Trabajadores del vino en Parras, Coahuila
Trabajadores del vino en Parras, Coahuila
Título descriptivo
Esta propuesta de investigación versa sobre las y los trabajadores de la industria vitivinícola de Parras
de la Fuente, en Coahuila. Desde una perspectiva etnográfica, aborda las experiencias de las y los
trabajadores que entrelazan su vida cotidiana en las diferentes formas del trabajo vitivinícola –en los
viñedos, en las plantas de procesamiento o en los espacios de comercialización--, en un contexto de
“nueva vitivinicultura”. Fenómeno que denomina a una serie de reestructuraciones productivas y
socioculturales que han transformado la industria global desde la década de 1970, y cuya manifestación
más reciente radica en la producción de vino de alta calidad y en el surgimiento de un enoturismo, que
se reapropia de la tradición y de la distinción alrededor del vino.
Consideraré tres planos de análisis. En un plano estructural, investigaré las especificidades que
adquiere el fenómeno de la “nueva vitivinicultura” en Parras y cómo repercute en la organización de
los procesos de trabajo, así como en la reconfiguración de la dinámica social a nivel local. En un plano
relacional-simbólico, analizaré cómo las y los trabajadores del vino experimentan su trabajo y sus
circunstancias de vida materiales en el ámbito reproductivo, incrustados en relaciones de desigualdad
y de accesos diferenciados al poder. Y, en un plano subjetivo, analizaré los sentidos que los diversos
trabajadores de la vitivinicultura construyen en torno a su trabajo y la manera en que interpretan y
representan los cambios socioespaciales locales ocasionados por la “nueva vitivinicultura”.
Estos tres planos analíticos se articulan para describir y analizar cómo se viven y experimentan,
desde la perspectiva y la agencia de las y los trabajadores, los procesos de reestructuración y de
expansión del capital cristalizados en la industria vitivinícola en Parras.
Ubicada al norte de México y al sureste del estado de Coahuila, la ciudad de Parras de la Fuente
se extiende sobre 10,621 km2 y cuenta con poco más de 45,000 habitantes. Sus características
climáticas y de suelo son idóneas para la siembra y el desarrollo de la vid (vitis vinífera): cuenta con
un clima semiseco y semicálido, la temperatura anual oscila entre 12°C y 22°C, y se asienta en una
llanura rodeada por las sierras Parras, Hojaseñal, Playa Madero y Laurel, de las cuales desciende el
agua en temporada de lluvias para el uso de los habitantes e industrias.
Las principales actividades económicas son la vitivinicultura, la industria textil y la
manufactura. Actualmente, alrededor de 20 bodegas vitivinícolas coexisten en tres tipos de unidades
productivas: la gran empresa “Casa Madero”, que elabora “vinos de calidad” monovarietales y
multivarietales conforme a los estándares de calidad internacional y los comercializa en el mercado
interno o exporta a países de América, Asia, Oceanía y Europa; las bodegas emergentes de menor
tamaño, que surgieron en la década de 1990, producen “vinos de mesa” y “vinos de calidad” en
pequeñas parcelas de manera semiartesanal, y dependen fuertemente del enoturismo; y las pequeñas
bodegas históricas, que mantienen una estructura de producción familiar y artesanal para la elaboración
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de vinos generosos, vinagres y aguardientes “acorde al gusto tradicional de la región” (Corona 2011,
8).
Junto con Baja California y Querétaro, Parras, Coahuila es una zona vitivinícola importante y
en expansión (De Jesús, Thome y Espinoza 2019, Pellégrini 2018, Ruiz 2014), y si bien la industria
vitivinícola de México tiene un peso modesto en la producción global de vino --ocupa la posición 45
en volumen--, desde finales de la década de 1990 ha tenido un crecimiento continuo, impulsado por
una mayor demanda de consumo a nivel nacional y en el mercado de exportación 1, en línea con las
evoluciones del mercado mundial del vino.
En los años 60, la industria vitivinícola global –que estaba todavía circunscrita a ciertos países
de Europa y de América Latina, principalmente Argentina y Chile-- atravesó una grave crisis, marcada
por un desplome a la mitad del consumo mundial de vino. En el periodo de globalización neoliberal
(Smith 2016), la década de 1970 marcó el inicio de una serie de reestructuraciones que posteriormente
fue denominada “nueva vitivinicultura”: a la par de que emergieron y se desarrollaron nuevos mercados
para vinos caros, la producción del vino se relocalizo en países de África, América y Oceanía –como
Sudáfrica, Estados Unidos y Nueva Zelanda— , los cuales comenzaron a producir cada vez más “vinos
de calidad” de exportación, en competición con los productores históricos. Así, los países no europeos
producen actualmente el 43% del vino que se consume en Asia y América del Norte.
Este proceso de reestructuración continúa en el presente; se reactualiza acorde a los patrones
de acumulación del capital (Trumper 2021, Unwin, 2001). En la “nueva vitivinicultura” destacan el
estándar de calidad, el enoturismo y el capital trasnacional, que constituyen ventajas competitivas en
la carrera que libran las empresas para posicionarse en el mercado global y en la exportación de vino.
Los estudios de caso realizados muestran que la “nueva vitivinicultura” genera cambios en los diversos
ámbitos que hacen posible la industria del vino: en los procesos y la organización de trabajo, en la
composición y el perfil de la fuerza de trabajo, así como en la comercialización y en las formas de
consumo. Repercute además a nivel local sobre las dinámicas sociales de las zonas vitivinícolas (Creen
2018; Sánchez, Torres y Serra 2018; Martínez y Medina 2018; Palerm y Santos 2018; Neiman 2017;
Hemsteede 2013; Neiman y Bocco 2005; Tomic, Trumper y Aguiar 2005).
