0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas177 páginas

Only The Devil Knows-1

Este documento presenta el primer capítulo de una novela que describe escenas gráficas de violencia y actividad sexual no consentida. Un asesino serial conocido como Max mantiene a un hombre encadenado en su dormitorio y lo tortura con un látigo mientras graba su muerte, todo mientras tiene relaciones sexuales violentas con su amante Wyatt. La novela contiene temas oscuros de BDSM y violencia extrema.

Cargado por

Lourdes
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas177 páginas

Only The Devil Knows-1

Este documento presenta el primer capítulo de una novela que describe escenas gráficas de violencia y actividad sexual no consentida. Un asesino serial conocido como Max mantiene a un hombre encadenado en su dormitorio y lo tortura con un látigo mientras graba su muerte, todo mientras tiene relaciones sexuales violentas con su amante Wyatt. La novela contiene temas oscuros de BDSM y violencia extrema.

Cargado por

Lourdes
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Solo el Diablo Sabe

TRADUCCIÓN: Morodashii
Epub y diseño: Gigi

Hola, de parte de Traducciones Arcoiris les informo que está es una novela
traducida por un amateur, hecha de fans para fans con el único propósito de dar a
conocer esas historias que tanto queremos leer en nuestro idioma.
No se genera ningún tipo de ganancias económicas, ya que se hace con el único fin
de entretenerte.
No compartir en redes sociales, ni en Wattpad ni tampoco en ninguna página de
facebook y/o similares.

Espero disfruten. 🥰
Solo el Diablo Sabe

Solo el Diablo Sabe


Delicias Criminales: Asesinos Seriales

KATZE NIEVE
TIEGAN CLYNE
Solo el Diablo Sabe

MI NOMBRE ES MAX, PERO LA GENTE ME LLAMA EL FLAGELADOR


DE LONDRES

He estado en silencio durante muchos añ os. Ahora estoy listo para hacer
mi movimiento final.
Nathaniel Harris, un psicó logo que trabaja con criminales dementes.
Genevieve Knight, la Inspectora en Jefe, decidió encontrarme de una
vez por todas.
Wyatt Pearson, el hermoso chico que cree que soy un héroe en lugar de
un asesino a sangre fría.
Cada una de estas personas tiene una cosa en comú n: todas me quieren.
Pero, ¿qué sucede cuando mi lá tigo se enreda a su alrededor y distorsiona
todo lo que creen que es verdad?

He mantenido mi identidad en secreto... hasta ahora. Es hora de


mostrarle al pú blico en lo que he estado trabajando. Después de todo, ¿qué es
un asesino serial si no tiene un toque artístico y a su chico favorito a su lado?
Max no besa muy a menudo, pero cuando lo hace, me reduce a cenizas
cada vez. Soy masilla en sus manos, y él lo sabe. Él se deleita en eso. Y yo
también.

Temas: relació n D/s, amor prohibido, BDSM, proximidad forzada


Géneros: Thriller M/M oscuro, Psicologico
Nivel de calor: escenas explícitas calientes, á speras, consentidas
Solo el Diablo Sabe

Este libro es parte de DELICIAS CRIMINALES. Cada novela se puede leer de


forma independiente y contiene un oscuro romance M/M. Advertencia:
estos libros son para lectores adultos que disfrutan de historias donde las
líneas entre el bien y el mal se vuelven borrosas. Calientes, retorcidos y
tentadores, estos no son para los pusilánimes.
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Uno
Max

El hombre desnudo encadenado a la pared de mi dormitorio apenas


puede moverse ahora. Sus débiles tomas de aire tartamudean a través del
aire, y su sangre gotea sobre mi piso de madera.
Tan débil. Tan patético.
No hay nada emocionante en mi presa una vez que se tambalea al
borde de la muerte. Estoy sorprendido, de verdad. Por lo general, duran
má s que esto. Si tengo suerte, podría llegar a escuchar su ú ltimo aliento
justo cuando dispare mi carga en el culo de Wyatt.
—Prepá rate, chico. — Gruñ o por encima del hombro, serpenteando
el lá tigo de cuero entre mis dedos, ya resbaladizo por la sangre. — Brazos
atrá s, piernas abiertas. Ya sabes que hacer.
Por el rabillo del ojo, observo a Wyatt juguetear con su
computadora y su sistema de sonido. Los cables se arrastran sobre su
escritorio de madera y se derraman en mi piso, conectá ndose al pequeñ o
micró fono conectado a la mandíbula rota de la víctima.
Cruzo la habitació n hacia el moribundo y le hundo las mejillas con
los dedos. — Hey, no te mueras, escoria. Todavía no estoy listo para que
estires la pata.

1
Solo el Diablo Sabe
Le doy una palmada en un lado de la cara. Esto me proporciona un
leve gruñ ido de mi presa, y una oleada de excitació n surge en mi polla.
Agarrando el balde de pintura de lá tex azul en el suelo a mi lado, abro la
tapa y arrojo el contenido sobre el hombre. La pintura cubre todo su
cuerpo y salpica el lienzo clavado en la pared detrá s de él. Perfecto.
Aprieto el lá tigo en mi mano y apunto. Las largas colas vuelan por el
aire, atrapando cada herida que ya le he dejado. Cuando mi lá tigo
profundiza el desgarro en su estó mago, su sangre y tripas se derraman y
escurren en mi piso. Supongo que su resistencia no es tan mala para un
hombre que se cagó hace unas horas, lloriqueando y rogá ndome que lo
perdonara. ¿Por qué siempre piensan que funcionará ? Solo me dan ganas
de triturar a los bastardos en pedazos.
Ademá s, era de esperar que liberara sus entrañ as teniendo en
cuenta que le metí el lá tigo en el culo. Siempre me excita má s cuando mi
presa resulta ser heterosexual. Me encanta ver la mirada en sus rostros
mientras inserto objetos en ellos, por lo general terminando con mi polla
rompiéndolos en nada.
Wyatt se aparta de su escritorio y comienza a sonar mú sica de
fondo. Disfruto follá ndome al chico mientras la computadora graba a
nuestra víctima exhalando su ú ltimo aliento. Se ha convertido en un
há bito nuestro desde que comenzamos este juego hace varios añ os. La
canció n que Wyatt seleccionó esta vez es una melodía sin sentido que a
los jó venes les gusta bailar en los clubes nocturnos, empalagá ndose con
su perfume barato y sus drogas.
Presto poca atenció n al ritmo del trance y mantengo mi atenció n
firmemente enraizada en mi objetivo. Dioses, qué tentador se ve colgado
allí, despatarrado, golpeado, apenas vivo. Hay algo inexplicablemente
eró tico en ver morir a una persona. Su vida, al alcance de mi mano,
destellando ante sus ojos mientras me corro sobre sus patéticos rostros.
Siempre me he dicho a mí mismo que si me voy al infierno, también
podría disfrutar el jodido viaje.
Y qué viaje ha sido hasta ahora.
— ¿Me quiere en la cama, señ or?

2
Solo el Diablo Sabe
Le doy al chico una mirada de soslayo. Recibe mi respuesta
silenciosa y se arrastra sobre mi cama tamañ o king, su cuerpo desnudo es
un rubor rosado contra mis sá banas de marfil.
Wyatt ama este juego en particular. Interpreta muy bien su papel, y
no puedo esperar para follarlo hasta que grite, sus sonidos de dolor se
suman a los jadeos finales de la criatura clavada en mi lienzo. Todo arte es
dolor, después de todo. Glorioso dolor que acaba con la vida. Es algo
verdaderamente notable para la vista. Es incluso mejor infligir.
Antes de que la pintura se seque, vuelvo a azotar a mi presa. El
lá tigo corta la carne ya desgarrada de su trasero y la pintura se derrama,
salpicá ndose bajo el impacto y manchando el lienzo con má s color.
Cuando termine, una galaxia de salpicaduras multicolores creará un
contorno prístino del cuerpo del moribundo. Se conservará para siempre
en negativo, su sangre y la pintura mostrará n la huella de su cuerpo mejor
que cualquier contorno de tiza. É l será transformado.
Latigazo.
Sale sangre y pintura. Observo la forma en que el líquido azul se
acumula alrededor de los pies de la víctima, y creo que la pró xima vez
podría poner un segundo lienzo en el suelo, solo para ver qué tipo de
patrones puedo crear.
Latigazo. Latigazo. Latigazo.
Estoy respirando pesadamente, y mi furiosa erecció n rebota cuando
golpeo a la víctima una vez má s. Esta vez, la sangre y la pintura me rocían
la cara y el cuerpo, cá lidas y pegajosas como el semen que estoy a punto
de enterrar en el coñ o de Wyatt.
— ¿Está s listo, muchacho? — Mi tono es bajo pero firme.
— Sí, señ or. — Wyatt responde de inmediato. Un temblor se filtra en
su voz, el miedo y la emoció n se mezclan, y maldició n si no me pone má s
duro.
Suelto el lá tigo y voy al lado de la cama. Su trasero ya azotado brilla
en la luz brillante, y lo golpeo tan fuerte como puedo. É l jadea. Una vívida
huella de mano florece allí en su piel. Es hermoso. Lo azoto una y otra vez,

3
Solo el Diablo Sabe
hasta que me pica la mano y me duele el hombro, ya cansado de azotar a
la víctima. Su piel brilla ahora, un rojo brillante, con capilares reventados
en lugares para trazar como un cordó n debajo de la superficie.
Tomando mi pene en mi mano, lo acaricio un par de veces,
cubriendo mi eje con pintura, sangre y mi propia saliva. El chico tiene
suerte de que esté de humor caritativo. Lo he tomado en seco antes, y lo
volveré a hacer, pero esta noche me siento generoso.
Me subo a la cama con él y me arrodillo entre sus piernas. Wyatt se
estremece con anticipació n, y cerro mi puñ o, golpeá ndolo en la parte
posterior de la cabeza lo suficientemente fuerte como para saber que está
viendo estrellas. É l gime y desliza su polla contra la colcha, frotando,
buscando su liberació n. El pequeñ o hijo de puta enfermo solo se excita
cuando uso la violencia.
—No te atrevas a correrte hasta que yo te lo diga. — Gruñ o mientras
lo penetro, empujando mi polla en su culo hasta que estoy enterrado
hasta las bolas.
Grita por lo repentino de la penetració n y se estremece a mi
alrededor. El placer surge en mi ingle y mi cabeza nada con él.
Los gemidos bajos de la víctima llegan a mis oídos y mi polla se
contrae dentro del agujero de Wyatt. Presiono mi cuerpo sobre él,
envuelvo mi brazo alrededor de su garganta y follo en serio. Martillo en su
apretado agujero, cada embestida dura y aguda, profunda y rá pida. É l
gime, empujando hacia mí. Lo muerdo en la nuca, con suficiente presió n
para saborear su dulce sangre en mi lengua. Wyatt grita, y agarro su
rostro tan fuerte como puedo desde este á ngulo difícil de manejar.
— Cá llate, — Gruñ o, abofeteando su mejilla. — y no te muevas,
cerdo.
Me lo follo hasta el borde de mi pró ximo orgasmo. No quiero que
termine todavía, así que salgo y tiro a Wyatt sobre su espalda y empujo mi
pene dentro de su agujero hinchado. Me mira, sus ojos brillan,
jodidamente hermosos. Le doy una bofetada en la cara, dejando otra
huella en su pá lida mejilla. Las lá grimas brotaron de sus ojos por el
impacto y otra oleada de placer.

4
Solo el Diablo Sabe
Tan. Malditamente. Hermoso.
Sigo insultá ndolo tan fuerte como puedo, el sonido de mi cuerpo
golpeando contra el suyo llenando la habitació n, casi má s fuerte que la
respiració n entrecortada y desigual de la víctima en la lona. Agarro a
Wyatt por la garganta y lo ahogo, apretando hasta que la luz se desvanece
de sus ojos, el brillo se desvanece en casi nada, usando esto para montar
mi clímax.
Wyatt se estira hacia atrá s y se agarra a la cabecera. El sonido de
arcadas que hace también me molesta, y levanto una mano de
estrangularlo para darle un puñ etazo en la boca. Su labio se abre y su
dulce sangre sale disparada, rociá ndome la cara. Entonces lo beso,
tomando su labio entre mi lengua y mordiéndolo, alentando el flujo de
sangre. Lo pruebo. Devorá ndolo. Malditamente poseyendo a este pequeñ o
bastardo.
La víctima emite su ú ltimo aliento agó nico justo cuando la polla de
Wyatt estalla entre nosotros, enviando chorros de semen a través de su
pecho. Quiero disciplinarlo por correrse sin permiso, pero ahora también
estoy allí con él. Derramé mi semen profundamente en su apretado culo.
Lo golpeo unas cuantas veces má s por si acaso, justo cuando mi orgasmo
se desvanece. É l me mira con tanto amor en sus ojos que casi me dan
ganas de golpearlo de nuevo.
Salgo de su agujero y lo dejo respirar, pero aú n no está libre. Lo
sostengo y me arrastro por su cuerpo hasta que mi polla está en su labio
partido. Todavía estoy duro, demasiado lleno de drogas para agotarme
fá cilmente.
— ¿Te dije que te corrieras, pedazo de mierda?
Sacude la cabeza, que sabe que no es una respuesta aceptable. Le
doy un puñ etazo en un lado de la cara y jadea.
— ¿Lo hice?
— N-no, señor. Lo siento señor.

5
Solo el Diablo Sabe
—Ni la mitad de lo que vas a sentirlo. — Meto mi polla en su boca
sangrante, empujo su garganta y hago que se atragante tan fuerte como
puedo.
Su garganta trabaja a mi alrededor, tragando, y su lengua se
extiende a lo largo de la parte inferior, presionando la vena palpitante,
sumergiéndose en mi raja tanto como sea posible.
— Límpialo, maldito perro. — Le ladré, presionando mi polla contra
la parte posterior de su garganta. — Quítame tu suciedad de encima.
Lo hace lo mejor que puede, pero entre la asfixia de hace un minuto
y la polla en su garganta ahora, está a punto de desmayarse.
Justo lo que ama.
Su lengua intenta seguir trabajando, pero se está relajando. Esta es
mi jodida parte favorita de todo el asunto. El ú ltimo aliento de mi víctima,
jadeando de sus labios, y Wyatt ahogá ndose en mi gruesa polla, a punto
de desmayarse.
Me quedo dentro de él de esta manera hasta que sus ojos se vuelven
hacia atrá s, y luego salgo. É l jadea por aire y tose, menos que
completamente consciente. Su cuerpo yace extendido debajo de mí,
indefenso, un objeto para mi uso. É l es tan jodidamente hermoso de esta
manera, jodido hasta el olvido, salpicado de semen y sangre.
Mi semen y su sangre.
La combinació n perfecta.
Ruedo sobre mi espalda a su lado y miro al techo. Es tan
jodidamente bueno estar vivo.

6
Solo el Diablo Sabe

Capitulo Dos
Nathaniel

Otra migrañ a se está gestando, esta vez detrá s de mi ojo izquierdo.


Estos dolores de cabeza han estado apareciendo con má s frecuencia en
los ú ltimos tiempos, pero probablemente se deba a las horas ridículas que
estoy trabajando. Incluso ha habido noches en las que he dormido aquí en
mi oficina. No muy saludable. Supongo que no es de extrañ ar que tenga
dolores de cabeza.
Sería má s fá cil alejarme después de ocho o nueve horas si no tuviera
pacientes que dependieran de mí. Como psicó logo clínico, me especializo
en el tratamiento de criminales dementes. Mi trabajo en Maperly Hospital
es gratificante pero agotador. Las pobres almas en este asilo está n en un
dolor desesperado, y no quiero nada má s que ayudarlos a recuperar su
salud mental.
Bueno, eso, y una cura decente para este maldito dolor de cabeza.
Es bien pasada la medianoche otra vez, y he estado aquí desde el
amanecer. Es hora de irse a casa. Una mirada má s a las pilas de archivos y
recortes de perió dicos en mi escritorio me convence de que he hecho todo
lo que pude hacer aquí esta noche.
Hay asesinos por todo Londres, gente cuya locura y manía los lleva a
actos extremos de depravació n. A veces la policía viene y pide a gente
como yo que les ayude con los perfiles o que entrevisten a sus

7
Solo el Diablo Sabe
sospechosos para ver si está n lo suficientemente cuerdos para ser
juzgados. Una regla general: si me llamas, lo má s probable es que los
sospechosos nunca lo hagan.
Varios asesinos en serie han estado ejerciendo su oficio en el Gran
Londres y sus alrededores durante casi un añ o. Todos ellos sin identificar
y caminando impunes. Me hierve la sangre. Los medios de comunicació n
les han dado nombres supuestamente pegadizos, que todos usamos en
aras de la simplicidad. Son horribles. Estos nombres sensacionalizan y
casi convierten en héroes a los hombres y mujeres que se aprovechan de
los inocentes.
En la actualidad, está la Doncella de la Muerte, que parece ser una
señ ora de la limpieza que mata a los ancianos y limpia sus pisos de
objetos de valor después del hecho. El nombre del Degollador de la M1
dice todo lo que necesitas saber sobre él o ella. Apunta a los conductores
en la autopista M1. El Asesino del Feriado Bancario suena menos temible
de lo que realmente es, considerando su nú mero de cadá veres. Pero el
peor de ellos, y el que má s me interesa, es El Flagelador de Londres.
Ha matado a cinco personas en el transcurso del añ o, comenzando
el día de Añ o Nuevo. Literalmente flagela a sus víctimas hasta la muerte,
reduciéndolas a pedazos, y también tiene sexo con ellas. Es difícil saber si
el sexo fue pre-mortem, peri-mortem o post-mortem, dada la naturaleza
de la evidencia forense, pero está claro que definitivamente hay un
componente sexual. Los cuerpos siempre tienen semen sobre o dentro de
ellos. Supongo que el tipo de depó sito depende del estado de á nimo en el
que él se encuentre.
Las pruebas de ADN en el semen no han producido ninguna
coincidencia en las bases de datos de Scotland Yard o de cualquier otra
autoridad. Los cuerpos de las víctimas siempre se encuentran en los
parques de la ciudad, posados en grotescas burlas de obras de arte
famosas, cubiertos de pintura y semen. Es horrible
La policía, en la persona de la Inspectora en Jefe Genevieve Knight,
me ha llamado para consultar sobre el caso Flagelador. Estoy esperando
recibir los archivos con las fotos de la escena del crimen y los informes de
la autopsia. Mientras tanto, he estado reuniendo noticias y artículos de

8
Solo el Diablo Sabe
revistas, así como lo que parecen cien mil publicaciones en las redes
sociales, tratando de encontrar una pista sobre la identidad del asesino.
Es el caso del Flagelador el que tiene mi escritorio como un vertedero.
Supongo que me tomo este caso un poco como algo personal. Hubo
un tiempo, cuando yo era solo un niñ o, que quería ser artista. Me
encantaba pintar. Algo sobre los colores y el olor a trementina me
encendió el corazó n. Desafortunadamente, mi padre no quería saber nada
de eso. El Dr. Franklin Harris, mi ilustre padre, literalmente escribió el
libro sobre enfermedades mentales pediá tricas e insistió en que tomara
un camino má s académico. Hey presto, y aquí estoy, veinte añ os después,
y trabajando en el mismo campo que mi querido viejo padre. No soy tan
ilustre como él antes de morir, algo que nunca dejaba de mencionar, pero
estoy trabajando y ayudando a la gente. Eso es suficiente para mí.
Normalmente.
En este momento, solo necesito un sueñ o decente.
Con un suspiro cansado, me levanto de la silla de mi escritorio y me
paso las manos por la cara. Mi barbilla es espinosa y pica. También
necesito un afeitado. Y una ducha, también. Probablemente debería
considerar conseguir algo de comida de camino a casa.
Me pongo el abrigo y cierro la puerta de mi oficina. Tengo archivos
confidenciales en mi posesió n, y no sería bueno que cualquiera entrara y
los mirara. Necesito proteger la privacidad de mis pacientes, incluso si la
mayoría de ellos terminaron en mi hospital debido a casos judiciales que
son de dominio pú blico.
En el corredor, paso a Jacob Campbell, uno de los camilleros aquí en
Maperly. Es un gran tipo escocés, guapo, en forma, completamente fuera
de los límites. Parece bastante agradable, pero nunca me he tomado el
tiempo de hablar adecuadamente con él. Es un poco intimidante, para ser
honesto. Supongo que simplemente no me va bien con la tentació n en el
lugar de trabajo. De todos modos, ni siquiera sé si Jacob es gay. No puedo
evitar esperar que lo sea.
Jacob asiente hacia mí. — Doctor Harris. Buenas noches.
— Buenas noches, señ or Campbell.

9
Solo el Diablo Sabe
Me sonríe, todo amabilidad y grandes pó mulos. — Finalmente
yendo a casa, ¿sí?
— Sí. Es hora de acostarse, me temo.
— Bueno. — Jacob dice, todavía sonriendo. — No te preocupes por
tus nuevos amigos aquí. Me ocuparé de ellos.
Es uno de los camilleros del tercer turno, que no es un trabajo fá cil.
El crepú sculo saca lo peor de los pacientes mentales, lo he aprendido, y si
uno de mis protegidos se va a descompensar o sufrir algú n tipo de brote
psicó tico, será entre las horas de la medianoche y las tres de la mañ ana.
Nunca he entendido bien por qué, pero la evidencia anecdó tica dice que
no es una teoría, es un hecho.
— Buenas noches, doctora Harris. Espero que sea tranquilo para ti.
— Buenas noches Jacob.
Se aleja, todavía sonriendo. Observo mientras se va y no puedo dejar
de notar la forma en que su cuerpo se mueve bajo su bata, especialmente
su trasero musculoso. Apuesto a que podría rebotar una libra en esas
mejillas con facilidad.
Dejé escapar un suspiro. La confraternizació n en el lugar de trabajo
es un atolladero ético, y debo guardarme estos impulsos, por difícil que
sea. Jacob es una gran tentació n.
Mi coche es el ú nico en el aparcamiento del personal cuando salgo
del hospital. Está salpicado de gotitas de la fresca lluvia otoñ al de la tarde,
y supongo que no pasará mucho tiempo hasta que la lluvia sea demasiado
fría para soportarla. El frío parece empeorar mis dolores de cabeza.
Conduzco hacia mi casa, una pequeñ a casa adosada de dos arriba y
dos abajo1 en Mayfair, cuya gemela se redujo a cenizas hace unos tres
añ os. En lugar de salvar su mitad del edificio, mis antiguos vecinos
desaparecieron en la noche. Terminé comprando la propiedad, quitando

1 Es un tipo de casa pequeña con dos habitaciones en la planta baja y dos


dormitorios en la planta alta.

10
Solo el Diablo Sabe
las vigas quemadas y reparando la pared que una vez había sido
compartida entre nuestras dos casas. Ahora tengo una casa solitaria
adecuada, independiente en una parcela modesta con un amplio garaje
para estacionar mi automó vil. Es privado, y lo mejor de todo, es tranquilo.
La tranquilidad será una bendició n.
Paso por la farmacia de camino a casa por un poco de paracetamol,
que parece que nunca puedo tener a mano. Margie, la señ ora que trabaja
allí, está a punto de cerrar, así que tengo suerte de poder atraparla
mientras la puerta aú n está abierta. Me vende las píldoras, bromea sobre
sus ú ltimos aceites homeopá ticos y trata de convencerme de una botella
de ginebra. Sonrío y me arrastró fuera. El alcohol es lo ú ltimo que necesita
mi cabeza.
Cuando vuelvo al auto, enciendo la radio para escuchar el clima.
Probablemente mañ ana todavía estará lloviendo a cá ntaros, pero quiero
oír el pronó stico. Las noticias está n en primer lugar, y el lector de noticias
suena macabramente encantado.
“El Flagelador de Londres ha atacado de nuevo, dejando un sexto
cuerpo en Regents Park durante la noche. La víctima, un joven varón,
posaba con una estatua, imitando la Piedad de Miguel Ángel. Las
autoridades han retenido cualquier comentario adicional, y esa sección del
parque está cerrada a los visitantes mientras continúa la investigación”.
Apago la radio, ató nito y desanimado. El Flagelador agregó a su
portafolio, y todo lo que puedo hacer es leer sobre él. No he podido llegar
a una sola teoría sobre quién es o por qué está cometiendo estos
crímenes. Como decía mi padre, soy un inú til, y ahora este joven ha
muerto. Tal vez, si yo fuera tan brillante como mi padre, podría haber
intercedido antes de que se encontrara con su perdició n.
Me siento culpable, muy culpable. Mi cabeza palpita aú n má s fuerte,
y cuando llego a casa, apenas puedo ver. Subo las escaleras con dificultad,
tomo algunos medicamentos y caigo en mi cama, cayendo rá pidamente en
un sueñ o sin sueñ os.

11
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Tres
Wyatt

Justo antes del amanecer, Max me llama a mi mó vil, sacá ndome de


los sueñ os.
— Levá ntate. — Ordena, su voz es un gruñ ido sexy que hace que mi
interior se estremezca. — Empaca una maleta. Pasaré a buscarte en diez
minutos.
Me levantó de la cama, una parte de mí queriendo complacerlo al
estar listo cuando llegue, una parte de mí queriendo arrastrar mis pies
para que me castigue. Un Max molesto es un espectá culo digno de
contemplar, y se vuelve violento una vez que está enojado. Mi culo
hormiguea cuando pienso en ello. Quiero sentir sus manos alrededor de
mi garganta, asfixiá ndome de nuevo. Quiero que me haga dañ o. Nada má s
se siente tan bien.
Me comprometo. Para cuando llega Max, estoy vestido y tengo mi
maleta a medio hacer. Me frunce el ceñ o cuando entra.
— ¿No te dije que estuvieras listo? — Gruñ e, pateando mi maleta.
-Sí señ or.
— Entonces, ¿por qué me haces esperar?
No puedo reprimir mi sonrisa. — Porque quería hacerte enojar.

12
Solo el Diablo Sabe
Me da un revés, fuerte, y reboto en la pared. Mi polla se contrae con
entusiasmo. Me mira fijamente y doy un paso hacia él. É l me empuja lejos.
— Empaca tu maldita maleta, cerdo. — Gruñ e.
Me muevo para obedecer, pero no tan rá pido como probablemente
debería. Me inclino sobre mi bolso, ordenando la ropa que estoy
empacando, tomá ndome mi tiempo. Estoy holgazaneando para tentarlo.
Mi señ or es malo para resistir la tentació n.
Me golpea en la nuca y me empuja hacia abajo sobre la maleta. Sus
manos agarran mi cabello y tira de mi cabeza bruscamente, lastimá ndome
el cuello de la manera má s gloriosa. Su peso es pesado en mi espalda
cuando se acerca y agarra mis bolas a través de mis pantalones de
chá ndal y las aprieta.
— No tenemos tiempo para jugar, pequeñ a mierda. — Resopla en
mi oído. — Pero tienes que salirte de control, ¿no?
Me río, y suena entrecortado. Ya estoy duro. — Supongo que sí.
Aprieta má s fuerte y veo estrellas. — ¿Qué dijiste?
— Supongo que sí. — Jadeo, apretando los ojos. — Señ or.
Su cierre silba, y luego su furiosa erecció n presiona mi trasero.
Levanto mis caderas para frotarme contra él. Suelta mis bolas para poder
golpearme en el costado, y la mano en mi cabello tira de nuevo.
— Maldito idiota. — Me maldice, tirando de mi cabeza hacia atrá s.
Suelta su agarre en mi cabeza, y con ambas manos, agarra la cintura
de mi pantaló n y lo baja hasta mis tobillos. Hacer esto lo obliga a ponerse
en cuclillas, y su cara está a la altura de mi trasero. Gruñ e al hecho de que
no llevo calzoncillos. Nunca lo hago cuando creo que habrá una
oportunidad para que me follen.
Max muerde mi trasero lo suficientemente fuerte como para romper
la piel. La sangre se desliza por mi pierna, caliente y pegajosa como el
semen. Me estremezco. Muerde el otro lado también, pero no tan fuerte, y
luego agarra mi carne herida y la separa, exponiendo mi agujero con

13
Solo el Diablo Sabe
espasmos. Escupe en mi fruncido, sobre todo para que le resulte má s fá cil
meter la polla, y luego me embiste.
É l está en mí tan profundo. Me aprieto a su alrededor, el
estiramiento abrupto quema aú n má s. Mi culo está en llamas a medida
que aumenta la fricció n, y él me está follando como un martillo
neumá tico. Sus bolas golpean contra la parte posterior de mis muslos, y es
todo lo que puedo hacer para no enloquecer y salpicar por toda la bolsa
frente a mí.
— No te corras. — Me advierte.
Sus uñ as se clavan en la piel sobre mis huesos de la cadera, y me
insulta como solo él puede hacerlo. Es caliente, duro y rá pido, y pronto mi
culo está sangrando como las heridas de la mordida, frotadas en carne
viva. Me estremezco y hago todo lo posible por contenerme.
— Señ or. — Gimo.
— Cierra la puta boca. — Max gruñ e. Puedo decir que se está
acercando.
Agarra mis pezones y los retuerce con fuerza, y casi puedo
imaginarlos saliendo de sus manos. La imagen mental es demasiado para
mí, y la pierdo, disparando mi carga por todo el bolso y la ropa dentro. Mi
culo apretado lo envía al borde, y él me muerde de nuevo, hundiendo sus
dientes en mi hombro mientras me llena de semen. Má s sangre gotea, y
aunque debería estar agotado, dejé escapar otro pequeñ o chorro.
Se retira y golpea mi trasero. El golpe hace que la marca de la
mordida arda aú n má s que antes, y es como el mejor tipo de resplandor.
Max me agarra y me da la vuelta, luego me empuja hacia abajo sobre
mis rodillas. Con mucho gusto voy, y sé exactamente qué hacer. Lo lamo
hasta dejarlo limpio, limpiando toda la sangre y el semen de su hermosa
polla. Esto es lo que hacemos. É l me ensucia y yo lo limpio.
Agarra mi mandíbula cuando termino, sus ojos se entrecierran, y
creo que tal vez esta noche sea la noche por fin. Me prometió hace meses
que algú n día sería su obra maestra. Duelo por que me ponga contra su
lienzo y me convierta en arte. Su lá tigo me embellecerá y seré un

14
Solo el Diablo Sabe
monumento a su deliciosa crueldad. Lo anhelo. Lo quiero tanto que a
veces me pongo celoso de la gente que ya ha matado.
— Señ or... ¿es esta noche?
Su rostro se suaviza casi imperceptiblemente. Soy un experto en sus
expresiones. — Aú n no. No estoy listo.
— Yo lo estoy.
— Lo sé. — Me pone de pie y me besa. Max no besa muy a menudo,
pero cuando lo hace, me reduce a cenizas cada vez. Soy masilla en sus
manos, y él lo sabe. É l se deleita en eso.
Y yo también.
— Empaca, cerdo. — Dice en voz baja. Puedo ver en sus ojos cuá nto
me ama. — No me hagas decírtelo de nuevo.
Tiro el resto de mi ropa en la bolsa, ignorando el semen en todo, y
subo la cremallera. Max toma la maleta y la lleva al auto mientras yo
cierro el piso. Tiene algo en mente, y es serio, puedo decirlo. Está en su
cara cuando se pone al volante y en la forma en que no dice nada durante
varios minutos mientras conduce.
Finalmente, Max me mira. — He decidido algo.
Soy todo oídos. — ¿Decidido qué, señ or?
— No voy a convertirte en mi obra maestra.
La decepció n me inunda como una ola negra y mi corazó n se
desploma. Aparto la mirada, haciendo mi mejor esfuerzo para educar mi
decepció n, hasta que habla de nuevo y me devuelve toda mi felicidad.
— Te voy a hacer mi aprendiz.
Quiero tomar su mano, pero no puedo tocarlo a menos que él me dé
permiso primero. Entrelazo mis dedos detrá s de mi rodilla en su lugar. —
¿Su aprendiz, señ or?
— Sí. De esa manera podemos compartir nuestro trabajo, y no
tenemos que ver el fin de esto. Si fueras mi obra maestra, eso sería todo.
Ya no podría trabajar. Si eres mi aprendiz, podemos animarnos

15
Solo el Diablo Sabe
mutuamente a hacer un trabajo mejor y má s grande todo el tiempo. — Me
mira de nuevo, apartando los ojos de la carretera. — ¿Está s dentro?
Sonrío como un maníaco. Esta es una noticia inesperada, pero
brillante. — Definitivamente.
Una comisura de su boca se levanta y sus ojos verdes brillan. —
Bien. — Respira profundo, como si tuviera miedo de que le dijera que no.
¡Como si eso alguna vez fuese a pasar! — Tengo cosas que tengo que
preparar primero, y necesito que estés a salvo. No quiero que nadie te
toque o te obligue a tocarlos hasta que esté listo para ti. ¿Entiendes?
Asiento con la cabeza. — Pero… tú eres el ú nico que me toca, de
todos modos. Eres mi señ or.
É l sonríe un poco torcido. — Y será mejor que no lo olvides,
muchacho.
— Nunca, señ or.
Max asiente, satisfecho. — Te llevaré a un lugar donde puedes estar
a salvo hasta que haya terminado con todos mis preparativos.
— Sí señ or.
Permanezco en silencio mientras él conduce. No le gusta cuando
hago demasiadas preguntas. Dice que significa que estoy dudando de él, lo
cual, por supuesto, nunca hago. Solo tiendo a emocionarme un poco.
Reconozco dó nde estamos solo un segundo antes de que entre por
la puerta de hierro forjado. Una cerca alta rodea este lugar, y reconocería
el edificio en cualquier lugar. Tan pronto como se estaciona y se gira para
mirarme, casi me río de placer ante los complicados escenarios y escenas
que él puede imaginar. Mi señ or es el hombre má s inteligente del mundo,
lo juro. No sé qué juego tiene en mente esta vez, pero si estamos aquí, será
bueno.
Estoy tan jodidamente emocionado.
Lleva mi bolso al vestíbulo principal y la enfermera de admisió n
levanta la mirada con una sonrisa amable. Max la interrumpe antes de
que pueda hablar.

16
Solo el Diablo Sabe
— Wyatt Pearson. — Dice, su voz inusualmente suave y tranquila.
— Ya se ha arreglado todo con el director Evans. El Sr. Pearson está
siendo internando en el futuro previsible.
— ¿Quién es su médico, señ or? — Pregunta, mirá ndonos a los dos.
Me alegro de que le esté mostrando el respeto que se merece.
É l me mira y luego dice: — El director Evans quería que hicieran la
admisió n aquí, pero lo va a asignar a la sala de criminales dementes del
Hospital Maperly. Ya organizaron el transporte.
Los ojos de ella se abren ligeramente, y le sonrío. Quiero parecer
amigable, pero aparentemente me encuentra atemorizante. Creo que
probablemente esté demasiado nerviosa para un trabajo como este. O
probablemente nuevo. Ni siquiera parece reconocer correctamente a Max,
y sé que es por eso que me llevó primero a este hospital.
Ella le entrega el papeleo a Max, y él firma con una floritura. Se
vuelve hacia mí.
— Sé un buen chico, ahora. — Advierte, y hay un brillo travieso en
sus ojos. — No quiero escuchar que estés causando problemas.
Niego con la cabeza. — No señ or. Ningú n problema.
— Bueno. — Se da vuelta y se aleja, dejá ndome con la enfermera.
Ella me mira fijamente por un momento, me echa un vistazo y luego
dice: — Bueno, Sr. Pearson... Bienvenido al Infierno.

17
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Cuatro
Max

Ocultar al chico es la ú nica solució n a lo que tengo en mente para los


pró ximos meses. Necesito que Wyatt no se interponga en mi camino hasta
que todo esté organizado. Pero a pesar de hacer todo lo posible para
convencerme de lo contrario, su ausencia me ha dejado con picazó n y
frustració n. Necesito algo para dejar de pensar en el mocoso.
Decido conducir hacia el lado sureste de la ciudad. El estrecho
vecindario es popular entre los traficantes de drogas y los chaperos que
ejercen sus oficios. Es uno de mis cotos de caza favoritos cuando tengo
poco tiempo. Todo es tan fá cil aquí. Las personas que transitan por estas
calles prá cticamente piden a gritos que las recojan y las transformen,
todas ellas deseosas de ser utilizadas. Sin embargo, nunca tomo a
cualquiera. Tienen que tener algo especial con lo que pueda trabajar. Tal
vez una cara hermosa o tal vez una discapacidad de algú n tipo que pueda
explorar para mi propia diversió n perversa. Uno de mis primeros trabajos
a principios de los noventa fue un veterano de guerra estadounidense de
mediana edad que perdió un brazo en Vietnam. Pasé horas solo en su
muñ ó n, observando con total fascinació n có mo mi lá tigo se enroscaba
alrededor de la carne surcada por cicatrices, y có mo me suplicaba piedad
cada vez. Fue impresionante. Escuchar su ú ltima bocanada de aire fue casi
tan bueno como correrme y descargar mi corrida sobre su rostro.

18
Solo el Diablo Sabe
Apagué mi motor a una cuadra de The Shoreditch Sauna. El edificio
está sucio y es una fuente conocida de conexiones y prostitutas. Nadie, ni
siquiera la policía, mira demasiado de cerca a la gente que va y viene por
la fachada verde del edificio. Hace que sea má s fá cil para la clientela y
para la gente como yo, depredadores que esperan atrapar a su presa.
Abro el cuello de mi abrigo de lana y me dirijo hacia el sauna. Son las
dos de la mañ ana, pero estas instalaciones está n abiertas a todas horas,
así que entro rá pidamente por la puerta. Pago mi tarifa de entrada al
hombre en el mostrador de recepció n. Sus pequeñ os ojos inspeccionan
minuciosamente las notas. Mirá ndome, asiente con la cabeza y entro en el
vestidor.
Aparentemente, aquí es donde las personas que tienen la intenció n
de ir a la sala de vapor cuelgan su ropa de calle y se enrollan en sus
toallas. También es donde algunos chavales trá gicos esperan clientes
potenciales. Su desesperació n me enferma, pero también hace que mi
forraje sea má s fá cil de atrapar. A veces la sauna está desierta cuando
llego, sin embargo, esta noche estoy de suerte. Un adolescente de cabello
castañ o ondulado está sentado en el banco, envuelto en una toalla. Es
pá lido y flaco, un jovencito delicioso, y levanta la vista cuando entro.
Hacemos contacto visual. É l sonríe. Le devuelvo la sonrisa.
— ¿Te apetece pasar un buen rato? — É l pregunta. No puede tener
má s de diecisiete añ os, probablemente producto de un hogar roto. —
Estoy libre toda la noche, si te animas.
Dudo que su patético cuerpo aguante lo que tengo en mente. Es má s
un aperitivo que un plato principal, pero aú n puedo trabajar con eso.
Cualquier cosa para mantenerme distraído antes de hacer algo... drá stico.
Le doy otra sonrisa, y esta vez no llega a mis ojos. — Seguramente.
Comienza a quitarse la toalla, su mirada recorre mi cuerpo de arriba
abajo.
Niego con la cabeza hacia él. — Pero no aquí. Mi lugar no está lejos.
Vamos para allá . Es má s có modo, ya sabes.
É l duda. — No eres un psicó pata ni nada, ¿verdad?

