Dossier Bibliográfico de Filosofía 2023
Dossier Bibliográfico de Filosofía 2023
NIVEL SECUNDARIO
FILOSOFÍA
2023
1ER CUATRIMESTRE
“INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA.”
Origen, comienzo y utilidad de la filosofía. La filosofía como saber crítico y autónomo. Los orígenes del
filosofar. El asombro, la duda, las situaciones límites y la crisis como puntos de partida. La historia de la
Filosofía. Paso del Mythos al Logos. Dioses griegos. Filosofía presocrática. Los sofistas. Principales pensadores
filosóficos y sus ideas (Sócrates, Platón y Aristóteles). Pensamientos de San Agustín de Hipona y Santo Tomás
de Aquino.
2DO CUATRIMESTRE
Los grandes temas de la Filosofía Medieval y Moderna: René Descartes. Kant y el hombre moral. Marx y el
hombre alienado. Nietzsche y el superhombre. Michel Foucault y el Sujeto posmoderno.
Ética y moral. Pensamientos de Jean Paul Sartre. Definición de Ética y clasificación de las acciones humanas.
El sujeto moral. La ética según el origen de la Ley moral. El sujeto y su pseudolibertad. El derecho de la
Identidad. Construcción histórica de los conceptos de sociedad, humanidad, subjetividad, identidad, genero,
alteridad. La cultura actual y las experiencias estéticas como rama de la filosofía. Los impactos de la
tecnología.
UNIDAD 1: INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA
La palabra filosofía significa etimológicamente (desde su origen) amor a la sabiduría. Deriva de las palabras
griegas philos, que significa “amor” y sophía, que quiere decir “sabiduría”. En la Grecia del siglo IV a.C., el
filósofo, el amante de la sabiduría, nació como el opuesto al sophós, es decir, al sabio. Este último era el que
poseía la sabiduría mientras que el filósofo era aquel que la buscaba constantemente porque carecía de ella;
lo suyo era amor por la sabiduría. El filósofo interpela, pregunta, plantea interrogantes más que respuestas,
es un buscador de respuestas; la duda siempre lo acompaña. Se preocupa, se inquieta por saber. ¿Por qué
busca constantemente la sabiduría que el sabio ya tiene? Porque el filósofo pretende saber pero para tener
el sabor, es decir, para armonizar la razón y los sentidos, para saber vivir y saborear las cosas. ¿Qué es ese
saber que es al mismo tiempo sabor de las cosas? La búsqueda de la verdad. La verdad es, para los filósofos
de la Grecia del siglo IV a.C., aquello que da sentido, lo que es innegable, necesario, lo que ni los dioses ni los
hombres logran desmentir, lo que explica la totalidad o el todo. El filósofo es aquel que pretende entender y
explicar el origen de las cosas, de los seres humanos y del mundo.
La filosofía, como actividad que pretende explicar la totalidad y que busca la verdad, surgió en el siglo IV a.C.,
en Atenas, la polis (ciudad-Estado) que dominaba a las otras ciudades griegas (Hélade). El filósofo apareció
con las ideas de Sócrates y a él siguieron Platón y Aristóteles, cada uno maestro del siguiente. Platón y
Aristóteles dejaron huellas decisivas en el pensamiento filosófico hasta nuestros días. Aristóteles estableció
el nacimiento oficial de la filosofía a partir de sus investigaciones en esa materia. Señaló que fueron los
sabios de la ciudad de Mileto (Asia Menor, Turquía actual) como Tales, Anaximandro y Anaxímenes, quienes
primero emprendieron una búsqueda del origen (arkhé) o fundamento de las cosas en el siglo VI a.C. Luego,
siguieron otros en varios lugares de la Hélade: Jenófanes, Heráclito, Parménides, Zenón de Elea, Pitágoras,
Empédocles, Anaxágoras, Leucipo, Demócrito. Finalmente, llegaron los sofistas, Sócrates y Platón, quien
elaboró el concepto de eidos o idea, y Aristóteles con la noción de ousía o sustancia.
La filosofía interpela la realidad, formula preguntas sobre todo lo que existe y conocemos, sobre la totalidad.
Esta capacidad de hacerse preguntas, de cuestionar lo dado es lo que se denomina “problematización”, es
decir, plantear en problemas, cuestiones o preguntas sobre aspectos del mundo. Por eso, en filosofía se
habla comúnmente de “problemas”: el problema de la verdad, de los seres humanos (el problema
antropológico), del conocimiento, del arte, del bien y del mal, de la política, etcétera.
La filosofía no acepta las verdades establecidas, la “naturalidad” del mundo, el orden de las cosas, sino que
los cuestiona, mira por debajo de ellos, lee entre líneas, formula una y otra vez preguntas sobre aquello que
la mayoría de las personas dan por establecido. Vuelve a descubrir el mundo con los ojos de un niño, pone a
prueba todos sus supuestos y presupuestos e inventa nombres que resignifican las cosas que ya conocemos;
crea conceptos.
La filosofía se ha desarrollado desde el siglo IV a.C. hasta la actualidad y las personas que se dedicaron a ella,
los filósofos, fueron redefiniéndola en cada época histórica, ofreciendo nuevas respuestas a viejos o nuevos
problemas. Cada respuesta se presenta generalmente como un nuevo interrogante.
En síntesis, la filosofía permite analizar, reflexionar y comprender mejor la realidad en la que vivimos y a
nosotros mismos.
La filosofía emplea un lenguaje y conceptos propios. Su lenguaje es abstracto y los conceptos que la integran
fueron elaborados a través de la historia muchas veces a partir de las mismas preguntas. Se trata de
preguntas como qué es el ser humano, la verdad, el mundo, la divinidad, el bien y el mal, el destino, entre
otras. Durante siglos, los filósofos elaboraron respuestas. Esas respuestas filosóficas, a diferencia de las
científicas, no se excluyen unas de otras, como eslabones de un progreso superador, sino que coexisten
según distintas tradiciones y escuelas. Cada respuesta se convierte en nuevas preguntas. La filosofía funciona
además como una metáfora de nuestras vidas y del mundo en que vivimos.
Para el filósofo Enrique Marí, la filosofía como un tipo especial de discurso social ha servido en cada etapa
histórica para legitimar las relaciones que el poder fue tejiendo según cambiaran los actores de la
dominación. Cada momento de la historia fue justificado ideológicamente por un sistema filosófico
determinado y preponderante. Así, la metafísica, la teología, la teoría del conocimiento y la epistemología
ocuparon, en forma sucesiva, en la historia occidental, los lugares centrales dentro de la filosofía,
imponiéndose por encima de otras ramas. Por ejemplo, Marí sostiene que el gran avance de la ciencia y la
tecnología del siglo XX, requerido por el proceso de concentración industrial del capitalismo tardío, necesitó
de una nueva forma de racionalidad filosófica: la epistemología o filosofía de la ciencia.
En este sentido, la filosofía también ha actuado, durante la historia, como una metá-fora de las relaciones de
poder dominantes.
LA UTILIDAD DE LA FILOSOFÍA
Tales fue uno de los sabios de Mileto (siglo VII a.C.), que Aristóteles considera como el primer filósofo. De él
se narran dos anécdotas. La primera es que pasaba mucho tiempo contemplando los astros, el Sol y las
estrellas. Un día Tales estaba mirando el cielo y por descuido se cayó en un pozo. Una joven de Tracia que
pasaba por ahí, se burló entonces de su preocupación por conocer las cosas del cielo, cuando ni siquiera se
daba cuenta de lo que tenía a sus pies.
HESÍODO
Hesíodo, poeta griego, de la segunda mitad del siglo VIII a.C., escribió dos poemas: Los trabajos y los días y
Teogonía. La primera obra es un manual de uso agrícola que permite conocer la vida de los campesinos
griegos. La Teogonía reconstruye la genealogía de los dioses y ordena los mitos como una manera de ordenar
el mundo, de crear un cosmos. Hesíodo cuenta el nacimiento y la historia de los dioses, pero también, el
nacimiento y la historia de los hombres. En el origen existía el caos. De él nacieron los dioses (que son al
mismo tiempo, representaciones de elementos naturales: la noche, la tierra, el cielo, etcétera). En el mismo
movimiento, nacen todo tipo de monstruos, criaturas más o menos divinas que combaten entre sí y se
suceden. El movimiento general según Hesíodo va hacia la producción de seres cada vez más perfectos y de
la oscuridad a la luz.
HOMERO
Homero fue un poeta mítico a quien se atribuyen los célebres poemas épicos de la literatura griega, la Ilíada
y la Odisea. Se supone que Homero nació en el siglo IX a.C. en Chíos y que viajó por todo el Mediterráneo
hasta morir en Ios. Su nombre no alude a su ceguera ni significa “esclavo”, como algunos afirman, sino
“rehén”. Según una antigua creencia, los poetas eran los intérpretes de la divinidad, que los poseía y se
expresaba a través de ellos. Homero dominó el arte de la creación poética con maestría y es considerado, en
la tradición occidental, el primer poeta.
LOS PRESOCRÁTICOS
Los filósofos anteriores a los sofistas y a Sócrates son denominados presocráticos. Aristóteles se refiere a
ellos en el capítulo tercero del Libro I de la Metafísica. Estos filósofos tienen en común la búsqueda de un
origen (arkhé) o fundamento primordial de la realidad que generalmente encuentran en elementos de la
naturaleza.
LOS MILESIOS
Los primeros que “filosofaron”, sostiene Aristóteles, fueron los sabios de Mileto o milesios. Ellos pensaron
que los únicos principios de todas las cosas son de naturaleza material. Por esta razón, se los denominó
materialistas o ilosoístas (del griego hýle = materia). Entre los milesios figuran Tales, Anaxímenes y
Anaximandro. Tales, el primero en filosofar, sostiene que el fundamento primero u origen de la realidad es el
agua. Para Anaximandro ese origen es el ápeiron o infinito, y para Anaxímenes, el aire.
HERÁCLITO DE ÉFESO
Heráclito de Éfeso (aproximadamente entre 530 y 440 a.C.) sostiene que el origen de todas las cosas es el
fuego. Pero además, señala que todas las cosas están en movimiento. De él, se suele recordar la idea de que
no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, para significar que la realidad fluye y que nada permanece
igual, sino que hay cambio permanente. En realidad, el fragmento de su obra que ha subsistido dice: “Para
los que entran en los mismos ríos, corren aguas diferentes, y las almas son exhaladas de la humedad”. La
filosofía del movimiento es también una filosofía de la identidad. Todo es fenómeno de una misma realidad.
Esta realidad no aparece cuando un fenómeno es aislado en un instante sino que, para comprender lo que
es, hay que restablecerlo en la gran corriente del devenir que crea los fenómenos y los contiene, y fuera de la
cual no hay nada. Heráclito también se refirió al logos (discurso, relato, palabras, razón), como aquello que es
eterno y común y que puede definirse como la ley del mundo en perpetua evolución que se conoce a través
del lenguaje. Y pese a que es común, la multitud vive como si cada uno tuviera su propia inteligencia.
LOS ELÉATAS: PARMÉNIDES Y ZENÓN
Parménides de Elea (hoy sur de Nápoles, Italia, aproximadamente entre fines del siglo VI a.C. y principios del
V a.C.) escribió un poema en hexámetros (versos de seis sílabas) del que quedan 155 versos. En él, el carro
del poeta es conducido por las hijas del Sol hasta la encrucijada en la que se dividen las rutas de la Noche y
del Día y en la que se abren las puertas que dan acceso a la Diosa, cuya voz es la de la Verdad. Parménides
sostiene que “lo que es, es y no puede no ser”. Con esta idea inaugura en Occidente la “lógica de la
identidad” por la cual A = A, B = B y entonces A no puede ser igual a B y B no puede ser igual a A. Según
Parménides, el conocimiento de la naturaleza implica dos caminos, el de la verdad y el de la opinión. Hay que
elegir el camino de la verdad, aunque puede considerarse el camino de la opinión con la condición de hacerlo
sin ilusión. Zenón también era de Elea. Se refería a la flecha que no puede volar para significar la
imposibilidad de pensar racionalmente la relación entre lo uno y lo múltiple. ¡Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón
de Elea! ¡Me atravesaste con esa flecha alada Que vibra, vuela y que no vuela! Paul Valéry, El cementerio
marino.
PITÁGORAS
Pitágoras nació probablemente en la isla de Samos (aproximadamente entre 580 a.C. y 497 a.C.). Para
escapar de la invasión persa en Asia Menor, emigró a Crotona, sur de Italia, donde fundó una escuela que fue
también una comunidad religiosa de reglas estrictas. Su nombre derivado de agoréuo, que tiene el sentido
de “hablar en público”, parece más bien un sobrenombre y quiere decir “discurso de la pitia o pitonisa” que
emitía el oráculo en nombre de Apolo en Delfos. La mayor preocupación de Pitágoras es de orden religioso y
teológico en relación con la creencia en la inmortalidad del alma. Era un apasionado de la aritmética y la
geometría. Esa pasión está íntimamente relacionada con su preocupación teológica: creó una “mística” de
los números que no le impidió avanzar en la ciencia de los números y de las proporciones. Hizo de los
números el fundamento de todas las cosas. Cada cosa es una armonía de números y el número una armonía
de opuestos. A los pitagóricos debemos la idea de un “cosmos” como universo armoniosamente ordenado.
