0% encontró este documento útil (0 votos)
43 vistas36 páginas

La Malasangre 2021 INT - Indd

Cargado por

frankguerra743
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
43 vistas36 páginas

La Malasangre 2021 INT - Indd

Cargado por

frankguerra743
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La malasangre me gusta. Ninguno me gusta de todos esos.

No hay
uno que valga nada. Creen que van a venir acá y
Escena I que soy ciego y tonto.
MADRE. — (se acerca y mira con él) El tercero…
PADRE. — (fríamente) El tercero, ¿qué?
MADRE. — Parece agradable.
PADRE. — (oscuro) Sí.
MADRE. — (pierde seguridad) Va a estar en la casa.
Un salón hacia 1840, las paredes tapizadas de rojo PADRE. — Sí. ¿Y con eso?
granate. La vestimenta de los personajes varía tam- MADRE. — (tímidamente) Es mejor que sea agradable, ¿no?
bién en distintas tonalidades de rojo. Una gran mesa PADRE. — Sí. Y también parece inteligente, (la remeda)
de roble lustrado, enteramente vacía, un sofá, tres ¿no?
sillas de alto respaldo y un pesado mueble, aparador MADRE. — (insegura) No sé.
o cómoda, con candelabros. Un piano en un extremo. PADRE. — ¿Y qué otras condiciones tiene? (Le toca un
Dos puertas laterales y a foro una ventana con cor- seno groseramente) Mi mujercita sagaz.
tinas. MADRE. — (se aparta) Benigno, por favor.
El PADRE, que viste de rojo muy oscuro, casi negro, PADRE. — (la rodea con un brazo, la hace mirar por la
está de pie, de espaldas, enteramente inmóvil, y mira ventana. Con dulzura) Miremos juntos. Dos ven más
hacia abajo a través de los vidrios de la ventana. que uno. ¿Qué más ves?
Después de un momento, entra la MADRE. Trae una MADRE. — Tiene aspecto… (Se interrumpe)
bandeja con un botellón de cristal y dos copas. PADRE. — Sí.
MADRE. — Es muy atildado.
MADRE. — Acá está el vino. (Con una sonrisa tímida) Te PADRE. — Querés decir buen mozo.
lo quise traer yo. MADRE. — No. Que está bien vestido. Con guantes… rojos.
PADRE. — Te lo agradezco. (Una pausa. Secamente) ¿Por PADRE. — ¡Qué vista penetrante! ¿Y qué más ves?
qué dos copas? ¿Quién bebe conmigo? Estuve atinado en pedirte que miráramos juntos.
MADRE. — Pensé… MADRE. — (insegura) Y… y no veo más.
PADRE. — Mejor que no pienses. (La Madre deja la ban- PADRE. — Sí. Ves más. ¡Te gusta la cara! (La empuja
Griselda Gambaro

deja sobre la mesa. El PADRE vuelve a mirar por la brutalmente) ¡Fuera!


La malasangre

ventana, el rostro ácido y malhumorado) Ninguno MADRE. — ¿Pero por qué?


PADRE. — ¡Solo mi cara tenés que mirar, puta!

[11] [12]
MADRE. — Te miro, ¡y no me insultes! del timbre. Mira por la ventana. Se asoma FERMÍN.
PADRE. — (como si hubiera oído mal, se toca la oreja. Es alto y robusto, se advierte que entre el PADRE y él
Mira a su alrededor, divertido) ¿Qué? Yo dicto la ley. hay una especie de complicidad, de acuerdo tácito
Y los halagos. Y los insultos. Dije lo que dije, y lo en sus respectivos roles)
puedo repetir. (Muy bajo) Puta. FERMÍN. — ¿Señor?
MADRE. — Te pedí que no me insultes. PADRE. — (mira por la ventana) El tercero que se vaya.
PADRE. — ¿Por qué? Hace frío.
MADRE. — Por respeto. FERMÍN. — Sí, señor.
PADRE. — (como siguiéndole el juego, alarmado) ¡Y PADRE. — ¡Fermín! Si tarda, podés empujarlo.
pueden oír! FERMÍN. — (como siguiendo un juego) ¿Cómo sé que tarda?
MADRE. — Sí. ¿Debe correr? (El PADRE se encoge puerilmente de hom-
PADRE. — No. Lo dije muy bajo. ¡Y lo puedo gritar alto! bros. FERMÍN, con una sonrisa) Lo haré, señor. (Sale)
Nadie oye lo que yo no quiero. Oyen, pero no en- PADRE. — (mira por la ventana) Tomaste frío tonta-
tienden. ¡Fuera, fuera de aquí! mente. Se va a mirar en el espejo y desconfiará
MADRE. — (se aleja hacia la puerta, se vuelve. de su cara o de sus uñas roñosas bajo los guantes.
Suavemente) Te odio. (Se vuelve. Infantil) ¿Qué hice, qué hice? ¿Por qué
PADRE. — (se dirige hacia ella) ¿Qué? me echan? Yo estaba ahí en la fila, ¡buenito! ¡Y me
MADRE. — No quise decirlo. compré guantes rojos! (Mira) ¡No con tanta brus-
PADRE. — ¿Qué? (Le toma el brazo, como si quisiera quedad, Fermín! ¡Qué bruto es! (Ríe espasmódica-
hacerle una caricia. Pero después de un momento se mente, se atora. Ácido) Ninguno me sirve de todos
lo tuerce) ¿Qué? Yo tampoco entiendo lo que no me esos. El primero demasiado orgulloso, el segundo
gusta oír. (Le tuerce más el brazo) ¿Qué? demasiado alto, el tercero no está, el cuarto… Y ese
MADRE. — (aguanta el dolor, luego) Te amo. que sale de la fila, ¿cómo se atreve? ¿Es que “yo”
PADRE. — (dulcemente) ¡Después de tanto tiempo! Otra dije que podían saltar como canguros para entrar en
vez… calor? (Mira algo que lo sorprende, se vuelve) ¡Oh!
MADRE. — (guarda silencio un momento, luego, como el ¡Oh, oh, Dios mío! (Ríe espasmódicamente, con ale-
PADRE acentúa la presión) Te… amo. gría. Sacude el cordón del timbre) Dios mío, te agra-
PADRE. — (la suelta, la besa en la mejilla. Con naturali- dezco: Te agradezco la consideración a mis deseos,
Griselda Gambaro

dad) Gracias, querida. Ahora dejame. Hace frío en el yo pecador. (Canturrea) La madre se me calienta, la
La malasangre

patio. Deben de estar congelados. No quiero que es- hija se me enamora… (Se asoma FERMÍN) El que da
peren más. (La MADRE sale. El PADRE toca el cordón vueltas… El que menos luce…

[13] [14]
FERMÍN. — ¿Lo echo a patadas? PADRE. — (en un arranque) ¡Bueno, se lo pido! (Se queda
PADRE. — ¡No! Traelo aquí. en silencio, inmóvil. Luego camina nervioso. Se de-
FERMÍN. — ¿Los otros? tiene, mira a RAFAEL como si esperara algo)
PADRE. — Que esperen. El frío es sano. Baja los hu- RAFAEL. — A sus órdenes.
mos. (FERMÍN sale. El PADRE se sirve vino y bebe. PADRE. — ¡Es lo que quería oír! ¡Después no se queje!
Contento) Veremos si con este ocurre lo mismo. (Ríe (Ríe, nervioso y espasmódico. Una pausa. Luego,
espasmódicamente. Canturrea) La madre se me ca- tierno y casi lascivo) Desnúdese.
lienta, la hija se me enamora… RAFAEL. — ¿Qué?
FERMÍN abre la puerta a RAFAEL, quien entra y se in- PADRE. — ¡Dijo que sí, dijo que sí!
clina. Viste un traje de tela liviana, está amoratado RAFAEL. — (retrocede) No…
de frío. Tiene rostro muy hermoso, sereno y manso. PADRE. — Vamos… Entre hombres. Mi mujer quería que-
Su espalda está deformada por una joroba y camina darse, pero la eché.
levemente inclinado. RAFAEL. — ¿Por qué?
PADRE. — (con una sonrisa cordial) Adelante. (Avanza PADRE. — ¿Por qué la eché?
hacia RAFAEL. No le da la mano. Lo rodea y le mira RAFAEL. — No. Por qué usted quiere…
la espalda. Ríe con su risa espasmódica) Sí… Es PADRE. — ¡Nunca vi! (Ríe, se atora)
contrahecho… RAFAEL. — (humillado) No soy una curiosidad.
RAFAEL. — Señor… PADRE. — Yo tampoco. Y me desnudo. ¡Solo cuando me
PADRE. — Estará bien con nosotros. Como ve, tengo baño! (Tierno y confidencial) A oscuras. Lo otro a
buen carácter. (RAFAEL sorbe) Hacía frío afuera, ¿no? oscuras. Con un agujero en el camisón. (Ríe, se tapa
Me levanté tarde, la cama estaba caliente. Por eso la boca, con vergüenza)
esperaron tanto. Pero acá no. No hace frío. ¿O sí? RAFAEL. — No puedo. (Saluda inclinándose y se aleja
RAFAEL. — No… No, señor, no hace frío. hacia la puerta)
PADRE. — (tímido) Quiero pedirle… (Se interrumpe) PADRE. — ¡Señor! (RAFAEL se vuelve) ¿Vio cuántos espe-
RAFAEL. — ¿Qué? ran en el patio?
PADRE. — No lo tome a mal. Soy brusco, nadie me quie- RAFAEL. — Sí.
re, pero no se puede pedir a la gente que lo quiera PADRE. — Una larga fila. Muertos de frío. Saben que mi
a uno. Si no hay un interés… Usted tiene un interés. casa es rica, que mi trato es bueno. Y yo los miré,
Griselda Gambaro

RAFAEL. — Sí, señor. hace rato que los miro, y cuando apareció usted dije:
La malasangre

PADRE. — Entonces… no digo amor, pero comprenderá. ese. Ese.


RAFAEL. — (no entiende) Sí, señor. RAFAEL. — ¿Por qué?

[15] [16]
PADRE. — (remeda) ¿Por qué, por qué? Por su linda cara. FERMÍN. — Me alegro, señor. (Una pausa) ¿Me necesita?
(Se acerca y le da vueltas alrededor) Y es limpio. PADRE. — ¿Yo?
(Le pasa el pulgar por la mejilla) Afeitado. (Señala FERMÍN. — Usted llamó, señor.
la joroba) ¡Pero esto! ¿Me deja… tocarla? Da suerte. PADRE. — ¿Que yo llamé? No me acuerdo qué quería.
(Ríe) ¡Hombre afortunado! ¿Qué quería?
RAFAEL. — (pálido de humillación) Soy un buen profesor. FERMÍN. — Ya entramos las jaulas con los pájaros.
PADRE. — (suavemente) Lo veremos. (Ansioso) ¿Me permite? PADRE. — ¡Ah! ¡Eso! ¡Llueve tanto!
RAFAEL. — No. FERMÍN. — Usted sabe que a los pájaros los cuido. No
PADRE. — (se acerca a la ventana, aparta la cortina y debiera preocuparse, señor.
mira) Llueve. Y no se van. Ni se guarecen bajo el ale- PADRE. — Gracias, Fermín. (FERMÍN se retira. PADRE
ro. Disciplinados y en fila. Saben hacer buena letra. sonríe a RAFAEL) Debiera preguntarle qué materias
Saben que todo camino empieza con la buena letra. enseña.
(Se vuelve hacia RAFAEL) Pero yo ya elegí. A usted. RAFAEL. — Francés y latín, señor. Botánica, matemáticas.
RAFAEL. — Soy un buen profesor. PADRE. — ¿Matemáticas también? ¡Soberbio! A mí me
PADRE. — (blandamente) Eso cuenta también. Desnúdese. enseñará matemáticas, las niñas solo necesitan saber
(Ríe) Hasta la cintura. Más no. (Le toca la ropa) que dos más dos son cuatro. (Vagamente lascivo)
Limpia, pero raída. Liviana. Afeitado, pero macilen- ¿Y… y lo que le pedí…? (Bajo) Desnúdese.
to. Eso se llama hambre. Y no todos, en esta ciudad RAFAEL. — ¿Para qué?
(ríe), quieren tener a un contrahecho en casa. Pero PADRE. — (bromista) Para saber si no miente.
yo sí. Y no será un criado. Tendrá cuarto aparte. Se RAFAEL. — No miento. (Con una sonrisa crispada) Tengo
sentará a la mesa con nosotros. Y comerá. Nos tra- joroba desde la infancia. Mi padre quizás fue joroba-
taremos de igual a igual. do también… Nadie pudo decirme cómo la conseguí.
RAFAEL. — Gracias. Si usted quiere, puede tocarla.
PADRE. — Váyase, si quiere. PADRE. — (seco) No a través de la ropa.
Un silencio. Se oye la lluvia. RAFAEL. — No… puedo.
RAFAEL. — No quiero irme. PADRE. — (dulce y ansioso) Quiero verla. Por favor.
PADRE. — ¡Trato hecho! Ordenaré que se vayan los otros. RAFAEL lo mira fijamente. Después, con lentitud, se
Carece de sentido hacerlos esperar. (Sacude el cordón deshace el nudo de la corbata, se quita la chaqueta,
Griselda Gambaro

del timbre) Llueve mucho y el puesto está tomado. la camisa.


La malasangre

FERMÍN. — (en la puerta) ¿Señor? PADRE. — (se acerca y observa con curiosidad, como a un
PADRE. — El puesto está tomado. animal extraño) Nunca había visto. ¿Es un hueso?

