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Informe de Violencia Juvenil Honduras

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Violencia Juvenil, Maras y Pandillas en Honduras

Informe para la discusión

                                              Equipo POLJUVE Honduras    Tomás Andino, director de proyecto  Guillermo Jiménez, coordinador de investigación (hasta abril 2009)  Matilde Ochoa y Edwar Sánchez, equipo administrativo      El Proyecto POLJUVE Honduras se realiza en alianza entre: 

         Con el apoyo financiero de:   

 

 

  

  

 

Informe para la discusión Violencia juvenil, maras y pandillas en Honduras
Contenido

Introducción Marco conceptual Contexto sociopolítico del país Violencia juvenil, maras y pandillas Respuestas a la violencia juvenil Conclusiones Referencias bibliográficas

1 3 12 17 26 34 35

 

Documento  para la discusión 
Violencia juvenil, maras y pandillas en Honduras

Introducción
En los últimos quince años, la región norte de Centroamérica -Guatemala, El Salvador y Honduraspresentan un acelerado crecimiento de violencia y criminalidad. Según cifras oficiales, Honduras presenta una tasa de homicidios de 57.9 por cada cien mil habitantes. La cifra es alarmante y rebasa el promedio de homicidios que ocurren en otros países de Latinoamérica. Esta situación de violencia, asociada a múltiples factores históricos, políticos y sociales, contribuye a hacer de la violencia un medio utilizado por muchos sectores y actores para mantener o ganar poder, resolver conflictos y beneficiarse económicamente. Los gobiernos de estos países, generalmente, atribuyen el crecimiento de la violencia y la criminalidad a la expansión del crimen organizado, el tráfico de droga, armas y personas hacia los Estados Unidos, así como a la proliferación de las maras y pandillas juveniles. Sin embargo, en diversas ocasiones, es difícil establecer con certeza el origen de los actos violentos y criminales debido a que las autoridades no investigan ni esclarecen los hechos, quedando la mayoría de éstos impunes. Esta situación de violencia y criminalidad, acrecentada por noticias sensacionalistas publicadas en varios medios de comunicación, causa temor y preocupación en la ciudadanía. Uno de los grupos sociales más afectados por la violencia y la criminalidad es el de las niñas, niños y jóvenes, particularmente, que viven en zonas marginales urbanas y algunas zonas rurales pobres. Tradicionalmente, este segmento es uno de los más excluidos en estos países, a pesar que representa un alto porcentaje de su población. Recientemente, la situación está empeorando debido al aumento de la violencia juvenil y a la proliferación de las maras y pandillas. Aunque no se tienen cifras exactas de cuántos niños y jóvenes integran las maras y pandillas, algunos estudios estiman el número miembros entre 50 mil y 100 mil integrantes (USAID 2006). Los gobiernos de los tres países tienden a la implementación de estrategias reactivas para responder a la violencia juvenil y detener la expansión de las maras y pandillas. Estas medidas incluyen, entre otras, las detenciones masivas de jóvenes, porque se presume pertenecen a maras y pandillas, y la imposición de sentencias drásticas de prisión (WOLA 2006). También, en algunos países, se cometen ejecuciones extrajudiciales de niños y jóvenes y se observan prácticas de “limpieza social” por parte de grupos vinculados a las fuerzas de seguridad del Estado. En términos generales, las políticas oficiales para combatir la delincuencia juvenil son reactivas, prestando poca atención a la compresión y solución de las causas estructurales del problema y a promover medidas preventivas. Estas prácticas demuestran ser ineficientes para detener la delincuencia juvenil y violentan los derechos humanos, poniendo en riesgo la construcción del estado democrático de derecho en la región.

INTERPEACE y el Programa POLJUVE
A partir de julio de 2007, la Alianza Internacional para la Consolidación de la Paz (INTEPEACE por sus siglas en inglés) inicia la implementación del programa “Políticas públicas para prevenir la violencia juvenil” (POLJUVE). Este Programa busca fortalecer la capacidad de los Estados y de la sociedad civil en Centroamérica para enfrentar mediante un enfoque integral y políticas de prevención el creciente problema de la delincuencia juvenil y la proliferación de las maras y pandillas en la región. La estrategia de INTERPEACE es investigativa-participativa y promueve el diálogo entre diferentes actores sociales involucrados en la formulación de políticas públicas, planes de acción y estrategias a nivel nacional y centroamericano para enfrentar este problema.

 

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Violencia juvenil, maras y pandillas en Honduras

INTERPEACE es una organización internacional con sede en Suiza, que trabaja en estrecha colaboración con las Naciones Unidas para apoyar a sociedades con serias divisiones y conflictos sociales para contribuir con procesos de diálogo y buscar soluciones pacíficas y sustentables a sus conflictos. INTERPEACE promueve la participación activa de actores locales, nacionales e internacionales en procesos de diálogo e investigación para enfrentar, de manera más efectiva, los desafíos sociales, económicos y políticos.

INTERPEACE trabaja con socios locales en todos los países donde interviene. En el caso del Programa POLJUVE colaboran organizaciones con amplia experiencia en el tema. En Honduras, el Programa se realiza en colaboración con Unidos por la Vida, Organización JHA-JA y el Centro de Investigación y Promoción de los Derechos Humanos (CIPRODEH); en El Salvador se lleva a cabo con el apoyo de la Fundación para el Estudio de la Aplicación del Derecho (FESPAD) y el Centro de Formación y Orientación Padre Rafael Palacios (CFO); y, en Guatemala, con el Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales de Guatemala (ICCPG). Estas organizaciones realizan actividades de investigación y facilitan espacios de diálogo con representantes del Estado, de la sociedad civil y de la cooperación internacional, para discutir sobre las causas y manifestaciones del problema de la violencia juvenil, buscar soluciones y alcanzar consensos para promover políticas públicas para prevenir la delincuencia juvenil. Desde hace varios años, distintas instituciones estatales y organizaciones no gubernamentales realizan trabajos de investigación y propuestas de políticas públicas para enfrentar el problema de la violencia juvenil y la proliferación de las maras y pandillas en Centroamérica. Sin embargo, la mayoría de estos esfuerzos se realiza de manera independiente, existiendo muy pocos espacios de coordinación intersectorial que permitan compartir las experiencias y conocimientos sobre el tema, formular estrategias y coordinar líneas de acción. En este sentido, el propósito de INTERPEACE es llenar este vacío y facilitar un espacio de diálogo entre diferentes actores clave para debatir y alcanzar consensos sobre la manera de enfrentar apropiadamente dicho problema. A partir de 2009, el Programa POLJUVE, en colaboración con los socios locales, realiza un análisis preliminar del problema de la violencia juvenil y la proliferación de las maras y pandillas en cada país. En Honduras, Guatemala y El Salvador se lleva a cabo una revisión documental sobre el tema. En los dos primeros países, además, se realizan mesas de trabajo con diferentes grupos sociales para recoger sus percepciones sobre las causas del problema, sus manifestaciones y posibles soluciones. En estas mesas de trabajo participan representantes de instituciones de gobierno y del sistema de administración de justicia, representantes de organizaciones de niños y jóvenes, de organizaciones de mujeres, de derechos humanos y de organismos internacionales, así como de algunos ex miembros de maras y pandillas. El Programa POLJUVE tiene un componente regional, que promueve el desarrollo de estrategias a nivel centroamericano a través de su incidencia y negociación en el Sistema de Integración Centroamericano (SICA). De esta cuenta, presenta varias iniciativas y ofrece asistencia técnica a la Comisión Regional de Prevención de la Violencia Juvenil y la Unidad de Seguridad Democrática del SICA. Estos espacios son estratégicos, debido a la participación de los representantes de los gobiernos centroamericanos –miembros del SICA- y, particularmente, de sus ministros de Gobernación y de Seguridad.

 

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El contenido de este informe
El presente informe para la discusión contiene un análisis preliminar del problema de la violencia juvenil y la proliferación de las maras y pandillas en el norte de Centroamérica y, específicamente en Honduras, analizando las respuestas del Estado y de la sociedad civil. Este análisis se basa en estudios previos sobre el tema y en las percepciones de actores clave que participan en las mesas de trabajo organizadas por el Programa POLJUVE. En algunos casos también se realizan entrevistas individuales a informantes clave, éstas incluyen a funcionarios públicos, representantes de la sociedad civil y de la cooperación internacional. Este informe busca proporcionar información inicial para un proceso de investigación y de diálogo, amplio y permanente, entre representantes de diferentes sectores sociales (Plenario) en relación a la violencia juvenil y la proliferación de maras y pandillas. Además, se propone la conformación de mesas específicas de trabajo para realizar investigaciones puntuales y formular propuestas de políticas públicas para prevenir la violencia juvenil y la proliferación de las maras y pandillas. El trabajo de las mesas se dirige a la búsqueda de acciones en los tres niveles de prevención: primario, secundario y terciario. Este proceso inicia en julio 2009, siendo facilitado por los socios locales del Programa POLJUVE en cada país. Este espacio de diálogo (Plenario) es apropiado para promover el debate público sobre el tema, alcanzar consensos y formular propuestas de estrategias y políticas públicas con un enfoque integral para enfrentar el problema. El informe para la discusión es un instrumento que aporta información para promover el diálogo, pero es un estudio en construcción. En este sentido, su propósito es motivar a diferentes actores sociales a conversar sobre el tema, compartir sus conocimientos y experiencias y trabajar juntos en la búsqueda e implementación de soluciones a un problema que genera enorme preocupación en las sociedades de la región. El informe está organizado en cuatro capítulos: el primero presenta un marco conceptual que plantea conceptos clave relacionados al problema de la violencia juvenil, la proliferación de las maras y pandillas en Centroamérica, así como las respuestas estatales y de la sociedad civil. El segundo capítulo describe el contexto social y político de Honduras y la situación de la niñez y juventud en el mismo. El tercer capítulo examina el problema de la violencia juvenil y su manifestación a través de las maras y pandillas juveniles. Y, el cuarto capítulo analiza las respuestas del Estado y de la sociedad civil al problema de la delincuencia juvenil y de las maras y pandillas. Finalmente se presentan las conclusiones.

Capítulo 1. MARCO CONCEPTUAL
La violencia juvenil y las formas en que los Estados y las sociedades interpretan y responden a este problema son ampliamente estudiadas por distintas disciplinas. Existen varias teorías que explican las causas y manifestaciones de la violencia juvenil, así como distintos enfoques en relación a cómo el Estado y la sociedad deben interpretar y tratar apropiadamente el tema. En este capítulo se examinan conceptos clave para entender el problema de la violencia juvenil, particularmente la proliferación de las maras y pandillas en Centroamérica, y las respuestas que ofrecen los Estados y las sociedades al mismo.

 

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En este marco conceptual se presenta una síntesis sobre los principales argumentos teóricos y políticos para comprender el problema de la violencia juvenil como expresión de un conflicto social profundo, los múltiples factores y actores que intervienen en el conflicto, la forma en que interactúan, así como los distintos enfoques que existen para interpretar y abordar el problema. En este sentido, se aborda: a) conflicto social, b) violencia y delincuencia juvenil, c) maras y pandillas en Centroamérica, d) enfoques para responder a la violencia juvenil, y, e) transformación de conflictos y construcción de paz. Finalmente, se presentan los principios y la metodología propuesta por INTERPEACE para buscar soluciones sustentables al problema de la violencia juvenil en Centroamérica, el marco de la construcción de una sociedad incluyente y respetuosa de los derechos humanos.

1.1

Conflicto social

Conflicto es un término amplio que hace referencia a una relación entre dos o más partes que tienen algún grado de desacuerdo o incompatibilidad. Existen distintos tipos de conflictos: interpersonales, laborales, religiosos, políticos, sociales y de otra naturaleza. El conflicto social se refiere a una disputa o problema que afecta a diferentes actores sociales o colectivos e impone la necesidad de respuestas por parte del Estado y los grupos involucrados. El conflicto es una parte natural de las relaciones sociales, y aunque las relaciones son algunas veces pacíficas y predecibles, en ciertas ocasiones algunos eventos y circunstancias generan tensión e inestabilidad entre individuos o grupos sociales (Lederach y Maiese 2003). En todo conflicto intervienen al menos dos o más partes y existe una situación o motivo de disputa. Los conflictos se pueden clasificar por su naturaleza, por los actores que participan, por el objeto de la disputa o por las formas en que se confrontan. Los conflictos pueden operar en distintos niveles y pueden ir desde una riña entre dos personas hasta un conflicto internacional. Existen varias teorías que explican los conflictos sociales. Una de las teorías sociológicas más aceptadas actualmente es la teoría de Ralf Dahrendorf, quien sugiere que el conflicto es inherente a la dinámica social y es motor de cambio social. El origen de un conflicto social puede ser variado: lucha de clases, desigualdades en las relaciones de poder, lucha por los recursos, disputa por ideologías o creencias y defensa del honor y el prestigio, entre otros motivos. En muchas ocasiones los conflictos tienen manifestaciones violentas. Para defender o imponer sus intereses, las partes en conflicto actúan violentamente. Por ejemplo, en el conflicto entre palestinos e israelíes las partes en pugna utilizan actos violentos para expresar sus diferencias. Lo mismo ocurre en conflictos de tipo político, religioso, étnico, racial, ideológico, etcétera. El caso de la violencia juvenil o la violencia provocada por las maras y pandillas juveniles no puede considerarse un conflicto social en sí mismo, pero si la manifestación de un conflicto social profundo que cuestiona, o al menos debe preocupar, a una sociedad. Los niños, adolescentes y jóvenes no son violentos por naturaleza, sus actos violentos generalmente responden a un entorno que le empuja a actuar de esta manera. En muchas ocasiones, la violencia juvenil es la expresión de malestar o inconformidad de los niños, adolescentes y jóvenes. Es importante examinar las circunstancias que llevan a la niñez, la adolescencia y la juventud a actuar de manera violenta. En este sentido, se deben tomar en cuenta los antecedentes de la violencia. Los países de Centroamérica tienen una historia de violencia: los tiempos de la colonización, la fundación del Estado-nación y, más recientemente, los enfrentamientos armados en

 

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los años setenta y ochenta. Estos períodos históricos se caracterizan por sus intensos conflictos de poder, lucha de recursos, control, desigualdad, discriminación, diferencias ideológicas y otros conflictos, donde los Estados y los grupos en pugna utilizan la violencia. Este contexto tiene un impacto acumulado y negativo sobre la niñez, la adolescencia y la juventud, grupos tradicionalmente marginados y excluidos socialmente. Los conflictos sociales se pueden abordar por medios pacíficos o por medios coercitivos y violentos. Actualmente existen distintos enfoques para enfrentar la conflictividad social. Por un lado, a través de medidas punitivas por parte del Estado que, generalmente, se orientan a combatir las manifestaciones del conflicto y no sus causas; y, por otro, a través de estrategias alternativas de resolución pacífica de conflictos, como la gestión o la transformación de los mismos. (Estos métodos se examinan al final de este capítulo).

