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BARTÍS, Ricardo - Postales Argentinas

El sainete 'Postales Argentinas' de Ricardo Bartís presenta la vida de Héctor Girardi, un empleado de correos en un Buenos Aires devastado en 2043, quien busca inspiración en su madre y en la literatura. A través de un diálogo absurdo y melancólico con su madre, Héctor explora su identidad y la influencia de su familia en su escritura. La obra combina elementos de melodrama y comedia, reflejando la búsqueda de significado en un mundo desolado.

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BARTÍS, Ricardo - Postales Argentinas

El sainete 'Postales Argentinas' de Ricardo Bartís presenta la vida de Héctor Girardi, un empleado de correos en un Buenos Aires devastado en 2043, quien busca inspiración en su madre y en la literatura. A través de un diálogo absurdo y melancólico con su madre, Héctor explora su identidad y la influencia de su familia en su escritura. La obra combina elementos de melodrama y comedia, reflejando la búsqueda de significado en un mundo desolado.

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Incluido en: Otro teatro (Después de Teatro Abierto), recopilación y banda por J.

Dubatti,
Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991; Cancha con niebla. Teatro perdido:
fragmentos, de Ricardo Bartís, edición de textos e investigación de J. Dubatti, Buenos
Aires, Atuel, 2003 (y varias reediciones).

POSTALES ARGENTINAS
(Sainete de ciencia-ficción en dos actos)

Ricardo Bartís

A Pepe Arias, Luis Sandrini, Niní Marshall y, especialmente, Alberto Olmedo.


Textos: Pompeyo Audivert, Ricardo Bartís y Alfredo Ramos
Intérpretes: Pompeyo Audivert, María José Gabin y Carlos Viggiano
Música: Carlos Viggiano
Iluminación: Jorge Pastorino
Asistencia: Andrés Barragán
Producción: Sportivo Teatral de Buenos Aires
Dirección: Ricardo Bartís
Se estrenó en España, en 1988, en el Festival Iberoamericano de Cádiz. Ese mismo año se
realizaron algunas funciones en el Sportivo Teatral.

Acto I
Escena I

Presentación de la compañía. Trovadores del futuro representarán “Postales argentinas”.


La vida de Héctor Girardi, oscuro empleado de Correos, y su pasión por la escritura.
La actriz es una mezcla de manager de boxeo y bibliotecaria, habano en la boca y anteojos
posmodernos. El actor lleva un piloto negro y una nariz postiza exagerada. El
bandoneonista tiene una mueca absurda y el bandoneón desplegado. Se ve a todos
deteriorados. Expresión y voces situadas entre el melodrama y el absurdo. Vestuario:
precario, sombreros con aire tanguero, ropa agujereada y deformada.
ACTRIZ: Continuamos esta noche con el ciclo de conferencias tituladas “Postales
Argentinas”. En el año 2043 fueron encontrados en el lecho seco del Río de la Plata los
manuscritos que nos permiten reconstruir hoy la vida de Héctor Girardi y su pasión por
escribir. Pasión trunca, por cierto. Al igual al que el país al que perteneció Girardi, estos
textos son solo una colección de fragmentos y residuos defectuosos, pese a lo cual poseen
una importancia inmensa en la medida en que permiten recuperar para nuestros estudios las
costumbres de este país borrado ya de la faz de la tierra. Con ustedes, la estampa de hoy.
(Con una señal ordena que vayan a sus lugares. Apagón.)

