DAVID F.
BURT
Comentario Expositivo del Nuevo Testamento
— 136 —
LA IMAGEN DEL DIOS INVISIBLE
COLOSENSES 1:1–23
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LA IMAGEN DEL DIOS INVISIBLE
DAVID-FRANCISCO BURT STOCKWELL
Copyright © 2004 por David F. Burt.
1a edición, 2004.
Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización de los editores.
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Las citas bíblicas son tomadas de LA BIBLIA DE LAS AMÉRICAS, COPYRIGHT © 1986, 1995,
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Depósito Legal: SE-4899-2004 en España
ISBN: 84-87940-77-3
ÍNDICE
1. Pablo y sus circunstancias (1:1)
2. Colosas y la iglesia de los colosenses (1:2)
3. Acción de gracias (1:3–5a)
4. La palabra de verdad (1:5b–6)
5. Epafras (1:7–8)
6. Conocimiento, sabiduría, comprensión y conducta (1:9–10a)
7. La vida que agrada al Señor (1:10b–12a)
8. Capacitados por el Padre (1:12)
9. Nuestra nueva ciudadanía (1:13)
10. Redención y perdón (1:14)
11. ¿Quién es Jesucristo? (1:15a)
12. El primogénito de toda creación (1:15b–16)
13. El Hijo eterno (1:17)
14. Cabeza de la Iglesia (1:18)
15. La plenitud de Cristo (1:19)
16. La obra reconciliadora de Cristo (1:20)
17. El hombre sin Dios (1:21)
18. La reconciliación en la experiencia del creyente (1:22)
19. La perseverancia en la fe (1:23)
Bibliografía
RECONOCIMIENTOS
A mi amada esposa, Margarita, sin cuyo estímulo, apoyo y ejemplo de fe la redacción
de este libro habría sido imposible.
A Marc Fargas, por su fiel labor de grabación de los estudios que dieron origen a este
libro.
A Elena Flores, por su perseverancia en la lectura y corrección del texto y por sus
valiosas sugerencias en cuanto a su contenido.
A Francisco Mira, por sus constantes palabras de ánimo y apoyo en la publicación de
esta serie de comentarios.
Y a todos aquellos hermanos en la fe cuya asistencia fiel a los estudios originales me
dieron los ánimos de seguir adelante con este proyecto.
Damos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, … [por] vuestra fe
en Cristo Jesús y [por] el amor que tenéis por todos los santos (Colosenses 1:3–4).
CAPÍTULO 1
PABLO Y SUS CIRCUNSTANCIAS
COLOSENSES 1:1
Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo …
LA PATERNIDAD LITERARIA DE COLOSENSES
Al suroeste de lo que hoy es la Turquía asiática, los romanos crearon la provincia de
Asia, con capital en Éfeso. En su tercer viaje misionero, Pablo pasó una larga estancia en la
provincia. Gracias a sus labores evangelísticas y a las de su equipo de colaboradores —y
gracias también a las importantes comunidades hebreas de la provincia, algunos de cuyos
miembros habían escuchado el evangelio desde los principios de la predicación apostólica
(Hechos 2:9–10)—, a mediados del siglo primero, Asia había llegado a ser una de las
regiones más evangelizadas del Imperio romano.
Siete de las iglesias cristianas de la provincia iban a recibir mensajes de parte del Señor
Jesucristo a través del apóstol Juan: las «siete cartas a las iglesias de Asia» de Apocalipsis
2:1–3:22. Pero éstas no fueron las primeras cartas enviadas a aquella provincia por
inspiración del Espíritu. Muchos años antes de que Juan escribiera el Apocalipsis, el
apóstol Pablo había dirigido tres epístolas suyas a la región, las que conocemos como las
epístolas a los Efesios, a los Colosenses y a Filemón. Así pues, ¡nada menos que diez cartas
del Nuevo Testamento fueron destinadas a la provincia de Asia!
Es motivo de reflexión el hecho de que en la actualidad quede muy poco testimonio
cristiano en aquella región de Turquía. Todavía en el siglo IV, el empuje del cristianismo
de Asia hizo que se celebrara en Laodicea uno de los grandes concilios de la Iglesia (367
d.C.). Pero el testimonio cristiano ya estaba en declive y continuó en decadencia hasta que,
al fin, los musulmanes destruyeron las iglesias de la comarca, incluyendo la de Colosas, en
el siglo XII. Lo cierto es que la vitalidad de las iglesias de un lugar determinado en una
generación no garantiza la permanencia del testimonio en siglos posteriores. Durante
muchas generaciones, por ejemplo, las iglesias del norte de África destacaron por su vigor
espiritual. Luego desaparecieron y el testigo pasó a Europa. Hoy, los que vivimos en
Europa Occidental tememos que, a causa de nuestra apatía e infidelidad, el Señor esté
retirando el candelero de nuestro lugar (Apocalipsis 2:5). El vigor espiritual de las iglesias
de Europa parece tocar a su fin y el empuje del testimonio está pasando a ciertos países de
América Latina, África y Asia.
Pero volvamos a Pablo y a las epístolas que dirigió a las iglesias de Asia.
Antes de considerar cuáles fueron las circunstancias que condujeron a la redacción de
Efesios, Colosenses y Filemón, tenemos que abordar, lamentablemente, la cuestión de su
paternidad literaria. «Lamentablemente», porque sería de esperar que, a estas alturas,
después de largas décadas de debate, la autoría del apóstol Pablo estuviera firmemente
establecida y aceptada en todo el mundo cristiano. Sin embargo, no es así.
A lo largo de casi 1800 años, nadie dudó de que Pablo fuera el autor de estas epístolas.
Pero en el año 1838, Mayerhoff publicó una obra que puso en tela de juicio la autoría
paulina de Colosenses. Este autor observó (correctamente) que ciertos pasajes de
Colosenses se parecen mucho a ciertos pasajes de Efesios y sacó la conclusión (altamente
dudosa) de que, por tanto, Colosenses era una imitación de Efesios hecha por un autor
anónimo. El escrito de Mayerhoff abrió la puerta a una serie de publicaciones de la llamada
«alta crítica» que, nutridas por presupuestos hegelianos de la interpretación de la historia,
iban cuestionando cada vez más la paternidad literaria de las epístolas paulinas. Mayerhoff
aún había sostenido que Pablo era el autor de Efesios, pero F. C. Baur y sus seguidores de
la escuela de Tubinga llegaron a cuestionar la autoría paulina de todas sus epístolas excepto
Gálatas, 1 y 2 Corintios y la mayor parte de Romanos2. Otros autores no fueron tan lejos en
el rechazo de la autenticidad de Colosenses, y propusieron que la actual epístola es obra de
un seguidor de Pablo que añadió interpolaciones procedentes de Efesios al texto original (y
paulino) de Colosenses.
¿Con qué argumentos sostienen estos autores la tesis de que Colosenses no procede de
la pluma de Pablo (o sólo procede parcialmente de ella)?
En general es de observar que sus argumentos dan protagonismo a consideraciones
filosóficas, teológicas y lingüísticas, y en cambio desprecian consideraciones históricas y
textuales. Tratan a la ligera la evidencia proporcionada por el propio texto de la epístola y
por los escritores de los primeros siglos de la Iglesia, y en cambio dan mucho peso a lo que
perciben como importantes diferencias estilísticas entre Colosenses y las epístolas
«genuinamente paulinas», sin tomar en consideración que estas diferencias, de existir
realmente, podrían deberse sencillamente a la natural evolución del estilo del escritor con el
paso del tiempo o al hecho de dirigirse a una diversidad de situaciones eclesiales. En cuanto
a los argumentos más concretos aducidos en contra de la autoría paulina de Colosenses, se
pueden resumir en torno a seis temas:
1. La similitud de Colosenses y Efesios
Como acabamos de decir, Mayerhoff rechazó la autenticidad de Colosenses por
considerarla una imitación de Efesios. Ahora bien, se supone normalmente que el parecido
entre dos textos nos conduce a creer que salen de la misma pluma, no de dos plumas
diferentes. El hecho de que las dos epístolas contengan algunos párrafos muy similares,
lejos de poner en tela de juicio la autoría de una de las dos, constituye, en principio, un
argumento a favor de ella. Cualquier pensador, predicador o teólogo sabe que, en
momentos determinados de su trayectoria, vuelve vez tras vez sobre los mismos temas. A
nuestro juicio, el parecido de estas dos epístolas viene a confirmar que fueron redactadas
por el mismo autor en el mismo momento.
2. La falta de énfasis «antijudaizante»
Baur hizo su selección de las «auténticas epístolas paulinas» basándose principalmente
en el carácter antijudaizante de las mismas. Si una epístola tiene un tono claramente
antijudaizante, es de Pablo; si no, no. Este argumento se expresa en un lenguaje altamente
sofisticado y se apoya en abundancia de detalles textuales que pueden deslumbrar al lector
inocente; pero, cuando se reduce a sus esquemas más elementales, resulta que la premisa
sobre la cual se funda es muy dudosa, por no decir claramente errónea. ¿Porque desde
cuándo ha de circunscribirse un autor siempre a la misma temática o al mismo estilo
literario? Al dirigirse a las iglesias de Galacia, donde los maestros judaizantes campeaban a
sus anchas, era necesario escribir una epístola antijudaizante. Pero sería absurdo escribir de
esta manera a una iglesia como la de Colosas, en la que no existía ese problema. Esto
resulta tan obvio que el argumento de Baur casi da vergüenza ajena.
3. El lenguaje de Colosenses
Según algunos autores, ciertas palabras típicamente paulinas —justicia, salvación,
revelación, etc.— no aparecen en Colosenses, mientras que sí aparecen nada menos que 48
palabras que no se hallan en el resto de los escritos paulinos. Para ellos, estas omisiones y
novedades son suficientes para sugerir que el autor de Colosenses no es Pablo.
Pero el vocabulario empleado por un autor se determina no sólo por su propio gusto y
estilo personales, sino también por la temática tratada en cada escrito suyo y por las
necesidades específicas de sus lectores. Si Pablo omite ciertos vocablos, es sencillamente
porque su tema es otro y no necesita referirse a ellos. Y, en cuanto a las palabras «nuevas»,
48 no es un número excesivamente elevado en un escrito de este tamaño, sino comparable a
lo que encontramos en otros escritos de Pablo y de otros autores. Además, muchas de estas
palabras aparecen en la sección de la epístola en la que el apóstol hace frente a la herejía
colosense, razón por la cual emplea la terminología especializada de los herejes. Vienen
determinadas, pues, por las necesidades de la argumentación. Como consecuencia, puede
afirmarse con toda seguridad que del aspecto lexicográfico ningún argumento serio puede
presentarse en contra del carácter genuino de esta epístola.
4. El estilo literario de Colosenses
En cuarto lugar se aducen razones de estilo. Aquí, los argumentos son variados. Entre
ellos:
• Algunas de las oraciones de Colosenses son excepcionalmente largas. Por ejemplo, en
el texto original, Colosenses 1:9–20 es una sola oración sin pausa y contiene 218
palabras. Pablo —dicen— no acostumbraba a emplear oraciones tan largas.
• Colosenses contiene una gran cantidad de sinónimos. Limitándonos al capítulo 1, nos
encontramos con los siguientes: orar y rogar (1:9); perseverancia y paciencia (1:11);
santos, sin mancha e irreprensibles (1:22); cimentados y constantes (1:23); siglos y
generaciones (1:26). Es cierto —dicen— que Pablo solía emplear parejas de palabras,
pero nunca parejas tan redundantes.
• En el estilo habitual de Pablo —dicen— aparecen con frecuencia ciertas partículas (gar,
oun, dioti, ara, dio) que no aparecen (o aparecen poco) en Colosenses.
Pero ninguno de estos argumentos es capaz de sostenerse en realidad:
• Es cierto que Colosenses 1:9–20 es la oración más larga de las epístolas paulinas; pero
no es cierto que Pablo no acostumbrara a emplear oraciones largas. De hecho, éstas
constituyen uno de los rasgos característicos de su estilo.
• Las parejas de palabras (o frases) prácticamente sinónimas abundan en otras epístolas
paulinas. Para poner un solo caso, tomemos el primer capítulo de Romanos. Allí
encontramos los siguientes ejemplos: impiedad e injusticia (1:18); su eterno poder y
divinidad (1:20); no le honraron ni le dieron gracias (1:21); se hicieron vanos en sus
razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido (1:21); adoraron y sirvieron
(1:25); injusticia, maldad, malicia, malignidad (1:29). Es cierto que, en todos estos
casos, la duplicación de palabras o frases no indica redundancia, porque las repeticiones
no son totalmente sinónimas. Pero lo mismo se puede decir acerca de los ejemplos
procedentes de Colosenses.
• En cuanto a la ausencia de ciertas partículas de Colosenses, el estudio cuidadoso de las
epístolas paulinas cuya autenticidad nunca ha sido cuestionada sólo sirve para
demostrar ¡que esta ausencia no demuestra nada! Ara («pues») sólo aparece una vez en
Efesios y tres veces en la larga segunda epístola a los Corintios; dio («por tanto») sólo
aparece una vez en Gálatas y dos veces en 2 Corintios; dioti («porque») sólo una vez en
1 Corintios y nunca en 2 Corintios. Sencillamente, no hay ninguna constancia en el uso
de esta clase de partículas en los escritos de Pablo, porque dependen de la naturaleza y
el fluir del discurso en cuestión.
Así pues, no hay nada en el estilo literario de Colosenses que pueda servir como razón
de peso para hacernos cuestionar la autoría de Pablo.
5. La herejía colosense
Examinaremos la naturaleza de esta herejía más adelante. Por el momento, basta con
decir que algunos ven en ella los rasgos del gnosticismo propugnado por Cerinto y por
Valentino en el siglo II. Por lo tanto, deducen que Colosenses fue escrita para combatir a
los gnósticos y que el auténtico Pablo, el del siglo I, no pudo ser su autor.
Pero conocemos demasiado poco acerca de los orígenes del gnosticismo como para
aseverar que la herejía descrita en Colosenses no podía existir en el siglo I. Más bien, todo
parece indicar que, ya en aquel entonces, existían formas incipientes de gnosticismo. Y
además, este argumento tiene un «efecto bumerang»; porque, si bien desconocemos los
posibles antecedentes del siglo I, sí sabemos que los gnósticos del siglo II, lejos de
considerar que la Epístola a los Colosenses se dirigía contra ellos, la citaban con
aprobación14. Difícilmente lo habrían hecho si se tratara de un documento contemporáneo
escrito explícitamente contra ellos. Sin duda lo hicieron por creer que era un escrito
auténtico de Pablo que llevaba el sello de la autoridad apostólica.
6. La cristología de Colosenses
Nadie duda de que ciertas afirmaciones cristológicas de Colosenses constituyan algunas
de las declaraciones más amplias de todo el Nuevo Testamento en cuanto a la divinidad y
grandeza de Cristo. Pero los que niegan la autoría paulina de la epístola sostienen que tales
afirmaciones son más dignas de la teología de Juan que de la de Pablo. Con ello dan a
entender que la cristología de Colosenses es un anacronismo: ideas tan «avanzadas» sólo
pueden corresponder a una datación más tardía.
Pero esto es no tomar en consideración de una manera objetiva las evidencias que
proceden del Nuevo Testamento, sino hacerlas encajar dentro de los esquemas filosóficos o
históricos creados por los propios teólogos. En realidad, la cristología de Colosenses es la
que Pablo sostuvo siempre. Antes había escrito textos como Romanos 9:5, 1 Corintios 8:6 o
2 Corintios 4:4; y después iba a escribir textos como 1 Timoteo 3:16 y Tito 2:13. Sólo una
persona que busca tres pies al gato es capaz de encontrar serias discrepancias entre estos
textos. Pero, en todo caso, la exposición más amplia de conceptos cristológicos en el caso
de Colosenses se explica perfectamente por el carácter de la herejía contra la cual Pablo
tiene que arremeter17.
Sobre cimientos tan endebles como éstos, los opositores de la autoría paulina
construyen sus argumentos. No obstante, aún hay comentaristas que los siguen. En realidad
son argumentos frágiles19 que han sido contestados eficazmente vez tras vez por los que
defienden la autoría de Pablo.
Además, contra los razonamientos insustanciales que hemos visto hasta aquí, debemos
oponer las siguientes evidencias que, a mi juicio, tienen un peso abrumador y nos conducen
inexorablemente a la conclusión de que el autor de Colosenses fue quien pretende ser: el
apóstol Pablo. Estas evidencias pueden clasificarse en dos grupos: evidencias externas al
texto y evidencias internas que surgen del texto mismo.
1. El testimonio de la iglesia primitiva
La principal evidencia externa es el testimonio unánime de los escritos procedentes de
los primeros siglos de la Iglesia. Veamos algunos ejemplos:
• Está claro que el Canon de Marción (h.140–150 d.C.) aceptaba la autoría paulina de
Colosenses.
• El Fragmento Muratoriano, escrito alrededor de los años 180–200, afirma que Pablo es
el autor de Colosenses.
• Ireneo (h.125–h.202 d.C.) no sólo cita textos procedentes de cada capítulo de
Colosenses, sino que, al citar Colosenses 4:14 —Sólo Lucas está conmigo—, atribuye
estas palabras a Pablo.
• Clemente de Alejandría (h.150–h.215 d.C.) cita de cada capítulo de Colosenses y afirma
que el autor de la epístola es el apóstol.
• Tertuliano (h.160–h.220 d.C.) también atribuye «al apóstol» las palabras de Colosenses
2:8 y cita la epístola una y otra vez en sus escritos, especialmente los pasajes
cristológicos.
• Orígenes (h.185–h.254 d.C.) dice en su obra Contra Celso: En los escritos de Pablo …
las siguientes palabras pueden leerse en la Epístola a los Colosenses …; y procede a
citar Colosenses 2:18–19.
• A partir de tiempos de Orígenes, las citas de la «Epístola de Pablo a los Colosenses»
son innumerables.
Así pues, las tradiciones que sostienen la autoría del apóstol se remontan a mediados
del siglo II y no hay ni el más mínimo asomo de discrepancia en cuanto a esta atribución.
Tal unanimidad, de por sí, hace poco creíbles las especulaciones de los teólogos
antipaulinos de los siglos XIX y XX.
2. El carácter del autor
En cuanto a evidencias internas, empecemos considerando los rasgos de personalidad
que se desprenden del texto y que reflejan las prioridades del autor en el ministerio pastoral.
Vez tras vez se manifiestan características «típicamente paulinas», de modo que resulta
muy difícil pensar que estamos leyendo palabras de otro autor. Algunos ejemplos:
• No cesa de orar por sus lectores y demuestra un profundo interés en su bienestar
espiritual hasta el punto de «luchar» por ellos (Colosenses 1:3, 9; 2:1). Lo mismo hacía
Pablo (por ejemplo, en Romanos 1:8–9 o en Gálatas 4:19).
• Alaba a sus lectores a causa de las cosas buenas que sabe de ellos (Colosenses 1:4–6;
2:5; cf. Romanos 1:8; 15:14; 16:19; 1 Corintios 1:4–7; 2 Corintios 8:7).
• Sin embargo, atribuye a Dios las virtudes que ve en ellos y le da a él toda la gloria
(Colosenses 1:12, 29; cf. 1 Corintios 1:4; 2 Corintios 1:3–4; 2:14).
• Asimismo, reconoce que el ministerio que ejerce le fue concedido por la gracia de Dios
(Colosenses 1:23, 25; cf. 1 Corintios 15:9–10; 2 Corintios 11:16–12:13; Gálatas 1:15–
16).
• Por tanto, no teme afirmar su autoridad apostólica (Colosenses 1:1; 2:8, 16, etc.; cf. 2
Corintios 11:5; Gálatas 1:1).
• Le gusta hacer listas de virtudes y vicios (Colosenses 3:5, 8, 12; cf. 1 Corintios 6:9–10;
Gálatas 5:19–21, 22–23).
• Y, en cuanto a las virtudes, para él el amor es preeminente (Colosenses 3:14; cf. 1
Corintios 13:4–8, 13; Gálatas 5:13–14, 22).
Leyendo cuidadosamente textos como éstos, resulta casi impensable que el autor de
Colosenses y el autor de Romanos, Corintios y Gálatas sean dos personas diferentes. La
personalidad del apóstol resplandece en toda la carta25.
3. Características paulinas de la epístola
Luego es bastante obvio que el argumento de la carta sigue una línea de desarrollo
frecuente en las epístolas de Pablo. Naturalmente, esto podría sólo demostrar la calidad de
la falsificación; pero, si aceptamos esta clase de argumento, por definición no puede existir
ninguna manera de demostrar la autenticidad de Colosenses, ¡porque cuanto más
destacamos rasgos paulinos en la epístola, tanto más demostraremos la destreza del
imitador!
Pongamos un par de ejemplos. Pablo empieza orando por sus lectores (1:9–12). Ésta es
una característica común de la correspondencia del siglo I, incluso en las cartas de los
incrédulos. Lo que no es tan frecuente —pero sí lo es en la correspondencia de Pablo— es
que la oración empiece con acción de gracias (1:3–8).
Después observamos que la epístola se divide claramente en dos secciones principales,
al estilo de muchas de las cartas del apóstol: la primera sección es de carácter doctrinal y la
segunda de carácter ético.
Veremos otras facetas paulinas de la epístola al entrar en la exposición del texto.
4. La relación entre Colosenses y Filemón
Está claro que existe una estrecha relación entre Colosenses y la epístola a Filemón,
porque:
• Ambas epístolas hacen referencia a Onésimo, el esclavo fugitivo, a quien Pablo
devuelve a su amo en compañía de Tíquico (Colosenses 4:9; Filemón 10–16).
• Igualmente, las dos cartas envían saludos a Arquipo (Colosenses 4:17; Filemón 2) y a
todos los lectores de parte de Epafras, Marcos, Aristarco, Demas y Lucas (Colosenses
4:10–14; Filemón 23–24), los cuales estaban evidentemente presentes con el autor en el
momento de redactar las cartas.
• Las dos cartas fueron escritas desde la cárcel (Colosenses 4:3, 18; Filemón 1, 9) y
llevan la firma de Timoteo como coautor (Colosenses 1:1; Filemón 1).
• Y las dos cartas abordan cuestiones relacionadas con la esclavitud (Colosenses 3:22–
4:1; Filemón 10–21).
Ahora bien, no existe prácticamente nadie que dude de la autoría paulina de Filemón;
puesto que es una epístola que no contiene doctrinas polémicas, no existe motivo alguno
por el que alguien habría deseado fabricarla. Pero si la carta a Filemón es genuina, resulta
poco probable que Colosenses sea una falsificación. Es una cuestión de coherencia histórica
y literaria. Si el autor de Colosenses es Pablo, todos los detalles circunstanciales y
personales registrados en las dos cartas encajan perfectamente. Si no lo es, la fabricación
viene a ser de una complejidad tal que acaba resultando inverosímil.
5. La firma de la carta
Pero la evidencia interna más obvia es, por supuesto, que el texto de Colosenses declara
que el autor es Pablo. De hecho, el apóstol estampa su firma —por así decirlo— nada
menos que tres veces: al principio, en medio y al final. Escuchemos sus palabras: Pablo,
apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios … Del [evangelio] yo, Pablo, fui hecho
ministro … Yo, Pablo, escribo este saludo con mi propia mano. Acordaos de mis cadenas
(1:1; 1:23; 4:18).
Estas palabras son muy solemnes y contundentes. Sin embargo, los que se oponen a la
autoría paulina pretenden decirnos que se trata de una falsificación pero, no obstante, de
una falsificación «bien intencionada»; el autor anónimo sólo se apropió la firma de Pablo
con la finalidad noble de aumentar la autoridad de sus propias ideas, que en sí son buenas.
Así, habiendo negado la autoridad apostólica de Colosenses, quieren retener algo de su
utilidad espiritual. Pero esto, sencillamente, no puede ser. El autor afirma que es Pablo.
Reclama para sí autoridad apostólica. Sostiene que ha sido comisionado y autorizado nada
menos que por Dios, por aquel Dios que nunca engaña ni miente (Números 23:19; 1
Samuel 15:29; Tito 1:2). Afirma que ha sido enviado por aquel mismo Jesucristo que exigió
que el «sí» de sus discípulos fuera un «sí» sincero y sin encubrimientos, y su «no», un «no»
de verdad (Mateo 5:37). Por si todo esto fuera poco, afirma que su letra es la de Pablo y que
está escribiendo desde la cárcel.
Una de dos: o Pablo es verdaderamente el autor, en cuyo caso Colosenses tiene una
autoridad incuestionable en nuestras vidas; o estamos ante un documento fraudulento, una
obra maestra del engaño y de la mentira, en cuyo caso su autoridad y su vigencia actual son
nulas. Esto es lo que está realmente en juego detrás del debate sobre la autoría de
Colosenses. No es un debate árido, que no tiene por qué afectar nuestra apreciación del
texto. Es un debate de todo o nada, de vida o muerte, en el que se decide si vamos a
someter nuestras vidas a la autoridad del texto o si someteremos el texto al arbitrio de
nuestros propios razonamientos. Finalmente, es cuestión de si la Epístola a los Colosenses
es Palabra de Dios o no. Si fue escrita por Pablo y Pablo es «apóstol de Jesucristo por la
voluntad de Dios», entonces nos llega con plena autoridad divina, bajo la inspiración del
Espíritu Santo y con el sello de la aprobación de Dios, en cuyo caso sus enseñanzas deben
ser acatadas por todo aquel que teme al Señor. Si, en cambio, fue escrita por un autor
anónimo que fingió ser el apóstol Pablo, no tiene autoridad divina alguna y podemos
descuidar impunemente sus enseñanzas —de hecho, debemos eliminarla del canon de la
Biblia—; porque Dios no suele emplear como portavoces suyos a embusteros fraudulentos,
por muy buenas que sean sus intenciones. Hayan entendido esto o no, los seguidores de
Mayerhoff y Baur son culpables de haber cometido un atrevimiento con consecuencias
sacrílegas: sus argumentos, además de pobres, han servido para socavar la confianza de
muchos en la fiabilidad del mensaje divino y, así, justificar el descuido de la autoridad de
esta porción de la Palabra de Dios.
A la luz de todos estos argumentos, pues, nos acercamos a Colosenses con confianza y
con temor de Dios, reconociendo que fue escrita por Pablo, que lleva el sello de la
autoridad apostólica y que constituye una parte intrínseca de la revelación normativa de la
voluntad de Dios para nosotros. Nos acercamos tratándola con reverencia y con disposición
a someternos gozosamente a sus enseñanzas.
LAS CIRCUNSTANCIAS DE PABLO
La datación de Colosenses depende en gran medida de su lugar de origen. Y sobre éste,
lo único que sabemos a ciencia cierta es que Pablo se encontraba en la prisión al escribir la
epístola: en el 1:24 se alegra de sus sufrimientos, porque éstos son el resultado de su
participación en la edificación de la Iglesia; en el 4:3 dice que ha sido encarcelado a causa
de su predicación del evangelio; en el 4:10 llama a Aristarco mi compañero de prisión; y en
el 4:18 pide a los colosenses que se acuerden de sus cadenas (cf. también Filemón 1, 9, 23).
¿Pero en qué lugar está encarcelado? En 2 Corintios, Pablo mismo se refiere a los
«muchos encarcelamientos» que ha padecido (11:23). De hecho, aquella carta nos hace
comprender que los datos de la vida del apóstol registrados en el Libro de los Hechos distan
mucho de ser una relación completa de todas sus confrontaciones y aflicciones (ver 2
Corintios 11:23–33). Los comentaristas debaten entre sí acerca de la ciudad en la que se
encontraba Pablo al escribir Colosenses, pero en todo caso conviene recordar que sus
deliberaciones se basan en una información incompleta. Dicho esto, podemos añadir que
suelen proponer tres posibles lugares de origen: Éfeso, Cesarea o Roma.
Los que abogan a favor de Éfeso piensan que así se explica más fácilmente la presencia
de Epafras y Onésimo con Pablo. Aparentemente, Epafras se ha trasladado al lugar donde
se encuentra el apóstol a fin de comunicarle noticias acerca de los colosenses (1:7–8; 4:12–
13). Éfeso, al estar a sólo 160 kilómetros de Colosas, es de fácil acceso. En cambio, otros
posibles lugares de origen están mucho más lejos y hacen que el traslado de Epafras sea
más complicado. De igual manera, es más probable que Onésimo huyera a la cercana Éfeso
que a la lejana Roma. El problema principal de esta teoría es, sencillamente, que el Libro de
Hechos, aunque contiene una larga narración sobre la estancia de Pablo en Éfeso (Hechos
19:1–20:1), no nos habla de ningún encarcelamiento suyo.
En cambio, sabemos que Pablo pasó dos años de prisiones en Cesarea Marítima
(Hechos 23:23–26:32). Sin embargo, en aquel momento parece no haber disfrutado de
mucha libertad para recibir a la gente y proseguir con sus labores pastorales y
evangelísticas, lo cual no cuadra con la situación de relativa libertad descrita en la epístola
(4:3–4; cf. Efesios 6:19–20). Además, es poco probable que Onésimo, el esclavo fugitivo
de Filemón, huyera a Cesarea, y menos aún que tuviera acceso a Pablo y se convirtiera.
Esto hace que la gran mayoría de comentaristas abogue a favor de un origen romano.
Según Hechos 28:30–31, Pablo pasó allí sus «prisiones» en una casa alquilada en la que
tenía libertad para atender a sus visitas, por lo cual pudo dedicarse a predicar y enseñar con
toda libertad, sin estorbo. Esto concuerda con la clase de situación reflejada en Colosenses.
Además, sabemos que dos de los compañeros mencionados en la carta, Lucas y Aristarco,
viajaron con Pablo a Roma (Hechos 27:1–2).
Si la carta fue escrita desde Éfeso, su fecha de redacción sería aproximadamente entre
los años 54 y 56 d.C. Si fue escrita desde Cesarea, entre el 58 y el 60. Y si lo fue desde
Roma, entre el 61 y el 63. Según el criterio mayoritario, lo más probable es que hayan
pasado unos cinco o seis años desde la estancia de Pablo en Éfeso; ahora estamos
aproximadamente en el año 61 d.C. y el apóstol se encuentra en la cárcel en Roma.
Con él, en Roma, están también Tíquico y Onésimo. El apóstol ha decidido devolver a
éste a su amo en Colosas. Seguramente, Tíquico acompaña a Onésimo con una doble
finalidad: por una parte debe asegurar que éste no cambie de idea y se dé otra vez a la fuga;
por otra, debe servirle como mentor y defensor cuando lleguen a casa de Filemón. Pablo,
pues, aprovecha el viaje de Tíquico y Onésimo para enviar cartas a Éfeso (Efesios 6:21–
22), a Colosas (Colosenses 4:7–9) y al propio Filemón (Filemón 10–12).
PABLO Y TIMOTEO SE PRESENTAN (1:1)
Pablo empieza su carta de la manera convencional de aquella época: en primer lugar,
nombra a los remitentes; en segundo lugar, indica quiénes son los destinatarios; y en tercer
lugar, emplea una frase de saludo. Era normal que empezaran así las cartas de aquel
entonces. Pero lo que no es en absoluto convencional es la manera en que Pablo amplía y
«santifica» la salutación, haciendo que cada frase arranque de una relación con Dios: él
mismo es apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios; los destinatarios son santos y fieles
hermanos en Cristo; y el saludo se convierte en la invocación de la gracia y paz de Dios
nuestro Padre.
En realidad, cada frase refleja alguna faceta de la obra salvadora de Dios por medio de
Jesucristo: es Cristo quien ha capacitado y comisionado a Pablo como su apóstol, pero
siempre en conformidad con la voluntad de Dios; es «en Cristo» como Dios ha apartado
para sí a los creyentes colosenses y los ha hecho sus santos; y si podemos conocer la gracia
y la paz de Dios, es porque Cristo nos las trae (Juan 1:17; Romanos 5:1).
Así pues, los remitentes, los destinatarios y la salutación tienen esto en común: todos
son lo que son por la voluntad de Dios y por la obra salvadora de Jesucristo. Pero esta obra
no sólo ha dado a todos una nueva identidad y una nueva entidad, sino que ha forjado una
nueva vinculación entre todos. En principio, ¿qué tiene que ver el judío Pablo de Tarso con
un grupo de gentiles procedentes de Colosas? Pues no sólo ha sido el instrumento de Dios
para llevarles el mensaje del evangelio, sino que ha asumido una nueva relación fraternal
con ellos. Pablo, Timoteo y los colosenses tienen esto en común: todos se han convertido a
Dios por medio de Jesucristo; y, como consecuencia, han descubierto que ahora Dios es
nuestro Padre. Esta nueva relación «vertical» con Dios conduce inexorablemente a nuevas
relaciones «horizontales» con los demas creyentes. Cuando Dios llega a ser Padre de todos,
entonces todos adquieren un nuevo parentesco entre sí. Todos pertenecen a la misma
familia espiritual. Timoteo y los colosenses son los «hermanos» de Pablo.
Así, con unas pocas palabras, el apóstol logra expresar las gloriosas realidades que
caracterizan la relación de todos los creyentes con Dios y de todos entre sí.
Sin embargo, aun reconociendo plenamente su relación fraternal con los colosenses,
Pablo no quiere que le miren en estos momentos sólo como su hermano y amigo. Más bien
quiere que vean en él a aquel enviado de Cristo autorizado para hablar en nombre del
Señor. Tiene cosas serias que decirles y no deben tomarlas como las amonestaciones de un
hermano o las recomendaciones de un amigo, como si pudieran aceptarlas o rechazarlas a
su antojo. Escribe con autoridad. Sus palabras exigen obediencia, la misma clase de
obediencia que exigirían si Dios mismo las pronunciara.
Por eso comienza la carta con palabras un tanto formales: Pablo, apóstol de Jesucristo
por la voluntad de Dios (cf. 1 Corintios 1:1; 2 Corintios 1:1; Efesios 1:1; 2 Timoteo 1:1).
Tiempo tendrá para expresarles su afecto fraternal (2:1, 5, etc.). De momento, lo importante
es que los colosenses comprendan que no les escribe como un hermano más, sino como
enviado del Señor, y que se dispongan a reconocer su autoridad y a acatar sus palabras. La
hermandad más entrañable no está en absoluto reñida con la necesidad de respetar la
autoridad que Dios concede a quienes quiere.
En varias ocasiones, mayormente al escribir a los gálatas y a los corintios, Pablo se vio
en la necesidad de defender su apostolado. No lo hizo con afán de protagonismo personal,
sino porque en ello iban la autoridad de su mensaje y, en última instancia, la autoridad del
Señor que le había enviado a proclamar el mensaje. Aquí también defiende su apostolado.
No porque los colosenses lo hubieran cuestionado, sino porque necesitaban conceder la
oportuna entidad a sus palabras39. Sus lectores debían recordar que Pablo había sido
comisionado nada menos que por Jesucristo, y eso conforme a la voluntad de Dios. Es una
manera breve de decir lo que había dicho más ampliamente a los gálatas: que era apóstol no
de parte de hombres ni mediante hombre alguno, sino por medio de Jesucristo y de Dios el
Padre que le resucitó de entre los muertos (Gálatas 1:1). Desde el comienzo de su
ministerio, Pablo había sido un instrumento escogido por el Señor para llevar [su] nombre
en presencia de los gentiles (Hechos 9:15; cf. Romanos 11:13). No hacerle caso a Pablo era
no hacerle caso a Jesucristo, que le había enviado, ni a Dios, bajo cuya voluntad llevaba a
cabo su ministerio43.
Este énfasis sobre su propia autoridad, incuestionable e intransferible, es aún más fuerte
si consideramos el contraste entre la manera en que Pablo se presenta a sí mismo y la
manera en que presenta a Timoteo. Pablo mismo no es menos que el «apóstol de Jesucristo
por la voluntad de Dios»; Timoteo no es más que «el hermano». Sería fácil —pero
absolutamente falso— ver en este contraste una soberbia por parte del apóstol rayana en la
egolatría, o un asombroso desprecio hacia Timoteo. A fin de cuentas, éste destaca entre
todos los compañeros de Pablo como signatario de la carta. Los demas sólo envían saludos
(4:10–14). ¡Ni siquiera el evangelista Lucas es invitado a añadir su firma! Esto sugiere que
Timoteo no era ya el joven principiante que había salido como aprendiz de misionero
cuando Pablo partió de Listra (Hechos 16:1–3), sino un consiervo apreciado cuya firma
sirve para reforzar la autoridad de la carta. Pero, aun así, no es más que un «hermano». No
tiene autoridad apostólica. Eso sí, puede dar buenos consejos y fieles enseñanzas; debe ser
recibido, pues, con afecto fraternal y respeto. Pero sus dones, aunque notables, no tienen la
autoridad vinculante del apostolado de Pablo46. Pablo mismo lo entiende así. No es cuestión
de prepotencia personal, ni de desprecio de dones ajenos, ni mucho menos de menosprecio
de la persona de Timoteo; al contrario, existía una entrañable relación de afecto fraternal
entre ellos. Es sencillamente cuestión de hacer honor a la verdad y a los hechos reales:
Pablo fue comisionado como apóstol por Jesucristo y por Dios Padre; Timoteo fue escogido
como misionero por Pablo y por los ancianos de Listra. Si, pues, Pablo ensalza su propio
apostolado, esto no es evidencia de soberbia y egocentrismo, sino justo lo contrario: se
atreve a hacerlo precisamente porque no ve en su apostolado motivo de jactancia humana,
pues todo es de gracia divina. Su motivación, al expresarse así, no es el orgullo, sino la
humildad. Se asombra de la gracia de Dios en su vida y ministerio48: Por la gracia de Dios
soy lo que soy (1 Corintios 15:10). Pero, a la vez, puesto que su apostolado proviene de
Dios, se ve en la necesidad de defenderlo a ultranza. Despreciar a alguien como Timoteo es
un asunto serio, porque es despreciar a un fiel siervo del Señor; pero despreciar a Pablo es
mucho más serio: es despreciar al autorizado portavoz de Cristo; es rechazar al Señor que le
envía y al Dios en cuya voluntad ejerce su ministerio apostólico.
Lo mismo, por supuesto, es cierto para nosotros. Como ya hemos dicho, si leemos
Colosenses como si fuera un texto falsificado o seudoepigráfico, diluimos inevitablemente
su autoridad. En tal caso, el texto en sí es el mismo; los argumentos plasmados en el texto
siguen siendo iguales; pero la autoridad detrás de ellos cambia radicalmente. La epístola, en
vez de ser Palabra de Dios, se convierte en un compendio de ideas más o menos
interesantes que podemos abrazar o descuidar a nuestro antojo. Lo mismo es cierto si
leemos el texto viendo sólo al autor humano y no al inspirador divino. Si Pablo se presenta
como apóstol que actúa por designio de Dios y como enviado de Jesucristo, es
precisamente porque quiere que no leamos sus palabras como si fueran meras sugerencias
humanas, sino como lo que son de verdad: instrucciones que tienen su origen en Dios.
CAPÍTULO 2
COLOSAS Y LA IGLESIA DE LOS COLOSENSES
COLOSENSES 1:2
… a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas: Gracia a
vosotros y paz de Dios nuestro Padre.
COLOSAS
Acompañemos, pues, a Tíquico y a Onésimo en su viaje a Colosas. Nos despedimos de
Pablo en su casa alquilada. Es una despedida muy emotiva. Nos causa impacto dejar al
apóstol en cadenas, sujetado al guardia romano y pendiente del desenlace de su apelación
ante el emperador. Onésimo, especialmente, se derrumba al abrazar al apóstol; porque,
como él mismo nos dirá después, le considera su padre espiritual (Filemón 10), le ama
como un hijo y teme no volver a verlo en esta vida.
Aristarco y Marcos, Jesús el Justo y Epafras, Lucas y Demas nos acompañan hasta
Puteoli, el puerto de Roma. ¡Qué lujo tener en nuestro séquito a dos de los evangelistas!
Todos nos piden que comuniquemos sus saludos afectuosos a los hermanos a los que
visitaremos en el camino. Epafras nos da saludos especiales para muchos hermanos de
Hierápolis, Laodicea y Colosas. Oramos juntos en el muelle, nos despedimos y, entonces,
zarpamos en un barco que nos llevará por el Tirreno, el Adriático y el Egeo hasta Mileto, en
la costa occidental de la provincia de Asia.
Después de muchos días de viaje por mar, llegamos a Mileto. Lucas ya nos ha contado
la escena emocionante que tuvo lugar aquí unos cinco o seis años atrás, cuando Pablo se
despidió de los ancianos de Éfeso. Y, efectivamente, es a Éfeso adonde nos vamos a dirigir
ahora. De hecho, el camino más directo a Colosas sale de Mileto siguiendo el curso del río
Meandro (que ha dado su nombre a cierta clase de sinuosidades en el curso de los ríos).
Pero vamos a desviarnos un poco para llevar la carta de Pablo a los hermanos de Éfeso.
Tomamos, pues, la carretera de la izquierda y nos dirigimos al Norte. En Éfeso, los
creyentes nos reciben con mucho gozo. Nuestra intención había sido pasar sólo una noche
en la ciudad y proceder inmediatamente a Colosas. Pero los efesios nos abruman con su
hospitalidad, quieren recabar información acerca de Pablo y del avance del evangelio en
otros lugares e invitan a Tíquico a ministrar la Palabra en reuniones especiales convocadas
para cada noche de nuestra estancia. ¡Total, nos entretenemos en Éfeso durante días!
Finalmente volvemos a emprender nuestro viaje. Nos quedan unos 180 kilómetros hasta
llegar a Colosas. Ahora seguimos la gran carretera que va de Éfeso hacia el Este y lleva a
las regiones más orientales del Asia Menor. Pronto llegamos otra vez al Meandro. El
camino sigue al lado del río. Después de varios días de camino, llegamos a la confluencia
del Meandro y uno de sus afluentes, el Lico. Cruzamos el río y procedemos ahora por el
valle del Lico. Hemos llegado al antiguo reino de Frigia, incorporado en la provincia de
Asia desde hace más de un siglo. Lo notamos porque los habitantes hablan con un marcado
acento frigio. El terreno se vuelve cada vez más montañoso, con paisajes espectaculares. La
carretera nos lleva primero a la deslumbrante ciudad de Hierápolis con sus muchos templos
paganos. Nos dirigimos a casa de unos creyentes para trasmitirles los saludos de Epafras.
Ellos, naturalmente, insisten en que pasemos la noche con ellos. Al día siguiente bajamos
nuevamente al valle del río Lico y llegamos a Laodicea, ciudad en la que pernoctamos y
hacemos entrega de la carta que Pablo ha escrito a los laodicenses. Nos queda un solo día
de viaje, unos dieciocho kilómetros, para llegar a nuestro destino. Al proseguir nuestro
camino, el valle del Lico es cada vez más estrecho y las montañas cada vez más altas y
cercanas. Y, finalmente, llegamos a Colosas.
Por el acento de los habitantes sabemos que hemos dejado atrás las ciudades más
helenizadas y romanizadas y nos encontramos ya en «la Frigia profunda». Delante de
nosotros, la carretera sigue por los puertos de montaña hasta Apamea para descender luego
por tierras de Pisidia hasta las costas del sur de Asia en Panfilia. Pero nosotros, por nuestra
parte, dejamos la carretera y nos dirigimos a casa de Filemón. Onésimo nos enseña el
camino. Puesto que la conversación entre Filemón y Onésimo requiere intimidad, los
dejaremos a solas en casa y saldremos para explorar un poco la ciudad de Colosas.
El valle del Lico era famoso en tiempos antiguos por al menos dos cosas: sus frecuentes
terremotos; y los pastos fértiles de sus tierras volcánicas. Estos factores, a su vez, habían
contribuido al establecimiento de industrias textiles en la zona, pues las ricas tierras del
valle sostenían grandes rebaños de ovejas cuya lana servía como materia prima para la
manufactura de tejidos, y las aguas cretáceas del valle eran ideales para teñir las telas.
Como consecuencia, en las tres ciudades del valle —Hierápolis, Laodicea y Colosas— se
habían establecido muchos tejedores, tinteros y sastres.
En su día, Colosas había sido una ciudad de gran importancia, mencionada por algunos
de los historiadores más destacados de la antigüedad. Heródoto, en el año 480 a.C., al
describir el paso del ejército del emperador persa Jerjes por el valle del Lico camino al
Helesponto, la llama una gran ciudad de Frigia. Jenofonte, en el año 401 a.C., al describir
la estancia en Colosas del ejército de Darío, la llama una ciudad habitada y próspera y
grande.
La grandeza de Colosas estribaba no sólo en el número de sus habitantes, en la
fertilidad de sus tierras y en la prosperidad de sus industrias textiles, sino en que ocupaba
un lugar estratégico de suma importancia en el camino que unía el oeste de Asia con el este.
El viajero procedente, por ejemplo, de Siria, al dirigirse a Éfeso tenía que pasar por las
Puertas Cilicianas, adentrarse en Asia Menor y cruzar las montañas Tauro hasta llegar al
valle del Lico. Allí, la primera ciudad con la que se topaba era Colosas. Como
consecuencia, los colosenses habían conocido muchas invasiones militares a lo largo de su
historia, pero también mucha prosperidad comercial. Al ser punto de paso obligado para
muchos mercaderes, la ciudad había añadido a la agricultura, a la ganadería y a la industria
textil una creciente actividad comercial. Sus habitantes formaban una mezcla de razas.
Además de los indígenas frigios, había colonos griegos, viajeros del este y una importante
comunidad hebrea.
Sin embargo, cuando Pablo escribió su carta a los cristianos colosenses, la ciudad
estaba en declive. Las ciudades vecinas de Laodicea e Hierápolis, mencionadas por Pablo
en el 2:1 y el 4:13, aunque fundadas muchos años después de Colosas, habían ido creciendo
en riquezas a expensas de ella, especialmente desde la creación de la provincia romana de
Asia (190 a.C.). Los romanos construyeron nuevas carreteras en la zona, cuatro de las
cuales enlazaban en Laodicea con la antigua vía del Lico6. Así, la importancia estratégica
de Colosas a efectos militares y comerciales se había desplazado hacia Laodicea. Además,
Laodicea había adquirido una gran reputación a causa de la fina lana negra de sus rebaños,
por lo cual iban en auge también sus operaciones comerciales y bancarias. Hierápolis, por
su parte, había conseguido mucha fama a causa de las propiedades curativas de sus aguas
termales (recordemos que los romanos apreciaban mucho los balnearios), había alcanzado
la calidad de ciudad sagrada de Frigia a causa de sus muchos templos y era conocida como
la ciudad más bella de Asia, la ciudad dorada. Colosas podía aún jactarse de la solera de su
historia ancestral, pero no podía competir con la creciente afluencia de sus dos rivales. El
golpe definitivo a su prestigio vino cuando los romanos decidieron convertir a Laodicea en
capital de la comarca:
Colosas ya había perdido la carrera. Si alguien buscaba salud, placer y reposo,
iría a Hierápolis; y si estaba interesado en negocios o política, dirigiría sus pasos a
Laodicea.
