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Corrupción y fracaso del guano en Perú

Resumen de la época del guano en el Perú. NOTA TECNICA

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La Era del guano: prosperidad falaz y corrupción 1

El historiador Heraclio Bonilla en su artículo ”Guano y Crisis en el Perú del XIX”


señala que entre los años 1840 y 1879 el Perú exportó entre 11 y 12 millones de
toneladas de guano, cuya venta generó un ingreso de cerca de 750 millones de
pesos. El Estado peruano como propietario, a través de sus diferentes gobiernos,
recaudo unos 525 millones de pesos, dinero suficiente como para convertir al
Estado, mediante inversiones productivas, en el principal agente del
fortalecimiento de la economía peruana. Pero este fortalecimiento no se
produjo.
¿En que gastó el Estado los ingresos del guano?
Un 7% para la supresión del tributo indígena y manumisión de esclavos; un 29%
para expandir la burocracia civil; un 24,5% para incrementar la burocracia militar;
un 8% en transferencia de pago a extranjeros; un 11% en pago de la deuda
interna; y un 20% en construcción de ferrocarriles.
Según Bonilla la utilización de los ingresos generados por la exportación del
guano permite hacer dos constataciones: la primera, es el carácter improductivo
del gasto público, (salvo la excepción de la construcción de ferrocarriles); la
segunda, el Estado, vía el gasto y transferencia, desplazó al mercado interno una
masa monetaria para elevar potencialmente la demanda interna o para ser
utilizada en inversiones privadas. Sin embargo, los efectos generados por los
ingresos del guano resultaron casi nulos.
El carácter colonial de la economía peruana del siglo XIX, y la semifeudalidad
(gran propiedad terrateniente, explotación feudal, mercado interno incipiente,
etc.), fueron las causas que originaron ese fracaso, las mismas que no
permitieron el desarrollo capitalista en nuestro país.
Hasta 1862 la explotación y comercialización del guano estuvieron confiadas a
varias empresas extranjeras, como la firma inglesa de Anthony Gibbs. El gobierno
de Castilla prefirió entregar esta consignación a un grupo de comerciantes
peruanos agrupados en la Compañía de Consignatarios Nacionales. Es así como
estos comerciantes (consignatarios) pasaron a tener el control de la explotación
y venta del guano hasta que Piérola, en 1869, les arrebató esta concesión para
entregarla al francés Auguste Dreyfus.
Los consignatarios se encargaban de todo el proceso de explotación y venta del
abono. El Estado recibía una porción del ingreso líquido después de producida la
venta.
Con este sistema de consignaciones la plutocracia peruana contaba con el
instrumento eficaz para multiplicar sus fortunas. Es así que a fines de la década
de I860 esta clase se restablece económicamente, gracias al control de la venta
del guano, y al fraude.
Mientras tanto, frente al enriquecimiento de la plutocracia republicana existía
una población urbana y rural sumergida en la pobreza. Esta polarización de la
sociedad incentivo el surgimiento de los primeros movimientos populares.
Los resultados desventajosos obtenidos con los contratos de consignaciones,
(pequeños ingresos fiscales, elevadas utilidades de los consignatarios y la falta de
un efectivo control público), sumados a la expansiva demanda del recurso,
acrecentaron la voraz codicia de una parte de la plutocracia republicana,
contribuyeron para que se sustituyera los contratos de consignaciones.
En noviembre de 1866, el ciudadano Guillermo Bogardus formuló una denuncia
judicial contra la Compañía de Consignatarios Nacionales, de la que Manuel
Pardo era Director –Gerente.
Bogardus denunciaba: el modus operandi de los consignatarios: “recargo en el
flete del guano exportado, cobro indebido de comisiones, utilización de
establecimiento inadecuados en los países compradores, lo que originaba la
pérdida del peso del fertilizante; mantener precios bajos del guano cuando pudo
habérseles elevado; los consignatarios daban cuenta con retraso de las ventas de
guano. De tal suerte, retenían dinero que no era ya suyo sino del Estado. Al
mismo tiempo, este les solicitaba préstamos para salir de apuros. Los
consignatarios otorgaban los préstamos —muchas veces, con dinero del Estado
mismo— sujetos a intereses del dos y hasta del tres por ciento mensual,” escribe
Virgilio Roel en su libro: ”El Perú en el siglo XIX”
