ENRIQUE S.

OLCOTT

HISTORIA DE LA
SOCIEDAD TEOSÓFICA
TOMO I
Años 1874 a 1880

Tr a d u c c i ó n d e Mario Martínez de Arroyo (M. s. T. )


EDITADO POR LA COMISIÓN DE DIFUSIÓN Y PROPAGANDA DE LA
SOCIEDAD TEOSÓFICA EN ARGENTINA

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PREFACIO

Si se escribiera l a historia de todas l as sociedades conocidas, el capítul o
consagrado a l os orígenes y vicisitudes de l a Sociedad Teosófica sería
verdaderamente único. Cual quiera que sea el punto de vista en que nos col oquemos,
favorabl e u hostil , parecería sorprendente que tal Sociedad haya podido nacer en
condiciones tal es, y no sol amente esto, sino que haya podido resistir a l os ataques
que ha recibido, y que, no obstante, sus fuerzas hayan crecido proporcional mente a
l a cruel mal a fe de sus adversarios. Ciertos críticos han querido ver en esto una
prueba pal pabl e del recrudecimiento de l a credul idad humana y un signo de
inquietud rel igiosa, anunciador de l a extinción final de l as tradiciones occidental es.
Otros consideran el progreso de este movimiento como un presagio de l a aceptación
universal de l as ideas fil osóficas del Oriente, y creen que el l as van a revivificar y
ampl iar considerabl emente l as simpatías espiritual es entre l a Humanidad. El hecho
patente e innegabl e es que a fines de 1894, al cabo de diez y nueve años de actividad,
se han despachado 394 cartas de fundación de ramas de l a Sociedad, repartidas por
casi todas l as regiones habitabl es del gl obo, y que el número de l as que han sido
acordadas durante el úl timo año (1894), sobrepasa al término medio anual desde l a
fundación (1875) en un 29 por 100. Desde el punto de vista estadístico, l os
despiadados e inj ustos ataques de l a Sociedad de Investigaciones Psíquicas y de l os
misioneros escoceses en 1884, l os cual es debían, según se esperaba, causar l a ruina
de nuestra Sociedad, no han tenido otro resul tado que acrecentar
considerabl emente su prosperidad y ampl iar su campo de util idad. El úl timo asal to
dado por l a Gaceta de Westminster producirá inevitabl emente idénticos resul tados. La
razón es, sencil l amente, que por más rudeza que se empl ee para exponer l os defectos
y l os errores personal es de sus j efes, l a excel encia de l as ideas de l a Sociedad no
puede en forma al guna ser tocada. Para matar l a Sociedad Teosófica sería necesario
poder demostrar que su propósito reconocido es contrario al bien públ ico o que l a
enseñanza de sus representantes es perniciosa y desmoral izadora. Ambas cosas son
igual mente imposibl es.
El mundo acepta l a Sociedad, como una real ización importante, una
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individual idad diferenciada, a l a cual no se puede al abar ni condenar sól o por l os
méritos o fal tas de sus principal es representantes. Uno de l os más capacitados
periodistas contemporáneos, el señor Stead, dice en Borderland, en el curso de una
revista pasada a estas memorias tal es como aparecieron en el Theosophist, “que nadie
se cuida ahora de saber si l as acusaciones de fraudes presentadas por l os Coul omb y
l a S. P. R.
1
contra l a señora Bl avatsky eran o no, j ustificadas, teniendo presente que
ni sus peores enemigos osarían rehusarl e el honor de haber infl uenciado en grado
extraordinario al pensamiento fil osófico moderno, vul garizando ciertas nobl es ideas
del Oriente”. Esto es igual mente apl icabl e a sus numerosos col egas que, por su
ej empl o y siguiéndol a, han esparcido esas antiguas doctrinas por medio de l a
Sociedad Teosófica. Esta asombrosa organización, nacida prosaicamente en un sal ón
de Nueva York, en 1875; ha batido un record tal , que tiene ganado el derecho de ser
mencionada en toda historia integral de nuestros tiempos. Su desenvol vimiento es
más bien debido a una fuerza que l e es inherente que a penetrantes previsiones o a
una dirección ponderada y habiendo estado tan estrechamente l igada –durante
al gunos años casi excl usivamente– a l os esfuerzos personal es de sus dos fundadores,
l a señora Bl avatsky y yo, el historiador futuro encontrará facil itada su tarea tanto
como si el sobreviviente de l os dos l e proporcionase sucintamente y con exactitud
l os informes necesarios. La serie de capítul os publ icada hoy en vol umen, apareció
hace casi tres años en el Theosophist, donde una nueva serie, rel ativa a l a historia de
l a Sociedad después de su trasl ado a l a India, se prosigue actual mente. Más que por
nada he publ icado estos recuerdos, l l evado por el deseo de combatir l a creciente
tendencia en el seno de l a Sociedad, a divinizar a l a señora Bl avatsky y atribuir a sus
escritos, aun a l os más vul gares, un carácter casi de inspiración. Se cierran
resuel tamente l os oj os sobre sus más visibl es defectos y se quiere poner el hipócrita
tabique de una pretendida autoridad, entre sus actos y l as críticas l egítimas.
Los que menos han estado en rel ación con el l a, y por consiguiente, han conocido
menos que otros su verdadera natural eza, son l os que impul san este movimiento. Es,
pues, bien evidente que, a menos de contar yo mismo, por ser el único que l a sabe, l a
verdadera historia de nuestro movimiento j amás podría ser escrita, ni l os méritos
real es de mi admirabl e col ega podrían ser suficientemente conocidos. En este l ibro
digo l a verdad sobre el l a y sobre l os comienzos de l a Sociedad, verdad que nadie

1
Soci ety of Psi chi cal Researchs (Soci edad de Investi gaci ones Psí qui cas). N. del T.
4




podrá negar.
Dando poco val or a l as censuras y a l as al abanzas de terceros, acostumbrado toda
mi vida a obrar de acuerdo con mi sentimiento personal del deber, no temo afrontar
l as tontas burl as de l os que me tachen de engañado, de mentiroso o de traidor. Estoy
tan persuadido de que l a opinión de otro es un factor sin importancia en l a
evol ución individual , que he proseguido mi tarea hasta el fin, aunque al gunos de mis
más infl uyentes col egas, en nombre de una fidel idad, que considera poco l úcida,
hacia H. P. B. , hayan intentado secretamente minar mi infl uencia, arruinar mi
reputación, reducir l a circul ación de mi revista e impedir l a publ icación de mi l ibro.
Insinuaciones confidencial es han circul ado contra mí, y l os números del Theosophist
han desaparecido de l as sal as de l ectura de l as ramas. Todo eso es infantil ; j amás l a
verdad ha perj udicado a una buena causa, ni tampoco l a cobardía moral ha hecho
nunca triunfar a una mal a.
Se podría apl icar a H. P. B. l o que l a señora Ol iphant dice de Bentham en Literary
History of England (III, 203): “Es evidente que para discernir quiénes eran l os nacidos
para escucharl o y comprenderl o, poseía el instinto de l os viej os marinos, así como
también una gran facil idad para incl uir entre l os que eran de su afecto a todas
aquel l as personas de reciente notabil idad cuyas tendencias apreciaba… Pocos
hombres, aun entre l os más grandes, han sido servidos y reverenciados como él l o
fue por sus semej antes”. ¿Hubo j amás criatura humana tan compl eta como esta
misteriosa, fascinante e il uminadora H. P. B. ? ¿Dónde encontrar una personal idad
tan notabl e y dramática que mostrase tan cl aramente l a bipol aridad de l o humano y
l o divino? No puede ser que yo l e extienda al Karma l a sombra de una inj usticia,
pero si al guna vez existió un personaj e histórico en quien l o bueno y l o mal o, l a l uz
y l a sombra, l a sabiduría y l a l igereza, l a cl arividencia espiritual y l a fal ta de buen
sentido se hayan encontrado tan mezcl ados como en el l a, l o único que puedo decir
es que he ol vidado ese nombre, así como su historia y su época. El haberl a conocido
equival e a haber recibo una educación l iberal , y mi más preciosa experiencia es l a de
haber trabaj ado con el l a y vivido en su intimidad. Era una ocul tista demasiado
grande para que hayamos podido medir su estatura moral . Estábamos obl igados a
amarl a, por muy conocidos que nos fuesen sus defectos, y a perdonarl a, aunque fal tó
bastante a sus promesas y destruyó nuestra primera fe en su infal ibil idad. Y el
secreto de esta poderosa infl uencia residía en sus innegabl es poderes psíquicos, en l a
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evidencia de su devoción a sus Maestros, a quienes representaba como personaj es
casi sobrenatural es, y en su cel o por l a el evación espiritual de l a Humanidad por
medio de l a Sabiduría Oriental . ¿Vol veremos a ver a al guien que se l e asemej e? ¿En
nuestra época, vol veremos a verl a baj o otra forma?
El Porvenir responderá.
H. S. OLCOTT
Gul istan Ootacamund, 1895.


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CAPÍTULO I
PRIMER ENCUENTRO DE LOS FUNDADORES

Puesto que debo narrar la historia del nacimiento y de los progresos de la Sociedad
Teosófica, debo comenzar por el principio y decir cómo se encontraron sus dos
fundadores. Fue un incidente muy prosaico. Yo dije: “Permítame, señora”,
ofreciéndole lumbre para su cigarrillo. Nuestra relación empezó así por el humo; pero
salió de ella un gran fuego que aún no se ha extinguido. Las circunstancias que nos
acercaron son bastante curiosas, como voy a demostrado. En parte, han sido ya
publicadas.
Un día del mes de julio de 1874, sentado en mi estudio y reflexionando sobre una
causa importante para la cual la Municipalidad de Nueva York me había retenido, me
vino de pronto la idea de que desde hacía años yo no me había ocupado del
movimiento espiritista. Ignoro qué asociación de ideas me hizo pasar así de la
construcción mecánica de los contadores de agua al Espiritismo moderno; sea como
fuere, fui hasta la esquina de mi calle a comprar The Banner of Light. En él leí el relato
de ciertos fenómenos increíbles; por ejemplo, solidificaciones de fantasmas que
decían formábanse en una granja de la ciudad de Chittenden, Estado de Vermont, a
varios centenares de millas de Nueva York. Inmediatamente me dí cuenta de que si
era en realidad posible que los asistentes hubiera podido ver y aun tocar a parientes
difuntos que hubiesen hallado el medio de reconstituir sus cuerpos y sus ropas de
modo tal que llegasen a ser momentáneamente sólidos, visibles, tangibles y con la
facultad de hablar, esto constituiría el hecho más importante de la ciencia moderna.
Así, pues, me determiné a ir allá para ver eso yo mismo. Fui y encontré fundado lo
dicho; me quedé tres o cuatro días y volví a Nueva York. Escribí para el New-York Sun
una memoria de mis observaciones que fue reproducida casi en el mundo entero, por
lo graves e interesantes que los hechos parecieron. El editor del New-York Graphic me
propuso volver por su cuenta a Chittenden con un artista que tomaría apuntes
dibujados a mis órdenes, y examinar a fondo el asunto. El tema me interesaba tan
profundamente, que tomé las necesarias disposiciones para poner en orden mis
compromisos profesionales, y el 17 de septiembre me encontré nuevamente en la

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“Eddy Homestead”, llamada así a causa de la familia que la poseía y ocupaba. Si la
memoria me es fiel, pasé una docena de semanas en esta casa misteriosa, en medio de
fantasmas y de las experiencias del más extraordinario carácter. Durante este tiempo,
aparecían dos veces por semana en el Daily Graphic mis cartas sobre los espíritus de los
Eddy, ilustrados por el artista, señor Kappes, con croquis de espectros vistos por él,
por mí y por todas las personas –a veces 4 0 – presentes en la sala de las sesiones.
He descrito en People of the other World todos esos fenómenos y todas las condiciones
que inventé y puse en práctica para impedir los fraudes. La publicación de estas cartas
fue lo que atrajo a la señora Blavatsky a Chittenden y nos hizo entrar en relación.
Recuerdo esta primera entrevista como si fuese ayer; por otra parte, ya he contado
los principales detalles en People of the other World, pág. 293 y siguientes. Era un día de
sol, que alegraba hasta aquella vieja casa sombría. Está situada en un país encantador,
un valle bordeado de alturas verdes que se unen a las montañas coronadas de bosques
hasta su cima. Era la época del estío indio, en que toda la comarca se envuelve en una
gasa azulada como lo que ha dado su nombre a los montes “Nilgiri”, y el follaje de las
hayas, de los castaños de Indias y de los arces, herido por las primeras heladas, había
pasado del verde a un mirífico oro y púrpura que transformaba el paisaje entero en una
tapicería principesca. Es preciso ir a América para ver el esplendor otoñal en toda su
perfección.
Se comía a mediodía en casa de los Eddy, y fue desde la puerta de su comedor
incómodo y desmantelado, que Kappes y yo vimos por vez primera a la señora
Blavatsky, llegada poco antes de mediodía con una canadiense francesa, y que ya estaba
sentada a la mesa al entrar nosotros. Mis miradas fueron atraídas ante todo por una
camisa roja a lo Garibaldi, que llevaba puesta y que resaltaba vivamente sobre los
sombríos colores próximos. Usaba ella entonces sus cabellos, cortos que no le llegaban
a los hombros, y eran rubios, finos como la seda y rizados hasta la raíz, como el vellón
de un cordero de Cotswold. Tales cabellos y la camisa roja llamaron mi atención antes
de fijarme en su cara. Era ésta un rostro kalmuko, macizo, que anunciaba fuerza,
cultura y autoridad, en tan notable contraste con las caras vulgares que la rodeaban,
como el de su camisa roja con los grises y blancos de las paredes, muebles y trajes
incoloros de las otras personas. Toda clase de desequilibrados iban y venían
continuamente a casa de los Eddy para ver los fenómenos, y yo pensé, al pronto que esa
excéntrica era de la misma naturaleza. Me detuve en el umbral para decir a Kappes:

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“¡Pero, mire ese ejemplar!” Fui a sentarme bien enfrente de ella para entregarme a mi
estudio favorito de los caracteres (1). Las dos señoras hablaban en francés, sin decir
nada de particular, pero pronto distinguí en su acento y en la rapidez de su dicción,
que si no era una parisiense, por lo menos, conocía perfectamente el francés.
Terminada la comida, salieron juntas de la casa. La señora Blavatsky lió un cigarrillo y
yo le ofrecí fuego para iniciar una relación. Habiendo dicho mi frase en francés, la
conversación siguió en este idioma. Me preguntó desde cuándo estaba yo allí y qué
pensaba yo de los fenómenos, manifestándome que había sido atraída a Chittenden
por las cartas publicadas por el Daily Graphic, que el público seguía tan
apasionadamente que con frecuencia era imposible encontrar un solo ejemplar del
diario en las librerías una hora después de su publicación, y que ella había pagado un
dólar por el último número. “Dudaba en venir aquí –decía– temiendo encontrar al
coronel Olcott”. “¿Por qué ese temor de él, señora?”, le pregunté. “¡Oh! Es que tengo
miedo que hable de mí en sus artículos”. Le dije que podía estar completamente
tranquila, que estaba bien seguro de que el coronel Olcott no hablaría de ella, si ella
no lo deseaba, y me presenté. En seguida fuimos los mejores amigos del mundo; nos
parecía pertenecer al mismo medio, cosmopolitas, librepensadores ambos, y en más
estrecha comunión el uno con el otro que con el resto de la compañía, aunque allí
había personas muy bien y muy inteligentes. Era la llamada de nuestra común
simpatía por el lado superior y oculto del hombre y la Naturaleza; la atracción de las
almas y no de los sexos. Jamás, ni ella ni yo, ni entonces ni más tarde, tuvimos la
sensación de que el otro era de un sexo diferente; éramos camaradas, nos mirábamos
como tales y nos llamábamos así. Gentes malvadas trataron de insinuar de tiempo en
tiempo, que estábamos unidos por un lazo más íntimo, así como acusaron a esa pobre
H. P. B. , sin atractivos y perseguida, de haber sido la amante de otros varios personajes,
pero ningún espíritu sano podía conservar esta opinión, después de haber pasado
algunos momentos en su compañía; de tal modo sus miradas, palabras y acciones,
demostraban su asexualidad.
Conservo mi opinión a pesar de la pretendida confesión de mala conducta en su
juventud, sacada de ciertas cartas suyas a un ruso y publicadas recientemente por este
en su libro Una moderna sacerdotisa de Isis. En resumen, creo fundado mi juicio, y falsas
sus pseudo-revelaciones; puras bravatas suyas.
Paseándonos, conversábamos de los fenómenos de los Eddy y de los de otros países;

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vi que era una gran viajera, que había visto muchas cosas ocultas y adeptos de las
ciencias herméticas, pero no hizo entonces ninguna alusión a los sabios del Himalaya
ni a sus propios poderes. Hablaba de las tendencias materialistas del espiritismo
americano, que no era más que una especie de abuso de fenómenos, acompañado de
indiferencia filosófica. Sus modales eran amables y cautivadores, sus críticas sobre los
hombres y las cosa, eran originales y mordaces. Se tomaba un particular interés en
hacerme expresar mis ideas sobre las cosas espirituales y demostraba placer al
descubrir que indistintamente yo había seguido el mismo orden de ideas ocultas que
ella. Hablaba más como espiritista refinada que como mística oriental. Por mi parte,
yo entonces no sabía nada o casi nada de la filosofía del Oriente y ella, por lo pronto,
guardó silencio sobre ese tema.
Las sesiones de Guillermo Eddy, el principal médium de la familia, tenían lugar
cada noche en el gran salón del primer piso, situado encima del comedor y la cocina,
en un ala de la casa. Él y su hermano Horacio eran arrendatarios activos; Horacio se
ocupaba de los trabajos del exterior, y Guillermo, desde que tantos curiosos les
llegaban de todas las regiones de los Estados Unidos, hacía la cocina. Eran pobres, sin
instrucción y llenos de prejuicios; a veces poco corteses con sus huéspedes
inesperados. En el extremo del salón de las sesiones, la gran chimenea de la cocina
subía hasta el techo. Entre ella y la pared del Norte, había un estrecho gabinete de la
misma profundidad que la chimenea –2 pies y 7 pulgadas– en el que Guillermo Eddy
se sentaba esperando los fenómenos. No parecía ejercer sobre ellos ningún contralor,
sino que simplemente se sentaba, esperando a que se produjesen con intervalos
irregulares. Una cortina tendida ante la abertura, sumergía al gabinete en una
profunda oscuridad. Poco después de la entrada de Guillermo en el gabinete, la
cortina era descorrida y se veía salir la apariencia de un muerto, hombre, mujer o niño
–algo como una estatua animada– momentáneamente sólida y material, pero pronto
desvanecida en la nada o la invisibilidad. Así, los espectros se disipaban ante los
mismos ojos de los espectadores.
Hasta el día de la llegada de H. P. B. , las apariciones habían sido siempre de indios
pieles rojas, o de americanos o europeos más o menos semejantes a los concurrentes.
Pero desde la primera noche de su residencia, tuvimos espectros de otras
nacionalidades: un criado georgiano, un mercader musulmán de Tiflis, una campesina
rusa, etc. Otra noche apareció un caballero kurdo, armado de su cimitarra, pistolas y

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una lanza; después un hechicero negro africano, horriblemente feo, que tenía el aire
de ser el diablo en persona y que llevaba como corona cuatro cuernos de oryx
2
de los
que colgaban campanillas, y una redecilla de vivos colores atada alrededor de la
cabeza; y, finalmente, un europeo condecorado con la cruz y el collar de Santa Ana,
que la señora Blavatsky reconoció ser su tío. Tales apariciones en la casa de esos
pobres y casi ignorantes arrendatarios del Vermont, que no tenían ni el dinero para
comprar accesorios de teatro, ni la experiencia necesaria para usarlos si los hubiesen
poseído, ni el sitio para actuar con ellos, parecieron a todos los testigos una prueba
cierta de la realidad de esos fenómenos. Muestran también qué atracción ejercía la
señora Blavatsky sobre las sombras de lo que los asiáticos llaman el kâma-loka. Mucho
después, supe que ella misma los había evocado usando sus propios poderes
desarrollados e irresistibles. Ella misma lo ha afirmado en una nota de nuestro Scrap-
Book
3
vol. 1, unida a un resorte del Spiritualist de Londres, de enero del 1875.
Durante su residencia en Chittenden, ella me contó varios incidentes de su vida, y
particularmente que había asistido en calidad de voluntaria con otras señoras, a la
sangrienta batalla de Mentana, con el ejército de Garibaldi
4
. Me mostró, confirmando
esta historia, su brazo izquierdo partido en dos sitios por un sablazo y me hizo tocar
una bala aun alojada en los músculos de su hombro izquierdo y otra en una pierna.
Me mostró también; justamente debajo del corazón, la cicatriz de un golpe de
estilete; esta herida se reabrió algo en Chittenden y ella me la mostró para
consultarme. Entre los singulares relatos de peligros y de aventuras, me contó la
historia del hechicero-fantasma coronado con cuernos de oryx, que ella había
conocido vivo y produciendo fenómenos muchos años antes en el alto Egipto.
H. P. B. hizo lo posible para hacerme dudar del valor de los fenómenos de
Guillermo Eddy como pruebas de ocupación del médium por espíritus inteligentes;
me decía que en caso de ser auténticos, no podían ser más que el doble del médium
que se desprendía de su cuerpo, revistiéndose de apariencias diversas, pero yo no
podía creerla. Yo sostenía que las formas eran de tallas, grueso y especies demasiado
variadas para no ser más que transformaciones de Guillermo Eddy; que debían ser, en
realidad, como parecía, los espíritus de personas muertas. Nuestras discusiones no
dejaban a veces de ser acaloradas, porque yo no había entonces estudiado bastante a

2
Antílope africano. (N. del T. )
3
Ál bum de r e c or t e s . ( N. de l T. )
4
El 3 de novi e mbr e de 1867. ( N. de l T. )

11
fondo el asunto de la plasticidad del doble humano para medir la fuerza de sus
indicaciones. En cuanto a la teoría oriental de la maya, yo no conocía de ella ni una
palabra. Pero, como ella misma me lo dijo, se convenció de que yo no aceptaba nada
con los ojos cerrados y de que no renunciaba fácilmente a los hechos establecidos o
que yo consideraba como tales. Nuestra intimidad crecía de día en día, y al partir de
Chittenden, ella había adoptado el apodo de Jack que yo le había puesto y se sirvió de
él para firmar las cartas que escribía desde Nueva York. Nos separamos como buenos
amigos que no desean más que continuar unas relaciones tan agradablemente
iniciadas.
Terminadas mis investigaciones, volví a Nueva York en noviembre de 1874 y fui a
visitarla a su casa, plaza Irving núm. 16, donde me dio varias sesiones de espiritismo
por medio de mesas giratorias y de golpes dados deletreando una especie de mensajes,
que procedían en su mayor parte de una inteligencia invisible que decía llamarse
“Juan King”. Este seudónimo es familiar a todos los que frecuentaban las sesiones
espiritistas hace unos cuarenta años. Apareció primeramente en 1850 en la “cámara de
los espíritus” de Jonatam Koons, de Ohío, y se presentó como jefe de una o varias
tribus de espíritus. Más tarde, dijo ser el alma de Sir Enrique Morgan, el célebre
filibustero, y como tal se me presentó a mí. En Filadelfia me mostró su cara encuadrada
en un turbante, cuando mi investigación emprendida sobre los Holmes, conjuntamente
con el difunto y respetable Roberto Dave Owen, el general F. J. Lippitt y la señora
Blavatsky (ver People of the other World, 2ª parte), y me habló y escribió; me escribió con
cierta frecuencia. Tenía una escritura de otros tiempos y se servía de antiguas
expresiones raras. Entonces yo creía en el verdadero “Juan King”, porque me parecía
que su existencia me era probada con toda la certeza que fuese posible desear. Pero
ahora que he visto lo que H.P.B. era capaz de producir en materia de maya (ilusión
hipnótica) y de dominio sobre los elementales, estoy persuadido de que “Juan King” era
un elemental burlón que ella manejaba como un fantoche con el fin de llevar a cabo mi
educación. Entendámonos bien; los fenómenos eran reales, pero no producidos por un
espíritu humano desencarnado. Después de escrito esto, he hallado la prueba de ello
escrito por su mano en nuestro Scrap-Book vol. I.
Ella hizo durar la ilusión durante meses –después de tanto tiempo, no podría decir
cuántos– y vi una cantidad de fenómenos atribuidos a Juan King; por ejemplo, toda esa
serie notable ejecutada en casa de los Holmes, en Filadelfia, y la que tuvo lugar en casa

12
de la misma H. P. B, como lo he dicho antes. Juan King se presentó primeramente
como una personalidad independiente, después como el mensajero y servidor, nunca
como igual, de adeptos vivos, y, finalmente, como un simple y puro elemental, del que
H.P.B. y otro experto en la materia, se servían para hacer milagros.
Inútil sería negar que durante los primeros tiempos de su residencia en América ella
se declaró espiritista y defendió ardientemente al Espiritismo y sus médiums contra los
ataques de todos sus enemigos. Sus cartas y artículos en diferentes diarios ingleses
americanos lo demuestran con evidencia. Entre numerosos ejemplos, citaré éste:
“En resumen, no he hecho más que mi deber: ante todo, para con el Espiritismo, que
he. defendido lo mejor que pude contra los ataques de la impostura, oculta con la
máscara demasiado transparente de la Ciencia, después, para con dos pobres mediums
calumniados y sin defensa… Pero me veo obligada a confesar que no creo en realidad
haber hecho gran bien al Espiritismo… lo reconozco con gran tristeza de corazón,
porque comienzo a creer que no tiene remedio. Desde hace más de quince años,
combato por la santa verdad, he viajado y la he predicado –aunque no haya nacido para
hablar en público– desde las nevadas cimas del Cáucaso hasta las llanuras de arena del
Nilo. He probado su realidad por experiencia y por persuasión. Por el Espiritualismo
he abandonado mi casa y mi vida fácil en una sociedad culta y he llegado a ser una
errante por el Mundo. Ya había visto realizarse mis esperanzas bastante más allá de mi
más optimista deseo, cuando mi mala estrella me condujo. a América. Teniendo a este
país por la cuna del Espiritismo moderno, acudí de Francia con algo del entusiasmo del
musulmán cuando se acerca al lugar del nacimiento de su profeta”, etc. (Carta de
H.P.B. al Spiritualist, diciembre 13 de 1874).
Los dos infortunados mediums de que habla, eran los Holmes, de cuyo valor moral
nunca tuve muy buena opinión. No obstante, en presencia de H.P. Blavatsky, en
condiciones impuestas par mí, he sido testigo en compañía del difunto Roberto Dale
Owen y del general Lippitt, de una serie de fenómenos mediumnímicos absolutamente
probados y satisfactorios. Yo desconfiaba un poco, pensando que tal vez fuese H.P.B.
quien suministraba el poder necesario para su ejecución y que los Holmes solos no
hubieran podido presentar más que fraudes, o nada. Ahora, buscando en los viejos
Scraps-Books, encuentro de letra de H.P.B el siguiente memorándum que evidentemente
destinaba a la publicación después de su muerte.

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“Nota importante.
Sí, siento confesar que tuve que identificarme con los espiritistas en el momento en
que los Holmes fueron vergonzosamente desenmascarados. Me era necesario salvar la
situación. Yo había sido enviada de Francia a América para probar la realidad de los fenómenos y
la falsedad de la teoría espiritista de los espíritus. Pero ¿cómo lograr el éxito? No. quería que
todo el mundo supiera que yo podía producir esas mismas cosas voluntariamente. Había
recibido órdenes en contra, y sin embargo, era menester que mantuviese viva la fe en la
realidad, autenticidad y posibilidad de los fenómenos en el corazón de aquellos que se
habían convertido del Materialismo al Espiritualismo, pero que volverían a su
escepticismo después del descubrimiento de tanto fraude. Por esto, reuniendo algunos
fieles, fui a casa de los Holmes, y ayudada por M… y sus poderes, evoqué de la luz astral
las figuras de Juan King y de Catalina King; y produje fenómenos de materialización
dejando creer a la masa de los espiritistas que la señora Holmes era el médium. A ella le
dio un miedo horrible al ver que esta vez la aparición era verdadera. ¿Hice mal? El
mundo no está todavía preparado para comprender la filosofía de la Ciencia Oculta;
que sepa, por lo pronto, que existen seres de un mundo invisible, “espíritus” de los
muertos o elementales, y que el hombre posee poderes ocultos que pueden hacer de él
un dios en la Tierra.
Cuando yo haya muerto, se apreciará tal vez mejor el desinterés de mis intenciones.
He dado mi palabra de conducir los hombres hacia la Verdad durante mi vida, y
sostendré esa palabra. Que me insulten y me desprecien, que unos me traten de médium
y de espiritista, y otros de impostora; llegará un día en que la posteridad me conocerá
mejor. ¡Oh! ¡Pobre mundo, tan torpe, tan malo y tan crédulo!”.
Así todo queda explicado: había sido enviada a América para difundir el
Espiritualismo oriental o Brahma Vidyâ
5
implantarlo en lugar del Espiritismo
occidental más grosero. El Occidente no estaba aún preparado para recibirlo, y su
primer deber fue defender los fenómenos reales del “círculo” contra el enemigo
jurado y activo de las creencias espirituales: la ciencia física, materialista, intolerante
con sus jefes y todos sus adherentes. Por lo tanto, lo esencial era detener el
escepticismo materialista y fortificar las bases espirituales de las aspiraciones
religiosas. Esta es la razón de que en la hora de la batalla, ella se situase con los
espiritistas americanos, y por algún tiempo hiciese causa común con ellos. Sí, la

5
Sabiduría Divina o Teosofía. (N. del T. )

14
posteridad le hará justicia. Quisiera recordar cuál fue el primer fenómeno que ella
manifestase ser producido tan sólo por su voluntad, pero no puedo. Debió ser poco
después de haber comenzado a escribir Isis Sin Velo, y tal vez éste: Después de mudarse
del núm. 16 de la plaza Irving y de haber hecho una visita a unos amigos en el campo,
alquiló por algún tiempo un piso en otra casa de la plaza Irving, muy cerca del Lotos
Club y del mismo lado de la calle. Allí fue donde, más tarde, tuvo lugar la reunión
amistosa en que yo propuse la formación de la futura Sociedad Teosófica. Uno de los
concurrentes era un artista italiano, antiguo carbonario, el señor B… Cuando su
primera visita, yo estaba sólo con ella en el salón. Hablaron de asuntos italianos, y de
pronto él pronunció el nombre de uno de los más grandes Adeptos. Ella se sobresaltó
como si hubiese recibido una descarga eléctrica, le miró fijamente en los ojos y dijo en
italiano: “¿Qué hay? Estoy preparada”. Él fingió no prestar atención, pero la
conversación giró desde ese momento hacia la Magia, los magos y los Adeptos. El
señor B… se levantó, abrió una ventana, hizo unos pases al exterior y de pronto una
mariposa blanca entró en la habitación y voló hacia el techo. H. P. B. rió sin malicia y
dijo: “Es encantador, pero yo puedo hacer otro tanto”. Abrió también la ventana,
hizo los mismos signos y apareció una segunda mariposa blanca que subió hasta el
techo como la otra, la persiguió a través del salón jugando con ella de tiempo en
tiempo, la empujó hacia un rincón y frrt… las dos desaparecieron al mismo tiempo
mientras nosotros las mirábamos. “¿ Qué quiere decir eso?”, pregunté yo. “¡Oh!, nada,
que el señor B… puede transformar un elemental en mariposa y yo también”. Esos
insectos no eran más que una ilusión.
Recuerdo otras pruebas de su imperio sobre los elementales, que los indios
llamarían Yakshini Vidyâ
6
. He aquí una de las primeras. Una fría noche de invierno,
en que varios pies de nieve cubrían el suelo, habíamos trabajado en su libro hasta una
hora muy avanzada en su piso de la calle Treinta y cuatro. Yo había comido cosas
saladas en la cena y, sintiendo sed, dije como a la una de la mañana: “Sería delicioso
tener unas uvas de invernáculo”. “Ya lo creo –contestó–, es preciso tenerlas”. “Pero
los comercios están cerrados ya hace mucho y no podemos comprarlas”, respondí yo.
“No importa, las tendremos a pesar de eso”. “¿Pero como?” “Usted lo verá, si quiere
tan sólo achicar un poco la luz del gas sobre la mesa delante de nosotros”. Di vuelta a
la llave, y sin querer apagué la luz. “No hace falta tanto”, dijo ella; “no tenía usted

6
Conoci mi ento de l os el emental es, traduci do l i teral mente. (N. del T. )

15
más que disminuir un poco la luz. En fin, encienda en seguida”. Había una caja de
fósforos a mi alcance, y en un momento ya tuve encendida la luz. “Mire”, exclamó ella
señalándome una estantería para libros, que se hallaba en la pared, frente a nosotros.
Con gran sorpresa de mi parte, dos grandes racimos de buena uva negra de Hamburgo
colgaban de las perillas de cada extremidad de uno de los estantes, y en seguida nos las
comimos. Cuando le pregunté qué procedimiento había usado, dijo que era la obra de
ciertos elementales sometidos a su poder, y todavía dos veces más, mientras seguimos
viviendo en la “Lamasería”, renovó el fenómeno y nos procuró frutas para refrescar
mientras trabajábamos en Isis.
Poco a poco, H. P. B. me dio a conocer la existencia de los Adeptos orientales y sus
poderes, y me dio la prueba de los suyos con una multitud de fenómenos.
Primeramente, como ya lo he dicho, los atribuía a Juan King, y fue gracias a su
pretendida complacencia que yo entré en correspondencia personal con los Maestros.
He guardado muchas de sus cartas, sobre las que yo mismo anoté la fecha de su
recepción. Durante años, casi hasta mi partida de Nueva York para la India, fui
discípulo de la sección africana de la Fraternidad Oculta, pero más tarde fui
transferido a la sección inda, a cargo de otro grupo de Maestros; esto fue cuando un
maravilloso cambio psico-fisiológico tuvo lugar en H. P. B. , del que no tengo el
derecho de hablar y que nadie hasta ahora ha sospechado, ni aun, entre aquellos que
se figuran haber poseído más su intimidad y confianza. Porque, aquí puede decirse, no
hay ni ha habido nunca más que una alianza o Fraternidad altruista en el mundo
entero, pero está dividida en secciones, según las necesidades de la raza humana en sus
diferentes grados de evolución. El centro radiante de esta fuerza bienhechora se
desplaza según los tiempos. Invisible, insospechada como las vivificantes corrientes
del Akasha
7
pero igualmente indispensable al bienestar espiritual de la Humanidad,
su energía combinada y divina se mantiene de edad en edad y refresca en la Tierra al
pobre peregrino que se esfuerza hacia la Realidad Divina.
El escéptico niega la existencia de esos Adeptos porque no los ha visto, no ha
hablado con ellos, y porque la Historia no ha registrado su intervención oficial en los
acontecimientos nacionales. Pero millares de místicos, iluminados y filántropos de
todas las épocas, a quienes la pureza de su alma ha elevado de las brumas físicas a la
claridad de la conciencia espiritual, los han conocido, y en diversas ocasiones ellos

7
La substanci a vi va, pri mordi al . (N. del T. )

16
han entrado en relaciones directas con las personas que se dedican o tratan de
dedicarse al servicio de la fraternidad humana. Algunas de ellas, a veces muy humildes
y en apariencia indignas como nosotros los jefes del movimiento de la Sociedad
Teosófica, han sido favorecidos con su simpatía y han recibido sus instrucciones. Los
unos, como H. P. B. y Damodar, han tenido sus primeras visiones desde su juventud;
otros los han encontrado bajo extraños aspectos en sitios imprevistos; yo les he sido
presentado por H. P. B. por un intermediario que mis precedentes experiencias me
hacían más comprensible, un pretendido espíritu manifestándose por un médium.
Juan King me hizo conocer cuatro Maestros: un copto, un representante de la escuela
neoplatónica de Alejandría, otro muy elevado, como un Maestro de Maestros que era
veneciano, y un filósofo inglés desaparecido del mundo, pero aún no fallecido… El
primero fue mi primer Gurú
8
, hombre de una rigurosa disciplina y de un viril
esplendor de carácter.
Pasando el tiempo, supe por ellos mismos que H. P. B. era su fiel servidora, aunque
su particular temperamento y su idiosincrasia, la hacían demasiado antipática a
algunos para permitirles trabajar con ella. Esto parecerá menos raro si se recuerda que
cada individuo, Adepto o laico, evoluciona según un determinado rayo de Logos y se
halla en simpatía con las almas que dependen de ese rayo y tal vez en antagonismo en
el plano físico, con entidades procedentes de otro rayo. He ahí, probablemente, la
última ratio de lo que se llama antipatía o simpatía magnética, áurica o psíquica. Sea
cual fuere la razón, había Maestros que no podían trabajar con H. P. B. Varios, en
cambio, la utilizaban y entre ellos hay algunos cuyos nombres nunca han sido
pronunciados, pero con los cuales yo tuve mucho que hacer en los comienzos del
movimiento de la Sociedad Teosófica.
H. P. B. me contó, entre otras cosas, cuando estuve preparado para conocer la
existencia de la Fraternidad y de las relaciones que con ellas mantenía, que ella había
llegado a París el año anterior (1873) con la idea de establecerse allí por algún tiempo
bajo la protección de uno de sus parientes, que vivía en la calle de la Universidad,
pero que un día recibió de los “Hermanos” la orden terminante de ir a Nueva York a
esperar instrucciones. Al día siguiente partió sin más dinero que el de su pasaje.
Escribió a su padre para que le enviase fondos a cargo del cónsul ruso en Nueva York,
pero esto tenía que tardar algún tiempo, y como el cónsul le negase un préstamo, tuvo

8
I ns t r uct or . ( N. del T. )

17
que trabajar para vivir. Me dijo que había alquilado un alojamiento en uno de los
barrios más pobres de Nueva York –calle Madison– y ganaba su pan haciendo
corbatas o flores artificiales –no lo recuerdo bien– para un excelente comerciante
judío. Ella hablaba siempre de ese buen hombre con reconocimiento. Las
instrucciones no llegaban, y el porvenir era un libro cerrado, cuando al año siguiente,
en octubre de 1874, recibió la orden ir a Chittenden para encontrarse con el hombre
que debía ser su colega para una gran obra; era yo.
Los amigos íntimos recordarán su relato de la historia de su repentina partida,
obedeciendo órdenes, de París para Nueva York. El Sr. Sinnett lo menciona en
Incidentes de la vida de la señora Blavatsky (página 146), y ha sido publicado en otras
partes. Pero esas personas no lo han sabido sino mucho tiempo después y sus
enemigos podrían decir que fue una invención tardía, una mentirilla acoplada a una
pequeña farsa subsiguiente. La casualidad, si es una casualidad, me ha traído
justamente en el momento en que escribo estas páginas, la corroboración de un
apreciable elemento de prueba. Una dama americana, la señorita Ana Ballard,
periodista antigua, miembro vitalicio del Club de la Prensa de Nueva York, que tuvo
trato profesional con H. P. B. , desde la primera semana de su llegada a Nueva York,
vino a pasar una temporada en Adyar. En el curso de la conversación, entre otros
hechos menos importantes, la señorita Ballard citó dos que le rogué me diese en
seguida por escrito, a saber: que H. P. B. , a quien había encontrado en un sórdido
alojamiento, le había dicho que súbita y repentinamente había dejado París de un día
para otro, y también que había visitado el Thibet. He aquí las propias
manifestaciones de la señorita Ballard:
Adyar, enero 17 de 1892.
Querido coronel Olcott:
“Conozco a la señora Blavatsky desde hace mucho más tiempo del que V. piensa. La
vi en Julio de 1873 en Nueva York, cuando no hacía aún una semana de su
desembarco. Entonces era yo cronista del New-York Sun y se me había encargado un
artículo sobre Rusia. Durante mis investigaciones sobre ese tema, un amigo me hizo
saber la llegada de esta dama rusa y fui a verla; así comenzaron esas relaciones, que
duraron varios años. Desde mi primera visita me dijo que no había tenido la menor
idea de dejar París para venir a América hasta la noche de la víspera de su partida;

18
pero no me dijo por qué partió ni lo que la hizo partir. Recuerdo perfectamente el
aire de triunfo con que me dijo: “He estado en el Thibet”. Entonces no pude
comprender el motivo por el cual ella diese más importancia a ese viaje que a los que
decía haber hecho por Egipto, la India y otras partes, pero siempre lo decía con
mucho énfasis y animación. Ahora sé el por qué.
Ana Ballard”.
A menos que se crea a H. P. B. capaz de haber previsto que la señorita Ballard me
daría este testimonio en la India, diez y nueve años más tarde, el lector de buena fe
convendrá que las declaraciones que hizo a la primera persona que conoció en Nueva
York en 1873, corroboran firmemente las que después hizo a un gran número de
personas, respecto a los dos puntos más importantes en la historia de sus relaciones
con el movimiento teosófico: a), su preparación en el Thibet; b), su viaje a América en
busca de aquel cuyo Karma
9
unía a ella como coautor para poner en movimiento esta
gran ola social.
Ella había hecho un ensayo, que fracasó, de fundación de una especie de Sociedad
de Espiritismo en El Cairo, en 1871 (Ver Around The World por Peebles, pág. 215, y
por Sinnett, op. cit., pág. 131 y siguientes), basándose sobre fenómenos. Fue un fiasco
lamentable que la cubrió de ridículo, porque no tuvo a mano los colaboradores
requeridos. No obstante, ella produjo fenómenos mágicos de los más extraordinarios,
con la ayuda de ese mismo copto y de otro Adepto que yo conocí más tarde (2).
Parece que hubo entonces una loca prodigalidad de poder y energía psíquica, y que
esto indicaba otra cosa bien distinta de la infalibilidad personal o la inspiración
divina. Nunca he podido comprender eso. En cuanto a la Sociedad Teosófica, todo
tiende a hacer ver que su evolución ha sido gradual, dirigida por las circunstancias y
el resultado de fuerzas opuestas, que ha pasado por caminos, ya floridos, ya ásperos, y
que su prosperidad ha dependido de la sabiduría o la tontería de su dirección. Su
orientación general y sus ideas motrices se han conservado idénticas, pero su
programa se ha modificado, ampliado y mejorado, a medida que nuestros
conocimientos crecían y que la experiencia sugería su utilidad. Todo me demuestra
que el movimiento es tal y como había sido preparado de antemano por los sabios que
lo vigilan, pero que todos los detalles eran dejados a nuestros personales esfuerzos. En
caso de fracaso por la parte nuestra, otros habrían heredado nuestra oportunidad

9
Desti no generado por nuestros propi os actos, en esta mi sma vi da o en l as anteri ores. (N. del T. )

19
fallada, así como yo sucedí a los del grupo que fracasó en El Cairo en 1871. A
propósito del crecimiento de nuestros conocimientos, mirando hacia atrás, puedo
constatar la continuada expansión de mis propias ideas, un sentimiento más profundo
de la verdad y una mayor capacidad para asimilar y difundir ideas. Mis artículos
publicados y mis cartas escritas entre 1871 y 1878, lo prueban claramente. Cuando yo
era un niño (en Ocultismo), hablaba como un niño, de una manera frecuentemente
dogmática y como un novicio pretencioso.
Nunca me dijo H. P. B. en esos primeros tiempos nada que pudiese hacerme pensar
que ella hubiera recibido la menor indicación de nuestras futuras relaciones, ni de lo
que debería ser la Sociedad Teosófica hasta el momento en que fue enviada a
encontrarme en Chittenden. Como lo he dicho antes, por ella misma sabemos que fue
enviada de París a Nueva York por el interés del Espiritualismo, en el mejor sentido
de la palabra
10
y antes de nuestro encuentro, había asistido a sesiones y frecuentado
médiums sin manifestarse nunca en público. En mayo de 1875, yo ensayé organizar
con su concurso un círculo privado de investigaciones, con el nombre de Club de los
Milagros. Ella habla así de esto en el Scrap-Book (vol. , 1) :
“Una tentativa, según orden recibida de T. B. (un Maestro) por intermedio de P.
(elemental que hacía de Juan King). Orden de comenzar a decir la verdad al público,
sobre los fenómenos y los médiums. Ahora, mi martirio va a comenzar. Tendré a
todos los espiritistas en contra, más los cristianos y los escépticos. Que tu voluntad
sea hecha. ¡Oh M. ! H. P. B. ”
Nuestro proyecto era cerrar las puertas a todo el mundo, salvo a los miembros del
Club, que deberían mantener secreto el lugar de las reuniones. “Todas las
manifestaciones, incluso las materializaciones, se producían en plena luz, sin
gabinete”. (Spiritual Scientist, del 9 de mayo de 1876). Si se tomase esta nota de
H. P. B. al pie de la letra, parecería que nunca hubiese habido Sociedad Teosófica, si el
médium destinado al Club de los Milagros no nos hubiera abandonado,
impidiéndome de ese modo terminar su organización.
Del libro del señor Sinnett extraigo la coincidencia de que ella llegó a Nueva York
el 7 de Julio de 1873, es decir, el séptimo día del séptimo mes de su 42
ª
año (6 x 7), y

10
En inglés la palabra Spiritualism quiere decir Espiritualismo y también Espiritismo, aunque
últimamente se ha generalizado la palabra. Spiritism, pero más bien con aplicación a la escuela francesa
fundada por Kardec. (N. del T. )

20
que nuestro encuentro no se efectuó hasta que yo alcancé mis cuarenta y dos años.
Además, agregaré que ella murió en el séptimo mes del 17º año de nuestro parentesco
teosófico. Unid a esto el hecho reciente, que últimamente publiqué en el Theosophist:
que la señora Besant solicitó de H. P. B. su admisión en la Sociedad, el séptimo mes del
17
º
año después de su ruptura final con la comunión cristiana, y tendréis una bonita
serie de coincidencias notables
11
.



11
El coronel Ol cott habí a predi cho que él mori rí a en dí a 7 ó 17. Y en ef ecto, muri ó el 17 de
f ebrero de 1907. La suma de l as ci f ras de este año, da tambi én 17. (N. del T. )

21

CAPÍTULO II
LA SEÑORA BLAVATSKY EN AMÉRICA

He hal l ado una carta, de una ami ga de l a señora Bl avatsky, bastante más anti gua
aún que l a señori ta Bal l ard, y de cuya exi stenci a me habí a ol vi dado por compl eto.
La señori ta Bal l ard l a conoci ó en Nueva York desde l a semana de su l l egada, pero l a
doctora Marquette ya l a conocí a en Parí s, antes de que comenzase l a l arga y
bri l l ante carrera que debí a conti nuar per aspera ad astra y termi nar aparentemente en
el horno crematori o de Woki ng, en 1891, pero en real i dad, conti nuar más al l á. Las
i nsi nuaci ones de qui enes pretenden que l l evó en Parí s una vi da desordenada el año
1873, caen ante l a espontánea decl araci ón de esta muj er médi co, que personal mente
conocí en Nueva York, pero que, según creo, ya ha muerto. He aquí l o que el l a
escri bi ó:
Nueva York, di ci embre 26 de 1875.
Queri do señor:
“Respondi endo a sus preguntas, debo deci rl e que conocí a l a señora Bl avatsky en
Parí s, en 1873. Entonces vi ví a el l a con su hermano el Sr. Hahn, y un ami go í nti mo
de éste, el señor Lequeux, en un pi so de l a cal l e del Pal ai s. Yo l a veí a casi todos l os
dí as, y de hecho pasaba con el l a l a mayor parte de mi ti empo, cuando no me
encontraba en el hospi tal o en l a cl ase . . Por l o tanto, estoy en si tuaci ón de poder
certi fi car personal mente acerca de su conducta. Me si ento fel i z al poder deci r que
su conducta era perfecta y di gna de todo respeto. Empl eaba su ti empo en pi ntar oen
escri bi r, casi si n sal i r de su habi taci ón. Tení a pocas rel aci ones, y entre el l as, el
señor y l a señora Leymari e. Consi dero a l a señora Bl avatsky como una de l as
muj eres más i nteresantes y apreci abl es que yo haya conoci do antes y después de mi
vuel ta de Franci a; he renovado con el l a l as rel aci ones y l a ami stad.
Vuestra, afectuosamente,
L. M. MARQUETTE, M. D!”


22
En el capí tul o precedente hemos vi sto que H. P. B. habí a dej ado a Parí s de un dí a
para otro por orden de sus Maestros y casi si n di nero. Recuerdo una anécdota que
pone de rel i eve uno de l os rasgos de este carácter tan compl ej o, l a i mpul si va
generosi dad de su natural eza. Poseí a un bi l l ete de pri mera cl ase para Nueva York y
habí a i do al muel l e del Havre, ya sea para ver su barco, o para embarcarse, cuando
su atenci ón fue atraí da por una pobre campesi na sentada en el suel o con uno o dos
ni ños, y que l l oraba amargamente. H. P. B. se aproxi mó a el l a y supo que l a i nfel i z
vení a de Al emani a para uni rse a su mari do, que se encontraba en Améri ca, pero que
un l adrón agente de emi graci ón l e habí a vendi do en Hamburgo unos pasaj es fal sos.
Y se hal l aba ahí , i mpotente y si n di nero; l a Compañí a no podí a hacer nada, y el l a
no tení a pari entes ni conoci dos en El Havre. El excel ente corazón de nuestra
H. P. B. se si nti ó tan conmovi do, que di j o en segui da: “No i mporta, buena muj er,
voy a ver si puedo hacer al go”. En vano ensayó sobre el i nocente agente de l a
Compañí a sus poderes de persuasi ón y 109 reproches; por úl ti mo, careci endo de
di nero di sponi bl e, cambi ó su bi l l ete de pri mera por bi l l etes de emi grantes para el l a
mi sma y para l a pobre muj er con sus hi j os. Muchas personas “bi en” y “respetabl es”,
han demostrado con frecuenci a su horror por l as excentri ci dades de H. P. B. , i ncl uso
por su costumbre de j urar, pero pi enso que una sol a acci ón generosa como l a ci tada,
borrarí a del gran l i bro de l a Humani dad, pági nas enteras de fal tas de correcci ón
mundanas. Que l os que l o duden traten de hacer otro tanto.
Hemos vi sto que l a señori ta Bal l ard encontró a H. P. B. en una mi serabl e casa de
obreros en una cal l e pobre de Nueva York, y hasta que reci bi ó fondos, ganándose
honradamente l a vi da haci endo corbatas. Esto era en j ul i o de 1873. En octubre
si gui ente, su queri do padre, que si empre se habí a mostrado paci ente e i ndul gente
para el l a, muri ó, y el 29 del mi smo mes reci bi ó un tel egrama fechado en Stavropol ,
en el que su hermana El i sa l e daba l a noti ci a y l e i nformaba del i mporte de su
herenci a, anunci ándol e el enví o de un cheque de 1. 000 rubl os. (En este momento
tengo el tel egrama ante mi vi sta). Reci bi ó el di nero por correo y dej ó su
al oj ami ento por otro mej or en l a Ci ty, Uni ón Square, cal l e 60 Este, pl aza Irvi ng,
etc. En este úl ti mo domi ci l i o es donde l a encontré al vol ver de l a granj a de l os
Eddy. Su di nero no envej eci ó en sus manos, por ci erto, porque como el señor
Si nnett l o di ce en su l i bro, si bi en el l a sabí a soportar con una paci enci a extrema l as
mi seri as de l a pobreza cuando era necesari o, tambi én apenas l e caí a el di nero como

23
l l ovi do, cuando ya l o derramaba a todos l os vi entos y a manos l l enas, con l a mayor
i mprudenci a. Poseo un documento que l o demuestra tan cl aramente, que es
menester ci tarl o. Es un contrato ti tul ado: “Contrato de soci edad, formado el 22 de
Juni o de 1874, entre C… Q… por una parte, y Hel ena Bl avatsky por otra”. La
cl áusul a pri mera demuestra que l a soci edad ti ene por fi n “expl otar l a ti erra y granj a
de N…, condado de Long Isl and, propi edad de C… Q… ; cl áusul a segunda: di cha
soci edad comenzará el 1º de Jul i o de 1874, y durará el perí odo de tres años; cl áusul a
tercera: C… Q… aporta a l a soci edad el uso de su granj a a cambi o de l a suma de mi l
dól ares que l e abonará l a señora Bl avatsky; cl áusul a cuarta: todos l os productos de
di cha granj a en cosechas, aves y otros productos, serán reparti dos por i gual entre
ambos soci os, así como todos l os gastos; qui nta y úl ti ma Cl áusul a: C… Q… se
reserva l a propi edad de l a ti erra”. El documento está debi damente fi rmado y sel l ado
por l as partes, asi sti das por sus testi gos.
Cual qui era hubi ese previ sto l o que sucedi ó: H. P. B. fue a vi vi r a l a granj a, no
obtuvo ni ngún benefi ci o de el l a, se querel l ó, hi zo deudas, y entabl ó un boni to
proceso, que al gunos ami gos l e ayudaron a termi nar más tarde. Así termi nó su
sueño bucól i co sobre l as gananci as con l a venta de productos tempranos, aves,
huevos, etc. Tres meses después se reuni ó conmi go en casa de l os fantasmas del
Vermont, y l as ruedas de nuestro carro de guerra comenzaban su proféti co rodar
sobre l as más baj as capas del Akasha.
En novi embre de 1874 me escri bi ó una carta fi rmada “Jack el Papúa”, rogándome
l e obtuvi ese un pedi do de cuentos fantásti cos para ci erto di ari o, porque, según
decí a, pronto se encontrarí a “en seco”, y me daba en el l a l os más fantásti cos datos
sobre su geneal ogí a por ambos l ados, habl ando como demócrata, pero mostrando
cl aramente que nadi e tení a más derechos que el l a para estar orgul l oso de su raza.
Me di ce que el Daily Graphic l a hi zo entrevi star y l e pi di ó su retrato. Dado que
mi l l ares de retratos suyos han l l enado después el mundo, es i nteresante ci tar una
frase o dos suyas a propósi to de su pri mera experi enci a de esa cl ase.
“¡Creerá usted que esa gente del Graphic me ha hecho todas l as pi cardí as posi bl es
para obl i garme a darl es mi retrato! Me han envi ado al señor F… para hacerme
habl ar sobre mi i ntervenci ón (por l os Eddy) y mi deseo de hacerl es i nsertar mi
artí cul o contra… Beard. Creo que querí an hacer sensaci ón y apoderarse de mi s
bel l as nari ces y mi espl éndi da boca… Les di j e que l a natural eza me habí a dotado de

24
una patata por nari z, pero que yo no l es i ba a permi ti r que se di vi rti esen con el l a,
por más l egumi nosa que fuese. Se defendi eron con gran seri edad, l o que me hi zo
reí r y ya sabe usted que el que ríe está desarmado”.
Un médi co bi en conoci do en Nueva York, el doctor Beard, atraí do a Chi ttenden
por mi s cartas al Graphic, habí a publ i cado una expl i caci ón tonta y pretenci osa “de
l os fraudes de l os espí ri tus” de l os Eddy, y el l a l o habí a despel l ej ado vi vo en una
sal ada répl i ca el 27 de octubre, publ i cada en el Graphic del 30. Su carta era una
defensa de l os Eddy tan bri l l ante y val i ente, y su testi moni o tan convi ncente,
respecto a l os si ete fantasmas que el l a mi sma habí a reconoci do, que de gol pe entró
en el espl endor de l a publ i ci dad que ya nunca más l a abandonarí a. Esta fue l a
pri mera vez que su nombre fue pronunci ado en Améri ca a propósi to de mi steri os
psi col ógi cos, porque si no me engaño, sól o más tarde yo habl é en el Graphic de su
l l egada a Chi ttenden. En todo caso, su escaramuza con el doctor Beard fue l a causa
pri mera de su cel ebri dad.
Todo el mundo estaba fasci nado por el empuj e y l a vi vaci dad de sus ataques, el
tono de camaraderí a de su conversaci ón y de sus artí cul os de entonces, tanto como
por su espí ri tu bri l l ante, uni do al despreci o de todas l as hi pocresí as soci al es y de
todas l as pretensi ones, así como el espl endor de sus poderes psí qui cos. La erudi ci ón
de Isis Sin Velo no l a habí a aún aureol ado, pero gozaba de una memori a amuebl ada
con i nfi ni dad de recuerdos personal es, de pel i gros, de aventuras y de Ci enci a
Ocul ta, que no era i gual ada ni podí a parangonarse, aunque fuese de l ej os, con nadi e
en Améri ca, que yo sepa. ¡Qué di ferente era su personal i dad de entonces de l a que
más tarde se ha conoci do consagrada a l a obra vi tal , de l a que todo su pasado era
sól o l a preparaci ón! Sí , l a H. P. B. de que habl o, en l a i nti mi dad de l a cual he vi vi do
en un pi e de perfecta i gual dad, que desbordaba de exuberanci a, y a qui en nada l e
agradaba más que una canci ón cómi ca o una hi stori a di verti da, no era l a H. P. B. de
l a Indi a o de Londres, y no se l a hubi era reconoci do en el col oso mental de l os
úl ti mos años. Cambi ó mucho, pero nunca ganó nada en ci erto senti do: el
di scerni mi ento en l a el ecci ón de sus ami gos y confi dentes. Podrí a creerse que no
veí a más que el Yo i nteri or de l os hombres y que no perci bí a l as debi l i dades ni l a
corrupci ón de sus envol turas corporal es y vi si bl es. Del mi smo modo que daba su
di nero al pri mer mi serabl e reci én l l egado que l e contaba menti ras, establ ecí a í nti ma
ami stad con personas que estaban de paso, y que eran l as menos di gnas de tal

25
honor. Su confi anza pasaba del uno al otro, y en el momento preferí a al úl ti mo
l l egado, pero, por l o general , pronto se producí an l as desi l usi ones y di sgustos, si n
que si rvi esen para tener en l o futuro más prudenci a. Ya he habl ado del ensayo de
formaci ón del Mi racl e Cl ub para el estudi o de l a psi col ogí a prácti ca. El médi um
propuesto pertenecí a a muy buena fami l i a, y habl aba tan honradamente que
creí mos haber hal l ado l a gal l i na en el ni do. No tení a un cénti mo, y como H. P. B. no
tení a entonces di nero tampoco, empeñó en el Monte de Pi edad su l arga cadena de
oro para entregarl e el i mporte del préstamo. Aquel mi serabl e no se contentó con
abandonamos como médi um, si no que, según se nos di j o, di fundi ó cal umni as sobre
su bi enhechora. Si empre l e pasó l o mi smo a H. P. B. hasta el fi n de su vi da; l a
i ngrati tud y l a cruel mal i gni dad de l os Coul omb no fueron más que uno de l os
di sgustos de una l arga seri e.
La hi stori a de esta cadena de oro es i nteresante; recuperada del Monte de
Pi edad, el l a l a usaba más tarde en Bombay y en Madras. Cuando l a novena
convenci ón anual , efectuaba en Adyar, se abri ó una suscri pci ón para crear el fondo
permanente H. P. B. puso su cadena en subasta y fue comprada por el señor E. B.
Ezechi el , qui en entregó el i mporte al tesorero de l a Soci edad Teosófi ca, para el
fondo menci onado.
Antes del fi n de mi seri e de cartas de Chi ttenden al Daily Graphic, yo habí a
preparado su publ i caci ón en un vol umen en Hartford (Connecti cut) y más o menos
en l a mi sma época, H. P. B. se fue a Fi l adel fi a. El Espi ri ti smo pasaba por una cri si s,
como consecuenci a de l a denunci a por fraudes de l os medi ums Hol mes que hi zo el
señor Dal e Owen. Los di ari os de ese movi mi ento perdi eron muchos de sus
suscri ptores y l os l i bros más popul ares quedaban en l os escaparates de l os l i breros.
Mi s propi os edi tores estaban tan i nqui etos, que por medi o del Sr. Owen pedí a l a
señora Hol mes una seri e de sesi ones de experi enci as, de l as que yo i mpondrí a l as
condi ci ones; fui y l l evé el asunto a fel i z térmi no con l os col egas antes menci onados.
De al l í me fui a Havana (Nueva York) para ver l os fenómenos medi umní mi cos,
real mente maravi l l osos, de l a señora Compton. Las dos seri es de experi enci as
fueran i ncorporadas a mi l i bro, y pronto publ i cadas.
H. P. B. se encontraba todaví a en Fi l adel fi a y acepté su i nsi stente i nvi taci ón para
que fuese a tomarme vari os dí as de reposo, después de mi l argo trabaj o. Creyendo
que no fal tarí a de Nueva York más que dos o tres dí as, no dej é señas en mi ofi ci na

26
ni en mi Cl ub para que me expi di esen l a correspondenci a; pero vi endo en segui da
que el l a no me dej arí a vol ver pronto, fui a l a central de correos para dar l as señas de
mi casa y pedi r que l as cartas que al l á l l egasen para mí , me fuesen traí das. No
esperaba yo ni nguna, pero pensaba que en mi ofi ci na, al no tener noti ci as mí as,
podrí an escri bi rme al azar, al correo de Fi l adel fi a. Entonces me sucedi ó al go que me
sorprendi ó –conoci endo todaví a tan poco l os recursos psí qui cos de H. P. B. y sus
Maestros– y que aún hoy, después de tantos otros fenómenos, si gue si endo casi un
mi l agro. Para comprender mej or esto, que el l ector tenga a bi en observar cual qui er
carta que l e l l egue por correo; verá en el l a dos membretes, el de l a estafeta de
expedi ci ón en l a cara, anteri or y al dorso el de l a estafeta de l l egada. Si l a carta ha
si do reexpedi da, debe l l evar, por l o menos, esos dos membretes, y además, una seri e
formada par l os de cada estafeta por donde pasa hasta al canzar al desti natari o. Pues
bi en, esa mi sma tarde del dí a en que di mi s señas a l a central de correos de
Fi l adel fi a, el cartero me traj o cartas que vení an de l ej os –creo que una de sud
Améri ca; en todo caso, era del extranj ero– di ri gi das a mí a Nueva York, y que
tení an l os respecti vos sel l os de su estafeta de ori gen, pero no el de la de Nueva York.
En contra de todos l os regl amentos y normas postal es, me habí an l l egado
di rectamente a Fi l adel fi a si n pasar por el correo de Nueva York. Y nadie de Nueva
York sabía mis señas en Filadelfia, porque yo mi smo no l as sabí a al parti r. Yo mi smo
reci bí esas cartas de manos del cartero en el momento en que sal í a de paseo, de
modo que no pudi eron ser mani pul adas por H. P. B. Al abrirlas, encontré algo escrito en
cada una, de la misma escritura que las cartas de los Maestros recibidas en Nueva York,
yaen los márgenes, ya en los espacios del texto.. Las comuni caci ones se referí an por l o
general a mi s estudi os ocul tos, o eran comentari os sobre el carácter a l as
i ntenci ones de l os que me escri bí an l as cartas. Ese fue el pri nci pi o de una seri e de
fenómenos sorprendentes que se sucedi eron durante más o menos qui nce dí as que
pasé en Fi l adel fi a. Reci bí al l í muchas cartas; ni nguna l l evaba el membrete del
correo de Nueva York, aunque todas fuesen di ri gi das a mi ofi ci na en di cha ci udad.
Si anal i zamos l os fenómenos psí qui cos produci dos por l a señora Bl avatsky o que
se produj eron porque el l a di o l a ocasi ón, veremos que pueden cl asi fi carse así :
1º Aquel l os cuya producci ón exi ge el conoci mi ento de l as propi edades
fundamental es de l a materi a y de l a fuerza de cohesi ón que manti ene l a
agl omeraci ón de l os átomos; parti cul armente el conoci mi ento del Akasha, de su

27
composi ci ón, de su conteni do y de su potenci al i dad.
2º Aquel l os que dependen de l os el emental es someti dos al poder de l a vol untad.
3º Aquel l os que por sugesti ón hi pnóti ca y transmi si ón del pensami ento, crean
sensaci ones i l usori as de l a vi sta, el oí do y el tacto.
4º Aquel l os que presuponen el arte de crear i mágenes o escri tos evocados con ese
fi n en el espí ri tu del adepto-operador; por ej empl o, l a preci pi taci ón, ya de un
di buj o o de un texto, sobre papel a cual qui er otra substanci a, ya de una carta, una
i magen o un si gno, etc. , sobre l a pi el humana.
5º Aquel l os que provi enen de l ectura del pensami ento, o de cl ari vi denci a en el
pasado o en el porveni r.
6º Aquel l os que suponen rel aci ones espontáneas entre su espí ri tu y el de otras
personas dotadas psí qui camente tanto o más que el l a mi sma. O bi en, a veces, l a
subordi naci ón de su vol untad y de toda su personal i dad, a otra enti dad.
7º Aquel l os de l a cl ase más el evada, por l os cual es, y usando de l a penetraci ón
espi ri tual , i ntui ci ón o i nspi raci ón –es l o mi smo con di ferentes nombres– el l a
consul taba l os tesoros de sabi durí a humana, acumul ados en l os archi vos de l a l uz
astral .
Mi s observaci ones de vei nte años me permi ten creer que todas l as hi stori as que
ya he rel atado y l as que más adel ante referi ré, entran en una u otra de esas
agrupaci ones.
Un escépti co di rí a que mi s cl asi fi caci ones son arbi trari as y mi s hi pótesi s
fantásti cas. Me pedi rí a que probase l a exi stenci a de l os espí ri tus el ementari os, l a de
l a cl ari vi denci a y l a posi bi l i dad de l os aportes a di stanci a, negarí a que al gui en
supi ese al go posi ti vo sobre l a natural eza de l a cohesi ón, etc. Mi úni ca respuesta
serí a deci r l o que he visto, lo que otros han visto, y desafiar a mi escéptico a que
descubra otras leyes naturales imaginables, capaces de explicar los hechos –los hechos
innegables– diferentes de los que he enumerado. Si se recurre a la teoría de los
milagros o de la intervención diabólica, me vería reducido al silencio, porque
entonces no hay argumentación posible. Yo no me considero capaz de explicar todos
los fenómenos de H. P. B. , porque para eso sería menester saber tanto como ella, lo que
yo no pretendo.

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CAPÍTULO III
LOS FENÓMENOS DE FILADELFIA

Una experiencia de H. P. B. , de la que fui agente pasivo poco después de mi llegada a
Filadelfia, reduce el fenómeno de transporte de cartas con precipitación de escritura
al interior de sobres cerrados, a su más simple expresión. He aquí los hechos: ella
hacía hablar a una mesa por medio de golpes dados en su interior, con o sin contacto
de sus manos; los golpes eran a veces fuertes y a veces débiles; su mano a veces era
mantenida a seis pulgadas encima de la mesa y otras veces puesta sobre la mía, que a
su vez reposaba de plano sobre la tabla. Los golpes marcaban letras del alfabeto, que
yo escribía en papeles y éstos formaban mensajes del pseudo Juan King. Algunos de
esos mensajes relativos a terceros, parecieron valer la pena de ser guardados, y un día,
al volver a la casa, compré una libreta de cronista, y al llegar se la mostré,
explicándole mi intención. Ella estaba sentada y yo de pie. Sin tocar la libreta ni hacer
ningún signo místico, me dijo que me la pusiera en el pecho, lo que hice, y al cabo de
un instante me dijo que la sacara y mirase dentro. He aquí lo que encontré, dentro de
la tapa, escrito y dibujado con mina de lápiz en el papel blanco del forro:
Juan King
Enrique de Morgan
Su libro
cuarto día del cuarto mes, año del Cristo 1875.
Debajo había el dibujo de una joya Rosa-cruz; sobre el vértice de la corona con
piedras, la palabra Destino y debajo su nombre, Helena, seguido de algo borroso que
parece un 99, otra cosa borrada y una simple †. En el sitio más estrecho, allí donde la
cabeza del compás entra en la corona, las iniciales I. S. F. ; bajo las iniciales un
monograma de las letras A. T. D. y R. , la T bastante más grande que las otras. En una
punta del compás mi nombre, en la otra el de un habitante de Fil adel fia, y a l o l argo
del fragmento de arco que l iga l as dos puntas del compás, estas pal abras: Los
caminos de l a Providencia. El l ibro l e tengo del ante en este momento y hago l a
descripción según el dibuj o. Uno de l os detal l es más notabl es de este ej empl o de
dinámica psíquica, es que nadie más que yo había tocado l a l ibreta después de su

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compra, que había estado en mi bol sil l o hasta el momento en que l a mostré a H. P. B.
desde una distancia de 2 ó 3 pies; l o había guardado yo mismo por su indicación, en
mi pecho, y l o retiré al cabo de un instante, y l a precipitación del dibuj o y l a
escritura con mina de pl omo tuvo l ugar mientras l a l ibreta estuvo en el interior de
mi chal eco. Además, l a escritura es muy singul ar; l a e son como e griegas y l a n se
parecen a l as p es una curiosa escritura, compl etamente personal , que no se parece
en nada a l a de H. P. B. , pero que es idéntica a l a de todas l as comunicaciones de Juan
King, de l a primera a l a úl tima. Era menester que H. P. B. , en posesión entonces del
poder de precipitación, hubiese transportado al papel l as pal abras escritas en su
espíritu en esa cal igrafía especial ; o si se supone que otro experto en ese arte hubiera
obrado en su l ugar, debió actuar de ese mismo modo, es decir, crear primeramente l a
imagen mental de esas pal abras y del dibuj o, e inmediatamente efectuar l a
precipitación, haciéndol os visibl es sobre el papel , como si fuesen trazados con l ápiz.
Al cabo de diez y siete años, ese psicograma es aún l egibl e, y al gunas partes, no
todas, tienen todavía el bril l o del grafito; l as otras parecen estar en el espesor del
papel . He notado precipitaciones hechas al l ápiz, a l a acuarel a, al l ápiz azul , roj o y
verde, a l a tinta y en oro; asimismo formaciones de substancias sól idas; pero el
mismo principio científico parece ser común a todos estos fenómenos, o sea l a
obj etivación –por el empl eo de l a fuerza cósmica y de l a materia difusa del espacio–
de imágenes previamente formadas en el espíritu del experto. La imaginación es aquí
l a divinidad creadora ocul ta, l a fuerza y l a materia son sus instrumentos.
Los días y l as noches de mi permanencia en Fil adel fia fueron ocupados por
compl eto con l ecturas ocul tas, enseñanzas y fenómenos. Entre todos l os amigos de
H. P. B. , l os más agradabl es y simpáticos eran el señor y l a señora Amer y l os Sres. D.
Evans y J. Pusey, en presencia de l os cual es se produj eron diversos fenómenos. Entre
otros, recuerdo que una tarde hizo desaparecer de pronto una fotografía que estaba
en l a pared y l a reempl azó por un croquis de Juan King, mientras al guien miraba l a
fotografía citada. Poco a poco, me impregnaba de l as teorías oriental es sobre el
espíritu, l os espíritus, l a materia y el materi al ismo. Sin que H. P. B. me pidiera que
abandonase l a hipótesis espiritista, me hizo ver y sentir que como verdadera ciencia,
el Espiritismo no existe en real idad sino en el Oriente, y que sus únicos adeptos son
l os al umnos de l as escuel as oriental es de Ocul tismo. A pesar de mi sincero deseo de
hacer j usticia a l os espiritistas, debo decir que hasta hoy, ninguna teoría científica

30
de l os fenómenos mediumnímicos, capaz de abarcar todos l os hechos, ha sido
propuesta y general mente aceptada por el l os, y que no he visto una prueba
convincente de que l os occidental es hayan descubierto un sistema para evocar l os
espíritus o producir fenómenos a vol untad. Nunca he conocido a un médium que
estuviese en posesión de un mantram
12
o de una Vidyâ (método científico), como l os
numerosos que existen desde hace sigl os en l os países oriental es. Ver, por ej empl o, el
artícul o del Theosophist de mayo de 1892, titul ado “Una evocación por hechicería”.
Así, mientras que yo y l os otros amigos de H. P. B. éramos inducidos a creer que l os
fenómenos casi diarios de Juan King, eran producidos por una entidad
desencarnada, el cél ebre fil ibustero Sir E. Morgan, y que H. P. B. sól o l e servía de
médium o ayudante vol untario, el l a efectuó cosas que exigen conocimientos
mágicos. Daré de esto un ej empl o, haciendo resal tar que l as mayores inducciones
científicas han sal ido de observaciones corrientes como l a caída de una manzana, el
l evantarse l a tapa de una marmita, etc.
Viendo un día, que l as servil l etas en su casa bril l aban sobre todo por su ausencia,
compré varias en una pieza y l as l l evé a l a casa. Las cortamos y el l a quiso ponerl as en
l a mesa sin hacerl es el dobl adil l o, pero en vista de mis protestas, preparó
al egremente su aguj a. Apenas había comenzado, cuando dio un puntapié baj o l a
mesa de costura, diciendo: “Quítate de ahí, bobo”. “¿Qué pasa?”, pregunté yo.
“¡Oh!, nada, es que una bestezuel a de el emental me tira del vestido para que l e dé
al go que hacer”. “¡Qué suerte! –excl amé– esa es nuestra ocasión; dél e usted l as
servil l etas para que l es haga el dobl adil l o. ¿Para qué aburrirse con el l as, y además
para hacerl o tan mal ?” El l a se rió y me dij o al gunas tonterías para castigarme por mi
descortesía, pero al pronto no quiso dar ese pl acer al pobrecito escl avo que estaba
debaj o de l a mesa deseando demostrar su buena vol untad. No obstante, terminé por
convencerl a. Me dij o que encerrase l as servil l etas, l as aguj as y el hil o en una
bibl ioteca con puertas de cristal es y cortinil l as verdes, que se encontraba al otro
extremo de l a habitación. Vol ví a sentarme j unto a el l a y l a conversación vol vió al
único e inagotabl e tema que embargaba nuestros pensamientos, l a Ciencia Ocul ta.
Más o menos como al cuarto de hora o veinte minutos, oí un pequeño ruido,
parecido al grito del ratón, debaj o de l a mesa y H. P. B. me dij o que “ese pequeño
horror” había terminado l as servil l etas. Abrí l a puerta de l a bibl ioteca y hal l é l a

12
Pal abras con poder mági co, cant adas por l o general en det ermi nadas not as , o acompañadas de
ci ert a mús i ca. (N. del T. )

31
docena de servil l etas dobl adil l adas, pero tan mal que l a úl tima aprendiza de l a
escuel a de costura de un asil o, no l o hubiera podido hacer peor. Pero estaban
dobl adil l adas, no podía dudarse de el l o, y esto había sucedido en el interior de una
bibl ioteca cerrada con l l ave y a l a que H. P. B. no se aproximó para nada en ese
ti empo. Eran l as cuatro de l a tarde y era pl eno dí a. Estábamos sol os en l a
habi taci ón y nadi e entró antes de termi nar.
Su casa de Fi l adel fi a estaba construi da según el pl ano corri ente en l a l ocal i dad:
un cuerpo de edi fi ci o sobre l a fachada y un al a detrás; tení a en pl anta baj a el
comedor y arri ba al cobas o sal as. El dormi tori o de H. P. B. estaba sobre el frente, y
en el pri mer pi so (en Norteaméri ca se l l ama el segundo). Al vol ver de l a escal era se
hal l aba el sal ón donde fueron dobl adi l l adas l as servi l l etas, y por su puerta abi erta
podí a verse al otro l ado de pasi l l o el dormi tori o de H. P. B. , si empre que su puerta
tambi én estuvi ese abi erta. Un dí a estaba el l a conmi go en el sal ón, cuando se
l evantó para traer al go de su habi taci ón. La vi subi r l os pocos escal ones y entrar en
su cuarto, dej ando l a puerta abi erta. Pasaba el ti empo y no vol ví a. Yo seguí a
esperando, hasta que con temor de que se hubi ese puesto enferma, l a l l amé. No me
respondi ó. Al go i nqui eto, y sabi endo que no podí a hacer nada de parti cul ar ya que
l a puerta estaba abi erta, subí , l a l l amé, mi ré por l a habi taci ón, y nada, no estaba.
Ll egué hasta abri r el escri tori o y a mi rar debaj o de l a cama. Habí a desapareci do si n
que fuese posi bl e sal i r normal mente, porque el dormi tori o era como un saco, no
tení a más sal i da que l a puerta que daba a l a escal era. Yo pri nci pi aba ya a no
asombrarme de nada después de tantos fenómenos, pero éste me i ntri gaba y
atormentaba. Vol ví al sal ón, y fumándome una pi pa traté de resol ver el probl ema.
Téngase en cuenta que esto sucedí a en 1875, y por l o tanto, es preci so hacerl o
notar, años antes de que l a escuel a de l a Sal petri ère hubi era vul gari zado sus
experi enci as sobre el hi pnoti smo, de manera que no podí a i magi narme que yo
estaba si endo obj eto de un boni to ensayo de sugesti ón mental y que H. P. B. habí a
senci l l amente prohi bi do a mi órgano vi sual que perci bi ese su presenci a en l a
habi taci ón, hal l ándose tal vez a dos pasos de mí . Al cabo de ci erto ti empo, sal i ó
tranqui l amente de su cuarto, atravesó el pasi l l o y vi no haci a donde yo estaba en el
sal ón. Cuando l e pregunté de dónde vení a, me respondi ó ri éndose que, teni endo
que atender un asunto ocul to, se habí a hecho i nvi si bl e. Pero no qui so expl i carme
cómo. Nos di o l a mi sma broma a mí y a otros, antes y después de nuestra parti da

32
para l a Indi a, pero l a úl ti ma vez bastante antes de que yo tuvi ese conoci mi ento de
l a fáci l sol uci ón del probl ema por el hi pnoti smo. Como ya l o he di cho en el
capí tul o pri mero, l a superi ori dad de l a sugesti ón hi pnóti ca ori ental sobre l a
occi dental se basa en que l a i nhi bi ci ón de l os órganos del suj eto se produce por
mandato mental no expresado. Al no estar en guardi a el suj eto, no ofrece
resi stenci a y l a i l usi ón se produce si n que tenga l a menor sospecha de l a experi enci a
ensayada a su costa.
Como no tomé medi das en el momento, me veo obl i gado a conceder que el
si gui ente hecho pudo no ser tambi én más que un caso de sugesti ón. H. P. B. usaba
entonces sus cabel l os enmarañados, si n pei netas ni horqui l l as, y si n recogerl os; su
l argo cabel l o l l egaba hasta el l óbul o de l as orej as. Un dí a vol ví a casa a comer, y al
ver su puerta abi erta como de costumbre, me detuve para conversar un poco antes
de subi r a mi cuarto en el pi so superi or. El l a estaba j unto a una de l as ventanas, y
destacándose su cabeza en pl ena l uz, me l l amó especi al mente l a atenci ón l a masa de
sus cabel l os y su aparente desorden. Observé tambi én el refl ej o de l a l uz sobre el
papel bri l l ante, col or gri s pál i do, que cubrí a el ci el o raso. Después de cambi ar unas
pal abras, subí de pri sa, pero no hací a ni un mi nuto que habí a subi do, cuando me
gri tó que baj ase. Obedecí en segui da y l a vi en el mi smo si ti o aún, pero sus cabel l os
habí an creci do hasta l l egar a sus hombros. No di j o nada de eso, pero señal ando al
techo sobre su cabeza, di j o: “He ahí al go que Juan ha di buj ado para usted”. No
recuerdo bi en l o que era, pero me parece que debí a ser una enorme cabeza de
hombre y al gunas pal abras o sí mbol os al rededor. Todo hecho al l ápi z, en el mi smo
si ti o que antes de subi r habí a vi sto vací o. Toqué entonces sus l argos cabel l os y l e
pregunté i róni camente dónde compraba su cosméti co, porque era un producto bi en
notabl e, ya que hací a crecer l os cabel l os dos pul gadas entres mi nutos. Contestó
al go graci oso y me di j o que no me ocupase de cosas si n i mportanci a, que l a
Natural eza l e gastaba a veces esas bromas, y que no era para ver eso para l o que me
habí a l l amado, si no para mostrarme l a obra de Juan Ki ng en el ci el o raso.
Dado el ti empo transcurri do entre mi sal i da y vuel ta a l a habi taci ón, y l a al tura
del techo, que el l a no hubi ese podi do al canzar ni subi éndose a una si l l a o una mesa,
supongo ahora que hubi era podi do obrar de dos maneras: o bi en tranqui l amente
durante mi ausenci a, subi r en una escal era, hacer el di buj o e i mpedi rme
hi pnóti camente que l e vi ese al vol ver de l a cal l e; o bi en usar un procedi mi ento

33
i nstantáneo de preci pi taci ón, mi entras yo subí a y baj aba al otro pi so. Puedo
perfectamente certi fi car que el di buj o era i nvi si bl e a mi l l egada, y si el l ector qui ere
quebrarse l a cabeza acerca del cómo y el porqué, l e es menester aceptar mi
testi moni o en l o que val e. Lo que me hace suponer que el al argami ento de l os
cabel l os de H. P. B. fue puramente i l usori o, es que no puedo recordar si fue
duradero o si l os cabel l os pareci eron recobrar su apari enci a corri ente ese mi smo dí a
o al si gui ente. En l a Indi a, y más tarde en Europa, se han conoci do sus cabel l os
recogi dos en moño y reteni dos por una pei neta, pero sól o pasados vari os años
después de nuestro encuentro, el l a l os dej ó crecer bastante para eso; no estoy
seguro, pero me parece que fue cuando nuestra vi si ta a l os Si nnett en Si ml a; de
manera que debo tener razón al consi derar ese aparente al argami ento sól o una maya
efectuada como broma. Pero sucedi eron a sus cabel l os cosas, muy, muy raras; más
adel ante l as contaré. Y l o más extraordi nari o fue l o acaeci do a mi barba una noche,
como oportunamente se verá. A propósito de sus chanzas, puede decirse que gastó
en el l as durante l os años de nuestra intimidad, más fuerza psíquica que l a que
hubiese hecho fal ta para convencer al cuerpo entero de l a Academia de l as Ciencias,
empl eándol a discretamente. La he oído hacer sonar campanil l as astral es cuyo sonido
se perdía en el ruido de l a conversación, producir gol pes que nadie oía más que yo, y
efectuar otros fenómenos que pasaban desapercibidos, pero que hubieran
aumentado considerabl emente su reputación de taumaturgo, si hubiese escogido un
momento favorabl e y de mej ores condiciones de observación. En fin, todo eso ya
pasó, y mi deber es rel atar, tal como yo l as recuerdo, l as experiencias psíquicas que
hicieron admitir a mi razón crítica, l a real idad de l a ciencia mágica oriental . ¿No
será esto obrar como verdadero amigo de H. P. B. , a quien se ha cal umniado y negado
su poder ocul to, con el pretexto de que al imentó al gunos canal l as en su mesa y dio
cal or en su seno a traidores? Me refiero a tiempos y hechos bien anteriores a l a
época de l os Coul omb. Entonces, verdaderos Adeptos daban l a enseñanza a
discípul os asiduos, y se veían fenómenos serios. Era también el tiempo en que yo
conocí a mi col ega como una persona muy humana, antes de que hubiese sido casi
divinizada por personas que no habiendo conocido sus debil idades, ignoraban su
humanidad. Presentaré l a imagen ideal y borrosa del autor de Isis y LaDoctrina
Secreta, en carne y hueso: una verdadera muj er (muy mascul ina), que vivía como todo
el mundo cuando estaba despierta, pero que pasaba en su sueño a otro mundo, y
viviendo dormida o en estado de trance cl arividente con seres superiores; en un

34
cuerpo debil itado de muj er, una personal idad “en l a cual l a mayor parte del tiempo
se desencadena un huracán vital ”, citando l as pal abras de un Maestro. Tan desigual ,
tan caprichosa, tan cambiante y tan viol enta, que era menester un cierto heroísmo
de paciencia e imperio sobre sí mismo, a quien deseare vivir con el l a y trabaj ar en
común con un fin humanitario. Los fenómenos de que yo he sido testigo, l as
variadas y numerosas pruebas que me dio de l a existencia de l os Maestros detrás de
el l a, y de quienes no se sentía digna de l impiarl es l os zapatos, y su úl tima epistasis, en
que l a muj er agitada y exasperante se transformó en un escritor e instructor l l eno de
sabiduría, y una bienhechora de todos l os buscadores de al ma, todo esto concuerda
con sus l ibros para probar su grandeza excepcional y hacer ol vidar sus
excentricidades, aun por l os que más han sufrido moral mente con el l as.
Mostrándonos el camino, nos ha hecho un servicio tal , que es imposibl e sentir por
el l a otra cosa que no sea una profunda gratitud.

35

CAPÍTULO IV
EL SEGUNDO CASAMIENTO DE LA SEÑORA BLAVATSKY

En una memoria compl eta de l os primeros años teosóficos –quiero decir, de l a
época de mi intimidad con H. P. B. y l o mej or que pueda yo recordarl a– es necesario
que haga una breve al usión a l os casos de precipitación efectuados por el l a y citados
por mí en People of the other World, páginas 455 a 458. Ostensibl emente, esas
comunicaciones venían de Juan King, del Kâmal oka
13
, que en otro tiempo había
sido fil ibustero, y hecho cabal l ero por S. M. británica Carl os II, pero después simpl e
seudónimo de un el emental empl eado por H. P. B. El 6 de enero de 1875, durante
una sesión, de noche, en su casa de Fil adel fia, dij e al pseudo Juan King que estaba
produciendo fenómenos: “Si usted, como l o pretende, es verdaderamente un
espíritu, deme una muestra de su poder. Por ej empl o, hágame una copia de l a úl tima
carta de E. W. al señor Owen, que tengo aquí en l a cartera, en mi bol sil l o”. Esa
noche no hubo respuesta a mi pedido, pero dos días después, mientras H. P. B.
escribía y yo l eía, ambos en l a misma mesa, se dej aron oír unos gol pes que
del etrearon: “Al cánceme su diccionario baj o l a mesa, por favor”. El diccionario en
cuestión era ruso-ingl és y pertenecía a H. P. B. ; fue pasado o al canzado baj o l a mesa,
no arroj ado, sino como entregado a una mano invisibl e. Los gol pes pidieron
entonces un frasco de goma y un cortapl umas. Estando todo esto baj o l a mesa, hubo
un sil encio y después l a pal abra “mire” fue dada por gol pes. Habiendo recogido el
l ibro, el cortapl umas y el frasco, encontré l a copia pedida, precipitada sobre l a hoj a
de guarda del diccionario. El porqué del cortapl umas se me expl icó así; una cantidad
infinitesimal del metal de l as hoj as había sido desintegrado y empl eado para l a
precipitación en estado de vapor metál ico, y l a goma arábiga –también vaporizada–
había proporcionado l a necesaria cohesión. La cartera que contenía l a nota copiada
no había sal ido de mi bol si l l o desde mi l l egada a Fi l adel fi a, hasta
aproxi madamente una medi a hora antes de l a experi enci a, que yo l a habí a
col ocado sobre l a chi menea, preci samente ante mi s oj os, cuando l evantaba l a
cabeza. H. P. B. se encontraba a dos pi es de mí , escri bi endo sobre l a mesa, y sól o

13
De l os pl anos o mundos s ut i l es , el más i nmedi at o al f í s i co, y aunque, cas i mat er i al en el
s ent i do cor r i ent e de l a pal abr a, es i nvi s i bl e par a l a vi s t a or di nar i a. ( N. del T. )

36
nosotros estábamos en l a habi taci ón después de haber puesto l a cartera en l a
chi menea. La comparaci ón de l a copi a con el ori gi nal , demuestra que no se trata
de un facsímil, l o cual hace aún más i nteresante l a experi enci a.
Al dí a si gui ente, a l a noche, H. P. B. y yo estábamos sol os, cuando l os gol pes
dados en l a mesa, pi di eron un trozo de cartul i na Bri stol para di buj o, que fue
entregado baj o l a mesa. Fue mi col ega qui en se l o al canzó a Juan Ki ng después de
hacerme ver que l as dos caras estaban en bl anco. Los gol pes me ordenaron que
mi rase el rel oj para ver cuánto duraba l a experi enci a. Rel oj en mano, eché una
mi rada baj o l a mesa para estar seguro de que al l í no habí a nada más que l a hoj a de
Bri stol que un momento antes tuve en l a mano. Al cabo de trei nta segundos, l a
mesa di j o: “Está hecho”. Mi ré el papel y me desani mé al ver l a cara superi or tan
vi rgen como antes. Pero del otro l ado, el que reposaba sobre l a al fombra, se veí a
una segunda copi a, mej or que l a pri mera, de l a carta de E. W. Esta vez l a cartera
estaba en mi bol si l l o, de donde no habí a sal i do después de l a experi enci a de l a
ví spera. El señor B. , que en ese momento entraba, me ayudó a hacer un cui dadoso
estudi o de l os documentos, col ocándol os uno sobre otro como yo l o habí a ya
hecho; l o mi smo que yo, quedó enteramente convenci do de l a autenti ci dad del
fenómeno. Puedo agregar entre paréntesi s que ese mi smo señor B. reci bi ó en vi aj e,
dentro de su mal eta, una carta de Juan Ki ng conteni endo i nstrucci ones para su
uso personal . Me contó esto él mi smo, asegurándome por su honor al mostrarme
l a carta, que l e habí a l l egado a su mal eta mi entras i ba en el tren, a bastantes mi l l as
de Fi l adel fi a y de H. P. B. Este i nci dente me recuerda otros que me sucedi eron a
mí mi smo en el tren, en Franci a, con el babu
14
Mohi ni Chatterj i y en Al emani a
con el doctor Huebbe Schl ei den; l as dos veces en 1884.
Puesto que he habl ado de B. , debo a l a memori a de H. P. B. l a obl i gaci ón de
deci r cual fue con exacti tud l a natural eza de sus rel aci ones con él . Se ha i nsi nuado
que no tení an nada de muy honradas y que eso era un mi steri o, que más val í a no
sondear. Pero esto es como todo el resto de l os numerosos y mal vados rumores
que han corri do acerca de el l a. Ahora ha muerto y está fuera del al cance de l os
j ui ci os del mundo y de l os esfuerzos de l os cal umni adores, pero a j uzgar por mí
mi smo, todos aquel l os que aman su recuerdo, estarán sati sfechos al saber l a
verdad, de boca de uno de l os raros ami gos que l a supo. Hel a aquí . Una de mi s

14
Ti t ul o bengal és ; l os babús s on empl eados de l a admi ni s t r aci ón i ngl es a. ( N. del T. )

37
cartas de Chi ttenden al Daily Graphis i nteresó a este señor B. , súbdi to ruso, y l o
deci di ó a escri bi rme a Fi l adel fi a para mani festarme su vi vo deseo de ver a mi
col ega y habl ar del Espi ri ti smo. El l a no tuvo i nconveni ente y él vi no a verl a a
Nueva York haci a fi nes del 1875. Naci eron en él i nmedi atamente muy vi vos
senti mi entos de admi raci ón que expresó pri mero verbal mente, y después por carta
a el l a y a mí . El l a l o rechazó resuel tamente cuando vi o que aquel l o tendí a al
casami ento y se di sgustó de su i nsi stenci a. Esto no hi zo más que aumentar su
entusi asmo y por fi n amenazó con matarse si el l a no aceptaba su mano. Mi entras
tanto, y antes de este momento crí ti co, el l a habí a i do a Fi l adel fi a, donde habi taba
en el mi smo hotel que él y reci bí a sus vi si tas coti di anas. Él j uraba por todos l os
di oses que no pretendí a más que el honor de protegerl a; que su úni co senti mi ento
era una adoraci ón desi nteresada, haci a su grandeza i ntel ectual y que j amás
recl amarí a sus derechos de mari do. En fi n, l a atormentó tanto, que un buen dí a –
en que el l a me hi zo el efecto de estar l oca– termi nó por aceptar su pal abra y
consi nti ó en ser aparentemente su muj er; si n embargo, con l a condi ci ón de que
el l a conservarí a su nombre y l a perfecta l i bertad de que si empre habí a di sfrutado.
Fueron, pues, muy l egal mente uni dos por un res petabl e cl éri go uni tari o de
Fi l adel fi a, y transportaron sus penates a una casi ta de l a cal l e Samson, en donde
me reci bi eron, cuando mi segunda vi si ta a Fi l adel fi a, después de l a publ i caci ón de
mi l i bro. En real i dad, l a ceremoni a tuvo l ugar durante mi resi denci a en l a casa,
pero no fui testi go de el l a. Los vi a su vuel ta de casa del sacerdote, después del
casami ento.
Cuando al hal l arme a sol as con H. P. B. l e expresé mi estupefacci ón, y que yo
consi deraba como una perfecta tonterí a suya ese casami ento con un hombre más
j oven que el l a, muy i nferi or desde el punto de vi sta i ntel ectual y que además no
podrí a nunca serl e una agradabl e compañí a –si n habl ar de sus escasos medi os,
pues él no habí a aún organi zado sus negoci os – me respondi ó que era una
desgraci a i nevi tabl e. Que sus suertes estaban momentáneamente l i gadas por un
Karma i nexorabl e y que esta uni ón serí a para el l a una peni tenci a por su terri bl e
orgul l o y su carácter combati vo, l os cual es retardaban su evol uci ón espi ri tual . Y
que en cuanto al j oven, no sufri rí a por el l o mucho ti empo. El resul tado i nevi tabl e
fue una pronta separaci ón. Al cabo de pocos meses, el mari do ol vi dó sus promesas
de desi nterés y se transformó, con amargo di sgusto de su muj er, en un amante

38
exi gente. En j uni o, cayó el l a pel i grosamente enferma como consecuenci a de una
caí da que sufri ó en Nueva York el i nvi erno anteri or y por l a que se habí a
estropeado una rodi l l a en l a acera. Resul tó de eso una vi ol enta i nfl amaci ón del
peri osti o y l a gangrena de una parte de l a pi erna. H. P. B. abandonó
defi ni ti vamente a su mari do i nmedi atamente después de su curaci ón (l a que se
produj o en una noche de manera casi mi l agrosa, después que un emi nente
ci ruj ano hubo decl arado l a necesi dad de dej arse practi car l a amputaci ón o mori r).
Después de vari os meses, cuando el marido vio que el l a no vol vería más y que sus
negocios estaban bastante resentidos por su negl igencia, se entendió con un abogado
y pidió el divorcio por abandono. El l a recibió l a notificación en Nueva York, y el
señor Judge se hizo cargo de su defensa; el divorcio fue pronunciado el 25 de mayo
de 1878. Los documentos original es estuvieron siempre después baj o mi custodia.
He ahí toda l a historia. Se ve que no hubo de parte de H. P. B. , ni fal ta, ni il egal idad,
ni prueba de que hubiese sacado de este casamiento otra ventaj a material que una
situación de l as más modestas, durante al gunos meses.
Antes de que el señor B. desaparezca de aquí, podrá citar una variante de
precipitación, de l a que fui testigo. Él habl aba siempre de una difunta abuel a, a
quien, según decía, quiso entrañabl emente, y pedía a H. P. B. que l e procurase un
retrato suyo, puesto que su famil ia no tenía ninguno. Cansada de su insistencia, un
día que estábamos l os tres j untos, tomó una hoj a de papel de cartas, fue a l a ventana
y sostuvo al l í el papel apoyado contra el vidrio, baj o l as pal mas de sus dos manos. Al
cabo de un par de minutos, l e dio el papel , en el cual vi el retrato al l ápiz de una rara
viej ecita, de piel negra, cabel l os negros, l a cara arrugada y una gran verruga en l a
nariz. El señor B. decl aró con entusiasmo que el parecido era notabl e.
Durante este tiempo, H. P. B. estaba muy ocupada en escribir para l os periódicos,
sobre el Espiritual ismo occidental primero y sobre el oriental después. Su primer
“disparo”, ocul to, como el l a l e l l amaba en una nota de nuestro Scrap-Book, apareció
en el Spiritual Scientist de Boston, vol . I, 5 de Jul io de 1875. De él habl aremos más
tarde.
La publ icación de mi l ibro traj o resul tados importantes; por l o pronto una
interminabl e pol émica en l os órganos espiritual istas ingl eses y norteamericanos, así
como en l a prensa ordinaria, y en l a que tomamos parte H. P. B. y yo. Después l a
creación de rel aciones amistosas y duraderas con varios de nuestros corresponsal es,

39
con l os que discutimos todo el Ocul tismo oriental y occidental . Nos encontramos
casi en seguida en correspondencia con curiosos de l os dos hemisferios y también
atacados y defendidos por amigos y detractores desconocidos. El honorabl e
Al ej andro Aksakof, el bien conocido consej ero íntimo del emperador de Rusia,
ferviente espiritista, pidió a H. P. B. que traduj ese mi l ibro al ruso, haciéndose él
cargo de l os gastos. El l a consintió, y pronto apareció un fol l eto muy bondadoso del
profesor N. A. Wagner de l a Universidad Imperial , en el que tuvo l a amabil idad de
decir que en mi investigación, “Yo había tenido en cuenta todas l as cosas necesarias
para una prudente investigación científica”; fue esta una afirmación de l a que
natural mente, me sentí muy orgul l oso. El señor Crookes, F. R S. y el señor Al fredo
R. Wal l ase, F. R. S.
15
de Ingl aterra, y Camil o Fl ammarión el cél ebre astrónomo, en
Francia, se mostraron también muy bondadosos y simpáticos. Al gunos meses más
tarde, el señor C. C. Massey vino expresamente de Londres a América para verificar,
por medio de sus observaciones personal es, l a exactitud de mi memoria publ icada
acerca de l os fenómenos de l os Eddy. Después de habernos entrevistado con
frecuencia, l a mutua satisfacción fue tan grande, que una estrecha amistad casi
fraternal , nos unió para toda l a vida, amistad que ha durado hasta hoy sin un
disgusto y hasta sin l a sombra de una mal a intel igencia. Ya habían estado en
rel aciones simpáticas con el difunto, honorabl e R D. Owen, y con el señor Epes
Sargent de Boston. Este úl timo un amabl e sabio, había sido el intermediario de mis
preciosas rel aciones de correspondencia y amistad con el difunto Stainton Moses, A.
Oxon (Moses no es el verdadero nombre; él me dij o que era Moseyn o Mostyn.
Moses es una corrupción), profesor de cl ásicos y de ingl és en l a Universidad de
Londres, el escritor más bril l ante y notabl e del Espiritismo ingl és. Se l e envió un
ej empl ar de mi l ibro, cuya crítica apareció en el Psychological Magazine o en Human
Natura, no recuerdo bien en cuál . Poco a poco se establ eció entre nosotros un
cambio de cartas casi hebdomadario, que duró varios años. Su primera epístol a, que
en este momento tengo ante mi vista, está fechada el 27 de abril de 1875, y toda el l a
está ocupada por l a discusión de l as condiciones y resul tados de un círcul o para el
estudio de l os fenómenos mediumnímicos, l l ama mi atención sobre un hecho que ha
provocado l a ironía del profesor Tyndal l en su bien conocida carta a l a antigua
Sociedad Dial éctica de Londres, pero que es muy evidente para todos l os

15
Fel l ow of t he Royal Soci et y – Mi embro de l a Real Soci edad. (N. del T. )

40
investigadores experimentados en este orden de fenómenos natural es: que basta l a
presencia de ciertas personas para perj udicar considerabl emente a l a producción de
l os fenómenos, y que su proximidad l os impide por compl eto. Y esto sucede sin que
el l os tengan cul pa al guna, y sin ser una consecuencia de su actitud mental (fal ta de
confianza, etc. ), sino porque están rodeados de cierta atmósfera. Cuanto más
sensitivo es el médium, tanto más esto es evidente. El señor Stainton Moses
continúa: “Tengo varios amigos personal es ante l os cual es, con gran pesar mío, no
puedo producir fenómenos, y nada puedo hacer en el l o”. Haciendo al usión al caso
de aparente desmaterial ización del médium (señora Comton, como l o rel ato en mi
l ibro), l o decl aró el más sorprendente de todos, y dice que no puede expl icarl o
aunque piensa que “eso no es desconocido a l os magos oriental es”. Lo que
anteriormente he dicho del ahora reconocido poder científico de hipnotización
acl ara ese misterio y nos desembaraza de un cúmul o de supersticiones y creencias
diaból icas. Hubiera val ido l a pena de escribir mi l ibro, aunque sól o fuera para ganar
dos amigos para toda l a vida, como Massey y Stainton Moses, pero dio más
resul tados aún. Eso cambió mi vida e hizo época.
Mientras el señor Massey estaba en América, fuimos a ver varios médiums y él fue
uno de l os que nos ayudaron a H. P. B. ya mí, a fundar l a Sociedad Teosófica a fines
de ese año (1875). Lo presenté a H. P. B. y fue a visitarl a con frecuencia, l l egando a
ser su gran amigo y fiel corresponsal , hasta el momento en que el l l amado “incidente
Kiddl e”, cortó esta intimidad años más tarde. Cuando vol vió a Londres, l e di una
carta de presentación para Stainton Moses, y así se estrechó l a amistad entre l os
tres, amistad que sól o fue rota por l a muerte de “A. Oxon”.
He mencionado a un señor B. , artista ital iano dotado de poderes ocul tos, que
encontré de visita en casa de H. P. B. en Nueva York. Fui testigo una noche de otoño,
en 1875 precisamente después de l a fundación de l a Sociedad Teosófica, de un
extraordinario fenómeno efectuado por él : una l l uvia provocada, dij o, por l os
espíritus del aire que él tenía baj o su dominio. Había l una l l ena y no se veía una
nube en el ciel o. Nos l l amó a H. P. B. ya mí al bal cón del sal ón de atrás, y al l í,
recomendándome cal ma y sil encio absol uto sucediere l o que sucediere, sacó del
pecho y extendió hacia l a l una un trozo de cartón que mediría unas 6 pul gadas por
10, y que en una de sus caras tenía pintados a l a acuarel a, un cierto número de
cuadrados, encerrando cada uno una rara figura geométrica. No quiso dej ármel o

41
tocar ni examinar. Yo me encontraba detrás y j unto a él , y sentía que su cuerpo se
ponía rígido como baj o l a infl uencia de l a intensa concentración de su vol untad. De
pronto, señal ó hacia l a l una, y vimos unos vapores negros y densos como nubes de
tormenta, o mej or dicho, como esos espesos rol l os de humo que se escapan de l a
chimenea de un vapor, que sal ían del borde oriental de nuestro bril l ante satél ite y
fl otaban hacia el horizonte. No pude retener una excl amación, pero el hechicero
apretó mi brazo como con un tornil l o y me dij o que cal l ase. El negro sudario de
nubes sal ía más y más rápidamente, extendiéndose hasta el horizonte como una
monstruosa pl uma de azabache, que después se abrió como un abanico y bien pronto
grandes nubes de l l uvia aparecieron por aquí y por al l á en el ciel o, y se formaron en
masas fl otantes, que rodaban huyendo ante el viento como un depósito de agua
natural . Muy pronto se cubrió todo el ciel o, l a l una desapareció y un chaparrón nos
hizo entrar en l a casa. No hubo rel ámpagos, ni truenos, ni viento, nada más que un
fuerte aguacero provocado en un cuarto de hora por ese hombre misterioso. Vuel tos
a l a l uz de l a araña, vi en su cara esa expresión determinada, con l os dientes
apretados, que se nota en sus compatriotas durante un combate. Y en real idad,
acababa de combatir y vencer a l as hordas invisibl es de l as el ementos, l a que exige
bien toda l a fuerza viril de un hombre. El señor B. no tardó en despedirse, y como
era tarde, al cabo de al gunos minutos seguí su ej empl o. En l a cal l e, el pavimento
estaba moj ado; el aire húmedo y frío. Mi casa estaba a pocos pasos y apenas l l egué y
me instal é a fumar, cuando oí l l amar, y al abrir l a puerta, encontré en el umbral al
señor B. pál ido y como agotado. Se discul pó por l a mol estia que me ocasionaba y me
pidió un vaso de agua. Le hice entrar, y cuando hubo bebido su vaso de agua y
descansado un momento, nos pusimos a conversar de asuntos ocul tos durante l argo
tiempo. Le encontré muy dispuesto para habl ar de Arte, de Literatura o de Ciencia,
pera muy reticente sobre el Ocul tismo y sus experiencias personal es de desarrol l o
psíquico. De todos modos me expl icó que todas l as razas de espíritus el emental es
pueden ser dominadas por el hombre cuando sus innatas facul tades divinas se
desarrol l an. Su vol untad se convierte entonces en una irresistibl e fuerza ante l a cual
debe ceder toda fuerza inferior, es decir, el emental , ya sea organizada en entidades o
en estado de agente cósmico en bruto. Ciertamente que ningún humo negro había
sal ido de l a l una, eso había sido una simpl e il usión producida por l a concentración
de su vol untad en l a superficie, pero con seguridad yo había visto l as nubes que se
formaban en el ciel o al umbrado por l a l una y había sentido caer l a l l uvia. Me dij o

42
que refl exionase sobre el l a. Pero, de pronto, me dio un consej o que me sorprendió
muchísimo. Lo había visto en l as mej ores rel aciones can H. P. B. , habl ando
amistosamente y sin reservas de Ital ia, de Garibal di, de Mazzini, de l os carbonarios,
de l os Adeptos oriental es y occidental es, etc. , l uchando con fenómenos como el día
de l as mariposas bl ancas, y por l o tanto, yo tenía todas l as razones posibl es para
asombrarme al verl e que, tomando un aire de misterio, me aconsej ó que
interrumpiese mi intimidad con el l a. Me dij o que era una mal a muj er, muy
pel igrosa, que me acarrearía grandes desgracias si me dej aba dominar por su mal igna
infl uencia. Dij o que el Gran Maestro que yo l e había oído que nombró a H. P. B. , l e
había ordenado que me advirtiese. Le miré para tratar de adivinar el sentido ocul to
de unas pal abras tan extraordinarias, y por fin l e respondí: “Pues bien, señor,
conozca l a existencia del personaj e que usted acaba de nombrar, tengo todas l as
razones para suponer, por l os fenómenos que l e he visto producir, que usted está en
rel ación con él o con l a Fraternidad. Estoy pronto a obedecerl e hasta el sacrificio de
mi vida. Y ahora, pido que me dé usted una prueba segura por l a cual yo pueda
positivamente saber, sin l a menor duda, que l a señora Bl avatsky es el diabl o que
usted me describe, y que l a vol untad del Maestro es que cese de tratarl a”. El ital iano
vacil ó, murmuró al go incoherente y cambió de conversación. Podía muy bien extraer
de l a l una nubes de tinta, pero no podía hacer entrar en mi corazón l a negrura de
una duda hacia mi amiga y guía en l as desconcertantes compl icaciones de l a ciencia
ocul ta. Previne a H. P. B. de l a advertencia de B. , en cuanto l a vi; a eso el l a sonrió y
dij o que yo había sufrido muy bien esa pequeña prueba; pero escribió unas pal abras
al señor B. para rogarl e “que ol vidase el camino de su puerta”. Lo que él hizo.

