0% encontró este documento útil (0 votos)
359 vistas103 páginas

Ordename Vol 7 9 Chloe Wilkox

El documento narra la historia de Gary, quien busca vengarse del abusador de su hermana Marc Hasting. Louisa y su novio David llegan justo a tiempo para evitar que Gary mate a Hasting. El futuro de los personajes permanece incierto.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
359 vistas103 páginas

Ordename Vol 7 9 Chloe Wilkox

El documento narra la historia de Gary, quien busca vengarse del abusador de su hermana Marc Hasting. Louisa y su novio David llegan justo a tiempo para evitar que Gary mate a Hasting. El futuro de los personajes permanece incierto.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Chloe Wilkox

¡ORDÉNAME!
Volúmenes 7-9

Gary, loco de rabia, sale en busca del agresor de su hermana, decidido a vengarse con sus
propias manos. ¿Louisa y su guapo multimillonario llegarán a tiempo para evitar un desastre? El
amor que se tienen los dos amantes es inquebrantable, pero el curso de los eventos los lleva por
otros caminos. Sus días están sembrados de obstáculos, los fantasmas rondan sin cesar a su
alrededor. ¿Qué futuro puede esperarles en su historia?

¡Sumérjase en el universo sofocante de Chloé Wilkox y siga las aventuras de la hermosa


Louisa y de David Fulton, el autor con un éxito millonario!
1. Fantasmas
Son las 14h 47 cuando nuestro taxi, de David y mío, llega frente a un edificio deteriorado de la
Bowery. Siete minutos: es el tiempo que transcurrió desde que abandonamos precipitadamente el
restaurante en el que almorzábamos.
Siete minutos desde que Judith nos llamó en plena crisis de pánico. Siete minutos desde que
sabemos que Gary fue a casa de Marc Hasting, uno de sus antiguos educadores del orfelinato. Siete
minutos desde que nos enteramos de que el chofer y amigo de infancia de David llevó consigo una
calibre 38.
Todavía esta mañana, ignorábamos la identidad del hombre que, durante meses, abusó de Sacha.
Pero fui a Brooklyn, hice mis investigaciones: puedo afirmar sin lugar a dudas que Marc Hasting es
el culpable. Si Sacha está todavía con vida, es por su influencia que buscó liberarse simulando su
suicidio.
¿En cuánto tiempo una existencia puede trastocarse? ¿Siete minutos son suficientes? ¿Gary sólo
tiene esos segundos de ventaja sobre nosotros?
¿Cuánto tiempo necesitó Judith para comprender las intenciones de su amigo? ¿Cuánto tiempo
necesitó para tomar el teléfono, para buscar el número de David en su agenda, para llamarlo y
explicarle la situación?
«David, soy Judith… Estaba en casa de Gary cuando recibió tu mensaje de texto.
Cuando se enteró que Hasting es quien maltrató a Sacha hace quince años, se puso como loco.
Buscó la dirección de ese maldito en Internet luego fue a su recámara para tomar algo antes de
salir precipitadamente de su apartamento. Fui a checar: el arnés en donde guardaba su pistola
estaba vacío sobre la cama. Ésta no estaba.
¡Oh David, tengo tanto miedo! Creo que se le metió en la cabeza el hacer justicia con su
propia mano.»
¿Es demasiado tarde para impedir que el hermano de Sacha cometa algo irreparable?
Me parece que la carrera que emprendemos, David y yo, para subir de cuatro en cuatro las
escaleras del edificio para llegar lo más rápidamente posible al quinto piso, pasara en cámara lenta.
Nunca mis pensamientos habían sido tan claros. Siete, no, ocho minutos ahora. Es poco, y al mismo
tiempo tan terriblemente largo. Ya estamos en el piso. La puerta de entrada del apartamento 505 está
entreabierta. De ahí se escapa una música doliente, que mezcla un violín y una guitarra acústica.
David golpea la puerta con tres pequeños golpes secos. Llama: — ¿Gary?
¿Gary?
La puerta se abre completamente, con un rechinido que me hiela la sangre.
Entramos a una pieza en donde reina un caos sin nombre. Papeles que se apilan sobre una mesa.
Tazas, vasos vacíos y platos se amontonan por doquier.
Al lado de la única ventana que da a un patio sombrío, una planta agoniza.
— ¿Gary?
David continúa avanzando prudentemente. Con su mano izquierda me indica que me quede detrás.
No obedezco. Sigo envuelta por la melancolía de la música cíngara que se escapa de un viejo
aparato de sonido. A pesar del presentimiento terrible que me asalta, ya no tengo miedo.
David avanza hasta el fondo de la pieza: le piso los talones. Separa la cortina de perlas de
madera que separa la pieza principal de la recámara. Un gato, surge de ninguna parte, roza mi pierna:
pongo una mano sobre mi boca para ahogar un grito de sorpresa.
— ¿Gary? ¿Estás ahí?
David se detiene en el marco de la puerta. Puedo ver como se tensa su nuca.
Me acerco a él con sigilo. Mi hombro toca su omóplato. Me levanto sobre la punta de mis pies
para ver mejor. Un hombre calvo y regordete, con una playera húmeda por el sudor, esté sentado en
la orilla de una cama deshecha.
Debe tener como cincuenta años. Su piel es lustrosa, sus ojos abiertos desmesuradamente. No
deja de abrir y cerrar la boca, como un pez fuera del agua, con una mueca estupefacta.
Parece que no entiende qué es lo que le está ocurriendo, o al menos que no puede creerlo.
Sin embargo, es terror lo que debería sentir.
Apuntado sobre el rostro del hombre, una enorme pistola automática cromada, que brilla en la
penumbra. Y, al borde de la pistola, un brazo musculoso, imponente, que prolonga un hombro
cuadrado, una espalda sólida, una cabeza erguida cubierta por una cabellera rubia ceniza.
Gary.
— Entra David: llegas a tiempo para el espectáculo.
Gary repliega su brazo y deja por un momento de apuntarle al hombre.
— ¿Te acuerdas de Marc Hasting, David? Él se disculpa por el desorden: no esperaba recibir
visitas hoy.
De la manera más natural del mundo, David avanza hacia su amigo. Pone una mano firme sobre su
hombro.
— Dame esa pistola, Gary.
El chofer gira su rostro hacia David.
— Tienes una manera muy autoritaria de pedir las cosas, David. Un «por favor» o un «gracias»
no estarían nada mal.
— Eres tú quien me agradecerás cuando haya impedido que cometas la más grande estupidez de
tu vida. Dame esa pistola.
Davis está tranquilo, seguro de sí mismo. Como si controlara perfectamente la situación.
¿Pero, si se equivoca? ¿Si Gary está fuera de control?
Gary se ríe burlonamente.
— ¿De mi vida? ¿De mi vida?
Con su arma, que vuelve a apuntar sobre Hasting, Gary le pregunta a David: — ¿A esto le llamas
vida? ¿Todos estos años estropeados por el duelo y la pérdida? ¿Todo este sufrimiento que me
acompaña cada día, cada segundo, desde hace quince años?
El brazo del chofer se pone a temblar. Imperceptiblemente, su dedo se cierra un poco más sobre
el gatillo.
— ¿Sabes lo que le hizo, David? ¿A mi hermana, a Sacha? Este puerco sudoroso que tienes
enfrente de ti no se contentó con usarla para saciar sus más asquerosas necesidades, David: la
torturó. Apagó sus cigarrillos en ella. La golpeó. Le hizo creer que lastimaría a Judith si no lo
obedecía al pie de la letra.
La miró temblar, la miró llorar, la escuchó suplicar. Le hizo prometer hacer todo lo que él
quisiera para que dejara a sus amigos tranquilos.
Y lo disfrutó.
— Yo sé todo eso Gary. Yo estaba ahí.
Gary da de repente media vuelta, olvidándose por un instante de Hasting.
— ¿Realmente? ¿Estabas ahí? Perdón pero yo creía que durante todo ese tiempo, estabas
ocupado pasando un buen momento en el Upper East Side.
Hasting, sintiendo que es su oportunidad, se levanta repentinamente y trata de escabullirse. Gary
apunta de nuevo con su 38 mm en su dirección.
— Tranquilo, imbécil. Pon de nuevo tu trasero en la cama, rápido o te vuelo los sesos.
Hasting obedece, poniendo una mirada desamparada, con lo que consigue que Gary enloquezca
de rabia.
— ¿Qué sucede, Marc? ¿Miras a la hermosa chica? ¿No te parece que está un poco grande para
tus gustos? Oh, entiendo: es su mezcla de sex-appeal y de inocencia lo que te recuerda a Sacha… Y
si, como puedes ver, David logró salir adelante…
Le agita su pistola frente a su nariz.
— Mientras que yo, esa es otra historia. Yo no he olvidado a Sacha.
¿Pero qué quieres? Era mi hermana. Una novia, puede reemplazarse, pero una hermana es otra
cosa.
La rabia y el dolor de Gary son palpables. Veo claramente que David está conmovido por las
frases de su amigo: su odio por Hasting es igualmente fuerte, le es muy difícil encontrar las palabras
para poder razonar con Gary.
Pero tal vez yo podría encontrar las palabras tranquilizadoras para detener esta locura asesina.
Debo intentarlo en todo caso: — Gary, no sabes si Hasting es culpable o no.
— ¿En serio? ¿Parezco dudarlo según tú?
Me acerco a él y pongo una mano sobre su brazo, aquél que tiene en dirección de Hasting y que
empieza a desfallecer bajo el peso de su pistola.
David esboza un movimiento para ponerse entre nosotros pero hundo mis ojos en los suyos.
No te preocupes mi amor: sé lo que hago.
— Tienes pruebas. Tienes muchas pruebas, pero ninguna certeza. Sólo un jurado puede decidir la
culpabilidad de Hasting. Sólo un juez puede decidir su castigo. No te corresponde.
Es absolutamente necesario que lo haga entrar en razón.
— Si disparas, te convertirás en un asesino y Hasting en una víctima. ¿Es lo que quieres? ¿Es
realmente lo que quieres?
— El violador de Sacha nunca será una víctima ante mis ojos.
— Lo entiendo. Pero en ese caso, no te conviertas en una víctima de tu propio odio. No cedas a
tus impulsos de ira.
Al oído, le murmuro.
— Si lo haces callar, nunca sabrás la verdad. ¿Podrías vivir con esa duda?
¿Preguntándote constantemente si el verdadero culpable anda libre? ¿No sabiendo si tomaste la
vida de un hombre inocente? ¿Sin haber puesto punto final a toda esta historia y sin saber lo que
realmente le pasó a tu hermana?
Hablo con una voz tranquila, mesurada. Siento que Gary me escucha.
Siento que me comprende. En el fondo de él, lo sé, me da la razón. David entra a la conversación.
— Si aprietas ese gatillo Gary, la bala llegará al corazón de Hasting en dos milésimas de
segundo. Entrará en su pecho y explotará en su caja torácica.
Morirá por una hemorragia interna en menos de cinco minutos. Cinco minutos: es el tiempo que
tendrás frente a ti para sentirte mejor, para convencerte de que vengaste a Sacha. Pero ya que se
encuentre frente a ti, muerto, las preguntas regresarán. ¿Qué le pasó a tu hermana? ¿Está todavía
viva? ¿Está a salvo? Y esas preguntas, no habrá nadie en la tierra que pueda responderte.
Una voz se eleva detrás de nosotros.
Una voz de mujer.
— De eso, Davy, yo no estaría tan segura.
Siento como el vello de Gary se eriza bajo mis dedos. Un escalofrío recorre su cuerpo. Me
volteo hacia David para comprender lo que pasa. Por su expresión, me parece que él también ha
visto a un fantasma. Lentamente, giro sobre mis pies en dirección de la puerta.
Una rubia de tez pálida y con ojos verde-gris se yergue ahí. A pesar del color artificial de sus
cabellos largos, a pesar del fleco que disimula su mirada, la reconozco enseguida.
Aquí está, que vuelve de entre los muertos. Sacha Stewart.
Debe medir alrededor de 1.70 metros. Sus ojos están subrayados por el kohl. Trae puesto una
chamarra de mezclilla y un pantalón de cuero extremadamente ceñido lo que resalta su grácil silueta.
Parecería salida de un concierto de rock. Su cara larga y su porte noble tienen algo de felino. Por la
sorpresa, Gary estuvo a punto de soltar el revólver. Pero se recupera rápidamente. Ansiosa, vigilo a
David por el rabillo del ojo. Parece estupefacto pero sus pupilas están húmedas. Logra por fin
articular: — Sa… Sacha… Pero…
¿Pero cómo…?
— Es una historia muy larga, pero digamos simplemente que es una suerte que yo sea la clase de
chica que espía a sus ex. Sino, jamás hubiera tenido la idea de seguir a David mientras iba a un
almuerzo con su nueva novia, ni la de seguir a estos dos viéndolos saltar precipitadamente a un taxi.
¡No se puede decir que esta chica carezca de aplomo!
Y es mirando fijamente a Hasting que Sacha retoma la palabra.
— Gary, en diez minutos, vamos a abandonar este apartamento. Tú y yo, David y su amiga.
Vamos a tomar un taxi y vamos a ir a un lugar tranquilo para hablar libremente, sin preocuparnos de
nada. Es decir: sin tener a toda la policía de Nueva York sobre nuestra pista, y sin que tú te vuelvas
culpable de asesinato. ¿Me has entendido?
Gay sacude la cabeza.
— Escúchame, cabeza de chorlito: vas a soltar esa pistola.
Ella avanza hacia él, con la mano extendida. Lentamente, retrocedo para cederle el paso.
— Me la vas a dar y a prometerme…
Ella se interrumpe: — Marc, no tomarás a mal que me refiera a ti utilizando la expresión «cerdo
asqueroso», ¿verdad?
Y continúa.
— Gary, quiero escucharte decir que no le harás daño a ese puerco. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.
Prométemelo.
Son demasiadas emociones de un solo golpe para Gary. Su voz se quiebra.
— Sacha, no puedo… No puedo prometerte algo pare…
Lo interrumpe secamente.
— Quince años, Gary. Hace quince años que vivo escondida, que camino pegada a los muros,
que me mantengo lejos de ti. Quince años en que no te he tomado entre mis brazos. Ahora que por fin
nos reunimos, me gustaría que soltaras ese revólver y que me apretaras fuerte contra ti. ¿Puedes hacer
eso por mí?
Su voz sigue tranquila pero gruesas lágrimas desbordan sus grandes ojos claros.
— Todo lo que quiero, es que abandonemos este lugar atroz.
Ella suplica.
— Si disparas, te pondrán en prisión y jamás tendremos la ocasión de recuperar el tiempo
perdido… Por piedad, ¡escúchame! Ya he sufrido suficiente por culpa de este hombre. ¡Me privó de
mi gemelo, de la parte más esencial de mí, durante la mitad de mi vida! No quiero que nos separe
definitivamente. Por favor…
Sumergido por la emoción, Gary deja de repente caer su brazo. Desvía la mirada de Hasting para
contemplar a su hermana. Lágrimas se escurren por su rostro. Atrapa a Sacha y la aprieta fuertemente
contra su pecho. David se aproxima subrepticiamente a ellos para desarmar a su amigo. Con un
movimiento delicado, se apodera del revólver y comienza a retroceder algunos pasos.
Es el momento que Hasting escoge para saltar y precipitarse fuera de la recámara. Pasa a mi lado
y, al empujarme, casi me atropella. Gary suelta a Sacha y se pone a gritar: — ¡Dispara David!
¡DISPARA!
David, creyéndome en peligro, extiende su brazo y apunta pero antes de que tenga el tiempo para
apretar el gatillo, me escucha gritar: — ¡NO!
Por la sorpresa, mi amante detiene su movimiento mientras que Hasting desaparece de nuestra
vista. Gary quiere lanzarse en su persecución pero Sacha le obstruye el camino: — Déjalo irse. Es
demasiado tarde.
Por la rabia, Gary da un violento puñetazo a la pared.
— ¿Porqué me impediste perseguirlo? ¿Porqué?
Ella se lanza a sus brazos.
— El pasado ya no tiene la menor importancia, ¿entiendes? Estoy de regreso. Estoy aquí, Gary.
Entonces, solamente entonces, parece darse cuenta de que esta hermana desaparecida que lloró
tanto tiempo está frente a él. Este hombre inmenso, con una musculatura impresionante, se deja por
fin llevar. Abraza de nuevo a Sacha contra su pecho y logra articular, entre dos sollozos: — Estás
aquí… Estás aquí…
2. Leo
Estamos sentados en el apartamento de David. Reina un silencio de muerte.
Llamé a Judith para avisarle de la «situación». Situación extraña por decir lo menos. La voz de
Judith se opacó bajo el golpe de la viva emoción que se apoderó de ella. Me dijo que vendría para
acá inmediatamente. Esperando su llegada, trato de mantener mi papel de anfitriona ya que David
está demasiado aturdido para hacer el menor movimiento. Está sentado sobre el sofá, contándole
todo a Sacha quien parece incómoda.
— Es como jugar al juego de los siete errores… Es tu rostro, pero innumerables detalles han
cambiado: es sorprendente.
Entiendo lo que quiere decir.
Mientras vacío el té, también observo a la joven mujer. Su rostro se ha afinado con respecto a las
fotos de antaño. Se volvió, parece, más duro, pero igualmente más distinguido. El desafío en su
mirada se hizo más pronunciado, aunque sus ojos hayan conservado su picardía. El cuerpo se secó un
poco y aumentó su musculatura. Perdió sus redondeces infantiles para volverse fina y nerviosa. Esta
chica es increíblemente sexy, del tipo de Lara Croft. Una aventurera exuberante y salvaje: ese es el
tipo de mujer en el que se convirtió Sacha Stewart.
Por fin, la puerta del ascensor del penthouse se abre y deja aparecer a Judith, quien se precipita
al salón como un tornado. Sus cabellos pelirrojos, habitualmente disciplinados por un peinado
impecable, están ahora en desorden. Lleva puesto un sencillo vestido azul noche tejido y un
impermeable gris. No está maquillada y sus ojos gris claros están ojerosos, apesadumbrados por la
angustia y la fatiga.
— Estás aquí. Por el amor de Dios, estás realmente aquí…
Ella aprieta a su amiga de infancia entre sus brazos, tan fuerte que por un instante creo que va a
asfixiarla. Sacha se deja ir contra el hombro de Judith.
Las lágrimas le suben a los ojos.
— Oh, Joul, te he extrañado tanto…
Me sorprende escuchar a alguien dirigirse a Judith con un sobrenombre tan infantil. El agente de
David es tan impresionante, siempre vestida con elegancia, muy mujer ejecutiva…
Cuesta trabajo imaginarla nombrada con un diminutivo regresivo.
De repente, Judith suelta una carcajada.
— No, pero Sacha, ¡qué cabellos traes!
Juega con las largas mechas doradas de su amiga, cuya cabellera oscura no es más que un
recuerdo lejano. Sacha parece molesta.
— Ya no soy Sacha, ya no… Soy Eleonora Clark. Pero mis amigos me llaman Leo.
Gary interrumpe brutalmente este encuentro. Parece golpeado por la desenvoltura de su hermana.
— ¿Tus amigos? ¡Tus amigos definitivamente no te hablan! ¡Y todo porque te creían muerta! ¿No
crees que nos debes algunas explicaciones?
Sacha voltea suspirando hacia su hermano.
— Sí, creo que en efecto, ha llegado el momento de contarles todo.
Coge la mano de Judith.
— Esperaba justamente que Joul llegara.
Se deja caer sobre el sofá. ¿Cómo hace para mostrarse tan animada en tales circunstancias? La
expresión de David es indescifrable. No llego a comprender si está feliz, impactado, contrariado, o
todo eso al mismo tiempo. Además, al sentir mi mirada posarse sobre él, desvía la cabeza, como si
quisiera cortar toda comunicación entre él y yo.
Ese gesto me hiere.
— ¿Podemos hablar enfrente de ella?
Es el momento que David escoge al fin para tomar la palabra.
— No creo que tengas elección, de cualquier forma, Sacha. Perdón…
«Leo». Has perdido el derecho de escoger frente a quien justificarte el día en que escogiste
montar tu muerte y dejar a tus amigos desconsolados, ¿no lo crees?
Sacha se inclina hacia David.
— Entiendo tu enojo, Davy, y no te reprocharé tu agresividad. La comprendo, créeme. Pero si
solamente supieras el porqué he tomado esta decisión…
¡Me molesta con sus «Davy» y su manera de hablar de mí como si fuera una pieza más de la
vajilla!
— Justamente, explícanos: te escuchamos.
Sacha se gira hacia mí.
— Disculpe, no quiero ofenderla… El grupo parece tenerle confianza y usted y David parecen
muy cercanos: eso me hace feliz, créame. Pero las revelaciones que tengo que hacer pueden poner en
peligro a cada una de las personas de esta pieza. Tengo entonces que estar segura de que nada se
filtrará.
Para mí más grande sorpresa, Gary quien, hace una semana, dudaba de mí, toma mi defensa.
— David tiene razón, Sacha: no te toca a ti decidir quién sí y quién no conocerá la verdad. No
tienes ninguna idea de la manera en que Louisa nos ayudó. ¡Sin ella, jamás hubiéramos podido poner
la mano sobre Hasting!
David agrega.
— Louisa está en mi vida ahora, Sacha. Todo lo que me concierne la concierne también, y no
tengo la costumbre de ocultarle las cosas.
Enardecida por la manera en que los chicos me apoyan, me siento sobre el sofá. Planto mis ojos
esmeralda en los ojos verde agua de Sacha.
— Le aseguro Sacha que puede confiar en mí. Jamás traicionaría a David ni a sus amigos.
Esboza una sonrisa débil: — Parecería que de cualquier forma no tengo opción… Bueno.
Tendremos que tutearnos, Louisa, ya que parece ahora que nuestros destinos están ligados. ¿No lo
crees?
Durante el relato de los malos tratos que sufrió Sacha, tengo que luchar para no vomitar. Trato de
no mostrar mi estado. No quiero que Sacha tenga la impresión de que su historia me escandaliza. Sin
embargo, no corro ningún riesgo de que se dé cuenta del efecto que sus recuerdos me producen: la
joven habla mirando sus pies y buscando cuidadosamente sus palabras.
Tampoco se da cuenta de que de vez en cuando Judith se deshace en lágrimas, horrorizada. Gary
se levanta a intervalos regulares de su asiento, decidido a ir a encontrarse con Hasting y hacerlo
pagar.
Tenemos que luchar para convencerlo de quedarse con nosotros y de esperar el final de la
historia de Sacha. Sigue siendo muy difícil saber qué es lo que siente David: muestra su máscara
impasible habitual, aquella que siempre muestra cuando ya no sabe cómo controlar sus emociones.
— Tienen que comprender que al cabo de diez meses de esta vida, ya no era la misma. Mis
razonamientos eran confusos. Estaba constantemente minada por el terror. Tenía en mí una violencia
que ya no controlaba. David… David no estaba ahí e incluso si éste me consolara, se había vuelto
cada vez más difícil vivir todas estas cosas…
Gary no lo entiende.
— ¿Porqué no dijiste nada? ¿Porqué no abrirte conmigo? ¿O a Judith? ¿O
al señor Carlson, quien dirigía el hogar?
Sacha parece desamparada.
— ¡No sabía ya en quién confiar!
Hasting me había hecho dudar de todo el mundo. Me había asegurado que nadie me creería y que
de cualquier forma, si hablaba, le haría daño a la gente que amo. ¡Tenía tanto miedo de él! Me doy
cuenta de que me equivoqué, pero en aquel momento, no tenía las ideas claras.
Esta vez, es Judith quien interroga a su amiga.
— Pero entonces, ¿cómo se te ocurrió esa idea? ¿La de fingir tu muerte y huir?
Con un tono grave, Sacha responde: — Es ahí que toda esta historia se complica. Acabé por
escuchar rumores por aquí y por allá… Algunos habitantes del barrio, principalmente personas
grandes, hablaban de un tipo que podía hacerte desaparecer. Aquel hombre te daba nuevos
documentos, una nueva identidad, una nueva vida… Después de eso, tú te abrirías paso y sobre todo,
jamás revelarías tu identidad ya que eso te pondría en su lista negra. Este hombre, ustedes lo
conocen: es además un asesino a sueldo que se llama Igor Kanaïev…
En ese momento exclamo: — ¿ El Igor Kanaïev? ¿Aquél que intentó eliminar a David? ¡Parece
casi increíble!
Sacha esboza de nuevo su débil sonrisa.
— Sí, es una historia compleja…
Cuando uno trata con el sindicato del crimen, todo se complica. En aquel momento yo era muy
joven para sospechar que me estaba involucrando en un engranaje que acabaría por amenazar a la
gente cercana a mí. Miren, Kanaïev pertenece a la mafia: esta es una de las razones por las que no
puede saber que regresé a la ciudad.
— ¿Pero porqué desquitarse con David?
Mi amante toma la palabra, impasible.
— Pero es muy simple: yo empezaba a molestarlo, con mi investigación.
No quería que me acercara demasiado a la verdad. Era más seguro para él y para sus acólitos
deshacerse de mí.
Sacha lo mira con complicidad.
— ¡No has perdido nada de tu sagacidad, por lo que veo! En efecto, es eso.
Ustedes entienden, Kanaïev es un verdadero profesional. Tiñó mis cabellos, me dio este
pasaporte en el que tengo cuatro años más de los que en realidad tengo.
Me encontró un trabajo en un pequeño taller de costura en San Francisco… En teoría, con la carta
que dejé a mi partida, nadie debió haberse preguntado qué le había pasado a Sacha Stewart. Pero
ustedes tres…
Ella parece profundamente conmovida.
— Ustedes me conocían demasiado bien. Se negaron a creer la versión oficial y continuaron con
mi búsqueda.
Es por eso que a los ojos de Kanaïev, ustedes eran una amenaza. Ahora bien, este tipo no bromea.
David le pregunta: — ¿Es por eso que permaneciste escondida, todo este tiempo?
Sacha asiente.
— Sí, entre otras cosas. Pero necesito que entiendas, aunque sea difícil de aceptar… Con los
años, realmente me convertí en Eleonore Clark. Ya no era la huérfana de servicio o la víctima de un
pervertido: trabajaba, tenía mi propio apartamento… ¡Era libre! Me entendía muy bien con las chicas
del taller. Había varias que eran apenas un poco más grandes que yo. Salía con ellas de fiesta.
Las más grandes me habían tomado bajo su protección. Yo las llamaba mis «pequeñas madres».
Y luego la costura, me gustó enseguida. Al cabo de dos años, me convertí en jefa de equipo, luego
diseñadora de patrones, luego responsable de los proveedores. Ahorré, un poco, a la medida de mis
modestos medios. Comencé a interesarme en la moda, a crear mi propia ropa… Cuando había
ahorrado lo suficiente, abrí mi propia boutique al asociarme con una amiga. La tienda existe todavía
y le va bastante bien. Vendemos ropa de diseñador, pero también mi propia marca, Clark.
— Si entiendo bien, nos olvidaste…
Es Gary quien lanza esta frase, amarga.
— ¡Claro que no Gary! ¡No creas eso!
Pensaba todo el tiempo en ustedes. Los seguí, de lejos. Leí todos los libros de David, coleccioné
todos los artículos en los que se mencionaba a Judith… El día en que te graduaste Gary, regresé a
Nueva York para asistir discretamente a la ceremonia de entrega de diplomas…
Pero no podía hacer nada más. Yo tenía que dejarlos tranquilos.
— Entonces, ¿porqué regresar ahora?
— Cuando vi en los periódicos que David Fulton había sido víctima de un atentado en su
domicilio, de inmediato supe que había sido Kanaïev. Le dejé las llaves de la boutique a mi socia y
tomé el primer vuelo para Nueva York. Los seguí durante algunos días. Buscaba la manera de
ponerlos sobre aviso sin revelar mi verdadera identidad. Es así como me encontré en la misma
terraza que David y Louisa esta tarde y que los escuché hablar de Hasting.
Sacha voltea hacia mí.
— Desde el momento en que se subieron a ese taxi en dirección de la Bowery, comprendí que un
drama estaba a punto de ocurrir. Intervine sin pensar.
Gary sigue sin entender.
— ¿No odias a Hasting? Después de lo que ese maldito te hizo, ¿estás lista para perdonarlo?
Sacha exclama: — ¡Nunca! ¡Nunca podré perdonar a ese puerco! Pero no puedo dejarte estropear
tu vida sólo por vengarme. Lo hecho, hecho está y la muerte de Hasting no cambiará el pasado. Todo
lo que puedo hacer, es proteger tu futuro…
Ella mira a Judith.
— Su futuro.
Un silencio incómodo invade la pieza. Sacha adquiere de repente una actitud inquieta.
— Esperen… ¿siguen estando juntos los dos?
Frente a la ausencia de reacciones de su amiga, voltea hacia su hermano.
— ¿Gary?
Pero Judith no le da tiempo para responder.
— Hablaremos de nuestra situación amorosa más tarde, si quieres. Por el momento, necesitamos
arreglar este asunto de Kanaïev.
Sacha suplica.
— ¡No, por supuesto que no!
¡Olvídense de Kanaïev, se los suplico!
Es demasiado peligroso para que nos pongamos en su camino.
Judith exclama: — ¿Entonces qué? Me pides que acepte el perderte de nuevo, ¿es eso?
¿Dejarte volver a San Francisco después de que apenas hemos vuelto a vernos?
Sacha parece molesta.
— Por supuesto que no es lo que quiero… Pero sí, eventualmente, tendré que regresar a mi casa.
Por su propia seguridad. Kanaïev no tiene que enterarse de que estoy aquí.
Voltea hacia David.
— En cuanto a ti David, debes de olvidar completamente a Kanaïev y al pasado. Debes permitir
que sea la policía quien continúe con la investigación del atentado. El inspector que está a cargo de
tu caso debe alejarse inmediatamente de la pista que lo lleva a la mafia. De ello depende tu vida y la
de Louisa.
Comprendo perfectamente los riesgos, Sacha. Pero no veo que es lo que en realidad puedo hacer.
Justo antes de venir a la casa de Hasting, estaba al teléfono con el inspector Stinson — es él el
encargado de llevar esta investigación. Le hablé de Hasting y de Kanaïev. Le dije que tenía en mi
poder tu viejo diario, en donde mencionas varias veces a «I. K.» o «Kanaïev».
Tengo incluso que llevárselo lo más pronto posible. No creo que abandone tan fácilmente.
Sacha parece repentinamente horrorizada.
— Entonces estamos perdidos. Todos nosotros. Kanaïev jamás se dejará aprehender. Preferirá
eliminarnos, metódicamente, a los cinco. Dios mío, es abominable…
Incluso yo estoy aterrorizada. No sé qué es lo que podremos hacer para salir de este atolladero.
Stinson está lejos de ser un imbécil… ¿Cómo engañarlo y lanzarle una pista falsa? ¡Sin embargo
debe de haber una solución! David nota mi expresión de terror y me abraza.
Murmura: — No te preocupes. Jamás permitiré que alguien te haga daño.
Mucho menos por mi culpa…
Luego, dirigiéndose a los demás.
— Amigos míos, es tarde y el día ha sido muy emotivo. Encontraré una solución pero de nada nos
sirve torturarnos esta noche. Judith, Sacha tendrá que quedarse en tu casa mientras encontramos cómo
resolver este asunto de Kanaïev y de Stinson. ¿Es posible?
Judith asiente.
— Sí, claro: la haré pasar por una prima con la conserje de mi edificio.
Serás la prima «Leo».
— Perfecto. Gary, ¿puedes acompañar a las chicas?
— Sí, no hay problema. Creo incluso que sería más prudente si pasara la noche allá, en el sofá de
Judith. No sabemos qué es lo que puede pasar.
— Tienes razón. ¿Todavía tienes tu .38 contigo?
Gary asiente con la cabeza.
— Bien. Espero que no necesites usarla.
Sacha se lanza al cuello de su hermano.
— Oh Gary, por favor: ¡prométeme una vez más que no harás nada estúpido!
¡Que no tratarás de vengarte de Hasting!
Necesito escuchar que lo digas.
— Te lo prometo hermanita.
3. Dudas
Cuando el grupo franqueó apenas la puerta de salida me lancé a los brazos de David. Éste último
parece conmovido por mi abrazo.
— Louisa, ¿qué pasa?
— Oh David… ¡Tengo tanto miedo!
— No deberías tenerlo. Te aseguro que no dejaré que nadie te haga daño.
Me abraza y sopla delicadamente sobre mi frente para quitarme algunas de mis mechas oscuras.
Luego me da pequeños besos sobre mis párpados.
Mis brazos suben a lo largo de los suyos para ir a posarse sobre sus hombros cuadrados. David
echa mi cabeza hacia atrás y clava profundamente su lengua en mi boca. Su pelvis se pega a la mía de
manera que puedo sentir su deseo por mí. Oh, tengo tantas ganas de dejarme llevar… Saborear su
piel exquisita, olvidar el peligro con sus caricias…
Pero me siento tan agitada que me cuesta trabajo relajarme. Él lo nota.
— ¿Algo no está bien?
Sí, algo me molesta, pero no me atrevo a mencionarlo, no de frente.
Esta Sacha. Me parece extraña.
— Bueno... El día ha estado lleno de emociones...
David adopta su rostro grave acariciando mi mejilla para reconfortarme.
— Es verdad. Primero la confrontación con Hasting, luego, repentinamente, Sacha que se
presenta… Confieso que me cuesta un poco de trabajo digerir todo lo que está pasando.
— Pero, ¿estás feliz? ¿Por haber encontrado a Sacha?
David parece sorprendido y divertido por mi pregunta. Tengo que confesar que tiene razón:
acaba de enterarse sin lugar a dudas de que su más querida amiga vive…
¡Idiota! Esperó este momento durante quince años. ¡Por supuesto que está feliz!
Sacha siempre ha sido su principal prioridad.
Al ver mi rostro preocupado, David me levanta y me hace girar en el aire riendo con su bella
sonrisa cristalina.
— ¿Te das cuenta Louisa? Mi amiga de infancia está viva y comparto mi vida con la mujer más
bella del mundo. Mi familia por fin está completa. Sí, estoy feliz, es lo menos que puedo decir…
Qué más da ese Kanaïev: superaremos esta prueba como hemos superado las demás. A condición
de que estemos juntos, tú y yo.
— … y Sacha.
Me muerdo los labios. Lamento ya mi comentario. Sí, David está contento, y debería dejar que lo
disfrute. Pero esto es más fuerte que yo: el regreso de Sacha plantea algunas interrogantes. En efecto,
hasta hace unos tres meses, él todavía la amaba, a pesar del tiempo y la distancia. ¿Qué me prueba
que todo eso haya cambiado? ¿Qué me asegura que no me abandonará para estar con ella?
