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Estéticas rituales andinas y naturaleza

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Naturaleza y Sociedad.

Desafíos Medioambientales
Perspectivas y desafíos en los interrelacionamientos naturaleza-sociedad
a través de las experiencias religiosas y espirituales
Nat. Soc.: Desafíos Medioambient. · n. º 6 · mayo-agosto, 2023

Pensar wak’a: horizontes estéticos, naturaleza


y religiosidad en la tierra de los jaguares. Dos
procesos de fe en los Andes del Perú, 1730-1773*
Daniel Moreno Bazaes**
Universidad Nacional de La Plata (Argentina)

Recibido: 14 de abril de 2023 | Aceptado: 1.o de agosto de 2023


https://doi.org/10.53010/nys6.02

Resumen. La investigación indaga en la celebración de las mesas rituales de adivinación y los


ritos de curación de maleficios y enfermedades en los Andes centrales a mediados del siglo
XVIII. Se realiza un análisis del proceso de fe entre 1762 y 1773 contra Lorenza Vilches, natu-
ral de Yauyos, dedicada a la curandería, la labranza y la adivinación, y las denuncias por brujo
contra Juan Santos Reyes, labrador y natural de la villa de Cajamarca, entre 1730 y 1736. Ambos
casos permiten aproximarnos al estudio de las prácticas religiosas andinas a través de las expe-
riencias de mediación realizadas por especialistas rituales, que pusieron en comunicación el
mundo visible de las personas, el de las fuerzas tutelares y la influencia de los paisajes sagrados
en la organización del mundo social. La investigación avanza en el estudio del culto a las wak’as,
con particular énfasis en las estéticas rituales que se desarrollaron en el culto al Sol, a los dia-
blos y sus naturalezas cambiantes y recíprocas.

Palabras clave: adivinación, Apuyaya, diablos, Inti Capac, maleficios, wak’as

Thinking of Wak’a: Aesthetic Horizons, Nature, and Religiosity in the Land


of Jaguars. Two Faith Processes in the Peruvian Andes, 1730-1773
Abstract. The study investigates the celebration of ritual divination tables and rites of curing
evil spells and illnesses in the central Andes in the middle of the eighteenth century. An anal-
ysis is made of the faith process carried out between 1762 and 1773 against Lorenza Vilches,
a native of Yauyos, dedicated to healing, farming, and divination; as well as of the denuncia-
tions for witchcraft against Juan Santos Reyes, a farmer and native of the town of Cajamarca,

* Parte de esta investigación se desarrolló en el curso de Estética y Arte Andino, impartido por la Facultad de
Filosofía, Instituto de Estética de la Pontificia Universidad Católica de Chile, 2018 (aprobado).

** Autor, máster en Estudios Avanzados en Historia Moderna por la Universidad de Cantabria (España) y doc-
torando en Historia por la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). Académico del Departamento de
Humanidades de la Universidad Nacional Andrés Bello (Chile). danie.moreno@uandresbello.edu

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between 1730 and 1736. Both cases allow us to approach the study of Andean religious practices
through the mediation experiences of ritual specialists who put into communication the visible
world of the people, the world of tutelary forces, and the influence of sacred landscapes in the
organization of the social world. The research advances the study of the cult of wak’as, with a
particular emphasis on the ritual aesthetics that developed in the cult of the Sun, the devils,
and their changing and reciprocal natures.

Keywords: Apuyaya, devils, divination, evil spells, Inti Capac, wak’as

Pensando wak’a: horizontes estéticos, natureza e religiosidade na terra dos


jaguares. Dois processos de fé nos Andes do Peru, 1730-1773
Resumo. Nesta pesquisa, é indagada a celebração das mesas rituais de adivinhação e os ritos
de cura de feitiços malignos e doenças nos Andes centrais em meados do século 18. É feita uma
análise do processo de fé entre 1762 e 1773 contra Lorenza Vilches, natural de Yauyos, dedicada
ao curandeirismo, à agricultura e à adivinhação, e das acusações de bruxaria contra Juan San-
tos Reyes, agricultor e natural da vila de Cajamarca entre 1730 e 1736. Ambos os casos nos per-
mitem abordar o estudo das práticas religiosas andinas por meio das experiências de mediação
realizadas por especialistas em rituais que colocam em comunicação o mundo visível do povo,
o das forças tutelares e a influência das paisagens sagradas na organização do mundo social. A
pesquisa avança no estudo do culto dos wak’as, com ênfase na estética ritual que se desenvolveu
no culto do Sol, dos diabos e de suas naturezas mutáveis e recíprocas.

Palavras-chave: adivinhação, Apuyaya, diabos, feitiços malignos, Inti Capac, wak’as

Introducción
La presente investigación profundiza en las estéticas rituales de la religiosidad andina,
particularmente en la celebración de mesas de adivinación y rogativas que se desarro-
llaron en las jurisdicciones y pueblos cercanos a Cajamarca y Jauja entre 1730 y 1773,
y que definieron interesantes rutas de desplazamiento, intercambios y cultos reli-
giosos comunes en la sierra central del Perú (territorio del Chinchay Suyo y Hanan
Suyukuna). Estos ritos religiosos se constituyeron como momentos-lugares sagrados
de intercomunicación entre las personas y las fuerzas invisibles del mundo natural,
y su realización involucraba reconocer y relacionarse con las fuerzas tutelares y con
las naturalezas de las wak’as, así como la puesta en escena de todo un universo mate-
rial dispuesto para cada ceremonia. Así, de estas prácticas emerge un profundo marco
epistemológico que permite comprender las perspectivas de mundo de quienes oficia-
ban las ceremonias de adivinación y sus participantes.

Para entrar en detalle, sobre la wak’a podríamos referir que

es un ser, fenómeno u objeto sagrado. También una determinada comuni-


dad puede recibir el nombre de wak’a. Pueden ser antepasados en forma

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de figuras (madera o piedra), momias, mallquis, señalando que al mismo


tiempo mallqui es difunto y semilla. Las propias “deidades” son wak’as,
pero las deidades andinas no son como las europeas. Al final, wak’a es
algo y alguien que por ser eso tiene un sentido completo y puro. (Úzquiza
González, 2011, p. 88)

En este contexto, la dimensión religiosa se presenta como un sistema cultural que


“denota un esquema históricamente transmitido de significaciones representadas en
símbolos” (Geertz, 2005, p. 88). Las prácticas rituales y sus narrativas estéticas y sim-
bólicas se constituyen como expresiones culturales de la agencia indiana y mestiza en
el siglo XVIII. Desde una mirada subalterna, el estudio de la celebración de los ritos
religiosos en la sierra central andina permite poner en diálogo la capacidad de tensión
sobre las miradas hegemónicas de las narrativas históricas en torno a las estructuras
de poder y los subalternos (Guha, 2002; Mezzadra, 2008).

Las reflexiones se orientan a comprender las prácticas rituales de adivinación y cura-


ción de enfermedades y maleficios como expresiones religiosas de una agencia indiana
y mestiza dispuestas para la regulación y organización del orden doméstico alterado.
Al respecto, las experiencias religiosas incidieron en los relacionamientos entre perso-
nas y la naturaleza, y destacaron el carácter autónomo de estas y las mutuas influen-
cias que podían ejercer en contextos cotidianos y de cohesión social, particularmente,
en la promoción de valores y en la reproducción de solidaridades y reciprocidades. En
un mundo de alteridades y mutuas influencias, las observaciones recaen en las narrati-
vas estéticas de un culto al Sol —como creador de todas las wak’as—, pero también en
las experiencias con el diablo. En estas formas, además se reprodujo una interesante
dialéctica en torno al “comer y el devorar” (Nash, 2008), que hasta el presente se consti-
tuye como parte de un lenguaje relacional entre las personas y el mundo natural, pues
los cerros hambrean. Se trata entonces de prácticas, experiencias y lenguajes comu-
nes que revelan saberes dispuestos para la comunicación con las entidades del mundo
natural y que permiten observar la densidad de la religiosidad andina-colonial durante
el siglo XVIII, si se hace foco en las estéticas dispuestas para la celebración de ritos de
adivinación y sanación.

En principio, luego de la consulta y el acuerdo establecido entre el solicitante y el adi-


vino, el nacer de la noche marcaba el inicio de las ceremonias, que eran oficiadas en
alguna quebrada, cueva o cerro; aunque en ocasiones, para efectos del daño, se recu-
rría a manantiales de aguas estancadas y, en caso de ser necesario o por la gravedad
del enfermo, tenían lugar en la casa del solicitante. Luego del ayuno, las oraciones, la
purga, las invocaciones, visiones y rogativas al diablo, el amanecer era el momento de
ofrendar y agradecer al Inti (Sol). Sobre el textil eran depositados los objetos sagra-
dos, como el polvo de mollo (bivalvo marino, mullu o mullo, “el mensajero del agua”,

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Spondylus crassisquama), polvos de maíces de colores, además de plumas de aves traí-


das de la montaña y animales sacrificados (cuyes), lo que luego y con gran emoción era
soplado y ofrendado al viento para celebrar al Inti Capac. Esto último era el momento
de exaltación de las virtudes y atributos del Sol (Cerrón-Palominos, 2011).

En un amplio sentido religioso, las wak’as, las piedras (objeto-sujeto devocional, de


carácter generacional y representación tutelar local), los diablos (como fuerzas media-
doras y naturales) y los difuntos “revelaban el pasado y lo venerado” (Guamán Poma
de Ayala, 1615, p. 264); pero la transformación en animales míticos o piedras era un
privilegio de la wak’a (Brosseder, 2014). Fue bajo este entendimiento “que se identifica-
ron las divinidades andinas, sus representaciones, los espacios rituales donde ellas se
encontraban depositadas, así como diversos niveles de sacralidad” (Cruz, 2014, p. 187),
y donde cada comunidad se debía a sus wak’as y sus paisajes ritualizados (Álvarez
Muñárriz, 2011; Espinosa Rubio, 2014). En este orden de ideas, problematizar el culto
a las wak’as significa poner la atención en aspectos particulares de un culto dirigido al
Sol, pero también al viento, al agua y a los cerros, que también eran los diablos.