43

CAPÍTULO V
ESPIRITISMO

Un cierto números de cosas preciosas, entre otras l a invasión, l as ideas ocul tas
oriental es en l os espíritus occidental es y el nacimiento de l a Sociedad Teosófica,
surgieron del océano de pol émicas en que nos había sumergido a H. P. B. y a mí, l a
publ icación de mis cartas al Graphic y de mi l ibro, el artícul o del señor Owen sobre
Catal ina King y de su reputación intercal ada en el Atlantic Moríthly de enero de 1875,
l os artícul os del general Lippitt en The Galaxy de diciembre de 1874 y The Banner of
Light, 100 ataques contra l os Hol mes y su defensa, y l a discusión general del
Espiritismo en l a prensa americana y europea.
Necesitamos echar una oj eada hacia atrás, sobre l as primeras cartas dirigidas a l a
prensa por l os dos fundadores y precursores de l a Sociedad Teosófica, para refutar
l as fal sas historias de intervención de Mahatmas
16
y fenómenos ad hoc, que corrieron
acerca de su nacimiento. No poseo el conj unto compl eto de l os documentos. Los
detal l es pueden parecer al go áridos, pero son necesarios como fuentes históricas.
Como ya l o he manifestado, una propaganda del doctor Beard, médico
el ectrópata de Nueva York, en forma de ataque contra l os Eddy, su l oca y fal sa
afirmación de que podrá imitar sus apariciones “con tres dól ares de tel as”, excitó
tanto l a rabia de H. P. B. , que escribió al Graphic su cáustica respuesta, acompañada de
una apuesta de 500 dól ares sosteniendo que él no haría nada, e hizo conocer su
persona y su nombre al públ ico norteamericano. Natural mente, se formaron dos
bandos: l os amigos del Espiritismo y l os médiums, se agruparon detrás de H. P. B. , y
sus adversarios, especial mente l os sabios material istas, se unieron al doctor Beard.
Este fue quien sacó todo el provecho, y su artimaña –digna de Pears, de Beecham o
de Siegel –l e hizo una propaganda superior a todas sus esperanzas. Aprovechando
esta situación inesperada, dio una conferencia bien anunciada sobre este tema, y
otra, creo que sobre el magnetismo y l a l ectura del pensamiento, en l a Academia de
Música de Nueva York. The Banner of Light y el R. P. Journal publ icaron,
comentarios a l a carta de H. P. B. contra Beard, el l a repl icó y se encontró de pronto

16
Los Maes t ros ; l i t eral ment e en s áns cri t o: Grandes al mas . (N. del T. )

44
en pl ena controversia. Como ya l o dij e, el l a se col ocó enteramente como espiritista
que no sol amente cree, sino que sabe como son l os espíritus de l os muertos, ni más ni
menos, quienes producen por l os médiums toda cl ase de fenómenos, escriben,
habl an y muestran sus caras, manos, pies, y aún su cuerpo entero. Ya he citado
pasaj es de sus cartas y artícul os que tratan de probarl o, y desde su primera carta
escrita desde Nueva York en l a semana de su partida de Chittenden (octubre de
1874) en l a que me trata de querido amigo y firma Jack, y en l a siguiente, fechada
seis días más tarde y firmada Jack Bl avatsky, me ruega que no al quil e l a música de
cierto médium l l amado Jessi Sheppard que pretende haber cantado ante el Czar, l o
que el l a sabe ser fal so, “porque tal proceder de mi parte, haría más mal al
Espiritismo, que cual quier cosa del mundo”. “Le habl o como verdadera amiga y
como espiritista que desea sal var al Espiritismo de un gran pel igro”. Ese Sheppard,
mal inspirado, l e había l l evado una cantidad de sus papel es rusos para que se l os
traduj ese. Entre otros, una autorización de l a pol icía para cantar en l a sal a Koch –
una cervecería de úl timo orden y bail e públ ico, frecuentados por bastante mal a
gente de ambos sexos– y l a factura de un maestro de música, 32 rubl os, por haberl e
enseñado a cantar ciertos cantos rusos, que nos cantó en l a oscuridad en casa de l os
Eddy, pretendiendo hal l arse baj o l a infl uencia de Grisi y de Labl ache.
Es H. P. B. quien escribe eso; yo no hago más que copiarl o. En l a misma carta,
haciendo al usión a una promesa de Maryfl ower y de Jorge Dix, dos pseudo-espíritus
guías de l os Eddy, que habían dicho que infl uenciarían a su favor al j uez ante el cual
había de verse su proceso rel acionado con l a sociedad agrícol a de Long Isl and, dice:
“Maryfl ower tenía razón, el j uez tal acaba de dictar una sentencia a mi favor”.
¿Creía el l a en ese momento, que l os espíritus que actúan por l os médiums, pueden y
quieren infl uenciar a l a j usticia? ¿O si no, qué quiere decir? Es preciso que el l a haya
sido espiritista, o que se haya hecho pasar por tal , a fin de guiar poco a poco a l os
espiritistas occidental es hacia l a manera de ver oriental en l o concerniente a l os
fenómenos de l os médiums. En su carta contra Beard (N. Y. Daily Graphic del 13 de
noviembre de 1874) a propósito de una condecoración enterrada con su padre en
Stavropol y aportada por l os espíritus de Horacio Eddy, dice: “Estimo que es mi
deber como espiritista de”, etc. Más tarde, me dij o que esa explosión de fenómenos
mediumnímicos había sido deseada por la Fraternidad como medio de evolución, y yo incorporé
esta idea en una frase de mi l ibro (P. of the O. W. , pág. 454, arriba) sugiriendo l a

45
posibil idad de esta hipótesis. En este caso, sería menester no mirar esta explosión
como enteramente mala, como lo han hecho ciertos teósofos avanzados, porque sería
inconcebible –por lo menos para mí que los he conocido– que esos Hermanos mayores
de la Humanidad hayan empleado, aunque fuese para un bien final, un medio
censurable. No se ve el axioma de los Jesuitas: f i ni s c oronat opus
17
, en los muros del
templo de la Fraternidad.
En el número del Daily Graphic en que se publicó su carta contra Beard, apareció
también su biografía para la cual ella había proporcionado algunas notas. “En 1858 –
dice ella– volví a París y conocí allí a Daniel Home, el espiritista… Home me convirtió
al Espiritismo… En seguida fui a Rusia y convertí a mi padre al Espiritismo”. En un
artículo en que defiende a los Holmes contra los traidores ataques del doctor Child, su
exsocio y empresario, ella habla del Espiritismo como de “nuestra fe”, “nuestra causa”
y también “el conjunto de las creencias de nosotros, los espiritistas”. Más adelante: “si
se deben burlar de nosotros, los espiritistas, ponernos en ridículo, y como objeto de
burla, tenemos perfectamente el derecho de saber, por lo menos, el por qué”. Por
cierto, y algunos de sus colegas que le sobreviven, harían bien no olvidándolo. En el
Spiritual Scientist del 8 de marzo de 1875, dice: “Esto llevaría a demostrar que, a pesar
de las divinas verdades de nuestra fe (espiritista), y a pesar de las lecciones de nuestros
guardianes invisibles (los espíritus de los círculos), ciertos espiritistas todavía no han
aprendido la imparcialidad y la justicia”.
Esto es valiente y magnánimo de su parte, y bien característico de su necesidad de
arrojarse en lo más fuerte de la batalla, fuese cual fuese la causa que hubiera adoptado.
Su amor a la libertad y al librepensamiento, la hizo alistarse bajo la bandera de
Garibaldi el libertador, y arrojarse en medio de la carnicería de Mentana. Al ver las
ideas espirituales en lucha contra la ciencia materialista, no vaciló en ponerse de parte
del Espiritismo, sin dejarse detener por el temor al contagio por contacto con los
falsos médiums, los malos espíritus, o los pocos recomendables grupos espiritistas que
predicaban y practicaban el amor libre y la ruptura de todas las sanas leyes sociales.
Puede criticarse su política, puede considerarse su lenguaje, del que he dado algunos
ejemplos, coma una formal adhesión a ese Espiritismo que más tarde había de condenar
despiadadamente; pero para juzgarla con equidad, es preciso tratar de ponerse en su

17
Es t a f r as e es t á empl eada aquí en l ugar de l a más conoci da “El f i n j us t i f i ca l os medi os ”, que es
más concr et a que “El f i n cor ona l a obr a”. ( N. del T. )

46
lugar y en las mismas condiciones; comprender todo lo que ella sabía teórica y
prácticamente en cuestión de fenómenos psíquicos, y que es menester que el mundo
sepa antes de arrojarse en el Leteo del Materialismo. Seguramente que muchas
personas hubieran hablado con más reserva, evitando de este modo dejar tras de sí tal
ovillo de contradicciones, pera ella era excepcional en todo, tanto en poder mental y
psíquico como en temperamento y métodos de controversia. Uno de los objetos de este
libro es precisamente el de mostrar que con toda su humana fragilidad y sus
originalidades, era una grande y noble personalidad, que ha llevado a cabo para el Mundo
una gran obra altruista y que ha sido recompensada con una negra ingratitud y un
ciego desprecio.
Ella me daba rápidamente sus enseñanzas acerca del mundo de los elementales por
medio de nuestra relación con pseudo-espíritus golpeadores, de modo que yo había
llegado, bastante antes de haber adoptado la teoría oriental de las pisâchas y de los
bhûtas, que nosotros llamamos elementarios, a distinguir las dos clases diferentes de
autores de fenómenos, los espíritus naturales sub-humanos y los elementarios
exhumanos ligados a la Tierra.
En realidad, llamábamos a ambos “elementarios” los espíritus de los elementos, lo
que producía grandes confusiones, pero escribiendo Isis, propuse el empleo de los dos
términos “elemental” y “elementarios” con el sentido que han conservado después. Ya
es demasiado tarde para cambiarlos, sino lo haría ahora de buena gana. Hacia el fin del
invierno 1874-1875, mientras yo me encontraba en Hartford ocupado en hacer
imprimir mi libro, pero demasiado tarde para rehacerlo, tuve la rara fortuna de poder
consultar la soberbia colección de libros sobre las Ciencias Ocultas de la biblioteca
pública de Watkinson, organizada por el erudito bibliotecario, doctor H. C.
Trumbull. Esto me preparó bastante para comprender las explicaciones verbales de
H. P. B. y sus numerosos y sorprendentes fenómenos con clave. Esta serie de lecturas
preparatorias, de conferencias y de experimentos, me fue de gran utilidad cuando ella
comenzó a escribir Isis y me tomó como coadjutor.
En el primer trimestre de 1875, empezamos a ocuparnos del Spiritual Scientist, un
pequeño diario independiente y con vida propia, publicado y editado en Boston por el
señor E. Gerry Brown. En ese momento, se hacía sentir fuertemente la necesidad de un
diario que al mismo tiempo de ser reconocido como órgano del Espiritismo,
contribuyese a llevar a los espiritistas a observar mejor la conducta y l os pretendidos

47
poderes psíquicos de los médiums, y a escuchar con paciencia las teorías acerca del
mundo de los espíritus y de su relación con la Humanidad. Los antiguos diarios
espiritistas eran demasiado ortodoxos, pero la especialidad del Sr. Brown, parecía ser
precisamente criticar audazmente todos los abusos. Nuestras relaciones con él
empezaron con una carta escrita por nosotros (en el Spir. Scient. del 8 de Marzo de
1875), y al cabo de un mes había sido aceptado por los poderes que dirigían a H. P. B.
En el número del 17 de Abril, apareció una interesante circular titulada: “Aviso muy
importante a los espiritistas”. El señor Gerry Brown hallaba en ella el beneficio de una
promesa (bien cumplida) de apoyo material y literario, y el público que se interesaba
por esos asuntos, era advertido que en adelante el periódico sería el órgano de un
nuevo movimiento, que col ocaría al Espiritismo americano sobre una base más
fil osófica e intel ectual . (El profesor Buchanam, Epes Sargent, Carl os Satheran y
otros conocidos escritores, sin contarnos nosotros, l e dieron original , y H. P. B. y yo
varios cientos de dól ares para sus gastos corrientes. El reconoció este úl timo género
de apoyo, en su editorial del 1 de Junio de 1875, titul ado “Edificado sobre l a roca”).
La circul ar ponía de rel ieve que l os principal es diarios espiritistas se veían
“obl igados a consagrar l a mayor parte de sus col umnas a comunicaciones del orden
más trivial y personal , que no podían interesar sino a l os amigos de l os espíritus que
l as producían” y a l os principiantes. Se mencionaban al Spiritualist de Londres y a l a
Revue Spirite de París, como ej empl os de l a cl ase de diario que debería existir desde
hace bastante tiempo en este país (E. U. ), “un periódico que concediese más espacio
a l a discusión de l os principios, a l as doctrinas fil osóficas, y a una sana crítica, que a
l a publ icación de l os mil y un acontecimientos sin importancia de l os círcul os”. He
aquí el tercer párrafo:
“El gran defecto del Espiritismo americano está en: que enseña pocas cosas dignas
de l a atención de un hombre serio, que muy pocos de sus fenómenos sean
producidos en condiciones satisfactorias para personas que han hecho estudios
científicos, que su propaganda esté confiada en manos de personas incompetentes,
por no decir otra cosa, y que en cambio, de l as creencias bien ordenadas de l as
diversas rel igiones, no ofrece más que un sistema desordenado de rel aciones y
responsabil idades presentes y futuras, moral es y social es (3).
Fui yo sól o quien escribió esta circul ar, quien corrigió l as pruebas y quien pagó l a
impresión. Es decir, que nadie me dictó una sol a pal abra, ni introduj o ninguna

48
frase, ni me dominó en modo al guno. La escribí expresamente obedeciendo a l os
deseos de l os Maestros, que deseaban vernos –a H. P. B. y a mí – ayudar al editor del
Scientist, que atravesaba por una crisis difícil , y yo el egí l os argumentos según mi
criterio. Cuando l a circul ar estuvo compuesta y ya hube corregido sus pruebas y
preparado l os detal l es, pregunté por carta a H. P. B. si l e parecía que era mej or
publ icarl a anónima o firmada con mi nombre. Me contestó que l os Maestros
querían que fuese firmada así: “Por l a comisión de l os Siete, Fraternidad de Luxor”.
Así se hizo. El l a me expl icó después que nuestros trabaj os y otros muchos de l a
misma cl ase, estaban vigil ados por una comisión de siete Adeptos del grupo egipcio
de l a Fraternidad Mística Universal . (Ya he manifestado que yo comencé trabaj ando
para l a parte egipcia de l a sección africana, antes de pertenecer a l a sección inda).
El l a no había visto todavía l a circul ar, pero entonces l e l l evé una que se puso a l eer
atentamente. De pronto, me dij o riéndose que me fij ase en el acróstico formado por
l as primeras l etras de l os seis párrafos. Con gran sorpresa, vi que era el nombre por
el cual conocía al Adepto egipcio baj o cuyo cuidado yo estudiaba y trabaj aba
entonces. Más tarde, recibí un certificado escrito en l etras de oro sobre un papel
verde espeso, acreditando que yo estaba agregado a ese “Observatorio” y que tres
Maestros (con sus nombres) me vigil aban estrechamente. Ese nombre de
Fraternidad de Luxor fue indebidamente usado varios años después por l os
inventores del cazabobos conocido con el nombre de H. B. de L…
18
; l a existencia de
l a verdadera Logia está indicada en l a Royal Masonic Cyclopedia de Kenneth
Mackenzie, página 461.
Nada me hizo tanta impresión en esa época de mis experiencias ocul tas con
H. P. B. coma ese acróstico; fue para mí una prueba de que el espacio no es obstácul o
para l a transmisión del pensamiento del espíritu de Maestro al del discípul o, y esto
vino en apoyo de l a teoría que sostiene que mientras trabaj e por el bien del mundo,
el agente puede ser inducido por sus vigil antes a que haga l o que el l os desean, sin
que para nada tenga l a menor conciencia de que su espíritu funciona por un impul so
que no es el de su propio Ego. Si se apl ica esta teoría, que no tiene nada de anti-
científica ni fuera de razón, al conj unto de l a historia de l a Sociedad Teosófica,
¿cuántos casos no podemos suponer, en que cada uno de nosotros habría hecho
inconscientemente l o que era necesario que hiciese, pero que hubiera podido no ser

18
Hi gh Brotherhood of Luxor. (N. del T. )

49
hecho si una infl uencia exterior no nos hubiese impul sado a obrar? ¿Y cuántos de
nuestros miserabl es errores, de nuestros pasos en fal so, de nuestras condenabl es
original idades no han sido el simpl e resul tado de un momentáneo abandono a
nuestras mal as tendencias, frutos de nuestro temperamento, de nuestra ignorancia,
de nuestra debil idad moral o de l a intol erancia de nuestros prej uicios? Con
frecuencia l a gente se ha preguntado porqué l os varios escándal os que hemos tenido
que sufrir como el de l os Coul omb y otros menos graves, no habían sido previstos
por l os Maestros; porqué H. P. B. no había sido advertida de l as intenciones de l os
traidores; y porqué no se concedió ningún apoyo cuando l a crisis aparentemente
más pel igrosa, porqué no intervino ningún guía espiritual . No hay para qué decir
que semej antes preguntas suponen el absurdo de que Mahatmas que creen en el
Karma y regul an sus actos según l a estricta apl icación de sus l eyes, se hubiesen
servido de nosotros como de fantoches manej ados por hil os o como perritos
amaestrados, a costa de nuestro Karma y de nuestros deberes personal es. Lo que
hace fal ta en ciertos momentos de l a evol ución social , es probabl emente que una
cierta persona haga, escriba o diga una cierta cosa que traerá grandes consecuencias.
Si esto puede hacerse sin perj udicar al Karma del individuo, puede dársel e un
impul so mental que engendrará el encadenamiento de causa a efecto. Así, l os
destinos de Europa están en l as manos de tres o cuatro hombres que podrían
encontrarse embarcados en el mismo buque. Una bagatel a podrí a deci di r l a
destrucci ón de un rei no, transformar en azote una ci erta raza, o dar comi enzo a una
era de paz y prosperi dad. Si fuese i mportante para el i nterés de toda l a Humani dad
que una de estas cosas sucedi ese en ese momento dado, y si ningún otro medio pudiese
traer tal resultado, se podrí a admi ti r l a l egi ti mi dad de una sugesti ón mental exteri or
que preci pi tase l a cri si s. O bi en, para tomar un caso más senci l l o, hi stóri co además:
habí a l l egado el momento en que el mundo tení a necesi dad de una cl ave
conveni ente para desci frar l os j erogl í fi cos; grandes y preci osas verdades quedaban
sepul tadas en l a l i teratura de l a anti gua ci vi l i zaci ón egi pci a, y habí a l l egado el
ti empo de publ i carl as nuevamente. A fal ta de otro medi o, un l abrador árabe se
si ente i mpul sado a cavar en un si ti o determi nado, o a romper un ci erto sarcófago
anti guo; encuentra al l í una pi edra grabada o un papi ro que vende al señor Grey en
Tebas el año 1820, o al señor Casati en Karnak o Luxor, que a su vez l os transmi ten
a Champol l i on, a Young o a Ebers. Estos hal l an l a cl ave que l es permi te desci frar
documentos anti guos muy i mportantes. Esos bi enhechores ocul tos de l a

50
Humani dad nos ti enden una mano fraternal y no fratri ci da. O tambi én un ej empl o
personal : tengo l a i nspi raci ón de comprar ci erto di ari o un ci erto dí a; l eo ci erto
artí cul o que me deci de a hacer una cosa muy natural . Ésta, poco después, me pone
en rel aci ón con H. P. B. , y de el l o sal e l a fundaci ón de l a Soci edad Teosófi ca y todas
sus consecuenci as. Yo no gano ni ngún méri to dando el pri mer paso, pero si éste
produce un buen efecto, yo me doy por entero a él y trabaj o con ardor al trui sta,
entonces en real i dad tomo parte en todo el bi en que resul te para l a Humani dad.
Una vez he vi sto en Gal es a pobres gentes que trataban de tocar l as cestas de
al i mentos que otros más ri cos l l evaban sobre l a cabeza como l i mosna para l os
monj es buddhi stas. Habi éndome i nformado, supe que un vi vo senti mi ento de
si mpatí a l es hací a parti ci par del méri to adqui ri do por el acto de cari dad. Saqué de
esto más fruto que de un l argo sermón, y después i ncl uí esta i dea en mi Catecismo
Buddhista.
La semana pasada encontré entre mi s papel es una carta anti gua del honorabl e
Al ej andro Aksakof, de San Petersburgo. Aunque no pueda ser una de l as que fueron
tan raramente qui tadas de l as sacas de correspondenci a en vi aj e para Nueva York y
remi ti das a Fi l adel fi a, puesto que está fechada el 16 de abri l de 1875, y no pudo
l l egarme hasta después del fi n de mi vi si ta a H. P. B. , ti ene un postscriptum con l ápi z,
en l a cuarta pági na, de l a si ngul ar escri tura de Juan Ki ng. Me di ce en él que el que
me escri be es real mente “un hombre honrado y sabi o”, l o que todo el mundo
reconoce ahora. No puedo deci r l a fecha exacta en que esta carta me l l egó, por
haber perdi do el sobre. El señor Aksakof me di ce en el l a, que después de haber
l eí do mi s cartas al Graphic y observado su efecto en l os dos hemi sferi os, está
convenci do de que es necesari o hacer estudi ar de cerca l os fenómenos, por l os más
grandes sabi os. Me pregunta si no podrí a yo organi zar una comi si ón de esa cl ase y
me comuni ca que eso se ha hecho en Rusi a. Cuatro profesores de di ferentes
uni versi dades han procedi do a un estudi o en común de l os fenómenos y reconoci do
su autenti ci dad. Esos sabi os señores podrí an, si yo l o desease, envi arme un
l l amami ento fi rmado por todos el l os, a sus col egas ameri canos para que hagan como
el l os, y zanj ar de una vez por todas el probl ema que más i nteresa al bi en de l a raza
humana. Era evi dentemente el mi smo moti vo que me habí a deci di do a emprender
mi s i nvesti gaci ones en casa de l os Eddy, pero veí a que l os obstácul os presentados
por l a obsti naci ón i gnorante y brutal de l os médi ums y de sus “guí as” eran, en

51
real i dad, i nfranqueabl es, y l o i ndi caba así en mi l i bro. Me hi zo graci a l eer una post-
data fechada dos dí as más tarde, en l a que el Sr. Aksakof, que mi entras tanto habí a
termi nado de l eer l a versi ón rusa que H. P. B. hi zo de mi l i bro, me decí a que era bi en
evi dente que ni ngún estudi o ci entí fi co era posi bl e con gente como l os médi ums y
me rogaba que consi derase su proposi ci ón como no hecha. Si n embargo l as cosas no
quedaron ahí ; l a correspondenci a conti nuó y nos pi di eron a H. P. B. y a mí que
el i gi éramos médi ums di gnos de fe para envi arl os a San Petersburgo, donde serí an
someti dos a pruebas por una comi si ón especi al de profesores de l a Uni versi dad
Imperi al de San Petersburgo. Aceptamos este encargo y apareci ó el anunci o en el
Spiritual Scientist del 8 de Jul i o de 1875, por l o que puedo deduci r en el desorden en
que l os recortes de peri ódi cos han si do puestos en nuestro Scrap-Book, vol . I. De
todos modos, una carta de Aksakof a H. P. B. abri endo así l as negoci aci ones, se
publ i có en este número. “He aquí l o que pi do a usted, así como al coronel Ol cott,
que tengan l a bondad de hacer: ¿Tendrí a usted a bi en traduci r al i ngl és el
l l amami ento a l os médi ums aquí adj unto, entenderse con el l os y hacernos saber (a
l a Soci edad Imperi al de Experi enci as Fí si cas) cuál serí a el mej or médi um ameri cano
que pudi éramos hacer veni r a San Petersburgo en i nterés de l a causa? Nosotros
qui si éramos, ante todo, médi ums que puedan produci r mani festaci ones senci l l as,
pero fuertes, en pl ena l uz. Hagan todo l o posi bl e para procurarnos buenos
médi ums, pónganse en segui da en campaña y aconséj ennos si n pérdi da de ti empo.
Recuerden que l a cuesti ón del di nero no exi ste”, etc.
Natural mente, esta carta nos traj o una canti dad de ofreci mi entos, y pusi mos a
prueba personal mente l os poderes de vari os médi ums que nos hi ci eron ver al gunos
fenómenos, por ci erto sorprendentes y hermosos. Al gunos i mpostores se si rvi eron
de eso como pretexto para dar una sesi ón públ i ca de pseudo-posesi ón en el teatro
de Boston, un domi ngo por l a noche de ese mi smo mes de Jul i o, haci éndose pasar
por contratados para Rusi a. Les denunci amos en una carta envi ada el 19 de Jul i o de
1875 a todos l os peri ódi cos de Boston.


52

CAPÍTULO VI
DESAPROBACION ORIENTAL

Todo el públ ico occidental se ha persuadido de común acuerdo, que l os médiums
profesional es cuyos medios de existencia dependen de su facul tad de mostrar en un
momento dado fenómenos psíquicos a l as personas que para el l o l es pagan, han de
verse muy tentados, si el caso se presenta, de hacer fraudes de prestidigitación en
l ugar de real idades. Casi todos pobres, enfermos, con frecuencia obl igados a pesar
de eso a educar sus hij os, y otras veces a mantener un marido invál ido o perezoso,
ganando un sal ario mediocre en todo caso, porque su estado psíquico depende de
condiciones atmosféricas o psico-fisiol ógicas que no pueden modificar. ¿Qué
tendría de sorprendente que un día que tienen que pagar el al quil er o cual quier otra
imperiosa necesidad, su sentido moral se debil ite un poco? Ceden, natural mente, a
l a tentación que l es ofrecen personas crédul as que no piden más que ser engañadas.
En todo caso, esa es l a expl icación que al gunos mediums me han dado. Me han
contado sus míseras biografías, y cómo el fatal don de clarividencia había envenenado su
infancia, haciendo que sus camaradas se apartasen de el l os o que l es persiguiesen,
haciendo que sean buscados y despreciados por l os curiosos, mostrados como
curiosidades por l os barnums
19
, en provecho de sus parientes (ver l a historia trágica
de l a infancia de l os Eddy, tal como el l os mismos me l a han contado, en People of the
other World, cap. II) y desarrol l ando en el l os l os gérmenes de l a histeria, l a tisis y l a
escróful a, que destruyen su sal ud. Nadie ha conocido a l os mediums mej or que l a
señora Hardinge Britten; pues bien, el l a me dij o en Nueva York, en 1875, que no
había conocido a ningún médium que no fuese de temperamento tísico a
escroful oso, y yo creo que l a observación médica revel a en el l os frecuentes
trastornos en el aparato reproductor. Creo que el ej ercicio habitual de esa
profesión, es muy pel igroso físicamente, sin habl ar de su inconveniente moral .
Todos l os médicos nos dicen que es muy mal sano y que puede ser fatal dormir en
una habitación mal ventil ada y entre toda cl ase de personas, al gunas de l as cual es
pueden estar enfermas. Mucho más grandes son l os riesgos que corre el pobre

19
Se di ce barnums por empresari os, a causa del cél ebre empresari o Barnum. (N. del T. )

53
médium profesional , obl igado a soportar l a vecindad de todos l os que se presenten,
sanos o enfermos, física y moral mente, y a bañarse en su aura magnética: grosera,
sensual , irel igiosa, brutal de pensamiento, de pal abra y de acción o todo l o
contrario. ¡Los infel ices! Es una prostitución psíquica. ¡Tres veces fel ices aquel l os
que pueden desarrol l ar y manifestar sus dones en un ambiente puro y superior,
como en otros tiempos l as videntes guardadas en l os Templ os!
Todo esto resul ta de l a investigación emprendida por H. P. B. y yo, a pedido de
Aksakof, para l a comisión científica de San Petersburgo. Dándonos cuenta de que
tendríamos que el egir entre l os profesional es, porque no era probabl e que ningún
médium privado consintiese en someterse a l a publ icidad y l as mol estias de
semej ante prueba, decidimos asegurarnos compl etamente de l a real idad y rel ativa
regul aridad de l os poderes psíquicos del médium varón o muj er que tuviésemos que
recomendar. El deseo del señor Aksakof, que era obtener preferentemente
fenómenos “en pl ena l uz”, era bien razonabl e, porque esto reduce a un mínimum l as
probabil idades de éxito en l os fraudes. Sin embargo, entonces sól o había muy pocos
–y aun hoy casi no l os hay– que pudiesen contar con producir al go muy notabl e en
una sesión de día. Nuestra el ección se habría reducido a dos o tres personaj es como
C. H. Foster o el doctor Sl ade, que estaban casi seguros de sus resul tados, de día o
de noche. De todas maneras, resol vimos el egir un excel ente médium, estuviese o no
a l a al tura de l as esperanzas del señor Aksakof. Esas investigaciones duraron varios
meses, si no me equivoco, hasta mayo de 1876, y a riesgo de interrumpir el orden
cronol ógico en l a historia de l a Sociedad Teosófica, contaré l o mej or que pueda l as
peripecias de esta investigación rusa sobre l os mediums, para terminar con este
episodio.
En el verano de 1875, una muj er l l amada Young, vivía en Nueva York de sus
tal entos de médium. Según mis recuerdos, que son bastante vagos, era una persona
fuerte, de modal es hombrunos, sól ida, física y psíquicamente. Su manera de manej ar
gruñendo, a l os “guías del país de l os espíritus” contrastaba de un modo muy
divertido, con l os mel osos acentos de l a mayor parte de l os otros mediums. “¡Vamos,
espíritus –decía– nada de pereza, darse prisa! ¿En qué están pensando? Muevan ese
piano, hagan esto, hagan aquel l o. Vamos pues, que estamos esperando”. Y lo hacían,
como sometidos a su vol untad. Su principal fenómeno consistía en hacer l evantar y
agitar acompasadamente por l os espíritus, un gran piano muy pesado, mientras el l a

54
tocaba en él . Oí habl ar de el l a y pedí a H. P. B. que viniese para ver l a que l a médium
sabía hacer. Aceptó, y yo me eché al bolsillo un huevo crudo y dos avellanas, cuya
utilidad se verá en seguida. Afortunadamente, no dependo tan sólo de mi memoria,
porque conservo un extracto del New York Sun (4 de Septiembre de 1875), que da un
relato exacto de la sesión y de mis experimentos. Estaban presentes quince personas:
“La sección comenzó por el levantamiento del piano, por los poderes invisibles, tres
veces para decir sí y una para no, en respuesta a las preguntas hechas por la señora
Young, que tenía sus manos ligeramente colocadas sobre el atril. Después se sentó,
tocó algunas composiciones y el piano se levantaba al compás.
En seguida se colocó junto a un extremo del piano y rogó al coronel Olcott y a
todos los que quisiesen probar la experiencia, que pusiesen su mano izquierda bajo el
instrumento. Bajo esta mano ella colocó suavemente la suya, y a su petición el pesado
piano se levantó de ese extremo sin esfuerzo ninguno de ella. (El cronista dice, además:
“que él no podía levantar dicho piano a causa de lo pesado que era”. ) El coronel pidió
entonces probar un experimento que no podía perjudicar a la médium. Consintió la
señora Young y el coronel sacó un huevo de una caja y le pidió que lo tuviese en su
mano bajo el piano y suplicase a los espíritus que lo levantasen. La médium manifestó
que nunca se le había pedido prueba semejante en el transcurso de su carrera, y que no
sabía lo que pasaría, pero que podía ensayarlo. Tomó el huevo, lo tuvo como se le
había dicho y pidió a los espíritus que viesen lo que podían hacer, mientras golpeaba
sobre el piano con la otra mano. Inmediatamente el piano se levantó y se mantuvo un
momento en el aire. Esta experiencia nueva y notable tuvo un pleno éxito.
La señora Young pidió entonces a los más pesados de los asistentes, que vinieran a
sentarse sobre el instrumento, invitación que fue aceptada por siete señoras y señores.
Ella tocó una marcha en el piano, y éste con las siete personas, fueron fácilmente
levantadas. El coronel sacó entonces dos avellanas de su bolsillo y pidió a los espíritus
que las partiesen bajo las patas del piano, sin estropear las pepitas. El fin de esta
prueba era demostrar la inteligencia del poder oculto detrás de la mujer. Los espíritus
tuvieron buena voluntad para ello, pero la experiencia no pudo hacerse porque el
piano se asentaba sobre ruedas. Solicitó en seguida permiso para sostener él mismo el
huevo bajo el piano, mientras la señora Young pusiese la mano bajo la suya, tocándola,
para dejar bien demostrado que ella no empleaba ninguna fuerza muscular. Aceptada
la prueba y ensayada en seguida, el piano se levantó como antes. Las manifestaciones

55
terminaron esa noche, por el levantamiento del piano, sin que las manos de la medium lo
tocasen”.
He ahí, indudablemente, un notable ejemplo de poder psico-dinámico. No
solamente un piano de siete octavas y media, demasiado pesado para que nadie pudiese
levantarlo por un extremo, se levantó sin aplicación de la fuerza muscular del médium
ni de otra persona presente, en una sala bien alumbrada, sino que se tuvo la
demostración de una comprensión inteligente de lo pedido, demostrada por su cumplimiento.
Admitamos que la inteligencia de la médium fuese la única que estuviese en juego; aún
queda por saber cómo transformaba ella el pensamiento en voluntad y ésta en fuerza.
Esta prueba final de hacer levantar al instrumento mientras su mano se apoyaba bajo la
mía, que a su vez sostenía el huevo, contrariando las leyes de la gravedad, me pareció, y
lo mismo a H. P. B. , una prueba cierta de sus poderes, y le ofrecimos recomendarla al
señor Aksakof con la condición de someterse a una serie de pruebas sin peligro pero
convincentes que nos permitiesen en caso de éxito comprometer nuestra
responsabilidad. Rehusó alegando lo largo del viaje y su repugnancia por dejar su país
para ir a vivir entre extranjeros. No sé lo que fue de ella, pero supe que había adoptado
mi prueba del huevo, como demostración de la realidad de sus poderes. No tenía ella
nada de espiritual, pero yo pensaba que su manera de ir contra las leyes físicas, podría
sorprender al profesor Mendeleyeff y los otros sabios.
La señora María Baker Thayer, de Boston, mostraba sus poderes en una forma
mucho más bonita y poética, y dediqué cinco semanas de ese verano a estudiar sus
fenómenos. Era lo que se llama un “medium de flores”, es decir, una psíquica en
presencia de la cual llovían flores, tiernos retoños, enredaderas, hierbas, hojas y ramas
recientemente arrancadas de los árboles, a veces de variedades exóticas que no se
podían encontrar más que en invernáculos. Cuando la conocí, era una mujer de cierta
edad, de modales agradables, muy complaciente para las pruebas y siempre amable y de
buen humor. Sin embargo, como muchos profesionales, bebía un poco, para rehacerse,
como decía y lo creo, después del agotamiento de fuerza nerviosa causado por los
fenómenos. Estoy convencido de que era un verdadero médium, pero sé también que
recurría además al fraude. Lo sé porque la descubrí una noche, en 1878, poco antes de
nuestra partida para la India, cuando quiso convencerme de que sabía hacer pasar la
materia a través de la materia, e imitar la célebre experiencia de Zollner ayudado por el
médium Slade. Sentí mucho que hubiese tratado de engañarme, porque hasta ese

56
momento sólo bien hubiera podido decir de ella. Es triste pensar que esos pobres
mediums, mártires de la curiosidad y el egoísmo humano, se vean con frecuencia, por
no decir siempre, forzados a la necesidad de abusar de la credulidad general, a causa de
la falta de recursos, y también por falta de vigilancia de parte de las sociedades
espiritistas convenientemente constituidas y que disponen de medios suficientes.
Siempre he compadecido más que censurado a esos desdichados mediums y cargado
toda la responsabilidad sobre la sociedad espiritista entera, a la cual incumbe. Que
aquellos que piensen de otro modo, ensayen durante algún tiempo el hambre y el
abandono, y veremos si continúan mostrándose tan severos con los fraudes psíquicos.
Una l arga memoria de mi investigación sobre l a señora Thayer, en l a que H. P. B.
había participado en parte, apareció en el New York Sun del 18 de Agosto de 1875 y
fue considerabl emente reproducido en Europa y América, así como traducido a
varios idiomas.
He aquí cómo tuvieron l ugar l as sesiones de l a señora Thayer: Reunidos todos,
una persona respetabl e era el egida de común acuerdo para examinar l a sal a y l os
muebl es, cerrar y hasta sel l ar l as ventanas, cerrar l as puertas con l l ave y guardar l as
l l aves. Si el médium no pensaba engañar a l os asistentes, permitía también revisar
sus ropas para asegurar que no escondía fl ores ni otros obj etos. Me autorizó y
consintió en que l a atase y sel l ase en un saco, prueba que ya había yo empl eado con
l a señora Hol mes. Después todos se sentaban al rededor de una gran mesa de
comedor, se hacía l a cadena (l a médium como l os demás), se apagaban l as l uces y se
esperaba en l a oscuridad a que l os fenómenos se produj esen. Al cabo de cierto
tiempo, se oía al go sobre l a mesa que no tenía carpeta, se ol ía un perfume y l a señora
Thayer pedía que diesen l a l uz. Se veí a al gunas veces l a mesa enteramente cubierta
de fl ores y pl antas, y otras veces éstas se hal l aban esparcidas sobre l as ropas o l os
cabel l os de l os asistentes. A veces venían mariposas, o se oía en el aire el vuel o de un
páj aro, y se podía ver una pal oma, un canario o un j il guero revol otear de un rincón a
otro del sal ón, o bien a un pececil l o roj o que aún pal pitaba sobre l a mesa, húmedo
como si acabase de sal ir del agua. De pronto al guno l anzaba una excl amación de
al egría y sorpresa al encontrar en su mano una fl or que mental mente había pedido.
Una noche vi frente a un escocés una gran pl anta de brezo de su país, con raíces y
tierra pegada a el l as, como si fuese recién arrancada. Tenía también tres pequeños
gusanos que se retorcían en l a tierra. Era una cosa corriente ver aportes de l irio de

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l os val l es o de otras pl antas con su tierra y sus raíces recién arrancadas del tiesto o
de un macizo de fl ores; yo mismo he tenido al l í esos aportes. Pero he tenido al go
mej or. Un día, visitando el cementerio de Forest Hill , en l as afueras de Boston, y
atravesando l os invernácul os, me l l amó l a atención una pl anta rara, con hoj as l argas,
estrechas, como con cintas de col or bl anco y verde pál ido, l l amada Dracoena regina.
Con l ápiz azul dibuj é baj o una de l as hoj as l a estrel l a de seis puntas y pedí
mental mente a l os espíritus que me l a l l evasen a l a próxima sesión de l a señora
Thayer, en l a noche del día siguiente. Y para estar más seguro de l a médium, me
senté a su l ado y l e tuve l as manos. Sentí en l a oscuridad caer al go fresco y húmedo
sobre una de mis manos, y cuando se encendió de nuevo l a l uz, vi que era mi hoj a de
dracoena marcada. Pero, para estar aún más seguro, vol ví al invernácul o y vi que l a
hoj a había sido desprendida del tronco y que l a parte desgarrada coincidía con l a
que yo tenía en el bol sil l o. Cierto número de hechos de esta cl ase, que no tengo sitio
para mencionar de paso, me convencieron de que l a señora Thayer era una verdadera
psíquica. Por otra parte, cierto fenómeno fisiol ógico vino a confirmar mi impresión
y a arroj ar una gran l uz sobre el probl ema “mismo de l a mediumnidad. Teniendo sus
dos manos en l as mías, noté que en el preciso momento de l a caída de l as pl antas
sobre l a mesa, el l a se estremecía y sus manos se ponían instantáneamente hel adas
como si de pronto corriese hiel o por sus venas. Un momento después, sus manos
recobraban l a temperatura normal . Desafío a todos l os sabios escépticos a que el l os
mismos imiten ese fenómeno. Parece indicar un cambio total de “pol aridad vital ”
para l a producción de l os fenómenos, para servirme de una frase técnica. Cuando
H. P. B. evocó un fantasma entero (P. of the other W. , pág. 477) fuera del gabinete de
l a señora Hol mes, el l a me apretaba convul sivamente l a mano, y l a suya estaba
hel ada. Igual mente l o estaba l a del signor B. después de l a producción del aguacero, y
el paso al trance catal éptico de l os histéricos y de otros estados de profunda
inconsciencia, van acompañados de un anormal descenso de temperatura. El doctor
Mol l (Hypnotism, pág. 113) dice que l as experiencias “en real idad sorprendentes”
de Kraft Ebbing, prueban que debemos “reconocer que l a sugestión hipnótica obra
de manera sorprendente sobre l a temperatura del cuerpo”. Por l o tanto, es j usto
l l egar a l a concl usión de que ese cambio de temperatura notado en l a señora Thayer
y en otros, en el momento de l a producción de l os fenómenos, demuestra su buena
fe; no se podría simul ar ese efecto patol ógico. Para no insistir más sobre el caso de
esa médium por interesante que sea, agregaré sol amente que en una sola sesión

58
públ ica conté y reconocí 84 especies de pl antas; otra vez, en condiciones impuestas
por mí, vi aparecer páj aros que atrapé y los guardé; otra, en pl eno día, en una casa
particul ar, vi fl ores y una rama arrancada de un árbol del j ardín; y también en l a
misma casa amiga, donde H. P: B. y yo pasábamos una temporada, venida el l a de
Fil adel fia y yo de Nueva York, siguiendo nuestras investigaciones para Aksakof,
vimos grandes piedras y un raro cuchil l o viej o de mesa, de model o antiguo,
arroj ados sobre l a mesa. Pero cierta rosa de l a graciosa Pushpa Yakshini
20
que l a
señora Thayer me había dado (ver el artícul o “El emental es del Fuego”, Theosophist,
vol . XII pág. 259) sirvió de vehícul o para un fenómeno de H. P. B. que sobrepasó
todo l o que yo haya visto hacer a un médium. Nuestra amabl e huéspeda, l a señora de
Carl os Houghton, notario de Boston muy conocido, que vivía en el barrio de
Robury, me l l evó un día en coche a l a ciudad para asistir a una de l as sesiones
públ icas de l a señora Thayer. H. P. B. rehusó venir y l a dej amos en el sal ón habl ando
con el señor Houghton. El coche debía ir a buscarnos a cierta hora, y habiendo
resul tado corta l a sesión, todos se marcharon, sal vo una señora, l a señora Houghton
y yo. Para pasar el tiempo pedí a l a señora Thayer que nos concediese una sesión
particul ar, y accedió. Nos col ocamos en l a mesa; yo tenía l as dos manos de l a
médium con l as mías y puse mi pie sobre l os suyos; una de l as señoras cerró l as
puertas y aseguró l as ventanas; l a otra se ocupó de l a l uz. Después de haber
aguardado al gún tiempo en l a oscuridad, no se oyó caer pl antas, sino el coche que
l l egaba a l a puerta y en el mismo instante al go fresco y húmedo como un copo de
nieve cayó dul cemente sobre el dorso de mi mano. No dij e nada hasta que l as l uces
se encendieron y seguí asegurando l as manos de l a señora Thayer, l o que hice notar a
l as señoras. La fl or caída sobre mi mano era un encantador capul l o de rosa musgo
dobl e, medio abierto y cubierto de rocío. La médium se estremeció como si al guien
hubiese habl ado detrás de el l a, y dij o: “Coronel , l os espíritus dicen que esto es un
regal o para l a señora Bl avatsky”. Se l a dí a l a señora Houghton, quien al l l egar se l a
entregó a H. P. B. , a l a que encontramos fumando cigarril l os y conversando aún con
nuestro huésped. La señora Houghton sal ió para quitarse el sombrero y el abrigo; yo
me senté con l os otros. H. P. B. tenía l a rosa y l a ol ía con ese aire l ej ano que sus
íntimos l e conocían cuando iba a producir fenómenos. El señor Houghton
interrumpió su ensueño diciendo: “¡Qué hermosa fl or! , señora, ¿me permite verl a?”

20
El ement os de l as f l ores , o es pí ri t us de l a Nat ural eza, que pres i den y cui dan l a f ormaci ón de l as
pl ant as . (N. del T. )

59
El l a se l a al canzó con el mismo aire soñador y casi maquinal mente. Él l a ol ió y
excl amó: “Pero, ¡qué pesada es! Jamás he visto una fl or semej ante. Miren, el peso l a
hace dobl arse sobre el tal l o”. “¿Qué dice usted? –dij e yo–. Nada tiene de rara, o por
l o menos nada tenía cuando cayó hace un momento sobre mi mano. Déj eme que l a
vea”. La cogí con l a mano izquierda, y entonces noté que era muy pesada. “¡Tenga
cuidado, no l a rompa!”, gritó H. P. B. Levanté suavemente el capul l o entre el pul gar y
el índice de mi mano derecha y l a examiné. Nada visibl e expl icaba ese peso anormal .
Pero de pronta vi una fina l uz amaril l a en el interior, y como impul sada por un
resorte, una pesada sortij a de oro sal tó de l a fl or y cayó al suel o a mis pies. La rosa se
enderezó en seguida y perdió su peso insól ito. El señor Houghton y yo, hombres de
l eyes ambos, impul sados por l a prudencia profesional , examinamos cuidadosamente
l a fl or, sin poder descubrir el menor indicio de que l os pétal os hubiesen sido
separados; estaban tan apretados y entrel azados que no era posibl e introducir el
anil l o sin estropear el capul l o. Además, ¿cómo hubiera podido H. P. B. hacernos esa
trampa ante nuestros oj os, en pl ena cl aridad de tres l uces de gas y sin haber tenido
l a rosa en su mano derecha más de dos minutos antes de dársel a al señor Houghton?
Hay una expl icación posibl e para l a Ciencia Ocul ta: l a materia de l a rosa y l a de l a
sortij a, podían haber sido el evadas a l a cuarta dimensión y después traídas de nuevo
a l a tercera en el momento en que el anil l o sal tó de l a fl or. Esto es ciertamente l o
que sucedió, y l os físicos que tienen el espíritu ampl io, tendrán a bien notar que l a
materia puede conservar su peso perdiendo su vol umen, como l o prueba esta
encantadora experiencia. La sortij a pesaba media onza, y aún l a l l evo puesta hoy. No
era una creación, sino un aporte; pertenecía, creo, a H. P. B. y tiene el sel l o del
contraste. Era una sortij a especial para fenómenos, a j uzgar por l o que sucedió un
año y medio después. La Sociedad Teosófica tenía entonces un año, y H. P. B. y yo
ocupábamos dos pisos en l a misma casa. Una noche, l a señora W. H. Mitchel l , mi
hermana (si al guien desea preguntársel o, el l a certificará ciertamente mi rel ato. Vive
en Orange, Nueva Jersey, E. U. N. A. ), vino, con su marido a visitarnos, y durante l a
conversación, pidió ver el anil l o y me rogó contase su historia. Lo miró, se l o puso
en un dedo mientras yo habl aba, y después se l o dio a H. P. B. en l a pal ma extendida
de su mano izquierda. Pero H. P. B. , sin tocarl a, cerró sobre l a sortij a l os dedos de mi
hermana, l e retuvo un momento l a mano, y después l a sol tó diciéndol e que l a
mirase. Ya no era más un sencil l o aro de oro. Encontramos engarzados tres pequeños
diamantes formando un triángul o. ¿ Cómo se hizo esto? La hipótesis menos

60
mil agrosa, es que H. P. B. había hecho poner l os diamantes por un j oyero y por
sugestión nos impidió verl os hasta el momento en que abrió l a mano de mi hermana.
Como experiencia hipnótica es una cosa muy comprensibl e. He visto hacer, y yo
mismo he hecho cosas del mismo género. Puede hacerse invisibl e, no tan sól o un
pequeño diamante, sino un hombre, una sal a l l ena de gente, una casa, un árbol , una
roca, un camino, una montaña, cual quier cosa; l a sugestión hipnótica parece ofrecer
infinitas posibil idades. De cual quier modo que se expl ique ese fenómeno, resul tó
admirabl e.

Vol viendo a l a señora Thayer: l a cl ase de sus poderes nos satisfizo tanto, que l e
ofrecimos ir a Rusia, pero rehusó como l a señora Young y por l os mismos motivos.
Idénticas proposiciones hechas a l a señora Huntoon, hermana de l os Eddy, a l a
señora Andrews y al doctor Sl ade, fueron igual mente rechazadas. El asunto se siguió
sin resul tado hasta el invierno de 1875, y entonces se fundó la Sociedad Teosófica.
La comisión del señor Aksakof había rescindido el primitivo contrato que aseguraba
un estudio serio de l os fenómenos, y encontrándose presidida por el profesor,
Mendel eyeff, un material ista acérrimo, había publ icado una memoria l l ena de
prej uicios, basada en suposiciones y no en l a evidencia. Por l o que Aksakof decidió
nobl emente y por puro amor a l a verdad, cumpl ir el programa primitivo a su costa y
riesgo. Más o menos entonces escribió en el Spiritualist de Londres:
“Cuando resol ví l l amar mediums a San Petersburgo… me ceñí a un pl an de
campaña que comuniqué al coronel Ol cott, rogándol e el igiese mediums en América.
Le dij e que deseaba proporcionar a nuestra comisión l os medios de probar l os
movimientos anormal es de obj etos sól idos, en pl ena l uz y sin contacto con ninguna
persona viva. También quería encontrar mediums que pudiesen mover sól idos detrás
de cortinas en l a oscuridad, estando el l os mismos sentados a l a vista de l os
asistentes, etc. ”
Todo esto dará a mis l ectores una idea de l os fenómenos físicos extraordinarios
que se producían entonces en Occidente. En Oriente, se oye habl ar de cuando en

61
cuando, de despl azamientos de obj etos pesados como muebl es, l a batería de cocina,
ropas, etc. , pero se considera esto con horror y j amás l os testigos pensarían hacer de
eso un estudio científico. Todo l o contrario, eso es tenido como una desgracia, una
intervención de l os mal os espíritus, con frecuencia al mas errantes de parientes o de
amigos íntimos, y no se tiene más que una idea: desembarazarse de tal es mol estias.
No hago más que repetir l o que a menudo ha sido expl icado por todos l os escritores
teósofos, que para l os asiáticos todo comercio entre l os vivos y l os muertos es una
prueba temida de que estos no están aún l iberados de sus l azos terrestres, y así se
han detenido en su evol ución normal hacia el estado de espíritus puros. El
Occidente, en cambio, a pesar de sus creencias rel igiosas, encara l a vida futura de
una manera por compl eto material ista, como una extensión de ésta en el tiempo y
hasta en el espacio (dadas l as nociones físicas de ciel o e infierno) y no puede
persuadirse de l a real idad de una existencia consciente post mortem más que viendo
l os fenómenos físicos y concretos que enumera el Sr. Aksakof y que asombran a l as
personas que frecuentan a l os mediums.
Al preparar “el tercer obj eto de l a Sociedad” (tan discutido) en Nueva York, yo
estaba tan persuadido de ese hecho, y al mismo tiempo todavía muy ignorante, de l a
ampl itud de l a ciencia oriental . Si hubiese sabido cuántos mal es debían caer sobre
nosotros con el pretexto de l os poderes psíquicos, l o hubiese redactado de otro
modo.
El Oriente, en l ugar de eso, tiende hacia l os conceptos fil osóficos y espiritual es, y
tal es fenómenos no parecen a l os asiáticos, sino pruebas de l a posesión de poderes
psíquicos inferiores en quienes l os exhiben. Experimentos como l o de mi sortij a
sal ida de una fl or, l as l l uvias de pl antas, fl ores y páj aros de l a señora Thayer, o del
piano de l a señora Young l evantado sobre huevos, no parecen horri bl es a l a
imaginación de un material ista occidental , sino tan sól o interesantes mentiras
demasiado sorprendentes para ser científicas, pero importantes si pudiesen ser
probadas. Estoy seguro de que he oído decir más de cien veces en l a India que era
una l ástima que H. P. B. exhibiera fenómenos porque esto probaba que no había
al canzado un al to grado de Yoga
21
. Es cierto que Patanj al i disuade a l os yogui, así

21
Yoga. Una de l as es cuel as f i l os óf i cas de l a I ndi a. Fue f undada por Pat anj al i . La pal abr a
s i gni f i ca uni ón y s e r ef i er e a l a uni ón del yo humano con el Yo di vi no. ( N. del T. )

62
como Buddha a l os bikhus
22
de mostrar inútil mente sus poderes, cuando sus siddhis
23
se
encuentran natural mente desarrol l ados en el curso de su evol ución psíquica. No
obstante, el Buddha mismo dej ó ver al gunas veces sus el evados poderes, pero para
dar ocasión de predicar sus nobl es doctrinas e impul sar a sus oyentes a que hiciesen
l os mayores esfuerzos para espiritual izarse después de haberse “desembrutecido”.
Todos l os otros grandes maestros rel igiosos han hecho l o mismo. ¿No nos decía l a
misma H. P. B. , haciendo mil agros, que eso no era más que una parte insignificante y
secundaria de l a Teosofía? ¿Que unos eran pura sugestión y l os otros maravil l as
físicas producidas por el conocimiento de l as l eyes secretas de l a fuerza y l a materia
y por el poder adquirido sobre l as razas de el emental es que dirigen l os fenómenos
cósmicos? Nadie puede negarl o. Nadie puede afirmar sinceramente que el l a no haya
invariabl emente enseñado que l as experiencias psíquicas son, en rel ación con l a
Fil osofía espiritual , l o que l as experiencias químicas son a l a Química. Sin duda que
el l a hizo mal en perder, para asombrar a testigos sin val or, fuerzas que hubieran
estado mej or empl eadas abatiendo l os muros de l a Ciencia occidental , despótica e
incrédul a; a pesar de eso, convenció de ese modo a ciertas personas que fueron así
incl inadas a trabaj ar por nuestro gran movimiento. Y entre el l as, al gunas de l as de
mayor val ía, pasaron del Occidente a Oriente, por el puente de l os fenómenos
psíquicos. Por l o que a mí respecta, diré que l as maravil l as de poder mental que
H. P. B. despl egó ante mis oj os, me prepararon para comprender l as teorías oriental es
de l a ciencia espiritual . Mi mayor sentimiento es que otros, especial mente aquel l os
col egas oriental es cuyo espíritu estaba maduro para el l o, no hayan obtenido l os
mismos favores.

22
Bi khu. Qui er e deci r : di s cí pul o mendi cant e. Se apl i ca a l os monj es o as cet as buddhi s t as . ( N.
del T. )
23
Si ddhi s . Poder es anor mal es , s i bi en l at ent es en t odo hombr e. Los hay i nf er i or es o ps í qui cos
y s uper i or es o es pi r i t ual es . ( N. del T. )

63

CAPÍTULO VII
EL DOCTOR SLADE

Nuestra caza del médium terminó por l a el ección del doctor Sl ade para l as
experiencias de San Petersburgo. El señor Aksakof me mandó mil dól ares para
proveer a sus gastos y se puso en camino, según l o convenido. Pero sea por interés o
por vanidad, en todo caso muy desgraciadamente, se detuvo en Londres, dió
sesiones, hizo sensación y fue arrestado con el pretexto de fraude, a causa de l a quej a
del profesor Lankester y del doctor Donkin C. C. Massey l e defendió y arregl ó su
asunto apel ando sobre un punto técnico. Después, en Leipzig, Sl ade proporcionó l os
cél ebres experimentos sobre l os que el profesor Zol l ner probó su teoría de l a cuarta
dimensión, y visitó después La Haya y otros l ugares más antes de ir a San
Petersburgo. Nosotros, antes de enviarl o, sometimos sus poderes al examen de una
comisión especial de l a Sociedad Teosófica, y ésta –sal vo un descontento, que
redactó una memoria muy inj usta– dio al señor Aksakof un certificado de su
sinceridad.
Un testimonio de l os más instructivos, que probaba una l arga e íntima
famil iaridad, fue dado por su ex socio en negocios, el señor Jaime Simmons, en el
número de noviembre de 1893 del Theosophist.
Hasta el momento de escribir estas l íneas yo había ol vidado por compl eto en qué
época del año 1875 se dio al públ ico l a teoría oriental de l os espíritus sub-humanos
y encadenados a l a Tierra; pero ahora veo en nuestros Scrap Books que el término
“espíritus el ementarios” fue empl eado por vez primera en una carta que escribí al
Spiritual Scientist del 3 de Junio, a propósito de l os espíritus subhumanos de l os
el ementos, que ahora l l amamos “el emental es”. No era más que una pura al usión sin
detal l es expl icativos, hecha con el fin de advertir a l os espiritistas que no aceptasen
sin previo examen, como hasta entonces l o habían hecho, como mensaj es verdaderos
de difuntos, l as comunicaciones de l os mediums más o menos sinceros. La
publ icación de l a circul ar de “Luxor” (en el Spiritual Scientist del 17 de Abril de
1875) traj o toda una correspondencia particul ar y comentarios públ icos, de l os que
el ej empl o más importante fue un sabio e interesante artícul o de un j oven abogado

64
l l amado Fail es y firmado “Hiraf”, que apareció en el Spiritual Scientist de 1876, pág.
202, Y que se continuó l a siguiente semana. Está l l eno de ideas teosóficas expresadas
en términos de l a Rosa-Cr uz y baj o ese títul o. El autor expone l a teoría oriental de
l a Unidad y l a Evol ución, y demuestra que ha precedido en bastantes sigl os a l a
moderna teoría de l a correl ación de l as fuerzas y de l a conservación de l a energía. Su
mayor importancia consiste en que H. P. B. l e respondió con l o que el l a l l ama en el
Scrap Book, “mi primer disparo de fusil ocul to”, que abrió ampl iamente el campo del
pensamiento, después l aborado en todas l as direcciones por l os miembros, amigos y
adversarios de l a Sociedad Teosófica.
Si quiere hacerse a H. P. B. l a más simpl e j usticia, es menester no perder de vista
un hecho importante, al trazar su vida a partir de este momento: que no era una
muj er sabia, en el sentido l iteral de l a pal abra, cuando l l egó a América. Mucho
después, cuando se comenzó Isis Sin Velo, yo pregunté a su muy querida tía, l a
señorita N. A. Fadeef, dónde había aprendido su sobrina toda esa variada erudición,
Fil osofía rara, Metafísica y ciencias, esa prodigiosa comprensión intuitiva de l a
evol ución étnica, de l a migración de l as ideas, de l as fuerzas ocul tas de l a
Natural eza, etc. Me contestó francamente que hasta l a úl tima vez que l a había visto,
cinco o seis años hacía, Hel ena no había “j amás ni soñado esas cosas” , que su
educación fue sencil l amente l a de una j oven de buena famil ia. Había aprendido,
además del ruso, el francés, un poco de ingl és, un barniz de ital iano y música. Estaba
muy asombrada de l o que yo l e decía de su erudición, y no l o podía atribuir más que
al mismo orden de inspiración que habían disfrutado l os apóstol es, habl ando el día
de Pentecostés idiomas que hasta entonces ignoraran. Agregaba que desde su
infancia su sobrina había sido un médium más notabl e por sus poderes psíquicos y l a
variedad de sus fenómenos, que ninguno de l os que el l a había oído habl ar durante el
curso de una vida dedicada al estudio de esos temas. (Carta fechada en Odessa 8-20
Mayo de 1877). De todos sus amigos, yo fui el mej or col ocado para j uzgar de sus
conocimientos l iterarios, habiéndol e ayudado en su correspondencia y sus escritos, y
corregido casi todas l as páginas de sus manuscritos durante años. Además, he gozado
de su confianza de 1874 a 1885 en mayor grado que cual quier otra persona. Estoy,
pues, en estado de asegurar que en esos primeros tiempos el l a no era, en su estado
normal al menos, una muj er sabia y que nunca fue un correcto escritor. Todo esto a
propósito de su respuesta a “Hiraf”, en l a que entró en detal l es sobre el Ocul tismo y

65
expl icó l a natural eza de l os espíritus el ementarios. Un crítico instruido pero
ciegamente hostil , trató ese artícul o de “simpl e refrito de l os escritos mágicos de
El iphas Levi, de des Mousseaux y de Hargrave Jennings sobre l os Rosa-Cruces”. En
ese artícul o dice también “l a señora no pretende ninguna autoridad personal, se
llama mi pobre yo ignorante, y declara que quiere tan sólo decir un poco de lo poco
que ha cosechado en sus largos viajes por Oriente. Pero la afirmación de que ella ha
sacado cualquier cosa de Oriente, es falsa; todo el artículo proviene de libros
europeos”.
Pero, los autores de esos libros, ¿de dónde sacaron su ciencia, sino de otros
autores? ¿Y éstos de dónde? Del Oriente, siempre del Oriente. Ninguno de los que él
cita fue personalmente un ocultista, un Adepto de la psicología práctica, ni siquiera
Eliphas Levi, salvo en el débil grado de poder (él lo dice) evocar espíritus mediante el
formulario del ceremonial mágico. Le agradaban demasiado los placeres de la mesa
para llegar más arriba en Magia. Des Mousseaux no es más que un recopilador
paciente y complaciente, por cuenta de los jesuitas y de los teatinos, de los que
publica los certificados elogiosos. En cuando al difunto Hargrave J ennings, todos la
hemos conocido como un hombrecillo estimable, un literato de Londres, que sabía de
Ocultismo lo que se lee en los libros, y cuyas deducciones no eran siempre bien
exactas. Que H. P. B. hubiese o no adquirido en Oriente sus poderes o sus
conocimientos en psicología práctica, es innegable que los poseía, se servía de ellos
cuando lo quería y las explicaciones que daba son idénticas a las proporcionadas por
las enseñanzas de todas las escuelas orientales de Ciencias Ocultas. Personalmente
puedo certificar que estaba en relación con Adeptos orientales y que tanto ella como
yo recibimos sus visitas y sus instrucciones, y hablamos con ellos antes de dejar
América, y después de nuestra llegada a la India. Los libros de Levi, de des
Mousseaux y de todos los otros escritores antiguos y modernos, eran como cajas de
herramientas en las que ella escogía aquellas de que tenía necesidad para edificar una
casa occidental a las ideas asiáticas; de uno tomaba un hecho, de otro otra cosa.
Encontraba en ellos instrumentos bien imperfectos, que para los informados
disfrazaban y para los demás deformaban, mutilaban o alteraban sus hechos.
Los Rosa-Cruces, los escritores herméticos o teósofos de Occidente, al publicar sus
libros en épocas de profunda ignorancia y de intolerancia religiosa, escribían en cierto
modo bajo el hacha del verdugo; o sobre los haces de la hoguera y debían ocultar la

66
Ciencia divina bajo raros símbolos y engañadoras metáforas. El mundo tenía
necesidad de un intérprete; le fue enviado en la persona de H. P. B. Hallando en su
experiencia práctica y sus facultades desarrolladas la clave del laberinto, ella se puso
al frente, con la antorcha en la mano; invitando a los valientes a que la siguieran.
(Esto bajo toda clase de reservas respecto al grado exacto de su independencia, que yo
no me atrevería a precisar).
Un crítico americano ha dicho que ella citaba indiferentemente un autor clásico o
el periódico de la víspera, y tenía razón, porque ¿qué importa el autor de la cita o del
párrafo, siempre que exprese bien la idea deseada? Esta respuesta a “Hiraf” fue el
primero de sus escritos esotéricos, como la respuesta al doctor Beard fue su primera
defensa del Espiritismo. La historia de la Literatura no muestra un espectáculo más
sorprendente que el de esta noble dama rusa, provista de una apariencia de educación
a la moda, que escribía a veces el inglés como. un inglés, el francés con tal pureza, que
autores franceses me han dicho que sus artículos podrían servir como modelos de
estilo en las escuelas francesas, y el ruso de tan brillante y atrayente manera, que el
director de la revista rusa más importante, le pedía que escribiese periódicamente
para él en las mismas condiciones que Turguenief. Pero ella no alcanzaba siempre esas
alturas, y a veces el inglés de sus manuscritos era tan malo que había que rehacerlos
casi por completo. No era, ya lo he dicho, un escritor correcto; su espíritu parecía
correr a tal velocidad y de todos lados se precipitaban torrentes de pensamiento con
fuerza tal, que sus desordenados escritos carecían de método. Ella se reía, pero
conviniendo en la justicia de la comparación, cuando yo le decía que su espíritu se
parecía a la descripción que hace Dickens del empalme de Mugby, donde los trenes
llegan silbando, pasan silbando, retroceden, se encierran, y de la mañana a la noche
arman un estrépito infernal. Pero desde el artículo sobre “Hiraf” hasta las últimas
líneas que escribió para el impresor, es preciso decirlo para ser sincero, sus obras
fueron siempre sugestivas en extremo, de un estilo varonil y brillante, mientras que la
ironía de su ingenio sazonaba siempre sus más graves ensayos con las imágenes más
graciosas. Exasperaba a las sabios metódicos, pero jamás fue deslucida o pesada. Más
adelante tendré ocasión de hablar de los cambios fenoménicos que se producían en su
estilo y su conversación. Lo he dicho, y lo diré siempre: he aprendido de ella bastante
más que de ningún maestro, profesor o autor con quien yo haya tenido trato. Pero su
grandeza psíquica sobrepasa de tal modo a su educación primitiva y su disciplina

67
mental, que los críticos que no la conocían sino como autor, la han tratado con
amarga y salvaje injusticia. J . B. Saintine dice en Picciola que la grandeza se paga con el
aislamiento, y el caso de H. P. B. prueba bien la exactitud de su aforismo. Ella planeaba
en alturas espirituales hasta donde sólo se remonta las águilas de la Humanidad. La
mayor parte de sus adversarios no han visto más que el barro de sus zapatos, y
ciertamente que a veces ella los sacudía sobre sus mismos amigos cuando sus alas no
podían elevarlos tan alto como a ella.
La importancia histórica de la carta a “Hiraf” se aumenta porque ella proclama allí
sin ambages la existencia “que ella conoce personalmente”, de escuelas permanentes
de Ocultismo en el Indostán, el Asia Menor y en otros países”. “Tanto ahora como en los
tiempos primitivos de Sócrates y de los otros sabios de la antigüedad –dice– aquellos
que desean conocer la gran verdad, encontrarán siempre la ocasión, bastando para ello
que busquen a alguien que los conduzca hasta la puerta de aquellos que saben cuándo y
como”. Rechaza l a demasi ado ampl i a general i zaci ón de “Hi raf”, que l l ama Rosa-
Cruces a todos l os ocul ti stas y l e hace saber que esa hermandad no es si no una
uni dad entre muchas otras sectas o grupos ocul tos. El l a se procl ama “di scí pul o del
Espi ri tual i smo ori ental ” y prevé el dí a en que el Espi ri ti smo ameri cano “se
converti rá en una ci enci a de exacti tud matemáti ca”. Vol vi endo a l a cuesti ón de l os
Adeptos, el l a di ce que l a verdadera Kábal ah de l a que no es más que un fragmento
de l a versi ón j udí a, está en l as manos “de al gunos fi l ósofos ori ental es, pero que
qui enes son y dónde resi den, no me es dado revel ar. Tal vez yo mi sma no l o sepa y
l o haya soñado. Mi l es de personas di rán que esto es pura i magi naci ón. Muy bi en.
Con el ti empo se verá. Todo l o que puedo deci r, es que esa organi zaci ón exi ste en
real i dad y que l a sede de l as fraterni dades no será revel ada al mundo hasta el
despertar de l a Humani dad… Hasta entonces no se verá otra prueba de l a teorí a
especul ati va de su exi stenci a, que l o que el vul go l l ama hechos sobrenaturales”.
Advi erte en su artí cul o que es perder el ti empo tratar de l l egar a ser un kabal i sta (o
un Rosa-Cruz) prácti co, estudi ando l i bros de l i teratura ocul ta; es tan tonto, di ce,
“como entrar si n el hi l o en el l aberi nto, o querer abri r si n l l ave l as i ngeni osas
cerraduras de l a Edad Medi a”. Defi ne l a Magi a bl anca y l a Magi a negra, mostrando
l os pel i gros de esta úl ti ma. Por fi n, termi na di ci endo: “Pero di gái s l o que di gái s,
vosotros, sacerdotes muy ortodoxos de todas l as Igl esi as, vosotros tan severos para
con el Espi ri ti smo (nótese el senti do que l o demás del texto da a esta pal abra), el

68
más puro descendi ente de l a anti gua Magi a, no podéi s i mpedi r l o que exi ste y que
ha exi sti do si empre: l a rel aci ón entre l os dos mundos. Ll amamos a esa rel aci ón
“Espi ri ti smo moderno” con tanta j usti ci a y l ógi ca con que deci mos “el nuevo
mundo”, habl ando de Améri ca”.
Estoy seguro de que todos l os mi embros seri os de l a Soci edad Teosófi ca se
senti rán contentos al saber que desde Jul i o de 1875, H. P. B. procl amaba l a
exi stenci a de l os Adeptos ori ental es de l a Fraterni dad Mí sti ca, de sus depósi tos de
ci enci a di vi na y de sus rel aci ones personal es con el l os.
Todo esto l o afi rma de nuevo en una carta el Spir. Scient., pág. 64 (no sé de qué
mes de 1875, porque no puso fecha a su recorte de nuestro Scrap-Book, pero l a
escri bi ó desde Ítaca a donde habí a i do a ver al profesor Corson de l a Uni versi dad
de Cornel l y su señora, en agosto o septi embre), en l a que emi te l a i mportante i dea
de que “en l as manos de un Adepto, el Espi ri ti smo se convi erte en Magi a, porque es
experto en el arte de combi nar conj untamente l as l eyes del Uni verso si n vi ol arl as, y
por l o tanto, si n ofender a l a Natural eza. En l as manos de un médi um si n
experi enci a, el Espi ri ti smo se convi erte en una hechicería inconsciente, porque si n
saberl o abre una puerta de comuni caci ón entre l os dos mundos, a través de l a cual
se desl i zan l as fuerzas ci egas de l a Natural eza, que fl otan en l a Luz Astral , así como
espí ri tus buenos o mal os”.
La i dea ocul ta estaba para si empre l anzada, y nuestras publ i caci ones, como
nuestra correspondenci a pri vada, abundaban en al usi ones semej antes. Mi pri mer
ensayo al go consi derabl e en esa ruta, fue una carta ti tul ada “La Vi da i nmortal ”,
fechada el 23 de Agosto de 1875 y publ i cada el 30 del mi smo mes por l a New York
Tribune. Decl aro en el l a que durante un cuarto de si gl o he creí do en l os fenómenos
medi umní mi cos, pero si n aceptar l a i denti fi caci ón de l as i ntel i genci as que l os
producen. Afi rmo, mi fe en l a real i dad de l a anti gua Ci enci a Ocul ta, y el hecho de
haber si do de pronto “puesto en rel aci ón con personas vi vas que efectúan o han
efectuado en mi presenci a, esas mi smas maravi l l as que se atri buye a Paracel so,
Al berto el Grande y Apol oni o”. Al escri bi r esto no pensaba tan sól o en l os
numerosos fenómenos de H. P. B. , ni en mi s pri meros encuentros con l os Mahatmas,
si no tambi én en l o que me hi zo ver en mi propi a habi taci ón, en una casa que no
ocupaba H. P. B. , yen l a que el l a no se encontraba en ese momento, un extranj ero
que encontré por casual i dad en Nueva York poco antes de escri bi r esta carta, y que

69
me mostró l os espí ri tus de l os el ementos.
Este extranj ero vi no a mi casa por una ci ta que convi ni mos. Abri mos l a dobl e
puerta que separaba el sal ón de l a pequeña al coba, nos sentamos en si l l as frente al
hueco de l a puerta y por una si ngul ar maya (así l o creo ahora) vi en el si ti o de mi
al coba, un cubo de espaci o vací o. Los muebl es habí an desapareci do, y yo veí a
al ternar al l í sorprendentes i mágenes de aguas, nubes, cavernas subterráneas y
vol canes en acti vi dad; cada uno de esos el ementos pul ul aba de seres, formas y
fi guras que yo perci bí a más o menos rápi damente. Habí a formas encantadoras,
otras mal as y severas, otras terri bl es. Fl otaban dul cemente como burbuj as en una
apaci bl e corri ente de agua, o sal taban a l a escena para desaparecer en segui da, o
bi en j ugar y bri ncar j untas en el agua o el fuego. De pronto, un monstruo
espantoso, tan horri bl e a l a vi sta como l as i mágenes del Magus de Barrett, me mi ró,
y como un ti gre heri do, se abal anzó para agarrarme, pero desapareci ó en el
momento en que al canzaba el borde del cubo de Akasha hecho vi si bl e en el l í mi te de
l as dos habi taci ones.
Era una prueba para l os nervi os, pero después de todo l o que habí a vi sto en casa
de l os Eddy, conseguí no desfal l ecer. El extranj ero se decl aró sati sfecho del
resul tado de su prueba psí qui ca, y al despedi rse di j o que tal vez nos vol verí amos a
ver. Pero esto no ha ocurri do todaví a. Tení a el aspecto de un asi áti co de tez cl ara,
pero no pude descubri r su naci onal i dad aunque l o suponí a i ndo. Habl aba el i ngl és
como yo mi smo.

70

CAPÍTULO VIII
PROYECTO DE SOCIEDAD TEOSÓFICA

Pasemos ahora a la historia de la formación de la Sociedad Teosófica y mostremos lo
que dio la idea, quiénes fueron las personas que la fundaron y cómo fueron definidos
sus objetos. Porque esto es una historia completa de los comienzos de la Sociedad, no lo
olvidemos, y no una simple colección de recuerdos personales sobre H.P.B.
La discusión activa del Espiritismo y en seguida de una parte de las ideas
espiritualistas del Oriente, había preparado el camino. Dicha discusión duraba desde la
publicación de mi memoria sobre los Eddy en el New York Sun del mes de Agosto del
año anterior (1874), y su intensidad se había decuplicado a continuación de mi
encuentro en Chittenden con H.P.B. y el uso que hacíamos de la prensa, para la
exposición de nuestras heterodoxas ideas. Las cartas mortificantes, los rumores que
corrían acerca de los poderes mágicos de H.P.B. y nuestras afirmaciones reiterales de la
existencia de razas no humanas de seres espirituales, nos valieron el conocimiento de
gran número de personas inteligentes apasionadas por el Ocultismo. Entre ellas había
sabios, filólogos, autores, anticuarios, eclesiásticos de espíritu amplio, hombres de
leyes, médicos, espiritistas bien conocidos y uno o dos periodistas que escribían en los
diarios de la ciudad, muy contentos al poder conseguir buen “original” de nuestro
asunto. Era en verdad una audacia, instituirse en campeón de la legitimidad científica
de la Magia antigua en esta edad de escepticismo, desafiando los prejuicios públicos. El
mismo atrevimiento de la empresa forzó la atención del público, y su inevitable
resultado fue juntar en un grupo, a todos aquellos a quienes la discusión había
aproximado por simpatías, en forma de sociedad de investigaciones ocultas. El ensayo
de fundación del “Club de los Milagros”, en Mayo de 1875, fracasó por las razones
indicadas en el capítulo 1, pero se presentó una segunda ocasión con una conferencia
privada, reservada para algunos amigos, que el Sr. Felt dio en casa de H.P.B., plaza
Irving, número 46, en Nueva York, el 7 de Septiembre de 1875. Esta vez no hubo

71
fracaso, la pequeña semilla de la que debía salir el gran banyan
24
que cubriría al Mundo,
fue plantada en buena tierra y germinó. Siento que no exista –yo no la conozco– nota
oficial de las personas presentes a esta reunión, pero el Rev. J. H. Wiggin, clérigo
unitario, publicó en el Liberal Christrian del 4 de Septiembre una nota sobre otra
reunión del mismo género, efectuada la semana anterior, y en la cual creo que se
anunció para el 7 la conferencia del señor Felt. Cita a H.P.B., a mí, al señor Bruzzesi, a
un juez de Nueva Jersey y su señora, y al señor Carlos Sotheran (quien lo había hecho
invitar por H.P.B.). Denotaba su sorpresa por la extensión y profundidad de la
conversación, con estas reflexiones: “No sería correcto contar en sus detalles una
conversación íntima en la que no entraba ni deseo de publicidad, ni de exhibición
mágica, ni de que se pronunciase un juicio sobre ella. Algunos de los temas de la
animada conversación que duró hasta la media noche, fueron: el elemento fálico ,en las
religiones, las últimas maravillas de los mediums, la Historia, el alma de las flores, el
carácter de Italia, las cosas raras de los viajes, la Química, la Poesía, la triplicidad en la
Naturaleza, la Iglesia romana, la gravitación, los carbonarios, la prestidigitación, los
nuevos descubrimientos de Crookes sobre la fuerza luminosa, y la literatura mágica. Si
en verdad la señora Blavatsky puede hacer que nazca el orden en el seno del caos del
Espiritismo moderno, hará un gran servicio al mundo' ' .
En la noche del 7 de Septiembre, el señor Felt dio su conferencia sobre el “Canon
egipcio de las proporciones, hoy perdido”. Dibujaba notablemente bien y había
preparado una serie de bonitos croquis en apoyo de su tesis: que el canon de las
proporciones arquitectónicas empleado por los egipcios así como por los grandes
arquitectos griegos, estaba hoy conservado en los jeroglíficos de los templos del país de
Kham. Sostenía que siguiendo determinadas reglas, se podía dibujar en el muro de
cierto templo, lo que llamaba la Estrella de Perfección, que revelaba el secreto entero
del problema geométrico de las proporciones; que los jeroglíficos trazados alrededor de
esta figura no estaban destinados más que a engañar la curiosidad de los profanos,
porque leídos al mismo tiempo que los del interior de la figura, no daban ningún
sentido, o caían en la trivialidad.
El diagrama consistía en un círculo con un cuadrado inscrito y otro externo,
encerrando un triángulo equilátero, dos triángulos egipcios y un pentágono. La

24
Fi cus i ndi co de Li nneo. De l as ramas de este árbol desci enden raí ces que se i ntroducen en el
suel o y hecha brotes, de modo que al cabo de l os años una sol a pl anta ocupa gran extensi ón de
terreno. (N. del T. )

72
aplicaba a todas las imágenes, estatuas, puertas, jeroglíficos, pirámides, planos, tumbas
y monumentos del antiguo Egipto y demostraba que las proporciones correspondían
tan bien, que esa debió ser su regla. Aplicaba el mismo canon a las obras maestras del
arte griego, y encontraba que habían sido o habían podido ser construidas sin modelo,
observando dicho canon. El difunto doctor Seth Pancoast, M. D. , de Filadelfia,
erudito kabalista, se encontraba presente, y dirigió al señor Felt algunas preguntas
concretas para ver si podía probar prácticamente su perfecto conocimiento de los
poderes ocultos poseídos por los verdaderos magos antiguos, entre otros, la evocación
de los espíritus en las profundidades del espacio. El señor Felt contestó
categóricamente que lo había hecho y que podía nuevamente hacerlo con su círculo
químico. “Podía provocar la aparición de centenares de sombras parecidas a la forma
humana, pero no había reconocido signos de inteligencia en esas apariciones”. Saco
estos detalles de un recorte de la época, clasificado en el Scrap Book, I, sin el nombre
del periódico, pero en los de ese tiempo. Parece ser del periódico del señor Wiggin, el
Liberal Christian.
Las teorías y las ilustraciones de Felt eran tan atrayentes, que S. W. Bouton, editor
de libros de simbolismo, se comprometió a publicar su libro, en 1.000 páginas in-folio
con ilustraciones, y adelantó una suma considerable para las planchas, los útiles de
grabador, las prensas, etc. , etc. Pero como tenía que tratar con un genio favorecido
con una numerosa familia, y abominablemente informal, se dieron tantas largas al
asunto que perdió la paciencia y creo que cortó sus relaciones con él. La gran obra no
se publicó jamás.
El señor Felt nos dijo en su conferencia que, haciendo estudios de Egiptología,
descubrió que los antiguos sacerdotes egipcios eran adeptos de la ciencia mágica y
tenían el poder de evocar y emplear los espíritus de los elementos, y que habían
dejado sus formularios, que él había descifrado, ensayado, y conseguido evocar con
ellos a los elementales. Consentiría en ayudar a algunas personas escogidas para que
por sí mismas ensayasen su sistema, y nos haría ver todos los espíritus naturales en
una serie de conferencias retribuidas. Naturalmente, le dimos un voto de gracias por
su interesante conferencia, y siguió a ésta una animada discusión. Durante ella, me
vino la idea de que sería bueno formar una sociedad para emprender y fomentar
investigaciones ocultas de esa índole, y después de pensarlo un poco, escribí en un
trozo de papel: ¿No sería bueno formar una Sociedad para esta clase de estudios?, y se lo

73
di al señor Judge, que se encontraba entre yo y H. P. B. , que estaba sentada enfrente,
para que se lo pasase. Ella lo leyó y me contestó que sí con la cabeza. En seguida me
levanté, y después de algunas frases preliminares, esbocé el proyecto. Los asistentes lo
aprobaron, y cuando el señor Felt, respondiendo a nuestra petición, dijo que no tenía
inconveniente en enseñarnos a evocar y emplear los elementales, se decidió por
unanimidad formar dicha Sociedad. A proposición del señor Judge, se me nombró
presidente y se aceptó mi propuesta de elegir al señor Judge secretario de la reunión.
Como era tarde, se fijó la noche siguiente para dar a esto carácter oficial. Se rogó a los
presentes que trajesen a los amigos susceptibles de unirse a la Sociedad proyectada.
Como ya dije, no existe un acta oficial del secretario de esta reunión, pero el señor
Britten cita en Nineteenth Century Miracles (p. 296) una nota publicada en un diario
de Nueva York y reproducida en el Spiritual Scientist, y de su libro extraigo los
párrafos siguientes :
“Acaba de comenzar en Nueva York, bajo la dirección del coronel Enrique S.
Olcott, un movimiento de gran importancia: se trata de la organización de una
sociedad que se llamará Sociedad Teosófica. La proposición se hizo espontáneamente
y sin haber sido premeditada, en una reunión en la casa de la señora Blavatsky, la
noche del 7 del corriente, donde un grupo de más o menos diez y siete señoras y
caballeros se hallaban reunidos para oír al señor Jorge Felt, cuyos descubrimientos de
las figuras geométricas de la Kábalah egipcia pueden ser considerados como una de las
conquistas más sorprendentes del espíritu humano. Varias personas de gran erudición
y otras que ocupan situaciones influyentes, formaban parte de la reunión. Los
editores de dos periódicos religiosos, los coeditores de dos revistas literarias, un
doctor en letras de Oxford, un venerable sabio judío y afamado viajero, el redactor
jefe de uno de los diarios de Nueva York, el presidente de la Sociedad Espiritista de
Nueva York, el señor C. C. Massey, abogado inglés; la señora Hardinge Britten y el
doctor Britten, dos notarios de Nueva York; además el coronel Olcott, un socio de
una casa editora de Filadelfia, un médico muy conocido, y finalmente, la más célebre
que todos ellos, la señora Blavatsky, eran los que formaban el círculo de oyentes del
señor Felt… En un intervalo de la conversación, el coronel Olcott se puso de pie, y
después de haber indicado brevemente el actual estado del movimiento espiritualista,
la actitud de sus contrarios los materialistas, el conflicto irreconciliable entre la
Ciencia y las sectas religiosas, el carácter filosófico de las antiguas teosofías y su valor

74
para la reconciliación de todos los antagonistas, así como el éxito, al parecer sublime,
del señor Felt, arrancando la clase de la arquitectura de la Naturaleza, a miserables
fragmentos de antiguas leyendas olvidadas por la mano devastadora de los fanáticos
musulmanes o cristianos de los primeros siglos, propuso formar un núcleo alrededor
del cual podrían reunirse todas las almas esclarecidas y valientes que se hallasen
dispuestas a trabajar por la adquisición y difusión del verdadero conocimiento. Su
plan era organizar una sociedad de ocultistas, empezar en seguida a formar una
biblioteca y vulgarizar el conocimiento de esas leyes secretas de la Naturaleza que
fueron tan familiares a los caldeos y egipcios, y hoy totalmente ignoradas por nuestros
sabios modernos”.
Viniendo esto de fuente extraña y publicado pocos días después de la reunión, vale
tal vez más que una memoria oficial, y demuestra palpablemente la idea que tuve al
proponer la formación de nuestra Soci edad. Esta debí a ser una asoci aci ón encargada
de recoger y publ i car conoci mi entos, emprender i nvesti gaci ones ocul tas y el estudi o
y vul gari zaci ón de l as anti guas i deas fi l osófi cas y teosófi cas. Uno de l os pri meros
pasos debí a ser l a fundaci ón de una bi bl i oteca. No se trató nada de Fraterni dad
Uni versal , porque l a proposi ci ón de fundarl a surgi ó a propósi to del tema de l a
di scusi ón. Era un asunto senci l l o, prosai co, si n acompañami ento de fenómenos o
i nci dentes extraordi nari os. En fi n, no tení a ni trazas de espí ri tu sectari o, y en
cambi o poseí a una tendenci a netamente anti materi al i sta. El pequeño grupo de l os
fundadores era de raza europea, si n antagoni smo natural haci a l as rel i gi ones, e
i gnorando l as di sti nci ones de castas. El el emento Fraterni dad, que debí a entrar más
tarde en l a composi ci ón de l a Soci edad, no estaba previ sto, pero cuando nuestra
i nfl uenci a se extendi ó con el ti empo, hasta ponernos en rel aci ón con l os asi áti cos,
sus rel i gi ones y sus si stemas soci al es, apareci ó como una necesi dad, y hasta como l a
pi edra angul ar de nuestro edi fi ci o. La Soci edad Teosófi ca ha si do una evol uci ón y
no una creaci ón del i berada (en el pl ano vi si bl e al menos).
Tengo el acta ofi ci al de l a reuni ón del 8 de Septi embre, fi rmada por mí como
presi dente y por G. Q. Judge, secretari o, y voy a reproduci rl a de nuestro di ari o:
“Según l a proposi ci ón del coronel Enri que S. Ol cott para formar una soci edad
para el estudi o y l a acl araci ón del Ocul ti smo, l a Kábal ah, etc. , l as señoras y
cabal l eros presentes se han consti tui do en asambl ea, y por moci ón del señor
Gui l l ermo Q. Judge, se

75
Resolvió que el coronel E. S. Ol cott serí a presi dente.
Según una moci ón se
Resolvió que el Sr. G. Q. Judge serí a el secretari o. El presi dente pi di ó en segui da
l os nombres de l as personas presentes que deseasen fundar tal Soci edad o formar
parte de el l a. Las si gui entes personas di eron sus nombres al secretari o:
Coronel Ol cott, señora H. P. Bl avatsky, Carl os Sotheran, doctor Carl os E.
Si mmons, H. D. Monachesi , C. C. Massey, de Londres; W. L. Al den, J. H. Fel t, D.
E. de Lara, doctor W. Bri tten, señora E. H. Bri tten, Enri que Newton, Juan Storer
Cobb, J. Hysl op, G. Q. Judge y H. M. Stevens. (Todos presentes, sal vo uno).
Según l a moci ón de Heri berto D. Monachesi , se
Resolvió que el presi dente nombrarí a una comi si ón de tres mi embros para
preparar una consti tuci ón y un regl amento que deberí an ser presentados en l a
próxi ma reuni ón.
Según una moci ón se
Resolvió que el presi dente se uni rí a a l a comi si ón antes ci tada. El presi dente
desi gnó en segui da a l os Sres. H. Newton, H. M. Stevens y C. Sotheran para
i ntegrar l a menci onada comi si ón.
Según una moci ón presentada, se
Resolvió fi j ar l a próxi ma reuni ón para el l unes 13 de Septi embre, en el mi smo
si ti o, a l as ocho de l a noche.
De modo que l a Soci edad fué formada –y no fundada– por di ez y sei s personas,
porque su fundaci ón sobre bases establ es, fue el resul tado de vari os años de trabaj o
y abnegaci ón, y durante una parte de este ti empo, H. P. B. y yo nos encontramos
sol os en l a brecha, construyendo esos fuertes ci mi entos, ya fuese porque nuestros
col egas nos dej aron, o porque perdi eron el i nterés, o l a fuerza de l as ci rcunstanci as
l es i mpi di ó dar como l o hubi eran deseado, su ti empo y sus esfuerzos. Pero no
anti ci pemos.
Cuando esta parte de mi rel ato apareci ó en el Theosophist (Novi embre de 1892),
l l evaba retratos de vari os mi embros con cargos en l a Soci edad; l as personas a
qui enes i nteresen, pueden verl os en di cha revi sta. La excesi va abundanci a de
materi a en este vol umen me obl i ga a condensarl o todo l o posi bl e. No obstante,

76
i ncl ui ré mi nota sobre el Sr. Al den, a causa de l a hi stori a de una de sus experi enci as
ocul tas.
El señor W. L. Al den, muy conoci do ahora en l os cí rcul os l i terari os de Londres,
era entonces redactor j efe del New-York Times y sus crí ti cas humorí sti cas sobre
temas corri entes eran muy apreci adas. Reci entemente l o encontré en Parí s después
de bastantes años de separaci ón y supe que habí a desempeñado i mportantes cargos
consul ares por cuenta del gobi erno norteameri cano. Le sucedi ó en Nueva York,
cuando acabábamos de conocernos, una aventura bi en graci osa. Entonces él escri bí a
en el New-York Daily Graphic y yo tambi én, mi s cartas de Chi ttenden. Un cúmul o de
personas extravagantes acudí a al despacho de l a di recci ón para hacer preguntas
oci osas y mol estaban al di rector, Sr. Crol y, a tal punto que acabó por publ i car una
cari catura que l e representaba acorral ado, con un revól ver y unas enormes ti j eras,
defendi éndose de una i nvasi ón “de hombres con mel enas y muj eres pel adas”, todos
el l os espi ri ti stas. Pero una mañana, un hombre de edad, vesti do como un ori ental ,
se presentó l l evando baj o el brazo un l i bro raro y vi si bl emente muy anti guo.
Después de haber sal udado a l os redactores con una grave reverenci a, se puso a
habl ar de mi s cartas y del Espi ri ti smo occi dental . Todos dej aron sus mesas para
oí rl e y se agruparon a su al rededor. Habl ando de Magi a, se vol vi ó tranqui l amente
haci a Al den, de qui en nadi e sospechaba sus i ncl i naci ones ocul tas, y l e di j o: “Señor,
¿cree usted en l a verdad de l a Magi a?” Un poco cohi bi do, Al den respondi ó: “Pues…
he l eí do Zanoni, y creo que ahí bi en puede haber al go”. A su ruego, el extranj ero
mostró a l os redactores su curi oso l i bro. Era un tratado de Magi a escri to en árabe o
en al guna l engua ori ental , con numerosas i l ustraci ones en el texto. Todos se
i nteresaron vi vamente, sobre todo Al den, que al marcharse el anci ano l e pi di ó que
l e concedi ese otra entrevi sta. Este consi nti ó sonri endo y l e di o unas señas para que
l e buscase. Cuando Al den se presentó al l í , se encontró con un comercio de libros e
imágenes católicas. Burl ado de este modo, mi ami go conti nuó, aunque i núti l mente,
observando a todas l as personas que encontraba, con l a esperanza de hal l ar al
misterioso asiático. El señor Crol y me dij o que nunca reapareció por l as oficinas del
Graphic; hubiérase dicho que desapareció por una trampa. No es una experiencia rara
esta aparición y desaparición de personas misteriosas que traen el l ibro requerido al
hombre que l o necesita, o que l o ponen en el camino debido cuando se debate
val ientemente en el pantano, movedizo de l as dificul tades, en persecución de l a

77
Verdad. Muchos casos parecidos se cuentan en l as historias rel igiosas. A veces el
visitador se presenta de día, otras veces en una visión nocturna. La revel ación puede
venir por medio de destel l os –l os destel l os de Buddhi s obre Manas –
25
produciendo
l os grandes descubrimientos científicos, como apareció a Fraunhofer l a idea del
espectroscopio, a Frankl in l a natural eza de l os rel ámpagos, a Edison el tel éfono, y
otras diez mil grandes cosas a l os espíritus preparados y abiertos a l a sugestión. Sería
exagerado pretender que todos l os aspirantes a l a Ciencia Ocul ta pueden contar con
tal suerte una vez en su vida, pero creo que el porcentaj e de l os que esto l es sucede,
es cien veces mayor que l o que se cree. Es una desgracia individual si no se sabe
reconocer al ángel cuando se presenta, o si se l e roza en l a cal l e sin un
estremecimiento de aviso, ya sea a consecuencia de fal sas ideas sobre l a apariencia
del mensaj ero, o por prej uicio respecto al modo en que el mensaj e debería ser dado.
Habl o aquí de esto con perfecto conocimiento de causa.

25
Buddhi . En l a di vi si ón septenari a del hombre, según l a Teosof í a, es el 6º pri nci pi o o al ma. Ti ene
l a f acul tad de l a i ntui ci ón. Manas, el 5º pri nci pi o, o mente; con Buddhi y Atma (espí ri tu) es el
ternari o que reencarna. (N. del T. )

78

CAPÍTULO IX
FORMACIÓN DE LA SOCIEDAD TEOSÓFICA

El señor Fel t continuó l a interesante descripción de sus descubrimientos,
comenzada el 8 de septiembre, en l a reunión fij ada para el 18 de septiembre de
1875, y dibuj ó un cierto número de diagramas en col ores. Al gunas personas
presentes dij eron haber visto que l a l uz tembl aba sobre l as figuras geométricas, pero
me incl ino a pensar que eso era debido, mitad a autosugestión y mitad a l o que Fel t
había dicho de sus propiedades mágicas (4). Yo no vi ciertamente nada ocul to, ni l os
demás tampoco, sal vo una muy pequeña minoría de l os asistentes. Terminada l a
conferencia, se pasó al orden del día; yo presidía y el señor C. Sotheran hacía de
secretario. El acta dice:
“La comisión del preámbul o y regl amento, anunció que prosigue sus trabaj os, y el
señor de Lara l ee una nota que ha redactado a ruego de l a comisión. A petición de l a
comisión, se
Resolvió que l a Sociedad adoptaría el nombre de Sociedad Teosófica.
El presidente del egó en el Rev. Wiggin y el señor Sotheran el encargo de buscar
un l ocal conveniente. Se admitieron varios nuevos miembros. Según moción
presentada, se
Resolvió que esas personas serían inscritas en l a l ista de fundadores.
Después de esto, l a reunión próxima fue acordada sine die, para reunirse de nuevo
por convocatoria del presidente”. El acta está firmada por mí como presidente y por
el doctor Juan Storer Cobb, y por C. Sotheran, como secretario.
La el ección del nombre de l a Sociedad fue, como es natural , obj eto de gran
discusión en el seno de l a comisión nombrada. Se propusieron varios, entre el l os si
recuerdo bien, l os de: Sociedad Egiptol ógica, Hermética, Rosa-Cruz, etc. , pero esto
nos parecía bastante característico. Por fin, hoj eando un diccionario, uno de
nosotros dio con l a pal abra “Teosofía”, y después de haberl a discutido, quedamos de
acuerdo por unanimidad en que era el mej or nombre, puesto que representaba l a
verdad esotérica que tratábamos de al canzar y abarcaba al mismo tiempo el campo

79
de l as investigaciones ocul tas de Fel t. Se ha contado una tonta historia de un indo
desconocido que había entrado en l a sal a de l a comisión, había arroj ado un paquete
sel l ado sobre l a mesa y había sal ido nuevamente, o desaparecido en el espacio… una
vez abierto el paquete, resul tó que contenía un proyecto de constitución y
regl amento para l a Sociedad, que nosotros adoptamos inmediatamente. Todo esto es
un puro absurdo, no sucedió nada por el estil o. De tiempo en tiempo se han puesto
en circul ación respecto a nosotros consej as de esta cl ase, al gunas bastante
extravagantes, otras fantásticas, otras de una inverosimil itud infantil , todas
perfectamente fal sas. Yo era un periodista demasiado antiguo para tomar en serio
esas noticias fal sas. En el momento mismo, engañan a al gunas personas, pero a l a
l arga son inofensivas.
En cuanto al proyecto original de regl amento, tomamos todas l as precauciones
debidas y preparamos una serie de artícul os l o más satisfactoria posibl e. Se
examinaron l os regl amentos de diferentes sociedades constituidas y hal l amos l os
mej ores model os en l a Sociedad Geográfica Americana, l a Sociedad de Estadística y
el Instituto Americano. Después de estos prel iminares, se pidió permiso a l a señora
Britten para tener l a siguiente reunión en su casa (por no haber aún al quil ado l ocal )
y mandé el siguiente aviso en tarj etas postal es:
SOCIEDAD TEOSÓFICA
Habiendo terminado su trabaj o l a Comisión del Regl amento, l a Sociedad
Teosófica tendrá una reunión el sábado 16 de Octubre de 1875, a l as ocho de l a
noche, en una casa particul ar: cal l e Segunda Oeste núm. 206, para el egir y organizar
sus autoridades. Si el señor Fel t se encuentra en l a ciudad, continuará dando cuenta
de sus descubrimientos egipcios tan profundamente interesantes. Según el
regl amento propuesto, l os nuevos miembros no podrán ser aceptados sino después
de treinta días de haber sido propuestos. Por l o tanto, es de desear que todo el
mundo asista a esta primera reunión.
El abaj o firmado dirige este l l amamiento conforme al acta aprobada por l a
reunión del 13 de Septiembre.
Firmado: Enrique S. Ol cott, presidente interino.
Hice poner en un marco y l a guardo en Gul istan, l a tarj eta postal que se envió a
H. P. B. , y poseo también mi propio ej empl ar.

