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AMOR,

SEXUALIDAD
Y MATRIMONIO

Para una fundamentación de la ética cristiana

Eduardo López Azpitarte sj.

Editado en papel por:


San Benito, Buenos Aires 2004
ÍNDICE
Introducción
1. La situación actual
2. Los riesgos y peligros de esta situación: escepticismo y comodidad
3. Tolerancia civil e influjos ambientales
4. El riesgo de una doble amenaza: resignación y silencio
5. El peligro de una moral autoritaria
6. La necesidad de una renovación
7. Las ambigüedades de un planteamiento
8. Hacia una sexualidad
9. Conclusión
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 1: Antropologías sexuales


1. La moral como exigencia antropológica
2. La búsqueda de un sentido: paradoja y ambivalencia de la sexualidad
3. Antropologías rigoristas: recelo y desconfianza hacia lo corporal
4. Antropologías espiritualistas: la dificultad de un equilibrio
5. Consecuencias de un espiritualismo exagerado
6. Las antropologías permisivas: el nacimiento de nuevos mitos
7. Las antropologías naturalistas
8. Los peligros de toda antropología dualista
9. Conclusión
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 2: Valor simbólico de la sexualidad humana


1. Más allá de todo dualismo
2. La unidad misteriosa y profunda del ser humano
3. Simbolismo y expresividad del cuerpo
4. Hombre y mujer: dos estilos de vida diferentes
5. La nostalgia de un encuentro: entre la naturaleza y la cultura
6. La metáfora del cuerpo: el diálogo entre hombre y mujer
7. La dimensión genital
8. El destino procreador: un horizonte incompleto
9. Dimensiones psicológicas en la conducta de los animales
10. Riqueza afectiva de la sexualidad humana
11. Cariño y fecundidad: relaciones mutuas
12. La opción por el amor
13. La ambigüedad del placer: entre el sueño y la realidad
14. Densidad y límites de la experiencia afectiva
15. Conclusión
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 3: Visión bíblica de la sexualidad


1. Sentido de la reflexión
2. Antropología unitaria
3. La consagración de la sexualidad humana
4. Los relatos fundamentales del Génesis: la dimensión procreadora
5. La dimensión unitiva: el gran regalo de Dios
6. La fecundidad en la Biblia: diferentes motivaciones
7. El matrimonio como símbolo e imagen de la alianza
8. Las enseñanzas de los profetas: Oseas o el testimonio de una vida
9. La imagen del adulterio en Jeremías
10. La alegoría de Ezequiel y los cantos de Isaías
11. El simbolismo profetice
12. Principales características de los libros sapienciales
13. Un evangelio del amor: el Cantar de los Cantares
14. La tragedia del pecado
15. Orientaciones generales del Nuevo Testamento
16. Carácter sagrado y personalista de la relación sexual
17. Un antagonismo en el hombre: la carne y el espíritu
18. La glorificación del cuerpo en el mensaje cristiano
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 4: Fundamentación de la ética sexual


1. Necesidad de una ética: radical insuficiencia del instinto
2. Exigencias psicológicas para una maduración humana
3. Los límites de la moral tradicional
4. La experiencia amorosa: un nuevo punto de partida
5. La necesidad de una purificación progresiva
6. Renuncia a la plenitud infantil
7. La gratuidad de la experiencia afectiva
8. Totalidad de la entrega
9. La apertura amorosa hacia los demás
10. Hacia una fidelidad definitiva
11. Entre la utopía y el realismo
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 5: Exigencias básicas de la moral sexual


1. Concretizaciones del amor
2. Maduración personal de la libido
3. Determinismo animal y responsabilidad humana
4. Valor interpersonal del erotismo
5. La degradación del erotismo
6. Significado del pudor sexual
7. La regulación del impulso genital
8. Dimensión social de la sexualidad
9. La imagen social de la sexualidad
10. JO. La valoración ética del pecado sexual
11. Las nuevas matizaciones
12. Entre el fariseísmo y la culpabilidad excesiva
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 6: Estados intersexuales y cambio de sexo


1. La existencia de ciertas patologías
2. Del sexo cromosómico a la alteridad sexual
3. Patologías genéticas y hormonales
4. Otras disfunciones sexuales
5. Hacia una valoración ética
6. La transexualidad: una doble explicación etiológica
7. La ilicitud de una intervención: primacía de los datos biológicos
8. Tolerancia de una adecuación: importancia de la sicología
9. El matrimonio de los transexuales: diferentes situaciones
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 7: La masturbación
1. Entre la obsesión y la trivialidad
2. La complejidad de un hecho: diferentes significados
3. El descubrimiento de un mundo nuevo
4. Etapa evolutiva hacia una integración personal
5. Otros factores posteriores: diferentes significados
6. Los datos bíblicos y tradicionales
7. Presupuestos para una fundamentación: valoración objetiva
8. La culpabilidad subjetiva: dificultades para una exacta valoración
9. Orientaciones pastorales: necesidad de una evolución progresiva
10. Visión optimista y evangélica
11. Hacia las motivaciones más profundas
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 8: La homosexualidad
1. Un rigorismo sociológico
2. Razones psicológicas para este rechazo
3. Naturaleza de la inclinación homosexual
4. Otros factores personales
5. La génesis de la homosexualidad
6. Un presupuesto discutido: ¿qué tendencia tiene la sexualidad?
7. La valoración objetiva
8. La valoración personal: nuevas perspectivas
9. La posibilidad de una superación
10. En camino hacia un ideal
11. Orientaciones pastorales
12. Las relaciones afectivas
13. La reforma de la legislación
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 9: La institucionalización del amor


1. Nueva situación sociológica
2. La urgencia del cariño conyugal
3. Simbolismo de la entrega conyugal
4. La privatización del matrimonio
5. Primacía de lo afectivo sobre lo institucional
6. Dos aspectos complementarios
7. La dimensión social y comunitaria de la conyugalidad
8. El derecho: defensa de la conyugalidad y garantía de permanencia
9. Una invitación a superarse
10. El miedo a un compromiso definitivo
11. Reflexiones previas para una fundamentación ética
12. Verificación y autentificación del amor
13. Una doble obligación: la castidad y el orden jurídico
14. Las razones de una condena
15. Conclusión
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 10: La ética matrimonial


1. Dimensión amorosa y procreadora
2. La doctrina actual de la Iglesia
3. La nueva situación sociológica
4. Los documentos más recientes de la Iglesia
5. Tendencias innovadoras
6. Los documentos de la Comisión pontificia
7. Publicación de la Humanae vitae
8. Los planteamientos del Sínodo sobre la familia
9. Carácter profetice de la encíclica
10. La fundamentación teológica
11. Ayuda a los mecanismos de la naturaleza
12. La esterilización indirecta
13. Interpretación personalista de la terapia
14. Situaciones conflictivas
15. Los diversos valores de la ética matrimonial
16. La opción por el valor preferente
17. El problema de la esterilización
18. Las intervenciones de Juan Pablo II
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 11: Conflictos matrimoniales


1. La crisis de la fidelidad
2. La fidelidad al servicio de un valor
3. El valor de la decisión definitiva
4. Entre el inmovilismo y la novedad
5. La historia que comienza
6. La fragilidad del enamoramiento
7. Las primeras sombras del paisaje
8. El juego de las renuncias
9. La tentación de la huida
10. El adulterio: una experiencia traumática e idealizada
11. Hacia una posible reconciliación
12. El difícil arte de amarse a sí mismo
13. El amor de la despedida
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 12: Situaciones irregulares


1. El matrimonio civil de los bautizados
2. La separación de los cónyuges
3. Los divorciados vueltos a casar
4. Planteamiento de la Familiaris consortio
5. Un significativo avance pastoral
6. Posibilidad de una interpretación
7. La tolerancia civil del divorcio
8. Exigencias religiosas y obligación civil
9. Los peligros de una legislación tolerante
10. La estabilidad del matrimonio
11. La aplicación concreta de los principios
12. Las parejas de hecho
BIBLIOGRAFÍA

Capítulo 13: El celibato religioso


1. La realidad del celibato: dificultades actuales
2. Interrogantes actuales
3. Motivaciones históricas
4. Justificación humana del celibato
5. Eunucos por Jesús y su Reino
6. La dimensión escatológica
7. Nuevos simbolismos humanos
8. El descubrimiento de un carisma
9. Virginidad y matrimonio
10. Constatación de una realidad
11. Ambigüedad de una renuncia afectiva
12. Un resto que no se resigna
13. Los caminos para la maduración: una triple renuncia
14: Análisis de la propia realidad
15. El valor de la experiencia afectiva
16. La amistad privilegiada
17. La pobreza bienaventurada de un amor
18. Un reconocimiento honesto de la propia situación
19. Ayuda en el proceso de clarificación
20. El amor posible en el desierto
BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN

1. La situación actual

Para escribir hoy sobre la moral sexual se requiere una cierta dosis de ingenuidad o mucho de
osadía. Cualquiera que observe la realidad que nos rodea se da cuenta enseguida del enorme desajuste
existente entre lo que la Iglesia enseña en su doctrina y lo que la gente vive en la práctica. Lo
preocupante no es que existan fallos e incoherencias, como siempre se han dado, sino la actitud
desinteresada e indiferente, que prescinde casi por completo de su doctrina. La imagen que se ofrece
de la sexualidad se ha diversificado en múltiples rostros y no parece que el ofrecido por la ética
cristiana sea precisamente el más atractivo y seductor. En un mundo tan pluralista como el nuestro, la
oferta de opciones sobre los diferentes problemas éticos que se presentan en este campo es tan diversa
y contradictoria que se encuentran soluciones para todos los gustos e ideologías. Por eso, la educación
se ha hecho más difícil y compleja en la actualidad, cuando la concordancia básica de otras épocas se
ha fraccionado en tantas posturas que mutuamente se excluyen. Vivimos, para sintetizarlo en unas
palabras, en la edad del fragmento, de lo parcial y provisorio, de lo débil e inconsistente, de la
inseguridad y de lo relativo.
En estas circunstancias, cuando nada se considera cierto, absoluto y definitivo, la tolerancia se
revela como el valor prioritario de toda sociedad. En lo único que todos estamos de acuerdo es en que
no todos tenemos que estar de acuerdo por la complejidad de los problemas, el pluralismo de las
soluciones y las dificultades para encontrar un fundamento común. Como no se puede imponer
ninguna verdad por encima de las otras opiniones, no cabe otra salida que el respeto hacia las
diferencias. La legislación civil no ha de prohibir o aceptar los códigos éticos de una mentalidad
concreta, sino que debe permanecer abierta a las otras valoraciones diferentes que resulten válidas y
razonables para otros grupos. Una ética de mínimos es a lo único que se puede aspirar.

2. Los riesgos y peligros de esta situación: escepticismo y comodidad

Dentro de un contexto cultural como éste, se esconden algunos peligros fácilmente comprensibles
y que constatamos con frecuencia a nuestro alrededor. Solamente me limito a enumerarlos. Se
aumenta, en primer lugar, un talante de escepticismo e indiferencia ante la dificultad de una
fundamentación cierta y segura. Cuando son tantas las opiniones y tan diferentes las ofertas éticas, no
hay ningún motivo para aceptar unas por encima de otras. El ecumenismo ético se vuelve tan amplio e
indulgente que no se rechaza como inaceptable ninguna conducta. La tolerancia no es, entonces, fruto
del respeto y deferencia hacia el otro, sino el síntoma de un escepticismo radical. Como la verdad
objetiva no está garantizada, que cada uno actúe y se comporte como le parezca. Es curioso observar
cómo en muchas encuestas que se hacen por la calle para determinados programas, cuando se pregunta
sobre alguna valoración ética, la respuesta más frecuente es dejar que cada persona proceda como
juzgue conveniente.
Esta incertidumbre e indiferencia se convierten también en un estímulo para la comodidad, pues
si cualquier oferta ética aparece tan válida como las otras, la inclinación hacia lo que resulta menos
molesto y exigente se hace comprensible. Nadie tiene derecho a exigir o prohibir una conducta
determinada, ya que todas gozan más o menos de la misma probabilidad. La elección pertenece en
exclusiva al propio individuo y, en esta hipótesis, sería absurdo optar por la más difícil y sacrificada.

3. Tolerancia civil e influjos ambientales

Finalmente, cuando las normas son producto de un consenso social, el bien o el mal quedan
configurados por la fuerza de la ley. Lo que jurídicamente se acepta o condena constituye la norma
básica de orientación. La ética civil que, como hemos dicho, se reduce a los mínimos indispensables,
es la única que puede imponerse a los ciudadanos. Es necesario, por ello, que la autoridad tolere una
serie de comportamientos que, desde una perspectiva ética, ofrecerían serios reparos. Esto significa,
como se ha defendido en una amplia tradición de la Iglesia, que no todas las exigencias éticas deben
quedar sancionadas por el derecho, pero que también no todo lo que se permite y tolera en una
legislación civil tiene que ser aprobado por la moral. El peligro radica, entonces, en no distinguir
suficientemente lo legal de lo ético, y terminar aceptando, con todas sus lamentables consecuencias,
que la tolerancia o prohibición jurídica se identifica con la bondad o la malicia ética.
Tal vez el análisis pueda parecer demasiado abstracto, pues en la vida real no se utiliza este
lenguaje, ni se tiene conciencia de que la praxis se encuentra dinamizada por estos principios más
ideológicos. Pero basta observar las reacciones y comentarios a nuestro alrededor para constatar cómo
de hecho influyen y se hacen presentes. En cualquier caso, aunque sea con matices algo diversos,
bastantes estarán de acuerdo en este diagnóstico fundamental. Vivimos en una sociedad desgarrada,
pluralista, secular, tolerante, en la que el espacio para la ética cristiana se ha ido reduciendo de forma
progresiva, y con mayor fuerza aun en el campo de la sexualidad.
Por otra parte, en un mundo tan abierto como el nuestro, no existe ningún reducto cerrado que
pueda sentirse libre de estas influencias. Los medios de comunicación y el ambiente dejan caer sus
mensajes en todos los rincones, creando con mucha frecuencia fuertes antagonismos entre lo que se
recibe en el hogar y lo que se respira por fuera. Sería nefasto, entonces, que la educación intentara
crear "niños burbujas" para que vivieran siempre en un clima artificial.
Ante una situación como ésta se da en muchas personas un desconcierto generalizado. Padres de
familia, educadores y sacerdotes experimentan un malestar profundo, pues no saben cómo enfrentarse
a un fenómeno que supera sus posibilidades. Aceptan, a lo mejor, que su formación fue demasiado
rigorista e inadecuada, como para transmitirla de nuevo a las generaciones actuales, pero tampoco
llegan a comprender la naturalidad con que los jóvenes actúan en este campo. El puritanismo de antes,
que provocó un mundo de sospechas, recelos y culpabilidad, se ha convertido en una permisividad casi
absoluta, que no admite ningún tipo de normas o criterios éticos. La ruptura de los esquemas
anteriores, que no han sido reemplazados por otros, los deja indefensos, sin saber lo que pueden decir
ni qué orientaciones ofrecer.

4. El riesgo de una doble amenaza:


resignación y silencio

Un doble peligro amenaza, entonces, que nos vuelve incapaces para afrontar este desafío y nos
despoja de la responsabilidad que pesa sobre cualquier educador. El primero consiste en quedarse
simplemente en una denuncia retórica, como un intento de satisfacer la propia conciencia, para no
sentirse colaboradores de la nueva situación. Con la condena y el rechazo de estos comportamientos,
que no se ajustan a las pautas tradicionales, dejan, por lo menos, el convencimiento de que la
culpabilidad recae sobre los otros, sin ninguna implicación por nuestra parte. La ineficacia de esta
actitud resulta tan manifiesta que no es necesario detenernos en su explicación. Baste añadir solamente
que es demasiado cómoda y no exime tampoco de la responsabilidad.
La inseguridad de acercarse a un mundo tan diferente, que ni responde a nuestros principios ni
podemos controlarlo, provoca una tolerancia benévola que no se atreve a intervenir. Hasta la
presentación de un proyecto ético o educativo parece casi vergonzoso, por miedo a que nos señalen
como anticuados e ineptos para valorar la cultura de nuestro tiempo. Oponerse a los imperativos y
modas del ambiente se hace molesto, sobre todo cuando no existe seguridad en aquello que se
propone.
Por eso tampoco aceptamos una postura de resignación y silencio que pretenda construir la moral
con el imperativo de los hechos. Estos intentos de acomodación para reducir las exigencias a los datos
sociológicos son fruto de un conformismo cobarde y el servicio que se prestaría por este camino a la
humanidad sería demasiado pequeño. Una postura que se ha generalizado con exceso ante una
situación que, muchas veces, no se sabe cómo abordar. Aunque no se esté de acuerdo con ella, sólo
queda un silencio resignado, que impide cualquier otra manifestación contraria.
La sicología podría también encontrar una explicación más profunda. A veces, el aplauso
popular, el deseo de no contradecir, el miedo a ser tachados de conservadores se convierten en una
tentación para no intervenir ni manifestar nuestro pensamiento. Al narcisismo humano le duele ofrecer
una imagen que no está valorada en el ambiente en que se vive. De ahí que, bajo la aparente excusa de
un respeto, se dé una abstención que, en el fondo, es un deseo de no deteriorar el propio rostro frente a
los demás. El no estar a la moda intelectual que se lleva es un motivo de crítica y de rechazo, cuyas
consecuencias se quieren evitar. En otras, tal vez con más frecuencia, es una falta de preparación para
examinar los problemas que hoy se plantean con una mentalidad adecuada. La buena voluntad no
basta por sí sola si no va acompañada, al mismo tiempo, de la suficiente preparación.
En cualquier hipótesis, el simple dejar hacer no provoca ninguna maduración ni lleva a una
mayor libertad. El análisis crítico permite descubrir que en el fondo de tal "liberación" existe un nuevo
tipo de esclavitud. Los antiguos ídolos quedan sustituidos por otras imágenes nuevas igualmente
falsas. Y es que el puritanismo exagerado de antes y el desenfreno de ahora tienen idénticas raíces: la
sumisión ante la sexualidad como un destino impuesto. Las formas concretas de esta imposición serán
diferentes. Si la conducta estaba regida con anterioridad por una normativa rigorista e impuesta por
diversas presiones, hoy muchos sienten la obligación de comportarse como mandan las nuevas formas
liberadoras, para que nadie los pueda tachar de conservadores.

5. El peligro de una moral autoritaria

Pero tampoco vale la vuelta a una moral que se fundamente exclusivamente en la fuerza de la
autoridad. Algunos creen que es la única alternativa eficaz. Si hemos llegado hasta aquí ha sido como
consecuencia de un relajamiento progresivo, producto de la excesiva tolerancia, del confusionismo
ideológico, del simple dejar hacer, del miedo a ir contra corriente. La solución habría que buscarla por
el extremo contrario: una vuelta a las normas claras y taxativas, que regulan la conducta del ser
humano. El fracaso ha sido demasiado evidente para continuar por el mismo camino. Es necesario
levantar la voz con fuerza y denunciar con valentía esta deshumanización actual. La culpa de tales
excesos recae, en parte, sobre aquellos responsables que no han sabido -o no han querido- con su
autoridad tomar unas medidas más eficaces.
El problema es demasiado complejo para tratarlo aquí con mayor amplitud, pero desde luego no
parece ésta la solución más adecuada ni suficiente. Hoy no basta ya la repetición de unas normas, por
muy verdaderas que sean, si no se indican, al mismo tiempo, los valores que en ella se encierran. La
imposición autoritaria de unas obligaciones éticas sólo sirve para mantener una sumisión infantilizada
en aquellos que no aspiran a vivir de una manera adulta. Toda persona tiene derecho a saber el porqué
de lo mandado como imperativo moral y esa pregunta no es siempre fruto de la rebeldía o falta de
docilidad, aunque a veces se proponga en ese clima, sino una manifestación de la madurez humana y
evangélica. El esfuerzo por encontrar la respuesta adecuada es la tarea de una ética actual y no la mera
repetición de lo que siempre se ha dicho. Si esa respuesta no existe, o no sabemos darla, de poco
servirá la propuesta que se ofrece.
A nadie se le puede obligar a la aceptación de una norma obligatoria sin un convencimiento
interno de que así debe actuar para su propio bien y para agradar a Dios, en el caso de los creyentes.
Es el mayor desafío que se plantea a los educadores en el mundo actual: saber dar razón y justificar
aquellos valores que ofrezcan. Si hay que estar "dispuestos siempre a dar razón de vuestra esperanza a
todo el que os pida una explicación" (1 Ped 3, 15), con mayor motivo aun tenemos que estar
preparados para justificar una determinada conducta que, si es válida y buena para la persona, no
puede serlo simplemente por el hecho de estar mandada.

6. La necesidad de una renovación

Para evitar estos peligros, hay que reconocer, en primer lugar, que la educación en este terreno no
ha sido siempre la más adecuada. Sin caer en exageraciones o críticas, que no tienen en cuenta el
contexto cultural de otras épocas, la imagen presentada ofrecía muchos inconvenientes y lagunas que
dificultaron una reconciliación pacífica y armoniosa en la conciencia cristiana. La pedagogía utilizada
por generaciones anteriores pertenece a una etapa que se ha de dar por superada. Aunque la buena
voluntad y el fin pretendido fueran excelentes, las consecuencias que de ahí se han derivado, y que
sufrimos todavía en parte, tenemos que considerarlas como negativas. El miedo y un sentimiento de
culpabilidad excesivo formaban una frontera bien vigilada que impedía el acceso a una zona peligrosa,
de la que era mejor permanecer alejado. El silencio y la ignorancia eran buenos colaboradores para no
sentir su amenaza. Aunque tales posturas puedan estar superadas, queda aún una mentalidad de fondo
que todavía se vale de este lastre negativo para frenar cualquier avance.
Frente a las sombras del pasado, nace hoy una actitud antagónica y diferente que busca sustituir
el miedo y el pecado por la verdad del sexo. Las ciencias que afectan a esta dimensión de la persona
han disipado ya muchas ignorancias e ingenuidades, purificando una atmósfera demasiado enrarecida.
Hemos llegado al fin de una clandestinidad que se celebra como una verdadera conquista. El abrazo de
la reconciliación se ha hecho posible. Y, como cristianos, hay motivo para alegrarse por la superación
de antiguas barreras y tabúes irracionales.
La primera obligación, por tanto, radica en la urgencia de una información adecuada, que sepa
compaginar los conocimientos científicos, pedagógicos, éticos y religiosos dentro de esta tarea. Una
educación sexual exige también una preparación para que el modelo ofrecido tenga el crédito y las
garantías que exige nuestro mundo actual, si deseamos que nuestra oferta se haga creíble. La
necesidad de un planteamiento renovado es una de las tareas más urgentes de la ética y de cualquier
proyecto educativo. Aun en la hipótesis de que muchos lo rechazaran, lo que nadie debería echamos en
cara es que la oferta que, como creyentes, ofrecemos a la sociedad no es también razonable y queda
justificada por serios argumentos.

7. Las ambigüedades de un planteamiento

Sin embargo, sería absurdo fomentar un ingenuo optimismo, como si la liberación del sexo,
prisionero durante tanto tiempo, hubiera que aceptarla como un hecho positivo en todos los órdenes.
Frente a una visión demasiado espiritualista y uniforme, como la que se ha vivido hasta las épocas más
recientes, nos encontramos en medio de una sociedad que presenta diferentes antropologías sexuales
de signo muy contrario a la anterior. Si antes era el alma la que debía liberarse de todas las ataduras y
esclavitudes del cuerpo para alcanzar un nivel de espiritualización, ahora es el cuerpo quien debe
despojarse de todo aquello que le impida su expresión más espontánea y natural. La permisividad
absoluta y un naturalismo biológico son el denominador común de muchas comentes modernas, como
analizaremos después.
A cualquiera que recorra ciertos libros publicados para la formación sexual, haya visto esos
programas de televisión que se consideraban muy científicos y modernos, contemple la imagen
ofrecida por tantas películas y manifestada en la publicidad, o penetre en la mentalidad oculta de
campañas recientes, no le costará mucho trabajo descubrir este tipo de antropología. Fuera de las
conductas patológicas, que serán dañinas por esta condición, no hay apenas fronteras que delimiten la
actuación sexual.

8. Hacia una sexualidad simbólica

Es lógico, por ello, que cuando se ofrece un proyecto ético con otras perspectivas, la reacción
inmediata sea de rechazo, porque resulta menos agradable y levanta de inmediato las sospechas de
otros tiempos. No podemos quedarnos con los brazos cruzados, como ya hemos dicho. Se requiere un
esfuerzo lúcido para que la gente descubra lo razonable de nuestra propuesta y el porqué no estamos
satisfechos con una visión que nos parece muy corta y limitada. No negamos el carácter lúdico del
sexo, ni el valor del placer como factor de equilibrio y felicidad, ni su función lenitiva contra la fatiga
y el cansancio. Experimentar un sentimiento de repugnancia o desprecio manifestaría que algo no
funciona del todo bien en su interior. El problema es de otra índole. Lo que no queremos es que la
sexualidad se limite a ser una acción utilitaria y productiva para la obtención de un placer y pierda por
completo su dimensión expresiva y simbólica. Es decir, que se la despoje de todo contenido humano,
como si fuera un simple fenómeno zoológico, hasta convertirla en un hecho insignificante, en una
palabra vacía, en una expresión sin mensaje. Se trata, sencillamente, de saber hacia dónde orientamos
esa pulsión y qué significado le damos.
Ni es posible, finalmente, rebajar nuestras exigencias cristianas para que tengan cabida dentro del
mercado actual de valores. El diálogo con otras ideologías, la confrontación con otros criterios éticos
diferentes, la apertura y sensibilidad frente a las críticas ajenas serán un gesto de respeto o un
enriquecimiento del propio patrimonio, pero nunca una estrategia política de renuncias y concesiones
para conseguir a toda costa un escaño en el parlamento de la sociedad. Es bueno sentirse ayudado
desde fuera para revisar ciertas valoraciones que, a lo mejor, no fueron tan exactas, pero entrar en el
debate como un interlocutor más, sin la fuerza para imponer las propias valoraciones, no significa
renunciar a su defensa dentro de un diálogo plural y democrático, aunque después no terminen por
aceptarse. El laicismo autoritario, tal vez como reacción a los influjos anteriores de la Iglesia, quiere
que domine una explícita mentalidad a-religiosa, pero en una sociedad laica, donde todas las
ideologías civiles y creyentes han de tener espacio, cualquiera de los participantes tienen derecho a
presentar sus propias opciones.
La visión cristiana ya no aparece como el único proyecto ético con validez universal, pero ello no
implica renunciar al talante y radicalismo evangélico que le caracteriza. No se trata de realizar una
operación parecida a las rebajas comerciales, como el que abarata el precio del mercado para ver si la
gente acepta mejor el producto que se le ofrece. Las palabras de Jesús sobre la sal que se vuelve
insípida y "no sirve para nada más sino para ser tirada fuera y pisoteada de los hombres" (Mt 4, 13) es
un recuerdo que no debemos olvidar. Es decir, la moral católica no tiene que cambiar por el hecho de
estar situada en una sociedad pluralista. Al contrario, en un mundo donde las prácticas y las creencias
no ayudan para nada y existen otros múltiples atractivos, la luz y la fuerza del Evangelio deberían
tener una presencia mucho mayor.

9. Conclusión

Ésta es justamente nuestra intención al escribir estas páginas. Ofrecer a los lectores -sacerdotes,
padres, maestros y educadores- una visión de la sexualidad que supere las limitaciones de épocas
pasadas, pero con los datos necesarios para que sepan enfrentarse a las nuevas ideologías con un
espíritu crítico. Que entre los modelos de una sociedad cada vez más pluralista, la oferta de una ética
sexual cristiana se haga comprensible y razonable a los demás, aunque no siempre la compartan, y
ayude al convencimiento interior para que cada persona se sienta también comprometida en la
realización de semejante proyecto.
Para ello, analizaremos las principales antropologías que hoy se dan en nuestra sociedad (cap. 1).
Presentaremos a continuación cuál es la antropología de la que parten nuestras reflexiones (cap. 2),
para confirmarla con los datos de la revelación (cap. 3). De ahí deduciremos los criterios
fundamentales (cap. 4), y las exigencias básicas (cap. 5) de una ética sexual, que nos sirvan para
valorar los comportamientos concretos: cambio de sexo (cap. 6), masturbación (cap. 7),
homosexualidad (cap. 8), relaciones prematrimoniales (cap. 9). Para tocar, finalmente, los problemas
que se plantean dentro del matrimonio: regulación de nacimientos (cap. 10), crisis matrimoniales (cap.
11), situaciones irregulares (cap. 12). Y terminaremos reflexionando sobre el celibato (cap. 13).
He procurado omitir otros temas más históricos y especulativos para facilitar la lectura y
centrarme en los problemas concretos. Con la misma intención, han desaparecido las notas
bibliográficas a pie de página, que sólo resultan interesantes para personas que pretenden profundizar
en algunos temas, pero que no tienen mayor interés para el que busca una formación general. Al final
de cada capítulo, me he limitado a sugerir una bibliografía breve en castellano, entre lo mucho que hoy
se escribe sobre estos puntos. Así, la persona que lo desee podrá ampliar con estas lecturas otros
aspectos que le ayuden a completar sus conocimientos.

BIBLIOGRAFÍA
AA.VV., "Postmodemidad y moral: ¿matrimonio imposible?", Sinite 109 (1995).

ANDONEGUI, J., "Los católicos ante la ética moderna". Lumen 47 (1998) 297-325 y 403-438.
BORREGO, E., "Evolución de la ética sexual cristiana. Observaciones puntuales", Sal Terrae 88 (2000) 345-356.
CORTINA, A., "Religión y ética civil". Iglesia Viva 187 (1997) 63-73.
GARCIA-MONGE, J. A., "Sicología de la sumisión y sicología de la responsabilidad en la Iglesia", Sal Terrae 84 (1996) 21-
34.
LÓPEZ AZPITARTE, E., "Moral cristiana y ética civil: relación y posibles conflictos". Proyección 41 (1994), 305-314. Una
crítica a estas éticas civiles en: C. THIEBAUT, "Cruces y caras de la ética civil". Iglesia Viva 187 (1997) 49-61.
LÓPEZ AZPITARTE, E., "La educación moral en la familia". Revista Agustiniana 36 (1995) 503-535.
MARDONES, J. Ma., Análisis de la sociedad y fe cristiana, Madrid, PPC, 1995.
SÁNCHEZ MONGE, M., "Evangelizar en tiempos de tolerancia". Surge 54 (1996) 25-46.
VALADIER, P., "La autoridad en Moral", Selecciones de Teología 33 (1994) 193-200.
VICO PEINADO, J., Éticas teológicas, ayer y hoy, Madrid, San Pablo, 1996.
CAPITULO 1

Antropologías sexuales

1. La moral como exigencia antropológica

A pesar de todas las críticas y dificultades que se hayan levantado contra la moral, nadie es
capaz de aniquilarla por completo. Se podrá rechazar una ética determinada, pero todo ser humano,
por el simple hecho de existir, está condenado a vincularse con una moral.
Aunque la sociobiología haya descubierto en la conducta humana estructuras parecidas al
comportamiento de los animales, existe una frontera cualitativa que separa con nitidez ambos
mundos. Los seres irracionales siguen ciegamente las leyes de su naturaleza e instintos, que los
conducen con una eficacia admirable a la consecución de sus objetivos. No tienen otra moral que el
sometimiento a sus imperativos biológicos, ideológicamente ordenados al bien individual y de la
especie. Su orientación resulta tan perfecta y adecuada que para actuar bien sólo tienen que dejarse
llevar, sin necesidad de poner ningún reparo, por el dinamismo interno de sus propias tendencias. A
primera vista, incluso, habría que decir que se encuentran mucho mejor programados y con una
dotación mejor de la que el hombre y la mujer poseen. Venimos a la existencia con un cierto defecto
de fábrica, como si nos hubiera faltado una revisión final.
Dicho de otra manera, nacemos sin estar hechos ni programados por la propia naturaleza. Esta
carencia radical con relación a los animales, que catalogaría al género humano como inferior y
menos perfecta, se compensa radicalmente por la existencia de la libertad. Si en el animal los
estímulos suscitan en cada momento una respuesta determinada y precisa, el ser humano, para vivir
con dignidad, no se puede dejar conducir por los simples impulsos, anárquicos y desordenados, sino
que requiere un ajuste posterior para que su conducta sea integrada y razonable. El animal que
siguiera las leyes de sus instintos sería un animal perfecto, pero el hombre que respondiera de la
misma forma a las exigencias instintivas de sus pulsiones, se convertiría en una auténtica bestia. Esta
necesidad humana e irrenunciable de modelar nuestro comportamiento brota, por tanto, de nuestras
propias estructuras antropológicas. Estamos condenados -queramos o no queramos- a ser éticos.
Pero la moral no es un simple código de leyes, preceptos, mandatos, imperativos a los que no
hay más remedio que ajustar nuestra conducta, como una fuerza coactiva que se nos impone desde
fuera. La misma etimología de la palabra ética nos da un sentido mucho más rico y profundo de lo
que para muchos significa este término. El ethos, en la existencia humana, es la cara opuesta del
pathos, como una doble dimensión que cualquier sujeto experimenta. Dentro de esta última acepción
entraría todo lo que nos ha sido dado por la naturaleza, sin haber intervenido o colaborado de manera
activa en su existencia. Lo llamamos así por haberlo recibido pasivamente, al margen de nuestra
decisión o voluntad. Es el mundo que constituye nuestro talante natural, nuestra manera instintiva de
ser, que padecemos como algo que nos ha sido impuesto, y que no sirve, como hemos visto, para
dirigir nuestra conducta. Ofrece los materiales sobre los que el hombre y la mujer han de trabajar
para construir su vida, como el artista esculpe la madera para sacar una obra de arte.
Para expresar este esfuerzo activo y dinámico, que no se deja vencer por el pathos recibido, el
griego se valía de la palabra éthos, pero con dos significaciones diferentes. En el primer caso,
indicaba fundamentalmente el carácter, el modo de ser, el estilo de vida que cada persona le quiere
dar a su existencia. Mientras que su segunda acepción haría referencia a los actos concretos y
particulares con los que se lleva a cabo semejante proyecto.

2. La búsqueda de un sentido:
paradoja y ambivalencia de la sexualidad

Tendríamos que decir, por tanto, que la función primaria de la moral consiste en dar a nuestra
vida una orientación estable, encontrar el camino que lleva hacia una meta, crear un estilo y manera
de existir coherentes con un proyecto. La ética consistiría, entonces, en darle a nuestro pathos -ese
mundo pasivo y desorganizado que nos ofrece la naturaleza- el estilo y la configuración querida por
nosotros, mediante nuestros actos y formas concretas de actuar. Aquí está la gran tarea y el gran
destino del hombre y de la mujer.
Ser persona exige un proyecto de futuro, que determina el comportamiento de acuerdo con la
meta que cada uno se haya trazado. Hacer simplemente lo que apetezca es descender hacia la zona de
lo irracional, a un nivel por debajo de los animales -cuya conducta queda regulada por sus instintos-,
para adoptar como criterio único el capricho y el libertinaje. Toda persona, ineludiblemente, tiene
que plantearse el sentido que quiere darle a su vida, la meta hacia la que desea orientarla. Se trata de
una pregunta a la que hay que responder de una u otra manera, pues hasta el suicidio supone una
respuesta implícita: la vida no merece la pena. La praxis ética se convierte, entonces, en el camino
que lleva hacia el ideal y la meta propuesta.
Este mismo sentido, que buscamos darle al conjunto de nuestra existencia, hay que irlo
descubriendo también en cada una de nuestras actividades personales. Se trata de encontrar ahora el
significado y destino de la sexualidad, en coherencia con el proyecto ético, que oriente nuestra
conducta y ayude a la realización de la persona en esta dimensión específica de nuestro ser. En
función de este esquema más concreto y determinado -cuál es la función del sexo como realidad
humana- podremos deducir aquellos valores éticos fundamentales que humanizan la conducta sexual.
Cualquier comportamiento que no respete estas exigencias básicas o impida su realización habrá que
catalogarlo como negativo y deshumanizante.
Ahora bien, saber lo que es mejor para la humanización de la sexualidad no se realiza sin un
diálogo abierto y sincero con todas las ciencias y bajo la influencia de una determinada óptica
cultural, que explican su carácter histórico y evolutivo. Por eso, la historia de las costumbres sexuales
revela una variedad impresionante de éticas, de acuerdo con el sentido otorgado a esta dimensión.
La concretización de estos valores, sin embargo, reviste una dificultad especial. La sexualidad se
ha vivido siempre, a lo largo de la historia, en un clima de enigma y de misterio, como una realidad
asombrosa y fascinante que ha provocado con mucha frecuencia una doble actitud paradójica.
Produce instintivamente una dosis de miedo, recelo y sospecha, y despierta, al mismo tiempo, la
curiosidad, el deseo, la ilusión de un acercamiento. Es un hecho fácilmente constatable en la
sicología de cada persona, donde aparece, si no se ha reprimido ningún elemento, esta tensión
contradictoria. Se busca, se desea e incomprensiblemente se teme y se rechaza.
Es lo que ha sucedido con mucha frecuencia en la historia, cuando se ha intentado comprender
su naturaleza insistiendo con exclusividad en el aspecto negativo y misterioso o, por el contrario,
subrayando únicamente su carácter atractivo y placentero. Desde la antigüedad, esta doble postura se
ha ido entretejiendo de manera casi continua en todos los tiempos y con matices diferentes. Así se
explica el deslizamiento operado tanto hacia una lejanía constante, que evite cualquier contacto con
la esfera sexual, como el deseo de acercarse a ella para penetrar en el misterio que la envuelve. Sin
pretender ahora un análisis detallado y completo, expongo con brevedad las antropologías
fundamentales que han surgido de esta experiencia.

3. Antropologías rigoristas:
recelo y desconfianza hacia lo corporal

El sexo, en primer lugar, ha sido un terreno abonado para la génesis y el crecimiento de muchos
tabúes. Cuando una zona resulta arriesgada y peligrosa por su aspecto misterioso, se levanta de
inmediato una barrera a su alrededor que impide el simple acercamiento. Es como una frontera que
conserva en su interior algo cuyo contacto mancha, cuya violación, aunque involuntaria, produce una
sanción automática. Las costumbres más antiguas de todos los pueblos testimonian este carácter de la
sexualidad. Determinados factores biológicos y naturales exigen una serie de ritos y purificaciones.
La abstinencia sexual es obligatoria en algunas épocas especiales, como durante el período de guerra
o de siembra. Ante el asombro que revela lo desconocido, se intenta evitar cualquier contagio y huir
lo más posible de lo que se vivencia como un peligro inconcebible. Es una actitud de alejamiento
respetuoso frente al miedo que brota de un misterio inexplicable.
El rigorismo de la antigüedad en torno a estos temas fue impresionante. La distinción clásica
entre el logos (la razón) y el alogon (lo irracional) adquirió una importancia extraordinaria. Para la
filosofía estoica lo fundamental consistía en vivir de acuerdo con las exigencias de la razón humana,
mientras que el placer y los deseos corporales se convierten en los enemigos básicos de ese ideal. La
virtud aparece como una lucha constante para evitar todo tipo de placeres. Su moral se centraba en un
esfuerzo heroico y continuado para eliminar las pasiones y liberar al hombre de sus fuerzas
anárquicas e instintivas hasta conducirlo a una apatía (falta de pasión) lo más completa y absoluta
posible.
Lo más opuesto a la dignidad humana era el obnubilamiento de la razón que se opera en el
placer sexual. Esta lucidez intelectual se mantenía como norma suprema por otras corrientes de
pensamiento. Por eso el acto matrimonial, donde la persona renuncia precisamente a esta primacía de
la razón, es algo indigno y animalesco. El mismo nombre de pequeña epilepsia, como era
considerado por la ciencia médica de entonces, supone ya un atentado contra la condición básica del
ser humano. Sería vergonzosa cualquier conducta en la que el alma entrara en relación con el
instinto.
Las tendencias maniqueas añaden un nuevo aspecto pesimista en esta atmósfera cargada de
sospechas y desconfianzas. El cuerpo y la materia han sido creados por el reino de las tinieblas y se
han convertido en la cárcel y tumba del alma, que de esa forma queda prisionera y sometida a las
exigencias de la carne. De nuevo el cuerpo aparecía como el lugar sombrío, como la fuente del mal,
como la caverna del pecado. Su ética será también un intento por evitar el contacto con la materia,
que mancha, culpabiliza y rebaja el espíritu a una condición brutal.
El esfuerzo, como una lógica consecuencia, estaba orientado hacia la liberación progresiva de
esta prisión para el conocimiento limpio de la verdad y de la belleza eterna. La muerte aparece en el
horizonte -recuérdese a Sócrates en el Fedón- como el momento cumbre de conseguir la libertad. Las
rejas y mazmorras de los sentidos dejan paso al alma, liberada ya de sus bajas pasiones y sin
obstáculos para la contemplación.
De ahí toda la corriente ascética y rigorista que se manifestaba en las máximas y consejos de
aquellos autores. El matrimonio era una opción prohibida para los verdaderos elegidos y, si se
toleraba para aquellos que no pudieran contenerse, era con la condición de no procrear a fin de que
no se multiplicaran las esclavitudes del alma en el cuerpo. Podría elaborarse un amplio florilegio de
frases y sentencias, donde la hostilidad hacia la materia, el alejamiento de la mujer, la malicia de la
procreación, la pecaminosidad del acto sexual, el desprecio del matrimonio, el odio a la carne
constituirían una monótona repetición, mientras se defendían, por el contrario, las excelencias de la
continencia y la virginidad, incluso en escritores paganos.

4. Antropologías espiritualistas:
la dificultad de un equilibrio

Esta corriente negativa seguirá teniendo otras múltiples traducciones históricas. Los gnósticos de
los primeros tiempos y las tendencias maniqueas y estoicas en el ambiente grecorromano tendrán su
prolongación en otras ideologías posteriores, que comparten, en este terreno, la misma mentalidad de
fondo: una desconfianza, lejanía y miedo frente a todo lo relacionado con el cuerpo, el placer, la
sexualidad, el matrimonio, aunque las razones que han conducido hasta este desprecio hayan sido
muy diferentes. Bajo el influjo de estas ideas, el alejamiento de estas realidades aparecía como un
ideal filosófico y cristiano.
A partir de tales presupuestos, la imagen de una antropología demasiado espiritualista -sin darle
a este adjetivo ningún contenido religioso- ha estado presente en todos los tiempos. La ética que se
deducía era coherente con semejante proyecto. Una buena educación debía estar orientada a que
todos estos elementos negativos se mantuvieran alejados, lo más posible, de la vida humana.
La Iglesia, es cierto, no cayó nunca en estas doctrinas radicales y condenadas, que surgieron en
ambientes ajenos a ella. Su magisterio recoge también todas las herejías y exageraciones relativas al
sexo, al cuerpo o al matrimonio, aunque estuvieran muy extendidas y se justificaran con argumentos
espirituales. Las razones para esta condena han sido muy variadas, pues existen demostraciones de
todo tipo. Pero resulta reconfortante y consolador encontrarse con una, en concreto, que utiliza con
mucha frecuencia y constituye un rotundo mentís de cualquier pesimismo exagerado. Dios es el autor
de la sexualidad y del matrimonio y no podrá ser nunca perverso lo que ha brotado de sus manos y
ofreció como un regalo a los hombres en aquella primera aurora de la creación. La idea aparece ya en
los primeros Padres y se repite de nuevo siempre que sobre estos temas vuelve a recaer una
acusación extremista y radicalizada. A un nivel ideológico, la actitud eclesial, frente a todas las
corrientes negativas y rigoristas, ha sido clara y explícita.
Con esto, sin embargo, no hemos dicho todo. El equilibrio pretendido no se ha conservado
siempre en el centro, si tenemos en cuenta las consecuencias prácticas que muchas veces se han
derivado de su doctrina. Hoy está de moda echar en cara a la Iglesia su oscurantismo y hacerla
responsable de todos los conflictos, neurosis y represiones en este terreno. Sería absurdo negar su
influencia negativa, pero no convendría olvidar tampoco que la explicación última se halla en otros
factores ajenos a ella.
El rigorismo de las ideologías paganas en torno al placer sexual era bien significativo, como
hemos dicho. Y hubiera resultado incomprensible, y hasta escandaloso, que el cristianismo predicara
una moral más laxa y amplia que la de los filósofos paganos. Las citas y ejemplos de los autores
clásicos se utilizan con frecuencia cuando se abordan los temas sexuales. De esta manera, el
paganismo se convierte en una fuente de autoridad para fundamentar las exigencias cristianas. El
intento por evitar los peligros del sexo le ha hecho fomentar, en la práctica, una aptitud de sospecha a
veces demasiado excesiva. La historia ofrece abundantes testimonios de esta orientación.
A pesar de que el matrimonio se ha considerado siempre como un sacramento de gracia, no ha
constituido nunca un verdadero camino de santidad. El seguimiento verdadero de Cristo sólo era
posible en la opción virginal, que se consideraba como un estado superior y más perfecto. Quedaba
reservado a los que, por una u otra causa, no podían aspirar a una perfección tan sublime. La división
clásica de la moral sexual, mantenida hasta nuestros días, resultaba ya expresiva al contraponer la
castidad perfecta de los solteros con la castidad imperfecta propia de las personas casadas, como si la
cima de esta virtud estuviera reservada exclusivamente para aquéllos.
Durante mucho tiempo la entrega sexual exigía un motivo justificante, pues la simple expresión
de amor no parecía suficiente para evitar el pecado de incontinencia. La procreación y dar el débito
eran las únicas razones para permitir el uso del matrimonio, como solía decirse. Todas las demás
expresiones que no estuvieran orientadas hacia esa meta no estaban exentas por completo de pecado.
Cuando la Iglesia permitía el matrimonio a los viejos y estériles era, según algunos autores, para que
vivieran castamente, o para evitar el adulterio del cónyuge. Las prácticas cristianas, que aconsejaban
una abstinencia sexual los días de comunión o en determinadas épocas litúrgicas y festividades,
aparecían en los libros de espiritualidad y aún quedan restos de estas ideologías en ciertos ambientes.

5. Consecuencias de un espiritualismo exagerado

Es verdad que todas estas posturas pudieron tener una explicación histórica y han sido ya
superadas en una ética cristiana actualizada, pero no conviene olvidar la mentalidad de fondo, que ha
provocado sus efectos negativos. Nos ha faltado una actitud de mayor transparencia, prudente sí,
pero también sin temores tan acentuados. Se querían evitar los peligros del sexo y para ello se
levantaba una muralla de silencio e ignorancia que evitaran el contacto con éste. El miedo se
convertía, entonces, en una frontera que impedía el paso por un terreno arriesgado aunque con
frecuencia quedara disfrazado bajo la máscara de una ética rigorista.
En un clima como éste, de nerviosismo y suspicacia, lógicamente la educación sexual tendía a
evitarse. Era necesario acudir a mentiras piadosas y fábulas para saciar la curiosidad normal sobre
estos temas, y el conocimiento se efectuaba a escondidas, en una atmósfera clandestina y chabacana,
como si la sexualidad fuese un coto cerrado, adonde había que entrar por la fuerza y de manera
subrepticia.
O la educación ofrecida resultaba más bien contraproducente por una sencilla razón. La primera
norma pedagógica exige que el educador esté convencido y entusiasmado de aquello que enseña. No
basta manifestar este aprecio con la palabra. Los contenidos más auténticos y eficaces son aquellos
que transmitimos sin querer, de forma inconsciente, los que descubren nuestra verdadera actitud
interior, encerrada muchas veces bajo nuestras ideas y mensajes externos y racionalizados. Aunque
se piense de una manera se puede vivir por dentro de otra, y esta vida es la que verdaderamente
comunicamos a través de un lenguaje mucho más significativo: el de nuestras reacciones afectivas.
El rubor, el miedo, las medias palabras, el cambio de conversación, el nerviosismo, la falta de
naturalidad, el pudor excesivo... como la espontaneidad artificial, el prurito de información, la
morbosidad y chabacanería... impiden que todo lo bueno que se afirme consiga su objetivo. No creo
exagerado afirmar, por ello, que en nuestros ambientes cristianos la vivencia profunda del sexo ha
sido demasiado problemática para poder transmitir una estima y aprecio equilibrado de su valor
personal. Cada uno recordará múltiples anécdotas de su historia anterior y de la que hemos vivido
hasta épocas recientes. Pero lo importante no son los hechos en sí, curiosos y superficiales en muchas
ocasiones, sino el simbolismo que todos ellos revelan: hemos temido demasiado al sexo.
Y lo curioso es que se ha conseguido lo contrario de lo que se pretendía. En lugar de olvidarlo se
ha convertido en el centro del interés y de la preocupación cristiana. Mientras que nos manteníamos
insensibilizados a otros problemas éticos más urgentes e importantes, el esfuerzo religioso recaía de
ordinario sobre este tema, que se vivía con una dosis mayor de ansiedad, inquietud y culpabilidad.
Si aplicamos estos datos a la pedagogía practicada en muchos ambientes, comprenderemos cómo
hemos fomentado, sin querer y con buena voluntad, situaciones malsanas desde un punto de vista
psicológico. El deseo se rechaza por las presiones de una rígida educación, pero, al mismo tiempo, es
alimentado en su dinámica interna por esas barreras psíquicas de las medias palabras y del misterio,
que lo impulsa al descubrimiento de lo imaginado.
A veces se ha conseguido una reacción contraria, pero todavía más absurda y desastrosa: la de
poner entre paréntesis la sexualidad, marginarla de la vida, como si se tratase de un dato del que es
posible prescindir. El ideal cristiano se ponía en la búsqueda de un cierto angelismo que eliminara
todo lo relativo al mundo del sexo, incluidas las más mínimas reacciones o mecanismos instintivos. La
castidad ha sido siempre designada como la virtud angélica por excelencia. Esta denominación puede
entenderse de manera aceptable: la anarquía instintiva de la libido debe evolucionar hacia un estado de
integración y de armonía. Pero la expresión no deja de ser peligrosa porque, de hecho y en la práctica,
muchos la han traducido como un intento por suprimir la sexualidad en cualquiera de sus
manifestaciones. Y ya decía Pascal, a pesar de su rigorismo, que quien pretende vivir como un ángel
termina por convertirse en una bestia.
Un ideal de pureza que no tuviese presente esta dimensión caería en un irrealismo catastrófico,
pues el ser sexuado es una exigencia fundamental de la persona e implica un mundo de fuerzas,
pulsiones, deseos, tendencias y afectos que se habrán de integrar, a través de un proceso evolutivo,
pero del que nunca se puede prescindir. La castidad no es sinónimo de continencia. Ésta puede darse
también en sujetos inmaduros, sin problemas aparentes en este campo, pero cuya tranquilidad es
periférica por haberse obtenido con una fuerte represión. Las consecuencias no tardan en
manifestarse por otros caminos que, aunque parezcan no tener relación con la sexualidad, se
disfrazan con otras máscaras para no crear conflictos a la conciencia. La sicología ha sabido
denunciar el auténtico significado de algunas actitudes y comportamientos muy castos que estaban
provocados por otros mecanismos inconscientes.
Como constatar la realidad instintiva del sexo, con todo lo que ella supone, rompería nuestra
imagen ideal y narcisista, lo mejor es evitar esos desengaños mediante la represión de los deseos,
tendencias, impulsos, curiosidades naturales. El individuo así se cree casto, pues no experimenta
ninguna tentación, pero sólo habrá conseguido, durante el tiempo que pueda mantenerla, una pura
continencia biológica. La castidad no trata de eliminar la pasión ni el impulso, sino que busca vivirlo
de una manera adulta, madura e integrada. Es la virtud que humaniza el mismo deseo para
canalizarlo armónicamente. Y mientras no partamos de la realidad que todos llevamos, como seres
sexuados, no existe ninguna posibilidad de progreso y maduración.