19
Solo el Diablo Sabe
Estoy horrorizado y quiero reírme al mismo tiempo. ¿Qué me
delató ? Mantengo una cara seria. — Solo alguien esperando compañ ía. —
Respondo, y no es un completo dañ o para la tonta confianza del chico. De
hecho, quiero su compañ ía. También quiero probar su sangre en mi
lengua y escuchar sus sú plicas de misericordia.
— De acuerdo entonces. — El niñ o se pone de pie y busca a tientas
en un casillero abierto. — Déjame cambiarme primero. No quiero
congelarme el culo en el camino.
Le doy un solo asentimiento. — Mi auto está afuera. Esperaré allí.
É l me mira por encima del hombro, y una sonrisa se dibuja en su
rostro juvenil, enviando una sacudida a mi polla. — Está bien. Te veré en
un momento.
Lo dejo para que se vista y salgo del edificio. Enciendo un cigarrillo y
me apoyo en mi auto, mi atenció n fija en la entrada del sauna. El latido
familiar de mi corazó n latiendo contra mi caja torá cica en anticipació n me
da escalofríos. Siempre es lo mismo cada vez que capturo a una víctima.
Me fascina la facilidad con la que se puede persuadir a la mente humana
para que caiga en trampas. Muchas personas solo ven y escuchan lo que
quieren en lugar de enfrentar los hechos. No me estoy quejando. Un lobo
con piel de oveja nunca lo haría. En algú n lugar de mi jodido cerebro, no
puedo evitar sentir lá stima por los lamentables bastardos.
Pero la caza de estas gacelas terminará en poco tiempo. Voy a por el
caribú a continuació n. Necesito algo jugoso para hundir mi lá tigo. Una
víctima que vale la pena mi tiempo y que puede hacer que mis habilidades
corran por su dinero. Cuando mi presa se somete en el instante en que
atrapo su pierna entre mis dientes, la emoció n nunca dura mucho.
Nunca duran mucho.
El chico emerge de la entrada, vestido con un par de jeans, una
camiseta de rock holgada y unas Converse andrajosas.
Lanzo mi cigarrillo al suelo y lo apago con el taló n. —¿Có mo te
llamas, niñ o?
Camina a mi lado y abre la puerta del pasajero. — Kallum.

20
Solo el Diablo Sabe
— Kallum. — Repito, saboreando su nombre en mi lengua. Oh, no
tienes idea en lo que te has metido, dulce, inocente, pequeño Kallum. —
Puedes llamarme Má ximo. O Maestro. De cualquier manera, lo estará s
gritando hasta que salga el sol.

ENVUELVO mis manos cubiertas de sangre alrededor de mi polla.


Acariciando mi eje y pasando mis dedos por la hendidura, uso mi otra
mano para apretar el cinturó n atado a mi cuello. Las estrellas bailan sobre
mi campo de visió n, hormigueando mis sentidos, y mi orgasmo se
acumula como un cicló n. Mis bolas se aprietan, listas para enloquecer.
Tiro del cinturó n con má s fuerza, y luego mi semen sale disparado,
rodando sobre mis dedos y salpicando la columna de direcció n. Chorro
tras chorro de blanco nacarado pinta la piel sintética y amenaza con
gotear sobre mi regazo. Lo atrapo en una servilleta de papel de un
restaurante de comida rá pida. Me toma un tiempo volver a normalizar los
latidos de mi corazó n, pero una vez que dejo de temblar, enciendo el
motor. Las luces plateadas brillan sobre el cuerpo de Kallum empalado en
un bolardo2 en un estacionamiento vacío. Nunca se vio mejor, tengo que
decir. La sangre es definitivamente su color.
Conduzco fuera de este pozo negro y entro al corazó n de la ciudad.
Cuando llego a mi casa segura, me dejo caer en la silla de la computadora
y enciendo la má quina. Muevo mis manos manchadas de sangre sobre el
teclado brillante. Todavía puedo saborear el semen de Kallum en mi
lengua, escuchar sus gemidos y sú plicas.
— Tengo una bebé que cuidar, por favor, déjame ir. No iré a la policía.
Solo déjame ir, ¿por favor?

2 Es un poste de baja altura, fabricado en piedra, aluminio fundido, acero


inoxidable o hierro, dependiendo de su finalidad. Por lo general se ancla al suelo para impedir el paso
de vehículos a áreas peatonales.

21
Solo el Diablo Sabe
Una vez má s, no puedo evitar preguntarme por qué los humanos
siempre recurren a la mendicidad. ¿Seguramente deben saber que el
perpetrador carece de la capacidad de sentir lástima por ellos? No lo
desollaría vivo si sintiera el má s mínimo remordimiento.
La computadora de alta tecnología cuesta un ojo de la cara y ocupa
una cantidad ridícula de espacio en mi oficina, y también por una buena
razó n. Oculta absolutamente todo lo que hago. Los programas colocados
ilegalmente en la má quina ocultan los metadatos que pueden ser
rastreados por los expertos má s superiores de toda la fuerza policial. Es
imperativo que nada de lo que haga pueda ser rastreado hasta mí. A él no
le agradaría que los policías pensaran que es un asesino en serie.
Cuando estoy planeando salir, entro a través de las conexiones de
Wyatt (el chico es bueno con las computadoras) y empiezo a reproducir la
imagen. Lo ú nico que capta la cá mara hasta que le digo lo contrario son
los mismos tres segundos de video, una y otra vez. Ahora que estoy en
casa, le digo al circuito cerrado de televisió n que deje de reproducirse y
vuelva a mostrar el mundo real. Hay seis pantallas en cada uno de los tres
monitores, y cuando enciendo el interruptor, la imagen inferior central en
la tercera pantalla muestra una transmisió n en vivo de Kallum.
Encantador, sin piel, hermosamente sufriente Kallum.
Me coloco el auricular Bluetooth alrededor de la oreja y comienzo la
aplicació n de alteració n de voz. Una vez que llamo a la policía, me
recuesto en mi silla y espero.
— Servicios de emergencia. ¿Có mo puedo reportar su emergencia?
Mojo mis labios. — Te dejé un regalo en el parque para perros de
Pickwick Gate. Masculino. Joven. Susurró la má s dulce de las sú plicas.
Hay una pausa en el otro extremo, luego un arrastrar de pies y voces
susurrantes.
Y entonces ella viene en la línea.
— Inspectora en jefe Knight. — Digo, sonriendo. — Siempre es un
placer escuchar tu linda voz. Se rumorea que finalmente obtuviste el
ascenso que has buscado todos estos añ os. Bien hecho.

22
Solo el Diablo Sabe
— No sé por qué diablos me está s felicitando. — Knight escupe, su
tono ronco gloriosamente venenoso. — Solo significa que voy a trabajar
má s duro para localizarte.
— ¡Oh, eso es maravilloso! ¿Y qué has logrado hasta ahora, Gen?
Han pasado veinte añ os, ¿no? Aú n no me has atrapado.
Ella hace una pausa. — ¿Nunca te cansas de matar víctimas
inocentes? Pensé que ya te habrías desinteresado.
Me río de ella. — ¿Desinteresado? Solo espera y verá s lo que tengo
reservado para ti, Knight. Creo que esta vez te dejará boquiabierto a ti y a
tus pequeñ os cretinos.
— ¿Y qué es eso exactamente?
— Digamos que todo lo que he hecho ha sido en preparació n para
este momento. Considéralo mi disertació n. Ahora, será mejor que vayas a
Pickwick Gate. Creo que el niñ o todavía estaba vivo cuando lo dejé allí. El
reloj está corriendo.
Cuelgo antes de que pueda empujar otra palabra. Me quito el
auricular, apago los diversos programas de encriptació n y empujo mi silla
hacia atrá s. Recogiendo el lienzo contra el que había azotado a Kallum,
coloco suavemente la obra de arte con las demá s en mi habitació n libre.
Miro a mi alrededor al mar de lienzos en el que me sumerjo. Esos lienzos
representan los ú ltimos ocho añ os de mi trabajo, finalmente a punto de
salir a la luz pú blica. Apenas puedo esperar.
Compré un almacén vacío en el Soho y, cuando sea el momento
adecuado, montaré una exposició n de todo mi trabajo. Tengo tantos
lienzos, todos gloriosamente coloridos con pintura brillante y el marró n
opaco de la sangre seca. Uno de ellos incluso tiene algunos puntos donde
el contenido intestinal llegó al lienzo. Finalmente dejó de oler, lo cual es
bueno y malo. El hedor se habría sumado a la pieza.
Mientras miro cada lienzo, recuerdo a cada niñ o que murió para que
yo pudiera hacer mi arte. Me tomó mucho tiempo descubrir los á ngulos
correctos para colocar los cuerpos contra los lienzos, e incluso má s
tiempo para obtener la cantidad adecuada de pintura para lograr una
salpicadura ó ptima. Mis piezas experimentales no son tan buenas como

23
Solo el Diablo Sabe
mis creaciones má s recientes, pero el arte es así. Siempre es un trabajo en
progreso.
Me estiro, sintiéndome delirantemente feliz.
Hoy ha sido un buen día.

24
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Cinco
Genevieve

El tono muerto de la llamada resuena en mis oídos. Mi equipo está


en silencio, sus ojos fijos en mí o en el teléfono, esperando mis ó rdenes.
Aprieto el puente de mi nariz y dejo escapar un suspiro. — Ese hijo
de puta.
Casey cuelga y se vuelve hacia mí, sus cejas claras se juntan. —
Enviaré un equipo forense a Pickwick Gate.
— Sí. Que Wilson identifique el cuerpo y le dé la noticia a la familia.
Salgo de la sala de la brigada y voy a la cocina. Agarro la prensa
francesa y preparo un café. Mientras espero a que hierva la tetera, me
agarro al borde de la encimera, con los nudillos pá lidos. Repito
interiormente lo que me dijo el Flagelador. Prá cticamente me estoy
agarrando a un clavo ardiendo en esta etapa de la investigació n. Cada vez
que el asesino llama para burlarse de nosotros, no puedo evitar rezar
para que cometa un error y nos deje algo para derribar su triste trasero.
Nunca lo hace. La mayoría de los asesinos en serie cometen errores,
incluso los metó dicos. Está n tan atrapados en la emoció n que se vuelven
descuidados. Nuestro ú ltimo asesino fue atrapado mientras compraba en
el supermercado local.
¡El supermercado local!

25
Solo el Diablo Sabe
Preparo mi café y vuelvo a cruzar la comisaría. Mi equipo está
ocupado con nuestra rutina habitual una vez que el Flagelador deja otro
cuerpo. Es deprimente que haya sucedido tan a menudo que tengamos un
procedimiento está ndar para sus crímenes. Reflexionando sobre la
llamada telefó nica, abro la puerta de mi oficina y me dejo caer en mi silla.
Esta víctima será el vigésimo asesinato del Flagelador. Esperaba que, al
contratar al doctor Nathaniel Harris para elaborar un perfil, ya
pudiéramos haber atrapado al bastardo, pero el psicó logo no ha podido
determinar ningú n vínculo con nuestro perpetrador, y se está tomando su
tiempo para dar con una descripció n del tipo de persona que estamos
buscando.
Este asesino es perfecto.
Nuestro equipo forense no ha podido identificarlo por el semen que
deja en los cuerpos. Pero podemos probar que todos estos espantosos
asesinatos son obra suya. De cuerpo a cuerpo, las muestras de semen
coinciden, y cubrir los cuerpos con su semilla se ha convertido en su
firma.
Ojalá pudiéramos ponerle un nombre con el ADN.
— Mi disertació n. — Susurro.
Nunca ha usado ese término antes. Proyecto, sí. Creació n, sí. ¿Pero
disertació n? Eso es nuevo. Sospechamos que podría tener una especie de
experiencia médica, dado el tiempo que puede hacer que sus víctimas
duren mientras las tortura. Un asesino al azar podría no saber que hay
límites en cuanto a lo lejos que se puede empujar a un hombre antes de
que muera solo por el dolor y el estrés. El Flagelador parece saber
exactamente dó nde está n esos límites, y los lleva hasta esa pared y los
deja colgados allí.
Enfermo, enfermo bastardo.
Sabe exactamente lo que está haciendo, y está jugando conmigo
como un tonto.
Me froto los ojos. Veinte añ os, había dicho. ¿Realmente ha pasado
tanto tiempo? O, mejor dicho, ¿no ha pasado má s tiempo? Parece una
eternidad desde que tomó a mi sobrino como su segunda víctima y, al

26
Solo el Diablo Sabe
mismo tiempo, parece que fue ayer. Nunca sacaré de mi mente la
expresió n angustiada de su dulce rostro. É l persigue mis sueñ os.
El Flagelador acecha mis pesadillas.
Se abre la puerta de la sala de la brigada. Puedo verlo desde donde
está situado mi escritorio en mi oficina, una hazañ a de posicionamiento
que me costó mucho lograr. Me gusta mantener mis ojos en las salidas.
Esta vez, es Charlie Felter, llega tarde otra vez. Su excusa suele ser que su
esposa se quedó levantada hasta tarde horneando las golosinas que nos
ofrece al comienzo de cada turno. Cada vez llega má s tarde, y esas
malditas galletas y pasteles no valen el tiempo que su esposa
supuestamente dedica a ellos. Personalmente, creo que se toma su tiempo
para entrar aquí. É l solo compra las golosinas en la tienda en el camino.
Mentiroso.
Felter me ve mirando y sonríe, sosteniendo su plato de golosinas. —
Traje algunas galletas de jengibre. — Anuncia, como si me importara.
Casey vuelve a entrar. — ¡Ah, galletas! — Ella toma una de su
bandeja y se la mete en la boca. — Está s tratando de endulzar a nuestra
jefa otra vez, ¿eh? — Pregunta con la boca llena, mientras las migas caen
sobre su uniforme.
— No funcionará . —Me quejo, a pesar de lo apetitosos que parecen
estos productos comprados en la tienda por una vez.
Me mira con sus ojos negros y brillantes, y puedo ver que está
pensando en algo. Parece casi astuto por un momento, pero luego su
rostro vuelve a su habitual complacencia regordeta. Parece que la
mantequilla no se derretiría en su boca, pero luego ese borde duro se
apodera de él, y me pregunto: ¿Quién es Charlie Felter? Mientras que
algunos oficiales eligen mantener sus vidas privadas separadas, y por una
buena razó n, Felter nunca deja de hablar de la suya. Siempre está
haciendo algo emocionante en sus días libres, pero nunca he visto una
foto de su esposa. O sus tres hijos. Ni siquiera sé sus nombres.
He trabajado con mucha gente en mi tiempo. He visto muchas
tonterías turbias, en las calles y en la policía. Pero hay algo en Felter que

27
Solo el Diablo Sabe
me molesta. Así es como me mira a veces. La mirada en sus ojos cuando lo
atrapo mirá ndome por encima de su computadora.
— Felter. — Digo, saliendo de mi oficina. — Deberías traer a tu
esposa en algú n momento para que podamos agradecerle adecuadamente
por todo su arduo trabajo. Ella hornea el pastel de terciopelo rojo má s
increíble.
El mismo pastel que luego encontré en el supermercado al final de
la calle.
Le entrega la bandeja a Casey y va a colgar su abrigo. Es
conveniente, creo, que elija este momento para darme la espalda.
— Le preguntaré si le gustaría. — Dice cuando me mira de nuevo,
con una sonrisa en su rostro.
Sí. Seguro que lo harás, Felter. — ¿Có mo se llama?
— Margie. — Voz entrecortada, ojos moviéndose a un lado.
Hmm.
Le doy un asentimiento rígido. — Margie. Bueno. Bueno, tal vez
Margie debería unirse a nosotros para tomar el té o algo así, ya que la
haces hornear pasteles todo el tiempo. Invítala a la estació n. Estoy segura
de que todos los demá s también querrá n agradecerle.
— Sí. — Se ríe con supuesta buena naturaleza, pero suena forzado.
— Haré eso.
Tal vez solo estoy enojada, o tal vez estoy cansada de la mierda del
Flagelador. De cualquier manera, mis instintos casi nunca se equivocan, y
voy a insistir en este punto. — ¿Qué tal mañ ana?
Casey mira de Felter a mí y viceversa, y luego se sienta en su
escritorio desordenado. — El equipo forense ha sido enviado. — Me dice,
— y por si acaso, también se envió una ambulancia. Espero que el pobre
todavía esté vivo.
Pienso en las heridas que sufrió mi sobrino y no estoy de acuerdo.
— Espero que no lo este.

28
Solo el Diablo Sabe
Una vez que El Flagelador se salió con la suya con las víctimas,
preferirían haber muerto.
Capto un tufillo a algo asqueroso. Arrugando mi nariz, olfateo a mi
alrededor. — Muy bien, amigos. ¿Quién rayos pisó mierda de perro aquí?
Mi equipo se levanta los zapatos para inspeccionar los dañ os. Felter
es el ú ltimo en levantar las botas, y tal como pensaba, él es el culpable.
Aparentemente, trajo má s que bocadillos hoy.
— ¿Dó nde diablos estabas esta mañ ana?
Se encoge de hombros y patea una de sus botas. — Paso por el
parque todos los días. He estado tratando de encontrar a la persona que
ha estado dejando que su perro ensucie las puertas.
Casey hace una mueca, masticando otra galleta. — Sucios cabrones.
Como si las señ ales no fueran suficientes.
— Bueno, no olvides el papeleo que debe estar en mi escritorio el
lunes. — Giro sobre mis talones, vacilo ante las galletas y vuelvo a mi
oficina. — ¡Oh, por el amor de Dios!
Vuelvo al escritorio de Casey, tomo un bocadillo y azoto la puerta de
mi oficina. Encorvada en la silla de mi oficina, devoro el refrigerio
mientras estudio detenidamente los mismos archivos que siempre hago.
Diecinueve víctimas, todas ellas violadas, torturadas y dejadas morir,
generalmente justo antes de que las alcancemos.
Limpio las migas de la chaqueta de mi traje y miro la fotografía en la
esquina de mi escritorio. Andrew era como los demá s en la naturaleza.
Era amable, digno de confianza, siempre viendo lo bueno en las personas,
sin embargo, la mayoría de las otras víctimas eran todos chicos de
alquiler. Siempre jó venes, siempre atractivos y siempre con ojos azules. El
Flagelador tiene un tipo, claramente, y ese tipo es alguien fá cil de atrapar
y casi ningú n ser querido que lo cuide.
La regla nú mero uno en este trabajo es nunca apegarse
emocionalmente a un caso. Pero he hecho exactamente eso desde el día
que identifiqué el cuerpo de Andrew. No era como si El Flagelador lo
hubiera buscado meticulosamente. Simplemente estaba en el lugar

29
Solo el Diablo Sabe
equivocado en el momento equivocado, y eso es lo ú nico que, incluso
ahora, me ha costado entender.
He visto este tipo de cosas pasar todo el tiempo. Una víctima sale
con su amigo, toman unas copas, toman el autobú s equivocado a casa y
luego son asesinados esa misma noche. Lo que es para ti no pasará por ti,
como decía mi abuela. Pero cuando en realidad le sucede a alguien que
amas...
Andrew no se parecía en nada a las otras víctimas, excepto por sus
ojos. Tenía casi veintiséis añ os y estaba a punto de empezar a entrenar en
la academia de policía. Quería trabajar para mí algú n día. Cuando era
niñ o, solía mostrarnos su placa de policía falsa a mí y a su padre y nos
escribía multas en pequeñ as notas adhesivas. Mi hermano no ha superado
su muerte, y yo tampoco. Si no le hubiera dicho a Andrew que se tomara
la noche libre y se divirtiera, no habría ido a ese bar gay y no lo habría
recogido el Flagelador.
Todavía estaría vivo.
Ahora, es simplemente un nú mero de víctima para mis colegas,
junto con los demá s.
Una oleada de culpa me apuñ ala en el pecho mientras miro sus
hermosos ojos. Aparto la mirada de la fotografía y me detengo en los
archivos. Víctima tres, cuatro, seis, quince y má s tarde, estaré viendo a la
víctima veinte. Demasiados jó venes muertos.
¿Y qué tengo que mostrar para ello?
Nada.
Este bastardo se me ha escapado de las manos durante los ú ltimos
veinte añ os. Ha matado a casi una persona cada añ o, excepto ahora. Es
casi como si estuviera cada vez má s desesperado o, peor aú n, cada vez
má s confiado. Supongo que eso es solo para sospechar. Ha tenido dos
décadas para perfeccionar su habilidad.
— Disertació n. Disertació n, disertació n. ¿Qué diablos significa eso?
Extendí los archivos sobre mi escritorio. La víctima veinte será la
segunda en un mes. É l nunca golpea así. Me pregunto si Nathaniel ha

30
Solo el Diablo Sabe
logrado generar el perfil del Flagelador. Una vez que termine otra de esas
malditas galletas, lo llamaré.
Casey llama a mi puerta y entra con un informe en la mano. —
Noticias del laboratorio. — Dice, entregá ndome la pila de papel. — Han
identificado el tipo de pintura que El Flagelador usó en la víctima
diecinueve.
Leí la impresió n. La pintura que utiliza proviene de pigmentos secos
que produce un solo proveedor. Eso quiere decir que tiene que mezclar
los pigmentos con líquidos y otros materiales, y no sé qué usa, porque,
mierda, no soy artista. É l hace su propia pintura. Qué cosa tan
quisquillosa para hacer. Hago una nota mental para decírselo a Nathaniel.
Ese tipo de remilgo es algo que podría aparecer en su perfil. Hay
exactamente tres tiendas en Londres que venden estos pigmentos, que
son importados de Praga.
Es hora de hacer algunas compras.

31
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Seis
Nathaniel

Llego al trabajo en la mañ ana para comenzar mis rondas, y la


enfermera de noche me recibe con un archivo en la mano.
— Tienes una nueva admisió n. — Me dice, levantando sus pobladas
cejas. — Transferido de London General.
Tomo el archivo y lo miro. El nombre del paciente es Wyatt Pearson,
y un policía vestido de civil lo trajo durante la noche, segú n la hoja de
admisió n. El oficial nunca dejó su nombre o nú mero de identificació n del
personal.
— ¿Cuá l es el diagnó stico del paciente?
-Fue internado. — Dice ella con un bostezo. — Eso es todo lo que sé.
Típico. Cada vez que las autoridades deciden que no pueden o no
quieren manejar a alguien con una enfermedad mental, lo arrojan aquí.
Maperly ha sido el destinatario de má s de un grupo de delincuentes
comunes con los que la policía simplemente pensó que no tenía tiempo
para tratar. Incluso Gen admitió (extraoficialmente para mí) que hacen
esto.
Suspiro, pasando una mano por mis mejillas afeitadas. — De
acuerdo. ¿Có mo está n nuestros invitados?

32
Solo el Diablo Sabe
Ella se ríe, el sonido imita el de un niñ o. — Tuvieron una noche
tranquila.
— ¿Incluso Hubbard?
Hubbard es nuestro soció pata residente. Pasa su tiempo tramando
formas de escapar y fantaseando sobre có mo nos asesinará al salir. Sus
escenarios son siempre sangrientos, detallados y muy inquietantes.
— Incluso Hubbard. Durmió toda la noche, sin problemas.
— ¿Chary?
— Medicado toda la noche.
Eso fue una misericordia. Ravindra Chary tiene terribles terrores
nocturnos que exacerban sus alucinaciones. Pobre alma.
— Excelente. Bien hecho. Ve a casa y descansa un poco.
Ella sonríe. — Correcto. Tengo hijos, ya sabes.
Con las horas que trabaja aquí, no sé có mo lo hace.
— Bueno... haz tu mejor esfuerzo una vez que los hayas llevado a la
escuela.
La enfermera me da una mirada arrugada como si estuviera loco. —
Es sá bado.
¿Sá bado?
Estoy seguro de que la escuché incorrectamente. — No, es jueves.
Ella se ríe y me da una palmada en el hombro. — Creo que necesita
irse a casa y descansar un poco, doc. Trabajando demasiado duro de
nuevo.
Ella se aleja riéndose y yo entro en mi oficina, mi rostro
instintivamente cayendo en una mueca. Primero los dolores de cabeza, y
ahora pierdo el tiempo. La muerte de mi madre surge en mi memoria para
atormentarme, y me pregunto si tengo algo creciendo en mi cerebro como
ella. He estado evitando ver a un médico durante semanas, pero voy a
tener que ceder e ir. Estaría mintiendo si dijera que no estoy ni un poco

33
Solo el Diablo Sabe
asustado. Especialmente cuando soy muy consciente de que su
enfermedad es hereditaria.
Desearía poder llamar a mi padre para preguntarle có mo se
presentó por primera vez la enfermedad de mi madre, pero incluso si
pudiera, preferiría morir antes que volver a hablar con ese hombre. Si
pudiera oírme admitir que tengo dolores de cabeza y que he perdido la
noció n de los días, tendría má s municiones para decirme lo inú til que soy.
Como si no lo supiera ya.
Cuelgo mi abrigo y me siento, bebiendo el té que traje de la tienda a
la vuelta de la esquina. Ya se ha enfriado y el vaso de cartó n se siente
hú medo contra mi labio. Acababa de comprarlo y aquí estaba, frío y
sangrando a través de la taza como si hubiera estado sentado la mitad de
la noche. La calidad de esa tienda ha ido cuesta abajo.
Abro el expediente de mi nuevo paciente. Wyatt Pearson, lo
suficientemente lú cido como para dar su nombre, e incluso cooperó con el
examen médico inicial. Físicamente goza de buena salud, aunque el
camillero que lo examinó notó varias marcas recientes de mordeduras en
el hombro y las nalgas. El grá fico indica que cuando se examinaron esas
marcas de mordidas, el paciente se sintió estimulado sexualmente.
Interesante.
Nunca he conocido a un masoquista puro antes, y me pregunto si
eso es parte de la patología de este paciente. Solo hay una forma de
saberlo, y es entrevistarlo. Necesito presentarme y, para tener una idea
adecuada de lo que le pasa al paciente, necesito hablar con él. Después de
todo, es por eso que llaman a la psicología “la cura que habla”.
La mayoría de las personas son buenas para hablar, pero no tanto
para tener algo que decir. Esperemos que este Wyatt sea má s
comunicativo.
Camino por el pasillo hasta la habitació n donde está recluido, libreta
y bolígrafo en la mano. Hasta que haya sido diagnosticado correctamente
y se establezca un plan de tratamiento, estará alojado en una habitació n
acolchada para su propia protecció n. Fuera de su habitació n, Jacob, el

34
Solo el Diablo Sabe
apuesto asistente nocturno, está tomando notas en la pizarra blanca que
cuelga junto a la puerta.
— Buenos días, Jacob. — Saludo.
É l mira hacia arriba y sonríe. Tiene una hermosa sonrisa. — Buenos
días, Doc. — Responde. — ¿Trabajando los fines de semana ahora?
— Aparentemente. — Miro las notas que ha escrito. El paciente ha
sido alimentado a tiempo y comió su comida. Ambos son un signo
prometedor. Cada vez que comen má s de lo que tiran cuenta como una
victoria. — ¿Qué puedes decirme sobre nuestro nuevo invitado?
— ¿Wyatt? — Pregunta, entrecerrando los ojos. Vuelve a colocar la
tapa en el marcador de borrado en seco y lo coloca encima del marco de la
pizarra. — Lo suficientemente agradable, para un chiflado.
— Eso no es algo muy agradable de decir. — Reprendo, aunque
estoy sonriendo.
Jacob guiñ a un ojo. — Termino técnico.
— Correcto. — Me río. Bueno, que tengas un buen fin de semana.
— Tú también. ¿No trabaje hasta la mente de la muerte?
— Trataré de no hacerlo.
Se va, y lo veo caminar por el pasillo. Sus nalgas firmes se mueven
bajo la fina tela de su uniforme, y tengo que obligarme a darme la vuelta.
Me pregunto si sabe có mo me afecta y có mo reaccionaría si lo dijera en
voz alta. Probablemente me daría un puñ etazo en la boca, e incluso podría
merecerlo. Diciéndome por centésima vez que los romances en el lugar de
trabajo son peligrosos, abro la puerta de Wyatt y entro.
É l mira hacia arriba con un destello de reconocimiento y deleite,
pero rá pidamente borra la expresió n de su rostro y se aclara la garganta.
Ciertamente no lo reconozco. Es un joven apuesto, con cabello castañ o
sedoso que cae sobre su frente y sus hermosos ojos azules. Sus labios son
carnosos y rosados, como si acabara de chupar algo, y sus mejillas
pecosas también está n sonrojadas. No puedo evitar pensar que me he

35
Solo el Diablo Sabe
entrometido en su tiempo personal. Tendrá que terminar su negocio una
vez que termine mi entrevista.
Está sentado en el borde de la cama que le han dado, un marco de
metal pesado que ha sido atornillado al suelo. El colchó n es delgado,
probablemente nada có modo, y no tiene sá banas para que no pueda hacer
nada como armas contra sí mismo o contra otros. Es increíble lo
ingeniosos que pueden ser los enfermos mentales. Me mira con esos ojos
brillantes mientras cierro la puerta. Como todas las puertas de la sala de
pacientes del hospital, se cierra automá ticamente, algo que me
desconcertó al principio. A veces, con algunos pacientes, todavía lo es.
Hay algo en Wyatt que me hace sentir pena por él. Tal vez sea la
expresió n abierta en sus ojos, la extrañ a sú plica que tan a menudo
presencio aquí. Es la expresió n que tienen muchos de los pacientes: el
anhelo de que los deje salir, que los cure, que crea que realmente no está n
locos. Pero un deseo brilla en los ojos de éste, y no es só lo el de dejarlo
caminar libremente de nuevo. Es que quiere que lo folle contra la pared.
Me estremezco por dentro ante mis pensamientos intrusivos. ¿Por
qué diablos pienso tal cosa? Obviamente estoy agotado, y ha pasado
mucho tiempo desde que sentí el calor del cuerpo de otro hombre. Pero
no puedo culpar estrictamente a mis horas de trabajo por eso. Es difícil
tener intimidad con alguien cuando pasas tus días rodeado de monstruos.
— ¿Señ or Pearson? — Pregunto, manteniendo mis rasgos serenos y
mi voz entrecortada.
É l asiente. — Sí, señ or.
Hay una silla en la esquina, también atornillada al suelo para evitar
que la tiren. Me siento y cruzo una pierna sobre mi rodilla. — Soy el
doctor Harris. ¿Puedes decirme có mo llegaste aquí?
La punta de su lengua se desliza y humedece su labio, y me
encuentro mirando fijamente su boca. Tiene dos cicatrices en el labio
superior y un agujero en el inferior, lo que indica un piercing antiguo. —
Yo... yo fui ingresado, señ or.
Tan cortés. Esto ciertamente hace un cambio en ser llamado por
todos los nombres bajo el sol.

36
Solo el Diablo Sabe
Bajo mi voz. — ¿Sabes por qué te ingresaron, Wyatt?
É l niega con la cabeza. — No señ or.
— Me han dicho que tienes marcas de mordidas en tu cuerpo.
¿Sabes có mo llegaron allí o quién las colocó ?
Se estremece y se retuerce en su asiento por un momento, casi como
un cachorro sobreexcitado. La sonrisa que cruza su rostro es beatífica. —
Mi señ or las puso allí. Mi señ or me puso aquí. — Se tapa la boca con la
mano. — ¡Ups! No sé si se supone que debo decir eso.
Sonrío, mostrando amabilidad con la esperanza de animarlo a
seguir hablando. — ¿Por qué no puedes decir eso?
Wyatt se abraza a sí mismo. — Oh, debo guardar secretos, ¿no? Hay
cosas que no debo contar…
La curiosidad se apodera de mí y despliego las piernas. — ¿Qué
cosas? ¿Cosas sobre tu... Señ or?
Miro mi cuaderno y escribo: BDSM — sub.
Los ojos del paciente se iluminan de nuevo. — Oh sí. Cosas sobre él.
Cosas sobre él, de hecho.
Puedo decir por la forma en que me escudriñ a que me está
estudiando. Su mirada recorre mi cuerpo y parece gustarle lo que ve. Una
de sus manos se desvía hacia arriba y se frota la garganta, deteniéndose
brevemente para agarrar la piel como si estuviera haciendo eco de
alguien que lo está asfixiando. Me mira a los ojos y sonríe
seductoramente, negá ndose a dar má s detalles.
— ¿No crees que tu Señ or querría que hablaras si te trajera aquí? —
Pregunto, mirando hacia otro lado.
Estoy impactado por có mo me hace sentir este paciente. Es como si
el aire estuviera brillando entre nosotros, vivo con electricidad, y mi
cuerpo hormiguea con la pura maldad de todo esto.
— Supongo que puedo hablar... contigo.
Lo miro, arqueando una ceja. — ¿Só lo yo?

37
Solo el Diablo Sabe
É l asiente, todavía sonriendo. — Solo tú .
— ¿Qué me hace tan especial?
Con una sonrisa astuta, se pone de rodillas y gatea hacia mí. Debería
retroceder y evitarlo, pero dejé que se acercara, la mitad por asombro y la
otra por curiosidad. Aú n sigo en guardia, prepará ndome para que me
ataque en cualquier momento. Uno nunca puede saber có mo actuará n
estos pacientes.
Las manos de Wyatt son cá lidas cuando se envuelven holgadamente
alrededor de mi tobillo, y se agacha para lamer la punta de mi zapato. Mi
cuerpo se llena de calor, enviando sacudidas a mi polla.
Encuentro mi determinació n y domino mis rasgos, manteniendo mi
voz tranquila. — ¿Qué me hace especial?
Debería apartar el pie. Debería exigirle que se vuelva a sentar en la
cama antes de llamar a un asistente. En cambio, lo observo lamiendo el
cuero, lamiendo las intrincadas puntadas, los finos cordones e incluso la
ancha lengü eta. Mi polla se endurece a pesar de mis mejores esfuerzos, mi
cuaderno apenas oculta la erecció n. Nunca antes había respondido a un
paciente así. Un rubor de absoluta vergü enza sube a mis mejillas.
Intento disimular mi falta de compostura endureciendo mi voz. —
Señ or Pearson, ¿por qué no me responde?
Presiona su cara contra mi tobillo. — No puedo.
— ¿Por qué no?
É l mira hacia arriba, sus ojos muy abiertos debajo de sus gruesas y
oscuras pestañ as, su boca ligeramente entreabierta. — Porque mi Señ or
no querría que le dijera có mo me puso aquí para su custodia mientras
prepara todo para mí.
Ahora estamos llegando a alguna parte. — ¿Mientras prepara qué?
Sr. Pearson, vaya y siéntese de nuevo en la cama.
Corre hacia atrá s para obedecer, sentá ndose una vez má s en el
colchó n. Se lleva las manos al pecho y pellizca sus propios pezones, que
está n completamente erectos debajo de su camiseta blanca. Finjo echar

38
Solo el Diablo Sabe
un vistazo a mi libreta, pero en realidad es para captar la erecció n en los
pantalones del hombre.
Dios ayú dame. Esto es un desastre.
— Mientras se prepara para hacer su obra maestra. — Me da una
sonrisa lobuna. — Mientras él lo prepara.
La elecció n de palabras suena en mi cabeza. — Preparar. — Repito,
garabateando las palabras en mi bloc de notas.
El paciente asiente con entusiasmo. — Es un maestro con un lá tigo,
mi Señ or. Un maestro. Todo el mundo sabe su nombre.
Mi corazó n late. ¿Puede esto ser verdad? — ¿Tu maestro es el
Flagelador de Londres?
Se tira contra su mísera almohada, tapá ndose la boca con las manos
mientras se ríe. — ¡Oh querido! ¿He sido un chico malo? ¿No debería
haber dicho eso?
Sonrío suavemente. —Puedes decir lo que quieras, Wyatt. Por eso
estamos aquí: para que puedas hablar y yo pueda escuchar. Así puedo
ayudarte.
Y puedo ayudar a atrapar a este asesino en serie, casi digo.
Wyatt me mira con una expresió n de alegría pura y absoluta. — Me
gusta este juego. — Me dice. — Me gusta mucho. ¿Pero no preferirías
estar follá ndome en lugar de hablar?
Sí.
— Ciertamente no lo haría. Voy a tener que pedirte que dejes de
decir esas cosas, Sr. Pearson. Estamos en una especie de relació n
profesional aquí. Eso sería impropio.
La frialdad que ata mi tono suena igual que mi padre.
Wyatt se sienta, y la sonrisa ha sido borrada de sus labios. Cruza las
piernas y cruza las manos sobre el regazo, las cejas juntas. — Sí, señ or.
Por supuesto señ or.
— Por favor, llá meme Dr. Harris, no señ or.

39
Solo el Diablo Sabe
É l sonríe. — Sí, señ or… quiero decir, Dr. Harris. Haré cualquier cosa
que digas.
Tomo una respiració n profunda. — De acuerdo. Quiero que me
hables de tu Señ or. ¿Quién es él? ¿Dó nde está ?
El paciente frunce los labios. — Oh, no puedo decirte eso.
— ¿Por qué no?
— Es un secreto.
Supongo que eso era predecible. Adopté un enfoque demasiado
directo. — ¿Dó nde vive tu Señ or?
— En una casa.
— ¿Dó nde está la casa?
Wyatt sonríe. — En una calle.
— ¿Qué calle?
— En la que está la casa, por supuesto.
Esto no va a ninguna parte. Es una lucha no poner los ojos en blanco
ante la previsibilidad de su estancamiento. — ¿Dó nde encuentra a sus
víctimas?
— Oh, ya sabes… aquí y allá . Normalmente ellas lo encuentran. — Se
inclina hacia adelante. — Son chicos muy, muy afortunados. Todos ellos.
— ¿Todos chicos?
Wyatt parece sorprendido. — Sí. — Lo dice como si yo debería
haber sabido la respuesta.
— ¿Todos chicos de alquiler? — Pregunto, garabateando el posible
vínculo.
De nuevo, sonríe. — Claro.
Escribo una nota. — ¿Y có mo conociste a tu Señ or?
— En un club.
— ¿Qué club?