— ¿Su regreso te inquieta, Louisa?
Desvío la mirada.
— David… No quiero parecer egoísta…
— No, no, no te disculpes… Prefiero que compartas tus angustias conmigo…
Ya sabes, yo también, si tu primer amor volviera de repente, estaría muy lejos de estar encantado.
Le lanzo una sonrisa llena de reconocimiento.
— ¿Sabes que eres el hombre ideal?
— En todo caso, Forbes, el New York Times y GQ lo dicen.
Río golpeándolo en el hombro.
— ¡Eres un vanidoso!
Me atrapa y nos hace caer sobre el sofá. Lanzo un pequeño grito de sorpresa y trato de zafarme.
Me inmoviliza. Siento todo su cuerpo, increíble, denso, contra el mío. Pega sus muslos contra los
míos y sostiene mis muñecas con sus brazos, de manera tan efectiva que no puedo moverme.
— Eres mía, Louisa… Y yo soy tuyo igualmente. No quiero que lo dudes.
— Oh, perdóname, lo sé, soy estúpida.
Es sólo que cuando Sacha se negó a hablar enfrente de mí, me pareció un poco… no sé cómo
decirlo, es una impresión bastante confusa… Pero tuve el sentimiento de que no parecía darse cuenta
de que habían pasado quince años y de que la relación que tuvieron ustedes ya no era exactamente la
misma.
David se acomoda en su asiento y me ayuda a instalarme confortablemente a su lado.
Piensa en lo que le acabo de decir.
— Entiendo tu sentimiento. Es verdad que fue bastante ofensivo de su parte y para nada deseable.
— ¿Crees que fuera una manera de expresar sus celos?
— Mmm… No creo, sinceramente. Es sólo que Sacha vivió cosas espantosas.
Debe de estar traumatizada. Creo que eso la volvió temerosa y que, espontáneamente, quiso
volver al abrigo reconfortante de su infancia. Pero no lo tomes personal. Al contrario, creo que
tienen todo para entenderse bien, ¿no?
Con un tono juguetón me lanza: — Quiero decir: las dos tienen un carácter…
Protesto riendo. Me pongo a hacerle cosquillas a David.
— ¡Retira lo que acabas de decir!
¡Retíralo!
David se ahoga en su risa. Es extremadamente sensible a las cosquillas.
Finge regañarme.
— ¡Louisa, ya basta! ¡Compórtate, ya no eres una niña!
— Retira lo que acabas de decir, David, o te haré cosquillas hasta que revientes.
Jovial, se rinde.
— Ok, ok, lo retiro… No es para nada un rasgo que compartan, ella y tú…
Hace una pequeña pausa.
— …ya que nadie tiene tan mal genio como tú, ángel mío.
Emprendo la persecución de David por todo el apartamento amenazándolo con mis dedos
convulsos.
— David Fulton, vas a pagarme esto.
Corremos alrededor de la mesa del comedor, alrededor del bar americano, luego alrededor del
sofá. Estas riñas y estas niñerías nos hacen bien. David termina por dejarse atrapar. Me pega contra
él y deja que sus manos bajen a lo largo de mi espalda, hasta mis muslos.
Levanta un poco mi falda y murmura mi nombre con ardor. Mis labios cerca de los suyos
susurran: — ¿Y tú?
— ¿A qué te refieres con «tú»?
— ¿Estás seguro de que eso es lo que quieres? ¿Estar conmigo? Ahora que Sacha está de
regreso…
David relaja su abrazo, afectado.
— ¿Cómo puedes dudar de eso Louisa? ¿Qué no te das cuenta?
Pasa su mano entre mis cabellos.
— Lo que hay entre nosotros es tan raro, tan bello… ¿Cómo puedes pensar que por un solo
instante podría renunciar a esto?
David se muestra ofendido. Trato de disculparme.
— No quería ofenderte David.
Éste desvía la mirada.
— Louisa, no lo entiendes… No es mi orgullo el que está ofendido. Es sólo que esto que me
acabas de decir me inquieta.
Si crees que cualquier cosa puede separarme de ti, entonces tal vez no sepas que lo que tenemos
entre los dos es extraordinario. No puedo enojarme contigo, por supuesto: tienes veinte años, ignoras
lo raro que es encontrar una persona que viene a trastocar toda tu existencia. Pero eso me
entristece… Si no tienes idea, ¿qué me asegura que no serás tú quien se canse y acabe por irse?
Me lanzo a su cuello.
— ¡Jamás, oh jamás David! ¡No es lo que quería decir! ¡Eres irremplazable!
Pero, yo soy… tan ordinaria.
— ¿Ordinaria?
Sus ojos se abren desmesuradamente.
— Louisa, ¿realmente piensas eso?
David me aprieta entre sus brazos poderosos. Con una voz pequeña y tímida le susurro: — A
veces, no sé qué es lo que ves en mí…
David parece estupefacto.
— No puedo creer que a pesar de todo lo que hemos vivido estos últimos meses, a pesar de la
seguridad de la que das muestras días tras día, a pesar de la valentía que has mostrado, dudes hasta
este punto de ti.
Murmura mi nombre besando mi frente con dulzura.
— Louisa, oh Louisa…
Se labios se oprimen contra los míos.
Me atrae a él sentándose sobre un brazo del sofá. Me pone sobre sus rodillas y deja correr sobre
mi espalda sus manos viriles. Presiona mi cuerpo contra el suyo con una rabia desesperada.
— Me gustaría tanto que te vieras con mis ojos… Que sintieras lo que siento por ti…
Sus besos reanudan con denuedo y me aturden. Me dicen: «Eres mi mejor amiga, eres mi amante,
estoy loco por ti.» Sentirlo tan apasionado me electriza.
Con una voz suave que me llena de deseo, me susurra: — No te das cuenta de lo que era mi vida
antes de ti. Yo no era nada: un hombre solitario, aprisionado en su propio pasado. Pero tú cambiaste
eso.
¿Te das cuenta? ¡Hasta ese momento estaba tan sumido en mi amargura que ni siquiera sabía
quiénes eran realmente mis padres y porqué habían muerto!
Exclamo: — ¡Oh, David, no estabas amargado!
Sufrías, era todo.
Me sonríe rozando mi brazo con una dulce caricia.
— Sí, sufría, es verdad. Pero hoy, ya nada me duele.
Hace una pausa.
— Sabes, es extraño pero siempre tuve miedo de la felicidad. Pensaba que el día en que me
sintiera feliz, sería más débil.
Me contempla con una infinita ternura.
— Sé ahora que la felicidad nos hace más fuertes. Que hay que luchar para conservarla. Desde
que estás en mi vida, descubro el verdadero valor. Sin la energía que me transmites, jamás hubiera
encontrado la fuerza para hablar con mi tío. No hubiera aceptado escuchar jamás las razones que lo
empujaron a dejarme en el internado durante siete años; jamás hubiera sabido que el accidente
automovilístico en que perecieron mis padres era sin duda un asesinato. ¿Sabes hasta qué punto estas
revelaciones me alivian? Viví durante más de veinte años con la certeza de que un destino cruel
había roto mi hogar y que el resto de mi familia me había dado la espalda en el momento en el que
más los necesité. Ahora sé que esta pérdida trágica nunca fue un accidente, que mi padre no era el
hombre irresponsable y fanático de la velocidad que siempre creí. En el fondo, lo odiaba: lo
consideraba como un fracasado que había matado a mi madre. Ahora sé que era un gran hombre que
luchó contra la injusticia, aunque en ello le fuera la vida. Y sé que mi tío no es un monstruo de
indiferencia sino un hombre que hizo todo lo que pudo para protegerme.
David hunde sus ojos negros en los míos. Brillan con un cálido resplandor: es el de la ternura, de
la pasión.
Comienzo a creer lo que me dice: sí, sus sentimientos por mí son profundos y auténticos.
— Louisa, hoy, Sacha está de regreso en mi vida. Por cuanto tiempo lo ignoro, pero sé sobre todo
que eso no hubiera pasado sin tu apoyo ni tu ayuda.
Luchaste para descubrir la verdad sobre su paradero: te lo agradezco infinitamente. ¡Si supieras
cómo te admiro!
— ¡¿Me admiras?!
— ¡Claro que sí! No lo hubiera logrado sin ti. Eres tú quien me enseñó a no lamentar el pasado
sino a aceptar al hombre que soy y a la historia que es mía.
Bueno, mi historia, ahora Louisa, se escribe contigo. Nada ni nadie podrán cambiar eso.
— ¡Oh David! ¡Te amo tanto!
¡Tengo lágrimas en los ojos y una gran sonrisa en los labios! David tiene razón: qué importa
Kanaïev. Sólo es una prueba más, que venceremos juntos.
Cuando estamos el uno con el otro, somos invencibles. Él sabrá protegerme del peligro y… y si
mi amor lo vuelve más fuerte, qué mejor, ya que nunca dejaré de amarlo con locura.
— Mi pequeña hada… Tus ojos brillan, como cuando estás agotada.
Deberíamos ir a dormir. Muero de ganas por sentir el contacto de tu piel desnuda, tu aroma, tu
cuerpo adormilado pegado al mío.
Nos levantamos del sofá y nos dirigimos al baño. Me quito la ropa y me pongo un camisón de
seda. David, se deshace de su playera. Contengo la respiración cuando contemplo sus abdominales
perfectos. ¿Dormir? ¿Cómo podría con este dios del sexo a mi lado?
Sólo tengo que cambiar de ideas y pensar en otra cosa que no sea eso, empiezo a desenredar mi
espesa cabellera. David, semidesnudo, se acerca a mí y se apodera del cepillo.
— Espera, voy a ayudarte.
Le gusta jugar con estas largas greñas que, dice, le hacen pensar en las de una muñeca. «Entre
esto, tu boca carnosa color cereza, tus pómulos naturalmente rosas y tus ojos como piedras preciosas,
se podría creer que fuiste creada para satisfacer los deseos más descabellados de los hombres», le
gusta repetirme. Me siento en el borde de la tina mientras pasa el cepillo entre mi cabellera.
— Louisa, me encanta cuidar de ti y de tu cuerpo. Es increíblemente erótico.
— ¿En serio? ¿Cómo es eso?
— Es como si te sometieras completamente a mí. Como si fueras mi juguete.
Su elección de palabras no me deja indiferente. Lo nota al ver cómo se me eriza la piel en la
nuca. Jala ligeramente mis cabellos.
— ¿A ti también te excita? ¿Ser mi muñeca?
Me retuerzo sobre el borde de la tina.
Siento cómo el deseo me invade pero no sé cómo reaccionar. Estaba tan conmovida por las
palabras de amor de David que me siento casi intimidada.
Sin embargo, todo mi cuerpo reclama ser inundado por el suyo.
— Puedo sentir que me deseas, Louisa.
Me parece que el sueño puede esperar…
David jala un poco más fuerte de mis cabellos, haciendo mi cabeza hacia atrás. Suelta mi cepillo,
que cae sobre el azulejo de mármol del baño. El ruido resuena en toda la pieza sobresaltándome. Mi
respiración se entrecorta.
Tócame. Por piedad, tócame.
Mi ruego no tarda en ser escuchado.
La mano derecha de David rodea mi talle y viene a posarse sobre mi muslo.
Toma con su mano mi camisón y hace subir la tela antes de desviarse lentamente en dirección de
mi entrepierna. Con su mano izquierda, David hace caer mis tirantes. Su respiración se acelera en mi
cuello mientras pasa una mano firme sobre mi pecho. Haciendo al mismo tiempo correr su lengua
sobre mi hombro, acaricia mis senos. Mis pezones se yerguen inmediatamente. Jadeo, con la cabeza
hacia atrás. David comienza a besar mi cuello desnudo, a mordisquearlo, como si fuese Drácula que
dispone a voluntad del cuerpo de su presa.
Con una mano inmóvil entre mis piernas, utiliza la otra para acariciar mi labio inferior. Hace
correr la yema de su índice sobre mi boca carnosa. Es más fuerte que yo: chupo su dedo, le hago
cosquillas con la punta de mi lengua, lo devoro y lo chupo de manera… muy sugestiva.
— ¿Quieres que me venga en tu boca, Louisa?
Es inútil para mí responder «sí, es lo que quiero» ya que lo sabe: amo esos momentos en los que
chupo su miembro erecto y ejerzo todo el poder sobre él.
Me gusta tener el control sobre este hombre que me domina. Pero, de una cierta manera, entre
más confianza tengo en mí misma, más acepto dejarme llevar por él. Poner mi cuerpo a su
disposición para que lo disfrute como le plazca. Es porque la confianza entre nosotros crece.
— Mmm, es enormemente excitante, lo que haces con tu lengua… Y sin embargo, sólo es mi
dedo…
Aleja su mano de mi boca, dejando a mi lengua frustrada, mis labios entreabiertos buscan todavía
el contacto duro y cálido de su dedo húmedo, que se pone ahora sobre la punta de mi seno izquierdo.
Ooooh…
Hace pequeños movimientos circulares sobre la punta de mi seno, que se yergue y endurece cada
vez más. La sensibilidad de esta zona se exacerba repentinamente. Tengo casi la impresión de que…
Es como si…
… como si él me masturbara.
Alterna esta caricia delicada con otras, más firmes, en las que agarra mi seno con ardor, casi
violentamente, al punto de hacerme temblar.
— Tienes un pecho fabuloso… Suave y firme al mismo tiempo…
Su mano derecha se queda pegada a mi entrepierna, inmóvil. Sin embargo, me siento cerca del
orgasmo. Mi placer aumenta todavía más cuando hace subir su lengua hasta el lóbulo de mi oreja, que
mordisquea. Aprovecha para susurrarme palabras de amor al oído.
— Si supieras hasta qué punto eres hermosa. Eres tan excitante, Louisa.
Mis jadeos se transforman en largos gemidos de placer. Este ruido animal enloquece a David.
— ¡Disfrutas tanto el placer! Eso volvería loco a cualquier hombre.
Tú eres quien me vuelve loca.
Besa mi hombro.
— Tu cuerpo es tan sensible…
Lanzo un gemido profundo, casi lastimero. Necesito ser tomada, manipulada, colmada. Pellizca la
punta de mi seno. La sensación me sorprende por su fuerza. La siento hasta… hasta mi sexo… ¡Es tan
rico!
— ¿Sientes que ya podrías terminar?
Febril, le respondo: — ¡Sí, oh sí! Es tan rico.
Con un dedo experto, levanta el pedazo de tela de mis bragas. Hace entrar su dedo índice en mi
sexo suplicante y empapado. Mi excitación es tan fuerte que todo mi cuerpo comienza a sacudirse por
un espasmo violento. Mi cintura se encorva, mis abdominales se tensan.
Maldición, estoy teniendo un orgasmo.
¡Gimo tan fuerte! Siento el torso de David contra mi espalda, su piel lisa y cálida y la dulce
caricia de su vello.
¡Oh! mi orgasmo es increíblemente intenso y sin embargo, David no se mueve dentro de mí. Es
una descarga que sacude todo mi cuerpo pero que no tiene centro. Cada partícula de mi ser me
procura placer. Disfruto su lengua en el hueco de mi nuca, su mano que empuña mi seno, su dedo
hundido en mi intimidad… Ya no me pertenezco. Le suplico: — Más, más…
Siento que ya superé el punto de no regreso. Me encuentro lanzando un último estertor mientras
que mi pelvis se revuelve como el de un animal salvaje.
Los espasmos se interrumpen y me dejan exhausta. Trato de recobrar mi aliento.
— Eres todo lo que sueña un hombre, mi amor: una mujer sublime hecha para el sexo.
David no me da descanso. Empuña de nuevo mis cabellos para acercarme a él y me murmura: —
Quiero que veas cómo eres bella cuando te hago el amor…
Se incorpora y me toma la mano para que lo siga. ¿Qué puede reservarme todavía? Me guía hasta
el lavabo del baño, techado por un gran espejo.
— Mírate.
Me quita con un movimiento experto el camisón, que desliza sobre mi cuerpo en una caricia
delicada. Agarra mis senos y los acaricia.
— Mira tu pecho.
Deja a una de sus manos deslizarse hacia mi vientre.
— Mira la finura de tu talle, lo redondeado de la línea de tus caderas.
Besa mi cuello, lo que me obliga a echar la cabeza de lado.
— Mira la finura de tu nuca, la gracia de tus hombros…
Contemplo mi cuerpo y lo encuentro hermoso por primera vez en mi vida, y aún más, ya que es
este cuerpo el que vuelve loco a David Fulton. No soy yo a quien contemplo sino a otra Louisa, una
sexy, una extremadamente femenina.
Una amante ardiente y experta, dispuesta a todo para satisfacer los deseos de su hombre.
— ¿Entiendes porqué siempre tuve ganas de cogerte? Estás hecha para dar placer.
Con un movimiento del muslo separa mis rodillas.
— Inclínate, hermosa.
Agarro el fregadero y retrocedo un poco mis piernas. Hundo mi espalda para poder levantar mi
trasero. La boca de David baja a lo largo de la espalda para besarme, lamerme, morderme. Sus
manos quitan mi cabello y lo pone detrás de mi hombro. Bajan a lo largo de mi busto y forman una
cascada dócil.
En el espejo, busco la mirada de David. Logro atrapar sus ojos negros y brillantes.
Miro por más tiempo el trazado delicado de sus pómulos, sobre su boca carnosa. Me mira con un
aire malicioso.
— Sí, estás hecha para dar placer… Y yo lo aprovecharé cogiéndote.
Tiemblo. La idea de ser tomada por detrás pero de poder contemplar el cuerpo, la cara, las
expresiones de mi amante en el espejo, me hace mojarme inmediatamente. Mis ojos se cierran un
instante. Muerdo mi labio inferior por la alegría de esta perspectiva.
— ¿Esta idea te gusta, Louisa? ¿La de hacerme gozar?
Viene a buscar la respuesta él mismo bajando con un movimiento firme mis bragas y colocando
su mano sobre mi sexo depilado. Su dedo medio viene a cosquillear mi hendidura cálida y húmeda
mientras que gimo mi aprobación.
— Eres insaciable.
Lo soy en efecto. Inclinada encima del lavabo, sometida al apetito de David, me doy cuenta de mi
grado de sumisión a mi deseo imperioso de venirme una vez más.
— No hay nada más excitante que una mujer sedienta de sexo. Sobre todo cuando ésta parece tan
inocente.
¡Su miembro está tan duro…! Lo siento contra mi piel.
— Desde la primera vez que te vi, en ese aeropuerto en París, imaginé hacer el amor contigo. Te
imaginé, a ti tan esquiva, suplicándome para que te tomara. Y eso me excitó increíblemente…
De repente, se hunde en mí, arrancándome un grito profundo de satisfacción.
— … pero superaste todas mis expectativas.
Comienza su vaivén, tan lentamente que es una tortura: la más deliciosa de las torturas. Sus
manos empuñan mis caderas y guían los movimientos de mi pelvis. Me atrae hacia él y me rechaza
delicadamente hundiendo sus dedos en mi carne.
— Tu piel es tan delicada… Casi me dan ganas de dejarle marcas…
Mis ojos se abren desmesuradamente de repente, en una mezcla de curiosidad, de ganas y de
miedo. Me acuerdo de algunas veces en que me ató, poniéndome a su merced. ¿Este hombre desea a
veces lastimarme?
¿Eso no me llega a cruzar la mente a veces?
Sonríe con ironía.
— No te preocupes Louisa, dije «casi».
Su mano derecha deja mi cadera y se apodera de mis cabellos, que enrolla como un listón
alrededor de su muñeca asegurándose un agarre firme. Jala delicadamente de mi cabellera. Mi
cabeza se endereza.
— Mírate, Louisa. Mira cómo eres bella.
Los movimientos de su cadera se aceleran. Su pelvis se mueve con un movimiento rápido y
grácil. Ya no es mi sexo el que viene al encuentro del suyo: David decide de todo mientras me
mantengo inmóvil, enteramente dedicada a recibirlo. Contemplo su torso, su boca entreabierta con
una expresión de abandono, con los ojos bajos. Con su mirada me besa la espalda.
Estoy hipnotizada por la gracia de nuestros cuerpos, por las ondas de placer que producen y se
procuran el uno al otro. Siento en mi sexo la caricia del suyo, tan rígida, tan poderosa. En la luz
cruda del baño, descubro la realidad de nuestra unión perfecta y de nuestra completa fusión. El amor
que hacemos es bello: crudo y lleno de gracia al mismo tiempo. Una fantasía inédita se me ocurre: la
de ser fotografiada por David. La de ofrecerme totalmente a su mirada, la de exhibirme para él como
una vulgar chica de portada. El placer llena mi vientre y gimo, ávida. Levanta la cabeza y, por el
espejo, hunde sus ojos en los míos. Hay algo a la vez suplicante y despiadado en su mirada.
Sus pupilas dilatadas parecen estar fijas por su determinación para disfrutar cuando sus iris
tiernos me dicen el estupor que experimenta al sentir tanto placer. Ya no puede más. Yo tampoco,
estoy lista para explotar, para deshacerme. Cada fragmento de mi ser está llegando al séptimo cielo.
— Voltéate, Louisa.
Es el reflejo de David quien me pide eso, allá, en el espejo. Me volteo hacia él mientras sale de
mí. Me arranco brutalmente del sortilegio de nuestra imagen. Me atrapa y me levanta antes de
volverme a poner en el borde del lavabo. Curiosea de nuevo entre mis muslos abiertos y se hunde en
mí murmurando: — Mi amor, mi amor…
Nunca antes de esta noche me había llamado con ese dulce nombre, «amor».
Es como si mirarnos el uno al otro por el prisma del espejo hubiera reforzado la conexión entre
nosotros.
— Soy tuyo… Quiero venirme dentro de ti…
Me vuelco hacia atrás, lista para recibirlo enteramente. Sus movimientos pélvicos se vuelven
brutales. Es tan rico… Tan rico sentirse llena de él…
— Sí, así hermosa… Ven…
Gimo y me encorvo, atacada por un orgasmo violento que tiene por efecto el provocar el suyo.
Mi cuerpo se contrae, oprimiendo con mi sexo el suyo.
David también gime. Me sostiene firmemente hundiéndose profundamente en mí.
Nuestros ojos se cruzan de nuevo, esta vez no por el espejo. Nuestras miradas se penetran
profundamente. Mientras que un último estertor me invade, tengo la impresión de hundirme en lo más
profundo de su alma. Tengo la impresión de abrirme completamente. Todo mi pasado, todos mis
secretos, todos mis deseos están ahora mezclados a los suyos.
Todo mi futuro. Todo mi futuro está ahora ligado al suyo.
4. Los falsificadores
La luz del día se filtra a través de las cortinas entreabiertas. David y yo estamos despiertos desde
hace ya dos horas. Mi amante decidió retomar desde temprano las actividades de la noche, dejando
mi cuerpo sacudido por tempestades de placer que, desde mi punto de vista, no fueron ajenas a
nuestros vecinos.
Esta noche, me murmuró: «mi amor, mi amor...» durante nuestra entrega.
Ese sobrenombre de «amor», nuevo en su boca, me deja pensar que, lejos de alejarnos, el regreso
inesperado de Sacha reforzó el lazo que nos une.
¡Estamos tan felices, cuando estamos juntos! Es difícil creer que tantas pruebas se pongan en
nuestro camino...
Y sin embargo, entre dos abrazos y dos momentos de gozo, tuve el tiempo de exponerle mi idea a
David: una que involucra el hecho de dejar a Stinson fuera de circulación por un tiempo.
Hablamos largamente con el fin de elaborar un plan sólido. Nuestros pensamientos parecen estar
en simbiosis. Siento que mis capacidades y mi inteligencia florecen al contacto de las suyas.
Pero ya es tiempo de ver a Sacha en casa de Judith para explicarle cómo salir de este mal paso.
Cuando abandonamos el edificio, Gary nos espera con la limusina. Me abre la portezuela lanzándome
un protocolario «Buenos días, señorita», que refuerza con un guiño. Le sonrío agradecida: con el
regreso de Sacha, me hace bien sentir que mi lugar en el seno del grupo no está amenazado.
Me instalo en el asiento y le pregunto a David.
— ¿No sería un buen momento para una Mimosa?
— ¡Louisa Mars! ¿Desde hace cuánto tiempo bebe usted cócteles por la mañana?
Le sonrío.
— Creo que desde hace algunos meses, olvidar todos mis principios se ha convertido en mi
nuevo principio.
David saca champaña del frigo bar y una botella de jugo de naranja fresco.
Empieza a preparar mi bebida con la seriedad de un papa. Suelto una pequeña carcajada.
— ¿Qué pasa?
— Oh, no es nada... Es sólo que durante un instante, me dije a mí misma que te parecías a James
Bond. Agente secreto, caballero, y barman en tus horas libres.
David me tiende mi cóctel.
— Sin embargo no soy británico.
— Pero sí eres flemático.
— Y no tengo a una señorita Moneypenny a mi lado...
Riendo, señalo con el mentón el habitáculo del conductor.
— Ok, tienes un punto ahí: Gary es de alguna manera ese brazo derecho incondicional sin el que
no podría sobrevivir. Pero, ¿qué sucede con mis numerosas conquistas? De episodio en episodio,
tengo la impresión de ser más bien fiel...
— Es verdad... «David Fulton, monógamo... y no especialmente discreto.»
Serías un terrible agente secreto.
— Ah bueno, ¿entonces no me encuentras llamativo?
Señalo con un movimiento vago el lujo que nos rodea.
— Tu estilo de vida lo es.
— ¿Y el de James Bond no lo es?
Anota un punto.
— Y tú Louisa, ¿qué personaje de James Bond serías?
Frunzo el ceño mientras pienso.
— Bueno, supongo que sería el personaje interpretado por Eva Green, Vesper Lynd. Cabello
oscuro, francesa...
— Oh là là, el abismo generacional...
Sólo existe una sola Vesper Lynd, y esa fue interpretada por Ursula Andress.
Ustedes comparten, es cierto, algunos puntos en común...
— ¿Cuáles?
Finge concentrarse.
— Bien... Las dos se ven muy bien en traje de baño, se lo quitan aún más divinamente, y rompen
el corazón de ese pobre James...
Lanzo una pequeña sonrisa. David aprovecha para robarme un beso. Imito el acento británico.
— Oh James... ¿Cuándo podremos por fin escaparnos de esta terrible novela de espionaje?
David me aprieta contra él.
— Pronto, lo prometo. Con el plan que hemos creado, deberíamos estar muy pronto en
posibilidad de vivir lejos de toda esta agitación.
David atrapa mi mano.
— Louisa, tengo una cosa que preguntarte. Cuando todo esto acabe, estarás de acuerdo para...
La voz de Gary resuena a través del speaker de la limusina: — David, Louisa, hemos llegado.
Suspiro: una vez más, el amor tendrá que esperar...
Estamos instalados alrededor de la mesa del comedor de Judith, los cinco.
Nuestra anfitriona nos sirve un café.
— Sacha, ¿una o dos cucharadas de azúcar?
— Dos por favor Judith... Y un poco de leche...
Sacha nos lanza a todos una sonrisa tímida.
— Escuchen, tengo una cosa que pedirles. Algo importante. Espero que no lo tomen a mal…
Se voltea hacia su hermano.
— Sobretodo tú Gary. No quiero que te enojes conmigo, ¿OK? Y jamás te pediría algo así si no
fuese importante.
Gary, quien se ha suavizado desde ayer, le toma la mano.
— ¿De qué se trata?
Imagino que ellos se la pasaron hablando hasta tarde en la noche. Tienen ojeras los dos. Empiezo
a ver hasta qué punto se parecen. Tienen incluso el mismo aire esquivo, esa misma mirada salvaje.
Me acuerdo de lo que Oliver, mi ex, definía como el alma eslava: «Llorar los amores perdidos con
una Kalachnikov en la mano.»
— Es importante que dejen de llamarme Sacha, que nadie de ustedes ya lo haga. Que se
acostumbren a referirse a mí como Eleonore o Leo. Sé que no es fácil; que a sus ojos no soy esa
mujer.
Pero nadie debe sospechar que sigo con vida.
Con una voz triste, agrega: — Sacha Stewart ya no existe.
Judith parece conmovida.
— Puede parecer idiota... Pero me parece raro pensar que ya nunca más me dirigiré a ti
utilizando ese nombre.
Durante los quince años que acaban de transcurrir, a veces, cuando estaba sola, me dirigía a ti.
Te contaba mis historias, mis penas y mis alegrías, mis secretos.
Te llamaba, no: te invocaba, utilizando esas dos sílabas: Sacha.
Suspira.
— Oh, estoy sentimental. Lo importante es que mi mejor amiga esté de regreso, ¿no?
Gary y David asienten. Sacha agrega, dirigiéndose a su hermano.
— ¿Tienes consciencia de que eso quiere decir que tú y yo ya no seremos hermano y hermana a
los ojos del mundo?
— Sí, y para ser honesto, no me encanta la idea, pero prefiero una Eleonore Clark viva que una
Sacha Stewart muerta.
David se aclara la garganta para interrumpirlos.
— Bueno, propongo que pasemos al orden del día.
Judith pregunta: — ¿Que es...? Perdón pero dormimos bastante poco esta noche los tres:
estuvimos muy ocupados recuperando el tiempo perdido.
Sí, y nosotros tampoco descansamos mucho...
David parece leer mis pensamientos ya que me lanza una mirada cómplice.
Eso reaviva el recuerdo de sus labios sobre mi piel, de sus dientes mordisqueándome
delicadamente, de su lengua recorriendo mi cuerpo...
¿Qué quería decirme en el auto?
David explica, para Judith que parece perdida: — La orden del día: hacer creer a Kanaïev que ya
no está en nuestro radar o en el de la policía.
Gary agrega: — Y ocuparse de Hasting, para que se haga justicia.
Pero David matiza: — Esa no es la prioridad por el momento. Necesitamos primero desviar la
atención de Stinson, para que deje de buscar pruebas contra la mafia rusa en el caso del atentado y
del suicidio de la ya difunta Sacha Stewart.
Gary protesta: — ¿No es prioritario? Ese tipo es un violador y un pedófilo que desde hace quince
años actúa en total impunidad.
¿Cómo puedes juzgar accesorio ocuparse de su caso?
¡Comprendo tan bien su molestia! Sin embargo, hay que ajustarse al plan de David: lo primero
que hay que hacer es garantizar nuestra propia seguridad.
Trato de explicárselo a Gary.
— No podremos hacer gran cosa contra Hasting si la mafia rusa está tras nosotros y si la policía
vigila hasta el menor de nuestros movimientos. Yo también creo que hay que actuar, y estoy segura de
que Sach... perdón, Eleonore comparte nuestra opinión. Pero tenemos que concentrarnos en lo más
urgente.
Te lo suplico Gary, es el momento para confiar en mí.
— Louisa tiene razón. Y además, propongo que la escuchemos todos ya que esta mañana me
compartió un plan para salir de este predicamento, y creo que podría funcionar.
Tres pares de ojos se posan sobre mí mientras Gary me anima: — Y bien Louisa, empieza: te
escuchamos.
Trato de reunir mis fuerzas antes de tomar la palabra y exponerles mi idea.
Detallo cada etapa, para que nada se deje a la suerte. A veces me hacen repetir ciertos puntos.
Pacientemente, explico. Al final, Eleonore lanza, llena de esperanza: — Creo que sí... Esto podría
funcionar...
Miro a los demás.
— Yo lo creo también. Lo analicé desde todos los puntos: es nuestra mejor oportunidad. Gary,
Judith, ¿están de acuerdo?
Cuatro horas más tarde, Leo y yo estamos de regreso en el apartamento de Judith. Nuestros tres
compañeros nos esperan.
— ¿Lo encontraron?
Leo levanta triunfalmente una pequeña bolsa de papel.
— No fue fácil. Recorrimos todas las librerías de Chelsea, sin éxito, pero una señora nos dio la
pista necesaria.
Vacío el contenido de la bolsa de papel sobre la mesa. Una libreta cae, idéntica a aquella en la
que Sacha tomaba sus notas hace mucho tiempo: encuadernado, de cuero, rojo ladrillo.
— El fabricante dejó de producirlo hace ya muchos años. Reemplazaron el cuero por el
molesquín, más económico.
Pero al ir directamente a la fábrica, cuya dirección nos fue dada por el dependiente de la librería
de la calle 34, pudimos acceder a sus viejas bodegas.
Gary exclama: — ¡Es un milagro el que la hayamos encontrado!
Sacha/Eleonore replica: — ¡Hey, subestimas la fuerza de persuasión que pueden tener dos
hermosos pares de piernas en un contramaestre de una fábrica de papel!
Judith pregunta: — Bueno, ¿y qué es lo que debe pasar después?
Lo vuelvo a explicar: — Eleonore vuelve a copiar cuidadosamente el texto de su diario de
infancia, pero suprimiendo toda mención de Kanaïev y de Hasting.
Miro a mi alrededor.
— Además, ¿David no está aquí? Es él quien debería conseguir el original...
— No debe tardar en llegar...
Mi teléfono vibra en mi bolsillo.
Debe ser él. Saco el aparato de mi bolsillo.
Maldición, es un mensaje de texto de Mary.
— ¿Ya llega?
Sacudo la cabeza.
— No lo sé. Es sólo una amiga de la facultad.
Abro el mensaje.
[Extraordinario
repunte
en
el
caso
Anderson/Koening.
Es
ABSOLUTAMENTE necesario que hablemos. ¿En dónde estás? XOXO]
Lo siento Anderson, pero tus problemas sentimentales tendrán que esperar.
¡Oh, ya quiero que llegue David! Ya quiero que pongamos en marcha mi plan y que todos
podamos retomar el curso de nuestras vidas.
Estás olvidando a Hasting, Louisa.
Un escalofrío me recorre. No, no lo olvido. Pero hay que resolver un problema a la vez.
Por fin, el timbre de la puerta suena.
Es David, con el diario de su amiga.
Eleonore se apodera de él.
— Judith, ¿tienes una pluma?
— Sí, por supuesto. Toma.
Las interrumpo.
— Van a ser necesarios varias plumas.
Azules, negras, rotulador, bolígrafo, pluma fuente... Para que parezca creíble y no despierte las
sospechas del inspector Stinson.
David me atrae hacia él y me besa.
— Eres un genio... ¡Pensaste realmente en todo!
¿Eleonore nos está mirando? ¿Le gustaría estar en mi lugar en este instante?
Alrededor de las 20 horas, Eleonore termina su trabajo de copista. David se apodera de la
libreta.
— Bien, será necesario ponerle una pátina.