[17] [18]
RAFAEL. — (con mortificación) Hueso y carne. RAFAEL. — No sé, señor. Se lo agradezco.
PADRE. — Es muy lisa. PADRE. — ¡Su joroba! ¡Muchacho, le da suerte! (Ríe)
RAFAEL. — Sí, muy lisa. RAFAEL. — Sí, señor.
PADRE. — (tiende la mano con asco, toca apenas) Es la PADRE. — (se asoma a la ventana) Llueve. Dicen que en
primera vez que veo, que toco. Me da asco. Fuerte, estos tiempos nadie es capaz de obstinarse en nada.
compacta. ¿No le pesa? Pobrecito, debe pesar- (Ríe) ¡Pero esos de ahí abajo! ¡Qué buena madera! La
le. Como cargar una bolsa con piedras. Siempre. necesidad es la mejor obstinación… Esperan y no se
Cuando duerme y come y camina. Y… hace el amor. convencen… ¡de que ya están sonados!
RAFAEL. — No. Entran DOLORES y la MADRE. DOLORES es una hermosa
PADRE. — (ansioso) ¿No hace el amor? muchacha de veinte años, de gestos vivos y apasio-
RAFAEL. — No me pesa. nados, y una especie de fragilidad que vence a fuerza
PADRE. — Los genes se acoplaron mal. (Se tienta. Ríe de orgullo, de soberbio desdén.
espasmódicamente) ¡Qué capricho! (Se despereza, PADRE. — Mi mujer, mi hija Dolores. (A RAFAEL) ¿Cuál
enderezando su espalda) Cúbrase. ¡A ver si se le es su nombre?
resfría! (Ríe) Brindemos. Lo acepto. (Sacude el RAFAEL. — Rafael Sánchez.
cordón del timbre. Sirve dos copas. Tiende una a PADRE. — Rafael, digamos. (A DOLORES) Te enseñará latín
RAFAEL, quien se está vistiendo torpemente. Espera y francés. Botánica. ¿Sabés lo que es botánica?
con la copa tendida. Risueño) Ligero… Al amo no DOLORES. — Sí.
se lo hace esperar. (RAFAEL toma la copa, nervioso, PADRE. — Cómo son las hojitas y los árboles y los pajari-
intenta beber, se la tira encima. El PADRE lo obser- tos en los árboles. (Alusivo) ¿Te lo enseñaba el otro?
va, ríe) Casi perfecto. (Canturrea) La madre se me (DOLORES le vuelve la espalda) Y dibujo. (A RAFAEL)
calienta, la hija se me enamora… (Un poco antes ¿Dibujo sabe?
ha entrado FERMÍN, respondiendo al llamado. Con RAFAEL. — Sí, señor.
curiosidad burlona ha observado los gestos torpes PADRE. — ¡Una alhaja! Dolores, podés darle la bienveni-
de RAFAEL.) da. (A RAFAEL) Estaba muy encariñada con su viejo
FERMÍN. — La corbata, señor, ¿se la anudo? profesor. Bueno, no tan viejo, ¿no?
RAFAEL. — No, gracias. DOLORES. — (lo mira desafiante) No.
PADRE. — (a FERMÍN) Que vengan las damas. Está el MADRE. — (tímidamente) No estuvo mucho tiem…
Griselda Gambaro

profesor. (Sale FERMÍN) Usted jamás hubiera pensado PADRE. — (la hace callar con una mirada) Ese es el pe-
La malasangre

tener tanta suerte… Ni le pido referencias. Suerte, ligro. Si son viejos son ñoños, y si son jóvenes son
¿eh? ¿Y por qué? aprovechados. Pero algunos ya entran con el pie

[19] [20]
torcido en la vida, o la espalda (festeja riendo con MADRE. — (torpe, a RAFAEL) En seguida vuelvo. Si quie-
una corta risa que interrumpe cubriéndose la boca) ren empezar… (Sale)
y no son peligro para nadie. (A la MADRE) Traete DOLORES. — (furiosa, va hacia el gran aparador, abre un
tu bordado y sentate allí. (Le señala el sofá) Pero te cajón. Saca cuadernos, libros, una carpeta con dibu-
autorizo a ausentarte. (Ríe espasmódicamente y sale) jos. Arroja todo sobre la mesa) ¡Acérquese!
DOLORES mira a RAFAEL, seria e inamistosamente. RAFAEL. — No sabía que tenía otro profesor. Entonces
MADRE. — (con una sonrisa torpe) Bienvenido. Estará seguiremos…
cómodo con nosotros. Dolores es… DOLORES. — ¡Nada! Tenía otro, ¡con la espalda derecha!
DOLORES. — (la interrumpe, secamente) Como soy. (Una pausa) Perdóneme. Quería decir… que no era servil.
MADRE. — Siéntese. RAFAEL. — Yo tampoco. (Una pausa) O sí. (Como ella lo
RAFAEL. — Gracias. (Pero no lo hace, ya que DOLORES y mira, burlona) No hay límites muy claros, señorita.
la MADRE están de pie) DOLORES. — Para algunos. (Abre la carpeta) Acérquese.
DOLORES. — (lo mira. Después de un silencio) Es mejor Esto es lo que dibujo. Nada torpe, ¿no?
morirse de hambre que aceptar lo que no merecemos. RAFAEL. — (mira) No. Está muy bien.
RAFAEL. — Soy un buen profesor. DOLORES. — Tengo talento.
DOLORES. — O lo que merecemos por taras. RAFAEL. — Diría que sí.
MADRE. — (confusa) No le haga caso. Siéntese. (Se sien- DOLORES. — (ríe) Me los hacía mi profesor. A mí me
ta. RAFAEL hace lo mismo) ¿Comerá con nosotros? tiemblan las manos. Odio el dibujo.
(Teme haber hablado de más. Se levanta. RAFAEL RAFAEL. — Yo haré que a usted le guste.
hace lo mismo) O… tal vez con los criados. Pero la DOLORES. — ¿Sí? (Lentamente) Nadie hace que me guste
comida es buena. La misma. Sin vino. nada. ¡Nadie hace gustarme nada!
RAFAEL. — Comeré con ustedes, señora. El señor ha te- RAFAEL. — Quiero decir…
nido esa bondad. DOLORES. — Le haré salir canas verdes.
DOLORES. — ¡Qué extraordinario! Papá es demasiado RAFAEL. — ¿Por qué?
bondadoso. (Con una sonrisa torcida) Ya lo verá us- DOLORES. — Porque lo eligió mi padre.
ted. Una bondad desbordante como un río… (borra la RAFAEL. — También al otro.
sonrisa) que ahoga. Mamá, te mandaron a buscar tu DOLORES. — Al otro lo elegí yo. Sin mostrar demasiado
bordado. Y todavía estás acá. ¡Vaya, perrito! interés, por supuesto. Duró quince días. Para mí era
Griselda Gambaro

MADRE. — ¡Dolores! un viejo, pero a mi padre le parecía buen mozo,


La malasangre

DOLORES. — Y después venga, pero no habrá peligro. Lo sospechaba. (Ríe, ácida) No solo de mí, también de
dijo papá (mirando a RAFAEL) ¡y es cierto! mi madre.

[21] [22]
RAFAEL. — (mansamente) No sospechará conmigo.
DOLORES. — (lo mira) No. Es evidente.
RAFAEL. — No me agreda.
DOLORES. — ¿Yo? No me tomo el trabajo. Usted ya está Escena II
agredido por naturaleza. (Como RAFAEL va a hablar)
¡No me conteste! ¿Quiere vino?
RAFAEL. — No.
DOLORES. — ¿Cómo va a tomar vino sin permiso? Yo
sí. (Se sirve y alza la copa hacia RAFAEL. Con una
furia helada) Brindo por usted. Bienvenido a esta
casa. (Bebe. Arroja la copa contra la pared. Entra la RAFAEL y DOLORES en el salón. Están estudiando, con
MADRE. Mira con sorpresa. DOLORES, con hipócrita libros y cuadernos sobre la mesa, sentados del mis-
dulzura) Se me voló la copa, mamá. Quería servirle mo lado. Silencio. Se asoma la MADRE. DOLORES la
al profesor y se me voló la copa. mira fríamente.

MADRE. — (con una sonrisa incómoda) ¿Todo bien?


RAFAEL. — Sí, señora. (Va a incorporarse)
MADRE. — No, no, me voy. Solo quería saber si necesi-
taban algo.
DOLORES. — (con una dulzura venenosa) No, mamá.
Tanta preocupación me conmueve. Estamos estu-
diando, ¿no ves?
MADRE. — Sí, sí. (Torpe) Estudien. Hasta luego… (Sale)
DOLORES. — (la remeda con una sonrisa torcida)
Estudien… Me duele la cabeza. (Silencio de RAFAEL,
los ojos bajos sobre su libro) Se dice: lo siento o se
pregunta si duele mucho. Hay que ser cortés. Me
duele la cabeza.
Griselda Gambaro

RAFAEL. — (sin levantar los ojos, neutro) ¿Mucho?


La malasangre

DOLORES. — Sí, como para no poder escribir.


RAFAEL. — Está progresando muy bien.

[23] [24]
DOLORES. — Soy inteligente. (Arroja el lápiz) ¡No estoy en penitencia? (Niega, con una sonrisa burlona) Le re-
vena! (Se oye afuera el ruido de un carro y de las herra- zongará a usted. Para eso le paga.
duras de los caballos sobre las piedras. Ambos atienden. RAFAEL. — Siéntese, por favor. (DOLORES lo mira, fi-
DOLORES) Todas las mañanas pasa. Pero por deferencia nalmente se sienta en su lugar) Y el superlativo se
hacia mi padre muchas veces no gritan… “melones”. forma agregando “ssimus”, prudenti, prudentior,
RAFAEL. — (sin levantar los ojos) Sigamos. Si se es- prudentissimus. (DOLORES, con ostensible indiferen-
fuerza… cia, tararea) Atiéndame. Me hace el trabajo muy
DOLORES. — ¡Dije que no estoy en vena! difícil.
RAFAEL. — Se añade “or” para el comparativo. Por ejem- DOLORES. — Para eso le pagan.
plo, prudenti, prudentior… RAFAEL. — Me pagan para que le enseñe. No para que
DOLORES. — (se levanta y lo enfrenta del otro lado de la se burle de mí.
mesa. Acentúa) No me importa. No me in-te-re-sa. DOLORES. — “Sí” para que me burle de usted. Eso tran-
RAFAEL. — (sin mirarla) Su padre ordenó que la mañana quiliza a mi padre. (Entra FERMÍN. Trae una bolsa
estuviese dedicada al latín. granate, que mantiene alejada del cuerpo)
DOLORES. — ¡Mi padre es un imbécil! ¡Latín! En una ciu- FERMÍN. — Permiso, señorita.
dad salvaje. La mejor cabeza es la cortada. El mejor DOLORES. — (ve la bolsa, se incorpora con sobresalto)
ruido es el silencio. Quiere que aprenda latín. ¡Hay ¿Qué traés ahí, Fermín?
que ser imbécil! FERMÍN. — (con una sonrisa) ¡Melones! (Mete la mano en
RAFAEL. — (la mira) Si se niega a estudiar, tendré que la bolsa, la saca ensangrentada)
decírselo. DOLORES. — (pálida) ¡Llevate eso! (Se cubre la boca con
DOLORES. — Acá son todos cuenteros. Uno más no des- la mano) ¡Huele mal! ¿Cómo…?
bordará el río. FERMÍN. — (sonríe) ¡Pasaron y compré! Pensé, a la niña
Se asoma el PADRE. Rápidamente, DOLORES toma una le gustará. (Hurga en la bolsa)
hoja, y luego, tanto ella como RAFAEL, se quedan DOLORES. — ¡No, no!
quietos, como concentrados. El PADRE los mira y RAFAEL. — ¡Salga de aquí!
lanza su risa espasmódica. RAFAEL saluda y va a FERMÍN. — (sonriente, pero oscuro) No me alce la voz,
incorporarse. Con un gesto de la mano, el PADRE le señor. Cuidado. (A DOLORES) Niña, ¿qué piensa? Fui
indica que no, ríe y se marcha. a hacer las compras al matadero. Y en el camino,
Griselda Gambaro

RAFAEL. — Deberé informarle… pasó el carro. Mire. (Saca un melón) Es un melón.


La malasangre

DOLORES. — ¿Y por qué no lo hizo? (Lo remeda) Deberé Pura miel. Me dije, la niña se vuelve loca por los
informarle… ¿Y qué hará mi padre? ¿Me pondrá en melones…

[25] [26]
DOLORES. — Pero nunca… ¡nunca más comí…! (Se rehace) DOLORES. — Dije que me dolía la cabeza. Y ahora me
¡Qué broma estúpida! ¡Se lo diré a mi padre! ¡Bruto, duele más. (Con tierna burla) Rafael prudentissimus.
bestia asquerosa! RAFAEL. — Por favor, sigamos. Está mintiendo.
FERMÍN. — (muy contento) ¡Niña! ¡Si fue su padre! Me di- DOLORES. — ¡Nunca miento!
jo andá a divertir a la niña y al jorobado. ¡Estudian RAFAEL. — Veritas odium parit.
mucho! (Ríe) ¿No lo quiere? DOLORES. — ¿Qué es eso? ¿Nunca mirás de frente?
DOLORES. — ¡No! (Aparta el rostro) Rafael, sigamos con RAFAEL. — (alza la cabeza y la mira) La franqueza en-
la lección. ¿Dónde estábamos? gendra odio.
FERMÍN. — (se huele la mano, se la seca sobre la ropa) DOLORES. — (ríe, luego) Te equivocás. Cuando te miro el
Compré carne podrida. Para darle un susto. ¡Pero fue rostro me parece…
idea del señor! RAFAEL. — No hemos avanzado nada.
RAFAEL. — Está bien, Fermín. Dígale gracias. DOLORES. — (suavemente) ¿Conociste mujer?
FERMÍN. — (pone el melón sobre la mesa, entre los libros) RAFAEL. — No hemos…
Lo dejo acá. Se lo pueden comer. (Vengativo) ¡Le voy DOLORES. — ¡No hemos cuernos! (Suavemente) ¿Conociste
a decir al señor que no se divirtieron! La señorita mujer? (Silencio tenso de RAFAEL) ¿No? (RAFAEL cierra
cree que a los salvajes, inmundos, asquerosos, no se los ojos) ¿Quién va a quererte, no? Por eso te eligió
les debe cortar la cabeza. Es demasiado buena. mi padre. Me guarda para alguien como él. Más rico.
RAFAEL. — No. La señorita cree que es justicia. (DOLORES Prefiero matarme. Pero no. La muerte no me gusta.
levanta la cabeza, lo mira. RAFAEL, a DOLORES) Dios ¿A vos te gusta?
perdonará a los débiles. RAFAEL. — ¿Qué?
DOLORES. — Yo no me perdonaré. DOLORES. — ¡La muerte, bobo!
FERMÍN. — ¿Se lo comen o no? RAFAEL. — No.
RAFAEL. — Más tarde. DOLORES. — Entonces, te gusta lo mismo que a mí. (Le
FERMÍN. — ¡No está maduro! (Ríe) ¡Pura miel! ¡En in- pasa el dedo por el dorso de la mano) ¡Qué hermosa
vierno! (Sale) manito!
RAFAEL. — (toma la fruta y la coloca sobre el aparador) RAFAEL. — (aparta la mano) Déjeme.
Vamos a terminar la lección. DOLORES. — Te dejo. (Cambia de lugar) De frente pa-
DOLORES. — Gracias. (Una pausa) Pero no necesita hablar sás. Mirame. (RAFAEL alza la cabeza y la mira.
Griselda Gambaro

por mí. DOLORES, sincera) Tenés lindos ojos. Demasiado


La malasangre

RAFAEL. — No volveré a hacerlo. (Hojea el libro) Acá tiernos. (Espera un comentario o reacción que no se
estábamos. Prudenti, prudentior, prudentissimus. produce) Cuando te miro me parece que no tenés…