Escena II
Buenos Aires en el 2043, una ciudad devastada. Nuestro héroe se dirige en busca de
inspiración a la casa de su madre. Casa de la madre enterrándose en las márgenes secas
del Río de la Plata. Juego de cartas, “el truco”. Héctor comprende que solo será en la
medida en que escriba. Ser como su padre. Ser un hombre. Descubrimiento del plagio.
Búsqueda de su identidad a través de la literatura. Muerte y resurrección de la madre. Las
madres son inmortales.
Música de bandoneón. Héctor subido a una escalera. Al fondo izquierda (del espectador)
un roperito viejo. A la derecha, mesa con dos sillas precarias. Adelante, a la izquierda,
pilas de diarios. Delante de la mesa, una valija grande, tipo baúl.
HÉCTOR: (Escribiendo con un metro amarillo de ferretería sobre un pedazo de diario e
intermitentemente mirando a su alrededor.) Cuarenta y cinco años hoy, atravieso un
Buenos Aires que emite sus últimos estertores. En las esquinas las fogatas de los
sobrevivientes iluminan los esqueletos rancios de mis vecinos de antaño. Hay viento y hay
cenizas en el viento. Todo parece recordarme una ley de la sangre: debes escribir (Se
escribe sobre la frente.), es un mandato ancestral que ha llegado hasta mí a través de un
espermatozoide pleno de lírica y misterio… (Se derrumba.) pero ¿cómo no se me ocurre
nada? Estoy seco como los pechos de las madres porteñas... (Revelación.) ¿Madre? ¿He
dicho “madre”? (Baja de la escalera y va a proscenio.) ¡Qué necio soy! ¿Cómo no advertí
antes que en ella está mi salvación? (Chupetea en el aire como mamando.) Debo beber las
postreras gotas de su leche inspiradora. (Vuelve hacia el roperito. Se sitúa detrás del
roperito y otea con un teléfono viejo como si fuera un catalejo.) Debo ir en busca de esa
luz, aquella capaz de iluminar mi torpe itinerario de escritor, la musa, mi madre. A lo lejos
su casa enterrándose definitivamente en las márgenes secas del Río de la Plata. ¡Mamá!...
¡Madre!... (Escribe nuevamente sobre otro diario.) “Madre, he venido a su encuentro de la
mano del amor y de los sueños, de la mano de la esperanza”. Comencé a abrir puertas
(Empieza a abrir las puertas del armario, como si entrara y saliera por ellas.) y más
puertas que no cesaban de oponerse a mi paso hacia ella, hacia la puerta última (Queda
atrapado por ambas puertas del armario.), definitiva… La puerta de mi madre. (Se dirige
hacia la mesa. Cambio de iluminación: se ve que de la valija sale una mano que plancha el
piso y se asoman un par de piernas.) “¡Madre! He venido a su encuentro de la mano del
amor… y de los sueños… de la mano de la esperanza…”. (Busca con la mirada a la
madre.)
MADRE: (Saliendo de adentro del baúl.) “Aquí yace una madre que por criar a su hijo se
deshizo en desvelos”.
HÉCTOR: (Se asusta.) ¡Mamá!
MADRE: ¡¡Héctor!!
HÉCTOR: ¿Qué hace en el cajón? Ya tiene la pieza.
MADRE: Ya sabés, Héctor: me preparo. Me preparo para el final de la partida… (Héctor
acerca una silla y se sienta junto al baúl.)
HÉCTOR: ¿Qué final, mamá? ¿Qué partida? (Abre el baúl.)
MADRE: Moriré, mi hora va llegando. Mientras tanto, ensayo epitafios para encontrar el
que mejor describa mi humilde paso por la tierra. Pero no te preocupes, hijo, moriré sin
incomodar a nadie.
HÉCTOR: (Angustiado.) ¡No diga eso, mamá! ¡Usted no se va a morir nunca! (llora
falsamente.)
MADRE: No llores, hijo. No llores. Estaré bien. Te miraré desde allí para guiar el impulso
de tu pluma. Tú solamente debes escribir. Recuerda (Lo acaricia hasta que la caricia se
convierte en un pellizco.) el anhelo de tu padre… Todo se derrumbará y tú serás el único
testigo sobreviviente…
HÉCTOR: No entiendo…
MADRE: El apocalipsis… (Señala hacia delante, en dirección al público.)
HÉCTOR: (Lloriqueando.) No diga eso, mamá…
MADRE: (Empieza a fingir que muere.) Escribe… escribe… (Estertores falsos. Muere.)
HÉCTOR: (Asustado.) ¿Mamá? ¿Qué le pasa, mamá? No se muera.
MADRE: (Revive bruscamente.) ¿Cobraste?
HÉCTOR: (Se asusta y se para.) Sí, mamá. Aguinaldo y sueldo.
MADRE: (Contenta.) ¡Muy bien! Juguemos entonces. (Madre lo manotea, le hurga en el
bolsillo y le toca el sexo. Él se la saca de encima y se defiende con la silla como si fuera un
domador de leones. Madre se despatarra encima del baúl. Él va hacia atrás y agarra del
ropero el mazo de cartas mientras la madre intenta erguirse como si fuera un muñequito
mecánico, parece un cascarudo que no puede darse vuelta.)
HÉCTOR: ¡Santa!
MADRE: ¡Héctor! Upa, Héctor. (Él la levanta y la sienta en la silla frente a la mesa.
Luego se dirige hacia el roperito y, antes de que llegue la madre interrumpe su acción.)
¡Héctor! No me diste un beso…
HÉCTOR: Es cierto, mamá. (Se inclina para besarla en la mejilla pero ella busca su boca.)
No, en la boca no, mamá… (Ella insiste, él mira a su alrededor y termina por ceder; ella le
pega, él gimotea. Da la espalda a la madre, va hacia el ropero y se masturba tapándose
con el piloto para que no lo vea la madre.)
MADRE: ¿Qué pasa?
HÉCTOR: Nada, mamá, me estoy sacando el pilotín. (Mientras se peina con el esperma.)
MADRE: (Juegan a las cartas. Durante el juego ella usará la conversación para distraerlo
y hacerle trampa. Madre hace pases con las manos como para hipnotizarlo.) Dime, hijo,
¿cómo anda el correo?
HÉCTOR: Bien, mamá… Bueno, más o menos… El edificio está vacío y hacer un lustro
que nadie retira cartas… No sé si seguir yendo.
MADRE: Debes seguir, hijo. Recuerda que dentro de esos sobres amarillentos palpitan
palabras (Mientras empieza a repartir las cartas y hace un movimiento en el que lanza las