Arruga un poco las páginas. Con un trapo y café diluído, amarillenta los bordes del papel. Utiliza
un pañuelo mojado para avejentar y quebrar el cuero de la cubierta.
— Creo que estamos listos. Me encontraré con Stinson en noventa minutos en el bar que está
enfrente de la comisaría.
Tenemos los rostros cansados y los músculos entumecidos por haber pasado casi todo el día
encerrados en este apartamento. Judith se estira.
— Bueno, ¿qué dicen de una buena ronda de Dirty Martinis en un bar pretencioso? Yo invito.
Gary parece encantado por esta iniciativa.
— Podríamos ir al Little Branch, ¿no?
Judith reacciona como frente a una catástrofe.
— ¿Con estas fachas? ¡Ni siquiera lo pienses! Ahí sólo hay jóvenes y bellas universitarias.
Gary le hace cosquillas.
— Me pareces más hermosa que cualquier chica a la moda de veinte años...
Pero bueno... ¿Será esto acaso un flirteo entre Gary y Judith?
— En todo caso, por ningún motivo saldré de aquí con este atuendo... Esta noche, tengo ganas de
relajarme, de bailar, de festejar el regreso de nuestra «Leo». ¿Qué dicen chicas? Vamos a buscar en
mi armario para jugar a las fashion victims extravagantes?
Gary se deja caer sobre el sofá y suspira, falsamente exasperado, dirigiéndose a David: — ¡Ah,
las mujeres!
5. Ilusión
— No vas a fingir que no tiene importancia, ¿verdad?: tu hombre ya apareció en la portada de
GQ. ¡Dos veces!
Estoy con Dan y Mary en Kimmel, uno de los restaurantes del campus, tratando de reponerme de
mi agitada noche. Anoche, salimos para relajarnos, Judith, Gary, Sacha y yo esperando que David
terminara su cita con Stinson y, con este asunto terminado, ¡podríamos decir que dimos todo! ¡Oh,
qué bueno era ver a Gary por fin feliz! Y Judith: ¡literalmente resplandecía de felicidad!
La atmósfera entre los dos era magnética: Sacha y yo estábamos muy divertidas. Fue nuestro
primer momento de complicidad.
La voz de Dan me saca de mis recuerdos: — Louisa, sinceramente: ¡mataría por tener un trabajo
de periodista a destajo en GQ! ¡Incluso por redactar un texto promocional! ¡Y a él le tomaron una
foto que aparecerá en la portada!
— Ya entendí Dan...
— No Lou, no creo que hayas entendido. Explícale Mary.
— ¿Explicarle qué?
Dan lanza un suspiro exagerado: — Louisa, ¿sabes lo que piensan las chicas del mundo entero
cuando ven una foto de tu David Fulton? Ellas se dicen a sí mismas: «Esto es un verdadero hombre,
con porte y con clase.» ¿Sabes lo que se dicen cuando ven una foto mía?
— No Dan; sinceramente no lo sé.
— «Hice bien borrando a este idiota de mis contactos de Facebook.»
Mary suelta una carcajada. Dan se hace el ofendido.
— ¿Eso te divierte Anderson?
— Ensombreces el cuadro, Koening...
Aunque esa foto tuya que publicó Gloria, en la que estás disfrazado de patinador artístico para
Halloween, me dejó bastante recelosa.
Dan se pavonea.
— Me veo adorable en ese traje. Mi madre lo cosió con amor: te prohíbo criticarlo. Además,
sólo era un niño.
— Un niño de diecisiete años...
Mary agrega, audaz: — Muy sexy, además, moldeado en ese conjunto...
— Eres una obscena, Anderson. ¡Mi cuerpo sólo es un objeto para tus ojos lúbricos!
Ok, ok, ya veo lo que está pasando...
Se lanzan pullas, se defienden... Apuesto que este par de bobos no saben que van a terminar en la
cama en menos tiempo del que es necesario para pronunciar «David Fulton». Le respondo sin
embargo a mí compañero: — Estoy consciente de todo eso Dan.
La fama de David, su magnetismo, créeme, claro que me doy cuenta. Pero yo, percibo además
otras cosas. A mis ojos, ya dejó de ser sólo la imagen de una revista. Se ha convertido... en el
hombre que amo.
— «El hombre que amo» ¡Qué divina simplicidad!
Riendo, le lanzo una bola hecha de migajas de pan a la cara. ¡En el blanco!
Logro darle en uno de los lentes de sus anteojos.
— ¡No te burles de mí Dan! ¡Hablo muy en serio!
— ¡Pero no me estoy burlando! Al contrario, admiro tu tranquilidad y tu seguridad. Salir con
David Fulton y dar tan pocas muestras de celos, ¡es como deambular por el Bronx a medianoche con
un bolso Hermès en el brazo!
— Oh, te aseguro que la piel de David es más cálida que cualquier cosa hecha por Hermès...
Mary pone unos ojos de terror: — ¡Louisa Mars! ¡Qué forma de hablar es esa!
Dan empuja su plato.
— Tanta felicidad me estropea el apetito.
Se levanta.
— Además, tengo clases, me tengo que ir. ¿Vienes Mary?
— Oh, maldición, es verdad... Tengo una conferencia sobre Eisenstein...
Se voltea hacia Dan y le da algunos dólares: — ¿Puedes pagar por mí? Te alcanzo afuera, tengo
que pasar primero al baño.
Dan rechaza el dinero de Mary con un movimiento indiferente.
— Déjalo muñeca, yo te cubro.
Mary ríe calladamente mientras Dan se dirige hacia la caja. En el momento en el que está fuera
de alcance para escuchar la conversación, Mary se inclina hacia mí y me dice rápidamente.
— ¡No pierdes nada si me esperas! No te he visto desde la fiesta en casa de Sandro y tengo mil
cosas que contarte...
¿Nos vemos esta noche?
Maldición, esta noche no puedo.
— Oh Mary, lo siento mucho pero cenaré con David...
Parece contrariada. Trato de animarla.
— Me pondré al día contigo pronto, lo prometo. ¿Podríamos organizar un día sólo de chicas en el
spa este fin de semana o la siguiente semana? Baño sauna, masaje, facial... Tengo tantas ganas de
relajarme.
— ¡Oh, es una excelente idea!
— ¡Súper! Vete, vete rápido, vas a llegar tarde a tu clase. Yo también ya me voy, no puedo
perder el tiempo. Tengo que pasar a mi cuarto a recoger unos libros antes de mi práctica sobre la
novela postmoderna.
Dejo que Marie abandone la cafetería y voy a pagar mi ensalada antes de atravesar el campus
hasta los dormitorios. ¡Estoy realmente cansada por la velada de anoche! ¡Además de que David
terminó por alcanzarnos para brindar con nosotros y que, otra vez no volví a dormir en mi cuarto!
Llego al pasillo en el que se encuentra mi recámara y percibo a lo lejos al inspector Stinson.
Invadida por la sorpresa y por el pánico, doy unos pasos hacia atrás.
¿Qué está haciendo aquí? ¿Estará sospechando algo?
Trato de recomponerme. De ponerme la misma máscara imperturbable que David.
Mantén la cabeza erguida y una expresión neutral.
No puedo lograrlo: tengo mis manos temblorosas cuando me tiende la suya.
— Señorita Mars, encantado por volverla a ver. Justamente la estaba esperando. No sabía
exactamente la hora en la que terminarían sus clases...
— Inspector Stinson... Qu... ¡Qué sorpresa verlo por aquí!
Deslizo mi llave en la cerradura.
— Sólo pasé para recoger un libro.
Tengo una clase en treinta minutos.
— No se preocupe, señorita, no le quitaré mucho tiempo.
Abro la puerta.
— ¿Quiere entrar?
— Preferiría que camináramos un poco, si no le molesta.
— Muy bien. Permítame tomar mis cosas...
Caminar un poco. ¿Eso quiere decir que un auto policiaco me espera en la salida de la
universidad? ¿Que Stinson decidió detenerme frente a toda la facultad, frente a los ojos de todos,
y de acusarme por obstrucción a la justicia?
Salgo de la recámara, con mi libro en la mano, y cierro la puerta.
Comenzamos a avanzar. Stinson me pregunta: — ¿El parque está en esa dirección si no mal
recuerdo?
Respondo demasiado rápido, con un tono alegre que suena muy falso.
— ¡Sí, por supuesto!
Me mira suspicaz: — Perfecto. Creo que un poco de aire fresco le sentará bien.
Avanzamos en medio del parque.
Stinson saca un cigarrillo de su paquete y me lo ofrece. Declino.
— No fumo.
— Sabia decisión. La guapa Betty Page tenía la costumbre de decir que lo único vulgar en una
mujer, es el cigarrillo.
Un poco abruptamente, digo: — ¿Supongo que no quería verme para discutir los estragos del
tabaco?
Stinson parece turbado.
— No... No, en efecto. Sentémonos un instante sobre esa banca, ¿quiere?
Dócil, me instalo a su lado.
Suspirando, Stinson me confiesa: — Estoy molesto, señorita. Muy, muy molesto. Mire, su amigo
David Fulton pasó a verme ayer. Nos encontramos en la noche después de mi servicio, en un bar
enfrente de la comisaría. Quería entregarme el diario íntimo de su amiga fallecida, la joven Sacha
Stewart. ¿Le habrá hablado de ella supongo?
Dudosa sobre lo que se supone que sé y lo que no, asiento.
— Sí, me la mencionó. Pero usted ya conoce a David... es más bien del tipo discreto.
Stinson sonríe.
— Sí, discreto. Y difícil de entender.
Pero imagino que ese tipo de hombre le gusta a las mujeres...
— ¿Qué tipo de hombre?
— Lleno de auto control. Misterioso.
Se hace un instante de silencio.
— El asunto, señorita, es que la policía es mucho menos aficionada a ese tipo de carácter.
Apreciamos mucho más la franqueza y la honestidad.
Voltea hacia mí.
— Aquellas que mostró usted hasta este momento son admirables. Sería deseable que así
continuase.
Maldita sea, sus insinuaciones me incomodan. ¿Es que ya sabe algo? ¿Se está preparando para
ponerme las esposas? ¿Para ponerme una trampa?
— El señor Fulton quería entregarme esta libreta ya que, según lo que me había dicho por
teléfono, este objeto permitiría hacer la conexión entre Sacha Stewart e Igor Kanaïev, luego entonces
entre Igor Kanaïev y el atentado del que fue víctima. Una suerte para la policía de Nueva York:
desde hace mucho tiempo que estamos sobre la pista de ese Kanaïev... ¡También, imagine cuál fue mi
sorpresa cuando constaté que en dicho diario, no se hacía ninguna referencia de nuestro sospechoso!
Confiese que es sorprendente.
Esquivo el golpe lo mejor que puedo.
— ¿Ya habló de esto con David?
— Por supuesto. Lo primero que hice, fue llamarlo para saber si no se había equivocado. ¿Era
esa la libreta que quería entregarme? Me dijo que sí.
— En ese caso...
Stinson no me deja continuar.
— Verá usted, lo más sorprendente, es que me afirmó que durante nuestra conversación
telefónica, nunca había hecho mención de una conexión entre la libreta y Kanaïev. Según él, se trata
de dos conversaciones distintas que yo he revuelto. Ahora bien, por más que esté a un año de mi
jubilación, estoy muy lejos de ser senil.
El inspector se interrumpe y parece reflexionar.
— Sí, estoy muy lejos de estar senil...
También, ya consideré todo. Me pregunté, por ejemplo, si Kanaïev había encontrado una forma
de presionar a David Fulton. Si había logrado convencerlo de sustituir el verdadero diario de Sacha
Stewart con uno falso…
Además hice examinar esta libreta con mis colegas del departamento grafológico: me
confirmaron su autenticidad.
Lanzo un gran suspiro de alivio.
Stinson parece notarlo. No dice nada pero me observa con atención, esperando que reviente.
Conservo mis labios sellados, tan bien que parece renunciar a quererme hacer hablar.
— Oh, puede ser que ya esté perdiendo la cabeza, después de todo... En todo caso, eso espero.
Ya que soy suficientemente perspicaz, señorita, para saber que David Fulton no le teme a nada ni a
nadie y que Kanaïev nunca lo hubiera podido chantajear. A menos que la esté amenazando a usted.
¿Me equivoco?
Sí inspector: existe otra persona en este mundo a quien David desea proteger. Y
esa persona, es Sacha.
— No dice nada, señorita. Tal vez no tenga nada que decirme. Por el momento...
Stinson suspira y se levanta.
— Pero tal vez pronto necesite de un amigo con quien hablar. De alguien que la proteja a usted y
a David también. Yo puedo ser esa persona. Todos mis hombres pueden procurar que nada les pase.
Sólo tiene que pedírmelo.
«Proteger y servir», ese es nuestro lema, en las fuerzas del orden.
Está tratando de asustarte. Sabe que David le esconde algo y espera que le digas qué
asustándote.
Me tiende la mano. La tomo y la aprieto con seguridad para mostrarle que sus insinuaciones no
me afectan.
— Espero tener pronto noticias suyas, señorita. Tiene mi tarjeta de cualquier forma. No dude en
usarla, en caso de urgencia o sólo para platicar.
Estoy aterrorizada pero hago mi mejor esfuerzo para no aparentar nada.
Sin desmoronarme, le agradezco con una de mis más bellas sonrisas.
— Su atención me conmueve, inspector. Estoy verdaderamente muy impresionada por el brillante
trabajo que hace la policía de Nueva York para proteger a los ciudadanos, incluso a aquellos que son
extranjeros en este país.
Nos miramos a los ojos. Es un duelo.
Me niego a ser la primera en soltarle la mano. Quiero demostrarle que no me desmoronaré tan
fácilmente. Stinson lanza una mirada a su derecha, luego a su izquierda, antes de despedirse.
— Que tenga una excelente tarde, señorita, y dele mis saludos al señor Fulton.
Después de una tarde marcada por el signo de la inquietud y del nerviosismo, me encuentro con
David en Bouley, en Tribeca. Cuando el jefe de meseros me guía a través de la sala, siento la mirada
de los otros clientes sobre mí. David incluso no deja de mirarme. Creo que mi vestido Valentino ha
surtido efecto. Es una fortuna que la tela tornasolada desvíe la atención de mi rostro, que siento
deshecho por la angustia.
Además, estoy tan estresada que apenas al tomar asiento tiro champaña sobre mi pequeña capa
negra. El jefe de meseros lo toma inmediatamente para llevarlo a la tintorería. «Con cargo para el
restaurante», por supuesto. Me ahogo en excusas y protestas vacías: después de todo, es mi culpa.
David me mira, intrigado.
— ¿Está todo bien?
Lágrimas de cansancio me pican los ojos. Estoy a nada de desfallecer.
— Louisa, ¿qué pasa?
David parece muy inquieto.
— ¡Háblame! Estoy empezando a preocuparme.
Atrapa mi muñeca y la aprieta. Este contacto un poco brutal me trae de regreso a la realidad: su
cuerpo, su piel, su presencia.
Aquí está. Nada puede salir mal mientras esté aquí conmigo.
— Oh, David...
Le cuento la visita de Stinson.
— Fue atroz, te lo aseguro. No sabía lo que tenía que decir ni lo que tenía que callar. No dejaba
de insinuar cosas a propósito de los peligros que corría si le mentía. ¡Tenía tanto miedo!
David me pregunta: — Pero no dijiste nada, ¿verdad?
— No, Soporté todo. Por ti...
David me besa el interior de mi muñeca.
— Mi pobre chiquita... Siento haberte hecho pasar por semejante estrés.
Pero es por una buena causa: Stinson no puede probar nada y, gracias a nosotros, Sacha está
ahora fuera de peligro.
— ¿Pero qué pasará contigo?
Los ojos de David se abren desmesuradamente.
— ¿A qué te refieres?
— Bueno... Sin duda Kanaïev no le hará ningún daño a Sacha si no se entera de su presencia en
Nueva York y si cree que ella respeta todavía su pacto. Pero, ¿cómo va a adivinar que tú renuncias a
seguirla buscando?
Después de todo, si trató de eliminarte porque te acercabas demasiado a la pista de la mafia, sin
duda querrá terminar su trabajo.
David frunce el ceño. Baja la voz para que nadie nos escuche.
— Te aseguro Louisa que tengo...ciertas garantías. Pero no puedo decirte nada por el momento.
Con esas palabras, me deshago.
¿Será éste el regreso de los secretos y los misterios?
— ¿Me sigues ocultando cosas?
¿Después de todo lo que hemos pasado?
David acaricia mi mejilla, mi brazo, para que me tranquilice.
— Louisa, no te escondo nada: sólo garantizo tu seguridad. Si eso tiene que hacerse ocultándote
cierta información, por lo menos durante un tiempo, entonces no lo dudaré.
Replico, desesperada: — ¡Entonces esto no terminará nunca!
— Louisa, querida, mírame.
Absolutamente todas las decisiones que he tomado estas últimas semanas, eran por ti y por el
bien de nuestra relación.
¿Lo sabes?
Asiento.
— Sólo te pido tenerme confianza una vez más cuando te digo que estoy convencido de tu
seguridad. Nada puede pasarte, todo está bajo control. ¿Me crees?
Repentinamente me siento exhausta, y la voz de David es tan cálida, tan dulce... Sí, tengo ganas
de creerle. Sí: le creo. Por supuesto que le creo.
— Louisa, todo lo que hemos vivido hasta este punto, todas las pruebas que tenían por objetivo
acallar a mis demonios, sólo las superé por una sola razón: poder estar contigo y hacerte feliz. Nada
es más importante para mí.
Cuando te veo así, atormentada...
Sacude la cabeza, visiblemente roída por la culpa.
— ¿Qué dices a irnos por algún tiempo? ¿Solos tú y yo, lejos de toda esta locura? Entonces me
consagraré a ti, únicamente a ti.
Oh, sería tan bueno... ¡Pero tengo mis clases en la Universidad de Nueva York!
Se lo digo.
— ¿Tal vez podrías faltar una semana a la universidad? Un poco de descanso no perjudicará tu
trabajo.
— ¿Podríamos... podríamos hacer eso?
David suelta una carcajada.
— Podemos hacer lo que quieras, ángel mío. Absolutamente lo que tú quieras.
Con un hilo de voz admito: — Me encantaría. Algunos días lejos de Nueva York, sola contigo.
— Pues vamos a hacerlo. Y ya sé a dónde te voy a llevar.
Mis ojos brillan de repente por la impaciencia.
— ¿A dónde?
— Ah, es una sorpresa... Sólo puedo prometerte que el sol estará a donde vayamos.
Con la palabra «sorpresa», un recuerdo surge de repente.
— De hecho, ayer querías decirme algo, en la limusina, pero fuimos interrumpidos. ¿De qué se
trataba?
Adopta un semblante enigmático.
— Oh, creo que esa cosa puede esperar a nuestras vacaciones. Prefiero que platiquemos de todo
eso con un Daiquirí en la mano en la orilla de una piscina desbordante.
¡Y aquí estoy intrigada e impaciente!
— ¿Es algo... bueno?
Ríe.
— ¡Espero que sí!
Con un aire enigmático, agrega: — Es algo que tiene por objetivo complacerte. Y complacerme.
Es una especie de requisito.
Cada vez más misterioso, agrega: — Espero en todo caso que esta petición no te asuste
demasiado.
¿Una petición? ¿Qué tipo de petición? Mi respiración se acelera. En mi cabeza, es la euforia
total. Me pongo entonces a soñar despierta...
6. La Hacienda
Acostada en la cama, contemplo la mosquitera blanca que forma un capullo alrededor de mí.
Mientras que el sueño me envolvía, podía oír un ruidito acompañar mis sueños. Ahora que estoy
despierta, puedo identificar la procedencia de ese ruido: es el teclado de una computadora. Los
dedos de David revoloteando sobre las teclas; ¡las palabras le parecen llegar demasiado rápido!
Más rápido de lo que mi mente puede ir aún entumecida por los sueños. La siesta me hizo bien pero
me siento algodonosa.
Desde nuestra llegada a México, me duermo generalmente durante las horas más calurosas del
día. David tenía razón: el estrés de las últimas semanas me ha agotado. En el entorno idílico de
Manzanillo, mi cuerpo se recupera gradualmente de la fatiga acumulada. La caricia del sol en mi piel
y las manos de David en mí, me devuelven cada día un poco más la vida.
Me levanto y tomo una brocheta de frutas en la canasta de mimbre que el personal de la casa puso
en la mesa de noche mientras estábamos en la playa.
Entro en el cuarto de baño para mojar con un poco de agua mi cara y mi cabello. El lino blanco
de mi vestido muestra esta tonalidad dorada que ha tomado mi piel. Veo que algunos de mis cabellos
han sido matizados con reflejos color miel gracias al sol del Pacífico.
Rozo mis labios con un poco de bálsamo suavizante y luego me dirijo a la terraza de la
habitación, donde David se ha instalado para trabajar.
La fecha de entrega de su manuscrito se acerca rápidamente pero parece sereno. Su editor se
encontraba entusiasmado con la primera versión de la novela que leyó, La desaparición de Sacha S.
No tengo idea de lo que resultará el libro. ¿Un thriller? ¿Una historia de amor? ¿Todo eso a la vez?
Lo que me intriga más es la conclusión que David le dará al texto. Porque si La desaparición de
Sacha S está inspirada en la infancia de David, de su relación con Sacha durante la adolescencia
seguida de la investigación que él llevó a cabo después de la nota de suicidio que dejó la chica,
David no puede, de ninguna manera, revelar al lector la verdad: que Sacha está viva en realidad, que
su muerte no fue más que una farsa diseñada para liberarla de las garras del hombre que, durante
meses, abusó de ella: Marc Hasting.
Cuando Sacha reapareció la semana pasada, admito que me preocupaba.
Pensé que con el descubrimiento de que su primer amor estaba vivo aún, David se apartaría de
mí. Me siento aliviada al ver que no es así. Nuestra relación nunca había sido tan fuerte. Me siento
totalmente segura en sus brazos.
Sin embargo, admito que tengo curiosidad por leer su novela porque, sí, esto me ayudará quizá a
comprender exactamente su relación con Sacha y especialmente ayudarme a entender lo que ahora
siente por ella. Su infancia fue tan terrible que hay algo poderoso entre ellos, como un vínculo
invisible que a veces me duele.
Y aunque estoy consciente de que este vínculo fraternal... Bueno, para ser honesta, eso no impide
que me sienta un poco excluida.
Desde que conocí a David, me siento envuelta por un extraño deseo: el de haberlo conocido
desde siempre. Me gustaría entender todo su dolor y todos sus secretos. Quisiera ser la que lo ha
consolado por todo este tiempo. ¡Su vida ha estado mucho más llena de acontecimientos que la mía!
Sus vidas, se podría decir; porque a sus, tan sólo veintinueve años, ha vivido ya mil.
Bueno, La que está viviendo en este momento me la ha dedicado... Pero ¿qué hay de las otras
novecientas noventa y nueve que le han precedido?
¡Si mi mejor amiga Mary me escuchara! No es para nada racional tener celos del pasado de
alguien, lo sé... ¿Y qué otra cosa podría desear?
Esta es una pregunta que me hago, de pie en el umbral de la puerta corrediza, mientras que
observo a un David ocupado trabajando y en el horizonte se despliega la arena dorada y el mar añil
de Manzanillo. Al extremo de mi lengua, deslizo un pedazo de fresa a lo largo de la brocheta de
madera que tengo en la mano. El zumo de la fruta explota en mi boca, pequeños granos cuscurrean
entre mis dientes. Me acerco disimuladamente a David para darle un beso, un beso con sabor a fresa.
Este último debe haber escuchado acercarme, ya que de repente se voltea y me sorprende. Me
hizo postrarme a sus rodillas. Dejé escapar un grito sorprendido cuando nuestras bocas febriles se
toman una contra la otra.
— ¿Has dormido bien, mi ángel?
— Oh, David... Divinamente. Pero debo decir que la mañana ha sido agotadora...
Le hago un guiño.
— Comer, tomar el sol, hacer el amor... Lo necesito para reponer mis emociones.
Cuando nos subimos al jet de David, estaba pálida. Desde septiembre, los obstáculos no han
dejado de ponerse en nuestro camino. En primer lugar, fue John Doe, el célebre blogger y columnista,
que, por un tiempo, me hizo su blanco preferido... Luego fue el descubrimiento de la identidad del
agresor de Sacha, Mark Hasting, a quien Gary, el mejor amigo de David y hermano de Sasha, quiso
ajustar cuentas... Y así, el regreso de Sasha, coronado por la fuga de Mark Hasting, que una vez más
se dio a la fuga. Cuando pienso que este monstruo todavía sigue suelto, ¡me da escalofríos! ¡Sólo
espero que no esté atacando a nadie más!
La preocupación es que no podemos hacer nada, por el momento, para detenerle. Cuando Sacha
salió de Nueva York, lo hizo prometiendo a quien le ayudó a desaparecer, que no volvería nunca
más. Este último, Igor Kanaïev es un miembro de la mafia: él hará cualquier cosa para que no vuelva
de nuevo a él. Sin embargo, llevar a Hasting ante la policía, es permitir que las fuerzas del orden
diluciden su investigación con respecto a Sacha y vayan en contra de Kanaïev... Este hombre ha
tratado de eliminar a David; una vez mediante una trampa en forma de paquete enviado a su
apartamento: es capaz de cualquier cosa.
Estar lejos de ese clima amenazante me hace sentir bien, eso es seguro, pero sé que en algún
momento será necesario volver, incluso si David me tranquiliza.
— No hay prisa. La casa se alquiló por un mes y puedo disponer del jet en cualquier momento:
nos iremos cuando lo decidas.
Excepto que ¡tengo mi vida en Nueva York! No estoy hablando sólo de mis clases en la NYU,
sino también mis amigos, Mary y Dan, principalmente.
Por el momento, todo está bien: hago mis tareas junto a David, tareas que debo enviar a mis
maestros antes de los exámenes parciales, los exámenes de la mitad de semestre. Como estudiante
extranjera, es más fácil para mí solicitar una exención de asistencia al Decano, para poder estar
ausente: muchos compañeros lo hacen cuando tienen problemas familiares o cuando deben arreglar
trámites administrativos de su país de origen. Oh, ya sé lo que me suele contestar David con respecto
a este tema: « Tu salud y tu protección son de suma importancia, Louisa. Y no es que descuides tus
estudios. »
Es cierto que, por ahora, mi peor resultado del año fue una A-. En la NYU, acabo de leer la
bibliografía que los maestros envían al inicio del semestre para mantenerse a flote, lecturas que
igualmente puedo hacer muy bien en la playa.
Oh, después de todo, ¡debo dejarme llevar! Sobre todo porque David me ha llevado a México,
diciendo tener una sorpresa para mí. Sin embargo, desde que llegamos hace tres días, la dichosa
sorpresa no ha enseñado ni la punta de su nariz.
Me voy a apoyar en la barandilla de la terraza. Miro el jardín a mis pies.
Plantas milagrosas crecen, anárquicas: rosales, cactus. El jardinero limpia la piscina. Escucho a
lo lejos a la ama de llaves, dar la orden de hacer las habitaciones. David me pregunta: — ¿Qué es lo
que buscas, Louisa?
— El horizonte. Este hermoso horizonte que me ofreces cada día.
Él me sonríe, dándose cuenta de que no estoy hablando sólo de la vista desde la hacienda.
— Quería proponerte que hiciéramos un recorrido alrededor de los establos.
Creo que Stella, la yegua blanca que te gusta tanto, fue herrada ayer. ¿Tal vez podríamos ir a
pasear por la playa al atardecer?
— Oh, ¡eso sería genial!
— ¿Qué vas a hacer mientras tanto?
— Un chapuzón creo, luego avanzar en mi lectura de David Foster Wallace. Es parte de los
autores que he elegido para mi trabajo de literatura comparada.
David levantó su ceja, de forma un tanto cómica.
— ¡Qué seriedad! Estoy admirado.
—... lo dice el tipo que está actualmente terminando su nueva obra maestra...
— Eso, aún no lo sabemos.
Alcanzo una copia del Guardián que está sobre la mesa y comienzo a leer en voz alta: — «Es en
una librería del pueblo, lugar eminentemente literario donde David Fulton presentará en menos de un
mes su nuevo libro, La Desaparición de Sacha S. . Nada ha escapado de este misterioso libro bajo
su título denominado hechizante, pero la agente de David Fulton, Judith Campbell, habla de él como
la nueva « Dahlia Negra ».
Hollywood ya habría manifestado su interés por adquirir los derechos de la novela... »
Hago una pausa: — ¿Tendré algún problema cuando todas las actrices de cine quieran obtener a
toda costa el papel de Sacha?
David me lanza una sonrisa enigmática.
— No lo creo, Louisa. Yo realmente no creo que...
¿Por qué tanto misterio? No puedo privarme de preguntarle: — ¿Podrías al menos dejarme leer
un capítulo?
David se acerca a mí y me toma.
— Cariño, sabes que soy un perfeccionista... Además, tu opinión es más importante para mí que
la de cualquier otro. Realmente me gustaría mostrarte la versión final. Quiero estar seguro de que no
me voy a avergonzar de ninguna palabra en frente de ti.
Lo beso en la mejilla con un suspiro: — ¡Ah! ¡Estos artistas!
David juega con los pequeños cabellos de mi nuca, que se escapan de mi moño anudado a toda
prisa.
— Creo que te mereces una recompensa por tu comprensión. ¿Te acuerdas de la sorpresa de la
que te hablé?
Dentro de mí, una niñita alegrada comienza a aplaudir.
¿Está leyendo mi mente o qué?
— ¡Claro que me acuerdo!
— Bueno, creo que es momento de que te la de...
Mira a nuestro alrededor.
— Pero no ahora. ¿Esta noche?
¡Oh! Conociéndome, voy a pasar el resto del día preguntándome de qué se trata. Es ridículo
iniciar la lectura de David Foster Wallace, no veo cómo podría centrarme en las frases largas y
sinuosas del autor. Mi mente está completamente acaparada por la excitante perspectiva de esta
noche.
Heme aquí perdida entre mis especulaciones. En todo caso, David me mintió: me ha de permitir
realmente descubrir su manuscrito antes de que salga el libro. Eso explicaría por qué esperó tanto
tiempo para darme su regalo... pues claro... ¡por supuesto!
¡Esa es mi sorpresa! ¡Él sólo tenía que terminar el manuscrito antes!
— ¿Qué sucede, Louisa? Te ves completamente perdida en tus pensamientos.
— Estaba pensando en esta noche.
Para ser honesta, trataba de adivinar lo que podría ser la famosa sorpresa...
David sonrió: — ¿Impaciente, señorita Marte?
— Curiosa, como siempre.
— ¿La curiosidad no es un villano malvado?
— También es un signo de inteligencia, según algunos.
— Tu inteligencia no necesita ser probada, créeme: ya es ampliamente aceptada. Mientras que tu
paciencia...
Paso mis brazos alrededor de su cuello.
— ¿Sería un reproche disfrazado?
David se apodera de mi cintura y encaja su pelvis contra la mía.
— ¡No, en absoluto! Me encanta tu naturaleza impetuosa. Sobre todo cuando no me dejas otra
opción que distraerte hasta que llegue el momento para tu regalo.
— ¿Y cómo piensas hacer eso?
David me besa, apretándome cada vez más fuerte contra él, con un afán que no deja lugar a dudas
acerca de sus intenciones...
Stella me lleva al galope, martillando la arena y la espuma de sus cascos plateados. Yo a pelo,
mis manos se aferran a su melena. Puedo sentir el caballo de David detrás de mí, que también se
puso en marcha a toda potencia. El cielo está adornado con tonos amatista a medida que el sol
anaranjado desaparece en el mar.
Me reí en voz alta mientras el viento azotaba mi cara. Nunca me había sentido tan libre. El
caballo de David rebasa al mío: acelero para alcanzarlo. Al llegar a su lado, disminuimos el ritmo.
— Eres una jinete extraordinaria.
— Una de mis compañeras de clase tenía caballos cuando éramos niños.
Ella era la hija de un empresario industrial, nos llevábamos muy bien. A menudo iba a su casa a
pasar mis tardes de miércoles. Yo le apoyaba con la gramática y las matemáticas, ella me enseñaba a
montar.
No hay ni un solo ruido a nuestro alrededor, sólo el suave murmullo de las olas que lamen las
pezuñas de los caballos. El sol no es sino una desaparición creciente, la oscuridad pronto nos
cubrirá, a pesar de que la enorme luna emita una luz intensa, llegó la hora de irse.
Estoy a punto de proponerle a David dar la vuelta, cuando veo a lo lejos, al final de la playa,
varias aureolas de luz anaranjadas, como el de los incendios.
Sin embargo, nada puede quemarse en una playa. Le apunto la dirección a David.
— ¿Qué crees que sea?, según tu.
Esboza una media sonrisa, sin mirarme.
— Mi sorpresa para ti, Louisa.
Sígueme.
Todavía trotamos ochocientos metros y poco a poco la fuente de luz se hace más precisa: hay
cinco antorchas plantadas en la arena, dibujando un gran círculo. En el medio, a penas logro
distinguir una forma.
Mientras más me acerco a los contornos, más nítidos se vuelven. Se trata de una mesa puesta para
dos.
Expuse un grito de asombro. David me pregunta: — ¿Te gusta?
— David... ¿Es para nosotros?
— Me dije que sería necesario aprovechar de este entorno idílico.
Un mayordomo se acerca para desearnos, en español, la bienvenida.
David desciende de su montura y luego se acerca hacia mi. Él me hizo una seña para que me
deslizara hacia sus brazos: respondo a su seña.
— Pero... ¿Qué vamos a comer? ¡No hay nada alrededor!
David se echa a reír por el tono ansioso que traiciona a mi voz.
— Este pequeño paseo te abrió el apetito, ¡por lo que veo! Excelente, es bueno escucharlo.
Él me lleva de la mano para entrar en este círculo de luz formado por las antorchas.
— Contraté a un chef. Él instaló su cocina detrás de las rocas que se ven ahí. Su especialidad es
la cocina con fuego de leña.
Me dije que una cena así, estilo Robinson Crusoe, no podría desagradarte.
¡Oh!, por supuesto, será un poco más refinado... Langosta, champaña... Y si te sientes con alma
aventurera, tiburón a la parrilla.
¿Tiburón? Ni siquiera sabía que se podía comer ese animal.
— Este pez tiene un sabor cercano al de la carne de res. Es delicioso cuando es muy
condimentado, ya lo verás.
El mayordomo jala la silla para que yo tome asiento. David hizo los honores sacando la botella
de la champañera que esperaba por nosotros. El estallido del corcho, los desbordamientos de
espuma.
Llena mi copa.
— Propongo un brindis por el paraíso en la tierra...
— ¡En el paraíso!
