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Pulsión y sus destinos - Sigmund Freud

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Pulsión y sus destinos Nota introductoria (James Strachey) Ambigüedad en el uso de los términos {<<pulsión>>} y {<<agencia representante de pulsión>>}

. Freud defina la pulsión como <<un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma>> <<el concepto fronterizo de lo somático respecto de lo anímico, […] el representante psíquico de poderes orgánicos>>. <<la agencia representante psíquica de una fguente de estímulos intrasomática en continuo fluir […] ybi de kis cibceotis dek deslinde de lo anímico respecto de lo corporal>>. Aparentemente consideraba a la pulsión misma como el representate psíquico de fuerzas somáticas. -En artículos posteriores- Freud traza allí una distinción muy neta entre la pulsión y su representante psíquico. <<Una pulsión nunca puede pasar a ser objeto de la conciencia; solo puede serlo la representación que es su representante. Ahora bien, tampco en el interior de lo inconciente puede estar representada si no es por la representación. […] Entonces, cada vez que pese a eso hablamos de una moción pulsional reprimida, no […] podemos aludir sino a una moción pulsión cuya agencia representante-representación es inconciente>>. Freud habla de la <<agencia representate psíquica de la pulsión>>, y continúa: <<... la agencia representate en cuestión persiste inmutable y la pulsión sigue ligada a ella>>, escribe luego que una agencia representante de pulsión es <<una representación o un grupo de representaciones investidas de la pulsión con un determinado monto de energía psíquica (líbido, interés)>>, y sigue diciendo que <<junto a la representación interviniene algo diverso, algo que representa a la pulsión>>. Por lo tanto, la pulsión ya no es considerada como agencia representate psíquica de mociones somáticas, sino más bien como no-psíquica en sí misma. El segundo de ellos es el que predomina. Más tarde, aludio a las pulsiones como <<el elemnto más importante y oscuro de la investigación psicológica>>, y en su artículo para la Encyclopaedia Britannica confesó que <<la doctrina de las pulsiones es para el psicoanálisis, sin duda, un ámbito oscuro>>. Freud distingue entre un <<estímulo>>, fuerza que opera <<de un solo golpe>>, y una <<pulsión>> que siempre actúa como una fuerza constante. De modo similar poco señala que el organismo primitivo puede eludir los estímulos externos pero no las necesidades pulsionales. Recién en los Tres ensayos se estableció explícitamente que la libido era una expresión de la pulsión sexual. Luego, aparentemente en forma súbita, en un breve trabajo sobre la perturbación psicógena de la visión, Freud introdujo la expresión <<pulsiones yoicas>>, a las que identificó, por una parte, con las pulsiones de autoconservación y, por otra, con la función represora. No obstante, la itroducción del concepto de <<narcisismo>> suscitó una complicación. En el artículo correspondiente, Freud planteó la noción de <<libido yoica>> (o <<libido narcisista>>), que inviste al yo, por contraste con la <<libido del objeto>>, que inviste a los objetos. Con todo, permanecía oscura la naturaleza exacta de estas pulsiones se alcanzó en Más allá del principio del placer. Freud reconoce francamente que se había llegado a una situación difícil, y declara de manera explícita que <<desde luego, la libido narcisista es una exteriorización de fuerzas de pulsiones sexuales>>, y que <<es preciso identificarla con las “pulsiones de autoconservación”>>. Todavía sostiene, sin embargo, que hay pulsiones de objeto que no son libidinales, y continuando con su postura dualista introduce su hipótesis de la pulsión de muerte. En el capítulo El malestar de la cultura, Freud recorre una vez más todo este territorio, prestando especial consideración, por primera cez, a las pulsiones agresivas y destructivas. Texto de Freud Un concepto básico convencional de esa índole, por ahora bastante oscuro, pero del cual en psicología no podemos prescindir, es el de pulsión. Primero del lado de la fisiología. Esta nos ha prporcionado el concepto del estímulo y el esquema del reflejo, de acuerdo con el cual un estímulo aportado al tejido vivo desde afuera es descargado hacia afuera mediante una acción. Esta acción es <<acorde al fin>>, por el hecho de que sustrae a la

