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Tips para escribir historias que te enganchen

1. Persuadir con el detalle

Lo importante a la hora de contar algo es saber elegir los detalles que muestren de manera fidedigna aquello que
quieres expresar, mostrándolo de una manera persuasiva. Debes aplicar esta idea a la trama en general, pero
también a cada una de las escenas. Veamos cómo.

La pequeña parecía muy cansada, era evidente que necesitaba una siesta.

Esta frase es sencilla y directa; sin duda, describe de manera efectiva lo que sucede. Sin embargo, no estimula la
imaginación de lector, ni le impulsa a seguir leyendo.

Llevaba puesto un casco de vikingo y tenía la boca pringosa de algodón de azúcar. Aunque sus ojos marrones se
cerraban por el cansancio, se negaba a acostarse. Sabía lo terca que era y que la lucha cotidiana estaba a punto de
comenzar.

Esta versión, al proporcionar más detalles, da más información sobre lo que sucede: la niña está cansada y necesita
dormir, y el narrador debe conseguir acostarla. Sin embargo, proporciona ciertos detalles secundarios —la boca
pringosa, el casco vikingo— que, aunque ayudan a corporeizar la escena, no apoyan la cuestión principal.

Aunque sus ojos marrones se cerraban por el cansancio, se negaba a acostarse. El casco de vikingo que llevaba
puesto le daba un aspecto cómicamente fiero. Usando el palo del algodón de azúcar como si fuera una espada
apuntó a mi pecho y dijo:
—No pienso acostarme.

En esta versión, se han transformado los detalles para que apoyen el sentido general del texto: el casco y el palo del
algodón dulce se han convertido en pertrechos de guerra que anuncian una pequeña batalla doméstica. Pero
además, sabemos mucho más sobre la niña: no le gusta echarse la siesta, pero además es imaginativa y luchadora.

De este modo, hemos creado una escena mucho más atractiva para el lector que querrá saber cómo reacciona el
narrador al ultimátum de la pequeña, cómo se resuelve el conflicto y quién resulta vencedor.

2. Emocionar

Leemos para emocionarnos.

Por eso al escribir, tienes que buscar implicar las emociones, la imaginación y el intelecto del lector. Y para ello,
nada mejor que cuidar el detalle revelador.

Una de las cosas que debes conseguir con tu escritura es transmitir emociones. De hecho, en torno a ellas gira
siempre la mejor literatura. Veamos cómo lograrlo.

La mejor escritura es aquella que logra que el lector se ponga en el lugar de los protagonistas y sienta lo que ellos
sienten: ira, amor, camaradería, frustración, felicidad, terror, tensión… De modo que tus textos tienen que lograr
atrapar tanto la mente del lector como su imaginación y su corazón.
Por eso, limitarse a nombrar las emociones significa empobrecer la narración. Lo que debes buscar es presentar
aquellos detalles específicos, concretos, que representan una emoción. Ofrecer una imagen definida y precisa que
se represente de modo claro en la mente del lector y que le lleve a sentir la emoción o el sentimiento que quieres
transmitir.

El objetivo debe ser hacerle participar de la acción para que sienta, no nombrar emociones abstractas que no logran
hacer sentir.

Veámoslo con un ejemplo:

Cuando Pedro murió, me sentía miserable.

Esta frase puede parecer certera, pero es muy imprecisa. No basta con nombrar lo que siente el narrador, porque el
lector se siente ajeno a ese sentimiento. ¿A qué se refiere exactamente la idea de sentirse miserable? Es algo
demasiado vago como para despertar la empatía del lector.

Aunque viva mil años nunca olvidaré lo completamente sola que me sentí tras la muerte de Pedro. Aunque los meses
fueron pasando, no era capaz de apartarlo de mi mente: todas las cosas me recordaban a él. Creí que nunca lo
superaría.

Si bien en esta ocasión se han añadido detalles específicos, esos detalles sólo ayudan a la narración, resultan
meramente enunciativos. En realidad no le proporcionan al lector una razón para echar de menos a Pedro, lamentar
su muerte y sufrir junto a la narradora.