Ya en tiempos de Estrabón, que vivía dos generaciones antes de Pablo, la «gran ciudad
de Frigia» mencionada por Heródoto se había convertido un una ciudad pequeña. Dan fe de
ello los pobres restos arqueológicos que marcan hoy la ubicación de Colosas, en contraste
con las soberbias ruinas de Laodicea y, sobre todo, de Hierápolis12.
LA IGLESIA DE LOS COLOSENSES
Es posible que el evangelio de Jesucristo llegara a Frigia en primer lugar por medio de
judíos que lo conocieran durante las fiestas anuales en Jerusalén. Ya hemos mencionado la
colonia judía de Colosas. Existían colonias parecidas en todas las ciudades de Frigia. Se
habían establecido allí en tiempos de Antíoco el Grande (223–187 a.C.). Según Josefo, este
monarca había deportado a Lidia y a Frigia dos mil familias procedentes de Mesopotamia y
Babilonia. Sabemos que, ya en el año 62 a.C., más de 11.000 judíos varones vivían en la
comarca de Laodicea14. No nos sorprende, pues, descubrir que entre la multitud que
escuchó el sermón de Pedro en el día de Pentecostés figuraran judíos procedentes de Frigia
(Hechos 2:10). Es posible que algunos de ellos volvieran a casa llevando consigo la noticia
de que Jesús era el Mesías y que había resucitado de entre los muertos. Sin embargo, es
probable que no vieran ninguna necesidad de romper con la sinagoga, sino que siguieran
reuniéndose con los demás judíos.
No sabemos exactamente cómo y cuándo vio la luz la comunidad cristiana de Colosas,
pero lo más probable es que se fundara durante la estancia de Pablo en Éfeso,
aproximadamente entre los años 52 y 56 d.C. Después de tres meses en los que el apóstol
intentaba alcanzar a los judíos con el evangelio, hablando denodadamente en la sinagoga,
discutiendo y persuadiéndoles acerca del reino de Dios (Hechos 19:8), tuvo que trasladarse
a la «escuela de Tirano», donde seguía con la misma labor, pero ahora entre judíos y
gentiles. Esto continuó por dos años, de manera que todos los que vivían en Asia oyeron la
palabra del Señor, tanto judíos como griegos (Hechos 19:10).
Sin duda, pues, la noticia de estas enseñanzas, confirmadas por los poderosos milagros
llevados a cabo por el apóstol (Hechos 19:11–12), se hizo notoria en toda la provincia y
llegaron también a Colosas. No sabemos si los primeros convertidos entre los colosenses
escucharon el evangelio en la escuela de Tirano o si la ciudad fue evangelizada por Pablo
mismo o por un equipo de colaboradores suyos. Esto último es más probable, porque el 2:1
parece indicar que la mayoría de los creyentes de Colosas y Laodicea estaban entre aquellos
que no me han visto en persona, mientras que el 1:4 —al oír de vuestra fe en Cristo
Jesús— sugiere que el conocimiento que Pablo tenía acerca de la conversión de esos
creyentes no era de primera mano, sino que lo había recibido a través de la información de
terceras personas.
Sea como fuere, Pablo sí conocía personalmente a algunos de los miembros de la
congregación: a Epafras, por ejemplo. Posiblemente fuera éste uno de los primeros
conversos de la ciudad (4:12). Desde luego, tuvo un papel destacado en la formación de
aquella congregación y en la edificación pastoral de los miembros (1:7). También es
evidente que ejercía estas mismas funciones en las iglesias de Laodicea e Hierápolis (4:13).
Es posible, pues, que escuchara el evangelio en Éfeso y volviera con las buenas nuevas a su
casa en Colosas. En el momento de la redacción de las epístolas a los Colosenses y a
Filemón, Epafras acompañaba a Pablo en sus prisiones (4:12; Filemón 23).
Sabemos también que Filemón, el ciudadano de Colosas en cuya casa se reunía la
iglesia (Filemón 2), se había convertido a Cristo gracias al ministerio evangelístico de
Pablo mismo (éste parece ser el significado de Filemón 19). Posiblemente lo mismo sea
cierto de Arquipo y Apia, miembros de su casa (Filemón 2). Desde luego, el apóstol conoce
suficientemente a Arquipo como para enviarle una exhortación personal en torno a su
ministerio en la iglesia (4:17). Incluso es posible que tuviera que asumir la supervisión de la
iglesia de los colosenses durante la ausencia de Epafras.
Y, por supuesto, a todos aquellos amigos personales de Pablo tenemos que añadir a
Onésimo, el esclavo que ahora vuelve a casa en compañía de Tíquico. Éstos, pues, eran
algunos de los conocidos y colaboradores de Pablo en la asamblea de Colosas.
LA HEREJÍA COLOSENSE
Por todo lo que hemos visto hasta aquí podemos deducir que, estando Pablo en
prisiones, Epafras, anciano de la iglesia de Colosas, hizo el largo viaje hasta Roma para
consultar con él acerca de la situación que estaba afrontando la congregación. Emprender
un viaje de esta envergadura —unos 1700 a 2200 kilómetros, según la ruta escogida— y
compartir las condiciones incómodas del apóstol (Filemón 23) sugiere que Epafras estaba
alarmado. Aunque trae saludos afectuosos —Epafras … nos informó de vuestro amor en el
Espíritu (1:8)— y aunque puede informar acerca de la «fe, amor y esperanza» de los
colosenses (1:4–5; 2:5), otras noticias que lleva al apóstol son suficientemente preocupantes
como para ocasionar la redacción de nuestra epístola. La iglesia estaba bajo la amenaza de
enseñanzas erróneas.
No es fácil dilucidar todos los aspectos doctrinales de la «herejía colosense».
Disponemos de dos fuentes principales de información al respecto. Por un lado, tenemos
los escritos gnósticos del siglo II y los escritos de cristianos como Ireneo e Hipólito que
combatían aquella herejía. Pero esta es una información que puede confundirnos más que
aclarar conceptos, porque es imposible saber hasta qué punto las ideas del segundo siglo
circulaban ya en el primero, ni siquiera si, en el momento de la redacción de la epístola,
existía en Colosas un sistema coherente de pensamiento o se trataba de ciertas ideas
erróneas que procedían de diferentes influencias. A ese respecto, algunos autores suponen
que, de hecho, Pablo tuvo que dirigirse en contra de al menos dos herejías antagónicas que
se estaban infiltrando simultáneamente en la iglesia. Por ejemplo, en ciertos momentos se
arremete contra un ascetismo legalista (2:20–23) y, en otros, contra una promiscuidad
libertina (3:5–11). Parece difícil que ambas tendencias estuvieran presentes en un mismo
sistema ideológico. Más bien parecen proceder, en el primer caso, de influencias
judaizantes y, en el segundo, de influencias paganas.
Por otro lado tenemos la información que se desprende de la misma epístola. Pero, para
recabarla, tenemos que leer entre líneas —¡siempre un ejercicio arriesgado!— e intentar
deducir, por los argumentos empleados por el apóstol, la naturaleza del argumento de los
herejes. Finalmente, no es posible hacer una reconstrucción completa de la herejía25. Lo
más que podemos hacer es indicar algunos de sus aparentes énfasis:
1. La cristología
Parece claro que, de alguna manera, ciertos colosenses estaban cuestionando la
preeminencia de Cristo y, por tanto, poniendo en entredicho la total suficiencia de su obra
salvadora. La cosmografía del pleno gnosticismo del siglo II dividía el universo en siete
esferas, cada una de las cuales era gobernada por una categoría diferente de seres
espirituales. Más allá de estas esferas estaba Dios. Por tanto, para llegar a Dios, era
necesario complacer previamente a los señores de las esferas, seres angelicales que
actuaban como mediadores entre lo humano y lo divino. Según los gnósticos, la vida del
creyente debía consistir en ir avanzando de esfera en esfera, aprendiendo los secretos
esotéricos de cada una, hasta llegar finalmente a la «plenitud»: el conocimiento de Dios
mismo. La obra salvadora de Jesucristo se insertaba dentro de este sistema como uno de los
muchos medios de avanzar por las esferas —Cristo, por así decirlo, era el último eslabón en
la cadena de intermediarios que conducía a Dios—; pero no se contemplaba como una obra
completa y suficiente para la plena salvación del hombre.
Algunos comentaristas han visto en el vocabulario «especializado» empleado por Pablo
en esta epístola una alusión a esta cosmografía. Por ejemplo, los tronos, dominios, poderes
o autoridades (1:16; 2:15) serían los títulos de diferentes jerarquías celestiales. Su énfasis
sobre la plenitud de Cristo (1:19; 2:9) y sobre nuestra plenitud en Cristo (2:10) sería una
manera de contradecir la idea de que Cristo sólo nos ofrece una salvación parcial que
necesita ser complementada por las doctrinas esotéricas de los falsos maestros29. Pero —
insisto—, aunque estas interpretaciones son plausibles, carecemos de datos suficientes
como para poder establecer finalmente su acierto. Lo único que podemos afirmar con
confianza es que, de alguna manera, la plena autoridad y divinidad de Cristo se
cuestionaban en Colosas y, como consecuencia, se dudaba de la absoluta eficacia de su obra
salvadora. Contra esto, el apóstol se arremete con toda su energía, proclamando la soberana
majestad y completa suficiencia de Cristo como el perfecto Salvador y Señor31.
La epístola contiene una cristología elevada. Cristo es preeminente sobre toda
criatura y sobre la misma creación. De hecho, todo fue creado no sólo por él, sino
para él. Él es percibido como el centro del universo, soberano sobre todos los
principados y poderes, es decir, sobre cualquier agencia que pudiera desafiar su
autoridad. No sólo eso, sino que él es la imagen de Dios y el poseedor de toda la
plenitud de Dios. Estas afirmaciones le exaltan forzosamente a una igualdad con
Dios … El pasaje cristológico que expresa estas ideas (1:15–19) introduce una
afirmación acerca de la obra redentora de Cristo (1:20–23), obra matizada
también en el 2:14, que enseña que en la cruz Cristo triunfó sobre todos sus
enemigos. Está claro que el propósito de Pablo es demostrar la inconmensurable
superioridad de Cristo, en contraste con la inadecuada doctrina cristológica
promulgada por los falsos maestros de Colosas.
En su persona, Cristo es supremo y único. No es una mera «emanación» de
Dios, porque en él habita toda la plenitud de la Deidad. Él es el amado Hijo,
imagen del Dios invisible. Así pues, en virtud de su naturaleza divina, está por
encima y más allá de todo poder angelical. Pero su superioridad se ve también en
su obra. Por medio de él, el orden creado llegó a existir. Él mismo es el sustentador
y la meta de la creación. Su relación no sólo con la tierra, sino también con los
poderes angelicales, es la del creador con sus criaturas.
Vivimos en una época pluralista en la que la corrección política exige que aceptemos la
validez de toda clase de opiniones. Vivimos también en una época en la que corren muchas
ideas acerca de quién fue Jesucristo. Para algunos, no era más que un gran pensador ético.
Para otros, era un revolucionario político que defendía los intereses de los indefensos de la
sociedad. Algunos ven en él al «gran mago», un ser con poderes extraordinarios que
concede las mismas fuerzas a sus elegidos. Otros, en cambio, piensan que no era más que el
hijo de un carpintero, pero que sus seguidores iban inventándose leyendas en torno a su
persona, mitificándole y deificándole hasta convertir el «Jesús de la historia» en el «Cristo
de la fe». Pero todas estas versiones son parciales o pertenecen a la incredulidad. Hay una
sola cristología verdaderamente cristiana. Es la que encontramos en Colosenses. El apóstol
Pablo no se pone aquí a inventar nuevas doctrinas cristológicas, sino que afirma lo que ha
llegado a creer, juntamente con los demás apóstoles, desde el día de su conversión: que
Jesús de Nazaret es Dios encarnado, creador del universo y su legítimo Señor. No se puede
jugar con las doctrinas cristológicas. No tenemos derecho a inventarnos nuevas
interpretaciones acerca de la persona de Jesús. A la larga, sólo hay dos opciones. O creemos
acerca de él lo que Dios ha revelado que es: hijo de David según la carne, pero declarado
inequívocamente Hijo de Dios con poder por su resurrección de entre los muertos
(Romanos 1:4). O negamos el testimonio apostólico, nos inventamos un Cristo de
fabricación humana y, con ello, acabamos desmontando todo el mensaje del evangelio. Lo
que creemos acerca de la persona de Cristo determina lo que creemos acerca de su obra. Su
obra no tiene sentido a no ser que él sea quien dice ser.
2. El culto a los ángeles
La contrapartida de la negación de la suficiencia de Cristo era la necesidad de propiciar
a todos los poderes celestiales, y bien podría ser que esta necesidad hubiera conducido a
cierta práctica del culto a los ángeles (2:18). Pablo necesita aclarar que, cualesquiera que
fueran las diferentes jerarquías angelicales, todas fueron creadas por Cristo (1:16–17), él es
su Señor (2:10), todas tienen que rendirse ante él y han sido despojadas por él de cualquier
ascendencia nociva sobre el ser humano (2:15). Los colosenses no deben dejarse arrastrar
hacia un miedo innecesario ante estos poderes, ni mucho menos deben rendirles culto.
Es posible que las referencias a la falsa humildad (2:18, 23) tengan que ver también con
el culto a los ángeles. Entre los que sostienen una cosmografía dominada por seres
espirituales, cunde la idea de que el ser humano no es digno de tener acceso directo a Dios.
Es un ser inferior que sólo puede acercarse gracias a la mediación angelical. Tales ideas
parecen espirituales, porque sugieren mucha humildad; pero, de hecho, atentan contra la
dignidad del ser humano, creado a la imagen de Dios, y contra la doctrina del pleno acceso
a Dios abierto por Cristo (Hebreos 10:21–22).
3. La dimensión filosófica
Las doctrinas de los herejes se caracterizaban por su filosofía y vanas sutilezas (2:8) y
Pablo les dice que no se dejen engañar por ellas. No sabemos exactamente en qué consistía
la «filosofía» de los herejes, pero el solo empleo de esta frase sugiere que algunos de los
colosenses estaban deslumbrados por la aparente sutileza de su dialéctica (2:4). Los falsos
maestros hablaban probablemente en términos de «sabiduría y conocimiento» y «del
misterio de Dios» (2:2–3), envolviendo en un sofisticado lenguaje intelectual sus pobres
ideas erróneas. Se ve que esta filosofía, además de tener un contenido contrario a la Palabra
de Dios, empleaba métodos que no estaban en consonancia con las Escrituras: se
alimentaba de visiones que se anteponían a lo que Dios había revelado por los apóstoles y
profetas (2:18); y se fomentaba mediante la promesa de una creciente iluminación por el
desvelo de secretos esotéricos que estaban en poder de los maestros herejes únicamente
(2:8), pues sólo unos cuantos privilegiados tenían acceso a los misterios de la religión. En
todo caso, Pablo entiende que el afán de los maestros de introducir nuevas formas de
sabiduría, conocimiento, filosofía, misterios y discernimiento no es más que un atentado
contra los derechos de Cristo como la única fuente de toda sabiduría verdadera (1:26–27;
2:2–3, 8) y contra el derecho humano a acercarse a Dios sin estorbos inventados por los
hombres.
4. El trasfondo judío
Pero, aunque muchas de estas palabras e ideas provenían de fuentes helenísticas, se ve
que iban acompañadas por tendencias judaizantes. Es posible que debamos entender en este
sentido las referencias a tradiciones de los hombres (2:8), a reglas de comida o bebida, o en
cuanto a día de fiesta, o luna nueva, o día de reposo (2:16). Sin embargo, la referencia más
clara es a la circuncisión (2:11; 3:11). Pablo se ve en la necesidad de explicar el significado
cristiano de este rito, por lo cual podemos suponer que algunos intentaban imponerlo a los
creyentes. Y, en cuanto a todas estas reglas y exigencias judías, el apóstol afirma que sólo
pueden ser sombras de lo que ha de venir y que deben considerarse como cumplidas en
Cristo (2:16–17).
5. El ascetismo
Otra característica propia de ciertas formas de judaismo era la utilización de métodos
ascetas para intentar conseguir niveles superiores de santidad y pureza. Para ello, trataban
severamente el cuerpo y practicaban toda clase de austeridad y abstinencia (2:20–23). Sin
embargo, para el apóstol, estos métodos no eran más que otra manera de desviar a los
creyentes de la persona de Cristo; porque, para él, Cristo mismo es la verdadera respuesta
a los problemas de doctrina y de vida.
6. La inmoralidad
Como ya hemos indicado, no es fácil ver la relación ideológica entre el ascetismo
practicado, aparentemente, por algunos colosenses y las advertencias de Pablo contra la
inmoralidad. Pero el hecho es que ambas tendencias —la legalista y la libertina— parecen
haber estado presentes en la congregación.
El texto de Colosenses indica que la inmensa mayoría de los creyentes de la ciudad
procedían de un trasfondo gentil (ver 1:21, 27; 2:11–13; 3:5–7). En el pasado habían
practicado el culto a diversos dioses paganos, culto que con frecuencia se asociaba a
diferentes formas de desenfreno y de promiscuidad sexual. Quien ha estado inmerso en
estas cosas siempre sufre la tentación de volver a caer en ellas, especialmente cuando hay
familiares y amistades que incitan a esta clase de comportamiento o cuando toda la presión
social va en esta dirección. No es fácil nadar contra corriente. Cuesta romper con hábitos
adquiridos a lo largo de muchos años, como decir mentiras, practicar la murmuración y la
calumnia, abrigar pensamientos impuros, dejarse llevar por pasiones y apetitos (1:21–23;
2:6; 3:5–11). La carne es débil, el mundo es seductor y el diablo siempre está acechando
para aprovechar al máximo cualquier momento de desidia, cansancio o desánimo. Parece
que algunos miembros de la congregación estaban cediendo ante estas presiones y se
entregaban a sus deseos carnales. Es posible que el ascetismo de otros miembros fuera una
reacción contra el desenfreno de éstos. Por la ley del péndulo, la tendencia de la Iglesia a lo
largo de la historia ha sido oscilar entre el legalismo y el libertinaje, entre el fariseísmo y el
antinomianismo. Quizás en Colosas se diera una polarización de la iglesia entre sectores
que se decantaban por cada uno de estos dos extremos y que, como consecuencia, se
miraban con recelo.
Por tanto, la razón principal por la cual Pablo escribe a los colosenses es para refutar
estos errores. Su epístola se alza como testimonio a la imperiosa necesidad de sostener
creencias correctas. La falsa doctrina no debe ser contemplada nunca como una alternativa
viable a la revelación divina, sino que debe ser denunciada y rechazada como peligrosa y
aberrante.
Puesto que estaba en entredicho la persona de Jesucristo, la primera finalidad de Pablo
es ensalzar de tal manera al Señor que los colosenses puedan volver a depositar su plena
confianza en su poder para salvarles por completo. Así pues, la epístola es eminentemente
cristológica. Juntamente con Juan 1 y Hebreos 1, Colosenses 1 constituye una maravillosa
exposición de la persona y divinidad del Señor Jesucristo. Y este capítulo condiciona todo
el resto de la epístola, de manera que Cristo viene a ser el centro constante de nuestra
atención.
Pero la defensa fiel del evangelio consiste no sólo en exponer la verdad, sino también,
como acabamos de decir, en delatar el error. Por tanto, una segunda finalidad de la carta es
advertir a los colosenses en cuanto a las falsas doctrinas de los herejes y en cuanto a los
peligros del estilo de vida que promueven y que no hace justicia al evangelio. Los herejes
ofrecen una sabiduría humana y una solución asceta que nada tienen que ver con la
auténtica santificación. En cambio —dice Pablo—, Jesús ofrece revestirnos de una nueva
vida que refleja la verdadera santidad de Dios.
Puesto que es posible que, a causa de la influencia de los herejes, algunos cuestionaran
la validez del ministerio de Epafras, una tercera finalidad podría ser la vindicación de éste
como fiel siervo de Jesucristo (1:7; 4:12–13). Y, puesto que Onésimo vuelve a Colosas
juntamente con la carta, otra finalidad podría ser contribuir a su buena integración como
hermano en la congregación. Por eso, Pablo dedica un párrafo a la relación entre esclavos y
amos (3:22–4:1) y habla de la necesidad del perdón y del amor entre los hermanos (3:13–
14).
ESTRUCTURA DE LA EPÍSTOLA
A la luz de lo que acabamos de decir, podemos aseverar que Pablo tenía que resolver
dos problemas principales: uno era doctrinal y tenía que ver con la persona de Cristo; el
otro era práctico y tenía que ver con la vida del cristiano.
Estos dos problemas corresponden a las dos secciones principales de la carta. La
primera (1:13–2:23) es de carácter esencialmente doctrinal. La segunda (3:1–4:1) es
práctica y ética. Pero están estrechamente vinculadas entre sí. La enseñanza ética brota
directamente de la enseñanza doctrinal. La primera mitad de la epístola ensalza a Cristo
mismo. Demuestra su absoluta preeminencia frente a los seres celestiales y la completa
eficacia de su obra salvadora en contraste con la inutilidad de los sistemas humanos de
mejoría moral propuestos por los herejes. La segunda mitad nos invita, como consecuencia,
a revestirnos de Cristo en nuestro caminar diario, en nuestras relaciones y en nuestra vida
de oración y testimonio. Es decir, aquel Cristo que es el tema principal de la primera mitad
se contempla como la medida y el promotor de la vida del creyente en la segunda. La vida
del cristiano está unida íntimamente a la de Cristo. Ha muerto con Cristo (3:3) y, por tanto,
debe hacer morir lo terrenal en su vida (3:5). Ha resucitado con él (2:12; 3:1–4), por lo cual
debe vivir ya una vida consecuente con su resurrección. El viejo hombre en Adán debe
desaparecer (3:9) y el creyente debe ser revestido del nuevo hombre en Cristo (3:10). Los
falsos maestros ofrecían sistemas inútiles para vencer los apetitos de la carne. Pablo enseña
la auténtica manera cristiana de crecer en santidad: venciendo con el bien el mal (Romanos
12:21); despojándonos del viejo hombre al revestirnos del nuevo (Romanos 13:14);
superando la ley del pecado por medio de la ley del Espíritu (Romanos 7:17–8:4).
Así pues, un posible bosquejo del contenido de la epístola podría ser el siguiente:
A. INTRODUCCIÓN.
• Salutación inicial (1:1–2).
• Acción de gracias a causa del crecimiento espiritual de los colosenses (1:3–8).
• Pablo intercede por los colosenses (1:9–12): su conducta ante Dios.
B. SECCIÓN DOCTRINAL: LA PERSONA Y OBRA DE CRISTO EN
CONTRASTE CON LAS FALSAS DOCTRINAS (1:13–2:23).
Exposición positiva de la persona y obra de Cristo (1:13–2:3):
• Cristo en los designios del Padre (1:13–20).
• Cristo en la vida de los colosenses (1:21–23).
• Cristo en el ministerio de Pablo (1:24–2:3).
Advertencia contra influencias malignas (2:4–19):
• El peligro de los argumentos elocuentes (2:4–7).
• El peligro de la filosofía humana (2:8–15).
• El peligro del legalismo (2:16–17).
• El peligro del ascetismo (2:18–19).
C. SECCIÓN ÉTICA: LA NUEVA VIDA EN CRISTO EN CONTRASTE CON LA
VIDA DEL VIEJO HOMBRE (2:20–4:1).
El nuevo hombre en Cristo (2:20–3:17):
• Muertos con Cristo (2:20–23).
• Resucitados con Cristo (3:1–4).
• Desechando al hombre viejo (3:5–11).
• Vistiéndonos del hombre nuevo (3:12–17).
Deberes domésticos (3:18–4:1):
• Esposas y maridos (3:18–19).
• Hijos y padres (3:20–21).
• Siervos y amos (3:22–4:1).
D. CONCLUSIONES (4:2–18).
• Pablo pide que los colosenses intercedan por él (4:2–6): su conducta ante los
incrédulos.
• Asuntos personales de Pablo y su equipo (4:7–17):
• Recomendación de Tíquico y Onésimo (4:7–9).
• Saludos de los compañeros de Pablo (4:10–15).
• Instrucciones sobre la lectura de las epístolas (4:16).
• Mensaje para Arquipo (4:17).
• Salutación final (4:18).
Enseguida queda patente que el apóstol, como es su costumbre, ha concedido a su carta
una estructura simétrica. Esto, a su vez, sugiere que la redacción no ha sido una
improvisación, sino el fruto de una larga reflexión sobre los temas que debían tratarse. Hay
un notable equilibrio entre las dos grandes secciones centrales. Como ya hemos visto, la
doctrina cristológica de la primera da lugar a la ética cristocéntrica de la segunda. Además,
cada una de las dos secciones se divide claramente en dos partes. Igualmente, la salutación
y las oraciones de la introducción se corresponden con los saludos y los asuntos personales
de la conclusión.
Pero esta simetría queda reforzada por otros muchos detalles en el texto, detalles que
iremos señalando al adentrarnos en el comentario textual. Como botones de muestra,
observemos que, tanto en la introducción como en la conclusión, Pablo introduce palabras
de elogio para Epafras como siervo fiel de Jesucristo (1:7–8; 4:12–13). Luego notemos que
la intercesión de Pablo a favor de los colosenses (1:9–12) tiene su correspondencia
simétrica en la petición de Pablo de que los colosenses intercedan por él (4:2–4).
Asimismo, en el mismo contexto viene, por un lado, una exhortación a andar como es digno
del Señor (1:10) y, por otro, una exhortación a andar sabiamente con los incrédulos (4:5).
La epístola, pues, aunque mantiene las características de una comunicación personal,
llena de referencias entrañables de cariño fraternal, es a la vez una obra literaria
conscientemente elaborada. El apóstol ejerce a conciencia su responsabilidad pastoral. Cada
frase es meditada y redactada cuidadosamente. No sobra nada. Cada palabra cuenta.
LOS DESTINATARIOS (1:2a)
Esta exactitud de lenguaje y esta cuidadosa redacción están presentes desde las primeras
palabras de salutación. Ya lo hemos visto en la manera diferenciada en que Pablo se
introduce a sí mismo y luego presenta a Timoteo (1:1). Pero su manera de describir a los
colosenses es igualmente atinada: a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en
Colosas; o literalmente: a los en Colosas [que son] santos y fieles hermanos en Cristo. De
entre todos los habitantes de la ciudad, Pablo escribe sólo a los que «están en Cristo» y,
como consecuencia, han sido consagrados a Dios, viven vidas fieles como creyentes y han
asumido la nueva relación fraternal con todos los demás creyentes en Cristo.
La palabra santos nos recuerda que Dios había «apartado» a los creyentes colosenses,
llamándoles a separarse de la sociedad mundana que les rodeaba —no en sentido
geográfico, sino en sentido espiritual y moral— para formar parte de su pueblo consagrado.
De la misma manera que el antiguo Israel era un pueblo apartado, diferente de todas las
naciones vecinas (ver, por ejemplo, Deuteronomio 7:6), ellos, como miembros del
verdadero Israel de Dios en Cristo, deben distinguirse de sus vecinos incrédulos por su
estilo de vida, sus prioridades y su manera de hablar y comportarse. Deben reflejar el
carácter santo de Dios y anunciar así las virtudes de aquel que los ha llamado de las
tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9). Son personas escogidas, llamadas, compradas
por precio, justificadas y regeneradas. Deben manifestarlo por medio de sus actitudes, sus
conversaciones y su vivencia recta, honesta, amable. Se espera de ellos que vivan vidas
santas.
La palabra hermanos nos recuerda lo que ya vimos en el capítulo 1: que el creyente, al
convertirse, adquiere un nuevo parentesco que le une a los demás miembros de la familia de
Dios. Si santos nos habla del carácter alto y noble de nuestro llamamiento, hermanos nos
habla de la calidad entrañable de las relaciones que se forjan en Cristo. Es emocionante
escuchar esta palabra en labios de Pablo, pues los judíos la usaban para referirse a sus
correligionarios judíos (Hechos 2:29; 7:23–25), pero un judío nunca se habría referido a
un gentil con este término de afecto. Asimismo, Pablo, aunque escribe a los colosenses en
virtud de su apostolado y no como un hermano más (1:1), sin embargo los trata como
hermanos. Es un ejemplo más de cómo la diversidad de dones y ministerios en el cuerpo de
Cristo no está reñida con la esencial igualdad de dignidad y valía de todos y cada uno de
sus miembros. A efectos de ministerio, existen diferencias de función y autoridad, por lo
cual los colosenses deben acatar la autoridad apostólica de Pablo; pero, a efectos de
comunión, amor y aceptación mutua, tales categorías no existen: todos son iguales, todos
son hermanos.
La adición de la palabra fieles nos recuerda que el derecho a llamarnos «santos y fieles»
depende de nuestra perseverancia en la fe de Cristo. El «fiel» no es solamente alguien que
cree, sino también alguien que no falta a las obligaciones que proceden de la fe. ¿Acaso la
añade el apóstol porque algunos de los colosenses estaban manifestando síntomas
preocupantes de infidelidad a causa de la influencia de los falsos maestros? ¿Habían
algunos abandonado ya la congregación, de manera que Pablo se dirige ahora a los que, en
contraste con ellos, se han mantenido «fieles»?
La frase en Cristo nos recuerda que sólo hemos sido apartados por Dios como pueblo
santo e incorporados a su familia por cuanto Dios nos ha hecho «aceptos en el Amado» y
vivimos en unión con él (Efesios 1:6, RV60). El que cree en Cristo recibe su Espíritu y, con
él, su vida y naturaleza. Es una nueva creación (2 Corintios 5:17). Pertenece a la nueva
humanidad encabezada no por Adán, sino por Jesús. Está «en Cristo». Esta frase es
especialmente significativa tanto en Efesios como en Colosenses, una evidencia más de que
las dos cartas fueron escritas en el mismo momento, momento en que parece que el apóstol
meditaba mucho en las implicaciones de nuestra unión con Cristo.
Las dos frases en Colosas y en Cristo nos recuerdan la «doble ubicación» del creyente.
Se encuentra a la vez en algún lugar geográfico de la tierra y en los lugares espirituales en
Cristo Jesús (Efesios 1:3, 4; 2:6). Es a la vez ciudadano de un país terrenal y de los cielos.
Tiene una ubicación geográfica y otra espiritual. Debemos recordar siempre nuestra doble
posición. Si nos olvidamos de nuestra «Colosas» nos encerraremos en guetos de
superespiritualidad y descuidaremos nuestra misión cristiana. Pero, peor aún, si nos
olvidamos de nuestra posición «en Cristo», sufriremos la tentación a adaptarnos a este
mundo (Romanos 12:2) y anular la eficacia de nuestro testimonio.
EL SALUDO (1:2b)
Es habitual que Pablo empiece sus cartas con la misma salutación: Gracia y paz a
vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Es sorprendente, por tanto,
descubrir que las palabras y del Señor Jesucristo no están presentes en los mejores
manuscritos de Colosenses. Pero, precisamente porque es sorprendente, la mayoría de
traductores y comentaristas suponen que la omisión se debe a la redacción original de
Pablo, no al error de un copista54.
Sea como fuere, el hecho es que nadie conoce la gracia y la paz de Dios excepto por
medio de Jesucristo. Si bien la fuente de la cual emanan estas cosas es el Padre, el cauce
por el cual llegan hasta nosotros es Jesucristo. Como dice Juan 1:18, la gracia y la verdad
fueron hechas realidad por medio de Jesucristo; ¿y acaso podemos tener paz para con Dios
si no es por medio de nuestro Señor Jesucristo (Hechos 10:36; Romanos 5:1)?
El hebreo Pablo se dirige a los colosenses, en su mayoría gentiles, con una mezcla de
salutaciones de origen judío y griego: «gracia» (en griego, charis) es una forma
cristianizada de la salutación convencional griega —«saludos» (charein; ver Hechos
15:23)—, mientras que «paz» corresponde a la típica salutación hebrea, shalom. Pero no
hay nada de convencionalismo en la salutación del apóstol. La incorporación de esta
oración al principio de casi todas sus cartas no quiere decir que Pablo se caracterizara por la
repetición vana. Al contrario, demuestra que ésta era una petición que llegaba al corazón de
su preocupación por sus lectores. Él sabe que lo que más necesita el creyente en este mundo
es que Dios supla los recursos continuos de su gracia y paz. No hay oración más necesaria
que ésta.
La palabra gracia nos habla del amor de Dios manifestado a aquellos que no lo
merecemos. Por gracia hemos sido elegidos (Romanos 11:5–6), llamados (Gálatas 1:6, 15),
justificados (Romanos 3:24; 4:16; Tito 3:7), redimidos y perdonados (Efesios 1:7), salvos
(Efesios 2:5, 8) y capacitados para el ministerio (Romanos 12:3, 6; 15:15; Efesios 3:8; 4:7).
Toda la obra de nuestra salvación se debe a la gracia de Dios. Somos salvos por puro amor,
sin mérito humano alguno. El creyente afirma con el apóstol: Por la gracia de Dios soy lo
que soy (1 Corintios 15:10). Asimismo es por gracia como nos mantenemos en pie en la
vida cristiana (Romanos 5:2); y es por gracia como tenemos buena esperanza de cara al día
de mañana (2 Tesalonicenses 2:16).
Pero Dios no nos salva por gracia para luego dejarnos solos, caminando por mérito o
por ley. Aquella gracia divina que nos llamó inicialmente a la salvación sigue con nosotros
y nos sostiene de día en día. Si Dios nos tratara según lo que nos merecemos en la carne,
nos fulminaría. Pero nos trata por gracia, según aquella gracia que gratuitamente ha
impartido sobre nosotros en el Amado (Efesios 1:6). En vez de llenar nuestra vida de
merecidos juicios y represalias justas, nos mira con bondad y nos trata con misericordia.
Ciertamente, a veces nos castiga; pero lo hace como un padre corrige a un hijo amado. Por
lo demás, Dios llena nuestra vida de experiencias enriquecedoras, relaciones entrañables,
buenas dádivas y dones perfectos (Santiago 1:17). Por su gracia, aun las experiencias
desagradables de nuestra vida se convierten en fuente de bien y sirven para nuestra
santificación y maduración (Romanos 8:28; Hebreos 12:10–11). Con el paso de los años
vamos descubriendo que aun las espinas en la carne llegan a ser soportables a causa de la
suficiencia de su gracia (2 Corintios 12:9).
Así pues, el creyente depende de la gracia de Dios para la provisión diaria de sus
necesidades materiales, emocionales y espirituales. ¡Qué importante, pues, que oremos
según la voluntad de Dios, pidiendo los unos por los otros que la gracia divina nunca nos
falte!
De igual manera necesitamos orar por la paz de nuestros hermanos: la paz entendida no
tanto como una ausencia de guerras y conflictos, sino como aquel bienestar en el hombre
interior que puede experimentarse aun en las circunstancias adversas, aquella paz que
sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7) porque procede de Dios y es nuestra herencia
en Cristo (Juan 14:27; 16:33).
Insistamos en esta última idea. La gracia y la paz que el apóstol desea para sus lectores
no son experiencias dadas por las circunstancias o por las relaciones humanas. Damos
gracias a Dios, ciertamente, si nos toca vivir sin guerras y con hermosas relaciones
humanas. Pero, desafortunadamente, el Señor mismo nos ha advertido que no siempre será
así. En el mundo tendremos aflicción (Juan 16:33) y nuestra fidelidad a Cristo conducirá
muchas veces a relaciones tensas y deterioradas (Mateo 10:34–37). Más aún, el cristiano se
encuentra inevitablemente enzarzado en el gran conflicto universal entre el bien y el mal,
entre Dios y el diablo. Contra él, las huestes del mal emplearán toda clase de armas y
tácticas. Su situación habitual no es de paz, sino de guerra. Pero hay una paz y un gozo que
brotan de la gracia de Dios y no dependen de factores sociales, humanos o diabólicos. Hay
un consuelo que sólo el Consolador divino puede conceder.
La pena es que muchos creyentes no parecen encontrar su gozo, paz y consuelo en
Dios, sino en la seguridad efímera y quebradiza de los valores humanos y los placeres
mundanos. Ellos también necesitan nuestras oraciones. Si tú, como Pablo, has descubierto
la gracia y la paz de Dios, ¡que tu oración constante sea que el Señor abra los ojos del
entendimiento de tus hermanos, para que vean que la verdadera experiencia de seguridad,
bienestar, esperanza y gozo está en Dios y sólo en él!
Por esta misma razón, el orden de la salutación es importante. Pablo no pide que los
colosenses conozcan la paz y la gracia de Dios, sino su gracia y paz. Mientras el ser
humano esté fuera del ambiente de la gracia de Dios, nunca conocerá la verdadera paz
aunque viva libre de guerras y conflictos externos. La obra de la gracia siempre antecede a
la auténtica experiencia de la paz.
O, para expresar lo mismo en otros términos, la gracia de Dios nos conduce a una nueva
relación con él por medio de Jesucristo, relación en la cual somos recibidos en su familia
como hijos amados (Juan 1:12). Entonces descubrimos que él es nuestro Padre y que, desde
su paternidad (de Dios nuestro Padre), nos concede su paz. Con Dios como Padre, nuestra
seguridad presente y nuestro eterno bienestar están asegurados.
CAPÍTULO 3
ACCIÓN DE GRACIAS
COLOSENSES 1:3–5a
Damos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, orando siempre
por vosotros, al oír de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis por todos los
santos, a causa de la esperanza reservada para vosotros en los cielos, …
GRATITUD E INTERCESIÓN (1:3)
Siguiendo la costumbre de aquel entonces, Pablo y Timoteo, después de su saludo
inicial, elevan una oración a favor de los colosenses. Pero, siguiendo el uso habitual del
apóstol2, no empiezan a orar por sus lectores sin antes dar gracias por ellos. La acción de
gracias antecede a la intercesión.
Esto, de por sí, debe enseñarnos una lección importante. A menudo nos acercamos a
Dios como Aladino se acercaba a su lámpara: a ver si el genio concede nuestras peticiones.
Tratamos a Dios como si sólo existiera para cumplir nuestros deseos. Sin reflexionar,
pasamos directamente a la enumeración de nuestra lista de peticiones. Nos olvidamos de
que estamos hablando con nuestro Dios, que se merece nuestra adoración, y con nuestro
Padre, que desea nuestra comunión. Así, demostramos nuestra inhumanidad e ingratitud.
¿Cómo podemos venir con más peticiones cuando no nos paramos a reconocer todas las
bendiciones que ya hemos recibido?
Todos sabemos por experiencia personal que es mucho más fácil ser generoso con una
persona agradecida y comprometida con nosotros que con una persona ingrata que se sirve
de nosotros para sus fines egoístas y luego nos trata con desprecio. ¿Acaso pensamos que
no pasa lo mismo con Dios? Aprendamos la lección del apóstol: demos gracias a Dios por
nuestros hermanos antes de interceder por ellos. Además de manifestarle nuestras
necesidades y preocupaciones, expresémosle nuestra gratitud y nuestro aprecio.
Asimismo, tiene que haber sido motivo de mucho ánimo para los colosenses saber que
el apóstol da gracias por ellos. Él tiene cosas importantes que comunicarles. Tiene que
prevenirles en cuanto a los peligrosos vientos de doctrina que soplan. Tiene que señalar
ciertas debilidades que están en ellos: están en peligro de sucumbir ante las sutilezas de los
herejes (2:4, 8, 16, 18) y las debilidades de la carne (3:5–11). Los colosenses podrían
tomarse a mal estas advertencias si no fuera por los sentimientos de aprobación implícitos
en esta acción de gracias. Por tanto, antes de amonestarles y advertirles en cuanto al
peligro, les asegura que está convencido de que la obra de gracia de Dios es evidente en
sus vidas5.
El Dios al que Pablo se dirige es Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo (cf.
Romanos 15:6; 2 Corintios 1:3; 11:31; Efesios 1:3; 3:14). Nuevamente, se trata de una frase
que nos resulta tan familiar que podemos perder su verdadero alcance e impacto. Pablo
podría haber hablado de «Dios nuestro Creador», del «Ser supremo del universo», del
«Dios que se encarga de nuestra salvación» o del «Dios que os ha elegido y llamado», etc.
En el ámbito socio-religioso de Colosas, todas estas descripciones habrían resultado
interesantes. Pero opta por referirse a Dios en términos de su relación con Jesucristo. Lo
hace, sin duda, porque Jesucristo es la expresión más sublime y perfecta de Dios. Para los
judíos, Dios era el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob o de Moisés, porque había sido a
través de esos patriarcas como Dios se había revelado al pueblo. Para el nuevo Israel de
Dios en Cristo, la revelación de quién y cómo es Dios nos llega supremamente a través de
Jesucristo. Sin él, nuestro conocimiento de Dios sería pobre y parcial. Nuestro acceso a
Dios sería imposible. Pero, con él, Dios se acerca a nosotros. Jesucristo no es otro que
«Dios con nosotros» (Mateo 1:23). Viendo a Jesús, vemos al Padre (Juan 14:9–11). El Dios
invisible se hace visible en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Para nosotros, no hay
manera más atinada de definir y describir a Dios que llamándole el Padre de nuestro Señor
Jesucristo.
En otras palabras, ya desde las primeras frases de su carta, el apóstol quiere establecer
la verdadera dignidad de Cristo. Para los herejes, él no era más que uno entre muchos
mediadores celestiales. Ellos entendían a lo mejor que nadie podía venir al Padre sino por él
(Juan 14:6), pero habrían añadido que el acceso al Padre pasaba también por otros muchos
seres angelicales. No, dice Pablo. El hombre Jesús no es otro sino el «Cristo» que fue
enviado por el Padre desde el cielo como su Ungido y el «Señor», exaltado por el Padre a
su diestra. Tanto en su encarnación como en su glorificación, el Hijo de Dios franqueó el
abismo que existe entre el cielo y la tierra y, así, forjó el «puente» necesario para que el
hombre entrara en comunión con Dios. Su mediación no es una entre muchas posibles. Es
única e intransferible. Verdaderamente, nadie tiene acceso al Padre sino por él; y,
teniéndole a él, no hace falta ningún mediador adicional. Si queremos saber cómo es Dios,
basta con mirar a Jesús. Si queremos acercarnos a Dios, Jesús es el único camino y la única
puerta.
En realidad, por supuesto, el Hijo es el Señor eternamente. Ejerce el señorío sobre
nosotros como Dios y Creador. Sin embargo, el Hijo eterno se despojó a sí mismo
(Filipenses 2:7), se hizo hombre y fue hecho un poco menor que los ángeles (Hebreos 2:9)
a fin de probar la muerte por nosotros. Y es a este hombre a quien el Padre ahora ha
exaltado. Como dijo Pedro al concluir su predicación en el día de Pentecostés: A este Jesús
a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo (Hechos 2:36). Él es
objetivamente el Señor y Rey legítimo del universo.
Sin embargo, pocos reconocen su señorío. La gran mayoría actúa como si él no fuera el
Cristo. En Colosas, sólo los santos y fieles hermanos en Cristo (1:2) tenían ojos para ver a
Jesús como quien realmente es. Viene el día cuando toda lengua confesará que Jesucristo es
el Señor (Filipenses 2:11); pero, mientras tanto, sólo somos los creyentes quienes doblamos
la rodilla ante él. Él es nuestro Señor Jesucristo.
Éste, pues, es el Dios a quien Pablo expresa gratitud. No es una divinidad cualquiera,
sino el Dios que, habiéndose manifestado en el pasado a través de los patriarcas y profetas
del Antiguo Testamento, ahora se revela perfecta y definitivamente a través del hombre
Jesús, el cual, aunque vivió en plena humanidad entre nosotros, es Dios encarnado y ahora
reina exaltado a la diestra del Padre. Tan lleno está el apóstol de esta visión del Dios
verdadero, que vive en constante comunión con él. A lo largo del día conversa con el
Señor. El Dios trascendente, santo y sublime que se nos ha acercado en Cristo no sólo se ha
convertido para Pablo en el Padre de todos los creyentes (1:2), sino en el compañero de
Pablo en todos los afanes de su ministerio. Por eso, el apóstol concluye este versículo con
la frase orando siempre por vosotros. Si enseña a otros que deben orar sin cesar (1
Tesalonicenses 5:17), es porque él mismo sabe lo grande que es poder pasar el día en viva
comunión con Dios.
De hecho, la frase orando siempre por vosotros admite diferentes lecturas:
• Es posible asociar la palabra siempre a las palabras anteriores y entender que Pablo y
Timoteo dan siempre gracias a Dios.
• Es posible asociar toda la frase a las palabras del versículo 4 y entender que Pablo y
Timoteo oran por los colosenses cada vez que oyen o recuerdan las buenas noticias
acerca de su fe y amor.
• Es posible tratar el versículo 4 como un paréntesis y asociar la frase al versículo 5: «al
oír de vuestra fe y vuestro amor, oramos siempre por vosotros para que se fortalezca
vuestra esperanza …».
• Pero quizás lo más sencillo sea entender la frase tal y como aparece en nuestra versión:
Pablo y Timoteo practican continuamente la oración y, al hacerlo, recuerdan siempre a
los colosenses y dan gracias por ellos a causa de su fe, amor y esperanza. Esto viene a
ser aún más sorprendente y aleccionador cuando recordamos que Pablo no conocía
personalmente a la mayoría de los colosenses.
FE Y AMOR (1:4)
Como ya hemos visto, el hecho de que Pablo hable de oír de vuestra fe puede significar
o bien que él y Timoteo acaban de recibir noticias (seguramente a través de Epafras, 1:8)
acerca de cómo los colosenses están perseverando en la fe, o bien que el apóstol mismo no
ha sido el instrumento utilizado por Dios para la conversión de los lectores, sino que ha
sido informado por terceras personas acerca de cómo han llegado a creer en Jesucristo.
Todo depende de si Pablo está hablando de la fe inicial de los colosenses en el momento de
la conversión o de la fe que siguen manifestando posteriormente en su caminar diario.
Sea como fuere, podemos suponer que las dos cosas son ciertas. Por un lado, los
colosenses han escuchado el evangelio de Jesucristo, han comprendido que él es el único
mediador entre Dios y los hombres, han aceptado que es el Hijo de Dios, Rey y Mesías, y
han creído en él como su Señor y Salvador. Por otro, están perseverando en la fe; siguen
confiando en Cristo para su salvación y dependiendo de su dirección y providencia en la
vida diaria.