sustancia estimulada de la influencia del estímulo, la aleja del radio en que esta opera. ¿Que relación mantiene la <<pulsión>> con el <<estímulo>>? Nada nos impide subsumir el concepto de pulsión bajo el de estímulo: la pulsión sería un estímulo para lo psíquico. En primer lugar: El estímulo pulsional no proviene del mundo exterior, sino del interior del popio organismo. Por eso también opera diversamente sobre el alma y se requieren diferentes acciones para eliminarlo. La pulsión, en cambio, no actúa como una fuerza de choque momentánea, sino siempre como una fuerza constante. Será mejor que llamemos <<necesidad>> al estímulo pulsional; lo que cancela esta necesidad es la <<satisfacción>>. Entonces, primero hallamos la esencia de la pulsión en sus caracteres principales, a saber, su proveniencia de fuentes del estímulo situadas en el interior del organismo y su emergencia como fuerza constante , y de ahí derivamos uno de sus ulteriores caracteres, que es su incoercibilidad por acciones de huida. Ya mencionamos la más importante de ellas; solo nos resta destacarla de manera expresa. Es de naturaleza biológica. El sistema nervioso es un aparato al que le está deparada la función de librarse de los estímulos que le llegan, de rebajarlos al nivel mínimo posible; es un aparato que, de ser posible, querría conservarse exento de todo estímulo. Los estímulos pulsionales que se generan en el interior del organismo no pueden tramitarse mediante ese mecanismo. Lo obligan a renunciar a su propósito ideal de mantener alejados los estímulos, puesto que producen un aflujo continuado e inevitable de estos. Entonces, tenemos derecho a inferir que ellas, las pulsiones, y no los estímulos exteriores, son los genuinos motores de los progresos que han llevado al sistema nervioso a su actual nivel de desarrollo. Nada impide esta conjetura: las pulsiones mismas, al menos en parte, son decantaciones de la acción de estímulos exteriores que en el curso de la filogénesis influyeron sobre la sustancia viva, modificándola. Y si después hallamos que la actividad del aparato psíquico, aun del más desarrollo, está sometida al principio del placer. Difícilmente podremos rechazar otra premisa, a saber, que esas sensaciones reflejan el modo en que se cumple el dominio de los estímulos. Y ello con seguridad en este sentido: el sentimiento de displacer tiene que ver con un incremento del estímulo, y el de placer con su disminución. La <<pulsión>> nos aparece como un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un repreentante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma, como una medida de la exigencia de trabajo que es impuesta a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal. Por esfuerzo de una pulsión se entiende su factor motor, la suma de fuerza o la medida de la exigencia de trabajo que ella representa. Ese carácter esforzante es una propiedad universal de las pulsiones, y aun su esencia misma. Toda pulsión es un fragmento de actividad. − La meta de una pulsión es en todos los casos la satisfacción que sólo puede alcanzarse cancelando el estado de estimulación en la fuente de la pulsión. Los caminos que llevan a ella pueden ser diversos, de suerte que para una pulsión se presenten múltiples metas más proximas o intermediaria. -Sobre pulsiones <<de meta inhibida>>- Procesos a los que se permite avanzar un trecho en el sentido de la satisfacción pulsional, pero después experimentan una inhibición o una desviación, la cual va a asociada a una satisfacción parcial. − El objeto de la pulsión es aquello en o por lo cual puede alcanzar su meta. Es lo más variable en la pulsión; no está enlazado originariamente con ella. No necesariamente es un objeto ajeno; tambipen puede ser una parte del cuerpo propio. Puede ocurrir que el mismo objeto sirva simultáneamente a la satisfacción de varias pulsiones; es, según Adler, el caso del entrelazamiento de pulsiones. Un lazo particularmente íntimo de la pulsión con el objeto se acusa como fijación de aquella. − Por fuente de la pulsión se entiende aquel proceso somático, interior a un órgano o a una parte del cuerpo, cuyo estímulo es representado en la vida anímica por la pulsión. Todas las pulsiones son cualitativamente de la misma índole, y deben su efecto sólo a las magnitudes de excitación que conducen o, quizás, aun a ciertas funciones de esta cantidad. ¿Qué pulsiones pueden establecerse, y cuantas?

