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LA ROMANIZACIÓN

INTRODUCCIÓN

La Península Ibérica fue una pieza más del Imperio Romano conocida como Hispania. Su interés
obedecía a motivos económicos y estratégicos. Durante la presencia de Roma (finales del [Link] a.C.
hasta inicios del S.V d.C) tuvo lugar un intenso proceso de romanización. Desde el [Link] d.C fueron
penetrando diversos pueblos bárbaros en la Península, siendo invadida en el 409 por los suevos,
vándalos y alanos.

DESARROLLO

La conquista de Hispania por Roma fue proceso de larga duración relacionado directamente con la
romanización. Comienza a finales del [Link] a.C. y no concluyó hasta finales del S.I a.C. (218-19 a.C.). Se
inscribe en el enfrentamiento de dos imperios en plena expansión para controlar el Mediterráneo
occidental, las llamadas guerras púnicas. En el 237 a.C los cartagineses, con Amílcar Barca,
desembarcaron en Gadir (Cádiz) y fundan Carthago Nova. Aníbal ideo la conquista de Roma desde la
Península, atravesando los Pirineos y los Alpes. En su avance atacó Saguntum (Sagunto), vulnerando
así el Tratado del Ebro (226 a.C.). Esto provocó el desembarco romano en Ampurias (218 a.C.) con
Publio Cornelio Escipión Emiliano (el Africano). Además, fue el pretexto usado por Roma para
comenzar la segunda guerra púnica (218-201 a.C.) y su ocupación de la Península.

En el proceso de conquista diferenciamos varias fases. En la primera (218-197 a.C.) lucharon doce años
contra los cartagineses y conquistaron Sagunto, Carthago Nova y Gades, y tras la derrota de Ilipa (206
a.C) Roma pasó a dominar la franja mediterránea, el valle bajo del Ebro y gran parte del sur peninsular.
La segunda fase (197-133 a.C) se caracterizó por la feroz resistencia que opusieron los lusitanos y los
celtíberos. Las guerras lusitanas (155 a 136 a.C) fueron dirigidas por el caudillo Viriato a través de una
guerra de guerrillas para desgastar al enemigo. Las guerras celtíberas (154-133 a.C) se prolongaron
desde el asedio de Numancia, hasta la toma de la misma. Además, se realizó la conquista de las Islas
Baleares. En la tercera fase (29-19 a.C.) y época del emperador Augusto, se sometió a las últimas tribus
del norte (cántabros y astures).

El proceso romanización es el fenómeno por el cual se produce la transformación gradual de los


pueblos prerromanos en ciudadanos del Imperio romano, que asumieron sus costumbres,
organización política, jurídica, social y la lengua. Este proceso no fue homogéneo en el tiempo (se
intensifica a partir del S.I a.C); ni en todo el territorio peninsular, más acentuado en el litoral
mediterráneo.

Los factores que propiciaron la romanización fueron diversos. Destaca la organización político
administrativa, impuesta para conseguir un gobierno eficaz y dar cohesión al territorio. Hacia 197 a.C
Hispania se dividió en dos provincias: la Citerior y la Ulteior. En tiempos de Augusto (14 a.C.)
aumentaron a tres: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania. Después Diocleciano (297 d.C) las dividió
en cinco: Tarraconense, Cartaginense, Bética, Lusitania y Gallaecia. En el siglo IV se añadieron la
Baleárica y la Mauritania-Tingitana.

Podemos diferenciar dos tipos de provincias: las senatoriales (dependían del Senado, como la Bética)
y las imperiales (dependían del emperador, como la Tarraconense). Cada una gobernada por un
pretor, un cónsul o procónsul, un consejo y un cuestor. A su vez se dividían en conventus con sede en
las ciudades más significativas.

En Roma las ciudades, eran centros político-administrativos, económicos, sociales y culturales.