—... Y por la diosa que comparte mi vida.
Le sonrío, encantada. Nuestras copas, al chocar tintinean ese dulce sonido del cristal. David se
ve tan feliz.
— Este silencio, Louisa... Es espectacular.
Besándome con ternura, sus labios carnosos perfumados con la espuma de la champaña, susurra:
— Estoy tan feliz de disfrutar contigo.
Toma asiento.
— Creo que yo también tenía ganas de huir de Manhattan, no sólo por el trabajo. Estas últimas
semanas han sido desafiantes. Puede que tenga un gusto por el riesgo, pero un poco de descanso de
vez en cuando no me disgusta.
Es cierto que el regreso de Sasha, tan alegre como lo es, debió haber sido una sorpresa para él.
Eso sin contar con las revelaciones que Emilio ha hecho a David sobre sus padres.
— Sabes Louisa, cuanto más tiempo pasa, más pienso en lo que me dijo mi tío. El hecho de que
el auto de mi padre haya sido manipulado, causando su muerte y la de mi madre en este trágico
accidente. Es raro porque es un reconocimiento de la violencia extrema... Sin embargo, siento que me
ayuda a hacer mi duelo.
Antes de que Emilio me confesara la verdad, yo había pasado por alto que era un Schiari. Era un
huérfano, eso es todo.
No tenía familia o apoyo en este mundo.
Un hombre sin raíces...
De pronto, David se muestra muy conmovido.
— Por fin puedo aceptar mi herencia.
Sin ti, nunca lo hubiera logrado y no sé cómo darte las gracias.
Es mi turno de ponerme sentimental.
Deslicé mi mano hacia la suya y nuestros dedos se entrelazaron.
— ¡Oh! Pero David... no hice nada.
Eres tú, y sólo tú, quien encontró el valor para hablar con tu tío.
— Tal vez no estés del todo consciente, pero esto que siento por ti me ha dado el coraje. Sólo
por eso, estaré eternamente agradecido.
Toma un semblante enigmático.
— He estado pensando en una manera de demostrarte mi gratitud y…
expresar lo que siento por ti. Porque es importante para mí que comprendas. Y
de repente, todo resulta obvio.
Le hizo una señal al mesero, que se acerca a nosotros y le da un objeto que, al momento creo que
se trata de un pequeño maletín. David lo tomó y lo puso sobre la mesa. Ahora que veo mejor, veo que
se trata de un joyero cuadrado, cubierto de terciopelo negro.
Un joyero muy grande. ¿Qué podría contener?
— Había estado durmiendo en el cofre de mi banco por años. Casi me había olvidado de su
existencia. Pero acontecimientos recientes lo han traído de vuelta a mi memoria.
Empuja el objeto sobre la mesa en mi dirección.
— Abre, esto es para ti.
Mi respiración se suspende. Dios, yo no sé qué contiene este cofre ¡pero siento que es algo
extravagante! Mis pulgares se deslizan sobre el hermoso terciopelo negro hasta el broche de oro
genuino que hace escuchar su clic. Con el corazón desbocado, abro este hermoso joyero forrado con
una tela de seda color lila. Cuando por fin comprendo lo que mis ojos ven, parezco desfallecer.
— ¡David! ¡Esto es demasiado!
Demasiado…
No puedo encontrar las palabras para expresar lo que siento. Bajo mis ojos, lo que refleja la luz
de las antorchas, es un conjunto de diamantes. Y
cuando digo « diamantes », me refiero a grandes piedras, ¡que creía que existían sólo en las
películas! Un collar con grandes gotas translúcidas de un valor inestimable, una pulsera formada por
cinco filas de piedras preciosas, unos pendientes magníficos, unos pendientes largos brillantes y un
broche ¡absolutamente espectacular! ¡No puedo creer lo que veo!
— Nada es « demasiado » para ti, Louisa.
Se levanta y viene detrás de mí. Se inclina y roza mi brazo desnudo mientras toma el collar que
me pasa alrededor del cuello. Siento sus dedos ágiles manipular el broche en mi cuello. Pone una de
sus manos en mi hombro.
Su piel está caliente. Me gustaría besarle la mano, inclusive la otra; que se encuentra ahora
ocupada poniéndome la pulsera.
Suavemente pero con firmeza, David me toma la muñeca para colocar el brazalete de diamantes.
Su gesto es tan viril y seguro que da la impresión de estar esposándome. Con unas esposas de lujo,
de veinticuatro quilates.
¡Este regalo es tan hermoso! No estoy segura de que pueda aceptarlo.
Estoy a punto de protestar de nuevo, cuando David, contemplándome con ternura, me dice: —
Estas joyas pertenecían a mi madre, y a su madre antes que ella. Durante cinco generaciones, las
mujeres de mi familia las han transmitido.
Estoy sin palabras.
— Lucen magníficas en ti. Aquí es donde los diamantes muestran realmente su belleza, cuando
son usados. No brillan tanto sino gracias a la brillantez de la mujer que los lleva. No creo haberlos
visto centellear tanto.
Todavía no me recupero de lo que acaba de decir. ¿¡Estos son los diamantes de los Barones
Schiari!?
— Quieres... ¿Quieres decir que me ofreces las joyas que han... que han estado en tu familia por
generaciones...?
¡Oh! David, ¡no puedo aceptar!
Comencé a quitarme el collar y la pulsera.
— Es demasiado, demasiado. Te vas a lamentar de este gesto, lo sé...
David me toma la muñeca de nuevo, esta vez con autoridad.
— ¿Lamentar qué? Mi madre no tuvo ninguna chica para perpetuar esta tradición. Si hubiera
estado viva, habría querido que tuvieras estas joyas.
— Pero... ¡pero no ahora! ¡Es demasiado pronto! ¿Qué va a pasar si te cansas de mí? ¿Quién sabe
los sentimientos que tendrás en cuatro semanas, cuatro meses?
David parece herido.
— Es precisamente por eso que quería darte estos diamantes, Louisa. Para que dejes de dudar de
mí en este momento.
¿Crees que ignoro lo que quiero? Soy un hombre acostumbrado a conseguir todo lo que quiere,
Louisa: créeme, esto me hace... lúcido.
Mi voz se desgarra.
— ¡Soñaría con aceptar David, pero tendría la impresión de que abuso de ti!
Coloco de nuevo el collar y la pulsera en el joyero. Es en este momento que me doy cuenta de
que la ubicación reservada para el anillo de la Baronesa Schiari está vacía. David se percata de mi
descubrimiento.
— Yo soy menos incompatible con estas joyas de lo que pareces creer, Louisa. Te ofrezco este
regalo, pero mantengo el anillo aún. Espero que algún día te lo entregue, pero entonces espero que
sea en otro contexto. Un entorno en el que no dudarás antes de decir « sí ».
Nunca consideré la posibilidad de que algún día, David me preguntara...
No, nunca me atreví a soñar.
¿Convertirme en la Sra. Fulton? Sería demasiado grande, demasiado hermoso.
Yo no soy una ingenua nata: sé que no existen los cuentos de hadas.
Aunque estoy consciente de que, a los ojos de David, represento algo más que una moda, no logro
creer lo que sus propósitos sugieren. Que me podría pedir que me convirtiera en su esposa.
La sola idea me marea. Pasamos la vida juntos... Es mi mayor deseo, por supuesto. Si estoy
demasiado excitada para decirle, al menos puedo mostrarle.
Con la mano un poco temblorosa, me vuelvo a poner el collar.
— ¿Podrías ayudarme a ponérmelo, por favor?
David entiende inmediatamente que finalmente acepté su regalo. Su sonrisa es radiante mientras
pone el collar.
— David, yo... no sé qué decir. Nunca había sido conmovida por un regalo ...
No estoy acostumbrada a ser mimada. Y no estoy hablando sólo del valor material de estos
diamantes... Este símbolo es tan abrumador...
Creo que es por eso que estoy un poco asustada. ¿Tú no me quieres así?, ¿verdad?.
David besa mi cuello.
— No, lo entiendo, creo. Pero me alegro de que cambies de opinión.
El momento es tan perfecto que podría añadir: El día que me ofrezcas ese anillo, diré « sí ». Sin
vacilar.
Por la mañana me levanto antes que David, que aún duerme con los puños cerrados, agotado por
la noche que pasamos. Una noche tan hermosa que no pudimos resistir la tentación de tomar un baño
a medianoche. Y, por supuesto, las cosas entre nosotros rápidamente tomaron forma...
Sonreí al recordarlo y bajé al salón.
Ahí le pedí en español, al ama de llaves que preparara un desayuno para servirse en el patio. Me
acerqué a la mesa del jardín. Una trabajadora doméstica llega con mi té y algunos periódicos
estadounidenses. Abro el New York Times.
De pronto, mi sangre se hiela.
Necesito despertar a David de inmediato.
Insegura, me dirijo hacia las escaleras, oyendo apenas al ama de llaves decirme: — ¿Todo está
bien, signora?
Me precipito a la habitación y comienzo a sacudir a David.
¡Oh, Dios mío! Me voy a poner mal.
Abre los ojos, sorprendido.
— Louisa, ¿qué sucede?
Me toma en sus brazos y me lleva hacia su pecho caliente. No puedo articular una palabra y sólo
ablandezco el periódico, aturdida. David entiende lo que deseo y se apodera del Times.
Comienza a recorrer la página que me causó tal pánico y finalmente encontró el fragmento que
quería mostrarle.
— ¡Eso no es cierto!
Él lee y lee: «El cuerpo de un hombre fue hallado ayer por la noche en el Hudson. El difunto
ha sido identificado: se trata de Marc Hasting, un neoyorquino de 42 años.
Se inició una investigación para tratar de esclarecer las causas de su muerte.
Cualquiera que tenga información al respecto, se solicita comunicarse a la policía.»
— Louisa, haz las maletas: volvemos lo más pronto posible a Nueva York.
Nuestras miradas se cruzan. Podemos leer allí la misma pregunta, la misma duda.
¿Y si Gary flaqueó?
7. Sospechas
El avión aterrizó hace tan sólo una hora, pero ya estamos en el salón de David con Gary.
— ¿Te das cuenta de lo que has hecho?
No hablo sólo de la confusión que te involucra, pero Gary... ¡se trata de un asesinato!
Gary le responde a su amigo de la infancia: — Te lo ruego David, créeme...
no tengo nada que ver en este asunto y no tengo idea de quién pudo haber cometido tal acto.
David lo fulmina con la mirada: — Si no fuiste tú, ¿Sacha es la responsable? O, mejor aún,
¿Judith?
David mira hacia otro lado, asqueado. Yo misma estoy sorprendida el trabajo que me cuesta ver
frente a frente a Gary mientras se dirije a mi.
— Te lo ruego Louisa, tienes que creerme. Debes convencer a David: no he tocado un sólo
cabello de Hasting. Ni siquiera lo tenía localizado, ¡maldita sea!
Con una vocecilla frágil que desea calmarlo, respondo: — Me encantaría creerte Gary, no sabes
cuánto. Pero entiende que los hechos están en tu contra.
Hace una semana a penas, tenías a este hombre en la mira, estabas decidido a matarlo...
— ¡Sí, pero me di por vencido!
La angustia en su voz me desgarra.
Pensé por un momento en Judith: si Gary ha cometido tal atrocidad, estará destrozada. ¡Ella lo
ama tanto!
Gary continúa su argumento: — ¡Mi hermana gemela me había pedido no meterme con Hasting
por su propia seguridad! ¿Crees que la iba a meter en un aprieto a estas alturas?
Gary comienza a dar vueltas por la habitación.
— Nunca me hubiera involucrado con Hasting, pero me había robado a Sacha.
Ahora que ella está de vuelta... Mi objetivo siempre ha sido protegerla, lo sabes tan bien como
yo.
¿Acaso tomaría el riesgo de lanzar a la mafia a sus estuches justo para saciar mi sed de
venganza?
El argumento de Gary tiene sentido.
Sin embargo, no puedo dejar de pensar en su naturaleza sanguinaria e impulsiva.
Todo lo contrario de David, que guarda un profundo dominio de sí mismo y de las situaciones.
Estos hombres son el día y la noche. Pero David también puede mostrar una profunda intransigencia.
— David, ¿tal vez deberíamos escuchar a Gary?
Mi amante da vuelta hacia mí.
— ¿Y para qué? ¿Para que culpe a alguien más?
Gary se sirve una copa, desconcertado.
— Entonces tú ya no confías para nada en mí David, ¿no es así? ¿Crees que soy un cobarde que
niega su responsabilidad?
El rostro de David se desgarra. Gary es como un hermano para él y pocas personas tienen un
sentido de lealtad tan agudo como lo tiene David Fulton.
— Quiero creerte Gary, pero... pero tú no me das nada. Pronto, la policía nos encontrará y si les
dices lo mismo que a mí, que no estas al tanto de nada, no te dejarán ir.
Gary palideció: — ¿Crees que también ellos sospecharán de mí?
David toma un tono exasperado: — ¡Gary, hablamos del asesinato de un hombre que era
sospechoso de abusar de tu hermana gemela! ¡Hablé de él con Stinson! Ellos, ambos sospecharán de
nosotros. Solamente que, yo tengo una coartada irrefutable: ¡yo ni siquiera estaba en los Estados
Unidos!
David titubeó un momento.
— Probablemente debería llamar a mi abogado y ponerlos al tanto de la situación.
Gary exclama: — ¡No lo hagas!
Gary se acercó a David suplicando: — Te aseguro que soy inocente y puedo probarlo... pero no
aquí, no así.
Me aclaro la voz: — ¿Probarlo, dices?
Gary se vuelve hacia mí, con los ojos llenos de gratitud. Él siente que estoy dispuesto a escuchar
su historia.
— Sí, Louisa: la noche en que Hasting
fue asesinado, yo no estaba solo. Para ser honesto, estaba con una mujer.
Estuvimos juntos mucho después del momento en la que la policía recuperó el cuerpo de Hasting
en el Hudson.
Exclamo: — ¡Pero todo es para bien, entonces!
Si esta mujer puede testificar en tu favor, hay pocas posibilidades de que la policía te inculpe.
Así que nadie se verá obligado a hablar sobre el regreso de Sasha.
El rostro de Gary de repente se cierra.
— No puedo pedirle a ésta mujer testificar para mí...
David lanza una sonrisa irónica.
— Déjame adivinar: ¿es una mujer casada? O mejor aún: ¿una misteriosa desconocida a la cual
no le pediste su número de teléfono?
Gary intenta convencer a su amigo.
— Te aseguro que si supieras quién es, entenderías por qué no quiero que se mezcle en todo esto.
Pero les digo la verdad, David: yo tenía compañía la noche en que Hasting fue asesinado.
Debes creerme.
¡Gary parece tan sincero! Pero en este juego de espejos donde cada uno demostró lo contrario de
lo que el otro decía, ¿le crees cuando dice que pasó la noche con una mujer misteriosa, de la cual no
puede decir nada?
Una vez más, tengo un pensamiento para Judith. Si Gary dice la verdad, si efectivamente existe
una nueva mujer en su vida, mi amiga estará devastada.
¿Será que no quiera usar su coartada para no lastimarla? ¡Está tan enamorada de él! Han pasado
casi quince años sin embargo, están separados, pero, por su propia admisión, no puede recuperarse
de su ruptura. Sin embargo, es una de las mujeres más cortejadas de Nueva York: los que la cruzan
(actores famosos, deportistas, políticos) sucumben a su encanto. Sin causarle ningún efecto.
Oh, por cierto, se le ve a veces del brazo de uno de esos hombres...
Algunos se han enganchado e incluso logran quedarse en su vida por algún tiempo.
Pero ella no puede olvidar a Gary del todo. De alguna manera, ella lo espera.
¿Cómo culparla? Después de todo, cuando se encuentra el alma gemela...
es imposible continuar después de tal pérdida.
A menudo escucho a la gente decir que el tiempo lo cura todo. Aquellos que afirman tal cosa
nunca han amado. No como Judith ama a Gary, o como yo a David. Si él me dejara... me estremezco
ante la idea. No tengo ni idea de lo que haría sin él.
Trato de contener pensamientos tan oscuros, mientras voy a mi cita con Mary. Sentí que David
necesitaba un poco de tranquilidad después de su enfrentamiento con Gary.
« Tengo que pensar en todo eso, Louisa. Encontrar una solución para proteger a Gary de la
policía sin revelar los secretos de Sacha ».
Su voz era clara.
« Gary es mi amigo desde hace quince años. Lo quiero más que a mi propia familia, pero no sé
qué hacer.
Incluso si se escapa de la policía, no estoy seguro de que permitir que escape sea lo mejor.
¡Dios! ¡Después de todo, hablamos de un asesinato cometido a sangre fría! »
Yo mismo lo vi, con natural confidencia, vi el estado de ira en el que Gary estaba cuando puso su
mano en Hasting. Yo sé de lo que es capaz. Y esta historia de una mujer de la cual no puede revelar
la identidad... admito que, dada la gravedad de la situación, es difícil de creer.
Empujo la puerta del Bloomingdale para reunirme con mi coinquilina, quien me espera para
hacernos una manicura.
Últimamente, he descuidado un poco a Mary y espero que no me lo reproche.
Pero no lo creo, dado todo lo que ha pasado de nuevo en su vida. En primer lugar, su relación
con Dan: finalmente se decidió. Se ven con mayor frecuencia después de la reunión de Sandro y,
poco a poco... hasta ahora que están entusiasmados y felices, según lo que me cuenta Mary vacilando
entre dos matices de coral.
— ¡Te aseguro, él es tan atento! Nunca me hubiera esperado algo así. Cada noche nos vemos para
ver una película o ir a un restaurante. Cada tarde, me llama durante mi hora de almuerzo para saber
cómo me siento. ¿Quién podría haber predicho que este intelectual, Daniel Koenig, sabía tratar a una
chica?
¡Estoy tan feliz por ella!
— Es fantástico, Mary. Se merecen ser felices juntos, de verdad.
— Sí, bueno, todavía hay un inconveniente...
Optando por el « rojo amargo », levanto una ceja. Mary se sonroja y me susurra en voz baja: —
No siempre tenemos... Ya sabes...
— ¿No, no lo sé...?
— Bueno, verás... el hecho... la « cosa ».
Nos sentamos en dos sillas y comenzaron limando, puliendo, un blanqueamiento, un hidratante, y
a remojar.
Si Mary no es ni siquiera capaz de pronunciar la palabra, ¿cómo podría suceder el acto? «
Sexo »: ¡no es tan complicado!
— Pero Mary, ¡Tienen menos de diez días de salir juntos! ¿Qué está sucediendo? ¿Tienes miedo
a dar el paso?
Mi amiga cambia a carmesí. Con una voz lastimera, confiesa: — No se trata sólo de mí, Loulou:
es él quien no se decide...
Dejé escapar un gran « ¿Qué? » desconcertante.
— Estoy completamente perdida. En Illinois, donde crecí, los chicos son obsesivos. Intentan, en
la mínima oportunidad, manosearte en la parte trasera de su camioneta. Al principio pensé que era
estupendo que Dan fuera un caballero. Pero ahora, me preocupa un poco.
De hecho, lo que Mary me cuenta es increíble; porque diez días sin acostarse juntos, al principio
de la relación, es comprensible... Pero ¡no cuando nos vemos todos los días y vivimos en
habitaciones casi contiguas! Además, yo no estaba allí y Dan lo sabía: nada le impedía pasar la
noche en nuestra habitación.
— Tal vez él nunca... Bueno, tal vez ¿es virgen?
— ¡Lo peor es que no lo es! Lo sé de una fuente confiable.
— ¿Tú le preguntaste?
— No, ¿pero sabes quién es Belinda Matthews, supongo?
Hago una mueca. Oh, ahora veo, sí: una californiana con voz nasal que siempre hace preguntas
estúpidas.
— Bueno, se jacta de haber « terminado » con Dan el invierno pasado.
¡Y ni una sola vez!
Las manicuristas aplican la segunda capa de barniz. Yo no digo nada.
Mary está preocupada por mi silencio.
— ¡Oh, Dios mío! Louisa, ¿es peor de lo que pensaba?
Pienso en mi respuesta.
— Mira, es cierto que entre David y yo desde el principio, las cosas han sido bastante intensas en
ese aspecto. Pero eso no quiere decir nada: David es mayor, ya tenía mucha experiencia con las
mujeres, además de que tenía fama de ser un corredor.
Mary no parece estar convencida por mi explicación.
— Lou, tú misma me contaste sobre esto hace unas semanas: no se puede atrapar moscas con
vinagre. La preocupación está en que Dan no parece tener ganas de probar mi miel...
Me echo a reír: — Mary Anderson, ¡que buen significado de la metáfora!
¡Muy elegante!
Ella se echa a reír también.
— Está bien, la comparación no es muy sutil, pero ya sabes lo que quiero decir, ¿verdad?
Sabemos que la dimensión física cuenta en una relación. Entre Dan y yo, es como si las cosas se
mantuvieran iguales, sólo que ahora me toma la mano cuando caminamos. A mí me gustaría ir más
rápido, demostrarle que podemos tener relaciones íntimas de una manera diferente...
¡Como comprendo su frustración! Si David no manifestara de manera tan explícita la pasión que
siente por mí, creo que sufriría mucho por eso. De pronto, una angustia me invade: ¿es posible que la
llama del deseo se apaga algún día entre nosotros? Desecho este pensamiento negativo y digo: —
Anderson, ¿quieres meter a Dan Koening en tu cama? Bueno, en este caso, pasemos al ataque.
A penas nuestra pintura de uñas tuvo tiempo de secarse cuando ya nos encontramos en el piso de
lencería de Bloomingdale. Mary observa los diferentes tonos pastel en algodón. La tomo de la mano
y la llevo: — No es aquí donde encontrarás lo que te hará sentir una mujer plena, Anderson.
Llegamos a la esquina de la marca Agent Provocatuer.
— Justo lo que necesitas: menos vinagre, más miel.
Delante de nosotras se despliegan corsés y hermosos conjuntos que hacen el éxito de la marca
más elegante y sexy.
Mary se acerca a un magnífico sujetador de encajes sin tirantes. Se apodera de la etiqueta y suelta
un silbido: — ¡Seiscientos veinticinco dólares!
¡Louisa, nunca me podría permitir eso!
Saco mi tarjeta de crédito, que David me dio cuando me fui a vivir a la NYU.
« Para que puedas darte el gusto con tus nuevos amigos. Tengo amplios medios y la vida de
estudiante puede ser tan difícil... »
Bueno, ¡llegó la hora de darnos un capricho! Llamo a una vendedora que toma nuestras medidas.
85-60-80 para Mary, y el clásico 90-60-90 para mí.
— La señorita está buscando algo romántico y sexy: algunos colores empolvados en telas
transparentes y escotes audaces. En cuanto a mí...
Déjeme ver.
— Quiero algo un poco decadente.
Algo que evoque el París de los años veinte, ¿entiende la idea?
La vendedora asiente mientras cada una de nosotras toma lugar en los probadores.
— Nos vemos al final del túnel, Anderson.
Mary se rie. Es cierto que los accesorios de lenceria son siempre una tortura: se necesita una
eternidad para ajustarse en un corsé y aún más para deshacerse de él. La tímida vocecita de Mary
llega hasta mí probador: — Louisa...
— ¿Sí?
— Gracias. Por todo lo que haces por mí: gracias infinitamente. Realmente eres una gran amiga.
Ya son las seis y Mary se apresura a prepararse para su cita de la noche, que bien podría ser LA
gran noche. Yo también me puse bella con mi manicura « rojo sulfuroso » y mis fondos morado y
negro. Bajo mi vestido, me veo como una bailarina exótica de la película Moulin Rouge...
Le envío un SMS lacónico a David: [Encuéntrame en el Plaza, tengo ganas de un cóctel.]
Entonces me apresuro a esperar en el Rose Club, el bar del mítico hotel.
Con un plan bien elaborado en mi mente y, en mi pequeña cartera de cuero, la llave de la suite
real.
David pronto me alcanza, radiante, lo que me sorprende: ¡Parecía tan preocupado esta tarde! Me
besa y me pregunta: — ¿Estás bien, mi ángel?
— Es a ti a quien debo preguntar: ¿no estás muy consternado por esta historia con Gary?
Una vez más, David me gratifica con una enigmática sonrisa.
— No, ahora estoy tranquilo. Debí escucharte cuando estábamos con él, Louisa: Después de que
te marchaste, me di cuenta de algo que me convenció de su inocencia.
Mi curiosidad se despierta.
— ¿En serio? ¿De qué se trata?
— Mi amor, aún no puedo decirte.
Primero tengo que hablar con él. Pero te aseguro que en cuanto se confirme mi teoría, te la
compartiré. Mientras tanto, relajémonos: creo que una vez más, todo estará bien.
David observa la carta.
— ¿Qué te gustaría?
— Un Gatsby, creo. Me siento muy French Riviera esta noche.
A través de la piel de mi cartera, puedo sentir el contorno de la llave electrónica de la habitación
que da paso al séptimo cielo. Mi objetivo es claro: seducir a este hombre y llevarlo hasta la suite
para pasar una noche inolvidable.
Cruzo mis piernas, inclinándome hacia él y sonrío.
David, quien siente que estoy tramando algo, me pregunta: — ¿En serio, y por qué este estado de
ánimo tan brillante, Louisa?
— Imagínate que es por causa de mi tarde con Mary. Nos arreglamos nuestras uñas antes de
entrar a las tiendas que me dejaron, un tanto, soñadora.
— ¿Usaste la tarjeta que te di, por lo menos?
Asiento con la cabeza.
— Muy bien. Y ¿te compraste cosas lindas?
— ¡Oh, sí!
— Pero sin embargo... ese vestido que traes puesto ya lo conozco por mucho tiempo.
— Bueno... es porque no he invertido en vestidos, pero sí en lencería.
La sonrisa de David lo muestra...intrigado.
— ¿En serio? La bonita lencería, ¿entonces?
— Sí, pero totalmente escandalosa.
Siento su cuerpo ponerse tenso ante ésta mención.
— ¿Cómo que escandalosa?
— Ya sabes: atrevida. Un poco obscena.
El impasible David Fulton está atrapado en el gran bar del hotel, donde se esfuerza por mantener
el control: se puede adivinar la emoción en sus ojos, en su lenguaje corporal.
— ¿Previste mostrármela, esta lencería obscena?
— Desde luego: la compré sólo para que me la quites.
Me muerdo el labio de manera provocativa.
— Podríamos irnos para cumplir de una vez tu deseo Louisa, sabes.
En tono mimado, digo: — Tengo verdaderamente ganas de un cóctel primero.
El mesero se acerca a nosotros. Le ordeno dos Gatsby con mi mejor sonrisa y se retira.
— ¿Qué sucede, David? No te siento concentrado. ¿Es la cuestión de las compras lo que te
preocupa? Te puedo decir lo que compré, si quieres.
David se está torturando. Nuestra temperatura no deja de subir: debería poner fin a este juego
para guardar la decencia, él lo sabe, pero no puede contenerse.
— Me encantaría saber lo que encontraste y que te pone de tan radiante humor en efecto.
— En primer lugar, un corsé bien ajustado. Lo traigo puesto justo en este momento. Es
encantador, pero muy poco práctico. Se cierra con cordones de color morado y se necesitan horas
para desanudarlo. Perderías la paciencia, te lo aseguro: todo ese tiempo perdido para intentar liberar
mi pecho comprimido... Eres, más bien, un hombre directo. ¿ No crees que esto te irritaría?
— Sí, por supuesto. Pero, sin duda ¿podría tomar las tijeras?
— Sí, sería una solución. Sobre todo si este corsé muestra maravillosamente el valor de mi talla,
está horriblemente apretado. Bueno, nada de qué hablar, tengo un deseo ardiente de liberarme.
David se hunde en su butaca, sonriendo.
— Pero es encantador, te lo aseguro: se detiene con hermosas ligas color morado oscuro. Puedo
mostrarte si quieres. Aquí, discretamente, mientras nadie mira: me basta con levantar mi falda. Oh,
justo un poco.
David se pasa una mano por la cara y echa la cabeza hacia atrás, sonriendo.
— Tienes mucho talento, en el papel de ingenua.
Planto mis ojos en los suyos: — Te aseguro, David Fulton, no tengo nada de ingenua.
Absolutamente nada.
Baja el volumen de su voz para pronunciar mi nombre: — Louisa...
Descruzo mis piernas y alargo la derecha. Jalo un poco mi vestido con el fin de que suba a lo
largo de mi muslo.
— ¿Ves como los ligueros son preciosos?
David está perdido en la contemplación del pedazo de carne desnuda que se puede divisar por
debajo de mi costura inferior.
— En efecto, son hermosos.
Encojo mi pierna, entonces, con un movimiento tan imperceptible como lento, abro un poco mi
rodilla, hasta el punto en que David se de cuenta: que no llevo ropa interior. Mi sexo desnudo se
ofrece a sus ojos. Se estremece. Cruzo de nuevo mis piernas.
— Louisa, ¿es... es lo que vi?
— ¿De qué? ¿Oh, hablas del calzón?
Sí, lo dejé allá arriba, en el cuarto que reservé para la noche…
David se echa a reír. Siento que mi número lo hace estallar. Al mismo tiempo, un matiz duro en
sus ojos me dice que no pierdo nada por esperar.
— Eres una verdadera embustera.
Le sonrío y luego me apodero del cóctel que el mesero, finalmente me trae.
Levanto discretamente mi copa y la dirijo a mis labios. Pero David interrumpe mi movimiento al
hablar con una voz neutra y sin apelación: — Pon la copa sobre la mesa, Louisa.
Lanzo una mirada lasciva.
— ¿Por qué esto, David?
Obedezco sin embargo.
— Porque nos levantaremos de inmediato, subiremos a la habitación que reservaste y te tomaré
salvajemente.
¿Crees que puedes divertirte con excitarme de esta manera?
David se inclina hacia mí y me habla en voz baja: — Te lo dije en México, Louisa: estoy
acostumbrado a conseguir todo lo que quiero y nada se me puede resistir. Y lo que quiero en este
momento, es hacer el amor contigo, escucharte gemir y que me ruegues que te haga venir.
¡Oh! Ahora estoy siendo víctima de mi propia trampa. Había olvidado cuanto me podía excitar
David con una sola palabra. Además, encontrarme aquí entre extraños, sin nada debajo de mi
vestido... Sentir su deseo... Me enloquece por completo. Mi respiración se acelera, lo suficiente para
que él se de cuenta.
— Sí, voy a hacerte suplicar…
Este es un buen comienzo, ya estoy a punto de decirle que se vaya de inmediato a la suite real. Yo
que creía tener el control de la situación por una vez...
David añade: — Finalmente, ¿para qué apresurarnos? Tenemos todo el tiempo.
Moja los labios en su vaso y me premia con una sonrisa provocadora. Él sabe muy bien el efecto
que me provoca con sus palabras y ahora me deja frustrada. Si hay otros diez minutos, jugaría al gato
con él, ahora no soy más que un ratón atrapado entre sus garras.
Pero aprendí, del propio David, a nunca rendirme...
Me hundo un poco más en mi butaca y descruzo mis piernas con una lentitud exasperante. Jalo
hacia mi uno de mis muslos, lo cual tiene el efecto de levantar peligrosamente mi falda. David se
estremece. Tomo mi copa y con la punta de la lengua, juego imperceptiblemente con el popote antes
de tragar algunos sorbos. Dejo escapar un suspiro de éxtasis.
— ¿En qué piensas, Louisa?
— En ti, en tu cuerpo. En lo que tengo ganas de que me hagas.
Y mientras lo digo, separo ligeramente mis piernas.
— Vas a volverme loco...
— Esa es mi intención.
Me pongo de pie lentamente y rodeo la mesa entre nosotros. Me apoyo en los brazos de la silla y
me poso en su oído para susurrarle: — ¿Qué debo hacer para que subas conmigo a esa habitación?
¿Qué te ruegue?
No dice nada, pero su respiración se acelera. Es ligeramente ronca. Estoy a punto de dar el golpe
de gracia: — Ganaste...
Es el momento.
— Te lo ruego, tómame. Arranca mi ropa y tómame...
David me toma por la muñeca. Hunde sus ojos negros en los míos, ojos opacos detrás de los
cuales puedo adivinar miles de pensamientos inconfesables.
Una onda de calor nos recorre. Él lanza dos billetes de veinte dólares sobre la mesa y me ordena:
— Guíame.
Nos
estamos
moviendo
hacia
los
ascensores,
enmascarando
cuidadosamente nuestra excitación. Tan pronto como las puertas se cierran ante nosotros, no
podemos evitar echarnos encima el uno sobre el otro. Mientras que David me abraza, aprieto al azar
un botón, esperando alcanzar el del último piso. El ascensor comienza a subir mientras David me
levanta. Enrollo mis piernas alrededor de sus caderas, me pega contra la pared. Su lengua acaricia la
mía de manera imperiosa mientras sus manos me tienen firmemente. Contra él, ondulo, y cuando las
puertas del ascensor se abren, nos es difícil separar nuestros dos cuerpos ardientes.
Avanzamos en silencio a lo largo del desértico pasillo del hotel.
Torpemente, saco la llave de mi pequeña bolsa de mano. Se escucha un ruido; bajo la manija de
la puerta. Avanzo, David me sigue. Pero, a penas y se cierra la puerta detrás nosotros, me agarra con
sus manos. Sin darme la oportunidad de voltear, me pone contra la pared. Su pecho se apoya en mi
espalda mientras levanta mi vestido y acaricia con la palma de su mano mis nalgas desnudas.
Luego la pasa a lo largo de mis caderas y llega justo entre mis muslos. Me susurra: — Estás muy
excitada, por lo que veo...
Se separa por un momento de mí, tiempo que aprovecho para apoyar la mano derecha en la pared
del pasillo.
Mi cabeza se inclina ligeramente hacia adelante. Reconozco el ruido característico de un cinturón
al desabrocharse. Con un movimiento de la rodilla, David separa mis piernas. Su mano derecha se
apoya sobre la mía mientras de repente me penetra.
— ¿Eso es lo que quieres, Louisa?
Gimo: — Sí... oh sí...
Mi aprobación lo anima a hundirse aún más profundo. Comienza a moverse, los movimientos
secos y nerviosos, mientras mis caderas ruedan hacia él, invitándolo a penetrarme más aún. Es
entonces cuando David toma la parte de atrás de mi vestido y jala hacia abajo.
Escucho el desgarre del tejido que me enloquece por completo. Comienzo a gemir como una
poseída. Las telas caen y descubren mi espalda, mis hombros, que David mordisquea. Jadeante, me
despego de la pared y me vuelco contra su pecho. David me ayuda a retirar los pedazos de tela que
restan de mi vestido. Se retira y lo que queda de mi vestido cae a mis pies. David regresa a mí y me
coloca contra la pared. Se pone a deshacer el cordón de mi corsé.
