
otro de sus casos, el de un joven norteamericano que temía ser comido por identificarse con un
material comestible de unas galletas, en el fondo se esconde la idea de ser devorado por el padre.
Esta idea representa un patrimonio infantil arcaico y típico, es la expresión, degradada en sentido
regresivo, de una moción tierna pasiva: es la que apetece ser amado por el padre, como objeto, en
el sentido del erotismo anal.

Entonces, además del desplazamiento, hay una regresión a la fase sádica y la fase oral y una
transformación en lo contrario, pues en lugar de ser amado por el padre, hay miedo a ser
devorado por éste. Entre comparaciones con el caso del Hombre de los Lobos, añade Freud, que si
el yo consigue llevar la pulsión a la regresión, en el fondo la daña de manera más enérgica q con
una represión.

Freud afirma que no cabe duda de que la moción pulsional reprimida en estas fobias (Lobos y
Juanito) es una moción hostil hacia el padre, el cual queda reprimido por un proceso de
transformación en lo contrario. Simultáneamente, ha sucumbido a la represión otra moción
pulsional de sentido contrario: una moción pasiva tierna respecto al padre que ya había alcanzado
el nivel de la organización libidinal genital. Esta es la que experimenta la regresión más vasta e
influye sobre el contenido de la fobia. Debe tenerse en cuenta que también Juanito, a través de
esta fobia cancela también la investidura de objeto-madre tierna, de la cual el contenido de la
fobia no deja traslucir nada. Ha quedado reprimido el impulso amoroso hacia la madre. No existe
una única represión sino muchas de ellas y también la regresión. A través de la fobia tramitó las
dos mociones principales del complejo de Edipo (agresiva hacia el padre y tierna hacia la madre).

Volviendo a la comparación con el Hombre de los Lobos, el motor de la represión en ambos casos
termina siendo la angustia frente a una castración inminente y los contenidos angustiantes son
sustitutos desfigurados del miedo a ser castrado por el padre. Esclarece que la angustia de las
fobias no proviene del proceso represivo y de las investiduras libidinales de las mociones
reprimidas, sino de lo represor mismo, ya que la angustia de las zoofobias es la misma angustia a
la castración, una angustia que define como realista, frente a un peligro considerado real, creando
la angustia a la represión y no al contrario, como se creía previamente.

Acá vuelve Freud a sus consideraciones sobre las neurosis actuales y la afirmación que por obra de
la represión la agencia representante de pulsión es desfigurada y la libido de la moción pulsional
es mudada en angustia. Aclara que según lo visto en la angustia de las fobias, se demuestra lo
contrario: la angustia (en la mayoría de los casos) es lo primario y esta es la que impulsa la
represión.

Explica el por qué consideró en su momento que la libido reprimida podía generar exceso de
angustia, y deja cierto margen a la posibilidad que la represión de ciertos impulsos libidinales
genere angustia. Sin embago, intentando conciliar con la posición actual (1926), aclara que si bien
algunas prácticas sexuales interrumpidas provocaban angustia y un apronte angustiado general, se
podría explicar esto pensando que el Yo sospechaba peligros cuando hay un coitus interruptus (u
otras frustraciones), ante los cuales reacciona con angustia, pero añade que esta hipótesis no
conduce a nada. Los análisis de las fobias anteriores parecen hacer más sólida la hipótesis de que
la angustia produce la represión y no al contrario.
Cap. V.

Freud inicia hablando de la ausencia de angustia en alguna de las neurosis, mencionando como un
ejemplo clave la histeria de conversión, donde sus síntomas aparecen sin la presencia de angustia,
lo que cuestiona los vínculos entre la angustia y la formación de síntomas. En su contraste,
menciona que las fobias, a pesar de ello presentan factores comunes con la histeria de conversión,
por lo que termina llamándoles histeria de angustia.

Freud prosigue con un estudio de las histerias de conversión y sus síntomas, que describe como
procesos de investidura permanente o intermitente, aclarando que casi siempre en los síntomas
permanentes desplazados a la motilidad, como el caso de parálisis y contracturas, la sensación de
displacer casi siempre falta por completo, mientras que en el caso de los síntomas intermitentes
como dolores y alucinaciones (referidos a la esfera sensorial), siempre están presentes
sensaciones de displacer. A partir de acá decide analizar el proceso formativo del síntoma, y de la
lucha del yo contra el mismo, en la neurosis obsesiva, debido a la poca transparencia que puede
obtener en la histeria de conversión.

Aclara que los síntomas de las neurosis obsesivas, son de dos clases contrapuestas: prohibiciones,
precauciones y castigos (de naturaleza negativa), rechazos y medidas punitivas; por otro lado,
satisfacciones sustitutivas y aunque el primer caso es más antiguo, al cronificarse la neurosis
prevalecen las satisfacciones sustitutivas, que logran burlar las defensas.

