Estéticas rituales andinas y naturaleza
Estéticas rituales andinas y naturaleza
Desafíos Medioambientales
Perspectivas y desafíos en los interrelacionamientos naturaleza-sociedad
a través de las experiencias religiosas y espirituales
Nat. Soc.: Desafíos Medioambient. · n. º 6 · mayo-agosto, 2023
* Parte de esta investigación se desarrolló en el curso de Estética y Arte Andino, impartido por la Facultad de
Filosofía, Instituto de Estética de la Pontificia Universidad Católica de Chile, 2018 (aprobado).
** Autor, máster en Estudios Avanzados en Historia Moderna por la Universidad de Cantabria (España) y doc-
torando en Historia por la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). Académico del Departamento de
Humanidades de la Universidad Nacional Andrés Bello (Chile). danie.moreno@uandresbello.edu
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between 1730 and 1736. Both cases allow us to approach the study of Andean religious practices
through the mediation experiences of ritual specialists who put into communication the visible
world of the people, the world of tutelary forces, and the influence of sacred landscapes in the
organization of the social world. The research advances the study of the cult of wak’as, with a
particular emphasis on the ritual aesthetics that developed in the cult of the Sun, the devils,
and their changing and reciprocal natures.
Introducción
La presente investigación profundiza en las estéticas rituales de la religiosidad andina,
particularmente en la celebración de mesas de adivinación y rogativas que se desarro-
llaron en las jurisdicciones y pueblos cercanos a Cajamarca y Jauja entre 1730 y 1773,
y que definieron interesantes rutas de desplazamiento, intercambios y cultos reli-
giosos comunes en la sierra central del Perú (territorio del Chinchay Suyo y Hanan
Suyukuna). Estos ritos religiosos se constituyeron como momentos-lugares sagrados
de intercomunicación entre las personas y las fuerzas invisibles del mundo natural,
y su realización involucraba reconocer y relacionarse con las fuerzas tutelares y con
las naturalezas de las wak’as, así como la puesta en escena de todo un universo mate-
rial dispuesto para cada ceremonia. Así, de estas prácticas emerge un profundo marco
epistemológico que permite comprender las perspectivas de mundo de quienes oficia-
ban las ceremonias de adivinación y sus participantes.
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y estéticas” (Geertz, 2005, p. 89) que tuvieron implicancia en las formas cotidianas.
Como experiencia marcada por una estética visual, sonora, corporal y emotiva, el rito
de adivinación y de curación facilitó la regulación del orden doméstico y de las conduc-
tas que alteraron el orden cotidiano. La reproducción de un orden social sostenido en
la adivinación remite, además, a una comprensión de un orden ritual, valórico, simbó-
lico y de carácter político, ya que “las wak’as sagradas volverían al mundo, ocupando en
primer lugar el cuerpo de los andinos, y desplazarían los espíritus extraños” (Burman,
2011, p. 15).
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Los procesos criminales seguidos por el Tribunal del Santo Oficio ofrecen interesantes
antecedentes respecto a los comportamientos religiosos, simbólicos y rituales que pre-
tendieron reforzar los lazos de cohesión y solidaridad, así como las transferencias de
atributos y cualidades entre objetos, sujetos y el mundo natural, y se destacan aspectos
estéticos de una cultura indiana altamente visual (Dean, 2014). La ritualidad religiosa
andino-colonial se constituyó como un lugar preferente para la promoción de valores,
sentimientos morales y reproducción de símbolos que “formularon la congruencia
implícita de las formas de la organización social” (Geertz, 2005, p. 89); estas prácticas,
en el siglo XVIII, no solo involucraron a la población indígena, sino también a la multi-
plicidad étnica que se asentó en la región.
Al respecto, los ritos, como acontecimientos, fueron parte central del proceso de rea-
lización de la experiencia de las personas con el mundo natural, pero también una
fuerte posibilidad epistémica y ontológica. La documentación analizada demuestra
que, aunque los testimonios que describieron la ritualidad andina estuvieron impreg-
nados por imágenes y discursos cristianos, la alteridad indígena-mestiza dispuso de
un conjunto estético y performativo en el cual el culto al Sol, a las wak’as y al diablo
fueron prácticas relevantes para la permanencia y continuidad de los sistemas reli-
giosos andinos del Chinchay Suyo; y, pese a los siglos de censura religiosa, en la tierra
de los jaguares se seguían reproduciendo narrativas mítico-religiosas en las que las
fuerzas del Ukupacha, el Kaypacha y Hananpacha confluían en un diálogo de recipro-
cidades rituales.
