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EL SITIO DE CASCORRO,

CUBA:
SUEÑOS DE GLORIA

RICARDO HERNÁNDEZ MEGÍAS

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EL SITIO DE CASCORRO,
CUBA:
SUEÑOS DE GLORIA

RICARDO HERNÁNDEZ MEGÍAS

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Para Francisco Santos, digno descendiente
del tan laureado como hoy día olvidado héroe de
Cuba.

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El sitio de Cascorro, Cuba: Sueños de gloria
© Del texto: Ricardo Hernández Megías.
© De la introducción: Ricardo Hernández Megías
© De la Edición:

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escrito de la editorial y del autor.

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PRÓLOGO

La llamada “Guerra de Cuba” es la parte final de una contienda


bélica de mayores dimensiones y crudeza con una de las mayores potencias
emergentes de finales del siglo XIX, los Estados Unidos de América, por lo
que dichos enfrentamientos podemos llamarlos más acertadamente “guerra
hispano–estadounidense”, cuyo triste final, la derrota vergonzosa de
España en 1898, nos llevó a unos de los momentos más críticos, tanto en lo
social como en lo político, de un país que nunca supo defender sus
territorios con la solvencia necesaria. La corrupción de la clase política, el
abandono de sus deberes con sus ciudadanos –tanto de los de dentro como
los de ultramar– y la falta de medios económicos para apoyar a su ejército
en los momentos necesarios, hizo posible que en dicho año 98 España
perdiera todas sus colonias del mar del Caribe, así como las del Pacífico, en
donde se encontraban las Islas Filipinas, las Islas Marianas y las Islas
Carolinas.

Y no es que dichas potencias no vinieran anunciando sus planes


anexionistas. Los mismos Estados Unidos, una vez pacificados sus
territorios entre Norte y Sur, ya habían dado pruebas de sus deseos, cuando
a mediados del siglo XIX invadió y se apoderó de los antiguos territorios
de México, así como, en la Conferencia de Berlín, en 1884, las potencias
europeas, con el fin de no enfrentarse entre ellas, necesitando expandir sus
economías, decidieron repartirse los enorme territorios del continente
africano, con la finalidad de abrir nuevas vías de comercio, tanto como
explorar y explotar los ricos yacimientos minerales que desde hacía años se
sabía que encerraban sus suelos. Tampoco los territorios asiáticos se
salvaron de la codicia de los políticos europeos, siendo China el país más
deseado para sus afanes comerciales; sólo el comienzo de la Primera
Guerra Mundial aplazaría los deseos de colonización; unos planes que
después del desarrollo de la misma guerra, con la desaparición de algunos
de los países europeos y con la demarcación de nuevas fronteras
territoriales, harían cambiar, que no olvidar la conquista de esos
continentes.

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Estados Unidos, ya por aquellos momentos país de grandes recursos
económicos y con un buen ejército perfectamente preparado, que no había
participado en el reparto africano ni asiático, puso, sin embargo, sus ojos –
mejor decir sus intereses– en territorios de la zona del Caribe y del
Pacífico, donde su influencia se hacía en sentir en Hawái y Japón, zonas
donde España y desde hacía siglos, mantenía su influencia con las colonias
de Cuba y Puerto Rico, en la primera, y Filipinas, Marianas y Carolinas, en
la segunda.

No fue difícil poner en aprieto a las autoridades de los gobiernos


españoles, habida cuenta de la tremenda debilidad que la clase política
venía padeciendo desde las crisis políticas abiertas y nunca cicatrizadas, en
tiempos de Isabel II. Por otra parte, el fuerte valor económico, agrícola y
estratégico que significaba Cuba, venía siendo objetivo prioritario de
anteriores presidentes americanos, que, incluso, llegaron a hacer ofertas
económicas para su compra, si bien nunca aceptadas por los gobiernos
españoles, habida cuenta de que Cuba era la “perla” de sus colonias y La
Habana, su capital, el centro del tráfico comercial más importante,
comparable a muchos puertos peninsulares.

A los deseos americanos de posesión de tan rica plaza, hay que


sumar el descontento de los habitantes de la isla, enfrentados con las
autoridades de la metrópolis por lo que ellos consideraban limitaciones
políticas y comerciales impuestas por España a sus productos principales,
tales como la caña de azúcar, que veían como era boicoteado su comercio
con los EE. UU., y, sobre todo, la insolidaridad de las empresas textiles
catalanas, asegurándose el monopolio textil, para lo cual fueron
promulgadas la Ley de Relaciones Comerciales con las Antillas (1882) y el
Arancel de Cánovas (1891), gravando los productos extranjeros con más de
un 40% y obligando a absorber los excedentes de producción, medidas que
fueron verdaderas barbaridades económicas que no hacían más que ayudar
al hundimiento de la industria cubana.

A estos desatinos hay que añadir el nacimiento de una nueva


burguesía isleña dispuesta a luchar por todos los medios por la
independencia de sus territorios, manejando adecuadamente a la población
indígena, cuyos derechos no se respetaban por parte de los hacendados, aun
sabedores éstos de que la abolición de la esclavitud en Cuba había sido
aprobada en 1880.

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La primera gran sublevación contra las autoridades españolas
sucedió en el decenio comprendido entre 1868 y 1878, acaudillado por el
hacendado Carlos Manuel de Céspedes, con grandes pérdidas personales y
materiales tanto de una parte como de la otra, situación que terminó con el
acuerdo de una paz vigilada que ha pasado a la historia con el nombre de la
Paz de Zajón, que, en definitiva, no fue más que la preparación de nuevos y
más fuertes enfrentamientos, esta vez dirigidos por un hombre de gran
prestigio como lo era José Martí, verdadero impulsor de la independencia
de Cuba y creador del Partido Revolucionario Cubano, que a la postre sería
el partido vertebrador de todos los levantamientos revolucionarios de
aquellos años de finales del siglo XIX.

Los niveles de descontento entre los mambises, ciudadanos isleños


que habían sido esclavos hasta 1880, dirigidos por dos buenos estrategas
como lo eran Antonio Maceo y Máximo Gómez, traían de cabeza a las
autoridades militares españolas en la Isla, que veían cómo cada vez eran
más frecuentes sus actos de rebeldía, de sabotajes y, sobre todo, de
enfrentamientos armados contra patrullas militares y hostigamientos a sus
lugares de acuartelamiento, quienes con frecuencia tenían que tomar
precauciones en sus desplazamientos y aumentar la seguridad de sus
atrincherados lugares de descanso.

La primera medida de consideración frente a este aumento de la


violencia contra los militares españoles fue tomada por el nuevo Capitán
General Wayler, responsable de la Isla, que consistió en el reagrupamiento
de los campesinos en zonas vigiladas, pretendiendo con esta medida aislar
a los rebeldes y dejarlos sin suministro. El resultado fue muy otro y no
favorecedor para los intereses españoles: el cese de la producción de
alimentos y bienes agrícolas, así como la muerte de millares de cubanos (se
calcula que murieron más de 200.000 hombres a causa de estas medidas),
con la consiguiente radicalización del resto de la población, aumentando el
odio contra los opresores y el deseo de independencia, llegando a
producirse duros enfrentamientos hasta en la misma capital, La Habana,
entre independentistas y españolistas.

Estos desencuentros entre dos estamentos ya irreconciliables y el


aumento de concienciación por parte de personas influyentes cubanas
hicieron que se reclamara a Washington ayudas para resolver el conflicto,
así como su intervención directa en el mismo. Naturalmente, los EE. UU.,

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con gran visión de futuro para sus intereses, viendo la posibilidad de una
victoria por parte de los independentistas, no dudaron en apoyar dichas
reclamaciones, poniendo a su disposición armas, dinero y asesoramiento
militar.

Algunos historiadores consideran la llamada Guerra de Cuba como


un episodio menor entre la infinidad de guerras y enfrentamientos bélicos
que asolaban por aquellos años el mundo y que irremediablemente
conducirían, todos juntos, a uno de los momentos más cruentos y terribles
de la humanidad, como es el comienzo de la Primera Guerra Mundial,
también llamada Gran Guerra, desarrollada principalmente en Europa, a
partir de los enfrentamientos entre la recientemente unificada en tiempos de
la guerra franco–prusiana, Alemania (1871) y el Reino Unido, motivada
por rivalidades políticas entre ambas naciones, pero sobre todo, por la gran
proyección económica que venía desarrollando la segunda, en detrimento,
según llegó a creer la propia Alemania, de su nueva política de expansión
en un mundo donde ya no había cabida para nuevos proyectos económicos;
es decir: Alemania, como nueva potencia militar emergente necesitaba
urgentemente crear una red colonial que diera sentido a sus ansias
imperiales, pero se encontró que el mundo ya estaba dividido y colonizado
por otros países tan poderosos como ella, en la que sobresalía, sin ningún
tipo de dudas, la odiada Inglaterra. Dio comienzo el 28 de julio de 1914 y
finalizó el 11 de noviembre de 1918, cuando Alemania pidió el armisticio y
más tarde el 28 de junio de 1919, los países en guerra firmaron el Tratado
de Versalles.

En Estados Unidos, en un principio al margen de sus devastadoras


consecuencias, originalmente se la conoció como Guerra Europea. Más de
9 millones de combatientes perdieron la vida, una cifra extraordinariamente
elevada, dada la sofisticación tecnológica e industrial de los beligerantes,
con su consiguiente estancamiento táctico. Tal fue la convulsión que
provocó la guerra, que allanó el camino a grandes cambios políticos,
incluyendo numerosas revoluciones con un carácter nunca antes visto en
varias de las naciones involucradas.

Recibió el calificativo de mundial, porque en ella se vieron


involucradas todas las grandes potencias industriales y militares de la
época, divididas en dos alianzas opuestas. Por un lado se encontraba la
Triple Alianza, formada por las Potencias Centrales: el Imperio alemán y

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Austria–Hungría. Italia, que había sido miembro de la Triple Alianza junto
a Alemania y Austria–Hungría, no se unió a las Potencias Centrales, pues
Austria, en contra de los términos pactados, fue la nación agresora que
desencadenó el conflicto. Por otro lado se encontraba la Triple Entente,
formada por el Reino Unido, Francia y el Imperio ruso. Ambas alianzas
sufrieron cambios y fueron varias las naciones que acabarían ingresando en
las filas de uno u otro bando según avanzaba la guerra: Italia, Japón y
Estados Unidos se unieron a la Triple Entente, mientras el Imperio
otomano y Bulgaria se unieron a las Potencias Centrales (Triple Alianza).
En total, más de 70 millones de militares, incluyendo 60 millones de
europeos, se movilizaron y combatieron en la guerra más grande de la
historia.

Aunque el imperialismo que venían


desarrollando desde hacía décadas las potencias
involucradas fue la principal causa subyacente, el
detonante del conflicto se produjo el 28 de junio
de 1914 en Sarajevo con el asesinato del
archiduque Francisco Fernando de Austria. Su
verdugo fue Gavrilo Princip, un joven
nacionalista serbio. Este suceso desató una crisis
diplomática cuando Austria–Hungría dio un
ultimátum al Reino de Serbia y se invocaron las
distintas alianzas internacionales forjadas a lo largo de las décadas
anteriores. En pocas semanas, todas las grandes potencias europeas estaban
en guerra y el conflicto se extendió por todo el mundo.

El 28 de julio, los austro–húngaros iniciaron las hostilidades con el


intento de invasión de Serbia. Mientras Rusia se movilizaba, Alemania
invadió Bélgica, que se había declarado neutral, y Luxemburgo en su
camino a Francia. La violación de la soberanía belga llevó al Reino Unido
a declarar la guerra a Alemania. Los alemanes fueron detenidos por los
franceses a pocos kilómetros de París, iniciándose una guerra de desgaste
en las que las líneas de trincheras apenas sufrirían variación alguna hasta
1917. Este frente es conocido como Frente Occidental. En el Frente
Oriental, el ejército ruso logró algunas victorias frente a los austro–
húngaros, pero fueron detenidos por los alemanes en su intento de invadir
Prusia Oriental. En noviembre de 1914, el Imperio Otomano entró en la
guerra, lo que significó la apertura de distintos frentes en el Cáucaso,

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Mesopotamia y el Sinaí. Italia y Bulgaria se unieron a la guerra en 1915,
Rumania en 1916 y Estados Unidos en 1917.

Tras años de relativo estancamiento, la guerra empezó su desenlace


en marzo de 1917 con la caída del gobierno ruso tras la Revolución de
Febrero y la firma de un acuerdo de paz entre la Rusia revolucionaria y las
Potencias Centrales tras la célebre Revolución de Octubre en marzo de
1918. El 4 de noviembre de 1918, el Imperio austro–húngaro solicitó un
armisticio. Tras una gran ofensiva alemana a principios de 1918 a lo largo
de todo el Frente Occidental, los Aliados hicieron retroceder a los alemanes
en una serie de exitosas ofensivas. Alemania, en plena revolución, solicitó
un armisticio el 11 de noviembre de 1918, poniendo fin a la guerra con la
victoria aliada.

Tras el fin de la guerra, cuatro grandes imperios dejaron de existir: el


alemán, ruso, austro–húngaro y otomano. Los Estados sucesores de los dos
primeros perdieron una parte importante de sus antiguos territorios,
mientras que los dos últimos se desmantelaron. El mapa de Europa y sus
fronteras cambiaron completamente y varias naciones se independizaron o
se crearon después de su finalización. Al calor de la Primera Guerra
Mundial también se fraguó la Revolución rusa, que concluyó con la
creación del primer Estado autodenominado socialista de la historia: la
Unión Soviética. Se fundó la Sociedad de Naciones, con el objetivo de
evitar que un conflicto de tal magnitud se volviera a repetir. Sin embargo,
dos décadas después estalló la Segunda Guerra Mundial. Entre sus razones
se pueden señalar: el alza de los nacionalismos, una cierta debilidad de los
Estados democráticos, la humillación sentida por Alemania tras su derrota,
las grandes crisis económicas y, sobre todo, el auge del fascismo.

A finales del siglo XIX, el Reino Unido dominaba el mundo


tecnológico, financiero, económico y sobre todo político. Alemania y
Estados Unidos le disputaban el predominio industrial y comercial. Durante
la segunda mitad del siglo XIX y los inicios del siglo XX se produjo el
reparto colonial de África (a excepción de Liberia y Etiopía) y de Asia
Meridional entre las potencias europeas, así como el gradual aumento de la
presencia europea y japonesa en China, un estado que para entonces se
hallaba muy debilitado.

El Reino Unido y Francia, las dos principales potencias coloniales, se


enfrentaron en 1898 y 1899 en el denominado incidente de Faschoda, en
Sudán, pero el rápido ascenso del Imperio alemán hizo que los dos países
se unieran a través de la Entente cordiale. Alemania, que solamente poseía
colonias en Camerún, Namibia, África Oriental, algunas islas del Pacífico
(Nueva Guinea, las Marianas, las Carolinas, las Islas Salomón, entre otras)
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y enclaves comerciales en China, empezó a pretender más a medida que
aumentaba su poderío militar y económico posterior a su unificación en
1871. Una desacertada diplomacia fue aislando al Reich, que sólo podía
contar con la alianza incondicional del Imperio austro–húngaro. Por su
parte, el Imperio ruso y, en menor medida, los Estados Unidos controlaban
vastos territorios, unidos por largas líneas férreas (Transiberiano y
ferrocarril Atlántico–Pacífico, respectivamente)

Francia deseaba la revancha de la derrota sufrida frente a Prusia en la


Guerra Franco–prusiana de 1870–1871. Mientras París estaba asediada, los
príncipes alemanes habían proclamado el Imperio (el llamado Segundo
Reich) en el Palacio de Versalles, lo que significó una ofensa para los
franceses. La III República perdió Alsacia y Lorena, que pasaron a ser
parte del nuevo Reich germánico. Su recuperación era ansiada por el
presidente francés, Poicaré, lorenés. En general, las generaciones francesas
de finales del siglo XIX y, sobre todo, los estamentos militares, crecieron
con la idea nacionalista de vengar la afrenta recuperando esos territorios.
En 1914 sólo hubo un 1 % de desertores en el ejército francés, en
comparación con el 30 % de 1870.

Mientras tanto, los países de los Balcanes independizados del


Imperio otomano fueron objeto de rivalidad entre las grandes potencias. El
estado otomano, al que los comentaristas de la época denominaban el
“enfermo de Europa”, no poseía en Europa –hacia 1914– más que
Estambul, la antigua Constantinopla. Todos los jóvenes países nacidos de
su descomposición (Grecia, Bulgaria, Rumanía, Serbia, Montenegro y
Albania) buscaron expandirse a costa de sus vecinos, lo que llevó a dos
conflictos entre 1910 y 1913, conocidos como Guerras Balcánicas.

Impulsados por esta situación, los dos enemigos seculares del


Imperio otomano continuaron su política tradicional de avanzar hacia
Estambul y los estrechos que conectan el mar Negro con el mar
Mediterráneo. El Imperio austrohúngaro deseaba proseguir su expansión en
el valle del Danubio hasta el mar Negro, sometiendo a los pueblos eslavos.
El Imperio ruso, que estaba ligado histórica y culturalmente a los eslavos
de los Balcanes, de confesión ortodoxa –ya les había brindado su apoyo en
el pasado– contaba con ellos como aliados naturales en su política de
acceder a “puertos de aguas calientes”.

Como resultado de estas tensiones, se crearon vastos sistemas de


alianzas a partir de 1882:

 La Triple Entente: Francia, Reino Unido y Rusia.


 La Triple Alianza: Alemania, Austria-Hungría e Italia.
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A este período se le conoce como Paz armada, ya que Europa estaba
destinando cuantiosas cantidades de recursos en armamentos y, sin
embargo, no había guerra, aunque se sabía que ésta era inminente.

Por contrario, y en contra de los criterios de los historiadores,


nosotros consideramos la Guerra de Cuba como el primer paso histórico de
la expansión colonialista de unos reforzados Estados Unidos, que había
visto como la partición del mundo después de la Gran Guerra le daba alas
para asentar sus criterios de expansión y reforzar sus ejércitos,
principalmente su marina de guerra, para lo que necesitaba puntos
estratégicos en todos los mares, y en el que las antiguas colonias españolas,
entre ellas la isla de Cuba en el Caribe y las Filipinas en el Pacífico,
constituían verdaderos puntos de referencia de esta planificada expansión.

Queremos parar aquí por el momento nuestro relato de las causas


que motivaron dicha guerra y entrar de lleno en detalles personales de
soldados que en ella intervinieron y que la gran historia olvida con
frecuencia. Por otra parte, la Fama, esa diosa tan esquiva y, como mujer,
tan voluble, no siempre concede sus favores a quien más los merece,
llevándose los honores de los acontecimientos destacables personajes
secundarios que lo único que hicieron fue obedecer las órdenes de sus
mandos.

Señalamos esto, porque de la guerra de Cuba, como en otras tantas


guerras que en el mundo han ocurrido, ocurren y ocurrirán en el futuro (el
hombre siempre será el mayor enemigo para otros hombres en cuanto haya
dinero o poder que conquistar), se dan los más nobles actos de valentía, de
amor, de entrega a la Patria por parte de algunos hombres, así como los
actos más deleznables que un ser humano pueda cometer. Todo está
permitido en una guerra si la victoria es nuestra.

Así, si cogemos las amplias crónicas de la Guerra de Cuba, vamos a


ver desfilar una serie de personajes, acaparadores de todos los honores,
medallas y prebendas concedidas por el gobierno de turno sin haber éstos
pisado ni por un instante los campos de batallas, mientras que los
verdaderos héroes de las mismas, los soldados que luchan en pésimas
condiciones, que pasan hambre y frío, que son heridos sin asistencia
sanitaria, que mueren sin saber muchas veces por qué ni para qué luchan,
esos hombres anónimos que serán llorados durante años por sus madres y

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novias o esposas que desconocen sus últimos y fatídicos paraderos, carne
de batalla de iluminados “genios de la guerra”, a esos, nadie los nombra,
nadie le concede honores, nadie llora sobre sus cuerpos enterrados en
intrincadas selvas o en tórridos desiertos de lejanos países.

Cuando se habla de la Guerra de Cuba, nos aparece como la figura


guerrera principal de la misma el general Valeriano Wayler, (1838–1930),
Marqués de Tenerife, Duque de Rubí, Grande de España y Capitán General
durante los años finales de la contienda colonial, para nosotros un militar
de reconocido prestigio demostrado en multitud de ocasiones, como lo
fueran sus actuaciones en la sublevación de Santo Domingo, en 1861, que
le valió la Cruz Laureada de San Fernando, pero un mal estratega a la hora
de planificar y combatir una sublevación tan intensa como la de los
mambises de Cuba, siendo el responsable de unos de los mayores
desaciertos, como lo fue su política de Reconcentración de los sublevados
en zonas vigiladas por los soldados españoles, que no fue más que un
exterminio calculado de la población indígena, motivo de futuras
sublevaciones, odios y desencuentros.

El tema de la mala gestión de las colonias venía siendo criticada ya


de mucho antes: ni España supo nunca administrar adecuadamente su
política económica, mucho menos la social en sus territorios coloniales, ni
supo estar jamás a la altura que exigían las circunstancias cuando hubo que
defenderlos con las armas; la ambición y la codicia desmesurada de unos
pocos empresarios españoles que vieron en las explotación de los
abundantes recursos naturales de la isla una importante fuente de ingresos,
el desentendimiento de las mínimas condiciones de supervivencia de los
trabajadores y el desprecio por las mismas vidas humanas de los naturales
de la isla que alimentaban sus fortunas, con el consentimiento de las
autoridades españolas, fue el detonante que haría explotar las ya de por sí
difíciles relaciones que venían produciéndose entre las dos partes. A las
ansias de libertad de un pueblo, sabiamente manejadas por los EE. UU.,
contestaban ciegamente las autoridades de la metrópoli con el envío de más
fuerzas militares. Cuando las barbaridades cometidas por el Capitán
General de la isla, general Martínez–Campo fueron inasumibles por los
políticos de Madrid, la solución que encontraron fue la de mandar a otro
general más duro que el anterior y con mayores experiencias en represaliar

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a los insurrectos como lo era D. Valeriano Wayler, héroe de las campañas
militares de Santo Domingo.

No estamos criticando una política militar que en aquellos tiempos


era la única conocida y aplicada en todo el mundo dominado; estamos
narrando solamente lo que a nuestro parecer fueron las causas y los
motivos que llevaron a muchos pueblos de habla hispana a buscar su propio
camino, desligándose por lo tanto de controvertidas, cuando no
equivocadas políticas colonizadoras que en nada les favorecían y sí
arruinaban su futuro.

Tampoco estamos criticando a los militares que llevaron a cabo la


política represora contra los pueblos americanos. Ellos eran profesionales
de la guerra y cumplían a rajatabla las órdenes que se aprobaban en las
Cortes españolas. Por otra parte, dichos militares eran miembros de
“castas” privilegiadas, donde palabras como igualdad, respeto, derechos del
hombre, etc. no tenían sentido. Ellos obedecían ciegamente a conceptos
como “deber” “defensa de la Patria” “obediencia ciega a los mandos”
“honor” “victoria” “sacrificio” etc., que a la postre los hacían distintos a los
mortales y por los que eran pagados con buenos sueldos, condecorados con
importantísimas y bien retribuidas condecoraciones que hacían brillar sus
apellidos, o con títulos nobiliarios que los hacían entrar en el círculo más
selecto de la alta sociedad española.

La llamada Guerra de Cuba o Guerra hispano–estadounidense,


podemos dividirla en cuatro etapas perfectamente diferenciadas, tanto en la
intensidad de los combates como en las consecuencias militares entre los
dos (mejor diremos tres, pues la guerra final se libraría contra los Estados
Unidos) bandos enfrentados: la llamada Guerra de los Diez años o Guerra
Grande (10 de octubre de 1868–10 de febrero de 1878), la Guerra Chiquita
(1879–1880), la Guerra de Independencia cubana o Guerra del 95 (1895 –
1898) y Guerra hispano–estadounidense (1898)

La Guerra de los Diez Años, también conocida como Guerra de Cuba


(en España) o Guerra Grande (1868–1878), fue la primera guerra de
independencia cubana contra las fuerzas reales españolas. La guerra
comenzó con el Grito de Yara, en la noche del 9 al 10 de octubre de 1868,
en la finca La Demajagua, en Manzanillo que pertenecía al hacendado
Carlos Manuel de Céspedes.

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Terminó diez años más tarde con la Paz de Zanjón o Pacto de
Zanjón, donde se establece la capitulación del Ejército Independentista
Cubano frente a las tropas españolas. Este acuerdo no garantizaba ninguno
de los dos objetivos fundamentales de dicha guerra: la independencia de
Cuba y la abolición de la esclavitud.

Los antecedentes de dichos enfrentamientos hay que buscarlos en las


llamadas “leyes especiales” prometidas en la Constitución española de
1837 nunca cumplidas, que se promulgaron, por lo que la isla de Cuba
siguió regida por un Capitán General que ejercía un poder prácticamente
absoluto, generalmente en favor de los grandes propietarios de las
plantaciones esclavistas de caña de azúcar –la llamada “sacarocracia”–, por
ejemplo, tolerando la entrada clandestina de medio millón de esclavos
procedentes de África entre 1820 y 1873. Ese estado de cosas se mantuvo
hasta que apareció un nuevo grupo de propietarios ligados al comercio y a
las empresas tabaqueras, en su mayoría emigrantes españoles de primera o
segunda generación. Los gobiernos de la Unión Liberal del general
O'Donnell formaron una comisión para estudiar las reformas que se debían
aplicar en Cuba pero no llegó a ninguna conclusión. En ese contexto es en
el que se produjo el Grito de Yara que inició la primera guerra de la
independencia cubana.

Causas de la guerra:

Causas económicas.

 Cuba estaba siendo afectada por las crisis económicas de los


años 1857 y 1866.
 Las regiones de occidente y de oriente tenían diferente
situación económica. La región occidental era más desarrollada, tenía más
esclavos, mayor producción y más facilidades de comercio que la zona
oriental. Esto hacía que muchos hacendados orientales se arruinaran.
 España imponía altos impuestos y tributos sin consultar con
los habitantes de la isla.
 España sostenía un rígido control comercial que afectaba
enormemente a la economía en la isla.
 España utilizaba los fondos extraídos de la isla para asuntos
ajenos al interés cubano, como financiar grandes desembolsos
armamentísticos (más de la tercera parte del presupuesto nacional),
desarrollar la colonia de Fernando Poo y otros. Estos gastos se hacían en un
momento que se necesitaba un fuerte proyecto inversionista para
modernizar la industria azucarera, lo cual empeoraba la situación de la
colonia.

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 La comprensión de la necesidad de introducir el trabajo
asalariado como única vía para hacer avanzar la industria azucarera, algo
poco dado en las colonias española.

Causas políticas.

La revolución española de 1868, La Gloriosa, fue precedida por una


amplia conspiración vinculada a los intereses de los criollos reformistas
cubanos, emparentados con lo generales Serrano y Dulce. Pero la Gloriosa
fue también el detonante de la revolución en Cuba, donde el ambiente
estaba preparado psicológicamente desde el abandono de Santo Domingo
en 1865 y la Guerra de Secesión Estadounidense. Sin embargo, la revuelta
no fue encabezada por negros esclavos o libertos, sino por personajes de las
clases medias. Acontecimiento que no habían previsto los criollos
reformistas.

 España negaba a los cubanos el derecho de reunión como no


fuera bajo la supervisión de un jefe militar.
 No existía la libertad de prensa.
 Era ilegal formar partidos políticos.
 Fracaso de la junta de información de 1867 y con esto la
agudización de las contradicciones colonia-metrópoli unido a la
maduración de un pensamiento independentista con figuras como Félix
Varela, José Antonio Saco y otros.

Causas sociales.

 Marcada división de clases.


 La existencia de prejuicios raciales.
 En Cuba existía la esclavitud, que además de ser cruel era un
freno para el desarrollo económico de la isla, pues el desarrollo de la
tecnología hacía imprescindible el uso de obreros cualificados.

De todos los grandes conflictos potenciales, la esclavitud era el mayor. En las


Cortes de Cádiz, el abogado español antiesclavista Agustín Argüelles presentó en 1811
una proposición para abolir la trata de esclavos. El diputado cubano Andrés Jáuregui
se opuso radicalmente, amenazando con una sublevación contra España si se abolía el
tráfico. Las amenazas de segregarse y de pedir la anexión a Estados Unidos marcaron
las siguientes discusiones y votaciones, donde los diputados americanos se
manifestaron contra la trata de esclavos y los cubanos, tanto los criollos como
peninsulares, a favor.

Los cubanos integrantes del bloque oligárquico que residían fundamentalmente


en las provincias de La Habana y Matanzas, se habían opuesto a la Guerra de los Diez
Años, prefiriendo conservar sus esclavos y plantaciones –manteniendo sus negocios– y
a la libertad de la Isla.
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La guerra:

La insurrección independentista comenzó


el 10 de octubre de 1868 con el llamado Grito de
Yara pronunciado por el hacendado Carlos
Manuel de Céspedes en su propiedad del oriente
de la isla llamada La Demajagua, una finca
pequeña, anticuada, pobre e hipotecada por
deudas. Previamente Céspedes había liberado a
sus esclavos. Sin embargo el Grito de Yara no
fue secundado por los hacendados del occidente
de la isla, mucho más próspero que el oriente.
Por su parte el “partido español” optó por
enfrentarse tanto a los insurrectos como a los
representantes del gobierno metropolitano que
tras la revolución de 1868 pretendía introducir ciertas reformas en la isla,
“por más que este programa liberalizador hubiese de ser, por fuerza, harto
moderado, si pensamos que el poder estaba en manos de hombres como los
generales Serrano o Dulce, asociados por sus respectivos matrimonios a la
riqueza azucarera cubana”.

Así pues, la guerra comienza cuando Céspedes pone en la libertad a


sus esclavos y lee la Declaración de Independencia (o Manifiesto de
octubre, como también se le conoce), el 10 de octubre de 1868. En este
documento Céspedes explica las causas de la guerra y sus objetivos.

Esta guerra tuvo un carácter antiesclavista, anticolonialista y de


liberación nacional. Además, desde el punto de vista cultural ayudó a que
el sentimiento de nacionalismo se afianzara. Se luchó por el progreso de la
economía y sociedad, por lo que tuvo un carácter contracultural.

El hito militar más relevante fue la toma de Bayamo por parte de los
insurgentes, ciudad que posteriormente incendiarían. Cuando los generales
enviados desde la península para combatirles, como el conde de Valmaseda
o Valeriano Weyler, utilizaron la política de la tierra quemada, que ya
habían usado en Santo Domingo, para dejar sin apoyos ni recursos a la
guerrilla insurgente, Céspedes respondió con la misma política y ordenó la
destrucción de las plantaciones de caña –“las llamas habían de ser los faros
de nuestra libertad”, afirmó– y a pedir que se sublevase a las dotaciones de
esclavos: “Cuba libre es incompatible con Cuba esclavista”. Este programa
político, a pesar de que contemplaba la abolición de forma gradual e
indemnizando a los propietarios, fue rechazado por los propietarios

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azucareros del occidente de la isla y por la burguesía de La Habana de
origen metropolitano.

El Gobierno Provisional de 1868–1871 envió a Cuba al general


Domingo Dulce como nuevo capitán general para que iniciara ciertas
reformas que pusieran fin a la sublevación, pero se encontró con la radical
oposición de la alta burguesía de La Habana, que controlaba el comercio, la
banca, la producción de tabaco, las navieras y otras actividades
fundamentales, y que contaba con el apoyo armado de los “batallones de
voluntarios del comercio”.

El citado “partido peninsular” o “partido español” es el que se hizo


dueño de la isla, logrando no sólo echar a Dulce sino a la mayoría de los
funcionarios nombrados por los gobiernos del Sexenio Democrático. Es
posible incluso que este grupo estuviera detrás del asesinato del general
Juan Prim, presidente del gobierno español, que parecía dispuesto a
negociar con los insurgentes, y que también fuera uno de los promotores de
la Restauración borbónica en España ya que ayudó a financiar el
pronunciamiento del general Arsenio Martínez Campos que el 29 de
diciembre de 1874 que puso fin a la Primera República Española,
seguramente por medio de José Cánovas del Castillo, directivo del Banco
Español en la Isla de Cuba y hermano de jefe del partido alfonsino,
Antonio Cánovas del Castillo.

Que la guerra durara diez años a pesar de los medios con que
contaban los que se oponían a los insurgentes independentistas se debió,
según Josep Fontana, a la “escasa capacidad de la metrópoli, que hubo de
ver cómo se perdía la tercera parte de los soldados llevados a la isla,
vestidos con malos uniformes, mal alimentados y pésimamente preparados,
de modo que un 90 por 100 de los que murieron lo hicieron en hospitales y
por causas naturales”.

La ofensiva de la metrópoli: la “españolización” de la isla.

España, al margen de su ofensiva militar, emprendió una ofensiva


paralela, la civil. Para ello, incrementó el número de contingentes de
inmigrantes españoles hacia Cuba, con el objeto de “españolizar” la isla.

