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TALLER DE LITERATURA 1.

“COLOMBIA CONTADA EN SUS RELATOS”


LAS CUATROCIENTAS ESPADAS DEL BRANDY por: Rafael Chaparro Madiedo

Me mataste. Eso es lo único que sé. También sé que estoy en el cielo. Por fortuna. Llevaba diez mintos de
muerta y me pediste un cigarrillo. Yo busqué en mi cartera y te ofrecí uno de mis mentolados. Lo ecendiste
y te fuiste al balcón y lo fumaste en silencio mientras los fogonazos silenciosos del cigarro te ilminaban los
ángulos del rostro. Afuera llovía. Era una lluvia mezclada con los pasos de los gatos que se deslizaban por
los techos buscando un poco de calor. Me mataste en una noche de lluvia. Eso había sido demasiado para
ti. Nunca has soportado la lluvia, ni los Stones más allá de las once de la noche. Después de las seis no pue-
des soportar las películas inglesas, ni los cafés cargados. Eres extraño Spada. Muy extraño. Ese día que me
mataste me llamaste desde algún teléfono del parque Giordano Bruno y me dijiste hey baby vamos a ver
Naked de Mike Leigh y yo te dije, pobre idiota ilusa, claro baby nos vemos a las seis en la estación de metro
Radio City.

Esa tarde vagué sin sentido por la ciudad. Me metí al metro, cubrí varias rutas, fui al barrio árabe a la calle
Dranaz por un hash. Luego me fumé el hash en el parquecito mientras miraba el tren elevado. Alguien des-
de el tren me hizo una seña con la mano y yo le mandé un beso que se diluyó en el aire caliente de la tarde.
Fue un maldito beso que explotó en le núcleo del aire, puff!, y desapareció para siempre. Finalmente cogí
la ruta del Radio City para cumplirte la cita y cuando entré al metro parecía que la gente se moría poco a
poco en las nubes alucinógenas de las cinco de la tarde, esas nubes negras que olían a heroína con orines.
Más tarde nos encontramos en Londres. Estabas en el parque. Las palomas grises hacían maniobras confu-
sas en el aire precario de la tarde y el olor de la lluvia me entró a los pulmones y me intoxicó. Caminamos
por la trece y el conjunto de las luces, el conjunto de los rostros y de los olores nos marearon lentamente.
Las campanas de Lourdes empezaron a sonar en el tejido del aire. En el aire había latidos. Grandes latidos.
Latidos. Latidos de un corazón invisible, herido y borracho que
bombea tinieblas sobre la lluvia, sobre la noche.

Antes de entrar a cine tomamos un café donde los árabes. Sensa-


ción conocida: café cargado, negro, espeso, un cigarrillo. Una con-
versación banal. Un golpe en el estómago. Mierda. Adrenalina pura.
Subordinación. Escalofrío. Un tabaco. Un Marlboro. Otro café. Un
beso. Un silencio. Un golpe en la cabeza. Salimos del café mareados,
aturdidos, y el ruido de la ciudad nos abaleó el pecho y las miradas.
Me dieron ganas de que te largaras para la mierda, pero dada la ca-
sualidad de que íbamos a ver Naked de Mike Leigh y entonces sentí
y entonces sentí en el corazón cuatrocientos golpes, cuatrocientos
golpes de brandy, cuatrocientos golpes de lluvia, cuatrocientos
golpes de heroína, cuatrocientos golpes de sangre, de carne, de pól-
vora, de humo azul, cuatrocientos golpes de tristeza, cuatrocientos
golpes de cuatrocientas aves muertas revoloteando en mi pecho.

En el cine, la fauna de siempre. Un par de mamerto Una pareja de


viejos embutidos en sus viejos gabanes, el borracho que siempre
encontrábamos en los cines alternativos con su botella de coñac y
las chicas universitarias con cara de que no se las habían comido en
meses por estar viendo películas para solitarios todas las noches.
Salí enamorada de Johnny, el clochard de la película. Yo te dije
después que nunca había visto un man que se fumara tanto como
ese. Era un man vestido de negro siempre envuelto en una nube
de humo, un man como tú y yo, un triste man siempre flotando en
las nubes confusas de los días como aviones absurdos, perdidos,
a la deriva, un man como tú y yo navegaba en el cielo maligno de
los días, esos días llenos de pequeñas lluvias donde se te llenaba la
boquita de heroína y saliva negra. Un man bacano, ese Johnny.

Entonces llegamos a tu apartamento. Me metiste tres balazos en el corazón. Once de la noche. Me matas-
te. Después fumamos, tomamos un café, dos cuerpos extraños sumidos en la conocida confusión del amor
después del cine, dos cuerpos desnudos atravesados por cuatrocientas espadas brillantes antes del café,
dos cuerpos extraños sumidos en la conocida confusión del amor después del cine, dos cuerpos desnudos
llenos de humo, dos cuerpos desnudos atropellados por la alucinación, dos cuerpos desnudos con la san-
gre llena de perros atroces, dos cuerpos desnudos naufragando en alguna ola de la marea de la noche, dos
cuerpos oscuros fulgurando antes de apagarse para siempre el reflejo caliente de la lluvia. A la media no-
che salimos y nos dirigimos a la estación del metro y allí me dejaste. Baby. Creíste que nunca más me ibas a
volver a ver. Pura mierda.

Me subiste al vagón y diste media vuelta. Yo me fui bien muerta. Lo último que me acuerdo eres tú fuman-
do y yo sentada en el vagón mientras éste se deslizaba hacia la oscuridad del túnel. Es verdad. Me mataste.
Y estoy en el cielo, tal como tú querías. En el cielo. Tal como querían mis padres y tú. Muerta, en el cielo.
Ahora he vuelto. Estoy en el balcón. Tú acabas de regresar del cine. Me ves. Te detienes. Te acercas. Me
observas en silencio. Fumas un cigarrillo. No has cambiado mucho baby. Abres la ventana. Afuera llueve.
Me acaricias la cabeza con suavidad. Me dejo tomar en tus manos y me pones frente a ti. Entonces te clavo
el pico en un ojo y la sangre brota lentamente. Mierda. Te saco el otro ojo. Afuera llueve y las luces de la
ciudad son peces suicidas que se destrozan en las aguas sucias y turbulentas de la tiniebla. Estás tirado en
la mitad del salón y el viento frío de la noche te cubre. Llevas diez minutos muerto. Yo llevo diez minutos
convertida en paloma.
SAN PEDRO DE LOS MILAGROS por Héctor Abad Faciolince
Manu, Manuela Marulanda, había sido Señorita Antioquia a principios de los años noventa, pero aunque
era bonita, en el Concurso Nacional no había quedado ni entre las finalistas. Después de unos cuantos me-
ses de notoriedad, al regresar de Cartagena sin cetro ni corona, había vuelto a ser lo que era antes de llegar
a reina: una muchacha agraciada del barrio La Castellana, que había estudiado tres semestres de Comuni-
cación Social y después de perder casi todas las materias había retornado a su oficio de manicurista en la
peluquería de su tía: Piropo’s.

De los meses de preparación al Concurso le habían quedado ciertos modales lentos en la mesa (recibió
treinta clases de glamour), un caminado que llamaba la atención por la calle, y varias intervenciones para
mejorar la apariencia: liposucción en los muslos, blanqueamiento de dientes, prótesis mamarias y cirugía
de nariz. De las semanas pasadas en las fiestas de noviembre también le habían quedado otras tres cosas:
cientos de fotos en Cromos, un amigo gay y un pretendiente mafioso.

Manu tenía una carita virginal, pero no podía decirse que fuera una virgen en todos los sentidos. Para
decirlo de una vez, no era una muchacha ingenua o sin experiencia. Se había fogueado desde niña, en la
calle, con los muchachos del barrio; había perdido la virginidad con un primo, en el zarzo de la casa, a los
dieciséis años, un domingo en que el papá se había ido para fútbol. Después de terminar el bachillerato con
las monjas Bethlemitas se había metido con un tipo casado de Bogotá, que la dejó plantada al cabo de seis
meses de restaurantes caros y moteles baratos.

Finalmente se había ennoviado con un muchacho del barrio, Carlos José, Cacho, un estudiante sin presente
pero con posible futuro porque era el mejor de la clase en todas las materias de geología. Se enamoraron
de verdad. Con él tuvo su primer orgasmo, aprendió a usar la píldora y se acostó miles de veces, pero por
las mismas semanas del reinado Cacho se había ido del país a hacer una Maestría en Petróleos, becado por
una pequeña universidad de un
pueblo perdido del centro de Ca-
nadá. Los preparativos del viaje de
Cacho a Norteamérica coincidie-
ron con el reinado departamental.
Aunque al principio a él la idea no
le gustaba, finalmente aceptó que
ella participara, porque veía que
Manu estaba entusiasmada, ha-
lagada en su vanidad, y con cada
desfile se ganaba unos pesos. Los
dos tomaron el Reinado como una
aventura y una experiencia más.
Ella le juró que se portaría bien,
que no lo traicionaría nunca, y él
se fue tranquilo a hacer su máster
en oro negro entre la nieve blanca.