Y, por supuesto, las dos cosas deben ser ciertas en nuestro caso también. Si hemos sido
salvos por la fe, debemos andar en ella. La fe no es sólo algo que hemos profesado en algún
momento del pasado, sino también un camino que seguimos caminando toda la vida
(Romanos 4:12, 19–22; 2 Corintios 5:7; Gálatas 2:20). La fe que profesamos en el
momento de nuestra conversión debe dar lugar a una dependencia vital de Cristo como
nuestro Señor. Si nuestra entrega inicial a Cristo es genuina, conducirá necesariamente a
una confianza permanente en él.
El objeto de la fe de los colosenses es Cristo Jesús, pero el objeto de su amor es la
iglesia: el amor que tenéis por todos los santos. Jesús mismo pide que le amemos a él
amando a nuestros hermanos en la fe (Juan 13:34 y 14:15; 1 Juan 4:20–21). Por supuesto,
el creyente ama en primer lugar a Cristo mismo. Sin embargo, es difícil dar expresión
práctica a nuestro amor a alguien ausente e invisible. Pero, si bien la cabeza del cuerpo está
ausente, los miembros del cuerpo están presentes. No tenemos derecho a afirmar que
amamos a Cristo si de alguna manera descuidamos o aborrecemos los miembros de su
cuerpo.
La fe y el amor siempre van cogidos de la mano. Demostramos nuestra fe no por medio
de nuestras palabras ortodoxas o nuestras prácticas piadosas, sino por medio del amor que
mostramos a los hermanos. La fe encuentra su expresión verdadera obrando por amor
(Gálatas 5:6). La fe que no se expresa por obras de caridad es una fe muerta, una mera
profesión de palabras (Santiago 2:17, 26). Por mucho que declaremos que conocemos a
Dios por la fe, si no amamos no le conocemos de verdad, porque Dios es amor (1 Juan 4:8).
No se nos dice de qué maneras los colosenses daban expresión a su amor fraternal, pero
en el 3:12–14 se plasma la clase de actitudes y comportamientos amorosos que inculcaba el
apóstol. Lo que sí se dice, en cambio, es que el amor de los colosenses no era partidista,
sino que se extendía a todos los santos. A todos nosotros nos resulta fácil mostrar amor a
los miembros de la congregación que nos caen bien. Pero que seamos capaces de amar a los
miembros menos amables es evidencia de una auténtica obra de la gracia de Dios en
nosotros.
LA ESPERANZA (1:5a)
Después de encomendar a los colosenses a causa de su fe y amor, Pablo procede a
hablar de su esperanza: a causa de la esperanza reservada para vosotros en los cielos. Pero
aquí, nuevamente, nos encontramos con una frase que se presta a diferentes lecturas:
• Algunos comentaristas la unen con la primera frase del versículo 3: Damos gracias a
Dios … a causa de la esperanza …; es decir, habiendo oído de vuestra fe y vuestro
amor, damos gracias a Dios por la esperanza que os está guardada. Pero para hacerlo
tienen que suponer que los versículos 3b y 4 forman un paréntesis: orando por vosotros
al oír de vuestra fe y vuestro amor. En contra de esta lectura, podemos aducir que esta
construcción da como resultado una idea extraña, a saber, que después de haber oído
acerca de la fe y el amor de los colosenses, Pablo y Timoteo no dan gracias por esta fe
y amor como es de esperarse, sino sólo por la esperanza reservada para los colosenses
…
• Otros la asocian precisamente a la segunda parte del versículo 3 y suponen que el
paréntesis se limita al versículo 4: orando siempre por vosotros … a causa de la
esperanza … Si los primeros entienden que la esperanza es motivo de la acción de
gracias de Pablo, éstos suponen que es motivo de su intercesión. Sobrentienden, pues,
que la fe y el amor de los colosenses son robustos, pero que Pablo ora para que se
afirmen en la esperanza.
• Otros, en cambio, no vinculan en absoluto la esperanza a la oración de Pablo, sino a lo
que dice en el versículo 4 acerca de la fe y el amor: tenéis fe en Cristo y amor por los
santos a causa de la esperanza. Desde el punto de vista gramatical, ésta parece ser la
lectura más correcta, porque, si no hay razones de peso para indicar lo contrario, una
frase subordinada (a causa de la esperanza) debe acompañar a la frase más cercana (al
oír de vuestra fe y de vuestro amor).
De aceptar esta última interpretación, debemos preguntarnos: ¿en qué sentido pueden la
fe y el amor depender de la esperanza? La respuesta consiste en que estas tres virtudes, bien
entendidas, dependen cada una de ellas de las otras dos. Crecer en una de ellas es crecer en
las tres. Carecer de una es, en última instancia, carecer de las tres. En el caso concreto de la
esperanza, lo cierto es que cuanto más viva está nuestra expectación en cuanto a la pronta
llegada de Cristo, al establecimiento completo del reino de Dios y a nuestra perfecta
transformación a la imagen del Señor, tanto más se aviva nuestra fe y, con ella, los vínculos
afectivos que nos unen a aquellos que van a ser conciudadanos nuestros en el reino.
Pero, esto dicho, tenemos que abordar otra cuestión polémica: ¿se refiere Pablo aquí a
la esperanza objetiva o subjetiva? De la misma manera que hay una fe objetiva (el cuerpo
de creencias que constituye la «fe cristiana») y una fe subjetiva (la confianza del creyente
en Cristo y en su obra salvadora), también la esperanza tiene dos matices similares en el
Nuevo Testamento. Por un lado se puede referir a la expectación en el corazón del creyente
(actitud subjetiva); por otro, a las bendiciones que el creyente aguarda (realidad objetiva).
Aquí, claramente, Pablo se refiere a la esperanza objetiva, porque habla de la esperanza
reservada para vosotros en los cielos, es decir, el galardón, la gloria, la herencia de los
santos en luz (1:12) y las muchas bendiciones que los colosenses recibirán cuando Cristo se
manifieste (cf. Gálatas 5:5; Tito 2:13; 1 Pedro 1:4). La cuestión es: ¿se refiere el apóstol
también a la esperanza subjetiva, aquella expectación viva que está en los colosenses y los
sostiene en la lucha de la fe? Parece ser que sí. A fin de cuentas, sería sorprendente
encontrar en un mismo contexto referencias a la fe subjetiva y al amor subjetivo, pero no a
la esperanza subjetiva. Si admitimos este matiz adicional, debemos entender que la palabra
se emplea con doble significado. Entonces la fuerza de lo que el apóstol está diciendo sería:
a causa de vuestra esperanza [subjetiva] depositada en el galardón [esperanza objetiva]
reservado para vosotros en los cielos.
La idea de que la esperanza sea guardada en los cielos corresponde a otras afirmaciones
afines. Pedro habla de una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchitará,
reservada en los cielos para vosotros (1 Pedro 1:4). Y el propio Pablo dice que en el futuro
me está reservada la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me entregará en aquel
día (2 Timoteo 4:8). En cada caso, la idea es que nuestra esperanza es completamente
segura, porque, si algo está reservado en los cielos, está guardado y garantizado por Dios
mismo.
Así pues, los colosenses, además de dar muestras de una fe viva y un amor entrañable,
mantienen viva aquella esperanza que, a su vez, estimula y hace crecer la fe y el amor.
Porque la esperanza cristiana no es un vago deseo utópico. Es una fuerza viva que participa
de muchas de las cualidades de la fe y el amor. Es el fruto de nuestra regeneración (1 Pedro
1:3) y la fuente de nuestra purificación (1 Juan 3:3). Esperar ansiosamente la venida de
Cristo es, a la vez, consecuencia de creer en él y un fuerte estímulo para aquella fe.
Asimismo, aguardar con esperanza la parusía es amar su venida (2 Timoteo 4:8). La fe, el
amor y la esperanza van juntos y se apoyan mutuamente.
Por tanto, los colosenses se caracterizan por la fe, el amor y la esperanza; y Pablo y
Timoteo dan gracias a Dios por ello. Esto nos suena familiar. De hecho, estas virtudes
constituyen una trilogía que encontramos con frecuencia en los escritos de Pablo. Pero no
por familiares carecen de importancia. Al contrario, se repiten con frecuencia precisamente
porque para Pablo eran de suma importancia. Con respecto a la doxología del versículo 2,
decíamos que la petición de gracia y paz se repite vez tras vez porque no hay oración más
importante que ésa. Ahora podemos decir algo similar en cuanto a la fe, el amor y la
esperanza: si Pablo se fija en estas tres virtudes de los colosenses, es porque son
incuestionablemente las características más importantes del creyente. En otras palabras, si
queremos saber cómo van los hermanos, si están en forma, si hay cosas por las que dar
gracias al Señor en sus vidas, lo primero que debemos considerar es si tienen fe, amor y
esperanza. No es cuestión de enjuiciarlos, sino de dar gracias al Señor con conocimiento de
causa.
CAPÍTULO 4
LA PALABRA DE VERDAD
COLOSENSES 1:5b–6
… de la cual oísteis antes en la palabra de verdad, el evangelio, que ha llegado
hasta vosotros, así como en todo el mundo está dando fruto constantemente y
creciendo, así lo ha estado haciendo también en vosotros, desde el día que oísteis y
comprendisteis la gracia de Dios en verdad …
LA ESPERANZA Y EL EVANGELIO (1:5b)
En los versículos 5 a 8, Pablo sigue orando por los colosenses. O, para ser más exactos,
sigue explicándoles en qué sentido ora por ellos. Pero, puesto que no se trata de una oración
formal y puesto que, de todas maneras, Pablo no es un hombre que conciba la oración como
algo que tiene que conformarse a estructuras y formas convencionales, se permite ir «a la
deriva» y abordar consideraciones que no tienen que ver estrictamente con la acción de
gracias. Hasta aquí, su oración se ha centrado en la fe, el amor y la esperanza. Ahora
procede a hablar de la fuente de donde emana la esperanza: el evangelio. De allí, pasa a
hablar de cómo los colosenses llegaron a conocer el evangelio en el pasado. Esto, a su vez,
le lleva a decir unas palabras de elogio acerca de Epafras.
¿A qué se debe esta concatenación de ideas? ¿Acaso se debe a las divagaciones de un
pensador despistado que no sabe mantener una línea recta en el desarrollo de su argumento?
Creo que no. Más bien es con pleno conocimiento de causa como el apóstol se aleja de su
tema inmediato —la acción de gracias— para meterse en estas otras cuestiones:
• Si aprovecha ahora para abordar el tema de la eficacia del evangelio, probablemente sea
porque éste estaba bajo ataque. Los herejes estaban cuestionando el poder del
evangelio. Ponían en tela de juicio la unicidad de la obra salvadora de Cristo y su
capacidad para transformar vidas y conceder una firme esperanza de cara al futuro.
• Si Pablo procede luego a solidarizarse con Epafras, quizás sea porque los herejes
estaban socavando su autoridad y su ministerio en la iglesia. Le trataban como
desfasado, insinuando que su enseñanza estaba bien hasta donde llegaba, pero que no
llegaba muy lejos. Ellos mismos, en cambio, podían ofrecer conocimientos mucho más
profundos y sabios.
• Y, si habla de estas cuestiones ahora en medio de su oración, es porque el contexto de
amor fraternal y gratitud a Dios provee el marco ideal para sus palabras.
Aparentemente, la iglesia todavía no ha sucumbido plenamente ante las presiones de los
herejes. Sólo está en peligro de hacerlo. Sin duda, si la mayoría de los miembros se
hubieran desviado ya del evangelio, Pablo habría empleado un tono de reprensión
mucho más enfático, severo y directo (como en el caso de los gálatas o los corintios).
Pero ahora, ante la situación delicada de la iglesia, necesita hablar con discreción y
diplomacia. Se pone a defender el evangelio de una manera indirecta, porque la
reprensión directa podría despertar reacciones de protesta en sus lectores y servir sólo
para alienar aún más a los creyentes tambaleantes. Por eso sitúa sus palabras en el
contexto de su gratitud al Señor y habla positivamente acerca de las bendiciones del
evangelio y la fidelidad de Epafras, permitiendo que sean los propios colosenses
quienes saquen la obvia conclusión negativa: que cualquier alejamiento del evangelio o
cualquier rechazo del ministerio de Epafras acarrearía también el alejamiento de estas
bendiciones.
La esperanza reservada en los cielos (1:5a) no es una esperanza universal para todo ser
humano, sino sólo para «vosotros», es decir, los santos y fieles hermanos en Cristo (1:2). El
que la tengamos depende de que hayamos sido apartados por Dios (santos), incorporados
en la nueva humanidad «en Cristo» y hechos miembros de la familia de Dios (hermanos).
Depende también de que la profesión de fe que hicimos en el pasado nos haya conducido a
una vida de fe perseverante (fidelidad) en el momento presente. Esta esperanza, pues,
pertenece a unos pocos privilegiados. La inmensa mayoría sigue viviendo sin tener
esperanza y sin Dios en el mundo (Efesios 2:12).
¿Cómo, pues, llegaron los colosenses a ser contados entre los que tienen esta
esperanza? Desde el punto de vista celestial, fue a causa de la elección y del llamamiento
de Dios mismo: él los apartó para ser sus santos; si no fuera por la iniciativa divina en la
santificación, nunca habrían llegado a tener esta esperanza. Sin embargo, desde el punto de
vista terrenal, llegaron a obtenerla al oír antes la palabra de verdad y al creer en Jesucristo
como Señor y Salvador. Pero esto nunca habría ocurrido si alguien no les hubiera predicado
el evangelio. Si Dios no hubiera enviado a sus mensajeros, no habría habido predicación; si
no hubiera habido predicación, los colosenses no habrían oído el evangelio; sin oírlo, no
habrían podido creer en él; sin creer el evangelio, no habrían podido invocar el nombre del
Señor; y sin invocar a Dios, no habría para ellos ni salvación ni esperanza (Romanos
10:13–15).
Pero el hecho es—dice Pablo—que sí ha habido proclamación del evangelio y vosotros,
los colosenses, sí habéis respondido con fe. Esta es la razón por la cual tenéis buena
esperanza. Porque la proclamación de la esperanza reservada en los cielos es una parte
intrínseca del mensaje del evangelio: recibisteis noticia de ella «en el evangelio que ha
llegado hasta vosotros» (1:5–6). El mensaje del evangelio versa no solamente sobre el
perdón de pecados y la transformación moral del ser humano en esta vida, sino también
sobre las inimaginables bendiciones que están reservadas para el creyente en la vida
venidera: una patria celestial; una ciudad en la cual mora la justicia; una ciudadanía en los
cielos; relaciones fraternales perfectas, sin sombras ni recelos; la creación vuelta a su
hermosura prístina y liberada de su presente «vanidad»; una vida impecable y un cuerpo
incorruptible; la plena comunión con Dios … Verdaderamente, el evangelio consiste en
«buenas noticias» para todo aquel que cree.
Pero el evangelio no sólo es una «buena noticia» acerca de una gloriosa esperanza.
También es la palabra de verdad. En este mundo hay muchas religiones e ideologías y
todas ellas prometen grandes esperanzas a sus seguidores. La ciudad de Colosas estaba
llena de templos, dioses y promesas religiosas. Pero hay una sola «palabra de verdad», un
solo mensaje autorizado por el Dios vivo y verdadero, con absoluta garantía divina en
cuanto a su cumplimiento. Los demás «evangelios» son falsos. Los dioses que los sustentan
son dioses muertos. La palabra de verdad es la revelación del Dios eterno a los hombres. Es
el «evangelio eterno» (Apocalipsis 14:6), la misma palabra revelada desde el principio
hasta el fin, la cual, comunicada paulatina y progresivamente a los padres por los profetas,
llega a su culminación definitiva en el Verbo encarnado, el Señor Jesucristo.
Así pues, Pablo invita a sus lectores a que recuerden aquel momento en que la palabra
de verdad llegó a su ciudad. Ellos la creyeron y, a través de ella, entraron en la promesa de
una gloriosa herencia. De momento, siguen creyendo en ella. Pero viven sujetos a las
presiones de aquellos que quieren desviarles de este evangelio hacia otras enseñanzas.
¡Cuidado! —dice el apóstol—; si os movéis del evangelio de Jesucristo, os alejaréis de la
palabra de verdad y de aquella buena noticia de esperanza eterna.
LA EFICACIA DEL EVANGELIO (1:6a)
El evangelio es «poder de Dios» (Romanos 1:16) y, como tal, actúa eficazmente para la
salvación y transformación de las personas. En este versículo, el apóstol habla como si el
evangelio tuviera vitalidad en sí (cf. Hebreos 4:12: La palabra de Dios es viva y eficaz). De
momento, no hace mención de los mensajeros, sino que atribuye toda la eficacia al mensaje
mismo.
El evangelio —dice— ha llegado hasta vosotros; o sea, ha efectuado su entrada en
vuestras mentes, en vuestros corazones y en todo vuestro ser. Ha hecho acto de presencia
entre vosotros. La referencia no es sólo al avance geográfico del evangelio hasta Frigia,
sino también a la penetración espiritual en la vida de los colosenses. El evangelio avanza
tanto extensiva como intensivamente. Ha sido eficaz en los colosenses por cuanto lo
abrazaron de corazón.
Con estas palabras, Pablo sigue recordándoles el momento de su conversión y el
impacto emocionante de aquella primera experiencia del evangelio. Implícitamente, les
invita a volver a saborear la gloria de aquel momento: el alivio de los pecados perdonados y
de la mala conciencia sanada; el gozo de saberse aceptados por Dios e incorporados en su
familia; el asombro ante el privilegio de poder entrar en la presencia de Dios en oración y
disfrutar continuamente de la comunión con él …
Los seres humanos tenemos la memoria muy corta. Ante el desconcierto que
experimentamos al afrontar nuevas doctrinas, es fácil olvidarnos del glorioso cambio
ocurrido cuando la verdad redentora de Dios hizo su primera aparición en nosotros.
Aunque nuestra experiencia de conversión fuera abrumadoramente real en aquel momento
del pasado, su recuerdo tiende a desvanecerse ante las tentadoras ofertas de nuevas
experiencias suplementarias propuestas por los falsos maestros. Necesitamos «hacer
memoria» de las grandes verdades del evangelio que condujeron a nuestra conversión y no
permitir que seamos «sacudidos fácilmente en nuestro modo de pensar» (2 Tesalonicenses
2:2). Sólo así evitaremos la tentación de cambiar la poderosa (pero discreta) obra de Dios
por los pobres (pero llamativos) recursos humanos.
Además, debemos abrir los ojos ante la extensión del evangelio en otros lugares del
mundo. A los colosenses puede haberles desconcertado el ver que algunos compañeros
suyos, que antes habían militado en las filas de los «hermanos fieles», dejaban ahora la
iglesia para unirse a los herejes. Sin duda, éstos trataban el evangelio de Jesucristo con
cierto desprecio, como una enseñanza superada por la mayor eficacia de las nuevas
doctrinas. Éstas, en cambio, se percibían como más actuales y novedosas: venían por medio
de cosas espectaculares como las visiones y conducían a mayores dimensiones de
espiritualidad y humillación (2:18). «Dejad lo desfasado y venid a aquello que produce
verdaderos resultados» era el mensaje subliminal de los falsos maestros. Pero —dice
Pablo—, si abrís los ojos ante lo que está pasando en otras regiones, veréis que el mensaje
que se extiende con mayor eficacia por el mundo y que produce verdaderos frutos de
santidad y de vidas transformadas es el evangelio de Jesucristo. Aunque la frase en todo el
mundo parece hiperbólica, la intención de Pablo es enfatizar la naturaleza universal del
evangelio, en contraste con el carácter local de muchas sectas y herejías.
Lo cierto es que la extensión geográfica del evangelio a mediados del siglo primero fue
asombrosa. Se calcula que, a finales de la era apostólica, el número total de creyentes
cristianos había alcanzado el medio millón. Esta expansión inaudita dio pie a que Justino
Mártir, el mayor apologista cristiano del siglo II (100–165 d.C.), pudiera escribir:
No existen pueblos, griegos o bárbaros, o de la raza que sean, no importa por
qué apelativo o de qué manera sean llamados, si moran en tiendas o si vagan en
carretas cubiertas, entre quienes no sean ofrecidas oraciones y acciones de gracias
al Padre y Creador de todas las cosas en el nombre del Jesús crucificado.
Medio siglo después, Tertuliano escribió de una manera similar:
Aparecimos casi ayer y, sin embargo, ya hemos llenado vuestras ciudades e
islas, vuestros campos y palacios, vuestro senado y foro. Solamente os hemos
dejado vuestros templos.
El Libro de los Hechos narra este crecimiento asombroso. El maligno intentaba por
todos los medios poner trabas al progreso del evangelio, pero la palabra de verdad siempre
las vencía. De hecho, Lucas jalona su narración con frases como: Asì crecía poderosamente
y prevalecía la palabra del Señor (Hechos 19:20; cf. 2:47; 5:14; 9:31; 12:24; 16:5),
indicando con ellas el avance imparable de la evangelización. Pablo mismo compartía esta
visión. Aunque podía haber —y de hecho hubo— momentos de retroceso y desánimo, sabía
que la prosperidad del evangelio estaba garantizada por Dios mismo. El mensajero puede
ser echado a la cárcel, pero la palabra de Dios no está presa (2 Timoteo 2:9). En
escaramuzas y batallas puntuales, la iglesia puede ser derrotada; pero la victoria final está
asegurada, pues el enemigo ya ha sufrido la derrota determinante (2:15).
Por tanto, ¡qué necios serán los colosenses si sólo ven el aparente triunfo de los herejes
en su situación inmediata y no son capaces de vislumbrar el avance global del evangelio!
La palabra de verdad tiene poder en sí misma. Ciertamente, Dios ha tenido a bien utilizar a
hombres débiles como nosotros en la extensión y proclamación del evangelio, y podemos
estorbar el progreso del evangelio por nuestra infidelidad, torpeza o apatía. Pero, a la larga,
la palabra no volverá a Dios vacía, sin haber realizado lo que Dios desea, sino que logrará
el propósito para el cual fue enviada (Isaías 55:11). El evangelio es como una semilla
echada en la tierra: durante un tiempo puede parecer muerta e infructífera; pero, finalmente,
brota, crece y da fruto (cf. Marcos 4:26–29). ¡Qué pena, pues, si abandonamos nuestra
plena confianza en el poder del evangelio y empezamos a creer que debemos añadirle
cosas, cambiarlo o abrazar otro mensaje!
En nuestros días, nosotros, como los colosenses, podemos sentirnos desalentados
porque a nuestro alrededor parece que el evangelio ha perdido su eficacia y que la iglesia
está retrocediendo ante los embistes de otras ideologías y filosofías. En ciertos lugares de
Occidente, esto puede ser cierto. El enemigo ha logrado adormecer a la iglesia y hacer que
ella pierda su norte. Muchos creyentes han dejado su primer amor y su primera fe. Se han
vuelto apáticos y carnales. Muchas de nuestras capillas se están vaciando y muchos de
nuestros cultos son rutinarios y pesados. A la vez, la sociedad en la que vivimos se ha
endurecido ante la proclamación del evangelio. Nuestros vecinos y compañeros no quieren
saber de Dios y se vuelven sarcásticos o impacientes ante nuestro testimonio. Todo esto
puede darnos la sensación de que el evangelio ha dejado de ser poder de Dios. Como
consecuencia, algunos van detrás de nuevos vientos de doctrina que parecen ser más
novedosos y emocionantes. Pero necesitamos abrirnos los ojos ante lo que Dios está
haciendo en otros lugares del mundo. El evangelio sigue extendiéndose y produciendo
fruto. En el este de Europa, en Latinoamérica, en África o en diversos países de Asia, la
palabra de verdad es escuchada y abrazada con entusiasmo.
EL EFECTO DEL EVANGELIO EN LA VIDA DE LOS COLOSENSES
(1:6b)
El avance del evangelio no es sólo geográfico o numérico, sino también personal e
íntimo. En el momento en que Pablo escribía, la evangelización se extendía de pueblo en
pueblo, de provincia en provincia, y grandes números de creyentes se añadían a la Iglesia.
Pero, por las últimas frases de este versículo, es obvio que Pablo no está hablando sólo de
un crecimiento en extensión, sino también de un crecimiento en maduración en la vida de
los creyentes. El evangelio no deja de ser poder de Dios una vez que hemos creído en él,
sino que sigue produciendo fruto constantemente en la vida de cada hijo de Dios. Algo de
este fruto manifestado en los colosenses lo hemos visto en los versículos 4 y 5: la fe, el
amor y la esperanza. Y algo más lo veremos en la oración de Pablo en los versículos 9 a 12:
la profundización en la voluntad de Dios, la sabiduría, la comprensión espiritual, el
conocimiento de Dios, las buenas obras, la paciencia y la perseverancia, el gozo y la
gratitud. Todas estas cosas son evidencias de la eficacia del evangelio en la vida del
creyente después de su conversión. A los profetas verdaderos y falsos se los reconoce por
sus frutos (Mateo 7:15–16). Asimismo, el verdadero evangelio, la palabra de verdad, se
reconoce por los resultados que produce en la vida de aquellos que creen en él. Más
adelante (por ejemplo, en el 2:23), Pablo indicará que las nuevas doctrinas de los herejes se
ven como falsas por cuanto no son capaces de «dar fruto». De momento, se limita a decir
positivamente que el evangelio sí produce fruto.
Por su progreso en la vida de fe, pues, los colosenses siguen manifestando el fruto del
evangelio. Por eso Pablo da gracias al Señor. Pero, aunque la nota dominante sigue siendo
la acción de gracias, sin duda el apóstol emplea estas palabras con la intención de dar una
suave exhortación a sus lectores: puesto que el evangelio está dando constante fruto en
vuestras vidas desde el día de vuestra conversión, ¡qué lástima si a estas alturas dejáis de
fructificar a causa de las nocivas influencias de los herejes y del abandono de aquel único
mensaje que puede realmente transformar vidas!
Quizás lo más sorprendente de estas palabras sea que Pablo no dice ahora que los
colosenses oyeron «el evangelio», sino que oyeron «la gracia de Dios». Es decir, ya no
habla del mensaje, sino del tema principal del mensaje. Las buenas noticias del evangelio
derivan de este asombroso hecho: aunque el hombre pecador sólo se merece la ira y el
juicio divino, el Dios de gracia busca su justificación. Aplaza el ejercicio de su juicio a fin
de darnos la oportunidad de arrepentirnos y creer en Cristo para salvación.
Fue a través de la proclamación del evangelio como los colosenses se enteraron de la
gracia de Dios. Llegaron a conocer la gracia de Dios en verdad; es decir, la gracia de Dios
tal y como es realmente, la gracia en su carácter genuino. Todos los errores heréticos
tienden a atentar contra la verdadera naturaleza de la gracia de Dios, algunos por añadir a
ella la necesidad del mérito humano, otros por enseñar una «gracia barata» que desmerece
las exigencias de la santidad de Dios. Sólo el evangelio de Jesucristo enseña cómo el Dios
de ira y juicio, que de ninguna manera puede consentir el pecado, ha hecho lo necesario en
Cristo para que el pecador pueda llegar a ser contado por él como justo sin que por ello
Dios haga violencia a las demandas de su propia justicia como Juez.
Así pues, gracias a la proclamación del evangelio, los colosenses llegaron a oír y
comprender la verdadera naturaleza de la gracia de Dios y cómo ésta trae salvación a los
hombres. Escucharon el mensaje bien explicado y lo reconocieron como cierto. Nadie
puede llegar a ser cristiano sin oír el evangelio; pero nadie es cristiano de verdad por el solo
hecho de oírlo. El oír debe conducir a la comprensión y al reconocimiento de la verdad. Sin
duda, estos verbos dan a entender mucho más que una mera aceptación intelectual del
mensaje. La verdadera comprensión de la gracia implica no solamente un acertado
conocimiento mental, sino también una sincera apropiación personal del mensaje desde el
corazón.
Los colosenses, pues, habían abrazado el mensaje con pleno entendimiento y de todo
corazón. Y lo habían hecho por reconocer en él la verdadera revelación de la gracia de
Dios. Ahora no deben alejarse de esa gracia siguiendo el legalismo de los judaizantes o el
libertinaje de los paganos. Habiendo conocido los efectos de la gracia de Cristo, a la vez
liberadores y santificadores, no deben ir ahora detrás de sistemas humanos que no liberan ni
santifican; no deben someterse otra vez a yugos de esclavitud (Gálatas 5:1), deslumbrados
por la pseudoespiritualidad de los falsos maestros.
Hoy también, las iglesias son zarandeadas por el maligno. Soplan muchos vientos de
doctrina. No perdamos, pues, nuestra estabilidad ni nos movamos fácilmente de nuestra
manera de pensar. Comprometámonos nuevamente con el evangelio eterno. Reafirmemos
nuestra confianza en la palabra de verdad. En medio del desconcierto que nos produce la
infidelidad de muchos, estemos firmes y conservemos las doctrinas que nos fueron
enseñadas (2 Tesalonicenses 2:15).
CAPÍTULO 5
EPAFRAS
COLOSENSES 1:7–8
… tal como lo aprendisteis de Epafras, nuestro amado consiervo, quien es fiel
servidor de Cristo de parte nuestra, el cual también nos informó acerca de vuestro
amor en el Espíritu.
EPAFRAS Y LA EVANGELIZACIÓN DE LOS COLOSENSES (1:7)
Acerca de Epafras sabemos muy poco. Como ya hemos visto, es posible que Pablo
mismo nunca estuviera en Colosas, sino que la ciudad fuera evangelizada por miembros de
su equipo o por ciudadanos de Colosas que hubieran escuchado el evangelio gracias al
ministerio de Pablo en Éfeso. Aunque no podemos dogmatizar al respecto, es probable que
Epafras fuera el misionero que llevó el evangelio al valle del Lico. Está claro, por el 4:12,
que era nativo de Colosas o miembro de la iglesia colosense, o ambas cosas a la vez. Por el
1:7, es evidente que había llevado a cabo importantes labores evangelísticas, didácticas y
pastorales en la ciudad. Y, por el 4:13, también vemos que sus actividades misioneras no se
limitaron a Colosas, sino que se hicieron extensivas a Hierápolis y Laodicea. Desde luego,
por lo que se desprende de estos versículos, deducimos que, aunque Epafras no hubiera
estado involucrado en los mismos comienzos de la iglesia, muchos de los miembros
actuales de la iglesia habían escuchado el evangelio gracias a su testimonio. Había sido
instrumento de Dios para comunicarles la palabra de verdad y había tenido una parte
importante en su enseñanza y edificación posterior: oísteis la gracia de Dios en verdad, tal
como lo aprendisteis de Epafras.
Su nombre es una contracción de Epafrodito, pero los comentaristas son prácticamente
unánimes en afirmar que no se trata del Epafrodito nombrado por Pablo en Filipenses
(2:25–30; 4:18). Lo que queda claro es que Epafras gozaba de la estima y del afecto
fraternal de Pablo. El apóstol emplea términos especialmente efusivos al referirse a él. Por
ejemplo, la frase siervo de Jesucristo (4:12) es aplicada frecuentemente por Pablo a sí
mismo, pero sólo raras veces a otros. Aun cuando sea posible que lo hiciera con la finalidad
de contrarrestar las descalificaciones de los falsos maestros, sabemos que nunca decía nada
que no fuera cierto.
CONSIERVO Y SERVIDOR (1:7)
Pablo emplea dos frases para describir el ministerio de Epafras. En primer lugar le
llama nuestro amado consiervo. Es decir, en principio, Epafras no es más que un «esclavo»
en el servicio a Cristo (cf. 4:12). Ha asumido la posición más humilde de la casa de Dios, la
de una vida abnegada de sacrificio y sufrimiento. No presume de una posición filial.
Aunque ciertamente es un hijo del Padre celestial y digno hermano de los demás miembros
de la familia de Dios (1:2), en su ministerio no toma en consideración sus propios derechos,
gustos e intereses, sino que vive sólo para servir a su amo.
Sin embargo, su mansedumbre y su espíritu sumiso no deben rebajarle en la estimación
de los colosenses. Al asumir el escalafón humilde de un esclavo, Epafras no ha hecho más
de lo que ya habían hecho Pablo y Timoteo. Ellos también se habían humillado ante el
Señor, se habían negado a sí mismos y habían seguido el ejemplo de Jesús, tomando forma
de siervo (Filipenses 2:7). Los tres tienen el mismo afán de servicio y pertenecen al mismo
amo. Por tanto, Epafras es «consiervo». Comparte con Pablo la condición de un esclavo en
su labor en la casa de Dios.
Y, como consiervo fiel, Epafras es «amado». Se trata de un vocablo sencillo, ¡pero qué
privilegio saber que eres objeto del amor del apóstol y de sus colaboradores! Pablo ha sido
testigo de los vínculos de sincero afecto fraternal que existen entre los miembros de su
equipo y Epafras, y espera que los mismos vínculos existan en el caso de los colosenses.
En segundo lugar, Pablo describe a Epafras como fiel servidor de Cristo de parte
nuestra. Es decir, afirma que Epafras es un ministro en quien se puede tener plena
confianza. Hasta aquí, ¡todo claro! ¿Pero qué quiere decir con la frase adicional: de parte
nuestra? Aquí tenemos que abordar una cuestión textual. Resulta que algunos manuscritos
antiguos dicen de parte nuestra; y otros, de parte vuestra. Entre los comentaristas y
traductores no hay consenso en cuanto a cuál de estas dos lecturas es preferible; y, en este
caso, la evidencia textual es muy equilibrada y no puede sacarnos de dudas. Si acaso, los
manuscritos apoyan más la primera lectura (nuestra), pues la defienden testigos antiguos y
bien distribuidos. Pero, por otro lado, la repetición de una frase similar en el 4:12 (a favor
vuestro) podría decantarnos a preferir la segunda. Además, por si esta cuestión no fuera
difícil en sí, existe una complicación adicional. Si aceptamos la segunda lectura
(literalmente: quien es fiel-en-pro-de-vosotros ministro de Cristo), ésta, a su vez, admite
dos interpretaciones diferentes: o Epafras es fiel en su ministerio pastoral en bien de los
colosenses (fiel ministro a favor vuestro); o es fiel en el servicio que presta a Pablo en
nombre de los colosenses (fiel siervo [mío] de parte vuestra). Así pues, la frase admite tres
interpretaciones diferentes:
1. Epafras ha servido fielmente a Cristo como representante de Pablo en Colosas.
2. Epafras ha servido fielmente a Cristo en su ministerio a favor de los colosenses.
3. Epafras ha servido fielmente a Cristo como representante de los colosenses para atender
a Pablo en sus prisiones (cf. el caso similar de Epafrodito en Filipenses 2:25; 4:18).
Cada una de estas tres ideas puede ser cierta. Por eso es difícil determinar cuál de ellas
tenía en mente el apóstol en este momento. Por tanto, quizás la solución más sabia y
salomónica sea dar espacio a todas ellas:
1. Es del todo posible que, después de su conversión, Epafras fuera nombrado por Pablo
como delegado suyo en Colosas y como ministro de la naciente comunidad cristiana. Si
ésta es la lectura correcta del texto, Pablo está diciendo que Epafras ha ejercido sus
funciones entre los colosenses bajo la doble autoridad de Cristo como Señor y de Pablo
mismo como apóstol. Pero es de observar que, aun cuando Epafras haya sido designado
y enviado por Pablo, no es a Pablo a quien sirve, sino que es fiel servidor de Cristo.
2. Es probable que Epafras fuera ministro en la iglesia de los colosenses. Según esta
segunda lectura, el énfasis del texto no recae sobre el hecho de su ministerio pastoral en
sí —los colosenses tenían que conocerlo de sobra y no necesitan ser informados por
Pablo—, sino sobre la fidelidad de aquel ministerio. Ante las insinuaciones de los
herejes acerca de la mediocridad de Epafras, Pablo estaría diciendo que es un siervo fiel
y competente y que actúa bajo la autoridad de Cristo mismo.
3. También es posible que Epafras, con el beneplácito de los colosenses, se hubiera
trasladado a Roma a fin de acompañar a Pablo en sus prisiones (cf. Filemón 23) y
atender a sus necesidades materiales. Si ésta es la lectura correcta, Pablo está
comunicando a los colosenses que su deseo de prestarle ayuda en aquellas
circunstancias difíciles se ha cumplido ampliamente gracias a la fidelidad de Epafras.
Esta lectura resulta especialmente atractiva, por cuanto ayuda a explicar por qué
Epafras permaneció en Roma con el apóstol en vez de volver a Colosas con Onésimo.
Además, enlaza bien con la frase siguiente: «Epafras está cumpliendo fielmente el
servicio de apoyo para el cual me lo enviasteis y, asimismo, me ha comunicado vuestro
amor».
Lo que todas estas interpretaciones tienen en común es la nota de aprecio y elogio a
Epafras. La gratitud de Pablo es sincera y patente, por lo cual sitúa acertadamente estas
palabras en el contexto de su acción de gracias al Señor. Pero, por otra parte, nos da la
impresión de que quiere solidarizarse con Epafras y defender su ministerio ante las
calumnias de sus detractores. Le da a Epafras su sello de aprobación. Las implicaciones de
sus palabras, según las diversas interpretaciones del texto, son las siguientes:
1. Puesto que Epafras ha ministrado en Colosas como delegado apostólico, quien rechaza
su ministerio rechaza también la autoridad de Pablo y Timoteo (1:1). No ha actuado por
iniciativa propia, sino como ministro autorizado.
2. Puesto que a quien sirve Epafras es a Cristo, quien no se somete a su autoridad en la
iglesia se rebela contra Cristo.
3. Puesto que Epafras, en todas las manifestaciones de su servicio, se ha mostrado «fiel»
—es decir, competente, dedicado y abnegado en su entrega, y leal al Señor y al
evangelio—, cuestionar su ministerio es cuestionar el evangelio en el que se funda
vuestra esperanza eterna (1:5).
EL AMOR DE LOS COLOSENSES (1:8)
Se hará patente en el resto de la Epístola que alguien ha informado a Pablo acerca de la
situación preocupante de la iglesia de Colosas. Sin duda, esta persona fue Epafras. Quizás
sea por proteger la reputación de su amigo por lo que Pablo insiste ahora en que Epafras le
ha comunicado no sólo el peligro que planea sobre la iglesia, sino también el profundo
afecto de los colosenses. Epafras no es un chismoso malintencionado, sino alguien que ama
profundamente a los colosenses y se esfuerza por su edificación y crecimiento en Cristo
(4:12). No los ha traicionado, sino que su informe se ha centrado en el auténtico amor
cristiano que los caracteriza: el cual también nos informó acerca de vuestro amor en el
Espíritu.
Pablo ya ha hablado del amor de los colosenses (1:4). Lo ha celebrado como uno de los
motivos principales de su acción de gracias. Si vuelve a mencionarlo ahora, se debe, sin
duda, a que, para él, el amor es supremo entre las virtudes cristianas (3:14; cf. 1 Corintios
13:13), pero también a que quiere introducir aquí nuevos matices y énfasis.
En primer lugar, la referencia en el 1:4 era a un amor generalizado (el amor que tenéis
por todos los santos), mientras que aquí la referencia parece ser más particular. De hecho,
no se menciona el objeto del amor de los colosenses, así que es posible entender la frase
como una nueva referencia a su amor por todos los santos, como una referencia al amor que
tienen los unos por los otros o al amor que tienen a Dios. Pero, puesto que la referencia cae
en medio del contexto del ministerio de Epafras y de su informe a Pablo, parece correcto
entender que el amor en cuestión es el amor que los colosenses tienen o bien a Epafras o,
más probablemente, a Pablo y su equipo de colaboradores. Esta última idea es
especialmente oportuna si el versículo anterior se entiende como referencia al ministerio de
Epafras en Roma atendiendo al apóstol en nombre de los colosenses. En ese caso, la fuerza
de estos versículos sería: «Epafras me sirve fielmente de parte vuestra y me ha informado
de vuestro amor hacia mí y hacia los hermanos que me acompañan».
En segundo lugar, Pablo puntualiza ahora que el amor de los colosenses es amor en el
Espíritu, o amor en espíritu. Ambas ideas son correctas y admisibles. Si la referencia es al
Espíritu Santo (cf. Romanos 15:30), Pablo está diciendo que el amor que manifiestan los
colosenses es fruto de la obra del Espíritu en sus vidas (Gálatas 5:22; Romanos 5:5; Efesios
3:16–17), aquel amor fraternal intenso que se manifiesta inevitablemente entre dos seres
humanos que comparten la misma naturaleza en Cristo y la misma vida espiritual. Si la
referencia es al espíritu humano (y, en defensa de esta lectura, hay que decir que los
colosenses difícilmente podían amar a Pablo excepto en espíritu si nunca le habían
conocido en la carne), el apóstol está diciendo que es consciente del vivo afecto que los
colosenses sienten hacia su persona, además de serlo del amor práctico que le han mostrado
al prescindir de su ministro Epafras a fin de enviárselo para atenderle en sus prisiones.
Y, por supuesto, las dos cosas deben ser ciertas también en nosotros. Somos incapaces
de amar con verdadero amor desinteresado si el Espíritu Santo no nos capacita para ello.
Igualmente, el amor fraternal que practicamos debe ser «espiritual», vivamente sentido en
nuestro espíritu. Es cierto que en el Nuevo Testamento se arremete a veces contra los que
dicen que aman pero no lo demuestran en sus acciones. El verdadero amor no es cuestión
de palabras y sentimientos, sino de hechos. Pero existe también el peligro contrario.
Algunas personas practican muchas obras de caridad, pero lo hacen motivadas por el afán
de ganar méritos personales, por autorrealizarse, por activismo, por un sentido de deber
religioso o por la satisfacción de colocarse medallas. Aparentemente, tales acciones son
actos de amor, pero esta clase de motivación no suele ir acompañada de un verdadero
«amor en espíritu». Tales personas no sienten un vivo afecto hacia aquellos a los que
ayudan. El «amor que tenemos por todos los santos» debe manifestarse tanto de maneras
prácticas como en sentimientos entrañables. El auténtico amor cristiano participa de ambas
cosas.
Así concluye la acción de gracias del apóstol. Ha empezado con referencias al Padre y
al Hijo (1:3) y concluye —posiblemente— con una referencia al Espíritu Santo (1:8). Se
centra en la fe, el amor y la esperanza de los colosenses (1:4), virtudes de las cuales la
principal es el amor (1:7). Y se arraiga en el evangelio sin cuya proclamación fiel y
aceptación de corazón no habría ni fe, ni amor, ni esperanza (1:5–7).
Vale la pena recalcar que estos temas deben constituir también la base de nuestra acción
de gracias cuando pensamos en nuestros hermanos. Está bien que demos gracias a Dios
cuando les concede buena salud física, excelentes situaciones laborales o abundante
prosperidad material. Pero lo que más debe emocionarnos y estimular en nosotros el gozo y
el espíritu de gratitud es oír que nuestros hermanos andan en la verdad (3 Juan 4), en fe,
amor y esperanza.
CAPÍTULO 6
CONOCIMIENTO, SABIDURÍA, COMPRENSIÓN Y
CONDUCTA
COLOSENSES 1:9–10a
Por esta razón, también nosotros, desde el día que lo supimos, no hemos cesado
de orar por vosotros y de rogar que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en
toda sabiduría y comprensión espiritual, para que andéis como es digno del Señor
…
ACCIÓN DE GRACIAS E INTERCESIÓN (1:9)
Ahora, Pablo acaba su acción de gracias y pasa a interceder por los colosenses. Es decir,
después de decirnos cuáles son las causas por las que expresa su gratitud al Señor (1:3–8),
ahora describe los motivos de su petición (1:9–14). Eso está claro. Lo que no lo está tanto
es la frase que introduce la intercesión: por esta razón. Entendemos bien que las buenas
noticias impartidas por Epafras le conduzcan a expresar su gratitud ante el Señor; pero,
según lo que él mismo dice en esta frase, estas mismas buenas noticias le conducen también
a interceder por ellos. En eso, la lógica no es fácil de dilucidar. No nos habría resultado
sorprendente la intercesión si Epafras hubiera dicho que a los colosenses les faltaba fe y
amor; ¿pero cómo entenderla si su fe y amor abundan?
Quizás la lógica sea la siguiente:
• Las buenas noticias acerca de los colosenses se han centrado en su amor: tanto el amor
que tienen para con todos los santos (1:4) como el amor que tienen a Pablo y su equipo
(1:8).
• El amor despierta amor. El genuino afecto que Pablo, hasta aquí, ya sentía hacia los
colosenses aumenta considerablemente al saber que su amor es correspondido.
• Ahora bien, la primera manera en que un cristiano como Pablo da expresión a su amor
es llevando a la persona amada ante el trono de la gracia en oración. Hasta la fecha,
había orado constantemente por los colosenses (1:3); pero ahora que Epafras le ha
traído noticias frescas —desde el día que lo supimos—, su intercesión es aún más
intensa y está mejor orientada.
Por otra parte, es posible que la frase desde que lo supimos no se refiera a que Pablo ha
sido informado sólo acerca del amor de los colosenses, sino también acerca del estado de la
iglesia. En general, este informe es positivo y da muchas razones para dar gracias a Dios;
pero contiene además aspectos preocupantes que conducen a la intercesión. Concretamente,
tal y como hemos visto al considerar «la herejía colosense», ciertos señores estaban
abogando a favor de peligrosos «conocimientos» esotéricos que querían añadir a la fe
cristiana. No nos sorprende, pues, que Pablo centre su intercesión en «el conocimiento, la
sabiduría y la comprensión».
Sea cual fuere el matiz exacto de la frase por esta razón, el hecho es que el apóstol no
ha cesado de orar por los colosenses desde el momento de recibir el informe de Epafras.
¿Cuánto tiempo ha mediado desde entonces? No lo sabemos. Pero Epafras tiene que haber
llegado a Roma hace días, por no decir semanas, para justificar el lenguaje de este
versículo: desde el día que lo supimos, no hemos cesado de orar por vosotros. Si Pablo no
ha escrito antes a los colosenses, ha sido sencillamente por falta de algún «cartero» que
llevara la carta a su destino. Pero, ahora que Tíquico acompaña a Onésimo a Colosas, Pablo
aprovecha la ocasión para escribirles.
Notemos bien la perseverancia en oración del apóstol: no hemos cesado de orar (cf. 1
Tesalonicenses 5:17). Su intercesión no es sólo una breve reacción puntual ante las noticias
de Epafras; es decir, no ora en aquel primer momento para luego olvidarse de los
colosenses o considerar que «este asunto ya ha sido despachado ante Dios», sino que sigue
orando por ellos constantemente. Pero tampoco amontona oraciones con la idea
supersticiosa de torcerle el brazo a un Dios recalcitrante. Su perseverancia se debe a su
amor y su preocupación por los colosenses. Los lleva en el corazón. Porque los ama, piensa
en ellos a lo largo del día. Porque le vienen vez tras vez a la mente, ora por ellos
constantemente. Nosotros, igualmente, si amáramos más, oraríamos con más constancia.