En el rito, como acto performativo altamente simbólico y profundamente emotivo, los


diablos fueron mediadores en las ceremonias rogativas, pero también agentes cen-
trales en la producción de narrativas, metáforas y alegorías míticas reproducidas por
quienes oficiaron la adivinación. Tras ser invocado, el diablo tuvo la capacidad de apa-
recer, variar sus formas, poseer a las personas y otorgar favores a los solicitantes; podía
provocar enfermedades o curarlas a través de ceremonias de mediación, pero también
tentó a las personas para devorar anímicamente su voluntad, porque comen; como la
vez que Lorenza Vilches le ofreció de comer al diablo, pero este le dijo que “ya había
comido” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, ff. 6 r.-6 v.). El Sol, los cerros, las wak’as
y los diablos podían atraer fortunas y pobrezas, encontrar animales perdidos, ofrecer
visiones o cualquier otro “consuelo” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, ff. 12 r.-12 v.).

Las prácticas rituales tuvieron una importancia central en la promoción de estrategias


para el fortalecimiento de la organización del parentesco y la circulación de un pensa-
miento que propició el reconocimiento analógico de alteridades entre el mundo social
de los vivos y el de las naturalezas tutelares. La celebración del rito fue el lugar en el que
se pactaron acuerdos y voluntades entre las personas y las wak’as.

A través de la espesura simbólica que circuló y se articuló en torno a la estética ritual,


desde su metáfora y narrativa visual, es posible acercarse a la relación entre el mundo
natural y su influencia en el orden cotidiano, pues fue en los rituales de adivinación
“donde se definieron, refundaron y revitalizaron las identidades sociales” (Wilde y
Schamber, 2006, p. 12). Más aún, la eficacia simbólica del rito recayó en la carga emo-
tiva y la reciprocidad que logró establecerse entre quienes pretendieron beneficiarse
de esta práctica, pues ello promovió una imagen con “objetivas preferencias morales

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y estéticas” (Geertz, 2005, p. 89) que tuvieron implicancia en las formas cotidianas.
Como experiencia marcada por una estética visual, sonora, corporal y emotiva, el rito
de adivinación y de curación facilitó la regulación del orden doméstico y de las conduc-
tas que alteraron el orden cotidiano. La reproducción de un orden social sostenido en
la adivinación remite, además, a una comprensión de un orden ritual, valórico, simbó-
lico y de carácter político, ya que “las wak’as sagradas volverían al mundo, ocupando en
primer lugar el cuerpo de los andinos, y desplazarían los espíritus extraños” (Burman,
2011, p. 15).

El rito de adivinación, de curación de enfermedades y reversión de maleficios fue


capaz de poner en diálogo un mundo saqra que se presentó esencialmente subversivo
para el orden cristiano-colonial. Resalta su capacidad práctica de memoria y oralidad;
“se trata, en efecto, de una potente fuerza animante, salvaje y prolíficamente fértil y
creativa, que envuelve en mayor o menor medida, todos los espacios y entidades que
pueblan el universo” (Cruz, 2014, p. 173), con particular presencia en la sacralización de
lugares rituales, el encuentro y el pacto con entidades no humanas, a través de los pro-
cedimientos y conductas rituales adecuadas, pues fue el acontecer ritual el que permi-
tió “regenerar al grupo y multiplicar los contactos y la buena armonía entre el mundo
de los vivos y los muertos, entre la sociedad visible e invisible” (Gil García, 2002, p. 60).

Al respecto, la investigación se organiza a partir de una lectura comparada de dos


procesos de fe seguidos por el Tribunal de la Santa Inquisición de Lima entre los años
1730 y 1773 en la región serrana. El primero corresponde al proceso criminal que se
desarrolló de 1763 a 1773 contra Lorenza Vilches, natural de la provincia de Yauyos,
jurisdicción del obispado de Lima, por los delitos de herejía, idolatría y apostasía de la
fe (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4); y el proceso de fe seguido entre 1730 y 1750 con-
tra Santos Reyes, natural del pueblo de San Pablo de la villa de Cajamarca, por los deli-
tos de idolatría y herejía (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27). Aunque ambos negaron
haber cometido algún delito, reconocieron tener habilidades y conocimientos sobre
el mundo natural y las plantas, así como, en particular, sobre los efectos curativos de
estas en las personas.

Las fuentes documentales revelan importantes antecedentes de los procedimientos


llevados a cabo por los especialistas rituales, la preparación de hechizos, la celebración
de las mesas de adivinación y las rogativas religiosas de curación, al igual que aspectos
inéditos de las estéticas performativas que se desarrollaron en el marco del culto al
Sol, la comunicación con el diablo (supay) y la circulación de imágenes que reprodu-
cían un pensamiento saqra. Este último estaba sostenido en la circulación de recipro-
cidades e intercambios con los principios ordenadores y el mundo natural; en dichas
prácticas, “los sistemas de signos dieron coherencia a la vida social, en su gestualidad,
prescripciones y proscripciones rituales entre otros aspectos culturales que normaron

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el comportamiento social e intercambio económico, en especial, en la producción de


imágenes y puesta en espectáculo de la ideología” (Wilde y Schamber, 2006, p. 11).

Los procesos criminales seguidos por el Tribunal del Santo Oficio ofrecen interesantes
antecedentes respecto a los comportamientos religiosos, simbólicos y rituales que pre-
tendieron reforzar los lazos de cohesión y solidaridad, así como las transferencias de
atributos y cualidades entre objetos, sujetos y el mundo natural, y se destacan aspectos
estéticos de una cultura indiana altamente visual (Dean, 2014). La ritualidad religiosa
andino-colonial se constituyó como un lugar preferente para la promoción de valores,
sentimientos morales y reproducción de símbolos que “formularon la congruencia
implícita de las formas de la organización social” (Geertz, 2005, p. 89); estas prácticas,
en el siglo XVIII, no solo involucraron a la población indígena, sino también a la multi-
plicidad étnica que se asentó en la región.

Al respecto, los ritos, como acontecimientos, fueron parte central del proceso de rea-
lización de la experiencia de las personas con el mundo natural, pero también una
fuerte posibilidad epistémica y ontológica. La documentación analizada demuestra
que, aunque los testimonios que describieron la ritualidad andina estuvieron impreg-
nados por imágenes y discursos cristianos, la alteridad indígena-mestiza dispuso de
un conjunto estético y performativo en el cual el culto al Sol, a las wak’as y al diablo
fueron prácticas relevantes para la permanencia y continuidad de los sistemas reli-
giosos andinos del Chinchay Suyo; y, pese a los siglos de censura religiosa, en la tierra
de los jaguares se seguían reproduciendo narrativas mítico-religiosas en las que las
fuerzas del Ukupacha, el Kaypacha y Hananpacha confluían en un diálogo de recipro-
cidades rituales.

El retorno de las wak’as: perspectivas para el estudio de las


prácticas de adivinación
Desde la segunda mitad del siglo XVII, las autoridades eclesiásticas y las del gobierno
colonial generaron un control sobre la población de los Andes peruanos mediante su
lógica del silencio y la censura, pero la gran mayoría de quienes fueron procesados
por el Tribunal pertenecieron al área urbana limeña. La población indígena asentada
estaba fuera del control de la Inquisición y los casos de hechicería andina eran juzgados
bajo criterios específicos por el Tribunal de Extirpación de Idolatrías. Como problema
moderno, de subordinación y otredad, la persecución por parte de las empresas de
extirpación de idolatrías tuvo un fuerte impacto en la población indiana: castigos físi-
cos, aprisionamientos, destierros y expropiaciones se configuraron como registros de
la intensidad que alcanzó la represión a través de la lógica del descabezamiento.

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Y aunque la extirpación y el discurso de la idolatría tuvieron un impacto profundo en


los pueblos, solo lograron “controlar algunas regiones del vasto territorio, y en vista
de los esfuerzos realizados mediante varias campañas de extirpación, durante casi un
siglo, las expectativas asociadas a esta institución no se consumaron” (Gareis, 2004,
p. 265). Al respecto, “la individualización de los cultos andinos, como consecuencia
de la clandestinidad, ya no dejó lugar a confirmar periódicamente los lazos entre los
miembros del grupo mediante la comunión con las deidades locales” (p. 272). Esta
situación, para el siglo XVIII, habría tenido un efecto contrario, mas el uso de la adivi-
nación y las consultas rituales continuaron fortaleciendo el sistema religioso andino
en la región. Al parecer,

las campañas de extirpación de las idolatrías tuvieron un éxito parcial, al


fraccionar los grandes cultos regionales, pero no lograron destruir ni hacer
desaparecer totalmente a las religiones andinas. Más bien, se acomodaron
en el nicho que les había quedado. (Gareis, 2004, p. 282)

Mientras el Tribunal de la Inquisición se presentó como lugar de resistencia, con-


trahegemonía y debate legal, los Andes centrales fueron escenario de importantes
tensiones y conflictos provocados por el sistema de reparto. Allí, las rebeliones y alza-
mientos andinos se consolidaron como prácticas continuas frente a las políticas fis-
cales y los impuestos promovidos por los gobiernos coloniales. Esto se tradujo, por
un lado, en apelaciones colectivas y disputas judiciales; y, por otro, en ciclos de vio-
lencia política entre 1740 y 1780 (Laviana Cuetos, 1986; O’Phelan Godoy, 1979; Santos
Graneros, 1992; Stern, 1990). Tales movilizaciones,

cualquiera fuera su forma, escala y motivación, tenían la posibilidad de asu-


mir contenidos radicales, empujaban a las comunidades indígenas a expe-
rimentar las distancias entre normas y poder, y a poner a prueba el balance
de fuerzas entre campesinos y elites rurales. (Serulnikov, 2006, p. 14)

Los ciclos de violencia y agitación en el Cuzco, los alzamientos de comunidades del alti-
plano paceño liderados por Túpac Katari, el movimiento indígena del norte de Potosí
encabezado por Tomás Katari, la sublevación de Chayanta, los alzamientos de esclavos
negros y revueltas indígenas-campesinas en los Andes centrales, así como los alzamien-
tos y rebeliones en el Alto Amazonas, representaron aspectos de la profunda tensión que
significó el proyecto colonial. Las formas de agitación social y agencia política variaron
entre la negociación y el conflicto ante la administración y la política coloniales, así como
ante “otras demandas tributarias impuestas en moneda corriente y endeudamientos por
alimentos y ganado” (Spalding, 2016, p. 114).

