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EL NEOPLATONISMO

El neoplatonismo, fue quizá la última expresión del pensamiento pagano, que alcanza la referida
jerarquía con Plotino. Esta filosofía no estuvo exenta de la influencia de la incipiente religión
cristiana, del judaísmo y de otras corrientes de procedencia oriental, en tiempos en que se acentúan
las vinculaciones y los intercambios abiertos en la época de Alejandro Magno. A su vez, el
neoplatonismo influyó de modo excepcional en el pensamiento cristiano posterior.

El neopitagorismo

Antes de entrar al neoplatonismo propiamente dicho, es necesario hacer una referencia a un


movimiento que puede considerarse una suerte de antesala del mismo. Nos referimos al
llamado neopitagorismo, que aparece a mediados del siglo I a. C. y que se prolonga hasta
fines del siglo III d. C. Entre sus principales representantes se cuentan: Nigidio Figulo (s. I
a. C.), Apolonio de Tiana (s. I d.C.), mago, mántico, predicador viajero que, aunque más
religioso que filósofo, es la figura más significativa; Nicómaco de Gerasa (s. II d.C.),
Numenio de Apamea; y un grupo de pensadores llamados a veces platónicos eclécticos o
pitagoreizantes, entre quienes se destacan: Trasilo, astrólogo del emperador Tiberio,
Plutarco de Queronea (45- 125), autor de las famosas Vidas, biografías paralelas de
grandes griegos y romanos, Lucio Apuleyo o el Madaurense (s. II d.C.) y Celso (s. II d.C.),
que atacó a los cristianos y polemizo con Orígenes.

Habría que recordar, asimismo, los Oráculos Caldeos (s II d.C.) de autor desconocido, que
combinan diversas doctrinas de la época y presentan a Pitágoras como el sabio dios, y el
Hermes Trismegisto (Corpus Hermeticum) conjunto de escritos sobre filosofía, magia,
alquimia, astrología, biología, etc., aparecido en el siglo III, supuestamente redactado por
un tal Hermes o, según la leyenda, atribuidos al dios egipcio Tot (el Hermes griego). En
general los textos pitagóricos —de los cuales, fuera de estos dos últimos y las Vidas, sólo
se conservan fragmentos— fueron bien conocidos y tuvieron influencia en toda la
Patrística.

Los neopitagóricos exaltan la figura del maestro lejano y se proclaman sus fieles
continuadores, pero recogen influencias diversas y, en rigor, no sabemos hoy a ciencia cierta
cuál es el límite exacto entre la antigua y la nueva escuela, ya que muchas referencias acerca
de la primera las tenemos a través de la segunda, y el mismo Pitágoras parece salir
beneficiado con atribuciones que seguramente no le corresponden. Algunas notas destacadas
de esta nueva versión del pitagorismo son: un neto dualismo entre el mundo sensible y otro
mundo, constituido por las ideas platónicas identificadas con los números de la tradición
pitagórica y también con Dios; la existencia de seres divinos que sirven de intermediarios
entre Dios y los hombres; la creencia en la teurgia, es decir, en la posibilidad de accionar
sobre los seres divinos para que éstos, a su vez, alteren las cosas de este mundo; y las prácticas
ascéticas y místicas, a las cuales concurren, entre otras cosas, la abstinencia de carne y vino,
el celibato y la realización de sacrificios cruentos.

Y aquí haremos mención de un autor que seguramente tuvo vinculación con los
neopitagóricos y que, de todos modos, en algún lado hay que ubicar. Nos referimos a
Diógenes Laercio o Laertes, cuyo libro Vidas y opiniones de los filósofos (escrito hacia
mediados del siglo III) si bien tiene referencias superfluas y no siempre veraces, constituye
una fuente valiosa para el conocimiento de aquellos pensadores cuya obra se ha perdido.

Filón de Alejandría (30 a.C.40 d.C.)