Desde el año 1868 a 1880, llegaron a Cuba 382.476 españoles, y para


el año 1898, cuando Cuba logra su independencia, eran 960.682, de los
cuales 449.287 eran civiles y 511.395 eran militares.

22
Personajes importantes:

Algunas de las figuras más importantes de la guerra fueron:

 Carlos Manuel de Céspedes, quien no sólo fuera el iniciador


del conflicto, sino que fue uno de los más radicales elementos en todo el
proceso. Él fue el primer presidente de la República en Armas y fue
también el primer funcionario cubano destituido de un cargo político. En
una ocasión las fuerzas españolas detuvieron a uno de sus hijos y lo
amenazaron con matarlo si no terminaba la guerra. Carlos Manuel
respondió con una negativa que le costó la vida a su hijo. Este hecho le
ganó el título de “Padre de la Patria”.
 El general Máximo Gómez, militar de carrera dominicano,
quien había peleado contra sus paisanos anti–anexionistas cuando era un
joven militar del Ejército Español y que, después de la derrota de éste en la
que después fue la República Dominicana, se trasladó a Cuba, donde años
más tarde sería uno de los líderes militares independentistas.
 El general Antonio Maceo, un mulato liberto que ganó sus
grados por su inteligencia estratégica y su valor.
 El general Vicente García González (el León de Santa Rita),
quien fuera el último jefe de los Ejércitos de la República de la Guerra
Grande y uno de los generales más temidos y respetados por el ejército
colonial español.
 El mayor Ignacio Agramonte, un aristócrata de la zona del
Camagüey, quien renunció a todas sus riquezas y se unió a los insurgentes
y fue famoso por varias acciones militares que demostraron su capacidad
como líder y sus dotes como estratega.
 El general Calixto García.
 El general José Maceo, uno de los hermanos menores de
Antonio Maceo.

La Guerra Chiquita (1879–1880) fue el


segundo de los tres conflictos de la Guerra
Cubana de la Independencia contra España. Fue
la continuación de la Guerra de los Diez Años
(1868–1878) y precedió a la Guerra de
Independencia cubana, que logró que los
cubanos se independizaran de España.

Comenzó el 26 de agosto de 1879, y


luego de algunos sucesos menores, la guerra
terminó cuando los rebeldes fueron derrotados
en septiembre de 1880. El 24 de agosto de 1879
se escuchó el grito: «¡Independencia o muerte! en los campos de las
23
inmediaciones de Rioja, próximo a la oriental ciudad de Holguín y
posteriormente se extendió hacia la región de Gibara.

Causas de la Guerra Chiquita:

La Guerra de los Diez Años (1868–1878) había terminado como un


fracaso. El Pacto de Zanjón frustró casi cualquier idea independentista. El
descontento, insatisfacción e incumplimiento de promesas llevaron a los
cubanos a un nuevo alzamiento.

Desarrollo.

En Santiago de Cuba, el general Guillermo Moncada apresuraba


también el levantamiento, internándose en los montes. En 1878 quedó
constituido el Comité Revolucionario de la Emigración Cubana, llamado
asimismo Comité de los Cinco que, bajo la presidencia de José Francisco
Lamadriz, se encargó de la búsqueda de vías de auxilio a los combatientes
que continuaban la lucha en la isla; además de llevar adelante la
organización, preparación y dirección de un nuevo período de lucha
armada. El fin de la Guerra de los Diez Años se imponía inexorablemente.
La contribución de los emigrados fue efectiva. Se incorporó el mayor
general Calixto García a su dirección, y asumió como nuevo nombre el de
Comité Revolucionario Cubano.

La decisión de lucha era fuerte, pero la desunión e innumerables


contradicciones lastraban el desempeño conspirativo. El alcance nefasto de
estos problemas se pondría en evidencia al iniciarse los alzamientos
armados en agosto de 1879. Dentro y fuera de Cuba se crearon clubes
secretos en apoyo a la lucha.

La lucha en Cuba:

No hubo muchos combates en esta guerra. Los pocos efectuados


terminaron con reveses para los cubanos. A pesar de la disposición de los
mambises, existía escasez de balas y el entrenado ejército español era muy
superior.

Causas del fracaso:

Pero la ausencia en la ínsula de jefes militares de gran importancia


para la dirección de la lucha, como Antonio Maceo y Calixto García, la
carencia de armamentos y municiones y de ayuda exterior, condicionaban
el desaliento y la falta de fe en la victoria. En occidente, los principales
dirigentes del levantamiento fueron apresados y en el resto de la nación

24
muchos líderes, entre ellos el propio Calixto García, se vieron forzados a
capitular en 1879 y 1880. Inició a Martí como dirigente del pueblo cubano,
con lo que ganó experiencia para organizar la Guerra del 95.

Importancia histórica para el pueblo de Cuba:

Aunque fracasó, la Guerra Chiquita contó con elementos de


organización superior a los de guerras anteriores libradas en Cuba y sirvió
de experiencia en el difícil camino de alcanzar la necesaria e impostergable
unidad en los esfuerzos revolucionarios cubanos.

Guerra de Independencia cubana:

La Guerra de Independencia de Cuba (o la Guerra de 1895) es el


nombre con el que se conoce a la última guerra por la independencia de los
cubanos contra el dominio español y se trata de una de las últimas guerras
americanas contra el Reino de España. La guerra se inició el 24 de febrero
de 1895 en un levantamiento simultáneo de 35 localidades cubanas, en el
Grito de Oriente (antes conocido como Grito de Baire) y terminó en 1898
con la rendición del ejército colonial español ante el avance militar
estadounidense, con la asistencia y el apoyo de los mambises (miembros
del ejército independentista cubano) en la conocida generalmente como
Guerra hispano–estadounidense (llamada “Guerra hispano–cubano–
estadounidense” dentro de la isla)

Antecedentes:

El envío de reclutas peninsulares para sofocar la revuelta supuso una


fuente añadida de ingresos para la industria textil catalana, gracias a “las
remesas considerables que se hacían para el vestuario de los batallones que
sosteníamos en combatir la insurrección”.

Los proyectos de autonomía para Cuba redactados por los políticos


de la metrópoli (Maura, Abarzuza, Cánovas del Castillo) cristalizaron
durante el gobierno de Práxedes Mateo Sagasta, con Segismundo Moret en
el Ministerio de Ultramar, en una Constitución para la isla que le otorgaba
autonomía plena (25 de noviembre de 1897) con la sola reserva del cargo
de Gobernador General, más los reales decretos por los que se establecía la
igualdad de derechos políticos de los españoles residentes en las Antillas y
los peninsulares, y se hizo extensivo a Cuba y Puerto Rico el sufragio
universal (25 de noviembre de 1897)

25
El primer gobierno autónomo estuvo presidido desde el 1 de enero de
1898 por José María Gálvez Alonso. Ninguna de las iniciativas
emprendidas desde el Gobierno central tuvieron éxito a pesar de los claros
avances, ya que para los intereses de la oligarquía criolla como los de los
intervencionistas de los Estados Unidos de América, la presencia española
era un obstáculo a eliminar.

José Martí, los preparativos:

José Martí, alma incansable y poética del


patriotismo cubano, ausente de la isla desde su
deportación a la península en 1871, organiza en los
Estados Unidos el Partido Revolucionario Cubano
cuyo principal objetivo era lograr la independencia
de Cuba. Más tarde patriotas puertorriqueños se
unieron con el compromiso de que una vez liberada
Cuba, las fuerzas independentistas hicieran lo
mismo con Puerto Rico. Conocedor de las razones
del fracaso de la Guerra de los Diez Años, Martí
preparó las condiciones para que las mismas no se
repitieran, dándole a la fuerza militar un poder
ilimitado en cuanto a estrategia y táctica, pero dejando al poder civil
solamente la tarea de sustentar diplomática, financiera y legalmente la
guerra y de gobernar en los territorios liberados. Martí viajó a Costa Rica,
en donde vivía Antonio Maceo, para convencerlo de la necesidad de su
aporte a la gesta de independencia. Lo mismo hizo con Máximo Gómez,
quien vivía en la República Dominicana. Fue en este último país en donde
se firmó el Manifiesto de Montecristi que expresa la necesidad de la
Independencia de Cuba. Embarcando desde Haití al frente de una reducida
fuerza militar, desembarcaron en Playitas de Cajo Babo para coincidir con
el Grito de Baire y los levantamientos en varias zonas del oriente de Cuba.

La guerra:

El 24 de febrero de 1895, por órdenes de Martí se levantan 35 aldeas


en el Oriente de Cuba en lo que se ha dado en llamar el Grito de Oriente.
Las autoridades coloniales lograron descabezar la insurrección en las cuatro
provincias occidentales, con la detención de Julio Sanguily y José María
Aguirre Valdés. La metrópoli envía a la isla 9.000 hombres, suspende las
garantías constitucionales y aplica censura a la prensa. El 21 de marzo
Antonio Cánovas envía otros 7.000 hombres y nombra a Arsenio Martínez
Campos, artífice de la Paz de Zanjón, Capitán General de Cuba.

26
Con la experiencia de la Guerra de los Diez Años, un mayor apoyo
de las fuerzas políticas y una mayor conciencia nacional, los libertadores
concibieron la campaña Invasión al Occidente que tenía el fin de tomar ese
sector de la isla. No fue fácil someter el Oriente de Cuba, en donde las
fuerzas realistas tuvieron grandes aprietos para contener a los libertadores.
Sin embargo, José Martí y Antonio Maceo murieron en la contienda: Martí
casi al inicio de la guerra (19 de mayo del 1895). Maceo pudiera ser que
muriera en una emboscada, pero que él mismo tenía preparada al ejército
español, según se desprende de la hoja de servicios del subteniente D. José
Muñoz Gutiérrez, sargento en aquella época, y cuyas operaciones desde el
22–10–1896 en Artemisa y Heras, y posteriormente en la trocha de Mariel
a Majama hasta el 23–12–1896 en Pinar del Río, incluyendo la derrota de
Maceo, y que le valieron al citado sargento, la consecución de dos cruces
de plata al mérito militar con distintivo rojo.

Entre las victorias obtenidas por los soldados cubanos se destaca el


cruce de Trocha de Júcaro a Morón en lo que actualmente es la provincia
de Ciego de Ávila, casi al centro del país con el objetivo de impedir el
cruce de las tropas libertadoras hacia el occidente.

La primera era una cadena de fuertes y tropas realistas que se


extendía por la comarca. El paso de dicha trocha representaba no sólo una
necesidad para el cumplimiento de la Campaña de liberación del Occidente,
sino además una victoria que demostraría el desarrollo militar de los
insurgentes. Generalizada la rebelión en toda la isla, el gobierno central de
Madrid destituyó al general Martínez Campos y decidió enviar a la isla al
general Valeriano Weyler. Este último llevaría a cabo una guerra atroz en
su afán de derrotar a los independentistas cubanos. Con un cuarto de millón
de hombres, el general Weyler se propuso acabar la guerra en un periodo
de 24 meses. Una de sus medidas sería colocar a los habitantes rurales en
campos de concentración para de esta manera privar a los patriotas del
apoyo del campesinado. Se calcula que murieron unos cien mil cubanos en
dichos campos de concentración debido al hambre y las enfermedades, en
su mayoría ancianos, mujeres y niños. Pero a pesar del incremento
constante de tropas españolas, la política de reconcentración y la
abrumadora superioridad de su ejército, Weyler fue incapaz de derrotar a
los rebeldes cubanos. Estos, conocedores del terreno y movidos por el
espíritu independentista llevaron a cabo una eficiente guerra de guerrillas
consistente en operaciones ofensivo–defensivas que fueron desgastando al
ejército español paulatinamente sin que este pudiera obtener resultados
favorables, a pesar de contar con los mejores medios militares como líneas
de fortificación, ferrocarriles, vigilancia de las costas y el armamento más
moderno de la época. Para finales de 1897, el gobierno español se encontró

27
con las arcas vacías y con un ejército agotado por las enfermedades
tropicales y la resistencia de los rebeldes. El presidente Sagasta decidió
finalmente destituir a Weyler a favor del general Ramón Blanco y Erenas,
tanto por el costo político de su modo de hacer la guerra, como por su
fracaso militar al no poder derrotar a los rebeldes.

Para comienzos de 1898 el gobierno de los Estados Unidos


reclamaba que la guerra afectaba sus intereses y le exigió a España
reformas para lograr la paz. El gobierno colonial le otorgó a Cuba la
autonomía, e inició una serie de reformas políticas y declaró un armisticio,
pero los patriotas cubanos declararon que ya era demasiado tarde para un
arreglo pacífico y aseguraron que sólo se detendrían hasta lograr la
independencia. El acorazado estadounidense Maine, que estaba de visita en
la Bahía de la Habana, explotó. Ante esta situación Estados Unidos acusó a
España de agresión y anunció una guerra inminente. Ante la amenaza, el
Capitán General de Cuba, Ramón Blanco, le propuso al General Máximo
Gómez, líder de los rebeldes, una alianza para enfrentarse a los
norteamericanos. El general Gómez se negó rotundamente y recibió
órdenes del gobierno rebelde de apoyar al ejército estadounidense para
lograr finalmente la expulsión de los españoles de Cuba.

La Guerra Cubano–Hispano–Estadounidense.

La explosión del acorazado estadounidense Maine significó el


ingreso de los Estados Unidos en la contienda. La declaración de guerra a
España no se dejó esperar y los combates que antes se centraron en tierra,
se trasladaron al mar: Las flotas realistas no pudieron responder a los
modernos acorazados estadounidenses. La toma de Santiago de Cuba y la
superioridad militar de las tropas norteamericanas, apoyadas en todo
momento por las fuerzas cubanas al mando del General Calixto García (jefe
cubano del departamento oriental) obligaron a los españoles, que ya
estaban virtualmente acabados, a rendirse en 1898. El suceso abrió paso a
la ocupación estadounidense de Cuba hasta 1902.

El acorazado Maine entrando en el puerto de La Habana y su posterior hundimiento

28
Por el Tratado de París, España renunciaba a su soberanía sobre
Cuba, Puerto Rico y Filipinas, lo que realmente significó dejar el campo
expedito a la intervención y ocupación por los Estados Unidos. La
exclusión de los representantes de las tres colonias en mención, evidenció
el ánimo colonialista de los Estados Unidos, aunque las fuerzas
independentistas de esos países llevaran el mayor peso de las guerras. El 24
de febrero de 1899, justo cuatro años después del inicio de la guerra, hacía
su entrada triunfal a La Habana el Generalísimo Máximo Gómez al frente
de su ejército. El viejo general Dominicano había guiado a los patriotas
cubanos a la victoria en su guerra de emancipación contra el ejército
español con la ayuda norteamericana. Miles de personas salieron a recibir
al ejército libertador y Gómez sorprendido le dijo a uno de sus hombres: Si
toda esta gente hubiese peleado con nosotros habríamos derrotado a
España hace muchísimo tiempo.

Firma del Tratado de París por el que España pierde sus Colonias de Ultramar

Transición democrática:

El descontento de los libertadores al ver cambiar su tierra de amo, no


se dejó esperar. Si bien Puerto Rico y Filipinas continuaron por más
décadas como colonias, ya no de España sino de Estados Unidos, las
presiones cubanas por constituir su propio país hicieron que bien pronto
Estados Unidos preparara su retirada. Ese descontento propició las
condiciones necesarias para ello, aunque dejando abierta la posibilidad de
una nueva intervención como garantía de independencia (redacción de una
constitución conforme a la llamada Enmienda Platt aprobada por la
Asamblea Constituyente cubana el 12 de junio de 1901): el 20 de mayo de
1902 nacería la República de Cuba con la toma de posesión de su primer
presidente, don Tomás Estrada Palma. Sin embargo, no será hasta 1909 con
la presidencia de José Miguel Gómez (del partido liberal) cuando termine
29
el Gobierno de Intervención norteamericano y no sin antes (2 de julio de
1903) firmar el arrendamiento de la base de Guantánamo aún hoy poseída
por los EE. UU.

La independencia no mejoró la situación de los más desfavorecidos,


produciéndose después de la secesión colonial levantamientos del sustrato
poblacional negro, que en 1912 propició otra intervención estadounidense.

La Crisis del 98 en España:

La pérdida de las colonias, y muy especialmente de Cuba, provocó


una profunda crisis identitaria, social, política y cultural en España, dando
paso a una época en la que manifestaciones culturales, como la Generación
del 98 o el Regeneracionismo, se vieron marcados por la crisis y el
contexto histórico, tratando entre otros temas la pérdida de personalidad
histórica de España.

La independencia de Cuba constituyó un factor clave de la aparición


de nacionalismos contemporáneos en España como el vasco, el catalán y el
español.

La burguesía catalana asociada al textil comenzó a apoyar el


sentimiento antiespañol derivado de culpar a España de la pérdida de su
ventajoso monopolio textil.

****

La Guerra de Cuba, que en España es conocida como el Desastre


del 98, encierra multitud de pequeñas y grandes batallas, de prodigiosas
hazañas diarias realizadas por un ejército español poco preparado y peor
pertrechado, en las que no contaban los hombres (la mayoría de los
reclutamientos eran forzosos entre las clases más pobres del pueblo
español) y sí los hechos de armas, que valían, como en el caso del general
Wayler, para ponerse otra medalla y aumentar su ya de por sí amplia y
brillante hoja de servicio.

Dentro de estas pequeñas batallas que forman todas ellas juntas la


Guerra de Cuba, vamos nosotros a estudiar el llamado “cerco o sitio de
Cascorro” y dentro de él la actuación de, principalmente dos hombres: el

30
héroe oficial de la contienda, el santamarteño capitán Francisco Neila y
Ciria y el héroe popular y que tanta tinta ha vertido durante el siglo XX, el
cabo 2ª Eloy Gonzalo, a quien la ciudad de Madrid le levantó una hermosa
estatua y nominó una plaza en su nombre.

Nuestra intención, en este trabajo, una vez recopilados los apuntes


sobre el desarrollo de la misma, no es hacer una crónica de la ya muy
estudiada guerra hispano–estadounidense, sino un intento de novelar
actuaciones y personajes que la vivieron y la sufrieron en primera persona.
Conoceremos a través de estas páginas a sus principales protagonistas y los
motivos que les llevaron a combatir en una guerra que sus mandos
consideraban desde hacía tiempo sin la más mínima posibilidad de triunfo,
los que les llevaría a combates de exterminio del enemigo y sin ninguna
posibilidad de perdón para sus vidas, así como entraremos en sus más
íntimos sentimientos para justificar –y hay algo que justificar a la hora de
defender su propia vida puesta en peligro– sus excesos, sus vilezas como
hombres de guerra, pero también sus grandezas y su valentía a la hora de
defender unos territorios que habían dejado de tener la más mínima
importancia para sus responsable políticos que vegetaban en la metrópolis
ajenos a su sufrimiento y valentía por un sueldo de miseria.

Iglesia de Baler, Filipinas, desde donde se defendieron los soldados españoles

Sí quisiéramos señalar para la pequeña historia de Extremadura, que


al igual que sucediera unos siglos antes con la hoy vilmente repudiada y
peor enseñada en los colegios epopeya de la conquista de América por un
puñado de soldados y hombres de acción nacidos en nuestras tierras

31
(naturalmente también en otras tierra de España), que le dieron a nuestro
país los años de su mayor esplendor, tanto en lo económico como en lo
militar, los últimos acontecimientos bélicos que se dieron en tierras
americanas y que al final resultaron ser los últimos coletazos de la
desaparición de un gran imperio, fueron protagonizados por dos hombres,
dos militares, dos héroes nacidos también en tierras extremeñas: el Sitio de
Baler, que dio nombre al más popular últimos de Filipinas, protagonizado
por el teniente segundo Saturnino Martín Cerezo, natural de Miajadas,
Cáceres, y un puñado de soldados enfermos y sin munición, y el que
estamos relatando en estos momentos, llamado el Sitio de Cascorro,
pequeño y aislado poblado situado en lo más profundo y exuberante de la
selva en la isla de Cuba, donde el capitán Francisco Neila y Ciria, natural
de Santa Marta de los Barros, Badajoz, junto con tres oficiales subalternos
y ciento setenta individuos de tropa distribuidos en tres fuertes,
denominados “Principal”, “Gracia” y de la “Iglesia”, planeados para resistir
el fuego de fusilería, fueron capaces de escribir una de las páginas más
gloriosas del ejército español, hoy completamente olvidada por sus
compatriotas y hasta en sus mismos pueblos de nacimiento.

Poblado de Cascorro, en la actualidad, lugar de los gloriosos hechos de guerra

De su expediente militar nos queda reflejado el siguiente parte de


guerra que por sí mismo nos señala con toda clarividencia las
circunstancias adversas a las que se tuvieron que enfrentar: no desfalleció
un instante ante la superioridad del enemigo y la desigualdad de
elementos, pues no disponía de armas de artillería para contestar a las del
adversario; con su serenidad y acertadas disposiciones que obedecían a lo
que su espíritu y honor le dictaban en circunstancias tan críticas, no
32
titubeó en continuar defendiendo el puesto que se le había confiado,
rechazando con energía las cuatro intimidaciones de rendición que le hizo
el enemigo, en las que se le ofrecía saldría con todos los honores de las
armas; a pesar de que con la fuerza de que disponía no podía dedicarse
más que a la defensiva, sostuvo constantemente las comunicaciones con los
fuerte entre sí, disponiendo dos salidas, de un oficial y veinticinco hombres
la primera, y de veinte la segunda, para desalojar al enemigo de dos casas
cercanas al fuerte “Principal”, consiguiendo el objetivo que se proponía,
si bien no tomó parte activa en las expresadas salidas.

Las bajas de los atacantes fueron muchas; las nuestras consistieron


en cuatro muertos, once heridos y cuatro contusos.

La vida de nuestros soldados en cuba no era muy cómoda

33
Capítulo I

La noche ha sido muy calurosa en el hogar de la calle Fuente, nº 17


(años más tarde llevará el nombre del héroe de Cuba) del agricultor pueblo
extremeño denominado Santa Marta, en la comarca de los Barros. La casa,
de buena construcción, como corresponde a una familia de clase media y
buena renta, está construida, a la manera andaluza, girando sobre un
pequeño y fresco patio abundantemente decorado en sus paredes por bellos
azulejos de la Cartuja de Sevilla, alrededor del cual, y en dos plantas, se
distribuyen las habitaciones y el resto de las dependencias del personal de
servicio, que se alimentan del aire renovado, enriquecido de oxígeno y del
frescor que los arriates de los numerosos macetones donde crecen pujantes
y hermosas las plantas de aspidistras, de geranios que exhalan un olor acre
y embriagador y donde las hortensias, con sus enormes flores de color
rosáceo y azulado ponen un punto de color natural en un decorado de
baldosines y retorcidos hierros labrados por las sabias manos del herrero.
En el centro del patio, una pequeña fuente de mármol blanco de Macael
desgrana día y noche la sinfonía de sus chorros de agua que ayudan a
mantener el frescor del lugar y a embelesar con su monótono soniquete a
los desprevenidos visitantes que en estos momentos lo ocupan.

Un reducido grupo de hombres están sentados alrededor del pozo y


durante toda la noche, entre cafés bien cargados y copas de aguardiente
casero han estado expectantes a cualquier movimiento de las mujeres que
se afanan por seguir manteniendo en la cocina el agua caliente para el
momento de un parto que no llega. A las seis de la mañana, cuando la luz
va barriendo las tinieblas y miedos ancestrales de la noche, se oye llegar,

34
acompañando el firme trotar de los cascos de un caballo, el nimio y
cantarín sonajero de los campaniles con los que el médico ha adornado el
tílburi que usa para sus desplazamientos.

Es un hombre joven, guapo, elegante en su vestir y con esa


seguridad que dan aquellos que se sienten seguros de su ciencia. También
él lleva marcado alrededor de sus ojos las señales de no haber dormido lo
suficiente esa noche, pero su sonrisa y buen humor en el momento de
atravesar el portal y enfrentarse con los hombres hace que todo recobre la
tranquilidad y desaparezca cualquier atisbo de incertidumbre entre los
presentes, entre cuyos miembros se encuentra don Manuel Neila y Arias de
Paredes, secretario del ayuntamiento y hombre muy arraigado ya en el
pueblo, desde aquellos lejanos tiempos en que su familia llegó a estos
lugares arrastrados por un buen empleo en las oficinas de las recientemente
descubiertas y explotadas minas de vanadio, plomo y plata, descubiertas en
la zona llamada de los Llanos, a unos dos kilómetros de la villa, que hizo
aumentar la población a finales del siglo XIX en más de 7.000 habitantes, y
que su agotamiento de recursos, en 1927 llevó a su abandono y nuevamente
a la despoblación de una comarca donde predominaban las labores agrarias.

Visita un día de fiesta a principio de siglo de las ya abandonadas minas de plomo de Santa Marta

- Buenos días señores –saluda el médico con jovialidad–, ya veo


que han estado ustedes muy ocupados esta noche. Esperemos que la
criatura venga bien y no nos haga esperar mucho más tiempo.

- Doctor –se atreve a comentar el futuro padre de la criatura con


un más que incierto resquemor ante un acontecimiento que le supera–, ¿hay
peligro para la madre?
35
El médico, con su cartera en la mano, sabe en su ya larga carrera
por pueblos como éste, que unas palabras de aliento, de ánimo en
momentos de confusión como los presentes, son más importantes para los
familiares y presentes que su más que probada profesionalidad en estos
cotidianos y siempre bien recibidos eventos. Su sola presencia hace que los
enfermos se sientan seguros y que la familia confíe en él, como el creyente
cree en Dios en los peores momentos. Por eso, no duda en ampliar su
sonrisa y darle unas palabras de ánimo con las que aplacar sus miedos.

- No tema usted don Manuel –le comenta–, aunque siempre hay


algunas dificultades en los partos, doña Dolores es joven y fuerte como una
de nuestras encinas y pronto podrá usted escuchar los lloros de la nueva
criatura.

Y tan seguro como entra en la casa y atraviesa el fresco patio, sube


las escaleras para encerrarse en el dormitorio principal de la casa donde se
está produciendo, una vez más, el misterio que encierra la llegada de una
nueva vida.

Son las nueve y treinta minutos del día diecinueve de agosto de mil
ochocientos sesenta y dos, cuando el llanto de un hermoso y robusto niño
rompe la calma tensa de la mañana y tranquiliza los ánimos de los hombres
que esperan, siempre con inquietud, el resultado del parto. Aquel niño, que
hoy reclama con sus lloros un sitio en la vida, con el paso de los años
llegará a llenar muchas páginas de la historia militar de España.

Francisco Neila Ciria Arias de Paredes y Grasos, nace en Santa


Marta de los Barros un 19 de agosto de 1862, hijo de don Manuel Neila y
Arias de Paredes, natural del mismo pueblo y de doña Dolores Ciria y
Grases, natural de Sevilla; fueron sus abuelos paternos, don Antolín Neila,
de Neila (Cameros) y doña Carmen Arias, de Zafra; y los maternos, don
Mariano Ciria, de Jara, y doña Concepción Grases, de Reus. El niño fue
bautizado al día siguiente, en la iglesia parroquial del pueblo, por el
presbítero don Francisco Callejo.

*****

36
La tarde, septembrina, todavía arrastra el aliento de la calima que
como ligero sudario envuelve el caserío. Por entre la juncia, las cardenchas
y las crecidas zarzamoras que crecen a ambos lados del arroyo denominado
Los Canchales, desafiando al fuerte calor que aún domina el ambiente, un
grupo de rapazuelos está enfrascado en sus juegos diarios, al margen del
diario acontecer del pueblo, donde los padres viven confiados de los juegos
de sus retoños al no haber lugares de peligro. No tienen más de doce o trece
años y sus cuerpos espigados y su sangre bulliciosa necesitan del diario
ejercicio por entre los campos, ahora en barbecho, o entre los numerosos
olivares que adornan con su belleza los alrededores de la población. Su
lugar de destino, por esta vez, son las suaves alturas de unos montes que se
alzan dando cobijo a las en otros tiempos ubérrimas huertas denominadas
del Chovo, hoy semi abandonadas a la muerte de su dueño, donde tienen
fabricada una firme cabaña de troncos y cañas, y desde donde dominan
todos los caminos que vienen desde Villalba, Aceuchal o Almendralejo. El
abandono de las huertas les da la posibilidad de recolectar los frutos de los
árboles frutales del entorno, sin que ello signifique ninguna falta por su
parte ni motivo de sanción por las autoridades, siempre tan meticulosas en
estos temas del hurto.

Cuando los muchachos alcanzan visualizar la cabaña, van


comprobando cómo, antes que ellos, han estado en el lugar algunos
desconocidos y han destruido lo que tanto trabajo y tanto tiempo costó en
levantarla. Una sensación de rabia y de impotencia se va apoderando del
grupo, que instintivamente se vuelven hacia su hombre más fuerte pidiendo
venganza por el atropello.

- ¡Paco –exclama enfurecido el más vehemente con palabras de


corte guerrero–, esto es cosa de la pandilla de la Plaza!; llevan tiempo
queriendo resarcirse de los pinchazos que le hicimos en sus bicicletas y
ahora se vengan cobardemente hundiendo la cabaña. Hay que darles una
lección para que aprendan a respetar nuestro terreno, o de lo contrario,
seremos unos enemigos fáciles de vencer siempre que quieran guerra.

- ¡Sí¡ –comenta un muchachillo de tez pálida y de fuerte pelo


moreno y alambrino que no alcanza la altura de los hombros de su jefe–
Hay que darles una lección que les recuerde siempre este día. ¡Vamos a por
ellos!

37
Paco, Francisco Neila, el joven pre adolecente al que miran
expectantes y al que todos consideran el más capacitado para dirigir sus
ansias de revancha, es un muchacho recio, de fuerte complexión atlética
para su edad, de regular estatura al no haber alcanzado todavía todo su
desarrollado físico, pero de una inteligencia y una astucia fuera de lo
común. Era un estudiante disciplinado y constante en las escuelas
nacionales de su pueblo, y ejemplo de los profesores para otros compañeros
menos aplicados o con menos posibilidades intelectuales. Sobrino del
general Ramón de Ciria y Grases, militar leal a la reina Isabel II, quien
combatió en las guerras carlistas y, entre otros muchos hechos de guerra, y
fue el vencedor de la batalla de Abadiano, (el 15 de noviembre de 1876 se
enfrentaron carlistas y liberales. Es la última acción de importancia
registrada en Vizcaya cuando ya la guerra tocaba a su fin. Fueron
derrotados los batallones carlistas de Carasa, Cavero y Ugarte por las
divisiones liberales mandadas por Loma, Goyeneche, Álvarez Maldonado y
Villegas. La retirada se efectuó por el alto de Elgueta con dirección a
Zumárraga), y primo hermano del coronel Ramón Ciria y Gómez de la
Cortina, perteneciente al Cuerpo de Caballería, quien sería dos veces
galardonado con la Cruz de San Fernando, por lo que en su casa, desde
muy niño, se vivía con pasión y verdadero interés todo lo relacionado con
la milicia, interés seguido por el pequeño Francisco, quien en las noches de
invierno, al resguardo de la chimenea en el cómodo hogar familiar,
escuchaba atentamente los avatares de una guerras y de unos hechos de
armas que le encendían su calenturienta imaginación y le llevaba, tanto en
sus sueños como en momentos como el que estamos narrando a poner un
punto de reposo y de estrategia en todos sus actos de actividades guerreras
en sus juegos infantiles.

La tención y el respeto con el que era escuchado por sus


compañeros de juegos y sus claras ideas sobre somo resolver asuntos como
el presente, hace que se crezca frente al grupo y exponga sus acertadas
conclusiones:

- Sería una equivocación meternos en su terreno, donde por


número de contrarios y limitaciones del entorno, saldríamos perdiendo; es
necesario atraerlos hacia campo abierto, donde podemos tenderles
emboscadas y tomar la iniciativa –le explica con voz pausada y firme.

38
- ¿Y como lo haremos? –pregunta otro de los animosos
muchachos que, con el tirachinas en las manos espera poder meterse en el
“fregao” de una pedrea y poder ajustar cuentas–. Siempre ellos serán más
numerosos que nosotros; dentro del pueblo y en el campo.

Es aquí donde las dotes de mando, producto de sus fantasiosas y


reiteradas lecturas militares en revistas y Hojas de Sevicio militares de sus
antepasados que duermen su sueño eterno y el olvido en los anaqueles que
se conservan en la cámara o doblao de la casa y de las que extrae –según
cree él– sus conocimientos guerreros, se hacen más que evidentes ante los
ojos de sus compañeros de correrías.

- El número de soldados –les corrige– no tiene tanta importancia


frente a la astucia del adversario. Un buen plan de defensa, seguida de un
fulminante ataque puede destrozar a las fuerzas enemigas cuyo mayor
número muchas veces les sirve de para dificultar su propia defensa, así
como para su retiradas. Vamos a intentarlo nosotros con disciplina.

Y durante muchos días, en las horas libres de la escuela, se hacen ver


una y otra vez por sus adversarios en la restaurada cabaña en lo alto de la
colina de la huerta del Chovo, donde también pueden observar sus idas y
venidas los confiados padres por entre los troncos de los olivos que crecen
hasta llegar al arroyo.