80
El acta cita como presentes en esta reunión a l as siguientes personas: señora
Bl avatsky, señora E. H. Britten, Enrique S. Ol cott, Enrique J. Newton, Carl os
Sotheran, G. Q. Judge, J. Hysl op, doctor Atkinson, doctor H. Carl os, doctor
Simmons, Tudor Horton, doctor Britten, C. C. Massey, Juan Storer Cobb, W. L.
Al den, Edwin S. Ral phs, Heriberto D. Monnacheri y Francisco Agramonte.
En nombre de l a comisión encargada del preámbul o y regl amento, el presidente
l ee el preámbul o y el señor Carl os Sotheran el regl amento.
El presidente presenta en seguida al señor Massey, quien pronunció al gunas
pal abras y tuvo inmediatamente que ausentarse para tomar el vapor que debía
conducirl o a Ingl aterra.
A continuación se discutieron diversas proposiciones sobre l a adopción del
regl amento, y por fin se depositó el proyecto de l a comisión y se acordó imprimirl o.
Después se l evantó l a sesión. E. S. Ol cott l a presidió, con J. S. Cobb, como
secretario.
La siguiente sesión prel iminar se efectuó en el mismo sitio el 30 de Octubre.
Aceptado el informe de l a comisión nombrada para el l ocal , se el igió como l ugar
para l as reuniones de l a Sociedad el Mott Memorial Hal l , en l a Av. Madison, núm.
64, situado a pocos pasos de nuestro cuartel general de Nueva York recientemente
adquirido.
El regl amento fue l eído, discutido y adoptado, con l a reserva de que el preámbul o
sería revisado y corregido por E. S. Ol cott, C. Sotheran y J. S. Cobb antes de ser
publ icado, como preámbul o oficial de l a Sociedad.
Después se hizo l a votación para designar a l os que debían desempeñar l os cargos,
haciendo de escrutadores Tudor Horton y el doctor W. H. Atkinson; el señor
Horton procl amó el resul tado siguiente:
Presidente, Enrique S. Ol cott; vicepresidentes: doctor S. Pancoast y J. H. Fel t; secretario
(de correspondencia), señora H. P. Bl avatsky; secretario (archivero), Juan Storer Cobb;
tesorero, Enrique J. Newton; bibliotecario, Carl os Sotheran; vocales: Rev. J. H. Wiggin, R.
B. Westbrook, L. L. D. , señora Ema Hardinge Britten, C. E. Simmons, M. D. y
Heriberto Monnacheri; abogado consejero, Guil l ermo Q. Judge.
La asambl ea fue entonces convocada para el 17 de Noviembre de 1875, a fin de

81
oír l a l ectura del preámbul o corregido, el discurso de apertura del presidente y
constituir definitivamente l a Sociedad.
En el día fij ado, l a Sociedad se reunió en el l ocal al quil ado; se l eyeron l as actas de
l as sesiones anteriores y aceptadas, el presidente pronunció su discurso de
inauguración y se votó hacerl o imprimir. Se dio un voto de gracias al presidente,
propuesto por el señor Newton. Y l a Sociedad, ya constituida, fij ó su reunión
próxima para el 15 de diciembre.
De este modo, l a Sociedad Teosófica, concebida el 8 de septiembre, y constituida
definitivamente el 17 de noviembre de 1875, después de un período de gestación de
setenta días, vino al mundo y comenzó su maravi l l osa y al trui sta carrera, per angusta
ad augusta
26
.
En el pri mer documento i mpreso, Preámbulo y reglamento de la Sociedad Teosófica,
se puso como fecha de l a organi zaci ón el 30 de Octubre, cuando debi ó ponerse,
como se ha vi sto, el 17 de Novi embre de 1875.
Este rel ato del ori gen y naci mi ento de l a Soci edad es muy prosai co y fal to del
carácter sensaci onal que a veces se l e atri buyó, pero ti ene el méri to de l a exacti tud
hi stóri ca, porque al escri bi r una hi stori a y no una novel a, he debi do atenerme a l o
que arroj an nuestras actas, y puedo probar mi s afi rmaci ones una por una. Por
exagerado entusi asmo mal entendi do, que ha dado como resul tado una denegaci ón
de j usti ci a, como toda acti tud mental estrecha ti ende a produci r, muchas personas
han i do repi ti endo que H. P. B. sol a habí a fundado l a Soci edad Teosófi ca y que sus
col egas no contaron para nada. Pero el l a mi sma rechazó vi gorosamente esta i dea
cuando el señor Sul l i van l a publ i có en 1878. Respondi endo a un crí ti co cáusti co,
di ce:
“Habl a de nosotros como “nuestros Maestros”, con una mordaz i roní a. Pues
bi en, recuerdo perfectamente que he decl arado en una carta anteri or que nosotros
(el l a y yo) j amás nos hemos presentado como “Maestros”, si no todo l o contrari o,
hemos decl i nado todo papel de esa cl ase, a pesar de todo l o que haya di cho en su
excesi vo panegí ri co mi di gno ami go el señor Sul l i van, qui en no sol amente qui ere
ver en mí una sacerdoti sa buddhi sta (! ), si no que tambi én, y sin una sombra de
verdad, me atribuye La fundación de La Sociedad Teosófica y de sus Ramas”. (Carta de

26
Por di f i cul tades y estrecheces, hací a un gran resul tado. Frase l ati na que f i gura como pal abras de
pase de l os conj urados en el 4º acto de Hernani , de V. Hugo. (N. del T. )

82
H. P. B. publ i cada por el Spiritualist del 22 de Marzo de 1878).
H. P. B. era bi en notabl e por sí mi sma, si n necesi dad de que se l e cubri ese de
el ogi os i nmoderados; y esta i dea fi j a de hal l ar un senti do ocul to a cada una de sus
pal abras o a cada uno de sus actos, no puede menos que vol verse contra qui enes l a
cobi j an, según l a l ey general y natural , de acci ón y reacci ón. Sus devotos no pi ensan
que cuanto más cl ari vi denci a e i nfal i bi l i dad l e atri buyan, tanto más el mundo l e
pedi rá una cuenta despi adada de todos sus actos, de sus errores de j ui ci o, de sus
i nexacti tudes y otras debi l i dades que se censuran moderadamente en una persona
corri ente –es deci r, no i nspi rada–, porque se l as consi dera como cosa propi a de l a
i mperfecci ón humana. Se l e hace un fl aco servi do al querer col ocarl a por enci ma de
l a Humani dad, si n debi l i dades, tachas ni defectos, porque sus obras publ i cadas, si n
habl ar de su correspondenci a pri vada, muestran todo l o contrari o.
Aunque mi di scurso de i nauguraci ón fue apl audi do por l os oyentes, y el señor
Newton, espi ri ti sta ortodoxo, el señor Tomás Freethi nker y el Rev. Westbrook
hi ci eron votar su i mpresi ón –prueba segura de que hal l aron razonabl es sus i deas y
el tono–, yo l o encuentro, si n embargo, al go extraordi nari o, después de di ez y si ete
años de ruda experi enci a.
No pocas de mi s previ si ones se han real i zado; muchas no. Lo que nosotros
creí mos ser una sól i da base experi mental , es deci r, l a demostraci ón por el señor Fel t
de l a exi stenci a de l as razas el emental es, se convi rti ó en desengaño y morti fi caci ón.
Aunque estando sol o, él haya teni do éxi to en eso, no consi gui ó hacernos ver nada,
ni l a punti ta de l a col a del más pequeño espí ri tu natural . Nos atraj o l as burl as de
l os espi ri ti stas y de l os escépti cos de toda cl ase. Era un hombre de gran tal ento y
parecí a haber hecho un notabl e descubri mi ento, al parecer tan probabl e que, como
ya l o di j e, un edi tor experi mentado, el señor Bouton, arri esgó una fuerte suma para
publ i car su l i bro. Por mi parte, creo que habí a l l evado a cabo l as cosas que contó y
que si hubi era queri do trabaj ar si stemáti camente en esta di recci ón, su nombre
hubi ese adqui ri do una gran notori edad. Habi endo vi sto tan a menudo a H. P. B.
servi rse de l os el emental es, así como al signor B. en vari as ocasi ones, y después de l o
que el extranj ero mi steri oso me mostró en mi propi a habi taci ón, ¿por qué no i ba yo
a creer a Fel t capaz de hacer otro tanto?, sobre todo cuando H. P. B. afi rmaba que él
podí a hacerl o. De suerte que con l a temeri dad de un expl orador y el cel o de un
entusi asta e i ncorregi bl e opti mi sta, sol té l a bri da sobre el cuel l o de mi i magi naci ón

83
en el di scurso de apertura, e hi ce un cuadro encantador de l o que resul tarí a de l as
promesas de Fel t (si l as cumpl í a). Fel i zmente para mí que ese si está ahí , aunque más
hubi ese val i do escri bi rl o: S I . Reci bi ó ci en dól ares de nuestro tesorero Newton con
el pretexto de pagar l os preparati vos de sus experi mentos, porque él era pobre; pero
no nos mostró ni ngún el emental . Una carta suya se l eyó en el Consej o del 29 de
marzo de 1876, en l a cual decí a que “estaba pronto para cumpl i r su promesa de dar
en l a Soci edad una conferenci a sobre l a Kábal ah, y anunci aba l as di vi si ones
general es de su tema”. El señor Monachesi hi zo entonces l a proposi ci ón si gui ente,
que se aceptó:
“El secretari o se encargará de hacer i mpri mi r y di stri bui r a l os mi embros de l a
Soci edad, ya sea l a carta de J. H. Fel t, o un resumen de el l a, preparado por el mi smo
Fel t”. (Extracto de l as actas de l a Soci edad Teosófi ca, p. 15).
Se i mpri mi ó l a ci rcul ar y di smi nuyó al go el resenti mi ento general contra l a fal ta
de pal abra del señor Fel t. Di o, en efecto, su segunda conferenci a el 21 de Juni o;
después nos abandonó otra vez, y veo que en el Consej o cel ebrado el 11 de
Octubre, a moci ón del tesorero Newton, se adoptó l a resol uci ón de encargar al
señor Judge, consej ero l egal de l a Soci edad, que l e pi di ese el cumpl i mi ento de su
obl i gaci ón a l a brevedad posi bl e. Pero no l o hi zo j amás. Por fi n, se separó de l a
Soci edad, y cuando fue patente que nada se sacarí a de él , no pocos desapareci eron
tambi én, dej ando que nosotros, que buscábamos otra cosa y no apari ci ones
sensaci onal es, nos arregl ásemos como pudi éramos.
Y nos costó bastante arregl arnos, como l o saben bi en todos l os que trabaj aron
con nosotros. Deseábamos aprender de un modo experi mental todo l o que se puede
saber de l a consti tuci ón del hombre, de su i ntel i genci a y de su l ugar en l a
Natural eza. En parti cul ar, el espí ri tu como vol untad era nuestro gran probl ema.
Los magos ori ental es l a empl ean, así como l os magneti zadores y l os psi cópatas
occi dental es. Desarrol l ada en un hombre, hace de él un héroe; ahogada en otro, l o
convi erte en médi um. Todos l os seres de todos l os rei nos y de todos l os pl anos de l a
materi a, obedecen a su i rresi sti bl e poder; uni da a l a i magi naci ón, crea dando a l as
i mágenes mental es apenas concebi das una forma obj eti va. De manera que a pesar de
l a defecci ón de Fel t y l os obstácul os que eri zaban nuestro cami no, nos quedaban
bastantes campos para expl orar y l os expl oramos l o mej or que pudi mos. Nuestros
archi vos i ndi can ensayos de medi ums, experi mentos de Psi cometrí a, de l ectura del

84
pensami ento y de Magneti smo; escri bí amos y oí amos memori as sobre esos temas.
Pero l os progresos eran l entos, porque aunque deseábamos quedar bi en
exteri ormente, cada uno de nosotros se sentí a secretamente desani mado por el
fracaso de Fel t y no parecí a posi bl e reempl azarl e. El signar B. , que sabí a hacer
l l over, habí a si do puesto en l a puerta por H. P. B. cuando trató en vano de hacerme
reñi r con el l a; mi desconoci do de tez morena y que evocaba l os el emental es no
habí a reapareci do, y H. P. B. con qui en todos con razón habí an contado, rehusó
mostrar ni l a sombra de un fenómenos en nuestras reuni ones. De modo que el
número de l os mi embros di smi nuí a, y al cabo de un año l o que quedaba a fl ote era:
una buena organi zaci ón, sana y sól i da en su base, una notori edad al go demasi ado
rui dosa, al gunos mi embros más o menos i ndol entes y un foco i ndestructi bl e de
vi tal i dad, sosteni do por el entusi asmo de l os dos ami gos, l a rusa y el
norteameri cano, ambos tomando el asunto en seri o, no habi endo dudado j amás ni
un i nstante de l a exi stenci a de sus Maestros, de l a excel enci a de su mi si ón y del
compl eto éxi to que deberí a coronar sus esfuerzos. Judge era un ami go l eal y l l eno
de buena vol untad, pero demasi ado j oven para que pudi ésemos consi derarl o como
un tercer asoci ado i gual a l os otros. Era más bi en el benj amí n de l a fami l i a. Cuántas
veces de noche, en nuestro cuartel general , después que nuestros huéspedes se
marchaban, nos hemos reí do H. P. B. y yo del pequeño número de personas con l as
que podí amos contar, mi entras fumábamos un ci garri l l o en l a bi bl i oteca antes de
i rnos a acostar… Recordábamos l as boni tas frases y amabl es sonri sas de l os
i nvi tados y el egoí smo que se mostraba a través de su máscara transparente. Cada
dí a que pasaba, sentí amos más que cada uno de nosotros podí a contar en absol uto
con el otro para l a Teosofí a, aunque el ci el o cayese sobre nuestras cabezas. Pero
fuera de esto, todo dependí a de l as ci rcunstanci as. Con frecuenci a nos l l amábamos
l os mel l i zos teosófi cos o l a tri ni dad, contando l a araña del gas sobre nuestras
cabezas como l a tercera persona. En nuestra correspondenci a teosófi ca se hal l an
frecuentes al usi ones a esas bromas. Y el dí a que dej amos defi ni ti vamente nuestra
casa de Nueva York, ya si n muebl es, para embarcarnos en el vapor que debí a
l l evarnos a l a Indi a, nuestras úl ti mas pal abras fueron un adi ós sol emnemente
cómi co a l a araña, “ami ga si l enci osa que nos i l umi naba, y fi el confi dente”. Nuestros
enemi gos han di cho repeti das veces que al dej ar Améri ca no dej ábamos Soci edad
Teosófi ca detrás de nosotros, y esto es verdad hasta ci erto punto, porque durante
l os sei s años si gui entes, el l a no hi zo nada. El núcl eo soci al –el factor más

85
i mportante en un movi mi ento de esta cl ase– estaba roto y nadi e era capaz de
formar uno nuevo; no se podí a crear otra H. P. B. , y el Sr. Judge, úni co organi zador
y di rector del porveni r, fue l l amado por sus asuntos profesi onal es a paí s español .
Hay que deci r en descargo del señor Judge, del general Doubl eday y de sus
col egas de l a soci edad Teosófi ca pri mi ti va a qui enes habí amos dej ado encargados de
l a Soci edad al parti r para l a Indi a, que l a suspensi ón de acti vi dad que se produj o
durante dos o tres años, sucedi ó en gran parte por mi cul pa. Se habí a habl ado de
transformar l a Soci edad en grado superi or de Francmasonerí a, y este proyecto era
favorabl emente vi sto por ci ertos franscmasones i nfl uyentes. Más tarde tendré que
habl ar de esto: por ahora, bastará deci r que me pi di eron que preparase un ri tual
apropi ado, y esto debí a ser una de mi s pri meras ocupaci ones al l l egar al Indostán.
Pero en l ugar de hal l ar al l á l a cal ma y el ti empo l i bre que esperaba, nos vi mos en
segui da sumergi dos en un remol i no de i ntereses nuevos y deberes di ari os. Tuve que
emprender seri es de conferenci as, hi ci mos l argos vi aj es a través del paí s, se fundó el
Theosophist y me fue senci l l amente i mposi bl e ocuparme del ri tual , aunque reci bí
todaví a al gunas cartas del general Doubl eday y de Judge, quej ándose de l a tardanza
y di ci endo que si n él nada podí an hacer. Además, adqui ri endo experi enci a nos
convenci mos de que ese proyecto era i mpracti cabl e; nuestra acti vi dad habí a ganado
en extensi ón y nuestro trabaj o tomó un carácter más seri o e i ndependi ente. De
manera que por fi n abandoné esta i dea, pero mi entras tanto, Judge se habí a
marchado y l os demás no hací an nada.
El Sr. Judge escri be de Nueva York el 17 de Octubre de 1879 –un año después de
marcharnos–. “Hemos reci bi do muy pocos mi embros y esperamos el ri tual para
reci bi r otros, porque eso serí a un gran cambi o”. Pero de nuestra parte habí amos
trabaj ado mucho en esos doce meses. El general Doubl eday escri be tambi én el 1 de
Septi embre de 1879: “En cuanto a l a Soci edad Teosófi ca en l os Estados Uni dos,
estamos en el statu quo esperando el manual prometi do”. En 23 de Juni o de 1880,
di ce: “¿Por qué no manda usted ese ri tual ?”. Y el Sr. Judge me escri be el 10 de abri l
de 1880: “Aquí todo l angui dece. Aún si n ri tual . ¿Por qué?”. El 17 de novi embre de
1881, Judge marchó a Sud-Améri ca, y su hermano, a qui en él habí a encargado de
l os asuntos de l a Soci edad Teosófi ca, escri bí a que aquel l o “no marcha, y l a Soci edad
no entrará en acti vi dad hasta que G. Q. Judge, el general Doubl eday y yo no
podamos encontrar el ti empo y l os medi os para i mpul sarl a”; fal taban el ti empo y

86
l os medi os. Fi nal mente, porque es i núti l segui r esto más l ej os, Judge escri bi ó el 7 de
Enero de 1882: “La Soci edad dormi ta y no hace nada de nada; su expl i caci ón acerca
del ri tual es sati sfactori a”. A pesar de eso, l as cartas del Sr. Judge, escri tas durante
todo ese ti empo a H. P. B. , a mí o a Damodar, muestran un cel o i nal terabl e por l a
Teosofí a y el mi sti ci smo en general . Su mayor deseo era l l egar a ser un dí a l i bre de
dar todo su ti empo y su energí a a l a Soci edad. Pero así como l a semi l l a del trébol
enterrada baj o vei nte pi es de ti erra, germi na y crece cuando l os obreros, cavando un
pozo, l a sacan a l a superfi ci e del suel o, así tambi én esa semi l l a que pl antamos en el
al ma ameri cana entre 1874 y 1878 fructi fi có a su ti empo y Judge resul tó ser el
segador de nuestra cosecha. Es así como si empre el Karma susci ta sus desbrozadores,
sus sembradores y sus segadores. La vi da de l a Soci edad dependí a di rectamente de
nosotros, sus dos fundadores, pero reposaba en úl ti mo caso en su pri nci pi o
fundamental y en l os Augustos Intermedi ari os que nos l o habí an enseñado y que
habí an l l enado nuestros corazones y espí ri tus con l a l uz de su bondad. Ambos
consci entes de esto, y autori zados a trabaj ar con el l os por este obj eto, nos uní a
estrechamente un l azo más fuerte que el de ni ngún parentesco, haci éndome pasar
por enci ma de nuestras recí procas debi l i dades y soportar l os i nevi tabl es roces entre
dos col aboradores de personal i dad tan neta y di ferente . . En cuanto a mí , eso me
hi zo arroj ar como cosas si n ni ngún val or todos l os l azos soci al es, todas l as
ambi ci ones y todos l os deseos. Si nceramente, del fondo de mi corazón, sentí a y
si ento aún que más val e ser portero o menos todaví a en l a casa del Al tí si mo, que
vi vi r baj o l as ti endas de seda que yo no hubi era teni do más que pedi r a un mundo
egoí sta para obtenerl as. Así pensaba tambi én H. P. B. , cuyo entusi asmo i nfati gabl e
era una fuente i nagotabl e de al i ento para todos aquel l os que l a rodeaban. Era
i mposi bl e que l a Soci edad Teosófi ca pereci era mi entras nosotros estuvi éramos
di spuestos a hacer todos l os sacri fi ci os por nuestra causa.
En l os archi vos de esos pri meros ti empos de l a Soci edad, se encuentran muchas
cosas que i nteresarí an a l os teósofos. El 12 de Enero de 1876, se resol vi ó según l a
proposi ci ón de J. S. Cobb, que “Gui l l ermo Q. Judge, consej ero de l a Soci edad, serí a
i nvi tado a tomar parte en l as del i beraci ones del Consej o”. En l a mi sma reuni ón, se
tomó conoci mi ento de l a di mi si ón del señor Sotheran y fue el egi do en su l ugar el
señor J. H. Newton. Tambi én el Consej o ordenó al secretari o que someti ese a l a
próxi ma asambl ea regul ar de l a Soci edad l a si gui ente resol uci ón, que el Consej o

87
recomendaba fuese aceptada:
“Que l a Soci edad adopte en adel ante y en pri nci pi o el secreto de su actuaci ón y
trabaj os, y que se nombre una comi si ón a fi n de que prepare una memori a sobre el
modo de proceder a di cho cambi o”.
De manera que al cabo de tres meses apenas –creí a que habí a si do más tarde– nos
vi mos obl i gados en defensa propi a a consti tui rnos en soci edad secreta. En l a
reuni ón del Consej o del 8 de Marzo de 1876, según proposi ci ón de H. P. B. , se
“Resolvió que l a Soci edad adoptarí a uno ovari os si gnos de reconoci mi ento, que
servi rí an para l os mi embros entre sí y para l a admi si ón a l as reuni ones”.


Yo nombré una comi si ón de tres mi embros, uno de el l os era H. P. B. , para
i nventar y proponer l os si gnos. El sel l o tan tí pi co de l a Soci edad fue di buj ado en
parte según otro muy mí sti co, que un ami go de H. P. B. habí a hecho para el l a y que
usaba si empre en el papel de sus cartas; el señor Tudor Harton grabó l a pl ancha.
Un poco más tarde, el señor Judge y yo, ayudados por otros, preparamos una
i nsi gni a de soci o compuesta de una serpi ente enroscada en una tau egi pci a. Hi ce
hacer dos, para H. P. B. y para mí , pero después l as regal amos a ami gos.
Reci entemente se ha vuel to a poner en uso en Améri ca el boni to y sugesti vo
sí mbol o.
Pero l o poco que en cual qui er momento hubo de secreto en l a Soci edad –tan
poco y aún menos de l o que ti ene que reservar un francmasón– desapareci ó después
de un corto perí odo de nuestros dí as de l a i nfanci a. En 1889 se uti l i zó como
pri nci pal el emento de l a Soci edad Esotéri ca que fundé para H. P. B. , y l o di go con
pena, con tantos resul tados mal os como buenos.

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CAPÍTULO X
EL BARÓN DE PALM

Habiendo narrado la evolución de la Sociedad hasta el momento en que ya estuvo
perfectamente organizada, podemos ocupamos de algunos incidentes que llamaron la
atención de los fundadores y ejercieron una influencia más o menos marcada sobre su
crecimiento. Si la mayoría de los miembros de la S. T. conociesen los detalles del
comienzo de su historia, cualquiera menos ocupado que yo, podría encargarse de esa
recopilación retrospectiva. Pero como en realidad nadie está tan bien informado como
yo, como nadie más que yo asumió con H. P. B. las responsabilidades, recibió los golpes
y organizó la victoria, es también mi deber la pluma del historiador. De otro modo,
no se diría nunca la verdad. El incidente que quiero contar en este capítulo se refiere
a las relaciones del barón de Palm con nuestra Sociedad, a sus antecedentes, su
muerte, su testamento y sus funerales; su incineración será objeto de otro capítulo.
Esto no es Teosofía, pero no estoy escribiendo un tratado de Teosofía; es la historia
de uno de los asuntos que estuvieron estrechamente ligados a la Sociedad y que
ocuparon el tiempo y la atención de mi colega y los míos. Esos asuntos
comprometieron gravemente mi responsabilidad como presidente. Se comprenderá lo
que quiero decir, cuando se sepa que yo no me encargué de las exequias del barón de
Palm, con el temor de perder un cliente que me daba a ganar profesionalmente 2. 000
libras al año. Temor justificado además, porque ofendí mortalmente a ese caballero,
cristiano de criterio estrecho, que me retiró su confianza para depositaria en otro
amigo suyo. Pero claro está que si hubiese que hacerlo de nuevo, lo volvería a hacer, y
sólo cito el caso para mostrar que en aquel tiempo costaba algo servir a los Maestros.
José Enrique Luis Carlos, barón de Palm, comendador gran cruz de la Orden del
Santo Sepulcro, caballero de otras varias Ordenes, nació en Augsburg el 10 de Mayo
de 1809, en una noble y antigua familia de Baviera. A una avanzada edad emigró a
Norteamérica, vivió varios años en el Oeste, y hacia el mes de Diciembre de 1875 se
me presentó con una carta de recomendación del difunto coronel Bundy, editor del
Religio Philosophical Journal. Hallé en él un hombre de modales agradables,
visiblemente de la mejor sociedad, que profesaba un vivo interés por el espiritualismo

89
y un gran deseo de aprender algo de nuestras teorías orientales. Le recibí muy bien, y
a petición suya le presenté a H. P. B. Las relaciones continuaron; el barón se hizo
miembro de la Sociedad, y llegó a serlo del Consejo cuando la dimisión del Rev. J. H.
Wiggin dejó una vacante el 29 de Marzo de 1876. Como se quejaba de su estado de
salud y de no tener a nadie en Nueva York que se ocupase de su vida o de su muerte,
en la miserable pensión donde vivía, le invité a que ocupase una habitación en mi
casa; me ocupé de él e hice venir un médico para cuidarle. Este diagnosticó neumonía
y nefritis, declarando en peligro al enfermo. El barón me pidió que hiciese venir al
señor Judge, consultor permanente de la Sociedad, e hizo un testamento por el cual
dejaba ciertos terrenos en Chicago a dos amigas, me nombraba legatario universal y
también su albacea testamentario conjuntamente con el señor Newton, tesorero de la
S. T. Por orden del médico, y a insistentes ruegos suyos, fue transportado al hospital
Roosevelt la noche del viernes 19 de Mayo de 1876, y murió al día siguiente por la
mañana. La autopsia probó que había sufrido durante años enfermedades de los
pulmones, de los riñones, etc. Existe en la secretaría de la Sociedad un certificado
médico debidamente extendido y registrado según la ley, que atestigua su muerte por
nefritis. El cuerpo fue llevado al depósito del cementerio luterano, esperando la
organización de las exequias.
En cuestión religiosa, el barón de Palm profesaba las opiniones de Voltaire bajo un
barniz de Espiritismo. Pidió expresamente que ningún sacerdote oficiase en sus
funerales y que yo hiciese que le fueran cumplidos los últimos deberes, de modo que
se pusiesen de manifiesto las ideas orientales sobre la muerte y la inmortalidad. En
Inglaterra y en América se acababa de producir una agitación a causa de la
incineración de los restos de la primera Lady Dilke, de los experimentos científicos de
Sir Enrique Thompson (ver su ensayo: Treatment of the Body after Death. Londres,
1854) y de los folletos del Rev. H. R. Raweis sobre el sinnúmero de horrores de los
cementerios de Londres, esto me impulsó a preguntarle qué deseaba que yo hiciese
con sus restos. Me pidió mi parecer acerca del valor de las dos clases de sepultura, se
adhirió a mis preferencias por la cremación, demostró sentir repugnancia por el
enterramiento debido a que una señora amiga suya había sido enterrada viva, y por fin
me dijo que hiciese lo que yo quisiera. En Abril de 1874 se había formado una especie
de sociedad de aficionados con el nombre de Sociedad Crematoria de Nueva York; yo
era socio de ella y hasta formaba parte de la comisión de consultas legales. Pero sus

90
miembros aún no habían demostrado sus convicciones como no fuera por
declaraciones y publicaciones. Por fin le presentaba la suerte de tener un cuerpo para
quemar y así inaugurar las reformas; lo ofrecí a la Sociedad, que lo aceptó. Hacía
bastante calor para ser en esa estación y el tiempo urgía; hasta la noche de la víspera de
los solemnes funerales del barón, estábamos de acuerdo en que en seguida de
terminada la ceremonia, yo entregaría el cuerpo a los agentes de la Sociedad de
Cremación. Mientras tanto, H. P. B. y todos nosotros nos preparábamos para organizar
unos “funerales paganos” impresionantes –según la expresión empleada por la prensa–,
componer una letanía, preparar un ceremonial, escribir un par de himnos órficos
adecuados y hacerles poner música. La noche del sábado nos disponíamos a ensayar por
última vez nuestro programa, cuando me trajeron una nota del secretario de la
Sociedad de Cremación de Nueva York, diciendo que renunciaban a proceder a la
incineración debido al ruido que hacían los periódicos sobre los funerales, y a sus
ataques contra la Sociedad Teosófica. En otras palabras: esos cobardes no osaban
afrontar el ridículo y la animosidad que la innovación desencadenaba contra nosotros.
Nuestra vacilación no duró más que media hora, porque en seguida ofrecí tomar para
mí la completa responsabilidad, y di mi palabra de que el cuerpo sería quemado, aun
cuando debiera hacerlo yo mismo. Promesa que cumplí en el momento oportuno,
como más adelante se verá.
La amabilidad del Rev. O. B. Frothingam, que reunía sus fieles en el gran salón del
Templo Masónico, en la esquina de la Sexta Avenida y de la Cal le Veintitrés (Nueva
York), nos permitió proceder a los funerales del barón en ese vasto local. Una hora
antes de la fijada, la calle estaba llena de una muchedumbre curiosa, que se agitaba a
veces en oleadas, y tuvo que llamarse a un respetable número de guardias de seguridad
para impedir que las puertas fuesen forzadas. Habíamos enviado dos clases de tarjetas
de invitación, ambas triangulares, una negra impresa en plata, para los asientos
reservados, y otra crema oscuro impresa en negro, para el público; la policía no debía
dejar entrar a nadie sin tarjeta. Pero no es fácil contener una muchedumbre americana
o inglesa, y fue tal su empuje cuando abrieron las puertas, que los 1. 500 poseedores de
tarjetas se colocaron como pudieron. El gran local, que tiene capacidad para 2. 000
personas, estaba lleno como un huevo; los pasillos y el vestíbulo se veían repletos; el
ruido de las conversaciones y la agitación reinante, probaban bien que esa multitud iba
atraída por la curiosidad y no por el deseo de hacer presente su respeto al muerto o su

91
simpatía a la Sociedad Teosófica. Se presentía que el menor incidente transformaría a
esa multitud en una verdadera colección zoológica. Durante toda la semana
precedente, los periódicos habían excitado la curiosidad pública hasta la exasperación,
y una de las más extravagantes parodias que he leído en mi vida, contó por anticipado
nuestra ceremonia y procesión; todo Nueva York se retorció de risa. Citaré un
fragmento para edificación de nuestra descendencia teosófica:
“Vamos, dijo el coronel, en marcha y cumplid vuestro programa, pero sobre todo
que no haya más que miembros de la Sociedad, porque los francmasones no quieren
saber nada con esto.
Dos horas transcurrieron en redactar el orden de la marcha y el programa de los
ejercicios después de la llegada del convoy al Templo. He aquí el resultado y orden del
desfile:
El coronel Olcott oficia de gran sacerdote, vestido , con una piel de leopardo y lleva
un rollo de papiros (cartón crudo).
El señor Cobb hace de escriba sagrado con sus tabletas y el estilo. La caja de una
momia egipcia, sobre un trineo arrastrado por cuatro bueyes (también un esclavo que
lleva un tarro con aceite lubricante) .
La señora Blavatsky presidiendo el duelo y llevando el sistro (con una larga túnica
de lino que le cae hasta los pies, sujeta con un cinturón).
Negritos portadores de tres ocas de Abisinia (pollos de Filadelfia) para adornar el
féretro.
El vicepresidente Felt, con el Ojo de Osiris pintado sobre el pecho izquierdo y
llevando un áspid (comprado en la juguetería de la Octava Avenida).
El doctor Pancoast cantando un viejo salmo tebano:
Isis y Nepthys, el comienzo y el fin.
Enviamos una nueva víctima al Amenti.
Paguemos el impuesto y démonos prisa,
Atravesemos la Estigia con la balsa Roosevelt.
Esclavos vestidos de luto, llevando las ofrendas y libaciones, a saber: patatas nuevas,
espárragos, carne asada, pastelillos y vasos de cerveza y de sidra de Nueva Jersey.
El tesorero Newton, director de orquesta, tocando la flauta doble. Otros músicos

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con arpas de ocho cuerdas y tamtams.
Muchachos que llevan un gran loto (girasol).
El bibliotecario Fassit, que cantará entre los trozos de música:
He ahí a Horus, veo su barca.
Amigos, secad vuestras lágrimas.
El alma de un hombre tarda 3. 000 años j ustos.
En atravesar un chivo.
En el templo, una ceremonia corta y sencilla. Los bueyes se quedarán fuera y un
muchacho les impedirá destripar a los transeúntes. Después del himno teúrgico arriba
citado, se cantará el himno nacional copto, traducido y adaptado para la circunstancia:
¡Oh! cinocéfalo encaramado en un árbol,
Yo te veo y tú me ves.
¡Rí o l l eno de cocodri l os! ¡Ved su hoci co!
¡Arri ba el shadouf
27
y subi dl o a bordo!”
Después de vari os dí as de esta cl ase de ej erci ci o de l a prensa, se puede i magi nar
el estado de áni mo de l a mul ti tud, de l a que sól o un puñado pertenecí a a l a
Soci edad Teosófi ca, y cuya mayorí a estaba preveni da contra el l a. No obstante, todo
fue bi en hasta el momento en que un metodi sta exal tado, pari ente de un mi embro
de l a S. T. que me ayudaba en l a ceremoni a, se puso de pi e gesti cul ando y gri tó:
“¡Menti ras!”, en el preci so i nstante en que yo habí a di cho:
“No hay más que una causa pri mi ti va, i ncreada…” Al momento, toda l a
concurrenci a se puso de pi e y al gunos trataron de sal i r, como sucede si empre en
esas cri si s en que no se sabe si l os gri tos confusos no anunci an un i ncendi o.
Al gunos ti pos de aspecto bastante desagradabl e se subi eron sobre sus si l l as, prontos
a arroj arse en el tumul to si éste se producí a. Era uno de esos momentos en que todo
depende del orador. Yo habí a vi sto una vez al gran orador abol i ci oni sta Wendel l
Phi l i ps domi nar una muchedumbre que l e gri taba i nsul tándol e, y recordando de
pronto su procedi mi ento, l e i mi té. Avancé con cal ma, col oqué mi mano i zqui erda
sobre el féretro del barón, de cara al públ i co, no di j e nada y quedé i nmóvi l . En
segui da se produj o un si l enci o de muerte. Entonces, l evantando l a mano derecha,
di j e muy cl ara y l entamente: “Nos encontramos en presenci a de l a muerte”, y

27
Pozo rústi co usado por l os árabes en el campo. El cubo baj a atado al extremo de una cuerda que
se marra por el otro a una caña con un contrapeso. En l a Argenti na se l l ama j agüel . (N. del T. )

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aguardé. El efecto produci do me i nteresó y di vi rti ó mucho, porque si empre he
estudi ado el al ma de l as mul ti tudes. La agi taci ón cayó como por arte de Magi a y
con el mi smo tono de voz que antes, si n aparentar si qui era haberme percatado de l a
i nterrupci ón, termi né l a frase de l a l etaní a”… eterna, i nfi ni ta, desconoci da”.
Los dos hi mnos órfi cos que habí amos arregl ado para l a ci rcunstanci a, se
cantaron por un coro de buena vol untad del Sangerbund de Nueva York,
acompañado en el órgano por l a músi ca de una mi sa i tal i ana de hace tresci entos
años “y –di ce el croni sta del S u n – el efecto era profundamente i mpresi onante en
l a semi oscuri dad de l a sal a repl eta pero si l enci osa; l os úl ti mos acordes morí an poco
a poco, mi entras el fuego si mból i co ardí a en el ara tri angul ar, arroj ando sus
respl andores sobre l as condecoraci ones puestas enci ma del ataúd”.
Después de cantado el pri mer hi mno órfi co, hubo una i nvocaci ón o mantram al
“Al ma del mundo cuyo al i ento da o reti ra l a forma a todas l as cosas”. “El Uni verso
es tu expresi ón y tu revel aci ón. Ante Ti l a l uz del ser es como l a sombra que huye y
el vapor que pasa. Tú respi ras y l os espaci os i nfi ni tos se puebl an. Tú reti ras tu
al i ento y todo l o que de ti habrá emanado, vuel ve a entrar en segui da”. ¡Buen
Vedanti smo y buena Teosofí a era esto! La mi sma i dea se reproducí a en todo el
servi ci o. : hi mnos, i nvocaci ones, l etaní a y mi di scurso. En éste yo daba todos l os
detal l es que el barón de Pal m me habí a dado sobre sí mi smo (y resul taron
extraordi nari amente fantásti cos cuando me puse en rel aci ón con su notari o).
Expl i qué el carácter y fi n de l a Soci edad Teosófi ca, y mi s i deas sobre l a total
i nefi caci a del arrepenti mi ento in extremis para l a remi si ón de l os pecados. “Esta
Soci edad –di j e– no es una asoci aci ón rel i gi osa ni ci entí fi ca. Ti ene por obj eto el
estudi o y no l a enseñanza y sus mi embros profesan l as más vari adas creenci as.
Ll ámese Teol ogí a a l a vol untad revel ada de Di os y Teosofí a al conoci mi ento di recto
de Di os. Una nos pi de creer l o que otros han vi sto u oí do, l a otra ver y oí r por
nosotros mi smos. La Teosofí a enseña que cul ti vando sus poderes, el hombre puede
al canzar l a i l umi naci ón i nterna y adqui ri r el conoci mi ento de sus facul tades
di vi nas”. Me si ento sati sfecho al ver, según l as cróni cas de l os peri ódi cos, que desde
esa época yo predi caba l a doctri na pura y senci l l a del Karma. Cuando di j e que l a
Soci edad “consi deraba al cri mi nal en el cadal so, i gual mente cri mi nal después de
que se hubi esen reci tado a su al rededor vei nte oraci ones”, se produj o una expl osi ón
de ¡bravos! y si l bi dos. Impuse si l enci o y conti nué así , según el artí cul o ci tado:

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“Di j o después que l a Teosofí a no podí a concebi r que el mal quedase i mpune, o el
bi en si n recompensa. Que creí a al hombre un ser responsabl e; que es una rel i gi ón
prácti ca y no l i mi tada a l as afi rmaci ones, enteramente opuesta a l a sensual i dad y
que prescri be l a subordi naci ón del cuerpo al espí ri tu. Ahí , en ese ataúd, reposa el
cuerpo de un teósofo; ¿debemos deci r que su porveni r será una fel i ci dad si n l a
menor sombra, y si n rel aci ón con su vi da pasada? No, si no que, según sus actos,
sufri rá o experi mentará pl acer. Si ha si do un vi vi dor y seductor, l a Causa úni ca y
di vi na no l e perdonará l a menor de sus ofensas, porque eso serí a sumergi r al mundo
en el caos. Ti ene que haber compensaci ón, equi l i bri o y j usti ci a”.
Después de haberse cantado el segundo hi mno órfi co, l a señora H. Bri tten,
oradora espi ri ti sta, tomó l a pal abra durante unos di ez mi nutos en cal i dad de
médi um parl ante, y termi nó con un conmovi do apóstrofe al di funto barón,
deseándol e buen vi aj e, decl arando que habí a “franqueado l as doradas puertas por
l as que l a pena (sic) no pasa”, y arroj ó sobre el ataúd fl ores, “sí mbol os de l a vi da en
pl eno fl oreci mi ento”. Esto cerró l a ceremoni a, y l a enorme concurrenci a se di spersó
apaci bl emente.
El cuerpo del di funto fue confi ado al señor Buckhorst, marmol i sta de l a
Soci edad, para ser deposi tado en un ni cho provi si onal hasta que yo hubi ese
preparado su i nci neraci ón. Me vi obl i gado a i dear un método de conservaci ón
mej or que el embal samami ento rápi do hecho en el hospi tal y cuya i nsufi ci enci a se
demostró a l os qui nce dí as. Esto me di o bastante preocupaci ón y me obl i gó a
efectuar un si nnúmero de i nvesti gaci ones, pero por fi n resol ví el probl ema
envol vi endo el cadáver en arci l l a desecada e i mpregnada en ácido carbólico y otros
vapores de alquitrán. Cuando se hizo la aplicación de este antiséptico en la primera
semana de junio, la descomposición había empezado, pero cuando se examinó el
cadáver en diciembre, antes de la cremación, se le halló perfectamente momificado,
con todos los líquidos absorbidos y la putrefacción detenida. Estoy convencido de que
se le hubiera podido conservar así durante años, tal vez un siglo, y recomiendo ese
procedimiento como el mejor que yo conozca para embalsamar económicamente.
H. P. B. no desempeñaba ningún papel oficial en los funerales públicos del barón de
Palm, pero no dejó de hacerse oír. Sentada en medio del público, con los miembros de
la Sociedad que no actuaban, se levantó en el momento en que el metodista
interrumpió nuestra letanía, y mientras un agente de policía lo sacaba del local, ella

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gritó: “¡Es un fanático, nada más!”, lo que hizo reír a todo el mundo, inclusive ella
misma. Los señores Judge, Cobb, Thomas, Monachesi, Oliver y tres o cuatro más que
no recuerdo, tomaron parte en la ceremonia como miembros de la Sociedad.
El Consejo de la S. T. , reunido el 24 de Junio, y la Sociedad, en su sesión del 21 de
Junio de 1876, aprobaron y confirmaron todo lo que los delegados habían hecho para
los funerales, el embalsamamiento y la autopsia del barón de Palm. Se tomó la
resolución siguiente:
“El presidente y el tesorero de la Sociedad, ejecutores testamentarios de nuestro
difunto colega, están autorizados por los presentes para hacer en nombre de la
Sociedad todo lo necesario a fin de disponer de los restos del difunto según sus deseos
manifiestos y sus instrucciones”.
Terminados los funerales del barón, quedaba por ver lo que su herencia podría
beneficiar a la Sociedad (si bien yo era personalmente su heredero universal, estaba
convenido de que sería libre de donar todo a la Sociedad). El señor Newton y yo
obtuvimos el registro del testamento, y el señor Judge dio comienzo al inventario.
Recibimos la primer sorpresa cuando se abrió su baúl, depositado en el hospital;
contenía dos camisas mías, de las que se había quitado la marca bordada. Esto no
presentaba buena cara y no parecía en modo alguno el preludio de una gran herencia.
En dicho baúl había también un pequeño bronce que representaba un niño llorando,
fotografías y cartas de actrices y cantantes, facturas no abonadas, imitaciones doradas
y esmaltadas de sus condecoraciones, muy poca ropa y una caja plana forrada de
terciopelo que contenía: su acta de nacimiento, sus pasaportes y credenciales
diplomáticas o de la corte y el borrador de un antiguo testamento revocado. Aparte
de esto, nada; ni dinero, ni joyas, ni papeles, manuscritos o libros, ninguna señal de
gustos o costumbres literarias. Estos detalles que doy, y que los señores Newton,
Judge y otros pueden corroborar, encontrarán más adelante la razón de ser
mencionados.
El testamento antiguo le designaba como señor de los castillos del viejo y nuevo
Wartensee, sobre el lago Constanza, y en sus papeles aparecía como poseedor de
20. 000 acres de tierra en Wisconsin, de cuarenta lotes de terreno en la ciudad de
Chicago y de siete u ocho minas en los Estados del Oeste. No tasando el acre en más
de cinco dólares, se propagó el rumor de que yo había heredado por lo menos 20. 000

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libras sin contar los dos castillos suyos, los lotes de Chicago y el oro y la plata de las
minas. Toda la prensa americana se hizo eco de ello; se escribieron editoriales sobre el
asunto y recibí un montón de cartas de felicitación o de peticiones de personas
conocidas o desconocidas y de varios países. El señor Judge escribió a las señoras
herederas, a los notarios del país y del extranjero y a un miembro de la familia del
barón. Todo esto requirió algunos meses, y resultó: que las señoras rehusaron su
legado, que las tierras de Wisconsin habían sido vendidas para pagar las
contribuciones de varios años, que las acciones de minas sólo servían para empapelar
habitaciones, y que los castillos en Suiza eran castillos en el aire. El total no daría
para resarcirnos el señor Newton y yo de los modestos gastos que habíamos efectuado
para los funerales. El barón era un noble arruinado, sin recursos, sin crédito y sin
esperanzas; muchos de esa clase vienen a América desde que Europa no los quiere
más. Sus modales y sus títulos hacen que sean recibidos en la sociedad americana, les
valen a veces situaciones lucrativas, y con más frecuencia aún, ricos casamientos.
Nunca supe bien lo que nuestro amigo había hecho en el Oeste, pero importunos
acreedores que se presentaron, me hicieron ver que por lo menos se había mezclado en
fracasados ensayos de formación de sociedades industriales.
Jamás descubrí, ni entonces ni después, la menor indicación de que el barón de
Palm poseyese ni talento literario, ni erudición, ni gustos intelectuales. Su
conversación con nosotros era sobre todo superficial, tratando los temas que
interesan a la generalidad de las gentes. Desde el punto de vista espiritualista, parecía
menos un pensador profundo que un observador cuidadoso de mediums y fenómenos.
Hablaba mucho de sus recuerdos diplomáticos y atribuía la escasez de sus actuales
recursos (en cuanto a moneda corriente) a sus vanos ensayos de competir en lujo con
los ricos agregados de las embajadas inglesas. Leía poco y no escribía nada; y yo lo sé
bien, puesto que le albergué bajo mi techo.
Me sería penoso entrar en estos detalles personales si no necesitase pintar a ese
hombre con sus verdaderos colores, para permitir, a mis lectores que juzguen si era un
maestro o mentor digno del autor de Isis Sin Velo y de La Doctrina Secreta. Porque éste
es el punto en litigio. Ciertos adversarios sin escrúpulos han difundido contra H. P. B. ,
con una malicia increíble, la calumnia de que Isis Si n Vel o “no era más que una
recopilación no confesada de los manuscritos del barón de Palm”. Esto se lee en una
carta calumniosa del doctor Elliot Cones, publicada por el New-York Sun del 20 de

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Jul io de 1890. Por otra parte, el editor de ese infl uyente periódico, movido por el
más honrado sentimiento de j usticia, ha expresado recientemente su sentimiento
por haberl a publ icado, y l a ha decl arado sin fundamento. La señora Hardinge
Britten me ha dicho que esa mentira fue puesta en circul ación por un sabio
cal umniador en The Carrier Dove y por otros periodistas hostil es. Además, un
miembro rechazado de l a Sección Francesa de l a S. T. , el doctor Encausse (más
conocido por el seudónimo de Papus), l e dió cierta publ icidad en su Tratado metódico
de Ciencia Oculta, cuya noticia se da en el Theosophist de Agosto de 1892.
Los detal l es dados más arriba, cándidos y fácil es de verificar, bastarán para hacer
formar j uicio a l os que conocieron al barón durante el poco tiempo que perteneció a
l a Sociedad, o durante el tiempo que residió en el Oeste o en Nueva York y que
conocen también l a manera de escribir de H. P. B. En cuanto a l os otros, l es dedico
con sentimiento l a cruel carta que el cónsul Obermayer, de Augsburg, Baviera, envió
al señor Judge, respondiendo a sus preguntas profesional es acerca de l as propiedades
del barón de Pal m en Europa, y que ha sido traducida para este l ibro, del original
que obra en mi poder. Su fecha hará ver al l ector que no l a hemos recibido y que por
l o tanto no hemos sabido l a verdad sobre l os antecedentes del barón, sino un año
entero después de su muerte y cinco meses después de su incineración,
universal mente conocida.
Nº 1130.
Consul ado de l a Repúbl i ca Argenti na.
Augsburg, Mayo 16 de 1877.
Al señor Gui l l ermo Q. Judge.
Notari o y Consej ero l egal .
Broadway 21, Nueva York.
He sabido por su carta del 7 del mes pasado que el barón José Enrique Luis de
Pal m ha muerto en Nueva York en Mayo de 1876. El que suscribe, cónsul Max
Obermayer (ex cónsul de l os Estados Unidos en Augsburg de 1866 a 1873), se
encuentra capacitado para proporcionarl e l os informes deseados de una manera muy
compl eta y se presta a el l o con gusto.
El barón de Pal m fue en su j uventud oficial en el ej ército bávaro, pero sus deudas
y al gunos actos dudosos l e obl igaron a dej ar l a carrera. Vivió después en otras partes
de Al emania, pero no pudo quedarse mucho tiempo en ninguna parte a causa de su

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extrema frivol idad, de su amor a l a buena mesa y sus excesos, que l e arrastraban sin
cesar a contraer nuevas deudas y mezcl arse en asuntos desagradabl es, de suerte que
l l egó a ser condenado por l a j usticia a prisión.
Cuando ya no pudo vivir más en Al emania, pasó a Suiza, donde continuó sus
estafas y consiguió con fal sas decl araciones y promesas hacerse ceder el castil l o de
Wartensee por su propietario, y se instal ó en seguida en él . Sin embargo, su estancia
al l í no fue de l arga duración; no sól o no podía pagar el precio de l a compra, sino que
ni siquiera l os impuestos, de modo que l a propiedad fue vendida para pagar a l os
acreedores, y de Pal m se escapó a América.
Aquí no sabemos cuál fue su conducta en ese país.
En Europa no posee ni un céntimo de tierra; todo l o que sus papel es digan de eso,
es pura falsedad.
Lo único que en verdad l e perteneció, antes de su partida para América, fue una
parte en l a herencia Knébel e de Trieste. Antes de partir hizo todo l oque pudo,
aunque inútil mente, para cobrarl a en seguida.
A fines de 1869, de Pal m se dirigió al suscrito, en su cal idad entonces de cónsul
de l os Estados Unidos, rogándol e l e procurase el pago de esa herencia. Su petición se
resol vió en seguida favorabl emente, como se desprende de l a adj unta copia de su
recibo por l a suma de 1. 068 thal ers 4/n = 3. 247 dól ares con 53 céntimos, puesta a
disposición de Pal m por carta consul ar de 21 de Enero de 1870 y cobrada por él en
l a casa de banca Greenbaum Hermanos y Cía. , como él comunicó al cónsul en su
carta del 14 de Febrero de 1870.
No puedo menos que repetir que de Pal m no poseía en Europa ni un dól ar en
dinero, ni un pie de terreno, y que todo l o que sus papel es puedan sugerir en otro
sentido, es fraudul ento.
Los únicos parientes conocidos de de Pal m son l as dos baronesas de T… que viven
en Augsburg, dos famil ias eminentemente respetabl es, a quienes de Pal m causó
bastantes mol estias durante el úl timo año que vivió en Europa.
He aquí todo l oque se sabe del difunto barón de Pal m, dado en sus detal l es
mayores; probabl emente más de l o que usted esperaba.
Firmado: MAX OBERMAYER

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Cónsul de l a Repúbl i ca Argenti na
Reciban mis cumpl imientos el señor Papus, l a señora Hardinge Britten y
compañía. Palman qui meruit ferat!


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CAPÍTULO XI
LA PRIMERA CREMACIÓN EN AMÉRICA

La i nci neraci ón del barón de Pal m será el tema de este capí tul o. He contado l as
ci rcunstanci as por l as cual es fui l l evada a emprender esa que fue l a pri mera
i nci neraci ón públ i ca en Améri ca y l a pri mera en que se empl eó el horno
crematori o; es un aconteci mi ento hi stóri co, cuyos detal l es ti enen su i nterés. Esta
cremaci ón tuvo l ugar el 6 de Di ci embre de 1876 en l a pequeña ci udad de
Wahi ngton, condado de Washi ngton, Pensi l vani a, más de sei s meses después de l a
envol tura del cadáver en arci l l a saturada de áci do carból i co. Ahora es muy fáci l
i nci nerar un cuerpo, ya sea en Ingl aterra o en Améri ca, donde exi sten hornos
crematori os y soci edades de cremaci ón; entonces era asunto bi en di ferente. Cuando
me comprometí a di sponer de l os restos del di funto barón según sus deseos, no
habí a en mi paí s ni faci l i dades, ni precedentes que segui r, a menos de adoptar el
procedi mi ento ori ental de l a hoguera al ai re l i bre que ya habí a si do empl eado una
vez, pero que dado el estado de l a opi ni ón públ i ca, y en vi sta de una probabl e
negati va de l a Junta de Hi gi ene para dar el permi so, hubi era si do di fí ci l , si no
pel i groso. Lo mej or que podí a hacer era esperar una ocasi ón. En 1816, un ri co
habi tante de l a Carol i na del Sur, el señor Enri que Laurens, ordenó que su cuerpo
fuese i nci nerado y obl i gó a su fami l i a a ceder a sus deseos i mponi endo l a condi ci ón
de que perderí a l a herenci a en caso de desobedi enci a. El cuerpo fue quemado en
una hoguera a l a moda ori ental , en sus propi as pl antaci ones, en presenci a de su
fami l i a y de sus ami gos veci nos. Otro caso semej ante es el de un Sr. Berry, quemado
tambi én sobre una pi ra, si mi memori a me es fi el . Mas no habí a ej empl o de que se
hubi ese di spuesto l os restos de ni ngún ser humano en un horno construi do a
propósi to; por l o tanto, sól o podí a esperar l os aconteci mi entos. Esto no duró
mucho, porque una mañana, en Jul i o o en Agosto, l eí en l os peri ódi cos que el
doctor F. Jul i o Le Moyne, médi co ori gi nal , pero gran fi l ántropo, natural de l a
Pensi l vani a occi dental , habí a empezado a construi r un horno para l a i nci neraci ón
de su propi o cuerpo. Acto segui do me puse en correspondenci a con él , y por fi n
(carta del 16 de Agosto de 1876), consi nti ó en que el cuerpo del barón fuese
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quemado antes que él , en el caso de que sobrevi vi ese a l a erecci ón de su horno.
Cuando l os funeral es, no se anunci ó posi ti vamente l a posi bi l i dad de una
cremaci ón subsi gui ente, pero al go habí a fi l trado al exteri or. Ahora ya decl aré
abi ertamente mis i ntenci ones con el propósi to de adverti r con ti empo a l as
autori dades por si acaso exi sti ese al gún obstácul o l egal . El señor F. C. Bowman,
abogado, y yo, fui mos del egados por l a Soci edad de Cremaci ón de Nueva York, para
estudi ar cui dadosamente todas l as l eyes y decretos, y hacer saber si se tení a o no el
derecho de di sponer l i bremente de su cuerpo. No hal l amos nada prohi bi ti vo sobre
el l o, y el si mpl e buen senti do demuestra que si un hombre ti ene el derecho de
absol uta propi edad sobre al go, ese al go debe ser su propi o cuerpo, y que es l i bre de
di sponer el uso que de él se hará después de su muerte, con l a condi ci ón de el egi r
un procedi mi ento que no pueda perj udi car a l os derechos ni al bi enestar de nadi e.
Cuando mi s trámi tes con l a Soci edad de Cremaci ón de Nueva York, y por
consi gui ente, bastante ti empo antes de que el horno del doctor Le Moyne estuvi era
preparado, pedi mos ofi ci al mente l a autori zaci ón de l a Comi si ón de Hi gi ene de
Brookl yn, para sacar el cuerpo con el obj eto de proceder a l a cremaci ón. He aquí el
texto de l a sol i ci tud:
Ci udad de Nueva York, 5 de Juni o de 1876.
Señores:
Los fi rmantes, ej ecutores testamentari os del di funto José Lui s Enri que, barón de
Pal m, sol i ci tan por l a presente, l es sea entregado su cuerpo, deposi tado actual mente
en el depósi to mortuori o del cementeri o l uterano, para ser transportado di cho
cuerpo a un si ti o conveni ente, fuera de l os l í mi tes del muni ci pi o e i nci nerado según
l os deseos del ci tado de Pal m.
Fi rmado: H. S. Ol cott, E. J. Newton.

La Comi si ón consul tó a un abogado, que fue de l a opi ni ón del señor Bowman y
mí a, y hal l ándose ya termi nado el horno crematori o, l a autori zaci ón fue concedi da.
Consegui do este pri mer punto, y no habi éndose presentado ni ngún obstácul o l egal ,
l os defensores de l a i nci neraci ón sól o tení an que responder a l as obj eci ones
teol ógi cas, económi cas, ci entí fi cas y senti mental es. El doctor Le Moyne y yo,
deci di mos organi zar una reuni ón públ i ca en l a que personas competentes harí an
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uso de l a pal abra sucesi vamente, poco antes de l a cremaci ón, y una reuni ón
nocturna consagrada a l a di scusi ón de l as ventaj as y l os i nconveni entes de esa cl ase
de sepul tura. Se deci di ó que cada orador no tratarí a más que un aspecto del tema,
para evi tar l as repeti ci ones y no dej ar de abarcarl o por entero.
Para garanti zar el pri nci pi o de l a neutral i dad de l a Soci edad en todas l as
cuesti ones rel aci onadas con l as opi ni ones rel i gi osas, se habí a deci di do que mi
coej ecutante y yo, obrarí amos en nuestro nombre, parti cul armente. Se acordó
tambi én que no se harí a nueva ceremoni a rel i gi osa. El doctor Le Moyne era como
yo, parti dari o convenci do de l as ventaj as de l a cremaci ón, y pensamos que el i nterés
públ i co pedí a que se di ese a este aconteci mi ento l a mayor publ i ci dad, y que se
i nvi tase a hombres de ci enci a y mi embros de l a Comi si ón Sani tari a para asi sti r
ofi ci al mente a l a cremaci ón, y poder segui r l a operaci ón en sus detal l es. “Opi no
como usted –escri be el bueno y anci ano doctor– que l os di scursos deben tratar
úni camente de l a cremaci ón, si n extravi arse en otros temas, por apropi ados y úti l es
que puedan parecer para ese momento. Nunca he previ sto ni deseado que nuestro
programa i ncl uyese una ceremoni a rel i gi osa, si no que fuese en cambi o, una
experi enci a ci entí fi ca y sani tari a que preparase una reforma en el modo de di sponer
de l os cadáveres”. La prensa norteameri cana, que se habí a burl ado de l a Soci edad
Teosófi ca porque hi zo muchas ceremoni as rel i gi osas en l os f uneral es del barón,
tuvo aún al go que deci r, porque no se hi ci eron en su cremaci ón.
Pero esto nos era por compl eto i ndi ferente, porque l os el ogi os o l as censuras de
l os i gnorantes, carecen i gual mente de val or. El doctor Le Moyne y yo, qui si mos
establ ecer l os puntos si gui entes: a) ¿La cremaci ón es un modo ci entí fi co de
sepul tura? b) ¿Es menos costosa que el enti erro? e) ¿Presenta al go repugnante? d)
¿Cuánto ti empo es necesari o para i nci nerar un cuerpo? Para obtener toda l a
publ i ci dad posi bl e, el señor Newton y yo, como ej ecutores testamentari os, y el
doctor Le Moyne como propi etari o del horno crematori o, di ri gi mos l a si gui ente
i nvi taci ón a l as comi si ones sani tari as, a l os sabi os, a l os di rectores de col egi os, a
profesores escogi dos, a ecl esi ásti cos y a edi tores:
“Nueva York, Novi embre de 1876.
Di sti ngui do señor:
El 6 de Di ci embre próxi mo, en Washi ngton, Pensyl vani a, se procederá a l a
103




i nci neraci ón del cuerpo del di funto
José Enri que Lui s, barón de Pal m,
Gran cruz, comendador de l a soberana Orden del
Santo Sepul cro de Jerusal em,
Cabal l ero de San Juan de Mal ta, Prí nci pe del Santo Imperi o,
Ex chambel án de S. M. el rey de Bavi era,
Mi embro de l a Soci edad Teosófi ca, etc.
en ej ecuci ón del deseo por él expresado a sus al baceas, poco ti empo antes de su
muerte. Se l e supl i ca que asi sta usted personal mente a esta ceremoni a, o que se haga
representar.
La cremaci ón tendrá l ugar en un horno expresamente construi do por F. Jul i o Le
Moyne, M. D. , qui en desea dar a conocer de este modo sus preferenci as por este
género de sepul tura.
Teni endo i nterés l a Ci enci a en estudi ar esta operaci ón desde sus puntos de vi sta,
hi stóri co, sani tari o y otros, l os al baceas del barón de Pal m han accedi do a darl e una
ci erta publ i ci dad. Esta i nvi taci ón l e permi ti rá hacerse representar y tomar parte en
el debate, en caso de que el tema de l a cremaci ón en general fuese di scuti do. La
Uni versi dad de Pensyl vani a, el col egi o de Washi ngton y Jefferson, el col egi o de
médi cos y ci ruj anos de Nueva York, otras soci edades ci entí fi cas, l as comi si ones de
hi gi ene de Boston, Fi l adel fi a, Washi ngton (D. C. ) y de otras vari as ci udades han
anunci ado ya su i ntenci ón de envi ar del egados. Se espera que un gran número de
observadores de al ta competenci a ci entí fi ca se reúnan con este moti vo. Se
pronunci arán di scursos al usi vos.
Washi ngton es una ci udad del condado de Washi ngton, Estado de Pensyl vani a, a
25 mi l l as al Oeste de Pi ttsbourg, sobre el ferrocarri l del Val l e “Charti ers, como a l a
mi tad del cami no entre Pi ttsbourg y Wheel i ng. Hay trenes como a l as nueve de l a
mañana y a l as ci nco de l a tarde, todos l os dí as, sal vo el domi ngo, de Pi ttsbourg y
de Wheel i ng. El trayecto se hace en unas dos horas.
La sal a de espera del Crematorium es pequeña, y necesi tamos saber de antemano el
número de l os asi stentes. Por l o tanto, se l e ruega que tenga l a bondad de hacernos
104




conocer sus i ntenci ones l o más pronto posi bl e, por carta o tel egrama, a uno de l os
abaj o fi rmados.
Enri que S. Ol cott, Enri que J. Newton, al baceas del di funto barón de Pal m, o a F.
Jul i o Le Moyne, M. D. , Washi ngton, Washi ngton Cond. Penns, ”.

Hubo numerosas aceptaci ones y el i nterés general fue tan vi vo, que el señor A.
C, Si mpson, de Pi ttsbourg, Penns. , que tení a ocasi ón de ver casi toda l a prensa,
decl aró que “no hay un sól o peri ódi co i mpreso en l os Estados Uni dos que no habl e
más o menos extensamente de l a i nci neraci ón del barón y hasta de sus opi ni ones
teosófi cas”. (Ver el Banner of Light del 6 de Enero de 1887). Una de l as cosas más
graci osas entre toda esa l i teratura, fue l a frase del señor Brombey en un edi tori al de
l a New-York Tribune: “El barón de Pal m, conoci do sobre todo como cadáver”.
Con todo esto, asumi mos una gran responsabi l i dad, porque si sobrevení a
cual qui er cosa en el horno del doctor Le Moyne, todo el paí s nos hubi ese censurado
por haber expuesto un cuerpo humano a l os ri esgos de un experi mento ci entí fi co. –
Era menester prever l a posi bi l i dad de l a carboni zaci ón del cuerpo en el ai re
encerrado del horno de arci l l a cal entado de 1. 500
º
a 2. 000º. Para i mpedi rl o, el
doctor Le Moyne, a pesar de l as protestas de su constructor, hi zo abri r un aguj ero
para toma de ai re en l a puerta de hi erro del horno, y l e adaptó un obturador que
podí a qui tarse o ponerse a vol untad. Esta i nnovaci ón resul tó tan efi caz cuando
quemaron el carnero, que el constructor se adhirió a l a opinión del doctor. Pero el
interés humanitario que sentíamos era tal , que proseguimos en nuestra empresa, sin
desfal l ecer. Para garantizarnos en l o posibl e contra toda sorpresa, el buen doctor
ensayó su horno con una carroña de carnero y con fecha 26 de Octubre de 1876, me
escribió: “El éxito ha sido compl eto, un carnero de 164 l ibras, fue reducido a
cenizas en seis horas y hubiera podido serl o en menos”. En seguida preparó una
especie de rej a en forma de cuna, formada de barras de hierro pl anas y recurvadas,
que pesaba 40 l ibras, para recibir el cuerpo, y me pidió que procurase si era posibl e
un paño de amianto para servir de mortaj a. Pero no pudiéndol o hal l ar, tuve que
buscar al go para reempl azarl e. Cuando l l egué al l í, a primera mirada al interior del
horno cal entado, me convenció que cual quier envol tura sería consumida
instantáneamente y dej aría al cuerpo expuesto a l as miradas; ensayé una sábana
105




empapada en una sol ución saturada de al umbre. Dio un perfecto resul tado y creo
que es l o que aún hoy se empl ea.
Siendo inútil entrar en l os detal l es de l a incineración, que pueden verse en todas
l as col ecciones de periódicos norteamericanos del mes de Diciembre de 1876, es
conveniente no obstante, dado el interés histórico de esta primera cremación
científica en l os Estados Unidos, que su autor responsabl e dé un resumen sucinto de
l o que en el l a sucedió.
El crematorium Le Moyne, que aún existe, es una pequeña construcción de
l adril l o de un sol o piso, dividido en dos partes: entrando, a l a izquierda, l a sal a de
espera; a l a derecha el horno. Sin contar el val or del terreno, costó al doctor Le
Moyne unos 1. 700 dól ares, o sea 340 l ibras esterl inas. Todo era muy sencil l o, podría
decirse que desagradabl emente sencil l o, sin ninguna ornamentación interior o
exterior; un horno para cadáveres tan antiestético como un horno para pan. Con
todo, el resul tado probó que era tan práctico y tan perfectamente adaptado a su fin,
como si l as paredes fuesen de mármol escul pido, l os tabiques de madera finamente
trabaj ada y l as puertas del horno de bronce cincel ado. El doctor Le Moyne me
escribió que su obj eto era poner al al cance de l os pobres una cl ase de sepul tura más
económica que el entierro, y que ofrecía más garantías contra l as viol aciones de
tumbas y contra l os trágicos entierros prematuros, inevitabl es con el procedimiento
corriente. La substracción del cadáver de l ord Crawford y Bal carres en Escocia, el
del señor A. T. Stewart en Nueva York, sin habl ar de l os mil es de robos de cuerpos
para hacer disecciones, prueban el valor del primer argumento, mientras que l a
historia del pobre obispo Irving, disecado en l etargia, y l os numerosos casos de
cuerpos encontrados, cuando se han abierto l as tumbas, con l a carne de l os brazos
mordida por l a desgraciada víctima en su cruel agonía, hambrienta y sofocada, pesan
en forma considerabl e en el otro l ado de l a bal anza. La final idad económica y
sanitaria del doctor Le Moyne se consiguió por compl eto, puesto que esta primera
cremación en América no nos costó arriba de 10 dól ares y demostró que es posibl e
disponer así de un cadáver sin inconveniente al guno.
El señor Newton y yo l l egamos a Washington, Penns. , el 5 de Diciembre de 1876,
acompañando el cuerpo del barón, que iba encerrado en un ataúd dobl e. El doctor
Le Moyne, con otras personas, nos esperaba en l a estación; el cuerpo fue l l evado al
crematorium en una carroza fúnebre y quedó al l í hasta l a mañana siguiente, al
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cuidado del fogonero del horno. El fuego de coke se encendió a l as dos de l a mañana
y el horno estaba ya cal entado al roj o bl anco. “Bastante cal iente –decía el fogonero–
para fundir hierro”. La construcción del aparato era de l o más sencil l o que existe:
una retorta abovedada de tierra refractaria que medía ocho pies de l argo por tres de
ancho y otro tanto de al tura, para col ocar el cuerpo; estaba rodeada por un tubo
conductor de aire cal iente, que comunicaba con el hogar, situado detrás; una gran
chimenea aseguraba l a corriente de aire y conducía el humo. Una abertura que unía
al horno con el tubo, permitía el escape de l os gases y otros productos vol átil es de l a
cremación. Una gran puerta de hierro empotrada en l a tierra refractaria, cerraba l a
parte del antera del horno, y l a abertura con el obturador ya descrito, no sól o
permitía introducir el aire frío en el horno según se desease, sino que también servía
para observar de tiempo en tiempo l os progresos de l a operación. Como el cuerpo
reposaba sobre l a rej a de hierro, cubierto por l a sábana con al umbre, en un horno de
tierra refractaria que l e separaba del fuego, se ve que no se trataba de esos horribl es
asados de carne, con estal l idos de entrañas, etc. , que hacen estremecer cuando el
cuerpo es quemado en una hoguera al aire l ibre, y además, como l as partes l íquidas y
gaseosas del cuerpo hal l aban un escape por el tubo que rodeaba al horno, no había
que temer esos nauseabundos ol ores que a veces se respira en l a India, cerca de l os
l ugares de cremación. El cuerpo se deseca hasta que no queda más que l as cenizas del
esquel eto. Cuando al día siguiente de l a incineración del barón de Pal ms se abrió el
horno, no quedaba de aquel cuerpo grande y grueso más que un pequeño montón
al argado de pol vo bl anco y al gunos fragmentos de articul aciones, que en total
pesaba al rededor de seis l ibras. Muchas de nuestras invitaciones a l os sabios y
comisiones de higiene fueron aceptadas; he aquí l os nombres de al gunos asistentes:
el doctor Ottersen, de l a Comisión de Higiene de Brookl yn; el doctor Seinke,
presidente de l a Comisión de Higiene del Condado de Queen; el doctor Richardson,
editor del Medical Journal de Boston; el doctor Fol som, secretario del Consej o de
Higiene de Boston; el profesor Parker, de l a Universidad de Pennsyl vania; tres
médicos del egados por l a Comisión de Higiene de Fil adel fia, otro que representaba
a l a Universidad de Lehigh, el doctor Johnson, de l a Comisión de Higiene de
Wheel ing; el doctor Al sdal e, secretario de l a
Comisión de Higiene de Pittsbourg; cierto número de médicos que acudieron
particul armente, y una nube de cronistas y corresponsal es especial es, enviados por
107




todos l os principal es periódicos norteamericanos y al gunos extranj eros. Sé
positivamente que l os editores deseaban tener todos l os detal l es posibl es; el N. Y.
Herald, por ej empl o, dió orden a su cronista que tel egrafiase tres col umnas por l o
menos, pero una terribl e tragedia cambió sus proyectos. El teatro de Brookl yn se
quemó esa misma noche y perecieron en l as l l amas al rededor de unas 200 personas.
Esta cremación en grande, debil itó el interés general por l a del barón.
El cuerpo momificado de Pal m fué sacado del ataúd y col ocado en l a rej a de
hierro, cubierto con l a sábana saturada de al umbre; esparcí encima resinas
aromáticas y lo cubrí de rosas, primaveras, l irios de l os val l es y pal mas enanas, con
fol l aj e en el pecho y al rededor de l a cabeza. Las personas que visiten el cuartel
general de Adyar, pueden ver al l í reproducciones de esta escena y de otros detal l es
de l a cremación, sacadas del New York Graphic. Citaré aquí un extracto del N. Y.
Times: “Cuando todo estuvo preparado, el cuerpo fué respetuosa y suavemente
desl izado dentro del horno. No hubo ni servicio rel igioso, ni discursos, ni música,
para dar sol emnidad al acto. Ni un ápice de ceremonia, todo sucedió l o más
sencil l amente posibl e. A l as ocho y veinte el doctor Le Moyne, el coronel Ol cott, el
señor Newton y el doctor Al sdal e se col ocaron a cada l ado del cuerpo, y
l evantándol o del catafal co, l o l l evaron en seguida al horno, en el que entró por l a
cabeza. Cuando el extremo del enrej ado de hierro l l egó a l a extremidad más cal iente
del horno, el fol l aj e que rodeaba l a cabeza se encendió y pronto estuvo consumido,
pero l as fl ores y el fol l aj e sobre el resto del cuerpo, quedó intacto. Las l l amas
parecían formar un nimbo al rededor de l a cabeza del muerto”.
Esta descripción no es del todo compl eta, porque en el momento en que l a cabeza
entró en el horno, el fol l aj e se encendió y sal ió un torbel l ino de humo que parecía
esos penachos de pl umas de avestruz que l as señoras l l evan en l a cabeza o que
adornaban el yel mo de l os cabal l eros. La puerta de hierro del horno fué cerrada en
seguida, corrido el cerroj o y fuertemente asegurada. Al principio no se vió nada en
el interior debido al vapor desprendido por l a sábana moj ada y el humo de l as
resinas y pl antas que ardían. Pero al cabo de al gunos minutos, pudo percibirse l o
que el corresponsal del Times describe fiel mente así: “En este momento, el horno
presentaba el aspecto de un disco sol ar radiante, de un col or cál ido más que
bril l ante, y aunque l os fl ores y fol l aj e hubiesen ya pasado al estado de carbón
incandescente, cada una conservaba su forma; l os extremos de l as ramas recuadraban
108




al cuerpo.
Al mismo tiempo pude ver que l a mortaj a envol vía siempre al cadáver,
demostrando así l a eficacia de l a sol ución de al umbre. Esto destruye una de l as
obj eciones que se hace a l a cremación: l a posibil idad de una exhibición indecente
del cuerpo. Media hora después, l a sábana estaba carbonizada; al rededor de l a cabeza
estaba ennegrecida y desgarrada, l o que es fácil de expl icar: parece que el coronel
Ol cott, al moj ar l a tel a, comenzó por l os pies, y al l l egar al extremo que
correspondería a l a cabeza, l a disol ución se había terminado. Causó satisfacción ver
que el cal or aumentaba con rapidez.
Una escena notable.
En este momento, un movimiento refl ej o notabl e que casi pareció un fenómeno,
se produj o en el cadáver. La mano izquierda, que hasta entonces reposaba al l ado del
cuerpo, se enderezó poco a poco, señal ando al ciel o con tres dedos. Aunque en tal
momento fué al go impresionante, dicho movimiento fué debido natural mente a una
contracción muscul ar causada por l a excesiva temperatura. A l as nueve y
veinticinco, el doctor Otterson introduj o un trozo de papel de seda por l a pequeña
abertura para constatar si había corriente de aire, porque al guien había dicho que
no había en el horno suficiente oxígeno para producir l a combustión. El tiraj e de
aire era ampl iamente suficiente. Entonces l a mano izquierda recobró l entamente su
posición normal y una l uz rosada envol vió l os restos del cuerpo, mientras un l igero
ol or aromático se escapaba por l a toma de aire del hogar. Una hora después, el
cuerpo estaba compl etamente incandescente, parecía de col or roj o fuego. El cal or
del hogar había aumentado considerabl emente y se notaba más que cuando l a boca
del horno estaba abierta.
Observaciones curiosas
A medida que el horno se ponía más cal iente, l a l uz rosa que ya he mencionado, se
hacía dorada y en l os pies se producía al go muy curioso. La pl anta de l os pies estaba
natural mente de frente a quien mirase por l a abertura, y poco a poco adquirió una
cierta transparencia, así como l a mano cuando se col oca con l os dedos j untos entre
el oj o y una l uz viva, pero mucho más intensa. A l as diez y cuarenta, el doctor Le
Moyne, el coronel Ol cott y el señor Guil l ermo Hardinge, entraron con l os médicos
presentes a l a sal a de l a cal efacción y mantuvieron al l í una conversación a puerta
109




cerrada. A su vuel ta anunciaron que l a combustión del cuerpo podía considerarse
terminada, y una mirada al horno en ese momento, daba esa impresión.
Shadrach, Meshach y Abed-nego
28
, en su horno ardiente, debían encontrarse en
un l echo de rosas en comparación con el cuerpo del barón de Pal m. Se habían hecho
al gunos experimentos con carneros cuando el horno se terminó de construir, pero el
señor Dye, el constructor, nos dij o que el cuerpo debía hal l arse incinerado al cabo
de dos horas cuarenta minutos, en forma más compl eta que el carnero en cinco o
seis horas. En ese instante noté que el cuerpo comenzaba a reducirse y que aunque
en extremo incandescente, no era más que l igeras cenizas, que el sopl o de un niño
hubiera dispersado. La mortaj a ardiente continuaba cubriendo l os restos y el fol l aj e
estaba aún erguido, aunque iba achicándose al mismo tiempo que el cuerpo. Los pies
también habían caído, y pronto no fué todo más que una masa ardiente cal entada al
roj o bl anco… A l as once y doce, el doctor Fol som, secretario de l a Comisión de
Higiene de Massachusetts, anuncio con general satisfacción que “l a incineración
había terminado sin duda al guna”, después de examinar el horno tan
cuidadosamente como era posibl e. Todo vestigio de forma había desaparecido de l a
masa”.
He dado esas l íneas escogiéndol as entre tantas otras que hubieran podido ser
citadas, por l a excel ente descripción que presentan y por su val or histórico.
También porque demuestran l a nitidez y bel l eza de esa cl ase de sepul tura comparada
con el entierro. Otra cosa que puede también hacer apreciar l a bondad de l a
incineración a l os parientes de l os que mueren l ej os de l os suyos, es que l os cuerpos
así reducidos a cenizas, pueden ser depositados en l os mausol eos de l as famil ias, o en
el cementerio, cerca de aquel l os
Que no ve más y que amó largo tiempo;
… No muertos, sino que antes partieron.
El mismo día por l a tarde, el doctor King, de Pittsbourg, dió una conferencia en
Town Hal l acerca de l os efectos del etéreos de l os cementerios atestados; el doctor
Le Moyne habl ó de l a cremación en sus aspectos prácticos y en l os rel acionados con
l as Santas Escrituras; el presidente Hays demostró que l a Bibl ia no se oponía a l a
cremación; el señor Crumrine discutió el punto de vista l egal y yo hice un estudio
retrospectivo e histórico de l a cremación en l a antigüedad y en l os tiempos

28
Los compañeros de Daniel. La Biblia, Daniel 2, III, 21 a 26. (N. del T.)
110




modernos.
El fuego se apagó en el hogar en cuanto l a incineración del cuerpo se dió por
terminada, y el aguj ero de l a puerta del horno se tapó, para dar tiempo a que éste se
enfriase poco a poco, pues de otro modo el aire frío hubiese producido grietas en él .
Al día siguiente, recogí l as, cenizas con el doctor Al sdal e y l as puse en una urna inda
que para el caso me habían dado en Nueva York. Las l l evé a l a ciudad, donde l as
guardé hasta poco antes de nuestra partida para el Indostán; entonces l as esparcí
sobre l as ol as del puerto de Nueva York, con al gunas ceremonias sencil l as, pero
convenientes.
Más fel iz que muchos inventores, al cancé a ver que se hacían de uso corriente l os
procedimientos que yo había preconizado desde que se encontraban en l a cuna, y l a
cremación es uno de el l os. La opinión públ ica ha l l egado al punto de que un
periódico j urídico pudo insertar l as al abanzas de l a incineración en estos términos:
“Nada es más seguro que profetizar para un porvenir muy próximo l a boga universal
de l a incineración de l os cadáveres. Actual mente, se sabe que l as l ombrices
diseminan l os microbios de l os cementerios y l l evan el contagio a todos l ados.
Nunca hemos podido comprender cómo una treintena de mil l ares de cuerpos en
putrefacción en un acre o dos de terreno, podían no constituir un grave pel igro para
l os habitantes de varias mil l as a su al rededor. La tierra es un buen absorbente, pero
en ciertos l ímites. Si se estudia l a l enta putrefacción de l os cuerpos animal es, se ve
cuán repugnante es y cuán pel igrosos son l os gases que se escapan ruidosamente de
el l os. ¿Creen l os que abogan por el entierro, que l os gases de 30. 000 cuerpos
apretados, se escapan hacia el centro de l a Tierra? Que sepan en tal caso que pronto
saturan aquel l os pocos pies de tierra y que en seguida vagan por l a atmósfera,
envenenando a quienes l os respiran. Todas l as enfermedades contagiosas que afl igen
a l a Humanidad de hoy, son advertencias para que cambiemos nuestras costumbres y
que vivamos según l a razón; y l a única esperanza de vernos desembarazados de l as
epidemias, es el l ento pero seguro medio de l a educación. Ll egará un tiempo en que
todas l as materias en descomposición serán convertidas en inofensivas por l a acción
del fuego”. J ur y.
Fué de este modo como l a Sociedad Teosófica introduj o en l os Estados Unidos no
sol amente l as ideas fil osóficas de l a India, sino también l a cl ase de sepul tura de ese
país. Después de esa primera cremación científica en Norteamérica, se han l l evado a
111




cabo muchas otras, de hombres, muj eres y niños. Se han construido hornos y se han
fundado sociedades de cremación en mi país. Los prej uicios ingl eses se han
suavizado hasta el extremo de que el parl amento ha l egal izado l a cremación, una
sociedad ha obtenido una autorización excl usiva, y en su crematorium de Woking,
cerca de Londres, fué quemado el cuerpo de H. P. B. , según su vol untad escrita y
verbal .
Teóricamente, poco me importa que mi “cuerpo de deseos” sea arroj ado a l as
amoebas que tapizan el fondo del mar, o abandonado en l os desfil aderos del
Himal aya cerrados por l as nieves, o sobre l a ardiente arena de l os desiertos, pero si
debo morir en mi casa, rodeado de amigos, deseo que como el de H. P. B. y el del
barón de Pal m sea reducido por el fuego a pol vo inofensivo, en l ugar de convertirse
en un pel igro para l os sobrevivientes, después de haber servido de instrumento a mi
prarabdha Karma
29
.


29
Prarabdha Karma es l i teral mente el Karma empezado; es el l l amado tambi én maduro, que ha de
mani festarse en esta mi sma vi da o encarnaci ón. El cuerpo del coronel Ol cott fué quemado a su
muerte, obedeci endo su deseo, en el parque de Adyar.

112


CAPÍTULO XII
EL SUPUESTO AUTOR DE “EL ARTE MÁGICO”

Ahora voy a cumpl i r mi promesa (ver cap. VIII) de deci r al go del “Arte Mágico”
de l a señora Hardi nge Bri tten y del modo como fué escri to. Di j e anteri ormente que
di cho l i bro fué l anzado casi en el momento de fundarse l a Soci edad Teosófi ca, y es
bastante i nteresante saber cómo. La señora Bri tten quedó muy sorprendi da con l a
coi nci denci a, y demuestra su sorpresa en l os si gui entes párrafos de una carta a l a
Banner of Light:
“He quedado tan asombrada y sorprendi da de l a coi nci denci a de l as intenciones –
no de las ideas– expresadas en l a i nauguraci ón de l a Soci edad Teosófi ca, a l a que
asi stí , con al gunas de l as i ntenci ones, pero no de l as i deas, expresadas en el l i bro de
mi ami go, que sentí que era mi deber escri bi r al presi dente de l a Soci edad. Le
mandé un ej empl ar del anunci o aún i nédi to, expl i cándol e que l a publ i caci ón del
l i bro en cuesti ón anti ci paba sobre todas l as revel aci ones de ci enci a kabal í sti ca que
l a Soci edad se proponí a hacer, y esto si n un acuerdo previ o, hasta si n rel aci ones
entre l as partes”.
La coi nci denci a era l a si mul tánea afi rmaci ón por el l i bro y por nuestra Soci edad,
de l a exi stenci a de Adeptos, de l a di gni dad de l a anti gua Ci enci a Ocul ta, de l a
real i dad de l a Magi a bl anca y negra: y sus di ferenci as, de l a exi stenci a de l a l uz
astral , de l as hordas de razas el emental es en el ai re, l a ti erra, etc. , de l a exi stenci a de
l as rel aci ones entre el l as y nosotros, y de l a posi bi l i dad de servi rse de el l as por
métodos anti guamente conoci dos y experi mentados. Eran, si puede deci rse, dos
ataques por el fl anco, si mul táneos, contra el campo atri ncherado de l a i gnoranci a y
l os prej ui ci os del Occi dente.
La señora Bri tten afi rmaba que el l i bro habí a si do escri to por un adepto
conoci do suyo, “un esti mabl e ami go de toda su vi da”(Nineteenth Century Miracles,
pág. 437) que habí a encontrado antes en Europa y para qui en el l a desempeñaba tan
sól o l as funci ones de traductor y secretari o. Se l l amaba Lui s –decí a el l a– y era
113




cabal l ero. Se habí a publ i cado un prospecto hal agador, bi en hecho para exci tar l a
curi osi dad más cansada y l l evarl a a l a compra, y el i nterés de l os bi bl i ófi l os,
conmovi éndol os por el anunci o de que el autor no permi ti rí a hacer más que una
ti rada de 500 ej empl ares y que se reservarí a el derecho de no venderl os más que a
qui enes l e pareci esen di gnos de el l o. “A fi n de i mpedi r que ese l i bro profundo cai ga
en l as manos de l ectores vul gares que podrí an comprenderl o mal y hasta hacer de él
un mal uso”. (Nineteenth Century Miracles, pág. 437). Y el l a me escri bi ó el 20 de
septi embre de 1875 en una carta a propósi to de su Cornelius Agrippa que yo deseaba
me prestase:
“El autor de ese Libro de los Libros, que acaba de ser anunci ado en l a Banner…ese
hombre preferi rí a quemar su obra y perecer con el l a, antes, de hacer partí ci pes del
l i bro aunque más no sea que a 500 pri vi l egi ados”.
Parece que usó del ci tado derecho de admi si ón para l os compradores, porque en
otra carta públ i ca di ri gi da a l os cal umni adores del “Arte Mágico”, a qui enes l l ama
“perri l l os fal deros”, di ce que “unos vei nte nombres más o menos fueron tachados
por el autor”. Hubo al gunas personas hosti l es y mal i nformadas, que i nsi nuaron
que su l i bro habí a si do i ncubado en el seno de l a Soci edad Teosófi ca. Esto l a puso
tan rabi osa, que con gran refuerzo de mayúscul as y de cursi vas, advi erte a esos
“murmuradores que no se atreven a presentarse de frente”, que el l a y su mari do
“han someti do el caso a un emi nente l etrado de Nueva York que l es ha aconsej ado
deci r públ i camente que, si bi en cada uno es l i bre en este paí s de deci r l o que l e
pl azca, eso no l l ega hasta l a l i bertad de di famar, y que l es habí a i ndi cado que si n
tardanza persi gui esen a cual qui era que se l e ocurri ese sostener que l a obra que el l a
habí a emprendi do –es deci r, servi r de secretari o para l a publ i caci ón del “Arte
Mágico”, o Espi ri tual i smo mundi al , submundi al y super-mundi al – tení a al go de
común con el coronel Ol cott, l a señora Bl avatsky, l a Soci edad Teosófi ca de Nueva
York o cual qui er cosa o persona al guna, que pertenezca a esas personas o a esa
Soci edad”. (Ver Banner of Light haci a di ci embre de 1875; no puedo ser más exacto
porque el recorte del Scrap-Book no ti ene fecha).
Tocó tan bi en este bombo, si endo el l a y su mari do mi embros acti vos ambos de l a
Soci edad Teosófi ca durante todo ese ti empo, que a pesar del preci o fantásti co del
l i bro –5 dól ares por un vol umen de 467 pági nas en caracteres grandes, o sea tanto
texto como en un vol umen i ngl és de 7 chel i nes y 6 peni ques– pronto consi gui ó
114




compl etar su l i sta. Yo mi smo l e entregué 10 dól ares por dos ej empl ares, pero el que
ahora tengo a l a vi sta, ti ene escri to con l etra de l a señora Bri tten: “A l a señora
Bl avatsky en prueba de l a esti maci ón del edi tor (el l a mi sma) y del Autor”. (?) El
prospecto después de hecha l a ti rada de l os 500 ej empl ares, l as “pl anchas” se
romperí an. La pági na pri mera di ce: “Publ i cado por el autor en Nueva York
(Améri ca)”, pero Gui l l ermo Bri tten, el mari do de l a señora Bri tten, l o depositó y
registró según se requiere, en 1876. Impresores l os señores Wheat y Cornett, cal l e
Spruce núm. 8, N. Y.
He dado estos detal l es por varias razones: 1ª, dicho l ibro hace época en l a
l iteratura y el pensamiento norteamericanos; 2ª, sospecho que el autor no obró de
buena fe con sus suscriptores, yo incl usive, puesto que l a obra por l a cual habíamos
pagado un precio extravagante, se había impreso en formas y no en pl anchas, y que
el mismo señor Wheat me dij o que tiró 1. 500 ej empl ares y no 500, por orden del
señor y l a señora Britten. Sus l ibros demostrarán l a verdad, yo sól o repito l o que el
impresor me dij o, y doy su afirmación por el val or que tiene, y 3ª, porque según
estas cosas y otras que resal tan del modo como el l ibro está compuesto y escrito,
dudo que el autor sea quien se dij o.
Ciertamente que hay trozos que son hermosos, hasta bril l antes, y muchas cosas
instructivas y de val or. En mi ardor de neófito, me sentí muy impresionado por
dicho l ibro, y así se l o escribí a l a señora Britten. Pero más adel ante me sentí
bastante desil usionado por el descubrimiento de subrepticias copias de texto e
il ustraciones, hechas a costa de Barrett, Pietro de Al bano, Jennings, Layard y hasta
(ver l as figs. de l as págs. 193 y 219) del periódico il ustrado de Frank Lesl ie (5);
también por l a personificación de Dios “el Eterno, increado, existente por sí mismo,
el reino infinito del espíritu” (pág. 31), en forma de globo, es decir, una esfera
l imitada, col ocada en el centro del universo como el Sol en nuestro sistema; por
muchas fal tas de ortografía y de sintaxis; por errores tal es como hacer de “Chrisna y
Buddha Sakia” l os héroes de un episodio semej ante al que se cuenta de Jesús, o sea
“su fuga a Egipto y su regreso seguido de mil agros” (6); además, l a decl aración, que
se encuentra en contradicción con todos l os cánones de Ciencia Ocul ta sea de l a
escuel a que sea, de que para l l egar a ser mago o adepto, “l a primera y principal
condición, es poseer un organización profética o natural mente mediumnímica”(pág.
160) y que l os “círcul os”, el Mesmerismo recíproco, el comercio con l os espíritus de
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l os muertos y l a sumisión a l os guías espiritistas son un medio serio y permitido para
desarrol l ar l os poderes de l os Adeptos. Sea el que fuese el Adepto que se supone
haber escrito ese l ibro, es seguro que se ha transformado baj o l a pl uma de su
“editora” o “traductora”, en panegirista de l os mediums y de l as fases del
Espiritismo con l as cual es l os dones particul ares de l a señora Britten parecen
rel acionarse. Que se l o compare con Isis Sin Velo y se verá qué diferencia existe entre
l os dos, y cómo el segundo es superior en acl araciones de l a natural eza, l a hi storia y
l as condiciones científicas de l a Magia y de l os magos del sendero de l a izquierda,
como de l os del sendero de l a derecha. Afirmar que mediums y Adeptos son
sinónimos, o que al gún Adepto consentiría en dej arse guiar y dirigir por espíritus de
difuntos, es un absurdo comparabl e al de decir que el Pol o Norte toca al Pol o Sur.
Recuerdo muy bien que indiqué esto a l a señora Britten cuando l eí su l ibro l a
primera vez, y el l a me dió expl icaciones poco satisfactorias. Sin embargo, decl ara
una cosa en real idad verdadera, aunque l os espiritistas l a nieguen con frecuencia.
“Es un hecho significativo, que debería atraer l a atención tanto del fisiól ogo como
del psicól ogo, que l as personas afectadas de escróful as o de tumefacción de l as
gl ándul as, son l as que a menudo parecen servir de instrumentos a l os espíritus para
producir manifestaciones físicas. Muj eres frágil es y del icadas, personas de
natural eza especial , inocentes, puras, pero cuyo sistema gl andul ar ha sido atacado
por el demonio de l a escróful a, son con frecuencia l os más notabl es instrumentos de
l as demostraciones de l os espíritus”.
“El autor ha sido testigo de sorprendentes fenómenos efectuados por gordas
campesinas y sól idos hombres del Norte de Al emania o de Irl anda, pero un examen
minucioso revel aba con frecuencia en esos mediums, tendencias a l a epil epsia, a l a
corea y a trastornos funcional es de l as vísceras pel vianas. Es un hecho cierto que
podemos tratar de ocul tar, o contra el cual nosotros (¿l os Adeptos?) podemos
protestar con indignación, que l a existencia de poderes mediumnímicos notabl es,
anuncia una fal ta de equil ibrio en el sistema, etc. ”
No obstante, dice en l a página 161: “Ser Adepto es saber practicar l a Magia, y
para eso, ser un profeta natural (o medium como se dij o antes) que se ha
desarrol l ado hasta ser mago, o bien un individuo que ha adquirido ese poder
profético (mediumnímico) y ese desarrol l o mágico por medio de una discipl ina”. Y
este pretendido adepto dice (pág. 228) que “si l a Magia oriental se combina con l a
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espontaneidad magnética del Espiritismo occidental , podríamos tener una rel igión
fundada sobre l a ciencia el evada hasta el ciel o por l a inspiración, que revol ucionará
l a opinión de l os sigl os y establ ecerá sobre l a tierra el reinado del verdadero Reino
espiritual ”.
Que esto baste para hacer ver qué cl ase de Adepto era el supuesto autor del Arte
Mágico y qué peso podían tener l os continuos sarcasmos y burl as de l a señora Britten
contra H. P. B. , contra sus doctrinas y contra l as pretensiones de l a Sociedad
Teosófica a cuya fundación el l a misma había contribuido. Primeramente decl araba
que era un “gran privil egio” para el l a el hecho de habernos conocido, que su títul o
de miembro era un títul o de gl oria, y sus funciones en l a Sociedad Teosófica “una
señal de distinción”. (Carta acerca de l os cal umniadores del Arte Mágico en el
Spiritual Scient i s t ) . Aún en 1881 ó 1882, se decl ara en una carta de presentación que
dió al profesor S. Smyth, de Sydney, para H. P. B. , “su fiel amiga que siente por el l a el
mismo afecto que antes”. No es precisamente eso l o que más tarde demostró; y su
actitud hacia l a Teosofía me ha obl igado a publ icar estos recuerdos, tanto en interés
de l a historia como para su propio provecho y el de sus amigos.
Se nos di j o que el autor “ha teni do más de cuarenta años de experi enci a ocul ta
(pág. 166) después de haber sabi do l a verdad de l a Ci enci a mági ca”; de manera que
razonabl emente podrí a dársel e por l o menos de ci ncuenta a sesenta años, cuando se
publ i có el Arte Mágico. Pero según su retrato (?) que l a señora Bri tten me envi ó
amabl emente de Boston a Nueva York en 1876 –con l a condi ci ón de enseñarl o
sol amente a l as personas que vi ví an en nuestra casa y devol vérsel o después–
representa al rededor de unos vei nti ci nco años. Además, tantos años de profundos
estudi os hubi eran debi do grabar en su fi sonomí a esa varoni l maj estad que se admi ra
en un verdadero yogui o un Mahatma, pero hete aquí que ese retrato de un l i ndo
hombre con pati l l as de chul etas, ti ene toda l a i nsi pi dez de un “pobre sensi ti vo”, de
un devorador de corazones, y sobre todo de una cabeza de pel uquero. Cual qui era
que se haya vi sto cara a cara con un verdadero Adepto, se verí a obl i gado a creer: o
que l a señora Bri tten ha mostrado, a fal ta de otra cosa, un retrato de fantasí a, o
bi en que el l i bro j amás fué escri to por el “cabal l ero Lui s”.
El retrato en sí mi smo es bastante menos i nteresante que un notabl e fenómeno
para el que di ó l a ocasi ón, y que H. P. B. l l evó a cabo, provocada por una señora
espi ri ti sta francesa que era entonces nuestro huésped en el cuartel general de
117




Nueva York. Se l l amaba: l a señori ta Paul i na Li ebert y vi ví a en Leavenworth,
Kansas, un Estado del Lej ano Oeste. H. P. B. l a habí a conoci do en otro ti empo en
Parí s, donde se i nteresaba vi vamente por l as “fotografí as de espí ri tus”. ¡Se creí a
col ocada baj o l a protecci ón espi ri tual de Napol eón, e i magi naba poseer l a facul tad
de hacer aparecer en l as pl acas de cual qui er fotógrafo, l os espí ri tus ami gos de l os
suj etos que se retrataban! Cuando l eyó en l os peri ódi cos l as pri meras cartas de
H. P. B. sobre el doctor Beard y l os fenómenos de l os Eddy, l e escri bi ó contándol e
sus éxi tos con l os fotógrafos de Kansas, San Lui s y otras partes, a l os que el l a habí a
hecho obtener fotografí as espi ri ti stas. J . H. Newton, tesorero de l a Soci edad, era
un di sti ngui do y ci entí fi co fotógrafo afi ci onado, y poseí a en su casa un excel ente
estudi o fotográfi co muy bi en montado. Enterado por mí de l as pretensi ones de l a
señori ta Li ebert, nos pi di ó que l a i nvi tásemos a nuestra casa y l e pi di éramos
sesi ones de comprobaci ón en i nterés de l a Ci enci a. H. P. B. accedi ó, y esa ori gi nal
persona vi no a Nueva York por nuestra cuenta y pasó vari os meses con nosotros.
El erudi to cal umni ador de qui en ya he habl ado, publ i có en Carrier Dove, vol .
VIII, pág. 298, una pseudo decl araci ón que l e habí a hecho l a señori ta Li ebert, de
que: l os fenómenos de H. P. B. no eran más que trampas de presti di gi taci ón para
engañarnos a mí y a l os otros, que l os di buj os eran comprados o ej ecutados de
antemano y hechos pasar como i mprovi sados, etc. , etc. , en resumen, un tej i do de
menti ras. Descri be a l a señori ta Li ebert como una persona i ntel i gente, pero, en
real i dad, era l a credul i dad personi fi cada, por l o menos en cuanto a l as fotografí as
espi ri ti stas se refi ere. Cuando l l egó a Nueva York, comenzó una seri e de sesi ones
en casa del Sr. Newton, anunci ando con apl omo que l e harí a obtener verdaderos
retratos de espí ri tus. El Sr. Newton empezó dóci l mente l os ensayos, hasta el
déci moqui nto fracaso, en el que l e fal tó ya l a paci enci a y rehusó conti nuar. La
señori ta Li ebert qui so excusar su fal ta de éxi to, di ci endo que l os espí ri tus no
podí an adaptarse al “magneti smo” del estudi o del señor Newton. No obstante, éste
era el espi ri ti sta más di sti ngui do de l a ci udad de Nueva York y presi dente de l a
soci edad espi ri ti sta más i mportante. A pesar de l o sucedi do, tuvo a bi en ayudarme a
organi zar una nueva seri e de tentati vas en el estudi o fotográfi co del hospi tal de
Bel l evue, cuyo di rector, el señor Mason, habí a reci bi do una educaci ón ci entí fi ca,
era mi embro de l a secci ón de fotografí a del Insti tuto Ameri cano y se ofrecí a con
mucha si mpatí a para probar l os tal entos de l a señori ta Li ebert. No consi gui ó más
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éxi to que el Sr. Newton a pesar de setenta y ci nco ensayos hechos en l as
condi ci ones que l a mi sma francesa i ndi có como seguras. Durante l os meses y
semanas que se necesi taron para esos experi mentos, l a señori ta Li ebert vi vi ó con
nosotros, y casi todas l as noches tení a l a costumbre de l l evar al sal ón un puñado de
l as que el l a l l amaba fotografí as de espí ri tus, col ecci onadas en di versos si ti os y a l as
que acari ci aba amorosamente. El i gnomi ni oso fracaso de sus esperanzas en l as
experi enci as actual es, parecí a l i gar aún más a esta pobre i l usa a l os que el l a creí a
éxi tos pasados, y era un verdadero estudi o observarl a mi entras manej aba sus pi ezas
de convi cci ón. H. P. B. no tení a ni nguna pi edad para l os débi l es de espí ri tu, y aún
menos para l os engañados por l as supercherí as de l os medi ums, y con frecuenci a
vol caba l os torrentes de su i ndi gnaci ón sobre “esa ci ega sol terona”, como el l a l e
l l amaba. Una frí a noche de i nvi erno (el 1 de di ci embre de 1875), después de un
nuevo fracaso con el Sr. Mason, l a señori ta Li ebert se hal l aba en di sposi ci ón de
manej ar sus vi ej as fotografí as, suspi rando y l evantando al ci el o sus cej as
desesperadas, cuando H. P. B. estal l ó: “¿Por qué se obsti na en esas l ocuras? ¿No ve
que esas fotografí as que V. ti ene son trampas del fotógrafo para robarl e el di nero?
Le han proporci onado a V. todas l as ocasi ones posi bl es para enseñar sus
pretendi dos poderes; ha teni do V. más de ci en oportuni dades si n poder hacer l a
menor cosa. ¿Dónde está su pretendi do guí a Napol eón? ¿Dónde l os otros ángel es
del Summerl and? ¿Por qué no vi enen a ayudarl a? ¡Puf! Me di sgusta ver tanta
credul i dad. Ahora, fí j ese bi en. Yo puedo hacer un retrato de espí ri tu cuando qui ero
y el que yo qui era. ¿No me cree V. ? Muy bi en, l e voy a dar una prueba ensegui da”.
Buscó un trozo de cartón, l o cortó del tamaño de un retrato y preguntó a l a
señori ta Li ebert. “¿Qué retrato desea usted? ¿Qui ere su Napol eón?” –”No –
respondi ó l a señori ta Li ebert– hágame el de ese hermoso señor Lui s”. H. P. B. se ri ó
i róni camente, porque tres dí as antes se habí a mandado a l a señora Bri tten por
correo, según su deseo, el retrato de su Lui s, que, por l o tanto, se encontraba en ese
momento en Boston a 250 mi l l as de nosotros, y el l azo de l a francesa era bastante
vi si bl e. H. P. B. excl amó: “¡Ah!, ¿qui ere V. ponerme en un apri eto? ¡Veremos!”
Col ocó el trozo de cartón sobre l a mesa, entre l a señori ta Li ebert y yo, l o frotó dos
o tres veces con l a pal ma de l a mano, 1o vol vi ó y… vi mos –por 1o menos así 1o
creí mos entonces– un facsí mi l del retrato de Lui s en el reverso. En un fondo de
nubes, dos cabezas de el emental es haci endo gestos, recuadraban l a cara del retrato y
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una mano fantasma l evantaba un dedo al ci el o, enci ma de l a cabeza. Jamás ví a
nadi e tan asombrado, como l a señori ta Li ebert en ese momento. Mi raba al cartón
mi steri oso con verdadero terror, se echó a l l orar y se escapó de l a sal a l l evándosel o,
mi entras que H. P. B. y yo reí amos a más no poder. Al cabo de una medi a hora,
vol vi ó y me entregó el retrato, que puse en segui da en un l i bro que estaba l eyendo,
para marcar l a pági na antes de i rme a acostar. Anoté en el dorso l a fecha y l os
nombres de l os tres testi gos.
Al dí a si gui ente noté que el retrato se habí a borrado, sal vo el nombre Lui s,
escri to debaj o como en el ori gi nal , y preci pi tado como l a mi sma i magen y l as de l os
espí ri tus del fondo. Cosa rara: un fragmento de l a preci pi taci ón si gui ó vi si bl e
cuando el resto habí a desapareci do, 1o que yo no sabrí a expl i car. Guardé el cartón
en un caj ón, y cuando el Sr. Judge vi no a vernos, un dí a o dos después, o tal vez l a
mi sma noche, l e conté 1o sucedi do, mostrándol e l a i magen borrada. Judge entonces,
pi di ó a H. P. B. que hi ci era reaparecer el retrato y l o fi j ase. No necesi tó más que un
i nstante para vol ver el cartón sobre l a mesa, cubri rl o con su mano y reproduci r l a
i magen tal como antes estaba. El l a guardó con permi so de H. P. B. y l a conservó
hasta 1884; en esta fecha lo encontré en Parí s, y se l a pedí para l a bi bl i oteca de
Adyar. Muy fel i zmente l a habí a traí do consi go. De Parí s fuí a Londres, y mi ami go
Stai nton Moses me mostró una noche que cené en su casa, su col ecci ón de
curi osi dades espi ri ti stas, y encontré allí el original del retrato de Luis, el mismo que yo
devolví por correo a la señora Britten, de Nueva York a Boston en 1876. Al dorso tení a
escri to: Sr. A. Oxon, el 1 de marzo de 1877, dado por el autor del Arte Mágico y del
País de l os Espíritus. Al otro dí a l e traj e l a copi a de H. P. B. para mostrársel a y tuvo l a
amabi l i dad de regal arme el ori gi nal . De modo que al cabo de ocho años me
encontré en posesi ón de l os dos ej empl ares. Comparándol os hal l amos tantas
di ferenci as entre ambos, que se vi ó evi dentemente que el uno no era el facsí mi l del
otro. Por lo pronto, l as dos cabezas no están vuel tas haci a el mi smo l ado y parece
que una fuese l a refl exi ón, en un espej o, de l a otra, un poco agrandada y
modi fi cada. Cuando pregunté a H. P. B. l a causa de eso, me respondi ó que l as cosas
del pl ano fí si co, ti enen su i magen i nverti da, en el pl ano astral , y que el l a habí a
transportado senci l l amente al papel l a refl exi ón astral del retrato de Lui s, tal como
ella la veía, y que l a exacti tud de l a reproducci ón dependí a de l a de su cl ari vi denci a
en aquel momento. Exami nando l os dos retratos, vemos que, tanto l as medi das
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hori zontal es como l as verti cal es son enteramente di ferentes, así como el ri zado de
l os cabel l os y l os detal l es del traj e. Hay tambi én di ferenci as en l as fi rmas, aunque
en conj unto se parecen. En el momento de l a preci pi taci ón de l a copi a, el col or
estaba esparci do por toda l a superfi ci e como una nube (como es ahora el fondo) y
H. P. B. retocó con el l ápi z al gunas l í neas pri nci pal es; l a i magen ganó artí sti camente,
pero perdi ó como fotografí a ocul ta.
Estoy capaci tado para dar un rel ato i nédi to hecho por l a mi sma señora Bri tten,
acerca del modo como fué tomada esta fotografí a. Es extraí do de una carta a Lady
Cai thness, duquesa de Pomar, qui en l a copi ó para mí :
“Le mando adj unta una débi l i magen de nuestro Archimago. Si ento no poder darl e
al go mej or, porque verdaderamente su cabeza es soberbi a. Ti ene l os cabel l os negros
como el al a de un cuervo, oj os magní fi cos, una hermosa tez y l a sonri sa más
encantadora que se pueda i magi nar; j uzgue, pues, qué poca j usti ci a l e hace este
retrato. Se l e parece en el momento en que estaba desvaneci do
30
en el carruaj e al
sal i r de casa del fotógrafo. Ese retrato ti ene toda una hi stori a. En segui da de
termi nado el negati vo, exi gí del fotógrafo que sacase al momento una prueba para
poder j uzgar sobre el pareci do. Me l l evé esa prueba y pedí a mi ami go, que es un
arti sta notabl e, que me hi ci era una ampl i aci ón al l ápi z. A l o que accedi ó. Yo me
preguntaba porqué el fotógrafo no me envi arí a l as otras pruebas, que yo estaba
esperando desde hací a vari os dí as. Yo sabí a bi en que ese retrato representaba a mi
pobre enfermo tal como entonces estaba, y no en su aspecto corri ente, pero él me
pedí a que se l e envi ase a su Madonna, como él l e l l ama, ya que se tomó tanta
mol esti a para hacérsel o hacer y sól o por usted.
A todo esto, nada me l l egaba. Creí que l as pruebas no se hubi esen podi do sacar,
tal vez a causa del mal ti empo. Por fi n, fuí a casa del fotógrafo, qui en termi nó por
confesarme con un ai re de vaci l aci ón extraordi nari o, que casi en segui da de
marcharnos, l a i magen negati va desapareció absolutamente, dej ando sobre l a pl aca
al gunos rasgos vagos que parecí an l etras kabal í sti cas. Parecí a estar muy
encol eri zado y se quej aba de que l os espi ri ti stas l e di esen si empre esas bromas
cuando vení an a retratarse. Juró que no tendrí a más rel aci ones con el l os. Pedí ver el
negati vo y me opuso di fi cul tades para enseñármel o. A peti ci ón mí a, revel ó en
segui da l a pl aca (recordad que ya habí a si do revel ada y se habí a sacado de el l a una

30
¡Un adepto desvanecido! ¡Qué diría el Oriente!
121




prueba, E. S. O. ) pero l os si gnos son tan vagos, que apenas se l es distingue. Agregó,
con aire muy asustado, que “no quería que ese señor vol viese y que no creía que
fuese un hombre mortal ”. Estaba desconcertada, pero ¿qué hacer? Casi tenía ganas
de hacer copiar mi miniatura, cuando recibí de Cuba el dibuj o que Luis hizo de l a
prueba que l l evó. Me dice que dicha prueba ha palidecido de un modo raro y que en el l a
no se distinguen más que al gunos signos kabal ísticos il egibl es. ¿Verdad que esto es
bien raro? He porfiado e hice fotografiar el dibuj o. Aunque inferior a l a prueba
como dul zura, es una buena imagen de nuestro querido enfermo. ¡En qué tiempos
tan graves vivimos!”.
Graves en real idad, en l os cual es, Adeptos de cuarenta años de experiencia son
representados como héroes de col egial as, y en l os cual es también se revel an
negativos dos veces, que dos veces revel ados dan dos positivos diferentes.