He propuesto distinguir dos grupos de tales pulsiones primordiales: las pulsiones yoicas o de autocnservación y las pulsiones sexuales. Es una mera construcción auxiliar que sólo ha de mantenerse mientras resulte útil, y cuya sustitución por otra en poco alterará los resultados de nuestro trabajo descriptivo y ordenador. La ocasión que movió a establecerla brotó de la génesis misma del psicoanálisis, que tomó como su primer objeto las psiconeurosis, más precisamente el grupo de las llamadas <<neurosis de transferencia>> (la histeria y la neurosis obsesivas), y en ellas obtuvo la intelección de que en la raíz de todas esas afecciones se hallaba un conflicto entre los reclamos de la sexualidad y los del yo. Lo que la biología dice sobre esto no contaría por cierto la separación entre pulsiones yoicas y pulsiones sexuales. Enseña que la sexualidad no ha de equipararse a las otras funciones del individuo, pues sus tendencias van más allá de él y tienen por contenido la producción de nuevos individuos, vale decir, la conservación de la especie. La meta a que aspira cada una de ellas es el logro del placer de órgano; sólo tras haber alcanzado una síntesis cumplida entran al servicio de la función de reproducción, en cuyo carácter se las conoce comúnmente como pulsiones sexuales. En su primera aparición se apuntalan en las pulsiones de consevación, de las que sólo poco a poco se desasen; también en el hallazgo de objeto siguen los caminos que les indican las pulsiones yoicas. Una parte de ellas continúan asociadas toda la vida a estas últimas, a las cuales proveen de componentes libidinosos que pasan facilmente inadvertidos durante la función normal y sólo salen a la luz cuando sobreviene la enfermedad. Destinos que las pulsiones pueden experimentar en el curso de su desarrollo: − El trastorno hacio lo contrario − La vuelta hacia la persona propia − La represión − La sublimación Los destinos de pulsión ser presentados también como variedades de la defensa contra las pulsiones. El trastorno hacia lo contrario se resuelve, ante una consideración más atenta, en dos procesos diversos: la vuelta de una pulsión de la actividad a la pasividad y el trastorno en cuanto al contenido. La vuelta hacia a la persona propia se nos hace más comprensible si pensamos que el masoquismo es sin duda un sadismo vuelto hacia el yo propio, y la exhibición lleva incluido el mirarse el cuerpo propio. Lo escencial en este proceso es entonces el cambio de vía del objeto, manteniéndose inalterada la meta. El gozar del dolor -en el caso del masoquismo- sería, por tanto, una meta originariamente masoquista, pero que sólo puede devenir meta pulsional en quien originariamente es sádico. La mudanza pulsional mediante trastorno de la actividad en pasividad y mediante vuelta sobre la persona propia nunca afecta, en verdad, a todo el monto de la moción pulsional. La mudanza de una pulsión en su contrario (material) sólo es observada en un caso: la trasposición de amor en odio. Puesto que con particular frecuencia ambos se presentan dirigidos simultáneamente el mismo objeto, tal coexistencia ofrece también el ejemplo más significativo de una ambivalencia de sentimientos. La vida anímica en general está gobernada por tres polaridades: − Sujeto (yo)-Objeto (mundo opuesto) − Placer-Displacer − Activo-Pasivo La oposición entre yo y no-yo, [o sea,] sujeto-objeto, se impone tempranamente al individuo, como dijimos, por la experiencia de que puede acallar los estímulos exteriores meidante su acción muscular, pero está indefenso frente a los estímulos pulsionales. La oposición activo-pasivo no ha de confundirse con la que media entre yo-sujeto y afuera-objeto. El yo se comporta pasivamente hacia el mundo exterior en la medida en que recibe estímulos de él, y activamente cuando reacciona frente a estos. Sus pulsiones lo compelen sobremanera a una actividad hacia el mundo exterior, de suerte que destacando lo esencial podría decirse: El yo-sujeto es pasivo hacia los estímulos exteriores, y activo por sus pulsiones propias. Las tres polaridades del alma entran en los más significativos enlaces recíprocos. Existe una situación