Localidades como Tarma, Huanta y Huarochirí revelaban la situación de conflicto y


tensión que acontecía en la sierra central. El valle de Jauja experimentó un ciclo de

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violencia entre 1755 y 1756 que dio cuenta de la organización indígena articulada de
forma continua en el espacio serrano:

Mientras la recuperación indígena del territorio selvático se desarrollaba con


intensidad, los distritos de Tarma y Jauja se habían convertido en una suerte
de campamento de milicias que ocupaban varios fuertes en la sierra y a lo
largo de la selva. (Stern, 1990, p. 61)

Esta situación vinculaba a

los grupos disidentes de la sierra con los insurgentes selváticos […] Particu-
larmente por los intentos de establecer una unidad andina más amplia, se
confrontaba a un régimen colonial clientelista, a la presencia de rivalidades
étnicas y familiares, así como privilegios ofrecidos entre las élites indígenas
en facciones de poder multiétnico. (Stern, 1990, pp. 64 y 73)

Hacia 1750, estos distritos, en especial el territorio de Tarma, fueron “una plataforma
para la represión de otras regiones de la sierra central y norteña” (Stern, 1990, p. 80).
Por su parte, Jauja fue un elemento importante en la red de circulación comercial con
Lima, Huancavelica y Huamanga, lugares donde “las estructuras de poder indígena
eran, en ciertos aspectos, indistinguibles de la estructura de poder colonial” (Stern,
1990, p. 80). Al tiempo que se instauraba un aparato represivo en Tarma y Jauja, las
autoridades coloniales optaron por ofrecer acuerdos legales como forma de mediación
de los conflictos a través de una regulación de la cuota de mitayos para las minas de
Huancavelica. Pero la agencia de las poblaciones de la sierra y la selva, así como las del
altiplano paceño, daba cuenta de una conciencia política insurrecta ante las políticas
fiscales, lo que continuamente se representó en las prácticas rituales de carácter clan-
destino que se realizaron en torno al culto al Sol (Cock y Doyle, 1979) y al agua (Bardales
Padilla, 2022).

La explotación económica, directamente relacionada con los levantamientos indíge-


nas, puso de relieve el carácter “atávico e idolátrico” de los disturbios, dado el uso ritual
de la religión indiana como un mecanismo de cohesión ideológica de la rebelión. En
esta línea, Carmen Bernand y Serge Gruzinski (1992) dan cuenta de la estrecha rela-
ción entre la idolatría y la resistencia a la promoción de discursos represivos y políticas
de control. Por otra parte, a partir del microanálisis de las relaciones sociales, Karen
Spalding (2016) expone que las “idolatrías” permiten ahondar en los orígenes de los
conflictos en las comunidades, pues los testimonios judiciales son evidencia de la pro-
fundidad política y la tensión social que alcanzaron los procesos de criminalización
de las prácticas rituales y las expresiones sociales de la organización indígena y mes-
tiza en contextos de agudización de la crisis capitalista-colonial. Esta situación, por lo

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demás, emplaza al discurso mestizo como narrativa de censura y asimilación jurídica


del otro.

En esta línea, Nicholas Griffiths (1998) y José de la Puente Luna (2007) permiten pro-
fundizar en los ciclos de intensidad de las políticas represivas a fines del siglo XVII
y comienzos del XVIII, al considerar la práctica de la adivinación como una estrate-
gia que insurge como resistencia frente a la influencia capitalista-colonial —especial-
mente, ante el efecto de acumulación—, y ante la asimilación y transformación de la
organización indígena en una estructura de subdivisión sexual del trabajo. La investi-
gación de Agustín Bardales Padilla (2016), por su parte, plantea un desplazamiento de
las miradas sobre la erradicación cultural hacia “los procesos adaptativos a las circuns-
tancias coloniales” (p. 27).

Estas propuestas permiten abrir interesantes puntos de diálogo a partir de los enfo-
ques de las resistencias de los grupos subalternos, desde los cuales el problema del
desplazamiento del objeto del poder incide, además, en la construcción de alterida-
des con base en fuentes etnohistóricas y en la desestabilización del orden discursivo
y narrativo hegemónico. Esto significa que, tras la historización, la imagen del “otro”,
expuesta por medio de la narrativa histórica, conlleva un problema de asimilaciones,
particularmente si se considera que la aplicación del derecho, como narrativa de la
dominación legal,

solo puede entenderse en toda su complejidad a partir de la premisa de


que el discurso jurídico no es solo conceptual; las leyes no son reducibles
a un conjunto de definiciones abstractas, pues el discurso legal es, en sí
mismo, una construcción discursiva que encubre el objeto de dominación.
(Marrero-Fente, 2011, p. 155)

Parte del problema radica en los usos historiográficos de los conceptos de brujería y
hechicería, y su reducción a un lenguaje narrativo. Tomando en cuenta la profundidad
conceptual que subyace a las prácticas de adivinación y sus implicaciones en el desa-
rrollo de un pensamiento político, tal reducción se constituye en una contradicción no
solo lingüística sino epistémica (Nash, 2008).

Lorenza Vilches, el oficio de ser labradora


Además de la chicha, las velas, las hojas de coca y el tabaco, la flor de veinte hojas fue
uno de los más importantes objetos utilizados por Lorenza Vilches cuando realizó
algún trabajo para desatar hechizos, curar enfermedades, hacer algún amarre o encon-
trar algún animal perdido en lo extenso del valle de Mantaro durante la segunda mitad
del siglo XVIII. Además, como conocedora de la tierra, el cielo y las estrellas, Lorenza

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disponía de un conjunto de facultades que le permitían posicionarse socialmente


y promover los mercados de la adivinación y la curandería en la región.

El conocimiento y la reproducción de saberes en torno a la agricultura, el uso y la apli-


cación de plantas y hierbas medicinales, así como la correlación mítica-narrativa que
articuló en torno a sus ídolos y santos, fueron atributos que le permitieron a Lorenza
Vilches ordenar desde una mediación ritual el mundo social. Los atributos y faculta-
des que hacían de ella una reconocida adivina tuvieron un fuerte carácter público; una
especie de reconocimiento que recayó sobre sus aciertos y visiones, y cuyos resultados,
sumados a un buen servicio, hicieron de esta mujer una persona facultada para inter-
mediar entre el mundo invisible de las fuerzas tutelares y el de los vivos. Lorenza se
desplazó permanentemente entre Jauja, Yauyos, Huamanga, Huancayo y las cercanías
de Lima, así como entre otros pueblos en los que ejerció su oficio cuando fue solicitada
para aplicar ungüentos o para resolver algún conflicto que hubiera alterado el orden
familiar, y en donde, según la propia Lorenza, tenía facultades de los curas y jueces
para adivinar.

Respecto a su oficio, Lorenza Vilches se especializó en la preparación de ungüentos


y la aplicación de plantas para la curación de enfermedades. Sin embargo, una de sus
principales facultades fue la de regular las transgresiones familiares a través de un
orden ritual cuyo campo característico fue la predicción mediante la lectura de hojas
de coca y de maíz, el sorbete de tabaco y el uso de flores. Más allá de su destreza en la
adivinación y la fama atribuida a sus aciertos, fueron el conocimiento de las técnicas de
preparación de las mesas rituales y el culto al diablo el lugar desde donde pudo ejercer
sus facultades, y otorgar —al igual que otros especialistas— “consejos para diferentes
tipos de enfermedades y matrimonios, así como […] realizar las ofrendas rituales perti-
nentes en los lugares precisos para proteger” (Fernández Juárez, 2004, p. 20).

El prestigio de Lorenza descansó en la resolución efectiva de las necesidades por las


cuales era solicitada. Las hojas de coca arrojadas al aire, así como la lectura del maíz en
agua, revelaban relaciones e interacciones que no podían ser observadas, a menos que
fuera sobre un textil, en medio del humo y a través de la comunicación con el mundo
natural e invisible. En la celebración de mesas rituales, Lorenza destacó la promoción
de códigos, valores y experiencias que definían el orden familiar, así como las respon-
sabilidades de cada quien; por ello permanentemente reafirmó ante el fiscal inquisidor
y sus clientes que “era adivina y no bruja” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 3). Esta
situación da cuenta de las percepciones en torno al concepto penal de bruja (en un
lenguaje delictual) y el profundo significado que tuvo la censura institucional sobre
los ritos religiosos andinos y, por tanto, sobre la construcción de alteridades políticas
e identidades en conflicto.

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Estas experiencias, además, traen al debate las formas de la autonomía productiva y la


imposibilidad de una dominación legítima y totalizante, como “muestras de un orden
productivo no exento de ritualidad y devoción” (Rivera Cusicanqui, 2010, p. 22). Tam-
bién resultaron ser expresiones políticas antagónicas frente al ordenamiento socio-
laboral y sus dependencias, promovidos por el proyecto colonial, así como ante las
disposiciones y prejuicios sobre el trabajo de la mujer indígena, ya que la valoración
del oficio de la adivinación “contrastó con la mendicidad y desprestigio promovido por
la desvaloración del sistema laboral” (pp. 24-25). Pero el fondo político de la aplicación
penal no solo supuso un conflicto relativo a la autonomía productiva de las mujeres
indígenas. Al parecer, el problema central se situó en torno a las políticas de control
sobre las wak’as, que cada vez más se desplazaron hacia los ámbitos fiscales de la res-
tricción y el control comercial (Bernand y Gruzinski, 1992; Serulnikov, 2006). Consi-
derando el contexto de agitación y movilizaciones en la región, “las adivinaciones y
preparación de mesas rituales se constituyeron como acontecimientos con una fuerte
carga política frente a las censuras y conflictos fiscales, y donde la ritualidad fue inter-
pretada en términos de una curación” (Burman, 2011, p. 69).

