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Guía de Lectura Rousseau

En el capítulo sexto del Contrato Social, Rousseau argumenta que la salida del estado de naturaleza es necesaria para la supervivencia, pero implica sacrificar la libertad individual por la seguridad colectiva. Propone un nuevo contrato social donde los individuos renuncian a sus derechos particulares en favor de la comunidad, estableciendo una sociedad de ciudadanos iguales y libres. En el capítulo séptimo, se enfatiza que la soberanía reside en la voluntad general del pueblo, y que la obligación de los ciudadanos es obedecerla para mantener su libertad y evitar la tiranía.
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Guía de Lectura Rousseau

En el capítulo sexto del Contrato Social, Rousseau argumenta que la salida del estado de naturaleza es necesaria para la supervivencia, pero implica sacrificar la libertad individual por la seguridad colectiva. Propone un nuevo contrato social donde los individuos renuncian a sus derechos particulares en favor de la comunidad, estableciendo una sociedad de ciudadanos iguales y libres. En el capítulo séptimo, se enfatiza que la soberanía reside en la voluntad general del pueblo, y que la obligación de los ciudadanos es obedecerla para mantener su libertad y evitar la tiranía.
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Nada más comenzar el capítulo sexto del Contrato Social Rousseau nos da una explicación

de la salida del estado de naturaleza “los obstáculos que perjudican su conservación (la
del hombre) triunfan sobre las fuerzas que cada individuo puede emplear’’ como vemos, el
abandono del estado de naturaleza es una cuestión de supervivencia: sin la suma de
fuerzas que representa la asociación el hombre perecería. Pero esa unión de fuerzas,
esa colaboración de muchos, sólo se consigue bajo el sacrificio de los mismos medios que,
en ese estado de naturaleza previo, permitían al hombre sobrevivir: su fuerza y su libertad.

Recordemos que, en la corriente contractualista, la hipótesis de un estado de naturaleza


previo a toda forma de sociedad sirve para cuestionarse sobre la esencia del ser humano
‘’¿Qué es el hombre fuera de todo influjo?’’ esta hipótesis nos permite pensar al hombre
tomado en su espontaneidad, es decir, tal como apareció en el mundo antes de toda
historia: atomizado, aislado y libre de todo condicionamiento social y cultural. Es una
operación teórica comparable a la práctica de laboratorio en la que usamos un microscopio
para observar separadamente células que habitualmente encontramos formando tejidos. El
propio Rousseau lo justifica así:

‘’Conocer bien un estado que no existe ya, que quizá no ha existido, que
probablemente no existirá jamás, y del que, sin embargo, es necesario tener nociones
precisas para juzgar bien nuestro estado presente’’

J.-J. Rousseau, Discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entre los


hombres, Prefacio

Según Rousseau el hombre en ese hipotético estado de naturaleza (o estado primitivo)


se encuentra en una situación más pacífica, feliz y saludable que en las sociedades
europeas de su tiempo donde el ginebrino observa como las normas sociales, el avance
técnico y los conocimientos e ignorancias de la filosofía, la medicina y el resto de ciencias
han provocado una desigualdad extrema entre los hombres, que se encuentran atados por
vicios y vanidades desconocidos en el estado de naturaleza:

“Concluyamos que el hombre salvaje, errante en los bosques, sin industria, sin
palabra, sin domicilio, sin guerra y sin relaciones, sin necesidad alguna de sus semejantes,
así como sin ningún deseo de perjudicarlos, quizá hasta sin reconocer nunca a ninguno
individualmente; sujeto a pocas pasiones y bastándose a sí mismo, sólo tenía los
sentimientos y las luces propias de este estado, sólo sentía sus verdaderas necesidades,
sólo miraba aquello que le interesaba ver, y su inteligencia no progresaba más que su
vanidad. Si por casualidad hacía algún descubrimiento, tanto menos podía comunicarlo
cuanto que ni reconocía a sus hijos. El arte perecía con el inventor. No había educación ni
progreso; las generaciones se multiplicaban inútilmente, y, partiendo siempre cada una del
mismo punto, los siglos transcurrían en la tosquedad de las primeras edades; la especie era
ya vieja, y el hombre seguía siendo siempre niño.”