— Deja de retorcerte así.
¡Es más fácil decirlo que hacerlo!
Tengo una carencia total de sensación entre los muslos. Oh, quisiera tanto que volviera a mí…
David lo siente. Pone un dedo sobre mi sexo húmedo.
— ¿Tienes ganas de venirte, Louisa?
Hunde su dedo en mi intimidad.
— ¿Quieres que te satisfaga así?
Sacudo la cabeza y lo atraigo contra mí.
— Tu sexo... Es tu sexo lo que quiero.
Saco provecho de eso para quitar su chaqueta y luego desabrochar su camisa… Descubro sus
poderosos pectorales, esas barras de chocolate que recorro con mis dedos. Aún no lo creo: Apolo es
mío, todo mío... David libera mis senos del corsé, y ambos nos deslizamos al suelo, sobre la espesa
alfombra.
Se libera de sus últimos atuendos, luego empieza de nuevo a hacerme el amor manteniendo
firmemente mis muñecas en el suelo.
Mis piernas envueltas alrededor de su cintura. Mientras David se adentra profundamente en mí,
lanzo intensos gemidos, incapaz de retener la sensación desgarradora que se apodera de mi bajo
vientre y quema todo mi cuerpo. Su miembro me llena, me hace su esclava.
Todo su peso me inmoviliza: no puedo moverme, sólo puedo recibirlo...
Doy gritos, gimo mientras él busca mi boca para depositarme ardientes besos.
Trato de responder a sus movimientos, no lo consigo. Soy su prisionera.
Cautiva de mi placer y de su beneplácito... Y no puedo hacer nada para rechazar el orgasmo
desgarrador que se apodera de mí, que hace temblar el resto de mi cuerpo…
Todo mi ser se relaja, se alivia. Me envuelvo en mi sensación de satisfacción, pero sólo por un
minuto, porque la lengua de David se posa sobre mi sexo para despertar mis pasiones.
Comenzando lentamente, para dar a mi cuerpo tiempo de recuperarse de sus emociones, después
más rápido, ávido.
Los dedos de David se hunden en mí y comienzan a darme placer.
Increíble: Ya tengo ganas de él, de nuevo.
Él sonríe, satisfecho de verme a su merced, completamente destruida por las ganas que tengo de
prolongar mi éxtasis. Me pide: — Ponte de rodillas.
Cumplo la orden, me pongo en posición, lista para recibirlo. Cuando se hunde, es tan bueno que
podría perder el conocimiento. Ondeo con ritmo, gozando con cada uno de sus gestos mientras estoy
gimiendo mi placer. Me tiene por el hombro y la cadera.
— ¿Esto te gusta mi ángel?
Esta palabra dulce toma un tinte extraño en medio del salvajismo de este encuentro que yo misma
provoqué.
— En cualquier caso Louisa, yo, tu me gustas mucho.
Su pecho se aloja en mi espalda, cubriéndola por completo, su boca llega a mi oído y me susurra:
— Estoy loco por ti.
Mi apetito se multiplica luego de que su mano se posa sobre mi clítoris y me estimula.
¡ Maldición, es imposible: no puedo venirme por segunda vez en tan poco tiempo!
Sin embargo, esto es lo que parece anunciarse. Trato de rechazar el momento crítico pero es una
tortura.
Quiero esperar, nuestros cuerpos conocen el éxtasis al mismo tiempo. Mis caderas giran y lo
invitan.
— Este movimiento que haces me vuelve loco, Louisa.
Mucho mejor: es lo que quiero hacer.
— Me provocas un placer increíble cuando te mueves de esa manera.
Excitada, sigo contrayendo mis caderas hacia él.
— No puedo vivir sin ti, mi amor.
Ninguna mujer me ha hecho sentir esto.
No puedo vivir sin ti.
Estoy sorprendida por estas palabras que me confieren un poder embriagador.
¿Quién hubiera pensado que yo era capaz de derrotar a un gigante como David Fulton?
¿Y quién hubiera pensado que iba a tener tanto placer?
David se toma su tiempo. Sus movimientos, intenso, lentos, me dejan hambrienta.
— Después del número que me hiciste allá abajo, mereces estar frustrada.
Lo que estamos haciendo no es exactamente mi definición de frustración...
Retira su mano de mi sexo, y esta parada brutal me provoca un gran vacío, como si me dejara
totalmente desnuda.
Me doy cuenta de cada centímetro cuadrado de mi piel: las zonas erógenas, las que al contrario
profieren su deseo de ser acariciadas. Estoy en un intervalo donde todo mi cuerpo espera. Es en este
instante que David se apodera de mis cabellos y comienza a tirar mi cabeza hacia atrás.
Ooooh, esto es demasiado bueno.
Esta vez, no puedo controlarme. Su miembro me llena y me hace estallar: me vengo en un millar
de violentos espasmos, mil temblores.
— No te he dado permiso para venirte ahora, Louisa.
Pero ya es demasiado tarde: mi cabeza da vueltas, me falta la respiración.
David, tirando de mi pelo, me lastima un poco, pero el dolor es exquisito. Me abro un poco más y
me cierro sobre él. Siento que también se viene... Ahí está, aprieta con fuerza, estirándose en lo más
hondo de mí.
Siento la descarga eléctrica que recorre su cuerpo, que no hace más que reforzar la fuerza de mi
goce. Gemimos en un concierto antes de caer inertes en el suelo.
Con un gesto, me libero de su miembro y me alojo en sus brazos.
David juega con mis cabellos. De repente, me enderezo y sumerjo mis ojos en los suyos, antes de
susurrar con malicia: — No pudimos detenernos en mejor momento, David, después de todo, todavía
no hemos llegado a la cama...
Se ríe.
— ¡Definitivamente eres insaciable!
Pues bien: ya que tenemos que llegar a la famosa cama...
Y se funde en mil exquisitos besos sobre mí.
8. Gala
David y yo nos despertamos en la suite del Plaza. Nuestros cuerpos enredados aún vibran al
ritmo de nuestra ardiente noche. Las palabras ardientes de David me regresan a la memoria: « No
puedo estar sin ti, mi amor.
Ninguna mujer nunca me ha causado este efecto. No puedo vivir sin ti. »
¿Será posible que David sea mío, irremediablemente? ¿Que nada ya nunca pueda interponerse
entre nosotros? No logro creer mi buena suerte. Sin embargo, el hombre que amo está aquí, recostado
a mi lado; él me da tiernos besos en mis mejillas, mi frente y labios, sus brazos me rodean y
estrechan, yo me presiono contra él. ¡Soy tan feliz!
— ¡Louisa, me muero de hambre! ¿Qué dirías de llamar al room service y que nos traigan un
abundante desayuno?
Mientras tanto, voy a dar una vuelta a la recepción y ver si es posible ir al spa antes de mediodía.
Aprovecharé para pedirle al conserje que haga que te suban un vestido para que puedas remplazar
ése…
Él señala mi vestimenta de ayer, la cual fue desgarrada durante nuestra…
sí, bueno, en resumen: efectivamente, necesito algo que ponerme para dejar el hotel con dignidad.
— ¿Givenchy, te parece bien?
Yo lanzo un pequeño grito de aprobación y descuelgo el teléfono de la pared: — Buen día, es la
suite royal.
Quisiéramos ordenar un desayuno. Para empezar, huevos revueltos. ¿De trufa?
Muy bien, sí. Té, en lugar de café.
¿Lapdang Souchong? Eso estará perfecto. Así como dos bagels de salmón y panecillos… ¿Tienen
limones exprimidos? Bien, dos también, sí. Le agradezco.
Mientras él vuelve a subir, el carrito ya está aquí, cubierto de porcelana china y manjares
deliciosos.
— Nos reservé un masaje en media hora.
Él me besa en el cuello, su aroma natural a madera me hace estremecerme.
Estoy feliz de pasar este comienzo del día en su compañía, ya que esta noche estaré atrapada en
la biblioteca de la universidad para trabajar. Un empleo del tiempo que no se debe en nada al azar:
una gala de caridad está siendo organizada, para apoyar a los huérfanos de New York, una de las
causas para las que David es uno de los más generosos donadores. Judith también fue invitada, Gary
será su acompañante. Como es una buena ocasión para el club de los cuatro de reunirse y tal vez para
fortalecer la relación, preferí apartarme, poniendo como pretexto una tarea urgente por entregar. Le
sugerí a David que llevara a Sacha en mi lugar: una excelente manera de dejarlos arreglar sus
problemas entre ellos. Además, eso le prueba a David mi confianza. Es una lástima: habría sido la
ocasión ideal para usar mi juego de diamantes… En fin, ya vendrán otras.
Por el momento, descendemos al spa del hotel. Entramos juntos en la sauna esperando a que las
masajistas vengan a buscarnos. A través del vapor, siento las manos ávidas de David buscarme.
— ¡David! No aquí…
Pero admito que me encantaría dejarme tentar, deslizar mi toalla, instalarme a montada sobre
él…
Además, él no mejora mi estado al susurrarme: — La noche entera no fue suficiente, necesito
más.
¡Este hombre es un semental incansable! Desgraciadamente, el equipo de masajistas llega a
interrumpirnos: — Señor Fulton, señorita Mars, por aquí, por favor.
Yo suspiro. ¡Qué se le va a hacer, ya será más tarde!
Dejé la biblioteca de NYU a las 10 de la noche para regresar a mi habitación, Mary no estaba y
al despertar esta mañana constaté que su cama no había sido deshecha: visiblemente, durmió en otra
parte.
¿Nuestras compras habrán traído sus frutos para ella también? ¡Eso espero!
Esta idea me pone de buen humor.
Me hago un chongo rápidamente y enciendo la hervidora de la pequeña habitación, elijo una
bolsita de té de limón y menta. Abro mi computador y me conecto a Gmail, cuando de pronto, una
alerta de Google me advierte que mi nombre fue mencionado en la Web, un mal presentimiento se
apodera de mí.
Hago click en el vínculo y mis miedos se confirman, ya que soy redirigida al blog de John Doe.
Sin embargo, hace casi tres semanas que no era su objetivo: ¡pensaba que había pasado de moda y
eso me convenía mucho! Pero no, parecería que el columnista más cruel y más de moda en New York
decidió regresar al ataque.
Veamos qué maldades desahogó en esta ocasión…
En un principio, nada me impacta: se trata de una fotografía de David y Sacha, posando uno al
lado del otro en la alfombra roja de la gala de caridad.
Sacha luce un vestido de tafetán, anaranjado vivo y parece feliz: ríe a carcajadas, lo que le queda
bien. David luce sencillamente asombroso con su esmoquin de corte impecable que queda
perfectamente en su cuerpo de atleta.
Lleva puestas sus gafas de sol, lo que le da ese aspecto misterioso que vuelve locas a las
mujeres. Yo sonrío, pero mi sonrisa se paraliza cuando mis ojos descifran la leyenda de la foto: «
¿Exit, Louisa Mars? El seductor millonario se muestra con su nueva conquista. »
Siento un fuerte golpe en el corazón.
O, por supuesto, yo sé que no tengo por qué preocuparme: estoy completamente segura de los
sentimientos de David por mí… ¡Pero nuestro amor es tan hermoso que me gustaría gritárselo al
mundo entero! No obstante, ahora el mundo entero cree que yo pasé a la historia, o al menos una
buena parte de Manhattan lo cree. ¡Es humillante! Respiro profundamente, le doy un trago a mi té.
¿Qué puedo hacer? Sin embargo, no voy llamar a David para quejarme al respecto, sin contar que
debe haber regresado tarde y que la deadline de su editor se acerca. Bueno, primera etapa: ir
rápidamente a la ducha. Segunda etapa: ir a clases. Tercera etapa: intentar atrapar a Anderson en los
pasillos para saber si, por fin, concluyó. Enseguida…
Pues bien, improvisaré, ya encontraré un medio de amordazar a John Doe.
Son las 5:30 cuando mi última clase magistral llega a su fin. La jornada fue desagradable: me fue
imposible encontrar a Mary, incluso a la hora del almuerzo. Además, dos pequeñas entrometidas
adineradas vinieron a buscarme, con una sonrisa ácida en los labios, para saber si era verdad que
David Fulton me había abandonado; definitivamente, John Doe juega con mis nervios… Tengo un
pequeño movimiento de humor al pensar en todo lo que he hecho por David, por Sacha, por la banda,
de manera general: al final me siento un poco herida. ¡Oh, eso no es para nada bueno! Sin duda,
debería vaciarme la cabeza para dejar de darle vueltas a este incidente, que no tiene una gran
relación con lo que hemos vivido últimamente. Hacer algo ligero, eso, ligero y divertido. ¿Qué
ocupación podría encontrar?
De pronto tengo una excelente idea: ¡Sandro! ¡Hace un siglo que no nos vemos! Con él siempre
paso nuevos momentos, él sabe subirme el ánimo como nadie más y es importante que recupere las
fuerzas si quiero apoyar a David en las pruebas que está atravesando en este momento. Así que, hago
una llamada a mi amigo, el primo de David.
— ¿Diga, Sandro?
— ¡Louisa! ¡Qué alegría escucharte!
¿Cómo te va?
— Bien, en general, a parte del agotamiento, tal vez. Tan solo quería vaciarme la mente esta
noche: ¿te gustaría que nos viéramos?
— ¡Con gusto! No tenía nada planeado.
¿De qué tienes ganas? ¿Restaurante extravagante, club decadente, rave en una fábrica en desuso?
— A decir verdad, más bien estaba pensando en cine…
Él deja salir un pequeño suspiro.
— ¡Los estudiantes de la NYU son desesperantes! Siempre en los libros y nunca en la fiesta…
¡Ok, ok, cine, pero yo elijo la película, tengo una súper idea!
Efectivamente, Sandro encontró la película perfecta, me llevó a ver Sabrina en un viejo cine del
pueblo. La copia, de época, estaba toda maltratada, pero me hizo bien ver esta comedia romántica
acerca de una jovencita ordinaria, determinada a convertirse en una mujer de mundo para que el
hombre que ama la note. Audrey Hepburn luce divina en ella, como siempre, y la película me deja
soñadora mientras Sandro y yo bebemos a sorbos unos Manhattan en la barra del bar.
— ¡Odio este lugar, Louisa, es horrible!
— ¿Ah sí? ¿Qué es lo que te disgusta?
Le digo mirando a mi alrededor, sorprendida.
— Nada es suficientemente… costoso.
Mírame: ¡siete dólares por un coctel! No es sorprendente que el alcoholismo en los jóvenes esté
progresando y que los comercios cierren unos tras otros…
¡Este lugar y los que se le parecen son los responsables del fracaso de esta nación!
Yo río, dándole un golpecito en el brazo.
— Eres un infernal pequeño esnob.
Hablemos de otra cosa que no sea de tus puntos de vista de depravado acerca del declive del
Imperio americano.
— Muy bien, ¿de qué quieres que hablemos?
— Hum… Dime, por ejemplo, ¿cuál es el personaje interpretado por Hepburn que te impacta
más, incluyendo todas las películas.
Sandro sonríe.
— Oh, mi muy querida, hasta hace algunos meses, te habría respondido: el de Holly Gollightly,
e n Diamantes sobre el sofá porque tengo una debilidad por las chicas frescas que van de fiesta
demasiado, pero hay que reconocer que mis gustos han evolucionado. Así que te respondería sin
dudar: Jo Stockton en Carita extraña.
— ¡Ah, mira, otra de esas películas que no he visto!
— Sin embargo, te gustaría. Es la historia de una francesita adicta a la literatura, que un fotógrafo
de moda decide transformar en una estrella del modelaje. ¡Sin duda eres tú, Louisa Mars!
Me sonrojo al comprender ahora el sobreentendido de Sandro sobre la evolución de sus « gustos
en materia de mujeres ». Sandro siempre ha sido un seductor natural y mil veces he aparentado
ofenderme con sus cumplidos. Pero, desde la última velada que pasamos juntos en casa de Emilio,
creo haber notado cierto brillo en él cuando me mira… Un brillo que me causa miedo adivinar lo que
significa…
Porque es con el mismo tipo de brillo en los ojos que yo veo a su primo.
Sandro se sorprende porque no lo regaño: — Normalmente, cuando logro hacerte sonrojar,
siempre me das una golpecito o me reprendes un poco, al menos.
Bromista, agrega: — ¿Qué sucede? ¿No estás enferma, espero?
Yo le sonrío y me relajo: — No, tranquilízate, todo está bien: es solo que olvidé mis guantes de
box en NYU.
Él me sonríe a su vez: — Menos mal, ya estoy más tranquilo.
El único problema es que, al pronunciar esta frase, él peina automáticamente uno de mis
mechones y por eso mismo, encuentro ese movimiento demasiado familiar. No sé cómo reaccionar:
adoro a Sandro pero todo en él parece indicar que está realmente encaprichado conmigo y sobre
todo, no quiero hacerlo sufrir, ni sembrar cizaña entre él y David, además.
Decido irme.
— ¡¿Señor, pero ya viste la hora?! ¡Ya son las 9 de la noche y no hemos comido nada!
— ¿Quieres que vayamos a cenar?
Conozco un lugar súper, cerca de aquí.
— No, no, estoy bien: tan solo voy a llevarme un bagel y comerlo en el camino. Tengo curso al
amanecer mañana.
Una mentira piadosa.
— Ok, pero te dejo en un taxi, al menos.
— ¿Estás bromeando? ¡La facultad está a apenas quince minutos caminando!
¡Piensa en la ecología, bueno!
Él ríe: — ¿Dónde tenía la cabeza? ¡Mi huella de carbono!
Nos damos un beso en la mejilla y, en cuanto Sandro sube a su automóvil, yo desenfundo mi
teléfono, de pronto tengo unas ganas espantosas de ver a David.
La actitud de Sandro hacia mí me hace sentir culpable, es idiota, lo sé, pero no puedo evitarlo.
— Soy yo… ¿Podemos vernos? Me hiciste muchísima falta hoy, me gustaría pasar la noche
contigo.
Entro en el penthouse y suelto un grito que mezcla alegría y sorpresa: — ¿David Fulton en la
cocina?
— Como me dijiste que aún no habías comido a causa de tu sesión de cine, pensé que finalmente
era la ocasión para mostrarte mis talentos de cocinero.
— ¡Pero si huele divinamente bien!
¿Qué es?
— Oh, ¿el aroma? Es nada menos que la magia de las cebollas en aceite de oliva: le abriría el
apetito a cualquiera.
Pero lo que te estoy preparando es un risotto con langostinos.
¡Especialidad de mi abuela!
Yo miro el interior de la cacerola y lanzo un silbido admirativo.
— No sabía que cocinabas…
— No conozco más que pocas recetas, pero las domino a la perfección.
Creo poder impresionarte también durante otras seis, digamos siete cenas.
Después de eso, desafortunadamente tendremos que regresar al restaurante o incurrir en severas
carencias alimenticias.
Yo río. ¿Cómo pude sentirme triste durante todo el día a causa de ese maldito John Doe, siendo
que soy objetivamente la mujer más afortunada del mundo? Es grotesco.
— Sírvenos vino, mi amor, y cuéntame tu día, tus cursos, la película…
quiero saberlo todo.
Alegre, nos sirvo una copa de un primitivo que huele a madera y a tierra húmeda.
— De acuerdo, David, pero antes, hay algo de lo que debería hablarte…
Le cuento acerca de la publicación de John Doe, el extraño efecto que tuvo en mí, la pizca de
celos que causó en mí.
David me escucha atentamente, antes de preguntarme: — ¿Sabes que puedes confiar en mí, no es
así?
Yo asiento con toda la convicción del mundo.
¿Pero puedo confiar en Sacha?
Algo en ella me molesta, su regreso es demasiado brutal, demasiado inexplicable para que yo
logre entender lo que la motiva. Después de todo, ¿quién nos dice que no fue ella quien liquidó a
Hasting? Finalmente, es ella la persona que tenía más razones para estar molesta con él, pero no
quiero compartir estas dudas con David porque su humor es demasiado bueno para echarlo a perder.
Además, él está muy lejos de imaginarse que estoy pensando en todo esto, ya que continúa echando
pestes en contra de John Doe.
— Realmente no comprendo qué quiere de ti ese tipo, antes de que entraras a mi vida, casi nunca
hablaba de mí en su blog. En verdad es ensañamiento y maldad gratuita.
David saca dos platos: — Toma, hablando de maldad gratuita… ¿Adivina quién estaba en la gala
ayer? Chloe Armant. Oh, perdón, sé que a te agrada, pero a mí no me da buena sensación esa chica…
De pronto, David se paraliza.
— Louisa, estoy pensando en algo: ¿te has dado cuenta de que, cada vez que John Doe se ensaña
contigo, es después de una de las veladas a las que Chloe también asistió?
Mis ojos se abren grandes: — ¡Pues… claro! ¡No lo había pensado, pero es verdad! El club de
jazz, la fiesta en honor a Emilio…
¿Crees que es ella quien le informa al blogger?
¡Sería horriblemente hiriente pero, al mismo tiempo… tan lógico! Después de todo, Chloe está
loca por Sandro y, visiblemente, yo me interpongo en su camino.
David sacude la cabeza: — No, no tiene ningún sentido.
Después de todo, ustedes son amigas.
¿Qué razones tendría para hacer algo tan mezquino?
Desafortunadamente, no le puedo explicar a David las quejas que Chloe tiene hacia mí. Voy a
tener que arreglármelas para conocer la verdad sin sembrar la discordia entre los dos primos, así
que, será sin la ayuda de David.
— Sí, tienes razón David: debe ser una coincidencia…
9. Doble juego
Por la mañana, estoy tranquilamente ocupándome de mis asuntos en el penthouse, cuando David
recibe una llamada de Gary.
— David, ya está: el inspector Stinson vino a interrogarme sobre el asesinato de Hasting, creo
que sospecha de mí.
Tendremos que encontrar un medio para probar mi inocencia sin incriminar a Sacha y sin que
Kanaïev se entere de que la policía piensa que yo soy el responsable. Para Kanaïev y su entorno, no
se supone que nosotros debamos sospechar de la culpabilidad de Hasting: recuerda que fue porque
nos estábamos acercando demasiado a la verdad que intentó matarte la última vez.
Los dos amigos cuelgan: es mejor hablar de todo esto en persona.
Pero cuando Gary llega, desafortunadamente, es en compañía de su hermana, lo que, en vista de
la foto del día anterior, no me fascina.
Afortunadamente, David, preocupado por protegerme desde que Stinson me interrogó en NYU, se
apresura a decirme: — Yo me encargo de este asunto, Louisa. Deberías pensar un poco en ti, salir
con Mary…
Una idea me llega de pronto.
— Creo que más bien voy a llamar a Chloe, estoy segura de que tiene invitaciones para alguna
venta privada y tengo ganas de ir de compras…
Sobre todo, tengo ganas de sondear a Chloe, de ver si podría estar molesta conmigo, hasta el
punto de proporcionarle a John Doe información errada de mí. Por mala suerte, Sacha sorprende
nuestra conversación y exclama de pronto: — ¡De compras! Oh, sueño con hacerlo… Tengo que
regresar a San Francisco en una semana y aún no he tenido la ocasión de ver las boutiques de New
York… Qué lástima, esperaba inspirarme de ellas para mi propia tienda, localizar a los creadores
agradables, las nuevas tendencias…
David, sin duda, prefiriendo alejar a Sacha para hablar de hombre a hombre con Gary, aprovecha
la ocasión: — Deberías acompañar a Louisa, su amiga Chloe es una verdadera fashionista, aunque
Louisa sea la reina de la elegancia en Manhattan.
Éste es un premio del que bien podría prescindir, sobre todo si significa pasar el día entre la ex
de mi novio y la novia de mi pretendiente… ¡Estoy en un gran lío! Por el contrario, Sacha parece
estar encantada: — ¡Oh, eso estaría súper! ¿Estás de acuerdo, Louisa?
De mala gana, mascullo que me parece bien; Sacha toma sus pertenencias.
Justo antes de que entremos en el ascensor, David nos interpela: — Chicas, no olviden: una vez
afuera, ante el mundo, Sacha se convierte en «
Eleonore », la prima de Judith.
Aquí estamos entre chicas, con los brazos entrelazados, zigzagueando por la Quinta Avenida,
Chloe con su largo cabello negro, Sacha con su melena rubia claro y yo con mi cabellera con reflejos
rojizos. Las tres montadas sobre nuestros stilettos, recibidas como el Mesías mientras entramos en
Gucci, Jimmy Choo, o Bergdof, lucimos muy bien. Estoy segura de que todas las chicas que nos
cruzamos nos envidian.
¡Si supieran que en realidad estoy rodeada de mis dos peores enemigas en potencia! Dos
enemigas mortalmente sexys y que además tienen el buen gusto de llevarse como uña y carne. En
cuanto al asunto de sondear a Chloe, se echó a perder por hoy. Estamos saboreando una enésima
copa de champaña en un showroom privado, cuando de repente la tarde se convierte en una completa
pesadilla: — ¡Espera, no me digas que eres diseñadora, Eleonore! ¡Es una completa locura!
— Diseñadora es una palabra muy grande… pero sí, tengo mi pequeño sello, no me va tan mal.
— ¡Es absolutamente increíble! Me encantaría ver lo que haces. ¿Sin duda, podría presentarte
amigas que trabajan en la prensa de la moda? Es cuestión de darte un pequeño empujón…
— Oh, eso es adorable, gracias Chloe.
— Dime, tú que estás en ese medio, ¿podrías recomendarme a uno de tus colegas? ¿Alguien que
estuviera disponible para trabajar tiempo completo durante los próximos seis meses? Es para mi
amiga Maria que está buscando un asistente para que la ayude a concluir su próxima colección.
— ¿Tu « amiga Maria »? ¿No me digas que estás hablando de Maria Valtunez?
¡¿ La Maria Valtunez?!
— ¿¿Cómo adivinaste??
— ¡Chloe! ¡Todo el mundo tiene únicamente ese nombre en la boca desde la última Fashion
Week! ¡Su casa está tomando una magnitud impresionante!
Eleonore-Sacha parece dudar un instante.
— Yo… estaría disponible, creo.
Chloe y yo, por razones diferentes y en tonos diferentes, exclamamos en coro: — ¿¿Hablas en
SERIO??
Definitivamente, Sacha habla en serio.
— Me gustaría quedarme algún tiempo más en New York, para poder pasar más tiempo con mi
familia… Mi « prima »
Judith… Y como tengo una socia en Frisco, es posible: puedo confiarle la boutique durante un
tiempo.
¡Esta tarde de compras, definitivamente fue la idea del siglo.
Felicidades, Louisa!
Chloe luce encantada.
— ¿Sabes qué? Voy a llamar a Maria enseguida y le propondré reunirnos para beber una copa,
estoy segura de que encajará con ustedes.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, nos encontramos en el bar del Carlyle esperando a Maria.
Llega una mujer de aproximadamente treinta y cinco años, esbelta y elegante, con un físico tenebroso.
Su cabello castaño está cortado cuadrado y peinado a la moda de los años 1950. Su piel es morena,
sus ojos dorados, tiene una boca larga, de labios un poco pálidos de donde salen unos dientes
brillantes siempre ríe — lo cual hace a menudo. Maria Valtunez es indudablemente encantadora y,
además, Sacha y ella parecen encajar de inmediato.
— Para mí es un honor conocerla. El vestido de bodas que confeccionó para la boda de la actriz
Courtney Lee…
¡Una maravilla, por poco lloro!
— Llorar en una boda, es algo terrible, pero estoy alagada por el cumplido que me hace.
Admito que yo misma estoy impresionada por Maria Valtunez. La presentan un poco como la
nueva Coco Chanel, su carisma es indudable y su voz grave, marcada por un ligero acento argentino,
posee un timbre hechizante.
Maria, inclinada sobre su tablette, desplaza el book en línea de « Eleonore Clark », comenta los
acabados, la elección de los materiales, subraya la audacia de ciertos cortes. Da a notar por aquí y
por allá algunas torpezas, pero logra mostrarse crítica sin ser ofensiva.
En todo caso, Sacha no parece estar tomándose a mal sus comentarios, muy por el contrario.
¡Incluso atiende a la estilista! Literalmente, ella bebe sus palabras… Sin duda está determinada a
hacer todo para tener el puesto. Ella le ordena el mejor vino, le hace mil cumplidos sobre su trabajo,
sobre su vestimenta… Sus ojos brillan, brillan como…
… como cuando miro a David.
¿Es por eso que sus ojos brillan? ¿Por qué encontró un pretexto para quedarse en New York y
pasar tiempo con David? Quizás sus sentimientos por él resurgieron esta última semana, al quedarse
en los alrededores, tal vez está esperando recuperarlo secretamente.
Eso explicaría este brillo en su rostro, el cual se convierte claramente en radiación cuando Maria
le anuncia: — Bien, por mí está arreglado, Eleonore.
Pase mañana a mi taller para que arreglemos las formalidades administrativas, pero me siento
feliz de anunciarle que arrancaremos en diez días con una colaboración que espero sea fructuosa.
Sacha lanza un grito de alegría y Chloe levanta su copa.
— ¡Por las nuevas amistades!
Yo vacío mi copa de un trago.
10. Traición
Ayer, después de dejar a las chicas, regresé al penthouse. Estaba un poco mareada, muy tensa,
pero tan pronto como los fuertes brazos de David me rodearon, todo desapareció. Puedo dudar de
todo en el despiadado mundo de Manhattan, pero ciertamente no del amor y la pureza de este
extraordinario hombre. Si él me eligió entre todas las mujeres, no tengo derecho a dudar de mí.
David se acerca por detrás y me abraza mientras estoy terminando de prepararme. Observo su
imagen. Su porte encantador, su mirada brillante de inteligencia, su nariz perfectamente recta, su
boca... su boca que se me antoja besar una y otra vez...
— Eres tan hermosa, Louisa. Tan hermosa que a veces me duele verte.
Enrojecida, reajusto mi blusa y me aseguro de que mi falda caiga bien derecha. Mi cabello dibuja
hermosas ondulaciones alrededor de mi cara. Me pongo un poco de brillo en mis labios.
— Eres perfecta.
Tengo una cita con Judith para tomar un café en Central Park, caminar, tomar un poco de aire
fresco. Tiene ganas de verme para hablar, probablemente de Gary... En este sentido, David se mostró
muy tranquilizador cuando volví ayer.
— Ahora tengo la certeza de que él es inocente, por razones que todavía no puedo revelarte,
Louisa. Y con respecto a Stinson, tengo la situación bajo control.
Es bueno dejarse llevar, para ser capaz de confiar totalmente en alguien.
Sólo tengo que centrarme en mis asuntos... Entre los que, lo confieso, mis dudas sobre la
honestidad de Sacha. No pienso que esta última trate de perjudicar a sus amigos, pero tengo la firme
convicción de que no se está mostrando completamente honesta con todos nosotros.
¿Tal vez podría aprovechar de esas pocas horas con Judith para confiarle mis dudas? Después de
todo, le tengo plena confianza, y ella es una de las personas que mejor conoce a Sacha. Si algo está
mal, es una de las personas mejor indicada para saberlo.
Tomo mi abrigo, mi bolso nuevo, y cruzo la habitación hacia el ascensor.
David se levanta de la silla donde está trabajando y me obstruye el paso riendo.
— No tan rápido, buena chica hermosa... Ni creas que te voy a dejar ir de esa manera.
Lucho, de placer.
— David Fulton, ¡me va a despeinar y me hará llegar tarde!
Sus manos apretando mi cintura me enloquecen. Me inmoviliza sin esfuerzo y me deja a merced
de sus besos. ¡Oh, me gustaría cancelar todo de golpe!
Quedarme a su lado, convertirme en su prisionera... ¡lo amo tanto!
Quisiera encontrar el valor para decírselo, pero en cuanto lo intento, mi corazón late con fuerza y
me estremezco. ¡Sigue impresionándome tanto! Siempre me ha faltado confianza en mí, pero no soy
una persona fácil de someter. Entonces, con su belleza demoníaca y olor embriagador, su atractivo
sexual, se las arregla para hacerme perder todos mis sentidos. Es ridículo: vivimos casi juntos y
estas tres pequeñas palabras se quedan bloqueadas en mi garganta.
Espero sin duda que sea él quién las pronuncie primero... Sin embargo, los pendientes de
diamantes que cuelgan de mis orejas lo atestiguan: sí, nos queremos, más allá de nuestra pasión física
innegable. David ciertamente imagina que nos quedaremos juntos mucho tiempo como para haberme
hecho tal regalo. ¿Posiblemente toda la vida?
Debo encontrar el valor para dar el salto...
Me libera de su aprisionamiento mientras que las ganas el miedo se arremolinan en mi vientre.
Una vez más, dejé pasar la ocasión para decirle lo que siento.
Miedosa.
Llego al parque caminando, un poco tarde. Judith me espera en una banca y da un brinco cuando
me ve. Corre hacia mí y me abraza fuertemente.
¡Pobre! Ella supo lo de Hasting y debe estar desconcertada al imaginar que Gary es un
probable sospechoso.
Mientras me suelta, examino su rostro: se ve absolutamente radiante.
¿Qué pasa con ella?
— ¡Oh! Louisa, estoy tan contenta de verte. Aquí te tengo un latte esperándote. Caminemos un
poco si estás de acuerdo.
— ¡Oh, gracias Judith!
Tomo el latte todavía caliente y empezamos a caminar entre los corredores, patinadores, ciclistas
y turistas.
— ¿Cómo estás, Louisa? Con el regreso de Sasha, siento que ha pasado mucho tiempo desde que
hablamos, tú y yo. Han pasado tantas cosas...
Le diré mis temores más tarde. Por ahora, es importante que le ponga atención. Fue una prueba
muy difícil por lo que pasó hace poco y mi instinto me dice que esto es sólo el principio. Sin
embargo, admiro su fuerza, su valentía, su tenacidad. Si está preocupada o cansada, no deja que se
note.
Le debo mucho a esta mujer. Sin ella, nunca habría tenido las llaves para abrir los secretos
del corazón de David Fulton.
— Estoy bien Judith, es adorable que te preocupes. Los cursos en la NYU
me fascinan, mis amigos son geniales, David es un ángel conmigo...
Le doy un codazo.
—... Y eso es sólo por tu culpa. Tú eres mi hada madrina.
Ella deja escapar una risita. Lo que le dije le agradó. Ahora es mi turno.
— Tú, ¿Cómo te sientes? No han sido fáciles estos últimos días.
Ella se detiene de repente, una sonrisa a medias.
— Hubo unos momentos complicados, sí, pero el cielo se aclara por fin.
Por lo que entiendo, ¿David no te ha dicho nada?
Estoy perpleja.