LAS PETICIONES DE PABLO (1:9)
Lo que Pablo pide para los colosenses es «plenitud»: no hemos cesado … de rogar que
seáis llenos … Ésta es una de las palabras clave de Colosenses (1:19, 25; 2:2, 9–10; 4:12,
17). Sin duda, era una palabra que formaba parte del vocabulario característico de los falsos
maestros. Ellos ofrecían a sus seguidores la promesa de «plenitud de conocimientos». Por
eso, Pablo enfoca su intercesión en la misma dirección. Pero, por supuesto, su oración se
distingue de las promesas de los herejes en algunos aspectos importantes:
• En primer lugar, su tema no es el «conocimiento» (gnosis) impartido1
por los falsos maestros, sino el «pleno conocimiento» (epignosis) del evangelio. Las
enseñanzas esotéricas de aquéllos prometían mucho y daban poco. Pretendían ser
profundos, pero sólo lograban cambios cosméticos. Pretendían abrir camino a Dios,
pero en realidad colocaban incontables barreras en el camino a Dios abierto por
Jesucristo. En cambio, los conocimientos proporcionados por el evangelio pueden
parecer menos vistosos (porque están al alcance de todos); pero penetran al corazón, a
la conciencia y a la voluntad, logran transformar vidas y conducen a un verdadero
conocimiento de Dios.
• En segundo lugar, da a entender que sólo Dios mismo puede proporcionarnos ese
conocimiento. Ésta es la clara implicación de toda la sección introductoria de la
Epístola (1:1–12). Por eso, Pablo dirige su petición al Señor en vez de dirigir una
exhortación a los propios colosenses. Sin la revelación de Dios en Cristo y sin la
iluminación de la mente humana por obra del Espíritu Santo, no puede haber sabiduría
y comprensión. Dios mismo es quien nos dio a conocer el misterio de su voluntad en
toda sabiduría y discernimiento (Efesios 1:8–9) y quien nos da ahora espíritu de
sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de él (Efesios 1:15–18).
• En tercer lugar, este Dios que nos concede sabiduría se da a conocer como el Padre de
nuestro Señor Jesucristo (1:3). La clara implicación de toda la sección introductoria de
la Epístola (1:1–14) es que la revelación de Dios llega a su culminación perfecta en «su
Hijo amado» (1:13), y sólo en él. Esto llegará a ser explicitado más adelante cuando
Pablo afirma que en Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del
conocimiento (2:3).
• Y, en cuarto lugar, lo que Pablo pide no son «nuevos conocimientos», sino que los
colosenses sean llenos del pleno conocimiento ya revelado en Cristo. El conocimiento
de la voluntad de Dios requiere dos cosas: por un lado, que Dios la revele plenamente;
por otro, que los creyentes seamos capaces de llenarnos de esa revelación. El primer
factor es objetivo; el segundo, subjetivo. Ahora bien, el factor objetivo ya está
cumplido: Dios se ha manifestado perfectamente en aquel que es la imagen del Dios
invisible (1:15). Lo que queda aún por cumplirse es la plenitud del factor subjetivo: los
colosenses, como todos los creyentes, necesitan profundizar más y más en su
conocimiento de la revelación de Dios. Por contraste, los herejes estaban enseñando que
la revelación en Cristo era parcial. Su énfasis, por tanto, no recaía en la necesidad de
profundizar en lo ya revelado, sino en la necesidad de adquirir nuevos conocimientos.
Veamos, pues, cuáles son las peticiones explícitas del apóstol:
Conocimiento de su voluntad
1
Burt, D. F. (2004). Colosenses 1:1-23: La Imagen del Dios Invisible (pp. 3–102). Barcelona:
Publicaciones Andamio.
La primera es que los colosenses sean llenos del conocimiento de la voluntad de Dios.
De todos los «conocimientos» disponibles para el ser humano, éste es el fundamental. En
contraste, todo el saber científico, cultural y académico es de relativamente poca
importancia. Todo lo que puedes aprender en la prensa, en los medios de comunicación, en
el instituto o en la universidad es trivial (Pablo mismo lo llama «pérdida» en Filipenses 3:8)
en comparación con el conocimiento de Dios y de su voluntad. Las disciplinas seculares
pueden proporcionarnos información acerca de diversas facetas de la vida humana; pero
sólo entendemos correctamente cómo debemos vivir, por qué estamos aquí, cuál es nuestro
destino y cuál el sentido de la vida si llegamos a conocer bien la revelación de la voluntad
de Dios. La sabiduría del mundo infla el orgullo humano, pero no ilumina el alma. Dios
tiene propósitos para el mundo y para cada ser humano. Él está gobernando la historia,
conduciéndola hasta su desenlace final y cumpliendo en ella sus designios. Desconocer sus
propósitos —o sólo conocerlos superficialmente— es desconocer nuestra razón de ser. Es
no saber vivir.
Puesto que se trata del conocimiento no sólo de la doctrina cristiana, sino de las
intenciones de Dios detrás de esa doctrina, y puesto que este conocimiento tiene que
conducir a vidas transformadas (1:10), es evidente que Pablo no está contemplando aquí un
ejercicio solamente intelectual. Desde luego, si no aplicamos nuestras facultades mentales
al estudio de la revelación divina y no asimilamos con nuestra cabeza sus enseñanzas,
nunca llegaremos a este conocimiento. El estudio, la meditación, la reflexión y la disciplina
mental son indispensables. Pero también lo son la oración, la obediencia, la entrega y el
compromiso. Se trata de un conocimiento que procede no solamente del estudio académico
de la Biblia, sino de la comunión vital con el Dios que se revela en sus páginas. Se trata de
un saber que no debe archivarse sólo en el intelecto, sino que debe penetrar en todo nuestro
ser. No es un conocimiento teórico, sino práctico y experimental.
Cuando Pablo habla de «ser llenos» de este conocimiento, la idea no es que podamos
agotar todas las dimensiones del conocimiento de Dios. Sus caminos, su persona y sus
atributos son inagotables. Ante ellos, el mismo apóstol exclama: ¡Oh, profundidad de las
riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e
inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33). Más bien quiere decir que los colosenses
necesitan entender plenamente el propósito que Dios tiene para sus vidas, tanto en el
sentido ético revelado universalmente en la Palabra de Dios como en el sentido vocacional
revelado personalmente por la dirección del Espíritu. Para ello, necesitan conocer todo el
propósito de Dios (Hechos 20:27) tal y como se ha revelado en Jesucristo y por los
apóstoles, y necesitan discernir la voz divina guiándoles en su vida diaria. Necesitan la
palabra firme de las Escrituras así como la iluminación del Espíritu. Según la capacidad de
cada uno y según su madurez espiritual, Pablo desea que el Señor les dé todo el
conocimiento que les haga falta para vivir en santidad y para servirle con eficacia.
Y notemos a ese respecto que el conocimiento de su voluntad no es patrimonio
exclusivo de los maestros y líderes de la iglesia. Los falsos maestros enseñaban que la
plenitud de conocimiento sólo estaba al alcance de unos pocos (enseñanza que apela al
orgullo humano). Pablo, en cambio, pide que esta plenitud sea la experiencia de todos los
hermanos sin excepción. Es así porque no se trata de un conocimiento alcanzable sólo para
las mentes privilegiadas. Es conocimiento para vivir bien (1:10), y todos, aun los más
sencillos, necesitamos vivir bien. Desconocer la voluntad de Dios es comportarnos mal. No
es una ignorancia que sufrimos a causa de una deficiencia intelectual, sino a causa de una
deficiencia moral y espiritual.
En toda sabiduría
La sabiduría es esencialmente el conocimiento de la voluntad de Dios aplicado a la
vivencia diaria. Conforme a las Escrituras, la verdadera sabiduría siempre parte del
conocimiento de Dios: El principio de la sabiduría es el temor del Señor, y el conocimiento
del Santo es inteligencia (Proverbios 9:10; cf. Proverbios 1:7; Salmo 25:12–14; 111:10). En
cambio, la sabiduría del mundo parte del egocentrismo humano: se centra en un escrutinio
más o menos acertado del mundo creado y de la experiencia humana; pero,
desgraciadamente, suele ignorar la existencia y los designios del Creador. Aun cuando
puede ser brillante en su elaboración y presentación, la sabiduría humana, al pasar por alto
lo más esencial, no es más que necedad. Quien edifica sobre premisas erróneas levanta una
construcción destinada a derrumbarse:
¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el polemista de este siglo?
¿No ha hecho Dios que la sabiduría de este mundo sea necedad? Porque ya que en
la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios por medio de su propia sabiduría,
agradó a Dios, mediante la necedad de la predicación, salvar a los que creen.
Porque … nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los
judíos, y necedad para los gentiles; mas para los llamados, tanto judíos como
griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad de Dios es
más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres (1
Corintios 1:20–25).
El evangelio no produce —al menos, no debe producir— un pueblo ignorante y
oscurantista, sino un pueblo sabio e inteligente. No debemos ser necios, sino entender cuál
es la voluntad del Señor (Efesios 5:17). Las sectas tienden a inducir en sus seguidores una
mentalidad borreguil que acepta ciegamente todo lo que el líder demagogo decrete; pero el
verdadero pueblo de Dios se puede reconocer por su discreción, discernimiento y
comprensión de la vida. Abrazar el evangelio no es dejar de pensar; de hecho, ¡para muchos
es empezar a pensar! Igualmente, el rechazo de la revelación divina no suele ser
consecuencia de tener una inteligencia superior, sino de padecer una soberbia que
incapacita al hombre para afrontar las evidencias, los argumentos y las demandas del
evangelio.
Si, pues, nos falta sabiduría, hagamos dos cosas: por una parte dediquémonos a
profundizar en la revelación de Dios a fin de adquirir aquel conocimiento de su voluntad
que conduce a la sabiduría; por otra, puesto que la verdadera sabiduría tiene más que ver
con la revelación divina que con el esfuerzo humano, pidámosla a Dios (Santiago 1:5).
En toda comprensión espiritual
En cierto sentido, la comprensión antecede a la sabiduría. Al llenarnos del conocimiento
de la voluntad de Dios, es de esperar que adquiramos cada vez más comprensión espiritual.
Es cierto que, si nuestro «conocimiento» sólo es intelectual, podemos llenar la cabeza de
información, pero sin adquirir un verdadero entendimiento de la mente y del corazón de
Dios. Sin embargo, si nuestro conocimiento es vital además de cerebral, conduce a una
auténtica «comprensión» o discernimiento de la voluntad de Dios. Empezamos a pensar los
pensamientos de Dios y a sentir sus sentimientos. Empezamos a ver el mundo, la iglesia y
nuestras propias vidas con los ojos de Dios. Crece no sólo nuestro conocimiento, sino
también nuestro entendimiento. Y, cuando tenemos comprensión espiritual, entonces
podemos aplicarla a nuestra vivencia diaria: llegamos a ser sabios en nuestro
comportamiento, en nuestras relaciones, en nuestro discernimiento de la gente y en nuestros
consejos.
En otro sentido, la sabiduría antecede a la comprensión. Cuando adquirimos la sabiduría
de Dios a través del conocimiento de su voluntad, nos encontramos en condiciones de
poder afrontar las situaciones y decisiones de la vida con entendimiento. En este sentido, la
comprensión es la aplicación de la sabiduría a los problemas que se nos presentan cada día.
Sin embargo, lo importante no es saber matizar correctamente la diferencia entre el
conocimiento, la sabiduría y la comprensión, sino reconocer la importancia de apropiarnos
la plenitud de la revelación de Dios. Dios ha hablado. El conocimiento objetivo ha sido
dado. La palabra de Dios puede ser escuchada y entendida por todo aquel que quiere
prestarle atención. Desafortunadamente, la mayoría sigue la moda intelectual de su época,
se hace sabia a sus propios ojos, se apoya en su propio entendimiento y no teme al Señor
(Proverbios 3:5–7). Como consecuencia, se vuelve necia. Esto es lo que Pablo teme que
puede ocurrir en el caso de los colosenses. Por eso intercede por ellos.
Antes de dejar el versículo 9, tomemos nota de dos cosas más. Por un lado, la
comprensión que necesitamos es espiritual. Es decir, deriva no de la inteligencia humana,
sino de un discernimiento proporcionado por el Espíritu Santo de Dios (cf. 1 Corintios
2:12–14). El entendimiento de la revelación divina es conocido solamente por medios
espirituales. Por eso mismo, no se trata de una comprensión elitista, accesible sólo para las
mentes privilegiadas, sino de una comprensión abierta a todo aquel que camina con Dios
con humildad, sencillez y fe.
Por otro lado, todo lo necesario para la vida y la piedad ha sido plenamente revelado en
Cristo (2:3, 9–10; 2 Pedro 1:3–4). Los herejes enseñaban que el evangelio de Cristo estaba
bien hasta donde llegaba, pero que era parcial y necesitaba ser completado por enseñanzas
adicionales. En estos versículos, el apóstol enfatiza la «totalidad» de la revelación de Dios
en Jesucristo: toda sabiduría y comprensión, agradándole en todo, toda buena obra, con
todo poder, para obtener toda perseverancia y paciencia. La revelación está completa.
Estamos completos en Cristo. No nos hacen falta nuevas verdades. Nuevamente, este
énfasis parece corresponder al deseo por parte del apóstol de contrastar la accesibilidad de
la revelación divina con el esoterismo de los herejes y de demostrar que no hay nada
velado, secreto o escondido en el evangelio de Cristo. La verdad de Dios no es complicada,
retorcida o inalcanzable, sino sencilla, cercana y recta. Se revela a los niños y se esconde de
los perversos.
LA FINALIDAD DE LA SABIDURÍA: LA CONDUCTA (1:10)
Sin embargo, el verdadero conocimiento no es un fin en sí, sino un medio que conduce
a una meta: la vivencia correcta. Dios no nos concede el conocimiento de su voluntad para
que podamos lucir nuestra inteligencia, sino para que nuestra conducta sea recta y hermosa.
No es cuestión de amontonar información en la cabeza, sino de adquirir la mentalidad de
Dios y, así, vivir la vida cotidiana de acuerdo con sus criterios. La voluntad de Dios ha de
conocerse, pero más aún ha de vivirse12. Es imposible practicar una conducta sana y santa
sin conocer la voluntad de Dios; pero, igualmente, nuestro conocimiento de esa voluntad es
defectuoso si no conduce a una conducta correcta.
Los conocimientos de los herejes, desde luego, no alcanzaban esta meta. Al contrario, a
pesar de tener apariencia de sabiduría, en realidad carecían de valor alguno contra los
apetitos de la carne (2:23). En cambio, el conocimiento que Pablo desea para los
colosenses conduce a la verdadera sabiduría y comprensión, y éstas, a su vez, producen una
vivencia digna.
¡Dignos del Señor! ¡Qué meta más gloriosa! Él se dignó humillarse por nosotros,
identificarse con nosotros y compartir nuestra miseria. Ahora nos pide que nos
identifiquemos con él, renunciando a nuestro egocentrismo, sirviendo a los demás y
glorificando a Dios en nuestra vivencia diaria, aunque tengamos que pagar el precio de
compartir su oprobio. Ser dignos de él es ser semejantes a él (1 Corintios 11:1). La meta no
es otra sino la santidad y el amor del Hijo de Dios.
La frase como es digno del Señor sugiere no solamente cierto estilo de vida, sino
también la motivación detrás de ella. Presupone la asimilación de nuestra nueva posición en
Cristo. El creyente dice para sí: «Ahora no pertenezco a este mundo ni comparto sus
valores. Soy una nueva creación en Cristo, miembro de la comunidad de los santos y fieles
hermanos en Cristo (1:2). Y ahora, porque entiendo cuál es mi nueva posición, voy a vivir
en consecuencia. Soy príncipe en la casa de Dios. Debo vivir, pues, con la dignidad de un
príncipe y la santidad de un hijo de Dios.» Es por lo que somos por lo que vivimos de cierta
manera. El ser antecede al hacer. Porque estamos en Cristo y permanecemos en él, andamos
como él anduvo (1 Juan 2:6). Habiendo recibido a Cristo Jesús como Señor y
reconociéndonos siervos bajo su señorío, andamos en él (2:6). Ahora procuramos hacer
todo, ya sea de palabra o de hecho, en el nombre del Señor Jesús; es decir, como siervos
fieles que reflejamos el carácter y obedecemos las instrucciones de nuestro amo (3:17, 23).
Nos comportamos en armonía con las responsabilidades que nuestra nueva relación con
Dios nos impone y en armonía con las bendiciones que esta nueva relación proporciona.
Así pues, Pablo centra su intercesión en el área de amenaza o carencia que ve en los
colosenses: su necesidad de una mayor percepción espiritual ante las enseñanzas peligrosas
que se estaban introduciendo en la iglesia. Si Dios, por su Espíritu, no ilumina sus mentes,
no sabrán distinguir entre la verdad y el error, pues la enseñanza falsa suele presentarse con
apariencia de sabiduría y piedad (2 Timoteo 3:5).
Sin duda, los términos empleados por el apóstol —conocimiento, sabiduría y
comprensión— formaban parte del vocabulario religioso de los falsos maestros. Pero ellos
los empleaban con matices siniestros que atentaban contra la pura revelación de Dios. Por
un lado, pretendían ofrecer conocimientos esotéricos accesibles sólo para los iluminados,
cuando la verdadera revelación divina en Cristo ofrece conocimiento, sabiduría y
comprensión a todo aquel que cree. Por otro lado, enseñaban especulaciones humanas que
no conducían a una conducta santa, cuando el propósito principal de la sabiduría divina es
producir en nosotros un estilo de vida digno del Señor17. Es decir, los colosenses estaban en
peligro de desviarse tras unas enseñanzas elitistas moralmente infructíferas, cuando lo que
necesitaban era profundizar en lo que ya habían recibido: el evangelio de Cristo, cuya
sabiduría está al alcance de todos y conduce a vidas transformadas, rectas y justas.
En este sentido ora el apóstol por ellos. Y es de una manera similar como debemos
interceder los unos por los otros. Está bien llevar ante el trono de la gracia las necesidades
físicas y materiales de nuestros hermanos; pero es aún más necesario interceder por sus
carencias espirituales y morales. Las apariencias engañan. Miramos a nuestros hermanos y
sólo tenemos ojos para ver sus necesidades superficiales. Pero, al ir creciendo en el
conocimiento de la voluntad de Dios y al ir adquiriendo sabiduría y discernimiento
espiritual, nuestras oraciones seguirán cada vez más el modelo de Pablo: nuestras
peticiones se centrarán en la urgente necesidad de percepción espiritual y de una conducta
coherente y digna. Pediremos por nuestros hermanos que el Espíritu les ilumine la mente y
los fortalezca en el hombre interior (Efesios 1:17–18; 3:16).
CAPÍTULO 7
LA VIDA QUE AGRADA AL SEÑOR
COLOSENSES 1:10b–12a
… agradándole en todo, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el
conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder según la potencia de su gloria,
para obtener toda perseverancia y paciencia, con gozo dando gracias al Padre …
VIDAS DIGNAS (1:10)
Nuestro crecimiento en percepción espiritual (1:9) debe dar como resultado una
vivencia santa, digna del Señor (1:10). Éste, pues, ha sido el tema de la intercesión del
apóstol hasta aquí. Ahora Pablo explica brevemente en qué consiste una vida digna del
Señor. Lo hace mediante una serie de seis frases que dependen todas ellas del verbo andar.
Son de una importancia extraordinaria. Si llegamos a entenderlas correctamente,
constituirán para nosotros un escueto compendio de todo lo que implica la vida cristiana
consecuente. Gracias a ellas estaremos en condiciones de emprender el camino de fe con
mayor conocimiento de causa. Veamos, pues, cuáles son y prestémosles la debida atención.
1. Agradándole en todo (1:10)
En primer lugar, un comportamiento digno del Señor es aquel que procura agradarle en
todo (cf. 1 Tesalonicenses 4:1). O, más literalmente, es un comportamiento de su completo
agrado.
Con esta frase, el apóstol nos invita a considerar nuestra motivación en la vida. ¿Qué es
lo que conforma nuestras actitudes y acciones? ¿En qué consisten nuestras prioridades y
ambiciones? ¿Cuál es nuestra máxima aspiración? ¿Con qué finalidad vivimos?
Pablo responde a estas preguntas de diversas maneras en diferentes lugares, pero todas
vienen a significar lo mismo:
Ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo
para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31).
Ya sea presentes o ausentes, ambicionamos serle agradables (2 Corintios 5:9).
Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los
hombres (Colosenses 3:23).
¡Vivir para la gloria de Dios, para servirle y para serle agradables! En todo caso (¡y es
de observar que, en esta frase también, Pablo insiste en la palabra todo!), el Señor mismo
debe centrar nuestra atención. Desde nuestra conversión, él es nuestra principal razón de
ser. Su gloria es nuestra consideración prioritaria. Deseamos ante todo que Cristo sea
exaltado por nuestro testimonio, ya sea por vida o por muerte (Filipenses 1:20). Para él
vivimos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo, … pues si vivimos, para el Señor vivimos
(Romanos 14:7–8). Así pues, el gran afán de nuestra vida debe ser complacerle.
Ahora bien, nos resultará difícil saber cómo complacerle si desconocemos su voluntad.
La secuencia de ideas en la oración de Pablo es lógica: necesitamos crecer en nuestra
comprensión de la voluntad de Dios a fin de conducirnos correctamente; y, una vez que
conocemos su voluntad, necesitamos vivir de tal manera que le agrademos cumpliéndola.
2. Dando fruto en toda buena obra (1:10)
Para Pablo, no había idea más errónea que la de pensar que el ser humano pecador
puede agradar a Dios por medio de las buenas obras que intenta llevar a cabo en la carne.
Entendía muy bien que, por definición, las obras de la carne no pueden agradar a Dios
(Romanos 8:8). Pero, igualmente, no había para él idea más importante que la de pensar
que la regeneración del pecador por obra del Espíritu Santo debe producir en su vida una
abundancia de buenas obras. Éstas nunca pueden constituir la raíz de nuestra salvación,
pero deben constituir su fruto. No podemos ser salvos por obras, pero sí somos salvos por
gracia para obras:
Por gracia habéis sido salvos por medio de la fe, … no por obras, para que
nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer
buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en
ellas (Efesios 2:8–10).
Y no es cuestión de dar algún que otro fruto de vez en cuando. El fruto esperado debe
ser abundante y completo: fruto en toda buena obra. La intención del Espíritu Santo no es
producir ciertas virtudes en algunos creyentes y otras en otros, sino producir todas en todos.
Igualmente, este fruto no tiene que manifestarse esporádicamente, sino de una manera
constante. La vida cristiana no es un pasatiempo dominical, sino una vivencia coherente
que practicamos las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Debemos ocuparnos
en buenas obras (Tito 3:8). Y, para ello, por supuesto necesitamos permanecer
constantemente en Cristo o, lo que es lo mismo, andar en el Espíritu de Cristo (Gálatas
5:16). Es él quien produce el fruto en nosotros, por lo cual no tenemos motivo para la
jactancia; pero, por otra parte, cuando el fruto no se produce, no es por culpa suya, sino por
culpa nuestra al no permanecer en él (Juan 15:5–8).
Tal y como vimos con respecto al versículo 6 (en todo el mundo [el evangelio] está
dando fruto constantemente), el apóstol no se detiene para enumerar las diversas obras que
tiene en mente. Son tan diversas, complejas y profundas como la misma personalidad de
Jesús y, en última instancia, no permiten una clasificación completa. Pero, sin duda,
incluyen todas las cosas que se tratarán en la sección ética de la epístola (3:5–4:6).
3. Creciendo en el conocimiento de Dios (1:10)
Llama la atención que el crecimiento y la fructificación, que ya han formado parte de la
acción de gracias de Pablo (1:6), ahora vuelvan a aparecer como motivos de su intercesión.
Es así porque, en muchos sentidos, la vida de fe es cíclica: cuando una virtud arraiga en
nosotros por la gracia de Dios, nos capacita para ir creciendo aún más en ella. El evangelio
ha sembrado en los colosenses aquella semilla que florece en buenas obras y conocimiento
de Dios (1:6). La fe, el amor y la esperanza que han brotado ya en ellos (1:4–5) constituyen
la evidencia fehaciente de que la planta es robusta. Pero ahora —dice el apóstol— intercedo
por vosotros para que el proceso de crecimiento y florecimiento no se pare aquí, sino que
siga adelante hasta dar plenitud de fruto.
Otro ejemplo del carácter cíclico de la fe se ve en que el conocimiento de Dios y de su
voluntad es tanto el origen como la meta de una vida santa. Cuanto más llegamos a
entender la voluntad de Dios, tanto más viviremos vidas que le agraden (1:10); pero cuanto
más le agradamos, tanto mayores serán la comunión que disfrutamos con él y nuestra
comprensión de su voluntad. El conocimiento verdadero y experimental de Dios produce
siempre una creciente medida de esta misma gracia. El conocimiento conduce a la
santidad, y la santidad al conocimiento, y así sucesivamente.7
Quiero insistir un poco más en estas últimas ideas: por un lado, que el conocimiento de
Dios y el crecimiento de santidad van cogidos de la mano; por otro que, mientras estemos
en esta vida, nuestro crecimiento en ambas cosas no debe cesar nunca. Podemos adquirir un
conocimiento cerebral acerca de Dios mediante nuestros estudios bíblicos o teológicos.
Pero, sin la santidad, nadie puede ver al Señor (Hebreos 12:14). El verdadero conocimiento
de Dios mismo, aunque pasa por el estudio y la meditación de la Palabra, nunca es
solamente académico. Viene como consecuencia de todo un proceso de abundar en buenas
obras y crecer en santidad. En última instancia es resultado del arrepentimiento y de la
regeneración, de la obediencia y del servicio fiel:
Venid, volvamos al Señor, …
Nos dará vida … y viviremos delante de él.
Conozcamos, pues, esforcémonos por conocer al Señor.
Su salida es tan cierta como la aurora,
Y él vendrá a nosotros como la lluvia,
Como la lluvia de primavera que riega la tierra
(Oseas 6:1–3).
¡Qué importante es que nunca nos demos por satisfechos con el grado de conocimiento
de Dios que ya hemos adquirido! El mismo apóstol, a pesar de haber conocido a Dios ya
desde hacía muchos años y de haber visto su mano en medio de diversas experiencias, aún
proseguía hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en
Cristo Jesús y estimaba como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de
conocer a Cristo Jesús (Filipenses 3:14, 8). Él no se conformaba con haber aprendido unas
cuantas doctrinas acerca de Dios, sino que entendía que la verdadera meta de la vida es
llegar a conocer a Dios mismo en creciente profundidad, entender su voluntad y sus
designios y disfrutar de la comunión con él. Y tal conocimiento no se aprende de golpe.
Requiere una relación de sumisión y amistad que se va desarrollando paulatinamente a lo
largo de toda la vida: La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va
aumentando en resplandor hasta que es pleno día (Proverbios 4:18). En el camino de la fe,
el conocimiento de un día sólo sirve como peldaño para ayudarnos a subir a nuevos niveles
de conocimiento al día siguiente. Mientras estemos en esta vida, nuestro crecimiento en
conocimiento nunca llegará a su fin.
Esto se ve claramente en la experiencia de los colosenses registrada en estos versículos.
Ya habían adquirido cierto grado de comprensión de la gracia de Dios (1:6). Pero ahora
necesitan crecer en el pleno conocimiento de la voluntad de Dios (1:9), y eso con la meta
final de seguir creciendo en el conocimiento perfecto de Dios mismo (1:10) hasta aquel día
cuando todos conoceremos plenamente, como hemos sido conocidos (1 Corintios 13:12).
4. Fortalecidos con todo poder según la potencia de su gloria (1:11)
Sin embargo, nuestra capacidad para fructificar en buenas obras y crecer en el
conocimiento de Dios no depende sólo del esfuerzo humano. De hecho, ninguna de estas
cosas sería posible si no fuera por el poder de Dios que actúa en nosotros. Como ya hemos
sugerido, para andar correctamente delante del Señor necesitamos dos cosas: por un lado,
que nuestra mente sea iluminada por el Espíritu Santo, para que podamos entender bien la
voluntad de Dios (1:9); por otro, que nuestro hombre interior sea continuamente potenciado
por la fuerza del Espíritu, para que seamos capaces de vivir en conformidad con esa
voluntad (1:11; Efesios 3:16). Así pues, todo lo que Pablo acaba de pedir a favor de los
colosenses sería utópico si no fuera porque cuenta con el poder de Dios.
No es casual que Pablo coloque su petición de poder a continuación de su petición de
conocimiento. Una cosa suele seguir a la otra. Cuando el creyente, por iluminación del
Espíritu a través de la Palabra, llega a comprender su propia miseria y debilidad en la carne
y las altas demandas de la vida consagrada a Dios, y cuando entiende que sólo por la gracia
de Dios puede aspirar a vivir en santidad, entonces aquel conocimiento conduce a la fe y le
lleva a echarse sobre los recursos de la gracia divina y, a su vez, la fe descansa en la obra
santificadora y transformadora del Espíritu. Entonces, el creyente empieza a descubrir, con
el apóstol, que todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4:13).
De hecho, el vocabulario de nuestra frase nos da, a primera vista, la impresión de ser
redundante. Es como si Pablo dijera: «hechos poderosos con todo poder según el poderío
de su gloria». Es parecido a otro texto suyo (Efesios 1:19: la extraordinaria grandeza de su
poder para con nosotros los que creemos, conforme a la eficacia de la fuerza de su poder)
en el que casi viene a decir: «¡conforme al poder del poder de su poder!»
Pero, en realidad, no hay redundancia alguna. Pablo parte de la premisa de nuestra
debilidad humana. Podemos llegar a entender bien la voluntad de Dios en un asunto
determinado de la vida y a aspirar sinceramente a agradarle en nuestra conducta al respecto;
pero el hecho es que luego vivimos muchas veces en desacuerdo con nuestras buenas
intenciones a causa de la flaqueza de nuestra carne. Está claro, pues, que, para poder vivir
vidas dignas, además de ser iluminados, necesitamos ser potenciados («fortalecidos»).
¿Pero de dónde puede venir el poder capaz de obrar dentro de nosotros y efectuar nuestra
transformación? Por definición, no puede provenir de nuestras intenciones ni de nuestros
esfuerzos humanos en sí. Viene sólo de la acción poderosa («poder») del Espíritu Santo en
nosotros. ¿Y cómo es de grande este poder? Puesto que el Espíritu es Dios, su poder no
tiene límites («todo poder»). ¿Pero hasta qué punto pone este poder ilimitado a nuestra
disposición? ¿Nos concede sólo pequeñas cantidades de su poder o quiere concedernos todo
el poder necesario para nuestra completa transformación? Pablo nos da una respuesta
contundente a esta pregunta en el texto de Efesios 1:19 que ya hemos citado: el poder del
Espíritu que actúa en los creyentes es extraordinariamente grande. Pero esta misma
respuesta está presente también en nuestro texto. La frase según la potencia de su gloria
quiere decir en conformidad con su poder glorioso. Lo que el apóstol pide no es que Dios
conceda a los colosenses un poquitín de su poder, como si el poder de Dios fuera un
inmenso mar del cual Dios nos ofrece sólo un sorbo; sino que Dios les conceda todo el
poder necesario en conformidad con la inmensidad de sus recursos infinitos. El «todo
poder» de esta frase corresponde a la «toda buena obra» del versículo anterior: ésta se hace
realidad gracias a aquél. Habiéndonos concedido el don de su Hijo amado a fin de hacernos
aptos para su reino eterno, Dios no nos va a escatimar los demás recursos de su gracia para
llevar a cabo nuestra transformación, sino que nos concederá también con él todas las
cosas (Romanos 8:32).
Pablo describe el poder de Dios como el poder de su gloria. Sin duda, esta descripción
conlleva muchos matices diferentes. La gloria y el poder de Dios son inseparables (cf.
Efesios 3:16): ambos emanan de su majestad soberana. El poder de Dios siempre se emplea
de tal manera que Dios es glorificado; mientras que la gloria de Dios siempre tiene efectos
poderosos. En el caso presente, por ejemplo, el poder de Dios conducirá a los colosenses a
vivir vidas agradables a Dios para la alabanza de su gloria. Pero en el texto paralelo de
Efesios 1:17–21 (texto en el cual Pablo pide que los efesios «crezcan en el conocimiento de
Dios» y sean «fortalecidos con su poder»), la gloria de su poder se ve en la resurrección y
la ascensión de Jesucristo. La suprema manifestación de la gloria y del poder de Dios no se
muestra en luces deslumbrantes o en cataclismos portentosos, sino en la persona de nuestro
Señor Jesucristo, resucitado y sentado a la diestra del Padre. Y, ahora, la gloria del poder
que fortalece al creyente se ve en esto: el mismo poder que levantó a Cristo de entre los
muertos y lo exaltó a lo sumo (Efesios 1:20–21; cf. Romanos 6:4) opera en nosotros, dando
vida a los que estábamos espiritualmente muertos y sentándonos con él en los lugares
celestiales (Efesios 2:6).
Así pues, Dios pone a nuestra disposición todos los recursos de su poder vivificador a
fin de llevar a cabo en nosotros aquella transformación que resulte en vidas dignas que le
agraden. En conformidad con el poder que obra en nosotros, el Señor es poderoso para
hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos (Efesios 3:20).
Así las cosas, la vivencia santa tendría que ser muy fácil, ¿verdad? A fin de cuentas, si Dios
es quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer y si el poder con el que actúa es
infinito, tendría que ser un asunto muy fácil ocuparnos en nuestra salvación (Filipenses
2:12–13). Pero la amarga historia de nuestras caídas e inconsecuencias demuestra que no es
así. ¿Por qué? Por varias razones.
Para empezar, porque vivimos en medio de una generación torcida y perversa.
Comportarnos en ella como hijos de Dios irreprensibles, sencillos y sin tacha (Filipenses
2:15) es nadar contra corriente. La primera razón por que nos cuesta andar en santidad es
que todas las presiones de nuestro contorno social nos empujan en sentido contrario.
Tenemos al mundo, a la carne y al diablo en contra nuestra.
Una segunda razón es que, si bien Dios cumple fielmente su parte del programa de
nuestra santificación —nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad,
mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia (2
Pedro 1:3)—, esto no nos exime a nosotros de responsabilidad. Hace un momento decíamos
que no llegamos a ninguna parte por los esfuerzos de nuestra carne. Pero la verdadera
alternativa al esfuerzo carnal no es cruzar los brazos, darnos por vencidos y esperar que
Dios mismo haga nuestra parte. Es vivir por fe. Es esforzarnos como nunca; pero no en la
carne, sino en la gracia de Dios y en dependencia de él (2 Timoteo 2:1). Es decirle al Señor:
Yo, en mi propia fuerza, no puedo vivir de tal manera que te agrade a ti; pero Jesús en mí
por su Espíritu sí puede.
En otras palabras, si no avanzamos en la vida de santidad es porque nuestra fe es débil.
No es en primer lugar porque nos falte disciplina, abnegación o fuerza de carácter (de
hecho, partimos de la base de que estas cosas nos faltan), sino porque nos falta fe; es decir,
carecemos de una verdadera comunión con Dios en la cual caminamos con él y
dependemos de su gracia. Cuando permanecemos firmes en la fe, entonces somos fuertes
(ver 1 Corintios 16:13). Y, si nuestra falta de poder se debe a nuestra falta de fe, quizás sea
porque no pasamos suficiente tiempo en oración e intercesión. Al menos, esto es lo que
sugiere el ejemplo del apóstol. Él, al comprender la debilidad de los colosenses y la
dificultad del camino, intercede por ellos pidiendo que sean fortalecidos con todo el poder
de Dios.
Así pues, el camino es cuesta arriba, a nuestro alrededor van casi todos en sentido
contrario y nos arrastran hacia atrás y, aunque el poder de Dios es más que suficiente para
sostenernos en el camino, tenemos que apropiárnoslo por fe, caminando con Dios en una
relación de sumisión, comunión y dependencia. Todo lo cual nos conduce a la frase que
viene a continuación …
5. Para obtener toda perseverancia y paciencia
La vivencia santa no se consigue en un momento, sino que requiere un proceso de
crecimiento. Esto ha estado implícito desde el comienzo de la intercesión del apóstol. Si la
vida que agrada a Dios se produjera automáticamente a partir del mismo día de nuestra
conversión, no habría necesidad alguna de interceder los unos por los otros. Ciertamente,
como ya hemos dicho, aun el creyente recién nacido está completo en Cristo. No le faltan
miembros ni facultades. Con Cristo ha recibido todo lo que necesita para la nueva vida.
Pero tiene que crecer como crece un niño. Tiene que alimentarse, madurar y aprender a
mantenerse en pie (a permanecer firme en la fe), a andar (como es digno del Señor), a
relacionarse con su Padre, a entender su mentalidad y obedecer su voluntad. Todo ello
requiere un largo proceso en el cual es enseñado y disciplinado por el Señor.
Supongo que Dios podría hacernos vivir vidas santas como por arte de magia. Su poder
es tal que podría hacer ciertas manipulaciones en nosotros, tocar ciertas teclas en nuestros
resortes interiores y así obligarnos a caminar rectamente. Pero entonces seríamos unos
robots, no seres humanos. El plan de Dios no contempla nuestra salvación forzada. Él
quiere complacerse en la comunión con verdaderas personas, no con máquinas
programadas. Lo que le da auténtica alegría es encontrar a sus hijos andando en la verdad
(2 Juan 4) y siguiendo en este camino por voluntad propia; es decir, porque su voluntad es
hacer voluntariamente la voluntad de Dios. Acabamos de decir que, aunque el poder es de
Dios, hemos de apropiárnoslo por la fe. Dios es quien nos fortalece, pero nunca de una
manera automática o forzada. Siempre respeta nuestra responsabilidad humana y nos trata
con dignidad. Por eso, no nos crea en Cristo como adultos con todas las facultades bien
desarrolladas, sino que nos hace renacer como niños recién nacidos, con las facultades
completas, pero con necesidad de crecimiento y maduración.
Por eso, la vida de fe es un largo viaje, no un momento instantáneo. La santificación es
un proceso en el cual el Espíritu Santo nos transforma de gloria en gloria en la imagen de
Cristo (2 Corintios 3:18). Nuestro perfeccionamiento, que es instantáneo a efectos legales a
causa de la expiación en la cruz (Hebreos 10:14), en cambio es lento y paulatino a efectos
prácticos. La santidad es un camino que tenemos que andar (Isaías 35:8), una disciplina en
que tenemos que ser corregidos (Hebreos 12:5–10), un largo y duro aprendizaje en el cual
el Señor mismo es nuestro maestro.
Y, por todo eso, para conseguir vidas que agraden a Dios necesitaremos que, por medio
de su obra de fortalecimiento, Dios nos capacite para toda perseverancia y paciencia.
Aquí, el apóstol emplea dos sustantivos prácticamente sinónimos que suelen ser
traducidos, ambos, como paciencia. Pero el primero habla más bien de la capacidad de
perseverar a pesar de circunstancias adversas (oposición, tentación, pruebas y aflicciones),
mientras que el segundo indica la capacidad de tolerar a personas difíciles sin perder los
estribos ni devolver mal por mal. El primero, pues, nos habla de la perseverancia sin quejas;
el segundo, de la perseverancia sin venganza.20 Ambos se manifiestan en las Escrituras
como don de Dios y fruto del Espíritu (por ejemplo, en Romanos 15:5 y Gálatas 5:22) y,
por tanto, son objetos acertados de nuestra intercesión.
Pablo sabe que, dadas las circunstancias de Colosas, los colosenses tendrán que afrontar
mucho contratiempo y a muchas personas conflictivas en su peregrinaje hacia la santidad.
El camino no será fácil. Por eso, además del poder de Dios, necesitarán su perseverancia y
paciencia.
Nosotros, igualmente, tendremos que soportar en esta vida muchos motivos de
desánimo. Tanto desde fuera de la iglesia como desde dentro de ella, el creyente fiel se
encuentra con toda clase de escollos y piedras de tropiezo. Nuestra inclinación natural será
al desaliento e incluso a la marcha atrás en el camino de la fe. Debemos orar, pues, los unos
por los otros, como Pablo oraba por los colosenses: para que, en medio de las pruebas, el
Señor nos dé aquel fortalecimiento del hombre interior que nos capacitará para perseverar
fielmente en el camino.
El hecho de que pida que los colosenses sean fortalecidos para toda perseverancia y
paciencia indica que, cualesquiera que sean las circunstancias difíciles o las personas
insoportables, no hay nada ni nadie que pueda estorbar nuestro camino si estamos viviendo
en plena comunión con el Señor y si, como consecuencia, conocemos su fortalecimiento.
Lo cierto es, sin embargo, que para tener toda paciencia necesitamos que el Señor nos
proporcione todo poder.
6. Con gozo dando gracias al Padre
Según la gramática del texto griego, es tan lícito vincular la frase con gozo a la frase
anterior (toda perseverancia y paciencia) como a la que sigue (dando gracias). Además,
ambas lecturas reciben el apoyo de otros textos bíblicos: la idea de perseverar con paciencia
y gozo está presente en textos como Romanos 5:3 (nos gloriamos en las tribulaciones,
sabiendo que la tribulación produce paciencia) o Santiago 1:2–3 (tened por sumo gozo …
el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce
paciencia); y, por otro lado, el gozo y la acción de gracias van juntos en muchas ocasiones.
El único argumento de cierto peso que se ha aducido a favor de la primera lectura es
que «dar gracias» ya presupone una actitud gozosa y que, por tanto, la frase con gozo dando
gracias resulta redundante. Pero, en contra de este argumento, hemos de decir que el gozo
no está siempre implícito en la gratitud (es posible dar gracias con resignación; incluso dar
gracias sin sentir gratitud); que, en todo caso, a veces conviene que un autor haga explícito
lo que es sólo implícito; y que las frases aparentemente redundantes son una característica
del estilo de Pablo. A favor de la segunda lectura24 está, precisamente, el hecho de que la
gratitud y el gozo deben ir siempre juntos en la vida de fe: si el corazón está
verdaderamente agradecido, experimentará un profundo gozo. Además, la estructura
literaria de la oración aconseja esta lectura: si la frase con gozo no acompaña el participio
dando gracias, éste es el único de los participios del texto que no lleva una frase adverbial:
• En toda buena obra dando fruto.
• Creciendo en el conocimiento de Dios.
• Siendo fortalecidos con toda fortaleza.
• Con gozo dando gracias al Padre.
Puesto que al apóstol le gustaba escribir con elegancia y simetría, esta sola cuestión
estilística nos decanta a favor de la segunda lectura. Con todo, no hay gran diferencia entre
«perseverar con paciencia, dando gracias al Padre con gozo» y «perseverar con paciencia y
gozo, dando gracias al Padre». En todo caso, se nos pide (o, mejor dicho, se le pide a Dios
que él nos dé) perseverancia, paciencia, gozo y gratitud.
Según Gálatas 5:22, el gozo es la segunda manifestación del fruto del Espíritu Santo en
nuestras vidas. En otras palabras, allí donde el gozo brilla por su ausencia se hace dudosa la
presencia del Espíritu; y allí donde brilla, especialmente cuando brilla en medio de
circunstancias adversas, constituye una evidencia fehaciente de la presencia del Espíritu.
De igual manera, según Efesios 5:18–20, la gratitud es una de las claras manifestaciones de
la plenitud del Espíritu. Así pues, tanto el gozo como la gratitud proceden de la obra del
Espíritu en nosotros. Hay ciertas personas que son de carácter alegre por naturaleza, pero
puede ser que no destaquen por su gratitud. Otras personas conocen mucho gozo cuando las
circunstancias les sonríen, pero lo pierden en cuanto las circunstancias cambian. Otras
personas saben expresar gratitud en determinadas ocasiones, pero no tienen un carácter
siempre agradecido ni gozoso. En cambio, la marca de aquel gozo que es fruto del Espíritu
Santo es su permanencia (Juan 16:22) y su carácter agradecido. El gozo se expresa en la
acción de gracias y la gratitud da lugar a una personalidad siempre gozosa.
Por supuesto, es lógico que Pablo espere que los colosenses den gracias al Padre.
Aunque los bienes espirituales descritos por el apóstol nos llegan a través de la obra
salvadora de Jesucristo y se hacen realidad en nuestra experiencia por la acción del
Espíritu, es el Padre quien, en última instancia, nos proporciona estos dones. Él nos
concede juntamente con Cristo todas las cosas (Romanos 8:32). Toda buena dádiva y todo
don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre (Santiago 1:17).
Y, de entre las muchas cosas por las cuales debemos serle agradecidos, una de las
principales es precisamente ésta: que haya tenido a bien adoptarnos como hijos suyos y ser
para nosotros un Padre. Ya hemos visto que Dios es el Padre de nuestro Señor Jesucristo.
La relación que existe eternamente entre las dos primeras personas de la Trinidad es una
relación de Padre e Hijo. Sin embargo, desde que estamos «en Cristo», la paternidad de
Dios se hace extensiva a nosotros también: somos adoptados como hijos suyos en Cristo
(Gálatas 3:26; 4:4–6). Antes, en nuestra condición de pecadores culpables, el Creador
aparecía ante nosotros en su capacidad de Juez; ahora, en nuestra nueva posición en Cristo,
estamos incorporados en la familia de Dios y nos relacionamos con nuestro Creador como
nuestro Padre.
Muchas veces, sin embargo, no nos damos cuenta de la procedencia de estos dones.
Recibimos el regalo sin agradecer al dador. Pero, bien entendido, el fin de todo el proceso
descrito por Pablo debe ser un corazón agradecido. Si conocemos de verdad el
fortalecimiento que nos capacita para perseverar en medio de las pruebas y producir fruto
en toda buena obra y si, simultáneamente, estamos creciendo en el conocimiento verdadero
de Dios, entonces asociaremos todas las bendiciones de la vida a aquel que nos las concede
y le expresaremos nuestra gratitud.27
Éstas, pues, son las seis características de la vida que, según Pablo, es digna del Señor.
Como dijimos al principio, es importante meditar mucho en ellas porque juntas forman una
descripción de todos los factores que componen la esencia de la vida cristiana.
Notemos bien dónde no recae el énfasis del apóstol. No dice que una vida digna del
Señor consiste en asistir regularmente a los cultos, en dedicar cierto tiempo diario al estudio
bíblico o a la oración, en asumir diferentes cargos y responsabilidades en la iglesia local, en
dar el diezmo, salir a evangelizar, ejercer determinados dones … Todas estas cosas tienen
cierta importancia; pero son medios más que fines y, si no tenemos cuidado, pueden
convertirse en pobres sucedáneos de la auténtica finalidad de la vida. Lo que realmente
agrada a Dios es una vivencia en la que el Espíritu Santo produce su fruto en abundancia y
el creyente hace buenas obras para la gloria de Dios, avanza siempre en su comunión con el
Señor, conoce el fortalecimiento divino en el hombre interior y, por tanto, soporta todas las
circunstancias de la vida con perseverancia, paciencia, gozo y gratitud.