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Los ciclos de violencia y agitación en el Cuzco, los alzamientos de comunidades del alti-
plano paceño liderados por Túpac Katari, el movimiento indígena del norte de Potosí
encabezado por Tomás Katari, la sublevación de Chayanta, los alzamientos de esclavos
negros y revueltas indígenas-campesinas en los Andes centrales, así como los alzamien-
tos y rebeliones en el Alto Amazonas, representaron aspectos de la profunda tensión que
significó el proyecto colonial. Las formas de agitación social y agencia política variaron
entre la negociación y el conflicto ante la administración y la política coloniales, así como
ante “otras demandas tributarias impuestas en moneda corriente y endeudamientos por
alimentos y ganado” (Spalding, 2016, p. 114).
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violencia entre 1755 y 1756 que dio cuenta de la organización indígena articulada de
forma continua en el espacio serrano:
los grupos disidentes de la sierra con los insurgentes selváticos […] Particu-
larmente por los intentos de establecer una unidad andina más amplia, se
confrontaba a un régimen colonial clientelista, a la presencia de rivalidades
étnicas y familiares, así como privilegios ofrecidos entre las élites indígenas
en facciones de poder multiétnico. (Stern, 1990, pp. 64 y 73)
Hacia 1750, estos distritos, en especial el territorio de Tarma, fueron “una plataforma
para la represión de otras regiones de la sierra central y norteña” (Stern, 1990, p. 80).
Por su parte, Jauja fue un elemento importante en la red de circulación comercial con
Lima, Huancavelica y Huamanga, lugares donde “las estructuras de poder indígena
eran, en ciertos aspectos, indistinguibles de la estructura de poder colonial” (Stern,
1990, p. 80). Al tiempo que se instauraba un aparato represivo en Tarma y Jauja, las
autoridades coloniales optaron por ofrecer acuerdos legales como forma de mediación
de los conflictos a través de una regulación de la cuota de mitayos para las minas de
Huancavelica. Pero la agencia de las poblaciones de la sierra y la selva, así como las del
altiplano paceño, daba cuenta de una conciencia política insurrecta ante las políticas
fiscales, lo que continuamente se representó en las prácticas rituales de carácter clan-
destino que se realizaron en torno al culto al Sol (Cock y Doyle, 1979) y al agua (Bardales
Padilla, 2022).
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En esta línea, Nicholas Griffiths (1998) y José de la Puente Luna (2007) permiten pro-
fundizar en los ciclos de intensidad de las políticas represivas a fines del siglo XVII
y comienzos del XVIII, al considerar la práctica de la adivinación como una estrate-
gia que insurge como resistencia frente a la influencia capitalista-colonial —especial-
mente, ante el efecto de acumulación—, y ante la asimilación y transformación de la
organización indígena en una estructura de subdivisión sexual del trabajo. La investi-
gación de Agustín Bardales Padilla (2016), por su parte, plantea un desplazamiento de
las miradas sobre la erradicación cultural hacia “los procesos adaptativos a las circuns-
tancias coloniales” (p. 27).
Estas propuestas permiten abrir interesantes puntos de diálogo a partir de los enfo-
ques de las resistencias de los grupos subalternos, desde los cuales el problema del
desplazamiento del objeto del poder incide, además, en la construcción de alterida-
des con base en fuentes etnohistóricas y en la desestabilización del orden discursivo
y narrativo hegemónico. Esto significa que, tras la historización, la imagen del “otro”,
expuesta por medio de la narrativa histórica, conlleva un problema de asimilaciones,
particularmente si se considera que la aplicación del derecho, como narrativa de la
dominación legal,
Parte del problema radica en los usos historiográficos de los conceptos de brujería y
hechicería, y su reducción a un lenguaje narrativo. Tomando en cuenta la profundidad
conceptual que subyace a las prácticas de adivinación y sus implicaciones en el desa-
rrollo de un pensamiento político, tal reducción se constituye en una contradicción no
solo lingüística sino epistémica (Nash, 2008).
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los indios Yauyos al ídolo de Paria Caca sacrificaban con chicha y mollo [con-
cha] y uaccri zanco [pan remojado en sangre] y comidas y conejos. Los indios
Uancas, Xauxa, Hanan Uanca, Lurin Uanca sacrificaban con perros porque
ellos comían perros y así sacrificaban con ello y con coca y comidas y sangre
de perro y mollo. Y así dicen que decía: “Señor guaca Caruancho Uallullo, no
te espantes quando dijere ‘uac’ [ladrado] que ya sabes que son nuestros gana-
dos”. Y así hasta hoy les llaman Guanca, alco micoc [Wanka, come-perros]. Y
algunos por no quebrantar la ley que tienen comen todavía a los perros y se
le debe castigar por ello. Allí dicen que llama el dicho hechicero al demonio
y lo hace por suerte y obra del demonio. Los dichos hechiceros aprueban
y hablan con los del infierno. Cómo se echan maldiciones a unos y a otros,
haciendo ceremonias. Dicen que soplan con maíz molido y ceniza y con sus
cabellos del quien le quiere mal. Para ello dicen que procura hurtársela y se
la quema y sopla. Cómo para salvarse de las manos de la justicia el ladrón o
matador o el hechicero a los dichos contrarios le sopla con el dicho polvo de
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maíz que llaman uayrap zaran y Hueso de difuntos. Lo soplan y dicen que
van soplando a la justicia y al contrario con ella. (p. 267 [269])
Fue en este contexto que, al enterarse de la visita del juez inquisidor, y sin ser llamado,
el 9 de enero de 1762, Joseph Cuadros, mestizo, casado, natural y vecino del pueblo
de Huancayo, de ejercicio labrador y de 57 años, rindió testimonio frente al comisario
de la provincia de Jauja del obispado de Lima respecto a las prácticas de hechicería
y supersticiones realizadas por Lorenza Vilches.