Uno de los acontecimientos más colosales de la historia de la cultura es el encuentro entre


la tradición griega y la judía, primero, y la religión cristiana, después. El lugar de dicho
encuentro fue Alejandría y debió producirse por primera vez en el siglo III a. C., cuando los
griegos llamaron a los judíos, paradójicamente, la “raza filosófica”, seguramente
deslumbrados por su monoteísmo. Frutos de esos contactos fueron la interpretación
alegórica, a la luz de conceptos griegos, de la Sagrada Escritura, realizada por Aristóbulo (s.
II a.C.) judío de Alejandría, y la traducción efectuada en esta ciudad del Antiguo
Testamento al griego, llamada Septuaginta.

Pero el primer fruto de valor filosófico lleva el nombre de Filón de Alejandría, llamado
también el Judío. Perteneciente a una distinguida familia de este origen, embajador de la
comunidad hebrea alejandrina ante el emperador Cayo, escribió mucho y entre sus títulos
más significativos figuran: Sobre el artesano del mundo, Que Dios es inmutable y De la
vida contemplativa. En rigor, Filón no pertenece a la escuela neoplatónica; es considerado
más bien un precursor, como los neopitagóricos.

Filón es, a la vez, un creyente de la religión judía y un admirador de la filosofía griega,


especialmente en las dos expresiones que mejor conocía, Platón y la Stoa. y su objetivo
central parece ser la síntesis entre filosofía y religión, es decir, entre lo griego y lo judío.
Para ello comenta el Antiguo Testamento, sobre el cual se apoya permanentemente, se
ocupa de temas históricos y apologéticos y, de vez en cuando, hace verdadera filosofía: en
general, se expresa mediante alegorías.

Su idea de Dios es fundamentalmente judía, es decir, Dios es trascendente y poco o nada


podemos decir acerca de lo que realmente es, según la mejor tradición mosaica. Dios es
inefable y sólo se puede ensayar lo que más tarde se llamó “vía negativa”, es decir,
desechar de Dios toda impureza o imperfección. Dios es así el ser perfecto y el sumo bien.
Hasta aquí, Filón como creyente judío. Pero ahora aparece el pensador platónico: Dios no
crea de la nada, pues existe desde siempre la materia, principio del mal y de toda
limitación. Entre Dios y la materia queda abierto un abismo.
¿Cómo salvarlo? Para ello, Filón afirma la existencia de seres intermedios, fuerzas divinas,
instrumentos de Dios, ángeles o demonios, entre los cuales el lugar superior corresponde al
Logos o Verbo, al que llama también Dios (Theós, mientras que a Dios lo llama ó Theós)
hijo y enviado de Dios, ángel supremo y alma del mundo. Este ser poderoso informa y pone
en movimiento la materia que existe ab aeterno y en todos los sentidos obra como un
verdadero intermediario.

Como puede advertirse, aparece en Filón una noción bastante aproximada a lo que será el
Logos cristiano, el Hijo de Dios Padre (años antes del Evangelio de San Juan), más a la vez
reitera también con bastante aproximación la noción del demiurgo platónico. Pero, además,
parecería que el mundo, es decir, la materia informada por el Logos, tuviera asimismo un
cierto toque divino, con lo cual quedaría sugerida una especie de trinidad, que de modo
confuso e implícito latía en el pensamiento platónico, y que prefigura, con obvias diferencias,
la respectiva concepción cristiana.

En lo que hace a la cuestión moral, la condición primera es aceptar la voluntad de Dios. El


hombre debe desprenderse de sus ataduras al mundo sensible y procurar, siempre con la
ayuda de la gracia divina, la más íntima unión con la divinidad; hay diversas
aproximaciones, y el grado más eminente lo constituye el éxtasis o unión mística. En rigor,
esto no sería sino un anticipo de la vida futura, pues el alma es espiritual e inmortal. De este
modo, Dios, originariamente tan lejano, se instala de alguna manera al alcance del hombre,
siempre a través del Logos.

