Libro Semiología
Libro Semiología
[…]
En primer lugar, me gustaría plantear una pregunta para que tratemos de
contestarla en la clase de hoy. La pregunta central es cuál es el objeto de estudio de la
Semiología. Me gustaría que reflexionemos sobre esta disciplina que vimos formulada
como un proyecto en el texto de Saussure. Quisiera que volvamos sobre este campo
disciplinar en el que nos inscribimos y nos preguntemos cuál es su objeto. A partir de ahí,
que nos planteemos qué tiene que ver lo que estamos haciendo en la materia con este
objeto que el campo disciplinar se ha planteado. ¿Cuál es el objeto de estudio de la
Semiología? ¿Qué me dirían?
Alumno: Los signos y lograr un significado para el lenguaje hablado.
Profesora: Acá tenemos una respuesta que plantea que el objeto de estudio son
los signos. El objeto de estudio es el signo y los significados que pueden derivar de la
constitución del signo. ¿Alguien tiene alguna otra idea sobre la Semiología?
Alumna: Hay como una mutación. Después se enfoca más en el mensaje, luego
en el contexto y en los diferentes autores.
Profesora: Bueno, acá se señala una mutación. Esta compañera dice que hay una
especie de mutación en la Semiología, ya que va incorporando otros objetos como el
mensaje, el contexto, etc. En realidad, me interesa que problematicemos este punto:
¿qué pasa con la Semiología, ¿qué es lo que esta disciplina estudia? Para comprender
cuál es el objeto del estudio de la Semiología vamos a historizar un poco esta disciplina,
vamos a ver la historia disciplinar de la Semiología porque, como muy bien ella ha
planteado, hay un cambio. En un comienzo, la Semiología recorta un campo disciplinar
en el que indica un objeto de estudio que es privilegiado y, a medida que pasa el siglo
XX, hay una mutación, un cambio. Vamos a ver, entonces, de dónde parte, a dónde llega,
en qué punto estamos hoy de este campo disciplinar.
Para hacer esta historia de la Semiología necesitamos ubicarnos, de alguna
manera, en los principios del siglo XX. Nosotros siempre decimos que hay un relato
mítico, fundante, de la Semiología. Toda ciencia tiene su relato acerca de cuándo se
inició. Decimos que es un poco mítico el relato porque es algo arbitrario decir que la
Semiología empieza con Saussure. Es verdad que Saussure plantea un proyecto
disciplinar que ahora vamos a ver, pero también es cierto que se ha hablado del signo
desde mucho antes de Saussure. Ya en la filosofía griega se plantea la problemática del
signo y a lo largo de toda la historia hay recurrentes reflexiones sobre el signo. En ese
sentido, se puede decir que Saussure retoma una larga tradición. Lo mismo ocurre con
el otro autor que se encuentra en el origen de la disciplina que es Charles Peirce. Por un
lado, tenemos a Ferdinand de Saussure y por otro lado a un autor norteamericano que
es Peirce.
Este relato fundante de la disciplina ubica su origen en la producción de Saussure
y de Peirce, a principios del siglo XX. Vamos a ver qué dijeron uno y otro, por qué se los
considera los padres fundadores de la Semiología y vamos a ver cómo, con ellos, se da
origen a distintas tradiciones. La Semiología no es una ciencia homogénea que haya
dicho lo mismo a lo largo de toda su historia, sino que, desde su propio origen, ha
planteado distintas líneas de investigación y distintos presupuestos teóricos. Entonces,
vamos a tratar de reconstruirlos.
Tenemos, por un lado, a Saussure a quien ya han visto. A esta altura casi todos ustedes
tienen que conocer bien a este autor. ¿Cuál es el gran aporte de Saussure? ¿Podrían
sintetizarlo?
Alumna: La sistematización de la Semiología.
Alumna: La construcción de la lengua como objeto.
Alumna: Definir el objeto de estudio de la Lingüística.
Profesora: Definir que el objeto de estudio de la Lingüística es la lengua. ¿Qué otro
aporte hizo Saussure?
Alumno: El concepto de signo lingüístico.
Profesora: Bien. Ese concepto va a ser uno de los grandes aportes saussureanos.
Alumno: Dice que es el punto de vista el que crea el objeto.
Profesora: Bueno, hay un aporte acerca de la constitución de los objetos de estudio
disciplinares. Estrictamente, vamos a decir que el gran aporte de Saussure es haber
permitido el pasaje de la concepción de la lengua como nomenclatura a la concepción de
la lengua como sistema de signos. Ustedes vieron el tema de la lengua como
nomenclatura, lo habrán visto en las comisiones. Recordarán que la Lingüística con la
que Saussure discute, la Lingüística de su momento histórico, tiene la concepción de la
lengua como una especie de nomenclatura, un listado de términos. A cada uno de los
términos le corresponde un objeto de la realidad. La lengua como tal estaría constituida
por signos monoplánicos. La lengua, en esta concepción de la lengua como
nomenclatura, lo único que haría sería nombrar un objeto, objetos que tienen una
existencia previa a la lengua. La lengua vendría a aportar la etiqueta, el modo de nombrar
a este objeto. Por eso decimos que este signo lingüístico es concebido, dentro de esta
teoría, como monoplánico: tiene un único plano, el significante, y lo único que hace es
nombrar, portar sonidos para nombrar a un objeto que ya existe. Ésta es la gran teoría
cuestionada por Saussure.
Lo que dice Saussure es que la lengua es un sistema de signos biplánicos. Acá
aporta varios conceptos para cuestionar y refutar la teoría de la lengua como
nomenclatura. Para eso necesita elaborar todo un edificio teórico, por eso hay una serie
de conceptos que se articulan en su teoría. Tenemos, entonces, esta definición: la lengua
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es un sistema de signos biplánicos. Vamos a ver qué entiende por lengua, qué entiende
por sistema y qué entiende por signo.
Recuerden que, para Saussure, la lengua es producto de una convención social.
Una comunidad hablante establece, en un momento histórico determinado, una
convención acerca de la lengua. Además de ser social, la lengua, para Saussure, es una
entidad psíquica. Es decir, se encuentra depositada en la psiquis humana. Cada uno de
los miembros de una comunidad hablante, desde el momento en que participa de esa
convención social, posee en su mente esta lengua. Una lengua está constituida por
unidades mínimas que son los signos. La clave de toda la estructura teórica de Saussure
se encuentra en la aserción de que el signo es biplánico: está constituido por un
significado y un significante. Recordarán que dice que el significado es un concepto y el
significante es la imagen acústica y dice esto porque piensa en una abstracción, en una
entidad psíquica, que se encuentra en la mente del individuo que es donde se produce
esta unión de significado y significante.
¿Por qué esto cuestiona la teoría de la lengua como nomenclatura? A partir de
esta concepción, Saussure dice que no es que la lengua realice una unión entre una
palabra con un objeto. En la lengua, lo que se produce es la unión de una imagen acústica
con un concepto. Esto significa, según Saussure, que no hay pensamiento sin lengua. En
esta concepción de la lengua como nomenclatura, si ya existen los objetos y la lengua
sólo viene a etiquetarlos, es porque ya hubo un despliegue racional, una reflexión que ha
permitido discriminar y diferenciar objetos de la realidad. Saussure dice que no, que esta
operación de diferenciación no es posible sin la lengua. La lengua intervino antes. No
podemos pensar que hay un listado de objetos y nuestra única duda es cómo se llama
cada uno. Ya el mismo hecho de diferenciar un objeto de otro implica que la lengua ha
estado involucrada, ha aportado la herramienta necesaria para pensar la realidad.
Por eso de este edificio teórico de Saussure deriva la idea de que la lengua es un
principio de clasificación de la realidad. Éste es el gran aporte saussureano: la lengua
como principio de clasificación. Por supuesto, se apoya en todo este desarrollo teórico.
¿Por qué es un principio de clasificación? Porque toda comunidad lingüística, cuando
define su lengua, clasifica el mundo. La lengua aporta los conceptos a través de los
cuales se piensa el mundo. No hay posibilidad de pensamiento fuera de la lengua; por lo
tanto, el modo de pensar la realidad se da a través de la lengua.
Alumno: ¿Qué pasa con este esquema cuando el significado es ambiguo o hay
más de un significado para una palabra?
Profesora: Por empezar, ése es un problema que Saussure no se plantea. Sí se lo
plantea la teoría de la enunciación, después la vamos a ver. Lo que plantea Saussure es
que existen sistemas más perfectos que otros y vamos a ver qué imperfecciones identifica
él. Primero vamos a explicar qué es un sistema. Dijimos, por ahora, que el signo es la
unión de un significado y un significante, lo cual es un hallazgo fundamental. El hallazgo
del signo como entidad biplánica le permite refutar la concepción de la lengua como
nomenclatura. Esto implica refutar la idea de que la lengua es monoplánica.
Saussure avanza y dice que estos signos son las unidades mínimas del sistema:
la lengua es un sistema. Éste es el otro concepto clave de Saussure. En realidad, para
plantear esto de que es un principio de clasificación, otro concepto central en el que se
apoya es la idea de la lengua como sistema. ¿Qué significa esto? Significa que los
elementos que conforman el sistema, los signos, existen sólo a partir de la relación que
entablan dentro del sistema con el resto de los signos. Es decir, un signo no tiene
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existencia fuera del sistema, sólo existe a partir de las relaciones de oposición. Si
tuviéramos que esquematizar diríamos que los signos lingüísticos se definen por
oposición al resto, cada uno es lo que el resto de los signos no es.
Alumno: Es por lo que el otro no es.
Profesora: Exactamente. Esto significa que no hay esencialismo que es lo que
veíamos en la concepción como nomenclatura. En esa concepción hay esencias puras,
los objetos preexisten y tienen una esencialidad. En la concepción de la lengua como
sistema aparece la idea de que no hay esencias puras; lo que hay son relaciones de
oposición entre los signos que hacen que significados y significantes se vayan definiendo
por oposición al resto. Acá hay un concepto muy importante para comprender la noción
de sistema que es la de distinción (“distinción” en el sentido del verbo “distinguir”).
Un signo, fundamentalmente, debe distinguirse del otro, diferenciarse, para su
existencia. Acá vamos a la pregunta que usted planteaba: qué pasa cuando hay
ambigüedad. ¿Cómo, no hay signos que no se distinguen bien, uno de otro? Saussure
dice que los signos constituyen sistema tanto a nivel del significado como a nivel del
significante. Tomemos, por ejemplo, el signo” departamento”; este signo, por un lado, es
un concepto. Este concepto existe no hace tantos siglos, desde el punto de vista cultural.
En algún momento la cultura introdujo este signo en el sistema. El concepto
“departamento” se opone a “casa”, “rancho”, “chacra”, “chalet”, “country”. Este concepto
existe en la medida en que se diferencia claramente del resto de los conceptos que
designan “espacio para habitar”. Tiene un valor desde el punto de vista del concepto y
también desde el punto de vista del significante: “departamento” se constituye como
significante para no confundirse y distinguirse de cualquier otro. En el caso del significante
“casa” se define como tal, a nivel del significante, para no confundirse con “caso”, con
”cosa”, “cesa”, etc. Tanto al nivel del significante como del significado logran su existencia
en la medida en que logran distinguirse del resto. Esa distinción opera por oposición, se
oponen al resto. Así se va constituyendo el sistema de la lengua.
Alumno: (inaudible).
Profesora: Ésa es una posibilidad. Lo que usted plantea implica otro tipo de
relaciones y de problema: cuántos signos tenemos acá. Acá podemos pensar que hay
más de un signo porque, tal vez, acá [en “departamento”]funciona un sufijo (el modo en
que terminan las palabras) y este sufijo se reitera en muchos otros sustantivos del
castellano (la terminación –nto). Podemos pensar que acá hay dos signos, pero es otro
problema: cómo se relacionan los signos entre sí. Una respuesta que da Saussure es
que un nivel de relación se da en la morfología. En un momento lo vamos a explicar.
Lo que me interesa es la pregunta anterior del señor. Saussure dice que, cuando
se constituye el sistema, hay sistemas más perfectos que otros. Pero las posibilidades
que él ve de imperfección son bastante reducidas. Él dice que existen los homófonos. Es
decir, en un sistema podemos encontrar dos signos que suenen igual; por ejemplo
”sobre”: el sobre de la carta y la preposición (lo dejó sobre la mesa). Qué pasa acá: no
hubo distinción en el plano del significante. Tenemos dos conceptos distintos con el
mismo significante, lo cual es una debilidad del sistema. Un buen sistema hubiera
buscado una distinción. Se puede explicar esto porque un término y el otro tienen
distribuciones dentro del uso, en la conformación de los sintagmas, muy distintas.
Saussure dice que al no haber superposición en cuanto a cómo aparecen en el sintagma,
se distinguen claramente. El otro caso es el de los sinónimos que sería lo opuesto al
homófono: tenemos dos palabras que pueden significar lo mismo. Tenemos distintos
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significantes con el mismo significado. Esto Saussure también lo atribuye a cierta
debilidad del sistema. Todo esto es complejizado por la teoría de la enunciación que va
a dar una respuesta a esta problemática.
Entonces, tenemos acá los grandes aportes de Saussure a la Lingüística, y no sólo
a ella. Con esto sienta las bases de lo que fue el Estructuralismo, un paradigma teórico
que tuvo una gran influencia en muchas de las ciencias sociales (Antropología,
Sociología, Psicología). Esta idea de que el objeto puede pensarse como un sistema,
como una estructura constituida por unidades mínimas, va a ser lo que intenta un
antropólogo tan importante como Levi-Strauss […] cuando intenta pensar las relaciones
de parentesco en comunidades aborígenes.
Necesitamos decir todo esto porque hay conceptos de Saussure que van a tener
un gran impacto en la Semiología, aun cuando ha mutado un poco su objeto, sigue
trabajando con el concepto de sistema como herramienta teórica. Es un concepto que
deben comprender muy bien porque es un concepto que sigue operando en las ciencias
del lenguaje.
Lo que a nosotros nos interesa es qué dijo Saussure sobre la Semiología. En primer lugar
dijo que estaba definiendo un nuevo objeto de estudio para la Lingüística, la lengua como
sistema de signos. Pero, dijo Saussure, la Lingüística forma parte de una disciplina mayor
que es la Semiología. Aparece mencionada en la teoría saussureana y por eso la
ubicamos en los orígenes de este campo disciplinar. Hay una disciplina mayor, entonces,
que es la Semiología y una de sus ramas es la Lingüística. Recordemos que la Lingüística
tiene que estudiar la lengua, el sistema y los signos. Este planteo que hace Saussure nos
hace suponer que existen otras disciplinas que él no menciona con precisión y que
integrarían la Semiología. Él dice que la Semiología es la ciencia que va a estudiar la vida
de los signos “en el seno de la vida social” (ésta es la definición que da de Semiología).
Hay una fuerte impronta sociológica en Saussure. Tenemos que tener en cuenta que
Saussure era lingüista. Fue titular de la materia Lingüística General de la Universidad de
Ginebra, donde dictaba sus cursos. Su último curso lo dio entre 1910 y 1911. Lo daba
hacía tres años, desde 1907, pero él no escribe. Lo que se publicó después no fue escrito
por él sino que son los apuntes de las clases que tomaron sus alumnos. Él muere
tempranamente, en 1913, y sus clases se publican a partir de 1915-1916.
Doy estos datos históricos para que nos ubiquemos en la época. Saussure va a
ser muy influido por el paradigma positivista, muy dominante en ese momento, y, sobre
todo, va a estar influido por dos disciplinas. Saussure dialoga con otros dos campos
disciplinares: la Psicología y la Sociología. La Sociología de Durkheim está en el origen
del pensamiento saussureano y esto aparece en su idea de que la lengua es producto de
una convención social. Cuando piensa en la Semiología también piensa que todo tipo de
signo es de naturaleza social y producto de una convención social.
Lo interesante en esta definición de Semiología que da es que piensa que la
Semiología puede estudiar otro tipo de signos y no sólo los lingüísticos. Habría otros
lenguajes, cuyas unidades mínimas serían signos de otro tipo, que deberían ser
estudiados por esta ciencia. Suponemos que podría haber disciplinas análogas a la
Lingüística; alguna se podría dedicar al estudio de los signos visuales, otra a los signos
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auditivos. Lo importante es que Saussure sólo habló del signo lingüístico. No se explayó
hacia el resto de los signos. Por eso decimos que, en realidad, la Semiología, en
Saussure, es un proyecto disciplinar. Saussure plantea un proyecto de desarrollo de una
disciplina, pero él no la llega a desarrollar. Sólo desarrolla lo que tiene que ver con la
Lingüística que es una rama de la Semiología.
Un elemento importante que tendremos en cuenta en esta historización que
estamos haciendo de la Semiología como ciencia es este dato. Desde la muerte de
Saussure (1913) hasta fines de los años cincuenta nadie vuelve a hablar de la
Semiología. Los estudios sobre Lingüística de Saussure producen un fuerte impacto y
transforman los estudios lingüísticos durante todo ese medio siglo, desarrollan lo que va
a ser la Lingüística estructuralista, que se aboca al estudio del sistema de la lengua, pero
de la Semiología no hay noticias. Queda en el olvido hasta fines de los cincuenta.
Quiero detenerme un poco en las consecuencias teóricas que tuvo esta definición de
Lingüística que planteó Saussure. A partir de acá se da el desarrollo de la Lingüística
estructural. ¿Qué va a hacer la Lingüística estructural? Describir el sistema. Va a cumplir
el mandato saussureano. ¿Qué es describir el sistema? Identificar sus signos, sus
unidades mínimas, y describir las relaciones entre los signos. Podríamos decir que este
trabajo de la Lingüística estructural queda condensado en dos grandes objetos
normativos que son el diccionario y las gramáticas. El primero, por un lado, busca
reconstruir todos los signos que forman parte del sistema, trata de reunirlos. La gramática
trata de explicar las relaciones entre los signos.
En la gramática tenemos dos grandes líneas (estoy simplificando mucho): la
sintaxis y la morfología. La morfología estudia cómo se relacionan los signos en el interior
de una palabra. Acá entran todos los estudios sobre el género de las palabras, el número.
Cuál es el signo que indica lo femenino o lo masculino, lo singular o lo plural. Signos que
indican sustantivos; hay una gran cantidad de sustantivos que terminan en –do, otros en
–ción (asunción, confección). Es decir, estudian cómo en una palabra se combinan signos
y cuáles son las leyes que una lengua establece para que esa combinación de signos
sea correcta. Qué signos aceptan la alternancia masculino-femenino. La sintaxis
estudiará la relación de los signos en un sintagma o en una oración. En castellano, por
ejemplo, va primero el artículo, luego el sustantivo, después el verbo, los modificadores
del verbo, etc.
Digo esto porque muchos, sobre todo los de mi generación, hemos visto las
secuelas de la Lingüística estructural en las clases de lengua en la escuela. En la escuela
se enseñó durante mucho tiempo, básicamente, análisis sintáctico, tomando oraciones
abstractas, o sea descontextualizadas. La operación saussureana requiere una
abstracción. Saussure dice que vamos a estudiar la lengua que es un objeto de carácter
psíquico, por lo tanto, es abstracto. No vamos a estudiar el habla que es la manifestación
material de la lengua. Esta abstracción es tomar un sintagma (“¡Qué lindo día!”) fuera de
su contexto. Entonces lo estudio sintácticamente y estudio qué signos lo componen, si
son palabras masculinas y femeninas, por qué acá hay un masculino y por qué “día”
termina con “a”, por qué no dije “linda”. Se analiza todo este tipo de cuestiones. Ésta va
a ser una consecuencia muy fuerte en los estudios del lenguaje: estudiar el lenguaje en
una abstracción. Saussure deja ese mandato: hay que estudiar la lengua y no el habla.
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¿Recuerdan la definición de habla de Saussure?
Alumna: (Inaudible).
Profesora: Muy bien. El habla es el momento de la utilización personal de la lengua;
un acto individual, subjetivo. Saussure dice que el habla no se puede estudiar porque es
caótica, errática, individual, subjetiva. Lo que teníamos que estudiar es la convención
social: la lengua. Para ello hay que estudiarla abstractamente porque no se encuentra
materializada en ningún lado.
Dijimos que hasta fines de los cincuenta nadie retoma el proyecto saussureano de la
Semiología. A fines de los cincuenta hay un semiólogo muy importante llamado Roland
Barthes, francés. Barthes viene de los estudios literarios, tiene una formación en
Lingüística y en teoría literaria. Hacia los años cincuenta se dedicaba a la crítica teatral.
Esto es muy importante porque el teatro trabaja con distintos lenguajes. No es casual que
Barthes haya buscado reflotar este proyecto de Semiología que planteó Saussure. Era
un importante crítico teatral y necesita profundizar la indagación sobre todos los lenguajes
que confluyen en un mensaje como el teatral, porque la reflexión sobre la lengua no es
suficiente. En el ’59 escribe un texto hoy clásico de la Semiología que es Mitologías. Las
mitologías fueron, originariamente, artículos periodísticos que publica en uno de los
diarios más importantes de Francia, publica notas donde estudia distintos lenguajes de
la vida cotidiana. Toma este proyecto de Saussure de intentar ver qué otros lenguajes
conforman sistemas de signos en la vida social. Va a estudiar la arquitectura, la fotografía,
la publicidad, la moda. Va a indagar en lenguajes que no se reducen sólo a lo que, a partir
de ahora, vamos a llamar el lenguaje verbal, oral o escrito, y va a indagar en otros
lenguajes que tienen que ver con la imagen y el sonido. Se dedica sobre todo a los que
tienen que ver con la imagen. El primer gesto de Barthes es trasladar las categorías que
encontró Saussure, para estudiar el lenguaje verbal, al lenguaje de la imagen. Trata de
encontrar los signos de la imagen, cuál es el sistema que se conforma en un lenguaje
como el de la imagen, trata de diferenciar lengua y habla.
Por ejemplo, va a estudiar la moda y va a decir que existe una lengua y un habla
de la moda. Dice que la lengua de la moda la fijan las grandes empresas vinculadas con
la producción de moda que organizan los desfiles, que sacan las publicaciones más
importantes, que tienen las casas de alta costura. Éste es el núcleo de poder económico
que establece la lengua de la moda. Por otro lado, está el habla de la moda que es el uso
particular que hace cada persona y que contempla, de alguna manera, esos grandes
lineamientos fijados en el sistema de la lengua de la moda. Esos signos se van fijando
en este nivel de grandes intereses económicos vinculados con esta práctica y, por otro
lado, la gente hace uso de esto, pero respeta esas pautas fijadas en la lengua. En el
habla de la moda se respetaría, por ejemplo, que tal color no combina con tal otro, que si
voy con ropa de fiesta me tengo que poner zapatos de fiesta y adornos de fiesta, no me
puedo poner vestido de gala con zapatillas.
La idea es que estos lenguajes también transmiten mensajes. A través de cómo
uno está vestido se construye un significado y, además, la idea de Barthes es que se van
constituyendo sistemas a través de la moda: el sistema de lo deportivo, el sistema de lo
elegante, el sistema de lo casual. En esos sistemas cada elemento tiene un valor: el
pantalón más angosto o más ancho, la pollera más corta o más larga. Tiene un valor en
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relación con la situación para la que está prevista en este sistema que se va
constituyendo. Lo mismo pasa con los colores.
Va haciendo esta reflexión (también lo hace con la arquitectura y la fotografía),
pero en un momento dice que la Lingüística no es una rama más de la Semiología. En
realidad, la Lingüística, afirma, es la más importante de las disciplinas que conforman la
Semiología, por dos razones. Primero porque la Lingüística reflexiona sobre la lengua y
nos aporta categorías de análisis que él trata de aplicar a los otros lenguajes.
Alumno: Analiza todo lo demás partiendo de esto.
Profesora: Exacto, toma las categorías que se usaban para describir la lengua:
lengua, habla, signo, sistema. Piensa que la Lingüística da las categorías para pensar los
otros lenguajes. Además, dice Barthes que la Lingüística tiene como objeto la lengua y la
lengua es el lenguaje de comunicación más importante de la cultura porque es la única
que puede hablar sobre sí misma. La imagen no puede hablar de sí misma a través de
imágenes, la música tampoco. Ambas tienen que recurrir a la lengua para hablar de sí
mismas. Como vimos la lengua es un principio de clasificación. La lengua no es neutra:
yo hablo de la imagen a través de la lengua, pero la lengua viene con categorías ya
incorporadas. De modo que estaría pensando el lenguaje de la imagen, pero a través de
las categorías que ya trae la lengua.
El tema de fondo que toca Barthes es que no hay pensamiento sin lengua y, por
lo tanto, la lengua está presente en la reflexión de cualquier otro lenguaje. No hay
pensamiento por imagen, no hay pensamiento a través de la música. Por eso plantea que
la lengua es el lenguaje más importante. Esto lo lleva a decir que la Semiología tiene que
ser una “Translingüística” en el sentido de que ésta va a atravesar a los otros lenguajes
y campos disciplinares. Estas aserciones de Barthes hoy están sometidas a debate. Hoy
se debate si no hay pensamiento a través de la imagen o a través de otro tipo de lenguaje.
Los músicos dicen que piensan musicalmente, los artistas plásticos aluden a la ideación
de sus obras en formato visual, como si no hubiera una mediación verbal en esas formas
de pensamiento. Algunos semiólogos contemporáneos, uno de ellos es Paolo Fabbri,
plantean que es posible construir pensamientos al margen del lenguaje verbal. Insisto en
que no hay grandes demostraciones al respecto aunque sí debates y planteos de algunas
situaciones básicas muy interesantes. Es un tema que se está investigando.
Dos cosas con respecto al aporte de Barthes. Primero traslada estas categorías,
como dijimos, al estudio del resto de los lenguajes, reivindica la necesidad de que se
estudien esos lenguajes. Toma la reflexión de Saussure y plantea que para comprender
una cultura necesitamos estudiar los lenguajes más variados y no sólo el verbal. La
Semiología debe estudiar esto. El gran instrumento para hacer esto es la Lingüística, de
ahí salen los conceptos teóricos. Otra observación importante es que tenemos que
estudiar discursos. En Barthes aparece este término que hoy tiene tanta presencia en las
ciencias del lenguaje. Cuando habla de “discurso” habla de fenómenos más amplios que
la oración. A partir de la teoría de Saussure se había planteado un límite al estudio de los
lenguajes verbales y ese límite estaba dado por la oración. Sólo se estudiaban mensajes
breves; el objetivo era ver los signos y la relación entre ellos. Barthes dice que hay que
estudiar discursos más amplios. Se lo plantea con el teatro, con la literatura, con la moda
o la publicidad.
Otro dato interesante es que la Semiología, con Barthes, adquiere un tono de
denuncia hacia la cultura dominante. Pensemos que estamos en los años ’60. Es una
etapa histórica muy particular, una etapa en la que se produce el auge de muchos
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movimientos revolucionarios, de liberación. Se produce la revolución cubana, el mayo
francés del año 68. La Semiología aparece -de este modo la toma Barthes- como un
instrumento apropiado no para estudiar la cultura desde un punto de vista neutral. Barthes
toma este instrumento y ve, en esta ciencia, un instrumento para estudiar la cultura y los
modos en que los grupos y sectores dominantes ejercen dominio a través de la cultura.
En parte el proyecto de Barthes es, a través de la Semiología, develar, desmontar los
mecanismos de construcción de la cultura burguesa. En este sentido, la Semiología
adquiere como ciencia una perspectiva crítica y un tono de denuncia. Esto es muy claro
en Mitologías. Cada artículo que escribe, en realidad, está destinado a mostrar que
elementos aparentemente ingenuos y que todos tenemos incorporados en nuestra vida
cotidiana, constituyen un engranaje fundamental de la dominación cultural. Así, por
ejemplo, le dedica un capítulo a los juguetes de madera, a la juguetería como espacio; le
dedica un capítulo al automóvil. Trata de desmontar todos los significados que se
depositan en el auto y que se constituyen en elementos fundamentales de la cultura. Lo
mismo con el detergente, los muebles, los envoltorios de productos, etc. Es un texto muy
recomendable, vamos a dejar fotocopias de algunos de los artículos que son muy breves.
Son joyitas de la Semiología de esa época. Es un texto muy de época y de este
resurgimiento de la Semiología como disciplina, y tienen como objetivo desnaturalizar lo
que tenemos incorporado como natural en nuestra vida cotidiana. Acá se suma al
proyecto científico este compromiso político, ideológico, de usar el saber científico para
pensar críticamente la realidad en que vivimos. Esta operación de desnaturalización es
muy importante.
Podemos decir que una reflexión que queremos hacer, a lo largo de la vida
universitaria, es la de desnaturalizar nuestra vida cotidiana y encontrar herramientas que
nos permitan pensar que nuestra vida cotidiana es producto de una construcción cultural.
No es casual nada de lo que nos rodea, nada de lo que usamos y hacemos diariamente.
En este sentido la Semiología aporta un instrumento para analizar esa realidad cotidiana.
Éste fue un poco el proyecto de Barthes y me parece importante rescatarlo. Aprovecho
para comentarles que hace un par de días leí, en Página/12, que van a inaugurar una
columna que se va a llamar “Mitologías”. No lo han dicho explícitamente, pero es evidente
el parentesco con el texto de Barthes. Esperemos que hagan algo que esté a la altura de
lo que fueron las columnas de Barthes. Sería interesante leerlas, se los propongo como
ejercicio de lectura, con el trasfondo de Barthes para ver qué toman de la herencia
barthesiana, que fue una mirada tan crítica sobre la realidad cultural de ese momento.
Ahora vamos a decir algo, rápidamente, sobre la otra tradición. Dijimos que la Semiología
nace atravesada por dos líneas muy distintas: una es la de Saussure y la otra es la de
Peirce. Ya aquí aparece una diferencia hasta en la forma de designar a este campo
disciplinar. Mientras Saussure habló todo el tiempo de Semiología, Peirce, desde sus
comienzos, habló de Semiótica.
Peirce fue un filósofo. Vivió durante el mismo tiempo que Saussure, pero no se
conocieron. Peirce también se plantea la preocupación por el signo, pero desde otro
lugar. En realidad, lo que a Peirce le preocupa es la teoría del conocimiento, la
Gnoseología. Es decir, le interesa la pregunta sobre qué es lo que el sujeto puede
conocer. Ésta es una vieja pregunta de la filosofía: qué y cómo conoce el sujeto. ¿A partir
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de sus sentidos, a partir de su experiencia, a partir de la razón? Éste fue un objeto
recurrente de la filosofía y tiene una rama que es la Gnoseología.
Frente a la pregunta sobre qué puede conocer el hombre, Peirce va a responder que lo
que puede conocer es el signo de las cosas, pero no las cosas mismas. Peirce dice que
el signo es lo que está en lugar de otra cosa. Ya no estamos en el signo lingüístico; ésta
es una definición de signo que, por definición, incluye a todo tipo de fenómeno. Por
ejemplo, para Peirce el humo es un signo de que hay fuego; el humo es lo que está en
lugar de otra cosa, y me lleva a otra cosa. Eso es un signo: el humo me lleva al fuego, la
sonrisa en la cara de esa persona me indica que tiene alegría y me lleva a otra cosa, la
fiebre en el cuerpo me lleva a que alguien está enfermo, las hojas amarillas de los árboles
son un signo del otoño, un grupo de personas vestidas de negro pueden ser signos de
un velorio.
Los signos son de distinto tipo y están en todas partes. Hay signos en la naturaleza
y hay signos que produce el hombre: hay signos naturales y signos culturales. Se
plasman en todo tipo de lenguaje; la palabra es un signo pero un dibujo también, así
como la fiebre. Peirce, ya desde la misma definición que da de signo, abre el campo de
la Semiótica al estudio de todos los tipos de lenguaje que hay en la cultura. Peirce
propone una definición de signo que se llama “triádica” por oposición a la de Saussure
que es biplánica. La definición de Peirce tiene tres elementos en vez de dos como la de
Saussure.
Con Peirce ocurrió lo siguiente. Muere en 1916 y tampoco escribió una obra para
ser publicada de ese modo. Había mantenido una larga correspondencia con varios
científicos y filósofos de la época, había hecho apuntes sobre su reflexión, sobre el signo.
Entonces llevó muchísimos años reunir la obra de Peirce ya que era una obra muy
dispersa. Le ocurrió algo parecido a lo de Saussure: dejó este planteo y hasta los ’60
prácticamente nadie retoma el proyecto de la Semiótica peirciana. Esto, en parte, porque
su obra no se conoce. Se empieza a publicar muy fragmentariamente en los ’30 y se
termina de publicar en los ’70.
Me interesa traer aunque sea los conceptos centrales de Peirce porque siguen
teniendo un peso muy grande en las teorías actuales del lenguaje. Peirce plantea al signo
como una unidad triádica. Dice que el signo está compuesto por un “representamen”, un
“objeto” y un “intérprete”. Este término “intérprete” también se lo llama “interpretamen” o
“interpretante”. El “representamen” es la materialidad del signo, lo que lo hace visible.
Muchos han relacionado al “representamen” con el significante saussureano. El “objeto”
es el concepto, el significado, no el objeto material. Por eso muchos han visto una
identidad con el “significado” saussureano. Pareciera que Peirce y Saussure coinciden
en que el signo tiene un nivel de significante y uno de significado que es conceptual.
Un ejemplo que se da habitualmente es la cruz verde en la puerta de una farmacia.
La cruz verde es el “representamen”, que permite la asociación con el concepto
“farmacia”. Lo importante es que, en Peirce, hay un tercer elemento: el “interpretante”.
Peirce dice que el interpretante es un signo. Dentro del signo funciona otro signo que
aclara al “representamen”. Lo aclara, lo expande, lo ejemplifica. Cuando uno mira la cruz
verde en la puerta de una farmacia se activa un signo que va a aclarar al “representamen”.
Por ejemplo, una palabra, como la palabra “farmacia”, o una foto de la farmacia. Peirce
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dice que el interpretante es el que permite unir al “representamen” con el objeto. En la
medida en que aparece un signo explicativo del “representamen” puede establecerse la
relación entre “representamen” y objeto.
Ésta es una teoría muy interesante porque plantea el problema de la interpretación.
¿Por qué en Saussure no hay interpretante? No hay ni siquiera mención a la
interpretación. Porque Saussure plantea una definición de lengua donde la lengua es
homogénea para toda la comunidad. Saussure plantea que todos los miembros de una
comunidad hablante comparten la misma lengua y que la relación entre significado y
significante es unívoca, en el sentido de que hay una relación y sólo una. Para un
significante hay un significado y sólo uno. El caso que usted planteaba al principio no se
lo plantea Saussure. Para Saussure un concepto tiene un solo significado: un significante
se asocia con un solo significado que es compartido por todo el mundo. Para Saussure
no hay conflicto en el terreno del significado. Nosotros siempre recordamos las palabras
de un sociólogo francés, muy importante, que es Pierre Bourdieu. Bourdieu decía que
Saussure creó la ilusión del “comunismo lingüístico”. Crea la ilusión de que, a nivel de la
lengua, somos todos iguales, no hay diferencias de ningún tipo, todos compartimos la
misma lengua y no hay conflicto en el terreno de los significados. Los significados están
dados y son iguales para todos. [El “Círculo de Bajtin”, especialmente Voloshinov,
iniciaron un cuestionamiento a estos planteos saussureanos].
Peirce, desde el momento en que introduce el elemento del interpretante, deja
abierta la puerta para pensar que, en realidad, esta unión entre “representamen” y
“objeto” no es siempre igual. Puede haber variantes. De hecho, según él, hay tres tipos
de interpretante. El inmediato, el dinámico y el final. El interpretante inmediato es la
definición de diccionario. Es el consenso básico en torno a un significado que es lo que,
por ejemplo, un diccionario trae como significado central de una palabra. El dinámico,
dice Peirce, está asociado con la situación contextual en que se encuentra una persona.
Por ejemplo, si tomamos la palabra “fuego”. El interpretante inmediato se va a activar en
un caso en que alguien le dice a otro ¿me das fuego? o voy a encender el fuego si prendo
una hornalla para cocinar. “Fuego”, entonces, aparece como un elemento que aporta
calor. Ahora, si una persona grita ¡Fuego! quiere decir que está viendo un incendio-. El
interpretante que me permite relacionar ese “representamen” con su verdadero “objeto”
y significado es el interpretante dinámico; es decir, el que contempla la contextualidad.
Por último, Peirce dice que hay un interpretante final que él define en términos de la
tradición. Él dice que hay una tradición, un peso cultural, que puede darle a los signos un
significado particular para esa cultura.
Por ejemplo, yo estaba pensando que, en el 2008, hemos tenido muchos discursos
de circulación social muy amplia, a partir del conflicto del campo. Hemos tenido a la
entonces presidenta hablando y distintos sujetos sociales han tomado la palabra en la
esfera pública. A muchos de ellos no siempre los escuchamos porque no tienen
demasiadas posibilidades de llegar a toda la sociedad. En este debate que hubo saltó,
en muchas oportunidades, el término “barbarie” y el término “civilización”. A Luis D’Elia
se lo asoció con la “barbarie”. Desde el lado de los discursos de la presidenta se aludió a
cierto acto “bárbaro” en relación con cortar las rutas para evitar que los alimentos lleguen
al pueblo argentino, etc. Los términos “civilización” y “barbarie” además de tener un
significado de diccionario, además de que tenemos que entender el contexto en el que
se están usando, son términos que tienen un peso muy grande en nuestra cultura. Hay
toda una tradición de uso de estos dos términos en el discurso político argentino. Cuando
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se habla de “barbarie” se está reflotando a Sarmiento, al gaucho, al indio. Ahí reaparece
este interprete final que propuso Peirce.
La teoría de Peirce es tan interesante porque abre la posibilidad de que la
interpretación no sea unívoca como había pensado Saussure y que puede haber disputas
por la interpretación.
En cuanto a Peirce, en los años ’60, su gran difusor va a ser Umberto Eco, un semiólogo
muy conocido y tan importante como Barthes.
Paolo Fabbri -un peirciano discípulo de Eco- dice que en los ’60 el signo se torna
un obstáculo epistemológico para estas ciencias (la Semiótica y la Semiología). Eco trata
de llevar adelante el mandato de Peirce que era clasificar los signos que existen en una
cultura. Uno puede tomar el texto de Eco Signos, uno de sus primeros textos, del ’68 o
’69, anterior a su Tratado de semiótica del ’75. Barthes escribe sus Elementos de
semiología en el ’64. Este y el Tratado de semiótica de Eco son los dos pilares de lo que
son estas disciplinas en los ’60. Lo que intenta Eco en Signo es una clasificación, como
había propuesto Peirce que había que hacer, y es una clasificación imposible. Trata de
encontrar criterios clasificatorios, incluir todo tipo de signos y no termina de encontrar una
clasificación que resulte operativa. Hay un hecho muy significativo que señala Paolo
Fabbri; tanto él como Barthes terminan estudiando el discurso literario después de haber
estudiado todo tipo de signos. Los dos vuelven a lo que estudió toda la tradición clásica
humanista. Eco y Barthes, desde un esbozo de revolución científica plantando la
Semiología y la Semiótica, vuelven a caer sobre la literatura. Fabbri dice que el signo,
entonces, es un obstáculo que no permite avanzar.
En el ’74 tenemos otro seguidor de Saussure y de Barthes que va a ser muy importante
en este campo que es Emile Benveniste, un lingüista francés. Benveniste retoma el
proyecto saussureano y barthesiano. Dice que la lengua, efectivamente, es superior
respecto de los otros lenguajes, pero Benveniste va al núcleo del problema que a
nosotros nos interesa particularmente hoy. Él dice que la lengua es superior pero no sólo
porque es un modelo para los otros lenguajes o porque podemos hablar de los otros
lenguajes sólo a través de la lengua, que fueron las dos razones que dio Barthes. Él dice
que la lengua es superior porque tiene un doble mecanismo de significancia. Dice que
hay dos modos de significancia. Usa el término “significancia”, término que después se
abandona. Hoy la semiología y los estudios sobre el discurso hablan, más bien, de
sentido o significación. Benveniste, entonces, dice que la lengua tiene un doble
mecanismo de significancia. La lengua produce significados, por un lado, a través de un
modo semiótico y, por otro lado, a través de un modo semántico. Vamos a explicar esto.
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Él dice que la lengua produce significados en la medida en que se constituyen
sistemas y delimitan cuáles son las unidades mínimas que participan de ese sistema
(éste es el modo de significación semiótico). Es decir, la lengua fija significados a través
de los sistemas. Es indudable que en la constitución de la lengua como sistema se fijan
significados. Lo que dice Benveniste es que la lengua, además de ser un sistema que le
atribuye valores a sus signos, también articula discursos. La lengua se usa. De algún
modo, recupera una idea de Saussure. Saussure había dicho que el habla se deja afuera,
no es objeto de estudio de la Lingüística. No puede serlo, según Saussure, porque es
errática, individual, subjetiva. Tenemos que estudiar la lengua que es social y colectiva.
Benveniste, de alguna manera, dice que no podemos seguir estudiando sistemas
abstractos, tenemos que estudiar el uso porque es indudable que la lengua se usa y en
ese uso articula discursos. Esto último es importantísimo para nosotros porque aquí
aparece el término “discurso”. Dice que la lengua articula discursos y esos discursos
están situados en un contexto determinado, y que en ese uso se producen otros
significados. Hay otra significancia, otros sentidos que surgen del uso, que surgen de la
articulación de la lengua en discurso.
Acá estamos en un punto nodal para nosotros, es un autor muy importante para
nosotros, porque a partir de acá empieza a haber cambios dentro de la Semiología. El
mismo Benveniste dice que entramos en una Semiología de segunda generación que no
puede estar centrada solamente en la reflexión sobre el signo, sino que tiene que tomar
también como objeto el discurso.
Estamos llegando acá a responder una de las preguntas que nos hicimos al comienzo de
la clase: cuál es el objeto de estudio de la Semiología. Podemos avanzar una respuesta;
la Semiología tiene dos objetos. Por un lado, el signo y por otro el discurso. Podemos
identificar dentro de este amplio campo un montón de reflexiones que nos conducen a la
teoría del signo y otra cantidad de reflexiones, sobre todo a partir de los años setenta,
que buscan avanzar en lo que se llama “la teoría del discurso”. El objeto de la Semiología
es la teoría del signo y la teoría del discurso. Vamos a ver que busca articular ambas
teorías. Benveniste todavía plantea una mirada un poco separada; por un lado está el
sistema y por el otro el discurso. Vamos a ver que teorías más actuales tratan de ver
cómo se va reconfigurando el sistema en el discurso y cómo es necesario pensar la teoría
del signo en el discurso y no separada de él y de su uso.
Vamos a ver un par de cuestiones que derivan de acá. Ustedes saben que
Benveniste, cuando plantea la existencia misma del discurso, avanza mucho sobre un
aspecto de la discursividad que es la enunciación. Ustedes han empezado a estudiar
esto. Su teoría de la enunciación se empieza a construir en este momento y en este
contexto de reflexión teórica. Se intenta ver si se puede avanzar hacia una teoría del
discurso. Es decir, qué es el discurso, qué ocurre cuando la lengua se usa y se articula
en situaciones concretas y qué pasa con los significados en esa situación. ¿Siguen
siendo los significados estáticos que vemos en el sistema de la lengua descripto por
Saussure? Vemos entonces una puesta en duda no sólo a pensar la teoría del signo por
sí sola, sino a pensar que los significados son estables, fijos y compartidos por todos los
hablantes.
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¿Qué dice Benveniste sobre la enunciación? Habrán visto que dice que la
enunciación es el momento en que un sujeto se apropia del aparato formal de la lengua
y produce discurso. Hay un acto de enunciación y ese acto es histórico, único, irrepetible.
Este acto de enunciación se da a partir de un sujeto que se apropia de ese aparato formal
y, como ustedes saben, Benveniste dice algo muy importante que es que este sujeto
siempre le habla a otro. Ese “yo” que toma la palabra siempre le habla a un “tú”. Llamamos
a esto una concepción “dialogista” del lenguaje. Benveniste piensa que hablar es siempre
entablar un diálogo con otro, aunque ese otro pueda ser uno mismo.
Este acto de enunciación tiene un producto que es el enunciado. En este acto de
enunciación, dijimos, hay un sujeto que habla y que se dirige a un tú. Vamos a ver varias
cosas con respecto a este enunciado. Este sujeto que habla, en realidad, construye una
versión de sí dentro del enunciado. Esa tradición semiológica que es tan saussureana,
que arranca de Barthes y Benveniste, llega a un momento en que empieza a nutrirse de
la tradición peirciana. ¿Por qué? Porque Peirce era el que había dicho que no podemos
conocer lo real sino lo que nos dicen los signos. Nuestro conocimiento está siempre
mediado y pareciera que el signo nunca da una versión acabada de la realidad. Siempre
da un fragmento, una imagen, una idea, de lo que los grupos sociales piensan de la
realidad.
Hay un semiólogo argentino que es Eliseo Verón, un gran estudioso de Peirce, que
considera que Peirce ha hecho uno de los grandes aportes a la historia de la Semiótica
y también a la historia del pensamiento porque dejó las bases para pensar la construcción
discursiva de lo real. ¿Qué es la construcción discursiva de lo real? Es la idea de que por
un lado está la realidad y, por otro, los discursos que hablan sobre lo real y que construyen
una versión de lo real. El discurso no sería, simplemente, un objeto transparente que deja
ver lo real, sino que es una herramienta con la cual se construye la realidad (construye
versiones sobre lo real). Esta idea es peirciana. Fíjense que la teoría de la enunciación,
que hizo aportes muy importantes para la teoría del discurso, va a recurrir a esta idea.
Hay una confluencia en estas tradiciones, sobre todo a partir de los setenta y ochenta y
sobre todo a partir de que se empieza a pensar en la discursividad (que pasa a ser el
objeto de la Semiología). Cuando hablamos de discurso éste puede plasmarse en
cualquier lenguaje, ya no pensamos sólo en el lenguaje verbal. Discurso es todo: una
foto, una película, una canción, son ejemplos de distintos tipos de discurso.
Entonces, como decíamos, uno de los aspectos que estudia la teoría de la
enunciación es qué representación se hace, en el enunciado, de la realidad, cuál es la
construcción que un discurso hace de lo real. Hay todo un desarrollo de la teoría de la
enunciación que ustedes van a estudiar.[…] Se trabaja con la idea de que el enunciado
es una especie de gran escenario donde ocurre una representación: hay una puesta en
escena. […]La idea es pensar el enunciado, esa materialidad discursiva, como un espacio
en el cual empieza a ocurrir una representación. Un espacio en el que el sujeto que habla
se representa a sí mismo de un modo determinado, que construye una versión del otro
al que le habla, y también construye una versión del referente. El referente es aquello de
lo que se habla, aquello a lo que refiere un mensaje o un discurso. Al enunciado hay que
pensarlo como a una puesta en escena y gran parte del trabajo de interpretación va a
estar puesto en ver cómo ocurrió esta construcción. Qué marcas podemos encontrar en
ese enunciado que nos permite ver la construcción de cada uno de estos elementos (del
yo, del tú, del referente).
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Estamos, entonces, en un punto totalmente opuesto al de Saussure. Si tomamos
la frase “¡Qué lindo día!” desde la mirada saussureana, o sea como un sintagma,
podemos decir que está conformado por un núcleo sustantivo, tiene modificadores, etc.
Ahora, si lo miro como enunciado, si quiero captar el sentido de este enunciado, tengo
que tener en cuenta el contexto en que fue dicho. Si lo dijo alguien un día que llueve a
cántaros, cuál es el sentido de esta frase: es irónica. El sentido está tanto en el contexto
como en el enunciado explícito. Sólo alcanzo el sentido si establezco una relación entre
enunciado y enunciación.
Acá, fíjense que se confluye hacia lo que ya había señalado Peirce: la idea de que
hay que hacer inferencias. En este caso, hay que relacionar lo explícito con lo implícito.
El intérprete es un sujeto activo que tiene que relacionar el enunciado con la enunciación
para alcanzar un sentido. La producción de sentido requiere este despliegue de actividad.
[…].
A partir de esta teoría de la enunciación que piensa al discurso, al enunciado, en
relación con su contexto, los sujetos que enuncian no son pensados como sujetos
idénticos, como tampoco lo son sus destinatarios. En la medida en que están insertos en
relaciones sociales, los destinatarios pueden derivar interpretaciones distintas de los
enunciados explícitos. Es decir, esta actividad inferencial de reponer lo que no se dijo
explícitamente, se hace desde la cultura propia, que no es necesariamente la misma para
todos. Desde esta mirada el lenguaje no es transparente, no permite que todos miremos
igual la realidad, sino que se piensa al lenguaje como un instrumento a través del cual se
construyen versiones de lo real (esto es la puesta en escena de la que hablamos). El
lenguaje, además, no es sólo un medio de comunicación sino que también es un
instrumento a través del cual se interviene socialmente. Por eso, a medida que se ha ido
desarrollando la teoría de la enunciación, ya no se habla sólo de discurso. No se dice
sólo que hay un discurso que tiene un nivel explícito y otro implícito, sino que se prefiere
hablar, sobre todo en las últimas décadas, de práctica discursiva.