Según Joseph Cuadros, Lorenza insistía en que Dionisio Gutiérrez, cuñado de Cuadros,
estaba hechizado y, luego de verlo, aseguró que lo curaría. Agregó que Lorenza adu-
cía que “por efecto del hechizo lo aborrecían sus suegros y principalmente su mujer,
y que ella los casaría de nuevo porque tenía las facultades para ello” (AHN, Inquisi-
ción, vol. 1656, exp. 4, f. 1), lo cual también habrían escuchado María Gregoriana y la
esposa del declarante, Magdalena Gutiérrez. Al respecto, Dionisio Gutiérrez, de treinta
años, mestizo, natural y vecino del mismo pueblo, casado y tejedor de vergetas de ofi-
cio, dijo que Lorenza le había dicho que estaba hechizado y que lo curaría, pues “tenía
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facultades para ello y para eso la había resucitado Dios, ya del hondo de la sepultura”
(AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 1 v.).
Al día siguiente de lo ocurrido en casa de Isidro Romero, Magdalena Roxas y Ana, mes-
tizas y vecinas de Chupaca, consultaron a Lorenza Vilches. Según las declaraciones
de Joseph Cuadros, Ana acudió para “hacerse curar con ella, para que su marido no la
aborreciera, y que para cuyo efecto había traído la yerba nombrada coca, aguardiente,
chicha, tabaco, medio real en plata, maíz blanco y negro, lo que tendieron sobre una
manta” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 1 v.). Lorenza le habría dicho que la cura-
ría “y que para ello iría a su casa, y en ella buscaría, por los rincones, el hechizo que le
habían hecho” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 1 v.).
Refiriéndose a este suceso, Dionisio Gutiérrez manifestó que ambas mujeres se hallaban
Gutiérrez añadió que no logró entender las oraciones y solo pudo oír que Lorenza le
decía a Ana que “su marido estaba inquieto con una mujer, y que, para que viese que
era cierto, adivinaba que en una ocasión quiso tener ilícita amistad con cierto hombre”
(AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 2), lo que Ana confirmaría. Lorenza, entonces,
le habría explicado que “para curarla era necesario la llevase a su casa” (AHN, Inquisi-
ción, vol. 1656, exp. 4, f. 2).
Por su parte, el 19 de enero de 1762, María Gregoriana, india, natural y vecina del mismo
pueblo, casada y de más de sesenta años, declaró que mientras Ana y otras dos mujeres
estaban delante de una maceta con coca, maíz, chicha, aguardiente y una vela encen-
dida, oyó decir a Lorenza: “quiero primero curar a estas pobres y después a Dionisio”
(AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 2), y que, “para empezar la curación que había
de hacer a dichas mujeres, echó fuera de la casa a la testigo diciéndole que era de mal
corazón” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 2 v.).
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Los antecedentes resueltos por las autoridades eclesiásticas fueron el puntal para que
el 10 de mayo de 1768 Lorenza Vilches fuera sentenciada a prisión y embargo de sus
bienes. Pero no fue hasta el 3 de abril de 1773 que fue trasladada a la cárcel de la ciudad
en calidad de reclusa. Para asegurar la continuidad de los procedimientos, se nombró
como intérprete del proceso a don Baltasar López, natural de Guaros de la provincia
de Guailas del Arzobispado de Lima, quien según las autoridades era un clérigo “bien
instruido en dicho idioma indio” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 4 v.).
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Según Lorenza, ese tipo de “trabajos” se había hecho solo una vez en aquel pueblo, “y
en el de Guayan siete; tres para que pareciesen otras tantas mulas de un arriero (a quien
no conoció), las que también fueron encontradas” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 6).
En otra oportunidad, se le solicitó que descubriera el robo que habían hecho en casa de
una mujer nombrada Paula. También, las tres últimas a pedimento de un indio llamado
Juan, para que apareciese una mula, que finalmente sería hallada. Sobre esto Lorenza
añadiría que “solo en las ocho veces dichas encendió una vela poniéndola sobre el
maíz para la adivinación esperando que el diablo la hiciese verdadera, a cuyo obsequio
encendía dicha luz” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 6). Y, aunque en la preparación de
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la mesa de adivinación ella ponía a San Antonio sobre el maíz, según el intérprete, era
“para que se persuadiesen los que entraban, que la luz encendida era en reverencia del
santo, y que allí no había cosas malas; todo lo esperaba del demonio en quien confiaba;
y que era falso que hubiese asegurado resucitó de las sepulturas” (AHN, Inquisición,
1656, exp. 4, f. 6).