La industria vitivinícola ha marcado la historia de Parras desde que la fundó un grupo de
franciscanos de la Nueva Vizcaya, en 1598. Al ver su potencial para el cultivo de la vid, parte elemental
de la vida sacramental de la iglesia católica, los religiosos levantaron el asentamiento –que llamaron
Santa María de las Parras-- como un pueblo de indios en tierra fronteriza, el cual fungía a la vez como
1 En el siglo XX, bajo un modelo de industrialización por sustitución de importaciones, la industria vitivinícola mexicana
experimentó cierta bonanza en diversas regiones como Querétaro y Parras, especialmente por la producción de destilados
como el “Blanco Madero” y los vinos generosos. No obstante, después de la mitad del siglo XX la industria entró en un
periodo de decadencia; la apertura del mercado y los recortes presupuestarios al sector agrícola provocaron la desaparición
o reconversión de empresas vitivinícolas hacia otros sectores productivos. En los últimos veinte años el panorama ha
cambiado hacia una industria en desarrollo: nuevamente cobran importancia las zonas vitivinícolas históricas y surgen
nuevas zonas en estados como Sonora, Durango y Puebla. A través de la Ley de Fomento a la Industria Vitivinícola (2018)
y la creación el Consejo Mexicano Vitivinícola se ha fomentado el consumo y el enoturismo mediante la creación de las
Rutas del Vino. Actualmente la industria emplea a 500 mil jornaleros a nivel nacional y es la segunda fuente de empleo en
el sector agrícola después de la hortofrutícola (De Jesús, Thome y Espinoza 2019; Consejo Mexicano Vitivinícola 2020a,
2020b).
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defensa ante las irrupciones de los indígenas del Bolsón de Mapimí. Del siglo XVI al XVIII,
tlaxcaltecas y hacendados españoles desarrollaron una próspera y lucrativa industria vitivinícola,
basada en una compleja organización del trabajo de indígenas libres y jornaleros, que sostuvo la
estructura productiva de la ciudad y otorgó ciertos privilegios políticos y económicos a los tlaxcaltecas
frente a la corona de la Nueva España. Su amplia red comercial abastecía de vino la estructura
eclesiástica, la población de las zonas mineras de Zacatecas y de Parral y llegaba hasta la Ciudad de
México (Corona 2004).
Así, la industria vitivinícola en la Parras contemporánea está enraizada a un proceso complejo
de reorganizaciones productivas, y ha atravesado periodos de expansión y contracción a lo largo de
más de 400 años. Sobre esa historia se graba la “nueva vitivinicultura”; un proceso que impacta en la
trama social al reordenar la dinámica del capital a nivel local y a la vez, se introduce en las
circunstancias de la vida cotidiana y situada de los sujetos, en un contexto mediado por asimetrías y
relaciones de poder.
En una tendencia que inició en la década de 1970 y se intensificó en los 90, la empresa “Casa
Madero” ha reestructurado sus procesos productivos: introdujo nuevas tecnologías y técnicas aplicadas
en viñedo, importó nuevas variedades de cepas de uvas finas como la Shiraz y apostó a los vinos
orgánicos. La innovación tecnológica impulsada por “Casa Madero” ha permeado a otras bodegas,
especialmente las de reciente creación como “Viñedos Don Leo” y “Rivero González”, que invierten
actualmente en el desarrollo de conocimientos especializados en enología.
Su objetivo consiste en elaborar vinos de alta calidad y de “gran reserva” validados por
certificaciones internacionales de cumplimiento a las normas de calidad. Los productores parrenses
lograron obtener la denominación de origen “Valle de Parras”, que resalta las características
particulares del medio geográfico y la huella del factor humano en la producción del vino. Este
conjunto de elementos se cristaliza en una estrategia de comercialización que busca mantener un
consumo diferenciado y elitista del vino, envolviendo la marca en una imagen sofisticada, que en
última instancia otorga un valor agregado para competir en el mercado global.
En este proceso, la reestructuración de la industria vitivinícola de Parras también fomentó el
enoturismo, un sector del turismo orientado a la producción de experiencias y símbolos que combinan
la alta gastronomía y la cata de bebidas, la puesta en escena de la historia local del vino y la
escenografía de los paisajes bucólicos de los viñedos. Antes de la década de 1990 existían iniciativas
aisladas de visitas guiadas a las bodegas o la histórica Feria de la Uva, que atraía a los locales y a
migrantes que retornaban a Parras para la temporada de fiestas. En los últimos años, esta dinámica ha
cambiado: el gobierno y los empresarios vitivinícolas asociados en la Oficina de Convenciones y
Visitantes (OCV) han impulsado diversas estrategias para dinamizar el turismo apoyado en la
vitivinicultura, como la inclusión de Parras en el programa de los “Pueblos Mágicos” de la Secretaria
del Turismo federal en 2004, o la creación de la Ruta del Vino en 2019, a través de la cual la OCV
promociona las bodegas de mayor tamaño, los hoteles boutique y los restaurantes caracterizados por
su exclusividad y sofisticación.
Así, en Parras se integra un clúster enogastronómico (Valderrama 2012) que proyecta sumar al
sector inmobiliario para la construcción de residencias con pequeños viñedos integrados y un complejo
turístico de mayor tamaño. De acuerdo con la OCV, el enoturismo parrense se dirige especialmente al
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turismo de negocios y convenciones, buscando un consumidor que forma parte de los grupos
empresariales, con alto poder adquisitivo y atraído por la cultura asociada al vino, representada en un
estilo de vida cosmopolita y europeizado (Tomic y Trumper 2018).
En esta “nueva vitivinicultura”, las y los trabajadores –a pesar de ser quienes la hacen posible-
- están envueltos y a la vez velados en la dinámica expansiva y de desarrollo desigual del capital
(Harvey 2000). Me interesa analizar cómo las reestructuraciones de la industria vitivinícola en Parras,
orientadas hacia la producción de un vino de calidad y a la producción de la experiencia enoturística,
repercuten en la organización de los procesos de trabajo, las formas de explotación y las relaciones
laborales, ya sea mediante la automatización de la producción, un mayor control --justificado por la
exigencia de calidad-- o la puesta en marcha de una producción artesanal y orgánica que exige nuevos
aprendizajes y tratamientos específicos. Más allá del trabajo, planteo analizar cómo estas
reestructuraciones inciden sobre las condiciones de reproducción de la vida de las y los trabajadores
del vino de Parras y sobre la dinámica social, a través de la producción de un espacio que se
mercantiliza y se fragmenta en zonas exclusivas para los turistas, restringidas a la población local.