Teorizó también sobre la música (fue el creador de la concordancia musical) y la cosmogonía, es decir, el
origen del mundo. Tuvo asimismo ambiciones políticas, pues pretendía extender la búsqueda de armonía
moral que sostenía en su secta de iniciados a la ciudad griega en su conjunto. Sería Pitágoras quien habría
inventado la palabra “filosofía”.
EMPÉDOCLES DE AGRIGENTO
Empédocles de Agrigento, denominada entonces Acragas (Sicilia), poco después de 490 a.C., escribió dos
poemas: Sobre la naturaleza (Peri Physeôs) y Purificaciones (Katharmoi), de carácter religioso y de inspiración
pitagórica. El pensamiento de Empédocles es realmente original porque ubica el concepto de totalidad en el
centro de sus preocupaciones. Se trata de una totalidad lógica y física que permite establecer una relación
dialéctica entre lo uno y lo múltiple.
ANAXÁGORAS DE CLAZOMENE
Anaxágoras nació hacia el 500 a.C. en Clazomene, al norte de Colofón. En 480 a.C. se instaló en Atenas donde
fue el protegido de Pericles. Hacia 430 a.C., debió exiliarse en Lámpsaco, cerca del estrecho de Dardanelos,
donde murió en 428 a.C., luego de haber fundado una escuela y haber escrito un libro. Fue el primero que
asumió una posición clara respecto del infinito que relacionó con el “todo”. En su opinión, la multiplicidad de
los seres invita a considerar una fragmentación sin término; la división del ser va al infinito en el sentido de la
pequeñez. Inversamente, en la composición de los seres, el infinito es considerado en el sentido de la
grandeza. Así aparecen en Anaxágoras las dos nuevas nociones de infinitamente grande e infinitamente
pequeño. Como consecuencia de ello, si se considera un ser determinado en relación con lo infinitamente
pequeño, deberá considerárselo grande. En cambio, será pequeño en relación con lo infinitamente grande.
Por lo tanto, si lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño son los dos conceptos fundamentales que
constituyen el mundo, se deduce una relatividad fundamental de la experiencia. Anaxágoras elaboró además
el principio formal del intelecto o noûs que permite determinar a los seres en este océano de
indeterminación de lo grande y lo pequeño que es el todo, como medida de todas las cosas.
LA ESCUELA DE ABDERA: LEUCIPO Y DEMÓCRITO
En Abdera, ciudad al noreste de la isla de Thasos, desarrollaron sus ideas Leucipo y Demócrito. Ambos
consideraron al ser como una multitud de cuerpos sólidos y al no ser como el vacío, receptáculo tan real
como los átomos que en él se mueven. Leucipo (nacido poco después de 480 a.C.) sostenía que si se afirma el
ser por oposición al no ser, hay que dar al no ser una existencia tan sólida como la del ser. El ser está
constituido por el conjunto de cuerpos materiales y el no ser es simplemente el vacío. Leucipo expuso sus
ideas en dos libros: El gran sistema del mundo (Megas Diacosmos) y un tratado Sobre el espíritu (Peri Noûs).
Demócrito (aproximadamente entre 460 y 370 a.C.) es conocido como el filósofo que ríe perpetuamente. De
su obra, inmensa y enciclopédica, sólo nos han llegado 300 fragmentos de los cuales 260 son reflexiones
morales. Los problemas que trató fueron la física atomista, la imagen del hombre como un microcosmos, la
tesis moral de la tranquilidad del alma y del bienestar, el principio de la justa medida y la preocupación
política. La realidad se descompone en lo que Demócrito denomina lo algo (den) y lo no algo (mêden), es
decir, lo vacío. Estas dos entidades existentes, los átomos y el vacío, son objeto de un conocimiento cierto (la
verdad). En cambio, las cualidades, el gusto y los colores, lo claro y lo oscuro, lo frío y lo caliente, son el
resultado de una convención; son puramente subjetivas y tienen que ver con la opinión. La única cualidad del
átomo es definida por el hecho de que excluye absolutamente el vacío. Es impenetrable, indivisible e
impasible. Todos los cuerpos vivientes y materiales son el resultado de una combinación de átomos en el
vacío. Las preocupaciones de Demócrito por crear una teoría atomística y mecanicista de los fenómenos y del
cambio son fundadoras de corrientes posteriores.
EL SIGLO DE PERICLES
El siglo V a.C., llamado el siglo de Pericles, es considerado la época de mayor esplendor de Atenas. Luego de
la reforma democrática de Clístenes en 507 a.C. y de las Guerras Médicas, Atenas fue gobernada por Pericles
desde 460 hasta 429 a.C. Atenas ejercía ya sobre toda Grecia una hegemonía política, económica y cultural.
La regían instituciones democráticas que permitían a todos los ciudadanos participar activamente en el
gobierno de la polis. El pueblo o demos participaba en la formulación de las leyes. Se difundía la creencia en
la posibilidad de ordenar sobre bases racionales toda la vida humana, en particular, la organización del
Estado. Fue necesario entonces contar con recursos tales como conocimientos y habilidades especiales para
participar de la vida política. Entonces aparecieron los sofistas. Pericles (494-429 a.C.) hizo una excelente
semblanza de la vida ateniense de su época, en la “Oración fúnebre” (431) que dedicó a los caídos en la
Guerra del Peloponeso.
LOS SOFISTAS
Como consecuencia de las transformaciones ocurridas en Atenas en el siglo V a.C., sus ciudadanos
necesitaron usar la palabra como un arma fundamental en la vida pública de la polis. Así surgieron los
sofistas, maestros del discurso y constructores de la verdad al mejor postor. Desde todos los lugares del
mundo griego acudieron a Atenas, aunque sin establecerse en ella. Pasaban de una ciudad a otra, recogiendo
aplausos y dinero. Los sofistas enseñaban a los jóvenes atenienses a ser “sabios” (sophoi), es decir, a tener el
conocimiento necesario para participar en los asuntos de la polis. Se presentaban como maestros de
sabiduría o de virtud, es decir, del arte de vivir, y como maestros de retórica, es decir, del arte de persuadir
mediante el discurso. La sofística no fue un movimiento homogéneo y uniforme. Los rasgos en común que
presentaba eran la crítica negativa del pasado, la insatisfacción y la intolerancia de los límites que la tradición
imponía a la actividad del pensamiento y a la voluntad humana, y la fe en la razón y la palabra. Entre los
sofistas figuran Gorgias de Leontinos, Hipias de Elide, Pródico de Ceos, Protágoras de Abdera, Antifonte y
Sócrates. Para los sofistas, la utilidad es el criterio básico de la moral individual y pragmática. La moral no
puede fundarse en ilusiones como una naturaleza humana definible, un orden del mundo exterior al hombre
que lo incluye o un más allá divino. Sólo existen individuos y esos individuos sólo pueden tener opiniones.
Pero como el individuo es un hombre en la polis, lo útil requiere un determinado consenso acerca de lo que
es válido o no es válido, existe o no existe. La creación del consenso se consigue mediante el dominio de la
palabra y del arte de la retórica. Lo que es útil a cada uno no puede ser perjudicial para la polis. Si bien se
exalta al individuo, ello no quiere decir que se haga lo mismo con el individualismo porque el éxito en la polis
debe apoyarse necesariamente en un consenso provisorio.
Ya no se cree en los dioses de la polis. Todo queda ahora en manos de los hombres. El hombre construye la
polis y su vida en ella. Protágoras acuña la famosa fórmula de que “el hombre es la medida de todas las
cosas; de las que existen en tanto que existen; de las que no existen en tanto que no existen”. La realidad o
irrealidad de las cosas y su modo de ser pueden determinarse solamente a través de la representación que el
ser humano hace de ellas. No existe nada más allá de lo sensible; sólo las apariencias cambiantes percibidas
o fabricadas por los sentidos. Por lo tanto, no puede existir ningún conocimiento verdadero. Como la verdad
depende del sujeto, no existe una verdad que valga igualmente para todos los individuos. La verdad es
relativa a cada uno de ellos, y a los diversos momentos y estados de los individuos. Cada uno tiene su verdad,
provisional y cambiante.
SÓCRATES
Sócrates (470-399 a.C.) nació y vivió en Atenas. Pasaba la mayor parte del tiempo discutiendo en las calles,
los gimnasios y los banquetes, suscitando la simpatía de muchos (ejercía una poderosa fascinación en sus
oyentes) y una clara hostilidad en otros. En sus enseñanzas, empleó la ironía, la refutación y la mayéutica. El
método de interrogación irónica y de refutación (elénchus), hizo que lo compararan con una mosca por las
preguntas y cuestionamientos insidiosos e infatigables que presentaba a sus interlocutores y discípulos. A
través del método mayéutico (de mayéutica, dar a luz) —que decía haber heredado de su madre, que era
partera— pretendía dar a luz las mentes. Cada uno debía descubrir la verdad mediante la argumentación. Si
bien Sócrates fue un sofista, se opuso a ellos. Desdeñaba su vanidad, sus monólogos y su pago; pretendía
seriedad en la argumentación, se interesaba por el interlocutor y buscaba la verdad (no el juego de palabras).
Lo acusaron de corromper a los jóvenes y de no creer en los dioses de la polis, fue sometido a proceso y
condenado a muerte. No escribió ningún libro. Todo lo que sabemos de su vida y sus ideas se lo debemos
principalmente a Jenofonte, Platón y Aristóteles. Platón lo presenta en sus diálogos (Apología de Sócrates,
Critón, Fedón, Banquete, Teeteto) como un maestro del pensamiento, el padre de la filosofía, capaz de
despertar los espíritus a la reflexión gracias a la ironía y la mayéutica, al arte del diálogo y el
cuestionamiento. Lo esencial de la filosofía de Sócrates consiste en su fe en la razón con la cual el ser
humano puede alcanzar el conocimiento de sí y la felicidad. Critón En el diálogo Critón o De lo que hay que
hacer, Sócrates se halla preso y condenado a beber cicuta (veneno que utilizaban los atenienses como
método de ejecución). Critón ha sobornado al guardia de la cárcel donde Sócrates espera su muerte, e
intenta convencerlo de que huya junto a él de la ciudad.
“Sócrates: —Mira entonces las cosas de este modo. Si estuviéramos a punto de escaparnos —o como le
quieras llamar a eso— [imagínate que] se nos aparecieran las leyes y el Estado nacional, y acercándose nos
preguntaran: ‘Dime, Sócrates ¿qué te propones hacer? ¿Con este acto intentas otra cosa que destruirnos a
nosotros, las leyes y el Estado entero, en lo que a ti te toca? ¿O crees que puede subsistir y no arruinarse
aquel Estado en el cual las sentencias pronunciadas no tengan fuerza, sino que sean desautorizadas y
corrompidas por los particulares?’ ¿Qué responderemos, Critón, a estas cosas y otras semejantes? […] ¿O
acaso hemos de replicar: ‘En efecto, el Estado ha cometido injusticia contra nosotros y no ha dictado
correctamente sentencia?’ ¿Replicaríamos algo así? Critón: —¡Por Zeus, Sócrates, algo así! Sócrates: —Ahora
bien, y si las Leyes dijeran: ‘Sócrates ¿eso es lo que ha sido convenido entre tú y nosotras, o, más bien, que
conservaran su validez las sentencias que el Estado dictase? […] En este caso, ¿qué te impulsa contra
nosotras y el Estado para que intentases destruirnos? En primer lugar, ¿no te hemos engendrado al permitir
que, gracias a nosotras, tu madre se casara con tu padre y te diera a luz? Exprésate, si censuras aquellas
Leyes que, entre nosotras, conciernen a los matrimonios, en algún punto que no se comportan bien'. ‘Nada
tengo que censurar’, respondería yo. ‘¿Y en cuanto a las que conciernen a la crianza y educación del niño,
según las cuales tú mismo has sido educado? ¿O acaso en aquellas de nosotras que disponían bien, al
encargar a tu padre que te educara en la música y en la gimnasia?’ ‘Disponían bien’, diría por mi parte. ‘Bien,
y tras haber sido engendrado, criado y educado [por nosotras], ¿podrías, en primer lugar, negar que tus
progenitores y tú mismo no son [algo] nuestro, como producto y como esclavo? Y, en segundo lugar, si es así,
¿crees que tendrías los mismos derechos que nosotras, y que cuanto hemos intentado hacerte, tanto sería
justo que hicieras en revancha? […] ¿Y te sería lícito respecto de la Patria y de las Leyes, de modo que, si nos
propusiéramos matarte porque consideramos que es justo, por tu parte tratarías de aniquilarnos a nosotras,
las Leyes, y a la Patria en la medida que te fuera posible? […] Más bien, Sócrates, haznos caso a nosotras, que
te hemos criado, y no pongas a tus hijos ni a la vida ni a ninguna otra cosa por encima de lo justo, de modo
que cuando llegues al Hades, puedas aducir en tu defensa todo esto ante los que allí gobiernan. En efecto, en
lo que aquí se refiere, si obras del modo [que te propones], no será ni más justo ni más religioso, ni mejor
para ti ni para ninguno de los tuyos y, al llegar allá tampoco será mejor. Pero si te marchas ahora [al Hades],
te marchas no por causa de nosotras, las Leyes, sino por causa de los hombres. Si por el contrario, te escapas
vergonzosamente, retribuyendo injusticia con injusticia y mal por mal, violando tus convenios y acuerdos con
nosotras, y haciendo mal a quienes menos corresponde —a ti mismo, a tus amigos, a la Patria y a nosotras—,
nos irritaremos contigo mientras vivas; y allá nuestras hermanas las leyes del Hades, no te recibirán
amistosamente, sabiendo que has intentado destruirnos, en lo que de ti dependía. Que Critón no te convenza
de que hagas caso de lo que dice, sino más bien [haznos caso] a nosotras'. Has de saber, mi querido amigo
Critón, que estas cosas son las que creo escuchar. […] Obremos de ese modo, puesto que el dios nos guía por
ese camino.” Platón, Critón, Buenos Aires, Eudeba, 1996.