Definimos el discurso, entonces, como el enunciado y su enunciación. Cuando
hablamos de discurso hablamos de enunciado situado históricamente. Vamos a seguir
en el próximo teórico […]
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Universidad de Buenos Aires - Ciclo Básico Común
Semiología (Cátedra di Stefano)
Sede: Ciudad Universitaria
El Módulo 1 de la primera unidad del programa se focaliza en un autor, Charles Sanders Peirce,
que desarrolló una teoría sobre los signos vinculada con su preocupación por conocimiento
humano. Sus reflexiones se enmarcan en una perspectiva filosófica que jerarquiza el valor de la
experiencia, denominada “pragmatismo”.
Peirce sostenía que los hombres conocemos el mundo a través de signos. Estos intervienen en
un proceso experiencial e inferencial denominado “semiosis”, en el que cada signo es
interpretado por otros signos y, a su vez, interpreta otros signos. Peirce propone una noción
de signo que involucra tres componentes relacionados entre sí y una clasificación de los
distintos tipos de signos. Una parte de esa clasificación fue retomada en numerosos estudios
sobre la imagen, la que recibió el nombre de “segunda tricotomía”.
1. Objetivos:
Los que siguen son algunos de los objetivos principales que nos proponemos alcanzar a partir
del estudio de la obra de Ch. Peirce:
Este texto explica los conceptos centrales de Peirce y facilita comprensión de las
definiciones de “semiosis”, de “signo” y de los tres tipos de signos que integran la
segunda tricotomía: el índice, el ícono y el símbolo.
c) Leer la selección de fragmentos de la obra de Peirce.
e) Por último, pueden leer la clase teórica sobre el objeto de la Semiología que dictó
Mariana di Stefano para la cátedra (el PDF con la clase está colgado en la carpeta
“Material de Lectura”). Esa clase les puede ayudar a jerarquizar la información que
buscamos que aprendan de este autor y a integrar los distintos elementos de su teoría
con la teoría de Saussure y otras teorías que estudiarán en los módulos siguientes.
Los textos remiten a bibliografía que pueden consultar para profundizar el conocimiento
sobre Peirce.
El pragmatismo y la perspectiva semiótica de Charles Peirce
Bibliografía de referencia
Ícono es el signo que se relaciona con su objeto por razones de semejanza de algún tipo, es
un vínculo de tipo analógico. El ícono posee alguna cualidad sensible, es decir, posee
alguna de las propiedades intrínsecas del objeto al que representa, independientemente de
que ese objeto “exista” en la realidad. Para Peirce, el ícono es una imagen mental, es decir,
un representamen que representa su objeto, al cual se le parece de alguna forma. Exhibe la
misma cualidad, o la misma configuración de cualidades, que el objeto denotado. Un mapa
representa icónicamente la forma de un territorio. Una foto, un dibujo, un esquema,
también son íconos en el sentido de que representan al objeto designado imitando,
trasladando, algunas de sus características.
Índice es el signo conectado directamente con su objeto. Supone una coexistencia en algún
momento con el objeto al que representa. El índice es indicativo en el sentido de que
remite a alguna cosa al señalarla, como sucede con el mercurio de un termómetro, que al
elevarse señala la elevación de la temperatura; o el humo, que surge del fuego y al mismo
tiempo indica su presencia a la distancia. También son índices las huellas de una pisada, o
los pronombres personales (yo, vos, elles, etc.) que remiten a personas concretas en cada
situación discursiva.
Adaptado de “El signo según Peirce”, en Victorino Zecchetto (coordinador) Seis semiólogos en busca del
lector. Saussure/Peirce/Barthes/Greimas/Eco/Verón. Buenos Aires: La Crujía, 2012.
Charles Sanders Peirce (1839-1914):
el signo y sus tricotomías
Roberto Marafioti (comp.)
Recorridos semiológicos. Signos, enunciación y argumentación,
Buenos Aires, Eudeba, 1998 (fragmento)
Dos datos pueden extraerse de esta afirmación de Peirce: el primero es que le interesa
reflexionar sobre el conocimiento; el segundo es que afirma, por la existencia misma del
conocimiento, la prioridad de lo real. Enigma, problema u obstáculo, la realidad es aquello con que
los seres humanos se enfrentan. Aquello (“hecho”) que aparece como obstáculo. Sería la segundidad,
o experiencia del mundo lo que hace que se deba responder, a su vez, con la propia resistencia. Si,
por ejemplo, nos tropezamos con una piedra, ese tropezarse, ese encontrarse con un hecho,
segundidad en tanto encuentro, nos hará reconocer su dureza, primeridad, en tanto cualidad específica
de ese obstáculo (que puede formar parte, no obstante, de lo especifico de otros objetos). Pero tanto
el reconocimiento de la cualidad o primeridad del objeto (hecho que vivimos como resistencia) o
segundidad, por el encuentro, sólo pueden conocerse una vez establecida la relación (entre el
obstáculo y su cualidad que lo hace resistente-dureza en este caso). La relación es la terceridad.
Cualidad, hecho, ley son las primeras denominaciones de la semiosis o relación sígnica inherente a
todo tipo de conocimiento (no sólo científico y racional sino vulgar) que le preocupaba a Peirce.
El Diccionario... de Ducrot y Todorov ubica históricamente el término semiótica y sintetiza
los aportes fundamentales de Peirce en la constitución contemporánea de una ciencia de los signos.
La semiótica. Historia
La semiótica (o semiología) es la ciencia de los signos. Como los signos verbales siempre
representaron un papel muy importante, la reflexión sobre los signos se confundió durante mucho
tiempo con la reflexión sobre el lenguaje. Hay una teoría semiótica implícita en las especulaciones
lingüísticas que la Antigüedad nos ha legado: tanto en China como en la India, en Grecia como en
Roma. Los modistas de la Edad Media también formulan ideas sobre el lenguaje que tienen un alcance
semiótico. Pero sólo con Locke surgirá el nombre mismo de “semiótica”. Durante todo este primer
período, la semiótica no se distingue de la teoría general –o de la filosofía– del lenguaje.
La semiótica llega a ser una disciplina independiente con la obra del filósofo norteamericano
Charles Sanders Peirce (1839-1914). Para él, es un marco de referencia que incluye todo otro estudio:
“Nunca me ha sido posible emprender un estudio –sea cual fuere su ámbito: las matemáticas, la moral,
la metafísica, la gravitación, la termodinámica, la óptica, la química, la anatomía comparada, la
astronomía, los hombres y las mujeres, el whist, la psicología, la fonética, la economía, la historia de
las ciencias, el vino, la metrología– sin concebirlo como un estudio semiótico”. De allí que los textos
semióticos de Peirce sean tan variados como los objetos enumerados.
Nunca deje una obra coherente que resumiera las grandes líneas de su doctrina. Esto ha
provocado durante mucho tiempo y aún hoy cierto desconocimiento de sus doctrinas, tanto más
difíciles de captar puesto que cambiaron de año en año.
La primera originalidad del sistema de Peirce consiste en su definición del signo. He aquí una
de sus formulaciones:
“Un Signo o Representamen, es un Primero que mantiene con un Segundo, llamado su Objeto,
tan verdadera relación triádica que es capaz de determinar un Tercero, llamado su Interpretante,
para que éste asuma la misma relación triádica con respecto al llamado Objeto que la existente
entre el Signo y el Objeto".
Para comprender esta definición debe recordarse que toda la experiencia humana se organiza,
para Peirce, en tres niveles que él llama la primeridad, la segundidad y la terceridad y que
corresponden, en líneas muy generales, a las cualidades sentidas, a la experiencia del esfuerzo y a los
signos. A su vez, el signo es una de esas relaciones de tres términos: lo que provoca el proceso de
eslabonamiento, su objeto y el efecto que el signo produce, es decir, el interpretante. En una acepción
vasta, el interpretante es pues el sentido del signo: en una acepción más estrecha, es la relación
paradigmática entre un signo y otro; así, el interpretante es siempre un signo que tendrá su
interpretante, etc.: hasta el infinito. en el caso de los signos “perfectos”.
Podríamos ilustrar este proceso de conversión entre el signo y el interpretante mediante las
relaciones que mantiene una palabra con los términos, que en el diccionario podrá formularse, pero
que siempre estará compuesta de palabras. “El signo no es un signo si no puede traducirse en otro
signo en el cual se desarrolla con mayor plenitud.”
Es preciso subrayar que esta concepción es ajena a todo psicologismo: la conversión del signo
en interpretante(s) se produce en el sistema de signos no en el espíritu de los usuarios (por
consiguiente, no deben tomarse en cuenta algunas fórmulas de Peirce, como él mismo lo sugiere, por
lo demás: “He agregado ‘sobre una persona’ como para echarle un hueso al perro, porque desespero
de hacer entender mi propia concepción, que es más vasta”).
El segundo aspecto notable de la actividad semiótica de Peirce es su clasificación de las
variedades de signos. Ya hemos advertido que la cifra tres representa aquí un papel fundamental
(como el dos en Saussure); el número total de variedades que Peirce distingue es de sesenta y seis.
Algunas de sus distinciones son hoy corrientes, como, por ejemplo, la de signo-tipo y signo-
ocurrencia (type y token, o legisign y sinsing).
Otra distinción conocida; pero con frecuencia mal interpretada, es la de ícono. índice y símbolo.
Esos tres niveles del signo todavía corresponden a la gradación primeridad, segundidad, terceridad, y
se definen de la siguiente manera: “Defino un ícono como un signo determinado por su objeto
dinámico en virtud de su naturaleza interna. Defino un índice como un signo determinado por su
objeto dinámico en virtud de la relación real que mantiene con él. Defino un símbolo como un signo
determinado por su objeto dinámico solamente en el sentido en que será interpretado”. El símbolo se
refiere a algo por la fuerza de una ley: es, por ejemplo, el caso de las palabras de la lengua. El índice
es un signo que se encuentra en contigüidad con el objeto denotado, por ejemplo, la aparición de un
síntoma de enfermedad, el descenso del barómetro, la veleta que indica la dirección del viento, el
ademán de señalar. En la lengua, todo lo que proviene de la deixis es un índice, palabras tales como
yo, tú, aquí, ahora, etc. (son, pues, “símbolos indiciales”). Por fin, el ícono es lo que exhibe la misma
cualidad, o la misma configuración de cualidades, que el objeto denotado, por ejemplo, una mancha
negra por el color negro; las onomatopeyas; los diagramas que reproducen relaciones entre
propiedades. Peirce esboza una subdivisión de los íconos en imágenes, diagramas y metáforas. Pero
es fácil ver que en ningún caso pueda asimilarse (como suele hacerse, erróneamente) la relación de
ícono a la de parecido entre dos significados (en términos retóricos, el ícono es una sinécdoque, más
que una metáfora: ¿puede decirse que la mancha negra se parece al color negro?). Es menos posible
aun identificar la relación de índice con la contigüidad entre dos significados (en el índice, la
contigüidad existe entre el signo y el referente, no entre dos entidades de la misma naturaleza). Por
lo demás, Peirce llama la atención contra tales identificaciones.
La primera publicación sistemática, en inglés, de los textos de Peirce se realizó recién en 1958.
En castellano comenzó a conocérselo en 1974. Dada su fragmentariedad y el hecho de que en
diferentes etapas de su reflexión cambió la terminología, todavía se esté discutiendo y reinterpretando
su sistema que denominó Gramática Especulativa, Lógica o Semiótica, según los textos. A veces lo
más claro, sin embargo, consiste en citar al mismo Peirce.
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Uno de los puntos más destacados de la semiótica de Peirce es su peculiar concepción del signo.
Las reflexiones que hace al respecto son bastante complejas, de modo que, para facilitar su
comprensión, nosotros nos esforzaremos en presentarlas de manera simplificada, pero sin quitarles lo
esencial.
Peirce aplica al signo la triada lógica que ya había utilizado para indagar el resto de la realidad.
La función del signo –afirma Peirce– consiste en ser “algo que está en lugar de otra cosa bajo
algún aspecto o capacidad. El signo es una representación por la cual alguien puede mentalmente
remitirse a un objeto. En este proceso se hacen presentes tres elementos formales de la triada a modo
de soportes y relacionados entre sí: el primero es el “representamen”, relacionado con su “objeto” (lo
segundo) y el tercero, que es el “interpretante”.
- El representamen es la representación de algo; o sea, es el signo como elemento inicial de
toda semiosis.
Siendo el representamen la expresión que muestra alguna cosa (la que aparece como signo),
casi siempre es fruto del artificio o de la arbitrariedad de quienes lo crean, como sucede con las
lenguas. Según Peirce, el representamen se dirige a alguien en forma de estímulo, como lo que está
“en lugar de otra cosa” para la formación de otro signo equivalente que será el interpretante.
A veces, las propiedades expresivas del representamen son ambiguas y originan sentidos e
interpretaciones diversas.
En resumen, el representamen es simplemente el signo en sí mismo, tomado formalmente en
un proceso concreto de semiosis, pero no debemos considerarlo un objeto, sino una realidad teórica
y mental.
- El interpretante es lo que produce el representamen en la mente de la persona. En el fondo,
es la idea del representamen, o sea, del signo mismo. Peirce dice que “un signo es un representamen
que tiene un interpretante mental”.1
Esto significa que el interpretante es la captación del significado en relación con su
significante; en definitiva, el interpretante es siempre otro signo y, por lo tanto, algo le agrega al
objeto del primero. Y como dentro del modelo triádico la gestación semiósica es continua, el
“interpretante” puede estar constituido por un desarrollo de uno o más signos. Peirce distingue el
1
Col. Papers 2.274, ES 148; de Semiótica, Ed. Einaudi, op. cit.
5
“interpretante inmediato” del “interpretante dinámico”, según la función que desempeña en el proceso
de la semiosis.
El “interpretante inmediato” es aquel que corresponde al significado del signo, a lo que él
representa; mientras que el “interpretante dinámico” es el efecto que el interpretante produce en la
mente del sujeto, es la cadena de repercusiones en la mente del sujeto. Pongamos este ejemplo: si le
digo a un amigo: “Gané la lotería”, el interpretante inmediato es la idea que él se hace en ese instante
de la expresión “ganar la lotería”; en cambio, el interpretante dinámico es el efecto que produce la
frase que escucha. Ese efecto son otras ideas o signos, tales como “¡Qué suerte la tuya!”, “Yo nunca
me saco nada”, “¿No estará mintiendo?”.
No hay que imaginar al interpretante como una persona que lee el signo, sino que se trata
únicamente de la repercusión de dicho signo en la mente. La noción de interpretante, según Peirce,
encuadra perfectamente con la actividad mental del ser humano, donde todo pensamiento no es sino
la representación de otro: “El significado de una representación no puede ser sino otra
representación”.
- El objeto es aquello a lo que alude el representamen y –dice Peirce–: “Este signo está en lugar
de algo: su objeto”. Debemos entonces, entender por objeto la denotación formal del signo en relación
con los otros componentes de este. A este objeto, Peirce lo denomina “objeto inmediato” porque está
dentro de la semiosis: debe distinguirse del “objeto dinámico” o “designatum”, que está fuera del
signo y es el que sostiene el contenido del representamen: “Debemos distinguir el Objeto Inmediato,
que es el Objeto tal como es representado por el signo mismo, y cuyo Ser es, entonces, dependiente
de la Representación de él en el Signo; y, por otra parte, el Objeto Dinámico, que es la Realidad que,
por algún medio, arbitra la forma de determinar el Signo a su Representación”.
Esta “realidad que arbitra” no forzosamente debe ser sólo el referente al estilo saussureano,
sino que puede incluir otros significantes conocidos por nuestra mente y que ya forman parte del
bagaje cognoscitivo, engrosando de esta manera el espesor del “objeto”.
Sin embargo, no debemos pensar que el Objeto Dinámico sea fuente de conocimiento. No
puede serlo, porque la realidad en cuanto tal no dice nada a nuestra mente si ésta no posee ya algunos
otros signos de donde recabar otros conocimientos.
La tríada del signo se puede graficar con un triángulo:
Objeto
Representamen Interpretante
Un signo, o representamen, es cualquier cosa que existe para alguien en lugar de otra
cosa, sea cual fuere su acepción o ámbito. El signo va dirigido a alguien y crea en la
mente de esta persona otro signo equivalente, o quizás más desarrollado. El signo que se
crea lo llamamos interpretante del primer signo. Este signo existe por alguna razón, el
propio objeto. Tiene sentido por ese objeto, no en todas sus acepciones, sino enfocado a
una clase de idea particular a la que alguna vez me he referido como el terreno de la
representación.”2
Recordemos que, para Peirce, los tres elementos de la tríada del signo no son entes
independientes, sino que se trata de relaciones o funciones para explicar la realidad viva de cada
semiosis. Esto tiene sus consecuencias en toda la cadena semiótica. En efecto, la función de
interpretante en un determinado signo puede cambiar de valencia y convertirse en representamen de
otro signo en otra semiosis. Puede suceder que a un signo, por ejemplo, la foto de un deportista, se le
cambie de valor sígnico con la intención de usarla para denotar otra cosa.
Notemos, además, que estos tres aspectos son “lógicos o formales”; solo existen en la mente
del sujeto en el momento concreto de percibir el signo. La distinción o separación de cada momento
es meramente mental, porque en la práctica la tríada no se puede separar: constituye un mismo
proceso.
Podemos darnos cuenta, entonces, que el signo –según Peirce– es ante todo una categoría
mental, es decir, una idea mediante la cual evocamos un objeto, con la finalidad de aprehender el
mundo o de comunicarnos. En este juego se produce la “semiosis”, que es un proceso de inferencia
propio de cualquier persona. La semiótica es la teoría de la práctica semiótica; de allí que el “signo”
constituya el núcleo de ese estudio teórico.
Para concluir, digamos que de esta idea de signo se desprende también el concepto de semiosis
infinita. En efecto, según Peirce, el interpretante de un signo refleja siempre los hábitos mentales de
la persona que entra en contacto con el representamen o, dicho de otra forma, traduce las reacciones
del individuo ante la provocación y el estímulo del signo, denotando sus comportamientos y
experiencias. Se alude aquí a la necesaria relación que existe entre la recepción del signo y los hábitos
culturales de los perceptores, sus experiencias previas de los objetos y de las cosas del mundo. Los
individuos, en el momento de leer un signo, lo interpretan a partir de lo que ya tienen formado en su
mente, es decir, las ideas, las valoraciones sociales, las visiones de la realidad y los prejuicios que,
por cultura, costumbres o tradición poseen de antemano. A partir de allí se van generando nuevas
configuraciones. Es este proceso el que da lugar a una “semiosis infinita", es decir, a una continua
sucesión de producción de signos mediante la cual los sujetos van pensando la verdad de las cosas y
del mundo. La acción del conocimiento humano, cuya base es la actividad sígnica, nos coloca dentro
de una cadena sin fin de mediaciones que nos remiten de signo en signo, entrelazando un lenguaje
con otro, arrastrándonos en la corriente de una semiosis tumultuosa en el río llamado “cultura”. Como
afirma un estudioso:
“Puesto que tanto el objeto como el interpretante de cualquier signo son forzosamente
también signos, no es de sorprender que Peirce afirmara que todo este universo esté
sembrado de signos, y se pegunta si no estará compuesto exclusivamente de signos”.3
Es a partir de aquí que se genera la semiosis infinita. Leamos estas citas de Peirce:
2
lbidem, n° 228.
3
Sebeok, Thomas, en AA.VV.: El signo de los tres, Ed. Lumen, Barcelona, España. 1989, p.
29.
7
La semiótica
“Un signo, o representamen, es algo que, para alguien, representa o se refiere a algo en
algún aspecto o carácter. Se dirige a alguien, esto es, crea en la mente de esa persona un
signo equivalente, o tal vez, un signo aún más desarrollado. Este signo creado es lo que
yo llamo el interpretante del primer signo. El signo está en lugar de algo, su objeto. Está
en lugar de ese objeto no en todos los aspectos, sino sólo con referencia a una suerte de
idea, que a veces he llamado el fundamento del representamen. (…)
La palabra Signo seré usada para denotar un Objeto perceptible, o solamente imaginable,
o aun inimaginable en un cierto sentido. (…) Un signo puede tener más de un Objeto.”
(228)
“Para que algo sea un signo, debe “representar’, como solemos decir, a otra cosa, llamada
su Objeto, aunque la condición de que el Signo debe ser distinto de su Objeto es, tal vez,
arbitraria.” (230)
“El Signo puede solamente representar al Objeto y aludir a él. No puede dar
conocimiento o reconocimiento del Objeto. Esto es lo que se intenta definir en este
trabajo por Objeto de un Signo, vale decir: Objeto es aquello acerca de lo cual el signo
presupone un conocimiento para que sea posible proveer alguna información adicional
sobre el mismo.” (231).4
4
Peirce, Charles S., La Ciencia...op. cit.
8
Se trata de una división del signo que toma en cuenta su triple relación: consigo mismo, con el
objeto al cual alude y con el interpretante.
“Un billete de banco es un sinsigno cuyo legisigno establece su equivalencia con una
cantidad exacta de oro: pero a partir del momento en que la réplica se estudia como
provista de características cualisígnicas (la filigrana, la numeración), también en un
cualisigno y, por lo tanto, irreproducible como tal. Se objetará que el oro es cualisignoa
causa de su rareza, y en cambio el billete se ha convencionalizado como dotado de valor,
por arbitrio legisígnico; pero es que también el billete es cualisigno a causa de su rareza,
y también el oro se ha convencionalizado como parámetro de valor de una manera
arbitraria (podría llegar a ser abandonado como patrón, y sustituido por el uranio).”5
5
Eco, Umberto. Signo, Ed. Labor, Barcelona, España, 1994, p. 56.
9
de vista. En cambio, en otra vertiente de problemas, es sobre todo el tema del iconismo el que sigue
provocando polémicas, ya que el pensamiento de Peirce no es del todo claro al respecto.
Peirce dice que “el único modo de comunicar directamente una idea es por medio de un ícono”,
lo cual equivale a afirmar que todo ícono es una imagen mental, o sea, algo que existe en el interior
de la persona, a manera de imágenes, de esquemas, de formas y colores de las cosas. El conocimiento
humano –según Peirce– se genera siempre mediante una relación de signos, de modo que también un
ícono es un producto mental, construido mediante la relación de percepciones sígnicas y operando
con ellas. Es lógico, entonces, que él considere ícono no sólo una fotografía, sino también una
onomatopeya o un diagrama. Los diagramas son íconos, porque representan una equivalencia
proporcional, un espacio lógico, precisamente aquel que se forma en la mente acerca del diagrama
mismo. Como vemos, su concepción de iconismo es muy particular y parece que, en el fondo, Peirce
maneja dos conceptos de iconismo. El primero es el que se caracteriza por ser una percepción mental
común a cualquier elaboración sígnica durante el proceso de conocimiento humano: entonces, en
rigor de lógica, según Peirce, el cuadro de un caballo no es un ícono sino un índice que atrae nuestra
atención sobre el animal allí representado, pero por comodidad –afirma él– se suele extender también
a la cosa representada.
Otro concepto más específico de ícono tiene que ver con aquel signo que genera en el individuo
una imagen semejante a las cosas representadas. Sin embargo, lo que produce semejanza no es el
objeto, sino la construcción sígnica convencional. Así, por ejemplo, el caballo del cuadro se relaciona
con su objeto no por una semejanza física entre la imagen y el animal, sino por una “homología
proporcional”, es decir, debido a la similitud de proporciones, en donde cada punto de la figura está
colocado en el mismo orden que corresponde al objeto representado y cuya convención semiótica
aceptamos.
10
Milford, Pennsylvannia
12 de octubre de 1904
Mi querida Lady Welby:
No ha pasado un solo día desde que recibí su última carta en el que no haya lamentado
las circunstancias que me impidieron escribir ese mismo día la carta que estaba intentando
escribirle, no sin haberme prometido a mí mismo que eso debería estar hecho pronto. […]
Pero quería escribirle acerca de los signos, que en su opinión y en la mía son cuestiones
de gran consideración. Creo que más en mi caso que en el suyo. Puesto que, en mi caso, el
más alto grado de realidad sólo se alcanza por medio de signos, esto es, mediante ideas tales
como las de Verdad, Justicia y el resto. Suena paradójico, pero cuando le haya explicado mi
teoría de los signos en su totalidad lo parecerá menos. Creo que hoy le explicaré los esbozos
de mi clasificación de los signos.
Usted sabe que apruebo especialmente la invención de palabras nuevas para nuevas
ideas. No sé si el estudio que llamo Ideoscopia puede considerarse una idea nueva, pero la
palabra Fenomenología se usa en un sentido muy diferente. La Ideoscopia consiste en la
descripción y clasificación de las ideas que pertenecen a la experiencia ordinaria, o que
surgen de modo natural en conexión con la vida ordinaria, sin considerar su validez o
invalidez o su psicología. En la búsqueda de este estudio, después de tan sólo tres o cuatro
años de investigación, fui conducido tiempo atrás (1867), a clasificar todas las ideas en las
tres clases de Primeridad, Segundidad y Terceridad. Esta especie de clasificación es tan
desagradable para mí como lo es para cualquiera, y durante años me esforcé por
menospreciarla y refutarla; pero hace tiempo que me ha conquistado por completo. Tan
desagradable como es atribuir tal significado a los números, y sobre todo, a una tríada, es no
obstante tan desagradable como verdadero. Las ideas de Primeridad, Segundidad y
Terceridad son suficientemente simples. Dando al ser el más amplio sentido posible como
para incluir tanto ideas como cosas, e ideas que imaginamos tener así como ideas que
realmente tenemos, definiría la Primeridad, la Segundidad y la Terceridad como sigue:
La Primeridad es el modo de ser de aquello que es como es, positivamente y sin referencia a
ninguna otra cosa.
La Segundidad es el modo de ser de aquello que es como es, con respecto a una segunda cosa,
pero con independencia de toda tercera.
La Terceridad es el modo de ser de aquello que es como es, en la medida en que pone en mutua
relación a una segunda cosa con una tercera.
[…] Las ideas típicas de primeridad son cualidades de sentimiento, o meras apariencias.
El color escarlata de sus libreas reales, la cualidad misma, independientemente de que sea
11
percibida o recordada, es un ejemplo; con lo que no quiero decir que usted deba imaginar que
no la percibe o la recuerde, sino que debe discriminar aquello con que la cualidad puede estar
conectada en la percepción o en el recuerdo, pero que no pertenece a la cualidad misma. Por
ejemplo, cuando usted la recuerda, se dice que su idea es borrosa, y cuando está ante sus
ojos, que es vívida. Pero la oscuridad o la vivacidad no pertenecen a su idea de la cualidad.
Podrían hacerlo, sin duda, si las consideráramos simplemente como un sentimiento; pero
cuando usted piensa en la vivacidad no la considera desde ese punto de vista. Piensa en ella
como un grado de perturbación de su conciencia. La cualidad de rojo no es pensada como
perteneciente a usted, o como vinculada a los uniformes. Es simplemente una posibilidad
cualitativa peculiar con independencia de cualquier otra cosa. Si usted pregunta a un
minerólogo qué es la dureza, le dirá que es lo que se predica de un cuerpo que no se puede
rayar con un cuchillo. Pero una persona simple pensará en la dureza como una posibilidad
positiva simple cuya realización hace que un cuerpo sea como un pedernal. Esa idea de
dureza es una idea de Primeridad. La impresión total sin analizar que produce cualquier
complejo, no pensado como hecho efectivo, sino simplemente como cualidad, como una
posibilidad de aparición positiva simple, es una idea de Primeridad. […]
El tipo de una idea de Segundidad es la experiencia del esfuerzo, prescindida de la idea
de un propósito. Se puede decir que no hay tal experiencia, que siempre hay un propósito a
la vista en cuanto se piensa en un esfuerzo. Esto puede estar sujeto a duda, pues en el esfuerzo
continuado enseguida apartamos la atención del propósito. Sin embargo, me abstengo de la
psicología, que nada tiene que ver con la ideoscopia. […] La experiencia del esfuerzo no
existe sin la experiencia de la resistencia. El esfuerzo sólo es esfuerzo en virtud de su
oponerse a otra cosa; y no se introduce ningún tercer elemento. Advierta que hablo de la
experiencia, no del sentimiento, del esfuerzo. Imagínese a sí misma, sentada sola en la noche
sobre la cesta de un globo, muy lejos del suelo y disfrutando de la calma absoluta y el sosiego.
De pronto, el punzante alarido de un silbato humeante le golpea, y continúa durante un buen
tiempo. La impresión de la quietud era una idea de Primeridad, una cualidad de sentimiento.
El penetrante silbido no le permite pensar o hacer otra cosa que sufrir. Así que eso también
es absolutamente simple. Otra Primeridad. Pero la ruptura del silencio por el ruido fue una
experiencia. La persona, en su inactividad, se identifica a sí misma con el estado de
sentimiento precedente, y el nuevo sentimiento que viene a su pesar es el no-ego. Tiene una
consciencia de dos caras, de un ego y un no-ego. Esa consciencia de la acción de un nuevo
sentimiento al aniquilar el antiguo sentimiento es lo que yo llamo una experiencia.
Generalmente, la experiencia es lo que el decurso de los acontecimientos me ha obligado a
pensar.[…] De manera general, se puede decir que la segundidad genuina consiste en una
cosa que actúa sobre otra -acción bruta. Digo bruta, porque en cuanto aparece la idea de una
ley o razón, aparece la idea de Terceridad. Cuando una piedra cae al suelo, la ley de la
gravitación no actúa haciéndola caer. La ley de la gravitación es el juez que, sobre el
banquillo, puede dictaminar la ley hasta el Día del Juicio; pero a menos que el brazo fuerte
de la ley, el brutal alguacil, haga la ley efectiva, no sirve para nada. La caída efectiva de la
piedra es puramente el darse la piedra y la tierra a un mismo tiempo. Se trata de un caso de
reacción. Y por tanto, de existencia, que es el modo de ser de lo que reacciona con otras
cosas. Pero hay también acción sin reacción. Tal es la acción del antecedente sobre el
12
consecuente. Es una cuestión difícil si la idea de esta determinación unilateral es una pura
idea de segundidad o si implica terceridad. […]
Llego ahora a la Terceridad. Para mí, que he considerado durante cuarenta años la
cuestión desde todos los puntos de vista que pude encontrar, la inadecuación de la
Segundidad para cubrir todo lo que hay en nuestras mentes es tan evidente que apenas sé
cómo comenzar a persuadir de ello a cualquier persona que no esté ya de antemano
convencida. Sin embargo, veo un gran número de pensadores que están intentando construir
un sistema sin colocar en él ninguna terceridad. Entre ellos se encuentran algunos de mis
mejores amigos, quienes se confiesan en deuda conmigo por sus ideas, aunque nunca
aprendieron la lección principal. Muy bien. Es altamente conveniente que la Segundidad deba
buscarse en su fondo auténtico. Sólo así se puede comprender la necesidad e irreductibilidad
de la terceridad, aunque para aquel que posea el entendimiento capaz de comprenderlo es
suficiente decir que no se obtiene una ramificación de una línea de colocar una línea al final
de otra. […] En su forma genuina, la Terceridad es la relación triádica existente entre un
signo, su objeto y el pensamiento interpretante –él mismo un signo– considerado como lo
que constituye su modo de ser un signo. Un signo [o representamen] media entre el signo
interpretante y su objeto. Tomando el signo en su sentido más amplio, su interpretante no es
necesariamente un signo. Cualquier concepto es un signo, por supuesto. Ockham, Hobbes y
Leibniz ya lo han dicho suficientemente. Pero podemos tomar un signo en un sentido tan
amplio que su interpretante no sea un pensamiento, sino una acción o experiencia, o podemos
incluso extender el significado de signo de tal manera que su interpretante sea una mera
cualidad de sentimiento. Un Tercero es algo que pone a un Primero en relación con un
Segundo. Un signo es un tipo de Tercero. ¿Cómo lo caracterizaremos? ¿Diremos que un
Signo pone a un Segundo, su Objeto, en una relación cognitiva con un Tercero? ¿Que un
Signo pone a un Segundo en la misma relación con un primero en la que él mismo está con
respecto a ese Primero? Si insistimos en la conciencia, debemos decir lo que queremos decir
con conciencia de un objeto. ¿Diremos que nos referimos al Sentimiento? ¿Diremos que
queremos decir asociación, o Hábito? Estas son, en su superficie, distinciones psicológicas
que particularmente evitaré. ¿Cuál es la diferencia esencial entre un signo que se comunica a
una mente y uno que no se comunica de ese modo? Si el problema fuese simplemente lo que
entendemos realmente por signo ésta se resolvería pronto. Pero esa no es la cuestión. Estamos
en la misma situación de un zoólogo que quiere saber cuál debería ser el significado de “pez”
para hacer de los peces una de las grandes clases de vertebrados. Me parece que la función
esencial de un signo es hacer eficientes relaciones ineficientes –no para ponerlas en acción,
sino para establecer un hábito o regla general por medio de la cual actuarán cuando sea
oportuno–. De acuerdo a la doctrina física, nunca pasa nada excepto las continuas velocidades
rectilíneas con las aceleraciones que acompañan a las diferentes posiciones relativas de las
partículas. Todas las demás relaciones, de las que conocemos tantas, son ineficientes. De
algún modo, el conocimiento las hace eficientes; y un signo es algo por lo que conocemos
algo más. Con la excepción del conocimiento, en el instante presente, de los contenidos de
conciencia en ese instante (la existencia de cuyo conocimiento está abierta a duda), todo
nuestro pensamiento y conocimiento se da en signos. Por consiguiente un signo [o
representamen] es un objeto que por un lado está en relación con su objeto y por el otro con
un interpretante, de tal modo que pone al interpretante en una relación con el objeto que se
13
corresponde con su propia relación con el objeto. Podría decir "similar a la suya propia", ya
que una correspondencia consiste en una similitud; pero tal vez correspondencia es más
adecuado.
Ahora estoy preparado para ofrecer mi división de los signos, tan pronto como haya señalado
que un signo tiene dos objetos, su objeto tal y como está representado [objeto inmediato], y su objeto
en sí mismo [objeto dinámico]. […] Ahora, los signos se pueden dividir en función de su propia
naturaleza material, en función de sus relaciones con sus objetos y en función de la relación con sus
interpretantes. […]
Con respecto a las relaciones con sus objetos dinámicos, divido los signos en Iconos, Índices y
Símbolos (una división que di en 1867). Defino un Icono como un signo que está determinado por su
objeto dinámico en virtud de su propia naturaleza interna. […] Una visión, ―o el sentimiento que
despierta una pieza de música considerada como aquello que representa lo que pretendía el
compositor. Puede ser […] un diagrama individual; pongamos, una curva de distribución de errores.
Defino un Índice como un signo determinado por su objeto dinámico en virtud de su estar en una
relación real con éste. Por ejemplo, un nombre propio; tal es la aparición de un síntoma de una
enfermedad. […] Defino el Símbolo como un signo que está determinado por su objeto dinámico sólo
en virtud de que será interpretado de esa manera. Por lo tanto, depende, o bien de una convención, o
bien de un hábito, o bien de una disposición natural de su interpretante, o del campo de su interpretante
(aquel del cual el interpretante es una determinación).
14
La ciencia de la semiótica
Charles Sanders Peirce
Buenos Aires, Nueva visión, 1974 (fragmentos)
228. Un signo, o representamen, es algo que, para alguien, representa o se refiere a algo en
algún aspecto o carácter. Se dirige a alguien, esto es, crea en la mente de esa persona un signo
equivalente, o, tal vez, un signo aún más desarrollado. Este signo creado es lo que yo llamo el
interpretante del primer signo. El signo está en lugar de algo, su objeto. Está en lugar de ese
objeto, no en todos los aspectos, sino sólo con referencia a una suerte de idea, que a veces he
llamado el fundamento del representamen. "Idea" debe entenderse aquí en cierto sentido
platónico, muy familiar en el habla cotidiana; quiero decir, en el mismo sentido en que decimos
que un hombre capta la idea de otro hombre, en que decimos que cuando un hombre recuerda lo
que estaba pensando anteriormente, recuerda la misma idea, y en que, cuando el hombre continúa
pensando en algo, aun cuando sea por un décimo de segundo, en la medida en que el pensamiento
concuerda consigo mismo durante ese lapso, o sea, continúa teniendo un contenido similar, es "la
misma idea", y no es, en cada instante del intervalo, una idea nueva.
229. Como consecuencia del hecho de estar cada representamen relacionado con tres cosas,
el fundamento, el objeto y el interpretante, la ciencia de la semiótica tiene tres ramas. La primera
es […] la gramática pura. Tiene por cometido determinar qué es lo que debe ser cierto del
representamen usado por toda inteligencia científica para que pueda encarnar algún significado.
La segunda rama es la lógica propiamente dicha. Es la ciencia de lo que es cuasi-necesariamente
verdadero de los representámenes de cualquier inteligencia científica para que puedan ser válidos
para algún objeto, esto es, para que puedan ser ciertos. […] La tercera rama, la llamaré retórica
pura, imitando la modalidad de Kant de conservar viejas asociaciones de palabras al buscar la
nomenclatura para las concepciones nuevas. Su cometido consiste en determinar las leyes
mediante las cuales, en cualquier inteligencia científica, un signo da nacimiento a otro signo y,
especialmente, un pensamiento da nacimiento a otro pensamiento.
Representar
273. Estar en lugar de otro, es decir, estar en tal relación con otro que, para ciertos
propósitos, se sea tratado por ciertas mentes como si se fuera ese otro. Consecuentemente, un
vocero, un diputado, un apoderado, un agente, un vicario, un diagrama, un síntoma, un tablero,
una descripción, un concepto, una premisa, un testimonio, todos representan alguna otra cosa, de
diversas maneras, para mentes que así los consideran. Cuando se desea distinguir entre aquello
que representa y el acto o relación de representar, lo primero puede ser llamado el
"representamen" y lo segundo la "representación". […]
Signo
303. Cualquier cosa que determina a otra cosa (su interpretante) a referirse a un objeto al
cual ella también se refiere (su objeto) de la misma manera, deviniendo el interpretante a su vez
un signo, y así sucesivamente ad infinitum.
304. Un signo es o bien un ícono, o un índice, o un símbolo. Un ícono es un signo que
poseería el carácter que lo vuelve significativo, aun cuando su objeto no tuviera existencia; tal
como un trazo de lápiz en un papel que representa una línea geométrica. Un índice es un signo
que perdería al instante el carácter que hace de él un signo si su objeto fuera suprimido, pero que
no perdería tal carácter si no hubiera interpretante. Tal es, por ejemplo, un pedazo de tierra que
muestra el agujero de una bala como signo de un disparo; porque sin el disparo no habría habido
agujero; pero hay un agujero ahí, independientemente de que a alguien se le ocurra o no atribuirlo
a un disparo. Un símbolo es un signo que perdería el carácter que lo convierte en un signo si no
hubiera interpretante. Es tal cualquier emisión de habla que significa lo que significa sólo en
virtud de poder ser entendida como poseedora de esa determinada significación. […]
16
Índice
305. Un signo, o representación, que se refiere a su objeto no tanto a causa de cualquier
similitud o analogía con él, ni porque esté asociado con los caracteres generales que dicho objeto
pueda tener, como porque está en conexión dinámica (incluyendo la conexión espacial] con el
objeto individual, por una parte, y con los sentidos o la memoria de la persona para quien sirve
como signo, por la otra. Ninguna aseveración fáctica puede hacerse sin recurrir a algún signo que
sirva como índice. Si A le dice a B "Hay un incendio", B preguntará "¿Dónde?", como
consecuencia de lo cual A deberá forzosamente recurrir a un índice, aun cuando sólo quiera
referirse a algún lugar no definido del universo real, pasado y futuro. De lo contrario, s61o habrá
expresado que hay una idea tal como la de incendio, la cual no daría ninguna información, porque,
salvo que ya fuera conocida, la palabra "incendio" sería ininteligible. Si A señala con su dedo el
fuego, el dedo se conecta dinámicamente con el incendio, tanto como si una alarma de incendio
automática lo hubiera dirigido indicando dicha dirección; y, al mismo tiempo, promueve que los
ojos de B se vuelvan a esa dirección, que su atención se concentre en el incendio y que su
entendimiento reconozca que se ha dado respuesta a su pregunta. Si, en cambio, la respuesta de
A hubiera sido "A mil metros de acá, más o menos", la palabra "acá" es un índice, dado que tiene
exactamente la misma fuerza que si hubiera señalado un punto preciso del terreno entre A y E.
Más aún: la palabra "metros", aunque representa a un objeto de clase general, es indirectamente
indicial, dado que las varas métricas en sí mismas son signos de una norma oficial […]. Las letras
de uso común en álgebra que no presentan peculiaridades son índices. También lo son las letras
A, B, C, etcétera, asignadas a una figura geométrica. Los abogados y otros profesionales que se
ven en la necesidad de expresar algún asunto complicado con total precisión recurren a letras para
distinguir a los entes individuales. Las letras, cuando son usadas así, no son sino versiones
mejoradas de los pronombres relativos. Mientras que los pronombres demostrativos y personales
son, tal como se los usa generalmente, "índices genuinos", los pronombres relativos son "índices
degenerados", dado que, aunque en forma accidental e indirecta puedan referirse a cosas
existentes, ellos en realidad se refieren en forma directa, y sólo necesitan referirse a las imágenes
mentales que las palabras precedentes hayan creado.
306. Los índices pueden ser distinguidos de otros signos, o representaciones, por tres rasgos
característicos: primero, que carecen de todo parecido significativo con su objeto; segundo, que
se refieren a entes individuales, unidades individuales, conjuntos unitarios de unidades o
continuidades individuales; tercero, que dirigen la atención a sus objetos por una compulsión
ciega. Pero sería harto difícil, si no imposible, mencionar un índice que fuera absolutamente puro,
o hallar algún signo absolutamente desprovisto de cualidad indicial. Desde el punto de vista
psicológico, la acción de los índices depende de asociaciones por contigüidad, y no de
asociaciones por parecido o de operaciones intelectuales.
Símbolo
307. Un Signo (como se vio) que está constituido como signo mera o fundamentalmente
por el hecho de que es usado y entendido como tal, sea por el hábito natural o nacido por
convención, y con prescindencia de los motivos que originalmente llevaron a su selección.
Preguntas sobre Charles S. Peirce
1. a. Caracterice los tipos de signos que integran la segunda tricotomía propuesta por
Charles Peirce.
b. Identifique en las imágenes siguientes dos tipos de signos. Justifique.
c. Explique cuál es el efecto de sentido que genera la presencia de esos signos que ha
identificado en cada una de las imágenes propuestas.
Imagen 1
Imagen 2
2. Defina el concepto de signo, según Charles Peirce. Ejemplifique las relaciones entre
sus componentes con el análisis de un signo a su elección presente en la siguiente
imagen.
3. ¿Cuál es la relación que establecen con el objeto los signos de la segunda tricotomía
propuesta por Charles Peirce? Desarrolle y ejemplifique cada uno con la siguiente
imagen.
4. Defina el concepto de símbolo, según Charles Peirce. Ejemplifique con el análisis de un
símbolo a su elección presente en las siguientes imágenes.
Imagen 1
Imagen 2
Universidad de Buenos Aires - Ciclo Básico Común
Semiología (Cátedra di Stefano)
Sede: Ciudad Universitaria
Vamos a empezar a trabajar con el Módulo 2 de la Unidad I del programa, que focaliza en un
autor central para el campo de la Semiología: Ferdinand de Saussure. De él vamos a trabajar con
su Curso de Lingüística General.
1. Objetivos:
Los que siguen son los objetivos principales que nos proponemos alcanzar a partir del estudio
de la obra de F. de Saussure:
e) Por último, pueden leer la clase teórica sobre de Saussure y Peirce que dictó Mariana di
Stefano para la cátedra. Esa clase les puede ayudar a jerarquizar la información que
buscamos conozcas sobre este autor y a integrar los distintos elementos de su teoría con
otras teorías que estudiarás en los módulos siguientes.
Todos los textos remiten a bibliografía que pueden consultar para profundizar el
conocimiento sobre De Saussure.
La perspectiva estructuralista
A esta dificultad respecto de la difusión de las ideas de Saussure se debe sumar, por
una parte, el pasaje de la enseñanza impartida oralmente a la escritura de una obra que
integrara esos tres cursos, que como tales, tienen un carácter enteramente didáctico. Para
explicar su modo de concebir el lenguaje, Saussure recurre, por ejemplo, a analogías, a
metáforas y a una adjetivación poco técnica (el pensamiento es una masa amorfa; el lenguaje
es multiforme y heteróclito) que derivan de las restricciones que impone a toda teorización
la explicación con fuerte finalidad pedagógica. Por otra, obstáculo tanto más difícil, Saussure
“era uno de esos hombres que se renuevan sin cesar; su pensamiento evolucionaba en todas
direcciones sin caer por eso en contradicción consigo mismo” (De Saussure, 1959. Prefacio:
33). Para resolver estas cuestiones, los discípulos intentaron, según sus propias palabras, “una
reconstrucción, una síntesis […] Esto sería una recreación, tanto más difícil cuanto que tenía
que ser enteramente objetiva” (De Saussure, 1959. Prefacio: 33). Como leerán en los
capítulos seleccionados en la bibliografía, algunas marcas propias del discurso didáctico se
conservan en el CLG, lo que hace que haya sido considerado esquemático y poco fiel al
propio pensamiento de Saussure registrado posteriormente en el análisis de sus cartas y los
borradores de otros alumnos a los que no accedieron en su momento Bally y Sechehaye1.
¿Qué es lo que hace del CLG una obra fundante en el terreno de las ciencias que
trabajan con signos?
Si bien la idea de que las lenguas poseen una organización propia data del siglo XVIII,
la novedad de Saussure radica en considerar a la lengua un sistema de signos arbitrarios, es
decir, signos que unen de manera inmotivada un significado (idea, concepto, por ejemplo,
rosa) y un significante (imagen acústica, la sucesión de sonidos r-o-s-a ) y que se relacionan
diferencialmente unos con otros (por ejemplo, rosa se diferencia de risa, de rusa, de rasa).
El concepto de arbitrariedad, central en la teoría de Saussure, no era desconocido en la
época. De hecho, ya había sido aceptado por los lingüistas del siglo precedente, e incluso
había sido materia de discusión desde la Antigüedad griega: “Él [Saussure] ofrece su solución
al viejo problema planteado por Plantón en el Cratilo. En efecto, Platón opone dos versiones
de las relaciones entre naturaleza y cultura: Hermógenes defiende la posición según la cual
los nombres asignados a las cosas son arbitrariamente elegidos por la cultura, y Cratilo ve en
los nombres un calco de la naturaleza, una relación fundamentalmente natural. Este viejo y
recurrente debate encuentra en Saussure a la persona que va a dar la razón a Hermógenes con
su noción de lo arbitrario del signo” (Dosse, 2004: 61).
De acuerdo con el lingüista francés Oswald Ducrot, “la aportación propia de Saussure
al estructuralismo lingüístico consiste en el hecho de presuponer el sistema en el elemento”
(1975: 51). Es decir que lo fundamental de esta teoría es la concepción de la lengua como
sistema en el que los elementos no tienen ninguna realidad tomados de manera independiente
de su relación con el resto de los que componen el sistema o, como dio en llamarse en lo
sucesivo, la estructura. En consonancia con la consideración de la lengua como sistema se
halla la noción de valor, que se puede comprender como el producto de la relación de unos
signos con otros, y también como el método con el que se demuestra que la lengua es un
sistema. Si tomamos, por ejemplo, la forma verbal estudió, a ella asociamos virtualmente las
formas estudie, estudiarías, hemos estudiado, y todas aquellas que completan el paradigma
verbal en español. Vemos así que los signos lingüísticos se asocian en la memoria y también
se combinan unos con otros para construir sintagmas, por ejemplo, Estudió física en la
escuela secundaria. Puesto que el interés de Saussure hace foco en el estudio de la lengua
como sistema, es compresible que el lingüista privilegie lo que llama lingüística sincrónica,
esto es, el estudio de un estado de lengua (por ejemplo, el español rioplatense a comienzos
del siglo XX) y relegue a un segundo plano la lingüística diacrónica, que trabaja con el
1
En 1996 se descubrieron los manuscritos de Saussure de un libro sobre la lingüística general que se creían
definitivamente perdidos. Estos manuscritos, publicados en 2002 (de Saussure, Escritos de lingüística general,
París, Gallimard) permiten reconocer un pensamiento más complejo y flexible que el que se difundió a través
del texto surgido de sus clases, que respondía, como señalamos, a una finalidad pedagógica.
estudio de los cambios históricos de un elemento del sistema. Se trata pues de otra novedad
en el abordaje del estudio de la lengua: el interés no está puesto en el seguimiento de una
palabra a lo largo de la historia, en su etimología, sino en la visión de la totalidad, en
diferentes sincronías.