No hay nada nuevo en todo esto. El profeta Miqueas había dicho esencialmente lo
mismo siglos antes de que escribiera Pablo: ¿Qué es lo que demanda el Señor de ti, sino
sólo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?
(Miqueas 6:8). Lo nuevo no es la voluntad de Dios para nuestras vidas, sino los recursos
que el Señor pone a nuestra disposición. Bajo el antiguo pacto, los hombres tenían
conocimiento de la voluntad de Dios, pero ésta llegaba sólo en forma de ley y mandato.
Ahora, tanto el fortalecimiento como el fruto es obra del Espíritu en nosotros. Por eso
mismo, Pablo no se limita a exhortar a los colosenses, sino que pide a Dios por ellos. Dios
es quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer (Filipenses 2:13). Si dependiera
solamente de nosotros, poca esperanza tendríamos de agradar a Dios. Pero, puesto que Dios
mismo obra en nosotros por su Espíritu, debemos ocuparnos en nuestra salvación no sólo
con temor y temblor, sino también con entusiasmo y confianza (Filipenses 2:12).
CAPÍTULO 8
CAPACITADOS POR EL PADRE
COLOSENSES 1:12
… al Padre que nos ha capacitado para compartir la herencia de los santos en
luz.
CAPACITADOS (1:12)
Desde el punto de vista de una interpretación gramatical rigurosa, Pablo no nos dice
cuáles son las razones por las que debemos dar gracias al Padre (1:12a). Si queremos ser
quisquillosos, podemos sostener que la última parte del versículo 12 sólo explica quién es
este «Padre» y no pretende ofrecernos un motivo de gratitud; porque el texto dice: dando
gracias al Padre, que …; no: dando gracias al Padre porque … Pero es del todo probable
que, en la mente del apóstol, el «que» tenga aquí la fuerza de un «porque». De todas
maneras, huelga decir que la herencia de los santos debe ser siempre uno de nuestros
motivos principales de gratitud.
De todas las bendiciones que recibimos de lo alto, quizás la mayor sea ésta: que Dios
nos ha «capacitado». Es decir, nos ha hecho aptos, suficientes o dignos. Esta pequeña
palabra entraña todo el mensaje esencial del evangelio. Éste parte de la base de nuestra
profunda incapacitación para poder entrar en el reino de Dios. En la carne, lejos de ser
aptos para compartir la herencia de los santos en luz, éramos hijos de ira y extraños a los
pactos de la promesa, y estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, excluidos de la
ciudadanía del pueblo de Dios, sin esperanza y sin Dios en el mundo (Efesios 2:1, 3, 12).
Todas las lágrimas, penitencias, buenas obras e intenciones de reformarnos no podían
cambiar la triste realidad de nuestra profunda perdición. Nos esperaba sólo un negro futuro
de condenación y castigo eterno, una «horrenda expectación de juicio» (Hebreos 10:27).
Así era nuestra situación y no podíamos hacer nada para remediarla. Pero, precisamente
sobre las base de nuestra absoluta miseria y debilidad, el evangelio nos anuncia todo lo que
Dios ha hecho por nosotros en Cristo. Estando nosotros lejos de Dios, hemos sido
acercados por la sangre de Cristo (Efesios 2:13). Siendo nosotros sus enemigos, Cristo nos
ha reconciliado con él (Romanos 5:10). Siendo débiles y pecadores, Cristo llevó nuestros
pecados y nuestras flaquezas en la cruz y murió en nuestro lugar para que pudiéramos ser
aceptables ante Dios y estar limpios y justificados (Romanos 5:6–8; Efesios 1:6–7).
Estando muertos en nuestros pecados, Dios nos dio vida en Cristo (Efesios 2:1–6). Siendo
huérfanos en el mundo, nos ha adoptado como amados hijos suyos y nos ha hecho sus
herederos (Romanos 8:15–17). Siendo trágicamente ineptos, nos ha hecho aptos. En una
palabra, Dios nos ha «capacitado». En Cristo tenemos una nueva posición.
¡Y notemos bien el tiempo del verbo! No dice que Dios tiene la intención de
capacitarnos en el futuro, ni siquiera que está en vías de capacitarnos en la actualidad, sino
que ya nos ha capacitado. No se trata del crecimiento progresivo mediante el cual somos
transformados por el Espíritu de gloria en gloria hacia la imagen de Cristo (2 Corintios
3:18), sino del cambio repentino de nuestra posición ante Dios consumado una vez para
siempre por Cristo en su obra redentora en la cruz y confirmado en nosotros por el sello del
Espíritu. Desde el día en que clamamos a Cristo, somos aceptos en el Amado, hechos
definitivamente aptos.
Todo es por gracia. Todo se lo debemos a Dios. Nunca podemos llegar a ser «aptos»
por nuestros propios esfuerzos. Para poder entrar en el reino eterno, Dios tiene que
hacernos aptos. Y lo ha hecho.
Y ahora, ¿cuáles son nuestras expectativas? Pues, juntamente con el perdón de nuestros
pecados y el don de una nueva vida en Cristo, Dios nos ha dado gloriosas promesas de cara
al futuro. Tenemos una «participación» en el reino eterno:
Así como el Señor en la antigua dispensación proveyó para Israel una heredad
terrenal, la cual fue distribuida por suerte entre las diversas tribus y unidades más
pequeñas de la vida nacional, … de la misma forma ha provisto para los colosenses
una porción o parte en la heredad [celestial].
Hay lugar para nosotros. Cada uno de nosotros tiene su porción. Quien se acerca a Dios
por medio de Jesucristo nunca será echado fuera (Juan 6:37) ni perderá su parte en la
herencia.
HERENCIA (1:12)
Acabamos de decir que el concepto de «capacitación» indica que nuestra salvación es
por la gracia de Dios, nunca por mérito humano. Por definición, en nuestro estado de
perdición y corrupción no podemos capacitarnos a nosotros mismos. Tiene que ser una obra
de Dios. Y, ahora, la misma idea es inherente al concepto de «herencia». En condiciones
normales, el hijo recibe la herencia de su padre como una dádiva. No tiene que ganársela.
Así es con Dios. Aquello que nos espera en el futuro no es un salario que merecemos a
causa de nuestros trabajos y esfuerzos, sino una herencia que nos toca por el solo hecho de
haber sido recibido en la familia de Dios como hijos.
Esta herencia pertenece a todos los «santos». Algunos comentaristas han querido ver en
esta palabra una referencia al pueblo hebreo, como si Pablo estuviera diciendo que la
herencia que antes fue prometida a los hijos de Israel se hace extensiva ahora a todos los
creyentes en Cristo. Sin embargo, la mención de «los santos» en el 1:4 parece contemplar a
todos los creyentes sin distinción, ya sean de origen judío o gentil; y está aún más claro que
la mención de «los santos» en el 1:2 no se limita a los miembros hebreos de la
congregación. Por eso es preferible entender que, aquí también, Pablo se refiere a la
herencia común de todos los creyentes. Éstos incluyen, por supuesto, a los verdaderos
creyentes judíos, tanto de la antigua dispensación como de la nueva; pero también a los
creyentes gentiles. Tampoco debemos pensar que se refiere sólo a un grupo selecto de
creyentes excepcionales ya fallecidos. En el Nuevo Testamento, «santos» es una palabra
aplicada casi siempre a creyentes aún vivos y se da a entender que todos los miembros del
pueblo de Dios son santos.
Si los creyentes se llaman «santos», se debe (como ya vimos con respecto al 1:2) a que
han sido convocados por Dios para separarse del mundo a fin de pertenecer al pueblo
escogido y vivir vidas consagradas a Dios. Han sido «apartados» para este fin. ¿Pero de qué
se han separado? Pablo está a punto de decírnoslo: del dominio de las tinieblas (1:13). Y si
ya no se encuentran en las tinieblas, no nos sorprende descubrir que están en luz (1:12; cf. 1
Pedro 2:9).
¿Pero qué quiere decir esto de estar «en luz»? Aquí nos encontramos con una variedad
de opiniones entre los comentaristas:
• Algunos asocian la frase al verbo «capacitar» y entienden que el texto debe rezar: … al
Padre que nos ha capacitado en luz para compartir la herencia de los santos. Es decir,
suponen que la «luz» se refiere a la iluminación del evangelio y que la preposición «en»
tiene la fuerza de «por medio de»: lo que nos introduce en nuestra herencia es haber
sido iluminados por el evangelio. Sin embargo, esto sería conceder un significado
anormal a la preposición y, además, la distancia que separa el verbo de la frase
adverbial milita poderosamente en contra de esta lectura. Es mejor asociar la frase al
sustantivo «santos».
• Otros piensan que los santos en luz son los creyentes que han fallecido y han pasado a
la presencia del Señor en gloria, en contraste con los que permanecen aún en este
mundo de tinieblas. Pero Pablo no suele utilizar la idea de «luz» con referencia al más
allá, sino como símbolo de todas las bendiciones que el creyente posee en Cristo, tanto
aquí y ahora como en el futuro.
• Por tanto, la mayoría de los comentaristas actuales entienden la frase en el sentido de
que los santos son personas que han sido apartadas por Dios para vivir en la luz, en
contraste con aquellos que, pertenecientes aún al dominio de las tinieblas (1:13), andan
en oscuridad. Estar en luz es una experiencia presente (pero parcial), así como una
experiencia futura (y completa): los santos caminan ya en la luz de Dios y están
destinados a vivir en la luz para siempre.
Esta última lectura me parece la más convincente. Está en consonancia con el uso que
Pablo hace de esta frase en otros textos y, lo más importante, enlaza directamente con lo
que dirá en el versículo siguiente.
Entendida así, la frase los santos en luz conlleva muchos matices diferentes. Veamos
algunos de ellos:
• Por supuesto, la propia frase (los santos en luz) nos invita a recordar que, en las
Escrituras, la luz y la santidad van juntas. En el Antiguo Testamento, la santidad de
Dios suele revelarse en una luz deslumbrante. Y, en el Nuevo, la santificación del
creyente se expresa en términos de su traslado de la oscuridad a la luz. Así, Pablo pudo
describir su ministerio entre judíos y gentiles con estas palabras: a fín de que se vuelvan
de la oscuridad a la luz, y del dominio de Satanás a Dios, para que reciban … herencia
entre los que han sido santificados (Hechos 26:18).
• Evidentemente, en este contexto podemos decir también que «estar en luz» es sinónimo
de la «esperanza reservada para vosotros en los cielos» (1:5) y de «haber sido
trasladado al reino de su amado Hijo» (1:13), lo cual sugiere que nuestra participación
en ello tiene dimensiones presentes y futuras. El reino de Cristo es un reino de luz, en
contraste con el dominio de Satanás (ver Isaías 9:1–7); porque, mientras que Satanás es
el príncipe de las tinieblas, Jesús es la luz del mundo (Juan 8:12) y Dios es luz y en él
no hay tiniebla alguna (1 Juan 1:5). Por eso, Sion —es decir, la Jerusalén de arriba, la
ciudad celestial, el reino eterno— se presenta como una ciudad de luz:
Levántate, resplandece, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor ha
amanecido sobre ti. Porque he aquí, tinieblas cubrirán la tierra y densa oscuridad
los pueblos; pero sobre ti amanecerá el Señor, y sobre ti aparecerá su gloria. Y
acudirán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu amanecer (Isaías
60:1–3).
La ciudad santa … tenía la gloria de Dios. Su fulgor era semejante al de una
piedra muy preciosa, como una piedra de jaspe cristalino … La ciudad no tiene
necesidad de sol ni de luna que la iluminen, porque la gloria de Dios la ilumina, y
el Cordero es su lumbrera (Apocalipsis 21:10–11, 23).
Y, de la misma manera que las «tinieblas» no se componen solamente del reino de
Satanás, sino de todas las cosas nefastas que caracterizan su reino —pecado,
desobediencia, rebelión, ignorancia, ceguera, falsedad, odio, ira, vergüenza, lucha,
carencia, esclavitud y tristeza—, así también la «luz» nos habla de todas las cosas
gloriosas que caracterizan el reino de Dios: gracia, favor divino, armonía, comunión,
respeto, afecto, sinceridad, paciencia, gozo, paz y muchas cosas más. De entre ellas,
destaquemos algunas …
• Frecuentemente, en las Escrituras, la «luz» nos habla del conocimiento de la verdad, de
la revelación divina o de la iluminación de la mente por obra del Espíritu. Ya hemos
visto que estas ideas están presentes en la oración del apóstol (1:9 y 10), por lo cual no
debemos excluirlas de esta frase. Los «santos en luz» son los que han tenido los ojos
abiertos gracias al conocimiento de Dios y de su voluntad. Son personas que «ven»
gracias a la iluminación de Dios (2 Corintios 4:6), en contraste con los demás, que están
cegados por la venda colocada sobre sus ojos por el dios de este mundo (2 Corintios
4:3–4). Los santos son los que «ven la luz a la luz de Dios» (Salmo 36:9).
• Luego debemos recordar que, en las Escrituras, estar en luz es andar en amor. A este
respecto, las palabras del apóstol Juan son determinantes: El que dice que está en luz, y
aborrece a su hermano, está aún en tinieblas. El que ama a su hermano, permanece en
la luz y no hay causa de tropiezo en él. Pero el que aborrece a su hermano está en
tinieblas y anda en tinieblas y no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus
ojos (1 Juan 2:9–11). Precisamente, el amor de los colosenses (1:4, 8) es una de las
principales evidencias de que realmente han sido apartados como santos de Dios. Están
«en luz» porque andan en amor.
• Finalmente, de entre los muchos matices que podríamos añadir, debemos señalar la
estrecha relación bíblica entre los conceptos de «luz» y «salvación». De hecho, son
prácticamente sinónimos. De Dios se puede decir: El Señor es mi luz y mi salvación
(Salmo 27:1); y, acerca de su Siervo, Dios mismo dice: Te haré luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra (Isaías 49:6). En este
sentído, los «santos en luz» son los creyentes en Cristo, que han sido apartados como
herederos de la salvación.
Todos estos matices, y muchos más, están presentes en la frase compartir la herencia
de los santos en luz. ¡Qué privilegio el de los colosenses! ¡Y qué privilegio el nuestro! El
apóstol intercede por sus lectores para que, teniendo los ojos abiertos ante las gloriosas
realidades presentes y promesas futuras del evangelio, puedan vivir con una actitud
constante y desbordante de agradecimiento al Padre que las ha hecho posibles.
CAPÍTULO 9
NUESTRA NUEVA CIUDADANÍA
COLOSENSES 1:13
Porque él nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su
Hijo amado …
TINIEBLAS Y LUZ (1:13)
Dios no solamente nos ha hecho sus hijos y herederos (1:12), sino que también nos ha
concedido una nueva ciudadanía (1:13). No se ha conformado sólo con apartarnos para que
formemos parte de la comunidad de los santos (1:12), sino que ha llevado a cabo en
nosotros todo un éxodo espiritual, librándonos de nuestra anterior esclavitud en el dominio
de las tinieblas y llevándonos al reino de Cristo (1:13).
Así pues, con estos nuevos matices, el apóstol sigue exponiendo el gran motivo por el
que debemos dar gracias al Padre: nuestra nueva posición en Cristo. En esta vida tenemos
sobradas razones diarias por las que mostrar nuestra gratitud al Señor. Pero la principal de
ellas es que nos ha salvado. Antes éramos sus enemigos; pero nos ha reconciliado en Cristo
y ahora somos sus hijos. Antes estábamos lejos de la comunión de los santos, pero ahora
nos ha acercado y nos ha integrado en su familia. Antes éramos ciegos, pero él nos ha
abierto los ojos. Antes estábamos destinados a la perdición; ahora, a la gloria.
Es decir, el contraste entre nuestra posición anterior y nuestra posición actual no puede
ser más radical. Es cuestión de tinieblas (1:13) o de luz (1:12); de estar en el primer Adán o
en el postrer Adán (Romanos 5:12–21); de pertenecer a la vieja creación caduca o a la
nueva creación en Cristo (2 Corintios 5:17); de sufrir la esclavitud de Egipto o disfrutar de
la libertad de los hijos de Dios en la Tierra Prometida; es decir, de estar bajo el dominio de
las tinieblas o ser ciudadanos del reino de su Hijo amado (1:13).
Es de suma importancia que nos demos cuenta del abismo de diferencia que separa la
posición del creyente de la posición del incrédulo. Según las apariencias externas, esta
diferencia es apenas visible. Si entramos en una sala llena de gente, nos resulta difícil
discernir quiénes son creyentes y quiénes no. Incluso resulta difícil reconocer a los
creyentes por su conversación y su conducta. A veces observamos más amabilidad y lealtad
entre los incrédulos que en la iglesia. Especialmente es así en una generación como la
nuestra en la que muchos cristianos parecen seguir la fe de Lot más que la de Abraham:
intentan vivir lo más cerca posible de Sodoma y Gomorra sin renunciar totalmente a la fe.
Así las cosas, con el paso del tiempo podemos llegar a pensar que no existe prácticamente
ninguna diferencia entre los creyentes y los demás. Pero, según nuestro texto y según el
criterio unánime de los textos del Nuevo Testamento, la diferencia es tan profunda como la
que existe entre la luz y las tinieblas, la vida y la muerte, la esclavitud y la libertad, la
ceguera y la vista, la parálisis y la agilidad, el bien y el mal, o Dios y el diablo.
Si no compartimos esta visión de las cosas, menguará nuestro celo por colaborar con
Dios en el rescate de almas de su perdición —las veremos como «casi tan salvas» como
nosotros—,acabaremos abrazando una forma diluida del evangelio que se aproxima al
universalismo, no veremos la necesidad de una conducta diferente de la de los demás y
dejaremos de darle gracias al Señor por habernos rescatado de una condición miserable y
un destino espantoso. ¿Para qué darle gracias si nuestra presente condición apenas se
diferencia de la del incrédulo?
Tomemos muy en serio, pues, las implicaciones de nuestro texto. Pablo nos recuerda
que no existe en nuestro mundo diferencia mayor que la que separa la posición espiritual de
los hijos de Dios de la de los hijos de ira. Esto debe provocar en nosotros las reacciones que
acabamos de ver: un gran celo evangelístico, un comportamiento santo y una profunda
gratitud hacia Dios.
EL DOMINIO DE LAS TINIEBLAS (1:13)
Examinemos, pues, esta profunda diferencia. Y empecemos preguntándonos cuál fue
nuestra posición antes de ser rescatados por Cristo. Pablo la llama el dominio de las
tinieblas. Ésta es una frase llena de resonancias bíblicas. Entre otras cosas nos habla de:
• Tiranía satánica
Satanás es el jefe supremo de los poderes de este mundo de tinieblas (Efesios 6:12), el
príncipe de este mundo (Mateo 4:8–9; Juan 12:31; 14:30; 16:11; 1 Juan 5:19). Antes de
nuestra conversión, pues, nos encontrábamos en la esfera espiritual en la que Satanás
ejercía su jurisdicción. Dios había concedido la mayordomía del mundo al ser humano
(Génesis 1:28–30). Pero, desde que la mujer se dejó engañar por la serpiente (Génesis
3:13) y el hombre atendió a la voz de la mujer (Génesis 3:17), el orden establecido por
Dios se vino abajo y Satanás se convirtió en el príncipe usurpador de este mundo.
Desde entonces, el ser humano anda sujeto a la voluntad del maligno, conforme al
príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de
desobediencia (Efesios 2:2). Estar en el dominio de las tinieblas es estar bajo la tiranía
de Satanás.
• Esclavitud
Esta tiranía no es benigna. Ciertamente, durante un tiempo, el maligno puede sonreírnos
y ofrecernos promesas seductoras. Sus tentaciones suelen ser sumamente atractivas (¡si
no fuera así, no serían tentaciones!). Pero su intención siempre es la misma: hundirnos
en terribles esclavitudes inquebrantables. Los diversos deleites y placeres que nos
ofrece sólo sirven para esclavizarnos (Tito 3:3).
• Ceguera
Además, el maligno ciega a los que son sus esclavos. Coloca una venda sobre sus ojos
para que no puedan ver la luz del evangelio (2 Corintios 4:4). Quien camina en el
dominio de las tinieblas anda a tientas, en gran oscuridad. No sabe de dónde viene ni
adónde va. Está perdido.
• Enemistad con Dios
Las tinieblas y la luz no pueden convivir. Forzosamente, allí donde reina la oscuridad,
la luz está ausente. Así pues, estar en tinieblas es estar sin Dios (porque Dios es luz y en
él no hay tiniebla alguna; 1 Juan 1:5) y, por tanto, quien anda en tinieblas carece de
esperanza (Efesios 2:12).
Pero no debemos pensar que estar bajo el dominio de las tinieblas es ser la pobre
víctima indefensa del maligno. A pesar de su esclavitud, el hombre es un ser
responsable y sus actitudes y obras son reprensibles y culpables. Si persiste en vivir en
el mundo de tinieblas aun cuando la luz del evangelio está brillando, es porque ama las
tinieblas más que la luz, y eso porque sus acciones son malas (Juan 3:19). No es
solamente que ha sido llevado cautivo por los poderes del mal, sino que él mismo se ha
alzado como enemigo de Dios y amigo del pecado (Romanos 5:10). Estar en el dominio
de las tinieblas es ser enemigo de Dios.
Existe un profundo antagonismo entre el dominio de las tinieblas y el reino de la luz.
No puedes pertenecer a ambos a la vez. Desde que Dios nos llamó de las tinieblas a su
luz admirable (1 Pedro 2:9), debemos andar como hijos de luz, porque antes erais
tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor (Efesios 5:8). Decir que somos hijos de la luz
y, luego, practicar las obras de las tinieblas es un contrasentido. Es fingir ser amigos de
Dios cuando en realidad seguimos siendo sus enemigos. Juan es contundente al
respecto: No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo; si alguno ama al
mundo, el amor del Padre no está en él (1 Juan 2:15).
Algo del carácter absoluto (y absolutamente espantoso) del antagonismo que existe
entre la luz de Dios y la oscuridad del maligno se palpa en las desgarradoras palabras de
Jesús en el momento de su arresto en Getsemaní. Dirigiéndose a los discípulos, dice: No
hablaré mucho más con vosotros, porque viene el príncipe de este mundo (Juan 14:30);
y a los sacerdotes y ancianos les dice: Esta hora y el poder de las tinieblas son vuestros
(Lucas 22:53).
Los maestros gnósticos creían que el mundo estaba controlado por poderes angelicales,
ubicados en diferentes esferas, que iban desde los muy malignos a los casi perfectos:
ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominios y tronos. Según ellos, para
alcanzar la pureza de Dios, el creyente tenía que progresar de esfera en esfera por medio de
diferentes ritos, enseñanzas y prácticas piadosas en la esperanza de alcanzar un día la esfera
más alta. No —dice el apóstol—. No hay más que dos opciones: el reino de Satanás o el de
Cristo, las tinieblas o la luz. Y quien está en el reino de Cristo no tiene que propiciar a los
señores de las demás esferas: ya es acepto en el Amado; Dios le ha hecho apto.
EL REINO DE CRISTO (1:13)
Si el «dominio de las tinieblas» fue nuestra morada anterior, ¿cuál es nuestra morada
presente? Según los maestros heréticos de Colosas, sin duda era alguna esfera intermedia
entre lo terrenal y lo celestial: una de las moradas angelicales. Pero, según el evangelio, no
es ni más ni menos que el reino de Dios.
Pablo lo llama el reino de su Hijo amado. Evidentemente, no se trata de una residencia
física, sino de una posición espiritual. La conversión a Cristo no implica necesariamente un
cambio de lugar geográfico. Lo que implica forzosamente es un cambio en el gobierno de
nuestras vidas: antes éramos esclavos bajo la tiranía de Satanás; ahora nuestro rey y señor
es Jesucristo. El «reino» en cuestión no es un territorio determinado, sino una autoridad
espiritual y moral. Por tanto, no es cuestión de preguntar dónde está el reino de Cristo, sino
en qué consiste. A la pregunta de dónde está, hemos de contestar en palabras del propio
Jesús: El reino de Dios no viene con señales visibles, ni dirán: «¡Mirad, aquí está!» o:
«¡Allí está!» Porque he aquí, el reino de Dios entre vosotros está (Lucas 17:20–21). No
está en ningún lugar específico, pero está presente allí donde una persona se somete a la
autoridad de Cristo como Salvador, Señor y Rey.
Por la misma regla de tres, podemos decir que el reino está ya presente con nosotros,
pero que ha de manifestarse todavía en el futuro. El Rey ya ha venido la primera vez,
trayendo consigo el derecho a reinar, pero todavía no ha venido en plena gloria y majestad.
¿Reina Jesucristo en este momento? Los creyentes afirmamos que sí. Está sentado en el
trono. Nada escapa a su control. ¿Pero están manifiestamente visibles su majestad y su
reino? Por supuesto que no. La inmensa mayoría de nuestros vecinos no los ven ni se
someten a ellos. El reino de Cristo está presente, pero no se ha manifestado en plenitud.
Por lo tanto, no nos sorprende saber que los colosenses ya han sido trasladados al reino
de Cristo y, sin embargo, aún están a la espera de la «herencia de los santos en luz» (1:12).
Aún no se ha hecho realidad la «esperanza reservada para ellos en los cielos» (1:5). Para
ellos, como para nosotros, el reino es tanto una realidad presente como una esperanza
futura. Ya son ciudadanos del cielo, pero todavía han de esperar ansiosamente la venida del
Salvador (Filipenses 3:20).
Lo importante, sin embargo, es que los colosenses ya tienen una nueva posición
gloriosa en Cristo. Habiendo vivido en oscuridad, ahora están en luz (1 Pedro 2:9). Después
de años sumergidos en los engaños y las mentiras de las ideologías mundanas, ahora
conocen la verdad de Dios. Después de haber sido zarandeados por los deseos perversos y
apetitos egoístas de la carne, ahora han empezado a conocer los nuevos deseos santos del
Espíritu. Habiéndose adiestrado en las prácticas oscuras del pecado, ahora andan en el
luminoso camino de la santidad. Dios los ha llevado desde la miserable mazmorra de
cadenas intolerables y agudos lamentos a la libertad gloriosa de los hijos de Dios
(Romanos 8:21).
Observamos, sin embargo, que Pablo no habla del «reino de Cristo» (del Mesías), sino
del «reino de su Hijo amado» (o, literalmente, «el reino del Hijo de su amor»). Es decir, no
centra nuestra atención en el hecho de que Jesús sea el Rey legítimo, el Ungido de Dios,
sino en la relación amorosa que existe entre el Padre y el Hijo. ¿Por qué lo hace? Él mismo
no nos lo dice. Las posibles explicaciones, pues, son muchas, entre ellas las siguientes:
• Pablo está a punto de hablar implícitamente del alto precio que Cristo tuvo que pagar
para conquistar su reino. Algún lector podría ver en ello las maniobras de un dios
empeñado en llevar a cabo sus designios sin que le importara el coste de la redención.
Anticipando este malentendido, el apóstol enfatiza desde el primer momento que Cristo
era el objeto especial del amor del Padre y, por tanto, que el Padre también sufrió
cuando el Hijo pagó aquel precio.
• Si, a pesar de amar tanto a su Hijo, el Padre le entregó a la muerte a fin de hacer posible
nuestra ciudadanía celestial, ¿cómo no nos dará con él todos los demás privilegios del
reino (Romanos 8:32)? Nuestra entrada en el reino de Cristo significa nuestro acceso a
todas las bendiciones de Dios.
• Si el Hijo es amado por el Padre, podemos suponer que el reino preparado para él por el
Padre es una expresión de su amor paterno. Cristo reina porque el Padre le ama. El
Padre libera y traslada al reino a los elegidos porque ama al Hijo y quiere proveerle
ciudadanos. O, para cambiar la metáfora, porque el Padre ama al Hijo, busca para él una
esposa adecuada.
• Si el reino brota como expresión viva del amor que existe entre el Padre y el Hijo,
podemos suponer que la principal característica del reino es el amor y que todos sus
ciudadanos deben caracterizarse igualmente por amarse los unos a los otros.
• Si Cristo es el amado Hijo del Padre, debe ser también el objeto de nuestra devoción y
nuestro afecto, mayormente porque nosotros somos los beneficiarios de su obra
redentora (1:14).
• Cristo es el «Hijo del amor» del Padre no sólo porque el Padre le ama (Mateo 17:5;
Lucas 3:22; Juan 3:35; 5:20), sino también porque el Hijo refleja el carácter del Padre
(Juan 17:26). Dios es amor y el Hijo también lo es. Todo el gobierno del reino se ejerce,
pues, en un ambiente de amor (Juan 16:27). La finalidad del reino es que el amor con
que me amaste esté en ellos. Nuestro traslado del dominio de las tinieblas al reino del
Hijo nos lleva de la oscuridad de una terrible carencia de amor a la luz del amor de Dios
derramado en nuestros corazones (Romanos 5:5).
• Posiblemente también se trate de una frase empleada por Pablo para contrarrestar las
doctrinas erróneas de los falsos maestros. Ellos rebajaban la suprema dignidad de
Cristo, atribuyéndole la posición de un ser angelical. Pablo reivindica su posición única
como Hijo unigénito del Padre y subraya la total identidad e intimidad que disfruta con
el Padre llamándole «amado».
LIBERADOS Y TRASLADADOS (1:13)
¿Y cómo ha llevado Dios a cabo este cambio radical en nuestra posición? En el
versículo 13, Pablo contesta a esta pregunta mediante dos verbos: el Padre nos «liberó» y
nos «trasladó». Y en el versículo 14 nos dirá cómo Dios efectuó nuestra liberación y
nuestro traslado.
En su origen etimológico, el verbo «librar» significa «acercar al lado» de alguien; y,
aunque en tiempos de Pablo había adquirido otros matices, puede que retuviera algo del
significado original en este caso: aunque estábamos lejos de Dios, él nos ha hecho
cercanos; nos ha atraído a sí mismo. Nos encontrábamos en medio de una oscuridad
impenetrable, andando a tientas intentando encontrar un camino y un destino en la vida, y
Dios nos rescató de aquella situación de miseria atrayéndonos a sí mismo, alejándonos del
peligro y colocándonos a su lado (cf. Juan 12:32). Pero, sin duda, como ya hemos dicho, el
matiz principal del verbo tiene que ver aquí con la «liberación» o el «rescate». Es decir, nos
introduce de lleno en el mundo de la esclavitud. Dios, por medio de la muerte de Cristo, ha
pagado el rescate y, así, nos ha liberado de la esclavitud de las tinieblas.
Puesto que el verbo libró está en tiempo aoristo y debe referirse a un acto definido y
completo, algunos comentaristas suponen que sólo puede aplicarse aquí a un momento
determinado (la muerte de Cristo en la cruz, o el momento de la conversión y el bautismo
de los colosenses), no a todo el proceso de su redención. Sin embargo, a veces el aoristo se
emplea precisamente para resumir una secuencia de episodios bajo un mismo epígrafe. Este
tiempo puede contemplar un conjunto de episodios como un solo acto, pero los contempla
siempre como un acto ya completado en el pasado. Así pues, es preferible en este caso
entender que Pablo utiliza el verbo liberó para resumir toda la amplitud de la obra
salvadora de Dios en Cristo: la planificación de la redención antes de la fundación del
mundo, la encarnación de Jesucristo, su muerte en la cruz, su resurrección y ascensión, el
llamamiento de los colosenses, su justificación y su regeneración por obra del Espíritu.
Todo esto pertenece a la iniciativa liberadora de Dios. Todo es necesario para que esclavos
como nosotros podamos llegar a ser hombres libres.
Y, desde luego, en todas estas acciones, la iniciativa parte de Dios, no del hombre.
Como ya hemos dicho, todo es por gracia. Todo es de Dios. Los seres humanos no
podemos jactarnos de nada. Sin embargo, esto no quiere decir que el hombre no tenga
responsabilidad. Es aleccionador comparar este texto con las frases similares empleadas por
Pablo en su discurso ante el rey Agripa, cuando cita las palabras con que fue comisionado
por Jesucristo: Te envío [al pueblo judío y a los gentiles], para que abras sus ojos a fin de
que se vuelvan de la oscuridad a la luz, y del dominio de Satanás a Dios, para que reciban,
por la fe en mí, el perdón de pecados y herencia entre los que han sido santificados
(Hechos 26:18). Aquí, como en Colosenses, están presentes las tinieblas y la luz, el
dominio de Satanás y el reino de Dios, el perdón de pecados y la herencia de los santos. La
diferencia entre los textos estriba en que, mientras que Colosenses arroja la iniciativa sobre
el Dios que libera y traslada, en Hechos destaca la responsabilidad humana de «volverse».
El hombre no puede llevar a cabo su propia liberación. Por tanto, Dios extiende su mano
para rescatarnos. Pero el hombre puede elegir entre aferrarse a la mano de Dios o darle la
espalda.
El segundo verbo, trasladó, quizás tenga como su trasfondo una práctica bien conocida
por los colosenses. En aquel entonces, cuando un rey conquistaba una ciudad enemiga,
solía llevar cautivos a los ciudadanos y trasladarlos a otro lugar. Como hemos visto, esto
mismo les había pasado a los judíos de Colosas, cuyos antepasados habían sido trasladados
a la ciudad desde Mesopotamia por Antíoco el Grande. De igual manera, Dios, habiendo
saqueado el dominio de Satanás para liberar a los cautivos, después los llevó en triunfo a su
legítimo destino: el reino de su Hijo. Pero hay una diferencia notable. Los «trasladados» de
la antigüedad solían ser ciudadanos libres llevados por el vencedor a la esclavitud. En
cambio, en nuestro caso, Dios nos ha trasladado de la esclavitud a la libertad, de la cárcel a
nuestro verdadero hogar.
Nuevamente, hemos de indicar que no se trata de un traslado físico o geográfico, sino
de un cambio espiritual. Ya no pertenecemos al dominio de las tinieblas, sino que hemos
sido hechos ciudadanos de pleno derecho en el reino de Cristo. Estamos bajo otra
jurisdicción, otro señorío.
Y notemos otra vez el tiempo aoristo del verbo. No dice que Dios nos trasladará al
reino, como si éste fuera algo celestial y futuro, sino que ya nos trasladó. Tampoco dice que
Dios está en medio del proceso de trasladarnos, como si se tratara de una lenta
transformación progresiva. Ciertamente, nuestra vivencia digna como ciudadanos del reino
de Cristo es algo que tenemos que aprender progresivamente, pero nuestra posición como
ciudadanos ya está asegurada. Nuestra ciudadanía ya está en los cielos. Ya hemos sido
trasladados por el Padre al reino de su Hijo amado.
CAPÍTULO 10
REDENCIÓN Y PERDÓN
COLOSENSES 1:14
… su Hijo amado, en quien tenemos redención: el perdón de los pecados.
SALVOS POR EL PADRE POR MEDIO DEL HIJO (1:14)
Nuestra liberación y nuestro traslado al reino de Cristo son, según Pablo, hechos
cumplidos. Dios ya los ha llevado a cabo. ¿Pero cómo lo hizo?
Si fuera cuestión de un cautiverio involuntario nuestro, Dios podría haber enviado
legiones de ángeles a rescatarnos. Si fuera cuestión de un cautiverio físico y terrenal, podría
haber enviado a Moisés y Aarón. Si fuera cuestión de guiarnos a un reino geográfico,
podría habernos enviado una columna de humo y de fuego. Pero, tratándose de una
redención espiritual y moral, Dios mismo tuvo que hacerse hombre a fin de liberarnos y
trasladarnos él mismo.
Las frases del versículo 14 podrían no ser más que un «pensamiento adicional» acerca
del Hijo amado ya mencionado en el 13. Pero es mucho más probable que constituyan para
Pablo el medio a través del cual el Padre llevó a cabo nuestra liberación y nuestro traslado.
Entendido así, el versículo 14 viene a explicar el 13: hemos sido liberados del dominio de
las tinieblas y hemos sido incorporados en el reino eterno gracias a la redención de la cruz
y al perdón de pecados obrado por Cristo.
Así pues, con estas dos pequeñas palabras, Pablo resume la metodología de la gran obra
liberadora de Dios. El Padre nos ha rescatado por medio de su amado Hijo. Es decir, para
que pudiese llevarlo a cabo, era necesario:
1. Que Dios tomara forma humana en la persona de nuestro Señor Jesucristo (1:22; 2:9).
2. Que Jesucristo muriese en la cruz. Por eso necesitó un «cuerpo de carne»: para morir
por nosotros (1:22; 2:14). Se hizo hombre con el fin expreso de ofrecerse en sacrificio
en nuestro lugar.
3. Que resucitase de entre los muertos y ascendiese a la diestra del Padre (3:1), desde
donde derrama su Espíritu sobre los que creen en él para que compartan su vida (2:12–
13) como dignos ciudadanos del reino eterno.
REDENCIÓN (1:14)
Para que pudiéramos ser liberados, tuvimos que ser redimidos. Nuestra salida del
dominio de las tinieblas sólo ha sido posible gracias a nuestra redención; es decir, el pago
de nuestro rescate.
Bajo la ley del Antiguo Testamento, en determinadas circunstancias, un reo a muerte
podía ser liberado de la pena capital mediante el pago de un rescate (Éxodo 21:30). En la
actualidad, cuando alguien es secuestrado, sus captores suelen liberarle sólo si se paga un
rescate. En el mundo antiguo, la emancipación de un esclavo exigía el pago de un rescate.
Algo de todas estas ideas está presente en nuestro versículo. La raza humana entera ha
sido secuestrada por el usurpador y necesita ser rescatada. Nuestro captor es un tirano cruel
que nos somete a severas esclavitudes de las cuales necesitamos ser liberados. Pero, puesto
que nuestra triste condición no es sólo consecuencia de una opresión involuntaria, sino
también de una rebelión culpable, somos reos de muerte cuya sentencia sólo puede ser
conmutada por el pago de un rescate adecuado.
De entre todos estos matices, el que más destaca en las Escrituras es el de la redención
de esclavos. El ser humano está bajo la esclavitud del pecado (Juan 8:34; Romanos 7:14),
de los placeres mundanos (Tito 3:3), de la voluntad del maligno (Efesios 2:2), de la
maldición acusatoria de la ley (Gálatas 3:13) y del temor a la muerte (Hebreos 2:15). No
hay absolutamente nada que puede hacer para conseguir su propia liberación. El precio de
su emancipación es demasiado alto y su amo es un opresor sin piedad que exige el precio
completo. Fuera de una intervención divina, no hay esperanza posible. Si Dios no
interviene para redimirnos, ¿quién lo hará?
Y Dios lo ha hecho en la persona de su Hijo amado. ¿Pero cuál fue el precio pagado por
él para conseguir nuestro rescate? Pablo no lo dice, al menos en este versículo tal y como
aparece en los mejores manuscritos antiguos. Algunos manuscritos tardíos rezan: en quien
tenemos redención por su sangre. Pero la frase adicional es rechazada por prácticamente la
totalidad de los traductores y comentaristas actuales y se da casi por sentado que aparece en
los manuscritos tardíos sólo por asimilación al texto paralelo de Efesios 1:7: En él tenemos
redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su
gracia. Lo importante, sin embargo, no es la presencia o ausencia de esta frase en el
presente versículo, sino, por una parte, saber que Pablo suscribía totalmente la idea de que
fue por medio de su sangre como Cristo consiguió nuestra redención, y aquí la da por
entendida (de hecho, dirá esencialmente lo mismo en el 1:20); y, por otra parte, entender
que, en este momento, el tema del apóstol no es el precio pagado, sino la liberación
alcanzada. A la pregunta: ¿a qué precio ganó Cristo nuestra salvación?, Pablo siempre
contestaba: al precio de su cruz, de su muerte, de su sangre. En eso no hacía más que seguir
la enseñanza unánime de los apóstoles y de Cristo mismo:
El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su
vida en rescate por muchos (Mateo 20:28; Marcos 10:45).
No fuisteis redimidos de vuestra vana manera de vivir … con cosas perecederas
como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin
mancha, la sangre de Cristo (1 Pedro 1:18–19).
Pero no sólo somos redimidos por la sangre de Cristo; también somos redimidos «en
él»: en quien tenemos redención. Cristo mismo es el precio pagado para nuestra redención
(cf. 1 Timoteo 2:6) y es por medio de nuestra unión con él como esta redención llega a ser
eficaz. La persona que cree en Cristo se hace uno con él. Al creer que Cristo murió en su
lugar y como su sustituto, considera que ella murió con él (3:5). Pero, habiendo muerto con
él, también ha resucitado con él: habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en
Dios (3:3). Y es esta vida de resurrección la que se ha emancipado de la esclavitud del
maligno.
Así pues, aunque éramos los pobres esclavos de un amo tirano, ahora hemos sido
comprados con precio (1 Corintios 7:23) por un nuevo amo. Éste no tiene la intención de
someternos otra vez a un pesado yugo de servidumbre, sino de concedernos auténtica
libertad (Juan 8:36; Gálatas 5:1). Su yugo es fácil (Mateo 11:29) y representa un verdadero
descanso para nuestra alma. Nos vio en condiciones pésimas de servidumbre y nos amó
tanto que derramó su sangre para adquirirnos.
PERDÓN (1:14)
Si el pago del rescate consigue nuestra liberación, el perdón de nuestros pecados es lo
que nos capacita para entrar en el reino. Jesucristo ha pagado el precio necesario para que
nadie pueda cuestionar nuestro derecho a salir del dominio de las tinieblas. Pero el mismo
pago —el derramamiento de su sangre— es el que nos limpia y justifica para que podamos
ser ciudadanos dignos en el reino eterno.
De hecho, la relación entre la redención y el perdón es muy estrecha. Lo que Dios
perdona son nuestros pecados, pero éstos son concebidos en las Escrituras como deudas
(Mateo 6:12). Para que una deuda sea condonada, el acreedor tiene que considerarla como
pagada. Así pues, tanto en el caso de la redención como en la de la remisión de pecados,
tiene que haber un pago adecuado. Y, en ambos casos, el precio pagado es la muerte de
Cristo.
Algunos autores han sugerido que la frase el perdón de los pecados fue añadida por
Pablo para contrarrestar ciertas enseñanzas de los falsos maestros. Desde luego sabemos
que en el siglo II se extendió la idea de que la salvación en Jesucristo tenía dos fases
distintas: primero, el hombre debía conocer la remisión de sus pecados por medio del
bautismo en el nombre del Jesús humano; y luego debía conocer la perfección y la plenitud
por medio de la redención llevada a cabo por el Cristo divino. Cabe la posibilidad de que
estas ideas circularan ya en tiempos apostólicos. Pablo, en ese caso, quiere enfatizar que
tanto la persona como la obra de Jesucristo es una e indivisible. La redención y la remisión
de pecados, aunque se pueden separar a efectos de estudio y análisis, son consecuencias
indivisibles de una sola obra expiatoria efectuada por una sola persona: el «Dios-hecho-
hombre», el Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo.
En todo caso, lo cierto es que la cruz de Cristo significa nuestra redención y también
nuestra justificación. Jesús murió para expiar nuestros pecados, a fin de que el Juez justo
pudiera declarar inocentes y limpias a personas culpables e inmundas. Ningún inmundo
tiene entrada en el reino de Dios. Cristo, por medio de su sacrificio, ha logrado que todo
aquel que cree en él esté limpio ante los ojos de Dios, hecho perfecto para siempre
(Hebreos 10:14). Así pues, la frase el perdón de los pecados no es una adición innecesaria,
sino una parte intrínseca del medio a través del cual el Padre nos libera y nos traslada al
reino. No hay liberación sin la redención de la cruz; no hay traslado sin la expiación de la
cruz.
Gracias a Dios, la losa de la culpa que pesaba sobre nuestra conciencia ha sido llevada
por Cristo. Él murió para llevar sobre sí el castigo de nuestro pecado. No queda ninguna
condenación para nosotros. Dios nos ve como limpios, exentos de culpa para siempre. En
Cristo, tenemos perdón.
La expresión perdón de los pecados no es frecuente en los escritos de Pablo. Sólo
aparece aquí y en Efesios 1:7. Pero la idea del perdón está constantemente presente, aunque
expresada a menudo en términos de la justificación o reconciliación. Sin salir de
Colosenses, volveremos a encontrar referencias a nuestro perdón en el 2:13–14 y en el 3:13.
Por así decirlo, la remisión (o el perdón) de pecados y la justificación son la cara y la cruz
de una misma moneda. Ambas son consecuencias de la obra expiatoria de Cristo: mediante
el perdón, es como si Dios nos quitara nuestros trapos de inmundicia; y, mediante la
justificación, nos reviste de la perfecta justicia de Cristo.
CONCLUSIONES
Así pues, el apóstol llega al final de su intercesión a favor de los colosenses. En ella ha
repasado las necesidades espirituales más importantes del creyente desde el día de su
conversión (1:9) hasta el día de entrar en su herencia (1:12). Ha tocado todas las facetas
principales de la vida de fe: la necesidad de una plena comprensión de todo lo que Dios ha
tenido a bien revelarnos acerca de su voluntad (1:9); la necesidad de una conducta
consecuente con el evangelio (1:10a); la necesidad de crecer en la comunión y el
conocimiento de Dios (1:10b); la necesidad de ser fortalecidos en el hombre interior por el
Espíritu Santo (1:11a); la necesidad de perseverar a pesar de todos los escollos del camino
(1:11b); y la necesidad de tener un espíritu agradecido a Dios por todo lo que ha hecho a
nuestro favor en Cristo (1:12). La esencia de lo que ha hecho no es nada menos que un
cambio radical en nuestra posición ante él y en nuestras expectativas de cara al futuro. A
causa de la redención de la cruz, nos ha traslado del poder de Satanás al poder de Cristo, de
las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la libertad y de la condenación al perdón.
Y es con una clara referencia a la persona y obra de Cristo, el «Hijo amado» de Dios,
como Pablo concluye su oración. A través de la muerte expiatoria de Jesucristo, Dios nos
ha perdonado y redimido (1:14) y, en consecuencia, nos ha liberado de las garras del
maligno y nos ha llevado a la jurisdicción del reino eterno (1:13). Así, el apóstol prepara el
camino para lo que será el primer gran tema de su epístola: la persona de Jesucristo y su
obra salvadora (1:15–23). Los versículos 13 y 14 llevan a su conclusión la intercesión, pero
también constituyen un breve resumen del tema de la reconciliación en Cristo que Pablo
está a punto de exponer con más detalle (1:20–23).
CAPÍTULO 11
¿QUIÉN ES JESUCRISTO?