Como puede apreciarse, Filón no sólo constituye una verdadera síntesis de elementos
judaicos y griegos, especialmente platónicos, sino que también formula algunas pautas
coincidentes con las ideas evangélicas, elaboradas posteriormente por los apóstoles y
Padres de la Iglesia.

Inicio del Neoplatonismo:


Plotino (204-269)

El iniciador del neoplatonismo parece haber sido Arnmonio Saccas, del que sabemos
solamente que fue maestro de Plotino y del crítico y esteta Longino, y que murió en
Alejandría a mediados del siglo III. Plotino nació en Licópolis (Egipto) y tras su
vinculación con Saccas y un viaje a Persia se instaló en Roma, donde fundó una escuela, en
la que enseñó con enorme éxito. Siendo emperador Galiano (260) intentó fundar una
especie de ciudad ideal bajo la inspiración de Platón (Platonópolis) pero no lo logró. Se
sabe que era vegetariano, que dormía muy poco, que no se casó y que jamás se dejó
retratar. Estas referencias y otras las conocemos por su discípulo Porfirio, que escribió una
Vida de Plotino. También se debe a Porfirio el ordenamiento y publicación de los trabajos
del maestro —compuestos sobre la base de cursos después de los cincuenta años— a los
que reunió en seis secciones de nueve libros cada una, de donde proviene el nombre de
Enneadas (novenas) con que se los conoce; el ordenamiento de Porfirio ha sido juzgado un
tanto arbitrario y perturbador de la teoría plotiniana.

La filosofía de Plotino constituye un ajuste y una profundización de los esquemas


neopitagóricos y de Filón. Como en el caso de ellos, es una formulación que hay que
empezar presentando desde Dios.

Procesión descendente.

Plotino coloca en la cima de su sistema al Uno (εν), suprema realidad y principio absoluto,
a quien no corresponde predicación alguna y, como consecuencia, ser indeterminado e
indeterminable. “No es un ser... no es algo, sino que está por sobre todo algo... no es
espíritu, ni alma, no se mueve ni está en reposo... es anterior a toda forma, anterior a todo
movimiento y anterior a todo reposo”. Que no sea ser debe interpretarse en el sentido de
que el Uno está más allá de toda esencia, en lo que ésta pueda tener de limitativo, y no en el
sentido de reducción a la nada.

Puede advertirse fácilmente que este Uno es un equivalente más profundizado del Dios
filónico y tiene, asimismo, una vinculación algo más lejana con la idea de Bien de Platón
—justamente Plotino llama al Uno “él Bien”— que está “más allá del ser en dignidad y
potencia”. Y así como Platón nunca llamó Dios a la idea del Bien, el filósofo neoplatónico
elude también tal designación. El énfasis está puesto en que es Uno, en el sentido de que lo
que más repugna a este primer principio es la multiplicidad, en lo que Plotino exhibe una
filiación directa con las consideraciones de Platón en el Parménides. O sea que, a pesar de
evadirse de toda predicación, es legítimo adjudicarle ciertas cualidades básicas o, al menos,
es factible hablar de él de alguna manera: es principio, uno y bien. No parece tener, pues,
más valor que el de una metáfora el calificativo de “nada supra esencial” con que Plotino lo
caracteriza.

Por imperio de su propia índole, por el desborde de su propia perfección, el Uno da origen,
por emanación, al Espíritu o Inteligencia () iniciando lo que se conoce como
procesión descendente. El espíritu contiene las ideas eternas (platónicas) y constituye un
grado inferior de la realidad, pues se dan en él la multiplicidad (de las ideas; precisamente)
y la disociación entre el pensamiento y lo pensado. Pero siendo distinto e inferior al Uno, es
lo más próximo a él, coeterno con él, y su hijo. El nous equivale, pues, a las ideas de Platón
(no la de Bien) y al Logos filónico; también absorbe al demiurgo platónico.