No es evidente que la sociedad, tal y como se nos presenta en la actualidad, sea una
situación más ventajosa que ese estado primitivo. Esto explica porqué el capítulo comienza
con una justificación del surgimiento de lo social (por mera supervivencia) y con la intención
declarada de: “Encontrar una forma de asociación que defienda con toda la fuerza común,
la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose a todos,
obedezca tan sólo a sí mismo, y quede tan libre como antes.’’ El objetivo del nuevo
contrato social, el que habrá de diseñar y defender Rousseau en la obra, es encontrar
una solución al problema de la libertad en el medio social. Si la asociación es necesaria
pero no siempre deseable, la misión del filósofo es encontrar la fórmula que nos conduzca a
una sociedad de hombres libres: un nuevo contrato social. Rousseau busca una sociedad
de hombres que sean libres en la obediencia a la norma, para ello, el acuerdo
fundamental es la renuncia sin reservas de todos los asociados a sus derechos
particulares para entregarlos a la comunidad, es decir, el primer paso hacia la
construcción de una sociedad libre es la sumisión total al colectivo. De este modo nos
aseguramos de que, al habernos entregado cada uno por entero a todos los demás, no
hallemos ventaja alguna en volver esa condición de sumisión una situación indeseable.
Nadie podría estar interesado en volver miserable la existencia de otro que a su vez puede
hacer lo mismo con él. Al mismo tiempo y por el mismo acto en que nos constituimos
como súbditos nos constituimos como soberanos. La condición indispensable de esta
unión es que la renuncia sea completa e igualitaria: nadie puede quedar fuera de ella pues
se rompería el sentido mismo de la asociación. La sociedad resultante del pacto es una sin
tiranos (los que no obedecen a nadie) ni parias (los que carecen de libertad). Una sociedad
fraterna en la que sus miembros actúan como hermanos. Una república de ciudadanos
iguales ante la ley. Rousseau concluye el capítulo VI hablando de los distintos nombres que
recibe esa autoridad o persona pública resultante del nuevo pacto social: República
(Res+pública, ‘la cosa que pertenece a la gente’), llamado Estado por sus miembros cuando
es pasivo, soberano cuando es activo, potencia cuando es comparado con otros de su
clase. A su vez los miembros son conocidos como ciudadanos en tanto que partícipes de la
autoridad soberana y súbditos en cuanto sometidos a esa misma autoridad.

El capítulo séptimo se centra en analizar las características de esa soberanía republicana


surgida del pacto. Se nos explica que la obligación o responsabilidad de cada uno de los
ciudadanos es doble: como súbdito particular se debe al Estado, como Soberano general
está comprometido con cada uno de los particulares. El medio para establecer esta doble
relación es la deliberación pública, es decir, el voto. En tanto que soberano, además, no hay
límites a lo que se puede o no: no hay ley a la que el soberano deba someterse pues él
mismo, como asociación de todos con todos, es el origen de toda legitimidad y toda ley. Por
su propia definición la soberanía es la fuerza que hace y deshace ley, la única fuerza
que está, y debe estar, por encima de la ley. El soberano es el que siempre manda y
nunca obedece. Lo único que no le está permitido al soberano es someterse a otro,
puesto que si lo hiciese renunciaría a su condición de soberano.

‘’El cuerpo político o el soberano, al derivar su existencia de la santidad del contrato, no


puede nunca obligarse, ni siquiera con respecto a otro, a nada que viole este acto primitivo,
como, por ejemplo, enajenar alguna parte de él mismo o someterse a otro soberano. Violar
el acto por el cual existe sería aniquilarse: y lo que nada es, nada produce’’

Si uno presta atención al modo en que los presidentes de los estados modernos toman
cargo de su posición, el llamado proceso de investidura en España, sus discursos siempre
parecen comenzar con una especie de humildad ceremonial: ‘’asumo el mandato del pueblo
español’’ dicen o ‘’los españoles, a través de las urnas, nos han encomendado la misión de
formar gobierno’’ estas fórmulas tantas veces repetidas nos muestran hasta qué punto el
poder emana del pueblo español (el soberano) hacia el presidente, que no es nada más que
un representante circunstancial, un ciudadano sometido a la voluntad del soberano que ha
decidido investirle temporalmente con el poder ejecutivo. En muchas ocasiones se dice
equivocadamente que quien manda en una democracia es el presidente, nada más lejos de
la realidad, quien ostenta la soberanía es esa voluntad general soberana: el pueblo español.