No podía desprenderme del recuerdo de Pedro. A las cuatro, la hora a la que solía regresar del trabajo, me
sorprendía esperando escuchar el ruido de su llave en la cerradura. Por la noche, levantaba la vista de mi libro
esperando encontrarle sentado en su sillón, con los auriculares puestos con los que escuchaba su programa de radio
favorito. Curiosamente, las imágenes de Pedro enfermo en el hospital se habían borrado de mi mente.

Esta última versión resulta conmovedora porque, con sus detalles, nos ayuda a comprender y visualizar la relación
entre Pedro y la narradora: las rutinas tranquilas que compartían y cómo uno formaba parte de la vida del otro. No
existe una descripción pormenorizada, pero la hábil elección de los detalles permite que el lector se represente tanto
la vida con Pedro, como la vida sin él. Al tiempo, en ningún lugar se menciona expresamente la muerte, pero la
ausencia del hombre y la alusión al hospital logran que el lector interprete los hechos, involucrándolo en la
composición del texto.

Se trata simplemente de escribir textos que impliquen emocional e intelectualmente al lector con la obra. Permitir
que este se identifique con los hechos narrados, que empatice con las emociones de los personajes y que complete
con naturalidad las elipsis que presenta el texto.

Aquí tienes algunas ideas más sobre cómo usar la emoción para mejorar la escritura. Léelas.

3. Cada escena deba aportar al conjunto de la trama

Continuamos desgranando algunas formas en que podemos mejorar nuestra escritura para lograr con ello
enganchar al lector. El objetivo es tejer una red que cautive su atención para que solo desee seguir avanzando en la
lectura. Aunque son muchos los factores que pueden contribuir a ello (la presentación de la propia trama, el ritmo, la
elección del narrador, la fuerza de los personajes…) hay pequeños detalles que puedes implementar casi en cada
párrafo.

Uno de ellos consiste en incluir detalles que refuercen el sentido de una escena dentro de la trama. Ya hemos
hablado de cómo persuadir con el detalle, pero ahora se trata de proporcionar además aquellos detalles que te
ayudarán a crear en el lector una imagen clara de lo que significa esa escena concreta, al tiempo que proporcionas
información que haga avanzar la trama.

Por la forma en que se comportó en el restaurante lleno de gente, podría decirse que Fátima se había sentido
imantada por el atractivo desconocido de la camisa negra. Probó un par de trucos para llamar su atención y,
finalmente, tuvo éxito.

Aunque en este fragmento el autor proporciona información (la protagonista se encuentra en un restaurante donde
un desconocido le resulta atractivo, por lo que decide —y logra— llamar su atención), la historia en sí es poco
enjundiosa: no se narra nada interesante. Esta escena tampoco nos dice nada sobre Fátima.

El atractivo desconocido parecía pasear su mirada distraídamente sobre las personas que llenaban el restaurante.
Fátima percibió cómo sus ojos se detenían en ella con un parpadeo y una media sonrisa subía a sus labios. ¿Era su
imaginación o se había llevado la mano al corazón mientras fingía sacudir ligeramente la pechera de su camisa
negra? «Es guapo», observó su amiga Carmen. «Pse», concedió Fátima mientras jugueteaba con un mechón de pelo.
Evitó mirarle de nuevo, pero lanzó una sonrisa radiante por encima de las mesas. Girándose despacio, cruzó las
piernas como lo haría una femme fatale en una película antigua. «Con esto bastará», pensó para sí misma con
humor.

Al igual que en el fragmento anterior, en este se proporciona la información necesaria para el desarrollo de la
escena, pero además se ha hecho mucho más rica al contar el desarrollo del coqueteo entre la protagonista y el
desconocido, lo que ya de por sí atrapará la atención del lector, haciéndole partícipe del intercambio de miradas y
sonrisas.