Entonces, para Platón el mundo o la realidad queda dividido en dos: el mundo inteligible o de las ideas,
trascendente, y el mundo sensible o de las apariencias, terrenal, donde vivimos los seres humanos. Esta
división de la realidad y el conocimiento será decisiva en toda la historia de Occidente y de la filosofía.
LA DOCTRINA DEL CONOCIMIENTO O REMINISCENCIA
La doctrina del conocimiento como reminiscencia o anámnesis consiste en que el hombre cuando conoce
recuerda aquello que el alma, antes de quedar presa en el cuerpo, contempló en el reino de las ideas. Platón
emplea un mito para explicar esta concepción del conocimiento. El hombre es un ser caído que, al abandonar
el reino de las ideas y atravesar el río Leteo (del olvido), ha olvidado. Al caer en el mundo sensible e “in-
formar” un cuerpo, el alma, cada vez que ve una cosa, la reconoce y siente el dolor en sus muñones por el
trauma de la pérdida. De ahí que conocer sea re-conocer por recuerdo o reminiscencia. Con este relato,
Platón afirma que el conocimiento no es algo que proviene de afuera, sino que hay que buscarlo en nosotros
mismos.
EL FILÓSOFO REY
Platón creía que los filósofos eran los más capacitados para gobernar la polis ya que eran ricos en virtud y
sabiduría y habían contemplado la verdad. Sostenía que ellos estaban destinados a mandar, es decir, a ser
gobernantes de una polis bien gobernada. Este sistema fue denominado “sofocracia” (de sophós = sabio y
cratos = gobierno) e influyó en muchas de las ideas políticas de Occidente hasta nuestros días para legitimar
gobiernos elitistas, es decir, de pocos, que se consideran a sí mismos los mejores y más aptos para gobernar.
ARISTÓTELES
Aristóteles nació en 383 a.C., en Estagira, Macedonia, polis que había sido colonizada por
los griegos. En 367 a.C. viajó a Atenas y estudió con Platón hasta la muerte de éste. Diógenes
Laercio cuenta que Platón lo llamaba “la inteligencia” (noûs). Discrepó en gran medida con las
ideas filosóficas de su maestro. Organizó y amplió el pensamiento filosófico heredado.
Filipo de Macedonia lo convocó como maestro de su hijo Alejandro Magno, a quien educó
hasta el 336 a.C., año en que Alejandro sucedió a su padre. Luego, regresó a Atenas donde
fundó una escuela que recibió el nombre de “Perípatos” que quiere decir “paseo” porque Aristóteles
tenía la costumbre de enseñar paseando por los jardines. También recibió el nombre de
“Liceo” debido a que sus edificios eran vecinos a un pequeño templo dedicado a Apolo Licio.
Con la muerte de Alejandro Magno en 323 a.C., se produjo en Atenas una reacción
antimacedónica por lo que Aristóteles fue acusado de impiedad, es decir, de desconocer el
poder superior de los dioses, y debió abandonar la polis. Murió en 322 a.C.
Obras
Generalmente, las obras de Aristóteles o “corpus aristotélico” se reúnen en los
siguientes grupos.
❚ Obras lógicas que reciben el nombre de Organon (que significa instrumento o herramienta)
y comprenden varios libros: Sobre las categorías, Sobre la interpretación, Primeros
analíticos, Segundos analíticos, Tópicos y Refutaciones sofísticas; y los tratados la
Poética y la Retórica.
❚ Obras de filosofía natural como la Física, el Tratado sobre el cielo, Sobre la generación y la
corrupción y el tratado sobre meteorología; los tratados de psicología, de los cuales el más
importante es Sobre el alma; y un conjunto de escritos menores denominados Parva Naturalia.
❚ Escritos metafísicos que comprenden un conjunto de catorce libros y que recibieron el
nombre de Metafísica.
❚ Obras sobre ética y política, de las cuales, las dos más importantes son la Ética Nicomáquea
y la Política.
❚ Tratados de ciencias naturales que compilan informaciones e investigaciones sobre
tipos de animales y vegetales, cuestiones de naturaleza fisiológica, etcétera. Entre otros,
figuran Historia de los animales, Sobre las partes de los animales, Sobre el movimiento de
los animales y Sobre la generación de los animales.
❚ Algunos fragmentos y títulos de obras perdidas de Aristóteles, en su mayor parte, diálogos
destinados a divulgar su obra.
La búsqueda de la felicidad
Epicuro procura que el hombre sea feliz. Para eso, propone la filosofía como remedio
(phármakon) capaz de contrarrestar las cuatro causas que encadenan al ser humano al
sufrimiento: el temor a los dioses, a la muerte, al dolor y a las ideas falsas sobre lo que
constituye el bien. La filosofía es concebida como buen juicio y se brinda a todos los seres
humanos: varones, mujeres, libres y esclavos.
El hombre sólo puede ser feliz si es libre. La libertad, unida al conocimiento del mundo
natural, permite al hombre vivir sin estar sujeto al ciclo de la casualidad, estableciendo
a partir de sí la iniciativa de la acción. La formulación de estas ideas se encuentra en
la Carta a Meneceo.
Es fundamental aclarar el significado real de la muerte con ayuda de la filosofía. Cada
momento de vida es también un momento de muerte, y el de la muerte, es solamente el
último.
Una vez vencido el miedo a la muerte, es necesario liberar al ser humano de la sujeción
a la voluntad de los dioses, tarea que deberá desarrollar la física que explica las causas de
los fenómenos de la naturaleza.
Según Epicuro, el bien consiste en buscar el placer y huir del dolor. El más elevado placer
espiritual, el estado de mayor serenidad y plenitud es denominado ataraxía (ausencia
de turbación). Pero Epicuro no cree que esta paz del alma pueda alcanzarse en soledad.
Por eso, exhorta a meditar en compañía de un amigo. La amistad (philía) proporciona al
alma una paz tal que deja de ser un instrumento que contribuye a la felicidad (eudaimonía)
para convertirse en la felicidad misma.
UNIDAD 2: ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
Uno de los pensadores cristianos más importantes de la Edad Media, considerado uno de los Padres de la
Iglesia Cristiana, fue San Agustín (354-430). Él postulaba que Aristóteles y toda la filosofía antigua habían
cometido un error fundamental: exaltar el poder de la razón como el supremo poder del hombre. Pero, la
razón, por sí sola, no conduce al camino de la verdad, la luz y la sabiduría; sino que precisa de la fe. Para San
Agustín, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios; y en su estado original, tal como salió de las
manos de Dios era igual al Creador. Pero eso se perdió por el pecado de Adán. A partir de entonces la razón
se enturbió y necesita ser iluminada por la fe en Dios para volver a la pureza y a la inmortalidad edénica
anterior a la caída. La fe en Dios ilumina la razón y hace posible la inteligencia. Otro gran pensador medieval
del cristianismo fue Santo Tomás de Aquino (1225-1274). En algunos planteos vuelve a las fuentes de la
tradición aristotélica, y coincide con San Agustín en que la razón humana es muy poderosa pero no puede
hacer uso de sus poderes si no cree en Dios, si no está guiada e iluminada por la gracia de Dios. En su libro el
Diario de Adán y Eva , el escritor norteamericano Mark Twain (1835-1910),imagina los pensamientos de Adán
y Eva antes y después de la caída. Al principio, peleaban como perro y gato, pero, finalmente, el amor nace
entre ellos.
Diario de Eva
“Cuando miro atrás, el Jardín me parece un sueño. Era hermoso, inconmensurable-mente hermoso y
cautivador. Ahora lo he perdido y jamás volveré a verlo. El Jardín se ha perdido, pero le he encontrado a él, y
me siento feliz. Me ama en la medida que puede; yo lo amo con toda la fuerza de mi apasionada naturaleza,
y esto, creo, es propio de mi juventud y mi sexo...Es mi oración y mi anhelo que muramos juntos, un deseo
que jamás perecerá, sino que encontrará cobijo en el corazón de cualquier esposa amante hasta el fin de los
tiempos y llevará mi nombre. Pero si alguno de nosotros tuviera que marcharse antes, ruego que sea yo;
pues él es fuerte, y yo débil, y no le soy tan necesaria como él a mí. La vida sin él no sería vida, ¿cómo podría
soportarla? Esta oración también es inmortal y no cesará de entonarse mientras mi raza siga con vida. Soy la
primera esposa, y la última seguirá repitiéndola.”
Diario de Adán
“Tras todos estos años, veo que estaba equivocado con respecto a Eva. Es mejor vivir fuera del Jardín con ella
que en él sin ella. Al principio pensé que hablaba demasiado, pero ahora lamentaría que esa voz se callara y
saliera de mi vida.”
El hecho de que los bienes en la tierra sean limitados, pone potencialmente a cada ser humano en una
situación de deseo respecto de los bienes de otros. Como consecuencia, para Hobbes, se llega a una
situación de guerra potencial y real, una guerra de todos contra todos. El temor a la muerte y el deseo de las
cosas necesarias para una vida confortable hace que los hombres pacten entre sí para conformar las
sociedades y los Estados. Es decir que lo único que une a los hombres en sociedad es el instinto de
conservación.
La concepción del hombre de Rousseau
Al contrario del pensamiento de Hobbes, los otros contractualistas clásicos, John Locke (1632-1704) y Jean–
Jacques Rousseau, no creían que el ser huma-no fuera naturalmente egoísta ni que solo le importara su
autoconservación. En la primera parte de su
Discurso sobre el origen de la desigualdad
, Rousseau afirma que el hombre era originaria y naturalmente un animal puro y solitario que respondía a su
instinto, sin más ocupación que satisfacer sus necesidades físicas. No era bueno ni malo y no tenía vicios ni
virtudes. En la segunda parte, Rousseau describe un estado intermedio entre la brutalidad de los tiempos
primitivos y la civilización actual, que es el más feliz de todos, ya que los hombres gozaban libremente entre
sí de las alegrías de la relación mutua. Pero con la división del trabajo y la propiedad privada, la igualdad
natural entre los hombres desapareció y el hombre se volvió malo a causa de los explotadores del pueblo y al
robo de los ricos. De estas premisas parte Rousseau para elaborar su otra obra:
El contrato social, es decir, el pacto entre los hombres que permita la instauración de un Estado justo que
termine con las desigualdades instituidas. Para ello es necesario un Estado o un pacto social que asegure la
asociación de todas las personas para conformar una sociedad civil, y al mismo tiempo, que el ser humano
conserve su libertad. Para Hobbes, la libertad impulsaba al ser humano a desear abarcarlo todo y a violar la
libertad de los demás. En cambio, para Locke y Rousseau, la libertad es la voluntad de decidir y actuar entre
todos, dejando de lado los impulsos físicos y los deseos, en beneficio dela voluntad general. La libertad civil
es entonces posible, solo si es libertad moral, libertad para todos que no viola los derechos de nadie, sino
que por el contrario los defiende. Para Rousseau, además, la piedad es un sentimiento natural del hombre
que lo diferencia del resto de los seres vivos. A la vez que modera su egoísmo, contribuye a la conservación
mutua de toda la especie. La piedad es la que moviliza al ser humano a ayudar quien está sufriendo.
Kant y el hombre moral
El filósofo alemán Immanuel Kant, cuyo pensamiento es modelo de la modernidad, incluyó en el Manual que
contiene sus cursos de lógica, las cuatro preguntas fundamentales, que a su juicio debe hacerse la filosofía:
1) ¿Qué puedo saber?
2) ¿Qué debo hacer?
3) ¿Qué puedo esperar?
4) ¿Qué es el hombre?