1.2

Violencia y delincuencia juvenil

En términos generales, la violencia juvenil se refiere a actos violentos propiciados por niños, adolescentes y jóvenes. Generalmente, en la legislación interna de cada país se establece el rango de edad para cada uno de estos grupos sociales. En Honduras, por ejemplo, según el Código de la Niñez y la Adolescencia, la niñez abarca el período entre 0 y 18 años de edad; pero ésta se subdivide en dos categorías: la infancia, que va de 0 a 12 años en los hombres y de 0 a 14 años en las mujeres; y la adolescencia, que va de 12 a 18 en los hombres y de 14 a 18 en las mujeres. Mientras que la juventud está comprendida entre los 18 y 30 años de edad en hombres y mujeres, según lo establece la Ley Marco para el Desarrollo Integral de la Juventud. Sin embargo, en otros países esta distinción o clasificación por grupos etáreos no es tan precisa. Entre los profesionales de las ciencias sociales no existe consenso en la separación estricta por edades entre adolescencia y juventud, ya que consideran que en el proceso de desarrollo humano intervienen factores demográficos, sociales, psicológicos y culturales que afectan de distinta manera a cada individuo. Algunos autores se niegan a hablar de "juventud", refutando la posible homogeneidad del concepto y hablan de "juventudes", las que coexisten incluso dentro de un mismo país o ciudad. En este sentido, la adolescencia y juventud no son sólo procesos biológicos, sino psicológicos, sociales y culturales, por lo tanto asumen características diferentes de acuerdo a las distintas estructuras sociales y culturales. Las causas de la violencia juvenil son múltiples y operan en distintos niveles. En el nivel macro, los estudios especializados en el tema señalan que la violencia juvenil es el resultado de problemas estructurales profundos como la exclusión social y la desigualdad que sufren ciertos grupos; y la incapacidad del Estado para ofrecer a todas y todos los ciudadanos –en especial a la niñez y la juventud- un acceso igualitario a los servicios básicos como la educación, la salud, el empleo, la seguridad y la justicia, entre otros. En este mismo nivel, la exclusión de la niñez y la juventud también se relaciona con la globalización y el consumismo. Mientras que la globalización es eficiente en la promoción del consumismo y la creación de expectativas económicas, es ineficiente en la provisión de los medios para que todos por igual puedan satisfacer esas expectativas. Las crecientes expectativas económicas creadas por la globalización y el consumismo contrastan con las decrecientes oportunidades económicas para la niñez y la juventud (Moser, 2003; Briceño-León y Zubillaga, 2002; Rodgers, 2003). En el nivel intermedio, la violencia juvenil puede ser resultado de la falta de apoyo social y comunitario. En el cuarto volumen del estudio sobre maras y pandillas en Centroamérica publicado por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de El Salvador, se señala que existen

 

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muy pocos programas en el nivel comunitario para la niñez y la juventud (2006). En las zonas marginales urbanas el espacio público es inapropiado y no existen centros de recreo para el deporte y la socialización. En algunos casos las iglesias se convierten en un espacio de socialización para la niñez y la juventud, pero muchas veces no cuentan con programas específicos ni especializados para prevenir la violencia juvenil (Winton 2005). En el nivel micro, los estudios señalan a la violencia intrafamiliar y a la falta de cohesión familiar como los factores que estimulan la violencia juvenil. El abandono de los padres, las madres o los adultos responsables del cuidado de niños y jóvenes (madres apesadumbradas y padres desertores o ausentes), los empuja muchas veces a las calles y estimula su agresividad (Cruz y Portillo, 1998; UCA, 2004). Además, están los factores psicológicos y culturales que motivan a muchos niños y jóvenes a involucrarse en actividades violentas y/o delictivas como el uso y tráfico de droga y la “cultura de la calle”, entre otros. En el ámbito penal, diversas acciones violentas se consideran delitos y son objeto de castigo. El asesinato, el secuestro, el robo, la violación sexual, la tortura y otro tipo de conductas violentas que causan daño a una o varias personas están tipificadas como delitos en el Código Penal de cada país. Sin embargo, las leyes no penalizan todas las manifestaciones violentas y ofrecen una visión reduccionista del problema de la violencia juvenil. Esta visión reduccionista de la violencia genera respuestas también reduccionistas, limitándose a atacar exclusivamente el delito y no a combatir las causas que provocan los actos violentos y delictivos. La delincuencia juvenil es un concepto más específico que el de violencia juvenil. El concepto de delincuencia juvenil corresponde al ámbito penal y se refiere a las infracciones que son cometidas por menores de edad. Sin embargo, la mayoría de edad penal puede variar de un país a otro y, además, no existe claridad plena para marcar el tránsito desde el mundo de los menores al mundo de los adultos, en las esferas social y legal. En este sentido, el término de delincuencia juvenil es un concepto construido social e históricamente (Herrero, 2008). En Honduras, por ejemplo, la mayoría de edad se alcanza a los 18 años y a partir de esta edad la persona goza de sus plenos derechos económicos, sociales, políticos y culturales como ciudadano. La normativa interna establece que los niños menores de 12 años son inimputables, es decir, que no se les puede atribuir responsabilidad penal por sus actos, debido a que no han completado su proceso de socialización. En el caso de los adolescentes entre los 13 y 17 años, la normativa contempla un procedimiento especial para atenderlos en caso que infrinjan la ley. Además, la ley establece una serie de sanciones específicas con fines socioeducativos, para contribuir a que los adolescentes completen su proceso socialización, conforme lo establece la Convención sobre los Derechos del Niño.

1.3

Maras y pandillas juveniles

Las pandillas juveniles no son un problema nuevo ni exclusivo de Centroamérica. Por muchos años, las pandillas han existido en países como Irlanda, los Estados Unidos, Brasil y Colombia. Sin embargo, en la región centroamericana llama la atención la proliferación de maras y pandillas en los últimos quince años, especialmente en Guatemala, El Salvador y Honduras, así como el nivel de violencia que se les atribuye. De tal manera que es importante entender los factores que explican su expansión y sus acciones violentas. Los expertos no tienen una definición unificada sobre el término pandilla juvenil. Algunos estudios sociológicos presentan a las pandillas juveniles como agrupaciones de jóvenes “desviados” o

 

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“antisociales” que cometen actos delictivos; y otros las definen como agrupaciones de individuos que viven en la pobreza y la marginación, encontrando en las pandillas, un grupo social que ofrece una alternativa de identidad y autoestima (Sanchez-Jankowski 2003). Una caracterización universal sobre las pandillas juveniles es difícil de lograr, ya que éstas varían en composición, estructura, tamaño, organización y actividades, de acuerdo al contexto en que se encuentran. En Centroamérica se hace distinción entre el concepto de maras y pandillas juveniles. Esta diferenciación se asocia al origen e identidad de las dos agrupaciones juveniles más conocidas y numerosas de la región: la Mara Salvatrucha (MS13) y la Pandilla 18, para quienes la distinción es clara. Además existen otras agrupaciones que se identifican como pandillas juveniles, pero que son menos conocidas por la población centroamericana. El surgimiento de las pandillas juveniles lo estudian diversas disciplinas. Algunas argumentan que las pandillas juveniles son el resultado de la exclusión social y de la “violencia estructural” (Anderson 1998, Spergel 1995, Virgil 2002). Esta violencia estructural crea una violencia reactiva – criminal o política- por parte de quienes son excluidos. Las condiciones de miseria, frustración y desesperación son un potencial para el surgimiento de conflictos, actos violentos y hechos delictivos (Briceño-León y Zubillaga 2002). También se tiene el enfoque socio-ecológico, que considera que las pandillas juveniles son un producto de la desorganización de las zonas urbanas y, en determinados casos, son una estructura que reemplaza parcialmente a instituciones sociales como la familia. Las teorías culturales que califican a las pandillas juveniles como una subcultura que surge de las clases pobres urbanas. Las concepciones económicas que las identifican como negocios informales vinculados al narcotráfico y el crimen organizado. Y, las concepciones psicológicas que señalan que niños y jóvenes se integran a las pandillas como parte de un proceso de maduración y formación de su identidad (Rodgers, 2003). Aunque cada enfoque define una dimensión diferente de las pandillas juveniles, en la práctica no puede separarse fácilmente. El surgimiento de las maras y pandillas juveniles centroamericanas se vincula con la violencia política y la crisis económica de los años setenta y ochenta, que generó una considerable migración hacia los Estados Unidos. Muchas familias se establecieron en barrios pobres en donde enfrentaron una situación difícil: en Los Ángeles, algunas áreas en donde se establecieron los migrantes estaban dominadas por pandillas juveniles, siendo la más conocida la Pandilla 18, integrada por mexicano-americanos y que había surgido en la década de los 60. En este contexto surge la Mara Salvatrucha (MS13), formada por inmigrantes salvadoreños y de otros países centroamericanos, como una respuesta a la necesidad de protección de los hostigamientos y discriminación de las otras pandillas juveniles (Del Banco 2005). A partir de 1996, el gobierno federal de los Estados Unidos inicia una estrategia de deportaciones masivas de jóvenes, por su presunta participación en pandillas juveniles o maras. Muchos de los deportados vivieron en Estados Unidos casi toda su vida y al regresar a su país de origen se encontraron en un ambiente prácticamente ajeno: Centroamérica iniciaba un proceso de reconstrucción después de la violencia política, la pobreza y el desempleo estaban extendidos y la institucionalidad era débil. El gobierno estadounidense prestó poca atención a las consecuencias de las deportaciones masivas de jóvenes y, prácticamente, no ofreció apoyo a los Estados centroamericanos para la atención de los mismos (Zilberg 2004). El problema de las maras y pandillas va en aumento: cada vez más niños y jóvenes, la mayoría hombres de las zonas marginales urbanas, se integran a estas agrupaciones. Se estima que el número de miembros oscila entre los 50 y los 100 mil en la región norte de Centroamérica. Estas agrupaciones actúan en forma de pequeñas células, denominadas clicas, que operan en

 

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determinados territorios o comunidades y cuya organización, actividad y número de miembros varía en cada lugar. En cuanto a las actividades de las maras y pandillas, los gobiernos de la región las señalan de cometer actos delictivos y violentos como extorsiones, robos, asesinatos, tráfico y consumo de drogas, entre otros. Incluso, algunos informes vinculan a la Mara Salvatrucha y a la Pandilla 18 con crímenes internacionales en las fronteras de los Estados Unidos y Centroamérica (USAID 2006). Sin embargo, no siempre se tiene la certeza sobre estos señalamientos debido a las deficiencias de la investigación criminal y la persecución penal del sistema de justicia –policía, fiscalía y organismo judicial-. Además, el problema empeora debido a la proliferación de armas de fuego y a la expansión del crimen organizado. En diversidad de ocasiones, las autoridades asocian las maras y pandillas juveniles con las bandas del crimen organizado, sin comprobar dicho vínculo. Las actividades violentas provocadas por las maras y pandillas juveniles son acrecentadas por notas periodísticas sensacionalistas de los medios de comunicación que estimulan la percepción de inseguridad entre la población.