Pero además, esta escena incluye ahora pormenores acerca del personaje, desarrollándolo y dando idea de su
personalidad al lector: la protagonista es una mujer que sigue el juego del coqueteo con un desconocido; no es la
primera vez que lo hace, puesto que sabe los pasos a seguir para alcanzar el éxito; y muestra sentido del humor
cuando se dice a sí misma que ya ha hecho lo suficiente para que el hombre se acerque.

Como hemos visto, se trata de incluir ciertos detalles que transmitan una idea más profunda o completa que lo que
la mera escena cuenta. No se trata únicamente de incluir la escena de un coqueteo en un restaurante, sino de lograr
que esa escena proporcione nueva información relevante sobre tus protagonistas, sobre sus aspiraciones y su forma
de actuar, ayudando a comprender mejor la historia de su conflicto que estás presentando.

4. Evitar el relleno

Ninguna forma es más efectiva para acabar con la atención (y la paciencia) de un lector que acumular páginas y
páginas en las que no sucede nada. El secreto para enganchar al lector y mantener cautivo su interés es hacer que la
trama siempre avance, aportarle casi con cada párrafo nueva información sobre la historia para que desee seguir
avanzando a través de ella.

Esto no significa que debas aplicarte a idear tramas trepidantes, donde en cada línea aguarde un giro argumental,
sino trabajar para que cada palabra permita comprender mejor a tus personajes y la manera en que sus decisiones y
reacciones van dando lugar al desarrollo de la acción. ¿Cómo hacerlo? Fundamentalmente evitando el relleno.

A veces puedes caer en la tentación de rellenar páginas y páginas con texto que, realmente, está aportando muy
poco al desarrollo de la historia que deseamos contar. Qué le vas a hacer: te gusta escribir y te resulta difícil resistirte
al impulso. Sin embargo tienes que permanecer atento para asegurarte de que todo lo que escribes, cuenta. Es decir,
aporta una información útil para comprender algún hecho que vendrá a continuación. Veámoslo como siempre con
un ejemplo:

A Guillermo le encantaban los deportes, ya fuera salir a correr por el parque cercano a su casa o practicar
submarinismo. Pero sin duda, su deporte favorito era el ping-pong.

La información esencial de este párrafo es que el deporte preferido del protagonista es el ping-pong. El resto
aumenta la cifra de palabras que contabiliza el procesador de texto, pero no aporta nada que ayude al lector a
comprender por qué a Guillermo le gusta especialmente este deporte, qué siente cuando lo práctica. Es decir, no hay
detalles que persuadan ni emocionen al lector.

El deporte favorito de Guillermo era el ping-pong. Aunque la gente lo suele tomar por un juego relajante, lo cierto es
que se precisa destreza manual, agilidad y resistencia para jugarlo bien.

Aunque en esta ocasión se proporcionan detalles, estos son de carácter general: ayudan a la narración, pero al no
referirse concretamente a las sensaciones de Guillermo, no logran que el lector entienda por qué prefiere ese
deporte a cualquier otro.

A Guillermo le gustaba practicar cualquier deporte, pero el ping-pong le entusiasmaba. Exigía de él destreza, agilidad
y resistencia y no entendía cómo había quien podía considerarlo simplemente un pasatiempo relajante.

Esta versión está más cerca de no ser simple relleno: no solo aporta datos sobre los requisitos para jugar al ping-
pong, sino que los relaciona directamente con el protagonista, de modo que nos cuenta algo sobre él. Las exigencias
del deporte le complacen y, de hecho, siente que le elevan por encima de aquellos a quienes el ping-pong les parece
un mero pasatiempo.

A Guillermo le gustaba practicar cualquier deporte, pero el ping-pong le entusiasmaba. Exigía de él destreza, agilidad
y resistencia y no entendía cómo había quien podía considerarlo simplemente un pasatiempo relajante. Le gustaba
sentir la firmeza con la que su mano sostenía la pala, el sudor corriendo por su espalda y cómo crecía la tensión entre
él y su contrincante a cada nuevo tanto.