[27] [28]
RAFAEL. — (termina por ella) ¿Joroba? Pues la tengo, RAFAEL. — Usted se confunde.
señorita. DOLORES. — ¿Con qué?
DOLORES. — Eso tranquiliza a mi padre. Pero hace mal. RAFAEL. — Con el objeto de su… (Va a decir algo irrepa-
Basta que me prohíba una fruta para que me tiente rable, se contiene)
comerla. ¿Me entendés? DOLORES. — (fría) Terminá.
RAFAEL. — No. Ni quiero. RAFAEL. — Quiero enseñarle lo que sé y basta. Es mi
DOLORES. — (dulcemente) ¿Te explico? trabajo y lo cumpliré a conciencia. No haga la co-
RAFAEL. — (tenso) No. queta conmigo que no va. Soy su profesor y debe
DOLORES. — Hay mujeres que… que se pueden enamorar obedecerme… en esto.
de los defectuosos… DOLORES. — (ríe, luego dulcemente) Lindos ojos…
RAFAEL. — (tenso) ¡Y defectuosos que por suerte no se Sedientos. (Una breve pausa) ¡Pero qué problema
enamoran de las imbéciles! abrazarte! (Hace un gesto hiriente como si no le al-
DOLORES. — (ríe) ¡Ah, sos capaz de enamorarte! canzara el brazo)
RAFAEL. — Como cualquier hombre. Sigamos. El verbo RAFAEL. — (se incorpora bruscamente) ¡Cállese, maldita
varía de terminación, Petrus amat… sea! ¡Malcriada, odiosa!
DOLORES. — ¿Y de vos se enamoraron? DOLORES. — ¡Servil!
RAFAEL. — (cada vez más tenso) Petrus amat, Petrus… RAFAEL. — ¿Servil? ¡Pero tonta! ¡Orgullosa con el estó-
DOLORES. — (fría y autoritaria) Te hice una pregunta. Contes- mago lleno!
tame. Acá los criados contestan cuando se los interroga. DOLORES. — (lo enfrenta muy cerca) ¡Servil! (RAFAEL le
RAFAEL. — ¿Ya se le pasó el susto? Contestaré las pre- pega una bofetada. DOLORES se lleva la mano a la
guntas referidas a la lección. Y no soy un criado. mejilla, no puede creerlo, vacila un momento entre
DOLORES. — ¿Quién te dijo que me asusté? Hace falta la humillación y el llanto, y se crispa de furia) ¡Se lo
más que una broma idiota. Y sí que sos un criado diré a mi padre! ¡Ponerme la mano encima! (Sacude
porque te dejan a solas… conmigo. (Exasperado, frenética el cordón del timbre) ¡A mí! ¡Nadie me
RAFAEL cierra bruscamente el libro. DOLORES sonríe, pegó jamás y que un…! ¡Se lo diré! ¡Te pondrá de
dulcemente) ¿Te enojaste? patitas en la calle! ¡Jorobado!
RAFAEL. — No, señorita. (Se controla, abre el libro) RAFAEL. — ¡No lo haga!
Sigamos. DOLORES. — ¡Te meterá preso!
Griselda Gambaro

DOLORES. — Lindos ojos… Tiernos y sedientos. Mirame. RAFAEL. — ¡Le pido disculpas!
La malasangre

RAFAEL. — Jamás la miraré. DOLORES. — ¡Ni que te arrodilles! (Se asoma FERMÍN) ¡Que
DOLORES. — (persuasiva) ¿No? venga mi padre!

[29] [30]
FERMÍN. — ¿Qué pasó, niña? PADRE. — ¡Cállese! (Dulcemente, a DOLORES) ¿Qué querés
DOLORES. — ¡Que venga mi padre! (Sale FERMÍN) que le hagamos? Y Fermín me contó que no le gustó
RAFAEL. — ¡Discúlpeme, por favor! ¡No debió ofenderme! la broma. Quizás piense que a los asquerosos no hay
DOLORES. — ¿Yo? Para que yo ofenda, ¡tiene que haber que cortarles la cabeza. (A RAFAEL, por encima del
“alguien” para ofender! hombro de DOLORES) Quizás lo piensa.
RAFAEL. — No diga eso. La criatura más mísera puede RAFAEL. — No, señor. No lo pienso.
ser ofendida. PADRE. — Pero esto no arregla nada. Le pegó a mi niña.
DOLORES. — Está bien que reconozcas tu condición. ¡Yo (A DOLORES) ¿Qué querés que le hagamos?
te enseñaré quién obedece a quién! ¡Mi padre te lo DOLORES. — Que lo metan preso, que le peguen, que se
enseñará más rápido! vaya… (Llora)
RAFAEL. — (se encoge de hombros, triste) Como quiera. PADRE. — Oh, no, no. Esos lindos ojitos… Bueno, papá
(Entra el PADRE) hará algo que le gustará a su niña. Deje de llorar.
PADRE. — (risueño) ¿Niños? (Le seca las lágrimas) Se me rompe el corazón. Te
DOLORES. — (se abalanza hacia sus brazos) ¡Me dio una compraré un vestido. ¡Y haremos una fiesta!
bofetada! DOLORES. — (se aprieta contra él, mimosa) Gracias, papá.
PADRE. — ¿Quién? ¿Él? (Hipa) ¡Pero me pegó!
RAFAEL. — Señor… PADRE. — Sí, te pegó, ¡malo! Papá no olvida.
PADRE. — (abraza a DOLORES. A RAFAEL, tristemente) ¿Por RAFAEL. — Me provocó, señor.
qué? PADRE. — (lo mira y por contestación ríe con su risa
DOLORES. — Hice mal un dibujo. (Se aparta, abre la car- espasmódica. Deja de reír) Papá es bueno, pero se
peta de dibujo, busca) Vas a ver, papá. ¡Este dibujo! pone feroz cuando su niña llora. (Se sienta y sienta
PADRE. — (triste) Es muy hermoso… a DOLORES en sus rodillas)
DOLORES. — (vuelve a sus brazos) ¿Verdad, papá? Papito. RAFAEL. — Me iré, señor.
PADRE. — (le mira el rostro) Te marcó los cinco dedos… PADRE. — (no lo atiende) Acá, como cuando era chiquita.
(La acaricia suavemente) ¿Y qué haremos, Dolores? (Sacude las piernas) ¡Caballito! Vamos a jugar a las
¿Qué haremos con él? adivinanzas, ¿querés?
DOLORES. — ¡Que se vaya! DOLORES. — (mimosa) Sí.
PADRE. — Te quedarás sin profesor. Serás burrita, burro- PADRE. — A ver si acertás la primera. (Como en un juego
Griselda Gambaro

ta. Como tu madre. Que si viene un franchute, no infantil) ¿Cuál es el criado más fuerte?
La malasangre

sabe decir buen día. ¿Qué haremos con él? DOLORES. — Fermín.
RAFAEL. — Está mintiendo, señor. PADRE. — ¿Quién tiene el cinturón más ancho?

[31] [32]
DOLORES. — Fermín.
PADRE. — ¿Quién el brazo más rudo?
DOLORES. — (ríe) ¡Fer-mín! Escena III
PADRE. — ¿Y la espalda más espesa?
DOLORES. — (pícara) ¡RAFAEL! (RAFAEL retrocede has-
ta empujar una silla) ¡Se asustó! (Se levanta) ¡Se
asustó, papá! (Va hacia RAFAEL) ¡Pegame otra vez!
Jorobado, lacayo. ¡Servil! ¿No era esta la palabra
que te ofendía? ¡Servil! (Aterrorizado, RAFAEL aparta
a DOLORES y va hacia la puerta. Cuando la abre, está Es de mañana. DOLORES y la MADRE en el salón. Los
FERMÍN en el vano. Lo sujeta) libros y carpetas sobre la mesa.
RAFAEL. — ¡Déjeme! (Se debate inútilmente. El PADRE
mira y ríe con su risa espasmódica. En ese momen- MADRE. — No debiste hacerlo.
to, DOLORES comprende que el juego ha dejado de DOLORES. — “Él” no debió hacerlo.
ser juego, se asusta ella entonces y rompe a llorar MADRE. — Tu padre es duro.
angustiosamente) DOLORES. — (culpable, pero orgullosa) Nadie me pondrá
la mano encima.
MADRE. — Sí. Pero hay muchas maneras de golpear.
DOLORES. — (burlona) Sabia. Lástima que esa sabiduría
nunca la usás con vos. Te golpean de muchas ma-
neras, pero ninguna te irrita bastante. (La MADRE
la mira y se aleja hacia la puerta) ¡Mamá! (En un
ruego) Quedate.
MADRE. — No. Tengo que dar las órdenes para el almuer-
zo. Espero que hoy comas… un poco. (Vengativa) No
es así como vas a conseguir que te perdone.
DOLORES. — ¿A mí? ¿Quién tiene que perdonarme “a
mí”?
Griselda Gambaro

MADRE. — Seguramente nadie. Entonces comé. (Una


La malasangre

pausa) Y dormí de noche.

[33] [34]
DOLORES. — Me espiás. RAFAEL. — Repasaremos.
MADRE. — Te cuido. DOLORES. — Nada de lo que me enseña me sirve.
DOLORES. — ¡Ah, ahora se llama cuidar! ¿Escuchó hoy gritar “melones”?
MADRE. — El orgullo no hace buenas migas con el arre- RAFAEL. — No.
pentimiento. DOLORES. — Suerte para usted. Pasaron dos veces. En la
DOLORES. — ¡Sí! Si no, no sirve. (Orgullosa, pero al borde primera, dejaron una cabeza en la esquina.
de las lágrimas) ¡Nadie me pondrá la mano encima, RAFAEL. — No vi nada.
te dije! ¡No me parezco a vos! DOLORES. — Se levantó tarde.
MADRE. — Voy a dar las órdenes para el almuerzo. RAFAEL. — Quizás. No me sentía… bien.
DOLORES. — ¡Mamá! (Se le quiebra la voz) Quedate. DOLORES. — (bajo) Lo sé. Quiero decirle…
MADRE. — No. (Sale) RAFAEL. — Nada. Me pagan para que le enseñe.
DOLORES. — (hojea una carpeta, alterada. Se oye pasar DOLORES. — Le dije que son cosas inútiles.
el carro. DOLORES se queda inmóvil, atiende. Se oye RAFAEL. — Útiles o inútiles debo enseñárselas. Me
un grito indescifrable de vendedor. Cuando cesa, pagan. Sueldo, alojamiento y comida. Con los se-
DOLORES cierra la carpeta con un golpe seco, pega ñores.
con el puño sobre ella. Entra RAFAEL, camina más DOLORES. — (lo mira. Bruscamente) ¡Empecemos! (Se
torcido. Se miran con una larga y cargada mira- sienta. RAFAEL no la imita) Siéntese.
da. Luego, bruscamente, DOLORES aparta una silla) RAFAEL. — (dolorido por el castigo) Estoy mejor de pie.
Siéntese. (RAFAEL continúa mirándola. DOLORES, in- Entra FERMÍN, trae una bandeja con una taza y una
cómoda) ¿Cómo… está? jarra de chocolate.
RAFAEL. — Bien… (agrega) señorita. (La mira fijamente) FERMÍN. — Permiso, señorita. La señora me manda ser-
DOLORES. — ¿Por qué me mira? virle este chocolate. ¿Se acuerda cuando se lo lleva-
RAFAEL. — (aparta el rostro) Perdón. ba a la cama?
DOLORES. — (lo mira ella ahora, de otra manera, con cul- DOLORES. — (seca) No me acuerdo.
pa, tristeza y un sentimiento más profundo. Después FERMÍN. — ¡Oh, usted se reía mucho conmigo! (Sirve)
de un silencio) Míreme. DOLORES. — Ya no.
RAFAEL. — (levanta los ojos hacia ella, neutro) Vamos a FERMÍN. — (le tiende la taza) Y yo le llevaba regalos.
seguir… ¿Qué me trajiste, Fermín?, me decía. No lo deje
Griselda Gambaro

DOLORES. — Dijo que nunca iba a mirarme. enfriar.


La malasangre

RAFAEL. — (neutro) Me equivoqué. Vamos a seguir… DOLORES. — (con enojo) ¿Para mí? ¿Para mí sola? ¿No
DOLORES. — No quiero. En tres días me olvidé de todo. ves que estoy acompañada?

