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Miranda Lida (2005)

LA IGLESIA FRENTE A LOS DESAFIOS DE 1810

¿Existe una iglesia bajo el signo del regalismo? La pregunta es tramposa: difícilmente puede hablarse de
regalismo en un contexto como el que sucedió a la revolución de independencia, donde el estado
prácticamente no existía. En 1810 el Patronato estaba lejos de ser un certeza; por le contrario, más bien
inspiraba dudas y preguntas de difícil solución. Éste constituía una prerrogativa de la Corona española,
que le permitía la monarca participar de las decisiones en torno a diversos asuntos eclesiásticos, ya fuera
el nombramiento de los clérigos, el mantenimiento de los templos o la recolección de los diezmos entre
los principales ítems.

De sedes episcopales a provincias autónomas


El Patronato no se ejercía férreamente y el rey no tenía completa libertad al respecto; así como el rey
necesitaba negociar permanentemente con gobernadores y virreyes los impuestos que la Corona percibía,
también negociaría con ellos en torno a las materias “espirituales”. Eran muchos los intereses en juego en
torno a una designación para un beneficio eclesiástico, y era necesario negociar con cada uno de ellos, ya
fuera el Cabildo eclesiástico local, el Cabildo secular, el gobernador o el virrey. Dado que las decisiones
relativas al Patronato no se digitaban desde España, sino que se resolvían muchas veces a nivel local, es
comprensible que el propio clero apoyara la vigencia del sistema de Patronato. El Patronato consistía en
una forma de negociación que permitía que los beneficios eclesiásticos se decidieran muchas veces en
virtud del prestigio la influencia que los interesados tenían en la sociedad local.
En este contexto, no es casual que la revolución se haya topado con la dificultad de designar obispos.
Cuando las tres diócesis rioplatenses quedaron vacantes no hubo modo de concertar designaciones
episcopales. En esto, habría que considerar que la creciente autonomía local que adquirieron los pueblos
rioplatenses luego de 1810 tornaba insoportable una autoridad como la episcopal, cuya jurisdicción por lo
común abarcaba más de una provincia.
La revolución trajo consigo un importante debate en torno al sujeto de imputación de la soberanía, y si no
estaba claro quién era el soberano, tampoco estaba claro quien era el patrono. Los poderes locales tenían
facultades en materia de Patronato, de tal modo que podían decidir, por ejemplo, los nombramientos de
los párrocos de su jurisdicción. Para la revolución el problema a resolver no era cómo se posicionaba el
estado ante la iglesia, sino más bien que era la iglesia y que era el estado. Dado que las instancias de
poder no eran únicas, ni en el “estado” ni en la “iglesia”, explicar el modo en que funcionaba el sistema
de Patronato no puede reducirse a una lógica binaria en la que cada uno de estos términos aparece
inexorablemente enfrentado al otro.

El cobro de los diezmos


El antiguo sistema de diezmos se tornó insostenible, al menos desde la óptica de las tres sedes episcopales
del Río de la Plata: una vez que las provincias empezaron a reclamar, e incluso de ejercer su autonomía,
se ocuparon de administrar por cuenta propia los diezmos, lo cual redundaba en detrimento de lasa
cabeceras diocesanas, que dejaron de percibir lo que le correspondía de las provincias subalternas.
Ninguna provincia quería rendir sus diezmos a la cabecera episcopal; más bien, las rentas eclesiásticas de
cada jurisdicción tendieron a nutrir las arcas de los ejércitos provinciales, en la medida en que se aceleró
el ciclo de guerras revolucionarias y civiles luego de 1810 las decisiones en torno a los beneficios
eclesiásticos se politizaron a tal punto que se hallaron atravesadas por los principales debates de la época.
El resultado será que a medida que se diversifique la geografía política rioplatense de la mano de
tendencias políticas federalistas, habrá de fragmentarse igualmente la geografía eclesiástica: más tarde o
más temprano cada gobierno provincial se declaró patrono de su jurisdicción, designó párrocos,
administró diezmos y comenzó a adoptar posturas cada vez más enérgicas con respecto al Patronato y los
asuntos eclesiásticos. Por todo ello, no puede deducirse de este proceso un creciente regalismo: no hubo
la más mínima intención de ofender los derechos de la iglesia. Lo que hubo, fue un intento de preservar el
tinte local y provinciano que la revolución no hizo más que acentuar, afianzar y conservar.