En síntesis:
Lo esencial de la demostración consiste en fundar lo arbitrario del signo, en mostrar
que la lengua es un sistema de valores constituido no por los contenidos o lo vivido sino por
puras diferencias. Saussure ofrece una interpretación de la lengua que la coloca
decididamente del lado de la abstracción para arrancarla del empirismo y de las
consideraciones psicologizantes. Funda así una disciplina nueva, autónoma respecto del resto
de las demás ciencias humanas: la lingüística. Una vez establecidas sus reglas propias, y
gracias a su rigor y su grado de formalización, va a arrastrar a todas las demás disciplinas
haciéndoles asimilar su programa y sus métodos (Dosse, 2004: 62).
Ahora bien, la fundación saussureana surge de una voluntad de otorgar a los estudios
lingüísticos un estatuto científico. Para el lingüista, puesto que la lengua es un sistema
riguroso, la teoría debe ser también un sistema tan riguroso como la lengua; debió recortar,
entonces, el objeto de la lingüística y proponer un método. Es por esa razón que Saussure
recorta, desglosa del lenguaje su parte esencial, la lengua, y “sacrifica” el estudio sistemático
del uso individual, el habla: “El individuo es expulsado de la perspectiva científica
saussureana, víctima de una reducción formalista en la que ya no tiene lugar” (Dosse, 2004:
70). Ya en el Prólogo a la edición española, Amado Alonso reconocía: “Todo se paga: la
lingüística de Saussure llega a una sorprendente claridad y simplicidad, pero a fuerza de
eliminaciones, más aun, a costa de descartar lo esencial en el lenguaje (el espíritu) como
fenómeno específicamente humano” (1959: 12).
Esta imagen del lingüista ginebrino como un hombre “modelo” del paradigma
positivista propio de su época, que, como afirma Alonso, hace a un lado cuestiones
fundamentales para que la lingüística alcance estatuto científico, es la que a menudo queda
en quienes inician sus estudios en materias que operan con sistemas significantes. Sin
embargo, la figura “fría” y “falta de vida” puede ser contrarrestada o compensada en primer
lugar con el conocimiento que Saussure tenía del latín, el griego, el sánscrito, el persa, el
irlandés antiguo, el inglés, el francés, el lituano, el alemán, y el antiguo altoalemán... No solo
con las lenguas como tales, sino con la poesía en esas lenguas. En 1904, por ejemplo, da un
curso acerca del poema épico Cantar de los Nibelungos, y también se interesa, en una
investigación de carácter cabalístico, por los anagramas en textos poéticos sagrados de la
India y de Roma, “llevó a cabo toda una investigación cabalística para ver si había un nombre
propio diseminado en el interior de estos textos que fuese a la vez el destinatario y el destino
último del mensaje” (Dosse, 2004: 68). Lejos está de los estereotipos del autor del CLG este
amante de la poesía. Incluso, el espíritu de investigación y de conocimiento y la pasión por
las lenguas y la poesía ha llevado a algunos a hablar de “Los dos Saussure”2. Sin embargo,
pensamos que no hay “dos Saussures” sino que es justamente su interés por las lenguas y la
poesía lo que lo conduce a la elaboración de una teoría compleja y dinámica capaz de
explicarlas, una teoría que no llegó a ser publicada por su autor pero que hubiera seguido
derroteros sorprendentes si éste no hubiera encontrado la muerte a los 56 años.
Bibliografía
DE SAUSSURE, Ferdinand (1916): Curso de lingüística general, publicado por Ch. Bally y A.
Sechehaye, con la colaboración de A. Riedlinger, traducción, prólogo y notas de Amado
Alonso, Buenos Aires, Losada, 1959 (tercera edición en español); p. 31.
DOSSE, François (2004): Historia del estructuralismo, tomo I: El campo del signo 1845-1966,
Madrid, Akal ediciones.
DUCROT, Oswlad (1968): ¿Qué es el estructuralismo? El estructuralismo en lingüística,
Buenos Aires, Losada, 1975; p. 51.
• Para profundizar en los temas del Módulo 1, lea los fragmentos del Curso de
lingüística general de Ferdinand de Saussure que se incluyen en el Cuadernillo
1 de la cursada presencial, en las páginas 10 a 34.
2
La revista Recherches titula su número 16, de septiembre de 1974, “Les deux Saussures”.
Las reflexiones fundacionales sobre el signo lingüístico: Ferdinand de Saussure
Ferdinand de Saussure (1857-1913) fue un lingüista suizo que reflexionó sobre el signo a partir
de sus estudios sobre el lenguaje. Sus reflexiones nos llegan a través del Curso de lingüística
general, publicado en 1916.
Saussure se propuso darles a los estudios sobre el lenguaje un carácter científico. Para ello se
posicionó en una perspectiva teórica que privilegiaba la descripción de estructuras o sistemas,
es decir, de conjuntos de elementos relacionados entre sí1. Lo primero que debió determinar el
lingüista fue cuál sería su objeto de estudio, a partir de plantear un punto de vista inmanente
para construirlo: ¿la ciencia que propondría se centraría en el lenguaje como una totalidad o
debería atender a algunos de sus elementos? En la formulación de la respuesta saussureana a
tal interrogante resulta esencial la distinción entre las nociones de lenguaje, lengua y habla.
El lenguaje es, para Saussure, una facultad o capacidad humana, un “fenómeno total” en el que
el autor desglosa dos entidades la lengua y el habla. Estos dos componentes tienen rasgos
distintos. La lengua es la parte del lenguaje que los individuos heredan (nadie elige la lengua
con la que se comunica) y que supone una serie de acuerdos para su uso. Por ello, para el autor,
la lengua es “a la vez un producto social de la facultad del lenguaje y un conjunto de
convenciones necesarias, adoptadas por el cuerpo social para permitir el ejercicio de esta
facultad de los individuos”. El habla, en cambio, es individual, es un acto momentáneo, finito:
dura el lapso en el cual el hablante ejerce la facultad. Así, considerado en su conjunto, el
lenguaje es heterogéneo, está conformado por elementos de distinta naturaleza. Saussure
encuentra que, de los dos componentes del lenguaje, la lengua es el que permite estudiar de
forma autónoma ciertas regularidades y relaciones entre los elementos que la integran y
conforman un sistema, de allí que la considere el objeto de estudio de la Lingüística, la ciencia
que funda. A partir de esta decisión teórica y metodológica, Saussure especifica los rasgos de
Definir la lengua como sistema permite superar la posición según la cual la lengua es una
nomenclatura, un catálogo o listado de nombres para los objetos. Que la lengua se conciba
como una estructura, como un conjunto de elementos vinculados entre sí, hace posible
comprender su funcionamiento, por qué puede aprehendérsela y por qué es el medio de
comunicación más importante que posee el hombre. Saussure sostiene que el hombre piensa a
través de la lengua. La lengua articula los componentes heterogéneos del lenguaje: es el “molde
del pensamiento y del sonido”, a través de los signos, le da forma a la sustancia del pensamiento
y del sonido; en este sentido, el pensamiento, para Saussure, no es previo a la lengua, como se
había sostenido hasta entonces, ambos son amorfos sin la lengua. Saussure se detiene en el
estudio de las unidades que integran el sistema lingüístico: los signos.
El signo en Saussure
El signo lingüístico es considerado como una entidad abstracta que contiene dos caras, el
significado y el significante. El significado es el concepto y el significante, la huella acústica
del sonido. Un ejemplo de esa conformación es el que sigue:
El signo -en este caso árbol- no une una cosa con su nombre, sino una idea, un concepto, con
una sucesión de sonidos en una lengua dada. La unión de significado y significante es de
naturaleza psíquica.
Lo que el signo lingüístico une no es una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen acústica. La imagen
acústica no es el sonido material, cosa puramente física, sino su huella psíquica, la representación que de él nos
da el testimonio de nuestros sentidos; esa imagen es sensorial, y si llegamos a llamarla "material" es solamente en
este sentido y por oposición al otro término de la asociación, el concepto, generalmente más abstracto.
El carácter psíquico de nuestras imágenes acústicas aparece claramente cuando observamos nuestra lengua
materna. Sin mover los labios ni la lengua, podemos hablarnos a nosotros mismos o recitarnos mentalmente un
poema (p.13).
La relación entre ambas partes del signo es arbitraria, en el sentido de que no hay causa natural
o motivo para su unión. La noción de arbitrariedad es la piedra angular de la concepción
saussureana sobre el signo lingüístico. Con ella aparece un quiebre con la tradición que
provenía desde las Sagradas Escrituras según la cual el signo era el nombre de la cosa: se
afirmaba que había una causalidad para que determinado nombre correspondiera a una cosa.
La existencia de diferentes lenguas es una de las pruebas de la arbitrariedad del signo.
Según hemos explicado, para Saussure el signo lingüístico aislado es una entidad biplánica
compuesta por el significado y el significante. La unión entre significado y significante es de
naturaleza arbitraria. Ahora bien, el signo aislado es arbitrario y positivo, en el sentido del lazo
que une el significado al significante. No obstante, el signo en la lengua aparece en oposición
a otros, en una cadena o asociado a otros signos, no en forma aislada. El lingüista acuña el
concepto de valor para dar cuenta de las oposiciones de un signo en el sistema. Extrapola la
idea de valor de conceptos del campo de la economía a partir del cual introduce ciertos
ejemplos. Todo valor, según el autor, está compuesto por algo similar y, a la vez, por algo
diferente en relación con otro valor. Así, para determinar el valor de una moneda, se lo compara
con lo semejante (la moneda de otro país, como en el caso del peso con dólar, por ejemplo); y,
a la vez, con lo desemejante (el peso habilito a comprar objetos, un kg. de pan). Pero para
Saussure, la lengua es un sistema de valores puros en el que la identidad de cada unidad - de
cada signo- sólo deriva de las relaciones que mantiene con todos los demás signos del sistema.
Según Saussure, la lengua se construye por oposiciones tanto en el plano material como en el
plano conceptual, un signo es lo que lo que el resto de los signos de sistema no son. Esta
afirmación implica que la lengua se constituye a partir de las oposiciones, sin considerar los
aspectos positivos. Dichas oposiciones son propias de cada lengua, no universales. En español,
la oposición referente a los modos verbales es Indicativo, Imperativo y Subjuntivo, pero no es
igual para todas las lenguas. En el sistema de los colores, se reconoce el violeta como un color
en el español, sin embargo, hay comunidades de pueblos originarios en cuya lengua el violeta
no está dentro del sistema, el valor del violeta se lo transmite al azul o marrón. La oposición
de las formas vos y usted para los pronombres de segunda persona no integran el sistema de la
lengua inglesa, la cual no distingue formas de mayor o menor respeto para dirigirse al
destinatario.
El valor lingüístico
Para darse cuenta de que la lengua no puede ser otra cosa que un sistema de valores puros, basta considerar los
dos elementos que entran en juego en su funcionamiento: las ideas y los sonidos.
Psicológicamente, hecha abstracción de su expresión por medio de palabras, nuestro pensamiento no es más
que una masa amorfa e indistinta. Filósofos y lingüistas han estado siempre de acuerdo en reconocer que, sin
la ayuda de los signos, seríamos incapaces de distinguir dos ideas de manera clara y constante. Considerado en
sí mismo, el pensamiento es como una nebulosa donde nada está necesariamente delimitado. No hay ideas
preestablecidas, y nada es distinto antes de la aparición de la lengua (p 21) (…).
El papel característico de la lengua frente al pensamiento no es el de crear un medio fónico material para la
expresión de las ideas, sino el de servir de intermediaria entre el pensamiento y el sonido, en condiciones tales
que su unión lleva necesariamente a deslindamientos recíprocos de unidades. El pensamiento, caótico por
naturaleza, se ve forzado a precisarse al descomponerse. No hay, pues, ni materialización de los pensamientos,
ni espiritualización de los sonidos, sino que se trata de ese hecho en cierta manera misterioso: que el
“pensamiento-sonido” implica divisiones y que la lengua elabora sus unidades al constituirse entre dos masas
amorfas (p.22) (…).
La lengua es también comparable a una hoja de papel: el pensamiento es el anverso y el sonido el reverso: no
se puede cortar uno sin cortar el otro; así tampoco en la lengua se podría aislar el sonido del pensamiento, ni el
pensamiento del sonido; a tal separación sólo se llegaría por una abstracción y el resultado sería hacer
psicología pura o fonología pura (p.22).
La lingüística trabaja, pues, en el terreno limítrofe donde los elementos de dos órdenes se combinan; esta
combinación produce una forma, no una sustancia (p.22) (…).
Estas miras hacen comprender mejor lo que hemos dicho sobre lo arbitrario del signo. No solamente son
confusos y amorfos los dos dominios enlazados por el hecho lingüístico, sino que la elección que se decide por
tal porción acústica para tal idea es perfectamente arbitraria. Si no fuera éste el caso, la noción de valor perdería
algo de su carácter, ya que contendría un elemento impuesto desde fuera. Pero de hecho los valores siguen
siendo enteramente relativos, y por eso el lazo entre la idea y el sonido es radicalmente arbitrario (p.22).
A su vez lo arbitrario del signo nos hace comprender mejor por qué el hecho social es el único que puede crear
un sistema lingüístico. La colectividad es necesaria para establecer valores cuya única razón de ser está en el
uso y en el consenso generales; el individuo por sí solo es incapaz de fijar ninguno.
Además, la idea de valor, así determinada, nos muestra cuán ilusorio es considerar un término sencillamente
como la unión de cierto sonido con cierto concepto. Definirlo así sería aislarlo del sistema de que forma parte;
sería creer que se puede comenzar por los términos y construir el sistema haciendo la suma, mientras que, por
el contrario, hay que partir de la totalidad solidaria para obtener por análisis los elementos que encierra (p.22).
Todo lo precedente viene a decir que en la lengua no hay más que diferencias. Todavía más: una diferencia
supone, en general, términos positivos entre los cuales se establece; pero en la lengua sólo hay diferencias sin
términos positivos. Ya se considere el significante, ya el significado, la lengua no comporta ni ideas ni sonidos
preexistentes al sistema lingüístico, sino solamente diferencias conceptuales y diferencias fónicas resultantes
de ese sistema. Lo que de idea o de materia fónica hay en un signo importa menos que lo que hay a su alrededor
en los otros signos. La prueba está en que el valor de un término puede modificarse sin tocar ni a su sentido ni
a su sonido, con sólo el hecho de que tal otro término vecino haya sufrido una modificación (p.27).
Las relaciones y las diferencias entre términos se despliegan en dos esferas distintas, cada una generadora de
cierto orden de valores; la oposición entre esos dos órdenes nos hace comprender mejor la naturaleza de cada
uno. Ellos corresponden a dos formas de nuestra actividad mental, ambos indispensables a la vida de la lengua.
De un lado, en el discurso, las palabras contraen entre sí, en virtud de su encadenamiento, relaciones fundadas
en el carácter lineal de la lengua, que excluye la posibilidad de pronunciar dos elementos a la vez. Los elementos
se alinean uno tras otro en la cadena del habla. Estas combinaciones que se apoyan en la extensión se pueden
llamar sintagmas. El sintagma se compone siempre, pues, de dos o más unidades consecutivas (por ejemplo: re-
leer; contra todos; la vida humana; Dios es bueno; si hace buen tiempo, saldremos, etc.). Colocado en un
sintagma, un término sólo adquiere su valor porque se opone al que le precede o al que le sigue o a ambos.
Por otra parte, fuera del discurso, las palabras que ofrecen algo de común se asocian en la memoria, y así se
forman grupos en el seno de los cuales reinan relaciones muy diversas. Así la palabra francesa enseignement, o
la española enseñanza, hará surgir inconscientemente en el espíritu un montón de otras palabras (enseigner,
renseigner, etc., o bien armement, changement, etc., o bien éducation, apprentisage). Por un lado o por otro,
todas tienen algo de común.
Ya se ve que estas coordinaciones son de muy distinta especie que las primeras. Ya no se basan en la extensión;
su sede está en el cerebro, y forman parte de ese tesoro interior que constituye la lengua de cada individuo. Las
llamaremos relaciones asociativas.
La conexión sintagmática es in praesentia; se apoya en dos o más términos igualmente presentes en una serie
efectiva. Por el contrario, la conexión asociativa une términos in absentia en una serie mnemónica virtual.
Desde este doble punto de vista una unidad lingüística es comparable a una parte determinada de un edificio,
una columna por ejemplo; la columna se halla, por un lado, en cierta relación con el arquitrabe que sostiene; esta
disposición de dos unidades igualmente presentes en el espacio hace pensar en la relación sintagmática; por otro
lado, si la columna es de orden dórico, evoca la comparación mental con los otros órdenes (jónico, corintio, etc.),
que son elementos no presentes en el espacio: la relación es asociativa (p.29).
En síntesis, uno de los aportes centrales de Saussure fue la fundación de la Lingüística, lo que
dio lugar a la aparición de una disciplina específica para los estudios sobre el lenguaje. En esa
instancia fundacional, Saussure no atiende al habla, al uso individual del lenguaje. Como
veremos más adelante, esa decisión será discutida o retomada por otros autores.
Bibliografía:
DE SAUSSURE, Ferdinand (1916): Curso de lingüística general, publicado por Ch. Bally y A.
Sechehaye, con la colaboración de A. Riedlinger, traducción, prólogo y notas de Amado
Alonso, Buenos Aires, Losada, 1959 (tercera edición en español).
Curso de lingüística general (selección)
Ferdinand de Saussure
Traducción, prólogo y notas de Amado Alonso, Buenos Aires,
Losada, 1945 (10ª edición)
Introducción
Capítulo III. Objeto de la lingüística
§ 1. La lengua; su definición
¿Cuál es el objeto a la vezintegral y concreto de la lingüística? La cuestión es
particularmente difícil; ya veremos luego por qué; limitémonos ahora a hacer comprender esa
dificultad.
Otras ciencias operan con objetos dados de antemano y que se pueden considerar en seguida
desde diferentes puntos de vista. No es así en la lingüística. Alguien pronuncia la palabra española
desnudo: un observador superficial se sentirá tentado de ver en ella un objeto lingüístico concreto;
pero un examen más atento hará ver en ella sucesivamente tres o cuatro cosas perfectamente
diferentes, según la manera de considerarla: como sonido, como expresión de una idea, como
correspondencia del latín (dis)nūdum, etc. Lejos de preceder el objeto al punto de vista, se diría
que es el punto de vista el que crea el objeto, y, además, nada nos dice de antemano que una de
esas maneras de considerar el hecho en cuestión sea anterior o superior a las otras.
Por otro lado, sea cual sea el punto de vista adoptado, el fenómeno lingüístico presenta
perpetuamente dos caras que se corresponden, sin que la una valga más que gracias a la otra. Por
ejemplo:
1° Las sílabas que se articulan son impresiones acústicas percibidas por el oído, pero los
sonidos no existirían sin los órganos vocales; así una n no existe más que por la correspondencia
de estos dos aspectos. No se puede, pues, reducir la lengua al sonido, ni separar el sonido de la
articulación bucal; a la recíproca, no se pueden definir los movimientos de los órganos vocales si
se hace abstracción de la impresión acústica.
2° Pero admitamos que el sonido sea una cosa simple: ¿es el sonido el que hace al lenguaje?
No; no es más que el instrumento del pensamiento y no existe por sí mismo. Aquí surge una nueva
y formidable correspondencia: el sonido, unidad compleja acústico-vocal, forma a su vez con la
idea una unidad compleja, fisiológica y mental. Es más:
3° El lenguaje tiene un lado individual y un lado social, y no se puede concebir el uno sin
el otro. Por último:
4° En cada instante el lenguaje implica a la vez un sistema establecido y una evolución; en
cada momento es una institución actual y un producto del pasado. Parece a primera vista muy
sencillo distinguir entre el sistema y su historia, entre lo que es y lo que ha sido; en realidad, la
relación que une esas dos cosas es tan estrecha que es difícil separarlas. ¿Sería la cuestión más
sencilla si se considerara el fenómeno lingüístico en sus orígenes, si, por ejemplo, se comenzara
por estudiar el lenguaje de los niños? No, pues es una idea enteramente falsa esa de creer que en
materia de lenguaje el problema de los orígenes difiere del de las condiciones permanentes. No
hay manera de salir del círculo.
Así, pues, de cualquier lado que se mire la cuestión, en ninguna parte se nos ofrece entero
el objeto de la lingüística. Por todas partes topamos con este dilema: o bien nos aplicamos a un
solo lado de cada problema, con el consiguiente riesgo de no percibir las dualidades arriba
señaladas, o bien, si estudiamos el lenguaje por muchos lados a la vez, el objeto de la lingüística
se nos aparece como un montón confuso de cosas heterogéneas y sin trabazón. Cuando se procede
así es cuando se abre la puerta a muchas ciencias –psicología, antropología, gramática normativa,
filología, etc.–, que nosotros separamos distintamente de la lingüística, pero que, a favor de un
método incorrecto, podrían reclamar el lenguaje como uno de sus objetos.
Anuestro parecer, no hay más que una solución para todas estas dificultades: hay que
colocarse desde el primer momento en el terrenode la lengua y tomarla como norma de todas las
otrasmanifestaciones del lenguaje. En efecto, entre tantas dualidades, la lengua parece ser lo
único susceptible de definición autónoma y es la que da un punto de apoyo satisfactorio para el
espíritu.
Pero ¿qué es la lengua? Para nosotros, la lengua no se confunde con el lenguaje: la lengua
no es más que una determinada parte del lenguaje, aunque esencial. Es a la vez un producto social
de la facultad del lenguaje y un conjunto de convenciones necesarias adoptadas por el cuerpo
social para permitir el ejercicio de esa facultad en los individuos. Tomado en su conjunto, el
lenguaje es multiforme y heteróclito; a caballo en diferentes dominios, a la vez físico, fisiológico
y psíquico, pertenece además al dominio individual y al dominio social; no se deja clasificar en
ninguna de las categorías de los hechos humanos, porque no se sabe cómo desembrollar su unidad.
La lengua, por el contrario, es una totalidad en sí y un principio de clasificación. En cuanto
le damos el primer lugar entre los hechos de lenguaje, introducimos un orden natural en un
conjunto que no se presta a ninguna otra clasificación.
A este principio de clasificación se podría objetar que el ejercicio del lenguaje se apoya en
una facultad que nos da la naturaleza, mientras que la lengua es cosa adquirida y convencional
que debería quedar subordinada al instinto natural en lugar de anteponérsele.
He aquí lo que se puede responder. En primer lugar, no está probado que la función del
lenguaje, tal como se manifiesta cuando hablamos, sea enteramente natural, es decir, que nuestro
aparato vocal esté hecho para hablar como nuestras piernas para andar. Los lingüistas están lejos
de ponerse de acuerdo sobre esto. Así, para Whitney, que equipara la lengua a una institución
social con el mismo título que todas las otras, el que nos sirvamos del aparato vocal como
instrumento de la lengua es cosa del azar, por simples razones de comodidad: lo mismo habrían
podido los hombres elegir el gesto y emplear imágenes visuales en lugar de las imá- genes
acústicas. Sin duda, esta tesis es demasiado absoluta; la lengua no es una institución social
semejante punto por punto a las otras; además, Whytney va demasiado lejos cuando dice que
nuestra elección ha caído por azar en los órganos de la voz; de cierta manera, ya nos estaban
impuestos por la naturaleza. Pero, en el punto esencial, el lingüista americano parece tener razón:
la lengua es una convención y la naturaleza del signo en que se conviene es indiferente. La
cuestión del aparato vocal es, pues, secundaria en el problema del lenguaje.
Cierta definición de lo que se llama lenguaje articulado podría confirmar esta idea. En latín
articulus significa 'miembro, parte, subdivisión en una serie de cosas'; en el lenguaje, la
articulación puede designar o bien la subdivisión de la cadena hablada en sílabas, o bien la
subdivisión de la cadena de significaciones en unidades significativas; este sentido es el que los
alemanes dan a su gegliederte Sprache. Ateniéndonos a esta segunda definición, se podría decir
que no es el lenguaje hablado el natural al hombre, sino la facultad de constituir una lengua, es
decir, un sistema de signos distintos que corresponden a ideas distintas.
Broca ha descubierto que la facultad de hablar está localizada en la tercera circunvolución
frontal izquierda: también sobre esto se han apoyado algunos para atribuir carácter natural al
lenguaje. Pero esa localización se ha comprobado para todo lo que se refiere al lenguaje, incluso
la escritura, y esas comprobaciones, añadidas a las observaciones hechas sobre las diversas formas
de la afasia por lesión de tales centros de localización, parecen indicar: 1° que las diversas
perturbaciones del lenguaje oral están enredadas de mil maneras con las del lenguaje escrito; 2°
que en todos los casos de afasia o de agrafia lo lesionado es menos la facultad de proferir tales o
cuales sonidos o de trazar tales o cuales signos, que la de evocar por un instrumento, cualquiera
que sea, los signos de un lenguaje regular. Todo nos lleva a creer que por debajo del
funcionamiento de los diversos órganos existe una facultad más general, la que gobierna los
signos: ésta sería la facultad lingüística por excelencia. Y por aquí llegamos a la misma conclusión
arriba indicada.
Para atribuir a la lengua el primer lugar en el estudio del lenguaje, se puede finalmente
hacer valer el argumento de que la facultad –natural o no– de articular palabras no se ejerce más
que con la ayuda del instrumento creado y suministrado por la colectividad; no es, pues, quimérico
decir que es la lengua la que hace la unidad del lenguaje.
El punto de partida del circuito está en el cerebro de uno de ellos, por ejemplo, en el de A,
donde los hechos de conciencia, que llamaremos conceptos, se hallan asociados con las
representaciones de los signos lingüísticos o imágenes acústicas que sirven a su expresión.
Supongamos que un concepto dado desencadena en el cerebro una imagen acústica
correspondiente: éste es un fenómeno enteramente psíquico, seguido a su vez de un proceso
fisiológico: el cerebro transmite a los órganos de la fonación un impulso correlativo a la imagen;
luego las ondas sonoras se propagan de la boca de A al oído de B: proceso puramente físico. A
continuación, el circuito sigue en B un orden inverso: del oído al cerebro, transmisión fisiológica
de la imagen acústica; en el cerebro, asociación psíquica de esta imagen con el concepto
correspondiente. Si B habla a su vez, este nuevo acto seguirá –de su cerebro al de A– exactamente
la misma marcha que el primero y pasará por las mismas fases sucesivas que representamos con
el siguiente esquema:
Este análisis no pretende ser completo. Se podría distinguir todavía: la sensación acústica
pura, la identificación de esa sensación con la imagen acústica latente, la imagen muscular de la
fonación, etc. Nosotros sólo hemos tenido en cuenta los elementos juzgados esenciales; pero
nuestra figura permite distinguir en seguida las partes físicas (ondas sonoras) de las fisiológicas
(fonación y audición) y de las psíquicas (imágenes verbales y conceptos). Pues es de capital
importancia advertir que la imagen verbal no se confunde con el sonido mismo, y que es tan
legítimamente psíquica como el concepto que le está asociado.
El circuito, tal como lo hemos representado, se puede dividir todavía:
a) en una parte externa (vibración de los sonidos que van de la boca al oído) y una parte
interna, que comprende todo el resto;
b) en una parte psíquica y una parte no psíquica, incluyéndose en la segunda tanto los
hechos fisiológicos de que son asiento los órganos, como los hechos físicos exteriores al
individuo;
c) en una parte activa y una parte pasiva: es activo todo lo que va del centro de asociación
de uno de los sujetos al oído del otro sujeto, y pasivo todo lo que va del oído del segundo a su
centro de asociación.
Por último, en la parte psíquica localizada en el cerebro se puede llamar ejecutivo todo lo
que es activo (c → i) y receptivo todo lo que es pasivo (i → c).
Es necesario añadir una facultad de asociación y de coordinación, que se manifiesta en
todos los casos en que no se trate nuevamente de signos aislados; esta facultad es la que
desempeña el primer papel en la organización de la lengua como sistema.
Pero, para comprender bien este papel, hay que salirse del acto individual, que no es más
que el embrión del lenguaje, y encararse con el hecho social.
Entre todos los individuos así ligados por el lenguaje, se establecerá una especie de
promedio: todos reproducirán –no exactamente, sin duda, pero sí aproximadamente– los mismos
signos unidos a los mismos conceptos.
¿Cuál es el origen de esta cristalización social? ¿Cuál de las dos partes del circuito puede
ser la causa? Pues lo más probable es que no todas participen igualmente.
La parte física puede descartarse desde un principio. Cuando oímos hablar una lengua
desconocida, percibimos bien los sonidos, pero, por nuestra incomprensión, quedamos fuera del
hecho social.
La parte psíquica tampoco entra en juego en su totalidad: el lado ejecutivo queda fuera,
porque la ejecución jamás está a cargo de la masa, siempre es individual, y siempre el individuo
es su árbitro; nosotros lo llamaremos el habla (parole).
Lo que hace que se formen en los sujetos hablantes acuñaciones que llegan a ser
sensiblemente idénticas en todos es el funcionamiento de las facultades receptiva y coordinativa.
¿Cómo hay que representarse este producto social para que la lengua aparezca perfectamente
separada del resto? Si pudiéramos abarcar la suma de las imágenes verbales almacenadas en todos
los individuos, entonces toparíamos con el lazo social que constituye la lengua. Es un tesoro
depositado por la práctica del habla en los sujetos que pertenecen a una misma comunidad, un
sistema gramatical virtualmente existente en cada cerebro, o, más exactamente, en los cerebros
de un conjunto de individuos, pues la lengua no está completa en ninguno, no existe perfectamente
más que en la masa.
Al separar la lengua del habla (langue et parole), se separa a la vez: 1° lo que es social de
lo que es individual; 2° lo que es esencial de lo que es accesorio y más o menos accidental.
La lengua no es una función del sujeto hablante, es el producto que el individuo registra
pasivamente; nunca supone premeditación, y la reflexión no interviene en ella más que para la
actividad de clasificar.
El habla es, por el contrario, un acto individual de voluntad y de inteligencia, en el cual
conviene distinguir: 1° las combinaciones por las que el sujeto hablante utiliza el código de la
lengua con miras a expresar su pensamiento personal; 2° el mecanismo psicofísico que le permita
exteriorizar esas combinaciones.
Hemos de subrayar que lo que definimos son cosas y no palabras; las distinciones
establecidas nada tienen que temer de ciertos términos ambiguos que no se recubren del todo de
lengua a lengua. Así en alemán Sprache quiere decir lengua y lenguaje; Rede corresponde bastante
bien a habla (fr. parole), pero añadiendo el sentido especial de 'discurso'. En latín, sermo significa
más bien lenguaje y habla, mientras que lingua designa la lengua, y así sucesivamente.
Ninguna palabra corresponde exactamente a cada una de las nociones precisadas arriba;
por eso toda definición hecha a base de una palabra es vana; es mal método el partir de las palabras
para definir las cosas.
Recapitulemos los caracteres de la lengua:
1° Es un objeto bien definido en el conjunto heteróclito de los hechos de lenguaje. Se la
puede localizar en la porción determinada del circuito donde una imagen acústica viene a
asociarse con un concepto. La lengua es la parte social del lenguaje, exterior al individuo, que por
sí solo no puede ni crearla ni modificarla; no existe más que en virtud de una especie de contrato
establecido entre los miembros de la comunidad. Por otra parte, el individuo tiene necesidad de
un aprendizaje para conocer su funcionamiento; el niño se la va asimilando poco a poco. Hasta
tal punto es la lengua una cosa distinta, que un hombre privado del uso del habla conserva la
lengua con tal que comprenda los signos vocales que oye.
2° La lengua, distinta del habla, es un objeto que se puede estudiar separadamente. Ya no
hablamos las lenguas muertas, pero podemos muy bien asimilarnos su organismo lingüístico. La
ciencia de la lengua no sólo puede prescindir de otros elementos del lenguaje, sino que sólo es
posible a condición de que esos otros elementos no se inmiscuyan.
3° Mientras que el lenguaje es heterogéneo, la lengua así delimitada es de naturaleza
homogénea: es un sistema de signos en el que sólo es esencial la unión del sentido y de la imagen
acústica, y donde las dos partes del signo son igualmente psíquicas.
4° La lengua, no menos que el habla, es un objeto de naturaleza concreta, y esto es gran
ventaja para su estudio. Los signos lingüísticos no por ser esencialmente psíquicos son
abstracciones; las asociaciones ratificadas por el consenso colectivo, y cuyo conjunto constituye
la lengua, son realidades que tienen su asiento en el cerebro. Además, los signos de la lengua son,
por decirlo así, tangibles; la escritura puede fijarlos en imágenes convencionales, mientras que
sería imposible fotografiar en todos sus detalles los actos del habla; la fonación de una palabra,
por pequeña que sea, representa una infinidad de movimientos musculares extremadamente
difíciles de conocer y de imaginar. En la lengua, por el contrario, no hay más que la imagen
acústica, y ésta se puede traducir en una imagen visual constante. Pues si se hace abstracción de
esta multitud de movimientos necesarios para realizarla en el habla, cada imagen acústica no es,
como luego veremos, más que la suma de un número limitado de elementos o fonemas,
susceptibles a su vez de ser evocados en la escritura por un número correspondiente de signos.
Esta posibilidad de fijar las cosas relativas a la lengua es la que hace que un diccionario y una
gramática puedan ser su representación fiel, pues la lengua es el depósito de las imágenes
acústicas y la escritura la forma tangible de esas imágenes.
1
No confundir la semiología con la semántica, que estudia los cambios de significación,
y de la que Ferdinand de Saussure no hizo una exposición metódica, aunque nos dejó formulado
su principio tímidamente en la pág. 140. (Nota de B. y S.)
2
Cfr. A. NAVILLE, Classification des sciences, 2a edición, pág. 104.
individuo. Es el método más fácil, pero no lleva más allá de la ejecución individual, sin alcanzar
al signo, que es social por naturaleza.
O, por último, cuando algunos se dan cuenta de que el signo debe estudiarse socialmente,
no retienen más que los rasgos de la lengua que la ligan a otras instituciones, aquellos que
dependen más o menos de nuestra voluntad; y así es como se pasa tangencialmente a la meta,
desdeñando los caracteres que no pertenecen más que a los sistemas semiológicos en general y a
la lengua en particular. Pues el signo es ajeno siempre en cierta medida a la voluntad individual
o social, y en eso está su carácter esencial, aunque sea el que menos evidente se haga a primera
vista.
Así, ese carácter no aparece claramente más que en la lengua, pero también se manifiesta
en las cosas menos estudiadas, y de rechazo se suele pasar por alto la necesidad o la utilidad
particular de una ciencia semiológica. Para nosotros, por el contrario, el problema lingüístico es
primordialmente semiológico, y en este hecho importante cobran significación nuestros
razonamientos. Si se quiere descubrir la verdadera naturaleza de la lengua, hay que empezar por
considerarla en lo que tiene de común con todos los otros sistemas del mismo orden; factores
lingüísticos que a primera vista aparecen como muy importantes (por ejemplo, el juego del aparato
fonador) no se deben considerar más que de segundo orden si no sirven más que para distinguir a
la lengua de los otros sistemas. Con eso no solamente se esclarecerá el problema lingüístico, sino
que, al considerar los ritos, las costumbres, etc., como signos, estos hechos aparecerán a otra luz,
y se sentirá la necesidad de agruparlos en la semiología y de explicarlos por las leyes de esta
ciencia.
Esta concepción es criticable por muchos conceptos. Supone ideas completamente hechas
preexistentes a las palabras; no nos dice si el nombre es de naturaleza vocal o psíquica, pues arbor
puede considerarse en uno u otro aspecto; por último, hace suponer que el vínculo que une un
nombre a una cosa es una operación muy simple, lo cual está bien lejos de ser verdad. Sin
embargo, esta perspectiva simplista puede acercarnos a la verdad al mostrarnos que la unidad
lingüística es una cosa doble, hecha con la unión de dos términos.
Hemos visto, a propósito del circuito del habla, que los términos implicados en el signo
lingüístico son ambos psíquicos y están unidos en nuestro cerebro por un vínculo de asociación.
Insistamos en este punto.
Lo que el signo lingüístico une no es una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen
acústica.3 La imagen acústica no es el sonido material, cosa puramente física, sino su huella
psíquica, la representación que de él nos da el testimonio de nuestros sentidos; esa imagen es
sensorial, y si llegamos a llamarla "material" es solamente en este sentido y por oposición al otro
término de la asociación, el concepto, generalmente más abstracto.
El carácter psíquico de nuestras imágenes acústicas aparece claramente cuando observamos
nuestra lengua materna. Sin mover los labios ni la lengua, podemos hablarnos a nosotros mismos
o recitarnos mentalmente un poema. Y porque las palabras de la lengua materna son para nosotros
imágenes acústicas, hay que evitar el hablar de los "fonemas" de que están compuestas. Este
término, que implica una idea de acción vocal, no puede convenir más que a las palabras habladas,
a la realización de la imagen interior en el discurso. Hablando de sonidos y de sílabas de una
palabra, evitaremos el equívoco, con tal que nos acordemos de que se trata de la imagen acústica.
El signo lingüístico es, pues, una entidad psíquica de dos caras, que puede representarse
por la siguiente figura:
Estos dos elementos están íntimamente unidos y se reclaman
recíprocamente. Ya sea que busquemos el sentido de la palabra latina
arboro la palabra con que el latín designa el concepto de 'árbol', es
evidente que las vinculaciones consagradas por la lengua son las
únicas que nos aparecen conformes con la realidad, y descartamos
cualquier otra que se pudiera imaginar.
3
El término de imagen acústica parecerá quizá demasiado estrecho, pues junto a la
representación de los sonidos de una palabra está también la de su articulación, la imagen
muscular del acto fonatorio. Pero para F. de Saussure la lengua es esencialmente un depósito, una
cosa recibida de fuera. La imagen acústica es, por excelencia, la representación natural de la
palabra, en cuanto hecho de lengua virtual, fuera de toda realización por el habla. El aspecto motor
puede, pues, quedar sobreentendido o en todo caso no ocupar más que un lugar subordinado con
relación a la imagen acústica. (B. y S.)
cuanto al término signo, si nos contentamos con él es porque, no sugiriéndonos la lengua usual
cualquier otro, no sabemos con qué reemplazarlo.
El signo lingüístico así definido posee dos caracteres primordiales. Al enunciarlos vamos
a proponer los principios mismos de todo estudio de este orden.
4
[Nuestro sentido onomatopéyico reproduce el canto del gallo con quiquiriquí, el de los
franceses coquerico (kókrikói), el de los ingleses cock-a-doodle-do. A.A.]
ilusión; la sílaba y su acento no constituyen más que un acto fonatorio; no hay dualidad en el
interior de este acto, sino tan sólo oposiciones diversas con lo que está a su lado.
§ 1. Inmutabilidad
Si, con relación a la idea que representa, aparece el significante como elegido libremente,
en cambio, con relación a la comunidad lingüística que lo emplea, no es libre, es impuesto. A la
masa social no se le consulta si el significante elegido por la lengua podría tampoco ser
reemplazado por otro. Este hecho, que parece envolver una contradicción, podría llamarse
familiarmente la carta forzada. Se dice a la lengua "elige", pero añadiendo: "será ese signo y no
otro alguno". No solamente es verdad que, de proponérselo, un individuo sería incapaz de
modificar en un ápice la elección ya hecha, sino que la masa misma no puede ejercer su soberanía
sobre una sola palabra; la masa está atada a la lengua tal cual es.
La lengua no puede, pues, equipararse a un contrato puro y simple, y justamente en este
aspecto muestra el signo lingüístico su máximo interés de estudio; pues si se quiere demostrar que
la ley admitida en una colectividad es una cosa que se sufre y no una regla libremente consentida,
la lengua es la que ofrece la prueba más concluyente de ello.
Veamos, pues, cómo el signo lingüístico está fuera del alcance de nuestra voluntad, y
saquemos luego las consecuencias importantes que se derivan de tal fenómeno.
En cualquier época que elijamos, por antiquísima que sea, ya aparece la lengua como una
herencia de la época precedente. El acto por el cual, en un momento dado, fueran los nombres
distribuidos entre las cosas, el acto de establecer un contrato entre los conceptos y las imágenes
acústicas, es verdad que lo podemos imaginar, pero jamás ha sido comprobado. La idea de que
así es como pudieron ocurrir los hechos nos es sugerida por nuestro sentimiento tan vivo de lo
arbitrario del signo.
De hecho, ninguna sociedad conoce ni jamás ha conocido la lengua de otro modo que como
un producto heredado de las generaciones precedentes y que hay que tomar tal cual es. Ésta es la
razón de que la cuestión del origen del lenguaje no tenga la importancia que se le atribuye
generalmente. Ni siquiera es cuestión que se deba plantear; el único objeto real de la lingüística
es la vida normal y regular de una lengua ya constituida. Un estado de lengua dado siempre es el
producto de factores históricos, y esos factores son los que explican por qué el signo es inmutable,
es decir, por qué resiste toda sustitución arbitraria.
Pero decir que la lengua es una herencia no explica nada si no se va más lejos. ¿No se
pueden modificar de un momento a otro leyes existentes y heredadas?
Esta objeción nos lleva a situar la lengua en su marco social y a plantear la cuestión como
se plantearía para las otras instituciones sociales. ¿Cómo se transmiten las instituciones? He aquí
la cuestión más general que envuelve la de la inmutabilidad. Tenemos, primero, que apreciar el
más o el menos de libertad de que disfrutan las otras instituciones, y veremos entonces que para
cada una de ellas hay un balanceo diferente entre la tradición impuesta y la acción libre de la
sociedad. En seguida estudiaremos por qué, en una categoría dada, los factores del orden primero
son más o menos poderosos que los del otro. Por último, volviendo a la lengua, nos preguntamos
por qué el factor histórico de la transmisión la domina enteramente excluyendo todo cambio
lingüístico general y súbito.
Para responder a esta cuestión se podrán hacer valer muchos argumentos y decir, por
ejemplo, que las modificaciones de la lengua no están ligadas a la sucesión de generaciones que,
lejos de superponerse unas a otras como los cajones de un mueble, se mezclan, se interpenetran,
y cada una contiene individuos de todas las edades. Habrá que recordar la suma de esfuerzos que
exige el aprendizaje de la lengua materna, para llegar a la conclusión de la imposibilidad de un
cambio general. Se añadirá que la reflexión no interviene en la práctica de un idioma; que los
sujetos son, en gran medida, inconscientes de las leyes de la lengua; y si no se dan cuenta de ellas
¿cómo van a poder modificarlas? Y aunque fueran conscientes, tendríamos que recordar que los
hechos lingüísticos apenas provocan la crítica, en el sentido de que cada pueblo está generalmente
satisfecho de la lengua que ha recibido.
Estas consideraciones son importantes, pero no son específicas; preferimos las siguientes,
más esenciales, más directas, de las cuales dependen todas las otras.
1. El carácter arbitrario del signo. Ya hemos visto cómo el carácter arbitrario del signo
nos obligaba a admitir la posibilidad teórica del cambio; y si profundizamos, veremos que de
hecho lo arbitrario mismo del signo pone a la lengua al abrigo de toda tentativa que pueda
modificarla. La masa, aunque fuera más consciente de lo que es, no podría discutirla. Pues para
que una cosa entre en cuestión es necesario que se base en una norma razonable. Se puede, por
ejemplo, debatir si la forma monogámica del matrimonio es más razonable que la poligámica y
hacer valer las razones para una u otra. Se podría también discutir un sistema de símbolos, porque
el símbolo guarda una relación racional con la cosa significada; pero en cuanto a la lengua, sistema
de signos arbitrarios, esa base falta, y con ella desaparece todo terreno sólido de discusión; no hay
motivo alguno para preferir soeur a sistero a hermana, Ochs a boeufo a buey, etcétera.
2. La multitud de signos necesarios para constituir cualquier lengua. Las repercusiones de
este hecho son considerables. Un sistema de escritura compuesto de veinte a cuarenta letras puede
en rigor reemplazarse por otro. Lo mismo sucedería con la lengua si encerrara un número limitado
de elementos; pero los signos lingüísticos son innumerables.
3. El carácter demasiado complejo del sistema. Una lengua constituye un sistema. Si, como
luego veremos, éste es el lado por el cual la lengua no es completamente arbitraria y donde impera
una razón relativa, también es éste el punto donde se manifiesta la incompetencia de la masa para
transformarla. Pues este sistema es un mecanismo complejo, y no se le puede comprender más
que por la reflexión; hasta los que hacen de él un uso cotidiano lo ignoran profundamente. No se
podría concebir un cambio semejante más que con la intervención de especialistas, gramáticos,
lógicos, etc.; pero la experiencia demuestra que hasta ahora las injerencias de esta índole no han
tenido éxito alguno.
4. La resistencia de la inercia colectiva a toda innovación lingüística. La lengua –y esta
consideración prevalece sobre todas las demás– es en cada instante tarea de todo el mundo;
extendida por una masa y manejada por ella, la lengua es una cosa de que todos los individuos se
sirven a lo largo del día entero. En este punto no se puede establecer ninguna comparación entre
ella y las otras instituciones. Las prescripciones de un código, los ritos de una religión, las señales
marítimas, etc., nunca ocupan más que cierto número de individuos a la vez y durante un tiempo
limitado; de la lengua, por el contrario, cada cual participa en todo tiempo, y por eso la lengua
sufre sin cesar la influencia de todos. Este hecho capital basta para mostrar la imposibilidad de
una revolución. La lengua es de todas las instituciones sociales la que menos presa ofrece a las
iniciativas. La lengua forma cuerpo con la vida de la masa social, y la masa, siendo naturalmente
inerte, aparece ante todo como un factor de conservación.
Sin embargo, no basta con decir que la lengua es un producto de fuerzas sociales para que
se vea claramente que no es libre; acordándonos de que siempre es herencia de una época
precedente, hay que añadir que esas fuerzas sociales actúan en función del tiempo. Si la lengua
tiene carácter de fijeza, no es sólo porque esté ligada a la gravitación de la colectividad, sino
también porque está situada en el tiempo. Estos dos hechos son inseparables. En todo instante la
solidaridad con el pasado pone en jaque a la libertad de elegir. Decimos hombre y perro porque
antes que nosotros se ha dicho hombre y perro. Eso no impide que haya en el fenómeno total un
vínculo entre esos dos factores antinómicos: la convención arbitraria, en virtud de la cual es libre
la elección, y el tiempo, gracias al cual la elección se halla ya fijada. Precisamente porque el signo
es arbitrario no conoce otra ley que la de la tradición, y precisamente por fundarse en la tradición
puede ser arbitrario.
§ 2. Mutabilidad
El tiempo, que asegura la continuidad de la lengua, tiene otro efecto, en apariencia
contradictorio con el primero: el de alterar más o menos rápidamente los signos lingüísticos, de
modo que, en cierto sentido, se puede hablar a la vez de la inmutabilidad y de la mutabilidad del
signo.5
En último análisis, ambos hechos son solidarios: el signo está en condiciones de alterarse
porque se continúa. Lo que domina en toda alteración es la persistencia de la materia vieja; la
infidelidad al pasado sólo es relativa. Por eso el principio de alteración se funda en el principio
de continuidad.
La alteración en el tiempo adquiere formas diversas, cada una de las cuales daría materia
para un importante capítulo de lingüística. Sin entrar en detalles, he aquí lo más importante de
destacar. Por de pronto no nos equivoquemos sobre el sentido dado aquí a la palabra alteración.
Esta palabra podría hacer creer que se trata especialmente de cambios fonéticos sufridos por el
significante, o bien de cambios de sentido que atañen al concepto significado. Tal perspectiva
sería insuficiente. Sean cuales fueren los factores de alteración, ya obren aisladamente o
combinados, siempre conducen a un desplazamiento de la relación entre el significado y el
significante.
Veamos algunos ejemplos. El latín necāre 'matar' se ha hecho en francés noyer 'ahogar' y
en español anegar. Han cambiado tanto la imagen acústica como el concepto; pero es inútil
distinguir las dos partes del fenómeno; basta con consignar globalmente que el vínculo entre la
idea y el signo se ha relajado y que ha habido un desplazamiento en su relación.