Además, añade Rousseau, el interés del soberano así concebido nunca puede contradecir
al de los ciudadanos pues no es posible que aquello que no es sino la totalidad reunida
contradiga a sus miembros. En cambio, el conflicto de intereses entre la voluntad particular
y la voluntad general es sólo una forma de esclavitud de uno mismo, una forma de negarse
a ser libre de sus propias ataduras y condición de particular. La obligación de ser libre es,
ante todo, una libertad respecto de aquello que a cada uno le ha tocado ser. El que se
revela contra la voluntad general se rebela contra aquella unión que le permite ser libre.
Pongamos un ejemplo que os resultará muy cercano de este aparente conflicto:

Resulta siempre complicado hacerles comprender a los alumnos de la educación


secundaria obligatoria por qué el derecho del que disfrutan es una conquista que ha costado
siglos de esfuerzo y sangre. Los pubertos reciben siempre de muy mala gana que un
extraño aparezca en sus vidas con la intención de imponerles una forma de obrar y de
pensar que no es la suya. Les parece un acto tiránico que se les obligue a atender
sermones de extraños por los que no sienten ningún afecto. Ellos ya se encuentran
perfectamente a gusto en su propio pellejo, en general les encanta ser como son, ser muy
de sus cosas, ser la cosa que ellos son: muy de su pueblo, muy de su género, muy de su
equipo de fútbol, muy de su religión, muy de su papá y su mamá… etc. Sin embargo todas
esas cosas que sienten como propias les han venido impuestas por el contexto: son
exactamente lo que el mundo ha hecho de ellos, no lo que han elegido ser. En lo particular
hay mucho de determinismo y poco de libre: no parece que haya motivos razonables para
elegir ser de este pueblo y no del que está al lado, ni ser de un equipo de fútbol o de otro,
mucho menos de elegir una religión sobre otra, más bien ocurre que estas cosas se nos
imponen sin preguntarnos antes qué nos conviene más o qué es lo mejor. Los alumnos
parecen estar en una actitud de protesta constante “me gustaría que me dejasen a lo mío” o
“a mi no me interesa nada de lo que se dice aquí” desconocen que el sistema educativo
existe precisamente para protegernos de lo nuestro, para que dejemos de pensar desde
nuestro pueblo, nuestro género, nuestro equipo de fútbol, nuestra religión o nuestra familia.
Si vivimos en una asociación de iguales, si nuestro destino es ser ciudadanos con la
responsabilidad mutua de ser soberanos, debemos ser capaces de pensar desde el punto
de vista de cualquiera: si voy a compartir mi soberanía con todos los demás no puede sino
interesarme que todos los demás y yo mismo estemos lo mejor formados posible. Esto
explica como un derecho puede ser al mismo tiempo una obligación: no vamos a dejarte
desprotegido ante las tiranías del mundo, de la familia o de tus vicios.

‘’Por lo tanto, para que el pacto social no sea una fórmula inútil, encierra tácitamente este
compromiso que por sí solo puede dar fuerza a los demás: que quienquiera que se niegue a
obedecer a la voluntad general será obligado a ello por el cuerpo. Esa es la condición que,
entregando cada ciudadano a la patria, lo protege de toda dependencia personal; condición
que constituye el artificio y el juego de la máquina política y que es la única que vuelve
legítimos los compromisos civiles, los cuales, sin esto, serían absurdos, tiránicos y sujetos a
enormes abusos.”
Ninguna voluntad particular por encima de la voluntad general, la condición del pacto es que
a nadie se le permita ocupar el lugar que, legítimamente, debería estar vacío.

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