Lorenza comentó que “en dos ocasiones en el pueblo de Chupaca desenterró dos hechi-
zos que había puesto Rosa Gómez, mestiza, natural de dicho pueblo, a otra nombrada
Lorenza. Y por haber invocado al demonio se le apareció en figura de perro en tres
tardes consecutivas y le dijo los lugares donde estaban los hechizos” (AHN, Inquisi-
ción, 1656, exp. 4, f. 6) . Y habiendo pasado por los hechizos, los sacó. Estos estaban
compuestos “el uno de un sapo prendido y el otro de uñas de mula; el del sapo para que
enfermase Lorenza y el de las uñas para que muriese su mula, como se verificó, y que
por estos motivos llamaron a esta rea para que viese si había algunos hechizos” (AHN,
Inquisición, 1656, exp. 4, f. 6). Al siguiente día, el demonio volvió a aparecer en figura
de puerco, “y estuvo viviendo con esta rea dos años, durmiendo con ella en su propia
cama, y sirviéndola de hombre con dos accesos cada noche, que eran las regulares (que
fueron pocas) solo una, y entonces en figura de hombre, pero que de día estaba en la
de puerco; y aunque esta rea le ofrecía de comer, le respondía el demonio que ya había
comido” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, ff. 6 r.-6 v.).
A propósito,
Lorenza Vilches creía de todo corazón las regalías del demonio, “y queriendo del mismo
modo que todas las noches pedía a este reo su alma, y ella se la ofrecía prometiéndole
dar muchas platas” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 7). Sin embargo, el día antes de
ser apresada, “se fue el demonio mientras lloraba su ausencia” (AHN, Inquisición, 1656,
exp. 4, f. 7).
Lorenza mencionó que una vez, por la noche, el demonio la llevó por sus pies hasta una
quebrada que dista a una legua del pueblo de Guayau, donde
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por espacio de una hora le mostró una ciudad con casas muy hermosas, en
las que había muchos demonios en figura humana; unos blancos y otros
negros, muy espantosos, los que tenían hachas encendidas en las manos, y
allegándose al demonio que acompañaba esta rea lo abrasaban, como tam-
bién a ella, teniendo mucha complacencia en dichos abrazos y en la vista de
dicha ciudad. (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f., 6 v.-7)
Luego del viaje, Lorenza regresó a su casa a pie, siempre en compañía del mismo demo-
nio. Y, para el cierre, dijo “que de todo su corazón dijo al demonio se apartaba de la
religión cristiana y solo a él le serviría” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 7).
En la segunda audiencia de acusación, y por boca del intérprete, Lorenza comentó que,
al cabo de un año de haber parido a su segunda hija natural, Josepha Chuspichay —
mestiza, natural de Chupaca y casada con un hombre llamado Julián—, le comentó
que María Candelaria —mestiza, viuda y para ese entonces ya difunta— tenía amistad
y torpe trato con el demonio. Lorenza habló con ella y le dijo que “para que los hombres
las quisiesen era bien tuviesen en las manos goma y una flor llamada callapinta, y que
invocando al diablo vendrían”; entonces, “deseosa esta rea de que la quisiese un hom-
bre casado lo ejecutó en compañía de María Candelaria, y al punto que se les apareció
el demonio en forma de perro y dijo que vendría el hombre, como de hecho sucedió”
(AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 7 v.). Desde ese entonces, Lorenza
Además declaró que, desde los dieciocho años hasta que fue puesta en prisión,
Al respecto, Lorenza recordó que, estando en quillas, una india le pidió que adivinase
quién le había hurtado una vaca. Habiéndose enterado el ladrón de la solicitud reali-
zada a Lorenza,
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siempre tenía una imagen de San Antonio por vinculación, le pidió al demo-
nio que no descubriese que aquel indio era ladrón, y habiéndose aparecido
en figura de perro, le dijo que le daría en el gusto. (AHN, Inquisición, 1656,
exp. 4, f. 7 v.)
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era brujo y que tenía aciertos en sus brujerías, y que conocía hechizos,
sacaba oro de donde lo había enterrado, y que si quería le sacaba una olla
y se la daría a su propio marido Cristóbal de Herrera. Y que codicioso este
combinó, pagándole al dicho Santos Reyes unas mulas, antes de darle el oro
que le prometió. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 2)
Sobre lo anterior, la declarante dijo que, aunque no entregó el oro acordado, Santos
Reyes seguía jactándose de ser un gran brujo. Y añadió que era
maestro de encantos y brujerías, sabía dar fortuna a todas las mujeres que
se valían de él, y sanar de varios accidentes con sus hierbas y purgas y hacer
cuanto quiere por ser gracia y habilidad que heredó de sus padres y abuelos,
[aunque él mismo] sabía, más que sus ancestros, pues ellos no sabían obser-
var los efectos del sol, luna y estrellas con las aciertas que todos habían
experimentado. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 2 v.)