6. Las antropologías permisivas:


el nacimiento de nuevos mitos

Lo que no cabe duda es que el peligro del mundo actual no es fomentar estas antropologías
rigoristas o desencarnadas. La sexualidad -por esa expectación que suscita en su misterio, junto con
el miedo que la acompaña- aparece siempre también como algo atractivo y tentador. Hay que
acercarse a ella para lograr una plena reconciliación que evite la sospecha y el desprecio de las
posturas anteriores. De una o de otra manera se ha buscado sacralizar su existencia para vivirla sin
miedo, como una realidad benéfica o positiva. Es la función que han tenido los mitos de todos los
tiempos. Si el tabú asusta y aleja, el mito hace del sexo una realidad sagrada con la que es necesario
llegar a encontrarse y vivir en perfecta armonía.
El mito relata siempre una historia sagrada que tuvo lugar en la aurora de los tiempos. Algo que
los dioses realizaron como un acontecimiento primordial. Es un mundo de arquetipos, cuyas
imitaciones quedan reflejadas en la naturaleza y en la sociedad humana. Así, la sexualidad encuentra
también un modelo en el mundo de los dioses, donde la fecundidad, el amor y el matrimonio son
funciones sagradas. La encarnación de estas realidades se manifiesta no sólo en los fenómenos de la
naturaleza, como la siembra, sino en los gestos humanos y acciones rituales que imitan los
comportamientos divinos. El ser humano se asocia a lo sagrado con esta imitación y el hecho profano
se consagra de esta manera. De ahí el sentido religioso que se descubre incluso en las orgías y en la
prostitución sagrada.
Las variaciones históricas de estas ideologías han sido también muy diversas, pero con un
mismo denominador común: defender el derecho a seguir las apetencias biológicas y naturales, a las
que no se puede renunciar sin caer en la represión; la exaltación del gozo sexual como fuente de
bienestar y alegría; la denuncia y aniquilamiento de todo obstáculo que impida la búsqueda de
cualquier satisfacción; la libertad en la utilización del propio cuerpo sin ninguna cortapisa. Frente al
miedo y oscurantismo de otras épocas, hay que recuperar la reconciliación con el sexo y el placer,
que humanizan la existencia humana. De una forma generalizada, podríamos encontrar esta
mentalidad bajo dos antropologías algo diferentes.
Las afirmaciones de los que se consideran en cabeza de este movimiento progresista son de una
claridad impresionante. Hay que liberarse de cualquier sentimiento de culpa y dar cauce a los propios
sentimientos sexuales sin necesidad de avergonzarse. La sociedad, incluso, debería ofrecer las
estructuras indispensables que favorezcan este tipo de comunicación, de acuerdo con los gustos y
apetencias de cada persona, sin que ninguna conducta llegue a condenarse como inaceptable. Sólo ha
de considerarse libre aquella sociedad en la que se acepte, sin ninguna limitación, cualquier tipo de
comportamiento.
W. Reich ha sido para muchos el símbolo de esta nueva revolución. La regulación del instinto
por la moral es algo patológico y dañino para la salud. Su primera exigencia psicológica es el rechazo
de toda norma o regla absoluta. El conflicto no se da en el fondo del psiquismo humano, como
pretendía Freud, sino entre el mundo exterior y la satisfacción de sus necesidades. La persona normal
es la que no encuentra ningún obstáculo y puede dar salida tranquilamente a estas exigencias
orgiásticas, mientras que el neurótico se siente reprimido por la familia y la sociedad. Lo único
importante es liberarlo de su esclavitud y orientarlo hacia una actividad sexual completa. Negarle a
cualquier individuo el derecho a esta satisfacción es un grave atentado contra su libertad.
Al recorrer sus páginas comprueba uno las consecuencias radicales de semejante postura. No
hay que mantener la abstinencia de ningún tipo, pues además de ser peligrosa y perjudicial para la
salud, ella misma constituye un síntoma patológico. Recomendarla a los jóvenes equivale a preparar
el terreno a una neurosis que aparecerá con posterioridad. Nadie puede reprobar el adulterio, la
poligamia o la infidelidad en el amor pues, como él mismo dice, sería tan aburrido e insoportable
como alimentarse todos los días con lo mismo. El que nunca haya mantenido una relación adúltera ni
se haya permitido otras licencias es por vivir aún amenazado por un sentimiento absurdo de
culpabilidad. El amor se convierte en un féretro cuando sobre él se quiere fundar una familia.

7. Las antropologías naturalistas

Una mentalidad parecida está presente en esta nueva orientación. Su punto de partida ahora es el
estudio del ser humano como un simple mamífero. No se acepta nada que esté fuera o por encima de
la experiencia. El interés se centra en el análisis de los componentes biológicos, los únicos que se
pueden examinar con criterios científicos, sin necesidad de recurrir a otras interpretaciones que
escapan a este único tipo de experiencia. La sexualidad humana y la de los animales están reguladas
por los mismos mecanismos automáticos, marginando los componentes afectivos y racionales que se
dan en nuestra sicología .
Todo tiene una explicación en los constitutivos genéticos y biológicos del individuo, ya que no
existe ninguna diferencia significativa en el comportamiento sexual de los diversos mamíferos.
Cualquier valoración ética no tiene cabida en este planteamiento, pues constituiría una violación de
la ciencia experimental. Así, con una pseudojustificación científica y sanitaria, se presenta una
imagen de la sexualidad despojada de contenido humano para reducirse a la descripción objetiva de
los fenómenos biológicos. Con personas que se ofrecen a este tipo de experiencias, incluso pagadas a
sueldo, se analizan los estímulos más adecuados, el tiempo de reacción orgánica, la presión
sanguínea, el número de pulsaciones en cada fase de la respuesta sexual, las condiciones que la
favorecen o dificultan, las diferencias en los mecanismos del hombre y de la mujer. La observación
directa, la encuesta y la filmación son los métodos elegidos para medir con exactitud la base
fisiológica de la conducta sexual, como condición primera e indispensable para el conocimiento de
su naturaleza.
Nada hay que oponer a la información sobre estos aspectos, que resulta también necesaria y
conveniente, sino a la primacía que se les otorga como si fueran los más importantes, y al olvido de
otras dimensiones a las que no se les da mayor relieve, a pesar de que forman parte de la estructura y
sicología humana. Por otra parte, se repite con énfasis que se trata de presentar una descripción
neutra de la sexualidad para que cada uno tome después sus propias decisiones en este terreno, sin el
deseo de influir en las convicciones personales, pero ellos mismos se encargan, a partir de la
antropología presentada, de sacar sus propias conclusiones valorativas.
Cuando las exigencias fisiológicas requieren quedar satisfechas, como si se tratara de
verdaderas necesidades a las que no se debe renunciar, es lógico que los esfuerzos de una
autodisciplina no sirvan nada más que para dañar permanentemente la personalidad de un individuo;
o se subraye, por citar sólo algunos ejemplos, el carácter tonificante y enriquecedor de las relaciones
extramatrimoniales para superar el aburrimiento de una fidelidad monógama. Y es que si el ser
humano es un simple mamífero, no hay por qué regular sus demandas biológicas y naturales.

8. Los peligros de toda antropología dualista

En el fondo de todas estas antropologías apuntadas, existe un mismo punto de partida: la absoluta
separación entre el psiquismo y la corporalidad, entre el espíritu y la materia, entre lo racional y lo
biológico. La única diferencia consiste en la valoración que se otorga a cada uno de esos elementos.
Lo que para unos tiene la primacía no cuenta apenas para los otros. En cualquiera de ellas se constata
un claro y perfecto dualismo. En unas ocasiones se despreciaba todo lo corpóreo y sexual como
indigno del ser humano para fomentar un espiritualismo descarnado, y en otras, se cae en una visión
puramente biológica y materialista, con olvido de la dimensión espiritual, como si fuese un simple
mono desnudo, según el conocido libro de D. Morris.
Si la persona está constituida por dos elementos antagónicos, como el espíritu y el cuerpo, existe
el riesgo de subrayar la supremacía de uno con el correspondiente desprecio del otro. La antropología
espiritualista, como ya aparece en la filosofía estoica, pretende liberar al alma de sus cadenas
corporales que le impiden su verdadera realización. Un esfuerzo ascético para no dejarse llevar por los
impulsos de la carne, el dominio de los sentidos, la renuncia concreta al placer sexual e, incluso, al
mismo matrimonio constituyen el mejor camino para una vida auténticamente libre y racional, sin el
lastre pesado de esos elementos materiales. El ideal por excelencia consiste en conseguir la mayor
espiritualización, al margen por completo de la sexualidad que ensucia y esclaviza.
El riesgo contrario es también una realidad. Al valorar con exceso la biología, se margina con
frecuencia el otro componente humano, para dejarse llevar por las exigencias naturales. Es el cuerpo
ahora quien debe liberarse de cualquier sometimiento a los imperativos absurdos y alienantes del
espíritu. Hay que despojarse de lo trascendente y espiritual para dedicarse a la exaltación de los
sentidos y al disfrute del placer que nos ofrece la propia anatomía humana. El culto al cuerpo se
convierte, entonces, en una nueva liturgia moderna, que rechaza cualquier otra adoración en la que él
no esté presente. Es decir, para expresarnos de una manera simbólica, de un espíritu sin sexo hemos
pasado a un sexo sin espíritu. La opción entre angelismo y zoología aparece como la única alternativa
posible.
9. Conclusión

Frente a esta doble postura extremista hay que buscar un camino intermedio, que aleje tanto de
un rigorismo inaceptable, como de una libertad que no tolera fronteras ni normas de comportamiento.
Hay que sustituir el miedo y el temor por la verdad del sexo. Es necesario, por tanto, superar las
antiguas barreras que impedían el conocimiento y la aceptación de esta dimensión tan humana. Y no
cabe duda de que el estudio científico de la sexualidad ha disipado muchas de estas ignorancias y
purificado en muchos aspectos la atmósfera que se respiraba. La sicología , en concreto, ha servido
para destrozar muchos idealismos ingenuos y para un encuentro con la realidad al desnudo, sin
máscaras que ocultan a veces comportamientos menos limpios. Por debajo de las apariencias,
conviene rastrear las zonas más oscuras de nuestro psiquismo para encontrarse también con la verdad
que no siempre aflora a la conciencia.
Todas las demás ciencias han aportado también datos de interés extraordinario para comprender
mejor la naturaleza del sexo y ayudarnos a deducir su riqueza de contenido y expresividad. El mundo
de los primitivos, el comportamiento de los animales, los datos sociológicos, los conocimientos
actuales de la medicina, los mecanismos de la biología, las enseñanzas de la historia, las diferentes
ideologías filosóficas constituyen diversas aportaciones, entre otras, que iluminan y enriquecen
nuestra visión actual. El que se quiera engañar o permanecer ignorante no será ya por falta de medios
y posibilidades. Podríamos decir que hemos llegado definitivamente al fin de una clandestinidad, en
la que el sexo estaba prisionero y oculto, como si fuera un peligroso delincuente, y sólo así pudiera
evitarse la amenaza de su liberación.
Este acercamiento progresivo a la verdad no será nunca un obstáculo ni una amenaza a la ética
cristiana, sino una ayuda necesaria a su mejoramiento y perfección. Pero tampoco hay que dejarse
seducir por los mitos actuales, como si la sexualidad fuera un simple fenómeno zoológico o una
forma vulgar de entretenimiento y diversión. Hoy más que nunca, la literatura de información sexual
se ha multiplicado y está al alcance de todos. No tenemos nada en contra de este conocimiento mayor
que evite las ignorancias de otros tiempos. Lo que resulta desolador es recorrer tantas páginas
escritas en las que el sexo es pura anatomía, mera función biológica.
Un mecanismo anónimo y despersonalizado, donde el psiquismo queda sustituido por la simple
zoología.
Sería lamentable que, como personas y como creyentes, no tuviéramos un mensaje que ofrecer
para evitar los extremismos de uno u otro signo. La sexualidad requiere una educación para poder
vivirla como expresión y lenguaje humano. Por ello, es imposible estar de acuerdo con las múltiples
manifestaciones deshumanizantes que se observan con tanta frecuencia, aunque la forma mejor de
iluminar el camino no sea tampoco el recuerdo impositivo y autoritario de la ley. Es necesario, ante
todo, descubrir los valores que en ella se encierran desde una visión humana y sobrenatural. Las
exigencias que de ahí dimanen orientarán la manera de realizarnos, como personas humanas y como
hijos de Dios, en esta zona de nuestra existencia. El primer paso será, pues, acercarnos al significado y
simbolismo de la sexualidad humana, como punto de partida para una fundamentación de la moral.

BIBLIOGRAFÍA
DE MIGUEL, A., La España de nuestros abuelos. Historia íntima de una época, Madrid, Espasa, 1996.
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CAPITULO 2
Valor simbólico de la sexualidad humana

1. Más allá de todo dualismo

Ya hemos insistido en que todo intento de acercarse al ser humano desde una óptica dualista se
encuentra condenado al fracaso, por el peligro de caer en cualquiera de los extremismos apuntados con
anterioridad. La persona aparece, entonces, como ángel o como bestia según la dimensión que se haya
acentuado. Cuando se elimina el sentido psicológico y trascendente de la materia, o se olvida la
condición encarnada del espíritu, no queda otra alternativa que darle un carácter demasiado animal o
excesivamente angélico. Y entre ese reduccionismo biológico y el idealismo ingenuo, se desliza el ser
humano de cada día.
Una antropología con estos presupuestos está viciada desde sus raíces para captar el sentido y la
dignidad de la materia, del cuerpo y de la sexualidad. Lo corpóreo constituye la parte sombría de la
existencia, en la que el alma se siente prisionera y condenada a vivir escondida como en su propia
tumba. O las meras exigencias biológicas prevalecen de tal manera, que lo humano ya no tiene cabida
ni merece alguna consideración.
La materia y el espíritu -aunque entendidos de formas diferentes han sido siempre considerados
como los principios constitutivos de cada persona. La mutua relación existente entre ambos, sin
embargo, no se ha explicado de una misma manera. Sin entrar ahora en el análisis de otras
interpretaciones, quisiéramos insistir en la que nos parece más conveniente y eficaz. Desde la
intuición clásica de santo Tomás sobre el alma como forma del cuerpo, hasta las más modernas
reflexiones con sus variados matices, se insiste en una tonalidad de fondo común, que se caracteriza
por su oposición a toda clase de dualismo.
Si hay algo que especifica al ser humano es su unidad misteriosa y profunda. Es una totalidad
que no está compuesta por dos principios, como si se tratara de una simple combinación química de
elementos para dar una nueva reacción. La teoría hilemórfica -composición de materia y forma- ha
podido inducir en ocasiones a una excesiva separación, sobre todo cuando en el pensamiento
cristiano se traducía bajo los nombres de cuerpo y alma. Ésta, como sustancia espiritual, era inmortal
e incorruptible, a pesar de su vinculación con la materia, destinada a desaparecer. El dualismo
aparecía de nuevo con todas sus lamentables consecuencias. El espíritu humano tendría, entonces, un
cuerpo en el que se injerta y permanece como algo distinto de la simple materia. Sería como un ángel
venido a menos, como una libertad encadenada, como una luz sumergida en la opacidad. El dualismo
griego tuvo, sin duda, una fuerte influencia para acentuar la oposición entre la carne y el espíritu, que
fomentó el rigorismo ascético y un desprecio del cuerpo.

2. La unidad misteriosa y profunda del ser humano

Sin embargo, la clásica teoría hilemórfica da pie para una visión mucho más unitaria y profunda
de lo que aparece en estas expresiones de tipo platónico, que resultaban populares por su
esquematismo y sencillez. La forma que configura a una estatua de mármol no es una realidad distinta
a la materia con la que está construida. Nunca podría existir si no es bajo una figura determinada,
aunque fuera en su estadio más primitivo e informe. Ella es la que hace posible su conocimiento y
diferenciación. Algo análogo acontece en las estructuras humanas. Hablar del alma como forma del
cuerpo es decir de otra manera que nuestra corporalidad es algo singular y diferente a cualquier otra
materia animada. Todo humanismo que no haga de la persona una simple realidad biológica, tendrá
que admitir ese plus, aunque se le designe con términos diferentes, que la convierte en una realidad
superior y cualitativamente distinta. Una forma de existir que se caracteriza por la profunda unidad
entra las dos dimensiones de su ser.
La experiencia personal nos lleva al convencimiento inmediato de que el sujeto de todas las
operaciones espirituales y corporales es la persona humana. El mismo que piensa, ama, comprende y
desea es el que siente el dolor y el hambre, contempla el paisaje o escucha la música. No existen
principios diferentes para cada una de nuestras actividades. Lo que llamamos cuerpo y alma no son,
pues, dos realidades distintas que se dan en nuestro ser, ni dos estratos o niveles que pudieran limitarse
en su interior. Tenemos una dimensión que nos eleva por encima de la materia inorgánica, de las
plantas y de los animales, pero esa fuerza trascendente, que muchas veces designamos como alma, no
tiene nada que ver con el mundo de los espíritus puros. El nuestro, a diferencia del angélico, se
encuentra todo él transido por la corporalidad. No es como el conductor de un automóvil, el jinete que
domina al caballo o el marino que conduce la embarcación, sino como la forma, según hemos dicho,
que configura una imagen: no puede existir sin una íntima fusión con la materia. Su tarea consiste en
integrar los múltiples elementos de ésta y darles una permanencia, en medio de los cambios y
evoluciones que experimente, aunque ella pueda tener una subsistencia posterior de la que nos habla la
revelación.
Tal vez el nombre de alma resulta insostenible para algunos, pero el lenguaje que otras muchas
concepciones modernas utilizan en la explicación del ser viviente -principio vital, entelequia, idea
directriz o inmanente y, sobre todo, el término "estructura" empleado por los mismos mecanicistas-
apunta a esta misma finalidad.
Por ello, no es exacta la afirmación de que el ser humano tiene un cuerpo. La categoría del tener
no es aplicable en este ámbito de la corporalidad. Habría más bien que decir que el hombre y la mujer
son seres corpóreos, espíritus encarnados que actúan y se manifiestan en todas sus expresiones
somáticas. La única posibilidad de revelarse, de entrar en comunión con los demás, de expresar su
propia palabra, tiene que efectuarse mediante un gesto corporal. Hasta las realizaciones más sublimes
del pensamiento están marcadas por este sello, sin poder nunca renunciar a esta fusión con la materia.
Sólo es capaz de actuar cuando está comprometido el cuerpo y encuentra en él su apoyo y
expresividad.
Lo que vulgarmente designamos como cuerpo humano no es uno de los elementos, sino el
resultado de esa misteriosa unión, donde el alma ya se encuentra incluida. Su ausencia haría de esa
realidad un simple cadáver, un montón de materia disgregada. No existe, pues, dualidad entre el alma
y el cuerpo, ya que al adjetivarlos como humanos estamos diciendo que se trata de un alma encarnada
o de un cuerpo animado, que es exactamente lo mismo. En esta antropología, vivir corporalmente no
constituye para el alma una especie de castigo, rebajamiento o humillación, sino la plenitud de todas
sus posibilidades. Al ser un espíritu carnal, necesita constantemente de la materia para realizar
cualquiera de sus funciones.

3. Simbolismo y expresividad del cuerpo

Por esto la totalidad del cuerpo humano se nos manifiesta también, por otra parte, como una
realidad radicalmente distinta de cualquier otro fenómeno viviente. Nuestras estructuras corpóreas
tienen una cierta analogía cuando las comparamos con las del mundo animal, por ejemplo. Muchos
mecanismos y reacciones poseen un parecido orgánico con las que observamos en otros animales e
incluso en los seres animados. Desde este punto de vista, pueden ser objeto de estudio para el
zoólogo, el físico, el cirujano o el investigador, que se quedan en el análisis de tales peculiaridades
externas. Esta dimensión orgánica, sin embargo, no agota el significado de la corporalidad cuando la
adjetivamos como humana. El cuerpo no es un simple elemento de la persona. Es el mismo ser
humano quien se revela y comunica a través de esas estructuras. De ahí que su expresividad más
profunda no logre descubrirse, si leemos sólo el mensaje de su anatomía o de las leyes biológicas que
lo determinan.
Un médico podrá indicar la terapia más adecuada para una infección ocular o el método más
conveniente para una fractura en la mano, pues cuando observa el ojo o el brazo del paciente no tiene
otro objetivo que la curación de tales órganos para que puedan cumplir con una determinada función:
la de ver lo mejor posible y poder utilizarla sin otras limitaciones. Los conocimientos necesarios e
imprescindibles en el cumplimiento de su misión los habrá aprendido en las clases, libros, hospitales
y laboratorios. Pero un estudiante que conozca sólo la anatomía de estos órganos no podrá
comprender sin más su auténtico significado hasta que no se enfrente con unos ojos llenos de ternura
o sienta el cariño de una caricia. Y es que la mirada y la mano humana no sirven sólo para ver o
tocar. Son acciones simbólicas que nos llevan al conocimiento de una dimensión más profunda o
sirven para hacerla presente y manifestarla: el cariño que estaba oculto por dentro, en el fondo del
corazón.
El cuerpo queda de esta manera elevado a una categoría humana, henchido de un simbolismo
impresionante, pues hace efectiva una relación personal, sostiene y condiciona la posibilidad de todo
encuentro y comunicación. Cualquier expresión corporal aparece de repente iluminada cuando se
hace lenguaje y palabra para la revelación de aquel mensaje que se quiere comunicar. Es la ventana
por donde el espíritu se asoma hacia fuera, el sendero que utiliza cuando desea acercarse hasta las
puertas de cualquier otro ser, la palabra que posibilita un encuentro. Su tarea no consiste
principalmente en realizar unas funciones biológicas, indispensables sin duda para la propia
existencia, sino en servir, sobre todo, para cumplir con esta otra tarea: la de ser epifanía de nuestro
interior personal, palabra y lenguaje que posibilita la comunión con los otros.
Por eso la presencia silenciosa de dos cuerpos-almas humanas puede convertirse sin más en un
diálogo significativo y con la simple mirada puede darse, a veces, una comunicación mucho más
profunda que con la misma conversación. Como un verdadero sacramento, simboliza y hace presente
lo que de otra forma no se podría conocer, ni llegaría a existir. Su miseria, como su grandeza y
dignidad, no radica en las limitaciones o en las complejidades maravillosas de sus mecanismos, sino
en la calidad o bajeza del mensaje que se quiera transmitir. Es la voz que resuena para despertar un
diálogo y crear compañía o para descubrir el desprecio y odio que se experimenta. Por el momento
no necesitamos más. Sólo hemos querido subrayar esta dimensión comunicativa para caer en la
cuenta, desde el principio, de que lo corporal tiene un sentido transcendente, de apertura y revelación,
más allá de un enfoque simplemente biológico. El cuerpo humano es algo más que un conjunto
anatómico de células vivientes.

4. Hombre y mujer:
dos estilos de vida diferentes
Ahora bien, esta corporalidad aparece bajo una doble manifestación en el ser humano. El hombre
y la mujer constituyen las dos únicas maneras de vivir en el cuerpo, cada uno con su estilo peculiar y
con unas características básicas diferentes. Estas diferencias sexuales no radican tampoco
exclusivamente en una determinada anatomía. Sus raíces primeras tienen un fundamento biológico
en la diversidad de los cromosomas sexuales, que influyen en la formación de la glándula genital
(sexo gonádico), encargada de producir las hormonas correspondientes para la formación de los
caracteres secundarios de cada sexo. Pero por encima de ella encontramos también una tonalidad
especial, que reviste a cada uno con una nota específica. El espíritu se encarna en un cuerpo, que
necesariamente tiene que ser masculino o femenino y, por esa permeabilidad absoluta de la que antes
hablábamos, la totalidad entera de la persona, desde sus estratos genéticos hasta las expresiones más
anímicas, se siente transido por una singular peculiaridad.
La sexualidad adquiere así un contenido mucho más extenso que en épocas anteriores, donde
quedaba reducida al ámbito de lo exclusivamente genital. Ella designa las características que
determinan y condicionan nuestra forma de ser masculina o femenina. Es una exigencia enraizada en
lo más profundo de la persona humana. Sólo podemos vivir como hombres o como mujeres. Y el
diálogo que surge de la relación entre ambos no tiene, ni puede tener, el mismo significado que el
mantenido con las personas de idéntico sexo. En el primer caso, existe una llamada recíproca, que no
se da en el otro, como consecuencia de la bisexualidad humana en todos los niveles. En este sentido,
el simple hecho de nuestra existencia nos hace diferentes y complementarios hasta convertir
cualquier comunicación en un encuentro sexuado.
Negar esto supondría un error pedagógico lamentable, ya que nadie puede prescindir de esta
dimensión. La meta educativa se centra en que el niño llegue a vivir con plenitud su destino de
hombre o mujer, en el que se enmarcan todos los demás componentes psicológicos, afectivos y
espirituales de la persona, que especifican y diferencian el género de cada ser.
La genitalidad, por el contrario, hace referencia a la base biológica y reproductora del sexo y al
ejercicio, por tanto, de los órganos adecuados para esta finalidad. A su esfera pertenecen todas
aquellas actividades que mantienen una vinculación más o menos cercana con la función sexual en su
sentido estricto. Será siempre una forma concreta de vivir la relación sexual, pero no la única ni
tampoco la más frecuente y necesaria. Estas dos dimensiones de la misma persona se hallan a veces
vinculadas, aunque en otros muchos momentos no tenga por qué darse esa identificación.
Que hombre y mujer mantengan una relación psíquica, complementaria y enriquecedora, no
supone introducir ahora ningún otro elemento que haga referencia a la genitalidad. Es más, un
síntoma de armonía e integración radica en el hecho de que, aunque esta comunicación sea atractiva,
gratificante y enriquecedora, no despierta de inmediato otras resonancias, ni se busca con ella
intimidades que pertenecen a la otra esfera.

5. La nostalgia de un encuentro:
entre la naturaleza y la cultura

A lo largo de todos los tiempos, se ha constatado la llamada recíproca y mutua entre estas dos
formas de existir y comportarse. Hombre y mujer se sienten invitados a un diálogo humano, como si
buscasen una complementación ulterior que sólo puede alcanzar el uno frente al otro. La explicación
de este hecho la encontramos ya en el mito conocido de la media naranja, tal y como Platón lo
descubre en El banquete. Cuando Júpiter, temeroso del poder que iba adquiriendo el ser humano,
quiere debilitarlo en su fortaleza casi divina, lo parte por la mitad para destrozar su fuerza. Desde
entonces cada una camina con la ilusión de un nuevo encuentro, en busca de aquella unidad primera
y con la ilusión de recuperar la superioridad perdida. La descripción es significativa para interpretar
una vivencia común. La mujer sólo puede descubrirse como tal ante la mirada complementaria del
hombre, y el hombre sólo llega también a conocerse cuando se sitúa delante de la mujer. Por ello
permanece oculta la nostalgia de una mayor sintonía, que se despierta y explícita en ese deseo mutuo
por el que se sienten atraídos. Negar esta llamada sería una nueva forma de represión o ingenuidad.
Es cierto que esta polarización de los sexos ha sido elaborada, en gran parte, por la cultura
dominante y nadie podrá negar tampoco que semejante cultura contenía un marcado carácter machista.
Esto significa, sin duda, que la imagen del eterno femenino no responde en muchos puntos a ningún
dato objetivo y realista, sino a otros intereses ocultos del hombre como dominador. Los datos de la
naturaleza han sido analizados desde ópticas interesadas, en las que la mujer ha representado, con
mucha frecuencia, un papel inferior, negativo y subordinado. Hasta los mismos presupuestos
científicos, que han permanecido vigentes durante mucho tiempo, la consideraban como un ser
imperfecto, que se ha quedado a medio camino, sin alcanzar el grado pleno de evolución y desarrollo
propio del hombre. Por eso, las críticas de muchos contra estas falsificaciones han estado, sin duda,
fundamentadas, aunque ahora no entremos en el estudio de esta problemática.
Superar los prejuicios colectivos inconscientes y las imágenes estereotipadas que persisten sobre
el tema no es trabajo a corto plazo. Tanto en la sociedad civil como en la eclesiástica se requieren
nuevas convicciones y actitudes, que impulsen a una mentalidad práctica de signo diferente. A pesar
de las declaraciones y denuncias teóricas, queda aún mucho camino que recorrer para que las ideas se
traduzcan también a la vida concreta. Decir que existe reciprocidad y complemento no significa,
pues, que los contornos de la masculinidad y feminidad estén dibujados con exactitud y justicia.
Que la antropología anterior haya absolutizado la visión masculina con evidentes exageraciones
no supone, sin embargo, que todos los intentos por precisar esas características hayan sido una pura
ilusión. Aunque no sea posible trazar una frontera definida entre los datos culturales y los ofrecidos
por la naturaleza, la alteridad y peculiaridades del hombre y de la mujer son de alguna manera
irreductibles. A las diferencias biológicas y corporales corresponden otras anímicas, aunque el medio
ambiente y la presión social acentúen, eliminen o impongan ciertos patrones de conducta. Es más, me
atrevería a decir que lo más importante no es descubrir los diversos tipos de factores que la han
determinado, sino constatar el valor y la función que encierran. En todas las culturas ha existido
siempre una división de tareas entre ambos sexos, aunque se haya repartido de forma diferente. Ser
hombre y ser mujer no son accidentes del ser humano, sino que pertenecen inseparablemente a su
esencia. Por eso los psicólogos insisten en la necesidad de esta polarización, aun en la hipótesis de que
la tipología de cada uno surgiera exclusivamente de unos condicionamientos culturales. Si no tuviese
ninguna otra explicación, habría que aceptarla de todas formas como un fenómeno de enorme valor
positivo. No es preciso eliminar su existencia, sino la desigualdad, la alienación y el machismo que
tantas veces le ha acompañado.
6. La metáfora del cuerpo:
el diálogo entre hombre y mujer

Lo que ahora nos interesa, al margen de todas las discusiones que puedan darse, es descubrir el
sentido humano de esta alteridad. Si el cuerpo es la gran metáfora del hombre, sería absurdo quedarse
en la pura literalidad de esa palabra, sin llegar a comprender la riqueza de su lenguaje simbólico.
Cuando el eros se despierta, incluso dentro de una tendencia homófila, provoca una irradiación
psíquica agradable, que orienta hacia el punto de atracción. Los elementos constitutivos de ese
impulso encierran una dinámica de cercanía y encuentro, pero aquí tampoco es lícita una postura
superficial frente a este fenómeno.
El símbolo, como el icono, alcanzan su grandeza no por lo que ellos son, sino por el mensaje que
encierran, por su función mediadora que abre a otra dimensión oculta y trascendente. Aunque se
admire la belleza de una expresión o de una figura, su valor más auténtico radica en el contenido que
nos manifiesta. El que se pone de rodillas delante de una madera pintada, por mucha hermosura que
encierre, no es para convertirla en un ídolo, sino para abrirse a la experiencia sagrada que nos ofrece,
para entrar en contacto con una realidad hacia la que nos acerca a través de su mediación.
También el cuerpo, como hemos dicho, es lenguaje, epifanía, comunicación, el único sendero por
el que podemos acercarnos a la otra persona y el único camino por el que ella puede responder a mi
llamada. En este carácter mediático se encierra toda su riqueza. No es una simple realidad biológica,
una mera fuente de placer, una imagen que admira y seduce, sino un símbolo que descubre al ser que
lo habita y dignifica. El riesgo que existe es el de quedar seducidos por el encanto y la atracción que
también nos brinda, sin llegar hasta el interior de la persona que con él se nos comunica y manifiesta.
La seducción del sexo no es para permanecer en su epidermis gustosa, sino para entrar en diálogo con
otra persona. Cuando la atención se centra en lo simplemente biológico supone romper por completo
su simbolismo, como el idólatra que convierte en dios a un pedazo de madera.
Son muchas las formas de convertir la tensión recíproca en una búsqueda interesada, con una
dosis profunda de egoísmo, donde el lenguaje pierde todo su contenido humano y enriquecedor. El
diálogo se convierte en una palabra inexpresiva y hasta grosera, porque no hay nada profundo que
comunicar. Cualquier acercamiento se produce por una simple necesidad. Tanto el cuerpo como la
presencia del otro vienen a llenar un vacío. Se anhela y enaltece, porque gratifica, complementa, gusta
o entretiene. Todo menos caer en la cuenta de que lo humano de esta relación exige un mensaje
interpersonal. El otro permanece ignorado para utilizar solamente lo más secundario de su ser.
Cuando el encuentro sexual, en este sentido amplio del que ahora hablamos, se reduce a la
superficie, permanece cautivo de las manifestaciones más externas y secundarias o no termina, más
allá de las apariencias, en el interior de la otra persona, la sexualidad humana ha muerto. Hemos
matado lo único que la vivifica y se ha postergado a un nivel radicalmente distinto e inferior. En la
novela La condición humana, A. Mairaux pone en boca de una chica, cuando sufría la amenaza de la
violación, una frase que nunca debería olvidarse en este campo: "Yo soy también el cuerpo que tú
quieres que sea solamente". Y ya dijimos que, cuando del cuerpo se elimina el espíritu, sólo resta un
pedazo de carne.
Todavía existe un paso ulterior, en el que el hombre y la mujer alcanzan una comunión más
honda y vinculante, a través de la genitalidad. El impulso sexual lleva, en ocasiones, hasta el abrazo
de los cuerpos como la meta final de todo un proceso evolutivo. ¿Qué significado reviste este gesto
corporal? ¿Cuál es el simbolismo y la finalidad que manifiesta?

7. La dimensión genital

La conducta instintiva es una forma de comportamiento innata, sin necesidad de ningún


aprendizaje, que aparece como la respuesta del organismo ante un estímulo específico. El gesto de
mamar por parte del niño desde su nacimiento o el picoteo del ave al salir del cascarón son ya una
reacción de ese tipo. Los mecanismos del impulso genital tienen una estructura biológica bastante
parecida a la de cualquier otro instinto, y los múltiples elementos que entran en juego para ponerlos
en movimiento son semejantes en casi todas las especies. Todos ellos poseen una teleología hacia el
apareamiento en los animales y la entrega corporal en el ser humano.
Hablar, sin embargo, de la pulsión sexual como si se tratara de un fenómeno idéntico al instinto
de los animales, sería un lamentable error, pues la orientación y sentido de la sexualidad animal no
pueden identificarse con la humana, aunque existan ciertos elementos comunes. Si queremos
descubrir su valor específico, hay que partir de la radical diferencia entre el comportamiento de la
persona y las reacciones que se observan en otros niveles inferiores de la vida.
Al observar la conducta sexual del animal, se constata de inmediato su evidente finalidad
procreadora. El mecanismo interno de los ciclos del estro depende de las diferentes hormonas que lo
despiertan y estimulan, pero sólo tiene lugar en aquellos momentos en que la fecundación se hace
posible. El hecho indica un marcado carácter fecundo. La concepción constituye siempre el término
final del apareamiento, ya que la sexualidad no parece tener otra meta, al menos a primera vista, y
queda perfectamente regulada por la fisiología de su ciclo. Cuando la parada no se efectúa durante el
tiempo de la ovulación, existen mecanismos accesorios para la guarda y retención del esperma, a fin
de obtener con posterioridad el único objetivo: la reproducción y subsistencia de la especie.
La misma limitación de la prole se realiza de una forma natural y espontánea, en función de otras
circunstancias que la etología moderna ha podido conocer y examinar con mayor precisión. Cuando
las crías, por ejemplo, resultan inaceptables por la densidad excesiva del espacio vital, el impulso
genésico se apaga e imposibilita nuevos nacimientos. La demografía queda así regulada por un
descenso del instinto sexual. En este sentido puede decirse que el sexo, en el mundo de los animales,
encierra una teleología armoniosa para conseguir su destino procreador.

8. El destino procreador:
un horizonte incompleto

A medida que se avanza hacia los primates, se comienza a constatar un uso del sexo, que excede
a las necesidades de la reproducción. Este fenómeno alcanza en el hombre una evidencia completa.
Existe una desarmonía profunda entre la búsqueda de la procreación y el deseo que invita y estimula
al encuentro de la pareja. Cuando la fecundidad no es posible -períodos agenésicos normales, época
de embarazo, lactancia o menopausia-, la llamada sexual puede levantar su voz. Aquí se da, en
contraposición a lo observado en los animales, una escasa fertilidad, pero unida a una atracción
genésica permanente. El hombre busca la entrega corporal fuera de los tiempos fecundos y el índice
de su dimensión procreadora se revela, por el contrario, muy pequeño en relación con el ejercicio de
su sexualidad. Ésta aparece como un lujo inútil y exuberante, como una abundancia superflua, si su
destino exclusivo fuera la función reproductora. ¿Cuál es, entonces, el sentido pleno que encierra?
Es cierto que el estudio y análisis de todo su complejo maravilloso, desde cualquier perspectiva
que se examine, nos confirman su ineludible orientación hacia la fecundidad. Excluir que el hijo está
completamente dentro de su horizonte sería cerrar los ojos a una realidad que se impone por sí
misma. Todo el proceso gonádico, hormonal, anatómico y psicológico, en sus diferentes etapas y
reacciones, está programado para que esta finalidad pueda alcanzarse, y en sus mismas estructuras
biológicas aparece escrito con evidencia este mensaje, que no se debe ocultar o reducir al silencio. La
respuesta sexual humana está tejida por una serie de mecanismos fisiológicos que preparan a la
pareja para que cumpla con su función procreadora.
El ser humano, cuando se deja conducir por los datos que detecta en su naturaleza, llega sin
dificultades a esta conclusión. De la misma manera que el ojo es un órgano que sirve para ver o el oído
posibilita la captación de sonidos, la sexualidad tiene como destino y tarea la procreación. En todas las
épocas y culturas, aun cuando los otros aspectos se mantuvieran más en el olvido, este otro permanecía
firme e inalterable. El hijo aparecía siempre como una consecuencia posible de todo el proceso. Decir,
sin embargo, que posee esa orientación no significa que haya de realizarse en cada gesto, lo mismo
que se puede dejar de ver o escuchar aquello que no interesa, aunque cada sentido esté destinado para
cumplir con una determinada función.
Pero de igual modo que no podemos negar esta dimensión, tampoco es lícito limitarse a ella,
como si agotara por completo todo su significado. Habría que insistir de nuevo en el simbolismo de la
corporalidad como lenguaje de una comunicación más humana y personalista. Una reducción de este
tipo imposibilitaría comprender el auténtico valor de la sexualidad, de la misma manera que las
expresiones de un rostro no sirven sólo para distinguir en un fichero a los diferentes individuos. Es
más, si aquélla tuviera una función exclusivamente fecunda, hubiera sido mucho más perfecta una
libido regulada de forma idéntica a como se vive en el mundo de los animales. El deseo sexual se
manifestaría exclusivamente vinculado con los mecanismos de la reproducción, y cuando ésta no fuera
posible permanecería en un estado de tranquilidad y reposo absoluto. Para algunos, incluso, aquí
estaría el ideal hacia el que tender, ya que no encuentran otra dimensión al ejercicio del sexo. Los
animales vendrían a convertirse así en unos modelos típicos y ejemplares de la conducta humana. Sin
negar la radical diferencia, a la que ya hemos hecho alusión, existen otros aspectos que la etología ha
puesto de relieve y que, en cierto sentido, serían aplicables a la especie humana.

9. Dimensiones psicológicas en la conducta de los animales

Los estudios pacientes y minuciosos sobre su comportamiento sexual nos llevan a la conclusión
de que los animales no son tan animales como nosotros creemos. Su conducta parece transida por otra
serie de tendencias y reacciones, que superan con mucho la mera instintividad. Cualquier amante y
conocedor de sus costumbres y proceder hallará un amplio anecdotario, para cuya explicación tendría
que acudir al lenguaje humano del psiquismo. Actúan y se comportan con unas manifestaciones muy
parecidas a las humanas, como si el miedo, la soledad, el cariño, la fidelidad, el agradecimiento, la
compañía, el éxito, la tristeza, el bien del otro... tuviesen profundas resonancias en su psiquismo. Los
mismos mensajes afectivos que reciben estimulan o dificultan sus reacciones, como si los sentimientos
tuvieran también resonancia en su interior. Y es que la sorpresa resulta tan mayúscula, que nos
inclinaríamos a negar su verosimilitud si no fuese porque tales hechos han sido observados y
analizados con toda clase de garantías científicas.
En el campo de su sexualidad estas influencias psíquicas juegan un papel relevante. Hoy se
conoce con bastante precisión la riqueza de contenido oculta en los ritos pre-copulatorios, que no sólo
tienen un efecto evocador, como estímulo para el apareamiento -tal y como antes se creía-, sino que
presentan un carácter marcadamente simbólico. Entre gran número de pájaros, sobre todo marinos, se
requiere la entrega y aceptación de una ofrenda nupcial -la pesca de un pez-, imprescindible para
realizar la cópula. No parece que los animales vivan en un estado de promiscuidad sin que, al poco
tiempo, surja la formación de parejas, dentro de una jerarquía perfectamente organizada, donde la
fidelidad, muchas veces, tiene una importancia extraordinaria. Las consecuencias del adulterio han
conducido a estados depresivos y de abatimiento, de los que sólo llegan a recuperarse con la vuelta del
ser querido, cuando de nuevo es posible la entrega sexual. Todo acontece como si en su psiquismo
animal se diera la misma riqueza afectiva que en el humano.
La comparación tal vez parezca excesiva, pero sabiendo que no se trata de fábulas piadosas o
historias edificantes, habría que aceptar la importancia de los factores psíquicos por encima de los
puramente biológicos u hormonales. Ni siquiera en el reino animal los mecanismos sexuales tienen su
explicación definitiva en estos últimos. Lo que resultaba demasiado insignificante y anodino, como si
se tratara de una perfecta máquina sincronizada, se hace mucho más variado y flexible. El ritmo del
instinto puede quedar roto por la presencia de otros elementos que impiden su programación o la
llenan de un contenido diferente. ¿No se podría decir que los animales tienen también su pequeño
corazón? Y es que al no tener otro lenguaje para expresar ese mundo, tenemos que designarlo con las
mismas palabras que explican la conducta personal.

10. Riqueza afectiva de la sexualidad humana

Estas influencias psicológicas adquieren ya en el ser humano un relieve extraordinario. Bastaría


recordar los múltiples conflictos sexuales de toda índole, que no tienen ninguna patología orgánica. El
sexo encierra una resonancia de exquisita sensibilidad para recoger los sentimientos más profundos,
incluso aquellos que escapan a nuestro control o son reprimidos al inconsciente. La armonía o el
desajuste sexual no es problema de química. Sus raíces penetran por todos los rincones del psiquismo,
favoreciendo u obstaculizando una plena comunión. Y es que el encuentro sexual, para vivirlo en un
clima humano, requiere unos presupuestos afectivos como condición indispensable.
Para la ofrenda del cuerpo hay que superar una serie de barreras inhibitorias, que impiden la
satisfacción inmediata del deseo. La etimología de sexo hace referencia a corte, separación, ruptura,
lejanía, como si el hombre y la mujer fueran las orillas paralelas de un gran río que requiere un puente
para pasar de un lado al otro. El intervalo entre la ilusión de un encuentro y su realización no se realiza
de inmediato. La estimulación erótica tiene siempre en sus comienzos una valencia agresiva, una dosis
de hostilidad y expectación. Cualquier individuo que se acerca a ciertas zonas de nuestra intimidad se
experimenta de inmediato como un huésped o extranjero. Para que sea un encuentro humano ha de
darse antes un previo conocimiento, que lo descubra como un ser benéfico, amigo y compañero del
que uno se puede fiar sin temores. El miedo a una sorpresa molesta, al engaño, a la violación
psicológica, impide una mayor sintonía y comunicabilidad.
En el mismo matrimonio se hace frecuente una experiencia parecida. Cuando por algún
acontecimiento, aunque sea insignificante, se ha creado un cierta lejanía afectiva, no es posible la
entrega total y sincera, si una palabra o gesto de cariño y reconciliación no cicatriza antes las
pequeñas heridas. Y es que, para que el cuerpo hable y se comunique, la palabra tiene que nacer del
corazón.
De esta manera la sexualidad manifiesta también una dimensión unitiva. Así se comprende muy
bien que el exceso y abundancia con que se presenta en la familia humana no puede ser otra que ésta:
además de para procrear y mantener la especie, que sólo llega a realizarse en muy contadas
ocasiones, su misión radica en ser un vínculo de cercanía y amor personal. La entrega corporal es la
fiesta del amor, la palabra repetida de dos personas que se han ofrecido el corazón como un regalo
mutuo y significativo. Por eso el Vaticano II proclamó que el cariño conyugal "se expresa y
perfecciona singularmente por la misma actuación del matrimonio, de ahí que los actos en que los
cónyuges se unen entre sí íntima y castamente sean honestos y dignos, y cuando se ejercitan de un
modo auténticamente humano significan y fomentan la mutua donación con la que uno al otro se
enriquecen con agradecimiento y alegría".
Sólo así, cuando la actividad sexual se halla transida por el amor, deja de ser una función
biológica para integrarse de lleno en una atmósfera humana, sin la cual es imposible comprender su
verdadero simbolismo. La posibilidad permanente de ejercitarla en circunstancias donde la
procreación queda excluida por la naturaleza es un ofrecimiento a la inteligencia y libertad de la
persona para que descubra este nuevo sentido.

11. Cariño y fecundidad:


relaciones mutuas

La unidad de esta doble corriente unitiva y procreadora es un dato que se descubre latente en la
experiencia de la conyugalidad. El amor, por una parte, no es algo que se injerta desde fuera para
cumplir con la tarea procreadora, sino una exigencia intrínseca de esta función. Está comprobado que
la unión entre las parejas de los animales es tanto más duradera cuanto más necesaria resulta para la
supervivencia de la especie. Los zoólogos han constatado, en sus estudios sobre los primates, una serie
de peculiaridades que se hallan en estrecha correlación. A medida que aumenta la actividad sexual
suele darse un decrecimiento en el número de hijos, unos períodos más largos de gestación, mayor
dependencia de las crías, y una solicitud materna más pronunciada. Todo parece ordenado a reforzar lo
que llamaríamos la vida de familia.
Ahora bien, el hombre es el mamífero que nace en un estado mayor de indigencia, va a necesitar
por más tiempo del apoyo de sus padres y requiere un clima de amor, como condición indispensable
para su desarrollo y madurez. La procreación humana no es un puro fenómeno reproductivo que
termina con el alumbramiento, sino que supone un largo período de tiempo y unos factores
psicológicos y ambientales que condicionan su evolución posterior. Cualquier psicólogo podría señalar
las múltiples heridas que se dan en este proceso por falta de acogida, seguridad, cariño y protección. El
hijo, como persona, es fruto del amor tanto como de la biología paterna. Es impresionante ver cómo
estas carencias primeras repercuten más adelante, de forma diferente, en la personalidad de cada
individuo.
La acentuación de estas características en la especie humana explicaría, además, otros fenómenos
más específicamente suyos, como la menopausia -no podría procrear hasta el final de la vida sin
negar la posterior ayuda a su prole- y la tendencia monogámica para fortalecer la unión amorosa en el
hogar.
Y por otra parte, cuando el amor se intensifica hasta una altura conyugal, la nostalgia latente de
un hijo, con esa persona a la que así se quiere, aflora de una manera espontánea. A veces dará miedo
explicitar ese deseo, porque supondría una infidelidad con el propio cónyuge o una entrega que no
debe admitirse por otras razones, pero esta ilusión tímida y secreta anida silenciosa en el corazón. El
hijo, por tanto, aparece siempre en el horizonte psicológico de dos personas como la encarnación y
prolongamiento del amor que se profesan.
La misma sicología insiste en la necesidad de ambas dimensiones, como un requisito para la
maduración de la sexualidad. A medida que se aleja de su etapa infantil -en donde la separación es
radical-, el desarrollo progresivo de la madurez estimula a que la libido y el afecto se vayan unificando
en un mismo objetivo, de tal manera que se ame a la persona que se desea y se desee también a la
persona que se ama. Es posible encontrar, incluso dentro del matrimonio, personas que quieren de
verdad a su cónyuge, pero que necesitan encontrarse con otra para satisfacer las carencias de otra
índole. El impulso sexual que busca sólo la gratificación solitaria, que se orienta hacia la otra persona,
sea cual fuese su sexo, pero de forma confusa e indeterminada, o que se entrega a una concreta,
aunque sin firmeza ni estabilidad, se encuentra todavía en las etapas introductorias de una fase, que
aún no alcanzó la meta final.

11. La opción por el amor

Creo que aquí se plantea el núcleo fundamental de toda la problemática reciente. Suele decirse
que el rasgo más típico de la sexualidad moderna es haber superado su destino primario y casi
exclusivo a la procreación. Todas las encuestas manifiestan esta ruptura entre sexo y fecundidad, y
estos hechos se aceptan como un postulado común, que no se discute hoy en la mayoría de los
ambientes. Más aun, habría que plantearse la pregunta de por qué vinculamos el sexo con el amor y
no se acepta disfrutarlo simplemente como una experiencia placentera que, como otras muchas, no
requieren ningún compromiso afectivo. En la cultura actual, esta imagen es la que prevalece por
encima de cualquier otra, como una conquista que ha supuesto mucho tiempo y esfuerzos contra la
ideología de épocas pasadas. En el fondo, se trata de analizar qué opción parece más razonable, pues
no existe otra alternativa que la de vivirlo como palabra amorosa o como gesto anodino y
gratificante.
No parece que exista un argumento definitivo que imponga la visión, que hemos ido
presentando, como la única válida y aceptable. Muchos se acercan a la sexualidad desde otros puntos
de vista para encontrar en ella un desahogo fisiológico, un escape de la tensión nerviosa, una forma
de entretenimiento, una gratificación personal, o una droga que estimula y eleva el tono. Su función
es fundamentalmente interesada y utilitarista, como un hecho que reporta beneficios y
gratificaciones. Si el sexo ha dejado ya de estar vinculado con la procreación, se requiere ahora un
nuevo avance: hay que dejarlo también desligado del amor. Su lenguaje es más prosaico y realista de
lo que hemos señalado y, desde luego, resulta incomprensible para una mayoría que no quiere
descubrir su significación más humana, como si fuese algo que no radica en su propia naturaleza. El
placer que provoca y que, incluso, se comparte no tiene por qué tener un contenido afectivo y
amoroso.
No conviene olvidar, sin embargo, como algún autor ha señalado con fuerza, que la supuesta
revolución sexual, capaz de romper con todos los tabúes y miedos, como si se tratara de una
verdadera conquista y progreso, ha provocado una regresión hacia etapas anteriores, fomentando una
banalización del sexo. Lo más característico de la sexualidad infantil es el vacío y ausencia de todo
componente humano. Se vive como una respuesta a una urgencia biológica en la que la otra persona -
si existe en la realidad o está presente en el mundo de la imaginación- aparece sólo como un bien de
consumo. Gratifica necesidades parciales y limitadas que, una vez satisfechas, hacen que el otro
pierda su interés. La maduración es un proceso, por el contrario, en el que se privilegia la posibilidad
del encuentro. Privar al sexo de su componente afectivo no supone ningún avance psicológico, sino
más bien una regresión infantil que elimina su componente expresivo.
Tal vez, por ello, hay un síntoma que por su importancia llama la atención. A pesar del mayor
liberalismo de nuestro mundo actual, existe una tendencia acentuada hacia el amor como constitutivo
del sexo. Hasta los autores que han analizado la sexualidad desde una perspectiva puramente
biológica han confirmado esta experiencia. Si el simple placer puede lograrse mediante cualquier tipo
de actividad genital, el placer humano y totalizante exige un contexto de amor y compromiso, como
manifiestan las mismas encuestas. Tal vez por aquí pudiera explicarse el hastío y aburrimiento de
aquellos que, después de tantas libertades, han quedado con un sentimiento de frustración, como si
hubiera algo más profundo que no se ha llenado con las simples experiencias placenteras.
Todo ello nos hace creer que esta opción es algo razonable, más de acuerdo con la dignidad de la
persona y cuya validez se confirma con la práctica concreta de muchas parejas. Al que no lo
comprenda no se le puede imponer. Cuando un idioma se hace ininteligible hay que comenzar
aprendiendo el significado de cada palabra para convertirlo después en un signo de relación.
Probablemente al que no haya querido nunca, le será difícil captar este mensaje. El problema no se
resolvería con la discusión, sino con ese aprendizaje previo del amor. Como el que piensa que ve bien
y no se da cuenta de su miopía hasta que descubre una nueva visión con las gafas. La experiencia de
muchas parejas confirma la validez de esta orientación. Cuando dos personas han llegado a un nivel de
cariño que compromete, se descubre con mucha facilidad que el sexo ya no puede vivirse como una
simple gratificación placentera.
La raíz de lo dicho hasta ahora nos llevaría a una reflexión que pudiera parecer más metafísica,
pero que está llena de un fuerte realismo. Se trataría de comprender por qué la felicidad que anhela el
corazón humano no llega a encontrarse en la búsqueda del simple placer hacia el que se siente
atraído. Aquí tropezamos con un dato sorprendente: ¿cómo es posible que la satisfacción placentera
no conduzca a la felicidad? El placer ha surgido siempre como ilusión salvadora, que ofrece una
respuesta al ansia de plenitud. ¿Por qué no llena esta esperanza? ¿Por qué termina sin cumplir la
palabra que prometió?