Pero no todo es lo que parece. Los muchachos, aleccionados por su


jefe, han preparado un estudiado plan que consiste en levantar parapetos
que los haga invisibles entre los ramajes que crecen a los lados del camino
que sube a la colina, acumular un considerable número de proyectiles en
forma de piedras y palos en cada uno de ellos, al mismo tiempo que han
procurado no dejarle ningún tipo de armas al enemigo con la que
defenderse en el momento del ataque y atraerlos con cualquier excusa hacia
la provocadora cabaña.

El sábado por la mañana, día no lectivo y con amplio margen en la


confianza de los padres en sus juegos por los desmontes del pueblo, hacen
un último repaso del plan y se asignan cada uno de los puestos de defensa;
todo resulta satisfactorio y a la hora de la comida, como buenos y educados
hijos de buenas familias, los muchachos, previa vigilancia de la cabaña,
regresan muy formalmente a sus hogares y degustan los sabrosos y
humildes platos preparados por las amas de casa, según su saber o sus
39
posibilidades económicas en una región con tantas limitaciones como en
esos momentos sufren.

Es la hora de la siesta, después de la comida, el momento de mayor


peligro, pues los muchachos, todos los muchachos del pueblo, incapaces de
descansar como hacen sus mayores, hacen caso omiso de sus
recomendaciones y buscan la compañía de sus compañeros de aventura.

El plan es tan sencillo como eficaz: consiste, en que mientras los


muchachos más fornidos y capacitados para la lucha se resguardan en sus
puestos sin dejarse ver, los más pequeños del grupo, tres o cuatro a lo
sumo, suben a la recién levantada cabaña, enciendan una escandalosa
hoguera que haga ver lo aparatoso del humo a los demás muchachos del
pueblo y que éstos, atraídos por el mismo, y comprobando desde la
distancia que la cabaña está guardada sólo por un minoritario y frágil
número de “enemigos”, poder darles un sonoro golpe de efecto, hundirla
para siempre y así poder humillarlos nuevamente en su terreno.

La espera es aburrida, pero las órdenes del jefe, que se mantiene


acechante a muy corta distancia y en permanente comunicación con los
demás puestos, son tajantes y no hay quien se atreva a contradecirlo.
Cuando ya más de uno estaba cansado y murmuraba entre dientes que esta
vez se había equivocado de estrategia, llega la voz de alarma. Un respetable
número de muchachos, provisto de palos y tirachinas, sabiéndose
superiores en número a los que confiadamente se mueven en lo alto de la
colina, suben confiados por el sendero sin tomar las mínimas precauciones
de defensa.

Uno a uno, o en grupo, van pasando por entre los camuflados puestos
entre cuyos parapetos esperan impacientes la señal por parte de su jefe.
Cuando están a poca distancia de la cabaña, en la zona más desprotegida
por la falta de arbustos y de los centenarios olivos, suena la voz de ataque.
De todas partes, sin dejarse todavía ver, una lluvia de piedras cae sobre el
enemigo que no comprende lo que está pasando. Cuando intentan
retroceder por al camino recorrido, una nueva lluvia de piedras le cae sobre
sus cabeza abiendo más de una brecha entre los asustados muchachos que
emprenden una descontrolada huída entre gritos y lloros a causa de sus
heridas que, en muchos casos, enrojecen sus camisas y aumentan el miedo
entre los que huyen. La dispersión deja en franca minoría a mucho de ellos,

40
que al pasar en su huída cerca de los puestos camuflados reciben
inmisericordes una nueva andanada de considerables pedruscos que les
hace saltar sobre los terrones de la tierra recién labrada como conejos
silvestres.

Heridos, maltratados por sus enemigos a los que creían en


desventaja, la muchachada busca el refugio de sus casas en las que más de
uno tendrá de que dar algunas explicaciones sobre sus descalabros. Esta es
la voz de la sangre de un muchacho que estará destinado a verter en otras
tierras más de una gota de sangre en sus numerosas batallas.

******

Estas guerras de guerrillas son consustanciales con el carácter fogoso


de los muchachos de los pueblos extremeños que, con algunas dudas entre
sus progenitores –más de una vez han tenido consecuencias graves con la
pérdida de un ojo o alguna herida en lugares más sensibles–, son
consideradas pequeñas travesuras sin la menor importancia por parte de
autoridades e, incluso, entre sus educadores.

Cuando la infancia deja paso a la juventud y hay que tomar una


decisión para el futuro de los muchachos, los padres de Francisco deciden
que siga estudios de Segunda Enseñanza en el Instituto de la capital,
Badajoz. Buen estudiante, su futuro estaba encaminado, como venía
sucediendo con otros privilegiados jóvenes estudiantes del pueblo, bien a
estudios eclesiásticos, o bien a estudios militares, como sucedió en su caso.
El 30 de agosto de 1879, es decir con diecisiete años, ingresa en la
Academia de Infantería, siendo proclamado Alférez, según R. O. del 10 de
julio de 1883 (Suplemento al Memorial de Infantería nº 27, 3er negociado,
páginas 152 a 154 y destinado por la misma R. O. como supernumerario en
1º de septiembre, con fecha 1 de agosto al Regimiento de Infantería
Covadonga nº 41, al que se incorporó a su debido tiempo en Badajoz,
quedando de guarnición hasta fin de septiembre en que según oficio del
Excmo. Sr. Director General del Arma de 20 del mismo mes, fue destinado
al 2º Batallón del Regimiento de Infantería Granada nº 34, al que se

41
incorporó en la misma plaza de Badajoz, hasta fin de año en que con fecha
24 diciembre pasó al Regimiento de Infantería Castilla nº 16)

Badajoz, desde su fundación, ha sido una ciudad guerrera y militar, debido a que ha sido una plaza fuerte
al ser una ciudad fronteriza con Portugal. En su ya larga historia ha tenido más de treinta guerras, lo cual
explica un poco el urbanismo de esta ciudad, rodeada en su casco viejo por una muralla árabe y más
modernamente por un nuevo sistema defensivo llamado, llamado Vauban, que ha permanecido en pie
hasta los años sesenta del pasado siglo, para dar solución a la gran expansión de la ciudad. Dentro de este
sistema defensivo en forma de baluartes o revellines, había numeros acuartelamiento militares (más de
40), por lo que la ciudad, al margen de ser una ciudad de paso y de gran ambiente comercial, vivía
intensamente cualquier alteración en el orden político y militar.

42
Capítulo 2

Aquella mujer llevaba el dolor reflejado en el rostro la mañana del 1


de diciembre de 1868, cuando en contra de sus más firmes creencias
religiosas, había dejado en la puerta de la inclusa de la calle Mesón de
Paredes número 72, sede en Madrid de las Hermanas de la Caridad, el fruto
de sus amores con un hombre casado llamado Vicente Gonzalo.

Sintiéndose culpable del abandono de su hijo, pero incapaz de


soportar en su mísera existencia semejante carga, había envuelto con todo
el cariño de su inexperiencia maternal al recién parido en una manta de lana
que guardaba como recuerdo de su madre y colocándolo suavemente en
una cestita de mimbre, se había encaminado hacia la plaza de Tirso de
Molina, donde escondiéndose de los escasos transeúntes que en esa fría
mañana de diciembre se atrevían a pasar por la calle, había hecho sonar la
aldaba de la puerta y había huido horrorizada ante la gravedad de su acción.
Desde el hueco de un portal alejado de la puerta de la inclusa, pudo ver
como ésta se habría y unas manos blancas como la nieve y cuidadosas
recogían la cestita y la introducía dentro de los fuertes muros de la casa.
Junto a la cestita de mimbre, con letra picuda escrita por manos inexpertas,
había dejado una nota que decía: Este niño nació a las seis de la mañana.
Está sin bautizar y rogamos se le ponga por nombre Eloy Gonzalo García.

Si dentro de las lúgubres y enmohecidas tapias de aquel caserón


decimonónico quedaba una parte de su vida, fuera de ellas, aún mucho más
doloridas, quedaban sus ilusiones frustradas y sin fuerzas para seguir
adelante en aquel calvario en que se había convertido su existencia desde
que conoció a su amante y padre de la criatura. Luisa (o Eugenia) García
López había sido una mujer muy hermosa nacida en el pueblo vallisoletano
de Peñafiel, en el seno de una humilde familia numerosa, donde el comer
cada día era un verdadero milagro que nadie sabía como se cumplía, cuyos
padres se llamaban Santiago (parece ser que era maestro de escuela) y
Vicenta. Cuando cumplió los quince años, sus padres la apremiaron a
aceptar la oferta de trabajo que un matrimonio de comerciantes ambulantes,
residentes en Madrid, le habían hecho de cuidar a sus dos hijos pequeños.

Fue la primera vez que su corazón se partió en pedazos al tener que


abandonar a sus padres y hermanos, por muchas necesidades y carencias
43
que tuviera que aguatar. La marcha de su pueblo significó para ella un
drama nunca resuelto y aunque el tiempo y el conocimiento de una ciudad
como Madrid fuera mitigando su dolor, la soledad y la tristeza de una
infancia perdida siempre le acompañarían en los largos periodos de viajes
de sus caritativos y generosos empleadores. Con ellos fue conociendo poco
a poco los alrededores de su barrio, sus pintorescas plazas, el cercano
Rastro los domingos por la mañana en que se extasiaba viendo tan
numeroso como vocinglero público comprando y vendiendo tan inservibles
como desconocidos cachivaches y desechos sin que comprendiera la
finalidad de los mismos; y con ellos conoció las populosas verbenas en las
que las muchachas en flor jugaban a dejarse ver por los galantes petimetres
y libidinosos chulapos capaces de ofrecer el oro y el moro –que no tenían–
con tal de conquistar a las coquetas y esquivas “manolas”.

Un mundo nuevo de iba abriendo ante sus ojos al mismo tiempo que
se daba cuenta de sus limitaciones y de su pobreza en una sociedad en la
que parecía que la riqueza era el modo más natural de vivir. Más de una
vez quiso escapar de su destino, y más de una vez se sintió engañada y falta
de reaños para plantar cara a una vida que le era completamente ajena. Así
fue como conoció a Vicente, un hombre guapo, atractivo, mujeriego y
galanteador que le sorbió los sesos. Supo que era casado, pues conocía a
Juliana Plaza, su mujer, nacida en Málaga del Fresno, y que tenía cinco
hijos, como también supo que al mismo tiempo que la enamoraba a ella
tenía escarceos amorosos con otras mujeres del barrio, pero ello no fue
óbice para que quedara prendada de su labia y, por qué no decirlo, de su
generoso dinero, del que hacía gala con bastante desenvoltura y gracejo. Ir
a su lado era una aventura a la que ninguna mujer podía resistirse. O
cuando menos, ella no pudo ni quiso hacerlo.

Sabía que Vicente era un acaudalado agricultor oriundo de la


provincia de Guadalajara y que tenía buenas tierras en Malaguilla, de
donde era su padre, Francisco Gonzalo, y en Robledillo de Mohernando, de
donde era natural su madre, llamada Josefa García. Con abundante capital,
se permitía tener abierta casa en Madrid, aunque fuera en un barrio
arrabalero como era por aquellos años Lavapiés, en cuya calle de
Encomiendas se resarcía de sus limitaciones pueblerinas dándose a la farra
y al morapio completamente ajeno a las necesidades de su familia.

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Conoció a Vicente Gonzalo en un baile de la Verbena de la Paloma y
desde el primer momento supo que iba a ser su perdición, pero su fuerte
atractivo masculino y su total falta de escrúpulos a la hora de beneficiarse a
una mujer guapa que se le cruzara en el camino, fueron como la droga de la
que sabes que irremisiblemente te va a matar pero que una vez que la
pruebas ya no sabes desengancharte.

Con él fue la primera vez que hizo en el amor en una sucia y


destartalada fonducha de la calle Juanelo y con él sintió los primeros nobles
sentimientos que una mujer joven y enamorada pueda sentir antes de
envilecerse y arrojarse al fango de la vida.

Cuando supo de su embarazo, le pidió ayuda en nombre de su hijo,


pero fue rechazada y humillada como si fuera la mujer más sucia y vil de la
tierra, por lo que en un gesto noble que la honra se negó a abortar y siguió
adelante con aquella vida que ya sentía en el interior de su ser. Quiso
volver y solicitar la ayuda de sus padres y hermanos, pero se dio cuenta que
no tenía derecho a ensuciar con su poco edificante vida la de aquellos que
seguían teniendo el honor como su único tesoro y regresó a la gran ciudad.
Nunca más se volvió a saber de ella, una vez entregado el niño al cuidado
de las monjas.

*****

Las inclusas o casas de expósitos eran establecimientos de


beneficencia en que se recibía, albergaba y criaba a los niños expósitos, es
decir, abandonados por sus padres.

La etimología del término proviene del nombre de una imagen de la


Virgen: Nuestra Señora de la Inclusa, que presidía la casa de expósitos de
Madrid, y que se trajo en el siglo XVI de la isla holandesa de L'Écluse (“la
Esclusa”)

El objeto de estos establecimientos era evitar infanticidios y salvar el


honor de las madres, por lo que daban cabida a todas las criaturas que
hubieran nacido de modo ilegítimo hasta una edad determinada. También
eran admitidos los niños nacidos de legítimo matrimonio siempre que

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vinieran por conducto de las autoridades siendo huérfanos de padre y sus
madres absolutamente pobres.

Para el abandono de los niños de forma anónima, los


establecimientos disponían de pequeños tornos con apertura a la calle.
Había una persona destinada para recibir los expósitos, que no debía
moverse de la pieza inmediata al torno y acudía prontamente al sonido de la
campanilla u otra señal para recoger la criatura.

El edificio de la inclusa de la calle Embajadores tuvo que ser trasladado a la calle Libertad

Para preservar la intimidad de los padres, ningún dependiente del


establecimiento podía hacer pregunta ni demanda alguna bajo ningún
pretexto a los que llevaran los expósitos: si alguno manifestaba querer decir
alguna cosa reservada con respecto a la criatura entregada o expuesta, se le
dirigía al Director del establecimiento. También se recibía la ropa o dinero
que se quisiera entregar libremente para el niño, cumpliéndose la voluntad
de quien lo dejó.

La persona encargada de la recepción en el dispositivo giratorio


anotaba la hora en que se recibía y seguidamente lo llevaba a la pieza
destinada para los bautizos. Después de limpiarlo y envolverlo, lo colocaba
en la cuna que le correspondiera. Los expósitos recibían cada uno un collar
identificativo en el que se indicaba el año de la entrada del expósito y otra
en la parte inferior que designa el folio de su partida en esta forma.

Las inclusas disponían de algunas amas de leche para dar de lactar a


los expósitos.

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Se procuraba siempre tener el menor número de amas posible dentro
del establecimiento, para lo que adoptaba el medio de sacar los expósitos a
criar a la ciudad o a los pueblos de la provincia y en caso de necesidad a los
de las limítrofes, procurando que fuera lo más cerca posible.

Las amas del establecimiento mantenían la obligación de criar los


niños expósitos que les distribuían procurando que no tuvieran más que
dos. También contribuían a las labores del hogar barriendo, limpiando y
aseando la sala de los niños, la enfermería, la pieza de vestir y el dormitorio
así como el lavado de ropa de los niños.

Recreación de un Torno de recepción de huérfanos en la Inclusa

Había una pieza destinado para la enfermería de los niños donde


pasaban todos los que disponían los facultativos. Para el buen orden y
arreglo interior de esta sala, se llevaba un libro donde al tiempo de pasar la
visita los facultativos sentaba las dietas, recetas, medicinas y orden
administrativo y daba cuenta a los mismos de los efectos que hubieran
producido los remedios y las novedades que ha observado en la criaturas.

Además del referido libro, había otro donde sentaba las entradas,
salidas, muertos, enfermedades de que habían fallecido y hora en que
murieron, dando parte de todo inmediatamente a la Dirección para hacer
los correspondientes asientos. A fin de evitar todo motivo de contagio, la
ropa de los niños enfermos podía lavarse fuera del establecimiento y se
tenía separada del resto.

En la ropería se llevaba control de todas las ropas del


establecimiento, tanto de vestir como de camas y mesa, las que se le

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entregaban por inventario. Para el buen gobierno de este ramo se llevaba un
libro donde se anotaban las clases y calidad de las ropas, las que se
adquirían por donación u otro concepto, así como las que se hubieran
perdido o hecho inservibles.

El Director tenía cuidado de renovar el inventarío y después de


anotar las variaciones que hubieran ocurrido. La encargada de la ropería
entregaba a las lavanderas la ropa sucia y la recogía después de lavada. Del
mismo modo, entregaba la ropa sucia de la enfermería a la lavandera y
tenía cuidado de recogerla especificando las piezas y precios para que el
Director dispusiera su pago.

Existía en las inclusas una cocina procurando en donde se preparan


las comidas de los niños y empleados. Algunas amas del establecimiento,
alternando por semanas, asistían a la misma para la limpieza y aseo y
tenían el cargo de servir a las demás en el comedor.

La lactancia de los niños de la Inclusa era labor de las mujeres de alquiler del pueblo de Madrid

La historia de la Inclusa de Madrid es la siguiente: en 1563, se crea


en Madrid, en el convento de la Victoria situado junto a la Puerta del Sol,
con una iglesia muy visitada por la familia real y personajes de la Corte, la
Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y las Angustias con el fin
caritativo de recoger a los convalecientes que salían de los Asilos–
Hospitales. En 1572 la Cofradía asume la labor de recogida de los
expósitos madrileños y para darles cobijo adquirió en 1579 un grupo de
inmuebles próximos al convento situados en la Puerta del Sol, entre la calle
de Preciados y la del Carmen.

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Por esa misma época la ciudad flamenca de Enkuissen era disputada
por las tropas españolas de los tercios y los holandeses rebeldes. Al
conquistarla los españoles, un soldado encontró en una iglesia profanada un
cuadro de la Virgen de la Paz rodeada de ángeles y con un niño a sus pies y
decidió unirla a su escueto equipaje militar. Tras su regreso, aquel soldado
le regaló al rey Felipe II la imagen rescatada y el monarca, viendo la escena
del niño a los pies de la Virgen, decidió donarla a la cofradía. En el
convento de la Victoria fue entronizada y pronto fue objeto de una enorme
devoción entre los madrileños. Pero éstos no sabían pronunciar el nombre
de aquella lejana ciudad flamenca y comenzaron a utilizar para el cuadro la
advocación de Virgen de la Inclusa. Poco a poco esta palabra sustituyó en
el habla popular al nombre del convento y cofradía pasando ésta a
denominarse simplemente Inclusa; la nueva denominación hizo fortuna y
de allí se extendió a todas las instituciones españolas dedicadas como ella a
la recogida de expósitos.

En ese lugar iba a permanecer la Inclusa madrileña durante más de


dos siglos. En realidad era una aglomeración de casas, unidas entre sí por
pasadizos que se construían según surgía la necesidad por el expeditivo
método de derribar un muro. En 1801, ante el deplorable estado de los
edificios, se decide su traslado. La primera ubicación elegida fue otro viejo
y también medio ruinoso edificio en la calle del Soldado, hoy calle de
Barbieri, conocido por el nombre de “Galera vieja” porque había sido
anteriormente cárcel de mujeres de la Villa. Sólo tres años más tarde se
trasladan a la calle de la Libertad, y por fin, en 1807 la Inclusa se instala en
el enorme caserón de la calle Embajadores donde ya se encontraba el
Colegio de La Paz, dedicado a recoger a mujeres y niñas menesterosas.

En el año 1929 la Diputación Provincial de Madrid, de la que


dependen los organismos de Beneficencia, dispone la construcción de un
edificio totalmente nuevo para alojar la Inclusa. La elección del sitio no es
aleatoria. Se trata de un amplio terreno en la entonces alejada calle de
O’Donnell, propiedad de la Junta de Damas que regía la institución y donde
muy poco después se construiría la Maternidad Provincial. Abierto al
campo que circundaba la ciudad por ese extremo, con amplias
dependencias interiores y grandes jardines, con una hermosa galería
orientada al sur para que los internos pudieran disfrutar del sol, el edificio
supuso un revolucionario avance en el modo de atender a los niños. Un
detalle decorativo de su fachada merece la atención del que pasa junto a
ella. Se trata de dos relieves, de preciosa cerámica, representando a dos
recién nacidos fajados, imitación exacta de los que adornan la fachada del
Hospital de los Inocentes de Florencia y que en el siglo XV modeló el
artista del Renacimiento Andrea della Robia. La Inclusa perdió ese nombre

49
para pasar a llamarse Instituto Provincial de Puericultura aunque siguió
manteniendo sus funciones. A comienzos de los años setenta se decidió el
traslado del Instituto, a su actual ubicación del Colegio de San Fernando,
en la carretera de Colmenar Viejo, y volvió a cambiar de nombre, ahora por
el de Casa de los Niños.

Los niños acogidos en la Inclusa tenían diferentes procedencias:

1.- Recién nacidos abandonados en la calle, en las puertas de iglesias


y conventos o en los tornos que se habilitaron para ello en la propia Inclusa,
en el templo de San Ginés, y un tercero en el Puente de Segovia, junto al
tramo del río Manzanares al que acudían las lavanderas. Eran
prácticamente siempre de padres desconocidos y los que llegaban en peores
condiciones físicas por lo que su índice de mortalidad era casi siempre del
100% en los primeros días.

2.- Desde el Hospital de los Desamparados, donde existían unas


camas para atender a lo que se llamaba “paridas clandestinas”, cuyos hijos,
nada más nacer, se trasladaban a la Inclusa.

3.- Otros Hospitales de Madrid entre los que cabe destacar el de La


Pasión o de Antón Martín, dedicado en especial a enfermedades cutáneas
como sarna, tiñas, úlceras y, sobre todo, el mal gálico. Estos niños, en una
buena proporción, pasaban al nacer a la Inclusa pero sólo hasta que sus
madres eran dadas de alta o, si éstas fallecían, eran reclamados por el padre
u otros familiares.

4.- En ocasiones, familias que estaban atravesando graves crisis


económicas dejaban a sus hijos recién nacidos y hasta a alguno ya
mayorcito al cuidado de la Inclusa, con el compromiso de recogerlo cuando
la situación mejorase, cosa que en demasiadas ocasiones no llegaba nunca a
suceder.

Desde el primer momento, las inclusas quisieron preservar el


anonimato de aquellas personas que se veían en la necesidad de abandonar
a sus hijos recién nacidos y que por vergüenza lo hacían en plena calle. Con
este fin se instituyó un procedimiento de recogida que ha perdurado hasta
hace pocos años. Me refiero al torno. El torno llegó a existir en
prácticamente todas las inclusas y hospicios y también se instalaron en
distintos lugares para de ese modo evitar a las madres largos
desplazamientos que pudieran hacerlas desistir de dejar a su hijo en un
lugar de acogida. Un miembro del personal hacía guardia permanente al
otro lado del rudimentario aparato sin tener contacto directo con el autor o

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autora del abandono. Sobre ellos campeaban carteles que señalaban
claramente cuál era la función de los mismos.

Edificio de la Inclusa u Hospicio de la calle Fuencarral, que ha llegado hasta nuestros días

Los niños llegaban al torno en muy dispares condiciones. La


mayoría, desde luego, prácticamente desnudos o sin otra prenda de abrigo
que unos trapos viejos o una vieja manta de desecho. Otros, en cambio,
llevaban alguna ropilla más cuidada y hasta no faltaba el que mostraba
detalles entrañables de cariño materno en forma de algún humilde adorno
en la ropa o algún objeto de devoción sobre el cuerpo. Era bastante
frecuente que junto a la criatura apareciese una nota, escrita las más de las
veces con letra temblona, pero otras con rasgos de una cierta cultura
caligráfica. En esas notas se solía decir si la criatura estaba o no bautizada,
si, de estarlo, se le había impuesto algún nombre; en raras ocasiones se
aportaba algún detalle de su filiación como la clase social de la madre o de
los padres, si éstos estaban vivos, si su unión era o no legítima y, siempre
se hacía un llamamiento a la caridad de la Inclusa o de sus gestores. Estos
datos, junto con los de los objetos que llevasen encima, podían más tarde
ser aducidos por la familia para identificar al niño si decidían reintegrarlo
al hogar. De todo ello se llevaba un meticuloso registro por escrito de cuya
existencia hay constancia en el archivo de la Inclusa de Madrid. En ese
mismo registro se anotaban todas las vicisitudes de la estancia del niño
hasta que salía de la institución.

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El primer año del que hay constancia documental, 1.583, se
recogieron 74 niños. A partir de 1600, el número de ingresos anuales oscila
entre 300 y casi 700. En el tránsito de los siglos XVIII al XIX llega casi a
los 1.500 al año. Durante todo el siglo XIX las cifras se mantienen entre
1.600 y 1.800 aunque con algún pico que roza los 2.000. En las dos
primeras décadas del siglo XX hay años como 1.915 y 1.916 en que se
recogen casi 1700 niños para luego ir descendiendo muy lentamente. No
obstante, el estadillo de “Niños entrados y salidos” del período 1.963–1.982
comienza con la todavía sobrecogedora cifra de 568 niños y finaliza ¡en
1.982! con la de 114, lo que demuestra que el problema, habiendo
disminuido drásticamente, está aún lejos de desaparecer. La aproximación
más fiable apunta a que en sus primeros cuatro siglos de existencia, la
Inclusa de Madrid recogió la impresionante cifra de más de 650.000 niños
entre los abandonados por completo y los dejados temporalmente al
cuidado de la institución por sus padres u otros familiares. La primera
fuente de ingresos que tuvo la Inclusa de la Cofradía de la Soledad procedía
de los donativos que hacían los fieles a su iglesia de la Victoria. También
se utilizaban las mandas testamentarias que hacían muchos madrileños con
el fin expreso de ayudar al hospicio de niños o con el de lograr ser
sepultados en el recinto del templo o en sus aledaños. Incluso se obtuvieron
donaciones de dinero y, sobre todo, de privilegios para comprar alimentos y
los materiales de ajuar más imprescindibles, por parte del propio rey. El
personal que ejercía un trabajo lo hacía de forma gratuita o, todo lo más,
por la manutención y algo de ropa y leña. En 1.651, con la extinción de la
Cofradía de la Soledad y las Angustias, quedó la Inclusa a expensas de los
bienes y del dinero contante que pudiera obtener de donativos directos. La
administración también pasó a ser autónoma y además, por esa época tanto
las amas de cría como muchos de los trabajadores exigían, y recibían, una
paga económica. Hubo, pues que recurrir a otros métodos de recaudar
fondos. El primero fue salir a pedir limosna por las calles y las numerosas
iglesias de la ciudad. Se extendieron cédulas, firmadas por las autoridades
del Concejo, para que las almas caritativas tuvieran la certeza de que su
dinero era para un buen fin.

En el siglo XVII se decidió dedicar para la Inclusa una parte de las


ganancias que se obtenían de dos espectáculos que siempre han tenido en
Madrid una notable afición y, por tanto, unos sustanciosos ingresos para
sus empresarios: el teatro y los toros. De los dos principales teatros de la
capital, uno de ellos, el teatro del Príncipe, antes célebre Corral de la
Pacheca y hoy teatro Español, habría de ceder una parte de sus beneficios
para el mantenimiento de la Inclusa. El otro gran teatro, hoy desaparecido,
era el de la Cruz, en la calle de su mismo nombre. Los beneficios de éste se

52
repartirán en tercios, de los cuales uno era también para la Inclusa y otro
para el Hospital de la Pasión o de Antón Martín. Por último, la plaza de
toros de Madrid también debía dedicar parte del dinero obtenido a la
Inclusa. La plaza de las Ventas, además de organizar anualmente una
corrida importante, la denominada de la Beneficencia en plena Feria de San
Isidro, continúa con su contribución.

Niñas incluseras en el colegio de la Paz de Madrid

Las niñas que, una vez llegadas a cierta edad, pasaban al Colegio de
La Paz para aprender un oficio, generalmente relacionado con las labores
de costura, o para dedicarse al servicio doméstico, eran con su trabajo una
importante fuente de ingresos. De ese dinero, un tercio se guardaba para
entregárselo a la chica si contraía matrimonio, junto con una dote fija que a
principios de siglo XIX era de 1.300 reales a cuenta de los fondos de la
institución.

Los primeros años fueron los frailes del convento de la Victoria y los
miembros de la Cofradía de la Soledad quienes administraron la Inclusa
aunque bien pronto obtuvieron el patrocinio real que asignó una renta anual
de 10.000 ducados procedentes de algunos impuestos sobre el comercio y
la vivienda en Madrid. A partir de ese momento era directamente el rey
quien nombraba a los administradores, de manera que la Cofradía fue
perdiendo atribuciones hasta su desaparición. Con el advenimiento de lo
que se llamó la Ilustración, que en España tuvo su apogeo durante los
reinados de Fernando VI y Carlos III, nace entre las clases dirigentes un
concepto que venía a sustituir al de caridad vigente en la sociedad hasta
entonces. Se crean instituciones públicas que se llamaron de Beneficencia,

53
dirigidas no ya sólo a la ayuda desinteresada del necesitado, sino, sobre
todo, al alivio de las penalidades de quienes pudieran de ese modo
integrarse en el mundo del trabajo, una preocupación típicamente ilustrada.
Fruto de de esta nueva mentalidad, en lo que se refiere a la Inclusa de
Madrid y a todas las demás del país, fue la publicación de varios tratados
como los de Joaquín Javier de Uriz y el del doctor Santiago García,
Académico de Medicina. En 1794 se da un paso muy importante para la
consideración social de los niños de las inclusas, al menos sobre el papel,
porque otra cosa fue su efectiva puesta en práctica. Por Real Cédula de
Carlos IV quedaron legitimados los expósitos de ambos sexos existentes y
futuros, que serían considerados en adelante como integrantes “en la clase
social de hombres buenos del estado llano general, sin diferencia con los
demás vasallos de esta clase” y los expósitos podrían acceder a los oficios
civiles que por su condición les habían estado negados. Otra consecuencia
de la Ilustración fue la instauración por todo el territorio nacional de las
instituciones denominadas Reales Sociedades Económicas de Amigos del
País, formadas como foros donde las gentes cultivadas se dedicaban a
debatir sobre todos los temas de actualidad y a promover iniciativas
culturales, económicas, industriales, científicas y de todo orden. En la Real
Sociedad Económica Matritense se creó la Junta de Damas de Honor y
Mérito, integrada por mujeres de la nobleza y las capas altas de la sociedad.
Una de sus propulsoras, nombrada primera presidenta fue doña María
Josefa Alfonso de Pimentel y Téllez Girón, condesa de Benavente y
duquesa de Osuna. Sus prioridades se decantaron enseguida por la Inclusa e
iniciaron gestiones para que el rey les concediese la dirección del
establecimiento, cosa que por fin lograron en septiembre de 1799.

Sus primeras medidas consistieron en intentar sanear las cuentas, en


contratar nuevo personal como un segundo médico obligado a visitar
periódicamente a los niños en periodo de lactancia, y en la construcción de
una hasta entonces inexistente enfermería en la parte alta del edificio de
Preciados para separar a los niños sanos de los enfermos. La junta de
Damas ha estado vinculada desde entonces a la Inclusa de Madrid y al
Colegio de la Paz y siguen estándolo en la actualidad. Las funciones
ejecutivas de la Junta, sin embargo, fueron pasando paulatinamente a la
Diputación Provincial de Madrid que se ocupa desde principios del siglo
XX de la gestión administrativa y sanitaria de la institución quedando la
Junta con un papel de supervisión y otro, muy importante siempre, de
apoyo ante instancias sociales con influencias económicas, políticas y en la
opinión pública.

En 1800, por directa solicitud de la Junta de Damas, se produjo un


hecho que ha tenido enorme importancia en el funcionamiento de la Inclusa

54
madrileña: la incorporación de las Hermanas de la Caridad. Estas monjas
dieron un impulso fundamental al establecimiento, tanto en lo asistencial
del centro como en lo organizativo, ocupándose de las labores de la
enfermería, del torno, de las cuentas diarias de gastos y del ropero.

Cuando el niño atravesaba el torno, era registrado en un libro de


entradas donde se hacían constar los detalles de la fecha, la edad
aproximada según la opinión de la persona que lo recibía, los datos que
pudiera aportar en algún papel escrito, y las ropas que llevaba. Luego se le
lavaba, se le ponían ropas limpias y se abrigaba con mantas o junto a una
lumbre para que entrara en calor pues en la mayoría de los casos llegaban,
en palabras textuales de algunos de estos libros, "pasmaos de frío". La
siguiente atención era el reconocimiento por un médico que dedicaba un
especial cuidado a detectar signos de enfermedades contagiosas y, sobre
todo de sífilis, para en ese caso destinar al niño a una sección apartada de
los demás en la misma inclusa. Otras veces se le mantenía en observación
durante unas semanas por si en ese tiempo desarrollaba síntomas de tales
padecimientos. A todos los niños se les ponía, como seña de identificación,
una cinta al cuello de la que colgaba una medalla que en el anverso llevaba
una imagen de la Virgen y en el reverso un número y la fecha de ingreso.
Esta medalla la llevarían hasta su salida definitiva de los establecimientos
de acogida.