El Espíritu o Inteligencia tiende, por un lado, a volver al Uno, pero, a la vez, produce al
Alma del mundo (ψ) que es el principio activo e informador de todas las cosas, lo cual
es posible porque, vuelta hacia el Espíritu, conoce las ideas eternas y puede de este modo
suscitar las imágenes de las mismas en el mundo sensible, actuando como verdadera
intermediaria entre éste y el mundo inteligible. De ella derivan también las almas
individuales.
Uno, Espíritu y Alma del mundo son las tres hipóstasis divinas, coeternas, pero no
cojerárquicas, tres grados diferentes y sucesivamente descendentes, hasta llegar al contacto
con el nivel inferior de la realidad, la materia, a la que Brehier llega a llamar “cuarta
hipóstasis”. Plotino califica a la materia como elemento negativo, causa de la multiplicidad
y del mal, como un no-ser (obvia resonancia platónica), pero, no obstante, ello, corresponde
considerarla como el último grado de la procesión descendente, el último producto de la
emanación divina, con lo cual la concepción plotiniana, superando el dualismo platónico,
constituiría un riguroso monismo o panteísmo. Tal el panteísmo de la emanación, como
suele llamársele, en el que todo lo existente es producido por el Uno (Dios para el caso)
pero no de la nada (creación ex nihilo) sino de sí mismo. El proceso de las tres hipóstasis es
atemporal; sólo hay tiempo cuando aparecen las almas particulares y la materia.

Esta es la metafísica de Plotino que se identifica con su teología. Resulta discutible, sin
embargo, hasta dónde es justo este título, dado que prácticamente no habla de Dios;
también, en lo que hace a la teoría del Uno, se habla de henología (estudio de la unidad).

Procesión ascendente.

EL mundo y el hombre son producto de una procesión descendente a partir del Uno,
principio supremo —según vimos—. Misión del hombre, faena del sabio específicamente,
es retornar al origen, volver al Uno, efectuando lo que se ha llamado procesión ascendente
o conversión. El alma, protagonista del proceso, es de origen divino, momento
particularizado del Alma universal, pero está como prisionera del cuerpo y de las cosas
mundanas. Su misión es liberarse, es decir, purificarse, esforzarse por ser fiel a su origen,
retornar al Uno. La ascensión parece realizarse en tres grados o instancias, como en tres
instancias se realizó el descenso. El primero es aquella en que el alma, ejercitada en la
ascesis y en las virtudes morales, alcanza un verdadero autocontrol y, dueña de sí misma,
discurre adecuadamente hasta las ideas más generales; la segunda se da cuando el alma
pasa del pensar discursivo al intuitivo y accede al Espíritu, logrando con él una verdadera
unión intelectual; finalmente, puede acceder a la suprema realidad, al Uno, en virtud del
éxtasis o unión mística. Este es el momento supremo de la conversión, cuando el alma
alcanza un estado de inefable contemplación, más aún, identificación, con el Uno-Todo,
estado de goce excepcional, que no pueden describir propiamente ni siquiera los pocos que
llegan a experimentarlo. “En el momento en que se toca el Uno ya no se puede decir nada
de él... Una luz repentina invade el alma y esa luz viene de él, es el Uno mismo”. Como
puede advertirse, el Uno es también, metafóricamente, “foco de luz”, como el Bien de
Platón.