Diferenciamos las que proceden de la revitalización de antiguos municipios como Tarragona (Tarraco)
o Ampurias (Emporion); y nuevas colonias como Mérida (Emerita Augusta) y Zaragoza
(Caesaraugusta), fundadas por la administración romana o el ejército imperial, organizadas a partir de
dos calles: el cardo (norte-sur) y el decumano (este-oeste). Además, según su estatus con Roma
pueden ser estipendiarias, obligadas a pagar el estipendium y suministrar tropas; libres, disfrutaban
de gran autonomía; y federadas, su única obligación era prestar ayuda militar y víveres.

Hacia el año 73 el emperador Vespasiano concedió el derecho latino (edicto de latinidad) a todas las
ciudades de Hispania. Pero no fue hasta el año 212 en que el emperador Caracalla concedió la
ciudadanía romana a todos los súbditos del imperio con la constitución antoniniana.

Desde el punto de vista artístico las ciudades se llenaron de monumentos, desde puentes (Mérida) y
acueductos (Segovia), así como teatros (Cartagena), foros, templos, circos o anfiteatros.

Otro factor fundamental en dicho proceso fueron las vías (calzadas) de comunicación para controlar
todo su territorio. Las principales eran la Vía Augusta (unía el Valle del Guadalquivir con Italia); la Vía
de la Plata (unía Mérida con Astorga) y; la Vía Transversal (unía Mérida con Zaragoza)

Respecto a la organización económica, el sistema económico y social romano se fundamentaba en el


esclavismo, la mano de obra básica en el trabajo agrícola, artesano y minero. En agricultura, las tierras
conquistadas quedaban en manos del Estado (“ager publicus”), algunas eran devueltas o arrendadas
a la clase senatorial, que se hizo con grandes latifundios dedicados a la exportación. Nuevas técnicas
como el barbecho o el regadío aumentaron la productividad y el comercio, creciendo así la población
peninsular. Hispania se convirtió en colonia comercial.

La minería fue el aliciente mayor para la intervención romana en la Península debido a los yacimientos
de mercurio en Almadén (Ciudad Real); el oro en la cuenca del Sil; y la plata en Cartagena y Sierra
Morena.

En la organización social podemos diferenciar, por un lado, los ciudadanos pertenecientes a las
órdenes, oligarquía distribuida en la orden senatorial (propietarios de grandes explotaciones agrarias),
la orden ecuestre (funcionarios y comerciantes) y la orden decurional (miembros de los senados
municipales). Por otro lado, los hombres libres, pero no ciudadanos, los libertos (antiguos esclavos
manumitidos) y los esclavos (carentes de derechos).

La importación de los cultos romanos contribuyó a la romanización, aunque coexistieron con el


politeísmo de la Península. Más tarde llegó el cristianismo, perseguido hasta la proclamación del
Edicto de Milán (313) por el emperador Constantino y declarada religión oficial del Imperio por el
emperador Teodosio con el Edicto de Tesalónica (380).

El latín fue uno de los principales elementos de uniformidad de Hispania, de él derivan la mayoría de
nuestras lenguas. Además, fue la vía de trasmisión del derecho romano y parte del legado jurídico de
Roma sigue vigente constituyendo el núcleo fundamental de todo el derecho de Occidente.

CONCLUSIÓN

La conquista romana integró como parte de su imperio a los pueblos ya presentes en la Penínusla,
cambiando así sus estructuras económicas, políticas y sociales, dándose el proceso de romanización,
que por otro lado fue un proceso lento, difícil y completo, aunque en el norte no alcanzó tanto relieve.
A pesar de los siglos transcurridos, se pueden contemplar restos arquitectónicos en muchas ciudades
de España. Murcia es un ejemplo perfecto de la huella de dicho proceso como se puede observar en
la villa romana de Quintilla (Lorca), en el teatro romano de Carthago Nova o el acueducto romano de
Cehegín. Además, nos dejó numerosos personajes públicos, tales como los emperadores Trajano y
Adriano, el escritor y filósofo Séneca, el historiador Lucano, el geógrafo Mela o el poeta Marcial.

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