Las facultades de Lorenza estuvieron sujetas al desempeño de sus ceremonias, que


incluyeron el conocimiento de los procedimientos de devolución de maldiciones y los
secretos para la elaboración ceremonial del daño. Por supuesto, estas prácticas fue-
ron articuladas en una narrativa mítica y religiosa que permanentemente circuló en la
región serrana, donde “los indios hablaban, veneraban, alimentaban y se confesaban
con astros y huacas en general […] y a sus huacas ofrendaban y hacían sacrificios para
preguntarles cosas de interés para la comunidad y pedirles ayuda” (Úzquiza González,
2011, p. 66). Respecto a la región serrana (Chinchay Suyo o tierra de jaguares), Guamán
Poma de Ayala (1615) señaló que

los indios Yauyos al ídolo de Paria Caca sacrificaban con chicha y mollo [con-
cha] y uaccri zanco [pan remojado en sangre] y comidas y conejos. Los indios
Uancas, Xauxa, Hanan Uanca, Lurin Uanca sacrificaban con perros porque
ellos comían perros y así sacrificaban con ello y con coca y comidas y sangre
de perro y mollo. Y así dicen que decía: “Señor guaca Caruancho Uallullo, no
te espantes quando dijere ‘uac’ [ladrado] que ya sabes que son nuestros gana-
dos”. Y así hasta hoy les llaman Guanca, alco micoc [Wanka, come-perros]. Y
algunos por no quebrantar la ley que tienen comen todavía a los perros y se
le debe castigar por ello. Allí dicen que llama el dicho hechicero al demonio
y lo hace por suerte y obra del demonio. Los dichos hechiceros aprueban
y hablan con los del infierno. Cómo se echan maldiciones a unos y a otros,
haciendo ceremonias. Dicen que soplan con maíz molido y ceniza y con sus
cabellos del quien le quiere mal. Para ello dicen que procura hurtársela y se
la quema y sopla. Cómo para salvarse de las manos de la justicia el ladrón o
matador o el hechicero a los dichos contrarios le sopla con el dicho polvo de

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maíz que llaman uayrap zaran y Hueso de difuntos. Lo soplan y dicen que
van soplando a la justicia y al contrario con ella. (p. 267 [269])

El ritual de adivinación promovió un “orden que se concentró particularmente en


mostrar la organización temporal y espacial, entendida como orden justo y produc-
tivo precolonial que se representó como más legítimo” (Rivera Cusicanqui, 2010, p. 25).
Además, se sostuvo en una profunda relación de afecto y compasión con la wak’a. Así,
“lo sagrado, ya sea animado o inanimado, necesita ser hablado para hablar, ofrendado
para ofrecer, alimentado para alimentar y cuidado para cuidar” (Úzquiza González, 2011,
p. 67). Para Lorenza Vilches, la labranza de la tierra significó tratar con los más variados
problemas; también debía negociar su trabajo y asesorar a sus clientes al momento de
resolver solicitudes, especialmente las domésticas. Esta voluntad de Lorenza de sos-
tener el equilibrio doméstico-familiar fue, sin embargo, la causa de fuertes asperezas
con Joseph Cuadros, quien, mediante recursos legales ofrecidos por la justicia inquisi-
torial, reprodujo actitudes de venganza y censura. Pues bien, el proceso de fe seguido
contra esta labradora fue una respuesta legal que pretendió sancionarla por intervenir
en un asunto sin ser solicitada, aunque al parecer sí estaba facultada para hacerlo.

Fue en este contexto que, al enterarse de la visita del juez inquisidor, y sin ser llamado,
el 9 de enero de 1762, Joseph Cuadros, mestizo, casado, natural y vecino del pueblo
de Huancayo, de ejercicio labrador y de 57 años, rindió testimonio frente al comisario
de la provincia de Jauja del obispado de Lima respecto a las prácticas de hechicería
y supersticiones realizadas por Lorenza Vilches.

Según la denuncia de Cuadros, en 1761, un domingo de noviembre (mes de llevar a


los difuntos) oyó música en casa de Isidro Romero, vecino del pueblo. Al entrar allí
encontró entre varias personas a Lorenza Vilches, vecina del pueblo de Chupaca, quien
habría dicho que

era adivina, y ya de la sepultura había resucitado para efecto de adivinar,


que ella no era bruja y que tenía patente para ello de todos los jueces y curas,
y así descubría, aún bajo de tierra, todas las cosas perdidas, y que sabía lar-
gar y desbaratar los hechizos. (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 1)

Según Joseph Cuadros, Lorenza insistía en que Dionisio Gutiérrez, cuñado de Cuadros,
estaba hechizado y, luego de verlo, aseguró que lo curaría. Agregó que Lorenza adu-
cía que “por efecto del hechizo lo aborrecían sus suegros y principalmente su mujer,
y que ella los casaría de nuevo porque tenía las facultades para ello” (AHN, Inquisi-
ción, vol. 1656, exp. 4, f. 1), lo cual también habrían escuchado María Gregoriana y la
esposa del declarante, Magdalena Gutiérrez. Al respecto, Dionisio Gutiérrez, de treinta
años, mestizo, natural y vecino del mismo pueblo, casado y tejedor de vergetas de ofi-
cio, dijo que Lorenza le había dicho que estaba hechizado y que lo curaría, pues “tenía

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facultades para ello y para eso la había resucitado Dios, ya del hondo de la sepultura”
(AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 1 v.).

Al día siguiente de lo ocurrido en casa de Isidro Romero, Magdalena Roxas y Ana, mes-
tizas y vecinas de Chupaca, consultaron a Lorenza Vilches. Según las declaraciones
de Joseph Cuadros, Ana acudió para “hacerse curar con ella, para que su marido no la
aborreciera, y que para cuyo efecto había traído la yerba nombrada coca, aguardiente,
chicha, tabaco, medio real en plata, maíz blanco y negro, lo que tendieron sobre una
manta” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 1 v.). Lorenza le habría dicho que la cura-
ría “y que para ello iría a su casa, y en ella buscaría, por los rincones, el hechizo que le
habían hecho” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 1 v.).

Refiriéndose a este suceso, Dionisio Gutiérrez manifestó que ambas mujeres se hallaban

mascando coca y humeando tabaco; y que tenían en una manta tendida,


chicha, aguardiente, medio real en plata, maíz blanco y negro. Y cogiendo
una vela encendida, Lorenza tomó una hoja de coca entera y poniéndola en
infusión en aguardiente, la aplicó para que se encendiese. Y que tomando
el maíz blanco y negro empezó a decir ciertas oraciones en secreto. (AHN,
Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 2)

Gutiérrez añadió que no logró entender las oraciones y solo pudo oír que Lorenza le
decía a Ana que “su marido estaba inquieto con una mujer, y que, para que viese que
era cierto, adivinaba que en una ocasión quiso tener ilícita amistad con cierto hombre”
(AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 2), lo que Ana confirmaría. Lorenza, entonces,
le habría explicado que “para curarla era necesario la llevase a su casa” (AHN, Inquisi-
ción, vol. 1656, exp. 4, f. 2).

Por su parte, el 19 de enero de 1762, María Gregoriana, india, natural y vecina del mismo
pueblo, casada y de más de sesenta años, declaró que mientras Ana y otras dos mujeres
estaban delante de una maceta con coca, maíz, chicha, aguardiente y una vela encen-
dida, oyó decir a Lorenza: “quiero primero curar a estas pobres y después a Dionisio”
(AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 2), y que, “para empezar la curación que había
de hacer a dichas mujeres, echó fuera de la casa a la testigo diciéndole que era de mal
corazón” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 2 v.).

Tras las declaraciones, el comisario de la provincia de Yauyos remitió la investiga-


ción sumaria con fecha de 26 de enero de 1762, que fue recibida en el tribunal el 25 de
febrero de aquel año. Pero no fue hasta el mes de febrero de 1768 que el fiscal pidió
que se hiciera la calificación considerando la denuncia presentada contra Lorenza Vil-
ches. Dicha calificación estuvo a cargo de fray Manuel Sánchez, de la orden de Santo
Domingo y teólogo de la Real Universidad de San Marcos; fray Lorenzo del Río, de la
orden de San Francisco y regente del convento mayor del Rosario; fray Pedro Ignacio

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Moreno, de la orden de San Agustín, examinador sinodal del arzobispado y regente de


estadios del Colegio de San Ildefonso de la ciudad de Lima; y fray Julián de Andrade, de
la orden de Nuestra Señora de la Merced.

Los capítulos expuestos en la calificación de las declaraciones contra Lorenza Vilches


se organizaron así: el primero trató las prácticas de adivinación denunciadas por los
declarantes, en particular, las supuestas afirmaciones de Lorenza Vilches, como “que
ya de la sepultura había resucitado para este efecto de adivinar, que no era bruja y que
tenía patentes para esto de todos los jueces” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 3
v.). Para las autoridades, tales actos contenían “jactancia de superstición sin sospecha
alguna contra la rea” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 3 v.). En el segundo capítulo,
las autoridades hicieron referencias a la curación que Lorenza le hizo a una mujer, para
cuyo efecto había traído coca, aguardiente, chicha, tabaco, medio real en plata y maíz
blanco y negro, además de una manta. Así, en conformidad con la investigación suma-
ria, las autoridades resolvieron que la práctica ritual de Lorenza comportaba “adivina-
ción supersticiosa con sospecha de pacto expreso, y la rea levemente, sospechosa en la
fe” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 3 v.).

Los antecedentes resueltos por las autoridades eclesiásticas fueron el puntal para que
el 10 de mayo de 1768 Lorenza Vilches fuera sentenciada a prisión y embargo de sus
bienes. Pero no fue hasta el 3 de abril de 1773 que fue trasladada a la cárcel de la ciudad
en calidad de reclusa. Para asegurar la continuidad de los procedimientos, se nombró
como intérprete del proceso a don Baltasar López, natural de Guaros de la provincia
de Guailas del Arzobispado de Lima, quien según las autoridades era un clérigo “bien
instruido en dicho idioma indio” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 4 v.).

En la primera audiencia ordinaria, el 21 de abril de 1773, y por boca del intérprete, la


rea dijo llamarse Lorenza Vilches, del pueblo de Guayau de la provincia de Yauyos, del
arzobispado de Los Reyes de Lima, que no sabía su edad pero que al parecer tenía más
de cincuenta años, que estaba casada y que se “ocupaba de la labor de campo” (AHN,
Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 4 v.). Así mismo, se procedió a tomar la genealogía de
Lorenza, “de la que nada resultó sobre ser de secta infecta, ni de penitenciados, y mani-
festó una gran ignorancia a la doctrina cristiana, sin saber ni una sola oración… aun-
que las supo todas y se le habían olvidado” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 4 v.).
Ante la pregunta por la causa de su aprisionamiento, señaló que “presumía ser porque
en su pueblo atribuían a brujería su inclinación al trabajo y la piedad que usaba con los
enfermos, aplicándoles algunos emplastos, lo que aconteció unas tres veces, poco más
o menos, y entre ellas fue una en la que puso una con gallina negra a Micaela, mestiza
natural de Huancayo, casada con Pedro e hija de Teresa cuyos apellidos ignora… y que
no había cometido delito alguno” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, ff. 4 v.-5).