1.4

Enfoques para tratar la violencia juvenil

Los Estados y la sociedad civil implementan diferentes estrategias para combatir y prevenir la violencia juvenil, pudiéndose clasificar en dos tipos de políticas: reactivas y preventivas. Las políticas reactivas son las más comunes en Estados Unidos y Latinoamérica. Éstas se centran en la persuasión y el control de la violencia juvenil a través de extensas aprehensiones de niños y jóvenes que cometen actos delictivos, imposición de penas drásticas y programas de rehabilitación para niños, adolescentes y jóvenes en conflicto con la ley penal. Desde este punto de vista, la violencia juvenil, y la violencia de las maras y pandillas en particular, es interpretada como una desviación vinculada al tráfico de drogas y al crimen organizado que representa una amenaza para la seguridad pública (Curran and Renzetti, 2000; USAID, 2006). En muchos casos, este enfoque deriva en violaciones a los derechos humanos de niños, adolescentes y jóvenes, incluyendo prácticas de tortura, violación sexual y ejecuciones extrajudiciales por parte de agentes de las fuerzas de seguridad del Estado o de grupos afines a éstos (Moser, 2005; Spergel 1995; WOLA 2006; UN 2006; UN, 2007). Por su parte, las políticas preventivas se orientan a evitar o reducir los riesgos de actos violentos o delictivos. Dentro de esta visión preventiva existen distintos enfoques, destacándose los de: salud pública, desarrollo, derechos humanos, sociológico y criminológico, y transformación de conflictos. El enfoque de salud pública se centra en la prevención y la reducción de riesgos. Su mayor aporte es que llama la atención pública sobre los factores de riesgo y los costos sociales de la violencia. Este enfoque inspira programas para el control del consumo de alcohol, programas antidrogas y de desintoxicación y de control de armas. También incluye programas de capacitación -especialmente vocacionales para jóvenes-, deportivos, artísticos y recreativos, entre otros. Este enfoque resulta significativo para niños y jóvenes con larga historia de violencia, por ejemplo con niños de la calle o ex miembros de pandillas. El enfoque de desarrollo ve la violencia como una amenaza para la democracia y el desarrollo económico. Propone reformas institucionales y “reajustes” económicos para reducir y prevenir la violencia. Sin embargo, irónicamente, la imposición del modelo económico neoliberal ha resultado en más desigualdad y múltiples formas de violencia en la

 

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región (Winton 2004). En Centroamérica, el proceso democrático y el libre mercado no benefician a los más pobres ni reducen la desigualdad ni la violencia. El enfoque de derechos humanos en Centroamérica se centra en la violencia política e institucional y permite monitorear las acciones del Estado y denunciar los abusos de agentes estatales. Este hace énfasis en el rol del Estado para promover y proteger los derechos de los ciudadanos a vivir en libertad y con seguridad. Este enfoque no se aplica exclusivamente a la violencia juvenil, pero en los últimos años su incidencia es mayor sobre el tema, debido a los abusos policiales y a las ejecuciones extrajudiciales de niños y jóvenes, la denominada “limpieza social”-. El enfoque sociológico y criminológico se orienta a las causas estructurales que producen la violencia y a sus manifestaciones, siendo responsabilidad tanto del Estado como de la sociedad. Los expertos hablan de tres niveles de prevención: primaria, secundaria y terciaria. La prevención primaria se dirige a los grupos vulnerables de involucrarse en actos violentos o delictivos, así como a quienes se encuentran en riesgo de ser víctimas de éstos. Este tipo de prevención opera a nivel comunitario, por lo que es necesario identificar y ubicar a la población vulnerable a través de mapas de la violencia o encuestas de victimización. Ejemplos de prevención primaria son programas comunitarios de apoyo al desarrollo de la niñez y la juventud, programas de capacitación laboral para adolescentes y jóvenes de baja escolaridad o desempleados, programas recreativos, deportivos y de uso del tiempo libre para la niñez y la juventud en riesgo, programas de ordenamiento urbano en comunidades con altos índices de violencia como iluminación de calles y limpieza de parques, vigilancia policial y campañas de desarme. La prevención secundaria se orienta a los grupos que manifiestan actitudes violentas o delictivas, como el caso de las maras y pandillas juveniles. Ejemplos de prevención secundaria son programas específicos para adolescentes y jóvenes que desean dejar la mara o pandilla, programas de desintoxicación para quienes tienen problemas adictivos arraigados, servicios de alojamiento para adolescentes y jóvenes que no pueden seguir viviendo en su hogar o comunidad por razones de seguridad o socialización, programas educativos y de entrenamiento laboral para ex pandilleros, campañas de orientación afectiva y apoyo psicológico, entre otros. La prevención terciaria se dirige a personas que cometieron actos delictivos y a quiénes el Estado impuso una sanción o castigo. Por ejemplo, quienes se encuentran en los centros de privación de libertad o participan en programas de libertad asistida o de servicios a la comunidad. El propósito de este tipo de prevención es que quienes cometan actos delictivos no reincidan. Se trata de programas de educación, capacitación para el trabajo, incorporación al trabajo y otro tipo de apoyo que facilite la integración eficiente de quienes cometieron actos delictivos en contra de su comunidad y la sociedad. En el ámbito internacional existen instrumentos legales que ofrecen lineamientos para prevenir la violencia juvenil y garantizar los derechos de los menores de edad en conflicto con la ley penal. Entre éstos destacan: las Reglas Mínimas de las Naciones Unidas para la Administración de la Justicia de Menores (Reglas de Beijing), aprobadas en 1985; las Reglas de las Naciones Unidas para la Protección de los Menores Privados de la Libertad, aprobadas en 1990; y las Directrices para la Prevención de la Delincuencia Juvenil (Directrices de Riad), aprobadas en 1990. En materia de prevención, las Directrices de Riad constituyen el instrumento internacional más valioso para que Estados y sociedades definan políticas públicas para prevenir la violencia y delincuencia juvenil. Éstas contienen un conjunto de principios para promover el bienestar de los

 

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jóvenes y evitar que éstos se involucren en actividades delictivas. Las Directrices presentan lineamientos en relación a la prevención en general y a la prevención en espacios específicos de socialización para los jóvenes como la familia, la escuela, la comunidad y los medios de comunicación. Además, incluyen lineamientos para que los gobiernos definan e implementen políticas sociales para los jóvenes y para que se promuevan y promulguen leyes para la protección de sus derechos y su bienestar. Las Directrices de Riad establecen que en todos los niveles del gobierno deben formularse planes generales de prevención que entre otras cosas, comprendan: a) análisis a fondo del problema y reseñas de programas y servicios, facilidades y recursos disponibles; b) funciones bien definidas de los organismos, instituciones y personal competentes que se ocupan de actividades preventivas; c) mecanismos para la coordinación adecuada de las actividades de prevención entre los organismos gubernamentales y no gubernamentales; d) políticas, estrategias y programas basados en estudios de pronósticos que sean objeto de vigilancia permanente y evaluación cuidadosa en el curso de su aplicación; e) métodos para disminuir eficazmente las oportunidades de cometer actos de delincuencia juvenil; f) participación de la comunidad mediante una amplia gama de servicios y programas; g) estrecha cooperación interdisciplinaria entre los gobiernos nacionales y municipales, con la participación del sector privado, de ciudadanos representativos de la comunidad interesada y de organismos laborales, de cuidado del niño, de educación sanitaria, sociales, judiciales y de los servicios de aplicación de la ley en la adopción de medidas coordinadas para prevenir la delincuencia juvenil y los delitos de los jóvenes. h) participación de los jóvenes en las políticas y en los procesos de prevención de la delincuencia juvenil, incluida la utilización de los recursos comunitarios, y la aplicación de programas de autoayuda juvenil y de indemnización y asistencia a las víctimas; i) personal especializado en todos los niveles.

1.5

El enfoque de transformación de conflictos y construcción de paz

Según los expertos en transformación de conflictos, a través de un conflicto se pueden promover cambios sociales, económicos y políticos positivos y fortalecer la cohesión social (Lederach y Maiese 2003). Un conflicto puede evidenciar la necesidad de nuevos modelos de convivencia social y nuevos balances en las relaciones de poder. Las principales estrategias de la transformación de conflictos son: Cambiar estructuras y sistemas que provocan desigualdad e injusticia. Se deben mejorar, e incluso igualar, las condiciones de acceso a los recursos y reducir las desigualdades estructurales con el fin de alcanzar la reconciliación social. Mejorar las relaciones y las actitudes entre las partes en conflicto. Desarrollar procesos y sistemas que promuevan el empoderamiento, la inclusión, la justicia y la paz sustentable.

 

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El enfoque de transformación de conflictos no sólo se centra en el análisis y búsqueda de soluciones a las causas y manifestaciones violentas del conflicto, sino contempla las estrategias para restablecer las relaciones entre los actores involucrados en el conflicto. Una parte importante de este enfoque es el análisis de las causas estructurales del conflicto, el establecimiento o restablecimiento de las relaciones entre los involucrados en el conflicto y la promoción de soluciones sustentables de corto, mediano y largo plazo en los niveles personal, relacional, estructural y cultural.

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Violencia juvenil, maras y pandillas en Honduras

La transformación de conflictos no se limita a una negociación entre las partes en pugna sino que involucra a todos los actores sociales que pueden aportar a una solución sustentable para alcanzar cambios sociales, económicos y políticos sustantivos. En este proceso el diálogo y la capacidad de escuchar son fundamentales, no se puede avanzar en el análisis y la solución del conflicto sin la voluntad de los actores y el respeto mutuo. La transformación del conflicto es una construcción colectiva que toma tiempo y requiere esfuerzo y creatividad de todos. El proceso de transformación de conflictos contempla dos elementos básicos: la revalorización y el reconocimiento. El primero refiere la revalorización de las partes con la finalidad de que comprendan las causas del conflicto, busquen soluciones al mismo y aprendan a escuchar, comunicar y relacionarse de mejor manera. El segundo refiere “poner entre paréntesis” el punto de vista propio para entender el punto de vista del otro, es decir, ver el conflicto desde la perspectiva ajena. El propósito es alcanzar un cambio de percepción e interpretación en el otro, sus experiencias y necesidades.

1.6

El enfoque de INTERPEACE y el Programa POLJUVE

Según INTERPEACE y el Programa POLJUVE, el problema de la violencia juvenil y la proliferación de las maras y pandillas en Centroamérica debe ser abordado con un enfoque integral y holístico, que trate tanto los problemas estructurales que provocan la violencia y sus manifestaciones particulares, como el restablecimiento de las relaciones sociales entre los sectores involucrados y afectados por la misma. Esta dinámica incluye a los jóvenes, a los funcionarios del Estado, a los representantes de las organizaciones de la sociedad civil y a la sociedad en general. INTERPEACE considera que el enfoque de transformación de conflictos y el enfoque preventivo ofrecen una visión positiva para analizar y abordar el problema de la violencia juvenil de manera integral. Ambos enfoques son complementarios y requieren de la participación de todos los actores. En este sentido, el diálogo es un paso fundamental. Por ello INTERPEACE propone, a través del Programa POLJUVE, iniciar un proceso de diálogo constructivo entre diferentes sectores sociales para analizar a profundidad el problema de la violencia juvenil y buscar soluciones sustentables en el marco del respeto a los derechos humanos y la construcción de una sociedad equitativa e inclusiva. El enfoque de INTERPEACE y el Programa POLJUVE se guía por los siguientes principios fundamentales: El diálogo asociación programas equipos de locales. pertenece a los propios actores. Por esta razón, INTEPEACE trabaja en con actores locales en cada país para diseñar, desarrollar e implementar en correspondencia cultural, política y social para su sociedad. Además, los trabajo utilizan los recursos, habilidades y conocimientos de las organizaciones

El diálogo y la investigación son herramientas para la resolución de problemas y la construcción de la paz. A través del trabajo conjunto, los actores exploran sus problemas por medio de un diálogo constructivo con el objetivo de encontrar soluciones

 

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Todos los actores y sectores involucrados en el conflicto se incorporan de forma incluyente. Los equipos de trabajo de INTERPEACE poseen la capacidad y la legitimidad para convocar a los actores clave en un mismo espacio, lo que permite obtener soluciones representativas y legítimas.

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consensuadas, apoyándose en la investigación. Los temas a tratar se deciden de manera colectiva, lo que permite el empoderamiento y la corresponsabilidad en el proceso. Compromiso de largo problema. Atacar las divisiones profundas, conflicto, requieren de plazo. INTERPEACE sabe que no existen soluciones rápidas a este causas estructurales del problema, superar las desconfianzas y así como restablecer las relaciones sociales, provocadas por el tiempo y trabajo constante.

La violencia juvenil es un problema que involucra y compete a toda la sociedad. No se trata de un problema exclusivo entre los jóvenes que actúan violentamente y las fuerzas de seguridad del Estado. Para entender y enfrentar las causas y manifestaciones del problema y para restablecer las relaciones sociales es necesaria la participación propositiva y decidida de las autoridades del Estado (representantes de los organismos ejecutivo, legislativo y judicial), de las organizaciones de la sociedad civil, de los medios de comunicación y, principalmente, de los niños y los jóvenes afectados por el conflicto social. En este sentido, INTERPEACE propone establecer un espacio neutral de diálogo para que las partes del conflicto se involucren con confianza.

Capítulo 2. CONTEXTO DE PAÍS 2.1. Un país marcado por la pobreza y la desigualdad
Honduras tiene una población aproximada de 7.7 millones de habitantes. De éstos, el 51.7 por ciento son mujeres y el 48.3 por ciento son hombres; el 54.5 por ciento vive en el área rural y casi el 49 por ciento es menor de edad (INE, 2008). Honduras es uno de los países más pobres y desiguales de Latinoamérica. El 59.2 por ciento de la población vive bajo la línea de pobreza y 36.2 por ciento bajo la línea de extrema pobreza. Se estima que 29.3 por ciento de sus habitantes tiene un ingreso diario de un dólar o menos, especialmente en el área rural donde la indigencia se eleva al 45.9 por ciento (INE, 2008). Así, mientras el 10 por ciento más rico del país percibe el 42.2 por ciento del ingreso total, el 10 por ciento más pobre sólo tiene el 0.9 por ciento del ingreso (PNUD, 2004 citado por ACJ, 2005: 3). Los estudios indican que la “participación” de los ricos y los pobres sigue exhibiendo casi el mismo cuadro de inequidad desde que inició la aplicación de las reformas económicas neoliberales hace 17 años. Esta situación la constata el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que establece que Honduras continuaba teniendo para el 2002, el más alto nivel de concentración en el quintil de mayores ingresos (2006: 63).

2.1

Un país socialmente vulnerable

En 1998, la situación económica del país y las condiciones de vulnerabilidad de estos grupos sociales se agravan con el pasó del huracán Mitch. Los sectores afectados, directa o indirectamente, buscan sobrevivir y sobrellevar la crisis mediante estrategias de sobrevivencia. Por ejemplo, las cifras de trabajo infantil y de hondureños emigrantes aumentan considerablemente: el

 

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En ese contexto, la situación de varios grupos sociales es vulnerable y precaria, destacándose en primer lugar: las y los pobres, los grupos étnicos, las mujeres, las personas de la tercera edad, las personas con retos especiales y las niñas, niños y jóvenes.