Si en lugar de comparar el necāre del latín clásico con el francés noyer, se le opone a necāre
del latín vulgar de los siglos IV o V, ya con la significación de 'ahogar', el caso es un poco
diferente; pero también aquí, aunque no haya alteración apreciable del significante, hay
desplazamiento de la relación entre idea y signo.
5
Sería injusto reprochar a F. de Saussure el ser inconsecuente o paradójico por atribuir a
la lengua dos cualidades contradictorias. Por la oposición de los términos que hieran la
imaginación, F. de Saussure quiso solamente subrayar esta verdad: que la lengua se transforma
sin que los sujetos hablantes puedan transformarla. Se puede decir también que la lengua es
intangible, pero no inalterable. (B. y S.)
El antiguo alemán dritteil 'el tercio' se ha hecho en alemán moderno Drittel. En este caso,
aunque el concepto no se haya alterado, la relación se ha cambiado de dos maneras: el significante
se ha modificado no sólo en su aspecto material, sino también en su forma gramatical; ya no
implica la idea de Teil 'parte'; ya es una palabra simple. De una manera o de otra, siempre hay
desplazamiento de la relación.
En anglosajón la forma preliteraria fōt 'pie' siguió siendo fōt (inglés moderno foot), mientras
que su plural *fōti 'pies' se hizo fēt (inglés moderno feet). Sean cuales fueren las alteraciones que
supone, una cosa es cierta: ha habido desplazamiento de la relación, han surgido otras
correspondencias entre la materia fónica y la idea.
Una lengua es radicalmente incapaz de defenderse contra los factores que desplazan minuto
tras minuto la relación entre significado y significante. Es una de las consecuencias de lo arbitrario
del signo.
Las otras instituciones humanas –las costumbres, las leyes, etc.– están todas fundadas, en
grados diversos, en la relación natural entre las cosas; en ellas hay una acomodación necesaria
entre los medios empleados y los fines perseguidos. Ni siquiera la moda que fija nuestra manera
de vestir es enteramente arbitraria; no se puede apartar más allá de ciertos límites de las
condiciones dictadas por el cuerpo humano. La lengua, por el contrario, no está limitada por nada
en la elección de sus medios, pues no se adivina qué sería lo que impidiera asociar una idea
cualquiera con una secuencia cualquiera de sonidos.
Para hacer ver bien que la lengua es pura institución, Whitney ha insistido con toda razón
en el carácter arbitrario de los signos; y con eso ha situado la lingüística en su eje verdadero. Pero
Whitney no llegó hasta el fin y no vio que ese carácter arbitrario separa radicalmente a la lengua
de todas las demás instituciones. Se ve bien por la manera en que la lengua evoluciona; nada tan
complejo: situada a la vez en la masa social y en el tiempo, nadie puede cambiar nada en ella; y,
por otra parte, lo arbitrario de sus signos implica teóricamente la libertad de establecer cualquier
posible relación entre la materia fónica y las ideas. De aquí resulta que cada uno de esos dos
elementos unidos en los signos guardan su vida propia en una proporción desconocida en otras
instituciones, y que la lengua se altera, o mejor, evoluciona, bajo la influencia de todos los agentes
que puedan alcanzar sea a los sonidos sea a los significados. Esta evolución es fatal; no hay un
solo ejemplo de lengua que la resista. Al cabo de cierto tiempo, siempre se pueden observar
desplazamientos sensibles.
Tan cierto es esto que hasta se tiene que cumplir este principio en las lenguas artificiales.
El hombre que construya una de estas lenguas artificiales la tiene a su merced mientras no se
ponga en circulación; pero desde el momento en que la tal lengua se ponga a cumplir su misión y
se convierta en cosa de todo el mundo, su gobierno se le escapará. El esperanto es un ensayo de
esta clase; si triunfa ¿escapará a la ley fatal? Pasado el primer momento, la lengua entrará
probablemente en su vida semiológica; se transmitirá según leyes que nada tienen de común con
las de la creación reflexiva y ya no se podrá retroceder. El hombre que pretendiera construir una
lengua inmutable que la posteridad debería aceptar tal cual la recibiera se parecería a la gallina
que empolla un huevo de pato: la lengua construida por él sería arrastrada quieras que no por la
corriente que abarca a todas las lenguas.
La continuidad del signo en el tiempo, unida a la alteración en el tiempo, es un principio
de semiología general; y su confirmación se encuentra en los sistemas de escritura, en el lenguaje
de los sordomudos, etcétera.
Pero ¿en qué se funda la necesidad del cambio? Quizá se nos reproche no haber sido tan
explícitos sobre este punto como sobre el principio de la inmutabilidad; es que no hemos
distinguido los diferentes factores de la alteración, y tendríamos que contemplarlos en su variedad
para saber hasta qué punto son necesarios.
Las causas de la continuidad están apriori al alcance del observador; no pasa lo mismo con
las causas de alteración a través del tiempo. Vale más renunciar provisionalmente a dar cuenta
cabal de ellas y limitarse a hablar en general del desplazamiento de relaciones; el tiempo altera
todas las cosas; no hay razón para que la lengua escape de esta ley universal.
¿cómo es que el valor, así definido, se confundirá con la significación, es decir, con la contraparte
de la imagen auditiva? Parece imposible equiparar las relaciones figuradas aquí por las flechas
horizontales con las que están representadas en la figura anterior por las flechas verticales. Dicho
de otro modo –para insistir en la comparación de la hoja de papel que se desgarra–, no vemos por
qué la relación observada entre distintos trozos A, B, C, D, etc., no ha de ser distinta de la que
existe entre el anverso y el reverso de un mismo trozo, A/A', B/B', etcétera.
Para responder a esta cuestión, consignemos primero que, incluso fuera de la lengua, todos
los valores parecen regidos por ese principio paradójico. Los valores están siempre constituidos:
1 ° por una cosa desemejante susceptible de ser trocada por otra cuyo valor está por
determinar;
2° por cosas similares que se pueden comparar con aquella cuyo valor está por ver.
Estos dos factores son necesarios para la existencia de un valor. Así, para determinar lo que
vale una moneda de cinco francos hay que saber: 1° que se la puede trocar por una cantidad
determinada de una cosa diferente, por ejemplo, de pan; 2° que se la puede comparar con un valor
similar del mismo sistema, por ejemplo, una moneda de un franco, o con una moneda de otro
sistema (un dólar, etc.). Del mismo modo una palabra puede trocarse por algo desemejante: una
idea; además, puede compararse con otra cosa de la misma naturaleza: otra palabra. Su valor,
pues, no estará fijado mientras nos limitemos a consignar que se puede "trocar" por tal o cual
concepto, es decir, que tiene tal o cual significación; hace falta además compararla con los valores
similares, con las otras palabras que se le pueden oponer. Su contenido no está verdaderamente
determinado más que por el concurso de lo que existe fuera de ella. Como la palabra forma parte
de un sistema, está revestida, no sólo de una significación, sino también, y sobre todo, de un valor,
lo cual es cosa muy diferente.
Algunos ejemplos mostrarán que es así como efectivamente sucede. El español carnero o
el francés mouton pueden tener la misma significación que el inglés sheep, pero no el mismo
valor, y eso por varias razones, en particular porque al hablar de una porción de comida ya
cocinada y servida a la mesa, el inglés dice mutton y no sheep. La diferencia de valor entre sheep
y moutono carnero consiste en que sheep tiene junto a sí un segundo término, lo cual no sucede
con la palabra francesa ni con la española.
Dentro de una misma lengua, todas las palabras que expresan ideas vecinas se limitan
recíprocamente: sinónimos como recelar, temer, tenermiedo, no tienen valor propio más que por
su oposición; si recelar no existiera, todo su contenido iría a sus concurrentes. Al revés, hay
términos que se enriquecen por contacto con otros; por ejemplo, el elemento nuevo introducido
en décrépit ("un vieillard décrépit") resulta de su coexistencia con décrépi ("un mur décrépi").6
Así el valor de todo término está determinado por lo que lo rodea; ni siquiera de la palabra que
significa 'sol' se puede fijar inmediatamente el valor si no se considera lo que la rodea; lenguas
hay en las que es imposible decir "sentarse al sol".
Lo que hemos dicho de las palabras se aplica a todo término de la lengua, por ejemplo, a
las entidades gramaticales. Así, el valor de un plural español o francés no coincide del todo con
el de un plural sánscrito, aunque la mayoría de las veces la significación sea idéntica: es que el
sánscrito posee tres números en lugar de dos (mis ojos, mis orejas, mis brazos, mis piernas, etc.,
estarían en dual); sería inexacto atribuir el mismo valor al plural en sánscrito y en español o
francés, porque el sánscrito no puede emplear el plural en todos los casos donde es regular en
español o en francés; su valor depende, pues, verdaderamente de lo que está fuera y alrededor de
él.
Si las palabras estuvieran encargadas de representar conceptos dados de antemano, cada
uno de ellos tendría, de lengua a lengua, correspondencias exactas para el sentido; pero no es así.
El francés dice louer (une maison) y el español alquilar, indiferentemente por 'tomar' o 'dar en
alquiler, mientras el alemán emplea dos términos: mieten y vermieten; no hay, pues,
correspondencia exacta de valores. Los verbos schätzen y urteilen presentan un conjunto de
significaciones que corresponden a bulto a las palabras francesas estimer y juger, esp. estimar y
juzgar. Sin embargo, en varios puntos esta correspondencia falla.
La flexión ofrece ejemplos particularmente notables. La distinción de los tiempos, que nos
es tan familiar, es extraña a ciertas lenguas; el hebreo ni siquiera conoce la distinción, tan
fundamental, entre el pasado, el presente y el futuro. El protogermánico no tiene forma propia
para el futuro: cuando se dice que lo expresa con el presente, se habla impropiamente, pues el
valor de un presente no es idéntico en germánico y en las lenguas que tienen un futuro junto al
presente. Las lenguas eslavas distinguen regularmente dos aspectos del verbo: el perfectivo
representa la acción en su totalidad, como un punto, fuera de todo desarrollarse; el imperfectivo
la muestra en su desarrollo y en la línea del tiempo. Estas categorías presentan dificultades para
un francés o para un español porque sus lenguas las ignoran: si estuvieran predeterminadas, no
6
[O con nuestro ejemplo español: el elemento nuevo introducido en el uso argentino de
latente ("un entusiasmo latente") resulta de su coexistencia con latir ("un corazón latiente").
A.A.]
sería así. En todos estos casos, pues, sorprendemos, en lugar de ideas dadas de antemano, valores
que emanan del sistema. Cuando se dice que los valores corresponden a conceptos, se
sobreentiende que son puramente diferenciales, definidos no positivamente por su contenido, sino
negativamente por sus relaciones con los otros términos del sistema. Su más exacta característica
es la de ser lo que los otros no son.7
Ahora se ve la interpretación real del esquema del signo. Así quiere decir que en español
un concepto 'juzgar' está unido a la imagen acústica juzgar; en una palabra,
simboliza la significación; pero bien entendido que ese concepto nada tiene
de inicial, que no es más que un valor determinado por sus relaciones con los
otros valores similares, y que sin ellos la significación no existiría. Cuando
afirmo simplemente que una palabra significa tal cosa, cuando me atengo a
la asociación de la imagen acústica con el concepto, hago una operación que
puede en cierta medida ser exacta y dar una idea de la realidad; pero de ningún modo expreso el
hecho lingüístico en su esencia y en su amplitud.
7
[Por ejemplo: para designar temperaturas, tibio eslo que no es frío ni caliente; para
designar distancias, ahí es lo que no es aquí ni allí; esto lo que no es eso ni aquello. El inglés, que
tiene dos términos, this y that, en lugar de nuestros tres, este, ese, aquel, presenta otro juego de
valores. A.A.]
Por lo demás, es imposible que el sonido, elemento material, pertenezca por sí a la lengua.
Para la lengua no es más que una cosa secundaria, una materia que pone en juego. Todos los
valores convencionales presentan este carácter de no confundirse con el elemento tangible que les
sirve de soporte. Así no es el metal de una moneda lo que fija su valor; un escudo que vale
nominalmente cinco francos no contiene de plata más que la mitad de esa suma; y valdrá más o
menos con tal o cual efigie, más o menos a este o al otro lado de una frontera política. Esto es más
cierto todavía en el significante lingüístico; en su esencia, de ningún modo es fónico, es
incorpóreo, constituido, no por su sustancia material, sino únicamente por las diferencias que
separan su imagen acústica de todas las demás.
Este principio es tan esencial, que se aplica a todos los elementos materiales de la lengua,
incluidos los fonemas. Cada idioma compone sus palabras a base de un sistema de elementos
sonoros, cada uno de los cuales forma una unidad netamente deslindada y cuyo número está
perfectamente determinado. Pero lo que los caracteriza no es, como se podría creer, su cualidad
propia y positiva, sino simplemente el hecho de que no se confunden unos con otros. Los fonemas
son ante todo entidades opositivas, relativas y negativas.
Y lo prueba el margen y la elasticidad de que los hablantes gozan para la pronunciación
con tal que los sonidos sigan siendo distintos unos de otros. Así, en francés, el uso general de la
r uvular (grasseyé) no impide a muchas personas el usar la r apicoalveolar (roulé); la lengua no
queda por eso dañada; la lengua no pide más que la diferencia, y sólo exige, contra lo que se
podría pensar, que el sonido tenga una cualidad invariable. Hasta puedo pronunciar la r francesa
como la ch alemana de Bach, doch [= j española de reloj, boj],mientras que un alemán (que tiene
también la r uvular) no podría emplear la ch como r, porque esa lengua reconoce los dos elementos
y debe distinguirlos. Lo mismo, en ruso, no habría margen para una t junto a una t' (t mojada, de
contacto amplio), porque el resultado sería el confundir dos sonidos diferentes para la lengua (cfr.
govorit' "hablar" y govorit "él habla"), pero en cambio habrá una libertad mayor del lado de la
th(t aspirada), porque este sonido no está previsto en el sistema de los fonemas del ruso.
Como idéntico estado de cosas se comprueba en ese otro sistema de signos que es la
escritura, lo tomaremos como término de comparación para aclarar toda esta cuestión. De hecho:
1° los signos de la escritura son arbitrarios; ninguna conexión, por ejemplo, hay entre la
letra t y el sonido que designa;
2° el valor de las letras es puramente negativo y diferencial; así una misma persona puede
escribir la t con variantes tales como
8
[Por ejemplo, en español conciencia y consciencia, cuyos significados se polarizan
respectivamente en el terreno moral y en el cognoscitivo. A. A.]
semiológico, lo que distingue a un signo es todo lo que lo constituye. La diferencia es lo que hace
la característica, como hace el valor y la unidad.
Otra consecuencia, bien paradójica, de este mismo principio: lo que comúnmente se llama
"un hecho de gramática" responde en último análisis a la definición de la unidad, porque expresa
siempre una oposición de términos; sólo que esta oposición resulta particularmente significativa,
por ejemplo, la formación del plural alemán del tipo Nacht: Nächte. Cada uno de los términos
enfrentados en el hecho gramatical (el singular sin metafonía y sin -e final, opuesto al plural con
metafonía y con -e) está constituido por todo un juego de oposiciones en el seno del sistema;
tomados aisladamente, ni Nacht ni Nächte son nada: luego todo es oposición. Dicho de otro modo,
se puede expresar la relación Nacht: Nächte con una fórmula algebraica a/b, donde a y b no son
términos simples, sino que resulta cada uno de un conjunto de conexiones. La lengua, por decirlo
así, es un álgebra que no tuviera más que términos complejos. Entre las oposiciones que abarca
hay unas más significativas que otras; pero unidad y "hecho de gramática" no son más que
nombres diferentes para designar aspectos diversos de un mismo hecho general: el juego de
oposiciones lingüísticas. Tan cierto es esto, que se podría muy bien abordar el problema de las
unidades comenzando por los hechos de gramática. Planteando una oposición como Nach:
Nächte, por ejemplo, nos preguntaríamos cuáles son las unidades puestas en juego en esta
oposición. ¿Son únicamente estas dos palabras o la serie entera de palabras análogas? ¿O bien a
y ä? ¿O todos los singulares y todos los plurales?, etcétera.
Unidad y hecho de gramática no se confundirían si los signos lingüísticos estuvieran
constituidos por algo más que por diferencias. Pero siendo la lengua como es, de cualquier lado
que se la mire no se encontrará cosa más simple: en todas partes y siempre este mismo equilibrio
complejo de términos que se condicionan recíprocamente. Dicho de otro modo, lalengua es una
forma y no una sustancia. Nunca nos percataremos bastante de esta verdad, porque todos los
errores de nuestra terminología, todas las maneras incorrectas de designar las cosas de la lengua
provienen de esa involuntaria suposición de que hay una substancia en el fenómeno lingüístico.
§ 1. Definiciones
Así, pues, en un estado de lengua todo se basa en relaciones; ¿y cómo funcionan esas
relaciones?
Las relaciones y las diferencias entre términos se despliegan en dos esferas distintas, cada
una generadora de cierto orden de valores; la oposición entre esos dos órdenes nos hace
comprender mejor la naturaleza de cada uno. Ellos corresponden a dos formas de nuestra actividad
mental, ambos indispensables a la vida de la lengua.
De un lado, en el discurso, las palabras contraen entre sí, en virtud de su encadenamiento,
relaciones fundadas en el carácter lineal de la lengua, que excluye la posibilidad de pronunciar
dos elementos a la vez. Los elementos se alinean uno tras otro en la cadena del habla. Estas
combinaciones que se apoyan en la extensión se pueden llamar sintagmas.9 El sintagma se
compone siempre, pues, de dos o más unidades consecutivas (por ejemplo: re-leer; contra todos;
9
Casi es inútil hacer observar que el estudio de los sintagmas no se confunde con la
sintaxis; la sintaxis no es más que una parte de este estudio. (B. y S.)
la vida humana; Dios es bueno; si hace buen tiempo, saldremos, etc.). Colocado en un sintagma,
un término sólo adquiere su valor porque se opone al que le precede o al que le sigue o a ambos.
Por otra parte, fuera del discurso, las palabras que ofrecen algo de común se asocian en la
memoria, y así se forman grupos en el seno de los cuales reinan relaciones muy diversas. Así la
palabra francesa enseignement, o la española enseñanza, hará surgir inconscientemente en el
espíritu un montón de otras palabras(enseigner, renseigner, etc., o bien armement, changement,
etc., o bien éducation, apprentisage);10 por un lado o por otro, todas tienen algo de común.
Ya se ve que estas coordinaciones son de muy distinta especie que las primeras. Ya no se
basan en la extensión; su sede está en el cerebro, y forman parte de ese tesoro interior que
constituye la lengua de cada individuo. Las llamaremos relaciones asociativas.
La conexión sintagmática es in praesentia; se apoya en dos o más términos igualmente
presentes en una serie efectiva. Por el contrario, la conexión asociativa une términos in absentia
en una serie mnemónica virtual.
Desde este doble punto de vista una unidad lingüística es comparable a una parte
determinada de un edificio, una columna por ejemplo; la columna se halla, por un lado, en cierta
relación con el arquitrabe que sostiene; esta disposición de dos unidades igualmente presentes en
el espacio hace pensar en la relación sintagmática; por otro lado, si la columna es de orden dórico,
evoca la comparación mental con los otros órdenes (jónico, corintio, etc.), que son elementos no
presentes en el espacio: la relación es asociativa.
Cada uno de estos dos órdenes de coordinación exige ciertas observaciones particulares.
§ 2. Relaciones sintagmáticas
Nuestros ejemplos ya dan a entender que la noción de sintagma no sólo se aplica a las
palabras, sino también a los grupos de palabras, a las unidades complejas de toda dimensión y
especie (palabras compuestas, derivadas, miembros de oración, oraciones enteras).
No basta considerar la relación que une las diversas partes de un sintagma (por ejemplo,
contra y todos en contra todos, contra y maestre en contramaestre); hace falta también tener en
cuenta la relación que enlaza la totalidad con sus partes (por ejemplo,contra todos opuesto de un
lado a contra y de otro a todos, o contramaestre opuesto a contra y a maestre).
Aquí se podría hacer una objeción. La oración es el tipo del sintagma por excelencia. Pero
la oración pertenece al habla, no a la lengua; ¿no se sigue de aquí que el sintagma pertenece al
habla? No lo creemos así. Lo propio del habla es la libertad de combinaciones; hay, pues, que
preguntarse si todos los sintagmas son igualmente libres.
Hay, primero, un gran número de expresiones que pertenecen a la lengua; son las frases
hechas, en las que el uso veda cambiar nada, aun cuando sea posible distinguir, por la reflexión,
diferentes partes significativas (cfr. francés àquoi bon?, allonsdonc!, etc.).11 Y, aunque en menor
grado, lo mismo se puede decir de expresiones como prendre la mouche, forcer la main à
quelqu'un, rompre une lance, o también avoir mal à (latête, etc.), à force de (soins, etc.), que vous
10
[Si se toma la palabra española enseñanza, las palabras asociadas serán enseñar, o bien
templanza, esperanza, etc., o bien educación, aprendizaje, etc. A. A.]
11
[En español tienen esa condición frases como ¡Vamos, hombre!, arg. ¡salí de ahí! como
negativa en oposición al interlocutor; ¿y a ti qué?, etc. A. A.]
en semble?, pas n'est besoin de..., etc.,12 cuyo carácter usual depende de las particularidades de
su significación o de su sintaxis.
Estos giros no se pueden improvisar; la tradición los suministra. Se pueden también citar
las palabras que, aun prestándose perfectamente al análisis, se caracterizan por alguna anomalía
morfológica mantenida por la sola fuerza del uso (cfr. en francés difficulté frente a facilité, etc.,
mourrai frente a dormirai, etc.).13
Y no es todo esto: hay que atribuir a la lengua, no al habla, todos los tipos de sintagmas
construidos sobre formas regulares. En efecto, como nada hay de abstracto en la lengua, esos tipos
sólo existen cuando la lengua ha registrado un número suficientemente grande de sus
especímenes. Cuando una palabra como fr. Indécorable o esp. Ingraduable surge en el habla,
supone un tipo determinado, y este tipo a su vez sólo es posible por el recuerdo de un número
suficiente de palabras similares que pertenecen a la lengua (imperdonable, intolerable,
infatigable, etc.). Exactamente lo mismo pasa con las oraciones y grupos de palabras establecidos
sobre patrones regulares; combinaciones como latierra gira, ¿qué te ha dicho?, responden a tipos
generales que a su vez tienen su base en la lengua en forma de recuerdos concretos.
Pero hay que reconocer que en el dominio del sintagma no hay límite señalado entre el
hecho de lengua, testimonio del uso colectivo, y el hecho de habla, que depende de la libertad
individual. En muchos casos es difícil clasificar una combinación de unidades, porque un factor
y otro han concurrido para producirlo y en una proporción imposible de determinar.
§ 3. Relaciones asociativas
Los grupos formados por asociación mental no se limitan a relacionar los dominios que
presentan algo de común; el espíritu capta también la naturaleza de las relaciones que los atan en
cada caso y crea con ello tantas series asociativas como relaciones diversas haya. Así en
enseignement, enseigner, enseignons, etc. (enseñanza, enseñar, enseñemos),hay un elemento
común a todos los términos, el radical; pero la palabra enseignement (o enseñanza)se puede hallar
implicada en una serie basada en otro elemento común, el sufijo (cfr. enseignement, armement,
changement, etc.; enseñanza, templanza, esperanza, tardanza, etc.); la asociación puede basarse
también en la mera analogía de los significados (enseñanza, instrucción, aprendizaje, educación,
etc.), o, al contrario, en la simple comunidad de las imágenes acústicas (por ejemplo,
enseignement y justement, o bien enseñanza y lanza).14 Por consiguiente, tan pronto hay
12
[Frases de carácter equivalente en español: ganar de mano, arg. pisar el poncho, romper
una lanza, a fuerza de (cuidados, etc.), no hay por qué (hacer tal cosa), soltar la mosca ('dar el
dinero a pesar de la resistencia o repugnancia'). A. A.]
13
[En español querré frente a moriré, dificultad frente a facilidad. A. A.]
14
Este último caso es raro y puede pasar por anormal, pues el espíritu descarta naturalmente
las asociaciones capaces de turbar la inteligencia del discurso; pero su existencia está probada por
una categoría inferior de juegos de palabras que reposa en las confusiones absurdas que pueden
resultar de la homonimia pura y simple, como cuando se dice en francés: “Les musiciens
produisent les sons et les grainetiers les vendent” [o cuando el niño sorprendido en viña ajena
suplica para evitar el castigo: “No me pegue usted, que tengo la barriga llena de granos”]. Este
caso debe distinguirse bien del otro en que una asociación, aunque sea fortuita, se pueda apoyar
comunidad doble del sentido y de la forma, como comunidad de forma o de sentido solamente.
Una palabra cualquiera puede siempre evocar todo lo que sea susceptible de estarle asociado de
un modo o de otro.
Mientras que un sintagma evoca en seguida la idea de un orden de sucesión y de un número
determinado de elementos, los términos de una familia asociativa no se presentan ni en número
definido ni en un orden determinado. Si asociamos dese-oso, calur-oso, temer-oso, etc., nos sería
imposible decir de antemano cuál será el número de palabras sugeridas por la memoria ni en qué
orden aparecerán. Un término dado es como el centro de una constelación, el punto donde
convergen otros términos coordinados cuya suma es indefinida.
Sin embargo, de estos dos caracteres de la serie asociativa, orden indeterminado y número
indefinido, sólo el primero se cumple siempre; el segundo puede faltar. Es lo que ocurre en un
tipo característico de este género de agrupaciones, los paradigmas de la flexión. En latín, en
dominus, dominī, dominō, etc., tenemos ciertamente un grupo asociativo formado por un elemento
común, el tema nominal domin-; pero la serie no es indefinida como la de enseignement,
changement, etc.; el número de casos es determinado; por el contrario, su sucesión no está
ordenada espacialmente, y si los gramáticos los agrupan de un modo y no de otro es por un acto
puramente arbitrario; para la conciencia de los sujetos hablantes el nominativo no es de modo
alguno el primer caso de la declinación, y los términos podrán surgir, según la ocasión, en tal o
cual orden.
en un contacto de ideas (cfr. francés ergot :ergoter, alem. blau :durchbläuen, 'moler a palos', [esp.
señor : señero, migaja : miaja (*medalia), terror : aterrar];se trata aquí de una interpretación
nueva de uno de los términos de la pareja; éstos son casos de etimología popular; el hecho es
interesante para la evolución semántica, pero desde el punto de vista sincrónico cae simplemente
en la categoría enseigner : enseignement, arriba mencionados. (B. y S.)
Consignas sobre las lecturas referidas al pensamiento de Ferdinand de Saussure
5. Defina el concepto de signo, según Ferdinand de Saussure. Explique por qué, para
el autor, el signo es arbitrario.
Vamos a empezar a trabajar con el Módulo 3 de la primera unidad del programa. La unidad se
focaliza en el estudio del denominado “Círculo de Bajtín” que adopta una perspectiva sociosemiótica
en el estudio del lenguaje.
1. Objetivos:
Los que siguen son algunos de los objetivos principales que nos proponemos alcanzar a partir de las
lecturas y las actividades del módulo:
a) Leer, en primer lugar, “La perspectiva sociosemiótica. El círculo de Bajtín”, que es una
presentación del tema elaborada por María Cecilia Pereira.
c) Leer “Géneros discursivos” de Mariana di Stefano y la clase “Sobre “El problema de los
géneros discursivos” de Mijaíl Bajtín”, de Pabla Diab.
d) Leer los fragmentos de “El problema de los géneros discursivos” de Mijaíl Bajtín.
Tal como señalan Cristian Botta y Jean Paul Bronckart (2010), en Rusia (y posteriormente
en la Unión Soviética), los distintos enfoques que adoptan los estudios sobre el lenguaje
durante el primer tercio del siglo XX reposan sobre un conocimiento detallado de los aportes
de otras ciencias humanas y sobre la preocupación común de los lingüistas, semiólogos y
filósofos de lenguaje por la comprensión del papel que juega la actividad verbal tanto en el
funcionamiento psíquico como en la organización social de los seres humanos. Ese carácter
interdisciplinario de la investigación condujo a un grupo de investigadores a estudiar, del
lenguaje en uso, su articulación con las prácticas sociales en las que interviene y los sentidos
que van fijando los signos al ser empleados. Uno de los enfoques desarrollados en esos años
considera el lenguaje como un “uso interactivo organizado en discursos cuyas unidades (los
signos) tienen la propiedad de fijar las representaciones del mundo en el momento mismo en
que estas se vuelven compartibles o colectivas” (Botta y Bronckart, 2010:114). Este enfoque
los llevó a profundizar la reflexión sobre las relaciones entre lenguaje e ideología. Lingüistas
soviéticos del denominado “Circulo de Bajtín” (un grupo que reunía, entre otros, a Pável N.
Medvédev, Valentín N. Voloshinov y Mijaíl Bajtín) adoptan, con matices distintos, esta
perspectiva sociosemiótica.
Entre ellos, Valentin Voloshinov (1929) se propone estudiar las formas de organización
colectiva de la comunidad humana, los tipos de comunicaciones sociales que posibilitan esas
distintas formas de organización, los modos de interacción verbal y los enunciados
organizados en textos. Desde una posición materialista, Voloshinov sostiene que las
significaciones construidas en la actividad colectiva se cristalizan en signos y que, en
consecuencia, se deben analizar los valores adoptados por los signos en las diferentes formas
de interacción verbal y en las actividades sociales en que son empleados. Esta perspectiva
parte de una concepción concreta de la comunicación, donde los signos lingüísticos adquieren
diversos sentidos al ser usados en los enunciados producidos por sujetos diferentes en
situaciones diferentes. De esta manera, y a diferencia de los planteos de F. de Saussure, no
habría un único significado en correspondencia con un único significante sino diferentes
sentidos en disputa. Esto puede observarse muy claramente en el discurso político, donde los
hablantes pueden emplear las mismas palabras (por ejemplo, democracia, justicia, seguridad,
libertad) pero atribuyéndoles distintos sentidos según su posicionamiento político, social, de
clase, etc. De ahí que para esta corriente, el signo es un terreno de lucha ideológica.
Junto a los trabajos de Voloshinov, estudiaremos los aportes de otro investigador del
grupo, Mijail Bajtin, de cuyos planteos analizaremos el lugar central que ocupa el concepto
de género discursivo, los roles sociodiscursivos que los enunciados ponen en escena y los
registros de habla que movilizan a partir un célebre artículo de Bajtín, “El problema de los
géneros discursivos” (1953), publicado posteriormente en su obra Estética de la creación
verbal de 1979. Allí, Bajtín vincula los discursos con las prácticas sociales e históricas y
propone el concepto de género discusivo para caracterizar ciertas regularidades que
comparten los enunciados. Por ejemplo, los enunciados propios de la práctica política pueden
compartir rasgos que permitan ubicarlos en los géneros “discurso de campaña”, “programa
de gobierno”, “afiche de propaganda de un partido”, etc… Aunque el criterio clasificatorio
no sea constante ni homogéneo, los géneros son categorías a las que apelan cotidianamente
los hablantes para referirse a los discursos (“me escribió una carta”, “mandó un correo
electrónico”, “envió el telegrama de renuncia). Una vez analizado el concepto de género
discursivo, Bajtin busca definir la noción de enunciado y sus límites.
Las ciencias del lenguaje consideran el género discursivo como una unidad para el
análisis de ciertas regularidades de los discursos sociales, como una institución del habla
determinada social e históricamente que permite caracterizar tanto los enunciados que se
producen en un ámbito o esfera de la actividad social como a la sociedad misma que los
produce.
Asimismo, el círculo de Bajtín encaró un estudio sobre el carácter dialógico del
lenguaje, según el cual todo enunciado, es decir, toda secuencia lingüística efectivamente
pronunciada por un hablante concreto en circunstancias concretas, se relaciona con otros
enunciados. Un estudioso de las ideas de Bajtín, Jacques Bres (2013) subraya que la
conceptualización del lenguaje como práctica social permite profundizar en los distintos
rasgos del diálogo que se escenifica en su uso.
Bibliografía
Para profundizar en los temas abordados en el Módulo 3, lea “El problema de los
géneros discursivos” de Mijaíl Bajtín.
Voloshinov: el signo ideológico
Daniela Lauría
Una de las críticas que recibió la concepción de signo lingüístico propuesta por Saussure
provino del lingüista ruso, de orientación marxista, Valentin Voloshinov quien en el año 1929, en
Moscú, publicó el libro El marxismo y la filosofía del lenguaje. En esa obra, el estudioso realiza varias
objeciones a la lingüística contemporánea que entendía el signo lingüístico como una entidad
abstracta y la lengua como un sistema de normas de carácter invariable. Al respecto, Voloshinov dice:
La lengua como sistema estable de formas normativamente idénticas no es más que una
abstracción científica, que resulta productiva solo en relación con ciertos objetivos
particulares, teóricos y prácticos. Esta abstracción no se adecua a la realidad concreta
del lenguaje. La lengua es un proceso generativo continuo realizado en la interacción
socio-verbal de los hablantes (p. 123).
En particular, en los dos primeros capítulos del mencionado libro, Voloshinov parte de la idea
de que el lenguaje (y la lengua) es la expresión material de la conciencia y, por consiguiente, no solo
puede ser estudiado científicamente, sino que es a través de él que se debe abordar el examen de la
conciencia humana. Y, además, dado que el lenguaje, según su punto de vista, es eminentemente
social en tanto lo concibe como un instrumento de comunicación, una herramienta de intercambio,
un medio de transmisión de determinadas representaciones y visiones acerca del mundo para una
determinada comunidad lingüística en el que se reflejan y refractan el modo de producción dominante,
las contradicciones de clase y la organización jerárquica de esa sociedad concreta, constituye la vía
de acceso al análisis de la ideología. Dicho de otra manera, la conciencia, concebida como un hecho
ideológico-social, no puede ser registrada sino a través de los signos y, particularmente, de los signos
lingüísticos.
Para Saussure, los signos lingüísticos son las unidades formales del sistema de la lengua que
solo pueden definirse negativamente por oposición a otros signos e independientemente de quien los
emplea. Voloshinov concibe dicha noción de signo como estática, fija y muy distante de la realidad
del funcionamiento del lenguaje en una sociedad. De acuerdo con su argumentación, los signos no
significan siempre lo mismo, no tienen idéntico sentido. Es decir: el valor de un signo no deriva –
como se ha estudiado en Saussure− de la posición relativa de ese signo en el sistema, sino que depende
fundamentalmente del enunciado único, concreto e irrepetible en el que se emite y de las
circunstancias de enunciación, así como de las coordenadas históricas y sociales que dieron lugar a
dicha emisión. La vida del signo, para el autor, se encuentra en el entorno social dentro del cual
circula. Se trata, así, de una entidad viva, porque es usada por hablantes concretos que producen
enunciados situados; porque está sujeta al cambio histórico y se encuentra también determinada,
como ya se señaló, por el modo de producción dominante en la comunidad lingüística específica.
Asimismo, por su carácter ideológico, los signos, las palabras, no son unívocos ni neutros en la
medida en que varían históricamente. Las diferentes clases sociales que coexisten en una comunidad
utilizan la misma lengua, pero los acentos valorativos que le asignan a cada palabra no son los
mismos. Los acentos valorativos no resultan del sistema, sino que derivan del uso efectivo. Y en el
seno de la sociedad se suscita una lucha ideológica por la imposición de determinados acentos. Sobre
ese punto, Voloshinov afirma:
Este carácter multiacentuado del signo ideológico es su aspecto más importante. En
realidad, es tan solo gracias a este cruce de acentos que el signo permanece vivo, móvil
y capaz de evolucionar. Un signo sustraído de la tensa lucha social, un signo que
permanece fuera de la lucha de clases inevitablemente viene a menos, degenera en una
alegoría, se convierte en el objeto de la interpretación filológica, dejando de ser centro
de un vivo proceso social de la compresión. […] La clase dominante busca adjudicar al
signo ideológico un carácter eterno por encima de las clases sociales, pretende apagar y
reducir al interior la lucha de valoraciones sociales que se verifica en él, trata de
convertirlo en signo monoacentual.
Pero en realidad todo signo ideológico vivo posee, como Jano bifronte, dos caras.
Cualquier injuria puede llegar a ser elogio, cualquier verdad viva inevitablemente puede
llegar a ser para muchos la mentira más grande. Este carácter internamente dialéctico
del signo se revela hasta sus últimas consecuencias durante las épocas de crisis sociales
y de transformaciones revolucionarias. En las condiciones normales de vida social esta
contradicción implícita en cada signo ideológico no puede manifestarse plenamente,
porque un signo ideológico es, dentro de la ideología dominante, algo reaccionario y
trata de estabilizar el momento inmediatamente anterior en la dialéctica del proceso
generativo social, pretendiendo acentuar la verdad de ayer como si fuera la de hoy (p.
50).
Para ilustrar esta idea, pueden considerarse los acentos en pugna de una palabra en momentos
de crisis social y su posterior estabilización. Por ejemplo, las palabras “cartonero”, “cartoneo”,
durante el año 2001 en Buenos Aires, fueron el escenario de una disputa de tipo ideológico entre (a)
los rasgos que hacían de la actividad una práctica casi delictiva y que, además, atribuían a quienes la
realizaban la condición de cirujas y (b) los rasgos de una actividad laboral que posibilitaba la
supervivencia en el marco de la gran crisis del momento. La investigadora argentina Rosa Inés Pietra
registra los siguientes usos en diarios porteños de la época:
(a) El cirujeo ocupa a unas 20.000 familias… Uno de los rostros más vergonzosos de la
pobreza argentina, […] los cartoneros han realizado su insalubre tarea subrepticiamente…
(b) Existe un circuito informal que recoge papel y cartón. Hay unas 140.000 personas que
viven de esta actividad. Los cartoneros…
Las disputas por los distintos acentos no fueron ajenas a conflictos de la época vinculados con
el control actividades económicas de producción y comercialización de papel. En la actualidad, los
usos de la palabra “cartonero” están más estabilizados y remiten al oficio de recolector de papel y
cartón.
En definitiva, el planteo de Voloshinov recupera la idea de lenguaje (y de lengua) como un
todo, sin separar significantes materiales de significados conceptuales. Su teoría materialista del
lenguaje se aleja de lo que él califica como “objetivismo abstracto”, de su carácter autónomo, e intenta
abarcarlo como fenómeno y como instrumento integrado a varias funciones esencialmente humanas
y sociales: la comunicación, el pensamiento, la ideología. La preocupación principal no está centrada,
entonces, en la descripción de un objeto homogéneo sino en la explicación de la totalidad de los
factores sociales que lo rodean, influyen y condicionan.
Referencias bibliográficas
VOLOSHINOV, Valentín N. (1992): El marxismo y la filosofía del lenguaje, Madrid, Alianza Editorial.
PIETRA, Rosa Inés (2013): Cartoneo y concepto de trabajo. Una lucha social en el campo semántico.
Tesis. Mimeo.
Géneros discursivos
Bachtin (1997) define a los géneros discursivos como “enunciados relativamente estables”
asociados a esferas de la praxis social y compuestos por una dimensión temática, una
estilística y una estructural o relativa a la composición.
Es común que muchos referencien los discursos con la esfera social en la que fueron
producidos. Por ejemplo, se habla de discurso político, o médico, o jurídico, o educativo,
entre otros. Pero estos no constituyen géneros, sino tipos de discursos según esferas sociales.
Para designar los géneros hace falta considerar los tipos de discursos que se producen cuando
se realizan actividades más puntuales: el volante callejero firmado por una agrupación
política o el discurso del candidato en acto de cierre de campaña electoral son géneros del
discurso político. La entrevista médico/paciente es un género entre tantos de los que
participan de la esfera de la praxis médica; como son géneros jurídicos la demanda judicial,
la apelación, el fallo, entre otros; y son géneros educativos, el examen oral, la prueba escrita,
la clase oral, el manual escolar, entre otros. Lo importante de la definición de Bachtin radica
en que señala la estabilidad de los géneros discursivos –lo que permite identificar
regularidades en el uso del lenguaje- pero también en que señala la relatividad de esa
estabilidad: los géneros discursivos, afirma, “son enunciados relativamente estables”. Esto
significa que no son estructuras estáticas, homogéneas, definidas de una vez y para siempre;
sus rasgos no son esencias puras inmutables, indicadoras de un supuesto deber ser del habla
para una situación determinada. Tal como se desprende de la concepción bachtiniana, los
géneros son formas dinámicas, ligadas a las prácticas sociales y por lo tanto sometidas a las
tensiones y disputas que las atraviesan, como también a las transformaciones que devienen
en la práctica, por ejemplo, por los cambios tecnológicos.
En la misma sintonía teórica, Maingueneau (2014: 69) sostiene:
La historia de una sociedad es en un sentido la de sus géneros discursivos: en un
momento dado, cada uno de sus sectores puede ser caracterizado por la manera en
que allí se gestiona la palabra. El estudio de la emergencia, de la desaparición o de la
marginalización de los géneros constituye así un observatorio privilegiado de los
cambios sociales.
Es esta misma concepción la que llevó a Adam y Heidmann (2004) a proponer la noción
de genericidad, a la que conciben como “la puesta en relación de un enunciado con categorías
genéricas abiertas”. Se trata de relaciones que establece el sujeto en la producción y/o en el
reconocimiento de efectos de genericidad, que remiten a la posibilidad de inscribir el
enunciado en una clase de discurso. Desde una mirada que busca entender la dinámica y las
tensiones genéricas que conforman toda puesta en discurso, los autores desechan la idea de
“la pertenencia genérica” de un enunciado como un dato clausurante, para pensar que, desde
la producción y en la interpretación, a este se lo puede colocar en relación con uno o más
géneros.
Bronckart (2004: 100), por su parte, ha llamado la atención sobre la función de los géneros
discursivos en una comunidad, en especial en cuanto a su participación en la “construcción
de espacios gnoseológicos, mundos de conocimiento (…) susceptibles de acumularse a lo
largo de la historia de los grupos”. Según este autor, la práctica de los géneros constituye un
lugar importante de aprendizaje social, que involucra aprendizajes de distinto tipo. Por
ejemplo, de tipos de razonamientos (de orden práctico implicados en las interacciones
dialogales o de orden lógico, implicados en comentarios, narraciones o en discursos teóricos);
de manejo de estructuras temporales; de distribución de voces, como también aprendizajes
acerca de cómo situarse en el concierto de las diferentes posiciones sociales posibles” (2004:
107).
Los géneros discursivos, en los que se plasma toda voluntad hablante, son históricos, lo que
hace que se renueven constantemente. Actualmente, el interés está en abordarlos en su
articulación con la práctica enunciativa y el interdiscurso. En nuestro caso, consideramos los
géneros presentes en los periódicos estudiados como huellas de las representaciones sociales
de esta comunidad discursiva acerca de los tipos de discurso que consideró legítimos para
dar cuenta de lo real y sus significaciones.
El problema de los géneros discursivos
Mijaíl Bajtín
Estética de la creación verbal, México, Siglo XXI, 1982 (primera edición en
español). Selección y adaptación de Elvia Rosolía
87
blema lingüístico general del enunciado y de sus tipos casi no se ha tomado en cuenta. A partir de la
antigüedad se han estudiado también los géneros retóricos (y las épocas ulteriores, por cierto, agre-
garon poco a la teoría clásica); en este campo ya se ha prestado mayor atención a la naturaleza ver-
bal de estos géneros en tanto que enunciados, a tales momentos como, por ejemplo, la actitud con
respecto al oyente y su influencia en el enunciado, a la conclusión verbal específica del enunciado
(a diferencia de la conclusión de un pensamiento), etc. Pero allí también la especificidad de los
géneros retóricos (judiciales, políticos) encubría su naturaleza lingüística común. [...]
De ninguna manera se debe subestimar la extrema heterogeneidad de los géneros discursivos
y la consiguiente dificultad de definición de la naturaleza común de los enunciados. Sobre todo hay
que prestar atención a la diferencia, sumamente importante, entre géneros discursivos primarios
(simples) y secundarios (complejos); tal diferencia no es funcional. Los géneros discursivos secun-
darios (complejos) –a saber, novelas, dramas, investigaciones científicas de toda clase, grandes
géneros periodísticos, etc.– surgen en condiciones de la comunicación cultural más compleja, rela-
tivamente más desarrollada y organizada, principalmente escrita: comunicación artística, científica,
sociopolítica, etc. En el proceso de su formación estos géneros absorben y reelaboran diversos
géneros primarios (simples) constituidos en la comunicación discursiva inmediata. Los géneros
primarios que forman parte de los géneros complejos se transforman dentro de estos últimos y ad-
quieren un carácter especial: pierden su relación inmediata con la realidad y con los enunciados
reales de otros, por ejemplo, las réplicas de un diálogo cotidiano o las cartas dentro de una novela,
conservando su forma y su importancia cotidiana tan sólo como partes del contenido de la novela,
participan de la realidad tan sólo a través de la totalidad de la novela, es decir, como acontecimien-
to artístico y no como suceso de la vida cotidiana. La novela en su totalidad es un enunciado, igual
que las réplicas de un diálogo cotidiano o una carta particular (todos poseen una naturaleza común),
pero, a diferencia de éstas, aquello es un enunciado secundario (complejo).
[…]El menosprecio de la naturaleza del enunciado y la indiferencia frente a los detalles de
los aspectos genéricos del discurso llevan, en cualquier esfera de la investigación lingüística, al
formalismo y a una abstracción excesiva, desvirtúan el carácter histórico de la investigación, debili-
tan el vínculo del lenguaje con la vida. Porque el lenguaje participa en la vida a través de los enun-
ciados concretos que lo realizan, así como la vida participa del lenguaje a través de los enunciados.
El enunciado es núcleo problemático de extrema importancia. Analicemos por este lado algunas
esferas y problemas de la lingüística.
Ante todo, la estilística. Todo estilo está indisolublemente vinculado con el enunciado y con
las formas típicas de enunciados, es decir, con los géneros discursivos. Todo enunciado, oral o es-
crito, primario o secundario, en cualquier esfera de la comunicación discursiva, es individual y por
lo tanto puede reflejar la individualidad del hablante (o del escritor), es decir puede poseer un estilo
individual. Pero no todos los géneros son igualmente susceptibles a semejante reflejo de la indivi-
dualidad del hablante en el lenguaje del enunciado, es decir, no todos se prestan a absorber un estilo
individual. Los más productivos en este sentido son los géneros literarios: en ellos, un estilo indivi-
dual forma parte del propósito mismo del enunciado, es una de las finalidades principales de éste;
sin embargo, también dentro del marco de la literatura los diversos géneros ofrecen diferentes posi-
bilidades para expresar lo individual del lenguaje y varios aspectos de la individualidad. Las condi-
ciones menos favorecedoras para el reflejo de lo individual en el lenguaje existen en aquellos géne-
ros discursivos que requieren formas estandarizadas, por ejemplo, en muchos tipos de documentos
oficiales, en las órdenes militares, en las señales verbales, en el trabajo, etc. En tales géneros sólo
pueden reflejarse los aspectos más superficiales, casi biológicos, de la individualidad (y ordinaria-
mente, en su realización oral de estos géneros estandarizados). En la gran mayoría de los géneros
discursivos (salvo los literarios) un estilo individual no forma parte de la intención del enunciado,
88
no es su finalidad única sino que resulta ser, por decirlo así, un epifenómeno del enunciado, un
producto complementario de éste. En diferentes géneros pueden aparecer diferentes estratos y as-
pectos de la personalidad, un estilo individual puede relacionarse de diferentes maneras con la len-
gua nacional. El problema mismo de lo nacional y lo individual en la lengua es, en su fundamento,
el problema del enunciado (porque tan sólo dentro del enunciado la lengua nacional encuentra su
forma individual). La definición misma del estilo en general y de un estilo individual en particular
requiere de un estudio más profundo tanto de la naturaleza del enunciado como de la diversidad de
los géneros discursivos.