A la primera pregunta responde la metafísica, a la segunda la ética o moral, a la tercera, la religión y a la
cuarta, la antropología. Pero señala que todas estas disciplinas se podrían agrupar en la antropología, es
decir, que las tres primeras cuestiones convergen en la última, que es considerada una disciplina filosófica
fundamental. En la Crítica de la razón pura
Kant define a la antropología filosófica como la antropología que se ocupa delas cuestiones fundamentales
del filosofar humano. Como Pascal, Kant se hallaba fascinado por la infinitud del universo y el lugar que tenía
el hombre en él. “Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre y cada vez más grandes cuanto
más reflexionamos sobre ellas: el cielo estrellado que está sobre mi cabeza y la ley moral que hay en mí”,
escribió. La contemplación del cielo estrellado por medio de los sentidos hacía reflexionara Kant sobre la
inmensidad del universo y sobre los tiempos ilimitados que marcan el movimiento de los mundos y los
sistemas. Al mismo tiempo, la innumerable multitud de mundos le hacía pensar en la pequeñez del ser
humano, en la insignificante importancia de esta criatura animal que cuando muere debe devolver su
materia al planeta del cual salió (un planeta que es apenas un punto en el universo) después de haber
consumido energía por un breve tiempo. Para Kant, la ley moral es una ley universal que rige para todos los
hombres, y que reconoce la dignidad del ser terrenal dotado de razón, es decir, del ser humano. La ley moral
diferencia a las personas de los animales y le da un sentido a la existencia, más allá de las condiciones y los
límites materiales.
El hombre alienado
Para el filósofo alemán Karl Marx (1818-1883), el hombre, el sujeto real de carne y hueso, es un ser
perfectible, un ser que siempre tratará de perfeccionarse y progresar. La imaginación y la creatividad del
hombre son potencialmente infinitas. Sin embargo, en el momento en el que Marx escribe, se consolida el
capitalismo y el desarrollo de las fábrica-cas. Los obreros que trabajan en ellas largas jornadas pasan la
mayor parte de su tiempo encerrados y privados del sol, el aire y el cariño de sus semejantes. Para Marx, lo
que distingue al hombre de los animales es el trabajo, el hecho y la capacidad de usar la razón y la
imaginación para tomar un objeto de la naturaleza y convertirlo en algo nuevo, es decir, crear algo. Pero,
durante el capitalismo, el hombre como obrero no produce algo nuevo, sino que produce en serie. No
produce todo el objeto, solo una parte. Eso lo obliga a repetir durante horas y horas de la mayor parte de su
vida, el mismo movimiento rutinario. En ese sentido, el hombre se confunde con la máquina, y por eso, una
de las escenas que más significativamente ejemplifica esta situación es una de la película
Tiempos modernos
en la que Charles Chaplin está acostado sobre la cadena de montaje o sobre el reloj. El ser humano se
transforma en un autómata, un robot domesticado útil y dócil. Según Marx, el ser humano, en el capitalismo,
está alienado. Es decir, está “separado de”, “privado de”, privado y separado justamente de sus facultades
propiamente humanas, de la imaginación y la creación, de su voluntad y de sus deseos. A diferencia del
artesano medieval que podía verse reflejado en su obra, satisfecho delo que había fabricado, el obrero es
desdichado en su trabajo. Crea un mundo de mercancías que no le pertenece a él, sino al capitalista, y que
son el símbolo de las personas que lo explotan. Crea mercancías que después no podrá disfrutar ya que el
salario solo le alcanza para satisfacer sus necesidades fisiológicas. El trabajo era, como en las cárceles,
trabajo forzado. Por eso, en cuanto puede, el obrero huye del trabajo como se huye de la peste. Según esta
descripción, se llega a una situación que Marx relataba de la siguiente manera: “En consecuencia, el obrero
no se afirma en su trabajo, sino que se niega; no se siente cómodo sino desventurado; no despliega una libre
actividad física e intelectual, sino que martiriza su cuerpo y arruina su espíritu... El obrero solo tiene la
sensación de estar consigo mismo cuando está fuera de su trabajo, y cuando está en su trabajo, se sien-te
fuera de sí. Está como en su casa cuando no trabaja; cuando trabaja no se siente en su casa”. Es decir que se
siente un animal cuando hace lo que es propio del humano: trabajar; en cambio se siente un ser humano
cuando en su casa realiza las actividades propias del animal: comer, procrear y dormir. Marx soñaba un
mundo donde los seres humanos pudieran ser felices en lo que hicieran, donde cada uno pudiese ir y volver
feliz a su trabajo y sentirse realizado.
El sujeto posmoderno
Michel Foucault, uno de los filósofos franceses más influyentes de la segunda parte del siglo XX, consideraba
que el sujeto moderno es una construcción social. A partir de lo que Foucault llamaba saber o criterios de
verdad propios de cada época histórica y de los apara-tos de encierro paradigmáticos de la modernidad
(escuelas, cárceles y fábricas), la sociedad burguesa procura construir sujetos uniformes y obedientes. El
saber está relacionado con los enunciados que se consideran verdaderos en cada época histórica. Así, por
ejemplo, cuando Galileo Galilei enunció su teoría de que la tierra giraba alrededor del sol, y no al revés, tuvo
que desdecirse de su afirmación para no ser quemado en la hoguera por la Inquisición, como Giordano
Bruno. Su verdad no coincidía con el saber ni con la verdad de esa época, en la cual el saber o la verdad eran
principalmente de carácter religioso. El saber siempre está relacionado con el poder, con aquellos sectores
beneficiados por las relaciones de poder. Desde el siglo XVII, a partir del modelo de la cárcel, comienzan a
consolidarse la escuela, el hospital, la prisión y la fábrica donde transcurre la mayor parte de la vida de las
personas en los siglos siguientes. Las sociedades modernas se vuelven, según Foucault, vigiladoras y
disciplinarias. Desde la escuela, el primer aparato de encierro, se vigila al niño para sujetar sus fuerzas y su
imaginación, para que no se diferencie de los demás. Se controlan sus movimientos para que sea útil, dócil y
productivo al sistema capitalista. Se lo prepara para que obedezca al ritmo de las campanadas como luego
tendrá que obedecer al ritmo de las sirenas. Se modela su cuerpo y se cincela su corazón. En el tiempo
histórico del capitalismo, se trata de vigilar qué hace el sujeto con su tiempo, porque hay que prepararlo para
que produzca. Es decir, según Foucault, la escuela constituye, de alguna manera, la preparación para el
mundo de la fábrica. Y las anormalidades serán subsanadas ya sea en el hospital o en la cárcel. Este filósofo
propone una estética de la existencia como forma de resistir a las sociedades normalizadoras. Como lo hizo
Nietzsche. Esto es, hacer de cada vida una obra de arte. Que cada día sea diferente de los demás, pleno de
belleza, y que los seres humanos no seamos rutinarios ni parecidos los unos a los otros.
¿Qué es la ética?
“Ética” proviene de la palabra griega ethos y se refiere a los hábitos y las costumbres de una comunidad. El
término “moral”, con el cual suele relacionarse la ética, proviene del vocablo latino mor, y ambas
expresiones tienen implícita la connotación de residencia o morada. En la
Ética a Nicómaco, Aristóteles llama virtudes éticas a aquellas que provienen de los buenos hábitos; y
virtudes diagnósticas, a las virtudes relacionadas con el intelecto. Las virtudes éticas tienen que ver con el
“justo medio” entre un exceso y un defecto; es decir, por ejemplo, una virtud como el valor es un justo
medio entre lo excesivo de la temeridad y lo defectuoso de la cobardía. Por su parte, las virtudes
diagnósticas, como la sabiduría y la prudencia, se desarrollan a medida que una persona avanza por los
caminos de la reflexión y la búsqueda de la verdad. Quien reconoce la ética sabe de qué modo actuar, cómo
moverse en el terreno de los hábitos y las costumbres, y conoce cuáles son los modos de comportamiento
familiares; por lo tanto, sabe también qué esperar de los demás y qué esperan los otros de él. En este
sentido, la ética se asocia con la idea de “estar en casa”; por eso las cuestiones éticas nos conciernen a todos
y a cada uno. Por moral se entiende el conjunto de normas o costumbres que rigen la conducta de una
persona para que pueda considerarse buena; y la ética es la reflexión racional sobre qué se entiende por
conducta buena y en qué se fundamentan los juicios morales. De algún modo, podría decirse que la ética es
a la moral lo que la teoría es a la práctica; la moral es un tipo de conducta, la ética es una reflexión filosófica.
El ser humano durante su vida realiza actos y la repetición de éstos genera hábitos que determinan sus
actitudes. Durante la vida, los hombres van haciéndose a sí mismos, y esa es su tarea moral. La ética es la
rama de la filosofía que estudia las costumbres humanas y su vinculación con las normas y los principios que
rigen una sociedad.
“Conócete a ti mismo”
Una máxima es una sentencia o regla que dirige las acciones de los individuos. La máxima “conócete a ti
mismo”, atribuida a Apolo por medio del oráculo de Delfos, estaba muy presente en el pensamiento de
Sócrates. Su principal preocupación era conocer la naturaleza de la virtud y del vicio, e investigar cómo lograr
la fuerza del carácter, el dominio de sí, la justicia con los pares y la piedad de los dioses. Sócrates no dejó
ningún escrito y sus enseñanzas se conocen a través de los diálogos platónicos en los que, casi siempre, es el
interlocutor principal. En sus conversaciones, Sócrates no sólo quería transmitir una verdad, sino que incitaba
a sus discípulos a que indagaran en sí mismos y aprendieran, reflexionando, a buscar el camino de la
exactitud y la verdad. Cuando el hombre toma conciencia de su ubicación en el mundo, reflexiona sobre sus
actos y sobre la aprobación o no que éstos merecen de sus semejantes. Así, el hombre comienza a
interrogarse acerca de su conducta, respecto de su lugar en el mundo, de su función como miembro de una
comunidad y de su individualidad. Cuando se da cuenta de que puede interrogar a la naturaleza y descubrir
las leyes que la rigen, advierte también que puede establecer la legalidad de sus acciones para lograr
armonía en su convivencia con el universo y con los seres que lo rodean. Por eso los cuestionamientos éticos
comienzan mucho antes de que surja la ética como disciplina. Lo mismo ocurre con otros problemas que
inquietan al hombre, porque éste advierte en la práctica la necesidad de solucionarlos y luego comienza a
planteárselos como objeto de estudio. “Conócete a ti mismo” es una prescripción que Sócrates tomó como
guía de su filo-Sofía y de su conducta, iniciando la investigación del hombre como sujeto de moralidad. Más
de dos mil años después, esta tarea sigue pareciendo más simple de lo que es. El hombre ha resuelto con
mayor eficacia aquellos estudios que no lo tienen por protagonista.
Una clasificación de las acciones humanas
Las acciones o actos humanos pueden agruparse de varias maneras según el criterio de clasificación que se
adopte. En este caso, se clasificarán desde el punto de vista de la ética en tres tipos de actos.
El sujeto moral
Como hemos explicado, la ética teórica y la normativa estudian el acto moral y las leyes que lo hacen posible.
Para eso, deben tener en cuenta las relaciones del sujeto ético consigo mismo y con sus semejantes. Para
toda ética es complicado establecer estas relaciones, porque el sujeto moral es una persona y no puede
haber moralidad cuando el acto se realiza compulsivamente, ya sea por motivos personales o por agentes
que influyen en el sujeto. Por lo tanto, los actos morales son actos libres y el sujeto moral debe adherir
voluntariamente a la norma ética. A su vez, el hombre pertenece a una sociedad y es un ser social. Esto
quiere decir que no puede vivir solo, y también que necesita de sus semejantes en aspectos vitales,
relacionados con su configuración como individuo y como sujeto de moralidad. Necesita de los demás y los
otros necesitan de él. Por eso, una sociedad éticamente constituida está integrada por hombres libres que
son sujetos morales, ninguno de los cuales es instrumento de otros. Además, el sujeto moral tiene
obligaciones con toda la humanidad, a la que pertenece por su naturaleza.
1. La ética formal
La ética formal considera que ningún objeto concreto, ni ninguna finalidad ajena al acto moral lo determinan.