122

CAPÍTULO XIII
“ISIS SIN VELO”

Veamos un poco l o que nuestra memoria pueda hal l ar en materia de recuerdos
rel ativos a Isis Si n Vel o, en l a cámara oscura donde conserva sus inal terabl es
negativos.
Si al gún l ibro ha hecho época, puede decirse que ha sido ése. Sus resul tados han
sido tan importantes en un sentido como l os de l a primera gran obra de Darwin en
el otro; son dos grandes mareas del pensamiento moderno, que tendían ambas a
barrer tonterías teol ógicas y a reempl azar l a creencia en el mil agro por l a creencia en
l as l eyes natural es. Y, sin embargo, nada tan carente de el evación y menos bril l ante
que l os comienzos de Isis. Un día de verano, en 1875, H. P. B. me mostró al gunas
cuartil l as manuscritas que había escrito y me dij o: “La noche pasada escribí esto por
orden, pero no sé qué diabl o será ésto. Tal vez un articul o de periódico, tal vez un
l ibro, tal vez nada. En todo caso, yo obedezco”. Lo guardó en un caj ón, y durante un
cierto tiempo no se habl ó más de el l o. Pero en el mes de septiembre –si l a memoria
me sirve bien– el l a fué a Syracusa (N. York), a visitar a sus nuevos amigos, el
profesor y l a señora Corson, de l a Universidad de Cornel l , y continuó su trabaj o.
Me escribió que sería un l ibro sobre l a historia y l a fil osofía de l as escuel as
oriental es y su rel ación con l as de nuestros tiempos. Me decía que estaba
escribiendo sobre temas que j amás había estudiado, y que hacía citas de l ibros que
j amás en su vida había l eído. Que el profesor Corson, para comprobar su exactitud,
verificó esas citas en l as obras cl ásicas de l a bibl ioteca de l a Universidad y l as había
hal l ado exactas. No trabaj ó mucho en esa obra cuando vol vió a l a ciudad, y escribía
con intermitencias. Lo mismo hizo cuando residió en Fil adel fia, pero un mes o dos
después de l a fundación de l a S. T. , al quil amos dos pisos en l a misma casa: cal l e
Treinta y cuatro Oeste, núm. 433; el l a en el primer piso, yo en el segundo, y en
adel ante Isis se continuó sin interrupción hasta que estuvo terminada, en 1877. En
toda su vida el l a no había hecho el equival ente a l a décima parte de semej ante
trabaj o l iterario, y a pesar de eso, nunca conocí a nadie, ni siquiera al redactor j efe
de al gún diario que pudiera comparársel e en l o tocante a l a resistencia determinada

123
o a l a facul tad de trabaj o incesante. De l a mañana a l a noche estaba en su mesa y era
muy raro que uno de nosotros se acostase antes de l as dos de l a mañana. Durante el
día, yo me ocupaba de mi profesión, pero después de cenar temprano, nos
instal ábamos j untos en un gran escritorio y trabaj ábamos como rabiosos hasta que l a
fatiga física nos forzaba a detenernos. ¡Qué experiencia! Durante ese tiempo de
menos de dos años, concentré toda l a educación de una vida ordinaria de l ectura y
pensamiento; no l e servía tan sól o de secretario y corrector de pruebas, sino que me
hacía col aborar, util izando según me parecía, todo l o que al guna vez había podido
l eer o pensar. Estimul aba mi espíritu con nuevos probl emas que resol ver, ocul tos o
metafísicos, para l os que mi educación no me había preparado y que no l l egaba a
concebir sino a medida que mi intuición se desarrol l aba en esa cul tura forzada. El l a
no trabaj aba siguiendo un programa trazado, pero l as ideas manaban de su cerebro,
como una fuente viva que se desborda sin cesar. Tan pronto habl aba de Brahma,
como del gato meteoro el éctrico de Babinet; citaba respetuosamente a Porfirio o al
periódico de esa mañana o a un fol l eto nuevo que yo acababa de traerl e. Sal ía de l os
abismos de l a adoración al Adepto ideal , para entrar a l uchar viol entamente con el
profesor Tíndal l o cual quier otro de l os que tenía entre oj os. Esto se presentaba
como por sal tos o brincos, unas cosas tras otras, formando cada párrafo un todo
susceptibl e de ser quitado sin perj udicar al precedente ni al siguiente. Aún ahora, si
se examina ese l ibro sorprendente, se verá eso a pesar de l as numerosas
refundiciones que ha sufrido.
Si a pesar de toda su ciencia, el l a trabaj aba sin pl an fij o, ¿no tiende esto a probar
que no escribía por sí misma y que no era más que el canal a través del cual esa ol a
de viviente esencia vital se vol caba en el pantano estancado del pensamiento
espiritual ista moderno? A veces, con un fin de educación y adiestramiento, me pedí a
que escribiese sobre un tema indicado, ya fuese sugiriéndome l os puntos principal es
que había que acl arar, o bien abandonándome al esfuerzo de mi intuición.
Terminado mi original , si no l e satisfacía, se enoj aba seriamente y me trataba de
todos l os modos capaces de hacer hervir l a sangre. Pero si yo hacía ademán de
romper el infortunado trabaj o, me l o arrancaba de l as manos y l o ponía de l ado para
servirse de él oportunamente después de un pequeño arregl o; y yo vol vía a
empezarl o. Era menester ver a veces su propio manuscrito: cortado, pegado y vuel to
a cortar, en fin, reconstituido, tanto y tan bien que observando una hoj a por

124
transparencia se veía que estaba compuesto por seis, ocho y hasta diez recortes
extraídos de diferentes páginas, unidos unos con otros con al gunas l íneas de texto
para l igar el conj unto. Adquirió tal habil idad en este ej ercicio, que con frecuencia se
al ababa de el l o ante sus amigos.
Nuestros l ibros de referencia no dej aron de sufrir con este motivo, porque a veces
pegaba l os recortes sobre sus páginas abiertas y no fal tan vol úmenes en l a bibl ioteca
de Adyar o en l as de Londres, para mostrar aún l as señal es.
A partir del día de su primera publ icación en el Daily Graphic en 1874 y durante
todo su período americano, se vió sin cesar asediada de visitas, y si entre el l as había
al guna que poseía al gún conocimiento especial en cual quiera especial idad que fuese
y que tuviera rel ación con su obra, el l a l e hacía decir, y cuando era posibl e, escribir,
sus opiniones o recuerdos, según l os casos, para insertarl os más tarde en su l ibro.
Entre otros ej empl os, el rel ato hecho por el señor O' Sul l ivan, de una sesión de Magia
en París, el interesante ensayo del Sr. Rawson sobre l as iniciaciones secretas entre
l os drusos del Líbano, l as numerosas notas y párrafos enteros del doctor Al ej andro
Wil der en l a introducción y esparcidos en l a obra. También otros más que han
contribuido al interés y val or de l a obra. He visto a un rabino j udío, pasar noches
enteras discutiendo con el l a de Kábal ah y l e he oído decir que, a pesar de haber
estudiado durante treinta años, l as ciencias secretas de su rel igión, el l a l e había
enseñado cosas en l as que él nunca había pensado, y acl arado partes que sus más
sabios maestros no habían podido comprender. ¿De dónde sacaba el l a esta ciencia?
Es imposibl e negar que l a poseía. ¿Dónde l a adquirió? Ni de sus ayas de Rusia, ni de
ninguna fuente conocida de su famil ia o de sus amigos íntimos. No podía haber sido
en l os ferrocarril es o barcos en l os que había pasado su j uventud recorriendo el
Mundo, ni en universidad al guna, puesto que no l as había frecuentado. Tampoco en
l as grandes bibl iotecas públ icas. A j uzgar por su conversación y sus costumbres,
nunca había hecho l os estudios necesarios para adquirirl a, antes de principiar su
penosa tarea; pero en el momento necesario, hal l ábase en posesión de l os
conocimientos requeridos; y en l os momentos más inspirados –si puede decirse así–
tanto sorprendía a l os eruditos por su ciencia, como desl umbraba a l os oyentes por
su el ocuencia o l os encantaba con l a vivacidad de su espíritu y l a ironía de sus
críticas.
Viendo l as numerosas citas de Isis Sin Velo, podría creerse que l o escribió en un

125
rincón del British Museum, o de l a Astor Library de Nueva York. Lo cierto es que
nuestra bibl ioteca no contenía más que un centenar de vol úmenes de referencias. De
tiempo en tiempo, l os señores Sotheran, Marbl e, o cual quier otro amigo, l e traían
un l ibro, y al terminarl o pidió al gunos prestados al señor Bouton. Hizo gran uso de
al gunas obras, como de: The Gnostics, de King; The Rosicrucians, de Jennings; The Sod,
y The Spirit history of man, de Dunl op; The Hindu Pantheon, de Moor, l os furiosos
ataques de des Mousseaux contra l a Magia, el Magnetismo, el Ocul tismo, etc. , a l os
que trataba de diaból icos; l as diversas obras de El iphas Levi, l os 27 vol úmenes de
Jacol l iot, l as obras de Max Mul l er, de Huxl ey, de Tyndal l , de Heriberto Spencer y
otras de autores más o menos cél ebres, pero que no excedían de un centenar de
vol úmenes; estoy persuadido de el l o. Entonces, ¿qué bibl ioteca frecuentó y qué
l ibros pudo haber consul tado?
El señor W. H. Burr preguntó al doctor Wil der, en una carta publ icada por el
Truth-Seeker, si era cierto el rumor que corría, de que él había escrito Isis para
H. P. B. , y nuestro antiguo amigo respondió sinceramente que era un rumor fal so,
que sól o había hecho para el l a l o que más arriba dij e, que l e había dado excel entes
consej os y que mediante una remuneración había preparado un gran índice de unas
cincuenta páginas, de acuerdo con l as buenas cuartil l as que se l e entregaron con ese
obj eto. Eso era todo. Y l a especie igual mente muy difundida, de que yo había escrito
el l ibro y que el l a l o había retocado, era igual mente desprovista de fundamento. Lo
cierto es enteramente l o contrario. Corregí varias veces todas l as páginas de su
manuscrito y todas l as pruebas; escribí para el l a muchos párrafos según sus ideas,
que no siempre podía entonces (quince años antes de su muerte y casi sin haber
hasta ese tiempo escrito nada en ingl és) expresar en ingl és según su vol untad; l e
ayudé a encontrar citas, e hice otros trabaj os auxil iares de l a misma cl ase; pero su
l ibro l e pertenece por entero, por l o menos si no se considera más que l os
col aboradores del pl ano físico, y a el l a deben dirigirse l os el ogios y l as críticas. Su
l ibro hizo época, y al escribirl o me capacitó –a mí, su discípul o y auxil iar– en l a
medida que pude serl o, para todo el trabaj o teosófico l l evado a cabo desde hace
veinte años. En resumen, ¿de dónde sacó H. P. B. l os material es de Isis que no
proceden de ninguna fuente l iteraria conocida? De l a luz astral y por medio de sus
sentidos espiritual es y de sus Maestros –l os “Hermanos”, l os “Adeptos”, l os
“Sabios”, l os “Maestros”–, según l os diversos nombres que se l es ha dado. ¿Cómo

126
puedo saberl o? Porque trabaj é con el l a en Isis durante dos años, y mucho tiempo
también, más tarde, en otras publ icaciones. Era una cosa curiosa e inol vidabl e verl a
trabaj ar. Corrientemente nos poníamos a cada l ado de una gran mesa y yo podía
seguir todos sus movimientos. Su pl uma vol aba sobre l a cuartil l a; de pronto se
detenía, miraba en el espacio con l a vaga fij eza de l os cl arividentes, y en seguida
parecía l eer al go invisibl e en el aire ante el l a y se ponía a copiarl o. Terminada l a
cita, sus oj os recobraban su habitual expresión y vol vía a escribir normal mente hasta
una nueva repetición. Recuerdo bien dos circunstancias en l as que yo también pude
ver y tocar l ibros en sus dobl es astral es, de l os que el l a había copiado notas y que
tuvo que material izar para probarme l a exactitud del texto, porque yo me negaba a
dej ar pasar l as pruebas sin verificación. Uno de esos l ibros era una obra francesa de
Fisiol ogía y Psicol ogía; el otro, francés también, trataba de una rama de la
Neurol ogía. El primero de el l os, en dos vol úmenes, estaba encuadernado en media
pasta, el otro en rústica. Era cuando habitábamos l a famosa “Lamasería”, cal l e 47
Oeste, número 302, el cuartel general ej ecutivo de l a Sociedad Teosófica. Yo l e dij e:
' ' ' No puedo dej ar pasar esa cita; estoy seguro de que no es exacta”. “¡Oh!, déj el o,
está bien, siga adel ante”, me contestó. Yo insistí y el l a terminó por decir: “Bueno,
está bien, quédese tranquil o un momento y trataré de obtenerl o”. Sus oj os
adquirieron su mirada l ej ana, y al cabo de un instante, me señal ó al extremo de l a
sal a una repisa donde poníamos adornos, diciendo con voz cavernosa: “Al l í”.
Después recobró su aspecto corriente y me dij o: “Al l í, al l í, vaya a ver al l í”. Fuí y
encontré l os dos vol úmenes pedidos, que yo sabía que no estuvieran nunca en l a casa
hasta ese momento. Comparé el texto con l a cita de H. P. B. y l e hice ver que había
adivinado su error, hice l a corrección en l a prueba y a indicación suya col oqué otra
vez l os vol úmenes sobre l a repisa, en el sitio en que l os encontré. Vol ví al trabaj o, y
cuando después de cierto tiempo miré en esa dirección, l os dos vol úmenes habían
desaparecido. Ahora, después de este verídico rel ato, se permite a l os escépticos que
duden de mi razón. Que l es haga buen provecho. Lo mismo sucedió con el segundo
aporte de l ibros, pero este úl timo quedó en nuestro poder y aún l o conservamos.
El original de H. P. B. presentaba, según l as ocasiones, l os más diversos aspectos.
No obstante que l a escritura conserva siempre su carácter, de modo que cual quiera
que l a conozca bien, puede siempre reconocer una página escrita por el l a, sin
embargo, un atento examen descubre por l o menos dos o tres variantes en el mismo

127
estil o, y que se mantienen durante varias páginas seguidas y se ceden el sitio unas a
otras. Es decir, que no se encontraba nunca más de dos variantes en l a misma página,
y ni una sol amente, sino cuando l a que había servido toda l a noche ol a mitad de l a
noche, cedía de pronto su l ugar a otra que a su vez duraba todo el resto de l a noche
o del día siguiente, o toda l a mañana. Una de l as escrituras de H. P. B. era muy
pequeña, pero sencil l a; otra, l ibre y osada; otra, sencil l a, mediana y muy l egibl e;
otra, garabateada y difícil de descifrar, con l as a, l as e y l as x, raras y singul ares. El
ingl és de esas diferentes escrituras variaba también por compl eto. Tan pronto tenía
yo que hacer varias correcciones por l ínea, como podía dej ar pasar varias páginas
seguidas casi sin ninguna fal ta gramatical o de ortografía. Los más perfectos de sus
manuscritos eran l os que escribían para el l a durante su sueño. Así, por ej empl o, el
comienzo del capítul o XIV del vol umen I sobre l a civil ización del antiguo Egipto.
Dej amos de trabaj ar como de costumbre, hacia l as dos de l a mañana, demasiado
fatigados ambos para como era nuestra costumbre, fumar un cigarril l o conversando,
antes de separarnos. El l a se caía de sueño en su sil l a y me dió l as buenas noches, de
modo que me fuí enseguida a mi habitación. Al día siguiente, cuando baj é a
desayunar, me mostró una pil a de 30 ó 4 0 páginas manuscritas, de su mej or
escritura, y me dij o que un Maestro cuyo nombre no había sido tan manoseado
como el de otros, l o había escrito para el l a. El original era perfecto en todo sentido
y fué a imprimirse sin ser retocado.
Lo curioso es que antes de cada cambio de escritura y de estil o, H. P. B. sal ía un
momento del sal ón o pasaba por un trance o estado de abstracción, durante el cual
sus oj os miraban al espacio por encima de mí y vol vían casi inmediatamente al
estado normal . Al mismo tiempo se producía un visibl e cambio en su personal idad,
o mej or dicho, en su idiosincrasia, su porte, el timbre de l a voz, l a vivacidad de sus
modal es y sobre todo en su carácter. Los que han l eído su Grutas y Selvas del Indostán,
recordarán l a pitonisa que desaparecía como un torbel l ino, para vol ver diciéndose
poseída por un nuevo dios. Así era H. P. B. , sal vo en l o que l a hechicería y l a danza
vertiginosa. El l a sal ía de l a sal a y era otra persona l a que vol vía, no en cuanto al
cuerpo físico en sí, pero con otros movimientos, otros modal es y otro l enguaj e; con
una mental idad diferente, otra manera de ver l as cosas, un diferente manej o de l a
gramática, del vocabul ario y de l a ortografía, y, sobre todo, ¡oh! sobre todo, un humor
variabl e que recorría desde l a dul zura angél ica hasta su opuesto absol uto. A veces

128
soportaba con l a más benevol ente paciencia mi más estúpida incapacidad para
expresar sus ideas por escrito; pero otras veces el más l igero error l a ponía rabiosa y
se hubiera dicho que iba a hacerme pedazos. Sin duda que esos accesos de viol encia
podía a veces depender de su sal ud, y por l o tanto, no tener nada del anormal , pero
esta teoría no puede bastar para expl icar todas sus l ocuras. Sinnett l a ha descrito
admirabl emente en una carta privada, como una mezcl a mística de diosa y de
tártaro. A propósito de sus modal es en esos diferentes estados, dice:
“Ciertamente que no se veían en el l a l os atributos superficial es que podrían
esperarse en un maestro espiritual y por mucho tiempo fué para nosotros un
misterio el hecho de que a l a vez fuese capaz de renunciar al mundo para buscar su
adel anto espiritual y de encol erizarse en forma tan viol enta a propósito de l a menor
mol estia, etc. ”. Sin embargo, si se admite que cuando su cuerpo estaba ocupado por
un sabio obraba como sabio, y de modo bien diferente cuando se ausentaba, el
probl ema está resuel to. Su querida tía, l a señora N. A. Fadeef, que l a quería y a
quien el l a quiso siempre entrañabl emente hasta su úl timo día, escribió al señor
Sinnett que “desde su primera j uventud había mostrado este temperamento
excitabl e, que conservó, como una de sus mayores características. Entonces, ya
estaba suj eta a accesos de viol encia indomabl e y rebel de a toda cl ase de autoridad o
de vigil ancia”… La menor contradicción, traía una crisis de cól era y a veces
convul siones. El l a misma ha contado en una carta a su famil ia (op. cit., pág. 205)
31
l as
experiencias psicol ógicas por l as que pasó, escribiendo su l ibro:
“Cuando yo escribía Isis, l o hacía tan fácil mente, que no era un trabaj o, sino un
pl acer. ¿Por qué habrían de al abarme? Cuando se me dice que escriba, me siento y
obedezco, pudiendo entonces escribir con igual facil idad casi sobre cual quier tema:
Metafísica, Psicol ogía, Fil osofía, antiguas rel igiones, Zool ogía, ciencias natural es,
¿qué sé yo? Nunca me pregunto: ¿Puedo escribir sobre eso? o ¿soy capaz?, sino que
me siento a mi mesa y escribo. ¿Por qué? Porque al guien que sabe todo me dicta, mi
Maestro, y a veces otros que he conocido en mis viaj es. Os ruego que no me creáis
l oca; ya os l o he dado a entender varias veces… y os l o digo con franqueza: cuando
escribo sobre un tema que conozco mal o nada, me dirij o a el l os y uno de el l os me
inspira, es decir, me dej a copiar sencil l amente manuscritos o impresos que veo pasar
en el aire ante mis oj os, sin que por un solo instante pierda conciencia de l a real idad”.

31
En la edición española, página 170. (N. del T.)

129
Otra vez escribió a su hermana Vera, respecto a sus obras:
“Puedes no creerme, pero te aseguro que no digo más que l a verdad; estoy
únicamente ocupada, no de escribir Isis, sino con Isis misma. Vivo en una especie de
continuo encanto, una vida de visiones y de sueños en vigil ia. Ahí estoy y veo sin
cesar a l a hermosa diosa. Y a medida que me revel a el ocul to sentido de sus secretos
por tanto tiempo perdidos, y que su vel o, haciéndose sin cesar más transparente, cae
poco a poco ante mis miradas, contengo mi al iento y apenas puedo creer a mis
oj os… Desde hace varios años, con el fin de que no ol vide l o que aprendí en otros
sitios, hacen que conserve sin cesar ante l os oj os todo l o que es necesario que sepa.
De este modo, día y noche, mi vista interior pasa revista a todas l as imágenes del
pasado. Lentamente, como un sil encioso y encantado panorama, l os sigl os se
despl iegan ante mí… y se me hace identificar esas imágenes con ciertos
acontecimientos históricos, y sé que no hay error posibl e. Razas y naciones aparecen
durante ciertos sigl os, después desaparecen en otro cuya fecha exacta se me dice… La
antigüedad prehistórica cede el l ugar a l os períodos históricos; l os mitos se expl ican
viendo acontecimientos y personaj es que en real idad existieron, y todos l os
acontecimientos importantes, así como otros varios, todas l as revol uciones, todas l as
páginas que se suceden en l a historia de l as naciones, todo esto, con l as causas
l atentes y l os subsiguientes resul tados natural es, queda fotografiado en mi espíritu,
como impreso en col ores indel ebl es… Cuando pienso y miro mis pensamientos, l os
veo como esos pequeños trozos de madera, de diferentes formas y col ores, de l os
j uegos de paciencia o rompecabezas; los tomo uno a uno y trato de acomodarlos,
poniendo de lado alguno hasta hallar su vecino, y esto concluye siempre por formar
un dibujo geométrico correcto…rehuso en absoluto atribuir mi ciencia a mi memoria, porque
sería incapaz de llegar sola a tales premisas y a tales conclusiones… te lo digo
seriamente: soy ayudada, y el que me ayuda es mi Gurú (op. cit., página 207)”
32

Dice a su tía que cuando su Maestro está ausente y ocupado esta otra cosa.
“El despierta en mí su sustituto en ciencia… Entonces no soy yo quien escribe, sino
mi Ego interno, mi yo luminoso, que piensa y escribe por mí. Piense un poco, usted que
me conoce… ¿Cuándo he sabido todas esas cosas? ¿De dónde me viene toda esa
ciencia”?

32
En la edición española, página 171. (N. del T.)

130
Los lectores que quieran estudiar a fondo un fenómeno psíquico tan único, no
deberán dejar de comparar las explicaciones dadas más arriba acerca de sus estados de
conciencia, con una serie de cartas a su familia, cuya publicación se comenzó en el
Path de diciembre de 1894 (Avenida Madison, 144, N. Y. ). En ellas reconoce
formalmente que en esos momentos de que se ha hablado, su cuerpo se hallaba
materialmente ocupado por entidades extrañas, que hacían su obra y me enseñaban
por su boca cosas de las que ella no tenía el más superficial conocimiento en estado
normal.
Esta explicación no es enteramente satisfactoria si se la toma al pie de la letra,
porque si todos los trozos separados de su rompecabezas psicológico se hubiesen
reunido siempre tan bien para formar un dibujo geométrico, sus obras literarias
estarían exentas de error, y sus temas seguirían un plan lógico y regular. Es inútil
decir que sucedía de un modo muy diferente, y que hasta cuando Isis salió de las
prensas de Trow, después de que Bouton hubo gastado 600 dólares en correcciones y
cambios en las formas, las páginas y las pruebas (7), no tenía un plan a seguir y no lo
tiene aún definido. Supónese que el primer volumen trata de las cuestiones científicas
y el segundo de las religiosas (la edición inglesa consta de dos volúmenes, N. del T. ),
pero hay en cada tomo cuestiones que invaden el tema del otro. Y la señorita
Kislingbury, que preparó el índice del segundo volumen, la misma noche que yo
preparaba el del primero, podría certificar el trabajo que tuvimos para trazar las
líneas generales de un plan para nuestros tomos respectivos.
Después, cuando el editor rehusó perentoriamente arriesgar más capital en la
empresa, teníamos en nuestro poder suficiente original suplementario para hacer un
tercer volumen, y todo fué destruido sin piedad antes de partir para la, India, porque
H. P. B. no se imaginó que eso pudiese utilizarse allá, ni había soñado nunca con el
Theosophist, La Doctrina Secreta y otras que había de hacerse. ¡Cuántas veces mezclamos
nuestros sentimientos, por haber destruido tan desconsideradamente esa cantidad de
preciosos materiales!
Ya llevábamos trabajando en el libro varios meses, y tendríamos hecho como unas
870 páginas manuscritas, cuando una buena noche me preguntó ¡si para dar gusto a…
(nuestro Paramagurú) consentiría yo en recomenzarlo! Recuerdo el golpe que sentí al
pensar que todas aquellas semanas de trabajo forzado, de tormentas psicológicas y de
enigmas arqueológicos que daban dolores de cabeza, no servirían para nada, al menos,

131
era lo que yo creía en mi infantil ignorancia. No obstante, como mi amor, mi respeto
y mi reconocimiento hacia ese Maestro y hacia todos los otros que me habían
acordado el privilegio de participar de sus trabajos, no tenían límites, acepté y
empezamos todo de nuevo. Muy felizmente para mí, porque habiendo así probado mi
fidelidad a H. P. B. y la firmeza de mi resolución, recibí una amplia recompensa
espiritual. Se me explicaron fundamentos, se me dió gran número de ejemplos por
medio de fenómenos psíquicos, se me ayudó a que yo mismo hiciese experimentos, se
me hizo conocer a diversos Adeptos y de un modo general fuí puesto en condiciones –
en la medida que tenían a bien permitírmelo mi nativa testarudez y mi suficiencia de
hombre del mundo práctico– para la obra pública aún insospechada, que había de
cumplirse en el porvenir y que llegaría a ser histórica. Muchos han encontrado raro,
hasta incomprensible, que de todos aquellos que han ayudado al movimiento
teosófico, con frecuencia a costa de los más pesados sacrificios, sólo yo hubiese
recibido el favor de tal intimidad personal con los Mahâtmas, y que su existencia me
haya sido tan probada y evidente como la de mis propios parientes o amigos íntimos.
No puedo explicar eso. Yo sé lo que sé, pero ignoro porqué muchos de mis colegas no
saben otro tanto. Sea lo que fuere, numerosas personas me han dicho que basan su fe
en los Mahâtmas en mi invariable e inatacable testimonio, que venía a . corroborar las
afirmaciones de H. P. B. Probablemente fuí así favorecido porque tenía que lanzar la
nave “Teosofía” con H. P. B. para sus Maestros y gobernarla a través de muchos
maelstroms y ciclones, siendo preciso para ello nada menos que la perfecta certidumbre
de la solidez de la base de nuestro movimiento, para que yo no abandonase el puesto.
Tratemos ahora de analizar el estado de ánimo de H. P. B. mientras escribía su libro,
y de ver si alguna hipótesis plausible nos de la clave de esas marcadas diferencias de
personalidad, de escritura y de mentalidad, descritas más arriba. Esta tarea es tan
delicada y complicada, que me pregunto si, dejando aparte a Shakespeare, jamás se
presentó un problema psicológico semejante, y creo que después de haber leído lo que
diré sobre el particular, todos aquellos que estudian conmigo la Teosofía y las
Ciencias Ocultas, serán de la misma opinión.

132

CAPÍTULO XIV
HIPÓTESIS DIVERSAS

Aunque desespero de poder establ ecer en qué proporci ón l a compl ej a
personal i dad de H. P. B. puede pasar por haber escri to Isis Sin Velo, creo, si n embargo,
cl aro y fuera de duda que el l a di ri gi ó y asi mi l ó sus materi al es de modo que l os hi zo
enteramente suyos y l es empl eó en su l i bro como fragmentos de un mosai co. Como
me escri bí a reci entemente el profesor Wi l der: “Pocos l i bros son absol utamente
ori gi nal es. Es bi en evi dente que esos vol úmenes l l evan cl aramente su sel l o
parti cul ar. No hay más que apl i carl es el pri nci pi o del señor Enri que Ward Beecher:
¡Cuando como pol l o, yo no me convi erto en pol l o; es el pol l o el que se convi erte en
yo”!
Nada serí a más senci l l o que rehusar todo examen, uni éndose a l os que decl aran
si n ambages que H. P. B. estaba di vi namente i nspi rada, exenta de todo error,
contradi cci ón, exageraci ón o l i mi taci ón. Pero l a he conoci do demasi ado bi en para
poder hacer eso y me atengo a l a verdad. En cuanto a el udi r l a i nvesti gaci ón
profundi zada de sus dones ocul tos y mental es, no hay que soñar con el l o. De
ni ngún modo podrí a cerrar l os oj os ante hechos real es y abandonarl a así con su
obra en manos de qui enes tendrí an pl acer en demol er el pedestal sobre el cual
debemos col ocarl a, y en presentarl a como un pel i groso i mpostor, según l a Soci edad
de Investi gaci ones Psí qui cas. Una de sus acusaci ones, l a pretendi da semej anza de su
escri tura con l a de uno de l os Maestros, cae preci samente en el campo de nuestro
anál i si s del manuscri to de Isis Sin Velo.
No puede dej arse de reconocer, después de haber refl exi onado que di versas
hi pótesi s se presentan al examen y son:
1º ¿El l i bro ha si do escri to enteramente por H. P. B. , actuando como secretari o
i ndependi ente y consci ente, al di ctado de un Maestro?
2º ¿O bi en, todo o parte de él por su Yo superi or di ri gi endo a su organi smo
fí si co?
3º ¿O como medi um, baj o l a obsesi ón de di ferentes personas vi vas?

133
4º ¿O en parte, según dos o vari as de estas tres condi ci ones?
5º ¿O como un medi um espi ri ti sta ordi nari o, i nfl uenci ado por i ntel i genci as
desencarnadas?
6º ¿O por di ferentes personal i dades, al ternati vamente acti vas o l atentes en el l a?
7º ¿O, senci l l amente, por l a señora rusa H. P. Bl avatsky, si n obsesi ón, i nspi raci ón
ni contral or, en normal estado de vi gi l i a, si n ni nguna di ferenci a con cual qui er
autor del mi smo género?
Comencemos por esta úl ti ma hi pótesi s. Inmedi atamente veremos, y si n ni nguna
cl ase de dudas, que l a educaci ón y l a preparaci ón de H. P. B. eran por compl eto
i nadecuadas al concepto de erudi ci ón, de Fi l osofí a y hasta de extensa l ectura. Las
memori as de su vi da, tal es como su fami l i a se l as ha comuni cado al Sr. Si nnett su
bi ógrafo, y tambi én a mí (ver el capí tul o VII), i ndi can una al umna i ndóci l , que no
gustaba de l os l i bros seri os ni de l os sabi os, que no frecuentaba l as bi bl i otecas, que
era el terror de sus ayas y l a desesperaci ón de sus pari entes, que estaba si empre en
abi erta y apasi onada rebel i ón contra toda suj eci ón y contra todas l as convenci ones.
Rel atan tambi én sus pri meros años, pasados en compañí a de “espí ri tus burl ones”,
con l os que j ugaba durante dí as y semanas segui das; y tambi én l as bromas
desagradabl es, así como l as verdades no menos desagradabl es que cl ari vi dentes, con
l as que se compl ací an en obsequi ar a l as gentes.
La úni ca l i teratura que apreci aba era l a que trataba de l as tradi ci ones popul ares
rusas, y en ni ngún momento de su exi stenci a hasta que comenzó a escri bi r Isis –ni
si qui era durante el año que pasó en Nueva York, antes de ser envi ada a encontrarse
conmi go– ni su fami l i a ni sus ami gos l e conoci eron gustos o costumbres l i terari as.
La señori ta Bal l ard y otras señoras que l a vi si taron en vari os de sus al oj ami entos de
Nueva York, y conocí an fami l i armente sus costumbres y género de vi da, j amás
supi eron que hubi ese vi si tado l as bi bl i otecas Astor, Soci al , Mecáni ca, Hi stóri ca, del
Insti tuto Ameri cano, de Brookl yn, o Mercanti l . Nadi e l a conoci ó nunca como
asi dua de esos santuari os del pensami ento i mpreso. No formaba parte de ni nguna
soci edad ci entí fi ca o erudi ta de ni nguna parte del Mundo; no habí a publ i cado
ni ngún l i bro. En cambi o, habí a buscado l os taumaturgos de l as comarcas sal vaj es o
semi ci vi l i zadas, no para l eer sus l i bros (que no exi sten), si no para aprender l a
Psi col ogí a prácti ca. En resumen, no era una l i terata hasta que escri bi ó Isis. Todos

134
sus ami gos de Nueva York l o saben l o mi smo que yo, y el l a mi sma confi rma esta
opi ni ón en el úl ti mo artí cul o que escri bi ó para Lucifer, antes de su muerte, ti tul ado
“Mi s l i bros”. (Este artí cul o adol ece mucho de i nexacti tud, como l o probaba este
capí tul o, tal como fue publ i cado pri meramente en el Theosophist de mayo de 1893. La
fal ta de si ti o i mpi de copi arl o aquí ). En di cho artí cul o el l a decl ara que es i nnegabl e
e i rrefutabl e que:
“1º Cuando vi ne a Améri ca, en 1873, no habí a habl ado el i ngl és desde hacía
treinta años, después de haberl o aprendido en mi infancia. Podía l eerl o, pero apenas
habl arl o.
2º Nunca había seguido l os cursos de ninguna Universidad y l o que yo sabía, l o
había aprendido sol a. Nunca había tenido l a menor pretensión a l a erudición;
apenas conocía entonces al guna obra científica europea y sól o sabía muy poca cosa
de l a Fil osofía y de l as ciencias occidental es. Lo poco que había estudiado me
disgustaba por su material ismo, sus l ímites, su espíritu de dogmatismo estrecho y
seco, y su aire de superioridad con respecto a l as fil osofías y l as ciencias antiguas.
3º Hasta 1874, yo no había nunca escrito una pal abra en ingl és ni publ icado
ninguna obra en ningún idioma. Por l o tanto:
4º Yo no tenía ninguna idea de l as regl as l iterarias. El arte de escribir l ibros,
prepararl os para ser impresos y para l a publ icación, corregir l as pruebas, etc. , eran
otros tantos secretos para mí.
5º Cuando empecé a escribir Isis, ni sospechaba l o que el l o sería. No tenía un pl an
preconcebido, no sabía si sería un ensayo, un fol l eto, un l ibro o un artícul o. Sabía
que debía escribirlo, y eso era todo. Lo comencé antes de conocer bien al coronel
Ol cott y al gunos meses antes de l a formación de l a Sociedad Teosófica”.
La úl tima frase carece de exactitud, porque no l o comenzó sino después de
conocernos bien, y hasta de hal l arnos ya, íntimamente unidos. Por otra parte, el
artícul o entero hubiese necesitado una refundición para ser considerado como
definitivo.
Las perpetuas transposiciones y sustituciones de Isis, se encuentran sol amente en
l as partes de l a obra que me incl ino a creer que fueron escritas en su estado normal
–suponiendo que l as hubiere– y denotan l as perpl ej idades de una novicia que
emprendía una obra l iteraria gigantesca. Sin práctica del ingl és escrito ni de l os

135
métodos l iterarios, con el espíritu sin preparación para un trabaj o continuo de
escritorio, pero dotada de un arroj o sin l ímites, y de un poder sin igual de
concentración mental continua, se debatió heroicamente durante meses hacia su
obj eto; el cumpl imiento de l as órdenes de su Maestro. Esta gran acción l iteraria
sobrepasa a todos sus fenómenos.
El chocante contraste entre l os fragmentos casi perfectos y l os garabatos
enredados de su manuscrito, prueba evidentemente que l a misma intel igencia no
producía l os unos y l os otros, y l as variaciones en l a escritura, el método mental , y l a
facil idad y l a idiosincrasia, confirman esta hipótesis. Al cabo de tanto tiempo y
después de l a destrucción del manuscrito, me es imposibl e decir cuál de esas
cambiantes personal idades resul ta responsabl e de l as citas cl andestinas que se han
reprochado. En todo l o que me pasó por l as manos, puse entre comil l as todo aquel l o
que me parecía ser de otro autor, pero es muy posibl e que al go haya dej ado mezcl ado
con sus ideas personal es. Cuando el l a ponía l a prosa de otros entre sus propios
argumentos sin sol ución de continuidad, si l os trozos no pertenecían a l ibros que
me fuesen muy famil iares, l os tomaba, natural mente, como de H. P. B. Debo agregar
que si mi educación ocul ta se hizo preparando Isis y según l as l ecciones y
experiencias de H. P. B. , mi vida l iteraria precedente me había hecho frecuentar
senderos más prácticos, como l a química agrícol a y l a agricul tura científica en
general . De suerte que el l a hubiese podido darme a corregir un original por entero,
compuesto con textos tomados de l os oriental istas, fil ól ogos y sabios oriental es, sin
que yo hubiese sabido notarl o. Personal mente, nadie me enseñó j amás ningún pl agio
en Isis, e ignoro si hay al guno; pero si l o hubiese, dos cosas son posibl es: a), que l a
copia fuese hecha por l a principianta sin experiencia H. P. B. , que no sabía qué
pecado l iterario cometía; b), que l os trozos copiados hayan estado tan bien
encaj ados en el texto que mi atención de editor no haya sido atraída por su
incongruencia con el contexto. También pudiera ser que, como cuando el l a escribía,
funcionaba a medias en este pl ano y a medias en el otro, hubiera l eído l as citas en l a
l uz astral , y después se hubiera servido, de el l as cuando era conveniente, sin saber
bien cuál es eran l os autores ni l os títulos de l as obras. Con seguridad que sus amigos
oriental es no verían nada extraordinario en esta teoría, porque si al guna vez existió
al guien que viviese en dos mundos, fué el l a indiscutibl emente. Con frecuencia l a he
visto –como anteriormente l o dij e– copiando extractos en l ibros fantasmas,

136
invisibl es para mis oj os, pero bien visibl es para l os suyos.
Estudiemos ahora l a hipótesis núm. 6, o sea que el l ibro fuese escrito por varios
H. P. B. , o diferentes capas de su personal idad, capaces de manifestarse
al ternativamente. Las investigaciones contemporáneas no han l l egado aún a acl arar
ciertos puntos de esta cl ase. El señor Sinnett cita en sus Incidentes de la vida de la señora
Blavatsky
33
una descripción que el l a misma hizo de su “dobl e vida”, durante una
“fiebre l enta”, enfermedad agotadora que sufrió cuando j oven, en Mingrel ia:
“Cuando me l l amaban por mi nombre, abría l os oj os y vol vía a ser yo misma, mi
personal idad por entero. Pero en cuanto me dej aban tranquil a, recaía en mi estado
habitual de ensueño y vol vía a ser alguien diferente (l a señora B. no dice quién)…
Cuando me interrumpían pronunciando mi nombre, el Otro Yo que habl aba en el
sueño, se detenía en medio de una frase pronunciada por él o que l e era dirigida, yo
abría l os oj os para responder muy razonabl emente y con l ucidez, porque no
del iraba. Mas en cuanto cerraba l os oj os, el Otro Yo terminaba l a frase
interrumpida, reanudándol a en l a pal abra, en l a misma síl aba en que se había
detenido. Una vez despierta, y siendo de nuevo yo misma, me acordaba del Otro Yo y
de decía y decía. Pero el Otro Yo no sabí a nada de H. P. Bl avatsky. Vi ví a en una
l ej ana comarca y era una i ndi vi dual i dad di ferente, si n rel aci ón con mi vi da
normal ”.
Todo l o que pasó después, harí a pensar que sól o H. P. B. era l a enti dad consci ente
que habi taba su cuerpo fí si co y que el Otro no era H. P. B. , si no otra enti dad
encarnada, que tení a rel aci ones i nexpl i cabl es con H. P. B. y su cuerpo. Es ci erto que
en determi nados casos, l a segunda personal i dad ha demostrado gustos y tal entos
aj enos a l a personal i dad normal . El profesor Barrett, por ej empl o, ci ta el caso del
hi j o de un pastor del norte de Londres, que se convi rti ó en dos personas di ferentes,
a consecuenci a de una grave enfermedad. El Yo anormal “no conocí a a sus padres,
no tení a ni ngún recuerdo del pasado, se daba a sí mi smo otro nombre, y l o que es
más notabl e, poseí a un tal ento musi cal del que jamás se había visto la menor traza”.
Exi sten numerosos casos en l os que el segundo Yo se asi gna otro nombre y posee
una memori a parti cul ar y di ferente. Laurenci a Vennum, caso bi en conoci do, era
compl etamente obsesada por el al ma desencarnada de otra j oven: Marí a. Roff,
muerta doce años antes. Esta obsesi ón cambi ó por entero su personal i dad;

33
Página 122 de la edición española. (N. del T.)

137
recordaba todo l o sucedi do a Marí a Roff antes de su muerte, pero en cambi o sus
propi os pari entes y ami gos se convi rti eron en extraños para el l a. Esto duró cerca de
cuatro meses. (Ver The Watseka Wonder, en l as ofi ci nas del Theosophist). El cuerpo
ocupado l e parecí a a Marí a Roff “tan natural , que apenas perci bí a que no fuese su
cuerpo ori gi nal , naci do trei nta años antes”. El edi tor del fol l eto The Watseka
Wonder, copi a en el Harper's Magazine de mayo de 1860, el acta redactada por el Rev.
doctor W. S. Pl ummer, del caso de dobl e personal i dad de una tal Marí a Reynol ds
que duró, con i nterval os de regreso, al estado normal , desde l os di ez y ocho a l os
setenta y un años. Durante l os úl ti mos vei nti ci nco años de su vi da, se mantuvo
constantemente en el segundo estado; el Yo normal , propi etari o consci ente de su
cuerpo, habí a si do obstrui do, por deci r así . Pero hemos de notar el hecho raro de
que todo l o que el l a sabí a en el segundo estado, hubo que enseñársel e en este
estado. Comenzó su segunda vi da a l os di ez y ocho años (edad del cuerpo),
ol vi dando a Marí a Reynol ds y todo l o que hasta entonces habí a sabi do o sufri do.
Era, tal como un ni ño reci én naci do. “Todo l o que l e quedaba del pasado, era l a
facul tad de pronunci ar al gunas pal abras, pero que no tení an para el l a ni ngún
senti do hasta que l o aprendi ó. (Watseka Wonder, pág. 42).
Vemos en Incidentes de la vida, etc., pág. 146
34
l a expl i caci ón del modo de responder
H. P. B. a un mi embro de l a nobl eza de Gosri el y de Mi ngrel i a que vení a a
consul tarl e acerca de sus asuntos personal es. Veí a en pl ena conci enci a de vi gi l i a, a
sus pensami entos que “se el evaban de sus cabezas en espi ral es de humo l umi noso y a
veces en chorros de al go que parecí a una materi a bri l l ante, y que se condensaba en
i mágenes di sti ntas al rededor de el l os”. Lo que si gue es parti cul armente sugesti vo:
“Con frecuenci a esos pensami entos y esas respuestas se encontraban impresos en su
propio cerebro, en palabras y frases, como los pensamientos originales. Pero según l o
entendemos, l as i mágenes pri mi ti vas eran si empre más seguras, porque eran
i ndependi entes de l as i mpresi ones personal es de l a vi dente, por proceder de l a
cl ari vi denci a pura y no de l a transmi si ón del pensami ento, procedi mi ento si empre
expuesto a mezcl arse con l as i mpresi ones personal es forzosamente más vi vas”.
Esto parece acl arar nuestro probl ema y sugeri r l a posi bi l i dad para H. P. B. ,
hal l ándose normal mente despi erta, de ver por cl ari vi denci a, o absorci ón de
pensami ento –térmi no en este caso más j usto que transmi si ón del pensami ento– l a

34
Página 121 de la edición española. (N. del T.)

138
sabi durí a acumul ada de l a rama l i terari a que exami naba, y asi mi l ársel a hasta el
punto de no di sti ngui r más l o ori gi nal de l o aj eno. Los psi cól ogos prácti cos del
Ori ente, no encontrarán esta hi pótesi s tan atrevi da como l as de otras partes. Pero
después de todo, no es más que una hi pótesi s, y sus enemi gos segui rán tratándol a de
pl agi ari a. Para l os i gnorantes, el i nsul to es l a l í nea de menor resi stenci a. Si n
embargo, l os que toman esta acti tud deberí an recordar que el deseo más ardi ente y
apasi onado de H. P. B. era recoger tantas confi rmaci ones como fuese posi bl e de l a
enseñanza teosófi ca que el l a daba, y en todas l as fuentes que pudi era, anti guas y
modernas; y que, por l o tanto, su i nterés era ci tar autori dades respetabl es en l ugar
de saquearl as para su mayor gl ori a personal .
He l eí do mucho y sabi do al go de este asunto de l as personal i dades múl ti pl es,
pero no recuerdo ni ngún caso en el que l a segunda personal i dad se encontrase en
estado de ci tar textos o de habl ar i di omas desconoci dos de l a personal i dad normal .
Conozco un sabi o de Ingl aterra que ol vi dó por compl eto su l engua materna después
de vi vi r en el extranj ero desde l os once años, si n habl arl a ni oí rl a, hasta l os
vei nti nueve, en que tuvo que aprenderl a de nuevo a fuerza de gramáti ca y
di cci onari o; y no obstante, mi entras que vol ví a así a su estudi o el emental , habl aba
correctamente este i di oma mi entras dormí a. Es deci r, que habí a caí do tan sól o en el
domi ni o del “subl i mi nal ”, o sea, l a memori a l atente. Tambi én exi ste el caso de una
cri ada anal fabeta que en estado sonambúl i co, decl amaba frases y versos hebreos,
que, después se descubri ó, habí a oí do en l a casa de un amo anteri or, muchos años
antes. ¿Pero qui én podrí a probar que H. P. B. habí a estudi ado nunca l os autores
ci tados en Isis Sin Velo? Si sus pl agi os no eran consci entes, y si j amás l os l eyó, ¿cómo
podí a conocerl os si se admi te l a teorí a de que el l i bro ha si do escri to por H.P.B. II o
H. P. B. III?
Mi s l ectores occi dental es conocen el caso de l a señora B***,enferma histérica del
profesor Janet, rel atado y comentado por el profesor Richet, el eminente
hipnotizador. El señor Stead cita ese caso en sus Real Ghost Stories, en el número de
Navidad de 1891 de l a Review of Reviews. Se ve que en esta señora “existen dos
personal idades a l a par, pero además, el yo subconsciente conoce l a existencia del
otro, mientras que por encima o por debaj o de ambas, una tercera personal idad
conoce a l as otras dos y parece serl es superior… La señora B. puede ser dormida a
cual quier distancia, y cuando está hipnotizada, cambia por compl eto de carácter.

139
Hay en el l a dos personal idades bien definidas y una tercera de natural eza más
misteriosa que l as dos primeras. Al estado normal , despierto, de esta muj er, se l e
designa con el nombre de Leonor I al estado hipnótico con el de Leonor II ya l a
tercera personal idad ocul ta e inconsciente del nivel profundo, Leonor III. Leonor I
es una muj er seria y al go mel ancól ica, cal mosa, l enta, muy dul ce y tímida en
extremo. Leonor II es, en cambio, al egre, ruidosa y agitada de un modo
insoportabl e, y aunque siempre de buen humor, ha adquirido una singul ar tendencia
a l a ironía y a l as chanzas amargas. En este estado no conoce su identidad con el Yo
normal . “Yo no soy esa buena muj er –dice– es demasiado tonta”. Leonor II actúa
sobre l a mano de Leonor I cuando esta se encuentra distraída, l a cara tranquil a, l os
oj os mirando al espacio con una cierta fij eza que no es catal éptica, puesto que
tararea una canción de al dea. La mano derecha escribía rápidamente y se hubiera
dicho que subrepticiamente. Se l e l l ama l a atención, y al ser confrontada con el
escrito, no sabe nada de l o que acaba de escribir. Otra vez, cuando Leonor I
(normal ) se hal l aba borrada y Leonor II, evocada en el estado hipnótico, habl aba
como de costumbre, rápida y tontamente, demostró de pronto signos de terror,
porque oía una voz que desde el otro l ado de l a sal a decía: “¡Basta” cál l ate, eres
insoportabl e!”. Era l a tercera personal idad que se despertaba, yque dominaba por
compl eto cuando el suj eto era sumergido en una l etargia más profunda. Confesaba
sin vacil ar que era el l a quien había pronunciado l as pal abras oídas por Leonor II, y
que l e habl ó así porque vió al profesor fastidiado por su charl a. La voz imaginaria,
que sobresal taba a Leonor II, porque l e parecía sobrenatural , provenía según el
señor Stead, “de una capa profunda de l a conciencia de su ' propio individuo”.
No teniendo que examinar más que superficial mente el asunto de l as
personal idades múl tipl es, en rel ación con l a hipótesis de que H. P. B. no hubiese
tenido otra ayuda cuando escribía Isis, que l a de sus diferentes Yo, no tenemos
necesidad de ahondar más un probl ema que sól o l os antiguos autores indos,
fil ósofos o místicos, saben sondear. La antigua teoría dice que “aquel que sabe” es
capaz de verl o y saberl o todo, cuando se encuentra desembarazado de l os úl timos
vel os de l a conciencia física. Y este conocimiento supremo, viene progresivamente
a medida de que l os carnal es vel os se l evantan. Como todos l os que improvisan en
públ ico según creo, he adquirido por una l arga práctica y hasta un cierto punto, el
hábito de una tripl e mental idad. Cuando en el Indostán pronunciaba conferencias

140
improvisadas, en ingl és y traducidas frase por frase a otro idioma, sé que una parte
de mi espíritu seguía al traductor, tratando de adivinar en el efecto producido en el
auditorio, y a veces oyendo pal abras conocidas, si mi pensamiento era fiel mente
vertido; al mismo tiempo, otra parte de mi espíritu observaba a ciertos individuos y
hacía refl exiones sobre sus original idades y sus probabl es capacidades, al gunas veces
hasta dirigía al gunas pal abras aparte a una persona conocida, y estas dos actividades
mental es se conservaban distintas e independientes. Pero desde el momento en que
mi intérprete terminaba de pronunciar su úl tima pal abra, yo reanudaba el hil o de mi
discurso y pronunciaba otra frase. Simul táneamente, sin i nterrumpir l as otras dos
operaciones, una tercera conciencia, como si fuese un tercer y superior observador,
percibía esas dos corrientes de ideas sin mezcl arse en el l as para nada. Bien
entendido que esto no es más que un estado rudimentario de desarrol l o psíquico,
cuyos grados superiores están representados por al gunos de l os aspectos de l os dones
espiritual es de H. P. B. Pero aún una pequeña experiencia de esta cl ase, puede ayudar
a comprender el probl ema de esos fenómenos mental es; es un indicio l igero, pero
seguro, de que “aquel que sabe” puede observar y saber.
Si yo fuera musul mán, probabl emente sostendría con el mismo Mahoma, que el
hecho de que un hombre sin educación como él , haya escrito el Korán en árabe
cl ásico, es el mayor de l os mil agros psíquicos y una prueba de que su Yo espiritual
había cortado todos l os l azos carnal es para l eer directamente en l as fuentes eternas.
Si H. P. B. hubiese sido un asceta, amo de su cerebro físico, despierto y capaz de
escribir con pureza en ingl és sin haberl o aprendido y de componer y arregl ar su
l ibro según un pl an preconcebido, en l ugar de embarul l ar sus material es, podría
creer también eso de el l a y atribuir su l ibro maravil l oso de apasionador interés, a su
individual idad desarrol l ada. Pero no puedo, dado l os hechos, y debo pasar a l a
discusión de l as otras teorías.

141

CAPÍTULO XV
POSESIÓN APARENTE POR DIFERENTES ENTIDADES

Ahora bien, ¿diremos que escribió Isis como un medium vul gar, es decir, baj o l a
dirección de l os espíritus de l os muertos? Respondo: con seguridad que no. Porque
en su caso, el poder que l a hubiese hecho actuar, empl eó métodos bien diferentes a
l os que se encuentran en l os l ibros y a l os que observé en el transcurso de l os
numerosos años que estudié el Espiritismo. He conocido toda cl ase de mediums:
parl antes, escribientes, sonámbul os, curanderos, cl arividentes, que producían
fenómenos y que efectuaban material izaciones. Los he visto actuar; he seguido sus
sesiones y observado l os caracteres de su obsesión y de su posesión. El caso de
H. P. B. no entra en ninguno de l os suyos. En real idad, el l a podía hacer más o menos
todo l o que el l os hacían, pero, cuando l o quería, y en cual quier momento, de día o
de noche, sin formar círcul o, sin el egir l os testigos, sin imponer l as habitual es
condiciones. Y además de eso, he tenido l a prueba visual de que, por l o menos,
al gunos de aquel l os por quienes trabaj ábamos, eran hombres vivos, puesto que l os ví
en l a India en carne y hueso, después de haberl os visto en su cuerpo astral en
América y Europa, y l os he tocado, y he habl ado con el l os. Lej os de presentarse
como espíritus; me dij eron que estaban tan vivos como yo, que cada uno de el l os
tenía su propia idiosincrasia y sus propias facul tades, en una pal abra, su compl eta
individual idad. Me dij eron también que al gún día yo podría al canzar el estado a que
el l os habían l l egado, y esto tan de prisa como me l o propusiese; pero que no debía
esperar nada de favor y que, siguiendo su ej empl o, debería subir cada escal ón por
mis propios esfuerzos. Uno de l os más grandes entre el l os, el Maestro de l os dos
Maestros de quienes el públ ico ha oído habl ar y a quienes ha vil ipendiado tanto, me
escribía el 22 de j unio de 1875: “Ha l l egado el momento de deciros quién soy.
Hermano mío, no soy un espíritu desencarnado, sino un hombre vivo, a quien
nuestra Logia ha confiado poderes que serán vuestros al gún día. No puedo visitaros
más que en espíritu, porque mil l ares de l eguas nos separan en este momento. Tened
paciencia y val or, infatigabl e servidor de l a Fraternidad sagrada. Trabaj ad y
esforzáos vos mismo, porque uno de l os mayores factores del éxito es no contar sino

142
consigo mismo. Acudid en ayuda de vuestro hermano necesitado y seréis ayudado
vos mismo en virtud de l a perpetua e inmutabl e l ey de l as compensaciones”. En
resumen, de l a l ey del Karma, que como se ve, se me enseñó casi desde el comienzo
de mis rel aciones con H. P. B. y l os Maestros.
Sin embargo, a pesar de l o que precede, fuí inducido a creer que por lo menos uno
de nuestros col aboradores era un espíritu desencarnado, el al ma pura de uno de l os
más sabios fil ósofos de l os tiempos modernos, ornamento de nuestra raza, una de l as
gl orias de su país. Era un gran pl atónico y se me dij o que se había absorbido tan por
entero en sus estudios, que estaba “encadenado a l a tierra”, es decir, que no había
podido romper l os l azos que l o l igaban a este mundo, pero que vivía en una
bibl ioteca astral creada por su propia imaginación, sumergido en sus refl exiones
fil osóficas, ignorando l a fuga del tiempo y preocupado en incl inar l os espíritus de
l os hombres hacia una base fil osófica y sól ida de l a verdadera rel igión. Ese deseo no
l o arrastraba a renacer entre nosotros, pero l o l l evaba a buscar aquel l os que como
nuestros Maestros o sus agentes, se esfuerzan trabaj ando por l a difusión de l a verdad
y deshaciendo l as supersticiones. Se me dij o que era tan puro y sin egoísmo, que
todos l os Maestros sentían por él el más profundo respeto y que no teniendo el
derecho de intervenir en su Karma, no podían menos que dej arl e usar l argamente de
sus il usiones astral es, antes de l l egar a ese estado ideal de sér sin forma y de absol uta
espiritual idad, que es el fin natural de l a Evol ución. La absorción demasiado
compl eta de su espíritu en sus preocupaciones intel ectual es, había ahogado
momentáneamente en él l a espiritual idad, pero mientras tanto se sentía muy
deseoso de trabaj ar con H. P. B. en un l ibro tan importante, a cuya parte fil osófica
contribuyó mucho. No se material izaba; no ej ercía obsesión sobre H. P. B. al estil o
espiritista; sencil l amente conversaba con el l a psíquicamente durante horas, l e
dictaba su original , l e indicaba citas para que l as buscase, respondía a mis preguntas
de detal l es, me instruía en l os fundamentos, y en fin, hacía de tercera persona en
nuestra asociación l iteraria. Un día me dió su retrato –un croquis hecho con l ápices
de col or, en un mal papel – y a veces me gratificaba con al gunas l íneas sobre asuntos
personal es, pero durante todo el tiempo de nuestras rel aciones, fue para l os dos un
maestro y un amigo, muy dul ce, muy bueno y muy sabio. Nunca l e oímos l a menor
sugestión de que se creyera muerto, y supe que se creía siempre vivo. Parecía no
tener ninguna idea del tiempo, y recuerdo haber reído mucho una noche con H. P. B. :

143
serían l as dos y media de l a mañana, y mientras fumábamos el cigarril lo de
despedida, después de una noche de encarnizado trabaj o, l e preguntó
tranquil amente a H. P. B. : “¿Está V. dispuesta a empezar?”. Había tomado el fin de l a
noche por su comienzo. Y también recuerdo que el l a excl amó: “En el nombre del
ciel o, no se ría V. hasta el fondo de su espíritu, que el anciano señor l o oirá y se
sentirá l astimado”. De esto, saqué l a concl usión de que reír superficial mente, no es
más que al egría corriente, pero reír profundamente es impresionar el pl ano de l as
percepciones psíquicas, de modo que l as emociones, como l a bel l eza, pueden a veces
no pasar de l a epidermis. El mal también; pensad bien en esto.
Sal vo este antiguo pl atónico, j amás tuve rel aciones conscientes, con o sin l a ayuda
de H. P. B. , con ninguna entidad desencarnada, en el transcurso de l a confección de
nuestra obra, a menos que Paracel so no se cuente como tal , l o que como l os
al sacianos, dudo firmemente. Me acuerdo que una noche, a l a hora del crepúscul o,
cuando vivíamos en l a cal l e 34 Oeste, acabábamos de habl ar de l a grandeza de
Paracel so y de l os infames tratamientos que l e hicieron sufrir durante su vida y
después de su muerte aparente. H. P. B. y yo nos encontrábamos en el pasil l o, entre
l as habitaciones del frente y l as de atrás, cuando de pronto su voz cambió, tomó
afectuosamente mi mano y preguntó: “¿Queréis tener a Teofrasto por amigo,
Harry?”. Murmuré una respuesta, y en seguida esa expresión rara desapareció,
H. P. B. vol vió a ser el l a misma y recomenzamos nuestro trabaj o. Esa noche escribí
l os párrafos que l e conciernen, página 500 del tomo II de Isis. (En l a edición
español a, página 174 del tomo IV. N. del T. ). En cuanto a su muerte, todas l as
probabil idades están contra l a verdadera muerte de un Adepto en el momento en
que parece producirse. Teniendo en cuenta su conocimiento de l os procedimientos
de il usión, aun un cadáver aparentemente encerrado en un féretro cl avado y
enterrado en una tumba, no sería una prueba suficiente, de l a real idad del
fal l ecimiento. Sin contar l os accidentes que pueden ocurrirl e como a l os otros
hombres cuando no pone cuidado, un Adepto el ige el l ugar de su muerte y su cuerpo
desaparece sin dej ar rastros. Así, ¿quién puede decir l o que fue del conde de Saint
Germain?, esa gran al ma nobl emente dotada, el “Aventurero”, el “espía” de l as
encicl opedias, que desl umbró a l as cortes del penúl timo sigl o, que fue acogido en l os
círcul os más apetecidos y eruditos, así como en l a intimidad de Luis XV y que fundó
hospital es y gastó sumas enormes en obras de caridad, sin aceptar j amás

144
remuneración al guna por l os más señal ados servicios, que se retiró a Hol stein y
desapareció tan misteriosamente como había aparecido. “Después de nosotros el
dil uvio”, decía l a amante del rey (8). Después de Saint Germain vino l a Revol ución
francesa y el al zamiento de l a Humanidad.
Al desechar l a hipótesis de que H. P. B. escribió Isis con un medium vul gar “baj o
contral or”, hemos visto, sin embargo, que al gunas partes fueron compuestas al
dictado de un espíritu; una entidad extraordinaria y excepcional , es cierto, pero al
fin un hombre fuera de su cuerpo físico. Lo que anteriormente dij e acerca de su
manera de trabaj ar con nosotros, concuerda bien con l o que el l a dice en una carta a
su famil ia, para expl icar cómo escribió su l ibro sin preparación especial .
“Cuando me dicen que escriba, obedezco y me pongo a el l o; entonces puedo
escribir fácil mente sobre casi todos l os temas: Metafísica, Psicol ogía, Fil osofía,
rel igiones antiguas, Zool ogía, ciencias natural es, ¿qué se yo? ¿Por qué?, porque
alguien que todo l o sabe me l o dicta. Mis maestros y a veces otros que en otro tiempo conocí en
mis viajes”. (Incidentes, etc., pág. 205)
35
.
Es exactamente lo que sucedía entre el l a y el antiguo pl atónico, pero él no era uno
de “sus Maestros” y el l a no había podido conocerl o en sus viaj es, porque él había
muerto antes de que el l a naciera; esta vez, por l o menos. El asunto se reduce
entonces a saber si el antiguo pl atónico era real mente un espíritu desencarnado, o
un Adepto que hubiese ocupado el cuerpo de ese fil ósofo y que hubiera aparentado
morir (pero aparentado tan sól o) el 1 de septiembre de 1687
36
. El probl ema es
seguramente difícil de resol ver. Dada l a ausencia de circunstancias accesorias,
habitual es en l os casos de obsesión por un espíritu, y considerando que H. P. B.
servía de secretario al pl atónico exactamente como sucede entre personas corrientes,
sal vo que el patrono era invisibl e a mis oj os, parece que hubiéramos tenido que
entendernos con un hombre vivo más bien que con un espíritu desencarnado.
No tenía el aire de ser un Hermano, como entonces l l amábamos a l os Adeptos,
sino que casi, y en l o tocante al trabaj o l iterario, l as cosas pasaban con él
exactamente como cuando un Maestro conocido (ver teoría 1), escribía o dictaba
otra parte del l ibro. Esto pide una acl aración. Se ha visto más arriba que l os

35
Página 170 de la edición española.
36
Se refiere al doctor Enrique More (1614-1687), catedrático de Cambridge. Véase Isis Sin Velo, vol. I, pág. 290. (N. del
T.)

145
manuscritos de H. P. B. presentaban grandes diferencias y que su escritura habitual
tenía numerosas variantes; además, que cada cambio de escritura iba acompañado de
un cambio concomitante de modal es, movimientos, expresión y capacidad l iteraria
en H. P. B. No era difícil percibir cuándo quedaba abandonada a sí misma, porque su
inexperiencia resal taba en seguida, y comenzaban otra vez en gran escal a l os recortes
y remiendos. Entonces el original que yo tenía que revisar era detestabl e, y después
de transformarse en una masa confusa de l l amadas, tachones, correcciones y
sustituciones, terminaba por ser nuevamente escrita por el l a, según yo se l a dictaba
(ver teoría 7). También, se me ha insinuado varias veces que diversas intel igencias se
servían del cuerpo de H. P. B. como de una máquina de escribir, pero nunca se me
dij o precisamente: “Soy ful ano” ni ' ' ' He aquí a A. o a B. ”. Por otra parte, yo no l o
necesitaba después de haber trabaj ado bastante l argo tiempo con “mi gemel a” para
conocer a fondo todas sus variedades de humor, de l enguaj e y de impul sos. Los
cambios eran cl aros como el día, y al cabo de cierto tiempo, yo podía decir cuando
vol vía al sal ón, después de un corto examen de su fisonomía y sus movimientos: “He
ahí a ful ano o a zutano”, y pronto l o que sucedía en seguida venía a confirmar mi
suposición. Uno de sus alter ego, que después conocí personal mente, usa toda l a barba
y l argos bigotes cuya parte superior se une a l as patil l as, según l a moda radj pout.
Cuando refl exiona profundamente, tiene l a costumbre de tirarse mecánica e
inconscientemente del bigote. Pues bien, a veces, en l os momentos en que mi amiga
se convertía en “al gún otro”, l a veía que con una mirada l ej ana, retorcía y tironeaba
un bigote imaginario que indudabl emente no existía en su l abio superior; de pronto
el “al guien” de grandes bigotes, vuel to al sentimiento de l as cosas externas, se daba
cuenta de que yo l o observaba, se apresuraba a retirar l a mano de su cara y vol vía a
escribir. Otro “al guien” sentía tal horror por el i ngl és, que nunca quería habl ar más
que en francés; era un artista y apasionado inventor. Otro venía que borroneaba con
l ápiz docenas de estrofas sobre temas, ya subl imes, ya humorísticos. Así, cada
“al guien” mostraba marcadas y diferentes disposiciones, tan fácil es de reconocer
como l as de nuestros amigos y conocidos. Había uno que adoraba l as buenas
historias y que tenía infinita gracia. Otro, en cambio, era l l eno de dignidad, reserva
y erudición. Los había pacientes y l l enos de benevol encia; otros eran nerviosos y
exasperantes. Un “al guien” no hal l aba nada mej or que apoyar con fenómenos sus
expl icaciones fil osóficas o científicas de l os temas que yo debía redactar, pero había
otro “al guien” a quien uno no se habría ni siquiera atrevido a sugerirl e l a idea de

146
hacerl o.
Cierta noche fuí vivamente reprendido. Al gún tiempo antes, yo había traído dos
hermosos l ápices bl andos, perfectos para nuestro trabaj o, de l os que dí uno a H. P. B. ,
guardando el otro para mí. El l a tenía l a mol esta costumbre de pedir prestados
l ápices, cortapl umas, gomas, etc. , y ol vidarse de devol verl os; una vez entrados en su
pupitre, no vol vían a sal ir a pesar de todo l o que uno dij era o hiciese. Esa noche, el
“al guien” artista, dibuj aba una cara de estivador en un papel cual quiera, mientras
habl aba conmigo, cuando me pidió otro l ápiz. Yo pensé inmediatamente: “Si tengo
l a desgracia de prestarl e mi l ápiz, éste desaparecerá en el caj ón y no l o tendré más
para mí”. No dij e nada, tan sól o lo pensé para mí, pero el “al guien”, con una mirada
dul cemente sarcástica, tomó una caj a para l ápices que se hal l aba entre l os dos, l a
tuvo entre sus manos un momento, y resul tó l l ena con una docena de l ápices de
idéntica cal idad! No dij o una pal abra, ni siquiera me miró, pero yo sentí que me
puse col orado hasta l a frente y me sentí humil l ado como nunca l o fuí en mi vida.
Sin embargo, tal vez yo no merecía tal l ección, dadas l as costumbres “anexionistas”
de H. P. B. en cuanto a l os útil es de escritorio. .
De modo que cuando uno de esos “al guien” estaba de servicio, como yo decía
entonces, el manuscrito de H. P. B. vol vía a tomar por compl eto l a misma apariencia
que todas l as otras veces que él había prestado su col aboración. Escribía con
preferencia sobre ciertos temas de su agrado, y en este caso H. P. B. , en l ugar de servir
de secretario, se convertía positivamente en otra persona (ver teoría III). En aquel
tiempo, sól o con ver una página del manuscrito de Isis, podía decir con seguridad
por cuál “al guien” había sido escrita. ¿Dónde estaba el Yo de H. P. B. en esos
momentos de sustitución? Ese es el asunto, y esos son misterios que no se revel an al
primero que l l ega (9). Según l o que he comprendido, el l a prestaba su cuerpo como
se presta una máquina de escribir y se iba a evacuar otro asunto que podía l l evar a
cabo en su cuerpo astral , mientras que un cierto grupo de Adeptos ocupaba y
manej aba por turno su cuerpo físico. Cuando veían que yo sabía reconocerl os –hasta
el punto de haberl es dado nombres para poder habl ar de el l os con H. P. B. – me
honraban muchas veces con un grave sal udo o con un famil iar gesto de despedida,
antes de dej ar el sal ón para ceder el sitio al que entraba de servicio. Y a veces me
habl aban l os unos de l os otros, como se hace de l os ausentes; de este modo fue como
poco a poco l l egué a conocer al go de su historia. También habl aban de H. P. B.

147
entonces ausente, distinguiendo entre su persona y el cuerpo físico que en ese
momento el l a prestaba. Uno de l os Mahatmas, en una carta que habl aba de cosas
ocul tas, l e l l ama (a dicho cuerpo) “viej a il usión”, y en 1876, refiriéndose también a
él , dice: “así como el hermano que lo ocupa”. Otro Maestro me dij o a propósito de
un terribl e acceso de cól era que yo había provocado (invol untariamente) en H. P. B. :
¿”Quiere usted, pues, matar el cuerpo”? Y el mismo, en una nota, habl a en 1875 de
“aquel l os cuya envoltura nos sirve de representante” (él ha subrayado esa pal abra).
Se comprenderá mi turbación al descubrir una buena noche que, sin sospecharl o,
acogí al grave fil ósofo que más adel ante describiré, con una l igereza que descompuso
su cal ma habitual . Creyendo interpel ar a mi antigua amiga H. P. B. , l e dij e: “¡Bueno,
mi viej a dama, a trabaj ar!”. Inmediatamente me ruborizaba avergonzado, porque l a
expresión que vi aparecer, mezcl ada de sorpresa y de dignidad ofendida, me hizo ver
con quién estaba tratando. Mi pl ancha era semej ante a l a del buen viej o Pedro
Cooper en el bail e que dió l a Academia de Nueva York al heredero del trono,
cuando gol peándol e en el hombro, l e dij o famil iarmente: “¡Y bien! Gal es, ¿qué l e
parece a usted esto?”. Era j ustamente un Maestro que me inspiraba el más fil ial
respetó, no tan sól o a causa de su profunda erudición, de su nobl e carácter y de sus
distinguidos modal es, sino además por su bondad y paciencia, en verdad paternal es.
Me parecía que sól o él l eía en el fondo de mi corazón y deseaba desarrol l ar y
madurar cada pequeño germen espiritual que al l í dormitaba en estado l atente. Me
han dicho que era un personaj e de l a India del Sud, que tenía una gran experiencia
espiritual y era un Maestro de l os Maestros; vivía baj o l a apariencia de un
propietario rural , y cuya verdadera condición era desconocida por quienes l e
rodeaban. j Ah! ¡Qué noches dedicadas a el evados pensamientos pasé con él ; no
puedo compararl as a nada, sea l o que sea, del resto de mi vida! En particul ar,
recuerdo una noche durante l a cual por medio de semi -sugestiones despertó mi
intuición, para hacerme comprender l a teoría de l a rel ación de l os cicl os cósmicos,
con puntos fij os en l as constel aciones, mientras el centro de atracción se despl aza en
un orden determinado. Recordad vuestras sensaciones l a primera vez que mirasteis
por un gran tel escopio el ciel o estrel l ado: l a emoción, el asombro, l a súbita
expansión mental al comparar nuestra Tierra famil iar y tan vul gar, con l as infinitas
profundidades del espacio y l os innumerabl es mundos estel ares que siembran l a
azul ada inmensidad. Tendréis una débil idea de l o que sentí en el momento en que

148
esta maj estuosa concepción del orden cósmico invadió mi espíritu y lo conmovió de
tal modo que perdí l a respiración. Si aún me quedaba el menor vestigio hereditario
de una tendencia hacia l as teorías geocéntricas sobre l as que reposan l as teol ogías,
fue barrido como l as hoj as muertas lo son por l a tempestad; me sentí renacer en un
nuevo pl ano y que me convertía en un hombre l ibre.
Este Maestro es el que dictó a H. P. B. l as respuestas a l as preguntas sugeridas a un
miembro ingl és de l a Sociedad, por l a l ectura del Buddhismo Esotérico, publ icadas en
el Theosophist de septiembre, octubre y noviembre de 1883. Una mañana, estando en
Ootacamund, en casa del mayor general Morgan, el l a escribía, estremeciéndose de
frío y con l as piernas envuel tas en mantas; yo estaba en su habitación l eyendo,
cuando vol vió l a cabeza y dij o:
“Que me ahorquen si al guna vez he oído habl ar de l os Iafigios; ¿al guna vez ha
l eído usted al go sobre esa tribu, Ol cott?”. Le contesté que no, y pregunté el porqué
de su consul ta. “Pues –me contestó– el anciano cabal l ero me dice que escriba eso.
Pero me parece que debe haber un error; ¿qué l e parece a usted?”. Le respondí que si
ese Maestro l e había dictado ese nombre, podía escribirl o sin temor, porque él
siempre tenía razón. Y así lo hizo. He aquí otro ej empl o más de cosas escritas al
dictado, y de l as que el l a no tenía hasta entonces ninguna idea. Jamás estudió el
indostano, y en su estado normal nunca supo habl arl o ni escribirl o. No obstante,
tengo en mi poder una nota en indostano, en caracteres devanagari, que yo l e ví
escribir y entregársel a al swami
37
Dyanand Saraswati, en el j ardín de Vizianagram en
Benarés, donde nos recibieron en 1880.
El swami l eyó l a nota, escribió y firmó su respuesta en l a misma hoj a, que H. P. B.
dej ó sobre una mesa, de donde yo l a recogí.
Pero lo he dicho y lo repito del modo más rotundo: ninguno, ni el más sabio o el
más nobl e de esos “al guien”, me al entó j amás en l o más mínimo para que l e creyera
infal ibl e, omnisciente u omnipotente. Nunca manifestaron l a menor vel eidad de un
deseo de ser adorados, tratados como seres divinos, ni considerados como
inspirados, cuando se servían de H. P. B. como de un secretario. Siempre l os
consideré como hombres, mortal es como yo, verdaderamente más sabios e
infinitamente más avanzados que yo, pero tan sól o a causa de que me precedían en el

37
Ascetas de clase superior, son célibes, llevan una vida muy pura y no muestran sus poderes si los tienen. (N. del T.)

149
camino normal de l a evol ución humana. Tenían horror a todo servil ismo, así como a
l a adul ación, y se decían l l enos de egoísmo, de vanidad y de debil idad. Con
frecuencia me daban su sincera opinión sobre l as visitas demasiado mel osas, después
que se iban, y mis l ectores se hubiesen reído mucho, caso de encontrarse presentes
cierta noche, después de que una señora de género desbordante acababa de
despedirse. Antes de irse, había acariciado a H. P. B. , se sentó en el brazo de su sil l ón
y l e acarició l as manos, mientras l e besaba l a cara. Yo estaba ahí y veía el
azoramiento del “al guien” (varón) pintado en su rostro. Acompañé a l a señora hasta
l a puerta, y cuando vol ví, casi estal l é de risa viendo al “al guien”–un sadhú
38
sin sexo
como no hubo otro– que me miraba con aire afl igido, diciendo con indescriptibl e
mel ancol ía: “¡Me ha besado!”. Era demasiado, tuve que sentarme.
Ya dij e antes que l a col aboración del antiguo pl atónico y su manera de dictar a
H. P. B. era idéntica a l a de l os Adeptos y que así como él tenía predil ección por
ciertos temas, cada uno de el l os tenía sus preferencias individual es. Pero existía l a
diferencia de que mientras l os Adeptos ocupaban a veces su cuerpo como si fuese
suyo y l o util izaban para exhibir, como hubieran hecho con el propio (así como el
espíritu de María Roff util izaba el cuerpo de Laurencia Vennum y se encontraba tan
a gusto como si hubiese nacido en él ), el pl atónico no usó j amás este procedimiento
y l a empl eó sól o a modo de secretario. También habl é de l as partes de Isis que eran l a
obra personal de H. P; B. y dij e cuán inferiores eran a l as que l os “al guien” escribían
para el l a; esto es bien fácil de comprender. ¿Cómo H. P. B. , que no poseía l os
conocimientos requeridos, hubiese podido escribir correctamente sobre l os temas
tan variados de que su l ibro trata? En su estado normal (o que parecía serl o), el l a
l eía un l ibro, marcaba l o que l e chocaba, cometía errores, l os corregía, l os discutía
conmigo, me hacía escribir, estimul aba mis intuiciones, pedía datos a sus amigos; en
fin, hacía todo lo que podía hasta que conseguía hacer venir un Maestro en respuesta
a sus l l amamientos psíquicos. Y no siempre estaban a nuestra disposición para todo
l o que necesitásemos. El l a producía una gran cantidad de páginas muy hermosas,
porque tenía magníficos dotes literarios; nunca era taciturna ni pesada, y como dije
en otra parte, usaba con soltura sin igual, de tres idiomas cuando se encontraba
dispuesta. Escribió a su tía que cuando su Maestro tenía que hacer en otra parte, le
dejaba su reemplazante, que era entonces el “Yo Luminoso” de H. P. B. , su Augoeides,

38
Asceta, santo, virtuoso; en sánscrito. (N. del T.)

150
que pensaba y escribía por ella (ver teoría II). No me atrevo a pronunciarme sobre
esto, porque nunca la ví en ese estado; sólo la conocí en tres formas, a saber: H. P. B.
ella misma, H. P. B. poseída o influida por los Maestros, y H. P. B. sirviéndoles de
secretario y escribiendo a su dictado. Es posible que al tomar posesión su Augoeides
de su cerebro físico, me haya dado la impresión de que uno de los Maestros estaba
presente; no sabría decido. Pero lo que omite decir a su tía es que había numerosos
momentos –bien numerosos– en los que ella no obraba poseída ni por contralor, y
que no trabajaba al dictado de una inteligencia superior, sino que era sencilla y
visiblemente H. P. B. , nuestra familiar y querida amiga, y después nuestra maestra,
esforzándose como mejor podía, para cumplir su misión literaria.
A pesar de esas diferentes intervenciones, Isis da plenamente la sensación de
individualidad que se halla de nuevo en sus otras obras; algo que le pertenece en
propiedad. Epes Sargent y otros escritores americanos me han expresado su
admiración por su perfecto manejo de nuestra lengua, y uno de ellos llegó hasta decir
y publicar que ningún autor que losque vivían en ese tiempo, escribía el inglés mejor
que ella. Es una exageración, claro está. Pero felizmente, un competente filólogo
sometió su estilo a un examen científico comparado. El sabio doctor Juan A. Weisse,
en su obra Origen, Progress and Destiny of the english language and literature, ha dado un
cierto número de cuadros en los que expone de dónde proceden las palabras
empleadas por conocidos escritores ingleses. Los siguientes extractos harán ver las
fuentes del lenguaje de Isis Sin Vel o, comparadas con las que otros autores usaron.
Dice el doctor Weisse: “Ese libro es un tesoro de hechos nuevos y de nuevas fases,
presentadas de un modo tan brillante, que no es menester ser iniciado para leerlo con
interés”. He aquí su análisis en el cuadro adjunto.

151

Parece, pues, que el inglés de la señora Blavatsky es, en resumen, el del doctor
Samuel Johnson, que pasa por ser el más perfecto que pueda leerse. Un examen de la
misma clase, de sus obras francesas, la presentaría sin duda tan hábil para manejar ese
hermoso idioma, como los más grandes autores franceses modernos.

152

CAPÍTULO XVI
DEFINICIÓN DE LOS TÉRMINOS

Ahora, ¿cómo definiremos l a paternidad de Isis Sin Velo y cómo H. P. B. misma?
Indudabl emente, Isis es una obra hecha en col aboración, producto de varios autores
diferentes y no de H. P. B. sol a. Mis observaciones personal es sobre este particul ar,
están pl enamente confirmadas en sus cartas a l a famil ia que cita el señor Sinnet,
porque H. P. B. expl ica en el l as que todas l as partes de su l ibro que tratan de temas
con l os cual es no estaba famil iarizada, l e fueron dictadas por Maestros o fueron
escritas por su Yo Superior util izando su mano y su cuerpo físico. Es una cuestión
compl ej a en extremo y nunca se sabrá exactamente l a verdad en cuanto a l a parte
exacta de cada col aboración. La personal idad de H. P. B. representa el mol de en
donde todas l as materias col adas tomaron forma, col or y expresión, baj o l a
infl uencia de sus propias características mental es o físicas. Porque así como l os
sucesivos ocupantes del cuerpo de H. P. B. no hacían más que modificar su propia
escritura sin empl ear l a de el l os (10), también sirviéndose de su cerebro, no
pudieron impedir que col orease su pensamiento y arregl ase sus pal abras, de acuerdo
can sus costumbres personal es. Del mismo modo que l a l uz del día, al pasar a través
de l as vidrieras de una igl esia, toma todos l as tonos de l as vidrios de col or, los
pensamientos transmitidos por intermedio del cerebro de H. P. B. se modificaban en
el sentido de l as costumbres l iterarias y del modo de expresión que el l a había
adoptado. El simpl e buen sentido nos hace ver que l a nitidez de l a composición y l a
cl aridad del estil o dependen ante todo de l a identidad de natural eza entre l a
personal idad intel ectual y moral de l a intel igencia dominante y del suj eto
dominado. El hecho es que noté que en l os momentos en que H. P. B. en carne y
hueso se encontraba en un estado de extrema irritabil idad, su cuerpo no era j amás
ocupado, sal vo por el Maestro de quien el l a era l a discípul a particul ar, como l a
pupil a espiritual , y cuya vol untad de hierro era aún más fuerte que l a suya; l os
fil ósofos menos enérgicos se mantenían apartados. Yo hice, natural mente, l a
pregunta: ¿por qué no estaba sometida a un contral or permanente y por qué no era
siempre el sabio tranquil o y concentrado en que se convertía baj o el imperio de

153
ciertas obsesiones? Se me respondió que eso sería querer hacerl a morir de apopl ej ía;
ese cuerpo estaba animad por un espíritu cál ido e imperioso, que desde l a infancia
había rechazado toda cl ase de imposición, y si no se l e dej aba una vál vul a por donde
el exceso de energía física pudiese escapar, el resul tado sería fatal . Me dij eron que el
estudio de l a historia de su famil ia (l os Dol gorouki), me acl araría ese misterio. Ví,
en efecto, que esa famil ia de príncipes y de mil itares que se remontaba al tiempo de
Rourick (sigl o IX) se señal ó siempre por un val or extremo, una osadía a toda
prueba, un apasionado amor par l a independencia y el desprecio por l as
consecuencias que eso traj ese. El príncipe J acobo, senador de Pedro el Grande, es un
ej empl o típico del carácter de l a famil ia; hizo pedazos en pl eno consej o del Senado
un ukase que l e disgustaba y cuando el emperador l e amenazó can l a muerte,
respondió: “Imitad a Al ej andro, hal l aréis en mí a Cl itus”. (Am. Encycl. VI, 55)
39
. Así
era H. P. B. , y con frecuencia me dij o que no se dej aría conducir por ningún poder de
este mundo ni del otro. No respetaba más que a sus Maestros, y aún con el l os se
mostraba a veces tan combativa, que se ha visto que l os de carácter más dul ce entre
el l os no se arriesgaban cuando el l a se encontraba de cierto humor. H. P. B. me
aseguró con emoción que para col ocarse en estado de entrar en rel ación con el l os
había necesitado pasar por años de heroicos esfuerzos sobre el l a misma. Dudo que
nadie haya tenido nunca mayores obstácul os que vencer para entrar en el Sendero,
ni mayor l ucha interior para mantenerse en él . No hay para qué decir que un cerebro
tan fácil mente infl amabl e, no era de l os más apropiados para l a del icada misión que
emprendió, pero l os Maestros me aseguraron que era mucho mej or que cual quier
otro que hubiesen podido hal l ar y que era menester que sacasen de él todo el partido
posibl e. Para el l as era l a fidel idad y l a devoción personificadas, y estaba dispuesta a
osar y a sufrir l o que fuese, siendo para su obra.
Más dotada que nadie de su generación de poderes psíquicos natural es, ardiendo
de un entusiasmo que rayaba en fanatismo, proporcionaba su tenacidad personal ,
que unida a un grado extraordinario de resistencia física, hacía de el l a un agente de
gran potencia si no de gran docil idad e igual dad de carácter. Un espíritu menos
turbul ento tal vez hubiera producido mej or tarea l iteraria, pero en l ugar de durar
diez y siete años, hubiese sido gastada probabl emente después de diez años de
esfuerzos y el mundo no habría tenido sus úl timas obras.

39
Se refiere al príncipe Jacobo Fedorowitch Dolgorouki, general y senador; nació en 1639; peleó contra los turcos y
contra Carlos XII; fue embajador en Francia y también en España el año 1687; murió el año 1720. (N. del T.)

154
Me parece que puesto que l a personal idad del psíquico modifica distintamente l a
escritura producida por su mediación, tenemos ahí una pi edra de toque para j uzgar
de l a autenti ci dad de l as pretendi das comuni caci ones de l os Mahatmas M. y K. H.
reci bi das después de l a muerte de H. P. B. Mi entras el l a vi vi ó todas sus
comuni caci ones fuera qui en fuera el escri bi ente vi si bl e y donde qui era que fuesen
reci bi das, eran de una escri tura que se parecí a más o menos a l a suya. Esto es
tambi én exacto en cuanto a l as cartas que reci bí de modo anormal en pl ena mar a
bordo de un vapor, o en vagones de ferrocarri l , así como respecto a l as que cayeron
del ci el o o fueron reci bi das de al guna otra manera extraordi nari a por el señor
Si nnett, el señor Hume y otros pri vi l egi ados corresponsal es de nuestros Maestros
ori ental es. Porque en donde qui era que el l a estuvi ese, era a través de su
personal i dad que el l os debí an trabaj ar con nosotros por l a evol uci ón de nuestro
movi mi ento. Por otra parte, poco i mportaba que el l a estuvi ese con el l os en el
Thi bet o conmi go en Nueva York, o con el señor Si nnett en Si ml a; su afi ni dad
cooperati va era de natural eza psí qui ca, y por consi gui ente, tan i ndependi ente como
el pensami ento mi smo, del ti empo y del espaci o.
Hemos vi sto un resul tado notabl e de ese pri nci pi o apl i cado a l a psi co-di námi ca
(cap. II), en el fenómeno de l as cartas deteni das en su tránsi to postal , aumentadas
con comentari os y envi adas a Fi l adel fi a en l ugar de serl o a Nueva York. Si no se
pi erde esto de vi sta, se deduci rá que hay ci en probabi l i dades contra una, de que
todas l as comuni caci ones atri bui das a uno de esos dos Maestros, y reci bi das después
de l a muerte de H. P. B. , sean dudosas si continúan siendo de la misma escritura que antes (11).
Si l as premi sas son j ustas, l a concl usi ón se i mpone. Si todos l os manuscri tos de l os
Mahatmas, en su ti empo, debí an forzosamente ser más o menos de su escri tura
porque estaban transmi ti dos psí qui camente por su medi aci ón, es evi dente que nada
de l o que nos ha l l egado después de mayo de 1891 deberí a ser de l a mi sma mano,
puesto que ha cesado de i mponer sus modi fi caci ones si rvi endo de i ntermedi ari o.
Ahora, l os manuscri tos deberí an parecerse a l os del nuevo agente o nuevos agentes
de transmi si ón. Esto suponi endo que l a autenti ci dad de esos manuscri tos sea tan
bi en establ eci da como en el caso de H. P. B. , qui en muchas veces l os transmi tí a por
preci pi taci ón ante nuestra vi sta, o dentro de sobres cerrados que ella no había tocado,
o por caí da en el espaci o ante testi gos, o de cual qui era otra manera que i mpl i que un
fenómeno. Los textos preci pi tados de Sl ade, de Watki ns y de otros vari os medi ums,

155
se cl asi fi can en l a mi sma categorí a. El hecho de parecerse a l a escri tura de un
Maestro o más o menos a l a del medi um supuesto, no serí a de ni nguna manera una
prueba en sí de autenti ci dad, si no todo l o contrari o. A menos de apartar toda
probabi l i dad de mal a fe, un mensaj e mí sti co no val e ni el papel en que está escri to
ni el ti empo que se empl ea en l eerl o. Aun cuando l a autenti ci dad no da l ugar a
dudas, l os mensaj es psí qui cos son con frecuenci a tri vi al es y si n ni ngún val or fuera
de su ori gen psí qui co.
Personal mente, puedo deci r que desde 1853 que esos fenómenos me han si do
fami l i ares, nunca dí l a menor i mportanci a a ni nguna enseñanza psí qui ca con el
pretexto de que el autor era ful ano o mengano; no j uzgué sobre su val or, si no por
su mi sma natural eza, y aconsej o encareci damente a mi s l ectores que hagan otro
tanto sí qui eren evi tar ser engañados; más val e un escepti ci smo experi mentado que
l a más aprobada de l as credul i dades, porque, recordad bi en que probabl emente
nadi e reci bi ó nunca ni una l í nea en i ngl és de l a escri tura personal de un Maestro,
escri to por él según el procedi mi ento corri ente; sal vo tal vez el bi l l ete que K. H.
formó en mi propi a mano cuando fue a verme en carne y hueso a mi ti enda de
campaña, una noche en Lahore, en 1883. No qui si era afi rmar nada ni si qui era acerca
de ése, porque no se l o ví escri bi r y puede haber creado l a carta en el si ti o mi smo,
recurri endo al aura: de H. P. B. , que me acompañaba a todas partes. Aparte de K. H.
y del anti guo pl atóni co ya ci tado, ni nguno de l os Maestros habí a aprendi do a
escri bi r el i ngl és, y cuando tení an que hacerl o, estaban obl i gados a recurri r a un
método anormal , como H. P. B. cuando escri bi ó un bi l l ete en i ndostano con
caracteres devanagari , al swami Dyanand Saraswati en Benarés (ver más arri ba). Es
preci so recordar, a propósi to de esto, l as dos escri turas total mente di ferentes del
Mahatma M. , en el manuscri to de Isis en 1875-77 y en l as cartas de l a Indi a, di ri gi das a
di versas personas después de 1879.
Cuando H. P. B. escri bí a a sus Maestros, o cuando el l os l e escri bí an sobre asuntos
que no debí an ser comuni cados a terceros, l o hací an en una l engua arcai ca que
decí an era el senzar, que se parece al thi betano y que el l a escri bí a tan
corri entemente como el ruso, el francés o el i ngl és. Yo guardé una carta reci bi da en
Nueva York de uno de l os Maestros, en cuya parte superi or se veí a escri to en
caracteres thi betanos con una especi e de ti nta dorada, l a pal abra “Sems-dpah”.

156
Desde entonces no l a habí a mostrado a nadi e, hasta que el pandi
40
Sarat Chandra
Das C. I. E. , expl orador del Thi bet y versado en esas materi as, me l o traduj o hace
poco en Cal cuta. Eso qui ere deci r: “Al corazón poderoso” y es un tí tul o honorí fi co
dado en el Thi bet a un Bodhi sattva.
Los Maestros tení an, además, otra razón para no forzar a H. P. B, para que
dul ci fi cara y afi nara su natural eza ori gi nal a fi n de converti rse a pesar de el l a en un
Sabi o dul ce y benévol o: hubi era si do i nterveni r i l egí ti mamente en su Karma
personal . Como todo el mundo, el l a representaba, tal como entonces era, una
determi nada ecuaci ón personal , fruto del progreso evol uti vo de su Ego. Su Karma
requerí a que naci ese esta vez en ese cuerpo agi tado de muj er y que tuvi ese l a
oportuni dad de adqui ri r el progreso espi ri tual l uchando durante toda su vi da,
contra pasi ones heredi tari as. Se l e hubi era perj udi cado y no se hubi ese hecho
avanzar en nada ese progreso, apagando su carácter ardi ente y supri mi endo l os
otros defectos; hubi ese si do lo mi smo que mantener un suj eto en un perpetuo
estado de hi pnoti smo, o a un enfermo baj o l a i nfl uenci a de un narcóti co. Habí a
i nterval os durante l os cual es su cuerpo no estaba ocupado por uno de l os Mahátmas
ni su espí ri tu en estado de absorber l o que se l e di ctaba. Por l o menos l o presumo,
pero con frecuenci a estuve tentado de creer que ni nguno de nosotros, sus col egas,
habí amos nunca conoci do a l a H. P. B. normal y que hemos estado en rel aci ón con
un cuerpo arti fi ci al mente vi tal i zado, una especi e de mi steri o psí qui co perpetuo,
cuyo jiva
41
habí a si do muerto en Mentana cuando reci bi ó ci nco heri das y fue dej ada
por muerta en un foso. .
Esta teorí a no ti ene a pri ori nada de i mposi bl e, puesto que sabemos que l a
personal i dad normal de Marí a Reynol ds fue borrada durante cuarenta y dos años,
mi entras que su cuerpo estaba ocupado, vi tal i zado y baj o el contral or de otra
persona que nada sabí a de l os di ez y ocho transcurri dos hasta su apari ci ón. En
cuanto a H. P. B. , yo no afi rmo nada, razono tan sól o, porque no me atreverí a
posi ti vamente a deci r l o que fue esta muj er maravi l l osa, o más bi en como hubi era
di cho Buffon: este homo duplex. Era un conj unto de contradi cci ones, tan i mposi bl e
de comparar con nosotros, personas corri entes, que retrocedo ante una afi rmaci ón
posi ti va. Todo l o que el l a ha podi do deci r, a mí o a l os demás, casi no cuenta según

40
Letrado o docto. (N. del T.)
41
En sánscrito, el principio vital individual. (N. del T.)

157
mi opi ni ón, porque habi endo vi vi do y vi aj ado tanto ti empo con el l a, y si endo
testi go de tantas conversaci ones suyas con terceros, l e he oí do contar de el l a mi sma
l as hi stori as más contradi ctori as. Hubi era si do trai ci onar l a personal i dad y l a
resi denci a de sus Maestros, el mostrarse comuni cati va y si ncera con esa mul ti tud de
curi osos cuya i mportuni dad egoí sta hi zo ai sl ar si empre en el desi erto a l os
ermi taños. El l a encontraba más fáci l despi star a l a gente con perpetuas
contradi cci ones.
Así , por ej empl o, hubi era podi do muy bi en deci r que, cuando 1854 trató de
penetrar en el Thi bet por el Bhutan o el Nepal , el capi tán, ahora general , Murray,
comandante de esa parte de l a frontera, se l o i mpi di ó y l a retuvo en su casa con su
muj er durante un mes. Pero nunca l o di j o y nadi e sabí a nada de eso hasta que el 3
de marzo úl ti mo, el general Murray nos l o contó al señor Edge y a mí , en el tren
entre Nal dati y Cal cuta, y l o publ i qué. En cuanto a su edad, tan pronto se daba
vei nte años, como cuarenta, sesenta hasta setenta más de l os que real mente tení a.
Tengo en nuestros scrap-books un ci erto número de esas fantasí as publ i cadas en
di ferentes peri ódi cos según l as entrevi stas a l as cual es a menudo yo asi stí . Puede
verse el rel ato de una entrevi sta con un croni sta del Hartford Daily Times, en el
número del 2 de di ci embre de 1888. El l a se presentaba como una especi e de
Matusal em. Di ce el corresponsal : “Muy, muy vi ej a; es i mposi bl e, pero el l a lo
asegura, a veces con i ndi gnaci ón, a veces con orgul l o, y a veces con i mpaci enci a. Soy
de una raza así –di ce– toda mi fami l i a vi ve hasta avanzada edad… ¿No l o cree V.? Le
voy a mostrar mi s pasaportes y mi s papel es. Puedo probarl o de mi l modos”. Era su
manera de j ugar con l as ci fras. Hací a como Si kh Akal i (ver l a rel aci ón del señor
Macl agan sobre el nuevo censo del Pendj ab en 1851), que soñaba con ej érci tos y
pensaba en l akhs (1 l akh = 100. 000). Si qui ere deci r que ti ene ahí ci nco akal i s, os
di rí a: “He aquí ci nco l akhs ”.
El Phrenological journal, de marzo de 1858, l a descri be y da un esbozo de su
carácter. “En el transcurso de su l arga vi da, porque ti ene más de ochenta años”,
etcétera. Yo mi smo l a oí deci rl e esa edad al redactor del artí cul o. Después, me di j o
H. P. B. que el “al gui en” entonces presente en su espí ri tu, tení a j ustamente esa edad,
de manera que no era una verdadera menti ra, aunque el i nterl ocutor, que no veí a
más que a H. P. B. , creyese que se trataba de el l a.
Hasta ahora me he servi do de l a pal abra obsesi ón, pero sé muy bi en hasta qué

158
punto es i nsufi ci ente. Obsesi ón y posesi ón se di cen por lo general a propósi to de
una persona atormentada por demoni os o espí ri tus mal i gnos; una persona obsesada
es asedi ada y atormentada; una persona poseí da, es domi nada, i nfl uenci ada u
ocupada por el l os. Pero ¿qué otra pal abra empl ear? ¿Por qué l os padres de l a Igl esi a
no i nventaron una expresi ón mej or que “l l eno” para i ndi car l a posesi ón de un sér
por l os buenos espí ri tus?: “El l os fueron l l enos del Espí ri tu Santo y comenzaron a
habl ar di ferentes l enguas”.
Pero no ol vi demos que el cuerpo de H. P. B. era a veces ocupado por di versas
enti dades, y l a si gui ente anécdota mostrará hasta qué punto. Nos encontrábamos
l os dos en nuestro escri tori o, en Nueva York, una noche de verano después de
cenar; no habí amos encendi do l uces y todo estaba en una medi a l uz. El l a estaba
sentada j unto a l a ventana del medi odí a y yo estaba de pi e del ante de l a chi menea,
refl exi onando. Oí que el l a me decí a: “Mi re e i nstrúyase”, y mi rando haci a su l ado,
ví como una ni ebl a que se el evaba de sus hombros y su cabeza. Poco a poco, eso se
convi rti ó en l a i magen de uno de l os Mahatmas, el que más tarde me di ó el turbante
hi stóri co, cuyo dobl e astral tocaba entonces su cabeza brumosa. Quedé i nmóvi l y
si l enci oso; absorto en l a observaci ón del fenómeno; sól o l a parte superi or del torso
se hi zo bi en di sti nta, y después pal i deci ó y fue desapareci endo, reabsorbi da en el
cuerpo de H. P. B. o de otro modo que no sé. El l a se mantuvo sentada e i nmóvi l
como una estatua, durante dos o tres mi nutos, después vol vi ó en sí , suspi ró y me
preguntó si habí a vi sto al go. A mi peti ci ón de expl i caciones respondió que me
tocaba a mí mismo el desarrol l ar mi intuición para comprender l os fenómenos del
mundo en que vivía. Todo l o que el l a podía hacer para ayudarme, era mostrármel os
y dej arme que l os interpretase como mej or pudiera.
Numerosos testigos se hal l an en situación de certificar l a producción de otros
fenómenos que podrían probar que diferentes entidades ocupaban a veces el cuerpo
de H. P. B. Cinco veces diferentes –una vez por dar gusto a l a señorita Emil ia
Kisl ingbury, y otra a mi hermana, l a señora Mitchel l – el l a tomó un mechón de sus
hermosos cabel l os rubios, finos y ondul ados y nos l o regal ó. Pero resul tó que el
mechón era de pel o grueso, negro como el azabache y lacio, sin sombra de rizada u
ondul ación. En una pal abra: cabel l os indos o asiáticos y no sus propios cabel l os,
suel tos, infantil es y castaños. Veo en mi diario de 1878 que otras dos veces también
reproduj o este fenómeno: el 9 de j ul io, para el hon. J. L. O' Sul l ivan, antiguo

159
ministro de l os Estados Unidos en Portugal , y el 19 de noviembre para l a señorita
Rosa Bates en presencia de seis testigos además de l a señorita Bates y yo. Al gunos
adversarios podrían insinuar que eso no era más que un simpl e j uego de manos, pero
a eso respondo que en uno de l os casos, en el de l a señorita Kisl ingbury o en el de mi
hermana, el mechón fue cortado por l a misma obsequiada. Tengo dos mechones de
cabel l os cortados de su cabeza, ambos negros como azabache y bastante más gruesos
que l os suyos, uno aún más que el otro. El primero es egipcio, indo el segundo. ¿Qué
mej or expl icación puede hal l arse en esos fenómenos que suponer que l os verdaderos
propietarios de esos cabel l os ocupaban en ese momento el cuerpo mayávico de
H. P. B. ? Pero vol vamos a nuestro probl ema l ingüístico.
La pal abra, epistasia no convendría tampoco, porque significa “inspección,
superintendencia, comando, dirección”, l o que no responde a l os hechos. Epifanía,
que quiere decir “refl exión, manifestación, etc. ”, no resul ta mej or. Carecemos de
término, y sin embargo, su necesidad se hace sentir mucho, en el punto a que hemos
l l egado en nuestra crónica psíquica. Hay que pedirl e al Oriente.
Como muchas otras cosas de l a ciencia psicol ógica, l a ocupación de un cuerpo
vivo por otros seres vivientes es perfectamente conocida y definida en l a India,
aunque resul te tan ignorada para nuestros conocimientos occidental es, que no
tengamos una pal abra para habl ar de el l a. Aves'ha quiere decir entrar en el cuerpo de
un ser vivo (jiva) para ej ercer un contral or sobre él . Se conocen dos cl ases. La
primera es l l amada Swarûpâ, ves'ha, y se produce cuando el propio cuerpo astral del
Adepto (am'sasukshma sharîra), retirado de su cuerpo físico es introducido en el de otra
persona. La segunda, saktyâves'ha, es cuando por su sol a vol untad (sankalpa), infl uencia,
inspira o dirige al otro cuerpo de manera que l e hace hacer cosas que sobrepasan sus
facul tades normal es, coma, por ej empl o: habl ar un idioma para él desconocido,
desaparecer instantáneamente a l a vista de l os asistentes, para transformarse en
horribl e aparición, como una serpiente, o un animal feroz. Eso nos satisface
pl enamente, y puesto que hemos tomado epifanía del griego. ¿por qué no tomaríamos
aves'ha del sánskrito, puesto que define bien l o que quisiéramos expresar? La pal abra
se apl ica tan sól o a l a rel ación psíquica entre dos personas vivas o a l a inspiración
procedente de una entidad espiritual mente superior, y es menester no mancharl a
haciéndol e significar l a ocupación o contral or del cuerpo de un medium, para l a
producción de fenómenos por el al ma de un muerto. A eso se l e l l ama grahana, y al

160
el ementario (al ma de muerto) graham. La misma pal abra designa l a ocupación de un
cuerpo vivo por un el emental o espíritu de l a Natural eza. Esta ocupación puede ser:
o espontánea, es decir, producida por l a atracción del psíquico por el el emental , o
bien forzada, o sea el resul tado de l as conspiraciones de un hechicero o mago que
conoce l as fórmul as para obl igar al el emental , o el ementario, a obedecerl e. He
traído del Japón l a fotografía de una imagen en bronce de Kobo Daishi, fundador de
l a secta Shingon, de quien se dice que era un Adepto, y está representado con dos
pequeños el emental es a sus pies, que esperan sus órdenes. Un monj e de l a secta
Yama Ousi, que es l a de l os hacedores de mil agros en el Japón, me dió un kakemono
42

en el que se ve al fundador de l a secta, rodeado de el emental es a su servicio. Esta
pintura está ahora en l a antigua habitación de H. P. B. en Londres. El l a disponía
también de servidores de esta cl ase.
Un antiguo cuento indo nos dice en una forma bien divertida, como el rey
Vikramâditya hizo l a conquista de l a princesa “Pes' amadandé, quien había hecho el
voto de no casarse sino con quien l a supiese obl igar a responder a sus preguntas. El
gran rey mago montó a horcaj adas en su el ementario (no el emental ) favorito,
Brahmarâkshas Bhetal a y se hizo transportar por él hasta l a habitación de l a
hermosa. Pero como el l a no se dignase responderl e ni una pal abra, encargó al
el emental que ej erciese obsesión sobre l as damas de honor para que cantasen sus
al abanzas y reprochasen a su ama, su obstinado sil encio. La princesa entonces, l as
despidió de su habitación y corrió una cortina entre el l a y el rey. Este hizo entrar a
su el ementario en l a cortina, l a que se puso a habl ar. La princesa descorrió l a
cortina, pero de pronto sus fal das continuaron l a conversación. Se quitó el vestido,
pero a su vez habl ó l a bata, después l a camisa, y por fin l as cuatro patas de su diván.
La terca princesa no respondía nada. Final mente, Bhetal a se transformó en
papagayo; l a princesa hizo que se l o dieran y el animal comenzó en seguida a contar
cómo l a princesa sufría l a obsesión de S' ani, el dios de l a mal a suerte. Al fin vencido,
se echó a l os pies del rey, confesando su derrota, y como él no quería casarse con
el l a, l a dió por muj er a un príncipe encantador. Tal es l a historia que nos cuenta el
Pes'amadandé Kathai, una recopil ación tamil .
En el Laghu Sabdârtha Sarvasa de Mahamahopâdyâdya Paravastu

42
Tapiz largo y estrecho, de seda pintada o bordada, tiene en cada extremo una varilla de madera. Se cuelgan en las
paredes. (N. del T.)