Este último párrafo profundiza todavía más en los sentimientos del protagonista. No se detiene en consideraciones
generales sobre el deporte, sino que describe con detalles vívidos las sensaciones de Guillermo mientras lo práctica,
desde lo físico: cómo agarra la pala, cómo corre el sudor; hasta lo psicológico: la tensión entre los jugadores que
depende directamente de los tantos que señala el marcador.
La última versión nos dice que a Guillermo le gusta el ping-pong y por qué, nos dice cómo se siente cuando juega,
nos habla de una cierta competitividad. Todos esos detalles no solo sirven para fijar la atención del lector para que se
sitúe mentalmente frente a una mesa de ping-pong dispuesto a vencer a su contrincante, también contribuyen a que
más adelante comprenda que para Guillermo sea más importante asistir a un torneo de ping-pong que acompañar a
su mujer a una cita médica. De modo que se cumple un doble objetivo: se aportan detalles que apelan al lector, que
le permiten ligarse a la acción y a sus personajes; pero también se proporciona un contexto que explica lo que
sucederá a continuación.

Un buen texto debe satisfacer ese doble objetivo, lo que no resulta sencillo, así que es mejor no desperdiciar
palabras escribiendo mero relleno.

Ahora bien, también debes aprender a discernir cuándo lo que has escrito es mero relleno y cuando, sencillametne,
estás haciendo un buen trabajo de escritor. Aquí hablamos más sobre este tema.

5. Profundizar

Para enganchar al lector, nada mejor que profundizar. No basta con narrar, no basta con describir: hay que
adentrarse en los abismos e iluminar la oscuridad. Quedarse en la superficie puede significar que el lector no se
implique con tu historia y la abandone. Pero si profundizas en las motivaciones de tus personajes, en las
consecuencias de cada acontecimiento que sucede, el lector logrará meterse bajo la piel de la narración, hacerla
suya, y no querrá abandonarla.

Para profundizar en tu historia necesitas tener muy claro qué quieres contar y qué impresiones buscas provocar. Sin
esas certezas, será imposible que logres hacer sentir al lector lo que quieres que sienta. Veámoslo con un ejemplo:

Todos en el colegio sabían que Blanca era la más mala de cuarto curso. Era una niña preciosa y muy inteligente y
siempre lograba salirse con la suya. Por el contrario, yo era torpe y tenía pocos amigos y era la empollona de la clase.
Así que Blanca convirtió mi vida en un infierno durante todo el curso.

En este fragmento, el autor pretendía hacernos comprender que Blanca es mala. Sin embargo, se ha centrado tanto
en los sentimientos de la narradora que solo la hemos «visto» a ella.

Todos en el colegio, menos los profesores, sabían que Blanca era la más mala de cuarto curso. Era una niña preciosa y
muy inteligente y siempre lograba salirse con la suya. Por el contrario, yo era torpe y tenía pocos amigos y era la
empollona de la clase. Una vez hice un mural precioso sobre la llegada del otoño, trabajé en él durante días. El día en
que debía entregarlo, Blanca me arrebató la cartulina y arrancó una por una, con sonrisa perversa y complacida, las
hojas de árbol que yo había recopilado y pegado cuidadosamente. Ni siquiera intenté explicar al profesor lo sucedido,
porque sabía que no me creería, y me vi obligada a pedir más tiempo para presentar el trabajo. Blanca convirtió mi
vida en un infierno durante todo el curso.

En esta versión, más extensa, se aportan detalles clarificadores sobre la conducta de Blanca. Ahora el lector tiene un
ejemplo claro de su maldad, puede representarse a Blanca destrozando el mural que la protagonista había preparado
con esmero. Y también sabe algo más de la propia protagonista, de su manera de ser y de su relación con Blanca.
Como podemos ver, ambos pasajes se ocupan de lo mismo; sin embargo la segunda versión, al centrarse en un
momento específico, logra que el lector se represente a Blanca, que se sienta presente en el momento en que
destroza el trabajo de la protagonista. Y, al representarse esa acción injusta, el lector no solo comprende la maldad de
Blanca, sino que además se pone instintivamente del lado de la narradora.