Coincido con la lectura thompsoniana de Kasmir y Carbonella (2018) al señalar que la
reestructuración neoliberal del trabajo hace, deshace y reconstruye a las clases trabajadoras y moviliza
a diversas poblaciones de trabajadores. La industria vitivinícola de Parras demanda un amplio
contingente de trabajadores orientados a distintas actividades laborales. Distingo, por un lado, a las y
los trabajadores que cubren las actividades en los viñedos y en las plantas de procesamiento, y quienes
son los responsables de la producción del vino de calidad, bajo la tutela de los ingenieros vitivinícolas.
Representan una fuerza de trabajo de baja calificación; algunos de ellos son trabajadores permanentes,
otros son temporales y combinan el trabajo de los viñedos con empleos en el sector maquilador y
manufacturero; la mayor parte reside en las rancherías o en los barrios periféricos de Parras. Por otro
lado, observo a las y los trabajadores especializados y profesionales como los sommeliers y los
enólogos, que estudiaron fuera de Parras y son el rostro visible de la vitivinicultura. Poseen el
conocimiento en torno al vino y son los encargados de hacerlo accesible a los consumidores que lo
carecen, son vendedores de experiencias que educan a los visitantes para acceder a un gusto de alta
cultura (Tomic y Trumper 2018, 204).
La reestructuración productiva de la vitivinicultura de Parras se sostiene en un mercado laboral
segmentado, que distribuye desigualdades económicas y políticas sobre una fuerza de trabajo
heterogénea. La integran grupos de trabajadores con posiciones asimétricas, en las cuales operan
marcadores sociales como la identidad étnica, el género, la clase, la edad, los niveles de
profesionalización y los diversos orígenes sociales, que a su vez producen un sistema de cierre y
oportunidades en el contexto social específico del trabajo. En un plano relacional-simbólico, considero
pertinente estudiar cómo, en el trabajo cotidiano, el grupo de trabajadores despliega e interpreta estos
marcadores, y hasta qué punto operan como ordenadores de la estructura interna del trabajo de la
vitivinicultura de Parras.
Poco se sabe acerca de los sujetos sobre los que recae en lo inmediato estas transformaciones.
Se vale preguntar, por ejemplo, cómo ha incidido este cúmulo de transformaciones sobre el trabajo y
la vida social sobre las y los trabajadores del vino, o cuestionar si los beneficios productivos que
experimenta la vitivinicultura parrense se han traducido en una mejoría en sus condiciones de vida.
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Justificación
La propuesta de investigación guarda relación con el enfoque académico que permea en mis tesis de
licenciatura y de maestría, ambas realizadas en la Ciudad de México. En la primera, abordé el saber-
hacer y las condiciones de trabajo de los artesanos de oficios tradicionales de la colonia Obrera, y en
la segunda estudié las circunstancias de precariedad y desigualdad que han experimentado las y los
trabajadores mayores de limpieza del Metro a lo largo de su vida. En ambos, me dediqué a describir
y analizar cómo las y los trabajadores viven y dan sentido a su trabajo, y a la vez, cómo éste los
condiciona en sus circunstancias de vida. Estudié los procesos y las relaciones que se tejen en el trabajo:
en el caso de los artesanos, en sus relaciones con sus herramientas, su producto, sus ayudantes y sus
clientes y, en el caso de las y los trabajadores mayores de limpieza, en su relación con sus pares, sus
jefes inmediatos, las empresas de subcontratación y los trabajadores del Metro.
En la presente propuesta, me interesa ampliar el análisis hacia lo local, a cómo las dinámicas del
capital interfieren y moldean los espacios de reproducción social, y observar cómo las y los
trabajadores se enfrentan –de manera activa o simbólica-- a las reconfiguraciones socioespaciales
como resultado de las transformaciones productivas.
El aporte académico de esta propuesta se dirige a los estudios de la Antropología del trabajo; desde
un enfoque para mirar y desnaturalizar las relaciones y las experiencias que tienen lugar en el trabajo,
ámbito central de la producción y reproducción de la vida social. Con el enfoque de la antropología
del trabajo, aplicado sobre el análisis de la “nueva vitivinicultura” en Parras a través de las experiencias
de sus trabajadores, me interesa describir y comprender cómo los procesos dinámicos de la expansión
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capitalista se expresan en los contextos particulares, y toman forma a través de la huella humana, es
decir, en situaciones específicas tensionadas por las relaciones sociales entre los diversos sujetos.
El enfoque antropológico permite observar la cotidianidad de la vida en el trabajo y dilucidar cómo
las dinámicas del capital son vividas e interpretadas por las y los trabajadores en sus procesos de trabajo
y en sus espacios de reproducción. A la par, permite analizar desde diversos ángulos cómo estos
trabajadores –cargados de experiencias y subjetividades-- despliegan su agencia para incidir sobre las
estructuras sociales en las que transcurren sus vidas.
Considero que el tema de investigación propuesto amplía un campo de estudio aún poco
explorado en México, y aporta una lectura distinta al plantearse desde el enfoque analítico del trabajo
y las experiencias de sus trabajadores. Una línea de investigación sobresaliente sobre las
reestructuraciones de la industria vitivinícola desde una perspectiva global se produce en México, y es
liderada por la Dra. Martha Judith Sánchez (2018, 2019) quien, junto con autores como Francisco
Torres, Inmaculada Sierra, Maria Brignardello, Patricia Tomic, Guillermo Neiman, Ricardo Trumper,
Chantal Creen y Roeland Hemsteede realizan estudios empíricos desarrollados en zonas vitivinícolas
como Ribera del Duero y Utiel-Requena (España), Cuyo (Argentina), Okanagan (Canadá), Napa y
Santa Bárbara (E.U.A.), Stellenbosch (Sudáfrica), Burdeos (Francia), donde destacan la flexibilidad
laboral y la presencia del trabajo migrante como los pilares que sostienen la industria.