Esta denuncia se tramitó en la Corte Suprema con una lentitud muy sospechosa.
En el Congreso se formo una Comisión para investigar la denuncia. Esta Comisión
viajó a Inglaterra para realizar las averiguaciones. En ese país se abrió una
instrucción legal contra los implicados en el negociado. Los tribunales ingleses
encontraron pertinente la denuncia de Bogardus, por lo que condenó a los
consignatarios a devolver una parte de los dineros defraudados, entre ellos al
mismísimo Presidente de la República, Manuel Pardo.
En 1869, Nicolás de Piérola, Ministro de Hacienda del gobierno de José Balta,
expuso en el Congreso su plan para acabar con los consignatarios. El Congreso le
1
Nicolás Cueva Palacios. Suplemento Semana Diario El Tiempo. 10/06/2018.
dio amplias facultades para solucionar el tema. Los consignatarios, agrupados en
el Partido Civil, reclamaron un antiguo derecho por el que se debía dar
preferencia a los nacionales; pues Piérola estaba sacando una licitación
internacional para buscar a un agente extranjero que se encargue del monopolio
del guano. La supuesta licitación estaba amañada. En París, el 5 de julio de 1869,
Toribio Sanz y Juan M. Echenique, representantes del Estado peruano firmaban
el contrato con la Casa Dreyfus, con cargo a la aprobación del gobierno peruano.
Los consignatarios, autodenominados “hijos del país” ofrecieron una tenaz
oposición en el plano político como en el judicial a esta licitación internacional.
Sarcástica ironía de la historia: durante la guerra contra Chile estos “Hijos del
país”, tuvieron como consigna: ”Primero los chilenos que Piérola”
La Corte Suprema falló a favor de los consignatarios, pero el Ejecutivo desacató
esta sentencia y derivo el caso al Legislativo. El 17 de agosto de 1869 la Cámara
de Diputados aprobó este contrato, el mismo que fue ratificado por el Senado.
Alfonso Quiroz en su libro: ”Historia de la corrupción en el Perú” afirma que el
soborno/compra de parlamentarios- al estilo de Montesinos- hizo posible la
aprobación de este contrato.
Dreyfus astutamente ya había repartido acciones entre políticos y funcionarios
del Estado. Fueron sobornados Juan Martín Echenique, uno de los
representantes del Estado peruano que firmó el contrato en París (hijo del ex
presidente Rufino Echenique) y hasta el denunciante de las corruptelas de los
consignatarios: Guillermo Bogardus.
Con la firma de este contrato Augusto Dreyfus quedó con el control monopólico
de las finanzas peruanas, siendo acreedor, agente financiero y contratista del
guano. Aprovechando de esa múltiple condición, Dreyfus realizo muchas
operaciones lesivas contra el país y beneficiosas para sus intereses.
No entraremos en detalles técnicos. Resumiremos diciendo que Dreyfus no
cumplió las cláusulas del contrato: no pagaba los servicios de la deuda peruana y
exportó 360 mil toneladas más de lo pactado. Las disputas así surgidas
desencadenaron en 1879, la infausta guerra con Chile.
Piérola devino un agente de Dreyfus. Diría Manuel Gonzales Prada: ”Piérola que
no sabemos si continua favoreciendo los negocios de Dreyfus”. La Casa francesa
le dio dinero para que llevara a cabo sus aventuras políticas.
En este contexto, arribó al Perú el constructor de ferrocarriles Henry Meiggs.
Muchas obras públicas que se le dieron se recargaron con sus enormes coimas.
Quiroz manifiesta que se “calcula que Meiggs repartió más de once millones de
soles en sobornos a autoridades”
Los procedimientos seguidos para la celebración del contrato y ejecución, en
cada proyecto de construcción ferroviaria, fue del todo propio de la época de
despilfarro y corrupción. Al respecto Roel escribe:” En la construcción del
ferrocarril de Islay-Arequipa, llama mucho la atención los ingenieros Blume y
Echegaray establecieron un presupuesto de 8 millones, Benjamín Bates ofreció
construir el ferrocarril por 7 millones de soles, Eduardo Harmsen al igual que
Roberto Beddy ofrecieron construir el ferrocarril por 8 millones de soles. Pero el
gobierno, sin mayor garantías, otorgó el contrato a Henry Meiggs, el 4 de mayo
de 1868, por la suma de 12 millones de soles”.
Paradójicamente, el Estado peruano, al construir con sus propios capitales estos
ferrocarriles, generó, a corto plazo una bancarrota financiera y, a largo plazo,
sirvió principalmente para acentuar su dependencia externa.

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