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Respecto a la segunda y tercera audiencias, correspondientes al 22 y 23 de abril del


mismo año, y bajo voz de la interprete, Lorenza dijo que “estando en el pueblo de
Huancayo, donde se casó, curó de un flujo de sangre a una mujer blanca que se hallaba
allí, aplicándole el estiércol y orina de vaca, que echaba antes en un tiesto, y puesto
al fuego, la cubría con un trapo para que recibiese aquel humo dicha paciente” (AHN,
Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 5). Según Lorenza, tras realizar esta operación, había
conseguido la sanidad de la paciente, “y que la practicó por habérsela visto hacer a una
india nombrada Juana, ya difunta, sin que se persuadiese que en ella hubiese supers-
tición, la que también practicó a una mujer blanca, natural de Huancavelica nom-
brada Josepha quien estaba casada con Joseph Martínez” (AHN, Inquisición, vol. 1656,
exp. 4, f. 5).

Al enterarse de esta segunda curación, Feliciana, mujer blanca, natural de Huancayo


y casada con Joseph Antonio, le solicitó que “le diese remedio para que un hombre
casado con quien vivía enredada, no fuese perseguido de su mujer ni la justicia” (AHN,
Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 5). Lorenza accedió al pedimento y dio a Feliciana “una
flor silvestre nombrada veinte hojas para que la guardase, y que surtiría efecto como
se verificó, persuadiendo esta rea, a la ejecución del fin, y que la oferta de un rebaso la
hizo entrar en dicha operación” (AHN, Inquisición, vol. 1656, exp. 4, f. 5 v.).

En la audiencia de acusación efectuada el 5 de mayo de 1773, la documentación judicial


dejó registro del alegato de Lorenza Vilches. Apeló permanentemente señalando que
“no había hereticado, ni apostatado a la fe católica con intención y verdadero conoci-
miento, aunque lo que había cometido y tenía confesado lo ejecutó con inteligencia
de ser culpa grave, no tuvo por lícito el arte de adivinar sino por pecaminoso, persua-
diéndose a que podía conseguirlo por medio del diablo, a quien encendía una vela,
poniéndola sobre un poco de maíz blanco, pidiendo de corazón y con palabras se efec-
tuase la adivinación” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 5 v.). Así ocurrió con Bernardo
Samaniego, su tío, quien estando en el pueblo de Sicay le pidió que “le hiciese apare-
cer un caballo que se le había perdido, el que se descubrió mediante dicha operación”
(AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 5 v.).

Según Lorenza, ese tipo de “trabajos” se había hecho solo una vez en aquel pueblo, “y
en el de Guayan siete; tres para que pareciesen otras tantas mulas de un arriero (a quien
no conoció), las que también fueron encontradas” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 6).
En otra oportunidad, se le solicitó que descubriera el robo que habían hecho en casa de
una mujer nombrada Paula. También, las tres últimas a pedimento de un indio llamado
Juan, para que apareciese una mula, que finalmente sería hallada. Sobre esto Lorenza
añadiría que “solo en las ocho veces dichas encendió una vela poniéndola sobre el
maíz para la adivinación esperando que el diablo la hiciese verdadera, a cuyo obsequio
encendía dicha luz” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 6). Y, aunque en la preparación de

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la mesa de adivinación ella ponía a San Antonio sobre el maíz, según el intérprete, era
“para que se persuadiesen los que entraban, que la luz encendida era en reverencia del
santo, y que allí no había cosas malas; todo lo esperaba del demonio en quien confiaba;
y que era falso que hubiese asegurado resucitó de las sepulturas” (AHN, Inquisición,
1656, exp. 4, f. 6).

Lorenza comentó que “en dos ocasiones en el pueblo de Chupaca desenterró dos hechi-
zos que había puesto Rosa Gómez, mestiza, natural de dicho pueblo, a otra nombrada
Lorenza. Y por haber invocado al demonio se le apareció en figura de perro en tres
tardes consecutivas y le dijo los lugares donde estaban los hechizos” (AHN, Inquisi-
ción, 1656, exp. 4, f. 6) . Y habiendo pasado por los hechizos, los sacó. Estos estaban
compuestos “el uno de un sapo prendido y el otro de uñas de mula; el del sapo para que
enfermase Lorenza y el de las uñas para que muriese su mula, como se verificó, y que
por estos motivos llamaron a esta rea para que viese si había algunos hechizos” (AHN,
Inquisición, 1656, exp. 4, f. 6). Al siguiente día, el demonio volvió a aparecer en figura
de puerco, “y estuvo viviendo con esta rea dos años, durmiendo con ella en su propia
cama, y sirviéndola de hombre con dos accesos cada noche, que eran las regulares (que
fueron pocas) solo una, y entonces en figura de hombre, pero que de día estaba en la
de puerco; y aunque esta rea le ofrecía de comer, le respondía el demonio que ya había
comido” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, ff. 6 r.-6 v.).

A propósito,

el vestuario que el demonio usaba de noche era como de terciopelo colo-


rado, el cual se quitaba para dormir con ella y que le mandó se quitase el
rosario y la cruz, y obedeciéndole se lo quitó del cuello, y lo llevó a la casa
inmediata que también era de esta rea; que el demonio le decía no amase
a Dios, ni rezase, ni oyese misa, ni hiciese oficio alguno de cristiana; que
no estaba nuestro señor Jesucristo en la hostia consagrada, que lo aborre-
ciese y a María Santísima, que eran sus enemigos, a los que odiaba mucho,
los cuales estaban en el infierno como él; que no había cielo donde ir y que
dicho infierno donde estaba él, era cielo, y que cuando esta rea muriese la
llevaría allí y la regalaría mucho. (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, ff. 6 v.-7)

Lorenza Vilches creía de todo corazón las regalías del demonio, “y queriendo del mismo
modo que todas las noches pedía a este reo su alma, y ella se la ofrecía prometiéndole
dar muchas platas” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 7). Sin embargo, el día antes de
ser apresada, “se fue el demonio mientras lloraba su ausencia” (AHN, Inquisición, 1656,
exp. 4, f. 7).

Lorenza mencionó que una vez, por la noche, el demonio la llevó por sus pies hasta una
quebrada que dista a una legua del pueblo de Guayau, donde

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por espacio de una hora le mostró una ciudad con casas muy hermosas, en
las que había muchos demonios en figura humana; unos blancos y otros
negros, muy espantosos, los que tenían hachas encendidas en las manos, y
allegándose al demonio que acompañaba esta rea lo abrasaban, como tam-
bién a ella, teniendo mucha complacencia en dichos abrazos y en la vista de
dicha ciudad. (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f., 6 v.-7)

Luego del viaje, Lorenza regresó a su casa a pie, siempre en compañía del mismo demo-
nio. Y, para el cierre, dijo “que de todo su corazón dijo al demonio se apartaba de la
religión cristiana y solo a él le serviría” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 7).

En la segunda audiencia de acusación, y por boca del intérprete, Lorenza comentó que,
al cabo de un año de haber parido a su segunda hija natural, Josepha Chuspichay —
mestiza, natural de Chupaca y casada con un hombre llamado Julián—, le comentó
que María Candelaria —mestiza, viuda y para ese entonces ya difunta— tenía amistad
y torpe trato con el demonio. Lorenza habló con ella y le dijo que “para que los hombres
las quisiesen era bien tuviesen en las manos goma y una flor llamada callapinta, y que
invocando al diablo vendrían”; entonces, “deseosa esta rea de que la quisiese un hom-
bre casado lo ejecutó en compañía de María Candelaria, y al punto que se les apareció
el demonio en forma de perro y dijo que vendría el hombre, como de hecho sucedió”
(AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 7 v.). Desde ese entonces, Lorenza

comenzó a tener ilícito trato con el demonio, sirviéndose de él como de


hombre dos veces al día, singularmente, en algunos más y en otros nada;
que de noche tomaba el demonio la figura de hombre blanco y vestido
murgo, el que se quitaba para dormir con ella en dicha figura y de día tenía
la de perro, y aunque casada, tenía el mismo trato con él en el tiempo que su
marido salía de trabajo; y aunque este venía y lo hallaba allí, no entendía que
era otra cosa sino perro hasta que se ausentó dicho su marido al pueblo de
Laraos donde tomó la figura de un puerco, como tiene dicho en su respuesta
de acusación. (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 7 v.)

Además declaró que, desde los dieciocho años hasta que fue puesta en prisión,

no rezó, ni se persignó, ni confesó ni comulgó y solo oía misa algunas veces


por evitar la nota del pueblo, que se quitó el rosario y la cruz, que se apartó
de nuestra santa fe, dando crédito al demonio en todo lo que lleva. (AHN,
Inquisición, 1656, Exp. 4, f. 7 v.)

Al respecto, Lorenza recordó que, estando en quillas, una india le pidió que adivinase
quién le había hurtado una vaca. Habiéndose enterado el ladrón de la solicitud reali-
zada a Lorenza,

le suplicó no le hiciese daño, descubriendo que él era; se lo ofreció, y encen-


diendo una vela, poniéndola sobre maíz, en obsequio al diablo, aunque

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siempre tenía una imagen de San Antonio por vinculación, le pidió al demo-
nio que no descubriese que aquel indio era ladrón, y habiéndose aparecido
en figura de perro, le dijo que le daría en el gusto. (AHN, Inquisición, 1656,
exp. 4, f. 7 v.)