Manu, en todas las entrevistas de


prensa, habló siempre de su novio,
Cacho, como de un núcleo duro,
inamovible, y si en Cartagena se
hizo amiga de Byron, el peluquero
gay, fue en parte por una afinidad
profesional y en parte para no
poner en riesgo su relación con el
novio. Byron era una loca comple-
ta. Divertido, hablantinoso, más femenino que Manu, sensible como un pandero, arribista como un lagarto
en sus comienzos, y con una inclinación tan marcada por el dinero que le bastaba que alguien tuviera plata
para caer a sus pies. Tenía la mejor peluquería de El Poblado, le decían “el peluquero de la mafia”, y lo
enviaron a Cartagena en el séquito de miss Antioquia, para peinarle los bucles y asesorarla en todo lo rela-
cionado con el maquillaje y el atuendo. Se fueron haciendo íntimos y tal vez el fracaso en la jornada final
los volvió más solidarios. —El Reinado lo compraron, Manu —le decía Byron, después de la coronación de
otra candidata—. ¿A ti te parece lógico que esté entre las finalistas ese monigote del Huila que no te llega
ni a los tobillos? Mirale esa celulitis en las nalgas, mirale ese meneíto de coqueta sin clase. Con decirte que
tiene una más grande que la otra. Ni a los talones te llega. No da ni para el premio a miss Simpatía. Lo que
pasa es que si uno no se consigue una palanca bien arriba, o un tipo con harta plata, no te hacen ni prin-
cesa. Claro que ahí también hay culpa tuya, Manu, mucho te dije que si eras un poquito
menos reservada con don Chucho, él te ayudaba.

Don Chucho era el pretendiente que, sin querer, le resultó en Cartagena. Lo había cono-
cido porque era cliente de Byron en la peluquería. Era un cincuentón de mal aspecto,
teñido de azabache, puras cadenas de oro, carros lujosos, mocasines blancos, anillos
de espanto y manojos de dólares en billetes de cien en los bolsillos. Al principio Byron
había intentado metérselo por ojos y nariz. Le hablaba de él, le decía las múltiples
ventajas que le podía traer una persona así, la vida regalada que tendría sólo con
ser un poquito más disponible. A Manu don Chucho le producía físico asco, así
que en esto se volvió intransigente, y hasta le dijo a Byron que si seguía insis-
tiendo le pediría a la esposa del Gobernador que le cambiara el peluquero.
Al fin, con todas las ocupaciones de los desfiles y los compromisos de los
últimos días, el problema se fue olvidando y diluyendo.

Cuando volvieron a Medellín, Manu y Byron no dejaron de verse. Se


habían vuelto amigos en Cartagena, y de alguna manera, para el peluque-
ro, Manu era lo que él había soñado ser toda la vida: una niña divina. De vez
en cuando ella iba a su salón de belleza de El Poblado, y Byron, si estaba des-
ocupado, le hacía tratamientos en el pelo, o si estaba ocupado la ponía a cepillar
a algún cliente, o a limar una uña, o a fingir un último desfile en Cartagena para que
los otros vieran. A veces, por la noche, salían por ahí, al Parque Lleras, y se tomaban un
trago antes de irse a dormir cada cual por su rumbo. Mientras tanto Manu, cada quince
días, hablaba con Cacho por teléfono, se llamaban por turnos para no gastar mucho, y
el compromiso era esperarlo hasta diciembre, cuando él iba a volver, ya graduado, para
después casarse a mediados del otro año.

Lo que pasó un sábado del mes de marzo fue confuso y molesto, incluso trágico, aunque
al principio pareció que no tendría más consecuencias que un mal sueño. Byron conven-
ció a Manu de que lo acompañara a una fiesta en una finca por San Pedro de los Mila-
gros. Manu no quería ir porque ya conocía cómo eran los amigos de Byron, traquetos
millonarios y de mala calaña. Pero Byron le dijo que era una fiesta sana, por la tarde;
que iban a volver como mucho a las doce, y que él no la iba a desamparar ni un
minuto para que no la molestaran. Manu se fue con él, pero se sintió incómoda
desde que llegaron a la finca, una casona colonial con plaza de toros, pesebre-
ras, cancha de futbolito, billares, televisores gigantes y cuadros de Villegas.
La fiesta resultó ser con marranada y le tocó asistir al momento en que el
dueño de la finca, un gordo de sombrero y mal hablado, le clavaba el puñal
al cerdo, con esos chillidos de terror que lanzaba el marrano, y que a Manu
se le quedaron grabados en los tímpanos durante varios días. Tiraron
voladores, quemaron pólvora, prendieron fogatas, hubo espectáculo de
strip-tease contratado, había todo el trago que se pudieran beber, cigarri-
llos de marihuana y pases de perico que podían tomarse libremente, por
pizcas, de una totuma con tapa.

Manu no había probado nunca cocaína, ni tampoco la quiso probar ese día. La marihuana nunca le había
gustado. Se limitó a tomarse tres copitas de vino tinto, degustándolo despacio, agitando la copa, mirando
el color y haciendo chasquear la lengua, como le habían enseñado en sus clases de glamour. Lo malo fue
que al final de la tarde se apareció don Chucho por la fiesta, escoltado por cuatro guardaespaldas de gafas
negras y cara de matones. Al principio se limitó a saludarla desde lejos, pero con los tragos, la cocaína y
el pasar de las horas, acabó por acercarse a ella y se fue volviendo cada minuto más pesado, más insisten-
te, más insoportable. Aunque Manu estaba con Byron, don Chucho se les pegó como un chicle, y contaba
chistes verdes, hacía comentarios idiotas sobre el reinado, decía frases de doble sentido, le ponía la mano
sobre el hombro. Algo debieron planear porque uno de los guardaespaldas, ya al caer la noche, se llevó a
Byron, coquetéandole, dizque a ver unos toros de casta o unos caballos árabes. Y ahí don Chucho se volvió
descarado, intentó besuquearla, le puso una mano en el pecho para tocarla, le montó una pierna, y Manu
tuvo que ponerse seria, gritarle “viejo asqueroso”, y apartarlo a la brava. Le pegó un empujón tan violento
que lo tiró al suelo. —Todavía no ha nacido la mujer que me lo niegue a mí —le dijo don Chucho a Manu,
desde el suelo—. Esto no se queda así, mocosita; esta me la pagas.

Manu salió de la casa corriendo, y empezó a buscar a Byron por todos lados, caminando rápido y miran-
do hacia atrás, hacia las sombras, lejos de la música, de los gritos vulgares, pero Byron no aparecía por
ninguna parte. Estaba oscuro y caminaba por la arena de la plaza, por los establos, sin poderlo encontrar.
La asustaban las sombras de los árboles. Volvió a entrar en la casa, se metió por un corredor, abrió una
puerta; había cuerpos desnudos entrelazados que se abrazaban y la invitaron a pasar. Las muchachas del
strip-tease se­guían trabajando. Volvió a salir despavorida, pero entre la música y las risas no encontró
ninguna cara que le inspirara confianza. Buscó a las personas del servicio, y se sentó junto a ellas, al lado
de una fogata donde freían el marrano. Ahí se distrajo, mirando las llamas y oyendo el chisporroteo del
tocino en las pailas. Al fin vio a Byron que se acercaba desde lejos, abrazado al guardaespaldas, tambalean-
te, completamente borracho. Ya eran más de las doce y hacía mucho deberían haberse ido, pero Manu no
sabía manejar, y bajar a Medellín con Byron así, era como invocar la muerte en un precipicio. Los meseros
pasaban bandejas con fritanga y arepas.

Mientras comía algo con desgana, alguien se le acercó por la espalda. Manu se sobre-
saltó. Era otro de los guardaespaldas de don Chucho. Venía con un vaso de plástico y
una botella de champaña en la mano. Le dijo a Manu que ahí le mandaba su patrón
de regalo, para pedirle disculpas porque se le había ido la mano. Manu se tomó una
o dos copas de champaña, resignada. Miraba la fiesta como desde lejos, triste. Cuer-
pos que se movían, cantos, bailes, gritos, besos. La fiesta seguía en todo su furor, los
vallenatos la tenían sorda y se sentía medio mareada. Entró a la casa con Byron, que
casi no podía ni andar, y el peluquero se quedó dormido en un sofá. Manu volvió
a sentirse desamparada y empezó a sentir un sueño insoportable. Fue a la cocina,
habló con las muchachas, preguntó por un cuarto, hasta que una empleada la llevó al
segundo piso, a un cuartico apartado. El sueño era cada vez peor, la hacía tambalear-
se, como si se hubiera tomado una pastilla. Fue capaz de ponerle seguro a la puerta y
puso una silla de cuña, por si alguien intentaba abrir. Ahí pasó la noche. Se profundi-
zó de inmediato, sin siquiera desvestirse, con los tacones puestos.

Al otro día se despertó muy tarde, casi al medio día, con un dolor de cabeza que
le palpitaba en las sienes. A su lado estaba Byron, todo vestido de blanco, como
un ángel, sentado en una silla al lado de la cama. No supo cómo había entrado
sin oírlo. La silla ya no estaba, y se descubrió desnuda debajo de las mantas. Se
recorrió el cuerpo con las manos, como con miedo de no estar completa. Byron
le sonrió. Estaba con el pelo húmedo, muy peinado, mirándola a la cara, con la
expresión culpable por haberla dejado sola y haberse emborrachado. Ella se dio una
ducha rápida y bajaron. En el piso principal se veían los estragos de la noche anterior: olor
a vómito, botellas vacías, restos de chicharrón y de fritanga. Al fondo se oían todavía los tambores de una
música perpetua. La totuma de la cocaína apoyada en un rincón.