[35] [36]
FERMÍN. — (burlón) Sí, señorita. RAFAEL. — ¿Qué quiere ahora? Nos tocaba francés y
DOLORES. — ¿Y entonces? botánica. Pero podemos cambiar. Si su padre no se
FERMÍN. — Hay compañías que no cuentan. (Mira a entera. (Con otro sentido) ¿Qué quiere?
RAFAEL con una superioridad burlona. Sonríe) DOLORES. — (lo mira. Con penosa humildad) Que me
DOLORES. — (furiosa) ¿Quién te ha dicho que sonrías? perdones.
¿Quién te autorizó? ¿Yo te autoricé? ¿Te hice una RAFAEL. — Que yo… ¿De qué?
broma? ¿Compartimos algo? DOLORES. — Que me perdones. (Se acerca)
FERMÍN. — No, señorita. RAFAEL. — (se aparta) Señorita, alguien puede entrar y
DOLORES. — ¡Entonces, tomá tu expresión de lacayo! ¡Y no estamos trabajando.
llevate esto! (Toma la taza y la deposita sobre la DOLORES. — Te falta agregar que no te comprometa. No
bandeja) ¡Acá hay dos personas! tengas espíritu de… (Se interrumpe)
FERMÍN. — Su madre… RAFAEL. — (blandamente) No me comprometa.
DOLORES. — ¡Mi madre no manda en esta casa! ¡Te dije DOLORES. — (con desprecio) ¡Oh, todos lacayos!
que te lo lleves! (Aferra la bandeja y la arroja vio- RAFAEL. — (estalla, furioso) ¡Basta! ¿Qué es lo que me
lentamente contra la puerta) pide? ¿Perdón? ¿Quiere pedirme perdón? ¿A mí? Si
FERMÍN. — (humildemente, se inclina y recoge la jarra la pone contenta, perdonada está. Usted puede co-
y los pedazos de la taza) Perdón, señorita. No debe meter todos los ultrajes y será perdonada.
enojarse conmigo. (Sale. Un silencio) DOLORES. — ¡No así!
RAFAEL. — (sonríe vagamente) No es bastante. RAFAEL. — “¡Sí, así!” Tan hermosa, señorita de sociedad
DOLORES. — ¿Qué no es bastante? y padre poderoso, “¡sí, así!”. ¿De qué otra manera
RAFAEL. — Lo sabe. quiere ser perdonada por los lacayos? ¡Como laca-
DOLORES. — ¡No creas que porque te defiendo…! (RAFAEL yos la perdonamos! ¡Y ahora empecemos! ¡Siéntese!
ríe, amargo. DOLORES, furiosa) ¡No te rías! (La sujeta con violencia por el hombro para que se
RAFAEL. — (borra la sonrisa) No. Si usted no me autoriza, siente)
tampoco me reiré. DOLORES. — (se resiste contra él. Levanta la cabeza y lo
DOLORES. — ¿Qué es lo que no era bastante? mira, muy cerca. Quedan inmóviles los dos. DOLORES,
RAFAEL. — Lo sabe. como si lo descubriera) Te amo…
DOLORES. — No repitas. RAFAEL. — Cállese.
Griselda Gambaro

RAFAEL. — Tampoco usted. DOLORES. — (aterrada) Te amo… Te amo con tus ojos
La malasangre

DOLORES. — (en un arranque) ¡Yo puedo…! (Se contiene. furiosos…


Con penosa humildad) Por favor. RAFAEL. — ¡Cállese!

[37] [38]
DOLORES. — (se aprieta contra él. En un solo impulso) RAFAEL. — No debe excusarse. Yo comprendo sus arre-
Amo tu nariz, tus piernas, tus dientes, tu lengua. batos, señorita.
RAFAEL. — La odio. (La rechaza) DOLORES. — Por favor…
DOLORES. — (no lo atiende. Ansiosa y dulcemente) ¿No RAFAEL. — (lentamente) ¡Déjeme en paz! ¡No quiero ser
me oíste? ¿No me oíste? juguete de nadie y menos suyo! Si yo fuera…
RAFAEL. — (se queda en suspenso. Muy bajo, como si DOLORES. — Lo que sos. Más alto, más hermoso, más
fuera otra persona quien hablara) Sí… derecho, no te querría. (Se acerca y tiende la mano
DOLORES. — (apremiante) Sí, ¿qué? hacia el rostro de RAFAEL)
RAFAEL. — Sí… Dolores… RAFAEL. — Se olvidó de mí. (Le baja el brazo) ¿A quién
DOLORES. — (apremiante) Dolores, ¿qué? debo querer yo, señorita? ¿A usted como es?
RAFAEL. — Dolores… mi alegría. DOLORES. — (humilde) A mí… como soy.
DOLORES. — (apremiante) ¿Lo soy? RAFAEL. — Me pide mucho.
RAFAEL. — (por un segundo pareciera que va a decir sí. DOLORES. — No. (Ríe temblorosa) Dijiste… Dolores mi
Luego, terminante) No. alegría.
DOLORES. — ¡Dijiste sí! RAFAEL. — Porque… (busca) sonaba bien. Aunque no
RAFAEL. — (se aleja) Apártese. (Vengativo) ¿Se divirtió fuera cierto. (Recupera su furia) ¡Y este perdón
así con el otro? tampoco le va! Me duelen las espaldas, ¡pegó en la
DOLORES. — ¿Qué otro? joroba especialmente!
RAFAEL. — ¡Con el profesor que echó su padre! DOLORES. — Perdoname. ¡Te pido perdón!
DOLORES. — ¡Ni lo miré! RAFAEL. — ¡La perdoné, dije! Que a uno le concedan to-
RAFAEL. — ¿No? Pero un poco de coquetería con un la- dos los perdones significa que no merece ninguno.
cayo distrae, el tiempo pasa mejor. ¡Como el olvido, señorita! Si uno olvida todo, sepul-
DOLORES. — ¿Pero no entendés nada? ¿No sabés nada de ta, degüella su memoria. ¿Quiere ese tipo de olvido?
arrepentimiento? (Se acerca a él) ¡Pegame! ¿Necesita sentirse bien con su conciencia? ¡Pues se
RAFAEL. — (suavemente) ¿Y no gritará servil? ¿No llama- lo concedo! ¡Y déjeme en paz!
rá a su padre? ¡Oh, qué tentación! DOLORES. — No. No te dejaré en paz. Quiero que me
DOLORES. — (le pega en el pecho con los puños) ¿Cómo odies… por lo que te hice… y que me perdones.
me rechazás “a mí”? ¿Qué debo hacer? ¿Cómo tengo RAFAEL. — El odio lo tiene. (Ríe) ¡Y el perdón!
Griselda Gambaro

que hablarte? DOLORES. — Te amo.


La malasangre

RAFAEL. — (inmóvil) Así. Ahora la reconozco. RAFAEL. — ¿Qué sabe usted?


DOLORES. — (baja los brazos) Perdoname. DOLORES. — Sé que te amo.

[39] [40]
RAFAEL. — (remeda, ácido) Sé que te amo. Se apasionó RAFAEL. — ¡El nietito de su padre! Con el cuello torcido,
demasiado pronto, ¿no le parece? No es más que una si tenemos suerte, y una giba más grande que la mía
estúpida criatura. ¡Sé que te amo! No soy un cual- porque su carne es fresca.
quiera. Como con ustedes. Tengo mi cuarto aparte. DOLORES. — ¡Te amo!
¡Sé que te amo! (Ríe) ¡Ama a un criado! A un lacayo, RAFAEL. — (la rechaza) ¡Cállese! (Se oye pasar el carro)
como dice usted. ¿Oye? Pasa y vuelve a pasar. Ahí estará su cabeza,
DOLORES. — ¡No! también. ¡Y la mía! ¡No vale la pena, señorita! ¡Para
RAFAEL. — Sí, un criado a quien se puede castigar im- mí no vale la pena! (DOLORES le da la espalda, ahoga
punemente. ¿Sabe de qué está llena mi joroba? ¡De un sollozo) Ahora viene el llanto. Las señoritas llo-
humillación! Humillación de criado, por supuesto. ran cuando no les satisfacen los caprichos.
DOLORES. — Nadie te humilló jamás. Yo sí me siento DOLORES. — (se seca las lágrimas. Lo enfrenta, orgullosa)
humillada porque te hice… ¿Quién llora?
RAFAEL. — (con una sonrisa sarcástica) ¿Castigar? No, RAFAEL. — La prefiero así. (Se miran a la distancia, co-
señorita, no es lo mismo. No se aflija. Soy un criado. mo dos enemigos. Entra FERMÍN, los observa con una
Siempre me sirven último, y no hablo si no me diri- suspicacia burlona. Trae otra vez una bandeja con la
gen la palabra, y debo decir: Sí, señor; Sí, señorita. jarra y una sola taza)
¡Y en mi magnífico cuarto tropiezo la joroba contra FERMÍN. — Por un error, al profesor le servimos en su
las paredes! cuarto. La servidumbre está ahora muy ocupada. Y
DOLORES. — ¡Te amo! yo tengo un recado urgente que me encomendó el
RAFAEL. — ¿Me ama? ¡Sí, señor! (Ríe, rectifica) ¡Sí, se- señor. (Sirve el chocolate) Bébalo caliente. Estudia
ñorita! ¡Su padre se alegrará! mucho. (Va hacia la puerta) Y no se enoje conmigo,
DOLORES. — ¡No me hablés de mi padre! señorita. También puedo equivocarme. (Ya en la
RAFAEL. — ¡Bailará en una pata cuando lo sepa! ¡En dos! puerta, como por casualidad, pero sugestivamen-
DOLORES. — (lo abraza) ¡No me castigues! te, pone ambas manos sobre el ancho cinturón. A
RAFAEL. — (vengativo) ¡Si no la castigo! Me acostaré con RAFAEL) ¿No le molesta, no?
usted y le haré un hijo jorobado. ¡Podemos hacer RAFAEL. — No. Gracias, Fermín. Después tomaré el cho-
hijos los jorobados! ¿Lo pensó? ¡Será divertido! colate en mi cuarto.
DOLORES. — ¡No, no! FERMÍN. — No le importa tomarlo frío, ¿verdad?
Griselda Gambaro

RAFAEL. — ¿No, no? ¡Sí! ¡Nos reiremos juntos, usted y yo! RAFAEL. — No. No me importa.
La malasangre

DOLORES. — (oculta la cara contra su hombro) ¡No me FERMÍN sonríe, sale y cierra la puerta.
castigues, Rafael! DOLORES. — ¿Me perdonaste?

[41] [42]
RAFAEL. — (terminante) No. (Se miran intensamente.
Un largo silencio) Sí… (Con una sonrisa iluminada,
Dolores corre hacia él)
Escena IV

DOLORES y la MADRE en la habitación de DOLORES.


Un chal sobre una silla. La MADRE sostiene un ves-
tido entre los brazos, DOLORES, en enaguas, tararea.
Cuando la MADRE se acerca con el vestido y lo aco-
moda para que coloque la cabeza, DOLORES se inclina
y sale por el otro lado. Da vueltas tarareando.

MADRE. — Dolores, vamos. Vestite. (La mira) Estás con-


tenta.
DOLORES. — ¿Y cómo no?
MADRE. — Me alegro que estés contenta.
DOLORES. — La idea de papá es magnífica. (Dulcemente)
Hace proyectos con las personas y las personas di-
cen sí.
MADRE. — Esa persona es su hija.
DOLORES. — O su mujer. O sus criados… Nadie puede de-
cir no al señor de la casa. Mueve un dedo y ya está.
MADRE. — Ese señor es tu padre.
DOLORES. — ¿Y el otro señor, mamá? ¿El que corta ca-
Griselda Gambaro

bezas?
La malasangre

MADRE. — ¡Oh! Quien te oye puede pensar que corta ca-


bezas todo el día. Es bondadoso. No le gusta hacerlo.

[43] [44]
DOLORES. — (sonríe) No. MADRE. — (vacila) De los Campos Dorados.
MADRE. — Se le oponen y no lo dejan elegir. DOLORES. — ¿Qué?
DOLORES. — (con sospechosa dulzura) Yo no me opongo, MADRE. — Campos Dorados.
mamá. Yo lo dejo elegir. A papito. ¿Eligió bien? DOLORES. — (sonríe, incrédula) No es cierto…
MADRE. — Sí. (Se acerca con el vestido) MADRE. — ¿Por qué? ¿Qué tiene?
DOLORES. — (se escapa) ¿Cómo es? DOLORES. — ¡Oh, mamá! (Se tienta) ¿De verdad se llama
MADRE. — Buen mozo. así… desde chiquito?
DOLORES. — Rico. MADRE. — Sí. Se llama… ¡De los Campos Dorados!
MADRE. — Buen mozo y rico. Vamos. Que tu padre se DOLORES. — ¡Oh, mamá, no puede ser! (Ríe) ¿Me va a caer
impacienta. encima eso? ¿Yo qué hice? ¡Campos Dorados! (Ríe)
DOLORES. — ¿Y qué me importa? Hermoso y rico. Pero MADRE. — ¿Y qué hay? (Sonríe) ¡Es un buen apellido!
con cincuenta años, ¿no? DOLORES. — ¡Sí! ¡Campos Dorados! ¡Brilla! ¡Campos pla-
MADRE. — No. Es joven. ¡Si tuviste que verlo alguna vez! teados hubiera sido peor! (Ríe) ¿Cómo… cómo voy
DOLORES. — ¡Juro que no! ¿Dónde? a casarme con él? ¡Ay! ¡Ay, no tendrías que… que
MADRE. — En misa. Él está tan enamorado… habérmelo dicho!…
DOLORES. — (se burla) ¡Qué emoción! (Da unas vueltas, MADRE. — (sonríe) ¿Qué tiene? No se llama campos…
tararea) ¡Yo también estoy enamo-ra-da! DOLORES. — ¿Inundados…? (Ríe en un ataque loco de
MADRE. — No te burles. Vamos. risa, se abraza a la MADRE, que se contagia. Ríen las
DOLORES. — Mejor que espere, mamá. ¡Se pone más…! dos, abrazadas. Dejan de reír poco a poco)
(Termina con un gesto) MADRE. — Vamos…
MADRE. — ¡Está tu padre! Se enfurece por nada y des- DOLORES. — (con la cabeza apoyada sobre el hombro de
pués descarga contra mí. la MADRE) Mamá…
DOLORES. — Nunca existe “con vos”, siempre contra. Te MADRE. — ¿Qué?
gusta. (Le mira el brazo) ¿Qué te pasó acá? ¡Cómo DOLORES. — (se aparta un poco y la mira) Qué hermosa
pellizca cuando se enfurece! sos así.
MADRE. — Me golpeé contra una puerta. MADRE. — ¿Cómo?
DOLORES. — Sí. Porque sos tonta y ciega. DOLORES. — Así, riéndote.
MADRE. — Vestite. MADRE. — (se pone seria) Vamos, que tu padre espera…
Griselda Gambaro