Esta ascesis hasta la identificación extática con el Uno constituye la verdadera ética
plotiniana. Plotino afirma el libre albedrío —frente a la Stoa que parecía negarlo— aunque
es apenas más claro que aquélla en tal sentido. En cuanto al mal, proviene de la materia,
pero hay que entender esto en términos relativos, es decir, en relación con el bien de la
hipóstasis y especialmente al Bien supremo del Uno, porque en última instancia la materia
también es producto del Uno y, como consecuencia, el mal absoluto —eludiendo todo
maniqueísmo— no existe, se confunde con el puro no ser.
Sin embargo, esta ética, plena de sentido místico-religioso aparece diferenciada de la
religión. En efecto, Plotino separa la religación con el Uno del culto a los dioses
tradicionales, a los que reconoce y venera, aparentemente con bastante convicción. Una
cosa sería, pues, la ascesis filosófica y otra el culto religioso y los consiguientes actos
rituales. Claro está que en la primera —en lo que al misticismo respecta— no están
ausentes influencias de religiones orientales, indias especialmente, del cristianismo y,
también, aunque se olvide con frecuencia, de una cierta tradición griega, desarrollada
semiclandestinamente, pero nunca del todo ausente desde los órficos hasta los
neopitagóricos, pero ello no autoriza, de ningún modo, a confundir ambos planos. En tal
sentido, y sin dejar de lado dichas influencias, quizá convenga ver más bien en este punto
una consumación de la dialéctica del amor tal como la había sugerido Platón, diferente de la
actitud religiosa en sentido estricto.

La belleza y el arte.

No sería justo omitir un párrafo aparte para este tema, en el que Plotino ocupa un lugar
clave en el proceso especulativo de Occidente. En efecto, Platón había enfatizado la belleza
y Aristóteles, frente a su maestro, había rehabilitado al arte. Pero las relaciones entre
ambos, si es que las había, nunca estuvieron suficientemente claras. Con Plotino, el arte
llega a ser, por fin, expresión legítima de la belleza o, dicho de otro modo, el hombre es
creador de la belleza, pues mediante el arte acerca la materia al Uno.

La teoría de la mímesis es drásticamente reformada. El verdadero artista no es un mero


imitador y hay en su tarea una fertilidad creadora, que rescata a la materia y la transfigura
bajo la inspiración de las Ideas, aunque también en la naturaleza hay cosas bellas por acción
del Alma del mundo. La materia y el cuerpo se hacen bellos por la forma y por el alma, y el
alma es bella por el Espíritu, que es la belleza misma. Lo Uno no sería, por lo visto, la
belleza, sino el principio de lo bello.

El arte es, pues, portador de belleza, y si bien no alcanza la dignidad de la belleza en sí, de
la cual es sólo derivación, lo bello existe en el arte “en un grado muy elevado”. Arte y
artista quedan así rescatados, en un planteo que adquirirá plena vigencia desde el
Renacimiento.

Reflexión final.

La filosofía de Plotino constituye un repunte notable en el proceso de indagación de la


realidad en los siglos postreros del llamado mundo antiguo, es decir, del paganismo, cuando
ya la nueva religión nacida en Judea se expande por todas las provincias del Imperio.
Plotino es una mente poderosa, quizá menos sistemática de lo que frecuentemente se
supone, que escribe en un lenguaje metafórico —tan común por entonces— que por
momentos alcanza singular belleza. No exhibe el rigor científico de un Aristóteles, pero
tiene el atractivo y hasta la profundidad de un Platón, y eso no es poco decir. A pesar del
estilo expositivo y de ciertas concesiones a las credulidades y mitos de su tiempo, es un
verdadero filósofo, el más grande, sin duda, desde Aristóteles hasta San Agustín.

Adversario del Cristianismo, su elaboración de la triple hipóstasis es una aproximación


notable a la Trinidad cristiana que se elaboraba contemporáneamente y contribuirá
decididamente a la formulación definitiva de la misma. La superación del dualismo, si bien
desemboca en un panteísmo, también es una aproximación significativa —a partir de una
mente pagana— a la idea creacionista judeo-cristiana. Por fin, su afinada exaltación del
misticismo tendrá la más perdurable influencia en la espiritualidad del cristianismo. Pero la
incidencia de Plotino no sólo se hará sentir en la nueva religión que emerge desde las ruinas
del mundo pagano, sino en varios e importantes tramos de la filosofía posterior hasta
nuestros días.