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incremento de niñez trabajadora fue del 42 por ciento, es decir, que de 100 mil 213 niñas y niños en el mercado laboral se pasó a 142 mil 170 (IPEC-UNICEF, 2001: 17). Mientras que el 61.4 por ciento del total de emigrantes que se encuentran fuera del país, salen entre 1998 y 2005. PNUD, 2006: 150). La situación generada por el huracán Mitch aumenta los grupos de alto riesgo y contribuye a que miles de jóvenes ingresen a las pandillas. En esa lucha por la sobrevivencia, la violencia contra las personas fue un recurso utilizado por estos grupos, aunque no fue exclusivo de ellos.

2.2

Situación política

La institucionalidad del Estado hondureño está alejada de un verdadero estado de derecho porque su actuar político-institucional es incongruente con sus preceptos jurídico-formales. Asimismo, la democracia hondureña está lejos de ser una democracia participativa, como lo establece la Constitución Política, pues sólo roza la categoría de una democracia electoral, en la cual las dictaduras y los pueblos oprimidos son sucedidos por el caudillismo y el clientelismo político. En este sentido, la práctica de una ciudadanía crítica, proactiva y participativa, a través de los canales formales y oficiales, es una tarea difícil en el país. En la última década, la situación de pobreza, inseguridad y las cuestionables actuaciones de la clase política, obliga a la población a refugiarse en el ámbito privado y a abandonar y/o rechazar el espacio público –lo político- para la solución de sus problemas, situación que no beneficia a un régimen realmente democrático (PNUD, 2006: 111). De manera alternativa, los sectores sociales vulnerables encuentran, en su auto-organización, en la protesta pública y en las medidas de presión, un método para obligar a la clase política a tomar en cuenta sus necesidades y satisfacerlas parcialmente. Así, en los últimos diez años, se gesta un importante movimiento social popular reivindicativo, liderado por la Coordinadora Nacional de Resistencia Popular (CNRP), que lleva a la fecha tres paros cívicos en pro de una sustantiva agenda de demandas sociales.

2.3

Situación de la violencia social

La violencia es motivo de gran preocupación para la población. Honduras se ubica entre los países con las mayores tasas de homicidios en Latinoamérica. En 2005, el promedio mundial fue de 8.8

 

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No obstante, la forma más grave de violación a los derechos humanos es la eliminación física de las personas, práctica que se consideró en desuso en los años 80. Actualmente, miles de jóvenes marginales son asesinados sistemática e impunemente por grupos de “desconocidos”, por presumirse que son miembros de pandillas juveniles (Casa Alianza, 2008). De igual forma son interpuestas denuncias de asesinatos de líderes ambientalistas, étnicos, campesinos, sindicales y populares, sin que el sistema de justicia logre la persecución penal de los mismos. En este contexto, Honduras presenta un cuadro de grave violación a los derechos humanos, que contrasta con el discurso y la legislación vigentes sobre la materia.

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En el área de los derechos humanos, Honduras tiene importantes avances formales, siendo signataria de casi todas las convenciones internacionales sobre la materia. Pero en la práctica, el Estado, por acción y omisión de las instituciones ejecutoras y auditoras, no cumple con lo establecido en esos instrumentos. El modelo económico y social excluyente, la ineficiencia burocrática estatal y la corrupción predominante son generadoras de violaciones a los derechos humanos, pues limitan el acceso de la población a los servicios básicos.

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homicidios por cada cien mil habitantes, mientras que la tasa en Honduras fue de 45.9 homicidios por cada cien mil habitantes, la más alta de la región latinoamericana, incluso superior a la de Colombia (44.9), El Salvador (41), Guatemala (34.7) y Brasil (25) (Gaborit, 2005). En 2007, la tasa alcanza los 49.9 homicidios por cada cien mil habitantes, pero en 2008 llega a 57.9 homicidios por cada cien mil habitantes. En términos relativos, se eleva un 25.2 por ciento la cantidad de homicidios en 2008 respecto a 2007; es decir, que de un promedio de 10 homicidios diarios se pasa a 12 en término de un año. Es importante mencionar que algunas tasas de homicidios en el nivel departamental son superiores, como la Atlántida que tiene una tasa de 108.4 homicidios por cada cien mil habitantes y su cabecera departamental, La Ceiba, que registra 149.5. Con estas tasas, la Atlántida desplaza al tradicionalmente violento departamento de Cortés con 92.1 homicidios por cien mil habitantes (Observatorio de la Violencia, 2009). También, en 2008 en relación a 2007, aumentan las lesiones físicas en un 27.2 por ciento y los suicidios en un 25.4 por ciento. Mientras que la modalidad de homicidios más común es el sicariato –asesinatos a sueldo generalmente asociados al crimen organizado-, que representan el 36.2 por ciento de la totalidad de homicidios (Observatorio de la Violencia, 2009). La delincuencia es uno de los problemas sociales más apremiantes. Desde 1996, la encuesta de opinión, realizada en Tegucigalpa, muestra que el 41 por ciento de las y los ciudadanos consideran a la delincuencia como el principal problema de Honduras, en relación al 17.4 por ciento que señala el costo de vida y el 12.7 por ciento que se inclina por el desempleo (Leyva, 2001: 17). Esto indica que hay una opinión generalizada sobre el problema y que éste es serio y se agrava (ACJ, 2005). La sensación de inseguridad no sólo la resiente la población respecto a la delincuencia común y organizada, sino también respecto a los organismos encargados de guardar su seguridad. Existe una creciente desconfianza hacia la policía y otras instituciones de gobierno (PNUD, 2006). Fuera del ámbito público, la violencia en los espacios privados es igualmente grave, aunque menos visible. Por ejemplo, la violencia intrafamiliar y doméstica tiene dimensiones difíciles de medir, debido al sub-registro de los casos. Un bajo porcentaje se anota en las estadísticas de las Consejerías Familiares y en la Unidad Tecnica de Reforma penal (UTR) de la Corte Suprema de Justicia. Por ejemplo, en el período de enero a junio de 2007, se presentan 3 mil 795 denuncias de violencia doméstica a nivel nacional (UTR, 2008).

La niñez y juventud hondureña viven en un contexto de marginalidad, exclusión social y violencia, que los afecta directamente.

2.4

Situación de la niñez, la adolescencia y la juventud

En Honduras habitan aproximadamente 3.7 millones de personas menores de 18 años de edad, que equivale al 48 por ciento de la población total, siendo la mitad hombres y la mitad mujeres. Ahora bien, las personas entre 12 y 30 años –definición legal de juventud- ascienden a 2 millones 845 mil 63 jóvenes, que representan el 38% de la población en general (INE, 2009). En los últimos veinte años, se producen avances notables en algunos indicadores de la niñez. Se redujo la tasa de mortalidad infantil así; de 39 por cada mil nacidos vivos en 1991 se pasa a 32 en

 

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2003; en niños menores de cinco años, el promedio de mortalidad pasa de 55 muertes en 1991 a 42 en 2003 (COIPRODEN, 2005). Este avance sanitario se debe a una mayor cobertura de la atención primaria en salud, incluida la vacunación. La cobertura escolar aumenta, alcanzándose el 96 por ciento en el nivel primario. Y la situación de las niñas y niños en conflicto con la ley mejora al no ser recluidos, desde 1990, en las cárceles para adultos. A pesar de estas mejoras, subsiste la precaria calidad de vida de la niñez hondureña: aunque el porcentaje de desnutrición crónica en menores de cinco años se reduce en un 13.6 por ciento, de 1987 a 2004 (0.76 por ciento anual), aún persiste en el 26.2 por ciento de menores de cinco años, cifra que se eleva a 34.8 por ciento en el área rural (COIPRODEN, 2005). Cerca de 400 mil niños y niñas menores de diez años trabajan en labores de riesgo y alto riesgo para su salud – física y psicológica-. Mientras que los avances en materia educativa no son suficientes para evitar que el 40 por ciento de niñas y niños, entre 7 y 14 años, experimenten una de las tres barreras para el desarrollo normal de su educación: ingreso tardío, deserción escolar y repitencia -no progreso de grado a grado esperado- (COIPRODEN, 2005). En relación a los adolescentes y jóvenes, la situación es más difícil porque el Estado no muestra el mismo interés que con la niñez. El 52 por ciento de la juventud habita en las áreas rurales y el restante 48 por ciento en las ciudades. En las áreas urbanas existe un 9.5 por ciento de analfabetismo con 6.8 años de estudio promedio, mientras que en las áreas rurales llega a 26.5 por ciento con 4 años de escolaridad promedio (PNUD, 2006). En el caso de la población joven (15 a 24 años), el 7.8 por ciento es analfabeta y en el área rural el 12 por ciento. En cuanto a la asistencia a centros educativos se tiene que: de la población joven entre los 12 y 14 años sólo asiste el 79.9 por ciento, cifra que se reduce en la población entre 15 y 19 años a 46.2 por ciento y en la población entre 20 y 24 años a 19.4 por ciento. El 11.1 por ciento repite el año escolar; sólo el 36.4 por ciento de jóvenes concluyen la educación secundaria; y, aunque el 15.3 por ciento ingresa a la educación superior, únicamente finalizan la carrera universitaria el 4 por ciento (Casa Alianza, 2008).

Como consecuencia de la migración se tienen generaciones sucesivas de niñas y niños criados en comunidades en el semi-abandono afectivo y material o criados por madres o padres solteros y por abuelas ancianas con recursos limitados, quedando en situación de alta vulnerabilidad. En otro orden, una cantidad considerable de migrantes son deportados al país, siendo tratados

 

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Ante la ausencia de oportunidades de sobrevivencia y desarrollo humano, cerca de 80 mil jóvenes emigran al exterior anualmente, especialmente hacia los Estados Unidos. La juventud está envuelta en migraciones internas e internacionales, siendo los destinos externos preferidos: Estados Unidos para el 42.8 por ciento de los hombres y el 31.6 por ciento de las mujeres, Guatemala, El Salvador y Nicaragua. El 60 por ciento de las personas que emigran están comprendidas entre los 20 y 34 años (Casa Alianza, 2008).

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En 2006, las cifras oficiales indican que, en el rango de edad de 15 a 18 años, 278 mil 461 adolescentes estaban empleados con un ingreso mensual promedio de 1 mil 739 lempiras (92 dólares) y 157 mil 329 se encontraban desempleados o subempleados. Mientras que en el rango de 19 a 24 años, 457 mil 111 jóvenes tenían empleo con ingresos mensuales de 3 mil 208 lempiras (170 dólares) y 225 mil 888 estaban desempleados. En ese mismo año, considerando únicamente a los menores de 18 años: 400 mil 69 comparten el estudio con el trabajo o sólo trabajan, mientras que 466 mil 911 no estudian ni trabajan (INE, 2006). La situación descrita indica que una buena parte de la juventud no encuentra posibilidades de ingresos equivalentes al salario mínimo de 290 dólares (Andino, 2008ª).

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inadecuadamente o como delincuentes por un Estado que no les retribuye el aporte de 2 mil 300 millones de dólares en remesas con que sostienen la economía nacional. También la juventud evita la realidad a través del consumo de droga. Las investigaciones realizadas por el Instituto Hondureño de Alcoholismo, Drogadicción y Fármaco-dependencias (IHDFA) demuestran que la droga de mayor consumo entre adultos y jóvenes es el alcohol, seguida del tabaco y pastillas para no dormir, y la marihuana y cocaína. Además, establecen que en el 24.5 por ciento de los hogares se consumen bebidas alcohólicas (ACJ, 2005). Las principales víctimas de la violencia son personas jóvenes y niños y niñas, aunque en diferentes proporciones según las categorías de violencia y edad. Por ejemplo, la niñez menor y mayor de 12 años es víctima de maltrato y abuso. “En Honduras se reportan anualmente más de 4 mil denuncias de casos de maltrato y abuso infantil. El 50 por ciento de esas denuncias se refieren a acciones cometidas por familiares, y las víctimas tienen edades comprendidas entre 3 y 12 años”. (Casa Alianza, 2008). En cambio, los homicidios registran un menor número de víctimas niños y niñas menores de 14 años (1.56 por ciento), pero un mayor número de víctimas jóvenes, entre 15 y 24 años. Las estadísticas reportan un aumento de víctimas entre los 15 y 29 años –edad mínima y máxima del término juventud-, con 45.1 por ciento de los casos del total de homicidios, lo que convierte a las y los jóvenes en las víctimas principales de la violencia homicida (Observatorio de la Violencia, 2009). Según Casa Alianza, desde 1998 fueron asesinados 4 mil 700 jóvenes menores de 21 años de edad en campañas de exterminio, impulsadas por escuadrones de la muerte, bandas del crimen organizado, pandillas y agentes policiales (Casa Alianza 2009). En cuanto al sexo y edad de las víctimas, se establece que los hombres son asesinados, en promedio, once veces más que las mujeres, y que la edad de mayor riesgo es la comprendida entre los 20 y 29 años (ACJ, 2007). El suicidio es otra forma de violencia (auto violencia) que pocas veces es considerada y que afecta a un considerable número de personas. Al igual que el homicidio se presenta principalmente en jóvenes y en hombres -en una proporción de 5 a 1 o más, según la edad- (ACJ, 2008). En cuanto a la violencia en las escuelas, el PNUD (2008a) determina que el 44.5 por ciento del alumnado del nivel primario está expuesto a algún tipo de maltrato físico o emocional, una o más veces a la semana, y que el 18.48 por ciento sufre un sistemático maltrato diario. Después de la violencia, la segunda causa de mortalidad juvenil es el VIH/SIDA y la tercera, la mortalidad asociada al embarazo. La situación descrita permite establecer que el Estado tiene en abandono a la niñez y, especialmente, a la juventud hondureña. Estas poblaciones no son una prioridad para el desarrollo humano, según lo demuestran las carencias materiales, afectivas y sociales, Capítulo de laVIOLENCIA JUVENIL, MARAS Y PANDILLAS así como 3. cual son las principales víctimas. la violencia