La disputa por la autoridad episcopal

Cuando Buenos Aires logró ocupar un lugar hegemónico en el orden político, su posición quiso hacerse
sentir con más fuerza, tal como ocurrió en la Asamblea de 1813, o a la hora de la reforma constitucional

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de 1819, experimentos, ambos, que le concedieron a esta ciudad el derecho a ejercer el Patronato en
forma casi indiscriminada. Pero ninguna de estas reformas estuvo destinada a durar: la crisis de 1829 le
puso un punto final a cualquier ensayo de centralismo político y eclesiástico. Pocos años después los
debates recrudecerían, tanto es así que en 1826, a la hora del Congreso Constituyente, nuevamente el
tema del Patronato estaba sobre el tapete. De cualquier forma lo que interesa subrayar es que el problema
en torno al patronato se hallaba estrechamente vinculado a las dificultades que presentaba la propia
definición del estado. La creciente autonomía local, tanto política como eclesiástica, podía por momentos
llevar a resultados aparentemente paradójicos: incluso podía ocurrir que en nombre del patronato se
fortalecieran los vínculos con la Santa Sede, por más contradictorio que esto parezca, como lo demuestra
el ejemplo de Cuyo, que buscaba de esta manera fortalecer su autonomía, con el propósito de crear una
nueva sede episcopal y ganar una completa independencia respecto de Córdoba.
En la iglesia de Córdoba las consecuencias de la revolución fueron dramáticas: no sólo la autoridad
eclesiástica tuvo serias dificultades para percibir diezmos y ejercer jurisdicción en la diócesis, sino que
además la propia diócesis terminó por disgregarse cuando las provincias de Cuyo se independizaron para
constituir una jurisdicción eclesiástica independiente. La iglesia de Buenos Aires, en cambio, logró
sobrellevar las dificultades con relativo éxito. En lugar de sumirse en un creciente caos después de 1820,
logró renacer de sus cenizas, precisamente a través de la reforma eclesiástica rivadaviana y sus
transformaciones ulteriores en los años de Rosas. El éxito de Buenos Aires fue posible gracias a que
Rivadavia no sólo emprendió una reforma eclesiástica; se ocupó también de construir el estado de Buenos
Aires, sobre una base republicana. Donde había un estado, la iglesia podía comenzar a definirse con más
nitidez. Las provincias del interior, en cambio, debieron aguardar hasta 1853 para que sus respectivas
iglesias comenzaran lentamente el camino de construcción institucional.

Regalismo: doctrina que afirma los derechos de los reyes sobre la Iglesia. Las políticas regalistas
procuran subordinar la Iglesia al Estado. Fue una tendencia común en el siglo XVIII y parte del XIX,
vinculada a la afirmación de la soberanía estatal frente a otros poderes, durante el proceso de construcción
del estado moderno.

Patronato: Institución heredada de la época colonial por la cual las autoridades políticas intervenían
directamente en la provisión de los cargos eclesiásticos y tomaban parte en los asuntos disciplinarios de la
Iglesia. En América su origen se remonta a la conquista y nace de una sesión de derechos hecha por el
papado a cambio de la evangelización de los indios. En el siglo XVIII las doctrinas vigentes interpretaban
el derecho de patronato regio como un atributo de la soberanía del Estado.

[Miranda Lida, “La iglesia frente a los desafíos de 1810”, en Todo es Historia, Nº 451, Buenos Aires,
Febrero 2005.]