La segunda denuncia contra Santos Reyes fue interpuesta el 7 de octubre de 1728 por
doña Juana de Vargas, natural de la villa de Cajamarca, de 26 años y viuda. Declaró
que, al no poder darle mejoría a una china (criada) llamada María Llatas, solicitó la
presencia del mestizo Santos Reyes. Sabía que era “curandero y brujo afamado, y que
entendía de todas curaciones y maleficios” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 5).
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Santos Reyes accedió y dispuso que “saliesen al campo y que la curaría, y se la entrega-
ría del todo buena, porque el accidente que tenía era de maleficio” (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 5).
Determinada a sanar a su criada, Juana de Vargas asistió al paraje señalado por Santos
Reyes, quien llevó en una canasta “los instrumentos de su oficio, como conchas, crista-
les, plumas de varios colores de pájaros de la montaña, tabaco, maíces de colores y pol-
vos de ellos, y otras yerbas y ataditos” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, ff. 5 r.-5 v.).
En ese lugar, Santos Reyes armó un toldo en el cual estuvo
desde las siete de la noche hasta que abrió el día siguiente cantando, dan-
zando y tocando sus sonajas, haciendo muchas ceremonias y limpiando a
la dicha María Llatas con maíces y purgándola con el agua collaís, que es
el gigantón [San Pedro]; y dándole a sorber el tabaco muchas veces aquella
noche, untándole el cuerpo con varias hierbas que llevó. (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 5 v.)
Aunque en el toldo no había más que tres personas, doña Juana, la criada y Santos
Reyes, la declarante “oyó que hablaban diferentes sujetos, cosas que no entendía”
(AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 5 v.). Añadió que, según Santos Reyes, él hablaba
“con su aire, cerros, quienes siempre que los invocaba venían y le hacían compañía en
sus ejercicios” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 5 v.).
Luego de pasar toda la noche en aquellas ceremonias, cuando salió el sol, Santos Reyes
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Pascuala acudió entonces al encuentro con Santos Reyes cierta noche. Sobre esto dijo que
no sabe dónde la llevó, porque iba ciega del dolor que le afligía, y que a poco
tiempo de haber llegado al lugar la hizo sorber tabaco y la limpió con maí-
ces, y dos cuyes uno blanco y otro negro y que después de haberla limpiado
haciendo muchas ceremonias y llamando en lengua del inga al sol, la luna y
las estrellas, la persuadió a que creyese en estos astros. (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 9)
Y añadió que
Tras la ceremonia, sintiendo mejora, Pascuala solicitó una segunda vez a Santos Reyes.
Él la llevó al mismo paraje y allí estuvo “haciendo las mismas ceremonias, cantos, sona-
jas y limpiándose con cuyes de colores, maíces de colores, sorbiendo tabaco y hablando
y llamando a los cerros y vientos para la mejoría de la declarante” (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 9 v.).
Por otra parte, Juana Vargas, hija de Pascuala, también solicitó a Santos Reyes. Declaró
haber tenido una ilícita amistad con un religioso, situación que le acarreó conflictos
con su tía, su madre y demás parientes. Como sabía que vendría el obispo, se valió
de Santos Reyes para que el religioso no se acordase de ella, y así evitar sufrir pesares
y deshonras como el destierro. Para esto, Santos Reyes
La española Josepha Romero también hizo una denuncia afín. El 15 de febrero de 1731
declaró que hacía diez años más o menos, estando enferma de unas manchas negras
en la cara, producto al parecer de un “maleficio”, solicitó a Santos Reyes, bajo la idea de
que tenía facultades “para sanar cualquier enfermedad”. Tras el acuerdo, este la llevó al
monte en compañía de Rosa Romero y Antonia Rojel, además de tres o cuatro indias —
ya difuntas— que bebieron la purga del gigantón, que llamaban “agua de collai”. Santos
Reyes le dijo entonces a Josepha Romero que habían hecho el maleficio en un “chullar,
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que en lengua castellana quiere decir ciénega negra y hedionda, donde las indias tie-
nen los anacos de negro” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 17).
Esa noche, Santos Reyes no durmió. Las mujeres mascaron tabaco, bebieron purgas
y esparcieron polvos al aire cantando y bailando con un tamborcillo y sonajas en las
manos. Santos Reyes tenía dos ídolos a quienes rendía culto y adoración, y
si oían lo que hablaban las aguas, los vientos y los cerros, y que cantasen con
él, y dijesen lo que él les decía a los ídolos, haciendo muchas ceremonias y
con el tambor y sonajas calabazas en las manos amanecieron y que enton-
ces las purgó con gigantón y empezaron a soplarle al Sol su dios, polvos de
colores de maíces, diciéndoles que era su padre, su dios y que las oyese.