13. La ambigüedad del placer:


entre el sueño y la realidad

El tema ha sido motivo de estudio en toda la reflexión filosófica desde que el ser humano
experimentó en su propia carne la antinomia paradójica entre esas dos invitaciones atrayentes: la
llamada del placer y el deseo de la felicidad. Sería demasiado simplista caer de nuevo en un
radicalismo extremo, que negara al placer su consistencia y significado, como si fuera algo negativo e
indigno, o lo convirtiera en el centro mágico de la existencia humana, como su valor definitivo.
Ninguna de estas exageraciones explicaría la paradoja apuntada. Sólo el camino intermedio nos haría
comprender su sentido y, al mismo tiempo, su ambigüedad.
Si hay algo evidente es la sensación de bienestar que el placer produce cuando acompaña y se
vincula a una actividad sensible. En el momento en que dejara un sitio para la insatisfacción, porque la
conciencia no se sintiera rebosante, no podríamos catalogarlo como tal. Su tarea consiste en llenar los
deseos y necesidades de cualquier tipo que todavía están sin respuesta. Alcanzarlo supone la conquista
de una meta soñada y es lógico que, después de obtenerla, brote un estado de reposo y tranquilidad.
Por eso el placer descansa, tonifica, recompensa. La persona se siente invitada a sumergirse en él para
hacer llevadera la vida, para buscar un alivio a sus preocupaciones y dificultades, para olvidar las
dificultades y conflictos de cada día. Allí experimenta una alegría acogedora, donde ya nada puede
molestarle. Es como si ese momento denso quedara paralizado, sin pasado ni futuro, al abrigo de
cualquier otra inquietud. La promesa de una felicidad ansiada, que lo sacará de la realidad para
llevarlo a otra situación diferente, hace que su invitación se acepte con una enorme esperanza. Pero es
aquí precisamente donde radica su carácter tentador.
Su llamada se realiza desde una confusa ambigüedad. El individuo busca poseerlo, porque quiere
satisfacer su deseo de felicidad e infinitud, pero el placer por su propia naturaleza es limitado,
trágicamente pasajero, sin ninguna estabilidad y consistencia. Una vez pasada la experiencia
momentánea, nos devuelve al contacto con la vida y sus problemas, como si despertáramos de un
sueño a la realidad. Lo que parecía suficiente para hacernos felices provoca un desengaño posterior. Es
la frustración del que comprende de pronto que todo es mentira, cuando la felicidad estaba ya al
alcance de la mano y la ve alejarse de nuevo hasta otra ocasión. Como fenómeno pasajero, quebradizo
y minúsculo, no alcanza los límites sin fronteras de la felicidad, la dimensión inabarcable, henchida de
plenitud, escondida en ese deseo. Por ello el placer se revela como su mayor adversario, pues busca
encerrar, en el instante caduco y dentro de unos límites reducidos, lo que es ilimitado e infinito, y
pretende apagar su sed insaciable con unas pequeñas gotas de satisfacción. El placer satisface a la
felicidad, pero en la medida en que la empequeñece y subordina a sus limitadas posibilidades. Por eso
cuando la actividad sensible y placentera se hace objeto de la felicidad, la condena al fracaso de forma
irremediable. Es querer algo imposible y recibe, como fruto, lo único que el placer ofrece: unos
momentos de satisfacción pasajera.
Lo mismo sucede con el encuentro hombre-mujer. La satisfacción que de ahí se deriva es
recíproca, pero también limitada. Ninguno de los dos puede convertirse para el otro en un mero objeto
saturante. El placer vivido en una relación así quedaría marcado por un vacío lamentable cuando, al
desaparecer, dejara a cada uno sumido en el abandono y soledad. Ya en el latín antiguo se afirmaba,
con un lenguaje muy revelador, el vacío presente en cualquier relación sexual: Omne animal post
coitum triste. La tristeza surge al final del placer, porque nunca podrá dar lo que a veces se le exige. Es
demasiado pequeño para responder a las expectativas que despierta y siempre produce la honda
amargura de una promesa incumplida.

14. Densidad y límites de la experiencia afectiva

Si existe algo capaz de cubrir el deseo de felicidad, hay que referirse de inmediato al amor. Sólo
él consigue cerrar cualquier herida humana para no dejar el dolor de la insatisfacción, de lo que no ha
podido realizarse. No porque responda a una nostalgia infantil de plenitud y totalidad, como si fuera
posible sumergirse en un mundo de ensueño e irreal. La felicidad, la relativa felicidad que se nos
permite a los humanos, se levanta sobre un presupuesto diferente; la reconciliación con un destino que
forma parte indisociable de nuestra existencia. Y la única alternativa que suaviza y serena estos límites
es la experiencia afectiva del que ama y se siente querido. En esta tendencia hacia el cariño como meta
es donde el placer adquiere su sentido verdadero», pues se revela como signo y expresión de una
conducta que no se sostiene por él, con su fragilidad momentánea, sino por una fuerza que lo
trasciende y permanece incluso cuando haya desaparecido. Al convertir la relación sexual en una
ofrenda amorosa, ya no hay sitio para la tristeza y el vacío. Si el placer se oculta, la llama del amor
calienta, como un rescoldo, y el gozo de la entrega continúa, llenando de felicidad el corazón de los
que así se quieren. El placer se vive, entonces, no como un objetivo primario, sino como un símbolo
de la entrega amorosa y un soplo que la anima y densifica.
Seguir por un camino diferente fomentaría un diálogo erróneo o mentiroso, ya que la promesa de
ofrecer lo que el otro busca, latente y escondida en el ansia de satisfacción, no llega nunca a realizarse.
Al contrario, la frustración repetida de estas experiencias provocará, si existe todavía un espacio
mínimo para la ternura y el afecto, una sensación de repugnancia y rechazo; y si han desaparecido
también todas las resonancias sentimentales, la sexualidad se reduce a una repetición mecánica y
absurda, como el que buscara en la droga el objeto de su felicidad. De esta manera, el placer queda
desvinculado de lo único que podría darle consistencia y llenarle de toda su densidad humana. En vez
de ser un lugar de encuentro y una cita para el amor, se convierte en un factor destructivo. Porque
cuando dos seres se aman no es sólo la fuerza del placer lo que los lleva a unirse. También ello, pero
su motivo último no radica ahí, sino en el carácter simbólico y figurativo de un cariño que necesita
encarnarse.
Si hemos hablado del sexo como lenguaje de amor, esto supone la necesidad de un lento
aprendizaje. Nadie nace con el idioma estudiado y los conocimientos básicos para entablar una
conversación. Aquí también se pasa por una situación parecida a la del niño que aprende a hablar.
Necesita recorrer un camino que le lleve, desde los primeros balbuceos infantiles, hasta la posibilidad
de una expresión adulta. Y la sexualidad requiere una idéntica andadura: sus gestos inexpresivos
deben hacerse palabra y mensaje.

15. Conclusión

Resumiendo un poco lo dicho podríamos decir que la sexualidad se nos manifiesta como una
fuerza compleja y llena de ambigüedades. Lo que a primera vista aparece como una pulsión única
tiene otros múltiples contenidos y condicionantes. Es una fuerza que se enraíza en los mecanismos
biológicos, pero penetra también en los niveles psíquicos y afectivos de la persona. Aparece en su
actuar como una decisión libre que el sujeto realiza y está al mismo tiempo orientada por otras fuerzas
ocultas e inconscientes que no siempre se conocen. Se configura hacia un determinado proyecto por la
opción de cada individuo y queda a la vez condicionada por el ambiente social que impone con fuerza
sus pautas y mensajes. Utiliza el lenguaje del amor y de la ternura y desencadena, por otra parte,
agresividades más profundas. Busca la comunión, pero no respeta con frecuencia la diferencia
imprescindible de cualquier encuentro. Se siente como una atracción instintiva y requiere el mundo de
la emoción. Revela la finitud del ser humano y despierta la omnipotencia infantil que no reconoce
límites. Consciente de su vacío e impotencia, llega a jugar con la ilusión que nunca queda satisfecha.
Siendo una realidad divina que nace en la mañana limpia de la creación, queda amenazada desde el
principio por la presencia de otros demonios inicuos. Es un lugar para el gozo, la fiesta y la alegría y
puede caer en la tristeza, en la pena o en el fracaso.
Solamente la persona libre y responsable puede descifrar el misterio y la paradoja que encierra,
elegir entre sus múltiples significados y configurarla en función de un destino. En el fondo no cabe
otra alternativa que hacer de ella una forma de encuentro y comunión, o vivirla como una experiencia
utilitaria y placentera sin ningún otro contenido.
El punto de partida de nuestras reflexiones nace, pues, de este simbolismo profundo que hemos
apuntado a lo largo de este capítulo. La doble dimensión unitiva y procreadora de la sexualidad
constituye un buen fundamento para cualquier reflexión ética. Por ello, la educación sexual no puede
reducirse a una simple información de las diferentes funciones y mecanismos biológicos. Como
tampoco el espiritualismo ignorante de otras épocas cumplía con esta tarea. Si ahora hemos rescatado
al cuerpo de su prisión y oscurantismo mediante el conocimiento técnico y las aportaciones
científicas, sería vergonzoso olvidar la reconquista del espíritu; liberarnos de las cadenas del miedo,
del recelo, de la ignorancia para caer en otras esclavitudes peores.
A partir de este presupuesto, habría que deducir cuáles son los criterios fundamentales, que
deberían regir todo comportamiento en el campo de la sexualidad. Es lo que intentaremos realizar en
el próximo capítulo.

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CAPITULO 3

Visión bíblica de la sexualidad

1. Sentido de la reflexión

No se trata de hacer ahora un estudio detallado sobre las enseñanzas bíblicas en torno a la
sexualidad. Sería una tarea larga y complicada en la que ahora no podemos entrar por motivos
fácilmente comprensibles. La exégesis de cada texto debería hacerla un especialista y tampoco bastaría
quedarse en la enseñanza aislada de una frase o de un libro, pues la palabra de Dios se nos revela
también en una evolución progresiva, paralela a las diferentes culturas y ambientes en que se
escribieron los libros sagrados. La visión del Pentateuco no puede ser idéntica, por ejemplo, a la que
aparece en los Libros Sapienciales, ni la virginidad se valora de la misma manera en el Antiguo que en
el Nuevo Testamento.
Por otra parte, para saber si una conducta es buena o pecaminosa no hay por qué apoyarse en una
cita bíblica, que con tanta frecuencia acomodamos a nuestras categorías actuales. De la misma
manera que el silencio sobre algún determinado comportamiento no es signo de su licitud ética. Pero
sí resulta útil contemplar cómo la revelación valora e ilumina nuestras reflexiones humanas sobre un
fenómeno universal como éste. Nuestra intención es, pues, mucho más modesta y sencilla. Recoger
algunos datos fundamentales que nos descubran lo que la Biblia afirma sobre la sexualidad en su
conjunto.

2. Antropología unitaria

Lo primero que llama la atención en la Biblia, como punto de partida de toda su reflexión
posterior, es la concepción tan unitaria que tiene del ser humano. Los términos que utiliza no
encierran la misma significación que revisten en la actualidad para nosotros, cuando los
interpretamos desde una antropología dualista. Es más, su enseñanza no parte de una visión filosófica
o metafísica que intenta desvelar la naturaleza de la persona, sino de un contexto religioso que centra
su atención en las relaciones de Dios con su criatura, aunque esa fe se exprese también dentro de una
cultura determinada.
El término hebraico más cercano, utilizado para designar al cuerpo, es el de basar que equivale a
la piel -superficie de un organismo viviente-, a la carne -la parte muscular del organismo- o para
indicar cualquier otro aspecto de la corporalidad de los vivientes sobre el que ahora no vamos a
detenernos. Expresa, por tanto, la realidad del ser humano en su dimensión más visible y externa, pero
no como un principio material opuesto a otro espiritual, sino como representación global del ser
completo, que nos recuerda nuestro origen primero. Somos un adam, formado con el polvo del suelo
(Gn 2, 7; 3, 19), pero por encima de cualquier otra realidad material o de un simple cadáver, que nunca
será designado con este término. Se trata de algo viviente, porque Dios ha infundido su aliento -
nephes-, su espíritu -ruach- que hace posible la vida.
El espíritu, si se considera como separado del cuerpo, no equivale al alma de los griegos. Es una
fuerza vivificante que permanece en Dios sin ninguna especificación, mientras que el cuerpo es lo que
designa a la persona. Su estructura corpórea está vivificada por ese aliento divino que nos constituye
como personas. El basar es la carne espiritualizada que nos eleva a nuestra condición humana. La
corporeidad aparece así como el elemento esencial con el que el hombre se identifica y se expresa, sin
que tal dimensión encierre ningún significado pecaminoso o negativo. La perspectiva es muy diferente
a la del dualismo griego, muy presente en la reflexión cristiana, que lo vio siempre como algo
despreciable, cárcel del alma y lugar del pecado. Por eso, desde el comienzo de la revelación, la Biblia
nos descubre otro horizonte mucho más esperanzador y religioso.
3. La consagración de la sexualidad humana

En el marco grandioso de las primeras páginas del Génesis existe ya una meditación profunda
sobre el fenómeno humano de la sexualidad. Sabemos que en ellas se ha querido dar una explicación
teológica del mundo que nos rodea y como un dato más, que requiere aclaración, la humanidad se
enfrenta con su existencia corporal y bisexuada.
La primera reflexión sobre este hecho está llena de un optimismo extraordinario. Cuando Dios
deja posar sus ojos en la obra entera de la creación, capta su bondad y su pureza internas. Cada una
de las realidades que han ido brotando de sus manos amorosas quedan consagradas por este
nacimiento sobrenatural. Es la antífona de gozo repetida después de cada versículo creador, como el
que queda satisfecho con cada obra que va realizando. Porque todo es transparente y limpio, no hay
lugar para el miedo o para el pecado. El mundo entero se convierte en una teofanía gigantesca de
Dios, porque su amor, su poder, su hondura, su misterio se han ido dibujando de una forma lejana en
este lienzo maravilloso de la creación.
De esta visión sacralizada no puede excluirse tampoco la sexualidad. Es buena y santa, porque su
origen se remonta también a esta génesis divina y nada de lo que ha nacido de Dios queda manchado
por la iniquidad. Una postura como ésta supone una ruptura completa y radical con todo el ambiente
religioso y con las culturas de aquellas épocas. El relato de estas primeras páginas, si se le compara
con las concepciones de las tribus vecinas a Israel, aparece como un intento evidente de
desmitificación. Como faltaba el concepto de creación, la sacralidad del sexo no se deriva por haberlo
recibido como un regalo que la divinidad otorga a los seres humanos, sino por la existencia de un mito
en aquellas culturas. La vida de los dioses era considerada como el modelo y prototipo de los
comportamientos humanos. Como en ese mundo trascendente se dan también las relaciones sexuales
entre el dios padre y la diosa madre, semejante conducta quedaba reflejada en las relaciones hombre-
mujer. La unión sexual era santificada, por tanto, en cuanto reproducía una acción divina. Dicho de
otra manera, la sexualidad y sus múltiples manifestaciones aparecían como sagradas por ser una
imitación de las experiencias que se daban en el mundo de los dioses.
La oposición del pensamiento bíblico a este ambiente fue total. De los arquetipos sexuales
paganos, el lenguaje de la creación no conserva nada más que uno: la creencia en un solo Dios
creador y padre, pero sin ninguna otra relación con otros dioses o diosas. La imagen de Dios que se
presenta al israelita tiene un carácter original e inédito comparada con la de otros pueblos. No ha
surgido del pensamiento humano, ni su vida sexual es un mito que pueda servir de modelo a la de los
hombres. El sexo aparece libre de todos los ritos mágicos, que lo transforman en una realidad
sagrada, pues la revelación rechaza de plano el fundamento mítico de esta sacralidad.
Sin embargo, aunque el sexo no pertenezca al mundo de los dioses, no por ello se considera un
dato profano, pues queda vinculado con el creador. Como todo aquello que comenzó a existir al
comienzo de los tiempos, la sexualidad ha recibido una significación religiosa. No serán ya los ritos
sagrados los que harán de ella una realidad santa, sino el gran gesto consecratorio que Dios realizó en
la creación. El haber surgido de sus manos creadoras la convierte también en un hecho sagrado.

4. Los relatos fundamentales del Génesis:


la dimensión procreadora

La lectura de los relatos fundamentales del Génesis revela la presencia directa de Dios en la
formación de la primera pareja. Tanto el relato del capítulo 1, 26-28, perteneciente a la llamada fuente
sacerdotal, como el del capítulo 2, 18-24, un texto más antiguo tomado del documento yavista,
explicitan esta intervención divina de una manera directa: "Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra
imagen y semejanza... y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra
los creó". En el otro texto se descubre la misma voluntad soberana: "El Señor Dios dijo: no está bien
que el hombre esté solo; voy a hacerle el auxiliar que le corresponde. Entonces Dios echó sobre el
hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y creció carne desde dentro. De la
costilla que le había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre".
Ambas descripciones coinciden en esta síntesis fundamental: la creación del hombre, en su doble
cualidad de varón y hembra, no tiene su origen en ningún principio mitológico, ni su dimensión sexual
ha sido causada por alguna potencia maligna, sino que todo es fruto de la palabra imperante y creadora
de Dios. La polaridad sexual no es fuerza divina, sino una realidad profana, pero si el sexo comienza a
existir, como el mundo entero, por esa libre voluntad, también entra en relación directa e inmediata
con Dios y con una finalidad concreta. Por ello, el prototipo de la bisexualidad humana queda dibujado
en estas primeras páginas, tal y como brota de las manos cariñosas de Dios y en función de los
designios por él señalados. ¿Cuáles son éstos en la enseñanza de este doble relato?
El primer texto del Génesis, donde aparece el binomio hombre-mujer como el culmen y corona
de toda la obra creadora, acentúa el aspecto procreador de la sexualidad: "Y los bendijo Dios y les dijo
Dios: creced, multiplicaos, llenad la tierra...". El mandato no deja lugar a dudas: es el destino asignado
a la primera pareja humana, y a las que de ahí van a surgir, para que aseguren la multiplicación de los
seres sobre la tierra. Con esta finalidad han sido creados como varón y hembra a imagen de Dios. Lo
específico del hombre, expresamente señalado, es convertirse en icono, en una epifanía del ser que le
ha dado la vida.
En esta insistencia con que se describe al ser masculino y femenino, como el hombre-imagen de
Dios, se ha querido ver también un reflejo de la vida trinitaria. Creo que, al menos, es una perspectiva
que encaja dentro de la revelación, apuntada frecuentemente por los santos Padres, una vez que
conocemos ese misterio. Dios, en efecto, no vive en la soledad que imagina nuestra razón cuando
subrayamos su unicidad. También en él se da como una sociedad de amor, un intercambio de
comunión entre las personas que forman su única naturaleza. Según nuestra manera de hablar, y
manteniendo intactos los datos que la revelación y la teología nos aportan, tendríamos que decir que
en Dios existe una familia, cuyo reflejo se patentiza en este diálogo del hombre y de la mujer, y su
despliegue correspondiente en la fecundidad del matrimonio. El padre, la madre y el hijo constituyen
la comunidad familiar, que muestra una gran analogía, por su mutua referencia, con la comunidad
amorosa de Dios. Tal vez por ello san Pablo recuerda, en sentido inverso, que los que no quisieron
glorificar a Dios e hicieron de él una imagen semejante- al hombre corruptible, han llegado al extremo
de la perversión, señalando de forma concreta la negativa total a la fecundidad en sus relaciones
sexuales (Rom 1, 21-28).

5. La dimensión unitiva:
el gran regalo de Dios

El otro relato de la creación, mucho más antiguo que el anterior, está lleno de imágenes poéticas,
que en otro tiempo tal vez tuvieron un significado mitológico, pero no por eso reviste menos
importancia desde nuestro punto de vista. Al contrario, la riqueza de sus expresiones, a través de su
estilo literario, contiene datos interesantes para comprender el significado de la atracción entre el
hombre y la mujer.
Así como en la narración sacerdotal su explicación parte del caos que se observa en el cosmos,
esta otra supone, como punto de arranque, un desierto árido y seco, que Dios irá transformando en un
oasis encantador, donde el hombre aparece como dueño y soberano. A partir de ahí la descripción
adquiere una fuerza singular. La soledad del hombre produce en Dios por vez primera la impresión de
que algo no estaba bien en su obra creadora: "No está bien que el hombre esté solo. Voy a buscarle un
auxiliar que le corresponda" (Gn 2,18). Cuando se nos describe la creación del hombre en el texto
sacerdotal "varón y hembra los creó" (Gn 1, 27), se había dicho también: "Y vio Dios todo lo que
había hecho y era muy bueno" (Gn 1, 31). Ahora no se atreve a emitir un juicio tan positivo, pues no
acepta como un bien que el hombre sea un ser solitario.
La presencia de los otros vivientes -animales y aves- no ha bastado para cubrir la soledad
humana, a pesar de su dominio y superioridad sobre ellos:
"El hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras
salvajes, pero no encontró 'el auxiliar que le correspondía'" (Gn 2,20). En el momento en que utiliza
sus atributos de rey de la creación, imponiendo el nombre como un signo de su poder, se hace sentir de
nuevo la necesidad de una ayuda, y el sentimiento de esta soledad le domina sobre el gozo mismo de
su soberanía. Ahí queda como una nostalgia profunda, un vacío de tristeza que es necesario eliminar
con una compañía humana. El Génesis pretende demostrar que el animal no participa de nuestra propia
naturaleza y que se muestra incapaz, por tanto, de llenar también nuestro corazón.
En esta situación afectiva es cuando la mujer se hace presente como el gran regalo de Dios. El
éxtasis que va a sufrir el hombre -sinónimo de estupor, de la suspensión de sentidos- anuncia, como
en otras ocasiones, un gran acontecimiento:
"Entonces el Señor Dios echó sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y
creció carne desde dentro. De la costilla que le había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la
presentó al hombre. El hombre exclamó: ¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre
será Hembra, porque la han sacado del hombre. Por eso un hombre abandona padre y madre, se junta a su
mujer y se hacen una sola carne" (Gn 2, 21-24).

El grito de exclamación manifiesta esa alegría inmensa de la que el hombre se siente lleno al
haber encontrado por fin el reflejo suyo, su enfrente, la compañera y ayuda que anhelaba en su dentro,
lo único que ha podido elegir y hacia lo que se siente atraído entre todos los seres que habían desfilado
ante él. Acaba de brotar una comunidad más fuerte que ninguna otra, en la que los dos se sienten
identificados en una sola carne y en un solo corazón.
La ayuda y comunión es evidente que no se refiere sólo a una atracción sexual. El diálogo que
aquí aparece entre el hombre y la mujer tiene resonancias afectivas y personales mucho más íntimas.
Cuando el Antiguo Testamento afirma que "Dios es la ayuda" del ser humano, su significado es de una
profundidad extraordinaria. Es la roca firme, el báculo donde uno se puede apoyar, la luz que ilumina,
el escudo que defiende y alegra, el auxilio en que se confía, el baluarte y la fortaleza de los débiles,
asilo en la tormenta, escucha atenta y cariñosa, sustento y alivio en el trabajo, lugar para el reposo,
ciudadela en el día de la angustia... Por ello, no es extraño que el Eclesiástico, haciendo una alusión
manifiesta a este texto del Génesis, dé también al encuentro con la mujer un horizonte infinitamente
más amplio:
"Mujer hermosa ilumina el rostro y sobrepasa todo lo deseable; si además habla acariciando, su marido
no es un mortal; tomar mujer es el mejor negocio: auxilio y defensa, columna y apoyo. Viña sin tapia será
saqueada, hombre sin mujer andará vagabundo" (36, 22-25).

No se puede expresar mejor, ni con menos palabras, la intención profunda de Dios sobre la
realidad sexual. La llamada recíproca entre el hombre y la mujer queda orientada, desde sus
comienzos, hacia esa doble finalidad. Por una parte, es una relación personal, íntima, un encuentro en
la unidad, una comunidad de amor, un diálogo afectivo pleno y totalizante, cuya palabra y expresión
más significativa se encarna en la entrega corporal; pero por otra, esta misma donación, producto del
cariño, se abre hacia una fecundidad que brota como destino y consecuencia. Cuando a Cristo, en una
ocasión, le arguyeron sobre un problema que afectaba a la relación conyugal, no dudó un momento en
referirse a este proyecto primero como el modelo típico que había de mantenerse por encima de todas
las limitaciones y deficiencias: "¿No habéis leído aquello: Ya al principio el creador los hizo varón y
hembra?" (Mt 19,4). Desde su nacimiento, por tanto, aparece con claridad el destino establecido por
Dios para la pareja humana.

6. La fecundidad en la Biblia:
diferentes motivaciones

Esta doble dimensión de la sexualidad ha sido después ampliamente acentuada por toda la Biblia,
pero no de manera tan sintética y exacta. La fecundidad fue siempre una preocupación constante en el
pueblo de Israel, aunque no sólo por motivos religiosos. Dentro de la vida rural y agrícola los hijos se
convierten de inmediato en una fuente de riqueza, y en aquellas épocas, sobre todo, en las que la idea
de la inmortalidad no estaba afirmada claramente, el deseo oculto de ésta quería suplirse de alguna
manera por la supervivencia de los hijos. Pero sin excluir ésta y otras motivaciones diferentes, la
procreación aparece como un valor religioso fundamental. Desde la primera invitación a llenar la
tierra, como fruto de la bendición divina (Gn 1, 28), la promesa de una posteridad numerosa aparece
vinculada, como un regalo de Dios, a la fidelidad del hombre.
Ser rico en hijos es sentirse al mismo tiempo depositario de la promesa hecha a Abraham: "Mira
al cielo; cuenta las estrellas si puedes. Y añadió: así será tu descendencia" (Gn 15, 5). De ahí la
dimensión religiosa de la misma genealogía: el que no ha nacido de esta familia no pertenece al pueblo
de la alianza; el que no ha llegado a ser padre ha roto la historia salvífica, que desborda de una a otra
generación. En este contexto la esterilidad es considerada como un castigo, una vergüenza, una terrible
maldición, y la fecundidad como un bien absoluto, algo que es necesario conseguir de la forma y por
los medios que sea, sin pararse en escrúpulos excesivos.

7. El matrimonio como símbolo e imagen de la alianza

La insistencia de la Biblia en la fecundidad no disminuye, sin embargo, la importancia del amor


ni lo considera como una dimensión añadida o superflua. El sentido completo de la bisexualidad
humana hay que seguir encontrándolo, según la línea del Génesis, tanto en el proyecto de fundar una
familia como en la creación de una comunidad de amor. No pretendemos ahora discutir cuál de los
dos aspectos mantiene la primacía, ni mucho menos ver si la duplicidad y jerarquización de fines,
que se hizo después clásica en la moral de la Iglesia, encuentra aquí su fundamento. Son problemas
ajenos a la mentalidad e interés de los autores sagrados. Lo único que buscamos subrayar es que el
aspecto amoroso adquiere también un lugar de privilegio.
Hay rasgos significativos que surgen como de repente en medio de una narración, pero que
descubren la densidad del cariño existente. El caso de Ana y del padre de Samuel nos muestra que el
amor es suficiente para cubrir el dolor de la esterilidad. Cuando se lamentaba de su desgracia, Elcaná
se acerca para decirle: "Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿Es que no soy yo
para ti mejor que diez hijos?" (1 Sam 1, 8). Jacob, para obtener en matrimonio a Raquel, tiene que
servir a Labán durante siete años, "que se le antojaron como unos cuantos días, de tanto que la
amaba" (Gn 29, 20), y cuando se siente engañado por aquél, no tiene inconveniente en continuar
otros siete años a su servicio, con tal de unirse con la mujer que desea. Por eso, durante la época de
los libros históricos, aparecen con frecuencia una serie de parejas ideales que, en medio de los
condicionantes sociológicos y de las limitaciones de aquel tiempo, sirven como modelos concretos de
amor conyugal. Su ejemplaridad no resulta hoy tan convincente, pues se vive con serias lagunas
como el concubinato, cierta libertad sexual, desprecio y utilización de la mujer, etc., pero no
olvidemos que por el momento no eran posibles otras exigencias mayores.
La pedagogía de Dios dará un nuevo paso con la enseñanza de los profetas, cuya voz se alza
como una denuncia impetuosa e irresistible contra tantas falsificaciones religiosas. El pueblo entero y
sus representantes más cualificados oyen con asombro la cruzada emprendida. Hay que volver de
nuevo a la interioridad seria, a vivir la alianza con toda profundidad, a no olvidar que el amor de
Dios por la humanidad es la explicación última de su existencia y comportamiento. Pero lo
verdaderamente inédito hasta ese momento es el simbolismo que van a emplear los profetas como
fondo de sus enseñanzas: el matrimonio como signo e imagen de la alianza divina.

8. Las enseñanzas de los profetas:


Oseas o el testimonio de una vida

Oseas es el primero que utiliza el nuevo lenguaje para explicar la comunidad de amor entre
Yahveh y su pueblo (Os 1-3). Sabemos cómo los profetas, y en general los autores sagrados, se han
valido siempre de gestos simbólicos para expresar el mensaje divino, pero en este caso es la misma
vida del profeta y su matrimonio, en concreto, los que se convierten en símbolos de la verdad que
predica. Oseas es invitado por Dios a tomar como esposa a Gomer, una prostituta entregada a los
cultos de fecundidad cananeos. Después de algún tiempo, ésta lo abandona para caer de nuevo en el
adulterio, dándose a otros amantes. Según las leyes vigentes en aquella época (Deut 24, 1; Lev 21, 7),
una mujer en estas condiciones no podrá volver a su primer marido, pero él, sin embargo, por obedecer
a la palabra de Dios, prescinde de la ley y vuelve junto a ella, a quien recibe y perdona con un cariño
impresionante. "Vete otra vez, ama a una mujer amante de otro y adúltera, como ama el Señor a los
israelitas, a pesar de que siguen a dioses extranjeros" (3, 1).
El mensaje testimoniado con su vida no puede ser más explícito. Oseas ha amado, ama todavía,
olvida y perdona a una mujer que no ha respondido a su amor. El pueblo de Israel ha caído también en
la prostitución y en la infidelidad: "El país está prostituido y alejado del Señor" (1,2). Esta apostasía se
manifiesta sobre todo en los múltiples ritos paganos, que habían contaminado la práctica del verdadero
yavismo. Israel ha tomado la iniciativa del divorcio, por eso los hijos del profeta reciben nombres que
denotan una creciente severidad de Dios. Al último se le llama "no-pueblo-mío", "porque vosotros no
sois mi pueblo y yo no estoy con vosotros" (1, 8). Yahveh se siente abandonado una vez más, después
de haber establecido una alianza de amor en el Sinaí. Ninguna palabra mejor para expresar este hecho
que el término adulterio, pues se trata de una auténtica infidelidad, y ningún otro símbolo más
expresivo e hiriente que el propio matrimonio de Oseas para proclamar el cariño de Dios: así también
Dios ama a su pueblo. Un matrimonio concreto ha servido de vehículo para el conocimiento de una
verdad revelada; a través de una experiencia tan dramática y llamativa, una realidad se nos ha hecho
mucho más comprensible. El testimonio de una vida conyugal es la acción profética en la que se
encarna un mensaje con más fuerza que la sola palabra.

9. La imagen del adulterio en Jeremías

En el libro de Jeremías se emplea también de manera constante el símbolo del matrimonio. El


pecado de Israel, su infidelidad, su idolatría, los excesos sexuales ligados al culto de los dioses
quedan estigmatizados en la alegoría de la unión conyugal. Hay un primer momento de nostalgia:
"Recuerdo tu cariño de joven, tu amor de novia, cuando me seguías por el desierto, por tierras
yermas" (2, 2); pero la vida ulterior ha cambiado por completo el panorama de esperanzas e ilusiones:
"Igual que una mujer traiciona a su marido, así me traicionó Israel" (3, 20). La imagen del adulterio se
hace familiar en sus afirmaciones y una vez más se alude a la prohibición legal de un segundo
matrimonio en estas condiciones: "Si un hombre repudia a una mujer, ella se separa y se casa con otro,
¿volverá él a ella?, ¿no está esa mujer infamada? Pues tú has fornicado con muchos amantes, ¿podrás
volver a mí?" (3, 1).
Sin embargo, a pesar de todas las amenazas, el profeta termina señalando la fidelidad infinita de
un amor que no acaba ni se consume: "Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi lealtad; te
reconstruiré y quedarás construida, capital de Israel" (31, 3-4).
Más allá todavía se vislumbra a lo lejos la nueva y definitiva alianza, que constituye la cumbre
espiritual del mensaje de Jeremías: "Meteré tu ley en su pecho, la escribiré en su corazón, yo seré su
Dios y ellos serán mi pueblo" (31, 33). La vivencia del amor conyugal implica una perspectiva de
fidelidad, dentro de los límites reconocidos del derecho vigente, y por ello puede servir como un
símbolo apto para intuir el significado de la alianza de gracia; pero Dios rompería incluso estas
mismas limitaciones jurídicas para descubrir la eternidad del amor que ha prometido en su matrimonio
con los hombres.

10. La alegoría de Ezequiel y los cantos de Isaías

El profeta Ezequiel, en una larga alegoría, reproduce toda la historia de Israel con un relieve
singular. El capítulo 16 es de una ternura impresionante. Jerusalén aparece como una niña recién
nacida, desnuda y abandonada en pleno campo, cubierta por su propia sangre, sin nadie que le lleve
los cuidados y el cariño necesarios. Dios pasa junto a ella, la recoge, la guarda y la cuida hasta llegar
a enamorarse: "Te comprometí conjuramento, hice alianza contigo... y fuiste mía" (16, 8). La
descripción es ampliada con los múltiples y valiosos regalos, que le otorgan el esplendor y la
majestad de una reina. La unión parece afirmada aun más por el nacimiento de hijos e hijas (16, 20).
Una infidelidad así revestiría el carácter de un crimen imperdonable, pero la tragedia entra de nuevo
en escena, ahora con un dramatismo especial.
El pago vuelve a ser la prostitución, pero efectuada de una manera constante: "En las
encrucijadas instalabas tus puestos y envilecías tu hermosura; abriéndote de piernas al primero que
pasaba, continuamente te prostituías" (16,25); olvidó por completo su historia pasada: "Con todas sus
abominables fornicaciones, no te acordaste de tu niñez, cuando estabas desnuda y en cueros,
chapoteando en tu propia sangre" (16,22); y el motivo de su pecado era precisamente "para irritarme"
(16, 26). Es más, en lugar de recibir el precio de su comportamiento, ella misma ofrece los regalos y
joyas de su matrimonio para atraer a los amantes: "A las prostitutas les hacen regalos; tú, en cambio,
diste tus regalos de boda a tus amantes; los sobornabas para que acudieran de todas partes a fornicar
contigo. Tú hacías lo contrario que las otras hembras: a ti nadie te solicitaba, eras tú la que pagabas y a
ti no te pagaban y obrabas al revés" (16,33-34). Pero la perspectiva queda de nuevo abierta al
arrepentimiento y al perdón: "Yo me acordaré de la alianza que hice contigo cuando eras moza y haré
contigo una alianza eterna" (16, 60).
Los cantos de Isaías reproducen las líneas apuntadas: la ruptura con Sión no será definitiva y el
retorno al hogar de la esposa abandonada se realizará más adelante: "Como a mujer abandonada y
abatida te vuelve a llamar el Señor; como a esposa de juventud, repudiada -dice tu Dios-. Por un
instante te abandoné, pero con un gran cariño te reuniré" (54, 6-7). Serán tiempos de amor
permanente: "No se retirará de ti mi misericordia ni mi alianza de paz vacilará" (54, 10). El resultado
de este matrimonio restablecido es impresionante. La esposa de Yahveh no será sólo el pueblo, sino la
humanidad entera transformada por la gracia (54, 1-3). En el fondo late la idea de una Jerusalén
escatológica, que san Pablo aplica a la Iglesia del cielo (Gal 4, 27).

II. El simbolismo profético

Lo importante de todo este lenguaje profético para nosotros reside en su presupuesto de base. Si
los profetas se han valido del matrimonio para que el hombre vislumbre cómo son sus propias
relaciones con Dios, a nivel personal y colectivo, es necesario que el amor conyugal sea capaz de
descubrir este misterio de alianza. La vinculación de dos personas reviste así un carácter de
comunión extraordinario o, al menos, es posible que adquiera esta densidad significativa. Como
gesto y experiencia humana tiene que estar llena de este valor trascendente y amoroso: ser un signo e
imagen de la amistad y el cariño divino. La historia de un amor con sus progresos y crisis, con sus
gozos y tinieblas, fue el reflejo de una intimidad profundamente misteriosa. El corazón de Dios se
nos hace de esta manera mucho más comprensible.
Al proclamar este mensaje de salvación, los profetas nos han hecho también una teología del
matrimonio y han acentuado con una fuerza extraordinaria, aunque sin buscarlo de manera directa,
cuál debe ser el significado de la entrega conyugal. Es más, el vínculo del matrimonio es tan
consistente que el término empleado para designarlo -berith- es el mismo que se utiliza para nombrar
la alianza de Dios con los hombres. No se puede pensar que la dimensión unitiva no haya estado
presente en la palabra de Dios.
Esta comunidad de amor no se refiere sólo a su aspecto más espiritual, sino que abarca también la
relación sexual más íntima. Sabemos cómo el verbo utilizado por la Biblia para expresar la donación
corporal es conocer, y Dios se queja constantemente, sobre todo a través de Oseas, de que su pueblo
no ha llegado a conocerlo de verdad. La cercanía que él esperaba, como respuesta a su entrega, no se
ha conseguido nunca con plenitud. Hay una falta de intimidad y conocimiento por parte del ser
humano que se echa de menos en el marco de la mutua amistad. "Conocer un hombre a su mujer" nos
evoca, por tanto, este hondo sentido de la intimidad, de la entrega profunda en todos los órdenes, de la
revelación progresiva y recíproca hasta formar una sola carne, una sola vida, como una sola persona.
Malaquías ha sintetizado lo que hemos visto hasta ahora, al hablar contra el divorcio con estas
palabras: "Porque el Señor dirime tu causa con la mujer de tu juventud, a la que fuiste infiel aunque
era compañera tuya, esposa de alianza. Uno solo los ha hecho de carne y espíritu, ese uno busca
descendencia divina; controlaos para no ser infieles a la esposa de vuestra juventud" (Mal 2, 14-15).

12. Principales características de los libros sapienciales

Toda la literatura sapiencial nos enseña el lado profundamente humano del amor y de la
sexualidad. La mayor parte de estas obras surgieron de la comunidad judía de Alejandría y en contacto
con la civilización griega, de mentalidad bastante diferente. La experiencia del exilio produjo cambios
sociológicos que afectaron la vida moral, familiar y religiosa del pueblo. De ahí que el conjunto de sus
enseñanzas tenga matices diferentes a los de las otras épocas.
Un primer aspecto revelador. La fecundidad no aparece más como un bien absoluto ni la
esterilidad, por tanto, es considerada tampoco como maldición. Desaparece en gran parte la poligamia
y la ley del levirato no tiene vigencia. La virilidad no hay que ponerla en el hecho de tener hijos, sino
en otras actitudes éticas más importantes. Una fecundidad puramente biológica no tiene sentido sin el
temor del Señor.
En segundo lugar, se acentúa la grandeza del amor conyugal y el relieve que toma la mujer como
ayuda y compañera. Hay, no cabe duda, una tonalidad mucho más cercana al segundo relato del
Génesis. Con las citas abundantes de estos autores podría hacerse una espléndida descripción de lo que
significa la mujer en la vida del hombre: "Quien encuentra mujer encuentra un bien, alcanza favor del
Señor" (Prov 18, 22). "Vale mucho más que las perlas" (Prov 31, 10), pues "tomar mujer es el mejor
negocio" (Si 36, 24). Por ello, "dichoso el marido de una mujer buena... sea rico o pobre estará
contento y tendrá cara alegre con toda razón" (Si 26, 1-4). Los elogios que recibe en el canto último de
los Proverbios alcanzan una altura y belleza excepcional (31, 10 y ss.). La función femenina es algo
más que la sola maternidad. El porqué de tales alabanzas no tiene otra explicación que el cariño
presente en el centro del hogar.

13. Un evangelio del amor:


el Cantar de los Cantares

Y es que en esta corriente hay un influjo escondido de aquella otra que nació con anterioridad en
el Cantar de los Cantares, una auténtica antología de coplas, llenas de encanto y poesía, "un evangelio
del amor erótico y de la sexualidad", como algún autor lo ha designado. La visión del cariño queda
enaltecida hasta límites que resultaron desconcertantes para , muchas mentalidades. No era explicable
que el Espíritu pudiera comunicar su mensaje a través de las expresiones usadas entre dos amantes
ardientemente enamorados. Cualquiera de sus estrofas rebosa esta atmósfera a primera vista profana.
Lo que aquí aparece es un amor cargado de emociones y afectos, enraizados en la belleza física de la
persona amada. Sin embargo, el que este libro forme parte integrante de la Biblia es suficiente para
que no provoque recelos.
Ya hemos visto cómo Dios se ha dirigido a nosotros con un lenguaje de amor y es aquí donde su
palabra se hace más apremiante y decisiva. El texto contiene abundantes alusiones a toda la literatura
bíblica y, por ello, se ha interpretado con mucha frecuencia, a la luz de la revelación, con un sentido
alegórico. El Dios vivo del Sinaí se comprometió un día con su esposa para darle su vida y su
amistad, y este diálogo seguirá caminando, a través de los siglos, hasta el momento de la gracia final,
del amor definitivo. Una vez más nos encontramos con el símbolo clásico de la alegoría nupcial para
describir las relaciones entre el Señor y su pueblo. La literatura cristiana ha visto también aquí un
modelo de la unión mística entre Cristo y el alma.
Finalmente, en el libro de Tobías, el aspecto unitivo de la sexualidad se explica con plena
evidencia. Es más, las variantes en algunos de sus capítulos manifiestan una doble tendencia
significativa, acentuándose en una la importancia de la procreación, mientras que en la otra -la versión
original y más auténtica- se subraya la primacía del amor. San Jerónimo en su Vulgata recoge la
primera orientación, más de acuerdo con la línea fundamental del Pentateuco. La muerte de los siete
maridos que hasta el momento había tenido Sara se debía a la realización del acto conyugal en busca
del placer y sin motivo procreador (vg. Tob 6, 17-22). El consejo del ángel para evitar la muerte del
propio Tobías era no ceder, por tanto, a los impulsos de la carne y mantener, durante las tres noches
posteriores a la boda, una abstinencia sexual, para unirse después con la finalidad de traer hijos y
continuar la raza de Abraham. La insistencia en la fecundidad es manifiesta. Tobías se acercará a su
mujer, cumplido el plazo, por amor de la sola posteridad, en la que el nombre de Dios sea bendito por
los siglos.
Sin embargo, el texto original prescinde de todas esas consideraciones para mantener solamente
la bella plegaria de Tobías en su misma noche de bodas. Su alusión al Génesis se limita al recuerdo de
Eva como ayuda y compañera:
"Bendito eres. Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por los siglos de los siglos. Que te bendigan
el cielo y todas tus criaturas por los siglos. Tú creaste a Adán, y como ayuda y apoyo creaste a su mujer, Eva:
de los dos nació la raza humana. Tú dijiste: no está bien que el hombre esté solo, voy a hacerle a alguien como
él que le ayude. Si me caso con esta prima mía, no busco satisfacer mi pasión, sino que procedo lealmente.
Dígnate apiadarte de ella y de mí, y haznos llegar juntos a la vejez" (8, 5-7).

14. La tragedia del pecado

La Biblia, por otra parte, no cierra los ojos a la trágica realidad del ser humano en este terreno.
Frente al mundo luminoso de la creación se alzan las sombras de la sexualidad corrompida. Los
múltiples desórdenes que destrozan esta orientación humana y religiosa son condenados repetidas
veces de una forma concreta. La lista impresionante de tragedias y pecados relacionados con el sexo
no sería fácil de sintetizar, sobre todo porque el Antiguo Testamento, más que una reflexión general
sobre el pecado como fenómeno religioso, complejo y teórico, lo personifica encarnado en los
individuos, lugares, épocas y acontecimientos. El abismo abierto entre los planes de Dios y las
realizaciones humanas se refleja constantemente en las páginas de la revelación. Así, el ideal de la
sexualidad, como vínculo unitivo y como fuerza procreadora, es decir, como amor fecundo y como
fecundidad amorosa, queda manchado por las perversiones de todo tipo: divorcio, poligamia,
prostitución, incestos, adulterios, orgías, crímenes pasionales, celos y envidias, violaciones,
travestismo, bestialidad; como si el proyecto primero de la pareja, en la mañana de la creación, fuese
una ingenua utopía.
En el capítulo 3 del Génesis se explica también la etiología de estos hechos lamentables. El
pecado ha dejado sentir sus resonancias en la sexualidad, rompiendo la bondad y armonía de su
creación. La concupiscencia y el deseo sexual se vivirán, desde ese momento, como una tara de
nuestra naturaleza caída. Aquella experiencia cismática del paraíso, que provocó en la primera pareja
un sentimiento de culpabilidad, provoca el desajuste y desorden posterior de las relaciones entre
ambos. El relato de la caída va inserto muy significativamente entre dos afirmaciones paralelas, pero
contradictorias. La primera cierra el anuncio gozoso de la comunidad nueva y grandiosa que acaba de
surgir en el matrimonio: "Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza"
(2,25). La segunda expresión, colocada inmediatamente después de la caída, indica el cambio que
acaba de operarse: "Se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos" (3, 7).
El diálogo mantenido con Yahveh está lleno de matices con una enorme riqueza psicológica, los
cuales señalan el ambiente de cisma y de separación. La pareja en la que Dios había soñado estaba
construida sobre una solidaridad perfecta. El hombre había acogido a la mujer con un grito de alegría
incontenible (Gn 2, 23), pero ahora la culpa está "en la mujer que me diste por compañera" (Gn 3, 22).
Ya no es posible referirse a los dos, como al hombre en singular del relato primero, para hacerlos
partícipes de las gracias y bendiciones (2, 27); la ruptura operada exige que la palabra de Dios se dirija
a cada uno por separado para escuchar su propia condena (3,6-17). La dialéctica del sufrimiento, como
estructura radical del ser humano en sus tareas más específicas -maternidad y trabajo (Gn 1, 16-19)-,
sustituye al gozo anunciado de la fecundidad y del dominio sobre la tierra (2, 28). Y es que la pareja,
modelo de unidad y compenetración, y símbolo de la raza humana sexuada, ha quedado rota en su
base. El egoísmo instalado, desde entonces, en lo más profundo del ser humano, hace ya difícil la
actitud de apertura y entrega, la dimensión personal, extática, en tensión amorosa hacia el otro. La
razón fundamental de que el sexo no se viva con un gesto de inocencia ahonda sus raíces en esta
primera experiencia trágica y dolorosa. No es extraño que la sexualidad adquiera, entonces, una
totalidad sombría, y se convierta casi en algo impuro y malvado.

15. Orientaciones generales del Nuevo Testamento

Las taras y sombras que oscurecen la sexualidad humana eran demasiado evidentes, pero frente a
esta situación hemos encontrado la enseñanza repetida de que el ideal trazado por Dios, cuando la
criatura no estaba contaminada con el pecado y aun después de la caída, exige una superación
constante. Esa esperanza iluminada que se intuye en la interpretación mesiánica del protoevangelio va
a convertirse en una gozosa realidad con la venida de Cristo. La recreación de lo que estaba perdido
será un nuevo comienzo en la historia de cada persona.
En esta atmósfera conyugal, la clásica imagen de san Pablo (Ef 5, 25-33) no resulta extraña ni
sorprendente. Cuando quiso expresar el misterio de la revelación divina, la nueva alianza sellada con
la sangre de Jesús, no tuvo otro símbolo más explícito que la misma amistad matrimonial. En el texto
del Génesis (2, 24) descubre una prefiguración profética de la unión de Cristo con su Iglesia, una
verdad largo tiempo oculta y misteriosa, pero que ahora se nos hace más comprensible y patente por
esta experiencia del cariño conyugal. Aquí también, como en el pasaje de san Mateo sobre el
matrimonio (19, 4-6), la referencia al ideal primero de la creación aparece claramente explicitada, y
la línea profética, que habíamos visto con anterioridad, es llevada hasta sus últimas consecuencias:
"Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Ef
5, 25). Si Cristo, impulsado por su amor, ha hecho lo indecible por llenar a su esposa de gracia y
santidad, de igual manera la entrega del hombre a la mujer tiene que estar transida por el mismo
cariño. La unidad entre ambos se hace tan profunda que desaparece toda posibilidad de ruptura y
división, pues "el que ama a su mujer a sí mismo se ama" (Ef 5, 28). A más ya no es posible aspirar.

16. Carácter sagrado y personalista de la relación sexual

No es necesario insistir en que la misma antropología unitaria, como herencia del judaísmo, se
halla también presente en el pensamiento paulino.
El cuerpo -soma- no es tampoco un componente del ser humano, sino expresión de su unidad
psico-física y estrechamente vinculado con la actividad sexual. Pero la idea, tantas veces repetida en
todas sus cartas, de que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, que él mismo ha santificado y purificado
"mediante el baño del agua en virtud de la palabra" (Ef 5, 26), hace referencia sin duda al gesto del
bautismo por el que quedamos limpios y lavados. Este dato básico en su teología le produce una nueva
motivación en materia sexual. Está preocupado porque los neófitos, convertidos a la fe, no pueden ya
vivir como los paganos, pero lo original de su pensamiento reside no en que parte de una reflexión
antropológica o ética, sino en que la condena de estas actitudes brota de una exigencia bautismal, de la
vida pascual cristiana. El texto más denso se encuentra en su Carta a los corintios.
La presencia de ciertos gnósticos libertinos, para los que esta actividad no llega a manchar el
espíritu -el único heredero del Reino-, le provoca una exposición religiosa que demuestra, al mismo
tiempo, el carácter profundamente humano y personalista de la relación sexual. Para aquéllos la
entrega corporal no tiene ninguna trascendencia, pues se trata de un gesto tan caduco e indiferente
como el que toma un alimento, destinado de inmediato a la destrucción. Lo que desea exponer,
precisamente, es la radical diferencia entre una actividad vulgar e insignificante que alimenta al cuerpo
y el simbolismo de un cuerpo cuando se entrega para compartirlo con otra persona:
"Pero el cuerpo no es para la lujuria, sino para el Señor. Y el Señor para el cuerpo, pues Dios, que
resucitó al Señor, nos resucitará también con su poder. ¿Se os ha olvidado que sois miembros de Cristo? Y ¿voy
a quitarle un miembro a Cristo para hacerlo miembro de una prostituta? ¡Ni pensarlo! ¿No sabéis que unirse a
una prostituta es hacer un cuerpo con ella?; lo dice la Escritura: 'Serán los dos un solo ser'. En cambio, estar
unidos al Señor es ser un espíritu con él. Huid de la lujuria; cualquier perjuicio que uno cause queda fuera de
uno mismo; en cambio, el lujurioso perjudica a su propio cuerpo. Sabéis muy bien que vuestro cuerpo es templo
del Espíritu Santo, que está en vosotros porque Dios os lo ha dado. No os pertenecéis, os han comprado
pagando; pues glorificad a Dios con vuestro cuerpo" (1 Cor 6, 13-20).