El dueño de la finca estaba dormido en una hamaca, con la barriga al aire. Byron, al prender el carro, le
dijo que don Chucho se había ido con sus guardaespaldas al amanecer, borracho. En el camino a Medellín
Manu volvió a quedarse dormida y no se despertó hasta que Byron la dejó en la casa. Lo que sigue sucedió
unos meses después. Manu, aunque se lo esperaba, porque tenía una leve sospecha allá en el fondo de su
pensamiento, no podía creerlo, ni explicárselo. Había algo que no entendía, y al fin había resuelto consul-
tarlo con la ginecóloga. Después de las preguntas iniciales que hay en toda consulta, Manu le había soltado
su preocupación: “Hace más de tres meses que no me viene; yo no he sido muy regular y por eso no había
venido. Ahora me parece raro”. La médica la examinó con cierto descuido —eso le pareció a Manu, por lo
menos—. Le palpó los senos, algo congestionados, aunque podía ser la silicona. ¿Le dolían? Manu dijo que
estaban más sensibles. La médica preguntó también por mareos y malestar. Cuando hubo respuestas afir-
mativas, la miró desde arriba, y luego, con displicencia, casi con ironía, le soltó la pregunta: “¿Y no se te ha
ocurrido hacerte una prueba de embarazo?”. Manu estaba acostada en la camilla, apenas cubierta a medias
por una sábana, y cerró los ojos.

Se sintió ofendida, iba a responder mal, pero se dio cuenta a tiempo de que no tenía sentido enojarse. Dijo,
simplemente: “Llevo casi un año sin acostarme con nadie, no es posible. No me he metido con ningún
hombre desde que se fue Cacho. No digamos un beso; no me he tocado ni siquiera un dedo, y se lo digo en
serio”. La doctora miró a los ojos a la paciente: “¿Segura?” Manu repitió, como en un eco, con un tono de
voz que le salió de muy adentro: “Segura”. La ginecóloga se lavó las manos, despacio, y volvió al escritorio.
Abrió un formulario y prescribió rápidamente tres exámenes. “Sáquese una muestra de sangre con estas
tres pruebas y me las trae mañana. En el primer piso hay un laboratorio, aproveche”. Manu, al salir, leyó la
receta. “Prueba de tiroides. Prolactina. ‚HCG”. Menos mal, pensó, al menos la médica le había creído. Manu
no tenía por qué saber que‚ HCG es la prueba específica para el embarazo.

Al otro día, cuando le entregaron el resultado, la enfermera del laboratorio la miró con una sonrisa. Buscó
con su mirada argollas en la mano, y al no encontrarlas, prefirió evitar las felicitaciones que tenía prepa-
radas. La prueba era positiva. Fue en ese momento, al leer el resultado, cuando Manu sintió que se deses-
peraba. No tenía motivos para pensar que pudiera estar embarazada. Ninguno. Era verdad. Manuela no se
había acostado con nadie desde hacía once meses. Es más, después de
que Cacho se había ido para Canadá, había suspendido del todo las
pastillas. ¿Para qué tomárselas si su intención era serle fiel
y casarse con él cuando volviera en diciembre? “Todavía
no ha nacido la mujer que me lo niegue”. La frase de don
Chucho en la fiesta le volvió a retumbar a Manu en la cabeza.
Don Chucho tenía muchos negocios: presidente de un equipo
de fútbol profesional; dueño de una agencia de arrendamientos;
propietario de varios almacenes en San Andresito.
Pero lo más importante, según Byron: amo y señor de la mejor
ruta para salida de coca y entrada de armas por el Tapón del Da-
rién. Pensó en Byron sentado, todo vestido de blanco, al lado de la
cama, en esa finca por San Pedro de los Milagros. No, Byron no sería
capaz de hacerle nada. Le llevó los exámenes a la doctora. No había
duda. Le hizo una ecografía y ahí estaba, diminuto, creciendo, inva-
diéndola. Manu empezó a llorar, con un desconsuelo silencioso, hondo.

Cuando le dijo a la médica que no sabía cuándo, ni cómo, ni de quién,


ésta la miró con una sonrisa que quería decir: “Yo ya he oído historias de
esas, a mí no me digas bobadas, mi reina”. Manu era bonita, tal vez dema-
siado, y por eso mismo no tenía cara de ángel ni de monja. Si la médica no
le creía, en la casa menos le iban a creer. ¿Y Cacho? Cacho tampoco se tragaría ese
cuento. Se imaginaba diciéndole: “Mi vida, estoy embarazada, pero no sé cómo”. Qué risa. Eso no se lo cree
ni un santo. Salió del consultorio destrozada. Vagó por las calles y casi sin saber cómo llegó a la peluquería
de Byron, en El Poblado. Estaba llena de clientes, y él le miró los ojos hinchados. Le dijo que se sentara. Ella
le dijo que volvía más tarde. Al anochecer, al fin, salió el último cliente. Se tomaron un café. Después una
cerveza. Después ella le dijo: —No sé cómo, Byron, pero me dicen que estoy embarazada. No me he acosta-
do con nadie, pero yo misma lo vi. Es verdad. Byron se quedó mudo, mirándola.

Ella siguió hablando: —Después de esa noche en San Pedro, cuando me desperté, estabas a mi lado. Yo no
estaba vestida y me dolía la cabeza. No pensé nada. No sabía qué pensar. No quería pensar. Había sido una
noche horrible, con ese viejo asqueroso tratando de tocarme, pero te vi ahí y me parecías un ángel que
solamente podía anunciarme cosas buenas. Byron no decía nada. Se rascaba por detrás de la cabeza. La mi-
raba con susto, con los ojos desgranados. —Te echaron algo en la champaña, Manu. Hizo una pausa larga.
Manu se acordó del vaso de plástico, de la champaña, de un ataque de sueño que parecía que no pudiera ni
llegar a la cama. Byron siguió:

—Eso me dijo un guardaespaldas. Y don Chucho entró al cuarto. Yo me había despertado y te estaba bus-
cando. No me dejaron entrar a tu cuarto, don Chucho estaba adentro. Cuando se fueron yo también entré.
Estabas ahí tirada, como una muerta, pálida, desnuda, pero respirabas. Profunda, como anestesiada. Te
lavé por todas partes con una toalla mojada. Por lo menos no te habían pegado. Olías a aguardiente, a ciga-
rrillo, olías a don Chucho, o a chucha, mejor dicho.

Te quité todo ese olor, y te volví a cubrir. Iba a vestirte pero te quejabas y no quería despertarte. Esperé
horas hasta que abriste los ojos. Yo estaba feliz de que no te hubieras dado cuenta de nada. Te hice algunas
preguntas pero no te acordabas de nada. Era poco probable que hubieras quedado embarazada. Manu lo
miraba con rabia y agradecida al mismo tiempo. Pensó que Byron era el único que no le diría mentirosa,
mosquita muerta, falsa. —Bueno, ya al menos hay alguien que me cree que no me di cuenta. Pero pudiste
haberme defendido, Byron. Hacer algo, gritar, llamar a alguien…

—Estaba medio borracho yo también. Y me dio miedo. Don Chucho es poderoso, y estaba con sus guar-
daespaldas. Cuando el tipo estaba allá metido, bajé y le dije al de la finca lo que estaba pasando, pero él me
contestó: “Eso no es cosa mía. Y usted tampoco se meta”. Todo estaría bien si no hubieras quedado emba-
razada. Nadie se hubiera dado cuenta de nada. Byron hizo otra pausa. Pidió un brandy. Se seguía rascando
la cabeza. —Don Chucho sigue viniendo a mi peluquería, y pregunta por ti, por la virgencita que no se lo da
a nadie, dice. Y después se ríe. También los guardaespaldas.

—Lo voy a matar, Byron. Cuando te pida cita me avisas, que yo vengo y lo mato. —¿Cómo? Se mantiene
siempre con dos o tres guardaespaldas. No les gusta ni que le pase la barbera cerca de la garganta. Me vigi-
lan las tijeras, no, hasta la peinilla me vigilan. Y nunca toma nada. Desde esa noche yo no lo puedo ni ver,
pero me aguanto. No he encontrado la manera de sacarle el cuerpo. Hasta lo tiño mal, y lo trasquilo, pero
no me vale, siempre vuelve. —Le podría disparar por un hueco, encerrada, desde la cocineta. —Y después
nos matan a los dos. Además, qué vas a saber disparar tú.

No le pegas al mundo con un palo. Lo mejor es abortar, no decirle nada a nadie, y olvidarse. Yo conozco
a alguien que te puede ayudar. Manu volvió a su casa. Tenía que pensarlo. Pocos días después habló con
Cacho, que la encontró rara, le hizo mil preguntas, pero no sacó nada en claro. Estuvo otra vez donde la gi-
necóloga, que tomó medidas e hizo algunos cálculos: —Va a nacer a finales de diciembre, la última semana,
si no me equivoco —le dijo—. Ya tienes tres meses y medio. ¿Y al fin te acordaste de cómo fue o sigues con
amnesia?

Manu se fue sin contestarle. A finales de diciembre también llegaba Cacho de Canadá. No podía esperarlo
con una barriga de nueve meses, menos con un bebé recién nacido, con el cáncer que un mafioso violador
le había inoculado. Le daba asco de eso que le crecía por dentro, pero siempre había estado en contra del
aborto, al menos de pensamiento y de palabra. Creía lo que le habían dicho las madres Bethlemitas, que
era un crimen abominable, el peor, porque se cometía contra un ser indefenso que no tenía culpa alguna
de haber venido al mundo. Podía demandar a don Chucho. ¿Y quién le iba a creer? Byron era cobarde y no
iba a declarar a favor de ella. Si lo hacía, seguro que los mataban a los dos. Y si no, ya se imaginaba a los
guardaespaldas declarando que ella misma había seducido a su patrón, una persona tan seria y respetable,
pero esas niñas bonitas hacían cualquier cosa para enredar a los señores; ya se sabe, por la plata.