161
Vencatarungâchârya, vol . I, pág. 316, artic. “Avatâra”, se hal l ará l a acl aración de este
importante tema del Aves' ha. Todos l os l ectores occidental es intel igentes de l a
l iteratura teosófica, conocen l a teoría inda de l os Avatares y cómo es que l os
Avatares de Vishnú son manifestaciones visibl es de l a protección divina y de l a
vol untad del Dios de mantener a l a Humanidad errante en el camino de l a
aspiración rel igiosa. Hay dos cl ases de Avatares: se l l ama pradurbhâva al acto de
encarnarse en un cuerpo que no está animado por un jiva; ejemplos, Rama y Krishna.
Más arriba hemos visto l o que se l l ama Aves'ha. El Pancharâtra Padmasanhita Charâypâda,
cap. XXIV, vers. 131–140, nos enseña cómo se efectúa el aves'ha:
“Ahora te diré, ¡oh! tú que has nacido en un l oto, el método para entrar en el
cuerpo (pindam) de otro… El cadáver que se va a ocupar deberá ser: fresco, puro y de
edad mediana, dotado de todas l as buenas cual idades y exento de todas l as terribl es
enfermedades que son el fruto del pecado (sífil is, l epra, etc. ). Es menester que el
cuerpo haya sido el de un brahmán o de un kshatrya. Es preciso col ocarl o en un sitio
retirado (donde no haya riesgo de ser interrumpido durante l a ceremonia), con l a
cara vuel ta hacia el ciel o y l as piernas extendidas. Después, es necesario que te
sientes en yogasana (posición del yogui) al l ado de sus piernas; pero antes, ¡oh! tú que
posees el cuádrupl e rostro, habrás necesitado practicar esta yoga con una gran
concentración mental . El jiva está al oj ado en el nâbhichakra (pl exo sol ar), bril l a con su
espl endor propio y tiene l a forma del hamsa (páj aro) (12). Corre a l o l argo de los nâdis
(dos vasos de circul ación psíquica, según dicen) Idá y Pingal a. Transformado en
hamsa (por el yoga), pasará l as narices y vol ará por el espacio. Será menester que
habitúes a este ej ercicio y a enviar el prâna a l a al tura de una pal mera, o a una mil l a, a
cinco mil l as y más, y hacerl o vol ver a tu cuerpo, donde entrará por l as narices y
recuperará su sitio natural en el nâbhichakra. Es preciso hacer esto todos l os días hasta
que al cances l a perfección”.
Entonces, habiendo adquirido este arte, el yoghi podrá ensayar esta transferencia
psíquica y sentado como se dij o, retirar de su propio cuerpo su prâna-jîva, hacerl o
entrar en el cadáver escogido, por l as narices, al oj arl o en el pl exo sol ar vacío, y desde
al l í reanimar al muerto y hacerl o reaparecer como resucitado.
La historia de l a resurrección del cuerpo del difunto Amaraka rajah
43
, de
Amritapura por el sabio Sankaracharya, tal como l a cuenta uno de sus biógrafos,

43
Rey o soberano. (N. del T.)

162
Mâdhava, es bien conocida. Se encontrará un resumen de el l a, hecho por el señor
(más tarde j uez) K. B. Tel ang, en l a página 69 del Theosophist de enero de 1880. El
sabio había prometido responder, transcurrido el pl azo de un mes, a l as preguntas
que l a muj er del sabio Mandana Misra l e hizo acerca de l a ciencia amorosa, aunque
siendo cél ibe no sabía una pal abra de el l o. Viaj ando con sus discípul os, l l egó a l os
al rededores de Amritapura y vió el cadáver del rajah al pie de un árbol , rodeado de
gentes que l l oraban. Viendo el medio de adquirir personal mente l os conocimientos
deseados, dej ó su propio cuerpo al cuidado de sus discípul os e introduj o su prâna–
jîva en el cuerpo del rajah, quien con gran al egría de sus súbditos, pareció resucitar y
vol vió a su capital , donde vivió varios meses l a vida del harem y pudo así responder a
todas l as preguntas sobre el amor. (Ver el Kâma Sutra). No es necesario entrar aquí en
l os detal l es; no persigo otro obj eto que citar eso a propósito del probl ema
presentado por H. P. B. para hacer ver que l os yoguis pueden tener el poder del aves'ha.
Madhavâchârya l o describe así en el Sankaravijâya:
“Retirando el Vayu (prâna) de l a extremidad de l os dedos de l os pies y haciéndol o
sal ir por el brahmarândhra, el yogui (Sankara) entró en el cuerpo del rey y lo ocupó
poco a poco hasta l os pies”.
Por una curiosa coincidencia, acababa de l eer este trozo, cuando de pronto me
acordé de cierta circunstancia. Después de haber, hoj eado todos mis memorándums y
mis cartas de Nueva York, encontré l o que sigue, que son unas notas tomadas en
seguida de una conversación con uno de l os Mahatmas, un húngaro, que esa noche
ocupaba el cuerpo de H. P. B.
“Se tapa l os oj os y baj a l a l uz de l a l ámpara que está sobre l a mesa. Le pregunto
porqué hace eso. Contesta que l a l uz es una fuerza física que al entrar por l os oj os
de un cuerpo desocupado, encuentra, o mej or dicho, gol pea al al ma astral del
habitante provisional de un modo tan viol ento, que podría hacerl a sal ir. Esto podría
traer hasta l a parál isis del cuerpo ocupado. Es necesario tener muchas precauciones
para entrar en un cuerpo y no puede uno encontrarse perfectamente a gusto en él ,
sino cuando todos l os actos automáticos de l a circul ación y de l a respiración se
adaptan a l os del cuerpo habitual del ocupante, porque a cual quier distancia que se
encuentre, su cuerpo astral queda íntimamente l igado al otro. Entonces encendí una
l uz de gas de l a araña, pero el ocupante se puso en seguida un periódico sobre l a
cabeza, para proteger de l a l uz l a parte superior del cráneo. Sorprendido, l e pedí una

163
expl icación y me respondió que una l uz fuerte es más pel igrosa aun sobre l a cabeza
que del ante de l os oj os”.
Entonces yo no había oído habl ar nunca de l os seis centros (shat chakrams) del
cuerpo, y no sabía que el más importante de el l os, el brahmarândhra, está situado baj o
el hueco parietal , y que l os indos tienen l a costumbre de quebrar el cráneo del
cadáver sobre la hoguera, para facilitar la salida del cuerpo astral del difunto. Además,
todavía no había leído la historia de Sankarâcharya cuando dejó su cuerpo para entrar
en el del raj ah por ese camino del alma. Sólo ví la actitud del Mahâtma y me sorprendí
de su explicación. Pero ahora el misterio está aclarado y veo la relación entre los casos
de Nueva York y de Amritapura. Este último y las enseñanzas de la ciencia oculta aria,
ayudan a comprender el primero. Mientras antes caminábamos en las tinieblas y no
teníamos ni siquiera un nombre que dar al fenómeno, ahora comprendemos cómo es
posible a un yogui ocupar el cuerpo de otra persona viva, cuando el cuerpo astral de ésta
ha sido retirado para poner su envoltura a la disposición de los visitadores. La relación
entre esto y el problema de H.P.B. es de lo más evidente, como voy a tratar de
demostrarlo en el siguiente capítulo.

164

CAPÍTULO XVII
REENCARNACIÓN

Ahora que hemos probado que Isis Sin Velo fue escrita en colaboración, vemos
confirmadas nuestras críticas de su autor declarado. Ella queda siendo un prodigio
mental, pero deja de pertenecer a esta clase de literatos que cuenta con gigantes de
erudición como:
Aristóteles, Longino, Buddhagosha, Hionen Tsang, Alberoni, Madhavâchârya,
Nasreddin –el filósofo persa–, y en los tiempos modernos, Leibnitz, Voltaire, Spencer,
etc. Se ve con cuánta justicia se estimaba ella misma, y sin colocarse entre los eruditos,
queda siendo un problema único en el mundo occidental. Si se rehúsa admitir la
hipótesis de que las obras de Shakespeare fueron escritas por Bacon, la consideración de
su naturaleza vagabunda y vulgar, viene más bien a sostener que a destruir la teoría de
que como H.P.B. sólo había sido el agente de grandes inteligencias vivientes que
ejercían contralor sobre su cuerpo y le hacían escribir cosas muy superiores a sus
facultades normales. La comparación es, naturalmente, por entero ventajosa para
Shakespeare, porque sus obras revelan un conocimiento mucho más profundo de la
naturaleza humana y una amplitud bastante mayor de ciencia intuitiva que las de
H.P.B. El espíritu normal del primero (o de quien le hacía pensar) parece haber
abarcado desde el principio todo lo que más tarde debería utilizar, mientras que la
segunda parece haber seguido un procedimiento diferente de evolución mental.
Tomemos por ejemplo el tema de la reencarnación, que es la piedra angular de la
antigua Filosofía Oculta y que ella enseñó en La Doctrina Secreta y en otras obras de sus
últimos tiempos. Cuando trabajábamos en Isis, esta doctrina no nos era revelada por los
Mahatmas y H.P.B. no hablaba de ella en sus controversias literarias, ni en sus
discusiones de entonces. Ella publicaba y defendía la teoría del paso de las almas
humanas después de la muerte, por una purificación evolutiva en planetas más
espiritualizados. Poseo mis notas sobre una conversación con un Mahâtma, en la que se
sostuvo esta teoría. Y esto es lo que más me intriga, porque si es muy posible que ella,
discípula y agente físico, ignorase esta sólida base de la filosofía –la reencarnación– sea
por insuficiencia de educación cerebro-psíquica, o sea por cual quier otra causa, no

165
comprendo que el Adepto, su instructor, participase de esta ignorancia. ¿Acaso sería
posibl e que no l e hubiera sido enseñada l a reencarnación a ese Adepto por su
instructor, y que como H. P. B. , tuviese que aprenderl a más tarde? Se dice que hay
sesenta y tres grados de iniciación; no es, pues, imposibl e. Se me ha dicho que entre
l os Adeptos, l os había que, aun en posesión de grandes poderes psíquicos natural es,
casi no tenían instrucción. Y que uno de el l os por l o menos, el discípul o favorito del
Buddha Ananda, nunca pudo adquirir l os siddhis, a pesar de que posee tal intuición
que puede comprender l os l ibros esotéricos a primera vista. Mis notas hacen decir al
Maestro que “l as al mas van después de l a muerte a otros pl anetas y l as que deben
nacer sobre l a tierra, esperan en otros pl anetas invisibl es”. Esto concuerda con l as
úl timas enseñanzas de H. P. B. ; esos pl anetas donde comienza y acaba l a evol ución
del al ma humana, que forman parte de nuestra “cadena de gl obos”. Pero existe un
enorme hiato entre esos dos extremos, que ahora sabemos está ocupado por l as
innumerabl es reencarnaciones de l a entidad viaj era. Esto en cuanto a l a nota, pero
he aquí también l o que H. P. B. dice formal mente, pág. 351 del vol . 1 de Isis
44
.
“Ahora vamos a dar al gunos fragmentos de esta doctrina misteriosa de l a
reencarnación –diferente de l a transmigración– que hemos adquirido de una autoridad.
La reencarnación, o reaparición dos veces sobre el mismo pl aneta, de un mismo
individuo o mej or dicho de su mónada astral , no es una ley natural sino una excepción,
como el fenómeno teratol ógico de un niño con dos cabezas”.
Dice el l a que cuando eso sucede, es preciso ver l a causa en un accidente que
impidió producir a l a Natural eza un ser perfecto y l a obl iga a recomenzar su obra.
Tal es son l os casos de aborto, muerte de niñitos antes de cierta edad y de idiotez
congénita e incurabl e. Los principios superiores no han l ogrado unirse a l os
inferiores y no ha nacido un ser perfecto. Pero, “si l a razón ha sido desarrol l ada
hasta el punto de l l egar a ser activa sin discernimiento, no hay reencarnación en esta tierra,
porque l as tres partes del hombre tripl e han sido reunidas y ya es capaz de recorrer
su camino. Pero cuando el nuevo ser no ha pasado del estado de mónada o cuando l a
trinidad no ha sido compl etada, como en el caso del idiota, es menester que l a
chispa divina que l o al umbra, vuel va al pl ano terrestre porque su primer ensayo fue
vano. De otro modo, l as al mas mortal es o astral es, y l as inmortal es o divinas, no
podrían progresar al unísono y pasar a la esfera superior. El subrayado es mío; he ahí l o

44
En la edición española, la pág. 65 del vol. II. (N. del T.)

166
que se me enseñó, pero ahora comparto l a opinión de l os indoístas y buddhistas.
H. P. B. dij o al señor Gual terio Ol d, quien me l a repitió, que el l a no aprendió l a
doctrina de l a reencarnación hasta 1879; nosotros estábamos, entonces en l a India.
Acepto de buen grado este testimonio, que está de acuerdo con l o que pensábamos y
escribíamos en Nueva York, y porque si verdaderamente el l a hubiese conocido esta
doctrina cuando escribíamos Isis, no había ninguna razón en el mundo para que me
engañase, ni a l os otros tampoco, aunque el l a l o hubiese deseado, l o que no creo.
Nosotros creíamos entonces, y l o decíamos y escribíamos, que el hombre es una
trinidad compuesta de un cuerpo físico, de un cuerpo astral (al ma, psiquis) y del
espíritu divino. Esto puede verse en nuestra primera comunicación a l os l ectores
europeos, un artícul o titul ado “Opiniones teosóficas”, que apareció en el Spiritualist
del 7 de diciembre de 1877. En nombre de nuestro grupo, ya decía:
“Nosotros creemos que el hombre de carne se corrompe y entra de nuevo en el
crisol de l a evol ución para vol ver a servir indefinidamente. Que el hombre astral
(dobl e o al ma), l iberado de su prisión física, es perseguido por l a consecuencia de
sus actos, pensamientos y deseos terrestres. Se convierte, después de un l apso de
tiempo incal cul abl e, durante el cual se purifica de toda mancha terrestre, en una
entidad eternamente unida a su espíritu divino. O bien, si ha caído en l a tierra hasta
un punto demasiado baj o, se hunde más y más en l a materia y cae en l a nada”. Sigo
así: “Después de una vida pura, l l ena de aspiraciones espiritual es, el hombre se
siente atraído hacia un dominio más espiritual que l a tierra, y rechazado por su
infl uencia; pero, por otra parte, un hombre vicioso o enteramente depravado, pierde
el espíritu divino durante su vida y reducido a una dual idad en l ugar de una
trinidad, al pasar, en l a hora de l a muerte, fuera de su cuerpo físico, se disuel ve, l a
materia grosera vuel ve a l a tierra y l a más sutil se transforma en bhûta o el ementario,
errando al rededor de l as habitaciones de l os hombres, obsesionando a l os sensitivos
para satisfacer por medio de el l os sus apetitos depravados, hasta que, gastado al fin
por su misma intensidad, l a aniquil ación viene a coronar su terribl e carrera”.
Tal era l a esencia misma de nuestra enseñanza de l os primeros tiempos, respecto a
l a natural eza y destino del hombre, y se ve cuán l ej os estábamos entonces, H. P. B. y
yo, de creer en l a reencarnación; si al guno está tentado de creer que el precedente
extracto representa sól o mi opinión y que ni H. P. B. ni l os Maestros pueden
considerarse responsabl es de mi ignorancia, l e ruego que se documente en el número

167
del 8 de febrero de 1878 (parece que esta fecha ha sido escrita por errar en el
extracto de nuestro Scrap-book; debe ser el 1 de febrero l a fecha exacta) del Spiritualist,
que publ ica una carta de l a misma H. P. B. , más o menos sobre el mismo tema que l a
mía; ésta había l evantado una animada discusión entre l os principal es
representantes del Espiritismo ingl és por una parte y C. C. Massey, Juan Storer
Cobb, el profesar Al . Wil der, l a señorita Kisl ingbury, el doctor C. Carter Bl ake,
Gerardo Massey y yo por l a otra y que fue comparada por A. Oxon a una “roca
teosófica precipitada por el brazo vigoroso del Pres. S. T. , l evantando una tromba”
en el pantano fétido del Espiritismo trasatl ántico. Como siempre, el cl arín de
H. P. B. despertó l os ecos. El l a se designa a sí misma con una frase bien sugestiva,
como “esta persona viej a y desagradabl e a quien se le conoce superficialmente con el
nombre de H. P. Bl avatsky”; después continúa: “El coronel está en correspondencia
con sabios indos que l e enseñan más de l o que podría hacerl o tan pobre preceptor
como yo” y piensa que yo he “ofrecido al gunas sugestiones bien dignas de
consideración, de parte de l as gentes sin prej uicios”. En febrero apareció una
segunda carta mía, en respuesta a A. Oxon, y el 8 de febrero de 1878, el Spiritualist
publ icó una l arga carta muy fuerte y expl ícita de H. P. B. , fechada en Nueva York el
14 de enero de 1878. Val e l a pena de l eer l a carta entera. En el l a
,
a propósito de l a
necesidad de reencarnar en que se encuentra un Ego que no ha podido unirse a l a
dual idad físico-psíquica de un niño muerto prematuramente, se expresa así: “El
cicl o del hombre no está compl eto sino cuando ha l l egado a ser personal mente
inmortal ; no puede esquivarse ninguna prueba ni experiencia. Es preciso que haya
sido hombre antes de ser espíritu. Un niño muerto prematuramente es una
equivocación de l a Natural eza; es preciso que el l a l o haga revivir, y que l a misma
psiquis vuel va a entrar en el pl ano físico por medio de otro nacimiento. Con los
idiotas congénitos, son, como se ha dicho en Isis Sin Vel o, los únicos casos de reencarnación
humana”. ¿Puede habl arse más cl aramente?
Nos embarcamos en Nueva York para l a India, el 17 de diciembre de 1878, y
al gunos días antes, H. P. B. envió a l a Revue Spirite de París un artícul o que apareció el
1 de enero de 1879, en respuesta a varias críticas. Esta vez describe al hombre como
formado por cuatro principios; un tetraktis o cuaternario. Lo traduzco:
“Sí, para l os teósofos de Nueva York, el hombre es una trinidad y no una
dual idad. Pero es aún más que eso, porque contando al cuerpo físico, el hombre es

168
un tetraktis o cuaternario. Mas, esta doctrina, encuentre el apoyo que encuentre por
parte de l os grandes fil ósofos de l a Grecia antigua, no. l a debemos a Pitágoras, ni a
Pl atón, ni aún a l os cél ebres theodidaktoi de l a Escuel a de Al ej andría. Más adel ante,
habl aremos de nuestros Maestros”.
Después de haber citado a varias autoridades antiguas en apoyo de sus
afirmaciones, prosigue: “Nuestros Maestros (l os que nos han enseñado esta
doctrina), son: Patanj al i, Kapil a, Kanada, todos l os sistemas y todas l as escuel as
Aryavarta, que han sido un fil ón inagotabl e para l os fil ósofos griegos desde
Pitágoras hasta Pl atón”. No todas l as escuel as indas, sin embargo, puesto que l as
antiguas sectas de l os charvakas y de l os brihaspatis, negaban l a supervivencia del
hombre después de l a muerte y forman el prototipo casi perfecto de nuestros
material istas modernos. Es preciso indicar también que Patanj al i, Kapil a y otros
instructores que cita, enseñan que l a reencarnación es una l ey natural , mientras que
nosotros hacíamos de el l a una excepción.
Más adel ante, l a doctrina de l a reencarnación fue enteramente aceptada y
expl icada, tanto en su sentido esotérico, como en el exotérico. Pero no fue
públ icamente enseñada desde 1879, porque no se l a menciona en l os dos primeros
vol úmenes del Theosophist, y no hizo su aparición hasta que se publ icó en el tercero,
con el títul o “Fragmentos de Verdad ocul ta”, una serie de ensayos escritos
principal mente por el señor A. P. Sinnett, basados en l as enseñanzas que él recibió
de l os Maestros y de H, P. B. Yo l a había recibido en Ceil án baj o su sencil l a forma
exotérica, y l a incorporé al Catecismo Buddhista, cuya primera edición, sometida al
examen del gran sacerdote Sumangal a Thero, apareció en j ul io de 1881. Ese
catecismo no era, natural mente, más que una exposición de l as doctrinas del
Buddhismo meridional , y no una profesión de fe personal . La exposición de l a
doctrina de l a reencarnación era un poco deficiente en esta primera edición, pero l a
edición revisada de 1882, definía l as rel aciones del sér actual mente reencarnado,
con sus predecesores y expl ica por qué no nos acordamos de nuestras vidas pasadas.
Una conversación con Sumangal a Thero sobre l a moral idad del Karma, me l l evó a
escribir l a nota que trata de l a diferencia entre l a personal idad y l a individual idad,
entre l a memoria física o recuerdo de l as cosas que corresponden a l a conciencia
habitual y l a memoria espiritual que se refiere a l as experiencias del Yo superior y de
su individual idad. Aun no se había hecho esa distinción, pero fue en seguida

169
adoptada y ha sido propagada por nuestros principal es escritores teósofos a partir de
esa época. H. P. B. l a introduj o en su Clave de la Teosofía (pág. 134 y 130) ampl iándol a y
acompañándol a con varios ej empl os. He ahí hechos históricos, cuyas rel aciones con
l o que venimos tratando, son muy evidentes.
En el artícul o que encabeza el primer número del Theosophist, titul ada: “¿Qué es l a
Teosofía” (vol . I, pág. 3, octubre de 1879), se encuentra l a primera decl aración de
H. P. B. , de que l a reencarnación es uno de l os el ementos de l a fe teosófica. Es sol o
una simpl e al usión y nada más.
Dice: “La Teosofía, cree también en l a anastasis o continuación de l a existencia, y
en l a transmigración (evol ución) o serie de cambios en el al ma, que puede ser
sostenida y expl icada de un modo puramente fil osófico. Sencil l amente, haciendo l a
distinción entre Paramâtma (al ma suprema o trascendental ) y Jivâtma (el al ma animal
o consciente de l os vedantinos)”. Anastasis no significa reencarnación, sino
resurrección de l a misma persona después de l a muerte, y jivatma no es el al ma
animal , como l o saben bien hasta l os principiantes. Lo que dice en el artícul o es muy
vago y no ayuda mucho a resol ver el probl ema. Pero en una nota adj unta prometía
“una serie de artícul os sobre los grandes teósofos del Mundo, en l os que demostraremos –
dice el l a– que desde Pitágoras, que recibió su sabiduría de l a India, hasta nuestros
mej ores fil ósofos y teósofos modernos –David Hume, Shel l ey, el poeta ingl és, e
incl uyendo a l os espiritistas de Francia– l os mej ores entre el l os, han creído o creen
aún en l a metempsícosis o reencarnación del al ma”, etc. Pero no define cl aramente su
propia convicción. Desdichadamente, l a serie de artícul os prometida no apareció
j amás pero es posibl e que eso haya sido el germen de su intención de consagrar uno
de l os futuros vol úmenes de La Doctrina Secreta a l a historia de l os grandes Adeptos.
La famosa serie de ensayos del señor Sinnett, titul ada “Fragmentos de Verdad
ocul ta”, comenzó en el núm. 1 del vol . III del Theosophist, con un artícul o de H. P. B. ,
respondiendo al señor Terry, de Mel bourne, quien censuraba el punto de vista
antiespiritista de l os teósofos. En ese primer fragmento, el l a reproducía l a
enseñanza de Nueva York, o sea, que después de l a muerte, el al ma pasa a otro
mundo. “Lo que se l l ama el mundo de l os efectos (en real idad un estado y no un
sitio) y al l í, purificada de una parte de sus impurezas material es, desarrol l a un
nuevo Ego que deberá renacer (después de un corto período de l ibertad y de pl acer)
en el mundo superior de las causas, un mundo objetivo semejante a nuestro globo actual, más el evado

170
en l a escal a espiritual y en el que l a materia y l as tendencias material istas
desempeñan un papel menos importante que aquí”. Vemos bien el postul ado de l a
reencarnación, no en este mismo gl obo y por el mismo Ego, sino por otro que se
desarrol l a durante el tiempo de residencia interpl anetaria. El fragmento 3º
(Theosophist, septiembre de 1882) nos presenta al Ego después de haber pasado el
tiempo necesario –según sus méritos, l o que concuerda con l a doctrina de Sri
Krishna en el Bhagavad Gita– un estado de fel icidad (Devakhan)
45
, pasando en seguida
o “al pl aneta superior siguiente” o bien renaciendo en este mundo “si aún no ha
cumpl ido su número determinado de vidas terrestres”. Hasta ese momento, nada se
había publ icado aún acerca de un número determinado de reencarnaciones en este
gl obo o en l os otros; sól o se había trazado el esquema de una peregrinación psíquica
o progreso evol ucionista de estrel l a en estrel l a, del Yo divino que reviste un nuevo
cuerpo-al ma en cada pal ingenesia.
Fuimos a Siml a en 1880, y el señor A. O. Hume tuvo entonces l a buena fortuna, ya
obtenida por el señor Sinnett, de entrar en correspondencia con nuestros
Mahatmas. H. P. B. vol vió de al l í en 1881 y esos dos amigos recibieron de l os Maestros
l a teoría de l a reencarnación. El señor Sinnett l a expuso en el “Fragmento IV”.
(Theosophist, vol . IV, núm. 1, octubre de 1882), donde sienta l as bases de l a doctrina de
l a reencarnaci6n, en serie mayor y menor de razas-raíces y subrazas, extendiéndose a
otros pl anetas de l a cadena a que l a Tierra pertenece. El señor Hume hizo l o mismo
en sus Sugestiones Teosóficas (Cal cuta, agosto de 1882), en donde establ ece esta síntesis:
“El hombre debe cumpl ir numerosas vuel tas compl etas al cicl o entero de l os
pl anetas (quiere decir l a cadena). Y debe vivir numerosas veces en cada pl aneta cada
vez. En un cierto punto de su evol ución, cuando ciertas porciones de sus el ementos
sutil es se han desarrol l ado, adquiere l a responsabil idad moral (op. cit., pág. 52).
Así fue como seis años después de mi conversación en Nueva York con el
Mahâtma, l a idea fundamental y necesaria de l a reencarnación, se l anzó desde el
mismo país en que ha nacido, sobre el océano del pensamiento occidental .
Era de todo punto necesario, aun a costa de esta digresión, probar l a futil eza de l a
teoría de que el cuerpo entero de nuestra gran enseñanza, estuvo en posesión de
H. P. B. desde el primer día. Porque considero esa teoría como perniciosa y sin

45
Plano mental, superior al astral; es palabra tibetana, corresponde al Svarga indo, al cielo de cristianos, mahometanos y
zoroastrianos, al Sukhâvati budista. (N. del T.)

171
fundamento; si estoy equivocado, me sentiré fel iz de ser corregido. Pero su
aceptación nos obl igaría a admitir que el l a, consciente y vol untariamente, se prestó
a un engaño y a l a enseñanza de una fal sedad en Isis y más tarde. Yo creo que el l a
escribía entonces y siempre según sus l uces y que era tan sincera negando l a
reencarnación en 1876-78, como afirmándol a después de 1882. Ahora bien, ¿por qué
se nos dej ó incl uir esa fal sa doctrina en Isis, y sobre todo, por qué me fue enseñada
personal mente por un Mahâtma? Eso es l o que no puedo expl icar, a menos de que
haya sido víctima de una il usión aquel l a noche. Dej emos eso. Los Maestros podían
dictar l o que querían a H. P. B. , o podían escribir con su mano cuando ocupaban su
cuerpo, y podían ponerme en estado de escribir, proporcionándome ideas y esbozos,
y estimul ando mi intuición. Pero a pesar de todo, no nos enseñaron ciertamente l o
que l l amamos ahora l a verdad de l a reencarnación, y no nos impusieron sil encio
respecto a ese asunto. No recurrieron a general idades vagas, de l as que pudiera
deducirse una apariencia de aquiescencia a nuestras ideas actual es, y no
intervinieron para impedirnos escribir y enseñar esa herética y anti-científica idea
de que l a entidad humana, sal vo raras excepciones, no puede reencarnarse en el
mismo pl aneta.
Al gunos amigos infl uyentes han tratado de persuadirme de que sería mej or omitir
todo l o que tiene rel ación con el génesis de l a idea de reencarnación entre nosotros,
pero no veo que mi deber sea obrar así. Así como no he de hacer fal sas
decl araciones, tampoco quiero dej ar pasar en sil encio l os hechos importantes.
Vol viendo a l a ocupación (aves'ha) del cuerpo de H. P. B.
,
había de el l o pruebas
continuas por poco que uno prestase atención. Supongamos que el Maestro A. o B.
hubiese estado “de guardia” desde hacía una hora o dos, trabaj ando en Is i s , sol o o
conmigo, y que estuviera diciendo al go a mí o a un tercero. De pronto l a (¿l e?)
veíamos dej ar de habl ar, l evantarse y sal ir de l a sal a con un pretexto cual quiera. Al
cabo de un momento, vol vía y miraba a su al rededor como una persona que l l ega a
una reunión, l iaba un cigarril l o y decía al go que no tenía ninguna rel ación con l a
conversación precedente. Si al guno quería vol ver a el l a y pedía expl icaciones, el l a se
mostraba cohibida, incapaz de reanudar el hil o del argumento, y tal vez hasta se
contradecía pl enamente. Si se l e hacía notar esto, se encol erizaba seriamente y decía
tonterías, o bien parecía mirar dentro de sí y respondía distraídamente “¡Oh! sí,
discul pe” y habl aba de otra cosa. Esos cambios eran a veces rápidos como el

172
rel ámpago, y yo mismo, cuando ol vidaba sus personal idades múl tipl es, me irritaba
con frecuencia al verl a cambiar constantemente de opinión y renegar
descaradamente de l o que acababa de decir ci nco minutos antes. Poco a poco se me
expl icó que al entrar en un cuerpo vivo, hace fal ta un cierto tiempo para establ ecer
el contacto de su conciencia con l a memoria del ocupante anterior y que uno puede
equivocarse, como ya l o he expl icado, si se desea continuar l a conversación antes de
que l a adaptación sea compl eta. Esto coincide con l o que me dij o en Nueva York un
Mahâtma, de l a ocupación y con l o que ya he citado, que Sankarachaya “entró en el
cuerpo del difunto rajah y l o ocupó poco a poco, hasta l os pies”. En una conferencia que
pronuncié recientemente en Cal cuta sobre el Indoísmo, dij e que l os mej ores
oriental istas consideran apócrifo al Sankaravijâya. Conservo l a cita, sol amente por l a
descripción del aves'ha.
La expl icación del modo como l os dos j îvas se funden en un mismo corazón y en
un mismo organismo físico, se apl ica a l a fusión de l as dos conciencias, y hasta que
esta no sea compl eta, debe producirse una gran confusión en l as ideas, l os recuerdos
y l as afirmaciones, como l o he rel atado de H. P. B. , que con frecuencia debió intrigar
a sus visitas. A veces, cuando estábamos sol os, el “al guien” decía al marcharse: “Es
preciso que dej e esto en el cerebro a fin de que mi sucesor l o encuentre”. O bien el
“al guien” que l l egaba, me preguntaba, después de sal udarme, de qué se habl aba antes
“del cambio”.
He dicho antes, que varios Mahâtmas al escribirme, me habl aban del cuerpo de
H. P. B. como de una envol tura habitada por uno de el l os. Encuentro en mi diario, en
l a fecha del 12 de octubre de 1878 l a siguiente nota, de l a l etra del Mahâtma M. , en
l os manuscritos de H. P. B. : “H. P. B. habl ó sol a con W. hasta l as dos de l a mañana. El
confiesa que vió en el l a tres personal idades DIFERENTES. Lo sabe. Pero no se atreve a
decírsel o a Ol cott, por temor a que éste se burl e de él !!!” Los puntos de
excl amación y el dobl e subrayado, son reproducidos exactamente; el W. de quien se
trata, era el señor Wimbridge, entonces nuestro huésped. Para comprender cómo se
encuentra en mi diario privado una nota escrita por un tercero, es menester saber
que cuando por mis asuntos yo tenía que sal ir de Nueva York, l o que hice varias
veces ese año, el diario era continuado por “H. P. B. ”, cuyo nombre era l egión. La
misma mano escribe el siguiente día – 1 3 de octubre– a propósito de uno de l os
siete visitadores venidos esa noche, “El doctor Pike se sobresal tó varias veces al

173
mirar a H. P. B. y dij o que nadie en el mundo l e había hecho nunca tanta impresión.
Tan pronto l a vió como una j oven de diez y seis años, o como una viej a de cien, o
bien como un hombre barbudo!!”. El 20 de octubre, de l a misma mano: “H. P. B. l os
dej ó en el comedor (a l os visitadores) y se retiró a l a bibl ioteca con E. S. O. para
escribir unas cartas. N. (un Mahâtma) dej ó l a guardia y S. (otro Adepto) l l egó con
órdenes de . : . para que se tuviese todo preparado el 1 de diciembre (nuestra partida
para l a India)”. El 9 de noviembre, dice otra escritura modificada de H. P. B. : “El
cuerpo está enfermo y no hay agua cal iente para bañarl o. Bonito al oj amiento”. El 12
de noviembre, de l a escritura de M. : “H. P. B. me ha dado el chasco de desmayarse de
pronto, con gran desconcierto de Bal es y de Wim. Empl eado el gran poder-vol untad
para poner en pie al cuerpo”. El 14 de noviembre, igual l etra: “N. dej ó el sitio y
entró M. (en el cuerpo de H. P. B. ), con órdenes positivas de . : . Es menester partir a l o
sumo del 15 al 20 de diciembre (para l a India)”. El 29 de noviembre, otro Mahâtma
escribió que él ha “respondido a l a tía rusa”, l a tía tan querida de H. P. B. En fin,
para no prol ongar demasiado tiempo este tema, el 30 de noviembre un tercer
Mahâtma escribe: “Bel l a Mitchel l vino a mediodía y l l evó al S. (Mahâtma M. ) a pasear
a pie y en coche. Estuvo en casa de Macy. Tuvo que material izar rupias. H. P. B.
vol vió a l as cuatro”, etc. Poseo también diversas cartas de Mahâtmas en l as que habl an
de H. P. B. misma, y bien l ibremente, de sus original idades, y una vez fuí enviado por
l os Maestros con instrucciones escritas, en misión confidencial a otra ciudad, para hacer
que se real izasen ciertos acontecimientos necesarios a su evol ución espiritual ; aún
tengo el documento. Una l arga carta recibida en el Radj poutan en 1879, desconoce
raramente su sexo, habl a de el l a en mascul ino y l a confunde con el Mahatma M. ,
nuestro Gurú, según decían. A propósito de un primer texto de l a carta, que no me
l l egó, decía: “A causa de ciertas expresiones, esta carta ha sido interpretada por
orden del hermano H. P. B. Como él (el l a) es quien está encargado de usted y no yo,
no tenemos nada que recl amar”, etc. Y también. “Nuestro hermano H. P. B. ha
notado en Jeypore, con razón, que”, etc. Del principio al fin, es una bel l a epístol a, y
si el asunto que trata se refiriese al que nos ocupa en este momento, estaría tentado
de publ i carl a, para hacer ver el el evado val or de l a correspondenci a que duró años
enteros entre mi s bendi tos Maestros y yo. En esta mi sma carta se me contestó a mi
deseo de reti rarme del mundo para i rme a vi vi r con el l os, que: “El úni co medi o a
vuestro al cance para veni r a nosotros, es l a Sociedad Teosófica”, a l a que se me i nstaba
a consol i dar, hacer avanzar y progresar; tení a que aprender a ol vi darme de mí

174
mi smo. Mi corresponsal agrega: “Ni nguno de nosotros vi ve para sí mi smo; todos
vi vi mos para l a Humani dad”. Tal era el espí ri tu de mi s i nstrucci ones y l a i dea
domi nante en Isis Sin Velo. Cual esqui era que sean l os defectos l i terari os de ese
l i bro; que el autor haya si do acusado de pl agi o o no, he aquí l a esenci a mi sma de su
argumentaci ón: el hombre es de natural eza compl ej a, ani mal en un extremo, di vi na
en el otro, y l a úni ca verdadera y perfecta exi stenci a exenta de i l usi ón, de dol or y de
pena, es l a del espí ri tu, l a del Yo Superi or, porque su causa, que es l a i gnoranci a, en
el l a no exi ste más. El l i bro i nci ta a vi vi r bi en y nobl emente, a desarrol l ar el espí ri tu
y una ternura y si mpatí a uni versal es. Enseña que exi ste un cami no ascendente,
accesi bl e a l os sabi os val i entes. Se remonta a l as arcai cas fuentes de l a Ci enci a y de
l as especul aci ones modernas. Y procl amando en el presente, como se hi zo en el
pasado, l a exi stenci a de l os Adeptos, nos esti mul a para esforzarnos haci a el i deal
que nos muestra.
Cuando apareci ó, el l i bro hi zo tal sensaci ón, que l a pri mera edi ci ón se vendi ó en
di ez dí as. En conj unto, l os crí ti cos se mostraron benévol os. Uno de l os más
notabl es entre el l os, el doctor Shel don Mackenzi e, di ce que “es una de l as obras
más notabl es que han apareci do desde hace años, por l a ori gi nal i dad del
pensami ento, l a profundi dad de l as i nvesti gaci ones y su fi l osofí a, l a extensi ón y l a
vari edad de l os conoci mi entos (Phila. Press, 9 de octubre de 1877). Del crí ti co
l i terari o del New-York Herald (30 de septi embre de 1877) copi amos: “Los espí ri tus
i ndependi entes acogerán este nuevo l i bro como una preci osa contri buci ón a l a
l i teratura fi l osófi ca. Es un supl emento del Anacalypsis de Godofredo Hi ggi ns. Las
dos obras se parecen mucho… Sus sal i entes ori gi nal i dades, su audaci a, su
versati l i dad y l a prodi gi osa vari edad de l os temas tratados, hacen de él una de l as
producci ones notabl es de este si gl o”. El doctor Bl oede, un erudi to al emán, di ce que
“por todos l os conceptos se si túa entre l as más i mportantes contri buci ones
contemporáneas a l a ci enci a del espí ri tu, y es di gno de l a atenci ón de todos l os que
l o estudi an”.
Al gunas apreci aci ones demuestran por su l i gereza y sus i deas preconcebi das, que
l os autores ni habí an l eí do el l i bro. Por ej empl o, el Springfield Republican di ce que es
“un gran pl ato de sobras recal entadas”. El New-York Sun l o cl asi fi ca, j unto con otras
obras si mi l ares anti guas, entre “l os restos echados al basurero”. El edi tor del New-
York Times escri bi ó al señor Bouton: que sentí a no poder tocar a Isis Sin Velo porque

175
sentí a “un santo horror a l a señora Bl avatsky ya sus cartas”. La New-York Tribune
di ce que “su erudi ci ón es superfi ci al y mal di geri da, y sus descri pci ones
i ncoherentes del Brahmani smo y del Buddhi smo, muestran en el autor más
presunci ón que ci enci a”. Y así por el esti l o. Lo que i mporta es que el l i bro se ha
hecho cl ási co, como el señor Quari tch l o habí a predi cho al señor Bouton, que ha
teni do un creci do número de edi ci ones y que al cabo de di ez y si ete años, l o pi den
en el mundo entero. El señor Quari tch escri bi ó desde Londres el 27 de di ci embre
de 1877, en una carta que el señor Bouton tuvo a bi en darme, como un estí mul o:
“Este l i bro hará ci ertamente su carrera en Ingl aterra y se hará cl ási co. Estoy
contento de ser el encargado para su venta en Ingl aterra”. Yo agregaré que nosotros
estábamos aún más contentos, por conocer su reputaci ón de poseer una energí a
i ndomabl e y grandeza de al ma.
En el momento de l a publ i caci ón, yo hi ce, natural mente, todo l o que pude para
hacerl o conocer en el cí rcul o de mi s rel aci ones. Recuerdo haber encontrado poco
después a uno de mi s ami gos –al to funci onari o l egal – en l a cal l e, donde
ami stosamente me enseñó el puño di ci endo: “Es preci so que yo l e i nsul te a usted”.
“¿Por qué?”, l e pregunté. “¿Por qué? Porque usted me ha hecho comprar Isis Sin
Velo y l o encontré tan apasi onador que mi s causas sufren l as consecuenci as y he
pasado l as tres cuartas partes de l as dos úl ti mas noches l eyéndol o. Y eso no es todo:
ese l i bro me hace senti r qué hombres tan pequeños y si n i mportanci a somos, en
comparaci ón con esos mí sti cos y fi l ósofos ori ental es que el l a nos descri be tan
bi en”.
El pri mer di nero reci bi do por un ej empl ar de Isi s me fue envi ado con el pedi do,
por una señora natural de Styri a. Lo guardamos como amul eto, y ahora está en un
cuadro, en l as ofi ci nas del Theosophist en Adyar. Lo más exacto que se ha di cho
referente a Isis es esta frase de un autor ameri cano: “En ese l i bro hay una
revol uci ón”.

176

CAPÍTULO XVIII
LOS COMIENZOS DE LA SOCIEDAD

Entre los actos públicos que contribuyeron a difundir la notoriedad de nuestra
Sociedad en sus comienzos, hay que contar el salvamento de una banda de árabes sin
recursos y su repatriación a Túnez. Esto no tocaba a la Teosofía más que por el lado
humanitario; por consiguiente, altruista y todo esfuerzo altruista es esencialmente
teosófico. Además, el elemento religioso intervenía como uno de los factores. En una
palabra, he aquí la historia:
Cierta mañana de un domingo, en el mes de julio de 1876, estábamos H. P. B. y yo,
solos, leyendo los diarios de la mañana, cuando vimos que una banda de nueve árabes
musulmanes náufragos acababa de ser desembarcada de la goleta Kate Foster que
llegaba de la Trinidad. Sin dinero ni protección y sin hablar una palabra de inglés,
habían errado dos días por las calles, sin comer; después el secretario del cónsul de
Turquía les había dado algunos panes y el alcalde de Nueva York les hizo alojar
provisionalmente en el hospital Bellevue. Desgraciadamente para ellos, ciertas leyes
nuevas sobre la inmigración, adoptadas tres meses antes por los comisarios de la
Asistencia Pública y de la Junta de Emigración, impedían a ambos cuerpos
constituidos intervenir en su favor. Los diarios explicaban que esos árabes no estaban
en posesión de ningún documento que acreditase su nacionalidad y no se sabía a qué
cónsul incumbía la responsabilidad de mantenerlos; les habían llevado en vano al
cónsul de Turquía y al de Francia, y el porvenir se presentaba sombrío ante ellos si la
caridad privada no intervenía. Aún nos veo, a H. P. B. y yo, después de esta lectura,
uno junto a otro, mirando por la ventana del mediodía y deplorando la suerte de esos
pobres náufragos. Lo que más nos conmovía es que eran musulmanes, paganos,
colocados por su religión, fuera de los lazos de fraternidad simpática, entre un pueblo
cristiano que, aun aparte de todo prejuicio, tenía que acudir demasiado a menudo en
ayuda de sus propios correligionarios. Por lo tanto, esos desdichados tenían todo
derecho a la ayuda de otros paganos, como lo éramos nosotros, y se decidió en
seguida que yo me pondría en campaña. Bajo los auspicios del alcalde de Nueva York,
conseguí reunir una suscripción de 2. 000 dólares, que permitió proveerles de todo lo

177
necesario y enviarlos a Túnez al cuidado de un miembro de la Sociedad. Se puede leer
la historia detallada en el número de septiembre de 1893 del Theosophist.
Como lo dije en un capítulo anterior, uno de los más agradables recuerdos de esos
primeros años teosóficos es nuestra correspondencia con personas serias y cultas de
ambos sexos, entre las cuales, especialmente dos tuvieron un lugar aparte en nuestros
afectos:
Carlos Carleton Massey y Guillermo Stainton Moses (Moseyn es su verdadero
apellido). Se ha visto en el capítulo IV el tema general de esta correspondencia. Los
nombres de esos dos fieles amigos no se borrarán jamás de mi memoria. Para nosotros,
representábamos naturalmente al partido conservador del Ocultismo oriental.
Stainton Moses (Moseyn) era un espiritista progresivo, apasionado por la verdad, de
superior educación, y era bien considerado, el hombre más capaz de su partido. En
cuanto a Massey, se mantenía entre los dos extremos, estudiando los fenómenos con
candor y convicción, el espíritu inclinado a la metafísica, y siempre dispuesto a venir
al encuentro de toda idea nueva en cuanto la proponíamos. Este intercambio de cartas
–algunas de ellas bastante largas para merecer el nombre de ensayos– continuó entre
nosotros cuatro durante varios años, en el curso de los cuales fueron ampliamente
discutidos una gran variedad de temas interesantes, importantes, hasta vitales, para
los estudios psicológicos. Creo que el que fue más ampliamente tratado se refiere a los
espíritus elementales, su lugar en la Naturaleza y sus relaciones con la Humanidad.
Yo hice ya alusión a él en nuestro primer manifiesto europeo (ver lo dicho más
arriba), pero fue en seguida ahondado con todo lo que con ellos se relaciona. Siento
mucho que los herederos de Stainton Moseyn no me hayan enviado aún los papeles
que me hubiesen sido tan útiles para redactar mi historia; ésta hubiera sido más
interesante, al poder comparar las cartas de H. P. B. y las mías con las que he
conservado de nuestros amigos. Stainton emprendió el estudio de los fenómenos del
Espiritismo, solo para establecer su autenticidad o su impostura, pero pronto se
encontró con que era medium a pesar suyo, y sujeto a los fenómenos más
extraordinarios, que se producían de día como de noche, hallándose solo o
acompañado, y pronto se llevó el viento todas las ideas científicas y filosóficas que
había adquirido en Oxford, y se vió obligado a adherirse a nuevas teorías sobre la
materia, la fuerza, el hombre y la naturaleza. La señora Speer, su amiga y bienhechora,
hacía publicar en el Linght actas semanales de las sesiones efectuadas por Stainton en

178
casa del doctor Speer, y me atreveré a decir que nunca se publicó una serie tan
interesante sobre el Espiritismo, porque no podría encontrarse en el pasado ni en el
presente un medium mejor dotado que mi hermano de elección, hoy difunto. Sobre
todo, era superior por l a variedad de sus fenómenos, que eran, tanto físicos como
psíquicos y todos grandemente instructivos, unidos a dotes intel ectual es
cuidadosamente cul tivadas, que se traducían en el val or de sus transmisiones
psíquicas y en su testarudez de no creer nada de l o que l e decían l os pretendidos
espíritus, si él no l o podía comprender. La mayor parte de sus instrucciones l as
recibió por escritura automática de su propia mano, como el señor Stead recibe
ahora sus instrucciones de Julia. Cuando su atención estaba consagrada por entero a
un l ibro o a una conversación, su mano escribía por sí misma, a veces una media
hora seguida, y cuando l eía l as páginas así l l enadas, encontraba en el l as
pensamientos original es, aj enos a sus propias convicciones, o respuestas perentorias
a preguntas, con frecuencia pl anteadas en otras circunstancias. Estaba
absol utamente convencido de que su mano era dirigida en esos casos por una
intel igencia diferente de l a suya, y l o afirma con vehemencia, en l as cartas que nos
escribía. No admitía que pudiese ser su inconsciente, sino uno o varios espíritus a
l os que decía conocer perfectamente de vista (cl arividente), de oído (cl ariaudiente)
y por l a escritura, como conocía a sus amigos vivos. Por nuestra parte, sosteníamos
que eso no estaba probado y que por l o menos había una probabil idad de que fuese
su Yo l atente, que firmaba Imperator, y de que en cuanto a sus fenómenos, fuesen
producidos por el emental es sometidos momentáneamente al poder de su fuerte
vol untad. Comparando mis documentos, me parece que varios de sus más notabl es
fenómenos son casi idénticos a l os que H. P. B. nos regal aba en Nueva York. Y siendo
éstos, según su propia confesión, obra de l os el emental es a su servicio, no veo
porqué habría de ser de otro modo con l os de Stainton M. Ej empl os: l as “campanas-
hadas” que se oían en el aire; l os del iciosos perfumes que exudaban del cuerpo del
psíquico, en H. P. B. de l as pal mas de l as manos y en St. M. del cráneo; l as l uces
fl otando en el espacio, l as precipitaciones de escritura sobre superficies fuera del
al cance del operador: l os aportes de piedras preciosas y otros obj etos; l a música aérea;
l as piedras que cambiaban de col or y perdían su bril l o cuando el l os caían enfermos
(ambos l as poseían); l a desintegración de l ápices o de minas de pl ombagina
empl eadas en l as precipitaciones de escritura; idénticos perfumes oriental es que
revel aban l a presencia de ciertas intel igencias versadas en l as Ciencias Ocul tas; l a

179
percepción por St. M. en l a l uz astral de puntos l uminosos en triángul o, formando
el símbol o místico de l a Logia Oriental de nuestros Mahâtmas; y final mente, l a
facul tad para el dobl e de dej ar el cuerpo físico en pl ena conciencia y vol ver a entrar
al término de su vuel o espiritual . Tantos parecidos en l os experimentos, traía
consigo, como es natural , una gran simpatía mutua entre l os dos grandes psíquicos,
y St. M. estaba muy deseoso de aprovechar todas l as instrucciones o sugestiones de
H. P. B. para ampl iar sus conocimientos sobre el otro mundo y al canzar ese imperio
absol uto sobre su natural eza psíquica, que es necesario a l os Adeptos.
En el siguiente capítul o se verá el efecto de este cambio de opiniones sobre el
espíritu de St. M. y sobre l as instrucciones de Imperator en el círcul o de l os Speer.
También tendré que habl ar de l o que piensan l os indos cul tos acerca del pel igro y l a
pueril idad de l os fenómenos psíquicos producidos por mantrikas que operan con
encantamientos.

180

CAPÍTULO XIX
OPINIONES CONTRADICTORIAS

Los pol os no están más al ej ados el uno del otro que el punto de vista de l os
espiritistas occidental es, del de l os asiáticos, en cuanto a l a comunicación de l os
vivos con l os muertos. Los espiritistas l a al ientan, tratan de desarrol l ar l as
facul tades mediumnímicas en el l os mismos o en l os suyos, dan vida a numerosos
diarios e imprimen muchos l ibros para publ icar y discutir sus fenómenos, y
consideran a éstos como prueba científica de l a existencia de otra vida. Los asiáticos
censuran esas fantasías necrománticas, en l as que ven tan sól o excesos espiritual es y
afirman que con eso se causa un mal incal cul abl e, tanto a l os vivos como a l os
muertos, retardando l a natural evol ución del espíritu humano y l a adquisición del
jnana o conocimiento superior. Con frecuencia, en l as sesiones de Europa y América,
se ve a l as personas más nobl es, mej ores y más instruidas, sentadas al rededor de l as
mesas, j unto con otras que son el extremo opuesto. En Oriente, por regl a general ,
l os hechiceros y mediums no hal l an val imento más que entre l os parias o l as castas
más ínfimas. En Occidente, l as famil ias se muestran más bien satisfechas al
descubrir un medium entre sus miembros, mientras que en Oriente esto se considera
como una vergüenza, una cal amidad, en fin, al go que hay que depl orar y ahogar l o
más pronto posibl e.
Baj o l a infl uencia de sus ancestral es tradiciones y de sus l ibros sagrados, l os
indoístas, l os buddhistas, l os parsis y l os musul manes, están por compl eto de
acuerdo sobre ese punto. No sól o desaprueban l a rel ación con l os muertos, sino
también l a exhibición de poderes psíquicos, ya natural es, ya adquiridos por prácticas
ascéticas. Así, pues, un brahmán indo vería con el mismo desprecio l os fenómenos
de M. A. Oxon el medium, que l os de H. P. B. , taumaturgo insigne. No dan a l os
fenómenos psíquicos más que un val or muy pequeño como prueba de l a
inmortal idad del al ma, porque no buscan en l os probl emas de l a Psicol ogía
occidental un estímul o intel ectual y porque todas sus rel igiones parten de l a
hipótesis primordial de l a existencia del espíritu; desprecian a l os mediums
obsesados y l os consideran como impuros, sintiendo sól o un respeto muy mitigado,

181
hacia quienes desfl oran sus siddhis mostrándol os. Al l l egar a cierto grado de su
entrenamiento, el yogui adquiere espontáneamente una cantidad de siddhis, de l os
que ocho tan sól o: Anima, Mahima, Laghima, etc. –en resumen, l os ashta siddhis–
46
pertenecen al estado espiritual superior; l os otros diez y ocho se refieren al pl ano
astral y a nuestras rel aciones con él y con el pl ano físico. Los magos negros y l os
principiantes, se sirven de el l os; l os Adeptos de l a Magia bl anca, practican el primer
grupo, que es el superior.
Es menester señal ar que si l os fenómenos de H. P. B. l e val ían l a maravil l ada
adoración de sus discípul os occidental es y de sus amigos íntimos y el hostil
escepticismo de sus adversarios, l a rebaj aban a l os oj os de l os pandits ortodoxos y de
l os ascetas de l a India y de Ceil án, quienes l os consideraban como el signo de una
evol ución espiritual poco adel antada. No ponían en duda l a posibl e real idad de sus
mil agros, que todos estaban reconocidos y catal ogados por sus Escrituras; se
sentirían asfixiados en el aura mental de un Lankester. Sin embargo, si se condena
toda exhibición públ ica de l os fenómenos psíquicos, un instructor rel igioso gana en
santidad si tiene l a reputación de poder producirl os, porque es un signo de
desarrol l o interior. Para el instructor es una regl a: no dej arl os ver ni de sus
discípul os, hasta que esos se hal l en suficientemente avanzados en l a fil osofía
espiritual para poderl os comprender.
En el Kullavagga, V, 8, 1, se l ee l a historia de l a copa de madera de sándal o,
perteneciente al setthi de Raj agaha. Este había hecho tal l ar una copa en un trozo de
madera de sándal o, y después haciéndol a atar en l o al to de una percha de varios
bambúes, decl aró que l a regal aría al sramán o brahmán
47
que pudiese el evarse en el
aire para desatarl a. Un cél ebre monj e, l l amado Pindal a Bharadvaga aceptó el desafío,
se el evó en el aire y traj o l a copa, después de “haber dado tres veces, en el aire, l a
vuel ta a Râj agaha”. Los numerosos asistentes l o acl amaron y l e rindieron homenaj e.
Ll egado el rumor de esto al Buddha, este reunió a sus discípul os y censuró a Pindal a:
“Esto está mal hecho –dij o–, es contrario a l a regl a, inconveniente, indigno de un
sraman y no debe hacerse… Como una muj er que se muestra por una miserabl e
moneda, así has mostrado al públ ico l as cual idades sobrehumanas de tu poder
mil agroso (iddhi), para ganar una pobre copa de madera. Esto no produce l a

46
Los ocho poderes del Hatha Yoga. (N. del T.)
47
Sraman: asceta buddhista. Brahmán: individuo de la casta sacerdotal, la más elevada de las castas indas. (N. del T. )

182
conversión de l os no convertidos ni el adel anto de l os convertidos; sino que más
bien impide convertirse a l os no convertidos y hace retroceder a l os convertidos”.
En seguida prescribió esta l ey imperativa: “Oh! bikkhus
48
no debéis mostrar ante 1os
laicos, el sobrehumano poder del iddhi”. (Ver Sacred Book of the East, vol. XX, pág. 79).
El kullavagga dice, además (VII, 4, 7), que Devadatta “fue detenido en el sendero del
(Arhatado
49
, porque ya había alcanzado pequeñas cosas (pothugganika iddhi o poderes
psíquicos) y se creyó llegado a la cúspide de su desarrollo”.
El doctor Rajendralala Mitra, dice en una nota sobre el aforismo veintiocho de los
Yoga Sutra de Patanjali, a propósito de los poderes psíquicos desarrollados (siddhis):
“Las perfecciones que acaban de ser descritas son absolutamente terrestres, no
pueden servir sino a un fin terrestre y son inútiles a la meditación superior, que no
busca más que el aislamiento. Y no son tan sólo inútiles, sino también nocivas en
realidad, porque impiden la continuidad de la calma meditativa”.
No todo el mundo comprende que los poderes psíquicos desarrollados, que se
extienden a los grados sublimes de la vista, oído, tacto, olfato, gusto e intuición
(profética, retrospectiva o actual) se relacionan con la individualidad nueva, como los
cinco sentidos corrientes con la personalidad física. Del mismo modo que se debe ser el
amo de sus sentidos físicos, para impedir a las sensaciones externas que vengan a
perturbamos cuando queremos reflexionar profundamente en un problema científico o
filosófico, el que aspira a convertirse en jnâni (el sabio), debe ser el amo de su
clarividencia, clariaudiencia, etc., a fin de no verse distraído por ellas.
Hasta ahora no he visto a nadie que haya dilucidado este punto, que es, sin embargo,
muy importante. Por haberlo ignorado, Swedenborg, Davis, los santos católicos y los
visionarios de toda secta, se han extraviado, como ebrios de clarividencia, en los
mundos de imágenes de la luz astral. Vieron cosas que en realidad existen y crearon
otras que sólo nacieron en su imaginación, de suerte que dieron profecías truncadas,
falsas revelaciones, malos consejos, una ciencia errónea y una teología inexacta.
Los asiáticos buscan con un fin puramente egoísta a los reputados como poseedores
de poderes; piden tener hijos, curaciones, con frecuencia de enfermedades vergonzosas,
la recuperación de objetos perdidos, la influencia sobre el espíritu de sus maestros y el

48
Monjes buddhistas. (N. del T.)
49
Del Adeptado. (N. del T.)

183
conocimiento del porvenir. Es lo que llaman “pedir la bendición del Mahâtma”, pero
nadie se engaña con eso, y 99 veces de 100, el hipócrita tiene que marcharse
decepcionado. Hasta mi humilde experiencia me enseñó a conocer esa clase
despreciable, porque entre los miles de enfermos suplicantes que curé o alivi é durante
mis investigaciones experimentales de 1881, no sé si cien se mostraron en verdad
reconocidos. Y en menos de un año, aprendí lo que un yogui debe pensar de la
exhibición de sus poderes psíquicos. El Sabio tiene razón al declarar en el Suta Samhita
que el verdadero Gurú no es el que enseña las ciencias físicas, ni aquel que procura
satisfacciones terrestres, ni quien desarrolla sus poderes hasta ver a los gandharvas
50
,
porque todo esto produce distracciones y penas; el verdadero Maestro es el que enseña
la ciencia de Br a ma
51
. Los Upanishads: el Chandogya, el Brahadaranya y otros, dicen lo
mismo: que aunque el yogui pueda por la potencia de su voluntad evocar a los pitris
52
, los
gandharvas y otros espíritus, o que pueda ejercer el poder de Ishwara
53
en un sattwa
54
sin
mezcla, debe no obstante, evitar todas esas vanidades que tienden a desarrollar el
sentido de la separación y que perjudican a la adquisición del verdadero jnânam. En
cuanto a entrar voluntariamente en relación con los habitantes del mundo astral, para
solicitar sus favores u obedecer sus órdenes, un asiático instruído y en su cabal juicio,
jamás tendría la idea de hacerlo. Sri Krishna resume esto con una gran concisión en la
famosa estrofa del Gtta (capítulo IX): “Aquellos que adoran (invocan, hacen puja) a los
Devadatas (elementales superiores) van a ellos (después de su muerte). Aquellos que
adoran a los pitris, van a los pitris. Los adoradores de los bhûtas (Sankâra les llama los más
groseros de los espíritus naturales, pero esta palabra es también sinónima de pisâcha, que
quiere decir las almas de los muertos o envolturas astrales), van a los bhûtas. Solo mis
adoradores (los fieles del jnânam, la ciencia espiritual superior) vienen a mí”.
En resumen: respetaban a H.P.B. porque poseía los siddhis, pero la censuraban por
mostrarlos. Y M. A. Oxon era despreciado por ser medium de los bhûtas y pisâchas,
cualesquiera que fuesen los dones de su espíritu, su educación universitaria, la pureza y
el desinterés de sus intenciones.
Esto basta para hacer ver el punto de vista de los asiáticos. En cuanto a mí, yo era
occidental hasta la médula en mi manera de juzgar los fenómenos de H.P.B. Y de

50
Gandharvas: Cantores o músicos celestes. (N. del T.)
51
Brama: El Absoluto, Suprema Divinidad. (N. del T.)
52
Pitris: Espíritus antecesores de la actual humanidad. (N. del T.)
53
Ishwara: Shiva, una de las personas de la Trimurti o Trinidad inda. (N. del T.)
54
Sattwa: Bondad, pureza y armonía. (N. del T.)

184
Stainton Moseyn; me parecían de una importancia suprema como indicaciones
psíquicas y como problemas científicos. Aun hallándome incapacitado para poner en
claro el problema de la compleja entidad de H.P.B., estaba convencido de que las
fuerzas que la inspiraban, y producían sus fenómenos, eran manejadas por seres
vivientes que, en posesión de la ciencia psicológica, habían adquirido el dominio sobre
las razas elementales. El caso de Stainton Moseyn era igualmente oscuro. El estaba
firmemente persuadido de que sus maestros “Imperator”, “Kabbila” (¿Kapila?),
“Mentor”, “Magus”, “Sade”(¿Sadi?), etc., eran hombres desencarnados, los unos desde
hacía mucho tiempo, l os otros menos, pero todos sabios y bienhechores. No sol o l e
permitían servirse de su razón para avanzar por sí mismo por el camino ascendente,
sino que hasta se l o ordenaban, y contestaban a sus preguntas con una infatigabl e
paciencia, disipaban sus dudas, l e ayudaban a desarrol l ar su intuición espiritual , a
proyectar su cuerpo astral , y probaban por medio de variados mil agros l a natural eza
de l a fuerza y de l a materia, y l a posibil idad de dominar l os fenómenos natural es.
Además, l e enseñaban que existe a través del Cosmos, todo un sistema de enseñanza
de Maestro a discípul os, dividido en graduadas etapas de desarrol l o mental y
espiritual como l as cl ases de un col egio. En todo esto, l a enseñanza que él recibía era
idéntica a l a que a mí se me daba, y siempre estuve convencido de que Maestros, si
no del mismo grupo, por l o menos de l a misma cl ase, se ocupaban entonces en
formar l os dos centros de evol ución y reforma, de Londres y de Nueva York. ¡Qué
nobl e era su al ma! ¡Qué puro su corazón! ¡Qué fines el evados y qué profunda
devoción a l a causa de l a verdad! Erudito, al par que hombre de mundo, pensador y
escritor escl arecido, l l egó a ser el más eminente de l os j efes del partido espiritista,
por l o menos así me l o parece y yo conocí, l igado a el l os por amistad personal , a
Davis, Sargent, Owen y varios otros.
Antes de comenzar a escribir este capítul o, he rel eído y estudiado como unas
setenta de l as encantadoras cartas que él dirigió a H. P. B. y a mí, entre un centenar
que fueron cambiadas entre nosotros. También consul té l as Records de l a señora
Speers, que evocaron en mí el encanto de nuestras primeras rel aciones. Es preciso
que dé una exposición menos superficial de un hombre con el cual hemos estado tan
l igados y cuyas experiencias psíquicas se aproximaban tanto a l as nuestras. Y el
mej or medio de mostrar su al ma, su corazón y sus aspiraciones, es publ icar aquí
al gunos fragmentos de una especie de autobiografía extraída de una carta suya. Está

185
dirigida a mí; fechada en el University Col l ege de Londres, el 29 de abril de 1876, y
dice en el l a:
“Mi vida se divide en “secciones” de unos cinco años; cada una trayendo consigo
una discipl ina diferente, pero que tiende al mismo fin. En cada una interviene l a
enfermedad, y no se me permite seguir una misma cl ase de estudios más de cinco o
siete años. Recibí una hermosa herencia y me l a quitaron: l a perdí en una noche por
una incursión de l a marea. Me iba bien en l a Universidad y tenía probabil idades de
obtener un número 1 y una beca. Diez días antes del examen, caí enfermo de
cansancio mental , y durante dos años no me encontré en estado de l eer o escribir ni
una pal abra. Por l o menos, fuí obl igado a esperar dos años para obtener un dipl oma
corriente. En el transcurso de esos dos años, viaj é por toda Europa y aprendí tal vez
más cosas que con l os l ibros. Pero era l a ruina de mis esperanzas.
Después se sucedieron cinco, o más bien seis, años de Teol ogía. Me había hecho
un nombre en l a Igl esia y era considerado como un predicador de porvenir. Siendo
ortodoxo, era un teól ogo bastante bueno, de ampl ia l ectura y con facil idad para l a
argumentación. En un país l ej ano, casi sal vaj e, adonde mi médico me envió para
aprovechar el aire del mar y l a sol edad, a fin de reponer mi sal ud quebrantada en
Oxford, me puse a l eer y trabaj ar apasionadamente. Mi rebaño hubiera hecho
cual quier cosa por mí; yo hubiese podido conducirl o a cual quier parte; adquirí una
reputación en l as obras y en el púl pito. Otra vez atacado por el cansancio mental ,
sentí que tenía que abandonar ese excesivo esfuerzo (una parroquia de 30 mil l as
cuadradas es al go y todo el trabaj o pesaba sobre mí). Me fui al Oeste de Ingl aterra,
donde conseguí una gran posición en l a diócesis de Sarum, al go así como un cargo de
predicador sel ecto. Habl é públ icamente dos veces y sucumbí definitivamente. Los
médicos no sabían qué hacer conmigo; decían que tenía cansancio mental , que
necesitaba reposo, etc. , pero descansaba sin conseguir mej oría. En real idad no estaba
enfermo, pero no podía reaparecer en públ ico.
Sufrí una nueva enfermedad, y esto fue en un l ugar donde no había buen médico.
Uno que estaba al l í de paso, me cuidó, sal vándome con gran trabaj o, y l l egó a ser mi
gran amigo: el doctor Speer. En Londres, me rogó que viviese en su casa y sirviese de
repetidor para l os estudios de su hij o. Yo había perdido mi fortuna, mi posición y
mi sal ud. Me recogió y viví en su casa. Pero nada podía hacer en públ ico; él no podía
comprender esto ni yo expl icarl o, pero era una realidad terrible y siempre y siempre presente.

186
Sentí que mi vida estaba terminada, pero sin embargo, conservaba toda mi fe sin
sombra de duda. No obstante, poco a poco, percibí de que l as antiguas convicciones
pal idecían; mi pan se ponía viej o. Un día fal tó aquí (Universidad de Londres) un
profesor y era necesario hal l ar al guien que continuase el curso de Fil ol ogía. Pocas
personas pueden hacer eso improvisadamente. Yo poseo l a facul tad de dej ar de l ado
l as cosas que aprendo hasta el preciso momento en que l as necesito, y había
estudiado l a Fil ol ogía en Oxford. Me presenté, y final mente, obtuve el cargo en
propiedad.
Ya veis que era un cambio más. Podía muy bien dictar mi curso, pero no podía
emprender de nuevo mi carrera ecl esiástica. Mis amigos, viéndome de nuevo en el
trabaj o, creían que yo vol vería a predicar en Londres, donde se me hubiese acogido
con gusto, pero esto me hubiese sido sencil l amente imposible. A pesar de eso, no
escribo nunca mis cursos y puedo habl ar todo un semestre sin una nota. Es raro,
¿verdad?
En fin, l a señora Speer cayó, seriamente enferma, y por casual idad abrió uno de
l os l ibros de Dal e Owen. En cuanto se l evanto se puso a discutir conmigo sobre ese
punto. Comencé por reírme, pero terminé prometiéndol e examinar el asunto. Fuí a
l o de Burns y reuní todo l o que pude, así como en casa de Herne y Wil l iams, y al
cabo de dos meses yo estaba sumergido en el Espiritismo y l os mediums en un grado
increíbl e. Nuestros fenómenos sobrepasaban en mucho a todo l o que he visto de
estas cosas. Esto ha durado cuatro años y ahora se hal l a en camino de despl egarse y
voy a entrar en una nueva fase. He pasado por otras muchas; y en real idad he
habl ado demasiado de mí. Pero val e más que sepáis qué cl ase de hombre soy. En l a
actual idad he perdido toda fe sectaria, es decir, todo dogmatismo determinado.
Veréis en Spirit Teachings qué esfuerzos he hecho para conservarl a. He perdido l a
l etra, pero he conservado el espíritu. No me considero ya como perteneciente a
ninguna Igl esia. Pero de cada una he sacado l o mej or que tiene. Soy un hombre l ibre
y sé l o que pueden enseñar l os sistemas teosóficos. He arroj ado l as escamas y ahora,
cuando haya sido bastante purificado, espero que se me permitirá penetrar detrás
del vel o, para repetir un proceso eterno con al gunas modificaciones. Progreso sin
fin, purificación perpetua, vel o tras vel o que se l evantan hasta que… ¡Eh! ¿adónde
he venido a parar? Que Dios os bendiga.
Vuestro hermano y amigo:

187
M. A. OXON”.
He ahí en l o que estábamos unidos, y a partir de entonces, nos mantuvimos en
perfecta simpatía y trabaj amos amistosamente en direcciones paral el as; nuestras
aspiraciones eran l as mismas y nuestras opiniones no diferían total mente. Con
frecuencia l amenta en sus cartas que no vivamos en l a misma ciudad para poder
intercambiar constantemente nuestras ideas. Varios capítul os del Theosophist están
consagrados a l as cual idades de medium de Stainton Moseyn y a sus rel aciones con
l os fenómenos de H. P. B. Podrá rel eérsel es con provecho.
Veráse en el l os con interés que cuando un indo se pone a meditar, es decir, a
concentrar todas sus facul tades en l os probl emas espiritual es, debe observar una
tripl e preparación. Primero, es menester que haga l a ceremonia del sthalla shuddhi,
que tiene por obj eto purificar l a tierra donde se va a sentar, cortando l os l azos con
el cuerpo astral de l a tierra y l os el emental es que l a habitan (ver Isis, I, 379)
55
. Este
aisl amiento se obtiene l avando el suel o y sentándose sobre un l echo de hierba
Kusha
56
, uno de l os vegetal es que atraen a l as buenas infl uencias el emental es y
rechazan a l as mal as. El neem (margotia), el tulsi (consagrado a Vishnú) y el bilwa
(consagrado a Shiva), entran en esa categoría. En cambio, el tamarindo y el banyan
son desfavorabl es y se cree que l os “adversarios” de Imperator habitan en el l os.
Infestan también l os pozos antiguos, l as casas l argo tiempo desocupadas, l os l ugares
en donde se quema a l os muertos, l os cementerios, l os campos de batal l a, l os
mataderos, l os sitios en que se han cometido crímenes, y en general , todos aquel l os
en donde se haya vertido sangre; tal es l a creencia de l os indos (ver Isis, vol . 1, caps.
XII y XIII)
57
. Una vez que el operador ha purificado el suel o y habiéndose aisl ado
de l as mal as infl uencias terrestres, hace en seguida el bhûta shuddhi, que es una
recitación de estrofas que tienen el poder de detener a l os “adversarios” que viven en
l a atmósfera, tanto a l os el ementarios como a l os el emental es, acompañado de pases
circul ares (magnéticos) al rededor de su cabeza. Crea de este modo a su al rededor,
una barrera o muro psíquico. Terminadas estas dos operaciones prel iminares e
indispensabl es, que j amás deben ser descuidadas ni efectuadas con negl igencia, pasa
al atma shuddhi, recitación de mantrams que contribuyen a l a purificación de su
cuerpo y de su espíritu y preparan el despertar de sus facul tades espiritual es y l a

55
En la edición inglesa. (N. del T.)
56
Poa cynosuroides. (N. del T.)
57
En la edición española, vol. II, caps. IV y V, págs. 165 y 208. (N. del T.)

188
absorción l l amada meditación, que tiene por obj eto adquirir jnâna, conocimiento. El
que se entrega a l a investigación de l a verdad divina necesita un sitio puro, un aire
puro, una vecindad pura, es decir, no compuesta de gentes sucias, inmoral es,
material istas, hostil es, o que hayan comido mucho.
Los consej os dados por Imperator al círcul o Speer y en resumen, todos l os que
han recibido l os círcul os verdaderamente escogidos de investigadores espiritistas en
todas l as partes del mundo, están sensibl emente de acuerdo con l as l eyes del
Oriente; y es un hecho que cuanto más cuidadosamente se han observado esas
precauciones, tanto más nobl es y el evadas han sido l as enseñanzas recibidas. Pueden
atribuirse al ol vido de esas condiciones protectoras l as escenas chocantes, el
l enguaj e y l as instrucciones innobl es, que con frecuencia son l os gaj es de l as sesiones
en l as que mediums impuros y sin protección, prestan sus servicios a un públ ico
heterogéneo. Después de diez y siete años, l as cosas van mej orando poco a poco, y
l os medium físicos, así como l os fenómenos físicos, desaparecen l entamente ante l as
formas más el evadas de manifestaciones mediumnímicas.
En l as obras publ icadas de Stainton Moseyn, y más aún si es posibl e, en su
correspondencia privada, se encuentra el refl ej o de l as ideas de Imperator sobre l os
inconvenientes de l os círcul os heterogéneos. Comprendía perfectamente que l a
secul ar experiencia de l os indos l es había descubierto l a verdad de que un aura
espiritual pura, no puede pasar sin mancharse a través de un medium vil y de un
círcul o desagradabl e, así como el agua de un manantial de l a montaña no puede
atravesar un fil tro sucio sin contaminarse. Esto es l o que ha dictado sus regl as para
el aisl amiento del aspirante al conocimiento espiritual de todas l as infl uencias
corruptoras, y sus prescripciones de purificación personal . Cuando se ve l a ceguera y
el descuido con que l os occidental es se mezcl an, hasta con sus niños, en l a atmósfera
envenenada de vicios de ciertas sesiones, se da uno cuenta de l a exactitud de l a
observación del guía principal de M. A. Oxon, respecto a l a sorprendente fatuidad
despl egada en nuestra rel ación con l os espíritus de l os difuntos. Sól o ahora, después
de unos cuarenta años de experiencia, l os más “ortodoxos” de l os escritores
espiritistas comienzan a comprenderl o. Y sin embargo, esas mismas personas,
cediendo a su odio a l a Teosofía –con el pretexto de su horror por H. P. B. – no
quieren escuchar a l os antiguos y tomar contra l os pel igros de l os círcul os y
mediums públ icos, l as precauciones dictadas por l a experiencia. Los progresos que

189
indicamos, son debidos más bien al interés general inspirado por nuestra l iteratura,
y a su efecto indirecto sobre l os mediums y l os círcul os, que a l a influencia directa
de l os editores, conferencistas y escritores espiritistas. Esperemos que l as ideas de
l os teósofos sobre l os el ementarios y l os el emental es, obtengan pronto l a atención
que merecen.

190

CAPÍTULO XX
OPINIONES CONTRADICTORIAS (CONTINUACIÓN)

Una mañana estaba yo sentado en l a gal ería de “Gul istan”, mi casa de campo de l a
montaña, y miré hacia el Norte por encima del mar de nubes que me ocul taba l as
l l anuras de Mysore. De pronto, el océano vaporoso se disipó y se vieron l as al turas
de Bil girirangam, situadas a 70 mil l as; con un buen anteoj o podían distinguirse con
facil idad l os detal l es. Una asociación de ideas evocó en mi espíritu el probl ema de
nuestras rel aciones –de H. P. B. – yyo con Stainton Moses (a disgusto me sirvo de ese
nombre desfigurado). Repasando uno a uno todos l os datos, l as nubes oscuras de l os
acontecimientos subsiguientes se disiparon, y el anteoj o del recuerdo mostró en ese
pasado distante, con más cl aridad que nunca, su parentesco con nosotros y con
nuestros sabios. Ahora es evi dente para mí que una Intel igencia directriz, siguiendo
un pl an extendido a través de l as naciones y l os puebl os, por medio de otros muchos
agentes, había contribuido a su desarrol l o y al mío, al conj unto de sus experiencias
psíquicas y a l as que me fueron proporcionadas por H. P. B. No sé quién podía ser ese
Imperat or, su agente –ni siquiera sé quién podía ser en real idad H. P. B. – pero
siempre me sentí incl inado a pensar que debía ser, o el Yo superior de Sto Mos. o un
Adepto, y que “Magus” y l os demás de su grupo eran también Adeptos. Yo también
tenía mi grupo, pero no eran espíritus que ej ercían contral or sobre mí. St. Mos.
tenía un Maestro árabe, y yo también. El tenía egipcios, yo tenía un copto; él un
fil ósofo ital iano, yo también. El tenía a “Prudente”, versado en l as escuel as de
Al ej andría y l a India, yo también y varios. El tenía al doctor Dee, un místico ingl és y
yo tenía al que más arriba he l l amado el antiguo pl atónico. Entre sus fenómenos y
l os de H. P. B. se observaban notabl es parecidos. Todos esos detal l es no me eran
conocidos antes de l a publ icación de l as memorias de l a señora Speer. Pero ahora
todo está acl arado. No tiene nada de extraño que St. Mos. y yo nos hayamos sentido
atraídos el uno hacia el otro; era inevitabl e. Su correspondencia toda, prueba que él
l o sentía también. Hace un resumen de sus sentimientos en una carta del 21 de
enero de 1876: “Me siento muy fuertemente atraído hacia vosotros dos y daría
cual quier cosa por conseguir al canzaros” (quiere decir en su “dobl e”). Lo que me

191
entristece es que no haya podido l l egar a saber quiénes eran en real idad l os de su
grupo; o si se quiere, l os que yo creo que eran. Si mi hipótesis es correcta, el
obstácul o debería estar en su estado de ánimo. Su historia intel ectual se parece en
varios aspectos a l a de l a señora Besant: ambos l ucharon desesperadamente por sus
primeras convicciones y no l as abandonaron sino baj o el imperio de pruebas
acumul adas; ambos no buscaban más que l a verdad y val ientemente se ponían de su
l ado ¡Qué patético fue el confl icto entre l a razón y l a fe en l a señora Besant y su
adhesión final a l a l ógica! Del mismo modo, el l ector de l as autobiografías
publ icadas o privadas de Stainton Moses debe notar que Imperator y sus col egas
tenían que l uchar contra l a incredul idad combativa del hombre intel igente que
conservaba su imperio sobre el espíritu del medium, hasta que dicha incredul idad
fue, por decir así, arrastrada por el ol eaj e de l as demostraciones psíquicas (entre
otros pasaj es que vienen a corroborar esta afirmación, ver l o que dice “Imperator”
en l as Records de l a señora Speer: XX, Light, 30 de j ul io de 1892). Tenía el
temperamento de un buey concienzudo, pero desde que se convirtió a l a nueva
fil osofía, se destacó como l a misma personificación del val or y l a l eal tad, era un l eón
por su bravura en el combate. El primer retrato que me envió representa un vicario
de rostro del gado, dul ce como una crema. Nadie habría adivinado nunca que ese
inofensivo ecl esiástico l l egaría a ser con el tiempo el gran j efe de l os l ibrepensadores
espiritistas. Hace fal ta poseer una escl arecida cl arividencia para ver el porvenir
detrás de su mâya
58
.
Se me obj etará que el mismo “Imperator” decl aró ser un espíritu; pero es que en
real idad l o era para St. Mos. , ya estuviese unido a un cuerpo o no. ¿Acaso no es
necesario dar l eche a l os niños pequeños? Ved cómo H. P. B. se decl araba con ardor
espiritista en sus primeras cartas a l os periódicos y en sus primeras entrevistas con
l os cronistas. Vedl a produciendo fenómenos en Fil adel fia, en casa de l os Hol mes y
dej ando creer al general Lippit, al señor Owen y a mí mismo, que era necesario
atribuirl os a l a señora Hol mes, a quien trata en nuestro Scrap-book de farsante vul gar.
¿No se me induj o primeramente a creer que estaba tratando con espíritus
desencarnados, y no se me hizo que tomase a un fantoche, bueno para escribir, dar
gol pes y producir formas material izadas, por el al ma de Juan King? Yo atribuyo el
pronto abandono de esas fantasmagorías y l a confesión de l a verdad, a mi

58
Ilusión en sánskrito. (N. del T.)

192
indiferencia crónica por todas l as teol ogías y por l a identidad de l as personal idades
ocul tas tras l os fenómenos. Mi actitud está cl ara en cuanto a eso, puesto que yo
había publ icado mis opiniones desde el año 1853 (ver el antiguo periódico Spiritual
Journal, edito S. B. Britten, año 1853: artícul os firmados con mi nombre o con el
seudónimo “Amherst”).
Mi ánimo de entonces era el que aún poseo hoy, l o que expl ica que a pesar de mi
afecto a H. P. B. y mi respecto a nuestros Maestros –ambos por l o menos igual es a l os
de cual esquiera de sus discípul os– he protestado siempre contra l a idea de que un
hecho o una doctrina ve aumentado su val or cuando se l a puede atribuir a el l a o a
uno de nuestros Maestros o de sus chelas
59
. No hay rel igión, fil osofía o maestro,
superior, más grande, o de más peso que l a verdad; porque Dios y l a verdad no
forman más que uno. Pronto supe l a verdad respecto a mis intel igencias directoras,
porque no tenía que derribar barreras sectarias. Mientras que St. Mos. era l a
testarudez encarnada y l o que siempre me pareció asombroso es que su “grupo” se
haya mostrado tan paciente y tol erante hacia l o que no debía parecerl es más que l os
caprichos de un niño mimado. Como él dice, su sal ud, que nunca había sido muy
buena, cedió por compl eto al cansancio cerebral antes de que él descubriese que era
medium, y podemos ver que l os poderes que presidían asu destino l o hicieron caer
enfermo cada vez que estaba en camino de reanudar su carrera ecl esiástica. Se vió
obl igado a renunciar a el l a a pesar de todo su sentimiento.
… … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … …
Teniendo en cuenta todo esto (es decir, l os hechos y l os argumentos citados en l a
versión original de este capítul o y del precedente), ¿estoy equivocado al suponer una
estrecha unión entre l a intel igencia ocul ta tras St. M. y l a que conducía a H. P. B. ? El
me escribía el 31 de diciembre de 1876: “No sé si tengo razón al suponer, según l o
que esta mañana me dij o Imperator de que el l a (H. P. B. ) está ahí, cerca de mí,
trabaj ando para mí; quiero decir para mi bien y mi il uminación. No val e l a pena de
preguntársel o, pero yo lo creo”. El 10 de octubre de 1876 me escribió que había tenido
“una visión soberbia y perfecta, preferiría decir: una visita de Isis (uno de l os
apodos que l os famil iares de H. P. B. se compl acían en darl e; l e l l amaba también
“Esfinge”, “l a papisa” y “l a anciana señora”). Era tarde, al rededor de l a media noche
–guardo en casa una nota exacta–, cuando de pronto ví a Isis que desde mi sal ón

59
Discípulos aceptados. (N. del T.)

193
miraba por l a puerta abierta, hacia mi despacho, donde yo estaba de pie y C. C. M.
sentado. Lancé una excl amación y corrí al sal ón seguido de M. , que no vió nada. Yo
veía a Isis tan cl aramente como es posibl e ver y habl é al gunos instantes con el l a.
Observé que al precipitarme al sal ón, hice “disipar” l a forma, pero pronto reapareció
y entró en mi gabinete, donde según M. , caí en una especie de trance o cierto estado
anormal e hice unos signos de carácter masónico”.
Después de haber copiado esto, encuentro escritas por mí en el reverso de una
carta de M. A. Oxon; l as siguientes pal abras: “Si de hoy al 15 de este mes, M. A. O.
no ve a H. P. B. , ésta no irá más a su casa. (Firmado) E. S. Ol cott”. Y esa misma
noche l a vió, como l o he dicho más arriba. Un año antes, el 16 de octubre de 1875,
agradece a H. P. B. su carta, diciendo que “el l a arroj a una ol a de l uz, no tan sól o
sobre l os fenómenos espiritistas en general , sino también sobre diversos puntos
hasta entonces oscuros”. En fin, el l a l e ayudó a comprender l as l ecciones de sus
espíritus conductores. He aquí un buen pasaj e de su carta del 7 de noviembre de
1876:
“Sól o tengo en vista una cosa: l a investigación de l a Verdad; no me ocupo de otra
cosa. Y aunque a veces pueda desviarme para examinar l os títul os de l o que se
presenta como Verdad, no tardo en abandonar l a apariencia para emprender de
nuevo el recto camino. Me parece que l a vida sól o me ha sido dada para esto y que
todo es para l l egar a este fin. Esta presente esfera de existencia no me parece más
que un medio, que cuando haya l l enado su cometido, cederá el sitio a otro
apropiado para asegurar mis progresos. Mientras yo viva, viviré para l a Verdad, y
cuando muera, será para observarl a de más cerca”.
He ahí el al ma de un hombre digno de ese nombre, expuesta a l a l uz. Más
adel ante continúa:
“Yo percibo vagamente, y sobre todo él (Imperator) me dice que en el Ocul tismo
hal l aré una fase de l a Verdad que aún no conozco, y por eso pongo mi esperanza en
él y en usted (H. P. B. ). Es probabl e que durante mi permanencia en l a tierra no
l l egue a l evantar el vel o y que mi vida se pase en buscar l a verdad por l os medios que
usted me enseña ahora”.
En cuanto a “Magus”, tengo datos muy interesantes, y mi opinión sobre él es
mucho más precisa que sobre Imperator. Estoy casi seguro de que es un Adepto vivo y

194
además uno de l os que tienen relación con nosotros. En marzo de 1876 envié a St.
Mos. un trozo de tel a de al godón o musel ina impregnado de un perfume l íquido,
que H. P. B. podía exudar a vol untad de l a pal ma de l as manos, y l e pregunté si l o
reconocía. El 23 del mismo mes me contestó:
“¡Ese ol or a sándal o me es tan famil iar! Uno de l os fenómenos más corrientes en
nuestro círcul o era precisamente l a emisión de un perfume, ya l íquido, ya en forma
de brisa perfumada. El ol or que nosotros l l amábamos “perfume de l os espíritus” era
j ustamente éste, y siempre l o obteníamos en l as mej ores condiciones durante l os dos
úl timos años. Cuando este perfume dominaba en mi atmósfera, mis amigos preveían
que l a sesión sería interesante. La casa donde nos reuníamos, quedaba impregnada
por varios días, y en casa del doctor Speer, en l a isl a de Wight, el ol or era más fuerte
que nunca cuando se abrió l a casa al cabo de seis meses. ¡Qué poder maravil l oso el
de esos hermanos!… Me quedé en mi habitación todo el día para tratar de al iviarme
de una tos penosa…; a media noche tuve un acceso de tos más viol enta aún que de
ordinario. Cuando me pasó, ví cerca de mi cama, a unas dos yardas y a l a al tura de
cinco pies y seis pul gadas, más o menos, sobre el suel o, tres pequeñas bol as de l uz
fosforescente, del tamaño aproximado de una naranj a pequeña. Estaban dispuestas
así, formando un triángul o equil átero, cuya base tendría más o menos diez y ocho
pul gadas. Al principio creí que sería una il usión óptica, causada por l a viol encia de
l a tos. Las miré fij amente y quedaron inmóvi l es, dando una l uz fosforescente
continua, que no al umbraba nada en torno suyo. Convencido de l a obj etividad del
fenómeno, encendí un fósforo. Con su l uz no ví más l as bol as, pero en cuanto se
apagó reaparecieron. Repetí seis veces (siete en total ) el dar l a l uz; entonces
pal idecieron y fueron desapareciendo poco a poco. Es el símbol o que J . K. puso
detrás del retrato de usted (mientras el correo l o transportaba de mi casa a l a suya. –
E. S. 0. –). ¿Sería también él ? No creo que fuese ninguno de l os míos”.

Como ya l o he dicho en otra parte, l as tres esferas l uminosas son el símbol o
especial de l a Logia de nuestros Adeptos: Y ninguno de nosotros, sus discípul os,
podía desear una mej or prueba de sus rel aciones con St. Moses. Este dice también:

195
“En verdad, no tengo más dudas respecto a l a Fraternidad y a su trabaj o. No me
queda ni sombra de el l as. Creo sencil l amente, y trabaj o l o mej or que puedo, para
prepararme a l o que el l os desearen de mí”. En otra carta me pregunta: “¿Sabe usted
al go de mi amigo “Magus”? Es poderoso y obra ocultamente sobre mí”. En otra carta
también, el 18 de mayo de 1877, l e dice a H. P. B. : “Al gunos de sus amigos han
venido a verme con bastante frecuencia en este tiempo, a j uzgar por l a atmósfera de
sándal o –que O. l l ama “el perfume de l a Logia”– que impregna mi departamento y
mi persona. Lo saboreo, l o exhal o, todo l o que me pertenece huel e a él , y un
fenómeno antiguo e inexpl icabl e, que no había vuel to a ver desde hace muchos
meses –más de un año– y que yo acostumbraba obtener con otros perfumes” ha reaparecido. Es
un ol or fuerte que exhal o de un sitio definido en el vértice de l a cabeza (¿en el
brahmarândra?)–O. ) que es muy pequeño, del tamaño de una moneda de media
corona.
Este perfume de la Logia es ahora de una fuerza casi intolerable. Otras veces, era
un olor a rosas, o cualquier otra flor fresca cercana… La otra noche, en una reunión,
un amigo me dió una gardenia. Inmediatamente, la flor desprendió un violento
perfume de la Logia, y ante mis ojos tomó un color caoba; ahora, seca como está, aún
queda saturada de ese olor. Siento que estoy en una transición y espero lo que haya de
ser. Actualmente, parece que “Magus” es mi genio tutelar en varios aspectos”.
Se dirá que eso no tiene nada de sorprendente, cuando St. Mos. estaba saturado y
casi sofocado por el perfume de la Logia. Es un olor muy persistente. En 1877, le
remití un mechón de los cabellos naturales de H. P. B. , con otro de sus cabellos indos,
negros como el azabache, de los que ya he hablado antes y que podían cortarse de su
cabeza cuando estaba sometida al aves'ha. Yo mismo corté ese mechón para St. Mos.
Acusó recibo de ellos en una carta dirigida a H. P. B. y fechada el 25 de marzo de 1877.
Deseoso de fotografiar esas diferentes clases de cabellos a fin de hacer un grabado
para este libro, pedí a C. C. M. que me enviase las dos muestras, que se encontraban
en la colección de St. M. , y me llegaron hace poco. Aún se nota el perfume de la Logia
en la guedeja negra, al cabo de diez y seis años. Los que leen las historias eclesiásticas,
recordarán que ese fenómeno odorífico ha sido observado con frecuencia en los
monjes verdaderamente santos, los religiosos y otros reclusos, del convento, la
caverna o el desierto. Entonces se le llamaba: olor de santidad. ¡Designación errónea,
porque en ese caso todos los personajes santos deberían oler bien, y sabemos

196
demasiado que es todo lo contrario! A veces, de la boca de una extática corría un licor
perfumado; el néctar de los dioses de la Grecia. Yse ha conservado embotellado el de
María Angela. Des Mousseaux, el demonófobo, atribuye al diablo los productos de la
química psíquica. ¡Pobre fanático!

197

CAPÍTULO XXI
EL CUARTEL GENERAL DE NUEVA YORK

La historia de los comienzos de la Sociedad Teosófica está casi terminada. No me
queda más que completar la primera serie de esos recuerdos, con algunos croquis de
nuestra vida de relación en Nueva York hasta nuestro embarque para la India.
Desde el fin del 1876 al del 1878, la Sociedad Teosófica, como tal, quedó
relativamente inactiva; sus reglamentos cayeron en el olvido y sus sesiones cesaron
casi por completo. Más arriba se ha visto el relato de sus escasas manifestaciones
públicas, y es menester buscar los motivos de su creciente influencia en el aumento de
la correspondencia nacional y extranjera de los fundadores, en sus artículos de
controversia en la prensa, en la fundación de Ramas de la Sociedad en Londres y
Corfú, y en la iniciación de relaciones simpáticas con la India y Ceilán.
Los espiritistas influyentes, que en un principio formaron parte de la Sociedad, se
habían retirado todos; nuestras reuniones en un local alquilado para ellas –Mott
Memorial Hall, en la avenida Madison de Nueva York– habían cesado; los derechos
de ingreso, hasta entonces exigidos a los nuevos miembros, estaban abolidos, y el
sostén de la Sociedad estaba por entero a nuestro cargo personal. A pesar de eso, la
Idea no había sido nunca más fuerte, ni el movimiento más vivo, que cuando
despojado de su existencia externa, su espíritu se vió reducido a nuestros cerebros,
nuestros corazones y nuestras almas. La vida que llevábamos durante esos últimos
años en el cuartel general, era sencillamente ideal. Unidos por nuestra devoción a una
causa común, en relación diaria con nuestros Maestros, absorbidos por pensamientos,
sueños y actos altruístas, vivíamos ambos en esta bulliciosa metrópoli tan fuera del
alcance de sus rivalidades egoístas y sus ambiciones innobles, como si nos hubiésemos
encontrado en una cabaña a orillas del mar, o en una caverna en el fondo de una selva
virgen. No exagero nada afirmando que no se hubiese hallado en otra casa de Nueva
York un semejante desprendimiento del mundo. Nuestros visitadores dejaban en la
puerta sus distinciones sociales, y ricos o pobres, cristianos, judíos o infieles, sabios o
ignorantes, todos estaban seguros de encontrar l a misma cordial acogida y l a misma
paciente atención a sus preguntas sobre temas rel igiosos o de otra índol e. H. P. B.

198
debía a su nacimiento aristocrático un perfecto trato social y a sus convi cciones
democráticas l a cordial idad de su hospital idad para con l os más humil des
visitadores.
Uno de nuestros asiduos más versados en l a fil osofía griega, era pintor de
edificios, y recuerdo l a al egría con que H. P. B. y yo, firmamos su sol icitud de ingreso
en cal idad de padrinos, y l e acogimos en l a Sociedad.
Sin excepción al guna, todos l os que publ icaron el rel ato de sus visitas a l a
“Lamasería”, como l l amábamos en broma a nuestra humil de casa, decl araban que era
una experiencia nueva, fuera de todo precedente. Casi todos habl aban de H. P. B. en
términos exagerados de admiración y asombro. No había en el l a ni sombra de
ascetismo, en su apariencia; no meditaba en l a sol edad, no practicaba austeridades
en su al imentación, no se rehusaba a recibir a l as gentes de sociedad y espíritus
frívol os, y no el egía sus contertul ios. Su puerta estaba abierta para todos, hasta para
aquel l os de quienes podía temer l a pl uma. Con frecuencia publ icaban caricaturas
suyas, pero si l os artícul os eran espiritual es, se reía conmigo de todo corazón.
El señor Curtis, uno de l os mej ores cronistas de l a prensa neoyorquina, era uno
de nuestros asiduos y como, consecuencia se hizo miembro de l a Sociedad. La
Lamasería l e proporcionó vol úmenes de buen original , ya serio, ya j ocoso, pero
siempre bril l ante y ágil . Una noche nos hizo caer en una bonita trampa, l l evándonos
a ver un circo en donde dos egipcios hacían al gunos números que podían atribuirse a
hechicería, pero que en todo caso deseaba que viésemos, como j ueces competentes
de l o extraordinario. Le oímos como a l a sirena y l e acompañamos. No se trataba
más que de vul gares j uegos de prestidigitación y l os egipcios eran unos buenos
franceses, con l os que conversamos extensamente en el despacho del director,
durante l os entreactos. Ni siquiera habían visto nunca un verdadero mago egipcio,
como l os que el señor Laur describe en su bien conocido l ibro.
Al despedirme, hice presente a Curtís mi sentimiento por el fracaso de su
experiencia, pero él riéndose a carcaj adas me respondió que, por el contrario, ahora
poseía l os el ementos para hacer un artícul o sensacional . Y l o demostró muy bien. El
World del día siguiente traía un artícul o titul ado: “Los teósofos en el circo”, en el
que nuestra vaga charl a con l os dos franceses se había transformado en una
conversación mística apoyada con impresionantes fenómenos, apariciones de

199
espectros, aportes y desapariciones. El conj unto hacía honor a l a imaginación del
articul ista, si no a su veracidad. Otra vez, nos traj o l a historia de l as apariciones
nocturnas del espíritu de un difunto sereno de l os muel l es de l a parte oriental de l a
ciudad, y nos pidió que fuésemos a ver al fantasma. Según él , l a pol icía estaba
desconcertada y el inspector del distrito había tomado sus medidas para apoderarse
de él esa misma noche. Sin acordamos de l a aventura del circo, aceptamos también.
La noche estaba desagradabl e, aunque estrel l ada, y pasamos cuatro horas bien
arropados, fumando y bromeando con una banda de periodistas enviados para tomar
notas. Pero ¡ay!, “Ol d Shep” no se dignó esa noche mostrar su mal a sombra y
concl uimos por vol ver a l a Lamasería, muy mol estos por l a noche perdida. Pero l os
periódicos al día siguiente, con amargo disgusto nuestro, nos presentaron como un
par de cerebros chifl ados que esperaban cosas imposibl es, y casi nos acusaron de
haber impedido a “Ol d Shep” que apareciera, para hacer una travesura a l os
periodistas! Esto se extendió hasta l as publ icaciones il ustradas, y aún tengo en el
Scrap-book una figura que nos representa con el grupo atento y respetuoso de l os
periodistas, con el epígrafe de “Miembros de l a Sociedad Teosófica, acechando el
fantasma de Ol d Shep”. Fel izmente, tanto H. P. B. como yo, estábamos
incognoscibl es.
Una noche, l a condesa Pashkoff contó, en presencia de Curtis, una aventura que
l e sucedió en el Líbano con H. P. B. Habl aba en francés y yo traducía al ingl és. El
rel ato era tan fantástico que Curtis pidió permiso para publ icarl o, y habiéndol o
obtenido, l e hal l amos al otro día en el diario. Como es un ej empl o de l a teoría de l a
existencia en el ákásha
60
de l as imágenes l atentes de acontecimientos terrestres, y de
l a posibil idad de evocarl as, voy a copiar una parte, dej ando a l a bel l a narradora l a
responsabil idad de l os hechos citados:
“–La condesa Pashkoff habl a y habl a, y el coronel Ol cott traduce para el
cronista–… Viaj aba yo un día entre Baal beek y el río Orontes, cuando ví una
caravana en el desierto. Era l a señora Bl avatsky. Acampamos j untas. Había un gran
monumento cerca del puebl o de El Marsum, entre el Líbano y el Anti-Líbano. Ese
monumento tenía inscripciones que nadie había podido l eer, y como yo sabía l as
cosas extraordinarias que l a señora Bl avatsky puede obtener de l os espíritus, l e

60
La substancia primordial, más sutil que el éter; podríamos decir que es el eslabón entre la fuerza y la materia. (N. del
T.)