El vínculo orgánico e indisoluble entre el estilo y el género se revela claramente en el pro-
blema de los estilos lingüísticos o funcionales. En realidad los estilos lingüísticos o funcionales no
son sino estilos genéricos de determinadas esferas de la actividad y comunicación humana. En
cualquier esfera existen y se aplican sus propios géneros, que responden a las condiciones específi-
cas de una esfera dada; a los géneros les corresponden diferentes estilos. Una función determinada
(científica, técnica, periodística, oficial, cotidiana) y unas condiciones determinadas, específicas
para cada esfera de la comunicación discursiva, generan determinados géneros, es decir, unos tipos
temáticos, composicionales y estilísticos de enunciados determinados y relativamente estables. El
estilo está indisolublemente vinculado a determinadas unidades temáticas y, lo que es más impor-
tante, a determinadas unidades composicionales; el estilo tiene que ser con determinados tipos de
estructuración de una totalidad, con los tipos de su conclusión, con los tipos de la relación que se
establece entre el hablante y otros participantes de la comunicación discursiva (los oyentes o lecto-
res, los compañeros, el discurso ajeno, etc.). El estilo entra como elemento en la unidad genérica
del enunciado. Lo cual no significa, desde luego, que un estilo lingüístico no pueda ser objeto de un
estudio específico e independiente. Tal estudio, o sea la estilística del lenguaje como disciplina
independiente, es posible y necesario. Pero este estudio sólo sería correcto y productivo fundado en
una constante consideración de la naturaleza genérica de los estilos de la lengua, así como en un
estudio preliminar de las clases de géneros discursivos. Hasta el momento la estilística de la lengua
carece de esta base. De ahí su debilidad. No existe una clasificación generalmente reconocida de
los estilos de la lengua. Los autores de las clasificaciones infringen a menudo el requerimiento
lógico principal de la clasificación: la unidad de fundamento. Las clasificaciones resultan ser ex-
tremadamente pobres e indiferenciadas. Por ejemplo, en la recién publicada gramática académica
de la lengua rusa se encuentran especies estilísticas del ruso como: discurso libresco, discurso po-
pular, científico abstracto, científico técnico, periodístico, oficial, cotidiano familiar, lenguaje popu-
lar vulgar. Junto con estos estilos de la lengua figuran, como subespecies estilísticas, las palabras
dialectales, las anticuadas, las expresiones profesionales. Semejante clasificación de estilos es abso-
lutamente casual, y en su base están diferentes principios y fundamentos de la división por estilos.
Además, esta clasificación es pobre y poco diferenciada.31 Todo esto resulta de una falta de com-
prensión de la naturaleza genérica de los estilos. También influye la ausencia de una clasificación
bien pensada de los géneros discursivos según las esferas de la praxis, así como de la distinción,
muy importante para la estilística, entre géneros primarios y secundarios.
La separación entre los estilos y los géneros se pone de manifiesto de una manera especial-
mente nefasta en la elaboración de una serie de problemas históricos.
Los cambios históricos en los estilos de la lengua están indisolublemente vinculados a los
cambios de los géneros discursivos. La lengua literaria representa un sistema complejo y dinámico
de estilos; su peso específico y sus interrelaciones dentro del sistema de la lengua literaria se hallan
31
A. N. Gvozdev, en sus Ocherki po stilistike russkogo iazika (Moscú, 1952, pp. 13-15), ofrece unos fundamentos para
clasificación de estilos igualmente pobres y faltos de precisión. En la base de todas estas clasificaciones está una asimila-
ción acrítica de las nociones tradicionales acerca de los estilos de la lengua.
89
en un cambio permanente. La lengua de la literatura, que incluye también los estilos de la lengua
no literaria, representa un sistema aún más complejo y organizado sobre otros fundamentos. Para
comprender la compleja dinámica histórica de estos sistemas, para pasar de una simple (y general-
mente superficial) descripción de los estilos existentes e intercambiables a una explicación histórica
de tales cambios, hace falta una elaboración especial de la historia de los géneros discursivos (y no
sólo de los géneros secundarios, sino también de los primarios), los que reflejan de una manera más
inmediata, atenta y flexible todas las transformaciones de la vida social. Los enunciados y sus tipos,
es decir, los géneros discursivos, son correas de transmisión entre la historia de la sociedad y la
historia de la lengua. Ni un solo fenómeno nuevo (fonético, léxico, de gramática) puede ser inclui-
do en el sistema de la lengua sin pasar la larga y compleja vía de la prueba de elaboración genéri-
ca.32
En cada época del desarrollo de la lengua literaria, son determinados géneros los que dan el
tono, y éstos no sólo son géneros secundarios (literarios, periodísticos, científicos), sino también
los primarios (ciertos tipos del diálogo oral: diálogos de salón, íntimos, de círculo, cotidianos y
familiares, sociopolíticos, filosóficos, etc.). Cualquier. extensión literaria por cuenta de diferentes
estratos extraliterarios de la lengua nacional está relacionada inevitablemente con la penetración, en
todos los géneros, de la lengua literaria (géneros literarios, científicos, periodísticos, de conversa-
ción), de los nuevos procedimientos genéricos para estructurar una totalidad discursiva, para con-
cluirla, para tomar en cuenta al oyente o participante, etc., todo lo cual lleva a una mayor o menor
restructuración y renovación de los géneros discursivos. Al acudir a los correspondientes estratos
no literarios de la lengua nacional, se recurre inevitablemente a los géneros discursivos en los que
se.realizan los estratos. En su mayoría, éstos son diferentes tipos de géneros dialógico-coloquiales;
de ahí resulta una dialogización, más o menos marcada, de los géneros secundarios, una debilita-
ción de su composición monológica, una nueva percepción del oyente como participante de la
plática, así como aparecen nuevas formas de concluir la totalidad, etc. Donde existe un estilo, exis-
te un género. La transición de un estilo de un género a otro no sólo cambia la entonación del estilo
en las condiciones de un género que no le es propio, sino que destruye o renueva el género mismo.
Así, pues, tanto los estilos individuales como aquellos que pertenecen a la lengua tienden
hacia los géneros discursivos. Un estudio más o menos profundo y extenso de los géneros discursi-
vos es absolutamente indispensable para una elaboración productiva de todos los problemas de la
estilística.
Sin embargo, la cuestión metodológica general, que es de fondo, acerca de las relaciones que
se establecen entre el léxico y la gramática, por un lado, y entre el léxico y la estilística, por otro,
desemboca en el mismo problema del enunciado y de los géneros discursivos.
La gramática (y la lexicología) difiere considerablemente de la estilística (algunos inclusive
llegan a oponerla a la estilística), pero al mismo tiempo ninguna investigación acerca de la gramáti-
ca (y aún más la gramática normativa) puede prescindir de las observaciones y digresiones estilísti-
cas. En muchos casos, la frontera entre la gramática y la estilística casi se borra. Existen fenómenos
a los que unos investigadores relacionan con la gramática y otros con la estilística, por ejemplo el
sintagma.
Se puede decir que la gramática y la estilística convergen y se bifurcan dentro de cualquier
fenómeno lingüístico concreto: si se analiza tan sólo dentro del sistema de la lengua, se trata de un
fenómeno gramatical, pero si se analiza dentro de la totalidad de un enunciado individual o de un
género discursivo, es un fenómeno de estilo. La misma selección de una forma gramatical determi-
32
Esta tesis nuestra nada tiene que ver con la vossleriana acerca de la primacía de lo estilístico sobre lo gramatical. Lo
cual se manifestará con toda claridad en el curso de nuestra exposición.
90
nada por el hablante es un acto de estilística. Pero estos dos puntos de vista sobre un mismo fenó-
meno concreto de la lengua no deben ser mutuamente impenetrables y no han de sustituir uno al
otro de una manera mecánica, sino que deben combinarse orgánicamente (a pesar de una escisión
metodológica muy clara entre ambos) sobre la base de la unidad real del fenómeno lingüístico. Tan
sólo una profunda comprensión de la naturaleza del enunciado y de las características de los géne-
ros discursivos podría asegurar una solución correcta de este complejo problema metodológico.
El estudio de la naturaleza del enunciado y de los géneros discursivos tiene, a nuestro pare-
cer, una importancia fundamental para rebasar las nociones simplificadas acerca de la vida discur-
siva, acerca de la llamada “corriente del discurso", acerca de la comunicación, etc., que persisten
aún en la lingüística soviética. Es más, el estudio del enunciado como de una unidad real de la
comunicación discursiva permitirá comprender de una manera más correcta la naturaleza de las
unidades de la lengua (como sistema), que son la palabra y la oración.
Pasemos a este problema más general. […]
La gente no hace intercambio de oraciones ni de palabras en un sentido estrictamente lin-
güístico, ni de conjuntos de palabras; la gente habla por medio de enunciados, que se construyen
con la ayuda de las unidades de la lengua que son palabras, conjuntos de palabras, oraciones; el
enunciado puede ser constituido tanto por una oración como por una palabra, […] pero no por eso
una unidad de la lengua se convierte en una unidad de la comunicación discursiva. […]
Todo enunciado concreto viene a ser un eslabón en la cadena de la comunicación discursiva
en una esfera determinada. […]
Por más monológico que sea un enunciado (por ejemplo, una obra científica o filosófica),
por más que se concentre en su objeto, no puede dejar de ser, en cierta medida, una respuesta a
aquello que ya se dijo acerca del mismo objeto, acerca del mismo problema, aunque el carácter de
respuesta no recibiese una expresión externa bien definida […]. Un enunciado está lleno de matices
dialógicos, y sin tomarlos en cuenta es imposible comprender hasta el final el estilo del enunciado.
Porque nuestro mismo pensamiento (filosófico, científico, artístico) se origina y se forma en el
proceso de interacción y lucha con pensamientos ajenos, lo cual no puede dejar de reflejarse en la
forma de la expresión verbal del nuestro. […]
El objeto de discurso de un hablante, cualquiera que sea el objeto, no llega a tal por primera
vez en este enunciado, y el hablante no es el primero que lo aborda. El objeto del discurso, por
decirlo así, ya se encuentra hablado, discutido, vislumbrado y valorado de las maneras más diferen-
tes; en él se cruzan, convergen y se bifurcan varios puntos de vista, visiones del mundo, tendencias.
El hablante no es un Adán bíblico que tenía que ver con objetos vírgenes, aún no nombrados, a los
que debía poner nombres. […] Por lo tanto el objeto mismo de su discurso se convierte inevitable-
mente en un foro […].
91
Sobre “El problema de los géneros discursivos” de Mijaíl Bajtín. (Artículo incluido en el libro
Estética de la creación verbal) - por Prof. Pabla Diab
Mijaíl Bajtín (1895-1975) fue un lingüista, profesor y crítico ruso, cuyas investigaciones
abarcan el campo del lenguaje, la literatura y la cultura. A continuación, se reproduce la
contratapa de la edición de su libro Estética de la creación verbal, de Siglo XXI, con un 1
En particular, “El problema de los géneros discursivos”, el extenso artículo -del cual ustedes
deben leer una selección de fragmentos- produjo en el momento de su publicación en lengua
española durante la década de 1980 una influencia enorme en todo el campo de los estudios
del lenguaje (la reflexión del autor data de la década de 1920, aproximadamente). De hecho,
sigue siendo referencia insoslayable para todos quienes nos dedicamos al lenguaje y la
literatura.
En “El problema de los géneros discursivos”, Bajtín introduce dos conceptos fundamentales:
el de géneros discursivos y el de enunciado. Al primero le dedica las primeras ocho páginas
del primero de los dos apartados en los que se divide el texto (245-252); al segundo, las treinta
y cuatro páginas restantes (253-287)1.
2
Primer apartado: Planteamiento del problema y definición de los géneros discursivos
Para Mijaíl Bajtín, en los diversos ámbitos -o esferas- (el ámbito estético, el político, el
recreativo, el familiar, el periodístico, el íntimo, el religioso…) en los que se desarrollan las
actividades humanas, se emplea la lengua (definida de forma muy escueta como el sistema
de signos que los humanos empleamos para comunicarnos). Ese sistema de signos se
manifiesta en enunciados (que luego define pormenorizadamente) orales y escritos. Por
ejemplo, este apunte es un enunciado escrito; cada una de las intervenciones de docentes y
estudiantes en los diversos foros del campus del CBC o en otros espacios de comunicación
que se habrán ido estableciendo en el contexto del aislamiento social a causa de la pandemia
constituye un enunciado escrito (a pesar de que remeda muchos rasgos de la oralidad); si
ustedes se levantan a la mañana y dicen “Buenos días” a las personas con las que conviven,
a sus mascotas, a sus plantas, a quien sea, eso constituye un enunciado oral; una conferencia
de una científica en un congreso es un enunciado oral, y así siguiendo.
Ahora bien, para Bajtin, cada enunciado es individual, sin embargo, si comparamos los
mensajes de bienvenida que los y las docentes del CBC han subido al campus virtual, o
comparamos los prospectos de diversos medicamentos, o comparamos los más variados
tutoriales (ahora que están tan de moda), vamos a encontrar que los mensajes de bienvenida,
los prospectos y los tutoriales tienen entre ellos rasgos similares. Otro ejemplo, si entramos
en una sala de jardín de infantes y escuchamos a la maestra que dice: “Había una vez un
nene muy travieso que se llamaba Santi y que vivía con su abuelito en una casita en medio
del bosque…”, no hace falta escuchar mucho más para darnos cuenta de que ese enunciado
oral es un cuento infantil. ¿Por qué? Porque, en general, los cuentos infantiles comienzan con
la fórmula “había una vez” o una semejante, cuentan algún hecho que puede ser extraordinario
de algún personaje que suele transitar la infancia, emplean diminutivos y un vocabulario
relativamente sencillo, incluyen diálogos de los personajes, etc.
Entonces, ¿qué son los géneros discursivos, para Bajtín? Son tipos relativamente estables
de enunciados que se producen en las diversas esferas de la actividad social (245). En esa
fue reemplazado por otras formas de comunicación, como el email o el mensajito en alguna
red social. ¿Quién escribe hoy poemas épicos? Nadie: ese género literario ha caído en desuso
hace mucho tiempo.
Para Bajtín, como los géneros discursivos son incontables, se ha descuidado su estudio; se
han estudiado minuciosamente algunos géneros discursivos, sin embargo, se lo ha hecho en
lo que tienen de específico, de particular, pero no se ha emprendido un estudio general de los
géneros discursivos en su totalidad. Lo que se puede hacer, además de definirlos, es, según
Bajtín, caracterizarlos y clasificarlos (muy ampliamente, porque son muchísimos).
Caracterización. Todo género discursivo puede ser descripto por tres “momentos”: por su
contenido temático (por ejemplo, un hecho de la realidad inmediata relevante para la
sociedad será el tema habitual del género discursivo noticia, propio de la esfera periodística
o informativa), por su estilo, es decir por el vocabulario empleado y la forma de construcción
de las frases, por el empleo de recursos retóricos diversos, y por su composición o
estructuración, o sea, por el modo como se organiza la información (por ejemplo, en el
prospecto de un medicamento, primero figura la marca comercial, después la droga, luego la
composición, la forma de administración, las reacciones adversas, las contraindicaciones,
etc.; en un artículo científico, primero hay un resumen, después una introducción, luego un
desarrollo, a continuación las conclusiones y la bibliografía).
Clasificación. Dada su inmensa variedad, la única posible clasificación que supere las
clasificaciones propias de una determinada esfera, es la que distingue géneros discursivos
primarios (o simples) de géneros discursivos secundarios (o complejos e ideológicos). Los
primeros son aquellos que se producen y circulan en condiciones más inmediatas y cotidianas,
no merecen demasiada reflexión, es como si “salieran” más espontáneamente, por ejemplo,
un intercambio de saludos con un vecino, la esquelita que le dejo a mi hija pegada en la
heladera (“ya comieron los gatos y la perra – Comprá zanahorias – Vuelvo tarde - Beso”). En
cuanto a los segundos, los secundarios, surgen en condiciones culturales más desarrolladas
y complejas y su aprendizaje exige reflexión consciente. Por otra parte, muchos géneros
primarios pasan a formar parte de los secundarios (por ejemplo de una novela). Piensen en
el diálogo más trivial entre personajes de una novela: para Bajtín, una vez que un género
primario “entró” en uno secundario, perdió su relación con la realidad inmediata y pasó a
formar parte de un “acontecimiento artístico”. Esto es así porque cuando un/a escritor/a
construye el habla de un personaje, por más que se inspire en gente real de un lugar
determinado, va a reelaborar, recrear ese discurso artísticamente (247). 4
Una vez diferenciados los géneros primarios de los secundarios, Bajtin expone los problemas
referidos a la relación de los géneros discursivos con dos disciplinas diferentes: la gramática
y la estilística. Lo que pretende demostrar es que no es posible estudiar seriamente el estilo
de un enunciado (formal, coloquial, académico, poético, etc.) si no se tiene presente que todo
estilo está íntimamente vinculado a un género discursivo. Se puede estudiar el estilo particular
de un periodista (más o menos ameno; más o menos polémico, más o menos culto, entre
otras posibilidades), pero siempre hay que tener en mente que ese estilo individual se
revelará, por ejemplo, en sus notas de opinión en un diario o en sus entrevistas radiales; pero
nunca se manifestará fuera de un género porque no hay modo de comunicación que escape
a los géneros discursivos. En otras palabras, los géneros discursivos son dispositivos de habla
que regulan, con normas que varían en el tiempo y en el espacio, la actividad verbal. En lo
que se refiere al estilo regulan la variedad lingüística empleada, el registro, entre otros (248-
252).
Sin embargo, cuando estudio las prácticas verbales, en cuanto alguien escribe en un
enunciado “los ratones han sido inoculados por una hormona lipídica” debo considerar los
rasgos de estilo que responden a las restricciones del género discursivo en el que se inscribe
ese enunciado –un informe científico, por ejemplo–. Así, las cuestiones que debo considerar
son otras: ¿Por qué el autor escribió “los ratones han sido inoculados con una hormona
lipídica” y no escribió “¿Se inoculó a los roedores con una hormona lipídica”, “los científicos
inocularon a los ratones con una hormona lipídica” u otra forma?, ¿cómo se relaciona ese
empleo de la voz pasiva con el resto de las oraciones que conforman ese informe científico?
Hasta ese momento, Bajtín posterga el problema del enunciado sobre el que se extenderá
en el segundo apartado de su artículo.
Estos problemas que tienen los estudiosos a los que critica Bajtín se deben a la falta de
atención que se le ha prestado desde siempre a la unidad real de comunicación discursiva: el
enunciado. Las personas no nos comunicamos por medio de oraciones, sino que las
empleamos para construir nuestros enunciados. Desde el punto de vista de la norma
gramatical, una oración como *Pienso de que hoy es un lindo día, está mal formada, incurre
en un error llamado “dequeísmo” porque la preposición de es considerada incorrecta en este
caso. Ahora, si estoy tomando mate con una amiga en la terraza de casa, y mi amiga me dice:
Pienso de que hoy es un lindo día, por más que la oración presente, desde el punto de vista
de la normativa, problemas en su construcción, el enunciado, en ese contexto, no tiene
problemas y la comunicación que se desarrolla en el género discursivo charla informal entre
amigas sigue su curso.
Observen otros ejemplos. Mi hijo adolescente grita a voz en cuello: “¡Amo el rock!” y mi mamá,
una señora mayor amante del canto lírico lo mira y repite: “¡Amo el rock!”. En este caso se
trata de la misma oración, sin embargo, desde el punto de vista comunicativo, son dos
enunciados diferentes: tienen distinto autor, distinto destinatario, distinto propósito y hasta
distinto sentido.
Una mujer está en su casa mirando tranquilamente una película cuando irrumpe su hija en la
habitación y le dice: “Tengo hambre”. La mujer puede responder de variada manera: yendo a
cocinar algo a su hija, ignorándola, pidiéndole que telefonee a la pizzería, etc. Ahora bien, esa
mujer se de va de viaje a Transilvania y durante un paseo, al anochecer, entra a un castillo
donde la recibe un hombre muy pálido, de mirada penetrante y amplia capa negra, quien le
dice con voz profunda: “Tengo hambre”. ¿Qué respuesta dará la mujer? Lo más conveniente
sería para ella huir a toda velocidad. Nuevamente, estamos frente a una oración de la cual
podemos decir que está formada por dos palabras, una de ellas es un verbo en primera
persona singular, en presente de indicativo; la otra, un sustantivo femenino. La oración tiene
sujeto tácito y significa que alguien manifiesta una necesidad fisiológica. En las dos
situaciones de enunciación descriptas, estamos frente a dos enunciados diferentes que,
además, más allá del significado lingüístico de la oración que los forma, tienen sentido pleno. 6
Estos pedestres ejemplos revelan uno de los problemas que señala Bajtín y que, como los
otros que menciona, se debe al “menosprecio hacia la unidad real de la comunicación
discursiva que es el enunciado” (257).
A partir de aquí, el lingüista ruso expondrá simultáneamente los rasgos estructurales del
enunciado y las diferencias del enunciado con la oración.
1. Fronteras (pp. 257-262). Todo enunciado tiene un principio y un final absolutos, esto
quiere decir que un enunciado comienza cuando el hablante o el escritor toma la
palabra (o la pluma o el teclado)2 y finaliza cuando cede la palabra a otro. Un enunciado
puede tener una extensión muy variable, desde una sola palabra (¡Alto!, hasta una
novela en siete partes como En busca del tiempo perdido de Marcel Proust).
2. Conclusividad específica (pp. 262-270, “Pasemos ahora a otro rasgo…”, anuncia
Bajtín). La idea de “conclusividad” piénsela en relación con las ideas de conclusión y
de cierre. Bajtín afirma que el hecho de que un enunciado termine, que el hablante
haya dicho todo lo que quiso decir, significa que todo enunciado tiene la posibilidad de
ser contestado, o mejor, tiene la posibilidad de tomar una actitud de respuesta en
relación con él. Por ejemplo, frente a la pregunta “¿Tenés fuego?”, responder con la
acción de acercar el encendedor; luego de haber leído una novela recién editada,
responder publicando una crítica en una revista literaria…
La posibilidad de respuesta, según Bajtín, está asegurada por tres momentos o
factores:
a) Capacidad de agotar el sentido del objeto del enunciado (263). Esto quiere decir
que por más que el objeto (por ejemplo, la existencia de la vida después de la
muerte) sea inagotable, en cuanto se transforma en tema de un enunciado
adquiere una conclusión relativa que depende de la intención del autor.
2Piensen que Bajtín escribió esto antes de la revolución tecnológica de internet. El concepto de género
discursivo, para muchos investigadores, tambalea; yo y muchos otros no lo creemos así de ningún
modo.
b) Voluntad discursiva del hablante (263). Depende de esa intención, se elegirá un
tema y se lo “agotará” en distinta medida. Por ejemplo, si mi intención es dar un
pantallazo sobre la obra de Faulkner, el grado de agotamiento del objeto (y la
extensión de mi enunciado) será diferente de si mi intención es probar una
hipótesis de lectura de la obra de Faulkner. Esa voluntad subjetiva se manifiesta 7
relación con la palabra, puesto que, para el lingüista, no las aprendemos del
diccionario sino de enunciados anteriores.
A partir de la página 277 y hasta el final, Bajtin despliega su idea de dialogismo
(asócienla a la noción de polifonía, entendida como las diversas formas en que se
relacionan las voces de distintos enunciadores dentro de un enunciado)3 no solamente
en el sentido de que un enunciado siempre responde a otros anteriores y, además, se
dirige a alguien (tiene en mente a sus destinatarios de manera tal que puede prever si
lo siguen, si lo aceptan, si lo objetan), sino que dentro de todo enunciado es posible
“escuchar” ecos de enunciados ajenos. Por ejemplo, si comienzo la clase diciendo:
“Aquí me pongo a explicar al compás del aislamiento, que a la profe que desvela una
clase extraordinaria como el ave solitaria con la virtualidá se consuela”, ¿de qué otro
enunciador “escuchan” la voz, además de escuchar la voz mía?
WEEK-EN
ND: LA NUE
EVA MANE
ERA DE AD
DELGAZAR
R
99
- la escena de enunciación es la de una publicidad para productos adelgazantes en una tienda
femenina (género discursivo);
- la escena de enunciación es la de una conversación telefónica donde, de su oficina, una mu-
jer en traje sastre con pantalón hace un llamado telefónico.
La lectora de la revista donde figura este texto se encuentra tomada simultáneamente en estas
tres escenas. Es interpelada a la vez como consumidora (escena publicitaria), como lectora de re-
vista preocupada por permanecer delgada (escena del género discursivo) y como interlocutora y
amiga, de una mujer en el teléfono (escena construida por el texto). Para el primer caso se hablará
de escena englobante, para el segundo de escena genérica, para el tercero de escenografía.
La escena englobante es la que corresponde al tipo de discurso. Cuando se recibe un folleto
en la calle, se debe ser capaz de determinar si tiene que ver con el tipo de discurso religioso, políti-
co, publicitario..., en otras palabras, sobre qué escena englobante hay que ubicarse para interpretar-
lo, de qué manera interpela a su lector, en función de qué finalidad está organizado. Una enuncia-
ción política, por ejemplo, implica a un ciudadano dirigiéndose a ciudadanos. Caracterización, cier-
tamente mínima, pero que nada tiene de intemporal: ella define el estatus de las personas y cierto
marco espacio-temporal. En numerosas sociedades del pasado no existía una escena englobante
específicamente política. Tampoco se puede hablar de escena administrativa, publicitaria, religiosa,
literaria, etc., para cualquier sociedad y cualquier época.
Decir que la escena de enunciación de un enunciado político es la escena englobante política,
la de un enunciado filosófico la escena englobante filosófica, etc., es insuficiente: un co-enunciador
no se enfrenta con lo político o lo filosófico no especificado, sino con géneros discursivos particu-
lares. Cada género discursivo define sus propios roles: en un folleto de campaña electoral va a tra-
tarse de un candidato que se dirige a electores, en un curso se tratará de un profesor que se dirige a
alumnos, etcétera.
Estas dos «escenas» definen conjuntamente lo que se podría llamar el marco escénico del
texto. Él es quien define el espacio estable en cuyo interior el enunciado adquiere sentido, el del
tipo y el género discursivo. El lector de la publicidad para los sachets «Week-end» no la lee sino
con ese marco presente en la mente.
La escenografía
Un bucle paradójico
100
logra hacer aceptar a las lectoras el lugar que pretende asignarles en esta escenografía. En efecto,
en diversos grados, tomar la palabra es asumir un riesgo; la escenografía no es simplemente un
marco, un decorado, como si el discurso acaeciera en el interior de un espacio ya construido e in-
dependiente de dicho discurso, sino que la enunciación, al desarrollarse, se esfuerza por poner pro-
gresivamente en su lugar su propio dispositivo de habla.
La escenografía implica así un proceso en bucle. A partir de su emergencia, el habla supone
cierta situación de enunciación, la cual, de hecho, se valida progresivamente a través de esta enun-
ciación misma. La escenografía es así a la vez aquello de donde viene el discurso y aquello que
engendra ese discurso; ella legitima un enunciado que, a cambio, debe legitimarla, debe establecer
que esta escenografía de donde viene el habla es precisamente la escenografía requerida para enun-
ciar como corresponde, según el caso, la política, la filosofía, la ciencia, o para promocionar tal
mercancía... Cuanto más se avanza en la lectura de la publicidad «Week-End», más debe uno per-
suadirse que es la llamada telefónica de una amiga lo que constituye la mejor vía de acceso a ese
producto. Lo que dice el texto debe permitir validar la escena misma a través de la cual surgen di-
chos contenidos. Para ello, la escenografía debe estar adaptada al producto: debe existir una conve-
niencia entre telefonear a una amiga entre dos citas y las características atribuidas a los sachets
Week-End.
Una escenografía no se despliega plenamente a menos que pueda dominar su propio desarro-
llo, mantener una distancia respecto del co-enunciador. En cambio, en un debate, por ejemplo, es
muy difícil para los participantes enunciar a través de sus escenografías: ellos no tienen el dominio
de la enunciación y deben reaccionar sobre el terreno a situaciones imprevisibles suscitadas por los
interlocutores. En situación de interacción viva, con mucha frecuencia es entonces la amenaza so-
bre las caras (véase cap. 2) y el ethos (véase cap. siguiente) los que pasan al primer plano.
Al tomar un texto publicitario, por ejemplo, hemos escogido un género discursivo que, desde
el punto de vista de la escenografía, tiene un estatus privilegiado. El discurso publicitario, en efec-
to, es de esos tipos de discursos para los cuales no se puede prejuzgar de antemano acerca de la
escenografía que será movilizada. En cambio, existen tipos de discursos cuyos géneros implican
escenas enunciativas de algún modo establecidas: el correo administrativo o las relaciones de ex-
pertos se desarrollan por regla general en escenas muy restrictivas, se adaptan a las rutinas de la
escena genérica.
Otros géneros discursivos son más susceptibles de suscitar escenografías que se apartan de
un modelo preestablecido. Así, en un género que podría creerse muy coercitivo, la guía turística, la
Guide du routard* tomó la decisión de innovar, poniendo en escena el «estilo hablado» de un enun-
ciador joven que se dirigiría a un co-enunciador joven:
*
La Guide du routard (Guía del trotamundos) es una colección de guías turísticas fundada en abril de 1973 por Michel
Duval y Philippe Gloaguen. [N. del T.]
101
de los siglos XVI, XVII Y XVIII y 2/3 presentan una amplia variedad de la pintura y la
escultura mundial del siglo XX. Obras de arte en desorden. [...]
(Le Guide du routard, Gran Bretaña, 1994-1995, Hachette, pág. 107.)
Un enunciado como éste satisface las obligaciones que impone el género «guía turística»: de-
fine los lugares dignos de interés para un turista, da informaciones prácticas para acceder a ellos...
Pero lo hace imponiendo una escenografía que contrasta sobre los otros textos del mismo género.
En vez de contentarse con la escena genérica de tipo didáctico que es habitual en estas guías, donde
el enunciador borra las marcas de su presencia, la Guide du routard desarrolla una escenografía
original, otra puesta en escena de su habla («un verdadero flechazo», «a grandes rasgos», «en des-
orden»...). Esta escenografía no es definida al azar, se la supone adaptada a la figura del «mochile-
ro» y en muchos aspectos se parece a las que privilegia un diario como Libération.
Con esta publicidad para los productos Week-End nos enfrentamos con una escenografía es-
pecificada de manera precisa por el texto: una conversación telefónica con una amiga. Pero no
siempre es así; por ejemplo, en esta otra publicidad para los productos Week-End:
El enunciador comienza por hacer entrar el producto en una categoría («una nueva comida
adelgazante»), luego da su modo de empleo («según los kilos...») y por último su composición
(«Week-End existe en dos versiones...»). Este esquema evoca a la vez las instrucciones de uso, el
artículo de enciclopedia, el curso, etc. Por otra parte, se observará que el texto termina con la evo-
cación del médico y el farmacéutico, figuras por excelencia del poseedor de saber en materia de
salud. La escenografía de este texto es difusa: remite a un conjunto vago de escenografías posibles
de orden científico y didáctico y no a un género discursivo específico.
Escenas validadas
La «Carta a todos los franceses»
102
Estos tres planos de la escena de enunciación se los puede ver en obra en la «Carta» redacta-
da por François Mitterrand durante la campaña presidencial de 1988. Para favorecer su reelección
se publicó en la prensa y se dirigió por correo a cierta cantidad de electores esta «Carta a todos los
franceses».
El sentido de este enunciado político no se reduce solamente a su contenido, es inseparable
de su puesta en escena epistolar, subrayada por el hecho de que la fórmula de presentación («Mis
queridos compatriotas») así como la firma («François Mitterrand») son manuscritas. La compagi-
nación refuerza ese efecto de correspondencia privada; a la izquierda del texto se deja un margen
materializado por un trazo, un poco como en un cuaderno escolar:
La escena englobante es la del discurso político, cuyos participantes están unidos en el es-
pacio-tiempo de una elección.
La escena genérica es la de las publicaciones por las cuales un candidato presenta su pro-
grama a sus electores.
La escenografía es la de la correspondencia privada, que pone en relación a dos individuos
que mantienen una relación personal.
Ahora bien, esta escenografía invoca en el tercer párrafo la caución de otra escena de habla:
«suerte de reflexión en común, como ocurre de noche, alrededor de la mesa, en familia». Así, no es
solamente una carta lo que el elector supuestamente va a leer: debe participar imaginariamente en
una reflexión en familia alrededor de la mesa, endosando de manera implícita al presidente el papel
del padre y afectando a los electores el de los hijos. Este ejemplo ilustra un procedimiento muy
frecuente: una escenografía puede apoyarse en escenas de habla que se llamarán validadas, es de-
cir, ya instaladas en la memoria colectiva, ya sea a manera de contraste o de modelo valorizado. La
conversación familiar en la comida es el ejemplo de una escena validada valorizada en la cultura
francesa. El repertorio de las escenas disponibles varía en función del grupo enfocado por el discur-
so: una comunidad de convicción fuerte (una secta religiosa, una escuela filosófica...) posee su
memoria propia; pero, de manera general, a todo público, así fuera vasto y heterogéneo, es posible
asociarle un stock de escenas que se pueden suponer compartidas. Si hablamos de «escena valida-
da» y no de «escenografía validada», es porque la «escena validada» no es un discurso, hablando
con propiedad, sino un estereotipo autonomizado, descontextualizado, disponible para reinvestidu-
ras en otros textos. Se fija con facilidad en representaciones arquetípicas popularizadas por los
103
medios. Puede tratarse de acontecimientos históricos (el llamado del 18 de junio)** como de esce-
nas genéricas (la tarjeta postal, la conferencia...).
Así, el lector de la «Carta a todos los franceses» recibe a la vez una muestra de discurso polí-
tico (escena englobante), un programa electoral (escena genérica) y una carta personal (escenograf-
ía) que se presenta a su vez como una discusión en familia (escena validada), pero las relaciones
entre esas diversas escenas pueden resultar potencialmente conflictivas. Así, la escena genérica del
programa electoral a priori se armoniza mal con una correspondencia privada; en cuanto a la esce-
na validada de la discusión en familia, constituye una interacción viviente entre varios locutores,
mientras que un programa electoral y una carta suponen enunciaciones monologales (donde no hay
más que un solo locutor). Estas tensiones no pueden ser totalmente resueltas, pero el texto se dedica
a atenuarlas, a hacerlas olvidar. Es lo que se ve en la última frase, que introduce una escena valida-
da para justificar la conversión de la escena política en escena epistolar:
Escogí este medio, escribirles, para expresarme sobre todos los grandes temas que de-
ben ser tratados y discutidos entre franceses, suerte de reflexión en común, como ocu-
rre de noche, alrededor de la mesa, en familia.
**
El llamado del 18 de junio de 1940 (el llamado del general de Gaulle) es el primer discurso pronunciado por el general
de Gaulle en la radio de Londres, en las ondas de la BBC. Este discurso –que fue muy poco escuchado en el momento
pero publicado en la prensa francesa al día siguiente– es considerado como el texto fundador de la Resistencia francesa,
y sigue siendo su símbolo. [N. del T.]
104
Consignas sobre la perspectiva sociosemiótica del “Circulo de Bajtín”
1. Defina concepto de signo, según Voloshinov. Señale las diferencias que mantiene con la
noción de signo en la obra de Saussure.
2. Defina el concepto de género discursivo, según Bajtin. Proponga ejemplos de géneros
digitales.
3. Defina el concepto de enunciado, según Bajtin.
4. Explique en qué consiste el carácter dialógico del enunciado, según Bajtin.
Universidad de Buenos Aires - Ciclo Básico Común
Semiología (Cátedra di Stefano)
Sede: Ciudad Universitaria
Vamos a empezar a trabajar con la Unidad II que se focaliza en el estudio del discurso. La unidad
procura integrar y profundizar los abordajes de la lingüística de la enunciación (que se presentan en
el módulo IV de la Unidad II) y los de la perspectiva sociosemiótica de los estudios del discurso
(Módulo III de la Unidad I). Junto al estudio de la enunciación, la unidad se ocupa del estudio de la
polifonía y los modos en que se ha concebido la interacción de voces en los discursos.
1. Objetivos:
Nos proponemos a partir del estudio de la teoría de la enunciación que los estudiantes:
a) Leer, en primer lugar, el texto de María Cecilia Pereira, “Introducción. El estudio del
discurso” en el que se sintetizan algunos de los rasgos del discurso, tal como lo conciben los
estudios lingüísticos.
b) Leer, de Dominique Maingueneau, “La escena de enunciación”, que amplía algunos temas
presentados en la introducción.
c) Leer el texto de E. Benveniste “De la subjetividad en el lenguaje”, uno de los textos
fundadores de la teoría de la enunciación.
d) Leer el texto de Mariana di Stefano “Enunciación” en el que se explican conceptos centrales
de la teoría de la enunciación, como la noción de enunciador y la distinción entre situación
de comunicación y situación de enunciación.
e) Leer la “Selección de lecturas sobre la teoría de la enunciación”, que reúne los aportes al
estudio de la subjetividad en el lenguaje provenientes de diferentes autores inscriptos en
esa perspectiva.
f) Leer la síntesis de la reflexión sobre la polifonía y las heterogeneidades enunciativas,
elaborada por M. di Stefano y M.C. Pereira.
El estudio del discurso
María Cecilia Pereira
Tanto Peirce como Saussure se ocuparon del estudio de los signos. Mientras que el primero
buscó dar cuenta del proceso de semiosis en el que intervienen, Saussure los concibió como unidades
que integran un sistema, la lengua, en el que adquieren su valor. Continuando en parte los trabajos de
Saussure, Benveniste estudió la significancia de esas unidades cuando es engendrada por el discurso.
Para ello, distinguió en los lenguajes dos modos de significancia. En el sistema de la lengua, las
unidades son signos verbales que poseen una significancia semiótica (son signos que establecen en el
sistema relaciones opositivas y diferenciales), pero es en el discurso donde la lengua se emplea. Allí
los signos adquieren el estatuto de “palabras” y actualizan sus sentidos en cada enunciación. El estudio
del segundo modo de significancia, que Benveniste denominó semántica, no se centra en las unidades
estudiadas por Peirce y por Saussure, sino en el discurso. Este no es concebido como una constelación
de unidades sucesivas o simultáneas. Es una entidad de un orden diferente en la que el sentido se
realiza globalmente y que requiere considerar las condiciones de producción y circulación para su
comprensión. En esta parte de la materia encaramos el estudio de ese modo de significancia
engendrado por el discurso a partir de distintos conceptos que han sido propuestos por las ciencias
del lenguaje para explicar los sentidos de los discursos sociales.
La noción de discurso es compleja. En numerosas ocasiones, la palabra “discurso” designa un
conjunto de enunciados: el discurso de los medios, el discurso feminista, el discurso kirchnerista.
Otras veces se la emplea para designar un enunciado particular (el discurso de apertura de las sesiones
de la Cámara de Diputados) destacando el hecho de que ese enunciado es el producto de un acto de
comunicación sociohistóricamente determinado. En ambos casos, la noción de discurso alude al uso
de la lengua en un contexto particular. Benveniste explica que el discurso remite al ejercicio/ al uso
de la lengua en cada enunciación. El discurso, dice, es “la lengua en tanto que es asumida por el
hombre que habla, y en la condición de intersubjetividad”, es lo que hace posible la comunicación
lingüística. Siguiendo esta última aproximación, a lo largo de las próximas unidades se estudian los
siguientes rasgos:
En primer lugar, el discurso es asumido por alguien, que se plantea como fuente de los
señalamientos temporales, espaciales y personales, e indica qué actitud adopta como locutor respecto
de lo que dice y el modo en que interpela al otro. El discurso no necesariamente explicita esas actitudes
o el tipo interpelación que realiza, sino que las “muestra”. Así, si alguien dice “¡Vení!”, “Llueve”,
“Tal vez llueva”, “Creo que va a llover”, no explicita la orden, la certeza o la duda, sino que, con
recursos verbales, tonos o gestos, pone en escena la interpelación que realiza.
Otro rasgo del discurso es que siempre está orientado. Los discursos “van a alguna parte”,
tienen un fin. Por eso indican, de un modo o de otro, las intenciones del locutor. Imaginemos una
conversación de dos compañeros de la facultad a quince cuadras de la sede de la universidad. Llega
la hora de ir a clase, están considerando cómo llegar al curso y uno dice: “La facultad está cerca”. La
orientación del discurso es clara: la intención del locutor es que su interlocutor concluya que conviene
ir caminando. Su compañero, en cambio, le dice: “No, la facultad está lejos”, de lo que se deriva que
prefiere tomar un colectivo. Así, las palabras “cerca/lejos” orientan en distintos sentidos el discurso:
no indican exactamente una cierta distancia a la facultad, sino el modo en que es percibida esa
distancia y las intenciones del locutor en cada caso.
Por eso se ha subrayado que los discursos son opacos, es decir, no representan de manera
transparente los estados de cosas a los que se refieren, sino que representan el modo en que son
concebidos esos estados de cosas. Construyen entonces una mirada del espacio, del tiempo, del refe-
rente, e incluso representan al propio enunciador y al enunciatario. En el “escenario” montado en el
discurso se muestran algunos aspectos del mundo y de los que hablan de él y se ocultan
necesariamente otros aspectos. Para corroborar la opacidad discursiva basta con comparar, por caso,
los títulos de una noticia periodística. En ocasión del Día Internacional de la Mujer, por ejemplo, los
medios gráficos argentinos propusieron en 2017 distintas representaciones del evento, de los
participantes y de las acciones desarrolladas:
“Un ‘ruidazo’ dio inicio al Paro Internacional de Mujeres, antes de la marcha a Pla-
za de Mayo”
“La marcha de la bronca”
“Movilización en el día Internacional de la mujer”
La noción de contexto
Como hemos señalado, el discurso debe estudiarse en su contexto. La noción de contexto
también es compleja. Se lo ha entendido como el entrono verbal (co-texto), como el entorno físico (el
dónde y el cuándo de la comunicación, los participantes, el canal) o como la situación
(políticocultural, histórica, etc.) en la que se considera un evento comunicacional. En las dos últimas
acepciones, el contexto hace alusión a la situación de comunicación y al contexto de producción de
un discurso, que suelen distinguirse de la puesta en escena enunciativa construida en el discurso.
Justamente, el estudio de la puesta en escena enunciativa contribuye a explicar e interpretar el
contexto y, recíprocamente, el conocimiento del contexto contribuye a interpretar los sentidos de una
puesta en escena enunciativa.
BENVENISTE, Emile (1997): Problemas de lingüística general II, México, Siglo XXI.
CALSAMIGLIA, Helena y Amparo TUSÓN (1999): Las cosas del decir. Manual de análisis del
discurso, Barcelona, Ariel.
CHARAUDEAU, Patrick y Dominique MAINGUENEAU (dirs.) (2005): Diccionario de análisis del
discurso, Buenos Aires, Amorrortu.
MAINGUENEAU, Dominique (2009): Análisis de textos de comunicación, Buenos Aires, Nueva
Visión.
——————— (2014): Discours et analyse du discours, París, Armand Colin
La perspectiva de la lingüística de la enunciación
Daniela Lauría
Émile Benveniste fue el primer lingüista que desarrolló un modelo de análisis de la lengua
centrado en la enunciación. El lugar de este autor en la historia de la disciplina es
relevante puesto que sus reflexiones se produjeron en el contexto de auge del
estructuralismo como método riguroso de estudio en las ciencias humanas. Recordemos
que la perspectiva estructuralista en lingüística se caracteriza por considerar la lengua
como un sistema de relaciones internas, con abstracción de toda referencia a elementos
externos y a partir del cual se deberían deducir sus leyes de organización y
funcionamiento.
El gran aporte de Benveniste reside en mantenerse fiel al pensamiento de Saussure
en la medida en que adopta sus ideas de estructura, relación y signo y, al mismo tiempo,
presentar algunos aspectos para estudiar la enunciación atendiendo a la presencia del ser
humano en la lengua. La innovación de su pensamiento radica justamente en articular los
conceptos de sujeto y de estructura. De alguna manera, se puede decir que Benveniste es
un continuador de Saussure pero que simultáneamente intenta ir más allá, superar los
límites de la teoría del lingüista suizo. Frente a la idea saussureana de que el habla era
efímera, individual y accesoria y no presentaba ningún tipo de regularidades, Benveniste
registra ciertas sistematicidades en el uso de la lengua (en el discurso) a través del estudio
del modo en que la subjetividad se manifiesta en el acto enunciativo.
Luego de reseñar y discutir las teorías del signo en general y del signo lingüístico en
particular en las propuestas teóricas de Saussure y de Peirce, Benveniste plantea como
preguntas disparadoras ¿cómo se pueden clasificar los sistemas de signos? Y en particular
¿cuál es el puesto o el estatuto de la lengua entre los sistemas de signos?:
“La más mínima atención a nuestro comportamiento, a las condiciones de la vida intelectual y social, de la
vida de relación, de los nexos de producción y de intercambio, nos muestra que utilizamos a la vez y a cada
instante varios sistemas de signos: primero los signos del lenguaje, que son aquellos cuya adquisición
empieza antes, al iniciarse la vida consciente; los signos de la escritura; los “signos de cortesía”, de
reconocimiento, de adhesión, en todas sus variedades y jerarquías; los signos reguladores de los
movimientos de vehículos; los “signos exteriores” que indican condiciones sociales; los “signos
monetarios”, valores e índices de la vida económica; los signos de los cultos, ritos, creencias; los signos del
arte en sus variedades (música, imágenes; reproducciones plásticas) –en una palabra, y sin ir más allá de la
verificación empírica–, está claro que nuestra vida entera esta presa en redes de signos que nos condicionan
al punto de que no podría suprimirse una sola sin poner en peligro el equilibrio de la sociedad y del
individuo. Estos signos parecen engendrarse y multiplicarse en virtud de una necesidad interna, que en
apariencia responde también a una necesidad de nuestra organización mental. Entre tantas y tan diversas
maneras que tienen de configurarse los signos, ¿qué principio introducir que ordene las relaciones y delimite
los conjuntos?” (p. 55).
“Se diría que la noción de unidad reside en el centro de la problemática que nos ocupa y que ninguna teoría
seria pudiera constituirse olvidando o esquivando la cuestión de la unidad, pues todo sistema significante
debe definirse por su modo de significación. De modo que un sistema así debe designar las unidades que
hace intervenir para producir el “sentido” y especificar la naturaleza del “sentido” producido.
Se plantean entonces dos cuestiones:
1) ¿Pueden reducirse a unidades todos los sistemas semióticos?
2) Estas unidades, en los sistemas donde existen, ¿son signos? La unidad y el signo deben ser tenidos por
características distintas. El signo es necesariamente una unidad, pero la unidad puede no ser un signo.
Cuando menos de esto estamos seguros: la lengua está hecha de unidades y esas unidades son signos” (p.
61).
Frente a la pregunta sobre qué sucede con otros sistemas de signos (por ejemplo, los
artísticos), Benveniste expone que hay sistemas semiológicos que tienen unidades, pero
que estas no son signos en el sentido semiótico del término. Por ejemplo, el sistema de la
música en el que no se le puede atribuir una significación estable a una nota musical
(nadie puede decir qué significa la nota “do”). De allí que el mensaje musical suscite
interpretaciones, genere significados diversos en distintas situaciones. Por el contrario, la
lengua posee un sistema semiótico integrado por signos.
“La lengua nos ofrece el único modelo de un sistema que sea semiótico a la vez en su estructura formal y
en su funcionamiento:
1) Se manifiesta por la enunciación, que alude a una situación dada; hablar es siempre hablar de.
2) Consiste formalmente en unidades distintas, cada una de las cuales es un signo.
3) Es producida y recibida en los mismos valores de referencia entre todos los miembros de una comunidad.
4) Es la única actualización de la comunicación intersubjetiva.
Por estar razones, la lengua es la organización semiótica por excelencia. Da la idea de lo que es una función
de signo, y es la única que ofrece la formula ejemplar de ello. De ahí procede que ella sola pueda conferir
–y lo hace en efecto– a otros conjuntos la calidad de sistemas significantes informándolos de la relación de
signo. Hay pues un modelado semiótico que la lengua ejerce y del que no se concibe que su principio
resida en otra parte que no sea la lengua. La naturaleza de la lengua, su función representativa, su poder
dinámico, su papel en la vida de relación, hacen de ella la gran matriz semiótica, la estructura, modeladora
de la que las otras estructuras reproducen los rasgos y el modo de acción” (p. 66).
En síntesis, hasta aquí vimos que la lengua es el único sistema de signos que posee dos
modos de significancia: el modo semiótico y el modo semántico. Benveniste sigue a
Saussure para quien la lengua es un sistema de signos y el signo es una unidad semiótica.
El segundo modo de significancia resulta de la actividad del locutor que pone a la lengua
en acción y se denomina semántico. Este modo opera porque hay algunas unidades de la
lengua, algunos elementos del sistema que no pueden comprenderse dentro de dicho
sistema. Esto es: no tienen una significación estable dentro del sistema, sino que sus
significantes se “llenan” de significado al ser puestos en discurso y apropiados por un
intérprete en un contexto determinado. A propósito, Benveniste explica:
“Con lo semántico entramos en el modo especifico de significancia que es engendrado por el discurso. Los
problemas que se plantean aquí son función de la lengua como productora de mensajes. Ahora, el mensaje
no se reduce a una sucesión de unidades por identificar separadamente; no es una suma de signos la que
produce el sentido, es, por el contrario, el sentido, concebido globalmente, el que se realiza y se divide en
“signos” particulares, que son las palabras. En segundo lugar, lo semántico carga por necesidad con el
conjunto de los referentes, en tanto que lo semiótico está, por principio, separado y es independiente
de toda referencia. El orden semántico se identifica con el mundo de la enunciación y el universo del
discurso” (p. 68).