¿Qué es lo que les pasa a todos? ¡Se supone que debemos navegar en una tormenta y he aquí
los ángeles!
— ¿Dicho qué, exactamente?
Toma mi mano y la detiene, como para ella misma: — Sí, por supuesto, se las arregló para
mantener su boca cerrada. No estaba segura de que fuera a tener éxito... Me alegro de que lo lograra.
Me lleva hacia una banca.
— Louisa, tengo una gran noticia que anunciarte.
Pareciera como si fuera a tomar impulso.
— Gary y yo vamos a casarnos.
— ¿QUÉ?
Mi exclamación resuena por todo el parque. No lo entiendo, pero no puedo sostener mi alegría, la
llevo hacia mis brazos y la oprimo contra mi corazón.
— Lou Lou... Me asfixias.
Ella se echa a reír, soltándome.
— Oye, ¡qué fuerza tienes en tus bracitos!
Sonrío tontamente hablando a toda velocidad tanto la emoción me invade.
— ¡Pero es incomprensible! Hace tres días atrás, Gary dijo que había pasado la noche con una
misteriosa mujer, ¡a la que no podía revelar la identidad a pesar asesinato de Hasting! ¿Así que eras
tú?
Ella me hace un guiño.
— De acuerdo. No quería decir nada porque él ya había hecho la petición y aún pensando... Él
esperaba mi respuesta antes de revelar lo de nuestra relación.
— Pero ¿cuándo fue que regresaron, ambos?
Ella sonríe con picardía.
— Ha pasado algún tiempo... ¿Te acuerdas de la noche en que David nos reunió en mi casa para
anunciarnos que te había contado nuestro secreto? Gary estaba molesto, se fue azotando la puerta y lo
seguí para calmarlo.
Le digo: lo recuerdo bastante bien.
— Cuando pude alcanzarlo, estaba en un estado desastroso. Lamentaba cada palabra que él te
había dicho, así como su enojo contra David. Parecía abatido, su cara estaba deshecha. Yo no
entendía lo que estaba pasando.
Finalmente reconoció que estaba celoso de que David había podido superar a sus demonios
cuando él...
Termino la frase: —... Cuando él todavía continuaba atado al pasado.
Ella aprieta mi mano.
— Exactamente, Louisa. Hablamos largamente, aquella noche. Fui a su casa.
Allí, me confesó que jamás había dejado de quererme pero que se sentía incapaz de hacerme
feliz, que el drama que se había producido con su hermana lo roía y lo volvía tóxico. Es allí dónde
acordamos que comenzaríamos a vernos de nuevo, pero a escondidas.
— ¿Pero por qué no me lo dijiste?
¿Por qué tanto misterio? ¡No era como si estuvieran hechos el uno para el otro!
Ella suspira: — Al principio era obra suya, y no te miento al decir que me dolió mucho.
Tenía la impresión de encontrarlo pasando por una situación en un callejón sin salida. Él decía
que no podía reanudar una vida normal antes de pasar el duelo de su hermana.
Entiendo a Gary, de alguna manera.
Judith continúa su relato: — Pero cuando Sasha regresó... De repente, todo cambió. Quería
formalizar nuestro amor, excepto que esta vez era yo la que estaba asustada. ¡Él me había hecho
sufrir tanto! Así que cuando él me pidió que me casara con él, entré en pánico. Fue la noche cuando
Mark Hasting fue asesinado. Le dije que no podía darle una respuesta: eso lo aniquiló. Creo que se
sintió humillado, por eso él no podía decir que estaba conmigo. Que habíamos sido amantes.
Corrige: — Que no éramos más que amantes, y él quería más.
— Entonces, ¿qué te hizo cambiar de opinión?
Su rostro se ilumina.
— Tú.
— ¿Yo? ¡Pero ni siquiera nos habíamos visto!
— Sí, pero recordé aquella vez en que te había traído a un café en Soho para hablar contigo
acerca de David. Para decirte que no perdieras el ánimo.
Su voz tembló un poco: — Tal vez no lo sabes, pero desde ese día, me siento... más cerca de ti.
Preocupada por lo que te sucede.
Protectora, un poco. Tenemos casi diez años de diferencia, pero siempre te he admirado. Y me
gustaría decir que me veo un poco en ti. Tenemos la misma pasión por la literatura, la misma
seguridad...
Y añade, riendo: — Finalmente, podríamos haber sido hermanas.
Esta pequeña frase arrojada al aire despreocupadamente me conmovió mucho.
— En los días que siguieron a mi negativa, me quedé encerrada en casa bajo llave sin decirle a
nadie. Ni siquiera sabía que Hasting había sido encontrado muerto, y no supe, sino hasta que estuve
con Gary en la gala de la caridad. Antes de ese momento, quería reflexionar en paz. Me acordé de ti,
de David, en los consejos que te había dado. ¿Qué clase de hermana sería yo si no era capaz de
aplicar mis propios principios?
Lágrimas me pican los ojos. Hay pocas cosas más emotivas en este mundo que el amor que David
y yo nos tenemos, pero en segundo lugar en el podio, se encuentra esta amistad nacida entre dos
mujeres que se predestinaban a ser rivales. Una amistad sólida e indestructible basado en el respeto
y la bondad.
— Judith, estoy emocionada por lo que me dices. ¡Si supieras lo que yo también te admiro! Como
una hermanita...
Y ambas resoplamos al mismo tiempo. Una lágrima de alegría rueda por mi mejilla, lágrima que
Judith seca y me pregunta.
— ¿Deduzco que estás de acuerdo?
— ¿De acuerdo para qué?
— Para ser mi dama de honor.
Esto es demasiado, esta propuesta abre las compuertas. Las lágrimas comienzan a fluir. ¡Estoy tan
conmovida por esta petición!
— Es por eso que quería anunciarte mi matrimonio a viva voz. Ya le pedí a Sacha estar conmigo
ese día, pero también te quiero cerca de mí cuando diga «sí».
— Oh, Judith... ¡Será un honor!
Nos despedimos por la tarde, después de referirse a muchos detalles.
Las flores, el vestido, la iglesia...
Hemos soñado juntas, como dos niñas delante de un cuento de hadas.
Estoy tan emocionada de poder ayudar a organizar este evento, poder hacer que sea el día más
feliz de su vida, ¡como siempre lo soñó de niña!
Bueno, por supuesto, no era el momento de arrastrar a Sacha por el suelo, así que me mordí la
lengua. Creo que debo resolver por mí misma todas esas dudas. Después de todo, demostré en el
pasado que sé investigar: si Sacha está ocultando algo, tengo que averiguarlo primero antes de alertar
a sus amigos.
¡No es el momento de lanzar una guerra al clan cuando ésta a penas acaba de unirse!
Entiendo mejor el buen humor de David anoche y esta mañana: no sólo su mejor amigo Gary está
rehabilitado, sino que además está finalmente listo para vivir su vida con la mujer que ama.
Realmente espero que Sacha no nos esconda algo que pueda poner en peligro la armonía.
Pero si este es el caso, pronto lo sabremos.
Me volví a poner el disfraz de Louisa la Súper Inspectora: jeans, suéter con capucha, gabardina
rasgada. Espero enfrente del taller de María Valtunez a que Sacha salga del edificio: tenía cita para
firmar su contrato de trabajo.
En mi opinión, la mejor manera de asegurarse de que Sasha está limpia es seguirla y asegurarme
de que no hace nada turbio: así que es lo que me propuse a hacer de mí tarde. Finalmente, Sacha sale.
¡Genial, un poco de acción!
Comienzo a seguirla con precaución por la acera de enfrente. Detuvo un taxi: Hago lo mismo.
Debo decir que me convertí en una experta en este juego.
— Chofer, cien dólares si logra seguir a ese auto sin que se de cuenta.
Al principio, me hundo en mi asiento, segura de que esta ruta probablemente me llevará hasta el
apartamento de Judith o Gary... ¡Cual es mi sorpresa al ver que el auto toma el cruce del puente de
Brooklyn!
¡Oh oh! Conozco este camino...
No puedo creer lo que mis ojos ven, pues estamos dirigiéndonos hacia Brighton Beach.. En ese
momento un inmenso temor me abruma al sentir que mis sospechas parecen confirmarse.
Porque personalmente, si procuraba evitar a un mafioso ruso, Brighton Beach
es el último lugar dónde iría. Por alguna razón, que ignoro por completo, Sasha está tratando de
saltar directamente a la boca del lobo. Al final, el auto se detiene. Le pido a mi chofer: — Continúe
hasta la próxima calle y déjeme allí, por favor.
Vigilo los movimientos de esta rubia enigmática por el parabrisas trasero: entra a un café.
Desciendo del taxi y me acerco con cuidado. Afortunadamente, hay una terraza en el lugar. Aunque no
es realmente la temporada, no tengo otra opción: voy a esperar afuera para ver con quién habla la
gemela de Gary.
Me dirijo a un quiosco para comprar un periódico y así ocultarme detrás y luego ordeno un té.
Los minutos me parecen horas. Estaba congelada detrás de mi ejemplar del Herald Tribune. Al fin se
abre la puerta de la cafetería. Me encogí para escuchar: reconozco la voz de Sasha. ¿Con quién
puede estar hablando? Sería necesario que echara un vistazo discreto, ¡pero tengo tanto miedo de ser
descubierta!
Estoy empezando a enderezar mi cuello para ver por encima del periódico... Esfuerzo que resulta
inútil, de repente escucho la voz del interlocutor de Sacha resonar. Una voz potente, marcada por un
fuerte acento ruso.
— Cuento contigo, Eleonore. No me decepciones.
¿Quién podría ser este hombre? Sólo lo entiendo cuando Sacha le responde, y de repente mi
sangre se congela cuando la escucho decir: — Confíe en mí, señor Kanaïev.
11. La historia secreta de Sacha S.
Me quedo petrificada en mi silla mientras que Sacha y el hombre se alejan por caminos
separados. La voz de la amiga de la infancia de David sigue resonando en mi mente: «Cuente
conmigo, señor Kanaïev.»
¡Así que aquí está el famoso Igor Kanaïev! ¡El hombre que trató de matar a David mediante el
envío de un paquete bomba a su casa! Me estremezco y de repente recuerdo que este es también el
mafioso quien le ha proporcionado a Sacha unos papeles falsos y una nueva identidad para que ella
pueda construirse una vida en San Francisco, lejos de las garras de Marc Hasting.
Según ella, un hombre que no debe saber de ninguna manera que ella había regresado a Nueva
York. Un peligroso criminal quien parecía tenerle un miedo enorme a pesar de que le había salvado
en el pasado. ¿Todo esto fue sólo una comedia? Pero ¿para qué? ¿Qué nos sigue escondiendo esta
mujer?
¿Qué está tramando con la mafia?
De repente me doy cuenta de que David está definitivamente en peligro.
Confía en Sacha mientras ella conspira con Kanaïev: ¿tal vez están confabulados en su contra?
Esta idea me da arcadas. Debo advertirle a toda costa.
Me levanto de la terraza donde me senté y me deslizo en una calle lateral, para asegurarse de no
caer frente a Igor Kanaïev, que bordeó el café, ni Sacha, que salió hacia la estación del metro. Vi un
taxi: Yo, literalmente, me tiré debajo de las ruedas para detenerlo. Me meto en el coche mientras el
conductor me parlotea: No estoy libre, no me da tiempo para llevarla.
— ¡Maneje! Hacia Manhattan.
El conductor parecía sorprendido por mi tono autoritario. Se quedó paralizado.
— ¿Está sordo? ¡Arranque, he dicho!
Febril, saqué el teléfono de mi bolso y llamé a David.
— Hola cariño, ¿qué pasa?
— David, ¿dónde estás?
— En casa, ¿por qué?
— No te muevas. No te muevas para nada, no le abras a nadie, ni a tus amigos, incluso al cartero
o al personal del edificio. Espérame, llego en treinta minutos.
— Pero, Louisa, ¿qué sucede?
— Ya te lo contaré todo cuando llegué.
Te lo ruego, confía en mí.
David me tranquiliza: seguirá mis instrucciones, pero se nota muy confundido. No debe entender
mi pánico. Colgué el teléfono y pedí al conductor acelerar. Supone que no estoy de humor para que
me lleve la contraria.
Rodé hacia el vestíbulo del edificio y corrí hacia los ascensores. Presiono todos los botones.
Estoy impaciente y continuo presionando mientras que las luces indican que están ocupados.
— ¡Vamos, vamos...!
Finalmente, uno de ellos se abre ante mí. Subo al penthouse.
Cuando entro en la habitación, David me está esperando con los brazos abiertos.
— Mi ángel, ¿qué te sucede? Tu voz en el teléfono me tenía preocupado.
A medida que avanzaba hacia mí, su cara se descompone.
— Louisa, ¿qué sucede? Estás pálida, como muerta.
Cuando él me rodeó con sus brazos, me sentí a punto de desmayar.
¿Cómo decirle lo que vi? Y ¿lo que vi exactamente? Después de todo, yo no sé nada de lo que
Sacha y Kanaïev han dicho. Yo no sé nada de su relación.
Sólo sé que Sacha nos mintió. La amiga a la que David ha dedicado los últimos quince años de su
vida, todavía esconde cosas, se ve con los que quieren asesinarlo, seguramente lo manipula.
¿Cómo va a reaccionar? Apenas sentía descanso de los fantasmas del pasado cuando resurgen.
¿Esto no lo va a devastar? ¿Lo orillará a cerrarse a sí mismo?
David me lleva hasta el sofá.
— Siéntate, mi corazón. Toma, un cojín... Ponte cómoda. Te voy a hacer una taza de té, regreso.
David regresa con una taza de porcelana china puesta sobre un delicado platico que me entrega.
— Ten cuidado, está caliente...
A pesar de su ansiedad, siento que él tiene cuidado de no ofenderme con preguntas que
seguramente van a perturbar su cabeza. Sin embargo, ¡debe estar realmente preocupado! Poco a poco,
mientras acariciaba mi mano, me calmo y recobro mis sentidos.
— David, tengo que confesar algo. No espero que te guste...
— ¿Qué no me guste qué? Dime por favor, Louisa: Estoy empezando, verdaderamente ansioso.
Su voz se altera por el miedo.
— Te lo diré, pero prométeme que no me interrumpirás. Incluso si desees hacerlo, incluso si
estás enojado.
Prométemelo.
Vacilante, David está de acuerdo.
— Todo lo que quieras, Louisa.
Siempre y cuando seas completamente honesta conmigo.
Asiento con la cabeza, tomo una respiración profunda.
— David... Desde que Sacha está de vuelta, tengo muchas dudas sobre su historia. Sé que es tu
amiga, sé que es tu primer amor... Lo consideré seriamente, créeme, que mi desconfianza en ella
podría ser motivada por celos de mi parte. Yo estaba decidida a darle una oportunidad. Pero
rápidamente me di cuenta de que algunos elementos de lo que ella nos dijo no concuerdan.
Me trago un sorbo de té caliente y aclaré mi garganta. Trato de recordar lo que me hizo titubear.
— ¿Te acuerdas, David, cuando Sacha nos dijo que, especialmente, Kanaïev no debía saber que
ella estaba de regreso en Nueva York? Las razones que nos dio eran ineludibles... Obviamente, si
Kanaïev se entera de que había traicionado su pacto, tratarían de atacarla. Pero algo comenzó a
hacerme ruido: ¿por qué Kanaïev, que ya había tratado de eliminarte, y que era probablemente a Gary
y a Judith a quienes tenía en la mira, de repente los dejó en paz? ¿Cómo podría saber que decidieron
parar su investigación, si él no podía saber que lo habían parado al encontrar a Sacha? Sin embargo,
parecía no preocuparse demasiado... Lo he pensado mucho. Era sólo un indicio, una sombra, pero
nunca dejó de perseguirme...
Miro a David, que parece no entender de dónde vengo.
— Había decidido no molestarte con eso, antes de asegurarme. Primero quise abrirme a Judith y
obtener su opinión sobre todo esto... Después de todo, ella conoce bien a Sacha: era una de las que
mejor podían decirme si hay algo en el comportamiento de su amiga, algo que pareciera extraño o
sospechoso. Pero cuando vi a Judith, ella me dijo que su matrimonio con Gary, me pidió que fuera su
dama de honor junto con Sacha... entonces, no tuve el corazón para molestarla con eso.
Mis dos manos delgadas y frágiles, que reciben las manos fuertes, sin embargo, dulces de David.
Sumerjo mi mirada en sus grandes ojos negros bordeados de largas pestañas. Me reconforto por un
momento por su belleza, como si yo lo descubriera por primera vez. Algo en su rostro me agarró.
Entonces me di cuenta que había cambiado en las últimas semanas. Algo en su cara, en sus
expresiones, en la forma en que mira a la gente, se ablandó y se abrió. Casi parece más joven, más
sincero. Ya no era el multimillonario que conocí este verano en París: él es un hombre de casi treinta
años listo para abrazar al mundo, para amar y ser amado por encima de todo. Y, sin embargo, voy a
romper su corazón al decirle que fue engañado por uno de sus allegados.
— David... seguí a Sacha. Lo siento, pero mis dudas no me dejaron en paz.
Yo tenía que tranquilizar a mi corazón.
Buscando las palabras adecuadas, las que lo lastimen lo menos posible.
— David, tienes que saber una cosa: nunca voy a traicionarte. Siempre diré la verdad sobre mí.
Nunca tendrás que poner en duda nada sobre mí. Siempre voy a estar allí para ti.
Pero la solemnidad de mi tono sólo aumentó su preocupación: — Louisa ¿ha sucedido algo
grave?
¿Qué has descubierto de Sasha?
— Tengo la prueba de que ella nos está mintiendo, David. Desde el primer día. A penas las dejé
hace dos horas cuando se encontraba en Brighton Beach.
Discutía con un hombre en un café. Y este hombre era...
David repente palideció, y lo entendió.
— Era Igor Kanaïev, David.
Se endereza.
— ¿Cómo puedes estar tan segura, Louisa?
— ¡Porque así lo llamó delante de mí!
¡Apenas estaban a un metro de mi mesa!
Yo estaba escondida detrás de un periódico para que Sacha no me reconociera. Él la llamó
«Eleonore». Le dijo: «No me decepciones», y ella respondió: «Cuente conmigo, señor Kanaïev». No
cabe la menor duda en cuanto a la identidad de la persona con quien hablaba.
David, que había comenzado a caminar, de repente se dejó caer en el sofá.
— Está más allá de mi comprensión, Louisa. Conozco a Sacha: no hay malicia en ella. ¡Si nos
traicionó, si se confabuló con la mafia y nos lo escondió, es porque se vio obligada!
Lo abracé suavemente para calmarlo.
— Por supuesto, David. Sé que Sacha los quiere, a los tres: lo leí en sus ojos.
Pero sin importar sus motivos, nos ocultó algunas cosas...
David no me dejó terminar la frase.
—... Y esas cosas que nos ponen a todos en peligro. Entiendo, Louisa.
Tenías que decirme y ahora es mi deber confrontar a Sacha, para hacerla hablar y ver en que
desastre nos metió con sus mentiras. Solamente...
Apoyó las manos en sus sienes. Su mirada se pierde.
— ¿Y si hubiera cambiado, Louisa? ¿Y si la persona que quise encontrar y cuidar todos esos
años se ha convertido en un monstruo?
No sé qué decir. No hay nada que agregar. Por supuesto que me hago esta pregunta también. Y la
respuesta me aterroriza.
Si esta mujer traicionó a David, no se recuperará de eso y lo perderé. Lo perderé para
siempre.
12. La confrontación
— Judith, soy David... No digas nada, trata de parecer natural. ¿Está Sacha a tu lado? ¿Sí? Está
bien. ¿Estás en tu casa?
Perfecto, voy con Louisa. No te muevas de ahí. No le digas a Sacha, te lo explicaré. Y pase lo
que pase, evita que se vaya. Judith… Vigílala muy bien.
Quédate frente a Sacha. Puede ser peligrosa. Estaré allí en veinte minutos como máximo. Trata de
mantenerte natural.
David cuelga el teléfono.
— Louisa, debemos ir a la casa de Judith de inmediato. Ella puede estar en peligro.
Asiento con la cabeza y tomo mi abrigo y mi bufanda. Corrimos en un taxi y llegamos al edificio
de Judith sólo quince minutos más tarde. Ella abre la puerta con la cara crispada. Me interroga con la
mirada. Dejé que David entrara primero en su apartamento y lo seguí. Alcanzo a Judith y la llevo a la
cocina.
— Louisa, ¿qué está pasando? Estaba muy preocupada. La llamada de David...
¿Por qué me pidió ser prudente y cautelosa con Sacha?
Le susurré en voz baja: — Sacha nos mintió, Judith. Ella trabaja de la mano con Kanaïev.
Debemos permanecer aquí y dejar que David maneje esta situación.
¿Qué pasará si Sacha está armada?
¿Podría haber cambiado hasta el punto de lastimar a David? Parece teóricamente imposible... Sin
embargo...
Agarro un cuchillo de cocina y me acerco a la puerta para escuchar lo que David y Sacha dicen
en el salón. Sólo oigo voces. Cualquier cosa que pareciera anormal o alarmante, dadas las
circunstancias, aun así, decidí ir a ver.
— Judith, quédate aquí, voy a echar un vistazo.
Entro en la habitación y descubro que David está tratando de controlar a Sacha, presa de un
ataque violento de histeria. Él la sostiene firmemente mientras ella lucha y una voz suave pero firme,
trata de hacer que se calme.
— No te saldrás con la tuya, en esta ocasión. Necesitamos que nos digas la verdad, Sacha. Ya no
puedes ocultarlo.
Él gira su mirada hacia mí.
— Louisa, dile a Sacha lo que viste.
Mientras la mantiene inmóvil, le repito a Sacha lo que dije a David. Tan pronto como terminé mi
historia, comenzó a protestar.
— David, ¿de qué se trata esto? ¡Esta chica, evidentemente, está celosa de mí desde el primer
día! De lo contrario, ¿por qué habría de seguirme? Ella está tratando de confundirte para te alejes de
mí.
Esto es demasiado. Me dirijo hacia Sacha. Por poco y le doy una bofetada.
Pero me conformo con empujarla en el sofá gritando: — ¡Yo sé lo que vi!
Ahora deja de mentir y dinos finalmente la verdad. ¡Si no lo haces por ti, hazlo por lo menos por
tus amigos que sacrificaron cinco años de sus vidas a llorar por ti y buscarte!
Al escuchar mi arrebato, Judith entra en la habitación. Sacha descansa por un momento con la
mirada perdida, sin protestar ni responder. Parece que está en shock. Ella murmura, como para sí
misma: — Todo es... Todo está arruinado...
Me acerqué a David y le murmuré: — Creo que está en estado de shock.
¿Tal vez deberíamos llamarla a un médico?
Pero David se acercó a ella, se sentó a su lado y extendió su brazo, suavemente, alrededor de sus
hombros.
— Sacha, nada está en ruinas. Sólo tienes que decirnos la verdad: no hay nada más que puede
aliviarte ahora.
De repente, Sacha se puso a llorar y ya no es la mujer a quien veo, sino una niña indefensa.
— Lo siento... Lo siento, lo siento...
Ella repite esas palabras como una demente unos segundos antes de que finalmente se tranquilice.
— Yo no quiero mentirte. Yo... yo no tenía otra opción... O ¿tal vez? No sé...no sé y me duele la
cabeza.
David le pide a Judith: — ¿Tienes una aspirina, por favor?
Sacha, sintiéndose segura de que sus amigos la protegerán, retomó sus palabras: — David, te juro
que nunca fue mi intención hacerle daño a ninguno de ustedes. Pero es cierto, mentí. Igor Kanaïev
sabía que yo estaba en Nueva York. Para ser honesta, él fue quien me trajo de vuelta...
Hace una pausa.
— Hay varias cosas que ustedes ignoran acerca de Igor Kanaïev y Mark Hasting. Por ejemplo:
los dos hombres están estrechamente vinculados.
Kanaïev es el hombre de confianza de Andrei Baranov, un pretensioso businessman, en realidad,
es el jefe de una «familia» de la mafia de Europa del Este. Este Baranov, es extremadamente
poderoso...
Tiene una hermana, Olga, un poco más joven que él, que casi la repudiaba cuando ella rechazó el
matrimonio que su hermano con uno de sus socios, un pobre diablo, Eddy Hasting, porque estaba
embarazada.
Los tres escuchamos esta revelación, asombrados. ¿Así que, Marcos Hasting también está
vinculado con la mafia?
— El padre de Marc es de lo peor entre este tipo de matones sin envergadura: alcohólico,
abusivo con su esposa e hijo, se la vive navegando entre la libertad condicional y la cárcel... Pero
como ustedes saben, Marc fue más loco y más violento. No sé si él atacó a otras chicas antes que a
mí, pero sé que cuando me atacó, su tío se enteró.
Él ha tenido a bien alejarme para que el asunto no hiciera más ruido. En la mafia, hay en el
código de honor que Marc rompió al atacar a una niña. Igor Baranov le encargó a Kanaïev que me
salvara. Kanaïev se me acercó y me convenció de simular mi desaparición.
Yo estaba tan desesperada que parecía la mejor solución...
David interrumpe Sacha: — Entonces, ¿por qué mantener el contacto con este hombre? Una vez
en San Francisco, eras libre, ¿no?
Sacha esboza una leve sonrisa.
— Tú no entiendes, David. ¡Igor Kanaïev me salvó! No sólo me alejó de Hasting: también se hizo
cargo de mí. Él me envió dinero, me visitó de vez en cuando... Por supuesto, seguí teniendo miedo de
él, pero también empecé, paradójicamente, a abrirme a él, para relajarme. ¡Él era la única persona en
el mundo que conocía mi verdadera identidad! Yo confiaba en él... yo le otorgué mi confianza...
¿Qué podía hacer, por sí sola, con sólo quince años de edad?
David interrumpe a su amiga.
— No se trata de confianza, Sacha, se trata de la influencia. Este hombre abusó de tu posición de
debilidad. ¿Conoces el síndrome de Estocolmo?
Sacha negó con la cabeza. Para mí, la palabra me dice algo — es un trastorno psicológico grave
que he escuchado – pero no puedo recordar su naturaleza.
David explica: — Se trata de un síndrome muy común en víctimas de asalto. El verdugo los
vuelve en otra realidad, donde se convierte en el centro de su universo.
Básicamente, los lastima, pero luego los cuida, por lo que las víctimas sienten que tienen una
forma de amor por su torturador. Es el único responsable de sus problemas, pero también es el único
que los alivia.
— ¡Pero mi verdugo no es Kanaïev!
¡Es Hasting!
— Eso es lo que el síndrome de Estocolmo te lleva a creer, Sacha. Pero, ¿quién te alejó de tus
seres queridos?
¿Quién confiscó tu vida? Si la mafia tuvo como objetivo, el protegerte, fue hacia Hasting sobre
quien intervino y no sobre ti. Ahí, eres tú la víctima y eres tu quien los protege a todos. ¡Además, aún
encuentran una manera de hacer que se sientas en deuda ante ellos!
Sacha gimió, frotándose la cabeza.
Parece que las palabras de David la están haciendo sufriendo físicamente.
— No es tan sencillo, David...
La siento afectada por un conflicto interno terrible y creo que empiezo a ver lo que la tortura en
este punto. Todos estos años se aisló por su terrible secreto, Kanaïev era el único que realmente
sabía. Se ha convertido, ante sus ojos, en una especie de figura paterna.
Ahora Judith se sienta junto a su amiga y la abraza también.
— ¿Por qué Kanaïev te pidió que resurgieras en nuestras vidas?
Sacha se queda mirando fijamente delante de ella.
— Es por el atentado... Desde el fracaso del atentado... Él quería que yo regresara a Nueva York
para que ustedes dejaran de investigar mi desaparición.
Estaban acercándose peligrosamente a la verdad. También me pidió que me asegurara de obtener
la única pieza de evidencia que nos vinculaba a mí y a Hasting: mi diario. Louisa, evidentemente,
tuvo la idea de hacer uno falso para la policía, pero no fue suficiente para Igor: él quería que yo
destruyera el original. Tenía la intención de hacerlo, le aseguré obedecerle...
Pero, al mismo tiempo, mentirles a todos era una verdadera tortura...
Sacha repente pone sus ojos grandes y translúcidos en mí.
— Lo mismo contigo, Louisa. ¡Has sido tan buena conmigo, tan amable!
No has intentando interponerte entre David y yo, me presentaste a Chloe y a María...¡yo quería
que nos convertimos en amigas!
Sacha empezó a llorar más fuerte.
Estoy muy conmovida por sus palabras, la siento sincera. David y Judith parecen demasiado
convencidos de su buena fe, ya que la abrazan con mucha fuerza.
— No te preocupes Sacha, todo volverá a la normalidad...
David deja a Sacha sollozando en los brazos de Judith. Él me lleva a la cocina y me pregunta: —
¿Qué piensas, tu, de su historia?
— No sé por qué, pero estoy seguro de que ella está diciendo la verdad esta vez.
La frente de David se frunce.
— Sí, yo también lo creo, pero no niego saber cómo reaccionar. Debería culparla y no puedo.
Comenté: — Hay que decir que con todo lo que tuvo que pasar, la pobre...
¡Y esta historia de síndrome de Estocolmo, es horrible!
David se oscurece más: — Sí, es necesario sacarla de allí.
Debe estar libre de una vez por todas de este ambiente negativo y de la influencia que tiene en
ella.
— Estoy de acuerdo, pero ¿cómo ayudarla?
— Con todo lo que ha vivido, creo que sólo la terapia puede hacer que se reconstruya para
diferenciar lo bueno de lo malo o el amor del abuso.
— Además, es necesario que Kanaïev la deje en paz...
David camina hacia la ventana de la cocina y mira.
— De esto, Louisa, yo me encargo.
Voy a deshacerme de ese desgraciado, definitivamente.
13. Malas compañías
Ya pronto serán cuarenta horas de que no hemos oído hablar de David. Él podría bien haberme
advertido que no intentaría ponerse en contacto conmigo antes de ponerse fuera de peligro de
Kanaïev, estoy terriblemente preocupada.
«Tienes que prometerme que te quedarás a salvo, Louisa: No puedo ocuparme de Kanaïev si
todos mis pensamientos se dirigen hacia ti.»
Él me dejó antier por la noche en casa de Judith después de pedirle a Gary que velara por
nosotros tres.
«Si todo va según lo previsto, debería volver pasado mañana, mi corazón. Ten paciencia y
ánimo: todo va a estar bien.»
Me siento como un león enjaulado.
Me estoy volviendo loca, podría romper todo. ¿Quién sabrá si algo le pasaba a David? Está allí
fuera, solo, tratando de enfrentar a criminales peligrosos, sin que nadie le ayude... No debí dejarlo ir.
Sacha también está muerta de ansiedad. Teme por su amigo. Comienza a darse cuenta de que ella
era en realidad manipulada por Baranov, Kanaïev y toda la pandilla.
— Cuando pienso que les mentí a todos ustedes, ¡después de todo lo que han hecho por mí!
La culpa la roe.
— Si alguna desgracia le pasa a David por mi culpa...
Casi quería decirle que lo debió haber pensado antes, pero sé que no tendría sentido. Después de
algunas horas pasadas en el mismo apartamento, sin tomar aire aire, lo normal es que los ánimos se
caldeen. Sin embargo, lo último que necesitamos en este momento, es una disputa.
¡Oh, al menos si David había hubiera accedido a explicarme sus proyectos!
Así, al menos podría imaginar lo que está haciendo y me tranquilizaría.
¡Yo sabría dónde está y podría ir con Gary a encontrarlo si no vuelve! Pero la única cosa que sé
es que él vería a Kanaïev dado que Sacha le pidió que hiciera una cita. La reunión iba a tener lugar
ayer por la tarde. ¡Y desde entonces, nada!
Probablemente debería llamar a la policía...
De repente sonó el timbre. Gary da volteretas fuera de la cocina, Sacha y Judith saltaron y yo
corrí hacia la puerta, con el corazón palpitante. Recordando in extremis instrucciones de David, miro
por la mirilla antes de abrir.
— ¡David!
Abrí la puerta y me lancé a sus brazos. Él me levantó y me hizo volar por los aires mientras
cubría su cara de besos.
— David, oh David... Está aquí...
Presionándome contra él, se divierte con mi reacción.
— Supongo que debería jugar más a menudo al enmascarado de la justicia: parece atraer a las
niñas.
Sin bajarme al suelo, entramos al apartamento. Me niego a soltarle, pero debo resignarme ya que
los otros tres están acudiendo en masa hacia nosotros preguntando: — ¿Y? ¿Qué ha sucedido, David?
— Les contaré todo, pero amigos, déjenme respirar primero. Oye, Gary, hazme un café, lo
necesito: No dormí anoche y me pasé el día en la policía...
Nosotros exclamamos a coro: — ¿En la policía?
— Sí, tuve que firmar una declaración... La buena noticia es que Kanaïev ahora está fuera de
peligro.
David camina hacia el sofá y comenzó su historia: — Ayer acudí a la cita que Sacha había
arreglado entre Kanaïev y yo. Me insistió en que la reunión tuviera lugar en un fast food de Times
Square: este tipo de lugares está lleno de cámaras y todo el tiempo está lleno de gente. Ahí, estaba
seguro de que no intentaría Kanaïev algo contra mí. Puesto que él esperaba encontrar a Sacha,
parecía muy molesto al ver que yo iba en su lugar.
«¡David Fulton, que sorpresa! Me esperaba todo, excepto a usted entrar.
¿Supongo que la pequeña «Eleonore» finalmente soltó la sopa? Lo admito, no me lo esperaba:
nos habíamos convertido en buenos amigos, ella y yo.»
Yo repliqué: «¿Buenos amigos? La usaste para llegar a su séquito, usó su fragilidad y aislamiento
para manipularla. Pero se acabó: Sacha está de vuelta entre nosotros y no le podrán hacer más daño,
ni usted o ni sus jefes.
— Sin embargo, tenemos los medios para mostrarnos... convincentes, cuando sea necesario.»
Me incliné hacia él y le advertí: «No juegues conmigo, Kanaïev. Yo también puedo ser muy
persuasivo... a mí modo.»
Kanaïev me miró, divertido. Pero cambió su gesto cuando agregué: «Todavía tengo el periódico,
Igor. El verdadero, el original, en poder de Sacha, el que menciona tú nombre y el de Marc Hasting.»
Igor negó con la cabeza: «Pobre Marc... Trágico, ¿no? ¿Lo que le sucedió?
¿Debe estar muy bien informado? Es una pena que no esté aquí. A la vez, me da un poco de
consuelo a mí y a mis... empleadores.»