Por razón del bautismo, el hombre entero, hasta en sus estructuras corporales, ha sido
transformado por la presencia salvadora de Cristo. El cuerpo participa también de este destino, que le
lleva a convertirse en una realidad sagrada, propiedad exclusiva de Dios, a cuyo dominio ha sido
transferido. Camina desde ahora impregnado por la fuerza pneumática, que ha resucitado el cuerpo
de Jesús. De ahí la urgencia de glorificar a Dios en el propio cuerpo; pero esa glorificación no es
posible mientras la unión sexual no manifieste la plenitud y totalidad de su significado.
La entrega corporal, en efecto, no es un gesto periférico e insignificante, sino que expresa, desde
un punto de vista antropológico, un mensaje profundo. No se reduce a una simple necesidad
biológica, como "la comida es para el estómago" (1 Cor 6, 13), sino que la donación del cuerpo,
como símbolo del hombre entero, supone la ofrenda de toda la persona, que no se realiza en la unión
con una prostituta. La relación sexual auténtica no es valerse del otro para alimentar una urgencia de
placer o un vacío psicológico, sino para vivir una comunión a niveles más profundos. Así se
comprende la afirmación un tanto original de que con la lujuria se daña al propio cuerpo, pues no se
emplea para el servicio al que está destinado, como la mentira daña y pervierte la posibilidad de
comunicación.
Con esta dimensión simbólica y religiosa, la vida sexual no se concibe nunca como pecaminosa.
La tentación de la continencia no era una ilusión lejana entre la comunidad de Corinto. Bajo la
influencia del espiritualismo griego, para el que las realidades corpóreas son malas por su naturaleza
e imposibilitan la vida del espíritu, se predicaba una abstención matrimonial: "Está bien que uno no
se case" (1 Cor 7,1). Los consejos del apóstol muestran un equilibrio realista extraordinario. Un
comportamiento como éste supondría el desconocimiento de los deberes mutuos entre los esposos,
pues por la entrega matrimonial se pertenecen el uno al otro: "La mujer ya no es dueña de su cuerpo,
lo es el hombre; ni tampoco el hombre es dueño de su cuerpo, lo es la mujer" (7,4). La continencia,
aunque sea un ideal del que hablará a continuación, puede darse también en el matrimonio, pero de
una forma temporal y pasajera para fomentar la vida de oración. Lo contrario sería imprudencia y un
posible engaño, ya que "cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado" (7, 7). Por ello, "siga
cada uno en el estado en que Dios lo llamó" (7, 20).
La conducta de los cristianos no debió siempre responder a ese ideal de la castidad. También en
el Nuevo Testamento se hallan innumerables testimonios de los desórdenes que en este terreno se
producían. La inmoralidad era un hecho manifiesto, sobre todo en las grandes ciudades, donde el
relajamiento llevaba a una creciente degeneración, y las exhortaciones a huir de los vicios de la
impureza se repetían de manera frecuente. Por ello es posible enumerar un catálogo amplio de
comportamientos explícitamente condenados.

17. Un antagonismo en el hombre:


la carne y el espíritu

La raíz de esta situación la volvemos a encontrar en el hecho del pecado, El hombre vive una
lucha a muerte entre la carne y el espíritu como consecuencia de su desarmonía original. Esta
oposición es tema bien repetido en las cartas paulinas y explica el fenómeno de no poder hacer aquello
que quisiéramos: "Quiero decir: proceded guiados por el espíritu y nunca cederéis a deseos rastreros.
Mirad, los objetivos de los bajos instintos son opuestos al espíritu y los del espíritu a los bajos
instintos, porque los dos están en conflicto. Resultado: que no podéis hacer lo que quisierais" (Gál 5,
16-17).
Para la exégesis de este y de otros textos parecidos hay que superar la mentalidad propia del
dualismo griego, ajena por completo a la concepción cristiana más auténtica. La explicación tan
frecuente de que el alma es la sede de las virtudes y el cuerpo aparece como el receptáculo de todos los
vicios, no representa de ninguna manera la oposición bíblica de la carne y del espíritu.
La simple lectura de otros pasajes paulinos nos orienta hacia otra interpretación. Según ella, el
hombre entero puede encontrarse bajo la esfera de la carne o del espíritu, pero teniendo en cuenta que
la carne no aparece en este lenguaje como sinónimo de cuerpo, sino que significa, al menos en estos
textos concretos, un estilo de vida ajeno al mundo de la gracia. Vivir según la carne es la expresión
empleada para señalar la situación pecadora de cualquier actividad humana, incluso aquellas que
designamos como estrictamente espirituales. En ella se fundamentan también los pecados de
"idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, envidias, rencillas, disensiones, divisiones, homicidios"
(Gal 5, 20-21), que no están vinculados para nada con el cuerpo humano. Los deseos corporales no son
contrarios a los del alma, sino que la totalidad de la persona, en su doble dimensión, es la que se revela
contra la llamada e invitación de Dios. Por lo mismo, el espíritu no equivale a la parte espiritual, como
contrapuesta a la materia, sino que significa la posibilidad ofrecida al hombre de vivir, en cuerpo y
alma, su nueva apertura al Señor. De esta manera la siembra del espíritu transforma nuestra propia
corporalidad en un lugar privilegiado de gracia (1 Cor 15, 44).
Cuando san Pablo habla de este dualismo entre carne y espíritu no hace, por tanto, una reflexión
filosófica sobre los compuestos del ser humano, sino una teología de la doble posibilidad existente en
su enfrentamiento con Dios: "Los que viven sujetos a los bajos instintos son incapaces de agradar a
Dios. Vosotros, en cambio, no estáis sujetos a los bajos instintos, ya que el Espíritu de Dios habita en
vosotros" (Rom 8, 9).
Esto supone, por una parte, admitir la posibilidad de que, tanto en nuestras funciones corporales
como espirituales, el desorden y el pecado se hagan presentes, pero, por otra, la recreación operada por
Cristo manifiesta la esperanza de un rescate para nuestra corporalidad ya redimida. Si vivimos en un
mundo de pecado, las amenazas y los riesgos consiguientes son idénticos para ambas actividades. La
necesidad de estar alerta se impone en cualquier tipo de conducta, se encuentre o no relacionado de
forma directa con la dimensión material, y si creemos que Jesús nos ha liberado, el cuerpo no queda
excluido tampoco de esta salvación. Las fuerzas del mal residen en el corazón y se infiltran en la
totalidad de nuestro ser, aunque la gracia de Dios ha sembrado ya una semilla que posibilita al hombre
una vida bajo el influjo de la gracia.

18. La glorificación del cuerpo en el mensaje cristiano

En la Carta a los romanos, san Pablo nos vuelve a dar una perspectiva luminosa, al mencionar el
destino interno del cosmos y del estado actual de su redención. Lo que se afirma del universo puede
aplicarse con la misma fuerza al ámbito de la sexualidad. Allí aparece el mundo sujeto a la vanidad, a
la nada, como consecuencia de su situación pecadora (Rom 8, 20). La decisión interna, espiritual, por
la que el hombre ha querido alejarse de Dios, rompió la armonía de las cosas y en ellas, como en un
espejo, resplandece el desorden íntimo introducido por el pecado. Ahora cualquier realidad humana se
convierte en una fuerza destructora, que puede llevarnos hacia el vacío y la más completa soledad.
Como el dinero, la inteligencia, el prestigio, también la sexualidad y el cuerpo aparecen como posibles
aliados de la seducción. Que el mundo es vano, caduco y sin consistencia no significa nada más que la
ambigüedad dolorosa en la que se halla colocado: ser un lugar de condena o de salvación. De ahí que
sin caer en un pesimismo exagerado, tampoco hay motivo para una excesiva ilusión. La posibilidad de
resbalar hacia esa zona oscura del pecado pesa sobre nosotros -sobre nuestra alma y sobre nuestro
cuerpo- como una amenaza permanente.
San Pablo no olvida añadir, sin embargo, que si la creación está sometida a la esclavitud, encierra
también una esperanza de que "se verá liberada" (Rom 8, 21) por la fuerza del Espíritu. Las imágenes
empleadas para comprender esta actitud de cara al futuro no pueden ser más significativas, "La
humanidad otea impaciente" (8, 19), con un dolor ilusionado como la mujer que sufre cuando va a dar
a luz (8, 22), con un anhelo interior por "el rescate de nuestro ser" (8, 23). El amor de Dios penetra por
su encarnación hasta en las raíces de nuestra corporalidad, y encarnación significa que Jesús, al asumir
el cuerpo humano, lo rescata de su perversión y caducidad para darle un nuevo destino, que lo eleva
hasta una comunión con Dios. Cuando san Pablo dice que los cuerpos son miembros de Cristo (1 Cor
6, 5), no es ninguna consideración piadosa o una afirmación exagerada. La naturaleza humana de
Cristo ha sido constituida como cabeza del universo, y esto supone que el mundo entero, de una forma
misteriosa que no nos ha sido revelada, queda sometido al influjo y presencia de Jesús. El término
bíblico utilizado -anakephalaiosis- indica claramente esta incorporación bajo la cabeza.
Los milagros no son, entonces, un mero signo del poder, sino un descubrimiento de las nuevas
posibilidades que encierra la naturaleza en manos del Salvador. Prefiguran, por así decirlo, la
existencia definitiva que nos aguarda, donde el orden quedaría de nuevo restablecido y el cuerpo
liberado de su angustia y dolor. La curación de los enfermos y la resurrección de los muertos anuncian
la transformación que se efectuará "para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios" (Rom 8,
21). Esta realidad salvadora no se ha manifestado por completo para nosotros, "pues con esta
esperanza nos salvaron" (Rom 8, 24), pero para el cuerpo de Jesús el anuncio profético de lo que nos
espera se ha hecho ya un espléndido presente con la resurrección y ascensión a los cielos. Lo mismo
podríamos decir del misterio de la asunción en cuerpo y alma de la Virgen. En esos cuerpos, transidos
de gloria, podemos leer el destino del nuestro y la renovación que poseemos, aunque todavía como
semilla y embrión. El Espíritu permanece como herencia para llevar a cabo esta tarea transformadora.
Dentro del mensaje cristiano no existe espacio para una concepción pesimista, en la que el cuerpo
aparezca como una cárcel o como una sala de espera hasta el momento de la visita definitiva de Dios.
El mismo cuerpo es también el lugar destinado para construir nuestra eternidad, lo mismo que no es
posible otra salvación que la de esta tierra redimida por Jesús y transformada dolorosamente en un
espacio de gracia.
Como resumen de todo lo dicho, podríamos afirmar que la revelación, en su conjunto, confirma
los mismos datos que habíamos encontrado en la reflexión humana sobre el sexo: su doble dimensión
unitiva y procreadora, y la ambigüedad en él presente a causa del pecado. Precisamente por esta
situación y para conseguir estos objetivos, la ética se nos revela como una exigencia imprescindible.
No es posible realizar este proyecto sin un esfuerzo educativo que controle y canalice la pulsión
sexual. ¿Cómo llegar a conseguirlo?

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CAPITULO 4

Fundamentación de la ética sexual

1. Necesidad de una ética:


radical insuficiencia del instinto

Vivir la sexualidad con este perfil humano no se consigue de una manera espontánea siguiendo
las leyes del instinto. La educación se hace imprescindible en todos los órdenes para superar ese
estadio infantil y egoísta en el que sólo se busca la satisfacción inmediata de las propias apetencias y
caprichos. La conducta, abierta a cualquier posible configuración, necesita un esfuerzo ascético y una
dosis seria de renuncia, si quiere alcanzar un mínimo de madurez y equilibrio humano.
La pulsión sexual no escapa tampoco a este presupuesto. El gran error de Reich, y otros
ideólogos, ha sido creer que, cuando el ser humano se libere de toda normativa, la libido aparecerá
como una fuerza dócil e integrada, ya que sus componentes destructores, agresivos y egoístas son una
consecuencia exclusiva de la represión moral. En el momento en que ésta desapareciera
descubriríamos el rostro inocente y benéfico de una sexualidad armónica y sin conflictos. Semejante
optimismo no deja de parecer a la mayoría un sueño demasiado ingenuo. La historia de las costumbres
sexuales aporta una conclusión significativa, que constituye, al mismo tiempo, un mentís rotundo al
mito de la absoluta libertad en este terreno, tan repetido por ciertos movimientos, como si en la vuelta
a ese supuesto primitivismo pudiera encontrarse la solución a los problemas actuales.
A lo largo de todas las culturas, nunca ha faltado una cierta normatividad. Ni siquiera en los
pueblos primitivos donde la sexualidad produce la impresión de vivirse en un clima espontáneo, sin
límites o prescripciones, la libertad de comportamiento es plena, sino que se halla sujeta por múltiples
normas higiénicas, culturales o religiosas de todo tipo. Y es que, en el fondo, se ha dado una intuición
más o menos consciente, pero cuya veracidad no es posible poner en duda: la radical insuficiencia del
instinto para regular un comportamiento humanizante.
Todos sabemos que el niño es un ser profundamente egoísta desde el punto de vista psicológico
y que reacciona exclusivamente en función de sus propias necesidades cercanas e inmediatas. Lo
único que busca es la satisfacción de sus exigencias en el momento que las experimenta. Al no tener
perspectivas de cara al futuro, su visión se reduce al presente que le rodea, sin comprender por qué ha
de renunciar a lo que ahora le satisface. Su moral quedaría subordinada a gratificar lo antes posible
las apetencias que siente, quedando la conducta sometida al puro egoísmo de su instintividad. Nada
sería más funesto para la educación que dejarlo abandonado en manos de esta fuerza anárquica y
descontrolada. Si el animal puede satisfacer sus propios impulsos a un ritmo instintivo y esta
conducta queda ordenada por la maravillosa teleología de la que están dotados, en el ser humano se
hace imposible semejante regulación. Educar a una persona es ayudarle a que domine e integre el
mundo de sus pulsiones por la renuncia al goce de un capricho o el abandono, al menos, para un
tiempo posterior.

2. Exigencias psicológicas para una maduración humana

La fuerza que regula la pulsión sexual tiene también en sus comienzos una dosis fuerte de
egoísmo, de agresividad, de anarquía incontrolada, cuya existencia latente ya se constata en las
diferentes etapas infantiles que recorre. Aquí sucede lo mismo que con el lenguaje. La capacidad de
expresarnos y entrar en comunicación con los demás es anterior al idioma, pero éste no resulta
viable, si no existe una cultura que lo enseñe y facilite. La moral pretende, por tanto, la humanización
de la libido, purificarla de sus componentes agresivos y mentirosos, convertirla en una palabra
expresiva como vehículo de encuentro y de comunión personal.
Purificar a la libido de sus elementos anárquicos y convertirla en palabra, como signo de un
encuentro personal, no se realiza sin un empeño educativo y sacrificado. Las mismas exigencias
psicológicas para una maduración se convierten aquí en imperativos éticos. La meta suprema de la
sicología , que impulsa hacia un sexo oblativo y amoroso, es a la que orienta también la moral. Es
curioso constatar las alabanzas de Freud para toda la corriente ascética cristiana, que no nacen de su
fe ni de su aprecio por el catolicismo, sino de su admiración por la riqueza psíquica que ha podido
aportar a una humanidad demasiado corrompida, "cuando la satisfacción erótica no tropezaba con
dificultades".
No se trata de fastidiar con las normas, ni de imponerlas autoritariamente a beneplácito del
educador, sino por un motivo auténtico, con intención altruista, en el momento oportuno y con la
intensidad adecuada. La vía del menor esfuerzo no conduce a la maduración y reduce paulatinamente
el ámbito de la libertad. Y, por ello, el esfuerzo de purificación no puede eliminarse, y para ello no
existe otro camino que la negativa a muchas de las gratificaciones inmediatas.
Es verdad que el ambiente consumista de nuestra sociedad dificulta una ética basada en el
aguante y en la espera de un futuro mejor, pues no se soporta la tensión de una necesidad presente, ni
se acepta el displacer provocado por una ascética educativa. El hambre de consumo ha convertido el
sexo en una fuente de placer, dejando a la persona en una etapa primaria de su evolución. Por ello la
moral sigue siendo hoy un requisito de primera necesidad, a pesar de todas las actitudes hostiles que
proliferan.
Hoy existe, por otra parte, la idea difundida con aires científicos de que el dominio de la
sexualidad no es posible o, incluso, de que semejante control predispone o indica ya una base
neurótica. La abstinencia sería la consecuencia y el fruto de una inmadurez psicológica, la
manifestación de alguna patología interna, o el camino inevitable hacia cualquier otro desequilibrio.
Hay que reconocer que esta posibilidad no puede excluirse, cuando el esquema de conducta se hace
represivo, autoritario e inconsciente. Pero la afirmación contraria sería también una realidad si en
lugar de la abstinencia habláramos de la absoluta liberación. Y es que los excesos de una ética o
pedagogía castradora no pueden servir de pretexto para un laxismo sin límites, como las
exageraciones y barbaridades de éste no justificarían el retorno a una ascética absurda e
incomprensible. El problema no consiste en la defensa o eliminación de la moral, sino en conocer
cuáles son los criterios fundamentales, que habrían de ir después concretizándose, para conseguir el
humanismo y maduración del sexo.

3. Los límites de la moral tradicional

Las enseñanzas de la Iglesia han intentado siempre denunciar las ambigüedades ocultas en este
terreno, pero me parece que la deficiencia mayor de sus normas tradicionales no ha sido tanto el
rigorismo en que se gestaban, sino el presupuesto básico de toda su normativa concreta, que no
abarcaba el significado pleno de la sexualidad. Un nuevo planteamiento ético no tiene por qué
reducir las exigencias, cuya formulación podrá ser incluso más severa que las anteriores en algunos
puntos; pero lo que sí se necesita es que broten de una visión más completa del simbolismo sexual.
Un recorrido por toda la tradición nos llevaría a este principio, que se ha mantenido siempre como la
norma suprema y orientadora, para la rectitud o falsedad de cualquier comportamiento: la sexualidad
tiene como destino prioritario y fundamental la procreación y supervivencia de la especie humana.
La razón última de cualquier conducta pecaminosa radicaba siempre en esta negativa a la fecundidad.
Nadie podrá negar esta dimensión, como ya hemos apuntado anteriormente, pero tampoco basta
insistir en ella, pues no creo que sea la más importante, ni es suficiente para regular la conducta en el
campo de la sexualidad por un triple motivo.
La experiencia demuestra que, aun dejando abierto el acto conyugal a la procreación, es posible
que falte el aspecto unitivo. No es aceptable, por tanto, que la búsqueda de la fecundidad justifique por
sí misma una conducta vacía de cariño. De hecho, nunca se había explícitado con tanta claridad, hasta
la publicación de la Humanae vitae, que todo acto conyugal que no nazca del amor va contra el recto
orden. La ética sexual no puede reducirse a cumplir con esta función procreadora, si no tiene en cuenta
también, incluso como valor prioritario, el carácter amoroso que simboliza la entrega del cuerpo.
Esta misma insistencia, en segundo lugar, ha hecho que el sexo pierda para muchos cristianos su
carácter festivo. La satisfacción que provoca debía quedar al servicio de la especie, como un estímulo
y compensación para el cumplimiento laborioso de esta tarea, como solían recordar los libros clásicos
de moral. La experiencia placentera aparecía casi como un comportamiento indigno, que degrada al
ser humano a un nivel inferior. Sin embargo, ninguna clase de placer, por el simple hecho de serlo, se
debe catalogar como pecaminoso. Querer excluirlo a toda costa de la existencia sería síntoma de una
estructura muy cercana a lo patológico.
Nadie puede negar los riesgos inherentes a todo goce sensible. Esta plenitud de la sensibilidad es
una invitación a sumergirse en ella y a valorizarla de tal manera que el placer aparezca como un
absoluto de la vida. Cuando se experimenta su calor y cercanía, existe el riesgo de convertirlo en un
ídolo, pero el pecado no radica en la satisfacción, sino en el gesto idolátrico con el que se le adora y
diviniza. Ahora bien, para evitar este peligro no podemos condenarlo negándole su propio valor. Esta
condena absoluta manifiesta que somos culpables de estimarlo en demasía. Al tener miedo de que se
convierta en todo, queremos desprestigiarlo hasta su completa eliminación. Pero mientras no se le
absolutice como valor supremo o acompañe a una conducta deshumanizante, el placer ha de
considerarse como lícito y apetecible. Así el problema no está en saber si hay que aprobarlo o
condenarlo, sino en valorar la actividad de la que es inseparable o en descubrir la primacía que se le
concede.
El encuentro sexual debería recuperar, entonces, para sí esta dimensión placentera. Es una
exaltación gozosa para celebrar la fiesta del amor y alimentar el cariño, donde no deben estar ausentes
el juego, la alegría y la satisfacción más plena entre dos personas que mutuamente se entregan y
comparten sus vidas. El cuerpo se hace lugar de cita, palabra y mensaje, símbolo de un encuentro total
que expresa, a través de su ofrenda, la felicidad de una comunión.
Al insistir en la función procreadora, finalmente, la ética quedó reducida a la pura genitalidad,
como si la excitación venérea constituyese la única fuente posible de pecado. Los manuales sólo se
ocupaban de este aspecto, e incluso cuando hacían referencia a otras acciones se analizaba
exclusivamente el peligro más o menos remoto que tenían de provocar una reacción genital y la causa
más o menos justificante que pudiera existir para la aceptación de ese riesgo. El cuerpo humano -y
hasta el de los mismos animales- aparecía escrupulosamente dividido en zonas anatómicas cuya
valoración radicaba en su poder estimulante, según fuera el sentido que sobre ellas actuara y teniendo
en cuenta otras circunstancias personales. La moral consideraba pecaminoso cualquier
comportamiento que pudiera despertar esa reacción venérea sin ningún motivo justificante. La
imperfección de este planteamiento no está en lo que afirma, sino en lo que olvida y deja por completo
en la penumbra. La ética tiene que ir más allá de la pura genitalidad, pues en toda relación sexuada
pueden darse actitudes que, sin repercutir para nada en esa zona, constituyen una conducta
deshumanizante, como veremos en el capítulo siguiente.

4. La experiencia amorosa:
un nuevo punto de partida

Para no caer en estas limitaciones apuntadas, nuestro punto de partida coloca a la persona en el
centro, para hacer de su sexualidad una relación amorosa que, cuando se viva en el matrimonio como
donación y entrega corporal, quede orientada también hacia la procreación. Esto significa que el eje de
toda la ética tiene que ser el amor. La afirmación tal vez parezca demasiado abstracta y subjetiva y
hasta podría considerarse como una escapatoria para cualquier tipo de libertinaje. Camuflada bajo capa
de amor estamos asistiendo a una serie de atropellos impresionantes y de conductas mentirosas. Y es
que una de las asignaturas más difíciles de aprender y de vivir sigue siendo el difícil arte de amar.
Al decir que el sexo tiene que llenarse de cariño y de ternura, hay que excluir cualquier tipo de
ambigüedad y confusión. La imagen del amor que se dibuja en nuestra sociedad es muchas veces una
auténtica caricatura, un producto falsificado de su verdadero rostro. En todos los idiomas modernos,
hacer el amor ha venido a significar desgraciadamente cualquier tipo de relación sexual, como si fuera
el único camino por el que dos personas pueden encontrarse o el simple hecho de tenerla manifestara
la autenticidad del cariño... Pero tal vez cuando descubramos su contenido nos daremos cuenta de que
la moral sexual mantiene una meta todavía más alta y exigente, aunque las exigencias no dimanen de
los mismos presupuestos que se habían admitido con anterioridad. Por eso, vale la pena reflexionar
sobre la naturaleza y complejidad del amor humano para deducir después algunas consecuencias. ¿Qué
supone, entonces, amar a una persona?
La mitología griega nos aporta una primera constatación interesante. Los mitos son historias
fabulosas, pero que se fundamentan en la misma realidad que pretenden explicar. Aunque los autores
antiguos no ofrezcan siempre la misma genealogía, muchos consideran a Eros, el dios del amor, como
fruto de la unión de Ares y Afrodita. Su padre es el dios guerrero por excelencia, el símbolo de la
fuerza y del poder, capaz de vencer todas las dificultades y destruir a sus enemigos. Revestido de
armadura y cubierta su cabeza con un casco, destruye los carros, deshace murallas, supera cualquier
desgracia o infortunio. Jamás sentirá miedo frente a ninguna aventura, pues la misma dificultad le hace
crecerse y estar dispuesto a la lucha hasta derrotar a quien pretenda ser su adversario. Es el
impresionante dios de la guerra, que se hace odioso y rival del propio Zeus. El único punto débil, del
que se aprovechan sus competidores, reside en su ímpetu ciego e irracional, como si, en ocasiones, le
faltara una dosis de paciencia y reflexión. Antes de esperar un poco para pensar serenamente, ya está
preparado para embarcarse en cualquier hazaña.
Su madre, sin embargo, surge de la espuma del mar, sin fuerza ni consistencia, como las olas que
se deshacen en la arena. Lo único que posee es el arte de la conquista y de la seducción. Con su
sonrisa calma los vientos y las tempestades, y de esta manera consigue lo que pretende hasta de sus
mismos enemigos. No posee firmeza ni estabilidad, pero cuando alguien queda cautivado por su
encanto, se vuelve dócil a todas sus insinuaciones. Lo que no puede conseguir por la fuerza lo alcanza
por el corazón. Una mirada es suficiente para sentirse prisionero e incapaz de reaccionar.
El Amor, hijo de ambos, hereda las cualidades contradictorias de sus padres. En él se armonizan
una serie de aspectos antagónicos que indican su origen y manifiestan su verdadera naturaleza. Se le
representa como a un niño, necesitado de protección y ayuda constante, imagen de la debilidad,
símbolo de una dependencia absoluta, vacío de poder e indigente, incapaz de valerse por sí solo sin la
colaboración de los demás pero, al mismo tiempo, está dotado también de una capacidad y fuerza
extraordinaria. Con su arco y sus flechas se dispone a triunfar en las más difíciles tareas, sabiendo que
nadie podrá escaparse a su influjo halagador. Se muestra pequeño, pero camina por la vida solitario,
buscando a quién poder subyugar. Es la energía misteriosa que asegura la perpetuidad de la vida y
doblega a las voluntades más firmes. Pide protección, pero ayuda también a quién se encuentra
necesitado. Una naturaleza, por tanto, compleja y contradictoria: fuerza y debilidad, plenitud y vacío,
dinamismo y receptividad, liberación y dependencia, constancia y fugacidad, entrega salvadora y
egoísmo interesado, causa de ideales y motivo de frustraciones, dispuesto a las mayores heroicidades y
vencido por múltiples esclavitudes. Por amor se toman las grandes decisiones y se realizan también las
mayores insensateces.
Es la ambigüedad que todos sentimos en nuestras propias experiencias personales. Estimula,
impulsa, alienta, oxigena, pero también hunde, destroza, amarga y entristece. De ahí que, bajo un
mismo nombre y a la sombra de un término tan positivo, puedan encontrarse actitudes y vivencias
muy diferentes. Si cada uno escribiera sus experiencias afectivas, tal vez resultaría difícil que el amor,
como protagonista, representara siempre los mismos papeles. Hasta el lenguaje que utilizara no sería
tampoco inteligible para todos los lectores. El cariño posee registros musicales que no siempre se
integran en una armonía.

5. La necesidad de una purificación progresiva

Lo primero que deberíamos recordar, por tanto, es la impureza del amor en sus comienzos. El ser
humano nace en un estado de orfandad impresionante, incapaz de valerse por sí mismo para cubrir
sus necesidades biológicas y afectivas. Debe sentirse acogido, no sufrir el rechazo de los que le
rodean, experimentar el calor y la presencia de un cariño que haga de su existencia un lugar
confortable. La sicología moderna ha insistido mucho en que esta alimentación psíquica y afectiva es
mucho más importante que la meramente biológica. Spitz llama hospitalismo a esa depresión triste y
melancólica que se observa con tanta frecuencia en los internados de huérfanos, a los que les ha
faltado el calor y el clima del hogar. Si el niño comienza a querer a los que le cuidan es únicamente
por la gratificación que le producen y por la utilidad que tales personas le comportan. Amar equivale
a ser amado.
Los mecanismos de esta primera experiencia actúan después con posterioridad. Lo único que
sucede es que, a medida que somos mayores, se aprende mucho mejor a encubrir el egoísmo radical e
ingenuo de los pequeños. Es el equívoco tan corriente de que el hecho de amar se confunda con la
experiencia de sentirse querido, de encontrar en el otro algo que interesa, sirve, llena o gratifica. Hay
que reconocer, pues, que el cariño tiene siempre su origen en una necesidad y carencia. Se empieza a
amar para llenar un vacío; se quiere porque hay urgencia de ayuda y protección; se busca el encuentro
para colmar la propia soledad, hasta el punto de que algunos afirman que el enamoramiento es siempre
consecuencia de una insatisfacción interior, de una penuria afectiva que se quiere superar, pues nadie
se enamora si está satisfecho consigo mismo y seguro de su propio valer.
Una visión demasiado pesimista y que no compartimos, pero con una base de verdad y realismo.
Durante la infancia, cuando no se ha recibido la alimentación afectiva necesaria para satisfacer las
carencias primeras, o se dio con una sobreabundancia que no dejó casi espacio para las saludables
frustraciones, el hambre insatisfecha buscará saciar con los otros la anemia psicológica o se le hará
insoportable cualquier limitación posterior. En ambos casos, la relación amorosa se dificulta por las
experiencias tenidas con anterioridad.
En este contexto, la persona corre peligro de quedar instrumentalizada en función de las
necesidades, de quererla en tanto en cuanto sirva de provecho, de buscarla por todo lo que ella ofrece,
aunque ese egoísmo natural e innato en el corazón de las personas se encubra y disimule de múltiples
maneras. Para estos casos empleamos una palabra mentirosa que oculta otra realidad. A una actitud
como ésta, aunque tenga gamas muy diferentes, lo único que le queda de cariño es el nombre con que
la designamos.
Por eso, aunque parezca extraño y contradictorio, un test espléndido para medir la profundidad y
limpieza del cariño es analizar la actitud de despojo frente a la persona o realidad que se ama. Nunca
es posible querer de verdad mientras no se esté dispuesto a prescindir interiormente de ese amor, como
signo de que el otro ya no es término de una necesidad, sino sujeto de un deseo. El que quiere porque
no puede vivir sin esa experiencia, hará del amado un objeto que gratifica, un alimento que colma y
satisface, un alivio que serena y gratifica, pero sin quedar seducido por la dignidad y el atractivo de su
persona. Es una traducción psicológica del radicalismo evangélico por el que sólo se gana cuando se
está dispuesto a perder: "El que ama su vida, la pierde" (Jn 12, 25).

6. Renuncia a la plenitud infantil

Este paso de la necesidad al deseo no es posible sin una dosis de conflicto y frustración, que
hacen tomar conciencia de que el otro, con su diferencia y autonomía, no es un valor utilitario, un
cobijo para la soledad o un remedio contra las dificultades, sino alguien al que vale la pena querer por
sí mismo. Los místicos han descrito mejor que nadie la etapa de silencio y purificación que se pasa, en
ese itinerario hacia Dios como en el camino del amor humano, antes del encuentro más profundo. No
es posible gozar de su consuelo hasta que no se haya aceptado el desierto y la soledad, para que no se
le busque por los dones que otorga, sino porque lo único importante es él. Entonces es cuando el
cariño también calma, serena y tonifica. La purificación no elimina el gozo y la alegría posterior, sólo
posibilita vivirlos ahora de una manera distinta.
La experiencia amorosa parece conducir a una fusión progresiva, como si se pudieran romper las
fronteras de la alteridad. El amor nunca come, ni siquiera a besos, como a veces se afirma, pues lo
primero que exige es respetar la diferencia que no se elimina por el encuentro. El texto bíblico de que
"se hacen una sola carne" (Gn 2, 24) indica ciertamente una comunión singular, pero sin negar la
duplicidad de esta relación. Cualquier búsqueda afectiva que pretenda una simbiosis absoluta es
producto de un deseo infantil, de una omnipotencia ingenua que no se reconcilia con la finitud y
pequeñez de nuestra existencia. Ya sé que precisamente por esta menesterosidad e indigencia nunca se
llegará a una oblatividad absoluta, pues siempre quedarán espacios donde las raíces egoístas asoman
de nuevo, ya que tampoco desaparecen para siempre.
Los psicólogos hablan del mito del paraíso perdido, enraizado en lo más profundo del psiquismo
humano. Todos sueñan con recuperar de nuevo un estadio en donde desaparezcan los problemas y
conflictos de la existencia, como una vuelta a los tiempos primitivos del seno materno. Nadie se
resigna a pactar con el realismo doloroso y molesto de la vida, latiendo siente por dentro la nostalgia
de algo mejor que lo que ahora se tiene. Y algo parecido acontece con el amor. Con una ingenuidad
infantil se sueña que la experiencia afectiva será una especie de nido caliente que abrigue y proteja
contra el frío, que cicatrice las heridas frecuentes, que responda siempre a nuestras necesidades, que
llene los vacíos más profundos, que sea capaz, en una palabra, de colmar la añoranza de una felicidad
sin límites. El amor tiene también sus inevitables fronteras que son, incluso, necesarias para su
autenticidad y con las que no hay más remedio que reconciliarse. Me atrevería a decir que, hasta por
su propia naturaleza, deja siempre una pequeña carencia, pues el respeto a la alteridad y diferencia de
la otra persona impide que busque servirme de ella como respuesta satisfactoria a cualquier tipo de
menesterosidad. Quedará siempre un resto sin llenar plenamente que mantiene al deseo insatisfecho,
como una promesa que nunca acaba de llegar. La aceptación de ese margen insatisfactorio será señal
de que se la quiere y de que no se la utiliza. Esa experiencia, como algún autor ha señalado, tal vez
nos haga descubrir, sobre todo a los creyentes que, detrás de todo, tendrá que haber un Alguien que
responda a esa nostalgia de felicidad y plenitud.

7. La gratuidad de la experiencia afectiva

Hablar de amor no es posible, por tanto, mientras no caminemos en busca del carácter único,
exclusivo y singular de cada persona para amarla por lo que ella es, y no por lo que ella tiene,
manifiesta o comunica. Es un proceso que separa cada vez más del propio egoísmo, para poner en el tú
ajeno el centro de gravedad de nuestra existencia. Se llega poco a poco a que el interés no lo despierte
ya lo que el otro posee o comunica, sino lo intransferible y exclusivo de su persona. Por ello no es
posible trasladar el amor a ningún otro, aun cuando reproduzca las mismas expresiones, cualidades y
valores de aquel a quien se amó. Y es que cuando se quiere de veras a alguien, se hace absolutamente
insustituible, porque lo que se ama es su originalidad única e irrepetible.
El amor va más allá de las cualidades que el ser amado contiene. Es verdad que cuando se le
quiere en serio, se desea para él lo mejor, enriquecido con toda clase de valores, y la alegría de verlo
con este ropaje de cualidades es benéfica y altruista. No es el provecho que pudiera obtenerse de su
inmensa riqueza humana. Es que cualquier cosa parece pequeña al corazón del amante para la gloria y
felicidad del amado. Pero también es verdad que el cariño seguirá existiendo, incluso con más fuerza
aún, aunque no tuviera o se quedara sin nada, porque se apoya en aquello que permanece como
intransferible, como algo que nunca falta ni desaparece.
Cuando se ha penetrado hasta el fondo, la misma superficie es querida y aceptada como es, con
sus aspectos positivos y limitaciones, pero no tanto por el valor intrínseco que contenga, sino por
tratarse de una realidad que pertenece a la persona amada y a través de la cual se nos comunica. El
amor verdadero no es ciego, como a veces se dice; al contrario, su visión es tan aguda y penetrante que
ninguna otra alcanza a descubrir lo valioso que se encuentra detrás de la superficie. Lo que menos le
importa es la fachada y si ante ésta también se siente extasiado, es porque, allá dentro, habita alguien
que la llena con su propio encanto y majestuosidad. La mirada del amante no es frívola, como la de
cualquier espectador; sabe captar la belleza de lo externo, porque penetra hasta el esplendor
incomparable de la persona y como aquello le ha servido de camino introductorio, también lo estima y
lo valora. Es el dulce recuerdo que flota sobre los lugares y objetos que han sido tocados por la
presencia de una persona querida.
Aquí se encuentra el punto decisivo para el análisis de su autenticidad. Mantener a la persona en
el centro de esa vivencia y saber que cuando todo lo demás que posee -belleza, cualidades, simpatía,
inteligencia, poder, riqueza, etc.- interesa por sí mismo o por su utilidad, es que no valoramos lo único
que tiene mayor importancia. Sus cualidades han podido servir para invitar a un conocimiento
profundo, para ir descubriendo el misterio de su interior, y hasta como un estímulo para continuar la
difícil aventura pero, una vez que haya nacido, el amor no necesita de otros fundamentos.

8. Totalidad de la entrega

De igual modo, su respuesta exige una entrega total. La donación de aquello que tengo sería
demasiado insignificante si no simbolizara la entrega de algo mucho más profundo. Si para querer a
los demás bastara desprenderse de ciertas cosas, pero reservándose el corazón, el cariño se
transformaría en una máscara farisaica, en un gesto de disimulo. Cuando san Pablo dice que
cualquier acción, por extraordinaria que fuese -mover los montes, repartir la hacienda a los pobres o
disfrutar de algún carisma-, no sirve para nada sin amor o es como una campana ruidosa o unos
platillos estridentes (1 Cor 13, 1-3), no afirma sólo una verdad religiosa, sino que subraya un
presupuesto humano anterior: la exigencia de una interioridad para valorar los gestos y expresiones
externas. La lucha contra este vacío en el culto litúrgico y en la praxis moral ha sido constante en la
revelación, pues la vida religiosa y ética, sin la entrega interior, es un puro formulismo mentiroso y
un engaño tan sutil, que deja incluso la satisfacción de una conciencia tranquila.
Igualmente en el amor. Si porque se ha dado algo pudiéramos quedar tranquilos, como tantas
veces sucede, es por no haber comprendido todavía que el único regalo significativo tiene que nacer
del corazón, que se abre y se despliega en las múltiples pequeñeces de los gestos diarios. Amar es la
comunión de dos personas que mutuamente se han ofrecido como regalo su yo más íntimo y
profundo. De aquí se siguen algunas consecuencias importantes.
La primera sin duda es la totalidad de la entrega. Todo lo que se tiene es posible repartirlo entre
varios por tratarse de valores divisibles. El dinero, el tiempo, la atención o cualquier otra cosa se
pueden distribuir de tal manera que sea posible reservar una parte para las propias necesidades o para
las de otros individuos. Jugamos con cantidades que exigen una división para su reparto. Es más, la
entrega de algo puede encubrir la negación del don personal. Pero cuando se ofrenda a través de un
gesto amoroso el yo único e irrepetible, no hay más remedio que entregarlo en su totalidad. Poner
límites es un síntoma de que sólo se entrega aquello que se tiene, lo que se puede regalar sin necesidad
de donarse. Dicho con otras palabras, la dinámica del amor es totalizante. Quien guarda una zona
acotada, que no está dispuesto a ofrecer nunca, es porque nunca llegó a querer de verdad. La reserva es
un límite fronterizo que el amor jamás construye. Rico no es, por tanto, el que tiene mucho, sino el que
está capacitado para donarse. De ahí que la pobreza, a veces, de pueblos y familias los capacite para
una generosidad y altruismo mayor, pues como no tienen nada que ofrecer, sólo cabe la propia
entrega.
Habría que sospechar, no obstante, de ciertos altruismos aparentes que no permiten ser sujetos
pasivos de un favor por parte de los demás, como si fuera un gesto indigno y egoísta que se opone a
esta actitud anteriormente descrita. No hay que olvidar, sin embargo, que aceptar el don ofrecido por
los otros es una de las formas más bellas y profundas de vivir la oblatividad. El que da se encuentra
siempre situado en un nivel superior, pues posee algo de lo que los demás no gozan. Mientras que el
que recibe, por el contrario, reconoce con ese hecho su indigencia y pobreza. Pero si se abre a ese
regalo que le ofrecen y lo acepta, no es tanto porque lo necesite, sino porque goza con la felicidad del
prójimo que siente la alegría de prestar una ayuda o de satisfacer cualquier otra necesidad.

9. La apertura amorosa hacia los demás

La auténtica experiencia amorosa tiene siempre una dimensión universal, con destino a todas las
personas. No se podría amar y entregarse a más de uno si el cariño fuese una simple cosa que,
cuando se reparte, supusiera una pérdida imposible de recuperar. Llegaría entonces un momento en
que no habría nada que ofrecer, pues todo se habría entregado. El cariño ha de medirse con otras
matemáticas diferentes. El hecho de darlo nunca resta ni empobrece pues, como dice bellamente,
Antonio Machado: "Moneda que está en la mano/ quizá se pueda guardar;/ la monedita del alma/ se
pierde si no se da".
Es cierto que amar de verdad se reduce siempre a un grupo reducido. Si nuestra afectividad se
sintiera comprometida con el dolor y las tragedias de todo el mundo, no habría corazón que resistiera
con vida. Quiero decir que, cuando alguna vez se ha experimentado la gracia de la amistad, a través
de un individuo concreto, semejante experiencia descubre ineludiblemente el valor de la persona. A
partir de ese momento, todas las demás adquieren un relieve extraordinario. El amor se convierte
entonces en una fuente inagotable de riqueza abierta a todos los seres humanos. Él vislumbra mejor
que nada lo que hay oculto en su interior y los valores inéditos que posee. Esto no significa que todos
sean queridos con la misma intensidad. Las resonancias afectivas nunca serán idénticas, pues se hace
imposible sentir hacia ellos la misma fuerza sentimental. Por otra parte, el amor tiene matices muy
diferentes, según la persona hacia la que vaya dirigido. No es lo mismo el cariño de los padres, de los
amigos o el de los esposos. Cada uno conserva sus características peculiares, aunque todos coinciden
en una base común: se trata de una relación que ha iluminado, como antes decíamos, el valor de lo
que significa ser persona. Alguien que vale por sí mismo y que supera la categoría de lo útil y de lo
práctico.
Por eso, el que haya aprendido a querer una vez, está ya preparado para relacionarse con los
demás, incluso con el extraño y desconocido, con una tonalidad de espíritu diferente. Ya sabe el
respeto impresionante que toda persona se merece. Aunque no llegase a un nivel de trato mayor,
existe ya una capacidad embrionaria que posibilitaría el desarrollo posterior de una relación afectiva.
Si esta actitud de fondo no se encuentra ante el otro, podría ponerse en duda la autenticidad de lo que
llamamos cariño. Y es que cuando las fronteras se cierran hacia afuera, para instalarse en el gozo
intimista y sin ninguna apertura hacia los demás, es muy probable que semejante experiencia no haya
superado aún los primeros estadios de inmadurez egoísta.

10. Hacia una fidelidad definitiva

Ahora se puede comprender mejor por qué el cariño verdadero encierra una nostalgia de
estabilidad y permanencia, pues si las cualidades psíquicas o físicas son factibles de cambio, el ser de
la persona, lo que constituye su meollo más auténtico, es algo que permanece por encima de todas
sus mutaciones. La historia de cada uno lleva consigo un proceso constante de evolución en el que, lo
mismo que adquirimos nuevas realidades, estamos sometidos a la pérdida de otras muchas. Si amo a
la persona, la seguiré queriendo a pesar de sus cambios superficiales, porque la razón de la entrega
radica precisamente en algo que no pasa ni podrá desaparecer.
En este sentido, el amor trasciende la frontera de la muerte, cuando el cuerpo ha desaparecido y
sólo queda la presencia intocable del recuerdo. En contra de lo que pudiera parecer, la misma
existencia ocupa un plano secundario, no porque el afecto no busque una encarnación visible y
cercana, que repercute en la propia sensibilidad, sino porque el motivo que lo alimenta se ha hecho
independiente hasta de su vida e inmediatez, como veremos en un capítulo posterior, al tratar sobre la
naturaleza de la fidelidad. Queda siempre el rescoldo de un afecto que nunca se apaga por completo,
aunque ya no se alimente con la presencia de la persona amada. La brisa del recuerdo sopla
constantemente sobre la brasa que calienta y acompaña.
En el amor conyugal esta fuerza se densifica aun más, pues adquiere un carácter exclusivo y
totalizante. Así como la amistad puede repartirse entre varios, la conyugalidad no brota mientras el tú
no se convierta en alguien único e insustituible. Es la experiencia afectiva más profunda que se pueda
sentir: en el mundo no hay nadie con tanto relieve y significado como esa persona singular. Desde
ahora en adelante existe un nuevo centro de gravedad, que representa la ilusión más bella en el áspero
camino de la vida. Se ha vivenciado de pronto que la felicidad no tiene otra meta que el servicio, la
entrega y la donación total al ser amado.
Esto provoca en el otro un cierto narcisismo, porque le hace sentirse cargado de un valor
impresionante. Ser amado así significa conocerse, a pesar de la propia pobreza y limitación, como una
persona tan grandiosa que no admite ninguna rivalidad. Es el gozo de saber que para el otro no existe
nadie tan valioso como el propio yo. Pero si hay un amor recíproco, la gratificación se acepta no para
recrearse solitariamente en ella, sino porque se ha comprendido que en esa inmensa alegría ha puesto
el amante su misma felicidad. La respuesta mejor es hacerle comprender y sentir que ha conseguido su
mayor ilusión: la plena felicidad del amado. A estas alturas, si la infidelidad produce un amargo dolor,
no es tanto por el hecho de haberlo perdido, es más bien la tristeza de haber constatado la propia
incapacidad de hacerlo feliz.

11. Entre la utopía y el realismo

La más grave dificultad contra lo afirmado hasta ahora sería considerarlo como demasiado
utópico e ingenuo. En cualquier caso, cuando observamos las formas de amor ordinario, tal y como
hoy se manifiestan en la mayor parte de nuestra sociedad, es cierto que no encontramos mucho
parecido con el esquema anterior. Algunos creen, incluso, que se trata de un intento imposible, como
el que quisiera escaparse del realismo de los hechos. El corazón humano está podrido en lo más
íntimo de su naturaleza y ha destrozado por completo la dinámica del amor, ya que sólo pretende
llenar su vacío e impotencia. Tal vez con esto se pretenda hallar una justificación a la propia
debilidad, pero de lo que no cabe duda, como la experiencia también lo señala, es que la aspiración
hacia esa meta constituye una utopía a la que no se debe renunciar.
Si hay algo claro en la experiencia amorosa es su dimensión antiutilitaria. Cuando el amor
alcanza un cierto nivel, como ya lo hemos subrayado, no se lanza hacia el otro para mendigar aquello
que necesitamos y que nos falta, como si fuera importante porque responde a la propia indigencia.
No se trata de cosificar o aprovecharse del sujeto que se quiere. Lo que acontece, como se constata
en el proceso educativo, es que nuestras experiencias antropológicas primarias encierran
inevitablemente un aspecto egoísta y utilitario. Desde pequeños nos han enseñado que el amor hay
que ganárselo a pulso. Para experimentar el cariño y la estima de los que nos rodean hay que pagar
un precio costoso: responder a las expectativas de los demás; ser dócil a las exigencias que se nos
presentan; actuar de acuerdo con las normas sociales que se nos imponen. Sólo el bueno, dócil y
obediente merece el reconocimiento, la estima y el afecto, que todo ser humano anhela para no
sentirse como extraño, huérfano y solitario. Quien rechaza este esfuerzo es digno de castigo y
rechazo. En el fondo del psiquismo humano, la ley del talión impone su visión justiciera. El amor no
es un regalo, sino el fruto de una conquista y el premio de un merecimiento.
En la vida adulta estos mecanismos actúan con idénticos esquemas. Hay que encontrar una
compensación para que el cariño surja, o el ofrecimiento de algo para que el otro nos quiera. Lo
difícil es vivir la experiencia de la gratuidad. Querer o sentirse querido, al margen de la utilidad que
reporte, pero se requiere superar esta primera etapa, a través de un continuo proceso, que no niega
tampoco la limitación y finitud de nuestro psiquismo. A veces, cuando se siente con más fuerza el
vacío y la soledad, se busca también la limosna que gratifica y alegra, pero como algo que se nos da
como añadidura.
Subir hasta el extremo y remontarse hasta la cumbre más alta es una ardua tarea, pues la única
benevolencia total se da en Aquel que no tiene indigencia ninguna. Pero un intento de ascensión
progresiva, de avance continuo, entra dentro de nuestras pequeñas posibilidades. La ética impulsa
semejante tentativa para no permanecer dormidos en la propia comodidad, para que, aunque sintamos
la fatiga, no nos quedemos satisfechos a mitad del camino. Su objetivo es hacer que el lenguaje del
sexo sea de verdad una palabra de amor. Cómo se puede concretizar algo más este criterio básico es
lo que veremos en el capítulo siguiente.

BIBLIOGRAFÍA
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CAPITULO 5

Exigencias básicas de la moral sexual

1. Concretizaciones del amor

La vida está tejida de hechos que aparentemente no tienen mayor utilidad. Sirven nada más que
para expresar un sentimiento que se manifiesta en su simbolismo. Dejar una flor sobre la tumba de un
ser querido no reporta ningún interés. Es un gesto con el que se muestra que el recuerdo aún perdura,
sin que desaparezca con el paso del tiempo. Me atrevería a decir que las acciones más ricas y humanas
son las que no buscan ninguna utilidad, porque están llenas de un contenido profundo. Como la mujer
que derrama un frasco de perfume sobre los pies de Jesús, con el escándalo del que piensa que hubiera
sido más fructífero entregar ese dinero a los pobres.
Como ya hemos visto, la sexualidad es también una acción llena de simbolismo que manifiesta
una actitud amorosa de encuentro y comunión. Pero, como sucede también con otros
comportamientos humanos, encierra al mismo tiempo un carácter utilitario por la compensación y el
placer que reporta. Sirve para expresar el amor interior y gratifica hondamente al individuo que la
vive. La comida es una fuente de bienestar biológico y vale para mantener las fuerzas y salud del
organismo, pero también se organiza para expresar con ella el afecto que une a un grupo de personas.
Además de que alimenta, demuestra, al mismo tiempo, la amistad de los que comparten la misma
mesa.
La ambigüedad de estas acciones resulta, sin embargo, evidente. Sobre ellas cae la amenaza de
que pierdan su dimensión simbólica para reducirlas a su aspecto puramente placentero, en el que sólo
se busca la propia satisfacción y utilidad. Si hemos insistido en la importancia y urgencia del amor
como criterio básico, es con el deseo de superar semejante riesgo y aprender este lenguaje complejo,
donde se mezclan dinamismos contrapuestos. El cariño y la ternura se hallan entretejidos con otras
pulsiones más orgánicas e instintivas, que se han de integrar armoniosamente en una palabra común,
llena de significado. La ética no pretende eliminar su carácter gustoso y gratificante, sino impedir
que la seducción del placer destruya su valor simbólico y la sexualidad se reduzca, como tantas veces
acaece, a una simple experiencia utilitaria.
Aunque ya se han analizado las características de este amor, que lo distinguen de tantas
falsificaciones e hipocresías, tal criterio resulta aún demasiado abstracto en su generalidad. Sin
intentar todavía una valoración ética de los comportamientos concretos, quisiera determinar un poco
más cómo deben encarnarse las exigencias de ese amor en los diferentes niveles de la personalidad con
los que el sexo se encuentra vinculado. Son valores básicos en cualquier actividad de este tipo, que
servirán como puntos de referencia en nuestras valoraciones éticas de los capítulos posteriores.
Voy a fijarme en tres niveles que me parecen más fundamentales. El personal que busca la
maduración y el equilibrio de la propia libido para canalizar esta fuerza en función del proyecto
presentado. El relacional, donde entran las diversas formas de diálogo, para que la llamada que se
despierta hacia el otro se viva como un gesto de comunión respetuosa. Y finalmente, el social para que
no se olvide la dimensión pública y comunitaria que se hace presente en este campo concreto.