Es necesario destacar la diferencia que se observa en los dos modos en lo que atañe al
tratamiento otorgado a la referencia: en el modo semiótico, la referencia está ausente. En
el modo semántico, por el contrario, la referencia es la que define el sentido porque este
se caracteriza por la relación establecida entre las ideas expresadas en las palabras y las
frases y la situación de discurso (el yo, aquí y ahora de la enunciación).
En suma, Benveniste recapitula acerca del lugar que ocupa la lengua entre los sistemas
semióticos:
“La lengua es el único sistema cuya significancia se articula, así, en dos dimensiones. Los demás sistemas
tienen una significancia unidimensional: o semiótica (gestos de cortesía (…)), sin semántica; o semántica
expresiones artísticas), sin semiótica. El privilegio de la lengua es portar al mismo tiempo la significancia
de los signos y la significancia de la enunciación. De ahí proviene su poder mayor, el de crear un nuevo
nivel de enunciación, donde se vuelve posible decir cosas significantes acerca de la significancia. Es en
esta facultad metalingüística donde encontramos el origen de la relación de interpretancia merced a la cual
la lengua engloba los otros sistemas” (p. 68).
Y añade:
“En conclusión, hay que superar la noción saussureana del signo como principio único, del que dependerían
a la vez la estructura y el funcionamiento de la lengua. Dicha superación se logrará por dos caminos:
En el análisis intralingüístico, abriendo una nueva dimensión de significancia, la del discurso, que llamamos
semántica, en adelante distinta de la que está ligada al signo, y que será semiótica.
En el análisis translingüístico de los textos, de las obras, merced a la elaboración de una metasemántica que
será construida sobre la semántica de la enunciación.
Será una semiología de “segunda generación”, cuyos instrumentos y método podrán concurrir asimismo al
desenvolvimiento de las otras ramas de la semiología general” (p. 69).
WEEK-EN
ND: LA NUE
EVA MANE
ERA DE AD
DELGAZAR
R
99
- la escena de enunciación es la de una publicidad para productos adelgazantes en una tienda
femenina (género discursivo);
- la escena de enunciación es la de una conversación telefónica donde, de su oficina, una mu-
jer en traje sastre con pantalón hace un llamado telefónico.
La lectora de la revista donde figura este texto se encuentra tomada simultáneamente en estas
tres escenas. Es interpelada a la vez como consumidora (escena publicitaria), como lectora de re-
vista preocupada por permanecer delgada (escena del género discursivo) y como interlocutora y
amiga, de una mujer en el teléfono (escena construida por el texto). Para el primer caso se hablará
de escena englobante, para el segundo de escena genérica, para el tercero de escenografía.
La escena englobante es la que corresponde al tipo de discurso. Cuando se recibe un folleto
en la calle, se debe ser capaz de determinar si tiene que ver con el tipo de discurso religioso, políti-
co, publicitario..., en otras palabras, sobre qué escena englobante hay que ubicarse para interpretar-
lo, de qué manera interpela a su lector, en función de qué finalidad está organizado. Una enuncia-
ción política, por ejemplo, implica a un ciudadano dirigiéndose a ciudadanos. Caracterización, cier-
tamente mínima, pero que nada tiene de intemporal: ella define el estatus de las personas y cierto
marco espacio-temporal. En numerosas sociedades del pasado no existía una escena englobante
específicamente política. Tampoco se puede hablar de escena administrativa, publicitaria, religiosa,
literaria, etc., para cualquier sociedad y cualquier época.
Decir que la escena de enunciación de un enunciado político es la escena englobante política,
la de un enunciado filosófico la escena englobante filosófica, etc., es insuficiente: un co-enunciador
no se enfrenta con lo político o lo filosófico no especificado, sino con géneros discursivos particu-
lares. Cada género discursivo define sus propios roles: en un folleto de campaña electoral va a tra-
tarse de un candidato que se dirige a electores, en un curso se tratará de un profesor que se dirige a
alumnos, etcétera.
Estas dos «escenas» definen conjuntamente lo que se podría llamar el marco escénico del
texto. Él es quien define el espacio estable en cuyo interior el enunciado adquiere sentido, el del
tipo y el género discursivo. El lector de la publicidad para los sachets «Week-end» no la lee sino
con ese marco presente en la mente.
La escenografía
Un bucle paradójico
100
logra hacer aceptar a las lectoras el lugar que pretende asignarles en esta escenografía. En efecto,
en diversos grados, tomar la palabra es asumir un riesgo; la escenografía no es simplemente un
marco, un decorado, como si el discurso acaeciera en el interior de un espacio ya construido e in-
dependiente de dicho discurso, sino que la enunciación, al desarrollarse, se esfuerza por poner pro-
gresivamente en su lugar su propio dispositivo de habla.
La escenografía implica así un proceso en bucle. A partir de su emergencia, el habla supone
cierta situación de enunciación, la cual, de hecho, se valida progresivamente a través de esta enun-
ciación misma. La escenografía es así a la vez aquello de donde viene el discurso y aquello que
engendra ese discurso; ella legitima un enunciado que, a cambio, debe legitimarla, debe establecer
que esta escenografía de donde viene el habla es precisamente la escenografía requerida para enun-
ciar como corresponde, según el caso, la política, la filosofía, la ciencia, o para promocionar tal
mercancía... Cuanto más se avanza en la lectura de la publicidad «Week-End», más debe uno per-
suadirse que es la llamada telefónica de una amiga lo que constituye la mejor vía de acceso a ese
producto. Lo que dice el texto debe permitir validar la escena misma a través de la cual surgen di-
chos contenidos. Para ello, la escenografía debe estar adaptada al producto: debe existir una conve-
niencia entre telefonear a una amiga entre dos citas y las características atribuidas a los sachets
Week-End.
Una escenografía no se despliega plenamente a menos que pueda dominar su propio desarro-
llo, mantener una distancia respecto del co-enunciador. En cambio, en un debate, por ejemplo, es
muy difícil para los participantes enunciar a través de sus escenografías: ellos no tienen el dominio
de la enunciación y deben reaccionar sobre el terreno a situaciones imprevisibles suscitadas por los
interlocutores. En situación de interacción viva, con mucha frecuencia es entonces la amenaza so-
bre las caras (véase cap. 2) y el ethos (véase cap. siguiente) los que pasan al primer plano.
Al tomar un texto publicitario, por ejemplo, hemos escogido un género discursivo que, desde
el punto de vista de la escenografía, tiene un estatus privilegiado. El discurso publicitario, en efec-
to, es de esos tipos de discursos para los cuales no se puede prejuzgar de antemano acerca de la
escenografía que será movilizada. En cambio, existen tipos de discursos cuyos géneros implican
escenas enunciativas de algún modo establecidas: el correo administrativo o las relaciones de ex-
pertos se desarrollan por regla general en escenas muy restrictivas, se adaptan a las rutinas de la
escena genérica.
Otros géneros discursivos son más susceptibles de suscitar escenografías que se apartan de
un modelo preestablecido. Así, en un género que podría creerse muy coercitivo, la guía turística, la
Guide du routard* tomó la decisión de innovar, poniendo en escena el «estilo hablado» de un enun-
ciador joven que se dirigiría a un co-enunciador joven:
*
La Guide du routard (Guía del trotamundos) es una colección de guías turísticas fundada en abril de 1973 por Michel
Duval y Philippe Gloaguen. [N. del T.]
101
de los siglos XVI, XVII Y XVIII y 2/3 presentan una amplia variedad de la pintura y la
escultura mundial del siglo XX. Obras de arte en desorden. [...]
(Le Guide du routard, Gran Bretaña, 1994-1995, Hachette, pág. 107.)
Un enunciado como éste satisface las obligaciones que impone el género «guía turística»: de-
fine los lugares dignos de interés para un turista, da informaciones prácticas para acceder a ellos...
Pero lo hace imponiendo una escenografía que contrasta sobre los otros textos del mismo género.
En vez de contentarse con la escena genérica de tipo didáctico que es habitual en estas guías, donde
el enunciador borra las marcas de su presencia, la Guide du routard desarrolla una escenografía
original, otra puesta en escena de su habla («un verdadero flechazo», «a grandes rasgos», «en des-
orden»...). Esta escenografía no es definida al azar, se la supone adaptada a la figura del «mochile-
ro» y en muchos aspectos se parece a las que privilegia un diario como Libération.
Con esta publicidad para los productos Week-End nos enfrentamos con una escenografía es-
pecificada de manera precisa por el texto: una conversación telefónica con una amiga. Pero no
siempre es así; por ejemplo, en esta otra publicidad para los productos Week-End:
El enunciador comienza por hacer entrar el producto en una categoría («una nueva comida
adelgazante»), luego da su modo de empleo («según los kilos...») y por último su composición
(«Week-End existe en dos versiones...»). Este esquema evoca a la vez las instrucciones de uso, el
artículo de enciclopedia, el curso, etc. Por otra parte, se observará que el texto termina con la evo-
cación del médico y el farmacéutico, figuras por excelencia del poseedor de saber en materia de
salud. La escenografía de este texto es difusa: remite a un conjunto vago de escenografías posibles
de orden científico y didáctico y no a un género discursivo específico.
Escenas validadas
La «Carta a todos los franceses»
102
Estos tres planos de la escena de enunciación se los puede ver en obra en la «Carta» redacta-
da por François Mitterrand durante la campaña presidencial de 1988. Para favorecer su reelección
se publicó en la prensa y se dirigió por correo a cierta cantidad de electores esta «Carta a todos los
franceses».
El sentido de este enunciado político no se reduce solamente a su contenido, es inseparable
de su puesta en escena epistolar, subrayada por el hecho de que la fórmula de presentación («Mis
queridos compatriotas») así como la firma («François Mitterrand») son manuscritas. La compagi-
nación refuerza ese efecto de correspondencia privada; a la izquierda del texto se deja un margen
materializado por un trazo, un poco como en un cuaderno escolar:
La escena englobante es la del discurso político, cuyos participantes están unidos en el es-
pacio-tiempo de una elección.
La escena genérica es la de las publicaciones por las cuales un candidato presenta su pro-
grama a sus electores.
La escenografía es la de la correspondencia privada, que pone en relación a dos individuos
que mantienen una relación personal.
Ahora bien, esta escenografía invoca en el tercer párrafo la caución de otra escena de habla:
«suerte de reflexión en común, como ocurre de noche, alrededor de la mesa, en familia». Así, no es
solamente una carta lo que el elector supuestamente va a leer: debe participar imaginariamente en
una reflexión en familia alrededor de la mesa, endosando de manera implícita al presidente el papel
del padre y afectando a los electores el de los hijos. Este ejemplo ilustra un procedimiento muy
frecuente: una escenografía puede apoyarse en escenas de habla que se llamarán validadas, es de-
cir, ya instaladas en la memoria colectiva, ya sea a manera de contraste o de modelo valorizado. La
conversación familiar en la comida es el ejemplo de una escena validada valorizada en la cultura
francesa. El repertorio de las escenas disponibles varía en función del grupo enfocado por el discur-
so: una comunidad de convicción fuerte (una secta religiosa, una escuela filosófica...) posee su
memoria propia; pero, de manera general, a todo público, así fuera vasto y heterogéneo, es posible
asociarle un stock de escenas que se pueden suponer compartidas. Si hablamos de «escena valida-
da» y no de «escenografía validada», es porque la «escena validada» no es un discurso, hablando
con propiedad, sino un estereotipo autonomizado, descontextualizado, disponible para reinvestidu-
ras en otros textos. Se fija con facilidad en representaciones arquetípicas popularizadas por los
103
medios. Puede tratarse de acontecimientos históricos (el llamado del 18 de junio)** como de esce-
nas genéricas (la tarjeta postal, la conferencia...).
Así, el lector de la «Carta a todos los franceses» recibe a la vez una muestra de discurso polí-
tico (escena englobante), un programa electoral (escena genérica) y una carta personal (escenograf-
ía) que se presenta a su vez como una discusión en familia (escena validada), pero las relaciones
entre esas diversas escenas pueden resultar potencialmente conflictivas. Así, la escena genérica del
programa electoral a priori se armoniza mal con una correspondencia privada; en cuanto a la esce-
na validada de la discusión en familia, constituye una interacción viviente entre varios locutores,
mientras que un programa electoral y una carta suponen enunciaciones monologales (donde no hay
más que un solo locutor). Estas tensiones no pueden ser totalmente resueltas, pero el texto se dedica
a atenuarlas, a hacerlas olvidar. Es lo que se ve en la última frase, que introduce una escena valida-
da para justificar la conversión de la escena política en escena epistolar:
Escogí este medio, escribirles, para expresarme sobre todos los grandes temas que de-
ben ser tratados y discutidos entre franceses, suerte de reflexión en común, como ocu-
rre de noche, alrededor de la mesa, en familia.
**
El llamado del 18 de junio de 1940 (el llamado del general de Gaulle) es el primer discurso pronunciado por el general
de Gaulle en la radio de Londres, en las ondas de la BBC. Este discurso –que fue muy poco escuchado en el momento
pero publicado en la prensa francesa al día siguiente– es considerado como el texto fundador de la Resistencia francesa,
y sigue siendo su símbolo. [N. del T.]
104
Emile Benveniste
De la subjetividad en el lenguaje1
1
Benveniste, Emile. Problemas de lingüística general (tomo 1), México, Siglo XXI, 1982, pp 179-187
Una vez devuelta a la palabra esta función, puede preguntarse qué
predisponía a aquélla a garantizar ésta. Para que la palabra garantice la
“comunicación” es preciso que la habilite el lenguaje, del que ella no es sino
actualización. En efecto, es en el lenguaje donde debemos buscar la condición de
esa aptitud. Reside, nos parece, en una propiedad del lenguaje, poco visible bajo la
evidencia que la disimula y que todavía no podemos caracterizar si no es
sumariamente.
Es en y por el lenguaje como el hombre se constituye como sujeto; porque el solo
lenguaje funda en realidad, en su realidad que es la del ser, el concepto de “ego”.
La “subjetividad” de que aquí tratamos es la capacidad del locutor de
plantearse como “sujeto”. Se define no por el sentimiento que cada quien
experimenta de ser él mismo (sentimiento que, en la medida en que es posible
considerarlo, no es sino un reflejo) sino como la unidad psíquica que trasciende la
totalidad de las experiencias vividas que reúne y que asegura la permanencia de la
conciencia. Pues bien, sostenemos que esta “subjetividad”, póngase en
fenomenología o en psicología, como se guste, no es más que la emergencia en el ser
de una propiedad fundamental del lenguaje. Es “ego” quien dice “ego”.
Encontramos aquí el fundamento de la “subjetividad” que se determina por el
estatuto lingüístico de la “persona”.
La conciencia de sí no es posible más que si se experimenta por contraste.
No empleo “yo” sino dirigiéndome a alguien, que será en mi alocución un “tú”. Es
esta condición de diálogo la que es constitutiva de la persona, pues implica en
reciprocidad que me torne tú en la alocución de aquel que por su lado se designa
por yo. Es aquí donde vemos un principio cuyas consecuencias deben desplegarse
en todas direcciones. El lenguaje no es posible sino porque cada locutor se pone
como sujeto y remite a sí mismo como yo en su discurso. En virtud de ello, yo
plantea otra persona, la que, exterior y todo a “mí”, se vuelve mi eco al que digo tú
y que me dice tú. La polaridad de las personas, tal es en el lenguaje la condición
fundamental de la que el proceso de comunicación, que nos sirvió de punto de
partida, no pasa de ser una consecuencia del todo pragmática. Polaridad por lo
demás muy singular en sí, y que presenta un tipo de oposición cuyo equivalente no
aparece en parte alguna, fuera del lenguaje. Esta polaridad no significa igualdad ni
simetría: “ego” tiene siempre una posición de trascendencia con respecto a tú, no
obstante, ninguno de los dos términos es concebible sin el otro, son
complementarios, pero según una oposición “interior/exterior” y, al mismo tiempo
son reversibles. Búsquese un paralelo a esto; no se hallará. Única es la condición
del hombre en el lenguaje.
Así se desploman las viajes antinomias del “yo” y del “otro”, del individuo y
la sociedad. Dualidad que es ilegítimo y erróneo reducir a un solo término original,
sea éste el “yo” que debiera estar instalado en su propia conciencia para abrirse
entonces a la del “prójimo” o bien sea, por el contrario, la sociedad, que
preexistiría como totalidad al individuo y de donde éste apenas se desgajaría
conforme adquiriese la conciencia de sí. Es en una realidad dialéctica, que engloba
los dos términos y los define por relación mutua donde se descubre el fundamento
lingüístico de la subjetividad.
Pero ¿tiene que ser lingüístico dicho fundamento? ¿Cuáles títulos se arroga
el lenguaje para fundar la subjetividad?
De hacho, el lenguaje responde a ello en todas sus partes, marcado tan
profundamente por la expresión de la subjetividad se pregunta uno si, construido
de otra suerte, podría seguir funcionando y llamarse lenguaje. Hablamos
ciertamente del lenguaje y solamente de lenguas particulares. Pero los hechos de
las lenguas particulares, concordantes, testimonian por el lenguaje. Nos
conformaremos con citar los más aparentes.
Los propios términos de que nos servimos aquí, yo y tú, no han de tomarse
como figuras sino como formas lingüísticas, que indican la “persona”. Es un hecho
notable-mas ¿quién se pone a notarlo, siendo tan familiar?- que entre los signos de
una lengua, del tipo, época o región que sea, no falten nunca los “pronombres
personales”. Una lengua sin expresión de la persona no se concibe. Lo más que
puede ocurrir es que, en ciertas lenguas, en ciertas circunstancias, estos
“pronombres” se omitan deliberadamente; tal ocurre en la mayoría de las
sociedades del Extremo Oriente, donde una convención de cortesía impone el
empleo de perífrasis o de formas especiales entre determinados grupos de
individuos, para reemplazar las referencias personales directas. Pero estos usos no
hacen sino subrayar el valor de las formas evitadas; pues es la existencia implícita
de estos pronombres la que da su valor social y cultural a los sustitutos impuestos
por las relaciones de clase.
Ahora bien, estos pronombres se distinguen en esto de todas las
designaciones que la lengua articula: no remiten ni a un concepto ni a un individuo.
No hay concepto “yo” que englobe todos los yo que se enuncian en todo instante en
boca de todos los locutores, en el sentido en que hay un concepto “árbol” al que se
reducen todos los empleos individuales de árbol . El “yo” no denomina, pues,
ninguna entidad léxica. ¿Podrá decirse entonces que yo se refiere a un individuo
particular? De ser así, se trataría de una contradicción permanente admitida en el
lenguaje y la anarquía en la práctica: ¿cómo el mismo término podría referirse
indiferentemente a no importa cuál individuo y al mismo tiempo identificarlo en su
particularidad? Estamos ante una clase de palabras, los “pronombres personales”,
que escapan al estatuto de todos los demás signos del lenguaje. ¿A qué yo se
refiere? A algo muy singular, que es exclusivamente lingüístico: yo se refiere al
acto de discurso individual en que es pronunciado, y cuyo locutor designa. Es un
término que no puede ser identificado más que en lo que por otro lado hemos
llamado instancia de discurso, y que no tiene otra referencia que la actual. La
realidad a la que remite es la realidad del discurso. Es en la instancia de discurso
en que yo designa el locutor donde éste se enuncia como “sujeto”. Así, es verdad, al
pie de la letra, que el fundamento de la subjetividad está en el ejercicio de la
lengua. Por poco que se piense, se advertirá que no hay otro testimonio objetivo de
la identidad del sujeto que el que así da él mismo sobre sí mismo
El lenguaje está organizado de tal forma que permite a cada locutor
apropiarse la lengua entera designándose como yo.
Los pronombres personales son el primer punto de apoyo para este salir a
luz de la subjetividad en el lenguaje. De estos pronombres dependen a su vez otras
clases de pronombres, que comparten el mismo estatuto. Son los indicadores de la
deixis, demostrativos, adverbios, adjetivos, que organizan las relaciones espaciales
y temporales en torno al “sujeto” tomado como punto de referencia: “esto, aquí,
ahora” y sus numerosas correlaciones “eso, ayer, el año pasado, mañana”, etc.
Tienen por rasgo común definirse solamente por relación a la instancia de discurso
en que son producidos, es decir bajo la dependencia del yo que en aquélla se
enuncia.
Fácil es ver que el dominio de la subjetividad se agranda más y tiene que
anexarse la expresión de la temporalidad. Cualquiera que sea el tipo de lengua, por
doquier se aprecia cierta organización lingüística de la noción de tiempo. Poco
importa que esta noción se marque en la flexión de un verbo o mediante palabras
de otras clases (partículas; adverbios; variaciones léxicas, etc.)- es cosa de
estructura formal. De una u otra manera, una lengua distingue siempre “tiempos”;
sea un pasado y un futuro, separados por un presente, como en francés o en
español; sea un presente pasado opuesto a un futuro o un presente-futuro
distinguido de un pasado, como en diversas lenguas amerindias, distinciones
susceptibles a su vez de variaciones de aspecto, etc. Pero siempre la línea divisoria
es una referencia al “presente”. Ahora, este “presente” a su vez no tiene como
referencia temporal más que un dato lingüístico: la coincidencia del
acontecimiento descrito con la instancia de discurso que lo describe. El asidero
temporal del presente no puede menos de ser interior al discurso. El Dictionnaire
general define el “presente” como “el tiempo del verbo que expresa el tiempo en
que se está”. Pero cuidémonos: no hay otro criterio ni otra expresión para indicar
“el tiempo en que se está” que tomarlo como “el tiempo en que se habla”. Es éste el
momento eternamente “presente”, pese a no referirse nunca a los mismos
acontecimientos de una cronología “objetiva” por estar determinado para cada
locutor por cada una de las instancias de discurso que le tocan. El tiempo
lingüístico es sui-referencial. En último análisis la temporalidad humana con todo
su aparato lingüístico saca a relucir la subjetividad inherente al ejercicio mismo
del lenguaje.
El lenguaje es pues, la posibilidad de la subjetividad, por contener siempre
las formas lingüísticas apropiadas a su expresión, y el discurso provoca la
emergencia de la subjetividad, en virtud de que consiste en instancias discretas. El
lenguaje propone en cierto modo formas “vacías” que cada locutor en ejercicio de
discurso se apropia y que refiere a su “persona”, definiendo al mismo tiempo él
mismo como yo y una pareja como tú. La instancia de discurso es así constitutiva
de todas las coordenadas que definen el sujeto y de las que apenas hemos
designado sumariamente las más aparentes.
Ethos discursivo
La noción de ethos proviene de la tradición retórica. Aristóteles, en su Retórica señala que
el ethos es uno de los tipos de prueba –junto con el logos y el pathos- que debe reunir el
orador para producir un efecto persuasivo, que es la finalidad de la técnica retórica. Las
pruebas por el ethos, en la concepción aristotélica, apuntan a persuadir a través de la imagen
de sí que ofrece el orador en su discurso. Como señala Aristóteles en la Retórica: “Se
persuade por el carácter cuando el discurso muestra al orador como naturalmente digno de
fe.” El orador debe mostrarse a sí mismo con rasgos de carácter que produzcan una buena
impresión en sus receptores, y como señala la tradición retórica desde los sofistas, más allá
de que esas características del orador sean ciertas o no, la cuestión es que lo parezcan.
La teoría del discurso contemporánea ha redefinido este concepto; por ejemplo, Maingueneau
(2002) define ethos como la construcción discursiva del sujeto de la enunciación o locutor
(en términos de Ducrot) responsable de llevar adelante el enunciado, y cuyos atributos
funcionan como garantía de lo que es dicho. De este modo, y siguiendo la tradición
aristotélica, se considera que la subjetividad discursivamente configurada apunta a fortalecer
la persuasión, la orientación argumentativa global propia de toda intervención discursiva. En
este sentido, la noción actual de ethos considera su valor argumentativo –por ser uno de los
niveles a través del cual se construye una argumentación en todo discurso-pero también
destaca su valor enunciativo: el ethos se construye en el enunciado y permite acceder a una
caracterización más profunda de la figura del sujeto de la enunciación.
Para Maingueneau, la noción de ethos articula cuerpo y discurso, ya que la instancia subjetiva
que se manifiesta a través del discurso puede concebirse “como una ‘voz’, asociada a un
‘cuerpo enunciador’ históricamente especificado” (2002: 5). Destaca que el ethos, en tanto
cualidad del discurso, es identificable tanto en la oralidad como en la escritura, ya que incluso
el texto escrito posee una “vocalidad” específica que permite relacionarlo con una
caracterización del cuerpo del enunciador, cuyo “tono” certifica lo que es dicho. El ethos nos
coloca ante una subjetividad en toda su complejidad: involucra el conjunto de
determinaciones físicas y psíquicas del sujeto de la enunciación, al que se le puede atribuir
un “carácter” (haz de rasgos psicológicos), una “corporalidad” (asociada a una complexión
física y a una manera de vestirse) y una “axiología” (una ideología, una moral). El ethos
implica así una manera de estar y moverse en el espacio social; todo discurso introduce al
lector en un mundo éthico, que encierra ciertas situaciones y comportamientos estereotípicos,
que la enunciación contribuye a reproducir o a transformar.
La descripción de los rasgos del ethos discursivo resulta relevante en tanto facilita el acceso
a representaciones de enunciadores sobre sí mismos y sobre sus enunciatarios, sobre sus
relaciones, sobre su rol en la situación comunicativa de la que participan y sobre las formas
legítimas de estar en el mundo en un momento histórico dado. En este sentido, el ethos
libertario será un espacio más de construcción de la identidad de esta comunidad, que también
en este modo del decir instala su ruptura con el discurso dominante y configura un tipo
particular de subjetividad.
1
La enunciación
En primer lugar, la emergencia de los índices de persona (la relación yo-tú) que no se
produce más que en y por la enunciación: el término yo denota al individuo responsable de
la enunciación, el término tú al individuo que está presente en ella como alocutario.
En segundo lugar, los numerosos índices de ostensión (este, aquí, etc.), términos que
implican un gesto que designa al objeto al mismo tiempo que es pronunciada la instancia
del término.
Además de estas formas que genera, la enunciación da las condiciones necesarias a las
grandes funciones sintácticas. Desde el momento en que el enunciador se sirve de la lengua
para influir de alguna manera en el comportamiento del alocutario, dispone para ello de un
aparato de funciones. Primeramente, la interrogación, que es una enunciación construida
para suscitar una respuesta, por un proceso lingüístico que es al mismo tiempo un proceso
de comportamiento con doble entrada. Todas las formas léxicas y sintácticas de la
interrogación (partículas, pronombres, secuencia, entonación, etc.) dependen de este
aspecto de la enunciación.
2
A ella remiten también los términos o formas que llamamos de intimación: órdenes,
apelaciones concebidas en categorías como el imperativo, el vocativo, que implican una
relación viviente e inmediata del enunciador con el otro.
Menos evidente tal vez, pero tan cierta como las otras, es la pertenencia de la aserción a
este mismo repertorio. En su construcción sintáctica como en su entonación, la aserción
tiende a comunicar una certeza, es la manifestación más común de la presencia del locutor
en la enunciación; ella tiene incluso instrumentos específicos que la expresan o la implican:
las palabras sí y no que asertan positiva o negativamente una proposición. La partícula
asertiva no, sustituto de una proposición, se clasifica como la partícula si, cuyo estatuto
comparte, entre las formas que dependen de la enunciación.
También, aunque de manera menos categorizable, se ubican aquí todo tipo de modalidades
formales, algunas pertenecientes a los verbos como los “modos” (optativo, subjuntivo) que
enuncian actitudes del enunciador respecto de lo que enuncia (esperanza, deseo, temor), las
otras pertenecen a la fraseología (“tal vez”, “sin duda”, “probablemente”) que indican
incertidumbre, posibilidad, indecisión, etc., o deliberadamente, rechazo del asertar.
2. Enunciado y enunciación
En todo enunciado -ya sea verbal o no verbal, una frase o un relato, una fotografía o un
film- es posible reconocer siempre dos niveles: el nivel de lo expresado, la información
transmitida, la historia contada, aquello que es objeto del discurso, esto es, lo enunciado
(nivel enuncivo); y el nivel enunciativo o la enunciación, es decir, el proceso por el cual lo
expresado se atribuye a un yo que apela a un tú. Así en el enunciado reconocemos lo
enunciado y la enunciación. El enunciado, entonces, no sólo aporta una información, sino
que pone en escena, representa, una situación comunicativa por la cual algo se dice desde
cierta perspectiva, la del enunciador, y para cierta inteligibilidad, el enunciatario.1
• "... Mi cara es rara, mi nariz imperfecta, pero llegué igual. Conmigo se abrió el campo de la
perspectiva de la belleza. Conmigo la modelo dejó de ser ‘la linda’[ ...] Soy sexy y muy sensual y
utilizo esas herramientas para mi trabajo. Esto me viene desde muy adentro. No es algo fingido. Soy
un ser profundamente sexual, pero a veces lo que impera son otras facetas mías. [...] Sí: soy a toda
hora una persona apasionada, creo que se nota, ¿no?...”
1
M. Filinich. Enunciación. Bs. As. Eudeba, Enciclopedia Semiológica, 1998.
3
• “Hubo una época en que todo era más fácil. Tu mamá decidía qué ropa te ponías. Te peinaba. Te
cuidaba. Y cuando tenías hambre sólo llorabas. Ibas a ser abogado o tal vez ingeniero. Pero un día,
sin que te dieras cuenta, creciste. Y aprendiste a decir que no. No te conformaste. Y sentiste que
querías cometer tus propios errores. Entonces tomaste el camino más difícil. Te dedicaste a lo que
realmente querías. Te animaste a ser distinto. Y por primera vez sentiste que podías. Era tu lucha,
tu convicción. Y sin dudar arriesgaste todo lo que tenías. Porque en el fondo, sabías que había algo
mucho peor que fracasar. No haberlo intentado. JUST DO IT.”
El primer texto está, evidentemente, más marcado por la presencia del enunciador (mi,
conmigo, desinencias verbales), que se constituye de determinada manera ("modelo","ser
profundamente sexual", "persona apasionada", "sexy", "muy sensual", etc.), y el
enunciatario es llamado a corroborar la construcción de esa imagen del yo ("Creo que se
nota, ¿no?"). En cuanto al segundo ejemplo, no es extraño que este género -publicidad de
una marca de zapatillas- esté cargado de expresiones explícitas acerca del enunciatario
previsto. La utilización de la segunda persona (tu, te, desinencias verbales), el grado de
saberes, deseos, presupuestos o sospechados en el virtual lector del texto, la determinación
de sus necesidades, son todos rasgos que configuran la imagen del enunciatario. A su vez,
la imagen que se construye del enunciador, aunque implícita, sugiere un argumentador que
sabe, conoce, estimula esa necesidad supuesta de "ser distinto", de independencia,
autonomía, y que incita al enunciatario: "Just do it”.
Lo que interesa para el análisis de la significación es esta imagen del enunciador y del
enunciatario que aparece en el texto, no el productor real ni los receptores reales del mismo.
Enunciador y enunciatario son, entonces, dos papeles configurados por el enunciado.
3. El enunciador y el enunciatario
Tanto los estudiosos de la lengua como los que han puesto énfasis en el análisis del
discurso se han interrogado sobre el sujeto que produce los enunciados. Su reflexión sobre
el lenguaje ha evidenciado la no unicidad del sujeto hablante, desde una perspectiva
diferente de la que ha encarado la psicología o la sociología.
En efecto, el lingüista francés Osvald Ducrot ha objetado la creencia generalizada
de que detrás de cada enunciado hay uno y solo un sujeto que habla. Para él, esta idea de un
sujeto hablante –que parece evidente– remite, en realidad, a varias instancias diferentes. En
primer lugar, remite al sujeto empírico, que es el autor efectivo, el productor de un
enunciado. Este sujeto a veces es fácilmente identificable, pero en otros casos no es sencillo
establecer de quién se trata. Como señala Ducrot (1988)2, en una circular administrativa,
por ejemplo, es difícil determinar si el productor del enunciado es la secretaria
2
Osvald Ducrot (1988) Polifonía y argumentación. Cali: Universidad del Valle, p. 66.
4
administrativa, el funcionario que dictó la circular, su superior que tomó la decisión. En una
enciclopedia se produce una situación similar, por lo que se suele considerar al sujeto
empírico como una “cadena” de productores: el director de la enciclopedia, los especialistas
consultados, el jefe de redacción, los redactores, para nombrar solo algunos de los
integrantes de esta instancia. En el estudio del sujeto empírico, el análisis del discurso
comparte su objeto con la sociología y con la psicología, entre otras disciplinas. Cuando
uno se interroga sobre esta instancia, busca identificar al productor real, lo ubica en su
contexto y en el campo cultural, político, científico en el que se inserta para procurar
explicarse por qué dijo lo que dijo. En otras palabras, indaga sobre las condiciones de
producción de los enunciados.
Ahora bien, al estudioso del lenguaje –y a todo lector que encare una interpretación
crítica– le interesa, además, lo que el enunciado dice. Para comprender el enunciado es
necesario detenerse en la figura que lleva adelante el discurso, el que se erige como
responsable del decir y del punto de vista desarrollado. Se trata de un sujeto que está
implícito en el enunciado mismo, que está moldeado en el propio enunciado y que existe
solo en el enunciado. Ese “sujeto de papel”, esa voz, adquiere su presencia en la escena
enunciativa de diferentes formas: a través de los deícticos de primera persona, a través de
empleo de distintas modalidades, a través de una perspectiva o un foco presente tanto en los
discursos en primera como en tercera persona. Esa instancia puede mostrarse como una
figura sensible y emotiva o como portadora de una mirada científica; puede reflejar la
perspectiva de los hechos de algún participante o de un grupo o procurar una visión
“neutra” de los asuntos que aborda. Se denomina “enunciador” a esa figura que el
enunciado construye como responsable del punto de vista que manifiesta. La teoría literaria
ha diferenciado así en los discursos narrativos autor y narrador.
Ahora bien, en un mismo enunciado puede intervenir más de un enunciador. Estos
otros enunciadores tampoco son personas, sino que son los orígenes de otras palabras o de
otras perspectivas que se presentan en el enunciado. Cuando se quiere marcar el carácter
dominante de un enunciador frente a otros, se habla de “enunciador básico”.
3.1 Deícticos
"El término deixis proviene de una palabra griega que significa 'mostrar' o 'indicar' , y se
utiliza en lingüística para referirse a la función de los pronombre personales y
demostrativos, de los tiempos y de un abanico de rasgos gramaticales y léxicos que
vinculan los enunciados con las coordenadas espacio-temporales del acto de enunciación.
Los términos 'ostensivo', 'deíctico', 'demostrativo' se basan en la idea de identificar o de
hacer ver mostrando (para Peirce son símbolos indiciales). Los términos 'shifter' o
'embrague' ponen el acento en el hecho de que estas unidades vinculan el enunciado con la
enunciación”.
Personas
Los pronombres personales (y los posesivos) son los más evidentes y mejor conocidos de
los deícticos: /yo/ y /tú/ (vos/ usted) son deícticos puros. Se oponen conjuntamente a la
"no persona" (Benveniste): /él/, /ellos/ y /ella(s)/ indican simplemente que el individuo que
denotan no funciona como enunciador ni como enunciatario (se habla de él o de ella pero
con él):
2) ¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente ver que el horror estalla en tu patio y no en el living del
vecino? ¿Cómo se siente el miedo apretando tu pecho, el pánico que provocan el ruido
ensordecedor, las llamas sin control, los edificios que se derrumban, ese terrible olor que se
mete hasta el fondo en los pulmones, los ojos de los inocentes que caminan cubiertos de
sangre y polvo?
6
¿Cómo se vive por un día en tu propia casa la incertidumbre de lo que va a pasar? [...]
¿Cómo se siente hoy el horror cuando las terribles imágenes de la televisión te dicen que lo
ocurrido el fatídico 11 de septiembre no pasó en una tierra lejana sino en tu propia patria?
Otro 11 de setiembre, pero de 28 años atrás, había muerto un presidente de nombre Salvador
Allende resistiendo un golpe de Estado que tus gobernantes habían planeado. También
fueron tiempos de horror, pero eso pasaba muy lejos de tu frontera, en una ignota
republiqueta sudamericana. Las republiquetas estaban en tu patio trasero y nunca te
preocupaste mucho cuando tus marines salían a sangre y fuego a imponer sus puntos de
vista.
¿Sabías que entre 1824 y 1994 tu país llevó a cabo 73 invasiones a países de América
Latina? Las víctimas fueron Puerto Rico, México, Nicaragua, Panamá, Haití, Colombia, Cuba,
Honduras, República Dominicana, Islas Vírgenes, El Salvador, Guatemala y Granada. [...]
Hace casi un siglo que tu país está en guerra con todo el mundo. Curiosamente, tus
gobernantes lanzan los jinetes del Apocalipsis en nombre de la libertad y de la democracia.
Pero debes saber que para muchos pueblos del mundo Estados Unidos no representa la
libertad, sino un enemigo lejano y terrible que sólo siembra guerra, hambre, miedo y
destrucción. [...] ¿Qué se siente cuando el horror golpea a tu puerta aunque sea por un sólo
día?
¿Cómo se siente el miedo? ¿Cómo se siente, yanqui, saber que la larga guerra finalmente el
11 de septiembre llegó a tu casa?
Adaptado de García Márquez, G. Carta abierta, en
http://chile.indymedia.org/news/2003/02/1289.php
Compañeras y compañeros: hemos dado suficientes pruebas de nuestra prudencia. Daremos ahora
suficientes pruebas de nuestra energía. Que cada uno sepa que donde esté un peronista estará una trinchera
que defienda los derechos del pueblo.
3
C.Kerbrat-Orecchini. La Enunciación. De la subjetividad en el lenguaje. Bs.As., Hachette, 1986.
7
Nosotros somos, sin duda, los que estamos atentando contra la naturaleza. Debemos tener conciencia de
que estamos provocándole un daño irreparable y que está en juego nuestra supervivencia en este planeta.
("nosotros" = "los seres humanos")
• Observaciones:
- Un caso interesante es el "nosotros" de autor utilizado particularmente en las obras
didácticas (Ya hemos visto...tenemos que demostrar ahora...) donde enunciador y
enunciatario asumen en común el texto del manual4.
Nosotros pensamos que el desarrollo biológico de un niño no puede ser considerado de ninguna manera
al mismo nivel que el desarrollo del niño a nivel social. (Vigotsky)
Ante esta situación uno no sabe qué hacer/ (vos) no sabés qué hacer.
4
D. Maingueneau. Approche de l'enonciation en linguistique francaise. Hachette, Paris, 1981, en Arnoux,
Elvira: Elementos de semiología y análisis del discurso. Ed. Cursos Universitarios, Bs.As., 1989.
5
Levinson. "La deixis", en Pragmática. Barcelona, Teide, 1989
6
op. cit. pp. 81-86.
8
Los apelativos7
Cuando un término del léxico es empleado en el discurso para mencionar una persona, se
convierte en apelativo. Existen apelativos usuales; son los pronombres personales, los
nombres propios, algunos sustantivos comunes, los títulos ("mi comandante"), algunos
términos de relación ("correligionario", "compañero", "colega"), los términos de
parentesco, los términos que designan a un ser humano ("jovencito"). Otros términos
empleados metafóricamente para designar una persona, constituyen igualmente apelativos
usuales ("mi cielo"). Los apelativos se usan como la primera, segunda y tercera persona
para designar la persona que habla, la persona a quien se habla y aquélla de quien se habla.
Se los llama respectivamente: locutivos, alocutivos (o vocativos) y delocutivos.
Todo apelativo:
a) tiene un carácter deíctico: permite la identificación de un referente, con la ayuda de
todas las indicaciones que pueda aportar la situación.
b) Tiene un carácter predicatico: el sentido del apelativo elegido permite efectuar una
cierta predicación explícita.
c) manifiesta las relaciones sociales: por eso permite efectuar una segunda predicación,
sobreentendida, que remite a la relación social del enunciador con la persona designada.
El vocativo, en particular:
a) llama la atención del alocutario por la mención de un término que le designa y le indica
que el discurso se dirige a él. Por el término elegido, el enunciador indica también qué
relación tiene con él y le atribuye una caracterización y un rol que tienden a hacerle
interpretar el discurso de cierta manera: "hermanas y hermanos de mi patria", "ciudadanos".
A veces el vocativo constituye un "enunciado": "El que se está haciendo el gracioso ahí
atrás".
b) La predicación efectuada con la ayuda del sentido de la palabra constituye un juicio
acerca del alocutario. El juicio es fácilmente reconocible en las injurias vocativas, donde
constituye la principal motivación del vocativo. La riqueza semántica varía en función de la
riqueza del léxico de los apelativos usuales. Pero apelativos inusuales son también posibles,
ya que el léxico injurioso constituye una serie léxica abierta.
• este / esta aquí / acá próximo al hablante (Esta mesa hay que sacarla de aquí)
7
Delphine Perret, "Les appellatifs", Langages, 17,1970; en Arnoux, Elvira, ob.cit.
9
• cerca (de y) lejos (de y). El lugar que representan es el que coincide con la ubicación
del hablante9:
La silla está delante de / detrás de la mesa. (significa: La silla está más cerca/ más lejos de mí que
la mesa.)
"Colocate a la izquierda del árbol” ("la izquierda del árbol" se sitúa en referencia a la posición del
hablante).
Expresar el tiempo significa localizar un acontecimiento sobre el eje antes/ después con
respecto a un momento (T) tomado como punto de referencia. Según los casos este T puede
corresponder a:
8
ob.cit.
9
Excepto cuando el lugar está expresado en el cotexto. Por ejemplo: “Buenos Aires está lejos de Jujuy”
10
C. Kerbrat-Orecchioni, ob.cit.
10
Como para los pronombres personales, la reflexión sobre el empleo de los tiempos verbales
se remonta a un artículo de Émile Benveniste11 donde propone una clasificación de los
tiempos verbales desde el punto de vista de su relación con la enunciación distinguiendo
dos planos: uno con fuerte presencia del enunciador, que él llamará discurso, el otro
ocultando las huellas de esa presencia, que llamará historia (o relato).
"La enunciación histórica, hoy reservada a la lengua escrita, caracteriza el relato de los
acontecimientos pasados. Se trata de la presentación de hechos ocurridos en cierto momento, sin
intervención del locutor en el relato. Definiremos el relato histórico como el modo de enunciación que excluye
toda forma lingüística 'autobiográfica'. El historiador no dirá ni yo ni tú ni aquí ni ahora que forman parte del
aparato formal del discurso. En un relato histórico puro aparecerán sólo formas de la tercera persona. Los
tiempos que corresponden a este tipo de enunciación son: el pretérito perfecto simple, el imperfecto, el
condicional, el pluscuamperfecto...El presente queda excluido salvo el caso -muy raro- de un presente
atemporal como el 'presente de definición'.
Llamaremos discurso a toda enunciación que supone un hablante y un oyente, y en el primero la intención de
influir en el otro de alguna manera. [...] Cada vez que en medio de un relato histórico aparece un discurso,
cuando por ejemplo el historiador reproduce las palabras de un personaje o interviene para juzgar los
acontecimientos relatados, se pasa a otro sistema temporal, el del discurso. Lo propio del lenguaje es permitir
esos traslados instantáneos."
11
"Las relaciones de los tiempos en el verbo francés", aparecido por primera vez en 1946 y luego incluido en
Problemes de linguístique générale. Paris, Gallimard, 1966.
11
Para evitar ambigüedades debido a la polisemia de los términos utilizados por Benveniste,
se han propuesto otras denominaciones como las de mundo narrado y mundo
comentado, empleadas por H. Weinrich (1975).
Las formas temporales son signos 'obstinados' (los valores de recurrencia, expresados en
términos de frecuencia por línea son elevados) mientras que las localizaciones temporales
(fechas, adverbios, etc.) son débilmente recurrentes, es decir, 'no obstinadas'. Las formas
verbales integran constelaciones donde predomina un tiempo o grado de tiempos. Podemos
afirmar entonces que el fenómeno general de la obstinación es acompañado por el
fenómeno más específico del predominio temporal. Si examinamos textos correspondientes
a diversos géneros podremos comprobar que el tiempo dominante es o el presente, o el
pretérito perfecto simple asociado con el imperfecto. En relación con el presente aparecen
el pretérito perfecto compuesto y el futuro; los tres integran así un primer grupo de verbos.
El segundo está compuesto por el pretérito perfecto simple, el imperfecto, el
pluscuamperfecto, el pretérito anterior y el condicional. Los tiempos del grupo I pueden
caracterizarse como tiempos comentativos, y los del grupo II como tiempos narrativos.
A las dos dimensiones hasta ahora señaladas en el sistema de los tiempos hay que agregar
una tercera: la puesta en relieve. Este concepto intenta dar cuenta de la función que a veces
los tiempos cumplen de proyectar a un primer plano algunos contenidos y empujar otros
hacia la sombra del segundo plano. El imperfecto es, en el relato, el tiempo del segundo
plano y el pretérito perfecto simple el del primer plano. En el comentario, gestos, deícticos
y diversos datos situacionales permiten diferenciar el primer plano. Cuando éstos están
ausentes, las palabras se alejan del primer plano y retroceden hacia lo general.
12
Adapt. de H.Weinrich. Estructura y función de los tiempos en el lenguaje. Madrid, Gredos, 1975.
12
2do.plano 1er.plano
puesta en relieve
4. Modalidades
Charles Bally emplea sistemáticamente esta noción definida por él como “la forma
lingüística de un juicio intelectual, de un juicio afectivo o de una voluntad que un sujeto
pensante enuncia a propósito de una percepción o de una representación de su espíritu”.14
En este sentido pone de relieve la vieja oposición filosófica entre dictum y modus que se
presenta en cada frase: mientras aquel es el contenido representado, este es la perspectiva
del sujeto hablante que toma por objeto al dictum. En otras palabras, el modus “comenta” al
dictum.
13
en J. Lozano et al. Análisis del discurso. Madrid, Cátedra, 1982
14
citado por D.Maigueneau. Introducción a los métodos de análisis del discurso. Bs. As., Hachette, 1989.
13
Cada una de estas modalidades plantea relaciones sociales diferentes. Declarar p, es para el
locutor hacer saber que p es verdad. Cuando alguien realiza una aserción, entonces, se
compromete, avanza una pretensión: una pretensión a nuestra atención y a nuestra
convicción, y el efecto de esa aserción sobre nosotros puede ser la adquisición de una nueva
creencia o un nuevo saber.
Por otra parte, el acto de ordenar implica cierta relación jerárquica entre los protagonistas;
igualmente el derecho de interrogar no se adjudica a cualquiera: hacer una pregunta obliga
al otro a continuar el discurso, a dar una respuesta. Una exclamación puede implicar, entre
otras cosas, la búsqueda de una adhesión emotiva.
15
ob. cit.
16
C. Kerbrat-Orecchioni. ob.cit.
14
Observaciones:
“...Llegamos así a comprende mejor nuestro contexto cultural actual: ya no se supone que el sujeto
de la enunciación trate de producir un discurso verdadero, sino un discurso que produzca el efecto
de sentido “verdad”, (...) Si la verdad no es más que un efecto de sentido, vemos que su producción
consiste en el ejercicio de un hacer particular, de un hacer- parecer-verdad, es decir, en la
construcción de un discurso cuya función no es decir-verdad sino parecer-verdad.”17
La primera se puede reconocer a partir del tema que es el elemento esencial, destacado
generalmente por su posición inicial y al cual se 'engancha' el resto de la oración (rema). El
tema puede o no coincidir con el sujeto gramatical, y el rema es lo que se dice del tema (se
17
J. Greimas. Del sentido II. Madrid, Gredos, 1981
15
habla también de tópico y comentario). El tema es el punto de partida del mensaje y en esta
posición el enunciador puede ubicar distintas partes de su enunciado. Ej.:
La transformación pasiva está ligada claramente al problema del tema, ya que de ella
resulta la colocación del objeto directo en posición inicial:
Estas variaciones lingüísticas, afirma Tony Trew (1983), se relacionan con procesos
ideológicos en la producción del discurso y sugieren una cierta percepción de lo social. Por
ello “toda percepción supone alguna teoría o ideología" ya que "no hay hechos 'crudos'
ininterpretados, ateóricos”. 18
Este autor considera que los conceptos de un discurso están relacionados como un sistema,
son parte de una teoría o ideología, es decir, de un sistema de conceptos, representaciones e
imágenes que son una manera de ver y de aprehender las cosas, de interpretar lo que se ve,
se oye o se lee. Este carácter ideológico del discurso consiste en pautas de clasificación, en
la distribución de referencias a participantes como agentes o como afectados; como activos
o como pasivos en los procesos de transacción causal. Estas cuestiones, dice, estarían "en
el corazón de la expresión de la ideología".