40
Solo el Diablo Sabe
— El club donde nos conocimos.
Suspiro. Má s combate verbal. — Entonces... ¿por qué tu Señ or no te
convirtió en una de sus víctimas?
Inclina la cabeza hacia un lado como un perro curioso. — No sé.
— ¿Te ama?
Wyatt se ríe. — ¡No! Oh, no. No, no, no. Me odia. Me usa. — Se pasa
las manos por el cuerpo de nuevo, y sus ojos se vuelven pesados por la
lujuria. — Mi Señ or me usa. Es demasiado bueno para amar a un cerdo
como yo.
— ¿Lo amas?
Me mira con las pupilas hinchadas, su mano bajando para ahuecar el
bulto entre sus piernas. — Oh sí. — Guiñ a un ojo. Pero no lo digas.
— ¿Qué má s puedes decirme sobre tu señ or? ¿Qué ha hecho?
— É l crea. Toma las cosas y las embellece.
Esa fue una respuesta interesante. Miro hacia abajo a mi cuaderno
de nuevo. Las víctimas siempre se encontraban con pintura en la piel y en
las heridas. — ¿Es tu señ or un artista?
Wyatt hace una pausa por un segundo. — Le gusta pintar. ¿Le gusta
pintar, doctor Harris?
Descanso mi bolígrafo y lo miro. — Me gustaba dibujar cuando era
pequeñ o. ¿Y a ti? ¿Te gusta ayudar a tu Señ or a pintar?
Echa la cabeza hacia atrá s y se ríe. — No creo tener el talento para
hacer eso. — Dice, secá ndose las lá grimas de los ojos. — Hago otras cosas
para el señ or. Cosas… má s emocionantes.
Así que no es có mplice del Flagelador. Todavía podría ser un testigo
principal. Necesito que siga hablando. Parece ansioso por decirme estas
cosas, como si estuviera obteniendo placer sexual de todo lo que dice.
— Creo que todos tienen el talento para hacer las cosas que se
proponen. Es simplemente cuestió n de practicar.

41
Solo el Diablo Sabe
Los ojos del chico se iluminan. Sus pestañ as largas y oscuras las
enmarcan bastante bien. — Nunca me han permitido pintar con mi señ or.
É l dice que aú n no estoy listo.
Sé có mo se siente no poder crear. La autoexpresió n no era
particularmente algo que mi padre apreciara en nuestro hogar. Traté de
practicar mis propios talentos cuando era niñ o: el piano, dibujar y
construir cosas como casas para pá jaros, pero mi padre prohibió
cualquier forma de creatividad. Si me encontraba leyendo sobre arte o
escuchando mú sica, era castigado. Só lo cuando él salía de casa mi madre
me permitía ver dibujos animados o leer las tiras có micas escondidas en
su diario.
Mi padre siempre dejó en claro que yo era una completa decepció n
para él. Su opinió n sobre mí nunca mejoró con los añ os. Incluso antes de
morir hace unos añ os, era el mismo bastardo duro y odioso que conocí en
mi juventud. Todos mis recuerdos de él son malos.
Para ser honesto, en realidad no puedo recordar mucho de mi
propia infancia. Supongo que es por eso que tomé este trabajo en primer
lugar. Como la mayoría de las personas en el campo de la salud mental,
me involucré como una forma de autoterapia.
Definitivamente voy a necesitar algo de terapia después de esta
entrevista.
Wyatt me observa con esos ojos extraordinarios y me doy cuenta de
que he perdido por completo la noció n de lo que le estaba preguntando.
Me aclaro la garganta y vuelvo a mirar mis notas. — ¿Qué cosas haces por
tu Señ or?
— Lo que él quiera. — Su voz se vuelve seductora de nuevo, sus ojos
llenos de lujuria. — ¿Qué puedo hacer por usted, Dr. Harris?
Mi polla se contrae de nuevo. Maldito sea. — Puedes responder a
mis preguntas de la manera má s completa y honesta posible.
Me da una sonrisa torcida. — Lo hago.
— Si lo haces, ¿por qué está s siendo evasivo?

42
Solo el Diablo Sabe
— No soy evasivo. — Se defiende suavemente. — Estoy
respondiendo lo má s completamente posible. No es posible decir má s.
Ahogo un suspiro de frustració n. Realmente no estoy llegando a
ninguna parte con esto. Tomo una respiració n profunda e inclino mi
cabeza hacia él. — ¿Tu Señ or mata gente?
Wyatt sonríe. — Los transforma.
— ¿De vivos a muertos?
— De vivir al arte. Terminan muertos en el camino. — Se frota de
nuevo. — Por favor, ¿me follarías? Estoy cansado de hablar.
Quiero. Dios me ayude, quiero. En lugar de eso, le digo con firmeza:
— Señ or Pearson, si persistes en ese tipo de cosas, tendré que irme y
entonces no tendrá s con quién hablar.
Hace un puchero, pero sus ojos está n llenos de lujuria. — No quiero
que te vayas. Quiero que me folles.
Eso es todo. He perdido por completo la trama, y cuanto má s dice
estas cosas, má s quiero aceptar sus ofertas. Tengo que salir de aquí antes
de hacer algo de lo que me arrepienta.
Me pongo de pie y me paso una mano por la camisa. — Señ or
Pearson, esta línea de conversació n es muy inapropiada. Voy a tener que
irme ahora. Cuando regrese, tendré que traer un chaperó n.
— ¡Oh, no! No hagas eso. Quiero estar a solas contigo. No le diré
nada a nadie má s. — Cae de rodillas, y su erecció n está tirando contra la
fina tela de sus pantalones de hospital.
Se necesita cada pizca de fuerza de voluntad para apartar mis ojos.
— Por favor, no te vayas. Seré bueno... a menos que quieras
castigarme por ser malo.
Se está formando una mancha hú meda en la parte delantera de sus
pantalones, y necesito irme.
Necesito irme ahora.

43
Solo el Diablo Sabe
— No estoy aquí para castigarte, señ or Pearson. Estoy aquí para
ayudarte a recuperar. — Presiono el botó n de llamada que indica a los
guardias que abran la puerta. Uno de ellos presiona el interruptor remoto
y, con un zumbido, la puerta hace clic. — Eres mi paciente.
— Por favor, no te vayas. — Suplica. — Estoy tan solo aquí sin ti.
No sé qué decir a eso, así que me voy. Mientras camino hacia mi
oficina, me doy cuenta de que me tiemblan las manos y que mi propia
erecció n es una distracció n. Nunca he reaccionado así a ningú n paciente.
Ni siquiera puedo empezar a racionalizar las cosas que estoy sintiendo.
Las cosas que quiero hacerle a ese chico.
Quizá s este comportamiento esté relacionado con los dolores de
cabeza. Tal vez realmente tengo un tumor que eventualmente me matará .
Quizá s estoy tan loco como los pacientes encerrados aquí.
Entro en mi oficina y cierro la puerta, luego tomo el teléfono para
hacer una cita con mi médico. Suena antes de que pueda siquiera tocarlo,
sobresaltá ndome. El identificador de llamadas me dice que la persona que
llama es Gen Knight.
Excelente. Justo lo que necesito.

44
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Siete
Gen

La primera tienda de pintura es una pequeñ a cosa en Hampstead,


decorado intencionalmente para ser lo má s pintoresco posible. Tiene un
estilo Tudor y carpintería tosca en la fachada, aunque está muy claro que
el edificio probablemente solo data de los añ os sesenta. Sin embargo,
está n trabajando arduamente para proyectar esa vibra bohemia, puntos
para ellos.
Estaciono afuera y entro. El interior está repleto de todo tipo de
suministros de arte, trayendo recuerdos indescriptibles de mis días de
escuela. Nunca fui ningú n tipo de artista en absoluto. La chica detrá s del
mostrador está haciendo que el aburrimiento parezca una forma de arte
en sí misma.
Camino hacia ella y muestro mi placa. — Inspectora en Jefe Knight.
— Me presento. — ¿Puedo hablar con el gerente?
Ella me mira y rompe su chicle. — No.
Estoy un poco desconcertada. — ¿Le ruego me disculpe?
— No está aquí.
— ¿Hay alguien con quien pueda hablar sobre sus registros de
ventas?

45
Solo el Diablo Sabe
Deja a un lado la novela basura que está leyendo y pregunta con
recelo: — ¿Por qué? ¿Qué hay de malo en nuestros registros de ventas?
Quiero abofetearla. Está siendo difícil y lo sabe. Mocosa
irrespetuosa. — Estoy tratando de averiguar quién podría haber
comprado cierto tipo de pintura. ¿Por casualidad mantendrías ese tipo de
registro?
La chica se encoge de hombros. — Si fue una compra con tarjeta de
crédito, o si pagaron con cheque, seguro, pero no si fue una transacció n en
efectivo.
— ¿Me harías un favor y comprobarías?
Ella deja escapar el suspiro má s fastidioso que he escuchado en
meses y se agacha para sacar una carpeta de tres anillos. Esperaba una
bú squeda en la computadora, pero este asunto del libro mayor escrito a
mano será mucho má s fá cil de rastrearlo. Ella pone la carpeta en el
mostrador y pasa a una secció n en papel azul. Su dedo manchado de tinta
recorre las columnas.
— ¿Qué tipo de pintura? — No mira hacia arriba.
— Pigmentos secos de Praga, en la Repú blica Checa. Llamadas
Pinturas Laszlo.
Ella asiente. — Caro, eso. Sin embargo, hemos vendido mucho
recientemente. — Le da la vuelta al libro para que pueda ver. Alguien ha
estado comprando alrededor de una jodida tonelada métrica de las cosas,
y ha estado pagando en efectivo.
Por supuesto que sí.
Examino la tienda. No hay sistema de seguridad, ni cá maras de
vigilancia. Esta parada fue un puto fracaso. Le agradezco a la chica de la
tienda y paso al siguiente lugar de mi lista.
La segunda tienda está cerrada cuando llego allí, se ha ido a la
quiebra. Mala suerte para ellos, y peor para mí. Lo tacho de mi lista con mi
pluma, rascando con má s fuerza en mi molestia. Es hora de dirigirse a la
tercera y ú ltima entrada del informe.

46
Solo el Diablo Sabe
Esta tienda está en Camden y es mucho má s elegante que la
primera. Paredes de plata brillante, pisos impecablemente limpios,
decoració n de un blanco cegador y uniformes igualmente blancos en el
personal de ventas. Es como si pensaran que está n en un ovni o algo así.
Me acerco a uno de los tipos de astronautas que flotan en el piso de
ventas. — ¿Puedo hablar con su gerente?
É l asiente. — Solo un momento.
Lo veo trotar hacia la parte trasera de la tienda. Regresa con un
hombre con un traje completamente negro y una expresió n en el rostro
como si acabara de pisar mierda de perro. Su cabello peinado hacia atrá s
es negro azabache excepto por los tintes plateados en las sienes, y ha
pasado demasiado tiempo en el saló n de bronceado. Tiene un Bluetooth
en la oreja y un diamante en la nariz. Sus dedos tintinean con anillos de
oro mientras extiende su mano hacia mí.
— Aidan Craft. — Dice, asintiendo como si le hubiera hecho una
pregunta. — ¿Y usted es?
Muestro mi placa de nuevo. — Inspectora en Jefe Knight. Estoy
trabajando en un caso y necesito hacerle algunas preguntas sobre sus
ventas.
sonríe. Su dentadura es perfecta, blanca y uniforme. Tienen que ser
carillas. — Por supuesto. — Hace un gesto con una mano rodeada de
anillos. Veo que se ha hecho una manicura francesa. No recuerdo la ú ltima
vez que un técnico me hizo las uñ as. Soy demasiado torpe para
mantenerlas bonitos. — Por este camino.
Craft me lleva a su oficina, donde un banco triple de monitores
muestra todos los rincones de la tienda. Se sienta detrá s de su escritorio y
enciende su tableta.
Me siento y miro los monitores. — ¿Tiene vigilancia las
veinticuatro / siete?
Asiente. — Oh sí. Y todo está grabado. — Llega a la secció n de su
tableta que estaba buscando y me sonríe. —Ahora bien. ¿Qué ventas te
interesan?

47
Solo el Diablo Sabe
— Pigmentos secos Laszlo.
— ¡Oh! Laszlo. Muy exclusivo. Muy agradable.
Tengo que preguntar. — ¿Qué hace que esta pintura sea mejor que
cualquier otra?
Revisa sus registros mientras responde. — Tiene un tipo diferente
de viscosidad, lo que le ayuda a cubrir á reas má s grandes con mayor
suavidad. También permanece hú medo por má s tiempo, lo cual es una
ventaja si está s tratando de usar ciertas técnicas. También tiene algunos
de los colores má s vivos e intensos de cualquier pintura actualmente en el
mercado.
— ¿Y has vendido mucho?
Asiente. — Sí. Bastante.
Me muestra la pantalla, y veo una lista de grandes compras de estos
pigmentos, y algo me llama la atenció n de inmediato.
Todas las compras se realizaron dentro de los tres días posteriores
al hallazgo de una víctima del Flagelador.
— ¿Puedes conseguirme las imá genes de vigilancia de estos días? —
Pregunto, tratando de no sonar tan emocionada como me siento.
— Por supuesto. — Se sienta y cuenta el nú mero de días. — Tendré
que descargar las grabaciones, y eso llevará algú n tiempo. Si me das hasta
mañ ana, estaré feliz de dá rtelos.
— Eso sería brillante.
En fin, un poco de suerte. Dios sabe que puedo usarla.

CUANDO vuelvo a mi oficina, aú n no es el almuerzo, pero Felter


todavía no se ha presentado para su turno. Sin llamadas, sin noticias, sin
arreglos previos para compensar su ausencia. Esto se está convirtiendo

48
Solo el Diablo Sabe
en un há bito para él, y ya he tenido suficiente. Está fuera de segundas
oportunidades. Dirijo un barco estricto en esta oficina, no una caridad de
mierda. Si no puede presentarse a su turno al mismo tiempo que los
demá s, tiene que irse. Lo dejé claro desde el día que empezó aquí.
Probablemente debería pedirle a Casey que haga su informe. Ella es
su manager, después de todo, y tengo demasiado trabajo amontonado.
Simplemente no puedo ayudarme a mí misma. Al igual que con El
Flagelador, tengo que tener el control de ciertas cosas. Steven me llama
faná tica del control. Supongo que tiene razó n. Si bien no creo que Felter
esté detrá s de los asesinatos, como me dijo una vez mi instinto, sigo
pensando que no debería estar aquí. Una vez que envíe este informe a
Recursos Humanos, será despedido, con efecto inmediato.
Me recuesto en mi silla y suspiro. Me estoy involucrando demasiado
emocionalmente otra vez. Me recuerda la vez que sufrí un colapso mental
después de Andrew. Siempre he tratado de ser realista cuando se trata del
Flagelador. No concentrarme demasiado en él. Asegurarme que mi equipo
maneje el caso. Pero con cada nueva víctima, mi ansiedad se profundiza, y
me consume el afá n de atrapar a este bastardo retorcido.
El superintendente Markel a menudo me ha advertido que no me
involucre demasiado, dando a conocer mis vínculos personales con una
de las víctimas. Es la regla nú mero uno en este trabajo, y tengo que
recordarme a mí misma: no te encariñ es. Lo ú ltimo que quiere cualquier
oficial es un conflicto de intereses.
Tomo mi teléfono y llamo a Nathaniel, esperando que tenga buenas
noticias. Tengo que decirle sobre la pintura, de todos modos. Podría
ayudar con su perfil.
Responde después de só lo dos timbres. — ¿Hola?
— Nathaniel, soy Gen.
Hay un ruido entrecortado, casi como un suspiro impaciente. — Sí.
Por supuesto. Umm. ¿Có mo puedo ayudarte?
Suena distraído. No creo haber escuchado al Dr. Nathaniel Harris,
normalmente imperturbable, sonando tan... bueno, emocionado antes.

49
Solo el Diablo Sabe
— Lo siento, ¿llamo en un mal momento? — Pregunto, quitando mis
pies de mi escritorio.
Esta vez, él suspira. — No, no. Acabo de tener una interacció n difícil
con un paciente y estoy tratando de relajarme. Da la casualidad de que
podría tener un gran avance para ti.
Casi me levanto de la silla. — ¿Un gran avance? ¿Qué?
— ¿El nuevo paciente con el que acabo de estar? Es el compañ ero
del Flagelador.
¿Compañero?
Se me acelera el pulso y me sudan las palmas de las manos. Me
inclino hacia adelante, presionando mi teléfono má s cerca de mi oído.
Nathaniel continú a, su voz tersa. — No un có mplice. No todavía, de
todos modos. Dice que el Flagelador lo ha puesto en mi hospital para su
custodia mientras se prepara para unirse a él. Lo que eso significa, no
estoy del todo seguro. Aú n.
Tomo mi bolso y mi abrigo, luchando por ponérmelo mientras
mantengo el teléfono pegado a mi oído. — Hagas lo que hagas, no lo dejes
ir.
— Oh, no. — Me asegura, y hay un tono extrañ o en su voz que no
puedo leer. — Vamos a aferrarnos a él durante mucho tiempo.
Guardo el archivo del caso má s reciente en mi bolso, tomo las llaves
de mi auto y salgo corriendo de la oficina. Casey me mira emocionada,
leyendo en mi rostro que tengo una pista. Asiento con la cabeza mientras
paso corriendo. Ella chilla y toma su teléfono, probablemente para llamar
al sargento de celda.
Me dirijo hacia los ascensores y empujo para bajar. — Bueno.
Entonces, há blame de esta persona.
— Bueno… algunas de las cosas que me ha dicho está n sujetas a la
confidencialidad médico-paciente, ¿entiendes?

50
Solo el Diablo Sabe
— Nathaniel. — Gruñ o, poniendo los ojos en blanco. — No me
vengas con esa mierda ahora. Si tienes algo que me ayude a atrapar a este
bastardo, no te atrevas a contenerte.
Vacila, luego da otro suspiro. — É l es del tipo masoquista. Estaba
exudando una gran cantidad de excitació n sexual durante nuestra
entrevista, lo cual fue angustioso.
— ¿Angustioso? ¿Por qué?
— Digamos que fue muy activo en su excitació n. Aunque, he
soportado cosas mucho peores.
Tengo que reprimir una risita. Nathaniel y yo hemos sido amigos
desde que comencé a trabajar como policía cuando tenía poco má s de
veinte añ os. Ambos está bamos en Edimburgo en ese momento. Es tan
correcto que siempre pensé que era casi asexuado, así que tenerlo
confrontado con un hijo de puta luná tico debe haberlo puesto nervioso.
Es la primera cosa que he encontrado divertida en toda la semana. Tal vez
yo también esté loca.
— Eso suena incó modo. — Digo, ahogando un resoplido.
Nathaniel suspira de nuevo. É l está lleno de ellos hoy. — No tienes
idea.
— ¿Te dijo algo sobre el Flagelador? ¿Algo para continuar?
— É l lo llama su “Señ or”, lo que implica que está n en una especie de
relació n BDSM, muy arraigada en la escena. Hay personas que practican el
BDSM de forma ocasional y otras que lo disfrutan con má s regularidad,
pero parece que este paciente y su “Señ or” está n en sus escenas las
veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Es un estilo de vida
para ellos.
— ¿Có mo se llama el paciente?
— Wyatt Pearson.
Abro los ojos, ató nita. Wyatt Pearson es el nombre de un joven que
desapareció durante el Camden Fringe hace dos añ os. Esperaba sacar su
cuerpo de la pensió n o encontrarlo entre los arbustos en alguna parte.

51
Solo el Diablo Sabe
Tenerlo como sustituto del Flagelador era el ú ltimo lugar donde esperaba
encontrarlo.
El ascensor tarda una eternidad en llegar aquí y cruje. Viene del
só tano. La morgue. El examen externo preliminar de la nueva víctima
debe estar completo.
— ¿Qué otra cosa? — Insisto, ansiosa por escuchar má s, para
atrapar a este maldito Flagelador.
— También dice que su “Señ or” es un artista, y que no está
matando, está creando belleza.
Observo las puertas del ascensor. No hay nada hermoso en lo que
crea ese monstruo. — Sé exactamente qué pintura está usando ahora. —
Digo entre dientes. — Pinturas Laszlo. Es pigmento seco que viene desde
la Repú blica Checa, por lo que solo se encuentra en unas pocas tiendas en
Londres. Hace un cambio a la mierda genérica habitual que usa. ¿Qué má s
has descubierto?
— É l indica que el asesinato es un efecto secundario del proceso
artístico. Que El Flagelador no tiene la intenció n de matar a sus víctimas,
sino que simplemente mueren en el proceso.
He visto los cuerpos. Vi el cadá ver destrozado de Andrew. No hay
forma de que esas lesiones sean otra cosa que deliberadas.
— ¿Le crees que no es intencional?
É l piensa en su respuesta. Abre una lata de algo y toma un sorbo. —
Es completamente intencional, Gen.
Hay algo en su tono que me suena mal. No puedo señ alarlo con el
dedo, pero está ahí. Confío en mis instintos. Algo está pasando con él.
Finalmente llega el ascensor e Isaac sale con un informe en la mano.
— La ú ltima víctima del Flagelador. — Dice, entregá ndome el papel.
Lo tomo y paso rá pidamente junto a él en el ascensor, musitando mi
agradecimiento. Una vez que presiono para la planta baja, escaneo el
archivo rá pidamente, digiriendo los detalles preliminares. Kallum

52
Solo el Diablo Sabe
Simmons. Diecinueve. Ningú n pariente má s cercano. Vivía en un burdel
cerca de Victoria Beach. Pobrecito.
— ¿Dijo algo má s digno de menció n? — Pregunto, hojeando las
pá ginas. El ascensor se pone en movimiento. ¿Algo sobre las víctimas?
El ruido de papel se escucha en el otro lado. É l debe estar mirando
sus propias notas. — Dijo que conoció a su Señ or en un club y que vive en
una casa, por lo que eso eliminará a los sospechosos que viven en pisos.
Pero supongo que eso tiene sentido, porque me imagino que las víctimas
gritan mucho.
Hay ese tono extrañ o de nuevo. No puedo decir si está disgustado o
intrigado. Sigue hablando y el ascensor sigue bajando.
— También confirma que El Flagelador solo está interesado en
chicos. Wyatt cree que tienen suerte.
Bufo. — Si la mala suerte se puede considerar afortunada.
— Exactamente. Aparte de eso, no obtuve mucho. Tuve que concluir
la entrevista porque él estaba siendo demasiado inapropiado.
Llego al nivel del garaje y salgo. Tengo un espacio asignado, una de
las ventajas de haber sido inspector jefe. Al menos ahora no tengo que
buscar la maldita cosa cuando quiero ir a algú n lugar.
— ¿Inapropiado có mo?
Esta vez su tono es fá cil de leer. Está avergonzado. — É l… él me
estaba proponiendo. Quería que tuviera sexo con él.
Mi Volvo gris huele a comida para llevar de anoche cuando entro.
Debería haberlo pensado mejor antes de dejar la caja de curry vacía aquí.
Arranco el motor y abro la ventanilla. — No puede ser la primera vez que
un paciente se te acerca. Siempre has sido un hijo de puta guapo.
Una vez que conecto mi teléfono al Bluetooth de mi automó vil,
empiezo a retroceder.
— No, pero él… él era muy… — Se detiene, luchando por encontrar
las palabras. Se aclara la garganta y se da por vencido. — De todos modos,

53
Solo el Diablo Sabe
volveré a entrar, pero la pró xima vez llevaré a uno de los camilleros como
acompañ ante.
— Tal vez pueda ser tu acompañ ante. — Sugiero, encogiéndome de
hombros. — Probablemente no sea una mala idea que yo esté allí, ya que
él es un testigo clave.
Nathaniel toma otro sorbo de su bebida. — No, Gen. No es correcto.
Lo que dice el paciente debe mantenerse en la má s alta confidencialidad, y
tener a un miembro de la policía allí haría que cualquier cosa que diga sea
completamente sospechosa si tenemos que usarlo en la corte.
Compruebo mi punto ciego antes de conducir. — Porque la defensa
puede decir que lo presioné.
— O intimidar, sí.
Estoy haciendo el viaje a Maperly en piloto automá tico, sin prestar
mucha atenció n a dó nde conduzco. Ya he dado varias vueltas sin darme
cuenta. Eso es lo que sucede cuando tomas la misma ruta tantas veces. Se
desvanece de la vista.
— No sé cuá n intimidado estaría, dado que vive con El
Flagelador.
— Honestamente, Gen, creo que le gustaría que lo amenazaran un
poco. Probablemente obtendría mucho placer sexual de eso.
Nuevamente, hay ese tono disgustado pero intrigado. Me pregunto
si la enfermedad de este paciente es un interés especial del buen doctor.
— Obviamente tu título fue en psicología anormal. — Digo,
uniéndome a la autopista.
— Obviamente.
— ¿Qué clase de anormal? ¿No hay como cien tipos?
— Escribí mi disertació n sobre la parafilia violenta y su vínculo con
la psicopatología. — Responde, sonando bastante aburrido con el tema. O
simplemente cansado en general. — El Flagelador es claramente un
desviado sexual, al igual que el Sr. Pearson.

54
Solo el Diablo Sabe
— Escucha, voy de camino a tu hospital. Me gustaría hablar con este
Wyatt. ¿Se puede arreglar eso?
Hay una pausa. Mi corazó n da un vuelco mientras espero su
respuesta.
— Mientras pueda estar presente también.
No tengo ningú n problema con eso. — Por supuesto.
— Entonces ven a mi oficina cuando llegues aquí. Te llevaré con él.
Terminamos la llamada y agarro el volante un poco má s fuerte.
Estoy tan cerca de mi primera pista real en este caso. De ninguna manera
voy a desperdiciar esta oportunidad. He esperado añ os por esto.

55
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Ocho
Wyatt

Camino frente a la puerta de mi celda, esperando que el doctor


regrese. Lo he visto pasar varias veces frente a mi habitació n, pero no me
dirige una sola mirada. Creo que lo empujé demasiado lejos. Simplemente
no puedo evitarlo. Está tan jodidamente caliente con su bata blanca. Todo
lo que seguí pensando cuando me entrevistó fue lo increíble que se
sentirían sus manos alrededor de mi garganta, su polla desgarrando mi
trasero y el dolor, oh Dios, el dolor que tendría durante semanas.
Los pasos resuenan por el pasillo. Presiono mi rostro contra la
pequeñ a ventana de vidrio, esperando que sea él. Tal vez esta vez me
doblegue y me folle. É l quería. Vi su polla endurecerse en sus pantalones.
La forma en que lo cubrió con su bloc de notas me hace reír cada vez que
lo pienso. Maldita sea, quería follarme, y estoy seguro de que pronto hará
exactamente eso.
No es el médico. Es Jacob otra vez, controlá ndome.
— Oye, hazme un favor, ¿quieres? Trá eme un perió dico para leer.
Estoy jodidamente aburrido aquí dentro.
El tipo se detiene y mira por la ventana. Hay pequeñ os agujeros en
el vidrio para poder escucharlo. — Solo quieres un perió dico, ¿sí?

56
Solo el Diablo Sabe
Uno local servirá . Solo quiero algo para leer mientras estoy
atrapado aquí.
— No hay nada emocionante en el de hoy, solo má s del Flagelador.
Mi polla se contrae. — No te preocupes. Soy fan de su trabajo. ¿Me lo
puedes traer? ¿Por favor?
Gira sobre sus talones y se aleja, murmurando.
Golpeo mi puñ o en la ventana, un estallido de rabia empañ ando mis
ojos. — ¿Qué diablos se supone que debo hacer aquí excepto
masturbarme la polla?
— Ejem. Sr. Pearson. — Dice el médico, apareciendo frente a la
ventana. Creo que has estado pidiendo verme. ¿Tienes má s informació n
para dar?
— ¡Oh sí! Tengo tanto que decirte, doctor, si puedes entrar.
El Dr. Harris asiente al guardia, quien abre la puerta. Corro hacia mi
cama y me siento en el borde, mis piernas abiertas para estirar
deliberadamente mis joggies y mostrar mi erecció n.
La puerta de la habitació n se abre y mi estó mago se agita. Me siento
ligero de nuevo, cá lido y confuso por dentro. — Prometo portarme bien
esta vez, doctor.
É l no está solo.
Hay una perra caminando detrá s de él. Lleva un llamativo traje gris
y el pelo corto le cuelga a la altura de la clavícula. Me recuerda a la
directora de mi escuela secundaria por la forma en que frunce los labios y
sus ojos oscuros me atraviesan.
Odio a los maestros.
— ¿Qué diablos quieres? — Le escupo, apretando mis manos en
puñ os apretados.
Levanta una ceja perfectamente delgada hacia mí. — Mi nombre es
Genevieve Knight. Estoy aquí para ayudarlo, Sr. Pearson, al igual que el
Dr. Harris.

57
Solo el Diablo Sabe
— ¡No quiero tu ayuda! — Me dirijo al Dr. Harris, las lá grimas pican
en mis ojos. É l ni siquiera me mira. — Lamento lo de antes, Doctor.
Realmente prometo comportarme. Dile que se vaya. Por favor. No la
quiero aquí.
Le doy a Knight mi mirada má s venenosa. Mi Señ or siempre dice
que podría convertir a la gente en piedra. Pero esta perra estú pida sigue
siendo humana mientras se pavonea hacia la ventana, sus tacones
resonando en el suelo. Se deja caer en una de las dos sillas que está n
atornilladas al suelo.
El doctor finalmente me mira, aunque no por mucho tiempo. —
Trata de calmarte, señ or Pearson. — Abre su libreta y se sienta en la otra
silla. — Te expliqué que tendría que traer un chaperó n debido a tu
comportamiento. Me temo que estas son las reglas.
Asiento con la cabeza, las lá grimas caen silenciosamente por mis
mejillas. — Lo siento.
Levanta la cabeza y sonríe, sus ojos se arrugan a los lados. —
Disculpa aceptada. Ahora, ¿qué te gustaría decirnos?
Miro entre él y la mujer. No quiero decirles nada. No con ella aquí.
Pero estoy seguro de que a la Maestra no le importaría que me divirtiera
con ella.
— Se trata de la ú ltima transformació n del Señ or. — Les digo,
dá ndoles mi má s dulce de las sonrisas.
Ambos rostros se iluminan. Quiero golpear a la mujer justo entre los
ojos.
El Dr. Harris se endereza en su silla y se inclina ligeramente hacia
adelante. — ¿Oh? ¿Y qué te gustaría decirnos?
Me encojo de hombros a medias. — Solo puedo imaginar lo hermoso
que fue. Có mo su sangre goteaba por su cuerpo desnudo mientras mi
Señ or lo follaba hasta su ú ltimo aliento.
— Apuesto a que te molesta verlo follar con otra persona. — Ella
dice. Apuesto a que te preocupa que él disfrute má s de esos chicos que de
ti. ¿Sabes qué? Estoy seguro de que lo hace.

58
Solo el Diablo Sabe
— Inspectora… — El Dr. Harris la reprende en voz baja, girá ndose
en su silla para mirarla.
¿Así que ella es una oficial de policía? ¡Jodidamente lo sabía!
Me levanto de mi cama y camino de un lado a otro, de un lado a otro,
tratando de calmarme. Nunca me ha gustado la policía. Nunca. — No
ayudan a nadie má s que a sí mismos. No, no a menos que signifique que
reciben un cheque de pago grande y jugoso a fin de mes. Desprecian a la
gente como yo. ¡Los odio! Siento que estoy a punto de vomitar
simplemente estando en la misma habitació n que uno. Entonces la perra
abre su boca de nuevo, y me detengo para mirarla con furia, segundos
antes de perder mi mierda.
— ¿Te dejó con vida porque no eras digno de su supuesto arte?
¿Crees que solo te está usando?
Corro hacia la puerta y golpeo la pared con tanta fuerza que se me
parte la piel. Puedo sentir mi sangre rezumando alrededor de mi mano,
pero me importa una mierda. Me doy la vuelta y miro a la estú pida perra.
Quiero jodidamente estrangularle la vida. Está equivocada. Toda esta
gente está equivocada. Amo a mi Señ or, y elijo estar con él, al igual que
elijo enterrar los cuerpos que no eran lo suficientemente buenos para ser
transformados por su lá tigo.
El Dr. Harris entrecierra sus ojos azules hacia mí, con la cabeza
ligeramente inclinada. Presiona las telecomunicaciones. — Jacob, envía
una enfermera a la habitació n del Sr. Pearson. Haz que le limpien la
herida.
— No te molestes. Si envías a alguien aquí, lo estrangularé. —
Escupí, golpeando la pared de nuevo. Y otra vez. ¡Esto no era parte del
plan! — No hablaré con nadie. ¡Só lo tú ! — Un sollozo se me escapa,
rociando mi saliva sobre el vaso ensangrentado. — Só lo tú .
É l viene a mí entonces, y pone sus cá lidas manos sobre mis
hombros, pero el toque es suave, y lo odio. Quiero que me lastime y
quiero que la obligue a irse.

59
Solo el Diablo Sabe
— Está bien. — Dice en voz baja. Aprieta como un masajista,
sonriéndome. — Está bien. ¿Puedes apartarte de la ventana, por favor?
Allí, un buen muchacho.
Dejo que me acompañ e de regreso a la cama, y no es como si
quisiera. Quiero que me incline y me arruine hasta que vea las estrellas.
No quiero a esta perra sentada ahí, mirá ndonos, juzgá ndonos.
A la mierda con ella
El Dr. Harris me hace sentar en la silla y luego se vuelve hacia ella.
— Creo que tu presencia lo está molestando. Tal vez deberías irte.
Su frente se arruga. — Pero necesitas un chaperó n, Doctor.
Realmente creo que debería quedarme aquí.
Hay una dureza en su voz que me dan ganas de atacar de nuevo.
Aprieto mi mano sangrante.
— La enfermera estará aquí pronto. Estaré bien. — Me mira y
asiente. — Ambos estaremos bien, ¿no es así, Sr. Pearson?
Le escupo una bola de saliva. La suciedad cae en su zapato. Es solo
un poco satisfactorio, porque estaba apuntando a su cara.
— Si ella se va. — Le digo. — Entonces sí.
Ella se pone de pie y asiente con la cabeza al Dr. Harris. Me lanza
una mirada casi de lá stima antes de salir de la habitació n. Tan pronto
como ella se ha ido, me dirijo al médico.
— Por favor, solo quiero hablar contigo. No dejes que nadie má s
entre aquí.
— ¿Permitirá s que la enfermera vea tu mano?
Está preocupado por mí. No lo suficientemente preocupado como
para darme lo que quiero, pero es algo. — No. Mi señ or dijo que nadie
má s puede tocarme.
El Dr. Harris frunce el ceñ o. — ¿Crees que me permitiría tocarte?
— Ya lo has hecho. — Señ alo. — Y no traté de escapar.

60
Solo el Diablo Sabe
Se sienta a mi lado en la cama y toma mi mano entre las suyas. Mira
los cortes y las grietas en mi piel, que son menores y solo duelen un poco.
Nada como lo que realmente quiero sentir. Quiero que este hombre me
folle tanto que puedo saborearlo.
— No parece que necesites puntos de sutura. — Reflexiona,
frotando su pulgar sobre mi palma. — Probablemente algunos primeros
auxilios bá sicos será n suficientes. Pasé por el entrenamiento, así que
puedo ayudarte mucho.
Llaman a la enfermera. Lleva una bandeja de plá stico llena de
suministros. Cuando la veo, la miro con tanta maldad como puedo. Esta
vez, se detiene en seco. Tal vez ella comienza a convertirse en piedra,
como en sus zapatos o algo así. Definitivamente no se está acercando má s.
Me siento satisfecho con suficiencia y le sonrío.
El Dr. Harris se endereza y le quita la bandeja. — Me encargaré de
esto yo mismo. No está dispuesto a dejar que nadie má s lo ayude.
Sus ojos se lanzan hacia mí, luego de vuelta a la cara del Dr. Harris.
— Sí, señ or.
Ella lo llamó “Señor”.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. Me encanta la sensació n cada vez
que pronuncio esa palabra, tan poderosa, tan significativa.
Una vez que tiene todos los suministros en la mano, la enfermera se
va, dá ndome una mirada nerviosa mientras abre la puerta. Le chasqueo
los dientes y ella sale corriendo, con el rabo entre las malditas piernas.
— Ahora, señ or Pearson. Sin morder.
Vuelve a mí y se sienta de nuevo. Sostiene mi mano en la suya,
usando la otra para lavar suavemente la sangre con un antiséptico. Me
duele, y me gusta que esté haciendo algo que me duele, incluso si es solo
un poco de dolor. Algo es mejor que nada.
Está concentrado en mi mano, sus ojos bajos. Cuando está así, sus
pestañ as son tan largas y oscuras, y sus labios son rosados y
acolchonados. Me pregunto si le gusta que lo besen. Me pregunto si me
dejará . Me quedo quieto, sin embargo, porque no quiero que se vaya de

61
Solo el Diablo Sabe
nuevo. Me comportaré todo el tiempo que sea necesario, pero es muy,
muy difícil.
Termina de lavar la herida y luego la cierra con tiritas de mariposa.
Es tan dulce e inocente que sonrío. É l me devuelve la sonrisa.
— Ahí. — Dice, frotando mi palma. — Eso no es tan malo, ¿verdad?
— No. No está mal.
— ¿Duele?
Sonrío má s ampliamente. — Un poquito.
Me mira de forma extrañ a, y luego hay una pequeñ a chispa en sus
ojos, y sonríe. — Bueno, será mejor que disfrutes eso mientras puedas,
entonces.
Y entonces todo es demasiado tentador, su cuerpo junto al mío, esos
labios rosados y esos ojos azules tan cerca de mí. Me inclino y lo beso en
la boca. Espero que me aleje de inmediato o que se enoje. Espero que me
abofetee o me dé un puñ etazo y, sinceramente, me decepciono cuando no
lo hace.
Me besa de vuelta.
Es solo por un momento, no má s de lo que tarda un corazó n en latir,
pero presiona sus labios contra los míos. Es un beso dulce y deliberado.
Su mano aprieta la mía por un instante, su pulgar machacando mis
nudillos ensangrentados. Me duele, y gimo de placer. Llevo mi otra mano
entre sus piernas y lo encuentro endureciéndose de nuevo.
Tan pronto como toco su polla, salta y pone espacio entre nosotros.
— Sr. Pearson, debo pedirte que no hagas esas cosas. — Balbucea, pero
sus mejillas está n rojas, y no por vergü enza.
Prá cticamente puedo oler su excitació n desde donde estoy sentado.
Apuesto a que su raja está goteando líquido preseminal. Humedecí mis
labios ante la perspectiva. Maldita sea, ¿por qué tenía que alejarse?
Agarra la bandeja de plá stico y se dirige a la puerta. Mira la mancha
de sangre en la pared como si realmente la estuviera viendo por primera

62
Solo el Diablo Sabe
vez, y luego se gira hacia mí. Apuesto a que está sorprendido de que yo
pueda golpear tan fuerte.
Le sonrío. — Dr. Harris. — Susurro, mi voz cargada de lujuria. —
Por favor, no te vayas. ¿Por favor?
Pone la mano en la puerta, hace una pausa, mira por la ventana y
luego a mí. — Si me quedo, no debes volver a tocarme. Esta es tu ú ltima
advertencia.
— Entonces no debes tocarme. — Contraataco. — Pero, ¿dó nde está
la diversió n en eso? Oh, por favor… sabes lo que necesito. Lo que quiero.
— Sí, de hecho, y no soy la persona para dá rtelo. — Le hace una
señ al al guardia y la puerta se abre. — Escucha, sr. Pearson. La oficial de
policía que estaba aquí... Es un poco tosca, lo reconozco, pero solo está
tratando de ayudarte. ¿Le dará s una segunda oportunidad? Me aseguraré
de que solo haga preguntas con las que te sientas có modo respondiendo.
Quiero complacer al doctor. Quiero obedecerle. Pero no quiero
tener nada que ver con la policía. Quieren detener a mi Maestro, y no
puedo permitir eso.
— No la ayudaré. — Afirmo con firmeza. — Simplemente... no lo
haré.
É l asiente, aparentemente no sorprendido por mi negativa. —
Bueno, al menos no arremetas, ¿eh? No quiero que te lastimen de nuevo.
Me siento en la cama y me froto las bolas con la mano sana. Las
agarro y tiro hasta el punto del dolor. Cierro los ojos y jadeo ante la
sensació n, luego me estremezco.
El Dr. Harris me mira con pena y algo má s. Parece excitado. Tiro de
mis bolas y jadeo de nuevo, y él se aleja, sus mejillas ardiendo.
Intento suplicarle que se quede. — Doctor…
No dice nada má s. Simplemente sale de la habitació n.