DOLORES. — (se viste) ¿Y cómo se llama? (intenta desasirse)


La malasangre

MADRE. — Juan Pedro. DOLORES. — (la retiene) Por qué no decir: que tu padre
DOLORES. — Juan Pedro, ¿qué? espere…

[45] [46]
MADRE. — No, basta. (Se suelta) Tiene mal carácter. PADRE. — (tierno) No. Jamás te casaría con un imbécil.
Mejor que te peines. (Le sonríe, afectuoso. Mira a la MADRE y su rostro se
DOLORES. — Yo también. oscurece) Querida, hay que tener tacto. No sos una
MADRE. — (intenta peinarla) Ya debieras atarte el pelo… cualquiera.
DOLORES. — (la rechaza, sacude la cabeza) No hay ne- MADRE. — (insegura, se lleva las manos al peinado) ¿Qué
cesidad. pasa? ¿En qué me equivoqué?
MADRE. — Entonces, vamos. PADRE. — Cambiate de vestido.
DOLORES. — ¡Dolores de los Campos Dorados! (Ríe, pero MADRE. — ¿Por qué? Te gustaba mucho este.
sin ninguna alegría. La MADRE no la acompaña. PADRE. — Con mangas largas es más discreto… para una
DOLORES le hace cosquillas bajo el mentón) Reíte. señora.
MADRE. — Ya basta. MADRE. — Tengo el chal. (Se lo pone)
DOLORES. — Es un buen apellido, tenés razón. Por lo PADRE. — Puede deslizarse. (Se lo desliza. Le mira el
menos te hizo olvidar. brazo) ¿Qué pensaría?
MADRE. — ¿De qué? DOLORES. — Que las puertas golpean, papá.
DOLORES. — De que no podías reírte. (Entra el PADRE) PADRE. — Sí.
PADRE. — ¿Y? ¡Estoy harto de aguantarle la lata a ese DOLORES. — Y que es ciega y tonta.
imbécil! ¿Qué esperan? PADRE. — Sí. (Una pausa) No me hace honor haber ele-
MADRE. — Ya vamos, Benigno. Estamos listas. gido tan mal. (Sale. La MADRE y DOLORES se miran)
DOLORES. — ¡Oh, este también tiene un nombre! (Ríe) DOLORES. — Ya estoy lista. Vamos.
PADRE. — (la mira, oscuro) ¿Puede saberse la causa del MADRE. — No.
jolgorio? DOLORES. — Nos esperan.
DOLORES. — Estoy contenta. MADRE. — Me cambio el vestido. (Se miran)
PADRE. — (se ablanda) ¿Es cierto? (Le acaricia la mejilla)
¿Elegí bien esta vez?
DOLORES. — No podías haberme dejado a mí, ¿no, papá?
PADRE. — ¿Qué decís, Dolores? Sos una niña, mi niña.
(La besa en la frente) Te deseo lo mejor.
DOLORES. — (por un segundo se recuesta contra él)
Griselda Gambaro

No mentís. Y lo terrible es que me conmueve. (Se


La malasangre

aparta. Cambia de tono) Ya vamos, papá. ¿Es un


imbécil?

[47] [48]
Es mi mujer, ¿no? (Lo mira atentamente, esperando
respuesta) Puedo tomarme algunas libertades.
JUAN PEDRO. — (incómodo) Sí.
Escena V PADRE. — (se incorpora, dominándose a duras penas.
JUAN PEDRO lo imita. El PADRE le sonríe, hipócrita)
Me tiene en un puño.
JUAN PEDRO. — Hay prisiones dulces, señor.
PADRE. — (lo mira, rompe a reír divertidísimo, lo pal-
mea en el hombro. Entran DOLORES y la MADRE. Se
El salón. El PADRE y JUAN PEDRO DE LOS CAMPOS adelanta, riendo) ¡Ah, por fin! (Gentilmente, les besa
DORADOS, un hombre joven, excesivamente bien vesti- las manos)
do, buen mozo. Están sentados, el PADRE tamborilea DOLORES. — (con fingida dulzura) Mamá tuvo que cam-
con los dedos sobre la rodilla. Un silencio. Entra biarse el vestido. ¿No se lo ordenaste?
RAFAEL. PADRE. — ¿Yo? Tu madre es muy coqueta. Nunca se
decide. (Presenta) Juan Pedro. Mi mujer, mi hija
RAFAEL. — ¿Me mandó llamar, señor? Dolores.
PADRE. — (sin mirarlo) Sí, quédese ahí. (JUAN PEDRO JUAN PEDRO les besa las manos. DOLORES le sonríe y
mira fugazmente. RAFAEL se queda parado junto a lo mira burlona. La MADRE y DOLORES se sientan en
la puerta. El PADRE tamborilea sobre su rodilla. Un el sofá.
silencio prolongado e incómodo. JUAN PEDRO sonríe. PADRE. — Rafael, sírvanos una bebida.
A nadie. Se da cuenta. Borra la sonrisa. PADRE, con DOLORES. — Está Fermín, papá.
acento malhumorado, casi entre dientes) A las seño- PADRE. — (no la atiende, a JUAN PEDRO) ¿Prefiere licor?
ras siempre hay que esperarlas. Tenemos licor de ciruelas, té o… ¿o quizás prefiera
JUAN PEDRO. — Sí. mate?
PADRE. — Ya estaba lista. Tenía un vestido rojo y quiso JUAN PEDRO. — No, mate no. Me cae ácido. Tomaré… licor.
ponerse otro… (sonríe torcido) rojo. PADRE. — Licor, Rafael. (RAFAEL va hacia el gran apa-
JUAN PEDRO. — Sí. rador, saca un botellón y copas. JUAN PEDRO lo mira
PADRE. — Siempre quieren estar mejor. curiosamente. El PADRE descubre la mirada) Es el
Griselda Gambaro

JUAN PEDRO. — Dolores es muy joven. profesor de Dolores. Preceptor en casa. Como de la
La malasangre

PADRE. — ¿Dolores…? (Grosero) La vieja fue. Digo, mi familia. Pero no está de más tomar algunas precau-
mujer. (Ríe, espasmódico) Perdone la familiaridad. ciones… Al elegir. (Ríe con su risa espasmódica)

[49] [50]
JUAN PEDRO. — (tarda un segundo en comprender) ¡Ah! PADRE. — (hipócrita) Perdón. (Aparta la mano) Mano
(Ríe discretamente) ¡Muy atinado, señor! Mi padre fuerte en guante de seda. Es lo que necesitan las
me eligió un profesor tonto porque no soportaba a damas. (Se oye pasar el carro) Y no solo las damas.
nadie más inteligente que yo. JUAN PEDRO. — Estoy de acuerdo. Tenemos paz. No es un
DOLORES. — (dulcemente) ¡Qué difícil debió ser! precio excesivo.
JUAN PEDRO. — ¿Por qué? ¿Es que soy tan tonto? DOLORES. — (con una sonrisa venenosa) Si lo pagan los
DOLORES. — (ídem) No. Decía. (Se ríe boba) otros.
PADRE. — Dolores estudia francés. Y latín, que nadie JUAN PEDRO. — Y riqueza.
estudia. DOLORES. — Si la disfrutan usted… y mi padre.
DOLORES. — Y dibujo, papá. PADRE. — (como en un juego, dulce y suavemente, pero
PADRE. — Dibujo. Podés mostrarle tus dibujos, Dolores. con furia contenida, le pega en la boca con la punta
MADRE. — (tímidamente) A mí hay uno que me gusta… de los dedos) Dolores, en boca cerrada no entran
DOLORES. — (la interrumpe sin oírla) ¡Cómo no! ¡Puedo moscas, ¡cerrá la boca! ¿Y, Rafael? ¿Esa bebida?
recitar un poema también! ¿Quiere que le recite un RAFAEL. — (toma la bandeja que había dejado sobre la
poema? mesa y sirve) En seguida, señor.
JUAN PEDRO. — Con placer. PADRE. — (hacia JUAN PEDRO) ¡Salud! (Bebe)
DOLORES. — (sin levantarse del sofá, con la mirada perdida) JUAN PEDRO. — A la suya. ¡Y a la salud de las damas!
Rodeada estoy de imbéciles (Bebe)
y simulo que soy tonta DOLORES. — ¿Por qué no se sirvió, Rafael? ¿No le gusta
los imbéciles me creen el licor?
y me hago la marmota. RAFAEL. — Gracias, señorita. No… bebo.
(Mira a JUAN PEDRO) ¿Qué le parece? PADRE. — ¡Sírvase, Rafael! ¡Usted es de la familia! (A
JUAN PEDRO. — (perplejo, intenta reír) … Lindo… JUAN PEDRO) Come con nosotros.
DOLORES. — (con una sonrisa almibarada) ¿No? JUAN PEDRO. — Y… ¿y no les molesta?
JUAN PEDRO. — Lindo, pero con una intención muy DOLORES. — (secamente) ¿Por qué?
transparente. JUAN PEDRO. — Yo… yo tengo una particular sensibilidad ha-
DOLORES. — ¿Cuál? cia los defectuosos… Cualquier defecto físico me crispa.
PADRE. — (le pone la mano sobre el hombro y aprieta) MADRE. — (sonríe bondadosa) Pero Rafael es…
Griselda Gambaro

Hija única, Dolores es malcriada. Necesita una mano PADRE. — (no la atiende) ¡Ah, le digo que se vaya!
La malasangre

fuerte. Váyase, Rafael. Después de todo no tiene por qué


DOLORES. — (secamente) Me hacés mal, papá. aguantarnos.

[51] [52]
RAFAEL. — Como usted quiera, señor. (Se inclina) PADRE. — Es una broma. Fermín, si hacés esto otra vez
DOLORES. — ¡No! (Sonríe a JUAN PEDRO) Le pido una prue- te echo a patadas.
ba de estima. Que se quede. No será tan flojo, ¿no? FERMÍN. — (contento) Sí, señor. (Sale)
JUAN PEDRO. — Es por sensibilidad. Pero, por supuesto, PADRE. — Sentate, Dolores. No pasó nada. Tranquilícela,
que se quede, si usted lo desea. (Con una risita infa- Rafael.
me) ¡Miraré de costado! RAFAEL. — No me quemé, señorita.
RAFAEL. — (se dispone a marcharse) Buenos días. JUAN PEDRO. — Es curioso… (aparta la vista)
JUAN PEDRO. — La señorita desea que se quede. Y yo me PADRE. — (confidencial) ¡Yo la vi! (Ríe, se atora)
someto a sus deseos. DOLORES. — (abruptamente) Mamá toca el piano.
PADRE. — (como RAFAEL vacila) Quédese. MADRE. — (tímida) ¡No, Dolores! ¿Qué decís?
RAFAEL. — Sí, señor. DOLORES. — (a JUAN PEDRO) ¿Sabe bailar?
Entra FERMÍN, sosteniendo una bandeja. Sobre la JUAN PEDRO. — (se incorpora) Encantado. Si los señores
bandeja, un plato de plata con una taza. permiten. Pero la señora dudaba…
PADRE. — ¿Qué, Fermín? PADRE. — La señora no duda. ¡Es una buena oportunidad
FERMÍN. — Como sé que el señor profesor no bebe, le para que exista! (Ríe, se atora)
traje un té. MADRE. — Hace tanto tiempo que no…
PADRE. — ¿Y desde cuándo…? (Se ilumina) ¡Oh, está DOLORES. — (suavemente) Papá prefiere el silencio por-
bien! que le gusta pensar. Y mamá andaba siempre con la
FERMÍN. — (a RAFAEL) Sírvase. musiquita. (Extiende los dedos) ¡Se le cayó la tapa
RAFAEL. — Gracias. (Toma el plato, que está ardiendo y encima! (Ríe ácidamente)
le quema los dedos. Pega un grito y deja caer todo) MADRE. — (apresurada) ¡Un accidente! Por eso… ¡debo
DOLORES. — (se incorpora con el rostro furioso) Papá, tocar muy mal! Ya ni me acuerdo. Hace tanto tiempo
¿cómo permitís…? que no…
PADRE. — (ríe espasmódicamente) ¡Fermín, bestia! ¿Se PADRE. — Vamos, no seas vanidosa. (Sincero) Tengo mal
quemó, Rafael? carácter. Me irritaba la música. Ya debieras cono-
RAFAEL. — (con el rostro contraído) No, señor. (Se inclina cerme.
para recoger la taza. La MADRE, que se ha incorpo- MADRE. — (desarmada y casi con ternura) Te conozco,
rado alarmada, vuelve a sentarse. Mueve la cabeza, Benigno.
Griselda Gambaro

con mansa reprobación) PADRE. — Entonces sabés que te lo pido sinceramente.


La malasangre

FERMÍN. — Deje, yo soy el criado. DOLORES. — ¿Bailará, Rafael? ¿Quiere acompañarnos?


DOLORES. — Papá, ¿cómo tolerás…? RAFAEL. — Perdón, señorita. Me excuso.