El siguiente ejemplo es parte de un análisis hecho por Trew de una información, aparecida
en The Times el 2-6-75, en la que se informa de lo ocurrido en Salisbury en ocasión de una
reunión del Congreso Nacional Africano. Allí la policía rodhesiana había disparado sobre
una muchedumbre desarmada y matado a once personas. El análisis revela el
funcionamiento de la modalidad de mensaje y el efecto ideológico que produce:
18
T. Trew. “Teoría e ideología en acción” en: Fowler et. al. Lenguaje y control. México, F. C. E., 1983.
16
1. La utilización de la voz pasiva coloca a los agentes de las muertes (“la policía”) en una
posición menos focal;
2. la descripción de la circunstancia en que tuvieron lugar los disparos aparece como un
“motín”. Descripción que legitima la intervención policial en tanto el motín, por
definición, es un desorden civil que requiere intervención policial.
3. En “negros amotinados” el informe se centra en los que recibieron los disparos más
que en los que los hicieron. Mediante el uso de la pasiva, adscribir “amotinados” a
“negros” hace de “amotinarse” la acción focal y a los que recibieron los disparos,
responsables de la situación.
4.1.4. Subjetivemas
En el sistema de la lengua las palabras están cargadas con un peso más o menos grande de
subjetividad, por lo que Kerbrat-Orecchioni llama de “subjetivemas” a ciertas palabras con
rasgos afectivos, axiológicos y modalizadores (sustantivos, adjetivos, verbos, adverbios) y
las compara con otras que pretenden, en principio, la 'objetividad'. Así, por ejemplo, en “es
soltero” el término enuncia una propiedad objetiva del denotado, fácilmente verificable; en
cambio en “es idiota” habría dos tipos de información: una descripción del denotado y un
juicio evaluativo de depreciación y, es en este sentido que puede considerarse como
portador de un rasgo subjetivo.
Sustantivos
-El rasgo axiológico puede funcionar pragmáticamente como injuria. Generalmente los
sustantivos relacionados con lo sexual o lo escatológico tienen en todas las lenguas
17
rasgos peyorativos:
- “Pedazo de X”
- “Más X serás vos”.
Adjetivos
ADJETIVOS
OBJETIVOS SUBJETIVOS
Los adjetivos afectivos enuncian al mismo tiempo una propiedad del objeto y una reacción
emocional del sujeto frente al objeto. El valor afectivo puede ser inherente al adjetivo
(desgarrador, terrible) o derivado de un significante prosódico, tipográfico (¡Pobre
hombre!!).
Los adjetivos no axiológicos implican una evaluación cualitativa o cuantitativa del sujeto
sin enunciar un juicio de valor ni un compromiso afectivo (grande, extenso, interno,
externo, frío, caliente):
El clima es frío en esa época del año. La zona posee una extensa llanura...
Los adjetivos evaluativos axiológicos implican un juicio de valor +/- y manifiestan una
toma de posición en favor o en contra en relación al objeto que denotan. (Por ej.: codiciosa,
heroico, inmoral, absurdo, antidemocrático).
Verbos
Algunos verbos están marcados subjetivamente en forma más clara que otros. Hay algunos
que son portadores de evaluaciones axiológicas:
X miente/ chilla/ apesta/ vocifera.
Algunos verbos ofrecen una evaluación del tipo falso, verdadero, incierto:
Bibliografía
Arnoux, E. et al. Curso Completo de Semiología y Análisis del Discurso. Bs. As., Ediciones
Universitarias, 1988.
Benveniste, E. “El aparato formal de la enunciación”, en Problemas de lingüística general
II, México, Siglo XXI, 1987.
Ducrot, O. El decir y lo dicho. Barcelona, Paidós, 1986.
Filinich, M. Enunciación. Bs. As. Eudeba, Enciclopedia Semiológica, 1998.
Hodge, R, y Kress, G. Language as Ideology. London: Routledge, 1993. Cap. I.
Kerbrat-Orecchini, C. La Enunciación. De la subjetividad en el lenguaje. Bs.As., Hachette,
1986.
Levinson, J. "La deixis", en Pragmática. Barcelona, Teide, 1989.
Lozano, J. et al. Análisis del discurso. Madrid, Cátedra, 1982.
Lyons, J, Semántica. Barcelona, Teide, 1978.
Maigueneau, D. Introducción a los métodos de análisis del discurso. Bs. As., Hachette,
1989.
Perret, D. "Les appellatifs", Langages, 17,1970; en Arnoux, Elvira.et al. Semiología y
Análisis del Discurso III. Bs. As., Ediciones Universitarias, 1988.
Trew, T. “Teoría e ideología en acción” en: Fowler et. al. Lenguaje y control. México, F.
C. E., 1983
Voloshinov, V. El marxismo y la filosofía del lenguaje. Madrid, Alianza, 1992.
Weinrich, H. Estructura y función de los tiempos en el lenguaje. Madrid, Gredos, 1975.
19
INDICE
Las preguntas que han orientado la reflexión sobre la polifonía son las siguientes:
¿El enunciador marca la presencia de otras voces en su enunciado o hay una presencia
disimulada?
¿Qué relaciones mantiene el enunciador principal con esas voces que deja oír en su
enunciado?
enunciado?
La presencia de múltiples voces en los discursos fue estudiada por distintos autores, desde
través de la cual el hablante realiza una acción, en relación con sus interlocutores y su
contexto, y orienta hacia una conclusión argumentativa que responde a sus intenciones.
Desde esta perspectiva, destaca que las voces diferentes presentes en un enunciado están
“la puesta en escena en el enunciado de voces que se corresponden con puntos de vista
diversos, los cuales se atribuyen -de un modo más o menos explícito- a una fuente, que no
que había señalado Mijail Bachtin, y como una huella de la regulación del interdiscurso en la
Bachtin llamó “heteroglosia” a la multiplicidad de formas del uso del lenguaje asociadas a
las distintas esferas de la praxis social, de las que los sujetos se apropian para hablar. Para
Bachtin, hablar es siempre hacerlo a partir de las palabras de otros, ya que el sujeto adquiere
apropia y adapta a su propia intención lo que otros han dicho a lo largo de la historia en
situaciones diversas.
hablante va a buscar las palabras a la boca de los demás, que ya hablaron en otros contextos.
En este sentido, para él, la palabra de un hablante es parcialmente ajena, porque lo que dice
“heteroglosia” remite a la idea de que todo enunciado deja oír los ecos de distintos sujetos
distintas ideologías.
de discursos que la componen. Para el Análisis del Discurso, el sentido de un discurso debe
considerarse a partir de su relación con el interdiscurso, es decir en relación con los discursos
de la propia formación discursiva y también con los ajenos. En este sentido, el interdiscurso
no es algo exterior a un discurso particular ni un marco que lo contiene, sino una presencia
central que define las posibilidades de producción de un discurso y su identidad frente a los
heteroglosia)
La heterogeneidad mostrada: el enunciador muestra parcialmente en su enunciado
la heteroglosia; indica que algunas palabras las ha tomado de otro enunciador. Como
designada como alteridad, ya que deja ver al otro por oposición al yo.
Son los llamados discursos referidos, es decir, discursos que remiten al discurso de otro.
Permiten identificar un discurso citante y un discurso citado, aunque los límites entre uno y
a) Discurso Directo
b) Discurso Indirecto
principal) y una enunciación citada (la palabra del otro), diferenciando claramente una de
otra y restituyendo palabras textuales de la citada. Para diferenciar ambas voces utiliza
comillas, a veces luego de dos puntos, y utiliza un verbo introductorio (verbo de decir), que
• Es el discurso citante quien debe explicitar las referencias de la palabra citada, cuyo grado
Ejemplos de DD:
palabra citada, se usa un verbo de decir en posición anterior a la palabra citada, dos puntos
y comillas:
Maingueneau (1991: 11) afirma: “Cuando hoy se habla de una ‘lingüística del discurso’ percibimos que se
designa así […] a un conjunto de investigaciones que abordan el lenguaje”. La característica común de
estas investigaciones es que colocan en primer plano la actividad de los sujetos hablantes, la dinámica
enunciativa, la relación con un contexto social, etc.
No hay duda de que las investigaciones retóricas se inscriben, desde el margen de la disciplina, en este
horizonte de pensamiento.
Plantin, Ch. (2000) La argumentación, Barcelona: Ariel.
Cuando la cita excede las tres líneas, las marcas difieren. Se emplea un sangrado mayor y se
la palabra citada, se utilizan comillas y verbo de decir en posición posterior a la palabra citada,
"Venimos a plantear la unidad detrás de estas políticas que tienen un impacto positivo a nivel social,
económico y productivo en nuestras provincias que lleva adelante la Presidenta", dijo Scioli en
declaraciones a la prensa al ingresar a la sede del PJ Nacional de Matheu 130.
La Nación, 30/09/2013
del otro es reformulada, de modo que se pierde nitidez acerca de dónde comienza y termina
X dijo que
Según X / Para X / a juicio de X,
Al parecer / se dice que
Uso del condicional
Ejemplos de DI:
Según fuentes próximas, el Tribunal de Cuentas prepara un informe crítico sobre la Secretaría de
Transporte. (Diario Clarín)
El Tribunal de Cuentas prepara un informe sobre la Secretaría de Transporte que, se dice, sería más bien
crítico.
El presidente del Tribunal de Cuentas sostuvo que en breve se dará a conocer el informe sobre la
Secretaría de Transporte.
DI + Islotes textuales:
El gobernador bonaerense Daniel Scioli encabeza la reunión del Consejo Nacional del Partido Justicialista
que, según afirmó, fue convocada para mostrar "la unidad" del peronismo detrás de la presidenta Cristina
Kirchner y en "respaldo de los candidatos" del Frente para la Victoria.
La Nación, 30/09/2013
Alternancia DD/DI
El gobierno de Mauricio Macri planteó ante el Consejo Federal de Educación la necesidad de ampliar a 17
esas 10 orientaciones originales. Similar reclamo hicieron las provincias de Salta y de Mendoza. Aún no se
ha dado una respuesta al pedido, aunque se encuentra en estudio en una comisión especial de ese ente que
agrupa a todos los ministros de Educación del país.
Al igual que en todo el período en que se mantuvieron ocupadas las escuelas por parte de los estudiantes,
ayer el jefe de gobierno porteño reiteró su rechazo a esa modalidad de protesta.
"El sistema de tomas aleja a los alumnos y a los padres de las escuelas públicas", afirmó Mauricio Macri
durante el programa de televisión Almorzando con Mirtha Legrand. Insistió en marcar que el diálogo con
los estudiantes "sigue abierto" para lograr superar el conflicto que afecta el normal dictado de clases y
elogió al ministro de Educación, Esteban Bullrich: "Es el ministro más dialoguista de toda la historia".
La Nación, 30/09/2013
en parte en forma indirecta. El locutor adopta un punto de vista externo sobre el discurso del
enunciador citado. Combina DD y DI, no tiene marcas propias y no puede ser identificado
fuera de contexto. No son claros los límites entre las voces citante y citada.
Ejemplo:
María salió al balcón. ¡Qué alegría! Hoy todo estaba preparado y por fin podía instalarse.
En este ejemplo, el locutor observa desde afuera lo que María hace y dice, y lo cuenta. Para
ello, recurre por momentos al DD (“¡Qué alegría! Hoy todo”), pero sin aviso pasa al DI (los
Son casos en los que el enunciador muestra una heterogeneidad que puede deberse a otra
lengua, otro registro u otro discurso. Se considera que en estos casos lo que el enunciador
muestra es una “ruptura de la isotopía estilística” que rompe el estilo dominante del
enunciado, ya sea porque introduce otra lengua, o porque utiliza expresiones propias de
otros registros (formas más o menos formales, coloquiales o especializadas en el uso del
Discurso además de ese aspecto polifónico, se trata de analizar cómo está operando el
ruptura del estilo, apreciación que puede ser o no compartida por sus destinatarios o por el
enunciador sobre el estilo homogéneo y sobre los elementos que producen su ruptura. La
Ejemplos:
determinados contextos comunicativos, señala la expresión “al dente” como ajena y como
índice de la valoración de la italianidad en relación con las pastas. Así, este enunciador
considera que con la expresión “al dente” está usando una lengua distinta a la que venía
son casos en que el enunciador “vuelve sobre sus propias palabras y negocia con la
heterogeneidad constitutiva de su discurso” y por ello pone una marca (en este caso, la
bastardilla), en función de las representaciones que tiene sobre sus interlocutores y sobre la
En este caso, el diario marca con comillas “Zaz”, el sobrenombre de la artista. De este
modo el enunciador indica una ruptura estilística ya que el interdiscurso en el que se inscribe
lo orientaría en este género (la crítica de espectáculos) a hacer una referencia a los artistas
más precisa y formal, a través de sus nombres y apellidos, mientras el sobrenombre sería un
modo informal de nombrarlos. Lo que marca la comilla, en este caso, es una ruptura por
registro.
Pero nótese que mientras marca la heterogeneidad producida por el sobrenombre (“Zaz”)
no marca la palabra “chanson”, pese a que se trata de un término que pertenece a otra
palabras de otros, como es en este caso la palabra utilizada por los franceses para designar
enunciado, en función de sus representaciones sobre el género que está usando, sus
en discursos en los que predomina otra variedad (regional, dialectal, sociolectal, cronolectal,
coincidente con la norma estándar. Por ejemplo, en el tango Cambalache, hay una ruptura
y “febril”:
…siglo veinte cambalache, problemático y febril/ el que no llora no mama y el que no afana es un gil /Dale
nomás…
explicable en el tango, en parte por la oralidad, permite tomar este ejemplo como un caso
b) En otros casos, puede no haber comillas ni bastardillas pero se marca la ruptura a través
de una referencia explícita del enunciador sobre sus palabras, a través de un comentario.
Ejemplos:
- En el Curso de Lingüística General encontramos, así, lo que debe ser reconocido como una contradicción,
en el sentido materialista del término.
superpuestas. El enunciado alude en forma implícita a otras voces. Por eso, estas formas
Ejemplos:
- Semiología no es un filtro.
a un discurso adverso. Si bien siempre hay que considerar el contexto de producción del
Ejemplo:
Ejemplos:
b) Ironía:
- ¡Qué hombre encantador!
(Expresión de una mujer ante una situación en la que un hombre maltrata y
agrede a su esposa)
c) Concesión:
- Aunque se han logrado grandes avances en estos años, falta todavía bastante para una distribución justa
de la riqueza.
A partir de conectores adversativos, como aunque o pese a que, se introduce otra voz que
es la responsable de lo que allí se afirma. Esta forma suele llamarse concesión retórica, ya
que el enunciador principal trae esa otra voz a su enunciado, le concede cierto grado de
verdad, pero inmediatamente después hace una aserción que limita o refuta esa palabra
aludida.
d) Presuposición:
- En un mundo marcado por la interconexión y la velocidad, lo que puede ponernos en dificultades es lo
nuevo, lo desconocido.
2do. es lo admitido, es una aserción sometida a eventuales objeciones. La polifonía está dada
En este caso, lo presupuesto es que antes de esta enunciación la inflación ya había subido,
En estos casos lo presupuesto es otra voz, cuya conclusión es relativizada por otra voz que
introduce un caso que se aparta de lo que esa voz considera lo normal: “Las lindas son
Desde la perspectiva del AD, el juego polifónico es analizado a partir de la intervención del
e) Intertextualidad:
Es otra forma de alteridad integrada, definida por G. Genette. Refiere a la relación de
copresencia entre dos o más textos, por la presencia efectiva de uno en otro. Se puede dar
la tarea interpretativa. “Son un hueco, una falta que hay que llenar
interpretativamente.”
Maingueneau agrega:
Suelen usarse, unas u otras, con sentidos similares, aunque algunos espacios sociales
Los espacios más regulados, instalan usos obligatorios, especialmente de las comillas.
académicos).
Cambio de registro.
Para destacar ciertas unidades, que en el discurso académico suelen ser conceptos.
Función metalingüística.
Ejercitación
• Analice el uso de comillas y bastardillas en los textos que siguen.
• Vuelva sobre las preguntas iniciales, planteadas en la página 67, y respóndalas a partir del
Texto 1:
Fue demasiado largo el litigio con los que no entraron en los canjes de deuda, los holdouts o como los
llaman desde el gobierno los "fondos buitre". (…)
Si insistimos en no pagar, las opciones son muy peligrosas. La primera que se podría verificar si no se
llegara a un acuerdo con los holdouts antes, podría ocurrir el 30 de junio. Si no les pagamos a ellos antes,
los "fondos buitre" podrían embargar el pago en el banco y, por la cláusula de cross-default, entraríamos en
una cesación de pagos, situación que sería muy mala para el país.
Orlando Ferreres, “La negociación, la mejor opción que tenemos”, en La Nación, 18/06/2014.
Texto 2:
Dediqué varios artículos entre 1987 y 1992, y un libro (1992) a tratar de explicar por qué, en mi opinión, es
tan errado hablar de "tipos de textos". La unidad "texto" es demasiado compleja y heterogénea como para
presentar regularidades lingüísticamente observables y codificables, por lo menos en este nivel de
complejidad. Es por esta razón que, a diferencia de la mayoría de mis predecesores anglosajones, propuse
situar los hechos de regularidad llamados "relato", "descripción", "argumentación", "explicación", y
"diálogo" en un nivel menos elevado en la complejidad composicional, nivel que propuse llamar
secuencial. Las secuencias son unidades composicionales más complejas que los períodos, (…)
Un texto con secuencia dominante narrativa está generalmente compuesto de (…)
Jean-Michel Adam, Linguistique textuelle. Des genres de discours au textes. París,
Nathan, 1999.
Bibliografía
La cita ratifica la inscripción del enunciador en una corriente filosófica inspirada en los
planteos de Nietzsche, Marx y Freud para analizar de modo crítico la dinámica de la
sociedad burguesa que se organiza económicamente a través del capitalismo. La autoridad
de la Escuela de Frankfurt no solo otorga fuerza al argumento, sino que le permite a la
enunciadora construir una imagen de sí como una intelectual conocedora de la historia del
pensamiento que domina las fuentes que los han sistematizado.
Otras veces las citas –el islote textual, el discurso indirecto o la alusión– presentan un punto
de vista que es objeto de críticas o de refutaciones por parte del enunciador. Es el caso de
un conocido informe del Dr. Ignacio Bosque que, avalado por las autoridades de la Real
Academia Española, objetó, desde su punto de vista lingüístico, una serie de guías de
lenguaje no sexista propuestas por distintas instituciones españolas. El enunciador parte de
citas de las guías y, mediante el argumento por el absurdo, busca refutarlas (en el ejemplo,
las citas figuran en bastardillas y remiten a las siglas de la institución autora de la guía):
Los lectores curiosos e interesados que lean con atención las guías de lenguaje no
sexista se formularán un gran número de preguntas lingüísticas, pero me temo que
buscarán inútilmente las respuestas entre sus páginas. El lector de estas guías
habrá aprendido, en efecto, que es sexista decir o escribir El que lo vea (MUR-4)
en lugar de Quien lo vea; que también lo es la expresión Los futbolistas (AND-
37) en lugar de Quienes juegan al fútbol; [...] y que en la redacción de los
convenios colectivos deben evitarse expresiones como permiso para acudir a la
consulta del médico (CCOO-52), puesto que este uso discrimina a las médicas.
Una vez que haya asimilado todas estas directrices, el lector se preguntará
probablemente si es o no sexista usar el adjetivo juntos, masculino plural, en la
oración Juan y María viven juntos. Como este adjetivo “no visibiliza el femenino”,
en este caso el género del sustantivo María, es de suponer que esta frase es sexista.
Tal vez el que la construyó debería haber dicho …viven en compañía para no ser
discriminatorio con las mujeres. Pero, ¿qué hacer si el predicado fuera …están
contentos, …están cansados o …viven solos? ¿Deberían tal vez usarse en estos
contextos adjetivos que no hagan distinción en la concordancia de género, como
alegres o felices, o locuciones que no la requieran, como en soledad? De nuevo,
ninguna respuesta.
¿Será o no sexista el uso de la expresión el otro en la secuencia Juan y María se
ayudan el uno al otro en lo que pueden? Como esta expresión tampoco visibiliza
el femenino en la concordancia, cabe pensar que esta frase también es sexista. Si
a un hombre o una mujer se le escapa la frase Ayer estuvimos comiendo en casa
de mis padres, ¿estará siendo sexista? Seguramente sí, se dirá, puesto que el
sustantivo padres designa aquí al padre y a la madre conjuntamente. Como se
sabe, el español no posee un término particular para estos usos, a diferencia del
inglés, el francés o el alemán, entre otras lenguas. Así pues, el sustantivo padres
tampoco visibiliza a la mujer, a pesar de que la abarca en su designación. Pero, si
hay que evitar estas expresiones, por sexistas, tampoco podremos usar los reyes,
mis tíos o sus suegros para designar parejas (ni tus primos para referirse a grupos),
ya que la anulación de la visibilidad de la mujer se extiende a todas ellas. ¿Debería
entonces pedirse a la RAE que expulsara estas voces de su diccionario (padre: 9.
pl. El padre y la madre, DRAE) y de su gramática (Nueva gramática, § 2.2l)?
Ignacio Bosque, “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”, 1 de marzo de
2012.
En el primer párrafo del fragmento figuran, en forma de islotes textuales, ejemplos
provenientes de las guías que se criticarán. Ya desde su presentación, la introducción de
esas voces anticipa la posición del enunciador: se buscarán “inútilmente las respuestas
entre sus páginas”. Al mismo tiempo, el enunciador procura generar cierta complicidad
con su enunciatario ( “ Los lectores de las guías habrán aprendido, en efecto, que es sexista
decir o escribir El que lo vea (MUR-4) en lugar de Quien lo vea”), que no parece estar
incluido entre los lectores de las guías. La ironía con la que se burla del enunciador
“ingenuo” de las guías, a la vez que descalifica sus planteos, permite inferir rasgos de
quien realiza las citas: su posición de superioridad, cierta soberbia, entre otros.
Con ejemplos que no provienen de las guías, en los párrafos siguientes se incluyen
preguntas retóricas, que son “falsas preguntas” porque el enunciador no desconoce las
repuestas ni se las autoformula para luego contestarlas de manera explícita. Por el
contrario, en el movimiento refutativo del texto, las preguntas retóricas refuerzan la
descalificación de la voz anteriormente citada y buscan la adhesión del lector del texto al
punto de vista del enunciador (entre otras: “¿Será o no sexista el uso de la expresión el
otro en la secuencia Juan y María se ayudan el uno al otro en lo que pueden?”).
Otras veces la cita tiene se usa como prueba que corrobora las afirmaciones del
enunciador, quien puede además destacar algunas palabras con la negrita, como en el
siguiente ejemplo del discurso periodístico:
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) recomendó al Estado
argentino que otorgue el beneficio de la detención domiciliaria a Milagro Sala,
presa en la cárcel de Alto Comedero, en Jujuy, desde enero de 2016. En el texto,
la CIDH sugirió "medidas alternativas a la detención preventiva, como
el arresto domiciliario, o bien, que la señora Milagro Sala pueda enfrentar los
procesos en libertad con medidas como la fiscalización electrónica".
Clarín, 28 de julio de 2017
Como se observa en el ejemplo, la introducción de las voces de otros en el discurso se
realiza mediante los llamados “verbos de decir”: “la CIDH sugirió "medidas…”; la CIDH
“recomendó al Estado argentino que otorgue el beneficio de la detención domiciliaria”.
Estos verbos orientan la interpretación del discurso citado indicando, en este caso, el acto
de habla: la CIDH realizó una sugerencia, una recomendación. Las siguientes formas
introductorias de la cita orientarían otras interpretaciones:
Ejercitación
1. Lea el siguiente texto de Jorge Luis Borges y conteste las preguntas que siguen, que
hemos seleccionado entre elaboradas por integrantes del proyecto "Políticas del
lenguaje y enseñanza de la lengua", E. Arnoux (dir), en 2003, para investigaciones
realizadas en el marco del proyecto.
Juicio general
[1] En cenáculos europeos y americanos he sido muchas veces interrogado sobre
la literatura argentina e invariablemente he respondido que esa literatura (tan
desdeñada por quienes la ignoran) existe y que comprende, por lo menos, un
libro, que es el Martín Fierro. Justificar esa primacía es el fin que estas últimas
páginas se proponen.
[5] La palabra epopeya tiene, sin embargo, su utilidad en este debate. Nos
permite definir la clase de agrado que la lectura del Martín Fierro nos da; ese
agrado, en efecto, es más parecido al de la Odisea o al de las sagas que al de una
estrofa de Verlaine o de Enrique Banchs. En tal sentido es razonable afirmar que
el Martín Fierro es épico, sin que ello nos autorice a confundirlo con las
epopeyas genuinas. Además, la palabra puede prestarnos otro servicio. El placer
que daban las epopeyas a los primitivos oyentes era el que ahora dan las
novelas: el placer de oír que a tal hombre le acontecieron tales cosas. La
epopeya fue una preforma de la novela. Así, descontado el accidente del verso,
cabría definir al Martín Fierro como una novela. Esta definición es la única que
puede transmitir el orden de placer que nos da y que condice sin escándalo con
su fecha, que fue, ¿quién no lo sabe?, la del siglo novelístico por excelencia: el
de Dickens, el de Dostoievsky, el de Flaubert.
[8] Si no condenamos a Martín Fierro, es porque sabemos que los actos suelen
calumniar a los hombres. Alguien puede robar y no ser ladrón, matar y no ser
asesino. El pobre Martín Fierro no está en las confusas muertes que obró ni en
los excesos de protesta y bravata que entorpecen la crónica de sus desdichas.
Está en la entonación y en la respiración de sus versos; en la inocencia que
rememora modestas y perdidas felicidades y en el coraje que no ignora que el
hombre ha nacido para sufrir. Así, me parece, lo sentimos instintivamente los
argentinos. Las vicisitudes de Fierro nos importan menos que la persona que los
vivió.
[9] Expresar hombres que las futuras generaciones no querrán olvidar es uno de
los fines del arte; José Hernández lo ha logrado con plenitud.
Jorge Luis Borges
8. ¿Quién afirma que el Martín Fierro es “una epopeya de los orígenes de los
argentinos”?
Jorge Luis Borges
Calixto Oyuela
Leopoldo Lugones
Rémy de Gourmont
9. Según el autor, ¿quién sostiene que “Martín Fierro es más importante que los
episodios que vivió”?
el autor únicamente
el autor y los lectores
el autor y Lugones
el autor y Calixto Oyuela
10. En la primera línea del 5to. párrafo, el autor utiliza el término “sin embargo” para:
introducir un aspecto positivo que no había considerado antes
agregar un aspecto positivo a otros aspectos positivos ya mencionados
agregar un aspecto negativo a otros aspectos negativos ya mencionados
introducir un tema nuevo
11. ¿En el octavo párrafo del texto, la oración: “Alguien puede robar y no ser ladrón,
matar y no ser asesino.”, qué función cumple en relación con la oración que la
precede?
La discute
La ilustra
La justifica
La objeta
12. A lo largo del texto se utilizan distintos tipos de “nosotros”. Entre las opciones que
siguen, marque con una cruz la que utiliza en el texto el “nosotros” más amplio, es
decir, el que incluye más sujetos en la clase:
“No acabamos de saber quién es Hamlet o quién es Martín Fierro, pero tampoco
nos ha sido otorgado saber quiénes realmente somos o quién es la persona que
más queremos.”
“Así, me parece, lo sentimos instintivamente los argentinos.”
“Retomemos el tema de la clasificación propuesta por Lugones.”
“Además, la palabra puede prestarnos otro servicio.”
13. En los primeros párrafos del texto de Borges, se escribe “Martín Fierro” en cursiva
para indicar que:
es un nombre propio
es el título de una obra
es el nombre de un personaje
es una cita
14. En los últimos párrafos del texto de Borges, no se escribe “Martín Fierro” en cursiva
para indicar que:
es un nombre propio
es el título de una obra
es el nombre de un personaje
es una cita
2. Lea el siguiente texto y resuelva la ejercitación elaborada por Elvira Arnoux, Sylvia
Nogueira y Adriana Silvestri para la investigación presentada en su artículo “La
construcción de representaciones enunciativas: el reconocimiento de voces en la
comprensión de textos polifónicos” publicado en Revista Signos, en 2002.
[3] Hay que añadir a esta complacencia dos siglos de historia, dos guerras
mundiales, varios nombres trágicos -Auschwitz, el Gulag- para llegar a lo que
Baudrillard explica como un futuro concluido: todo ha ocurrido ya. Lyottard
extiende esta idea a una narrativa concluida: se han agotado las “narrativas de la
liberación occidentales”.
[4] Pero, por otra parte, también es cierto que al lado de esta “narrativa agotada”,
han aparecido, con vigor y nitidez creciente, numerosas polinarrativas
originadas en los antiguos confines de lo que la centralidad europea juzgaba
excéntrico: la “Persia” imposible de Montesquieu, el “Aún No” americano de
Hegel, el “salvajismo” africano de Locke.
2- ¿En qué época surge, según el texto, una visión cultural verdaderamente
universalista?
a- En la época de Goethe
b- En la Ilustración
c- En el Romanticismo
d- Entre las dos guerras mundiales
e- En la época posterior a la guerra fría
3- ¿Cuál de las siguientes formulaciones expresa una idea similar a la del texto?
a- Carlos Fuentes
b- Hume y Locke
c- Herder
d- Vico
e- Goethe
6- ¿Con qué objeto aparecen las citas del segundo párrafo del texto?
a- A Baudrillard
b- A Lyottard
c- A Carlos Fuentes
d- A Hegel
e- A todos los anteriores
9- Según el autor, ¿qué opina Lyottard sobre las narrativas de la liberación occidentales?
1. Explique cuáles son los aciertos y las limitaciones del planteo de Saussure, según Benveniste
en su artículo “Semiología de la lengua”.
3. Explique por qué, según Benveniste, “la lengua combina dos modos distintos de
significancia, que llamamos el modo semiótico, por una parte, y el modo semántico
por otra.”
6. Benveniste afirma: “El locutor se apropia del aparato formal de la lengua y enuncia su
posición de locutor tanto por índices específicos como por medio de procedimientos
accesorios”. ¿Cuáles son esos índices específicos? Defínalos tomando en cuenta las lecturas
realizadas.
Texto 1
Soy la poetisa Adelina Flores. ¿Soy la poetisa Adelina Flores? Tengo cincuenta y seis
años y he publicado tres libros: El camino perdido, Luz a lo lejos y La dura oscuridad.
Ahora veo la sombra de mi cuñado Leopoldo proyectándose agrandada sobre el vidrio
de la puerta del baño. La puerta no da propiamente al living, sino a una especie de
antecámara, y solamente por casualidad, porque está más cerca de la puerta de calle,
que he dejado abierta para tomar aire, he traído el sillón de Viena a este lugar y estoy
hamacándome lentamente en él. El sillón de Viena cruje levemente. No podía
soportar mi cuarto, y no únicamente por el calor. Por eso vine aquí. Es difícil soportar
encerrada entre libros polvorientos los atardeceres de este terrible enero.
(Juan José Saer, “Sombras sobre un vidrio esmerilado”, Cuentos completos, Buenos Aires:
Seix Barral 2000)
Texto 2
Adelina es poeta y vive con su hermana y su cuñado. Una tarde sofocante de verano
Adelina espía a su cuñado Leopoldo, al que percibe como sombra: el cuerpo se
insinúa tras el cristal de la puerta del baño donde él se prepara para bañarse. Es,
quizás, la única forma de sensualidad a la que puede aferrarse, lo más cercano a la
vida. Recurre a la imaginación y rellena los vacíos con poesía. De modo magistral,
crea una dimensión en la cual se confunden vida y literatura.
(Alternativa teatral, adapt.)
8. Defina y diferencie la modalidad de enunciado y la modalidad de enunciación.
Ejemplifique con fragmentos de los textos 1 y 2.
9. Resuelva los ejercicios de reconocimiento de las formas de heterogeneidad mostrada
que figuran al final de las lecturas sobre el tema.
Problemas de ethos
Dominique Maingueneau
Pratiques N º113/114, junio de 2002, pp. 55-67. (Traducción de María Euge-
nia Contursi)
Luego de haber sido presa del movimiento de descrédito de la retórica, la noción de ethos33 -
no hablo aquí más que de ethos discursivo34- está cada vez más presente. Pero mientras que el reju-
venecimiento del interés por la retórica es relativamente antiguo (en 1958 aparecieron las obras
fundadoras de C. Perelman y de S. Toulmin), el ethos ha debido esperar hasta los años 80 para ocu-
par un lugar en la reflexión sobre el discurso35: no solamente ha suscitado comentarios en tanto
concepto del corpus teórico, sino que ha dado lugar a prolongamientos nuevos en el marco de las
disciplinas que estudian el discurso.
Nos podríamos preguntar por qué el ethos suscita hoy tanto interés. Evidentemente, tal re-
torno entra en consonancia con la dominación de los medios audiovisuales: con ellos el centro de
interés se ha desplazado de las doctrinas y de los aparatos que los habían ligado a la representación
de si, al “look”; fenómeno que Regis Debray, por ejemplo, ha teorizado en términos de mediología.
Esto va a la par con el arraigo de toda convicción de una cierta determinación del cuerpo en movi-
miento, atestiguando la transformación de la “propaganda” de antaño en “pub”: la primera mostra-
ba argumentos para valorizar un producto, el segundo elaboró en su discurso el cuerpo imaginario
de la marca que es considerada como la fuente del enunciado publicitario.
No me empeñaré más en esta dirección; aquí me propongo solamente brindar un cierto
número de reparos para que sea asible lo que está en juego en esta noción de ethos; para tener una
visión más rica se puede recurrir al volumen editado por R. Amossy (1999), que está citado en la
bibliografía. Comenzaré por recordar las principales características del ethos retórico, cómo se
presenta luego de la problemática aristotélica; evocaré después un cierto número de problemas que
se presentan cuando uno quiere establecer esta noción; presentaré, en fin, mi propia concepción del
ethos, insistiendo en el hecho de que no es más que una de las aplicaciones posibles de una noción
que tiene vocación de ser transdisciplinaria.
-I -
El ethos retórico
Al escribir su Retórica, Aristóteles intenta presentar una techné con miras a examinar no lo
que es persuasivo para tal o cual individuo, sino para tal o cual tipo de individuos (1356b, 32-33
33 El ethos implica problemas de ortografía: si se quiere respetar las convenciones usuales en materia de palabras
griegas, deberíamos escribirla con é, pero muchos utilizan una simple e, que es lo que yo hago. En plural, se escribe en
general ethé y no ethoi porque se trata de una palabra neutra en griego antiguo.
34Existe, en efecto, una explicación sociológica de la noción de ethos; puede tener un sentido aristotélico (Ética a
Nicómaco, II-1), pero sobre todo de Max Weber quien en La ética protestante y el espíritu del capitalismo parte del ethos
(sin dar, sin embargo, una definición precisa) como de una interiorización de normas de vida, hacia la articulación entre
creencias religiosas y sistema económico en la coyuntura del capitalismo. En la prolongación de esta concepción,
citemos, por ejemplo, el libro de Herbert Mac Closky y John Zaller, The American ethos: public attitudes toward
capitalism and democracy, Cambridge (Mass.), 1984.
35En lo que concierne a Francia, me parece que es en 1984 que comienza la explotación del ethos en términos
pragmáticos o discursivos: O. Ducrot integró el ethos a una conceptualización enunciativa (Ducrot, 1984: 201) y yo
mismo propuse una teoría en un marco de análisis del discurso (Maingueneau 1984, 1987). Antes, M. Le Guern (1977)
había llamado la atención sobre el valor que tenía esta noción en la retórica del siglo XVII.
92
(4)). La prueba por el ethos consiste en causar buena impresión, por la manera en la que se constru-
ye el discurso, en dar una imagen de si capaz de convencer al auditorio ganando su confianza. El
destinatario debe atribuir ciertas propiedades a la instancia que se establece como la fuente del
acontecimiento enunciativo.
La prueba por el ethos moviliza “todo lo que, en la enunciación discursiva, contribuye a
emitir una imagen del orador con destino en el auditorio. El tono de voz, la facilidad de palabra, la
elección de las palabras y de los argumentos, gestos, mímicas, mirada, postura, adornos, etc., son
igualmente signos, elocutorios y oratorios, de la vestimenta y simbólicos, por los cuales el orador
da de si mismo una imagen psicológica y sociológica” (Declercq, 1992; 48). No se trata de una
representación estática o bien delimitada, sino sobre todo de una forma dinámica, construida por el
destinatario a través del movimiento mismo de la palabra del locutor. El ethos no se instala en el
primer plano, sino de manera lateral, implica una experiencia sensible del discurso, moviliza la
afectividad del destinatario. Para recordar una fórmula de Gilbert (siglo XVIII), que resume el
triángulo de la retórica antigua, “se instruye por los argumentos; se mueve por las pasiones; se in-
sinúa por las costumbres”: los argumentos corresponden al logos, las “pasiones” al pathos, las
“costumbres” al ethos. [...] Se comprende que en la tradición retórica el ethos haya sido frecuente-
mente mirado con sospecha: presentado como tan eficaz, visto a veces como más que el logos (los
argumentos propiamente dichos), se supone que invierte inevitablemente la jerarquía moral entre lo
inteligible y lo sensible. (...)
El ethos propiamente retórico está ligado a la enunciación misma y no a un saber extra-
discursivo sobre el locutor. Este es el punto esencial: “se persuade por el carácter cuando el discur-
so naturalmente muestra al orador como digno de fe [...] Pero es necesario que esa confianza sea el
efecto del discurso, no de una prevención sobre el carácter del orador” (1356a)36. R. Barthes sub-
raya este punto: “son los rasgos de carácter lo que el orador debe mostrar al auditorio (poco impor-
ta su sinceridad) para hacer buena impresión [...] El orador enuncia una información y al mismo
tiempo dice: yo soy esto, yo no soy aquello” (Barthes, 1970: 212). La eficacia del ethos depende
del hecho de que envuelve de algún modo la enunciación sin ser explicitado en el enunciado.
[…] El ethos es diferente de los atributos “reales” del locutor; puede ser adjuntado al lo-
cutor en tanto que este es la fuente de la enunciación, es desde el exterior que lo caracteriza. El
destinatario atribuye a un locutor inscripto en el mundo extra-discursivo rasgos que son en realidad
intra-discursivos, pues son asociados a una manera de decir. Más exactamente, no se trata de rasgos
estrictamente “intra-discursivos” porque, se ha visto, intervienen también en su elaboración datos
exteriores a la palabra propiamente dicha (mímicas, vestimentas...).
En última instancia, la cuestión del ethos está ligada a la construcción de la identidad. Cada
turno de habla implica a la vez tomar en cuenta las representaciones que los participantes se hacen
el uno del otro; pero también la estrategia de habla de un locutor que orienta el discurso de manera
de formarse a través de él una cierta identidad.
36 Subrayado nuestro.
93
Solo el primero, hemos visto, corresponde a la definición de Aristóteles. Ciertamente, existen tipos
de discurso o de circunstancias por las cuales el destinatario no dispone de representaciones previas
del ethos del locutor: así ocurre cuando se abre una novela. Pasa algo distinto en el dominio políti-
co, por ejemplo, donde la mayor parte de los locutores, constantemente presentes en la escena me-
diática, son asociados a un tipo de ethos que cada enunciación puede confirmar o cancelar. De to-
das maneras, incluso si el destinatario no conoce bien el ethos previo del locutor, el solo hecho de
que un texto pertenezca a un género del discurso o a un cierto posicionamiento ideológico induce a
perjuicios en materia de ethos. Se puede, así, poner en duda lo bien fundada de esta distinción entre
“prediscursivo” y “discursivo”, argumentando que cada discurso se desarrolla en el tiempo (un
hombre que ha hablado al comienzo de una reunión y que retoma la palabra, ha adquirido ya una
cierta reputación que la continuación de su propósito puede confirmar o no). De todas maneras, se
puede pensar que la distinción prediscursivo / discursivo debe tomar en cuenta la diversidad de los
géneros del discurso, que no es pertinente, entonces, sobre la nada.
Otra serie de problemas viene de que en la elaboración del ethos intervienen órdenes de
hechos muy diversos: los índices sobre los que se apoya el intérprete van de la elección del registro
de lengua y de las palabras a la planificación textual, pasando por el ritmo y la facilidad de pala-
bra... El ethos se elabora, así, a través de una percepción compleja que moviliza la afectividad del
intérprete que obtiene sus informaciones del material lingüístico y del medio ambiente. Es incluso
más grave: si se dice que el ethos es un efecto del discurso, se debería poder delimitar lo que se
releva en el discurso; pero es mucho más evidente en un texto escrito que en una situación de inter-
acción oral. Hay siempre elementos contingentes en un acto de comunicación, de los que es difícil
decir si forman parte del discurso o no, pero que influyen en la construcción del ethos por el desti-
natario. Es, en última instancia, una decisión teórica saber si se debe relacionar el ethos con el ma-
terial propiamente verbal, dar el poder a las palabras, o si se debe integrar elementos como el ves-
tuario del locutor, sus gestos, ver el conjunto del cuadro de la comunicación. El problema es mucho
más delicado porque el ethos, por naturaleza, es un comportamientoque, en tanto tal, articula lo
verbal y lo no verbal para provocar en el destinatario efectos que no se deben solo a las palabras, al
menos no por completo.
Por otro lado, la noción de ethos reenvía a cosas muy diferentes según se lo considere des-
de el punto de vista del locutor o desde el del destinatario: el ethos ambicionado no es necesaria-
mente el ethos producido. El docente que quiere dar la imagen de serio puede ser percibido como
fastidioso, aquel que quiere dar la imagen de individuo abierto y simpático puede ser percibido
como reclutador o “demagogo”. Los fracasos en materia de ethos son moneda corriente.
[…] De todas maneras, desde su origen la noción de ethos no tiene un valor unívoco. El
término “ethos” en griego tiene un sentido poco específico y se presta a múltiples aplicaciones: en
retórica, en moral, en política, en música... Ya en Aristóteles, el ethos es objeto de tratamientos
diferentes en la Política y en la Retórica, y hemos visto que en este último libro designa tanto las
propiedades adjudicadas al orador en tanto que enuncia, como las disposiciones estables atribuidas
a los individuos insertos en las colectividades. A esto se añaden todos los problemas que presenta la
interpretación del texto aristotélico y, aún más, los corpora antiguos. [...]
Lo que nos interesa aquí es saber a qué título la categoría atañe a un sector determinado de
las ciencias humanas contemporáneas, cuando hacen análisis de discurso. No vivimos en el mismo
mundo que el de la retórica antigua y la palabra no está constreñida por los mismos dispositivos; lo
que era una disciplina única, la retórica, está hoy disperso en diversas disciplinas teóricas y prácti-
cas que tienen distintos intereses y captan el ethos bajo facetas diversas. No hay modo posible de
establecer definitivamente una noción de este tipo, que es mejor aprehender como el nudo genera-
dor de una multitud de desarrollos posibles. Por ejemplo, los esfuerzos de M. Dascal por integrar el
94
ethos a una “retórica cognitiva” fundada sobre una pragmática filosófica (Dascal, 1999) o perspec-
tivas de los “cultural studies”, donde el ethos es asociado a cuestiones de diferencia sexual y de
etnicidad (Baumlin J. S. Y T. F., 1994). Los corpora juegan también un papel esencial en esta diver-
sificación; aplicado a un texto filosófico del siglo XIX, el ethos no puede establecer los mismos
problemas que si se aplica a una interacción conversacional...
No obstante, si nos limitamos a la Retórica de Aristóteles, podemos acordar ciertas ideas, sin
prejuzgar la manera en la que pueden ser aplicadas eventualmente:
el ethos es una noción discursiva, se construye a través del discurso, no es una “ima-
gen” del locutor exterior a la palabra;
el ethos está profundamente ligado a un proceso interactivo de influencia sobre el
otro;
es una noción híbrida (socio-discursiva), un comportamiento socialmente evaluado
que no puede ser aprehendido fuera de una situación de comunicación precisa, inte-
grada ella misma en una coyuntura socio-histórica determinada.
Es en este espíritu que presentaré mi concepción personal del ethos, que se inscribe en el
marco del análisis del discurso: incluso si su problemática es bien diferente, me parece que no es
profundamente infiel a las líneas rectoras de la concepción aristotélica del ethos. Para permanecer
en el espíritu de este número de Pratiques, pondré el acento sobre lo escrito.
- II -
He sido impulsado a trabajar esta noción de ethos en el marco del análisis del discurso y en
corpora relevantes de géneros que se podrían llamar “instituidos”, en oposición a los géneros con-
versacionales. Entre los géneros “instituidos”, sean monologales o dialogales, los participantes
ocupan roles preestablecidos que permanecen estables en el curso del evento comunicativo y si-
guen rutinas, más o menos precisas, en el desarrollo de la organización textual. En los géneros con-
versacionales, en oposición, los lugares de los participantes son negociados sin cesar y el desarrollo
del texto no obedece a constreñimientos macro-estructurales fuertes.
Mi perspectiva excede por mucho el marco de la argumentación. Más allá de la persuasión
por los argumentos, la noción de ethos permite, en efecto, reflexionar sobre el proceso más general
de la adhesión de los sujetos a cierto posicionamiento. Proceso particularmente evidente cuando se
trata de discursos como la publicidad, la filosofía, la política, etc., que –a diferencia de los “funcio-
nales” como los formularios administrativos o los instructivos- deben ganar un público que está en
derecho de ignorarlos o de rechazarlos. […]
95
de su enunciación misma: todo discurso, por su mismo desarrollo, pretende instituir la situación de
enunciación que le resulta pertinente. Entonces, la escenografía no es un marco, un decorado, como
si el discurso sobreviniera en el interior de un espacio ya construido e independiente de él, sino es
lo que la enunciación instaura progresivamente como su propio dispositivo de habla.
Existen géneros del discurso que se mantienen en su escena genérica, es decir que no son
susceptibles de permitir escenografías variadas (cf. La guía telefónica, las recetas médicas, etc.).
Otros, por el contrario, exigen la elección de una escenografía: es el caso de los géneros literarios,
filosóficos, publicitarios (hay publicidades que presentan escenografías de conversación; otras, de
discurso científico, etc.)... Entre esos dos extremos se sitúan los géneros que permiten escenograf-
ías variadas, pero que muy frecuentemente se mantienen en su escena genérica rutinaria. Es así que
existe, por ejemplo, una escena genérica rutinaria de los manuales universitarios. Pero el autor de
un manual tiene siempre la posibilidad de enunciar a través de una escenografía que se distancia de
esa rutina: por ejemplo, si desarrolla su enseñanza a través de la escenografía de una novela de
aventuras.
La escenografía, con el ethos del que participa, implica un proceso circular: desde su emer-
gencia, la palabra es transportada por un cierto ethos el que, de hecho, se valida progresivamente a
través de esa enunciación misma. La escenografía es, a la vez, lo que viene en el discurso y lo que
engendra el discurso; legitima un enunciado que, volviendo sobre ella, debe legitimarla, debe esta-
blecer que esa escena en la que viene la palabra es precisamente la escena requerida para enunciar
en tal circunstancia. Son los contenidos desarrollados por el discurso los que permiten especificar y
validar el ethos y su escenografía, a través de los cuales esos contenidos surgieron. Cuando un
hombre de ciencia aparece en televisión, se muestra a través de su enunciación como reflexivo,
medido, imparcial, etc., al mismo tiempo en su ethos y en el contenido de sus palabras: al hacerlo,
define circularmente lo que es el verdadero hombre de ciencia y se opone al anti-ethos correspon-
diente.
El ethos de un discurso resulta de una interacción entre diversos factores; ethos prediscursi-
vo, ethos discursivo (ethos mostrado), pero también los fragmentos del texto donde el enunciador
evoca su propia enunciación (ethos dicho): directamente (“es un amigo el que te habla”), o indirec-
tamente, por ejemplo, por la vía de metáforas o alusiones a otras escenas de habla (así Mitterrand
en su “Carta a todos los franceses” de 1988 compara su propia enunciación con la palabra de un
padre de familia en la mesa familiar). La distinción entre ethos dicho y mostrado se inscribe en los
extremos de una línea continua pues es imposible definir una frontera neta entre lo “dicho” sugeri-
do y lo “mostrado”. El ethos efectivo, el que construye tal o cual destinatario, resulta de la interac-
ción de las diversas instancias cuyos pesos respectivos varían según los géneros del discurso. La
doble flecha en el esquema siguiente indica que hay interacción.