Byron la acompañó a una clínica en Cali. Se fueron en avión por la mañana y volvieron por la tarde. El
médico era joven y el sitio muy limpio. La trataron bien. En el avión, al regreso, tuvo que ir al baño para
vomitar. Luego estuvo varios días en la cama, con un poco de cólico. A la semana volvió a trabajar con su
tía, molida, pero serena, con un descanso mental y un asco menos en el cuerpo. Cacho llegó a principios de
diciembre del mismo año, y Manu no le dijo ni una palabra de lo que había pasado. Estaban radiantes y pla-
nearon que se casaban en mayo. Cacho, con 5 mil dólares que ahorró de unas prácticas, compró un carro.

El 23 de diciembre estaban parados frente a un semáforo, cuando al lado se puso un jeep inmenso, negro,
de vidrios polarizados que se fueron bajando. Era don Chucho con sus guardaespaldas. Empezaron a gri-
tarle cosas a Manu: “Reinita, ¿seguís sin darlo? ¿Cuándo salimos, virgencita, mi reina?”. Manu miraba para
otro lado, y cuando Cacho arrancó pidiendo explicaciones, le dijo que no los conocía, que corriera. Por un
instante pensó que todo se iba a saber; estaba pálida, y lo único que se le ocurrió fue pedir un milagro, un
regalo de Navidad, un aguinaldo. Que el Niño Jesús se acordara de don Chucho, que se lo llevara.

Dos días después, mientras veía las noticias por televisión, Manu empezó a temblar, de miedo y de ale-
gría, y rezó una plegaria mentalmente, pero no dijo nada. Habían aparecido cuatro tipos muertos en una
cuneta, a la salida de San Pedro de los Milagros. Uno de ellos, Jesús Alberto Henao Moncada, empresario
de fútbol, popularmente conocido como don Chucho, estaba entre las víctimas. Un grupo de sicarios los
había abaleado. Había sido, al parecer, un ajuste de cuentas entre bandas del narcotráfico. Byron la llamó
también a contarle, más tarde, y estaba tan contento como ella. Esa noche Manu brindó con Cacho, por el
amor. Sin decirlo, por dentro, brindó también por un muerto del que nunca le había hablado, y por un traí-
do del Niño que no podía contar que le habían dado. Se casaron en mayo del año siguiente. Ahora tienen
dos hijos y viven en un campo petrolífero por los Llanos Orientales.
LA SIESTA DEL MARTES por: Gabriel García Márquez.

El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas
e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante
entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes
cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, intempestivos espacios sin sembrar, había ventila-
dores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas,
entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y aún no había empezado el calor.
—Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.

La niña trató de hacerlo pero la persiana estaba bloqueada por óxido. Eran los únicos pasajeros en el
escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña
abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con
cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, ale-
jada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre. La niña tenía doce
años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las
venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una so-
tana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en
el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenía la serenidad escrupulosa de la gente
acostumbrada a la pobreza.

A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para
abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto lim-
pio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo
en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hun-
dió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo
de flores muertas.

Cuando volvió al asiento la madre la esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo de
maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras co-
mían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anterio-
res, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos
tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo, en
una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las [Link] mu-
jer dejó de comer.

—Ponte los zapatos —dijo.


La niña miró hacia el exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a
correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La
mujer le dio la peineta.

—Péinate —dijo.

El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la
grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de
un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.

—Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora —dijo la mujer—. Después, aunque te estés muriendo de
sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.

La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito
de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos
y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminoso martes de agosto, res-
plandeció en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más
de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar
y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo. No había nadie en la estación. Del otro lado de la
calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en el
calor. La mujer y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empe-
zaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.

Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas
públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no oían a abrirse hasta un poco antes d e las
cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su canti-
na y su salón de billar, y la oficina del telégrafo a un lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construidas
sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas.
En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la
sombra de los almendros y hacían la siesta en plena calle. Buscando siempre la protección de los almen-
dros la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural.
La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar. En el interior
zumbaba un ventilador eléctrico. No se oyeron los pasos. Se oyó apenas el leve crujido de una puerta y en
seguida una voz cautelosa muy cerca de la red metálica: «¿Quién es?». La mujer trató de ver a través de la
red metálica.

—Necesito al padre —dijo.


—Ahora está durmiendo.
—Es urgente —insistió la mujer.
Su voz tenía una tenacidad reposada.

La puerta Se entreabrió sin ruido y apareció una mujer madura y regordeta, de cutis muy pálido y ca-
bellos color de hierro. Los ojos parecían demasiado pequeños detrás de los gruesos cristales de los lentes.
—Sigan —dijo, y acabó de abrir la puerta.

Entraron, en una sala impregnada de un viejo olor de flores. La mujer de la casa las condujo hasta un
escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La niña lo hizo, pero su madre permaneció de pie,
absorta, con la cartera apretada en las dos manos. No se percibía ningún ruido detrás del ventilador eléc-
trico.

La mujer de la casa apareció en la puerta del fondo.


—Dice que vuelvan después de las tres —dijo en voz muy baja—. Se acostó hace cinco minutos.
—El tren se va a las tres y media —dijo la mujer.
Fue una réplica breve y segura, pero la voz seguía siendo apacible, con muchos matices. La mujer de la casa
sonrió por primera vez.

—Bueno —dijo.

Cuando la puerta del fondo volvió a cerrarse la mujer se sentó junto a su hija. La angosta sala de espera
era pobre, ordenada y limpia. Al otro lado de una baranda de madera que dividía la habitación, había una
mesa de trabajo, sencilla, con un tapete de hule, y encima de la mesa una máquina de escribir primitiva
junto a un vaso con flores. Detrás estaban los archivos parroquiales. Se notaba que era un despacho arre-
glado por una mujer soltera.

La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo. Sólo
cuando se los puso pareció evidente que era hermano de la mujer que había abierto la puerta.
—¿Qué se le ofrece? —preguntó.
—Las llaves del cementerio —dijo la mujer.

La niña estaba sentada con las flores en el regazo y los pies cruzados bajo el escaño. El sacerdote la miró,
después miró a la mujer y después, a través de la red metálica de la ventana, el cielo brillante y sin nubes.

—Con este calor —dijo—. Han podido esperar a que bajara el sol.
La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario
un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba
en la cabeza le sobraba en las manos.

—¿Qué tumba van a visitar? —preguntó.


—La de Carlos Centeno —dijo la mujer.
—¿Quién?
—Carlos Centeno —repitió la mujer. El padre siguió sin entender.

—Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada —dijo la mujer en el mismo tono—. Yo soy su madre.
El sacerdote la escrutó. Ella lo miró fijamente, con un dominio reposado, y el padre se ruborizó. Bajó la
cabeza para escribir. A medida que llenaba la hoja pedía a la mujer los datos de su identidad, y ella res-
pondía sin vacilación, con detalles precisos, como si estuviera leyendo. El padre empezó a sudar. La niña
se desabotonó la trabilla del zapato izquierdo, se descalzó el talón y lo apoyó en el contrafuerte. Hizo lo
mismo con el derecho. Todo había empezado el lunes de la semana anterior, a las tres de la madrugada y
a pocas cuadras de allí. La señora Rebeca, una viuda solitaria que vivía en una casa llena de cachivaches,
sintió a través del rumor de la llovizna que alguien trataba de forzar desde afuera la puerta de la calle. Se
levantó, buscó a tientas en el ropero un revólver arcaico que nadie había disparado desde los tiempos del
coronel Aureliano Buendía, y fue a la sala sin encender las luces. Orientándose no tanto por el ruido de la
cerradura como por un terror desarrollado en ella por 28 años de soledad, localizó en la imaginación no
sólo el sitio donde estaba la puerta sino la altura exacta de la cerradura. Agarró el arma con las dos manos,
cerró los ojos y apretó el gatillo. Era la primera vez en su vida que disparaba un revólver. Inmediatamente
después de la detonación no sintió nada más que el murmullo de la llovizna en el techo de cinc. Después
percibió un golpecito metálico en el andén de cemento y una voz muy baja, apacible, pero terriblemen-
te fatigada: «Ay, mi madre». El hombre que amaneció muerto frente a la casa, con la nariz despedazada,
vestía una franela a rayas de colores, un pantalón ordinario con una soga en lugar de cinturón, y estaba
descalzo. Nadie lo conocía en el pueblo.

—De manera que se llamaba Carlos Centeno —murmuró el padre cuando acabó de escribir.
—Centeno Ayala —dijo la mujer—. Era el único varón.

El sacerdote volvió al armario. Colgadas de un clavo en el, interior de la puerta había dos llaves grandes y
oxidadas, como la niña imaginaba y como imaginaba la madre cuando era niña y como debió imaginar el
propio sacerdote alguna vez que eran las llaves de San Pedro. Las descolgó, las puso en el cuaderno abierto
sobre la baranda y mostró con el índice un lugar en la página escrita, mirando a la mujer.

—Firme aquí.

La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la
baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre. El párroco suspiró.
—¿Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?

La mujer contestó cuando acabó de firmar.


—Era un hombre muy bueno.