2. Maduración personal de la libido

La humanización de la libido, en todas sus expresiones, es el requisito primero para una conducta
sexual. Cualquier normativa busca defender, en cada uno de los niveles en que se aplique, la pureza y
la verdad del cariño, descubrir la superficialidad de los sentimientos, desenmascarar los engaños
sutiles, impedir la comercialización y el juego de las personas, poner en guardia contra los peligros del
placer, evitar un estancamiento en el desarrollo y maduración de la persona, no dejarse arrastrar por el
instinto, que dificulta el diálogo transparente, respetuoso y sensible. Se trata de condenar, en una
palabra, la mentira de actitudes que se adjetivan muchas veces como amorosas.
Pero la integración del sexo en el psiquismo de cada uno no es posible sin un esfuerzo ascético y
educativo, que lleve a reconciliarse con esa realidad, integrar sus tendencias anárquicas, moldearla con
una configuración determinada, para que no se convierta en algo incontrolable, sin posibilidad de
dominio, como una fuerza caótica que se impone a la propia voluntad, No quiero con ello caer en un
mito ingenuo, como si el sexo fuera una corriente impetuosa perfectamente canalizada. Ya diré al final
del capítulo lo difícil que es su absoluta y definitiva integración, pues queda siempre en el interior
algún resto que no se ha humanizado por completo o que no se resigna a vivir para siempre
renunciando a sus tendencias más primitivas. Creer que todo está integrado o que algún día se
alcanzará esta completa integración nace de una imagen demasiado narcisista, que pretende ignorar
nuestro frágil equilibrio. Pero no vale tampoco, apoyándose en este presupuesto, renunciar a cualquier
tentativa y dejarse conducir por las necesidades biológicas.
Para evitar equívocos, nacidos con frecuencia de prejuicios interesados, convendría distinguir con
nitidez entre el instinto y la pulsión, que se consideran muchas veces como términos sinónimos. El
primero es una exigencia enraizada en la misma biología, con un determinismo muy concreto y
especificado, que no hay más remedio que satisfacer, aunque tal satisfacción pueda obtenerse en
proporciones diferentes. La naturaleza ha dotado a todos los animales, incluido al ser humano, de una
serie de comportamientos innatos, orientados a la consecución de un objetivo ineludible para la
propia supervivencia. Sus mecanismos están regidos por una base neurológica y muscular que
desencadenan la respuesta inevitable. El hambre, la sed o el descanso, por citar algunos bien
conocidos, revisten tales características y son imprescindibles para la existencia humana. Se podrá
comer en mayor o menor cantidad, pero nadie puede renunciar a un mínimo de alimentación para
vivir por muy grande que sea su ascetismo y sobriedad. Son leyes que fijan y determinan la conducta
sin necesidad de ningún aprendizaje previo.

3. Determinismo animal y responsabilidad humana

El comportamiento de los animales está regido por este mundo instintivo que dirige también su
conducta sexual. El ser humano, por el contrario, nace en un estado de indefensión mucho mayor que
el de los irracionales, al no estar protegidos, como ellos, por la fuerza eficaz de los instintos. De
alguna manera, no tenemos una garantía de fabricación, que encauce nuestras acciones con una
teleología precisa. Pero si bajo este aspecto somos débiles y estamos desguarnecidos, nuestra
grandeza radica precisamente en esta aparente debilidad. Muchos de estos instintos primitivos, como
el sexual, aparecen modificados en el ser humano y se transforman en una pulsión. El rígido
determinismo de aquellos, aunque no desaparece por completo, se rompe y flexibiliza. El perverso
polimorfo, como afirmaba Freud del niño, es dúctil y maleable como un pedazo de cera, y posee la
capacidad de configurar sus propios mecanismos impulsivos, sin necesidad de sentirse arrastrado por
ellos, como una fuerza incontrolable. La pulsión, entonces, no protege ni modera con la eficacia del
instinto, pero permite otro tipo de dominio responsable para orientarla hacia otros posibles objetos.
La libido humana, por tanto, no constituye ninguna necesidad que se ha de satisfacer
irremisiblemente, pues, a pesar de una cierta orientación, no está determinada por completo, ni resulta
necesario su ejercicio genital como si se tratara de una verdadera exigencia. Tendrá una orientación
más común hacia la alteridad con el otro sexo, pero puede configurarse de otras formas diferentes,
buscar otros estímulos, obtener nuevos tipos de satisfacciones, hasta el punto de que son posibles
ciertas desviaciones que no se encuentran en el reino animal. Incluso su base orgánica es bastante
menor, ya que las funciones y mecanismo biológicos están mucho más influenciados por factores
psíquicos, sociales o culturales. Es decir, el ser humano no es un animal que necesita de una
domesticación para crearle reflejos condicionados, sino que requiere fundamentalmente una educación
responsable para darle la configuración deseada a sus propias pulsiones.
Por otra parte, esta tarea se realiza a lo largo de un proceso histórico. La libido no es una fuerza
estática que aparece de pronto en el despertar de la adolescencia. Su génesis comienza desde las
primeras experiencias infantiles, como un dinamismo frágil, que intentara unificar, más adelante, las
múltiples pulsiones parciales de las épocas anteriores. Es como la corriente final de un río donde se
junta y entremezclan diversos afluentes. Se trata de un proceso evolutivo, lento y complejo, en el que
intervienen una serie de factores que no dependen siempre de nuestra voluntad y sobre los cuales el
inconsciente mantiene siempre un dominio relativo.
En cierto sentido, durante esta primera época de la infancia, no habría que hablar tanto de la
educación sexual cuanto de la educación afectiva, ya que la sexualidad no es nada más que un aspecto
del equilibrio y maduración de cada individuo. No es el sexo lo que se educa, sino la personalidad
entera que se abre, poco a poco, hacia un estadio de oblatividad. Una meta que no se consigue sin
esfuerzo, convencimiento y control del individuo.

4. Valor interpersonal del erotismo

En todo encuentro sexuado hay una dosis de seducción complementaria y gustosa, aunque no
intervenga el aspecto genital. También aquí, como ya explicamos en un capítulo anterior, el diálogo
que se despierta debería impregnarse de la corriente afectiva, pero sin caer en un espiritualismo
ingenuo y peligroso. La fuerza que impulsa a la búsqueda del compañero encierra elementos
biológicos e instintivos, que forman parte de esa misma llamada. Eliminar tales contenidos se hace
una tarea imposible, a no ser que se repriman o encubran bajo falsas apariencias. Lo importante es,
una vez más, que no sean ellos los que predominen, sino que permanezcan integrados en la misma
experiencia amorosa. Para comprender cómo es posible tal armonía, convendría insistir en el valor
humano del erotismo, sin confundirlo para nada, como sucede con mucha frecuencia, con la simple
pornografía. No son términos sinónimos, pero tampoco resulta fácil trazar sus fronteras. Creo, sin
embargo, que existen elementos suficientes para una mayor clarificación.
Ya en El banquete de Platón, el eros (amor) aparece en labios de Sócrates con unos rasgos
significativos. Es un geniecillo divino, poderoso, indomable, fecundo, fuerte, emprendedor, como
hemos visto, pero que, al mismo tiempo, experimenta la necesidad, se siente pobre e indigente, a la
búsqueda constante de una plenitud que le falta, de un complemento que anhela para su completa
satisfacción. En el fondo de su nostalgia hay un anhelo de la Belleza suprema y trascendente. Es, por
tanto, el dinamismo que nos hace trascender lo material y visible para elevarnos hasta el Bien
supremo. Incluye ciertamente el atractivo de índole sexual, por el que el hombre y la mujer se sienten
llamados a una comunión recíproca y complementaria, pero sin quedar reducido a él, pues abarca
también todo el mundo de símbolos que fomenta el interés humano, moviliza la fantasía, despierta la
emoción que gratifica y satisface, pero que ahonda también el ansia de un Bien superior. En este
sentido, el erotismo sería algo que llena ciertamente la propia indigencia, pero que encamina hacia la
plenitud del amor. Una promesa que ofrece satisfacción y quietud, pero que deja a medio camino y
abre el horizonte, precisamente por su menesterosidad, a un Valor más trascendente y definitivo.
Si el cuerpo es la gran metáfora del ser humano, el único sendero posible para entrar en relación
con los demás, la palabra más original y primitiva de cualquier comunicación, tiene que jugar un
papel importante en la experiencia amorosa. Al ser el principal mediador de todo encuentro, se
convierte en el gran signo erótico del deseo amoroso. Como signo, sugiere, moviliza, atrae, estimula
hacia la comunión, donde entran también el placer, la sexualidad y hasta la misma genitalidad, pero
revela y manifiesta, justamente por su carácter de mediador, la existencia de algo que colme la
nostalgia de plenitud. El erotismo se apoya, pues, en el cuerpo humano, se siente atraído por las
múltiples llamadas que lo seducen, pero nunca se acerca a él o lo ofrece como simple realidad
biológica o instintiva, como puro instrumento de placer, sino que lo descubre como portador de un
mensaje humano, y lo presenta como palabra significativa que invita a una comunión personal. Se
designa como erótico, por tanto, a todo ese mundo de signos y mediaciones que con los gestos,
imágenes y palabras moviliza a la sicología para abrirse a este tipo de amor.
Por su propia naturaleza exige una oscilación permanente entre lo real y lo imaginario, un juego
constante entre lo oculto y lo revelado, como un contraste de luz y de sombras, de apertura y
misterio, de promesa cercana que despierta la ilusión y valoriza con una cierta lejanía, con el silencio
de una espera, la conquista y seducción del amado. Si se consumara desde el principio la felicidad
ofrecida, ya no existiría lo imaginario y el deseo desaparecería satisfecho hasta otra ocasión.

5. La degradación del erotismo

El auténtico erotismo busca impedir la vulgaridad, el aburrimiento, la rutina, la mera


instintividad, creando una atmósfera de misterio, encanto, respeto, búsqueda y admiración. Pero no se
trata de una técnica refinada para disfrutar del placer o de un estudio científico sobre los mecanismos
biológicos que lo favorecen o disminuyen. La corriente erótica, como el dios pequeño que conduce
hacia regiones superiores, subraya por encima de todo la supremacía de la persona, va más allá de la
pura biología, hace del cuerpo un sendero que no acaba en el gozo de su posesión. Es el encuentro con
el otro lo que anhela, la apertura hacia la comunión personal, como un don que regala para ofrecer un
poco de alegría e ilusión, y como signo de su propia indigencia y soledad que mendiga también una
limosna para su vacío interior.
Y es aquí precisamente donde reside todo su peligro y ambigüedad. No alcanza la densidad y
hondura del auténtico amor cristiano, ni siquiera es comparable con los rasgos de una verdadera
amistad, que brotan de otros presupuestos distintos y reflejan un rostro con una fisonomía diferente. Es
una fuerza espontánea que hace salir de sí mismo, pero demasiado frágil todavía para romper siempre
el círculo egoísta que nos rodea. El diálogo que comienza puede resbalar hacia un simple monólogo, la
apertura iniciada inclinarse hacia un encuentro interesado, donde el otro ya no es sujeto de relación,
sino objeto que satisface y del que uno se apodera y lo utiliza para su exclusivo provecho e interés.
Los signos eróticos pierden su sentido trascendente, no impulsan más allá de la corporalidad, como si
no hubiera otro horizonte que la llamada del instinto y la biología se convirtiera en la meta última de
todo el proceso. Desde el momento en que el erotismo no continúa su itinerario hasta la comunión
personal y se estanca en lo biológico e instintivo, el cuerpo queda rebajado para convertirse en un
estímulo pornográfico.
La pornografía podría definirse, entonces, como la degradación del erotismo o como una
erotografía de baja calidad. Haciendo alarde de realismo, con pseudo-justificaciones sacadas de la
naturaleza y de datos aparentemente científicos, se elimina toda la dimensión humana del eros y la
preocupación se centra en lo físico, en el placer egoísta, para conseguir con la técnica más eficaz la
mayor satisfacción posible. El cuerpo no es lugar de cita ni sendero de comunión, sino un simple
pedazo de carne que alimenta y sacia la soledad y el vacío interno. Lo pornográfico es, por tanto, la
antítesis del erotismo, ya que constituye su más completa y absoluta destrucción. La misma
etimología descubre ya su trágico significado. Pornein es el término griego que se aplica a la
prostitución y prostituirse es ofrecer el cuerpo como una mercancía, darlo para que otro lo utilice a
cambio de unas monedas.
La posibilidad de deslizamiento hacia lo pornográfico se halla siempre presente en cualquier
signo erótico, ya que la libertad e intención de la persona, sobre todo, es la que puede rebajarlo a un
nivel instintivo o darle una dimensión humana, cuando ambos aspectos se entremezclan con
frecuencia en una misma realidad. Es más, una determinada representación que pudiera ser
pornográfica sacada de su contexto se purifica de este carácter integrándola dentro de un conjunto,
donde adquiere su verdadero significado. Baste pensar en los frescos de ciertas catedrales, cuya
expresión, aislada del simbolismo que representan en armonía con otras, resultaría un tanto obscena e
indigna.
Esto significa que el ojo o el corazón del espectador son un factor preponderante para ver un
mismo símbolo con una óptica bastante diferente. La dimensión pornográfica va a depender de la
lectura e interpretación que cada uno le quiera dar a los signos eróticos. Sobre la obra de arte más
exquisita y armónica puede proyectarse una mirada turbia y rastrera que elimine por completo su
mensaje artístico y humanista. De la misma forma que el ojo limpio sabe purificar mucho sus
elementos pornográficos para descubrir, por encima de todo, sus valores eróticos y trascendentes. La
pornografía que mancha, recordando la frase de Jesús (cf. Mc 7, 21), no es tanto la que viene de
fuera, sino la que sale del corazón del hombre.

6. Significado del pudor sexual

A la luz de estas consideraciones deberíamos enfocar todos los problemas éticos, comenzando
por las primeras manifestaciones de la cercanía y atracción sexual. La educación del pudor aparece
como paso previo para esta humanización. Santo Tomás lo considera como una pasión que provoca
cierta vergüenza y malestar cuando se penetra en este terreno. Es un mecanismo psicológico e
instintivo de defensa, una reacción espontánea, que actúa como un freno frente a impresiones o
posturas que pudieran herir la sensibilidad. Aunque se manifieste a veces como un sentimiento casi
patológico, que se explicaría por diversas causas, su función en la persona tiene una exquisita
finalidad, pues intenta mantener el clima íntimo y necesario para que el sexo no pierda su misterio y su
candor.
El pudor sexual oculta aquello que, aunque sea bueno, no se debe revelar por el momento a
cualquier persona. Es una exigencia con raíces biológicas, pero que descubre la significación
suprautilitaria del cuerpo humano, que no está hecho para convertirlo en un objeto de placer, de
entretenimiento, o en una forma de comercialización. Por eso hay circunstancias en que la desnudez
no tiene nada de impúdico y el vestido, sin embargo, puede constituir un atentado contra el pudor, si lo
único que intenta es ofrecer el cuerpo como una mercancía. El respeto a ese recinto humano de la
corporalidad está impuesto por el valor expresivo e íntimo que contiene y, por ello, no se da en el
mundo de los animales o de los niños, donde el cuerpo no alcanza este nivel de significación.
Las manifestaciones corporales tienen que vivirse como un don responsable, como gesto de amor
encarnado, aunque no lleguen a la entrega absoluta del matrimonio, ni pueden jamás desvincularse de
la persona que las entrega o de aquella que las recibe. Están cargadas de un lenguaje que no debería
convertirse en mentira o en burla hiriente. Y la única palabra válida que se afirma en las miradas,
conversaciones y caricias es la del respeto y aceptación del otro como persona.
Impúdico, según esto, es toda forma de comportarse que, al acentuar el sexo, disminuye el valor
de la persona y aumenta el peligro de cosificarla. Lo mismo que el pudor psicológico protege el centro
íntimo de la mirada curiosa e inoportuna, el pudor sexual mantiene una atmósfera de reverencia y
delicadeza hacia el cuerpo. Y si una apertura psicológica permanente sería insoportable, la falta total
de aquél acabaría también por destrozar todo el encanto del sexo. Directamente es una defensa de la
castidad, pero indirectamente supone una protección de la persona. Cuando el amor, por el contrario,
ha creado una plena comunicación, ya no hay motivo para temer una conducta indiscreta que pisotee
los valores personales.
El deseo está orientado hacia el bien del otro, que no podrá sentirse utilizado, ni experimentar la
necesidad de ocultarse como medida precautoria. El sentimiento de vergüenza ha sido superado por la
cálida fuerza del cariño. Si el pudor no desaparece por completo, es que existen otras raíces más
ocultas o queda el miedo de que el egoísmo intente aprovecharse de la confianza y libertad otorgada.
La moralidad no reside sólo en el peligro de lo genital, sino en la forma de enfrentarse con la otra
persona como simple objeto de interés, cuando lo único que se aprecia y busca son los aspectos
secundarios y marginales del otro. Se trata de valores canjeables que cualquiera puede ofrecer, porque
no importa casi nada la dimensión personal del que los tiene. La acentuación excesiva de las
cualidades o de la belleza y anatomía del cuerpo demuestra que no hay apenas espacio para una
valoración más humana y comprometida. Es el fenómeno que aparece en muchos juegos eróticos, en
los que la relación no tiene consistencia ni seriedad, pues la gratificación afectiva que produce está
llena todavía de excesivas impurezas psíquicas. La imagen publicitaria de la mujer, por citar un
ejemplo, simbolizaría el relajamiento y degradación con la que tantas veces se contempla esta relación
heterosexual.

7. La regulación del impulso genital

De la misma forma, el amor debería regular las necesidades del impulso genésico, para que se
viva de acuerdo con sus exigencias teleológicas y con las que se derivan por estar situado en un
contexto de diálogo y comunión. El objeto de la actividad genital es el placer que satisface a la
tensión creada y provoca, por ello, un sentimiento de plenitud. Tal gozo -ya lo hemos visto- invita a
considerarlo como el valor por excelencia, a disfrutarlo como una promesa sin límites, a buscarlo
para que apague el deseo de una necesidad biológica. Todo eso existe, pero no es lo más importante,
pues su carácter fugaz y momentáneo deja siempre el vacío de una nostalgia mayor. Desde el
momento en que se centra el interés sobre la mera satisfacción sensible, el contexto humano
desaparece, la persona queda reducida a ser un simple instrumento, y la llamada recíproca se
extingue, como el mismo deseo genital, hasta que el impulso lleve de nuevo a la búsqueda del otro
por un atractivo muy epidérmico e interesado, para negarle precisamente su papel de compañero.
El placer es símbolo de vida, pero manifiesta también la propia fínitud y limitación no sólo por
su caducidad, sino porque el otro se hace presente como algo distinto, de lo que nadie se puede
apoderar y que hace descubrir las propias indigencias. Se desea porque falta algo, pero hay que
respetarlo en su diferencia a pesar de la fuerza que quisiera acapararlo. El deseo de plenitud ha de
aceptar los límites, sin manipular al otro para hacerlo simple instrumento de la satisfacción. La
violencia, que es una manera de rechazar la alteridad, está siempre escondida para evitar justamente
la diferencia ineludible que recuerda la pobreza de cada ser. Por eso, esta experiencia hiere, más o
menos inconscientemente, el componente narcisista de toda relación humana, ya que nos enfrenta
con nuestra condición mortal.
El ser "una sola carne", con todo su profundo significado, no es la búsqueda de una simbiosis
para recuperar un sueño infantil de omnipotencia, el mito de un poder que fue destruido, sino que
obliga a un comportamiento transido por el respeto y la ternura, como el único camino que fomenta la
comunión, sin negar la herida, y que acepta la dualidad que se supera con el abrazo. El aspecto de
gratificación forma parte del componente sexual. Su olvido, incluso, no tiene que ver nada con la
oblatividad y el cariño. Pero tal gesto ha de ser signo también de una benevolencia que se niega a toda
forma de cosificación, agresividad, perversión, engaño o juego narcisista.
La tarea de este esfuerzo trasciende la simple información técnica y hasta las obligaciones que
dimanan del carácter procreador de la sexualidad. El deber de la amistad y compañerismo en la pareja,
tan frecuentemente olvidado, es más urgente y difícil que el oficio paterno o materno. La construcción
de esta comunidad tiene mucho de artesanía, en la que el corazón trabaja mucho mejor que el mismo
cuerpo, aunque los dos tienen que ir unidos para que el placer sea amoroso y el amor se haga
placentero.
En este contexto la ética sexual aparece como un requisito para que el diálogo comunitario entre
el hombre y la mujer, en sus diferentes facetas, adquiera una maduración oblativa y que cualquier tipo
de relación a través del cuerpo no viole el misterio y la dignidad de la persona, ni olvide lo que ello
significa: algo más que estancarse en la superficie de la piel.

8. Dimensión social de la sexualidad

El cariño, finalmente, tiene también una dimensión social, a pesar de que muchos lo consideren
como un asunto privado. Es cierto que a nadie se le puede imponer el amor a una persona, pero la
mutua donación sitúa a los cónyuges en un nuevo ámbito que por su propia naturaleza exige un
vínculo con la sociedad. Ella es la única que puede legitimar la constitución de esta célula y declarar
oficialmente su existencia con todas sus obligaciones y derechos. El cariño conyugal deja de ser un
hecho oculto para convertirse en un fenómeno público por las múltiples influencias que de él se
derivan. De ahí que la legalización del matrimonio haya sido una constante histórica a través de las
diferentes épocas, culturas e ideologías, como indicaremos más adelante.
Pero de alguna manera también, la sociedad debe ejercer un cierto control sobre la manifestación
y publicidad de todo lo relacionado con el sexo. Se trata de ver si el bien común exige una amplia
tolerancia en este terreno o deberían prohibirse, al menos, aquellas conductas y expresiones públicas
que supongan un mal social o hieran la sensibilidad de la gente. También el ambiente limpio y
respirable, en el campo del erotismo y de la pornografía, es una exigencia de la ecología humanista.
Es cierto que la cultura ejerce una influencia extraordinaria en la expresividad de los signos para
darles un significado erótico o pornográfico. En una época determinada o dentro de un clima social
concreto, ciertas formas aparecen como hechos normales y aceptables o están cargadas de contenido
negativo. El ambiente cultural hace también que el acercamiento a la realidad se efectúe a partir de
unos valores que matizan su lectura e interpretación. Aunque los criterios históricos hayan sido algo
diferentes, existen algunos valores básicos cuya vigencia parece incontestable. Desde un punto de
vista ético y humanista habría que afirmar y defender que todo lo que sea una instrumentalización de
la persona, fomente la búsqueda del mero placer sin ningún tipo de relación humana, subraye
exclusivamente los aspectos biológicos del sexo, invite al ejercicio de la pasión instintiva e
incontrolada, incite a la violencia, agresividad o falta de respeto, o se convierta en una fuente de
ganancias económicas o de intereses políticos, resulta indigno y deshumanizante. Ninguna persona
sensata aceptará que un proyecto como éste sea el modelo de sexualidad que ha de imponerse en
nuestro mundo. Si el mensaje de una obra ya hemos dicho que puede ser traducido por la perversidad
o limpieza de la persona, es evidente que existen también muchos mensajes objetivos, cuya lectura es
tan explícita que no cabe otro tipo de interpretación. Lo que ahí se busca no es nada más que la
exaltación del sexo, sin otros componentes humanistas y afectivos. La dificultad surge cuando se
intenta poner unos límites concretos y en una sociedad tan pluralista que no comparte los mismos
presupuestos y perspectivas.
Hoy son muchos los que abogan por una libertad de expresión ilimitada. La autonomía, como un
derecho del ser humano, implica el rechazo de toda norma coactiva en este terreno. El problema, sin
embargo, me parece más profundo. Es cierto que la vida privada e íntima de las personas no están
sujetas a ningún tipo de reglamentación. Lo que cada una haga en privado pertenece al ámbito de su
propia responsabilidad, aunque se tratara de aberraciones manifiestas. La legislación civil no tiene
ninguna función en este campo, pues su objetivo se centra en la salvaguardia del bien social y
común. Incluso una cierta tolerancia sería aceptable para que existan espectáculos, donde algunos
puedan satisfacer sus necesidades, sin que tengan que buscarlos por otros sitios o molestar a otras
personas. La ley regularía, entonces, su existencia y funcionamiento para evitar el peligro del
escándalo, perversión, proselitismo, exhibición o propaganda pública, que afectara a otros intereses
sociales.

9. La imagen social de la sexualidad

Lo que parece inaceptable es la libertad absoluta de expresión, como si el derecho a ella fuera
siempre ilimitado, o bastara, en estos casos, la posibilidad del rechazo para los que piensen o deseen
actuar de otra manera. Porque la preocupación no ha de centrarse directa ni exclusivamente sobre los
daños o beneficios personales. Lo que está en juego es la imagen de la sexualidad que se impone en el
ambiente y que, poco a poco y de forma sutil, se asimila hasta convertirse en el modelo ideal. Si una
educación puritana y rigorista ha impedido un encuentro espontáneo y natural con el sexo, la
superación de esos tabúes está llevando a una nueva reconciliación con él, de la que va desapareciendo
todo su contenido humano.
Los medios de comunicación social, con el deseo aparente de una mejor educación, lo están
transformando en una realidad biológica, demasiado instintiva, puramente placentera, en la que es
posible cualquier forma de actuación, donde priman los criterios sociológicos sobre los éticos y
humanistas. La formación radica en la técnica, en los conocimientos anatómicos, en las encuestas
sociológicas, en la conciencia de que cada uno es libre para actuar como quiera, en la superación de
cualquier límite o norma que se consideran como prejuicios, sin que apenas aparezcan en este discurso
los aspectos más humanos.
Las consecuencias pueden ser peores a corto y largo. Semejante presentación no educa para el
dominio y control de las pulsiones, para la ascética humana, para el amor y la ternura, para el respeto a
la dignidad de la persona, sobre todo de la mujer, para la fidelidad del cariño. Y una sociedad que
favorece, fomenta e invita a superar todo sentimiento de culpa, para vivir con un liberalismo absoluto
el fenómeno sexual, no es signo de progreso, sino de retroceso y deshumanización. No pretendemos
imposiciones absurdas y trasnochadas, pero tampoco hay que resignarse a dar gusto en todo, sin otra
orientación que la llamada del instinto. La masa se inclina con mayor facilidad hacia la tolerancia más
completa, con la excusa, además, de que el que no quiera tendrá derecho a comportarse como juzgue
oportuno, pero olvidando que el bombardeo continuo en sentido contrario y el clima que se crea
terminan por imponer otra imagen diferente.
No hay que olvidar tampoco los factores políticos y económicos que intervienen en la regulación
de la sexualidad. Bajo la bandera de la libertad y del progreso, se están defendiendo unas ganancias de
extraordinaria rentabilidad, que no pueden ponerse en peligro por cualquier forma de control. Como en
el caso de la fabricación de armamentos o de la producción de drogas, existe una inversión de capital
impresionante que ha de hacerse rentable con un mercado cada vez más amplio que no se puede
perder. De la misma manera que, en otras ocasiones, se ofrece como alimento y engaño para distraer al
pueblo de otras preocupaciones más importantes y urgentes.
Lo que está en juego, por tanto, es la imagen que se ofrece sobre la sexualidad. Y frente a las
diversas antropologías permisivas y naturalistas de cualquier clase, en las que lo pornográfico se
incluye como un elemento más, hay que luchar por otra concepción más humanizante y personalista,
donde lo erótico tenga su espacio adecuado, pero sin descender al nivel inferior de la pornografía. Si el
erotismo tiene un valor humano, lúdico y placentero, esta última lo degrada y envilece a simple
utilidad y mercancía. El ambiente social que influye poderosamente en la educación de los individuos,
debería regularse, con una legislación adecuada, para evitar aquellas manifestaciones que, sin
puritanismos ni temores absurdos, sólo buscan la epidermis del sexo. El uso de la mujer en la
publicidad sería, por ejemplo, un tema digno de reflexión y de cambio.

10. La valoración ética del pecado sexual

Así pues, la moral explicita como exigencia lo que la naturaleza misma de la sexualidad postula.
Un amor que se encarna en los gestos corporales para moderar el dinamismo ciego de la pulsión.
Éticamente será positivo todo comportamiento que ayude a la consecución de los objetivos
propuestos. Por el contrario, y desde un punto de vista negativo, el pecado va a consistir en una
búsqueda deshumanizante, egoísta y privada de esos contenidos. Toda falta se convierte por este
motivo en una individualización aislante de la sexualidad, en cuanto ésta desintegre y rompa el
sentido relacional o mantenga paralizada su evolución. Pero, ¿cómo podemos valorar la importancia
de estos comportamientos negativos?
Las dos fuentes de la moral católica han sido siempre la palabra de Dios explicada por la Iglesia
y la reflexión humana sobre las exigencias de la ley natural. Sin embargo, cuando queremos
catalogar la gravedad de un pecado, no basta acudir con ingenuidad a cualquier cita de la Escritura,
pues las categorías en que ella se mueve no corresponden a las nuestras tradicionales. Decir que la
fornicación o impureza es un pecado mortal, porque "los que se dan a eso no heredarán el reino de
Dios" (Gál 5, 21), es omitir que para san Pablo la misma consecuencia producen las discordias,
envidias, rencillas, divisiones, iras y celos, que no alcanzan de ordinario en nuestra moral una
idéntica condenación. Aunque la impureza aparece como pecado importante, no es fácil deducir
siempre de tales afirmaciones la dosis de culpabilidad que encierra cualquier comportamiento de
acuerdo con la división entre pecado mortal y venial. La cosmovisión que sobre el hombre y el sexo
aparece en sus páginas ilumina y fundamenta la reflexión posterior, aunque no pueda encontrarse
siempre la importancia concreta de cada conducta. Por ello no queda otro camino que la meditación
sobre el significado del sexo para descubrir el valor ético pisoteado en una conducta.
La Iglesia ha condenado siempre cualquier atentado contra alguna de las exigencias inherentes a
la sexualidad. Cerrarse al amor o a su tendencia fecunda es la razón de fondo para aceptar ciertos
comportamientos como lícitos. El interés específico de la moral radica en la defensa de ambos
aspectos, que han de ser asumidos en una tarea responsable, y la persona que no se preocupa por evitar
los riesgos del instinto e integrarlo armoniosamente en su personalidad, de acuerdo con estas
orientaciones, está cerrada a un valor serio y trascendente. Desde una perspectiva ética habría que
designar esta postura como grave. Es la negativa a una exigencia básica del ser humano, como grave
sería la actitud de quien no se preocupa en absoluto de la veracidad de sus relaciones con los demás.
Al descender a los actos concretos, por el contrario, las enseñanzas de los manuales han sido valoradas
hoy con nuevas matizaciones.
El principio de la no parvedad de materia resulta ya para muchos de un rigorismo excesivo y
poco fundamentado. Con él se aceptaba en la práctica que, fuera del matrimonio, cualquier acto
venéreo directamente voluntario, por muy pequeño e insignificante que fuese, debía considerarse
como materia grave e importante. Es decir que, a no ser por falta de libertad o de conocimiento
indispensable, supondría siempre un pecado mortal. No hay que explicar ahora las razones históricas
que motivaron estos planteamientos tan rigoristas. La discriminación efectuada entre el sexo y los
restantes problemas éticos es demasiado evidente para que no surjan sospechas sobre su falta de
objetividad.
A lo mejor, si hubiéramos tomado en serio las afirmaciones tan repetidas de Cristo sobre el
peligro de las riquezas, y la experiencia histórica de tantas injusticias elaboradas con el dinero, nuestra
moral económica sería hoy mucho más rigorista que la ética sexual. El Evangelio, al menos, se
muestra mucho más comprensivo con las deficiencias sexuales, aunque también las condena, que con
otros pecados en los que hemos admitido una benevolencia mayor por no enjuiciarlos siempre como
graves.
11. Las nuevas matizaciones

Con esto no pretendemos negar la importancia y gravedad de las faltas en este terreno. La
sexualidad tiene una función decisiva en la maduración de la persona y en su apertura a la comunidad
humana. Una negación teórica o práctica del significado profundo del sexo constituye un desorden,
que debería catalogarse como grave por atentar contra una estructura tan fundamental del ser humano.
Ni creo que nadie, fuera de algún extremista radicalizado, ponga en duda semejante principio. Lo que
resulta mucho más difícil hoy día de aceptar es que la más mínima transgresión constituya
objetivamente un pecado grave. La malicia del acto radica en la renuncia a vivir los valores de la
sexualidad que en cada gesto concreto se eliminan. Si una conducta aislada no llegara a herir
gravemente el sentido de aquella, se debería admitir, como en otros campos de la moral, la levedad
moral de esa conducta.
Por otra parte, toda la literatura en torno a la opción fundamental ilumina, con una nueva visión
más realista y evangélica, el valor ético de nuestros actos particulares. Ellos participan de la
moralidad en la medida en que sirven para crear, mantener o producir un cambio de actitud. Serán
buenos o malos en cuanto colaboran o dificultan la realización del ideal que nos hayamos propuesto.
Y es evidente que desde esta perspectiva, sin caer en el extremo contrario de negar que un acto
concreto pueda cambiar la opción, habrá que descubrir la densidad humana de éste y ver si posee la
fuerza suficiente e indispensable para romper con la opción tomada.
A veces, la valoración ética se hace más compleja. La sexualidad, como ya apuntamos, es una
organización frágil de pulsiones parciales que, a través de su evolución histórica por las diversas
etapas que atraviesa, busca su satisfacción con diferentes objetos. A lo largo de todo este proceso son
inevitables ciertos desajustes y regresiones, como consecuencia de factores externos que no
dependen de nuestra voluntad. Cualquiera de estas dificultades obstaculiza, en proporciones
desconocidas, la armonía y conjunción posterior.
Esto explica la posibilidad de conductas insatisfactorias, que incluso deben catalogarse como
éticamente importantes, pero que no siempre brotan de una libertad personal. Nadie está libre de estos
condicionantes que forman parte también de las acciones consideradas como voluntarias. Existen
muchos comportamientos conscientes que escapan, sin embargo, al control del propio sujeto. Son
actos más o menos compulsivos, aun sin la conciencia de esta limitación, que no se llegan a dominar
por completo y que brotan a veces en los momentos más inesperados. Las causas de esta
compulsividad no se descubren fácilmente, pues integran el patrimonio de tantas experiencias vividas
desde la primera infancia, que se entremezclan con los elementos educativos, ambientales y
fisiológicos en la personalidad de cada individuo.
En teoría, habría que distinguir, por tanto, entre lo que nace de una verdadera libertad -lo
pecaminoso- y lo que es producto de una responsabilidad condicionada -lo psicológico-. La dificultad
práctica, sin embargo, radica en medir el grado de esa fuerza irresistible que aparentemente doblega,
cuando, en tales circunstancias, queda siempre un espacio para la cooperación libre, donde se hace
presente la cobardía, la falta de tensión o la comodidad excesiva.
Precisamente por esto último, nada de lo dicho con anterioridad debe convertirse en una tentación
al laxismo. También es necesaria una honestidad grande y sincera para sospechar, por lo menos, y
reconocer, si es posible, el margen de colaboración prestada. La falta de limpieza psicológica, el soñar
despierto, la búsqueda de ciertos estímulos, la negativa a dar los primeros pasos que no parecen
peligrosos, las pseudo-justificaciones e intereses ocultos que disminuyen el deseo de luchar, el pacto
cobarde con la realidad que se vive... son elementos de una tensión interior que más adelante parece
incontrolable.

12. Entre el fariseísmo y la culpabilidad excesiva

Todo esto no puede eliminar la condena objetiva de tantos comportamientos ilícitos. Nadie
podrá decir que la masturbación, como forma aislada y solitaria, sea el mejor camino para vivir la
sexualidad, o que una vida conyugal cerrada caprichosamente a la procreación constituye el ideal del
matrimonio. Creemos en la existencia del pecado y del pecado mortal, pues humanamente sería
ingenuo lo contrario y teológicamente una barbaridad, pero no estamos tan seguros de las
aplicaciones rigurosas en algunos casos, ni que todos los actos concretos expresen siempre un
cambio profundo de actitud. En este sentido la claridad tradicional en la clasificación de los pecados
queda algo difuminada. No es problema de matemáticas, sino de una valoración compleja de muchos
elementos, que no resulta fácil dilucidar en todas las ocasiones.
Hay que evitar, por ello, un doble extremismo entre el sentimiento farisaico de la persona
autosatisfecha, que se considera indemne de todo fallo y merecedora de la benevolencia divina, y la
culpabilidad del que se hunde por no superar sus conflictos. Ninguna de las dos posturas se justifica
con el Evangelio. El ser humano actúa siempre con una mezcla de luces y sombras, de cobardía y
buenos deseos, de ilusión y conformismo, de libertad y condicionantes, cuyas fronteras permanecen
en la penumbra. Sólo Dios es capaz de conocer la situación real de cada uno. La fe es un estímulo
para sentirse a gusto delante de él, sin saber con certeza y exactitud el fondo más auténtico de nuestro
interior.
El sí a Dios, como valor supremo, es posible ofrecerlo también en el desarreglo y compulsión de
una conducta que no responde a las normas éticas, cuando esos gestos, sin conocer en qué medida,
escapan al control del individuo. La impotencia y la culpabilidad se entremezclan en proporciones
desconocidas, dejando al sujeto sumido en la ignorancia de su condición. Tal desconocimiento será un
problema para el narcisista, que necesita sentirse gratificado por su propia imagen, pero el auténtico
cristiano vive contento en su misma opacidad. Su interés está centrado mucho más en servir a Dios y
ayudar a los otros que en la preocupación por su perfeccionismo individual. Una aplicación concreta
de estos principios generales la iremos realizando en los capítulos siguientes.

BIBLIOGRAFÍA

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CAPÍTULO 6

Estados intersexuales y cambio de sexo

1. La existencia de ciertas patologías

Ciertamente no se trata de fenómenos normales y frecuentes en la vida ordinaria. Algunos casos


pertenecen al ámbito de las patologías genéticas que son estudiados en la bibliografía científica, sin
que tengan mayores resonancias sociales. Otros, en cambio, son aireados por la prensa, sobre todo si
se trata de personajes conocidos. La transexualidad y el travestismo son las conductas más corrientes
y conocidas del público. En el fondo de todas ellas hay siempre un cierto desajuste entre los datos
genéticos y los procesos siguientes que deberían conducir hacia la identidad sexual de la persona.
Es lógico que se busquen las terapias más eficaces para reajustar estas disfunciones que, al
margen de sus repercusiones biológicas, tienen también una enorme influencia sobre la sicología del
individuo, hasta destruir en bastantes ocasiones su tranquilidad y equilibrio interior. El cambio,
incluso, del sexo, mediante la cirugía plástica, aparece como una de las soluciones posibles. ¿Qué
pensar de todos estos procedimientos desde un punto de vista ético? Antes de ofrecer unas
reflexiones valorativas, apuntemos de una forma sumaria cómo se realiza el largo proceso evolutivo
hacia la plena identidad sexual.

2. Del sexo cromosómico a la alteridad sexual

Todos sabemos, desde las primeras nociones de genética, que uno de los 23 pares de
cromosomas de la especie humana es el encargado de configurar el sexo de la persona. La presencia
en el cigoto de dos cromosomas XX dará origen a una mujer, mientras que la pareja XY lo será del
hombre. En esta región del Y se encuentran, por tanto, el gen o los genes responsables de esta
diferenciación. Es lo que podríamos llamar el sexo cromosómico.
Desde aquí se enviará a las gónadas, todavía indiferenciadas, la información suficiente para la
elaboración de los ovarios o de los testículos: sexo gonádico. En el sujeto con gónadas masculinas se
da la regresión de los conductos de Müller por la presencia de una sustancia inhibidora, y bajo la
acción de la testosterona los conductos wolfianos se transforman en los genitales internos, mientras
que la dihidrotestosterona produce la configuración de los órganos extemos. Menos claro es el
mecanismo que provoca el proceso inverso en la mujer, aunque parece que comienza con la
producción de los estrógenos. En cualquier caso, es evidente que existe también un sexo hormonal,
producto del anterior, que influye en la configuración masculina o femenina del ser humano. A lo
largo de todo este proceso de diferenciación genital juegan también un papel importante ciertos tejidos
que deben recibir la inducción por parte de las hormonas esferoides y cuya capacidad de respuesta
depende de la presencia en sus células de algunas enzimas y receptores.
La proporción y diferencias de hormonas son las que, a su vez, posibilitan el sexo morfológico o
fenotipo que distinguen al cuerpo masculino del femenino. La diversidad biológica es tan manifiesta
que constituye el criterio más inmediato y evidente para la adjudicación de la identidad sexual de
hombre o de mujer. Una diferencia que afecta también al cerebro en el área del neocortex, relacionada
con las experiencias conscientes y la actividad cognoscitiva. La diversidad anatómico-estructural de
los dos hemisferios es bien conocida, aunque los mecanismos que la condicionan sean todavía objeto
de un intenso estudio para un conocimiento mayor. Pero no hay duda de que el cerebro masculino y
femenino son dos variantes biológicas del cerebro humano.
A partir de estos datos fundamentales, el ambiente y la educación posterior contribuyen también
de manera importante a la formación del sexo psicológico: la vocación de todo ser humano a vivir su
existencia con las características propias de su sexualidad masculina o femenina. Supone la aceptación
de su naturaleza específica y la respuesta adecuada a sus exigencias concretas. Estas mismas
diferencias morfológicas y biológicas conducen normalmente hacia la reciprocidad entre ambos polos.
El sexo heterófilo busca su complementación en el encuentro con el otro, como invitación mutua a una
plenitud mayor.
A lo largo de este lento y complejo itinerario puede darse una serie de fallos y desajustes, cuya
etiología nos resulta aún desconocida en muchas ocasiones, a pesar de los grandes progresos que se
van dando en este terreno.

3. Patologías genéticas y hormonales

Algunas anomalías genéticas del mismo cromosoma sexual son causa de ciertas patologías. Así,
por citar sólo las más conocidas, en el síndrome de Turner, con una composición XO, la falta del
segundo cromosoma imposibilita la diferenciación de los ovarios o testículos, y la ausencia o
disminución de otras hormonas necesarias para la evolución posterior. Son mujeres, aunque de
ordinario estériles, y exigen una terapia de estrógenos para su desarrollo fisiológico. Y por el
contrario, en el síndrome de Klinefelter (XXY), la presencia de otro cromosoma X obstaculiza el
influjo masculinizante del Y. Suelen ser estériles, con órganos rudimentarios y ciertas apariencias
femeninas como la ginecomastia (desarrollo de los senos).
Otras veces se da una verdadera inversión del sexo, cuando en individuos fenotípicamente
masculinos, sin grandes diferencias con el varón normal, se encuentra un cromosoma XX, o cuando
en sujetos de apariencias femeninas y órganos genitales externos e internos de mujer, existe un
cromosoma XY, que caracteriza al hombre. Es decir, se da una completa contradicción entre el sexo
cromosómico y el sexo gonádico que orienta la evolución posterior en sentido contrario.
En otros casos, incluso con una composición genética normal, la persona es portadora, al mismo
tiempo, del tejido ovárico y testicular, bien en una sola gónada o en dos separadas. Este
hermafroditismo verdadero es muy raro en la especie humana y provoca una disfunción parecida a la
anterior, ya que los órganos externos pueden pertenecer a cualquiera de los sexos, pero con
manifestaciones características del contrario. La inversión, en esta última anomalía, no es completa
por la presencia del doble tejido gonadal que explica esta dualidad sexual. En todos estos casos de
inversión, la normalidad, por supuesto, no es absoluta, pues son posibles otras alteraciones, sobre
todo en la capacidad de reproducción. En el pseudohermafroditismo las gónadas pertenecen a un solo
sexo, aunque sus órganos externos son una mezcla gradual e intermedia de ambos.
Una deficiencia hormonal, producida por otras causas, podría dar lugar a la existencia de
hombres con algunas características femeninas -ginecomastia, distribución de grasas, falta de vello-,
o a mujeres con ciertas apariencias viriles. A veces, no revisten mayor importancia, aunque no
respondan por completo al fenotipo ideal y, en ocasiones, tengan alguna repercusión psicológica.

4. Otras disfunciones sexuales

El fenómeno de la transexualidad ha sido objeto de estudios más recientes, y su interés sobrepasa


el de los ámbitos científicos para despertar también la curiosidad y el comentario de la gente. Son
individuos, sobre todo de sexo masculino, que, desde el punto de vista psicológico, se sienten del sexo
contrario. Existe una clara y radical oposición entre su fenotipo y su sicología , que les lleva a vivir en
una tensión permanente. Mujeres que se creen prisioneras en un cuerpo de hombre -o al revés- y
desean liberarse de los atributos biológicos que les impiden comportarse de acuerdo con sus deseos
más profundos. Si en algunas formas más ligeras es suficiente una terapia psico-farmacológica, en
otras la cirugía aparece como la única alternativa para adecuar el cuerpo a su identidad sexual
psicológica y conseguir una serenidad y equilibrio mayor. El transexual está convencido de ser un
verdadero error de la naturaleza, que desea superar a toda costa, dentro de sus posibilidades limitadas.
La técnica ha hecho posible la creación de vaginas o penes artificiales que suplen, de alguna manera,
la ablación de los órganos masculinos o femeninos.
El rechazo del propio sexo no es identificable con la anomalía anterior. Aquí la persona es
consciente de su identidad sexual y se reconoce como es, aunque querría y le hubiera gustado
pertenecer al sexo diferente. De la misma manera que en el travestismo el sujeto desea utilizar la ropa
que no le corresponde, sin que esto suponga tampoco, al menos en todos los casos, una verdadera
disfunción. Podría tener otras raíces más profundas, como un mecanismo de defensa contra la angustia
de la castración, o ser signo de una transexualidad; pero de ordinario, sobre todo en ciertos ambientes,
se ha convertido en una forma de ganar dinero, que no está exenta de originalidad o de un cierto
amaneramiento. Finalmente la homosexualidad, de la que hablaremos en un próximo capítulo, es la
inclinación erótica hacia el propio sexo, sin que exista tampoco un rechazo de la propia identidad. La
apertura heterófila no se ha desarrollado en este caso y el individuo no busca en ella su propia
complementariedad.

5. Hacia una valoración ética

Hemos visto, pues, cómo pueden darse ciertos desajustes en los diferentes niveles del proceso
evolutivo. La normalidad supone una adecuación para que todo se desarrolle en coherencia con el
destino primero, escrito ya en los cromosomas sexuales. ¿Cómo valorar, entonces, las intervenciones
que buscan corregir las anomalías y disfunciones que hemos apuntado?
Todos están de acuerdo en la licitud de aquellas ayudas psicológicas, farmacológicas y hasta
quirúrgicas, si fueran necesarias, que configuren a la persona en función de su sexo genético. Todas
ellas, del tipo que sean, tendrían un marcado carácter terapéutico, para evitar el disformismo que
podría causar problemas biológicos y psicológicos más o menos acentuados. El sentido común y las
circunstancias de cada persona determinarán qué medio parece el más adecuado para no comenzar con
aquellos que resulten los más agresivos. La meta ideal de toda terapia debería estar orientada hacia
una armonía, lo más completa posible, con la constitución primera.
Es más, si la configuración externa está lo suficientemente definida y el sexo psicológico ha sido
educado de acuerdo con ella, sin que haya existido ninguna otra duda o problemática, sería lícito
insistir en el fenotipo aceptado, en la hipótesis de alguna ambigüedad, aunque se descubriera que el
sexo cromosómico o gonádico es diferente. Cualquier otra adecuación sería demasiado traumática en
todos los órdenes, si ahora se pretendiera un cambio tan radical, sobre todo si la situación era
desconocida por la persona. Algunos casos de este tipo se han descubierto incluso después del
matrimonio, cuando la pareja pretendía descubrir las razones de su esterilidad. Evitar otros conflictos
mayores justificaría mantener una situación anómala, que no ha provocado especiales problemas.
Lo mismo que la terapia psicológica es la única eficaz, como camino para la reconciliación,
cuando se trata de personas que no aceptan el destino impuesto por la naturaleza, o de travestís, cuyo
comportamiento no se fundamente en razones económicas o sea indicio de una cierta transexualidad.
Las mayores dificultades se dan, precisamente, en este último caso, sobre el que vamos ahora a
detenernos.

6. La transexualidad:
una doble explicación etiológica

Todavía quedan muchas lagunas e incertidumbres para justificar esa desarmonía existente entre
el cuerpo y la sicología . Dos explicaciones fundamentales se dan. Para unos los factores hormonales
y biológicos son los más importantes, aunque se desconozca el momento preciso de esos errores
cruciales, antes o después del nacimiento. Hay algunos hechos significativos que avalan esta opinión.
En los gemelos monocigóticos la proporción de transexuales alcanza el 50%, mientras que en los
dicigóticos, sólo el 8, 3%. Hay pruebas de que sujetos que habían sido educados y habían vivido
como mujeres modificaron su identidad, mediante un tratamiento de testosterona, y el sexo biológico
termina por predominar sobre el psicológico y educativo. También se ha constatado la ausencia del
antígeno HY -proteína específica necesaria para el sexo gonádico testicular- en los transexuales
masculinos, mientras que se ha descubierto presente en las mujeres que no aceptaban su condición.
Otros, sin embargo, insisten más en la importancia de los factores psicológicos y ambientales.
Algunas experiencias parecen confirmar también esta nueva hipótesis. Hermafroditas análogos desde
un punto de vista cromosómico y gonádico han desarrollado con posterioridad el sexo psicológico -
masculino o femenino- en el que habían sido educados. La influencia de estos elementos culturales
aparece clara en el caso de un gemelo que, como consecuencia de una penectomía, durante los
primeros meses -producto de un error en el momento de la circuncisión-, fue quirúrgicamente
configurado y recibió una educación como mujer, mientras que su hermano continuó con su identidad
masculina. Al cabo de muchos años, la diferencia psicológica de ambos se mantiene, producto de las
influencias externas recibidas.
Cualquiera que sea su explicación, la realidad es que algunos individuos, a los que no se les
puede considerar como viciosos o perversos sexuales, sufren un desajuste profundo que les provoca
un fuerte malestar. Es verdad que el fenómeno se manifiesta, a veces, de forma superficial y sin raíces
más hondas. En estas situaciones, un cierto tratamiento psicológico e, incluso, algunas ayudas
farmacológicas son suficientes para resolver un problema que no reviste mayor trascendencia. Pero,
en otras, el recurso a la cirugía se presenta también como la única alternativa válida o complementaria
a otros tratamientos. ¿Qué pensar sobre este cambio o adecuación del sexo?
El problema de fondo radica, como veremos, en aceptar qué elemento de esta disfunción -lo
biológico o lo psicológico- constituye la base y el criterio primario de la identidad sexual en la
persona. De acuerdo con la doble explicación anterior, que acabamos de exponer, la solución ética va
a ser también diversa.

7. La ilicitud de una intervención:


primacía de los datos biológicos

Para los primeros, la biología ha de constituir el presupuesto fundamental de las intervenciones


posteriores. En ella se descubre el destino dado por la naturaleza que nos conduce a vivir como
hombres o como mujeres. Es un dato de tal importancia que siempre se habrá de respetar. Si la
sicología , en algún caso, no se ajusta a esta realidad básica, la terapia no puede consistir en
sacrificarla a las exigencias de aquélla, sino en conformar la tendencia psicológica a la constitución
irrenunciable del propio organismo biológico. La identidad somática, que no se reduce
exclusivamente al fenotipo, ha de prevalecer como norma primera, al margen de las ambigüedades
sexuales que podrían darse en algunos casos de hermafroditismo o pseudohermafroditismo, de los
que acabamos de hablar poco antes.
Una cirugía, para transformar el cuerpo en función del deseo psicológico, será siempre
inaceptable, pues se trata de una mutilación que no tiene nada de terapéutica, ya que se extirpan unos
órganos sanos y en condiciones para suplirlos con otros completamente artificiales, incapaces de
cumplir con su función específica. Por otra parte, tampoco resulta eficaz para la superación del
conflicto, pues por muy perfecta que sea la operación, el aparente cambio de sexo sigue siendo
frustrante. La disociación anterior entre el soma y la psique se cambia ahora por un nuevo contraste
entre los elementos artificiales externos y su propia constitución sexual. Ciertas experiencias de
algunos Centros han hecho rebajar las ilusiones que se habían creado en un principio, como la
solución más eficaz y adecuada.
Por tanto, no queda otro camino que la terapia psicológica. Y aun en la hipótesis de que
semejante tentativa no resulte válida, se trata de una situación llevadera, que puede hacerse
soportable con un poco de esfuerzo y ayuda. Si la simple inclinación a comportarse contra las
exigencias de la propia biología se permitiera, habría también que aprobar otras conductas,
impulsadas por querencias psicológicas, que no responden al ideal de una sexualidad adulta y
equilibrada. Lo masculino o femenino no son simples dinamismos psíquicos, sino que encuentran su
explicación en el ámbito de la corporalidad, como substrato inalienable, que nadie tiene derecho a
modificar. La libertad y el dominio de la persona están, en este caso, limitados por el respeto y la
fidelidad al hecho de haber nacido hombre o mujer.