Indica que el síntoma busca amalgamar la prohibición con la satisfacción y añade que en los casos
menos complicados se podrán observar síntomas de dos tiempos. Un buen ejemplo sería cuando
el Hombre de Las Ratas quita y luego vuelve a colocar la piedra en el camino, primero temeroso de
que vuelque el carruaje de su amada al tropezar con ésta, y luego convencido que se trata de un
disparate. En este caso se testimonia el importante poder que juega la ambivalencia en estas
neurosis ya que al síntoma se le añade el opuesto directo.

Freud agrega que la situación inicial de la neurosis obsesiva, al igual que en la histeria recae en la
necesaria defensa contra las exigencias libidinales del complejo de Edipo, pero debido a que en
estos casos la organización genital de la libido es débil y poco resistente, cuando el yo da comienzo
a sus intentos defensivos, logra como primer éxito una regresión de la organización genital de la
fase fálica al estadio anterior sádico-anal. También pudiera ocurrir que la regresión no sea
consecuencia de un factor constitucional sino de uno temporal, siendo resultado que la renuencia
del yo se inicia más temprano, durante la fase anal sádica. Sin embargo, la observación de los
casos analíticos muestra que más bien el estadio fálico ya se ha alcanzado en el momento de surgir
la neurosis obsesiva. Freud explica metapsicológicamente la regresión como una desmezcla de
pulsiones, en la segregación de los componentes eróticos que al inicio de la fase genital se habían
sumado a las investiduras destructivas de la fase anal sádica.

La regresión queda como el primer éxito del yo en su defensa contra las exigencias pulsionales de
la libido, todo esto motorizado por el complejo de castración. El inicio del período de latencia se
caracteriza por el “sepultamiento” del complejo de Edipo, y la formación o consolidación, del
superyó, así como el surgimiento de barreras éticas y estéticas en el interior del yo. (Ya citadas
desde 1905: la moral, la culpa y el asco).

Freud señala que en el caso de la Neurosis Obsesiva, estos procesos exceden la medida normal, ya
que a la sepultación del complejo de Edipo, se le agrega la degradación regresiva de la libido, el
superyó se vuelve particularmente severo, y el yo, desarrolla en obediencia a éste elevadas
formaciones reactivas de la conciencia moral, la compasión y la limpieza. Se proscribe también
poder continuar con el onanismo de la primera infancia que ahora se apuntala en
representaciones regresivas de carácter sádico anal. Puede parecer contradictorio que en aras de
conservar la masculinidad (debido a la angustia de castración) se coarte todo quehacer con los
genitales, aunque resulta exagerado realmente en la neurosis obsesiva.

Se indica que la represión y la regresión son sólo mecanismos de los que se vale la defensa,
pudiendo admitir uno nuevo: las formaciones reactivas que se producen dentro del yo del
neurótico obsesivo, que se disciernen como exageraciones de la formación normal del carácter.
En contraposición, estas últimas parecen faltar o ser más débiles en la histeria, cuyo proceso
defensivo parece limitarse a la represión; en cambio en la neurosis obsesiva, el superyó no puede
sustraerse de la regresión y la desmezcla de pulsiones allí sobrevenida. En el período de latencia,
la tarea principal es la defensa contra la tentación onanista. Esta lucha produce una serie de
síntomas ceremoniales y que exhiben ciertos rasgos, que en caso de sobrevenir después la
enfermedad grave, resaltan como tan nocivos, colocándose la libido en los desempeños que más
tarde están destinados a ejecutarse automáticamente.

La pubertad, por su parte, introduce un corte tajante en el desarrollo de la Neurosis Obsesiva, ya


que la organización genital interrumpida en la infancia vuelve a instalarse con gran fuerza. Por una
parte, vuelven a despertar las mociones agresivas iniciales, pero también, un sector más o menos
grande de las nuevas mociones libidinales se ve precisado a tomar las vías que ya había
prefigurado la regresión y a emerger en condición de propósitos agresivos y destructivos. Dado
este disfraz de las aspiraciones eróticas y las intensas formaciones reactivas producidas dentro del
yo, la lucha contra la sexualidad continúa tomando como base banderas éticas, revolviéndose
asombrado el yo contra invitaciones crueles y violentas que le son enviadas desde el ello a la
conciencia. Cabe destacar que el superyó, muy severo, se consolida en la sofocación de la
sexualidad en la medida que le parece que ésta ha tomado formas repelentes. De este modo, en la
neurosis obsesiva, el conflicto se refuerza en dos vías: lo que defiende se ha vuelto más
intolerante y aquello de lo que se defiende se ha vuelto más insoportable, todo por influjo de la
regresión libidinal.