200
rogué que tratase de saber l o que era ese monumento. Hubo que esperar l a noche;
el l a trazó un círcul o y nos hizo entrar en él . Se encendió fuego y se l e echó mucho
incienso. Después recitó numerosos encantos. Se vol vió a echar incienso. Entonces
señal ó con el dedo al monumento, sobre el cual se veía una gran bol a de fuego
bl anco. También se veían muchas l l amitas sobre un sicomoro que se hal l aba a un
l ado. Los chacal es l adraban a nuestro al rededor en l a sombra. Se echó más incienso
aún. Entonces, l a señora Bl avatsky ordenó al espíritu de aquel a quien el
monumento había sido erigido, que apareciese. Pronto se el evó una nube de vapor,
que vel ó l a débil l uz de l a Luna. Vol vióse a echar incienso. La nube tomó l a vaga
forma de un anciano con barba, y una voz habl ó desde muy l ej os, al parecer a través
de l a nube. Dij o que el monumento había sido el al tar de un templ o desaparecido
hacía mucho tiempo, el evado a un dios que mucho tiempo antes había vuel to al otro
mundo. “¿Quién sois?”, preguntó l a señora Bl avatsky, “Soy Hiero, uno de l os
sacerdotes del templ o”, dij o l a voz. Entonces l a señora Bl avatsky l e ordenó que nos
mostrase el templ o tal como existía en otro tiempo. El se incl inó, y por unos
momentos, tuvimos l a visión de un templ o y de una gran ciudad que cubría l a
l l anura hasta donde al canzaba l a vista. Después esto desapareció y l a imagen se
borró”. (N. Y. World del 21 de abril de 1878. El artícul o se titul aba: “Col ección de
historias de aparecidos”).
Hacia el fin del 1877 o al comienzo del 1878, recibimos l a visita del honorabl e
Juan L. O' Sul l ivan, dipl omático norteamericano y ardiente espiritista, que pasaba
por Nueva York, yendo de Londres a San Francisco. Fue bien recibido por H. P. B. y
defendió val ientemente sus convicciones contra sus ataques. Efectuó para él al gunos
fenómenos instructivos que él describió más tarde en el Spiritualist del 8 de febrero,
en estos términos:
“Jugaba el l a con un rosario oriental en un bol o copa de l aca; l as cuentas eran
aproximadamente del tamaño de una bol ita de l as que usan l os niños para j ugar, al go
grandes, y todas tal l adas. Un señor que se hal l aba presente, tomó el rosario en su
mano, admiró l as cuentas y l e preguntó si tendría l a bondad de darl e una. El l a
contestó que no tenía ganas de cortar el hil o. Pero tomó de nuevo el rosario y se
puso a j ugar con él en l a copa de l aca. Yo tenía l os oj os fij os en l a copa, en pl ena l uz
baj o una gran l ámpara col ocada encima de l a mesa. Pronto pareció evidente que el
número de cuentas aumentaba baj o sus dedos y que l a copa estaba casi l l ena de el l as.

201
En seguida sacó el rosario, dej ando en el fondo de l a copa muchas cuentas y
diciéndol e al que había pedido l a cuenta, que sacase l as que quisiera. Siempre he
l amentado no haber tenido l a presencia de ánimo o l a osadía de pedir al guna para
mí. Estoy seguro de que me l as hubiese dado, porque el l a parece todo bondad, así
como es toda ciencia. Yo creería que l os granos creados ante nuestros oj os, eran
aportes efectuados por espíritus a petición u orden suya. Creo (sin estar seguro de
el l o) que Ol cott y el l a piensan que esos fenómenos son producidos de al guna
manera, por un gran hermano “Adepto” del Thibet, el mismo del cual he oído l a
espineta
61
, cuyos sonidos, apagados, pero cl aros, eran traídos desde el Thibet hasta
encima de nuestras cabezas –según me dij eron– por el fl úido astral (ya he rel atado
esto, y muchos amigos fueron igual mente favorecidos). La señora Bl avatsky decl aró
que en cuanto terminase su misión y deberes actual es (de l os que el principal es l a
publ icación de su l ibro) vol vería a aquel país de predil ección para no dej arl o j amás.
Otro ej empl o de fabricación de obj etos material es: l l egando cierta tarde a una
hora al go más avanzada al sal oncito donde, sentada en su escritorio, se pasaba unas
diez y siete de l as veinticuatro horas, l a encontré con el coronel Ol cott, ocupada en
corregir. pruebas de imprenta. En ese tiempo, yo tenía bastante intimidad con el l a y
con Ol cott, y para ambos conservaré siempre una gran adhesión y un profundo
respeto. El me dij o que ese día había ocurrido uno de esos pequeños incidentes, como l es
l l ama, y que constantemente se producen en su casa. Habían tenido muchas visitas y
se había habl ado con animación de l as civil izaciones comparadas del Oriente
Antiguo y del Occidente moderno.
Recayó l a conversación sobre l as tel as fabricadas aquí y al l á. La señora Bl avatsky
tomó con entusiasmo el partido del Oriente; de pronto se l l evó l a mano al cuel l o y
sacó de su ampl io pecho (de entre l a viej a bata que es el único vestido que l e
conozco) un pañuel o de crespón de seda, con el borde rayado, que se parecía mucho
a l o que nosotros l l amamos crespón de al godón, y preguntó si l as manufacturas
occidental es producían al go superior a eso. Me aseguraron, y tengo buenas razones
para creer en su pal abra, que hasta ese momento el pañuel o no había estado al l í.
Estaba dobl ado por sus pl iegues de origen y l a conversación había sido por compl eto
accidental . Lo examiné y noté en él ese ol or insípido y penetrante que caracteriza a

61
Especie de clavicordio pequeño, con cuerdas metálicas. (N. del T.)

202
l os aportes del l ej ano Cathay
62
incl uídas l as cuentas de que he habl ado). Noté que en
uno de sus bordes tenía una firma rara que ya había visto sobre otros obj etos, y que
–según me dij eron– era el nombre, en caracteres más antiguos que el sánskrito, del
gran Hermano Adepto del Thibet, del que, entre paréntesis, el l a reconoce l a gran
superioridad. Más tarde, al ir a sentarnos a l a mesa (donde se había agregado a l a
frugal refacción una botel l a de vino para mí, porque ni uno ni otra beben j amás),
el l a dij o a Ol cott: “Deme V. ese pañuel o”. El l o sacó de l a hoj a de papel de escribir
en que l o había cuidadosamente envuel to, nuevo y sin aj ar. El l a l o retorció de
cual quier modo y se hizo con él una corbata. Al vol ver al sal ón que tenía más
cal efacción, se l o sacó y l o arroj ó sobre una mesa a su l ado. Le hice notar que l o
trataba con pocas ceremonias y l e pregunté si quería regal ármel o. “¡Oh!,
ciertamente, si tiene usted gusto en el l o”, dij o, y me lo arroj ó. Lo estiré como mej or
pude entre l os dedos, l o envol ví otra vez en papel y l o guardé en el bol sil l o de mi
chaqué. En el momento de marcharme me dij o: “¡Oh!, vuel va a darme ese pañuel o
por un momento”. Obedecí, natural mente, Y el l a se vol vió, dándome l a espal da un
instante; después ya de frente, me mostró dos pañuel os, uno en cada mano,
diciendo: “El ij a el que V. quiera, he pensado que tal vez l e gustaría más éste que ha
visto l l egar”. Eso hice, y después de haber recorrido esa noche una quincena de
millas en tren, se lo dí a la dama que tenía más derecho a recibir los presentes de otra
dama, que entre paréntesis, se pretende septuagenaria, aunque no representa más de
cuarenta años. Cuando dejé América algunos días después, el pañuelo no se había
deshecho aún, ni se había vuelto al Thibet en “una corriente de flúido astral”. Debo
agregar que ese segundo pañuelo era el facsímil perfecto del primero, en todos sus
detalles, incluyendo el nombre en caracteres arcaicos. Este, por cierto, estaba escrito o
pintado en negro y no impreso mecánicamente”.
Mis recuerdos del incidente del pañuelo difieren un poco del relato del señor
O' Sullivan. El primero fue hecho de la nada –como sin razón se dice corrientemente,
porque nada dejó de existir nunca ni pudo haber sido creado de la nada, aunque lo
pretendan los teólogos– durante una conversación que tuvo lugar entre H.P.B. y
nuestro amigo el señor Herrisse de la legación de Haití. El decía que uno de sus
parientes trajo de China pañuelos de crespón de seda que las manufacturas occidentales
aún no habían podido imitar. En seguida ella mostró ese pañuelo preguntándole si eso

62
Nombre que se daba en otro tiempo en Europa, a las provincias septentrionales de la China. (N. del T.)

203
era lo que quería decir, a lo que él contestó afirmativamente. Yo me apoderé del
pañuelo, y cuando vino el señor O' Sullivan le conté la historia y le mostré el pañuelo.
El le pidió en seguida a H.P.B. que se lo diera y ella accedió. A lo que yo hice notar,
riéndome, que no tenía el derecho de disponer así de mis bienes sin mi consentimiento,
pero me contestó que eso no importaba nada y que me daría otro igual. En ese
momento nos anunciaron la cena, y cerca ya de la puerta, le pidió al señor O' Sullivan
que le prestase el pañuelo un momento. Estábamos de pie, ella nos dió la espalda un
momento y después, volviéndose, mostró en cada mano un pañuelo, de los que dió uno
al señor O' Sullivan y el otro a mí. Al salir del comedor, sintió una corriente de aire que
venía de una puerta entreabierta detrás de ella, y me pidió algo para ponerse en el
cuello. Le dí mi pañuelo mágico, que se puso negligentemente en el cuello mientras
hablaba. Como no era bastante largo para anudar los extremos, quise sujetarlos con un
alfiler, pero ella exclamó: “¡Que el diablo se lleve a usted y a sus alfileres; tenga, ahí está
su pañuelo!” Y arrancándoselo del cuello, me lo arrojó a la cabeza. Y en seguida vimos
otro pañuelo semejante alrededor de su cuello. O' Sullivan se precipitó hacia ella
diciendo: “¡Ese, deme ese, lo he visto formarse ante mis ojos!” Ella consintió
amablemente, volvió a guardar el que le había dado antes, y continuó la conversación.
El primero, producido en presencia de Herrise, está en mi poder, el otro en manos de
mi hermana.
He pensado que valía la pena de contar esta historia y otras que seguirán, para
mostrar las constantes pruebas que ella nos daba de sus poderes milagrosos en esos
lejanos días de Nueva York, donde no había misioneros al acecho para inventar,
comprar o tal vez adquirir honradamente testimonios de tal naturaleza que arrojasen
dudas sobre su integridad. Aunque después no se hubiese producido ninguno, esos
primeros fenómenos me hubieran suficientemente asegurado de que ella poseía ciertos
siddhis y me habrían impedido dudar de sus enseñanzas acerca de las fuerzas
psicodinámicas que los producen. Sus amigos y visitadores no recibían esas pruebas de
tiempo en tiempo, sino sin cesar, y la niña bien dispuesta de Saratow se había
convertido en la misteriosa mujer de 1875, sin perder nada de las facultades extra-
normales de su juventud, sino que las había aumentado y desarrollado infinitamente.
Esos incidentes daban a su salón un encanto atractivo que no poseía ningún otro en
Nueva York. El imán era su personalidad y no la Sociedad Teosófica, y ella se
complacía deliciosamente con la excitación de su círculo. ¡Este era tan raro! Se trataba

204
en él de una mezcla tal de Música, Metafísica, Orientalismo y murmuraciones, que no
puedo menos que compararlo a Isis Sin Velo; ¿Acaso existió alguna vez un libro más
ensalada que ese?

205

CAPÍ TULO XXII
DESCRIPCIÓN DE DIVERSOS FENÓMENOS

Aunque una tri ste experi enci a nos haya enseñado que l os fenómenos psí qui cos
son una base demasi ado débi l para servi r de ci mi ento a un gran movi mi ento
espi ri tual i sta, no dej an de tener ci erto val or cuando se producen en su l ugar y baj o
una estri cta vi gi l anci a. Ahora bi en, ese l ugar se hal l a en l os l í mi tes del tercer obj eto
de l a Soci edad. Su i mportanci a es consi derabl e si se l es consi dera como prueba
el emental del poder de una vol untad humana di sci pl i nada, sobre l as fuerzas brutas
de l a Natural eza; desde este punto de vi sta, tocan al probl ema de l as i ntel i genci as
ocul tas tras l os fenómenos medi umní mi cos. Yo consi dero que l os pri meros
fenómenos de H. P. B. han hecho una gran mel l a en l a teorí a hasta entonces
general mente aceptada, de que l os mensaj es reci bi dos por i ntermedi o de l os
medi ums, debí an por fuerza proceder de l os muertos, porque se producí an con l a
ausenci a de l as condi ci ones presumi das como necesari as, y aun a veces parecí a que
como un reto a esas condi ci ones. Se encuentran referenci as a el l os en recortes de
peri ódi cos de ese ti empo, y en l a memori a de testi gos que no han publ i cado sus
recuerdos, pero que como todaví a vi ven, se hal l an capaci tados para corroborar o
recti fi car mi descri pci ón de l os fenómenos, que vi eron l o mi smo que yo.
Los mi l agros de H. P. B. , muy sugesti vos por sí mi smos, no eran, por l o general ,
traí dos por l a conversaci ón; hal l ándose sol a conmi go, producí a a veces al gún
fenómeno para expl i car una doctri na parti cul ar o para responder a una pregunta
que se presentaba a mi mente, respecto a l a natural eza de l a fuerza en j uego en una
operaci ón determi nada. Pero ordi nari amente, se mani festaban de pronto y con
i ndependenci a de toda sugesti ón previ a de al guna persona presente. He aquí
al gunos ej empl os para hacerme entender mej or:
Un dí a vi no a vemos un espi ri ti sta i ngl és con su hi j o, un muchachi to de di ez a
doce años, y un ami go suyo. El ni ño se entretuvo al pri nci pi o dando vuel tas por
toda l a habi taci ón, revi sando nuestros l i bros, exami nando l os obj etos de adorno,
etc. Pero pronto tuvo ganas de i rse y comenzó a mol estar a su padre,
i nterrumpi endo una conversaci ón muy i nteresante con H. P. B.

206
Renunci ando el padre a consegui r que se quedase tranqui l o, se resi gnó a
marcharse, cuando H. P. B. di j o: “No es nada; hay que darl e al go para que se
di vi erta, veamos si yo podrí a hal l ar un j uguete”. Se l evantó, meti ó l a mano detrás
de l a puerta que se encontraba j unto a su espal da, y sacó de al l í un gran carnero con
ruedas que sé de un modo posi ti vo, que no se encontraba al l í un i nstante antes.
Una noche, l a ví spera de Navi dad, mi hermana baj ó de su pi so, que estaba
si tuado enci ma de l a “Lamaserí a”, para pedi rnos que subi ésemos a ver el árbol de
Navi dad que habí a preparado para sus ni ños, que ya se habí an acostado. Después de
haber exami nado todos l os regal os, H. P. B. expresó el senti mi ento de no haber
teni do di nero para comprar el l a tambi én al guna cosa para el árbol . Preguntó a mi
hermana qué era l o que l e gustarí a a uno de l os varones, su favori to, y al saber que
era un si l bato de soni do agudo, di j o: ¡”Bueno, espere”! Sacó de su bol si l l o el
l l avero, y apretó en l a mano cerrada tres de l as l l aves j untas; un momento después,
nos enseñó en su l ugar un gran pi to de acero, col gado del l l avero en el l ugar de l as
tres l l aves. Para fabri carl o, tuvo que empl ear el metal de l as tres l l aves, que al dí a
si gui ente hubo que mandar hacer a un cerraj ero. Otra cosa: durante uno o dos años,
nos servi mos en l a Lamaserí a de l a vaj i l l a de pl ata de mi fami l i a, pero un buen dí a
tuvi mos que desprendernos de el l a, y H. P. B. me ayudó a embal arl a. Ese mi smo dí a,
después de cenar, al servi r el café, noté que no habí a tenaci l l as para el azúcar y
al canzándol e el azucarero, puse en él una cuchari l l a. Me preguntó dónde estaban
l as tenaci l l as, y cuando l e di j e que l as habí amos embal ado con el resto de l a vaj i l l a,
contestó: “¿De todos modos necesi taremos otra, no es así ?”

Y al argando l a mano a un l ado de su si l l a, recogi ó unas tenaci l l as sorprendentes,
como no se l as encuentra en casa de ni ngún orfebre. Tení a l os brazos bastante más
l argos que l o corri ente, y l os dos extremos se parecí an a un tenedor para encurti dos.
En el i nteri or de uno de l os brazos se veí a el monograma del Mahâtma M. Esta
curi osi dad l a conservo todaví a en mi casa, en Adyar. Esto puede servi r como
ej empl o de l a apl i caci ón de una l ey i mportante. Para crear al go obj eti vo

207
uti l i zando l a materi a di fundi da en el espaci o, es menester tener en l a mente con
perfecta cl ari dad, todos l os detal l es de forma, model o, col or, materi a, peso y otras
caracterí sti cas parti cul ares. Después, hay que hacer uso de l a vol untad
desarrol l ada, de su conoci mi ento de l as l eyes de l a materi a y sus procedi mi entos
de congl omeraci ón, y obl i gar a l os espí ri tus el emental es a que fabri quen l o que se
desea. Si el operador comete un error en al gún si ti o, el resul tado es i mperfecto. Es
evi dente que en el caso que nos ocupa, H. P. B. confundi ó en su memori a l as
formas de l as tenaci l l as para el azúcar y l os tenedores para encurti dos, y l os
combi nó j untos en ese obj eto hí bri do e i ncongruente. Esto prueba aún más l a
real i dad del fenómeno, porque unas tenaci l l as para azúcar bi en hechas se pueden
comprar en cual qui er comerci o.
Una noche, nuestro sal ón estaba l l eno de vi si tantes; el l a se encontraba sentada
en un extremo de l a habi taci ón, y yo en el otro, cuando me hi zo señas de que l e
di ese l a sorti j a con una gran pi edra tal l ada, que yo l l evaba esa noche como ani l l o
de corbata. La tomó si n deci r una pal abra, y si n atraer l a atenci ón de nadi e aparte
de l a mí a, entre sus dos manos j untas, que frotó un momento una contra otra.
Pronto oí un soni do metál i co; me sonri ó, y abri endo l as manos me enseñó mi
ani l l o con otro tan grande como él , pero de di buj o di ferente, y l a pi edra era un
j aspe sanguí neo, mi entras que l a mí a era una cornel i na roj a.
H. P. B. usó esta sorti j a hasta su muerte; ahora está en el dedo de l a señora
Besant y es bi en conoci da por mi l l ares de personas. La pi edra se parti ó durante
nuestro vi aj e a l a Indi a, y si no me engaño, fue reempl azada en Bombay. Esta vez
el fenómeno tampoco fue provocado por l a conversaci ón, si no que en cambi o, sól o
fue al pri nci pi o conoci do por mí .
Otro aún: Me ví obl i gado a i r a Al bany como consej ero especi al de l a Mutual
Li fe de Nueva York, para tomar parte en l a di scusi ón de un proyecto de l ey, que
se hal l aba en comi si ón a estudi o de l a Legi sl atura, y oponerme a su adopci ón.
H. P. B. encontró bi en aprovechar mi escol ta para i r a Al bany y hacer una vi si ta
prometi da hací a mucho ti empo al doctor Di tson y su señora. El l a no entendí a
nada de l as cosas prácti cas y sol i ci taba l os buenos ofi ci os de sus ami gos para hacer
y deshacer sus baúl es, por ej empl o. Su anti gua ami ga, l a doctora L. Marquette, l e
hi zo l a mal eta, que quedó abi erta en su pi eza hasta el momento en que l l egó el
coche que habí a de conduci rnos hasta l a estaci ón. La mal eta estaba muy l l ena y

208
tuve que vol ver a arregl ar al gunos de l os obj etos que estaban arri ba, y forzarl a un
poco para cerrarl a con l l ave. Yo mi smo l a l l evé en el coche y de éste al tren. Por
fi n parti mos. Pronto se verá el porqué de este l uj o de detal l es. A l a mi tad del
cami no a Al bany, se rompi ó en el bol si l l o de H. P. B. el frasco de una medi ci na
para l a tos, y el conteni do, muy pegaj oso, puso en tri ste estado su tabaco y papel
de fumar, su pañuel o y todo l o que tení a en el bol si l l o.
Hubo que abri r su mal eta y sacar una canti dad de cosas para encontrar más
tabaco, papel , etc. Yo me encargué de eso; rehi ce l a mal eta y l a cerré, y tambi én yo
mi smo l a l l evé hasta el coche al l l egar a Al bany, y l a subí por l a escal era de casa
del doctor Di tson, deposi tándol a en el rel l ano, a l a puerta del sal ón. La dueña de
l a casa i ni ci ó en segui da una ani mada conversaci ón con H. P. B. , a qui en veí a
entonces por pri mera vez. La hi j i ta del señor Di tson estaba en el sal ón y daba
vuel tas al rededor de H. P. B. , subi éndose a sus rodi l l as y acari ci ándol e l a mano. Mi
mi steri osa ami ga no apreci aba nada esa cl ase de i nterrupci ones y termi nó por
deci r: “Vamos, pequeña, quédate tranqui l a un momento y te daré al go boni to”.
“¿Qué es, señora? Le ruego que me l o dé en segui da”. Yo, que creí a que el regal o
prometi do se encontrarí a aún en una j ugueterí a de Al bany adonde se me pedi rí a
en segui da que fuese a buscarl o, sopl é mal i ci osamente a l a ni ña que preguntase a
l a señora dónde tení a escondi do su regal o. H. P. B. respondi ó: “No te preocupes ,
hi j a mí a, está en mi mal eta”. Esto me bastó; pedí l as l l aves, sal í y abrí l a mal eta…Y
vi , bi en col ocada entre l as ropas, bi en a l a vi sta apenas se abrí a l a mal eta, una
armóni ca de más o menos qui nce pul gadas por cuatro, con su marti l l o de corcho
al l ado. Ahora bi en, H. P. B. no habí a hecho su mal eta en Nueva York y no l a tocó
ni un i nstante. Yo l a cerré con l l ave antes de sal i r, l a abrí , l a deshi ce, l a vol ví a
hacer y a cerrar en el tren, y H. P. B. no l l evaba otro equi paj e. ¿De dónde podí a
veni r l a armóni ca, y cómo di abl os pudo ser meti da en una mal eta l l ena casi hasta
estal l ar? No l o sé. Tal vez un mi embro de l a S. P. R. sugeri rí a que el mecáni co del
tren, sobornado y hecho i nvi si bl e por H. P. B. , abri ó l a mal eta en el suel o, a mi s
pi es, e hi zo si ti o en el l a para el j uguete musi cal , arroj ando al gunas ropas por l a
ventani l l a! ¡ Pero tal vez ese era un verdadero fenómeno y después de todo el l a no
era una farsante! Si l a doctora Marquette vi ve aún, puede atesti guar que el l a nos
conduj o al tren con mi equi paj e; y si el doctor Di tson vi ve, puede afi rmar que él
nos conduj o, con l a famosa mal eta, desde l a estaci ón hasta su casa. Mi deber es

209
contar l a hi stori a tan exactamente como es posi bl e e i ndi car con este ej empl o que
mi anti gua y queri da col ega hací a a veces un mi l agro por el si mpl e pl acer de un
ni ño que no tení a l a menor i dea de l a i mportanci a del aconteci mi ento.
En l a Historia de las brujerías de Salem, rel ata mi ami go el doctor Upham, que a
una de l as desgraci adas ví cti mas de l a terri bl e y fanáti ca persecuci ón de 1695 se l e
i mputó como prueba de su contrato con Satán, que habí a l l egado a ci erta reuni ón
si n una sol a mancha, a pesar de l a l l uvi a y el barro. ¡ El sabi o autor ve más bi en en
eso una prueba de que era una muj er cui dadosa que sabí a cami nar y l evantarse l as
fal das por el l odo! De un extremo al otro de su l i bro, rehusa ver una i ntervenci ón
espi ri tual en l os fenómenos de obsesi ón, por ci erto que si n l ograr convencernos,
hay que deci rl o. Una vez en Bastan, en un dí a de gran l l uvi a y que todo estaba l l eno
de barro, H. P. B. anduvo por l a cal l e si n recoger ni una gota de l l uvi a ni una mancha
de barro. Y otra vez, me acuerdo que después de haber estado conversando en el
bal cón de su sal a, en l a pl aza Irvi ng de Nueva York, y que tuvi mos que entrarnos,
corri dos por una fuerte l l uvi a que duró gran parte de l a noche, ol vi dé fuera una
hermosa si l l a tapi zada con brocado o terci opel o. Al dí a si gui ente, al entrar a
sal udar a H. P. B. por l a mañana, como era mi costumbre, antes de i r a mi ofi ci na,
me acordé de l a si l l a y fuí a buscarl a, creyendo que l a encontrarí a empapada y
estropeada por l a l l uvi a. Al contrari o, estaba absol utamente seca, no podrí a
expl i car cómo.
El l ector recordará l a hi stori a del pañuel o de crespón del señor O' Sul l i van,
contada en el capí tul o precedente. Una noche ví hacer a H. P. B. al go notabl e, para
Wong Chi n Fu, conferenci sta chi no que l l egó a ser cél ebre en l os Estados Uni dos.
Habl ábamos l os tres de l as pi nturas de su paí s, que carecen de perspecti va; él decí a
que l as fi guras pi ntadas por sus arti stas eran admi rabl es, muy ri co su col ori do y
puro su di buj o. H. P. B. convi no en el l o, y como por casual i dad, abri ó el caj ón donde
guardaba su papel de cartas y sacó una fi na pi ntura que representaba a una chi na en
traj e de corte. Yo estaba tan seguro como es posi bl e estarl o, de que aquel l a pi ntura
no habí a estado al l í antes, pero como Wong Chi n Fu no sentí a especi al i nterés por
l a ci enci a ocul ta que para nosotros tení a tantos encantos, no di j e nada. Nuestro
vi si tador tomó l a i magen en su mano, l a encontró hermosa, pero di j o: “Esto no es
chi no, señora; no ti ene caracteres chi nos en el ángul o; probabl emente es j aponés”.
H. P. B. me mi ró con ai re de i ntel i genci a, vol vi ó a poner l a fi gura en el caj ón, l o

210
cerró un momento, y abri éndol o de nuevo, sacó una segunda pi ntura de l a muj er
chi na, vesti da con otros col ores, y se l a entregó a Wong Chi n Fu. Esta vez él
reconoci ó su autenti ci dad, porque tení a caracteres chi nos en el ángul o i nferi or
i zqui erdo, que l eyó en segui da.
He aquí un caso en que obtuve por medi o de un fenómeno ci ertos datos sobre
tres mi embros de mi fami l i a:
Estaba yo sol o en l a casa con H. P. B. , habl ando de esas tres personas, cuando se
oyó rui do en l a habi taci ón conti gua; corrí a ver l o que era y encontré l a fotografí a
de una de el l as, que estaba sobre l a chi menea, vuel ta de cara a l a pared; una gran
acuarel a de otra, arrancada de su cl avo, caí da en el suel o con el vi dri o roto; y el
retrato de l a tercera no se habí a movi do de enci ma de l a estufa. Era l a respuesta a
mi s preguntas. Se ha puesto en ci rcul aci ón una rel aci ón fantásti ca de este caso; yo
restabl ezco l os hechos tal como sucedi eron. En ese momento no estaba en l a casa
nadi e más que nosotros dos y yo tan sól o era el i nteresado en obtener una
respuesta.
¡Qué muj er tan extraña y qué vari edad habí a en sus fenómenos! La hemos vi sto
mul ti pl i car tel as; veámosl a ahora desdobl ar cartas. Un dí a reci bí una carta de ci erta
persona muy cul pabl e de una fal ta para conmi go, y l a l eí en voz al ta a H. P. B. , que
excl amó:
“Es necesari o guardar una copi a de eso”, y pi di éndome l a hoj a de papel que yo
tení a en l a mano, l a sostuvo del i cadamente por una punta y l a desdobl ó pura y
senci l l amente ante mi s oj os; se hubi ese di cho que pel aba el papel .
Otro ej empl o, tal vez más i nteresante aún: Con fecha del 22 de septi embre de
1877, Stai nton Moses l e escri bi ó una carta de ci nco pági nas, l l ena de controversi as,
o por l o menos de crí ti cas. El papel era cuadrado, de formato grande, yl l evaba en
rel i eve l a i nscri pci ón: “Uni versi ty Col l ege, London”, y en el ángul o superi or
i zqui erdo su monograma, una W y una M entrel azadas, atravesadas por el nombre
de Stai nton en l etras mayúscul as pequeñas. H. P. B. di j o que nos hací a fal ta una
copi a de eso, y yo saqué del pupi tre ci nco medi as hoj as de papel de cartas para el
extranj ero, del mi smo formato, y se l as dí . El l a l as col ocó contra l as ci nco hoj as de
l a carta y puso todo en un caj ón del pupi tre, preci samente frente a mí . Después de
haber segui do habl ando al gún ti empo, di j o que creí a que l a copi a estarí a hecha y

211
que yo me cerci orase de el l o. Abrí el caj ón, saqué l os papel es y me encontré con que
cada una de mi s ci nco hoj as habí a reci bi do como l a i mpresi ón de l a hoj a
correspondi ente. El ori gi nal y l a copi a se parecí an de tal modo, que l as tomé por
i dénti cas, como me sucedi ó con el retrato del cabal l ero Lui s. Lo he creí do durante
di ez y sei s años, pero cuando he buscado esos documentos para escri bi r este
capí tul o, veo que no es así . Las escri turas son casi i dénti cas, pero no del todo;
parecen más bi en dos ori gi nal es de l a mi sma mano. Si H. P. B. hubi ese teni do ti empo
necesari o para prepararme esa sorpresa, bastarí a acusarl a de haberl as escri to, pero
no l o habí a teni do. Todo sucedi ó como l o di go, y presento el caso como un
testi moni o i ndudabl e de sus poderes. He tratado de col ocar una pági na sobre otra
para ver si l os textos se corresponden, y no es así , demostrando esto en todo caso
que l a transferenci a no se produj o por absorci ón de l a ti nta; además, l as ti ntas son
di ferentes Y l a de Oxon no es ti nta de copi ar. El fenómeno no necesi tó más que
ci nco o di ez mi nutos y l os papel es estuvi eron todo el ti empo en el caj ón, frente a
mi pecho, de modo que era i mposi bl e reti rarl os de al l í y susti tui rl es por hoj as
preparadas de antemano. Que esto pase a su crédi to y puesto frente a l as odi osas
acusaci ones de sus enemi gos.
El señor Si nnett cuenta en sus Incidentes de l a vida de la señora Blavatsky una
hi stori a que supo por el señor Judge, sobre ci ertos col ores para acuarel a, que el l a
produj o para él
63
. Yo estaba presente y uno mi testi moni o personal al suyo. Esto
sucedi ó un dí a en l a Lamaserí a. Judge di buj aba para el l a –creo– un di os egi pci o
formando al hombre en un torno de al farero, pero por fal ta de col ores no podí a
termi narl o. H. P. B. l e preguntó qué col ores necesi taba, y después, aproxi mándose al
pequeño pi ano, detrás mi smo de l a si l l a de Judge, y dando frente al ri ncón formado
por el muro y l a extremi dad del pi ano, l evantó su vesti do como para recoger al go.
En segui da sacudi ó su vesti do sobre l a mesa y cayeron del ante de Judge trece tubos
de col ores de Wi ndsor y Newton, entre l os que se hal l aban l os que habí a pedi do.
Poco después di j o que tendrí a necesi dad de oro, y el l a l e hi zo traer del comedor un
pl ato pequeño, l e pi di ó l a l l ave de l a puerta, que era de cobre, y teni endo l os dos
obj etos baj o l a mesa, frotó vi vamente l a l l ave sobre el fondo del pl ato. Al cabo de
un i nstante, entregó el pl ato, cuyo fondo estaba cubi erto de oro de l a mej or
cal i dad. Cuando l e pregunté para qué si rvi ó l a l l ave en l a experi enci a, contestó que

63
En la edición española, pág. 168. (N. del T.)

212
el al ma del metal era un núcl eo necesari o para agrupar a su al rededor l os átomos de
otro metal , sacados del âkâsha. Por esto tambi én, me pi di ó prestado mi ani l l o de
sel l o para fabri carse otro, como ya l o he contado. ¿No hay en eso al go sugesti vo
acerca de l a materi a pri ma de l os al qui mi stas cuando efectúan l o que se l l ama
transmutaci ón de l os metal es? Se pretende que ese arte es aún practi cado por
ci ertos fakires y sannyâsis
64
de l a Indi a moderna. Además, l os descubri mi entos del
profesor Crookes sobre l a génesi s de l os el ementos (que el átomo no es una uni dad,
si no un compuesto de l a materi a mundi al del espaci o, formado por l a acci ón de l a
el ectri ci dad), ¿no nos conducen a un punto en que si l a Ci enci a no qui ere
retroceder, deberá l l egar a l a hi pótesi s ari a de Purusha y Prakriti?
65
.
¿Y esta úl ti ma teorí a, no nos señal a l a posi bi l i dad de vol ver a di stri bui r l os
el ementos de un metal en combi naci ones nuevas, de donde resul tarí a el desarrol l o
de otro metal , baj o l a i rresi sti bl e i nfl uenci a del poder de l a vol untad? Para efectuar
l a operaci ón por l os métodos fí si cos, es menester –di ce el profesor Crookes– hacer
remontar l os el ementos de un metal hasta ese punto remoto de su génesi s, en el
cual podrí an ser encauzados en l a l í nea de desarrol l o que traj ese l a agregaci ón de
l os el ementos del otro metal deseado. La Ci enci a no ha l l egado aún a eso, ni usando
l os enormes recursos de l a el ectri ci dad. Pero l o que es una di fi cul tad i nsuperabl e
para el quí mi co y el el ectri ci sta, que dependen por compl eto de l as fuerzas brutas,
puede ser muy fáci l para el Adepto, cuyo agente acti vo es el poder del espí ri tu, que
él sabe manej ar; en real i dad, el poder que construye al Cosmos.
Entre el punto al canzado por Crookes en l a noche del 15 de enero de 1891,
cuando pronunci ó su di scurso de apertura, como presi dente de l a Insti tuti on of
El ectri cal Engi neers, y que acompañó con bri l l antes experi mentos que probaban l o
j usto de su hi pótesi s i nmortal , y el punto que ocupaba l a Ci enci a europea un cuarto
de si gl o antes, hay una di stanci a i nfi ni tamente mayor que entre este punto y l a
Gupta Vidya–
66
de nuestros antepasados ari os. El heroi co Crookes, a pesar de ver
l os obstácul os futuros, y reconoci endo “que todaví a queda por hacer una l abor
formi dabl e”, no se muestra nada desal entado. “En cuanto a mí (di ce en el Journ. Inst.
Elec. Engineers, nov. , vol . XX, pág. 49), tengo l a fi rme convi cci ón de que i ncansabl es
i nvesti gaci ones hal l arán su recompensa en una penetraci ón de l os mi steri os

64
Fakir: asceta musulmán de la India. Sannyâsi: asceta indo. (N. del T.)
65
Purusha: el espíritu; Prakriti: la material. (N. del T.)
66
Ciencia Oculta, en sánskrito. (N. del T.)

213
natural es, en tal grado, que apenas se l e puede concebi r. Las di fi cul tades, di j o un
agudo anti guo estadi sta, son hechas para ser vencidas, y, según mi parecer, l a Ci enci a
deberí a despreci ar l a noci ón de l a fi nal i dad”.
Si tuarse ahí es ver l a aurora de un dí a más hermoso en el cual l os ci entí fi cos
verán que su método i nducti vo centupl i ca l as di fi cul tades “de l os mi steri os
natural es”. Que l a cl ave de esos mi steri os es l a ci enci a del espí ri tu. Y que el cami no
de esta ci enci a no pasa por el horni l l o del l aboratori o, si no a través del fuego más
devorador, que se al i menta con el egoí smo y se manti ene por l as pasi ones, ati zado
por el vi ento de l os deseos.
Cuando se reconozca de nuevo al espí ri tu como factor supremo en l a génesi s de
l os el ementos y l a el aboraci ón del Cosmos, l os fenómenos psí qui cos de nuestra
senti da H. P. B. adqui ri rán una i mportanci a transcendente como hechos ci entí fi cos
el emental es, y dej arán de ser consi derados, por unos, como j uegos de manos, y por
l os otros, como mi l agros para uso de l os papamoscas.

214

CAPÍTULO XXIII
PRECIPITACIONES DE IMÁGENES

Lectores de Modern Egyptians, de Lane, ¿os acordáis de l a historia del j oven que fue
a ver un sheikh
67
taumaturgo y obtuvo una prueba maravil l osa de sus poderes ocul tos?
Su padre se hal l aba entonces enfermo en un sitio l ej ano, y el j oven pidió al sheikh
noticias suyas. El sheikh accedió y l e dij o que escribiese a su padre preguntándol e
cómo seguía: hecho esto, el sheikh col ocó l a carta debaj o del coj ín en que estaba
apoyado. Al cabo de un momento, sacó del mismo sitio una carta en respuesta a l as
preguntas del j oven. Estaba escrita de l etra del padre, y si no me engaño –porque
estoy dando esta cita de memoria–, l l evaba también su sel l o. A petición del
consul tante, el café fue servido en l as propias tazas ( f i ngan) de su padre, l as que
con toda razón podía suponer que estaban en l a casa paterna, en una pobl ación
l ej ana.
H. P. B. me hizo ver una noche, sin preparación escénica ni historias, al go del
mismo género del primero de esos fenómenos. Yo deseaba saber l a opinión de cierto
Adepto sobre un tema determinado. El l a me pidió que escribiese mis preguntas, l as
pusiese en un sobre sel l ado y col ocase éste en un sitio en que yo pudiese vigil arl e.
Esto tenía más val or aún que el episodio del sheikh egipcio que escondió l a carta baj o
su al mohadón. Como yo estaba sentado entonces frente al hogar, puse mi carta
encima de l a chimenea, detrás del rel oj , dej ando sobresal ir el borde del sobre, para
tenerl o a l a vista. Mi col ega y yo, seguimos habl ando al rededor de una hora más, y
entonces me dij o que l a respuesta había l l egado. Abrí mi sobre, cuyo sel l o estaba
intacto; dentro estaba mi carta, y en mi carta l a respuesta del Adepto, con su
escritura corriente, escrita en una hoj a de un papel verde especial que –tengo todas
l as razones para creerl o– no existía en l a casa. Nos encontrábamos en Nueva York;
el Adepto en Asia. Pretendo que este fenómeno no puede ser tachado de fraude, y
que por l o tanto, su val or es considerabl e. No hay más que una expl icación posibl e,
bien defectuosa por cierto, aparte de l o que considero ser l a verdadera teoría. Es
Suponer a H. P. B. dotada de un poder hipnótico extraordinario, que hubiese podido

67
Voz árabe, significa anciano, pero se usa en el sentido de jefe u hombre investido de autoridad. (N. del T.)

215
paral izar instantáneamente todas mis facul tades en forma de impedirme ver que se
l evantaba, sacaba mi carta de detrás del rel oj , abría el sobre con vapor de agua, l eía
mi carta, l a contestaba desfigurando l a l etra, vol vía a poner todo en el sobre, que
vol vía a sel l ar y a col ocar en l a chimenea, y me devol vía el uso de mis sentidos sin
que mi memoria conservase ni trazas del experimento. Pero yo tenía, y tengo aún, un
recuerdo muy cl aro de haber habl ado durante una hora, de haberl a visto andar de
aquí para al l á y hacer y fumar numerosos cigarril l os, mientras yo cargaba, fumaba y
vol vía a cargar mi pipa. En fin, recuerdo haber estado con el ánimo de toda persona
despierta que está acechando un fenómeno psíquico que va a efectuarse. Si se da
al gún val or a cuarenta años de famil iaridad con todos l os fenómenos de Hipnotismo
y Magnetismo y con sus l eyes, puedo positivamente decl arar que estaba en pl ena
conciencia de vigil ia y que he descrito con exactitud l os hechos. Tal vez dos veces
cuarenta años de experiencia en el pl ano físico de mâya, no serían suficientes para
hacer concebir todas l as posibil idades de l a ciencia hipnótica oriental . Tal vez yo no
soy más capaz que el primer ignorante que se presente, de saber l o que en real idad
sucedió entre el momento en que escribí mi carta y aquel en que recibí l a respuesta.
Es muy posibl e. Pero en ese caso, ¿qué val or infinitesimal puede atribuirse a l as
severas acusaciones de l os críticos hostil es a H. P. B. , que l a trataron de
prestidigitadora sin escrúpul os, si no poseen ni siquiera l a cuarta parte de mis
conocimientos de l as l eyes que rigen a l os fenómenos psíquicos? En el Spiritualist de
Londres, del 28 de enero de 1876, he contado este incidente al mismo tiempo que
otros de l a misma cl ase, y ruego al l ector que para más detal l es l ea ese artícul o.
Yo no sé que haya una cl ase de fenómenos que puedan cl asificarse de hirsutos,
pero si l os hay, el siguiente incidente puede ser cl asificado con el l os, así como el
súbito crecimiento de l os cabel l os de H. P. B. , que ya conté en uno de l os primeros
capítul os. Después de haberme afeitado l a barba durante muchos años, me l a dej é
crecer por consej o de mi médico, para evitar frecuentes enfriamientos de garganta, y
en el tiempo de que estoy habl ando, mi barba tenía como unas cuatro pul gadas de
l argo. Una mañana, arregl ándome después del baño, descubrí un paquete de pel os
l argos debaj o de l a barbil l a, j unto a l a garganta. No sabiendo qué pensar de eso,
desenvol ví muy cuidadosamente todo ese enredo, l o que me ocupó bien una hora de
paciencia, y descubrí, con gran sorpresa, que tenía un mechón de barba ¡de catorce
pul gadas, que me l l egaba hasta el hueco del estómago! Ni en mis recuerdos ni en mis

216
l ecturas había nada que me ayudase a comprender el cómo y el porqué de ese hecho,
pero el fenómeno estaba ahí, pal pabl e y permanente. Cuando mostré el mechón a
H. P. B. , me di j o que era obra de nuestro gurú durante mi sueño, y me aconsej ó que
l a conservase para usarl a como un depósi to de su aura bi enhechora. La enseñé a
muchos ami gos, que no hal l aron mej or expl i caci ón que darme, pero todos
estuvi eron acordes en deci rme que no l a cortara. De suerte que yo l a metí a dentro
del cuel l o para ocul tarl a, y esto duró años, hasta que el resto de l a barba creci ó otro
tanto. Esto expl i ca porqué con frecuenci a se me l l amaba “Barba de Rishi”
68
yporqué
nunca cedí a mi constante tentaci ón de cortar ese adorno natural para reduci rl o a
proporci ones más portáti l es y menos i mpresi onantes. Sea cual fuere el nombre que
se l e dé a este fenómeno, no fue una mâya, si no al go real y tangi bl e.
Como l o demuestra l o que precede, H. P. B. era parti cul armente experta para l as
“preci pi taci ones”. Este era tambi én el caso de M. A. Oxon. Una noche, en 1875, en
casa del presi dente de l a secci ón de fotografí a del Ameri can Insti tute, el señor E. J .
Newton, ví a un medi um parti cul ar, l l amado Cozi ne, que producí a fenómenos de
escri tura sobre pi zarra, bastante más notabl es que l os del doctor Sl ade. Las
comuni caci ones se producí an en azul y en roj o muy vi vos; no se serví a de ni ngún
l ápi z para el experi mento, y yo mi smo sostení a un extremo de l a pi zarra. Cuando
conté esto a H. P. B. , di j o: “Me parece que yo podrí a hacer otro tanto; en todo caso,
qui ero ensayarl o”. Sal í , compré una pi zarra y se l a traj e. La l l evó, si n l ápi z, a un
pequeño gabi nete oscuro y se echó sobre el sofá. Sal í del gabi nete, cerré l a puerta y
esperé fuera. Al cabo de unos i nstantes, H. P. B. reapareci ó, sudorosa, con aspecto de
estar muy fati gada y trayendo l a pi zarra en l a mano. “¡Chri sti , me ha dado trabaj o,
pero está hecho, mi re!”, excl amó. La pi zarra estaba escri ta con l ápi ces roj o y azul
con una l etra di ferente de l a suya. M. A. Oxon me escri bi ó contándome una
experi enci a semej ante, que él hi zo, pero en su caso no era más que el medi um
pasi vo de Imperator, l o que es muy di ferente. A peti ci ón suya, Imperator escri bi ó
mensaj es en l a cartera que estaba en su bol si l l o, con ti ntas de di ferentes col ores.
Imperator si gue si endo l o desconoci do de l a vi da psí qui ca de Oxon; tal vez fuese el
cuerpo etéreo de mi ami go, qui en preci pi tó esos textos col oreados para apaci guar el
rui doso escepti ci smo de su conci enci a fí si ca, y en ese caso su fenómeno tendrí a un
ci erto parentesco con el de H. P. B.

68
Rishi: en sánskrito, revelador, santo, iluminado, el Adepto. (N. del T.)

217
En otra parte he habl ado de una i magen preci pi tada sobre raso por H. P. B. , para
enseñarme a qué grado habí a l l egado Oxon, en su esfuerzo para al canzar el poder de
proyectar su dobl e, concentrando l a vol untad. Voy a contarl o con sus detal l es. Una
noche de otoño, en 1876, trabaj ábamos como de costumbre en Isis, cada uno a un
l ado de l a mesa y nos pusi mos a di scuti r l os pri nci pi os que ri gen l a proyecci ón
vol untari a del dobl e. Por no haber estudi ado esas cosas en su j uventud, el l a no
entendí a nada de l as expl i caci ones ci entí fi cas y me costaba trabaj o entender su
pensami ento. Su temperamento vi ol ento no dej aba en esos casos de tratarme de
i di ota, y esa vez no me ahorraba su opi ni ón respecto a mi comprensi ón di fí ci l .
Termi nó por donde debi ó comenzar, ofreci endo demostrarme con una fi gura, el
estado de l a evol uci ón de Oxon, y en segui da puso manos a l a obra. Se l evantó,
abri ó un caj ón del que sacó un pequeño rol l o de raso bl anco, que quedaba, creo, de
una pi eza que l e habí an regal ado en Fi l adel fi a, y extendi éndol o ante mí sobre l a
mesa, cortó un trozo de l a di mensi ón deseada, después de l o cual , col ocó el rol l o en
su si ti o y se sentó. Puso el trozo de raso boca abaj o sobre l a mesa, l o cubri ó casi por
compl eto con una hoj a nueva de papel secante, y apoyó sus codos enci ma mi entras
hací a un ci garri l l o. Me pi di ó que l e traj ese un vaso de agua. Yo asentí , pero empecé
por hacerl e una pregunta, que traj o una respuesta, y empl eó al gún ti empo.
Mi entras, yo no l e qui taba oj o al borde del raso que sobrepasaba del papel secante y
estaba bi en resuel to a no perderl o de vi sta. Vi endo que no me moví a, me preguntó
si no querí a i r a buscarl e el vaso de agua. Le respondí : ¡”Oh!, cl aro que sí ”! “Bi en,
entonces, ¿qué espera”? “Espero tan sól o a ver l o que va V. a hacer con ese raso”.
Vi endo que no querí a dej arl a sol a con l a tel a, me di ri gi ó una mi rada furi osa, y
gol peando con el puño el papel secante, excl amó: ¡”Lo qui ero ahora, al i nstante”! Y
l evantando el papel , vol vi ó l a tel a y me l a arroj ó. Imagi nad mi sorpresa si podéi s: en
el l ado sati nado de l a tel a, vi una i magen en col ores y del más extraordi nari o
carácter. Era un excel ente retrato de l a cabeza de Stai nton Moses, tal como
entonces era, casi una reproducci ón de su fotografí a que estaba col gada en l a pared,
enci ma de l a chi menea. Del vérti ce de l a cabeza sal í an como unos dardos de l l ama
dorada; en el si ti o del corazón y del pl exo sol ar, se veí an focos de cal or roj o y oro,
como sal i endo de pequeños cráteres. La cabeza y el tórax estaban envuel tos en
nubes de aura, de un azul puro, sembradas de puntos de oro. En l a parte baj a de l a
i magen, donde deberí a encontrarse el cuerpo, se veí a cubi erto de nubes semej antes,
pero de un vapor roj i zo y gri sáceo, es deci r, de un aura menos buena que l a de l a

218
parte superi or .
Como l os procedi mi entos de fotograbado no son capaces aún de reproduci r l os
col ores, el grabado no da más que una débi l i dea de l a i magen sobre el raso.
Yo no sabí a todaví a nada de l os sei s chakras o centros de evol uci ón psí qui ca del
cuerpo humano, de l os que se habl a en l os Yoga Shastra y que conocen bi en todos
aquel l os que han estudi ado a Patanj al i . Entonces no comprendí a l a si gni fi caci ón de
l os dos vérti ces l l ameantes sobre l as regi ones cardi aca y umbi l i cal . Pero todo l o que
después he aprendi do, aumenta en mucho para mí el val or de esa i magen; que
prueba que el ocul ti sta prácti co que l a produj o sabía evidentemente que para
separar el astral del cuerpo físico, hay que concentrar l a vol untad sucesivamente
sobre cada centro nervioso, y que l a separación debe ser compl eta en un punto,
antes de obrar sobre el siguiente. Considero que esta imagen de Stainton Moses era
más bien intel ectual que espiritual , puesto que su cabeza estaba ya compl etamente
formada y pronta para l as proyección, mientras que el resto de su cuerpo astral
estaba aún en un estado de agitación nebul osa y no había adquirido todavía l a rupa
o forma. Las nubes azul es indican una cual idad pura, pero no l a más l uminosa del
aura humana, que se l l ama bril l ante o radiante, un nimbo pl ateado. Los puntos
dorados que se ven fl otar en el azul , son l as chispas del Espíritu, esa “chispa pl ateada
del cerebro” que Bul wer describe tan bien en su A Strange Story; mientras que l os
vapores grisáceos y roj izos de l as partes inferiores son l as auras de nuestras
cual idades animal es y corporal es. El gris se hace cada vez más sombrío a medida que
l a; animal idad preval ece en un hombre, sobre sus cual idades intel ectual es, moral es y
espiritual es, de modo que l os cl arividentes dicen que l os enteramente depravados
son negros como l a tinta. Descríbese el aura de l os Adeptos como una fusión de
pl ata y oro, como al gunos de mis l ectores l o saben seguramente por experiencia, y
como l os poetas y pintores de todos l os tiempos han representado siempre a su más
el evado ideal espiritual . Esta Tejas, o l uz del al ma, l uce en el rostro de l os místicos
con un bril l o que no podría ol vidarse ni confundirse, cuando se l e ha visto una vez.
Es l a “faz bril l ante” de l os ángel es de l a Biblia, l a “gl oria del Señor”, l a l uz que
irradiaba del rostro de Moisés cuando descendía de l a montaña, con bril l o tal , que
l os hombres no podían mirado cara a cara, una radiación que transforma hasta l as
ropas en “vestiduras bril l antes”. Los hebreos l l aman a esto shekinah, y he oído una
vez esta expresión, en boca de j udíos de Bagdad, apl icada al aspecto del rostro de un

219
visitador de gran espiritual idad. Del mismo modo, otras varias naciones se sirven en
el mismo sentido, de l a pal abra radiante; l os espíritus y hombres puros, irradian l a
l uz bl anca, y l os viciosos Y l os mal os, están vel ados de oscuridad.
Otro retrato precipitado por H. P. B. , no presenta aura; me refiero al de un yogui
indo descrito por el señor Sinnett en El Mundo Oculto y en l os Incidentes de la vida de
la señora Blavatsky. Los documentos que l e conciernen, fueron primeramente
publ icados en el Spiritualist, poco después del hecho. He aquí cómo sucedieron l as
cosas. Un día, al vol ver a l a Lamasería, pasé por el Lotos-Cl ub para l l evarme a casa
papel de cartas y sobres del casino, para usarl os cuando l os necesitase. Cuando
l l egué a l a casa era tarde y H. P. B. estaba ya en l a mesa con el señor Judge y l a
doctora Marquette. Puse el paquete de papel encima de mi pupitre en el despacho,
que entre paréntesis, estaba separado del comedor por un muro macizo, me mudé
rápidamente y fui a cenar. Al final de l a comida, l a conversación recayó sobre l as
precipitaciones y Judge pidió a H. P. B. que nos hiciese un retrato. Al ir al despacho,
el l a preguntó qué retrato deseaba, y él el igió a ese yogui que conocíamos de nombre y
sabíamos que era tenido en gran respeto por l os Maestros. H. P. B. tomó del
escritorio una hoj a de papel con el monograma de mi casino, l o cortó en dos,
conservó l a mitad que no tenía l etras y l a col ocó sobre su papel secante. Enseguida
raspó encima como un gramo en peso, de l a mina de un l ápiz Faber, y frotó l a
superficie en redondo, con l a pal ma de su mano derecha, y nos presentó el resul tado.
El retrato sol icitado se veía sobre el papel y todo fenómeno aparte, es una obra de
arte poderosa y genial . Le Cl ear, conocido pintor americano de retratos, l o ha
decl arado único, enteramente “individual ” en el sentido técnico de l a pal abra, y tal
como ningún artista vivo que él conociese, hubiera sido capaz de producir. El yogui
está representado en samâdhi
69
, con l a cabeza al go vuel ta a un l ado, l a mirada
profundamente interior y desprendida de l as cosas externas; parece que el cuerpo
hubiese sido dej ado sól o. La barba y l os cabel l os son de una l ongitud moderada, y
estos úl timos están dibuj ados tan hábil mente que parece que el aire pasase a través
de l os mechones l evantados, efecto que se consigue a veces en l as buenas fotografías,
pero que es difícil de obtener con el l ápiz. Es dificul toso determinar, al verl o, el
procedimiento empl eado; puede decirse que es un dibuj o hecho al l ápiz negro sin
difumino, o a l a pl ambagina. Pero en l a superficie del papel no hay pol vo ni refl ej o

69
Estado de prof undo éxtasi s contempl ati vo. (N. del T. )

220
que l o indique, ni tampoco trazas de l a punta. Si se pone el papel horizontal para
observarl o en dirección de l a l uz, podría imaginarse que el pigmento está baj o l as
fibras. Este dibuj o incomparabl e sufrió en l a India un cruel ul traj e. Uno de nuestros
miembros indos, demasiado curioso, que l o l l evó prestado como favor especial “para
enseñársel o a su madre”, tuvo l a ocurrencia de frotado con una goma ¡para ver si el
col or estaba en l a superficie o debaj o! Con este bárbaro experimento desapareció
una parte de l a barba y mi amargo sentimiento no disminuyó en nada por l a
certidumbre de que el desastre no fue ocasionado por mal dad, sino por una
ignorancia y curiosidad infantil es.
H. P. B. l l amaba siempre a ese yogui “Tiraval a”, pero me imagino, desde que habito
en l a presidencia de Madras, que quería decir Tiruval l uvar, y que ese retrato, que
puede verse ahora entre l as pinturas de l a bibl ioteca de Adyar, es el del venerado
fil ósofo del antiguo Myl apore, el amigo y maestro de l os pobres parias. No me
atrevo a afirmar nada en l o tocante a su existencia física actual , pero siempre deduj e
de l o que decía H. P. B. , que vivía en cuerpo físico. Esto no parecerá nada verosímil
fuera de l a India, puesto que escribió su inmortal Kural hace unos mil años. En l a
India meri di onal se l e consi dera como uno de l os Siddhas
70
y se di ce que aún vi ve,
así como l os otros di ez y si ete, en l as montañas Ti rupati y Ni l gi ri , vel ando por l a
rel i gi ón i ndoí sta y protegi éndol a. Estas grandes al mas i nvi si bl es i mpul san y
al i entan por el poder de su vol untad a l os que l a aman y propagan así como a todos
l os ami gos de l a Humani dad. ¡Que su bendi ci ón sea con nosotros!
Noto que no hay aura o respl andor espi ri tual , al rededor de l a cabeza del yogui, a
pesar de que H. P. B. confi rmó l a reputaci ón de el evada espi ri tual i dad y de santi dad
que l e atri buyen sus admi radores i ndos.
Esto sucede tambi én con el pri mer retrato de mi Gurú, hecho en Nueva York con
l ápi ces negro y bl anco, por el señor Harri sse; no ti ene aura. De este yo puedo
certi fi car el pareci do, así como otras personas que han teni do l a di cha de verl e. Así
como l os retratos al ól eo de Schmi echen, hechos en Londres en 1884, el pri mero es
un ej empl o de transmi si ón del pensami ento. No creo haber publ i cado todaví a su
hi stori a, pero en todo caso está en su l ugar entre estos recuerdos hi stóri cos.
Si empre se desea poseer el retrato de un corresponsal l ej ano con el cual se
manti enen rel aci ones i mportantes y con mayor razón el de un Maestro espi ri tual ,

70
Sa nt os de c ondi c i ón c a s i di v i na . ( N. de l T. )

221
graci as al cual uno ha reempl azado i deas vul gares por un nobl e i deal . Yo deseaba
ardi entemente tener, por l o menos, l a i magen de mi venerado Maestro ya que no
podí a verl o a él mi smo; durante mucho ti empo pedí a H. P. B. que me l a procurase y
me habí a prometi do hacerl o en l a pri mera ocasi ón favorabl e. Esta vez, mi col ega no
tuvo el permi so de preci pi tarl a para mí , pero recurri ó a un método más senci l l o y
bi en sugesti vo: l a hi zo di buj ar por al gui en que no era ocul ti sta ni medi um. El señor
Harri sse, nuestro ami go francés, era al go arti sta, y una noche que l a conversaci ón
habí a gi rado sobre l a Indi a y el val or de l os radjpouts
71
, H. P. B. me di j o por l o baj o
que tratarí a de hacerl o di buj ar el retrato de nuestro Maestro si yo l e proporci onaba
l os obj etos necesari os. No l os habí a en l a casa, pero sal í a comprar papel y l ápi ces
en una papel erí a muy cercana. El comerci ante hi zo el paquete, me l o al canzó por
enci ma de l a caj a, reci bi ó la moneda de medi o dólar que yo l a daba y yo me fui .
Cuando l l egué a l a casa, deshi ce el paquete, y de él cayó al suel o medi o dól ar, pero
en dos monedas de un cuarto de dólar. Como se ve, el Maestro querí a darme su
retrato si n que me costase nada. H. P. B. pi di ó entonces a Harri sse que di buj ase a su
gusto una cabeza de j efe i ndo. El contestó que no veí a eso en su i magi naci ón y que
nos harí a otra cosa. Mas, cedi endo a mi i nsi stenci a, comenzó a di buj ar una cabeza
de i ndo. H. P. B. me hi zo señas para que me mantuvi ese tranqui l o al otro extremo de
l a sal a y el l a fue a sentarse cerca del arti sta, fumando tranqui l amente. De ti empo en
ti empo, se acercaba suavemente hasta detrás de él , como para observar sus
progresos, pero no di j o ni una pal abra hasta que estuvo concl ui do, como una hora
después. Reci bí el retrato con agradeci mi ento; lo hi ce poner en un cuadro y l o
col gué en mi pequeña al coba. Pero sucedi ó al go raro. Después de haber echado una
úl ti ma mi rada al retrato, que aún estaba ante el arti sta, y mi entras H. P. B. l o
tomaba en su mano para al canzármel o, apareci ó sobre el papel l a fi rma
cri ptográfi ca de mi Gurú, dándol e en ci erto modo su imprimatur y aumentando en
mucho el val or del regal o.
Pero en este ti empo yo no habí a vi sto aún a mi Gurú y no podí a j uzgar el
pareci do. Más tarde ví que era real , y además, el Maestro me di ó el turbante con
que el afi ci onado l o di buj ó. He ahí un caso auténti co de transmi si ón del
pensami ento: l a transferenci a de l a i magen de una persona ausente, a l a conci enci a
de un extraño. ¿Se produj o esto a través del pensami ento de H. P. B. ? Así l o creo.

71
Tr i bu g ue r r e r a de l N. O. de l I ndos t á n. ( N. de l T. )

222
Pi enso que esto sucedi ó de i dénti co modo que l as transmi si ones de fi guras
geométri cas o de otra cl ase, descri tas en l as anti guas memori as de l a S. P. R. , pero
con l a di ferenci a de que l a memori a mi sma de H. P. B. proporci onó el retrato
ej ecutado por Harri sse y que sus poderes ocul tos desarrol l ados l e permi ti eron
efectuar di rectamente l a transmi si ón si n i ntermedi ari o. Qui ero deci r que no tuvo
necesi dad de ver el retrato, di buj ado ante el l a en un cartón, para hacerl o pasar a
otro espí ri tu. Los dos magní fi cos retratos al ól eo, de este Maestro y de otro, que
actual mente adornan l a bi bl i oteca de Adyar, fueron pi ntados por Schmi echen en
condi ci ones todaví a más i nteresantes, porque el pareci do es tan perfecto y
asombroso que parecen vi vos. Los oj os habl an, y escudri ñan al al ma hasta el fondo;
l a mi rada os si gue a todas partes, y l os l abi os parecen prontos a pronunci ar, según
uno l o merezca, el ogi os o reproches. Eso es más bi en una i nspi raci ón que una
transmi si ón de pensami ento. El arti sta hi zo de el l os dos o tres copi as si n l ograr
i nfundi rl es l a vi da de l os ori gi nal es, por que no han si do ej ecutadas baj o l a
i nspi raci ón di vi na, y l a vol untad de l os Maestros no estaba concentrada en el l as.
Los ori gi nal es son el palladium de nuestro Cuartel General ; l as copi as, como l as
i mágenes refl ej adas en un espej o, ti enen todos l os detal l es de l a forma y el col or,
pero carecen del espí ri tu vi vi fi cador.


223

CAPÍTULO XXIV
“PROYECCIÓN DEL DOBLE”

Todas l as teorías y todas l as especul aciones rel acionadas con l a dobl e natural eza
del hombre, es decir, de que posee un cuerpo astral o fantasma, así como un cuerpo
físico, no nos conducen nunca sino al punto en que se piden pruebas antes de
dej arse conducir más l ej os. El espíritu material ista considera ese hecho, que
sobrepasa a l a experiencia corriente, tan increíbl e, que está más dispuesto a
despreocuparse de él como una fantasía, que a aceptado como una hipótesis
discutibl e. Así es como l o han tratado l os hombres de una mediana ciencia, y si un
investigador más osado se arriesga a procl amar su convicción, compromete ese
carácter de fría prudencia que es considerado (muy equivocadamente por cierto) el
signo distintivo del verdadero autor de descubrimientos científicos. Sin embargo, se
han publ icado varios l ibros precisos y sugestivos col mo L’Humanité posthume de
d’ Assier, y especial mente Phantasms of the Livings, de l os señores Gurney, Myers y
Podmore, que presentan una acumul ación de observaciones imposibl es de negar,
aunque difícil es de creer. Parece que el asunto estuviese fij ado ya por esos mil l ares
de fenómenos debidamente registrados, y ya sería tiempo de que se rehusase aceptar
l a autoridad del metafísico que fingiese ignorados.
No obstante, si l a razón puede ser convencida con tantos ej empl os, no puede
conocerse l a existencia real del cuerpo astral y l a posibil idad de separado de l a
envol tura física durante l a vida más que de dos maneras: o ver el cuerpo astral de
otra persona, o bien proyectar el propio, de modo que pueda uno ver su cuerpo
físico ab extra. Una de esas dos experiencias autoriza a decir: yo sé. Si se tienen l as
dos, l a certeza se hace absol uta e inquebrantabl e. Yo he tenido esas dos experiencias,
y hago constar mi testimonio para enseñanza de mis col egas. Sól o mencionaré de
paso l os siguientes sucesos: Encuentro del cuerpo astral de H. P. B. en una cal l e de
Nueva York mientras su cuerpo físico se hal l aba en Fil adel fia; también el de un
amigo que entonces estaba a varios centenares de mil l as de al l í, en uno de l os
Estados del Sud; el de cierto Adepto, entonces en Asia, que se me presentó en un
tren y a bordo de un barco norteamericano. La recepción en Jummo de un tel egrama
de H. P. B. , enviado desde Madras, que me fue entregado por el Adepto baj o l a forma
de un tel egrafista del Kashmyr, forma asumida para el caso y que se disipó en pl ena

224
l uz de l a l una cuando avancé hacia l a puerta para mirarl o. Otro encuentro en el
puente de Worl i, en Bombay, donde uno de esos hombres maj estuosos me sal udó
cuando pasábamos en un coche H. P. B. , Damodar y yo, respirando l a brisa del mar y
admirando l os rel ámpagos de cal or; l e vimos avanzar hacia nosotros, acercarse hasta
el coche, tocar en el hombro a H. P. B. , al ej arse unos cincuenta metros y desaparecer
de pronto en medio de l a cal zada, a l a l uz de l os rel ámpagos, y sin que hubiese por
al l í árbol es ni arbustos, ni medio al guno de ocul tarse.
Pasando sobre esas experiencias y otras semej antes, l l ego a l a que más infl uencia
tuvo sobre el resto de mi existencia. Esto ya ha sido contado, pero l a historia debe
incl uirse aquí, porque fue l a causa principal que me decidió a dej ar el mundo y
establ ecerme en l a India. Por l o tanto, es uno de l os principal es factores del
desarrol l o de l a Sociedad Teosófica. No quiero decir con esto que sin el l a yo no
hubiese venido a l a India, porque mi corazón se sentía tan fuertemente atraído por
el l a desde que supe l o que l a India fue para el mundo y l o que podría vol ver a ser,
que un intenso deseo me impul saba hacia el país de l os Rishis y de l os Buddhas
72
, l a
tierra sagrada entre todos; pero no veía bien cl aro el medio de cortar l os l azos que
me unían a América y hubiese podido creerme obl igado a dej ar mi visita para ese
más tarde que se escapa con frecuencia al que vacil a y espera l os acontecimientos. En
todo caso, l a experiencia de que se trata decidió de mi suerte.
En un instante, todas mis dudas se disiparon, l a penetración de una vol untad
decidida me mostró l os caminos y medios, y antes del al ba de esa noche sin sueño, ya
había comenzado a preparar mis pl anes para conseguirl o. He aquí el suceso:
Había concl uido nuestro trabaj o de cada noche en l a composición de Isis; dí l as
buenas noches a H. P. B. y entré a mi habitación, cerré l a puerta como de costumbre,
me senté, me puse a fumar y pronto me encontré absorto en el l ibro que l eía –si no
me equivoco, era Travels in Yucatan, de Stephen– en todo caso, no era nada de
historias de aparecidos, ni nada que pudiese en l o más mínimo estimul ar mi
imaginación y prepararl a para ver espectros. Mi sil l a y l a mesa se encontraban a l a
izquierda de l a puerta, mi cama de campaña a l a derecha, l a ventana enfrente a l a
puerta y un mechero de gas fij ado en l a pared, sobre l a mesa. He aquí un pl ano que
dará exacta idea de l a distribución de l a Lamasería, aunque no está hecho a escal a.
Expl i caci ón: A, nuestro despacho y al mi smo ti empo úni co sal ón de recepci ón;

72
Seres que, como Gautama, han reci bi do l a i l umi naci ón de grado tan el evado como es l a de l a 8
a

Gran Ini ci aci ón de l a Gran Logi a Bl anca. (N. del T. )

225
B, al coba de H. P. B. ; C, mi dormi tori o; D, una pequeña habi taci ón oscura; E,
pasi l l o; H, cuarto de baño; I, guardarropa; J , puerta de l a casa, que daba a l a
escal era y estaba si empre cerrada con pesti l l o, y de noche con l l ave. En mi
habi taci ón: a, l a si l l a en que estaba yo sentado l eyendo; b, l a mesa; c, l a si l l a en que
se sentó mi vi si tador durante l a entrevi sta; d, mi cama de campaña. En el sal ón: e,
rel oj de cuco; f, repi sa contra l a que me dí un gol pe. En B, g es l a cama de H. P. B.

Se ve que l a puerta de mi cuarto quedaba a mi derecha cuando estaba sentado y

226
que por fuerza hubi era vi sto si se abrí a; tanto más cuanto debí a estar cerrada con
l l ave, si no me engaño. No hay que asombrarse de verme tan poco seguro de eso, si
se ti ene en cuenta el estado de exci taci ón mental en que me sumi eron tal es
aconteci mi entos, bastante sorprendentes para hacerme ol vi dar detal l es, que en
otras ci rcunstanci as mi memori a hubi era probabl emente conservado.
Leí a tranqui l amente; ocupado úni camente de mi l i bro. Nada de l o sucedi do esa
noche me habí a preparado para ver un Adepto en su cuerpo astral ; yo no l o habí a
deseado, ni tratado de evocarl o en mi i magi naci ón, y muchí si mo menos l o esperaba.
De pronto, mi entras yo l eí a, al go vuel to haci a el l ado contrari o de l a puerta, al go
bl anco apareci ó en el ángul o de mi oj o derecho; vol ví l a cabeza y de asombro dej é
caer mi l i bro. Por enci ma de mi cabeza, domi nándome con su al ta estatura, ví a un
ori ental vesti do de bl anco, que l l evaba un turbante rayado de col or ámbar y
bordado a mano en seda si n torcer amari l l a. Largos cabel l os muy negros caí an sobre
sus hombros; su barba negra, separada verti cal mente en dos sobre l a barbi l l a, a l a
moda radj pout , tení a l os extremos retorci dos y echados para atrás por enci ma de
l as orej as. Sus oj os bri l l aban con un fuego i nteri or, y eran a l a vez penetrantes y
benévol os, eran l os oj os de un mentor y de un j uez, dul ci fi cados por el amor de un
padre qué observa con atenci ón a su hi j o cuando necesi ta di recci ón y consej os. Era
una fi gura tan i mponente, con tal maj estad y fuerza moral i mpresas, radi ando tanta
espi ri tual i dad, y tan evi dentemente superi or a l a humani dad ordi nari a, que me
sentí i nti mi dado y dobl é l a rodi l l a baj ando l a cabeza como se hace ante un di os o
un personaj e di vi no. Sentí que una mano l i gera se posaba en mi cabeza y una voz
dul ce pero fuerte me di j o que me sentase, y cuando l evanté l os oj os, l a apari ci ón
estaba sentada en l a si l l a al otro l ado de l a mesa. Me di j o que habí a l l egado el
momento preci so en que yo tení a necesi dad de él ; que mi s propi os actos me habí an
conduci do a ese punto; que no dependerí a más que de mí el vol verl o a ver a
menudo en esta vi da si yo trabaj aba con él por el bi en de l a Humani dad. Que habí a
que emprender una gran obra y que yo tení a derecho, si l o deseaba, a cooperar en
el l a; que un l azo mi steri oso que aún no podí a serme expl i cado nos habí a reuni do a
mi col ega y a mí , l azo que no podí a ser cortado, aunque a veces fuese al go ti rante.
Me di j o de H. P. B. cosas que no debo repeti r, y sobre mí otras que no atañen a
nadi e.
No podrí a deci r cuánto ti empo estuvo, tal vez medi a hora, tal vez una hora, pero
yo tení a tan poca conci enci a de l a fuga del ti empo, que me pareci ó que fue un

227
mi nuto. Por fi n, se l evantó y me sorprendí de su gran estatura, observando el bri l l o
de su rostro, pero no era una radi aci ón exteri or, si no el respl andor suave, podrí a
deci rse, de una l uz i nteri or, l a del espí ri tu. De pronto pensé: “Bi en, ¿pero, si fuese
una al uci naci ón? ¿Si H. P. B. me ha sugeri do esta vi si ón? Yo qui si era tener una
prueba tangi bl e de su presenci a real aquí , al go que me pueda tocar después que se
vaya”. El Maestro sonri ó dul cemente como si l eyera mi pensami ento, desenrol l ó el
fehta de su cabeza, me sal udó graci osamente como despi di éndose y desapareci ó. Su
si l l a estaba vací a; quedé sol o con mi emoci ón.
Si n embargo, el turbante bordado quedaba sobre l a mesa como una prueba
tangi bl e y duradera, de que yo no habí a si do hi pnoti zado o burl ado psí qui camente,
si no de que habí a reci bi do l a vi si ta de uno de l os Hermanos mayores de l a
Humani dad, uno de l os Maestros de nuestra raza oscura. Mi pri mer movi mi ento
fue correr a gol pear l a puerta de H. P. B. para contarl e mi aventura y l a ví tan fel i z
de oí rme, como yo de habl ar. Vol ví a mi pi eza para refl exi onar y el al ba gri s me
hal l ó todaví a en di sposi ci ón de pensar y de tomar resol uci ones.
De estas refl exi ones y determi naci ones han sal i do mi acti vi dad teosófi ca y esa
fi del i dad a l os Maestros i nspi radores de nuestro movi mi ento, que l os gol pes más
rudos y l as desi l usi ones más cruel es no pudi eron conmover j amás. He teni do
después el favor de vari os encuentros con ese Maestro y con otros, pero no tengo
necesi dad de repeti r rel atos de experi enci as, de l as que l a que acabo de narrar es un
ej empl o sufi ci ente. Si otros menos pri vi l egi ados pueden dudar, yo sé.
La i dea que tengo del respeto a l a verdad, me obl i ga a recordar, aquí un
aconteci mi ento capaz de arroj ar una duda sobre el val or de mi testi moni o a favor
del i nci dente contado más arri ba. En 1884, en Londres, fui i nterrogado como
testi go por una comi si ón especi al de l a Soci edad de Investi gaci ones Psí qui cas y
conté esta hi stori a, así como otras vari as. Uno de l os mi embros de l a comi si ón me
preguntó: ¿cómo podí a yo estar seguro de que l a señora Bl avatsky no habí a
uti l i zado un gran i ndo para representar esta comedi a, y de que mi i magi naci ón no
habí a añadi do al gunos de l os detal l es mi steri osos? Esas cruel es sospechas contra
H. P. B. , y l a i dea que me hi ce de su poco honorabl e deseo de cubri r con apari enci as
de prudenci a el temor que tení an de reconocer hechos espi ri tual es pal pabl es, me
l l enaron de una repugnanci a tan grande, que contesté bruscamente, entre otras
cosas, que nunca en mi vi da antes de esa ocasi ón habí a vi sto un i ndo, ol vi dándome
por compl eto de que en 1870 atravesé el Atl ánti co con dos i ndostanos, de l os

228
cual es uno de el l os, Mool j ee Thackersey, se hi zo más tarde, en Bombay, í nti mo
ami go nuestro. Caso bi en evi dente de amnesi a, porque yo no tení a ni sombra de
i ntenci ón de ocul tar una cosa tan i ndi ferente, ni ni ngún i nterés en hacerl o. La
i mpresi ón produci da en mi espí ri tu por el encuentro de 1870, catorce años antes de
comparecer ante l a S. P. R. , era bastante débi l para desaparecer en un momento de
cól era, y el val or de mi testi moni o se debi l i ta en otro tanto. Para un hombre que
habí a vi sto tantas cosas y a tantas personas, el encuentro de esos i ndos, ci nco años
antes de haber conoci do a H. P. B. , y por medi o de el l a a l a Indi a verdadera, no tení a
gran i mportanci a. Sí , es un momento de amnesi a, pero una fal ta de memori a no es
una menti ra, y mi hi stori a es verdadera aunque ci ertas personas puedan no creerl a.
Debo de hacer constar aquí que al gunos capí tul os l os he compuesto en vi aj e, l ej os
de mi s l i bros y de mi s papel es, y sobre todo como muchos pasaj es están escri tos sól o
de memori a después de l argos i nterval os de ti empo, pi do i ndul genci a al l ector por
l os errores que hubi era podi do cometer por i nadvertenci a. Hago todo l o posi bl e
para ser exacto, y en todo caso, soy si empre si ncero.
Ahora, vengamos a mi s experi enci as personal es de proyecci ón del “dobl e”. A
propósi to de esto, una pal abra de advertenci a a l os que no están muy adel antados
en psi col ogí a prácti ca. El poder de separar el cuerpo astral del cuerpo fí si co, no es
una prueba segura de un desarrollo espiritual adelantado. General mente se cree eso
cuando uno se enreda un poco en el Ocul ti smo, pero si n razón. Una pri mera
prueba, que bastarí a por sí sol a, es que l a separaci ón del cuerpo astral se produce
con frecuenci a en hombres y muj eres que no saben nada o muy poco de l as l eyes
ocul tas, que no han ensayado ni ngún si stema de Yoga, que no hi ci eron a propósi to
ese desdobl ami ento y que se muestran muy asustadas o avergonzadas y mol estas
cuando se l es prueba que lo han hecho, y en fi n, que no son en modo al guno
superi ores al térmi no medi o como pureza de vi da y de pensami entos, espi ri tual i dad
de i deal es o “dones del Espí ri tu Santo”, como di cen l as Escri turas, si no que son
todo lo contrari o. Además, l os anal es de l a Magi a negra están l l enos de ej empl os de
proyecci ón, vi si bl es o i nvi si bl es (sal vo por cl ari vi denci a) del “dobl e”, efectuados
por gentes mal vadas con un fi n de mal i ci a, de bi l ocaci ón, de obsesar a ví cti mas
detestadas, de mascaradas l i cantrópi cas y otras “hechi cerí as mal di tas”. Tambi én, l os
tres o cuatro mi l casos de proyecci ón del “dobl e” efectuados por toda cl ase de
personas, de l as cual es al gunas no val en gran cosa y otras nada, que han si do
cui dadosamente cri bados por l a S. P. R. , y otros más numerosos aún que no han si do

229
recogi dos en su granero bl i ndado.
Todo esto reuni do, prueba l a j usti ci a de mi advertenci a: que no se debe
consi derar al si mpl e hecho, l l evado a cabo por al gui en, de poder vi aj ar –consci ente
o i nconsci entemente, eso no i mporta–, en su cuerpo astral , como más sabi o o más
adel antado espi ri tual mente; o más cal i fi cado para servi r de i nstructor que otro que
no ti ene l a mi sma facul tad. Esto es senci l l amente un i ndi ci o de que el cuerpo astral
del suj eto está más o menos suel to en su estuche –sea natural o arti fi ci al mente– l o
que l e permi te i rse y vol ver con faci l i dad cuando el cuerpo fí si co duerme con sueño
natural o hi pnóti co, y por consi gui ente, es dej ado a un l ado. El l ector podrá
recordar respecto a este tema, el retrato en raso de M. A. Oxon, ensayando
experi enci as de esa cl ase para H. P. B. y para mí . Por una cosa o por Otra, no he
teni do nunca ti empo de ensayar el yoga desde que emprendí mi obra prácti ca en el
movi mi ento teosófi co. Nunca me ocupé de saber si podrí a adqui ri r o no poderes
psí qui cos, no aspi ré nunca a l a di recci ón de l as conci enci as, ni busqué l a l i beraci ón
en esta vi da. El servi ci o de l a Humani dad me pareci ó si empre el mej or de l os
mi sti ci smos, y el poder de contri bui r aunque sea con poco a l a di fusi ón de l a verdad
y l a di smi nuci ón de l a i gnoranci a, una recompensa sufi ci ente. De manera que nunca
pensé en l os comi enzos, adi estrarme para l l egar a ser vi dente, taumaturgo,
metafí si co o Adepto; en cambi o, tomé por guí a desde hace muchos años l a
i ndi caci ón de un Maestro: que el mejor medio de buscarlos, era la Sociedad Teosófica, un
cami no humi l de tal vez, pero accesi bl e a mi s l i mi tadas facul tades, y por el cual he
andado a gusto, y que tení a su uti l i dad. Por l o tanto, cuando cuento mi s pri meros
vi aj es fuera del cuerpo, no hay que creer que yo me al abo de poseer un desarrol l o
espi ri tual adel antada, ni que qui era darme ai res de psí qui ca notabl e. En real i dad,
creo que fui ayudada en eso coma l a he si do para otras muchas experi enci as
psí qui cas, porque eso formaba parte de l a educaci ón especi al de un hombre que
debí a trabaj ar en l a cl ase de obra que me estaba desti nada.
He aquí una de mi s experi enci as: en 1876, cuando todaví a vi ví amos en l a cal l e 34
Oeste, habí amos concl ui do una noche, el borrador de un capí tul o de Isis Sin Velo, y
al reti rarnos a descansar esa noche, arregl amos l a pi l a de cuarti l l as de ori gi nal en
unas cartones, con l a pri mera pági na arri ba y l a úl ti ma debaj o de todo. H. P. B.
ocupaba un pi so exactamente debaj o del mí o, en el segundo de l a casa, y coma era
natural , cada uno de nosotros cerraba su puerta exteri or con l l ave, por temor a l os
l adrones. Al desvesti rme, pensé que tres pal abras agregadas a l a úl ti ma frase del

230
párrafo fi nal , darí an mucha más fuerza al párrafo entera. Ya tení a mi edo de
ol vi darl as para l a mañana si gui ente, así que tuve l a ocurrenci a de ensayar de baj ar al
despacho en mi cuerpo astral y escri bi r así mi s tres pal abras. Yo no habí a vi aj ado
nunca así consci entemente, pero sabí a cómo hay que hacer para el l o, fi j ar can
fi rmeza l a mente en esa i ntenci ón antes de dormi rse. Esa hi ce; al dí a si gui ente por
l a mañana, cuando baj é a despedi rme de H. P. B. antes de i r a mi ofi ci na, me di j o
el l a: “Bueno, ¿qué di abl o hací a V. aquí anoche, después de haber subi do a
acostarse”? “¿Aquí –l e pregunté– qué qui ere V. deci r”? “Pues que ya estaba en l a
cama y muy tranqui l a, cuando de pronto ví al cuerpo astral de mi Ol cott que sal í a
de l a pared. ¡Tení a V. un ai re bastante ri dí cul o y soñol i ento! Le habl é, pera no me
contestó. Fue V. al despacho, l e oí remover papel es y eso es todo. ¿Qué hací a V.
al l í ”? Entonces l e conté l o que habí a tratada de hacer, fui mos j untos a l a otra
habi taci ón y dando vuel ta al a pi l a entera de cuarti l l as manuscri tas, vi mos en l a
úl ti ma cuarti l l a, al fi nal del párrafo úl ti mo, dos de l as tres pal abras deseadas,
escri tas can mi l etra, y l a tercera empezada, pera si n termi nar; l a fuerza de
concentraci ón se agotó evi dentemente y l a pal abra termi naba en un garabato.
Cómo habí a sosteni do el l ápi z si me habí a servi do de él , o cómo escri bí si n l ápi z, no
l o sé. Tal vez par esa vez se me permi ti ó preci pi tar l a escri tura con l a ayuda de uno
de l os el emental es fami l i ares de H. P. B. , uti l i zando l as mol écul as de l a mi na de
al guno de l os l ápi ces que estaban sobre l a mesa, cerca del manuscri to. Sea coma sea,
esta experi enci a me fue muy úti l .
Ruega al l ector que se fi j e en el hecho de que mi ensayo de escri tura fenoméni ca
se detuvo en el momento en que por fal ta de costumbre, dej é a mi mente que se
di straj era. Preci samente es menester fi j arl a de un modo absol uto en l o que se desea
l l evar acabo; l o mi smo sucede en el pl ano i ntel ectual ordi nari o, pues no se hace
nada bueno si se está di straí do. En el Theosophist de j ul i o de 1888, artí cul o ti tul ado:
“Imágenes preci pi tadas en Nueva York”, expl i qué l a rel aci ón que exi ste entre l a
concentraci ón de l a fuerza-vol untad y l a permanenci a de l os escri tos, i mágenes,
sombras y pruebas si mi l ares del poder creador del espí ri tu. Ci taba, por ej empl o, l os
detal l es muy i nteresantes y sugesti vas sobre l a proyecci ón del dobl e, dadas por
Wi l ki e Col l i ns en su l i bro Les Deux Destinées, l i bro que en su cl ase merece l a
atenci ón de l os ocul ti stas, tanto coma Zanoni, A Strange Story, a La raza Futura.
(Después de publ i car yo ese artí cul o, el señor Col l i ns me escri bi ó di ci endo que
nada l a habí a asombrado más en l a vi da, que saber por mi s i ndi caci ones sobre su

231
l i bro, que por un sencillo ejercicio de imaginación él habí a al parecer, dado con una de
l as l eyes mi steri osas de l a Ci enci a Ocul ta). Ci taba tambi én el retrato de Lui s,
preci pi tado para l a señori ta Li ebert y para mí , que se borró al dí a si gui ente, pero
que H. P. B. hi zo reaparecer a peti ci ón del señor Judge y l o fi j ó esta vez tan bi en,
que ahora todaví a se conserva tan neto y cl aro como entonces, después de bastantes
años. Pera todo l o que se puede l eer y aprender de l os demás, no val e l o que l a más
pequeña experi enci a personal –como una de l as que he descri to– para estar seguro
de l a verdad de esta l ey cósmi ca: que el pensami ento crea l a forma. “El (Brahma)
deseó, di ci endo: –Que yo pueda mul ti pl i car, que yo pueda aumentar–. Soñó
profundamente y después de haber soñado así , emi ti ó todo l o que exi ste.
Habi éndol o emi ti do, entró en el l o” (Taittirya Upanishad, anuvaka VI, val l i 2
º
). Esta
sloka
73
me ha pareci do si empre profundamente i nstructi va; su si gni fi cado se hace
i ncomparabl emente más verdadero, más profundo y más sugesti vo, cuando uno
mi smo ha creado uno forma después de haber meditado, que cuando no se ha hecho
más que l eer pal abras en una pági na, si n hal l ar en sí un eco aprobador.
Contaré otro caso de proyecci ón de mi dobl e, en el que se ve un ej empl o de l a l ey
l l amada de repercusi ón. El l ector que desee formarse una opi ni ón a este respecto,
hal l ará l os más ampl i os materi al es en l a l i teratura mági ca y en l os l i bros de
hechi cerí a. La pal abra repercusi ón qui ere i ndi car aquí , l a reacci ón sobre el cuerpo
fí si co, de un gol pe o de cual qui er heri da produci da al dobl e mi entras está
proyectado y ci rcul a en el estado de enti dad separada. Se l l ama bi l ocaci ón a l a
apari ci ón si mul tánea de una mi sma persona en dos si ti os di ferentes; en este caso,
una es en real i dad el cuerpo fí si co, y l a otra el cuerpo astral o dobl e. El señor
d’ Assi er l o di scute en su l i bro l’ Humanité Posthume, y en mi traducci ón i ngl esa de
esa excel ente obra, he agregado al gunas refl exi ones de mi cosecha. Di ce a
propósi to de l as heri das que l os bruj os pueden reci bi r cuando desdobl an su
cuerpo para i r a atormentar a sus enemi gos (pági na 224): “La hechi cera penetraba
en l a casa de aquel de qui en se querí a vengar y l e hací a ci en mal dades. Si el
obsesado era val i ente y encontraba un arma a mano, sucedí a con frecuenci a que
gol peaba al fantasma, y despertando de su trance, l a hechi cera encontraba sobre su
propio cuerpo, l as heri das reci bi das en l a l ucha fantásti ca”.
El catól i co des Mousseaux, que escri bi ó contra l a hechi cerí a y otras “artes

73
En poes í a s áns kr i t a, el met r o épi co de 32 s í l abas , di s pues t as e n 4 ver s os de a 8, o bi en en 2
de 16. ( N. del T.)

232
negras”, ci ta tomándol o de l os archi vos j udi ci al es de Ingl aterra, el caso de Juana
Brooke, que perseguí a con mucha mal dad a un ni ño l l amado Ri cardo Jones.
Durante una de esas apari ci ones, el ni ño gri tó que veí a al fantasma de Juana y
pretendí a que l o tocase con el dedo. Un testi go del hecho, l l amado Wi l son, se
preci pi tó haci a el si ti o i ndi cado, dando al l í una cuchi l l ada, aunque el fantasma no
fuese vi si bl e más que para el ni ño. Inmedi atamente se presentó en casa de Juana
Brooke con el padre del ni ño y un agente de pol i cí a. La encontraron sentada en su
banco, sosteni endo una de sus manos con l a otra. Negó que l e hubi ese pasado
nada a su mano, pero l e apartaron l a otra, y vi eron que l a que el l a ocul taba, se
hal l aba cubi erta de sangre y tení a una heri da en todo semej ante a l a que el ni ño
habí a descri to. Se conocen muchos otros casos de esta cl ase, que prueban que todo
acci dente o heri da produci da al dobl e proyectado, se reproduce i dénti camente en
el mi smo si ti o del cuerpo fí si co. Desde l os ti empos más remotos se ha reconoci do
que el cuerpo fí si co y el astral , son en absol uto homól ogos. Los ori ental es creen
que el hombre astral es el product o de su Karma y que él model a su envol tura
externa según sus cual i dades i nnatas y se reproduce exactamente en el l a. Esta i dea
está suci ntamente expresada en estos versos de Spencer, en Faerie Queene:
“Porque del al ma aquí abaj o nuestro cuerpo toma l a forma, Porque el al ma es
una forma y se construye un cuerpo”.
Y vol vi endo a mi experi enci a personal : En nuestro despacho o sal ón de l a
Lamaserí a, tení amos un rel oj sui zo de cuco, col gado en l a pared al l ado de l a
estufa, y al que yo tení a l a costumbre de dar cuerda metódi camente todas l as
noches antes de i rme a mi habi taci ón. Una mañana noté, al mi rarme en el espej o
después del baño, que mi oj o derecho estaba machucado como si hubi ese reci bi do
un puñetazo. No me daba cuenta de l o que podrí a ser eso, y me sorprendí aún
más al constatar que l a contusi ón no me dol í a nada. En vano me devanaba l os
sesos buscando una expl i caci ón; en mi cuarto no habí a ni nguna col umna ni
ángul o agudo, ni nada que hubi era podi do l asti marme, suponi endo que yo hubi ese
teni do un acceso de sonambul i smo, l o que, entre paréntesi s, no me sucedí a j amás.
Por otra parte, un gol pe bastante vi ol ento para ponerme el oj o en ese estado, me
hubi era i nfal i bl emente despertado con sobresal to, y en cambi o, habí a dormi do
apaci bl emente toda l a noche. Seguí muy i ntri gado hasta que a l a hora de comer ví
a H. P. B. y a una ami ga suya que esa noche se habí a quedado a dormi r con el l a. La
ami ga me di ó l a cl ave del eni gma di ci éndome: “Pero coronel , ¿no se habrá

233
gol peado usted anoche cuando baj ó a dar cuerda al rel oj ”? “¿Dar cuerda al rel oj ?
¿Qué qui ere V. deci r? ¿No habí an ustedes cerrado l a puerta con l l ave?” “¡ Ya l o
creo!, l a cerré yo mi sma. ¿Cómo hi zo usted para entrar? Si n embargo, l e vi mos, l a
señora y yo, pasar por del ante de l a puerta de corredera de nuestra al coba, y l e
hemos oí do ti rar de l as cadenas de l as pesas. Yo l e habl é, pero usted no me
contestó y no ví más nada”.
Entonces, pensé, si mi dobl e entró en el sal ón para dar cuerda al rel oj , este no
debe estar parado, y en el cami no, entre l a puerta y l a chi menea, debe exi sti r al gún
obstácul o contra el cual mi oj o habrí a chocado. El examen del l ugar demostró:
1º Que el rel oj marchaba y se l e debi ó de haber dado cuerda a l a hora de
costumbre.
2
º
Que cerca de l a puerta habí a una pequeña repi sa o estante para l i bros, uno de
cuyos ángul os sal í a exactamente a l a al tura necesari a para estropearme el oj o si
tropezase con él . Entonces, recordé vagamente haberme di ri gi do a l a puerta,
vi ni endo del otro ángul o de l a sal a, con l a mano derecha extendi da para buscar l a
puerta, después sentí un choque que me hi zo ver, como vul garmente se di ce, l as
estrel l as, y después el ol vi do hasta l a mañana.
Me parece curi oso, muy curi oso, que un gol pe que, de haber si do reci bi do en l a
cabeza fí si ca, no hubi ese podi do menos que despertar me, haya podi do dej ar su
marca por repercusi ón en mi persona fí si ca, aunque reci bi do por el dobl e
proyectado, si n hacer que me despertarse. Aún hay otras enseñanzas que sacar de
l a aventura. Nos enseña que, previ as condi ci ones favorabl es a l a separaci ón del
dobl e, ésta puede produci rse baj o l a presi ón de una preocupaci ón, como ser l a
costumbre de hacer ci erta cosa todos l os dí as a l a mi sma hora. Si l as condi ci ones
fuesen en cambi o desfavorabl es a l a proyecci ón o desdobl ami ento, el suj eto,
di spuesto de otro modo, podrí a en un acceso de sonambul i smo, l evantarse de l a
cama, hacer l o que tení a que hacer y vol ver a acostarse si n conservar ni ngún
recuerdo de su expedi ci ón. En l a traducci ón i ngl esa del Dabistan (prefaci o, p.
XXIX) se l ee: “Es i mposi bl e determi nar en qué época comenzaron tal es o cuál es
opiniones o prácticas… como l a convicción de que un hombre puede poseer l a
facul tad de dej ar su cuerpo y vol ver a entrar en él , de considerarl o como un vestido
fl otante que dej a para el evarse a un mundo l uminoso y vuel ve a tomar a su vuel ta,
reuniéndose a sus el ementos material es. Se considera a esas ideas como muy
antiguas”. Una de mis experiencias más curiosas es el haber encontrado en

234
diferentes partes del mundo a personas hasta ese momento desconocidas, y que me
dij eron que me habían visto en sitios públ icos, o que yo l as había visitado en mi
cuerpo astral , y a veces que yo había habl ado con el l as de asuntos de Ocul tismo, o
que l as había curado de sus enfermedades, o hasta que yo l es había acompañado en
el pl ano astral a ver a nuestros Maestros. Sin embargo, por mi parte, no tenía el
menor recuerdo. Pero si se piensa bien, ¿qué hay de asombroso en que un hombre
cuya vida entera, cuyos pensamientos y deseos están concentrados en nuestro gran
movimiento; que no tiene más que un deseo, su éxito; nada más que una ambición,
contribuir a su adel anto hacia el fin supremo; qué hay de sorprendente en que tal es
preocupaciones invadan su sueño y l o dirij an en l as corrientes de l a l uz astral hacia
l os seres de igual natural eza, atraídos a su vez como él , y por Un mismo imán, hacia
un común centro de aspiraciones? En real idad eso es:
“It is the secret sympathy,
The sil ver l ink, the sil ver tie,
Wich heart to heart, and mind to mind,
In body and in soul can bind”.

“Es l a secreta afinidad,
El argentino l azo o esl abón,
Que mente con mente y corazón con corazón
En cuerpo y al ma puede l igar”.