El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estu-
por que no estaban a punto de llorar. La mujer continuó inalterable:

—Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En
cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba hasta tres días en la cama postrado por los golpes.

—Se tuvo que sacar todos los dientes —intervino la niña.


—Así es —confirmó la mujer—. Cada bocado que me comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le
daban a mi hijo los sábados a la noche.

—La voluntad de Dios es inescrutable —dijo el padre.

Pero lo dijo sin mucha convicción, en parte porque la experiencia lo había vuelto un poco escéptico, y en
parte por el calor. Les recomendó que se protegieran la cabeza para evitar la insolación. Les indicó boste-
zando y ya casi completamente dormido, cómo debían hacer para encontrar la tumba de Carlos Centeno.
Al regreso no tenían que tocar. Debian meter la llave por debajo de la puerta, y poner allí mismo, si tenían,
una limosna para la Iglesia. La mujer escuchó las explicaciones con atención, pero dio las gracias sin son-
reír. Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia
adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió
por completo los niños se dispersaron. A esa hora, de ordinario, no había nadie en la calle. Ahora no sólo
estaban los niños. Había grupos bajo los almendros. El padre examinó la calle distorsionada por la reverbe-
ración, y entonces comprendió. Suavemente volvió a cerrar la puerta.

—Esperen un minuto —dijo, sin mirar a la mujer. Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una
chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.

—¿Qué fue? —preguntó él.


—La gente se ha dado cuenta.
—Es mejor que salgan por la puerta del patio —dijo el padre.
—Da lo mismo —dijo su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.

La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metáli-
ca. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña la siguió.
—Esperen a que baje el sol —dijo el padre.
—Se van a derretir —dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—. Espérense y les presto una som-
brilla.
—Gracias —replicó la mujer—. Así vamos bien.
Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.
ALTOS DE LA CALERA por: Santiago Gamboa
La historia que voy a contar es algo triste, aunque contiene momentos realmente jugosos. Todo a mi costa,
claro está. Veamos, ¿por dónde empezar? Bueno, comenzaré por decir que soy filósofo, lo que no conside-
ro una profesión sino una dignidad, una forma de estar en el mundo, pero como debo ganarme la vida me
dedico a la docencia, así que soy profesor de Filosofía; enseño Spinoza, dirijo unseminario sobre Deleuze y
también doy materias como Lógica o Ciudad y Velocidad. Diré algo más: fui uno de los filósofos que pro-
testaron ante la crítica hecha recientemente por una revista del jet set literario (la TVyNovelasde los que
escriben novelas), en el sentido de que no existíamos ni decíamos nada sobre la realidad nacional, y esto,
por absurdo que parezca, no en términos de autocrítica, ya que son ellos los que no nos han dado jamás
la palabra, sino como una acusación, algo frente a lo cual había que sentirse culpable. Fui uno de los que
protestaron y por eso, si me lo permiten, prefiero no revelar mi nombre.

El caso, lo que le importa a esta historia, es que al tercer año de clases llegó a mi curso de Lógica una coste-
ñita hermosa, peleona, hija de samario y francesa, que argumentaba hasta sobre los huecos en las paredes.
¿Cómo describirla? Como ver simultáneamente a Ursula Andress saliendo del mar en bikini (Dr. No, 1962),
a Sharon Stone cruzando la pierna en Basic Instinct (Paul Verhoeven, 1992) y a Jacqueline Bisset teniendo
un estrepitoso orgasmo en el baño de un avión que aterriza (Ricas y famosas, George Cukor, 1981), todo eso
más el Nacimiento de Venus, de Boticelli, el primer movimiento del Bolero, de Ravel, el capítulo siete de
Rayuela y los jardines colgantes de Babilonia, todo con vista al mar, y además leyendo en francés a Benja-
min Constant y a Georges Bataille. La folie!

Se llamaba Lizette y el apellido no lo diré, pues los caballeros no tienen memoria. El caso es que al llegar
ella al salón de clase mis ojos se instalaban en su pecho, en su corazón, incluso entre sus piernas, y de ahí
no salían hasta la tarde, cuando el mundo se convertía otra vez en una galleta dietética, desabrida y sin sal.
Eran tiempos duros y yo sentía la urgencia del adulterio, pues era un hombre casado. La cercanía de los
cincuenta me tenía muy tenso. Con el reflejo animal de poner a prueba mis capacidades de seducción, y
Lizette era perfecta para dar satisfacción a ese humillante deseo. Empecé a trabajar el tema, alerta a cual-
quier posible temblor de alas (como las arañas), hasta que un día, después de una clase, mi presa se acercó
a pedir consejo. Leía a Richard Sennett y a Paul Virilio, así que la invité a tomar un café mientras charlá-
bamos. Le hablé de Velocidad del motor y dela Universidaddel desastre. Al llegar a McLuhan pedimos dos
cervezas, con Toni Negri nos pasamos al ron y, al entrar a la sociedad post fordista y la lógica reguladora de
los procesos sociales, se acercó a mi oído y me dijo, no me respetes tanto, profe, ya va siendo hora de que
me veas desnuda.

Volé en mi Renault 21 porla Circunvalary subí por el cerro hasta el Motel Altos dela Calera, que siempre vi
con curiosidad cada vez que iba con la familia a comer fritanga o a pasear a Guasca. Acerqué el carro a una
cadena, abrieron y elegí una semisuite. Por la escalerilla que sube al cuarto, y con la empleada todavía pre-
guntando qué íbamos a tomar, Lizette ya me besaba con ímpetu. Perdona, dijo, es que estoy más entusada
que el putas. ¿Entusada? Me contó de un novio argentino, un tipo algo rococó en su habla pero con un
sexo prensil que la había catapultado no sabía bien si al planeta del Principito o al de los Simios, en clase
business y sin escalas. Quítame ese encoñe, profe. Ordené media de ron, papas fritas BBQ y un paquete de
Kool, y le dije, veré qué puedo hacer, comprendiendo que tenía por delante una ardua tarea. Entonces fui
al baño, miré hacia abajo y le dije a mi soldado: ya escuchaste a la señorita, hoy la cosa va en serio. Acto
seguido me tragué una pastilla azul, pues, como dice un compañero filósofo, tirar sin pastilla es como leer
sin luz eléctrica. Al volver a la cama vi que Lizette tenía un collar de plata en la cintura. Pasé saliva. La tan-
ga Punto Blanco negra voló hacia la caperuza de la lámpara y pude ver su mismidad rasurada, y la barriga
lisa con algunas pecas, su ombligo como un tercer ojo, un viejo rastro de bronceado y una L mayúscula, en
caracteres góticos, tatuada al inicio de la entrepierna. ¿Lorenzo?, ¿Luis?, dije, acariciándola, pero ella se
rio, no seas grosero, chico, ¡Leibniz!

A partir de ese momento, tras una serie de appetizers, caricias y chupamientos para despertar los corpús-
culos de Krause, hicimos una dupla de fornicaciones intensas y complicadas. En primer lugar la exigente
Montaña rusa, introducida en Colombia en 1982 por R.H. Moreno-Durán, un sube y baja por los tres ori-
ficios (muy usada por la literatura erógena posterior) y luego el clásico Mirando a Constantinopla, que
ofrece una hermosa vista de la espalda y las caderas (tal vez la más hermosa que puede existir). Nos fuimos
al descanso con un más que aceptable 5,9 enla Richter.

Hecho esto nos relajamos. Lizette miró si tenía mensajes en el celular y respondió un par de chats. Yo
hice lo mismo con miedo de que mi mujer me buscara (le dije que tenía reunión de posgrado). Bebimos
unos vasos de ron, vimos un poco de porno de izquierda antiglobal de Erika Lust y nos preparamos para
el tiempo complementario. Para nivelar arranqué con un 68 (te la chupo y me debes una) hasta que Lize-
tte cantó a gritos la primera estrofa de Ne me quitte pas. Cuando estaba al borde del tsunami di un salto y
quedé frente a ella, a la japonesa, y así permanecimos, como apostando a un serio, hasta que nos barrió el
sirocco, un ventarrón ni el verraco, y cuando creí que habíamos terminado Lizette me agarró de los brazos
y dijo, no señor, espera, hay más, y gritó, ¡huy, qué polvazo, profe!, así que me dije, ok, soldado, nos vamos
al dos sin sacar, bendita sea la pastilla que ya debió entrar en la sangre, ¡inmersión!

Terminamos exhaustos, felices, pero al encender la lámpara empezó el problema. Por una increíble ca-
sualidad, nuestra segunda fornicación aceleró algo y a Lizette le llegó el periodo, Caperucita Roja, lo que
significó mucha sangre en las sábanas. Por fortuna habíamos retirado el cubrelecho. Esto a Lizette la puso
frenética. De repente su lado costeño desapareció y, digamos, se apoderó de ella la francesa. Testaruda, psi-
corrígida. Dijo que se llevaría todo para lavarlo y que lo devolvería por courrier. Le dije que era una tonte-
ría, que ni nos imaginábamos lo que habrían encontrado en esos cuartos. Que era normal. Nada de eso, dijo
vistiéndose, y en un segundo, antes de que yo acabara el cinematográfico cigarrillo poscoital, ya tenía las
sábanas dobladas y había tapado la cama con el cubrelecho.