COLOSENSES 1:15a
Él es la imagen del Dios invisible, …
LA PERSONA DE NUESTRO SALVADOR (1:15)
Llegamos ahora a uno de los textos más sublimes de la Biblia (1:15–20), texto que
resume y exalta la persona y la obra de nuestro Señor Jesucristo. La intercesión del apóstol
(1:3–14) ha llegado a su fin. Su oración ha acabado con claras referencias a Jesucristo como
el medio empleado por el Padre para llevar a cabo nuestra «capacitación» (1:12) y hacernos
aptos para vivir en el reino eterno. Mediante la redención y el perdón logrados por Cristo en
la cruz (1:14), Dios nos ha librado de la tiranía de Satanás y nos ha colocado bajo el
gobierno de su amado Hijo (1:13).
¿Pero quién, exactamente, es Jesucristo? ¿Qué lugar ocupa en la jerarquía universal? Si
esto no lo tenemos claro, nos resultará difícil comprender la naturaleza total y completa de
la salvación que es nuestra en él. Si no entendemos bien su persona, no alcanzaremos a
entender su obra. Caeremos en la misma clase de errores que los falsos maestros de
Colosas.
Sin duda, fue para contrarrestar las doctrinas de esos falsos maestros por lo que Pablo
decidió dedicar estos hermosos versículos a ensalzar la persona de Jesucristo. Es probable
que los maestros no negaran la importancia de Jesucristo. Sencillamente, le incorporaban
dentro sus propios esquemas cósmicos, concediéndole gran prestigio, pero negándole la
soberanía absoluta. Para ellos, Cristo era un señor, pero no era el Señor. Le daban
prominencia, pero no preeminencia. Pablo, pues, se ve en la necesidad de afirmar su
absoluta autoridad en todos los órdenes de la vida.
En otras palabras, ¿qué quiere decir Pablo cuando afirma que el Padre ha trasladado a
los colosenses al reino de Cristo? ¿Se encuentran ahora en una de las muchas esferas de
autoridad espiritual postuladas por los falsos maestros? ¿Necesitan ahora avanzar a otras
esferas superiores gracias a las prácticas rituales y enseñanzas esotéricas de aquéllos? De
ninguna manera. En Cristo ya han llegado a la esfera más alta: han sido hechos santos en
luz (1:12); no son ciudadanos de un pequeño territorio dominado por algún ser angelical,
sino del reino eterno del mismo Hijo de Dios (1:13). En Cristo, la salvación es completa.
Por supuesto, tienen que avanzar, crecer y profundizar en aquello que ya han recibido, pero
no hay ninguna enseñanza nueva que necesiten descubrir, ningún rito nuevo que necesiten
practicar. Son completos en Cristo. Y es así porque Cristo no es un ser inferior, sino aquel
que ostenta en todo la preeminencia.
Así pues, la comprensión de nuestra gloriosa posición ante Dios depende de nuestro
adecuado conocimiento de la voluntad de Dios en el evangelio; y nuestra comprensión del
evangelio depende de una definición correcta de la persona que ocupa el centro de su
mensaje: el Señor Jesucristo. De ahí que Pablo proceda ahora a hablar de él.
CUESTIONES ESTRUCTURALES (1:15–20)
La sección de la epístola que estamos a punto de estudiar es notable no solamente por
ser uno de los textos cristológicos más sublimes de la Biblia, sino también por su elaborada
estructura literaria. El lenguaje es intenso, exaltado, casi poético. Tanto es así que muchos
opinan que se trata no de un texto redactado por el propio Pablo, sino de un himno de la
iglesia primitiva (u otro texto litúrgico similar) incorporado por él en su carta. De hecho,
diversos autores han elaborado teorías al respecto cuya complejidad se sale del marco de un
comentario como éste.5 Pero, con todo, podemos afirmar dos cosas incuestionables: no hay
nada en este texto que Pablo no pudiera haber escrito; y, aun en el caso de haber tomado
prestado un himno compuesto por otros, el apóstol lo hace suyo. Por tanto, de una manera u
otra, tanto directa como indirectamente, hemos de reconocer que estos versículos proceden
de la pluma del apóstol.
En cuanto a la forma literaria de este texto, vemos enseguida que se compone de dos
estrofas bien diferenciadas. La primera (1:15–18a) versa mayormente sobre la
preeminencia de Cristo en la creación; la segunda (1:18b–20), sobre su preeminencia en la
redención. No sólo eso, sino que las dos estrofas siguen una misma estructura literaria, de
forma que existe un notable paralelismo entre ellas. Podemos observarlo colocando el texto
en dos columnas:
15 El cual es imagen del Dios invisible, primogénito de toda creación;
16 Pues en él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y
las invisibles, ya sean tronos o dominios o principados o potestades; todas las cosas
mediante él y para él han sido creadas;
17 Y él es antes de todas las cosas y todas las cosas en él mantienen su consistencia;
18a Y él es la cabeza del cuerpo, de la iglesia.
18b El cual es el principio, primogénito de entre los muertos, para ser en todas las cosas
el que ocupa el primer lugar;
19 Pues en él tuvo [Dios] a bien que toda la plenitud habitase;
20 Y mediante él reconciliar todas las cosas consigo, haciendo la paz mediante la sangre
de su cruz, mediante él, ya sean las cosas de sobre la tierra, ya sean las en los cielos.
Enseguida observamos varias cosas. Cada estrofa empieza con las palabras el cual es y
sigue afirmando que Cristo es el primogénito (en la primera estrofa, lo es con respecto a la
creación; en la segunda, con respecto a la redención). A continuación viene una mayor
explicación de las palabras iniciales, introducida en cada caso por las palabras pues en él.
En el resto de cada estrofa hay más divergencia, pues se trata de dos temas diferentes. Aun
así, es de observar la frecuente repetición de la frase todas las cosas (cuatro veces en la
primera estrofa; dos veces en la segunda), la mención en ambas estrofas de las cosas en los
cielos y sobre la tierra, y el hecho de que tanto la creación como la redención fueron
realizadas mediante él (1:16, 20). Es decir, aun tratándose de dos temas diferenciados,
Pablo emplea el mismo vocabulario hasta donde sea posible. Así pues, tenemos aquí un
paralelismo definido de idea y forma: la gloria de Cristo en la creación es igualada por su
majestad en la redención.
JESUCRISTO, SEÑOR DE LA CREACIÓN Y DE LA IGLESIA (1:15–20)
Antes de entrar en detalle en las frases que configuran esta sección, detengámonos un
momento para considerar algunas de las implicaciones generales de este texto. Pablo afirma
con toda contundencia que Jesucristo es el Señor incuestionable del universo y de la iglesia,
autor tanto de la creación como de la redención, cabeza tanto de la jerarquía universal
(todas las cosas que están en los cielos y sobre la tierra) como del pueblo de Dios. ¿Qué
importancia tiene todo esto?
• Significa que, a sólo treinta años después de la muerte de Jesús, la iglesia apostólica
proclamaba lo que Pedro había proclamado desde el primer día (Hechos 2:32–36): que
Jesús de Nazaret había sido exaltado a la diestra de Dios como Señor y Mesías, Rey
legítimo del universo entero y amada Cabeza de la Iglesia. A pesar de haber sufrido una
muerte vergonzosa, recibía ahora honores divinos. Y eso no porque la Iglesia,
decepcionada y desolada por la muerte de su líder, se hubiera inventado una nueva
cristología retrospectiva y hubiera dado una lectura sesgada e interesada a la triste
realidad histórica, sino porque, desde el principio, la Iglesia entendía que la persona y
obra de Jesucristo estaban en perfecta consonancia con lo que Dios había anunciado de
antemano por medio de los profetas y con lo que él mismo había proclamado y
demostrado desde el cielo.
• No es cuestión de ver en el testimonio del Nuevo Testamento una tergiversación de la
historia. Al contrario, la transfiguración, la resurrección y la ascensión de Jesús son
hechos históricos testificados por los apóstoles, hechos que demuestran que él es
verdaderamente el amado Hijo de Dios (Romanos 1:4; 1 Corintios 15:12–20; 2 Pedro
1:16–18). La cristología del Nuevo Testamento no es un parche, bienintencionado pero
equivocado, colocado por la Iglesia sobre el fracaso y las carencias del Jesús histórico,
y del cual debemos desembarazarnos si queremos ser fieles a la verdad; al contrario,
deriva directamente de los mismos hechos históricos y fue asumida desde el principio
por testigos oculares y sus seguidores. Más bien es la cristología de ciertos teólogos
contemporáneos la que no puede sostenerse a la luz de los eventos históricos: constituye
un intento, equivocado y quizás malintencionado, de disminuir la gloria del Jesús
histórico, quitarle los honores divinos que se merece y reducirle a la posición de un
líder religioso entre muchos, un hombre prominente pero no preeminente. Siguen el
mismo camino reduccionista de los gnósticos de Colosas. Contra los tales,
precisamente, se dirige el presente escrito del apóstol.
• Puesto que Jesucristo es Señor tanto del mundo material como del espiritual y tanto de
la vieja creación como de la nueva, puede poner a disposición de su reino eterno todos
los recursos del universo entero. El Buen Pastor que llama por su nombre a cada una de
sus ovejas (Juan 10:3) reconoce también y guía la estrella más lejana. No solamente
dirige el desarrollo de la iglesia, sino que lleva en sus manos las riendas de la historia
universal y las fuerzas de la naturaleza. El creyente debe saber, pues, que Jesucristo
manda no sólo en las áreas espirituales de su vida, sino en absolutamente todas las
áreas. Él es poderoso no sólo para guardarnos de cara al futuro y al más allá, sino en
medio de nuestras circunstancias presentes.
• De esto derivan otras muchas bendiciones. Puesto que Jesucristo es Señor de todo, no
hay nada que pueda separarnos de su amor (Romanos 8:35–39). Al contrario, él es
poderoso para obrar todas las cosas para nuestro bien (Romanos 8:28). No sólo es capaz
de concedernos todas las peticiones morales y espirituales mencionadas por Pablo en su
oración (1:9–14) —pleno conocimiento de la voluntad de Dios, toda sabiduría y todo
entendimiento, crecimiento en toda buena obra, toda fuerza espiritual en el hombre
interior a fin de capacitarnos para perseverar en el camino con toda paciencia—, sino
que puede concedernos también todos los recursos materiales que necesitamos a lo
largo de nuestro peregrinaje terrenal.
LA IMAGEN DEL DIOS INVISIBLE (1:15)
Así pues, en este texto, el apóstol quiere que veamos la absoluta primacía de Jesucristo
en todas las esferas de la vida y, como consecuencia, la total eficacia de la salvación que
nos proporciona. Él es Señor en los cielos y en la tierra. Él es principio y cabeza de la
creación natural y de la nueva creación.
Para comenzar su definición de la persona de Jesucristo, Pablo emplea dos frases que
nos hablan, respectivamente, de su lugar preeminente en relación con Dios y con el
universo: él es (1) la imagen del Dios invisible y (2) el primogénito de toda creación. El
apóstol elige sus palabras con sumo cuidado y total exactitud. Para entender bien a la
persona de nuestro Señor Jesucristo, necesitamos prestar mucha atención a estas frases y a
las resonancias bíblicas que contienen.
La primera de ellas —la imagen del Dios invisible (cf. 2 Corintios 4:4)—, además de
ser una frase conscientemente contradictoria (normalmente, lo invisible no tiene imagen),
nos invita a toda una serie de reflexiones:
La perfecta «imagen»
En primer lugar, parece que Pablo, al emplear estas frases, esté contestando a los
herejes en sus propios términos. Ellos decían probablemente que, si bien Jesucristo era un
mediador válido entre Dios y los hombres, sólo era uno entre muchos intermediarios; y que,
si bien reflejaba algo de la verdad y la gloria divinas, su revelación de Dios sólo era parcial.
Tanto en el mundo hebreo como en el mundo helénico, se utilizaba la palabra «imagen»
(en griego, eikón) con altas connotaciones filosóficas. El Dios trascendente, inalcanzable
por el ser humano, sólo podía ser conocido a través de su «palabra» (logos) o de su
«imagen» (eikón). Lo importante era determinar cuál era la verdadera imagen y palabra de
Dios. Sin duda, por eso mismo, Juan presenta a Jesucristo como el verdadero Logos de
Dios (Juan 1:1) y Pablo le presenta aquí como el Eikón de Dios. En diferentes escuelas de
pensamiento se debatía cuál era el medio a través del cual el ser humano podía alcanzar las
sublimes alturas de Dios: la sabiduría, la razón, la mente, la palabra … Pero todos estos
sistemas eran caminos esotéricos de especulación humana, abiertos para los intelectuales,
pero fuera del alcance de la gente común:
Es como si Pablo les dijera a los griegos: «Los últimos seiscientos años habéis
estado soñando y pensando y escribiendo acerca de la Razón, la Mente, la Palabra,
el Logos de Dios; ese Logos ha venido en Jesucristo para que le podamos ver
claramente. Vuestros sueños y vuestras filosofías se han cumplido en Jesucristo.»
En otras palabras, el «eikón» que el hombre necesita para poder ver a Dios no es un
sistema de filosofía humana. Los herejes ofrecían caminos de conocimiento teórico, pero no
conocían a Dios, porque él sólo se da a conocer en Cristo.
El primer Adán y el postrer Adán
Pero, si bien puede ser importante entender el trasfondo filosófico de nuestra frase, aún
más importante es comprender que el lenguaje de Pablo es eminentemente bíblico. Sus
palabras nos recuerdan enseguida la narración bíblica acerca de la creación del ser humano.
Según Génesis 1:27, el hombre fue creado por Dios «a imagen suya, a imagen de Dios».
Además, el texto de Génesis procede inmediatamente a hablar del señorío del hombre sobre
el mundo creado. Nuestro texto, igualmente, habla acerca de la imagen de Dios y el señorío
sobre la creación. Es difícil imaginar que Pablo no fuera consciente de esta similitud de
lenguaje. Más bien, con esta frase nos invita a reflexionar sobre dónde vemos la perfecta
imagen de Dios y el perfecto señorío sobre la naturaleza. No en Adán y sus descendientes,
sino en el postrer Adán, nuestro Señor Jesucristo. Éste, no aquel primer hombre, es la
verdadera imagen del Dios invisible, dueño y heredero de la creación.
La imagen de Dios en el primer Adán sólo era un «pequeño reflejo» de Dios aun antes
de la caída, y luego quedó distorsionada por el pecado. Era necesario que viniese un
«segundo hombre», un nuevo cabeza de raza, el postrer Adán, que llevase perfectamente
aquella imagen perdida.
A aquel primer Adán, Dios le concedió la mayordomía sobre la creación, para ejercer
un sabio dominio sobre ella (Génesis 1:28–30). Sin embargo, a partir de la caída, el
dominio humano sobre la naturaleza se desvirtuó también. En vez de cuidarla bien, el
hombre la sometió a sus intereses egocéntricos y cometió toda clase de atropello contra
ella. Hizo falta que viniera un segundo hombre para restaurar todas las cosas. El
cumplimiento perfecto de los propósitos de Dios en la creación se llevará a cabo no gracias
a Adán y sus descendientes, sino bajo el señorío de Jesucristo (Hebreos 2:5–9).
Sin embargo, no debemos pensar que Jesucristo es sólo la imagen de Dios en el mismo
sentido que lo fue Adán. Si bien es cierto que hay una notable similitud de lenguaje entre
Génesis 1 y nuestro texto, también lo es que Pablo mismo está a punto de indicar grandes
diferencias entre Adán y Cristo. Adán fue una parte de la creación; en cambio, Cristo es el
Creador (1:16). Adán empezó a existir cuando fue creado; pero el Hijo es antes de todas las
cosas (1:17) y tiene una «preexistencia». De él se puede decir: Antes que Adán naciera, yo
soy (cf. Juan 8:58). Adán fue creado conforme a la imagen de Dios (Génesis 1:27); Cristo
es aquella imagen. Si Cristo es el Creador y existía desde la eternidad, no puede ser
considerado una criatura, sino Dios mismo. En él reside toda la plenitud de la Deidad (2:9).
Y puesto que Cristo es divino, en su caso la imagen no es un pálido reflejo de la gloria de
Dios, como en el caso de Adán, sino el pleno resplandor de su gloria (Hebreos 1:3). Adán
es como la luz de la luna; Cristo, como la luz del sol.
El que hace visible al Invisible
Pero la idea más esencial de «imagen» tiene que ver con la comunicación. La imagen de
un objeto hace que el objeto sea visible y cognoscible para los demás. Sin imagen, las cosas
son invisibles.
Jesucristo no sólo es divino; es «Dios manifestado» o «Dios revelado». Por eso, Juan le
llama «el Verbo». Él es Dios comunicándose con los hombres. Pero su comunicación
consiste no sólo en palabras, sino en sus acciones y su persona. Todo él es Dios hablando.
Todo él manifiesta a Dios. Él es el Logos, la comunicación audible de Dios; pero también
es el Eikón, su comunicación visible. El Verbo de vida puede ser visto, contemplado,
palpado y oído (1 Juan 1:1–3). En todo lo que dice, hace y es, Jesucristo comunica a Dios,
le revela, le manifiesta (Juan 17:6): El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos
su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad … Nadie ha
visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, él le ha dado a
conocer (Juan 1:14, 18; cf. también Juan 1:1; 10:30, 38; 14:9). Por eso también, el autor de
la Epístola a los Hebreos puntualiza que, mientras que Dios hablaba antiguamente en los
profetas, ahora nos ha hablado en Hijo. (Hebreos 1:1–2, traducción literal). Los profetas
eran portavoces de Dios, pero Jesucristo es más que un portavoz: la omisión del artículo
sugiere que él es el mismo lenguaje de Dios. Nosotros hablamos en castellano; Dios habla
«en Hijo».
Por eso mismo (porque Jesucristo hace visible lo invisible y audible lo inaudible;
porque es el perfecto reflejo de Dios y su infalible portavoz), el autor de Hebreos sigue
llamándole el resplandor de la gloria de Dios y la expresión exacta de su naturaleza
(Hebreos 1:3). Nuevamente nos llama la atención la exactitud del lenguaje. La «gloria» de
Dios y su «naturaleza» sólo pueden ser percibidas por el ser humano de una manera lejana
y sumamente parcial, porque Dios es invisible (Juan 1:18; 1 Timoteo 1:17). Ningún hombre
le ha visto ni le puede ver (1 Timoteo 6:16). Pero, en Cristo, la gloria invisible de Dios —
aquella gloria que, si tuviéramos ojos para verla, nos fulminaría— viene a ser
maravillosamente visible.14 La conocemos en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6).
Viéndole a él, vemos la plenitud de Dios porque él es la expresión exacta de su naturaleza.
¿Dios o la imagen de Dios?
Si este texto constituye uno de los principales pasajes bíblicos que versan sobre la
divinidad de Cristo, ¿por qué no dice sencillamente «Él es Dios», en vez de «Él es la
imagen del Dios invisible»? ¿Por qué, si Jesucristo es divino, muestran los autores del
Nuevo Testamento cierta reticencia en el momento de afirmar que él es Dios? ¿Por qué
prefieren acudir a fórmulas más complejas? ¿Acaso tienen dudas al respecto?
Por supuesto que no. Lo que ocurre es que la afirmación Jesús es Dios no hace plena
justicia a la persona de nuestro Señor. Dios, por definición, es Dios, no un hombre; y Jesús
es incuestionablemente hombre. Dios es espíritu (Juan 4:24); y Jesús tenía un cuerpo. Dios
es inmortal; pero Jesús murió. Los discípulos llegaron a entender que, en presencia de
Jesús, estaban de alguna manera en presencia de Dios; pero, ante la pregunta ¿es Jesús
Dios, sí o no?, sospecho que habrían contestado: ¡Sí y no! Sí, porque sin duda alguna en él
moraba toda la plenitud de la Deidad (2:9), de manera que quien le ve a él ha visto al Padre
(Juan 14:9–11). Sí, porque él es incuestionablemente «Dios con nosotros» (Mateo 1:23).
Pero, por otro lado, ¿se puede llamar «Dios» a un ser humano? Rizando el rizo, Jesucristo
no es tanto Dios como «Dios hecho hombre», Dios encarnado o «Dios en forma de
hombre» (Filipenses 2:6–8).
Sé que las ilustraciones humanas sirven a veces para confundir más que para aclarar
conceptos y no sé si la que voy a emplear será útil o no para mis lectores, pero a mí
personalmente me ha ayudado. Se trata del cuento de hadas acerca del príncipe y la rana.
¿Lo conoces? Ya sabes: Érase una vez un príncipe apuesto y rico que tenía por delante un
futuro espléndido hasta que una malvada bruja le puso bajo un encantamiento y le
transformó en una rana grotesca. La historia sigue diciendo que la única manera de romper
el encantamiento y de que la rana volviera a convertirse en príncipe era que una hermosa
princesa le besara. No me acuerdo bien del resto del cuento, excepto que todo acabó bien,
fueron felices y comieron perdices, gracias a la afortunada intervención de una princesa
besucona.
Pero la razón de referirme a esta historia es plantear unas preguntas. Cuando el príncipe
dejó de existir en forma de hombre y se halló en forma de rana, ¿seguía siendo el príncipe?
¿Y qué porcentaje del príncipe se hallaba dentro de la rana?
En cuanto a la primera pregunta, sin duda mis lectores se dividirán en dos grupos
antagónicos. Algunos afirmarán: por supuesto, el príncipe es el príncipe aunque tenga
forma de rana. Otros contestarán indignados que una rana no es ni puede ser un príncipe.
Yo, en cambio, optaré por una decisión salomónica: Sí y no. Por un lado, el príncipe está
incuestionablemente presente en la rana, porque toda la plenitud del príncipe reside
corporalmente en ella. Pero, por otro lado, puesto que un príncipe debe ser por definición
un ser humano, quizás sea mejor no seguir hablando del «príncipe», sino del «príncipe
hecho rana».
En cuanto a la segunda pregunta, creo que está claro que todo lo que era el príncipe se
encuentra ahora en la rana. Lo que se ha encarnado en ella no es sólo una «parte» del
príncipe, sino todo él. Mientras el príncipe existía en forma de rana, dejó de existir en
forma humana.
Y aquí tenemos la gran diferencia entre el cuento de hadas y la historia de Cristo. El
príncipe no puede existir simultáneamente en dos formas diferentes como príncipe y como
rana, porque ambas existencias pertenecen a la misma esfera del tiempo y del espacio. Pero,
en el caso de Jesucristo, la situación es diferente. El tiempo y el espacio constituyen una
esfera de existencia completamente distinta de la esfera de la eternidad. De hecho, fueron
creados desde la eternidad. Ésta, pues, no está sujeta a ellos, sino que, de alguna manera
que no nos es dado entender, los trasciende. Así pues, cuando el Hijo toma forma humana,
no es que una parte de la Deidad venga a la tierra y otra quede en el cielo. Toda la plenitud
estaba en Cristo; pero, puesto que la eternidad no corre paralela al tiempo, esto no quiere
decir que el cielo quedara vacío. Se trata de dos esferas completamente diferentes.
Pongamos otra ilustración que nos ayude a entendernos. Pensemos en un autor de
novelas. Un buen día, decide introducirse él mismo como personaje en una de sus historias.
Así, escribe página tras página describiendo con mucho realismo su propia participación en
diversos episodios de la narración. Crea un personaje convincente. Los demás personajes de
la novela conviven y se relacionan con él y los lectores disfrutan del ingenio del autor.
Ahora bien, al introducirse él mismo en la novela, el autor no deja de existir en la vida real.
Y no es cuestión de decir que el autor del libro y el personaje de la novela existen
simultáneamente. Más bien existen en dos esferas diferentes de existencia.
¿Y si Dios, el creador y «autor» de este mundo, decide entrar él mismo como personaje
en el mundo y asumir la forma de una criatura? No quiere decir que tenga que «dejar de
existir» en la esfera eterna. De hecho, por definición, no puede dejar de existir.
Y ahora, después de todas estas ilustraciones, volvamos a la pregunta planteada por
nuestro texto. ¿Quién es Jesucristo? Sin duda, mientras estemos en esta vida, nunca
podremos sondear el misterio de la encarnación, y todo lo que nos atrevemos a decir al
respecto tiene la misma clase de limitación que cuando los personajes de una novela entran
en debate acerca del autor. Todo intento nuestro de explicar la naturaleza de Jesucristo
choca con nuestra ignorancia acerca de cómo es la eternidad. Somos criaturas del tiempo y
del espacio y no conocemos otro sistema de referencia.
Sólo podemos limitarnos a lo que Dios mismo nos revela en su Palabra y defenderlo de
los que se desvían a diestra o siniestra, poniendo en tela de juicio la autenticidad de la
humanidad de Jesucristo o negando la plenitud de su divinidad. En nuestras historias, el
príncipe se convirtió realmente en rana y el autor entró en su novela como verdadero
personaje. En cierto sentido, la rana no es el príncipe y un personaje no es el autor; pero, en
otro sentido, el príncipe es la rana y el personaje es el autor. Toda la plenitud del príncipe
mora en la rana y toda la personalidad del autor está en el personaje.
Y esto es lo que el apóstol desea comunicar a los colosenses. No se trata de una
emanación que sale de Dios y es distinta de él. Quien ve a Jesucristo ha visto a Dios. En él,
el Invisible se hace visible. El inmortal se hace mortal. El infinito se despoja a sí mismo
(Filipenses 2:7) a fin de poder ser conocido por seres finitos. El Dios lejano y trascendente
se nos acerca. El eterno se hace temporal. Se limita al tiempo y al espacio que él mismo ha
creado. Pero no deja de ser quien siempre ha sido y siempre será. De esta manera,
Jesucristo viene a ser la fiel imagen y representación de Dios que nos puede dar a conocer
al Desconocido y hacer ver al Invisible. Por eso, nadie viene al Padre sino por él (Juan
14:6).
Los colosenses, pues, deben abandonar cualquier otro mediador entre Dios y los
hombres. Hay un solo nombre dado a los hombres mediante el cual podemos ser salvos. Y
es así porque Jesucristo no es un mero ángel o una emanación de Dios, sino la perfecta
expresión de la Deidad. Sólo él puede restaurar en nosotros la imagen de Dios que
perdimos en la caída, porque él es la imagen de Dios y nosotros, en él, somos
transformados a aquella imagen (3:10; 2 Corintios 3:18). Sólo él puede abrirnos el camino
al verdadero conocimiento de Dios: Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al
Padre, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mateo 11:27).
CAPÍTULO 12
EL PRIMOGÉNITO DE TODA CREACIÓN
COLOSENSES 1:15b–16
… el primogénito de toda creación; porque en él fueron creadas todas las
cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles o invisibles; ya sean tronos o
dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de él y para él.
LA PRIMOGENITURA DE CRISTO (1:15)
Pablo acaba de establecer con la mayor exactitud posible quién es Jesucristo: él es la
imagen del Dios invisible. Ahora procede a explicar cuál es su posición en el universo y su
relación con el mundo creado: él es el primogénito de toda creación.
Parece que el propio apóstol era consciente de que esta última frase se presta a
diferentes interpretaciones, por lo cual la explica más ampliamente en los versículos 16 y
17 para que no haya confusión alguna en cuanto a su significado.
No obstante, todavía hay personas que interpretan la frase primogénito de toda creación
como si significara que Cristo fue el primer ser creado por Dios. A nuestro juicio, las frases
adicionales fueron añadidas por Pablo precisamente para descartar este malentendido. El
creador de todas las cosas no puede ser él mismo una criatura. Puesto que todas las cosas
fueron creadas en él (1:16), él mismo no puede ser incluido entre todas estas cosas. El que
es antes de todas las cosas (1:17) no puede estar él mismo sujeto al tiempo y al espacio
como los seres creados. Como veremos, todo el afán del apóstol es demostrar que Jesucristo
no es una mera emanación de Dios según la enseñanza gnóstica; no es ni siquiera el más
exaltado de los seres angelicales; es tan intrínsecamente divino como el Padre, tan
inextricablemente unido a él como la imagen lo es al objeto, como el resplandor lo es a la
gloria o como la palabra lo es a la persona que habla.
Entonces, ¿cómo debemos entender nuestra frase? Nuevamente, se trata de palabras
escogidas cuidadosamente por el apóstol y cuyo significado es amplio y profundo, lleno de
resonancias y de implicaciones:
Engendramiento
Notemos en primer lugar que la palabra primogénito contiene la idea de
engendramiento. Es decir, sugiere que entre Dios y Jesucristo existe una relación de
paternidad. Pablo acaba de llamar a Cristo su Hijo amado (1:13). Aunque, como ya hemos
dicho, no tenemos derecho a afirmar que el Hijo fue creado por el Padre, sí hay base bíblica
para afirmar que fue engendrado por él. ¿Y esto qué significa? No lo sabemos. O, mejor
dicho, sólo podemos entenderlo en la medida en que Dios ha tenido a bien revelárnoslo por
medio de ilustraciones humanas, ilustraciones que, naturalmente, no pueden hacer justicia a
las realidades eternas, sino que son pálidos reflejos temporales de esas realidades.
Si hablamos de «Padre e Hijo» es por al menos dos razones. En primer lugar, un hijo se
parece siempre a su padre. Son de la misma especie. Un cachorro de perro es perro. Un
cordero es oveja. Un niño es, como su padre, un ser humano. Así, el Hijo es
«consustancial» con el Padre. Tiene la misma naturaleza que él.
En segundo lugar, de alguna manera, Jesucristo «procede» de Dios como un hijo
procede de su padre. Si queremos ahondar más en este concepto, sólo podremos echar
mano a la clase de ilustración que el propio Nuevo Testamento emplea: el Hijo procede del
Padre como una imagen procede de un objeto, como la palabra expresa la mente o como el
resplandor sale de la gloria. Más allá de esto no podemos ir.
¿Y en qué momento empezó el Hijo a proceder del Padre? (Con esta pregunta no
estamos contemplando el momento de la encarnación, sino al Hijo en su relación eterna con
el Padre. Al ser engendrado por el Espíritu Santo en la virgen María, Jesucristo también
«salió» del Padre [ver Juan 16:28], pero eso es otra cosa.) No nos es dado entender estas
cuestiones, pues pertenecen a la eternidad, esfera que por definición no podemos entender.
Pero hablar de «momentos» cuando se trata de la eternidad es en sí una torpeza. Más bien
tendríamos que decir algo así como que «el Hijo es eternamente engendrado por el Padre».
Una imagen no procede de su objeto sólo en un momento determinado, sino que procede de
él continuamente.
En el caso de la paternidad humana, el padre sólo empieza a existir como padre cuando
nace su primogénito. Un padre humano, como padre, sólo es tan «viejo» como su hijo. Así
es también con Dios. Pero, por supuesto, el padre humano ya existía como ser humano,
aunque no en forma de padre, antes del nacimiento de su primogénito. Sin embargo, no
tenemos derecho a pensar que hubo un «tiempo» en el que el Padre existía a solas y que
luego vino un «momento» en que procedió de él el Hijo. Tal idea, además de no tener en
cuenta la realidad de la eternidad, carece de apoyo bíblico y tampoco hace justicia a las
ilustraciones que hemos mencionado. La imagen de un objeto empieza a existir en el
mismo instante en que empieza a existir el objeto; éste no existe con anterioridad a la
imagen. El resplandor de la gloria tiene la misma duración que la propia gloria. El Verbo
está presente cara a cara con Dios —y, de hecho, es Dios— desde el principio (Juan 1:1).
La existencia del Hijo es tan eterna como la del Padre. Es decir, siempre ha existido. No
tiene principio ni fin (Hebreos 7:3), sino que es el principio y el fin de todo lo demás (1:18;
Apocalipsis 1:8; 21:6; 22:13).
Así pues, Cristo es llamado el «primogénito» por cuanto, como Hijo, procede del Padre
y, en sentido figurado, es engendrado por él. Pero no debemos pensar tampoco que,
mediante esta palabra, Pablo quiere dar a entender que Cristo es el primero de muchos hijos
de Dios engendrados de manera similar. Es cierto que, a través de Cristo, Dios piensa llevar
muchos hijos a la gloria (Hebreos 2:10) y que éstos no son engendrados de sangre, ni de la
voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios (Juan 1:13). Pero el
«engendramiento» de Cristo es único e irrepetible. Por eso, allí donde Pablo habla del
primogénito, el apóstol Juan habla del unigénito (Juan 1:14, 18; 3:16). Dios ha engendrado
espiritualmente a muchos hijos, pero hay un solo Hijo que sea «logos y eikón» de Dios.
Si nos preguntamos, entonces, por qué Pablo utiliza la palabra primogénito, la respuesta
tiene que ver, sin duda, con otros matices importantes que esta palabra conlleva …
Hijo amado
Debemos recordar que, en el Antiguo Testamento, Israel era llamado el «primogénito»
de Dios. Cuando Moisés fue enviado por Dios a anunciar la última de las plagas, tuvo que
pronunciar la siguiente sentencia: Así dice el Señor: Israel es mi hijo, mi primogénito. Y te
he dicho: «Deja ir a mi hijo para que me sirva», pero te has negado a dejarlo ir. He aquí,
mataré a tu hijo, a tu primogénito (Éxodo 4:22–23).
Con estas palabras, Dios indica que Israel es su hijo predilecto y más favorecido, su
amado, y que tiene un puesto distintivo en sus planes y propósitos. Si Dios pudo hablar así
con referencia a Israel, ¡cuánto más con referencia a Jesucristo! No olvidemos que Pablo
acaba de llamar a Cristo exactamente eso: el Hijo amado de Dios (1:13).
Supremacía
En las Escrituras existe una estrecha relación entre la primogenitura y el derecho a
gobernar. Por eso, durante la monarquía de Israel, el heredero legítimo del trono —el que
estaba destinado a reinar— era siempre el primogénito del rey. Por eso también, cuando
Jacob le compró a Esaú la primogenitura, fue en cumplimiento de lo que Dios ya había
dicho a su madre Rebeca: El mayor servirá al menor (Génesis 25:23). También Efraín es
llamado «primogénito» (Jeremías 31:9) en cumplimiento de la bendición de Jacob (Génesis
48:20), aun cuando era el menor de los hijos gemelos de José. E, igualmente, cuando Dios
llama a su Mesías mi primogénito, añade que él será el más excelso de los reyes de la tierra
(Salmo 89:27). Ser primogénito de toda la creación es ejercer el gobierno supremo sobre
ella. En otras palabras, «primogénito» es un título mesiánico (ver Hebreos 1:6). Llamar a
Cristo el «primogénito» es exaltarlo, concederle honores supremos, reconocerlo como rey
legítimo del universo, colocarlo por encima de todo el mundo creado y establecer su
soberanía y preeminencia (1:18).
Herencia
El primogénito es siempre el principal heredero. De hecho, en el pensamiento hebreo,
primogénito es prácticamente un sinónimo de heredero y es posible que Pablo emplee aquí
la palabra con este significado. Es de observar que el texto similar de Hebreos 1:2 reza: su
Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el
universo. ¡Difícilmente podemos encontrar una mejor manera de parafrasear primogénito
de toda creación! Esta misma idea volverá a aparecer al final del versículo 16: todo ha sido
creado por medio de él y para él. El Hijo no sólo es el creador, sino también el heredero.
CRISTO, CREADOR DE TODO (1:16)
Como ya hemos dicho, los versículos 16 y 17 vienen a ser una ampliación y explicación
de la última frase del 15, redondeando el concepto del Hijo como Creador y Señor del
universo. La preeminencia de Cristo por encima de toda criatura sigue siendo el tema de
esta sección.
Y aquí, el apóstol amontona frases para dejar totalmente clara la idea de que no existe
absolutamente nada que no haya sido creado por Cristo y que no esté sometido finalmente a
su autoridad soberana. Veamos, pues, estas frases una por una:
En él fueron creadas todas tas cosas
La primera establece que el Hijo es creador de absolutamente todo. Como dice Juan:
Todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue
hecho (Juan 1:3). Tanto él como Pablo emplean a este respecto frases tan contundentes que
resultan casi redundantes. Obviamente, su afán es comunicar a sus lectores que no hay
ningún ser, por muy poderoso que sea, que se escape de la autoridad superior de Cristo.
Lo curioso de esta frase es la preposición. No dice que todas las cosas fueron creadas
por medio de él, sino en él. Por supuesto, es cierto que todo fue creado «por medio» de él, y
Pablo mismo lo dirá al final de este mismo versículo. Pero la frase en él es aún más
significativa. Cristo no sólo es el autor de la creación, sino también su sustentador y su
heredero. Todo fue creado por él y para él. Él lo gobierna y lo mantiene en pie. Él es el
agente y la meta de la creación. No sólo es aquel a quien todas las cosas deben su origen,
sino también aquel que determina su fin. Las leyes, los principios y los propósitos que
gobiernan la creación brotan de él y culminan en él. En todos los sentidos, es en relación
con Cristo como la creación tiene su existencia. Él es su punto de referencia.
Pero, sin duda, el énfasis de esta primera frase recae sobre la palabra todas. Cristo es el
creador no sólo del mundo material (como quizás hayan opinado los herejes), sino de todo
cuanto existe. Y, para que no quepa la menor duda de que todas significa todas, Pablo
elabora este concepto en las frases siguientes.
Tanto en los cielos como en la tierra
En el principio creó Dios los cielos y la tierra (Génesis 1:1) y lo hizo en Cristo.
Vayamos a donde vayamos en este universo, y aun, si fuera posible, fuera de él, nunca nos
encontraremos en un espacio no creado por Cristo (cf. Salmo 139:7–8). Estemos en el
momento en que estemos, nunca estaremos en un tiempo no creado por él. Cualesquiera
que sean los seres que habiten los cielos o en los lugares más oscuros de la tierra, todos
fueron creados por él.
Visibles o invisibles
Lo visible se refiere seguramente al mundo material y terrenal; lo invisible, al mundo
espiritual y celestial. La absoluta universalidad de la creación de Cristo se extiende al
mundo oculto de espíritus, demonios caídos y ángeles santos. Allí también, todo lo que
existe es creación de Cristo y, por tanto, está sujeto a su autoridad.
Ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades
Con lo que acaba de decir, Pablo ha dejado fuera de toda duda que Cristo es el creador
de absolutamente todo. Pero, para que nadie pretenda que, aun después de lo dicho, podría
caber alguna excepción, el apóstol menciona por nombre las diferentes jerarquías
celestiales del mundo oculto. Todas ellas, sin excepción alguna, son creación suya.
Enseguida se despierta nuestra curiosidad. Queremos saber más acerca de estas
categorías de seres invisibles. ¿Qué diferencia existe entre los tronos y los dominios o entre
los poderes y las autoridades? Las palabras empleadas son casi sinónimas. ¿Se trata de
diferentes grados de poder o de las diversas regiones en las que ejercen su influencia? ¿La
jerarquía es ascendente o descendente? Ante todo esto debemos extremar la precaución. Sin
duda, Pablo está empleando las categorías espirituales empleadas por los maestros
heréticos. No niega la existencia de estas categorías (cf. Efesios 1:21), aunque tampoco la
afirma taxativamente. Tampoco cuestiona el poder que ejercen, para bien o para mal, en la
vida de los hombres; al contrario, enseña que, en cuanto al mal, todas estas huestes están
alineadas en contra del creyente (cf. Efesios 6:12). Pero no explica las diferencias entre
estas categorías.
Se ha sugerido que los «tronos» son aquellos espíritus (es decir, los serafines y
querubines; Isaías 6:2–3; Apocalipsis 4:6) que ministran en torno al trono de Dios; que los
dominios son seres que ocupan el espacio intermedio entre los cielos y la tierra; que los
poderes (o principados) ejercen su influencia sobre países enteros (ver Daniel 10:13, 20–
21); y que las autoridades son espíritus territoriales más localizados. Todo esto resulta
interesante, pero no entra dentro de la revelación clara de la Palabra de Dios. No debe ser
tratado con desprecio, pero sí con cierta reserva.
Lo claro es que Pablo quiere que entendamos que ninguno de estos seres ocultos tiene
poder aparte de Cristo. A fin de cuentas, todos están sujetos a él porque todos son creación
suya.
Todo ha sido creado por medio de él y para él
La primera parte de esta frase viene a ser un resumen de lo visto hasta aquí. Lo
verdaderamente novedoso se encuentra en la segunda parte: y para él. Cristo no sólo es el
alfa de la creación, sino también su omega: el principio y el fin, el origen y la meta. La
creación no sólo es obra suya, sino que existe para su gloria y constituye su herencia. Aun
los poderes maléficos están bajo su control y sirven a sus propósitos eternos.
Todo lo dicho tiene grandes implicaciones para la salvación y para la vida de fe. Los
ángeles caídos quieren desviar hacia sí mismos la adoración que sólo se le debe a Dios. Con
este fin, quieren hacerse pasar por otros tantos mediadores entre Dios y los hombres. Pero,
aparte del Padre, el único que se merece nuestra adoración es Dios-hecho-hombre,
Jesucristo, y fuera de él no hay salvación posible.
En resumidas cuentas, pues, de él, por él y para él son todas las cosas; a él sea la
gloria para siempre. Amén (Romanos 11:36).
CAPÍTULO 13
EL HIJO ETERNO
COLOSENSES 1:17
Y él es antes de todas las cosas, y en él todas las cosas permanecen.
LA PREEXISTENCIA DEL HIJO (1:17)
Los seres humanos empezamos a existir cuando nacemos o, más exactamente, cuando
somos engendrados. No existe base bíblica alguna para sostener lo que afirman algunas
religiones orientales: que todos tuvimos otras existencias anteriores en otras formas y
volveremos a tener otras existencias después de morir. La Biblia repudia toda noción de
reencarnación y, en cambio, afirma que está decretado que los hombres mueran una sola
vez, y después de esto, el juicio (Hebreos 9:27). Sólo vivimos una vez.
Igualmente, Jesucristo, en cuanto ser humano, empezó a existir cuando nació de la
descendencia de David según la carne (Romanos 1:3): fue engendrado en la virgen María
por obra del Espíritu Santo y vio la luz por primera vez en un establo. Pero, ahora, Pablo
dice algo asombroso acerca de él: él mismo es antes de todas las cosas. Él, a diferencia de
los demás seres humanos, tiene existencia previa. Su «historia» no comenzó en Nazaret ni
en Belén. Se remonta a la eternidad. Es el ser más «viejo» del universo.
Naturalmente, si todo ha sido creado por medio de él (1:16), él mismo tiene que haber
existido antes de todas las cosas (1:17). La doctrina de la preexistencia de Cristo está
firmemente asentada a lo largo del Nuevo Testamento. Antes de existir «en forma de
hombre», ya existía «en forma de Dios» (Filipenses 2:6–8). Él es el alfa y la omega, el
primero y el último, el principio y el fin (Apocalipsis 22:13). Jamás hubo un tiempo en el
que él no existiera.
Y esta doctrina no fue inventada por los autores del Nuevo Testamento, sino que tiene
su origen en las profecías del Antiguo Testamento y fue afirmada por el propio Jesucristo.
Por ejemplo, ya a través del profeta Ezequiel, Dios había dicho: He aquí, yo mismo buscaré
mis ovejas y velaré por ellas … Yo apacentaré mis ovejas y las llevaré a reposar (Ezequiel
34:11–15). Es decir, a la luz del penoso pastoreo ejercido por los líderes religiosos de
Israel, Dios mismo vendrá a pastorear a su pueblo en persona. El Mesías que viene no es
otro sino el Dios que siempre ha existido, el «Dios eterno» (Isaías 9:6).
Como consecuencia, Jesucristo mismo, consciente de su propia preexistencia, pudo
afirmar: En verdad, en verdad os digo: antes que Abraham naciera, yo soy (Juan 8:58). En
su oración sacerdotal pidió al Padre: Y ahora, glorifícame tú, Padre, junto a ti, con la
gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera (Juan 17:5).
De hecho, la preexistencia de Cristo constituye una de las mayores evidencias de la
magnitud de la gracia de Dios. Si él no fuera más que un ser humano sin existencia previa,
podríamos suponer que fue creado expresamente por Dios con el fin de expiar nuestros
pecados y llevar a cabo nuestra redención; pero esto nos llevaría a cuestionar la justicia de
un juez que carga sobre una víctima inocente la culpa de otros y la condena y castiga a
causa de pecados ajenos. Pero, precisamente porque quien paga el precio es el mismo juez,
Dios eterno hecho hombre, la lógica de nuestros pobres razonamientos humanos se pierde y
se confunde. En su lugar, despierta en nosotros el asombro y la más profunda gratitud:
Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico —en su gloriosa
preexistencia—, sin embargo por amor a vosotros se hizo pobre —al encarnarse—, para
que vosotros por medio de su pobreza llegarais a ser ricos (2 Corintios 8:9).
Y, puesto que Jesucristo está «antes de todas las cosas» en el tiempo y en su
preexistencia eterna, también lo está en su preeminencia y señorío. La «prioridad» conduce
a la primacía. El que es antes de todas las cosas y creador de todo se merece la adoración de
todos aquellos que le deben a él su existencia. En realidad, los creyentes le adoramos por
dos motivos que reflejan las dos estrofas de esta sección de Colosenses: por un lado, le
rendimos adoración porque él es nuestro creador (1:15–17); por otro, porque es nuestro
redentor (1:18–20):
Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria y el honor y el poder,
porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas
(Apocalipsis 4:11).
Digno eres … porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios a
gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 5:9).
CRISTO EL SUSTENTADOR (1:17)
La última frase de esta primera estrofa del himno —y en él todas las cosas
permanecen— no es fácil de traducir e interpretar. En diferentes versiones de la Biblia, esta
frase reza: en él todas las cosas subsisten, permanecen, continúan existiendo, encuentran
su cohesión, continúan juntas, tienen su consistencia, se mantienen en orden, forman un
todo coherente, se mantienen unidas … La diversidad de traducciones se debe a que se trata
de una frase que contiene dos ideas esenciales: por un lado, la de cohesión, unidad,
propósito y razón de ser; por otro, la de permanencia, continuidad y mantenimiento.
Ya hemos hablado de Cristo como el alfa y la omega de la creación, el que le da origen
y le pone fin. ¿Pero qué pasa en el espacio intermedio entre el principio y el fin? ¿Acaso ha
puesto Cristo en marcha la creación para luego dejarla a su suerte? En absoluto. Él no es
solamente el creador que empieza todo. No sólo es quien determina los límites de su
duración. Mientras tanto, en el espacio intermedio, él es quien determina el desarrollo de
todo y quien mantiene en funcionamiento el universo.
Sin duda, la idea general de esta frase es aproximadamente la que encontramos en el
texto similar de Hebreos 1:3: el Hijo sostiene todas las cosas por la palabra de su poder. O
sea, los principios que gobiernan el universo y permiten que éste se mantenga en
funcionamiento no son unas leyes impersonales determinadas por el azar, sino que
proceden de la poderosa palabra y la suprema autoridad de nuestro Señor Jesucristo. Sin él,
todo se derrumbaría. Él es la fuerza de atracción que lo mantiene todo en unión y armonía.