De 1809 poseemos una estadística de las causa de muerte de los 889


niños fallecidos ese año dentro de la Inclusa. Por orden de frecuencia son
éstas: el 18,7% mueren por “extenuación”, término impreciso que parece
aludir a un conjunto de síntomas consecutivos a muchas dolencias, entre
ellas las derivadas del estado en que son abandonados; el 14,8% son los
que denominaban “nacidos inconservables”, entre los que el mayor número
hay que suponerlo compuesto por graves malformaciones congénitas o gran
prematuridad; de “fiebre”, palabra que engloba, como sabemos, una gran
cantidad de enfermedades infecciosas entonces no identificables y desde
luego incurables mueren el 14,6%. Luego siguen los “trastornos
digestivos”, seguramente gastroenteritis en su mayor parte; “fatiga” que
hace referencia a procesos respiratorios; “encanijados”, es decir,
depauperados y faltos de fuerzas y de defensas; el “mal venéreo”, la sífilis,
tan frecuente en aquella sociedad, causa la muerte del 8%. Otras
enfermedades mortales descritas en ese documento son de muy difícil
identificación, pero podrían corresponder a sarampión, escarlatina, difteria
o tos ferina, para muchas de las cuales aún no existía ni nombre a esas
alturas del siglo y cuya difusión se facilitaba enormemente por las
condiciones de hacinamiento y falta de higiene ambiental y personal que
reinaban en el recinto. En cambio, cuando se conoció la vacuna contra la

55
viruela a partir de finales del siglo XVIII, todos los niños eran vacunados
contra esa enfermedad cuando todavía no lo eran los hijos de muchas
familias por el rechazo a dicha técnica entre una buena parte de la sociedad.

La fracción más importante entre el personal de una inclusa era la


formada por las nodrizas. En algunas ocasiones eran las propias madres las
que se quedaban a vivir allí para poder seguir alimentando a sus hijos a
cambio de su propia manutención y los pocos servicios que la Inclusa
pudiera darles, ofreciendo a cambio su trabajo en las labores domésticas de
la Institución, ahorrando a ésta un gasto añadido. La mayoría de los casos,
sin embargo, había que recurrir a la contratación de nodrizas externas. No
era tarea fácil conseguir mujeres lactantes dispuestas a amamantar a varios
chiquillos ajenos y por los cuatro escasos cuartos que los regidores de la
inclusa podían pagarles. En un principio se exigían varias condiciones a las
mujeres aspirantes al cargo: salud contrastada, que fueran robustas,
jóvenes, madres de más de un hijo y de menos de seis para garantizar la
riqueza de la leche, que no hubiesen abortado, que sus senos fueran anchos
y de pezones prominentes, que no tuvieran mal olor de aliento y hasta que
sus propios hijos hubiesen sido concebidos dentro de un matrimonio
legítimo y cristiano. A la hora de la verdad, sin embargo, ante la escasez de
candidatas y la necesidad de ellas, se aceptaba prácticamente a cualquiera:
prostitutas, madres solteras o amancebadas, enfermas etc. La única
precaución era la de separar a las que tenían el mal gálico o ciertas
enfermedades de la piel o poca leche para ocuparlas en la alimentación de
aquellos niños en peores condiciones.

A partir del siglo XVIII se comenzó a promover la idea de que los


niños expósitos fueran acogidos en el ámbito rural por familias a las que se
compensaría económicamente por ese trabajo. A las nodrizas que se hacían
cargo de los niños se les pagaba una parte en dinero y otra en especie, sobre
todo en forma de alimentos como legumbres y carne. Los administradores
de la inclusa tuvieron que habilitar un cuerpo de inspectores que
recorriesen aquellos pueblos para poner coto a la serie de irregularidades
que se venían cometiendo. Algunas nodrizas daban a beber a los niños jugo
de adormidera para que no las molestasen, o restregaban sus mejillas con
polvos rubificantes para hacerles parecer sonrosados y sanos ante la visita
de un inspector o frente a la curiosidad de los vecinos. Otras veces vendían
la carne que les había suministrado la inclusa para la dieta de los niños. Por
último, en un elevado número de casos, si el niño fallecía, se ocultaba su
muerte para seguir cobrando el estipendio; y así durante años si había
suerte de que no llegase por allí la inspección o se podía burlar ésta
alquilando para la ocasión el niño de otra familia.

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Aunque ya en el siglo XVIII consta la presencia de médicos pagados
a cargo de los fondos de la institución, fue desde principios del siglo XIX
cuando fueron contratados médicos en exclusividad o haciendo compatible
su trabajo allí con sus menesteres en otros hospitales madrileños. Entre
estos médicos, cuya relación pormenorizada consta en los meticulosos
archivos de la Casa, figuran durante ese siglo personalidades como
Mariano Benavente, fundador luego del Hospital del Niño Jesús en la
capital. Ya en el siglo XX hay que destacar a Juan Bravo Frías, impulsor de
mejoras para los niños y del cambio de ubicación del Centro, Juan Antonio
Alonso Muñoyerro, director desde 1.920 hasta 1.936 y posteriormente
desde 1.939 hasta su jubilación y responsable, junto con el citado Bravo,
del traslado de la Inclusa al nuevo edificio de la calle O’Donnell y de la
creación del Instituto Provincial de Puericultura. Enrique Jaso Roldán que
dirigió la Inclusa durante la Guerra Civil y años más tarde crearía en la
Ciudad Sanitaria La Paz un pionero servicio de pediatría que sirvió de
pauta a todos los existentes en la actualidad. El último director fue Javier
Matos Aguilar hasta la desaparición en los años ochenta del Instituto como
tal.

Sala dormitorio de la Inclusa madrileña de la calle O´Donnell

En la Inclusa o con las nodrizas contratadas en los pueblos, los niños


permanecían el tiempo que duraba la lactancia, por lo general 18 meses, y
la llamada crianza que se extendía hasta los siete años. La lactancia, si
faltaba la leche humana se hacía a base de leche de burra, la más parecida a
la humana en sus cualidades alimenticias, o de cabra. Una vez transcurrido
ese tiempo, los niños debían abandonar la Inclusa. A partir de ese momento
se hacía un reparto a otros centros de acogida. Las niñas pasaban al Colegio
de La Paz, fundado en 1.679 expresamente para niñas expósitas, donde
aprenderían un oficio y podrían permanecer de por vida o hasta que
contrajeran matrimonio.

57
Los niños varones, llegada la edad de salir de la Inclusa, eran
remitidos al Hospital de los Desamparados, en la calle que hoy lleva ese
nombre, donde compartían edificio con pobres y enfermos adultos de
ambos sexos allí recogidos. En otros casos el lugar de destino era el
Hospicio, un magnífico edificio en la calle Fuencarral, adornado años
después de su construcción con una maravillosa portada de Pedro de
Ribera. En el Hospicio estaban recluidos chavales de muy distinta
procedencia y, sobre todo, muchos condenados por la comisión de delitos y
que por su corta edad no podían ser encerrados en las cárceles de la ciudad.
En ambos centros, Hospicio y Desamparados, se enseñaban oficios
manuales hasta los catorce años y luego la propia Institución buscaba
acomodo laboral para esos adolescentes que de esa manera salían de allí
con el porvenir más o menos resuelto.

Durante la Guerra Civil se vivió en la Inclusa madrileña un episodio


que por sí mismo merecería un estudio aparte por los componentes que
tuvo de epopeya sin que faltaran los tintes dramáticos. Con la aproximación
de los frentes de combate a la capital se hizo conveniente la evacuación de
los niños acogidos. El entonces director, doctor Jaso Roldán, tomó
personalmente las riendas del asunto con conversaciones con las
autoridades civiles y militares y se dispuso la creación de Colonias
Escolares en zonas de la península lo más alejadas posible de la crudeza
bélica. Se eligieron las regiones levantina y manchega y se dispusieron
asentamientos en varios pueblos de Valencia, Castellón, Alicante y Ciudad
Real no sólo para los niños sino asimismo para las nodrizas, las madres
internas con sus hijos y el personal sanitario y auxiliar.

Sin embargo, el interés de la Inclusa fue siempre conseguir familias


que adoptaran a los niños. La adopción no era ni mucho menos una práctica
habitual en la sociedad de los primeros siglos de la Institución. Las familias
que tenían hijos propios los tenían en gran número –aunque muchos
muriesen en edades precoces por las infinitas plagas que entonces se
cebaban en la edad infantil–, y quienes no tenían hijos no solían considerar
la posibilidad de adoptar a uno de esos niños expósitos que vegetaban
sórdida y precariamente en las inclusas. Durante mucho tiempo las únicas
adopciones que constan en los archivos fueran las solicitadas por algunas
de las amas de cría externas que se habían ocupado de cuidar al niño a lo
largo de sus primeros años de vida. Los administradores de la Inclusa
solían concederlas con facilidad en esos casos que demostraban que la
mujer y su familia se habían encariñado con la criatura y serían capaces de
ofrecerle un porvenir beneficioso.

58
Actualmente la situación ha cambiado mucho y para bien. Hoy
existen “más padres sin hijos que hijos sin padres”, como explicaba muy
gráficamente un veterano médico que prestó sus servicios en la Inclusa
madrileña de la posguerra. La legislación ha ido adaptándose a la realidad,
pero aún así, adoptar un niño en España es complicado, requiere un proceso
largo durante el cual el niño está en una situación ambigua entre el régimen
de acogimiento, que no garantiza la satisfactoria resolución del
procedimiento, y la definitiva filiación a todos los efectos. Por otro lado, es
cierto que el número de niños en situación de total abandono, requisito que
exige la ley para poder ser entregados en adopción plena, es hoy muy
pequeño y el de solicitudes de adopción no hace sino crecer. Así se ha
desatado en los últimos años una marea de las llamadas “adopciones
internacionales”.

De cualquier modo, la infancia más desvalida, la que sufre el


abandono familiar, merece cualquier esfuerzo individual e institucional.
Así lo entendió la Inclusa desde hace más de cuatro siglos y, con todas las
vicisitudes a las que me he venido refiriendo, ha hecho una labor
extraordinaria a la que es justo rendir un homenaje cuando repasamos la
historia de la Pediatría española.1

El destino del pequeño Eloy ya estaba marcado de antemano. La


inclusa servía para eso, para recoger niños abandonados por sus madres, de
modo que nadie se escandalizó y su pequeña y triste historia no fue dada en
los noticieros del día siguiente. Las monjas se encargaron de pedirle a don
Antonio Vilaseca, cura párroco de San Lorenzo bautizara al pequeño con el
nombre y apellidos que venía en la nota adjunta y le buscaron una madre de
alquiler a la quela propia inclusa pagaría mensualmente por hacerse cargo
del infortunado muchacho. Tuvo la suerte de dar con la mujer de un
guardia civil, Braulia Miguel, mujer de Francisco Díaz Reyes, de la 4º
compañía del Primer Tercio de la Guardia Civil, avecindados por aquel
entonces en San Bartolomé de Chavela y a puto de ser traslado el marido a
Chapinería –pequeña villa de donde eran naturales Braulia y Francisco,
quienes acababan de perder un hijo y se encontraba la mujer en lo que se
llamaba “actitud de lactar” y que fue, creemos por su biografía, lo único
parecido a una madre que tuvo el desdichado Eloy, aunque obligado a vivir
en casa cuarteles, sintiendo, si no el rechazo, sí la prevención de los demás
muchachos, donde comió poco y obedeció mucho.

Cuando fue alcanzando la pubertad y la inclusa dejó de pagar los


_________________

1.- Datos tomados de: Historia de la Inclusa de Madrid, del doctor José Ignacio de Arana Amurrio.

59
gastos de manutención del chiquillo –según estudio de Enrique Pardo
Canalís, Braulia estuvo cobrando una media de 268 reales al año y en
diciembre de 1879 recibió los últimos 60 reales–, la buena mujer tuvo que
pedirle con todo el dolor de su corazón que se independizara, dado que sus
recursos no llegaban para mantener a su propia descendencia, que ya iba
por el cuarto miembro, por lo que tuvo que buscarse las habichuelas, como
tantos otros jovenzuelos de la época, en diferentes oficios, tales como
aprendiz de albañil, labrador, carpintero, y hasta probó el oficio de
barbero,2 aunque ningún oficio le terminara por convencer. Al final, como
último recurso, en 1889 se alistó como quinto en el Regimiento de
Dragones de Lusitania, 12 de Caballería, acantonado en Alcalá de Henares,
en donde no llegó a estar ni dos años, para pasar al Instituto de Carabineros
del Reino, dependiente del ministro de Hacienda.

La Virgen de la Paz estaba en la capilla de la primera Inclusa madrileña

Cuentan las malas lenguas, queriendo hacerle un homenaje al


llamado popularmente “héroe de Cascorro”, que el joven cabo Eloy
Gonzalo por aquel entonces tenía “el pelo castaño”, “las cejas, al pelo”,
“los ojos azules”, “la nariz, regular”, “de barba, poca”, que su boca y su
frente son también “regular”; y medía un metro setenta y cinco centímetros
de estatura y que gozaba de un “buen color”, siendo su aire “marcial y su
“producción, buena”. La vida le sonreía, o eso creía él, cuando la mala
suerte, o el destino ya marcado de antemano, le jugarían una mala pasada.
En julio de 1984, viéndo que su vida había sufrido un considerable cambio
________________

2.- Profesiones que figurarán en su expediente castrense.

60
y que hasta la diosa Fortuna parecía darle una bien merecida recompensa a
sus siempre frustrados anhelos de salir de la miseria, a la que había sido
condenado desde su nacimiento, solicita permiso para contraer matrimonio.
Tarda en casarse, y el 19 de febrero del año siguiente sobreviene el
desastre: se encuentra preso en Algeciras y a punto de ser juzgado por un
Consejo de Guerra, acusado de haber mostrado tendencia de ofender, de
obra, a un superior. La realidad de los hechos, según se puede constatar
con datos reales, es el siguiente: El cabo Eloy Gonzalo se encontraba de
guarnición en El Cahón de Jimena, y al regresar de ese destino se enfrentó
con un oficial, un teniente de su mismo cuerpo, haciendo ostensible gestos
de coger el machete o el fusil que llevaba.

Según Pardo Canalís, y en base a testimonios de antiguos


compañeros (el sargento Gregorio Tropel y los soldados Segundo Roig y
Eugenio Marín Vacas), la violenta reacción del Cabo Gonzalo estaría
fundada en la actitud de su prometida a la que sorprendió en flagrante
infidelidad con un superior, el señalado teniente, aunque otros testigos
afirman que el incidente tuvo su origen en el maltrato del mencionado
oficial sobre su subordinado. Como quiera que en la Causa Sumarial no se
menciona el origen del delito, nosotros dejamos constancia de ambos, para
así no herir el honor del soldado. De lo que sí nos podemos hacer cuenta, es
del enorme drama que se le viene encima a un hombre tan maltratado por la
vida, a quien nuevamente se le cierra su futuro profesional, el abandono de
la novia y el ingreso en la cárcel de Valladolid, después de haber recibido
el documento de la condena en el que se le señala que su pena se extinguirá
el 5 de mayo de 1907, además de la expulsión del cuerpo, tiempo más que
suficiente para meditar sobre su infortunado destino en esta maldita vida
que tan malas jugadas le estaba pasando desde su nacimiento.

Ese verano, sin embargo, un gran acontecimiento militar estaba


sucediendo a miles de kilómetros de su celda de reclusión que cambiaría su
triste destino para siempre. El estallido de la guerra de Cuba, tras el grito
de Baire, obligó al Gobierno a efectuar un reclutamiento extraordinario, al
que podían concurrir todos aquellos militares convictos de faltas leves, por
lo que Eloy Gonzalo se apresuró a inscribirse buscando la deseada libertad,
mandando a través de una instancia de 3 de noviembre de 1895, dirigida al
ministro de la Guerra, Marcelo Azcárraga, en el que el solicitante dice
mostrar promesa formal y solemne de enmienda y arrepentimiento del
delito que le apena y le acarrea tanto mal y tanta ruina, por lo que desea
lavar vertiendo su sangre por la nación en los campos de la isla de Cuba.

61
En 22 de noviembre del año 1895 partió del puerto de La Coruña a
bordo del vapor León XIII, cumpliendo los 27 años durante la travesía pues
llegó a La Habana un 9 de diciembre. Nada más poner pie en la isla, y
después de haber sufrido durante la travesía un ataque agudo de sarna que
le tuvo postrado durante parte del viaje, le enviaron al interior, a la
provincia de Camagüey, con el Regimiento de Infantería María Cristina nº
63. El tipo de guerra que los españoles se encontraron en Cuba era
desconcertante para el soldado de a pie. Los insurgentes no tenían frentes
fijos y hacían guerras de guerrillas, apareciendo y desapareciendo después
de dar certeros golpes. Por el contrario, la estrategia del ejército español,
según las ideas del general Wayler, Capitán General de la Isla, era a de
dividir la misma en varios sectores, que, aislados entre sí, se controlaban
con fortificaciones o blocaos dotados de artillería y guarniciones de
infantería.

62
Capítulo 3

El Regimiento de Infantería Castilla n.º 16 es una unidad de


infantería del Ejército de Tierra de España. Se creó por iniciativa del XIII
duque del Infantado, Pedro de Alcántara Álvarez de Toledo y Salm–Salm,
que fue su primer coronel. El 3 de abril de 1793 se cursó la petición de la
creación del Regimiento al rey Carlos IV, el cual contestó afirmativamente
el 15 de abril de ese mismo año. Su primera denominación fue la de
“Regimiento de Voluntarios de Castilla” según notificación del Ministro de
la Guerra de fecha 25 de abril de 1793, en la que le transmite el deseo del
rey de que se le imponga el citado nombre. En el momento de su fundación
el Regimiento constaba con tres batallones de cuatro compañías de
fusileros por cada batallón.

Jefes y Oficiales 1º Regimiento Castilla 16 en el acuartelamiento de San Francisco, 1888

Su escudo está formado por un castillo de oro, almenado, donjonado


de tres torres y ornado de sable en campo de gules y pendiente de la punta
inferior la Cruz de San Fernando con piezas armeras; el castillo recuerda la
región de su denominación. Tiene el sobrenombre de “El Héroe”, mote
alcanzado por el heroísmo mostrado frente a los franceses en el segundo
sitio de Zaragoza especialmente en la toma a bayoneta del monte Torrero y
en la defensa del Convento de Jesús el 21 de diciembre de 1808. Según citó
el capitán de infantería D. Antonio Gil Álvaro en 1893, “ese mote es

63
debido a la actuación del Regimiento durante el segundo sitio de
Zaragoza”. La Junta Suprema, situada entonces en Cádiz, decretó que estas
fuerzas fueran denominadas como “Beneméritas de la Patria” por su “grado
heroico y eminente”.

El 26 de julio de 1852 la reina Isabel II concedió la Cruz Laureada de


San Fernando al Regimiento y a título colectivo pudiendo lucir la “corbata”
correspondiente en su bandera por su “mérito heroico” en las acciones
sostenidas el 23 de mayo de 1839 en las canteras de Utrilla contra las
fuerzas carlistas. El Regimiento de Voluntarios de Castilla fue el origen del
posterior Regimiento de Infantería Castilla n.º 16 y éste, una vez llegaron a
su acuartelamiento de Badajoz los primeros carros de combate y demás
medios mecanizados, lo fue del actual Regimiento de Infantería
Mecanizada Castilla n.º 16, del cual fue su primer jefe desde el 17 de
febrero de 1966 el teniente coronel Adolfo Rovira Recio.

Misa de campaña en el Paseo de San Francisco, Badajoz

Cuando en enero de 1793 guillotinaron al rey de Francia Luis XVI –


suceso culminante de la revolución iniciada en Francia cuatro años antes– y
dado que aquél era pariente de Carlos IV, rey de España en esa época, el
sentimiento de horror hizo presa en todos niveles de los estamentos
sociales, políticos y religiosos españoles. Dentro de la clase política había,
sin embargo, posiciones bien distantes: algunos como el conde de Aranda,
antiguo ministro del rey Carlos III, no eran partidarios de la injerencia en
los asuntos internos del país vecino; mientras que otros eran totalmente
partidarios de declarar la guerra a Francia. El nombramiento en mayo de
1793 del pacense Manuel Godoy, miembro de la segunda facción, como
Capitán General y por tanto responsable político y militar de la guerra, fue
el hecho que movió el equilibrio inestable de opiniones hacia la
intervención.

La estructura del ejército en aquella época era totalmente atípica, ya


que tenía un gran número de mandos y unos efectivos de clase inferior y
64
escasos soldados, situación que se define como “macrocéfala”, pues a cada
Teniente General le correspondían unos 150 soldados de los 50000
efectivos totales. Al entrar el ejército en campaña, se manifestó
palpablemente la escasez de recursos materiales y humanos de
aprovisionamiento de municiones, víveres e impedimenta para que
pudieran atender a la artillería e infantería

Cuando terminó la guerra dinástica, el “Regimiento Castilla n.º 16”


estaba acantonado en Vitoria. El 16 de julio de 1876, festividad de la
Virgen del Carmen y Patrona del Regimiento, se bendijeron y entregaron a
los batallones las nuevas banderas adquiridas. Desde esta fecha hasta el año
1883, el “Castilla n.º 16” desarrolló todo tipo de operaciones de
organización y abastecimiento tanto del propio regimiento como de los
demás regimientos, compañías, etc. Una parte de sus jefes y oficiales
participó en distintos cursos y ejercicios de perfeccionamiento de técnica y
táctica militar como el ejercicio llamado “Agua, arena y hacha” que tuvo
lugar en los campos de Aranguir junto a otros regimientos, también de
caballería y artillería. Asimismo efectuó otras misiones que fueron las que
se presentaron de forma imprevista por desastres naturales que afectaron a
personal civil, acudiendo a su auxilio.

Entre otras misiones que llevó a cabo estaba la de proporcionar un


porcentaje determinado de sus efectivos para la Guerra de Cuba,
concretamente el 20 % de ellos. Participó igualmente en labores de apoyo y
cooperación de la formación del censo de la población que se llevó a efecto
a finales de 1877. Con la nueva reorganización del Ejército se crearon
veinte batallones nuevos y con la fusión de los batallones de reserva
“Sevilla n.º 3” y “Málaga n.º 23” se constituyó el “Regimiento de Infantería
Covadonga n.º 41” que tuvo su primer acuartelamiento en Badajoz y cuyo
primer jefe fue el Coronel Pedro Ruíz Martínez.

Debido a una serie de normas que disgustaron a los militares, los


republicanos –al mando de Ruiz Zorrilla que era su máximo dirigente–
crearon una asociación secreta llamada “ARM” (Asociación Militar
Republicana) que captó a muchos militares descontentos. Concretamente
en Badajoz se sumaron a este movimiento las fuerzas de caballería,
artillería y el “Regimiento de Infantería Covadonga n.º 41”. Para que este
pronunciamiento hubiese tenido posibilidades de éxito, deberían haberse
sumado diversas guarniciones de todo el país, pero en unas horas se
produjeron movimientos de distinto signo y cuando el “Regimiento de
Infantería Covadonga n.º 41” se dio cuenta de que estaban solos, ya era
tarde. Más de 900 mandos y soldados huyeron a Portugal mientras el
General Blanco, nombrado capitán general de Extremadura, se hizo con la

65
plaza sin derramamiento de sangre. Hubo un Consejo de Guerra donde se
condenó a los golpistas, algunos de ellos a pena de muerte, si bien más
tarde les fue conmutada esta pena de muerte por la de prisión en fuertes
militares. Cuando estaba el “Castilla n.º 16” de guarnición en Leganés llegó
la Real Orden de 10 de diciembre de 1883 por la que se destinaba al
regimiento a Badajoz. El “Castilla n.º 16” partió el 16 del mismo mes y
empleó seis días para la organización completa del traslado por ferrocarril.
Las primeras fuerzas llegaron a Badajoz al día siguiente y ocuparon el
acuartelamiento de San Francisco el Grande, que estaba vacío por haber
sido disuelto el “Regimiento Covadonga n.º 41” que lo ocupaba. A partir
del 17 de diciembre de 1883, el “Regimiento de Infantería Castilla n.º 16”
estará ligado durante más de cien años a la ciudad de Badajoz que lo
acogerá con agrado. Muchas generaciones de extremeños, y en particular
de pacenses, se formaron en sus filas, ya que entonces los reclutas iban
destinados a los regimientos más cercanos.

Campaña del 98

Con la Constitución de 1812 la mayoría de los conventos y


monasterios del país –incluidos los de Badajoz– se convirtieron en
cuarteles y sus huertas en jardines o eriales. La Revolución de 1868
expulsó a los pocos religiosos que quedaban en Badajoz. Por esta razón el
Convento de San Francisco, que fue en primer lugar cementerio, luego pasó
a ser cuartel, donde empezaron a estar acuarteladas las tropas el 17 de
diciembre de 1883. A principios de 1884 la totalidad del regimiento se
encontraba acuartelada en el ya citado antiguo convento franciscano y en su
huerta adjunta al que se llamó “Cuartel de San Francisco el Grande”. La
huerta pasó posteriormente a ser el actual “Paseo de San Francisco”, parque
cuadrangular con un templete central para conciertos y música popular,
centro de paseo y recreo de la juventud de la postguerra durante varios
decenios.

Tragedia en el puente sobre el río Alcudia

En abril de 1884 se produjo un hecho que causó más bajas en el


“Castilla n.º 16” que en muchas de las batallas en las que participó. De
vuelta a sus lugares de origen por haberse licenciado los veteranos del
reemplazo de 1881, iniciaron el viaje de regreso el domingo 27 de abril por
ferrocarril. Al llegar al km 279 de la línea Madrid–Badajoz a las cuatro de
la mañana, cuando atravesaban el puente metálico de tres pilares sobre el
Río Alcudia, este se derrumbó cayendo el tren al río desde unos ocho
metros de altura. En esta catástrofe murieron cincuenta y dos militares. Los
funerales y actos en honor de los difuntos se celebraron en Badajoz, a los

66
que asistieron todas las autoridades, tanto eclesiásticas como políticas y
militares y una gran cantidad de pacenses. También se llevaron a cabo
iniciativas a efectos de recaudar fondos para los familiares de estos
soldados fallecidos, la gran mayoría de escasos medios económicos. La
relación completa de los fallecidos, así como su graduación, lugar de
procedencia, etc. están registrados exactamente en los libros de actas del
regimiento.

El puente de la tragedia militar sobre el rio Alcudia

Fallecimiento de Alfonso XII y nacimiento de Alfonso XIII

El 25 de noviembre de 1885 falleció de tuberculosis el rey Alfonso


XII y se nombró Reina–Regente a María Cristina de Habsburgo–Lorena,
segunda esposa de Alfonso XII, que estaba embarazada y se deseaba que el
hijo que esperaba fuera un varón. El 17 de mayo de 1886, la Reina Regente
Dª María Cristina dio a luz a un varón que, al cumplir los dieciséis años,
fue nombrado rey con el nombre de Alfonso XIII. Todo esto ocurrió
mientras el regimiento desarrollaba sus actividades con destacamento de
algunas compañías en Olivenza, Mérida y Cáceres. El coronel jefe del
regimiento Leonardo Fernández Ruiz, después de 40 años de servicio en la
carrera militar, que empezó de soldado, llegó al grado de coronel, ya que en
la tercera guerra carlista, donde fue herido, se le había ascendido a dicha
graduación; un hecho digno de recordar. Se le concedió el retiro a finales
de marzo de 1887. Siempre se le recordó como el jefe que mandaba el
regimiento cuando este llegó a Badajoz. Le sucedieron sucesivamente en el
mando los coroneles Manuel Ortega y Sánchez–Muñóz, José Márquez
Torres y Joaquín Gutiérrez Villuendas. El Coronel Márquez fue ascendido
a este grado por rechazar a los insurrectos cantonales después de un duro
combate donde recogió un gran botín de armamento y municiones.
Permaneció diecisiete años en el empleo hasta que en 1890 ascendió a
general de Brigada.

67
Visita de los Reyes de Portugal y proclamación de la Patrona de
la Infantería Española

En 1892 se celebró el IV centenario del Descubrimiento de América,


acontecimiento que el regimiento y la ciudad de Badajoz celebraron como
el hecho merecía. El 7 de noviembre de este mismo año, el Ministro de la
Guerra ordenó que una compañía del regimiento se desplazase a Valencia
de Alcántara con objeto de rendir honores a los Reyes de Portugal que
iniciaban su visita a España. Fue la “4. ª Compañía” del “1. º Batallón”
quien recibió el encargo de realizar este cometido. Hay que reseñar que
formaba parte de esta compañía el Teniente Francisco Neila Ciria, que años
más tarde recibió la Laureada de San Fernando por aguantar el cerco y
defensa de Cascorro, localidad cubana, frente a las fuerzas insurrectas
durante trece días, donde también se distinguió por sus actos de guerra el
soldado Eloy Gonzalo. Poco tiempo después, el 12 de noviembre de 1892,
por Real Orden que publicó el Diario Oficial n.º 248, se declaró como
patrona única de la “Infantería española” a la Inmaculada Concepción.

Sucesos en Marruecos

Debido al ascenso del coronel Gutiérrez el 11


de marzo de 1893, fue nombrado nuevo coronel
Francisco Salinero Bellver. En ese mismo año
España quiso llevar a cabo uno de los protocolos
del Tratado de Wad-Ras, o de paz con Marruecos,
de 26 de abril de 1860 por el que se le cedía a
España una mayor zona en las proximidades de
Melilla, e inició una fortificación en las
proximidades de un cementerio bereber, cosa que
no gustó a los nativos, que hostigaron a los
trabajadores y la tropa que los defendía. Hubo conversaciones diplomáticas
entre los dos países para solucionar el conflicto, pero hasta que el Ministro
de la Guerra no envió a 22000 soldados a Melilla bajo mando del general
Arsenio Martínez Campos, los bereberes no cesaron los ataques y
aceptaron los nuevos límites. En los sucesos de Melilla destacó un militar
que adquiriría renombre décadas después, el teniente Miguel Primo de
Rivera, que consiguió ese mismo año la Cruz Laureada de San Fernando. A
finales de 1893 fueron licenciados los reservistas del “Castilla n.º 16”, que

68
siguieron de servicio en el “Regimiento de Infantería Castilla n.º 16” en
Badajoz.

Primer Centenario del Regimiento y Guerra de Cuba

El rey Alfonso XIII asistió a unas maniobras militares que llevaron a


cabo entre el 19 y el 24 de febrero de 1894 el regimiento y otras unidades
militares en los denominados Altos de Galache, lugar probablemente
situado en la zona de Santa Engracia, donde el rey inauguró una granja
agrícola en una visita que hizo a Badajoz. En julio de 1894 el “Regimiento
de Infantería Castilla n.º 16” cumplió su primer centenario. Al ser
ascendido a general de brigada el coronel jefe del regimiento, lo sustituyó
en el mando el coronel Gabriel Gelabert Vallecillo.

En febrero de 1895 el revolucionario cubano José Martí, al grito de


¡Viva Cuba libre!, ordenó el levantamiento en la localidad de Baire, con lo
que estalló la Guerra de Independencia cubana. El “Regimiento Castilla n.º
16” contribuyó a la creación de las primeras unidades y que tenían a Cuba
por destino. Los acontecimientos en las Antillas preocupaban mucho en
España, y el 18 de octubre de 1895 se dictó una Real Orden, publicada en
el Diario Oficial n.º 232, por la que la Reina regente en nombre del Rey

Jefes y oficiales del “Castilla n.º 16” expedicionario en Cuba.

disponía que se destinasen a Cuba veinte batallones en pie de guerra. El


“Castilla n.º 16” organizó uno de los batallones expedicionarios, que salió
de Badajoz con destino a Cádiz el 23 de noviembre por ferrocarril al mando
del coronel Gabriel Gelabert Vallecillo y que embarcó en el vapor Ciudad
de Cádiz al día siguiente. En Badajoz quedaron el resto de la plana mayor y
el 2 º batallón.

69
Los insurrectos cubanos, con el apoyo decisivo de los Estados
Unidos, habían declarado una guerra sin cuartel y fusilaron a colaboradores
y simpatizantes de España y su ejército. España envió al general Martínez
Campos, de talante dialogante y conciliador, aunque al ver la situación en
la isla pidió el relevo y recomendó al general mallorquín Valeriano Weyler,
al que consideraba más idóneo para este tipo de guerra.

El batallón expedicionario del “Castilla n.º 16” pasó tres días de


aclimatación y después se trasladó por ferrocarril hasta Cienfuegos y Santa
Clara. El primer encuentro con el enemigo se produjo el 14 de enero de
1896. El 7 de abril un destacamento de soldados del “Castilla n.º 16”,
después de haber sufrido un cerco de dieciocho días, rechazó a las fuerzas
del cabecilla insurrecto Antonio Maceo, por lo que el general Weyler los
premió por su valentía. Los enfrentamientos con los insurrectos fueron
constantes en las lomas de San Bartolo, la Loma de Toro, Ceja de
Herradura, Guadalcanal, Consolación del Sur y Lomas de Descanso. En
este último resultó herido en el fémur del muslo derecho el coronel
Gelabert, que fue ascendido a general de Brigada y se retiró a Valencia de
Alcántara, donde murió a consecuencia de las heridas de guerra.