psíquica originaria en que dos de ellas coinciden. El yo se encuentra originariamente, al comienzo mismo de la vida anímica, investido por pulsiones, y es en parte capaz de satisfacer sus pulsiones en sí mismo. Llamamos narcisismo a ese estado, y autocrítica a la posibilidad de satisfacción. El mundo exterior en esa época no está investido con interés y es indiferente para la satisfacción. Por tanto, en ese tiempo el yo-sujeto coincide con lo placentero, y el mundo exterior, con lo indiferente. En la medida en que es autoerótico, el yo no necesita del mundo exterior, pero recibe de él objetos a consecuencia de las vivencias derivadas de las pulsiones de autoconservación del yo, y por tanto no puede menos que sentir por un tiempo como displacenteros ciertos estímulos pulsionales interiores. A partir del yo-realidad incial, que ha distinguido el adentro y el afuera según una buena marca objetiva, se muda en un yo-placer purificado que pone el carácter del placer por encima de cualquier otro. El mundo exterior se le descompone en una parte de placer que él se ha incorporado y en un resto que le es ajeno. Y del yo propio ha segregado un componente que arroja al mundo exterior y siente como hostil. Después de este reordenamiento, ha quedado restablecida la coincidencia de las dos polaridades: − Yo-sujeto {coincide} con placer − Mundo exterior {coincide} con displacer {desde una indiferencia anterior} Con el ingreso del objeto en la etapa del narcisimo primario se despliega también la segunda antítesis del amar: el odiar. Y si más tarde el objeto se revela como fuente de placer, entonces es amado, pero también incorporado al yo, de suerte que para el yo-placer purificado el objeto coincide nuevamente con lo ajeno y lo odiado. Cuando el objeto es fuente de sensaciones placenteras, se establece una tendencia motriz que quiere acercarlo al yo, incorporarlo a él; entonces hablamos también de la <<atracción>> que ejerce el objeto dispensador del placer y decimos que <<amamos>> al objeto. A la inversa, cuando el objeto es fuente de sensaciones de displacer, una tendencia se afana en aumentar la distancia entre él y el yo, en repetir con relación a él el intento originario de huida frente al mundo exterior emisor de estímulos. Sentimos la <<repulsión>> del objeto, y la odiamos; este odio puede después acrecentarse convirtiéndose en la inclinación a agredir al objeto, con el propósito de aniquilarlo. La palabra <<amar>> se instala entonces, cada vez más, en la esfera del puro vínculo de placer del yo con el objeto, y se fija en definitiva en los objetos sexuales en sentido estricto y en aquellos objetos que satisfacen las necesesidades de las pulsiones sexuales sublimadas. La división entre pulsiones yoicas y pulsiones sexaules que hemos impouesto a nuestra psicología está acorde, pues, con el espíritu de nuestro lenguaje. Es notable que en el uso de la palabra <<odiar>> no salga a la luz una referencia tan estrecha al placer y a la función sexuales; más bien, la relación de displacer parece la única decisiva. El yo odia, aborrece y persigue con fines destructivos a todos los objetos que se constituyen para él en fuente de sensaciones displacenteras, indiferentemente de que le signifiquen una frustración de la satisfacción sexual o de la satisfacción de necesidades de conservación. El odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor; brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone en el comienzo al mundo exterior prodigador de estímulos. Cuando el vínculo de amor con un objeto determinado se interrumpe, no es raro que lo remplace el odio, por lo cual recibimos la impresión de que el amor se muda en odio. En tales casos el odio, que tiene motivación real, es reforzado por la regresión del amar a la etapa sádica previa, de suete que el odia cobra carácter erótico y se garantiza la continuidad de un vínculo de amor. La tercera oposición en que se encuentra el amar, la mudanza del amar en un ser-amado, responde a la injerencia de la polaridad entre actividad y pasividad y cae bajo idéntica apreciación que los casos de la pulsión de ver y del sadismo.

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