cartas hacia arriba.), frases sin destino que pueden convertirse en caldo de tu prosa. Debes
sorber, robar allí, encontrar el alimento de tu literatura. ¡Truco!
HÉCTOR: ¡Mamá! Estábamos jugando al póquer...
MADRE: No importa, Héctor. ¡Gané! (Se lleva todo.) Recuerda que escribir era el sueño
incumplido de tu padre. Si no escribes (Señala hacia arriba.), tu padre se disolverá en las
tinieblas del olvido. (Le roba cartas mientras él mira hacia arriba para ver a su padre.)
¡Escalera real! (Se lleva todo.)
HÉCTOR: (Perdido.) Estábamos jugando al truco…
MADRE: (Molesta.) No importa, Héctor. ¿Trajiste el dinero para las apuestas?
HÉCTOR: Sí, mamá, cincuenta pampeanos.
MADRE: ¡Qué poco, Héctor!
HÉCTOR: Es mi humilde sueldo.
MADRE: Es una basura.
HÉCTOR: Mamá, cuando venía hacia aquí me detuve en las ruinas del Congreso y le
escribí estos versos. Dicen así (Lee.): “Madre, he venido a su encuentro de la mano del
amor, de la mano del amor y de los sueños, de la mano de la esperanza…”.
MADRE: (Quitándole la hoja y rompiéndola en pedazos.) ¡Tus poesías, Héctor! (Ella
vuelve a las cartas.)
HÉCTOR: (Perplejo.) Usted multiplica mi literatura, mamá. Por eso la quiero. (Baja sus
cartas.) ¡Póquer de ases!
MADRE: ¡Escoba, Héctor! (Se lleva todo.)
HÉCTOR: (Se queda perplejo, saca una libreta de notas y se pone en actitud de escribir.)
Mamá, hábleme de mi padre. (Bandoneón. Brusca transición hacia el público.) Planteaba
esta pregunta a mi madre para generar en ella un estado de ebriedad poética que induciría a
mi pluma a escribir por fin.
MADRE: (Entrando en un éxtasis ambiguo. Deja las cartas, se recuesta y mira hacia
delante.) ¡Tu padre! ¡Oh, tu padre! ¡Cómo te quería! Fue el hombre más bueno que jamás
se haya conocido. Para él no había ni sábados ni domingos, su bondad no condecía con el
almanaque. (Él se queda dormido, la madre golpea sobre la mesa para despertarlo.)
Siempre estaba dispuesto a levantarte sobre sus hombros y llevarte a dar una vuelta por la
barranca. ¡Oh, su amor, abismo sin medida! Otros tiempos… (Música de bandoneón.) Las
calles tenían la luz y la fragancia del sol y las uvas madurando en cada esquina, cantaban
los ruiseñores su canto mejor y al viento las campanas cantaban su amor. (Él comienza a
escribir, se levanta mientras va escribiendo en la libretita.) ¡Ah, tu padre! Era rubio y sus
ojos celestes alumbraban una pasión argentina. Era blando, peludo y suave, casi se diría que
no tenía huesos… Erase un hombre a una nariz pegado que te amaba con el amor de los
elegidos, de los bienaventurados que cambian toda su fortuna por el amor de un hijo. (Deja
de escribir en la libretita y en plena éxtasis poético empieza a escribir en el aire con un
cable que tiene atado al pantalón.) Tu padre, para desgracia de esta casa, murió cuando tú
naciste.
HÉCTOR: (Cae hacia adelante, bruscamente.) ¡Soy hijo de una pluma muerta!
MADRE: (Empieza a citar sin ton ni son.) Oíd mortales el grito sagrado, libertad, libertad,
libertad. (Se da vuelta y lo mira.) Te hablaba del abuelo de cuando iban juntos a la terraza
del Café de los Angelitos a cazar vizcachas, perdices y mulitas… Volverán las oscuras
golondrinas…
HÉCTOR: (Va hacia adelante y se dirige al público.) ¡Comprendí que mi madre citaba!
Nada hubiera podido hacerme tanto daño… ¿Qué era lo cierto y qué lo falso en su discurso
de madre? ¿Soy yo, en realidad, el que me habito, o soy el resultado de las lecturas
trasnochadas de mi madre? (Mira su propia mano, imitando a Hamlet.) ¿Quién soy?
¿Adónde voy? ¿Dónde estoy? ¡Estoy huérfano de historia! ¡Debo leer! ¡Debo informarme!
(La madre toma el reloj y sigue con su letanía de citas mezcladas.) Comencé a leer. A los
seis meses de lectura descubrí que las evocaciones de mi infancia habían sido robadas de
“La gallina degollada y otros cuentos” de Horacio Quiroga y los relatos sobre la memoria
de mi abuelo de “Funes, el memorioso” de Jorge Luis Borges… Durante diecisiete años la
literatura fue mi único alimento, leí Shakespeare, Góngora, Discépolo, Beckett, Ortega y
Gasset, Neruda, Sarmiento, Voltaire, Canaro, Mecánica Popular, Chichita Derquiaga,
diarios, revistas… Ocho años y nueve meses leyendo, descubriendo… ¡No podía más!...
(Se come los papeles de diario que sacó antes del roperito y se dirige a la mesa.)
MADRE: ¡Envido, Héctor!
HÉCTOR: (Sonríe.) ¡Real envido!
MADRE: ¡Falta envido!
HÉCTOR: (Contentísimo.) Quiero treinta.
MADRE: Tomo cuatro.
HÉCTOR: ¿Cómo cuatro, mamá, si estamos jugando al truco?...
MADRE: ¡Quiero retruco!
HÉCTOR: Está haciendo trampa, ¡mamá!
MADRE: Trampas… ¿Quién dijo trampas?
HÉCTOR: Yo dije trampas.
MADRE: No debes hacer trampas, Héctor. Quiero el billete.
HÉCTOR: (Confundido.) Pero mamá…
MADRE: (Haciendo pases.) El billete, Héctor. (El billete es un pedazo de diario de
aquellos que ha comido. Él se lo da. Ella lo rompe en dos.) Aquí está, van cincuenta y
cincuenta más…
HÉCTOR: (Desesperado.) ¡No los rompa, mamá! ¡Son cincuenta pampeanos! ¡Además, se
puso una carta en la manga, mamá!
MADRE: ¡Sí, sí, pero gané la mano! (Sigue rompiendo el billete.) Abro con cien, van cien
más.
HÉCTOR: (Fuera de sí. Se levanta y se abalanza sobre ella. La ahorca.) ¡Vieja inmunda!
(Vuelve en sí, horrorizado. Cree que ella murió y lloriquea con sus ojos de vizcacha
alucinada. Avanza hacia el público.) He matado a mi madre.
MADRE: (Reincorporándose.) Treinta y tres de mano, ¡chinchón!
HÉCTOR: (Luego de sorprenderse, al público.) Comprendí, como todos ustedes, que mi
madre es inmortal.
(Bandoneón. Apagón.)
Escena III