 

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Capítulo 3. VIOLENCIA JUVENIL, MARAS Y PANDILLAS
3.1 La violencia de los niños y niñas en conflicto con la ley

La participación de los menores de edad en la comisión de ilícitos existe pero no en la proporción que le atribuye el imaginario popular. Las diferencias entre las faltas y delitos cometidos por menores de edad son abismalmente menores respecto a las cometidas por personas adultas. En un estudio realizado por el Poder Judicial y el Ministerio Público, en 2005, se establece que "entre 1996 y 2004 los menores de 18 años de edad encausados por la justicia fueron 13 mil 70, de los cuales 1 mil 223 fueron acusados de cometer homicidios (9.35 por ciento). Por su parte, de los 125 mil 498 delitos de que son acusados adultos, 22 mil 590 fueron por homicidios (18 por ciento)” (UNICEF citado en Andino, 2005c: 2) En Honduras, la tendencia histórica indica que los niños en conflicto con la ley penal son una minoría respecto de la totalidad de personas que violan dicha ley, como lo muestra la gráfica siguiente: Gráfico 1. Contribución de adultos y menores de edad a la criminalidad Dado en porcentajes
Contribucion porcentual de adultos y menores de edad a la criminalidad
90% 80% 70% 60% 50% 40% 30% 20% 10% 0%

NIÑOS ADULTOS

197879

198081

1982

1983

1984

1985

1992

19962004

Fuente: Construcción propia con base en Salomón, L., (1993) La Violencia en Honduras. 1990-1993, CEDOH; Castellanos, J., (1995) Violencia y delincuencia en Honduras, Revisa Hondureña de Sociología; y UNICEF, 2005.

El Estudio Análisis Cuantitativo Justicia Penal Juvenil, de la Corte Suprema de Justicia (2002), permite establecer las proporciones de los delitos cometidos por menores de edad: a) el robo y el hurto en un 22.9 por ciento de los casos; b) los asesinatos y homicidios en un 10 por ciento; c) daños a la propiedad en un 6.5 por ciento; d) lesiones en un 11.4 por ciento; e) amenazas en un 4.8 por ciento; f) rapto y estupro en 1.7 por ciento; y, g) tráfico de estupefacientes en 1.7 por ciento. Los restantes casos, de menor gravedad, totalizan el 41% de los casos. Estos datos indican que no existe evidencia que respalde la creencia común de que los niños infractores de la ley son los responsables de la mayoría de las violaciones a la ley y tampoco es cierto que cometan los delitos más graves, ya que son las personas adultas las sindicadas.

 

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De igual manera, este estudio establece que el promedio de encausados por proceso es de 1.42, lo que significa que una cantidad considerable de niños comete las infracciones con sus pares y no de forma individual (UNICEF, 2005). Además, un estudio realizado por el gobierno del Presidente de la República, Ricardo Maduro, revela que la adopción de medidas de mano dura como la reforma al Código Penal en agosto de 2003 (reforma al artículo 332), no se justifica con el argumento de la creciente participación de niños y niñas pandilleros en la comisión de delitos. El siguiente gráfico ilustra la tendencia. Gráfico 2. Evolución de faltas cometidas por jóvenes pandilleros

7,000 6,000 5,000 4,000 3,000 2,000 1,000 0

6,120 5,388 Falta contra las personas  3,124 1,742 3,168 Falta contra la propiedad Falta contra las buenas  costumbres

1390

1,492 564

0 2001 2002 2003

Fuente: elaboración propia con base en estadísticas del PNPRRS.

Las cifras anteriores demuestran que niñas y niños en conflicto con la ley no son los causantes principales de la grave violencia que se registra en el país. Ahora, la pregunta es: ¿sucede lo mismo con los jóvenes mayores? Las tendencias hasta el momento planteadas parecen invertirse pronunciadamente cuando se habla de la población juvenil adulta.

3.2

Expresiones sociales organizadas y no organizadas de violencia juvenil

No se tuvo acceso a las estadísticas desagregadas para determinar la cantidad de jóvenes, entre 19 y 30 años, que participan en la comisión de faltas y delitos. No obstante, la tendencia se pudo establecer por la composición de la población penitenciaria. Según el informe del Centro de Prevención, Tratamiento y Rehabilitación de Víctimas de la Tortura y sus Familiares (CPTRT) a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), aproximadamente el 68 por ciento del total de la población penitenciaria en Honduras está comprendida entre los 18 y 29 años de edad (CPTRT y COFADEH, 2006). Esto significa que cumplidos los 18 años, los jóvenes se involucran como protagonistas de la violencia social. Lo anterior es comprensible si se considera que esta población es la más descuidada por el Estado, presentando los mayores índices de desempleo, deserción educativa, bajos ingresos, etcétera.

 

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Cabe mencionar que este informe refiere las formas de violencia social organizada de jóvenes, pues son éstas las que mayor daño producen. Algunas de las expresiones más graves de violencia social en las que la juventud y un segmento minoritario de menores de edad se involucra, son todas las formas de rebeldía condenadas por la sociedad: los delitos juveniles.

3.3

Las maras y pandillas

Las maras y pandillas son las expresiones más visibles de la violencia social organizada de jóvenes en Honduras, aunque no las únicas. En los últimos quince años acaparan la atención pública, debido a sus expresiones extremas de violencia social como los homicidios, las mutilaciones, las torturas y las extorsiones, entre otros delitos. El problema de las pandillas no es nuevo en el país, puesto que han sido formas tradicionales de expresión de la juventud marginal. Su surgimiento y evolución varía conforme los períodos históricos. Se registran pandillas juveniles desde los años 70, con influencia cultural de las pandillas norteamericanas. Éstas se diferencian de las posteriores por tener un sentido territorial localizado, un nivel de violencia que compromete la vida de las personas, un armamento hechizo o casero, aunque ocasionalmente usan armas de fuego, y un vínculo con la droga caracterizado por el consumo y no por la distribución (Andino, 2006). 3.3.1 El modelo californiano de pandilla: la MS-13 y la 18

Aunque el modelo fue importado de Estados Unidos, especialmente por los inmigrantes deportados masivamente, el terreno para su rápida propagación estaba listo: centenares de adolescentes y jóvenes en situación de riesgo, propensos a la aventura y al dinero fácil, en conflicto con sus familias, con la escuela y sin empleo encontraron en las maras una alternativa de vida. En esas condiciones el fenómeno pandillero se multiplicó exponencialmente entre 1996 y 2003. La influencia cultural pandillera provoca la fascinación de decenas de miles de jóvenes, que adoptan el caliche, los tatuajes, la moda del vestir, el peinado y los códigos de los pandilleros deportados de Estados Unidos, a quienes ven como héroes. En un inicio, las maras son un verdadero movimiento de masa juvenil, de carácter contracultural, capaz de proveer a sus miembros de un ambiente familiar sustituto, amistad, protección, seguridad física y económica, pero sobre todo, de una identidad autónoma –necesidad propia de la adolescencia y la juventud-. En ese círculo, la violencia, el conflicto con la ley, la cárcel, el hospital y la muerte se convierten en la compañía permanente de los jóvenes involucrados en pandillas. De hecho, la violencia pandillera y anti-pandillera es el conflicto que produce los más terribles episodios de violencia en Centroamérica después de las guerras civiles de la década de los 80 (Andino, 2006).

 

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En los primeros años de la década de los 90, surgen pandillas juveniles diferentes a las pandillas tradicionales que operaban en Honduras. Estas nuevas pandillas se denominan “maras” y adoptan modalidades contraculturales inexistentes en el país, respondiendo a las características de pandillas californianas: sentido territorial expansivo, uso de armamento, participación en el tráfico de droga y otras modalidades del crimen organizado, uso de la muerte como instrumento de sanción, etcétera. En ese sentido, las “maras” conforman un complejo fenómeno social asociado a expresiones de extrema violencia organizada, que lleva a sus integrantes a ser objeto de persecución por parte de los sistemas de seguridad.

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Las principales pandillas son la MS-13 y 18, que muestran su predominio sobre el resto de pandillas juveniles durante los últimos quince años. Las razones del predominio sobre las pandillas tradicionales pueden ser: la temprana desarticulación de éstas por la represión policial, la integración de las mismas a cualquiera de las pandillas predominantes a través de una política de alianzas y su eliminación mediante una política de destrucción o limpieza de sus competidores. En el mundo de las pandillas se observa un entramado de relaciones a través de alianzas de pandillas menores alrededor de las predominantes, siendo una minoría la que se mantiene al margen de éstas (Andino, 2006). La estadística sobre el número de jóvenes involucrados en pandillas es controversial. En 2006, Save the Children Reino Unido y la agencia GOAL estiman su número en 4 mil 700 jóvenes activos, cifra que resulta de un censo realizado con metodología científica. Al respecto reconocen que existe un número mayor considerable, al tomar en cuenta a los jóvenes que llevan a cabo tareas de colaboración, están en presión, están “calmados”, escondidos o salen de la ciudad o el país (Andino, 2006). Mientras que la prensa y los voceros policiales afirman que existen alrededor de 35 mil pandilleros activos. Ante esta situación se duplican los efectivos policíacos y del ejército, creando una sensación de que Honduras está a merced de las maras. La divergencia estadística presenta un problema metodológico y ético sobre la recolección, organización y divulgación de información sobre las pandillas juveniles, por lo que se hace necesaria una política pública que pueda resolver la situación. Como consecuencia de la represión estatal y de la campaña de exterminio físico, las pandillas o maras sufren en 2003 una pérdida estratégica al ser desarraigados de su territorio y pasar al estatus de sobrevivencia. Además de su envejecimiento obligado, las pandillas MS-13 y 18 pierden las características que las definen como organizaciones pandilleras clásicamente juveniles. Los cambios más significativos refieren que: no ostentan su orgullo pandillero, sino lo ocultan por razones de seguridad; no defienden su territorio geográfico, sino a su organización y a sus negocios; no están fijas en una localidad, sino son móviles; no son abiertas en el reclutamiento, sino extremadamente selectivas; tienen vínculos con el crimen organizado; abandonan el uso público de los tatuajes, el caló, los graffiti y la mímica, pues ahora usan códigos para trabajar en la clandestinidad, mimetizándose con el resto de la sociedad; endurecen sus reglas para evitar deserciones, llegando al extremo de un exterminio irracional contra sus propios ex camaradas cuando ello implica una mayor seguridad –al estilo de la mafia-. (Andino, 2006) La actividad de las grandes pandillas californianas se ve mermada a partir de esa fecha, cuando pierden su encanto ante la población adolescente, cada vez menos dispuesta a involucrarse; y las deserciones se multiplican continuamente durante el período de 2003 a 2005. Por ejemplo, JHA-JA reporta que en el Valle de Sula se levantan lista de miles de jóvenes que solicitan quitarse los tatuajes por temor a la represión del gobierno. Según la institución policíaca, las pandillas cambian su estrategia de reclutamiento, trabajando en los centros educativos y clubes deportivos, en donde esperan conseguir nuevos adeptos; lo que significa que estos grupos presentan un mayor riesgo. Aunque esta posición no está respaldada a través de ningún estudio, es indicador de que las pandillas o maras no desaparecen con la represión, que no son tan efectivas como años atrás y que aún representan un riesgo para la niñez, adolescencia y juventud.