235

CAPÍTULO XXV
EL SWAMI DYANAND

Este l ibro no sería digno de l l amarse historia fehaciente de l os comienzos de l a
Sociedad Teosófica, si yo omitiese en él que figurase el breve episodio de nuestras
rel aciones con el swami Dyanand Sarasvati y con su “Arya Somaj ”. Lo siento, porque
no es agradabl e señal ar l os detal l es de esperanzas desvanecidas, de amargos
equívocos y de il usiones perdidas. Ahora que H. P. B. y el swami han muerto y que han
transcurrido diez y seis años desde que votamos l a fusión de l as dos sociedades, me
considero l ibre, para acl arar l o que hasta el presente ha pasado como una especie de
misterio, y expl icar l as causas no conocidas de nuestra unión con el gran pandit y de
nuestro subsiguiente disgusto con él .
He narrado toda l a fundación de l a Sociedad, cómo nació, su fin y sus obj etos
decl arados; cómo se reduj o poco a poco a un pequeño y compacto grupo al cual l os
dos fundadores proveían de l a dobl e energía, simpl e núcl eo de l a organización
actual . No vacil o en decl arar que no podría escribirse ni una sol a l ínea para probar
que al guna vez hayamos disimul ado o disfrazado nuestras opiniones rel igiosas, fuese
cual fuere l a creencia exotérica de nuestros corresponsal es. De suerte que si el swami
Dyanand o sus discípul os se equivocaron acerca de nuestra posición y l a de l a
Sociedad Teosófica, escul pa suya y no nuestra.
Nuestros dos corazones suspiraban por el Oriente, soñábamos con l a India, y
nuestro mayor deseo era entrar en rel aciones con l os puebl os asiáticos. Sin embargo,
ningún camino se abría todavía ante nosotros en el pl ano físico, y nuestras
probabil idades de entrar en l a Tierra Prometida parecían bien vagas, cuando una
noche, en 1877, recibimos l a visita de un viaj ero americano que recientemente había
estado en l a India. En el sal ón, se sentó de manera que al mirarl o yo veía en l a pared,
por encima de él , un cuadro con l a fotografía de l os dos indos con l os que hice l a
travesía del Atl ántico en 1870. La descol gué y se l a enseñé, preguntándol e si l os
conocía. Reconoció a Mool j i Thackersey, a quien había vista hacía poco en Bombay.
Le pedí sus señas, que anoté, y por el primer correo escribí a Mool j i habl ándol e de
nuestra Soci edad, de nuestro amor a l a Indi a y de sus causas. En el ti empo
necesari o, contestó en térmi nos entusi astas, aceptó el di pl oma de mi embro que yo
l e habí a ofreci do y me habl ó de un gran pandit reformador i ndo que estaba al frente

236
de un poderoso movi mi ento para resuci tar l a rel i gi ón védi ca pura. Al mi smo
ti empo recomendaba a mi atenci ón en térmi nos el ogi osos a un tal Hurrychund
Chi ntamon, presi dente de l a Arya Somaj de Bombay, que a causa de esto vi no a ser
mi pri nci pal corresponsal . La mal a acogi da que nos di spensó cuando l l egamos a
Bombay es al go hi stóri co. Por l o pronto, me propuso como mi embros a vari os i ndos
de Bombay, se expresó respecto al swami Dyanand del modo más el ogi oso, y nos
puso en correspondenci a a ambos, como j efes de nuestras respecti vas Soci edades.
Después de haber l eí do mi exposi ci ón de nuestras i deas acerca de Di os –un
pri nci pi o eterno, presente en todas partes, el mi smo en todas l as rel i gi ones, baj o
di ferentes nombres–, el señor Hurrychund me escri bi ó que l os pri nci pi os de l a
Arya Somaj eran i dénti cos a l os nuestros, sugi ri endo que en ese caso era i núti l
conservar dos Soci edades di sti ntas, mi entras que, reuni éndol as, podrí amos
acrecentar nuestra fuerza úti l y nuestras probabi l i dades de éxi to (ver el supl emento
del Theosophist de j ul i o de 1882, para l a exposi ci ón i ntegral de este epi sodi o con
todos sus documentos). Ni entonces ni después me sentí atraí do por l os vanos
honores de l a presi denci a, y me sentí a muy fel i z al ocupar el segundo l ugar, baj o el
swami, a qui en se me presentaba como mi superi or i nfi ni tamente, baj o todos l os
aspectos. Las cartas de mi s corresponsal es de Bombay, mi s i deas personal es sobre l a
fi l osofí a védi ca, y su tí tul o de gran pandit sanskri ti sta, desempeñando el papel de
Lutero i ndo, me preparaban para creer si n trabaj o l o que más tarde me di j o de él . A
saber: que era ni más ni menos que un Adepto (de l a Fraterni dad del Hi mal aya),
que ocupaba el cuerpo del swami; que nuestros Maestros l e conocí an bi en y que él
estaba en rel aci ón con el l os para l l evar a térmi no su obra. ¿Qué ti ene de raro el que
yo me hal l ase l o mej or di spuesto que fuese posi bl e, para aceptar el pl an de
Hurrychund, que deseaba amal gamar l a Soci edad Teosófi ca con l a Arya Somaj , y
que me consi derase como un di scí pul o del swami, y a él como a mi maestro? Para
l l egar hasta él yo hubi ese consenti do, de haber si do necesari o, en ser su servi dor y
l e hubi ese servi do al egremente durante años, si n esperanza de recompensa.
Expl i cado todo esto a mi s col egas de Nueva York, el Consej o votó en mayo de
1881 l a uni ón de l as dos Soci edades y cambi ó el tí tul o de l a nuestra por el de
Soci edad Teosófi ca de l a Arya Somaj . Se envi ó una noti fi caci ón de esto al swami,
qui en me devol vi ó en segui da l a mi nuta de un nuevo di pl oma (que ahora, mi entras
escri bo esto, tengo ante mí ) que yo l e habí a envi ado, fi rmada con su nombre y
sel l ada con su sel l o, como yo l e pedí que l o hi ci ese. Lo hi ce grabar y l o entregué a

237
al gunos mi embros que deseaban segui r l a nueva corri ente; mandé tambi én una
ci rcul ar para hacer conocer l os pri nci pi os que deseábamos adoptar.
Todo esto estaba muy bi en, pero andando el ti empo me l l egó de l a Indi a una
traducci ón i ngl esa de l as l eyes y doctri nas de l a Arya Somaj , traducci ón hecha por
el pandit Shyamj i Kri shnavarna, un protegi do del swami, y que nos causó –me causó,
por l o menos– un gran asombro. Estaba cl aro como l a l uz del dí a que l as i deas del
swami habí an cambi ado por compl eto después del mes de agosto anteri or, cuando l a
Arya Somaj de Lahore publ i có su respuesta a l as crí ti cas de su Veda Bashya. En ésta,
él ci taba, dándol es su aprobaci ón, l as opi ni ones de Max Mül l er, de Col ebrooke,
Garret y otros, sobre l a i mpersonal i dad del Di os de l os Vedas.
Evi dentemente, l a Somaj no era por compl eto “i dénti ca” a nuestra Soci edad, si no
más bi en una nueva secta del i ndoí smo, una secta védi ca que aceptaba l a autori dad
del swami Dyanand como j uez supremo de l a i nfal i bi l i dad de tal o cual parte de l os
Vedas o de l os Shastras. Se hací a evi dente l a i mposi bi l i dad de conti nuar l a amal gama
de l as dos Soci edades, y l a i ndi camos en segui da a nuestros hermanos i ndos. La
Soci edad Teosófi ca vol vi ó al statu quo ante, y H. P. B. y yo preparamos dos ci rcul ares
que el Consej o publ i có; una para defi ni r con exacti tud a l a Soci edad Teosófi ca, y l a
otra, fechada en septi embre de 1878, para anunci ar a un nuevo grupo, l a “Soci edad
Teosófi ca de l a Arya Somaj de Aryavarta”, que podrí a servi r de puente entre l as dos
Soci edades madres. Se daba ahí detal l adamente l a traducci ón de l as l eyes, etc. , de l a
Arya Somaj , dej ando a nuestros mi embros entera l i bertad de adheri rse o no a esa
“soci edad esl abón”, como yo l a l l amaba, y de someterse a su regl amento.
Nuestra rama de Londres, después de más de dos años de arregl os y
conversaci ones prel i mi nares, se habí a ofi ci al mente organi zado el 27 de j uni o de
1878 con el nombre de “Bri ti sh Teosophi cal Soci ety of the Arya Somaj of
Aryavart”, y así fi rmó su pri mera ci rcul ar públ i ca. El tí tul o de Bri ti sh Theosophi cal
Soci ety se cambi ó más tarde, en 1884, baj o l a presi denci a de l a ya di funta doctora
Ana Li ngsford por el de London Lodge of the Theosophi cal Soci ety, que aún l l eva.
Ruego que se me excuse esta di gresi ón, que ti ene ci erto i nterés hi stóri co. Voy a
copi ar aquí al gunos pasaj es de mi ej empl ar de esta ci rcul ar:
1º La Soci edad Teosófi ca i ngl esa ha si do fundada con el fi n de descubri r l a
natural eza y l os poderes del al ma humana y del espí ri tu por medi o de
i nvesti gaci ones y experi enci as;
2ºLa Soci edad ti ene por obj eto acrecentar en l a Humani dad l a sal ud, l a vi rtud, l a

238
ci enci a, l a sabi durí a y l a fel i ci dad;
3º Los mi embros de el l a se comprometen a hacer todos sus esfuerzos para l l evar
una vi da de temperanci a, pura, y l l ena de amor fraternal . Creen en una gran Causa
pri mera, i ntel i gente y en l a fi l i aci ón di vi na del espí ri tu humano, y por l o tanto, en
l a i nmortal i dad de di cho espí ri tu y en l a fraterni dad uni versal de l a raza humana;
4º La Soci edad está en rel aci ones y en si mpatí a con l a Arya Somaj de Aryavarta,
por ser uno de l os obj etos de l a Soci edad, el el evar a l a Humani dad por medi o de
una verdadera educaci ón espi ri tual , por enci ma de todas l as formas i mpuras,
degeneradas o i dól atras, cual qui era que sea el cul to en que se encuentren.
He ahí un programa cl aro, franco, al que no hay nada que reprochar y que refl ej a
el espí ri tu, si no l a l etra de mi ci rcul ar de Nueva York y del mi smo año. En ambas
se procl ama l a aspi raci ón haci a l a ci enci a espi ri tual por medi o del estudi o de l os
fenómenos natural es, pri nci pal mente l os ocul tos, al mi smo ti empo que l a
fraterni dad humana. Al escri bi r l a ci rcul ar de Nueva York, me parecí a que l os
mi embros de l a Soci edad y l as enti dades que di ri gí an el movi mi ento se agrupaban
natural mente en tres di vi si ones: l os mi embros nuevos, aún no desprendi dos de sus
i ntereses materi al es; l os di scí pul os como yo, que se habí an reti rado del mundo o l e
i ban a dej ar; y l os mi smos Adeptos, que si n ser mi embros, estaban por lo menos en
rel aci ones con nosotros y tomaban parte en nuestra obra en l o que ésta consti tuí a
un factor potenci al de espi ri tual i zaci ón de l a Humani dad. Con el concurso de
H. P. B. establ ecí esos tres grupos, que yo l l amaba secci ones, y que subdi vi dí cada
una en tres grados. Esto, natural mente, con l a esperanza y l a convi cci ón de que
reci bi rí amos más adel ante i nstrucci ones prácti cas para l a organi zaci ón de l os
di ferentes grados entre l os mi embros; i nstrucci ones que entonces no habí an
l l egado, y que nunca l l egaron después, debo deci rl o. En l a ci rcul ar de Nueva York,
cl áusul a 6º se l eí a lo que si gue:
“La Soci edad ti ene vari os obj etos. Trata de l l evar a sus mi embros a adqui ri r un
conoci mi ento í nti mo de l as l eyes natural es, parti cul armente en sus mani festaci ones
ocul tas”. Después vení an estas frases, escri tas por H. P. B. :
“Si endo sobre l a Ti erra el desarrol l o más el evado espi ri tual y fí si camente de l a
Causa creadora, el hombre deberí a tratar de penetrar el mi steri o de su sér.
Procreador de su especi e fí si camente, y habi endo heredado l a natural eza de l a
causa, desconoci da pero pal pabl e de su propi a creaci ón, debe poseer esta fuerza
creadora, en un grado menor, en el fondo de su yo psí qui co i nterno. Por lo tanto, es

239
deber suyo esforzarse en desarrol l ar sus poderes l atentes y enterarse de l as l eyes del
Magneti smo, de l a El ectri ci dad y de todas l as otras formas de fuerzas del Uni verso,
vi si bl es o i nvi si bl es”. Yo conti nuaba después:
“La Soci edad sol i ci ta de sus mi embros que den el ej empl o personal de l as más
el evadas aspi raci ones rel i gi osas y de l a más perfecta moral i dad; que l uchen contra el
Materi al i smo ci entí fi co y contra todas l as formas del dogmati smo teol ógi co… que
hagan conocer entre l as naci ones occi dental es l a verdad, l argo ti empo ol vi dada,
respeto a l as fi l osofí as ori ental es, a su moral , su cronol ogí a, su esoteri smo y su
si mbol i smo… que di fundan el conoci mi ento de l as subl i mes enseñanzas de ese puro
si stema esotéri co del perí odo arcai co que se refl ej a en l os más anti guos hi mnos de
l os Vedas, en l as fi l osofí as de Gautama Buddha, de Zoroastro y de Confuci o; y fi nal
y pri nci pal mente, ayudar a i nsti tui r una fraterni dad humana en l a que todos l os
hombres vi rtuosos y puros, de todas l as razas, reconocerán que todos el l os por i gual
son l os efectos (en este pl aneta) de l a Causa Sagrada, Uni versal , Infi ni ta y Eterna”.
H. P. B. fue qui en puso el paréntesi s: (en este pl aneta).
Se ve que recobrando su autonomí a después de haber descubi erto el carácter
sectari o de l a Arya Somaj , l a Soci edad hací a una categóri ca decl araci ón de
pri nci pi os, en l a que ya se encontraba:
1º El estudi o de l a Ci enci a Ocul ta;
2º La formaci ón de un núcl eo de fraterni dad humana;
3º El renaci mi ento de l a l i teratura y de l a fi l osofí a ori ental es. En resumen, l os
tres obj etos decl arados, sobre l os cual es l a Soci edad Teosófi ca se ha construi do en
el curso de l os di ez y si ete años que si gui eron.
Por poco que nuestros ami gos de Bombay se hubi esen equi vocado en el pri mer
momento sobre el fi n y l as bases de nuestra Soci edad, l a ci rcul ar de que habl amos
no l es habrá dej ado el menor pretexto de caer en un equí voco.
El preámbul o de l a ci rcul ar respecto a l a Arya Somaj , publ i cada por nosotros en
septi embre de 1878 –tan sól o tres meses antes de nuestra parti da para l a Indi a–,
l l amaba l a atenci ón sobre l a traducci ón de l os regl amentos de l a asoci aci ón, hecha
por el pandit Shyamj i , y que habí a si do i ncorporada a l a ci rcul ar. Decí a así : “La
observaci ón de esas regl as no es obl i gatori a más que para aquel l os mi embros que
pi dan vol untari amente su admi si ón en l a Arya Somaj ; l os demás segui rán como
antes, si n tener nada de común con l a obra especi al de l a asoci aci ón”. Después se
decí a que nuestra Soci edad, con el fi n de ayudar “al establ eci mi ento de l a

240
fraterni dad humana, habí a organi zado di ferentes secci ones (grupos) en l os que
personas naci das en l as más di ferentes rel i gi ones, encontrarí an su si ti o si empre que
cada aspi rante desee si nceramente aprender l as subl i mes verdades escri tas
pri meramente por l os ari os en l os Vedas y promul gadas después en di ferentes épocas
por l os sabi os y l os vi dentes, y qui si ese conformar su vi da con el l as. Y tambi én, si l o
desearen, esforzarse en adqui ri r el i mperi o sobre ci ertas fuerzas de l a Natural eza,
que el conoci mi ento de sus mi steri os procura a qui enes lo poseen”. Esto al udí a a l os
poderes y al desarrol l o ocul to de H. P. B. y a su grado de di scí pul o. Esta frase
demuestra que el pri nci pal fi n que se proponí an en el comi enzo l os dos fundadores
era al entar esta cl ase de estudi os; estaban convenci dos de que con el desarrol l o de
l os poderes psí qui cos y de l a i ntui ci ón espi ri tual , podí a al canzarse l a más el evada
ci enci a rel i gi osa, mi entras que el dogmati smo rel i gi oso, hi j o de l a i gnoranci a,
deberí a desaparecer. La ci rcul ar di ce tambi én que “l a Soci edad ha reci bi do con
al egrí a a buddhi stas, l amaí stas, brahmanes, parsi s, confuci oni stas, j udí os, etc. , que
vi ven entre el l os en una compl eta armoní a”, l o que era ci erto, porque ya habí amos
reci bi do como mi embros, a aspi rantes de todas esas rel i gi ones. La di vergenci a de
estas i deas con l as de l a Arya Somaj es bi en notabl e y resul ta evi dente a pri mera
vi sta. En efecto, l a regl a II decí a, tambi én en l a traducci ón de Shymj i :
“Deberá reci bi rse y consi derarse al texto de l os cuatro Vedas como encerrando
todo lo que es necesari o para consti tui r una autori dad extraordi nari a en todo l o que
atañe a l a conducta”.
Aquí no se trata de ni nguna otra Escri tura que fuese autori dad para l a conducta,
ni de un i nterés benévol o por el bi en espi ri tual de l os puebl os no védi cos; en fi n, es
una asoci aci ón sectari a y no ecl écti ca. No qui ero deci r que l a Arya Somaj sea una
secta buena o mal a, no me pronunci o sobre sus i deas conservadoras o progresi stas,
ni sobre el bi en o el mal que su i nsti tuci ón por el swami haya podi do hacer a l a
Indi a. Sól o di go que es una secta, y nuestra Soci edad que no l o es, y que se si túa en
un punto de vi sta di ferente, no podí a fusi onarse con l a Arya Somaj , fuese cual fuere
nuestro deseo de mantenernos en buenas rel aci ones con el l a.
Para demostrar l a arbi trari a autori dad a que el swami pretendí a, y que ej ercí a,
acerca del derecho de hacer el ecci ón de l os Shastras desde el punto de vi sta de su
“autori dad”, ci taré aún un extracto de l a mi sma regl a II de l a Arya Somaj :
“Los Brahmanas, a parti r del Shatapatka; l os sei s Angas o mi embros de l os Vedas, a
parti r del Shikshti l os cuatro Upavedas, l os sei s Darshanas o escuel as de Fi l osofí a y

241
l os 1. 127 di scursos sobre l os Vedas, l l amados Shâkhâs o ramas; todos esos l i bros
deben ser aceptados como expl i caci ón del senti do de l os Vedas, así como de l a
hi stori a de l os ari os. En l a medi da en que concuerdan con l os Vedas, deben ser
consi derados como poseedores de una autori dad ordi nari a” .
He ahí l a defi ni ci ón de una secta, una secta del Indoí smo, una secta basada en l as
opi ni ones de su fundador. Di cho sea de paso, el swami se col oca en contradi cci ón
con todos l os pandits ortodoxos, rehusando hacer fi gurar en l a l i sta de l i bros
i nspi rados vari os de l os que l os otros ti enen por sagrados. Por ej empl o, el swami
omi te a l os Smritis como carentes de autori dad. Pero Manú, en el capí tul o II,
manti ene que l os Vedas son l a “revel aci ón” y l os Smritis (dharma shastra) “l a
tradi ci ón”, y que ambas son i rrefutabl es en todos sus puntos, porque l as vi rtudes
nacen de l as dos. Se acepta, por l o tanto, a l os Smritis como “autori dad”.
Las cosas quedaron así hasta l a l l egada a l a Indi a de l os dos fundadores y su
encuentro, poco después, con el swami Dyanad en Sarahanpur. La necesi dad de
habl ar con el swami con i ntérpretes que aunque habl aban bi en el i ngl és corri ente,
l es costaba trabaj o traduci r correctamente cuesti ones abstractas de Fi l osofí a,
Metafí si ca u Ocul ti smo, debí a, como es natural , contri bui r a aumentar
consi derabl emente l as probabi l i dades de crear equí vocos y enredos. Se nos hi zo
comprender posi ti vamente que el swami compartí a el concepto vedanti no de Di os
como Parabraham, el nuestro, por l o tanto. Baj o l a i nfl uenci a de ese error –porque
él decl aró más tarde que lo era– dí una conferenci a en l a Arya Somaj de Meerut, en
su presenci a, en l a que decl aré que toda causa de equí vocos habí a desapareci do, y
por lo tanto, l as dos Soci edades eran en real i dad gemel as. Pero no habí a tal cosa,
porque no se parecí an más que lo que nuestra Soci edad se parece a l a Brahmo Somaj
o a cual qui era otra secta, cri sti ana o de otra rel i gi ón. La separaci ón era i nevi tabl e y
no tardó en produci rse. El swami, exasperado, qui so renegar de sus propi as pal abras
y actos, y fi nal mente nos cubri ó de i nj uri as y reproches, publ i cando una ci rcul ar y
fi j ando cartel es en Bombay, en l os que nos trataba de charl atanes y de no sé qué
más aún.
Para defendernos, nos vi mos obl i gados a contar nuestra hi stori a y publ i car
nuestras pruebas en un supl emento al Theosophist de j ul i o de 1882. Al l í se hal l an
todos l os testi moni os in extenso y fascí mi l es de un documento i mportante con l a
fi rma del swami y el certi fi cado del señor Seervai , nuestro secretari o archi vero
entonces. Así fue cómo después de l as desapaci bl es rel aci ones que duraron unos

242
tres años aproxi madamente l as dos Soci edades se separaron vi ol entamente y cada
una tomó por su l ado.
La ruptura fué provocada: pri mero, por mi descubri mi ento de que el swami era
senci l l amente un asceta y un pandit, pero de ni ngún modo un Adepto; segundo,
porque l a Arya Somaj no compartí a l as i deas ecl écti cas de l a Soci edad Teosófi ca;
tercero, por l a decepci ón del swami al ver que vol ví amos sobre nuestra pri mera
adhesi ón al proyecto de amal gama de Hari schandra; cuarto, por su furor –me l o
expresó en térmi nos vi ol entos– al ver que yo ayudaba a l os buddhi stas de Cei l án y a
l os parsi s de Bombay a conocer y amar más a sus rel i gi ones, mi entras él l as
consi deraba como fal sas. Si empre me he preguntado si Hurrychund Chi ntamon,
nuestro i ntermedi ari o, l e habrí a expl i cado bi en al guna vez l as i deas y verdadero fi n
de nuestra Soci edad. El descubri mi ento posteri or de que el ci tado Hurrychund se
habí a apropi ado de 600 rupi as que l e mandamos para l a Arya Somaj , y que devol vi ó
en Bombay, obl i gado por H. P. B. , me hace pensar que engañó al swami tanto como a
nosotros, y que si yo no hubiese recibido l a traducción de l as regl as de l a Arya
Somaj que me mandó Shyamj i, el equívoco hubiera subsistido hasta nuestra l l egada a
l a India.
Habl ar más de este asunto, sería perder mi tiempo y mi papel , puesto que l os que
l o deseen conocer a fondo pueden hal l ar todos sus detal l es en el supl emento del
Theosophist de que anteriormente habl é. El swami era evidentemente un gran hombre,
un sabio sanskritista, dotado de mucha audacia, de fuerza de vol untad y de recursos;
un conductor de hombres. Cuando l e vimos en 1879, acababa de reponerse de un
ataque de cól era y su físico era aún más afinado y del icado que de costumbre. Yo l o
encontré notabl emente hermoso: al to, actitud digna y modal es graciosos para
nosotros. Hizo una gran impresión en nuestras imaginaciones. Pero cuando l e vol ví
a ver, varios años después –creo que en Benarés–, había cambiado mucho y no
ventaj osamente. Había engordado, l a grasa l e caía en rol l os por todo su cuerpo casi
desnudo, y una enorme papada col gada de su mandíbul a. Parecía menos al to al haber
crecido a l o ancho, y su figura dantesca había perdido su expresión poética.
Afortunadamente, tengo un recuerdo de su antiguo aspecto en un retrato al ól eo
hecho de una fotografía, que me regal aron en l a India septentrional . Ahora ya ha
muerto, pero su Arya Somaj subsiste y cuenta con dos o trescientas ramas en el
norte de l a India. Annie Besant y yo hicimos una visita a l a asociación principal , en
Lahore, durante nuestro reciente viaj e al Pundj ab, l a que tal vez haya contribuido

243
al go, por l o menos así l o espero, a endul zar l a amargura que l os somajis han
conservado por l argo tiempo contra nosotros y con gran sentimiento mío.
El mundo es bastante grande para el l os y nosotros, y más val dría tratar de vivir
j untos y fraternal mente.

244

CAPÍTULO XXVI
LA SEÑORA BLAVATSKY EN SU CASA

Hasta ahora, hemos visto a l a señora Bl avatsky sobre todo como muj er cél ebre;
estudiémosl a ahora en su intimidad.
Pero, ante todo, ¿hay al guien entre vosotros que sepa por qué se hacía l l amar
“H. P. B: ” y por qué detestaba ser l l amada “señora”? No tiene nada de extraño que
odiase el nombre de Bl avatsky, dadas l as circunstancias de ese desdichado
casamiento, tal es como Sinnett l as rel ata en Incidentes de la vida de la señora Blavatsky.
No sacó de él ni dicha ni ventaj as, no más que aquel a quien por una apuesta asoció
a su destino bueno o mal o. Sin embargo, antes de casarse en Fil adel fia con el señor
B. , estipul ó que no cambiaría su nombre, y j amás usó el de su segundo marido,
excepto en l os actos necesarios para obtener su divorcio. Sentía una repugnancia
extrema por el tratamiento de “señora”, porque había conocido y detestado a una
perra de ese nombre en cada de una amiga. Creo que esa fantasía excéntrica de ser
designada por sus tres inicial es tenía un sentido ocul to más profundo que l o que se
cree. Es que l a personal idad de nuestra amiga estaba tan unida a l a de varios de sus
Maestros, que en real idad el nombre que l l evaba era rara vez el de l a intel igencia que
infl uía momentáneamente su cuerpo físico. Y el personaj e asiático que habl aba por
su boca no era con seguridad ni Hel ena ni l a viuda del general Bl avatsky, ni una
muj er. Pero cada una de esas personal idades cambiantes contribuía por su parte al
mismo tiempo que Hel ena Patrowna misma, a formar una entidad compuesta, que se
podía l l amar H. P. B. l o mismo que de otro modo cual quiera. Esto me hace acordar de
l a fotografía col ectiva, en apariencia de una persona real , y en real idad una mezcl a
de una docena de tipos por lo menos, que sir Francisco Gal ton publ icó en su Inquiry
into Human Faculty. A primera vista, mi teoría puede parecer absurda a l os que no l a
conocieron tan íntimamente como yo, pero me incl ino a creer que es verdadera.
He aquí el orden habitual de nuestros días en l a Lamasería. Desayunábamos hacia
l as ocho, cenábamos a l as seis de l a tarde y nos íbamos a acostar más o menos tarde
después de media noche, según l as necesi dades de nuestro trabaj o y l as
i nterrupci ones causadas por l as vi si tas. H. P. B. comí a en l a casa y yo en l a ci udad,
cerca de mi ofi ci na. Cuando l a conocí , yo era soci o del Lotos -Cl ub, y soci o muy
acti vo; pera Isis puso fi n radi cal mente a mi s rel aci ones en l os casi nos y el mundo

245
en general . Después de desayunar, i ba a mi ofi ci na y H. P. B. se sentaba a trabaj ar
en su pupi tre. La mi tad de l as veces tení amos i nvi tados a cenar y casi no
pasábamos una vel ada sol os, porque aun cuando nadi e vi ni ese de fuera, casi
si empre tení amos a al gui en que estaba con nosotros. Nuestra mesa era de l as más
senci l l as: ni vi nos ni l i cores y una coci na de fami l i a. Tení amos una cri ada para
todo, o mej or di cho, una procesi ón de cri adas para todo atravesaba nuestra
exi stenci a, porque nunca conservábamos una mucho ti empo. Se i ban a su casa de
noche, termi nado su trabaj o, y después abrí amos l a puerta nosotros mi smos, l o
que no era nada; pero l as di fi cul tades comenzaban cuando habí a que buscar té,
l eche, azúcar, etc. , para todo un regi mi ento de ami gos . Haci a l a una de l a mañana,
H. P. B. , con un magní fi co desconoci mi ento del orden domésti co, recl amaba de
pronto una taza de té y excl amaba nobl emente: “¿Pero l o tomaremos todos,
qui eren?” Era ti empo perdi do que yo l e hi ci ese señas de que no habí a nada en l a
casa, de suerte que después de vari as expedi ci ones nocturnas (e i nfructuosas) por
l a veci ndad, en busca de l eche o de azúcar, me decl aré en huel ga y puse el anunci o
si gui ente:

“TE”
Los i nvi tados encontrarán en l a coci na, agua hi rvi endo y té;
tal vez tambi én l eche y azúcar. Se ruega servi rse a sí mi smo.

Esto estaba tan de acuerdo con el tono general de l a casa, un poco bohemi o,
que nadi e pensó en asombrarse, y se veí a a l os i nvi tados que se l evantaban
tranqui l amente para i r a hacerse una taza de té en l a coci na. Hermosas damas,
profesores, arti stas y peri odi stas, se hací an mi embros del “cí rcul o de l a coci na”,
como se l e denomi naba. H. P. B. no tení a l a menor i dea del arte de di ri gi r una casa.
Un dí a, para hacer huevos pasados por agua, ¡ col ocó l os huevos sobre l as ascuas! A
veces l a cri ada nos abandonaba un sábado por l a noche y nos dej aba que nos
arregl ásemos coma pudi éramos el domi ngo. Entonces, ¿qui én i ba al mercado y
hací a l a coci na, H. P. B. ? No, ci ertamente, ¡ l o hací a vuestro servi dor! El l a se
quedaba en el sal ón, escri bi endo o fumando, o bi en vení a a poner en desorden l a
coci na. Leo en mi di ari o, en l a fecha abri l 12 de 1878: “La cri ada nos ha dej ado,
si n preparar l a cena; l a condesa L. P. ha hecho una excel ente ensal ada.
O’ Donnovan cenaba con nosotros tambi én”. Este i rl andés era un hombre

246
sorprendente, escul tor de tal ento y perfecto camarada; poseí a una graci a seri a
i rresi sti bl e. H. P. B. l e querí a mucho y él l e correspondí a bi en. Hi zo su retrato, un
medal l ón de bronce, que está en mi poder. Yo no sé dónde está ahora
O’ Donnovan, pero en aquel ti empo tení a debi l i dad por el buen whi sky (si se
puede deci r que el whi sky sea bueno), y un dí a nos hi zo mori r de ri sa a propósi to
del whi sky.
Lo estaba bebi endo con otro ami go nuestra que después de haberl o probado,
dej ó el vaso excl amando: “¡ Qué whi sky mal o!” Pero O’ Dannovan se vol vi ó haci a
él , y tomándol e del brazo, l e di j o con una gravedad extrema: “¡ No di ga eso, ami go
mí o, no di ga eso! ¡ No hay whi sky mal o! ¡ Tan sól o l o hay mej or! ”
Era catól i co de naci mi ento, pero no parecí a creer más en nada, y sabi enda en
qué cól era hi rvi ente poní a a H. P. B. l a sol a pal abra: Catol i ci smo, él si mul aba creer
que era l a rel i gi ón del porveni r, y que el Buddhi smo, el Brahmani smo y el
Parsi smo desaparecerí an para cederl e el si ti o. Aunque ya habí a caí da vei nte veces,
H. P. B. no dej aba de vol ver a caer en l a trampa que O’ Donnovan l e preparaba.
Rabi aba, j uraba, l e trataba de i di ota i ncorregi bl e y otras dul zuras semej antes, pero
en vano: él conti nuaba fumando en si l enci o, i mpasi bl e y como si escuchase una
escena de tragedi a a l a que era tan aj eno coma l a actri z. Después, cuando el l a
habí a habl ado y gri tado hasta quedar si n al i ento, él se vol ví a suavemente haci a su
veci na di ci endo a medi a voz: “¡ Qué bi en habl a! Pero sól o l o hace para l uci rse; no
cree una pal abra de l o que di ce, y un buen dí a l a veremos converti da y buena
catól i ca”. Y cuando H. P. B. estal l aba de furor con esta úl ti ma sal i da, él se
escapaba a l a coci na para hacerse una taza de té. Ll egaba hasta l l evar ami gos para
obsequi arl os con estas escenas, pero H. P. B. no tení a rencor, y después de haber
cubi erto de mal di ci ones al provocador, vol ví a a ser su mej or ami ga.
Uno de nuestros huéspedes más asi duos y apreci ados era el profesor Al ej andro
Wi l der, una personal i dad curi osa, el ti po de esa numerosa cl ase medi a
norteameri cana, autodi dacta, del fuerte templ e de l os antepasados puri tanos,
hombres de carácter y de pensami ento, i ndependi entes en extremo, muy
versáti l es, muy honrados, muy audaces y patri otas. El profesor Wi l der y yo éramos
ami gos desde antes de l a rebel i ón
74
ysi empre tuve por él l a más al ta esti maci ón.
Ti ene l a mente repl eta de conoci mi entos que si empr e está di spuesto a comparti r

74
Habl a de l a guerra de secesi ón. (N. del T. )

247
con oyentes atentos. No creo que sea un uni versi tari o ni un hombre de l a ci udad,
pero si se ti ene necesi dad de datos acerca de l as mi graci ones de l as razas, de l os
sí mbol os, del senti do esotéri co de l a fi l osofí a gri ega, del val or de un texto hebreo
o gri ego, de l a bondad rel ati va de tal o cual escuel a de Medi ci na, es tan
competente para proporci onarl os como el doctor más di pl omado. Es un hombre
al to, fl aco, del ti po de Li ncol n, con una nobl e cabeza que se asemej a a una cúpul a,
l as mandíbul as estrechas, l os cabel l os grises, y un l enguaj e curiosamente sazonado de
americanismos. Venía siempre y habl aba durante l argas horas con H. P. B. , muchas
veces estirado en el canapé; “con una pierna en l a araña y otra en l a chimenea”,
como decía el l a. En cuanto a H. P. B. , tan gruesa como del gado era él , tan l ocuaz
como él epigramático y sentencioso, fumaba un sinnúmero de cigarril l os y sostenía
bril l antemente su parte en l a conversación. El l a l e pedía que l e escribiese muchas de
sus ideas, para servirse de el l as en Isis, donde se l as puede ver citadas. Las horas
pasaban sin sentirl as, tanto, que con frecuencia perdía el úl timo tren para Newark, y
se quedaban a dormir en l a ciudad. Creo que de todos nuestros huéspedes, él era el
que menos apreciaba l os fenómenos de H. P. B. Los creía científicamente posibl es y
no dudaba que el l a tuviese el poder de producirl os, pero l a Fil osofía era su ídol o, y
l os mediums y l os Adeptos no l e interesaban más que teóricamente.
Sin embargo, l a verdad es que al gunos de l os fenómenos de H. P. B. eran bien
curiosos. Además de l os que he descrito, encuentro mencionados otros en mi diario,
como éste que es bien raro:
Un día encontré en l a ciudad baj a (de Nueva York) una persona que yo conocía, y
con l a que habl é al gunos instantes. Tenía muy mal a opinión de H. P. B. y l a atacó con
viveza, sosteniendo sus críticas a pesar de l o que yo l e decía. Por fin fue tan l ej os en
sus pal abras, que disgustado me separé de él bruscamente para vol ver a casa. Ll egué
como de costumbre para cenar y fui a mi habitación –l etra G, en el pl ano del
capítul o XXI V– para arregl arme. H. P. B. vino por el pasil l o a sal udarme desde l a
puerta que estaba abierta; el l avabo estaba en el ángul o noroeste, en frente de l a
puerta, y encima de él el muro bl anco y l iso no tenía ningún cuadro ni nada.
Después de l avarme l as manos, fui a peinarme del ante del espej o pequeño que
estaba detrás de mí, precisamente en frente de l a ventana, y al pasarme el cepil l o por
el pel o, vi al go verde refl ej ado en el espej o. Era una hoj a de papel verde, todo
escrito, suj eto a l a pared por cuatro al fil eres, j ustamente encima del l avabo en que
me acababa de l avar l as manos sin que hubiese visto nada en el muro desnudo. El

248
papel estaba l l eno de textos del Dhammapada y de l os Sutras, escritos de un modo
particul ar y firmados en el ángul o inferior por uno de l os Maestros. Las citas eran
reproches para mí porque había dej ado atacar a H. P. B. sin defenderl a, l o que se
refería, sin duda al guna, a mi encuentro en l a ciudad, aunque no se mencionaba
ningún nombre. No hacía más de cinco minutos que yo estaba en l a casa, no había
contado el hecho a nadie, ni cambiado una pal abra con nadie, aparte del sal udo a
H. P. B. desde l a puerta. Y, en fin, yo ya no pensaba más en el incidente en cuestión.
Este es un fenómeno de cl ase superior, que impl ica l a l ectura del pensamiento a
distancia o l a cl ariaudiencia, y además el poder de producir un documento escrito,
sin contacto, o bien haberl o escrito del modo corriente y haberl o cl avado en l a
pared antes de mi regreso, impidiéndome que l o viese, por sugestión hipnótica,
hasta que se me devol viese l a l ibertad visual . Esta me parece ser l a expl icación más
probabl e de l as dos, pero el fenómeno no dej a de ser igual mente notabl e, puesto que
supone l a cl ariaudiencia a una distancia de cinco kil ómetros y también el poder
hipnótico ej ercido sin que yo pudiese sospecharl o.
Guardé cuidadosamente ese papel verde, pero en 1891, en el transcurso de mi viaj e
al rededor del mundo, al guien se apoderó de él sin mi permiso; desearía recuperarl o.
Otro recuerdo de H. P. B. desapareció al mismo tiempo. Era una caricatura
representando mi pretendida iniciación y era una fantasía bien graciosa. En primer
pl ano me había representado a mí, vestido tan sól o con un fehta como turbante,
sufriendo un examen ante el Maestro K. H. Abaj o, en el ángul o de l a derecha, una
mano sostenía una botel l a de al cohol , y una bayadera huesuda, que tenía el aspecto
de una campesina irl andesa hambrienta, durante una escasez de patatas, bail aba un
“paso de fascinación”. Arriba, en un ángul o, H. P. B. tocada con una gran sombrero
de Nueva Jersey y cal zada con mocasines de punta l evantada, con una sombril l a en
forma de campana, en el extremo de l a cual fl otaba una bandera con l a inscripción:
Jack, cabal gaba sobre un el efante, y mantenía tendida una enorme mano para hacer
que l os el ementos me fueran propicios; mientras tanto, otro Maestro observaba el
conj unto. Un pequeño y raro el emental con gorro de dormir y sosteniendo una vel a
encendida, excl amaba: “¡Grandes Dioses! ¿Qué es l o que veo?”, desde el hombro de
K. H. , en donde estaba encaramado. Y una serie de grotescas preguntas y respuestas
inscritas en el l ibro del examinador, compl etaba l a al egre sátira. El l ector puede
j uzgar por esta descripción cuál era entonces el humor j ovial de H. P. B. , y l a
famil iaridad que se nos permitía con l os Maestros. Tan sól o l a idea de una semej ante

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irreverencia, hará correr escal ofríos por l a espal da de más de uno de l os discípul os
de l os úl timos años de H. P. B. Yo no podría indicar mej or su al egre exuberancia, que
citando l o que un cronista de Hartford escribió en su periódico:
“La señora se reía, pero cuando uno escribe que l a señora reía, eso quiere decir
que l a risa misma estaba presente, porque su risa era l a misma esencia de todo l o que
hemos oído de más cl aro, más al egre y más abandonado. Tan grande es su vital idad,
que el l a parece verdaderamente, el Genio del buen humor”.
He ahí l a nota de nuestra casa; y l a vivacidad de H. P. B. , su espíritu cáustico, su
conversación bril l ante, sus modal es cariñosos cuando al guien l e agradaba, sus
reservas de anécdotas y tal vez l o que más atraía, sus sorprendentes fenómenos,
hacían de l a Lamaserí a el sal ón más frecuentado de Nueva York, de 1876 a fi nes de
1878.
La mul ti pl i caci ón es un fenómeno de l os más i nt eresantes, y consi ste en sacar
uno o vari os obj etos de uno sol o; ya he ci tado vari os ej empl os de el l o. Menci onaré
aquí otro que fue descri to en l os comuni cados de Nueva York del Hartford Daily
Ti mes, número del 2 de di ci embre de 1878. El corresponsal pasó una noche en
nuestra casa y encontró al l í otros vi si tadores, y uno de el l os, un arti sta i ngl és, l e
contó l o que vi ó hacer a H. P. B. Di ce el croni sta:
“…Yo se que a usted l e parecerá esto i ncreí bl e, mi queri do ami go –me di j o–
porque así me l o parece al recordarl o, pero no obstante, estoy bi en seguro de lo
que he vi sto. Además habí a otro testi go. ¡ He vi sto a l a señora, crear! –¡ Crear!,
excl amé. –Sí , crear, produci r de l a nada. Voy a ci tarl e dos casos:
La señora, mi ami go y yo, sal i mos un dí a para ver l os escaparates, y el l a di j o que
deseaba tener de esos al fabetos con l etras de col or para recortar, que se venden en
hoj as, así como páj aros, fl ores, ani mal es y fi guras de todas cl ases, que se usan para
decorar vasos, etc. Estaba arregl ando un ál bum de recortes y querí a hacer el tí tul o
en l etras de esas cl ases. Buscamos en vari os si ti os, y por fi n encontramos una sol a
hoj a de 26 l etras, en un comerci o de l a 6ª aveni da. Lo compró y vol vi mos a su
casa. Hubi era necesi tado vari os, pero no habi éndol os encontrado, empezó a usar
ese. Mi ami go y yo, estábamos j unto a el l a en su mesi ta, mi entras pegaba
acti vamente sus l etras en el ál bum. De pronto excl amó: “¡ Me hace fal ta dos S dos
P y dos A”.
Yo l e di j e: “Señora, voy a buscarl as a l a ci udad, en al guna parte l as habrá”. “No,
no val e l a pena”, contestó, y de pronto, mi rándome, di j o: ¿”Qui ere V. verme hacer

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una”?
–¿Hacer una, cómo, pi ntándol a?
–No, hacer una exactamente i gual a éstas.
–Pero, ¿cómo? Están i mpresas a máqui na.
–Puede hacerse. Mi re.
Puso el dedo sobre l a S, mi rándol a. Su mi rada tení a una gran i ntensi dad; su
frente se arrugaba; parecí a l a encarnaci ón de l a vol untad. Al cabo de medi o
mi nuto, sonri ó, l evantó el dedo y mostró. dos S exactamente i gual es, excl amando
“¡ Ya está!” Después hi zo lo mi smo con l a P.
Mi ami go se di j o: si es una broma, se l a puede i mpedi r. No hay más que una
l etra de cada cl ase en cada al fabeto. Veremos. Entonces l e di j o: “Bi en, señora, y si
esta vez, en l ugar de hacer una l etra separada, l a hi ci ese usted uni da a l a otra así :
A-A” “Me es l o mi smo hacerl a del modo que sea”, respondi ó el l a con tono
i ndi ferente, y col ocando el dedo sobre l a A, lo reti ró al cabo de al gunos segundos y
l e di ó dos A uni das como lo deseaba. Parecían recortadas de la mi s ma hoja, no exi stí a
separaci ón ni j untura arti f i ci al de ni nguna cl ase. Tuvo que cortarl as para servi rse
de el l as. Esto sucedi ó en pl eno dí a, sol o ante mi ami go y yo, para su
entreteni mi ento tan sól o.
Ambos estábamos profundamente sorprendi dos y l l enos de admi raci ón.
Exami namos l as l etras con el mayor cui dado y parecí an por compl eto semej antes.
“Pero si V. lo desea, se l as puedo enseñar. Señora, ¿qui ere V. permi ti rnos ver su
ál bum?
“Ya lo creo, con mucho gusto”, respondi ó el l a amabl emente. Esperábamos con
i mpaci enci a l a apertura del vol umen. La pri mera pági na era soberbi a y se l eí a en
el l a:
Tercer volumen del Scrap-book de la Soci edad Teosófica.
Nueva York, 1878,
Sus tribulaciones y sus triunfos.
Vea, me di j o mi ami go, mostrándome l a S. de Scrap y l a de Soci edad, ésta es l a
l etra de l a hoj a, y esta l a que el l a hi zo. No habí a entre el l as ni nguna di ferenci a”
75
.

75
Par ece que el cr oni s t a s e f i ó a s u memor i a y des cui dó copi ar l a i ns cr i pci ón en el moment o; l a
t engo ant e mi y l eo: Ant e a nd p o s t na t a l h i s t o r y o f t h e Th e o s o p h i c a l S o c i e t y a nd o f t h e
mo r t l f i c a t i o ns , t r i b ul a t i o ns a nd t r i ump h e o f i t s Fe l l o ws ( Hi s t or i a ant e y pos t nat al de l a
Soci edad Teos óf i ca y de l as mor t i f i caci ones , t r i bul aci ones y t r i unf os de s us mi embr os . N. del
T. ) Las l et r as cr eadas por H. P. B. , s on: l as s de h i s t o r y , de Th e o s o p h i c a l y de S o c i e t y , dos de

251
No habí a nada extraordi nari o, ni en el mobi l i ari o ni en l a decoraci ón de
nuestra casa, sal vo en el comedor y en l a sal a de trabaj o que a l a vez era sal ón de
recepci ón y bi bl i oteca; ambas habi taci ones eran verdaderamente raras. La pared
que separaba al comedor del dormi tori o de H. P. B. estaba cubi erta por entero con
un gran cuadro hecho todo con hojas secas, que representaba una sel va tropi cal . Un
el efante rumi aba cerca de un pantano, mi entras un t i gre se l anzaba sobre él desde
el fondo, y una enorme serpi ente se enroscaba al rededor del tronco de una
pal mera. Hay una descri pci ón muy buena de él en el Frank Leslie’s Popular Monthly
de febrero de 1892, pág. 205, a pesar de que l a adi ci ón de un cri ado i ndo que
serví a a l os convi dados que bebían vino, perj udi ca a l a exacti tud. La habi taci ón no
se parecí a a l a descri pci ón; no tení amos cri ado i ndo, no habí a en l a casa ni una
gota de vi no ni de al cohol , nuestro mobi l i ari o era muy di ferente, etc.
Nunca oí habl ar de otro cuadro de l a mi sma cl ase, y todos nuestros i nvi tados
parecí an hal l arl o muy apropi ado a una casa como l a Lamaserí a. Toda l a
decoraci ón de hoj as secas, acompañaba a un el efante recortado en papel oscuro.
Tuve otra i dea del mi smo esti l o para el cuarto de trabaj o. La puerta de entrada
estaba en un chafl án de l a habi taci ón, y enci ma quedaba un cuadrado de pared,
más o menos de 4 pi es por 5. Un dí a encontré en una ti enda de curi osi dades una
cabeza de l eona admi rabl emente embal samada; tení a l os oj os l l ameantes, l a boca
muy abi erta, l a l engua recogi da y l os di entes bl ancos y amenazadores. Al vol ver a
casa, busqué un si ti o para mi adqui si ci ón y ese trozo de pared atraj o mi atenci ón.
Col oqué al l í mi trofeo rodeado de l argas hi erbas secas, de manera que l os
vi si tadores que l a veí an de pronto, podí an i magi narse ver que una l eona furi osa
sal í a del matorral para sal tar sobre el l os. Para nosotros era una di versi ón hacer
sentar a l os que vení an por pri mera vez, de frente a l a puerta, para gozar con su
sobresal to cuando al dej ar de mi rar a H. P. B. , comenzaban a exami nar l a sal a. Si l a
suerte querí a que l a vi si ta fuese una sol terona nervi osa que daba un gri to, H. P. B. se
reí a de todo corazón. En dos ri ncones puse hoj as de pal mera que l l egaban al techo y
se curvaban graci osamente; al gunos moni tos embal samados se asomaban
curi osamente por enci ma de l as cenefas de l as corti nas; una hermosa serpi ente
empaj ada dormí a arri ba del espej o de l a chi menea, con l a cabeza col gando a un l ado

el l as han s i do s acadas de l a ot r a; l as p s on l as de p o s t y t r i ump h s , más pequeñas que l as s .
Par ece que ha cr eado ot r as más s i n deci r nada, por que l a f r as e enci er r a 8 a, s i n cont ar l as ot r as
l et r as dobl es . E. S. O.

252
del mi smo. Un gran babuí no, adornado con cuel l o, corbata bl anca y un par de gafas
mí as, se mantení a de pi e en un ri ncón, con un ej empl ar de El Origen de las Especies
baj o el brazo. Le l l amábamos el profesor Fi ske. Un grande y hermoso buho estaba
encaramado sobre l a bi bl i oteca; al gunos pequeños l agartos trepaban por l as
paredes. Un rel oj sui zo de cuco estaba col gado al l ado l a chi menea. Pequeños
muebl eci tos de l aca j aponeses, estatui tas del Señor Buddha en madera, un talapoin
76
,
si amés, y di versos obj etos de adorno, ocupaban todos l os espaci os l i bres enci ma del
pi ano y de l as repi sas. En el centro de l a sal a habí a una gran mesa escri tori o;
nuestros pocos l i bros, puestos en estantes, ocupaban el espaci o entre l as dos
ventanas que daban a l a 8ªAveni da; si l l as y uno o dos di vanes, concl uí an de l l enar l a
sal a, de suerte que para i r de un extremo a otro de l a habi taci ón, habí a que hacer
mani obras. Una araña de gas con cuatro l uces, más una que col gaba sobre l a mesa,
procuraba el al umbrado materi al ; el resto de l a i l umi naci ón estaba a cargo de
H. P. B. Una puerta de corredera rara vez cerrada, separaba l a sal a de trabaj o de su
pequeño dormi tori o, y un enorme dobl e tri ángul o de chapa de acero recortada,
estaba suj eto enci ma de l a puerta. Total que esta habi taci ón tení a un aspecto
artí sti co y agradabl e para sus habi tual es ocupantes y para sus i nvi tados, y si rvi ó de
tema para muchas descri pci ones en l os peri ódi cos y numerosas conversaci ones de
l os ami gos. No podí a desearse un cuadro mej or escogi do, a l a mi steri osa y fantásti ca
persona de H. P. B. . Los di ari os norteameri canos de ese ti empo, estaban l l enos de
croqui s de esa sal a; he aquí uno del mi smo croni sta del Hartford Daily Times al cual
hemos copi ado l as ci tas anteri ores:
“La señora estaba en su pequeño cuarto de trabaj o, que serví a al mi smo ti empo
de sal ón, y agregaremos que de ti enda de compra-venta, porque j amás se vi ó una
habi taci ón tan repl eta de cosas raras, el egantes, anti guas, hermosas, costosas, o
aparentemente si n val or, como esta sal a. Tení a el ci garri l l o en l a boca y l as ti j eras
en l a mano; se ocupaba acti vamente en recortar párrafos, artí cul os, i nformaci ones,
crí ti cas, etcétera, de montones de peri ódi cos del mundo entero; todos se referí an a
su persona, su l i bro, l a Soci edad Teosófi ca y a todo l o que de cerca o de l ej os podí a
rel aci onarse con su obra y su obj eti vo. Nos hi zo señas para que nos sentáramos, y
mi entras el l a l eí a atentamente un artí cul o, empl eamos nuestro ti empo observando
l as paredes y el mobi l i ari o de esa Lamasería de Nueva York. En buen si ti o, un gran

76
As c e t a buddhi s t a de Si a m. ( N. de l T. )

253
mono con cuel l o, corbata y gafas, teni endo un manuscri to en sus manos. ¿Será l a
cari catura de un cl éri go?
77
.
Enci ma de l a puerta, una cabeza embal samada de l eona, con l a boca abi erta, de
ai re amenazador, con l os oj os rel uci entes y de un aspecto feroz casi natural . Un
di os dorado en medi o de l a chi menea, l acas chi nas y j aponesas, abani cos, pi pas,
tapi ces, di vanes baj os y sofás, un gran escri tori o, un páj aro mecáni co que cantaba
como una máqui na, ál bums, l i bros de recortes, y l os i nevi tabl es ceni ceros, papel y
boqui l l as, compl etaban el bri l l ante conj unto, en el que l a Señora aparecí a en
perfecta armoní a con su ambi ente.
Su fi sonomí a es extraña y rara; en sus rasgos se refl ej an mi l senti mi entos a l a vez,
nunca parece ocupada por entero en al go. Si empre puede perci bi rse en sus oj os l a
sombra de preocupaci ones e i deas no expresadas. Entonces y si empre, me hi zo el
efecto de una dobl e personal i dad, como si a l a vez hubi ese estado presente y
ausente, habl ando aquí y refl exi onando o actuando en si ti o l ej ano. Los cabel l os
fi nos, muy espesos, natural mente ondul ados, no tení an ni una sol a hebra bl anca. Su
tez, evi dentemente bronceada por el mar y el sol , no tení a una arruga. Sus manos y
brazos parecí an l os de una j oven. Toda su persona respi ra el i mperi o de sí mi sma, l a
autori dad y una ci erta sangre frí a que raya en l a i ndi ferenci a mascul i na, si n pasar
j amás ni un i nstante l os l í mi tes de l a del i cadeza femeni na”.
Ya he di cho anteri ormente que l o que hací a tan atrayentes l a s vi si tas a l a
Lamaserí a era l a esperanza que tení a si empre el i nvi tado, de ver hacer al gún mi l agro
a H. P. B. , estando seguro desde l uego de senti rse di verti do, encantado o i nstrui do
por su vi va y espi ri tual conversaci ón. A veces, de pronto, en medi o de un si l enci o,
un i nvi tado se poní a un dedo sobre l os l abi os para que todos quedasen cal l ados, y se
oí a una músi ca en el ai re. En al gunas ocasi ones, l a músi ca comenzaba a l o l ej os y
apenas percepti bl e, después, acercándose, l a encantada armoní a crecí a poco a poco,
fl otando en l a habi taci ón, cerca del techo, y apagándose por fi n en un acorde
perdi do, todo vol ví a al si l enci o. O bi en era H. P. B. qui en hací a i mperi osamente un
si gno con l a mano, y … ding, ding, ding … , se dej aba oí r el argenti no soni do de una
campani l l a en el si ti o que el l a desi gnaba. Hay personas que creen que debí a tener
una campani l l a escondi da baj o su bata para hacer ese j uego. Pero a esto contesto
que yo y otros, muchas veces, preparamos después de cenar y antes de l evantarnos

77
No; de l s a bi o ma t e r i a l i s t a ( E. S. Ol c ot t ) .

254
de l a mesa, una seri e de vasos y bo1s l l enos hasta di ferentes al turas para obtener
notas di ferentes gol peándol os con un l ápi z, l a hoj a de un cuchi l l o, etc. , y H. P. B.
reproducí a en el ai re cada nota dada por l os vasos. Una campani l l a manej ada debaj o
de l os vesti dos de una muj er, no podrí a hacer eso. Otras veces, en presenci a de
numerosas personas, apoyaba su mano en el tronco de un árbol , l a pared de una
casa, un rel oj , l a cabeza de una persona, o cual qui er obj eto que se l e i ndi case, y
hací a sonar l a campani l l a encantada en el i nteri or del cuerpo sól i do en que se
apoyaba. Estaba yo con el l a una noche en Si ml a, en casa del señor Si nnett; todos
nos hal l ábamos sentados en l a gal erí a y el l a hi zo veni r haci a nosotros l a extraña
músi ca, baj o l as estrel l as y a través del sombrí o val l e que se hundí a más abaj o de l a
casa. Tambi én estaba yo presente cuando hi zo sonar una campani l l a encantada en
el i nteri or de l a cabeza de uno de l os más al tos funci onari os ci vi l es angl o-i ndi os, y
otra en el bol si l l o del gabán de otro al to funci onari o que se encontraba al otro
extremo de l a sal a.
El l a no podí a dar una expl i caci ón raci onal respecto al procedi mi ento que usaba
para eso. Un dí a que hal l ándonos sol os l a i nterrogué sobre ese punto, me di j o:
“Veamos un poco, usted si l ba admi rabl emente; ¿cómo hace para dar
i nstantáneamente con l os l abi os l a mi sma nota que qui ere?” Le respondí que no
podí a deci r con preci si ón cómo l o hací a, sal vo que un l argo estudi o de muchos años
me habí a dado l a costumbre de col ocar l os l abi os de ci erto modo, de suerte que l a
nota sal í a como yo l o deseaba. “Bi en, dí game ahora, ¿cuando desea una ci erta nota,
usted pi ensa: es menester que col oque mi s l abi os, l os múscul os de l a garganta, y
haga sal i r el ai re, de tal y tal modo? –Nada de eso, l a costumbre ha hecho que esos
movi mi entos muscul ares y neumáti cos sean en absol uto automáti cos. –He ahí
j ustamente mi caso. Pi enso una nota; i nsti nti va o automáti camente, obro por mi
vol untad sobre l a corri ente astral . Enví o desde mi cerebro haci a un punto dado del
espaci o una especi e de contra-corri ente. Se forma como un torbel l i no en el punto
en donde mi corri ente encuentra l a gran ol a de l uz astral que si gue el movi mi ento
de l a Ti erra, y l a nota que pi enso, suena en ese remol i no. Exactamente como l a nota
que usted desea resuena en el vací o formado por sus l abi os cuando l os col oca como
es preci so, así como l os múscul os de su garganta para obl i gar al ai re a pasar por ese
ori fi ci o. No puedo expl i carl e esto de otro modo. Es una cosa que puedo hacer, pero
no puedo. deci rl e cómo l a hago. Y ahora, ensaye usted todas l as notas que qui era
para ver si puedo reproduci das”. Gol peé vasos al azar y en segui do oí su eco en el

255
ai re, como si vi ni era del paí s de l as hadas, tan pronto enci ma mi smo de mi cabeza
como en un ri ncón o en otro. Si no reproducí a l a nota con exacti tud, yo se l o decí a,
y después de darl a yo de nuevo, nos l l egaba perfectamente devuel ta por el akasha.
Puede compararse lo que precede, con l o que di ce l a señora Speers en Light del 28 de
enero de 1893, respecto a l os soni dos musi cal es que se producí an al rededor de M. A.
Oxon:
“19 de septi embre. Esta noche, antes de l a reuni ón, hemos oí do sonar l as
campanas encantadas en di ferentes si ti os del j ardí n mi entras nos paseábamos.
Hubi érase podi do deci r a veces que vení an de l ej os, como de l a ci ma de un árbol
muy al to, donde l a músi ca y l as estrel l as se mezcl aban, o bi en se acercaban, y por
fi n nos si gui eron a l a sal a de l a sesi ón, que daba al j ardí n. La músi ca fl otaba a
nuestro al rededor, en l os ri ncones de l a habi taci ón, y por úl ti mo sobre l a mesa
al rededor de l a cual estábamos sentados. A peti ci ón nuestra, hi ci eron escal as,
marcaron acordes con l a mayor rapi dez y reproduj eron notas cantadas por el doctor
S. Cuando el señor Stai nton Moses entró en trance, l a músi ca se hi zo bastante más
sonora, hubi érase di cho que era un pi ano tocado con fuerza. No habí a ni ngún
i nstrumento en esta sal a”.
Esos fenómenos musi cal es, evi dentemente son i dénti cos a l os de H. P. B. , sal vo l a
radi cal di ferenci a de que el l a podí a produci rl os a vol untad, mi entras que Stai nton
Moses no tení a ni ngún i mperi o sobre el l os y se hací an más i ntensos cuando su
cuerpo estaba en trance. Esas campanas encantadas se dej aron oí r conti nuamente
en el cí rcul o Speer, y l os espí ri tus no di eron para expl i carl as más que teorí as poco
convi ncentes. Por ej empl o, el pretendi do espí ri tu de Benj amí n Frankl i n (Ligh, 18
de marzo de 1893, pági na 130) l es di j o un dí a: “Lo que ustedes l l aman campanas
encantadas es un i nstrumento espi ri ti sta que se toca en l as esferas”. No obstante,
agrega: “Podrí amos muy bi en hacerl o mej or si el medi um fuese mej or músi co, pero
está mal organi zado para l a músi ca”. ¿Por qué, si es produci da con un i nstrumento?
Casi hubi ese si do l o mi smo deci r que Thal berg o Paderewski tocarí an mej or el
pi ano si el encargado de l a i l umi naci ón de l a sal a del conci erto no fuera sordo de
un oí do. Tenemos el derecho de repudi ar l a teorí a del i nstrumento espi ri ti sta,
puesto que se nos expl i ca que cuanto más músi co es el medi um, tanto más
mel odi osas son l as campanas. Además, cuanto más profundo es el trance en que el
medi um está sumergi do, tanto más cl aro y más cerca dan l as campanas su ding, ding,
dang.

256


CAPÍTULO XXVII
ILUSIONES

El el emental que estaba al servi ci o de H. P. B. hi zo sonar un dí a l a campana con
un tri ste moti vo: en el momento de l a muerte de su canari o favori to. Recuerdo esto
con cl ari dad porque ese recuerdo está uni do en mi memori a al de l a pena si ncera de
H. P. B. Era una canari a muy ordi nari a, que no tení a un aspecto boni to, pero
excel ente ama de casa, de una i ncreí bl e acti vi dad, y l a querí amos porque era un
ani mal i to muy si mpáti co. No me acuerdo ya de dónde l a adqui ri mos, pero creo que
H. P. B. l a traj o de Fi l adel fi a y que yo compré su mari do, que era un cantor notabl e,
en Nueva York. En fi n, eso no ti ene i mportanci a; l es tení amos en nuestro poder
desde hací a mucho ti empo y l es tratábamos como si fuesen hi j os nuestros. Les
dej ábamos vol ar por l a sal a y el canari o dándonos l as graci as, vení a a posarse en un
cuadro cerca del escri tori o para cantar. La hembri ta sal taba con toda confi anza por
enci ma de l a mesa pi ando, j unto a nosotros, y se apoderaba de todas l as hebras de
hi l o que podí a encontrar, para l l evarl as a su ni do, construi do en el adorno de
bronce de donde sal í a el caño del gas de l a araña. Apreci aba muy especi al mente l as
l argas ti ri tas del papel recortado por H. P. B. cuando pegaba y j untaba sus
manuscri tos de tamaño grande. “Jenny” esperaba paci entemente a que su ama
hubi ese recortado su papel , y apenas caí an l as ti ras sobre l a mesa o al suel o, se
apoderaba de el l as y l as l l evaba al ni do, mi entras “Pi p”, su mari do, demostraba su
aprobaci ón cantando. Un tapi z ori ental a rayas, proporci onaba mucha ocupaci ón a
Jenny; apretaba con el pi co una raya, y apoyándose en sus dos pati tas, ti raba y
ti raba con todas sus fuerzas si n consegui r arrancarl a.
Cuando por fi n termi nó su famoso ni do, Jenny comenzó a i ncubar, enci ma de
nuestra mesa, vi éndose su cabeci ta que sal í a un poco del adorno de bronce. Pi p
cantaba de todo corazón y nosotros esperábamos con i mpaci enci a l a apertura de l os
huevos. Pasaron semanas y no se sentí an l as crí as; no comprendí amos l o que pasaba.
Por fi n, un dí a, aprovechando un momento en que l a sol í ci ta mamá sal í a del ni do
para i r a comer, puse una si l l a sobre el escri tori o, H. P. B. l a sostuvo y me encaramé
enci ma para ver qué sucedí a. El ni do estaba compl etamente vací o, no habí a crí as, ni
huevos, ni cáscaras rotas; nuestra canari a se habí a burl ado de nosotros. H. P. B.

257
decl aró que “¡Jenny habí a i ncubado sus i l usi ones!”, es deci r, que habi éndose una
vez persuadi do de que habí a puesto, ¡creyó deber i ncubar sus huevos i magi nari os!
Durante al gunos meses todo fue bi en, pero nuestro cuarteto se convi rti ó en un
trí o con l a muerte de Jenny. La encontré en l a j aul a ya en sus úl ti mos momentos. Se
l a l l evé a H. P. B. y ambos depl oramos el fi n de nuestra ami gui ta. H. P. B. l a besó, l a
acari ci ó, trató de reani marl a con su al i ento magnéti co, pero no consi gui ó nada; el
pobre ani mal i to respi raba cada vez más débi l mente y vi mos bi en que sól o era
cuesti ón de momentos. Entonces el rostro de grani to de H. P. B. se i nundó de
ternura, abri ó su ropa para tratar de devol ver l a vi da a Jenny col ocándol a contra su
corazón conmovi do de pi edad. Fue en vano. El pobre ani mal i to tuvo un úl ti mo
estremeci mi ento, y entonces … entonces, en el akasha, j unto a nosotros, sonó una
nota cl ara, dul ce y neta, el requiem de esa pequeña vi da apagada. Y H. P. B. l l oró su
paj ari to muerto.
¿Hay que cl asi fi car el si gui ente fenómeno entre l as i l usi ones? Un dí a, haci endo
al go j unto a su mesa, H. P. B. vol có el ti ntero sobre una bata cl ara que l l evaba
puesta. Por l o menos, una cucharada de ti nta corri ó en una docena de chorreras por
l a parte del antera de su bata, que quedó perdi da. Echemos un vel o sobre l as
excl amaci ones que si gui eron al desastre; di gamos tan sól o que fueron más enérgi cas
que poéti cas. Si n embargo, no se tardó mucho en hal l ar el remedi o. Fue haci a l a
puerta de su habi taci ón si n atravesar el di ntel , y al l í , dándome l a espal da, se puso a
pasar l as manos sobre toda l a bata, o por l o menos sobre todo l o que de el l a podí a
al canzar. Después, vol vi éndose, se me apareci ó vesti da con una bata de col or
chocol ate. ¿Era una i l usi ón? En ese caso, l a i l usi ón tení a un ti nte bi en fi rme,
porque esa bata chocol ate l e si rvi ó tanto ti empo como otra cual qui era y no vol ví a
ver j amás l a que se manchó.
Un dí a me contó con todas l as señal es de que eso l a di vertí a i ntensamente, que
el l a mi sma habí a si do ví cti ma de una maya de esa cl ase. Vi aj aba por el desi erto con
ci erto copto, mago bl anco cuyo nombre reservaré, y cuando acamparon de noche,
el l a mani festó un ardi ente deseo de tomar una taza de buen café con l eche a l a
francesa. “¡Ya l o creo, puesto que l o desea usted tanto”!, di j o su guí a y protector.
Fue haci a el camel l o que l l evaba el equi paj e, sacó agua del odre y vol vi ó en segui da
trayendo una taza de café hi rvi endo y perfumado, mezcl ado con l eche. H. P. B. , que
conocí a a su compañero y sabí a que era un gran Adepto y poseí a poderes muy
grandes, pensó que aquel l o era un fenómeno. Se l o agradeci ó cal urosamente, bebi ó

258
el café, y, encantada, decl aró que no l o habí a probado nunca mej or en el mi smo
Café de Parí s. El mago, por toda respuesta, se i ncl i nó y esperó que l e devol vi ese l a
taza. H. P. B. bebí a el l í qui do a pequeños sorbes, fumando y habl ando al egremente.
¿Pero, qué es ese? ¡En l a taza no habí a más café, sól o quedaba agua! Nunca hubo
otra cosa, y el l a habí a bebi do y senti do l a i l usi ón del moka hi rvi endo y perfumado.
Evi dentemente se me di rá que todo el mundo puede ver eso en cual qui er
magneti zador ambul ante que os hace hacer tomar el petról eo per chocol ate y el
vi nagre per mi el . Pero exi ste una sensi bl e di ferenci a: en el caso de H. P. B. , l a i l usi ón
se produj o si n pal abras, por una si mpl e transmi si ón de pensami ento y sobre un
suj ete dotado del mi smo poder de i l usi onar a l os demás. Del experi mento por el que
se paga a un magneti zador de feri a en el sal ón de espectácul os de un puebl o, a este
ej empl o superi or de sugesti ón pensada, i mpuesta en si l enci o a una persona sol a o a
un públ i co por un i ndo presti di gi tador, fakir, sannyasi e Adepto, sol a hay una
di ferenci a de grado; todas esos fenómenos y muchos otros se basan en un mi smo
pri nci pi o, cuya observaci ón es l a funci ón de l as senti das fí si cos. Ya sea que l a maya
se i mponga del exteri or por medi o de un gesto sugesti vo, una pal abra, o l a
si l enci osa vol untad de un tercero, a bi en que nazca i nteri ormente de l a i magi naci ón
engañada por un esfuerzo de vol untad, es si empre l o mi smo. Y qui en ha estudi ado a
fonda el procedi mi ento del magneti zador de feri a o del i l usi oni sta i ndo semi -
desnudo, se hal l a en estado de comprender l a teorí a cósmi ca de maya.
Cuando se vi ve coti di anamente can una persona que ti ene el poder de i l usi onar a
uno así a vol untad, se concl uye per senti rse i nteri ormente mol esto, porque, ¿cómo
se puede saber si l o que se cree ver u oí r es real o no? Hasta una vi si ta come l a que
reci bí del Mahâtma, con sus conmi tantes pruebas de tacto y conversaci ón, no
demostrarí a en l o más mí ni mo que yo no era l a ví cti ma de una i l usi ón. Se recordará
que esa i dea me atravesó durante l a conversaci ón, cuando nos í bamos a separar, y
que el Mahâtma me di ó sonri endo l a prueba que yo deseaba, dej ando sobre l a mesa
su turbante, un trozo de tel a de al godón bi en tangi bl e, y marcado en un ángul o con
su cri ptógrama.
Los cuentos popul ares están l l enes de j oyas y tesoros encantados que al dí a
si gui ente resul tan transformados en rami tas, hoj as, paj a u otra cosa si n val or. Se
hal l an hi stori as de esta cl ase en casi todas l as puebl as y en todas l es paí ses; tambi én
l as he encontrado en l a Indi a. Se basan sobre l a teorí a de l a mâya. Pera me parece,
después del ej empl o que ya he dado, del Mahâtma que me resti tuyó el di nero

259
gastado en úti l es para di buj ar su retrato, que l a mi sma persona que podí a crear l a
i l usi ón del di nero, podí a tambi én crear el di nero mi smo, o bi en per medi o de l a l ey
del “aporte”, podí a hacerl o veni r de un si ti o l ej ano donde se hal l ase.
Los das retratos de señoras chi nas o j aponesas, eran una i l usi ón, y l o que voy a
contar, tambi én. Un dí a que el honerabl e J . L . O’ Sul l i van, ex-mi ni stro de l os
Estados Uni dos en Portugal , y del que ya he habl ado anteri ormente, vi no a
vi si tarnos, l a conversaci ón se deri vó sobre el desdobl ami ento de obj etos. Yo habí a
traí do del banco ese dí a un bi l l ete de 1.000 dól ares y se l e dí a guardar a H. P. B. Esta
sacó di cho bi l l ete de su caj ón, l o enrol l ó y se l o di ó a tener al señor O’ Sul l i van.
Después l e di j e que abri ese l a mano y mi rase. Al desenrol l ar el bi l l ete, encontró
dentro otro exactamente i gual ; el mi smo papel , l a mi sma i mpresi ón por ambos
l ados y el mi smo número de seri e. “¡Vaya –excl amó O’ Sul l i van– he ahí un
magní fi co medi o de hacerse ri co!” “Nada de eso –respondi ó H. P. B. –, no es más que
un j uego psi col ógi co. Tenemos el poder de hacer esto, pero no el derecho de
servi rnos de él , ni para nosotros ni para l os demás, así come usted no osarí a hacer
un bi l l ete fal so por l as métodos corri entes de l a fal si fi caci ón. Serí a robar al Estado,
tanto en un caso come en el otro”. No qui so sati sfacer nuestra curi osi dad
expl i cándonos cómo habí a procedi do, pero nos di j o ri endo que l o adi vi náramos si
podí amos. Guardó l os dos bi l l etes en el caj ón y después que se fue nuestro i nvi tado,
me mostró que no quedaba más que el bi l l ete ori gi nal ; el otro habí a desapareci do.
Poca antes de dej ar Nueva York, fui mos una tarde de compras para el l a, compras
que subi eran a 50 dól ares, y como no l l evaba ni ngún di nero enci ma en ese
momento, pagué par el l a y guardé l as facturas. Al vol ver a casa, dej ó mi braza y me
puso en l a mana al gunos bi l l etes, di ci endo: “Tenga, ahí están sus ci ncuenta
dól ares”. Repi te que no tení a ni un cénti mo y que a nadi e pudo pedí rsel es
prestadas. Y al sal i r de casa el l a, no sabí a l a que i ba a comprar ni l o que costarí a.
Pero si empre tení a di nero cuando en real i dad l o necesi taba y cuando era
conveni ente que l o tuvi ese. Por ej empl o: una vez me pi di ó que fuese a ci erta ci udad
para hacer al go muy i mportante para l os Mahâtmas. Yo cal cul é que necesi tarí a estar
ausente por l o menos un mes o dos, y como yo pagaba l os gastos de l a Lamaserí a,
además de tener sobre mí otras obl i gaci ones pesadas, di j e francamente a H. P. B. que
no podí a sal i r de Nueva York par tanto ti empo. “Muy bi en –me di j o–. Haga l o que
crea que debe hacer, usted no está aún comprometi do como neófi to, y l os
Hermanos no ti enen el menor derecho de al ej arl e de sus negoci os”. Pero yo no

260
podí a soportar l a i dea de negar al guna cosa a nuestros Maestros y aunque no vi ese
de dónde vendrí a el di nero en mi ausenci a, deci dí por fi n i r, costase l o que costase.
H. P. B. me preguntó cuánto perderí a y l e contesté que cal cul ando per l a baj o no
podrí a ser menos de 500 dól ares por mes. Sal í de Nueva York y vol ví bi en entrado
el segundo mes. Al i r al Banco a i nformarme de l o que quedaba en mi cuenta, me
sorprendí mucho al saber que habí a j ustamente mi l dól ares más de l a que yo creí a.
¿No habí a error? No, estaba bi en l a cuenta. Entonces pregunté al caj ero si
recordaba cómo era l a persona que había hecho dos depósitos de 500 dól ares en mi
cuenta. Lo recordaba muy bien porque era un hombre muy extraordinario: muy al to,
con l argos cabel l os negros que l e caían sobre l os hombros, oj os negros penetrantes y
l a tez morena; total , un asiático. Los dos depósitos procedían del mismo personaj e
que se había contentado con entregar el dinero al caj ero para ser ingresado en mi
cuenta. No tenía mi l ibreta y pidió al caj ero que tuviese l a bondad de l l enar él
mismo l a hoj a de depósito, “porque él no sabía escribir el ingl és”. Si H. P. B. hubiese
tenido en aquel entonces l as amistades que después adquirió en l a India y en
Europa, no hubiera tenido nada de particul ar que de el l os obtuviese l a reparación de
mi déficit, pero aparte de mí, no conocía entonces a nadie que pudiese prestarl e 100
dól ares y mucho menos mil .
También en Bombay, el l a tenía dinero siempre que en real idad l o necesitaba. Al
desembarcar, teníamos sól o l o preciso para proveer a nuestros gastos de l a casa
durante al gunos meses, sin empl ear nada en l uj o ni en cosas superfl uas. No obstante,
partimos con Mool j i y Babul a para hacer ese viaj e al Pundj ab del que el l a sacó su
novel esco l ibro Por las grutas y selvas del Indostán, y gastamos 2. 000 rupias sin mol estia
al guna. Nuestro frasco de aceite y nuestra medida de harina no se agotaron nunca,
porque l os Maestros por quienes trabaj ábamos, nos daban oportunamente l o que
necesitábamos. Cuando pregunté cómo era que l os Maestros, que viven apartados
del mundo donde se gana el dinero, podían hacer eso, H. P. B. me contestó que el l os
tenían baj o su custodia tesoros increíbl es de minas y j oyas enterrados, y que, por el
Karma que se l es había impuesto, podían ser empl eados para el bien de l a Humanidad
por diferentes manos. Sin embargo, al gunos de esos tesoros estaban tan
contaminados por un aura criminal , que si se l es dej aba desenterrar y poner en
circul ación antes que ese karma fuese agotado, engendrarían de nuevo crímenes y una
miseria mayor. Además, que el karma de ciertas personas exigía que el l as
descubriesen como por casual idad l os escondrij os de dinero u otros val ores, o bien

261
que reuniesen una mayor o menor fortuna en l os negocios. Esas compensaciones
eran l a obra de ciertos el emental es del reino mineral , a l os que esos favoritos de l a
fortuna eran según l a creencia oriental íntimamente al iados por l os el emental es
preponderantes en su propio temperamento.
Esta cuestión de l os el emental es ha sido siempre l a manzana de l a discordia con
l os espiritistas, pero, sin embargo, l a señora Britten, uno de sus j efes, decl ara (ver l a
Banner of Light) “que el l a SABE que existen otros espíritus además de l os humanos, y
que ha visto apariciones de seres espiritual es o el ementarios, evocados por fórmul as
y operaciones mágicas”. Además, el honorabl e Aksakoff decl ara también “que el
príncipe A. Dol gorouki, gran autoridad en cuestión de Magnetismo, me ha escrito
que él se había asegurado de que l os espíritus que desempeñan l os principal es
papel es en l as sesiones espiritistas, son el ementarios, gnomos, etc. Que sus
cl arividentes l os han visto y se l os han descrito” (Spi. Sci., diciembre de 1875,
Theosophic Scrap-Book, vol . 1, pág. 92).
Vol viendo a l o mismo: un individuo dado, teniendo en sí una cantidad
preponderante de el emental es pertenecientes al reino mineral , se vería dotado de l a
mágica facul tad de Midas, rey de Frigia “que” transformaba en oro todo l o que
tocaba”. Y cual quiera que fuese l a incapacidad de ese individuo para l os negocios, su
buena suerte sería constante e irresistibl e. Con una proporción preponderante de
el ementos acuáticos, quería ser marino y l o sería, a pesar de todo l o que de duro y
penoso tiene esa carrera. La preponderancia de l os el emental es aéreos en el
temperamento, hace a l os niños que trepan a l os árbol es y l os tej ados y a l os
hombres que escal an l as montañas suben en gl obo, y trabaj an en el trapecio a
vertiginosas al turas, buscando por todos l os medios desprenderse del suel o. H. P. B.
me contaba numerosas historias en apoyo de este principio; es inútil citarl os aquí, l a
vida está l l ena de ej empl os que se comprenderán con cl aridad al ver l a cl ave que he
dado. Respecto a l a Sociedad Teosófica, puedo decir que nunca se nos permitió ni a
H. P. B. ni a mí, tener l o superfl uo, pero j amás se nos dej ó carecer de l o necesario ni
para nuestra obra ni para nuestra vida privada. ¡Cuántas veces!, veinte, cincuenta tal
vez, ví nuestra caj a casi vacía y el porvenir pecuniario poco al entador, y sin
embargo, sea de un l ado, sea de otro, recibí invariabl emente l os fondos necesarios, y
nuestra empresa no se vió detenida ni un sol o día por fal ta de recursos para sostener
el Cuartel General .
Pero el agente que nuestros invisibl es Maestros empl ean, no está siempre

262
cal ificado para j uzgar si es o no indispensabl e para el éxito de su esfuerzo públ ico,
que él mismo se hal l e bien provisto de dinero. Cuando H. P. B. fue enviada de París a
Nueva York el año 1873, se encontró pronto en l a verdadera miseria, como lo he
dicho en otro capítul o, y se vió obl igada a echar y vol ver a echar agua sobre l os
pocil l os a fal ta de poder comprar café, y por fin, tuvo que trabaj ar con su aguj a para
un fabricante de corbatas a fin de no morirse de hambre. Entonces no recibió
ningún regal o imprevisto y no encontró oro en su col chón al despertarse por l a
mañana. Aún no era tiempo. Pero aunque estaba reducida a l a pobreza, tenía en su
baúl una suma considerabl e (al go así como 23. 000 francos, creo) que su Maestro l e
había confiado hasta que recibiese sus órdenes. Por fin recibió l a de trasl adarse a
Búffal o. ¿ Qué era eso? ¿ Cómo se iba? El l a no l o sabía. Preguntó para qué. La
contestación fue: “Poco importa; l l eve el dinero con usted”. Ll egada a su destino, se
l e dij o que tomase un coche de al quil er, fuese a tal es señas y entregase el dinero a tal
persona, sin expl icación, tomase un recibo y vol viese. El l a obedeció. Encontró al
hombre en l as señas dadas y en una si tuaci ón di fí ci l . Se preparaba para escri bi r
despi di éndose de su fami l i a, y tení a sobre l a mesa una pi stol a cargada, con l a que
i ba a matarse medi a hora más tarde si H. P. B. no hubi ese l l egado. Parece –por l o
que más tarde me di j o H. P. B . – que ese hombre era perfectamente honrado y
que esos 23. 000 francos l e fueron robados, de modo tal , que era necesari o para
ci ertos aconteci mi entos –i mportantes y por i nterés general – que el di nero l e
fuese devuel to en aquel preci so momento, y H. P. B . fue el egi da para ser el
i ntermedi ari o de esa obra de benefi cenci a. Cuando me encontré con el l a, habí a
ol vi dado por compl eto el nombre de ese hombre y sus señas. Este es un caso en el
cual el i ntermedi ari o el egi do para remi ti r el di nero al benefi ci ari o, se hal l aba
tambi én en una penuri a extrema si n que l e fuese permi ti do di straer ni un franco
de l a suma confi ada, para comprarse una l i bra de café.
Recuerdo tambi én otra vez en l a que H. P. B fue l a encargada de di stri bui r el
oro encantado. Pero fel i zmente, el que l o aprovechó nos ha dej ado su rel ato
i mpreso.
Parece que en una reuni ón de un cí rcul o espi ri ti sta conoci do, de Boston (Mass)
se habl ó de l a probabi l i dad de que desapareci era el Spiritual Scientist, por carecer
de fondos para sostenerl o. El di funto C. H. Foster, entonces medi um famoso, di j o
que un espí ri tu guí a habí a decl arado posi ti vamente que l a cal ami dad en cuesti ón
era i nmi nente. Y en efecto, el edi tor, Gerry Brown, tení a que abonar si n demora

263
al guna un venci mi ento de i mportanci a y no tení a di nero para hacerl o. El Spiritual
Scientist publ i có estas mi smas pal abras de expl i caci ón y l o que si gue, que copi o de
uno de l os recortes de nuestro Scrap-book:
“El di rector del Scientist reci bi ó hace al gunos dí as, un avi so para que pasase por
l a ofi ci na tel egráfi ca de l a Western Uni on a fi n de cobrar un di nero envi ado
tel egráfi camente. Acudi ó y pasó al l í l o si gui ente:
Decoraci ón: ofi ci na tel egráfi ca de l a Western Uni on. A medi odí a. A l a
i zqui erda, el empl eado detrás de su pupi tre. Entra por l a derecha un señor que
presenta un avi so para presentarse a cobrar.
El empleado. – ¿Espera usted al gún di nero?
El señor. – Aquí está mi nombre y mi s señas en el gi ro y el avi so de ustedes. Por
otra parte, no sé de dónde vi ene.
El empleado. – ¿Conoce usted a si r Enri que de Morgan?
El señor. – (Ri endo) ¡ Vaya!, he oí do deci r que el espí ri tu de ese personaj e, que
vi ví a hace unos dosci entos ci ncuenta años, ti ene a bi en i nteresarse por mí . Voy a
darl e a usted un reci bo.
El empleado. – (Irgui éndose y cambi ando de tono). ¿ Conoce V. aquí a al gui en
que pueda responder de su i denti dad?
El señor. – Sí.
Se l l ama a un mi embro de l a Compañí a que conoce al señor y se l e paga l a
canti dad.
Una hora más tarde l l ega un tel egrama que di ce:
“Suscri bo tantos dól ares para pagar l a factura debi da al 19 de j uni o y desafí o a
Carl os Foster a ver real i zada su profecí a. Publ i que este desafí o. Vaya a l a ofi ci na
tel egráfi ca de l a Western Uni on a buscar el di nero y acuse reci bo por tel egrama.
Si r Enri que de Morgan”.
El di nero vení a de una ci udad l ej ana. Publ i camos con mucho gusto el tel egrama
según l as i nstrucci ones reci bi das. No emi ti mos opi ni ón sobre l a procedenci a. Ya
hemos mostrado el tel egrama a vari os espi ri ti stas emi nentes, y uno de el l os
supone que eso pudi era ser muy bi en una farsa de al gún mi embro del cí rcul o.
Perfectamente. No pedi mos otra cosa que ser ví cti mas con frecuenci a de farsas
como ésta”.
Natural mente, l a ci udad l ej ana se l l amaba Fi l adel fi a y el remi tente H. P. B. , que,
como di j e anteri ormente, tení a entonces l o mi smo que yo, i nterés en sacar al

264
edi tor de esa cri si s de tesorerí a. Por otra parte, estoy perfectamente al corri ente
de l os recursos de H. P. B. en esa época y sé de buena fuente que no se hal l aba en
estado de envi ar a otros, ni poco ni mucho di nero. En cuanto a su segundo
mari do, era tan pobre como el l a y no tení a crédi to para pedi r prestado. Es preci so
que ese di nero l e haya veni do de l a Logi a, como el de sus compras en Nueva York
y el de sus gastos de vi aj e en l a Indi a. Ese si r Enri que de Morgan era Juan Ki ng, el
pretendi do espí ri tu guí a, baj o l a apari enci a del cual H. P. B. produj o sus pri meros
fenómenos de Nueva York y de Fi l adel fi a.
Una i nteresante coi nci denci a me hace encontrar en l a bi bl i oteca, mi entras
corregí a estas pruebas, un l i bro sobre Morgan, que habí a perdi do de vi sta hace
vari os años. Se ti tul a: “La historia de los filibusteros de América, desde su origen hasta
nuestros días, escri ta en vari os i di omas y ahora reuni da en un vol umen. Los hechos
y aventuras de Le Grand, el Ol onés, Roche Brasi l i ano, Bat el Portugués, si r
Enri que Morgan, etc. Escri to en hol andés por Jo. Esquemel i ng, uno de l os
fi l i busteros, y traduci do al español , etcétera”. (Londres, 1699, edi ci ón ori gi nal ).
Es un anti guo l i bro, pasado de moda y terrorí fi co; l o encontré en Nueva York,
creo, en l os pri meros ti empos de nuestras rel aci ones. Ti ene para nosotros un
especi al i nterés, porque l a i ntel i genci a que desempeñaba, para i nstrui rme; el papel
de Juan Ki ng, preci pi tó fenoméni camente sobre l as tres pági nas en bl anco que
preceden al tí tul o, l os si gui entes versos di ri gi dos por Juan Ki ng a su ami go Harry
Ol cott
78
:


TO MY FAST FRIEND HARRY OLCOTT
Hark ye o gents - to Captain Morgan' s pedigree
Herein furnished by l ying Esquemel ing;
The l atter but a truant, and in some degree
The Spaniard' s spy –Dutch Jew– who pennance sought and sail ing
Back to his foggi l and, and took to book-sel l ing.
Ye l ying cur! Though Capta in Morgan bucaniered
He nathel ess Knew wel l y trow the wrong from right,

78
Es t os vers os , es cri t os en es t i l o ant i guo y l l enos de arcaí s mos i ngl es es , perderí an t odo s u
caráct er y ori gi nal i dad al s er t raduci dos , y l os damos en s u i di oma, ya que para el as pect o
hi s t óri co de es t e l i bro no t i enen i mport anci a. (N. del T. )

265
From face of ennemie the Captain never steered,
And never tacked about to show his heel s in fight,
Thought he l oved wenches, wine, and gol d-he was a goodl y Knight.
He passed away for nobl e virtue praised round,
Encompast by his friends who shov' d him underground
An settl ed Above –disguising for a chance–
His titl e, and name so famous once –that may seem Strange–
But aint, and cal l ed himsel f John King – the King of Sprites
Protector to weak wench – defender of her rights …
Peace to the bones of both –the Pirat and the Knight–
For both have rotten away the good and wicked spright
And both of them have met – forwith when disembodied.
The Dutch biographer met with a tristful case
Sir Henry Morgan' s spirit who had l ong uphoarded
The wrongs made by the Jew chased his foe' s Sprite apace
And never Spirit worl d before or after witnessed
A more sound thrashing or more mirthful race.
MORALITEY
Know – O friend Harry, that a Sprite' s affray
In Summer Land is common any day,
That al l thy evil deeds on earth begotten
Can never there be easil y forgotten.
Ver benevol ent friend,
John King.
La ortografía fuera de moda y el estil o antiguo de estos versos, se acercan mucho
más a lo que podría atribuirse al cabal l ero fil ibustero que l a masa de tontas
comunicaciones que se reciben por conducto de l os mediums.
Además de l os estantes col ocados entre l as dos ventanas, en l os que col ocábamos
nuestros l ibros en l a Lamasería, había otra bibl ioteca más pequeña, que tenía
puertas con vidrios. Al mismo tiempo que compré l a cabeza de l eona ya mencionada,
adquirí también un hermoso ej empl ar del gran buho gris americano, muy bien
embal samado. Traté primeramente de ponerl o sobre un pedestal en un rincón, pero
en seguida l o puse sobre esa pequeña bibl ioteca, y para que se viese bien l e hice un
zócal o con una caj a, detrás del copete tal l ado del muebl e. Doy estos detal l es porque

266
se produj o un fenómeno interesante entre el momento en que col oqué l a caj a y el
que necesité para l evantar al páj aro del escritorio que estaba detrás de mí, para
col ocarl o sobre l a mencionada caj a. En ese corto instante, aparecieron sobre l a tabl a
superior del frente del muebl e unos grandes caracteres thibetanos dorados. Y pudo
vérsel es hasta nuestra partida de Nueva York. Observar bien que: para poner l a caj a
encima del muebl e, estoy frente a él y mis oj os quedan enfrente mismo y a l a al tura
de esa tabl a, y no veo nada escrito ni pintado sobre l a madera. Me vuel vo para coger
el páj aro, y me vuel vo otra vez para col ocarl o, y entonces se me aparecen l os
caracteres thibetanos dorados. ¿Es preciso considerar esto como una maya positiva o
negativa? ¿Como una precipitación de l a escritura de H. P. B. a través de l a sal a, en
ese mismo instante, por l a fuerza vol untad suya? ¿O bien que el l a misma l o había
escrito con tinta dorada durante el día y l o ocul tó a mi vista y a l a de l os otros
presentes, por sugestión mental , hasta el momento. en que l e convino dej arl a ver?
Me incl ino hacia l a úl tima hipótesis.
El señor Sinnett, en l os Incidentes de la vida de la Señora Blavatsky, página 191
79
,
cuenta, según un rel ato del señor Judge, un fenómeno de precipitación del que
también fue testigo. Hel o aquí: una noche estábamos reunidos H. P. B. , Judge y yo;
teníamos necesidad de escribir al señor M. D. Evans, corredor de seguros en
Fil adel fia. No podíamos recordar sus señas. No teníamos guía de Fil adel fia ni la
pudimos encontrar por l os al rededores; ¿qué hacer entonces? Los dos recordábamos
muy bien que H. P. B. había tenido en otro tiempo, en Fil adel fia, sobre su mesa, un
trozo de papel secante en el que estaban impresas l as señas del señor Evans y de una
compañía de seguros. Pero ni el l a ni yo podíamos hacer memoria de esas señas. Por
fin, H. P. B. tomó del ante de nosotros un cortapapel barnizado de l aca, lo frotó
suavemente, puso encima un trozo de papel secante, l e pasó l a mano por encima,
l evantó el papel y nos enseñó sobre l a l aca negra de l a pl egadera el facsímil en tinta
bronceada de l a inscripción del secante de Fil adel fia que Evans l e había dado. Su
cerebro físico no podía acordarse de esa inscripción, pero en cuanto concentró su
atención sobre l a vaga memoria (vaga físicamente habl ando) de su cerebro astral , l a
imagen vel ada surgió a l a l uz y se vió precipitada sobre l a superficie deseada. Este es
un caso interesante, en el cual l a conciencia sub-l iminal fue convertida en supra-
l iminal .

79
Pá g i na 1 6 1 de l a e di c i ó n e s pa ño l a . ( N. de l T. )

267
Dej o al criterio del l ector que decida si el siguiente fenómeno fue un mâya, un
“aporte”, un j uego de destreza, o una creación.
Una noche fumábamos l os dos, como de costumbre, mi entras trabaj ábamos, el l a
su ci garri l l o y yo mi pi pa. Recuerdo que l a pi pa era nueva y el tabaco todo l o
bueno que podí a ser, y si n embargo, el l a excl amó de pronto: “¿Pero qué horror de
tabaco fuma usted, Ol cott?” Le respondí que se equi vocaba, porque tanto l a pi pa
como el tabaco eran perfectos. “En fi n, no me gusta esta noche; tenga usted un
ci garri l l o”. “No. No fumaré si eso l e mol esta”. “¿Por qué no usa usted esas buenas
pi pas turcas que vi enen de Constanti nopl a?” “Por una buena razón. Porque no l as
tengo”. “Bi en, aquí ti ene usted una”, y dej ando caer l a mano al l ado de su si l l ón,
l evantó una pi pa y me l a di ó. La pi pa era de barro roj o montado en fi l i grana
dorada, con el tubo forrado de terci opel o vi ol eta, adornado con una cadeni ta
dorada, de l a que col gaban fal sos zequí es. La acepté con un senci l l o “muchas
graci as”; l a cargué, l a encendí y vol ví a mi trabaj o. “Y bi en –me di j o–, ¿l e gusta? ”
“Ci ertamente, pero más me hubi era agradado con terci opel o azul ”. “Bueno, pues
tenga usted entonces una azul ”. Esti ró otra vez l a mano a un l ado y me di ó una
con tubo azul . Le dí l as graci as otra vez y vol ví a trabaj ar. De pronto di j o: “Tenga,
aquí hay una pequeñi ta”, y sacó una edi ci ón mi ni atura de l as otras dos.
Evi dentemente, estaba di spuesta a darme sorpresas, porque sacó sucesi vamente
una boqui l l a turca, de ámbar y adornos dorados, una cafetera turca, un azucarero
y por fi n un pl ato dorado, repuj ado y con adornos i mi tando esmal tes. “¿Hay más
aún –l e di j e–, acaso se ha quemado un bazar turco”? Se ri ó y di j o que por esa
noche eso bastarí a, pero que un buen dí a podrí a ocurrí rsel e l a fantasí a de darme
por Magi a un cabal l o árabe ri camente enj aezado, para baj ar por Broadway a l a
cabeza de l a Soci edad Teosófi ca para asombro de l os nati vos. Muchas personas
han vi sto esas pi pas y el servi ci o de café en nuestra casa. Todas esas cosas se
regal aron como recuerdo al marcharnos de Nueva York, sal vo el pl ato y el
azucarero, que l l evé a l a Indi a y aún l os tengo.

268

CAPÍTULO XXVIII
BOSQUEJO DEL CARACTER DE LA SEÑORA BLAVATSKY

Todaví a di ré al gunas pal abras para compl etar el estudi o del carácter de l a
señora Bl avatsky. Desde su j uventud –a j uzgar por sus retratos anti guos – era un
persona propensa a engrosar, y al avanzar en edad se puso muy gruesa; esto parece
haber si do herenci a de fami l i a. En el l a esa tendenci a se agravó más por su vi da
sedentari a, pues no hací a nada de ej erci ci o y comí a mucho mi entras no estuvi ese
verdaderamente enferma. En ese ti empo comí a muchas grasas y moj aba l os huevos
fri tos en su comi da con una canti dad de manteca derreti da. No probaba j amás
vi nos ni l i cores, sus úni cas bebi das eran el té y el café, sobr e todo el café. Su
apeti to era capri choso en extremo; cuando l a conocí no podí a suj etarse a comer a
horas fi j as; era el terror de sus coci neras y l a desesperaci ón de su col ega.
Recuerdo un ej empl o bi en caracterí sti co de este desdi chado modo de ser. Era
en Fi l adel fi a, tení a una cri ada para todo, y un dí a que ésta habí a puesto en el
fuego una pi erna de carnero que se asaba suavemente, se l e puso en l a cabeza a
H. P. B. escri bi r una carta a una de sus ami gas, que vi ví a en el otro extremo de l a
ci udad, a una hora l arga de cami no, y otro tanto para l a vuel ta, porque no habí a
tranví a ni medi o al guno de transporte di recto de una casa a otra. Ll amó a l a
cri ada con voz retumbante y l e ordenó que a toda pri sa l l evase l a carta con orden
detraer l a contestaci ón. La muchacha l e aseguró que l a cena se estropearí a y que
no podrí a estar de regreso si no con una hora de retraso, pero H. P. B. no qui so oí r
nada y l e ordenó que fuera i nmedi atamente.
Al cabo de tres cuartos de hora, H. P. B. comenzó a quej arse de que l a cri ada no
vol ví a, “esa tonta, muchacha i mbéci l ”; tení a hambre y querí a su cena; “todas l as
cri adas de Fi l adel fi a no serví an más que para mandarl as al di abl o”. Transcurri do
un cuarto de hora, ya estaba furi osa y baj amos a l a coci na a ver un poco l o que
habí a. Natural mente, el fuego estaba tapado, l as cacerol as reti radas y l as
probabi l i dades de cenar reduci das a cero. La i ndi gnaci ón de H. P. B. al canzaba
proporci ones grandi osas y nos transformamos en coci neros. Cuando vol vi ó l a
cri ada, l e ri ñó de tal modo, que se echó a l l orar y entregó su del antal .
En Nueva York, si tení amos al guna vi si ta agradabl e, era preci so que l a cena
esperase i ndefi ni damente, o bi en retení a a cenar con nosotros a l a o l as personas (el

269
número no contaba para nada) y l as provi si ones traí das para nosotros dos se
compartí an y repartí an a veces entre sei s. En Bombay era mucho por, y tan pronto
se retrasaba l a cena dos horas como era pedi da una hora más temprano. Y
aterrori zaba a l os i nfel i ces cri ados de Goa porque l as l egumbres no estaban coci das
y l a carne medi o cruda. De suerte que en cuanto nos establ eci mos en Adyar, resol ví
poner un fi n a esta mol esti a; hi ce una coci na sobre l a terraza, al l ado de l a
habi taci ón de H. P. B. , l e dí sus cri ados y l a dej é en l i bertad de comer a su hora o de
ayunar a su gusto.
Noté, cuando fuí a verl a en Londres, que no habí a vari ado en nada su si stema; su
apeti to se habí a vuel to más capri choso que nunca, a medi da que su mal hací a
progresos. Mi entras tanto, sus ami gos trataban de tentarl a con toda cl ase de
del i cadezas. ¡Pobre muj er!, no era cul pa suya, aunque su mal a sal ud tuvi ese por
causa pri nci pal su conti nuo despreci o de l as l eyes de l a di gesti ón. No fue nunca una
asceta, ni tampoco vegetari ana mi entras yo vi ví con el l a; l a carne parecí a serl e
i ndi spensabl e, como l o es para muchos mi embros de l a Soci edad, y para mí el
pri mero. Conozco vari os que han hecho esfuerzos para adaptarse al régi men
vegetari ano; al gunos como yo después de vari os años de experi mentos, se han vi sto
obl i gados a vol ver contra sus deseos a l a al i mentaci ón ordi nari a. Otros, en cambi o,
como l a señora Besant y otros teósofos emi nentes que podrí a ci tar, se han
encontrado fortal eci dos, gozando de mej or sal ud, y han adqui ri do poco a poco una
repul si ón absol uta haci a toda cl ase de carne. Lo cual confi rma el vi ej o di cho:
“al i mento para unos, veneno para otros”. No creo que haya moti vo de censura ni de
al abanza por cuesti ones de régi men; l o que mancha al hombre no es l o que entra en
su boca, si no l o que exi ste en el fondo de su corazón. Estas son unas pal abras
anti guas l l enas de sabi durí a, que aquel l os que se creen j ustos harí an bi en no
ol vi dándol as.
Todo el mundo sabe que H.P.B. era un fumador i nveterado. Cada dí a fumaba una
consi derabl e canti dad de ci garri l l os que hací a con maravi l l osa habi l i dad. Hasta
podí a hacerl os con l a mano i zqui erda mi entras escri bí a con l a derecha. Hi zo al
doctor Mennel l , su sol í ci to médi co de Londres, el regal o más especi al que pudo
ofrecer a al gui en: era una caj a con su monograma grabado en l a tapa, conteni endo
vari os centenares de ci garri l l os que el l a mi sma habí a hecho con sus manos. Se l a
envi ó j ustamente en el momento de su muerte, y el doctor l a guardó como un
recuerdo de l a que fue si n duda al guna su cl i ente más i l ustre y más i nteresante.

270
Mi entras escri bí a Isis en Nueva York, estuvo, sei s meses si n sal i r de casa. Desde
l a mañana temprano hasta al tas horas de l a noche, trabaj aba en su escri tori o; no era
raro que se pasase trabaj ando di ez y si ete horas de l as vei nti cuatro. No hací a otro
ej erci ci o que i r al cuarto de baño y al comedor y vol ver a su escri tori o. Como
entonces comí a mucho, l a grasa se acumul aba en masas en su cuerpo, su papada se
hací a dobl e y tri pl e, y una grasa acuosa se formaba en sus pi ernas y caí a en rol l os
sobre l os tobi l l os. Enseñaba l as bol sas adi posas de sus brazos como chanza; amarga
chanza, como su fi n lo demostró. Cuando se termi nó Isis y nuestro vi aj e al Indostán
comenzó a parecer ci erto, fue un dí a con mi hermana a pesarse y constató el enorme
peso de 215 l i bras. Entonces decl aró que i ba a reduci rse a un peso conveni ente para
vi aj ar y l o fi j ó en 156 l i bras. El método era de l os más senci l l os: todos l os dí as, di ez
mi nutos antes de cada comi da, se hací a traer un gran vaso de agua pura; poní a
enci ma l a pal ma de una de sus manos, l o mi raba magnéti camente y l o bebí a. No me
acuerdo cuántas semanas duró el tratami ento, pero por fi n vol vi ó a pesarse,
tambi én acompañada de mi hermana, y me mostraron el certi fi cado de l a casa de l as
báscul as; decí a: “La señora Bl avatsky pesa hoy 156 l i bras”. Conservó ese peso hasta
mucho ti empo después de nuestra l l egada a l a Indi a, pero después vol vi ó l a
obesi dad, persi sti ó y se agravó con hi dropesí a hasta que muri ó.
Ci erto aspecto de su carácter sorprendí a mucho a l os extraños, pero parecí a muy
atrayente a sus ami gos, y era l a especi e de al egrí a i nfanti l que mani festaba cuando
al guna cosa l e agradaba mucho. Ví sus transportes de al egrí a en Nueva York con
moti vo de haber reci bi do una l ata de cavi ar, pastel es y otras gol osi nas rusas. No
tuvo sosi ego hasta que no nos hi zo probar de todo, y como tuve l a desgraci a de
deci r que el cavi ar tení a gusto a cuero sal ado, creí que i ba a tragarme. Una mi ga de
pan negro que por casual i dad se encontró en un peri ódi co reci bi do de Odessa, l e
hi zo ver de pronto l a vi da de fami l i a de todos l os suyos. Me descri bi ó a su queri da
tí a Nadej da l eyendo l os peri ódi cos de l a noche y royendo una de esas cortezas de
pan; después todas l as habi taci ones de l a casa, y sus habi tantes con sus costumbres
y sus ocupaci ones. Concl uyó por poner esas mi gas en un trozo de peri ódi co baj o l a
al mohada para soñar con su paí s.
Veo en mi di ari o, en l a fecha del domi ngo 14 de j ul i o del 1878, esta nota a
propósi to de una excursi ón a l a pl aya, que hi ci mos con Wi mbri dge:
“Dí a espl éndi do, hermoso sol , ai re del i ci oso, todo encantador. Tomamos un
coche l os tres hasta l a pl aya para bañarnos. H. P. B. presentaba el espectácul o más

271
di verti do, chapoteando en l as ol as con l as pi ernas desnudas y mani festando una
al egrí a casi i nfanti l al encontrarse en ese “soberbi o magneti smo”.
Reci bi ó en Madras el regal o de vari os obj etos de adorno recortados con sierra
mecánica por su tía. Mostraba al gunos que eran muy raros, a todo el que l l egaba,
hasta que pasó l a novedad. Todavía hay uno en su antiguo cuarto de Adyar donde
ahora escribo; es un cofrecito de ébano y cedro.
En Nueva York tenía sobre su mesa una al cancía de metal que parecía una tumba
o una catedral gótica –no sé bien cuál de l as dos– que l e procuraba continuas
al egrías. Tenía una hendidura en l a cúpul a, y una pl anchuel a muy inocente sobre
una col umna. Esta se hal l aba en comunicación con una manivel a exterior; después
de haber puesto el dinero encima, se daba vuel tas a l a manivel a y el dinero
desaparecía: en el interior, de donde no se l e podía sacar más que destornil l ando
cierta pl ancha de l a parte inferior. La usábamos para recaudar a favor de l a Arya
Somaj ; y H. P. B… pero dej o l a pal abra al redactor del New York Star. El recorte es
del 8 de diciembre de 1878:
“La señora Bl avatsky (o mej or dicho, H. P. B. , como el l a prefiere que se l e l l ame,
pues ha enviado el “señora” a reunirse con el “condesa”, del cual hace mucho tiempo
se ha desembarazado) se mostró encantada con esta idea. “Voy a l l enar de dól ares mi
templ ito –excl amó{ y así no pasaré vergüenza en l a India”. El templ o de que se trata
es un pequeño y compl icado edificio de hierro forj ado, que tiene una entrada para
recibir el dinero de l a Arya Somaj , pero no tiene sal ida para dej arl o escapar. Está
rematado por un pequeño “Dev”. H. P. B. expl icó graciosamente al cronista que
“Dev” es una pal abra sánskrita que se interpreta de diferentes modos por: dios,
diabl o o genio, entre l os diversos puebl os oriental es. Cuando uno va de visita a l a
Lamasería, l e piden que ponga una moneda pequeña sobre el templ o y que dé vuel ta
a l a manivel a. Resul ta de el l o invariabl emente una decepción para el invitado, con
intensa al egría de l os teósofos, y un beneficio para l a Arya Somaj , porque el dinero
desaparece para no vol ver”.
Veo que el mismo cronista habl a agradabl emente del cuadro de hoj as secas que
representaba una sel va tropical y que adornaba nuestro comedor, por mí descrito en
el penúl timo capítul o. Habíamos pensado vender en forma de l otería el mobil iario
de l a Lamasería cuando nos fuésemos, y ese cuadro debía ser uno de l os premios. He
aquí el extracto del Star:
“Una de l as cosas más notabl es tal vez en esta col ección de premios únicos no

272
tiene pretensiones a l a Magia. Es un adorno mural , de un trabaj o tan hermoso y a l a
vez tan sencil l o, que sorprende ver que no se haya puesto de moda. Una de l as
paredes del comedor de l a cél ebre casa, representa una escena tropical ; se ve al l í un
el efante, un tigre, una enorme serpiente, un árbol caído, monos, páj aros, mariposas
y dos o tres pantanos. No está dibuj ado ni pintado, sino que el boceto recortado en
papel ha sido cubierto de hoj as de otoño de variados tonos, pegadas encima, y el
agua está representada por pequeños trozos de espej o partido. El efecto es hermoso
en extremo, pero el fel iz ganador deberá recurrir probabl emente a l a Magia para
l l evarse su premio, porque el cuadro está hecho hace ya tanto tiempo que l as hoj as
están secas y quebradizas”.
El aspecto al egre del carácter de H. P. B. era uno de sus mayores encantos, l e
agradaba decir y oír cosas graciosas. Ya l o he indicado: su sal ón no era nunca
aburrido, excepto, natural mente, para quienes no sabían nada de l a l iteratura
oriental y no comprendían l a fil osofía asiática. Esos podían encontrar l argo el
tiempo cuando el l a pasaba horas enteras discutiendo en esas regiones a l a vez
el evadas y profundas del pensamiento, con Wil de, con el doctor Weisse o con al gún
otro sabio. Aun entonces, sin embargo, como el l a habl aba con tanta natural idad y
revestía sus ideas con tanta verbosidad y con unas paradoj as tan sorprendentes todos
sus oyentes se veían obl igados a admirarl a, hasta cuando no podían seguir el hil o de
su pensamiento; del mismo modo pueden admirarse unos fuegos artificial es en el
Pal acio de Cristal , sin conocer el arte pirotécnico ni l os procedimientos químicos
empl eados para preparar l os fuegos. H. P. B. tenía el don de retener y apropiarse
pal abras raras e imprevistas, que uno terminaba por creer inventadas por el l a.
Durante nuestro descanso, o sea después de terminar el trabaj o de l a noche o
cuando venían amigos, o más raramente aún, cuando el l a necesitaba un poco de
reposo, me contaba historias mágicas y aventuras; en cambio, me hacía sil bar, o
cantar canciones cómicas, o contar historias para hacer reír. Una de éstas duró dos
años y se convirtió a fuerza de adiciones al tema original , en una especie de odisea
paródica de l a famil ia Mol oney. Sus innumerabl es descensos en l a materia, vuel tas a
l as fuerzas cósmicas, casamientos, cambios de rel igión, de piel y de capacidades,
formaban un embrol l o extravagante del que H. P. B. no parecía poderse cansar nunca.
Con gran disgusto de mi parte, a veces me hacía habl ar de esto ante terceros para
divertirse con su sorpresa oyendo esas improvisaciones. Todo eso se recitaba con
acento irl andés y no era más que una farsa exuberante que se rel acionaba, siempre

273
humorísticamente, con l os probl emas de l a evol ución macrocósmica y microcósmica.
La idea general –si es que había una idea– era que l os Mol oneys, al iados por
casamiento con l as Mol écul as, engendraba con éstas l a soberana potencia irl andesa
que gobernaba l as vicisitudes de l os mundos, l os sol es, etc. Comparada con l a
pequeña historia sin importancia yde l a cual nació, esta odisea burl esca recuerda al
banyan gigantesco y su pequeña semil l a. H. P. B. terminó por l l amarme Mol oney
cuando me habl aba o al escribirme, y yo l e pagaba en l a misma moneda, l l amándol a
Mul l igan. Nuestros amigos nos l l amaban con frecuencia por esos apodos y mis
antiguos archivos guardan más de una carta dirigida a el l a o a mí, en l as que se nos
dan esos seudónimos hibérnicos.
H. P. B. tocaba admi rabl emente el pi ano, con una técni ca y un expresi ón
senci l l amente soberbi as. Sus manos eran model os para l os escul tores –tanto en el
senti do real como en el fi gurado–, y nuca eran más hermosas que vol ando sobre el
tecl ado, del que sacaban mági cas mel odí as. Era di scí pul a de Moschel és, y cuando
estuvo Londres con su padre, a l os di ez y sei s años de edad, tocó en un conci erto de
cari dad con l a señora Cl ara Schumann y l a señora Arabel l a Goddard un trozo de
Schumann para tres pi anos
80
. Cuando vi ví amos j untos no tocaba casi nunca. Un dí a
entró en l a cas un pequeño pi ano, l o usó al gunas semanas, después l o cerró y se
si rvi ó de él como si fuese una bi bl i oteca de dos estantes hasta que se vendi ó. A
veces, cuando su cuerpo estaba ocupado por uno de l os Mahâtmas, tocaba con un
poder i ndescri pti bl e. Se sentaba al pi ano en el crepúscul o, al gunas veces, estando
l os dos sol os en l a sal a, y sacaba del i nstrumento i mprovi saci ones que podí an muy
bi en hacer i magi nar que se estaba escuchando a un coro de gandhârvas, l os cantores
cel estes. Era una armoní a di vi na.
En su estado normal no tení a el senti do de l os col ores ni de l as proporci ones, ni
ese gusto del i cado y estéti co que hace a l as muj eres vesti rse bi en y con l o que l as
favorece. Al gunas veces l a acompañé al teatro esperando que el públ i co nos harí a
una ovaci ón. Si endo gruesa y de aspecto l l amati vo, se tocaba con un sombrero
l evantado, cubi erto de pl umas, vesti da con un traj e de satén de grande toil ette con
muchos adornos, l l evaba una enorme cadena de oro maci zo de l a que col gaba un
rel oj de esmal te azul con una monograma de di amantes y cargaba sus adorabl es

80
Algunas semanas después de haber escrito esto, he sabido por una persona de su familia que poco antes de venir a
América, H.P.B. había hecho jiras dando conciertos por Italia y Rusia, con el seudónimo de: la señora Laura.