El amor de mamá. Los recuerdos. Escenas sexuales. Letanía materna obliga a Héctor a
recurrir a la inyección que conducirá a Mamá al sótano literario de su conciencia.
Aparición del mal. El agujero negro. Muerte definitiva de la madre.

Madre arriba de la mesa, en una silla, pescando. Héctor está paleando en un rincón sobre
una pila de diarios viejos. Agarra un diario y lee.

HÉCTOR: “Vendo Fiat 1500”. (Anota en otro diario.) “Vendo Fiat 1500”. “Depilo a la
cera negra”. (Anota en otro diario.) “Depilo a la cera negra”. “Paritarias y negociaciones”.
(Anota en el diario.) “Paritarias y negociaciones”. (Carraspea para llamar la atención de
su madre y lee el poema en actitud de recitador.) “Vendo Fiat 1500. Depilo a la cera negra.
Paritarias y negociaciones”. (Se lleva los papeles a la boca y se lo empuja con la pala.)
MADRE: ¿Qué pasa, Héctor?
HÉCTOR: ¡Qué horror, mamá! ¡Qué horror! No puedo escribir… La inspiración ha huido
de mí como una amante veleidosa…
MADRE: (Consoladora.) No digas eso, hijo, ya volverá…
HÉCTOR: No, madre. Estoy árido como estos barrios que se mueren, no soy un hombre.
MADRE: Vamos, mi chiquilín…
HÉCTOR: Nunca seré como papá…
MADRE: A ver, Héctor… Déjame que te vea, pero si estás cada día más parecido a tu
padre.
HÉCTOR: (Haciendo pucheros avanza hacia la madre, que está sobre la silla y recuesta su
cabeza sobre su falda.) No es cierto, lo dice para consolarme, para que me duerma como
otrora…
MADRE: Sí, duerme, mi poeta y mi escritor… Sueña con tu padre que murió soñando que
se reencarnaría en tus versos luminosos… ¡Duerme, hijo mío! (Lo muerde en el cuello. Él
grita como una comadreja acorralada, ella se arroja sobre él.)
HÉCTOR: (Desesperado.) ¡No, mamá! ¡No puedo, no! (Ella se trepa a horcajadas de él h
se bambolea procazmente.)
MADRE: ¡Sí, Héctor! ¡Inténtalo! ¡Tú puedes! ¡Papá! ¡Cabálgame! ¡Hazme nietos!
HÉCTOR: ¿Qué dice, mamá? ¿Qué hace? ¡No soy papá, soy Héctor! (Luchan
frenéticamente, él saca una chancleta, le pega con ella y la desmaya. La lleva hasta un
costado del escenario y la cuelga. Él ordena el cuarto y comienza a barrer. La madre
empieza a repetir una letanía. Siniestro bandoneón de fondo.)
MADRE: Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque ella ya no
siente… Dichoso el árbol que es apenas sensitivo… (Repite muchas veces.)
HÉCTOR: (Se acerca a escucharla, escribe lo que ella repite. Como no tiene dónde
escribir, lo hace en el mango del plumero. Reacciones de él frente a la letanía. Intrigado,
inquieto, desesperado, abandona la acción, se aleja y reflexiona.) Durante ocho meses no
hizo más que repetir esas palabras agoreras que caían sobre mi cráneo gastado como gotas
de plomo hirviente. (Avanza nuevamente hacia proscenio.) Cuando toda letra impresa o
manuscrita había ya desaparecido de la faz de esta ciudad agonizante, cuando todas las
bocas capaces de proferir un último aliento inspirador habían enmudecido, mi madre, razón
de mi existencia y única musa posible, pendía de un clavo repitiendo un texto fijo. ¿Qué
hacer, Dios mío, qué hacer?... (Vuelve hacia el mueble, se apoya en él, se golpea la cabeza
recordando.) ¡Otaegui! ¡Sí, Gerardo Otaegui! Farmacéutico anarquista sobreviviente del
paupérrimo Bernal, me había entregado antes de morir un poderoso alucinógeno que en el
interior del cuerpo de mi madre produciría alta temperatura intestinal, acelerando su
torrente sanguíneo, provocándole asociaciones y figuras literarias… (Va al armario, busca
la goma, la sombrilla y se dirige hacia la madre.)
MADRE: (Sorprendida.) ¿Qué es eso, Héctor?