El 24 y 25 de mayo de ese año se realizaron las audiencias de comunicación de la acu-


sación y publicación, que consistían en notificaciones fiscales y diligencias necesarias
para alcanzar la verdad de las acusaciones, y, conforme a las instrucciones, “se pasó a
ella callados los nombres y demás circunstancias de los testigos” (AHN, Inquisición,
1656, exp. 4, f. 8). Por su parte, el 25 de junio se le dio a Lorenza audiencia de defensa,
la cual consistió en “la llana y sincera confesión, mediante la cual ella misma procu-
raba explicar los excesos cometidos” (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 9 v.). Según su
defensa, era

inducida al uso de las flores por el deseo vehemente que la solicitase un


hombre casado, y que suministró las mismas flores a otra mujer, por el
propio efecto del movimiento de la codicia del reboso que se les había pro-
metido, ocasionando el interés las repetidas adivinaciones […] que la insta-
ban para la restauración de robos […] que a fuerza de la sensualidad tuvo tan
ciega y apasionada a esta reo, que por eso apetecía la continua incubación
con el demonio. (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 9 v.)

Considerando las acusaciones y testimonios de la imputada, el 28 de julio se calificó en


plenario que Lorenza Vilches era hereje, apostata de la fe e idólatra formal con pacto
expreso con el demonio (AHN, Inquisición, 1656, exp. 4, f. 11). Por este motivo, al día
siguiente, en voto definitivo, todos los abogados de la Real Audiencia y de presos del
Santo Oficio, habiendo visto la causa criminal de fe contra Lorenza, la condenaron a
portar a san Benito de aspa entera e insignias de sortílega en auto público de fe, o en
cualquier iglesia o capilla donde le fuese leída su sentencia. Además, las autoridades
la sentenciaron a doscientos azotes públicos y el embargo de bienes en nombre de la
Inquisición, ambos como castigos ejemplares; y, para evitar cualquier tipo de escán-
dalo que ella pudiera causar, las autoridades aprobaron su destierro perpetuo al beate-
rio de Copacabana, que se hizo efectivo el 3 de septiembre de 1773.

Santos Reyes: el culto al Sol, al aire y los cerros


Al igual que en el caso de Lorenza Vilches, el proceso de fe contra Juan Santos Reyes,
natural del pueblo de San Pablo en la jurisdicción de la villa de Cajamarca, revela inte-
resantes fisuras y tensiones en las comunidades, pero también permite identificar
antecedentes relativos a las prácticas rituales del culto al Sol, a las wak’as y al diablo
andino, así como a la sacralización del paisaje físico y el paisaje percibido, y la influen-
cia de este en la circulación de una identidad religiosa y regional. Cabe señalar que, del

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conjunto de procedimientos y protocolos realizados por el Tribunal del Santo Oficio de


Lima, este apartado presenta bajo un orden narrativo las declaraciones de los testigos y
las audiencias de acusación realizadas entre 1728 y 1736, prestando particular atención
al asunto de la celebración de las rogativas religiosas.

El 23 de septiembre de 1728 se hizo la primera denuncia contra Juan Santos Reyes. En


la villa de Cajamarca, por la mañana, ante el licenciado don Joseph de Zabaleta, comi-
sario del Santo Oficio de la Inquisición, apareció sin ser llamada una mujer española,
quien dijo ser doña Fabiola Zamora, natural del pueblo de San Pablo en Cajamarca,
viuda y de 33 años. La mujer denunció que, cuando vivió en el pueblo de San Pablo con
su marido, le oyó decir al mestizo Santos Reyes que

era brujo y que tenía aciertos en sus brujerías, y que conocía hechizos,
sacaba oro de donde lo había enterrado, y que si quería le sacaba una olla
y se la daría a su propio marido Cristóbal de Herrera. Y que codicioso este
combinó, pagándole al dicho Santos Reyes unas mulas, antes de darle el oro
que le prometió. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 2)

Sobre lo anterior, la declarante dijo que, aunque no entregó el oro acordado, Santos
Reyes seguía jactándose de ser un gran brujo. Y añadió que era

maestro de encantos y brujerías, sabía dar fortuna a todas las mujeres que
se valían de él, y sanar de varios accidentes con sus hierbas y purgas y hacer
cuanto quiere por ser gracia y habilidad que heredó de sus padres y abuelos,
[aunque él mismo] sabía, más que sus ancestros, pues ellos no sabían obser-
var los efectos del sol, luna y estrellas con las aciertas que todos habían
experimentado. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 2 v.)

Aunque su hermano Miguel también oficiaba la adivinación, si alguien quería ser


estimado y tener cuanto quisiese, buscaba a Juan Santos Reyes, pues “hacía que con
sus artes, encantos, yerbas y brujería fuese querido de todos” (AHN, Inquisición, vol.
1649, exp. 27, f. 2 v.). Incluso, en el pueblo de San Pablo tenía una cueva que iba hacia el
molino de la madre de Dios, “donde con muchas mestizas y mestizos, indios e indias
iban continuamente a mostrar y hacer sus hechizos y encantos, y este como maestro
de ellos” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 3). Además, era solicitado por “dife-
rentes personas de muchos pueblos de esta provincia de los Valles y de las haciendas
circunvecinas del pueblo de San Pablo” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 3).

La segunda denuncia contra Santos Reyes fue interpuesta el 7 de octubre de 1728 por
doña Juana de Vargas, natural de la villa de Cajamarca, de 26 años y viuda. Declaró
que, al no poder darle mejoría a una china (criada) llamada María Llatas, solicitó la
presencia del mestizo Santos Reyes. Sabía que era “curandero y brujo afamado, y que
entendía de todas curaciones y maleficios” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 5).

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Santos Reyes accedió y dispuso que “saliesen al campo y que la curaría, y se la entrega-
ría del todo buena, porque el accidente que tenía era de maleficio” (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 5).

Determinada a sanar a su criada, Juana de Vargas asistió al paraje señalado por Santos
Reyes, quien llevó en una canasta “los instrumentos de su oficio, como conchas, crista-
les, plumas de varios colores de pájaros de la montaña, tabaco, maíces de colores y pol-
vos de ellos, y otras yerbas y ataditos” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, ff. 5 r.-5 v.).
En ese lugar, Santos Reyes armó un toldo en el cual estuvo

desde las siete de la noche hasta que abrió el día siguiente cantando, dan-
zando y tocando sus sonajas, haciendo muchas ceremonias y limpiando a
la dicha María Llatas con maíces y purgándola con el agua collaís, que es
el gigantón [San Pedro]; y dándole a sorber el tabaco muchas veces aquella
noche, untándole el cuerpo con varias hierbas que llevó. (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 5 v.)

Aunque en el toldo no había más que tres personas, doña Juana, la criada y Santos
Reyes, la declarante “oyó que hablaban diferentes sujetos, cosas que no entendía”
(AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 5 v.). Añadió que, según Santos Reyes, él hablaba
“con su aire, cerros, quienes siempre que los invocaba venían y le hacían compañía en
sus ejercicios” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 5 v.).

Luego de pasar toda la noche en aquellas ceremonias, cuando salió el sol, Santos Reyes

le dio adoraciones y ofreció en las palmas de las manos polvos de harina


de maíz de varios colores, soplándose, cantándole, danzando, y muy alegre
tocaba sus instrumentos de sus sonajas y tambor, aspergiéndole con agua
que le pareció que era de yigingo [sic] que llevó en una ollita diciendo Inti
Coillor [Quyllur, estrella luminosa], que significa ser su padre, su amparo
y su consuelo, y otras muchas otras razones que le oyó decir de amores,
y requiebros en su lengua al Sol. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 6)

La fama de Santos Reyes se sostuvo en la eficacia de sus celebraciones. El herrero Pedro


lo tenía por “muy gran brujo y que sabía hablar con gran primor a los aires y cerros, y
que era gran sabedor de tabaco y mascador de él” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27,
f. 6). Además, Santos Reyes había curado a Pascuala Tito “con sus encantos y hechizos,
del accidente que padeció de los ojos, por decirle que le habían hecho daño” (AHN,
Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 6 v.). Según la propia Pascuala, india de 56 años, al no
tener remedio ni consuelo para la enfermedad de sus ojos, “y para conseguir alivio de
su enfermedad solicitó a un mestizo que tenía créditos de brujo, quien le aseguró que
le curaría si condescendiese el ir con él a donde le llevase” (AHN, Inquisición, vol. 1649,
exp. 27, f. 9).

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Pascuala acudió entonces al encuentro con Santos Reyes cierta noche. Sobre esto dijo que

no sabe dónde la llevó, porque iba ciega del dolor que le afligía, y que a poco
tiempo de haber llegado al lugar la hizo sorber tabaco y la limpió con maí-
ces, y dos cuyes uno blanco y otro negro y que después de haberla limpiado
haciendo muchas ceremonias y llamando en lengua del inga al sol, la luna y
las estrellas, la persuadió a que creyese en estos astros. (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 9)

Y añadió que

el Inti que en castellano es el Sol, era su dios, su consuelo y amparo, y que


socorriese a la que le iba a buscar, que allí la tenía rendida y que la sanase
del mal que padecía de los ojos. Después le hizo tocar los cuyes muertos,
gastando toda aquella noche en hablar a solas con sus sonajas, danzando
y cantando hasta que amaneció y la volvió a la casa. (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 9 v.)

Tras la ceremonia, sintiendo mejora, Pascuala solicitó una segunda vez a Santos Reyes.
Él la llevó al mismo paraje y allí estuvo “haciendo las mismas ceremonias, cantos, sona-
jas y limpiándose con cuyes de colores, maíces de colores, sorbiendo tabaco y hablando
y llamando a los cerros y vientos para la mejoría de la declarante” (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 9 v.).

Por otra parte, Juana Vargas, hija de Pascuala, también solicitó a Santos Reyes. Declaró
haber tenido una ilícita amistad con un religioso, situación que le acarreó conflictos
con su tía, su madre y demás parientes. Como sabía que vendría el obispo, se valió
de Santos Reyes para que el religioso no se acordase de ella, y así evitar sufrir pesares
y deshonras como el destierro. Para esto, Santos Reyes

le hizo un collo que se componía de huesos de muertos quemados y hechos


polvo, de plumas de perdices, del pelo de las vicuñas y venados, de las viz-
cachas, de guayguas; y hechos muchos ingredientes de yerbas y polvos de
maíces. Y por varias noches Santos Reyes espolvoreó la casa donde estaba
hospedado el obispo para que no la llamase, ni se acordase de ella. (AHN,
Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 7)

La española Josepha Romero también hizo una denuncia afín. El 15 de febrero de 1731
declaró que hacía diez años más o menos, estando enferma de unas manchas negras
en la cara, producto al parecer de un “maleficio”, solicitó a Santos Reyes, bajo la idea de
que tenía facultades “para sanar cualquier enfermedad”. Tras el acuerdo, este la llevó al
monte en compañía de Rosa Romero y Antonia Rojel, además de tres o cuatro indias —
ya difuntas— que bebieron la purga del gigantón, que llamaban “agua de collai”. Santos
Reyes le dijo entonces a Josepha Romero que habían hecho el maleficio en un “chullar,

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que en lengua castellana quiere decir ciénega negra y hedionda, donde las indias tie-
nen los anacos de negro” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 17).