El 10 de febrero de 1896 desembarcó el general Weyler para hacerse


cargo de la Capitanía General y publicó de inmediato varios bandos y
normas para la reorganización del ejército. Junto al “Batallón de la Reina”,

Oficiales y soldados del “Castilla 16” en un blocao cubano

el “Castilla n.º 16”, con caballería y algunas piezas de artillería, formaron


una columna al mando del coronel Cándido Hernández de Velasco, de gran
experiencia en combates en Cuba, y marcharon hacia Pinar del Río.
Dispersaron al enemigo en Arroyo de San Felipe, Rosario y Charnuzo el 27
de julio, y dos días después derrotaron a la partida de Perico Belén,
70
destruyeron varios campamentos enemigos y se adueñaron de gran cantidad
de armas y animales, hechos que mencionó el general Weyler en sus
escritos. Del 6 al 11 de agosto de 1896 el regimiento sorprendió a los
insurrectos acampados en Cruces y Rivera y mantuvo combates con las
partidas de Payaso, Perico Belén y Rodolfo en Acrimonias, Punta de
Palmas y Caobilla. Pocos días más tarde los encontraron cruzando del río
Isabela. El 27 de septiembre del mismo año tuvo lugar uno de los combates
más duros de esta campaña, el de las Tumbas de Toriño, por lo que el
general Weyler envió un telegrama al Ministro del Ejército donde puso de
manifiesto la “intrepidez y bizarría” de estas tropas.

El 9 de octubre de 1896 fue una de las fechas más recordadas por el


“Castilla n.º 16”: estando sitiada la columna del general Adolfo Jiménez
Castellanos por 5000 mambises de los líderes insurrectos Máximo Gómez
y Calixto García, el soldado Eloy Gonzalo se lanzó contra ellos con una
lata de gasolina atada a su cuerpo, acción que permitió liberar a sus
compañeros sitiados y por la que se le pidió la Cruz Laureada de San
Fernando. También es digna de reseñar la gesta que protagonizó el capitán
Neila: cuando estaba sitiado, y ante los constantes mensajes de propuestas
de rendición que les mandaba el enemigo, éste reiteró en nombre de sus
fuerzas y en la de él mismo que “Todas mis fuerzas están dispuestas a
defenderse y a morir, antes que entregar sus armas y faltar a su honor
militar”.

Debido al ascenso del coronel Hernández de Velasco, el teniente


coronel Recio se hizo cargo del batallón expedicionario del “Castilla n.º
16”. Su recorrido por toda la isla fue amplísimo, ascendió a coronel de las
mismas fuerzas y se ganó de tal modo la confianza del general Weyler que
él mismo quiso tomar el mando del “Batallón del Castilla n.º 16”. El
coronel Recio marchó a la península para curarse de una enfermedad que
padecía y se quedó en Badajoz como coronel jefe del regimiento. En estas
fechas sucedió el tan debatido acontecimiento de la explosión y
hundimiento del acorazado estadounidense Maine, que había recalado en el
puerto de La Habana el 25 de enero de 1898 y tres semanas más tarde
explotó causando la muerte a doscientos sesenta y seis marineros
estadounidenses. Estados Unidos culpó a España de esta acción y le declaró
la guerra. Derrotada militarmente España por el ejército estadounidense, el
10 de diciembre de 1898 se firmó el Tratado de París por el que España
reconocía la pérdida de sus últimas colonias de ultramar. El 21 del mismo
mes fue repatriado el “Batallón Expedicionario del Castilla n.º 16” y llegó a
Cádiz el 6 de enero de 1899. El 1 de mayo del mismo año, el general
Adolfo Jiménez Castellanos arrió por última vez la bandera española del
Castillo de los Tres Reyes Magos del Morro en La Habana.

71
Capítulo 4º

Para aquel joven de 21 años, de rostro atenazado por el sol de


Castilla y vestido escrupulosamente con el glorioso uniforme de soldado de
infantería en cuyas bocamangas brillaban como dos brillantes luceros las
estrellas de Alférez, el 10 de julio del año 1883 iba a ser uno de los más
importantes de su vida. Mucho había dudado durante aquella primavera de
1879 sobre qué destino darle a su azarosa vida. Y muchas las razones por
las que elegir el ejército como la mejor solución de cara a un futuro tan
incierto como en su pueblo se le presentaba. Después de haber dejado su
ciudad y su familia a la edad de 17 años y haber ingresado en la Academia
de Infantería de Toledo siguiendo los pasos de sus laureados familiares,
había conseguido alcanzar el primer objetivo de lo que iba a ser una carrera
militar llena de gloria, pero también de peligros, incertidumbres y heridas
de guerra.

Su tío el general Ramón Ciria y Grases fue director del Colegio


Militar, no sé si coincidieron en el tiempo, y compañeros de curso fueron
Primo de Rivera y Berenguer, tal vez también Sanjurjo.

La Academia de Infantería (ACINF) es un centro de formación


militar del Ejército de Tierra español situado en la localidad de Toledo. El
centro se encarga de ofrecer formación básica, especialización y formación
de oficiales, suboficiales y tropa del Arma de Infantería.

En Toledo, donde la Historia sale a nuestro encuentro a cada paso, la


Academia nace en el año 1846, aunque con la denominación de Colegio
General Militar, la Academia de Infantería, que al día de hoy se ha
integrado plenamente en la ciudad. El 17 de octubre de 1875, tras haber
sido trasladada temporalmente a Madrid, se instaló en el Alcázar de
Toledo. Desapareció en 1882 al ser absorbida por la recién creada

72
Academia General Militar, pero volvió a constituirse como Academia de
Infantería cuando la Academia General Militar fue disuelta en 1893.

Entre los alumnos más destacados de la Academia de Infantería


durante los primeros años del siglo XX, etapa en la que era coronel director
José Villalba Riquelme se encuentran los que serían los máximos jefes
militares de los ejércitos enfrentados en la Guerra Civil Española:
Francisco Franco, Generalísimo del Ejército sublevado y Vicente Rojo
Lluch, Jefe del Estado Mayor Central del Ejército Popular de la República.

Tras la creación de la Academia General Militar en 1927, la


Academia de Infantería se convierte en Academia de Aplicación de
Infantería. Disuelta la Academia General Militar en 1931, la Academia de
Infantería se fusiona con las Academias de Caballería y de Intendencia. En
octubre de 1939, terminada la Guerra Civil, la Dirección General de
Enseñanza Militar restablece las Academias especiales de las Armas. El
primer director en la nueva etapa sería el Coronel de Infantería habilitado
Santiago Amado Lóriga.

En 1974 la Academia se fusionó con la Escuela de Aplicación y Tiro


de Infantería, que tenía su sede en Madrid, al igual que lo hicieran las
demás Academias de las armas con las respectivas Escuelas de Aplicación.

La sede histórica del Alcázar de Toledo ya había sufrido un incendio


en 1887 y resultó completamente destruida durante la Guerra Civil.

Al acabar la guerra, la Academia de Infantería estuvo instalada


provisionalmente en Zaragoza, en el edificio de la Academia General
Militar, y en Guadalajara, en la sede de la Fundación de San Diego de
Alcalá. A partir del curso 1948–1949 regresó a Toledo, a un edificio de
nueva construcción, obra de los ingenieros militares Teniente Coronel
Manuel Carrasco Cadenas, Teniente Coronel Arturo Ureña Escario y
Teniente Coronel Julio Hernández García. El edificio, de estilo
neorrenacentista, armoniza bien con el Alcázar, situado justo en frente.3

El nuevo oficial, con 21 años y muchas ilusiones puestas en su


carrera, es destinado a la capital de la Baja Extremadura, Badajoz, ciudad a
la que llega el 1 de septiembre de 1883, cuando todavía la ciudad no se ha
recuperado de las convulsiones producidas por el pronunciamiento
republicano que pocos días antes ha tenido lugar.

_________________
3.- Notas sacadas de Isabel Sánchez, José Luis. La Academia de Infantería de Toledo, 1991.

73
La intentona, el levantamiento de casi toda la guarnición y
numerosos civiles, fracasó estrepitosamente por falta de coordinación con
el resto de las guarniciones comprometidas con el ilustre prócer Ruiz
Zorrilla. Después de dos días de controlar la población, visto el nulo apoyo
recibido del exterior y con la amenaza de las fuerzas lealistas que se
aproximaban, toda la fuerza rebelde se adentran en Portugal donde deponen
sus armas. En Badajoz no hubo el más mínimo desorden, ni víctima alguna,
durante el pronunciamiento. El joven Neila va destinado en primer lugar al
Regimiento de Infantería Covadonga nº 41; el levantamiento y posterior
exilio había dejado esta unidad prácticamente en cuadro y el día 20 de ese
mismo mes pasa al Regimiento Granada nº 34 que acudió a ocupar la
plaza. En diciembre de 1883, el día 17, entra en la ciudad el Regimiento de
Infantería de línea Castilla nº 16 “El Héroe” haciéndose cargo
inmediatamente del control de la ciudad.

Seminario de San Atón, en la plaza de San Francisco, Badajoz, utilizado como cuartel de Infantería

Normalizada la situación abandonan la ciudad las fuerzas que en ella


se asentaban y queda este último Regimiento como único destino para la
plaza.

Neila se incorpora al Regimiento Castilla el 4 de diciembre de 1884.


Durante los siguientes once años la vida de guarnición envuelve al joven
oficial. Es la calma que precede a la tempestad. Los conflictos todavía no
alcanzan niveles preocupantes, la vida cuartelera es rutinaria y no hay
ocasión de ascensos extraordinarios.

74
Para un hombre joven como él, que soñaba con las glorias guerreras
que con tanta pasión se contaban en su casa en los crudos inviernos al calor
de la chimenea familiar, podemos comprender que en más de una ocasión y
en la soledad de su cuchitril cuartelero, se le pasara por la cabeza la
peregrina y desafortunada idea de que se había equivocado de profesión. Ni
siquiera su ascenso al grado de Teniente, por R. O. de 14 de octubre de
1887, podrá calmar sus sueños guerreros y entra en un estado de
decaimiento que le llevará a solicitar la baja por enfermedad y volver por
unos meses a tomar fuerzas en Santa Marta, su pueblo de nacimiento.

El rápido crecimiento de la ciudad de Badajoz hizo que los antiguos cuarteles fueran reemplazados por
nuevas y modernas instalaciones como lo fue el Cuartel de Menacho, hoy también desaparecido

Por su hoja de servicios sabemos que en 1885 realiza un curso de


tirador que supera con la calificación de “bueno”; en 1886 pasa con
licencia por enfermo a su localidad natal por un período de dos meses; en
febrero de 1887 pasa con su unidad destacado a Cáceres y en octubre de
ese mismo año asciende a Teniente; nuevamente es destinado al
Regimiento Castilla; en 1889 le son concedidos otros dos meses de licencia
médica para Santa Marta; en 1882 es uno de los oficiales de la “compañía
de honores” que cumplimenta, en Valencia de Alcántara, a los reyes de
Portugal en su visita oficial a nuestro país. Parece que su vida militar va a
cambiar cuando por R. O. de 22 del mes noviembre (B.O. nº 257) de 1892
fue destinado en su empleo al distrito de Filipinas, aunque posteriormente
se anula la orden y permanece en la ciudad en expectación de embarque
hasta finales de año. En los dos años siguientes, bastante desilusionado, se
traslada, siempre con su Regimiento, a Cáceres y Ciudad Rodrigo para
75
efectuar diversos servicios relacionados con destacamentos en la frontera.
Todas sus angustias y sus ansias de aventuras militares quedan cubiertas
cuando por R. O. de 18 de mayo de 1895 (B. O. nº 109) fue destinado al
distrito de Cuba, embarcando en el Puerto de Cádiz a bordo del vapor
correo Ciudad de Cádiz, el día 31 del mismo mes, arribando en el puerto de
La Habana el 15 de junio, siendo destinado por disposición del Excmo. Sr.
Capitán General del Distrito con fecha 18 y oficio de la subinspección nº
724 de 20 del mismo mes al primer Batallón del Regimiento de Infantería
Tarragona nº 67, al que se incorporó el 1º de julio en la Plaza de Puerto
Príncipe, donde quedó prestando servicio de operaciones y en emboscadas.

Otra bella imagen del convento de San Francisco, donde estuvo enclavado el Regimiento Castilla nº 16,
antes de ser traslado al Cuartel de Menacho y ser éste derribado para hacer la amplia y concurrida plaza
de San Francisco (se sacó de los terrenos de la huerta conventual) en el centro de la capital pacense.

76
Capítulo 5

Durante los 18 días que el nuevo soldado Eloy Gonzalo aguantó


como pudo el mareo en las lúgubres entrañas del vapor León XIII, tuvo
tiempo suficiente para repasar lo que había sido hasta esos momentos su
vida y sobre el destino que le esperaba en tierras desconocidas y peligrosas
como eran las colonias españolas en el Atlántico, toda vez que las noticias
que de ellas llegaban a la península y que se infiltraban entre los muros de
su prisión vallisoletana, denunciaban cómo los errores políticos de unos
gobiernos incapaces de comprender la realidad social, política y económica
de unos territorios que hacía mucho tiempo habían perdido la confianza en
la metrópoli.

¿Pero qué pensaba de la Guerra de Cuba la inmensa mayoría, los que


no podían hacerse oír, los que costeaban la guerra con su sangre y su
dinero? Aun ateniéndonos a los grupos políticos organizados, sería preciso
tener en cuenta las evoluciones que, desde el principio de la guerra, en
febrero de 1895, hasta la derrota de Santiago el 3 de julio de 1898, imponen
los acontecimientos y particularmente la intervención de los Estados
Unidos, que levanta una amplia oleada de nacionalismo.

Los partidarios de la guerra a ultranza, en un principio sobre todo los


conservadores, son los que, por conservadurismo cerrado o porque tienen
intereses en la Isla (v. gr., Romero Robledo,...) o porque están relacionados
de un modo u otro con el partido español cubano, la Unión Constitucional,
quedan aferrados a las recetas del colonialismo asimilacionista. Son, poco
más o menos, los que hicieron caducar en 1893 la, sin embargo tímida,
reforma descentralizadora de Maura, que a la sazón hubiera satisfecho
algunos sectores de la burguesía criolla agrupada en el Partido Liberal
Autonomista. Son los que, muy lógicamente, apoyan a Weyler cuando
reemplaza a Martínez Campos a fines de 1895 y aplauden sus métodos
radicales.

Lo que cabe subrayar es que, cuando se ve claramente que los


insurrectos piden la independencia de la Isla, la mayoría de los que
combatían el status quo defendido por los colonialistas a la antigua, y que
abogaban por la autonomía, consideran que la guerra es necesaria para
mantener la “integridad de la patria”. A partir de entonces, con respecto a la
guerra, hay sólo diferencia de matices entre los ultraconservadores y los
demás, incluso los republicanos; sin que se borren los antagonismos entre
los varios grupos políticos, el común denominador entre todos es la
necesidad de conservar la unidad indestructible entre España y América.
77
Innumerables declaraciones sobre dicha unidad se podrían sacar de la
prensa republicana; por ejemplo, en La Publicidad del 28 de marzo de 1896
leemos la siguiente nota de la Unión Republicana, firmada por Salmerón,
Azcárate, Pedregal, Blasco Ibáñez, Labra, Esquerdo: “Es de interés
supremo el mantener a toda costa y sin reserva la integridad de la patria”.
Este criterio, que en nada difiere del de Cánovas, que declaraba el mismo
año que el conflicto “es una guerra de conservación de nuestro territorio, es
una guerra de integridad de la Patria”, es también el de Castelar, más
opuesto aun que los demás republicanos a la concesión de libertades a las
“provincias de Ultramar”.

Sin embargo, el mismo año Castelar define su posición de una


manera menos épica y más al nivel de las circunstancias: “Entreguemos a
los hijos de ambas Antillas toda la parte del gobierno que pueda
corresponderles en la democracia más amplia, sin detrimento de la
integridad nacional”. Si la primera cláusula no fuera tan ambigua, muy
digna del gran tribuno, la frase podría resumir la posición de la mayoría de
los republicanos: conceder todas las libertades que se pueda, pero sin
perjudicar la “integridad de la patria”.

En cuanto al Partido Republicano Progresista de Ruiz Zorrilla, no se


queda en zaga, ni mucho menos, como revela la muestra que sacamos entre
muchas, de El País cuando era todavía el órgano del partido: Sagasta es
«un reformador liberal, capaz de curar la terrible llaga del separatismo
cubano con unos proyectos inoportunos y en esta sazón antipatrióticos»...

También los intelectuales españoles toman partido sobre el conflicto


de los territorios de ultramar: “No hay diferencia ninguna entre las gentes
de El País y las de El Correo Español”, periódico carlista, exclama
Unamuno, que añade: “Con esto de las guerras de las colonias, ha salido a
lo exterior el espíritu reaccionario que llevan escondido los republicanos
más turbulentos”.

El caso más significativo de esta “salida del espíritu reaccionario”,


bien escondido hasta aquí bajo el manto de la retórica obrerista,
revolucionaria y hasta socialista, lo ofrece El Progreso cuyo director es
Alejandro Lerroux a partir del 31 de octubre de 1897, y que cuenta entre
sus redactores al joven anarquista intelectual Martínez Ruiz.

De una actitud antimilitarista y antibélica pasa brutalmente, después


de la declaración de guerra con los EE. UU., a una postura
ultranacionalista, increpando al pueblo americano que “presta sus fuerzas y
su aliento a las hordas separatistas”. Weyler es considerado como el posible
salvador de España; y se eleva con violencia contra tal medida.
78
En resumidas cuentas, se ve que entre los que no quieren conceder
nada en la Isla y mantener el status quo, y los que abogan por reformas y
hasta por la autonomía, hay un punto común: mantener la integridad de la
Patria y salvaguardar el honor de España; así para un amplio sector
político, que parece abarcar todas las capas de la burguesía, la guerra contra
el separatismo es una necesidad que no se puede poner en tela de juicio,
aunque haya diferencias sobre la manera de conducirla y de terminarla.

La conclusión que se impone, y que podría explicar el olvido


ulterior, es que las campañas lanzadas contra la guerra desde El Socialista,
de Madrid, o La Lucha de Clases, de Bilbao, no encontraron eco suficiente
en el país.

Lo que salta a la vista cuando se lee el conjunto de los escritos


socialistas relativos a la cuestión colonial, es la ignorancia casi absoluta de
la realidad revolucionaria cubana, y pasa lo mismo en toda la prensa
española. Parece que las únicas fuentes de información son los partes
militares o las declaraciones oficiales. La existencia del Partido
Revolucionario Cubano, el nombre de José Martí, son totalmente
desconocidos, y eso tanto en la prensa socialista como en los artículos de
Clarín. P. Iglesias alude, a principios de 1897, a “las aspiraciones muy
legítimas de los habitantes de Cuba” y a la necesidad de “concluir la paz a
todo trance con los habitantes de la Isla; la vaguedad de la alusión a “los
habitantes de la Isla” deja suponer que no se sabe quién lucha allá, y cuáles
son las reivindicaciones del pueblo cubano.

Esta ignorancia de ciertos aspectos de la realidad cubana da al


conjunto de los textos socialistas sobre la guerra un carácter más bien
teórico, más patente aun en los artículos de Unamuno, los cuales en su
conjunto vienen a ser más un brillante requisitorio marxista contra la guerra
en general que una denuncia precisa de las causas del conflicto cubano.

Partiendo del fundamental principio marxista según el cual las causas


hondas de las guerras son de tipo económico, Unamuno procede
esencialmente por deducción, lo que da lugar a muy exactas y brillantes
demostraciones, siempre que se mantienen un punto encima de las
realidades concretas y circunstanciales: véase, por ejemplo, el análisis de
las relaciones entre deuda pública y patriotismo, en La Lucha..., 9 de mayo
de 1896 (O. C., 601-602) y 26 de octubre de 1985 (O. C., 541-542).

Pero también es evidente que el no integrar en la demostración


ciertos elementos de la realidad cubana, que, al parecer, no conoce, le
conduce a veces a conclusiones si no equivocadas, por lo menos
incompletas. Un solo ejemplo: en febrero de 1897, nota que por todas
79
partes se grita: “¡paz, paz, paz!”; y explica que si “ahora se pide paz es
porque está ya hecho el negocio de la guerra”. Por una parte, los sindicatos
de los azucareros norteamericanos que proporcionaban la mayor parte del
dinero a los insurrectos han conseguido su objeto: la destrucción de la
cosecha de la Isla y “una vez logrado el interés de su negocio, la
continuación de la guerra es una pérdida para ellos”. Por otra parte,
también en la metrópoli “ha resultado el negocio”, porque merced a la
guerra, “ha aumentado la deuda pública, y, por consiguiente, los tenedores
de ella:

Una vez colocado el patriótico empréstito; una vez redondeados los negocios de
las comillas, […]; una vez enrarecidos los brazos y puestos fuera del mercado los
hombres que estorbaban; […]; una vez encauzado todo esto, no se oye sino gritar:
¡Paz, paz, paz!

Al parecer, según Unamuno, en febrero de


1897, la guerra ya no tiene razones objetivas para
continuar, pues en todos los sectores “ha dado su
negocio”.
Ya vemos –y dicho sea de paso– los
peligros de una práctica meramente deductiva del
marxismo, cuando no considera todos los
aspectos de la realidad. Además, la óptica
exclusivamente económica en la que Unamuno
sitúa su argumentación, le conduce a poner en el
mismo plano el honor nacional español y la
independencia que piden los cubanos: son “monsergas” que ocultan “el
negocio de la guerra” (Ibid.).

Sin llegar a tanto, el hecho de considerar la guerra exclusivamente


como la lucha de intereses de dos burguesías explica la poca diferencia que
el Partido Socialista hace entre la autonomía y la independencia, ya que el
verdadero problema, incluso en Cuba, es el de la lucha entre explotadores y
explotados. Lo que importa ante todo y cuanto antes es, para P. Iglesias,
poner fin a la guerra, concediendo la independencia si la autonomía no
tiene eficacia para producir la paz; pues, “terminado de un modo o de otro
la cuestión que allí preocupa al elemento burgués, y que distrae la atención
de aquellos trabajadores, quedará despejado el terreno para que en Cuba se
plantee abiertamente lo que existe en los demás países: la lucha entre
asalariantes y asalariados...” Lo que ignora el Partido Socialista Español es
que exista un Partido Revolucionario Cubano, que la lucha de clases ha

80
empezado allá, y que no todos los trabajadores de Cuba se dejan engañar
por la burguesía isleña.

Entre la autonomía, y la independencia, no es del todo exacto decir


que el Partido Socialista se muestra indiferente. Está claro que preferiría la
solución autonomista (¿Falta de conocimiento de la realidad cubana, otra
vez? ¿Peso de la opinión pública? ¿Resabios de patriotismo?...): “lo que
desea [el pueblo trabajador] ardientemente es que cesen las hostilidades en
Cuba, aunque para ello se reconozca la independencia de la isla”.

De todas maneras, el Partido Socialista parece pensar que para Cuba


es una cuestión secundaria, ya que “en lo fundamental –en la cuestión
económica” los Estados Unidos tienen seguro el mercado “con la
independencia de la Isla”.

Paralelamente a su lucha contra la guerra –conflicto entre dos grupos


capitalistas–, la base de la propaganda del Partido Socialista es la denuncia
de la injusticia que permite a los ricos redimirse del servicio militar. El
tema “o todos o ninguno” de la campaña mantenida durante toda la guerra,
parece, en cierto modo, contradictorio con la lucha por la paz, y en lo
absoluto, lo es; pero en la medida en que las fuerzas de oposición a la
guerra no son suficientes, ni mucho menos, para imponer la paz, el insistir
sobre la suprema injusticia que manda a la manigua únicamente a los hijos
de los trabajadores, debe de tener singular impacto en la conciencia del
pueblo, a no ser que, y es lo más probable, la lucha por la igualdad ante las
obligaciones militares sea impuesta por las masas obreras.

La cuestión fundamental a la que quisiéramos dar clara respuesta es


la de saber cuál fue la opinión de las masas populares sobre la guerra. El
tema requeriría investigaciones precisas a nivel de la prensa regional y
nacional. Lo cierto es que hubo manifestaciones callejeras de oposición a la
guerra. Fernández Almagro señala, que en Zaragoza, Barcelona, Valencia,
Logroño, el descontento popular se exteriorizó “en franca protesta contra el
envío de tropas a Cuba y contra la redención en metálicos. ¡Que vayan los
ricos también!, clamaban las mujeres...”

Varios autores coetáneos señalan la impopularidad de la guerra.


Royo Villanova escribía en 1899: “La nación no quería la guerra. La
campaña de Cuba no fue nunca popular [...] no se hubieran lanzado a la
calle, las mujeres de Zaragoza protestando contra los embarques”. Según
Macias Picavea, la guerra desde el principio al fin “ha sido impopular,
rotundamente impopular”. Nos dice que en todas partes ha encontrado la
misma condena: “que la guerra de Cuba era un desastre; que los insurrectos
tenían la razon (sic); que la isla debía venderse a todo trance...”
81
Uno de los intelectuales españoles
que más se destaca en sus artículos sobre
la Guerra de Cuba, es Leopoldo Alas
Clarín, cuya principal fuente de
información es la prensa que cada día
consulta Alas en el Casino de Oviedo; pero
también observa cómo vive las
consecuencias de la guerra la gente de su
tierra, y particularmente la gente humilde
del campo.

Esta idea le llega tan hondo a Clarín,


que la sociedad española le parece dividida en dos partes: los que van a
Cuba y los que se quedan.

Los primeros se llevan todas sus simpatías, porque son ellos


únicamente los verdaderos patriotas. A veces, Clarín se deja arrastrar por su
exaltación, hasta incurrir en contradicción con lo que ha dicho antes y con
lo que dirá unos cuantos días después. El 7 de julio de 1896, afirma que
sólo en la apariencia va el pueblo a morir a Cuba en forma pasiva; en
realidad va “por amor a España, porque la voluntad nacional quiere de
veras, en serio, callada, elocuente con la sangre, defender nuestro dominio
en Cuba”. Estos arranques algo poéticos que hacen implícitamente del
pueblo el depositario de los valores auténticos de la raza, no están muy
lejos de la concepción intrahistórica de Unamuno, y ya tienen ciertos
acentos Machadianos.

El pueblo da su sangre, pero también “acude en masa” con su dinero


cuando El Imparcial organiza, en septiembre de 1896, una gran suscripción
en favor de los heridos. Y Clarín, otra vez, se entusiasma al ver la
“inagotable caridad” del pueblo: “no hay cosa más rica que el bolsillo de
los pobres... que tienen grande el corazón”.

Pero esta exaltación patriótica del pueblo, a veces se ve contradicha


por los hechos, por ese “vulgo desengañado que declara, que no cree en
idealismos y se alegra de que no aparezcan voluntarios”. Sentimos que el
autor no nos revele qué sector social cubre, para él, la palabra “vulgo”; el
hecho es que, ante su actuación negativa frente a la guerra, la fe de Clarín
en la España honda vacila: tal vez España “no es la de siempre”.

A principios, de 1898, cuando Segismundo Moret presenta el


proyecto que concede, por fin, una verdadera autonomía a Cuba, alude
82
Clarín por primera, vez a la resistencia popular a la guerra. El país está ya
cansado de la guerra, y “no quiere hacer más esfuerzos en grande”; hasta
tal punto que la política de Moret es la “de los quintos que no quieren ir a
Cuba; es la de las madres que no quieren que vayan”. Clarín nos revela
aquí, a fines de 1897, indirectamente y casi a pesar suyo, que existía un
movimiento de oposición popular a la guerra; pero ya sabemos que esta
oposición se manifestó mucho antes. Verdad es que Clarín utiliza el hecho
como un argumento más para pedir que los republicanos apoyen al
ministerio Sagasta sobre la cuestión de la autonomía.

Después de la derrota, cae en una visión más realista, pero cargada


de un pesimismo que, en la escala sentimental, es el extremo opuesto de la
exaltación de los años 1895–96:

El pueblo se deja llevar a la guerra como se deja arruinar por los tributos,
como se deja robar el sufragio, como se deja gobernar por la ineptitud y la
inmoralidad: el pobre campesino que aguanta una abrumadora jerarquía de cacique,
va a servir al rey, porque sí, porque el rebelarse es peor… El mísero recluta, el pobre
siervo del terruño, discípulo in partibus de un maestro a quien el Ayuntamiento no
paga, cuando coge el chopo, ni es un patriota ni es apenas una conciencia.

A finales de 1897, cuando está claro que, a pesar de la autonomía


concedida, la guerra va a continuar, y más aun en el primer semestre de
1898 con la guerra con EE. UU., se hacen necesarios más y más recursos.
Entonces Clarín propone que se decrete un impuesto directo, “no
proporcional” sino “progresivo, limitado sobre utilidades”; este impuesto,
sin arruinar a los ricos, permitiría repartir las cargas de manera más
equitativa. Sería interesante ahondar el porqué de lo propuesto por Clarín:
revelaría que, cuando el liberalismo carece del imprescindible sentido
moral que lo justifica a los ojos de Clarín, se debe corregir por medidas
autoritarias. Pero dicho impuesto, claro está no se ha instituido, y los ricos
“no han renunciado a un día de puchero”. Frente a tal ineptitud moral, y
con el frenesí patriótico que en él despierta la guerra con los Estados
Unidos, Clarín se desata con suma violencia.

En esta cuestión de la guerra, como en otras, la Iglesia española da la


espalda a lo que ha de ser su misión; y Clarín, durante toda su vida, ha
luchado contra esa Iglesia que se ha olvidado del Evangelio, se ha hecho
institución, y desconoce la tolerancia y la caridad del corazón.

Es obvio que sobre este punto, como sobre todos los evocados en
esta parte, hubiera mucho más que decir si el enfoque no se hiciera sólo a
partir del problema cubano.

83
Pero la guerra que para Clarín es la necesaria respuesta al
separatismo, como vamos a ver, pone de relieve los vicios latentes de una
sociedad corrompida por un sistema político y social que ha
institucionalizado la inmoralidad. Hay que repetirlo, en efecto, el criterio de
Clarín es ante todo ético; nunca pone en tela de juicio la sociedad liberal,
pero ésta exige de todos sus componentes, tanto a nivel político como
económico, tanto a nivel social como religioso, sentido de las
responsabilidades, conciencia del bien público, o sea, comunión en un ideal
colectivo de todas las conciencias morales individuales.

Cabe analizar, ahora de modo explícito, la posición de Leopoldo


Alas frente al problema cubano.

«Cuba es España»; para Clarín es un hecho y un derecho incuestionable,


afirmado y repetido desde el principio de la guerra, hasta la derrota y... aun después.
En eso, el criterio de Clarín no se aparta de la línea general del republicanismo
español, y está muy cerca de la posición de Castelar, pero si el gran tribuno, su «jefe
político», defiende muy tímidamente su punto de vista, lo que le vale cierto reproche
velado por parte de Clarín éste, con la sinceridad que le caracteriza; no teme luchar
abiertamente por lo que considera la verdad y la justicia; y la verdad y la justicia le
imponen decir ciertas cosas que van en contra de la política oficial y en contra de
ciertas tendencias que dominan en la opinión pública, como ya se deduce del estudio
anterior.

Para Clarín hay razones objetivas para afirmar que “Cuba es


España”, aun cuando el lema encierre para él indudable carga sentimental;
ante todo, Cuba está poblada de españoles: los cubanos “somos nosotros
mismos, son –somos– los Pérez, Fernández, González, castizos que fueron
–fuimos– a Cuba hace cuarenta, doscientos, trescientos años”. Cuba es,
pues, una provincia española, como Cataluña o Asturias, “un pedazo de la
península que tenemos allende el Atlántica”, y la historia ha consagrado “el
derecho de España a la soberanía de sus dominios”. Durante la guerra de la
Independencia toda la Nación luchaba, porque “teníamos derecho a la
independencia”, pero “los cubanos no lo tienen”, como no lo tenían los
catalanes cuando emprendieron su guerra separatista, ya que Cuba, como
Cataluña, es una provincia española.

Los insurrectos son, para Clarín, españoles extraviados que “cometen


un crimen de leso patriotismo no queriendo ser españoles”. Y al respecto,
distingue dos categorías: por una parte, “los que pueden ser cuerpos
extraños que, luchando por la independencia de Cuba, pretenden
sencillamente robarnos un pedazo del territorio”, y por otra “los que son
tan españoles como nosotros, aunque extraviados por la locura del
separatismo”. ¿Pero qué son esos “cuerpos extraños”? ¿Quiere decir Clarín
84
que hay injerencia extranjera? ¿Se alude con esa expresión a los exiliados
cubanos (entre los cuales figura José Martí hasta 1895) a quienes, tal vez, la
prensa personal oficial designa así por razones de propaganda? La segunda
hipótesis es la más plausible; y en tal caso, esta mentira produce efecto, ya
que para el mismo Clarín, los “no españoles que se metan en nuestra lucha
actual son sencillamente ladrones” y “con los ladrones, con los infames, no
se transige”; entonces viene justificada una guerra a ultranza contra los que
son enemigos de España. Lo que dejaría pensar que Clarín ha sido
engañado por cierta propaganda es que, después de noviembre de 1895, no
vuelve a distinguir dos categorías de insurrectos.