De este modo, el acto moral se cumple sólo por el deber de obrar según la forma de la ley moral, o según la
forma de la acción. El formalismo en ética ha sido identifica-do con la postura sostenida por Immanuel Kant
(1724-1804) en sus tratados de ética y, fundamentalmente, en su Crítica de la razón práctica y en la
Fundamentación de la metafísica de las costumbres. La ética kantiana es una de las grandes tradiciones
éticas de la Modernidad. Kant presta atención al agente moral y no sólo tiene en cuenta las consecuencias
del acto. Supongamos la siguiente situación: un joven intenta arrebatar a una anciana su cartera. Producto
del forcejeo con el que se resiste, la anciana cae sobre el cordón de la vereda mientras ve cómo el joven se
aleja asustado por el escándalo. En ese instante, advierte que un auto venía a toda velocidad y seguramente
la hubiese atropellado, si el joven no la hubiese detenido. Es evidente que el efecto beneficioso del intento
de robo no es para Kant lo importante. Para el filósofo, el joven actuó mal porque su intención fue mala,
independientemente de la consecuencia que el acto haya tenido. Según Kant, la conciencia moral advierte
que sus actos no están condicionados por un objeto deseado, como la felicidad o el placer. Si así ocurriese, la
voluntad estaría actuando según leyes impuestas desde afuera y no sería una voluntad autónoma. El sujeto
autónomo tiene la propiedad de ser una ley para sí mismo. Por eso, un acto moralmente bueno es el que
cumple una “buena voluntad”; que no es buena por lo que haga para alcanzar determinado bien, sino que es
buena en sí misma porque obra por deber. La voluntad que es buena en sí misma porque obra por deber
excluye toda desviación y sólo es determinada por la ley moral y por el respeto a esa ley. Esta ley se le
impone al hombre como un imperativo categórico (claro, absoluto) porque no depende de ninguna
condición. Debe cumplirse con independencia de sus objetos y de sus inclinaciones, sin desviaciones, y sólo
por respeto a la forma de la ley. Desde esta perspectiva, entonces, un acto es moral cuando la acción se
determina por puro respeto al deber. La ley moral es una orden que no acepta condicionamientos ni
excepciones; vale universalmente para todos los seres humanos, para todas las situaciones del mismo tipo, y
es universal también porque todos aceptan su validez.
La formulación más conocida del imperativo categórico es:
“Actúa de tal manera que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre y al mismo tiempo como principio
de una legislación universal”.
El hombre moralmente autónomo es legislador (porque se autogobierna) y súbdito a la vez, porque está
subordinado a las leyes que legisla, las cuales crean el reino de los fines, el reino de la libertad, un reino
regido por las leyes que los hombres se autoimponen. Por eso, dice Kant, el hombre es habitante de dos
mundos: pertenece al mundo natural (porque el hombre busca su felicidad naturalmente) y pertenece al
reino de los fines cuando, razonando, se legisla a sí mismo y a todos los hombres por un deber que todos
respetan.
2. La ética material
La ética material considera que la finalidad del acto moral no es el acto moral mismo sino algo exterior que
espera conseguirse. El acto moral no resulta un fin en sí mismo, sino que es un medio para lograr una
finalidad exterior. Un bien es un objeto de estimación positiva; por eso, cualquier objeto puede ser
considerado un bien en este sentido. Sólo será necesario que se lo considere valioso. Desde el punto de vista
ético, el bien está asociado con estados de vida más que con cosas en particular. Los estados de vida
considerados valiosos serán alcanzados o no a través de la conducta ética. El acto moral será bueno o malo
según su adecuación o inadecuación al fin perseguido. Las éticas materiales consideran que el bien a alcanzar
es concreto e identificable (ya no es el obrar por puro respeto a la ley como en la ética formal). En la historia
de la filosofía hay varias corrientes de ética material cuyo máximo bien es la felicidad, que determina a su vez
una jerarquía de bienes intermedios necesarios para alcanzarla: la tranquilidad del ánimo, un equilibrio
racional entre las pasiones y su satisfacción, etcétera. Desde la Modernidad, el individuo parece buscar sólo
la satisfacción plena de sus intereses particulares, donde la auto conservación adquiere el sentido del
máximo bien, es decir, la realización de la felicidad personal.
3. La ética de Aristóteles
La ética material de Aristóteles (384-322 a.C.) suele llamarse ética eudemonista. Su fin es la felicidad
(eudaimonía, en griego). Es autosuficiente y a ella somos arrastrados por la felicidad misma. Aristóteles
escribió dos tratados de ética: una Ética a Nicómaco y una Ética a Eudemo
. En ellos, se refiere a la “areté”, la virtud. Pero, “eudaimonía” no se refiere a un estado mental de euforia,
como indica literalmente la palabra “felicidad”, sino que se relaciona más específicamente con “florecer”,
con el éxito de la propia vida. La cuestión funda-mental en la ética de Aristóteles es ¿cómo logramos este
“florecer”? Aristóteles no se pregunta exactamente qué nos hace felices, ni se preocupa por cómo debemos
vivir, sino que quiere instruirnos respecto de cómo lograr que nuestras vidas florezcan. Este “florecer” es
“una actividad del alma en concordancia con la excelencia”. Esto implica hacer cosas, requiere el ejercicio de
ciertas facultades que definen la vida y hacerlo de un modo excelente. Aristóteles distingue entre las
excelencias del carácter y las excelencias del intelecto. Entre las primeras están las virtudes morales como el
valor, la generosidad, la ecuanimidad. Entre las segundas están el conocimiento, el buen juicio, la sabiduría.
Los hombres se distinguen de los demás animales por la posesión de la razón y la capacidad de pensamiento.
Entonces, las excelencias más propiamente humanas son las intelectuales y el “florecer” consiste en actuar
en concordancia con esas excelencias. Sin embargo, la actividad intelectual no es suficiente. Los hombres no
son individuos aislados y las excelencias humanas no pueden ser practicadas por seres solitarios. Así, el
Estado y la sociedad son manifestaciones naturales de la propia naturaleza social del hombre. La buena vida
es la meta del Estado y la meta de los individuos. Para Aristóteles, aunque la opinión general de los hombres
coincide en que la felicidad constituye el “bien supremo”, a la hora de definirla cada uno manifiesta su punto
de vista. La felicidad del ser humano en la ciudad (“el animal político”) es colectiva. Es lo que basta al hombre
para ser feliz. Entonces, el bien es el fin último de nuestras acciones y consiste en una actividad del alma en
consonancia con la virtud. Ésta, según Aristóteles, es el hábito de “decidir preferentemente [...] un justo
medio, relativo a nosotros y determinado racionalmente como lo haría el hombre prudente”. El deseo de
lograr nuestros fines es lo que estimula nuestro razonamiento. Del mismo modo, el dominio de sí mismo
ante las pasiones (sensaciones y emociones) forma parte de la virtud para alcanzar el “justo medio”. La
prudencia y la moderación son necesarias en la búsqueda de la virtud; también lo es la educación de la parte
del alma que alberga el deseo. Alguien es inmoderado por ignorancia o por falta de dominio de sí mismo; en
especial, frente al placer, que generalmente todos buscamos. Aristóteles reúne en la acción las virtudes y el
placer. Sin embargo, la felicidad de los sabios se halla en el placer puro que ofrece la contemplación de lo
divino y en la búsqueda de la inmortalidad. Los demás se limitarán a la política para vivir bien en la ciudad.
Aristóteles no sólo fundó la ética como disciplina filosófica sino que, además, planteó la mayor parte de los
problemas que estudiaron los filósofos morales, como la relación entre las normas y los bienes, y la relación
entre la ética individual y la ética social.
4. La ética hedonista
La ética hedonista propone alcanzar el placer (hedoné) y evitar el dolor. Fue sostenida principalmente por
Epicuro (341-270 a.C.) y su escuela. Para ellos, el sujeto logra la plenitud moral en el equilibrio entre las
pasiones y la satisfacción. A los treinta y cinco años, Epicuro se estableció en Atenas y fundó su escuela,
llamada el Jardín, famosa por el cultivo de la amistad, en la que participaban no sólo varones sino también
mujeres. Como ya se ha explicado, las doctrinas de Epicuro parten de la necesidad de eliminar el temor a los
dioses, y de desprenderse del temor a la muerte. Consiguen lo primero declarando que los dioses no son
perfectos, que están más allá del alcance del hombre y de su mundo, y que son indiferentes a los destinos
humanos. Para eliminar el temor a la muerte, Epicuro dice que mientras se vive no se tiene sensación de
muerte y cuando se muere, no se tiene ninguna sensación, por lo que no habría que preocuparse. El fin del
hombre es tener una vida tranquila. La felicidad se consigue, no en la vida política como para Aristóteles, sino
cuando se eliminan el temor, el dolor, la pena y la pre-ocupación. La felicidad se alcanza con una vida
dichosa, placentera. Pero no se trata de placeres exclusivamente materiales, sino de placeres duraderos,
espirituales y afectivos y con la tranquilidad, la serenidad del alma. Uno de los caminos para lograrlo es
mostrar que no debe perturbarse el alma con el temor a los dioses o el temor a la muerte. Para eso, aconseja
una vida ascética, despojada, con el dominio sobre nosotros mismos, de modo que no quede lugar a la
seducción de los apetitos y deseos. Pues la felicidad no consiste en responder a las inclinaciones solamente,
sino en conseguir una vida apacible. La mayor parte de las enseñanzas de Epicuro han pasado a la historia a
través de su Carta a Meneceo .Allí, expone las principales cuestiones que atañen a su ética. “Necesitamos el
placer cuando nos es doloroso no tenerlo, pero cuando no nos resulta dolorosa su ausencia ya no lo
necesitamos. Por eso decimos que el placer es el principio y el fin del vivir felizmente, éste es el bien primero
y principal, de él proviene toda elección y rechazo y consideramos bienes, por regla general, a lo que no
produce perturbaciones. También por ser el placer el bien primero y principal, no elegimos todos los goces,
antes bien, dejamos de lado muchos cuando de ello se han de seguir dolores y llegamos a preferir ciertos
dolores cuando de ellos se ha de seguir un placer mayor. Todo deleite es un bien en la medida en que tiene
por compañera a la naturaleza, pero no se ha de elegir cualquier goce. También todo dolor es un mal pero no
siempre se ha de huir de todos los dolores...”.
5. La ética de la indiferencia
La escuela cínica recibe su nombre, según algunos autores, del vocablo “perro” (kinos, en griego), que en la
antigüedad se consideraba prestigioso porque Antístenes, el fundador de la escuela, enseñaba en el
cinosargo (kinosargo), un gimnasio situado en las proximidades de Atenas. El sentido peyorativo que adquirió
después la palabra “cínico” se debe, en gran parte, al desprecio que tenían los cínicos por las convenciones
sociales, y también a los adversarios de la escuela; sobre todo, desde que algunos de sus miembros
abandonaron la vida ascética, es decir, austera. En general, el cínico era estimado como el hombre a quien
las cosas del mundo le resultaban indiferentes. Más que una filosofía, el cinismo es, por supuesto, una forma
de vida.
6. La ética utilitarista
La ética utilitarista, como su nombre lo indica, tiene como fin la utilidad. Un acto es moralmente bueno
cuando procura una utilidad para el individuo, o para la sociedad. Esta utilidad puede variar en cada acto y
hasta ser antagónica con alguna otra. Desde el siglo XVIII, el utilitarismo ético ha sido la concepción preferida
de pensadores como los moralistas ingleses. John Stuart Mill (1806-1873) se autoproclamó el primero en
emplear el término “utilitarismo” y fue uno de sus principales exponentes junto con Jeremy Bentham (1748-
1832). En la Modernidad, el utilitarismo es un hedonismo (búsqueda del placer) que no es individual como en
la Antigüedad, sino social. El criterio para determinar si una acción es moral o no es el principio de mayor
felicidad. Según este principio, una acción es moral de acuerdo con sus consecuencias. Se evalúan las
consecuencias posibles de una acción para determinar si producirá más placer y felicidad para el mayor
número de personas. En situaciones simples, las consecuencias serán fácilmente evaluables. Sin embargo, en
situaciones complejas, se dificulta la cuestión del cálculo de beneficio. ¿Cómo efectuar ese cálculo si para
determinar las consecuencias de una acción hay que tener en cuenta la felicidad de otras personas y,
posiblemente, cada una tenga distintos conceptos de felicidad? El utilitarismo sostiene que no se trata de
contribuir a la felicidad de cada uno, sino que hay que asegurarse de no interferir en la libertad de los demás.
Lo útil pasa a ser lo que en el cálculo de beneficio brinda mayor libertad a un mayor número de personas.
7. La ética naturalista
Es aquella cuyo fin es adecuar los actos personales a la armonía general de la naturaleza. Un ejemplo de esta
concepción es la ética estoica. Para los estoicos, la armonía individual debe contribuir a la armonía total del
universo, y así como el alma universal gobierna a la materia, el alma individual gobierna al cuerpo para lograr
impasibilidad frente al estímulo de las pasiones y los afectos. La ética estoica se funda en el ejercicio
constante de la virtud, que es también la autosuficiencia que permite al hombre desligarse de los bienes
externos. El primer deber ético es vivir según la naturaleza, es decir, vivir conforme a la razón, porque lo
natural de los seres humanos es lo racional. La felicidad está en la aceptación del destino ante las fuerzas de
la pasión que producen intranquilidad. Todos los seres obedecen necesariamente al destino, unos por la
fuerza y otros de buen grado. Ahí radica toda la dignidad y la libertad del hombre: conocer el orden necesario
del mundo y ser parte consciente de dicho orden. Ésta es la ventaja del sabio sobre el ignorante, lo que le da
el estado de imperturbabilidad, el estado de felicidad. Para los estoicos, el sabio sabe que todo está
determinado.