63
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Nueve
Nathaniel

Casi corro por el pasillo. La bandeja médica me lo impide, y descarto


la cosa una vez que llego a mi oficina. Siento que alguien me persigue y
tengo que entrar antes de que me atrapen.
Temblando, me las arreglo para abrir la puerta, salgo corriendo y la
cierro de golpe.
¿Qué estás haciendo, Nathaniel?
Las palabras no son mías. La voz que escucho en mi cabeza no es
mía. Es un recuerdo, pero es real, y es como si mi padre estuviera aquí en
persona, desaprobá ndolo.
Siempre estaba desaprobando.
Me siento en el suelo y me apoyo en la puerta con la cabeza entre las
manos. Esto no puede estar pasando. He ejercido como psicó logo durante
quince añ os y en residencia clínica antes de eso. Nunca me he
aprovechado de la vulnerabilidad de un paciente, ni he querido hacerlo.
Nunca he estado tan cerca de violar toda la ética de mi profesió n.
Wyatt me hace sentir cosas que no quiero sentir. Es seductor y
tentador, y cuando estoy con él, es todo lo que puedo hacer para no
pensar en tener sexo con él. Quiero sentirlo a mi alrededor, escuchar sus
sonidos, escuchar los azotes hú medos...

64
Solo el Diablo Sabe
Oh Dios. ¡Alto!
¿Qué estás haciendo, Nathaniel?
Si mi padre supiera lo que estoy sintiendo, si supiera que me pongo
duro cada vez que veo a este paciente, o que no quiero nada má s que
tomar a Wyatt Pearson y usarlo de la forma en que él quiere que lo use...
El Dr. Franklin Harris estaría horrorizado. Debe estar revolviéndose en su
tumba ahora mismo.
El Dr. Franklin Harris no cría pervertidos.
No soy un pervertido. No lo soy.
¿Lo soy?
Gimo y vuelvo a enterrarme la cara entre las manos. Mi cabeza está
latiendo. La golpeo contra la puerta, con fuerza, con la esperanza de
silenciar el dolor. No es el movimiento má s brillante, porque ahora me
duele má s la cabeza, pero el dolor ahora está en un lugar diferente y,
paradó jicamente, me ayuda a concentrarme.
Desafortunadamente, me estoy enfocando en las cosas que no
quiero ver...

TENGO CUATRO AÑOS Y ESTOY sentado en mi habitación con las pinturas


para dedos que Nancy me compró porque se lo rogué cuando estábamos en
Harrods. Me siento tan feliz, emocionado de estar pintando así. Estoy
tarareando y arrastrando mis pequeños dedos regordetes a través de las
pinturas, pintando el lienzo ante mí con colores vibrantes.
Entonces lo escucho.
Fuertes pisadas, viniendo por el pasillo. Plaf, plaf, plaf sobre el piso de
madera. Está pisando fuerte. Él está enfadado. El cambio tintinea en su
bolsillo mientras sube las escaleras.
La puerta de mi habitación se abre y él está de pie allí. En mi visión
infantil, se ve enorme. Masivo.
Enfadado.

65
Solo el Diablo Sabe
— ¿Qué estás haciendo, muchacho?
Miro mi pintura, confundido. No sé nada mejor, así que le digo la
verdad.
— Estoy pintando.
Camina hacia mí, con el rostro retorcido por la ira. Se ve tan feo,
como el monstruo escondido debajo de mi cama, y me asusta. Me agarra
por las muñecas y me levanta sobre mis pies, luego me levanta. Estoy
colgando frente a él, aterrorizado, mientras me grita en la cara.
— ¿Quién te dijo que podías hacerlo, muchacho?"
Me retuerzo, y su agarre se vuelve más fuerte. Mis huesos crujen, y eso
también me asusta. — Ella dijo que podía. — Le digo. — Le pregunte a
ella."
— ¿Preguntaste a quién?
— Nancy.
Nuestra linda sirvienta, la que hace de niñera y me cuida cuando mi
padre está trabajando. Él siempre está trabajando. Es la única vez que
Nancy me deja jugar. Dice que es nuestro pequeño secreto y que nunca debo
decírselo. También dijo que él se fue hoy y por eso me dejó pintar.
Su rostro se retuerce aún más, y con un gruñido, me lanza al otro lado
de la habitación y sobre la cama.

SACUDO la cabeza para borrar la memoria. No puedo pensar en esto


ahora. Este es el lugar equivocado, el momento equivocado. No puedo
permitir que esté aquí conmigo. No puedo.

SEIS AÑOS DE EDAD.


Estoy en el jardín. Encontré arcilla en los macizos de flores y la estoy
usando para hacer pequeños autos con los que puedo jugar. Los moldeo y
les doy forma. Helga, la mujer adusta que reemplazó a Nancy después de

66
Solo el Diablo Sabe
que ella tuvo que irse, se encuentra cerca con una mirada de desdén. A ella
nunca le gusta cuando trato de jugar con las cosas.
— El Dr. Harris no querrá que hagas eso. — Dice con su voz con
acento alemán. Sal de allí y lávate las manos antes de que te vea.
— ¡No! — Estoy siendo obstinado. Me estoy divirtiendo y no quiero
parar. — Prometo estar callado. ¡Solo quiero jugar!
— Se enfadará. — Me advierte.
No quiero que se enoje. Suceden cosas malas cuando se enoja.
Reflexivamente, miro hacia la ventana de su oficina, la que está en el
segundo piso sobre el jardín. Lo veo mirándome fijamente.
Es demasiado tarde. Me ha visto

— DETENTE. — Me susurro a mí mismo. — Para, para, para…


Contra toda razó n, todavía estoy duro como una roca y no puedo
soportar la presió n. Pienso en Wyatt y en la forma en que tiraba de sí
mismo, en la forma en que jadeaba, y es todo lo que puedo hacer para no
tomarme en la mano y masturbarme.
Cierro los ojos. La puerta está cerrada y no hay nadie alrededor. Tan
caliente como estoy, no tardaré mucho en llegar al clímax. No he sentido
esta necesidad desde que estaba en la pubertad.
¿Qué dolerá? Gen ha vuelto a la estación hasta más tarde. No hay
nadie más aquí.
No. Tengo que ejercer algo de autocontrol. Necesito ser el adulto
aquí, y necesito dominar mis sentimientos. Necesito estar a cargo de mi
cuerpo, no al revés.
Necesito tener el control.
Necesito control.
No puedo estar aquí por má s tiempo, no con Wyatt Pearson justo al
final del pasillo y mi cuerpo reaccionando a él con tanta fuerza. Agarro mi
abrigo y salgo de mi oficina, sin molestarme en cerrar la puerta detrá s de

67
Solo el Diablo Sabe
mí esta vez. Me cruzo con Jacob al salir del edificio y murmuro algo sobre
irme por el día. Como es sá bado y se supone que no debo estar aquí hoy
de todos modos, no dice nada. Solo sigo caminando.
Logro llegar a mi coche y me las arreglo para conducir unas pocas
millas antes de que la migrañ a golpee como un trueno. Me cuesta tanto
ver que me detengo y me estaciono al costado de la carretera. No hay
forma de que conduzca a ningú n lado. El dolor es demasiado. La luz duele.
El sonido es una tortura. Mi piel se siente como si estuviera demasiado
tirante.
No puedo volver al hospital y no puedo conducir. En cambio, opto
por acostarme en el asiento trasero de mi Vauxhall Crossland y tratar de
dormir. Trato de dormir y, lo que es má s importante, olvidar mi infancia.

68
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Diez
Gen

Una hora.
Parece que es lo má ximo que puedo estar lejos del Hospital Maperly.
Le dije a Nathaniel que volvería má s tarde esta noche, pero solo es
pasado el mediodía y ya estoy en camino. No puedo soportar la idea de
trabajar en mi oficina mal ventilada mientras un testigo de los crímenes
del Flagelador se sienta debajo de mis narices.
Este paciente podría ser la clave para desbloquear su identidad.
Agarro el volante con má s fuerza cuando salgo de la autopista. No
había sido mi intenció n empujar al chico y volverme un policía malo en su
trasero. Pero no he estado tan ansiosa en mis veintidó s añ os de servicio.
El lugar está aú n má s desierto que antes, y es curioso que el auto de
Nathaniel no esté. Todavía debería estar aquí. No es como si tuviera otro
lugar adonde ir. Es un adicto al trabajo total, como yo. Es parte de por qué
somos amigos: podemos compadecernos de nuestras vidas
autoimpuestas de ermitas.
Subo al piso donde se encuentra la oficina de Nathaniel, me
encuentro con Jacob, el cachas de ordenanza que trabaja aquí. Sale de la
habitació n de un paciente con una bandeja de comida vacía. Sonríe
cuando me ve.

69
Solo el Diablo Sabe
— ¡Ah! Inspectora. — Saluda. — No creí verte nuevamente tan
pronto.
La puerta de Nathaniel está abierta, lo cual es extrañ o. Siempre la
mantiene bajo llave, especialmente cuando hay archivos de pacientes en
su escritorio.
— Pensé que pasaría antes. ¿Dó nde está el doctor Harris?
— Se tomó el día. Dijo que no se sentía muy bien. Parecía tan blanco
como un fantasma cuando lo vi.
Eso es preocupante. — ¿Má s dolores de cabeza?
Jacob encoge sus hombros fornidos. Debe levantar pesas. Me
pregunto có mo se las arregla Nathaniel para trabajar al lado de este
apuesto joven. Sé exactamente cuá nto punto débil tiene para este tipo de...
osos, creo que los llaman.
Cualquier otra consulta es interrumpida por mi teléfono mó vil, que
suena en mi bolso. Me hago a un lado para responder y Jacob vuelve a sus
deberes. — ¿Hola?
— Hola, Gen.
Mi hermano. Debería haber mirado el identificador de llamadas
antes de contestar.
— Oh, hola, Steven. ¿Qué pasa? — Le pido disculpas a Jacob, quien
asiente y continú a alejá ndose.
Hay una breve vacilació n en la línea. Observo a una enfermera que
avanza por el pasillo con un carrito lleno de medicamentos. Supongo que
es má s fá cil solo dosificar a los pacientes que realmente tratar de
ayudarlos.
— Es mañ ana por la noche, ya sabes.
— Sí. Lo sé. — Respiro un suspiro, mi estó mago se contrae.
Mañ ana por la noche será el vigésimo aniversario de la muerte de
Andrew. Puedo pensar en cien cosas mejores para conmemorar, pero
ambos estamos atrapados en el día en que nos lo arrebataron y realmente

70
Solo el Diablo Sabe
no podemos seguir adelante. No sé por qué celebramos el aniversario.
Cada día es como el día que lo perdimos.
— Deberíamos reunirnos para cenar, creo. Levantar una copa por él,
ya sabes. Reservaré una mesa en Giani's.
Steven no ha sido el mismo desde que su ú nico hijo fue encontrado
muerto y mutilado má s allá del reconocimiento. La ú nica forma en que lo
identificamos fue por la marca de nacimiento de fresa en su mejilla con
hoyuelos. Hasta el día de hoy, todavía no se atreve a decir el nombre de
Andrew. Antes, mi hermano era un hombre fuerte y enérgico, un veterano
del ejército que nunca dejaba escapar su condició n física. Después de,
bueno... perder a su ú nico hijo, no le queda mucha energía. Aunque
todavía se mantiene en forma, solo para poder derribar al asesino una vez
que lo atrape. No tengo el corazó n para decirle que eso nunca sucederá .
Reglas de la policía. Pero al menos puedo prometer que lo confrontará
antes de que meta su lamentable trasero en la cá rcel.
— Sí, está bien. — Digo, ansiosa por terminar la conversació n. —
¿Mismo lugar, misma hora?
Nuestro pequeñ o y deprimente ritual familiar. Steven es mi ú nico
hermano, así que normalmente solo nosotros dos celebramos la muerte
de Andrew, desde que Margaret, mi cuñ ada, se suicidó después de
encontrar el cuerpo de Andrew.
— Sí. Perfecto. — Vuelve a hacer una pausa y luego dice: —
Entonces… nos vemos mañ ana. Seis en punto.
— Bien.
Cuelgo y meto el teléfono en mi bolso, y con él cualquier emoció n
que haya sacado a relucir la llamada. No tengo tiempo para tratar con
ellos en este momento. Tengo que encontrar al asesino.
Jacob vuelve a pasar y lo detengo. — Me gustaría hablar con el Sr.
Pearson a solas esta vez.
Parece poco convencido, pero después de un momento, dice: — Sí,
está bien.

71
Solo el Diablo Sabe
Me sorprende que esté de acuerdo tan fá cilmente, pero no voy a
discutir el asunto. Lo sigo por el pasillo que conduce a la celda a la que
han trasladado a Pearson, una sin ventanas que pueda perforar. En
cambio, hay una placa deslizante que Jacob empuja a un lado para mirar
dentro de la habitació n.
— Wyatt. — Llama. — Visitante. No seas un chico malo ahora, ¿eh?
Saca un pesado llavero de su bata y abre la puerta. Es viejo y
anticuado, ni siquiera está conectado al mecanismo de desbloqueo
automá tico que los guardias pueden operar desde sus escritorios. Parece
un lugar perfecto para mantener dentro a alguien asociado con El
Flagelador.
La celda es pequeñ a y gris, con paredes de piedra y una ú nica
bombilla desnuda que cuelga del techo. Hay un perió dico en el suelo, las
secciones esparcidas en un revoltijo. Puedo ver por el titular que es la
edició n de hoy. La historia trata sobre el ú ltimo asesinato del Flagelador.
Aparentemente, nuestro chico aquí quiere estar al tanto de las ú ltimas
hazañ as de su amigo.
La puerta se abre y Pearson se da vuelta con una expresió n ansiosa
en su rostro. Instantá neamente cambia a disgusto cuando me ve.
Claramente pensó que Nathaniel iba a regresar, y lo decepcioné
amargamente.
El paciente se aleja de mí y Jacob cierra la puerta con un sonido
metá lico.
— Sr. Pearson. — Asiento con la cabeza hacia él, explorando la
habitació n en busca de una silla. No encuentro ninguno, así que me paro
al lado de la puerta. Será má s fá cil alejarme de él si me ataca de nuevo. —
Señ or Pearson, míreme, ¿por favor? No te voy a lastimar.
Me ignora por completo. De hecho, levanta las piernas y se sienta en
la cama de espaldas a mí, de cara a la pared. Es un hombre delgado, muy
delgado, pero sé la fuerza que tiene. Dicen que la locura hace má s fuertes
a los hombres, y yo me lo creería, después de todo lo que he visto en este
trabajo.

72
Solo el Diablo Sabe
— Sr. Pearson, sabes por qué estoy aquí. Quiero hablar sobre El
Flagelador.
Sacude la cabeza, como si estuviera tratando incluso de mantener
sus oídos alejados de mí. Permanece en silencio, irritá ndome. Pero
mantengo la calma y me aseguro de seguir siendo completamente
profesional en el exterior, aunque solo quiero sacudir las respuestas del
chico.
— ¿Quién es él? — Pregunto en voz baja, encogiéndome ante una
pregunta tan estú pida. No es como si esperara que él nombrara al asesino.
Es algo que hay que preguntar.
Cuando no recibo respuesta, indago má s. — ¿Adó nde lleva a sus
víctimas para trabajar en ellas? ¿Trabaja solo en ellos? ¿Tú ayudas?
Me lanza una mirada entonces, una mirada burlona que lanza sobre
su hombro junto con una buena dosis de desprecio en sus ojos. Justo
cuando creo que podría decir algo, se vuelve hacia la pared, con los
hombros contraídos.
— ¿Por qué solo hablas cuando el Dr. Harris está aquí? ¿Confías en
él? — Hago una conjetura. — ¿Te recuerda a alguien? ¿O es simplemente
tu tipo?
Todavía me ignora. Decido ser un poco menos amigable.
— Sigues acercá ndote a él. ¿Qué pasa? ¿El Flagelador no te mantiene
satisfecho?
Wyatt golpea el colchó n y se para encima de la cama. Me está
mirando como si estuviera tratando de desear que muera, lo cual no tengo
ninguna duda de que probablemente sea así. A las víctimas no les suelo
gustar mucho. Casey dice que es porque los presiono demasiado. Pero si
he aprendido algo de todos estos añ os metiendo criminales en la cá rcel, es
que alguien tiene que ser el policía malo.
— Golpeé bastante cerca del hueso en eso, ¿no? — Doy un paso má s
cerca, prepará ndome para recibir su ataque. — Tal vez él está feliz de que
estés aquí. Tal vez esté por ahí buscando chico tras chico solo para

73
Solo el Diablo Sabe
desahogarse y no tener que estar contigo. ¿Crees que eso es todo? ¿Crees
que lo aburres, Wyatt?
Divide y conquistaras. Por lo general, funciona.
Pearson está claramente vibrando en su rabia. Sus ojos está n muy
abiertos, y sus dientes rechinan, y con él encaramado sobre el colchó n, es
una figura imponente. Sin embargo, me mantengo firme. Tengo que
pensar en Andrew y en todas las demá s víctimas.
— Está ahí fuera engañ á ndote, Wyatt. Há blame de él y haré que se
detenga. Le haré pagar por lastimarte.
É l jodidamente explota.
Gritando, viene hacia mí agitando los puñ os y yo retrocedo. La
puerta se abre casi de inmediato y Jacob entra corriendo.
Agarra a Wyatt con sus brazos grandes y musculosos y me grita: —
¡Fuera!
No lo tomo como algo personal. No hay tiempo para ser amable
cuando tienes un loco en tus manos. Salgo de la celda, dá ndole la espalda
a Wyatt, que prá cticamente está echando espuma por la boca y gritando
de forma ininteligible. Su estruendosa lista de improperios rebota en las
paredes y avanza por el pasillo, y los otros pacientes adquieren el há bito.
Es como cuando un bebé empieza a llorar, toda la guardería corea. Ahora
todo este piso está lleno de aullidos criminales dementes.
Sí. Mi trabajo aquí ha terminado, creo.
El chico obviamente no hablará sin la presencia de Nathaniel. Me
pregunto qué lo tiene tan apegado.
Molesta, entro en la oficina de Nathaniel y cierro la puerta. Reduce
todo el ruido, al menos lo suficiente como para poder hacer una llamada
telefó nica.
Marco el nú mero de Nathaniel, y suena y suena hasta que
finalmente contesta su correo de voz.
— Nathaniel. — Empiezo, y me sorprende que mi voz tiemble un
poco. — Agité las ratas en tu jaula. Lo lamento. Necesito obtener

74
Solo el Diablo Sabe
respuestas de Wyatt Pearson, y está muy claro que no hablará a menos
que estés conmigo. Necesito tu ayuda, compañ ero. Llá mame tan pronto
como recibas este mensaje. Es urgente que consigamos informació n ú til
de este tipo antes de que El Flagelador ataque de nuevo.
Cuelgo antes de darme cuenta de que debería haber dicho algo
sobre esperar que se sienta mejor. Siempre me olvido de preguntarle eso
a la gente. Demasiada mierda dando vueltas en mi cabeza.
Me quedo allí y escucho la cacofonía de todos los pacientes que
gritan y aú llan. Tomará horas lograr que se calmen. Tal vez para entonces
Nathaniel esté de vuelta en el trabajo y podamos intentarlo de nuevo con
el Sr. Pearson.

75
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Once
Wyatt

Jacob mantiene sus fuertes brazos a mi alrededor y me sostiene


contra su pecho. Me retuerzo y grito, tratando de alejarme de él. Necesito
llegar a esa policía y callarla de una vez por todas. Quiero matarla.
Todavía no he matado, y se supone que debo esperar a mi Señ or, pero
ahora mismo quiero bailar en su sangre.
Jacob me levanta y mi cuerpo golpea contra el colchó n,
inmovilizá ndome boca abajo. He estado en este tipo de posició n y sé qué
esperar. Habría sido un alivio si él hubiera venido a hacer esto antes de
que esa perra entrara y corriera la boca, pero no. Tenía que esperar hasta
ahora.
No quiero follar en este momento. Quiero matarla. Hay una voz
rugiendo obscenidades, y me doy cuenta de que es la mía.
A Jacob se le une otro ordenanza, me dan la vuelta y me atan a la
cama con correas de cuero. Mi polla salta y los apuñ ala, ansiosa y
necesitada, pero la ignoran y solo terminan de sujetarme por los tobillos y
las muñ ecas.
Entra un médico, pero no es el Dr. Harris. Es un anciano y parece
que debería oler a alcanfor. Huele a tabaco.

76
Solo el Diablo Sabe
— Sr. Pearson. — Dice. Suena como un imbécil condescendiente. —
Sr. Pearson, este comportamiento simplemente no funcionará . Debo
pedirte que te calmes antes de que nos veamos obligados a tomar
medidas má s extremas.
Me duele la garganta de tanto gritar y, aunque lucho contra las
ataduras, no puedo escapar. Me rindo y me quedo inmó vil, jadeando.
El médico sonríe. — Ese es un buen muchacho.
— ¡Malditamente no seas condescendiente! — Le escupo. — Solo…
no lo hagas. Por favor.
Parece desconcertado y má s que un poco desaprobador. Realmente
no me importa lo que él piense.
— Sr. Pearson, no estoy siendo condescendiente contigo.
Simplemente estoy tratando de ayudarte.
Todos dicen eso. Siempre está n tratando de ayudarte, hasta que no
los obedeces. O hasta que se aburran de lo jodido e incurable que eres.
Se sienta en el borde de la cama, el colchó n ya demasiado delgado se
aplana bajo su peso. Es un gordo, este doctor. Si mi Señ or lo hubiera
agarrado, podría hacerlo durar mucho tiempo. Puedes hacer mucho dañ o
a la grasa antes de que el cuerpo comience a fallar. Al menos eso es lo que
me dijeron. A mi Señ or no le gustan los chicos gordos. Supongo que
prefiere verlos sufrir má s rá pido.
El doctor me sonríe de nuevo. — Soy el Dr. Mosby. — Explica, su voz
todavía malditamente condescendiente. — Y me gustaría hablar contigo
sobre có mo terminaste aquí.
Me doy la vuelta. No quiero hablar con él.
— Fuiste ingresado, por orden del tribunal. Pero el oficial de la corte
que firmó los papeles no existe, ¿verdad? Se inclina má s cerca. — ¿Quién
llenó realmente ese papeleo?
É l no va a irse, lo puedo asegurar. Así que susurro: — Acércate.
Y el tonto lo hace.

77
Solo el Diablo Sabe
El Dr. Mosby se inclina, su oído a centímetros de mi boca. — ¿Qué
quieres decir, sr. Pearson? ¿Quién te metió aquí?
Me levanto y agarro su oreja con mis dientes, rasgando y
desgarrando. É l aú lla y se aleja, lo que significa que es su culpa cuando se
le sale el ló bulo. Le escupo el trozo carnoso y grito como un alma en pena,
tan fuerte como puedo.
El médico se tapa la oreja sangrante con las manos y sale corriendo
de la habitació n. Jacob mira a la puerta, luego a mí, claramente sin saber
qué hacer. Le escupo una gota de saliva teñ ida de escarlata y la expresió n
de su rostro es tan graciosa que no puedo evitar reírme.
Y reír.
Y reír.
Jacob niega con la cabeza y sigue al médico al pasillo. Hay una
conmoció n mientras él se queja a las enfermeras sobre su oído,
acusá ndome de ser peligroso y fuera de control, ordenando algú n tipo de
sedante u otro. No voy a dejar que me droguen.
Las ataduras que usan son estrictamente para aficionados, y puedo
librarme de ellas. Me he escapado de ataduras má s difíciles solo por
diversió n. Doblo mis manos hacia arriba lo má s pequeñ o que puedo, y mis
pulgares bien entrenados se descoyuntan lo suficiente como para dejarme
escapar de las muñ equeras. Después de eso, coloco mis pulgares en su
lugar y desabrocho el cuero alrededor de mis tobillos.
Las sillas atornilladas todavía está n en la habitació n, pero si las
rompo, se las llevará n, y entonces el Dr. Harris no tendrá dó nde sentarse
cuando venga de visita. Decido que voy a usar mi ropa de cama en su
lugar. Sin embargo, no hay sá banas, porque con razó n temen que pueda
usarlas para hacer una cuerda. La ú nica diferencia es que no tengo
intenció n de ahorcarme.
Jacob vuelve a entrar, con los ojos muy abiertos. Tiene una jeringa
en una mano y un pequeñ o bate patético en la otra. Es como del tipo que
usan en las calles secundarias para dejar inconsciente a alguien y tomar
su dinero. Tuve uno igual. Pero lo usé para golpear a los amigos
violadores de mi padre adoptivo.

78
Solo el Diablo Sabe
— Eres malo, ¿no? — Pregunta, acercá ndose a mí lentamente.
Niego con la cabeza. — No.
— Mordiste a ese tipo como si fuera un trozo de tocino.
— Se lo merecía. — Le hago un puchero. Aunque eres mi amigo.
Nunca te mordería.
No parece convencido. Me pongo a cuatro patas y me arrastro hacia
él.
— Atrá s. — Dice, blandiendo su pequeñ o garrote.
— Me trajiste un perió dico. — Le digo. — Déjame agradecerte.
Necesito que siga siendo mi amigo. Necesito que me siga trayendo
perió dicos y que le diga al Dr. Harris que me he portado muy bien hoy.
Tengo que tenerlo de mi lado.
Sé lo que tengo que hacer.
— ¿Agradecerme có mo? — Pregunta, su tono sospechoso, las cejas
ligeramente arqueadas.
Sonrío y me arrastro má s cerca. Lo que tengo en mente será
perfecto para mantener a Jacob de mi lado, y podría enfurecer a Max, por
lo que es beneficioso para todos. Jacob retrocede, y sigo acercá ndome, y
pronto está de pie con la espalda contra la puerta. Está bloqueando la
entrada de cualquier otra persona, el gran patá n, y ni siquiera sabe que lo
está haciendo. Aú n mejor, sin ventanas en esta habitació n, tendremos una
privacidad perfecta.
Me acerco y pongo mis manos en sus espinillas. Sus piernas son
firmes y musculosas, como las de un corredor. El mú sculo es má s duro
que la grasa. Má s sexy. Má s resistente al latigazo.
— ¿Qué está s haciendo, muchacho tonto? Quítate de encima de mí.
Paso mis manos por sus piernas, primero la izquierda, luego la
derecha. Mano izquierda en la rodilla, mano derecha en el muslo. Estoy
trepando por su cuerpo, y él me deja. Debe saber lo que tengo en mente, y
no ha llamado a nadie para que lo ayude a detenerme, así que creo que
quiere lo que le voy a ofrecer.

79
Solo el Diablo Sabe
Mi señ or dice que podría chupar una pelota de ping-ping a través de
una manguera de jardín.
Ya está medio duro cuando llego. Su sudor apesta a través de la tela
de su bata. Presiono mi rostro contra su entrepierna, respirando
profundamente su hedor masculino. Algunos hombres huelen a limpio,
otros huelen a sal. Jacob huele un poco a queso, o tal vez a salchicha. De
cualquier manera, tengo hambre.
É l me mira, y sus ojos está n muy abiertos. Está muerto de miedo.
Agarro la cintura de su uniforme y tiro hacia abajo.
Es todo lo que puedo hacer para no reírme.
No es que sea de mal tamañ o, porque es bastante promedio. No es
que esté sucio, aunque eso estaría bien. Es porque lleva los calzoncillos
con lunares má s ridículos que he visto en mi vida. Mi Señ or estaría tan
ofendido por estas cosas. Son un crimen terrible desde una perspectiva
artística.
Ellos tienen que irse.
Agarro los calzoncillos con los dientes y los rasgo. Jadea,
probablemente recordando la oreja del médico y dá ndose cuenta de lo
cerca que está de perder algo que realmente quiere conservar. Le sonrío,
tratando de mostrarle que todo está bien, y él gime.
Muñ eca.
Está temblando y tiene sudor en la frente. El hedor del miedo está a
su alrededor. Lo miro de nuevo, tratando de parecer dulce, usando mis
pestañ as y mis ojos de la manera que a Max siempre le gusta. Nunca me lo
dice, pero sé que ama mis ojos.
Tomo la polla de Jacob entre mis labios y capturo solo la punta,
haciéndole saber que ya no tiene el control. Agarra la puerta con las
manos, sin tratar de detenerme. Sé que no quiere que esto acabe antes de
correrse.
Yo tampoco.

80
Solo el Diablo Sabe
Chupo la cabeza hinchada, pasando mi lengua sobre la hendidura y
frotando la cicatriz de la circuncisió n debajo. Su aliento sale a toda prisa, y
le sonrío, todavía succionando. Me está mirando, y ahora el miedo no es
tan grande como el deseo, y se está poniendo má s duro dentro de mi boca.
Buen chico, Wyatt.
La voz de mi señ or está en mi cabeza y me excita. Tomo otra
pulgada, extendiendo mi lengua para poder lamer la parte inferior
mientras la primera parte desaparece en el agujero caliente de mi boca.
Está llorando presemen como un adolescente, y es salado y un poco dulce,
pero con un sabor amargo debajo.
Dejo de ser lento y lo trago de un gran trago, dejando que el
terciopelo caliente de su carne se extienda hasta mi garganta. Me
atraganto a su alrededor, y él se sacude, su respiració n sale rá pidamente.
No estoy respirando mucho en este momento, pero está bien. No siempre
me gusta respirar, especialmente durante el sexo. Es agradable marearse
por la falta de oxígeno mientras estoy chupando una polla. Así es como
disfruto de mi trabajo.
La mano de Jacob se extiende y agarra mi cabello. Me sostiene en su
eje, asfixiá ndome má s, y me encanta. Me libero de mis joggies y acaricio
mi polla. Subo y bajo sobre su pene, mis labios apretados alrededor de su
carne ardiente, y puedo decir que se está acercando. Puedo saborearlo.
Tiene un fusible muy corto. Max nunca se correría tan rá pido. Se va
a volver loco antes de que me acerque a mi propio orgasmo. Eso no es
muy caballeroso de su parte. Tiene suerte de ser mi amigo, o de lo
contrario definitivamente le daría un mordisco.
Sé lo que tengo que hacer. Disminuyo la velocidad de mi balanceo,
pero acelero mi mano. Mis bolas se aprietan cuando me acerco a mi
orgasmo, acercá ndome y reduciendo el placer de Jacob al mismo tiempo.
Todo es cuestió n de equilibrio, ¿verdad?
Deja escapar un resoplido de frustració n y aprieta su agarre en mi
cabello. Lamo la hendidura que corona la punta de su polla y le sonrío.
Por una vez, tengo el control total y me encanta. Se correrá cuando yo lo
decida, no al revés, como suele ordenarme mi Señ or.

81
Solo el Diablo Sabe
Deslizo un dedo hacia abajo y masajeo mi mancha, luego empujo un
poco má s. Mi dedo me abre una brecha en la forma en que desearía que
mi Señ or estuviera aquí para hacerlo, y eso ayuda. Me excito má s y estoy
tan cerca que decido dejar que Jacob se divierta un poco má s. Dejo que
empuje mi cabeza contra su polla, y mientras se entierra en mi garganta,
meto mis cuatro dedos en mi culo. La sacudida de dolor es justo lo que
necesito, y luego salgo a borbotones sobre las zapatillas deportivas de
Jacob y el suelo de hormigó n gris.
Jacob se masturba una vez, y luego su semen lava la parte posterior
de mi garganta. Trago saliva y él dispara una vez má s, un pequeñ o
chapoteo para ir con el anterior. Me alejo y me tumbo, sin aliento, con las
mejillas calientes, y saco los dedos de mi trasero. Me mira fijamente y no
puedo leer completamente su expresió n, pero puedo entender la mayor
parte de ella.
A partir de este momento, tenemos un acuerdo.
— Trá eme… trá eme má s perió dicos. — Le digo sin aliento. — Y te la
chuparé cada vez. Y no me ates, y no dejes que otras personas entren aquí,
excepto el Dr. Harris. — Sonrío. — ¿Trato?
El rostro de Jacob está sonrojado y sus pupilas todavía está n
inflamadas por su orgasmo. Parece bien jodido, y yo apenas hice nada.
— Trato.

82
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Doce
Max

Sé que es hora de matar cuando me da otro dolor de cabeza.


Esta noche es esa noche.
Asintiendo al barman, tomo mi cerveza y me doy la vuelta,
presionando mi espalda contra la barra pegajosa. Mi camisa azul marino
se pega a mi cuerpo por el calor. Me arremangué y desabroché la parte
superior, pero apenas hace una diferencia.
Miro alrededor del bullicioso club nocturno, buscando mi pró ximo
objetivo. Quiero algo diferente esta vez. No es mi chico de alquiler
habitual. Esta será mi vigésima primera muerte, la misma edad que mi
cerdito, Wyatt. Su cumpleañ os es la pró xima semana, el día de la
inauguració n de la galería. Llá mame sentimental, pero quiero marcar la
ocasió n con algo especial.
Tomo un trago de mi bebida. Solo llevo aquí cinco minutos, y ya hay
un tipo mirá ndome al final de la barra. Lo ignoro. No estoy interesado en
este tipo, ni en ninguno de sus amigos. Son demasiado viejos. Demasiados
tatuajes. Quiero ser el que marque su piel, no un idiota en la parte trasera
de un saló n de mierda.
Ademá s, no pinto con tinta. Pinto con sangre.

83
Solo el Diablo Sabe
Entreno mi mirada en la pista de baile empalagosa con colonia
barata y cuerpos sudorosos. Hay una pareja que llama inmediatamente mi
atenció n. A las dos, al lado de la cabina del DJ. Los observo bailar, sus
cuerpos á giles moviéndose con la mú sica. El twink de cabello rubio me
pilla mirá ndolo y me guiñ a un ojo. Su novio se inclina y deja un rastro de
besos a lo largo de su cuello; es tan delgado que podría partirlo por la
mitad.
Levanto mi bebida hacia ellos y les doy mi má s cá lida de las
sonrisas. El twink toca a su novio en el hombro. É l mira hacia arriba, sus
rasgos sonrosados por el calor sofocante, y sonríe. Estoy ansioso por
saber si alguno de ellos tiene los ojos que busco. El hermoso tipo azul que
recuerdo tan profundamente de mi infancia. Debe haber una persona en
este pozo negro que coincida con mi descripció n.
Continú o mi lectura de la joven pareja. Se muelen mientras suena
una canció n má s animada. Me lanzan una mirada ocasional y un guiñ o
descarado, invitá ndome a unirme a ellos en el suelo. Rechazo cortésmente
y niego con la cabeza, dá ndoles otra sonrisa falsa.
Si tan solo supieran lo que tengo reservado para ellos esta noche.
Deben ser bailarines profesionales a juzgar por la forma en que se
mueven. Es cierto que estoy paralizado mientras los veo mover los brazos
y las caderas. Las luces intermitentes pintan su tez de una miríada de
colores, azul, verde, rojo, todos ellos igualmente tentadores.
Todos ellos recordá ndome lo hermosos que será n una vez que los
haya transformado.
Me quedo donde estoy hasta que el camarero anuncia los ú ltimos
pedidos. La mú sica muere, y la pareja se abre paso entre la multitud y se
acerca a mí. Twink Rubio muestra una sonrisa lobuna, mirá ndome
descaradamente, y su novio ordena una ronda de bebidas.
Se vuelve hacia mí, sus ojos son de un marró n decepcionante. —
¿Chupito?
— Sambuca. — Digo, fijando mi atenció n en su delicioso novio.