El tema de investigación que aquí se plantea se ensambla con las investigaciones mencionadas
y pretende contribuir a este campo de investigación emergente a partir de tres aportes novedosos:
primero, retoma el método etnográfico y el enfoque antropológico; segundo, parte de una unidad de
análisis compuesta por las y los trabajadores, sujetos invisibilizados o apenas mencionados en los
trabajos realizados hasta el momento en México; y tercero, cubre un vacío académico al abordar la
zona vitivinícola de Parras, la cual, a excepción de la investigación de corte histórico de Sergio Corona
(2004) acerca de la vitivinícola parrense en el periodo colonial, no ha sido estudiada.
Un estudio antropológico en Parras tiene gran relevancia, pues al margen del peso histórico de
la industria vitivinícola, la ciudad atraviesa complejos procesos de reestructuración productiva y
territorial desde hace una década, marcados por el declive de su industria textil --con los cierres
recientes de la fábrica de “La Estrella” o de la maquiladora de mezclilla “Dickies”--, y el surgimiento
de parques industriales como el de “Cactus Valley” o el megaproyecto industrial regional de “Ciudad
Derramadero”, que en 2019 detonó un fuerte movimiento en defensa del agua. Por encima de estas
reconfiguraciones trascienden las mismas familias que durante siglos han acaparado el capital
económico y político en Parras: los Madero, los Milmo, o la familia Rivero González, capitanes de
industrias y actualmente actores principales de la “nueva vitivinicultura”.
Objetivos generales
Analizar, desde una perspectiva diferenciada, los procesos, las experiencias y los sentidos del trabajo
de las y los trabajadores de la industria vitivinícola en el contexto de la nueva vitivinicultura en Parras
de la Fuente, Coahuila.
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Anteproyecto de investigación. Programa de Doctorado en Antropología CIESAS
Objetivos específicos
- Describir y analizar cómo se construyen las especificidades que adquiere el fenómeno de la “nueva
vitivinicultura” en Parras en términos de reestructuración productiva y reconfiguraciones
socioespaciales locales.
- Describir y analizar cómo se organizan los procesos de trabajo y se estructuran las relaciones
laborales diferenciadas y cotidianas al interior de las unidades económicas de la vitivinicultura
parrense.
- Describir y analizar la articulación del trabajo con las circunstancias de vida materiales y las
relaciones sociales de las y los trabajadores vitivinícolas en el ámbito de la reproducción social
(espacio doméstico, barrial, local).
- Describir y analizar cómo las y los trabajadores vitivinícolas producen símbolos --sentidos,
interpretaciones y representaciones— acerca de su trabajo y de las circunstancias en que reproducen
la vida, a la luz de la configuración material y simbólica de la “nueva vitivinicultura” y la
organización socioespacial que ésta produce.
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Mendoza y la Patagonia Norte (Argentina) y Serra Gáucha (Brasil) (Moreno 2019, Steimbreger y
Bendini 2018, Quarana y Brignardello 2018).
La línea de estudio que aborda la relación entre vitivinicultura, racialización y migración
destaca que la industria vitivinícola de la región europea y de América del Norte se sostiene por el
trabajo de migrantes árabes, marroquíes, mexicanos y latinoamericanos. De este punto de partida,
profundizan en temas como en la precariedad estructural y las movilidades socioespaciales de los
trabajadores migrantes, y en la manera en que operan la jerarquización interétnica, el racismo y el
paternalismo como factores que organizan el mercado de trabajo vitivinícola. También analizan las
estrategias de arraigo de las familias migrantes al territorio vitivinícola y el estigma entre el resto de
las poblaciones blancas y locales. Los aportes provienen de investigaciones realizadas en Provence y
Burdeos (Francia), Utiel-Requena (España) y Sudáfrica (Creen 2018, Décosse y Mesini 2017, Gadea
y Torres 2018, Hemsteede 2013, McLean 2013, Tomic, Trumper y Aguiar 2005, Palerm 1997).
La cuarta línea de investigación está relacionada con el fenómeno del turismo del vino,
analizado desde diversas ópticas. Existen análisis relacionados con el territorio que dirigen la mirada
a las potencialidades del enoturismo para contribuir al desarrollo regional, pero también a las
afectaciones ambientales que genera, como la contaminación y la escasez del agua. Desde un enfoque
hacia los trabajadores, se estudian las relaciones y contrastes entre el turismo blanco y los trabajadores
vitivinícolas migrantes y racializados, así como los conflictos que surgen a partir del asentamiento de
los trabajadores migrantes en el paisaje turístico en expansión. Y desde una perspectiva empresarial,
se estudian los efectos económicos del establecimiento de rutas enoturísticas y las demás estrategias
que despliegan las bodegas para fomentar el turismo. Estos trabajos se han realizado en zonas como
Okanagan (Canadá), Santa Bárbara (EUA), Serra Gaucha (Brasil), Nueva Zelanda y prácticamente en
las zonas que abarcan la región Unión Europea (Palerm y Santos 2018, Tomic y Trumper 2018, Bampi
et al. 2018, Hall et.al 2000, Hall 1997).