HÉCTOR: (Falsamente obsequioso.) Calcio, mamina. Calcio para sus huesitos.
MADRE: (Como volviendo al trance.) Dichoso el árbol que es apenas sensitivo…
HÉCTOR: ¡Deme la mano, mamá! (Le ata la goma al brazo.) Abra y cierre el puñito,
mamá. (Le inyecta con la sombrilla. Le conecta el teléfono.) Conecté a mi madre y me
dispuse a escuchar el sótano literario de su conciencia. (Escucha. Silencio tenso, golpea el
teléfono.) ¡Hola!
MADRE: (Siniestramente.) Silencio a tu alrededor… El fétido aliento de la muerte empieza
a rasgar tu carne para volverte polvo helado de la nada. (Madre avanza hacia él. Él
retrocede aterrorizado.) Sientes en tus huesos tumefactos el aleteo del mal…
HÉCTOR: (Aterrorizado.) ¿Qué… quién es usted?
MADRE: Ya no puedes ver… cuervos enloquecidos han arrancado tus obscenos ojos
protuberantes…
HÉCTOR: (Escuchando en el teléfono despavorido.) ¿Hola? ¿Quién es usted? ¡Usted no es
mi madre! ¿Hola? ¿Quién…?
MADRE: Estás muerto, ven a mí, mandíbulas furiosas masticarán los despojos de tu alma y
la arrojarán al infierno…
HÉCTOR: (Gira.) Como en una pesadilla intenté correr pero mis pies no se despegaban del
piso…
MADRE: (Lo gira, empieza a citar monólogo de Macbeth.) Venid a mis senos maternales y
convertid mi leche en hiel… (Sigue recitando.)
HÉCTOR: (Descubriéndola, le pega con el tubo del teléfono en la cabeza, la madre
retrocede y va hacia la mesa, él la sigue.) ¡Shakespeare, vieja impostora! ¿Eso es
“Macbeth” de Shakespeare! ¿Pensó que no me iba a dar cuenta? ¿Creyó que tantos años de
lectura habían caído en agua de borrajas? (La madre logra zafarse y se sube a la mesa.)
MADRE: (Se levanta la pollera y abre las piernas, gritando.) ¡Cumpliré con mi viejo
designio, Héctor!... Volverás a tus orígenes, la concavidad húmeda te espera.
HÉCTOR: (Asustado.) ¡No! (Los gestos de Héctor muestran que es atraído hacia el útero
de la madre, como chupado por una aspiradora.)
MADRE: … A la membrana primigenia.
HÉCTOR: ¡No, a la membrana NO!
MADRE: Sí, retornarás al líquido acuoso de la nada. Al agujero negro. (Hace con su
cuerpo un movimiento de atracción.)
HÉCTOR: ¡No, al agujero negro NO! (Se mueve como absorbido por ella.)
MADRE: (Luchando.): ¡Te abortaré!
HÉCTOR: (Su cabeza es introducida entre las piernas de la madre, y queda ella colgando
sobre sus espaldas. Ella se deja caer y empiezan a luchar. La madre va apareciendo por
entre las piernas de él como si fuera un parto.) Comencé a luchar… Era mi vida o la de mi
madre… Sentí que al mismo tiempo que la mataba la estaba pariendo. (La mata. Lloriqueo
de cuis. La tapa con unos diarios. Se va hacia el roperito con su sillita y escribe con la
goma que usó para aplicar la inyección, en la puerta del mueble.) 27 de agosto, hoy hace
un mes que maté a mi madre. Su cadáver empieza a despedir un extraño olor. Sospecho que
es la humedad.
MADRE: (Incorporándose con voz siniestra.) ¡Aaaahhhh!... ¡Inmortal!... ¡Inmortal!...
¡Héctor!...
HÉCTOR: ¡No! (Lucha con ella.)
MADRE: ¡Sí, inmortal!... A mí, Héctor… ¡A mí!...
HÉCTOR: (Comienza a ahorcarla con la goma. Sonidos del bandoneón. Estridentes, en
paralelo al movimiento de la goma que ahorca.) ¡Morirás, ser endemoniado!
MADRE: (Resistiéndose.) ¡Aaagh!... NO… ¡Nunca!...
HÉCTOR: ¡Sí, morirás! (La mata definitivamente mirando al bandoneonista.) La maté. (El
bandoneonista se encoge de hombros. Héctor solloza, mientras la contempla, escribe sobre
su cuerpo.) Escribo, Madre, sobre el pergamino de tu piel gastada. “Te maté… te maté…”
Qué será ahora de mí, qué será ahora de mi pluma. Debemos salir al exterior…
(Bandoneón. Apagón.)