(AHN, Inquisición, vol. 1649, expediente 27, ff. 17 v.-18)
Otra de las asistentes, Rosa Romero, de 45 años, soltera, natural y vecina del mismo
pueblo, también se pronunció. Según la denunciante, toda la noche realizaron ejerci-
cios como
cantar, bailar, soplar polvos de maíz, llamando con el son de unas sonajas
a los vientos y al diablo repetidas veces con su tambor y en las manos un
calabazo dando voces a su dios, haciendo muchas demostraciones con el
cuerpo, brazos y manos, y dando vueltas y adoraciones a los ídolos. (AHN,
Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 11 v.)
Apuyaya, que quiere decir padre o señor mío, aquí tienes tus pobres cristia-
nas que vienen a tus pies a pedirte los socorros en sus aflicciones, y que les
des el auxilio que te piden, pues eres mío dios y por ti rogamos al dios verda-
dero a ti te confieso porque tú eres quien nos da lo que tenemos, comemos,
vestimos y quienes quieran y solicitan los hombres, y otras muchas razones
que le decían a sus ídolos. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 12)
Al salir el sol, le ofrecieron maíz de diferentes colores soplando sus polvos y, “cuando
rayaba el día, muy alegres danzaban [y, en medio de ellas,] Santos Reyes ofrecía ado-
raciones de rodillas, y con gran rendimiento le decían Inti Capac, que quiere decir,
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Sol dios eterno” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 12). Además, con diferentes
demostraciones ofrendaban conchas, maíces y hierbas,
con los ojos y la atención en el dios del brujo, el Sol, y vieron cómo el Sol dio
vueltas poniéndose a la vista colorado y otras veces verde y blanco. Y enton-
ces le decía el dicho mestizo brujo que si veían a su dios el Sol, como daba
vueltas y mudaba de colores y que aquella acción era porque les agradecía lo
que le ofrecían con tanto gusto. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 12 v.)
A Rosa también se le dijo que, si veía algún oso u otras visiones, no debía atemorizarse.
Tampoco “nombrar a Jesús, si no antes invocasen a los vientos, a los aires, a los cerros,
que son sus diablos, y todo cuanto sabía era por ellos” (AHN, Inquisición, vol. 1649,
exp. 27, f. 12 v.).
todas las que viven en el pueblo, fuesen blancas, mestizas e indias habían
acudido en busca de él, y que sabe que no han venido a denunciarse; como
Rosa Jamas y Agustina, su sobrina, y que estas están continuamente en
estas supersticiones; como también de Gregoria Bondoja, la prima del dicho
brujo, quien también tiene el mismo ejercicio. (AHN, Inquisición, vol. 1649,
exp. 27, f. 13 v.)
En el mismo sentido fueron denunciadas las hijas de la difunta doña Catalina de Larrea,
Josepha y Antonia de León, y la mestiza Gertrudis Gil. Ellas “le hicieron un hechizo a
su madre para que muriera padeciendo del vientre por vivir amancebada con Juan de
León, su padre, y que le oían en la barriga […] cantar un sapo antes de su fallecimiento”
(AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 14 v.).
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con Nicolasa Sevillana y Gabriela, su madre, fueron con Santos Reyes “al alero de un
potrero donde hay dos cuevas para que su marido se apartara de una mala amistad”,
mientras que “Nicolasa fue para que sus dos hijas se casaran” (AHN, Inquisición, vol.
1649, exp. 27, f. 29). Aquella noche sorbieron tabaco y participaron en muchas ceremo-
nias, y “al salir el Sol, después de todas las adoraciones, llamándole y diciéndole que era
su padre, su consuelo, todo su amparo, que era su Apu, su Inti, su Apuyaya, que reci-
biera el sacrificio que le hacían aquellas sus pobres” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp.
27, f. 29 v.). Entonces, tras beber el agua de collai, Juana Romero “vio cómo daba vueltas
el Sol, mudando de colores, de colorado, verde y amarillo, y que el brujo se veía de los
mismos colores que veía al sol” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 30). En aquella
ceremonia, Santos Reyes ofreció cuyes como sacrificio y habló con los diablos, quienes
respondían con mucho ruido.