¿Y con qué finalidad sostiene Cristo el universo? ¿Cuál es la meta detrás de sus
gestiones soberanas de mantenimiento? Sencillamente ésta: efectuar la reconciliación y la
unidad de todas las cosas (Efesios 1:9–10), poner fin a las enemistades y los conflictos que
son fruto del mal, deshacer las obras nocivas del diablo (1 Juan 3:8) y traer paz y armonía
en lugar de conflicto y discordia (Efesios 2:13–18).
¡Qué importante es esto! Al mirar a nuestro alrededor observamos enseguida dos cosas
casi contradictorias: por un lado, vemos que, en el mundo natural y en el mundo de los
hombres, todo parece tambalearse, degenerar, envejecer y, finalmente, morir; por otro,
vemos que el mecanismo de la naturaleza es inmensamente complejo, que todos los seres
vivimos en una intrincada interdependencia los unos de los otros y que el universo se
mantiene en pie gracias a poderosos principios de cohesión, consistencia y orden. ¿Cómo
explicar esta ambivalencia? ¿Cómo explicar que, a la vez, el universo participa de
principios destructivos y de principios conservativos? Estamos acostumbrados a reconocer
que el elemento de corrupción o de «vanidad» que vemos en la naturaleza es consecuencia
del pecado humano y de los estragos del usurpador. Sin embargo, necesitamos ver también
que más allá de la responsabilidad humana y la maldad diabólica está la soberanía de aquel
que sometió la creación a vanidad, pero que lo sometió también en esperanza (Romanos
8:20–21). Y este alguien no es otro que el que sostiene todas las cosas: nuestro Señor
Jesucristo. En este momento, su intención no es acabar con la usurpación diabólica (porque,
en cuanto acabe con ella, acabará también con todos los que están bajo el poder del diablo).
Más bien está reteniendo el día del juicio a fin de extender el día de la gracia y de la
salvación (2 Pedro 3:9). Pero, mientras tanto, no ha abandonado el universo totalmente a la
fuerza destructora de Satanás, sino que frena sus intenciones perversas (¡a fin de cuentas,
Satanás no es más que una creación suya, un títere en sus manos!; 1:16) y él mismo
garantiza el mantenimiento y la coherencia del universo.
Ésta es la razón por la que, a pesar del desorden y de las fuerzas catastróficas que se
manifiestan periódicamente en la naturaleza, podemos decir que hay unidad y propósito en
la naturaleza y en la historia; el mundo no es un caos, sino un «cosmos», es decir, un todo
armoniosamente organizado; es un universo ordenado, un «sistema». Más allá de la
superficie de la vida, caracterizada por muchos desconciertos, aflicciones y síntomas de
corrupción y degeneración, la mano del Señor sigue sujetando las riendas de la creación y
de la historia y conduciéndolo todo a su culminación, dándole a todo propósito y dirección.
Y, en medio de la aparente confusión y el definitivo propósito final del universo,
debemos colocar nuestra propia existencia y razón de ser. Podemos confiar plenamente en
el Señor que nos sostiene. Si concede dirección al mundo entero, ¿acaso no será capaz de
proporcionarnos dirección, significado y propósito a nosotros? Si él es el punto de
referencia de toda la creación y el que obra para mantener su cohesión y unidad (en
contraste con las fuerzas destructivas y disgregantes del diablo), ¿no sabrá proporcionarnos
unidad a nosotros también, reconciliándonos con Dios, con nuestro prójimo y con nosotros
mismos, forjando relaciones de amor y comunión donde antes sólo existían la suspicacia y
la rivalidad?
Es cierto que muchas cosas que pasan en el mundo dejan perplejo al creyente. No nos
es dado entender todos los detalles de la actuación soberana de nuestro Señor. Pero, con los
ojos de la fe, vemos a Jesús, coronado de gloria y honor, sosteniendo todas las cosas por su
palabra poderosa (Hebreos 2:9; 1:3).
Y así termina la primera estrofa de nuestro himno. ¡Qué maravilla! Hemos contemplado
a aquel que nació indefenso, como niño humano, como lo que realmente es desde la
eternidad: Dios hecho hombre, el Cristo soberano que, aunque empezó su existencia
humana al nacer en Belén, tuvo una «preexistencia» en forma de Dios eterno; el que no fue
creado, sino que es engendrado eternamente por él; el que dio principio al universo y es
creador y sustentador de absolutamente todo lo que existe.
Y ésta sólo ha sido la primera estrofa. Nos queda aún una segunda. Versará sobre Cristo
como principio, origen, sustento y meta final de la nueva creación. En ella contemplaremos
a Cristo como Señor de la Iglesia.
CAPÍTULO 14
CABEZA DE LA IGLESIA
COLOSENSES 1:18
Él es también la cabeza del cuerpo que es la iglesia; y él es el principio, el
primogénito de entre los muertos, a fin de que él tenga en todo la primacía.
CUERPO Y CABEZA (1:18)
Empieza la segunda estrofa del himno, la que versa sobre la relación entre Cristo y la
nueva creación. En ella, vemos a nuestro Señor no ya como el Creador que diseña, forma y
sostiene la naturaleza, sino como el Salvador que muere, resucita y vive para cuidar y
gobernar a la Iglesia. La primera estrofa estableció su preeminencia en la esfera de la
creación; la segunda la establecerá en la esfera de la redención. Procedemos, pues, del
universo natural al ámbito espiritual.
Igualmente, pasamos de contemplar al Hijo en su existencia eterna a «él mismo» en su
existencia terrenal y su actual exaltación. La obra de la creación nos lleva lógicamente a
contemplarlo antes de la fundación del mundo, pero la obra de la redención nos invita a
contemplarlo como el humilde Dios-hecho-hombre, nuestro Señor Jesucristo, ahora
exaltado en gloria.
Referirse a Cristo como cabeza de la Iglesia parece ser una novedad en las epístolas de
Pablo. En cartas anteriores, el apóstol había hablado de la Iglesia como «cuerpo de Cristo»
(ver, por ejemplo, Romanos 12:5; 1 Corintios 12:12–31), pero es ahora cuando describe a
Cristo como «cabeza del cuerpo». Hasta aquí, Pablo había empleado la metáfora del cuerpo
para describir la interdependencia, el sentido de responsabilidad mutua, la maravillosa
diversidad y el armonioso funcionamiento de los miembros de la Iglesia. Ahora la emplea
para señalar la supremacía de Cristo.
Vivimos en una generación que no soporta el concepto de autoridad y sumisión. Nadie
debe someterse a nadie. Todos debemos hacer prevalecer nuestros propios criterios y
derechos. En la familia, el marido no se considera ya la cabeza. Si acaso, los dos cónyuges
lo son en partes iguales. Y, puesto que es políticamente incorrecto sugerir que una esposa
debe someterse a su marido —al menos, es incorrecto sugerir que debe someterse a él más
que él a ella— y, puesto que el Nuevo Testamento emplea la metáfora de la cabeza para
describir al marido (Efesios 5:23–24; 1 Corintios 11:3), se pretende decirnos que la idea de
«cabeza» no tiene nada que ver con autoridad o señorío. El marido sólo es cabeza de su
esposa en el sentido de que debe asumir responsabilidad por ella y velar por su bienestar,
pero no en el sentido de tener derecho a mandar, tomar decisiones o ejercer autoridad en la
familia.
Pero es de observar que, tanto en Efesios como en Corintios, el apóstol «mezcla» su
enseñanza acerca del marido como cabeza de su esposa con enseñanzas acerca de Cristo
como cabeza de la Iglesia, por lo cual es altamente sospechosa cualquier interpretación que
haga que los dos sean «cabezas» en sentidos distintos. Lo que vale para el uno tiene que
valer también para el otro. Si el marido no tiene autoridad en su matrimonio, tampoco
Cristo la tiene en la Iglesia. Si la esposa no debe someterse a su marido, tampoco la Iglesia
necesita someterse a Cristo.
¿En qué sentidos, pues, es Cristo cabeza de la Iglesia?
Incuestionablemente, a esta pregunta tenemos que contestar tanto en el sentido de que
Cristo asume responsabilidad por ella como en el sentido de que ejerce autoridad sobre ella.
No es cuestión de elegir entre estas dos opciones, sino de dar espacio a ambas. Forman las
dos caras de una misma moneda. De hecho, en las Escrituras, la autoridad siempre debe ir
acompañada por un sentido de responsabilidad, y la responsabilidad bien asumida da lugar
a la autoridad. La autoridad ejercida sin amor es una tiranía. Nadie tiene derecho a ejercer
autoridad en nombre de Dios si no ama y cuida sacrificadamente a los que están bajo su
señorío. Bien entendidos, el cuidado y el gobierno son inseparables.
Pablo mismo indicará a continuación algunos de los sentidos en que Cristo es cabeza de
la Iglesia y, aunque tendremos posteriormente ocasión de verlos en más detalle, podemos
anticipar ahora que Cristo es cabeza por cuanto:
• Él da origen a la Iglesia. Él es el «principio» (1:18). No sólo ha creado el universo;
también la nueva creación le debe a él su existencia. Él la sustenta, la alimenta y le da el
crecimiento (ver 2:19; Efesios 4:15–16). Los miembros comparten la misma vida de la
cabeza.
• Él es el primogénito y, por lo tanto, tiene la preeminencia. La prioridad conduce a la
primacía (1:18).
• De la misma manera que no sólo es creador de la naturaleza, sino también su
sustentador, asimismo sostiene y cuida la nueva creación. Es cabeza de la Iglesia por
cuanto la sustenta y la cuida. Si nos duele un dedo o una muela, nuestra cabeza es la que
recibe la información y toma las medidas necesarias para aliviar el dolor. La cabeza
vela constantemente por los intereses y el bienestar del cuerpo. Así es Cristo con la
Iglesia.
• Y, por todas las razones anteriores, Cristo también es cabeza de la Iglesia en el sentido
de ser su Señor y ejercer autoridad sobre ella. Dios le ha dado a Cristo autoridad y
señorío sobre todas las cosas (Efesios 1:20–22a) y, concretamente, lo dio por cabeza
sobre todas las cosas a la iglesia (Efesios 1:22b). Esto de «todas las cosas» significa
que Cristo manda en todo momento y en todos los asuntos de la Iglesia. Difícilmente
puedes cuidar bien a alguien si no puedes ejercer autoridad sobre él. Diagnosticarás un
problema, pero serás impotente para solucionarlo si él no acata tu autoridad. Cristo es
Rey y gobierna con autoridad absoluta en su reino (1:13), tanto sobre la creación como
sobre la Iglesia, precisamente porque es su origen, primogénito y sustentador; es decir,
porque las ama. Consciente de este amor, la Iglesia se somete gozosamente a su
autoridad.
Nosotros, pues, como miembros del cuerpo de Cristo, la Iglesia, ¿cómo debemos
relacionarnos con nuestra cabeza? Como una esposa con su marido, correspondiendo con
amor a su amor y correspondiendo con sumisión a su cuidado, abnegación y entrega. Le
tenemos por nuestro rey y acatamos su señorío como respuesta voluntaria a lo que hemos
visto en él: nos ha puesto en alto como su «gloria», nos ha tratado como su tesoro especial,
nos ha amado hasta sacrificarse por nosotros y ahora vela por nuestro bienestar y nos cuida.
Por tanto hacemos nuestras las palabras de los ancianos: El Cordero que fue inmolado
digno es de recibir el poder … Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea … el
dominio por los siglos de los siglos (Apocalipsis 5:12–13). Puesto que él es la cabeza que
nos ama y nos cuida, reconocemos en él a la cabeza que tiene el derecho incuestionable de
gobernarnos.
Para que el cuerpo pueda funcionar de una manera armoniosa en la que todos los
miembros participen en unidad y colaboren en interdependencia, tiene que haber un solo
centro de mando. Y todos los miembros tienen que estar sujetos a ese mando. De otra
manera, el cuerpo sería un caos, sin alimentación adecuada, sin dirección y sin rumbo.
Antes de dejar esta primera idea —que Cristo es cabeza del cuerpo—, conviene decir
alguna palabra acerca del cuerpo. Porque, si bien el énfasis de Pablo no recae aquí sobre la
naturaleza de la Iglesia, sino sobre el Señor de la Iglesia, el solo uso de la metáfora del
cuerpo nos invita a ciertas reflexiones. Evidentemente, como acabamos de ver, el cuerpo no
puede funcionar si no está conectado a la cabeza y sometido a ella. Pero, igualmente, la
cabeza no está completa sin el cuerpo. Pablo está a punto de hablar de la completa
«plenitud» de Cristo (1:19; 2:9). En cierto sentido, pues, Cristo como Hijo de Dios es
completo en sí. Pero, porque ama a la Iglesia, es como si no estuviera completo sin ella. Por
eso, Pablo dirá en Efesios 1:23 que la Iglesia es la «plenitud» de Cristo, la plenitud de
aquel que lo llena todo en todo. ¡Hermosa paradoja! La Iglesia no existiría si Cristo no la
creara y llenara; pero, precisamente porque ella está llena de Cristo, constituye la plenitud
de Cristo.
Y la Iglesia como plenitud de Cristo comporta otras ideas también. De la misma manera
que una cabeza no puede actuar sin cuerpo, así Cristo tiene a bien utilizar a la Iglesia para
llevar a cabo sus propósitos salvadores en el mundo. La cabeza manda y ella actúa
siguiendo sus directrices. Cuando la cabeza ejerce una autoridad legítima acompañada por
un amor entrañable e incondicional, y cuando el cuerpo obedece gozosamente las
instrucciones de la cabeza, entonces hay testimonio eficaz y extensión poderosa del
evangelio.
CRISTO, EL PRINCIPIO (1:18)
Pablo ya ha establecido que Cristo es el «principio» de la creación natural, hacedor de
todo y «antes de todas las cosas» (1:15–17). Si vuelve ahora a insistir en que Cristo es «el
principio», es probable que emplee la palabra con otro matiz diferente, contemplando a
Cristo no como origen de la creación, sino como origen de la nueva creación.
Cristo es el «principio» de la nueva creación en al menos dos sentidos, según el uso
habitual de la palabra griega empleada por el apóstol. Ésta puede significar «el primero de
una serie de cosas»; o puede significar la fuente de la que la serie procede. Es decir, los dos
matices de esta palabra corresponden a la frase anterior y a la que sigue: Cristo es el
principio por cuanto es la cabeza que da origen a la Iglesia (1:18a) y por cuanto es el
primogénito, el primero de una serie de hermanos (1:18c). Por un lado, Cristo es la fuente
de poder y vida que lleva a cabo la nueva creación; y, por otro, es anterior a ella como lo
fue también a la creación natural.
Como acabamos de ver, el concepto de Cristo como cabeza de la Iglesia incluye la idea
de que él le dio origen: como el cuerpo no puede existir sin la cabeza, así tampoco la Iglesia
tendría existencia si no fuera por Cristo. Él es fundador y creador de la Iglesia. No sólo
diseñó la creación natural, sino que también trazó desde la eternidad el plan por el cual la
creación caída sería redimida. Pablo acaba de hablarnos implícitamente de la obra
salvadora de Cristo al describir cómo el Padre nos ha rescatado del dominio de las tinieblas
y nos ha trasladado al reino del Hijo (1:12–13); y está a punto de hablarnos explícitamente
de la obra redentora de la cruz, mediante la cual la Iglesia es salvada y constituida como
pueblo de Dios. Muriendo en la cruz, Cristo nos compró con su sangre, nos reconcilió con
Dios y nos hizo una familia nueva (1:20–22). Él es quien da origen a la Iglesia por su obra
salvadora.
Pero también es el «principio» por cuanto él mismo es el primer miembro —por así
decirlo, el miembro fundador— de la Iglesia. La Iglesia constituye una nueva humanidad
compuesta por personas «resucitadas», de las cuales Cristo es la primera, el primogénito.
Vimos, en torno a la relación entre Cristo y la creación, que su primada es doble: él es
preeminente tanto a causa de su obra soberana como a causa de su prioridad temporal; es el
primero porque es el creador y porque existe antes de todas las cosas. Ahora vemos que lo
mismo es cierto de su relación con la nueva creación. Él es el primero tanto porque es el
creador de la Iglesia como porque antecede temporalmente a todos los demás creyentes en
su resurrección.
El Nuevo Testamento emplea diversas metáforas para expresar esta doble primaría de
Cristo. Pienso, por ejemplo, en la metáfora de la «piedra angular». Pablo mismo la
empleará en el texto paralelo de Efesios (ver Efesios 2:20–22; cf. 1 Corintios 3:10–11; 1
Pedro 2:4–8). La piedra angular es el «principio» de un edificio, tanto porque es la primera
piedra que se coloca, como porque sirve de «origen» a las demás piedras. Éstas dependen
de ella y son colocadas en relación con ella.
Sin embargo, aquí Pablo elige otra metáfora. No describe a la Iglesia como un edificio
del cual Cristo es la piedra angular. Tampoco sigue hablando de la Iglesia como cuerpo del
cual Cristo es la cabeza. Cambia la imagen y contempla a la Iglesia como una familia en la
cual Cristo es el hermano mayor, el primogénito. Elige esta metáfora, por supuesto, a fin de
mantener el paralelismo con respecto a la primera estrofa del himno (1:15–17), en la cual
ha llamado a Cristo «el primogénito de toda creación».
EL PRIMOGÉNITO DE ENTRE LOS MUERTOS (1:18)
Ahora Pablo nos dice que es también el primogénito de entre los muertos (cf.
Apocalipsis 1:5). Como «Hijo eterno», antecede al mundo creado, porque es creador suyo y
ocupa en él el lugar preeminente como hermano mayor y heredero; como «Jesucristo
hombre», antecede al mundo regenerado, porque es redentor suyo y ocupa en él el lugar
preeminente como hermano mayor y heredero.
Jesús es el primer hombre que ha resucitado de verdad; es decir, el primero en resucitar
para nunca más morir. Es cierto que hubo otras resurrecciones en tiempos de los profetas y
durante el ministerio terrenal del propio Jesús; pero aquellos resucitados sólo volvieron a
esta vida transitoria y mortal y, después de un tiempo, volvieron a morir. En cambio, Jesús
resucita a una vida eterna e inmortal: Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, no
volverá a morir; ya la muerte no tiene dominio sobre él (Romanos 6:9). Él es el primero en
resucitar con cuerpo glorificado (1 Corintios 15:42–49).
Pero su resurrección no sólo tiene grandes implicaciones para él mismo (él vence la
muerte y queda vindicado por Dios en cuanto a su propia integridad y en cuanto a sus
pretensiones mesiánicas), sino que aporta inmensos beneficios para la humanidad redimida.
Lo grande de la palabra primogénito, empleada en el contexto de la relación de Jesucristo
con la Iglesia, es que da a entender que, puesto que Cristo es el principio de una nueva
humanidad, habrá otros muchos que lo seguirán desde la muerte a la vida eterna. Dios tiene
la intención de llevar muchos hijos a la gloria (Hebreos 2:10), hijos de Dios y hermanos del
primogénito. Además, si él es el primogénito de entre los muertos, el texto da a entender
que su resurrección es el anticipo, el modelo y la garantía de la nuestra. Mediante su pasión
y resurrección, Jesús no sólo ha ganado una victoria personal sobre el reino de la muerte,
sino que la ha ganado en beneficio de todos los que creen en él. Ciertamente venció a la
muerte en sí, pero también lo hizo por nosotros (2 Timoteo 1:10). Como consecuencia, no
sólo es el primogénito de entre los muertos, sino también el primogénito entre muchos
hermanos (Romanos 8:29). Siendo él las primicias de entre los muertos, hay buena
esperanza de una gran cosecha en el gran día de la resurrección. Habiendo vencido a la
muerte, tiene en sus manos las llaves del Hades y ostenta autoridad sobre la vida y la
muerte (Juan 5:24–29; Hebreos 2:14–15; Apocalipsis 1:18). Él forja el camino para los que
creen en él. Les abre la puerta de la vida. Es autor de su salvación.
Cristo resucita no con independencia de nosotros, sino como cabeza de una nueva
humanidad. Resucita como el segundo hombre, el postrer Adán. En Adán, todos morimos;
en Cristo, resucitamos. Nosotros, pues, tenemos una firme esperanza de resurrección
gracias a la resurrección de Jesús (cf. 1 Pedro 1:3). De hecho, como ya hemos sugerido,
nuestra esperanza es doble. Ya en esta vida, el creyente saborea las primicias de la vida
resucitada, por cuanto conoce la nueva vida abundante por la obra regeneradora del
Espíritu. Se ha vestido del hombre nuevo y ahora se encuentra en medio de un proceso
constante de crecimiento y renovación (3:10). Por eso, Pablo se dirige a los colosenses
como personas ya resucitadas (3:1–4). Pero, a la vez, el creyente tiene la firme esperanza de
resucitar a vida eterna en el día final. Y la firmeza de esta esperanza descansa sobre el
hecho histórico de la resurrección del primogénito, el precursor Jesucristo. Los cristianos
ya, en esta vida, hemos nacido a una vida nueva por obra del Espíritu de Cristo y, gracias a
la resurrección de Cristo, tenemos la firme esperanza de cara al futuro de no morir
eternamente, sino ser resucitados en el día final (Juan 6:47–51; 11:24–26):
Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que
durmieron. Porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre
vino la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren,
también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden:
Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo en su venida (1 Corintios 15:20–
23).
Porque él, el forjador de la nueva creación, vive, nosotros también vivimos y viviremos
(Juan 14:19). Él es el primogénito de entre los muertos y las primicias de la resurrección
por cuanto su resurrección es el comienzo, principio o causa de la gloriosa resurrección
física de la cual gozarán los suyos.
CRISTO, EL PREEMINENTE (1:18)
Todo lo que hemos visto hasta aquí conduce directamente a la idea contenida en la
última frase del versículo: a fin de que él tenga en todo la primacía.
No es que Jesucristo se haya sometido a la dura experiencia de la encarnación, muerte y
resurrección con la sola intención de exaltarse a sí mismo. Al contrario, quiso humillarse
hasta lo sumo por amor a nosotros. Su actuación, lejos de ser interesada y egocéntrica,
constituye el máximo ejemplo de abnegación y de renuncia a intereses personales. Por
tanto, no es que él mismo haya buscado tener en todo la primacía, sino que le ha placido al
Padre concedérsela (como veremos enseguida en el 1:19).
Sin embargo, una de las marcas del auténtico creyente es que su voluntad se identifica
plenamente en eso con la voluntad del Padre y desea de corazón que Jesucristo tenga en
todo la preeminenda. Reconocemos que Jesús se la merece a causa de quién es: el Hijo
eterno, creador de todas las cosas, punto de referencia, sustentador y meta del universo
(1:15–17). Pero, asimismo, confesamos que se la merece aún más a causa de lo que ha
hecho: quiso tomar forma humana, conocer en persona nuestra miseria, sufrir los atropellos
de un mundo incrédulo y rebelde y morir en sacrificio expiatorio con la finalidad de
rescatarnos de la tiranía de Satanás y liberarnos de un negro futuro de perdición.
Así pues, celebremos la suprema autoridad de Cristo y aclamemos el nombre que es
sobre todo nombre (Filipenses 2:9). Los ángeles pueden deslumbrarnos y los demonios
aterrarnos. Pero ninguno es remotamente comparable con nuestro Señor, el primogénito, el
principio y el preeminente. Verdaderamente, Cristo es todo (3:11).
CAPÍTULO 15
LA PLENITUD DE CRISTO
COLOSENSES 1:19
Porque agradó al Padre que en él habitara toda la plenitud.
EL BENEPLÁCITO DEL PADRE (1:19)
Pablo acaba de establecer la completa preeminencia de Cristo: Él es Señor de la
creación (1:15–17) y cabeza de la Iglesia (1:18). En cuanto a su señorío sobre la creación,
es obvio que él lo ejerce porque es el creador de todo (1:16); ¿pero por qué se le ha
concedido el ser cabeza de la Iglesia? La palabra porque indica que Pablo va a exponer las
razones por las que Cristo ostenta esta primaría. Esencialmente son dos: en primer lugar,
porque ésta es la voluntad del Padre; en segundo lugar, porque Cristo ha sido el
instrumento de nuestra reconciliación con Dios. O sea, sin él la Iglesia no existiría.
Sin embargo, al hablar de «la voluntad del Padre», estamos dando por sentada cierta
interpretación del versículo 19. Literalmente, el texto reza: Porque en él tuvo a bien toda la
plenitud habitase. No está del todo claro quién es el sujeto de la frase. Por ello, algunos
comentaristas defienden la idea de que el sujeto del verbo es la misma plenitud: Porque la
plenitud tuvo a bien habitar en él, en cuyo caso tenemos que suponer que el apóstol
personaliza la plenitud. La principal objeción a esta lectura es que el sujeto de tener a bien
tiene que ser también el sujeto del verbo reconciliar en la frase siguiente, y es difícil
entender que la «plenitud» quisiera «reconciliar consigo todas las cosas». Es bastante
evidente que el sujeto de reconciliar ha de ser el Padre y que, por tanto, aunque no
mencionado explícitamente, éste es también el sujeto de tuvo a bien. No es ni mucho menos
la única ocasión en la que el apóstol supone que sus lectores son capaces de derivar del
contexto el sujeto correcto. Suponemos, pues, que Pablo se refiere a la buena voluntad del
Padre.
Vez tras vez, las Escrituras nos hablan del agrado del Padre en torno a nuestro Señor
Jesucristo. Enseguida pensamos en la voz del cielo: Éste es mi Hijo amado en quien me he
complacido (Mateo 3:17; 17:5). O en ciertas referencias de Jesucristo acerca de su relación
con el Padre: Siempre hago lo que le agrada (Juan 8:29). O en ciertos comentarios
apostólicos: Ni aun Cristo se agradó a sí mismo (Romanos 15:3). El placer del Hijo fue
poner por obra la voluntad del Padre. Como consecuencia, el placer del Padre fue exaltar al
Hijo a lo sumo (Filipenses 2:9), concederle la preeminencia en todo y hacer que morara en
él toda plenitud. Nuevamente, es probable que Pablo esté pensando aquí en las ideas de los
herejes, los cuales habrán creído y enseñado que la «plenitud» había de ser repartida entre
Cristo y otros seres angelicales. No —dice el apóstol—; la gloria del Hijo, como la del
Padre, no puede ser compartida con nadie. Toda plenitud reside en él, y sólo en él. Y es así
porque ésta es la voluntad y el beneplácito del Padre. La posición única de Jesucristo como
Señor del universo y de la Iglesia se debe a que él es el amado Hijo en quien el Padre se
complace.
Si, pues, entendemos que el Padre es el sujeto del verbo, cabe preguntar en qué
momento le agradó que en Cristo habitara toda plenitud. Aquí hay dos posibles respuestas
(pero insuficientes indicios en el texto como para saber en cuál de ellas está pensando el
apóstol). Por un lado, si Pablo sigue contemplando al Hijo eterno, debemos entender que la
complacencia del Padre es igualmente eterna: nunca ha habido ningún momento en que al
Padre no le haya agradado que el Hijo tenga esta plenitud. Por otro lado, si está
contemplando al Hijo hecho hombre, es posible que se refiera al momento de la ascensión y
exaltación del Cristo resucitado. Y, desde luego, es probable que lo contemple así, pues en
esta segunda estrofa del himno acabamos de ver a Cristo en su humanidad como el
primogénito de entre los muertos (1:18) y estamos a punto de verle derramando su sangre
para hacer las paces con Dios. Desde esta perspectiva, cuando el Hijo de Dios entró en
forma humana en el tiempo y en el espacio, lejos de aferrarse a su plenitud eterna, se
despojó a sí mismo (Filipenses 2:6–7). Se vació a sí mismo al dejar de lado
voluntariamente el uso de aquellas prerrogativas divinas que, de haberse servido de ellas,
habrían atentado contra su perfecta humanidad. En cambio, al ascender a los cielos, fue
exaltado por el Padre hasta lo sumo y recibió un nombre que es sobre todo nombre
(Filipenses 2:9). Se le otorgó toda autoridad (Mateo 28:18). Se le confirió toda plenitud.
Pero, ya se contemple desde la perspectiva de la eternidad o desde la del tiempo, la primera
razón por la que el Hijo goza de toda plenitud es porque así lo desea el Padre.
TODA PLENITUD (1:19)
¿A qué se refiere Pablo cuando habla de toda plenitud? Probablemente se trate de una
expresión empleada por los falsos maestros y se refiera al conjunto de atributos semi-
divinos ostentados por los seres angelicales. En el contexto inmediato es evidente que debe
incluir la «primacía» que Pablo acaba de mencionar, la supremacía de Cristo en la creación
y en la redención. Él es Señor absoluto del universo y de la Iglesia. Tiene «plenitud» de
derechos sobre ellos.
Pero, sin duda, el apóstol contempla también algunos aspectos de la plenitud de Cristo
que sólo se harán explícitos más adelante: en quien están escondidos todos los tesoros de la
sabiduría y del conocimiento (2:3); porque toda la plenitud de la Deidad reside
corporalmente en él (2:9). En otras palabras, aquí el apóstol contempla no sólo el señorío
de Cristo, sino también su plena divinidad y su absoluta suficiencia salvadora, la plenitud
de la esencia y gloria divinas, consideradas como la fuente de interminables bendiciones
para los creyentes. No es que Cristo tenga sólo una medida excepcional del Espíritu de
Dios, como si fuera un profeta mayor; no es que tenga algunos poderes sobrenaturales,
como los otros seres cósmicos postulados por los falsos maestros; sino que toda la plenitud
de los atributos divinos tiene su morada en él.
Esta enseñanza, por supuesto, se verá como eminentemente práctica en el resto de la
epístola. Pablo no sólo quiere corregir una cristología defectuosa, sino que sabe que, si
nuestro concepto de Cristo no es adecuado, no sabremos acudir a él como única fuente de
salvación y santificación. En cambio, si llegamos a comprender que en él mora toda
plenitud, también comprenderemos que somos completos en él (2:10) y que fuera de él no
hay esperanza de plena salvación. Cristo es como un estanque lleno a tope cuyas aguas
nunca se agotan, ni siquiera disminuyen. Tienen reservas insondables de gracia, de amor,
de poder, de sabiduría, de creatividad, de conocimiento … Cualquiera que sea la virtud o el
atributo, Cristo lo tiene en plenitud. De él podemos beber constantemente y con él podemos
encontrar siempre todos aquellos recursos que satisfacen perfectamente nuestras
necesidades.
CAPÍTULO 16
LA OBRA RECONCILIADORA DE CRISTO
COLOSENSES 1:20
… y por medio de él reconciliar todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz
por medio de la sangre de su cruz, por medio de él, repito, ya sean las que están en
la tierra o las que están en los cielos.
LA RECONCILIACIÓN (1:20)
Acabamos de ver que la primera razón por la que Cristo tiene la primacía es porque al
Padre le complace que sea así (1:19). Ahora, la segunda razón es porque fue a través de
Jesucristo como el Padre llevó a cabo nuestra reconciliación consigo (1:20). Cristo murió
para que pudiéramos tener paz con Dios.
Esta segunda razón debe conmovernos profundamente. ¿Estamos de acuerdo con que
Jesucristo tenga en todo la primacía? Como creyentes, afirmamos que sí. ¿Por qué? ¿Por
qué consideramos que él es digno de tanta exaltación? Que contesten los ancianos: Digno
eres … porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda
tribu, lengua, pueblo y nación … El Cordero que fue inmolado digno es de recibir el poder,
las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza (Apocalipsis 5:9,
12). Cristo es digno de tener en todo la primacía porque es el Redentor de todo.
Nuestro Dios es un Dios de paz y reconciliación. Es cierto que respeta nuestra libertad
humana y no nos obliga a reconciliarnos con él. Como consecuencia, también es cierto que,
finalmente, hará la guerra contra sus enemigos y castigará a todos los que persisten en su
rebeldía contra él. Pero, en principio, lo que desea no es nuestra destrucción, sino nuestra
salvación y reconciliación (2 Pedro 3:9). Quiere hacer las paces con nosotros, ofrecernos
amnistía y reconciliarnos consigo.
Bien entendido, este deseo de Dios es asombroso. A causa de nuestro pecado,
contravenimos continuamente su ley y su voluntad. A causa de nuestro egocentrismo,
atentamos contra sus derechos legítimos como Dios y creador. Nos alzamos como rebeldes
impertinentes, negando su señorío y proclamando neciamente nuestra autonomía. Lo lógico
y lo justo sería que nos fulminara. Pero, en vez de eso, nos tiende la mano en señal de
reconciliación.
¡Qué grande es esto! El Dios eterno quiere reconciliarse con mortales desagradecidos y
desgraciados como nosotros. El Dios de ira, juez del universo, desea mostrar misericordia a
sus enemigos, rebeldes y arrogantes. El Dios santo quiere atraer a sí a pecadores inmundos
e ingratos. Todo el día extiende sus manos a un pueblo rebelde y recalcitrante (Isaías 65:2;
Romanos 10:21).
Notemos bien la frase exacta: reconciliar todas las cosas consigo. No dice:
reconciliarse con todas las cosas. La implicación es que la pared de separación que existe
entre nosotros y Dios está allí por culpa nuestra, no por culpa suya. Dios no se ha alejado de
nosotros, sino nosotros de él. Dios no ha abandonado sus obligaciones, sino nosotros las
nuestras. Se supone que quienes tenemos que hacer reparaciones y arreglar la situación
somos nosotros, no Dios. Sin embargo, en un gesto de asombrosa gracia, él es quien toma
la iniciativa reconciliadora, no nosotros (cf. 2 Corintios 5:19).
Esto mismo queda patente también cuando observamos el tiempo de los verbos que
Pablo emplea. Tanto el infinitivo (reconciliar) como el siguiente participio (habiendo
hecho la paz) están en tiempo aoristo, indicando una acción ya completada. No es sólo que
Dios desea llevar a cabo una obra reconciliadora con nosotros en el presente o de cara al
futuro, sino que ya lo ha hecho en Cristo. Y lo hizo cuando aún éramos enemigos suyos:
Cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo
(Romanos 5:10; 8:7; Colosenses 1:21). No esperó hasta que izáramos la bandera blanca de
nuestra rendición incondicional. No actuó sólo en respuesta a nuestra solicitud de paz. De
hecho, no esperó ninguna iniciativa nuestra, sino que hizo todo lo necesario para nuestra
reconciliación aun antes de que nosotros diéramos señales de desearla.
Sin embargo, veremos claramente en lo sucesivo que, aunque la obra sobre la cual
descansa nuestra reconciliación está ya cumplida y completa, sus efectos y ramificaciones
sólo se ven ahora en parte. El proceso de la reconciliación sigue avanzando y no será
completo antes del retorno de Cristo.
¿Y cómo consiguió nuestra reconciliación? Enviando al Hijo para que éste hiciera la
paz por medio de la sangre de su cruz. Así pues, la gran obra mediante la cual el Padre nos
reconcilió consigo fue llevada a cabo por Jesucristo. Nos reconcilió por medio de él. Todo
el propósito de la encarnación y de la redención fue remediar la situación de hostilidad y
franquear el abismo que nos separaba de Dios. Cristo se encargó de eliminar todas las
barreras que existían en el mundo de los hombres y en el mundo de la creación, toda forma
de alienación y aislamiento, todo conflicto y enemistad.
No solamente nos reconcilió a los que creemos en él. Pablo dice aquí que, por medio de
Cristo, el Padre reconcilió consigo todas las cosas. Y, por si acaso no nos damos cuenta de
la inmensidad de esta afirmación, el apóstol insiste en ella en la última frase de este
versículo, como veremos en un momento.
Digamos por ahora que estas frases se corresponden con lo que vimos en el versículo
16: mediante la acción creadora de Cristo, todas las cosas fueron hechas por él, tanto en los
cielos como en la tierra; ahora aprendemos que, mediante la acción redentora de Cristo,
todas las cosas fueron reconciliadas y restauradas por él, ya sean las que están en la tierra o
las que están en los cielos. En ambos casos, la frase todas las cosas debe tener el mismo
significado: la obra reconciliadora de Cristo tiene efectos tan universales como su obra
creadora.
PAZ CON DIOS (1:20)
Si dos enemigos están en pie de guerra y uno de ellos desea hacer las paces, lo que hace
(o, al menos, lo que se solía hacer antes de la época de las telecomunicaciones) es enviar a
un mediador para negociar los términos del acuerdo de reconciliación. Y esto es
precisamente lo que Dios ha hecho al tomar la iniciativa para reconciliar consigo todas las
cosas: ha enviado a su único Hijo al mundo (Juan 3:16–17; 5:36–38, etc.; 1 Juan 4:10) con
el fin expreso de ser mediador y hacer las paces con nosotros: Hay un solo Dios, y también
un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre (1 Timoteo 2:5).
Pero notemos muy bien cuál fue el instrumento de su mediación: Cristo hizo la paz por
medio de la sangre de su cruz. No sólo vino diciendo: Mi Padre desea la paz con vosotros;
quiere que seáis reconciliados con él; os ofrece amnistía; os perdona. Dijo todo eso. Pero,
además, vino expresamente para poner su vida para lograr la paz. El tratado de paz había de
ser sellado con sangre. En vísperas de su muerte, instituyó la Mesa del Señor diciendo: Esta
copa es el nuevo pacto en mi sangre (1 Corintios 11:25); es decir, mi sangre, simbolizada
en el vino de esta copa, hace posible y «sella» el pacto de paz que Dios establece con
vosotros.
La palabra sangre, tanto en Corintios como en Colosenses, es prácticamente sinónima
de muerte. Se emplea porque, en las Escrituras y a partir del asesinato de Abel (Génesis
4:10), indica no una muerte cualquiera, sino una muerte violenta. Más aún, suele referirse a
la muerte de una víctima inmolada en el altar como sacrificio propiciatorio ofrecido a Dios.
Y, efectivamente, «la cruz» es el altar en el cual el Cordero de Dios derramó su sangre en
expiación por nuestros pecados (Juan 1:29; Romanos 3:25; 1 Corintios 5:7; Hebreos 9:13–
14).
Queda claro, pues, que Pablo entiende que la cruz de Cristo es el medio a través del
cual nuestro Mediador logra nuestra reconciliación con el Padre. Si gozamos ahora de la
paz con Dios, sólo es gracias a la sangre derramada por Jesús (es decir, su muerte
expiatoria) de Jesús. ¿Pero por qué tiene que ser así? ¿Acaso no es Dios un Dios de amor y
misericordia que podría habernos perdonado sin más? ¿A qué viene la idea de que nuestro
tratado de paz tenga que ser sellado con sangre?
La cuestión es compleja y larga de explicar. Pero debemos recordar que la guerra entre
dos enemigos es una sola de varias metáforas empleadas para ilustrar la relación entre Dios
y los hombres. Además de ser unos rebeldes que necesitamos reconciliarnos con Dios,
somos delincuentes que debemos dar cuentas ante el juez, esclavos que necesitamos ser
redimidos, cautivos que hemos de ser liberados, enfermos que moriremos si no somos
sanados, ciegos que necesitamos la vista restaurada … Una enemistad puede quizás ser
solucionada por la sola magnanimidad de la parte ofendida. Pero, en nuestro caso, algo hay
que hacer para satisfacer las exigencias de la justicia, para pagar el precio de nuestra
redención y para expiar nuestra culpabilidad. Dios no puede perdonarnos sin más y, a la
vez, seguir siendo un juez justo e imparcial. No puede decretar en un momento leyes
morales de causa y efecto (por ejemplo, el alma que peque, ésa morirá [Ezequiel 18:4]) y
luego actuar como si no existieran. El juez del universo tiene que actuar con equidad y dar a
cada uno el pago justo, no encubrir los delitos. Nuestra condición requiere expiación.
Por tanto, nuestra reconciliación con Dios sólo es posible en virtud de la muerte
redentora de Cristo. Dios mismo había dedicado muchos siglos a enseñar este principio al
pueblo hebreo mediante los sacrificios del templo: Según la ley, casi todo es purificado con
sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón (Hebreos 9:22); Es la sangre … la
que hace expiación (Levítico 17:11). El Cordero debe ser sacrificado. Nuestra deuda debe
ser liquidada. La justicia debe ser satisfecha. Nuestro rescate debe ser pagado. La maldición
que estaba sobre nosotros debe ser solucionada en el lugar de maldición: la cruz (Gálatas
3:13–14). El mediador no viene sólo para ofrecernos amnistía, sino para morir a fin de que
la amnistía sea posible.
LA RECONCILIACIÓN DE TODAS LAS COSAS (1:20)
Como ya hemos indicado, al final del versículo Pablo repite la frase por medio de él a
fin de enfatizar que la reconciliación afecta no sólo a los seres humanos que creen en él,
sino a todas las cosas. Esto ha dado mucho que hablar a los comentaristas. Incluso hay
quienes utilizan esta frase para sostener ideas universalistas: que, en última instancia, todos
los seres humanos y todos los seres angelicales (¡incluido el mismo diablo!), serán salvos,
reconciliados con Dios y reinsertados en su lugar debido en la armonía universal. Pero esto,
por supuesto, es negar muchos textos bíblicos que indican justo lo contrario y suponer que
el propio Pablo era capaz de contradecirse a sí mismo.
Más bien debemos entender que el apóstol está indicando que la reconciliación, que
comienza con la restauración de la paz entre Dios y los hombres, se hace extensiva a todos
los órdenes del universo. Como ya hemos dicho, la esfera de la obra reconciliadora de
Cristo es tan amplia como la esfera de su obra creadora. Cuando el apóstol habla de todas
las cosas, debemos entender no «todas las cosas sin excepción», sino «todas sin limitación
o sin discriminación». El plan de Dios en Cristo no se limita solamente a la reconciliación
consigo de hombres pecadores, sino a la restauración de una perfecta armonía en todo el
universo creado. Así pues, podemos contemplar dentro de este plan (y dentro de estas todas
las cosas) las siguientes enseñanzas bíblicas:
1. En cuanto a los seres humanos, Dios extiende la invitación de reconciliación en Cristo a
absolutamente todos. Esto, por supuesto, no quiere decir que todos vayan a aceptar la
invitación. Muchos la rechazarán y se perderán. Pero las puertas de la salvación están
abiertas de par en par. Ya no se trata de un monopolio de los judíos: la invitación se
dirige también a los gentiles. A las mujeres, además de a los varones. A los niños,
además de a los adultos. A los esclavos, además de a los libres. No hay diferencia de
rango, sexo, raza o clase. Todos están incluidos en la amnistía obrada por Cristo
(Gálatas 3:26–28). Todos los sedientos, cualquiera que sea su condición social, pueden
venir a las aguas (Isaías 55:1). Todos pueden ser justificados en Cristo y tener paz con
Dios (Romanos 5:1). No importa la gravedad de sus ofensas contra Dios; todos los que
creen en Cristo pueden conocer la reconciliación (1:21).
2. En cuanto al mundo natural, éste fue sujetado a la vanidad como consecuencia del
pecado humano. Los animales y las plantas enferman y mueren. Toda la tierra sufrió
una terrible maldición a causa de la caída de Adán (Génesis 3:17). Pero, cuando llegue
el día de la manifestación y la plena reconciliación de los hijos de Dios, vendrá también
la restauración del mundo natural. Éste volverá al buen orden y a la armonía. Se acabará
el proceso de decadencia y degeneración, la «esclavitud de corrupción», que ahora lo
caracteriza (Romanos 8:19–22).
3. Hay algunas pistas en el texto bíblico que conducen a la idea de que la maldición de la
naturaleza se extiende no sólo a todas partes en la tierra, sino también al universo entero
(ver, por ejemplo, Job 25:5). Hebreos 9:22–26 nos da a entender incluso que hay un
sentido en que, para que seres pecadores como nosotros podamos tener acceso a la
presencia de Dios, los mismos lugares celestiales necesitan ser purificados mediante el
sacrificio de Cristo. Hasta aquí llega la obra reconciliadora de su sangre. Desde luego,
hay mucho aquí que se escapa a nuestro entendimiento actual.
4. En cuanto al mundo angelical, es más difícil entender el concepto de reconciliación,
porque los espíritus puros no tienen necesidad de reconciliación y los condenados son
incapaces de ella. Pero, de alguna manera, el desorden introducido por la caída humana
está íntimamente vinculado al desorden en el mundo oculto, por lo cual la restauración
de aquél implicará también la restauración de éste.13 Sabemos que algunos ángeles
cayeron en algún tiempo del pasado (Job 4:18), aunque Dios no ha tenido a bien
revelarnos muchos detalles al respecto. Es de suponer que el Señor podría haberlos
fulminado ya hace tiempo; pero, aunque ganó la batalla decisiva sobre ellos en la cruz
(Colosenses 2:13–15), su castigo eterno queda aún en el futuro (Judas 6), posiblemente
porque el día que Dios los juzgue caerán también todos los seres humanos que están en
su poder. Una vez forjado el camino de salvación de los creyentes, ya no hay nada que
impida que el Señor resucitado y glorificado restaure el orden en las esferas angelicales.
De alguna manera que no nos es dado entender, Cristo preparó en la cruz el camino a la
restauración de todas las cosas, incluido el reestablecimiento final de dominio,
obediencia y armonía en el mundo invisible. Recordemos que, en las Escrituras, aun la
destrucción de Satanás es concebida como una acción benéfica del Dios que busca la
reconciliación y restauración de todas las cosas: Y el Dios de paz aplastará pronto a
Satanás debajo de vuestros pies (Romanos 16:20).
Así pues, nuestro texto mira adelante y contempla aquel día cuando todo esté sujeto
bajo los pies de nuestro Señor, cuando toda rodilla se doble ante él (los creyentes
gozosamente, los incrédulos por obligación), cuando todo enemigo sea conquistado y
castigado y reine la paz, la armonía y el bienestar. Entonces se verá toda la amplitud de la
palabra reconciliación. Será abolida toda clase de enemistad y conflicto entre los hombres,
en la naturaleza, en las esferas ocultas y entre los hombres y Dios. Cristo ocupará
visiblemente el trono y gobernará para siempre sobre nuevos cielos y una nueva tierra en la
cual habrá una justicia verdadera y una paz permanente.
Nuestro himno empezó con el Hijo eterno en el momento de la creación (1:15–16) y
ahora acaba contemplando a nuestro Señor Jesucristo en la consumación de las edades
(1:20). Así le vemos como al alfa y la omega, el principio y el fin, el resplandor de la gloria
del Padre convertido en humilde víctima expiatoria para luego ser exaltado por el Padre
como el gran restaurador y reconciliador, Salvador y Señor del universo.
CAPÍTULO 17
EL HOMBRE SIN DIOS
COLOSENSES 1:21
Y aunque vosotros antes estabais alejados y erais de ánimo hostil, ocupados en
malas obras, …
INTRODUCCIÓN
Se ha acabado el himno (1:15–20). El apóstol vuelve de los lugares celestiales a la
tierra, del universo entero a la iglesia local, de la primacía de Cristo a la reconciliación de
los colosenses y de la poesía a la prosa. Deja de contemplar las glorias trascendentes de
nuestro Señor desde la amplia perspectiva de la historia universal, y ahora considera lo que
estas glorias significan para los creyentes de Colosas. El sujeto de los verbos de la cláusula
principal (1:22) sigue siendo «él», es decir, el hijo amado de Dios (1:13), pero ahora se
sitúa su obra reconciliadora no en el gran panorama que abarca todos los tiempos y todo el
espacio, sino en el limitado contexto particular de los colosenses. Ya no habla de cómo
Cristo reconcilia todas las cosas con Dios, sino de cómo os ha reconciliado. Las grandes
realidades universales expuestas en el himno las aplica ahora a la situación personal de sus
lectores.