Ahora bien, estando todo determinado, ¿dónde radica la libertad humana? Todo obedece necesariamente al
destino, pero el hombre puede resistirse, porque la razón del hombre puede extraviarse y oponer al bien
universal un bien propio como la salud, la riqueza o el honor, es decir, lo ficticio. Esto es lo que lleva a
contrariar el orden universal. La naturaleza humana, como parte congruente con el todo de la naturaleza
cósmica, es la norma de conducta y es buena. Pero la naturaleza humana puede desorientarse,
proponiéndose un bien ficticio, diferente del natural y entonces surge la pasión. Crisipo distingue cuatro
tipos de pasiones: dolor (ante el mal presente), temor (ante el mal futuro), placer (ante el bien presente),
deseo (ante el bien futuro). Las pasiones separan al hombre de su felicidad y le hacen desear falsos bienes
materiales; cuanto más busca esos bienes materiales, tiene más necesidad de ellos y, frente a esta pasión, la
virtud debe aparecer como autodominio.
8. La ética trascendentalista
Para la ética trascendentalista, la finalidad de la conducta moral es alcanzar un estado de beatitud, felicidad,
gracia o vida eterna, más allá de la vida del hombre como ser orgánico. Las éticas trascendentalistas han sido
propuestas por pensadores como Platón, Descartes, Leibniz, Malebranche y se basan en algunas
concepciones metafísicas o en libros sagrados, o en la tradición oral de los profetas, como ocurre con las
éticas religiosas en general. Para la tradición judeo-cristiana, Dios, que es bueno y justo, creó el universo y le
dio un orden. Por eso, los acontecimientos naturales, como tienen a Dios como causa, son esencialmente
buenos, aun una catástrofe natural como por ejemplo, un terremoto en el que mueren personas o muchas
quedan sin hogar. En la tradición judeo-cristiana, eso tiene un sentido en el plan de Dios. El mal moral no
tiene que ver con fenómenos naturales, sino con la voluntad humana. La tradición filosófica se ocupó
primordialmente del bien, aunque también consideró la cuestión del mal. El pensamiento griego y el
cristianismo trataron el problema del mal y su naturaleza. Términos como “pecado”, “culpa” y “castigo” lo
confirman.
Agustín de Hipona
San Agustín (354-430), uno de los “Padres de la Iglesia”, adhirió en un primer momento a la doctrina
maniquea. Ésta postulaba la existencia de un principio del bien y un principio del mal que luchaban
constantemente por toda la eternidad. Luego de su conversión al cristianismo, ya no pudo admitir la
existencia de un principio del mal, pues Dios es creador de todo y, como es bueno, nada creado por él puede
ser malo. San Agustín afirma esto en dos de sus obras:
Confesiones y La ciudad de Dios. Concluye que el mal es privación de bien. San Agustín plantea por primera
vez un diálogo interior con Dios. En realidad, es un monólogo, la primera reflexión interior en la historia del
pensamiento, donde hay un “maestro interior” que es Dios. En las Confesiones, San Agustín hace el gran
descubrimiento de su propia interioridad: descubre a Dios viviendo en lo más alto de su alma. No es que la
verdad esté en uno mismo, sino que está en Dios, al que sólo se encuentra en uno mismo. Entonces, si Dios
es el creador de todo, no puede haber un principio creador de lo malo. Todo es absolutamente bueno. Para
San Agustín, Dios es incontaminable, inalterable, inmutable, es absolutamente bueno. Eso descarta algunas
posibilidades sobre la causa del mal, pero no explica qué es el mal moral; es decir, por qué pecamos San
Agustín dice que el libre albedrío de la voluntad es la causa del mal. Ante la posibilidad que tiene la voluntad
de elegir el bien, obra mal, y entonces padece los castigos por haber pecado. Los castigos son consecuencia
del pecado original cometido por Adán y Eva. El pecado original, transmitido como culpa a toda la
humanidad, ha corrompido el cuerpo del hombre (bueno por naturaleza), haciéndolo mortal y despertando
pasiones que la voluntad no puede refrenar por sí sola porque está debilitada por el pecado. Aunque
podamos distinguir entre el bien y el mal, a veces resulta imposible o dificultoso obrar bien porque han
quedado debilitadas la inteligencia y la voluntad por el pecado. Tenemos la posibilidad de querer un bien en
lugar de otro. Pero, por la debilidad de la voluntad, solemos elegir un bien inferior en vez del superior, que es
elegir a Dios. No es que el mal pueda elegirse, porque el mal en sí no existe y no es que Dios no haya dotado
al hombre de la posibilidad de elegir bien; sino que, justamente porque tiene la posibilidad de elegir, elige un
bien inferior. El problema aparece cuando se piensa que, si Dios tiene absoluto saber, ¿para qué creó a este
ser que elige desobedecer en lugar de elegir lo bueno? Dios deja que el hombre obre según su libre albedrío
porque si no, no habría libertad. Dios pudo haber evitado que se obrase mal, pero lo permitió para probar de
cuánto mal y de cuánto bien es capaz el hombre. El hombre es libre y la libertad es un don de Dios, pero la
elección está dañada por el pecado. No obstante, como Dios es pura bondad, ofrece a los hombres la
posibilidad de la salvación, de la liberación, porque el pecado es lo que se opone a la libertad. Para los
cristianos, esta salvación solo es posible cuando el hombre se arrepiente, reconoce que Dios es su creador y
vive según sus enseñanzas. La salvación de los cristianos tiene algunas similitudes con la virtud aristotélica,
pero tiene también diferencias fundamentales
ARISTÓTELES
❚ Se propone conocer qué es la vida feliz, concebida como posible de ser conocida y disfrutada en la vida
terrenal.
❚El bien y la justicia se pueden fundamentar con la razón.
❚Los valores de una comunidad se rigen por sus costumbres.
TRADICIÓN JUDEO-CRISTIANA
❚ Sólo tiene sentido la vida que vuelve a Dios y no se interesa por justificar o fundamentar esta vida de
tránsito.
❚Considera la vida terrenal como un estado anterior a la verdadera vida, más allá de la muerte.
❚ Los valores verdaderos son mandatos que provienen del creador que está más allá de la vida y al que sólo
podemos conocer por una reflexión interna sobre nosotros mismos.
BARUCH DE SPINOZA
La ética de Baruch de Spinoza (1632-1677) es una ética moderna, porque fue construida “a la manera de los
geómetras”, y por el racionalismo con el que ha presentado su sistema. Para este filósofo, el ser humano es
fuerza, es potencia que debe tratar de desarrollar-se al máximo teniendo en cuenta las limitaciones que le
impone la realidad. Desde este punto de vista, la razón debe marcar el rumbo, comprendiendo y
aprovechando la fuerza de las pasiones y superando los obstáculos que encuentra. La realidad para Spinoza
es una única entidad a la que llama, “Dios o Naturaleza”. Con esta afirmación comenzó una vida de escándalo
para él, porque fue acusado de panteísta (por creer que Dios y el mundo son la misma cosa).
La realidad de la que habla Spinoza es un ser absolutamente infinito, que contiene infinitos atributos, cada
uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita. Es una realidad positiva, necesariamente existente,
infinita y eterna. Esta realidad es, además, plena, pues ocupa todo lo que es y no está limitada. El sistema
spinoziano tiene evidentes diferencias con un sistema como el de San Agustín, por ejemplo.
La denuncia de la civilización
Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) también intentó explicar el origen del mal. Su explicación influyó mucho
en la época moderna. Según su concepción, la civilización ha arrancado al hombre de su estado más puro y
placentero. En un primer estado de naturaleza, el hombre vivía relajado y se conformaba con adquirir los
bienes que necesitaba para satisfacer sus necesidades sin hacer esfuerzos. Para Rousseau, el hombre en su
estado natural no es bueno ni malo, es simplemente un holgazán. Por su tendencia a la felicidad, no aspira a
someter a sus pares sino a lograr su propio goce y vivir con sus únicas dos virtudes naturales: la simpatía y la
compasión. Éstas le sir-ven para no atormentar a los otros o para no negarles ayuda, pero son sentimientos
más que verdaderos mandatos morales. Sin embargo, el hombre cae en la falsedad por el tipo de
socialización al que lo somete la cultura. Los hombres no se contentan con su quietud y desarrollan la
inventiva; pero ésta es una capacidad que no todos poseen por igual. Algunos encuentran nuevas y mejores
herramientas de trabajo y logran obtener mayor rendimiento con el mismo esfuerzo que los otros o, tal vez,
on menos esfuerzo aún. Así nace en ellos el sentimiento de la propiedad, un derecho que deben asegurarse
por sobre sus pares. Por esto surgió la propiedad, también el robo, y fueron creándose las fronteras entre los
hombres que derivaron en la competencia y la desconfianza. De esta manera explicaba Rousseau la Francia
del siglo XVIII y así concebía la cultura. Rousseau hace una analogía entre el pecado original y el
conocimiento, pues éste engendra diferencias entre los hombres. Rousseau identifica al hombre con el
conocimiento, al hombre reflexivo, con un “animal degenerado”. Por el “principio de la perfectibilidad” el
hombre tiene la posibilidad de perfeccionarse y puede construir y construirse. En El contrato social (1762),
Rousseau desarrolla el concepto de una comunidad donde una voluntad común —a la que llama “voluntad
general”— se concreta en las instituciones y las leyes, y es la aspiración del corazón y la razón de todos los
miembros que se unen entre sí. Considera que el hombre, que ha sido arrancado fuera de sí por la civilización
y la cultura, llegará a ser feliz solamente si se funde por completo en la comunidad con amor y pasión.
Rousseau sueña con un Estado similar a un organismo que viva en sus miembros y ellos en él. Así concebido
el Estado, la libertad del individuo se relaciona con saber actuar en él para hacer que crezca. Para evitar las
enemistades, el Estado ideal de Rousseau intentará que el hombre busque su felicidad en la comunidad
estatal. Deberá renunciar al amor egoísta de sí mismo y amar a la comunidad y a las leyes que lo unen a ella.
LIBERTAD Y DETERMINISMO
La libertad es necesaria para la conducta moral. Sin libertad no tiene sentido hablar de exigencias éticas. Sin
embargo, aunque existan factores condicionantes de nuestro obrar, no todos los condicionantes plantean
problemas a la ética. La libertad social y política se concibe como la autonomía de un Estado o una
comunidad frente a otros. Se refiere también a los individuos y a la independencia que éstos tienen ante los
demás. En el mundo clásico, por ejemplo, sólo era libre aquel que no era esclavo. La libertad interior alude al
hecho de no tener condicionamientos externos y de no depender de sus deseos o impulsos.
La libertad interior fue definida por los estoicos, que consideraban que una persona puede no ser libre
externamente, pero sigue siendo libre en su interior. Según el determinismo, todos los acontecimientos del
universo están regidos por leyes naturales, causales e inmutables. Esta corriente niega la libertad porque
considera que todas las acciones se explican por causas, pero no existe la posibilidad de que esas causas
procedan de la libertad. Ningún acto que realiza el ser humano es, para esta doctrina, voluntario porque, en
alguna medida, todos los actos son forzados. Ciertamente podemos encontrar este determinismo en la
naturaleza: una piedra no puede dejar de caer, los leones no pueden dejar de matar a otros animales para
comer, las hormigas no pueden dejar de trabajar. Para el determinismo, la voluntad, aquello que hace que el
hombre actúe con libertad, es un concepto vacío, sin importancia. Sin libertad, el concepto de
responsabilidad se vuelve moralmente nulo. Para los deterministas, los seres humanos somos el resultado de
la conformación hereditaria y de las influencias que el ambiente produce en nosotros. Según ellos, esos
factores hicieron que la Madre Teresa fuera buena, que Gorbachov quisiera la paz y que Hitler fuera un
asesino. Sostener cualquier extremo es equívoco. Defender la libertad de la voluntad no es negar la
influencia del medio en que vivimos en nuestro carácter y en nuestra conducta; y nadie negaría la influencia
de la carga genética que transportamos en nuestro organismo. Simplemente, hay que reconocer que la
libertad con que vivimos no es absoluta sino que está condicionada por esos factores, pero sin negar que
constantemente hacemos uso de nuestra libertad.