Al respecto, Gregoria Oyarce dijo que asistió unas ocho veces con Santos Reyes a las
quebradas y los montes, y que en todas las veces que asistió a las cuevas “vio un hombre
vestido de colorado, con sombrero blanco y calzado de botas y espuelas, y que dicho
hombre estaba al lado de Santos Reyes, y conforme cantaba, él le respondía de un lado,
y que dicho era su padre, todo su bien, Luzbel” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27,
f. 33). Por instantes, Santos Reyes les daba una piedra, “que era su ídolo y que al ama-
necer tendía un paño limpio donde ponía todos los instrumentos, polvos, conchas,
maíces y una ollita con su cocimiento; y de rodillas entregaba adoraciones al Sol, con
las palabras de Inti, Apuyaya, Tescuita Camac [sic] que quiere decir Sol precioso, padre
y creador de todas las cosas” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 33).
En otra oportunidad, Santos Reyes le dijo que había un gran tesoro en una quebrada
cercana al valle de Cajamarca, en el paraje Puray del cerro llamado Arpa. En esa oca-
sión, Santos Reyes fue en compañía de dos indios acreditados de brujos, y
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advirtió a Juan de León y Antonio Revilla que si hallaba algunos diablos den-
tro de la cueva de donde iba a sacar el tesoro, los vencería a todos, que para
todo sabía y tenía virtud para echarlos porque los entendía; y estando den-
tro de la cueva empezaron a hacer las ceremonias. (AHN, Inquisición, vol.
1649, exp. 27, f. 22)
Tal como ocurrió en el cerro El Montón, de El Arpa salieron sin oro, por lo que decidie-
ron volver al pueblo de San Pablo. Pero en el camino le dijeron a Antonio de Revilla que
“en un cerro de la pampa de Pampamachaq habían visto arder fuego, y que demostraba
haber un gran tesoro” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 22 v.). Esa noche realiza-
ron las mismas demostraciones que en El Montón y El Arpa, pero al amanecer vieron
que estaban soplando al sol polvos de maíces, mascando tabaco y sorbiéndolo por las
narices con unos trapitos, llamando a su dios, a su señor Apuyaya (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 22 v.).
Ese mismo día pasó ante el licenciado Portal Josepha Camacho, casada con Sebastián
de León, natural y vecina de San Pablo, de diecisiete años. Ella denunció que su marido
no hacía vida maridable, por lo que acudió a Santos Reyes. Este haría sus remedios
a cambio de dos pesos, para
También le dio unas pepitas coloradas para que se las pusiese en la cara y una ollita de
barro con una hierba cocida,
para que se lavase la cara, manos y cuerpo, y sorbiese tabaco, y que hacién-
dolo volvería su marido a su amistad, dejaría a su manceba; para este tra-
bajo también le pidió los cabellos de la manceba Magdalena Ximénez quién
era prima de su marido, y que haría un remedio con ellos para que la dejase.
(AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 25)
Para los mismos efectos, Asencia Vigo, de dieciocho años, denunció que, para asegurar
su casamiento pactado con Manuel Romano, fue con una tal Beatriz y Juan Burgos a la
casa de Santos Reyes. Dijo que él los
llevó a unas peñas donde al ponerse el sol, comenzó a darles unas purgas de
beber, que sorbiesen tabaco por las narices, y soplaron polvos de maíces de
colores. Santos Reyes les mandaba que le diesen adoraciones al diablo y a
un ídolo que tenía en las manos, a quien escuchaba por instante, diciéndole
que él era a quien le debía el ser, y que era su dios, su señor, su amparo, su
Apu. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, ff. 27 r.-27 v.)
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Tras las denuncias, las autoridades acordaron que Santos Reyes era practicante de la
idolatría, pero no fue hasta el 13 de febrero de 1732 que fue apresado en la ciudad de
Trujillo y el 11 de mayo de 1773, recluido en las cárceles secretas de la Inquisición de la
ciudad de Los Reyes, donde se iniciaron las audiencias de acusación. Santos Reyes se
defendió entonces diciendo que lo tildaron de brujo
También aseguró que los procedimientos los había aprendido en Trujillo por parte de
Antonio Melgarejo, hombre español de oficio carpintero y arpero.
Este tenía un libro de las virtudes de las hierbas y por ella remitía a este
a la sierra para buscarlas y le enseñaba los conocimientos, y en la forma
que las había de aplicar, con las cuales sanaba a los enfermos, y también le
enseñó por dicho libro, el modo de santiguar las criaturas [Y] todo esto lo
comunicaba con sus confesores, y les llevaba las hierbas para que las viesen
y queriéndose retirar del ejercicio de la curandería le dijeron que era contra
caridad, que prosiguiese haciendo bien a las personas, en especial al padre
rector de la compañía de Jesús de Trujillo. (AHN, Inquisición, vol. 1649,
exp. 27, f. 66 v.)
Y añadió que durante todo este tiempo “solo había curado con las hierbas y bendición
de dios” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 77 v.), e insistió en que se había ganado la
fama de brujo por haber gritado en el vientre de su madre y no por saber de brujerías.