Esa noche, Santos Reyes no durmió. Las mujeres mascaron tabaco, bebieron purgas
y esparcieron polvos al aire cantando y bailando con un tamborcillo y sonajas en las
manos. Santos Reyes tenía dos ídolos a quienes rendía culto y adoración, y

poniendo todos estos instrumentos sobre unos manteles limpios y haciendo


muchas reverencias a los dos ídolos, hincándose de rodillas delante de ellos
les decía que eran su Apu, su dios, su amparo, y dando muchas vueltas a
los manteles que estaban tendidos en el suelo, y en ellos los ídolos con los
demás instrumentos, les sacrificó unos cuyes. (AHN, Inquisición, vol. 1649,
exp. 27, ff. 17 r.-17 v.)

Se dijo que Santos Reyes les preguntaba a estas mujeres

si oían lo que hablaban las aguas, los vientos y los cerros, y que cantasen con
él, y dijesen lo que él les decía a los ídolos, haciendo muchas ceremonias y
con el tambor y sonajas calabazas en las manos amanecieron y que enton-
ces las purgó con gigantón y empezaron a soplarle al Sol su dios, polvos de
colores de maíces, diciéndoles que era su padre, su dios y que las oyese.
(AHN, Inquisición, vol. 1649, expediente 27, ff. 17 v.-18)

Otra de las asistentes, Rosa Romero, de 45 años, soltera, natural y vecina del mismo
pueblo, también se pronunció. Según la denunciante, toda la noche realizaron ejerci-
cios como

cantar, bailar, soplar polvos de maíz, llamando con el son de unas sonajas
a los vientos y al diablo repetidas veces con su tambor y en las manos un
calabazo dando voces a su dios, haciendo muchas demostraciones con el
cuerpo, brazos y manos, y dando vueltas y adoraciones a los ídolos. (AHN,
Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 11 v.)

También se explicó que realizaron acciones de adoración, diciendo

Apuyaya, que quiere decir padre o señor mío, aquí tienes tus pobres cristia-
nas que vienen a tus pies a pedirte los socorros en sus aflicciones, y que les
des el auxilio que te piden, pues eres mío dios y por ti rogamos al dios verda-
dero a ti te confieso porque tú eres quien nos da lo que tenemos, comemos,
vestimos y quienes quieran y solicitan los hombres, y otras muchas razones
que le decían a sus ídolos. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 12)

Al salir el sol, le ofrecieron maíz de diferentes colores soplando sus polvos y, “cuando
rayaba el día, muy alegres danzaban [y, en medio de ellas,] Santos Reyes ofrecía ado-
raciones de rodillas, y con gran rendimiento le decían Inti Capac, que quiere decir,

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Sol dios eterno” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 12). Además, con diferentes
demostraciones ofrendaban conchas, maíces y hierbas,

y con los brazos abiertos le decían tú lo criaste todo tú lo hiciste, todo tú


hiciste, las criaturas y así venimos rendidas a tus pies a pedirte, como tus
pobres criaturas nos concedas lo que te pedimos, estando todas cierto que
nos ha de conceder lo que te rogamos para nuestro alivio y consuelo. (AHN,
Inquisición, vol. 1649, exp. 27, ff. 12 r.-12 v.)

En medio del trance, Rosa Romero estaba

con los ojos y la atención en el dios del brujo, el Sol, y vieron cómo el Sol dio
vueltas poniéndose a la vista colorado y otras veces verde y blanco. Y enton-
ces le decía el dicho mestizo brujo que si veían a su dios el Sol, como daba
vueltas y mudaba de colores y que aquella acción era porque les agradecía lo
que le ofrecían con tanto gusto. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 12 v.)

A Rosa también se le dijo que, si veía algún oso u otras visiones, no debía atemorizarse.
Tampoco “nombrar a Jesús, si no antes invocasen a los vientos, a los aires, a los cerros,
que son sus diablos, y todo cuanto sabía era por ellos” (AHN, Inquisición, vol. 1649,
exp. 27, f. 12 v.).

Además de denunciar a Santos Reyes, Rosa Romero dijo que

todas las que viven en el pueblo, fuesen blancas, mestizas e indias habían
acudido en busca de él, y que sabe que no han venido a denunciarse; como
Rosa Jamas y Agustina, su sobrina, y que estas están continuamente en
estas supersticiones; como también de Gregoria Bondoja, la prima del dicho
brujo, quien también tiene el mismo ejercicio. (AHN, Inquisición, vol. 1649,
exp. 27, f. 13 v.)

También informó que en el pueblo de Chota, jurisdicción de la provincia de Guambos,


y por solicitud para evitar un casamiento, Santos Reyes le dio a Juana Besertaya, mujer
blanca, “unos polvos de pellejo de víbora, huesos de muerto y otras porquerías para
que los rociase sobre la cabeza de Cristóbal de Veta, su amante” (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 14), quien, en efecto, no se casó.

En el mismo sentido fueron denunciadas las hijas de la difunta doña Catalina de Larrea,
Josepha y Antonia de León, y la mestiza Gertrudis Gil. Ellas “le hicieron un hechizo a
su madre para que muriera padeciendo del vientre por vivir amancebada con Juan de
León, su padre, y que le oían en la barriga […] cantar un sapo antes de su fallecimiento”
(AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 14 v.).

El 19 de febrero de 1731, Juana Romero, casada, natural de San Pablo de Cajamarca y


de 56 años, también se pronunció respecto a este tipo de visiones. Declaró que, junto

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con Nicolasa Sevillana y Gabriela, su madre, fueron con Santos Reyes “al alero de un
potrero donde hay dos cuevas para que su marido se apartara de una mala amistad”,
mientras que “Nicolasa fue para que sus dos hijas se casaran” (AHN, Inquisición, vol.
1649, exp. 27, f. 29). Aquella noche sorbieron tabaco y participaron en muchas ceremo-
nias, y “al salir el Sol, después de todas las adoraciones, llamándole y diciéndole que era
su padre, su consuelo, todo su amparo, que era su Apu, su Inti, su Apuyaya, que reci-
biera el sacrificio que le hacían aquellas sus pobres” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp.
27, f. 29 v.). Entonces, tras beber el agua de collai, Juana Romero “vio cómo daba vueltas
el Sol, mudando de colores, de colorado, verde y amarillo, y que el brujo se veía de los
mismos colores que veía al sol” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 30). En aquella
ceremonia, Santos Reyes ofreció cuyes como sacrificio y habló con los diablos, quienes
respondían con mucho ruido.

Al respecto, Gregoria Oyarce dijo que asistió unas ocho veces con Santos Reyes a las
quebradas y los montes, y que en todas las veces que asistió a las cuevas “vio un hombre
vestido de colorado, con sombrero blanco y calzado de botas y espuelas, y que dicho
hombre estaba al lado de Santos Reyes, y conforme cantaba, él le respondía de un lado,
y que dicho era su padre, todo su bien, Luzbel” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27,
f. 33). Por instantes, Santos Reyes les daba una piedra, “que era su ídolo y que al ama-
necer tendía un paño limpio donde ponía todos los instrumentos, polvos, conchas,
maíces y una ollita con su cocimiento; y de rodillas entregaba adoraciones al Sol, con
las palabras de Inti, Apuyaya, Tescuita Camac [sic] que quiere decir Sol precioso, padre
y creador de todas las cosas” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 33).

El 16 de febrero de 1731, Juan de León, labrador de 56 años, natural y vecino de San


Pablo, pasó a entregar su denuncia. Informó que, “motivado por la pobreza y la nece-
sidad en que se hallaba, le habló a Santos Reyes, quien sabía dónde había guacas y que
tenía oro en ellas” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 21). Así, Santos Reyes, Antonio
de Revilla y el denunciante fueron a un cerro cercano al pueblo llamado El Montón,
donde estuvieron un día y una noche.

Santos Reyes dio muchas demostraciones, como era mascar diferentes


hierbas que llevó, sorber tabaco por las narices, soplar polvos de colores
de maíces, estar bailando con un calabazo en las manos, bebiendo sus pur-
gas que llevó de hierbas cocidas, y dando muchas vueltas y ceremonias que
hacía llamando a los aires, a sus vientos, y a los cerros para que le favorecie-
sen, y le descubriese el oro que iba a sacar para darles a aquellos pobres, que
se habían valido del. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 21 v.)

En otra oportunidad, Santos Reyes le dijo que había un gran tesoro en una quebrada
cercana al valle de Cajamarca, en el paraje Puray del cerro llamado Arpa. En esa oca-
sión, Santos Reyes fue en compañía de dos indios acreditados de brujos, y

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advirtió a Juan de León y Antonio Revilla que si hallaba algunos diablos den-
tro de la cueva de donde iba a sacar el tesoro, los vencería a todos, que para
todo sabía y tenía virtud para echarlos porque los entendía; y estando den-
tro de la cueva empezaron a hacer las ceremonias. (AHN, Inquisición, vol.
1649, exp. 27, f. 22)

Tal como ocurrió en el cerro El Montón, de El Arpa salieron sin oro, por lo que decidie-
ron volver al pueblo de San Pablo. Pero en el camino le dijeron a Antonio de Revilla que
“en un cerro de la pampa de Pampamachaq habían visto arder fuego, y que demostraba
haber un gran tesoro” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 22 v.). Esa noche realiza-
ron las mismas demostraciones que en El Montón y El Arpa, pero al amanecer vieron
que estaban soplando al sol polvos de maíces, mascando tabaco y sorbiéndolo por las
narices con unos trapitos, llamando a su dios, a su señor Apuyaya (AHN, Inquisición,
vol. 1649, exp. 27, f. 22 v.).