A esta última línea de investigación se adhieren los estudios circunscritos a las zonas
vitivinícolas en Mexico, los cuales --cabe señalar-- representan un campo de investigación
relativamente nuevo. Los referentes que he localizado remiten a publicaciones de la última década; se
trata de investigaciones de corte sociológico situadas en las zonas de Valle de Guadalupe (Baja
California), Ezequiel Montes y Tequisquiapan (Querétaro), que se enfocan en dos temas
interrelacionados. Por un lado, existen estudios centrados en el enoturismo, en el análisis de sus
símbolos (Baliño 2018), el perfil sociodemográfico del visitante (Corpus Espinoza et.al. 2018), el
proceso de turistificación y apropiación del territorio (De Jesús Contreras et. al. 2018) o las estrategias
de enoturismo de los pequeños propietarios (Fernández et.al. 2018). Por otro lado, existen estudios
enfocados en el desarrollo territorial (Pellegrini 2018, Meraz y Ruiz 2016, Celaya 2014,), las
interacciones territoriales (Soto y Sánchez 218) o los impactos ambientales y el uso de recursos
hídricos en la vitivinicultura (Lino et.al. 2019)
profundas derivadas de los procesos globales de reestructuración productiva que inició en la década de
1970 (Trumper 2021, Sánchez, Torres y Serra 2018, Neiman y Bocco 2015, Unwin, 2001, France y
Garcia 2001). Dan cuenta que, para adecuarse a los nuevos requerimientos del mercado global, la
“nueva vitivinicultura” ha seguido tres procesos: el predominio de la gran empresa y la expansión
comercial hacia el mercado externo mediante la incorporación de capital transnacional; el uso de
nuevas tecnologías para la producción de vinos de “calidad” en detrimento de los “vinos de mesa" de
consumo masivo; y la introducción de elementos inmateriales como el paisaje, el discurso de la
tradición y la experiencia enoturística. Junto con la revalorización de esta “nueva” mercancía han
aparecido condicionantes que modificaron sustancialmente la industria vitivinícola en su estructura
productiva, en la organización del proceso de trabajo, en el consumo y en la comercialización del vino.
El análisis de la “nueva vitivinicultura” se enmarca en procesos más amplios, como el
reordenamiento del sistema de producción agroindustrial, que a su vez está alineado a los procesos de
reestructuración productiva en un contexto neoliberal y globalizado. En ambos planos se enfatizan las
contradicciones entre la movilidad del capital y la sujeción del trabajo.
El estudio de los encadenamientos globales agroalimentarios y sus consecuencias en los
procesos productivos (Pedreño 2014, Cavalcanti, Da Mota y Gama 2002, Cavalcanti y Bendini 2001,
Lara 1999, Cavalcanti 1997, Bonanno, Busch, Friedland, Gouveia, y Mingione, 1994) muestra que el
estándar internacional de calidad se ha convertido en un componente determinante de competitividad
en el sistema de producción agroalimentaria. A consecuencia, el trabajo agrícola ya no se limita en
producir commodities sino a convertir en bienes exportables y portadores de símbolos distintivos.
Bajo esta impronta, estudios sobre la “nueva vitivinicultura” como el de Steimbreger y Bendini
(2018) y Neiman y Bacco (2015), se enfocan en las modificaciones que estas reconfiguraciones
ocasionan sobre el trabajo. Destacan que la estructura industrial, cada vez más descentralizada y
flexible, se sostiene en procesos de trabajo donde imperan procesos de intensificación, control y
racionalización acorde a los ritmos productivos, y a la vez se diversifica la contratación de empleo
hacia formas cada vez más transitorias, inestables y flexibles.
Este análisis encuentra coincidencia con los aportes de los estudios del trabajo sobre la
reestructuración productiva a la luz de la flexibilización laboral. Coincido con la lectura de Reygadas
(2011, 21) acerca de que existe una tensión en el corazón de las reestructuraciones productivas: por
una parte, la productividad se incrementa, hay innovaciones tecnológicas y se fabrican productos
inéditos; por otra parte, una fuerza destructiva desmorona las viejas industrias y las formas
tradicionales de empleo, y en paralelo flexibiliza las relaciones y la organización del trabajo.
La flexibilidad productiva tiene lugar en un escenario en el que “el capital goza de movilidad
espacial y ha fortalecido su posición en relación con el trabajo, las organizaciones de las y los
trabajadores se han debilitado. Y con ello las condiciones laborales de las y los trabajadores, no solo
no han mostrado una mejoría significativa, sino que han tendido a empeorar: hacia la mayor tendencia
de un trabajador descolectivizado, flexibilización en las relaciones laborales, desempleo, pérdida de
derechos laborales, menor seguridad y estabilidad del empleo y condiciones degradadas de trabajo”
(Reygadas 2011, 40). En ese sentido, considero que es necesario analizar las especificidades de la
industria vitivinícola de Parras a través de la mirada de las y de los trabajadores: “¿Quién sale
favorecido de la creación y quién carga con el peso de la destrucción?” (Harvey 2014, 107).
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Para ello, la teoría del proceso del trabajo (Braverman 1974, De la Garza 2011) permite situar
el análisis estructural de un fenómeno global en el espacio concreto de producción, y acercarse a las
dinámicas y las relaciones cotidianas en el proceso de trabajo vitivinícola. El estudio de los procesos
de trabajo adquiere relevancia en la sociología y antropología en el marco de las reestructuraciones
productivas, destacando las investigaciones de Braverman (1974), De la Garza (1993), Leite (1994 ),
Novick 1991, Neder (1988), Novelo (1984) y Coriat (1982) quienes analizan cómo las
transformaciones en la producción se cristalizan en las relaciones sociales cotidianas que confluyen en
el espacio laboral, así como en los aspectos estructurales del trabajo como su organización, las
condiciones laborales, la normatividad, etcétera.
El proceso de trabajo plantea una actividad orientada a la producción de valores de uso y de
relaciones sociales históricamente situadas (Karl Marx1867 [2013]) que, bajo la pauta de la
acumulación de capital, se sostiene en relaciones sociales asimétricas y de explotación y ,el trabajo se
destina la producción de mercancías. En estos términos, el proceso de trabajo se estructura bajo la
contradicción de la producción social y la apropiación privada (Novelo 1984).