Hasta, y es muy de subrayar porque no lo repite, al hablar de “las


relaciones de los insurrectos con gran parte del pueblo cubano”, reconoce,
casi a media palabra, como se ve, que la insurrección recibe apoyo de la
mayoría del pueblo de la Isla.

Pero ya desde aquella fecha de 1895, y sin conceder importancia a


esos “cuerpos extraños”, considera que la guerra de Cuba es una guerra
civil, como lo era la guerra de Cataluña, “aunque era separatista”. Desde
luego, se equivocan gravemente “cuantos predican el exterminio del
enemigo, y quieren que se le coloque poco menos que fuera del derecho de
gente”.

Clarín dice eso en noviembre de 1895,


y en febrero de 1897 nos revela que, en la
prensa cubana y en el mismo periódico en
que tal escribía, en el Heraldo, se atacó esta
idea de guerra civil “como antipatriótica”. Se
entiende que los partidarios de la guerra a
ultranza, y los que piensan que el honor
nacional exige una victoria total de las armas
españolas, consideren antipatriótica la idea
defendida por Clarín, y de manera firme y
constante durante toda la guerra.

En efecto, si los cubanos son


españoles, la primera consecuencia que se
deduce atañe a la manera de conducir la guerra: “el sistema del terror, lo de
la guerra con la guerra exclusivamente” es una monstruosidad, siendo los
cubanos españoles también. Es una condena vigorosa de los métodos
radicales y sangrientos de Weyler: “la sangre española, aun la insurrecta,
debe economizarse cuanto se pueda”. Compárese, por ejemplo, con las
declaraciones del republicano revolucionario Alejandro Lerroux sobre las

85
“hordas separatistas” o las de El País, según el cual la opinión espera de
Weyler “medidas salvadoras y radicales” (18-V-1896).

La segunda consecuencia es que se debe siempre buscar el final de la


guerra por la transacción, que nunca podrá ser deshonrosa para España, ya
que son españoles los cubanos. Así se explica que, a fines de 1895, se
adhiera a Martínez Campos, a pesar de la poca simpatía que le tiene “al
general de las corazonadas”, cuando éste afirma que desea la paz, “una paz
digna de España, honrosa, compatible con el incólume derecho de la
patria”, y que apoye sin reserva el decreto elaborado por Moret y que, por
fin, el 25 de noviembre de 1897, concede verdadera autonomía, aunque
teme que sea demasiado tarde: “es probable que la guerra siga a pesar de la
autonomía”.

Ya, desde 1895, Clarín se afirma claramente partidario de la


autonomía, o mejor “de la autarquía para Cuba, lo que el progreso exige a
la larga o a la corta”. Pero, ¿qué entiende por autarquía? Es de suponer que
quiere decir que Cuba debe tener libertad total en materia económica y
comercial. Clarín debe de repetir aquí un concepto difundido en la prensa,
–tal vez– a propósito del problema catalán, pero sin sentido claro aplicado a
Cuba. En 1897 exclama, desafiando al Partido Constitucional: “Cuba será
española aunque se le deje la autonomía, y, lo que importa más, la
autarquía más completa”.

Porque si Cuba se ha lanzado a la “locura separatista”, es por culpa


de los egoísmos conjugados de los reaccionarios de allá y de acá. En 1895,
cita una frase de Bentham que le parece resumir todo el error de la política
colonial tradicional: “La palabra de madre–patria ha creado muchas
preocupaciones y muchos falsos razonamientos en todas las cuestiones
sobre las colonias y las metrópolis. Se imponían deberes a las colonias y se
les imponían delitos, todos igualmente fundados en la metáfora de su
dependencia filial”. Y Clarín comenta: “Sí, ese es el error; los cubanos no
son nuestros hijos, son nuestros hermanos”.

No lo entienden así muchos incondicionales, entre los cuales los


miembros de Partido Constitucional y la mayoría de los conservadores
españoles, para quienes “Cuba no es España sino de España”, o sea, un
dominio español, que es de los españoles de acá, y para los españoles de
acá”. Todos entienden por integridad de la patria las ventajas que “sacan
los indianos de que se considere a Cuba como país conquistado”.

La culpa del conflicto la tienen pues, para Clarín, los políticos


reaccionarios, y particularmente Cánovas, ese Bismark pour rire, que “ya
está chocho”, y a quien combatió Clarín durante toda su vida de periodista,
86
porque además del nulo talento que le reconoce, le considera en gran parte
responsable del sistema corrompido que gangrena el cuerpo de la nación.

Clarín cree firmemente que si, en vez de “gobernantes caducos, de


ánimo despótico y reaccionario, y en vez de incondicionales que quieren
conservar privilegios y canteras de oro”, hubieran actuado “políticos
liberales de veras, almas caritativas capaces de ver, en los habitantes
naturales de un territorio español, españoles como nosotros, otro sesgo
hubiera tomado el conflicto cubano hace mucho tiempo”.

A principios de 1897, piensa que es posible una solución que ponga


fin a la guerra, con tal que “liberales de veras” (que podrían llamarse
Castelar, Moret...) sustituyan a los conservadores, ya que ellos podrían
entenderse con “la parte civilizada y no criminal de los insurrectos”, o sea
con los miembros, del Partido Liberal Autonomista, a quienes en otra parte
designa como la “parte inteligente y honrada de los insurrectos”.

Después de Cavite, afirma otra vez que si España está en un callejón


sin salida, la culpa la tienen los políticos reaccionarios, pues está
convencido de que, si “España fuera una República con un hombre de
garantía a la cabeza, Castelar supongamos, nuestras cuestiones con los
insurrectos, y aun con los yankees, hubieran tomado sesgo muy diferente”.

Así, a nivel retórico, la concepción de Clarín coincide con la


ideología de la burguesía liberal; en realidad, hay cierta discontinuidad
entre el idealismo de Clarín y las fuerzas reales, de naturaleza económica,
que, en última instancia, sustentan ese ideal, y nuestro autor puede aparecer
como un intelectual integrado que no quiere ver todas las implicaciones que
supone su integración en la pequeña burguesía.

Antes de que estalle la guerra con los EE. UU., Clarín se da clara
cuenta de la potencia real del adversario, y combate la campaña patriotera
de la mayoría de la prensa, que engaña otra vez peligrosamente a la opinión
pública. Varias veces ridiculiza el burlesco furor bélico de los españoles:
“Para reducir a cenizas a Nueva York, ¡Oh!, españoles, necesitabais haber
sudado mucho oro, trabajando todo un siglo”. Sabe que la guerra con la
potente república sería un suicidio para España; y denuncia por loca la
fórmula “hasta el último hombre; hasta la última peseta”.

******

87
La primera experiencia que vive el soldado Eloy Gonzalo en tierras
cubanas, una vez que atraca el viejo barco, será ingresar en el hospital
militar para curarse de un brote de sarna agudo, como consecuencia del
hacinamiento de soldados en sus poco cómodas y lúgubres bodegas, la falta
de oficio de unos hombres que era la primera vez en su vida que se subían a
un barco y que durante toda la travesía se la pasaban vomitando, a lo que
hay que sumar las malas condiciones de salubridad del buque León XIII, de
la Compañía Trasatlántica, que hacía regularmente la travesía del Atlántico
como buque correo de vapor.

Cuando recuperado vuelve al servicio, el 28 de abril de 1896 es


destinado a Cascorro, donde el 1 de agosto se encontrará por primera vez
con don Francisco Neila, cuando este oficial recibe el mando de los fuertes
de Cascorro y la orden de asegurar su defensa.

En 1986 fue comprado por la compañía Trasatlántica y rebautizado con el nombre de León XIII

88
Capítulo 6

También el teniente Francisco Neila Ciria había sufrido las


consecuencias de su inexperiencia en viajes marineros, cuando embarcó en
el vapor correo Ciudad de Cádiz, de la ciudad gaditana, el 31 de mayo de
1895. Hombre de la España interior, había conocido la mar en unas
vacaciones juveniles, junto a sus padres, como premio a sus buenas notas
en el instituto, y se había bañado muy plácidamente en las playas de
Nuestra Señora de Regla, en Chipiona.

Vista de la Iglesia parroquial de Santa Marta de los Barros (Badajoz)

Sin embargo, a los oficiales se les permitía en los transportes


marítimos privilegios que no se le permitían a la tropa, entre las que
estaban el poder estar en cubierta el tiempo que quisieran y dormir en
camarotes muy cerca de la misma, y no en las bodegas, junto a las calderas,
donde el aire se enrarecía a las pocas horas de la travesía y la limpieza de
los dormitorios era algo bastante deficiente por no decir inexistente.

Sabemos, por las declaraciones de algunos soldados que embarcaron


con el teniente Neila que éste era un oficial muy preocupado por sus
hombres y que durante los dieciséis días que duró la travesía hasta el puerto
de La Habana (15 de junio), procuró que la tropa estuviera lo más cómoda
posible y que los suministros de comida, agua y tabaco fuera lo más
abundante posible, dadas las precariedades de los dineros disponibles en
estos casos, así como de que la disciplina fuera lo menos severa posible. En
los días que duró el viaje por mar, en más de una ocasión comió con la

89
tropa, muchos de los cuales, fechas más tarde serían soldados a sus órdenes
en Cascorro, y solicitó al servicio médico las mayores atenciones con
aquellos que lo necesitaran, que no fueron pocos.

En cuanto llegó a Cuba


ingresó en el servicio activo,
para pasar a finales de julio a la
Guerrilla del 2º Batallón del
mismo Regimiento, por
disposición del Excmo. Sr.
Capitán General del Distrito de
fecha 18 del citado mes,
incorporándose a la misma en el
Ingenio “El Lugareño”,
siguiendo en operaciones hasta
el 19 de octubre en que con toda
la fuerza de la guerrilla regresó
a Puerto Príncipe y el 21 salió
formando parte de la columna
mandada por el General de
Brigada Don Emilio Serrano
Altamira conduciendo un
comboy para los poblados de
Sibanien, Cascorro y Guaimaro,
hallándose el 26 del mismo en
los encuentros tenidos con el
enemigo en la alturas del Salado
y Arroyo Hondo.

Si en más de una ocasión, como hemos indicado anteriormente,


Francisco Neila había soñado con un ejército de acción, en los pocos días
que llevaba en la Isla de Cuba pudo resarcirse ampliamente y de manera
harto peligrosa de los años de aburrimiento y abulia en los cuarteles
peninsulares. La revuelta de los amotinados había comenzado el 24 de
febrero del año en que el teniente Neila llega a la Isla, como consecuencia
del llamado Grito de Baire, y sus primeras acciones de guerra las pudo
sufrir nada más llegar a su destino en el Regimiento de Infantería
Tarragona nº 67 de guarnición en la provincia de Puerto Príncipe, actual
Camagüey, lindando con Santiago de cuba, cuna del movimiento
independentista, pues los mambises sabían que esta zona de la isla era paso
obligado para extender la revolución y en ella se disputaron frecuentes y
sangrientos combates.

90
En la Cuba rebelde se fueron creando poderosas agrupaciones de
mambises (guerrilleros), bien abastecidos por buques corsarios procedentes
de las costas de Florida y Alabama, que acosaban sin tregua a los ejércitos
coloniales. Los ejes de la resistencia española se extendían a lo largo de las
trochas (senderos que cortaban el territorio), apoyados en una retícula de
blocaos. El director de estas defensas era el general Valeriano Weyler,
quien dirigía sus columnas con puño de hierro. Frente a él y con el mismo
ardor guerrero estaban las fuerzas de Maceo, Gómez y García, quienes
sostenían en Camagüey su implacable campaña circular, acciones de
actividad concéntrica con las que acosaban a las rígidas líneas de bastiones
españoles.

En agosto de 1895 acude con un destacamento en ayuda del fuerte


Ramblazo donde el sargento Manuel Domínguez y quince soldados resisten
los ataques de los rebeldes que ven cómo sus compañeros llegan cuando ya
todos esperaban e final de su enorme esfuerzo. Tres muertos y el resto de
los asediados heridos los hacen acreedores a la Cruz de San Fernando. En
octubre del mismo año, escolta un convoy para los poblados de Cascorro,
Guaimaro y Sibanicú, siendo la primera vez que se acerca y entra en el
lugar que poco tiempo después le dará la gloria a él y a sus hombres.

Cuando llega la fecha del 27 de febrero de 1896, es decir: poco más


de siete meses desde que puso el pie en tierras americanas y es ascendido al
empleo de capitán (R. O. de 12 de febrero, D. O. nº 35, pág. 562) con la
efectividad de 22 de enero, en su hoja de servicios figuran treinta y cuatro
combates victoriosos con una fuerza muy inferior a la del enemigo. Entre
este número tan considerable de hechos de armas podríamos entresacar
algunos momentos gloriosos para los ejércitos españoles, pero a modo de
ejemplo, vamos a señalar las acciones de los potreros Embeleso (dia 2), San
Agustín (día 6), Caridad de Pimentel y México –los potreros podríamos
compararlos con los cortijos extremeños o andaluces–, cuando el 7 de
enero del 98 fueron atacados por fuerzas guerrilleras muy superiores a la
compañía de la que formaba parte y se ve obligada a formar en cuadro
como último recurso defensivo, después de hora y media de combate de los
insurrectos, no consiguiendo vencer a los españoles y viéndose atacado por
estos a la bayoneta poniéndolos en fuga, continuando en operaciones hasta
el día 9 en que regresaron a Puerto Príncipe. Neila resulta herido pero no
abandona la columna continuando la misión. Por esta acción será
recompensado con la Cruz del Mérito Militar de 1ª clase con distintivo rojo
(R. O. de 18 de mayo, D. O. nº 109, pág. 683), a la que hay que añadir la
que por resolución del Excmo. Señor General en Jefe de 30 de junio le fue
concedida por las operaciones practicadas y fuego sostenido contra los
insurrectos de Sibanien, Tarmaguán San Miguel y otros, los días del 25 de

91
abril al 7 de mayo, siendo aprobada dicha concesión por R. O. de 2 de
septiembre de 1896, D. O. nº 197, págs. 1014-1017.

Podríamos decir, en un
claro e indebido elogio
panegírico, que el capitán
Francisco Neila es un valiente
que no conoce el miedo. Nada
más alejado de la realidad. El
miedo es para cualquier soldado
que entra en combate el fiel de la
balanza que le permite mantener
el equilibrio y superar los
momentos de pánico. Neila es
solamente –y no es poco– un
buen oficial que conoce muy
bien su oficio y todo lo derivado
de ello. Él sabe porqué y para
qué está en la lucha. Como
también sabe –y esto es y será
muy importante durante toda su
carrera militar– que conoce
profundamente a sus soldados y
suboficiales. Hombre culto y de
buenas lecturas –en su casa de
Santa Marta había una gran biblioteca hoy desgraciadamente desaparecida–
era asiduo a hechos de guerra durante toda la Historia del hombre, de las
que saca las conclusiones de que para ser un buen oficial tiene que haber
una gran simbiosis entre ambos; que el soldado español, hombre
temperamental y de gran arrojo y valentía cuando está motivado, es al
mismo tiempo un mucho anárquico y rebelde al mando, necesitando del
ejemplo del guía para culminar cualquier hecho de armas. También es
conocedor de las circunstancias e injusticias en que han sido alistados
muchos de los hombres que hoy combaten a su lado, por los que siente un
gran respeto y admiración a la hora de combatir, sabiendo que carecen de
cualquier tipo de experiencia y entrenamiento militar, y a los que intenta
proteger con sus conocimientos militares en cualquiera de las continuas
refriegas en las que diariamente participa. Es la prudencia y el arrojo
personal del oficial lo que hace que la tropa le siga sin vacilación, sabiendo
que en las buenas y en las malas, en los campos de batalla, comparte con
ellos la gloria y reconoce el valor de sus hombres. Él será el que en muchas
ocasiones proponga a aquellos que se han hecho merecedores en el campo
de acción de una recompensa, y él será el que nombre e imponga los

92
galones o estrellas entre los suyos a sus futuros oficiales y suboficiales,
haciendo una piña a la hora de combatir.

Según Orden de la Plaza de Puerto Príncipe del 19 de marzo de


1896, será destinado a mandar interinamente la 1ª Guerrilla de
Exploradores de Alfonso XIII, de la que se hará cargo el día 20 en dicha
plaza, según oficio de la Subinspección del Arma nº 415 de 17 del referido
mes, para dirigir a final del mismo y oficialmente el 4º Tercio de
Guerrillas, continuando las operaciones que diariamente se le asignaban en
defensa de los destacamentos.

A finales de junio y por orden del Excmo. Sr. Capitán General del 15
del citado mes, sería destinado al 1er Batallón del Regimiento de Infantería
María Cristina nº 63 (al que nos hemos referido y estudiado
meticulosamente en otro capítulo por estar tan enraizado en la ciudad de
Badajoz), continuando las mismas operaciones de apoyo y ayuda a los
distintos fuertes.

El día 29 de junio salió de Puerto Príncipe y el 31 de Minas,


formando parte de la columna a las órdenes del General de Brigada Don
Juan Godoy, escoltando un convoy para Cascorro y Guaimaro, hallándose
el 1º de agosto en los encuentros tenidos con el enemigo en el río Arenillas
y en el potrero La Marina, quedando el mismo día de Comandante de
Armas en Cascorro, donde fue sería hostilizado diferente veces por grupos
insurrectos hasta el 22 de septiembre que, iniciado un vivo fuego de cañón
y fusilería por numerosas fuerzas rebeldes reunidas del Oriente y del
Camangüey capitaneados por el titulado Generalísimo Máximo Gómez y
otros cabecillas de significación, sostuvo valiente y heroicamente la
defensa del referido poblado contra los repetidos ataques dirigidos al
mismo, no logrando el enemigo rendirlo, a pesar de las brechas abiertas en
los Fortines que lo guarnecían, resistiendo 219 granadas que durante 13
días de cerco y asedio disparó la falange insurrecta hasta el 4 de octubre en
que la proximidad de una columna al mando del General de División, Don
Adolfo Jiménez Castellanos, obligó a los insurrectos a levantar
precipitadamente el sitio, continuando en el mismo destacamento.4 Este
hecho, uno más de los gloriosos hechos de armas sostenidos por los
soldados españoles en tierras americanas será recordado para la Historia
como el Sitio de Cascorro, donde se vivieron acciones de guerra y de
compañerismo como nunca se han descrito por cronista alguno.

_______________
4.- Hoja de Servicios del Ministerio de Guerra correspondiente al General de Brigada Don Francisco
Neila y Ciria.

93
Capítulo 7

El fortín denominado Cascorro estaba situado a unos 63 kilómetros


al Este de Camagüey, en la confluencia del río homónimo y el curso de su
hermano el río Sol. La posición se componía de tres fuertes, denominados
Principal, Gracia y de La Iglesia; enlazados por unas trincheras. La
guarnición la formaban lo 170 hombres del Primer Batallón del Regimiento
de María Cristina nº 63, bajo el mando del capitán Francisco Neila y Ciria
y entre los que se encontraban muchos soldados cuyos nombres y hazañas
han llegado hasta nosotros y que hoy, como un homenaje a su heroísmo,
vamos nosotros a ponerles nombre.

Cascorro era un villorrio de unos 400 habitantes, en el que había un


par de tiendas que abastecían a los campesinos del entorno con ropa,
cacerolas conservas, etc. Los guajiros acudían a vender al vecindario (y a la
guarnición española) quesos, leche y carne de vaca. Había cuatro o cinco
casonas de piedra, con cubierta de buena teja; y el resto era bohíos de
madera con techo de guano. Los habitantes tomaban el agua de media
docena de pozos y en el río Cascorro. La evacuación de aguas sucias y
residuos domésticos era dejada a la discreción de cada cual, lo que asombró
a los aventureros estadounidenses que lucharon en aquella guerra: nunca
comprendieron la dejadez de cubanos y españoles en cuestiones de higiene.

Desde un año antes el perímetro del pueblo estaba cercado por una
alambrada. Los españoles vigilaban el entrar y el salir de los guajiros,
aunque con un control poco estricto. La guarnición llevaba una vida
tranquila, sin otro cuidado que el de no alejarse demasiado del caserío.
Nunca patrullaban los alrededores, y sólo a veces se producía algún tiroteo
con un mambí borracho.
94
Puerto Príncipe (hoy Camagüey) era la capital de la provincia, en la
que residían unos 40000 de los 80000 habitantes de la provincia. Era el
centro de un inmenso vacío de potreros y pastizales, con sólo unos pocos
ingenios de azúcar y campos de maíz. Los españoles no la dominaban; los
insurrectos tampoco. Aquéllos se limitaban a mantener guarniciones a lo
largo del ferrocarril de Nuevitas y sobre el Camino Real que conducía a
Ciego de Ávila, por el oeste, y a Las Tunas por el este. También ocupaban
Santa Cruz del Sur, en el litoral del Caribe.

Camagüey era un oasis de paz en medio de una isla en llamas: tanto


en Oriente (Santiago de Cuba) como en las provincias occidentales (Las
Villas, Matanzas, Habana y Pinar del Río) se libraba una guerra
implacable. Pero en Camangüey ambos bandos contemporizaban. Las
habilidades del gobernador, general Adolfo Jiménez Castellanos, un
montillano casado con una camagüeyana y muy querido en Puerto Príncipe,
no eran ajenas a esta componenda. Ninguna tropa española patrullaba el
interior de la provincia. Las operaciones de Castellanos se reducían a
abastecer las guarniciones aisladas, lo que hacía con convoyes enormes, de
50 a 60 carretas y medio millar de bueyes. La escolta era también
formidable: dos o tres batallones, algunos escuadrones de caballería y
guerrilleros, y un par de cañones. El trayecto a Cascorro y la inmediata
Guaimaro (a 15 km al sudeste) costaba tres días de marcha y tiroteos
esporádicos. Sabían que si estaban bien organizados, eran invencibles.

A finales de mayo, Máximo Gómez regresó de Las Villas, dispuesto


a activar las operaciones. El “Generalísimo” Gómez y su gente atravesaron
la Trocha por la zona de los manglares y ciénagas que se extiende entre
Morón y la Laguna Blanca. Aún no estaban construidas las alambradas y
blocaos que harían también infranqueable aquel lugar.

95
Durante los tres meses que siguieron, “Chino Viejo” Gómez recorrió
Camagüey y Oriente como un torbellino: destituyó a los prefectos
timoratos, ahorcó a varios comerciantes y guajiros, fusiló a algún
“plateado” (propietario rico) y puso cepo a todos los “majases”. El estado
de gracia en que vivía la provincia se desvaneció; nadie tenía derecho a
permanecer al margen de lo que aquel personaje atroz consideraba como
“guerra total”. El 16 de agosto, el “Dauntless”, uno de los buques
filibusteros más activos durante toda la guerra, desembarcó cerca de
Nuevitas, 35 hombres, un cañón Hotchkiss de 12 libras y 500 proyectiles,
además de 2500 fusiles y 850000 cartuchos. Entre los expedicionarios
figuraban tres aventureros americanos y dos ingleses, que iban a
convertirse en los primeros artilleros de la República de Cuba.

El cañón, de los llamados de dinamita,


suponía un salto cualitativo importante en la
estrategia del “Generalísimo”. Hasta entonces,
los mambises carecían de capacidad para tomar
ninguna ciudad o fortín, salvo que contaran con
complicidades en el interior. Los tiroteaban
esporádicamente, pero corriendo riesgos: los
guerrilleros acostumbraban a emboscarles.
Ahora, con el Hotchkiss, podrían expurgar los
fuertes y ciudades aisladas. Antes que nada,
para abastecerse en ellos, Cascorro era el
objetivo más cercano y asequible. O así lo creía
“Chino Viejo”.

Su inexperiencia le causaría una mala


trastada: la plaza estaba bien defendida. Desde la Guerra Larga contaba con
una tradición heroica. Entonces la rodearon de seis pequeños fortines,
especie de garitones de 4 x 4 metros, como el llamado Palmarito, junto a
las escuelas. Por tres veces habían intentado tomarla los mambises, sin
lograrlo. En marzo de 1894 lo pretendió, a título casi individual, el teniente
coronel Miguel Maceo, el más cabezota de los hermanos del “Titán de
Bronce”. Cayó muerto ante el fuerte principal cuando lo atacó al galope,
sin otro apoyo que una docena de insurrectos. Una hazaña inútil, muy
propia de la familia Maceo.

En 1896 la guarnición la formaban 170 soldados del Regimiento


María Cristina n.º 63, que ocupaban tres reductos: el cuartel, la iglesia
parroquial, que hacía de hospital, y la taberna de un tal García, dueño
también de un tejar cercano. Los tres edificios, de sólida piedra, distaban

96
entre sí unos 500 metros y se comunicaban por una red de trincheras
protegidas con alambradas.

El cuartel era el reducto más importante, con un grueso muro de


mampostería, de 70 metros de longitud, reforzado con un parapeto de sacos
terreros. Entre éste y el muro los soldados habían cabado un foso que
albergaba un centenar de hombre y el almacén de víveres y munición.
Quedaban pocos vecinos en el poblado. La mayoría habían marchado a
Puerto Príncipe o al campo. Al conocer que se aproximaba “Chino Viejo”
escaparon los más, por temor a las represalias. Entre los que permanecieron
guardando su patrimonio, había una docena de españoles, dueños de las
tiendas, con sus familias y dependientes, también peninsulares. El almacén
de telas, vinos y loza de los hermanos Manuel y José Fernández Cabrea
sería el escenario de la hazaña de uno de los soldados que componían dicha
guarnición a las órdenes del capitán Neila: Eloy Gonzalo.

Decíamos anteriormente, que muchos de los nombres de los soldados


de aquella gesta heroica han quedado reflejados en los distintos partes de
guerra y crónicas periodísticas. Además del ya mencionado Eloy Gonzalo,
que pasaría a la Historia popular como el “Héroe de Cascorro”, quien se
había prestado voluntariamente a romper el cerco incendiando una casa
ocupada por el enemigo, y como creyese segura su muerte, mandó le atasen
una cuerda para que tirando de ella sus compañeros impidieran que el
enemigo profanase el cadáver, figuran nombre tan importantes o más que
este héroe popular, tales como el burgalés Ruperto Martín Sanz, natural del
Barbadillo del Mercado, de 20 años, quien había salido unos meses antes
del puerto de Santander, a bordo del Montevideo, junto con otros 5000
inexpertos soldados de levas, Mariano Gómez Hiniesto, de Navalmorales,

97
Toledo, quien en el fragor de la contienda, viendo a un compañero
enloquecido por un fuerte golpe en la cabeza, no dudó en salir a cuerpo
descubierto a rescatarlo y regresar con él sanos y salvos a las trincheras;
Carlos Perier, primer teniente ascendido al empleo
inmediato por su heroico comportamiento durante
el sitio. Cuando más apretado estaba el cerco, y los
rebeldes hacían mucho daño al poblado desde unas
casas próximas que acababan de tomar, el teniente
Perier, al frente de veinte hombres salió de uno de
los fuertes e incendió la casa, desalojando de ella
al enemigo; Luis García Muñoz segundo teniente
de Infantería, ascendido al empleo inmediato por
su bravura y resistencia ante los repetidos ataques
de los mambises. El Teniente García Muñoz era
comandante del fuerte García, de Cascorro, y lo
defendió heroicamente, resistiendo el incesante fuego de cañón y de fusiles
que hacían los insurrectos; Carlos Clement, de Algemesí, Valencia, uno de
los heroicos soldados que mandaba el capitán Neila. Una de las granadas
disparadas por los rebeldes hirió en la cabeza a un soldado, que
enloquecido, instantáneamente, impedía con sus actos la defensa ordenada
del caserío. El soldado Carlos Clement fue quién, echando sobre sus
hombros al soldado herido y loco, lo llevó a lugar seguro bajo el fuego
mortífero de los rebeldes; Teniente Rodríguez: era jefe del destacamento
que guarnecía uno de los fuertes de Cascorro, y resistió el asedio hasta que
el general Jiménez Caballeros logró levantar el cerco. El teniente
Rodríguez, ya ascendido a capitán, siguió guarneciendo dicho fuerte, y
resistió el segundo asedio de Cascorro; Francisco Cutilla Perea, de
Abanilla, Murcia, quien moriría de viejo con el grado de teniente, así como
los soldados del mismo pueblo Joaquín Martínez Tenza, Juan Rubira Ruiz
y José Ramírez Marco, muertos en acciones de combate en Cuba.

Gómez pensaba tomar la plaza de forma fulminante. Contaba con la


sorpresa que iba a dar el Hotchkiss. Éste funcionaba como un mortero
actual: lanzaba cartuchos de dinamita a más de 500 metros, mediante la
deflagración de una pequeña carga de pólvora lenta. Era de poco peso y
fácil de transportar. Tenía el montaje sobre ruedas y un solo mulo era
suficiente para tirar de él. Pero se encabritaba a cada disparo y, además del
peligro que corrían los artilleros, éstos tenían que volver el cañón a
suposición, trabajosamente, en cada ocasión.5
__________________________

5.- Notas tomadas de El héroe de Cascorro, de Santiago Perinat.

98
Capítulo 8

Los ánimos de aquel soldado no eran los


más adecuados para la dura misión a la que
iban a ser destinados en cuanto llegaran a su
destino en tierras americanas. Eloy Gonzalo
sabía que el haber aceptado ser enrolado en el
ejército que luchaba en Cuba, era la forma más
rápida y sencilla de terminar con todas sus
miserias e infortunios. No buscaba la muerte,
pero tampoco la vida que había llevado hasta
esos momentos le atraía lo suficiente como
para estar contento con su suerte. Desde la
cárcel en Valladolid hasta el puerto de La
Coruña había hecho el camino como si fuera un
vil asesino, pues una fuerte escolta militar le
acompañaba. Toda la travesía en aquel
incómodo barco de vapor, la suciedad de sus
cochambrosas bodegas donde los soldados dormían hacinados como
borregos, la absoluta falta de higiene, la mala comida y el abusivo trato de
los oficiales y suboficiales que los mandaban, ponía un punto de reflexión
en la clarividente sesera de aquel forzado recluta que durante meses había
soñado con la ansiada libertad y que esperaba la menor ocasión para
conseguirla o morir en el intento.

Con otros muchos voluntarios o reclutas forzosos obligados a salir de


los campos españoles, se embarca el 22 de noviembre a bordo del vapor
León XIII, rumbo a La Habana. Los soldados no aguantan el vaivén de las
olas y vomitan todo cuanto han comido en los mismos camarotes donde
duermen o descansan, toda vez que se les tiene prohibido salir a cubierta
más que en las horas de la anochecida, por lo que el ambiente que se
respira dentro del barco es infernal y no hay forma de remediarlo. En los
diecisiete días de travesía, muchos hombres perderán el sentido,
enflaquecerán a consecuencia de no aguantar sus organismos la bazofia que
le dan por comida, ni soportar el agua contaminada de las cubas, teniendo
que ser mal atendido por los servicios médicos que le acompañan. La
llegada a las islas Canarias y el repostar de nueva y limpias aguas parece
que alivia un poco lo que ya parecía un mal endémico.

Eloy Gonzalo, más acostumbrado a los malos hábitos en los


suministros del ejército, donde ha servido unos años y se ha ganado el
empleo de cabo, ahora anulado, parece que aguanta mejor que sus
99
compañeros las arremetidas del mar y la falta de unas condiciones mínimas
de supervivencia para unos hombres que, seguramente, van a morir en
cuanto toquen tierra y se enfrenten con un enemigo mejor pertrechado y
experimentados en estas lides. Mira con un poco de falta de consideración a
aquellos muchachos que aún llevan las señales del sol de los campos de sus
tierras, pero entiende que su primer objetivo es su propia supervivencia, por
lo que trata de pasar inadvertido entre aquel amasijo informe de hombres
que no saben el porqué se les ha sacado de su entorno y se les ha separado
de sus familias, cuando muchos de ellos acaban de salir hace poco tiempo
de la primera juventud.

Cae en la depresión cuando nada más


llegar a tierra y en la primera revisión
médica, antes de ser enviado a su primer
destino, le diagnostican un brote agudo de
sarna que le llevará por unos días al
hospital, rememorando una vez más su
mala suerte, y el día 28 es destinado a
Cascorro, donde conocerá por primera vez
al capitán Neila, su superior y más tarde
partícipe directo de su gloriosa aventura.