8. Tolerancia de una adecuación:


importancia de la sicología

La otra opinión que aboga por su licitud parte desde una perspectiva diferente. La importancia
de la identidad sexual, en el caso de una disociación, se atribuye mucho más a la sicología que a los
datos biológicos. Es evidente que, cuando esta anomalía fuera reducible con cualquier otro tipo de
terapia, no habría que acudir a otros remedios más enérgicos y agresivos. Pero con mucha frecuencia,
la persona que se siente extraña y prisionera de un sexo que no responde a su sicología , vivirá
siempre, si se trata de un transexualismo auténtico y profundo, en un conflicto permanente e
irreversible, como algunos afirman. La presencia de unos órganos que contradicen su identidad
psicológica es la causa de esta grave molestia que le incapacita para un comportamiento social
adecuado. Sus aspiraciones y sentimientos más íntimos chocan contra una biología que le impone
una conducta para la que se vivencia radicalmente incapacitada y le impide actuar de acuerdo con sus
inclinaciones más profundas, que para ella constituyen su verdadera personalidad.
La búsqueda de una armonía es lícita y deseable. Ahora bien, cuando la tendencia psíquica se
constata irreversible y definitiva, la única alternativa existente es acomodar su morfología, en la
medida de lo posible, a su identidad psicológica. Esta dimensión parece más importante y prioritaria
que los mismos datos biológicos, capaces de sufrir una aparente adecuación, que se hace inviable en
el otro nivel de su personalidad. Es cierto que se da una mutilación de órganos sanos, pero que estaría
justificada por el principio de totalidad, como una acción necesaria para superar la angustia y la
tragedia de quien se siente patológico por la presencia de algo que le destruye por dentro. Aunque no
pueda darse un auténtico cambio de sexo, se busca la curación de un drama personal a través de unas
transformaciones aparentes y artificiales, pero que revisten una importancia y significación que, en
ocasiones, llegan a ser decisivas.
Si en los casos de una cierta ambigüedad, todos aceptan un tratamiento concorde con la
identidad en que la persona ha sido educada, aunque el sexo gonádico sea distinto y existan
manifestaciones del contrario, no se ve por qué la intervención quirúrgica se hace inadmisible,
cuando el desajuste alcanza sólo los niveles psicológicos. El respeto y la fidelidad hay que
mantenerla también a los datos de la sicología , sin que la intervención sobre el propio cuerpo deba
quedar orientada exclusivamente por los elementos biológicos.
Tal vez los estudios y experiencias para valorar las posibilidades e inconvenientes de las
diversas terapias no hayan alcanzado aún una amplitud suficiente para deducir una conclusión
definitiva. Cada opinión insiste en los aspectos negativos de la contraria, mientras refuerza los que le
convienen. Pero, en el fondo, el problema que subyace, como antes decía, es aceptar qué dimensión
es la más importante para la identidad sexual: los datos ofrecidos por la naturaleza biológica o los
que están presentes en la sicología del ser humano.
Por eso, cuando la decisión sea tomada después de una valoración diagnóstica y estructural de la
personalidad del paciente, en la que la adecuación quirúrgica del sexo aparezca como la única viable
y eficaz, no me atrevería a negar su licitud ética. El simple deseo por cambiar la morfología corporal,
que no esté fundamentado en un análisis serio y científico, sería insuficiente para su tolerancia moral.
Se trata de una opción extrema para situaciones irreversibles, que podrían encontrar por aquí la
solución, aunque no fuera completa, a un problema dramático.

9. El matrimonio de los transexuales:


diferentes situaciones

Otro problema diferente sería el posible matrimonio de estas personas. En el nuevo Derecho
Canónico no se trata para nada el tema, probablemente por la disparidad de criterios éticos y
científicos que existen en la actualidad. De acuerdo con sus orientaciones generales, no parece válido
el matrimonio celebrado por un auténtico transexual para cumplir, dentro de la pareja, con unas
funciones que su sicología rechaza de manera absoluta. La legislación actual admite como incapaces
para contraerlo a "quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causa de
naturaleza psíquica". La repugnancia a vivir conforme a sus manifestaciones corporales le impide
asumir las obligaciones de una convivencia conyugal, aunque exista la posibilidad de tener hijos.
Cuando el rechazo del sexo somático se detectara después del matrimonio, habría que analizar si,
con anterioridad al compromiso, estaban ya presentes las raíces de esta anomalía, como parece más
lógico, que no se había manifestado con toda su fuerza y dramatismo. La nulidad del compromiso
sería también admitida, en esta hipótesis, sin ninguna dificultad.
En los casos de ambigüedad física, cuando se trata de correcciones o disonancias accidentales,
que no afectan al antagonismo entre el cuerpo y la sicología , nadie pone obstáculo a su celebración,
siempre que los cónyuges estén capacitados para el ejercicio de la vida conyugal, aunque resulte estéril
e infecunda.
La mayoría, no obstante, niega la validez del matrimonio cuando los órganos sexuales han sido
artificialmente construidos, en oposición al sexo gonádico, ya que lo juzgan como una unión donde
no existe una verdadera heterosexualidad. Los órganos postizos, sobre todo si se trata de una
configuración masculina, imposibilitan la relación conyugal propia de los cónyuges. Algunos, sin
embargo, juzgan prematuro pronunciarse, cuando el cambio se realiza para crear unas apariencias
femeninas. Aun los que aceptan la licitud de estas operaciones no se atreven a permitir el posterior
matrimonio. El que algunas legislaciones civiles lo autoricen no constituye ningún argumento para su
tolerancia moral.

BIBLIOGRAFÍA
ALBURQÜERQUE, E., Moral de la vida y de la sexualidad, Madrid, Editorial CCS, 1998, 260-267.
FERNÁNDEZ, J., Nuevas perspectivas en el desarrollo del sexo y el género, Madrid, Pirámide, 1988.
GAFO, J., "Intersexualidad y transexualidad". Razón y Fe 225 (1992) 403-418. MACCOBY, E. (ed.).Desarrollo
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MOLINSKI, W., "El tratamiento del transexualismo desde el punto de vista ético", Anales Valentinos 43 (\996)
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THÉVENOT, X., Pautas éticas para un mundo nuevo, Estella, Verbo Divino, 1988,130-136. VIDAL, M., Moral del
amor y de la sexualidad, Madrid, Perpetuo Socorro, 1991,359-374.

122
CAPITULO 7

La masturbación

1. Entre la obsesión y la trivialidad

Ante un fenómeno como la masturbación existe el peligro todavía de mantener una doble actitud
extremista y radicalizada. Por una parte, hay quien sigue obsesionado con él, como si se tratara del
problema básico y más importante de la vida cristiana. Se mantiene una constante preocupación que
quisiera evitar, a cualquier precio, toda experiencia relacionada con un gesto como éste. Y se olvida
que la castidad no consiste en la simple ausencia de semejante manifestación, sino en la maduración
progresiva e integrada de la libido, que puede estar ausente de una persona aparentemente casta,
cuando la conducta ha sido reprimida por el miedo o una excesiva culpabilidad.
Por otro lado, frente a las exageraciones y excesos de otras épocas, es fácil caer en el extremo
contrario, presentando la masturbación como un hecho cargado de valores positivos y que la hacen,
en muchos casos, deseable, benéfica y hasta obligatoria. Es el único camino para liberar la tensión
sexual, conocer el propio cuerpo, favorecer la autoestima y la sensación del propio valor. El único
peligro consistiría en un falso sentimiento de culpabilidad, que debería excluirse con una adecuada
educación, lejos de toda mentalidad puritana. En una palabra, no habría que darle ya ninguna
importancia, a no ser que se tratara de un síntoma patológico. Admitir la malicia de este
comportamiento iría contra las conclusiones más unánimes de la ciencia moderna.
Sin llegar tal vez a este realismo, es cierto que para muchos, en la práctica, es un
comportamiento aceptado con una dosis grande de tranquilidad, y sin apenas ninguna connotación
pecaminosa, cuando se trata de una manifestación tan amplia y generalizada. La preocupación ética
ha desaparecido casi por completo, como producto de una mentalidad arcaica
que todavía perdura en algunas conciencias. El cambio supone la conquista irreversible de una
sociedad secularizada que no se deja impresionar por prejuicios religiosos o morales.
Según esto, ¿ha sido exagerada la postura de la moral en este punto? ¿Podemos seguir
condenando la masturbación como antes o se ha dado una modificación radical en la valoración
ética? ¿Es simplemente un fenómeno natural y biológico o implica otros aspectos más profundos de
la persona? Para intentar la formación de un juicio ético equilibrado resultan necesarias una serie de
consideraciones previas que nos lleven más allá de la obsesión o trivialidad.

2. La complejidad de un hecho: diferentes significados

Nos encontraremos ante todo, y en contra de lo que pudiera parecer a primera vista, frente a una
conducta de extraordinaria complejidad, cuyo significado puede ser múltiple y variado, de acuerdo con
las circunstancias y momentos peculiares de cada individuo. De ahí la dificultad de encontrar una
definición exhaustiva y aplicable a todos los casos, pues sería imposible enmarcar dentro de una sola
todas las posibilidades latentes en ese comportamiento. Los dos rasgos más característicos que
aparecen en la mayoría de ellas -excitación sexual de manera solitaria y egoísta- no resultan válidos
para todas las ocasiones.
Sin necesidad de una experiencia placentera, se puede uno enfrentar a la sexualidad -en su
sentido más amplio- con una actitud que reviste el mismo significado narcisista e inmaduro que la
búsqueda solitaria de lo genital. La coquetería excesiva -y no sólo en la mujer-, la búsqueda del
adorador, el deseo incesante de seducir podrían ser algunos ejemplos simbólicos. De la misma forma
que una relación heterosexual en sus apariencias, y hasta dentro del matrimonio, podría tener un
carácter masturbatorio mucho más profundo que la misma experiencia aislada de un adolescente. Lo
que reviste verdadera importancia para la maduración y equilibrio de la persona es la forma de vivir el
sexo en su conjunto y no la mera genitalidad. Hay, pues, que examinar por debajo de todo, aun cuando
se diera una aparente continencia, la cara interna de la pulsión sexual para ver la dinámica y
orientación que lleva.
Tampoco basta insistir en sus motivaciones egoístas, como si el masturbador fuese siempre un ser
doblado sobre sí mismo y sin ninguna apertura hacia la alteridad, con miedo hacia el ambiente que le
rodea y que hace al individuo sumergirse placenteramente en un clima de imaginación y afecto
solitario. El problema puede tener también otras raíces y ni siquiera la búsqueda gratificante del placer
explica su génesis o permanencia posterior. La gama de significados es abundante y se requiere, por
tanto, una individualización bastante personal.
Hay que reconocer, sin embargo, que la masturbación se vive con mayor frecuencia a un nivel
genital y, cuando se habla de ella, conserva de ordinario esta impostación. Vamos a fijamos ahora en
esta su forma más universal y corriente para ver los diferentes factores que la condicionan, antes de
entrar en su valoración ética.

3. El descubrimiento de un mundo nuevo

La sexualidad, aunque presente desde el comienzo de la vida humana, se corporaliza con una
fuerza impresionante a partir de la adolescencia. En la época de la pubertad no solamente las
estructuras anatómicas han alcanzado una mayor evolución, sino que las funciones glandulares y los
diferentes estímulos específicos provocan la llamada del instinto e invitan a la correspondiente
gratificación. La unión de todos estos elementos hace que, desde un punto de vista biológico, aparezca
una dosis de tensión, que busca ser liberada a través de estas experiencias placenteras.
El joven de ambos sexos descubre un mundo inédito y fascinante, cuando se encuentra con los
fenómenos psíquicos y biológicos de su propia naturaleza sexual. La curiosidad, despierta ya en
épocas anteriores, alcanza aquí una invitación suprema por la transformación que experimenta el
cuerpo. Las circunstancias harán que un día tropiece con el placer escondido y misterioso, que intuía
desde antes sin comprenderlo, o que se le manifieste de pronto sin saber el porqué.
Semejante experiencia tiende a repetirse por la vinculación profunda entre la percepción y las
emociones agradables que de ella se derivan. Cuando ambos aspectos se canalizan hacia una
situación gratificante, el simple recuerdo de esa experiencia es suficiente para despertar el deseo de
repetirla. Como toda función psico-física, la emoción deja un residuo oculto que favorece e incita a
una especie de toxicomanía. La aparente facilidad de conseguir lo que se busca es también un factor
positivo para la formación del hábito. Podrían crearse incluso ciertos reflejos condicionados, unidos a
situaciones que no constituyen por sí mismas estímulos específicos. Determinadas acciones normales
e indiferentes motivarán, por sus vinculaciones afectivas con ese gesto, la existencia de una tensión
característica que impulsa a la gratificación.
El mismo miedo, provocado por una educación rigorista y por el sentimiento consecuente de
culpabilidad, podría crear una sensación de vértigo que llevase a la caída. Como el temor a perder el
equilibrio en el que aprende a montar en bicicleta o se acerca al borde de una altura, produce de
inmediato un descontrol que imposibilita conseguir lo que, en circunstancias normales, no supondría
mayor dificultad. La falta de confianza o la impresión latente de que es un hecho irremediable
cortarán sin duda muchas de las energías necesarias. Cualquiera puede constatar el influjo negativo
de estos sentimientos en el momento decisivo, por ejemplo, de una competición deportiva o de otras
múltiples acciones de la vida ordinaria.

4. Etapa evolutiva hacia una integración personal

En la adolescencia se da, además, una etapa de transición, por la que el joven debe renunciar a
una actividad infantil, como la masturbación, pero sin poder alcanzar todavía una relación
heterosexual. Se trata de una situación incómoda e inestable. La maduración conseguida en su
anatomía no se produce con la misma celeridad en su vida anímica y psicológica. Se encuentra
biológicamente preparado para el ejercicio de una actividad que no le resulta posible por muchos
motivos en el campo de su psiquismo. La masturbación sería, en este sentido, una primera apertura
hacia la heterosexualidad, que no llega a realizarse en toda su plenitud. El acercamiento al otro sexo
comienza de una forma aislada y solitaria en la realidad, pero como un prólogo introductorio hacia el
encuentro con la otra persona.
De ahí la importancia otorgada por los psicólogos al mundo imaginativo de los adolescentes. En
él se manifiesta el carácter ambivalente de la etapa evolutiva, la postura intermedia entre una fase
autoerótica y la nueva apertura incipiente hacia los demás. Por eso es frecuente que tales actos
solitarios estén acompañados ya por imaginaciones que revelan un deseo más o menos implícito de
relación y comunión amorosa. Lo que a primera vista aparece como soledad y aislamiento tiene una
corriente de fantasía claramente heterosexual. En el fondo, se despierta un deseo de encuentro con el
otro, que por el momento no puede llegar a realizarse. A través de la imaginación se mantiene una
tendencia vaga de intimidad, de cercanía amorosa. Por ello, en contra de lo que pudiera creerse, la
ausencia de estos pensamientos no es un síntoma positivo y benéfico, pues manifestaría más bien que
la gratificación masturbatoria no constituye ya un puente hacia la etapa posterior, sino una regresión o
estancamiento de signo diferente. El hecho de que las primeras experiencias psico-afectivas con el otro
sexo resuelven o aminoran en gran parte este fenómeno, es índice evidente de lo que significa con
frecuencia esta etapa primera de la juventud.
En esta época no podemos olvidar tampoco el papel estimulante que representa la vida afectiva y
sentimental del adolescente. Los sentimientos de soledad afectiva, de independencia y autonomía
personal, de incomprensión por parte del ambiente que le rodea, de frustración frente a los ideales
abstractos y un tanto imaginarios, las dificultades y primeros tropiezos, los fracasos en los estudios,
etc., impulsan a encontrar una especie de compensación agradable y placentera. Es una experiencia
demasiado cercana y asequible para no buscar en ella un consuelo y pequeño refugio ante las
situaciones que se presentan como negativas. El calor y el placer, que la vida real niega, se equilibran
así de alguna manera.
Todo este cúmulo de circunstancias hace que la tendencia hacia la masturbación, durante este
tiempo de crecimiento madurativo, pueda considerarse normal desde una perspectiva psico-biológica.
Patológico sería precisamente lo contrario -la ausencia completa de esta inclinación-, pues indicaría
que existe algún obstáculo o problema de diversa índole que dificulta el desarrollo lógico y coherente
de la sexualidad. La normalidad, de la que hablan muchos psicólogos, hay que situarla a este nivel de
tendencia e inclinación como etapa pasajera hacia una fase posterior. Las transformaciones
fisiológicas de la pubertad con su fuerza y aspecto novedoso, junto con la lejanía y recelo frente al
otro sexo, y teniendo en cuenta la inestabilidad de todo el período evolutivo, explican por qué, en la
práctica, esta tendencia se manifiesta a través de los actos masturbatorios con una frecuencia
estadística elevada. Pero, aunque sea comprensible, fácil y corriente este último hecho, no significa
que se trate de una experiencia necesaria para la maduración de la personalidad, como si al que no la
hubiera realizado le fuese imposible conseguirla. Sólo cuando este dominio sea producto de una
fuerte represión, como antes dijimos, podría catalogarse como deficiencia psicológica más o menos
profunda.
La insatisfacción de fondo que produce la experiencia masturbatoria, a pesar de su carácter
gratificante, puede provocar una renuncia a tales prácticas y estimular hacia otras formas más
deseables de encuentros afectivos, que rompan la soledad y el sentido compensatorio que tantas
veces revisten. Hay una conciencia más honda de un cierto vacío, aunque no se explicite con toda
claridad, porque sólo se consigue una relativa descarga tensional que no llena psicológicamente. O es
posible también que esta misma insatisfacción las fomente con la ilusión y esperanza escondida de
que resulten por fin plenificantes.

5. Otros factores posteriores: diferentes significados

Por eso, este comportamiento suele reducirse después de la adolescencia, en circunstancias


normales, aunque a veces se prolonga y estabiliza en una etapa posterior. La masturbación adulta, y
hasta en la misma vejez, reviste significados diferentes. Habrá ocasiones en las que mantenga un
carácter sustitutivo, cuando la abstinencia de las relaciones heterosexuales, por las razones que sean,
lleva a encontrar en ella una especie de sustitución imperfecta, donde el factor imaginativo juega, por
ello, un papel importante. A falta de otra posibilidad mejor se opta por este recurso. Se buscaría un
desahogo fisiológico a una cierta tensión, que no se llega a dominar, sobre todo si los viejos hábitos
dificultan una actitud de mayor resistencia. La falta de esfuerzo e integración, que lleva al abandono
inmediato en manos del placer, puede suponer un serio obstáculo al desarrollo personal, pues indica
una dosis de egoísmo y aislamiento digna de atención. El grado extremo sería el de aquellos que
encuentran aquí su mayor felicidad. Lo que comenzó siendo un simple medio se ha convertido ya en
un fin casi absoluto.
Sin embargo, existen otras series de factores explicativos de esta misma realidad, que se dan con
mayor frecuencia todavía que en la época anterior de la juventud. Me refiero en concreto a todo el
mundo de motivaciones más o menos inconscientes, cuya influencia práctica es absurdo minusvalorar.
Los mecanismos del hombre son demasiado complejos para saber de inmediato cuáles son las raíces
auténticas de su comportamiento. Y en este terreno son múltiples las causas que condicionan y
fomentan un hábito semejante. Agresividades y venganzas ocultas, miedos irracionales, deseo de
castigo personal por la culpabilidad engendrada con tales prácticas, ilusiones profundas inconfesadas,
nostalgias que no se quieren reconocer, ciertas gratificaciones buenas que no culpabilizan, pero
despiertan la dinámica sexual y otras mil variedades de todo tipo, que se ocultan por debajo de la
masturbación.
A veces hasta crear un círculo vicioso. La angustia y depravación experimentadas, al sentirse
arrastrado por una fuerza que no se llega a dominar, aumentan los sentimientos negativos y, al mismo
tiempo, tal situación afectiva engendra esta práctica como un intento de disminuir la angustia, como
una función defensiva contra la ansiedad. El sujeto comprende que es absurda su postura, pero no
consigue eliminarla. La misma confesión juega un papel más psicológico que religioso. Es una
búsqueda para obtener la tranquilidad, que posibilita el paso a un nuevo intento de superación
posterior, más que la manifestación de un arrepentimiento por la posible ruptura de una relación
personal. En estas situaciones suelen darse hasta reacciones de tipo mágico, que intentan recuperar la
limpieza perdida.
En el extremo de este camino la masturbación puede aparecer, incluso, como el síntoma de una
patología más aguda, de un desajuste psicológico de la personalidad, hasta llegar a vivirse como una
fuerza compulsiva. Las reacciones pueden resultar incomprensibles, con una falta elemental de lógica,
pues ni siquiera el placer ocupa una especial relevancia y no existen motivaciones racionales que
justifiquen semejante comportamiento. Revelan ya una falta de armonía e integración interna, que
requeriría un tratamiento peculiar. No es la causa sino la expresión de que existe algo por dentro que
no funciona con absoluta normalidad.
Con esto no hemos pretendido elaborar una lista completa de los factores que motivan o
condicionan el fenómeno de la masturbación. El único objetivo era insistir en la complejidad de su
etiología para no quedarse en una interpretación demasiado simplista, que se reduce a la pura
manifestación de ese gesto sin conocer más a fondo sus posibles lecturas o significados. Cualquier
planteamiento pastoral o educativo, e incluso su misma valoración ética, en gran parte tiene que
encontrar aquí su punto de partida y fundamento. De estos dos puntos trataremos a continuación.

6. Los datos bíblicos y tradicionales

La base bíblica en la que se apoyaba su condena no parece tan clara y explícita como se había
creído con anterioridad. En la Escritura existen abundantes textos que afectan de un modo genérico al
sexo y condenan de forma específica determinadas desviaciones y comportamientos, pero un análisis
de las diferentes afirmaciones lleva a la siguiente conclusión, generalmente admitida por los autores:
no aparece ninguna condenación directa y expresa contra esta práctica determinada. Esto no supone
admitir que la masturbación no sea pecado. Sería una conclusión demasiado ligera y sin la lógica más
elemental, pues la Biblia no es un manual para confesores donde se encuentran todas las conductas
pecaminosas. Es fácil incluso que una acción como ésta deba incluirse en las condenas generales que
se dan contra las impurezas y desórdenes de todo tipo. Lo único que decimos es que así como otros
comportamientos quedan excluidos de la vida cristiana, contra éste no existen afirmaciones tan
categóricas y explícitas. El vocabulario empleado en los diferentes textos no responde nunca a los
términos griegos que se utilizaban para hablar de este acto.
La tradición de la Iglesia ha sido mucho más taxativa, aunque en los primeros siglos no había
alcanzado aún la importancia y trascendencia que tuvo con posterioridad. Se ha reconocido que fue
Gerson el primer autor rigorista sobre este tema, junto con otros escritores, como Rousseau y
Voltaire -tan lejanos y poco afectos al cristianismo-, los que insistieron en las trágicas y funestas
consecuencias que produce el vicio solitario.
Con los manuales de moral, a partir del siglo XVII, la doctrina quedó configurada con bastante
unanimidad. La masturbación directa y voluntaria es siempre por su propia naturaleza un pecado
grave, sin que deba eximirse de esta culpabilidad a los niños y adolescentes en circunstancias
normales y ordinarias. Buscar el placer sólo será admisible cuando esté orientado a la procreación y
dentro del matrimonio. Por ello, no es lícita su aceptación, aunque se produjese de manera casual e
involuntaria, a no ser que la voluntad se gozase sólo en el hecho de constituir un alivio a la
naturaleza. Ni tampoco es admisible con fines terapéuticos, pues se temía que con tales excepciones
quedara socavado el principio básico de la ética sexual: que el placer venéreo está destinado
exclusivamente a su finalidad procreadora.
Existe una malicia diferente entre el placer solitario que va acompañado de orgasmo (acto
completo) y aquel otro que no llega a producirlo (acto incompleto). Este último, para las personas no
casadas, constituye también un pecado mortal.
La malicia de la masturbación indirectamente voluntaria, como consecuencia de actos o
situaciones que pudieran provocarla (actos indirectos o impúdicos -así se llamaban en los manuales-),
dependerá del peligro más o menos próximo que presenten tales circunstancias y de las razones más o
menos graves y justificantes para aceptar ese riesgo.

7. Presupuestos para una fundamentación: valoración objetiva

La valoración teológica de estas enseñanzas representa la opinión común de una larga época,
pero esto no impide que se aporten nuevas matizaciones que no pudieron tenerse en cuenta con
anterioridad. Las ciencias humanas han ido aportando nuevos datos para una visión del problema
más justa y adecuada. Los autores están de acuerdo en que no todas las razones son suficientes, ni es
fácil tampoco encontrar una argumentación que pudiera considerarse unánime. Algunos de estos
argumentos han perdido por completo su validez. El que se ha utilizado con mayor frecuencia ha sido
el considerarla como un pecado contra la naturaleza. Así se designa en todos los textos. Pero ¿qué
significa esta afirmación? ¿Contra qué atenta un gesto como éste?
En la tradición anterior, ya hemos apuntado que su malicia intrínseca residía en su negativa
radical a la procreación. Eliminar esta finalidad primera del sexo es la esencia del pecado y el único
motivo para negar su licitud en cualquier hipótesis, aun cuando se trate de admitir el placer
involuntariamente provocado, o se buscara por otras razones no libidinosas, como en el caso, por
ejemplo, de un análisis espermático. Si la sexualidad no tiene sentido al margen de la procreación, y
si cualquier fallo en esta esfera hay que considerarlo, por la no parvedad de materia, como
gravemente pecaminoso, la masturbación bajo cualquier forma y condiciones será siempre un pecado
mortal, pues irá siempre en contra de su orientación prioritaria. Es una conclusión que se impone con
toda lógica y exactitud a partir de esos presupuestos.
Nadie se atreverá a negar la dimensión procreadora del sexo, pero tampoco parece que tenga que
ser el único criterio, ni el más importante, para iluminar su valoración ética. Si tenemos en cuenta el
significado de la sexualidad humana, tal y como la planteamos en un capítulo anterior, podemos
comprender mejor lo que representa el fenómeno masturbatorio dentro de una reflexión más
totalizante y personalista. No es sólo una negativa a la fecundidad sino, sobre todo, un obstáculo
grave para vivir su aspecto unitivo, de encuentro y comunión.
Dentro de esta perspectiva sería falso mantener que la mejor forma de maduración humana y
sexual sea precisamente esta práctica concreta. No nos referimos ya a sus consecuencias sobre la
salud biológica del individuo, que sólo se darán en casos verdaderamente patológicos, sino a su
resonancia en el psiquismo. El que quisiera vivir su sexualidad de esta manera tendría razón para
sentirse preocupado, pues opta por un camino opuesto al sentido relacional que aquélla encierra. El
simple abandono a la necesidad que se experimenta, sin una dosis de esfuerzo y renuncia para
superarla, supone una dificultad seria para la evolución posterior. Los mismos psicólogos no han
dejado de señalar los peligros que le son inherentes y que se manifiestan con relativa facilidad
cuando se convierte, sobre todo, en un hábito adquirido. El riesgo de quedarse en un estado
narcisista, la excesiva genitalización del sexo, el utilizarlo como una droga para escapar a otros
compromisos o convertirlo en analgésico para encubrir otros problemas, son las consecuencias más
frecuentemente señaladas, aun cuando no aparezca como síntoma de un desajuste más profundo. Y es
que la dinámica del instinto requiere una superación de esta etapa, que nunca jamás constituye el
ideal de la maduración y del equilibrio humano.
Los sentimientos de culpabilidad no tienen siempre raíces religiosas. Son la manifestación de una
incoherencia interna, pues la ruptura de la dimensión amorosa y unitiva despierta una sensación de
vacío y falta de plenitud, incluso en aquellos que conscientemente no experimentan ningún complejo
de culpa.
Estas consideraciones fundamentales, que sólo apuntamos con brevedad, son suficientes para
que el juicio ético y objetivo sobre la masturbación tenga que ser negativo, aunque esto no implica
que un acto aislado y esporádico haya que valorarlo como grave. La sexualidad posee una
significación decisiva para la madurez de la persona y su integración con los demás. Tiene un destino
y una meta hacia la que se deben orientar el esfuerzo y la educación. Aquel que no se preocupe y
comprometa en la realización de esta tarea renuncia a una obligación seria e importante de su vida.
Quien por haber llegado al autoconvencimiento de que es un gesto sin mayor trascendencia y elimina
el intento de superar esta práctica, adopta una postura absurda y lastimosa, en la que el único
perjudicado será su propia persona. No parece que entre los moralistas exista la menor duda en la
objetividad de este planteamiento. ¿Significa esto que todo acto masturbatorio ha de considerarse
necesariamente como pecado grave? Su aplicación a los individuos concretos requiere una mayor
matización, que imposibilita un juicio único y generalizado para todos los casos y situaciones.

8. La culpabilidad subjetiva: dificultades para una exacta valoración

Es justo reconocer que, en el campo de la culpabilidad subjetiva, ha existido, desde hace algún
tiempo, una actitud benevolente en el enjuiciamiento ético de cada acto personal. De hecho, y a pesar
de algunas advertencias oficiales, muchos autores habían ya limado ciertos rigorismos sobre la
frecuencia y gravedad de las caídas. Ya indicamos antes la complejidad de un fenómeno como éste.
Son muchos los factores que entran en juego para tener siempre una idea neta de la propia
culpabilidad. Cuando la masturbación es una búsqueda compensatoria por el rechazo sufrido en el
hogar; una venganza sutil contra Dios, porque él no ha solucionado los problemas que interesaban; la
forma de llamar la atención o el síntoma de un conflicto más hondo, y el individuo ignora este
mecanismo e intenta corregir, sin éxito, por no dar con la raíz del problema, ¿hasta qué punto su
conducta puede ser gravemente pecaminosa? ¿Quién sabrá el grado exacto del influjo ejercido por
tales motivaciones inconscientes?
Aunque los autores hablan de las notas y características para diferenciar los casos normales, en
los que la libertad parece suficiente, de aquellos en los que suele darse una disminución llamativa, es
difícil, sin embargo, trazar una frontera nítida entre una y otra situación. Si hay ocasiones en las que se
puede tener una adecuada certeza, en otras sería atrevimiento una aseveración absoluta en cualquier
sentido. No son las apariencias superficiales, sino los procesos interiores que escapan a primera vista,
los que pueden determinar a la acción. Lo que para uno resulta suficientemente libre podría estar más
condicionado de lo que se cree, y lo que otro acepta como una realidad dolorosa e irremediable, de la
que está convencido que no es posible prescindir, a lo mejor es la consecuencia de otras decisiones
anteriores en las que el individuo tuvo la posibilidad de elegir y no quiso.
Con esto deseo evitar una vez más los dos extremos: condenar sin misericordia y con rigor, o
absolver por completo con ingenuidad. Afirmar que todo acto de masturbación es siempre
subjetivamente grave en cualquier circunstancia o que la falta de libertad y conocimiento hay que
suponerla sólo en rarísimas ocasiones, es demasiado gratuito y tal exageración no sirve siquiera como
una ayuda pedagógica. Pero creer que no hay tampoco por qué preocuparse de cara a la maduración
sexual, y que los actos concretos no pueden ser significativos de una actitud oculta, ambigua, poco
limpia y descuidada, sería también un engaño y un falso servicio a la educación. En cualquier
hipótesis, aunque con toda certeza no existiese la más mínima culpa moral, resultaría desaconsejable
una total despreocupación, pues queda un camino todavía por recorrer para una integración humana, y
nadie debería sentirse psicológicamente satisfecho hasta no alcanzar esa última meta.
La importancia de una actitud masturbatoria debe tener también un valor diferente, de acuerdo
con el significado característico que revista. No es lo mismo cuando se realiza con una
despreocupación hacia los valores profundos del sexo, cuyo ideal no se trabaja por conseguir, que
cuando brota en una etapa evolutiva, a pesar de los sinceros intentos por controlarse. Ni es idéntica la
que nace por una falta de limpieza interior de la que brota por una simple tensión biológica. Siempre
será una deficiencia y una laguna objetiva, pero si un acto aislado y pasajero no compromete
gravemente la evolución armónica de la persona, ni destruye plenamente el sentido de la sexualidad,
son muchos los autores actuales que lo juzgarían con mayor benevolencia.
De cualquier manera, lo más importante es descubrir la pedagogía adecuada y la orientación
pastoral más apta para que, evitando cualquier extremismo, se consiga una progresiva superación de
esta fase, sin aceptar el estancamiento o una ulterior regresión. En esta línea van los siguientes
consejos prácticos.

9. Orientaciones pastorales: necesidad de una evolución progresiva

La castidad no es el centro de la ascesis cristiana y no puede centrarse la atención sobre ella de


tal manera que se dificulte la integración de lo sexual en la dinámica de la persona. La maduración de
ésta en todos sus niveles constituye la meta del humanismo cristiano, y el mejor camino para intentar
alcanzarla no es la preocupación obsesiva. Hay que abrir a la persona hacia la comunión y
oblatividad. Donde dominan el caos y el libertinaje del sexo se revela siempre una desarmonía más
íntima. En este sentido, el sexo será un termómetro para medir el avance, retroceso o estancamiento
de la personalidad. Indispensable para esta madurez es la aceptación de la propia realidad con sus
deficiencias y limitaciones, sin culpabilidades ni autojustificaciones infantiles. Ello exige una imagen
de Dios verdadera, un sentido serio de lo que es el pecado, un enfrentarse, en último término, con el
significado auténtico de la moral.
Esto supone que aquí, más que en otros puntos de la ética, hay que instaurar una pastoral de
progreso. No es posible, sobre todo en ciertas circunstancias, alcanzar un dominio suficiente de
manera rápida. Dicho de otra forma, es necesaria a veces la renuncia a un éxito inmediato. A un
enfermo no se le puede decir nunca que mañana estará completamente sano, ni darle más esperanzas
de las posibles. Por no aceptar esta necesidad de avance progresivo vienen los desánimos, después de
las deficiencias tal vez inevitables por el momento. Lo más importante no es conseguir un control
rápido de la fuerza que arrastra -lo que también puede conseguirse con la represión-, sino la armonía
interior capaz de canalizarla progresivamente. La ley de la gradualidad, que el mismo Juan Pablo II
acepta e interpreta, se hace más necesaria en este campo.
La masturbación no es siempre problema de voluntad. Tenemos sólo una, que puede mostrarse
firme y con fortaleza en todas las actividades de la vida menos en ésta, y no vamos a decir que sólo
en este terreno se encuentra debilitada. Ni tampoco supone necesariamente un egoísmo voluntario y
culpable, aunque se dé casi siempre una actitud psicológica egocéntrica e inmadura. Si es la
manifestación de otras situaciones internas más complejas, si brota como consecuencia de una crisis
evolutiva, si ha creado ya un cierto hábito o un reflejo condicionado, sería muy difícil su eliminación
repentina e incluso hasta contraproducente. En estos casos la masturbación, como la fiebre,
constituye un síntoma o una señal de alarma, y el hecho de que desapareciera de forma artificial no
significaría que la infección quedaba superada. Y lo importante no es sólo eliminar el síntoma, sino
purificar la raíz morbosa que lo condiciona.

10. Visión optimista y evangélica

En estos casos, la responsabilidad moral no debería caer tanto sobre los actos concretos y
determinados; lo que habría que hacer es valorar la actitud básica de la persona de cara a su
maduración humana y sexual. Al individuo que pusiera su interés en un esfuerzo serio por superar
estas dificultades, que intentara con ilusión acercarse poco a poco al ideal y a las exigencias de su
maduración, que evita las situaciones ambiguas y sus justificaciones interesadas, habría que juzgarlo
con benevolencia, pues sus caídas aisladas serían consecuencias todavía molestas de una situación
complicada y en vías de solución. La opción fundamental que tenga en este terreno servirá mucho
para acercarse a la moralidad de tales acciones. Como dice muy bien el Catecismo para adultos II.
Vivir de la fe, de la Conferencia Episcopal Alemana: "Estas situaciones indican que todavía no se ha
logrado la integración plena de la sexualidad en la persona. La masturbación puede expresar
madurez, pero también un narcisismo equivocado [...]. Lo decisivo es si hay voluntad de dar una
forma y orientación responsable a la sexualidad o si domina un egocentrismo culpable" (342-343).
En orden a la eficacia educativa, ayudará mucho más esta visión optimista y estimulante que no la
amenaza temerosa de una culpabilidad, de la que puede incluso dudarse. La mayor culpa se revelaría
con certeza en la negativa libre y aceptada a este trabajo de superación progresiva.
No llegar a saber con exactitud el grado de pecaminosidad será preocupante para el narcisista o el
fariseo, que se satisface con su propia imagen y necesita estar seguro del pecado grave para recuperar
su belleza interior, aunque sea de una manera tan superficial y ritualista, pero no para el que de veras
ama a Dios y le tiene su corazón abierto, que es lo único que le importa.
La confesión no debería quitar, por ello, un cierto malestar psicológico, una insatisfacción
humana de que resta un camino largo de superación, y no servir, como sucede con frecuencia, además
de para perdonar la culpa en el grado que la hubiere, para producir también una tranquilidad psíquica
de que todo se ha arreglado con la penitencia sacramental. El perdón y la paz de Dios deben tener un
significado diferente a esta otra tranquilidad de contenido humano, fruto de la integración y armonía
sexual.

11. Hacia las motivaciones más profundas

Una ayuda apropiada no puede darse mientras no se conozca la razón de fondo que motiva el
comportamiento. Es verdad que el tiempo y las circunstancias variantes producen muchas veces un
mejoramiento y curación sin otras razones aparentes, pero si se logra intuir qué posibles motivos
determinan su existencia, el camino se hace mucho más rápido y eficaz. Todos estamos de acuerdo
en que el que roba para cometer un adulterio es más un adúltero que un ladrón. La afirmación podría
traducirse al caso que nos ocupa con la misma lógica. El que se masturba por buscar un refugio a su
fracaso, por no encontrar un mínimo de hospitalidad y cariño, por huir de su propia realidad o para
mentirse a sí mismo, etc., habría que decir que es un cobarde, un ingenuo o un mentiroso más que un
impuro. Mientras no se logre trabajar contra estas motivaciones profundas, los otros remedios serán
más bien secundarios y marginales. Y si aquellas motivaciones existen, como sucederá de ordinario,
habrá que insistir mucho más en su propia eliminación que en atajar directamente sus consecuencias.
Las condiciones sociológicas, el clima familiar, la educación dada, la tensión de algunas situaciones
personales, etc., pueden tener más trascendencia sobre el individuo que su propia responsabilidad.
Por eso no basta aquí una pastoral de paños calientes o de consejos superficiales. No hay derecho
a decir que todo es cuestión de interés o de falta de voluntad y que bastan unas determinadas prácticas,
aunque sean religiosas, para la curación de un hábito como éste. No dudamos de la fuerza que supone
la gracia y de su influjo a nivel psicológico, pero pediríamos un milagro moral si quisiéramos exigir de
la devoción a la Virgen o de la comunión frecuente la solución de un problema que pertenece más bien
a otras esferas. Lo mismo que si para curar cualquier otra anomalía psíquica o biológica intentáramos
fomentar sólo una mayor vivencia religiosa. Ésta no dejará de tener validez para descubrir un sentido a
todos los acontecimientos y como ayuda a las exigencias humanas y sobrenaturales que recaen sobre
la responsabilidad del individuo, pero la actuación de Dios no repercutirá, salvo en casos muy
excepcionales, sobre las dificultades psicológicas. Es más, si la última posibilidad que se ofrece para la
curación es el recurso a los medios sobrenaturales, existe el peligro de crear una profunda decepción al
comprobar, como es lógico, que ni siquiera el recurso a Dios puede arreglar la situación planteada.
Pero el fracaso no estaría en el sujeto afectado, sino en los que se han atrevido a orientarlo de esa
manera.
Así, sin negar la meta de la sexualidad humana, ni la responsabilidad del hombre en su trabajo
para conseguirla, buscamos una actitud positiva de ilusión y de esfuerzo personal, y el intento de
encauzarlo por los caminos que parecen más eficaces y auténticos. Lo que sí ha de quedar claro es que
se hace imposible mantener un control sobre la libido, si no existe un esfuerzo previo para mantener
limpia la cabeza y el corazón: el mundo de la imaginación y del sentimiento.
BIBLIOGRAFÍA

ALSTEENS, A., La masturbación en el adolescente, Barcelona, Herder, 1972.


CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, Catecismo para adultos II. Vivir de la fe, Madrid, Biblioteca de Autores
Cristianos, 1998. Este volumen II se ha demorado 10 años, después de la publicación del I, precisamente
por las continuas consultas y correcciones, fruto de un amplio diálogo con Roma.
PEINADO Vico, J., Liberación sexual y ética cristiana, Madrid, San Pablo, 1999, 497-547.
PESCHKE, K.H., "Evangelio y criterios de la ética sexual", Communio. Revista Católica internacional 19(1997)
33-48.
RUIPÉREZ, M. F. N., Aspectos y problemática psicológicos de la masturbación en el adolescente, Madrid,
Complutense, 1990.
SASTRE, J., "¿Por qué pasa lo que pasa? La ética sexual a examen", Sal Terrae 79 (1991) 261-270.
CAPITULO 8

La homosexualidad

7. Un rigorismo sociológico

Hay que reconocer que nos encontramos frente a un fenómeno ante el que resulta difícil una
postura objetiva y neutral. Parece que no cabe otra alternativa posible que la de su aceptación o
rechazo. Y cualquiera de estas actitudes que se tomen -a favor o en contra, de mayor tolerancia o de
condena- tiene el peligro de una interpretación exagerada desde el ángulo opuesto. Excesiva
benevolencia frente a una manifestación inaceptable o incomprensión absoluta frente a una realidad
humana. Como sucede de ordinario en todos los problemas candentes, las ideologías se han
radicalizado por ambos extremos.
La actitud más frecuente de cara a este comportamiento ha sido sin duda muy negativa. En el
fondo de la conciencia popular se daba un rechazo sin paliativos. El homosexual no despertaba
ninguna simpatía, sino al contrario. Eran objeto de chistes y burlas en la conversación y ambientes
ordinarios, pues hablar de ellos, al menos sin una sonrisa despectiva y lacerante, se toma como
indicio de una posible complicidad. Términos relacionados, con esta inclinación aún se utilizan para
injuriar a otras personas y herirlas en su sensibilidad, como si el simple hecho de tenerla fuera
vergonzoso y humillante. Muchos experimentan a lo sumo un sentimiento de compasión y lástima
ante personas que han de vivir de forma clandestina, al margen de la sociedad, como si fueran una
secta peligrosa.
Todos los datos históricos que pudiéramos recoger en torno al tema van casi siempre en la
misma dirección: el clima sociológico ha sido y es francamente hostil. Y para que esta actitud haya
fraguado con tanta fuerza, como un inconsciente colectivo, se ha requerido un bombardeo
sociológico constante de forma negativa. Aun en las encuestas más recientes, incluso entre la gente
joven, esta prevención continúa existiendo. De ahí el drama silencioso y solitario de tantas personas,
encerradas en su propio dolor por tener y experimentar una tendencia distinta de la mayoría y de la
que muchas veces no se sienten responsables.

2. Razones psicológicas para este rechazo

Las raíces de este rigorismo tan frecuente penetran en los niveles más ocultos del corazón
humano. Los psicólogos constatan, en efecto, que uno de los temores inconscientes más profundos es
el miedo a la impotencia y a la homosexualidad, como si fuera una especie de castración. Por eso
construimos sin darnos cuenta una serie de barreras para defendemos de cualquier posible amenaza o
peligro de contagio. Ahora bien, la misma sicología nos enseña que, incluso en la persona
heterosexuada, existe siempre una dimensión homófila en proporciones diferentes, aunque no se
convierta en el componente más hondo y pionunciado. De la misma manera que en el homosexual se
da también una fuerza heterófila, que no es tampoco la dominante.
Si tenemos en cuenta ambos factores -miedo inconsciente y una dosis real de homosexualidad,
como datos científicamente objetivos-, resulta explicable que uno de los mecanismos inconscientes de
defensa sea precisamente la agresividad, desprecio y rechazo de los homosexuales. De esta forma, al
proyectar sobre ellos nuestra indignación, puede producirse un sentimiento positivo, pero engañoso, de
que semejante realidad no tiene que ver con la propia sicología . El que así se comporta podrá tener la
sensación de que posee una personalidad limpia, lejana por completo de aquello que teme y cuya
simple posibilidad no está dispuesto a reconocer de ninguna manera. Quiero decir con esto que cuanto
mayor sean el fanatismo y la repugnancia frente a la homosexualidad, será probablemente porque
existe una necesidad mayor de ocultar su existencia o una negativa plena a reconciliarse con la propia
verdad.
Un conocimiento más humano y científico de este fenómeno ha provocado un cambio de actitud,
al menos en grupos y ambientes más reducidos, que han intentado una reflexión actualizada sobre el
tema. Se busca la eliminación de antiguos prejuicios, que han caracterizado de una manera tan
lamentable el perfil humano del homosexual. Ciertas afirmaciones, como veremos, han desaparecido
ya del vocabulario científico y una parte de la sociedad se ha hecho más respetuosa y comprensiva al
haber salido a la superficie lo que se mantenía en secreto y silenciosamente hasta hace poco.
En algunas ocasiones, incluso, se busca su defensa absoluta, como una forma de relación
plenamente comparable a la heterosexualidad. Que el instinto se oriente hacia el otro sexo es
consecuencia exclusiva de la cultura y la educación. La sociedad tiene una fobia tan marcada contra
comportamientos no aceptados por ella, que reprime de inmediato cualquier sentimiento o deseo no
heterosexual. Ciertos movimientos homófilos llegan a defenderla como la forma más plena y
totalizante de relación.
Estos planteamientos provocan, entonces, algunos interrogantes. ¿Es una conducta plenamente
natural y aceptable o hay que seguir condenándola? ¿Supone un camino verdadero para la realización
humana y sexual o constituye más bien un obstáculo para ese progreso? ¿Se trata de un
comportamiento ético o sigue siendo condenable? Para la respuesta a estas preguntas se requiere un
examen previo de algunos datos fundamentales sobre la naturaleza y génesis de esta orientación.

3. Naturaleza de la inclinación homosexual

Es necesario ante todo delimitar el concepto de lo que entendemos por homosexualidad en su


verdadero sentido. Las imágenes populares no responden con frecuencia a la naturaleza de lo que
caracteriza a esta inclinación. No se da una correlación entre las formas externas de actuar y su
componente psicológico. Ni basta constatar que un sujeto ha tenido alguna o varias experiencias
sexuales con personas del mismo sexo para catalogarlo como homosexual. Es una extrapolación poco
seria y suele utilizarse por quienes pretenden demostrar la normalidad y frecuencia de este fenómeno
que afectaría, entonces, a una buena parte de la sociedad. De la misma manera que la ausencia de
estas relaciones no significa tampoco poseer una orientación heterosexuada, pues el descubrimiento
de este hecho puede retardarse hasta épocas posteriores, al quedar reprimido por diversos factores.
Lo que caracteriza al homófilo no es tanto el ejercicio, sino la tendencia hacia las personas del
propio sexo, de idéntico sabor y significado a la que se obtiene en la relación heterosexual. Hay que
diferenciar, pues, con exactitud la condición homosexual, que radica en la orientación psicológica,
del comportamiento que se manifiesta en los actos homosexuales. Como la libido posee, entre sus
componentes, el sexo (lo genital), el eros y el amor, también aquí podría darse un encuentro donde
predominara alguna de estas dimensiones. De ahí que, aunque en la práctica se utilizan como
sinónimos, debería distinguirse entre la homosexualidad en su sentido estricto, el homoerotismo y la
hemofilia. No se trata sólo de una división teórica, sino que tiene su aplicación en la vida ordinaria.
Es una atracción psico-erótico-sexual en la que puede primar alguno de estos elementos sobre los
otros, como acontece también entre el hombre y la mujer. Además de la inclinación hacia el propio
sexo, suele darse una repugnancia a mantener relaciones genitales con el otro sexo, según el grado de
bisexualidad reinante en cada individuo.
Esto no excluye una absoluta incompatibilidad con una inclinación diferente. Lo mismo que el
ser humano posee hormonas y rasgos morfológicos masculinos y femeninos, no habría por qué excluir
una cierta bisexualidad más o menos acentuada hacia un lado u otro. Es un dato proclamado también
con fuerza por los defensores de la homofilia.
Sin entrar ahora en las posibles explicaciones de este hecho, los autores están de acuerdo en que
aquella no se perfila sólo por su inclinación, sino fundamentalmente por el rechazo y repugnancia
hacia el sexo opuesto. La fuerza de este sentimiento será variable, según el grado de bisexualidad
reinante en cada individuo. A medida que los componentes heterosexuales disminuyan, esta
incapacidad se irá haciendo mayor. Es decir, sólo cuando estas características se dan en proporciones
superiores a las contrarias habría que hablar de homosexualidad auténtica. Si no, también podría
decirse que muchos homosexuales no lo son, por haber tenido otro tipo de experiencias o conservar
una dosis de atracción hacia el otro sexo. En este sentido, según las diferentes estadísticas, no parece
que la media supere el 6% de la población.
4. Otros factores personales

También aquí, como en medicina, habría que decir que no existe la homosexualidad, sino
personas homosexuales, y evidentemente cada una llegará a vivirla de manera distinta, según sus
rasgos personales. Tal vez un concepto demasiado unívoco y abstracto ha absolutizado ciertos signos
específicos que a lo mejor no corresponden sino a un grupo determinado y concreto. Esto explicaría
los dogmatismos existentes por ambas partes. Si unos insisten, por ejemplo, en la incapacidad de una
auténtica relación amistosa, por la presencia de múltiples elementos psicológicos perturbadores, otros
creen hallar en ella un modelo de altruismo y servicialidad muy superior al de la amistad heterófíla.
Lo mismo podría decirse de otras características, tanto positivas como negativas, que se han
adjudicado al homosexual. Es verdad que algunos han hecho del sexo una obsesión, que en su
comportamiento se traslucen a veces problemas interiores, que manifiestan ciertos síntomas de
fragilidad psicológica, o que viven en un clima de perversidad, pero sería injusto creer que todo esto es
un patrimonio exclusivo de ellos o que todos necesariamente tienen que actuar así. Es necesario
eliminar muchos tópicos y simplismos en la imagen del homosexual, pues no existe una forma única y
homogénea, aunque puedan hallarse elementos comunes.
Las mismas deficiencias, inmadureces y limitaciones se dan con mucha frecuencia en las
relaciones heterosexuales. El hecho de que un hombre se sienta atraído por la mujer no es signo
suficiente de que su normalidad psicológica sea mucho mayor. Su encuentro podría estar cargado de
múltiples elementos negativos -interés, posesividad y acaparamiento, búsqueda exclusiva del placer,
falta de comunión, exceso de narcisismo, etc.- que a lo mejor no se hallan con tanta fuerza en otros
homosexuales. Desde una perspectiva psicológica, la libido -sea cual sea su orientación- es posible
vivirla de una forma inmadura, pues alcanzar un nivel de oblativi-, como meta de la maduración,
resulta difícil para todos. Por eso, dentro del mundo homosexual, pueden darse sin duda bastantes
diferencias y divisiones, de acuerdo con la personalidad de cada individuo.
Es evidente que la homosexualidad en la mujer -llamada también lesbianismo- encierra otros
matices que la diferencian, en parte, de la masculina. Su carácter menos genitalizado y el hecho de
que la sociedad les permita ciertas manifestaciones afectivas, inadmisibles para los hombres, hace
que su existencia sea menos percibida e incluso que permanezca oculta y larvada hasta para la propia
persona. Los rasgos, sin embargo, más distintivos parecen tener su explicación en su estructura
peculiar.