El proceso de trabajo vitivinícola debe analizarse como un proceso donde se configura la
correlación de fuerza entre el capital y el trabajo (Abramo y Montero 2000, 74), y en el cual las y los
trabajadores del vino se insertan y reproducen estructuras que se imponen más allá de su voluntad
mediante formas de control basadas en el consenso o la coerción (De la Garza (2011, 24). Para estudiar
cómo operan estas estructuras en el trabajo vitivinícola, privilegio un enfoque centrado en los sujetos,
partiendo de que, si bien la fuerza de trabajo está determinada por condicionamientos de producción,
contractuales y de mercado, la realización de la producción depende en buena medida de cómo se
establecen y se despliegan las relaciones sociales y de poder dentro de los procesos de trabajo. Estas
relaciones vinculan a sujetos con capacidad de agencia, quienes interpretan las condiciones
establecidas, y en última instancia actúan de maneras discontinuas y contradictorias, ya sea mediante
la cooperación, en conflicto o en diversos grados de resistencias ante los condicionamientos del
proceso de trabajo (De la Garza 2011, 11).
He aquí la importancia del “estudio directo”, que prioriza a los propios trabajadores en sus
situaciones reales y en la manera en que viven e interpretan el trabajo desde sus experiencias (Abramo
y Montero 2000, Castillo 2000). Las elaboraciones alrededor del concepto de experiencia aportan
herramientas teóricas que permiten analizar las vivencias y las relaciones sociales que establecen las y
los trabajadores de la vitivinicultura en sus procesos de trabajo. En este marco, diversas vertientes de
la antropología del trabajo en América Latina han recuperado el concepto de experiencia, ponderando
la relación entre los aspectos simbólicos y materiales del proceso de trabajo (Abramo 1988; De Paula
1993; Menendez 1999; Leite 1976; Neiburg 1988; Novelo 1999; Ribeiro 1991, Sariego 1997).
La conceptualización de experiencia de E.P. Thompson (1966) destaca en su planteamiento
acerca de la concepción de la construcción de la clase social como un fenómeno procesual e histórico
que tiene lugar en las relaciones humanas. Su comprensión de los procesos históricos y de la formación
de clase articula las construcciones simbólicas con las determinaciones materiales, y pone en el centro
a los sujetos construidos por sus experiencias compartidas socialmente. En este sentido, las y los
trabajadores vitivinícolas, más allá de su condición de trabajadores desposeídos y condicionados a
estructuras productivas, cargan experiencias configuradas por las prácticas, los símbolos, las
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tradiciones, los valores, los hábitos, las instituciones y las formas de organización social que moldean
las maneras en que sienten, entienden, interpretan y dan sentido al mundo. Estos elementos no se
sustraen ni flotan por encima de sus circunstancias materiales de la vida; están profundamente
conectados con con ellas.
Esta noción se enriquece con la aportación de William Roseberry (1989), quien plantea la
importancia de contextualizar la experiencia de los sujetos en las relaciones de poder. Parte de que las
ideas, los símbolos públicos y los significados son productos históricos que confrontan a los sujetos
reales, quienes hacen su vida en relaciones jerárquicas basadas en accesos diferenciados al poder
político y económico, como el trabajo. En ese sentido, las experiencias de las y los trabajadores están
mediadas por una cultura dominante (Williams 1977) productora de símbolos, que incorporan en sus
discursos y en sus prácticas.
Sin embargo, el análisis de las experiencias se complejiza cuando se toma en cuenta que los
sujetos no solo incorporan y reproducen una “manera de ser-estar-pensar-sentir-creer” alineada con las
relaciones de dominación, sino también crean significados nuevos que las contradicen y resisten
(Novelo 1984, 49). En esta línea, Roseberry (1989) añade que la producción de los símbolos no está
reservada a quienes cuentan con mayor acceso al poder, dado que la dominación nunca es total ni
infranqueable; en su lugar, existen significados dominantes que entran en contradicción y en conflicto
con la experiencia vivida de los sujetos que, como señala Thompson (1966), tiene raíces profundas y
complejas. En ese sentido, la experiencia es, también, donde las y los trabajadores hacen y reelaboran
su historia.
Los planteamientos teóricos acerca del proceso de trabajo y de la experiencia también abordan
la relación entre los aspectos simbólicos y materiales que componen el trabajo. Es a partir de esta
articulación que me interesa investigar la cotidianidad del trabajo vitivinícola en Parras.
Luis Reygadas, desde la teoría de las culturas laborales, (2002) plantea que “el trabajo humano
no existe sin el trasfondo de la actividad simbólica” (103). En el proceso de trabajo, los sujetos no solo
producen mercancías, sino producen, reproducen, se apropian y actualizan significados en relación con
su actividad y sus circunstancias de vida. Lo material y lo simbólico del trabajo se entretejen en un
vínculo bidireccional, mediado necesariamente por las diversas y múltiples relaciones sociales que los
sujetos --en posiciones diferenciadas de poder-- establecen en el proceso de trabajo.
Reygadas nombra este vínculo la “eficacia simbólica del trabajo” y “la eficacia laboral de la
cultura”. En él, la experiencia en el proceso de trabajo incide en la producción simbólica que las y los
trabajadores elaboran en torno a su trabajo, la cual se traslada a todos los ámbitos de su vida;
simultáneamente, la estructura de símbolos que “cargan” las y los trabajadores a través de sus
experiencias de vida influye sobre las prácticas, interacciones y relaciones sociales que establecen en
el proceso productivo y en el piso laboral.
En este entramado de producción simbólica, las y los trabajadores construyen sentidos y
valoraciones que asignan a su actividad, los cuales reflejan las tensiones y las maneras intrincadas en
que se relacionan, interpretan y se enfrentan a los condicionamientos del capital en el proceso de
trabajo (Kergoat 1997, 7). Diversos estudios (Cioccari 2021, Capogrossi 2020, Berger y Mingo 2012,
Soul y Vogelmann 2010, Skeggs 2002, Menéndez 199, Leite 1976) muestran que la recuperación de
los sentidos en torno a las prácticas, posiciones, relaciones y condiciones del trabajo constituyen un
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elemento central para captar las representaciones de las categorías de pensamiento de quienes lo
ejecutan y lo viven (Leite 1978). A su vez, conlleva al investigador a confrontar sus
conceptualizaciones y a plantear nuevas categorías de análisis que complejizan su comprensión de la
realidad (Skeggs 2002).
