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La analogía tradicional

(Parte 4ª)
Oscar Freire











“¡Escuchad una cosa maravillosa! Ya que Dios transforma en Él
cosas de tan poco valor, ¿qué creéis entonces que hará al alma
a la que ha honrado con la imagen de Sí mismo?”

Maestro Eckhart





Llegados a esta porción en el desarrollo de nuestro comentario, conviene
ir intercalando alguna recapitulación a modo ampliatorio y en una
frecuencia de ciertos términos [1] a los efectos de tomar en cuenta
algunas cuestiones que intentábamos sugerir, no solamente respecto de
aquellos aspectos concernientes a la naturaleza de la “mentalidad
simbólica” y de ciertas características que relacionan la analogía con el
simbolismo y particularmente con el lenguaje, sino también confirmar que
dichas características (a ejemplo de una comunicación lingüística como es
el caso) necesariamente deben darse a partir de un basamento natural [2]
como decíamos (y no dentro de un arbitrio o convención) ya que, en su
orden [3], las “cosas” son propia y correctamente nombradas: “Sed
quoniam voces non significant nisi res…” [4]. Es decir, entendiendo al
término significant como rectitudo cognitionis [5] (cuando se conoce a la
cosa tal como es) o el nexo de conformidad entre la palabra y la cosa,
requiriendo además, y evidentemente, aquello denominado como “la
verdad de la cosa” (rectitudo rei) en tanto comprendida en su idea o
arquetipo.

“Las palabras son las cosas”

Es decir, en tanto la “verdad de la naturaleza” y al proceder el lenguaje de
la misma, debe revelar íntegramente a la cosa, y por otro lado, a mostrar
su regularidad y expresar su rítmica por lo cual se hace posible vislumbrar
la índole de la analogía, su verdadera condición (como actividad en el
hablante) y su cualidad “aérea” [6], además de la respectiva “acción
analógica”. Así, se podrá observar, que dicha “acción analógica” no hace
más que implicar la “unidad de acción” [7] revelada en la siguiente
máxima tradicional: “las palabras son las cosas” [8]

Es más, esto mismo de que “las palabras son las cosas” no sólo confirma
lo que (bajo diversas expresiones) hemos aludido en otras anotaciones,
sino también (por la mimesis implicada) nos demuestra a la analogía
misma como inherente a las “cosas”, ya que el nombre es al objeto lo que
la intención es a la acción, y por lo cual se revela su verdadero status
dentro del simbolismo tradicional.

Evidentemente, la ausencia de la verdadera analogía produce las
confusiones sobre la realidad originadas en un mal empleo de los nombres
(o falso nombramiento) [9] donde, entre el significado original de ciertas
nociones relacionadas, podríamos destacar a la antigua palabra solecismo
(Del lat. soloecismus, y este del gr. ooìoi_ioqo,) o trastrocamiento de
las formas existentes, como para expresar la idea de una (más que grave)
transgresión, la cual ha sido duramente confirmada por San Agustín:
“solecismo es cosa más grave que un pecado mortal” (Conf., I, 8) [10].

Por otro lado, mediante las relaciones fundamentales ya citadas, es
posible corroborar que el lenguaje natural ya ha devenido comportando
una cualidad metafísica [11]. Evidentemente, si la razón de ser del
lenguaje natural es la transposición a un contexto máximo (por estar
preñado de metafísica) entonces, este debe ser su realidad ante el cual
dicho lenguaje, como tal y en carácter de soporte, debe ser
necesariamente superado, ya que el sentido de todo lenguaje natural
depende del sentido metafísico [12] (único y total) aún en sus propios
caracteres, diversas tendencias o distintos idiomas.

Unidad del Verbo y unidad de manifestación

Nótese, que esta cuestión sufraga análogamente la doctrina del Verbo
divino en tanto continente de las ideas (y/o formas) de las cosas y en
cuanto la procedencia en manifestación de las mismas. Es decir, el
conjunto de las cosas sensibles y no sensibles procedentes de las causas
primeras; y, por lo cual, el mundo no se distingue realmente del Verbo
divino. Esto es, por ejemplo, lo que conduce según J. E. Eriugena:
“…a reconocer que en el Verbo subsisten no sólo las causas primeras, sino
también sus efectos; y así se hallan también en él espacio, tiempo y
sustancia; género, especie y especialísimas… con todas sus cualidades
naturales” (De div. Nat.).

En otras palabras, esto mismo, además refrenda la fórmula universal
extendida en todas las tradiciones ortodoxas respecto a que: “La misma
Unidad es manifestada por sí y por sí se manifiesta”. Así, la aparente
paradoja que concilia manifestación y eternidad se resuelve no partiendo
de un tratamiento de dos partes diversas, sino de dos modos de concebir,
ya sea por principio o por fin (en su causa intelectual o en sus causados en
manifestación) la misma y única Realidad.