Ethos efectivo
96
es frecuentemente obstaculizada no por lagunas graves en nuestro saber enciclopédico, sino por lo
cerrado de los ethé que sostienen tácitamente su enunciación. Cuando vemos las estrofas de la
Chanson de Roland dispuestas sobre una hoja de papel, es muy difícil restituir el ethos que las sos-
tenía; o ¿qué es una epopeya sino un género de performance oral? Sin ir tal lejos, la prosa política
del siglo XIX es indisociable de los ethé ligados a prácticas discursivas, a situaciones de comunica-
ción desaparecidas.
Por otro lado, de una coyuntura a la otra no son las mismas zonas de la producción semi-
ótica las que proponen los modelos de maneras de ser y de decir más importantes, los que “dan el
tono”. Los estereotipos de comportamiento eran accesibles a las elites de manera privilegiada a
través de la lectura de textos literarios, mientras que hoy ese rol lo cumple la publicidad, sobre todo
en su forma audiovisual. Esto es categórico para los siglos XVII y XVIII, cuando el discurso litera-
rio era inseparable de los valores ligados a ciertos modos de vida. Los innumerables textos que se
revelaban principalmente como “galantes”, por ejemplo, no se contentaban con contar ciertas histo-
rias o con exponer ciertas ideas, se revelaban así a través de un ethos discursivo específico que
participaba del mundo ethico de la galantería: ethos de lo “natural” y de la “jovialidad”.
La especificidad de un ethos reenvía en efecto a la figura del “garante” que, a través de su
palabra, se da una identidad a la medida del mundo que se considera que él hace surgir. Esta pro-
blemática del ethos conduce a oponerse a la reducción de la interpretación a una simple decodifica-
ción; todo lo concerniente al orden de la experiencia sensible entra en juego en el proceso de la
comunicación verbal. Las “ideas” suscitan la adhesión del lector a través de una manera de decir
que es también una manera de ser. Ubicados por la lectura en un ethos envolvente e invisible, no
solo desciframos los contenidos, participamos del mundo configurado por la enunciación, accede-
mos a una identidad encarnada de alguna manera. El poder de persuasión de un discurso depende,
en parte, del hecho de que conduce al destinatario a identificarse con el movimiento de un cuerpo
muy esquemático, investido de valores históricamente especificados.
Conclusión
Desde que hay enunciación, cualquier cosa del orden del ethos se encuentra liberada: a
través de su palabra, un locutor activa en el intérprete la construcción de una cierta representación
de sí mismo, poniendo así en peligro su maestría sobre su propia palabra; lo hace ensayar el con-
trol, más o menos confusamente, del tratamiento interpretativo de los signos que envía. A partir de
este hecho indelimitable, muchas explotaciones del ethos son posibles, en función del tipo y del
género del discurso concernientes, en función también de la disciplina, de la corriente dentro de esa
disciplina en la que se inscribe la investigación. Un análisis del discurso como el que yo practico no
puede aprehender el ethos de la misma manera que una teoría de la argumentación o una teoría del
discurso de inspiración psico-sociológica. Estos dos parámetros (corpus y disciplina) no son más
que parcialmente independientes: se sabe que cada disciplina o cada corriente tiene tendencia a
privilegiar tal o cual tipo de datos verbales.
Se podría, evidentemente, renunciar a la categoría de ethos, juzgada como muy inestable,
pero es innegable que reenvía por lo menos a un fenómeno único, incluso si no puede ser aprehen-
dido de manera compacta. Como escribe A. Auchlin, que enfoca sobre todo las interacciones con-
versacionales: “la noción de ethos es una noción cuyo interés es esencialmente práctico, y no un
concepto teórico claro [...] En nuestra práctica ordinaria del habla, el ethos responde a cuestiones
empíricas efectivas que tienen como particularidad el ser más o menos co-extensivas a nuestro ser
mismo, relativas a una zona íntima y poco explorada de nuestra relación con el lenguaje, donde
nuestra identificación es tal que se ponen en escena estrategias de protección” (2001: 93). Lo im-
97
portante, cuando se confronta esta noción, es, entonces, definir por intermedio de qué disciplina la
movilizamos, con qué perspectiva, y dentro de qué red conceptual.
Bibliografía
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Delachaux et Niestlé.
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Auchlin, A. (2001): “Ethos et expérience du discours: quelques remarques”, en Politesse et idéolo-
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98
El pathos o el rol de las emociones
en la argumentación
Ruth Amossy
L’argumentation dans le discours, cap. 6, París, Nathan, 2000. (Traducción de
Andrea Cohen para la cátedra Lingüística Interdisciplinaria de la Facultad de
Filosofía y Letras, UBA.)
La retórica aristotélica dedica un libro entero a la cuestión del pathos, el cual trata acerca de
los medios para “predisponer al juez (o a cualquier público)” (Aristóteles 1991: 181). Si el logos
concierne a las estrategias discursivas en cuanto tales, y el ethos a la imagen del locutor, el pathos
se relaciona directamente con el auditorio. Examinar los pormenores significa para Aristóteles ana-
lizar lo que puede conmover, conocer la naturaleza de las emociones y lo que las suscita, preguntar-
se a qué sentimientos el alocutario accede particularmente de acuerdo a su status, su edad...
Este saber es necesario para el orador que desea emplear la cólera, la indignación, la piedad,
como medio oratorio (Ibid.:183). El término “pathè” en plural designa también las emociones a las
que un orador “tiene interés de conocer para actuar eficazmente en las almas” y ellas son “la cólera
y la calma, la amistad y el odio, el temor y la confianza, la vergüenza y la impudencia, la bondad, la
piedad y la indignación, la envidia, la emulación y el desprecio” (Patillon 1990:69) Sabemos que la
retórica aristotélica dedica al tema un libro entero, el Libro II, que examina los diferentes tipos de
pasiones bajo tres aspectos principales: en qué estado del alma se los experimenta, hacia qué clases
de personas, y por qué motivos. No se trata aquí de una pura empresa taxonómica, ni de un estudio
de la psychè que sería en sí misma su propio fin. El libro sobre el pathos no es tampoco, aunque se
aproxima bastante en ciertos aspectos, una semiótica de las pasiones antes de tiempo. Si el conoci-
miento de las pasiones humanas se presenta en la Retórica como indispensable, es porque permite
actuar por la palabra: contribuye poderosamente para alcanzar la convicción.
Actuar en los hombres emocionándolos, transportándolos a la cólera o haciéndolos accesi-
bles a la piedad, o simplemente despertando en ellos el miedo, ¿no es sin embargo contravenir a las
exigencias de la racionalidad? ¿La argumentación concerniente a las decisiones importantes no
debería arrastrar la adhesión de las almas sin tener que perturbar los corazones? Esta no es la posi-
ción de Aristóteles, quien se niega a separar el pathos del logos. No es sólo en el epidíctico donde
la apelación a los sentimientos está bien visto. En el género judicial como en el género deliberativo,
importa saber en qué disposiciones afectivas se encuentran los auditores a quienes uno se dirige y,
además, saber conducirlos a las disposiciones convenientes puesto que la pasión “es lo que, al mo-
dificarnos, produce diferencias en nuestros juicios” (Aristóteles 1991:182), y puede pesar en las
decisiones del juez en un proceso como en las del ciudadano en la gestión de la polis.
Al darle un lugar importante al pathos, el análisis argumentativo permanece fiel al proyecto
retórico inicial. Sin embargo, debe resolver los problemas que plantea la alianza de la razón y de la
pasión tales como trataron las retóricas y teorías de la argumentación, de la edad clásica a nuestros
días.
113
1. La razón y las pasiones
1.1. Convicción y persuasión: una dicotomía persistente
“El catequismo retórico -resume C. Plantin- nos enseña que la persuasión completa se obtie-
ne por la conjunción de tres ‘operaciones discursivas’: el discurso debe enseñar, deleitar, conmover
(docere, delectare, movere): puesto que la vía intelectual no alcanza para desencadenar la acción.
(Plantin 1996: 4). En otros términos, imponerse a la razón no significa estremecer la voluntad que
autoriza la acción. Esta división dio origen al par “convencer- persuadir”; el primero se dirige a las
facultades intelectuales, el segundo al corazón. Frente a una perspectiva integradora que insiste en
el lazo orgánico entre convicción y persuasión, logos y pathos, encontramos posturas que las dis-
ocian radicalmente insistiendo en su autonomía respectiva, incluso en su antinomia. Unas veces es
la convicción racional la que recibe todos los honores; otras, por el contrario, es el arte de conmo-
ver y de movilizar emocionando lo que resulta elogiado. La cuestión de las pasiones y de su movi-
lización en la obra de persuasión muestra hasta qué punto la retórica depende de una visión antro-
pológica. Está intrínsecamente vinculada con una concepción cambiante de la racionalidad humana
y del estatuto de los afectos en el sujeto pensante. L’Histoire de la rhétorique dans l’Europe mo-
derne (Fumaroli, 1999) y el libro reciente de G. Mathieu-Castellani (2000) sobre la Rhétorique des
passions permiten captar las modificaciones que sufrió la importancia acordada al sentimiento en
función del espacio cultural e ideológico donde se muestra la reflexión sobre el arte de la palabra
eficaz.
Bastará mencionar algunos casos ejemplares de entre quienes sostuvieron las razones del co-
razón, entre ellos uno de los preceptos muy conocidos de Pascal:
Sea lo que sea lo que se quiera persuadir, es necesario tener en cuenta a la persona en
quien se está interesado, de la cual hay que conocer la mente y el corazón , con qué
principios concuerda, qué cosas le gustan [...] De modo que el arte de persuadir con-
sista tanto en el de agradar como en el de convencer, dado que los hombres se gobier-
nan más por capricho que por razón. (Pascal 1914: 356)
Para Pascal, dirigirse al entendimiento es insuficiente si uno no se preocupa del encanto que
influye directamente en las conductas. Incluso Lamy no concibe la persuasión sino en el movimien-
to que tiene en cuenta los intereses de los auditores, los cuales pueden ser contrarios a la tesis que
se intenta hacerles admitir. “La elocuencia no sería entonces la dueña de los corazones, y hubiera
encontrado una fuerte resistencia en ello, si los hubiera atacado sólo con las armas de la verdad.
Las pasiones son los resortes del alma, son las que la hacen actuar” (Lamy 1998: 229; 1ª ed. 1675).
Frente a estas posturas que forman parte de la naturaleza humana, señalemos la de Gibert que se
pronuncia en contra de la convicción, y en favor de la persuasión fundada en la apelación al senti-
miento que se basa en la verdadera elocuencia:
114
verdadera Persuasión. Hay una, cuando el corazón resulta vencido. (Gibert 1730: 251
citado en Fumaroli 1999:886)
Pero saber entusiasmar y cautivar a los jueces, predisponer sus mentes como quera-
mos, inflamarlos de cólera o enternecerlos hasta las lágrimas, es realmente raro. Sin
embargo, es por esto que el orador logra dominar, y es lo que asegura a la elocuencia
el imperio que tiene sobre los corazones. (Citado en Molinié 1992: 251)
42
Se consultará al respecto los actos del coloquio de Cerisy acerca de Éloquence et vérité intérieure, C. Dor-
nier y J. Siess, ediciones (París, Champion)
115
La argumentación es una actividad de la razón, lo que indica que el argumentador se ha
tomado la molestia de reflexionar acerca del tema. Proponer un argumento significa que
el argumentador trata de mostrar que es posible dar cuenta racionalmente de su posición
en la materia. Esto no significa que las emociones no puedan representar un papel cuan-
do se adopta una posición, sino que esos motivos internos, que fueron asimilados por el
discurso, no son directamente pertinentes como tales. Cuando la gente propone argu-
mentos en una argumentación, sitúa sus consideraciones en el reino de la razón. (Van
Eemeren et al. 1996: 2.)
116
se basan en una decisión que pretende aislar un conjunto ―conjunto de procedimientos, conjunto
de facultades―, algunos elementos que consideramos racionales”, observa Perelman en su Tratado
(1970 : 36) . Rechaza la oposición entre la acción sobre el entendimiento ―presentada como im-
personal y atemporal―, y la acción sobre la voluntad, presentada como totalmente irracional. En
efecto, considera que toda acción fundada en la elección tiene necesariamente bases racionales, y
que negarlo sería “volver absurdo el ejercicio de la libertad humana” (Ibid.: 62). Sin embargo, se
observa que en su rechazo por aislar lo racional oponiéndolo a lo pasional como palanca de acción,
Perelman no apunta en absoluto a reintegrar el juego de las emociones en el ejercicio argumentati-
vo. Por el contrario, subraya el vínculo esencial que une la voluntad con la razón más que con el
afecto para mostrar que la razón es también susceptible de movilizar a los hombres. Se comprende
en esta perspectiva que Chaim Perelman no haya retomado por su cuenta el pathos aristotélico,
considerando por otra parte que el libro II de la Retórica marcaba su existencia por el hecho de que
la psicología como disciplina aparte no existía en la Antigüedad.
En el campo de la retórica, los trabajos de Michel Meyer ―que contribuyen a difundir el
pensamiento de Chaim Perelman― mostraron la importancia capital de las pasiones, y han vuelto a
evaluar radicalmente su papel en la argumentación. Estas aclaraciones aparecen en la edición que
Meyer ha dado de la retórica aristotélica (Livre de poche, 1991) y en una edición separada intitula-
da Rhétorique des passions (1989), ampliamente comentada. La puesta en evidencia del lugar de
las emociones en la argumentación ―y no solamente en una retórica concebida como elocuencia, o
en una desmistificación de las manipulaciones retóricas― se prosigue actualmente, en particular en
la semioestilística de Georges Molinié (cuyo Dictionnaire de Réthorique insiste en la centralidad de
las pasiones 1992 : 250- 266) y en los trabajos de Christian Plantin y de Patrick Charaudeau, bajo
la impulsión de los desarrollos recientes de las ciencias del lenguaje.
Las posiciones adoptadas por los analistas del discurso consisten en describir y explicar el
funcionamiento de los elementos emocionales en el discurso de carácter persuasivo sin pretender
que se ofrezcan criterios de evaluación. Al rechazar una teoría de la emoción como perturbación y
desorden, el análisis de la argumentación en el discurso parte del principio de que una relación
estrecha ―por otra parte testificada en otras ciencias humanas, en particular la sociología y la filo-
sofía contemporáneas― vincula la emoción con la racionalidad. Las emociones ―resume
P.Charaudeau apoyándose en estos conocimientos― se manifiestan en un sujeto humano con res-
pecto a algo, o más exactamente por la representación que éste tiene de lo que quiere o desea com-
batir (Charaudeau 2000 : 130). Están íntimamente relacionadas con lo que él llama un saber de
creencia, “saber polarizado en torno a valores socialmente constituidos” (Ibid.: 131) correspondien-
te de hecho a la doxa de la retórica. En otras palabras, las emociones son inseparables de una inter-
pretación que se apoya en los valores, o más precisamente en un juicio de orden moral.
Encontramos la idea propuesta por Hermann Parret según la cual “las emociones son jui-
cios”, a menos que se adopte una “concepción evaluadora y no cognitiva del juicio” (1986: 142).
Las emociones presuponen una evaluación de su objeto, es decir creencias concernientes a las pro-
piedades de ese objeto. Es lo que Raymond Boudon estudia con el nombre de “sentimientos mora-
les”, es decir sentimientos basados en una certeza moral. El estudio de Boudon ―que apunta a
mostrar que los sentimientos morales en general, y el sentimiento de justicia en particular, están
basados en razones―, resulta particularmente interesante en este contexto. Se opone al punto de
vista de Pareto, quien hace emanar las razones de fuerzas puramente afectivas, “la lógica de los
117
sentimientos morales” propone que “al fundamento de cualquier sentimiento de justicia, sobre todo
cuando es intensamente experimentado, se puede siempre, en principio al menos, distinguir un
sistema de razones sólidas” (Boudon 1994 :30). Se trata de sentimientos “en la medida en que son
fácilmente asociados a reacciones afectivas, eventualmente violentas” (Ibid.: 32). Sin embargo, se
basan en razones, y es la solidez de estas lo que da al sentimiento de injusticia su “carácter trans-
subjetivo y hace posible el consenso” (Ibid.: 47). En otras palabras, la indignación que se experi-
menta, por ejemplo, al ver inocentes perseguidos, puede defenderse con argumentos aceptables,
que las personas presas de la indignación sean o no conscientes de las razones en las que basan sus
juicios axiológicos (Ibid.:50). Estas razones deben poder ser comprendidas y admitidas por obser-
vadores imparciales. Para Boudon como para Charaudeau, la reintegración de la racionalidad en el
centro de los sentimientos morales toma en cuenta el sistema en el seno del cual las razones alega-
das son racionales y transmisibles objetivamente. Por ejemplo, cuando aborda el sentimiento de
justicia social, observa que una teoría igualitaria de la justicia sería indefendible en un sistema in-
dividualista. (Boudon 1994: 45).
En esta perspectiva, el análisis del discurso tiene en cuenta el elemento emocional tal cual se
inscribe en el discurso en estrecha relación con la doxa del auditorio y los procesos racionales que
apuntan a llevarse la adhesión. Se dedica a detectar un efecto “pathémico” (que provoca una emo-
ción) en la situación de comunicación particular de la cual emerge. (Charaudeau 2000: 138).
118
tico dado que economiza cualquier huella lingüística extraída del campo lexical de las emociones.
¿Qué es lo que permite aislar el proceso según el cual se construye el pathos?
Fiel a la tradición retórica, C. Plantin propone liberar el efecto pathémico pretendido a partir
de un tópico. Se trata de ver lo que provoca cierto tipo de reacción afectiva en una cultura dada, en
el interior de un contexto discursivo dado. Las cuestiones que plantea Plantin para determinar los
lugares comunes que justifican una emoción son: ¿De quién se trata? ¿De qué se trata? ¿Dónde?
¿Cuál es la causa? ¿Es controlable?
Veamos a modo de ejemplo este fragmento extraído de Étoile errante, de Le Clézio:
Poco a poco, incluso los niños habían dejado de correr, de gritar y de golpearse en las
inmediaciones del campo. Ahora, permanecían alrededor de las chozas, sentados a la
sombra en el polvo, famélicos y semejantes a perros... (1992: 231)
Esta descripción, hecha por la narradora en primera persona, Nejma, una joven palestina que
durante la guerra de 1948 huye de sus ciudad natal y que se encuentra en un campo de refugiados,
no contiene ninguna mención de sentimientos: ni los propios, ni los de los niños de quienes habla
son precisados. Sin embargo, el texto contiene un tópico en el sentido en el que está asociado a
lugares que en nuestra cultura justifican una emoción. En efecto, se trata de niños, seres por defini-
ción inocentes, lo que vuelve de aquí en adelante sensible al lector por lo que pueda ocurrirles. Se
trata de desnutrición, puesto que están “famélicos”; niños enclenques que no comen para saciar el
hambre suscitan automáticamente la piedad. Se trata de niños que perdieron sus fuerzas y su alegría
de vivir: dejaron de entregarse a todas las actividades y a todos los juegos que caracterizan la in-
fancia. Esto escandaliza el sentimiento moral que requiere que la infancia sea protegida y pueda
gozar de sus prerrogativas de alegría y despreocupación. Además, la evocación del “campo” y de
las “chozas” ofrece un cuadro que recuerda a priori la indigencia y el sufrimiento. La comparación
“semejantes a perros” subraya finalmente la deshumanización infligida por la vida en el campo de
refugiados. Así, el enunciado despierta sentimientos de piedad vinculados con la noción de injusti-
cia, e inculca la emoción en la racionalidad que forma la base de los sentimientos morales.
Vemos cómo los diversos puntos mencionados más arriba se relacionan. Primero, aparece
claramente que la emoción se inscribe en un saber de creencia que desencadena cierto tipo de reac-
ción frente a una representación social y moralmente cargada de sentido. Normas, valores, creen-
cias implícitas sostienen las razones que suscitan el sentimiento. La adhesión del auditorio a las
premisas determina la aceptabilidad de las razones del sentimiento. Luego, vemos cómo la emoción
puede construirse en el discurso a partir de enunciados que llevan pathemas que conducen a cierta
conclusión afectiva (imagen de niños hambrientos fijos en la inmovilidad no puede surgir sino esta
conclusión: es lamentable).Tenemos aquí un encadenamiento que se inscribe en el discurso de ma-
nera que se pasa de un enunciado E a una conclusión emocional. Observemos que sólo se movili-
zan la compasión y el sentimiento de injusticia. Los modos de presentación de la situación (la au-
sencia de un agente responsable) y la situación de ficción modelan la reacción emocional separán-
dola de cualquier indignación activa y de cualquier compromiso militante. El texto responde así a
una vocación novelesca que lo consagra a la exploración de la condición humana, del sufrimiento y
la muerte en relación con un caso preciso. El sentimiento que hace pesar una interrogación sin res-
puesta acerca de un destino trágico es suficiente, ninguna apelación a la acción tiene que derivar de
ello.
119
2.2. Formulación y justificación de la emoción
Al caso de la figura aquí estudiada, hay que agregar varias otras posibilidades, y cada una se
basa más o menos en el implícito. El fragmento de Le Clézio acaba de ejemplificar el caso:
emoción no formulada, no justificada explícitamente, inducida por un tópico;
pero también se pueden encontrar los casos de las siguientes figuras:
emoción no formulada, justificada explícitamente en relación con un tópico;
emoción formulada, no justificada explícitamente, basándose en un tópico;
emoción formulada, justificada explícitamente en relación con un tópico.
120
“Enderecen la cabeza” no se explican sino en la medida en que los alocutarios no adoptan (o no
siempre) estas posturas. En este sentido son equivalentes a “vuelvan a levantar los ojos” “no los
dejen bajos”, y “vuelvan a enderezar la cabeza” , aunque más discretos puesto que evitan mencio-
nar la actitud negativa a rechazar. No se intenta criticar, sino dar valor. En el dispositivo de enun-
ciación del poema, el locutor que se perfila en el imperativo (el “yo” que profiere la conminación)
remite al general, al patriota conocido, con la personalidad política dotada de prestigio que tiene la
autoridad deseada para reconocer el mérito de los humildes y guiarlos. Puede pedirles que den
prueba de un sentimiento que es el de su propio valor, fundando la necesidad de esta apelación en
una refutación de las idées reçues que desprecian los campesinos como tales. La legitimidad de este
sentimiento de orgullo está doblemente justificada en el poema. Por la destreza que desliza hábil-
mente de “Hombres del pueblo” a “campesinos”, Déroulède confiere a ese designativo poco glorio-
so un título de nobleza: son los que pertenecen plenamente a la tierra de Francia. El espejo magni-
ficante que tiende a aquellos que apostrofa (I, 1, 5) refleja por otra parte una imagen positiva de las
cualidades campesinas que justifica a su vez el sentimiento reclamado. Son virtudes morales que
vienen a avalar aquí el valor de los campesinos y a dar a cada uno de los miembros de una clase
inferior el orgullo de una pertenencia revalorizada de ahora en más. Estas virtudes son también
cualidades cívicas con las cuales la Tercera República cuenta para su recuperación: son la labor y la
honestidad pilares de toda educación ciudadana, y la calma, garantía de la estabilidad del régimen.
Vemos así cómo el sentimiento que el poeta suplica a sus alocutarios que experimenten se
encuentra a la vez mencionado y justificado en el texto. El sentimiento está fundado en la razón
sobre todo porque está racionalmente motivado y canalizado hacia objetivos nacionales que forman
parte de una programación. Por otra parte, la mención de lo que funda el sentimiento moral, formu-
lado enfáticamente en el poema en el fondo de una doxa republicana común, remite a los campesi-
nos una imagen halagadora de ellos mismos que deba, al conmoverlos, incitarlos al orgullo.
Si el texto de Déroulède no legitima sino tácitamente el sentimiento que desea que nazca en
los corazones de los campesinos, otros discursos se proponen suscitar una emoción con respecto a
una situación dada afirmando explícitamente los argumentos que justifican la reacción descontada.
Nos encontramos entonces frente a los discursos que argumentan una emoción, los cuales Christian
Plantin ha analizado en su estudio acerca de “L’argumentation dans l’émotion” (1997), donde ob-
serva que los mismos hechos pueden suscitar sentimientos diferentes, incluso opuestos, y funcionar
como argumentos para conclusiones divergentes. Así, podemos apelar al auditorio para que esté
orgulloso del nuevo monumento erigido en la ciudad porque realza el prestigio, o por el contrario,
suscitar su indignación con la idea de que el dinero que podría gastarse útilmente ha sido dilapida-
do. La argumentación en estos casos consiste en alegar las causas que justifican el sentimiento de
orgullo o de indignación. Contribuye a legitimar la emoción y a fundar el sentimiento en cuestión.
Tomemos el ejemplo del sentimiento nacionalista, a menudo asociado con una apelación a
las pasiones que sería extraño a la razón. Podemos ver en muchos ejemplos cómo se encuentra no
simplemente orientado a ver y a experimentar, sino también justificado y argumentado. Así, el
prospecto de la Revue alsacienne illustrée (Anexo 5, íntegramente citado por Maurice Barrès en la
conferencia pronunciada en la “Patrie française” en diciembre de 1889), y cuyo memorial es “A
nuestros compatriotas”, declara: “Al hojear esta publicación, cada hijo de Alsacia se sentirá emo-
cionado, religiosamente enorgullecido” (Barrès 1987: 210). El futuro “se sentirá emocionado” es
sin duda programático, pero se permite al mismo tiempo una conminación cuya fuerza proviene de
121
la seudocerteza de una próxima realización. El sentimiento que debe animar al lector de Alsacia
está expresado con todas las letras. Está atribuido a los “hijos de Alsacia” en un juego especular
que remite al lector su propia imagen, pero que lo induce al mismo tiempo a proyectarse compar-
tiendo el sentimiento común bajo pena de que resulte desmerecido (puesto que la emoción mencio-
nada conmueve a cada uno de los hijos de Alsacia, cualquiera que lo transgreda se excluye a sí
mismo de la comunidad). El orgullo nacional que se despierta en el corazón de cada individuo se
halla purificado por el modalizador “religiosamente”, que lo adorna de fervor sagrado, y al mismo
tiempo une la colectividad a la religión que le confiere su identidad.
Sin embargo, el prospecto no se contenta con apelar al orgullo nacional, construye también
una argumentación que explica la necesidad de la razón (razonamiento y saber) en el centro del
sentimiento, necesidad que justifica en el momento de la publicación de una revista sobre Alsacia.
La argumentación publicitaria ―se trata de difundir la revista― se suma aquí a una argumentación
que apunta a fundar el patriotismo en cuestión. Por eso comienza mencionando la afectividad pura,
en la cual están en comunión todos los miembros de la colectividad y que prescinde explicaciones:
Todos nosotros sentimos lo que queremos expresar cuando definimos a uno de entre
nosotros diciendo: “¡Es un verdadero alsaciano! ¡Es un tipo verdadero de la vieja Al-
sacia!” Y sentimos también que uno de nuestros compatriotas es disminuido si se lo
lleva a decir de él, moviendo la cabeza: “¡Ya no es un alsaciano!” (Ibid.: 209)
El sentimiento aparece aquí en un doble nivel. Sostiene la exclamación “¡Es un verdadero al-
saciano!”, condiciona la buena comprensión de ese dicho. Garantiza así una comunicación entre
semejantes que se basa en el implícito de una representación compartida. Sin embargo, el texto
intenta mostrar que ese plano afectivo necesita un cimiento racional que permita asentarlo en un
saber enciclopédico, en una competencia analítica. La complicidad de los compatriotas no alcanza,
o ya no alcanza en las circunstancias difíciles en las que se hallan durante el período de ocupación
alemana. El sentimiento de pertenecer a una región, conocerla interiormente y sostener la identidad
debe aclararse y explicitarse sobre todo porque de ahora en más es objeto de amenaza exterior y de
una misión concreta, a saber la preservación del patrimonio en peligro: “Los alsacianos […] están
actualmente diseminados. En los lugares más diversos donde están instalados, crean nuevos lazos.
Pero conservan […] las raíces en esta tierra de Alsacia […] ¿No estarían felices si les transmitieran
a sus hijos, como un patrimonio común, el genio de nuestra pequeña región?” (1987: 210). La re-
vista se asigna como tarea “mantener una conciencia alsaciana”, es decir sostener un sentimiento
nacional basándolo en el conocimiento y en la comprensión necesarias para su supervivencia. Ve-
mos cómo el sentimiento se halla presentado como fundado en buenas razones que es posible mani-
festar (la región tiene un “genio” que hay que conocer para amarlo). Al mismo tiempo, el despertar
y el mantenimiento del sentimiento nacional son necesarios para preservar ese genio (sólo es bueno
para los alsacianos lo que proviene de un “germen alsaciano”). Si conocer Alsacia es amarla, amar-
la es asegurarse su identidad y su supervivencia. Este objetivo también está basado con razón, y
pide que sean movilizadas las voluntades cuyo apoyo no puede asegurarse sino proveyendo infor-
mación que justifica la acción. Cuando habla del lector alsaciano, el prospecto observa: “Quisiéra-
mos sobre todo que, más que informar acerca de la personalidad de su nación, contribuyera, según
sus medios, a enriquecerla aún más” (Barrès 1987: 210).
122
2.4. Rechazar la emoción
La primera parte devana un discurso que exige inferir ―sobre la base de tópicos moviliza-
dos― un sentimiento de orgullo y de admiración. En efecto, se trata de la majestad del imperio que
debe expresarse en las pompas de la coronación. La mención del emperador, de la emperatriz y del
heredero del trono, el Rey de Roma, los tres designados por sus títulos oficiales, debe intimidar las
almas de respeto. Ocurre lo mismo con la mención de todos los que sostienen la pompa imperial en
el pueblo, a saber las personalidades oficiales también designadas por su título con el respeto debi-
do al señor: el señor intendente, el señor adjunto, el señor profesor… En el dispositivo de enuncia-
ción montado por el folletín popular, el narrador en primera persona es un hombre sencillo que se
dirige a la gente del pueblo. Esto amplifica la majestad de la evocación y parece garantizar el respe-
to maravillado del auditorio. Sin embargo, este sentimiento dado por seguro es desmentido y refu-
tado por el narrador, que opone las reacciones de los oficiales con las de la gente humilde: “Pero la
gente no estaba conmovida…” Por medio de la ficción, el “yo” rechaza la emoción que habría po-
dido desencadenar tanto la doxa oficial (lo que hay que sentir en un caso semejante) como las idées
reçues del pueblo que ama las pompas principescas y las sigue con un enternecimiento nunca des-
mentido (ver en nuestro siglo Lady D., los casamientos reales y la muerte del rey Balduino en
Bélgica).
Para efectuar de manera eficaz esta refutación, no basta con poner en escena una población
que se niega a la reacción supuesta, aunque represente al pueblo cuyo lector se siente solidario (los
adultos se regocijan y comulgan en el respeto, los niños se lamentan). Es importante argumentar
este rechazo, y fundamentarlo. Si el “pero” introduce la desviación argumentativa portadora de la
posición preferida, el “porque” viene a explicar las causas a la vez racionales y afectivas de la acti-
tud adoptada por el pueblo. El argumento racional es el siguiente: para hacer la guerra, se necesitan
muchos soldados (provistos para la conscripción); Napoleón va a la guerra una vez más; necesitará
entonces muchos soldados (que le proveerá la conscripción). El razonamiento entimemático, en su
forma elíptica, es perfectamente claro. La idea de la guerra y de la conscripción vinculada con el
regreso del emperador impide los regocijos. La plausibilidad de este razonamiento compartido
(“pensaba...”), se duplica en el sentimiento que desencadena: “cada uno tenía miedo…”, “esto era
123
lo que trastornaba a la gente…” La turbación y el miedo, designados con todas las letras, están aquí
debidamente argumentados, y vienen a refutar por su fuerza a la admiración respetuosa que suscita
una ceremonia llena de pompa… En el origen de las dos emociones opuestas se encuentra el mismo
hecho: el regreso de Napoleón. Pero da lugar a reacciones opuestas basadas en la doble consecuen-
cia de ese regreso: la coronación de los prójimos de Napoleón, y la vuelta del conflicto armado. Un
lógica del sentido común, en este libro que apela a la sabiduría popular, debe permitir la clasifica-
ción y la jerarquización de las emociones. La emoción fútil de una ceremonia basada en el senti-
miento de la grandeza imperial tiene poco peso frente al temor ante un peligro de muerte (la heca-
tombe que sigue a cada conscripción). Nadie duda entonces de que la preferencia del lector se in-
cline por la actitud del pueblo, con el cual comparte temores (“cada uno tenía miedo […] y por mi
parte adelgazaba visiblemente”).
Observemos que este texto, escrito en pleno Segundo Imperio, efectúa una refutación y un
montaje del sentimiento que tiene implicaciones políticas evidentes. A través de la puesta en escena
y el despertar de las emociones, el narrador invisible que guía la pluma del “yo” sostiene una posi-
ción fuertemente antinapoleónica. Está en relación con una técnica desviada del ejemplo histórico
(II, 4, 3) donde los afectos están movilizados para que surjan en el presente las críticas del pasado.
Vemos que el pathos como intento de despertar una emoción en el auditorio ha recurrido a
menudo, aunque no esté obligado en absoluto, a menciones verbales del sentimiento que son unas
veces directas (“cada uno tenía miedo”), otras indirectas (“yo adelgazaba visiblemente”). La emo-
ción mencionada con todas las letras puede atribuirse, no al alocutario (como en el caso del pros-
pecto reproducido por Barrès), sino al locutor o a aquel quien se habla. En ese caso, el discurso
cuenta con un efecto de contagio que, evidentemente, no puede ser garantizado. Es necesario llevar
al auditorio a identificarse con los sentimientos del que escucha, o cuyo estado le describe. Esta
identificación puede efectuarse en dos niveles. Primero, la de la mención de los sentimientos que
experimenta el que nos pide que compartamos su emoción, y eventualmente una justificación de
esa reacción afectiva. Luego, el de la sugestión de ese sentimiento por vías más o menos indirectas,
que permiten adivinar y compartir el sentimiento que anima al locutor o la persona mencionada. En
ambos casos, los sentimientos del locutor suscitan (o al menos intentan suscitar) una empatía en la
interacción que se establece con su interlocutor. Los sentimientos en cuestión, en cambio, son obje-
to de una negociación entre el locutor y su alocutario, en el cual el primero debe ofrecer una des-
cripción que le permita a su público proyectarse en el tercero del cual se mantiene.
En esta perspectiva, el pathos en el sentido aristotélico está vinculado con la inscripción de
la afectividad en el lenguaje tanto como con los tópicos que sostienen el discurso. Esto nos remite a
la cuestión de saber cómo la afectividad puede aparecer en el discurso. Actualmente esta cuestión
es tratada por las ciencias del lenguaje y en particular por la pragmática lingüística que, después de
haber estudiado la enunciación de la subjetividad en el lenguaje (Kerbrat-Orecchioni 1980) se in-
clina hacia la emoción expresada lingüísticamente. Un homenaje muy particular se rinde a Charles
Bally, quien insistió primero en la importancia de la emoción en la lengua. Kerbrat-Orecchioni pasa
luego revista a la manera en que se efectúa la inscripción de la emoción en la lengua. Muy global-
mente, el emisor verbaliza una emoción (sinceramente experimentada o no) por medio de marcas
que el receptor debe decodificar padeciendo los efectos emocionales. (Kerbrat-Orecchioni 2000 :
59). Estas marcas pueden localizarse gracias a las categorías semánticas de lo afectivo y lo axioló-
124
gico. (III, 5, 1). Aunque observa que estas dos categorías son distintas ―dado que se puede expre-
sar una emoción que no comporta juicio de valor―, Kerbrat-Orecchioni muestra que a menudo
resulta difícil distinguirlas. La exclamación “¡Es admirable!” marca a la vez una reacción afectiva y
una evaluación del objeto o del acto considerado. Además, un axiológico que señala una evaluación
emocionalmente neutra puede cargarse de afectividad en una interacción concreta.
La emociones se dicen en los procedimientos sintácticos que comprenden el orden de las pa-
labras, las oraciones exclamativas, las interjecciones. Pueden funcionar a este nivel también como
“pathemas”, a saber elementos considerados para provocar una emoción en el auditorio. Veamos
cómo Bardamu, el narrador de Viaje al fin de la noche, relata su primera experiencia en el campo
de batalla cuando ve a sus compañeros caer cerca de él: “‘¡Una sola granada! Se arreglan rápidos
los asuntos incluso con una sola granada”, me decía a mí mismo. “¡Ah! ¡Oye! me repetía todo el
tiempo. ¡Ah! ¡Oye!…’” (Céline 1952:18). La interjección repetida traduce aquí la violencia de una
emoción que no tiene palabras para ser expresada, y a la cual la distancia un poco irónica del narra-
dor en relación con el traumatismo pasado no quita nada de su gravedad. La afectividad se inscribe
también en las marcas estilísticas ―el ritmo, el énfasis, las repeticiones― en las cuales la emoción
supone no solamente traducirse, sino también comunicarse.
A veces resulta difícil establecer la diferencia entre expresión y emoción (las marcas de la
afectividad en el lenguaje) y los pathemas o elementos susceptibles de crear emoción en el alocuta-
rio. Tomemos por ejemplo este fragmento de El amante, de Marguerite Duras:
La repetición del logro escolar dos veces consecutivas, las de la narradora y la del director
anunciando la noticia, aparece en forma paralela con la repetición de la reacción de la madre: “mi
madre no dijo nada, nada”. Esta construcción hace comprender la decepción y la indignación de la
muchacha en la cual hace eco la de la autobiografía. Inscribe la afectividad del sujeto en su discur-
so, que se comunica con tanta más razón que el enunciado apela a la indignación del lector sobre la
base de topoi del repertorio (el mérito no es recompensado en su justo valor, y, además, el mérito
de una niña frente a su propia madre). La explicación que sigue refuerza el sentimiento de injusticia
que concierne esta vez al estatuto de la hija en relación con los hijos. La acusación axiológica es
aquí un grito de rebeldía que se eleva tanto contra la madre como contra los privilegios acordados a
los varones, cuyo éxito escolar es más valorizado que el de las niñas puesto que sólo ellos son con-
siderados para prepararse en una carrera. La cólera estalla en un término familiar y casi grosero
cargado pesadamente de afectividad, del cual no sabemos si refleja el sentimiento de la protagonis-
ta en el pasado, o el punto de vista de la narradora en el presente: “la suciedad, mi madre”. Pronto
aparece un término de profunda ternura que se opone a la apelación injuriosa y un poco chocante
que precede: “la suciedad, mi madre, mi amor”. Una gran fuerza afectiva se dice en esta oposición
que marca la mezcla de cólera, de reprobación y de pasión que la narradora experimenta con res-
pecto a su madre. Subraya aún más el sentimiento de injusticia que la actitud de ésta despierta en la
hija. Énfasis de la repetición, elección de un apelativo evaluativo cargado de afectividad y recurso
al lenguaje de la injuria, yuxtaposición de términos que manifiestan sentimientos opuestos: a partir
de todas estas marcas de la afectividad en el lenguaje, la escritura de Duras comparte con los lecto-
res la emoción de la narradora en primera persona.
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3. 2. Contar y compartir la emoción
La emoción aparece aquí en un texto que entabla con su alocutario una interacción fundada
en la transmisión verbal del sentimiento. El lector de Marguerite Duras puede experimentar la em-
patía con la locutora que le devela su intimidad en una lengua que imita la oralidad, y cuya aparen-
te simplicidad refuerza el efecto de inmediatez. Sin embargo, numerosos discurso orales y escritos
presentan al público a un tercero, un “él” que no forma parte de la interacción pero con respecto al
cual el locutor intenta suscitar la emoción. Esta puede ser de diversos órdenes, y tender hacia obje-
tivos diferentes. El caso más común, es, por supuesto, el texto ficcional o el relato autobiográfico,
donde se invita al lector a compartir los sentimientos de los protagonistas. Sin embargo, podemos
pensar en otros numerosos casos de figuras. Así, G. Manno estudia las emociones atribuidas a los
que se les pide que socorran en los llamados de ayuda humanitaria. El locutor intenta ―observa
Manno― que el alocutario sienta no como sino con “D” (el no locutor), puesto que se trata de sus-
citar su “com-pasión” Da el ejemplo siguiente, extraído de Village d’enfants SOS: “Esa mirada es la
del desamparo …” (Manno 2000 : 286). Hay en este tipo de textos una tentativa, por medio de la
relación y la descripción de las emociones, de activar el eje alocutario-no locutor sin el desvío del
locutor (Ibid.: 287) para comprometerlo con la generosidad.
Por su parte, Charaudeau estudia lo que llama la “pathemización” en la televisión. Este caso
supera el marco de este estudio ya que la descripción verbal se reemplaza allí por la visión en direc-
to del sufrimiento. Sin embargo, es interesante mencionar aquí que el espectáculo de las angustias
(“el sufrimiento a distancia”, según la expresión de Boltanski), crea un vínculo de empatía particu-
lar que proviene del hecho de que el espectador se encuentra a la vez frente a lo real, y en una posi-
ción de distancia. Es un vínculo “que supone que el simpatizante tenga conciencia de su diferencia
con el sufriente, que se sepa no sufriente, y entonces que pueda interrogarse […] acerca de las ra-
zones de su posible culpabilidad (este sentimiento no nace en el cine) incluso de su posible com-
promiso con una acción” (Charaudeau 2000 : 143-144). Es decir que la puesta en escena y la verba-
lización del sufrimiento o de los sentimientos de un tercero situado fuera de la interacción produce
un efecto que depende del tipo de intercambio en el cual el sujeto se encuentra comprometido, así
como del dispositivo comunicacional que regula este intercambio. Antes de inclinarse por estos
cuadros formales e institucionales que modelan el discurso argumentativo, es necesario abordar, sin
embargo, en la intersección del logos y del pathos, la cuestión de las figuras de retórica.
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Estereotipos
Mariana Cuñarro
Por otra parte, esta reflexión sobre los estereotipos invita a explorar otros campos -más allá del
lenguaje verbal- relacionados con la imagen como la fotografía, el cine, la televisión, las redes sociales
y la imagen publicitaria.
Pero ¿qué se entiende por estereotipos? Fue el periodista norteamericano Walter Lippmann
quien en 1922 introdujo el término estereotipo para designar “a las imágenes de nuestra mente que
mediatizan nuestra relación con lo real”. En otras palabras, los estereotipos son “representaciones cris-
talizadas, esquemas culturales preexistentes, a través de los cuales uno filtra la realidad del entorno” y
que, además de ser “indispensables para la vida en sociedad” (Amossy y Herschberg Pierrot, 2001:
32), permiten que el individuo comprenda lo real, lo categorice y actúe sobre él. De este modo, cada
uno advierte en el otro algún rasgo que caracteriza un tipo conocido y completa el resto por medio de
estereotipos que tiene en su mente: el obrero, la ama de casa, el deportista, la feminista, el piquetero, el
vegetariano. Estas imágenes que forman parte de nuestra mente son ficticias, pero no por el hecho de
que sean mentirosas sino porque expresan un imaginario social.
Los primeros psicólogos norteamericanos insistieron en el carácter reductor y nocivo de los es-
tereotipos y lo ubicaron bajo una concepción peyorativa en la medida en que responde a un proceso de
categorización y de generalización que simplifica y recorta lo real. Desde esta óptica, un estereotipo es
una creencia que no surge de comprobar una hipótesis a partir de pruebas, sino que más bien es enten-
dida como un hecho dado. También puede considerarse al estereotipo como una manera de pensar que
designa categorías descriptivas simplificadas que se basan en creencias a partir de las cuales se califica
a las personas o a los diferentes grupos sociales que, en consecuencia, se encuentran sujetos a prejui-
cios.
127
No obstante, a partir de los años cincuenta, estas miradas con criterios desvalorizadores del este-
reotipo se han ido abandonando y se asume que un estereotipo constituye un juicio no crítico, un saber
de segunda mano y que, si bien se acepta que el estereotipo esquematiza y categoriza, se completa su
análisis entendiéndolo como un procedimiento indispensable para la cognición a pesar de que se trate
de una simplificación o generalización excesiva. Porque para comprender el mundo, realizar previsio-
nes y regular nuestras conductas es necesario relacionar lo que percibimos con modelos preexistentes.
De esta manera, la mayoría de los psicólogos sociales tiene en cuenta estas dos dimensiones del
estereotipo: la dimensión clasificatoria y la tendencia emocional relacionada con el prejuicio. Es decir,
por un lado, “el estereotipo aparece como una creencia, una opinión, una representación relativa a un
grupo y sus miembros; mientras que el prejuicio designa una actitud adoptada hacia los miembros del
grupo en cuestión” (p.39). Por ejemplo, es posible decir que el estereotipo de la feminista o del pique-
tero es la imagen colectiva de sus rasgos característicos que circula en un grupo social, y que el prejui-
cio consistiría en la tendencia a juzgar desfavorablemente a una feminista o a un piquetero por el solo
hecho de que se han seleccionado atributos con valores negativos a quienes forman parte de tal grupo
o cual grupo.
En los años ochenta resurge la dimensión tripartita del estereotipo, que ya había sido observada
por algunos analistas durante los años sesenta. En esta perspectiva, el estereotipo tiene un componente
cognitivo (como categorizador o esquema mental), un componente afectivo (como prejuicio) y un
componente comportamental (como discriminador). Por ejemplo, representar a un piquetero como
“molesto”, “vago” o “violento” remite al estereotipo; mientras que manifestarle desprecio o rechazo
remite al prejuicio y negarle un trabajo significa un acto de discriminación. En este sentido, se afirma
también que el estereotipo, muchas veces, legitima una antipatía preexistente, en lugar de ser la causa
de esta.
Amossy y Herschberg Pierrot señalan también que actualmente las ciencias sociales tienden a
desplazar el estudio de los estereotipos a la cuestión del uso que se hace de ellos. “Se trata de ver
cómo el proceso de estereotipación afecta la vida social y a la interacción entre grupos. […] Ya no se
trata de considerar a los estereotipos como correctos o incorrectos, sino como útiles o nocivos” (p. 43).
Dicho esto, es posible sostener que el estudio de los estereotipos puede dar lugar a entenderlos como
un factor de tensión y de disenso en las relaciones intercomunitarias e interpersonales.
Pero más allá de la concepción de estereotipo como fuente de prejuicios, la psicología social re-
conoce también al estereotipo como un factor de cohesión social, es decir, “un elemento constructivo
en la relación del ser humano consigo mismo y con el otro”. En otras palabras, el estereotipo intervie-
ne en la construcción de la identidad social y la identidad de un individuo, es decir que la identidad no
solo se define en términos de personalidad singular, también es definida a partir de su pertenencia a un
grupo:
La adhesión a una opinión establecida, una imagen compartida, permite además al indivi-
duo proclamar indirectamente su adhesión al grupo del que desea formar parte. Expresa
de algún modo simbólicamente su identificación a una colectividad, asumiendo roles es-
tereotipados. Al hacerlo sustituye el ejercicio de su propio juicio por las formas de pensar
del grupo al que le importa integrarse. Reivindica implícitamente como contrapartida el
reconocimiento de su pertenencia. Es en este sentido que el estereotipo favorece la inte-
gración social del individuo. […] El estereotipo no se conforma con señalar su pertenecía,
la autoriza y la garantiza. (p. 48).
128
Esta construcción particular del individuo permite, además, presentar al estereotipo como un
instrumento de categorización que permite distinguir un “nosotros” de un “ellos”: la “gente” y los
“políticos”; “los kirschenristas” y los “antikirschneristas”; los “porteños” y los “del interior”.
En síntesis, desde las investigaciones en ciencias sociales, el estereotipo tiene una vertiente ne-
gativa, vinculada al prejuicio y a las tensiones entre los grupos sociales; y una vertiente positiva en la
que importa la construcción de la identidad social.
Por otra parte, otros campos de las ciencias sociales como la sociocrítica y el análisis del discur-
so también analizan los fenómenos de estereotipia analizando la imagen colectiva cristalizada en mate-
riales textuales. Y el estereotipo aparece allí no solo como un “esquema reductor que hay que denun-
ciar sino también como un elemento positivo, cuyos funciones constructivas y productivas” son moti-
vo de análisis (p. 56). En otras palabras, cómo los discursos en situación retoman estos elementos pre-
fabricados y los consideran elementos constructores de sentido por lo que, tanto para los estudios lite-
rarios como para el análisis del discurso, el estereotipo es valorado ya sea por su función estética como
por su función ideológica en la construcción del texto.
Referencia bibliográfica
Amossy, Ruth y Anne Herschberg Pierrot (2001) Estereotipos y clichés. Buenos Aires: EUDEBA.
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