El tono de Kanaïev se volvió amenazante: «La ventaja con los muertos, David, es que no pueden
hablar. No lo olvides.»
Sin quitarle la vista, le sonreí: «Qué lástima que este periódico, que no ha hecho, más que
vincularle con los vivos, ahora pueda vincularlo a un cadáver, ¿no le parece?»
Entonces me levanté y, antes de salir, le puse todos los puntos sobre las «i»
«Si aún está tratando de acercarse a mis amigos, iré a la policía y les daré el periódico. Dudo
que eso les encante a sus «empleadores», como usted los llama... Y dudo también, que decidan no
eliminarlo; queda el asesinato sin resolver de Hastings. Usted está arruinado Kanaïev, no tiene más
remedio que dejarnos en paz.»
Luego me fui a casa como si nada hubiera pasado. Yo seguí con lo mío antes de ir a la cama.
Pero, por supuesto, ¡la respuesta de Kanaïev no se hizo esperar! Dos horas después de que apagara
las luces, el matón entró en mi casa armado, decidido a recuperar la prueba. Excepto que no se
esperaba que ¡todo esto fuera una trampa diseñada para atraparlo en el acto! La policía, liderada por
el inspector Stinson y oculta durante horas en el penthouse, lo atraparon.
«Pero, ¿qué tenemos aquí? ¿No es éste el infame Igor Kanaïev, armado con un 0,32 mm con
silenciador?»
Stinson confiscó el arma e hizo enviar el paquete al servicio para examen balístico. Se dio gusto
al esposar a Kanaïev antes de darme las gracias por mi ayuda: «Con lo que tenemos sobre él,
podremos, en gran medida, ejercer presión sobre él para equilibrar los miembros de su pandilla. Una
violación flagrante, una pistola con un silenciador sólo tiene la intención de asesinato, el diario que
lo relaciona a un pedófilo misteriosamente asesinado... Además, Hasting fue baleado con una 0.32
mm.
Pongo las manos al fuego si balística no me llama en los próximos días para confirmar que es la
misma arma como la que encontramos esta noche a Kanaïev.»
Escuchamos la historia de David con los ojos bien abiertos. Por lo tanto, ¿todo está bien y ha
terminado finalmente? Kanaïev tras las rejas, la muerte Hasting, Stinson obtuvo lo que quiere y se
cierra el caso... lo digo tan fácil que no creo: — Tú... ¿quieres decir que somos completamente
libres? ¿Liberados nuestros secretos y en completa seguridad?
David me da una sonrisa radiante que bien valen todas las confirmaciones del mundo. Me lancé a
sus brazos mientras que Gary abraza a Judith y luego a su hermana. David aprovechó la oportunidad
para susurrarme: — Ahora nada impide nuestra felicidad, Louisa. Por fin seremos felices, viviremos
como la gente normal...
— Oh, David... ¿No te aburrirás, viviendo una vida normal?
— No, porque todavía te tengo a ti, Louisa. Nuestro amor es todo menos ordinario. Esa es la
única adrenalina que necesito.
Estoy tan feliz de que yo quiero bailar, cantar y gritar mi alegría. No es sólo el hecho de que
somos libres del pasado... Es también el saber que ya no tengo que temer del futuro. Con Kanaïev
tras las rejas, se acabaron las noches de ansiedad temiendo por la vida del hombre que amo.
¡Nadie me puede quitar a David! ¡El alivio que siento es increíble! Sacha tampoco lo puede creer. A
penas y puede expresar su emoción, por lo confundida que se encuentra. Para ella, significa el fin de
ocultarse.
Judith, siempre dispuesta a animar, sugiere: — Esto hay que celebrarlo. Ahora los cinco. Por mi
parte, voy a comprar champán. Cantidades irrazonables de champán.
Gary dice: — Espera, te acompaño.
David, a pesar de la fatiga, propone ponerse a cocinar.
— Louisa será mi sub-chef, ¡vamos a cocinarles pasta! A ver que les parece.
Judith, poniendo mala cara: — ¿Pasta? Es un poco triste, no…¿algo para un festejo?
David fingió estar ofendido.
— Tu escepticismo me duele, pareces olvidar la sangre italiana que corre por mis venas. Será
mucho más que pasta, te lo prometo, ¡será una obra de arte, mis queridos amigos!
Sasha se echó a reír, alegre: — Bueno. Como no sirvo para nada en la cocina, me propongo ser
la DJ de esta velada improvisada. Y les advierto, ¡vamos a bailar!
Todo el mundo se alista y prepara lo suyo. Judith y Gary se apresuran a volver con el champán,
que nos sirven generosamente, mientras que con David, nosotros pelamos, cortamos, freímos para
preparar una salsa casera. Sacha tamiza el área de iluminación y monto una mesa rodeada de
hermosas luces de Navidad. Las velas parpadean y armonizan con su suave luz. El olor de la cocina
llena el apartamento y abre el apetito. El champán se nos sube a la cabeza, nos reímos... Más que un
grupo de amigos que preparan la cena, nos vemos como una familia real. De hecho, Judith me apretó
de los hombros y me dice: — Louisa... Mi hermanita de corazón...estoy feliz de que la banda se haya
reunido por fin, como lo había esperado todos estos años. Pero también estoy contenta de que hayas
entrado en nuestras vidas.
Cuando pasamos a la mesa, notas de bossa nova revolotean en la sala. El ambiente está muy
animado. Las conversaciones se funden en un lío alegre. Y
alguien pregunta: — ¿Por qué brindamos? ¿Por el fin de Kanaïev?
Yo respondo: — ¡Oh! No, olvida por completo la existencia de este monstruo.
David añade: — Louisa tiene razón: eso ya quedó atrás, nos comportamos como individuos
comunes y corrientes que levantan sus copas a los placeres ordinarios...
Sacha sonríe: — En este caso, propongo un brindis ¡por Judith y Gary y su compromiso!
Yo grito: — ¡Sí! ¡Todavía no celebramos este evento!
Levanto mi copa: — Por ambos.
David hace lo mismo y clama: — ¡Por el amor!
La pareja comparte una mirada tierna. Gary se inclina para besar a su novia que le pregunta, antes
de llegar a sus labios: — ¿Sin arrepentimiento?
Ella le sonrió.
— Tonto... Bésame...
Y sus bocas se unen en un trueno de aplausos.
A medida que la noche avanza, por primera vez en años, toda la banda está autorizada a hacer
planes para el futuro.
Judith y Gary soñando con su boda; David y yo nuestras próximas vacaciones... Y ¿Sacha, a todo
esto?
Como lo señaló su hermano: — Tú ya no tendrás que esconderte más: serás capaz de reanudar tu
verdadera identidad.
David la parodia: — ¡Y deja el peróxido en la cabeza!
Francamente, ese pelo, ¡qué idea...!
Haciendo melindres, Sacha pregunta: — ¿No te gusta?
— Vaya. Ya sabes, yo, las californianas...
O sea, no me gusta el juego de Sacha.
Entonces, hago que se sienta: — Sí, a David le gustan especialmente las francesas... Morenas de
preferencia.
Sacha saca las garras: — Escucho la sabiduría popular que dice que los hombres las prefieren
rubias. Así que tengo la intención de permanecer así por un tiempo.
Que mejor. Siempre y cuando tu objetivo no sea agradar a David, por mí parte, está bien.
— Y de todos modos, no estoy segura de estar lista para regresar a ser Sacha Stewart.
Esta declaración nos sorprendió a todos y es palpable, Gary la enfrenta. Le pregunta a su
hermana: — ¿Por qué no?
Sacha pone una mano en su brazo.
— Oh, ¡no te molestes! No es en contra de la familia que somos, tú y yo...
Es que me di a conocer como diseñadora con el nombre de Eleonore Clark y acabo
de
firmar
un
contrato
con
María
Valtunez
bajo
esta
identidad...imagínense cómo reaccionaría mi nueva jefa si se enterara de que, desde el principio,
¿la engañé?
— Sin duda, entendería tus motivos, si le explicas.
— ¡Y me haría pasar por el departamento psicológico! ¿No hablas en serio, Gary?
Judith trata de tranquilizar a su amiga: — No tiene que avergonzarse de tu pasado, Sacha. Y tú no
eres responsable de lo que te pasó. Sí, tu vida era difícil, terriblemente difícil... Pero, lo que te hizo
Hasting no es tu culpa.
Las pupilas de Sacha se dilatan.
Creemos que esta conversación la pone en un profundo estado de pánico.
— ¡Oh, por favor, júrenme los cuatro no le dirán nada a María! ¡Que aún guardarán mi verdadera
identidad en secreto por un tiempo más! Yo no quiero que se imagine cosas sobre mí... Su opinión
importa mucho para mí. ¿No podría permanecer así, aunque sea por seis meses más, Eleanor Clark
Judith, la prima de Judith?
Gary frunció el ceño.
— Y yo qué, ¿me quedo huérfano de hermana?
Sacha se dirige a su gemelo: — Esto sin duda no es un nombre que va a cambiar nada en nuestro
vínculo.
Nada puede alterar eso. ¡Estamos hablando de mi carrera! ¡De mi vida!
Murmura Gary, molesto por la elección de su hermana. Me niego que el estado de ánimo se
oscurezca esta noche. Después de todo, ¡es tiempo de fiesta!
Sutilmente redirigí la discusión hacia el matrimonio para animar a todos.
De repente me tomo muy a pecho el papel de dama de honor hablando de flores, banquete,
iglesia... Sacha sigue mi rol y entra en mi monólogo para discutir conmigo del mejor lugar de la
recepción para tal evento. Imaginamos a Judith en una boda campestre. Nos imaginamos vestidas a
los años 20’s en una playa de Hamptons. Soñamos con una ceremonia en un palacio, Judith vestida
como una princesa... Ella se burla de nosotros: — ¡Chicas, chicas, cálmense por fin!
Es demasiado pronto para pensar en todo. Para ser honesta, no hay ni siquiera el anillo...
Gary finalmente sonrió.
— Ya que lo mencionas...
Saca del bolsillo interior de su chaqueta una cajita.
— Pude haber esperado para dártelo, a que estuviéramos en un gran restaurante o un fin de
semana en un lugar romántico, pero me dije que ningún lugar valdría la pena como: la intimidad de tu
apartamento rodeados de nuestros más queridos amigos...
Judith, sacudiendo ligeramente la mano, tomó el joyero: — Tienes razón, Gary. Para mí, la única
cosa que importa es estar con la gente que quiero...
Su mirada cae sobre Sacha.
—... Y nunca perderlos.
Ella abre la caja de cuero beige y lanza un grito de sorpresa.
— Gary, ¿cómo? ¿Cómo has...?
Las lágrimas corrían por sus mejillas súbitamente a medida que pasa el anillo en su dedo. Ella no
puede pronunciar una palabra por la emoción que la embarga. Miro el anillo, tratando de entender la
fuerza de su reacción: es una joya de Art-Déco en oro blanco, en el centro con un diamante en forma
de patrón geométrico conjunto con diminutos chips de diamante. Judith lo contempla, asombrada.
Ella trata de recuperar el uso de la palabra: — Gary es...
es increíble.... Oh, Louisa, ¡si supieras! Mi madre... Mi madre tenía el mismo anillo... Recuerdo
pasar horas mirándolo y soñando, siendo niña, cuando tocaba el piano en el salón de nuestro
apartamento, sus largos y delgados dedos virtuosos... Eso fue antes de que el cáncer le ganara la
batalla.
Judith, suspira.
— Fue enterrada con este anillo. Mi padre...
Judith agarra la mano de su futuro esposo.
— Mi padre no pudo soportar la muerte de su esposa. Se hundió en el alcohol. Los servicios
sociales lo declararon incapaz de cuidar de mí. Yo era tan pequeña entonces... Luego desapareció.
Todo lo que me queda de mis padres, es un par de recuerdos y fotografías donde se les ve jóvenes y
felices.
Estoy terriblemente conmovida por la historia de Judith. Nunca me había atrevido a preguntarle
en qué circunstancias se encontró en el orfanato. De Gary y Sacha, lo sé, David me explicó que
fueron arrancados de sus adictos padres cuando tenían cuatro años. Pero el drama íntimo de Judith,
yo no sabía nada hasta ahora. Miro a Gary, un hombre de clara belleza eslava, sombrío y duro a la
vez. ¿Quién hubiera creído capaz de un gesto tan increíblemente romántico? Yo le pregunto: —
¿Cómo hiciste, Gary? Para encontrar el anillo.
Añado, cómplice, a su oído: — Es maravilloso lo que has hecho por ella.
Gary sonrió, orgulloso como un pavo real y feliz de ver a su prometida plena: — Muchas veces
había visto el anillo en las fotografías que Judith me mostró al orfanato. Yo no había prestado mucha
atención más que esa, hace unos años, cuando me encontré con el mismo modelo en una tienda de
antigüedades en Estambul, volvió a mi memoria.
Los ojos de Judith se ensanchan repente: — ¿Compraste este anillo en Turquía?
¡Pero tú no has estado allí en, al menos cinco años!
Gary repente parecía un poco avergonzado. Se sonrojó un poco, que me parece precioso.
— Sí, lo sé... Pero cuando lo vi, me dije... Bueno, tú estabas con ese jugador de béisbol en aquel
momento, y te juro que nunca pensé que un día tu y yo...
Pero quizás, después de todo, tenía la vaga esperanza...
Judith sonrió para ocultar su emoción: — ¿Quiere decir que lo guardaste todos estos años
pensando en mí?
Gary se sonrojó aún más. Pero entonces Judith puso sus brazos alrededor de él y le dijo: — ¡Oye,
no tienes de que estar avergonzado! Yo también, todo este tiempo, no he perdido la esperanza.
Continué rezando para que un día me convirtieras en la señora Judith Stewart.
Durante toda la comida, el amor se ha mantenido en el centro de nuestras conversaciones —
sobre todo después de la secuencia de emoción que hemos ofrecido del futuro Sr. y Sra. Stewart. El
amor y la organización del matrimonio.
Sacha dice, empujando su plato vacío: — Bueno, ahora que la cuestión de las damas de honor de
atuendo está resuelto, me gustaría hablar de mi futuro caballero por favor. Eso sí: después de todo,
Louisa tendrá a David en el brazo.
Y yo...
Pero que sucede... ¿celosa, Sacha?
— ¡En el momento en que mi mejor amigo está en una relación, donde mi mejor amiga desposa a
mi hermano que debo pensar seriamente con encontrar a alguien!
¡Eso, no me parece mal, de hecho!
Sobre todo porque, tal vez yo soñé, pero me pareció que al decir esto se hundió una mirada
lánguida en la dirección de mi David. Todavía le falta el aire, ¡que uno! Después de todo, como ella
lo dijo hace dos días, sin mí, nunca hubiera conocido a Maria Valtunez y nunca hubiera tenido la
oportunidad de pasar seis meses más en Nueva York.
Evidentemente si: otra vez fuiste demasiado agradable y te cayó encima.
Sacha quiere, como ella dice, permanecer en Nueva York para estar cerca de su hermano y
aprender junto a María, o ¿tiene un buen uso de los próximos meses para presentarse a la boda de
Gary y Judith en los brazos de David? Algo me dice que incluso si Kanaïev está ahora tras las rejas,
todavía hay personas cuyos objetivos son echar a perder mí existencia...
14. It Girls
Varias semanas han pasado desde la detención de Kanaïev y creo que puedo decir que fueron las
más felices de mi vida. Hubo un momento en que la banalidad de mi existencia me puso mal humor...
Eso fue antes de saber las alegrías del amor verdadero.
Dado que todo ha vuelto a la normalidad en Manhattan, a menudo pienso en aquella Louisa de
Mars de París, este joven frágil oculta detrás de su pelo largo, para no hacerse notar. En mí hervía un
alma romántica, sedienta del absoluto. Esta sed se ha apagado con la llegada de David en mi vida.
Vacaciones de Navidad se acercan rápidamente: en una semana voy a estar bajo el sol de las
Maldivas. Mi padre estaba un poco decepcionado cuando le dije que no iría para la temporada de
vacaciones, pero mi madre intercedió por mí. «¡Mira, Jean–Pierre, no eres el único hombre en la
vida de tu niña, tienes que aceptarlo!» Por Skype, me pidió ser feliz: «Este David parece volcar tu
corazón y eso es lo único que me importa. Ya nos veremos en primavera, no pasa nada.»
Durante esta semana de vacaciones, el manuscrito de David finalmente se está imprimiendo.
Quiso posponer el lanzamiento de su libro para cambiar algunos detalles de forma secreta.
¡Cuánto misterio! Pero este tipo de secretismo no me molesta. Nada me molesta.
En las Maldivas, tendremos cinco días para descansar antes de la fanfarria del lanzamiento de la
novela.
¿Descansar? En realidad, no: yo empiezo a conocer los días de fiesta con David. Siempre son
muy... físicos — para mi gusto. Imagino su piel descubierta, mojado con gotas de agua al salir de la
piscina con vista al mar, con el pelo negro mojado, peinado hacia atrás, dándole la apariencia de un
actor de la época dorada de Hollywood, sus músculos aún tensos por el esfuerzo de nadar.
¡Oh! No es necesario que lo piense demasiado, de lo contrario me pondré escarlata en pleno
auditorio. Me pregunto si él también me imagina a mí... imaginarnos... haciéndolo...
Bueno... Este hombre puede apenas pasar más de una hora a tu lado sin que se rompa las
ropas. ¿En qué crees que piensa cuando no estás allí?
Esto aumenta mi trastorno. Es más fuerte que yo, saqué mi portátil que escondo debajo de la
mesa, y le envié: [Estoy pensando en ti, en nuestras futuras vacaciones. ¿No temes que nos
aburramos, solos en un archipiélago?
¿Crees tu que encontraremos con que llenar el tiempo?]
Creo que él me conoce lo suficientemente bien como para adivinar lo que estoy soñando
despierta en lugar de tomar notas... Además, su respuesta fue inmediata.
[No empieces, jovencita.]
Al momento, respondí: [¿Empezar qué?]
Casi al instante, recibí un: [Para guiar mis pensamientos hacia todas esas horas me contemplaré
tu bello cuerpo. Estoy en una reunión con mi editor: no puedo darme el lujo de tener pensamientos
impuros].
No puedo resistir la tentación de preguntarle: [Impuros... ¿Cómo?]
Él esquiva: [Tú no pierdes nada por la espera.
Mi reunión termina alrededor de una hora. ¿A qué hora es tu última clase?]
¡Ah caray, no estaré libre en una hora!
[Él termina en veinte minutos, pero lamentablemente no estaré disponible de inmediato, primero
debo tomar una copa con tu primo.]
La respuesta de David no llega. ¿Está molesto? Sin embargo, en este tiempo sólo he cruzado
algunas palabras con Sandro y se ha comportado conmigo como un amigo de verdad, no como...
... como un enfermo de amor.
Rechazo esta idea tan desagradable.
Hace ya algún tiempo que sospecho que Sandro está enamorado de mí.
Primero tuvo su actitud ambivalente en la velada con él y su manera de cambiar el estilo de mi
pelo felicitándome cuando nos acercamos a ver Sabrina al cine...
Pero desde aquella famosa noche en que no ha habido ningún nuevo gesto de ternura o de trato
cariñoso. Tal vez me estoy haciendo ideas. O este enamoramiento ya se le ha pasado. Espero que sí,
porque realmente me puso en una situación incómoda. Ahora que no tengo absolutamente todo para
ser feliz, no quiero este tipo de tonterías vengan a oscurecer mi felicidad.
Todo para ser feliz, ¿en serio? Bueno, no exactamente... Pero supongo que es la naturaleza
humana nunca estar plenamente satisfecho con su suerte. La gran noticia es que después de su
acusación por asesinato, Kanaïev dio suficientes pruebas a la policía para que toda su pandilla
cayera. Entonces, no tenemos nada que temer de ese lado. Sin embargo, eso no nos impidió tener
nuestros pequeños problemas... Judith con elestrés a muerte pot la boda, no puede decidirse. ¿Una
pequeña ceremonia reducida a los familiares, unicamente? ¿Una gran recepción con todos sus
clientes? La primera opción la tienda, la segunda parece necesario a fin de no ofender a su gran
libreta de direcciones. Trato de convencerla – Gary me sigue por detrás diciendo — que debe seguir
sus deseos. Después de todo, es su gran día. Pero su jefe no deja de ejercer presión sobre ella: habla
de esta unión la oficina entera, ¡parece que en sus ojos se trata de un acto promocional organizado
por la agencia!
Arreglos florales, chocolates, globos y tarjetas de felicitaciones diversas invaden la oficina de
Judith. ¿Cómo dejar de lado toda esta gente sin que ellos se den cuenta?
Mi papel de dama de honor me lleva a cruzar a menudo a Sacha, que no es para alegrarse. ¡Ya
está bastante presente de esa manera! Desde que ella tiene su propio apartamento, David y Gary
siempre están invadiéndolo al mínimo partido de baloncesto o fútbol.
Beben cerveza, comen hot–dogs... Como tiene costumbre Mary de repetir entre dos sesiones de
arrullo con Dan: «Cuidado con las mujeres hermosas que tienen una pasión por el deporte.
Ninguna chica con más de 1,10 m de piernas están sinceramente interesadas en el fútbol, que es
sólo una manera de atraer a los chicos.» En este punto, he afirmado que conocía a muchas chicas en
París que no escupían en un partido de vez en cuando, pero pensaban que no contaba porque se trata
de mujeres francesas. «Lo que digo aquí, sólo se aplica a los Estados Unidos, Louisa. En casa, esta
duplicidad comienza desde la escuela secundaria, donde sólo las porristas son muy bien vistas por
todos.» Digamos que ella tiene razón...
Sería molesto, pero después de todo, no me importa la necesidad patológica de Sacha para atraer
a todos aquellos que se le acercan: David es mío y sólo mío.
Sacha puede ejercer su poder sobre el resto de Manhattan.
De hecho, no se priva de hacerlo.
Desde que trabaja para la casa Maria Valtunez, la ciudad sólo tiene ojos para ella. Chloe no la
deja ni un centímetro y se la lleva en todas las reuniones sociales. Parece que la Barbie Morena ha
encontrado una rubia platino doble.
Vagan por la alfombra roja del centro en vestidos Valtunez y los periodistas de moda o de people
las han hecho sus nuevos amores, encabezado por John Doe. No deja de publicar entradas alardeando
su estilo, la apariencia de Eleonore Clark, la nuevo it girl que ha sido sensación. Hay que decir que
Eleonore es casi una celebridad: María, viendo como el auge de su protegida se incrementa, la hace
elegra como la nueva cara de la casa. Sacha modelará para ella este verano. Mientras tanto, ella fue
elegida para ser el rostro de la nueva fragancia de la garra, «Savage».
La campaña de publicidad de carteles, donde vemos a Sacha fotografiada con los ojos blancos y
negros, claros rodeados de kohl, las comisuras de su boca con un toque feroz y grande, ondeando al
viento, con el lema: «¿Qué darías por ser libre?» ¡Si la gente supiera a qué punto Sacha es una
verdadera demente! Su pasado no la suelta.
Aún no se ha atrevido a revelarse ante su séquito y sigue viviendo una mentira. No entiendo cómo
se puede soportar tal duplicidad. Admito que no me ayuda para tener una mejor idea de ella. Sin este
disimulo constante, creo que tendría más confianza... La preocupación es que eso, no puedo
explicárselo a Mary: Yo también tengo que respetar su secreto. Y abrir esta enemistad con las
personas con quienes nos asociamos Sacha y yo no creo que sea una buena idea. Oh, se lo platiqué a
Barbara, en una de las interminables sesiones de Skype que a veces nos hacemos entre Nueva York y
París, pero Barbara no sabe lo de Sacha, así que es más difícil ser objetiva. Así que soporto
estoicamente. ¡Si al menos Chloe y ella no fueran como uña y carne! Sobre todo porque todavía no he
olvidado mis sospechas acerca de Chloe Armant: incluso si John Doe me avienta el ramo — y otra
vez, todo es relativo: cuídame si doy un paso en falso — estoy segura de que era ella quien ayudó a
lanzar al blogger todos los falsos rumores que han circulado acerca de mí, en septiembre.
Aquí, por fin, la respuesta de David llega y arranca de mi mente todas esas reflexiones: [Que te
diviertas con Sandro, aunque espero que pronto estarás libre, te voy a esperar en casa. Te echo
terriblemente de menos. Cada minuto en tu ausencia es como una muerte lenta suavizada por los
pensamientos que tengo de tí.]
Por último, la campana que anuncia el final del curso, suena.
Llego a Fusión, el nuevo bar de moda donde Sandro me dio cita. En la entrada, un portero al que
le gusta molestar a todo el mundo. Maldita sea, no me gusta esos momentos: me va a negar el acceso
y pondré mi cara de palo junto con toda la gente que está esperando entrar. Tendré que llamar a
Sandro para decirle que nos encontremos en otro lugar...
Bueno, ¡no falló! Me encuentro a cincuenta metros de la puerta, escondida detrás de una multitud
que el fisicoculturista portero me refiere vigilante en la multitud. El mastín se acercó a mí... Voy a
ser detectada de ahí en cinco segundos... El me hizo señas para que saliera de la fila y lo siguiera.
Obedecí, avergonzada, y lo alcancé. Me lleva al cable de entrada y agarra mi muñeca. Aturdida,
veo mi mano y en ella el sello de «Fusion VIP».
— Buenas noches, señorita Mars, él me desea con un movimiento de cabeza.
— Co... ¿cómo sabes mi nombre?
— Es mi trabajo saber la gente que importa en esta ciudad.
¿Las personas que importan? ¿Qué significa eso? Todo el mundo me vio como diciendo: «Allí va
la zorrita que se acuesta con el famoso escritor», como John Doe escribió en su blog.
Mientras le cuento mi historia a Sandro sobre lo que sucedió en la entrada, se ríe: — Esa es toda
tú, Louisa: te hacen sentir que eres una celebridad y lo tomas como un insulto... Tú y David están en
realidad hechos el uno para el otro.
— Perdona, pero yo no creo que sea muy halagador ser conocida por mi vida privada...
Sandro suspira: — ¿Todavía no ha descubierto cómo funciona, eh? La reacción del portero no
tiene nada que ver con su relación con David Fulton.
Tienes el rostro de una actriz, el aspecto de una modelo, la gracia de una bailarina. Fuiste el
costo de un famoso blogger que transmitió sus escapadas.
Manhattan está muy interesado en los escándalos y le ofrecieron uno. Aquí eres impulsada a la
parte delantera del escenario...
— ¿Crees que soy escandalosa?
Sandro tiene una sonrisa tierna.
— Creo que eres dulce e inocente. Eso es lo que lo hace tan atractivo para todos. Ignoras el
propósito de este universo despiadado hecho de herederos y estrellitas. Es su ingenio, y no tú, lo que
es un escándalo.
Sandro toma un sorbo de su vaso de whisky de cuatrocientos dólares.
— Esto se debe a que David sabía que todo esto pasaría por lo que estaba tan enojado que
hubieras sido señalada en el baile de la condesa de Valette.
Sabía que tan pronto como tuvieras tus inicios, el mundo ya no te dejaría ir. Te quería para él
solo.
— Yo también hubiera preferido no ser notado de esa manera...
Sandro me dio su copa para que la probara. ¡Hay que reconocer que es delicioso! El líquido de
color ámbar con olores fuego de chimenea con tantos matices, una vez en la lengua. Mientras disfruto
esto, Sandro continúa su perorata.
— Por mi parte, me alegro de que todo el universo esté abriendo gradualmente sus ojos en ti,
Louisa Mars. Espero que te de un poco más de confianza en tus capacidades. Basta con que uno se
atreva a brillar para que finalmente lo hagamos como una estrella.
— ¿Una estrella de qué? Es como si fuera conocida por algo más que por mis vestidos y mis
«travesuras», como tú los llamas. ¿Me puedes decir cómo estoy brillando, con un currículum tan
pobre?
Sandro me mira con asombro: — Discúlpame, yo entiendo que tu también escribías, y hasta
tenías una historia que era publicada en The Village Voice hace quince días.
Sí, eso también es la gran novedad de mi perfecta vida.
Sandro continúa en una forma sarcástica: — Perdóname, he tenido problemas para captar: es
cierto que la ficción es el coto de mi primo...
Su comentario me deja un sabor amargo en la boca. Odio el cinismo de Sandro, especialmente
cuando David es... ¡quien me apoya y me anima en todo lo que hago! Sandro puede hablar de lo que
escribo, pero sólo David tenía un vistazo rápido antes de que Village decidiera involucrarme. Fue a
su lado donde encontré el coraje y la energía para abrir mi computadora y crear yo misma.
Sandro se pasó realmente del límite. ¿Por qué molestarme en decírselo? Yo no tengo que
justificarme ante él o tratar de legitimar ante sus ojos mi pareja o mis ambiciones. Me molesto por un
momento. Sandro se siente obligado a romper el silencio entre nosotros, pero por desgracia, sólo
aumenta mi molestia: — Louisa, no seas tan pesimista por favor... OK, yo sé que una historia nueva
en Village, no es gran cosa en comparación con el éxito de David, pero...
Esta vez, además de estar molesta, estoy indignada. ¡Yo, yo me siento muy orgullosa de esta
publicación! Y no tengo ningún deseo de dejar que Sandro juegue al aguafiestas. Antes de terminar la
frase, me levanto de un salto, lista para ir sin mirar atrás, pero Sandro me agarra por la muñeca para
detenerme.
— Louisa, ¿qué sucede? ¿Fue algo de lo que dije?
Exploto: — ¡Si bien no es demasiado! En primer lugar, estás insinuando que David me pisotea, e
inmediatamente después insinuas que el hecho de que Village Voice está interesado en mis escritos
es casi nada; por lo que no tengo ningún deseo de quedarme allí para oírte denigrar, al mismo tiempo
mi relación y mi trabajo.
Traté de liberarme, Sandro me aprietó más fuerte.
— ¡Louisa, lo siento, no pensé que fuera tan importante para ti! Pensé que sólo escribías para
compartir una cosa más con David...
No pero lo hizo a propósito o qué?
— ¿Entonces, así es Sandro en realidad? ¿Tú también sólo me ves que como la novia de David?
¿Un simple florero, tal vez sólo un poco más culta que la anterior?
Se sonrojó y tartamudeó: — Louisa, pero ¿qué...? ¿qué te imaginas?
— ¿Sólo te vino a la mente la idea de que la escritura, la literatura, podrían toda mi vida?
Sandro es cada vez más confuso: — Co... ¿Cómo quieres que yo lo sepa?
¡Nunca me habías hablado de esto antes!
Sin pensarlo, le contesté: — Sí, bueno, ¡tal vez no extiendo mis ambiciones a toda costa! ¡Eso no
es una razón para que uno de mis amigos parten de la premisa de que no las tenga!
Es cierto que nunca le dije a Sandro que también yo, desde mi rincón, aspiraba a escribir. Puede
que le haya tocado dos palabras de mis poemas, y ¡nada más! En cualquier caso, no le advertí durante
mis vacaciones en México que yo también empecé a escribir una historia corta de ficción.
Esto parece latimarlo: — Ante tus ojos, somos tan cercanos...
¡Debiste haberme hablado de sus aspiraciones literarias! ¡Porque yo también sentí al saber que
escribías, el mismo día que salió tu novela, imagínate!
El tono entre nosotros se intensificó.
Esta debe ser la primera vez desde nuestro encuentro que peleamos. Estoy dividida entre la
tristeza y la ira, una ira que siento que es desproporcionada, ya reforzado por este lugar de moda y el
estado de ánimo que prevalece en el oropel de Manhattan. Afortunadamente, el tecno ensordecedor
que sale de los altavoces del Fusión cubre nuestras voces. Sandro retoma la conversación más
tranquilamente: — ¿Cómo puedes acusarme de que te denigro mientras que yo siempre te he
admirado, Louisa? Esto no es justo.
Me jala del brazo para acercarme a él.
— ¿Ves todas esas chicas, Louisa?
Rentistas, top modelos, actrices de segunda clase, excavadoras de diamantes por ahí a la espera
de un marido rico... ¿crees que te asilimasa todas ellas?
Luego, bajo su tono de voz.
— ¿No crees que me di cuenta de que eres mejor que todo eso, Louisa?
Mejor que todos los clientes de este bar, mejor que todos los estudiantes de NYU, ¿mejor que yo
y mi vida de niño mimado?
De repente, sin entender el cómo, los labios de Sandro se prensan contra los míos con pasión. El
primo de David me toma por la cintura y me sostuvo contra él mientras una de sus manos,
suavemente, acomodaba un mechón de pelo detrás de la oreja y aprovechó la oportunidad para
acariciar mi mejilla.
Me quedo petrificada de asombro. Estoy tan cansada... No puedo responder de inmediato... De
repente, me reincorporé.
Usando las manos lo empujo del pecho, para alejarlo. Quito mis labios de los suyos y salgo
corriendo del Fusión.
Una vez fuera, me encuentro en la lluvia. Aturdida. En serio, no entiendo lo que sucedió. Esta
disputa repentina, el beso... Maldita sea, ¿no hay ningún taxi libre esta noche? Me estoy empapando.
Mis tacones golpean en el asfalto resbaladizo. Todo está girando, hay mucho ruido y luces a mi
alrededor.
La música se escapa de clubes y bares; los automóviles tocando el claxon, las sirenas suenan. La
ciudad que nunca duerme está dispuesta a tragarme.
Siento que mi corazón late de forma irregular, me siento sofocada.
Debía reunirme con David.
Inmediatamente.
¿En serio? Después de ser besada por Sandro, ¿quieres ir a echarte en sus brazos?
Hice callar a la voz que se complacía torturándome y levanté el brazo para llamar a un taxi. No
permití que Sandro me besara, no permití que «pasara esto».
Me tomó por sorpresa y no tengo nada que reprocharme.
Un taxi se detiene finalmente.
Insegura, me subo y le doy al conductor la dirección de David. Ya son las 22 horas, debe estar
esperándome. El hombre de mi vida me espera en casa.
Soy la mujer más afortunada del mundo.
Y, sin embargo, tal vez vengas a arruinarlo todo.
Cuando llegué a casa, cerró el portátil en el que estaba trabajando y riendo con los brazos
abiertos: — Mi ángel, ¡estás empapada! ¡Ven a mis brazos!
Mi abrigo está pesado por el agua y mi vestido de cóctel se me pega a la piel. David soltó mi
cabello húmedo.
— Tu maquillaje se corrió...
Afortunadamente, él cree que la lluvia responsable de que el maquillaje circule por mis ojos.
Con su pulgar, limpia desde el fondo de mis ojos. Ahí me siento a salvo, entre sus brazos, contra su
pecho. Sus hombros son un poco más amplios que aquellos que intentaron abrazarme antes, sus
brazos son menos secos, más reconfortantes. ¡Y el olor! Este maravilloso olor amaderado...