Al bajar guardó todo en el baúl del carro y salimos, ella contrariada y yo con el sentimiento de culpa
haciendo sobrevuelos. Luego se puso a responder chats. Yo me concentré en el camino. Dejamos atrás
los Altos dela Caleray agarramos el cruce para bajar hacia Bogotá, que a esa hora parecía un planisferio
iluminado. Al llegar al CAI encontramos un retén de Policía y
nos hicieron el alto. Control rutinario, dijo el agente, y nos pidió
bajar. Saqué los documentos muy tranquilo hasta que recordé las
sábanas y miré a Lizette. Ella ya se había percatado y me miraba
con pánico. Por supuesto que las encontraron y no hubo nada
que hacer. Nos subieron al furgón esposados. Lizette dijo que la
sangre era suya, que podía demostrarlo, pero el policía le dijo,
señorita, cálmese, hasta un vigilante de conjunto residencial la
arrestaría por andar con unas sábanas ensangrentadas.

La Policíase demoró seis días en establecer que la sangre era


de Lizette, y mientras tanto nos tuvieron detenidos. Tuve que
recurrir a un abogado y dar explicaciones. Mi esposa se lo
tomó como algo personal y por eso escribo esto en la casa de
un colega, que me recibió mientras consigo algo. No volví
a ver a Lizette, pues estoy suspendido mientras el tribunal
docente evalúa el caso. Esta es mi trágica historia, queridos
amigos. Por eso hoy odio la sangre, odio a Lizette y, por
supuesto, las canciones de Jacques Brel.
LA MATA por: Tomás Carrasquilla.

Vivía sola, completamente sola, en un cuarto estrecho y sombrío de cabo de barrio. Sus nexos sociales no
pasaban de la compra, no siempre cotidiana, de pan y combustible, en algún ventorrillo cercano; del trato
con su escasa clientela, y de sus entrevistas con el terrible dueño del tugurio. Este hombre implacable la
amenazaba con arrojarla a la calle, cada vez que le faltase un ochavo siquiera del semanal arrendamiento.
Y, como pocas veces completaba la suma, vivía pendiente de la amenaza.

Después de ensayar con varios oficios, vino a parar en planchadora de parroquianos pobres; que para ricos
no alcanzaban sus habilidades. Faltábale trabajo con frecuencia, y entonces eran los ayunos al traspaso. El
hambre, con todo, no pudo lanzarla a la mendicidad.

Era uno de esos seres a quienes la rueda de la vida va empujando al rodadero, sin alcanzar a despeñarlos.
Más que vieja, estaba maltrecha, averiada por la miseria y las borrascas juveniles. De aquella hermosura
soberana, que vio a sus plantas tantos adoradores, no le quedaba ni un celaje. De sus haberes y preseas de
los tiempos prósperos, sólo guardaba el recuerdo doloroso. De aquel naufragio no había salvado más que
el cargamento de los desengaños.

Su historia, la de tantas infelices: de cualquier suburbio vino, desde niña, a servir a la ciudad; pronto se
abrió al sol de la mañana aquella rosa incomparable, y... lo de siempre. ¡Pobre flor! Dos hijos tuvo y fueron
su tormento. El varón huyó de ella y se fué lejos, no bien se sintió hombrecito. Su hija, un ángel del cielo,
la recogió el padre, a los primeros balbuceos, donde nunca supiese de su madre.

Ni un amigo ni una compañera le quedaban en su ocaso, a ella que los tuvo sin cuento en su cenit; ni una
palabra de conmiseración a ella que oyera tantas lisonjas. Y, las pocas veces que imploró un socorro, de
algún bolsillo en otros tiempos suyo, no obtuvo ni siquiera una respuesta. El desprecio de los unos, el des-
conocimiento de los otros, caían sobre ella como la piedra mosaica sobre la hebrea infiel. La pobre mari-
posa, ya ciega, sin esmaltes ni tornasoles, se recogió, en su espanto, para morir entre el polvo abrigado de
la gruta.

En su anonadamiento no pensaba en el cielo ni en la tierra; no pensaba en nada que pudiera redimirla.


¡Qué iba a pensar la infeliz! Sólo sentía el hambre de la bestia que ya no puede buscarse el alimento; sólo el
frío del ave enferma que no encuentra el nido.

El hambre material... ¡muy horrible, muy espantosa! Pero esta otra del corazón; esta necesidad de un ser
a quién amar, con quién compartir la negra existencia; esta soledad de la vejez, no podía, no era capaz de
arrostrarla. Consiguió un gato, un gato muy hermoso. Pero los gatos, lo mismo que el amigo, huyen de las
casas donde el hogar no arde. Dos veces tuvo loro, y uno y otro murieron de inanición. Su desgracia les
alcanza hasta a los pobres animales. Si ella consiguiera una compañera que no comiese... pero, ¿cuándo?
Un día, al pasar por la calleja un carro con enseres de una familia en mudanza, cayó junto a su puerta un
tiesto con una planta. Como se hiciera trizas, lo dejaron allí abandonado. Tomó ella la raíz, sembróla en un
cacharro desfondado y lo puso en un rincón, junto a la entrada.

Antes de un año era una planta que llamaba la atención de los transeúntes. Regarla, quitarle las hojas se-
cas, ponerle abono, era su dicha; una dicha muy grande y muy extraña. Tan extraña, que simpre recordaba
a su hijita, las pocas veces que pudo peinarla y componerla. Le propusieron comprársela a muy buen pre-
cio. ¿Vender ella su mata? ¡Si le parecía que era persona como ella; que era algo suyo; que la acompañaba;
que sabía lo que pensaba! su cuchitril no se le hacía ya tan triste ni tan feo. Y la pobre, autosugestionada
por esta idea, ya ponía algún esmero en el aseo y arreglo del cuartucho.

La planta iba creciendo a la sombra, como si Dios la bendijese. Y Dios la bendecía,


porque consolaba a un alma triste. Una día llegó un brazo hasta el dintel, otro levantó
un renuevo, otro se curvó en arco. Su dueña entonces, clavó dos varas, amarró el tallo,
y la guirnalda de brillante follaje y de campánulas purpúreas se fue extendiendo, pomposa y exuberante,
hasta formar un dombo. Las gentes se paraban a contemplar tanta gentileza y galanura. La pobre mujer,
menos cohibida, mandaba entrar a los curiosos para que viesen todo aquello. Hasta una señora muy lujosa
entró un día.

Su mata la iba volviendo al trato con las gentes; le iba dando nombre. Ya no se sentía tan despreciada ni
tan abatida. Como ya podían verla los extraños, no era tan descuidada en su vestido, y sacudía las paredes
y aderezaba sus pobres trebejos con el primor que en la miseria quepa. Día por día iba aumentando el aseo.
Tanta limpieza le atrajo más clientela y se hizo célebre en el barrio. El cuarto de María Engracia se citaba
como una tacita de plata.

Una mañana entraron dos señoras a contemplar la mata. Admiradas del aspecto de aquella vivienda míse-
ra, que la pulcritud hacía agradable, se deshicieron en elogios. Esa noche hizo lo que no hiciera desde sus
tiempos de servicio: rezó a la Virgen el rosario entero. Otro día sacó de un baúl, donde se apolillaba en el
olvido, un cuadrito de la Dolorosa. Colgólo sobre su cabecera y le puso un ramo, el primero que cogía de la
mata. Un domingo fue a misa de alba.

Aquel espíritu, que parecía muerto, resucitaba. Tal lo entendía ella. Todo era un milagro, un milagro que
le hacía nuestro Padre Jesús de Monserrate, por medio de la mata. Sí: El era. Recordó, entonces, que un
domingo, en sus tiempos tormentosos, al bajar del cerro con otras compañeras, le había dejado una tar-
jeta, en la última estación. Recordaba todo, punto por punto; su amiga Ana, que era muy instruida y muy
tremenda, tomo un lápiz y puso al pie del nombre de este modo: “Acuérdate de mí, que soy una triste
pecadora”. Y todo esto, que tenía olvidado por completo, ¿por qué lo recordaba ahora, como si lo estuviese
presenciando? Pues, por milagro...

Al sábado siguiente se postraba ante un confesor. No fué poco el pasmo de los vecinos cuando la vieron
arrodillada en el comulgatorio para recibir la Santa Forma. De ahí adelante llevó vida piadosa interior y
exteriormente. La mata, más lozana y florida cada día, llegó a ser para ella un ser sobrenatural, enviado
por Jesús de Monserrate para su enmienda y tutela.

Entre tanto se iba sintiendo muy enferma y quebrantada. Le daban palpitaciones con frecuencia; con fre-
cuencia se le iba el mundo, y más de un vértigo la desvaneció en la iglesia. Presentía su fin muy próximo
pero sin pena: antes bien con una dulce serenidad. ¡Si ella pudiera trasplantar su mata sobre su sepultura!
Un día llegó furioso el dueño del cuartucho. Sólo a una malvada como ella se le ocurría poner ese matorral,
para tumbar el cuarto con la humedad. Si no sacaba al punto aquella ociosidad la echaba a la calle con todo
y sus corotos.

Ella se pone a llorar, sin que piense ni en tocar la mata. Por la tarde torna el hombre y arremete a bastona-
zos contra cacharro, flores y follaje. Tira todo a la calle y hace sacar los muebles enseguida. María Engracia
se desploma, presa de un síncope. De allí la llevan para el hospital. En sus delirios ve su mata frente a su
cama, como el arco de triunfo para entrar al paraíso. Y al amanecer de un domingo, cae para simpre en la
red infinita de la Misericordia.
UN VIEJO CUENTO DE ESCOPETA por: José Félix Fuenmayor.
Petrona, la mujer de Mar-tín, llegaba a la ciudad —el poblado con sus mora-dores, anticipándose a lareali-
dad que un día debíaser la llamaban ya ciu-dad—. Llegaba Petronamontada en burra. Uncajón a lado y lado
del sillón, el espacio entre ellosrellenado con esterillas,mantas y almohadas. Encima, Petrona. Dos mozosla
escoltaban, a pie, eluno adelantado comoguía y el otro detrás, empuñando un garabato, y la burra lo sabía.