En el análisis de los sentidos y las experiencias del trabajo, considero pertinente recuperar la
noción de experiencia diferenciada de Roseberry (1989), la cual plantea que la construcción simbólica
de sujetos específicamente situados está mediada por las experiencias acumuladas en el transcurso de
sus vidas individuales, inscritas en relaciones asimétricas. En ese sentido, la experiencia y los sentidos
de las y los trabajadores acerca de su proceso de trabajo están moldeados por estructuras de desigualdad
concatenadas y persistentes en torno la clase, al género, la etnia, la edad, los orígenes sociales, la
formación profesional, la escolarización, el lugar de residencia y todas las demás características de
diferenciación asignadas socialmente que inciden en el acceso al poder y a los recursos políticos,
sociales, económicos y culturales (Reygadas 2008).
El trabajo vitivinícola constituye un espacio específico donde convergen sujetos con
experiencias y marcadores sociales diferenciados. De acuerdo con Roseberry (1989), si la
convergencia propicia sentidos y lecturas comunes a quienes comparten experiencias, también
reproduce las diferencias y las relaciones sociales de desigualdad a través de las interacciones, las
prácticas, las normas y los discursos. El análisis de las experiencias en el trabajo requiere considerar
la manera en que opera el sistema de desigualdades, tomando en cuenta que es dinámico y que sus
efectos son variables según el contexto social en el que se despliega. Considero la perspectiva de (Tilly
1998) acerca de que las dimensiones de desigualdad llegan a fungir como un mecanismo eficiente para
reforzar el disciplinamiento y la explotación dentro del trabajo, así como a legitimar y reproducir las
desventajas de las y los trabajadores en cuanto a acceso a los recursos.
Desde una perspectiva de experiencia diferenciada --es decir contemplando cómo operan y se
vinculan las dimensiones de clase, etnia, género, edad, etcétera--, me interesa analizar las experiencias
de los diversos trabajadores del vino en sus procesos de trabajo, y articularlas con los sentidos y con
la producción simbólica y material que construyen en torno a su actividad.
Tomando en cuenta que la “nueva vitivinicultura” incide sobre el espacio social, retomo el
concepto de producción del espacio, proveniente de la geografía marxista y acuñado por Henri
Lefebvre (1991). El autor parte de que la reproducción de las relaciones capitalistas y los conflictos de
clase trasciende el espacio de trabajo y tiene lugar en el espacio como un todo. Este principio hace eco
al planteamiento de la antropología del trabajo según el cual los procesos de la producción y los de la
reproducción representan dos momentos de una misma relación social que se intervienen e influyen
mutuamente, bajo la comprensión de que las experiencias y las prácticas de las y los trabajadores están
permeadas por la vida social en su totalidad (Novelo 1984, Kerogat 1997, Sariego 1999, Leite 1977).
Sariego (1997, 1999) realiza un aporte enriquecedor en su análisis sobre los enclaves mineros,
pues estudia el vínculo entre el trabajo, la vida cotidiana y los espacios urbanos en dos direcciones, por
ejemplo, al prestar atención a cómo el desarrollo de ciertas empresas reconfigura la trama de la vida
local, y cómo las dinámicas socioculturales de la localidad condicionan el desarrollo de determinadas
empresas y actividades económicas (Reygadas 2018, 42).
Contemplar la noción de espacio permite trascender lo circunscrito al trabajo para analizar los
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Hipótesis
1.- Impera una tendencia hacia una mayor flexibilización de los procesos de trabajo y de las formas de
empleo, asociada a la expansión del trabajo temporal y la reducción de los puestos de trabajo
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permanentes, que a su vez conduce a una degradación de las condiciones y derechos laborales de las y
los trabajadores vitivinícolas.
2.- Las exigencias que acarrea el criterio de calidad producen un mayor control y nuevas formas de
llevar a cabo los procesos de trabajo, que reconfiguran y refuerzan las posiciones asimétricas como
elementos estructurantes al interior del trabajo.
3.- La introducción de nuevos agentes provoca una profunda segmentación del mercado del trabajo
vitivinícola, que produce y reactualiza las relaciones de desigualdad en el acceso a los recursos en
función de marcas sociales asociadas a la etnia, la edad, el género, la clase, así como a los niveles de
escolarización y a la actividad laboral.
4.- La reestructuración de la industria vitivinícola moldea el espacio social y del paisaje acorde a los
símbolos y necesidades del enoturismo, lo que genera una fragmentación socioespacial y la expulsión
de las y los trabajadores de la vitivinicultura hacia nuevos espacios conformados en los márgenes.
Especificación del trabajo de campo o archivo: actividad, lugar duración, tipo de informantes,
tipo de instrumentos.
La unidad de estudio está circunscrita al sector vitivinícola de la ciudad de Parras, Coahuila, a lo largo
de doce meses. La unidad de análisis abarca las actividades, las experiencias y los sentidos que despliegan
las y los trabajadores vitivinícolas dentro y fuera del espacio laboral. Por trabajadores vitivinícolas me
refiero a tres grupos: las y los trabajadores permanentes y temporales de los viñedos; las y los
trabajadores de las plantas de fabricación; y las y los trabajadores dedicados al enoturismo. El objetivo
del trabajo de campo consistirá en un proceso abocado a:
“Recabar información y material empírico que permita especificar problemáticas teóricas (…);
reconstruir la organización y la lógica propias de los grupos sociales (…) reformular el propio modelo
teórico, a partir de la lógica reconstruida de lo social” (Guber 2004, 86).