[53] [54]
JUAN PEDRO. — (ríe) ¡Oh, sería cómico! (Se pone los dedos en otro costado) Quiero que usted baile… conmigo.
sobre los ojos) ¡Miraré a través de los dedos para no (Sin acercarse, tiende la mano hacia él)
impresionarme! RAFAEL. — Seré… ridículo.
DOLORES. — (con una mirada mortal) ¿Impresionarse de DOLORES. — (desafiante) Sí.
qué? RAFAEL. — Patético.
JUAN PEDRO. — A veces soy torpe. DOLORES. — ¡Sí!
DOLORES. — (sonríe, con dulzura venenosa) ¡No! Es el PADRE. — (ríe espasmódico, interpreta mal la escena)
tacto de la época. ¿Bailamos? ¿Y usted, Rafael? Dolores… (Tímidamente, RAFAEL se adelanta. Bailan
RAFAEL. — No, gracias, señorita. los tres, pero es obvio que DOLORES no considera a
PADRE. — Baile, Rafael. No le pregunté si era pro- JUAN PEDRO. Ella y RAFAEL se miran intensamente.
fesor de danzas. Pero un hombre con su talento El PADRE observa divertido, pero poco a poco deja de
las sabe todas. (La MADRE se ha sentado ya en el sonreír, mira oscuro. Sacude el cordón del timbre.
taburete y recorre las notas. PADRE se acerca) ¿Te Luego, pega con la mano abierta sobre el piano) ¡Un
acordás? vals! (La MADRE deja de tocar, el baile se interrumpe)
MADRE. — (levanta hacia él un rostro iluminado) Sí, ¿Te gusta el vals, Dolores?
Benigno, ¡me acuerdo! (Empieza muy mal un minué, DOLORES. — Sí, papá.
después se afianza) PADRE. — (a la MADRE) Un vals, entonces.
JUAN PEDRO se acerca a DOLORES con la mano tendi- MADRE. — (contenta) ¡Benigno, me pedís mucho!
da, mira fugazmente hacia los padres y como los ve PADRE. — No. Es fácil. (Tararea) Lo tocabas siempre
distraídos le toca brutalmente un seno. DOLORES se cuando éramos novios. (Le toma una mano y se la
aparta y lo mira con estupor. JUAN PEDRO, como si el besa) Probá. Por mí.
gesto no hubiera tenido nada que ver con él, atiende MADRE. — (sonríe tímidamente ante esa muestra de
un momento la música y en un punto dado ofrece su afecto e intenta recordar el vals, empieza, se equi-
mano a DOLORES. Después de una breve vacilación, voca, se va afianzando) Creía que no me gustaba
DOLORES la acepta. Bailan. más la música, pero… (Levanta la cabeza, sonríe
DOLORES. — Por favor, Rafael, acompáñenos. (Lo mira al PADRE, que le devuelve la sonrisa. Como con
intensamente) Usted no va a tener miedo de bailar. sorpresa) ¡Me gusta! ¡Si no te aburre! (Toca) (Entra
RAFAEL. — Perdón, señorita. FERMÍN)
Griselda Gambaro

DOLORES. — (irritada) ¡No me pida perdón! (Se aparta de FERMÍN. — ¿Señor?


La malasangre

JUAN PEDRO, quien termina una figura de minué don- PADRE. — Los jóvenes están bailando.
de debiera encontrar a DOLORES. Pero ella baila sola FERMÍN. — Me alegro, señor.

[55] [56]
PADRE. — Rafael se quedó sin pareja. PADRE. — Entonces bailá. (Una breve pausa) O mirá a la
FERMÍN. — (pesca al vuelo la intención y todo el diálogo parejita. ¿No es deliciosa?
es para llegar a un punto que los dos conocen) ¿Y DOLORES. — Sí… papá. (JUAN PEDRO lanza una risita) ¿Por
qué debo hacer? ¿Busco una criada? qué se ríe?
PADRE. — ¡No! Es demasiado poco. ¿Y desde cuándo las JUAN PEDRO. — (risueño) Perdón. Como dice su padre, es
criadas bailan el vals? El candombe, Fermín. deliciosa.
FERMÍN. — ¿Y yo? DOLORES. — ¡Sí! Soltame, papá. No me iré. (El PADRE la
PADRE. — Sos más que un criado. suelta. DOLORES lo mira) Me gusta ver hacer el ridículo
FERMÍN. — Gracias, señor. (Sonríe) ¿Debo bailar con él? a la gente.
PADRE. — Si fueras tan amable… PADRE. — (señala a FERMÍN y a RAFAEL) A “ellos” tenés
DOLORES. — (palidece) No es necesario, papá. que mirar. (Se acerca al piano) ¡Más rápido! ¡Qué vals
FERMÍN. — ¿Me aceptará? dormido! (A la MADRE) Tenías más sangre antes. Me
PADRE. — Lo acepta, ¿no, Rafael? No es demasiado querías más. ¡Más rápido! (Golpea con la mano abierta
apuesta, pero… (Ríe. La MADRE se interrumpe) ¡No te sobre el piano. La MADRE acelera el ritmo, no tanto
detengas! ¡Mové los deditos! porque el PADRE se lo pide sino porque tiene excusa
FERMÍN. — ¿Cómo debo bailar? para su propio placer. RAFAEL se agota, pero lucha
PADRE. — Como sepas. por seguir a FERMÍN) ¡Más rápido! (FERMÍN acelera aún)
FERMÍN. — ¿Lento? DOLORES. — (mira, no lo soporta) ¡Basta! (A la MADRE)
PADRE. — “Muy” lento. ¡Dejá de tocar!
FERMÍN. — (irónico, a RAFAEL) ¿Me concede esta pieza? PADRE. — ¡Más rápido!
RAFAEL. — (enfrenta la humillación, orgulloso) ¡Sí! Las DOLORES. — ¡No quiero que bailen! (Intenta separar a
que usted quiera… señorita. RAFAEL de FERMÍN, pero los dos giran tan vertigino-
FERMÍN. — ¡No! ¡La señorita es usted! (Lo enlaza por la samente que solo consigue que la empujen de un
cintura, bailan) lado y de otro. Demudada) Por favor, por favor… (Un
JUAN PEDRO. — (mira risueño, luego a DOLORES) ¿Bailamos? empellón la arroja sobre JUAN PEDRO)
(Sin contestar, DOLORES corre hacia la puerta. Con un JUAN PEDRO. — ¡Qué brutos! (La ayuda a incorporarse.
rápido movimiento, el PADRE la detiene, la mantiene Con una rápida ojeada, percibe que nadie los ob-
abrazada contra su pecho) serva y toca a DOLORES como alguien que aprovecha
Griselda Gambaro

PADRE. — (con fingida dulzura) ¿Por qué te vas? ¿Te burdamente la ocasión)
La malasangre

cansaste de nuestra compañía? DOLORES. — (lo rechaza. Lo mira como sin reconocerlo)
DOLORES. — No, papá. No me cansé. Por favor, por favor…

[57] [58]
PADRE. — (grita, golpeando con la mano abierta sobre
el piano, mientras FERMÍN y RAFAEL bailan en un
torbellino que gira y gira y gira) ¡Más rápido! ¡Más
rápido! ¡Más rápido! Escena VI

El salón. Hay libros y cuadernos sobre la mesa.


DOLORES y RAFAEL. DOLORES levanta la tapa del piano,
recorre algunas teclas.

DOLORES. — Mi madre siempre tocaba el piano. Le gusta


la música. Pero mi padre odia todo placer que no
provenga de él. Como no puede dar placer, da odio.
Y lo llama amor. Mi madre no toca más el piano,
cree que no le gusta la música. Y lo más curioso es
que… también ella llama amor al odio de mi padre.
Y a veces… hasta yo lo llamo de la misma manera.
RAFAEL. — (suavemente, le aparta las manos del teclado,
baja la tapa) Vamos a estudiar.
DOLORES. — ¿No querés que te cuente nada?
RAFAEL. — No, señorita… Dolores. No me corresponde
saber nada. (Se sienta a la mesa. Sin mirarla) ¿Por
qué quiso separarnos ayer? Al final… no pudo verme
hacer el ridículo.
DOLORES. — No, no eras vos quien lo hacías. ¿Me creés?
Griselda Gambaro

RAFAEL. — (la mira, no contesta. Suavemente) Siéntese.


La malasangre

(Ella lo hace, a su lado. RAFAEL abre un libro, lee)


“Elle avait pris ce pli dans son âge enfantin

[59] [60]
De venir dans ma chambre un peu chaque matin DOLORES. — ¿Es que no vale la pena?
Je l’attendais ainsi qu'un rayon qu'on espère…” RAFAEL. — Vale la pena. (Extiende la mano, aprieta fuer-
(Levanta la vista y la mira) Et je lui disais: je t’aime. temente la de DOLORES. Entra FERMÍN y RAFAEL aparta
DOLORES. — (lo mira) Y yo decía: te amo. rápidamente la mano)
RAFAEL. — En francés, es je t’aime. (Simula leer) Il lui DOLORES. — ¿Qué querés, Fermín? ¿Quién te llamó?
disait: je t’aime. FERMÍN. — El señor tiene que darle órdenes al jorobado.
DOLORES. — Te amo. Dice que vaya.
RAFAEL. — (una pausa) No debe hacer esto… conmigo. DOLORES. — (furiosa) ¡No lo llamés así!
(La mira, ya no dice una frase prestada) Je t’aime. RAFAEL. — No importa. Lo soy. (Sonríe mansamente.
DOLORES. — (pone su mano sobre la de él) Nos iremos Burlón) Estoy “hecho de tal manera que un mal pin-
juntos. Campos Dorados se llama. Y fijó la boda tor no me hubiera dibujado peor en la oscuridad”. Ya
dentro de tres meses. vuelvo. (Sale. FERMÍN permanece en el salón, mueve
RAFAEL. — Los latinos decían que el nombre es el destino. los pies, indeciso)
DOLORES. — (con aprensión) Me llamo Dolores. ¿Es mi DOLORES. — ¿Qué querés?
destino ese? ¿El dolor? FERMÍN. — (tímido) Le traje algo.
RAFAEL. — El nombre verdadero. Belleza. O alegría. DOLORES. — ¿Qué?
Dolores mi alegría. FERMÍN. — (pone la mano en el bolsillo, saca un pajarito
DOLORES. — Nos iremos juntos. oscuro, se lo tiende a DOLORES) Está muerto.
RAFAEL. — ¿Dónde? DOLORES. — Sí.
DOLORES. — Afuera. (Se abre la puerta. DOLORES aparta FERMÍN. — A mí me gustan las cosas muertas, ¿a usted no?
rápidamente la mano. Entra FERMÍN, con una bande- DOLORES. — No, Fermín.
ja, la jarra y una sola taza. Deposita todo sobre la FERMÍN. — No se mueven. No rezongan.
mesa, los mira curiosamente y sale. DOLORES) Donde DOLORES. — “Yo” te rezongo. Sos ofensivo con Rafael.
nos sirvan dos tazas de chocolate y podamos beber- FERMÍN. — A él no le importa.
las juntos. Donde no griten melones y dejen cabezas. DOLORES. — A mí sí.
Donde mi padre no exista. Donde por lo menos el FERMÍN. — ¿Lo sabe su padre?
nombre del odio sea odio. DOLORES. — ¿Qué?
RAFAEL. — Es imposible. FERMÍN. — ¿Que a usted le importa?
Griselda Gambaro

DOLORES. — Tenés miedo. DOLORES. — Solo me importa que no lo llamés…


La malasangre

RAFAEL. — No tengo miedo. Pero sé que es imposible. No FERMÍN. — (con placer) Joro-ba-do. Está bien. No lo llamo
podremos ocultarnos. Mi joroba hablará. más. (Insiste con el pájaro muerto) ¿Lo quiere o no?

[61] [62]
DOLORES. — No. FERMÍN. — (malévolo) ¿Le interesa? ¿Qué me da si se lo
FERMÍN. — (no entiende. Sonríe) ¡Está bromeando! cuento?
¡Tome! (Se lo pone en la mano) Cuando era chica le DOLORES. — ¡Nada! ¡Los chismosos me asquean!
gustaban los regalos que le traía. FERMÍN. — ¡Deme el pajarito!
DOLORES. — (suavemente) Me daban horror. DOLORES. — (ríe, con esfuerzo) ¡No, Fermín! ¿Por qué te
FERMÍN. — (herido) ¡Todo un verano le traje arañas! enojás? Es un lindo pájaro… solo que está muerto.
DOLORES. — Me daban horror. (Lo acaricia) Gracias, Fermín.
FERMÍN. — ¡Deme! (Le saca el pájaro. Furioso) ¡Tiene la FERMÍN. — Si le gusta… déjeme. (DOLORES tiende el pie,
joroba llena de cicatrices! ¡De mi mano! FERMÍN le besa el zapato, tiende tímidamente la ma-
DOLORES. — ¡Callate! no hacia el tobillo)
FERMÍN. — ¡De mi mano! ¡Por su culpa! Si usted quiere… DOLORES. — ¡Basta! (Suaviza el tono) Basta, Fermín.
DOLORES. — ¿Qué? Fermincito. Mi padre te estará buscando. Sos su
FERMÍN. — Puedo agarrarlo una noche y… mano derecha.
DOLORES. — (se asusta) No, no es necesario. FERMÍN. — (se alza) ¡Sí que soy su mano derecha! (Va
FERMÍN. — Soy bueno con usted. La vi nacer. hacia la puerta. Se vuelve) Hace rato que no me lla-
DOLORES. — Sí. Dame. (Tiende la mano hacia el pajarito) maba Fermincito. ¡No le voy a decir nada al señor!
FERMÍN. — (caprichoso) ¡No! (Lo esconde tras la espalda) ¡Y le buscaré más regalos, como antes! (Va a salir)
Le apreté el cogote, para usted, y me lo despreció. Y usted, ¡no hable tanto con el jorobado! ¡Se la dejé
DOLORES. — Hice mal. Dámelo. (Como un niño capricho- marcada, la joroba! (Ríe, sale)
so, FERMÍN niega con la cabeza) Sí. Lo voy a cuidar. DOLORES. — Por mi culpa. Jorobado. ¿Por qué no lo di-
(FERMÍN le tiende el pajarito. DOLORES lo toma, le go, por qué me ofende que lo digan los otros? (Con
alisa las plumas con la punta del dedo) Es lindo. esfuerzo) Joro-ba-do. Mi Rafael es jorobado. ¡No! No
FERMÍN. — (sonríe) Quieto. No canta. tiene joroba, no tiene defecto alguno. Lo querría sin
DOLORES. — Gracias, Fermín. Lo guardaré. Ahora… an- piernas. Ciego. (Con cuidado, sin mirar, deposita el
date. pájaro sobre la mesa. Sin mirar, se limpia las manos)
FERMÍN. — ¿No me da un premio por mi regalo? Joro-ba-do. ¿Por qué me enamoré de un jorobado si
DOLORES. — Sí. (FERMÍN se acerca, se arrodilla y le besa hay tantos derechos, normales, si hay tantos hombres
el pie. DOLORES lo aparta enseguida) que caminan sin ningún peso en las espaldas? Con el
Griselda Gambaro

FERMÍN. — Antes me dejaba más. No me gusta que esté alma negra, ¡pero ningún peso en las espaldas! (Con
La malasangre

tanto tiempo con ese. Se lo dije al señor. esfuerzo, entre dientes) Rafael jorobado. ¡Joro-ba-do!
DOLORES. — ¿Qué le dijiste? (Se tapa la boca) ¡No puedo! (Entra RAFAEL)

[63] [64]
RAFAEL. — No sé para qué me mandó llamar. ¡Tonteras!
Algo que combinó con Fermín y… (La mira) ¿Qué
te pasa? Escena VII
DOLORES. — Nada. (Se incorpora) Te miro.
RAFAEL. — (tristemente) ¿Y cómo me ves?
DOLORES. — (corre hacia él, lo abraza, repite y es cierto)
¡Hermoso, hermoso, hermoso!