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Conclusiones
De forma preliminar, las experiencias de Lorenza Vilches y Juan Santos Reyes permi-
ten visualizar aspectos centrales de las fisuras del sistema colonial, en términos de
permanencias, erosiones y asimilaciones culturales, principalmente a partir de la apli-
cación del derecho penal y la censura a las prácticas religiosas del mundo andino. Ade-
más, permite indagar en los conflictos que hubo entre quienes oficiaron la adivinación
y las comunidades, y cómo las personas resolvieron sus conflictos e intentaron regular
el orden social-familiar.
Los ritos celebrados por Lorenza Vilches y Santos Reyes ponen de manifiesto cómo
las prácticas religiosas andinas reconocen la agencia e injerencia del mundo invisible
de la naturaleza en la vida cotidiana de las personas, en las cuales adivinos y adivi-
nas representaron un canal mediador con las fuerzas tutelares. Estas mediaciones se
iniciaban en lo profundo de la noche, dentro de las cuevas y quebradas, y finalizaban
con coloridos bailes y agradecimientos ofrendados al Sol. A medida que las rogativas se
constituían como acontecimientos profundamente emotivos, con cada ritual oficiado
se reproducían narrativas de paisajes sagrados, vivos, naturales y hambrientos, pero
capaces de favorecer a quienes los alimentaran. Tales relaciones, por lo demás, se sos-
tuvieron en una dialéctica de reciprocidad e intercambio.
Los ritos ceremoniales y las consultas de adivinación reprodujeron una estética perfor-
mativa que involucró corporalidades en movimiento, formas danzantes, narrativas y
sonoras, altamente visuales y sensoriales, que además estuvieron acompañadas por
el consumo de plantas psicoactivas y estimulantes como el tabaco, la coca y el agua
de collai (o san Pedro, Echinopsis pachanoi). Ello aportó una lectura profundamente
emotiva de dichas experiencias, las cuales involucraron visiones como las transforma-
ciones del Sol y las apariciones del diablo en contextos de éxtasis religioso. Además,
el lugar del rito dio cuenta de los paisajes sagrados en los que habitaron las wak’as; de
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este modo, lo cotidiano se transformó en una práctica ritual y el rito en una práctica
cotidiana. Por otra parte, se encontró que, a través de la circulación de objetos rituales,
es posible observar una vinculación religiosa de carácter regional.
Las rogativas, curaciones y adivinaciones oficiadas por Santos Reyes y Lorenza Vilches
fueron actos dinamizadores de la comunicación entre la naturaleza y la sociedad. A
través de la devoción y los afectos, se fortalecían las redes de significados y esquemas
sociales. Los rituales de adivinación fueron el lugar de modelación de las conductas
públicas, pues fue en el rito, en los símbolos revelados, donde el mundo de los vivos fue
dotado de sentido. La ritualidad religiosa andina propuso un orden temporal y espa-
cial; como metáfora, las personas alimentaron las wak’as, mientras estas se alimenta-
ron de las personas.
De gran valor son los testimonios de Lorenza Vilches y Santos Reyes, pues permiten
observar que el oficio de la adivinación también fue un legado familiar. Al igual que
Lorenza Vilches, Santos Reyes fue labrador. Ambos sabedores y conocedores de las
plantas y sus efectos, de los ciclos de la naturaleza y de los astros. Como herencia de
sus antepasados, la adivinación otorgaba fama y reconocimiento social a partir de un
sistema de referencias orales en los que se destacó la capacidad de observar y relacio-
narse con el mundo natural, sus fuerzas y los efectos del sol; además de ser distingui-
dos por los resultados de sus artes, encantos y yerbas, entendían sobre todo tipo de
curaciones y maleficios. El prestigio de estos laboradores recayó en sus aciertos y los
conocimientos que tuvieron sobre la curandería, pero fueron el gusto y su virtud de
sanar cualquier enfermedad lo que hizo de ellos personas afamadas por sus facultades,
“hechizos” e instrumentos utilizados para sus ceremonias.
A través de su narrativa, los ritos podían alterar el curso de la vida y las experiencias
de las personas. La religiosidad andina otorgó sentidos comunes a las experiencias
individuales; el culto a la wak’a significó dotar de agencia la sucesión política y la
adivinación como forma de regulación, control y disciplina sobre el orden doméstico
y cotidiano. Se trató de un medio de integración social a través de los modos de coo-
peración, cohesión y solidaridades que se articularon. La celebración de mesas de
adivinación pretendió armonizar conductas y relaciones para la integración social
y territorial, al exponer públicamente el conflicto presente en la comunidad. Sin
embargo, fue la relación de la alteridad con el mundo natural y las fuerzas tutelares
el eje central de las ceremonias. En el rito existieron y se dinamizaron voluntades de
entendimiento respecto a la pluralidad de entes que habitan el mundo y sus modos
de relacionarse, y se destaca la capacidad de yuxtaposición que existió entre la reli-
giosidad andina y el dogmatismo católico.
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