 

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3.3.2

De pandillas juveniles a bandas delictivas

El fenómeno pandillero evoluciona rápidamente en sus relaciones externas bajo el influjo de la represión, de las pandillas transnacionales y del crimen organizado. Una hipótesis, sostenida insistentemente por la policía y por algunas organizaciones de sociedad civil que laboran con estos jóvenes, afirma que las maras se orientan a fortalecer alianzas con las mafias que permite su aprovisionamiento de armas y logística a cambio de colaboración con sectores del crimen organizado. Esto parece respaldado por evidencia según la cual el modus operandi de las maras tiende a coincidir con los patrones de distribución de la droga y de armas. Por ejemplo, las rutas de la movilidad pandillera de ciudad a ciudad, coinciden con las rutas del tráfico de droga y el mercado clandestino de armas. Entre los diferentes corredores de movilidad se encuentran: Corredor A: San Pedro Sula, Choloma, Puerto Cortés y Omoa. Corredor B: San Pedro Sula, La Lima, El Progreso, Santa Rita y El Negrito. Corredor C: San Pedro Sula, Villanueva, San Manuel, Pimienta, Potrerillos, San Antonio de Cortés, San Francisco de Yojoa, Santa Cruz de Yojoa. Corredor D: San Pedro Sula, Petoa, Quimistan. Todos los corredores tienen como punto de confluencia y divergencia el municipio de San Pedro Sula, de manera que éste se convierte en uno de los puntos obligados tanto de partida como de llegada. De la misma manera que atrae jóvenes pandilleros de toda la Zona Metropolitana del Valle de Sula (ZMVS) y de otros departamentos como Francisco Morazán, Atlántida y Yoro, también expulsa hacia el resto de municipios que forman los diferentes corredores (Bardales, 2003). Sobre esta cercanía con el crimen organizado, JHA-JA plantea que una de las características de este proceso es el surgimiento de los llamados grupos banda: “Los grupos banda se caracterizan por ser un grupo reducido, con miembros de mucha experiencia y respeto al interior de sus pandillas, no integran nuevos miembros a menos de que el solicitante tenga experiencia (…). Al respecto, varios miembros de una de las pandillas más conocidas comentan: ‘existe una conexión entre el crimen organizado y las pandillas. Las bandas buscan a quienes llevan la palabra y los buscan para bisnes como robos a carros repartidores, secuestro, robo de vehículos, tráfico de drogas’ [líder pandillero recluido en un centro penal del país]; ‘existe relación entre las pandillas y el crimen organizado, hay hommies que son familia de miembros de bandas. Los buscan por ser menores de edad y por el valor (que éstos tienen), a veces les dan dinero, armas y drogas. Por muertes pagan más o menos 2 mil lempiras; si es un robo a un banco, de cinco personas dos son pandilleros, entonces les dan 10 mil lempiras. No sé si participan en secuestros, las armas son de las bandas´” (Bardales, 2002: 8). Rubio (2002), en un estudio para el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), relaciona los indicadores de percepción de la población sobre la influencia de las maras y el crimen organizado en el Valle de Sula, descubriendo que: “tanto las maras como el crimen organizado no son fenómenos difusos y homogéneamente distribuidos en la zona metropolitana del Valle de Sula, sino que presentan una mayor concentración en ciertas zonas (…). Aún al interior de San Pedro Sula, la calificación de la presencia varía considerablemente dependiendo del sector geográfico y (…) las calificaciones promedio de influencia de uno y otro fenómeno –maras y crimen organizado- están positiva y estrechamente relacionadas. Los municipios o sectores geográficos en donde los hogares le asignan una alta calificación a la presencia de uno de estos fenómenos se observa también una alta calificación para el otro. Además, esta relación positiva entre la presencia de maras y de crimen organizado no depende mucho del indicador que se utilice para medir la influencia de uno u otro tipo de actor”. Este mismo autor concluye que la explicación más probable es que: “el crimen organizado es una de las causas de las maras: contrata ciertos servicios, los recluta y por esa vía estimula la

 

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asociación de los jóvenes a tales grupos (…). La evidencia internacional tiende a corroborar esta observación: es más común encontrar existencia de bandas juveniles sin crimen organizado que al revés, lo cual constituye un argumento a favor del primer sentido de la causalidad” (Rubio, 2002). Con base en testimonios recurrentes de los jóvenes se puede decir que se producen alianzas entre algunas pandillas y sectores del crimen organizado, incluso alianzas con sectores corruptos de la policía. Esas alianzas, sin embargo, son complejas porque un mayor involucramiento de las pandillas en el negocio de la droga y el tráfico de armas tiene como consecuencia inevitable entrar en competencia con otras bandas del crimen organizado que operan en el país, e incluso generar sus propios intereses como banda. Aunque en las altas esferas el negocio de la droga deriva en acciones como el lavado de activos en la banca, el comercio, la industria, el sector servicios, la política y hasta en el deporte y el arte, el mismo genera necesidades de tipo logístico, de mercadeo, de “limpieza” de la competencia o del cobro de cuentas, que se satisfacen contratando a individuos y organizaciones nacionales, regionales o locales. De esa forma surge, en el nivel intermedio, la proliferación y diversificación de actividades criminales como: el robo de autos para ser usados en operaciones de trasiego de droga, el tráfico de armas para ser usadas o comercializadas, el sicariato para el ajuste de cuentas, el secuestro, la falsificación de documentos, el tráfico de inmigrantes, etcétera; que a su vez fortalecen a dichas bandas para multiplicar todo tipo de actividades criminales organizadas, no directamente vinculadas al tráfico de droga, como el robo de bancos y de celulares. A su vez, este complejo de organizaciones intermedias subcontrata a elementos que provean ciertos servicios, como el tráfico de influencias, transporte, vigilancia, almacenaje, eliminación de la competencia, robos y espionaje, entre otros. La subcontratación incluye a diversos actores, como policías, operadores de justicia, conductores de transporte urbano, talleres de mecánica y otros (Andino, 2008). La estructuración de la cadena de servicios, relacionada con las distintas esferas del crimen organizado, no se da sin conflictos entre sus diferentes grupos y estamentos, y entre éstos y las comunidades donde operan. Ahí donde funcionan frecuentemente entran en competencia o rencillas por jugarse sucio (robando el botín o las armas) o por no cumplir las “misiones”. Así por ejemplo, pandillas y bandas criminales, incluso policías corruptos, se disputan el mercado de la droga en distintos escenarios (calle, cárceles, colegios secundarios, centros de internamiento, etcétera) con los mismos métodos gansteriles con que las mafias “resuelven” sus conflictos: masacres, asesinatos por encargo, secuestros, “desaparecimientos”. Los conflictos generados tienen como costo la pérdida de vida de jóvenes hondureños en vendettas, caracterizadas por enemistades a causa de una muerte u ofensa que se trasmite a toda la familia de la víctima o bien, venganzas de un asesinato por medio de otro entre clanes; así como ajusticiamientos dirigidos, principalmente, por el crimen organizado contra jóvenes pandilleros. Esta dinámica expansiva y conflictiva, de la estructura derivada de los negocios del crimen organizado, es la que agrava la violencia homicida a niveles alarmantes en la sociedad hondureña, en donde el último eslabón lo constituye la niñez en riesgo social. Se tiene la hipótesis que las muertes masivas ocurridas en los presidios de El Porvenir (2003) y San Pedro Sula (2004), en las que murieron horriblemente 172 jóvenes de la MS-13 y 18, son parte de las confrontaciones entre sectores de las mafias que, en colusión con agentes de seguridad, quieren sacar a las pandillas de la competencia por el mercado de la droga y del dominio de los presidios, que es una plaza de poder importante en ese negocio. De esta cuenta, cada parte en la colusión toma el control de una parte del negocio en el cual operan las pandillas y actuando de forma independiente impiden a otras entrar en los negocios. Similares conflictos se presentan en

 

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los centros de internamiento de menores de edad, a cargo del Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia (IHNFA), como lo revela la investigación sobre el Centro Renaciendo (Andino, 2006b) En los últimos años, las maras encuentran nuevas formas más independientes de sobrevivir, sin atenerse a la alianza con los narcotraficantes: la extorsión a empresarios y a particulares, el cobro de peaje, el tráfico de armas, la explotación sexual comercial y el robo a pequeña escala. Mientras se genera este cambio, el exterminio de jóvenes en las calles no varía, siendo ejecutados alrededor de cuarenta jóvenes al mes. Para este año suman 4 mil los menores de 23 años asesinados en operativos de “limpieza social” (Casa Alianza, 2009). Esta compleja situación convierte a Honduras en uno de los países con mayores índices de violencia social en el mundo.

3.4

Las barras deportivas violentas

En los últimos cuatro años, tras el retroceso de las pandillas californianas, el eje de la violencia juvenil se desplaza a las barras de los clubes deportivos más populares, como la “Ultra Fiel” del Club Olimpia, los “Revolucionarios” del Motagua, los “Mega Locos” del Club Real España y la “Furia Verde” del Marathon. Aunque los enfrentamientos entre miembros de barras no son nuevos, normalmente se daban al calor de la efervescencia deportiva y desaparecían, generalmente, sin mayores consecuencias al terminar los partidos de fútbol y la celebración inmediata posterior. Además, los incidentes graves eran esporádicos. Actualmente, el problema es más grave: la violencia es extrema porque causa la muerte o lesiones graves a los hinchas; los episodios son repetitivos en cada partido; los jugadores son agredidos; la violencia de los estadios se traslada a los barrios, donde se desata la persecución de los fanáticos de un club contra otro, con saldo de heridos graves y muertos, como ocurre en Tegucigalpa y San Pedro Sula; y el crimen organizado participa de acciones violentas. La población se preocupa porque es imposible asistir al estadio a apoyar a su equipo sin ser testigo o, en el peor de los casos, víctima de la furia de los jóvenes fanáticos. La violencia traspasa las fronteras nacionales, como sucedió en el partido entre el Olimpia de Honduras y Los Caciques del Diriangen de Nicaragua, el 24 de agosto de 2006, durante el Torneo Interclubes de la UNCAF, con saldo de dos heridos de bala, decenas de golpeados y 132 detenidos, entre ellos pistoleros que asistieron a apoyar a los hondureños (www.radiolaprimerisima.com). Asimismo, varios jugadores sufren el secuestro de familiares o el propio, en el que se demandan elevadas sumas de dinero por su retorno. Aunque en estos operativos violentos, parecen no estar involucrados jóvenes fanáticos. Los secuestros manchan el fútbol de Honduras. Por ejemplo, Edwin René Palacios, de 16 años, hermano de Milton Palacios (Marathon) y Wilson Palacios (Birmingham de Inglaterra) fue secuestrado el pasado 30 de octubre, la familia paga por su rescate y es liberado; y Henry Suazo (Marathon), hermano de David Suazo (Cagliari italiano y ahora en el Inter), fue secuestrado el 17 de diciembre de 2002, permaneciendo dos semanas en cautiverio (www.radiolaprimerisima.com) Estas actividades violentas y delictivas convierten a las barras deportivas en grupos de alto riesgo. Ese riesgo proviene de sectores vinculados al crimen organizado, al crimen común y a las pandillas, que pueden haberse introducido en las barras para hacerlas nichos de reclutamiento o mercado de droga –extremo que debe ser comprobado-. En este sentido se debe determinar, con precisión, el tipo de organización detrás de la violencia en los eventos deportivos para no confundirla con la barra deportiva.

 

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Recientemente, las barras se estigmatizan socialmente y son objeto de una reacción policial y legislativa desmedida, pues al igual que a las pandillas se las criminaliza como expresiones delincuenciales. Si no se comprende el fenómeno, resulta improcedente aplicar las mismas políticas punitivas y represivas dirigidas a las maras, las cuales fracasaron si se considera que los niveles de violencia no variaron en relación a la época de apogeo de dichas organizaciones. Sin una investigación objetiva ni la comprensión de la situación se establecen medidas superficiales, cortoplacistas e ineficientes, como la penalización de la violencia en los estadios y la prohibición de las barras y de las expresiones de simpatía hacia los equipos favoritos. La consecuencia puede ser el agravamiento del problema, llevando a los jóvenes a radicalizar sus expresiones más violentas. Caso contrario sucede con las acciones de negociación y solución no violenta del conflicto, que involucra a jóvenes integrantes de las barras, que muestran mejores resultados.

3.5

La violencia en las escuelas y colegios

En el campo educativo se suscita el fenómeno de grupos estudiantiles violentos al interior de los colegios de secundaria y conflictos entre institutos. Este hecho se produce, especialmente, en los institutos públicos más grandes y antiguos, donde existen dos o más grupos rivales. Estos no son propiamente una pandilla, sino un grupo juvenil caracterizado por vínculos de amistad, y no por subculturas, que desaparece cuando se rompen los vínculos personales. Como en el caso de las barras deportivas, los conflictos y riñas entre grupos de jóvenes de los institutos no son nuevos ni se limitan a la secundaria. La violencia en la escuela es un problema tan antiguo como la escuela misma, pero pasa desapercibida para el observador común, aunque es un serio problema de salud pública. La violencia escolar al pasar desapercibida no se considera una conducta peligrosa, pero la percepción empieza a cambiar hace unos diez años y actualmente existe cierto interés por conocer el problema. Sin embargo, los estudios realizados en Honduras no se refieren a la educación secundaria, sino a la primaria, a pesar de lo cual sus resultados son reveladores. Un estudio reciente del Programa Armas Pequeñas, Justicia y Seguridad, del PNUD (2008), registra que el 44.5 por ciento de los alumnos y alumnas del nivel primario sufren algún tipo de maltrato físico o emocional, entre una o más veces a la semana, por sus propios compañeros; y que 18.48 por ciento sufre un sistemático maltrato diario (bullying) con graves consecuencias para su salud mental. En comparación con México, donde el índice es del 10 por ciento, estos resultados son un indicador alarmante. El mismo estudio indica que la actividad violenta de muchos niños contra otros en las escuelas primarias se desarrolla en forma grupal: De acuerdo a lo reportado por los 465 niños y niñas agredidas que respondieron la pregunta, los niños o niñas agresores actúan solos en el 48.17 por ciento de los casos, se hacen acompañar más o menos frecuentemente en el 29.9 por ciento de los casos y siempre actúan acompañados en el restante 21.93 por ciento de los casos. Al sumar las últimas dos categorías se tiene un 51.83 por ciento de niños y niñas, cuyos agresores están siempre, o con alguna frecuencia, acompañados de otros. Además de los niños y niñas agredidos por grupos, se dan en las escuelas públicas los conflictos entre grupos. El estudio revela que el 15 por ciento de los niños y niñas reconocen haber

 

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participado en algún pleito, formando parte de un grupo contra otro grupo de alumnos de la misma escuela. Gráfica 3. Razones de las peleas grupales Dado en valores absolutos
754

157 70 12 Autodefensa Celos por  maestros 77 28 Competencia Conflictos con  No contestó pandillas Ninguno

Fuente: Encuesta al alumnado, septiembre-octubre de 2007.