Escena IV
El Puente de la Noria, lugar mitológico al que acude Héctor con el cadáver de su madre,
en su cita con la muerte. El bar. El trago salvador. La bella florista. El amor. La escritura.
Una luz anaranjada ilumina al bandoneonista, ubicado atrás. Héctor carga a su madre
sobre los hombros.
HÉCTOR: Voy en dirección nor-noroeste, rumbo al Puente de la Noria, con todo el peso de
la muerte de mi madre en mi conciencia. Todos son despojos, desechos de la jactancia
humana, hundidos en la fosforescente negrura de la noche. (Pausa.) Y allí, entre restos de
fábricas, viviendas y automóviles, la silueta del puente emergiendo sudorosa como una
estatua negra del pasado. Caminé hacia allí. Miré las aguas anaranjadas y recordé cuando
mamá me hacía jugo de naranjas. Otros tiempos... Y estaba a punto de saltar cuando una
luz, un faro, ¡era la luz de un bar! ¡Un viejo cafetín sobreviviente junto al Puente de la
Noria! Por qué no una copa antes de morirme, me dije. Abandoné a mi madre al pie del
puente y entré en ese recinto, donde flotaba un tenue hálito de vida. (Entra, se acerca a la
barra.) Una ginebra, señor. (Bebe.) Me miré en el espejo del bar y éste me devolvía la más
genuina imagen de mí mismo, la imagen del fracaso. Era mi rostro pintado, y al costado de
la imagen, hacia el fondo del salón, brillaba con luz propia... ¡una florista!
PAMELA: (Está parada con un ramillete de flores blancas en las manos. Es
irremediablemente estúpida, pero con un candor que la hace bella.) Flores... Flores...
(Héctor camina hacia ella, arrobado, la mira extasiado. Pamela canta, seduciéndolo, y se
presenta.) Pamela Watson, florista.
HÉCTOR: ¡Qué noble profesión!... Héctor Girardi, escritor.
PAMELA: (Atraída.) ¿Escritor de libros?
HÉCTOR: Libros… poemas… sujeto y predicado…
PAMELA: (Riendo.) ¡Debe ser hermosa la vida de un poeta!
HÉCTOR: (Confundido.) No crea, Pamela. Hace un mes maté a mi madre.
PAMELA: ¡Qué cosas dice, Héctor!
HÉCTOR: Son chascarrillos de escritor. (Al público.) El cadáver de mi madre se
descomponía en mi memoria. El presente se llamaba Pamela Watson. ¡Mozo, champagne!
PAMELA: (Subyugada.) ¡Oh, Héctor! (Beben del teléfono. Súbitamente.) Héctor ¡sáqueme
de aquí!
HÉCTOR: De inmediato, Pamela. (Salen al descampado. Hay un momento incierto, una
interacción de evoluciones dancísticas de ella, raptos de inspiración de él que escribe
sobre ella y, en fin, trifulca amorosa.)
PAMELA: ¡Héctor, escríbame unos versos!...
HÉCTOR: (Como un poseso.) Por supuesto. Puedo escribir los versos más tristes esta
noche, escribir, por ejemplo, mi pluma recorre tu geografía generosa y encuentra en ella un
verbo que es amor. ¡Puede escribir! ¡Mamá! (Apagón.)