84
Solo el Diablo Sabe
Los ojos de este son azules, justo como esperaba. Y las pupilas
dilatadas por las drogas. Perfecto.
— ¿Qué vas a hacer esta noche, cariñ o? — Pregunta, apoyá ndose en
la barra, con la ropa pegada a él. Deliberadamente mira mi ingle y
humedece sus labios. — ¿Te apetece venir al nuestro para divertirte un
poco?
Levanta la mirada hacia mí.
— Todo depende de lo que entiendas por diversió n. — Guiñ o,
bebiendo lo ú ltimo de mi cerveza. — No tengo mucho tiempo. Sin
embargo, hay un lugar no muy lejos de aquí. Oscuro. Privado. Discreto.
Solo si a ambos les gusta ese tipo de cosas. No todo el mundo es kinky
como yo.
La cara del chico se ilumina. — Mierda, sí. Nos encanta esa mierda,
¿no es así, Dan?
Se gira para susurrarle al oído a su novio, que me pasa un trago de
alcohol.
Tomamos los tragos juntos, golpeamos los vasos en la barra y nos
vamos. Me estremezco cuando el twink agarra mi mano cuando los llevo
por la calle adoquinada hacia el cementerio. Elegí específicamente este
lugar para que él lo encuentre en su camino a casa desde el hospital. Son
las pequeñ as cosas las que hacen que mi trabajo sea aú n má s
emocionante.
— Entonces, ¿dó nde está este lugar misterioso? — Pregunta el
chico, tomando también la mano de su novio. Su palma está sudorosa, sus
mejillas sonrojadas, pero sus ojos aú n está n muy abiertos, tan fascinantes
y tentadores.
Les doy una sonrisa genuina esta vez. — Oh, a só lo un par de
minutos de distancia. Creo que a ambos les encantará .

85
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Trece
Nathaniel

Estoy rígido y dolorido cuando me despierto, una consecuencia de


dormir en una mala posició n, supongo. Me duele el hombro casi tanto
como la cabeza cuando vuelvo a subir al asiento delantero y enciendo el
motor. Se oscureció mientras dormía y está empezando a llover. Los
limpiaparabrisas producen un golpe rítmico que me recuerda los latidos
del corazó n. Segú n el tablero, acaban de pasar las tres de la mañ ana.
Me dirijo a mi apartamento, listo para volver a la cama. Realmente
debo llamar a mi médico pronto. Estos dolores de cabeza y la agitació n
que está n causando está n incidiendo demasiado en mi vida y habrá que
ocuparse de ellos. No puedo evitarlo por má s tiempo. Tengo miedo de lo
que me dirá n, pero sinceramente, sería peor dejarlo sin tratamiento, sea
lo que sea.
Giro por el camino sombreado que conduce a mi edificio. Hay un
cementerio a la izquierda, y hay algo tirado en el suelo contra la valla de
hierro forjado. A medida que me acerco, me doy cuenta de que estoy
mirando a dos hombres sobre sus manos y rodillas, uno encima del otro.
Ambos está n vestidos con ropa de colores brillantes. No puedo creer lo
que estoy viendo. Sé que a algunas personas les gusta tener sexo en los
cementerios, pero ¿contra la cerca? Eso es extrañ o y ciertamente no es lo
má s có modo.

86
Solo el Diablo Sabe
Me acerco y no se mueven. Lo que pensé que era ropa brillante en
realidad es pintura y sangre.
Pintura y sangre. Jesú s.
El Flagelador.
Tiene que ser.
Pero nunca he oído hablar de él matando a dos a la vez. Al igual que
Jack el Destripador, tuvo un Evento Doble y acabo de encontrar a las
víctimas.
Me detengo a un lado de la carretera y me acerco vacilante a las
víctimas. Las gotas de lluvia salpican suavemente mi cara. No se puede
negar que el chico de arriba está muerto. Aun así, su polla ha sido
insertada en el culo del chico de abajo, y la brutalidad primaria de eso me
golpea con fuerza. Pero no me hace sentir disgustado u horrorizado.
Me enciende. Mi polla se endurece cuanto má s los miro.
Me inclino má s cerca. El niñ o en la parte inferior está vivo, pero en
pésima forma. É l exhala, á spero, y el sonido es como un gemido sexual
que envía una sacudida entre mis piernas. Abre un ojo azul vibrante, el
ú nico que le queda, y me mira. Suplicando. Jadeando en sus ú ltimos
alientos.
É l gime de nuevo, y ahora estoy completamente duro.
Quiero tocarlos.
¿Por qué quiero tocarlos?
Quiero que los dos follen delante de mí.
¿Por qué diablos querría eso?
Quiero escuchar sus sonidos y oler su esperma cuando se corran.
¿Me he vuelto loco?
Tal vez sí, y recién ahora lo estoy viendo, porque ni siquiera me
estoy molestando en ayudarlo. No, no. Estoy demasiado hipnotizado por
la pintura amarilla que se filtra en su sangre. Supongo que esto es todo, el

87
Solo el Diablo Sabe
episodio final de descompensació n. Primero me aprovecho de mi paciente
enfermo y ahora quiero follarme a un moribundo.
Estoy mental y físicamente exhausto. Este ya no soy yo. Algo oscuro
se ha apoderado de mi cuerpo y me ha arrojado a una madriguera de
conejo. Solo que he caído tan bajo que no puedo encontrar el camino de
regreso.
El ojo del niñ o todavía está en mí, y está silenciosamente
aterrorizado.
Debería llamar a alguien. Debería sacar al hombre muerto de su culo
y de su espalda. Darle al chico algo de dignidad mientras muere, por el
amor de Dios.
Pero no lo hago.
No estoy pensando con claridad. Solo reacciono.
Me desabrocho los pantalones y dejo que mi erecció n se libere. Se
balancea en el aire fresco frente a la cara del niñ o, y cierra el ojo con un
sollozo ahogado. Se acaba de dar cuenta de que no voy a ayudarlo. Voy a
verlo morir.
Eso no es todo lo que voy a hacer.
La necesidad es demasiado fuerte para negarla, enroscá ndose en mí
como una serpiente, llevá ndome a la depravació n de la que nunca supe
que era capaz. Observo su atractivo rostro, observo la sangre burbujear
de su nariz con cada aliento torturado, y me tomo en mi mano. Quiero que
viva un poco má s, porque su sufrimiento es hermoso.
Me imagino có mo sería estar literalmente bajo un peso muerto, una
polla sin vida enterrada en mi trasero. El pensamiento me excita má s de
lo que debería, pero la emoció n es embriagadora. Sé que no debería estar
haciendo esto. Parece que no puedo parar. La fricció n de mi mano
acariciando mi eje y el raspado á spero que ha adquirido la respiració n del
chico está n conspirando para encerrar a mi yo superior. Ahora soy todo
instinto, todo reacció n, necesidad y oscuridad.
Estoy tan cerca ya. Aprieto mis bolas con una mano, haciéndolas
rodar entre mis dedos y aumento la velocidad en mi pene con la otra. Mi

88
Solo el Diablo Sabe
respiració n es tan irregular como la del chico, y quiero que me mire.
Quiero que ese ojo azul esté clavado en mí otra vez.
— Mírame. — Ordeno sin aliento. É l no responde. — ¡Mírame!
Vuelve a abrir el ojo y la mirada que me lanza está llena de odio y
despecho. Hace que el placer sea mucho mayor, sabiendo que me detesta
pero que no puede hacer nada al respecto, empalado como está por una
polla muerta, acostado sobre su estó mago destrozado sobre la hierba
mojada.
— ¿Me odias? — Respiro, mi voz un susurro excitado.
É l no responde. Má s espuma sanguinolenta sale de su nariz y hace
un sonido de traqueteo. Se está muriendo, y el ruido es lo que necesito
para excitarme. Me corro duro, disparando mi carga sobre él y su amante
muerto. Sigo acariciando, apretando, sacando cada gota. El ú ltimo chorro
cae sobre mi mano y lo limpio en su cabello, marcá ndolo como mío, mis
movimientos son lentos como si estuviera en un sueñ o. O una pesadilla
embriagadora.
Tan pronto como lo toco, me doy cuenta de que está muerto, y mi
conciencia regresa con un chasquido. Tropiezo hacia atrá s, horrorizado.
¿Qué estoy haciendo? Dios mío... Dios mío...
Salto a mi auto y presiono el acelerador, sin molestarme en
limpiarme la mano o subirme el cierre de los pantalones. Conduzco má s
allá de mi edificio y entro en el estacionamiento, una tienda de
conveniencia que está cerrada por la noche. No hay nadie alrededor.
Estoy temblando tanto que apenas puedo moverme. La vergü enza
me inunda, y las lá grimas queman mis ojos. El Dr. Franklin Harris no cría
pervertidos, diría mi padre.
Oh, Padre... sí, lo hiciste. Soy exactamente lo que temías.
Rompo en sollozos entrecortados, mi cabeza contra el volante. ¿Qué
me está pasando? ¿Estoy perdiendo la cabeza? No hay excusa para lo que
acabo de hacer. He contaminado la escena de un crimen y, lo que es peor,
he dejado atrá s mi propio ADN. ¿Qué estaba pensando?

89
Solo el Diablo Sabe
Sin valor. Bueno para nada. Voluntad débil. No eres hijo mío.
La voz de mi padre suena en mi cabeza. Aprieto los ojos y golpeo la
cabeza contra el volante, pero no puedo callarme.
¿Es esto realmente lo que quieres ser?
Me siento frío hasta la médula, conmocionado y desesperado.
Necesito hacer algo. No sé qué, pero tengo que hacer algo. Necesito
ocultar lo que he hecho, y necesito lavar mi semen de esos pobres
muchachos. Necesito…
Necesito volver y masturbarme con él otra vez.
Golpeé mis puñ os en mis muslos. Habrá moretones por la mañ ana,
pero no me importa. Merezco moretones. Merezco todo tipo de castigo.
Soy una decepció n.
Qué decepción, Nathaniel.
Los cielos se abren con un relá mpago y un trueno ruge en lo alto. La
lluvia cae a cá ntaros, empapando mi auto y todo en la ciudad. Es como la
respuesta a una oració n de culpa: la lluvia limpiará los cuerpos de mi
semen y no habrá nada que me vincule a la escena.
Es un golpe de suerte que no merezco.
Me limpio la mano y me vuelvo a meter en los pantalones antes de
volver a mi apartamento. Estaciono el auto y me apresuro a llegar a mi
puerta, con miedo de encontrarme con los vecinos. Nadie está despierto a
esta hora de la noche, así que nadie me ve. Entro en mi piso y azoto la
puerta.
Nunca vi ningún uso para ti.
Es como si mi padre estuviera aquí. Está en mi cabeza, hablá ndome
como si estuviera conmigo en este momento actual, juzgá ndome.
Juzgarme por lo que he hecho.
Juzgando tus pecados.
— Para.

90
Solo el Diablo Sabe
Criatura repugnante. Nunca serás un ser humano decente. Eras una
mala semilla. No hay bondad en ti. Monstruo.
Veo mi reflejo en el cristal pulido de un jarró n antiguo que mi padre
me dejó llevar del dormitorio de mi madre. No puedo soportar la vista.
Pequeña bestia repugnante, su voz se burla de mí. Totalmente inútil.
Nunca serás más que una nota a pie de página en este mundo, si es que
alguna vez lo eres.
— Cá llate.
No eres digno de ser mi hijo.
— ¡Cá llate!
Pervertido.
— ¡CALLATE!
Agarro el jarró n y lo golpeo contra la pared. El vidrio corta mi mano,
cavando profundamente, pero no siento el dolor. Apenas siento el hilo
caliente de sangre que corre por mi piel.
Suena mi teléfono mó vil y me quedo allí, sangrando. no lo voy a
contestar. He tenido suficientes voces por una noche.
Empiezo a llorar de nuevo, avergonzado, asqueado y tan destrozado
como el jarró n que yace hecho pedazos a mis pies. Me arrodillo y empiezo
a recoger el vidrio roto, mi sangre lo pinta de carmesí.
Algo dentro de mí se tuerce hacia los lados, y de repente me veo a
mí mismo desde afuera. Veo la forma en que estoy arrodillado, encorvado
sobre los restos de mi ú nica herencia de mi madre. Veo la mancha oscura
donde limpié mi semen en mis pantalones. Veo la forma en que estoy
despeinado y sonrojado, y no sé có mo está sucediendo esto. Es como si
me viera a mí mismo a través de los ojos de otra persona.
Estado disociativo, mi mente ofrece voluntariamente,
diagnosticá ndome clínicamente. Trauma psíquico.
Lo estoy perdiendo. Sé quién soy. Incluso los médicos se rompen de
vez en cuando.

91
Solo el Diablo Sabe
Me siento y sostengo las piezas rotas en mi mano, sin moverme
hasta que pueda dejar de lloriquear y volver a ponerme de pie. Estoy
furioso conmigo mismo por mi depravació n, por mi debilidad, y tengo que
estar de acuerdo con la voz incorpó rea de mi padre. Soy inú til. Un
pervertido. Una mala semilla. No merezco estar vivo.
Me levanto, arrojo el jarró n a la papelera de la cocina y abro los
grifos. El vapor sube para humedecerme la cara y paso la mano bajo el
agua. El calor hace que la sangre fluya má s libremente, pero eso eliminará
cualquier pequeñ o trozo de vidrio que pueda haberse metido en la piel.
Saco mi teléfono de mi bolsillo y miro para ver quién me llamó . Era
Gen, y me dejó un mensaje. Escucho mientras me remojo la mano.
El buzó n de voz de Gen suena urgente. Agarro el teléfono en mi
mano libre y me inclino sobre el fregadero de la cocina, permitiendo que
los vapores del agua se enrosquen alrededor de mi cara. Los respiro
profundamente, cierro los ojos y trato de calmar los latidos de mi corazó n
acelerado.
Mi palma herida palpita donde el jarró n cortó . Abro los ojos y miro
la herida. Es curioso có mo me recuerda a Wyatt y cuando vendé su herida,
lo sedosa que se sentía su piel, lo delicioso que olía a mi lado.
No, suficiente de eso. Contrólate, Nathaniel, o terminarás encerrado
junto a él.
Obligo a los chicos del cementerio a salir de mi mente. Me obligo a
dejar de pensar en mi padre. No tengo tiempo para esto. Hay cosas que
necesito hacer, y necesito recuperar el control, si puedo.
Emociones apagadas.
Mente clínica encendida.
Debo ser el Dr. Nathaniel Harris, un profesional de la salud mental,
de nuevo. El monstruo que he sido hasta ahora esta noche es un completo
misterio para mí, pero habrá tiempo para considerarlo má s tarde. Tengo
trabajo que hacer. Y nadie sabe qué pecado acabo de cometer.
Cierro los grifos y me inclino bajo el fregadero. Tomando el pequeñ o
botiquín de primeros auxilios del armario, desinfecto mi herida y

92
Solo el Diablo Sabe
envuelvo una venda alrededor de mi mano. Gen sonaba desesperada en
su correo de voz. Debería volver y ver qué ha pasado desde que me fui.
Wyatt es mi paciente. Puede que tenga las respuestas que Gen
necesita para localizar al Flagelador, pero también es un niñ o enfermo
que necesita mi ayuda. Su dependencia de este asesino en serie es un caso
clá sico del Síndrome de Estocolmo. Lo peor que podría hacer ahora
mismo es polarizar al chico. No creerá nada negativo que tenga que decir
sobre su abusador. Es el héroe de Wyatt. Dios sabe cuá nto tiempo ha
pasado El Flagelador condicionando a Wyatt para que lo adore.
Necesito sacarlo de este encarcelamiento mental. Esa es mi ú nica
prioridad. Mi trabajo. Wyatt Pearson es mi paciente, nada má s y nada
menos. Debería llevar un chaperó n conmigo cada vez que trabaje con él
de ahora en adelante. Esperemos que haya uno en espera; el hospital
suele tener poco personal, pero tener a alguien allí me impedirá hacer
algo drá stico nuevamente. No tengo idea de lo que soy capaz después de
esta noche.
Con mi mano ahora vendada, me pongo un par de pantalones
limpios, tomo el paquete de Amazon de la mesa de la cocina y conduzco
de regreso al trabajo. De camino hacia allí, llamo y le doy una pista
anó nima a la policía sobre los cuerpos del Flagelador. Es lo menos que
puedo hacer.

93
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Catorce
Nathaniel

— ¿No ha dicho una sola palabra?


Jacob niega con la cabeza hacia mí, su rostro un poco sonrojado. —
Ni un pío. Me tomó un tiempo, err, calmar al muchacho una vez que el Dr.
Mosby se fue. No recomendaría que reciba otra visita pronto. No hasta
que le pongamos algú n medicamento.
Jacob se pasa una mano grande por el cabello hú medo y
desordenado. Mechones sueltos caen sobre sus ojos abatidos, dá ndole un
aspecto tosco. Debe haberse duchado en el vestuario del personal. Puedo
oler el jabó n de menta que usó para frotar su cuerpo, y se me hace agua la
boca. No es raro que el personal se duche antes o después del trabajo.
¿Pero durante su turno? Es la primera vez que veo eso.
— Ya es hora de que empecemos con el tratamiento de todos
modos. —Observo, tragando la lujuria que se acumula en mi garganta. —
Hazle saber a la inspectora que estoy de regreso en el trabajo, pero bajo
ninguna circunstancia debe visitar a Pearson nuevamente. En primer
lugar, no deberían haberle dado acceso sin mi permiso.
Jacob se inquieta bajo mi mirada. — Lo siento, doctor. Solo pensé
que estaba exenta porque es la Inspectora en Jefe. No volveré a cometer
ese error.

94
Solo el Diablo Sabe
— Bien. — Digo, mi voz entrecortada. — Iré a ver si el señ or
Pearson se ha calmado.
Dejo a Jacob y sigo por el pasillo. Es tarde y muchos de los pacientes
han tomado sus pastillas para dormir, así que el aire está tranquilo
mientras camino. La habitació n de Wyatt debe estar ubicada en el otro
extremo. Es el lugar donde se suele mantener a los pacientes inestables
hasta que termina su episodio.
Llamar a su puerta no tiene sentido, pero lo hago de todos modos. É l
no dice nada. Meto la llave en la cerradura y abro la puerta. Cuando entro,
encuentro a Wyatt hecho un ovillo en su cama, de espaldas a mí. Me
debato sobre si debo o no despertarlo. Nunca antes había sentido este
tipo de agotamiento, esta fragmentació n mental, y probablemente debería
dormir una siesta en mi oficina. Pero el mensaje de voz urgente de Gen
suena en mi cabeza, y me inclino para tocar a Wyatt en el hombro.
Sus hermosos ojos azules se abren lentamente. Se ensanchan al
verme, y él toma aire. — ¿Doc…tor?
— Siento despertarlo, señ or Pearson. Me preguntaba si podrías
ayudarme con algo.
— ¿Ayudarte? — Wyatt susurra, su voz ronca. — Regresaste.
— Lo hice. ¿Crees que podrías ayudarme ahora?
Se endereza en la cama y se limpia los ojos, asintiendo. Me doy la
vuelta y me acomodo en la silla enraizada junto a la ventana. Dejo el
paquete en mi regazo y espero a que hable. No lo hace, así que lo sondeo.
— La persona con la que está s conectado es un asesino. Sé que eres
consciente de eso, Wyatt, y sé que has visto lo que le hace a la gente
inocente. ¿Puedes decirme adó nde lleva a los chicos que transforma?
Wyatt piensa por un momento, sus mejillas ligeramente sonrojadas.
— No tengo permitido decírselo a nadie. Es un secreto.
— Entiendo eso. Pero lo que yo quería era conocerlo. ¿Crees que
podrías llevarme allí?
Duda antes de negar con la cabeza.

95
Solo el Diablo Sabe
— ¿Dó nde vivías cuando estabas con él, Wyatt?
— Yo vivía en su casa. ¿Por qué?
— Bueno, ¿y si, cuando te sientas mejor, quisiera pasar tiempo a
solas contigo? ¿Dó nde iríamos?
Se le iluminan los ojos y respira hondo. — ¿Quieres decir... quieres
decir que quieres estar conmigo, señ or?
No lo regañ o por llamarme así. En cambio, sigo adelante,
desesperado por obtener respuestas. Por una pista. — Si lo hiciera,
¿adó nde me llevarías?
Se queda en silencio por un momento y mira hacia su regazo,
sumido en sus pensamientos. Puedo ver los pensamientos corriendo en su
cerebro. Está tratando de averiguar si esto es una trampa o no. Lo es, y lo
observo ansiosamente, como un depredador cazando a su presa.
Wyatt se encoge de hombros. — Realmente no tengo un hogar. Crecí
en un hogar de acogida, y el ú ltimo lugar era una jodida broma.
Me mira y tiene lá grimas en los ojos. He visto esta expresió n antes.
Su infancia debe haber sido un lugar horrible.
— Mi Señ or me ayudó a escapar. Me alejó de ese director y su
familia enferma. Al principio, pensé que solo quería que se la chupara
como los amigos del director, pero luego me llevó a su casa y me dijo que
si era bueno, me daría el mundo entero.
— ¿Qué má s te prometió ?
— Dijo que yo podía ser su obra maestra. Una vez que mi Señ or
termine su trabajo, dijo que ya no sentiría dolor. Estaría con mi verdadera
mamá y mi papá , en el cielo, esperá ndolo, y nadie en esta tierra nos
detendría.
Mi estó mago se aprieta. — ¿Así que planeó matarte, convertirte en
su obra maestra?
É l asiente distraídamente, su mirada distante. Soñ ador. — É l lo hizo.
Quería ser la pieza final de mi Señ or. Quería estar con mis padres. Pero el

96
Solo el Diablo Sabe
plan ha cambiado, y pronto estaré con mi Señ or otra vez. Eso es todo lo
que quiero. Todo lo que necesito. Me encanta.
— ¿Está s seguro de que no amas las cadenas que te atan a él?
Esto lo pilla desprevenido y se aleja. — Si eso es cierto, entonces son
las cadenas má s hermosas que he visto.
Miro el paquete y de nuevo a Wyatt. Una pena dolorosa se hincha
dentro de mí. Siempre me siento terriblemente apenado por las víctimas
de este abuso en particular. Simplemente no pueden ver el mundo con sus
propios ojos, solo a través de los ojos de su abusador.
Pregunto: — ¿Sabes qué es el Síndrome de Estocolmo? — Cuando
niega con la cabeza, elaboro suavemente, teniendo cuidado con mi tono.
— Es una condició n que hace que las personas desarrollen sentimientos
de confianza, incluso amor, por sus abusadores. Cuando las víctimas
experimentan eventos tan traumá ticos en su vida, una forma de
sobrevivir es formar un vínculo con su abusador. Ya no los ven como la
mala persona que en el fondo son, sino como un ídolo. Un héroe que los
salvó , cuando, en realidad, fueron capturados por ellos.
Wyatt resopla. — Elijo estar con mi Señ or.
— Sé que lo haces. Pero por todo lo que me has contado, parece que
tu señ or, alguien en quien confiabas tu seguridad, te ha puesto en una
situació n extremadamente peligrosa. Tan peligroso, de hecho, que ni
siquiera puedes verlo.
Le entrego el paquete. Lo agarra y examina el papel con aparente
desagrado.
Señ alando con la cabeza al paquete, digo: — Te traje este diario para
que documentes todo lo que sientes. Quiero que mires este libro como un
confidente con el que solo tú puedes hablar. Lo que sea que sientas, lo que
sea que quieras desahogar, quiero que lo escribas en este diario.
Levanta el paquete y, con un gruñ ido, lo lanza al otro lado de la
habitació n. — ¡No quiero tus malditos regalos! Quiero que me hagas daño.

97
Solo el Diablo Sabe
Me levanto de mi silla y me acerco al diario. Paso una mano por el
empaque y me dirijo a Wyatt. — Eso no fue muy amable de tu parte.
Pensé que te gustaría esto.
— Sabes lo que me gustaría, pero eres demasiado cobarde para
hacerlo.
Doy un suspiro largo y pesado, y aprieto el puente de mi nariz. —
Wyatt, hemos pasado por esto. soy tu medico Estos sentimientos... son
simplemente un mecanismo de defensa de los añ os de abuso que has
sufrido...
— ¡Eres un maldito mentiroso!
Su exclamació n me toma por sorpresa.
Parpadeo hacia él, ciertamente sorprendido de escuchar su tono
atronador. — ¿Le ruego me disculpe?
— Dije... que eres un maldito... mentiroso.
— Señ or Pearson, eso es suficiente de esto…
— ¿Quiere saber lo que realmente quiero, doctor? Quiero que dejes
de jugar este maldito juego conmigo. — Wyatt salta de su cama, sus
rasgos está n morados por la angustia. — Quiero a mi Señ or de vuelta.
— Si me dices dó nde está , puedo llevarte con él.
— ¿Ah, de verdad? — Wyatt resopla y pone los ojos en blanco. — No
quiero jugar má s a este juego. Estoy cansado. Quiero que me castigues,
señ or. ¡Por favor!
Estupefacto, doy un paso atrá s y un dolor de cabeza golpea mi
mente. Se ajusta alrededor de mi crá neo como una banda elá stica, y
alguien sigue haciéndolo sonar. — Yo no soy tu Señ or. Soy… soy el Dr.
Harris. Estoy aquí para ayudarte a mejorar de nuevo, Wyatt. Só lo tienes
que confiar en mí.
Se lanza hacia adelante, sus ojos salvajes, sus labios apretados en un
gruñ ido repugnante. — ¡Quiero que me ahogues! Eso es lo que quiero.
Quiero sentir tu polla golpeando la parte de atrá s de mi garganta. Quiero

98
Solo el Diablo Sabe
que me folles hasta que me desmaye y me despierte en un charco de
sangre otra vez. Te. Quiero. A. Ti. ¡Má ximo!
— ¿Q-quién? — Me atraganto, mi espalda golpeando la pared de
piedra. — ¿Ese es el Flagelador? ¿Su nombre?
Wyatt sonríe. — Eres un actor increíble, Señ or. Realmente comencé
a creer que en realidad era tu paciente aquí. Pero luego vi lo duro que te
pones cada vez que me ves, y recordé quién eres. No este estú pido doctor
que no es lo suficientemente valiente para tomar lo que quiere. No. Ese no
eres tú . — Se detiene frente a mí, su rostro a centímetros de mi pecho. —
Tú eres mi señ or, Maximus Harris, El Flagelador de Londres, y yo soy su
chico. Ahora fó llame ya.

99
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Quince
Max

La oleada de emociones y consternació n me da la salida que


necesito. Lo empujo a él a un lado y paso al frente. Estiro mi mano y
agarro a Wyatt por la garganta.
Có mo he echado de menos estrangular a mi chico así.
— ¿Dije jodidamente que podías pronunciar mi nombre? ¿Lo hice?
Sus ojos se abren como platos, pero su sonrisa es aú n má s amplia.
Lo sacudo. — ¡Pequeñ o cabró n! No puedes establecer las reglas de
este juego. ¡Y no puedes cuestionarme!
Me desabrocho el cinturó n y lo arranco. Hace un sonido de
cremallera cuando libero rá pidamente las trabillas de mi pantaló n. Lo
empujo hacia la cama y doblo el cinturó n en mi mano.
Wyatt, como el pequeñ o cerdo que es, salta al instante, se baja los
pantalones y se vuelve para mostrarme las nalgas. Tan jodidamente
obediente y necesitado. Sus piernas está n rectas, las rodillas trabadas, la
espalda arqueada, el trasero hacia afuera, las manos en la pared.
— Crees que es así de fá cil, ¿verdad?
Lo golpeo con el cinturó n, fuerte. Una franja escarlata aparece en la
parte posterior de sus muslos. No hace ningú n sonido, así que lo golpeo

100
Solo el Diablo Sabe
de nuevo. Otra raya cruza la primera. Esta vez, jadea, seguido de un
gemido.
— Te haré má s que jadear, muchacho.
Lo golpeó , realmente lo golpeo, tan fuerte y tan rá pido como puedo.
El cuero silba en el aire, luego se agrieta cuando se conecta con su carne
nacarada.
Latigazo. Latigazo. Latigazo.
Dios, es hermoso, todo rayado y sangrando. Está llorando ahora,
sollozos agradecidos, porque también se ha corrido por todos lados,
vomitando su semen en el piso y la pared y en la cama también.
— Mira el desastre que has hecho. — Lo regañ o, envolviendo el
cinturó n alrededor de mi mano. — Tú , estú pido cerdito. ¿Sabes lo que les
hago a los cerdos como tú ?
É l grita. — ¡Oh, sí, señ or! Por favor...
Saco mi polla de mis pantalones. Ya estoy duro de ver su reacció n al
cinturó n, y cuando pongo mi mano sobre su carne magullada y sangrante,
el calor ardiente es glorioso. Empujo mi pulgar en su culo hasta el nudillo.
Se aprieta a mi alrededor, siseando.
En la parte posterior de mi cabeza, Nathaniel arañ a para ser
liberado de su jaula. Sus uñ as arañ an el interior de mi mente, tratando
desesperadamente de recuperar el control y empujarme de nuevo a la
oscuridad.
No esta vez, hermano. Yo tengo el control ahora, y solo tendrás que
dar un paso atrás y mirar mientras follo el culo de este chico en pedazos.
Eras demasiado débil para hacerlo tú mismo.
[¡Déjalo ir! ¡Por favor!]
Ignoro las sú plicas de Nathaniel y escupo en el agujero de Wyatt. Es
la ú nica lubricació n que obtendrá por lo que planeo ser un polvo rudo y
despiadado.
No me molesto en prepararlo. Quiero que esto duela. Ambos lo
hacemos. Meto mi polla dentro de él, y él grita. Un escalofrío recorre mi

101
Solo el Diablo Sabe
columna ante el sonido de su dolor. Lo arrastro de la pared y lo aplasto
boca abajo sobre el colchó n con una fuerza que le saca el aire de los
pulmones. Inmediatamente lo penetro, follá ndolo tan fuerte como puedo,
aferrá ndome a sus caderas para que no caiga bajo la fuerza de mis
embestidas. Todavía está llorando, pero también está haciendo esos
maullidos, y sus manos está n apretadas en las sá banas sucias.
Mis bolas golpean contra su piel. El hilo caliente de su sangre se
desliza alrededor de mi polla, y es delicioso. Wyatt sacude la cabeza, sus
hombros tiemblan, y está sufriendo tan malditamente maravillosamente
que me vuelvo loco. Disparo en su cuerpo, pintando su interior con mi
semen. Solloza entrecortadamente cuando salgo. Está casi duro otra vez,
disfrutá ndolo, pero no lo dejaré. Va a tener que ganarse eso.
Uso la esquina de la sá bana para limpiarme y Wyatt se sube los
pantalones. Se mueve lentamente y le ladro: — Date prisa.
Mientras el chico trata de obedecer, agarro mi cinturó n y camino
hacia la puerta. Grito: — Jacob, necesito tu ayuda.
El ordenanza trota de inmediato, un idiota grande y estú pido. Sé que
él lo quiere, lo que significa que tengo que tenerlo. Puedo pensar en todo
tipo de cosas que quiero hacer con este joven.
— ¿Qué pasa, doctor? — Jacob pregunta, deteniéndose fuera de la
puerta.
— Ven aquí y ayú dame a sujetar al paciente.
Abre la puerta y entra. Wyatt le gruñ e. No es mucho, pero es
suficiente para que el tonto se detenga y se estremezca, y eso me da la
oportunidad que necesito para dejar caer mi cinturó n alrededor de su
cuello. É l es fuerte, pero yo soy má s fuerte, y aunque él pelea, logro
estrangularlo.
Su bulto de cuerpo pronto se vuelve débil en mi agarre. Lo dirijo
hacia la cama, aplicando con cuidado má s presió n alrededor de su cuello,
y cuando se desmaya, lo coloco sobre el colchó n.
Corro a los casilleros para agarrar la mochila de Wyatt. En mi
camino por el corredor de nuevo, tomo una de las sillas de ruedas de la

102
Solo el Diablo Sabe
estació n de enfermeras. Le doy un breve asentimiento a una enfermera
que camina por el final del pasillo y guío la silla de ruedas hacia la
habitació n de Wyatt. Está pasando una mano por el cuello hinchado y
magullado de Jacob con esa mirada soñ adora en sus ojos.
— Quítate. — Le espeto, apartando su mano de un manotazo. —
Toma algo de tu ropa limpia y ayú dame a vestirlo.
Saco mi cinturó n del cuello de Jacob. Solo tengo unos minutos hasta
que recupere la conciencia. Necesito moverme rá pido.
Mientras Wyatt se quita su ropa de paciente, yo tiro de la bata de
Jacob. El chico rá pidamente me ayuda a cambiar sus uniformes. Ahora
que Jacob es mi paciente, lo dejo caer en la silla de ruedas y empujo su
cabeza hacia abajo para que parezca que está durmiendo. Difícilmente es
del mismo tamañ o que el niñ o, pero tendrá que servir si quiero llevar a
Wyatt a casa sano y salvo.
— ¿Tienes tu mierda lista, chico?
— Nunca desempaqué. Hey, ¿qué pasa con esto? — Busca a tientas
entre sus cosas y me entrega una gorra de fú tbol azul marino con las
palabras “siempre joven” escritas en el frente.
Asiento con la cabeza, y él pone la gorra en la cabeza de Jacob,
bajando el frente para cubrir la mayor parte de su cara rugosa. Wyatt se
cuelga la mochila del hombro y me mira. Quiero follarlo de nuevo, en esta
patética habitació n donde él se encariñ ó tanto con el chico. Yo también
quiero follarme a Jacob, pero ahora no es el lugar. Necesito llevarlos a
casa y luego puedo trabajar en sus cuerpos. Tengo mucho que contarle a
Wyatt, y probablemente se orine de emoció n.
Pero primero…
Busco en mi bolsillo el mó vil de Nathaniel. Quito la cubierta de
plá stico y agarro la bolsa transparente que escondí detrá s del teléfono
hace dos meses. Abro la bolsa y vierto una pequeñ a cantidad de Aliento
del Diablo en el hueco de mi palma. Incliná ndome para encontrar la
mirada de Jacob, veo que está comenzando a moverse, gruñ endo y
volviendo la cabeza. Soplo el polvo blanco en su cara. Parpadea la
sustancia en sus ojos y huele a través de sus fosas nasales, asegurá ndose

103
Solo el Diablo Sabe
de que la trilamida se filtre completamente en su sistema. Maldito
estú pido e impotente.
El Aliento del Diablo es la droga má s ú til en mi línea de trabajo. Me
permite obtener el control total de mis cautivos durante varias horas,
física y mentalmente, lo que resulta ú til cuando necesito un par de manos
adicionales. En su estado de zombi, normalmente les digo que limpien mis
transformaciones y luego se vayan a casa y se suiciden.
Pasan unos minutos y, finalmente, las pupilas de Jacob se dilatan. Su
cuerpo se ha vuelto inerte en su silla, pero está completamente despierto
y bajo mi control. Meto las drogas en el bolsillo de mi abrigo y lo conduzco
por el pasillo, mis nudillos palidecen alrededor de las manijas de metal. La
instalació n de una sola planta es sorprendentemente pequeñ a, y no
tardamos mucho en salir a la entrada. El gordo guardia de seguridad
levanta los pies de su escritorio y me señ ala con un dedo.
— ¿Adó nde va a esta hora de la noche, doctor Harris?
Hago un gesto desdeñ oso con la mano hacia Jacob. — El paciente
Jones aquí nos convenció al joven Todd y a mí para que lo llevemos a
caminar, de lo contrario, se negaría rotundamente a continuar con su
terapia. ¿No es así, señ or Jones?
Los ojos vidriosos de Jacob parpadean hacia mí, y él asiente, la saliva
chorreando por su barbilla.
El guardia le da una sonrisa de lá stima y asiente. — Tendrá que
cerrar la sesió n primero, doctor. — Golpea el cuaderno que está sobre su
escritorio. Solo para poder vigilar quién entra y quién se va.
— Por supuesto. — Le doy a Wyatt una falsa mirada de tranquilidad
y muevo mi barbilla hacia la puerta. — ¿Por qué no llevas al señ or Jones al
patio? No tardaré.
Lo observo guiar a Jacob a través de las puertas dobles antes de
volverme hacia el libro de registro y escribir mi nombre. Los ojos de
cerdo del guardia queman un agujero en mi crá neo mientras lleno
rá pidamente el nombre de Todd y el del Sr. Jones. Cuando termino, le
deslizo el libro y me doy cuenta de que tiene un poco de mostaza adherida
a su nervuda barba pelirroja.

104
Solo el Diablo Sabe
Mi cuerpo se tensa instantá neamente. El vello facial no es má s que
un obstá culo constante. Enmascara los patrones de sangre que se forman
cuando estoy transformando a mis víctimas, obstruyendo mi placer
visual. Es por eso que les afeito la cara, el pecho, las piernas y, a veces, la
espalda, antes de comenzar a trabajar en ellos. Eso me recuerda que
tendré que afeitar a Jacob cuando llegue a casa. El pensamiento envía un
torrente de sangre a mi polla. No hay nada má s excitante que sostener
una espada en la garganta de otro hombre, especialmente cuando no
puede protegerse a sí mismo. Observo las venas de su cuello revolotear
bajo la hoja, y cuando emergen las primeras gotas, es como pintar un
lienzo por primera vez desde el principio.
Giro sobre mis talones y continú o a través de la entrada, dejando
atrá s este agujero de mierda. Encuentro a Wyatt apoyado en mi coche,
esperando a que abra el maletero. Jacob está desplomado en su silla de
ruedas a su lado, pero sus ojos está n abiertos y sé que está
completamente alerta. El techo del automó vil está cubierto con ramas de
á rboles largas y desordenadas, y las hojas ensucian el concreto. El primer
día de Nathaniel en el trabajo, busqué este lugar en particular. Nadie se
estaciona aquí por temor a rayar sus preciados autos, pero lo vi como el
lugar privilegiado.
Es difícil controlar a Nathaniel cuando es el anfitrió n. Sin embargo,
siempre me aseguré de que estacionara en esta secció n del
estacionamiento, y después de todos estos añ os de entrenarlo para
hacerlo, estacionarse aquí finalmente se convirtió en un há bito suyo.
Nunca he estado má s jodidamente aliviado.
Incliná ndome para encontrar la mirada de Jacob, acerco mis labios a
su oído. — Vamos, Jacob. Es hora de llevarte a casa para divertirte un
poco.