¿Por qué pelean en grupo los niños de las escuelas primarias? La mayoría de las peleas entre grupos se da por competencia entre los mismos: “se creen más que nosotros”, “no saben perder” o “siempre hacen trampa para ganarnos”. Luego están quienes afirman haberse autodefendido de la agresión de otros grupos, el 6.6 por ciento; y los que atribuyeron la pelea a celos por la preferencia de la o el maestro, el 1.13 por ciento (PNUD, 2008). Estos motivos son propios del ámbito escolar, en el cual se entra en competencia por alguna circunstancia como el juego o el estudio, generalmente promovida con buena intención por el personal docente. Por su parte, la presencia de pandillas juveniles en este tipo de conflictos no está respaldada por estos datos, sólo el 2.63 por ciento (28 niños y niñas) refiere haber peleado por problemas con pandillas. Estos niños oscilan entre 1 ó 2 en las escuelas situadas en las zonas de alta conflictividad pandillera, por lo cual no existe indicio, en este estudio al menos, que relacione en forma contundente la incidencia de violencia grupal en las escuelas, con pandillas juveniles existentes en los entornos comunitarios (PNUD, 2008). En los institutos, los niveles de violencia no son especialmente elevados. Por ejemplo, en 2006, en el Instituto Central Vicente Cáceres, el más poblado del país, se identifican doce grupos estudiantiles calificados de violentos o pre-pandillas. Sin embargo, el único estudiante muerto a causa de violencia escolar, en los últimos diez años, fue por acción de la policía cuando interviene en un conflicto entre grupos estudiantiles de ese instituto.

 

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3.6

Los nuevos grupos de subcultura

Aprovechando el debilitamiento de las maras dominantes y persistiendo las condiciones que dieron lugar a éstas, muchos jóvenes en busca de identidad y de asociacionismo con sus similares, continúan formando espontáneamente nuevos grupos en barrios y en otros espacios de socialización. Estos nuevos grupos son independientes de la MS13 y 18, no debiendo ser confundidas porque sus características responden a subculturas y no a pandillas. Una característica común es que fanatizan a sus miembros alrededor de un aspecto cultural que elevan a nivel de culto colectivo, como la música, la vestimenta o algún otro entretenimiento. Se sabe poco sobre éstos, salvo que se limitan a compartir elementos propios de su subcultura, en especial la música, como los HipHopers, Rockers, Punk, Cholos y Reguetoneros; o configuraciones más elaboradas como los Punk, Emos o Góticos; o más sencillas como los Skaters. Entre estos grupos existen rivalidades, pero no se conoce evidencia de que las resuelvan violentamente. No obstante se tienen conjeturas sobre las tendencias suicidas de los Emos, que no han sido documentadas. En todo caso, es un aspecto que merece ser profundizado. Como un caleidoscopio, la expresión juvenil es una con múltiples facetas y ricas realidades, que debe ser considerada al definir las políticas públicas. En este sentido, no se debe cometer el error de confundirlas con las maras o pandillas ni tratarlas de la misma manera, porque se pierde la oportunidad de evitar que los jóvenes pasen a estadios de compromiso antisocial.

El fenómeno de las pandillas juveniles se agrava por los vínculos con el crimen organizado o al transformarse en bandas delictivas. Sin embargo, se tienen otras formas de grupos juveniles, que no deben confundirse ni relacionarse con éstas, como las barras deportivas, los grupos de pares violentos en los centros educativos y los grupos de sub culturas. Estos grupos son relevantes y aún se está a tiempo de intervenir de forma preventiva.

Capítulo 4. LA RESPUESTA A LA VIOLENCIA JUVENIL
4.1 Las respuestas del Estado hondureño

Aunque el fenómeno de las pandillas juveniles tiene quince años, la respuesta institucional del Estado, basada en esos preceptos legales, es escasa y caracterizada por graves deficiencias y contradicciones.

 

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Por mandato constitucional, el Estado de Honduras está obligado a velar por los derechos de la niñez y la juventud, así como por la seguridad y el respeto de los derechos humanos de la población en general. Adicionalmente, leyes secundarias como el Código de la Niñez y la Ley Marco para el Desarrollo Integral de la Juventud definen los estándares jurídicos mínimos que cabe esperar de la acción estatal.

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Se tienen definidos tres etapas que definen la actitud del Estado frente al problema de las pandillas juveniles: la etapa de la indiferencia (1992-1995), cuando el problema comienza pero el Estado no tiene acción alguna frente al mismo. La etapa de la contención (1996–2001), cuando el Estado reacciona y desarrolla una limitada represión, que aunque desarticulada inmersa en una estrategia general, principalmente defensiva. Y la etapa de la ofensiva represiva (2002-a la fecha), cuando el Estado asume una política agresiva para eliminar el problema, pero no sus causas. La característica común es que el Estado de Honduras enfrenta el problema de las pandillas juveniles a través de una respuesta represiva, descuidando la dimensión preventiva que requería desde su inicio. 4.1.1 Respuestas según los niveles de prevención

A continuación se presenta la valoración de las fortalezas y debilidades de los programas de prevención del Estado, según los niveles de prevención primaria, secundaria y terciaria. a) Prevención primaria La Secretaría de Seguridad, a través de la División de Prevención contra las Drogas (Programa DARE) y la División de Prevención contra las Maras (Programa EREM), realiza una modesta labor educativa entre la población escolar de primaria y secundaria, padres y madres de familia, y personal docente. La actividad está a cargo de policías entrenados para informar a la juventud escolar y a quienes trabajan con ésta sobre los efectos perniciosos de las pandillas y las drogas. La actividad es de carácter nacional: su fortaleza es el énfasis educativo de la propuesta; y sus debilidades son la falta de seguimiento al proceso educativo y que éstos no se dirigen a la población juvenil –grupo en riesgo-, pues no visita los centros educativos de secundaria. Otro programa preventivo, con población que no está en riesgo directo, es el Proyecto “Paz y Convivencia” de las corporaciones municipales del Valle de Sula, patrocinado por el BID. Este es un proyecto de dimensión regional, centrado en la dotación de infraestructura para los municipios de la zona metropolitana. Su fortaleza es el énfasis que hace en la dotación de servicios materiales comunitarios, siendo el primer proyecto de esa magnitud aborda preventivamente la violencia social. Su debilidad es que descuida el tratamiento social de los problemas que ocasionan la violencia en una región altamente conflictiva.

Un tercer programa es el de Prevención de la Violencia en Centros Escolares, resultado de la cooperación entre la Secretaría de Educación y el Programa de Armas Pequeñas, Seguridad y Justicia del PNUD, que se implementa a nivel local en algunos distritos escolares de la ciudad de Tegucigalpa. Su fortaleza es la dimensión educativa destinada a fortalecer las capacidades de los actores educativos; y sus debilidades son su dependencia de la cooperación internacional y su carácter temporal y local. También es importante mencionar que la legislación hondureña tiene instrumentos destinados a prevenir la violencia social, atendiendo las necesidades y los derechos de la población infantojuvenil, siendo éstos: el Código de la Niñez y la Adolescencia, la Convención sobre los Derechos del Niño y la Ley Marco para el Desarrollo Integral de la Juventud. No obstante, la institucionalidad existente que tiene como misión la ejecución de estos instrumentos, tales como el Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia (IHNFA) y el Instituto Nacional de Juventud (INJ), carecen del apoyo estatal necesario para cumplir adecuadamente sus

 

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cometidos. Estas instituciones se consideran de menor rango, no disponen de recursos económicos ni técnicos ni del apoyo político requerido. Además, el tema está presente en algunos instrumentos de planificación, elaborados por consenso entre Estado y la sociedad civil, como la Estrategia de Reducción de la Pobreza (ERP), el Plan de Oportunidades, el Plan de Acción Nacional de la Niñez y la Adolescencia y el Plan de Prevención del Riesgo Social. Sin embargo, en el caso de la ERP tiene una pobre ejecución, como lo evidencia el debate nacional sobre la misma; y el resto de propuestas no pasan de ser importantes documentos. b) Prevención secundaria Esta se aborda en pocos programas gubernamentales de escasa cobertura e impacto: Programa Nacional de Prevención, Rehabilitación y Reinserción Social de Personas en Maras o Pandillas (PNPRRS), que depende de la Presidencia de la República. Se crea en 2004 como resultado de la aprobación de la Ley de Prevención, Rehabilitación y Reinserción Social de Personas en Maras o Pandillas (Decreto 141-2001). Su objetivo es coordinar las acciones de los sectores gubernamental y no gubernamental en la prevención de ese problema, mediante un Plan Nacional. Aunque es operativo, no cuenta con una institucionalidad debidamente establecida porque sus órganos de decisión política no han sido integrados como lo establece la ley. Las limitaciones financieras lo convierten en una institución financiera de pequeños proyectos de prevención y rehabilitación de jóvenes en situación de riesgo o ex pandilleros y ex pandilleras; siendo un programa relegado de las prioridades presupuestarias del Estado hondureño. El Instituto Hondureño para la Prevención del Alcoholismo, Drogadicción y Fármacodependencia (IHADFA) es una institución de rango constitucional. Sus objetivos fundamentales son la investigación y la prevención de las adicciones, así como el tratamiento y la rehabilitación de las personas afectadas por el consumo de sustancias que producen dependencia. Su fortaleza es la labor educativa y auditoría técnica sobre adicciones que lleva a cabo; y sus debilidades, al igual que el IHNFA, son la carencia de presupuesto, personal técnico y apoyo político. Aunque no hay un programa en sí mismo, existe una campaña diseñada por los medios de comunicación, autoridades deportivas y poder legislativo para promover conductas no violentas en los estadios. Esta campaña, acompañada de negociaciones con líderes de las barras, comienza a tener efectos positivos en los estadios, aunque no alcanza la violencia barrial de estos mismos grupos. c) Prevención terciaria Esta se subdivide en dos bloques: uno, el conjunto de programas de control represivo de la violencia (asumido equivocadamente como “prevención” en el discurso oficial) y, dos, los programas de institucionalización de los jóvenes violentos.

Política represiva. Las medidas represivas constituyen la política de respuesta que privilegia el
Estado para enfrentar la violencia juvenil. Lejos de proponerse conocer las raíces de la protesta juvenil y de actuar en consecuencia, la reacción estatal en la última década del siglo pasado e inicios del siglo XXI es la movilización total

 

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del aparato represivo en una guerra de baja intensidad para combatir a los jóvenes organizados en “maras” barriales. A partir de 2003, con la reforma del Artículo 332 del Código Penal, la policía y el ejército combinados realizan los más grandes operativos anti-pandillas de la historia, encarcelando a más de 5 mil 400 jóvenes sólo en los dos primeros años de su ejecución. De forma paralela surge la llamada “limpieza social”, a través de la cual miles de menores de edad y jóvenes son exterminados por escuadrones de la muerte. Según cifras de Casa Alianza, de 1998 a la fecha el número de niños, niñas y jóvenes asesinados supera los 4 mil 500. El Poder Legislativo promulga leyes de “mano dura” o “cero tolerancia”, orientadas a limitar al máximo las libertades de los jóvenes, pandilleros y todo lo que se asemeje a éstos. Se ejecutan planes de seguridad que consisten en verdaderas cacerías humanas y se fortalece el brazo policialjudicial para colocar a miles de estos jóvenes en la cárcel. Esta violencia institucional está estimulada por los medios de comunicación que la venden y promueven diariamente. A su vez, el sistema de justicia continúa con su trato discriminatorio hacia estos jóvenes para quienes el acceso a la justicia no es viable o es tardío. Sin embargo, en 2008 frente a las nuevas modalidades de violencia juvenil en el deporte y superando la primera medida adoptada –la represión-, el Poder Legislativo y otras instancias practican la negociación con el liderazgo de las barras. Este cambio estratégico para el tratamiento de la violencia hincha empieza a dar resultados positivos, reduciendo relativamente los incidentes en los estadios. Aunque la medida se muestra insuficiente porque no resuelve las causas del problema y porque no toma en cuenta la violencia de generada en los barrios. La situación exige, al Estado, políticas preventivas para responder a las necesidades de niños, niñas y jóvenes. Sin embargo, éste no logra formular y ejecutar una política nacional para la niñez y la juventud ni aborda estratégicamente la eliminación de las causas del problema. De esta cuenta, las prácticas más usuales son de carácter caritativo, a cargo de las Primeras Damas de la Nación; y las prácticas criminalizantes y represivas en contra de dicha población. La fortaleza de la política represiva es que hace que las pandillas juveniles decrezcan en importancia en el escenario nacional, registrándose este retroceso en algunas investigaciones (ACJ, 2007). Sin embargo, ese “progreso” tiene un alto costo social, si se considera el encierro, la muerte y el destierro de miles de jóvenes. En cuanto a las debilidades se tiene que: Es cortoplacista porque se orienta a calmar la sensación de inseguridad de la población, a través del encarcelamiento de los miembros de las pandillas, pero sin lograr resolver las causas que originan el fenómeno. Por otro lado, evidencia que el Estado tiene como única estrategia el despliegue de operativos policial-militar para la captura de estos jóvenes, lo que significa que no tiene una estrategia preventiva para impedir el resurgimiento de las pandillas juveniles. Es reduccionista porque el enfoque reduce la violencia juvenil a la violencia pandillera, tratando todas sus manifestaciones de la misma manera. A través de este enfoque se violan los derechos humanos y las garantías constitucionales de los jóvenes, afectándolos física y psicológicamente. Dos instrumentos legitiman la represión –el Artículo 332 reformado del Código Penal y la ley de Policía y Convivencia Social- y contradicen la normativa constitucional, las convenciones ratificadas por el Estado hondureño y la legislación secundaria vigente.