Ante una casa grande,de paredes de ladrillos ytecho de tejas, el guía sedetuvo y su parada se corrió a la
burra y al del garabato.

—Aquí es, niña Petrona. En el sardinel aguardaban una mujer y un muchacho. El guía no los miró, ni pare-
cía haberlos visto; pero mientras bajaba cargada a Petrona, dijo: —Ella es Juana, la cocinera, y él es Euge-
nio, suhijo, para los mandados. Ella tiene las llaves. De pie en el suelo, podía ver mejor que Petronaera una
viejita bajita, delgada, de apariencia muydébil. Donde la puso el guía se quedó, quietecita, se pensaría que
esperando a que la llevaban en brazos comoa una criaturita. Los mozos quitaron el relleno del sillón, lo
entregaron a Juana y saltaron sobre la burra: el uno cayóen el sillón y cruzó las piernas; el otro en el anca,
y sus pies casi tocaban tierra.

—Adiós, niña Petrona. Que Dios la conserve ensalud.

El garabato dio una picada. La burra sacudió lasorejas, torció el cuello tratando de echarle un reojoal gara-
bato, y arrancó, en el comienzo un poco apresurada, pero sentando luego su marcha en ese inalterable y
moroso paso deburro que crea en nuestroscampesinos la pachorra yquizás la ensoñación.

Petrona miró alejarse laburra, la siguió con los ojoshasta que, al pasar de la calle al callejón, la esquina se
la tragó lentamente,de orejas a rabo. Entonces se apretó la frente con las manos, como para hundirse muy
adentro todo un pasado del monte que acababa de abandonar, y entró resuelta en su ahora de laciudad.
Con paso menudo y ágil se dirigió a la casa; recorriéndola en todas suspartes, la reconoció minuciosamen-
te y empezó a dar órdenes que hacía cumplirde inmediato. Más tarde se presentó Martín a caballo. Traía
atravesada en la silla vaquera una herrumbrosa escopeta.

—Válgame Dios —dijo Petrona—, no debiste traerla.—No sé —dijo Martín—, iba a dejarla pero me devolví a
cogerla. No sé. Bajó del caballo y lo amarró a la reja de una ven-tana. Era huesudo, delgado y tan alto, que
al lado de su mujer, daba la impresión de que podría metérsela en un bolsillo de su chaquetón.—No me
gusta que te la hayas traído.—A mí tampoco. No sé. Martín conocía muy bien la casa pues la había inspec-
cionado cuidadosamente antes de comprarla. Con la escopeta en la balanza pensó un rato y fuea dejarla
en un rincón del último cuarto y volvió a la sala donde Petrona, en una mecedora, quietecita, miraba la
pared.—¿Qué hiciste con la escopeta?—Allá la puse. Un cuarto entero para ella sola, el último.

No le eché llave a la puerta. Puede que así sea, pues dicen que hay ladrones.—¿Robarse eso, Martín? Bue-
no, será lo que Dios quiera. Siempre te digo que la botes, pero hago mal porque yo tampoco me atrevería a
botarla. Será lo que Dios quiera.

Allá, en la finca, adquirióMartín esa escopeta de unmodo muy simple aunque extraño. Un desconocido se
la propuso a cambio de una carga de yucas. Mal negocio, Martín lo vio de una vez; pero lo hizo. Su mujer
se disgustó.—Eso no sirve para nada, Martín, es una mugre. ¿Porqué aceptaste el cambalache? Mirando,
mirando lejos, por donde el extraño se fué con la carga de yucas montado en un burro, Martín contestó:
«No sé,no sé».—Bótala de una vez, Martín.

Martín cargó con la escopeta y, como si la botara, la echóal fondo del cobertizo destinado a las herramien-
tas,materiales y trastos viejos de la finca, y allí quedó olvidada por mucho tiempo. Mas un día Martín la
halló a su paso, casualmente, y observó que estaba hundida un poco en el suelo de tierra apisonada, donde
había caído cuando la tiró.—La escopeta se ha hecho una especie de nicho por sí misma —fué a decirle a su
mujer—. Eso parece un milagro de santo.—Cómo se te ocurre, le increpó Petrona indignada. Decir eso es un
sacrilegio.

Los vellos se me hanerizado. Martín sintió que a él también se le erizaban los vellos.—Bótala, Martín, bóta-
la.—Sí, voy a botarla. Pero la escopeta continuó allí, y otra vez fue olvidada, como lo había sido antes, como
ocurrió ahora en la ciudad. La preocupación por la escopeta aparecía fugaz pero intensa; un fusilazo muy
lejano que también podría significar muy hondo. —Vengo por el caballo, señor Martín, anunció una voz
desde afuera. —Está bien, llévatelo, dijo Martín, saliendo a la calle.

Sin perder tiempo, el que llegaba desató la bestia y, montando, tomó el mismo camino por donde se fue
la burra. Martín estuvo mirando hasta que la esquina se tragó al jinete y su cabalgadura; y entonces, con
un gesto igual al de Petrona en el momento de desaparecer la burra, se apretó la frente y se enterró en sí
mismo al pasado, un pasado de esperanzas realizadas que ambos sepultaban en un presente sin ilusiones,
como un muerto en un muerto.

Después de cincuenta añosde vida montuna, un día Martín dijo a Petrona:—Me compran todo esto.¿Qué te
parece?—¿Tú qué dices?—Me gustaría venderlo.—¿No te hará falta?—No, Petrona. He pensadoque traba-
jar de necesidad es ir en camino a alguna parte; que esa parte adonde uno va, trabajando, es el descanso y
creo que ya hemos llegado.—Verdad, Martín. Yo también he estado preguntándome hasta cuándo y para
qué.

Vende.—¿Y para dónde cogemos?—Para la ciudad. Y ya estaban aquí, con casa propia y sobra de dinero
para atender sus gastos. Petrona se dedicó activamente a la organizaciónde la casa y en pocos días estable-
ció un orden doméstico, encargó a Juana de su ejecución; y sin descuidar la vigilancia general pasaba las
horas enterasen una mecedora de bejuco, dando el frente al patio de arena blanca, limpio, sombreado por
dos almendros. Su mirada se desvanecía en un espacio inexistente, en un tiempo perdido donde la extin-
guida realidad de su vida en el campo renacía convertida enensueños, y el viejo Martín, al parecer olvida-
do porcompleto de la finca, se levantaba muy de mañana, sacaba una silla al sardinel y sentándose con su
tabaco en la boca, contestaba el saludo de las gentesque pasaban y con quienes siempre estaba dispues-to
a hablar si le daban conversación.

Cuando el solcalentaba se iba a estirar las piernas, calle arriba, hasta la esquina que se tragó al caballo y a
la burra. A veces se hacía tragar él mismo y doblaba subiendotres cuadras hasta una tienda donde se acos-
tumbró a comprar sus tabacos. Cierta vez que hacía allí su provisión llegaron dos sujetos, quienes después
de saludarlo se apartarona hablar entre sí, y Martín oyó que repetían la palabra escopeta. Martín los miró
de lado con desconfianza porque en repentina sospecha malició que sabrían algo de la suya e intentaban
alguna burla.

Quiso saber.—¿Qué es lo de la escopeta?, preguntó, pensando: ahora vamos a ver. —Sí, señor Martín. Es
para la Danza de los Pájaros.—¿Y qué es eso?—Bueno, verdad que usted no ha pasado aquí un carnaval to-
davía. Es que nosotros somos los de laDanza y ahí tenemos que sacar una escopeta. Perico venía prestándo-
nos la suya, pero ahora pasa que la vendió para afuera y esa es la cosa: dónde vamos aconseguir escopeta.

—¿Y la escopeta para qué?—Mire, señor Martín, es que el Cazador mata al Gavilán en defensa de la Palo-
ma. Hace como que lo mata, usted me entiende; revienta el fósforo, nada más, y el Gavilán se tumba como
muerto. Para eso es la escopeta. Martín pensaba: «Esta es la ocasión, mi viejita se alegrará mucho; pero de
pronto no la quieren porque quién sabe si ni para reventar el fósforo sirve.»

«Vean ustedes —dijo—, yo tengo una. Vengan conmigo para que la lleven de una vez.»—No, señor Martín;
es nada más para los tres días.—No importa, llévensela desde ahora y se quedan con ella. Yo no la nece-
sito.—No, señor Martín; prestada, nada más.—Pero si es una escopeta vieja que no vale un cuartillo.—No,
señor Martín.—Está bien, como ustedes quieran, qué voy a hacer. Pero vamos a verla.
Los dos hombres acompañaron a Martín, discu-tieron un poco y acabaron por aceptarla.—Digo yo —ex-
plicó uno de ellos— que hasta mejor que una nueva será, porque mete más miedo. Yo me asusté cuando le
eché el primer ojo.—Bueno, señor Martín —dijo el otro—. Contamos con ella y Dios se lo pague.—¿Para qué
metes a Dios en esto?, protestó sucompañero.