El fuerte de Cascorro, como los dos


restantes que formaban la defensa del
poblado, estaba siendo atacado día y noche y durante meses por los
mambises, y hasta esos momentos había sido un enclave irreductible e
insultante para los mandos rebeldes. Eloy se incorporó al Regimiento y
desde el primer día participó de forma valerosa en los distintos
enfrentamientos con que a diario tenían que vérsela las fuerzas españolas
siempre al mando del capitán extremeño. El grado de tensión que sufrían
los acosados era tal, que Eloy Gonzalo, en una carta mandada a un amigo
suyo del pueblo de Chapinería le comenta: lo de Cascorro no es para
contarlo por escrito y hacer alarde de lo que allí pasó. No te puedes
figurar lo que es, siempre pegando tiros, y ya cae un amigo, ya el
compañero, en fin, desde que Dios amanece hasta que anochece, estamos
confesados…

La defensa de Cascorro por parte del capitán Neila y sus hombres


será motivo de admiración desde el primer momento por parte de los
asaltantes y el día 7 de noviembre de 1896 el capitán Neila había
respondido con un exabrupto a la invitación del Generalísimo Máximo
Gómez de que se rindiese. También el coronel cubano Bernabé Boza, en

100
Mi diario de Campaña, le trata con respeto, cuando dice que: éste fue el
verdadero héroe y no Eloy.

Las fuerzas enemigas, los sitiadores, cuenta el periodista Fermín


Valdés Domínguez en Diario de un soldado, formaban el Tercer Cuerpo
del Ejército, pomposo nombre para una institución pintoresca, tenía sólo
182 soldados. Y también un “Generalísimo”, un mayor general, una docena
de generales y brigadieres, medio centenar de coroneles y tenientes
coroneles, además de los capitanes, que eran un buen puñado, a los que
había que sumar a los asistentes, a la gente de impedimenta (muleros,
cocineros y guajiros movilizados) y a los escoltas de cada general: rara vez
eran menos de 30 hombres, los mejor armados de todos. Tampoco incluyó
la multitud de pacíficos armados que acudieron con sus prefectos, para
transportar el cañón Hotchkiss de nueva adquisición por parte de las tropas
rebeldes, así como la munición, y que quedaron luego como escoltas. Unos
y otros sumaban 800 mambises.

Aunque los partes españoles señalan unos 5000 sitiadores, esa


cantidad era imposible, porque no habrían podido alimentarse en la
manigua y bohíos cercanos. “Chino Viejo” obviaba cualquier aparato
logístico. Sus hombres tenían que buscarse la comida en el tiempo libre que
le dejaba el servicio de las armas. Lo que suponía enormes batidas en busca
de boniatos, yuca, malanga, etc. Y caza, pero sin disparos: la munición era
tan escasa que no hacían ni tiro ni instrucción.

El 20 de septiembre Funston y el
general Javier de la Vega se arrastraron ante
Cascorro para estudiar el asalto. Vega fue la
verdadera alma del sitio. Era Jefe del Estado
Mayor de Gómez, pero no un incondicional
suyo. Hombre aguerrido y honesto, siempre
fue tratado con respeto por sus propios
correligionarios, aunque fuera
camagüeyano, no muy bien visto por otros
nativos. En la madrugada del 22 situaron el
cañón en un emplazamiento incorrecto, de
cara a machacar el fuerte García, pero los preparativos y la inexperiencia
en el manejo del mismo pusieron en guardia a los españoles. A las seis de
la mañana comenzó el tiroteo y el cañón hizo su primer disparo, haciendo
que los habitantes de la casa García sintieran la desolación, al oir el fuerte
estampido, pero pudieron comprobar que el disparo no había causado
grandes desperfectos en las paredes de la casa, y tampoco los siguientes,
aunque sí sobre los tejados, sin que causaran daños a los defensores. El

101
resultado del ataque fue que sólo 4 de los 57 disparos explosionaron y que,
a la postre, el intercambio de disparos de fusil entre ambos bandos
favoreció de una forma considerable a los españoles, más duchos y mejor
equipados en sus defensas.

Durante muchos días continuó el cerco a Cascorro y ni la llegada de


nuevas tropas fueron capaces de avanzar en su conquista. El 25, el
“Generalísimo” Gómez accede a enviar un parlamentario a Neila: una
simple invitación a rendirse con todos los honores, tras las protocolarias
loas a la bravura de los defensores. Los cubanos sabían que no tendría
respuesta favorable, pero sentían que legitimaban su causa cumplir todo el
ceremonial de la guerra. El “Generalísimo” era quien disfrutaba con
aquellas pantomimas de sable, arma presentada y músicas marciales: era un
histrión.

El teniente Pedrito Gutiérrez solicitó ser el mensajero. Pidió prestado


un caballo al general Vega; el suyo era un penco y no quería desmerecer
ante el enemigo. Apenas asomó con su bandera blanca, recibió una rociada
de balas: Vega no había ordenado alto el fuego. Gutiérrez se retiró y, al
poco, volvió a intentarlo. Otra andanada de Máuser le dio la bienvenida: los
mambises proseguían el fuego. Inopinadamente, un corneta español tocó
alto el fuego. De la taberna salieron cinco hombres con el fusil listo. El
teniente se acercó. Le hicieron desmontar y volverse de espaldas. Un
sargento entrado en años le interrogó amistosamente: le había tomado por
uno de los desertores andaluces que combatían en las filas de los mambises.
Pedro saboreó un buen tabaco que le dio el otro.

Alguien le llevó el mensaje al capitán Neila, quien astuto, comprobó


si había noticias de las tropas de Castellanos: venía por la carretera de
Guaimaro con dos cañones y carretas. Aun con este refuerzo (que no
llegaría hasta el día 23 de octubre), los cubanos desesperaban de tomar la
plaza. El día 27 el “comandante” Gutiérrez volvió a avanzar con su bandera
blanca y otra misiva. Gómez recurría a la vieja astucia de desesperar a los
sitiados: jamás les llegarían auxilios, porque de Puerto Príncipe habían
partido tropas hacia Filipinas. Neila respondió que había aceptado al
parlamentario en la creencia de que los cubanos se presentaban a indulto,
acogiéndose a la generosidad de España. Y anunciaba que no toleraría
ninguna bandera blanca más: Cascorro no se rendía. El sargento andaluz
recomendó a Pedrito que se deshiciera de los artilleros americanos: no
acertaban nunca ¡Todo un rosario de bravuconerías!

Eloy Gonzalo seguía siendo un soldado distinto –o eso creía él– a


todos aquellos palurdos pueblerinos que no sabían ni mantener el fusil entre
sus manos. Su retraimiento y su falta de tacto habían hecho que los demás
102
compañeros se fueran apartando de él y tenerlo por un caso perdido de
insolidaridad y ayuda mutua, tan necesaria en momentos de apuros como a
cualquier hora se presentaba. Sin embargo, después de unos días de
acciones de guerra de desgaste en aquellas selvas exuberantes y
traicioneras, se dio cuenta de que aquellos a quien él criticaba, actuaban
con una osadía y un desparpajo del que carecían los soldados profesionales,
entre ellos él mismo. Su valentía ante lo desconocido les impulsaba a
acciones de supervivencia desconocidas para aquellos que no estuvieran al
tanto de sus ya acreditados ejemplos de disciplina y de generosidad frente
al enemigo. El más claro ejemplo y el que le abrió los ojos sobre su
estúpida postura con sus camaradas fue, cuando el soldado Carlos Clement,
con quien había mantenido no hacía mucho tiempo agria disputa y le había
reprochado su falta de prestancia con el uniforme llamándole
destripaterrones, en unos de los enfrentamientos más duros con la guerrilla
de mambises, al ver como un compañero quedaba herido y a merced del
enemigo, saltó de la trinchera y con peligro de perder su vida ante los
disparos que recibía de las casas cercanas, cargó a hombros al compañero
necesitado de ayuda y lo recuperó sin el más mínimo rasguño.

Fueron minutos de angustia, pero


también de reflexión por parte del soldado
Gonzalo, quien a partir de ese momento
cambió radicalmente de actitud. Y también el
momento de gloria para un hombre que estaba
condenado a ser un completo desconocido. No
sabemos si esto es verdad o leyenda, pero lo
cierto es que en ese mismo combate nuestro
hombre salió catapultado como uno de los
héroes del sitio de Cascorro.

Veamos cómo nos cuenta Juan Pando los


combates de Cascorro: El 22 de septiembre, a
las seis de la mañana, “y sin notarse antes
señal que pudiera hacerlo suponer, rompió el
enemigo el fuego de cañón contra los tres fuertes… Neila y los suyos
habían quedado cercado por unos dos mil quinientos mambises, dirigidos
por Máximo Gómez y Calixto García. Tres cañones modernos de 70 mm.
empezaron a demoler las defensas de Cascorro. Neila pudo cursar varios
despachos heliográficos: “Cascorro sitiado por grandes fuerzas
enemigas”.

El general Adolfo Jiménez Castellanos, jefe de la circunscripción de


Puerto Príncipe, advertido del suceso, alista una columna de socorro

103
fuerte de 1800 hombres, 300 jinetes y artillería. Weyler autoriza la
operación. Pero los cubanos, que preveían dicha maniobra, comienzan a
hostigar con fiereza a los españoles. Los combates se encadenan: ocho en
diez días. Y el avance vacila y al fin se detiene, entre el 4 y el 5 de octubre,
no lejos de su objetivo. Cascorro parece perdido.

Los cubanos han construido seis baterías, y han logrado ocupar


primero una casa y luego otra, próximas al fuerte “Principal”, desde las
que fusilan a los españoles. Las defensas lanzan un ataque por sorpresa,
que lleva a cabo el teniente Perier con 25 de sus hombres, logrando
desalojar a los mambises de la primera casa. Un total de 195 disparos de
cañón han sido disparados sobre los fortines, y aunque sólo 35 de ellos
han hecho blanco en su objetivo, éstos se encuentran medio reventados. El
día 2 de octubre, los cubanos ponen en fuego otros dos cañones, y lanzan
otros 19 cañonazos, de los que diez impactan en el fuerte “Gracia”, el más
castigado.

Pese a estos acosos, el número de bajas es mínimo: cuatro muertos,


once heridos y seis contusos. Los enfermos sí forman legión: toda la
guarnición está afectada por la disentería, hay bastantes casos de malaria
y tifus, y no falta la insufrible sarna. Sólo persiste un alivio: la posesión del
agua, que está cerca y se defiende a ultranza. Pero los víveres se han
acabado, las municiones escasean, y, si se llega a la rendición, sólo queda
esperar que los cubanos no hagan una degollina.

Neila ha rechazado hasta cuatro intimidaciones por parte de


Máximo Gómez: los días 25, 27 y 28 de septiembre. En el primero de esos
mensajes, Gómez se dirigía así al capitán: “No necesitáis hacer mayores
sacrificios. Vuestro valor y vuestra resistencia inspiran simpatía y respeto.
Rendíos como queráis, que mi palabra responde de vuestro honor”. Y
Neila contestó: “He admitido al parlamentario que me envía Vd. porque
creí que, habiéndose desvanecido todas vuestras ilusiones de triunfar, y
aprovechando la bondad de España, venís a acogeros al indulto. Nosotros
no nos rendiremos nunca”.

Gómez no ceja, y aporta copia de telegramas capturados a correos


españoles, donde el ministro de Ultramar, Tomás Castellano, dice “no
poder enviar refuerzos a Cuba, pues éstos hacen falta en Filipinas”. Y
Gómez concluye, tajante: Somos vencedores, ríndase”. A lo que Neila
responde: “Diga Vd. que no me envíen más recados, o haré fuego sobre el
emisario”. Desde entonces se combate sin tregua.

Una casa, la del hacendado Manuel Hernández, se ha convertido en


un volcán de fusiles. Situada a cincuenta metros del fuerte “Principal”, es
104
una obsesión: o se conquista o acaba con la defensa de Cascorro. Neila
reúne a sus hombres. Pero cuando está a punto de pedir voluntarios, un
soldado, de complexión fuerte, se adelanta de entre las filas y dice estar
convencido de poder cumplir el temerario empeño. Sólo pide una cosa:
una larga cuerda atada a la cintura, porque “está seguro de morir” y
anhela que sus compañeros rescaten su cadáver.

Los españoles dicen que ante el


incremento de los disparos
provenientes de unas casuchas que se
levantaban a unos 50 metros de donde
se parapetaban los españoles y viendo
el peligro que ello suponía para la
integridad de los mismos, Eloy
Gonzalo solicitó a su capitán permiso
para intentar incendiar aquellas casas,
pese a que tenía que salir a descubierto.
No estuvo muy de acuerdo el capitán
Neila sobre las intenciones de aquel
soldado del que tenía malas referencias,
pero la necesidad se hizo virtud y
después de razonarle el peligro que
corría si de verdad quería llevar
adelante su alocada aventura, le dio permiso para intentarlo. Se nos sigue
contando (en el parte del día del capitán Neila no aparece este hecho de
guerra), que una vez aceptadas las condiciones del soldado para que se le
suministrara la lata de 10 litros de petróleo; un fusil Máuser para su defensa
y una antorcha, pidió, sabedor de que tenía muchas posibilidades de morir,
le fuera atada una larga soga a la cintura con el fin de que sus compañeros
pudieran rescatar su cadáver para que no fuera objeto de profanación: Al
anochecer, Eloy se desliza, cuerpo a rastra, pasa las avanzadillas y se
pierde en la maleza. Los defensores no ven nada. Del enemigo sólo se
escuchan las conversaciones: las líneas están muy próximas. En los
fuertes, donde se sabe el atrevido intento, se teme el fracaso. Y el
persistente silencio parece confirma la muerte del voluntario, acuchillado
por los centinelas enemigos. Sin embargo, la cuerda se mueve: el retador
de los mambises está vivo. Una pequeña ascua aparece en medio de la
negrura. De pronto, la marca rojiza describe un arco y cae en las tinieblas
del campo sitiador. Un surtidor de llamas revienta. La casa enemiga es un
infierno. Los gritos se mezclan con los disparos. La confusión hace de
segundo incendio: los mambises se disparan entre sí. En los fuertes de
Cascorro, los españoles vitorean a su héroe, sin verle. El teniente Perier se
decide: reúne un grupo animoso –un cabo de su confianza y veinte

105
soldados–, y todos se lanzan a la acción. Encuentran a Eloy, en lucha
cerrada con los mambises. Juntos dispersan a la partida de Larrosa, que
acudía a la refriega. Todos regresan al fuerte, sanos y salvos.

Un cabo de caballería, testigo de estos aprestos bélicos, los graba en


su memoria: se llama Hermenegildo Álvaro Moreno y García. Doce años
más tarde, sus familiares intentarán cambiar su personalidad por la de Eloy.

Desmoralizados los cubanos, ceden el campo, que ocupan las tropas


de Jiménez Castellanos. Es ya el 6 –el día 9 según algunos partes de
operaciones– de octubre de 1896. Weyler felicita al capitán Neila, pero en
su telegrama del 18 de octubre ni menciona al soldado Gonzalo García ni
al teniente Perier.

“Cascorro” se convierte en el referente de la guerra de Cuba, el


icono de la pasión militar hispana. Pero el legítimo titular de esa gloria –
según la leyenda– pasa a un plano tan secundario en la Administración,
que apenas aparece en ella. La gloria oficial es para su capitán, quien
reclamará la laureada para sí el 10 de noviembre de 1896. La
condecoración le será concedida a Neila en La Habana, el 11 de marzo de
1898, y entregada tres meses después en Matanzas.

Mientras tanto, el soldado de la tea recibía la Cruz de plata al


Mérito Militar, “pensionada con 7,50 pesetas mensuales”. Neila recibirá
el ascenso a comandante por méritos de guerra y una pensión de 375
pesetas anuales por su Laureada. A Neila, tal señal de valor le permitirá
llegar a general en 1919. Perier figura entre “los distinguidos, los
olvidados.

El país, todavía bajo la rígida vara de Cánovas, quiere un héroe


humilde, un caudillo por y para el pueblo. Pues ya lo tiene. Pero si todos
saben que Eloy es un hijo de la Inclusa madrileña, poquísimos conocen que
es un ex convicto. Nadie se atreve a divulgar tal hecho.6

Según lo que cuentan los guerrilleros mambises sobre este “hecho


heróico”, es que el dependiente Ramón Fernández logró atajar el incendio
derramando una barrica de vino encima, lo que contradice la versión de
Boza. La prensa española también atribuyó a Eloy la captura de Leonardo
Torres, que fue dado por muerto por los cubanos.

De una nota de un diario cubano que tenemos en nuestro poder pero


__________________
6.- Juan Pando Despierto: Cascorro, “hombre” y estatua.

106
del que carecemos de referencia y fecha, sacamos la siguiente noticia: Al
regresar de Oriente el general en Jefe, tomó enérgicamente la ofensiva
para obligar á las tropas españolas á salir de la ciudad de Puerto Príncipe
y poder batirlas, atacó y puso sitio al pueblo de “Cascorro” que estaba
fortificado y defendido por una guarnición de 170 soldados de línea al
mando de un oficial.

De resultas de esta operación, los españoles han forjado una novela


y de un soldado de dicha guarnición, han hecho un héroe, inventando una
hazaña que no realizó. La acción llevada á cabo por dicho soldado no
tiene mérito ninguno; quemó una casa de donde hacía más de tres horas
que se habían retirado los soldados y de la cual no salió un solo tiro para
obligarlo á desistir de su propósito. Sin embargo, no será extraño le den
por su imaginaria heroicidad una gran cruz, cuando al general Jiménez
Castellanos le han dado la “gran cruz roja del mérito militar” por haberse
dejado derrotar y haber huído de un enemigo ¡cinco veces menor en
número…!

El verdadero, el único, el legítimo héroe de Cascorro fué el oficial


español Francisco Neila, jefe de aquella guarnición. Todos los honores
que le tributen, todas las recompensas que le den, son pocas para premiar
el valor, la energía y abnegación con que defendió la plaza á él confiada y
que no tomamos por su heroísmo…7

La guerra de Cuba fue, en muchos momentos, una guerra de


banderías difusas: había cubanos dentro de Cascorro a quienes no
interesaba la causa que defendía Máximo Gómez, dominicano. Y muchos
españoles combatían al lado de los mambises. Durante los mismos días de
la lucha llegaron cuatro desertores procedentes de la Trocha. España trataba
mal a sus hijos, que escapaban, antes que nada, para no morir de hambre.
Sería un chorro de dos o tres deserciones diarias durante toda la guerra.

Los insurrectos habían perdido la última oportunidad para tomar


Cascorro. Y 500 cartuchos se habían mal tirados. Vega sólo pudo reponer a
Valdés con 200. “Doce días cumplidos hoy de sitio, y con pocas diferencias
estamos como el primer día” (Valdés)

El día 4 de octubre llegó la orden de levantar el sitio: el general


Castellanos venía por fin, pero desde Minas. Fue un momento de alegría y
no sólo por la euforia que precede al combate: estaban todos agotados,

_________________
7.- Bernabé Boza: Mi diario de la guerra, desde Baire hasta la intervención americana (1858-1908).

107
hambrientos y sucios. Los aguaceros no les habían perdonado un solo día.
Y los mosquitos, ni una noche. Desde los fuertes les vieron partir y sonaron
las burlas más feroces que nunca. Valdés miró hacia atrás y contempló,
desafiante, la bandera española. Pero también la cubana a pocos metros y
esto le consoló. Un destacamento quedaba de vigilancia.

Se habían reunido 1500 mambises, según la estimación de Funston.


Éste no supo impedir que Gómez agotara la munición del Horchkiss el día
anterior. Sugirió reservar algunos proyectiles para castiga a la columna de
Castellanos, pero el “Generalísimo” era de ideas fijas y tenía en aquel
momento la de enviar el cañón bien lejos, para que no cayese en manos del
enemigo.

La columna española estaba formada por los batallones Tarragona y


María Cristina, con el apoyo de dos escuadrones de caballería y otro de
guerrilleros, y dos cañones Krupp de 75 mm. Total: 1800 soldados. El
convoy lo formaban 60 carretas y más de 600 bueyes. Pero no era un
convoy, era una tormenta. Cada 15 o 20 pasos los soldados se detenían y
hacían una descarga cerrada contra el monte. Ningún mambí fue capaz de
aguantar aquel huracán de plomo. Los que no echaron a correr fue porque
no se atrevían a levantarse del suelo. Los hombres de Fernando Valdés,
otro tanto. Éste perdió las gafas y el machete en la carretera, y no supo
siquiera dónde encontrar su caballo.

Castellanos permaneció en Cascorro hasta el 6 de octubre. Reforzó


los fuertes y los repuso de víveres y munición. Emprendió el regreso al día
siguiente. El “Generalísimo” preparó cuidadosamente las emboscadas, pero
el español le preparó una tremenda jugarreta: salió por la carretera de
Guaimaro, simulando ir a socorrer esta guarnición. No había andado
mucho, cuando la columna española torció rumbo y marchó hacia San
Miguel de Nuevitas, por un sendero paralelo de poco uso. Fue una fina
faena: Gómez había llevado apresuradamente a sus hombres a copar el
camino a Guaimaro, cuando se enteró que el enemigo se alejaba en
dirección contraria. Su gente estaba agotada de hambre y no pudo seguir la
andadura. Castellanos se les escapó sin otro incidente que un combate de
retaguardia en El Desmayo.

La acción de Cascorro tuvo una acogida favorable en la prensa


española. Se hizo público que habían sido consumidos 18380 cartuchos de
fusil en la defensa del pueblo, y 53411 en levantar el sitio. Pero causó
pesimismo el que los insurrectos tuvieran artillería y dispararan 219
granadas contra los fuertes. Muchos militares se asombraron de que Neila
no intentara ninguna salida, ni cuando tuvo el cañón de dinamita a 250
metros. También causó extrañeza la pasividad de Máximo Gómez. Y hubo
108
críticas, en fin, a la permisibilidad de Castellanos. Se instó a no dejar
reposar al enemigo, como hacía Weyler en las demás provincias. Aquella
forma de concebir la guerra no fue comprendida por muchos españoles. Y
por ni uno solo de los cubanos.

En esta magnífica foto de los soldados que combatían en Cuba y Filipinas, podemos observar en sus caras
y en sus enflaquecidos cuerpos el miedo y el hambre de unos hombres que fueron mandados a morir en
circunstancias poco loables para los gobernantes españoles.

Naturalmente, también la prensa extremeña se haría eco de los


acontecimientos bélicos desarrollados en Cuba. El resumen de la hazaña lo
pone el Nuevo Diario de Badajoz en su publicación del 17 de octubre de
ese año: El valiente capitán (sic) que mandaba la escasa guarnición que
durante trece días ha defendido el poblado de Cascorro contra 5.000 (¿)
insurrectos mandados por su generalísimo Máximo Gómez y su segundo
Calixto García era D. Francisco Neila, natural de Santa Marta en esta
provincia. El bravo Neila era teniente del Regimiento de Castilla y estaba
destacado en Salamanca cuando se dio el “grito de Baire”, siendo uno de
los primeros a quienes la suerte hizo machar a Cuba con los batallones
peninsulares. Durante la campaña se ha distinguido notablemente por su
arrojo en varias acciones en que ha tomado parte y la heroica defensa que
ha hecho del poblado de Cascorro, y que más detalladamente verán
nuestros lectores en las siguientes noticias telegráficas que tomamos de
“El Imparcial”, acreditan a Paco Neila como uno de nuestros más bravos
y heroicos oficiales, demostrando que es digno descendiente de los Cortés,
Pizarro y tantos otros valerosos extremeños…

109
En La Habana se abrió una suscripción para premiar a Neila con un
sable de honor, ya ascendido a Comandante y Jefe de Columna. Eloy y
Mariano Gómez reciben premios en metálico, pues se supone –y con
razón– que los soldados españoles son pobres y lo que necesitan es dinero y
no cruces. La Junta Patriótica Española de la Guaira (Venezuela) le enviará
a Eloy Gonzalo 210 pesos (duros) en plata, y Eloy firmará el oportuno
recibí por esa suma el 14 de marzo de 1897. Y la Lonja de Víveres de la
Habana le donará otros mil pesos –una fortuna para la época–, a la par que
costeaba la Laureada para Neila, concedida por R. O. de de 16 de febrero
de 1898, D. O. nº 36 página 804.

Por R. O. de 20 de julio del mismo año (D. O. nº 161, página 403), se


le concede la Cruz de 2ª clase del Mérito Militar con distintivo rojo, por las
operaciones de campaña por la provincia de Matanzas, a donde había sido
designado en operaciones de servicio de vigilancia de las costas y el de
guarnición de la misma, hasta finales de año, ciudad en la que se
mantendría hasta el día 7 de enero de 1899, en que con motivo de la
repatriación, embarcó en el puerto de dicha capital a bordo del vapor
alemán “Julda”, con rumbo a Cádiz, a donde llegó el día 20.

Los generales Sanjurjo, Berenguer y Neila, en África

Destinado en Zafra, por R. O. de 20 de marzo (D. O. nº 66), se le


concede la Cruz sencilla de la Real y militar Orden de San Hermenegildo
(la Real Placa de la misma Orden le sería concedida el 25 de octubre de
110
1911), con la antigüedad de 20 de julio, concediéndosele el empleo de
teniente coronel de Infantería y destinado al Regimiento Castilla nº 16 en
Badajoz.

Después de algunos años destinados en Badajoz, pasa a dirigir la 1ª


Brigada de Infantería en África, donde alcanzaría el grado de general de
Brigada, para pasar después a Tenerife, donde permanecerá hasta que,
enfermo, regrese a la península, para morir en su tierra extremeña.

Foto histórica de la guerra de África: marqués de Cavalcanti, Neila y Sanjurjo en la Comandancia


General de Melilla, 1921

El héroe popular de Cascorro haría mal uso de su nuevo “estado de


gracia”. Siguió en el servicio activo, operará con su compañía por tierras de
la Habana, para luego trasladarse a Matanzas, donde se vio obligado a
reingresar en el hospital. Es el 9 de junio. Eloy está seriamente enfermo.
Murió el 17 de ese mismo mes de 1897. Según parte médico, que firma
Benito A. de Lage, a las diez de la noche, por enterocolitis ulcerosa
gangrenosa” De él también se dijo: Alguien vio con indiferencia al oscuro
soldado y permitió que siguiera siendo un número en las filas de nuestro
ejército y rodara en el torbellino de la guerra hasta morir en el oscuro
rincón de un hospital.

Eloy había vuelto a ser pobre de solemnidad. Le entierran en el


cementerio de San Carlos, en un nicho sin número y sin lápida. Este triste
destino de un hombre que ha sido proclamado héroe de Cascorro, llama la
atención del marmolista de Cárdenas Carlos Huguet, quien decide hacerle
una, lo cual comunicará a la Comandancia, pero las circunstancias por las
que atraviesa la Guerra de Cuba después de la explosión del Mainer y la
111
entrada en el conflicto de los Estados Unidos, hacen que no pueda ponerse
dicha lápida.

Sin embargo, por decisión del General Blanco, dictada en Orden


General del Ejército el 22 de noviembre de 1898, se ordena exhumar tres
señales heroicas que no pueden quedar atrás: los restos de los generales
José de Santocildes –muerto en Peralejos, en 1895, al evitar que Martínez
Campos fuese hecho prisionero–; Joaquín Vara del Rey –el defensor de El
Caney–; y el rompedor del asedio de Cascorro, Eloy Gonzalo García.

El cuerpo de Eloy fue trasladado por ferrocarril desde la Quinta de


los Molinos, en La Habana, donde le aguardaban una Comisión de
Generales –Álvarez Chacón, Maroto, Ruis, Solano y Tejada–, “con una
compañía sin armas pero con música, y un oficial y veinte hombres por
cada uno de los Cuerpos existentes en la Plaza”; pasando al cementerio de
Colón. Y en 27 de diciembre de 1898 los restos de los héroes eran
desembarcados en Santander e introducidos “en el tren correo a Madrid”, a
donde llegaron a las 8,30 horas del día siguiente.

Un jovencísimo Alfonso XIII con sus oficiales en Vila Viçosa, 1909. Es curioso que sitúen a Neila en el
lugar de honor después de Alfonso XIII, al otro lado del anfitrión Manuel II. Izquierda Enrique Segura
Otaño, marqués de Torrecilla, princesa Braganza, Reina viuda Dª Amelia de Orleans, Alfonso XIII,
Manuel II, Francisco Neila.

A los cuerpos de los héroes esperaban, en la estación del Norte,


algunos generales –Cordón, Villar y Villarino–, el hijo del brigadier
Santocildes, la familia de Vara del Rey, el alcalde de la ciudad, Alberto

112
Aguilera y “un millar de curiosos”. A Eloy Gonzalo no lo esperaba nadie:
era el héroe sin familia. Por eso sería el héroe del pueblo. De las cajas –
tres, una de cinc, otra de plomo y una última de acero, se dijo que eran “de
madera riquísima” cuando estaban revestidas de pasta de caoba. Habían
sido adquiridas (según nuestras notas) en Nueva York y costado 300 pesos
de oro.

Los restos de los últimos de Cuba quedaron en depósito, al no


haberse recibido a tiempo “las tres cajas de madera solicitadas” para
depositar los cadáveres en “sarcófagos privilegiados”. El ayuntamiento
madrileño, que había decidido erigir una estatua a Eloy Gonzalo, aceleró
sus trabajos, pero estos derivaron hacia pronta parálisis, para desesperación
del escultor Aniceto Marina (1866–1953). Gracias a la Maestranza de
Artillería, que donó el bronce, se pudo terminar la obra.

El General Neila en la campaña de África, en el centro de la foto el marqués de Cavalcanti junto a una
infanta.

¿Qué hay de verdad y cuánto de leyenda en toda esta historia que les
venimos contando sobre las heroicidades de un soldado en el sitio de
Cascorro? Nosotros, queriendo agradar a todos aquellos que creen
firmemente la historia contada del bravo soldado, hemos recogido todos
aquellos datos que nos han parecido importantes a la hora de ensalzar la
figura del soldado Eloy Gonzalo. Pero mucho más importante nos parece el
parte oficial emitido por el mismo capitán Neila referente a la defensa del
poblado, y publicado en la Revista de Historia Militar, Madrid, nº 57, de
1984, página 117: …en la madrugada del treinta se posesionaron, con
gran sigilo, de la casa que, a cincuenta metros del fuerte principal, posee
don Manuel Fernández en la que residían los vecinos que quedaban del

113
poblado y desde la que, con aspilleras que abrieron, hacían nutrido fuego
al referido fuerte e imposibilitaban su comunicación con los demás, por lo
que se intentó quemar dicha casa por medio de botellas de petróleo que no
dieron resultado, visto la cual se presentó voluntario el soldado Eloy
Gonzalo García para dar fuego a aquella con tal de que lo atasen con una
cuerda para tirar de él y no quedar en poder del enemigo en caso de morir,
pero como el incendio tomase poco incremento, dispuse la salida del
Primer teniente don Carlos Perier con un Cabo y veinte soldados quienes,
tomada la casa y dispersado el enemigo, hicieron prisionero al paisano
Leonardo Torres… En la guarnición ha habido cuatro muertos, once
heridos y seis contusos, según relación que se acompaña. Durante el
asedio, en que toda al fuerza ha dado relevantes pruebas de disciplina,
valor y resistencia, se han distinguido: El primer Teniente don Carlos
Perier que, secundando mis órdenes y ayudándome en todo, hizo las dos
salidas de referencia; los primeros y segundos don Silverio Rodríguez y
don Julio Muñoz que en sus fuertes han rivalizado en energía y acierto.
Los Sargentos José López, Juan Marín y Gregorio Tropel que han
secundado con acierto a los Comandantes de sus respectivos fuertes.
Merecen especial mención por su comportamiento el Cabo Agustín
Madagán Guerrero, que siendo furriel, no descuidó un momento el
suministro de toda la fuerza estando casi constantemente en la trinchera
tomando parte en la primera salida, así como el soldado Eloy Gonzalo
García, quién, además del hecho que arriba se menciona, fue voluntario en
las dos salidas de referencia…

Neila al frente de sus hombres en una acción de guerra. En la segunda caseta, 13 de


agosto 1921.

Como se verá por este escueto escrito oficial, dicta mucho la cruda
realidad de unos hechos que se producían a diario, con el relato novelesco
con el que le ha querido magnificar la gesta de Eloy Gonzalo.
114
En contraposición de tan altos honores a un hombre que luchó
(vamos a considerarlo así) bravamente en Cuba, están los que se le
rindieron al verdadero héroe de aquella contienda: el General Neila.
Natural de Santa Marta de los Barros, Badajoz, en donde tenía su familia,
allí llevó vida de guarnición, placentera y siempre ascendente por años de
antigüedad. Ascendido a brigadier, los trágicos sucesos de Melilla de 1921
le arrastraron hacia África, como jefe de la 1ª Brigada de Infantería. Neila
asistió a aquel célebre Consejo de Guerra del 6 de agosto, en Melilla, donde
se decidió que la columna de Navarro quedase abandonada a su suerte.
Debió costarle lo suyo participar de esa decisión, penosamente unánime, al
ser él un hombre con fama de resistente.

Don Francisco Neila y su esposa Cándida en edad madura, seguramente en su casa de Badajoz, (c/ Arco
Agüero)

Agotado por una larguísima campaña, fue nombrado segundo jefe


del Gobierno Militar de Tenerife, a donde llegó en octubre de 1922. En
precarias condiciones de salud, solicita dos meses de licencia en la
Península, y a poco de regresar fallecería en Badajoz el 9 de diciembre de
1923. La prensa apenas se ocupó de su óbito. Casi nadie sabía que su
Laureada era la de Cascorro.