Acto II
Escena V

La vida cotidiana. Mientras los últimos sobrevivientes deambulan por la ciudad en llamas,
Héctor Girardi y Pamela Watson se aman durante 123 breves años, porque los años del
amor son siempre breves. Curiosidades del amor. La mirada. El cese de la inspiración. Las
musas salvadoras. El fracaso. Pamela Watson, poseída del espíritu de Juana de Arco, se
quema con la plancha. El ser nacional.
Música en la oscuridad, a partir del “Mamá” de la escena anterior. Acciones mudas con
fondo de bandoneón. Se prende la luz al fondo. El bandoneonista arriba de la escalera, con
un pie apoyado en ángulo con el mueble. Girardi está dormido tapado con un diario,
contra el roperito. Pamela sentada adelante, a la izquierda, en proscenio, también tapada
por un diario. La música relata la actividad de ellos y las sucesivas dormidas que son
como el paso del tiempo. Girardi va al correo, pasa por debajo de la pierna del
bandoneonista como si fuera la puerta, fabrica con el pedazo de metro una pluma y con
una visera y con un sello trabaja en la ventanilla mientras roba sobres. Ella lava y plancha
los poemas de Héctor, arrugados pedazos de papel de diario tirados en el piso. Él llega,
entra en la casa y se come el tiempo. Chupa las agujas del reloj que ella mueve como una
cacerola. Ella le limpia y plancha la cabeza. Ella plancha en el centro. Él, a la izquierda,
sentado, trata de escribir.
HÉCTOR: (La mira arrobado.) Te quiero, mi amor. (Al público.) Vinieron épocas felices.
Durante un tiempo, escribí al solo impulso de la mirada de Pamela Watson: madrigales,
sainetes, novelas, canciones, operetas… (Pausa, cruce de miradas, paso del tiempo.)
Curiosidades del amor: la mirada que otrora me sostuviera, no hacía hoy más que
incomodarme. (Pausa, paso del tiempo.) 27 de octubre: no soporto más su mirada
penetrante en mi nuca. (A ella, que lo mira extasiada.) ¡No me mires más! (Inmediatamente
se arrepiente, lloriqueo de roedor culpable.) Perdón, estuve mal…
PAMELA: (Adorablemente, insoportablemente comprensiva.) Está bien, Héctor, no te
preocupes. Tú eres un escritor… (Héctor tira el diario.) ¿Qué escribiste hoy, Héctor?
(Pamela recoge el texto.)
HÉCTOR: (Reblandecido y molesto.) Nada… Son rimas sin valor… No te gustarían,
Pamela.
PAMELA: (Acercándose a él con pasión.) ¡Sí, Héctor, me van a gustar! ¡Quisiera
escucharlas, Héctor!
HÉCTOR: (Saca un bollo de papel.) “Los niños extrañan, preguntan por ti, catorce hilos de
cobre, un balancín, caminante no hay camino, se hace camino al andar, saludos a la
Porota”.
PAMELA: (Fascinada.) ¡Oh, Héctor!... ¡Es preciosa, Héctor!
HÉCTOR: (Con furia.) ¡Es una basura! (Sollozando.) Y ni siquiera es mía…
PAMELA: (Consoladora.) ¡Oh, Héctor, no digas eso! Las palabras no pertenecen a nadie.
(Bruscamente.) ¡Mira! (Señala un punto incierto en el horizonte.) ¡Allá!… (Él trata de ver
en vano.) ¡Las musas, Héctor! ¡Debemos invocarlas! ¡Héctor!... (En éxtasis. Él, confundido,
se contagia de ella, tratando de creer.) ¡Ya vienen, Héctor!... ¡Aquí!... ¡Aquí!...
HÉCTOR: (Exaltado, agitando papeles de diario.) ¡Sí, sí! ¡Aquí están! (Entra en un éxtasis
fallido.) “En un día del hombre están los días del tiempo…” (Ella empieza a bambolearse
como poseída.) “… Allá mueren ciegos reyes, por un palmo más de tierra que aquí tengo
yo…”. “… En que un terrible dios prefijó…”, “… por mío cuanto abarcase el claro mar
bravío…”, “… Los hombres intentarán el adiós porque de alguna manera se creen
inmortales…”.
PAMELA: (Enfática, se le acerca por detrás.) Vamos, Héctor, no te entregues ni te apartes.
(Le muerde el cuello. La acción comienza a subir, la música empieza despacio y luego
sube.)
HÉCTOR: (Alarido de búfalo en falsete. Luego escribe febrilmente.) “Encerrado en la
cuenca de su orfandad eterna, el hombre agita el paño fugaz de su existencia con la
esperanza vana de alcanzar si acaso por azar la atención de un ser inconcebible, capaz de
condolerse de su pena…”. (Música graduada, levanta al final con crecimiento. Lo que
origina todo es la escritura de él.)
PAMELA: (En éxtasis, jadeando, moviéndose.) ¡Aaaah!... ¡Así!... ¡Así!
HÉCTOR: (Volviendo a su lugar.) Perdón. (Pamela vuelve al planchado. Se coloca la
plancha sobre el vientre, en los senos, en la cara. Él la mira impresionado. De pronto,
parece comprender. Al público.) Comprendí súbitamente lo que Pamela intentaba hacer: al
igual que mi madre, pretendía extorsionarme haciéndome creer que se quemaba con una
plancha fría… (Se acerca a ella y le grita:) ¡Mentira!
PAMELA: (Asustada.) ¡No, Héctor!
HÉCTOR: ¿Te creés que no conozco nada de la vida?...
PAMELA: ¡No!
HÉCTOR: ¡Soy Héctor Girardi! ¡Soy un argentino! (Se pone la plancha en la cara, se
quema.) ¡Aaaah! (La música sigue. Apagón.)

Escena VI
Reclamos femeninos. Pamela Watson reclama a Héctor por su incapacidad de escribir.
Súbitamente, Pamela Watson duerme. Héctor Girardi, abrumado por su belleza, la lanza al
vacío. El volar es para los pájaros. La soledad.

Él está sentado, rodeado de papeles desechados, derrotado. Ella se pasea nerviosa por la
habitación, bufando. Lo odia, lo desprecia, más loca la expresión.

PAMELA: (Rompiendo papeles.) No puedo más… esta mentira, ¡Héctor! (Sollozando.)


Finges escribir, cuando en realidad robas cartas de un Correo inexistente… (Reprobadora.)
Pensar que con estos versos me sentí mujer. Pensé que eras un hombre… (Camina.) ¡Toma,
quédate con ellos!, me voy. (Pamela vuelve con una pequeña valijita y al abrirla se
transforma en la madre.) ¡Tú solamente debes escribir, recuerda el anhelo de tu padre!
(Sale de detrás de la valijita y ante la confusión de Héctor es Pamela.) ¡Estás seco! ¡Estás
seco como mi vientre y frío como el sol de Buenos Aires, Héctor! La ciudad se hunde y yo
con ella. (Ella solloza, se contorsiona y, finalmente, se duerme.)
HÉCTOR: (Conmovido, se acerca a ella.) Se durmió. Qué linda estás, Pamela, la luna se
refleja en tu rostro como en el mar. Sueña, mi amada, mientras escribo. Duerme bien, mis
pensamientos te protegen, ahora debes partir. (La acaricia. Escribe sobre ella. La toma en
sus brazos y la arroja por la ventana. Gimotea, sorprendido y espantado.) ¡Ooooh!... ¡He
matado a Pamela Watson!... (Apagón.)