5. La génesis de la homosexualidad

Para nuestro punto de vista, por su mayor importancia pastoral, habrá que tener en cuenta una
doble división, señalada por todos los autores. Aquella que podríamos denominar como periférica,
más de superficie, producto más bien de ciertas condiciones o circunstancias accidentales y
motivadas sobre todo por factores externos o ambientales. Su arraigo y profundidad suele ser mucho
menor que cuando nos encontramos con una homosexualidad definitiva y estable, cuyas raíces
penetran en el psiquismo de la misma personalidad y por causas más primitivas e inconscientes. Los
criterios para esta clasificación no resultan siempre evidentes, pues esta última, tal vez oculta y
reprimida, podría revelarse por medio de una situación fortuita y pasajera.
La complejidad aumenta aun más al intentar descubrir su génesis y las causas que la hacen
posible. Hasta épocas muy recientes, todos estaban de acuerdo en que se trataba de una verdadera
anomalía. Los mejores tratadistas, en los diferentes campos, la colocaban siempre en el apartado de
las desviaciones sexuales y patológicas. Hoy existe un movimiento de signo contrario para liberar al
homófilo de todas esas sospechas enfermizas, producto exclusivo de una visión que estaba
enormemente matizada por el prejuicio heterosexual y los datos aportados por la medicina. Se
trataría simplemente de una variante en la forma de vivir el sexo, tan normal, aceptable y válida
como la misma heterosexualidad.
Las discusiones, sin embargo, continúan, sin alcanzar un consenso generalizado. Al que no
domina la materia no le queda otro camino que reflexionar sobre los datos o confiarse en la autoridad
de los especialistas. Los primeros no deben ser tan evidentes cuando los segundos no llegan a ponerse
de acuerdo. Tal vez ello indique la necesidad de proseguir estos estudios hasta alcanzar una mayor
aclaración en varios puntos que no aparecen del todo definitivos. Por el momento, podría afirmarse
que, sin negar la posible influencia de ciertos elementos biológicos, que pueden predisponer y
condicionar de alguna manera, los condicionantes psico-sociológicos parecen ser los más prevalentes e
importantes. Ello supondría que si no se llega a la heterosexualidad es por un algo, por una
deficiencia, por alguna razón determinada, que impide u obstaculiza el acceso hacia la alteridad
heterosexual. La experiencia práctica demuestra que son muchos los elementos que pueden intervenir
en la orientación de la libido humana.
Hablar de obstáculos en la evolución homosexual no significa la existencia de ninguna patología.
También el heterosexual está afectado por otra serie de dificultades que impiden, en muchas
ocasiones, una maduración mayor, sin que tales elementos lo conviertan en una persona enfermiza. Es
más, pueden darse individuos con la libido orientada hacia el propio sexo, que posean un equilibrio y
sicología más rica y madura que la de otros heterosexuales. Lo que afecta a una dimensión de sus
vidas no tiene mayores influencias en el conjunto de su personalidad. Si es necesario continuar la
reflexión científica sobre su origen -matizada también por las ideologías contrarias o favorables- el
problema se sitúa ahora a otro nivel más profundo.

6. Un presupuesto discutido:
¿qué tendencia tiene la sexualidad?

La respuesta a esta pregunta me parece fundamental para cualquier valoración ética. Es aquí, sin
embargo, donde la convergencia se hace imposible entre los defensores de la homosexualidad, como
una variante plenamente aceptable, y los que se resisten a esta equiparación. Los datos bíblicos,
históricos, psicológicos, genéticos, culturales, etc., se leen y aplican desde la perspectiva ideológica
de cada grupo. Cualquiera que conozca la bibliografía existente o tenga experiencia de haber
dialogado sobre estos presupuestos, llega a la conclusión de que se hace imposible convencer al
contrario. Los argumentos y razones de ambas posturas carecen de base y son refutables para la otra
opinión. Aquí reside, a mi manera de entender, el punto clave de cualquier planteamiento: saber cuál
es su tendencia prioritaria de la libido, como punto de partida para una valoración moral objetiva. Si
llegara a probarse que la homosexualidad es una inclinación tan humana y deseable como la
contraria, no existiría ningún problema.
Ahora bien, para aceptar como prácticos y orientadores unos principios, que afectan
profundamente no sólo a la vida de los individuos, sino a toda la comunidad, y en un punto tan básico
e importante, no se requiere una certeza absoluta. Basta que se presenten como los más seguros y
aconsejables. Un comportamiento contrario sería sólo admisible cuando existiera una plena garantía y
seguridad de que constituye un auténtico valor. Por ello, con enorme respeto para los que afirmen lo
contrario, creo que la heterosexualidad aparece para la gran mayoría como el destino y la meta hacia la
que se debe tender. No es sólo la consecuencia de una cultura determinada, aunque nadie niegue su
influjo, sino que algo más debe existir en la realidad cuando se ha mantenido de una manera tan
constante y generalizada.
Será difícil distinguir lo que es producto de una y otra, pero parece incomprensible que lo cultural
no tenga ninguna raíz en la naturaleza y que, en este sentido, sus concretizaciones no estén a su vez
condicionadas por los datos naturales del hombre. A pesar de las posibles falacias y extrapolaciones,
la cultura tiene también su explicación y fundamento, y no parece que la humanidad entera se haya
equivocado por completo al proponer este camino para la realización sexual. Si la homofília fuera uno
de los ideales de la sexualidad humana, deberíamos admitir que una sociedad en la que sólo ella
existiera, o en la misma proporción que alcanzan los heterosexuales, sería plenamente lógica y
aceptable. Semejante hipótesis constituiría una opción tan buena como la presente, sin que existiera
ningún motivo de preocupación o extrañeza
Que la homosexualidad se dé en el mundo de los animales no tiene otro valor que el de probar
que es posible, dentro de la biología, como un fenómeno más de los que pueden instalarse en la
naturaleza. De ahí no pueden deducirse conclusiones para probar su normalidad, pues el hecho tiene
su explicación en otras causas, como la ausencia del sexo opuesto, comportamientos relacionados
con expresiones de jerarquía y dominio, aceptación del compañero como si fuera del sexo contrario,
etc. De la misma manera, el que haya florecido en algunas culturas no tiene otro valor que el de una
simple constatación que nadie podrá negar, pero que admite también diferentes lecturas.

7. La valoración objetiva

Lo primero que conviene dejar claro, aunque sea de sentido común, es que el simple hecho de
tener tendencias homosexuales, de sentir atracción hacia el propio sexo, no entra en el campo de la
moralidad. Nadie es malo ni bueno por encontrarse con una orientación y unos sentimientos que no
puede alejar de sí y que, incluso, los experimenta como un destino impuesto al margen de su
voluntad, de manera parecida a como nacemos hombre o mujer. Desde el momento en que la
homofilia no se basa en una opción elegida, no hay lugar para la culpa en la existencia de esa
orientación. La Iglesia ha distinguido siempre entre condición y comportamiento. El que afirmara, en
un documento a los obispos de EE. UU., que la condición es una tendencia hacia una conducta
desordenada, no es motivo para la crítica que se levantó por parte de algunos grupos. El pecado tiene
otras categorías que no radican en la existencia pura y simple de un fenómeno psicológico, sino que
supone la aceptación libre y voluntaria de las prácticas homosexuales.
En la Biblia existen abundantes testimonios que las consideran como pecado, como conducta
contraria a los designios de Dios. Sobre el célebre pasaje de Gomorra (Gn 19, 1-29) algunos autores
no están de acuerdo, a pesar de haber dado su nombre a este comportamiento, en que la condena
recaiga sobre la homosexualidad de sus habitantes. Sin embargo, hay que reconocer que a su favor
existen fuertes presunciones, aunque para Lot la falta más grave radique en el rechazo de la
hospitalidad. Tampoco parece que los vecinos de Guibeá (Jc 19, 22-30) quisieran cometer actos
homosexuales con el levita, sino que deseaban más bien conocer si era extranjero y violar además a
sus concubinas, como así lo hicieron después. Otros textos se refieren más bien a la prostitución
sagrada (Deut 23,18-19), como se daban en las costumbres cananeas, para que no se contaminara el
culto del Señor, o se prohibían tales actos hasta con la pena de muerte (Lev 18,22 y 20,13) por el
miedo de Israel a que se introdujeran esa prácticas entre sus miembros. En cualquier caso, si esas
leyes existían es porque se trataba de un peligro real y se valoraba de forma negativa.
De igual manera se insiste en la necesidad de una hermenéutica que supere los límites históricos
y culturales de esas enseñanzas y su interpretación aislada fuera del contexto. La consecuencia de tal
exégesis implica para algunos el que no existe fundamento bíblico para su valoración negativa en el
Nuevo Testamento. Las condenas que ahí aparecen se refieren exclusivamente a los casos de
pederastía y a los proxenetas que reducen a los niños a la esclavitud; reprueban los comportamientos
que nacen en un ambiente de orgía, desenfreno y perversidad, o como consecuencia y castigo por
haber rechazado el conocimiento de Dios; y se rechazan finalmente por tratarse de actos realizados
por heterosexuales que actúan contra su propia inclinación, pues se ignoraba entonces que pudiera
darse una estructura diferente. Todo lo cual impide la utilización de estos textos en los
planteamientos actuales.
Es indudable que los criterios hermenéuticos son necesarios para el estudio de la Biblia, pero con
ellos también son muchos los autores que descubren en sus páginas una visión de la sexualidad
claramente heterófila, con su doble dimensión amorosa y fecunda. Si hay motivos para creer que
interpretaciones erróneas han exagerado el carácter nefando de los actos homosexuales, tampoco
están exentos de error los que niegan por completo el valor de tales enseñanzas. Ni las
interpretaciones en su conjunto han sido tan incorrectas, ni las posibles deficiencias tampoco tendría
que suponer un cambio en la valoración. El mensaje revelado viene a confirmar lo que la reflexión
humana mantiene todavía como una meta: la orientación heterosexual de la persona aparece
objetivamente como el destino mejor. Afirmar que este objetivo es consecuencia exclusiva de los
prejuicios contra la homosexualidad de los autores sagrados es una solución demasiado simplista y
poco fundamentada.

8. La valoración personal:
perspectivas

Con esto sólo hemos hablado de su valoración abstracta y objetiva, pero aun aceptando este
presupuesto, del que parte la gran mayoría, queda su aplicación posterior a los individuos
particulares. Si el tener una inclinación como ésta no es muchas veces imputable a la propia
voluntad, ¿cómo deberían juzgarse los actos concretos de una persona homófila?
Se oye decir con frecuencia que la Iglesia ha mantenido una postura intransigente de absoluto
rechazo, muy distinta a la que Jesús tuvo con los más necesitados, y cuyas consecuencias han sido
trágicas y lamentables. Los homosexuales que no quieren perder su fe y desean encontrar en ella un
motivo de ayuda y esperanza no tienen, a veces, otra alternativa que apartarse de su enseñanza o vivir
con un sentimiento de culpabilidad, cuando son incapaces de atenerse a su norma. ¿No cabría la
posibilidad de admitir como lícita una relación homosexual, al menos en determinadas situaciones?
¿Por qué, si esta persona es así, no puede vivir de acuerdo con su inclinación? ¿Es humano exigir un
comportamiento que resulta inalcanzable para algunos individuos?
Estas y otras preguntas parecidas han hecho surgir nuevas reflexiones en el campo de la moral.
Sería difícil dar ahora una síntesis de las diferentes posturas adoptadas sobre el tema, pero creo que en
casi todas se da un denominador bastante común. La permisividad ética de estos actos homosexuales,
en una relación personal de afecto y cariño, quedaría aceptada por la siguiente consideración de fondo,
expresada con suma brevedad.
El ideal de una persona homófíla podría ser la sublimación de esa tendencia, pero puesto que una
conducta así le resulta heroica e imposible, sólo le resta una doble posibilidad: vivir de una manera
clandestina, perversa, en el anonimato de la promiscuidad y de los bajos fondos, o intentar, al menos,
una mayor humanización del instinto mediante una comunión personal y afectiva. Considerar estos
últimos gestos como pecaminosos supondría quitarle el único camino de reconciliación con su propia
verdad; hundirla en una conducta más represora y despersonalizante, y mantenerla en un clima
neurótico y de constante culpabilidad. La homosexualidad no debe reprimirse, como ninguna pulsión,
ni vivirla como un mero placer egoísta. Entre ambos extremos podría aceptarse como expresión de
amor, pues aunque tenga aspectos negativos -no alcanza el ideal del sexo- manifiesta sin duda algunos
positivos, en cuanto se aparta de otros comportamientos peores y más perversos. Por ello las
exigencias objetivas de la moral deberían acomodarse a las situaciones y posibilidades concretas de
cada individuo.
No juzgo desacertado que la eticidad de una conducta se analice también por sus consecuencias.
La reflexión moderna, en el campo de la ética, se orienta mayoritariamente por una argumentación
teleológica moderada, que no tiene por qué caer en las exageraciones condenadas por Juan Pablo II, en
su encíclica Veritatis splendor. Si un comportamiento provoca, en su conjunto, muchos más efectos
benéficos y positivos que lamentables, no se podría juzgar como pecaminoso, aunque tampoco
constituya ningún modelo de imitación. Sin embargo, la aplicación de esta teoría a cualquier forma de
conducta debe tener en cuenta algunos presupuestos fundamentales. Y en el campo concreto de la
homosexualidad sería conveniente proponer otras reflexiones previas. De lo contrario, lo que pudiera
ser aceptable en teoría tal vez no lo fuera tanto en su aplicación práctica.

9. La posibilidad de una superación

Si damos por razonable la opinión generalizada de que la apertura hacia el otro sexo es la mejor
orientación del impulso, hacia ella debiera dirigirse la educación como profilaxis, y la misma
readaptación posterior, en la medida de lo posible. Las condiciones psicológicas y culturales deberían
favorecer este destino en la configuración de la sexualidad, superando aquellas etapas y circunstancias
en las que existe mayor riesgo de quedar estancados. Si existe la posibilidad de una mejora, no hay por
qué excluirla. La ayuda prestada puede ser provechosa, sobre todo cuando se trata de una tendencia
más superficial y, en cualquier caso, posibilita una integración reconciliada con algo que no fue
elegido.
Por otra parte, no conviene olvidar que la licitud de una conducta no se justifica por lo que se es,
sino por lo que se debe ser. Quiero decir que si los homosexuales tienen derecho a vivir como ellos
son, este principio habría que aplicarlo con la misma lógica a cualquier otro comportamiento. Por
idéntico motivo, el heterosexual o el fetichista podrían dejarse conducir por sus tendencias
respectivas, sin tener en cuenta que una simple inclinación no es suficiente para humanizar las
fuerzas pulsionales.
Dentro y fuera del matrimonio, los que no han querido y los que no han podido casarse necesitan
una integración del sexo para vivirlo de acuerdo con su objetivo. Si la mera instintividad fuese
criterio suficiente para justificar una conducta concreta, la moral quedaría reducida a un simple
biologismo. Sentir una necesidad sería signo de una exigencia ética y cada una de aquéllas tendría
derecho a pedir las normas adecuadas a su propia sicología . Al hombre que se entrega a una mujer
porque no ha podido casarse, no tendríamos nada que decirle, pues experimenta una tendencia
parecida a la del homosexual. Por ello, sí creemos discutible la opinión de que los homófilos tengan
una moral propia fundada sobre su sistema de valores y su concepción del mundo. La ética, como
ciencia de valores que ilumina la conducta, debería sufrir un cambio constante en función de las
situaciones personales. Y es que el ser humano necesitará siempre una dosis de esfuerzo y trabajo
para la búsqueda de los caminos humanizantes. El déficit y la limitación, patrimonio universal en
todos los campos, no justifican abandonarse a la propia realidad, pues por encima de ella se
encuentra la meta hacia la que debemos dirigir nuestra conducta.

10. En camino hacia un ideal

En segundo lugar, el dilema de fondo, que con frecuencia se plantea, no me parece exacto y
plenamente objetivo, al menos en todas las ocasiones: a la persona homófila se le deja ejercer el sexo
de acuerdo con su inclinación y con una dosis de amor y de cariño o, de lo contrario, llegará a vivirlo
de una manera perversa, libertina o neurótica. De ahí la posibilidad ética de una opción por lo que se
considera como un mal menor o un compromiso para resolver una situación conflictiva.
No convendría olvidar, sin embargo, aunque esta afirmación parezca demasiado conservadora,
que una de las características de la sexualidad humana es la capacidad que ella encierra de poder ser
asumida sin el ejercicio de la genitalidad. Sé muy bien que esta idea no goza de mucho crédito en la
cultura moderna, pues bastantes están convencidos de que es una práctica absolutamente indispensable
para la salud y el equilibrio de la persona. Es evidente que la simple abstención fomentaría una actitud
neurótica cuando los mecanismos psicológicos no funcionen con normalidad, cuando con ella la
pulsión, en lugar de integrarse armónicamente en nuestro psiquismo, queda soterrada y reprimida;
pero nadie podrá afirmar que ésta sea siempre la única alternativa. Si así fuera, tendríamos que aplicar
el mismo criterio a otras situaciones más o menos parecidas, como antes hemos dicho. El que
permanezca soltero contra su voluntad, porque la vida no le haya ofrecido otras posibilidades, o el
cónyuge de un matrimonio fracasado tendrían el mismo derecho para buscar otras compensaciones.
Son muchos los homosexuales que, a pesar de su inclinación, pueden vivir sin una expresión genital,
como muchos heterosexuales pueden hacerlo sin necesidad de ceder a sus impulsos diferentes.
Admito que en ciertas conductas homófilas, incluso por otros factores secundarios, resulte más
difícil esta integración, como acontece también en las personas heterosexuales. Hay individuos con
capacidad para controlarse y otros que apenas pueden conseguirlo, o a costa de muchos y heroicos
esfuerzos. La libertad podrá encontrarse disminuida por una serie de condicionantes o, incluso,
desaparecer casi por completo, pero entre los extremos del dilema -perversidad o una cierta
humanización por el cariño- quedaría el camino intermedio propio de todos los seres que se esfuerzan
por alcanzar el ideal, a pesar de sus deficiencias y limitaciones, en un trabajo constante de superación.
El hecho de no conseguir la meta, si creemos que vale la pena aspirar a ella, no es motivo para situarse
cómodamente en niveles anteriores. En la aventura de la vida nunca debemos olvidar nuestra vocación
de peregrinos, que impide aquí, como en otras zonas, dejarse vencer por el cansancio. Si de verdad me
encontrase con una persona cuya única alternativa fuera el dilema propuesto, la decisión que ella
tomara en su conciencia no me atrevería a condenarla, como único camino para evitar peores
consecuencias negativas. Esto supuesto, ¿qué orientaciones fundamentales deberíamos ofrecer en la
pastoral con estas personas?

11. Orientaciones pastorales

Hay un primer punto fundamental en el que no insistiremos nunca demasiado. Mientras no


seamos capaces de aceptar al homosexual como una persona merecedora, como cualquier otra, de
nuestra estima y respeto, todo intento de ofrecer una ayuda resulta falso y mentiroso. Y para ello se
requiere una purificación previa de tantos prejuicios conscientes e inconscientes que dificultan esta
relación. El que tropecemos con individuos que han hecho de su tendencia una forma de perversión,
que se aprovechan de la clandestinidad y del engaño, que mantienen un proselitismo lleno de
amenazas y violencias psicológicas, no es motivo para considerar a todos los demás con el mismo
criterio. La indignación que pudiera provocar es tan justificada como la que nace ante otras
conductas perversas. Pero frente a este grupo se halla el de aquellos que llevan con dolor y con una
tristeza solitaria el no ser como los demás.
Que una persona se atreva a descubrirnos su situación interior, sobre todo en nuestros ambientes,
donde se siente con más intensidad la vergüenza y el rechazo, es suficiente para tomar una actitud de
agradecimiento y de plena aceptación. Esta acogida que brota desde dentro, y no como una
obligación de compromiso, es indispensable y benéfica para todo el diálogo posterior. Al menos
existe la posibilidad de compartir con otros y de manifestar hacia fuera lo que hasta ahora se vivía
como una tragedia demasiado íntima y personal.
Ya hemos insistido también en la conveniencia de una ayuda, sobre todo en los casos benignos.
Sería absurdo que, por defender unos derechos hipotéticos y poco fundamentados, cerráramos las
puertas a una sensible mejora, cuya posibilidad muchos defienden en contra de otras opiniones
contrarias. Aunque no se consiga cambiar la estructura que parece definitiva, sí se logra una
reconciliación positiva consigo mismo, que integre un dato más de la vida del que ya no podrá
prescindir. La experiencia médica confirma el mayor equilibrio que se deriva de este intento, hasta
conseguir una integración suficiente para una vida normal, sin graves complicaciones.
La búsqueda de una verdadera y auténtica sublimación no hay que identificarla con una fuerza
represora. Lo que se busca con aquélla es dar salida a la libido dentro de una orientación global, que
abarque la vida entera y que satisfaga, por otros medios y al servicio de otras tareas, las exigencias
del sexo. Sin negar que tal mecanismo se hace más penoso en algunas psicologías, hay que reconocer
sus posibilidades e intentar aprovecharlas al máximo.
Aun a riesgo de parecer demasiado espiritualista, no dudo que la fe auténtica constituiría una
ayuda profunda en tales circunstancias. Un sentimiento neurótico de culpabilidad no es dable en
quien haya conocido más de cerca el rostro verdadero de Dios. La salvación es una gracia ofrecida
sobre todo a los que se sienten más débiles e impotentes. Lo único que obstaculiza este don es
precisamente la autosuficiencia y el creerse justificado por una vida perfecta (Lc 18, 11). Lo cual
significa que el sendero para acercarse con mayor fidelidad a Dios es sentir el peso de la propia
incapacidad, cuando, a pesar de los esfuerzos, no llega a conseguirse la meta pretendida. Y es que a
través de un paso lento y cansino, con una conducta que por fuera parece condenable, el corazón
puede sentirse henchido de una gracia gigantesca. Los esquemas que él utiliza para juzgar tienen muy
poco que ver con los nuestros. En la experiencia del propio fracaso puede estar presente un deseo
sincero de buscarlo y quererlo por encima de todo. Cuando las manos se encuentran vacías, como si
no hubiera ya nada que ofrecer, tal vez no exista otro gesto de entrega mayor que un sollozo de
impotencia.

12. Las relaciones afectivas

Dentro de la literatura actual sobre el tema se insiste también en la conveniencia de una amistad
estable como el medio más asequible de sobrellevar una vida solitaria cargada de tantas dificultades.
Para algunos esto supondría necesariamente el reconocimiento, incluso social y jurídico, de la pareja
homosexual con la consiguiente justificación para toda clase de prácticas. Creen que la continencia
sólo se consigue a costa de la salud y del equilibrio psicológico y, por eso, optan por vivir juntos,
como el único remedio para superar su drama solitario. El respeto por esta opción, después de luchas,
dudas y ambigüedades, no significa compartirla. Otros, sin embargo, ofrecen el camino de una
amistad, pero sin llegar a tales extremos.
Sin negar la ambigüedad y los peligros que en ella pudieran encerrarse, la integración de la
hemofilia es posible dentro de una amistad personal y responsabilizada. Cuando existe una ilusión
progresiva nadie tiene derecho a descalificar un intento en el que se busca la superación de la mera
genitalidad dentro de un clima mucho más humano y respetuoso. También las relaciones amistosas
entre el hombre y la mujer están llenas de elementos eróticos y, en ocasiones, ocultan otros motivos
poco transparentes. Aquí no cabe otra norma que la honradez limpia y el estar dispuestos a evitar las
posibles consecuencias negativas. El esfuerzo humano por este ideal asequible es digno de respeto y
admiración, siempre que no constituya un obstáculo para personas que podrían reorientarse, o se
convierta en una fuente de perversión. Sólo la prudencia y un conocimiento de las situaciones
concretas darán pie para los consejos oportunos en cada caso.
Aunque esta amistad llevara en ocasiones a prácticas homosexuales, no habría que imponer sin
más la ruptura. En cualquier hipótesis sería muchas veces un mal menor que el peligro de la
promiscuidad o que los desequilibrios de una vida solitaria en tales sujetos. Estamos hablando de
personas que desean una superación progresiva y que no eligen esta posibilidad para aprovecharse
tranquilamente de las facilidades que pudieran encontrar. Si el único camino que les queda para seguir
adelante, sobre todo en casos extremos de soledad depresiva, tiene estos peligros, habría motivos
suficientes para aceptarlos dentro de los principios generales de la moral, sabiendo que avanzan y
sueñan con una etapa superior.
En el mundo de las relaciones afectivas, no se debe incluir nunca el matrimonio. Tal experiencia
no tiene ningún sentido terapéutico para los verdaderos homosexuales. No se requiere mucha
perspicacia para comprender que el remedio resulta peor que la enfermedad y que los problemas
serían todavía mayores con la posibilidad de afectar aquí a otra persona. Sólo en aquellos casos de
bisexualidad o que hayan superado una homofilia periférica, el matrimonio podría servir también de
ayuda para una completa normalización; pero es indispensable haber demostrado con anterioridad un
cambio positivo y cierto, que permita ver con optimismo y sin complicaciones serias el ulterior
desarrollo de su vida matrimonial. Las dudas objetivas que pudieran existir deberían resolverse con
el diagnóstico de una persona especializada.
Si el matrimonio, donde es posible el amor y la ternura, no es remedio eficaz para el
mejoramiento, mucho más hay que excluir la relación sexual con personas de otro sexo. La práctica
demuestra los traumas mayores que produce, con tanta frecuencia, el encuentro con la prostitución.
Los sujetos que pretenden salir de la duda o creen que desaparecerá su tendencia por tener tales
relaciones, suelen terminar en peores condiciones y con mayores perplejidades. El clima de esos
ambientes y la situación psicológica con que se acercan son elementos propios para crear un
conflicto, incluso en aquellos individuos capaces de una vida heterosexual. La inhibición psíquica
que provoca fácilmente su fracaso les refuerza el sentido de su anormalidad y aumenta la
desconfianza de su mejoramiento y curación.

13. La reforma de la legislación

Finalmente, otro problema distinto sería la legislación civil sobre la homosexualidad, cuya
reforma ha sido siempre uno de los puntos exigidos por todos los movimientos de liberación. No
tendría dificultad en reconocer que ciertas demandas me parecen justas y objetivas.
Ser homosexual, en teoría, puede ser tan peligroso o rechazable como ser heterosexual. El
peligro y la perversidad no existen por tener una u otra tendencia, sino en la orientación práctica que
se le dé a cualquiera de ellas. La perversión de menores, el descontrol, el escándalo público, la
corrupción del ambiente no es patrimonio exclusivo de una inclinación determinada. Quiero decir
que la simple razón de experimentar esta inclinación no es motivo justificante para negar ciertas
exigencias, mientras no demuestren con su conducta, como cualquier otra persona, que son indignas
de tal confianza. Por ello, semejante condición no debe ser obstáculo para desempeñar una tarea o
elegir un trabajo, si tienen, como las personas heterosexuales, un control suficiente de su libido. El
peligro social no radica en lo que las personas son, sino en el comportamiento concreto de tales
personas. Que la honestidad, el respeto a los demás, la delicadeza, el compromiso, la responsabilidad
y otros muchos aspectos positivos se encuentran con idéntica proporción en estos individuos.
En esta línea, la reforma del derecho penal, para no considerar como actos criminales las
relaciones homófilas que no atenten contra el bien común, es también aceptable. Lo que dos
individuos realicen en la esfera de su intimidad no tiene por qué ser castigado, aunque constituyera
una falta ética, de igual modo que la ley no penetra en la vida privada de personas heterosexuales
cuyas relaciones fueran deshumanizantes y pecaminosas, cuando no se traspasan los límites del bien
común; es decir, cuando no son producto de la violencia física o psicológica, ni se practican con
personas menores de edad, o se realizan públicamente, hiriendo la sensibilidad normal del grupo.
Sería también aceptable un marco jurídico que reconociera la existencia de una convivencia
común para obtener ciertos beneficios sociales y un tratamiento fiscal más adecuado. Lo mismo que
podrían reconocerse otros tipos de relaciones familiares o amistosas, que hicieran posible cumplir
con deberes de gratitud en el campo de las herencias, o donaciones, por ejemplo.
En coherencia con lo hasta ahora expuesto, me parece legítimo que estas parejas de hecho, para
el reconocimiento civil de tales beneficios, no se equiparen en todo a la unión legítima entre el
hombre y la mujer, para no dar la impresión de que es una forma de vida tan válida y aceptable como
ésta. Hay en juego valores muy importantes que afectan a la naturaleza de la familia y una igualdad
plena con ella haría que la función pedagógica de la ley no fuera la adecuada. Los inconvenientes que
recaerían sobre el hijo en el caso de la adopción o en el uso de las técnicas de fecundación artificial,
por ejemplo, hacen dudar a muchos de su conveniencia legal, aunque tales procedimientos están
aceptados en algunos países. Son limitaciones que no nacen de ningún prejuicio o desprecio, sino de
un planteamiento que, aunque no todos lo compartan, es consecuente con los presupuestos en que se
apoyan.

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CAPITULO 9

La institucionalización del amor

1. Nueva situación sociológica

Podría afirmarse con bastante exactitud que, a través de todos los tiempos y culturas, la pareja -
formada por el hombre y la mujer- ha estado orientada siempre hacia el matrimonio con la intención,
al mismo tiempo, de formar una familia. La institucionalización de ese amor, aunque con
formalidades y ritos diferentes, era una exigencia socialmente admitida, que no levantaba tampoco
ninguna dificultad o contestación, a pesar de los cambios experimentados en las diferentes épocas.
Las críticas fueron siempre bastante restringidas y esporádicas, y dirigidas, sobre todo, contra
algunas formas concretas para exigir el compromiso.
Lo más característico de nuestra situación actual ha sido precisamente la disociación de estos tres
elementos, que se habían mantenido estrechamente vinculados. Pareja, familia e institucionalización
caminan, con frecuencia, por senderos diversos que no llegan a encontrarse. La fórmula más
frecuente es la unión libre, la cohabitación sin ningún vínculo jurídico, la apariencia de matrimonio
sin otro apoyo o ratificación social que la simple aceptación de ambas personas. Las estadísticas
ofrecen ya una serie de datos, que comienzan a preocupar, pues la nupcialidad, que había mantenido
proporciones muy estables durante los dos últimos siglos, ha sufrido un descenso llamativo. En
algunos países, una de cada tres parejas no llega a institucionalizar su amor. Y son más todavía los
que no encuentran ninguna utilidad en el compromiso civil o religioso, ni lo juzgan necesario para el
éxito de su convivencia.
La respuesta del cristianismo es suficientemente conocida y explícita: cualquier tipo de vida
conyugal, al margen del matrimonio canónico, se convierte para el católico en una situación irregular
e inaceptable. Aunque se haya dado cierta mitigación en las penas, el concubinato no tiene ningún
reconocimiento eclesiástico y es rechazado desde una perspectiva moral. Sin embargo, no
deberíamos acercamos al análisis y valoración de este fenómeno con una visión demasiado objetiva,
en la que no cabe otra postura que la condena generalizada, olvidando otros aspectos y dimensiones
que lo condicionan y favorecen. Una conducta tan extendida y universal no se explica sólo por la
perversión, la mala voluntad o el libertinaje, aunque tampoco puedan excluirse en todas las
ocasiones, sino por los condicionantes sociológicos y culturales que provocan semejante conducta y
constituyen un reto también para nuestros planteamientos teológicos y pastorales.
En el fondo de todas las discusiones actuales hay una triple interrogación a la doctrina
tradicional de la Iglesia: ¿Por qué la sexualidad debe ser expresión de un amor conyugal? ¿Por qué
este amor tiene que estar institucionalizado? ¿Por qué con anterioridad a su institucionalización no
son lícitas las relaciones sexuales? La respuesta a estas preguntas constituirá el motivo de nuestras
reflexiones.

2. La urgencia del cariño conyugal

Hay un hecho constatable según las más recientes estadísticas: la decadencia progresiva de la
prostitución como fenómeno social, aunque no se haya eliminado, por supuesto, ni jamás llegue a
conseguirse. La razón no se debe, como es lógico, a un mayor ascetismo virtuoso, sino a una
experiencia bastante común, que no deja de ser significativa: la necesidad de vincular el sexo con una
vivencia de cariño. Aunque sea nada más que para obtener una mayor gratificación, los elementos
afectivos se van haciendo más imprescindibles.
Como esta posibilidad es hoy más frecuente que en épocas anteriores, acudir a la prostituta se
hace menos urgente y necesario. La cosificación de una persona resulta demasiado grosera si no existe
un mínimo de afecto y cercanía. Buscar al otro como simple instrumento de placer es un atentado que
nadie se atreverá a justificar. Es cierto que su práctica se oculta ahora bajo formas más sofisticadas y
elegantes, pero se necesita una falta casi total de sensibilidad para no darse cuenta de su carácter
deshumanizante. No es poco ya que una fuerte mayoría haya superado esta primera etapa, donde
aparece la absoluta separación entre sexo y amor.
Sin embargo, parece insuficiente todavía este primer presupuesto. La entrega plena en la
comunión corporal no puede ser expresión de una simple amistad o de una cercanía afectiva más o
menos profunda, sino que requiere una densidad amorosa, que sólo se encuentra en el cariño conyugal.
Es decir, cuando hacia el otro se desliza el afecto con un sentido totalizante y exclusivo, pues amar
conyugalmente significa que la otra persona se ha convertido en un alguien único e insustituible. Ya
no es posible una donación mayor ni un cariño más fuerte que vayan dirigidos hacia otro sujeto. ¿Por
qué ha de vivirse el sexo con esta plenitud? ¿No puede ser también un lenguaje entre personas amigas
y compañeras?
La argumentación tradicional, al insistir casi exclusivamente en la dimensión fecunda, era mucho
más lógica y evidente. No era lícita ninguna relación que eliminara el destino primario del sexo. El
hijo no puede buscarse sin la estabilidad de la pareja, que posibilite el clima necesario para su
desarrollo y maduración psicológica. Las preguntas surgen cuando la sexualidad aparece, al margen de
la procreación, con toda su fuerza unitiva.
Sin negar este último aspecto, que hemos subrayado en un capítulo anterior, tampoco podemos
olvidar que el hijo entra también en el horizonte de la pareja y forma parte de su proyecto totalitario.
En este sentido, la reflexión clásica sigue teniendo vigencia: el sexo libre constituye un atentado contra
la conyugalidad y destruiría esa atmósfera necesaria para su acogida y aceptación.

3. Simbolismo de la entrega conyugal

Pero no es sólo su carácter procreador lo que fundamenta esta postura. Hay una intuición que
encierra otro significado más profundo desde una óptica personalista. La entrega corporal lo que
expresa y produce es precisamente la conyugalidad. Es decir, que aunque no busque la procreación,
cuando se vive a un nivel humano, es una fuerza procreadora de amor. Por eso las relaciones
extramatrimoniales se han vivido siempre y todavía se experimentan como un atentado contra la
comunión conyugal. Su ejercicio llevaría lógicamente, si no existen otras reservas o impedimentos, a
la creación de otra comunidad afectiva. La herida y el dolor del adulterio no es producto exclusivo de
prejuicios y tabúes, sino que atenta contra la integridad del yo, como la muerte o alejamiento de un ser
querido. El mismo fracaso de las comunas, cuando el sexo se ha querido repartir entre todos, no se
explica tampoco por motivos éticos o religiosos. En la sicología humana existen unas leyes que el
hombre no puede transgredir sin ninguna impunidad.
Y es que cuando el hombre y la mujer comulgan a través de sus cuerpos están utilizando un
lenguaje de extraordinaria importancia. La frase bíblica que los destina a ser una sola carne -sinónimo
de persona- tiene resonancias populares y psicológicas. Se trata de un gesto apocalíptico, en su sentido
etimológico, por el que mutuamente se revelan su propia intimidad y buscan gozosamente como una
compenetración sin límites ni fronteras. Se celebra la fiesta del amor, que transforma la propia
existencia, para entregarla como ofrenda y recibir también la del otro como un regalo. El éxtasis del
placer es el sendero por el que dos corazones se juntan para repetirse de nuevo lo de siempre: la
alegría de haberse conocido, de sentirse privilegiados por un amor que los fusiona. Son una sola carne
no porque se junten sus cuerpos, sino porque ellos manifiestan que ya han donado el corazón.
Por eso, aunque el encuentro no se realice en el anonimato, ni esté privado por completo de una
vinculación afectiva, la simple amistad parece demasiado poco para lo que se expresa con ese
mensaje. Si el amor al otro no reviste estas características de totalidad y exclusivismo -a nadie como a
él-, la palabra que el cuerpo pronuncia dice mucho más de lo que existe en realidad y el gesto se
convierte, entonces, en una mentira. Es posible que el clima afectivo les lleve a creer que se quieren
con esta hondura, cuando lo que prima, en realidad, es el simple deseo de compartir una experiencia
gratificante. No se puede dar, por tanto, la ofrenda del cuerpo a una persona con la que no se comparte
la vida definitivamente y para siempre. Es el simbolismo de una comunión tan profunda, que sería
falso utilizar ese lenguaje cuando aquella se hace imposible por diferentes motivos. La experiencia
podrá resultar positiva y benéfica, porque se vive en una relación humana que supera la gratificación
egoísta -de ahí la facilidad ética con que a veces se acepta-, pero en el fondo queda siempre un margen
de falsedad. Se promete y expresa lo que, al menos por el momento, no están todavía dispuestos a
entregarse.
Así la vida conyugal aparece como el ámbito más adecuado para que el sexo pueda vivirse con
todo su significado y plenitud. Ahora bien, si sólo aquí la sexualidad alcanza su más completa
expresión, ¿es necesario institucionalizar de algún modo la formación de la pareja?
Frente a esta situación tan frecuente de parejas que cohabitan sin ningún compromiso canónico o
civil, el mismo Juan Pablo II manifiesta una sensibilidad que desea hacer extensiva a toda la Iglesia.
Los pastores y la comunidad eclesial se preocuparán por conocer tales situaciones y sus causas
concretas, ya que su existencia puede partir de factores muy diferentes. El Papa ha señalado algunos
en particular: rebeldía y rechazo de todo lo institucional; inmadurez religiosa que se manifiesta en el
miedo a todo tipo de promesa estable y para siempre; una búsqueda del placer; desprecio de la familia;
pérdida de ventajas económicas o peligro de otros daños y discriminaciones; consecuencia de la
ignorancia y pobreza de muchas situaciones injustas; costumbres tradicionales. Nadie negará que
mucho de esto puede existir, pero si hay que acercarse a los que conviven con discreción y respeto,
como él quiere, y ofrecerles una ayuda para regularizar su situación, el análisis ha de recoger también
otros aspectos más profundos, que ahora intentamos sintetizar.

4. La privatización del matrimonio

Es un dato evidente que la esfera pública nos deja cada vez más insatisfechos, pues en ella no son
reconocidos los aspectos más auténticos de la personalidad, que se siente ahogada por la
masifícación y el anonimato. En una sociedad solitaria y burocrática donde sólo se busca la eficacia
de la producción y las relaciones humanas se superficializan de forma tan utilitaria, el hogar aparece
como uno de los pocos espacios en los que se descubre la dimensión personal, el contacto cercano, la
aceptación amorosa. La vida que se desarrolla en el trabajo se ha hecho demasiado inhóspita y es
necesario otro centro psico-afectivo, de inestimable valor, en el que se encuentre la acogida, el abrigo
y el reposo, como una compensación a tantas otras frustraciones. A pesar de todas sus limitaciones y
críticas, el hogar sigue siendo uno de los centros más cálidos de nuestro mundo. De ahí, la
importancia que encierra, en al ámbito psicológico y afectivo, la familia moderna y nuclear.
Esta búsqueda de calor amoroso ha reducido aun más la función social de la familia, que ha
dejado de ser un vínculo de integración, abierto a la sociedad, para convertirse en un nido caliente
que proteja de las amenazas exteriores. De ser un sujeto privilegiado de la vida comunitaria, como su
núcleo y fundamento, ha pasado a considerarse como el centro afectivo por excelencia, lugar de
recuperación y descanso, al margen por completo de cualquier otra vinculación externa. Así se
comprende que este proceso haya terminado en la privatización del matrimonio. Éste no es ya un
compromiso público, sino la asociación completamente libre de dos personas que buscan su felicidad
en la experiencia de un encuentro amoroso. La vida común es un asunto estrictamente privado, que
sólo tiene referencias públicas por razones muy secundarias y de orden utilitario. Hay demasiada
burocracia y anonimato en la vida social para que lo jurídico penetre también en el único reducto
íntimo que le queda al ser humano.

5. Primacía de lo afectivo sobre lo institucional

La primacía de lo conyugal se subraya con fuerza y está por encima de cualquier otro objetivo
para intensificar la relación de la pareja, como el valor más importante. El amor, en la convivencia
común, es el drenaje para las múltiples tensiones, pero, como se trata de un sentimiento tan personal y
privado, nunca podrá apoyarse sobre ninguna obligación legal, sino sobre la vivencia de nuestras
propias emociones. La misma ley no constituye ninguna ayuda para su crecimiento y salvaguardia,
sino que más bien se convierte en un obstáculo que lo aprisiona y hasta destruye. Lo importante es la
intensidad de la relación afectiva. Cuando ésta se apaga o desaparece, el compromiso jurídico es algo
irrelevante que no sirve nada más que para mantener unas apariencias hipócritas. Este cambio de
acento hacia lo personal infravalora los vínculos sociales para insistir, sobre todo, en la cohesión de la
pareja.
En este contexto se revaloriza, por el contrario, la opción por el presente, que no se debe
sacrificar a un futuro incierto y desconocido. El compromiso es mientras dure el cariño, estén de
acuerdo y lo pasen bien. La duración no aparece como algo valioso, pues será siempre mejor una
experiencia corta y pasajera, con tal de que sea fuerte, que una lánguida y más prolongada. El
reconocimiento y la aceptación del placer sexual alcanzan también un enorme relieve como elemento
que cohesiona a la pareja, como un motivo extraordinario de compensación y como fuente de
enriquecimiento y gratificación personal, pero sin que suponga ningún compromiso o sea fuente de
alguna obligación posterior. Se considera como un hecho estrictamente privado, donde no queda
espacio para otras exigencias y obligaciones, ni hay que protegerlo con otras garantías jurídicas. La
entrega del cuerpo no simboliza ninguna donación más estable o un deseo de continuidad. Interesa
exclusivamente la inmediatez, sin mirada hacia un futuro que, por el momento, no se pretende
construir, aunque tampoco se excluya una permanencia mayor, si la experiencia se prolonga de forma
positiva. Hay que disfrutar intensamente lo que ahora se posee y dejarse conducir por el gozo que
invade la actualidad, sin preocupaciones molestas por el porvenir lejano y desconocido.
Existe, en el fondo, como una exaltación grandiosa de la propia libertad, sin ningún control que
pueda limitar sus ansias. El cariño no debe imponer ningún freno o cortapisa, aunque en él se busque
un refugio protector. Cuando el fracaso se hace presente, la única alternativa sensata es la búsqueda de
otra oportunidad, que haga posible una nueva experiencia gozosa y gratificante. Si no cumple con este
destino, la pareja pierde toda su razón de ser, y la exigencia jurídica que obligara a mantenerla debería
considerarse como una farsa. El divorcio, si hubiera algún compromiso legal, se defiende como un
derecho al que nadie puede oponerse. La vida en común ha de basarse exclusivamente sobre la
voluntad libre de cada miembro.
En resumen, hemos pasado de un modelo de matrimonio-institución, donde prevalecía la fuerza
de lo jurídico, la obligación legal, el vínculo permanente, a un matrimonio-asociación que busca la
solidaridad afectiva, mientras dure, pero sin ningún compromiso social. Es el triunfo del
individualismo sobre la dimensión pública y comunitaria de una alianza como ésta. El amor se
proclama como un nuevo juramento que no encierra la perpetuidad, ni necesita tener como testigos a
la autoridad eclesiástica o civil. Lo jurídico, ciertamente, no goza de buena prensa en el campo del
amor. ¿Para qué sirve, entonces, la institucionalización del cariño?

6. Dos aspectos complementarios

La palabra de amor que dos personas se ofrecen supone un cambio radical en la existencia de
cada una. Cuando un chico le dice a una chica, después de un período de conocimiento mutuo, que la
quiere como a su esposa, el significado de esa expresión está lleno de contenido y tiene una
consistencia mucho mayor que un gesto ordinario de amistad o compañerismo. Se ha vivenciado
silenciosamente, como una gracia inaudita, que la felicidad se encuentra en la comunión y entrega al
compañero.
Lo que desea manifestarle, en el fondo, es que ya se ha convertido para él en un valor único e
insustituible, del que no puede prescindir. Su vida adquiere una nueva orientación, cuyo centro de
gravedad comienza a ser el tú de la persona amada. Por eso brota, como una consecuencia, un
compromiso de fidelidad que no desea agotarse con el tiempo. Quisieran caminar juntos hasta la
eternidad para compartir siempre las penas y los gozos de la vida. Los dos buscan la entrega mutua
para realizar una tarea común, un proyecto que desean construir unidos más allá de una atracción
fugaz, de una complacencia afectiva pasajera, de un entretenimiento esporádico. Para amar
conyugalmente no basta decir yo te amo; en este cariño está incluido también el para siempre, pues
un amor que no incluya al tiempo es porque no se considera digno de conservarlo. Cuando en una
pareja dejan de ser simples amigos es porque han descubierto que vale la pena caminar juntos hacia
el futuro. Sólo la duración puede verificar la autenticidad del cariño que, como los vinos, necesita
también su solera.
Una vivencia de este tipo siente, además, la necesidad de hacerse pública y visible. La
experiencia más ordinaria descubre la tendencia a comunicar a los otros la nueva situación que ha
surgido en la vida. No hay razón alguna para ocultar lo que se experimenta como dicha gozosa, que
llena de sentido la existencia presente y futura. Pensemos, como un síntoma revelador, en el
sufrimiento de un amor imposible cuando no puede vivirse, por los motivos que sea, en un clima
abierto, de cara a los demás. La clandestinidad roba al cariño una parte de su naturalidad y alegría,
como el que mantiene y oculta algo que no le pertenece.
Si descubrimos ahora lo que significa la institucionalización, caeremos en la cuenta de que no
puede considerarse nunca como un obstáculo o una amenaza al amor. Ella viene a realizar
precisamente lo que la palabra significa. Manifiesta y confirma el deseo más profundo de los mismos
cónyuges. Si lo que ellos buscan es hacer de su cariño una realidad estable, creadora de una nueva
comunidad, y hacer partícipes a los otros de su nacimiento y consistencia, el compromiso jurídico
manifiesta y garantiza esta misma orientación. Institucionalizar el amor es dejarse llevar de sus
propias exigencias, confirmar lo que él mismo anhela desde su dinamismo interior.

7. La dimensión social y comunitaria de la conyugalidad

Por otra parte, aunque parezca extraño, conviene insistir con fuerza en la dimensión social del
amor, a pesar de su carácter íntimo y personalizado. Es curioso que en un mundo donde la
preocupación por lo social ocupa la primacía de muchas reflexiones no se quieran aceptar las
exigencias comunitarias de la conyugalidad. A nadie se le puede imponer un compromiso como éste,
pues sería monstruoso e imposible crear una obligación jurídica allí donde el corazón no se siente
cogido, pero, una vez que brota y es libremente aceptado, la sociedad no puede permanecer indiferente
ni en silencio ante esa situación. Semejante cariño ha dejado de ser un hecho privado para convertirse
en un fenómeno social y público por las múltiples influencias que de él se derivan. Lo que dos
personas realicen en la intimidad de sus vidas no tiene ninguna trascendencia pública, pero desde el
momento en que exigen derechos o nacen obligaciones y responsabilidades frente a los demás, la
dimensión jurídica se hace ineludible. El bien común se apoya en gran parte sobre la estructura de la
familia, y esta comunidad primera no puede desligarse, entonces, de sus obligaciones sociales, como si
se tratara de una realidad solitaria e independiente.
Esta donación total y definitiva sitúa a los cónyuges en un nuevo ámbito que por su propia
naturaleza exige un vínculo con la sociedad. Ella es la única que puede legitimar la constitución de
esta célula y declarar oficialmente su existencia con todas sus obligaciones y derechos. La autoridad
dejaría de cumplir una función básica si no buscara integrar, con una reglamentación justa, la
existencia de la familia dentro de los esquemas comunitarios. Es evidente que tal intervención requiere
un carácter jurídico, aunque lo importante no sea la forma que revista, sino la urgencia y necesidad de
alguna reglamentación. De ahí que la legalización del matrimonio haya sido una constante histórica a
través de todas las épocas, culturas e ideologías. La pareja que buscara una escapatoria a esta
exigencia no tiene ningún derecho a que se le confiera un estatuto real, como algo objetivo y existente
Si además admitimos, desde una perspectiva religiosa, que el amor adquiere una resonancia
sacramental, eso significa que el cariño de los cónyuges participa de la gracia que Dios ha ligado a su
Iglesia. Aquí aparece una realidad nueva en el seno de la comunidad salvadora. La vocación de esas
personas a vivir su amor queda consagrada a través del sacramento, que no puede ser un simple rito o
un acto legal mandado por la Iglesia, sino un gesto de Jesús, que se hace presente en ese mismo amor
y lo transforma para convertirlo en símbolo de realidades trascendentes, cuyo contenido sobrenatural
supondrá también una vinculación profunda con toda la familia eclesiástica. El encuentro de dos
personas que mutuamente se aman y se entregan no es ya un simple gesto humano de extraordinaria
importancia para los amantes. Desde la fe se descubre aquí una dimensión trascendente: dentro de
ese cariño, Dios se ha hecho presente y ha querido valerse de él como fuente de gracia y amistad. El
amor no será, pues, nunca algo aislado y solitario dentro de la pareja humana y cristiana.
Institucionalizarlo es tomar conciencia de su dimensión social, de su exigencia comunitaria a todos
los niveles. Pero la institución es, al mismo tiempo, una salvaguardia para defender su permanencia e
invitar a un mejoramiento constante.

8. El derecho: defensa de la conyugalidad y garantía de permanencia

La historia del derecho matrimonial civil y eclesiástico aporta enseñanzas valiosas para
demostrarnos cómo cualquier reglamentación ha ido surgiendo con este carácter de defensa. El
cambio y la evolución de las exigencias jurídicas se han efectuado precisamente en función de los
valores fundamentales del matrimonio. Se trata de evitar, por encima de todo, las grietas que
pudieran minar sus cimientos. Si bastara la pura manifestación del cariño realizado en la más estricta
intimidad para evitar las consecuencias trágicas que pudieran derivarse contra la comunidad civil y
eclesiástica, no habría que pensar en ninguna otra reglamentación. Pero la experiencia ha enseñado
que para ello es necesario saber al menos cuándo el compromiso matrimonial se realiza, y el mínimo
de condiciones indispensables para que se convierta en una realidad pública.
Aunque hoy exista una queja generalizada contra las estructuras de cualquier tipo, el ser humano
no puede desarrollarse, sin la ayuda y el apoyo que le prestan. Nadie tiene capacidad de valerse por sí
mismo si no encuentra un entorno que complemente sus posibilidades. No negamos los riesgos anejos
a toda institucionalización, que la convierten a veces en una fuerza destructora de lo que debería
fomentar, pero tampoco conviene subrayar con exceso sus límites e imperfecciones. La vida también
demuestra que lo individual tiende a desaparecer, pierde eficacia y se inclina hacia la desintegración
cuando no encuentra una base que le dé consistencia y estabilidad. Toda obra que pretenda una cierta
permanencia requiere un mínimo de institucionalización. Es una exigencia de nuestra condición
humana y, por eso, hasta los más acérrimos individualistas se aprovechan constantemente de las
estructuras sociales, con las cuales, sin embargo, no quieren comprometerse. La prueba es que todo
grupo cuando nace, sea de índole política, cultural, religiosa o deportiva, lo primero que busca es su
reconocimiento social y jurídico.
Lo más importante de la conyugalidad no es ciertamente el compromiso publico, sino la
vinculación amorosa que se ha ido gestando en silencio, de una manera latente y progresiva. La pareja
se siente casada por dentro antes de su regulación civil o eclesiástica. Pero buscar esta última supone
una dosis mayor de reflexión y seriedad, que por necesidad psicológica aumenta y se clarifica cuando
la promesa queda institucionalizada y ante testigos.
La densidad y firmeza de un pacto jurídico no se la puede equiparar con la que nace de un gesto
privado, por muy sincero que parezca. El amor no es un juego o un sentimiento veleidoso, que ofrece
una fidelidad para romperla de nuevo al menor inconveniente. Antes de otorgar un sí tan
comprometido hay que pensarlo mucho y su dimensión jurídica es una invitación a ello. Si tenemos en
cuenta los múltiples engaños y condicionamientos que penetran en nuestro mundo sentimental, la
unión libre no vendrá a favorecer la limpieza y transparencia de la opción amorosa. Eximirse del pacto
jurídico no constituye un signo de mayor autenticidad, ni una búsqueda más responsable por dentro. El
quedar dispensado de él pudiera ser una forma de eludir fácilmente la última seriedad del cariño y
hacer que esta moneda continuara bajando hacia una devaluación progresiva.