Para finalizar estos apuntes, vamos a recuperar la noticia de su


muerte aparecida en el Noticiero Extremeño, del martes 11 de diciembre de
1923. Ha muerto Don Francisco Neila. Desde que se conoció en la capital

115
la triste noticia del fallecimiento del laureado general D. Francisco Neila,
un sentimiento grande se exteriorizó entre las muchísimas personas que
querían y admiraban al heroico jefe, que siempre gozó de tanto prestigio
entre nosotros. Las autoridades y personalidades de la capital desfilaron
por la casa mortuoria, testimoniando su sentimiento a la familia del finado.

Desde mucho tiempo antes de ser sacado de la casa mortuoria el


cadáver, el público se estacionó en la calle Arco Agüero para presenciar el
paso del cortejo fúnebre. Al pasar el féretro por San Juan la multitud
llenaba todo el espacio de la plaza y sus alrededores.

Abría la marcha el clero Catedral con cruz alzada; Seguían el


féretro; el cadáver iba encerrado en una rica caja adornada con bronces y
exornada con terciopelo labrado; el féretro fue conducido a hombros por
soldados de ametralladoras y paisanos, recordando, entre otros, a don
José Díaz, D. Pedro Rodríguez y don Juan Toro.

Las cintas eran llevadas por


amigos íntimos del finado,
figurando entre ellos el
comandante D. Juan Ignacio
Medina Togores, el alcalde de
Santa Marta, D. Juan Bueno, el
concejal y representante del
Círculo de Cascorro del citado
pueblo, don Antonio González y D.
Tomás González representante de
la Cámara Agrícola. Sobre la caja
iba colocad una magnífica corona,
de flores naturales, que ofreció el
Ayuntamiento de esta capital.

Presidían el duelo los


sobrinos del finado, capitán D.
José Rebollo Neila, D. Manuel
Neila y otros parientes. En la
representación oficial figuraban el gobernador militar accidental señor
López Cerezo, el alcalde accidental D. Antonio del Solar, el provisor de la
diócesis en representación del Cabildo Catedral, D. José Velardos Parejo
y algunos jefes de la guarnición. También asistieron al entierro
representaciones de la Audiencia, Instituto, Ateneo, Cámara de Comercio y
otras muchas personas. Seguía un numerosísimo acompañamiento.

116
Para tributar los honores al cadáver, según disponen las
Ordenanzas, asistió al sepelio un batallón del Regimiento Castilla con
bandera arrollada y corbata negra, escuadra, banda de música, y un
escuadrón del regimiento de Villarrobledo con estandarte. Todas las
fuerzas iban mandadas por el señor coronel del regimiento de Castilla D.
Juan Urbano, mientras que al mando de las fuerzas de Caballería iba un
teniente coronel. Después del batallón de Castilla marchaba una
camioneta Ford del regimiento de Gravelinas arreglada a carroza fúnebre
y capilla sencilla, con Cristo grande por dentro, servida por la agencia
funeraria dl Sr. Correa.

En la camioneta iban colocadas


cuatro magníficas coronas: una en la
parte posterior, regalada por el
Ayuntamiento de Santa Marta con la
siguiente dedicatoria: “El
ayuntamiento de Santa Marta a su hijo
predilecto”. Dos en la parte de la
izquierda, de los jefes y oficiales de la
guarnición y del comandante de
Infantería de Castilla D. D. Juan
Ignacio Medina Togores, llevando,
respectivamente, las siguientes
inscripciones: “Los jefes y oficiales de
la brigada y Zona a su querido
General”. “Al más bueno de los
hombres y heroico general Neila su ex
ayudante Juan Medina Togores”. La
corona de la derecha, donada por el
Círculo Cascorro de Santa Marta llevaba esta dedicatoria: “El Círculo de
Cascorro a su presidente honorario”.

Al llegar la comitiva fúnebre a la capilla de San Sebastián se colocó


a la puerta el féretro y, después de cantar un responso el clero, las tropas
desfilaron ante el cadáver. Después se despidió el duelo. Fuerzas del
regimiento de Castilla se dirigieron al baluarte de San Vicente, en la
muralla, haciendo tres descargas, según corresponde a los generales de
división y está dispuesto en las Ordenanzas en el artículo 48, título 5º,
tratado 3º, de conformidad con el artículo 2º del reglamento de 5 de julio
de 1920.

Terminados los actos oficiales en Badajoz, el cadáver fue trasladado


a Santa Marta, su pueblo natal. Desde mucho antes de las tres de la tarde,

117
hora en que estaba anunciado llegaría a este pueblo el cadáver del heroico
general Neila, un inmenso gentío había salido a más de dos kilómetros
para esperarlo, al frente del cual se encontraban las autoridades y la
banda de música que había de acompañar al entierro.

A la entrada del pueblo se encontraba todo el vecindario en masa, el


clero y representaciones de todas las asociaciones religiosas y civiles con
estandartes y banderas. Una vez organizada la comitiva se dirigió a la
iglesia principal, donde se rezó un responso que fue escuchado con
religioso silencio.

Poco tiempo después fue trasladado el cadáver al Círculo Cascorro


donde sus socios esperaban al fúnebre cortejo con velas encendidas. El
salón de fiesta de esta sociedad había sido convertido en capilla ardiente y
en él fue depositado el féretro, cantándose otro responso por el alma del
valiente General. Terminada que fue esta ceremonia religiosa desfilaron
antes el cadáver los niños y niñas de las escuelas, arrojando flores y, por
último, ante las insistentes peticiones de todos, fue levantada la tapa del
ataúd y el pueblo entero pasó ante el cadáver para rendirle el último
tributo de admiración y simpatía. El espectáculo resultó imponente y
emocionante en extremo, habiendo muchas personas que lloraban
desconsoladamente. Después, fue trasladado al cementerio del pueblo.

En las calles del tránsito


por donde había de pasar el
entierro se colgaron de luto
todos los balcones y en algunos,
además de esto, había banderas
con los colores nacionales, con
crespones negros. Al salir del
Casino, y precediendo al
cadáver, marchaban más de 600
hombres con cirios encendidos.
El féretro era llevado en
hombros por mozos del pueblo.
El comercio cerró sus puertas
en señal de duelo, habiéndose
congregado todos los
trabajadores del campo para
esperar la llegada del cadáver,
ya que durante todo el día de
hoy se había suspendido las
faenas agrícolas. Hasta el

118
cementerio, situado a bastante distancia del pueblo, fue un inmenso gentío
es testimonio de las grandes simpatías que gozaba el señor Neila.

Francisco Neila, cuyo mayor enemigo fue su propia modestia, pudo,


si hubiera tenido otro carácter haber sido el hombre a quien aclamara
España entera ante el monumento que en Madrid se levanta en las esquinas
del Rastro, para conmemorar la más que discutida acción heroica de Eloy
Gonzalo en el fuerte de Cascorro, que mandaba él. De haber sido otro,
Francisco Neila hubiese ocupado altos cargos, haciendo valer su prestigio
como militar y, sin embargo, la llaneza de su trato, la sencillez de su vida,
la modestia de sus pretensiones le hizo preferir Extremadura; el convivir
con sus paisanos y con sus amigos al pretencioso ambiente oficial, lleno de
embustería, de disimulo y de doblez. He aquí la historia de un hombre que
pudiendo ser todo cuanto un hombre puede ambiciona, prefirió ser
extremeño; y a todos los títulos y a todas las preeminencias prefirió la de
ser santamarteño.

Importante fotografía del Teniente coronel Neila con sus oficiales en Matanzas, poco después del asedio a
Cascorro. Se nos hizo notar, por Álvaro Meléndez que lo probable es que el rápido ascenso le
sorprendiese sin guerrera de comandante, y pidió una prestada a un teniente coronel para la foto.

*****

A la altura de estos tiempos, nada importa de aquellos heroísmos


individuales o colectivos de unos hombres que dieron su sangre o sus vidas

119
por defender a su Patria. Todo queda borrado por la pátina del olvido de
una nación que nunca ha sabido respetar la memoria de sus muertos. Eloy
Gonzalo es solamente un nombre a quien en el mayor de los desatinos, el
nombre del lugar de su hazaña bélica le ha robado su propio nombre. Hoy
día, cuando uno se acerca a la estatua que el Ayuntamiento de Madrid
levantó en uno de sus barrios más populares y observa el monumento obra
del escultor segoviano Aniceto Marina, pocos madrileños podrían decirnos
el nombre de aquel valiente soldado que luchó en la guerra de Cuba,
reemplazado el mismo por el de Cascorro. Así es y así será recordado en el
futuro el hecho heroico refrendado por tanta sangre derramada en aras de
unos intereses tan espurios como inútiles para los intereses de España.

No mayor suerte tuvo la memoria del otro héroe de Cascorro.


España, que nunca fue generoso a la hora de honrar a los vivos, no iba a
hacerlo con sus muertos, por muchos méritos que en ellos concurran.
Después de las últimas salvas de la fusilería y de los últimos responsos por
parte del clero, una vez que su cuerpo bajó a confundirse con la tierra de
sus antepasados, le cubrió una espesa capa de olvido del que todavía no ha
podido sacudirse.

Homenaje en el “Círculo Cascorro” de Santa Marta al General Neila, en 1920

Si Extremadura ha adjurado de la memoria de sus grandes hombres


que conforman lo más granado de su historia. Si reniega del heroísmo de
unos conquistadores que con su valentía y esfuerzo consiguieron elevar a
120
esta nación a las más altas cotas de honor y esplendor en su ya larga
historia con la conquista y evangelización del imperio americano, no iba a
hacer una excepción con aquellos bravos soldados que, frente a la cobardía
y la iniquidad de sus gobernantes, dieron lo mejor de sí mismo, cuando
decadente y enferma, la misma nación fue perdiendo una a una y de manera
harto vergonzosa girones de su imperio. Seguramente otras regiones, otros
pueblos, más sensible ante la valentía de estos hombres, hubieran ensalzado
la memoria de aquellos que tanta fama le dieron a sus lugares de origen.
Extremadura, siempre fiel a sí misma, a su trágico y triste destino, los
olvidó para siempre. Si en algún momento y por necesidades de promoción
política de algunos de sus vecinos en contiendas electorales se les concedió
el honor de figurar en alguna de sus calles, sus contrarios esperaron su
turno para quitarlo en las próximas elecciones. Y en vez de levantarle un
merecido monumento, se le premió con el más ruin de los olvidos.

Pero nunca es tarde para reparar las injurias del pasado. España,
nación más grande que el siempre truculento egoísmo de sus ciudadanos, le
debe un merecido reconocimiento a quien dio su vida por ella. Desde aquí
pedimos que la figura de Neila sea, cuando menos, recordada a los alumnos
en las escuelas de su pueblo y le pueda ser concedida el honor de
homenajear su memoria con un monumento que nos recuerde las hazañas
del valeroso soldado.
Menos suerte habían tenido los soldados que combatieron en dicha
guerra de Cuba. Entre 1895 y 1898 acarreó la muerte para un número,
todavía indeterminado, de españoles que no baja de cincuenta mil. De ellos,
poco más de tres mil fueron los muertos en combate, alrededor del 7%, el
resto, el 93% restante murió por las enfermedades, producto en general de
la incuria y la despreocupación de una España en plena decadencia que no
supo ocuparse de sus mejores hombres.

Algunas pertenencias del General Neila

121
Breves conclusiones personales sobre la Historia real y la Leyenda del
Sitio de Cascorro.

En estos acontecimientos históricos de reconocido derroche de


valor por parte de todos los miembros de la guarnición de Cascorro, sin
distinción de clases de tropa, y en el transcurso de uno de los numerosos
rifirrafes de la contienda armada, según la leyenda (por cierto muy
interesada por parte del los políticos madrileños), se produjo un acto de
valentía personal en la figura de un soldado llamado Eloy Gonzalo, que,
curiosamente, ha eclipsado los méritos del colectivo y, nosotros diríamos
que el de los de los mismos jefes que le mandaban, que dieron su
aprobación a la acción y que se responsabilizaron del éxito o del fracaso del
mismo.

Fotografía de la familia Neila y Ciria a finales del siglo pasado en su casa de Badajoz. De pie, de izda a
dcha: Ricardo Ruiz, Manuel Neila Ciria, Julia Berjano Forte, Manuel Rebollo-Alor, Francisco Neila
Ciria. Sentadas, de izda a dcha: Carmen Neila Ciria, Dolores de Ciria y Grases, Josefa Neila Ciria (2ª
esposa de Manuel Rebollo-Alor). Niñas mayores de izda a dcha: Paca Ruiz Neila, Ángela Ruiz Neila,
Carmen Rebollo-Alor Neila. Esta última casó con Alejandro Murga (padre) viudo y con un hijo de igual
nombre Alejandro Murga, en manos éste señor acabó la antigua casa de los Neila, y la malbarató por 9
millones de pesetas. Fue derribada y en su lugar se levantó un edificio feo y anodino. Niñas sentadas
delante: De izda a dcha: Vicenta y Concha Ruiz Neila

122
¿Por qué sucede este curioso fenómeno?, nos preguntamos con un
mucho de asombro. Creemos que los pueblos, así, en general, no sienten
como suyo los problemas, por muy importantes que estos sean, hasta que
no se les hace partícipe directo de los mismos. La guerra de Cuba, como
cualquier otra guerra, era una desgracia para los hombres comunes que
veían como sus vidas quedaban marcadas por unos acontecimientos que les
eran completamente ajenos y de los que sólo sacaban como “provecho”, la
ruina para la familia, la enfermedad, la mutilación o la muerte para el
soldado. La palabra Patria era un concepto asimilado nada más que por las
clases políticas o militares, que hacían “carrera” en los conflictos armados,
enriqueciéndose a costa de ellos.

Carmen, Concepción, Josefa y Manuel, hermanos del general Neila y Ciria

Tenemos un ejemplo demostrativo de lo que venimos diciendo: de


la terrible y sangrienta guerra del 2 de mayo, tan desconocida en sus
interioridades como comentada a niveles de tertulias públicas, hasta que el
pueblo llano español no la hizo suya vertiendo su sangre por la libertad y
los derechos reales de unos reyes que no lo merecían, no podemos decir
que ésta existiera. Ni la entrada concertada por el gobierno de fuerzas
francesas por la frontera española, ni la cobarde marcha de los reyes, ni la
abdicación de éstos en la figura trágica de su hijo Fernando, ni mucho
menos la entrega de los derechos reales de este traidor personaje al
todopoderoso Napoleón, incitaron a la rebelión de las masas populares
contra los intrusos. Fue la violencia de los invasores contra el pueblo de
Madrid lo que levantó al pueblo, que desde ese momento hizo suya la
guerra contra el despotismo, y quien con el derramamiento de su sangre por
pueblos y ciudades a la llamada de sus líderes populares consiguieron parar
la ofensiva e infligir una severa derrota a los bien organizados y
pertrechados ejércitos franceses.
123
Y la leyenda hace su aparición de nuevo sobreponiéndose a la
historia real de los hechos. Si hoy día hiciéramos una encuesta a los
ciudadanos españoles sobre la guerra de la Independencia, pocos sabrían
nombrarnos a sus mandos militares, muchos de ellos excelentes estrategas
y convencidos patriotas y sí nos darían pelos y señales de actuaciones más
o menos reales llevadas por el pueblo llano, en los que “majas” y
“chisperos” son los protagonistas de actuaciones valerosas, recogidas
magistralmente por los pinceles del genial Goya en sus “Fusilamientos del
2 de mayo”. Cada pueblo, cada ciudad tuvo su héroe local en esta guerra
con los franceses, pero pocos rinden honores a los militares profesionales
que también dieron sus vidas por la defensa de su Patria.

Dª Concepción Grases, abuela materna del general Neila

Vamos nosotros ahora a estudiar este fenómeno de héroes populares


en la figura del ya mencionado Eloy Gonzalo, que ha pasado a la historia
como el verdadero héroe de Cascorro, hasta el punto de ser el único
soldado de la misma que ha merecido el honor de ser recordado en una
plaza madrileña en la que se levanta una hermosa estatua que conmemora
dicho acto de valentía. Y vamos a hacerlo desde los dos campos posibles,
uniendo para ello la realidad y la leyenda que es como ha llegado hasta
nosotros.

Para comenzar, el nacimiento de Eloy Gonzalo está rodeado, debido


a la pluma de interesados escritores, de todos los recursos necesarios para

124
la fabricación de un héroe popular: la noche del 1 de diciembre de 1868 su
madre, Luisa García, después de cubrirle la cara de besos y abrazarle mil
veces contra su pecho, se alejó llorando Mesón de Paredes abajo después
de tirar del llamador de la puerta de la inclusa madrileña. Entre las ropas
que abrigan al niño, Luisa ha dejado una nota rogando a las monjas que,
cuando lo cristianen, le pongan de nombre Eloy Gonzalo García. Primer
punto para la leyenda (no queremos nosotros decir con esto que no sean
reales los datos): “pobre niño huérfano abandonado en una inclusa”.

Una familia dedicada a la milicia: D. Ramón de Ciria y Gómez de la Cortina, D. Ramón de Ciria y Grase
y D José Rebollo-Alor Neila.

Poco tiempo estuvo el pequeño en aquel albergue. Pasados nueve


días fue recogido por Braulia Miguel, esposa de Francisco Reyes, un buen
hombre de profesión guardia civil. Pasa sus primeros años de vida en la
casa-cuartel del puesto de San Bartolomé de Pinares y su adolescencia en
Robledo de Chavela y Chapinería, posteriores destinos del cabeza de
familia. En diciembre del 89, cumplidos los veintiuno, el mozo es llamado a
filas causando alta en el Regimiento de Dragones “Lusitania” número 12.
De carácter reservado y muy trabajador, en pocos meses luce en la manga
los galones de Cabo. Seguramente influido por el ambiente familiar, decide
encauzar su futuro como agente del orden y en 1892 ingresa en el Real
Cuerpo de Carabineros, siendo sus primeros destinos las Comandancias
de Estepona y Algeciras. Todo parecía transcurrir con normalidad en la
vida del joven guardia que, ilusionado, comienza los preparativos para
contraer matrimonio. Pero le llegan ciertos rumores que le hacen
desconfiar de su novia y, puesto en alerta, descubre que ella le es infiel con
125
un Teniente. Segundo punto para la leyenda: buen hijo, hombre trabajador,
buena persona, ha encarrilado su vida al servicio del bien de la sociedad,
pero es engañado por la novia cuando preparaban el terreno para casarse.
¿Y con quien le engaña? ¡Ah!, desde luego con un superior que abusa de su
posición y que no le permitirá defenderse. Muy por el contrario su
enfrentamiento con dicho oficial en lo que podíamos llamar un duelo de
honor entre jefe y subordinado será penado por un tribunal militar con dura
pena de cárcel para el inferior: por enfrentarse a este Oficial es encontrado
culpable de un delito de insubordinación y sentenciado a la pena de doce
años de reclusión en un presidio militar. En noviembre de 1895,
acogiéndose a un Real Decreto que suspende las condenas de aquellos que
marchen a la guerra que España sostiene con Cuba, Eloy Gonzalo
embarca hacia la isla caribeña. Una vez allí, es encuadrado en el
Regimiento de Infantería “María Cristina”, número 63, de guarnición en
la Plaza de Puerto Príncipe. Tercer punto para la leyenda: la justicia solo
atiende a la razón de los poderosos. Por el contrario, los humildes, aunque
sean dueños de la misma, por enfrentarse con el poder, siempre serán
castigados.

Vamos a seguir nosotros, ahora de manera real, los acontecimientos


vividos por el cabo Gonzalo en la isla de Cuba hasta el momento del hecho
histórico que lo convertiría en héroe nacional.

El ex–preso Eloy Gonzalo llega a la isla en el momento de máxima


tensión en los enfrentamientos del ejército español y el pueblo cubano que
luchaba denodadamente por su independencia, liderados por Antonio
Maceo y Máximo Gómez, a la muerte en mayo de 1895 del verdadero líder
e ideólogo de la revolución José Martí. Hemos contado detalladamente
cómo los mambises atacaban constantemente a las tropas españolas a lo
largo de todo el territorio cubano poniéndolas en verdaderos aprietos a
causa de su escaso número y de la falta de medios militares para contener
la sublevación, lo que había hecho abandonar el mando de la plaza al
general Martínez Campos, siendo éste sustituido por otro general en 1896,
Valeriano Wayler, hombre de gran prestigio, de reconocido valor, pero
también de inusitada dureza para con el enemigo como había demostrado
en los hechos de Santo Domingo.

A partir de su incorporación al Regimiento María Cristina, la vida y


los hechos de armas de Eloy Gonzalo podemos seguirlos, si hemos seguido

126
las actuaciones del capitán Francisco Neila, capitán–comandante de las
fuerzas que actuaban destacadas en Puerto Príncipe.

Va a ser con el batallón comandado por Neila y en la noche del 26 y


madrugada del 27 de septiembre de 1896, cuando se encontraban
defendiendo el puesto de Cascorro, una pequeña e insignificante aldea a
corta distancia de Puerto Príncipe, que servía de guarnición y apoyo con
sus tres fortificaciones, cuando se desarrollen los hechos heroicos de la
guarnición cercada por más de 3000 insurrectos cubanos. Son 170 hombres
al mando del oficial extremeño los que contengan valientemente y durante
13 días el asedio de los hombres de Maceo sin que decaiga el ánimo de los
mismos ni, mucho menos, atiendan a las peticiones de rendición que desde
el otro lado enemigo se les venían solicitando con la oferta del perdón para
sus vidas.

Las tropas españolas están rodeadas y son tiroteadas contínuamente


desde posiciones enemigas amparadas por unas casuchas que les sirven de
improvisado y bien guarnecido parapeto. Neila ha contestado a los tiroteos
ordenando un contraataque, pero son rechazados haciendo estragos entre
los esforzados soldados.

El 26, la defensa en insostenible y si no se destruyen las casas desde


donde se disparan las granadas y las cargas de fusilería, el resto del batallón
que queda sucumbirá antes de que lleguen los prometidos refuerzos. El
capitán Neila, que ha combatido brillantemente en el cuerpo de guerrillas,
oficial experimentado en acciones de sabotaje y buen estratega, sabe que la
única solución, de momento, es destruir las casas y solicita voluntarios para
la acción. Eloy Gonzalo, un joven cabo del batallón, también es consciente
del peligro que corren y se presenta voluntario para emprender tan
arriesgada misión. El capitán le pone al tanto del peligro, pero Gonzalo
acepta enfrentarse al mismo convencido de poder realizarla. La noche es
oscura, lo cual puede ayudar en sus maniobras; la humedad se adhiere a la
ropa de los soldados y el miedo reseca sus bocas. Son muchas las noches
sin dormir y el cansancio embrutece los sentidos. El capitán Neila ha
ayudado al soldado a colocarse el fusil a la espalda para que no le estorbe
cuando se arrastre, ofreciéndole un bidón de gasolina, mientras que el
Sargento furriel le ata una larga cuerda a la cintura. Gonzalo ha pedido
expresamente que si le matan, rescaten su cuerpo. Desde las posiciones más
alejadas de donde se encuentran y con el fin de distraer al enemigo, el

127
Teniente Perier ordena a sus hombres abrir fuego. Un abrazo de su capitán
y el cabo sale serpenteando hacia su objetivo. Pasan los minutos y el
silencio se apodera del entorno. La angustia hace presa de los que esperan
el resultado de la suicida empresa. De pronto, una humareda sobrepasa los
tejados de las casuchas mientras crecen los gritos de los que en ellas se
parapetan. Entre la confusión, un hombre salta por entre las piedras y
regresa sano y salvo con los suyos mientras que el cielo se ilumina por el
furor de las llamas. El objetivo ha sido alcanzado y los enemigos, al
encontrarse sin protección, batidos por un fuego ahora directo, se dispersan
dejando atrás numerosos muertos y heridos. Al día siguiente, la columna de
refuerzo del General Jiménez Castellanos contacta con los hombres de
Neila y terminan juntos por apaciguar el terreno y recuperar el armamento
abandonado. El puesto de Cascorro ha sido salvado por la acción de unos
hombres que no han dudado en dar sus vidas antes que entregarse o
rendirse. Cuarto punto para la leyenda: la acción solitaria de Gonzalo le
será reconocida por su superior, siéndole concedida “La Cruz del Mérito
Militar” con distintivo rojo. Un mucho de valor y un poco de suerte en un
acto realizado por un joven desconocido, hace olvidar el valor colectivo de
unos hombres que han estado defendiendo el puesto de Cascorro durante
trece días con sus noches, con un hostigamiento brutal por parte de los
insurrectos, y en donde se han dejado las vida otros compañeros: la acción
de Eloy Gonzalo impactó en la sociedad. Eloy era un soldado, no un oficial
y a la gente común le era más fácil identificarse con él, la gente de la calle
será la que ensalce más la figura del que será conocido como héroe de
Cascorro. La Guerra de Cuba necesita de héroes que dieran confianza al
pueblo de que la victoria era posible y subir así la moral de la sociedad, en
unos tiempos en que los políticos y la sociedad estaban profundamente
divididos por el conflicto.

Pero esta fama no le llegará sólo en el momento de producirse los


hechos narrados. Eloy Gonzalo, como el resto de la tropa, siguió peleando
en otros frentes con el mismo valor que el demostrado en Cascorro. “Los
dioses quieren a sus elegidos jóvenes y bellos” hemos leido en alguna
parte. Y joven muere Eloy Gonzalo en un hospital de Matanzas un 18 de
junio de de 1897 a consecuencia de una hemorragia digestiva. Ni la muerte
del valiente soldado ni la de otros muchos jóvenes españoles anónimos
sirvió para nada. Maceo había muerto, los rebeldes estaban vencidos y sin
armamento. El 5 de febrero del año de su muerte, es decir, 1897, se había

128
decretado la autonomía de Cuba, no aceptada por los insurrectos, que
contaban con el apoyo de los norteamericanos y la guerra continuó, esta
vez contra un nuevo enemigo que aprovechó la coyuntura para declararle la
guerra e España: los EE: UU.

No es lugar éste para comentar los acontecimientos que siguieron en


fechas posteriores. Solamente señalar que en 1898, tras una trampa
fabricada por quien tenía muchos interese que ganar, como lo fue la
explosión del un buque americano anclado en las dársenas del puerto de la
Habana, EE. UU. haría culpable de la misma al gobierno español y le
declararía la guerra, venciendo a un ejército que, si bien valeroso, estaba en
franca desventaja frente al todopoderoso ejército americano, apoyado desde
sus bases cercanas y sus barcos de guerra. Cuba pasaría desde esos
momentos a ser controlada por otra potencia, hasta su final independencia
muchos años después.

******

¿Qué queda en la historia y en la leyenda de estos dos grandes


soldados? En el mismo año de su muerte, 1897, el Ayuntamiento de
Madrid, quiso homenajear a este héroe nacido en la ciudad y le dedicó una
calle, así como le levantó junto al popular “rastro madrileño” una estatua
esculpida por el segoviano Aniceto Marina, inaugurada por el mismísimo
rey Alfonso XIII en el año 1902. Es la estatua en la que todos los
madrileños conocen y reconocen en el soldado a uno de los suyos llevando
un fusil en bandolera, un bidón de gasolina y una tea encendida. Poco más
tarde, el pueblo que lo había aclamado solicitó y obtuvo que la plaza en que
se encontraba la estatua pasara a llamarse oficialmente Plaza de Cascorro.
Sus restos, repatriados, reposan en un mausoleo del Cementerio de La
Almudena junto a los de otros soldados muertos en Cuba y Filipinas. El
héroe de leyenda y la leyenda del héroe se habían consolidado.

No sucedió lo mismo con el verdadero héroe de la guerra de Cuba y


de tantas otras contiendas. Finalizábamos sus apuntes biográficos
señalando que una vez cubierta brillantemente su etapa cubana, aunque con
la desilusión de ver cómo el esfuerzo y la sangre de tantos hombres no

129
había valido para mantener en manos españolas tan hermosos como
queridos territorios, había vuelto el 7 de enero de 1899 a la península,
desembarcando en Cádiz, y que durante dos meses volvió a Santa Marta de
los Barros con una bien merecida licencia junto a su esposa y familia. Su
pueblo de nacimiento lo recibió como a un gran héroe, aun dentro de la
modestia del personaje que no gustaba de estos homenajes populares.

Tampoco terminó aquí su carrera militar y siguió cumpliendo con su


deber de soldado al margen de la alta consideración que mereció entre sus
mandos y tropa por sus brillantes servicios de armas. Vivió algunos años en
Badajoz capital donde alcanzó los grados de Teniente Coronel y Coronel,
para, en 1921 y al mando de una Brigada, incorporarse a las misiones
militares en tierras africanas.

El, por entonces, teniente coronel Francisco Neila con sus oficiales, en Cuba, 1898

Murió sin descendencia en la capital pacense el día 9 de Diciembre


de 1923, siendo trasladados sus restos a su pueblo, en donde su esposa
Cándida González Salgado le erigió un sepulcro en su cementerio.

130
******

Recuerdo que en mi infancia, con la curiosidad lógica de los pocos


años, cuando iba con mis familiares al cementerio de Santa Marta, mi
pueblo, siempre que pasaba delante de aquella hermosa sepultura de
mármol blanco muy cercana a la de mi padre, me quedaba mirando la
figura esculpida en la lápida frontal del soldado luciendo la Cruz de San
Fernando. Los muchachos no sabíamos quién era aquel hombre ni mucho
menos sus méritos ganados en desconocidas batallas, ni recuerdo que en la
escuela, ni en casa, nadie nos hablara de él, seguramente porque la cercanía
en el tiempo de otra guerra mucho más cruel que la de Cuba había borrado,
momentáneamente, el recuerdo del general.

También recuerdo claramente que los muchachos nos asomábamos al


gran salón del Casino “de los señores”, llamado en aquellos años como
ahora, aunque con diferente percepción de su cometido social, “Circulo
Cascorro”, que entonces estaba en los bajos de las Escuelas Nacionales, a
donde yo asistía, y veíamos a los hombres adinerados del pueblo jugando
sus partidas de ajedrez o leyendo el periódico (preferentemente el ABC,
diario al que estaba suscrito oficialmente el Círculo). El salón del vetusto
edificio tenía un aire decadente y pueblerino, pero era el punto de reunión y
mentidero de la población, por lo que en realidad, en aquellos años sin
televisión se convertía en el verdadero centro de las pocas noticias que se
producían en el pueblo, o las que matizadas por las mentes conservadoras
de los “señores” se transmitían de boca a boca. Y dentro del salón, entre
cornucopias y farolillos decimonónicos, como presidiendo la gran sala, un
retrato de un soldado vestido de gala, con casco de acero y un frondoso
penacho, atravesado su pecho por una hermosa banda azul en el que
colgaban numerosas condecoraciones entre la que destacaba la Cruz de San
Fernando. Sí. Era el cuadro del general don Francisco Neila y Ciria, hijo
predilecto del pueblo. Y junto al cuadro, llamando nuestra atención,
colgaba la espada del general y algún objeto personal del mismo que ahora
no recuerdo. Pero aún más llamativo era, que el conjunto de lo descrito
estaba presidido por una copia a tamaño mediano (supongo que de bronce)
de la estatua que le dedicó Madrid a su héroe, Eloy Gonzalo, dando nombre
todo ello al Casino: “Círculo Cacorro”. ¿No habría sido más adecuado –me
pregunto– que la escultura del círculo fuera la del verdadero héroe de

131
Cascorro, el general Neila? Misterios de una sociedad ingrata que exige
sacrificios a sus soldados para luego olvidarlos.

Tendrían que pasar muchos años, muchas lecturas y mi marcha del


pueblo a otras tierras, para saber quién era mi célebre paisano. Tampoco
recuerdo que en ningún momento de esta larga ausencia (he vuelto muchas
veces a mi tierra de nacimiento) desde instancias culturales o políticas se
hayan iniciado ningún acto de reconocimiento al hombre de más mérito
nacido en su seno. No se hizo durante el franquismo, con gobiernos con
más sensibilidad hacia lo militar, ni mucho menos ahora que en
Democracia y con unos gobiernos (también municipales) que sufren de
urticaria cuando se les habla de temas militares o patrióticos, vamos a ver
cumplido el deseo de un reconocido homenaje a nuestro paisano.

Por otra parte, señalábamos anteriormente, que cada pueblo tenía su


héroe de Cuba… menos, curiosamente, Santa Marta. La hermosa tumba del
general, si no abandonada, que afortunadamente no lo está, sí está olvidada
por la gente del pueblo y por sus autoridades. El 1 de Diciembre de este
año de 2014, como vengo haciendo casi todos los años por estas fechas, me
acerqué al cementerio de mi pueblo a rendir muestras de cariño y respeto a
mis muertos. Todas las tumbas, como es costumbre, estaban engalanadas
con flores para la fecha. La de Neila, cercada por hermosas rejas metálicas,
sólo lucía un polvoriento y descolorido ramo de flores artificiales, ya
antiguo, haciendo aún más patente su inmerecido, lastimoso y triste olvido.
Yo, ese día recé una oración y puse una rosa roja sobre la tumba del
soldado valiente y desconocido de mi pueblo.

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