EL INDIVIDUO Y LA PERSONA
El término “individuo” conserva de su origen latino el concepto de “lo indivisible”. Es decir, aquello que no
puede dividirse en partes sin perder sus propiedades esenciales, que hacen que sea lo que es. El término
“persona” se asocia etimológicamente con el vocablo griego que se refería a rostro, figura, máscara, aspecto,
que servía para designar la máscara que cubría el rostro y la cabeza del actor de teatro, de acuerdo con el
personaje que interpretaba. El término latino “persona” deriva del verbo “personare”, vinculado con el arte
dramático también y se aplicaba a la voz del actor amplificada por la máscara. Entonces, la palabra “persona”
se relacionaba con la idea de “representar”. El actor, mediante la máscara, actuaba
Representando a un ser divino o humano, según el papel que le tocara. Para el individuo, sus actos se
orientan hacia su propia conservación y sus semejantes son medios para lograrlo. En cambio, los actos de la
persona se dirigen a una realidad constituida por seres semejantes que no son medios, sino fines en sí
mismos. Los actos de la persona requieren la interacción. El individuo se rige por leyes naturales y sociales, y
sus actos pueden ser libres pero no necesariamente morales. En cambio, la persona se rige por normas éticas
porque todos sus actos libres deben ser actos morales. El individuo satisface sus necesidades en la medida en
que el medio se lo permite y su naturaleza se lo impone; la persona puede postergar sus necesidades,
transformarlas o, incluso, superarlas. La espontaneidad del individuo se manifiesta en su temperamento,
mientras que en la persona se manifiesta en su carácter, no tal como es, sino tal como elige ser, según sus
decisiones y la responsabilidad con que las asume. El individuo cumple las obligaciones que le convienen y no
se responsabiliza de sus actos tratando siempre de eludir la sanción social. En cambio, la persona cumple con
las obligaciones que ha decidido y se responsabiliza de todos sus actos aceptando la sanción de la sociedad y,
muy especialmente, de su propia conciencia. Para el individuo no hay nada más importante que su vida y su
satisfacción; para la persona, su vida y sus inclinaciones están al servicio de sus semejantes. Lógicamente,
persona e individuo, no son términos que deban considerarse aislada-mente. Son dos instancias de una
entidad que llamamos “hombre” o “ser humano”
Un reciente fallo, que obliga a entregar los datos de identidad de los embriones congelados para futuros
tratamientos de fertilización, abrió el debate. ¿Un embrión es ya una vida humana? ¿Puede ser manipulado?
¿Cuáles son los límites éticos y legales de la ciencia? Escriben un sacerdote católico, una especialista en
bioética y el filósofo Gianni Vattimo.
HECTOR PAVON. Redacción Diario Clarin
En poco tiempo más se cumplirán veinte años de la primera fertilización in vitro exitosa realizada en la
Argentina. Fue en 1986 cuando los mellizos Eliana y Pablo Del aporte llegaron al mundo gracias a la pericia
de un equipo de médicos locales formados en los Estados Unidos, que hoy dirigen los principales institutos de
fertilización en Buenos Aires.
Esto ocurrió ocho años después del nacimiento de Louise Brown, la primera "bebé de probeta", en Inglaterra.
Fue un hecho que puso a los científicos argentinos en un sitial de prestigio internacional. Desde entonces, la
ciencia local en materia de fertilización realizó avances notables en técnicas y en generación de embarazos
asistidos.
La Fertilización In Vitro (FIV) se desarrolló y comenzó a ser utilizada sólo por parejas de clase alta a fines de
los 80 debido a sus altos costos. Pero poco después esta posibilidad se extendió en estratos sociales medios a
pesar de la negativa de la mayoría de las obras sociales y prepagas a costear los tratamientos. Después de
pasar una etapa de cierta experimentación en la que se lograban embarazos múltiples numerosos (cuatro,
cinco y hasta seis bebés) las técnicas de fertilización trabajaron en embarazos con menos riesgo de hasta tres
bebés. De todos modos el realizar un tratamiento (cuyo costo hoy es de alrededor de 8 mil pesos) implica la
"generación" de varios preembriones más allá de que sólo se utilicen dos en promedio para un primer intento
de embarazo. Pero no son todos "transferidos", algunos de ellos van al útero materno y el resto se "guardan"
en freezers, a 198 grados bajo cero, para su posterior transferencia o donación.
En todo el mundo los institutos de fertilidad guardan preembriones, óvulos y espermatozoides para su
transferencia y fecundación. No hay cifras oficiales de cuántos preembriones conservan los diez institutos
más importantes de Buenos Aires. Habría unos 1300 aunque se supone que son varios miles más. En forma
simultánea, y acompañando un fenómeno mundial, crecieron las resistencias a los avances científicos por
parte de sectores religiosos, especialmente de la Iglesia Católica y de personas vinculadas a organizaciones
de "defensa de la familia". En los últimos meses surgió en nuestro país un capítulo más del enfrentamiento
ciencia Vs. religión.
En mayo pasado algunos institutos hicieron llegar a sus pacientes una carta en la que explicaban que el
abogado católico Ricardo Rabinovich había iniciado una causa civil que ordenaba a los institutos a entregar el
número y la identificación de los preembriones congelados y a revelar la identidad de sus genitores. Si esto no
ocurriera, decía la carta, se multaría a los institutos con dos mil pesos diarios hasta que presentaran la
información.
Esta causa estaría cuestionando el derecho a la privacidad cuando se pide conocer quiénes son los
procreadores. Todos los preembriones tienen un padre y una madre identificables, pero en el caso de los
preembriones generados por donación anónima de óvulos y/o espermatozoides ¿es legítimo identificar a los
donantes? Para Rabinovich, ni unos ni otros están protegidos por sus padres y por eso pidió ser nombrado
tutor de todos ellos. "Yo no congelaría a mis hijos" dijo en una entrevista con el diario Clarín. Otro hecho
ocurrido hace pocos días sumó elementos para la polémica. En Córdoba una mujer, con su pareja lesbiana,
está embarazada de ocho meses a partir de una fecundación con esperma donado. La situación trajo más
desconcierto y amplió la discusión sobre la utilización de los bancos de células.
"Hoy se aspira a la transparencia biológica", dice la psicoanalista francesa Elisabeth Roudinesco. La identidad
"no se puede ocultar porque con los adelantos de la medicina y la biología todo el mundo quiere conocer su
patrimonio genético y biológico", explica. La pregunta por el origen es vigente y necesaria en Occidente,
todos desean saber de dónde vinieron. Pero es un deseo personal y del ámbito familiar no impuesto desde
una esfera ajena a esa intimidad.
El artículo del Código Civil sobre el cual se regula la actividad científica en este área define a las personas
como "las que no habiendo nacido están concebidas en el seno materno". Fue escrito por Dalmacio Vélez
Sarfield a fines del siglo XIX. Desde entonces no ha habido una actualización del marco legal que acompañe el
avance científico. Pero el debate está lejos de concluir. En todo el mundo la ciencia se enfrenta a los poderes
religiosos y también políticos. Así ocurrió en la Italia de Berlusconi, donde se intentó prohibir la donación de
óvulos y espermatozoides. En otros países ya se discute cuántos embriones está autorizado a transferir un
médico al útero de su paciente.
La vida humana comienza cuando nace un objeto capaz de tener derechos y deberes
POR GIANNI VATTIMO. FILOSOFO.
¿El rabino jefe de una comunidad judía alemana habría defendido el derecho a la vida del embrión si hubiese
sabido que ese embrión dado llegaría a ser Hitler? Sé que la pregunta es paradójica, pero no menos que la
que nos hace quien nos pregunta si nos habría alegrado que nos arrojaran por la pileta cuando éramos
embriones.
En ese momento, ni siquiera podíamos ser interpelados con ese propósito, si nos lo preguntan ahora, la cosa
es justamente más o menos como en el caso del ejemplo de Hitler. Frente a Hitler, a Jack el Destripador, a los
terroristas sanguinarios que nuestros gobiernos democráticos combaten de todas las maneras, no
tendríamos dudas: mejor tirar a la basura sus embriones que afrontar las consecuencias de sus maldades.
A la espera de que algún descubrimiento de medicina predictivo-quiromántica nos ponga en condiciones de
arrancar el mal "al nacer", debemos arriesgarnos a juzgar qué es mejor, o menos malo, en lo que se refiere al
respeto de los derechos del embrión. Que sea una vida en potencia significa solamente que, mantenido en las
condiciones necesarias a su desarrollo, podrá convertirse en un sujeto humano, capaz de elecciones y de
actos morales o inmorales. ¿No será en ese punto donde podremos decir que comenzó su vida "humana"? A
falta de criterios cronológicos absolutos, algunos (muchas autoridades religiosas, sobre todo) nos obligan de
todos modos a respetar esa vida en potencia porque es la vida como tal, aunque sea en su forma todavía
embrionaria, la que se respeta.
Otros, y me cuento entre ellos, aconsejan más bien asumir un concepto de vida que no sea tan puramente
biológico, sino que esté más orientado a otros valores, más auténticos. Por ejemplo, con los: no tiene sentido
una política demográfica que prohíba la contracepción en un mundo en el cual somos obviamente
demasiados. No tiene sentido defender el derecho de cada concebido a la vida sin considerar cuáles son sus
posibilidades concretas de tener una vida "digna de ser vivida". En el fondo, predicar la reproducción a toda
costa significa apostar —cínicamente, nos parece— a la capacidad de la vida de auto-regularse; un poco
como "la mano invisible del mercado", las epidemias, las enfermedades infantiles, las penurias siempre han
aportado cierto equilibrio demográfico.
Pero hoy tenemos fármacos que "pueden llegar a" poner en peligro esa auto-regulación. También por esa
razón, la vida, el nacer y el morir, son cada vez más una cuestión confiada a nuestras decisiones conscientes.
Contra el derecho incondicional a la vida —que por otra parte tantas venerables instituciones, que hoy lo
predican, han ultrajado tranquilamente en siglos anteriores, teorizando la guerra justa y la legalidad de la
pena de muerte— hoy debería reivindicarse la vida en el derecho.
La vida humana, afirmaría más radicalmente, comienza cuando nace un objeto capaz de reivindicar derechos
y cumplir deberes. Toda otra vida es humana solo en tanto y en cuanto está en una relación de "analogía"
con ésta. Analogía de proporción (como en matemática, dos es a cuatro como cuatro es a ocho); también un
niño pequeño sabe que no debe desagradar a su mamá y decide si roba o no la mermelada. Analogía de
atribución (con salud y si tu color también es "sano"): se puede hablar también de los discapacitados, del
feto, del mismo embrión, o de los moribundos en estado terminal, en tanto estos derechos son reivindicados
por otros sujetos, capaces en el sentido pleno de la palabra. Sé perfectamente que es una posición riesgosa, o
por lo menos rica en dificultades, pero es siempre mejor que confiarse a un derecho "natural" que nunca es
reconocido por todos o, peor aún, que pretende ser "científicamente" demostrado.
Quienes hoy afirman los derechos del embrión ¿tienen realmente derecho a defender esos derechos que ellos
mismos atribuyen? Hegel sostenía incluso que, racionalmente hablando, el condenado tiene derecho a su
pena. ¿Pero el condenado estaría de acuerdo?
Reconocer que quien habla de un derecho natural del embrión está haciendo un discurso ideológico, o sea
ligado a un interés o en todo caso a un punto de vista parcial, no significa por sí mismo abolir el respeto a la
vida humana: pero ante todo a la vida como la vivimos todos, no a esa capacidad de "crecer solo" que
pertenece también a las células cancerosas. Yo puedo no creer de hecho en los argumentos de quienes ven el
aborto o el uso experimental de los embriones como homicidio; pero respeto su derecho a sostener esas tesis
y a conformarse prácticamente a ellas; es el sentido de la objeción de conciencia reconocida a los médicos
que no quieren practicar abortos. Pero los defensores del embrión, ¿respetan igualmente la conciencia de
médicos y científicos que sienten el deber de experimentar con las células madre para salvar la vida de tantos
enfermos?
Como se ve, la asimetría está totalmente fundada en la pretensión ideológica de representar un derecho
"natural" de alguien, o mejor, de algo, que no puede absolutamente reivindicarlo. Que se trata de una
pretensión ideológica se ve por el hecho de que el derecho del embrión es reivindicado como absoluto, porque
está fundado en la "naturaleza" de la vida. ¿Durante cuántos siglos, para atenernos a nuestra historia, la
Iglesia católica luchó contra el divorcio civil, incluso de los no creyentes, en nombre del hecho de que el
matrimonio "por naturaleza" era indisoluble?
No es casual que hoy, en tiempos en que, bien o mal, están vigentes instituciones democráticas, seamos
también llamados a decidir sobre la vida y la muerte sin pretender confiarnos a la naturaleza y a sus
derechos. Todo "naturalismo" es autoritario y antidemocrático, ya que si hay una verdad natural en política,
no cuentan mayorías o minorías y tampoco, en general, la libertad. El sentido de la cuestión del embrión, y de
tantas otras cuestiones de la bioética, es quizá justamente el de hacernos tomar conciencia de las
dimensiones de nuestra libertad y, por consiguiente, de nuestras responsabilidades.