Cuando la representación obsesiva desagradable ocurre de manera consciente, se dice que ha


atravesado la barrera de la represión. Por lo general en los diversos casos, el texto genuino de la
moción pulsional agresiva no se hace evidente para el yo. Ya que lo que invade en la conciencia es
una sustitución desfigurada de una imprecisión onírica y nebulosa. Si la represión no ha sido
perturbada por el contenido de la moción pulsional agresiva, ésta ha apartado el carácter afectivo
que la acompañaba. De esta manera, la agresión ya no aparece para el yo como un impulso, sino
como un contenido de pensamiento.

Por su lado, el afecto que fue apartado sale a la luz por otra parte. Donde el superyó actúa como si
no se hubiera originado la represión, y la moción pulsional agresiva le es evidente en su texto
genuino, incluso con su carácter de afecto, por lo que trata al yo como éste considera a
consecuencia de esto. Por su parte el yo que se considera inocente, asume una responsabilidad y
un sentimiento de culpa que no puede explicar.

La actitud asumida por el superyó es comprensible. Sin embargo, la contradicción que ocurre
dentro del yo demuestra que a través de la represión éste se ha cerrado frente al ello, mientras
que se mantiene accesible a las influencias del superyó. Es por ello que el yo se restringe el
percibir la conciencia de culpa, a través una serie de diversos síntomas, acciones de penitencia y
limitaciones de auto-punición. Dichos síntomas son al mismo tiempo satisfacciones de mociones
pulsionales masoquistas que recibieron también un refuerzo desde la regresión.

Por lo general, la tendencia de la formación del síntoma, no consiste en obtener mayor cantidad
de espacio para la satisfacción sustitutiva a expensas de denegación (frustración). Estos síntomas
que inicialmente representaban limitaciones del yo, cobran más tarde el carácter de
satisfacciones.

Es por ello que el resultado de este proceso es un yo muy limitado, el cual se ve en la obligación de
encontrar sus satisfacciones en los síntomas. El desplazamiento que se origina en relación de
fuerzas a favor de la satisfacción, puede generar un temido resultado final: la parálisis de la
voluntad del yo, el cual para cada decisión, se encuentra lidiando con impulsos de igual intensidad
de un lado y del otro. El conflicto que se encuentra hiperintensificado entre el superyó y el ello,
gobierna esta afección, y puede extenderse tanto que ninguno de los desempeños del yo (que en
este punto es incapaz de mediar) se sustraiga de ser englobado en él.

Cap. VI.

En este apartado, Freud se dedica al examen de otros dos subrogados de la represión que se
aprecian en las neurosis obsesivas y que pueden mostrar que la represión puede tropezar con
dificultades en su funcionamiento. Se trata de los intentos por deshacer / borrar lo sucedido
(anulación) y el aislamiento.

En el caso de la anulación, no se busca borrar las consecuencias de un evento, sino al evento en si


mismo, a través de un símbolo motor. Aquí quedan representados ritos, supersticiones, y
ceremoniales. Los síntomas acá tienen dos tiempos: el primer acto es preventivo, evita que algo
suceda o se repita y tiene un carácter racional; el segundo acto son las cancelaciones, y se supone
borra un suceso ya acontecido, teniendo carácter mágico, proveniendo de la visión animista del
mundo. Se cancela el pasado mismo, se procura reprimirlo (suplantarlo) por vía motriz. Esta
tendencia explica la compulsión a la repetición. En la neurosis obsesiva, aquello que no ha
sucedido como el sujeto hubiera deseado es borrado por medio de su repetición en forma distinta,
acumulándose toda una serie de motivos para continuar indefinidamente esas repeticiones.

En el aislamiento, después de un suceso desagradable o un acto propio importante para la


neurosis, es interpolada una pausa, donde nada debe suceder, ni percibirse ni hacerse, para evitar
que los pensamientos relacionados a este primer acto, entren en contacto asociativo con los otros
pensamientos. A diferencia de la histeria, donde se puede olvidar una impresión traumática, aquí
no se puede olvidar pero, se intenta mediante el aislamiento, interrumpir los lazos asociativos.
Todo esto es vinculado por Freud, con uno de los tabús más antiguos: el tabú del contacto, típico
de las neurosis obsesivas.

Aclara que en la histeria, las fobias y las neurosis obsesivas, en los tres casos, la fuerza
motivacional por la que se inician es el miedo a la castración, pero únicamente en las fobias se
confiesa (identifica) este miedo, quedando como interrogante la dinámica en los otros dos casos.