“En una semejanza y no en una semejanza”

Asimismo, podríamos citar otro pasaje fundamental de Juan Escoto en el
cual se resume eficazmente su doctrina mediante la aplicación de la
analogía inversa donde subyace alusivamente la “superesencialidad” de
Dios. Esto es, afirmar y negar simultáneamente que Dios sea esencia [13]:
“Dios está sobre todas las cosas y en todas; sólo El es la esencia de todas
las cosas porque El sólo es; y aún siendo todo en todo, no cesa de ser todo
fuera de todas. El es todo en el mundo, todo alrededor del mundo, todo en
la criatura sensible, todo en la criatura inteligible… está en todo el
universo, está en las partes de este, porque el mismo es todo y parte, y no
es ni todo ni parte”.

Ahora bien, ya estamos en condiciones de vislumbrar, al menos con
mediana suficiencia, la noción de “sentido inverso” como inherente a
lenguaje y a las cosas (si se quiere a las propiedades naturales) puesto que
el orden afirmativo y/o el origen substancial al integrarse a un continuo
helicoidal (según la referencia geométrica del punto de vista tradicional)
necesariamente deben superarse, por transposición de lo primero y/o por
reabsorción a la cualidad esencial de lo segundo [14], entendiendo, como
decíamos, la relación de-semejante entre un único principio y dos
aspectados, es decir, “en una semejanza y no en una semejanza” al decir
de A. K. Coomaraswamy traduciendo la respectiva noción sanscrita
(mürtam cämürtam ca).

Notas

[1] Bajo el título de “La analogía tradicional” consta, en una serie de consideraciones
(de veinte partes), la notabilísima coincidencia (correspondiente al núcleo intelectual
de la cuestión) entre varias tradiciones y, por ende, entre los más diversos autores
tradicionales, oportunamente mencionados y citados.

[2] Véase nuestro apunte sobre “Dante y la lengua vulgar”.

[3] Es decir, al mismo tiempo que tomado en cuenta como uno de los extremos en la
concepción axial de todo contexto tradicional.

[4] “Pero, puesto que las palabras no significan sino cosas…” San Anselmo de
Canterbury (G, XVII, 162, 25s).

[5] Idem.

[6] Un buen ejemplo que podríamos citar respecto de esta cualidad “aérea” y sobre la
“acción analógica”, concierne a las concordancias de Nigidio (s. I a. J.C.) quien
mencionaba la relación natural del término vos, no solamente para referirse a la
palabra, sino también a la designación universal de la segunda persona, y/o cuando el
interlocutor recibe el soplo expiratorio en su pronunciamiento. Esto mismo, dentro del
simbolismo tradicional, guarda estrechas relaciones con aquello que se implica de la
sugerencia o con aquello conocido como inducción (uno de los tantos nombres
eventuales con el que antiguamente se llamaba a la analogía) siempre y cuando nos
mantengamos al margen de las múltiples interpretaciones analítico-lingüísticas y
respetemos sus sentidos tradicionales; p. ej, aquellos empleados por Platón dados en
la voz gr. cto¸e¸q (epagoge) discernida de los verbos cto¸civ y cto¸couoi (con
respecto a “inducir”, “conducir a” o “dirigir hacia”).

[7] Por ende, no refiriéndose a las actividades aparentemente diversificadas según las
personas y objetos, sino reconociéndola en aquello denominado como “esencias
elementales” a partir de las cuales es posible alcanzar aquel grado en que sólo se
admite una realidad única y que no se multiplica con el número de tales.

[8] Obviamente, esto mismo se halla involucrado en la doctrina universal del Logos.
Por otro lado, se devela la alusión sobre la condición “deverbativa” del lenguaje
respecto de una simplísima voz; y, asimismo, el origen de la manifestación a partir del
sonido primordial. Desde el punto de vista geométrico, el tema comprende el
despliegue de rectas, planos y volúmenes a partir del punto inicial. Lógicamente, se
desprende que tanto cualidades, cantidades y figuras, como colores, magnitudes y
sucesivos deben necesariamente presentar la exigencia de un principio esencial e
inmutable. No otra cosa se expresa de las doctrinas tradicionales; p. ej., Gregorio de
Niza, en consonancia con la ortodoxia de la Patrística cristiana afirmaba la pura
inteligibilidad del mundo corpóreo, es decir, a un entretejido de cualidades inteligibles
en si mismas y esenciales en su fundamento, cuales parten de un sentido tradicional
objetivo, y no de una interpretación subjetiva e idealista (De hom. Opif., 23-24).

[9] Una de las tantas evidencias que responden a la imposibilidad de traducción de
una lengua tradicional a un idioma de convención, precisamente, por ser la primera
considerada como un “organismo vivo” que refleja el orden de la naturaleza en su
realidad objetiva, es decir, en “su verdad”, y como único soporte válido donde puede
hallarse, consecuentemente, su subsistencia en la idea.

[10] Se comprenderá, de esta misma consideración, la distancia habiente entre las
aplicaciones retórico gramaticales (de las corrientes literarias contemporáneas) y el
modo tradicional expresado por San Agustín, para quien no había escisión entre la
palabra y la cosa.