Ese mismo día pasó ante el licenciado Portal Josepha Camacho, casada con Sebastián
de León, natural y vecina de San Pablo, de diecisiete años. Ella denunció que su marido
no hacía vida maridable, por lo que acudió a Santos Reyes. Este haría sus remedios
a cambio de dos pesos, para

que su marido dejara a su amiga, y que volvería a su amistad, pues era su


mujer y que para eso le cogiese sus cabellos, y se los diese; Santos Reyes
los quemaría y se los daría a comer en locro. (AHN, Inquisición, vol. 1649,
exp. 27, f. 24 v.)

También le dio unas pepitas coloradas para que se las pusiese en la cara y una ollita de
barro con una hierba cocida,

para que se lavase la cara, manos y cuerpo, y sorbiese tabaco, y que hacién-
dolo volvería su marido a su amistad, dejaría a su manceba; para este tra-
bajo también le pidió los cabellos de la manceba Magdalena Ximénez quién
era prima de su marido, y que haría un remedio con ellos para que la dejase.
(AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 25)

Para los mismos efectos, Asencia Vigo, de dieciocho años, denunció que, para asegurar
su casamiento pactado con Manuel Romano, fue con una tal Beatriz y Juan Burgos a la
casa de Santos Reyes. Dijo que él los

llevó a unas peñas donde al ponerse el sol, comenzó a darles unas purgas de
beber, que sorbiesen tabaco por las narices, y soplaron polvos de maíces de
colores. Santos Reyes les mandaba que le diesen adoraciones al diablo y a
un ídolo que tenía en las manos, a quien escuchaba por instante, diciéndole
que él era a quien le debía el ser, y que era su dios, su señor, su amparo, su
Apu. (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, ff. 27 r.-27 v.)

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Tras las denuncias, las autoridades acordaron que Santos Reyes era practicante de la
idolatría, pero no fue hasta el 13 de febrero de 1732 que fue apresado en la ciudad de
Trujillo y el 11 de mayo de 1773, recluido en las cárceles secretas de la Inquisición de la
ciudad de Los Reyes, donde se iniciaron las audiencias de acusación. Santos Reyes se
defendió entonces diciendo que lo tildaron de brujo

porque según le contaban sus hermanas, gritó en el vientre de su madre,


y que por haber hablado y contado que había gritado, dejó de ser sabio, y
es verdad que conoce la voluntad de todas las hierbas para curar las enfer-
medades de ahogos, postemas, para el mal de grandes, y para quitar pesa-
dumbres y para otras muchas enfermedades, de que este ha curado con
dichas hierbas que conoce; y reconociendo los buenos efectos y que conse-
guían la salud los enfermos, dieron en decir que era brujo, no porque sabe
cosa alguna de estas, ni ha curado por arte del diablo, y que también santi-
guaba a las criaturas que le traían enfermas. (AHN, Inquisición, vol. 1649,
exp. 27, f. 66)

También aseguró que los procedimientos los había aprendido en Trujillo por parte de
Antonio Melgarejo, hombre español de oficio carpintero y arpero.

Este tenía un libro de las virtudes de las hierbas y por ella remitía a este
a la sierra para buscarlas y le enseñaba los conocimientos, y en la forma
que las había de aplicar, con las cuales sanaba a los enfermos, y también le
enseñó por dicho libro, el modo de santiguar las criaturas [Y] todo esto lo
comunicaba con sus confesores, y les llevaba las hierbas para que las viesen
y queriéndose retirar del ejercicio de la curandería le dijeron que era contra
caridad, que prosiguiese haciendo bien a las personas, en especial al padre
rector de la compañía de Jesús de Trujillo. (AHN, Inquisición, vol. 1649,
exp. 27, f. 66 v.)

Y añadió que durante todo este tiempo “solo había curado con las hierbas y bendición
de dios” (AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 77 v.), e insistió en que se había ganado la
fama de brujo por haber gritado en el vientre de su madre y no por saber de brujerías.

Tras meses de interrogatorios y acusaciones, y luego de haber negado cualquier tipo


de delito imputado, el 3 de octubre de 1736 el fiscal inquisidor condenó a Santos Reyes
a cuestión de tormento y le advirtió que, en caso de castigo y mutilación de algún miem-
bro, sería su culpa. Ese mismo día Santos Reyes fue conducido a la cámara mientras
reiteraba que “no sabía nada, ni tenía nada que decir, aunque lo mandaran a ahorcar”
(AHN, Inquisición, vol. 1649, exp. 27, f. 87). Después de tres vueltas y debido a una lesión
en sus ligaduras, lo quitaron del potro y fue nuevamente enviado a prisión a la espera
de las disposiciones del Tribunal.

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Conclusiones
De forma preliminar, las experiencias de Lorenza Vilches y Juan Santos Reyes permi-
ten visualizar aspectos centrales de las fisuras del sistema colonial, en términos de
permanencias, erosiones y asimilaciones culturales, principalmente a partir de la apli-
cación del derecho penal y la censura a las prácticas religiosas del mundo andino. Ade-
más, permite indagar en los conflictos que hubo entre quienes oficiaron la adivinación
y las comunidades, y cómo las personas resolvieron sus conflictos e intentaron regular
el orden social-familiar.

A través de la diversidad ritual observada en los procesos seguidos contra Lorenza


Vilches y Santos Reyes se revelan horizontes estéticos que circularon alrededor del
culto al Sol y la complejidad del concepto wak’as; se destacan aquellos reconocimien-
tos a la figura del diablo (supay) como mediador entre las naturalezas hambrientas de
las wak’as y el deseo de las personas. La comunicación establecida entre adivinos y el
diablo se constituyó como un aspecto relevante en términos de mediación e interac-
ción entre las distintas dimensiones que habitaron el mundo. En la celebración de las
ceremonias de adivinación y rogativas, el diablo, en su forma animal, humana o en la
de aires y cerros, permitió a los adivinos —a modo de maestro— desbaratar hechizos,
revertir maleficios, alcanzar fortunas y curar enfermedades. También tuvo una parti-
cipación central en la búsqueda del orden familiar, fuese para fortalecer los vínculos
maritales o para deshacerlos.

Los ritos celebrados por Lorenza Vilches y Santos Reyes ponen de manifiesto cómo
las prácticas religiosas andinas reconocen la agencia e injerencia del mundo invisible
de la naturaleza en la vida cotidiana de las personas, en las cuales adivinos y adivi-
nas representaron un canal mediador con las fuerzas tutelares. Estas mediaciones se
iniciaban en lo profundo de la noche, dentro de las cuevas y quebradas, y finalizaban
con coloridos bailes y agradecimientos ofrendados al Sol. A medida que las rogativas se
constituían como acontecimientos profundamente emotivos, con cada ritual oficiado
se reproducían narrativas de paisajes sagrados, vivos, naturales y hambrientos, pero
capaces de favorecer a quienes los alimentaran. Tales relaciones, por lo demás, se sos-
tuvieron en una dialéctica de reciprocidad e intercambio.

Los ritos ceremoniales y las consultas de adivinación reprodujeron una estética perfor-
mativa que involucró corporalidades en movimiento, formas danzantes, narrativas y
sonoras, altamente visuales y sensoriales, que además estuvieron acompañadas por
el consumo de plantas psicoactivas y estimulantes como el tabaco, la coca y el agua
de collai (o san Pedro, Echinopsis pachanoi). Ello aportó una lectura profundamente
emotiva de dichas experiencias, las cuales involucraron visiones como las transforma-
ciones del Sol y las apariciones del diablo en contextos de éxtasis religioso. Además,
el lugar del rito dio cuenta de los paisajes sagrados en los que habitaron las wak’as; de

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este modo, lo cotidiano se transformó en una práctica ritual y el rito en una práctica
cotidiana. Por otra parte, se encontró que, a través de la circulación de objetos rituales,
es posible observar una vinculación religiosa de carácter regional.

Las rogativas, curaciones y adivinaciones oficiadas por Santos Reyes y Lorenza Vilches
fueron actos dinamizadores de la comunicación entre la naturaleza y la sociedad. A
través de la devoción y los afectos, se fortalecían las redes de significados y esquemas
sociales. Los rituales de adivinación fueron el lugar de modelación de las conductas
públicas, pues fue en el rito, en los símbolos revelados, donde el mundo de los vivos fue
dotado de sentido. La ritualidad religiosa andina propuso un orden temporal y espa-
cial; como metáfora, las personas alimentaron las wak’as, mientras estas se alimenta-
ron de las personas.

De gran valor son los testimonios de Lorenza Vilches y Santos Reyes, pues permiten
observar que el oficio de la adivinación también fue un legado familiar. Al igual que
Lorenza Vilches, Santos Reyes fue labrador. Ambos sabedores y conocedores de las
plantas y sus efectos, de los ciclos de la naturaleza y de los astros. Como herencia de
sus antepasados, la adivinación otorgaba fama y reconocimiento social a partir de un
sistema de referencias orales en los que se destacó la capacidad de observar y relacio-
narse con el mundo natural, sus fuerzas y los efectos del sol; además de ser distingui-
dos por los resultados de sus artes, encantos y yerbas, entendían sobre todo tipo de
curaciones y maleficios. El prestigio de estos laboradores recayó en sus aciertos y los
conocimientos que tuvieron sobre la curandería, pero fueron el gusto y su virtud de
sanar cualquier enfermedad lo que hizo de ellos personas afamadas por sus facultades,
“hechizos” e instrumentos utilizados para sus ceremonias.

A través de su narrativa, los ritos podían alterar el curso de la vida y las experiencias
de las personas. La religiosidad andina otorgó sentidos comunes a las experiencias
individuales; el culto a la wak’a significó dotar de agencia la sucesión política y la
adivinación como forma de regulación, control y disciplina sobre el orden doméstico
y cotidiano. Se trató de un medio de integración social a través de los modos de coo-
peración, cohesión y solidaridades que se articularon. La celebración de mesas de
adivinación pretendió armonizar conductas y relaciones para la integración social
y territorial, al exponer públicamente el conflicto presente en la comunidad. Sin
embargo, fue la relación de la alteridad con el mundo natural y las fuerzas tutelares
el eje central de las ceremonias. En el rito existieron y se dinamizaron voluntades de
entendimiento respecto a la pluralidad de entes que habitan el mundo y sus modos
de relacionarse, y se destaca la capacidad de yuxtaposición que existió entre la reli-
giosidad andina y el dogmatismo católico.

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