En el salón reina una luz tenue. Todo mi cuerpo está temblando por el frío, la emoción y el
miedo. Mis labios se posan en los de David. Mis dientes mastican esa boca carnosa que con la punta
de la lengua acaricia intermitentemente. Sin pensarlo, mi mano desabotona los dos primeros botones
de la camisa blanca y deja al descubierto su piel. David pasa sus manos sobre mis hombros y desliza
hasta el suelo el abrigo empapado al tiempo que me besa con intensidad. Yo suspiro. Febril, me pego
hacia e y le digo: — Hazme el amor.
Por piedad, hazme el amor...
Siento contra mi muslo el sexo de David que se puso rígido bajo la influencia de mis palabras y
mis caricias. Sorprendido, no entiende lo que está sucediendo. Sigo desabrochando su camisa,
besando su perfecto torso. Descubrí poco a poco sus abdominales de acero. Una vez que el último
botón se abre, mi mano comienza a bajar... Pero David me detuvo en seco y me aprieto la muñeca
con fuerza.
¿Lo habías olvidado? Es él quien domina.
Que mejor, necesito que sea todo un macho esta noche. Necesito que me lleve salvajemente, que
me use, que me muerda.
Lo necesito para castigarme.
— Tu ropa está empapada, Louisa.
Da un paso atrás un poco, disminuyó la intensidad de las lámparas hasta que la habitación se
sumió en la oscuridad, con sólo las luces de fuera que vienen a bañarse en nuestras caras. Los
edificios de los alrededores, una gran luna...
— Desnúdate, Louisa.
Temblando de deseo, obedezco y empiezo a bajar la cremallera de mi vestido.
— No. Desnúdate lentamente.
Reduje mi velocidad. Tomando mi tiempo, enrollo mi vestido en mi pecho y descubrí mi sostén.
Bajo la mirada de David que brilla con un brillo de cervatillo, agarro mis pechos con mis manos
para acariciarlos. ¡Dios es exquisito! Sus ojos en mí, la tensión en mi cuerpo... Hago mi cabeza hacia
atrás.
Abrí mis piernas alrededor de cuarenta centímetros para mantener el equilibrio sobre mis
talones. David se acercó a mí con el enfoque de un león majestuoso.
Se arrodilla y de repente se deslizó bajo la tela de mi vestido. Puso su lengua en mi vientre,
subiendo una de sus manos en el interior de mi muslo derecho y desliza sus dedos debajo de mi
trasero.
Su otra mano se deslizó por encima.
Esquiva el borde de ms bragas... me toca el sexo... Dejé escapar un primer gemido.
Sus manos se retiraron y se posan en mi cintura. Mi vestido terminó cayendo a mis pies.
— Date la vuelta ahora.
Mientras lo hago, siento como se reincorpora detrás de mí. Él acaba de desenganchar el sujetador
y agarra mis pechos, que envuelve con sus manos mientras me sujeta fuertemente contra su pecho.
Mis pezones están duros, casi dolorosos. Me muevo contra David.
Siento tan duro su pene que me vuelve loca. Mi mano vuelve para buscar su entrepierna a través
de la tela de los pantalones... Una vez más, me sorprende y me da la vuelta, como si fuéramos dos
bailarines de tango y que él conduce.
— ¡Estás insostenible esta noche!
¿Qué debo hacer? ¿Debo atarte, a caso?
Me lanzo una mirada de desafío. Él sonrió, de repente intrigado.
— Así que, ¿Louisa Mars quiere ser utilizada y sumisa?
Pega su boca contra mi oído, tan cerca que me estremezco y murmura: — Pronto verás que yo no
necesitaba las esposas o las cuerdas para conseguir lo que quiero.
Mientras lo observo, entiendo por qué Sandro, a pesar de la cercanía que tenemos, a pesar del
afecto que nos une no me puede tener. Con David es físico, eléctrico; se trata de una historia de la
piel. Él tenía razón: yo no necesito estar unido para que es mi amo. Dudo que existiera un vínculo
sensual más fuerte que el nuestro. Ni siquiera necesitamos tocarnos, o hablarnos: sólo tenemos que
sentir... Me mordí el labio, le pregunté: — ¿Qué quieres?
Y mi mano se puso, repentinamente, en su miembro, pero esta vez no se retiró. Estoy empezando
a bajar...
— Tienes razón, yo puedo darte todo lo que quieras.
De rodillas, abrí el botón de sus pantalones, bajé la bragueta... Libero su polla y mi lengua la
toma como si fuera un vaso con agua. Entonces cerré mis labios sobre ella y escucho un gemido, su
mano sobre mi cabello que empuña hacia él. Muevo mi cuello para ir y venir. Su respiración es
profunda pero irregular. Me deleito como si fuera una música preciosa. Mis manos amasan sus
muslos.
— ¡Oh! Louisa... Esto es tan rico...
Sin pensar, me paro y pongo mis manos en el suelo. Voy a cuatro patas sobre la alfombra tornear
mi culo. Como una pantera en mis medias negras y sedosas, me alejo casi un metro y luego me
deshago de mi ropa interior antes de sentarme con las piernas separadas. En un gesto de impaciencia,
David se desnuda. Se acercó a mí, levanto una de mis piernas que inclino hacia él como a la presa.
Él me toma del tobillo y me empezó a atraerme hacia él. Me deslizo, jalando la alfombra sobre la
que estaba sentado conmigo. David se inclina hacia mí y me acomoda con un movimiento rápido. Una
vez que me levanto, él vuelve y me empuja hacia el sofá. Me mantengo al subir y pongo una rodilla
en el sofá. Él está detrás de mí y yo estoy allí, impotente, ofrecida...
La mano de David viene a descansar en mi culo. Su palma dibuja círculos con la delicadeza de
un escultor al concluir su labor. De repente, su mano dibuja el movimiento de una bofetada seca y
rápida mordiendo mi piel desnuda.
Lancé un grito en el que encuentro más placer que sorpresa. David de nuevo.
Nunca habíamos hecho eso antes... me encanta...
Se pega a mi espalda y con un gruñido, basta con pulsar dos dedos en mi vagina. Mis riñones
están creciendo.
Comienza a mover su dedo índice en mí mientras su otra mano viene por delante hacia mi raja
húmeda y comenzó a estimular mi clítoris. Gemí... Mis piernas se mueven haciéndole saber que
quiero más. Responde al llamado empujando su hinchado miembro, enorme, que me descuartiza y me
desgarra con suspiros de placer.
Comienza a ir y venir. Todo mi cuerpo se tensa. Me estiro y se hunde más en mí.
— Quiero ser tu objeto.
¿Me escuchó? De la forma en que me penetra, parece que sí.
— Ya eres mi objeto, Louisa. Disfruto de ti, disfruto por tu cuenta, me gusta para ti...
Mis hombros tiemblan. ¡Me encanta!
Me encanta tanto que siento como me quema. Quiero ser todo para él, cumpliendo sus fantasías,
que me dedique todos sus sueños eróticos.
— Gira hacia mí.
Me dice saliéndose de mí.
— Quiero ver tu cara.
Me paro frente a él. Sube por mi cuerpo que yacía en el sofá y de nuevo entra mí y me dice: —
Quiero ver tu cara cuando te corras.
Mi pelo todavía es una maraña húmeda bajo mis pies mientras me hacía el amor, se enredan entre
sus dedos mientras se sumerge dentro de mi melena, repetirme: — Te quiero toda.
Mi pierna derecha alrededor de su cintura y aviva los movimientos profundos y rítmicos que me
lanza.
Nuestros cuerpos se deslizan en el sofá hasta que no hay nada que mantenga mi cabeza que se
inclina hacia atrás. La sangre corre a mis sienes y me marea, me sofoco deliciosamente.
Pero ahora, un movimiento de la mano seca, empuja la mesa de café y nos caemos al suelo.
Aterriza sobre mi espalda mientras permanece dentro de mí.
Me quedo a horcadas. Puedo hacer con el lo que quiera. Dejé que mi cabello se cayera hacia
delante y acariciando su cara, sus hombros. Él los agarra: me libero a mí misma acomodándome de
nuevo. Ahora estoy sentada sobre él como una amazona.
Hábilmente, subo y bajo, pensando sólo en mi propio placer. Un placer que quiero subir de
intensidad. Subitamente me quedo arriba, suspendida en pleno movimiento, siento la punta de su
polla prensada dentro de mi receptiva vagina.
Un pequeño movimiento de nuevo... Está casi fuera de mí... Pero yo voy hacia abajo y la entierro
muy dentro de mí, antes de chasquear con movimientos rápidos. Él me coje del culo con las dos
manos y me aprieta... Una vez más, me escapo de nuevo junto a su falo: me dejó y puso sus brazos
extendidos, superados por placer.
— Louisa, lo que haces es increíble...
Oigo sólo como una sensación de ardor me llena. Otra vez empujé mis caderas hacia abajo para
sentirla muy dentro de mí. Su pene se va hasta el fondo... Es tan grande...
Las manos de David agarran mis pechos y los tuercen ligeramente, lo que me hace reaccionar
como un detonador.
Empiezo a ser sacudida por espasmos, incrementa sus estocadas con ese delicioso sexo que
fusiona perfectamente con el mío. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué delicia! Siento como si me fuera a desmayar.
Tiene una duración de... tiempo infinito... ¿Podría ser que nunca se detenga?
Poco a poco, mi orgasmo se disipa y vuelvo en mí. Miro a David debajo de mí, su mirada de
loco de deseo, lleno de una especie de rabia: la de haber sido liberado. Con mi voz dulce, le
informo: — Te colmaré. Voy a satisfacer sus deseos más salvajes.
Mi cuerpo está cubierto con una fina capa de sudor. Me despego de David y comienzo a
descender a lo largo de su cuerpo, sin apresurarme. Enderecé la cabeza por un momento para echarle
una sonrisa provocadora. Entonces presioné mis pechos y puse su pene entre ellos.
Luego aprieto y empiezo a moverme hacia abajo, rodeando mi pecho.
¿Está aún muy lejos del placer? Lo dudo por su aliento acelerado. La mía apenas recupera el
ritmo normal. Lo que estoy haciendo me excita terriblemente. ¿Qué tan bueno será para él? Hay en su
rostro una forma de éxtasis que no conozco.
Algo bestial me atrae. Apretó los puños y tratando de sujetarse a la alfombra.
Sus caderas seden. Se presenta en un primer espasmo sin fin que se extiende por pequeñas
sacudidas. No me detengo hasta que lo haya vaciado.
Después caigo a su lado, en sus brazos mientras empuja una risa plena pero enigmática.
Pregunto: — ¿Qué pasa?
— Oh, Louisa...
Se echó a reír.
— Me pregunto si algún día tú y yo lograremos rentabilizar esta cama de $
10 000 que compré el mes pasado.
En la oscuridad, me miro y con voz sonora, le contesté: — Nunca, mi amor.
Toma uno de mis cabellos cayendo sobre él, lo envuelve alrededor de su dedo. Y dice, con una
voz de caricatura de un actor de cine: — ¿Es una amenaza, Louisa?
— Más bien una promesa.
15. El dilema
David duerme con los puños cerrados a mi lado, pero yo a penas y pude dormir en toda la noche.
Durante una hora, nuestro encuentro ardiente me hizo olvidar toda la escena con Sandro, el beso, mi
culpa... Pero de repente me devuelve como un boomerang cuando vi a David hundirse en el sueño,
pero mientras hablábamos, acostados de lado a lado en la oscuridad de su apartamento nos dijimos
palabras de amor tan tiernas que lograron reconfortarme. Todo mi cuerpo parecía, sin embargo,
reclamarme también un poco de descanso, agotada por el placer y el amor. Observando la frente de
David, su hermosa piel con reflejos dorados, su pelo negro azabache, la finura de sus párpados
cerrados, y sobre todo su cuerpo, desnudo, musculoso, me hace recordar las más bellas estatuas de
los maestros italianos y, de repente la ansiedad me abruma: NO PUEDO MENTIRLE.
¿Qué hacer? ¿Decirle que su primo se siente atraído por mí y que yo lo sospechaba, pero lo dejé
llegar demasiado lejos? ¿Arriesgar a que la sombra nos oscurezca de nuevo? No, imposible. Y, sin
embargo, todo mi ser grita: NO
PUEDO MENTIRLE.
Si se trataba simplemente de una elección entre el secreto de Sandro o la confianza de David...
¡Pero es más complicado que eso! Barbara, mi vecina y mi doble tiempo cuando vivía en París, me
habría aconsejado una lista con los «Pros» y otra con «Contra».
Mentalmente, lo imagino pero el resultado no es glorioso. Si yo me callo este episodio, traiciono
a David, el hombre que amo. Si hablo, traiciono a Sandro, mi amigo que estaba allí para mí en los
momentos más difíciles, y lo peor, lastimo a ambos. Sin embargo, mientras que David busca mi
cuerpo aún dormido, obviamente, me golpea de nuevo el: NO PUEDO MENTIRLE.
La mañana es aún tímida, pero me decidí a levantarme y salir de la habitación de puntillas. En la
cocina, mientras que el café está listo, me pregunto lo qué Sandro debe pensar en estos momentos.
¿Se torturará tanto como yo? ¿O ya habrá olvidado lo sucedido buscando consuelo en otros brazos?
Recuerdo que David me había hablado de su primo cuando nos presentó en Italia: es un niño
mimado.
Un rasgo que Sandro mismo afirmó ayer durante nuestra «discusión». Tal vez no le preocupa
lastimar a David. Quizás tampoco le importen haberme puesto en una situación complicada. ¡Oh!
Estoy furiosa ¡Qué egoísta!
Pero ¿tal vez él espera mortificado alguna noticia mía? Si ese es el caso, todavía puede correr.
Aún, en duda, veo mi portátil. No hay llamadas perdidas, no SMS frenéticos... ¿Será una forma de
respetar mí huida y mi silencio o una prueba de indiferencia?
Me doy cuenta de que tengo varios correos electrónicos pendientes. Abro por reflejo y de repente
su nombre está ahí: Sandro La Guardia. Abro el mensaje con un sentimiento de culpa.
Todavía lanzo una mirada detrás de mí para asegurarse de que David no llegue.
¡Detesto tanto a Sandro por ponerme en esta posición! Comienzo mi lectura: Querido Louisa, En
este correo electrónico, voy a tratar de ser breve, para disculparme por mi comportamiento anterior...
Interrumpo el comienzo de mi lectura apenas para constatar que el correo electrónico fue enviado
esa noche a la 1 de la mañana. Retomo mí lectura.
... para disculparme por mi comportamiento anterior, impulsado por una ebriedad avanzada y un
sentimiento de tristeza demasiado viejo. Si te pido perdón de esta noche no es sólo por el robo de
ese beso que, haciendo caso omiso de tus sentimientos por David: es también por haberte herido con
mis comentarios.
Louisa, por favor, no se te olvide que tan solo tienes veinte años y toda una vida por delante. Una
larga vida para tener éxito, estoy seguro que desde nuestra primera conversación verdaderamente
difícil no estar convencido de tu vocación de ser escritora, pero retomaré este punto más adelante.
El beso me molesta, pero me parece difícil que lamentarlo plenamente: tenía que intentarlo,
Louisa. Sabía que esta guerra, que he librado en silencio durante meses, la había perdido desde un
inicio, pero me hacía falta, de una vez por todas, ser derrotado por ti. Desde que te conozco, agonizo.
Nunca me fui de Nueva York, sin embargo, me escapé a destinos más festivos, como todos los niños
ricos de mi especie. Huí, fue un exilio voluntario, un prisionero de una eterna infancia hecha de
placeres tan insignificantes hasta el aburrimiento.
Luego llegaste tú y todo cambió.
¿Una mujer puede detener el corazón de un hombre? Creo que no: no le otorgo ninguna virtud
mágica a esas mujeres, prefiero tratarlas como iguales en lugar de idolatrarlas. Pero hay una cierta
clase de seres humanos que tienen el poder de revelar al hombre sus sentimientos más ocultos.
Conociéndote, contemplándote, admirándote, yo pude entender cuan miserable me he sentido por
años. La vida de libertinaje — de desconexión — que llevé desde entonces hasta ahora, han hecho de
mí, un ser vacío.
Quería llenarme al tocarte. ¿Lléname con qué? De tu misma plenitud.
Como un ladrón, ayer traté de entrar en tu corazón para tomar lo que me hace falta. Fui egoísta y,
aún peor, fue una tontería: sé muy bien lo que te une a David. Es necesario un gran hombre en tu vida
Louisa, no para vivir a su sombra, como lo entendiste cuando lo insinué, sino para estar a su altura.
Te lo decía al principio de este correo estar convencido de tu vocación de escritora. Debo
explicarlo antes de dejarte de una vez y para siempre.
Antes de ti, el mundo estaba pálido y no me daba cuenta. Tu irrupción en mi vida estaba llena de
colores brillantes, sensaciones punzantes, nuevas ideas.
Todas las discusiones que tuve contigo me han llevado a conocerme mejor y a observar mejor lo
que me rodea. Cada una de tus palabras ha encontrado de alguna manera lo más profundo de mi alma
y la hizo vibrar. ¿No es eso lo que hace el artista? Tus palabras son las de un poeta: hacen visibles
los secretos que esconden las emociones que no nos atrevemos a enfrentar. Si no puedes creer que un
hombre como yo, que debes despreciar al momento de leer estas líneas, piensa en David: que has
volcado a la luz todas sus partes oscuras. E inundado con la luz del sol, es como si su corazón
finalmente floreciera. Mi alma seguirá irradiada por haberte conocido. Es por esto que a pesar de mi
desesperación por abandonarte, no puedo arrepentirme de haberme cruzado en tu camino.
Adiós, mí querida Louisa. Vendré de nuevo a ti cuando esté listo para ser el amigo que te
mereces.
Tu Sandro Imposible, al leer estas líneas, que no llores. Derramé lágrimas de pura emoción, en la
cocina, en silencio. Me gustaría consolar a Sandro, decirle que vale más de lo que él piensa, la
prueba está... en este mensaje... la generosidad que ha demostrado al renunciar a mí...
Pero yo no debo hacerlo: debo dejarlo en paz. Volverá, dijo, cuando él esté listo para ser mi
amigo y nada más.
— Buenos días, mi amor.
Aviento mi teléfono y doy la vuelta, sorprendida. David entra, sin camisa, con los pantalones del
pijama que caen sobre sus caderas de atleta... Olvido totalmente lo de Sandro por un momento.
Avanza hacia mí con una expresión felina y me besa. Su aliento huele a menta, su piel está
todavía húmeda: ya se ha duchado. Él separa sus labios de los míos, me mira.
— ¡Oh, Louisa, tienes los ojos hundidos y brillantes! ¿No tendrás fiebre?
Él pone su mano protectora y tranquilizadora en mi frente.
— No, todo parece estar bien, mi ángel, tu piel no muestra ningún signo...
Que bien, porque tengo planes para nosotros hoy.
¿Planes? Miro rápidamente la hora en mi teléfono. Debo ir a clase en dos horas, pero tal vez
podamos tener tiempo de... David interrumpe mis pensamientos: — Tu día termina a las 16 horas,
¿no?
— Sí, así es.
— Bueno, si está de acuerdo, yo te recojo en frente del campus. Eso me dejará el día para
trabajar. Las pruebas del libro llegaron ayer, tengo que leer para comprobar que no hay errores en el
texto.
De repente, intrigada pero de humor alegre a pesar del cansancio, pregunto, curiosa: — ¿Qué
vamos a hacer? ¿Tienes un programa?
Sonrió enigmáticamente.
— Oh, pensé que podríamos continuar con este momento de «pareja normal»: paseo en coche,
cine, la comida rápida...
Levanto una ceja, divertida: — El día que te vea comer una hamburguesa...
— Justo ahí, ¡Retráctate! Me encantan las hamburguesas. Sólo pensé que me estabas esperando
que yo te sustentara caviar.
Niego con la cabeza y le pregunto: — En serio, ¿Qué tienes planeado?
— Pero... exactamente lo que acabo de decir: paseo en coche, cien, cena.
Bien, es bueno que no tuviera nada extravagante en mente: yo hubiera querido echar a perder una
de sus famosas fiestas. Debido a que está decidido: tan pronto como termine su trabajo y yo el mío,
me gustaría hablar sobre el beso de Sandro. Y dudo que lo haga feliz...
Seis en punto, David está ahí, fuera de la entrada principal de la Universidad de Nueva York. Me
propone caminar hacia Central Park. Me he comprometido a confesar todo lo de anoche, pero me
gustaría esperar hasta que estemos sentados en alguna parte.
Nos desviamos, cogidos del brazo, en este hermoso invierno de Nueva York
con la luz ocre suave que acaricia los árboles desnudos. En alguna parte de este lugar, llegaba un
olor a nieve... Las ráfagas de viento soplaban. David, en estos momentos, me abraza con más fuerza
contra él, como si quisiera protegerme de las inclemencias. Me recuerda al héroe mitológico que
desafía a los dioses, el dios Helios tratando de interponerse entre nosotros, de separarnos con el
poderoso viento helado. Entre más nos golpeaba el aire en las mejillas, más nos reímos. No hay
ninguna razón en particular. Sólo la alegría de estar juntos, una feliz insolencia.
En la entrada del parque, me maravillo de nuevo a la vista de uno de esos viejos carruajes
tirados por caballos majestuosos que apenas puedo contener mi deseo de ir a caricia. David se da
cuenta y sonríe.
— Tienes una verdadera pasión por estos animales, ¿no es así Louisa?
— Sí, ya sé que es una tontería... Es un poco infantil, ¿no?
David me da un beso: — No hay nada infantil en el hecho de apreciar la naturaleza y apreciar su
belleza.
— Pero un carruaje... ¡Es tan anticuado para mí!
Él sonrió de nuevo: — Me encanta lo antigua, también, lo sabes.
Y me lleva hacia el auto: — Vamos, cruzar el parque en este «obsoleto»
transporte.
— ¿En serio?
— Sí, ¿por qué no?
— Pensé que tú, un auténtico neoyorquino, se daría cuenta que se trata de una trampa para
turistas...
— Bueno, digamos que después de ti, soy como un turista en mi propia ciudad.
Se ha convertido en el continente de mi felicidad, que visito con los ojos.
Me sorprende ya que nunca lo había hecho antes.
— David Fulton, ¿escondería un alma frívola?
Mientras me ayuda a subir a bordo, respondió: — Escondo un corazón de amor, que es mucho
peor.
Nos acurrucamos bajo una cálida manta mientras el caballo avanza al trote. A pesar del intenso
frío, nos quitamos los guantes para entrelazar nuestros dedos. Regularmente, David pone su boca
contra la tela de mi abrigo y sopla: un dulce calor me irradia.
— ¿No es ya tarde para ir al cine? De hecho, ¿qué película veremos?
— Eso, jovencita, es una sorpresa. ¿Y por eso del tiempo?, no te preocupes.
Llegamos a la salida del parque. Me bajo del carruaje muy a mi pesar pero el lamento se
desvaneció cuando David me lleva por las calles. De pronto, en la curva de una callejuela, nos
detuvimos frente a un edificio que parece condenado al fracaso. Tablones de madera bloquean la
puerta, pero hay una brecha para entrar. La fachada de ladrillo revela un antiguo panel de yeso.
Se ve como un cine en desuso... David me da un guiño: — ¿Lista para entrar?
Tengo un pequeño momento de pánico.
— Pero si... pero ¿y, si nos ven?
David agarra mi mano con firmeza.
— No te preocupes Louisa. Sígueme, ya verás...
En el interior, sobre una alfombra de color púrpura suave, entre las paredes cubiertas de tapices
y retratos de directores famosos, se encuentra una vieja máquina de palomitas de maíz. La luz del
pasillo está encendida, lo que me sorprende. En una de las tres salas que componen el cine, oigo el
sonido escapa de un carrete que hace girar la película.
— David, ¿qué es todo esto?
— ¿Te gusta Louisa? Este es mi nueva contribución a la ciudad. Compré el edificio la semana
pasada, lo haré renovar y abriré un centro cultural para los niños de los barrios desfavorecidos.
Pueden venir y ver películas. En la sala de aquel lado, se instalará una biblioteca. La tercera sala
se reservará para diversos talleres: escultura, fotografía...
— ¡Oh David, es una iniciativa maravillosa!
— Sí, la obra tardará unos ocho meses, pero estoy contento. Mira, ya solicité el anuncio...
Me guía por el pasillo y se revela el nuevo frente que adornará la entrada, oculta bajo un paño
negro.
— ¡Taraaan! En junio abrirá el Planeta Marte.
¡Oh! ¡Es tan hermoso el diseño del título y el título en sí! ¡Se parece a uno de esas fachadas que
adornaban los cines en los 50’s!
— David, es... es hermoso.
Caigo en sus brazos.
— Me dije que con tu nombre (Mars) extendido sobre este antiguo edificio tendría aún más
encanto. Y espera, que no ha terminado: Esta noche, tenemos el cine para nosotros solos. Contraté a
un proyeccionista para una pequeña función privada.
Empuja la puerta batiente que conduce a la sala, inmerso en un suave crepúsculo.
— ¿Me dijiste que tu película favorita cuando eras una niña, fue Les Demoiselles de Rochefort?
Bien esta noche, veremos un musical a la francesa.
Solté un grito de alegría.
— David, te lo advierto, esto va a ser un infierno: Conozco todas las letras de todas las
canciones de memoria.
— Puedes cantar en voz alta, si así gustas: sólo estaremos Pedro, el proyeccionista, y yo para
oírte.
Volteé hacia la cabina e hice una seña con la mano al anciano, que me regresa el saludo, mientras
que en la pantalla, las primeras imágenes y aleteo colorido, aparecen de repente como magia.
Dos horas más tarde, sentados en un restaurante romántico con un ambiente acogedor, David y yo
terminamos nuestras entradas sin dejar de burlarnos de mi voz tratando de entonar Demoiselles de
Rochefort.
— Yo, ¡que creía cantarla impecablemente!
Me reí: es cierto que mi canto es una abominación.
— OK, no alcancé algunas notas, pero admite que la interpretación que merece diez sobre diez.
— ¡Ah!, no se puede decir que te falte convicción.
— eres un grosero... Es una tragedia, para mí que amo cantar, hacerlo tan mal.
— A mí me tranquiliza: empecé a decirme que no eras real... Demasiado bueno para ser verdad...
Ahora estoy seguro de que eres humana...
Lanzo una mueca cómica de repente se congela y se descompone cuando Chloe aparece en mi
campo de visión.
— ¡Hey, tortolitos! ¡Qué casualidad!
— Chloe, ¿qué estás haciendo aquí?
Mi afán de hacerle esa pregunta traiciona mi disgusto. Su presencia repente me recuerda a Sandro
y la dolorosa confesión que tengo que hacerle a David — No he dejado de hacer a un lado,
impulsada por el hechizo de esta noche perfecta. Mi corazón late con fuerza y el fuego se eleva a mis
mejillas.
¿Ella lo sabe?
— Pues, vine a cenar con mi padre.
Está de paso en la ciudad y me dio un momento de su valioso tiempo.
Se vuelve hacia David y sonrió: — Estoy gratamente sorprendida de verlos a los dos aquí.
¿Deduzco que vendrán juntos mañana al baile de caridad que organicé en el MoMa?
Estaba preocupada por una posible ruptura entre la pareja que la ciudad rompió...
¡Oh, no, lo siento, eso no. Cualquier cosa menos eso.
David se sorprende: — ¿Una ruptura? ¿Por qué? Te confirmé el lunes que estaríamos allí...
— Sí, y yo debería haber sabido que lo que pasó ayer no iba a cambiar tu amor: tú eres
simplemente indestructible. ¡Sandro estaba tan emocionado al llegar a mí casa!
— ¿Sandro? ¿Ayer por la noche? ¿Qué es todo esto?
Un torrente de palabras insultantes en mi cabeza, sólo quería escupirlas en la cara a Chloe, pero
no logran cruzar mis labios. Estoy amurallada en silencio.
Las lágrimas picaban los ojos. Yo...
— Louisa, ¿me podrías aclarar esta historia?
El rostro de David es duro y pálido como el mármol.
— David te... tenía la intención de decirte... Sandro ayer mientras nos tomamos una copa...
Chloe disfrutando de mi estado de vulnerabilidad me interrumpe: — ¡Oh, David, yo no quería
molestar!
Pensé que Louisa, con su legendaria honestidad, habría confesado que tu primo ha estado
locamente enamorado de ella por semanas.
La voz de David es fuerte, firme.
Parece que ha sido drenado de toda emoción.
— ¿Enamorado de Louisa? Qué interesante... Durante semanas, ¿que dice usted? No lo sabía.
Luego, volviéndose hacia mí: — Así que no soy el único que tiene secretos, por lo que veo. Pero,
ya tiene semanas que Sandro ha puesto su mirada en ti, ¿podré saber lo que pasó anoche que pudiera
desencadenar una ruptura entre nosotros?
Estallando en lágrimas, con voz impávida, le respondí, casi suplicante: — David... Fue sólo un
beso... Nada más que un beso...
Veo el rostro de David. Él no se inmutó. ¿Tal vez esperaba lo peor?
De pronto, deja su servilleta, saca de su cartera un fajo de billetes que pone sobre la mesa.
— Para la cuenta y la propina, Louisa.
Debería incluso alcanzarte para pagar un taxi: el soltero de Sandro no está, después de todo, tan
lejos de aquí.
La palabra «soltero» suena como una bofetada. ¿Cómo puede imaginar por un momento que...?
Me quedo atónita, incapaz de protestar. ¿Así que esta es la forma en que me ve? ¿Como una de esas
chicas que echa con algunos billetes y un nuevo amante?. Luego se aleja y deja el restaurante — la
espalda recta y su andar implacable — Me derrumbo y no logro retener el grito de dolor extremo que
fluye de mi vientre.
16. La tormenta
Al llegar al MoMa, respiro con dificultad en ese corsé tan apretado de mi vestido de noche color
ciruela. Fuera del museo, los periodistas se agolpan: saben que hay muchos VIP esta noche.
Deben detenerlos en la alfombra roja, ya que no los dejaran entrar.
Las limusinas se apilan fuera de la entrada. Miro sus ballets desde el otro lado de la calle. Miro
mi reloj: 21 horas. Es momento de tranquilizarme.
Si alguna vez... Después de todos estos meses... Tengo que entrar, pero no tengo que hacerme
demasiadas esperanzas. Es una apuesta: o gano, o pierdo.
Reviso mi rostro por última vez en el espejo de mí maquillaje: mis rasgos se ven tensos. ¡Lloré
mucho dejando el restaurante! Además, casi no he dormido. Chloe es una maldita.
No pierde nada con esperar.
¿Cómo voy a reaccionar al verla?
¿Me podré contener? Tendré que hacerlo. Se trata de David, necesito concentrarme.
En la alfombra roja, avanzo rápidamente sin mirar atrás, a pesar de los gritos de los fotógrafos.
Ya estoy aquí dentro. Ahora tengo que encontrar a David en medio de la multitud. Me siento
oprimida. Sin embargo, me deslizo entre los invitados al gran baile que tiene el objetivo de captar
fondos en nombre del Departamento de Bomberos de Nueva York. Por último, lo veo fuera.
Él consulta su reloj. De repente se volvió hacia mí... Pero fingió no verme y volteó la cabeza,
antes de irse cerca del buffet donde Chloe. Respiro hondo y me acerco a ellos. Con voz lastimera,
digo su nombre: — David...
Se vuelve, estoico e inescrutable.
— ¿Qué estás haciendo aquí?
— He venido a hablar contigo. No contestaste a mis llamadas esa noche...fui a tu casa, pero no
estabas...
— De hecho, fui a ver a una amiga.
Mi cuello se curva como un cuchillo para cebollas mientras Chloe lleva una sonrisa de triunfo.
— David, yo... yo tengo que decirte lo que pasó. Tengo tantas cosas que decirte. ¿No podríamos
tener un momento, sólo un momento?
— No veo el punto.
Agarro su brazo y le pregunto: — Sólo un minuto, te lo ruego... o tu dime dónde y cuándo, y yo...
Él me interrumpió: — Se acabó, Louisa.
Dejé que las lágrimas silenciosas inundaran mi cara. En un susurro, le contesté: — Es
imposible...
— ¿Tú crees?
Aún sin levantar la voz, me dice: — Sin embargo, así es. ¿Creíste que iba a perdonar tu engaño y
la mentira?
Chloe jubilosa. Trato de convencer: — Si por lo menos dejaras que te explique, ¡verías que no es
lo que piensas!
Con una voz individual, tan baja que nadie más que Chloe y yo puedo escuchar, me dijo: — Lo
que creo, Louisa, es que me enamoré de una mujer que me presentó la franqueza, que me prometió
que yo sería el más feliz haciendo frente a la verdad. Me abrí a esa mujer. Le ofrecí cosas que no
creí poseer. Dejé que me conociera... me mostré completamente desnudo...
Él me da una mirada infinitamente tierna.
— ¡Oh! Cuánto le amaba, Louisa.
Ninguna mujer antes de ella, la había amado tanto. Me encantó: cada centímetro de su piel me
hechizó, cada gesto me cautivó. Podría haber pasado la vida entera contemplándola, escucharla
hablar. Yo hubiera esperado pasar toda mi vida así...
— David, si todavía me amas, ¡no es demasiado tarde!
— ¿Si te quiero todavía? En tu opinión, ¿qué es? Yo no soy como tú: no dejo de amar en un
instante, sin previo aviso.
Se acercó a mi cara.
— Porque antes de traicionarme, me amabas. Estoy seguro. Me amabas, me amabas locamente...
Su voz se desgarra como un velo tan frágil: — ...y me rompiste el corazón.
David se queda parado frente a mí, mirándome. ¿Va a añadir algo? Sin embargo no hay nada más
que decir.
Nuestras miradas se encuentran, como en cámara lenta. Se zambullen la suya en la mía y el
tiempo se disloca. Nuestra historia está presente en mi retina. Como antes de la muerte: vimos toda
nuestra vida condensada en una película de unos segundos. Sé que en un momento él se irá. Veo al
David de hace cinco meses, en el aeropuerto de París. Veo al David allí hace cuatro meses cuando
llegó a la cima del Empire State para pedirme que me quedara en Nueva York. Veo al David, de tres
meses, aumentando la posibilidad de que algún día me convertiría en su esposa. Veo al David de
ayer, tendiéndole la mano para ayudarme a bajar del carruaje. Estas visiones se desvanecen, no tengo
más recuerdos almacenados... vuelvo a la realidad: él ya no está allí.

Continuará...

También podría gustarte