274
manos con doce o qui nce sorti j as grandes y pequeñas. La gente se burl aba de el l a, a
veces a sus espal das, pero si se encontraban con sus oj os severos y su carta kal muka,
su ri sa se apagaba pronto en un senti mi ento de i nti mi daci ón y sorpresa.
En ci ertos momentos era generosa en extremos, l l egando a l a prodi gal i dad; pero
en otros era todo l o contrari o. Me di j o que en dos años, recorri endo el mundo,
gastó 80. 000 rubl os (al rededor de 70. 000 rupi as), que su abuel a l e habí a l egado.
Durante mucho ti empo se hi zo acompañar por un gran Terranova que l l evaba atado
con una pesada cadena de oro.
Decí a si n ambages a l a gente todo l o que el l a pensaba, a no ser que fuesen
conoci dos nuevos; en esos casos su cortesí a l a hací a ser una gran dama hasta l as
uñas. Por más que su apari enci a exteri or fuese descui dada, tení a el sel l o i mborrabl e
de su el evado naci mi ento, y cuando l o deseaba, vol ví a a encontrar l a di gni dad de
una duquesa. Pero corri entemente, y en su vi da di ari a, tení a sarcasmos agudos
como hoj as de navaj a, y sus cól eras eran expl osi ones. El cri men i mperdonabl e para
el l a era l a hi pocresí a, l as costumbre arti fi ci al es del mundo. Entonces era despi adada
y agotada l os más di versos i di omas para cubri r do oprobi os a si ví cti ma. A menudo
veí a por cl ari vi denci a, como en un espej o, l os secretos vi ci os de l os hombres y
muj eres que trataba; desgraci ados de el l os si osaban habl ar de l a Teosofí a con
desdén y de el l a mi sma con despreci o; vertí a sobre su cabeza l as hi rvi entes ol as de
su candor exasperado.
Tení a horror de l a “gente bi en”, pero cual qui er persona, “bi en” o no, pobre o
i gnorante, si empre que fuese franca, obtení a si empre de el l a una pal abra
bondadosa, y con frecuenci a un regal o. Ll evaba el despreci o de l a convenci ones
soci al es hasta hacer de el l o un cul to y no tení a mayor pl acer que deci r o hacer cosas
que chocasen a l os pudi bundos. Por ej empl o, veo en mi di ari o que una noche
reci bi ó en l a cama, y en cami són, vi si tas de hombres y señoras, como l o hací an l as
damas nobl es y real es de Europa antes de l a Revol uci ón. Tení a su espí ri tu tan
vi si bl emente cerrado a l as cosas l i geras, que todo eso pasaba si di fi cul tad. Ni nguna
muj er veí a en el l a una posi bl e ri val y ni ngún hombre se fi guraba que el l a pudi ese
ceder a sus asi dui dades.
Juraba como un carretero, pero si n mal i ci a, y si esa si ngul ar i ncl i naci ón no
hubi ese si do señal ada y denunci a con tanto cal or por l as personas que si empre

275
cabal gan sobre l as conveni enci as soci al es –el l as mi smas, como l o veí a H. P. B. por
cl ari vi denci a, se permi tí an todo a puertas cerradas– hubi era seguramente
renunci ado a el l a. Es muy humano y era muy suyo, el conti nuar haci endo cosas
prohi bi das, por si mpl e bal adronada. He conoci do a una señora cuyo hi j i to adqui ri ó
de l os mozos de l a granj a l a costumbre de deci r feas pal abras. La madre, persona
bi en baj o todos l os aspectos, estaba desesperada. El l áti go y todo l os casti gos
posi bl es no hací an más que agravar l as cosas, y no se obtuvo mej or resul tado
ensayando como úl ti mo recurso el l avar l a boca del ni ño con j abón de Marsel l a cada
vez que se l e oí a j urar. Por fi n, al gunos ami gos l l enos de buen senti do, aconsej aron
a l os padres que ensayasen otra cosa: no poner atenci ón a el l o y curar l a mal a
costumbre por l a i ndi ferenci a. El éxi to no dej ó nada que desear, y al cabo de pocos
meses el ni ño no j uraba más. H. P. B. estaba en permanente estado de rebel i ón
contra todas l as convenci ones mundanas; se poní a fuera de l a l ey por todos sus
gustos, sus creenci as, sus vesti dos, su i deal y su conducta. Se vengaba i mponi endo
su tal entos superi ores y raras facul tades, haci éndose temer por l a soci edad.
En el fondo, sufrí a por ser fea y por esto habl aba si empre de su nari z de patata,
como para desafi ar a l as crí ti cas. Veí a al mundo como una máscara vací a, al éxi to
como oropel ; su vi da fí si ca l e parecí a l úgubre y sól o vi ví a real mente de noche,
cuando abandonaba su cuerpo para i r al encuentro de sus Maestros y sentarse a sus
pi es. No tení a más que despreci o y un profundo desdén por l os sabi os de espí ri tu
estrecho, cuyo ci ego fanati smo no perci bí a ni si qui era un rayo perdi do de verdad, y
que, si n embargo, l a j uzgaban con una i nj usta severi dad, uni dos entre sí para tratar
de reduci rl a al si l enci o por un conspi raci ón de cal umni as. Sentí a odi o por el cl ero
como corporaci ón, porque i gnorando él mi smo l as verdades espi ri tual es, se arroga
el derecho de conduci r a l os ci egos espi ri tual es, de gobernar l as conci enci a de l os
l ai cos, de di sfrutar rentas que no ha ganado y de condenar a l os heréti cos que a
menudo han si do sabi os, i l umi nados o Adeptos. Habí amos hecho un ál bum en el
que el l a pegaba recortes de peri ódi cos que se referí an a l os crí menes de l os pastores
protestantes y curas que habí an compareci do ante l a j usti ci a, y antes de nuestra
parti da para l a Indi a, l a col ecci ón era ya consi derabl e.
H. P. B. adqui rí a i nnumerabl es ami gos, pero vol ví a a perderl os con frecuenci a y
veí a que se convertí an en enemi gos encarni zados.
Nadi e más seductor que el l a cuando querí a serl o, y l o querí a si empre que trataba

276
de atraer a al gui en haci a l a l abor teosófi ca. Su tono y sus modal es cari ñosos
persuadí an a cual qui era de que el l a l e consi deraba como su mej or, si no su úni co
ami go. Escri bí a en el mi smo esti l o y creo que podrí a nombrar a numerosas muj eres
que poseen cartas suyas di ci endo que el l as serán su sucesor en l a Soci edad Teosófi ca
y todaví a mayor número de hombres a l os que trata de “úni cos verdaderos ami gos y
di scí pul os reconoci dos”.
Poseo un ci erto número de certi fi cados de esa cl ase y yo l os tení a por tesoros
preci osos, hasta el dí a en que descubrí , comparándol os con l os de l os demás, que
sus cumpl i mi entos no tení an ni ngún val or. No puedo deci r que se haya mostrado
fi el no sól i damente adi cta a l as personas como yo s sus otros í nti mos. Creo que no
éramos para el l a más que pi ezas en un tabl ero de aj edrez, y que no sentí a por
nosotros afectos profundos. Me decí a l os secretos que l e habí an confi ado personas
de ambos sexos –hasta l os más comprometedores– y estoy persuadi do de que usaba
de l os mí os, si es que l os tuve, del mi smo modo. Pero era de una fi del i dad a toda
prueba para su tí a, sus pari entes y sus Maestros. Por el l os hubi ese sacri fi cado no
una, si no vei nte vi das y hubi era vi sto quemar si fuera necesari o, toda l a raza
humana

277

CAPÍTULO XXIX
LA SEÑORA BLAVATSKY SE HACE CIUDADANA NORTE-AMERICANA.
FORMACIÓN DE LA BRITISH THEOSOPHICAL SOCIETY. ÚLTIMOS
DÍAS EN NUEVA YORK

Es muy natural que l a rei na de nuestra pequeña Bohemi a, haya tentado a l os
arti stas bohemi os que se agrupaban a su al rededor; posó ante Tomas Le Cl ear, que
hi zo su retrato al ól eo, y ante O’ Donnovan para una pl aca de bronce. Veo en mi
di ari o, en l a fecha 24 de 1878, que pasamos l a vel ada en el estudi o de Wal ter Pari s
del modo más al egre, con l os mej ores arti stas de Nueva York. La mayorí a de el l os
pertenecí a al famoso “Cl ub de l os Azul ej os de Cerámi ca”, cuyos mi embros se
reuní an mensual mente en el estudi o de uno de el l os y i ntentaban di ferentes
moti vos en azul ej os de cerámi ca proporci onados por el huésped del dí a, del cual
pasaban a ser propi edad y que l os hací a cocer y esmal tar a sus expensas.
Encantadora combi naci ón, por medi o de l a cual cada mi embro del cí rcul o se veí a
dueño por turno, y si n que eso l e costase mucho, de una seri e de pi nturas fi rmadas
por l os buenos arti stas.
H. P. B. se di vi rti ó extraordi nari amente con un i nci dente que se produj o con
moti vo de una de mi s i mprovi saci ones burl escas (ya ci tadas más arri ba). Una de l as
i mi taci ones que me pedí a con más frecuenci a, era l a parodi a del “medi um parl ante”,
en l a cual yo poní a en ri dí cul o l as i nsul seces y l a afectaci ón de ci erta cl ase de
oradores (?) públ i cos.
Así , pues, una noche reci bi mos l a vi si ta de un l i terato de profesi ón, de Londres,
anti guos edi tor del Spectator, y hombre cul to. Habí a hecho un estudi o bastante
seri o del Espi ri ti smo y creí a en él . Yo fi ngí estar baj o el contral or del espí ri tu de un
di funto pastor protestante de l a al ta Igl esi a y con l os oj os cerrados y voz grave, me
enfrasqué en un l argo di scurso contra l as i nfl uenci as desmoral i zadoras de nuestros
ti empos, denunci ando a l a Soci edad Teosófi ca como l a peor de todas. El seudo-
espí ri tu tronaba por mi boca contra l os dos promotores de ese pel i groso
movi mi ento; en cuanto a H. P. B. , l a gran sacerdoti sa y di abl o pri nci pal , yo
ful mi naba contra el l a todas l as excomuni ones mayores o menores. “La Anci ana

278
señora” l l oraba de ri sa, pero nuestro i nvi tado me mi raba con pavor (yo l o observaba
de cuando en cuando, con una rápi da mi rada por entre mi s párpados casi cerrados)
y de pronto excl amó: ¡”Pero es horri bl e! Es de l o más real que exi ste. Señora, usted
no deberí a dej arl e hacer esto. –¿Hacer que?– ¿Pues abandonarse a sus facul tades de
medi um cuando toda su personal i dad está obsesi onada en una enti dad del mundo
de l os espí ri tus, tan vi ol enta y vengati va! Esto era ya demasi ado para mi al egre
col ega, que se ahogaba de ri sa. Apenas pudo respi rar en ese momento, yo estaba a l a
mi tad de una soberbi a expl osi ón de despreci o por l a fal sa erudi ci ón y el pretendi do
al trui smo de esa “rusa i ntri gante”, pero me detuve en seco, y vol vi éndome haci a el
señor L. , l e pedí en el tono más natural del mundo, queme di ese l umbre para mi
pi pa. Estuve a punto de perder mi seri edad al ver su sobresal to de estupefacci ón y l a
aguda mi rada i nterrogante que me echó y en l a que l eí tan cl aramente como si
fuesen pal abras, que me consi deraba o l oco, o el más extraordi nari o de l os medi um,
puesto que podí a “sal i r del trance” tan i nstantáneamente. H. P. B. estuvo a punto de
mori r de resul tas del epí l ogo. Al dí a si gui ente, a l oas ocho de l a mañana, el señor L.
l l amaba a nuestra puerta para i r a l a ci udad j untos y ensayar todos sus poderes de
persuasi ón para deci di rme a que abandonase esa medi umni dad que, según me
aseguraba, destrui rí a todas mi s esperanzas para el porveni r en mi carrera de hombre
públ i co. Me expl i có –como si no hi ci era vei nte años que ya l o sabí a– que el
medi um es n verdadero escl avo y esto en mayor grado cuento más facul tades ti ene;
que se convi erte en agente pasi vo de fuerzas desencarnadas, de l as que no poseen
l os medi os de profundi zar su natural eza, y entre l as cual es no ti ene el poder de
el egi r. Fue en vano todo cuanto l e di j e, nada pudo convencerl e de que todo eso no
era más que una broma, una de l as vari adas di versi ones que H. P. B. y yo nos
proporci onábamos para descansar después de nuestro trabaj o seri o. No daba su
brazo a torcer, yo era medi um, y así quedamos. Pero después no podí amos habl ar de
esto si n reí rnos y H. P. B. contaba l a hi stori a constantemente a sus vi si tas.
El 5 de abri l , reci bí una sol i ci tud de i ngreso a l a Soci edad, fi rmada por T. A.
Edi son. Ya habí a teni do l a ocasi ón de verl e con moti vo de l a exhi bi ci ón de sus
descubri mi entos el éctri cos en l a Exposi ci ón Uni versal de Parí s de 1878. Yo era
entonces secretari o honorari o de una j unta naci onal de ci udadanos, consti tui da a
i nstanci as del gobi erno francés para consegui r del Congreso de l os Estados uni dos,
que votase l a parti ci paci ón de nuestro paí s en l a pri mera exposi ci ón uni versal

279
subsi gui ente a l a caí da del i mperi o y al establ eci mi ento de l a repúbl i ca.
La conversaci ón entre Edi son y yo, recayó sobre l as fuerzas ocul tas y me i nteresó
mucho saber que habí a ensayado al gunos experi mentos en este senti do. Edi son
deseaba ver si podrí a por medi o de l a fuerza de vol untad, poner en movi mi ento un
péndul o en su l aboratori o parti cul ar. Habí a empl eado como conductores, hi l os de
di ferentes metal es si mpl es o compuestos, poni endo un extremo del conductor en
contacto con su frente y el otro con el péndul o. Como no he vi sto nunca publ i cado
el resul tado de esos experi mentos, supongo que no tuvi eron éxi to. Si estos
recuerdos caen baj o sus oj os, puede i nteresarl e saber que en 1852 encontré con
Ohi o a un j oven, ex shaker
81
, l l amado Mecal l i ster, que me di j o haber descubi erto
ci erto fl ui do que l e permi tí a transmi ti r su pensami ento a di stanci a a otra persona,
si empre que se hubi esen bañado l a frente en di cho fl ui do y estuvi esen conveni dos
acerca de l a hora en que el experi mento se harí a. Recuerdo haber escri to sobre esto
un artí cul o con el tí tul o “Tel egrafí a mental ”, en un anti guo peri ódi co publ i cado
por el di funto S. B. Bri tten, el Spiritual Tel egraph.
Habi endo teni do rel aci ones con vari os conoci dos i nventores norteameri canos y
conoci endo por el l os mi smos el proceso psi col ógi co de su pri mer destel l o de
i nvenci ón, habl é de el l os a Edi son y l e pregunté cómo se l e producí an sus propi os
descubri mi entos. Me respondi ó que con frecuenci a se l e habí an ocurri do yendo de
paseo por Broadway con una persona conoci da suya y en medi o de una conversaci ón
sobre otro tema bi en di ferente, o ente el estrépi to de l a cal l e; l e vení a de pronto l a
i dea de que tal o cual cosa podrí a hacerse de tal o cual manera. Se apresuraba a
vol ver a su casa, se poní a a trabaj ar con esas bases y no abandonaba l a parti da hasta
haber l ogrado el éxi to o l a certeza de que el asunto era i mpracti cabl e.
El 17 de abri l comenzamos a di scuti r con Sotheran, el general T. , y uno o dos
francmasones más, de grados el evados, l a consti tuci ón de nuestra Soci edad como
cuerpo masóni co con grados y un ri tual .
Nuestra i dea era formar un compl emento natural a l os grados superi ores de esa
i nsti tuci ón y proporci onarl e el el emento de mi sti ci smo ori ental que l e fal taba o que
habí a perdi do. Al mi smo ti empo, nuestra Soci edad habrí a ganado en fuerza y en
estabi l i dad, al i ándose a esta anti gua fraterni dad que ti ene Logi as en el mundo

81
Literalmente, quiere decir: temblador o sacudidor. Es el nombre de los miembros de una secta religiosa de los
E.U.N.A. (N del T.)

280
entero. Pensando de nuevo en el l o, veo ahora que senci l l amente querí amos
recomenzar l a obra de Cagl i ostro, cuya Logi a Egi pci a fue en su ti empo un poderoso
centro para l a di fusi ón del pensami ento ocul to ori ental . No abandonamos ese
proyecto hasta mucho ti empo después de nuestra l l egada a Bombay, y l a úl ti ma
referenci a que encuentro de él en mi peri ódi co es l a anotaci ón de l a promesa que
hi zo el swani Dyanand Sarasvati , de recopi l ar un manual para el uso de nuestros
mi embros de Nueva York y Londres. Al gunos anti guos col egas han negado estos
hechos, peo aunque el l os l os yan i gnorado, es ci erto que H. P. B. y yo al i mentamos
seri amente ese proyecto, al que renunci amos tan sól o cuando vi mos que l a Soci edad
crecí a rápi damente por su propi o i mpul so, l o que hací a poco pol í ti co l a fusi ón con
l a Masonerí a.
H. P. B. hi zo una noche un boni to fenómeno de dupl i caci ón. Un médi co francés,
el doctor B. , estaba en nuestra casa con otros ocho i nvi tados; estaba sentado j unto
a l a mesa escri tori o, de modo que l a l uz del gas hací a bri l l ar en su puño un gran
gemel o de oro con sus i ni ci al es, H. P. B. , al ve este refl ej o, extendi ó el brazo por
enci ma de l a mesa, tocó el botón, y abri endo al mano nos enseñó una reproducci ón
del mi smo. Todos l a vi mos, pero no qui so dej ar que l a tocásemos y cerró l a mano;
al cabo de un momento, cuando l a vol vi ó a abri r, l a mâya habí a desapareci do.
Otra noche, hi zo para mí sol o al go bastante más i nteresante. De vez en cuando
me contaba aventuras y encuentros que habí a teni do, ya en el Indostán, ya en el
mundo occi dental . Esa noche se entretení a en baraj ar maqui nal mente un j uego de
cartas, cuando de prono abri ó l a baraj a, l a vol vi ó haci a mi y me enseñó l a tarj eta de
visita de l a esposa de un ofi ci al i ngl és que por casual i dad vi ó un Mahâtma en el
norte de l a Indi a y tuvo l a i nconveni enci a de enamorarse de él . La tarj eta tení a su
nombre, y en uno de l o ángul os i nferi ores, el del regi mi ento de su mari do, pero este
semi borrado, como raspado con un cortapl umas para que yo no pudi era reconoce a
l a señora si l a encontraba en l a Indi a. Conti nuó baraj ando l as cartas, y cada dos o
tres mi nutos, abrí a l a baraj a para enseñarme l as tarj etas de otras personas cuyos
nombres conocí amos; l as habí a sati nadas y opacas, grabadas en cursi va o en l etras
cuadradas, ti pografi adas, con borde de l uto, grandes y pequeñas. Era un fenómeno
maravi l l oso y absol utamente úni co ¡Pero qué raro es que esa preci osa fuerza
psí qui ca –tan di fí ci l de produci r y tan fáci l de perder– haya si do prodi gada para
obj eti var por un sol o i nstante esos fantasmas astral es de tarj etas de vi si ta

281
corri entes, cuando el mi smo gesto de fuera hubi era podi do ser empl eada en forzar a
cual qui er gran sabi o a creer en l a exi stenci a de l os archi vos del akasha ya
consagrarse a l as i nvesti gaci ones psí qui cas! Mi respetabl e hermana, l a señora
Mi tchel l , que ocupaba un pi so en l a mi sma casa que nosotros, con su mari do y sus
hi j os, vi ó una vez una col ecci ón de pi edras preci osas y al haj as que por l o menos
val drí a unas 10. 000 l i bras, que H. P. B. l e mostró y que el l a tomó por una herenci a
de fami l i a.
No se di o cuenta de que podí a ser una i l usi ón, y no me querí a creer cuando l e
di j e que H. P. B. no poseí a nada semej ante. Estoy bi en seguro que no hubi ese
soportado si tuaci ones tan di fí ci l es si hubi ese teni do semej antes recursos.
A medi da que se acercaba l a época de nuestro cambi o de resi denci a, se hací a más
vehemente el entusi asmo de H. P B por l a Indi a, l os i ndos, el Ori ente entero, y
todos l os ori ental es, y s despreci o por l os occi dental es en masa, por sus costumbres
soci al es, su ti raní a rel i gi osa y sus ambi ci ones. Esas noches de l a Lamaserí a eran
bastante tempestuosas y recuerdo con cl ari dad del epi sodi o si gui ente: Wal ter Pari s
el ari sta, uno de l os mej ores muchachos del mundo, habí a pasado al gunos años en
Bombay como arqui tecto del gobi erno y nada podí a agradarl e más que habl ar de l a
Indi a con nosotros. Pero como no sentí a nuestro respeto extraordi nari o por el paí s
ni nuestra si mpatí a por sus habi tantes, a veces herí a a l a demasi ado i mpresi onabl e
H. P. B. con sus refl exi ones, que según supe después, eran natural es entre l os angl o-
i ndos.
Una noche nos contaba l a hi stori a de un cri ado que tuvo al l á y que cometi ó
al guna tonterí a al ensi l l ar su cabal l o, y agregó si n darse cuenta, que l e habí a dado
un l ati gazo con l a fusta. Inmedi atamente, y como si el l a hubi ese reci bi do el gol pe
en su propi a cara, H. P. B. se l evantó de un sal to, y de pi e ante él , l e di j o tantas cosas
durante ci nco mi nutos, que se quedó mudo. Le di j o que era una cobardí a y
aprovechó el tema para un di scurso muy cl aro respecto al trato que da l as razas
ori ental es, l a cl ase domi nante de l os angl o-i ndos. Esto no era una expl osi ón ai sl ada
para ser presentada en el mercado occi dental ; si empre conservó ese modo de
expresarse y con frecuenci a l a oí conservar esa l i bertad de l enguaj e ante l os más
el evados funci onari os angl o-i ndos en Al l ahabad, en Si ml a, Bombay, Madrás y en
todo si ti o.

282
Uno de l os medi o i deados por H. P. B. para pasar l as horas desocupadas que l a
termi naci ón de Isis nos dej ó, era di buj ar cari caturas en caras de baraj a, si rvi éndose
de l os si gnos i mpresos en el l as. Al gunas eran real mente ori gi nal es. Un di ez de pi que
se convi rti ó en un conci erto de negros; l as grotescas contorsi ones de l os j efes de
fi l a, l a tonterí a sol emne del “examiner” y l a amabl e i di otez de l os otros, estaban
admi rabl emente representadas. Otra carta representada una sesi ón de Espi ri ti smo
con acordeón, banj o y tambori l es vol ando por el ai re, mi entras una ti na se vuel ca
sobre l a cabeza de un “i nvesti gador”, y un travi eso y pequeño el emental hace
muecas sobre l as rodi l l as de una señora que ti ene asi da con ternura su ahorqui l l ada
col a, creyendo que es al guna parte del cuerpo de una persona queri da, ya di funta.
Una tercera carta –si ete de coeur, creo– presenta dos gordos monj es sentados a l a
mesa ante un pavo, una j amón y otras gol osi nas, mi entras l as botel l as están al
al cance de l a mano o se refrescan al hi el o en el suel o. Uno de l os reverendos padres,
que ti ene el ti po más besti al , reci be pasando l a mano detrás de sí , una dul ce esquel a
de manos de una correcta cri ada con del antal y cofi a. Otra carta nos muestra un
pol i cí a que atrapa a un l adrón por una pi erna. Otra es un par de boni tos sol dados
con sus cri adas ami gas. Otra un vi ej o patri arca negro que corre l l evando su negro
ni eteci to en brazos; etc. etc.
Hace poco, supe que su padre tení a un tal ento notabl e para esas cosas, de modo
que l as di sposi ci ones de H. P. B. se expl i can fáci l mente. Yo l e di j e que era una
l ásti ma no hacer l a baraj a entera, que sacarí a una buena suma de di nero vendi endo
l os derechos de edi ci ón. Di j o que l o harí a, pero se l e pasó el buen propósi to antes
de termi nar l a baraj a.
El 8 de j ul i o obtuvo sus cartas de natural i zaci ón y fue conmi go ante l a Corte
Suprema a prestar su j uramento como ci udadana de l os Estados Uni dos de
Norteaméri ca. Después, el l a mi sma escri bi ó en mi di ari o: “H. P. B. tuvo que j urar a
l a consti tuci ón de l os Estados Uni dos un afecto eterno, fi del i dad y protecci ón, y
abj urar todo rastro de sumi si ón al zar; después de l o cual , fue hecha “Ci udadana de
l os Estados Uni dos”; l os peri ódi cos habl aban todos del aconteci mi ento, y l os
croni stas vení an a entrevi star a l a nueva ci udadana, que l es hi zo reí r a todos con sus
i nocentadas sobre l a pol í ti ca y l os pol í ti cos.
La formaci ón de l a Bri ti sh Theosophi cal Soci ety, en Londres, hoy London Lodge
of the T. S. , me di o mucho que hace en l os pri meros meses del verano de 1878. Esta

283
Rama, l a pri mera, fue defi ni ti vamente organi zada el 27 de j uni o, por el doctor J.
Storer Cobb, Ll . D. , tesorero de l a Soci edad, cuya vi si ta a Londres en ese ti empo
me permi ti ó nombrarl e mi representante ofi ci al . El señor Si nnett me ha dado
amabl emente una copi a del acta de l a reuni ón, guardada en l os archi vos de l a Logi a,
en donde él l a conserva. La publ i có aquí a causa de su i nterés hi stóri co:
Reuni ón de l os mi embros
Cel ebrada en l a cal l e Great Russel l , núm. 38, Londres,
el 27 de j uni o de 1878.
Presentes: J. Storer Cobb, tesorero de l a Soci edad de Nueva York; C. C. Massey,
doctor Carter Bl ake, doctor Jorge Wyl d, doctor H. J. Bi l l i ng y E. Ki sl i ngbury.
J. Storer Cobb, que presi de, l ee cartas: del señor Yarker, del doctor K.
Mackenzi e, del capi tán Irwi n y del señor R. P. Thomas, en l as que mani fi estan su
pesar por no poder asi sti r a l a asambl ea, y su si mpatí a haci a su obj eto. Además, una
carta del Rev. Stai ton Moses, di ci endo que l amentaba no poder tomar parte en l a
reuni ón por haber envi ado su di mi si ón de mi embro a l a Soci edad de Nueva York.
El tesorero, señor Cobb, habi endo comuni cado l as i nstrucci ones del presi dente
Ol cott, referentes a l as bases para una Rama i ngl esa de l a Soci edad, tal es como
fueron reci bi da después de l a úl ti ma reuni ón de l os mi embros en el mi smo l ocal ,
ofreci ó reti rarse, porque no tení a l a i ntenci ón de formar parte de l a nueva Rama. Se
l e i nvi tó a que se quedase como oyente, y después de un debate l i bre, se resol vió
defi ni ti vamente, de acuerdo con l a proposi ci ón del señor Massey, apoyada por el
doctor H. J. Bi l l i ng, “que l os mi embros i ngl eses de l a Soci edad Teosófi ca de Nueva
York presentes en l a reuni ón, consi deraban deseabl e forma en Ingl aterra una
soci edad en uni ón y si mpatí a con aquél l a”.
Si gui endo l as i nstrucci ones envi adas por el presi dente, l a asambl ea pasó en
segui da a l a el ecci ón de un presi dente de l a Logi a, y l a votaci ón desi gnó para l a
presi denci a a C. C. Massey.
Este aceptó el cargo, pronunci ando breves pal abras, y ocupó su si ti o, Propuso,
apoyado por el doctor Carter Bl ake, l a el ecci ón de l a señori ta Ki sl i ngbury para
secretari a de l a Rama. La moci ón fue aceptada, y l a señori ta Ki sl i ngbury aceptó
provi si onal mente.

284
La asambl ea fi j ó l a fecha de su si gui ente reuni ón para cuando se reci bi esen
nuevas i nstrucci ones de Nueva York, y se encargó a l a secretari a que envi ase una
copi a de esta acta al coronel Ol cott (presi dente) y una copi a de l as resol uci ones
más arri ba i ndi cadas a l os mi embros i ngl eses ausentes.
Después se redactó y fi rmó el si gui ente memorándum, que fue entregado a l a
secretari a para que l e envi ase al coronel Ol cott:
Londres, j uni o 27 de 1878.
Al coronel Enrique S. Ol cott,
Presidente de l a Sociedad Teosóf ica de Nueva York
Certi fi co que se ha cel ebrado hoy una asambl ea, en l a que se ha consti tui do una
Rama i ngl esa de l a Soci edad arri ba menci onada, y que el señor Carl os Carl eton
Massey fue el egi do presi dente por votaci ón de l os mi embros presentes.
Firmado: Juan Storer Cobb, tesorero de l a Soci edad de N. Y.
Firmado: C. C. Massey.
El 12 de j ul i o de 1878 escri bí mi s cartas ofi ci al es, reconoci endo l a exi stenci a de
l a Bri ti sh Theosophi cal Soci ety y rati fi cando l as deci si ones de l a asambl ea ci tada, y
se l as mandé a C. C. Massey y a l a señori ta E. Ki sl i ngbury, presi dente y secretari a,
respecti vamente.
Mi di ari o i ndi ca en l a fecha 25 de octubre, de una manera i nteresante, l a
cl ari vi denci a que H. P. B. exhi bí a al gunas veces; l eo l o si gui ente:
“Estábamos cenando O’ Donnovan, Wi mbri dge, H. P. B. y yo, cuando l a cri ada
traj o una carta de Massey que l e acababa de entregar el cartero. Antes de que l a
carta l l egase, H. P. B. l a anunci ó, así como su conteni do, y cuando me l a di eron,
antes de que yo hubi ese roto el sel l o, di j o que dentro vení a una carta del doctor
Wyl d y l a l eyó si n verl a.
Recuerdo que cogí l a carta de manos de l a doncel l a y l a puse j unto a mi pl ato,
esperando termi nar de cenar para l eerl a. Entre l a carta y H. P. B. habí a una gran
j arra de l oza l l ena de agua, y si n embargo, el l a l eyó pri mero l a carta de Massey y
después l a del doctor Wyl d. Además, carta de Massey traí a en una de sus pági nas
una comuni caci ón mahâtmica, y se l a devol ví al remi tente, con una exposi ci ón de
l os hechos, que Wi mbri dge fi rmó conmi go.

285
Por una coi nci denci a bastante notabl e, vari os astról ogos, cl ari vi dentes y ascetas
i ndos, anunci aron todos que H. P. B. mori rí a en el mar. Veo una de estas
predi cci ones anotada en l a fecha de 2 de novi embre de 1878: Un ami go de
Wi mbri dge, que era psí qui co, “predi j o l a muerte de H. P. B. en el mar; una muerte
repenti na; no cree que el l a l l egue nunca a Bombay”. Maj j i , l a yoguîni de Benarés,
predi j o a H. P. B. l a mi sma cl ase de muerte en l a mi sma época, pero ni el uno ni l a
otra acertaron. Un echador de cartas de Nueva York, que anunci ó que H. P. B. serí a
asesi nada antes de 1886, no tuvo mej or éxi to. Anotando l a predi cci ón, H. P. B. l a
hi zo segui r de dos puntos de excl amaci ón y l a refl exi ón cí ni ca: “¡No hay nada como
l a cl ari vi denci a!”
Uno de nuestros vi si tadores era mej or profeta, pero no ensayó sus poderes con
H. P. B. Encuentro en mi di ari o esta descri pci ón:
“Un médi co mí sti co j udí o, un hombre raro, muy raro. Ti ene presenti mi entos
sobre sus vi si tadores y su muerte, y una penetraci ón espi ri tual para descubri r sus
enfermedades. Vi ej o, del gado, encorvado, pocos cabel l os, fi nos y gri ses, l evantados
al rededor de su nobl e cabeza. Se pone col oree en l as mej i l l as para atenuar su
sorprendente pal i dez. Echa l a cabeza muy atrás y mi ra al espaci o cuando escucha y
cuando habl a. Ti ene una tez de cera, l a pi el transparente y extraordi nari amente
del gada. Ll eva traj e de verano en pl eno i nvi erno. Ti ene l a si ngul ar costumbre de
deci r si empre antes de responder: “Si , verá usted, eso es”. Estudi aba l a Kábal ah
desde hací a trei nta años, y sus conversaci ones con H. P. B. gi raban casi
excl usi vamente sobre sus mi steri os. Una noche di j o del ante de mí que, a pesar de
sus trei nta años de i nvesti gaci ones, no habí a podi do descubri r ci ertas
i nterpretaci ones real es que el l a daba a determi nados textos y que arroj aban sobre
el l os una santa l uz”.
Nuestra parti da se deci di ó por fi n, y comencé en el otoño de 1878 a poner en
orden mi s asuntos temporal es. Tení amos una acti va correspondenci a con nuestros
ami gos de Bombay y de Cei l án (muchos buddhi stas e i ndoí stas se hi ci eron
mi embros de l a Soci edad, por correspondenci a). Nuestra pequeña bi bl i oteca fue
envi ada al l á, y poco a poco nuestros bi enes muebl es fueron vendi dos a dados. No
hací amos ostentaci ón de nuestras i ntenci ones, pero nuestro sal ón se veí a más
asedi ado que nunca por l os ami gos y conoci dos que estaban al corri ente. Las notas
de H. P. B. en mi di ari o, durante mi s frecuentes ausenci a de Nueva York en l as

286
úl ti mas semanas, demuestran l a pri sa nervi osa que el l a tení a por emprender el vi aj e,
y sus temores de ver fracasar el arregl o de mi s asuntos. El 22 de octubre escri bi ó a
propósi to de l as i nstrucci ones i nsi stentes de l os Mahâtmas: “N. dej o l a guardi a y
l l egó S. con l a orden de tener todo pronto para el comi enzo de di ci embre. Pues
bi en, H. S. O. j uega su parti da deci si va”. Esto se refi ere al cambi o de personal i dad de
l as i ntel i genci as que ocupaban el cuerpo de H. P. B. , y l os cambi os de escri tura
corroboran el hecho. El 14 de novi embre , el mi smo toque de avi so; se nos di j o que
deberí amos hacer l os mayores esfuerzos para sal i r el 20 de di ci embre a l o sumo. He
aquí el párrafo que hace el fi nal de l a pági na: ¡”Oh di oses! ¡Oh Indi a de rostro
espl endoroso! ¿Es esto el pri nci pi o del fi n”? El 21 de novi embre, l l egaron por el
mi smo canal nuevas órdenes urgentes: se nos decí a que comenzáramos a preparar
l os baúl es. Vari as personas deseaban acompañarnos al Indostán y al gunas trataron
de consegui rl o, pero , por úl ti mo, quedamos cuatro para emprender el vi aj e:
H. P. B. , l a señori ta Bates, aya i ngl esa; el señor Wi mbri dge, arti sta y arqui tecto, y
yo. El 24 comenzamos el embal aj e, y al otro dí a, l a señori ta Bates sal i ó para
Li verpool , l l evando dos baúl es de H. P. B. Si n cesar l l egaban órdenes dándonos pri sa
para emprender el vi aj e. A propósi to de l a i nesperada di mensi ón de un mi embro,
H. P. B. excl ama: “¡Oh, cuándo nos l i braremos de estas mi serabl es mol esti as!” Al dí a
si gui ente (en grandes l etras con l ápi z roj o), a propósi to de mi s preparati vos casi
termi nados, di ce: “Su desti no depende de eso. Es menester que nuestro mobi l i ari o
haya si do vendi do al mej or postor antes del 12 de di ci embre”. La vena tuvo l ugar,
en efecto, el 9. Ese dí a escri bi ó: “Me acosté a l as cuatro de l a mañana y me desperté
a l as sei s, graci as a M. , que habí a cerrado l a puerta con l l ave, de modo que Juani ta
(l a cri ada) no podí a entrar. Me l evanté, desayuné y fui a l a Battery a ver a *** (un
ocul ti sta que estaba rel aci onado con l a Logi a de l a Fraterni dad Bl anca). Vol ví a l as
dos y me encontré con n rui do y un desorden i nfernal es a causa de l a venta. Todo
ha si do vendi do por nada… 5 de l a tarde. Todo ha sido sacado. ¡Adi ós barón de
Pal m! ¡Cené sobre una tabl a de tres pul gadas de ancho!
Después vi no el aj etreo de l as úl ti mas vi si tas, l os artí cul os en l os peri ódi cos y l a
répl i cas de H. P. B. El dí a 13 reci bí una carta autógrafa del presi dente de l os Estados
Uni dos, recomendándome a toso l os mi ni stros y cónsul es norteameri canos; además
un pasaporte di pl omáti co del mi ni steri o de Estado y l a mi si ón de dar cuenta al
gobi erno de l os medi os prácti cos de ampl i ar nuestros i ntereses comerci al es en Asi a.

287
Esos documentos resul taron más tarde muy úti l es en l a Indi a, cuando se sospechó
que H. P. B. y yo fuésemos espí as rusos. Los detal l es de ese ri dí cul o i nci dente se
darán en su debi do ti empo y l ugar.
Veo en mi di ari o que no hal l é ti empo para tomar al gún descanso durante esos
úl ti mos dí as; me pasaba l a noche escri bi endo cartas, corrí a a Fi l adel fi a y a otros
l ugares, tragando casi al vuel o un poco de al i mento, cuando me era posi bl e, y a
través de esa agi taci ón, oí ase si empre l a severa voz de l as órdenes para que
parti éramos antes del dí a de graci a fi j ado en el 17: ni uno más. La escri tura de
H. P. B. se transforma en garabatos y en l a pági na del 15 de di ci embre, veo dos de
esas vari antes de su l etra, que anteri ormente ha descri to y que prueban que su
cuerpo fue ocupado por dos Mahâtmas esa mi sma noche. Yo habí a comprado un
fonógrafo Edi son del pri mer model o, y esa noche muchos de nuestros mi embros y
de nuestros ami gos, entre l os cual es se contaba el señor Johnston, en
representaci ón de Edi son que se hal l aba i mposi bi l i tado de veni r, habl aron ante el
receptor a nuestros ami gos conoci dos y desconoci dos de l a Indi a. Las di ferentes
hoj as de estaño, debi damente marcadas para reconocerl as, fueron desprendi das del
ci l i ndro con todo cui dado y empaquetadas; aún se conservan en l a bi bl i oteca de
Adyar para que edi fi caci ón de l os ti empos veni deros
82
Entre l as voces regi stradas se
encuentran: l a de H. P. B. , especi al mente neta y cl ara; l a mí a, l a de Judge y de su
hermano Juan, l as del profesor Al ej andro Wi l der, l a señori ta Sara Cowel l , l os dos
señores Laffan, el señor Cl ough, D. A. Curi s, señor Gri sggs, S. R. Wel l , señor y
señori ta Amer, doctor J. A Wei s, señores Shi nn, Terri ss, Maynard, E. H. Johnston,
O’ Donnovan, etc. , todas personas muy i ntel i gentes, al gunos bi en conoci dos como
autores, peri odi stas, pi ntores, escul tores, músi cos, etc.
El 17 de di ci embre fue nuestro úl ti mo dí a pasado sobre el suel o ameri cano. H.
P. B. escri be en el di ari o: ¡”Gran dí a! Ol cott ya embal ando… ¿después?, todo está
oscuro pero tranqui l o”. Después en l etras grandes, se ve el gri to de al egrí a:
“¡Consumatum est!” Este es el úl ti mo párrafo: “Ol cott vol vi ó a l as 7 de l a tarde con
l os bi l l etes para el vapor i ngl és Canadá y quedó escri bi endo cartas hasta l as 11, 30.

82
Reci ent ement e (mayo del 1895), envi é es t as hoj as de es t año a l a cas a Edi s on de Londres para
s aber s i s e l as podrí a reproduci r s obre l os act ual es ci l i ndros de cera y cons ervarl as as í para l a
pos t eri dad. Des graci adament e no s e pudo s acar nada de el l as porque l as marcas hechas por l a
voz, es t aban t odas apl as t adas . Es una l ás t i ma muy grande, porque, de nos s er as í , s e hubi era
podi do obt ener vari os ej empl ares del ori gi nal y l a f uert e voz de H. P. B. hubi es e podi do res onar
en nues t ras reuni ones del mundo ent ero el dí a del Lot o Bl anco, ani vers ari o de s u muert e.

288
Curti s y Judge pasaron ahí l a vel ada. Maynard l l evó a cenar a su casa a H. P. B.
(nótese el empl eo de l a tercera persona). Vol vi ó a l a nueve de l a noche. El l e regal ó
una petaca para su tabaco. ¡Carl os se ha perdi do! (nuestro gran gato). Haci a medi a
noche H. S. O. y H. P. B. se despi di eron de l a araña del gas y tomaron un coche para
i r hasta el barco”. Así termi na el pri mer vol umen de l a Hi stori a de l a Soci edad
Teosófi ca con l a parti da de sus fundadores, que dej an Améri ca.

El pasado: tres años de l uchas, de obstácul os venci dos, de pl anes rudi mentari os
en parte ej ecutados, trabaj o l i terari o, deserci ones entre l os ami gos, batal l as con l os
adversari os, el establ eci mi ento de fuertes ci mi entos para el edi fi ci o que debí a surgi r
con el ti empo, para l a reuni ón de l as Naci ones, y que entonces no se preveí a aún.
Porque Habí amos hecho una construcci ón mej or que l o que creí amos; por l o
menos, yo no l o sabí a.
El porveni r; no l eí amos nada en él , y l as propi as pal abras de H. P. B. l o
demuestran bastante: “Todo está oscuro, pero tranqui l o”. La maravi l l osa di fusi ón
de nuestra Soci edad no habí a si qui era orzado nuestra i magi naci ón.
Uno de nuestros anti guos mi embros, que tení a un cargo en l a Soci edad, ha

289
publ i cado que l a Soci edad estaba muy bi en muerta antes de nuestra sal i da para l a
Indi a; el cuadro adj unto hará ver que si se vi ó reduci da casi a nada, comenzó a
resuci tar en cuanto su centro ej ecuti vo fue transportado al Indostán.
Pasamos a bordo una noche bi en mal a, entre el frí o muy vi vo, l a humedad de l as
sábanas, l a fal ta de cal efacci ón y el cruel estrépi to de l as grúas subi endo l a carga. En
l ugar de l evar temprano, el vapor no dej ó el muel l e hasta l as dos y medi a del dí a 18.
Después, por no haber al canzado a l a marea, tuvo que fondear a l a al tura de Coney
Isl and, y no pasó Sandy Hook hasta el 19 a medi odí a. Por fi n navegábamos por el
azul ado mar, con rumbo a nuestra ti erra prometi da y el porveni r me embargaba el
espí ri tu de tal modo, que en l ugar de quedarme en el puente para ver desaparecer l
ti erra de Améri ca, baj é a mi camarote para buscar Bombay en el mapa de l a Indi a.

290

COMIENZOS DE LA SOCIEDAD TEOSÓFICA EN LA INDIA

INTRODUCCIÓN

El di ari o que me ha servi do para escri bi r l a si gui ente seri e de capí tul os, fue
comenzando en enero de 1878, tres años después de l a formaci ón de l a Soci edad
Teosófi ca en Nueva York por l a señora Bl avatsky, yo mi smo y vari os otros; desde
entonces l o he l l evado con regul ari dad. He publ i cado con el tí tul o: Ol d Diary
Leaves, una pri mera seri e que descri be el perí odo que transcurri ó entre mi
encuentro con mi gran col ega, en 1874, y nuestra parti da de Nueva York para
Bombay en di ci embre de 1878. Reanudó el hi l o de mi rel ato desde ese momento, y
l l egaré hasta l a pri mavera de 1884; i ncl ui ré así l os aconteci mi entos nuevos e
i nteresantes que acompañaron el establ eci mi ento de nuestro movi mi ento en l a
Indi a y en Cei l án, l os cual es fueron segui dos de tan i mportantes resul tados. No he
omi ti do nada que tuvi ese al gún val or, y no he cambi ado nada en l os documentos.
Me si ento orgul l oso al poder deci r que aunque esas memori as han si do publ i cadas
mensual mente en el Theosophist desde marzo de 1892, y l eí das por centenares de
l ectores, testi gos ocul ares de l os aconteci mi entos rel atados, nadi e ha obj etado nada
a mi si nceri dad, y no se me ha i ndi cado más que una l i gera i nexacti tud.
Uno de mi s pri nci pal es moti vos para emprender este trabaj o, era el deseo de
dej ar detrás de mí , para servi r a l os futuros hi stori adores, un bosquej o l o más
pareci do posi bl e, del gran eni gma que fue Hel ena Petrowna Bl avatsky, cofundadora
de l a Soci edad Teosófi ca. Afi rmo pro mi honor que no he escri to ni una pal abra
sobre el l a o sobre sus actos, que no haya si do di ctada por una perfecta fi del i dad
haci a su memori a y haci a l a verdad. Ni una l í nea que deba su ori gen a un
resenti mi ento. La conocí con carácter de compañera, de ami ga, de col ega, y como
mi i gual (en este pl ano). Todos sus otros col egas han si do sus di scí pul os, o ami gos
ocasi onal es, o si mpl es corresponsal es, pero ni nguno l a conoci ó tan í nti mamente
como yo, porque nadi e l a ha vi sto, como yo l a ví , en todas sus faces de humor, de
acti tud y de carácter. La Hel ena Petrowna, bi en vi va, si empre perfectamente rusa;
l a madame Bl avatsky, reci entemente desembarcada de l a bohemi a pari si ense; y l a

291
madame Laura, cuyas gui rnal das y ramos de fl ores de su j i ra de conci ertos en 1872–
73, por Ital i a, Rusi a y otros paí ses, no estaban aún marchi tos cuando l l egó a Nueva
York pasando por Parí s, han si do todas bi en conoci das por mí , así como más tarde
l a “H. P. B. ” de l a Teosofí a. No podí a ser para mí . Que l a conocí a tan bi en, l o que
fue para muchos toros, una especi e de di osa, i nmacul ada, i nfal i bl e, l a i gual de l os
Maestros de Sabi durí a, si no una muj er extraordi nari a, que l l egó a ser el canal de
grandes enseñanzas, el agente encargado de una tarea grandi osa. Y preci samente a
causa de que yo l a conocí a mucho mej or que nadi e, me parecí a ser un mayor
mi steri o que a l os demás. Era muy fáci l a qui enes no l a veí an más que di ci endo
orácul os, escri bi endo afori smos profundos, o revel ando una tras otra l as cl aves de l a
sabi durí a ocul ta en l as anti guas escri turas, consi derarl a como un ángel que estaba
de paso en l a ti erra, y besar sus huel l as. Para esos, el l a no era una eni gma. Pero para
mí , su col ega más í nti mo, mezcl ado en l os detal l es prosai cos de su di ari a exi stenci a,
ha quedado si endo un i nsol ubl e probl ema. Yo no sé hasta qué punto su vi da de
vi gi l i a era l a de una personal i dad responsabl e, y en qué grado su cuerpo estaba
di ri gi do por una enti dad extraña a él . Si no se l a consi dera más que como médi um
de l os grandes Maestros, y nada más, el eni gma es fáci l de resol ver, porque esta
hi pótesi s expl i ca l os cambi os de i deas, de carácter, de gustos y de afectos, de l os
cual es ya habl é en el precedente vol umen. La Hel ena Petrowna de Parí s, de Nueva
York y de Ital i a, se l i ga entonces a l a H. P. B. De l os úl ti mos ti empos, Y esto no es l o
que si gni fi ca l a si gui ente frase, escri ta por su mano en mi di ari o, el 16 de di ci embre
de 1878: “hemos vuel to a tomar fri ó, según creo. ¡Oh, pobre cuerpo vi ej o, vaci ó y
descompuesto”!
¿Vací o? ¿De qué? ¿De su habi tante l egí ti mo? De otro modo, por que habrí a
escri to esto de su propi a mano, pero con una escri tura al go di ferente l a suya?
Nunca sabremos l a verdad. Si vuel vo si empre a este probl ema. Es porque a medi da
que estudi o más profundamente l os aconteci mi entos pasados, me parece más y más
i nsol ubl e. Dej emos esto y reunámonos con l os peregri nos de Nueva York en sus
camarotes del “Canadá”, al parti r para Londres un crudo mes de di ci embre.
Adyar, 1899

292

CAPÍTULO
V I A J E P O R M A R

Aunque dej amos el suel o ameri cano el 17 de di ci embre, quedamos en aguas
ameri canas hasta l as doce y trei nta del 19, esperando l a marea. ¡Es di fí ci l
i magi narse el estado de H. P. B. ! Tronaba contra el capi tán, el pi l oto, el mecáni co,
l os propi etari os, y hasta contra l a marea. Mi di ari o debe haber estado en su mal eta,
porque veo que el l a escri bi ó en él :
“Ti empo soberbi o. Cl aro, azul , si n nubes (el ci el o), pero endi abl adamente frí o.
Accesos de mi edo hasta l as once. El cuerpo es dif ícil de gobernar… Por fi n el pi l oto
nos hace pasar Sandy Hook Bar. ¡Afortunadamente nos hemos encal l ado!…
Comi endo si empre – a l as 8, a medi odí a; a l as 4 a l as 7. H. P. B. Come como tres
cerdos”.
No he sabi do el senti do de l a frase escri ta por H. P. B. en mi di ari o. El 17 de
di ci embre de 1878: “todo está oscuro, pero tranqui l o”, si no cundo en Londres su
sobri na me traduj o un extracto de una carta escri ta por H. P. B. a su hermana (l a
señora Jel i howska) desde Londres, el 14 de enero de 1879. Hel o aquí :
“Parto para l a Indi a. Sól o l a Provi denci a sabe qué proveni r nos espera. Al vez
esos retratos sena l os úl ti mos. No ol vi des tu hermana huérf ana, que ahora l o es en
el absol uto senti do de l a pal abra.
Adi ós. Sal dremos de Li verpool el 18. ¡Que l os poderes i nvi si bl es os protej an a
todos!
Escri bi ré desde Bombay, si es que l l ego.
Londres, enero 14 de 1879.
El ena”.
¿Se es que l l ego? Por l o tanto, ¿no estaba segura de el l o? ¿Aquel l a predi cci ón de
Nueva York, podrí a real i zarse? Muy bi en; pero entonces a qué se reduce l a hi stori a
tan corri ente de que antes de sal i r de Améri ca el l a ya sabí a todo l o que habí a de
suceder en el proveni r? Las dos cosas no concuerdan.

293
Sól o éramos di ez pasaj eros a bordo. Nosotros tres: H. P. B. , Wi nbri dge y yo, un
cl éri go de l a Igl esi a Angl i cana y su esposa, un al egre y rubi cundo j oven hacendado
del Yorkshi re, un capi tán angl o-i ndo y su esposa, y otro señor con otra señora. Ya
podrá i magi narse l o que fue esa travesí a para el i nfortunado cl éri go, entre el mareo
y sus di ari as batal l as con H. P. B. … Y si n embargo, aunque el l a no l e ahorrase su
opi ni ón sobre l os mi embros del cl ero, usase expresi ones que l o hací an sal tar, él
tuvo un espí ri tu bastante ampl i o para apreci ar su nobl es cual i dades y casi l l orar al
deci rl e adi ós. ¡Ll egó hasta envi arl e su retrato y pedi rl e el suyo en cambi o!
El buen ti empo no duró más que tres dí as. El 22 todo cambi ó, y como H. P. B. l o
anotó en mi di ari o: “Vi ento y tempestad. Ll uvi a y ni ebl a i nvaden el sal ón. Todo el
mundo enfermo, sal vo l a señora Wi se y H. P. B. Mol ones (yo) canta”. Vol vi ó el buen
ti empo, segui do esa mi sma tarde por un terri bl e huracán, durante el cual el capi tán
nos contaba horri bl es hi stori as de náufragos y ahogados. Después de esto, l os
demoni os de l as tempestades nos persi gui eron como si hubi ese si do pagado por l os
enemi gos de l a Soci edad. Hubi érase di cho que todos l os vi entos encerrados en
odres por Eol o en provecho de Ul i ses, se hubi eran escapado y festej asen su al egrí a.
Del 20 al 30 de di ci embre, veo en mi di ari o: “Conti núan l os dí as y l as noches de
fasti di o, de removi mi ento y de mi seri a. De noche uno está como un vol ante entre
dos raquetes, de dí a, l as horas son tan l argas que parecen dí as. Un pequeño grupo
heterócl i to de pasaj eros que están hartos l os unos de l os otros”. H. P. B. escri bi ó un
dí a: “Noche de rol i dos. H. S. O. enfermo en cama; esto es monótono, estúpi do y
cansador. ¡Oh! ¡l a ti erra! ¡Oh! l a Indi a y el hogar”?
Nos quedamos l evantados para dar l a bi enveni da al año nuevo; a medi anoche l a
campana de a bordo tocó dos veces el cuarto, y, según l a costumbre, hubo un
estrépi to de campani l l as, cacerol as, y en l as máqui nas, barras de hi erro y otros
obj etos sonoros. Entramos en l a Mancha el dí a de año nuevo, con una espesa ni ebl a,
sí mbol o de nuestro porveni r desconoci do. Obl i gados a avanzar muy l entamente,
tomamos un pi l oto, un hombre muy vi ej o con ai re de fósi l , a l as dos y medi a, y a l as
ci nco tuvi mos que ancl ar frente al Deal . El capi tán se di o cuenta ensegui da de que
el pi l oto tení a l a vi sta estropeada y no di sti nguí a una l uz roj a de una verde;
seguramente nos hubi era sucedi do al guna desgraci a si n l a vi gi l anci a del capi tán
Summer, un hombre notabl e, que honraba a l a mari na mercante i ngl esa. Si el pi l oto
hubi ese vi sto bi en, hubi era podi do enfi l ar el Támesi s y ahorrarnos sí un dí a entero

294
de penuri a en l a Mancha.
En fi n, como l a ni ebl a seguí a si endo muy densa, nos fue preci so navegar con
precauci ón, tanto, que tuvi mos que ancl ar otra vez l a segunda noche, y no l l egamos
hasta el si gui ente dí a a Gravesend, donde tomamos el tren para Londres; así
termi nó l a pri mera etapa de nuestro l argo vi aj e.
El doctor Bi l l i ng y su señora nos ofreci eron una encantadora hospi tal i dad en su
casa de Norwood Park, l a que se convi rti ó en el l ugar de reuni ón de todos nuestros
ami gos y corresponsal es de Londres. Entre otros, ci taré a Stai ton Moses, Massey, el
doctor Wyl d, el rev. Aytoun y su señora, Enri que Wood, Pal mer Thomas, l os El l i s,
A. R. Wal l ace, vari os i ndos estudi antes de medi ci na o derecho, l a señora Knowl es y
otros. Yo presi dí , el 5 de enero, una reuni ón de l a Soci edad Teosófi ca Bri táni ca, en
l a cual hi ci eron el ecci ones.
Todo nuestro ti empo en Londres fue ocupado por l os asuntos corri entes de l a
Soci edad, l as vi si tas que reci bi mos y l as excursi ones al Bri sti sh Museum y otras
partes; todo esto sazonado con fenómenos por H. P. B. , y con sesi ones en casa de l a
señora Hol l i s-Bi l l i ng, cuyo espí ri tu guí a “Ski ”, es conoci do de nombre en el mundo
espi ri ti sta entero.
Pero el i nci dente más notabl e de nuestra resi denci a en Londres fue el encuentro
de un maestro por tres de nosotros, al baj ar por l a cal l e Cannon. Esa mañana l a
ni ebl a era tan densa que no se veí a l a otra acera, y Londres se mostraba baj o su más
desfavorabl e aspecto. Las dos personas que i ban conmi go, l e vi eron antes, porque
yo estaba del otro l ado y ocupado en mi ra al go. Pero cuando l anzaron una
excl amaci ón, me vol ví con rapi dez y mi s oj os se encontraron con l os del Maestro,
que me mi raba por enci ma de su hombro. Yo no l o conocí a, pero reconocí el rostro
de un Ser Superi or, porque una vez vi sto el ti po, no pude ser confundi do. Así como
l a gl ori a del sol es bi en di ferente de l a l uz de l a l una, i gual mente el espl endor de l a
cara de un hombre o de una muj er de bi en, no es l a l uz trascendente de un adepto; a
través de l a arci l l a de l a l ámpara del cuerpo, como di j o el sabi o Mai móni des, se
perci be el ful gor de l a i nterna l l ama del espí ri tu transformado. Conti nuamos l os
tres nuestro cami no por l a ci udad; en cuento l l egamos a l a casa del doctor Bi l l i ng,
su señora y H. P. B. nos di j eron que el Hermano habí a veni do y di j o que nos acababa
de encontrar en l a ci udad, ci tando nuestros nombres. La señora Bi l l i ng nos contó

295
al go i nteresante. Di j o que, aunque l a puerta de l a cal l e estaba cerrada y con cerroj o,
como de costumbre, de manera que nadi e podí a entrar si n l l amar, al i r de su sal ón a
l a habi taci ón de H. P. B. , pasando por el vestí bul o, casi cayó en brazos de un
extranj ero que se hal l aba entre l a puerta de entrada y l a del cuarto de H. P. B. Lo
descri bi ó como un i ndo muy al to y hermoso, con una mi rada sumamente
penetrante, que parecí a penetrar en el l a. Al pronto se si nti ó tan sorprendi da que no
pudo pronunci ar ni una pal abra, pero el extranj ero di j o: “Desearí a ver a l a señora
Bl avatsky”, y si di ri gi ó a l a habi taci ón que esta ocupada. La señora Bi l l i ng l e abri ó
l a puerta y l e rogó que entrase. El fue di rectamente a H. P. B. , y después de haberl e
hecho un sal udo ori ental , comenzó a habl arl e en un i di oma cuyas asonanci as eran
por compl eto desconoci das de l a señora Bi l l i ng, a pesar de que su ofi ci o de medi um,
que ej ercí a desde l argo ti empo, l e hi zo rel aci onarse con personas de muy di ferentes
naci onal i dades. Como es natural , el l a qui so sal i r del cuarto, pero H. P. B. el pi di ó
que se quedase y que no se ofendi era al verl es uti l i zar una l engua extranj era, porque
tení an que tratar asuntos ocul tos.
No puedo deci r si ese i ndo mi steri o traj o en real i dad a H. P. B. un
recrudeci mi ento de poderes, pero durante l a cena, esa mi sma noche, hi zo fel i z a su
huéspeda, sacando para el l a, de debaj o de l a mesa, una tetera j aponesa de extrema
l i gereza. Creo que eso fue a peti ci ón de l a señora Bi l l i ng, pero no estoy seguro.
Hi zo tambi én que Massey hal l ase en el bol si l l o de su abri go, que estaba en el
vestí bul o, un tarj etero i ndo con i ncrustaci ones. Mas sól o me l i mi to a ci tar estos
hechos, porque fáci l mente podrí an ser expl i cados por l a hi pótesi s de un engaño, si
se qui si era dudar de su buena fe. Otra cosa que tambi én nos asombró a todos –poco
di spuestos, como estábamos entonces, a l a crí ti ca– como muy extraordi nari a: el 6
de enero por l a noche, “Ski ” me di j o que fuese a l a exposi ci ón de l as fi guras de cera
de l a señora Tussaud, y que debaj o del pi e i zqui erdo de l a fi gura 158, yo
encontrarí a una carta, di ri gi da a mí por ci erto personaj e. Al dí a si gui ente, por l a
mañana, fui mos a l a exposi ci ón el rev. Aytoun, el doctor Bi l l i ng, el señor
Wi mbri dge y yo, y hal l amos di cha carta en el si ti o anunci ado. Pero en mi di ari o veo
escri to que H. P. B. y l a señora Bi l l i ng fueron el 6 de enero, por l a mañana, al Bri ti sh
Museum, y ya que sal i eron de l a casa, nada i mpi de que hubi eran i do a l a exposi ci ón
de l a señora Tussaud se así l o hubi esen acordado. De suerte que, desde el punto de
vi sta de l a S. P. R. , el caso no ti ene ni ngún val or, aunque entonces creí , como

296
tuvi mos el pl acer de oí r “Ski ” que nos decí a ser el mensaj ero de l os Maestros y
nombró a vari os de el l os. Tambi én, en l a oscuri dad, me arroj ó un gran pañuel o de
sea que medí a más de un metro cuadrado y sobre el que estaban escri tos vari os de
sus nombres.
La noche que si gui ó a esa, después de cenar, H. P. B. nos expl i có l a dual i dad de su
personal i dad y l a l ey en vi rtud de l a cual se producí a esta dobl e personal i dad.
Admi ti ó si n restri cci ón que no era l a mi sma persona en momentos di ferentes; y nos
di o una sorprendente prueba de l a verdad e esa afi rmaci ón. Mi entras charl ábamos
en una medi a l uz, el l a quedó si l enci osa cerca de l a ventana, con l as dos manos sobre
l as rodi l l as. De pronto nos habl ó para atraer nuestra atenci ón y una de sus manos
era tan bl anca y hermosa como de costumbre, mas l a otra era una mano l arga, de
hombre, una mano oscura de i ndo; y como l a mi ráramos con sorpresa, vi mos que
tambi én sus cabel l os y cej as habí an cambi ado de col or, para vol verse negros como l a
pez. Ll ámase a esto una mâya, pero ¡qué mâya tan magní fi ca, produci da si n
pronunci ar ni una sol a pal abra de sugesti ón. Es posi bl e que haya si do una mâya,
porque recuerdo que al dí a si gui ente, por l a mañana, sus cabel l os estaban todaví a
bastante más oscuros que de costumbre, y sus cej as eran negras. El l a mi sma l o
perci bi ó al verse en el espej o del sal ón y me di j o que habí a ol vi dado de borrar todo
rastro del cambi o; después, vol vi éndome l a espal da, se pasó l as manos por l a cara y
l os cabel l os dos o tres veces, y cuando se vol vi ó, ya habí a recobrado su apari enci a
habi tual .
El 15 de enero” nuestro equipaje más importante' salió para Li verpool . El 17, promul gué el
nombrami ento i nteri no del general Doubl eday para desempeñar l as funci ones de
presi dente de l a Soci edad Teosófi ca y en l as mi smas condi ci ones al señor Davi d A.
Curti s como secretari o de correspondenci a, y a G. V. Maynard como tesorero.
Gui l l ermo Q. Judge habí a si do ya el egi do secretari o archi vero. Estas di sposi ci ones
tení an por obj eto atender a l a admi ni straci ón del Cuartel General de Nueva York
hasta que hubi ésemos deci di do del porveni r de l a Soci edad, después de nuestra
l l egada a Bombay. Esa mi sma noche sal i mos de Londres para Li verpool , después de
una del i ci osa permanenci a de qui nce dí as entre nuestros queri dos ami gos y col egas.
Vari os de el l os nos acompañaron a l a estaci ón, y me acuerdo como si fuese ayer, que
me estuve paseando por l a sal a de espera con el doctor Wyl d, habl ando de temas
rel i gi osos. El dí a si gui ente l o pasamos en Li verpool , y a l as ci nco nos embarcamos

297
en el “Speke Hal l ” con una fuerte l l uvi a. El barco era suci o y de feo aspecto; de
modo que con l a l l uvi a, el ol or de al fombras y tapi cerí as moj adas en l os sal ones y
camarotes, y el ai re desconsol ado de nuestros compañeros de vi aj e, tan mal
i mpresi onados como nosotros, todo era de mal auguri o para nuestra l arga travesí a.
Rui do y suci edad al parti r de Nueva York; rui do, suci edad y mal os ol ores al sal i r de
Li verpool ; para conservar el val or, nos eran necesari o todos nuestros sueños de una
Indi a i nundada de sol , y l a i magen encantada que nos forj áramos de nuestros
futuros ami gos i ndos.
La noche del 18 la pasamos en la Mersey, y la partida tuvo lugar al alba. Mi diario refleja de este
modo nuestras primeras impresiones: “A bordo, todo está en un estado lamentable. El barco está
cargado como para irse a pique –según me parece– de carriles de hierro. La mar está gruesa y sin cesar
embarcamos olas. Wimbridge y yo, ocupamos un camarote a proa sobre el puente, y no tenemos
comunicación interior con el salón popa. Un hombre no acostumbrado al mar, ariesgaría su vida si
tratase de atravesar el puente. Hay que creer que los camareros de a bordo no se sienten mejor que los
pasajeros, puesto que hasta las tres no nos sirven la comida”. El día siguiente no fue mejor, y sin una
cesta de mantecados que nos habían regalado en Londres, y que por suerte fue puesta en nuestro
camarote, hubiéramos sufrido hambre. Durante este tiempo, H.P.B. escandalizaba a sus compañeros
de viaje y a los criados; a todo el mundo, salvo una o dos excepciones, chocaba su manera de jurar y
sus opiniones antirreligiosas, y la declaraban insoportable. A causa de una ola más fuerte que las
otras, H.P.B. fue arrojada contra la pata de una mesa del comedor y se lastimó la rodilla. Al tercer día,
nos envió una orden imperativa para que compareciéramos ante ella; después de habernos subido los
pantalones hasta la rodilla, con los zapatos y calcetines en la mano, nos lanzamos al puente, que
estaba cubierto de agua, entre los rolidos del barco. El salón se encontraba en una estado inverosímil:
la alfombra quitada, agua y cosas mojadas por todas partes, y olores como pueden imaginarse en un
barco que no ha podido ser ventilado en tres días. H.P.B. estaba acostada en su camarote, con la
rodilla enferma, y a través de los pequeños camarotes se oía su voz de Estentor, llamando a la
camarera. ¡Oh, golfo de Vizcaya! ¡Qué acogida nos hiciste, a nosotros, obres víctimas del mareo!
Durante l a noche del 23 de enero, pasamos el cabo Fi ni sterre, que nos l i bró de
ese horri bl e gol fo. Pero ese dí a no pudo tomarse l a al tura del sol , y al pasar de
nuestro camarote al sal ón nos parecí a atravesar un foso l l eno de agua o una presa de
mol i no. Por fi n al otro dí a el ti empo mej oró y nos vi mos entre un mar de zafi ro y
un ci el o de azul , en un ai re embal samado y pri maveral , de suerte que todos l os
mí seros pasaj eros se arrastraron hasta el puente para reponerse al sol . Las costas de

298
Afri ca, de un col or opal i no, aparecí an a través de una bruma perl ada, como
fantasmagóri cos acanti l ados. Pasamos una noche en mal ta para embarcar carbón y
sal i mos al dí a si gui ente, cubi ertos de pol vo de carbón en todos l os ri ncones posi bl es
y para col mo, el mal ti empo vol vi ó a apoderarse de nosotros casi ensegui da de sal i r
del puerto. El pobre barco rol aba y cabeceaba como un l oco, y embarcaba ol as que
no se hubi eran senti do en un buque menos cargado. ¡ Adi ós el áni mo de l os
pasaj eros, todos mareados! Pero hubo una compensaci ón: H. P. B. , que hasta
entonces pasó el ti empo burl ándose despi adadamente de nosotros y ri éndose de
nuestra debi l i dad, poni éndose como ej empl o, de pronto venci da por su Karma, se
si nti ó tan mareada como l os otros. De más está deci r que sus i roní as l e fueron
devuel tas si n mi seri cordi a.
Ll egamos a Port Sai d el 2 de febrero, e hi ci mos una vi si ta a l a ci udad, segui da del
bendi to reposo de dos dí as y dos noches en el canal . Como se ve, era antes de que l a
i nstal aci ón de unos poderosos refl ectores permi ti era el paso nocturno por el canal .
En l a aurora del tercer dí a, entramos por fi n en el mar Roj o, dando así comi enzo a
nuestra tercera etapa marí ti ma haci a el paí s e nuestros deseos. En Suez
encontramos cartas de nuestros ami gos i ndos, l o que aumentó aun más nuestra
febri l i mpaci enci a por al canzar nuestro desti no. La l una ri el aba como pl ata l as
aguas del gol fo de Suez y nos parecí a navegar por un mar de ensueño. Nada sucedi ó
hasta el 12, que reventó un tubo en cal dera: hubo que detenerse para repararl o, y
como l a reparaci ón estal l ó de nuevo al dí a si gui ente, nos detuvi mos otra vez,
perdi endo un ti empo preci oso y rabi ando por esa detenci ón casi ante el puerto.
Fi nal mente, el 16 por l a mañana entramos en el puerto de Bombay. Yo me habí a
quedado sobre el puente hasta l a una de l a mañana, admi rando l a maj estad del ci el o
i ndo, y esforzándome por di sti ngui r el pri mer respl andor de l as l uces de Bomba.
Por fi n apareci eron, al emerger un faro del mar, y me fui a descansar esperando
l a l l egada del dí a. Pero antes de l a sal i da del sol , ya estaba de pi e en el puente, y
mi entras í bamos a amarar al cuerpo muerto
83
, yo me saci aba contempl ando el
panorama del puerto, que se despl egaba ante mí . Ante todo, pedi mos que se nos
mostrase El efanta, porque era para nosotros el sí mbol o y l a representaci ón de l a

83
Ll ámese cuerpo muerto a un ancl a muy grande y pesada o a un peso de hi erro en forma de casquete
esféri co, que se fondea en un si ti o conveni ente. De di cho peso una cadena hasta l a superfi ci e del
agua, l o sufi ci entemente l arga para que sobre de l as más al tas mareas. En su extremo, l a cadena ti ene
un cáncamo gi ratori o donde el barco es amarrado. El cáncamo está manteni do a fl ote por una boya.
Tambi én se l l ama cuerpo muerto al que si rve para fondear una bal i za. (N. del T. )

299
Indi a anti gua, l a Bharatavarsha sagrada, que nuestros corazones aspi raban a ver
revi vi r en l a Indi a actual . Pero, ¡ay!, al vol verse haci a el promontori o de Mal abar-
hi l l , el sueño se desvanecí a. La Indi a que veí amos, era l a de l os bungal ows
suntuosos, encuadrados en ri cos j ardi nes a l a i ngl esa y el l uj o que anunci a l a gran
fortuna hecha en el comerci o col oni al . La Aryâvarta de l os ti empos de El efanta, se
borraba ante el crudo espl endor del nuevo orden de cosas, en el cual ni l a ci enci a ni
l a fi l osofí a toman parte, y que reconoce por di vi ni dad tutel ar al í dol o real acuñado
en l as rupi as de pl ata. Uno se acostumbra a el l o, pero l a sensaci ón pri mera fue una
desi l usi ón.
Apenas se arri ó el ancl a, cuando tres i ndos l l egaron a buscarnos. Todos nos
parecí an desconoci dos, pero cuando nos di j eron sus nombres, l es tendí mi s bazos y
l os estreché contra mi corazón; eran Mool j ee Thackersey, el pandi t Schi amj i
Kri shnavarma y M. R. Bal l aj ee, todos mi embros de l a Soci edad. No era raro que no
hubi ese reconoci do a Mool j ee, con el pi ntoresco traj e de su casta Bhatti a, el dhoti ,
túni ca de musel i na bl anca, y el turbante roj o en forma de casco, con l a punta haci a
del ante, enci ma de l a frente. En 1870, cuando atravesé el Atl ánti co con él , i ba
vesti do a l a europea, y no se parecí a nada al i ndo de ahora. El nombre de Schi amj i
ha l l egado a ser cél ebre en Europa, conoci do como famoso pandi t que ayudó al
profesor Moni er-Wi l l i ams en sus trabaj os. Si empre senti mos por él , H. P. B. y yo, un
afecto paternal . Nuestros tres ami gos habí an pasado l a noche en su embarcaci ón
esperándonos, y estaban tan encantados de vernos como nosotros de desembarcar.
Fue una desi l usi ón l a ausenci a de Hurrychund Chi ntamon, nuestro pri nci pal
corresponsal y hasta entonces el más respetado. Como no se dej aba ver, fui mos a
ti erra en l a barca de l os otros, y mi pri mer movi mi ento, al atracar en el Apol l o
Bunder, fue prosternarme para besar el pri mer escal ón. Por fi n, por fi n, pi sábamos
ya el suel o sagrado, el pasado estaba ol vi dado, tambi én nuestra penosa y pel i grosa
travesí a, l a angusti a de l as esperanzas fal l adas, era reempl azada por l a al egrí a
del i rante de hal l arnos en el paí s del l os Ri shi s, cuna de todas l as rel i gi ones,
resi denci a de l os Maestros, patri a de nuestros hermanos y hermanas de pi el oscura,
con l os cual es soñábamos vi vi r y mori r. Todo l o que nuestros compañeros de vi aj e
habí an podi do deci rnos a bordo acerca de su debi l i dad moral , de su hi pocresí a, de
su mal a fe, y su i ncapaci dad para i nspi rar el menor respeto a l os europeos, fue
ol vi dado. Porque l os amábamos a causa de sus antepasados, y estábamos di spuestos

300
a quererl os por el l os mi smos, a pesar de todas sus i mperfecci ones presentes. Y debo
deci r, en l o que me conci erne, que mi s senti mi entos no han cambi ado hasta hoy.
Verdadera y real mente, es mi puebl o, su paí s es mi paí s, que l a bendi ci ón de l os
Sabi os sea con el l os y quede con el l os si empre. Amén.


301

CAPÍTULO II
INSTALACION EN BOMBAY

La di vi ni dad del sol i ndo no nos ahorraba l a quemadura de su mano sobre
nuestras cabezas, mi entras aguardábamos en el embarcadero; l a temperatura del
medi o dí a a medi ados de febrero es una sorpresa para l os occi dental es, y tuvi mos el
ti empo necesari o para apreci ar su fuerza, antes de que el señor Hurrychund l l egase
a socorrernos. Preci samente habí a i do al barco cuando acabábamos de desembarcar
y nos obl i gó a esperarl e así en el muel l e ardi ente, donde el ai re vi braba de cal or
al rededor de nosotros.
No recuerdo que otra persona, además de l os tres i ndos ya menci onados y de
Hurrychund, vi ni ese a reci bi rnos a nuestra l l egada, l o que causó un gran
descontento entre l os mi embros de l a Arya Somaj , que acusaron a su presi dente,
Hurrychund, e que con i ntenci ón no l es previ no de nuestra l l egada para poder
gui arnos para sí .
Las cal l es de Bombay nos encantaron con su carácter ori ental tan marcado. Las
al tas casas estucadas, l os traj es, nuevos para nosotros, de l a enorme pobl aci ón
asi áti ca, l os sorprendentes vehí cul os, l a i ntensa i mpresi ón produci da en nuestro
senti do artí sti co y l a real i dad de encontrarnos por fi n en el l ugar tanto ti empo
deseado, entre nuestros queri dos paganos, después de tantas tempestades, todas
esas i ntensas emoci ones, nos l l enaban de al egrí a.
Antes de sal i r de Nueva York, escri bí a Hurrychund que nos al qui l ase una casi ta
conveni ente en el barri o i ndo, y que nos tuvi ese l os cri ados mas i ndi spensabl es, con
l a i ntenci ón e no gastar nada en l uj o i núti l . Cuando l l egamos, nos conduj o a una
casa de su propiedad, en un si ti o bastante tri ste, j unto a su tal l er fotográfi co. Por
ci erto que era bastante pequeña, pero estábamos tan deci di dos a encontrar todo
perfecto, que nos decl aramos sati sfechos. Las hoj as de l os cocoteros se bal anceaban
sobre nuestro techo y fl ores i ndas embal samaban el ai re; después de l os horrores de
l a travesí a, nos parecí a estar en el paraí so. Las esposas de nuestros ami gos vi ni eron
a ve a H. P. B. , y l a señori ta Bates y ci erto número de parsi s e i ndos, nos vi si taron en

302
masa. Pero l a gran afl uenci a de vi si tas no comenzó hasta el dí a si gui ente, y
Wi mbri dge –un arti sta– y yo, pasamos horas enteras observando el vai vén de l a
muchedumbre en l a cal l e, mareados con i nnumerabl es cuadros vi vos que vení an a
tentar l ápi ces y pi ncel es; todo l o que pasaba, ani mal es, carros, o personas, era un
model o par arti stas.
En el “Speke Hal l ” adqui ri mos una rel aci ón que se convi rti ó en l arga ami stad, l a
del señor Ross Scott, B. C. S. , hombre de carácter nobl e, un verdadero i rl andés en
el mej or senti do e l a pal abra. Sus l argas conversaci ones con nosotros, respecto a l a
fi l osofí a ori ental , l a deci di eron a i ngresar en nuestra Soci edad. Vi no a vernos l a
noche que desembarcamos, y consi gui ó de H. P. B. un fenómeno que yo todaví a no
habí a vi sto. Estaba sentado con el l a en el sofá y yo estaba de pi e j unto a una mesa
en el centro de l a sal a, cuando Scott reprochó a H. P. B. que l e dej ase parti r para el
Norte, a hacerse cargo de su puesto ofi ci al , si n haberl e dado l a menor prueba de l a
exi stenci a en el hombre, de l os poderes psí qui cos de l os que con tanta frecuenci a
habl ara. H. P. B. l e querí a mucho y accedi ó a su deseo. ¿”Qué desea V. que haga”?, l e
preguntó. El tomó el pañuel o que el l a tení a en l a mano, y mostrando su nombre
“Hel i oma”, bordado en un ángul o, l e contestó: “Pues bi en, que desaparezca este
nombre y que otro l e reempl ace”. ¿Qué nombre qui ere V”? Scott, mi rando haci a
nosotros, señal ó a nuestro huésped y di j o: “Que sea Hurrychund”. Nos acercamos
al oí r esas pal abras, para ver l o que i ba a pasar. H. P. B. pi di ó que tuvi ese fi rmemente
en su mano l a punta del pañuel o, mi entras el l a suj etaba l a punta opuesta. Al cabo
de un mi nuto más o menos, l e di j o que mi rase. El obedeci ó y vi ó que l os nombres
habí an si do cambi ados el uno por el otro, y se veí a en de Hurrychund, bordado del
mi smo modo. En el col mo del entusi asmo, Scott excl amó: ¡”He ahí l o que ni ngún
profesor en el mundo podrí a hacer! Ahora ¿qué pensar de l a ci enci a? Señora, si
usted qui ere darme ese pañuel o, yo daré a cambi o de él 5 l i bras a l a Arya Somaj ”.
“Se l o doy con gusto”, respondi ó H. P. B. , y él contó en segui da ci nco soberanos en
l a mano de Hurrychund. No recuerdo que este i nci dente fuese comuni cado a l a
prensa, pero pronto fue contado por una docena de testi gos ocul ares, y contri buyó
a que se acrecentase el i nterés que l a l l egada de nuestro grupo exci taba entre l os
i ndos cul tos.
Hubo recepci ón el 17 de febrero en el tal l er fotográfi co, y concurri eron unos
300 i nvi tados. Se nos hi zo el cumpl i mi ento de costumbre, con l os col l ares de fl ores,

303
l os l i mones y el agua de rosas de ri gor, y H. P. B. , Wi mbri dge y yo, di mos l as graci as
l o mej or que nos l o permi ti ó l a profunda emoci ón que nos domi naba. Veo en mi
di ari o: “Se me sal taron l as l ágri mas. Por fi n l l egó el momento tan esperado, y me
encuentro frente a mi s verdaderos compatri otas”. Era una perfecta fel i ci dad que
vení a del corazón de acuerdo con l a razón, y no una emoci ón súbi ta y fugi ti va
desti nada a desaparecer pronto, para dar l ugar a l a desi l usi ón y al di sgusto.
Al dí a si gui ente se organi zó una expedi ci ón para ver l a fi esta del Shi varâtri en
El efanta. Ibamos como ni ños a un paseo campestre. Por l o pronto, el barco tan raro
de forma y de aparej o, después l as anti guas grutas y sus gi gantescas escul turas, en l a
penumbra; enormes l i ngams, de un desagradabl e col or roj o y cubi ertos de fl ores;
peregri nos que se bañaban en un estanque próxi mo y pasaban en procesi ón
al rededor del Shi val i ngam; l os Puj aris tocaban l as si enes de l os fi el es con agua que
habí a refrescado el sí mbol o; l a muchedumbre –nueva para nosotros– tan
pi ntoresca; l os faki res l l enos de ceni za, i mpl orando l a cari dad, mi entras se
mantení an en l as posturas más i ncómodas; l as bandas de chi qui l l os; l os vendedores
de bombones; l os presti di gi tadores, que hací an crecer el mango tan mal que
cual qui era podí a ver l a trampa; después l a meri enda en l a terraza del guardi án, si ti o
desde donde se podí a ver de una oj eada, en el pri mer pl ano l a mul ti tud ondul ante y
bul l i ci osa, y el gran puerto baj o el azul si n mancha, con l as torres y l os techos de
Bombay en úl ti mo pl ano. Fi nal mente, vi no el regreso, a vel a y con buen vi ento,
nuestra embarcaci ón vol aba sobre l as ol as y ganó en su carrera a un bal andro
parti cul ar europeo, que hací a el mi smo cami no. Después de vei nte años, reveo ese
cuadro en mi memori a, como si fuese un panorama reci entemente pi ntado.
Nuestros vi si tadores eran cada dí a más numerosos: un sal ón l l eno de parsi s,
acompañados con sus muj eres e hi j os, era reempl azado apenas habí an parti do, por
otro con i gual número de fami l i as i ndas. Un monj e j ai no, negro, con l a cabeza
afei tada y el cuerpo desnudo hasta l a ci ntura, vi no con un i ntérprete a presentarme
numerosas preguntas sobre l a rel i gi ón. Nos envi aban frutas con votos de
bi enveni da. En el teatro de El phi nstone, se di o en nuestro honor una
representaci ón especi al del drama i ndo Sitaram. Nos vi mos col ocados en un pal co
muy a l a vi sta y todo decorado con gui rnal das de j azmi nes y de rosas, se nos di o
grandes ramos y refrescos, y cuando nos l evantamos para reti rarnos, hubo que
escuchar un sal udo que se nos l eyó desde el escenari o. Fal taba bastante para que l a

304
obra concl uyese, pero nuestras fuerzas habí an l l egado a su l í mi te: l l egamos al teatro
a l as nueve de l a noche, y sal i mos de él a l as 2, 45 de l a mañana. Mas esa noche de
fi esta fue segui da al otro dí a por nuestra pri mera copa de amargura. Después de
l argos esfuerzos, obtuvi mos de Hurrychund que nos presentase sus cuentas; ¡qué
desastre! Nuestro benévol o huésped nos presentaba una fantásti ca factura por el
l ocal , el servi ci o, l as reparaci ones en l a casa, y ni si qui era ol vi daba el preci o del
al qui l er de l as tresci entas si l l as para l a recepci ón y el gasto del tel egrama que nos
envi ó pi di éndonos que apresurásemos nuestra parti da! El gol pe me anonadó,
porque por ese cami no, pronto nos encontrarí amos en seco. Si n embargo, todo el
mundo oyó y comprendi ó que éramos l os i nvi tados de aquel hombre. Hubo
recl amaci ones y expl i caci ones, y ti rando del hi l o, descubri mos que l a consi derabl e
suma de más de 600 rupi as (que en aquel ti empo val í an más que ahora) que
habí amos mandado por medi o de él a l a Arya Somaj , no habí a pasado de su bol si l l o.
Esto produj o un boni to al boroto entre sus col egas de l a Somaj . No ol vi daré nunca
l a escena que l e hi zo H. P. B. en una reuni ón de l a Arya Somaj , ful mi nándol o con su
cól era y forzándol e a que prometi ese una resti tuci ón. En efecto, devol vi ó el di nero,
pero cortamos toda rel aci ón con él . Buscamos una casa nosotros mi smos y hal l amos
una, por l a mi tad del preci o que por l a suya nos hací a pagar Hurrychund, que se
habí a i mprovi sado propi etari o. Después de comprar el mobi l i ari o preci so, nos
i nstal amos por dos años, el 7 de marzo, en una casi ta de l a cal l e Gi rgaum. Así
desvaneci óse nuestra pri mera i l usi ón del i ndo progresi sta, patri ota y fervi ente; por
ci erto que l a l ecci ón nos dol i ó. Era un verdadero gol pe ser de tal suerte engañados y
burl ados apenas l l egados al Indostán, peo el amor que por l a Indi a sentí amos
preval eci ó sobre todas l as cosas, y cesando de quej arnos, conti nuamos nuestros
esfuerzos.
Durante este ti empo, nuestro ami go Mool j ee Thackersey nos encontró un
cri ado, el j oven guzerati Babul a, a qui en su fi del i dad a H. P. B. hasta su sal i da de l a
Indi a, hi zo cél ebre, y al que todaví a paso una pensi ón. Tení a una gran faci l i dad
para l os i di omas; a pesar de que cuando entró a nuestro servi ci o sól o tení a di ez y
sei s años, ya habl aba el i ngl és, el francés y tres di al ectos i ndí genas; además aprendi ó
perfectamente el tami l después de segui rnos Madras.
Todas l as noches efectuábamos una especi e de reuni ón en l a que eran di scuti dos
l os puntos más arduos de l a fi l osofí a, de l a metafí si ca y de l a ci enci a. Vi ví amos en

305
una atmósfera i ntel ectual , en medi o del más el evado i deal espi ri tual . Encuentro en
mi di ari o, l a entrada en escena de vari os de nuestros ami gos, que después han
desempeñado un i mportante papel en l a di fusi ón de l a Soci edad Teosófi ca. Entre
otros conoci mi entos de i mportanci a, merece ci tarse el de l os dos hermanos Kunte,
de l os que uno era profesor y sanscri ti sta famoso, y el otro médi co domostrador de
anatomí a en el col egi o médi co de Grant en Bombay. De todos nuestros nuevos
ami gos, estos eran l os más demostrati vos y l os mayores adul adores; si n embargo, de
todos l os i ndos que hemos conoci do, el doctor fue el que resul tó el más cobarde
moral mente, y me i nspi ró el mayor despreci o. Mi embro de nuestro consej o, estaba
con nosotros en rel aci ones de l a más estrecha i nti mi dad, y era pródi go en
ofreci mi entos de servi ci os: que su casa era l a nuestra, que su fortuna, sus cabal l os y
su coche, estaban a nuestra di sposi ci ón. Que nosotros éramos sus propi os
hermanos. Una noche ocupó, a i ndi caci ón mí a el si l l ón presi denci al , mi entras yo
presentaba graves acusaci ones formul adas por el swami Dyanand contra
Hurrychund, y termi nada l a sesi ón nos separamos si endo l os mej ores ami gos. Pero
dos dí as después, el cri ado del doctor me traj o l a di mi si ón de éste, si n una pal abra
de expl i caci ón. No podí a yo creer l o que veí a, y al pri nci pi o creí que era una broma
estúpi da, pero corrí a su casa, y quedé estupefacto al saber que era bi en en seri o.
Mi s repeti das i nstanci as para que di ese una expl i caci ón, l e sacaron por fi n l a
verdad: el di rector de su col egi o l e habí a adverti do que estuvi ese con cui dado
respecto a nosotros, porque el gobi erno desconfi aba de que nuestra Soci edad
tuvi ese mi ras pol í ti cas! Entonces, ese médi co ri co, que tení a una soberbi a cl i entel a,
y que no dependí a del pequeño suel do que cobraba en el col egi o, en l ugar de tomar
nuestra defensa y demostrar nuestro absol uto apretami ento de l a pol í ti ca, como l o
hubi era podi do hacer muy bi en por ser uno de nuestros ami gos í nti mos y
consej eros, se fue en segui da a su casa, a dar por escri to el testi moni o de su
cobardí a. Cual qui er i ngl és o norteameri cano de al gún val or, comprenderá con qué
senti mi ento de despreci o l e vol ví l a espal da para si empre. Al dí a si gui ente, dol i do
por ese proceder, escri bí al profesor, que puesto que su hermano temí a
consecuenci as enoj osas si seguí a si endo mi embro de nuestra Soci edad, yo esperaba
que una equi vocada del i cadeza no l e i mpi di era segui r su ej empl o si compartí a sus
temores; l a respuesta me traj o su di mi si ón. Di j e a otro ami go i ndo, que me
constaba no podí a presci ndi r de su pobre suel do, 40 rupi as al mes: “Martandrao
Bhai , supongamos que al i r mañana por l a mañana a su ofi ci na, encuentra sobre su

306
mesa una carta ofi ci al dándol e a el egi r entre l a Soci edad Teosófi ca y su empl eo,
porque se nos consi dera pol í ti camente sospechosos, ¿qué harí a usted”? Se puso muy
seri o, pareci ó di scuti r i nteri ormente el pro y el contra, y con una especi a de
tartamudeo que l e era habi tual , sacudi endo l a cabeza y apretando l os di entes,
respondi ó: “Yo, yo, no po, podrí a re, renegar de mi s pri nci pi os”. Le dí un abrazo, y
gri té a H. P. B. que se hal l aba en una habi taci ón próxi ma: “Venga, a ver un i ndo fi el
y un hombre val i ente”. Este hombre es un brahaman maharat.
Nuestro bungal ow era asedi ado todos l os dí as por vi si tadores que se quedaban
hasta al tas horas de l a noche para di scuti r cuesti ones rel i gi osas. Así fue como
l l egamos a conocer l a di ferenci a que exi ste entre el i deal occi dental y el de l os
ori ental es, y a apreci ar l a gran superi ori dad del úl ti mo. Jamás se habl aba en nuestra
casa de razas, de negoci os o de pol í ti ca; l as conversaci ones versaban si n cesar sobre
el al ma, y por vez pri mera nos sumergi mos, H. P. B. y yo, en el probl ema de l a
progresi ón cí cl i ca y de sus reencarnaci ones. Eramos perfectamente fel i ces en
nuestra apaci bl e casi ta baj o l os cocoteros; l as i das y veni das de l os barcos
transportando ri cos cargamentos, el bul l i ci o del mercado de Bombay, l a l ucha
terri bl e de l a Bol sa y del mercado de l os al godones, l as mezqui nas ri val i dades de l os
funci onari os, l as recepci ones del gobernador, nada de esto rozaba nuestros
pensami entos, nos compl ací a estar:
Ol vidados del mundo y por el mundo ol vidados.
Ll amadnos fanáti cos, entusi astas, tocados, utopi stas, qui méri cos, engañados por
nuestra i magi naci ón, todo l o que querái s. Pero si soñábamos, era en l a
perfecti bi l i dad humana; nuestra qui mera, era l a Sabi durí a Di vi na, nuestra
esperanza de l l evar a l a humani dad haci a más nobl es pensami entos y haci a una vi da
más pura. Y baj o l as frondas de nuestras pal meras, l os Mahâtmas en persona nos
vi si taban, y su presenci a nos daba el val or necesari o para prosegui r nuestra l abor, y
nos recompensaba centupl i cadamente de todos l os abandonos, l as burl as, el
espi onaj e de l a pol i cí a, l as cal umni as y l as persecuci ones que nos era menester
soportar. Mi entras el l os estuvi eran con nosotros, ¿qué i mportaba l o que tuvi ésemos
en contra? Lej os de se domi nados por el mundo, nuestro karma nos desti naba a
vencer su i ndi ferenci a, y fi nal mente a obl i gar su respeto.
Estábamos desti nados si n saberl o, pero esos Adeptos l os sabí an muy bi en, a

307
formar el núcl eo necesari o para l a concentraci ón y l a di fusi ón de esa corri ente
akáshi ca de anti guas i deas aryas, que l a revol uci ón cí cl i ca vol ví a a traer el foco de
l as necesi dades humanas. Es i ndi spensabl e que un agente se encuentre en el centro
de esos recrudeci mi ento i ntel ectual es y espi ri tual es, y por i mperfectos que
fuésemos, éramos no obstante aptos para desempeñar nuestra tarea, puesto que por
l o menos poseí amos el entusi asmo si mpáti co y l a vi rtud de l a obedi enci a. Nuestros
defectos personal es no pesaban para nada en l a bal anza, ante l a necesi dad públ i ca.
Al ej andro Dumas expresa poéti camente esta i dea en l os Hombres de Hierro: “Hay
momentos, di ce, en l os cual es i deas vagas, buscando un cuerpo para encarnar,
fl otan sobre l as soci edades como una ni ebl a sobre l a superfi ci e de l a ti erra;
mi entras el vi ento l as i mpul sa sobre el espej o de l os l agos o el tapi z de l as praderas,
no es más que un vapor i nforme, son col or ni consi stenci a. Pero si l l ega a
encontrarse con una al tura, se adhi ere a su ci ma, el vapor se convi erte en nube, l a
nube se convi erte en chaparrón, y mi entras el vérti ce de l a montaña se aureol a con
rel ámpagos, el agua que se i nfi l tra secretamente, se j unta en profundas cavernas, y
emergi endo en l a fal da, vi ene a ser l a fuente de un gran rí o, que creci endo si n cesar,
atravi esa l a comarca, o l a soci edad, y se l l ama el Ni l o, l a Il íada, el Po, o l a Divina
Comedia”.
Hace muy poco ti empo, un sabi o ha expuesto gruesas y hermosas perl as que
habí a obteni do col ocando bol as de cera en ostras de cri adero, que l as recubri eron,
según su tendenci a natural , con una capa de nácar i ri sado. En este ej empl o, l a bol a
de cera no tení a ni ngún val or i ntrí nseco, pero era el núcl eo si n el cual l a perl a no se
habrí a formado; del mi smo modo, en ci erto senti do, nosotros, avanzadas del
movi mi ento teosófi co, formábamos el núcl eo al rededor del cual l a bri l l ante esfera
de l a sabi durí a arya, que ahora provoca l a admi raci ón de todos l os i ntel ectual es
modernos por su bel l eza y su val or, debí a concentrarse. Personal mente, podemos
haber teni do tan poco val or como l a bol a de cera del sabi o, y no obstante, l o que
al rededor de nuestro movi mi ento, se ha cri stal i zado, era de suma necesi dad al
mundo. Y cada uno de nuestros col egas acti vos consti tuye un núcl eo semej ante para
l a estrati fi caci ón de este nácar espi ri tual .


308

CAPITULO III
COLOCACION DE LOS CIMIENTOS

Todo ti ene un comi enzo; hasta l a i nti mi dad tan grande del señor Si nnett con l os
dos fundadores de l a Soci edad Teosófi ca, hasta el papel consi derabl e que
desempeñó en nuestro desarrol l o por medi o de su nombre, su reputaci ón y sus
escri tos, conoci eron un pri nci pi o. Esto empezó por una carta fechada el 25 de
febrero de 1879 –nueve dí as después de nuestro desembarco en Bombay–, en l a
que, como edi tor del Pioneer, me mani fi esta el deseo de conocer a H. P. B. y a mí , en
el caso de que fuésemos al i nteri or del paí s, y me di j o que estaba di spuesto a
publ i car l o que pudi éramos tener de i nteresante que deci r respecto a nuestra
mi si ón en l a Indi a. Como toda l a prensa i nda, el Pioneer anunci ó nuestra l l egada.
El señor Si nnett decí a, entre otras cosas, que habi endo teni do l a ocasi ón en
Londres de estudi ar ci erto número de fenómenos medi umní mi cos notabl es, él se
i nteresaba más que otro peri odi sta cual qui era en semej antes cuesti ones. Su
curi osi dad no habí a podi do ser enteramente sati sfecha, ni su razón convenci da,
porque l as l eyes de l os fenómenos no estaban aún bastante conoci das: tambi én a
causa de l as condi ci ones por l o general por l o general poco conveni entes de l as
experi enci as, y del fárrago de afi rmaci ones gratui tas y de teorí as apl i cadas a l as
i ntel i genci as ocul tas detrás de el l as. Le contesté el 27, y aunque este número no me
hubi ese si do favorabl e más que esta vez, señal aba el comi enzo de rel aci ones cuya
i mportanci a no puede ser exagerada, y de ami stad preci osa. Los servi ci al es
ofreci mi entos del señor Si nnett l l egaban en un momento en que era bi en
necesari os; nunca he ol vi dado por mi parte, y no ol vi daré j amás, que l a soci edad, l o
mi smo que nosotros dos, l e debemos l os mayores servi ci os. Apenas desembarcados,
conoci dos por nuestra si mpatí a por l os ori ental es, aj enos a l as i deas de l os angl o-
i ndos, establ eci dos en un bungal ow reti rado en el barri o i ndí gena de Bombay,
acogi dos con entusi asmo y reconoci dos pro l os i ndos como campeones de sus
anti guas fi l osofí as, y predi cadores de su rel i gi ón; no habi éndonos presentado a
vi si tar al gobernador, ni si qui era a l os europeos, porque éstos no tení an más
si mpatí a por el Indoí smo y l os i ndos que por nosotros y nuestras i ntenci ones, no

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podí amos en real i dad esperar una buena acogi da de parte de aquel l os de nuestro
col or, ni asombrarnos se el gobi erno nos mi raba con oj os sospechosos. Ni ngún otro
edi tor de peri ódi cos angl o-i ndos estaba di spuesto a ayudarnos ni a demostrar
j usti ci a al di scuti r nuestros proyectos y nuestras i deas. Sól o el señor Si nnett fue
nuestro fi el ami go y se revel ó crí ti co de conci enci a; pero era un al i ado poderoso,
puesto que di sponí a del peri ódi co más i nfl uyente de l a Indi a y en mayor grado que
cual qui er otro peri odi sta, gozaba de l a confi anza y l a consi deraci ón de l os
pri nci pal es funci onari os del gobi erno. Más adel ante trataremos de l os progresos de
nuestras rel aci ones; que baste aquí deci r que desde ese momento se establ eci ó una
acti va correspondenci a entre el señor y l a señora Si nnett y nosotros, y que en l os
pri meros dí as de di ci embre del mi smo año, l es hi ci mos una vi si ta en Al l ahabad,
durante l a cual se produj eron vari os aconteci mi entos i nteresantes que serán
rel atados en su l ugar.
Ya di j e anteri ormente que l os parsi s de Bombay se mostraron ami gos nuestros
desde l os pri meros dí as, nos vi si taron con sus fami l i as, nos i nvi taron a sus casas,
cenaron con nosotros, e i nsi sti eron conmi go para hacerme presi di r una
di stri buci ón de premi os en una escuel a de ni ñas parsi s. Uno de l os parsi s más
i nfl uyentes vi no a vernos era el señor Kama, el ori ental i sta, y su cel ebre suegro,
Manockj ee Cursetj ee, el reformador, cuyas encantadoras hi j as fueron reci bi das con
él en l a corte de vari as potenci as europeas y admi radas en todas partes. Veo en mi
di ari o que después de mi pri mera entrevi sta con él , atraj e su atenci ón sobre l a
necesi dad de organi zar una propaganda rel i gi osa parsi , sobre bases teosófi cas. Y eso
mi smo hi ce si empre que estuve en contacto con parsi s i nfl uyentes. Porque es una
gran vergüenza para su raza que sus shetts se encuentran tan hi pnoti zados por el
amor al di nero y al éxi to, que dej an pasar l os años unos tras otros, si n consagrar por
l o menos un poco de su i nmensas ri quezas a buscar l os fragmentos de sus l i bros
sagrados, esparci dos en l os cuatro extremos de su patri a, y a i nsti tui r
i nvesti gaci ones y expl oraci ones arqueol ógi cos, que serí an para su fe l o que l as
excavaci ones de Egi pto y Pal esti na son para l os cri sti anos. El mundo entero pi erde
con que esa magní fi ca rel i gi ón sean tan poco conoci da. La cari dad de l os parsi s es
verdaderamente pri nci pesca, pero es tri ste pensar que entre el l os no ha habi do
ni ngún mi l l onari o pi adoso que, a l a par de l as obras de i nterés públ i co, haya dado
un pequeño l ackh de rupí as, o dos, para fundar una Soci edad de Investi gaci ones

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Parsi s, como di j e anteri ormente. Esto hubi era hecho más por el Zoroastri ani smo
que todas sus bi bl i otecas públ i cas, sus hospi tal es, escuel as de arte, gymkanas,
abrevaderos, o estatuas del prí nci pe de Gal es.
Si empre me asombró al habl ar con angl o-i ndos, el ve cómo el l os y nosotros,
vi ví amos en Ori ente en dos mundos di ferentes. El l os l l evan consi go su vi da europea
y l a l l enan de di stracci ones pueri l es para pasar su horas l i bres si n aburri rse
demasi ado. En cuanto a nosotros, vi vi endo una vi da ori ental , pensando como l os
ori ental es, no necesi tábamos oci os par l a di versi ones, y no sentí amos l a necesi dad
de entregarnos a j uegos o ej erci ci os vi ol entos. No puede i magi narse un mayor
contraste, si n haberl o constatado uno mi smo. Al escri bi r esto, me vi enen una
canti dad de recuerdos de esas pri meras semanas en Bombay, y vuel vo a ver l os
menores detal l es de nuestra exi stenci a baj o l as frondas de Gi rgaum. Veo el forzado
despertar, al al ba, a causa del gri to estri dente de i nnumerabl es cuervos. Me veo en
nuestra terraza, con el senti do artí sti co exci tado por el gol pe de vi sta pi ntoresco de
l os traj es, de l as fi si onomí as y de l os ti pos de l as di versas razas. Me veo escuchando
l as l argas conversaci ones en i ngl és, úni co medi o de comuni caci ón entre l as
di ferentes razas del i mperi o i ndo, y l os apartes en guj erati , maharatti o i ndostani ,
entre gentes del mi smo paí s y casta. Vuel vo a ver en espí ri tu l os farol es en l os
maci zos, dando una l uz que hací a resal tar vi vamente l os troncos de l as pal meras
afl autadas, como col umnas. Vuel vo a vernos, vesti dos con ropas l i geras, aventados
baj o l os punkhas, preguntándonos cómo podí a hace aquí un ti empo tan cal uroso y
del i ci oso, mi entras que l os vi entos hel ados de marzo sopl aban en nuestro paí ses a
través de l as cal l es, en l as que el pavi mento hel ado sonaba como acero baj o l os
cascos de l os cabal l os, en donde l os pobres hambri entos se api ñaban en su mi seri a
común. Era un sueño encantado de casi todos l os dí as. No quedaba más l azo entre
nosotros y el Occi dente que l as cartas traí das por todos l os correos, y l a si mpatí a
que nos uní a a nuestros escaso col egas de Nueva York, Londres y Corfú.
Una noche habí amos habl ado de l a di fusi ón uni versal de l a i ntel i genci a en toda
l a creaci ón, y un ave que no pasa por muy i ntel i gente, nos di o una prueba bi en
di verti da. Detrás de l a coci na, un gal l i nero daba asi l o a vari as gal l i nas y a una
fami l i a de patos, compuesta por un gran macho y sus tres muj eres. La señori ta Bates
era qui en cui daba de l as aves, y si empre l a gente al ada corrí a a el l a en cuanto l a
veí an . Pero una noche, después de cenar, conversábamos sentados aún a l a mesa,

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cuando un fuerte cué. cué que resonó baj o l a si l l a de l a señori ta Bates, nos
sobresal tó. Era el gordo y ri dí cul o pato, que en cuanto atraj o l a atenci ón de l a
señori ta Bates, reanudó sus gri tos, agi tando l a col a, sacudi endo l as al as, en una
pal abra, dando señal es de desesperaci ón. Si empre gri tando, se di ri gi ó
bal anceándose haci a l a puerta, vol vi endo l a cabeza para asegurarse de que el l a l e
seguí a. Convenci dos de que esa extraña acti tud tení a un si gni fi cado, todos l e
segui mos. Nos conduj o al gal l i nero, donde parecí a que al go trági co pasaba. Gal l i nas
y patas gri taban a cual más; al parecer, l as ratas l es habí an hecho una vi si ta, y tal
vez estaban aún al l í . Pero a l a l uz del farol , vi mos que una de l as patas habí a pasado
l a cabeza entre dos bambúes del cerco y quedó apretada un nudo que l a tení a
col gada en el ai re. Seguramente hubi era pereci do estrangul ada si l as otras dos patas
no se hubi esen col ocado debaj o de el l a para sostenerl e con su cuerpo, mi entras su
mari do, escapándose por una puerta mal cerrada, i ba a recl amar l a ayuda de l a
señori ta Bates. Ll amamos al atenci ón de l os señores Heri berto Spencer y Romanes
sobre esta prueba de i ntel i genci a en l os ani mal es.
Poco ti empo después de nuestra i nstal aci ón en Gi rgaum, se produj o un i nci dente