Los principales informantes serán los grupos de trabajadores mencionados previamente –viñedos, planta,
enoturismo-- junto con otros actores involucrados con la industria vitivinícola, como las familias de las
y los trabajadores, gerentes, prestadores de servicios, administrativos, hoteleros, guías turísticos,
empleadores, turistas, intermediarios y, en la medida de las posibilidades, los actores empresariales y
políticos, con el objetivo de abordar el problema desde diversos ángulos y fuentes.
El trabajo de campo estará mediado por la reflexividad relacional; es decir, se prestará atención
a los lugares de enunciación tanto del informante como de la investigadora, y se anclará el momento del
encuentro a su contexto específico, con el objetivo de trasladar paulatinamente los cuestionamientos y
las inquietudes formuladas desde los supuestos etnocéntricos hacia un marco de referencia cognitivo,
que integre las perspectivas y nociones de las y los informantes como vía para la producción de datos y
elaboración de conocimiento. Las herramientas de trabajo de campo que utilizaré para recabar
información y llevar a cabo los objetos de la investigación serán: la observación con participación y la
entrevista no directiva (Guber 2014).
La observación con participación ---entendida como una observación que necesariamente
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conlleva distintos niveles de participación, en tanto que lo que dice y hace el informante tiene relación e
incide con lo que dice y hace el investigador y viceversa-- será una herramienta valiosa para la obtención
de información y para establecer comunicación con los informantes; permitirá analizar la manera en que
se estructura el trabajo vitivinícola, así como las prácticas y las relaciones sociales que los diversos
trabajadores despliegan en la cotidianidad laboral y en otros ámbitos de la vida social, ya sea a nivel
familiar, barrial y local.
Por su parte, la entrevista no directiva --comprendida como una entrevista basada en una guía de
preguntas abiertas y en la escucha prolongada, que incorpora temáticas introducidas desde las categorías
del informante a partir de la puesta en práctica de la atención flotante, la asociación libre y la
categorización diferida-- permitirá captar de manera más integra los aspectos simbólicos y las
significaciones que forman parte de la lógica e interés de los informantes, así como las referencias a
hechos del pasado o presente que queden fuera de la vista de la investigadora. A partir de este tipo de
entrevista se analizarán los sentidos, las representaciones y las interpretaciones que las y los trabajadores
de la vitivinicultura elaboran acerca de su trabajo y de sus circunstancias de vida, así como las
reconfiguraciones socioespaciales locales producidas por la reestructuración vitivinícola.
La entrevista no directiva se constituirá por dos momentos, en un mismo proceso gradual de
obtención de información: el primer momento será de apertura y distinguirá las preguntas significativas
a partir de la asociación libre de los informantes, con el fin de conocer sus marcos de referencia y
contextos discursivos; el segundo momento de la entrevista será la focalización, que localiza y selecciona
en los discursos del informante las categorías significativas para su posterior profundización, lo cual
requiere plantear una dirección definida por la investigadora así como la sistematización del material
obtenido.
Finalmente, el trabajo de campo será registrado en papel –tanto insitu como al momento posterior
del encuentro-- y en grabadora de audio; será descrito y reflexionado a través de la escritura diaria del
cuaderno de campo, el cual ayudará a resguardar la información y a dar cuenta del proceso de
construcción de conocimiento de la investigadora. El material de información recolectado, será
desgrabado y transcrito diariamente.
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Anteproyecto de investigación. Programa de Doctorado en Antropología CIESAS
7.
Cronograma señalando: actividades por etapas, fechas, lugares y avances.
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https://www.inegi.org.mx/contenidos/app/mexicocifras/datos_geograficos/15/15033.pdf
Consejo Mexicano Vitivinícola “El vino mexicano en números”: https://uvayvino.org.mx/2020/11/30/el-vino-mexicano-
en-numeros/
Consejo Mexicano Vitivinícola “¿Cuáles son los retos de la industria del vino en México:
https://uvayvino.org.mx/2020/03/20/cuales-son-los-retos-de-la-industria-del-vino-en-mexico/
Oficina de Convenciones y Visitantes Parras: http://www.ocvparras.com
Esta propuesta de investigación versa sobre las y los trabajadores de la industria vitivinícola del
municipio de Parras de la Fuente, en Coahuila. Desde una perspectiva etnográfica, aborda las
experiencias de las y los trabajadores que entrelazan su vida cotidiana en las diferentes formas del
trabajo vitivinícola, en un contexto de “nueva vitivinicultura”. Este fenómeno se refiere a una serie de
reestructuraciones productivas y socioculturales que han transformado la industria global desde la
década de 1970, y cuya manifestación más reciente radica en la producción de un vino de alta calidad
y en el surgimiento de un enoturismo, que se reapropia de la tradición y de la distinción alrededor del
vino.
Consideraré tres planos de análisis. En un plano estructural, investigaré las especificidades que
adquiere el fenómeno de la “nueva vitivinicultura” en Parras y cómo repercute en la organización de
los procesos de trabajo, así como en la reconfiguración de la dinámica social a nivel local. En un plano
relacional-simbólico, analizaré cómo las y los trabajadores del vino experimentan su trabajo y sus
circunstancias de vida materiales en el ámbito reproductivo, incrustados en relaciones de desigualdad
y de accesos diferenciados al poder. Y, en un plano subjetivo, analizaré los sentidos que los diversos
trabajadores de la vitivinicultura construyen en torno a su trabajo y la manera en que interpretan y
representan los cambios socioespaciales locales ocasionados por la “nueva vitivinicultura”.
La cobertura temporal la investigación abarcará la década de 1970 al presente, periodo de
tiempo condicionado por el declive y el inicio de la reestructuración productiva vitivinícola en la
ciudad de Parras. Para este objetivo, utilizaré tres conceptos de acercamiento inicial: Procesos de
trabajo (Braverman 1974, De la Garza 2011); Experiencia/ experiencia diferenciada (Thompson 1966,
Roseberry 1989); y Producción del espacio (espacio vivido y espacio percibido) (Harvey 2004,
Lefebvre 1991).
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