[11] Indudablemente, esta es una de esas cuestiones que va más allá de la mera
resonancia de las palabras, y no se deja simplificar ni malversar fácilmente, por lo que
requiere de ciertas profundizaciones. Al respecto, podríamos añadir aquello obvio de
inferir; que toda terminología técnica convencional no puede dejar de ser arbitraria
oponiéndose a lo natural, precisamente, por carecer de aquel sentido original
indeleblemente grabado en la propia naturaleza de las cosas. De acuerdo a lo
explicado, se comprenderá (aún más evidentemente) la imposibilidad de mimesis,
analogía y simbolismo (ni hablar de una “mentalidad simbólica”) dentro de un cuadro
valorativo convencional (en continua evolución de forma y significado) y por lo cual,
también es posible entender, la naturaleza de esas dificultades reiteradamente
citadas: las de expresión, comprensión y traducción. Por ende, es en la superación de
tales impedimentos cuando realmente se nos otorga un “panorama” con relación al
aspecto auto revelador que se refiere justamente al trato con el conocimiento, único
medio por el que se nos ha de permitir una verdadera reconciliación integral (inclusive
con el siglo). De otro modo, si sólo de vulgarización o simplificación se tratara, se
correría el riesgo de caer como presa, ya no de groseras asociaciones, sino de aquellas
más sutiles, tal como las expresadas por cierto nominalismo “metalógico” (común a las
transposiciones imaginarias sobre la naturaleza del mal) ya que, ni aún alcanzando el
conocimiento del carácter ilusorio y de la relatividad del “mal” (en el determinado
orden que le corresponde) se adquiere inmunidad (siquiera los profetas) y por lo cual,
mucho menos, habrá de implicar su manipulación, atenuación o aceptación (véase
nuestro apunte: “Sobre el Bien y el mal”). Esto mismo, desde el punto de vista
tradicional, guarda relaciones con aquello que significábamos respecto a la
denominada “acción correcta”, sobretodo cuando se entienda a esta estrictamente
subordinada a la intención. De esta manera, es probable alcanzar cierto sentido o
cualidad operativa encerrada en el mandato universal (consignado en todas las
escrituras sagradas de la humanidad) respecto a promover el bien y vedar el mal (que
no se remite a ser solamente una sentencia teológica o moral) ya que la única realidad
es Dios, el Supremo bien. Por otro lado, siendo que cualquier grado de bien supone su
perfección, de allí entonces que los términos adoración” o “sumisión” se asocien
estrechamente a los de “intención” y “acción” sugiriendo simultáneamente (a quien
corresponda) la analogía y la transposición al orden metafísico mediante las
composiciones adecuadas, tal como, y por ejemplo, se expresa ello de la máxima
coránica (mucho más evidente y notablemente en lengua árabe):
“Y en verdad hemos suscitado en el seno de cada comunidad a un profeta portador de
este mensaje: ¡Adorad a Dios, y apartaos de los poderes del mal!” (Sura 16:36. La
Abeja).

[12] De allí, que el lenguaje natural se resista a una consumación analítica tal como se
da en las constituciones de los sistemas racionalistas y de las reglas mecanicistas,
cuales sólo pueden desarrollarse a partir de la reconstrucción de significados y
términos, ya sea por sofisma o por arbitrio y convención.

[13] Se habrá de notar muy evidentemente en la oración, no sólo por la presencia de
dicha fórmula analógica (frecuentemente insospechada) sino por la misma afirmación
de la “incomparabilidad” divina (con la que se media y se cierra la frase) que no admite
juicios parciales o interesados, ya que por la misma Juan Escoto ha sido precisamente
malversado e incomprendido y, por diversos motivos e intenciones, acusado
erróneamente de panteísta, y tal como ha pasado (notablemente) con casi todos los
autores tradicionales que han formulado la misma doctrina.

[14] Quizás, la noción técnica que más se adecúe para también ilustrar este punto (es
decir, entre tantos otros) sea representada por la palabra latina processio
(correspondiente al Gr. tµoooo, ) tan frecuentemente utilizada por Tomás de Aquino
quien, no olvidemos, se ha dedicado diligentemente a estudiar el corpus Dionysianum,
y especialmente (en una parte de su obra) a comentar el De Divinis Nominibus
mediante el cual enriqueció sus concepciones sobre la analogía (y por lo cual no se le
puede tildar de “puramente aristotélico”). Lo cierto, es cuan notablemente resulta en
la profundización de dicha noción su abarcamiento de las realidades (tanto del interior
como exterior) procedentes del Principio inmutable. Entre sus múltiples acepciones (y
correlaciones) podríamos destacar la idea general de movimiento, origen, elevación
(como también la de egreso y sus derivados, etc.). En pocas palabras, dicha
nomenclatura, parece ser una adecuación dialéctica a modo de expresar en parte y
respecto a los fines (mediante un método diverso) la fórmula tradicional del orden
helicoidal respecto a los principios y tan cara al Areopagita. En tal sentido, hasta el
mismo Santo Tomás ha definido magistral y brevemente no tan solo al respecto de la
noción, sino también aquello que implica la índole de la analogía tanto como la función
de su método doctrinario en cuanto a la no-distinción real entre la procesión temporal
y la eterna:
“Processio temporalis non est alia quam processio aeterna essentialiter sed addit
aliquem respectum ad effectum” (I Sent. D.16 q.1 a.1).

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