DOLORES y la MADRE en el salón. La MADRE le acomo-


da el vestido. La mira.

MADRE. — Estás bonita. Pero pálida.


DOLORES. — La emoción, mamá.
MADRE. — Juan Pedro es maravilloso, tan cortés, ¿lo
notaste? Siempre me pide permiso.
DOLORES. — (burlona) Y te conquistó.
MADRE. — ¿Y a vos no? Tu padre está muy contento.
DOLORES. — ¿Ya hicieron negocios juntos?
MADRE. — ¡Qué ocurrencia!
DOLORES. — (simula ingenuidad) ¿Por qué? Papá tenía
unos campos para vender, Juan Pedro unos campos
para comprar. Papá está bien relacionado y Juan
Pedro está mejor. Papá aprueba y Juan Pedro aplau-
de. Y los dos dicen que los inmundos, salvajes, as-
querosos, deben morir. Y esto abarca mucho. ¿Quién
no es salvaje? ¿Quién no es asqueroso? ¿Quién no
es inmundo? Solo el poder otorga una pureza que
nada toca.
Griselda Gambaro

MADRE. — Dolores, cuando hablás así no te conozco.


La malasangre

¿No será Rafael quien...?

[65] [66]
DOLORES. — ¿Ese? Ese no sale del francés y del latín, ma- JUAN PEDRO. — El lujo serán las cortinas de raso grana-
má. Si piensa, piensa en un idioma que nadie entiende. te, y los muebles importados y las alfombras. Una
MADRE. — Estás pálida. (Le pellizca las mejillas) Así servidumbre numerosa para que no la roce ninguna
tendrás mejor color. fatiga.
DOLORES. — Más alegría. DOLORES. — Me gusta cuidar las plantas.
FERMÍN abre la puerta a JUAN PEDRO. JUAN PEDRO. — Por supuesto, las cuidará. Como ocio.
JUAN PEDRO. — Señoras. (Saluda a la MADRE, luego a DOLORES. — Es usted muy amable. Y tendremos hijos.
DOLORES, cuya mano retiene un momento entre las JUAN PEDRO. — (con una sonrisa embarazada hacia la
suyas) Me siento muy feliz. MADRE) También.
DOLORES. — Yo también. MADRE. — Siéntense y charlen tranquilos. Traeré mi
JUAN PEDRO. — Acabo de comprar una casa. Estoy ansio- costura y les haré compañía. (Sale)
so para que usted la vea. Podríamos ir mañana. Con DOLORES. — Con el profesor me deja sola.
su permiso, señora. JUAN PEDRO. — Es un jorobado. Y… (sonríe) y yo tengo
MADRE. — (contenta) Lo tiene. más derechos. (Sin otra palabra, se le tira encima.
JUAN PEDRO. — (a DOLORES) Quisiera que fuera de su La toca brutalmente y pretende besarla. DOLORES se
agrado. resiste. La escena se desarrolla en silencio, intensa y
DOLORES. — Todo es de mi agrado. violenta. Ante un ruido de la puerta, JUAN PEDRO se
JUAN PEDRO. — Y que elija los muebles. Ya los tengo separa y se recompone rápidamente. Entra la MADRE)
vistos, pero desearía su aprobación. MADRE. — (con una sonrisa) Acá estoy. (Ve agitada a
DOLORES. — (remedando a la MADRE) ¡La tiene! DOLORES, pero no se permite registrar la verdad. Le
JUAN PEDRO. — (a la MADRE) ¿Puedo esperar que nos acaricia la mejilla al pasar) ¡Qué colores! ¡Siéntense!
acompañe, señora? Yo terminaré esto. (Se sienta aparte, con su costura)
MADRE. — Sí, encantada. ¿Hacia el mediodía? (A JUAN PEDRO. — Le decía a Dolores que me siento muy
DOLORES, inquieta) ¿Creés que tu padre tendrá algún feliz. (A DOLORES) No sabía…
inconveniente? Él, para el almuerzo, es… DOLORES. — Yo tampoco. Me parecía que todos los hom-
DOLORES. — (la interrumpe) Ninguno. ¿Pero para qué? bres eran tontos y serviles. Ahora comprendo.
Todo estará perfecto. Aunque haya dos sillas, una JUAN PEDRO. — ¿Qué?
mesa, una cama. DOLORES. — Que nada es tan simple como uno cree.
Griselda Gambaro

JUAN PEDRO. — (sonríe) Más que eso habrá. Y nada tampoco tan complicado. Que lo derecho
La malasangre

DOLORES. — Lo sé. Compraremos plantas y ese será nuestro puede ser torcido y lo giboso plano como un campo
lujo. Las plantas y las flores. Y me gustaría una hiedra. dorado. (Ríe, ácida)

[67] [68]
JUAN PEDRO. — No entiendo. ¿Por qué no hablar llana- DOLORES. — Mamá, Juan Pedro se va.
mente? No soy hombre de estudios. MADRE. — ¿Tan pronto?
DOLORES. — Por eso del profesor tonto que le eligió su JUAN PEDRO. — Sí. (Se levanta) Pasaré a buscarlas maña-
padre, debe ser. Quería decir que basta encontrar a na para ver la casa.
quien nos está destinado. MADRE. — Iremos con gusto.
JUAN PEDRO. — ¿Soy yo? DOLORES. — Ya la imagino. Paredes encaladas…
DOLORES. — Es quien debe ser. JUAN PEDRO. — (sonríe) Rojas…
JUAN PEDRO. — Gracias. (Mira hacia la MADRE para ob- DOLORES. — Y una mesa de pino.
servar si los vigila. La MADRE levanta la cabeza en JUAN PEDRO. — Roble.
ese momento y le sonríe. JUAN PEDRO roza entonces, DOLORES. — Y sillas de paja. (JUAN PEDRO ríe) Y una cama
apenas, delicadamente, la mano de DOLORES con la no muy grande…
suya) Le pedí a su padre que despida al jorobado. MADRE. — Dolores…
DOLORES. — ¿Por qué? DOLORES. — Perdón, mamá.
JUAN PEDRO. — No es agradable de ver. (Lanza una JUAN PEDRO. — Hasta mañana. A las doce estaré aquí.
risita) La belleza pide belleza, y además, falta tan (Besa la mano a DOLORES. La MADRE lo acompaña.
poco para que nos casemos, tres meses apenas… Es Salen)
superfluo. Ya sabe lo que una mujer debe saber y el DOLORES. — Esa será “nuestra” casa, estúpido, no la tuya.
resto… se lo enseñaré yo. (Se asoma RAFAEL) ¡Rafael!
DOLORES. — Justo. Pero hasta que nos casemos, que se RAFAEL. — ¡Dolores! ¿Lo viste?
quede. Después no aprenderé más nada. DOLORES. — Acaba de marcharse.
JUAN PEDRO. — Salvo a ser mi esposa. RAFAEL. — ¿De qué hablaron?
DOLORES. — Lo aprenderé bien. ¿Le pedirá a mi padre DOLORES. — No importa.
que lo deje hasta entonces? RAFAEL. — Sí, importa.
JUAN PEDRO. — Sí. Si es su deseo. DOLORES. — ¿Estás celoso?
DOLORES. — Es mi “tonto” deseo. Le diré que cuando us- RAFAEL. — Sí.
ted me visite, se esconda. Yo no lo miro. No necesito DOLORES. — ¿Cómo son tus celos?
mirarlo. RAFAEL. — (finge ferocidad) ¡Brrr! ¡Lo mataría! (Cambia
JUAN PEDRO. — Es usted hermosa. (Mira hacia la de tono) Lo odio… con su espalda derecha.
Griselda Gambaro

MADRE, quien tiene la cabeza baja sobre su costura. DOLORES. — ¿Derecha? Es un nudo lascivo.
La malasangre

Entonces, toma la mano de DOLORES y se la aprieta RAFAEL. — ¿Qué? ¿Por qué?


contra el sexo. DOLORES se aparta con violencia) DOLORES. — ¡Por nada! ¿Ya arreglaste todo?

[69] [70]
RAFAEL. — Sí. Del otro lado del río no pasan carros, no DOLORES. — Las saco con los tontos. Serán hermosos.
hay silencio impuesto. Seguro. Como vos, tan derecho adentro, tan bien
DOLORES. — Dicen que es una ciudad pequeña que toda- construido.
vía tiene un tiempo de paz. ¿Cuándo, Rafael? RAFAEL. — ¡Ay, es demasiado!
RAFAEL. — Hoy. Cruzaremos el río a las diez de la noche. DOLORES. — Demasiado, ¿qué?
DOLORES. — ¡Oh, tengo tal susto, Rafael! RAFAEL. — Este amor…
RAFAEL. — Y yo también. ¡Atreverse con una niña rica! DOLORES. — (ríe, canturrea) ¡Rafael se asustó! Es una
Es grave esto que hago. niña bonita, ¡tiene miedo del amor!
DOLORES. — Que hacemos. RAFAEL. — ¿Quién tiene miedo? (La abraza cuerpo a cuerpo)
RAFAEL. — No se mide con la misma vara. DOLORES. — (contesta) ¡Rafael!
DOLORES. — ¿Te arriesgo? RAFAEL. — ¿Yo tengo miedo? ¿Te parece? (La aprieta)
RAFAEL. — No. Lo que arriesga es la infamia. Fermín o… DOLORES. — (por un segundo no entiende. De pronto) ¡Oh,
DOLORES. — Mi padre. Rafael! (RAFAEL ríe) ¡Soltame! ¡Estoy de novia!
RAFAEL. — Sí. Y la ciudad detrás de tu padre. Pero todo RAFAEL. — (la suelta) ¡Con el señor de los Campos
saldrá bien. Dorados! (Remeda a JUAN PEDRO) ¿Baila conmigo?
DOLORES. — Tendremos una casa con retamas y santa DOLORES. — (remeda, con las manos abiertas sobre los
ritas. Y una cama chica. ojos) ¡No lo miraré para no asustarme!
RAFAEL. — Grande. RAFAEL. — ¡Sí me mirarás! (La persigue en torno de la mesa)
DOLORES. — ¿Por qué grande? DOLORES. — ¡No, que me impresiono!
RAFAEL. — (le cuesta, pero hace la broma) ¡Para que no RAFAEL. — (logra sujetarla por una mano) Te salvás de
te tropieces con mi joroba! (Ríe con esfuerzo, pero un buen nombre, ¡señora de los Campos Dorados!
como DOLORES ríe libremente, se tientan los dos, fe- DOLORES. — (ríe) ¡Ay, qué nombre! ¡Campos plateados!
lices) Y no tendremos nada rojo. Nada que huela a RAFAEL. — ¡Dorados!
sangre. DOLORES. — ¡Inundados! (Remeda) Es superfluo que us-
DOLORES. — Todo blanco. ted estudie. Ya sabe lo que una mujer debe saber y
RAFAEL. — Todo blanco hasta en la oscuridad. el resto… se lo enseñaré yo.
DOLORES. — Mostrame los ojos. (Se los besa) Te quiero RAFAEL. — (tierno y alusivo) ¡“Yo” te lo enseñaré! (Ríe)
con los ojos abiertos y cerrados. Y tendremos niños. Acercate.
Griselda Gambaro

RAFAEL. — No de mí. DOLORES. — ¡No! (Ríe, se escapa. Con gran ruido, se pro-
La malasangre

DOLORES. — (enojada) ¿De quién si no? ¿Qué pensás? tege con una silla. Se oye pasar el carro. Atienden
RAFAEL. — (sonríe, triste) No saqués las garras, leona. los dos, dejan de reír)