 

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Es autoritaria porque no se construye en la búsqueda de consensos sociales, sino se impone arbitrariamente e incluso ocasiona la ruptura de la legalidad. Este enfoque excluye totalmente a los jóvenes. Es unidimensional porque no aborda el problema de manera integral en todas sus dimensiones, sino utiliza la represión como el único recurso, considerando que la fuerza policial-militar hará desaparecer las causas del problema. Este enfoque para controlar las pandillas juveniles hace que se desvaloren el enfoque educativo, el abordaje familiar, la provisión de oportunidades de empleo, el entrenamiento, el arte y la oportunidad de organizarse alrededor de otros temas, como medios para contrarrestar el fenómeno pandillero. Es discriminativa porque focaliza la atención represiva y condenatoria del Estado y de la sociedad en los jóvenes vinculados a las pandillas. De esta manera, deja de lado la vigilancia y la actuación policial en contra de otros grupos más peligrosos como el crimen organizado y sus diferentes modalidades, la corrupción policial y judicial o los grupos de “limpieza social”. Por otro lado, las estadísticas se sobredimensionan para motivar el temor a los jóvenes, construyendo una percepción pública alejada de la realidad. Es políticamente intencionada, y cuestionable éticamente, porque responde a la coyuntura electoral. Los candidatos oficialistas responden con medidas espectaculares, pero superficiales, para asegurar el voto del electorado que busca seguridad pública. Por ejemplo, este tema fue trabajado con éxito por los candidatos Rafael Pineda Ponce, Ricardo Maduro en su campaña de 2001 y Porfirio Lobo Sosa en 2005. También se utiliza como recurso para distraer la atención de otros problemas nacionales, como la crisis económica y la corrupción. De esta cuenta la política represiva no se sustenta en diagnósticos científicos que ayuden a comprender la naturaleza y dimensión de las pandillas juveniles, sino en los prejuicios sociales y la estigmatización de los jóvenes tatuados. 4.1.2 Programas de institucionalización

Se cuenta con dos tipos de programas: uno, para adultos conforme lo establece la Ley de Rehabilitación del Delincuente; y, otro, para menores de 18 años de edad, según lo refiere el Código de la Niñez y la Adolescencia. En el caso de las personas adultas son casi inexistentes los programas gubernamentales que hacen rehabilitación con pandilleros. Los centros de internamiento para menores y los centros penitenciarios para adultos, con excepción de un modesto programa de rehabilitación en el Centro Penal de Comayagua, carecen de personal capacitado y de condiciones logísticas y presupuestarias para procesos de "rehabilitación". Además, en estos centros se violan los derechos humanos de los presuntos pandilleros: segregación respecto al resto de la población penitenciaria y en algunos casos aislamiento total, malos tratos y torturas, desprotección frente a amenazas de muerte por parte de otros internos y masacres o muertes masivas por negligencia de las autoridades y de los guardias penitenciarios. Para el caso de los menores de edad, el IHNFA es la entidad responsable de la rehabilitación de los menores infractores, pero no cuenta con programas adecuados ni personal actualizado ni condiciones presupuestarias. La institución requiere reformarse para abordar correctamente la rehabilitación. Sin embargo, varios sectores del Estado muestran tendencia a transferir la rehabilitación de los jóvenes pandilleros a organizaciones no gubernamentales y municipalidades, con lo que eluden su responsabilidad sobre estos programas.

 

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Además, el Estado no muestra voluntad política para atender la demanda de diálogo del liderazgo pandillero –pandilla 18-, pues no propicia las condiciones de seguridad para jóvenes que abandonan o que desean abandonar estos grupos. Por ejemplo, los representantes de los jóvenes pandilleros que participaron en las negociaciones con el gobierno del Presidente Ricardo Maduro, fueron detenidos o asesinados porque el Estado no consideró las medidas cautelares necesarias para garantizar su integridad física y su vida. El Estado tampoco muestra interés para combatir la ejecución sumaria de jóvenes, que afecta a los programas de rehabilitación. Esta posición es evidente al no haber asignado el presupuesto necesario para el funcionamiento de la Unidad Especial de Investigación de Muerte de Menores del Ministerio de Seguridad, lo que representa una negativa para mejorar su eficiencia y efectividad en la investigación y persecución penal de estos asesinatos. Las consecuencias del enfoque anti-maras del Estado son: Un cambio de la percepción social acerca de la niñez y juventud en situación de riesgo. Ser niño y joven de barrio pobre es sinónimo de peligro o potencial peligro para la sociedad, porque se corre el riesgo de que “llegue a ser” un pandillero. Entonces, se desmonta el modelo de solidaridad con niños, niñas y jóvenes en riesgo, sustituyéndolo por el modelo de hostilidad, al asociarlos con jóvenes pandilleros. Como consecuencia de lo anterior, se exacerban las características autoritarias, intolerantes y represivas del Estado contra toda expresión de autonomía y rebelión juvenil, similares a las que definieron la reacción estatal y del grupo económico y social dominante contra la juventud insurgente en la década de los 80. Es tal la situación, que el Estado aborda cualquier manifestación de violencia juvenil como si se tratara de “maras” o relacionándola con pandillas o adjudicándoles su autoría, aunque en la realidad no tenga nada que ver con éstas. Por ejemplo, el Sub Comisionado de Policía, José Francisco Murillo López, expresa que "fue tan impactante el accionar de los pandilleros que todavía existe una percepción de que todo ilícito o acción delictiva es obra de mareros lo cual no es del todo cierto" (Diario Tiempo, 16/02/2005) Los derechos procesales de los niños, niñas y jóvenes son violentados con la pérdida de las garantías del debido proceso, la independencia judicial y un inquietante abuso policial. Para los jóvenes de las barriadas, las medidas anti pandillas son una prohibición a sus libertadas públicas y, en consecuencia, un deterioro del estado de derecho. Los avances en materia de derechos humanos de la niñez y la juventud se deslegitiman, al considerarlos “blandos” o “promotores” de pandillas. El discurso oficial se orienta a cuestionar el rol de los organismos defensores de derechos humanos y esta información se reproduce en los medios de comunicación, encargados de formar opinión pública. La movilización de recursos fortalecen el modelo institucional de seguridad pública, el cual no muestra eficiencia en su trabajo de reducir las causas de la criminalidad. Por el contrario, los programas de prevención y rehabilitación apenas sobreviven al abandono por parte del Estado. Probablemente las dos principales consecuencias del enfoque anti maras sean: el asesinato de niños, niñas y jóvenes por los escuadrones de la muerte –“limpieza social”-; y la reconversión de algunos subgrupos de maras en grupos de choque y sicariato del crimen organizado.

 

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Las repercusiones de esta nueva política ponen en riesgo al Estado hondureño, pues son especialmente graves para continuar la construcción de una cultura democrática, basada en los de derechos humanos y la tolerancia. El crecimiento desproporcionado del aparato policial, la creciente militarización de la sociedad, la pérdida de garantías ciudadanas, la erosión del debido proceso y, sobre todo, la generalización de una cultura de miedo y sospecha, constituyen los principales débitos de esta situación, que debilita en alto grado el capital social de la sociedad de este país.

En los últimos ocho años se asiste a una involución o retroceso en las políticas de Estado, pues no se diferencian de la Doctrina de la Seguridad Nacional de la década de los 80, salvo porque el objetivo son pandilleros y antes fueron guerrilleros. En este sentido, la estrategia anti maras provoca un grave retroceso en el Estado de Derecho hondureño.

4.2

Las respuestas de la sociedad civil

Las organizaciones de la sociedad civil que abordan directamente el tema de las pandillas juveniles o maras en Honduras son pocas, siendo más numerosas la que tratan el tema de forma indirecta. Se tienen cuatro niveles de intervención: Nivel preventivo primario: las organizaciones hacen un trabajo de prevención de la violencia, con población infanto-juvenil en potencial riesgo de pertenecer a agrupaciones pandilleras o desarrollar conductas trasgresoras de la ley, mediante procesos educativos, organizativos, ocupacionales, recreativos y espirituales. Realizan su trabajo, generalmente, en el nivel comunitario, organizando grupos infantiles y juveniles con los que llevan a cabo actividades diversas. Algunas de estas organizaciones son: el Proyecto Compartir, la Asociación Cultural Arte y Acción, el Centro San Juan Bosco en Tela, el Plan Honduras a nivel de la zona occidental y sur de Honduras, la Asociación Scouts, los Oratorios Salesianos y el Proyecto Alternativas y Oportunidades.

Nivel preventivo terciario: las organizaciones están vinculadas a las instancias de aplicación de la ley penal, como los juzgados y penitenciarías, en apoyo a procesos de rehabilitación de adolescentes y jóvenes que han sido sometidos al sistema de justicia juvenil. Entre éstos se tiene: el programa Pastoral Penitenciaria, el Centro de Prevención de la Tortura (CPTRT), el Orphan Herlpers y el Proyecto Paz y Justicia (menonita). Nivel de incidencia política: en este nivel se encuentran organizaciones que desarrollan procesos de defensa de los derechos humanos de los niños y jóvenes, de cabildeo, de organización juvenil de forma autónoma o que promueven legislaciones y políticas públicas, como por ejemplo: JHA-JA, CIPRODEH y Casa Alianza. Las fortalezas de las acciones de la sociedad civil en su respuesta a la violencia juvenil son: La sociedad civil posee experiencia en la prevención y rehabilitación. Además construye algunos modelos de abordaje que el Estado no tiene en este campo. Por ejemplo, los

 

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Nivel preventivo secundario: las organizaciones desarrollan un trabajo de prevención con niños y jóvenes que salen o muestran voluntad de salir de las pandillas juveniles. En éstas se ofrecen los servicios de albergue, desintoxicación, rehabilitación ocupacional, recreación y apoyo educacional. Dentro de este grupo de organizaciones se tiene a: la Fundación Unidos por la Vida, el Proyecto Victoria, el JHA-JA, el Movimiento Juvenil Cristiano y el Proyecto Paz y Justicia (menonita).

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modelos de rehabilitación/reinserción socio-culturales (Arte Acción) y de transformaciónintegración (JHA-JA). Dado que muchas ONG trabajan con un enfoque de derechos humanos, cuentan con la legitimidad y autoridad moral ante la población beneficiaria para incidir en las organizaciones pandilleras. Propician métodos participativos de la población meta -niños, niñas, jóvenes y comunidades-. Como resultado de ello, existen organizaciones de jóvenes ex pandilleros con elevado nivel de incidencia, como Generación X en el Valle de Sula. Existe una práctica de red funcional para la derivación de casos en las áreas de especialidad que no pueden cubrir. Por ejemplo, las organizaciones del Valle de Sula remiten al Proyecto Victoria casos de adicción a drogas. Existen procesos de incidencia en políticas públicas para mejorar el sistema público de atención a esta población. Por ejemplo, el trabajo de incidencia que realiza la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia con los presidentes centroamericanos. Algunas de las ONG tienen relaciones de cooperación técnica e incidencia política con organismos internacionales u organizaciones de otros países con experiencia en el tema, como es el caso de JHA-JA, Casa Alianza y el Equipo de Reflexión Investigación y Comunicación (ERIC) que coordinan con el Centro por el Derecho y la Justicia Internacional (CEJIL). Mientras que pueden mencionarse las siguientes debilidades: No hay información sobre todas las iniciativas de la sociedad civil que operan en materia de rehabilitación de jóvenes pandilleros o ex pandilleros. Existen muchas iniciativas comunitarias (comités barriales, redes de empresarios, grupos juveniles de iglesias) no registradas. En cuanto a los modelos de abordaje: la mayoría de las organizaciones privadas de desarrollo, que trabajan con pandilleros o ex pandilleros, utilizan el modelo clínico de rehabilitación, que busca producir cambios conductuales a través de terapia ocupacional o artística, capacitación vocacional, organización productiva y recreación; dos organizaciones tienen programas de rehabilitación de adicciones (Proyecto Victoria y Casa Alianza); y sólo una trabaja el método de "integración-transformación comunitaria" (JHA-JA), por lo que son escasas las actividades de reinserción social o no existen. Los mecanismos de actualización profesional son escasos y, generalmente, las organizaciones no cuentan con los recursos suficientes para profesionalizar a su personal. Son pocas las organizaciones que trabajan con pandilleros activos y las que lo hacen trabajan en los presidios con una marcada tendencia religiosa (Pastoral Penitenciaria de la Iglesia Católica y Movimiento Juvenil Cristiano), a excepción del CPTRT. Son pocas las organizaciones que trabajan con pandilleros en programas de incidencia política y participación (JHA-JA, ACJ y Fundación Unidos por la Vida).

 

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La sociedad civil no tiene capacidad de integrarse para incidir políticamente en este tema. La única iniciativa es la Red Centroamericana de Prevención de la Violencia Juvenil (filial Honduras), cuyo protagonismo en el nivel nacional es limitado.

Conclusiones
La violencia juvenil en Honduras es una consecuencia de las condiciones de exclusión, violencia y desinterés estatal y social que padece la sociedad hondureña en su conjunto y la juventud en particular. La violencia juvenil es un fenómeno con diversas manifestaciones de una misma causa. Las pandillas juveniles o maras son la manifestación más visible y grave, pero también hay otras como las barras deportivas y los grupos estudiantiles violentos. Las pandillas juveniles o maras son un fenómeno cambiante que evoluciona a formas más duras de conflictividad social, sin que el Estado actúe para solucionarlo de forma adecuada, pues la represión únicamente lo agrava. La acción del Estado en los niveles de prevención primaria y secundaria es escasa y limitada. Caso contrario sucede en el nivel terciario, donde es potente y se caracteriza por su carácter reactivo, superficial, represivo, improvisado y cortoplacista. La acción de la sociedad civil es más proclive a la prevención pero es limitada y, salvo algunas excepciones, se realiza en condiciones de precariedad. No obstante, cuando se involucran la empresa privada, incluidos los medios de comunicación, tiende a dar mejores resultados, como se observa actualmente en la concienciación sobre el tema de violencia en el deporte.

 

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