Las técnicas de reproducción asistida o artificial (TRA) nos ponen frente a uno de los paradigmas modernos
más desafiantes sobre la vida, la ciencia, la técnica, la procreación, la salud, los deseos humanos de
paternidad - maternidad, y un largo etcétera. Una de las acciones más clásicas de muchas TRA es la de
congelar los embriones que se logran en laboratorio y que no serán transferidos de forma inmediata en la
mujer. Se congela y detiene así la vida de esos embriones y se enciende y moviliza al mismo tiempo la
bioética: la ciencia que estudia la licitud de la intervención del Hombre sobre el Hombre. Antes de seguir
adelante hay que hacer una importante aclaración: cuando en ética y en la bioética personalista hablamos de
embrión no desconocemos los estadios sucesivos en el desarrollo de la vida del ser humano y que se
identifican con términos como "cigoto", "mórula", "blastosisto" y otros, sino que los incluimos y les
atribuimos el mismo significado ético. Embrión significa entonces el fruto, visible o no, de la generación
humana, desde el primer momento de su existencia hasta el nacimiento. La razón de esto es que la ética
supera a la biología y desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es
la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a
ser humano si no lo ha sido desde entonces. De hecho, la genética moderna demuestra que desde el primer
instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese ser viviente: un Hombre (varón o mujer),
individual con sus características ya bien determinadas. Es así que congelando embriones estamos
congelando y deteniendo la vida de un ser humano en acto, impidiéndole su normal desarrollo y proceso de
vida: congelamos la vida de un ser humano pleno en su dignidad y sujeto de derecho, de identidad y de no
discriminación ni instrumentalización. Es bueno recordar sintéticamente que el ser humano debe ser
respetado y tratado como persona desde la concepción y desde ese momento posee el derecho a la vida. Que
las normas jurídicas deben reconocer al embrión humano como sujeto de derecho desde la concepción. Que
hay que tutelar los derechos inviolables del ser humano ya desde su concepción frente a las técnicas de
congelación, y en especial ante los intentos de experimentación o de una destrucción programada con el
respaldo legislativo. Que es gravemente ilícito para la dignidad del ser humano y de su ser llamado a la vida
el recurso a los métodos de procreación artificial y es necesario que se acepten, también a nivel legal, los
principios en los que se funda la misma reflexión moral. Que los científicos y médicos deben detener la
producción de embriones humanos ya que no hay salida moralmente lícita para los embriones "congelados",
que son personas humanas. Los juristas y gobernantes deben actuar para que el Estado y sus instituciones
tutelen a los embriones congelados.
La maravilla de los procesos científicos es que no sean sólo técnicos y que cuenten con el marco bioético
necesario, como lo exige y reconoce la comunidad científica internacional. Esta exigencia de aprobación
bioética está encaminada a liberar la ciencia de cualquier tipo de límite ideológico, económico, o de
incorrecciones o abusos. Las TRA tratan de dar vida, vida humana y no vida a células humanas. Todo ser
humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de
ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable a
la vida. Debemos ser honestos y valientes para criticar con serenidad y nivel científico, con deseo de ayudar a
progresar y mejorar las TRA: deben suspender la creación de embriones y más aún suspender toda intención
y acción de congelar la vida y en cambio buscar nuevos caminos, sobre todo los intra corpóreos.
En la Argentina, donde los reclamos de las personas suelen ser aplastados en nombre de lo público, lo que se
juega es el presunto derecho de los embriones al registro oficial de sus datos filogenéticos, esto es, la
divulgación de la relación de parentesco de dichos embriones. Incluso cuando se sostenga que la vida tiene un
valor sagrado que ha de ser respetado —una sacralidad no necesariamente religiosa, que invita a preservar
la vida como se preserva una obra de arte—, lo cierto es que los presuntos derechos de los embriones o las
obligaciones hacia ellos entrarían en colisión con los derechos y obligaciones de los progenitores: ¿quiénes, si
no ellos, gozan del derecho a la privacidad y a la intimidad que los faculta a no divulgar la información que no
desean que sea divulgada? Más aún: los presuntos derechos de los embriones o las obligaciones hacia ellos
entrarían en colisión con los derechos y obligaciones profesionales: el secreto profesional es tan antiguo
como el código hipocrático y, frente a las presuntas obligaciones hacia el embrión, el profesional puede
alegar que son incompatibles con la obligación de respetar la confidencialidad de los datos suministrados por
los progenitores.
Esta incompatibilidad entre normas revela que la mayoría de los principios éticos son desplazables por otros
principios que, en cierto contexto, tienen más fuerza o peso: mentir es incorrecto, pero si procuro evitar que
Ana Frank sea deportada, no es incorrecto mentir a los nazis. Cuando aparecen derechos y obligaciones en
conflicto se debe deliberar y calcular la importancia relativa de las normas y decidir cuál de las normas en
conflicto tiene más peso de acuerdo con las circunstancias. Una vez admitido que tiene que existir un sujeto
portador de dichas e infortunios para poder hablar de derechos y obligaciones, al fin de cuentas, como dijo el
filósofo contemporáneo Thomas Nagel, "todos nosotros somos afortunados por haber nacido; pero no se
puede afirmar que no haber nacido es una desgracia". La identidad no se reduce a los genes, pues también se
adquiere y se consolida a lo largo de los vínculos que las personas establecemos con nuestros padres y con el
mundo. Defender los presuntos derechos de un embrión obligando a sus progenitores a revelar una identidad
que por el momento sólo a ellos compete es imponer con la fuerza de la ley un vínculo que sólo puede ser la
resultante de un acto de decisión impulsada por el amor y por un genuino compromiso personal.
El concepto de fealdad
Durante la Antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento, la belleza constituía un valor absoluto en el arte. La
fealdad solo se representaba asociada a la maldad o a la ausencia de dioses o del Dios cristiano En la
literatura medieval, por ejemplo, los héroes valientes y nobles son descriptos y dibujados con rostros muy
hermosos y cuerpos bien formados, mientras que los villanos son feos y deformes. También en los cuentos
tradicionales — Cenicienta, Piel de asno o Barba azul — la belleza se asocia a la bondad, y la fealdad es
sinónimo de maldad. Lo mismo ocurre en ciertas novelas como La cabaña del tío Tomo en las novelas
románticas. Las heroínas de estas últimas —por ejemplo, Graziella de Lamartine, Marguerite Gautier de
Alejandro Dumas, Amalia de José Mármol— son todas extraordinariamente bellas y esa belleza es sinónimo
de bondad y virtud. Sin embargo, fealdad no es antónimo de estética. También se suelen contemplar las
cosas feas o las imágenes de tristeza o dolor con fines estéticos. El escritor español Benito Pérez Galdós
(1843-1920) creó el personaje de una mujer muy buena y muy fea llamada Marianela. Ella tiene “un
cuerpecillo chico y un corazón muy grande”. La Nela es lazarillo de un hermoso joven ciego llamado Pablo,
que está enamorado de ella y la imagina muy linda. Sin embargo, cuando Pablo recupera la vista, se enamora
de su bella prima Florencia y Marianela muere de tristeza. Marianela es la primera heroína romántica que no
es estéticamente bella. En el siglo XIX, los románticos y posteriormente los "poetas malditos" como Arthur
Rimbaud (1854-1891) y Charles Baudelaire (1821-1867), entre otros, reivindicaron la fealdad en el arte para
representar la pobreza, la tristeza y la crueldad del mundo. Baudelaire en sus célebres spleens, que eran
crónicas periodísticas donde el poeta describía los cambios edilicios en la ciudad de París y cómo influían
sobre la vida de sus habitantes, como malheur du siècle (malestar del siglo). En su Spleen número 26 titulado
Los ojos delos pobres, Baudelaire relata una situación que se vuelve cotidiana en la modernidad: en un café
moderno y lujoso, una pareja de enamorados degusta manjares y charla alegre-mente. De repente, una
familia de pobres —un padre con un hijo en brazos y otro de la mano, todos vestidos con harapos—
comienzan a mirarlos fascinados tras los cristales. El joven se compadece de los pobres y se siente culpable
de disfrutar de los placeres terrena-les frente a ellos que no pueden alcanzarlos; en cambio, su amada le
dice: “¡No soporto a la gente con los ojos abiertos como platos! ¿No puedes decirle al encargado del café que
los eche de ahí?”. El autor hace hincapié en la descripción de las luces del bar y en las de los escombros
desde donde surgen los pobres. Los pobres no pueden disfrutar de las luces y la belleza de la ciudad. La
belleza parece hecha para los burgueses, pero ha sido construida merced al trabajo y la explotación de los
pobres. De esta manera, el poeta, como muchos otros artistas, reniega de los valores de belleza
anteriormente establecidos y utiliza la fealdad para retratar al mundo y criticar la sociedad de su época. En
1927, el cineasta alemán Fritz Lang, muestra en su película Metrópolis, una sociedad futurista en la que los
trabajadores realizan su labor bajo tierra mientras sus jefes viven en bellos y lujosos rascacielos. En sus
pinturas, Francisco Goya (1746-1828) muestra espantosas imágenes de guerra y horror, modernas y antiguas,
para denunciar la atrocidad de cualquier contienda bélica y la violencia de las sociedades modernas. Después
de la matanza de millones de seres humanos y de la destrucción de muchas ciudades durante los cuatro años
de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), surgieron, liderados por un grupo de intelectuales europeos, dos
movimientos: el dadaísmo primero y el surrealismo después. Ambos renegaron del arte y de la estética
tradicional. Para estos artistas, después de la atroz experiencia de la guerra, ya no se podía seguir hablan-do
de la belleza de las rosas.
En el siglo XX, la llamada Escuela de Frankfurt, y particularmente el filósofo alemán Theodor Adorno, se
interesó por lo feo en el arte. Sus miembros consideraron que sólo mostrando lo proscripto, la miseria, los
sufrimientos y los horrores del mundo, el arte puede denunciar y sólo así vale la pena seguir escribiendo
poemas después de Auschwitz. Según Adorno, cuanto más represivos eran los nazismos, los fascismos y las
dictaduras, “cuantas más torturas se administraban en los sótanos, más cuidado se tenía de que el tejado
estuviera apoyado en columnas clásicas”. Para Adorno, el arte, al ser denuncia, puede ser también promesa
de felicidad, instancia de liberación de los seres humanos. El pintor irlandés Francis Bacon (1909-1992) solía
deformar los rostros de personas famosas o de sus amigos para mostrar cómo la violencia del siglo XX,
particularmente las dos guerras mundiales y el suceso histórico de la bomba atómica de Hiroshima,
afectaban a las personas .En la Argentina, en 1978, mientras muchas personas eran secuestradas, torturadas
y desaparecidas, se construían estadios y plazas, se preparaban espectáculos para distraerla atención de la
gente, para que la belleza de los paisajes y los edificios ocultara el horror del terrorismo de Estado. De la
misma manera, en la década de los '90, mientras se embellecía Puerto Madero, Palermo y otros lugares de la
Ciudad de Buenos Aires y se construían gimnasios para el embellecimiento del cuerpo, con la política
económica se condenaba a incontables personas a la exclusión, a la pobreza y a la falta de trabajo. Antonio
Berni (1905-1981) denuncia con su estética de lo feo las injusticias de la sociedad. Retrata en sus collages
figuras angustiadas y pesadillescas, monstruos que están en las antípodas del considerado “buen gusto”,
compuestos con materiales de desecho y chatarra metálica. A principios de los años '60, Berni crea dos
personajes: Juanito Laguna y Ramona Montiel, que son el símbolo de la niñez explotada, particularmente en
las grandes ciudades de América latina.
ARTE Y MORAL
La teoría estética del escritor Oscar Wilde es la del arte por el arte. Para él, la obra de arte no puede ser
juzgada desde el punto de vista moral. El ámbito del artista es todo lo existente, es decir, también los vicios,
los pecados, las maldades y las perversiones, y no puede ser juzgado por escribir sobre ellos en un libro,
pintarlos o esculpirlos. En el prólogo de su novela
El retrato de Dorian Gray, Wilde expresa su postura: “El artista es el creador de cosas bellas. […] Un libro no
es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo. […] Ningún artista es
nunca morboso. El artista puede expresarlo todo”. En cambio, en su ensayo. ¿Qué es el arte? (1878), el
novelista León Tolstoi (1828-1910) señalaba que el arte debe contribuir a unir a los hombres, a comunicarse
entre sí y debe además, acordar con los criterios morales de su época .En su novela Anna Karenina, Tolstoi
cuenta la historia de una mujer casada que deja a su esposo y se ve obligada a abandonar a su hijo, porque
está enamorada de otro hombre. Sin embargo, la felicidad es imposible para Anna. El remordimiento por
haber dejado a un hombre bueno y la añoranza de su hijo le impiden ser feliz con su amante Wronsky y con
la hija que tuvo con él. Además siente celos y teme ser abandonada por su nuevo amor. Para Tolstoi, la
pasión de Anna era condenable porque violaba el deber y la moral de su época. Por eso hace que su
personaje muera trágicamente: Anna se suicida arrojándose a los rieles de un ferrocarril. Sin embargo, la
manera en que son presentadas las pasiones dela heroína suscitan la piedad y la comprensión del lector. La
idea del arte por el arte mismo es consecuencia, en cierta forma, de la teoría kantiana. Para Kant, la
experiencia estética era la de un individuo aislado que contemplaba una obra plasmada de manera individual
por otro artista. Así, el arte no tenía ninguna función moral o social. Los movimientos artísticos denominados
“de vanguardia” —término que procede del francés
Avantgarde que era usado en el ámbito militar para referirse a los soldados que luchaban en la primera línea
de combate— de finales del siglo XIX y comienzos del XX, pretendían reestablecer la función social del arte.
Durante la Antigüedad y el Medioevo el arte cumplió con la función social de apoyar a los poderes políticos y
religiosos. Pero las vanguardias pretendían unir al arte, los sueños individuales y los sueños sociales con el
cambio social.