ENCIENDO un cigarrillo y me recuesto en la silla de la computadora


de Wyatt, mirando a Wyatt desnudar a Jacob junto a la cama. Las manos

105
Solo el Diablo Sabe
del niñ o tiemblan mientras se quita la camiseta blanca y los pantalones
grises. Está emocionado. Su pecho sigue subiendo de manera desigual y
su polla tensa sus bó xers.
— Ponlo duro. — Le digo a Wyatt. — Quiero que montes su polla
como si fuera la mejor cosa del mundo.
Sus dedos se detienen en la cintura de Jacob y me mira por encima
del hombro del ordenanza. La mirada de anhelo en sus ojos me enoja.
— Conseguirá s mi polla cuando crea que te la mereces, muchacho.
Wyatt rá pidamente vuelve a desvestirse. Ayuda a Jacob a quitarse
los pantalones, se arrodilla y lo masturba. Doy una larga calada a mi
porro. Después de unos minutos, Wyatt da un gemido frustrado y mira
alrededor de la cintura de Jacob hacia mí.
— No se está poniendo duro, señ or.
Empujo mi silla y me acerco a Jacob, deteniéndome detrá s de él. —
Jacob, quieres follarte a este chico, ¿no? ¿Quieres sentir tu polla en su
dulce y apretado agujero?
La respiració n de Jacob también es desigual, pero es por las drogas
que contaminan sus venas. É l asiente lentamente y masturba lentamente
su polla.
Arqueo mis labios, mi cuerpo se llena de emoció n. — Entonces
jó delo. Haz que grite por mí.
Agarra a Wyatt por el cuello y lo inclina sobre la cama. Me alegro de
que la polla del ordenanza se haya endurecido. No se molesta con ningú n
lubricante, pero a Wyatt le encanta. Sus gemidos endurecen mi propia
polla. Aprieto mi pene y doy otra calada, fascinada por lo impresionante
que es la polla de Jacob y có mo cada embestida desliza a Wyatt sobre las
sá banas.
Tengo planes para Jacob, y se trata de un rico verde mar de las
tierras altas a juego con sus ojos y herencia. Hice esta pintura
específicamente el día que Nathaniel lo vio por primera vez. Era
demasiado cobarde para follar con el escocés o incluso invitarlo a salir.

106
Solo el Diablo Sabe
Pasando mi mano por la musculosa espalda de Jacob, me tomo mi
tiempo para explorar su cuerpo. Todo lo que siento, lo siente también
Nathaniel, ahora que finalmente se ha resquebrajado. Antes de que
rompiera la barrera que nos dividía, Nathaniel no tenía idea de que yo
existía. Sus recuerdos de mí eran simplemente parches negros. Un dolor
de cabeza que a menudo había intentado dormir y olvidar. Ya no. Me
desabrocho los pantalones y dejo que mi polla se libere.
— Mmm... — Wyatt gime, poniendo la sá bana en sus manos. — S-
sí… ¡Mierda!
— ¿Te gusta que te folle la gran polla de Jacob? — Deslizo mi dedo
medio en el apretado agujero de Jacob. Su gemido gutural me endurece
má s.
— Sí, señ or, lo hago.
Me río de lo necesitado que suena. — ¿Escuchas eso, Jacob? Mira lo
bien que haces sentir a mi chico. Fó llalo má s fuerte. Quiero verlo sangrar.
É l obedece, aumentando su velocidad y su agarre en la garganta de
Wyatt. Escupo en mi mano y lubrico mi polla. Sumergirme en Jacob
mientras mira a Wyatt es un espectá culo para la vista. Nathaniel era un
maldito marica. Tenía tantas ganas de follá rselos que apenas podía
soportarlo. Quería follarlos a los dos al mismo tiempo, así.
[No digas que no soy bueno contigo, Nathaniel.]
É l grita y arañ a mi mente de nuevo, desesperado por salir,
detenerme, salvar a su amigo.
Ser el que llene sus dulces agujeros.
Sigo penetrando a Jacob, empujá ndolo hacia Wyatt, dejá ndolos
sentir mi velocidad y la fuerza de mis embestidas. El trasero de Jacob está
apretado, tan gloriosamente apretado, y sé que probablemente nunca
antes haya sido tomado por un hombre. Sin embargo, en este momento
está teniendo el mejor polvo de su vida. Empujo mi polla má s
profundamente en su culo, y él es empujado hacia adelante, empujando su
polla má s adentro del agujero de Wyatt, y el chico se atraganta y casi
delira con eso. É l ama esto.

107
Solo el Diablo Sabe
Yo amo esto.
— ¡Fó llalo... má s fuerte! — Le ordeno a Jacob, y lo hace.
Debajo de mí, sus caderas se mueven má s rá pido y má s profundo, y
no tengo tiempo para igualarlo, así que me quedo quieto. Ahora está
empujando a Wyatt, pero también está montando mi polla con lá grimas
corriendo por sus mejillas. Es completamente consciente de lo que está
haciendo, y el Aliento del Diablo se asegura de que disfrute y odie cada
maldito minuto de esto. Lo está destrozando por dentro tan seguro como
que mi polla le está destrozando el culo.
Es jodidamente hermoso.
— Será mejor que te corras, pedazo de mierda. — Le dije
directamente al oído de Jacob.
La cara de Wyatt está casi morada ahora, pero todavía respira, así
que no interfiero con la estrangulació n. Al chico le encanta una buena
estrangulació n.
— Sal y có rrete por toda su cara.
Jacob obedece, porque no tiene elecció n. Mientras saco mi polla de
él, él me sigue por extensió n y luego se para junto a Wyatt. Se sienta a
horcajadas sobre el chico, con las rodillas metidas debajo de las axilas de
Wyatt y clavá ndose en el colchó n. Me muevo hacia adelante y empujo mi
pene dentro de Jacob para poder sentir sus espasmos cuando se corre.
— Dispara. — Le ordeno. — Será mejor que dispares ahora mismo.
Se está masturbando, y yo lo estoy follando, y Wyatt está jadeando
por aire y apenas consciente. Jacob deja escapar un gemido gutural, y
luego lanza grandes chorros blancos de semen a un lado de la cara de mi
chico. Es espeso y nacarado, y baja lentamente desde sus cejas hasta sus
pá rpados apretados mientras unas pocas gotas caen sobre su boca
abierta. La punta rosada de la lengua de Wyatt se desliza fuera para
saborear lo que Jacob le ofreció , y me suelto en el culo del ordenanza.
Jacob está llorando. Puedo sentirlo en la forma en que está
respirando. Sin embargo, no puede hacer nada al respecto, al igual que no
puede evitar que le rompa el cuello con un movimiento rá pido.

108
Solo el Diablo Sabe
Pateo el costado de su cadáver tirado en el suelo y sonrío. Al menos
tuvo una buena cogida hardcore antes de morir. Hay peores caminos por
recorrer.

109
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Dieciséis
Gen

— ¿Pedimos otra? — Steven pregunta, agitando la botella vacía de


champá n.
Dudo antes de negar con la cabeza. — No, será mejor que no. Tengo
que levantarme temprano mañ ana. Trabajo.
— Ah, por supuesto. ¿Es este el caso del Flagelador? — Su tono es
casual mientras desliza la botella en el cubo de hielo.
Solo tiene doce añ os má s que yo, pero desde que Andrew murió ,
cada añ o sin respuesta, cada añ o sin alguien a quien culpar, lo ha
envejecido. Su cabello es blanco ahora, y su rostro está profundamente
arrugado por la preocupació n y el dolor. Cuando nos ven juntos en la
calle, algunas personas piensan que es mi padre. Así de envejecido le ha
hecho esta pérdida. La ú nica similitud que compartimos son los mismos
ojos azules.
Sé lo desesperadamente que quiere que lo mantenga actualizado
con El Flagelador. Tenemos la misma conversació n, en el mismo
restaurante, en el aniversario del día en que se encontró el cuerpo de
Andrew, todos los añ os desde entonces. Y todos los añ os le digo que no
puedo romper el protocolo policial.

110
Solo el Diablo Sabe
— Sí... Mira, Steven, sabes que odio decir esto, pero no puedo decirte
nada.
El rostro demacrado y cansado de mi hermano se tensa. — Soy tu
hermano, y esta persona mató a mi hijo. Tu sobrino. Si has averiguado
algo, Gen, cualquier cosa... — Baja la voz y su voz ya rasposa se quiebra. —
Dime. Por favor.
Me mata escuchar a mi hermano rogar así. Es un maldito veterano.
Sirvió en el ejército durante veintiséis añ os y tiene má s medallas de honor
de las que puedo contar. Los servicios sociales nos sacaron de nuestro
hogar infestado de drogas cuando solo tenía seis añ os, y Steven, que
acababa de cumplir dieciocho, me crió solo. Fue su salario del ejército lo
que me ayudó a financiar la universidad para poder estar donde estoy
hoy. Daría absolutamente cualquier cosa en este mundo por verlo feliz de
nuevo, pero nunca ha vuelto a ser el mismo después de perder a Andrew.
Solo quiere un cierre, y lo entiendo completamente.
— Perdó name. — Atrapo a nuestra camarera zumbando junto a la
mesa y señ alo el champá n. — ¿Otra botella, por favor?
— Sí, por supuesto. — Agarra el cubo de hielo y regresa a la barra,
haciéndole señ as al barman.
Miro a Steven y se me revuelve el estó mago. Esta es la primera pista
del Flagelador que he tenido en añ os, y mi hermano sabe que ha habido
algú n progreso, aunque sea un poco. Tengo muchas ganas de contarle
todo lo que ha estado pasando, pero no puedo. Al menos no
completamente. Crafts me enviará las imá genes de vigilancia mañ ana,
junto con otras dos tiendas. Tengo un buen presentimiento sobre ellos.
Una vez que sepa có mo se ve el Flagelador, finalmente podré ir por el
asesino, luego le podré contar la noticia a Steven.
— Gen.
Exhalo un suspiro. — Estoy haciendo mi mejor esfuerzo, Steven,
realmente lo hago. Pero… creo que mañ ana podría encontrar un testigo
clave. — Me abstengo de decir sospechoso porque no quiero hacerle
ilusiones. — No estoy del todo segura. Estoy trabajando de cerca con el
Dr. Harris. ¿Recuerdas a Nathaniel, verdad? ¿Mi amigo del King's College?

111
Solo el Diablo Sabe
Bueno, ahora trabaja en Maperly. Lo transfirieron allí hace un tiempo, y
ha estado ayudando a perfilar al Flagelador. Digamos que las cosas
empiezan a ponerse interesantes. Eso es todo lo que puedo decirte.
Razones…
— Razones de identidad. Lo sé. — Mira a la camarera, que llena
nuestras copas. É l sonríe en señ al de agradecimiento y la observa alejarse.
Sacudiendo la cabeza, dice: — Solo prométeme que tendrá s cuidado.
No es una pregunta. Está usando la misma voz que me recuerda
cuando me obligaron a sentarme en un rincó n hasta que aprendí a
comportarme o dejé de llorar. Mi hermano nunca ha sido del tipo
demostrativo, ni siquiera con Andrew, pero así es como muestra
preocupació n por aquellos a quienes ama. El sentimiento me calienta.
— Pareces preocupado. — Bromeo, tomando mi vaso. — No hay
necesidad de estarlo.
Lentamente toma el suyo. — Simplemente no puedo soportar la
idea del bastardo.
— Tengo cuarenta y dos. — Intervengo, arqueando una ceja. — Soy
una niñ a grande, ya sabes.
— Siempre será s mi hermanita. — Extiende su copa, una sonrisa de
dolor tirando de sus labios. — Por Andrew, nuestro pequeñ o cabbage
patch3.
Gruesas lá grimas llenaron mis ojos. Sonrío ante el apodo con el que
solíamos llamarlo, y có mo Andrew lo odiaba, pero en el fondo lo amaba en
secreto.
— Siempre te extrañ aremos. — Digo, y ambos tomamos un sorbo de
nuestras bebidas, apenas capaces de contener las lá grimas.

3 Las Cabbage Patch (comercializadas en España, como Muñecas Repollo y en Hispanoamérica como
Muñecas Pimpollo) eran muñecas originalmente producidas entre 1983 y 1988 por Coleco. Se caracterizaban
por sus grandes cabezas de vinilo y sus cuerpos blandos.

112
Solo el Diablo Sabe
GIANI’S TIENE una desventaja importante: siempre me quedo hasta
muy tarde y bebo demasiado.
Es por eso que Steven y yo rara vez nos encontramos allí. La comida
es increíblemente deliciosa, y el dueñ o, Gianni, normalmente saca su
banjo, y cantamos hasta altas horas de la madrugada. Sabe que vamos a su
restaurante a recordar a Andrew. Celebramos allí la fiesta de cumpleañ os
nú mero dieciocho del niñ o, y la esposa de Gianni había horneado su
pastel de tres pisos.
Tomo dos analgésicos y los trago con un trago de mi té helado de
durazno. Siento como si alguien hubiera golpeado mi crá neo en un milló n
de pedazos con un mazo. Como si envejecer no fuera suficiente, las
resacas empeoran a medida que envejeces. Es por eso que no bebo tanto
como cuando tenía veinte añ os.
Gimiendo, levanto mis pies sobre mi escritorio y pulso Play en el
video de seguridad que Crafts me acaba de enviar. Esperemos que este
sea el indicado. Todavía estoy esperando a los demá s, pero tengo un buen
presentimiento sobre Crafts.
Han enviado horas de cinta y es monó tono verlo. A veces, las
cá maras captan a alguien haciendo algo divertido, como el tipo que
tropezó con sus propios pies al salir de la tienda y casi se da de bruces
contra el pavimento, pero la mayoría de las veces es la Persona X que
entra a la tienda. La persona Y sale de la tienda. La persona X sale detrá s
de la persona Y. Fin de la historia. Nada sospechoso, y me duele la
mandíbula de tanto apretar los dientes. ¡Solo dame una maldita pista, por
el amor de Dios!
El á ngulo de la cá mara que muestra la puerta principal es un poco
pobre. Apunta a la parte superior de la cabeza de las personas que van y
vienen, y si llevan sombreros, apenas puedo decir que tienen una cara, y
mucho menos identificarla. Me estoy irritando. Esto podría ser un maldito
callejó n sin salida.
Luego veo un conjunto de imá genes etiquetadas como “cá mara dos”.
Cuando termino de recorrer horas de gente yendo y viniendo, dirijo
mi atenció n al video de la cá mara dos. Esto es mucho má s prometedor.

113
Solo el Diablo Sabe
Muestra claramente a las personas, caras y todo, y está montado en la
pared detrá s del hombro del empleado. Está destinado a realizar un
seguimiento de los empleados y asegurarse de que mantengan los dedos
pegajosos fuera de la caja. También me muestra tomas muy claras de los
rostros de los clientes a los que atienden.
Un hombre con una larga trenca gris se acerca y mira los objetos
que tiene en las manos. Es toda una selecció n de polvos de pintura Laszlo,
prá cticamente todo lo que hay en las estanterías de la tienda. Sigue
mirando hacia abajo, jugueteando con los polvos, alineá ndolos con
precisió n para que todos los có digos de barras estén frente a la varita del
cajero.
— Vamos, bastardo. — Le digo a la imagen grabada. — Busca. Dame
algo.
Es como si me escuchara.
Cuando él termina de jugar con los botes de pintura, mira hacia
arriba y prá cticamente directamente a la cá mara, y dejo de respirar.
Esto no puede ser jodidamente real.
Miro una vez má s. Y miro de nuevo. Reproduzco el video seis veces
antes de poder aceptar lo que me muestran mis ojos.
Es Nathaniel.
No puedo creer esto. ¿Natanael?
Nunca me dijo que era pintor. Nunca ha dado ninguna indicació n de
que tenía interés en el arte. No se puede negar que es él. Conozco su
rostro. Lo sé tan bien como conozco el mío propio. Pero la expresió n de su
rostro en ese video... eso es algo que no conozco en absoluto.
Es duro. Calculador. Aunque no hace nada má s que comprar pintura,
hay algo desquiciado en sus ojos y malicia en la forma en que mira al
joven detrá s del mostrador. En un momento, mientras toma el recibo de
su compra en efectivo, ¡efectivo! ¡Irrastreable! — en realidad toca con su
pulgar el dorso de la mano de la cajera, y la sonrisa que le da es
jodidamente depredadora. No puedo soportar ni un segundo má s.

114
Solo el Diablo Sabe
Me levanto de la silla y corro al bañ o para vomitar. Apenas llego al
cubículo del bañ o antes de vomitar, arrojando curas para el dolor de
cabeza, té de durazno, bilis y horror en el piso de baldosas. Estoy en shock
total. Esa mirada... He visto a muchos asesinos con esta expresió n antes.
Es la mirada que usan cuando identifican a su pró xima víctima.
Jesucristo.
Nathaniel.
Ha sido mi amigo durante añ os. Ha sido alguien en quien he
confiado, alguien en quien he creído. Ha estado malditamente
ayudándome con este caso. ¿Puede ser que él es el que he estado cazando
todo el tiempo? ¿Por qué otra razó n no me diría que compra las mismas
pinturas que El Flagelador? Me lo habría dicho en cuanto mencioné el
nombre. Cualquier otra persona que trabaje en un caso, cuando escuche
que está haciendo algo que el asesino también hace, se sincerará y tratará
de usar sus propias experiencias para encontrar un camino hacia el
criminal. Nathaniel lo ha hecho antes. Cuando tuvimos un caso de
violador en serie, y Nathaniel descubrió que fue a la misma tienda donde
trabajaba el asqueroso, nos ayudó con el horario y el diseñ o de la tienda.
Es lo que cualquiera haría. ¿Correcto?
A menos que tuvieran algo que ocultar.
Me enjuago la boca y me lavo la cara. Me siento malditamente
traicionada. Estoy llena de ira y dolor irrazonable. Y quiero encontrar a mi
viejo “amigo” y romperle los sesos con mi tacó n. Quiero hacerle pagar por
todo el dolor que he estado sintiendo, todo el dolor que ha envejecido
tanto a Steven, por todo el dolor que Andrew sufrió en las manos de
Nathaniel Maldito Harris.
El personal probablemente me escuchó vomitar aquí. Si saben lo
que les conviene, no se molestará n en preguntarme si estoy bien. Cojo
unas toallas de papel y me limpio la cara. Reproducir las imá genes es lo
ú ltimo que quiero hacer ahora, pero necesito hacerlo. Regreso lentamente
a mi oficina, evitando los ojos de mi equipo, de Casey, que se levantó de su
escritorio y dio un paso hacia mí, y me dejo caer temblorosamente en mi
silla.

115
Solo el Diablo Sabe
— Confiaba en ti. — Escupo a la imagen del video de Nathaniel
congelado en mi pantalla. — Malditamente confié en ti.
Necesito llevar esto al jefe. Hay toda una lista de cosas que debo
hacer, pero lo ú nico en lo que puedo pensar es en enfrentar a Nathaniel
por mi cuenta. Tal vez es solo una jodida coincidencia increíble. Tal vez…
tal vez es solo…
Deja de intentar engañarte a ti misma, Gen. Estás en shock.
Antes de que pueda registrar lo que estoy haciendo, le envié un
mensaje de texto a mi hermano: Sé quién es El Flagelador. Es Nathaniel.
Necesito una confesió n, o algo que se sostenga en un tribunal de
justicia. Necesito má s que este video de Nathaniel comprando las mismas
pinturas. Sin embargo, todo son detalles, porque conozco esa mirada.
Ahora lo sé, y no puedo escapar de la verdad.
Dicen que la verdad nos hará libres. Bueno, la verdad va a poner el
culo feliz de Nathaniel en una tumba a la que pertenece.

116
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Diecisiete
Nathaniel

Despierto lentamente. Mi cabeza se siente como si alguien hubiera


estado rompiendo mi crá neo con un martillo. Hay un brazo alrededor de
mi cintura, pesado y seguro, y es reconfortante pero aterrador, porque no
sé quién es. Cuando abro los ojos, estoy de espaldas a quienquiera que
esté compartiendo la cama conmigo, y con el corazó n hundido, reconozco
la habitació n.
Estoy en la casa de mi padre.
La llamó la Casa del Jardín porque tenía un jardín de rosas que
plantó mi madre cuando se casaron, mucho antes de que yo apareciera en
escena. No recuerdo que él alguna vez pusiera un pie cerca de las rosas, y
mantenía las cortinas cerradas en todas las ventanas que daban a las
flores, a menos que hubiera una posibilidad de que pudiera atraparme
haciendo algo que me había dicho que no hiciera.
No estoy pensando en eso ahora.
El cuerpo detrá s de mí, apretado con fuerza contra mi espalda, es
masculino. Puedo sentir su erecció n matutina presionando la parte
posterior de mi muslo izquierdo. Hay algo tan familiar en la presencia que
tengo miedo de mirar y ver quién es, miedo de que confirme todo lo que
creo que ya sé.

117
Solo el Diablo Sabe
Lentamente, con cuidado, me doy la vuelta y miro a mi compañ ero
de cama.
Es Wyatt Pearson. Está dormido, y es como un á ngel magullado con
sus labios carnosos y rosados y las huellas de manos lívidas alrededor de
su cuello. Observo las abrasiones y mi corazó n se hunde hasta el
estó mago. Lá grimas de furia caen de mis ojos y ruedan por mis mejillas.
¿Qué he hecho? Puse esas marcas allí. Mis propias manos, las manos que
se suponía que debían guiar a Wyatt y curarlo. Ahora, son las manos que
intentaron matarlo.
Como si sintiera que lo miro fijamente, se despierta y frunce el
rostro hacia mí. Parece confundido. Supongo que quienquiera que sea el
resto del tiempo no es del tipo que llora. La mano de Wyatt se mueve
desde mi cintura hasta mi hombro y me toca suavemente.
— ¿Qué ocurre? — Pregunta, preocupació n en su voz.
No puedo hablar, Solo niego con la cabeza y dejo que me tome en
sus brazos.
Añ os. Han pasado añ os desde que alguien me abrazó así, y se siente
tan bien que casi puedo olvidar la maldad inherente de toda esta
situació n. No debería estar conmigo así. No debería estar en esta casa.
Nada es como se supone que debe ser, y ahora lo sé.
Soy, o una parte de mí es, El Flagelador de Londres.
Maximus, él me había llamado. Ese es el nombre por el que me
conoce. Es un nombre familiar para mí, pero no porque sea mío. Recuerdo
haber leído una novela para niñ os sobre soldados romanos, y el personaje
principal se llamaba Maximus. Recuerdo tener envidia de Maximus
porque era muy fuerte. Nadie nunca lo lastimó . No es como si me hicieran
dañ o.
Me abraza má s fuerte. Aprieto los ojos y me muerdo el labio inferior,
luchando contra las cosas que estoy sintiendo, tratando de evitar que mis
sollozos se escapen. Es demasiado, demasiado difícil saber lo que soy
realmente capaz de hacer. He visto las fotos de las víctimas del Flagelador,
y me revolvieron el estó mago. Ahora que sé que soy responsable de toda
esa crueldad inhumana, me siento enfermo.

118
Solo el Diablo Sabe
Soy una persona despreciable.
Un pervertido, como siempre decía mi padre.
Está volviendo a mí ahora, todas las cosas que me he esforzado
tanto por olvidar. Las imá genes está n inundando el ojo de mi mente, y lo
estoy recordando todo.

MI PADRE AGARRA mi dibujo de la mesa y lo rompe frente a mí. Deja


caer las piezas al suelo. — ¡Esto no es aceptable! Los artistas no son más
que putas. ¿Quieres ser una puta?
Soy muy joven. No estoy del todo seguro de lo que significa la palabra
“puta”, pero está claro que es algo malo.
— No, papá.
Me agarra por la cara, sus dedos presionando dolorosamente mis
mejillas. — ¡Si alguna vez te atrapo perdiendo el tiempo con esta tontería,
te daré una lección que nunca olvidarás!
Se aleja pisando fuerte, y recojo las piezas del dibujo, mis lágrimas
derritiendo la tinta.

OTRO DÍA, otro enfrentamiento. Estoy escuchando música y cantando


junto con la canción. Papá entra, con la cara morada de rabia.
— ¡La música es una pérdida de tiempo! ¡No más de eso en esta casa,
chico!

TENGO TANTAS GANAS de pintar que me duele por dentro. Podemos


pintar en la escuela, pero yo también quiero pintar en casa. Quiero pintar
todo el tiempo. Paso de contrabando suministros a mi dormitorio desde el
armario de la escuela, y cuando es de noche y todos están dormidos, los saco
y pinto.
Él no está durmiendo esta noche.

119
Solo el Diablo Sabe
La puerta de mi dormitorio se abre de golpe y papá está de pie allí
con un hombre joven pálido. Empuja al hombre a mi habitación,
siguiéndolo de cerca. Los ojos del extraño están desenfocados, sus pupilas
dilatadas. Algo está mal con él. No sé qué, pero él no se ve del todo aquí.
— ¿Qué te he dicho de la pintura, muchacho? — Papá exige. — Te dije
que te mostraría lo que es ser una puta. — Se vuelve hacia el extraño. —
Haz lo que te dije.
El hombre avanza arrastrando los pies como si estuviera en un sueño.
Me encojo, pero no tengo adónde ir. Me agarra y me lanza sobre la cama, y
luego está encima de mí. Lucho con él, pero el extraño me baja los
pantalones del pijama y entonces el mundo no es más que dolor.

ESTOY SOLLOZANDO AHORA, tan fuerte que apenas puedo respirar.


Wyatt está susurrando algo, pero no puedo oírlo por encima de mis
sollozos. Besa mi frente, mis ojos, mis mejillas, en cualquier lugar que
pueda alcanzar. El me ama.
No. Ama a Maximus. El que mató a todos esos chicos inocentes. El que
mató al joven Andrew.
¿Có mo puede alguien amar a un asesino? He pasado toda mi vida
estudiando a los criminales má s sá dicos de Gran Bretañ a. He entrevistado
a criaturas inhumanas sin ninguna comprensió n de las emociones
humanas. Los he desnudado y separado para poder estudiar lo que
sucede dentro de sus pequeñ as mentes retorcidas, y luego volver a
armarlos de una manera que sea socialmente aceptable. También he
tratado con “fans” de asesinos en serie que los veneran y adoran,
poniendo su trabajo en una especie de pedestal. Wyatt es uno de esos, y
me mata.
Me mata porque soy a quien él adora.
Soy el Flagelador de Londres.
Quiero estar enfermo.
— Señ or. — Susurra, el lado de su cara todavía presionado contra la
almohada, su cuerpo perfectamente inmó vil.

120
Solo el Diablo Sabe
Es como si tuviera miedo de que lo ataque.
— No llores. Sea lo que sea, lo haré mejor.
Encuentro mi voz por fin. — No puedes.
Nadie puede. Debería ser arrastrado y descuartizado por todos los
crímenes que he cometido.
— Haría cualquier cosa por ti. — Dice, su voz tan sincera que le creo.
No hay vuelta atrá s después de todo lo que he hecho. Nunca he
cometido delitos menores. He mutilado cuerpos durante má s de dos
décadas. ¿Dos décadas? ¿Có mo es eso posible sin que yo lo sepa?
Trastorno de identidad disociativo. Tiene que ser.
Las lá grimas brotan de mis ojos y ya no puedo contenerlas. Mi
respiració n se engancha en mi garganta mientras lucho por respirar,
pensar, ordenar mis pensamientos.
Wyatt aprieta su brazo alrededor de mí. Debería alejarme de él.
Debería salir de esta cama y llamar a Gen en este instante, entregarme y
hacer lo correcto.
Hay muchas cosas que debería hacer.
En cambio, rodeo a Wyatt con mis brazos y lo acerco. É l viene de
buena gana, maleable y sumiso, acurrucando su cabeza debajo de mi
barbilla. Realmente creo que podría hacerle cualquier cosa, y él lo
agradecería. Mirando su cuello, supongo que ya he hecho mucho. No
recuerdo haber hecho nada má s que irme a dormir o desmayarme por un
dolor de cabeza. Eso es lo que sucede cuando tienes a alguien má s dentro
de ti, compitiendo por el control.
Me seco los ojos con la palma de la mano. Wyatt lame con delicadeza
una lá grima que se me había escapado de la mejilla y la sensació n de su
cá lida lengua sobre mi piel me da escalofríos. Ondean a través de mi
cuerpo, enviando sangre a mis regiones inferiores, y gimo. Todo lo que
quiero hacer ahora es olvidar. Empujo a Wyatt sobre su espalda y él
obedece, mirá ndome con sus bonitos ojos azules mientras me inclino
sobre él.

121
Solo el Diablo Sabe
¿Debo notar que sus ojos son bonitos?
¿Por qué no? Ya no puedo ser su médico. No puedo ser el médico de
nadie, sabiendo lo que he hecho. Quién soy.
— Wyatt. — Digo en voz baja.
É l sonríe y extiende sus brazos hacia los lados, exponiéndose a lo
que sea que quiera hacerle. Supongo que está esperando alguna variedad
de brutalidad, pero si es así, está con el alter ego equivocado. No voy a
lastimarlo, aunque probablemente él quiera que lo haga.
— ¿Cuá ndo fue la ú ltima vez que te hice el amor?
É l frunce el ceñ o ante mi pregunta, confundido de nuevo, luego
responde: — Follamos anoche.
— No. — Niego con la cabeza. — No follar. Hacer el amor.
Wyatt solo me mira. O no puede recordar, o nunca sucedió .
Me inclino y lo beso suavemente. É l no responde al principio,
claramente sorprendido e inseguro de qué hacer. Probablemente piensa
que esto es algú n tipo de juego, al igual que pensó que era un juego
cuando fue ingresado en Maperly. Sin embargo, esto no es un juego y
tengo la intenció n de mostrá rselo.
Si una parte de mí tiene que ser su monstruo, ¿no puedo, por este
momento, ser su amante?
Jugueteo con sus labios con la punta de mi lengua, y él se abre para
mí fá cilmente. Lo beso profundamente, nuestras lenguas bailando. No se
mueve de otra manera, esperando una orden o un permiso.
Me alejo lo suficiente como para decir: — Puedes tocarme.
É l pone sus brazos alrededor de mi cuello y yo envuelvo los míos
alrededor de la parte baja de su espalda. Abre bien las piernas,
invitá ndome a tomarlo. Dormimos desnudos, y su piel rozando la mía se
siente como seda. Mi corazó n late con fuerza en mis oídos, y no quiero
nada má s que enterrarme en su calor. Este es un consuelo que he echado
de menos. Esta situació n no puede ser má s jodida, pero tenerlo aquí

122
Solo el Diablo Sabe
conmigo, en esta cama, en este preciso momento, tiene sentido. Es lo
ú nico que funciona, y no sé por qué.
Muevo mi boca por su cuello, su pulso revoloteando contra mis
labios mientras avanzo. Sus manos se enredan en mi pelo, y paso mi
lengua por el duro brote de su pezó n. É l jadea, y lo agarro en mis labios,
sosteniéndolo mientras lo provoco, lamiendo y chupando. Hago rodar su
otro pezó n entre el pulgar y el índice, apretando con fuerza. É l gime, y es
un sonido hermoso. Me hace olvidar de todo. Todo lo que puedo ver y
escuchar es a él. ¿Y en este momento? Es todo lo que quiero, necesito.
— Me pregunto si alguien alguna vez ha sido amable contigo. —
Susurro después de abandonar su pequeñ a y dura protuberancia.
— Tú lo haces. — Dice sin aliento. — A… tu manera.
Beso sus labios una vez má s, luego me deslizo hacia abajo. Su polla
está dura como una roca y mojada con líquido preseminal. Lamo la
humedad y él sisea sorprendido, sus manos agarrando las sá banas.
— ¡Señ or!
Supongo que él nunca hace cosas como esta.
Lo tomo en mi mano y lo acaricio lentamente, sintiendo la pesadez y
el calor. Sus testículos son completamente lampiñ os, como el resto de su
cuerpo. Los tomo en mi boca y los hago rodar suavemente con mi lengua,
acariciá ndolo en cá mara lenta todo el tiempo. Wyatt está apretando la
cama con todas sus fuerzas, tratando de no moverse.
Mi otro yo no causa nada má s que dolor, y ha lastimado a este chico.
Quiero compensar eso de alguna manera, aunque nunca pueda. Solo por
esta vez, quiero que Wyatt se sienta bien.
Paso mi lengua desde la base de su pene hasta la punta, luego
envuelvo mis labios alrededor de su cabeza. É l suspira, y lamo la raja
antes de tomarlo má s profundo. Nunca aprendí a hacer garganta
profunda, así que eso no es algo que pueda hacer por él, pero puedo
absorber la mayor parte de él. Sabe bien, algo dulce y salado al mismo
tiempo, y ha pasado demasiado tiempo desde que le di una mamada a
alguien que apenas recuerdo qué hacer. Trato de apagar mi cerebro y

123
Solo el Diablo Sabe
seguir el instinto. Mi mente es traicionera y no se puede confiar...
obviamente.
Me quito de él con un pop y vuelvo a lamerle las bolas. La sensació n
y el olor de él es eléctrico, y me encuentro desesperado por tenerlo. Mi
erecció n está esforzá ndose por llamar la atenció n, y voy a tener que hacer
algo al respecto pronto. Dejo su polla y empujo sus piernas hacia arriba de
la cama, levantando sus caderas para poder llegar a su agujero. Está en
carne viva, con abrasiones y pequeñ os desgarros en la piel. Hay sangre
seca allí, y solo puedo imaginar lo tierno que debe ser.
Lamo su grieta herida lo má s levemente posible, y él jadea de nuevo.
Recojo toda la saliva que puedo y lo mojo, tratando de lavar la sangre y
darle algo placentero en lugar de todo el dolor. Aunque está claro que a
Wyatt le encanta el dolor, a veces es bueno cambiar las cosas.
Eso es lo que me estoy diciendo a mí mismo, de todos modos.
Bajo sus caderas hacia la cama. — ¿Dó nde está el lubricante? — Le
pregunto.
Sus ojos se abren y me mira, confundido. — ¿Lubricante?
— Sí. ¿Dó nde está ?
— En el bañ o.
Le sonrío. — Ve a buscarlo.
Salta y sale corriendo para recuperar el lubricante, tan ansioso por
complacer. Podría acostumbrarme a él, si me permitiera esa libertad.
Mi cerebro me hurga, trata de hacerme pensar en lo que ha hecho
mi otro yo, pero no puedo hacer eso ahora. Aparto los pensamientos.
Necesito concentrarme en Wyatt. Necesito hacer una cosa buena antes de
que termine.
Vuelve con un tubo en la mano y lo tomo. — Tú mbate boca arriba.
— Le digo, y él se apresura a obedecer.
Aprieto el lubricante en mi palma y lo soplo para calentarlo. Me está
mirando como si no tuviera idea de lo que voy a hacer a continuació n, y
dada la forma en que él lo trata, probablemente no la tenga. Deslizo mis

124
Solo el Diablo Sabe
dedos y los paso por su agujero magullado, masajeá ndolo desde afuera
primero antes de intentar poner algo dentro de él. Espero que no esté tan
herido por dentro como lo está por fuera, pero creo que probablemente lo
esté. Y creo que le gusta sentir dolor.
Observo su rostro mientras empujo mi dedo índice en su cuerpo. É l
no se estremece. De hecho, apenas reacciona. Solo me mira con una
mezcla de reverencia, asombro y curiosidad. Me pregunto si sabe que no
soy Maximus. Me pregunto si le importa.
Un segundo dedo se une al primero, y lo abro lenta y pacientemente.
Quiero tener cuidado con él. Quiero hacer esto bien. Si no hago nada bien
en toda mi vida mal concebida, que sea esta ú nica cosa, esta ú nica vez.
Tres dedos ahora, y su agujero se está estirando. Tiene que doler,
pero cierra los ojos con un gemido. É l está amando esto. Encuentro su
lugar de placer con mi dedo y lo froto, y casi se levanta del colchó n.
— Shh. — Digo. — Solo quédate quieto.
Mi polla está llorando. Lo necesito. Creo que está listo, así que me
lubrico y me alineo en su entrada. Presiono mi punta contra él.
— Mírame, Wyatt. — Le digo.
Me mira a los ojos mientras lo embisto. Es eró tico y eléctrico, la
intimidad del contacto visual mientras su cuerpo me traga. Me deslizo
hasta el fondo con un movimiento constante, y una vez que estoy
completamente enfundado en él, me detengo. Quiero sentir esto. Quiero
tener este recuerdo.
— Oh… — Gime. — Oh, señ or.
No puedo quedarme quieto para siempre. Mi cuerpo no me deja.
Empujo, pero lentamente, con cuidado, tratando de ser suave. Mece la
cabeza hacia adelante y hacia atrá s sobre la almohada, y sus manos
todavía agarran las sá banas. Tomo su pene en mi mano y lo acaricio al
ritmo de mis movimientos.
Empujo mis caderas de nuevo, arrastrando la cabeza de mi polla
sobre su lugar de placer. Con cada empujó n, hace un pequeñ o ruido, entre
un gemido y un grito. Es el sonido má s hermoso que he escuchado.

125
Solo el Diablo Sabe
— Señ or, por favor. — Suplica.
— ¿Demasiado lento?
— S-sí...
Quiere que lo maltrate, pero no voy a hacer eso. Esa no es la forma
en que esto va a ir. Quiero que esto sea dulce y amable, no el tipo de
jodida sucia que sospecho que está acostumbrado a tener. Aú n así, este
ritmo es enloquecedor y no puede durar para siempre. Acelero y empujo
con má s fuerza, siendo má s contundente, má s insistente.
Le gusta el cambio. Se está retorciendo ahora, empalado en mi pene,
volviéndose loco con los sentimientos. Estoy al límite, pero no voy a
correrme antes que él. Lo acaricio má s rá pido, con má s firmeza, hasta que
lanza un grito ahogado y dispara. Su semen gotea sobre mis dedos.
— Wyatt, abre los ojos.
É l obedece. Me mira y observa mientras lamo mi mano para
limpiarla. Se estremece a mi alrededor, y que me aspen si no se corre de
nuevo. Las contracciones de su cuerpo me excitan, y pronto me corro
también, llená ndolo con mi semilla.
No quiero que esto acabe, pero sé que así será . Este momento
tranquilo y dulce es el ú ltimo que tendré. No puedo dejar que mi otro yo
tome el control de nuevo. No puedo dejar que lastime a alguien má s. Me
gustaría decir que es él o yo, pero sé có mo funcionan estas cosas.
Ambos tenemos que irnos.

MIENTRAS Wyatt duerme me levanto de la cama. Me pongo los


vaqueros y un par de calcetines y voy al bañ o. Los suministros de afeitado
de mi padre todavía está n aquí, tal como los dejó , y por lo general me
parece un poco horrible y morboso tener algo que ver con ellos. Hoy estoy
agradecido de no haberlos tirado nunca.