Escena VII

Alejado de todo acontecimiento popular, Héctor Girardi atisba por la ventana por la que
(otrora) arrojase a Pamela Watson. Entre la lluvia radioactiva, un enorme pájaro alado
sobrevuela el paupérrimo Bernal. Es Pamela Watson. Las mujeres son inmortales.
Exorcismo. Recuperación de la escritura. Ilusión. Derrumbe definitivo. Pamela renuncia a
la inmortalidad. Comprensión de Héctor de su destino trágico.

HÉCTOR: (Escribe.) En el momento mismo de arrojarla, cuando su cuerpo de duende aún


flameaba en el aire como un pájaro herido, comprendí que me había equivocado. (Pausa.
Mira a su alrededor.) ¡Qué vacía está la casa, sin su presencia aérea y bulliciosa! (Relación
con ella a través de los objetos.) Los objetos parecen extrañar el roce delicado de sus dedos
y las paredes retienen el eco de su voz inconfundible. (Pausa muerta. Está sentado junto a
la ventana. Retoma la escritura.) Durante ocho años, permanecí en un letargo
imperturbable, sin vinculación alguna con el mundo de las letras y las ciencias y alejado de
todo acontecimiento popular. Me dedicaba a observar por la ventana la lenta pero
inexorable disolución de la materia de las cosas. Hasta que una tarde, enfrascado en esa
contemplación sin propósito, pude ver algo extraño en Buenos Aires: una paloma blanca se
acercaba a la casa, con rumbo nor-noroeste. Me acerqué más a la ventana: no podía dar
crédito a mis ojos… lo que tomaba forma a medida que se aproximaba… esa paloma nívea
y fulgurante era… ¡Pamela Watson! (Ella entra por la ventana, sostenida por una soga y
con unas alas decididamente truchas.) Las mujeres de mi vida eran inmortales… (A ella.)
¡Has vuelto, paloma de mis sueños, has vuelto! (La baja.)
PAMELA: Sí, Héctor. He vuelto… He vuelto porque he tenido un sueño. Un pájaro tenía tu
rostro, una jaula, volverás a escribir, para que tu arte renazca, hay un pájaro en tu interior,
libre. Anida en el fondo de tu pecho. Él se alimenta de tu genio. Se nutre de cada imagen
poética que late en tu interior. ¡Héctor! (Él está acostado sobre el piso; ella encaramada
sobre él.) ¡Liberémoslo para que tu arte renazca!
HÉCTOR: (Confundido.) No entendí nada y acepté.
PAMELA: Volverás a escribir. (Llevando sus manos al pecho de él.) Eso es, Héctor… Deja
que mis manos operen el milagro de tu resurrección literaria… deja hacer a estos dedos
empapados de revelaciones… ¡Ahora! (Un pajarraco mecánico marca ACME sobrevuela
el escenario. Él amaga despertar varias veces hasta que lo hace realmente. Se levanta, va
hacia el proscenio. Ella está expectante.)
HÉCTOR: Llevo en mis oídos la maravillosa música: serás lo que debas ser o si no no serás
nada. (Intenta unas parrafadas.)
PAMELA: (Asustada.) ¿Qué pasa, Héctor?
HÉCTOR: (Desesperado.) No… No puedo, Pamela… Algo se ha roto… definitivamente.
No puedo escribir más.
PAMELA: ¡No, no dejes eso, Héctor, no tendría sentido vivir sin tus versos!
HÉCTOR: ¡No puedo, Pamela!
PAMELA: Oh, no… por favor, Héctor… Héctor… ¡Aaaah! Adiós, Héctor… (Muere.)
HÉCTOR: Pamela, te has dejado morir… (A ella.) Has abandonado la inmortalidad para
entrar definitivamente en ella. (La toma entre sus brazos.) ¡Qué tonto fui! (Transición.)
Debo acudir a esa cita inconclusa con la muerte. Debemos salir, Pamela, rumbo al Puente
de la Noria. (Avanza con ella en brazos.) A reencontrarnos con mi madre, con los
recuerdos, con mi destino. (Apagón.)
Escena VIII
Regreso a la cita inconclusa en el Puente de La Noria. Al pie de esa estatua negra del
pasado, Héctor Girardi abandona el cadáver alado de Pamela Watson y se arroja a las
anaranjadas aguas del Riachuelo.
HÉCTOR: (Con ella en brazos.) ¡Qué hermosa está Buenos Aires! ¡Negra! ¡Negra y
brillante como un presagio de la muerte! (Deja a Pamela en el piso.) Aquí estamos, viejo
Puente de La Noria, como ayer, descubro ahora a punto de morir, todo. Adiós Pamela, mi
pequeña muchacha, mi ilusión, no haberme dado cuenta antes que te amaba... Adiós,
madre, donde quiera que esté tu espíritu imbatible... Adiós, Buenos Aires, la Reina del
Plata... Buenos Aires, mi tierra querida... Adiós muchachos compañeros de mi vida... Adiós
cosas muertas... Parto hacia ti, anaranjado mar de Buenos Aires. (Hace un bollo con sus
papeles, lo arroja, mima con su cuerpo la caída.)

Fin

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