[71] [72]
RAFAEL. — ¡Ssss! Hagamos silencio.
DOLORES. — ¡No! ¡No me asusta ningún maldito carro! No
solo te elijo a vos, ¡elijo cabezas sobre los hombros!
RAFAEL. — Sí, pero hagamos silencio. ¡No seas loca! Escena VIII
DOLORES. — ¡No soy! Yo, Dolores, soy cuerda y dejo la
locura a los tristes. Vení. ¿Querés casarte conmigo?
RAFAEL. — Sí.
DOLORES. — ¿Cuándo?
RAFAEL. — Mañana.
DOLORES. — A esta hora estaremos lejos. ¿Querés vino? El salón en penumbras. DOLORES espera en un rincón,
RAFAEL. — No bebo. un abrigo sobre los hombros, sosteniendo un peque-
DOLORES. — (lo abraza) Entonces, te bebo a vos. ño atado entre sus manos. Hay un ruido afuera, no
RAFAEL. — (alusivo) Pero entero, ¿eh? (DOLORES ríe, cierra muy fuerte, como una puerta que bate o que se abre
los ojos con la cabeza apoyada sobre el hombro de y se cierra.
RAFAEL. Se oye pasar el carro)
DOLORES. — (se pone rígida, se separa) Pasa el carro otra DOLORES. — (se sobresalta, susurra) ¿Rafael? (Silencio.
vez. Suspira y deja el atado en el suelo. Canta como una
RAFAEL. — Sí. No debemos olvidarlo, Dolores. Aunque niña que teme la oscuridad, pero la voz se le quiebra.
seamos felices, no debemos olvidar que pasa el carro. Silenciosamente, entra alguien) ¿Rafael? (Se acerca
Yo también: no solo te elijo a vos, elijo cabezas so- y toca. Con una exclamación ahogada) ¡Mamá!
bre los hombros… (Se oye pasar el carro. Se miran MADRE. — ¿Qué estás haciendo aquí, Dolores? A esta hora.
inmóviles. En un momento, DOLORES extiende la ma- DOLORES. — No podía dormir. Tenía… hambre.
no hacia el rostro de RAFAEL. La deja inmóvil en el MADRE. — (grave y reticente) Sí. No comiste en la cena.
aire. RAFAEL se inclina y apoya su rostro en la mano) DOLORES. — Por eso.
MADRE. — Hubieras ido a la cocina. Llamado a un criado.
DOLORES. — No… se me ocurrió.
MADRE. — Podés irte a dormir. (Una pausa) No vendrá.
DOLORES. — ¿Quién?
Griselda Gambaro

MADRE. — Rafael. (Le saca el abrigo de los hombros)


La malasangre

Vestida para salir. (Señala el bulto en el suelo) Se


iban a ir juntos. Robaste la casa.

[73] [74]
DOLORES. — (ríe temblorosa) ¡Qué idea! Hacía frío. Tengo DOLORES. — ¿Y Rafael?
frío. (Esboza un gesto para tomar el abrigo, pero no MADRE. — Duerme.
lo concluye) DOLORES. — ¿Él?
MADRE. — Nunca mentías. MADRE. — ¡Duerme!
DOLORES. — (un silencio) Es verdad. (El diálogo siguiente DOLORES. — (incrédula) Nos… denunciaste. Estuviste es-
se desarrolla en tono casi confidencial, la voz de piándonos y… nos denunciaste.
DOLORES demasiado tranquila) MADRE. — No. Yo pensé que…
MADRE. — Tu padre se enteró. DOLORES. — Si nunca pensaste nada. ¿“Cuándo” empe-
DOLORES. —¿Se enteró? ¿Cómo? (Silencio de la MADRE) zaste a pensar? ¿Para qué?
¿Cómo? ¿Lo sabías? MADRE. — Pensé que era mejor.
MADRE. — Me di cuenta. DOLORES. — Oh, qué algodón tenés adentro. Qué algodón
DOLORES. — Vos te diste cuenta, ¿y él? ¿Se lo dijo sucio…
Fermín? (Silencio de la MADRE) ¿Fermín? MADRE. — Dolores.
MADRE. — No. DOLORES. — Dolores mi alegría.
DOLORES. — Tampoco vos mentís. (Le acaricia la mejilla) MADRE. — ¿Dónde iban a ir? Mi chiquita que roba en su
Te lo agradezco. ¿Se lo dijiste? ¿Cuándo? casa y… y un jorobado por…
MADRE. — Antes de la cena, esta tarde. DOLORES. — (con odio frío y concentrado) Envidiosa.
DOLORES. — Si comimos juntos después y no… Papá me Aceptaste todo desde el principio, envidiosa de que
dijo: Chiquita, comé. Y bromeó. Estaba contento y los otros vivan. No por cariño. Miedo. Tímida de
sabía… ¿Por qué estaba contento? todo. A mí me hiciste esto. Miedo de vivir hasta a
MADRE. — Sabía. través de mí. Humillada que ama su humillación.
DOLORES. — ¿Dónde está Rafael? MADRE. — No quiero oírte, no entiendo, no… Siempre
MADRE. — (intenta marcharse) Vamos a dormir. fuiste caprichosa. ¡Vamos a dormir! (Con angustia)
DOLORES. — (la retiene) ¿Dónde está? Acostate en tu cama y…
MADRE. — Ya no importa. DOLORES. — Espero a Rafael.
DOLORES. — (muy bajo, pero con gran tensión) “¿Ya?” MADRE. — Y tapate y cerrá los ojos y… la puerta de tu
Antes y después y siempre importa. (Alza la voz) cuarto para que nadie entre…
¿Ya? DOLORES. — Espero a Rafael.
Griselda Gambaro

MADRE. — No grités. MADRE. — No vendrá.


La malasangre

DOLORES. — ¿Todo el mundo duerme? DOLORES. — ¿Por qué estás tan segura? Duerme, dijiste.
MADRE. — No. Nadie duerme. ¿Cómo puede dormir?

[75] [76]
MADRE. — No vendrá. quiere hurtar) Es la misma. Más fea. Tocate. (Le lleva
Dolores ¿Por qué? ¿Qué le han hecho? ¿Qué le ha hecho la mano a la cara) Un tumor sobre la boca y telara-
ese hombre que odia todo lo que no sea su poder? ñas sobre los ojos. Lagañas también. ¡Tocate! Vas a
MADRE. — Ya… sentir tu propia fealdad. (La deja) Y mi cara, ¿cómo
DOLORES. — (salvaje) ¡Dije que no digas “ya”! ¡Voy a es ahora? (Se toca) No me la conozco. Pero no es mi
buscarlo! cara la que me importa. ¡Ni la tuya!
MADRE. — ¡No! (La retiene) MADRE. — No grités, Dolores, no me guardés rencor. ¡Se me
DOLORES. — ¡Dejame salir! ¿Nadie duerme? ¡Pues que escapó todo de las manos! Tu padre me preguntó y…
se muestren despiertos! (Se suelta) ¡Voy a buscarlo! DOLORES. — (con exasperación contenida, como si inten-
MADRE. — ¡No vayas! tara una explicación común) Es lo que pasa, mamá.
DOLORES. — (se detiene) ¿Por qué? Cuando se decide por los otros, es lo que pasa, se
MADRE. — Lo traerán aquí. ¡Yo no quería! escapa todo de las manos y el castigo no pertenece a
DOLORES. — ¿Qué? nadie. Entonces, uno finge que no pasó nada y todo
MADRE. — (vencida) Que lo trajeran… el mundo duerme en buena oscuridad, y como el sol
DOLORES. — ¿Le han… pegado? ¿El escarmiento? ¿Creen no se cae, al día siguiente uno dice: no pasó nada. E
que los seres escarmientan? ¿Pero qué piensan que ignora su propia fealdad. ¡Tocate! (Con una sonrisa
somos? ¿Qué bestias son que no se conocen? crispada) Y para colmo, encendí las luces. (La MADRE
MADRE. — Callate. (Rompe a llorar) tiende la mano para apagar una) ¡No te atrevas!
DOLORES. — Tus lágrimas. (Lentamente) Ahora. Ya entiendo. ¡Necesito ver el castigo! Necesito que no me quiten
MADRE. — (llora) ¡Dolores! eso, el cuerpo castigado. (Va hacia la puerta, grita
DOLORES. — Qué espanto me dan tus lágrimas. Me pusis- furiosa de dolor) ¡Fermín! ¡Fermín! (FERMÍN se asoma
te un buen nombre. El nombre es el destino. (Alza enseguida. DOLORES) Nadie duerme hoy en esta casa.
la voz) ¡Yo no lloraré! Seca en mi odio. ¿Por qué ¿Qué te ordenó mi padre?
estamos en esta oscuridad? Es de noche. (Sonríe FERMÍN. — Que lo trajera.
crispada) Iba a escaparme. Pero no hay razón para DOLORES. — ¿Y qué esperás, lacayo? ¿Que te llore?
la oscuridad. Encenderé las luces. (Enciende febril- FERMÍN. — Conocí a la señorita de niña. No me gusta
mente las velas, una por una, pero habla con tensa que sufra.
tranquilidad) Para vernos las caras, mamá. Si no, DOLORES. — (ríe) ¡Buena respuesta! (Se corta. Feroz)
Griselda Gambaro

una puede engañarse, oigo tu llanto, pero no lo ¡Traelo!


La malasangre

veo bien. ¿Te pegó papá? ¿Por eso llorás? ¿A ver tu FERMÍN. — Su padre me lo ordenó. (Su brutalidad se impo-
cara? (Brutalmente, le toma el rostro que la MADRE ne. Sonríe) Quería que el jorobado no faltara a la cita.

[77] [78]
DOLORES. — (suavemente) No lo hagás faltar. (Sale DOLORES. — A dormir… (Mira a los tres, masculla con
FERMÍN. DOLORES enciende otra vela. Con dura natu- un odio contenido y feroz) ¡Canallas! ¡Canallas! ¡Que
ralidad) Quedó apagada esta. ¿Me ves bien, mamá? el odio los consuma! ¡Que la memoria no los deje
MADRE. — Dolores, ¿por qué no te fuiste? vivir en paz! ¡A vos, con tu poder, y a vos, mano
DOLORES. — (con frío desprecio) ¿A encerrarme en mi verduga, y a vos, hipócrita y pusilánime!
cuarto? No hay ninguna puerta para el dolor, mamá. PADRE. — ¿Qué criamos? ¿Una víbora? ¡Ya te sacaremos
¡Tonta! (Se abre la puerta. FERMÍN carga el cuerpo el veneno de la boca!
sin vida de RAFAEL. Lo arroja como un fardo sobre el DOLORES. — ¡No podrás! ¡Tengo un veneno dulce, un
piso. DOLORES, inmóvil, no aparta la vista) veneno que mastico y trago!
FERMÍN. — (con un gesto de excusa) Yo le hubiera pegado PADRE. — Peor para vos. Ahora a dormir, ¡y es una
nada más. (Se le escapa la risa) ¡En la joroba! orden!
MADRE. — Está bien, Fermín. Andate. (Sale FERMÍN.) DOLORES. — (ríe) ¿Qué? ¿Cómo no te das cuenta, papito?
DOLORES. — (siempre con la vista fija en RAFAEL) Gracias, Tan sabio. (Furiosa) ¡Ya nadie ordena nada! (Con
mamá. (Con movimientos rígidos, se acerca, se arro- una voz áspera y gutural) ¡En mí y conmigo, nadie
dilla junto a él. Serena y en silencio. No lo toca. Lo ordena nada! ¡Ya no hay ningún más allá para tener
mira largamente) No bastaba pegarte, jorobadito. miedo! ¡Ya no tengo miedo! ¡Soy libre!
Pero no fue por tu joroba. Jorobadito. Todos debemos PADRE. — (furioso) ¡Silencio! ¡Nadie es libre cuando yo
vivir de la misma manera. Y quien pretende escapar, no quiero! ¡En esta casa, mando yo todavía! ¡Dije a
muere. (La MADRE solloza. DOLORES se alza) ¡Fuera! dormir!
MADRE. — (intenta acercarse) ¡No me echés! ¡Es que tu DOLORES. — ¡Jamás cerraré los ojos! Si me dejás viva,
padre es tan duro! ¡jamás cerraré los ojos! ¡Voy a mirarte siempre des-
DOLORES. — (salvaje) ¡Fuera! ¡Quiero estar sola! ¡Decile pierta, con tanta furia, con tanto asco!
gracias! ¡Le agradezco que me permita mirar a mi PADRE. — ¡Silencio!
muerto! ¡Pero no quiero llantos a mi alrededor! DOLORES. — ¡Te lo regalo el silencio! ¡No sé lo que haré,
¡Llanto hipócrita! ¡Fuera! pero ya es bastante no tener miedo! (Ríe, estertorosa
Entra el PADRE, con FERMÍN, quien trae una bandeja y salvaje) ¡No te esperabas esta! ¡Tu niñita, tu tierna
con una jarra y tres tazas. criatura…!
PADRE. — (muy tranquilo) ¿Quién grita? Dolores, no me MADRE. — ¡Dolores!
Griselda Gambaro

gustan los gritos. No me dejan pensar. Vamos a dor- DOLORES. — Dolores, ¿qué? (Desafiante, al PADRE)
La malasangre

mir todos, ¿eh? Ni hablaremos de esto. Nos bebemos ¡Dolores mi alegría, me decía el jorobado! ¡A tus
una taza de chocolate y… espaldas!

[79] [80]
PADRE. — ¡Te moleré a golpes! (Va a pegarle, pero la
MADRE se interpone y recibe el bofetón)
DOLORES. — ¡Gracias, mamá! ¡A buena hora! ¡El algodón
sucio sirve! ¡Te dije que no tengo miedo! ¡Menos de
este!
PADRE. — ¡Que se calle! ¡Fermín, llevátela! ¡Sáquenla de
mi vista!
DOLORES. — (forcejea, mientras FERMÍN la arrastra, grita
furiosa) ¡Te odio! ¡Te odio!
PADRE. — ¡Silencio!
DOLORES. — (con una voz rota e irreconocible) ¡El silencio
grita! ¡Yo me callo, pero el silencio grita!
FERMÍN, junto con la MADRE, la arrastra hacia fuera
y la última frase se prolonga en un grito feroz. Una
larga pausa.
PADRE. — (mira de soslayo el cuerpo de RAFAEL. Se
yergue inmóvil, con los ojos perdidos. Suspira) Qué
silencio…

Después de un momento

Telón
La malasangre

[81]

También podría gustarte