Llegado el carnaval, salió airosa la escopeta en suprimera prueba, reventando el fósforo magníficamente
y —como lo imaginó uno de los jefes de la danza—su temeroso aspecto coloreó con un espanto adicional la
escena de la muerte del Gavilán. Por seis años sucesivos la escopeta había seguido triunfando en las manos
del Cazador cada temporada carnestoléndica. Los de la Danza de los Pájaros se enorgullecían con ella.

—El san Nicolás del capitán Glen también sale cada fiesta patronal —le dijo uno de ellos a Martín— comola
escopeta de usted cada carnaval.—Quiere decir que usted es como un capitán Gleny la escopeta es como
un san Nicolás. Esto le pareció chistoso a Martín y lo contó a sumujer.—Otro sacrilegio —exclamó Petrona,
santiguándose—. Martín, no me gustó ese trato que hiciste. Mientras no nos metimos con la escopeta, nada
pasó. Ahora, quién sabe: mira por dónde va la cosa, con esa irreverencia. Si te la repiten, Martín, persígna-
te.

Oyendo a Petrona, Martín se preguntó si no estaría ya pasando algo. A él, por lo menos. Hacía untiempo,
quizá coincidente con el del trato, su buen apetito desmejoraba. No en las comidas regulares, pues siempre
fue muy sobrio en ellas, igual continuaba siéndolo y por eso su mujer no se daba cuenta del trastorno que
sufría. Era en los intermedios, entre el desayuno y el almuerzo, principalmente, cuando se manifiesta su
inapetencia, y esto lo considera una desgracia. Porque en comer y comer a poquitos y a cada rato en todo
el día golosinas y pedacitos de cualquier cosa, había encontrado su vejez la felicidad. Permanecía de pie,
al lado de su mujer. Ella nonecesitó mirarlo para sentir la tristeza de su esposo.—¿Qué te pasa, Martín?—
Estaba por decírtelo, Petrona. Es que me sientomal. Estos dulcecitos, tú sabes, los buñuelitos y todas esas
cositas que me gustan, ya no las apetezco.—Sí, no estarás bien. Guardaron silencio un rato.

Petrona pensaba queMartín le pedía ayuda, y pensaba cómo ayudarlo. Un cocimiento de manzanilla, no,
porque no era indigestión. Decirle que renunciara a esos bocados de niño, cómo iba a pedírselo si eran la
alegría de Martín. Encomendarlo a Dios sería lo mejor.—Martín —dijo—, hago esta manda: tú y yo iremos
juntos a la procesión del Viernes Santo. Ese día estaba ya muy próximo, y cuando llegó, Martín y Petrona
salieron en compañía de Juana acumplir la promesa. Al pequeño Eugenio lo dejaron en la casa. Pero elmu-
chacho sabía de antemano que esto iba a suceder y tenía invitado a Pablito con quien proyectó divertirse
aquellas horas de completa libertad, con todala casa a su disposición. No tardó Pablito en presentarse; y
como Eugenio quería agasajarlo, le dijo:—Tenemos agua de panela pero falta el limón. Aguárdeme aquí,
que voy a [Link]ó solo Pablito; y la casa, desierta y callada, leinfiltró su misterio. Oyó la llamada
de soledad y silencio. Comenzó a andar de puntillas. Tanteaba laspuertas que creía tremendamente ase-
guradas con cerrojos y trancas porque imaginaba tras ellas cosasindefinibles, extrañas. Pero todas se iban
abriendo,y sintió que en esto de que se le franquearan había algo mágico. Por entre las hojas que apenas
entreabría, adelantaba cautelosamente la cabeza y miraba. Sombras. Sombras, y algunas se movían, vivían,
fluctuaban en el aire, se desprendían de los rinconesy lentamente avanzaban sobre él; pero antes de quelo
alcanzaran cerraba la puerta [Link] tiránica curiosidad que el temor aviva, lo arrastraba.

Y así fue, de estancia en estancia. Hasta que, llegando a la última, al atisbar, creyó ver una extraordinaria
criatura negra, sin brazos, muy flaca y que recostada a la pared se mantenía parada de cabeza. Entonces,
el valeroso Pablito emprendió la fuga. Salía ya a la calle cuando tropezó con Eugenio, ya deregreso con los
limones. Eugenio retuvo a Pablito asiéndolo de un brazo.—¿Qué te pasa?—Nada. Suélteme.—Pero di, ¿qué
tienes?—Hoy... es... Viernes Santo..., y se zafó, continuando su huida.

Y entró el nuevo año; y un día san Sebastián semostró en su cuadrito de los almanaques de pared; y todos
lo miraban allí, y, viéndolo, se alegraban sintiendo el primer estremecimiento del carnaval. Y Martín no
había recobrado el apetito. Sentado ala puerta de la calle veía a las mujeres con sus chazasde dulces sobre
la cabeza, sin detenerlas, siguiéndolas unas veces con la vista, cristianamente resigna-do; y otras volvién-
doles enfurruñado las [Link] el anciano Sabas y saludó:—Buenos días, señor Martín.—Buenos
días. Se detuvo Sabas. No se paró de frente a Martínsino de lado, mirando hacia el fin de la calle. Lasdos
cabezas —Sabas de pie y Martín sentado— senivelaban.—Cómo irá a ser este carnaval, es lo que me pregun-
to. Vea usted que el año pasado sólo salió una Danza de los Diablos, y bien mala. ¿Cuántas saldránahora?
Ninguna. Vea que se lo digo: ninguna.

Yo me he puesto a buscar jóvenes para enseñarlos. Conseguí algunos pero se me fueron cuando les puse las
uñas de hojalata y las espuelas de puñales. Pendejos. En mis tiempos...Sabas calló mientras sus recuerdos
se agitaban débilmente y volvía a la quietud de su memoria amedia luz. Y siguió su camino.—Vea que se lo
digo: ninguna. Pendejos. Y así fue. No hubo ese año ni una sola Danza de los Diablos, pero sí las otras que
el heroico Sabas seguramente miraba con desprecio. Como la de los Patos Cucharas, que hacían tabletear
a dos metros de altura sus grandes picos de palo, y bailaban ceremoniosamente, con parsimonia impuesta
por los cuidados exigentes de la pesada armazón que soportaban.

Como la de los Doce Pares de Francia, cuyos campanudos parlamentos y aparatosos vestidos eran se-gu-
ramente el pintoresco infundio de algún atrevidoremendador de las letras y las modas [Link] la
de los Collongos, y la del Gallinazo, y lasgrandes Danzas de Toro.Y como la de los Pájaros —con la escopeta
de Martín—. Y tratándose de ésta será necesario, conperdón, detallar un poco. Era el último de los tres
días por la tarde, en la sala de la casa de la Niña Filomenita. Los pájaros, bastante maltrechos en aquellas
postrimerías saliendo por turnos al centro despejado de la sala, recitaban versitos al compás —o no— de
un acordeón y una tamborita.

Entonces saltó el Cazador, y no había perdido los bríos. Vestía chaquetilla amarilla, calzones cortos galo-
nados, polainas negras de trapo y birrete deroja pola con lentejuelas. Apuntó al Gavilán con laescopeta de
Martín: Mira, Gavilán maldito esto te imaginas tú pero no vas a comértela porque yo te mato: jPun!

El pun no debía decirlo el Cazador. Según el artificio del poeta que arregló la estrofita, esa exclamación se
entendería expresada por el estallido del fulminante. Pero esta vez se oyó otra cosa: una violenta detona-
ción que retumbó en el ámbito de la sala; y el Gavilán se desplomó con el cuello destrozado. Por un ins-
tante la muerte hizo un silencio absoluto, su profunda pausa. Y pasado aquel momento im-perceptible, la
tragedia se puso en movimiento. Ge-midos, imprecaciones, gritos, murmullos. El caído,con la ensangren-
tada máscara bien sentada en elrostro y las alas abiertas en cruz, parecía como nunca y extrañamente un
verdadero gavilán.

—¡La escopeta! ¡Dónde está la escopeta! Ninguno hizo caso. Nada había que averiguar, sitodos lo sabían:
aquello era obra del diablo, que carga las escopetas. Mas no le pareció tan simple la cuestión a Petrona.—
Martín..., comenzó a decir, y calló al ver a un hombre que llegaba.—Señor Martín, su escopeta mató al
Gavilán.—Sí —dijo Martín—, ya vinieron a decírmelo. Es una desgracia; no sé, no sé, es una desgracia.—Se-
ñor Martín, la escopeta ha desaparecido y nadie da con ella; pero yo sé dónde está y vengo para queme
acompañe porque es usted quien debe recogerla. Petrona se incorporó en la mecedora y exclamó viva-
mente:—No vayas, Martín, no vayas. El Señor me ha revelado una verdad—. Y según su inspiración explicó
que el Diablo hizo la primera escopeta y la dejó de muestra a los hombres, porque sabía que son perversos
y la multiplicarían de su mano; que el Diablono carga cualquier escopeta sino la suya, la que él hizo, la de
origen satánico; y que nadie puede reconocerla porque va cambiando de forma y aspecto.—Ninguna fuerza
humana lograría impedir que continúe rodando por el mundo mientras Dios lo permita. No vayas, Martín,
no vayas.

Mientras hablaba Petrona, el hombre de la invita-ión a Martín se había ido deslizando hasta la puerta de la
calle y salió.—Martín —dijo Petrona, santiguándose— ¿te fijaste en él? Es el mismo del cambalache. Mar-
tín se asomó a mirar. Ya oscurecía. Y creyó ver que el desconocido se alejaba montado en burro y con una
carga de yuca.
Ce yucas.

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