En otras palabras, después de abrirles una ventana a las sublimes verdades eternas
acerca del Señor Jesucristo, verdades que sólo vislumbramos de lejos y cuyo alcance real
escapa a nuestras mentes finitas, el apóstol se vuelve a los colosenses diciendo: Y ahora,
¿dónde os situáis vosotros dentro de estas grandes verdades? Dios tiene el propósito de
restablecer la paz y la armonía universal por medio de Cristo; ¿pero cómo se hace tangible
este propósito de reconciliación en vuestras vidas? ¿Qué cabida tenéis vosotros en el gran
cuadro que acabamos de pintar?
Él contesta a estas preguntas con tres ideas fundamentales:
1. Describe aquella condición lamentable en la que nos encontrábamos antes de nuestra
conversión, condición que hace necesaria nuestra reconciliación con Dios (1:21).
2. Explica cómo se efectuó nuestra reconciliación por medio de la muerte de Cristo
(1:22a).
3. Define cuál es la condición final que caracteriza nuestra plena reconciliación y, por
tanto, cuál es la meta hacia la cual nuestras vidas deben apuntar: la plena santidad
(1:22b).
LA CONDICIÓN HUMANA (1:21)
¿Qué relación, pues, tienen los colosenses (y los demás creyentes) con este plan
reconciliador de Dios? Esencialmente ésta: que nosotros, como todas las demás cosas del
universo creado, nos encontramos en un estado de desorden y conflicto del cual
necesitamos ser liberados y del cual nuestra única esperanza de liberación es la obra
reconciliadora de Cristo. Así pues, antes de explicarnos en qué sentido la pacificación
llevada a cabo por Cristo se aplica a nosotros, el apóstol tiene que describir brevemente por
qué necesitábamos ser pacificados. Hablar de la reconciliación con Dios presupone un
estado previo de conflicto con él. Si no sabemos identificar correctamente la lamentable
condición en la cual nos encontrábamos antes de nuestra conversión, nunca apreciaremos
debidamente la grandeza de nuestra salvación. Si no identificamos correctamente la
condición de nuestros parientes y amigos perdidos, nunca comprenderemos la urgencia de
cumplir nuestro encargo evangelístico: comunicarles la palabra de reconciliación (2
Corintios 5:19). Nuestra gratitud, nuestra adoración y nuestra evangelización dependen en
gran medida de la comprensión de la magnitud de nuestro anterior estado de perdición.
Para describir este estado nuestro, Pablo emplea tres frases, las cuales corresponden
aproximadamente a las tres palabras empleadas por Pablo en Romanos 1 para describir la
perdición humana: impiedad, necedad e injusticia. Veamos cuáles son estas frases:
1. Estabais alejados
La primera indica lo lejos que estábamos de Dios. Éramos extraños o extranjeros. No
pertenecíamos al pueblo de Dios ni teníamos derecho a llamarle Padre. Es como si
habitáramos en nuestro propio país y consideráramos a Dios como el rey de otro país lejano
que no tuviera nada que ver con nosotros. En vez de vivir de cara a nuestro creador,
vivíamos de espaldas a él. Es decir, practicábamos la «impiedad». No le honrábamos como
Dios ni le mostrábamos gratitud (Romanos 1:21). De hecho, estábamos tan lejos de él que
no le conocíamos, ni siquiera sabíamos si existía o no. Vivíamos separados de Cristo,
excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener
esperanza, y sin Dios en él mundo (Efesios 2:12).
Pero la impiedad, además de alejarnos de Dios, conduce necesariamente a toda clase de
alienación. El hombre separado de Dios levanta toda clase de barreras que le separan de su
prójimo y producen toda clase de conflictos dentro de su ser interior. Quien vive sin Dios
intenta construir su vida sin tener cimientos adecuados, prescindiendo del factor principal
de la construcción. Fundamenta su existencia sobre premisas erróneas. Se entrega a la
vivencia diaria sin tener resueltas las grandes preguntas existenciales: ¿de dónde vengo,
adonde voy y cuál es el propósito de mi vida? Como consecuencia tiene que afrontar
momentos terroríficos de perdición. No sabe hacia dónde va. Ha perdido su norte. No sabe
cómo vivir la vida, cuáles deben ser sus prioridades y metas, por lo cual se limita a copiar a
los demás y a seguir las modas de la sociedad, sin darse cuenta de que ésta es una peligrosa
actitud de «lemming» que puede llevarle a la muerte eterna.5 Desconociendo al Creador que
le da razón de ser, el hombre vive una vida sin sentido y sin futuro. Para encubrir sus
carencias, tiene que dedicarse frenéticamente a la búsqueda de placeres, deberes y causas
que le den una pequeña sensación de utilidad y realización; pero, cuando las actividades
cesan, vuelve nuevamente a una sensación de vacío. Entonces, como el hijo pródigo, se da
cuenta de lo lejos que se encuentra del hogar paterno. Desgraciadamente, son muy pocos
los que, en aquel momento, «vuelven en sí» y deciden regresar arrepentidos al Padre (Lucas
15:17).
2. De ánimo hostil
Por otro lado, puesto que al ser humano le resulta difícil vivir en un vacío ideológico
que le deja sin rumbo y significado en la vida, comete la «necedad» de inventarse toda
clase de religión, ideología o filosofía para conceder un poco de sentido a su existencia.
Éstas son, a la fuerza, especulativas, producto de la creatividad humana o de la mentira
diabólica. Pero no son ideas superficiales y sin importancia que los hombres van cambiando
fácilmente de día en día, como si se tratara de un cambio de ropa. Estas necedades se
asientan en las profundidades de nuestro corazón y llegan a determinar y controlar nuestro
comportamiento y todo nuestro ser. El hombre no se encuentra solamente en una situación
externa de hostilidad que se ha producido a pesar suyo, sino en una enemistad contra Dios
que arranca desde las profundidades de su fuero interior: su «mente», su «ánimo» o su
disposición. Tiene el entendimiento entenebrecido a causa de la dureza de su corazón
(Efesios 4:18), y la mente puesta en la carne es enemiga de Dios (Romanos 8:7).
Así, en nuestra generación, la gente abraza las premisas de la «nueva era» sin prestar
atención a argumentos ni a favor ni en contra, por la sola razón de que necesitan creer en
«algo». Y, puesto que el cristianismo parece desacreditado y el islam asusta a la mayoría, se
agarran a ideas eclécticas que parecen modernas, pero que de hecho son tan viejas como el
mismo diablo. Por ejemplo, no pueden soportar la idea de que la muerte signifique el fin de
todo, pero no quieren aceptar la doctrina cristiana de la resurrección y el juicio porque les
parece anticuada e incómoda, así que creen en la reencarnación. ¿Con qué fundamento o
bajo qué autoridad? Que yo sepa, no hay. La aceptan «por fe», entendida como un salto
ciego sin evidencia alguna ni argumento de peso. Antes que volver a su Creador y
reconocer la autoridad de su palabra, prefieren echar mano a toda clase de especulaciones
humanas.
Pero lo grave es que toda esta variedad de ideas mundanas, inventada y seguida por los
hombres, atenta directamente contra los derechos legítimos de Dios y contra la clara
revelación autorizada del evangelio. Delata una actitud rebelde y culpable de enemistad
contra Dios. El ser humano no quiere reconocer su pecado y rendirse ante su Rey, por lo
cual intenta justificar su existencia con sistemas ideológicos que, en el fondo, no son más
que diversas formas de rebeldía intelectual contra la verdad revelada de Dios.
3. Ocupados en malas obras
El ser humano alejado de Dios y regido por sistemas de pensamientos que se alzan en
enemistad contra Dios practica forzosamente toda clase de injusticia. No es que se ponga a
planificar conscientemente daños y perjuicios contra los demás (salvo en algunos casos
extremos de perversión y malicia), sino que su condición humana le conduce de maneras
mucho más sutiles y, por tanto, desapercibidas y peligrosas, a cometer atropellos contra su
prójimo. La lógica de esto está clara. Por un lado, la persona que vive en impiedad no
conoce el temor de Dios y, por tanto, no existe en ella nada que frene su egoísmo y su
injusticia. Además suele ser una persona no sólo sin rumbo ni sentido en la vida, sino
también sin valores morales ni buenas costumbres. Y, por otro lado, la persona que le niega
a Dios sus derechos legítimos en su vida, suele alzarse en señor de su propia vida y árbitro
de su propio destino y vive sólo para sí. Al destronar a Dios, se coloca a sí mismo en el
trono de su vida. Se vuelve profundamente egocéntrico y su egoísmo le lleva a cometer
toda clase de abusos contra su prójimo (Pablo no se detiene a enumerarlos aquí, pero lo
hará en el 3:5–9). Si no hay valores absolutos y reina el egocentrismo, ¿por qué no robar a
los demás aquello que me interesa a mí? ¿Por qué no pisotear a los demás con tal de salirme
con la mía? ¿Por qué decir la verdad si la mentira sirve mejor a mis intereses?
Así pues, según nuestro texto, antes de nuestra reconciliación con Dios por medio de
Jesucristo éramos personas alienadas, enemigas y malvadas. Alejados de Dios, en nuestra
impiedad, pensábamos y obrábamos como enemigos suyos.
No resulta fácil asimilar este diagnóstico de la condición humana. Nos relacionamos
con nuestros vecinos y los encontramos bastante civilizados y considerados. A veces
incluso nos avergüenzan, porque son más generosos y amables que algunos creyentes. Sin
embargo, debemos recordar que estas tres frases resumen el veredicto del Juez divino sobre
la condición humana. Las apariencias engañan. Durante un tiempo y por razones
interesadas, la gente puede parecer amable y, puesto que la imagen de Dios en el hombre no
ha desaparecido del todo, algunas personas son capaces de gestos puntuales de gran
magnanimidad. Pero, detrás de nuestras máscaras de bondad, todos escondemos un corazón
perverso y engañoso (Jeremías 17:9), un egocentrismo enfermizo y una variedad
espeluznante de vicios y pecados. La injusticia, la necedad y la impiedad nos caracterizan a
todos. Como dice Pablo en Romanos 3:10–12, basándose en el Salmo 14:1–3: No hay justo,
ni aun uno [injusticia]; no hay quien entienda [necedad]; no hay quien busque a Dios
[impiedad]; todos se han desviado, a una se hicieron inútiles [alienación y perdición como
consecuencia lógica e inevitable de tanto desvarío].
Las apariencias —repito— engañan. Pero lo que puede convencernos acerca del acierto
del veredicto divino es el examen de nuestro propio corazón. Nosotros también nos
colocamos máscaras de amabilidad y logramos convencer a otros de que somos buenos.
Pero, si el Espíritu Santo ha comenzado siquiera a revelarnos cómo somos por dentro,
habremos visto que el diagnóstico de Dios es correcto en cuanto a nosotros y, entonces, nos
convenceremos de que tiene que ser correcto en cuanto a los demás.
CAPÍTULO 18
LA RECONCILIACIÓN EN LA EXPERIENCIA DEL
CREYENTE
COLOSENSES 1:22
… sin embargo, ahora él os ha reconciliado en su cuerpo de carne, mediante su
muerte, a fin de presentaros santos, sin mancha e irreprensibles delante de él …
RECONCILIACIÓN POR LA MUERTE DE JESÚS (1:22a)
Como ya hemos dicho, puesto que éramos enemigos rebeldes y culpables, resulta casi
increíble que Dios haya querido reconciliarnos consigo en Cristo. Algo del asombro del
apóstol ante este hecho se ve en el sin embargo que abre este versículo, como si dijera: «a
pesar de lo anterior, aun así … ». Ésta es la gran «buena nueva» del evangelio: Cuando
éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo (Romanos 5:10);
ahora él os ha reconciliado en su cuerpo de carne, mediante su muerte (1:22).
Esencialmente, esta afirmación acerca de la muerte de Jesús viene a significar lo mismo
que las frases del versículo anterior: por medio de [Cristo, Dios reconcilió] todas las cosas
consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de su cruz (1:20). Ahora, pues, no
necesitamos repetir los comentarios que hicimos en torno a ellas, sino solamente señalar
algunas cosas adicionales:
• Allí (1:20), la muerte de Jesucristo fue el medio por el cual Dios ha reconciliado
consigo «todas las cosas»; ahora (1:22) su muerte es el medio de reconciliación de los
creyentes colosenses. Pablo, como hemos dicho, deja lo universal y se vuelve a lo
particular. El Hijo de Dios no sólo tiene propósitos universales, sino que me amó y se
entregó a la muerte por mí (Gálatas 2:20).
• El uso aquí de la palabra muerte viene a confirmar lo que dijimos con respecto al
versículo 20: sangre, en las Escrituras, es prácticamente un sinónimo de muerte, pero
indica una muerte violenta como víctima expiatoria.
• Esta muerte, Jesús la sufrió en su cuerpo de carne. Es decir, el sacrificio reconciliador
de Jesús habría sido imposible sin la encarnación. Él tuvo que hacerse hombre y asumir
nuestra condición mortal para poder padecer en nuestro lugar (cf. Hebreos 2:14–16; 1
Pedro 2:24). Nuestro Mediador no es como los ángeles: no es un ser espiritual que pudo
asumir temporalmente una apariencia corporal. Él es verdadero hombre e hizo su
morada entre nosotros en un auténtico cuerpo humano de carne (Juan 1:14). Es la
muerte física de Jesucristo en la cruz la que consiguió nuestra reconciliación.
• La muerte de Jesucristo es la única base sobre la cual puede descansar nuestra
reconciliación con Dios. No hay otro medio posible. No hay acceso al Lugar Santísimo
excepto por la sangre de Jesús (Hebreos 10:19–20). La ira justa de Dios contra nosotros
en nuestra condición rebelde de impiedad, necedad e injusticia sólo pudo ser aplacada
en la cruz de Cristo. Éste es un hecho doctrinal que debemos defender a ultranza,
porque en nuestros días es cuestionado, atacado o ignorado. Pero también es un hecho
histórico que debe conmovernos profundamente: Nunca olvidemos que lo que le costó a
nuestro Señor fue terrible. Sufrió el dolor físico de una muerte prolongada, la
confusión emocional de la vergüenza y de la separación de Dios, y la repugnancia
espiritual hacia el pecado que fue colocado sobre él. ¿Cómo podemos permanecer
indiferentes al precio que él pagó?
• La idea de reconciliación supone que en Cristo se acaban todas las formas de enemistad
expuestas en el versículo 21. Las implicaciones de la paz con Dios tienen que incluir la
rectificación de las características de nuestra condición previa que Pablo acaba de
mencionar. Si como enemigos estábamos alejados del Padre, ahora, reconciliados con
él, llegamos a estar cercanos (Efesios 2:13), incorporados en su familia (Efesios 2:19) y
aceptos en el Amado (Efesios 1:6). Si éramos necios y hostiles en nuestra mente, ahora
vamos creciendo en la sabiduría de Dios (cf. 1:9) y aprendemos a amar la verdad de
Dios. Si antes hacíamos malas obras, ahora andamos en las buenas obras que Dios tiene
preparadas para nosotros (Efesios 2:10).
• Pero, por encima de todos estos matices, lo más importante que Pablo desea comunicar
a los colosenses es esto: Tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor
Jesucristo (Romanos 5:1). Cristo ha logrado la amnistía. Todo lo necesario para nuestra
reconciliación con Dios ya se ha llevado a cabo en la cruz. Al que no conoció pecado,
Dios le ha hecho pecado por nosotros y ha hecho justicia en la persona de nuestro
sustituto; ahora sólo hace falta responder positivamente a la invitación divina: En
nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios! (2 Corintios 5:20–21). Los
colosenses han respondido así y ahora el apóstol puede asegurarles, como a todos los
verdaderos creyentes: él os ha reconciliado; tenéis paz con Dios; bienvenidos a la
familia, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la
asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos
(Hebreos 12:22–23).
LA META DE NUESTRA RECONCILIACIÓN (1:22b)
Nuestra reconciliación con Dios, sin embargo, no se limita al perdón y a la tregua de la
cruz. Si así fuera, seríamos pecadores perdonados y justificados, pero tan propensos a obrar
el mal como antes de nuestra conversión. La finalidad que Cristo perseguía mediante su
muerte no es otra que nuestro perfeccionamiento completo para que podamos disfrutar para
siempre de la comunión con Dios.
Pablo ha empleado tres frases para describir la condición del ser humano pecador
(1:21). Ahora emplea tres más para describir la condición final del pecador redimido y
perfeccionado por Cristo. Probablemente exista en la mente del apóstol una vinculación
entre las dos series de frases:
• Si antes estábamos alejados de Dios, ahora hemos sido hechos sus «santos», apartados
por Cristo para ser la posesión especial de Dios, su pueblo elegido y cercano.
• Antes éramos de ánimo hostil, enemigos de Dios, pero ahora Dios nos ve como «sin
mancha» delante de él.
• Antes nos ocupábamos en malas obras; pero ahora, increíblemente, comparecemos
«irreprensibles» ante Dios.
Ya en el momento presente, estas tres afirmaciones son ciertas con respecto a nuestra
condición «jurídica» ante el juez divino. Gracias a la expiación de Cristo, no hay
condenación posible para los que creemos en él y nos apropiamos los beneficios redentores
y reconciliadores de su muerte. Sugerir otra cosa sería cuestionar la plena eficacia de su
sacrificio.
Sin embargo, lo que es cierto en términos jurídicos tiene que llegar a ser cierto en
términos reales y prácticos. El juez ya nos ha declarado inocentes y limpios; pero hemos de
llegar a ser inocentes y limpios en nuestra vivencia diaria. Éste será el tema del apóstol en
el capítulo 3: habiendo ya muerto y resucitado con Cristo a efectos legales, debemos
aprender a hacer morir los viejos hábitos del pecado y a andar según la justicia de una vida
resucitada. No está absolutamente claro si, en este versículo, Pablo está contemplando
nuestra perfecta justificación presente o nuestra plena santificación futura. Pero, puesto que
la frase mira la «finalidad» de nuestra reconciliación (a fin de …) y puesto que el verbo
presentaros suele emplearse en torno al día final, parece preferible entender el texto como
una referencia a la meta de la vida cristiana que aún no hemos alcanzado, pero que, por la
gracia de Dios, vamos camino de alcanzar. En todo caso, debemos recordar que lo que
hemos de ser un día gracias al poder transformador de Dios no es más que la culminación
de una obra que ya ha comenzado en nosotros. Si esperamos ser santos, sin mancha e
irreprensibles en el reino eterno, debemos ir creciendo en una vivencia santa, intachable e
irreprensible en esta vida terrenal.
Veamos en más detalle, pues, las frases que describen lo que hemos de ser y, por
consiguiente, lo que ya estamos llegando a ser. Aunque son prácticamente sinónimas,
podemos distinguir matices de diferencia entre ellas:
A fin de presentaros … delante de él
En todo este pasaje, a partir del versículo 15, Pablo se ha limitado a emplear
pronombres en vez de sustantivos al referirse al Padre y al Hijo. Esto es causa de mucho
debate entre los comentaristas, porque no siempre queda claro si la referencia es al Padre o
al Hijo. Hasta aquí hemos entendido el texto como si los sujetos y objetos de los verbos,
que en el texto griego aparecen sólo como pronombres, fueran los siguientes (las palabras
en letra cursiva no aparecen en el texto griego):
Porque agradó al Padre que en el Hijo habitara toda la plenitud, y por medio del
Hijo quiso el Padre reconciliar todas las cosas consigo (con el Padre), habiendo
hecho el Hijo la paz por medio de su cruz … Y ahora el Hijo os ha reconciliado en
su cuerpo de carne, mediante su muerte, a fin de presentaros (el Hijo) santos, sin
mancha e irreprensibles delante del Padre.
Sin embargo, debemos recordar que todos estos pronombres griegos se prestan a ser
entendidos de otra manera. Es posible entender el versículo 22 como si rezara: Y ahora el
Padre os ha reconciliado en el cuerpo de carne del Hijo y mediante la muerte del Hijo, a fin
de presentaros (el Padre) santos, sin mancha e irreprensibles delante de sí (del Padre).
También es posible entender la última frase como si el Hijo os presentara santos … delante
de si mismo. ¿Cuál es la lectura correcta de estas frases? La interpretación exacta no puede
dilucidarse por consideraciones gramaticales o textuales. Y tampoco por consideraciones
doctrinales, puesto que la idea de nuestra «presentación» en el día final es a veces delante
de Dios Padre (Romanos 14:10; 2 Timoteo 2:15) y a veces delante del Hijo (Efesios 5:27; 2
Corintios 4:14; 11:2). Tenemos que depender, pues, de criterios muy subjetivos: la que nos
parece la lectura más llana del texto según el fluir del argumento del apóstol. En este
sentido, a mí me parece preferible entender aquí que es Cristo quien nos presenta delante
del Padre. En todo caso es evidente que, cuando seamos «presentados» en el día final, será
ante el Padre y el Hijo igualmente, y que una presentación no será posible sin la otra (Juan
14:9). En última instancia, estas cuestiones de interpretación resultan un tanto ociosas.
Lo cierto es que el apóstol mira adelante a aquel día glorioso cuando seremos
semejantes a Cristo (1 Juan 3:2) en perfecta santidad.
Santos
La santidad, como hemos dicho en numerosas ocasiones, conlleva la idea fundamental
de separación. Dios ha «apartado» para sí un pueblo para que le adore y le sirva y para que
viva con los mismos valores (amor, integridad, veracidad …) que le caracterizan a él. Ya
somos santos, en el sentido de apartados para Dios. Aún distamos de serlo en cuanto a
nuestra perfecta vivencia según esos valores. Pero ya estamos en el camino de la santidad
(Isaías 35:8–10), en proceso de ser transformados a la imagen de Cristo (Romanos 8:29; 2
Corintios 3:18), cada vez más cerca de Dios (en contraste con lo lejos que antes
estábamos).
Nuestro destino glorioso es el de vivir completamente limpios del pecado en perfecta
comunión con Dios. En términos negativos, la santidad significa la ruptura con toda clase
de pecado (1 Tesalonicenses 5:22); en términos positivos, significa la práctica de toda clase
de bondad; esencialmente, significa ser como Cristo y andar como él anduvo.
Sin mancha
Esta frase sigue con la idea de la santidad (cf. Efesios 1:4: santos y sin mancha delante
de él). Para que los animales sacrificados en holocausto en el antiguo pacto pudieran ser
considerados santos para Dios, tenían que ser perfectos, sin mancha ni defecto alguno.
Igualmente, Cristo se ofreció en sacrificio como un cordero sin tacha y sin mancha (1
Pedro 1:19). Aquella muerte suya sirve para limpiarnos de toda mancha de la culpa del
pecado. Dios nos ve en Cristo completamente purificados, sin defecto alguno.
Pero en nuestro caso, por supuesto, no se refiere a defectos físicos, sino morales y
espirituales. La frase sin mancha, por tanto, equivale a «sin culpa». La sangre de Jesucristo
nos limpia de todo pecado y hace que podamos estar delante de Dios como personas
declaradas jurídicamente inocentes y justas.
Sin embargo, no debemos olvidar las implicaciones vivenciales de esta frase. Gracias a
la muerte de Jesucristo estamos eternamente exentos de culpa. Pero ahora tenemos que
vivir de día en día como hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y
perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo (Filipenses 2:15;
cf. 1 Timoteo 6:14). Ninguno de nosotros puede pretender haber alcanzado ya esta meta,
pero todos debemos seguir adelante a fin de poder alcanzar aquello para lo cual fuimos
alcanzados por Cristo (Filipenses 3:12).
Irreprensibles
La idea de ser irreprensibles sugiere que nadie puede acusarnos legítimamente de
ningún pecado, fallo, desliz o incoherencia. Y, nuevamente, hemos de decir que, en el
sentido legal estricto, ya somos irreprensibles. Nadie puede acusarnos ante Dios, porque
todos nuestros delitos ya han sido castigados y expiados en la persona de nuestro sustituto,
Jesucristo. ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? —pregunta el apóstol en Romanos
8:33–34—; porque, lejos de admitir acusaciones, Dios es el que nos justifica. ¿Quién es el
que condena? ¿Acaso Jesucristo, el que tiene en sus manos el juicio universal (Juan 5:22)?
No, porque Cristo Jesús es el que murió para nuestra plena justificación. No hay acusación
posible ante el tribunal de Dios. Somos irreprensibles. Y, sin embargo, en la práctica
estamos muy lejos de vivir vidas irreprensibles y, aunque nadie más nos señale con el dedo,
nuestra propia conciencia nos acusa con frecuencia. En este sentido estamos aprendiendo a
ser irreprensibles y sencillos (Filipenses 2:15) y a vivir vidas sin reproche (1 Timoteo
6:14), aun sabiendo que tenemos un largo camino que recorrer.
Pero nuestra gran esperanza es que, cuando Cristo se manifieste, en aquel día seremos
hallados irreprensibles en santidad delante de él (1 Corintios 1:8; 1 Tesalonicenses 3:13;
5:23). Es una esperanza bien fundada, porque nuestra plena santificación no es una obra
nuestra, sino de Dios en Jesucristo: él es poderoso para guardaros sin caída y para
presentaros sin mancha en presencia de su gloria con gran alegría (Judas 24). Ésta es la
fuerza de nuestro texto: Cristo es quien nos presentará irreprensible. Él es quien está
obrando para nuestra plena santidad.
Y, sin embargo, esto no nos deja sin responsabilidad. Cristo no obra nuestra
santificación al margen de nuestra voluntad humana. Por eso, el apóstol procede a añadir
una calificación (1:23). Nuestra esperanza es firme y se cumplirá perfectamente con tal de
que … Pero la exposición de esta condición requiere un capítulo aparte.
Mientras tanto, celebremos la grandeza de la obra de Cristo. La reconciliación con Dios
que él ha efectuado en la cruz nos abre la puerta a esta gloriosa esperanza. En vez de ser
personas impías, necias e injustas, en Cristo llegamos a ser personas cercanas a Dios, sin
defecto y plenamente justas. Así de grande es la diferencia entre vivir bajo el dominio de
las tinieblas y ser trasladados al reino de su Hijo amado (1:13).
Sí, nuestro texto es motivo de celebración. Pero también lo es de reflexión personal.
Pablo acaba de hacer unas declaraciones doctrinales que exigen a cada uno de nosotros
nuestra ratificación o nuestro rechazo. Preguntémonos, pues:
• ¿Acepto sin reservas el veredicto divino sobre la condición humana: que el hombre no
regenerado es impío, insensato e injusto?
• ¿Acepto sin reservas que la reconciliación con Dios sólo puede ser lograda por medio
de la muerte expiatoria de Cristo y que, por tanto, él no es una entre muchas opciones
religiosas válidas, sino el único mediador entre el hombre pecador y el Dios vivo y
verdadero?
• ¿Comprendo que la finalidad de la reconciliación con Dios no es seguir en una vida
impía e injusta, sino vivir una vida santa e irreprensible delante de Dios? ¿Tengo como
mi máxima aspiración ser como Jesucristo, vivir como él vivió y amar como él amó?
¿Estoy creciendo en amor, en santidad y en el conocimiento de Dios?
CAPÍTULO 19
LA PERSEVERANCIA EN LA FE
COLOSENSES 1:23
… si en verdad permanecéis en la fe bien cimentados y constantes, sin moveros
de la esperanza del evangelio que habéis oído, que fue proclamado a toda la
creación debajo del cielo, y del cual yo, Pablo, fui hecho ministro.
RECONCILIACIÓN CONDICIONAL (1:23)
Pablo acaba de afirmar con contundencia: Él os ha reconciliado (1:22). Nuestra
reconciliación ya está cumplida, cosa del pasado. Nuestra paz con Dios no depende de
ninguna virtud o iniciativa nuestra, sino de la plena eficacia del sacrificio de Jesucristo por
nuestros pecados, hecho una vez para siempre hace dos mil años (Hebreos 9:12, 26, 28;
10:12, etc.).
Pero, ahora, el apóstol añade una coletilla que hace que la vigencia de esa obra del
pasado dependa de algo que nosotros debemos hacer en el presente y el futuro: permanecer
fieles. No es, ni mucho menos, la única ocasión en que los escritores del Nuevo Testamento
hablan de nuestra salvación como una realidad ya alcanzada en el pasado y, por tanto,
segura; y, a la vez, como algo que depende de nuestra fidelidad actual y futura. Por
ejemplo, en Hebreos 3:6, el autor afirma, como un hecho ya cumplido, que somos casa de
Dios; pero luego añade: si retenemos firme hasta el fin nuestra confianza. Y en Hebreos
4:14 dice que somos hechos partícipes de Cristo (hecho ya cumplido), si es que retenemos
el principio de nuestra seguridad firme hasta el fin (factor condicionante y futuro). En
nuestra experiencia normal de la vida, ¿no es cierto que el futuro queda condicionado por el
pasado?; pero, a efectos de la salvación por la fe, ¡el pasado queda condicionado por el
futuro! La autenticidad de nuestra reconciliación con Dios, basada solamente en la obra
cumplida de Cristo en el pasado, se demuestra en nuestra perseverancia futura.
¿Pero cómo puede ser esto? ¿No atenta esta cláusula condicional contra la seguridad de
nuestra salvación? ¿No hace que la obra de Cristo, que antes parecía firme, completa y
suficiente, ahora resulte una cosa insegura, sujeta a las fluctuaciones del ánimo humano?
¿Acaso no es cierto que la seguridad eterna del creyente es una bienaventurada verdad que
está claramente expuesta en el Nuevo Testamento? Sí, efectivamente, así es. Nadie puede
dudar de la absoluta solidez de la salvación que Cristo ha conseguido para el creyente.
Pero, en cambio, donde sí pueden caber dudas es en cuanto a si tú y yo somos «creyentes»
de verdad. Para la persona que ha creí do de verdad en Jesucristo, su salvación es segura,
eternamente garantizada; pero también es cierto que esta persona, al haber creído de
verdad, perseverará en la fe. Si alguien realmente ha nacido de nuevo, las marcas de la vida
de Dios (entre ellas, la perseverancia) se manifestarán en él. La fe tiene que ser sometida a
toda clase de prueba en la cual el creyente puede sufrir momentos de zozobra o
desvanecimiento; pero, si es fe verdadera, siempre saldrá victoriosa. Así pues, no somos
salvos a causa de nuestra perseverancia, sino que la permanencia es la consecuencia y la
demostración de nuestra auténtica salvación. No somos salvos porque perseveramos, sino
que perseveramos porque somos salvos. Si hemos creído de verdad, somos reconciliados
con Dios desde el día de nuestra confesión de fe; pero es necesario que la autenticidad de
nuestra confesión sea probada mediante nuestra perseverancia.
Sin embargo, dejemos de lado estas sutilezas gramaticales y teológicas y volvamos a
cosas más sencillas. Lo cierto es que las Escrituras enseñan simultáneamente dos verdades
complementarias: (1) nuestra salvación no es una cosa insegura que dependa de los
vaivenes de nuestro pobre compromiso humano, sino un hecho ya logrado por nuestro
Salvador en el momento de su muerte y resurrección; (2) no obstante, nos apropiamos la
salvación por medio de la fe, y la fe auténtica es una fe perseverante.
¡Qué importante es que mantengamos en equilibrio estas dos verdades! Un exceso de
confianza superficial en el carácter gratuito y cumplido de la salvación podría conducirnos
a una peligrosa pereza espiritual. En cambio, cualquier duda en cuanto a nuestra salvación
perfecta y completa en Cristo nos conduciría a la desesperación, al pensar que nosotros
mismos tenemos que merecernos la aprobación de Dios. La soberanía divina en la salvación
no está reñida con la responsabilidad humana. El hecho de que la salvación sea por pura
gracia no anula la necesidad de perseverar en la fe. Por un lado, pues, las Escrituras nos
aseguran que, si hemos creído en Jesucristo, ya somos salvos, ya somos hijos engendrados
por Dios, ya somos aceptos en el Amado y ya pertenecemos a la familia de Dios. Por otro,
nos exhortan a permanecer en la fe no sea que, apartándonos del camino, no lleguemos a
buen término:
• El que persevere hasta el fin, ése será salvo (Mateo 10:22; cf. 24:13; Marcos 13:13).
• Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; severidad para con los que cayeron, pero
para ti, bondad de Dios si permaneces en su bondad; de lo contrario también tú serás
cortado (Romanos 11:22).
• Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de
incredulidad, para apartarse del Dios vivo (Hebreos 3:12).
• Esforcémonos por entrar en [el reposo de Dios], no sea que alguno caiga siguiendo el
mismo ejemplo de desobediencia (Hebreos 4:11).
• Tenéis necesidad de paciencia [fe perseverante], para que cuando hayáis hecho la
voluntad de Dios, obtengáis la promesa … No somos de los que retroceden para
perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma (Hebreos 10:36–39).
• Salieron de nosotros, pero en realidad no eran de nosotros, porque si hubieran sido de
nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron, a fin de que se manifestara
que no todos son de nosotros … En cuanto a vosotros, que permanezca en vosotros lo
que oísteis desde el principio. Si lo que oísteis desde el principio permanece en
vosotros, vosotros también permaneceréis en el Hijo y en el Padre. Y esta es la
promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna (1 Juan 2:19, 24–25).
PERSEVERANCIA (1:23)
1. Perseverantes en la fe
Así pues, habiendo asegurado a los colosenses que ya no son enemigos de Dios, sino
que han sido reconciliados con él por la muerte de Cristo, Pablo procede a darlas una
advertencia acerca de su perseverancia. Esto ya es cierto de vosotros —dice— si en verdad
permanecéis en la fe. Deben perseverar. De no ser así, demostrarán que su confianza en
Cristo nunca fue verdadera y que la reconciliación con Dios que parecían disfrutar nunca
fue más que una tregua aparente.
Pero notemos bien en qué tienen que perseverar. Pablo no dice si permanecéis en
buenas obras, si seguís asistiendo a los cultos de la iglesia o si avanzáis siempre en
santidad y amor. Estas cosas son los frutos y los resultados de nuestra salvación, pero no
constituyen su raíz. En lo que debemos perseverar es en la fe.
Jesucristo mismo dijo algo muy parecido cuando empleó el símil de la vid y los
sarmientos (Juan 15:1–8). El resultado final que busca el viñador es, efectivamente, una
abundante cosecha de frutos, de uvas de calidad (buenas obras, santidad, amor …). Pero
Jesús no dice a los discípulos: «Por tanto, esforzaos por producir mucho fruto»; sino:
«permaneced en mí». Si la relación con Cristo es lo que debe ser, si existe entre él y los
discípulos una auténtica relación de amor, si su palabra mora en ellos, entonces el fruto se
producirá por sí solo. En cambio, si la relación con él se debilita, ningún esfuerzo humano
dará buen fruto. Y, por supuesto, la relación de los discípulos con el Señor es esencialmente
una relación de fe: Creed en mí; creed y acatad mi palabra; depended de mi poder salvador;
seguid en el camino que os he trazado; reconocedme en todo como vuestro Señor. En
nosotros mismos, no podemos alcanzar las demandas éticas de Dios. Todo esfuerzo al
margen de la fe es inútil. El discípulo debe echarse vez tras vez sobre el poder
transformador de Cristo.
Y ésta, precisamente, es la relación que los falsos maestros querían socavar. Buscaban
diluir la fe de los colosenses en Jesucristo, diciendo que él era sólo uno entre muchos
mediadores. Querían sacudir su fe en la obra propiciatoria de la cruz, diciendo que sólo era
uno de muchos medios a través de los cuales el hombre necesita ser reconciliado con Dios.
2. Bien cimentados y constantes
¿Cuál, pues, es el secreto de la permanencia o perseverancia en la fe? Los colosenses
necesitan estar bien cimentados y constantes. Es decir, deben asegurarse de que los
fundamentos de su fe estén bien construidos. Sólo sabrán mantenerse inamovibles en medio
de las tormentas de la vida si están bien asentados sobre la roca. La calidad de los
fundamentos determina la firmeza de todo el edificio.
Enseguida pensamos en la parábola de las dos casas (Mateo 7:24–27). Una de ellas
resistió los embistes de la tormenta porque estaba cimentada en la roca. La otra se
desplomó por estar construida sobre la arena.
Sin duda, el cimiento que Pablo tenía en mente era el evangelio de Jesucristo tal y como
lo predicaban los apóstoles (en contraste con las peligrosas arenas movedizas de la
enseñanza herética), porque para él no existía otro fundamento viable que no fuera Cristo (1
Corintios 3:11; Efesios 2:20). La persona firmemente asentada sobre el evangelio es aquella
que cree en Jesucristo, abraza de corazón el evangelio y hace que éste subyazca en todas las
áreas de su vida. Así, el evangelio viene a ser su soporte constante. Informa su mente,
dirige sus emociones y su voluntad, le proporciona consuelo en momentos de aflicción y
consejo en situaciones de perplejidad. Meditando diariamente sobre la Palabra de Dios,
obedeciendo sus instrucciones y haciendo de ella su guía infalible, el creyente llega a ser
una persona estable en medio de los vendavales y azotes de la vida. Descubre que
Jesucristo es una roca inamovible en medio de todas las adversidades.
3. Sin moveros de la esperanza del evangelio
La tercera frase parece casi una redundancia. Si los colosenses están bien cimentados y
constantes, ¿no cae por su propio peso que no se moverán de la esperanza del evangelio?
Sin embargo, ya hemos tenido ocasión de observar (1:5) que la esperanza quizás haya
sido el punto débil de la vida espiritual de los colosenses. Seguramente, pues, debemos leer
esta frase poniendo el énfasis en la palabra esperanza. Hay un solo mensaje que puede
inspirar una esperanza firme y bien fundada: el evangelio de Jesucristo. Todos los demás
son meras especulaciones humanas sin garantía alguna. Sólo pueden conducir a esperanzas
nebulosas que, en el momento de la verdad, decepcionarán. Los colosenses están en peligro
de dejar la pureza del evangelio para ir detrás de enseñanzas espurias que defraudan y
«avergüenzan» (Romanos 5:5). Si lo hacen, entonces darán la espalda a las promesas firmes
de Dios. La venida de Cristo, la herencia de los santos en luz (1:12), la gloria venidera
(1:27), la redención y reconciliación final de todas las cosas, la nueva tierra donde mora la
justicia, la paz y la armonía … todas estas cosas las perderán. Antes estaban sin esperanza
porque estaban sin Dios en el mundo (Efesios 2:12). ¡Qué trágico sería que, habiendo
abrazado el evangelio de la esperanza y habiendo sido reconciliados con Dios, ahora lo
abandonaran para seguir ilusiones vanas!
Y ahora, después de todos estos matices, centrémonos en el énfasis principal de este
versículo: tú y yo, si queremos hacer efectiva nuestra reconciliación con Dios, vivir en paz
y comunión con él y ser presentados ante él para vivir eternamente en su reino, debemos
perseverar en la fe. No basta con haber creído en algún momento del pasado. La cuestión es
si nuestra fe sigue firme y vibrante hoy, si perseveramos en el camino de la santidad y
vamos creciendo en el conocimiento de Dios.
Es normal que, en la juventud o al principio de la vida cristiana, te vengan muchas
preguntas, dudas y luchas. Es necesario que pases estas cosas, porque, sin ellas, no
crecerías en tu fe ni en el conocimiento de Dios ni alcanzarías la madurez espiritual. Te
traerán mucho desconcierto y mucha angustia; pero tú, persevera.
Vendrán persecuciones, insultos e injusticias; persiste en las cosas que has aprendido (2
Timoteo 3:12–14), sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo (2 Timoteo 2:3).
Serás sometido a diversas pruebas, tentaciones y seducciones; no permitas que te desvíen
del camino, sino agárrate con aún más fuerza al Señor. Soplarán nuevos vientos de
doctrina; te tratarán como anticuado, desfasado y estrecho de mente; pero no te dejes
deslumbrar por las palabras halagüeñas de los falsos maestros (Gálatas 3:1), ni hagas caso
de sus descalificaciones (todos los fieles siervos de Dios han tenido que soportarlas), ni te
dejes mover de la sana doctrina del evangelio. Es posible que amigos tuyos se vuelvan
atrás, que líderes que temas en un pedestal de espiritualidad te decepcionen o caigan
estrepitosamente en pecado, o que tengas que vivir una división de iglesia con vergonzosas
peleas entre hermanos; recuerda con quién te has comprometido y en quién has creído, y
sigue adelante con la mirada puesta en Jesús (Hebreos 12:1–3). Venga lo que venga, contra
viento y marea, avanza hacia el puerto celestial sin deslizarte a diestra o siniestra (Efesios
4:14). Mantén tu fe en las Escrituras como Palabra de Dios, en Jesucristo como Hijo de
Dios y en el evangelio como poder de Dios.
LA PROCLAMACIÓN DEL EVANGELIO (1:23)
Mantenernos fieles al evangelio y a la fe que de una vez para siempre fue entregada a
los santos (Judas 3) o ir a la deriva a causa de los vientos de doctrina que nos desvían del
camino, ésta es la cuestión. Después de exhortar a los colosenses en el sentido de
permanecer fieles a la fe y la esperanza del evangelio, Pablo agrega tres frases acerca del
evangelio mismo para animarles en su fidelidad:
1. Fue oído por los colosenses
En primer lugar les recuerda que es el mensaje que ellos mismos «han oído». Oír, en
este caso, es mucho más que escuchar. Sin duda fueron muchos los presentes entre el
público cuando Epafras predicó el evangelio en Colosas, pero sólo los santos y fieles
hermanos «oyeron» de verdad; porque oír es asimilar, entender y abrazar (cf. 1:6–8). Es
responder con fe.
La primera razón que debe animarles a la fidelidad, pues, es el hecho de que ellos
mismos han experimentado personalmente el poder del evangelio. Ha llegado a cambiar sus
vidas. Conocen personalmente su eficacia.
2. Es proclamado en toda la creación
Ya en el 1:6, Pablo había hablado del carácter universal del evangelio diciendo que en
todo el mundo está dando fruto constantemente y creciendo. Ahora sus palabras son aún
más contundentes y explícitas: el evangelio … se predica en toda la creación que está
debajo del cielo.
El solo hecho de haber empleado tiempos continuos en el 1:6 y de hablar allí acerca de
la creciente expansión de la proclamación del evangelio indica que Pablo no está intentando
decir aquí que la extensión del evangelio ya haya alcanzado sus límites, ni mucho menos
que absolutamente todo ser humano haya podido escuchar su mensaje. Ciertamente, la
explosión del testimonio cristiano por todo el mundo conocido del imperio romano era tal
que habría justificado esta clase de hipérbole; pero Pablo no quiere decir que el evangelio
ya ha sido predicado a toda criatura, sino que se está predicando en cumplimiento del
mandato de Cristo (Marcos 16:15). Se trata de un proceso que ya está en marcha y que
seguirá hasta el retorno de Cristo.
Por tanto, los colosenses no deben pensar que la actividad de Epafras ha sido propia de
una secta pequeña y extraña sin solvencia ni credibilidad. El evangelio de Jesucristo está
siendo abrazado por seres humanos responsables en el mundo entero. Es un mensaje divino
de validez universal, no una idea humana de interés limitado y regional ni tampoco una
doctrina esotérica accesible sólo para una oligarquía de iniciados.
3. Constituye la base del ministerio de Pablo
Finalmente, Pablo utiliza el tema del evangelio como puente para dar paso a su tema
siguiente, su propio ministerio misionero (1:23b–29): del cual yo, Pablo, fui hecho
ministro. No queda claro por qué quiso hablar de sí mismo en este punto de su carta.
Algunos piensan que puede ser porque los herejes insinuaban que el evangelio predicado
por Epafras no era el mismo proclamado por Pablo y el apóstol desea identificarse con su
consiervo. Otros proponen que los colosenses podrían haberse asustado ante la noticia del
encarcelamiento de Pablo (¿puede ser creíble una religión perseguida por las autoridades?)
y que el apóstol, lejos de avergonzarse de sus cadenas, quiere asegurarles su
encarcelamiento es motivo de gozo y honor, no de deshonra y pena.
En todo caso, es significativo cómo habla acerca de sí mismo. Podría haber dicho: del
cual fui hecho apóstol. Podría haber indicado su propia posición privilegiada dentro de este
movimiento universal. Pero, en vez de esto, habla con toda humildad. El es «ministro» del
evangelio; es decir, siervo o criado. Rinde fiel servicio a su amo, Jesucristo, y el
instrumento de su servicio es el evangelio.12
Pero notemos bien que Pablo no está diciendo que él mismo haya decidido servir a
Cristo mediante el evangelio, sino que «fue hecho» ministro por Cristo. Los falsos maestros
se designan a sí mismos. En cambio, aquel cuyas glorias trascendentes Pablo acaba de
cantar (1:15–20) tuvo a bien llamar a Pablo a su servicio y encomendarle el inmenso
privilegio de administrar el mensaje para bien de los colosenses.
BIBLIOGRAFÍA DE OBRAS CONSULTADAS
Biblias
BJ: Biblia de Jerusalén. 1975. Desclée de Brouwer, Bilbao.
CI: Sagrada Biblia. Versión crítica por Francisco Cantera Burgos y Manuel Iglesias
González. 1979. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid.
DHH: Dios habla hoy. Versión popular del Nuevo Testamento. Sociedades Bíblicas
Unidas.
LACUEVA: Nuevo Testamento interlineal griego-español. Traducción por Francisco
Lacueva. 1984. Editorial CLIE, Terrassa, Barcelona.
LBLA: La Biblia de las Américas. 1986. The Lockman Foundation, Anaheim, California.
NVI: Nueva Versión Internacional del Nuevo Testamento. 1975. Sociedades Bíblicas
Unidas.
RV60: La Santa Biblia, versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, revisión de
1960. Sociedades Bíblicas Unidas.
RV95: La Santa Biblia, versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, revisión de
1995. Sociedades Bíblicas Unidas.
RVA: Santa Biblia. Versión Reina-Valera actualizada. 1989. Editorial Mundo Hispano, El
Paso, Texas.
WUEST: Wuest’s Expanded Translation of the Greek New Testament, volumen III;
Philippians through the Revelation. 1959. Wm. B. Eerdman’s Publishing Company,
Grand Rapids, Michigan.
Comentarios y otras obras consultadas2
2
Burt, D. F. (2004). Colosenses 1:1-23: La Imagen del Dios Invisible (pp. 102–258). Barcelona:
Publicaciones Andamio.