Por tanto, al incluir una acción concreta que cristaliza la maldad de Blanca se la presenta como a una niña mala de
una forma mucho más clara y palpable que si simplemente se apunta «Todos en el colegio, menos los profesores,
sabían que Blanca era la más mala de cuarto curso». Así mismo, en la segunda versión se concretan rasgos
importantes del carácter de la narradora: ella misma se define como «empollona», pero su esmerado trabajo sobre
el otoño la muestra como tal de manera concisa. Al tiempo, descubre su carácter tranquilo pero laborioso, cuando
nos la representamos recogiendo hojas. También su carácter algo conformista y un poco cobarde, al dar por hecho
que el profesor no la creerá y no atreverse a plantar cara a Blanca.

Se trata por tanto de profundizar, de no limitarse a esbozar acciones o sentimientos, sino de penetrar en ellos,
comprender su esencia y plasmarla de manera clara y representativa. Solo así lograrás enganchar al lector.

6. Lo específico mejor que lo general

Nos acercamos al final de esta serie de consejos sobre los puntos a tener en cuenta para escribir textos que capturen
la atención del lector desde la primera línea y no la suelten hasta la última. Porque si escribimos para que nos lean,
nada puede haber peor que desperdiciar el interés que el lector demuestra hacia nuestra obra cuando comienza a
leerla.

Sin embargo, solo se trata de tener claro algunos conceptos mientras escribimos: profundizar en lo que narramos,
emocionar, persuadir con el detalle… O cuidar que nuestro texto no se pierda en generalidades que dispersen la
atención del lector.

Al escribir, a veces puedes perderte en divagaciones. La narración se pierde en detalles secundarios o se disuelve en
ideas generales, que no atañen de cerca ni a tus personajes ni a la línea argumental. Esto suele suceder porque no
tienes claro lo que quieres contar, no has visualizado bien la escena, prestando atención a todos sus detalles,
calibrando las acciones que describirás y previendo las consecuencias que tendrán.

Basta con ser precisos y hacer constar aquello que mejor puede hacer comprender al lector lo que estás contando y
su significado en el conjunto de la obra.

Veamos un ejemplo:

Me miró de una manera que, sin resultar amenazante, me hizo sentir incómoda.

En esta frase se menciona una mirada y el sentimiento que dicha mirada suscita. Sin embargo, la descripción es
demasiado general: se podría definir con más exactitud esa mirada, así como concretar ese vago sentimiento de
incomodidad. Por ejemplo, un ceño fruncido o una mirada fija pueden reforzar esa idea de una mirada que resulta
incómoda. Mientras que esa incomodidad puede traducirse en un gesto como levantarse para salir del foco de los
ojos que nos miran o arreglarse la ropa.
Un ejemplo más:

Estaba claro que había que hacer algo para resolver esa terrible crisis.

Expresiones como «estaba claro», «sin duda», «era evidente»… a menudo son indicio de que no estás del todo
seguro de haber logrado que se haga patente para el lector lo que buscabas contar.

En lugar de incluir ese «estaba claro» debería haberse especificado los motivos por los cuales esa crisis debía ser
resuelta: de no hacerlo el protagonista perderá su empleo, un bosque será talado o la paz mundial correrá peligro.
No se trata de escribir «estaba claro», sino de asegurarse de que, en efecto, las consecuencias quedan claras.

Si te expresas con la necesaria contundencia te podremos ahorrar el uso de binomios como «terrible crisis», «cosas
horribles» o «sucesos inimaginables» porque habrás especificado qué es lo terrible, lo horrible o lo inimaginable.
Evitando las vaguedades, impedirás que la mente del lector se pierda en suposiciones.

En resumen, un buen escritor se ocupará de hacer evidente para el lector las causas y las consecuencias de las
acciones que mueven su narración de la manera más diáfana posible.