126
Solo el Diablo Sabe
Padre usó una navaja de afeitar. Tengo vívidos recuerdos de la
navaja que usó para pulirlo. Dondequiera que esté ahora, estoy seguro de
que estará encantado con el uso que pretendo darle.
[¿Qué estás haciendo, Nathaniel?]
Es su voz. Lo reconozco ahora. Se ríe en la parte de atrá s de mi
cabeza. Está cabalgando dentro de mí como un pará sito, devorando mi
alma.
[ Realmente no crees que voy a dejarte hacer eso, ¿verdad?]
Tiene que hacerse.
Mis manos está n temblando. Encuentro la navaja y la abro, dejando
al descubierto la hoja. Necesita afilado. Aparentemente, alguien lo ha
estado usando. Me estremezco al pensar en qué uso ha tenido.
En el espejo, me veo muy parecido. No parezco demente, o malvado.
Las apariencias pueden ser tan engañ osas. Todavía no puedo creer que
esto esté sucediendo.
Giro mi brazo izquierdo para que la muñ eca quede hacia arriba. Si
me corto la muñ eca, es probable que no me desangre. Si corto a lo largo,
desde la muñ eca hasta el codo, será suficiente. Pongo la hoja de la navaja
contra mi piel y cierro los ojos.
[ Eres un maldito cobarde.]
Algo me golpea con fuerza por detrá s, tirá ndome al lavabo del bañ o.
Mi mano con la navaja sale volando mientras trato de no caer, y me
muerdo la cara. Un chorro de rojo salpica el espejo y cae sobre mi pie.
— Lo siento. — Wyatt dice, arrastrá ndose a mis pies. — Siento
haberte golpeado. Por favor, Señ or, por favor… ¡no hagas esto! ¡No me
dejes!
Me doy la vuelta y lo miro, este chico triste, esta patética criatura
arrodillada frente a mí. Estoy furiosa, y él puede verlo. Se pone pá lido,
pero no retrocede, ni siquiera cuando vuelvo a sacar la navaja.
— Por favor, señ or. — Suplica. — No. El mundo todavía te necesita.

127
Solo el Diablo Sabe
El mundo no necesita un loco asesino má s. Niego con la cabeza y
llevo la navaja hacia mi brazo.
Wyatt agarra mis rodillas y comienza a llorar. Está rogando y
suplicando, y está tan histérico que ni siquiera hay palabras excepto "por
favor", que sigue repitiendo una y otra vez.
Lo miro y mi cabeza se siente como si estuviera siendo aplastada.
Ahora sé qué son estos dolores de cabeza y quién los está causando.
Es él. Siempre ha sido él.
— ¡No! — Me digo a mí mismo. [ No], le digo a Maximus, el que está
tratando de tomar el control de nuevo. Estallo en sollozos, impotente y
asqueado, y luego todo cambia...

128
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Dieciocho
Gen

No me sorprende que Nathaniel no se haya presentado a trabajar.


Abigail, la administradora que dirige Maperly, levanta la vista de la
pantalla de su computadora y me da una sacudida dolorosa con la cabeza.
— ¿Qué es? — Pregunto, incliná ndome sobre el escritorio para
mirar su pantalla.
Ella presiona Reproducir. — Se fue de aquí alrededor de las once de
la noche. El señ or Pearson se fue con ellos, vestido como un ordenanza.
— ¿Y quién es ese en la silla de ruedas?
— Aparentemente su nombre es Sr. Jones. Aquí no tenemos ningú n
paciente con ese apellido.
— La escoria debe haber tomado a un miembro del personal. —
Examino las imá genes de cerca, pero con el sombrero cubriendo la mayor
parte de la cara de la persona, no puedo ver a quién usaron como señ uelo.
— ¿Qué ordenanza estaba trabajando anoche?
Abigail hace clic en las pestañ as de su pantalla. Escribe una
contraseñ a y muestra el registro de los miembros del personal que
marcaron la entrada.
— Samantha Cairns estaba trabajando en nuestra unidad reductora.
Jacob Campbell estaba ayudando al doctor Mosby con uno de nuestros…

129
Solo el Diablo Sabe
— Espera. Jacob ¿No es el escocés que manejó a Pearson?
— Oh Dios.
La sangre se drena del rostro de Abigail y mi corazó n da un vuelco.
— ¿Qué?
No se ha presentado a trabajar hoy. Se suponía que me ayudaría con
nuestro nuevo programa de rehabilitació n. Nadie lo ha visto desde ayer
por la tarde.
Doy un paso atrá s del escritorio y corro hacia la puerta. — Gracias,
Abigail. No le digas a nadie sobre esto. Déjame manejarlo.
Ella me atrapa antes de que me vaya. — ¿Crees que el Dr. Harris ha
tomado como rehén a Pearson?
— No. — Respondo, sacudiendo la cabeza. — Pearson es el có mplice
del Flagelador. Ha estado jugando con nosotros todo el tiempo.
Siento que voy a enfermarme de nuevo. Salgo corriendo del hospital
y me deslizo en mi coche, mi cuerpo temblando de rabia y repugnancia.
Ahora tengo dos videos de vigilancia que prueban que el Dr. Harris es El
Flagelador de Londres, lo cual es suficiente para justificar un arresto.
Pedir refuerzos, arrestar a Nathaniel.
Eso es lo que necesito hacer.
Pero no es lo que quiero hacer.
Todo en lo que puedo pensar es en enfrentarme a Nathaniel yo
misma. Es como si algo se hubiera apoderado de mí, una oscuridad que se
ha extendido por mis venas a lo largo de los añ os, cada día má s espesa y
oscura con la promesa de venganza, hasta ahora, en este preciso
momento: el día en que encontraría y mataría al Flagelador de Londres.
Ni en un milló n de añ os pensé que sería uno de mis amigos.
Alcanzando la guantera, saco mi arma y verifico que esté cargada.
Nunca he estado tan agradecida de tener un permiso personal como en
este momento. Dejo el arma en el asiento y pongo mi auto en marcha, mis
nudillos se retuercen mientras agarro el volante.

130
Solo el Diablo Sabe
Apenas registro alguna de las carreteras o señ ales en el barrio de
Nathaniel. Cuando me detengo frente a su casa, encuentro que su auto no
está y todas las luces está n apagadas. Me meto la pistola en el bolsillo
trasero y me acerco a la casa de todos modos. No hay señ ales de nadie
dentro, y sé que no hay só tano ni desvá n. É l no está aquí.
— ¿Dó nde diablos podría estar?
Mis respiraciones errá ticas salen en bocanadas, el aire frío pellizca
mi piel. Miro alrededor de su jardín delantero, buscando algo, cualquier
cosa que pueda decirme dó nde se esconde. El reloj corre en mi contra, y
cada segundo desperdiciado es crucial para salvar a Jacob.
Aquí no hay nada excepto una larga extensió n de césped bien
recortado, rosales y un pequeñ o bebedero para pá jaros debajo de un
sauce. Las rosas no tienen ningú n sentido. Nathaniel odia las flores. É l es
alérgico. ¿Por qué las cultivaría y las mantendría si no las puede soportar?
Su madre, Rosalía. Recuerdo que me dijo que todo lo que sabía
sobre su madre era su amor por las rosas, en particular las rosas y las
blancas. Debe ser por eso que los cultiva, en su memoria. También fue por
eso que la casa del Dr. Franklin Harris se llamaba Rosewood Manor.
— ¡Mierda! ¡Eso es!
Ahí es donde Nathaniel, este jodido bastardo Flagelador-alter-ego-
sá dico ha estado haciendo su trabajo sucio todos estos añ os. La herencia
de su padre. ¡Por supuesto! Nathaniel heredó la tierra después de su
muerte hace algunos añ os, aunque odiaba el lugar e incluso me arrastró a
la celebració n del sexagésimo cumpleañ os de su padre para darle apoyo
moral. Nunca entendí del todo su difícil relació n, pero sabiendo lo que
hago ahora, difícilmente puedo culpar a su padre por despreciarlo.
Me doy la vuelta y vuelvo a mi coche. Si no recuerdo mal, la finca de
Franklin no está lejos de aquí, justo al lado de Elder Grove. Podría estar
allí en veinte minutos. Veinte minutos para enfrentarme al Flagelador de
Londres y salvar a su ú ltima y definitiva víctima.

131
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Diecinueve
Max

El estú pido hijo de puta nos iba a matar.


No puedo tener eso.
El niñ o está sollozando a mis pies, mirá ndome con lá grimas
corriendo por su rostro.
Agarro su barbilla y tiro la navaja a un lado. — Te daré algo por lo
que llorar, cerdito.
Se hunde de alivio, su polla se endurece instantá neamente. Es tan
fá cil de excitar.
— ¡Oh, Señ or! ¡Estaba tan jodidamente aterrorizado!
Lo tiro a sus pies. — ¿Dije que podías hablar?
Sus ojos se iluminan y cierra la boca. Lo lanzo delante de mí, de
vuelta al dormitorio. Aterriza en el suelo, golpeá ndose las rodillas y la
mandíbula contra la madera dura. Me arrodillo entre sus piernas. Las abre
ampliamente para mí, y presiono mi mano en su espalda.
— Quédate boca abajo así, y no me dejes oírte hacer un maldito
ruido. ¿Me escuchas?
El asiente.

132
Solo el Diablo Sabe
— Me pegaste. ¿Sabes lo que les pasa a los chicos que me golpean?
É l niega con la cabeza.
Retiro mi mano y azoto su trasero tan fuerte como puedo. Allí
florece una huella de mano escarlata, y se forman verdugones alrededor
de los bordes del impacto. Se sobresalta por la fuerza del golpe, pero
permanece en silencio.
Azote. Azote. Azote.
Lo golpeo con ambas manos, desgastando una hasta que está
cansada y luego cambiando. Este pequeñ o bastardo no podrá sentarse
durante días cuando termine con él. Se esfuerza por permanecer en
silencio, pero cuando cada golpe aterriza en una nalga que ya brilla
intensamente, gruñ e. Las lá grimas está n en sus ojos otra vez, pero esta
vez son de dolor y alegría.
— Nunca. Me. Golpees. Nuevamente. — Le grito, puntuando cada
palabra con otro golpe.
Mis palmas está n picando. Me desabrocho los vaqueros y saco mi
polla, que está despierta y lista para la acció n. Azotar al chico siempre me
hace esto.
Choco contra él sin ninguno de los cuidados remilgados que él le dio.
Tiene suerte de que todavía le queda mucho lubricante en el agujero, o
necesitaría puntos una vez que termine con él. Lo follo con fuerza,
arrojando mi peso encima de él para que se estrelle contra el suelo con
cada embestida. Es brutal, y me encanta. Derramo mi carga sobre las
hinchadas huellas de manos en su trasero y lo dejo deseando.
A través de la ventana, un coche solitario se arrastra por el camino
de entrada. Es el coche de Gen. Sabía que ella vendría. Después de todo, la
vi en mi casa a través de la instalació n de circuito cerrado de televisió n de
Wyatt. Sabía que eventualmente se daría cuenta. Parece que tengo trabajo
que hacer.

133
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Veinte
Gen

La finca es tal como la recordaba: diseñ o jacobino con monumentos


neoclá sicos, arcadas elaboradas y parapetos que coronan los tejados
planos. Los terrenos está n divididos por un hermoso río que está
atravesado por un enorme puente que conduce a Rosewood Manor. Sé a
ciencia cierta que Nathaniel vio mi auto arrastrá ndose por el camino de
entrada. Es imposible perderse a esta hora del día.
Hay luces encendidas en el ala este. Mi pulso se acelera mientras
estaciono el auto afuera de la entrada. Escondo mi arma en mi bolsillo
trasero, me pongo el abrigo para que quede oculto y me acerco
lentamente a las grandes puertas.
Nathaniel responde a la mitad de la llamada. — Gén. ¿Qué está s
haciendo aquí? ¿Todo está bien? — Hay una urgencia fingida en su voz, y
su expresió n es superficialmente preocupada.
Me deslizo a su lado y entro en el vestíbulo, obligá ndome a
mantener la calma y no revelar nada. Es difícil cuando mi piel se eriza con
solo mirarlo. — Abigail dijo que no apareciste en Maperly hoy. — Explico,
revisando mi entorno. Parece que estamos solos, así que me giro para
mirarlo. — ¿Te sientes bien? No es propio de ti faltar al trabajo.
Cierra la puerta detrá s de mí, aunque su mano permanece en la
cerradura. Le doy un vistazo rá pido, evaluando la situació n, y no parece

134
Solo el Diablo Sabe
estar bien. Se está secando las manos en una toalla negra, vestido solo con
un par de jeans oscuros y calcetines blancos. Gotas de sangre manchan su
pie izquierdo y hay un corte en el costado de su mejilla. Obviamente ha
habido algú n tipo de lucha. ¿Con Jacob? Su frente y su pecho está n
resbaladizos por la transpiració n. Sabía que Nathaniel se mantenía en
forma, pero nunca supe lo definido que estaba. Supongo que los mú sculos
son ú tiles cuando eres un asesino a sangre fría y pasas todo el día
azotando a gente inocente hasta la muerte.
Ha estado ocupado con Pearson o Jacob, y realmente espero que sea
el primero. Pearson merece pudrirse en el infierno por ayudar a este
monstruo con su trabajo sucio.
— Espero que no te importe que pase por aquí. — Digo, mirando
alrededor del opulento vestíbulo. — Sabes có mo me preocupo por mis
amigos.
Volviendo mi mirada hacia él, veo que ha soltado el mango. Ha
habido un cambio distintivo en su apariencia general. Su cabello está
revuelto, no lleva camisa, su mano está vendada y hay un brillo oscuro en
sus ojos que nunca antes había visto. Me está mirando como un
depredador midiendo la distancia a su presa, evaluando cuá ndo entrar a
matar.
— ¿Vas a ofrecerme un trago o simplemente te quedará s ahí
deliciosamente despeinado? — Pregunto, girando sobre mis talones. —
Hace añ os que no visito la propiedad de tu padre. ¿Recuerdas su
sexagésima fiesta en el jardín?
— ¿Có mo podría olvidarlo? — Me agarra del codo, su tono
ligeramente cortante. — El saló n aú n debe estar cá lido. Tomemos un
trago allí.
Me guía por el pasillo hasta la habitació n antes mencionada.
Encendiendo las luces, me hace un gesto para que entre. Está amueblado
en estilo clá sico, el tipo de cosas que verías en la tele en los dramas de
época. Casi espero que alguna heroína de una novela de Jane Austen esté
sentada allí, tomando un té. Tan jodidamente civilizado. El fuego en la

135
Solo el Diablo Sabe
esquina está casi extinto. Nathaniel se ocupa de las brasas agonizantes, y
verlo con el atizador de hierro me llena de repugnancia.
Pensar cuá ntas veces he compartido copas con este hombre. Me reí
con él, le abrí mi corazó n, incluso lo invité al funeral de Andrew, y él fue el
asesino todo el tiempo. Le sacaré una confesió n y luego lo mataré. No
tengo intenció n de dejar que este monstruo viva para ver otro día.
— ... ¿uno que te guste?
Me sobresalto y miro a Nathaniel. Está de pie junto a la barra ahora.
— Lo siento, me espacié por ahí. ¿Que acabas de decir?
— Estoy preguntando qué preferirías. ¿Escocés o coñ ac?
— En realidad, creo que dejaré de beber. Todavía tengo resaca. —
Mirando alrededor de la habitació n, capto el retrato de una mujer
elegante con tirabuzones rubios sentada sobre la repisa de la chimenea.
— Esta mansió n lleva el nombre de tu madre, ¿no es así?
Nathaniel se sirve un whisky y deja caer un cubo de hielo en el
líquido á mbar. É l asiente pero no ofrece informació n. Su madre siempre
ha sido un punto doloroso para él. Problemas de abandono antes de
nacer. Ahora empiezo a pensar que eso era mentira, y Dios sabe lo que le
hizo. O tal vez fue su padre, quien aparentemente se ahorcó en este saló n
hace tres añ os. Sufría de psicosis. Fue por esta razó n que Nathaniel se
convirtió en psicó logo. Quería curarlo. Al menos, eso es lo que me dijo.
— Sí, ese era su nombre.
— Y las rosas. ¿Los cultivas por ella?
— ¿Por qué te preocupas por mis rosas? — Inclina su cabeza hacia
mí, y hay un brillo de confrontació n en sus ojos. Me está midiendo de
nuevo.
Me encojo de hombros, obligá ndome a mantenerme casual. — Sé
que odias las flores y que tienes fiebre del heno, así que encontré esto
extrañ o cuando pasé por tu casa y ahora aquí. Simplemente no pareces
del tipo que cultiva flores.
Tampoco pareces del tipo asesino, quiero lanzarle.

136
Solo el Diablo Sabe
— No lo soy. — É l bebe su bebida de un trago. — Contrato a un
jardinero para que lo haga.
No sé qué decir a eso, así que empiezo a vagar por la habitació n. Me
mira con ojos fríos, evaluando. Hay dos puertas cerradas en el saló n y las
señ alo.
— No puedo recordar. ¿Qué hay por ahí?
— El pasillo a la cocina, y el comedor. — Deja su vaso a un lado y se
cruza de brazos. Sus bíceps sobresalen. — ¿Por qué está s aquí, en
realidad?
— ¿No puede una persona verificar a un amigo desaparecido? Te lo
dije, no te presentaste a trabajar y me preocupé.
Suspira con impaciencia. — Bueno, como puedes ver, estoy bien.
Perfectamente bien. Gracias por venir hasta aquí, pero podrías haber
llamado.
— Tenía que salir y verlo por mí misma. — Después de todo, no
puedo matarlo por teléfono. Puedo sentir el peso de mi arma, y quiero
sacarla y llenar a este bastardo con plomo. Quiero verlo en agonía como la
agonía que infligió a todas sus víctimas.
Es difícil mantener la calma, pero tengo que hacer esto. No puedo
dejar que vea que estoy detrá s de él.
Nathaniel sopla aire por la nariz. — Bueno, ahora lo has visto.
¿Satisfecha?
Hay ese tono entrecortado de nuevo, muy diferente a la forma en
que Nathaniel normalmente me habla. ¿Có mo pude haber pasado por alto
las señ ales? ¿Có mo puedes conocer a alguien tan bien, o creer que lo
conoces, y no ver que es un asesino brutal?
— Tal vez podríamos ir a dar un paseo. — Sugiero. — No puedo
recordar la ú ltima vez que estuve lejos de todo el ajetreo y el bullicio. Tal
vez un poco de aire fresco nos vendría bien a los dos.
No parece convencido, pero finalmente dice: — Bien. Solo iré y me
pondré un suéter.

137
Solo el Diablo Sabe
Nathaniel sale de la habitació n y se dirige a otra puerta que conduce
a los dormitorios del ala este. La mansió n es grande, lo que significa que le
llevará algú n tiempo llegar a la habitació n, vestirse y volver a mí. Eso
significa que tengo tiempo para mirar alrededor.
En algú n lugar de esta casa, Jacob está retenido como rehén y, por lo
que sé, este bastardo enfermo ya se ha metido con él. Tengo que moverme
rá pido antes de que sea demasiado tarde.
No lo encuentro en la biblioteca ni en la oficina de Franklin, que ha
quedado exactamente como estaba cuando murió . Atravieso el pasillo
hasta la cocina y, allí, tropiezo con la puerta que conduce al só tano.
El sótano. Por supuesto que bajaría allí.
Solo un lugar oscuro como ese encajaría con las cosas horribles que
esta criatura ha hecho. Jacob debe estar ahí abajo. Tengo que sacarlo.
Hay un leve sonido metá lico frente a la puerta. Saco mi arma y la
sostengo delante de mí. Giro la cerradura y abro la puerta, lista para
disparar si es necesario. Pero no hay nadie allí, excepto la oscuridad. Bajo
las escaleras con cautela, con el arma lista. Mi corazó n da un vuelco en mi
garganta. Entrar al só tano de un asesino en serie sin refuerzos no es mi
idea má s brillante. De hecho, ahora me estoy dando cuenta de lo
imprudente que fue mi decisió n de venir aquí sola.
En mi ira y disgusto, no podía pensar con claridad. Ahora me doy
cuenta de la severidad de a quién me enfrento. Necesito llamar a Casey y
conseguir refuerzos aquí pronto. Simplemente no estoy segura de que
llegarían a tiempo para salvar a Jacob, si algo le pasara aquí.
Manteniendo mi arma apuntando escaleras abajo, deslizo mi otra
mano en el bolsillo de mi abrigo y busco mi teléfono.
Una mano firme agarra mi muñ eca, deteniéndome, mientras la
punta afilada de una cuchilla me clava en la espalda.
— Oh, Gen. Qué tonta eres. — Nathaniel se ríe, su cá lido aliento baja
por mi cuello.
Mete un mechó n suelto de cabello detrá s de mi oreja, y me
estremezco, mis entrañ as retroceden ante su proximidad.

138
Solo el Diablo Sabe
— Siempre metiendo la nariz donde no corresponde. ¿Nunca
aprenderá s?

139
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Veintiuno
Max

Como si no fuera suficientemente malo que tuve que deshacerme de


él antes de que hiciera algo imprudente, ahora tengo que lidiar con esta
mujer entrometida que simplemente no podía dejar las cosas en paz.
Madre era así. Tenía esta casa, un médico por marido, todo el dinero
del mundo. Estaba có moda y cuidada, con un nuevo bebé en brazos. ¿Y
qué hizo ella? Se escapó con un maldito pintor, eso es.
Padre contrató al hombre para que viniera y pintara el retrato
colgado en el saló n. Al parecer, el artista encontró mucha inspiració n,
pues cuando ella se fue, Rosalie y el pintor llevaban meses follando.
Mujeres. Causan tantos problemas.
Los localicé, por cierto, en la casita junto al mar en Cornualles donde
huyeron para estar juntos. Me tomó un tiempo localizarlos, ya que ella se
fue cuando yo era solo un niñ o, pero los encontré cuando tenía diecisiete
añ os.
La policía los encontró tres días después.
No es mi mejor trabajo. Pero bueno, no era parte de mi obra normal.
Só lo una sola vez, se podría decir. Incluso podrías llamarlo una comisió n,
una pieza que creé para mi querido papá .
Ah, recuerdos, la maduració n de un joven asesino. Buenos tiempos.

140
Solo el Diablo Sabe
— Tira tu arma por las escaleras. — Le ordeno a Gen, recordá ndole
el cuchillo que le presiona la espalda.
A regañ adientes suelta el arma. Se desliza de las escaleras una a la
vez y luego golpea el suelo. Empujo a Gen hacia abajo. Hay dos á reas
oscuras en el só tano donde la electricidad no llega. El sonido de ruidos
metá licos y gemidos proviene de uno de ellos. Charlie Felter sale del otro,
su cuerpo medio oculto en las sombras.
Gen le gruñ e. — ¡Felter!
— ¿Qué pasa, Gen? No estas feliz de ver a un viejo colega, ¿eh?
— ¿Viejo? — Ella gruñ e, pero también suena momentá neamente
confundida mientras su mente intenta ponerse al día.
Felter patea su arma detrá s de él. — Gracias por el informe que
enviaste sobre mis retrasos. Tus malditas quejas hicieron que me
despidieran, hija de puta, y justo antes de que descubriera quién era
realmente El Flagelador.
La empujo hacia él y él la agarra de los brazos. Agarro una cuerda de
la colecció n que cuelga de la pared de ladrillos y le ato las manos a la
espalda, todo antes de que se dé cuenta y comience a pelear.
— ¿Lo descubriste? — Ella sisea, luchando conmigo y su ego al
mismo tiempo. — Sabía que había algo sospechoso en ti.
É l se encoge de hombros hacia ella, sonriendo. — ¿Qué puedo decir?
Empecé a vigilar las tiendas de pintura hace un mes. Fue entonces cuando
vi a Maxie…
— Llá mame así otra vez, y te destriparé como una maldita trucha.
— Gruñ o, recogiendo su arma. Le doy un golpe al seguro y me guardo el
arma en el bolsillo trasero. No confío en ninguna de estas serpientes.
— Vi a Max en Camden. — Felter continú a, bajando su voz engreída,
— comprando suministros, y lo seguí. Lo seguí mucho. — É l le sonríe. —
Supongo que se podría decir que hice un poco de trabajo detectivesco a la
antigua, del tipo que no puedes hacer desde un escritorio. Si hubieras
levantado el trasero de la silla unas cuantas veces má s, tal vez no estarías
en esta posició n.

141
Solo el Diablo Sabe
Felter se aleja con una risita.
— ¿Cuá nto tiempo hace que lo sabes? — Ella exige
Conecto las cuerdas en sus muñ ecas a un anillo de metal incrustado
en la pared y la empujo lejos de mí. Estoy asqueado de tocarla durante
tanto tiempo. Las mujeres me dan asco.
— Vine aquí hace unas horas con un ultimá tum. — Felter explica,
dá ndole la espalda mientras se ocupa de mi equipo.
Ella no puede dejarlo ir. — ¿Cuá l fue el ultimá tum?
Deambulo hacia el bar hú medo en la esquina trasera de la
habitació n. Me gusta sentarme aquí y tomar una copa mientras admiro mi
trabajo. No soy dado al monó logo de villano tradicional, pero Felter
parece estar contento de tomar ese camino. Novatos. Me apoyo en la
barra y dejo que siga hablando.
Se ríe por lo bajo. — Tomé fotos de él posando los cuerpos en el
cementerio y luego usá ndolos. Le traje las fotos hace unas horas y le dije
que solo estabas un paso detrá s de él. Verá s, sabía que tenías esos videos
de vigilancia, y que era cuestió n de tiempo antes de que vinieras por él.
Tenía tanta fe en ti.
El rostro de Gen se retuerce en una fea mueca. — Gracias.
Felter también viene al bar y se sirve. Se sirve de mi alcohol sin una
invitació n.
Lanza una sonrisa maliciosa por encima del hombro a Gen. — El
ultimá tum fue que lo entregaría a New Scotland Yard si no me dejaba
divertirme un poco contigo.
Gen se vuelve algo verde. En realidad, es bastante divertido verla
ser una idiota sabelotodo.
— ¿Divertirte? — Ella repite estú pidamente. — ¿Qué tipo de
diversió n?
Una vez que termina su bebida, deja el vaso en la barra y se acerca a
ella. É l la agarra por el cuello. — Me costaste mi carrera, perra ignorante.
— Escupe, y Gen parpadea ante la saliva que le cubre los ojos. — Voy a

142
Solo el Diablo Sabe
hacerte pagar por eso. — Su otra mano agarra su coñ o y lo aprieta con
fuerza.
Ella deja escapar un grito, su rostro se retuerce de dolor.
— Voy a hacerte pagar por todo.
El sonido metá lico en el primer charco de oscuridad comienza de
nuevo, y una voz entrecortada gime: — ¡No!
Tanto Gen como Felter parecen sorprendidos, incluso asustados.
— No es un puto fantasma. — Me río de sus rostros pá lidos y me
estiro detrá s de la barra para encender la luz. — Es solo Franklin.
La bombilla incandescente pelada derrama su iluminació n sobre la
bestia bastarda del momento. El ilustre Dr. Franklin Harris, mimado del
mundo psicoló gico, cuelga de la pared con gruesas cadenas de hierro en
sus muñ ecas, sus pies encadenados al suelo por cortos tramos de cadenas
similares. Está demacrado y sucio, sus mú sculos atrofiados está n tensos
por el hambre que está destrozando su enclenque figura. Sus piernas se
han doblado debajo de él, por lo que ya no está de pie sino suspendido de
sus muñ ecas. Sus hombros se han dislocado, y el peso de su propio cuerpo
lo habría asfixiado hace mucho tiempo, si no fuera por el equipo de
escalador que engancha su cintura a la pared y lo sostiene. Su pequeñ a
polla miserable y sus testículos marchitos cuelgan libres en el arnés, una
burla de la masculinidad en todas partes. Un charco de su propia orina y
mierda mancha el suelo debajo de él.
— Animales. — Suspiro. — Son tan desordenados.
— ¡Jesucristo! — Gen exclama, e incluso Felter parece incó modo,
dando un paso atrá s para evaluar a mi padre.
Sonrío y me acerco a Franklin, revisando la vía intravenosa y el
goteo de solució n salina que evita que se deshidrate por completo.
— Piensa en esto como el retrato viviente de Dorian Gray. — Digo,
moviendo una mano hacia mi padre. — Esto es solo su exterior que
combina con su interior.

143
Solo el Diablo Sabe
Agarro un puñ ado de su grasiento cabello gris y levanto su cabeza.
Sus ojos caen en sus ó rbitas, y su boca seca se abre. Sus mejillas está n
hundidas, la piel amarillenta se contrae con fuerza alrededor de su rostro
huesudo.
— ¿Cuá nto tiempo... ha estado así? — Gen se ahoga. Parece que está
a punto de vomitar.
— Es difícil de decir, de verdad. Lo que ves aquí es có mo siempre he
visto a mi querido papá .
Gen siente arcadas con algo, probablemente el olor repugnante que
se adhiere a las paredes de piedra. Solo lavo a Franklin una vez a la
semana para mantener a raya a las ratas. El olor es bastante sofocante,
pero uno se acostumbra a la asquerosidad.
— Pensé que estaba muerto. — Ella susurra. — Pensé…
— No. — Me giro y le sonrío, mi cabeza tan cerca de la de Franklin
como puedo soportar, como si estuviéramos posando para una foto. — É l
solo desea estarlo. Matarlo sería demasiada piedad. Ha estado así durante
tres añ os. Sus justos postres.
Felter se estremece visiblemente. — Mierda, hombre. Eso está
jodido.
Dejo caer la cabeza de Franklin y me limpio las manos con una toalla
del bar. Las miradas en sus caras no tienen precio.
— Estuve en su funeral. — Gen dice, con los ojos muy abiertos y la
expresió n pá lida. — Estaba muerto y enterrado.
— Enterré a alguien má s. El dinero puede comprar muchas cosas, ya
sabes. También puede engañ ar a mucha gente ignorante.
— ¿A quién enterraste?
Me encojo de hombros. — ¿Importa? Era un medio para un fin.
— Realmente eres un maldito enfermo. — Ella echa humo,
sacudiendo la cabeza. — Yo… tú … — Está tan furiosa que apenas puede
pronunciar las palabras.

144
Solo el Diablo Sabe
— Debe ser difícil para ti. — Digo arrastrando las palabras,
contemplando casualmente mis uñ as. — Todo este tiempo me estabas
buscando tanto, y yo estaba justo debajo de tus narices. Peleaste una
buena pelea, tengo que decir. Felicidades. Eres un verdadero servidor del
pueblo. Lá stima que perdiste la guerra.
Ni siquiera me molesto en tratar de mantener el sarcasmo fuera de
mi voz. Felter se ríe y la cara de Gen se pone roja de rabia. Intenta liberar
sus manos, pero soy demasiado bueno para hacer nudos. Ella nunca se va
a soltar.
Saco una bolsita del Aliento del Diablo de mi bolsillo y le paso la
droga a Felter. Es solo una dosis, así que si decide que quiere usarla
conmigo después de divertirse, no tendrá suficiente. No confío en él, y si
es inteligente, no confiará en mí.
Toma la bolsa y le doy palmaditas en el pecho. — Solo sopla esto en
la cara de Gen y diviértete. Te ayudaré con el cuerpo cuando hayas
terminado.
— ¿Puedo tener uno de tus lá tigos?
Me río de la absurda petició n. — No. Ella no es digna de mi lá tigo.
Pero hay cosas aquí abajo que podrían interesarte. Herramientas,
flageladores, suministros médicos… las posibilidades son infinitas.
Gen se abalanza sobre mí, pero la cuerda que la une a la pared no le
permite llegar tan lejos. Me río en su cara y ella me escupe, ahogá ndose en
sus ataduras. Me las arreglo para esquivar su saliva, aunque una gota cae
en mi suéter y me enoja. Le doy un puñ etazo en la boca y ella cae al suelo,
aturdida pero no inconsciente. Le devuelvo el favor y escupo en su cuerpo
apá tico antes de darme la vuelta para volver arriba.
— Adió s, Genevieve. Espero que disfrutes de su estadía en
Rosewood Manor.

145
Solo el Diablo Sabe
VUELVO al dormitorio y cojo el mó vil. Wyatt está acostado de costado
en la cama, luciendo medio dormido. Su trasero está magullado donde lo
azoté antes, y le doy otro golpe, solo uno ligero, cuando me siento a su
lado. É l jadea y sonríe, manteniendo los ojos cerrados.
Pulso una marcació n rá pida programada en el teléfono y espero a
que la persona del otro lado conteste. Esta llamada será la culminació n de
todo lo que siempre he querido en mi vida, el resultado final de dos
décadas de creació n de mi particular marca de arte. Es hora de compartir
mi genio con el pú blico.
— Galería de Leyendas. — Responde una mujer.
— Sí, por favor, comuníqueme con el Sr. Endicott.
El niñ o se acurruca contra mí, observando mi rostro con curiosidad.
Lo miro y espero a que conteste mi contacto.
— Endicott.
— Señ or Endicott, soy Nathaniel Harris.
— ¡Ah! Sr. Harris. — Suena complacido de saber de mí y debería
estarlo. — Todos los preparativos está n hechos para tu exposició n. Todo
lo que necesitamos ahora es que traigas tus lienzos y podemos configurar
la exhibició n.
Las cejas de Wyatt se elevan.
— Excelente. Los llevaré mañ ana.
Un grito desgarrador se eleva desde el só tano y Endicott pregunta:
— ¿Qué fue eso?
— Solo la televisió n. — Señ alo la puerta del dormitorio. — ¿Decía,
sr. Endicott?
Wyatt salta para cerrarla justo cuando Gen vuelve a gritar. Parece
que Felter está disfrutando su tiempo con ella.
Endicott se aclara la garganta. — Oh sí. ¿Habrá algú n problema para
conseguir un servicio de catering para el día?

146
Solo el Diablo Sabe
— No, ninguno en absoluto. Está todo bajo control, te lo aseguro.
Una vez que entregues el arte, estaremos listos para tu debut. — Puedo
escuchar la sonrisa en su voz mientras mentalmente comienza a contar su
comisió n. — Anticipo bastante interés en tu trabajo.
Será mejor que haya. — Entonces mañ ana. Haré que se los
entreguen.
Cuelgo antes de que Endicott pueda decir nada má s, y Wyatt me
sonríe.
— ¿Un espectá culo? Señ or, ¿va a exhibir su arte?
Extiendo mi mano hacia él, y él la toma después de la má s mínima
vacilació n. Estoy de buen humor, así que no me molesto con su lento
tiempo de respuesta. Lo detengo y le doy la vuelta para poder ver bien las
huellas de las manos en su trasero.
— Mmm. Agradable. — Paso mi mano sobre la carne caliente, la
inflamació n hace que la temperatura de la superficie aumente. — Sí, voy a
tener una exhibició n en la galería. Mi trabajo se pondrá a la venta y
finalmente obtendré el reconocimiento que merezco.
— ¿Se quedará con alguno de ellos, señ or? — Pregunta, sin aliento.
Sigo acariciando sus mejillas doloridas.
— Solo unos pocos favoritos, pero incluso esos podrían venderse.
— Si todos venden, ¿qué hará s entonces?
Sonrío. — Hacer má s, por supuesto. — Le doy la vuelta de nuevo. —
¿Sabes qué día será la exhibició n?
Era una pregunta retó rica. Sacude la cabeza, porque por supuesto
que no lo sabe. No le he dicho nada sobre esto.
— Jueves. — Digo, mirá ndolo a la cara. — Dos días.
Sus ojos se agrandan. — Ese es mi cumpleañ os, señ or.
— Lo sé. Y en tu vigésimo primer cumpleañ os, exhibiré veintiú n
lienzos en tu honor. — Le sonrío. — Quiero que el día sea especial para
nosotros.

147
Solo el Diablo Sabe
El chico parece que se está derritiendo por dentro. Me da una de sus
expresiones de ojos pegajosos.
— Gracias Señ or. No me lo merezco.
Me pongo de pie y lo empujo hacia la cama. — Lo sé. Ahora date la
vuelta y ponte a cuatro patas.

148
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Veintidós
Wyatt

Los gritos finalmente se detienen en el só tano, y después de un rato,


Max me envía para ver si Felter está listo para el ú ltimo paso. Lo
encuentro parado en la esquina del só tano, apoyado en la barra con una
bebida en la mano. La perra policía está tendida a sus pies, obviamente
muerta, su sangre manchando el suelo.
— ¿Ya terminaste? — Pregunto.
É l termina su bebida. — Sí. He terminado.
Miro a Franklin por reflejo. Siempre reviso para asegurarme de que
su bolsa intravenosa esté llena cada vez que estoy aquí. Para mi horror, el
anciano también está claramente muerto. Alguien le cortó la garganta y
dejó que se desangrara.
— ¿Qué hiciste? — Siseo, la furia corre por mis venas.
— ¿Có mo se ve? Nadie merece que lo dejen así.
Mi cara se pone má s caliente, y mi cuerpo tiembla. No tenía derecho
a matar a Franklin. Estaba sufriendo por una razó n, y ahora que el
sufrimiento ha terminado, eso nunca fue lo que mi Señ or quiso. Me
abalanzo sobre Felter y lo golpeo con ambos puñ os, golpeá ndolo en el
pecho tan fuerte como puedo.
— ¿Qué diablos, chico?

149
Solo el Diablo Sabe
Le grito. Es solo ruido, porque estoy demasiado furioso para las
palabras. Oigo pasos que se acercan rá pidamente y luego Max baja
corriendo las escaleras.
— ¿Qué está pasando? — Exige, apartá ndome de Felter.
Entonces es cuando ve a su padre. Max se queda inmó vil, su cara se
vuelve manchada de rabia. Mueve la cabeza hacia Felter.
— ¿Tú hiciste esto? — Pregunta, su voz baja y tranquila, lo que
significa que está a punto de explotar.
Felter se pasa las manos por la ropa manchada de sangre, se vuelve
hacia la barra y se sirve otra copa. — Claro que sí. — Señ ala a Franklin
con la mano que sostiene el vaso. — Realmente deberías pensar en
limpiar eso.
Max se acerca a la barra. Sus hombros está n tensos, y doy un paso
atrá s, dá ndole espacio. Toma la botella de whisky y mira la etiqueta.
— No te di permiso para hacer eso.
Felter se encoge de hombros. — Bueno, lo tomé. El pobre bastardo
estaba nadando en su propia inmundicia.
En un abrir y cerrar de ojos, Max rompe la botella en la cara de
Felter.
Su nariz se rompe y la sangre brota por todas partes.
El detective grita de sorpresa y dolor, y luego Max agarra lo que
queda de su cabello y lo usa para golpear su cabeza contra la parte
superior de madera de la barra. Repite el golpe seis o siete veces, y
cuando deja caer a Felter al suelo, no queda nada de su cara, y su crá neo
se ha abierto, mostrando el cerebro dentro.
— ¡Hijo de puta! — Max patea el cadá ver tan fuerte como puede,
atrapando a Felter en su estó mago regordete.
La ú ltima bocanada de aire en sus pulmones se libera como un
suspiro de dolor, y me sobresalta.
— ¡Maldita sea! Ahora son cuatro de los que tenemos que
deshacernos.