7. A veces contar puede ser suficiente

Llegamos al último de esta serie de siete consejos que tienen por objetivo enseñarte algunas técnicas para enganchar
al lector y lograr que se quede pegado a tu historia y no pueda parar de leer hasta llegar al punto final. Repásalos
todos y ponlos en práctica y recuerda que puedes aprender muchos más recursos como estos en el Curso de Novela.

Pero vayamos al grano. Por lo general se recomienda a todo escritor que muestre y no se limite a contar. Esa idea es
la base de todos estos consejos, pues si te limitas a contar pocas veces lograrás alcanzar la profundidad que logre
emocionar al lector o dejar constancia de esos detalles persuasivos que cautivan para siempre la atención del lector.

Pues bien, hay ocasiones en las que para enganchar al lector no es necesario mostrar y basta con contar. ¿Cuándo
basta con contar? Cuando la narración es meramente informativa y, por tanto, no necesitamos que resulte persuasiva
o que apele a las emociones. Veamos.

A veces contar puede ser suficiente. En ocasiones, ir al grano sin detenerse en detalles accesorios es fundamental
para que la trama avance. Tal es el caso cuando queremos dar brevemente una información que ponga en
antecedentes al lector sobre un hecho que necesita conocer para entender una escena que se desarrollará a
continuación. Lo comprenderás mejor con un ejemplo.

Imaginemos que Pedro va a casa de Miguel para devolverle un libro y, al llegar a casa de este, se encuentra con que
su novia está allí en actitud más que cariñosa con el que hasta ese momento había sido su mejor amigo. En ese caso
bastará con escribir algo como «Al salir de clase, Pedro tomó el autobús para acercarse a casa de Miguel y devolverle
el libro que le había prestado». No hace falta que nos detengamos a describir cómo fue el trayecto en autobús en
mitad de una tarde de tormenta, ni que las gotas de lluvia resbalaban por los cristales como lágrimas. Incluso aunque
creamos que esos detalles (la tormenta, las gotas como lágrimas) anticipan lo que viene a continuación, esos detalles
no le van a decir nada al lector que todavía no sabe la que se le viene encima al pobre Pedro. La escena significativa,
importante, es la que viene a continuación, cuando Pedro llega a casa de Miguel y encuentra allí a Rebeca. Esa es la
escena en la que deberemos poner toda la carne en el asador, poniendo en práctica todos los recursos que hemos
visto a lo largo de esta serie de entradas.

Otro ejemplo. Nuestro protagonista va a comer ese día cerca de su oficina para poder finalizar antes su jornada
laboral y acudir a una importante cita por la tarde. Bastará con señalar: «Para salir antes, Pedro se quedó ese día a
almorzar en un local de comida rápida cerca de su oficina». No es necesario que expliquemos el menú, cuál era la
estatura y color de ojos del camarero que le atendió o cómo a la mujer de la mesa de al lado se le volcó el vaso de la
bebida. Reservemos los detalles que enganchan para la cita que Pedro tendrá por la tarde para optar a un nuevo
puesto de trabajo.

Y un ejemplo más. Pedro tiene una decisiva entrevista de trabajo en las oficinas de una importante multinacional.
Mientras espera que llegue su entrevistador no hace falta describir prolijamente el color blanco roto de las paredes,
el grosor y las manchas de la moqueta o los fluorescentes que iluminan la estancia. Nuevamente, la escena decisiva
viene a continuación, cuando Pedro descubra que le va a entrevistar Miguel, un antiguo compañero de clase que, en
la universidad, le robó la novia.

Así que recuerda, cuando se trate de proporcionar determinadas informaciones, de describir determinados entornos
o de presentar a personajes secundarios no es necesario que te lances a un derroche de detalles. Reserva esos
recursos, que pueden marcar la diferencia, para las escenas importantes de tu narración, aquellas que hacen avanzar
la trama, que desarrollan el conflicto y en las que de verdad te interesa que el lector permanezca bien atento.

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