150
Solo el Diablo Sabe
Me quedo quieto y mantengo mi voz baja. No quiero enfadar má s a
Max. — ¿Vamos a posarlos, señ or?
— No. — Sacude la cabeza, su ira irradiando de todo su cuerpo. Está
enojado. — Los enterraremos.
— ¿Dó nde?
— Supongo que en el jardín. — Se pasa una mano por el pelo. No le
gusta cuando suceden cosas que no puede controlar. — Ayú dame a
moverlos.
Conseguimos algunas de sus lonas para pintar y las envolvemos
todas, incluida la alfombra en la que se desangró la perra. Se necesita un
tiempo para sacarlos a todos, y aú n má s para cavar el hoyo. Me alegro de
que Max esté tan en forma, porque no hay forma de que pueda cavar una
tumba lo suficientemente grande solo.
Lleva casi toda la noche, pero finalmente arrojamos a Jacob, la
Inspectora en Jefe, al detective y a Franklin al pozo. Paleamos la tierra
sobre ellos y la aplastamos. Está n enterrados profundamente. Ningú n
animal que venga del bosque podrá encontrarlos, y el olor de su
podredumbre no debería notarse en absoluto.
— Haremos que el jardinero ponga má s rosas encima. — Max dice.
Mira hacia el cielo, que está amaneciendo. — Mierda. Tenemos que
dormir un poco. Mañ ana será un día ajetreado.
Entramos y nos duchamos, pero los dos estamos demasiado
cansados para hacer algo má s que lavar la suciedad y la sangre. Caemos
en la cama y nos quedamos dormidos antes de que nuestras cabezas
toquen la almohada.

MAX se queda en Rosewood Manor para ocuparse del jardinero. Cojo


su coche y voy al pueblo a alquilar un camió n para los lienzos. Me confía

151
Solo el Diablo Sabe
su auto y su tarjeta de crédito, y me siento muy afortunado. No puedo
joder.
Reservo el camió n y vuelvo a la casa enseguida. Max está listo para
unirse a mí, y el jardinero está plantando rosales grandes y maduros en el
á rea que excavamos anoche. Si alguien entra al jardín ahora, no hay forma
de que piense que hay algo reciente debajo de esos macizos de flores.
Pasamos las pró ximas horas preparando los lienzos. Max debe
haberlos empaquetado mientras yo organizaba el transporte. Para cuando
terminamos, el camió n ha sido dejado y comenzamos a cargar.
Nos lleva a la ciudad sin decir una sola palabra. No me atrevo a
entablar ninguna conversació n con él. Max odia las conversaciones
triviales. Me doy cuenta de que tiene algo en mente por lo blanco que
está n sus nudillos, así que me quedo callado y observo el mundo pasar a
nuestro lado.
— Quédate aquí. — Ordena, deteniéndose detrá s de un elegante
edificio gris.
Salta del camió n y da un portazo. Está oscuro afuera, y no puedo ver
mucho de nuestro entorno má s allá de donde se tocan las luces de la calle.
La entrada trasera del edificio está deliberadamente envuelta en sombras,
pero puedo ver la punta de un cigarrillo encendido moviéndose en la
oscuridad, seguida de bocanadas de humo. Max saluda a la sombra, luego
se acercan al camió n y un hombre enorme y voluminoso ayuda a
descargar los lienzos y los lleva al edificio. Los observo por el espejo
retrovisor, preguntá ndome cuá nto tiempo lleva Max arreglando su
galería. Ni siquiera insinuó mostrar su obra de arte tan pronto. Se suponía
que yo era su obra maestra. Su ú ltimo lienzo. Pero dijo que Jacob era el
nú mero veintiuno y que su obra maestra era para mí.
Cuando terminan, Max le entrega un sobre al tipo (dinero, supongo)
y luego vuelve a subirse al camió n. Debe sentir lo desesperado que estoy
por hacer preguntas, porque me sonríe, sus ojos oscuros brillando en las
luces.
— Tienes una pregunta. Vamos.

152
Solo el Diablo Sabe
— ¿Era el señ or Endicott? — Disparo apresuradamente, ansioso por
saber.
É l niega con la cabeza. — Es su lacayo. Adá n. Seguridad de las obras.
— ¿Estará trabajando la noche de la galería?
Max me mira de reojo. — Dije que tenías una pregunta. Ahora, dale
un buen uso a esa boca y ven aquí, muchacho.
Se desabrocha los vaqueros para liberar su polla hinchada. Me
inclino cuando Max comienza a conducir de nuevo y llevo su polla hasta el
fondo de mi garganta. Su mano descansa en mi nuca, empujá ndome hacia
abajo de modo que me ahogo mientras él aprieta su agarre, haciéndome
ver estrellas. No tarda mucho en correrse en mi boca. Trago cada gota de
su néctar. Lamiendo mis labios, meto su polla en sus jeans y levanto la
cabeza.
Mi corazó n da un vuelco cuando veo que se detuvo en un semá foro
en rojo y me está mirando directamente, pero hay algo diferente en su
mirada. No sé qué es. Sus ojos hurgan entre los míos como buscando algo,
luego su mirada aterriza en mis labios, y en un instante, su boca se aplasta
contra la mía, profunda y apasionada. Estoy sin aliento cuando él se aleja.
Las esquinas de sus mejillas está n ligeramente rosadas.
— Solo cinco días má s, y luego todo cambiara.
— ¿Qué pasa entonces? ¿Después de la galería?
Arquea una ceja y levanta la comisura de su labio. — Entonces
somos tú y yo, chico. Siempre.
— ¿Siempre? — Susurro, apenas capaz de respirar y mucho menos
repetir la palabra.
É l asiente una vez, y todo mi cuerpo se llena de emoció n.

153
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Veintitrés
Wyatt

Los lienzos está n colgados en un orden minuciosamente preciso. Si


entras a la galería desde la puerta principal, el primer lienzo es el primero
que Max creó . Se llama Portero Nú mero 1. No sé quién era el portero,
pero dejó un hermoso collage de salpicaduras de sangre mezcladas con
pintura verde y amarilla, casi como un halo alrededor de donde solía estar
su cuerpo. Es hermoso, pero no es tan bueno como los lienzos má s
nuevos, los que cuelgan má s adentro del edificio.
No puedo creer que solo hayan pasado siete añ os desde que Max se
convirtió en mi Señ or. Parece que fue ayer cuando me sacó del piso del
director donde me obligaban a servir a ese anciano y sus amigos. Yo era
flaco y tímido, solo un estú pido quinceañ ero, pero Max vio algo en mí. É l
me recogió y me hizo má s de lo que solía ser, y lo amo por eso. Siempre
estaré agradecido de que me haya elegido.
Esto es todo para ti.
Eso es lo que me dijo esta mañ ana. Solía transformar a la gente por
su propio deseo. Dijo que dejó de hacer eso en el momento en que me vio.
Se convirtió má s en arte que en placer. Claro, este no es exactamente Max
declará ndome su amor, pero es lo má s cerca que probablemente estaré.
Y me hace tan, tan malditamente feliz.

154
Solo el Diablo Sabe
Me siento como si estuviera flotando sobre el suelo mientras camino
por la galería, admirando el trabajo de mi Señ or, vestido con el traje azul
marino que me compró . Dijo que el color resalta mis ojos y que ama mis
ojos.
Me felicitó . Todavía no puedo creerlo.
Lo veo de pie en el centro de la galería, con una botella de agua en la
mano. Toma un sorbo y su mirada recorre las pantallas. Todo tiene que
ser así. El orden de los cuadros, la altura que cuelgan, las tarjetitas con los
nombres que le ha puesto a cada uno. No reconozco a ninguno de los
invitados ni a los críticos de arte, pero siguiendo los murmullos de la
conversació n que sigo captando, todos está n gratamente sorprendidos.
Está n llamando a su trabajo ú nico. Max siempre decía que su trabajo era
diferente.
Es un genio. Siempre lo he sabido. Ahora el mundo también lo sabrá .
Es lo que hemos estado esperando todos estos añ os.
Me muevo para pararme cerca de él, justo detrá s de su codo
izquierdo, cerca pero no demasiado cerca. É l me mira. Un hombre con un
llamativo traje morado se acerca y comienza a hablarle. Tiene una pierna
ortopédica y usa un bastó n plateado para mantener el equilibrio. Su
cabello blanco está peinado hacia un lado.
— Señ or Harris. — Dice el hombre, su rostro sonrosado brillando
con las luces. — Espectá culo brillante. ¿Dó nde te has estado escondiendo
todos estos añ os?
Max se encoge de hombros casualmente. — A la vista.
— Bueno, me atrevo a decir que tienes un demonio de talento. Muy...
ú nico en verdad.
— Es una pena que nunca hayas revelado tu trabajo antes,
Nathaniel. — Interviene otro hombre, palmeando a Max en el hombro. —
Sin embargo, me has robado un buen dinero, así que tal vez debería estar
agradecido.
Me estremezco ante el hombre que lo toca, pero Max no enloquece.
En su lugar, me mira de nuevo, sus labios ligeramente hacia arriba.

155
Solo el Diablo Sabe
— Todas las cosas buenas llegan a aquellos que esperan. —
Responde, con los ojos brillantes. Está orgulloso de su trabajo, y debería
estarlo. Ningú n artista en la tierra podría replicar a Max. É l es ú nico.
— Me pregunto si podrías contarnos sobre el medio que usaste. —
Dice el hombre de traje morado. — Parece má s que pintura.
— Eso es porque lo es. — Max dice. — Es pintura y material
orgá nico. Medios encontrados, se podría decir.
— ¿Orgá nico? — Pregunta el segundo hombre.
— Sí.
— ¿Qué tipo de material orgá nico?
Max toma un sorbo de su agua y sonríe. — Ahora, eso es un secreto
comercial. Si te lo dijera, tendría que matarte.
No puedo evitarlo. Me río. Los demá s también se ríen,
completamente ajenos.
— Si me disculpas. — Max dice, asintiendo brevemente.
Me aleja de los hombres por mi codo. La alegría se ha ido de su
rostro ahora. Los mú sculos se aprietan con fuerza a lo largo de su
mandíbula, y sus ojos se entrecierran en rendijas mientras me guía fuera
del alcance del oído de los invitados. Mi pulso aumenta y entro en pá nico.
É l no estaba feliz. Solo estaba siendo Nathaniel.
— ¿Está todo bien, Señ or? — Sondeo dó cilmente, mi corazó n
tartamudeando.
Mira a su alrededor y luego me hace una mueca. — Tenemos un
invitado no invitado. El hermano de Genevieve, Steven.
Frunzo el ceñ o, inseguro del nombre. — ¿Quién es ese, señ or?
— Traje morado. Lo reconozco del funeral de su hijo. Pintura el
Desafortunado Nú mero 2. Andrew Knight.
Mis palmas se vuelven sudorosas y me tenso. — ¿Qué.. qué
deberíamos hacer?
Max sonríe. — Lo jugamos en su propio juego.

156
Solo el Diablo Sabe
— No entiendo, señ or.
— Solo sigue mi ejemplo.
Gira sobre sus talones y sonríe a una pareja que pasa caminando.
Hacen una pausa para admirar al Desafortunado Nú mero Diez colgado a
nuestro lado, señ alando y murmurando su evaluació n. Max les agradece
por venir y regresa a la multitud de personas, que lentamente comienzan
a disminuir. La mayoría de sus pinturas han sido compradas, y el Sr.
Endicott, el agente cuya galería financió la exhibició n, está fuera de sí, con
visiones de libras esterlinas bailando en su cabeza. En cualquier medida,
este espectá culo ha sido un gran éxito y no podría estar má s feliz por Max.
A la mierda con este Steven por aparecer para arruinarlo todo.
Mientras los invitados restantes se quedan para tomar una copa y
má s entremeses, Max se disculpa y llama mi atenció n. Asiente con la
cabeza hacia la escalera de caracol al otro lado de la habitació n. Sé dó nde
debo reunirme con él. Me mostró esta habitació n a nuestra llegada.
Max se gira, agradece a sus invitados por ú ltima vez y luego sube al
ascensor.
Dejo mi bebida vacía en la barra. Me tiemblan las piernas mientras
subo las escaleras de dos en dos. Max dijo al final del evento que quería
darme algo. No sé qué, pero realmente espero que resulte en un par de
bolas rojas y un cuello magullado. Todavía me duele el culo de la ú ltima
vez que me azotó . Sin embargo, no es suficiente, y creo que Max lo sabe.
Cuando llego a la habitació n en lo alto de las escaleras, la que tiene
las ventanas que muestran las luces de la ciudad, está de pie de espaldas a
mí. Me deslizo en la habitació n y cierro la puerta, amortiguando los
sonidos de abajo. Max me hace señ as para que me acerque con un simple
giro de cabeza.
— De rodillas, muchacho.
Me dejo caer de rodillas, abro las piernas y entrelazo las manos
detrá s de la espalda.
Max gira para evaluarme y parece complacido. Está sosteniendo una
caja larga de terciopelo.

157
Solo el Diablo Sabe
— Te he enseñ ado bien. — Dice con orgullo.
— Sí Señ or. — Me encanta la forma en que me mira como si fuera un
trozo de carne. Me excita muchísimo.
— Has sido un buen chico, Wyatt. Me has complacido mucho con tu
obediencia. Tu lealtad. Acaricia el terciopelo de la caja, mirá ndome
fijamente. — He pensado en esto durante mucho, mucho tiempo, y creo
que es hora de que hagamos algunos cambios por aquí. Quiero llevar las
cosas al siguiente nivel.
No sé qué decir, así que me quedo en silencio. Estoy sin aliento con
la anticipació n. Apuesto a que Max puede ver mi corazó n latiendo contra
mis costillas. Lo que sea que esté a punto de decir, lo que sea que esté a
punto de hacer, va a cambiar mi vida. Lo sé.
— Quítate la chaqueta y la camisa. — Ordena.
Obedezco inmediatamente.
Se adelanta, con la caja apretada en la mano. Contengo la
respiració n mientras me da vueltas lentamente, deteniéndose a mi lado
izquierdo, su mano acariciando mi hombro. Algo frío se desliza arriba y
abajo por mi columna. Es largo y cosquilleante. Trato de no reír o gritar,
cuando la sensació n se convierte en un dolor rá pido y mi espalda quema.
Me está azotando. Oh Dios, oh Dios, oh Dios. ¡Me está azotando por
fin!
— Este lá tigo es especial. — Latigazo. — Quiero que trabajes
conmigo a partir de ahora, Wyatt.
Otro golpe. Esta vez, la delgada cola de cuero se envuelve alrededor
de mis costillas. Siseo y gimo. Se siente tan jodidamente bien.
— Pero primero, tenemos que romper tu lá tigo.
— ¿M-mi lá tigo, señ or?
Se ríe, su cá lido aliento me hace cosquillas en la oreja. — Si niñ o. Tu
lá tigo.

158
Solo el Diablo Sabe
— ¡Nghhhh! — Gimo cuando el lá tigo, no, mi lá tigo, rompe la piel de
mi espalda, y mi cuerpo hormiguea cuando la sangre emerge de las
ronchas. Es tan doloroso y emocionante como siempre supe que sería.
— De ahora en adelante, vamos a crear obras maestras juntos.
Latigazo.
Mi pecho estalla en un dolor ardiente.
— Seremos socios, tú y yo, al menos hasta cierto punto. Pero nunca
olvides que soy tu dueñ o. Eres mi chico. Eso no cambia. Ni por un
segundo.
No quiero que cambie. Me golpea de nuevo, y marca la piel de mi
abdomen. Veo estrellas por un momento. Es como un sueñ o dichoso
hecho realidad. Miro hacia abajo para poder ver la sangre y las lá grimas
en mis ojos. Es hermoso. Me está haciendo hermoso. É l me está
transformando.
Dios, no quiero que se detenga.
Ojalá hubiera un lienzo aquí, que pudiera convertirme en uno de sus
hermosos cuadros. Pero sé que él no quiere transformarme por completo.
Quiere que yo sea su pareja.
Las lá grimas ruedan por mis mejillas. El dolor cesa y Max envuelve
su mano alrededor de mi cuello, agarrá ndome con firmeza. Clava el
mango del lá tigo en mi espalda y roza las laceraciones, profundizando mis
heridas.
Mmmm, sí.
— ¿Te gusta que? — Max susurra en mi oído.
— Se siente tan jodidamente bien, señ or.
— Entonces, ¿por qué está s llorando?
— Porque… porque soy feliz, señ or. Tan feliz que podría morir.
Agarra mi mandíbula e inclina mi cabeza hacia un lado, obligando a
nuestros labios a encontrarse. Su pelo rubio me hace cosquillas en la cara

159
Solo el Diablo Sabe
y puedo sentir el sabor de la sangre en su lengua. Su sangre. Gimo en su
boca, todo mi cuerpo arde por su toque.
Alguien llama a la puerta y Max aparta los labios. Su agarre en mi
cuello se aprieta, luego lo suelta y abre la puerta una pulgada. Estoy
furioso de que alguien nos interrumpa, pero Max se mantiene tranquilo.
É l se ríe. — Bueno, mira quién es.
Me señ ala la camisa y me vuelvo a vestir rá pidamente. Una vez que
las marcas de los latigazos está n ocultas, abre la puerta por completo y da
un paso atrá s.
Steven Knight entra en la habitació n.
Solo.
Instintivamente retrocedo contra la pared. Esto no puede terminar
bien.
¿Qué diablos está haciendo Steven aquí?
— ¿Ha venido a felicitarme por el éxito de mi evento, señ or Knight?
— Max se burla de él, sin una pizca de miedo en su rostro. No quiere que
Steven piense que lo tiene arrinconado.
Steven está tembloroso, su voz temblando de emoció n o miedo
cuando responde. — Esperaba que hubieras visto a mi hermana. ¿Gen? Sé
que es tu amiga. No se la ha visto en varios días.
Max se encoge de hombros. — No la he visto. Lo siento. — Le da la
vuelta a Steven y lo empuja hacia la puerta. — Ahora, adió s.
Comienza a sacarlo de la habitació n, pero el tonto no se va. Clava su
bastó n en la puerta y gruñ e en la cara de Max. — ¡Sé lo que hiciste,
Nathaniel! — Su saliva sale volando de sus labios, su rostro enrojecido de
furia, volviéndose del mismo color que su traje. — Sé quién eres.
Los hombros de Max se tensan, luego se desploman mientras deja
escapar una carcajada. — ¿Tú sabes quién soy? Es un hombre inteligente,
señ or Knight. ¿Qué me delató ? Mi nombre en cada pintura, ¿eh?
Steven entra en la habitació n. Me congelo en el lugar, sorprendido
de verlo aquí. Estoy aú n má s sorprendido de ver que Max no le impide

160
Solo el Diablo Sabe
entrar. En cambio, Max simplemente cierra la puerta detrá s de él, luego se
da la vuelta con las sonrisas falsas que Nathaniel solía usar.
—Te lo preguntaré una vez — Steven gruñ e, pará ndose entre Max y
yo. — ¿Dó nde está Genevieve?
— Y te responderé solo una vez má s. Nunca he oído hablar de ella.
Una rá faga de calor sube por el rostro de Steven de nuevo, tiñ endo
su cuello y orejas de color rosa. Es todo un veterano retirado. Alto, todavía
en forma, tal vez un poco flojo en el medio, y sus sorprendentes mú sculos
se flexionan bajo su traje malva. Cuando infla el pecho y mira a Max, son
casi del mismo tamañ o. Steven es un poco má s alto, pero Max es má s
joven y rá pido.
— Déjate de idioteces, pedazo de mierda. Ella me dijo quién eres.
¡Me dijo lo que has hecho!
Max levanta las cejas. — ¿Qué? ¿Yo? No he hecho nada que no sea
perfectamente legal.
— ¡Eres un maldito mentiroso!
Max suelta una risa burlona. — Oh, ahora solo está s siendo hiriente.
— ¡Te voy a detener, maldito monstruo!
— ¿En realidad? ¿Todo por ti mismo?
Steven vacila. — No. No soy el ú nico que sabe quién eres realmente.
Gen era inteligente en ese sentido. Má s inteligente que tú , parece.
Abigail… — Se detiene al instante y aprieta la mandíbula. Es
malditamente divertido có mo un hombre de su calibre y edad acaba de
cometer un gran desliz.
— ¿Abigail Johnston? — Hago una mueca a Steven y luego miro a
Max. — Ella es la administradora que trabaja en Maperly. Jacob la odiaba.
Ella siempre se negaba a darles descansos para almorzar.
Max se echa a reír. Se las arregla para recomponerse y se seca los
ojos. — ¿Y qué es lo que supuestamente sabe esta Abigail? — le pregunta
a Steven deliberadamente.

161
Solo el Diablo Sabe
Steven se está exasperando, inflando su pecho, sus ojos recorriendo
la habitació n. Finalmente, finalmente se rinde. — Ella sabe que Nathaniel
Harris es El Flagelador de Londres.
Me quedo helado, pero Max se ríe.
— ¿Ah, de verdad? ¿Y qué prueba tiene ella? ¿Qué prueba tienes?
É l duda. — El circuito cerrado de televisió n te pilló saliendo con ese
chiflado y un ordenanza. Pero ella me lo dio, y solo yo tengo la copia. Só lo
yo.
— Quieres hacer un trato conmigo. — Max murmura, y no es una
pregunta.
— Devuélveme a mi hermana. Dame a Gen y te daré las imá genes.
Max sonríe. Está disfrutando esto, y está poniendo a Steven
apopléjico.
— No deberías poner todos tus huevos en una canasta, viejo
contador de tiempo. Pensé que ya lo habrías aprendido. ¿O perdiste todo
tu sentido comú n cuando perdiste tu jodida pierna?
Eso lo hace.
Steven da un paso adelante, con las manos cerradas en puñ os
apretados, pero se detiene cuando Max se rasca la mejilla afeitada y mira
al techo, con una mirada de fingido interés en él. Es como si en realidad
estuviera contemplando la ridícula oferta de Steven, pero sé que es
diferente.
— Ahora que lo pienso. — Max dice, todavía sin molestarse en mirar
a Steven a los ojos. — Me pareces familiar. — Chasquea los dedos y mira
hacia abajo. — ¡Eso es! ¡Los ojos! Son tan azules. Muy parecido al del
joven Andrew.
Steven parece que Max acaba de golpearlo. Se pone pá lido, sus ojos
se agrandan y su manzana de Adá n se sacude mientras lucha por tragar.
El color vuelve volando cuando se da cuenta y su rabia se reafirma. Sin
embargo, Max sigue hablando. Nunca lo he visto hacer un monó logo como
dijo que hizo Felter. Es divertido de ver.

162
Solo el Diablo Sabe
— Por cierto, ¿te gustó su retrato? — Max inclina la barbilla hacia la
puerta. — Está colgando justo al lado de la entrada principal. El
Desafortunado Nú mero 2. Me rogó que no lo matara, ya sabes.
Lloriqueaba como un niñ o pequeñ o. Se cagó y todo.
Mierda, có mo desearía haber estado allí. Sí, estoy jodido. Pero Max
me ama por eso. Dice que coincido con su locura.
Steven se ahoga con el aire por un momento, perdiendo la
compostura. Lo que sea que esperaba ganar al venir aquí aparentemente
ya no es una opció n para él. La mirada asesina arde en el rostro de Steven,
y se abalanza sobre Max. Utiliza todo su peso para derribarlo. Me
sorprende ver a Max tropezando y agarrá ndose de la pared para
apoyarse. Instintivamente me apresuro a ayudarlo, enfurecido porque
Steven logró hacer eso. Pero el aire es expulsado de mis pulmones. Mi
visió n se vuelve borrosa por el dolor, y me inclino, tratando de recuperar
el aliento.
¡El viejo bastardo me golpeó en el estó mago con su bastó n!
Aunque no por mucho tiempo.
Max le da tres golpes directos al estó mago de Steven, devolviéndole
el favor.
— Ese fue un terrible error. — Le dice a Steven, en voz baja e
incluso mientras sacude la mano adolorida.
Steven lucha por respirar, dá ndole tiempo a Max para desplegar su
lá tigo y agarrarlo por la garganta. Intenta atrapar a Max con su bastó n,
pero me estiro para quitarle la maldita cosa. Se las arregla para evitarme
como un esgrimista con una espada. Tiene una fuerza sorprendente para
un veterano con una sola pierna.
— Déjalo. — Max gruñ e, envolviendo su lá tigo alrededor de la
garganta de Steven. — Apá rtate, atrá s, Wyatt.
Me escabullo fuera del camino, mis manos y piernas temblando.
Steven empuja a Max, y los dos chocan contra la pared nuevamente,
derribando las pinturas y golpeando los muebles. Golpes aterrizan en
cada uno de sus rostros. Steven golpea a Max en las costillas. Max lo patea

163
Solo el Diablo Sabe
en el estó mago y le da un rodillazo en la cara. Me siento tan impotente
viéndolo pelear así. Debe haber algo que pueda hacer. Doy un paso
adelante de nuevo, me detengo, me agarro del pelo, confundido y enojado.
Me dijo que me quedara atrá s, así que no puedo desobedecerlo.
Nunca había visto a Max pelear así antes.
Nunca lo he visto pelear, punto.
Nadie ha puesto nunca mucha resistencia. Supongo que Max eligió
sabiamente a sus oponentes, en ese caso. Pero solía hablar de querer
pelear con alguien de la misma fuerza, y eso es definitivamente lo que
está haciendo Steven. Está igualando a Max en todas las formas posibles, y
joder, me pongo duro solo con verlos.
Es la lucha de cualquiera. No puedo decir quién está ganando, y cada
vez que Steven le da un golpe a Max, me estremezco. Sin embargo, Max se
mantiene erguido y lo toma, y luego da lo mejor que puede. Se las arregla
para arrancarle el bastó n de la mano a Steven y le da una patada fuerte en
la pierna artificial, haciéndolo caer despatarrado. Max vuelve a agarrar el
lá tigo, lo aprieta alrededor del cuello de Steven y tira con todas sus
fuerzas. Las venas se le revientan en la garganta por el esfuerzo.
Steven se atraganta y arañ a el cuero alrededor de su cuello, pero
Max no lo suelta. Está parado sobre Steven ahora, estrangulá ndolo y
pateá ndolo en el estó mago por si acaso. Yo también quiero patearlo, pero
tengo que quedarme aquí. La cara de Steven está casi morada y Max
también está sonrojado. Sus ojos arden de rabia, pero también de alegría.
Ha estado deseando esto, creo. Necesitá ndolo.
Finalmente, los estertores del anciano se calman y su cuerpo se
vuelve inerte. Max lo estrangula un poco má s solo para asegurarse de que
realmente está inconsciente y luego lo suelta. Se endereza y se pasa el
dorso de la mano por la boca, limpiando la sangre que le gotea por la
nariz. Está respirando pesadamente, con una ligera capa de sudor, y
quiero que me folle tanto que puedo saborearlo.
Me mira, y sus ojos se deslizan hacia la erecció n que cubre mis
costosos pantalones de traje. É l sonríe y vuelve a levantar el lá tigo.
— Folla su boca. — Me ordena. — Ahó galo.

164
Solo el Diablo Sabe
Me desabrocho la bragueta y saco mi polla, acariciando mientras me
acerco. Me dejo caer sobre mis rodillas, cerniéndome sobre el anciano
casi inconsciente. Max lo deja tomar un poco má s de aire y él abre la boca
para jadear. Aprovecho el momento y embisto su boca y todo el camino
hasta su garganta.
Ahora tiene arcadas de nuevo, y su garganta se aprieta alrededor de
mí con espasmos. Es lo má s caliente que he sentido en mucho tiempo, y
no pasa mucho tiempo hasta que se me doblan los dedos de los pies.
— Señ or. — Jadeo, mi cuerpo hormigueando cuando llego a mi
clímax. —¿Puedo correrme?
— Hazlo. Será lo ú ltimo que pruebe en su vida.
Gimo y tiro su garganta llena de mi semen. Escupe y tose, pequeñ as
gotitas blancas salpican sus labios. Salgo y abofeteo su cara, y Max se ríe.
— Buen chico.
Me acaricia el pelo y se inclina para besarme. Steven gime de nuevo,
y Max contrae su garganta una vez má s, dejá ndolo inconsciente mientras
nos besamos.
— Levá ntate. — Me ordena, agarrá ndome por el cuello. — Dame tu
cinturó n.
Obedezco, y él también se quita el cinturó n. Usa el mío para
asegurar los brazos de Steven y el suyo para atarle las piernas. Su pierna
artificial solo llega hasta la rodilla y Max se la quita. Lo mira y se ríe, luego
deja la pierna a un lado.
— No creo que necesite esto donde va.
— ¿A dó nde va?
Levanta una ceja ante mi pregunta no solicitada y me quedo en
silencio. Sin embargo, no se enoja, lo cual es una señ al de lo feliz que está
esta noche. É l merece serlo.
— En el armario de allí por ahora, luego en el maletero del coche.
Ayú dame a llevarlo allí.

165
Solo el Diablo Sabe
Luchamos contra Steven en el armario de los abrigos. Es un espacio
pequeñ o, y él no es un hombre pequeñ o, por lo que se necesita un poco de
creatividad para llevarlo allí. Comienza a despertarse, gimiendo un poco y
todavía tosiendo con mi semen. Max simplemente le cierra la puerta y la
bloquea desde afuera. Sostiene la llave con una sonrisa.
— Volvamos a la fiesta.
Sonrío, asintiendo con entusiasmo. — Sí Señ or.

166
Solo el Diablo Sabe

Capítulo Veinticuatro
Max

Horas má s tarde, el ú ltimo de los asistentes adinerados se tambalea


en la noche. Todas mis pinturas vendidas. Observo la ú ltima pieza,
Corredor Nú mero 12, siendo metido en el vehículo de alguien. Wyatt está
parado cerca, callado pero feliz. Endicott está jodidamente delirante
mientras hojea los recibos.
— Puedo darte tu parte en un cheque mañ ana. — Dice, sus labios
continú an moviéndose mientras cuenta en silencio sus ganancias.
— De ninguna manera. Me lo vas a dar ahora mismo.
— El dinero aú n no está depositado. — Señ ala, mirando hacia
arriba.
— Eres bueno para eso.
Me frunce el ceñ o, pero luego suspira teatralmente. — Bien.
Agentes. Son una maldita pesadilla.
Saca su mó vil de su bolsillo y transfiere los fondos de su banco al
mío. Mi mó vil emite un pitido para decirme que la transacció n se ha
realizado con el Sr. Nathaniel Franklin Harris.

167
Solo el Diablo Sabe
— Exhibició n muy exitosa. — Endicott concluye, volviendo a
guardar su teléfono en el bolsillo. — Espero que no tardes veinte añ os en
llegar al pró ximo.
— No será tanto tiempo. Sin embargo, tomará algú n tiempo volver a
construir la cantidad correcta de piezas. — Le lanzo a Wyatt una sonrisa
de suficiencia. — Pero eso es parte de la diversió n.
Endicott mira entre nosotros. — Bien. Bueno, llá mame cuando estés
listo para otra visita. ¿Y si alguno de los clientes quisiera una comisió n...?
— Lo consideraré.
É l asiente y se va, feliz como un cerdo en la mierda. Incluso
jodidamente silba mientras se aleja.
Adam cierra la puerta detrá s de Endicott y se vuelve hacia mí. Nos
conocemos desde hace mucho tiempo. Me debe grandes favores y está
empezando a pagar.
— Hay algo arriba que necesito que me ayudes a poner en el
maletero de mi coche. — Digo, mirando brevemente hacia las escaleras.
Adá n asiente.
Agarro una de las mantas de embalaje que usé para proteger los
lienzos en su viaje aquí desde la casa y la llevo arriba. Wyatt trota detrá s
de mí como el perrito fiel que es. Adam lo sigue en silencio. No es un gran
conversador, y siempre me ha gustado eso de él.
Una vez que estamos arriba, abro el armario. Steven está despierto,
pero está demasiado atado para hacer algo al respecto. Adam lo ve y
emite un gruñ ido evasivo.
— Solo tenías que elegir a un jodido veterano.
Mirando a Steven, digo: — É l me eligió a mí esta vez.
Los dos nos reímos y nos inclinamos para sacar a Steven del
armario. Wyatt nos ayuda a envolverlo en la manta de embalaje y él lucha.
Adam se golpea la cabeza contra el suelo y el viejo bastardo deja de
moverse.
— Si acabas por matarlo, ahora vendré por ti. — Le advierto.

168
Solo el Diablo Sabe
Adá n se ríe.
Entre nosotros, levantamos el bulto difícil de manejar y lo bajamos
por las escaleras. Wyatt va delante de nosotros con las llaves de la puerta
de entrada y de mi coche, abriéndonos el camino. Abre el maletero y
tiramos a Steven dentro. Una vez que encerramos a Steven, le entrego a
Adam algunas notas, le doy la mano y eso es todo. Probablemente no lo
veré por otros añ os. Eso está bien para mí.
Me dirijo a Wyatt y le digo: — La fase uno acaba de terminar. Ahora
es el momento de comenzar la fase dos. — Parece que quiere hacer una
pregunta, pero el cabroncete ya hizo una que no le dieron permiso para
hacer, así que tendrá que morderse la lengua. — Feliz cumpleañ os chico.
La pró xima obra maestra será nuestra primera pieza juntos. ¿Está s listo
para eso?
É l asiente con entusiasmo, sus ojos soñ adores se llenan de lujuria.
— ¡Oh, sí, Señ or! ¡Por favor!
Steven gime y yo me río. Mi chico también se ríe. Va a ser perfecto
para esto.
Le doy una palmada fuerte en el culo. — Sube al auto, chico.
Tenemos que hacer una parada rá pida de camino a casa.
El niñ o se ilumina con la palabra casa, y no puedo evitar reírme por
dentro.
El maldito mocoso se anima tan fácilmente.
— ¿A quién vamos a ver? — Pregunta, dejá ndose caer en el asiento
del pasajero.
Dejo pasar su pregunta y la falta de título mientras me sumerjo en el
auto. No estoy de humor para castigarlo por estar tan entusiasmado con
su nueva línea de trabajo. Yo era muy parecido a su edad.
— Abigail en Maperly. — Respondo, encendiendo el motor. — Creo
que ya la conoces. ¿Pasamos a saludarla?
É l me sonríe. — ¡Absolutamente, señ or! ¿Es ella…?

169
Solo el Diablo Sabe
Le doy una mirada arqueada y se queda en silencio. Chico
inteligente. Va a aprender muy rá pido conmigo como mentor.
Yo también estoy de buen humor esta noche, así que le tiro un
hueso al cachorro. Me dirijo a él. — Ella no es una pintura en proceso, no.
Ella es solo un obstá culo. Una vez que esté fuera del camino, nos
tomaremos nuestro tiempo con nuestro amigo en el maletero, solos tú y
yo.
— ¿Siempre? — Wyatt exhala, reflejando lo que prometimos antes,
la pequeñ a mierda empalagosa.
Asiento y pongo el auto en movimiento. Poco sabe Wyatt, voy a
convertirlo en el mayor asesino en serie jamá s conocido, y eso, de verdad,
será mi obra maestra.
Mi logro má s orgulloso.
Mi chico perfecto.
¿Y la mejor parte de todo? Só lo el diablo sabe quiénes somos.

Fin

170
Solo el Diablo Sabe

Acerca de Katze
Después de dejar la escuela y alquilar un apartamento de mala
muerte a los dieciséis añ os, Katze Snow ahora vive en Escocia con su
perro lobo y su gatito. Cuando no está escribiendo o escuchando mú sica,
trabaja para una organizació n clandestina de alto secreto, pero sshhh, es
un secreto. Finalmente publicó su primera novela en 2016.

Si deseas unirse a su boletín informativo para REGALOS


EXCLUSIVOS y mantenerse actualizado sobre sus libros, puede hacerlo
aquí: www.katzesnow.com

OTROS LIBROS DE KATZE:


https://www.amazon.com/Katze-Snow/e/B01M0GTAED
Katze también escribe bajo Scarlett Snow (libros de Harem
inverso/Romance paranormal):
https://www.amazon.com/Scarlett-Snow/e/B07NKFPSKN

171
Solo el Diablo Sabe

Acerca de Tiegan
Tiegan Clyne ha estado escribiendo durante má s tiempo del que la
mayoría de sus amigos han estado vivos. Le encanta la mú sica, la fantasía
oscura y contar historias. Tiegan es una dama loca por los gatos en
entrenamiento y un buen huevo en todos los sentidos.

172

Solo el Diablo Sabe
TRADUCCIÓN: Morodashii
Epub y diseño: Gigi
Hola, de parte de Traducciones Arcoiris les informo que está e
Solo el Diablo Sabe
Solo el Diablo Sabe
Delicias Criminales: Asesinos Seriales
KATZE NIEVE
TIEGAN CLYNE
Solo el Diablo Sabe
MI NOMBRE ES MAX, PERO LA GENTE ME LLAMA EL FLAGELADOR
DE LONDRES
He estado en silencio durante muchos añ
Solo el Diablo Sabe
Este libro es parte de DELICIAS CRIMINALES. Cada novela se puede leer de
forma independiente y contiene u
Solo el Diablo Sabe
Capítulo Uno
Max
El hombre desnudo encadenado a la pared de mi dormitorio apenas
puede moverse ahora. Sus
Solo el Diablo Sabe
Le doy una palmada en un lado de la cara. Esto me proporciona un
leve gruñido de mi presa, y una oleada d
Solo el Diablo Sabe
Le  doy  al  chico  una  mirada  de  soslayo.  Recibe  mi  respuesta
silenciosa y se arrastra sobre mi ca
Solo el Diablo Sabe
hasta que me pica la mano y me duele el hombro, ya cansado de azotar a
la víctima. Su piel brilla ahora,
Solo el Diablo Sabe
Tan. Malditamente. Hermoso.
Sigo insultándolo tan fuerte como puedo, el sonido de mi cuerpo
golpeando con

También podría gustarte