9. Una invitación a superarse

La comunidad creada por el amor de dos personas participa también de una cierta fragilidad. Ese
nosotros, que se abre al futuro con la ilusión de una permanencia indefinida, está sometido a las
presiones del tiempo, cambios psicológicos, crisis y dificultades por las que hay que atravesar sin
remedio. La relación humana se hace en ocasiones una historia vacilante, y nadie está seguro de no
sentirse afectado algún día por esas inquietudes. Los conflictos, en proporción diferente según las
situaciones y personas, forman parte del ser matrimonial y su existencia tiene un significado análogo
a la crisis de maduración y crecimiento de cualquier persona. La institucionalización por parte de la
sociedad aparece, entonces, como una garantía y un estímulo para mantener la promesa.
Es cierto que el derecho defiende al amor desde fuera y nunca podrá sustituir a la dinámica
interna que lo mantiene, pero en el momento en que esta capacidad de comunión se debilite, está
dispuesto a intervenir como ayuda salvadora. Su obligatoriedad restaura muchas veces las posibles
grietas que lo ponen en peligro y es una invitación constante a salir del cansancio y monotonía, que
había cubierto el rostro de la persona amada.
Esta misma garantía recíproca nos abre también a otra perspectiva fecunda, que no es lícito
tampoco marginar: la necesidad de justicia que lleva consigo el amor. Es verdad que éste la
trasciende y va más allá, pero el auténtico cariño no podrá nunca contradecirla. Es más, ni siquiera
llegaría a serlo si no parte de un reconocimiento y aceptación de los derechos del otro como persona.
Esto significa que la fidelidad como deber tiene que sustituir en ocasiones a la fidelidad como
sentimiento. No será nunca el ideal del matrimonio, pero mayor injusticia sería aprovecharse de unas
vivencias pseudoamorosas o imponer una ruptura que olvidase por completo las obligaciones
contraídas y los derechos de otras personas.
Comprendo que la realidad ha podido ir a veces por otros caminos y que lo jurídico llegue a
convertirse en un legalismo vacío. La ley no suple nunca al compromiso de fidelidad interior, pero no
por ello podemos minimizar su función y sus valores. Ella se pone al servicio del amor, como su
confirmación, signo y garantía, y lo acompaña como un recuerdo y estímulo para que progrese y
madure. Si a pesar de todo viene su muerte, la ley no podrá ser el asesino, pues sólo estaba para su
defensa y protección. Y son muchos los factores que trabajan para que el cariño termine destruido,
para que se agote con el tiempo. Si hay algún peligro en la institucionalización es sentirse asegurado
con exceso y dormirse amparado por ella, olvidando que el amor es una recreación y un nacimiento
constante, que sólo puede efectuarse desde el corazón y no por ninguna fuerza legal.
Entendido de esta manera, el problema cambia por completo, La preocupación se plantearía no
para ver por qué haya que aceptarla, sino en descubrir por qué precisamente se desea rechazar y
suprimir. Un análisis sincero sobre las motivaciones de fondo que aparecen en estas actitudes
agresivas de cara a la ley podría aclarar ciertas oscuridades y mentiras que no siempre interesa
conocer.

10. El miedo a un compromiso definitivo

Todos tenemos experiencias múltiples de que la última motivación -y a veces la más verdadera-
queda oculta a nuestra conciencia por una serie de racionalizaciones y argumentos que nos impiden
conocer su existencia real. El rechazo y la crítica que hoy despierta en muchos, sin negar su
objetividad en algunos aspectos, podrían tener otras raíces más ocultas y generalizadas: el miedo al
compromiso.
El hecho tiene su explicación en nuestra cultura actual, sometida con más fuerza que nunca al
reino de lo provisorio. Vivimos en una sociedad en la que la ruptura de un compromiso no constituye
ya un abandono o traición; al contrario, aparece más bien como un gesto de valentía y coraje para
romper con todo lo anterior, que ahora se vive como una carga pesada e impuesta. La persona libre no
se deja encadenar por el pasado, como tampoco debe cerrarse a un futuro inédito y desconocido,
excluyendo otras posibilidades que ignora en el momento actual de su compromiso. Lo único
importante es la fidelidad al tiempo presente que ahora tiene entre manos y del que puede disfrutar. La
provisionalidad de todo aparece como una nueva exigencia del ser humano que, por su naturaleza, es
histórico y evolutivo. El que se compromete es por miedo a enfrentarse a su propia libertad.
Si este ambiente se respira en nuestro mundo actual, la institucionalización del amor aparece
como un absurdo, ya que no se valora el compromiso jurídico. Tal vez el cariño pueda durar toda la
vida -y, a lo mejor, se piensa con nostalgia e ilusión en semejante posibilidad-, pero si algún día se
quiebra, por su naturaleza tan frágil, no debe nacer la rabia, ni que su fracaso provoque una herida al
psiquismo. No vale la pena arriesgarse por algo definitivo que se aleja de nuestras capacidades
humanas.
Si esto es cierto, en parte, hay que reconocer que existe también una libertad con miedo al
compromiso. Tanto el esclavo de la ley, que busca la perseverancia absoluta de la idea por encima de
las circunstancias personales y de los nuevos datos históricos, como el sometido al instante, que
reniega de sus compromisos pasados o futuros para gozar solamente del momento presente, no quieren
vivir en el tiempo. Para el primero, todo permanece inmutable, sin cambios ni evolución. Para el
segundo, nada tiene permanencia ni estabilidad, como si todo fuera instantáneo. Y es que entre la
libertad sin límites y los límites sin libertad hay que buscar una camino equilibrado en el que lo
jurídico no ahogue con exceso y la autonomía acepte el control necesario.
Hoy habría que insistir en la función positiva y enriquecedora del compromiso. No es ahora el
momento de hacerlo. Lo haremos más adelante. La persona es infinitamente más de lo que sería si se
redujera a lo que tiene en este momento. Es un ser de lejanía y futuro. Por eso no puede haber
sumisión a lo inmediato, sino que debe acoger las nuevas situaciones, los cambios y el crecimiento
para integrarlos en un proyecto, que lo mantiene vinculado al pasado, del que no reniega, y abierto al
porvenir que lo estimula. Y si no fuera por las amenazas del tiempo, no comprobaríamos nunca la
autenticidad de nuestras fidelidades. Del que no arriesga su futuro con una promesa, ni sabe mantener
su palabra, bastante poco se puede esperar. El compromiso es lo que da sentido a la vida y evita el
absurdo turismo del que simplemente se pone a andar, sin ningún itinerario por delante. Y hoy se
habla mucho de la importancia del amor, pero se trabaja mucho menos para mantenerlo a lo largo del
camino.
Supuesta la necesidad de esta institucionalización, queda el último problema que resolver: por
qué, hasta ese momento, las relaciones sexuales se consideran ilícitas. Un punto en el que la doctrina
de la Iglesia y la praxis de muchos cristianos no coinciden con mucha frecuencia.

11. Reflexiones previas para una reflexión ética

Tal vez no sea fácil encontrar en la tradición datos suficientes para responder a esta pregunta,
como hoy se presenta en nuestro mundo actual. La situación psicosociológica es bastante diferente a la
de otras épocas, y la misma esencia y elementos constitutivos del matrimonio no quedaron clarificados
de manera unánime hasta el siglo XII y sólo dentro de nuestra cultura y mundo cristiano. Saber cuándo
comienza el matrimonio es indispensable para hablar o no de relaciones prematrimoniales.
Tampoco todos los argumentos y consejos que se encuentran en la tradición tienen ahora
vigencia. Ni parece posible acudir a la Escritura para encontrar allí la respuesta adecuada. Los autores
están de acuerdo en que las orientaciones bíblicas no pueden aplicarse sin más al problema tal y como
hoy se presenta. Aunque en el conjunto de las cartas paulinas, por ejemplo, se condenan todas las
relaciones sexuales fuera del matrimonio, no tendrían por qué incluirse en esa condena cuando se
realizan entre personas comprometidas y con el deseo incluso de casarse en un inmediato futuro, que
no depende exclusivamente de ellas.
En el campo de la moral nunca debe aspirarse a una argumentación de tipo matemático cuya
evidencia se imponga sin la menor duda o vacilación. Cuando se trata de optar entre varias conductas,
hay que descubrir en su conjunto cuál de ellas resulta menos peligrosa y más humanizante. En nuestro
caso, se pretende conocer lo que sería mejor para la maduración y éxito del amor conyugal: una
libertad de relaciones con anterioridad al matrimonio o su exclusión hasta el momento de
institucionalizarlo.
Parece absurdo no admitir que, bajo ciertos aspectos, podría ser una experiencia positiva. Sería
una expresión y una forma de perfeccionarse en el amor, como sucederá después en el matrimonio.
Por otra parte, entre la maduración afectivo-sexual y el matrimonio suele darse un largo período de
espera, que se prolonga de ordinario contra la propia voluntad de los novios. Si tenemos en cuenta esta
situación tan frecuente, la etapa de continencia, como una negativa constante a los impulsos sexuales,
parecería inhumana, sobre todo porque ese amor tiene también una dimensión genésica, estimulada
con las expresiones normales y lícitas de su cariño. La falta de naturalidad en este terreno dificultaría
el equilibrio y la armonía posterior, como consecuencia de una prolongada renuncia a las exigencias
profundamente sentidas y rechazadas por otras motivaciones.
Estas posibles y otras posibles dificultades no podemos negarlas del todo, pero tampoco conviene
amplificarlas. Los riesgos aparecen siempre en un clima que no tiene por qué ser normal ni necesario.
Con otra actitud más sana, que brota de una postura positiva y madura ante el sexo, los peligros suelen
reducirse al mínimo o desaparecer por completo.
La misma armonía sexual, que para algunos es necesario aprender durante este tiempo de
preparación, no es ninguna garantía para el éxito en el matrimonio, que depende sobre todo de otros
factores personales mucho más importantes y necesarios. Si a veces se apunta como una de las causas
secundarias de los conflictos conyugales, su explicación radica en una falta de conocimiento y hábito
fácilmente superable, o se encuentra, por el contrario, en otras zonas más hondas de la personalidad.
En el cuerpo se explicitan con enorme resonancia los problemas afectivos del corazón, pues al tratarse
de una donación total todos los factores psíquicos y espirituales la ayudan o dificultan. Difícil es que
una pareja fracase por este solo motivo. Y si el fracaso se da por otras razones es lógico que también
en este terreno repercuta.
El argumento que podría tener más fuerza sería el que se llegara a probar que aquellas parejas
que han mantenido relaciones sexuales durante su noviazgo alcanzaron una mayor estabilidad en su
compromiso amoroso. Y hasta ahora parece demostrarse en la práctica que allí donde ha habido una
mayor liberalización en este terreno los valores profundos del amor no se han descubierto con más
fuerza y plenitud. Por eso, incluso admitiendo la conveniencia de estas relaciones para algunos
aspectos, y las posibles dificultades, que no tienen por qué darse, tendríamos todavía que examinar los
valores positivos que aporta una abstinencia aceptada con normalidad y que la siguen haciendo
aconsejable.

12. Verificación y autentificación del amor

Saber si dos personas se quieren no es fácil, sobre todo en sus comienzos y en una etapa de
maduración. Decirles a dos enamorados que lo que sienten, a lo mejor, no es cariño auténtico es una
verdad de la que sólo se van a dar cuenta más adelante, cuando hayan descubierto lo que es amar en
serio o cuando se hayan alejado el uno del otro. La experiencia demuestra lo fugaz y quebradizo de
muchos enamoramientos, que se consideraban poco menos que indestructibles. El mundo afectivo es
demasiado intenso para no sentirse muchas veces engañado. La razón de estas decepciones radica en
que se confunde la experiencia afectiva de la persona enamorada con el amor verdadero. Ya G.
Marañón afirmaba que el enamoramiento es uno de los estadios más idiotas por los que atraviesa la
humanidad. Cualquier persona que se haya enamorado por primera vez siente que no hay vivencia
más bella y encantadora. Es como introducirse en un mundo inédito, cargado de sorpresas, que
ilumina toda la existencia con una luz suave y apacible, sin que ninguna sombra oculte el espléndido
paisaje. Pero es un amor todavía demasiado embrionario y sietemesino, como le sucede a cualquier
nacimiento prematuro.
Ortega y Gasset, en su Estudios sobre el amor, analiza muy bien los mecanismos psicológicos
que intervienen en este proceso. Frente a los sujetos que nos rodean sin que ninguno tenga relieve
especial, de pronto uno sobresale con tal fuerza que en él queda centrada la atención, permaneciendo
los demás en la periferia. Existe sólo un punto de interés y cualquier ausencia se vive como un vacío
insoportable. El alma del enamorado, dice él mismo, huele a cuarto cerrado, porque todo gira en
tomo al amante, sin apertura hacia el exterior, como si ninguna otra cosa tuviera importancia. Hasta
que, ante otra experiencia semejante, se cae en la cuenta de que la realidad es mucho más amplia y
oxigenada. Por eso define el enamoramiento como "una especie de imbecilidad transitoria". Es un
preámbulo del amor, pero nunca puede confundirse con este.
El noviazgo debería ser, entonces, una etapa educativa y pedagógica hacia la maduración de ese
amor y que sirviera, al mismo tiempo, como prueba para la verificación de su autenticidad. Para la
futura felicidad del matrimonio es absolutamente necesario que las personas se demuestren, en la
práctica, que la llamada recíproca sexual, la necesidad de poseerse mutuamente queda subordinada y
transida por la presencia del cariño. Hay que determinar con los hechos, y no sólo con las palabras,
que en la base de todo está presente el amor, que no puede apoyarse en las simples emociones
placenteras. En esta situación primeriza no hay todavía posibilidad para discernir si el cariño
verdadero está presente en esas relaciones.
Esta misma etapa ya es un momento difícil para cumplir con esa tarea, pues se vive de ordinario
con el deseo de conseguir una conquista, de obtener una seducción. Para ello la imagen del propio yo,
sin malicia e inconscientemente, se ofrece adornada con un idealismo excesivo, que manifiesta más lo
que uno quiere que lo que de hecho es. Se necesita honestidad y cierto tiempo para encontrarse con el
tú real, con el que se ha de compartir la vida entera, y ver si es posible esa convivencia a todos los
niveles.
Una relación sexual prematura en ese período de análisis y objetivación vendría a suponer un
obstáculo mucho más fuerte. La gratificación obtenida, la urgencia de volver a experimentarla, el
afecto y la cercanía que provoca impulsan al convencimiento de una absoluta sintonía, cuando a lo
mejor no existe nada más que una vinculación tenue y pasajera. No se necesita mucha experiencia para
comprender que la mayoría de los fracasos posteriores es por haber llegado al matrimonio ignorantes
de la superficialidad de su afecto. Ni siquiera, como a veces se dice, tendría un valor probatorio.
Resulta imposible experimentar lo que significa ese gesto cuando no existe todavía la comunidad de
vida que lo llena de contenido. De la misma forma que el éxito o fracaso de tal experiencia no
prejuzga en nada la capacidad de ambos para la armonía futura y la superación de los conflictos. Por
eso, y a pesar de todo, creo que la abstinencia sexual sigue siendo el camino más válido y aceptable.
13. Una doble obligación:
la castidad y el orden jurídico

Tenemos que ser sinceros, sin embargo, y admitir la posibilidad de unas relaciones
prematrimoniales que nacen de un cariño verdadero y autentificado. Son personas comprometidas
que no pueden, por el momento, institucionalizar su amor por diferentes motivos. A la palabra de
fidelidad que mutuamente se han ofrecido con todo su corazón, no le falta nada más que su
regulación jurídica. ¿Cómo juzgar la moralidad de este comportamiento?
Para la clarificación ética de esta conducta me parece importante admitir una doble distinción
entre las exigencias de la castidad y las que provienen del orden jurídico. La primera demanda que el
sexo se viva como un encuentro de amor orientado a la fecundidad, que el placer se encuadre dentro
de su verdadera dimensión humana. Cualquier gesto que no brotara de aquí iría contra las exigencias
fundamentales de su propia significación y simbolismo. El segundo supondría, además, la aceptación
de un orden jurídico que regule socialmente el comportamiento del mismo instinto ya humanizado.
Requeriría, en nuestro caso, la necesidad de una cierta institucionalización para garantizar, como
dijimos, el compromiso entre los esposos y sus relaciones con la comunidad. Bajo esta perspectiva,
unas relaciones prematrimoniales, como expresión verdadera de cariño, no deberían considerarse
como una falta contra la castidad, sino más bien contra el orden sexual exigido.
Plantear el problema en estos términos evita los peligros y exageraciones de un doble
extremismo. Por un lado se supera la actitud, demasiado generalizada en la tradición, de otorgarle al
elemento jurídico una preponderancia, como si fuera lo único o lo más importante dentro del
matrimonio. En la práctica, se daba por supuesta la eticidad de las relaciones sexuales por el simple
hecho de estar jurídicamente casados, aunque no fueran expresivas del amor y entrega de los
cónyuges. En este caso, sí existiría un pecado contra la castidad, aunque no contra el orden sexual,
pues falta un factor básico para la licitud de esa conducta, que de ninguna manera queda suplido por
la existencia de la institucionalización.
Pero, por otra, no se debe minusvalorar tampoco este último requisito, por nuestra alergia
presente por todo lo institucional, como si no tuviese ninguna trascendencia e importancia. Si el amor
es lo primero, no es lo único ni exclusivo, pues requiere también un ámbito de sociabilización
objetiva para encarnar en él la plenitud de su mensaje. Si antes subrayábamos con demasía lo
jurídico, ahora corremos el riesgo de eliminarlo con excesiva facilidad.
De cualquier manera, habría que preguntarse con sinceridad qué resulta más deshonesto: vivir las
relaciones en un clima de profundo cariño, aunque no estén todavía institucionalizadas, o convertirlas
en una mera satisfacción egoísta, sin contenido amoroso -como tantas veces sucede en el matrimonio-,
a pesar de ser ya marido y mujer. Difícilmente podría probarse que una falta contra el recto orden
jurídico deba ser más grave que un atentado contra el amor.

14. Las razones de una condena

Cuando se intenta probar la absoluta necesidad de la institucionalización, antes de mantener


relaciones sexuales, hay que reconocer honestamente que no existe ningún argumento apodíctico y
definitivo, como reconocen la mayoría de los autores. El argumento de mayor fuerza utilizado es el de
que se trata de una ley fundada en la presunción de un peligro universal. Aunque las consecuencias
negativas sean diferentes según la óptica de cada autor, existe bastante unanimidad en este punto. No
tenerla en cuenta supondría un riesgo grave para la sociedad y para los mismos novios ya que, como
hemos dicho, dificultaría el discernimiento de la experiencia afectiva. Son demasiadas las parejas que
se casan simplemente enamoradas y que sólo después de su compromiso se dan cuenta del error
cometido. Aunque también otras, en las mismas condiciones, terminen por quererse de verdad. La
afirmación, por tanto, me parece objetiva y razonada, pero quedaría por solventar una pregunta
posterior, de la que se ha discutido con frecuencia en la historia: ¿puede darse alguna excepción en el
cumplimiento de esta ley?
Las posturas tradicionales no llegaron a ser compartidas por todos, ni se consiguió jamás una
opinión común. Frente a los autores que defendían esa posibilidad cuando la persona tuviera certeza de
que, en su caso, esos peligros quedaban eliminados por completo, otros afirmaban que semejante
hipótesis nunca llegaría a darse, ya que excusar de la obligación en una situación concreta comporta
siempre el riesgo de que se disminuya la observancia eficaz de la ley y no se cumpla, por ello, con su
última finalidad: la defensa de los intereses comunitarios y personales. Algunos, incluso admitiendo la
posibilidad de semejante excepción para otras cuestiones, no quieren aplicarla a las relaciones
prematrimoniales.
No juzgamos rechazable la validez objetiva de la primera opinión. Su fuerza tradicional e
intrínseca imposibilita mantener que siempre y en cualquier hipótesis toda relación previa al
matrimonio haya de considerarse como ilícita. Queda claro solamente que su exclusión, como norma
generalizada, se impone para el bien objetivo de la sociedad y también de los interesados, al menos, en
la mayor parte de los casos. Los posibles abusos y peligros, en los que se apoyan otros autores para
rechazar esta postura, no invalidan una opción seria, honesta y comprometida en algunas ocasiones,
aun cuando vaya contra la norma general. Como la virtud de la epiqueya exime a veces de cualquier
ley, sin que puedan excluirse falsas interpretaciones, aquí tampoco cabe otra actitud que la de una
sinceridad enorme y responsable que no puede darse sino en aquellos que estiman, aceptan y valoran
en sus debidas proporciones a la misma institución. Un planteamiento que prescindiera con relativa
facilidad del elemento jurídico desembocaría en un aumento creciente de los matrimonios
clandestinos, con grave daño para la sociedad, que se ha visto obligada a rechazarlos en su legislación.
No sería difícil encontrar, en las circunstancias ambientales de hoy, muchas parejas que se
creyeran dispensadas de esa exigencia y prescindieran, por ello, de toda norma institucional. Lo
jurídico es también una exigencia ética de la que no se puede eximir, a no ser en algún caso
particularmente extremo y grave. La aplicación casuística de este principio, en lugar de servir para un
discernimiento mejor, podría utilizarse para facilitar ciertas opciones que no nazcan de una reflexión
sensata y muy personal. Es evidente, pues, que la responsabilidad ética podrá ser diferente de
acuerdo con la situación, circunstancias y seriedad en la que cada pareja se encuentre.

15. Conclusión

Lo que tiene verdadera importancia es que el noviazgo se viva como una auténtica escuela y
verificación del amor, cuyo aprendizaje resulta siempre difícil y arriesgado, máxime cuando el sexo
prematuro despierta falsas esperanzas e ilusiones sin fundamento. Cuando ese cariño no existe, la
relación será siempre mentirosa, y cuando dos personas han llegado a quererse de verdad, habrán
descubierto con una inmensa alegría que tienen otras múltiples formas de mantener su comunión
amorosa. Si porque se ama resulta imposible prescindir de la entrega corporal, existen razones para
preguntarse si el predominio pertenece al sexo o al afecto. El cuerpo, ya lo hemos repetido, es sendero
de encuentro y comunión con el otro, pero desgraciado el matrimonio que sólo sepa amar por este
camino.
La dificultad mayor radica en que ese trabajo ascético de dominio y maduración, aunque
pedagógicamente sea necesario, no despierta ningún interés, ni se le concede otra utilidad en el
ambiente que reina. Por eso, cuando el problema se presenta, no basta dar una norma, teniendo en
cuenta que los argumentos de autoridad no resultan hoy especialmente válidos, sino que la ayuda
mejor consistirá en descubrir las motivaciones existentes por debajo de esa tensión insoportable. Sin
olvidar que, para vivir el sexo de una manera controlada y sin fuertes presiones, se requiere una serie
de condicionantes previos, que cada uno tendrá que reconocer y aceptar.
Sin negar, pues, la posibilidad de alguna excepción, por motivos justificantes y serios, el valor de
la norma sigue teniendo vigencia. El que creyera que por esta abstención responsable y
conscientemente aceptada iba a quedar estancado en su amor, o no supiera cómo mantenerlo y
madurarlo, tendría razones para poner en duda su sinceridad o sus propias posibilidades.
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CAPITULO 10

La ética matrimonial

1. Dimensión amorosa y procreadora

La sexualidad humana, cuando se vive dentro de la vida matrimonial, ya hemos dicho que
encierra una doble dimensión: unitiva y procreadora. La entrega corporal es el símbolo y la
manifestación de un amor exclusivo, que se abre y encarna en la procreación. De la misma manera que
ésta requiere, a su vez, para que sea auténticamente humana, un clima de cariño, indispensable para la
educación posterior. Nadie puede poner en duda estas dos exigencias fundamentales del matrimonio,
de las que se deriva también una doble obligación ética: la de amarse con un cariño fiel y único que
lleva a una comunión total y la de quedar abiertos al hijo, como prolongación del propio amor. La
paternidad y la vinculación afectiva aparecen así como la tarea ineludible de toda pareja.
Si el dinamismo del sexo estuviera regulado, como en el mundo de los animales, no se plantearía
ningún conflicto ético, pues todo quedaría dirigido por la teleología del instinto, que sólo se despierta
cuando la procreación es posible. En la especie humana la pulsión sexual es mucho más dúctil y
compleja, dejando en manos de la libertad su orientación y destino. Se desea como lenguaje de amor,
sin excluir su carácter lúdico, festivo y placentero, pero no siempre debe buscar la procreación como
fruto inmediato.
Durante muchos siglos, la tradición ha insistido de forma casi exclusiva en la primacía de la
procreación. Era el fin primario del matrimonio al que debían subordinarse todos los demás. Hay que
reconocer, sin embargo, que desde el pensamiento agustiniano hasta la aceptación de la paternidad
responsable por el Vaticano II, la dimensión fecunda ha ido perdiendo primacía, mientras el amor se
recuperaba poco a poco hasta alcanzar la misma importancia que la procreación. Pero en medio de este
desarrollo doctrinal, se ha mantenido siempre una misma exigencia práctica: la de no impedir la
posible fecundidad con métodos artificiales. Aquí radica el criterio básico sobre el que se ha
construido la ética matrimonial.
Por eso, cualquier intento por igualar los fines, sin ver en el amor un elemento secundario,
quedaba de inmediato excluido como doctrina peligrosa, que amenazaba la enseñanza tradicional. De
ahí que, cuando Pablo VI excluyó del Concilio la discusión sobre el control de natalidad, todas las
intervenciones se centraron en la duplicidad y jerarquía de los fines. De acuerdo con la postura que se
adoptara sobre este punto, el resultado final quedaría condicionado. Los que deseaban mantener la
enseñanza de siempre insistieron en que se confirmara esta doctrina. Mientras que los que pretendían
un cambio en la ética matrimonial no querían que se ratificara de nuevo para no cerrar las puertas a
una posible evolución.
Creo que una lectura desapasionada y analítica de las diferentes redacciones es suficiente para
ver cómo, en aquellos párrafos donde se habla de los diversos fines -amor y fecundidad-, no aparece
nunca una determinada jerarquización entre ellos. El hecho resulta significativo, pues sabemos que no
se trataba de una opción inadvertida o sin ninguna intencionalidad. Para la mayoría de los autores se
había superado ya una doctrina, cuya fundamentación se explicaba por motivos históricos y culturales
que rodearon a la sexualidad durante mucho tiempo.

2. La doctrina actual de la Iglesia

El planteamiento de la Humanae vitae ha venido a confirmar la superación de la enseñanza


clásica sobre los fines del matrimonio. Si ésta constituye un punto tan importante y básico, como
algunos defienden, y el Papa pretendía una nueva y profunda reflexión acerca de la doctrina
tradicional del matrimonio (no 4), hubiera repetido sin duda una fórmula tradicional y, al mismo
tiempo, tan discutida en los años recientes. Sin embargo, no aparece por ninguna parte la
terminología de fin primario y secundario. En su análisis sobre la naturaleza del amor conyugal
observamos ya un giro significativo:
"El matrimonio... es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad sus designios de amor. Los
esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus
seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la
educación de nuevas vidas" (no 8).

Y, poco más adelante, cuando enumera de este mismo amor plenamente humano, sin reservas y
cálculos egoístas, fiel y exclusivo hasta la muerte, termina: "Es, por fin, un amor fecundo, que no se
agota en la comunión entre los esposos, sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas
vidas" (no 9). Es más, al recordar la "doctrina coherente... sobre la naturaleza del matrimonio", que la
Iglesia ha dado en los tiempos antiguos y actuales, no se cita ninguno de los documentos claves en
esta materia, con lo fácil que hubiese sido una alusión concreta a cualquiera de los muchos
existentes.
Por último, el nuevo Código de Derecho Canónico parece confirmar plenamente esta misma
orientación. La formulación es muy diferente a la que se encuentra en el Código anterior, donde se
explicitaban los fines y su jerarquía. Aquí se recoge una visión mucho más personalista y unitaria que
supera enunciados anteriores: "La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre
sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la
generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre
bautizados" (c. 1055, 1).
Esta nueva orientación de la ética, donde el amor ocupa un puesto de primacía, hizo también
plantearse una serie de preguntas posteriores. Si la expresión amorosa, por su carácter secundario y
subordinado, debía sacrificarse cuando no fuera posible su manifestación sin cerrar las puertas a la
fecundidad, ¿no sería lícito ahora sacrificar la procreación en aras del amor? Dicho de otra manera, si
los esposos renunciaban al abrazo conyugal, como lenguaje y expresión de su cariño, cuando debían
evitar la fecundación y no podían realizarlo con la continencia periódica, ¿no les estaría permitido
evitar el embarazo con otros métodos para no excluir la manifestación de su amor? Si la paternidad
responsable constituye una obligación, ¿cómo se han de regular los nacimientos?

3. La nueva situación sociológica

La doctrina de la Iglesia sobre la ética sexual no había creado dificultades especiales. Es posible
que para algunas parejas en concreto, y por razones muy particulares, se hiciera difícil su
cumplimiento, pero sin que ello creara complicaciones especiales a un nivel sociológico. El contexto
cultural subrayaba también la importancia de los hijos y las condiciones de vida favorecían esta
mentalidad. Hoy, sin embargo, nos encontramos en un entorno muy diferente, donde el problema de
la regulación de nacimientos se plantea con una urgencia y características que no se dieron en épocas
anteriores, por dos motivos fundamentales.
El primero ha sido sin duda el crecimiento demográfico, que no había constituido hasta el
momento ningún motivo especial de preocupación. Las causas de este aumento no se deben, como es
lógico, a una mayor fecundidad, sino principalmente a una baja impresionante de la mortalidad infantil
y a un desarrollo progresivo del índice medio de vida. Sin caer en un sensacionalismo exagerado, tanto
el Concilio, como los últimos Papas, han señalado que una honesta regulación de la paternidad ha de
tener en cuenta el grave problema del incremento demográfico, con las implicaciones morales que
comporta.
Esta misma dificultad se plantea también dentro de la familia, con más frecuencia que antes,
debido a una serie de factores. El control nunca ha sido problema en aquellas sociedades y culturas
donde no existe la ilusión por un nivel de vida superior, y la fecundidad ilimitada no se percibe, por
tanto, como un obstáculo a dicha elevación. A medida que el desarrollo industrial y económico
aumenta, la procreación se hace más problemática. El destino de la mujer no puede reducirse a una
serie de maternidades sucesivas, como si la única tarea que tuviera en nuestra sociedad fuese la de
traer hijos al mundo. Por muy digna e importante que sea esta función, hoy siente también otras
urgencias y obligaciones, cuya renuncia no se le debe imponer, pero que sería inevitable con una
abundante familia.
Por otra parte, la educación de un elevado número de hijos no resulta factible cuando han dejado
de ser una fuente de riqueza y ayuda en la familia, como acontecía en otros tiempos, para convertirse
en un consumidor de bienes cada vez más exigente. Su formación requiere un respaldo económico, no
exento de sacrificios y preocupaciones, si se les quiere ofrecer unas posibilidades para el futuro, que
no son patrimonio exclusivo de las clases privilegiadas.
En segundo término, el relieve otorgado a la dimensión unitiva de la sexualidad ha llevado a
plantearse una nueva jerarquización de los valores matrimoniales, como apuntábamos con
anterioridad. Todo ello supone una seria dificultad frente a la normativa de la Iglesia, que prohibe el
empleo de los métodos anticonceptivos. Nadie duda que estas prácticas tienen motivaciones muy
diferentes y, en ocasiones, inaceptables, pero son muchas las parejas también que no deben tener más
hijos, como exigencia moral de una paternidad generosa y responsable, y no ven tampoco el porqué
tienen que sacrificar la expresión de su cariño para la regulación eficaz de su fecundidad.

4. Los documentos más recientes de la Iglesia


Si la fecundidad no había supuesto un problema agudo y universalizado hasta los tiempos
actuales, no es extraño que en los documentos de épocas anteriores no exista ninguna alusión al tema.
Algunos manuales, a finales del siglo XIX, aceptaban incluso que la mayor parte de los matrimonios
onanistas no son conscientes de la gravedad de su pecado y no hay por qué destruir esa buena
conciencia subjetiva. Sin embargo, a medida que los movimientos maltusianos fueron ganando
posiciones, la actitud de condescendencia se hace cada vez más rigorista. Algunos temían que con
esta postura aumentasen todavía más estas prácticas inaceptables.
En la primera mitad del siglo XX, la jerarquía eclesiástica de diferentes países publica varios
documentos sobre la anticoncepción, pero la intervención más definitiva llegaría con la Casti
connubii de Pío XI. La conferencia de Lambeth, celebrada el mismo año de su publicación, debió
suponer un definitivo empujón para que el Papa se expresara de una manera pública y con términos
tan solemnes. La doctrina protestante había estado de acuerdo por completo con la defendida por los
católicos, pero en esta asamblea, a pesar de la oposición de una minoría pequeña, se abre una nueva
posibilidad, inaudita hasta el momento, en la moral cristiana. Una de sus resoluciones aprobaba el
siguiente texto: "en el caso de que exista una obligación moral evidente de limitar o evitar la
fecundidad, y donde haya una sólida razón moral para evitar la abstinencia completa, la conferencia
admite que otros medios podrían utilizarse, con la condición de que esto se haga a la luz de los
mismos principios cristianos".
En esta situación de duda y confusionismo, cuando el problema de la natalidad se presentaba
con mayor fuerza y amplitud, la enérgica postura de Pío XI buscó una confirmación sin
ambigüedades de la doctrina tradicional, que disipara las posibles incertidumbres dentro del
catolicismo. La encíclica será un pequeño tratado sobre el matrimonio, cuya santidad, decía el Papa,
estaba en peligro por los múltiples errores que comenzaban a extenderse entre los fieles. En cuanto al
punto concreto de la anticoncepción, sus palabras no pueden ser más expresivas y sin la más mínima
vacilación. Ninguna condena tan firme se había dado en la historia. El párrafo fundamental quedaba
redactado en los siguientes términos:
"Habiéndose, pues, algunos manifiestamente separado de la doctrina cristiana, enseñada desde el principio y
transmitida en todo tiempo sin interrupción, y habiendo pretendido públicamente proclamar esta doctrina, la
Iglesia católica, a quien el mismo Dios ha confiado la enseñanza y defensa de la integridad y honestidad de
costumbres, colocada en medio de esta ruina moral, para conservar inmune de tan ignominiosa mancha la
castidad de la unión nupcial, en señal de su divina delegación, eleva solemnemente su voz por nuestros labios y
una vez más promulga que cualquier uso del matrimonio en el que maliciosamente quede el acto destituido de
su propia y natural virtud procreativa va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen se
hacen culpables de un grave delito."

Una condena tan solemne como ésta fue aceptada por muchos autores como una definición ex
cathedra, pues no se explicaban de otra manera el énfasis tan extraordinario puesto en la enseñanza
de esa doctrina. La mayor parte, sin embargo, la interpretaron como una declaración infalible, no
tanto por esta afirmación, sino por confirmar la doctrina existente con anterioridad y mantenida de
manera constante en todos los tiempos. Pío XII, más adelante, no dudó en reafirmar con fuerza su
permanencia definitiva: "Esta prescripción sigue en pleno vigor lo mismo hoy que ayer y tal será
mañana y siempre, porque no es un simple precepto de derecho, sino la expresión de una ley que es
natural y divina".

5. Tendencias innovadoras

Estas intervenciones, sin embargo, no cerraron por completo las nuevas tendencias innovadoras.
Así, en las vísperas finales del Concilio, cuando se iban a tratar los temas referentes al matrimonio,
nos encontramos con una situación compleja y delicada. Las nuevas perspectivas habían resonado
con fuerza, aportando datos de interés para una elaboración ética, pero tampoco era factible un
cambio tan significativo sin un análisis serio y profundo de todos sus aspectos. Es lo que Pablo VI
quiso recordar, al intervenir por vez primera en esta discusión, con estas prudentes y matizadas
palabras, dirigidas al Colegio Cardenalicio en 1964:
"Es un problema en extremo complejo y delicado. La Iglesia reconoce sus múltiples facetas, es decir sus
múltiples competencias, entre las cuales sobresale la primera la de los cónyuges, la de su libertad, la de su
conciencia, la de su amor y la de su deber. Mas la Iglesia debe afirmar también la suya, es decir, la de la ley de
Dios por ella interpretada, fomentada y defendida; y la Iglesia deberá proclamar esta ley de Dios a la luz de las
verdades científicas, sociales, psicológicas, que en estos últimos tiempos han sido estudiadas y documentadas
ampliamente. Será preciso considerar este desarrollo teórico y práctico de la cuestión. El problema está
sometido a un estudio lo más extenso y profundo posible, es decir, lo más grave y honesto, como debe ser en
materia de tanta importancia. Decimos que está en estudio, que esperamos concluir pronto con la colaboración
de muchos insignes estudiosos. Pronto, pues, daremos sus conclusiones en la forma que más adecuadamente se
considere, según el objeto tratado."

Los redactores de la constitución sobre La Iglesia en el mundo de hoy eran conscientes de que
no podían prejuzgar en nada las futuras decisiones sobre los métodos de control y se mantuvieron
coherentes con esta postura neutral. Pero con el deseo, por el miedo de algunos padres conciliares, de
que no se llegase a conclusiones excesivas, se añadieron unas líneas sobre la obediencia al
Magisterio, para que el silencio sobre él, según se decía, no produjera dudas en la práctica moral: "En
la regulación, pues, de la procreación no les está permitido a los hijos de la Iglesia, en virtud de estos
principios, ir por aquellos caminos que el Magisterio, al aplicar la ley divina, no aprueba" (n o 51).
Esta esperanza de un posible cambio, que no se cerró por completo, produjo la crisis en los últimos
días del Concilio. Un pequeño grupo intentó que no se publicaran las orientaciones sobre este punto,
si no va acompañada de algún comentario o discurso pontificio que eliminara las ambigüedades y el
confusionismo peligroso por sus silencios como por su manera de abrir nuevos aspectos que
permitían conclusiones opuestas a las tradicionales. La Iglesia no podía cambiar una doctrina que
había enseñado durante tanto tiempo y en un campo de tan extraordinaria importancia pastoral.
Semejante apertura del Concilio, que se mantuvo por encima de todas las presiones, parece
indicar que la doctrina de los anticonceptivos no debía considerarse como infalible y definitiva.
Resultaría demasiado duro que una enseñanza con semejantes características no se hubiera mantenido
con toda firmeza. La existencia de la misma Comisión pontificia indicaba la necesidad de un estudio
actualizado, que respondiera a los problemas de siempre con los nuevos datos planteados. Si la
doctrina tradicional permanecía tan clara como algunos creían, no se explica la misma postura de
Pablo VI en unas palabras dirigidas a los miembros de la Comisión:
"En este caso, el problema que se plantea puede resumirse así: ¿en qué forma y de acuerdo con qué normas
deben llevar a cabo los esposos el ejercicio de su amor mutuo, en servicio a la vida que su vocación les pida?
[...] Hemos querido que fuera amplia la base de nuestras investigaciones; que estuvieran mejor representadas
en ella las diversas corrientes del pensamiento teológico; que los países que se enfrentan con graves problemas
en el plano sociológico pudieran hacer oír su voz entre nosotros; que los seglares y especialmente los esposos
tuvieran sus calificados representantes en una empresa tan grave."

Es verdad que el Papa, siempre que habló sobre el tema, indicaba la obligación de atenerse a las
normas tradicionales, pues la enseñanza tradicional de la Iglesia seguía vigente, hasta que diera su
palabra definitiva. Como él mismo afirmó, "para conseguir esta certeza la Iglesia no está dispensada
de investigar ni examinar muchos problemas propuestos a su consideración de todas las partes del
mundo; operaciones éstas quizá largas y no fáciles".
6. Los documentos de la Comisión pontificia

La publicación de los documentos secretos elaborados por la Comisión pontificia aumentó aun
más esta apertura ideológica. No pudo conseguirse una plena unanimidad. Se sabe que un grupo
reducido de cuatro teólogos se opuso con tenacidad al cambio que aceptaba la mayoría. En una
tradición que se ha mantenido de manera tan constante y firme no cabe la posibilidad del error. De tal
forma se ha comprometido en su defensa que, si ahora se descubriera su equivocación, la confianza
de los fieles caería por tierra con el consiguiente desprestigio de su magisterio en el campo de la
moral. Era el presupuesto que sustentaba toda su argumentación en el documento que recopilaba su
postura:
"La Iglesia no puede cambiar esta respuesta porque esta respuesta es verdadera [...]. Es verdadera porque la
Iglesia católica, fundada por Cristo para mostrar a los hombres el camino seguro de la vida eterna, no ha
podido equivocarse tan lamentablemente durante todos los siglos de su historia. La Iglesia no puede
equivocarse substancialmente enseñando una doctrina muy importante referente a la fe o a las costumbres,
propuesta constante e insistentemente a través de todos los siglos, e incluso durante un solo siglo, como algo
que necesariamente se ha de seguir para la salvación eterna." .

Como respuesta a este escrito se elabora otro que firmarán los restantes, en el que se matiza el
sentido que ha tenido la doctrina de la Iglesia, y se intenta responder a las dificultades expuestas por
el grupo anterior.
A finales de junio, después de las reuniones tenidas en el consejo supremo de cardenales y
obispos, quedará aprobado por mayoría el Esquema del documento sobre la paternidad responsable,
que habría de presentarse al Papa. Los criterios utilizados en él para la vida matrimonial quedan
sintetizados en los siguientes párrafos, que copiamos en su integridad:
"De igual manera, con relación a los medios escogidos para regular responsablemente la amplitud de la familia,
existen criterios objetivos que bien aplicados permiten a los esposos encontrar y determinar su propio
comportamiento [...]. Entre estos criterios, el primero debe ser que la cópula esté de acuerdo con la naturaleza
de la persona y de sus actos para que se conserve plenamente el sentido de la mutua entrega y de la fecundidad
en un clima de auténtico amor (cf. Gaudium et spes, II, C. I., nº 51). Segundo: los medios que se elijan deben
tener una eficacia proporcionada al grado de obligación o necesidad de impedir, por el momento o para
siempre, una nueva concepción. Tercero: todos los métodos de regulación -sin excluir la continencia periódica
o absoluta- comportan algún elemento negativo o malestar que afecta a los cónyuges más o menos gravemente.
Este elemento negativo o mal puede serlo bajo diferentes aspectos: biológico, higiénico, psicológico, desde el
punto de vista de la dignidad personal de los cónyuges o de la posibilidad de expresar suficiente y debidamente
la relación interpersonal amorosa. El método a elegir, cuando existan varios posibles, será aquél que en la
situación concreta de los esposos suponga el menor elemento negativo posible. Cuarto: por último, la elección
concreta de los métodos depende mucho de cuáles sean aquéllos de los que puedan disponerse en una
determinada región, en un tiempo determinado o para un matrimonio concreto; lo cual debe depender, incluso,
de la misma situación económica."

Unas conclusiones prácticas, tan diferentes a las mantenidas con anterioridad, entraban para los
autores del documento dentro de la evolución constante y progresiva del Magisterio. Sin embargo.
Pablo VI no llegaría a considerarlas como definitivas, "entre otros motivos porque en el seno de la
Comisión no se había alcanzado una plena concordancia de juicios acerca de las normas morales a
proponer y, sobre todo, porque habían aflorado algunos criterios de soluciones que se separaban de la
doctrina moral sobre el matrimonio propuesto por el Magisterio de la Iglesia con constante firmeza"
(Humanae vitae, no 6).

7. Publicación de la Humanae vitae


Por ello, en el momento en que muchos se abrían a las nuevas perspectivas, la Humanae vitae
produjo una cierta sorpresa, pues venía a confirmar la doctrina de siempre, sin dejar ningún espacio a
las nuevas perspectivas que se estaban planteando.
Ciertamente que la encíclica ha recogido las nuevas aportaciones del Vaticano II sobre el
matrimonio, aunque en ella no pueda encontrarse una visión completa sobre el tema, como lo
recordaba el mismo Pablo VI, en una alocución a los fieles, pocos días después de publicarse. Lo que
pretendía fundamentalmente era responder a un interrogante básico que se había creado, como hemos
visto, en la conciencia de muchos cristianos: "¿No sería indicado repensar las normas éticas hasta
ahora vigentes, sobre todo si se considera que las mismas no pueden observarse sin sacrificios,
algunas veces heroicos?" (Humanae vitae, no 3).
Junto a este nuevo enfoque general mucho más personalista e inteligible, quería completar lo que
había quedado sin respuesta en la Gaudium et spes sobre los métodos correctos de regulación. Y
honradamente hay que decir que cualquiera de las opciones que hubiera tomado el Papa quedaría
enmarcada dentro del Concilio, pues éste permanecía abierto a cualquier tipo de solución. Es verdad
que, al interpretar sus principios generales, los ha restringido de alguna manera en su aplicación
práctica, pues de nuevo recuerda que "cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión
de la vida" (Humanae vitae, no 11) y, por tanto, hay que excluir no sólo el aborto, sino "toda acción
que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias
naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación" (Humanae vitae, no
14). El rechazo de los métodos anticonceptivos se repite con absoluta claridad. ¿En qué se fundamenta
esta condena?
Aunque Juan Pablo II lo ha insinuado en alguna ocasión, casi nadie se atreve a decir hoy que se
trata de una doctrina revelada. En la misma encíclica no aparece ninguna referencia bíblica que pueda
confirmar su enseñanza y es lógico que, si hubiera sido posible, habría insistido también en esta
fundamentación para garantizar con mayor fuerza el tema que estaba siendo debatido.
Tampoco creo que sea deslealtad ni falta de cariño a la Iglesia admitir que bastantes cristianos,
honestos y sinceros, no encuentran una base suficiente para una argumentación racional. La dificultad
de un intento como éste quedó confesada por la minoría de la Comisión pontificia: "Si pudiéramos
aportar argumentos claros y convincentes, puramente racionales, no sería necesaria nuestra comisión,
ni se daría en la Iglesia la situación actual".
El problema de fondo radica en la justificación filosófica de por qué "cualquier acto matrimonial
debe quedar abierto a la transmisión de la vida". "Esta doctrina... está fundada sobre la inseparable
conexión, que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos
significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador" (Humanae vitae, no
12). El último y definitivo argumento parece encontrarse en la obligación que existe de respetar las
leyes y los ritmos naturales, como reveladores de la voluntad de Dios. Una lectura que algunos juzgan
demasiado biológica, sin comprender por qué no puede cerrarse voluntariamente el acto a la
procreación, cuando existen graves y serias razones. Aun aceptando como ideal el respeto a la
naturaleza, la intervención responsable del hombre para conseguir un bien no aparece en principio
como rechazable. Para otros, sin embargo, esta acusación se supera, pues la biología revela las
exigencias de una sexualidad humana y personalista. El punto decisivo se halla justamente aquí. De
acuerdo con la óptica desde la que cada uno se acerca, este planteamiento resulta convincente para
algunos y otros no lo consideran válido ni filosóficamente aceptable.

8. Los planteamientos del Sínodo sobre la familia

En el Sínodo sobre la familia se volvieron a plantear estas dificultades. El hecho de que para
muchos católicos no resulte convincente su base racional, "a menos de calificar la actitud de todas
estas personas de obstinación, ignorancia o mala voluntad, esta oposición debe suscitar una seria
preocupación" (J. Quin). "El problema es más complejo. Tales personas son frecuentemente buenas,
concienzudas, hijos o hijas fieles de la Iglesia. No pueden aceptar que el uso de los métodos
anticonceptivos artificiales sea en todas circunstancias intrínsecamente malo, tal como generalmente
ha sido entendido" (B. Hume). Por ello, "si no llegamos a justificar de un modo adecuado nuestra
postura en materia de regulación de natalidad, la mayoría de las personas dedicadas a disciplinas
intelectuales se verán en situación de desechar una relación que consideran deficiente" (J. Jullien).
La enseñanza ética de la Iglesia, cuando se basa en una valoración fundada sobre el derecho
natural, tiene que partir de una argumentación razonable. "El hecho de que la credibilidad de la
Iglesia se vea minada en esta importante materia, repercutirá también en su credibilidad en otras
muchas áreas, como ha sucedido ya" (J. Bemardin). De ahí que "para muchos éste es el núcleo de la
presente crisis eclesiológica: creen que el fundamento racional de la enseñanza de la Iglesia no es
convincente" (J. Quin).
Por eso, después de que los expertos trataran de explicar, en una sesión solemne del Sínodo, los
argumentos filosóficos y antropológicos de esta doctrina, alguno manifestó con toda sinceridad: "los
argumentos presentados, enraizados ciertamente en una convicción profunda, no han renovado ni
profundizado de la manera deseada la argumentación relativa a las afirmaciones de la encíclica. Las
intervenciones parecen descansar sobre una intuición muy iluminadora para quienes la tienen, pero
no muy convincente para los que no tienen acceso a ella y que con sinceridad están deseosos de
comprender. Sin rebeldías, sin mala voluntad, con un enorme cariño y hasta con una dosis muy
profunda de dolor, por todo lo que ello supone, "muchas personas no llegan a encontrar en el texto de
la Humanae vitae una problemática y unas razones adecuadas (lo han recordado diversas
intervenciones de los padres sinodales). Piden una explicación... Si los mismos dogmas piden una
adhesión razonable, con mayor razón se plantea esta exigencia ante datos que no son de fe definida y
que comprometen la praxis cristiana y lo más íntimo de la persona" (J. Jullien).

La llamada del Papa se hace comprensible en este contexto:


"Por eso, junto con los Padres del Sínodo, siento el deber de dirigir una acuciante invitación a los teólogos a fin
de que, uniendo sus fuerzas a colaborar con el magisterio jerárquico, se comprometan a iluminar cada vez
mejor los fundamentos bíblicos, las motivaciones éticas y las razones personalistas de esta doctrina"
(Familiaris consortio, no 31),

Creo que todos los que nos sentimos fíeles al Magisterio estamos dispuestos a esta colaboración.
Y no sería difícil encontrar esos fundamentos y motivaciones para defender que "el amor conyugal
debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a la vida", como se afirmaba en una de las
Proposiciones presentadas al Papa. Existen razones que justifican esta doctrina en su generalidad.
Las dificultades surgen, sin embargo, como ya dije, cuando se trata de probar que "cualquier acto
matrimonial debe quedar abierto a la procreación". Nadie podrá ser tachado de poca obediencia o
desafecto al Magisterio si le resulta imposible descubrir cómo en la Biblia se fundamenta esta
doctrina y cuáles son sus motivaciones éticas o razones personalistas.

9. Carácter profético de la encíclica

Desde una perspectiva humana y racional se puede asumir la afirmación de la Familiaris


consortio que recoge una declaración del Sínodo sobre la familia, cuando recuerda que tanto el
Vaticano II como la Humanae vitae "han transmitido a nuestro tiempo un anuncio verdaderamente
profético, que reafirma y propone de nuevo con claridad la doctrina y la norma siempre antigua y
siempre nueva de la Iglesia sobre el matrimonio y sobre la transmisión de la vida humana" (n o 29).
Tres aspectos me parecen importantes en esta defensa.
El primero consiste en proteger el simbolismo humano de la sexualidad, que se rebaja con la
utilización egoísta e indiscriminada de las técnicas anticonceptivas. Es una confesión de las propias
parejas. Cuando el dominio necesario para la expresividad del gesto conyugal y el respeto debido a la
otra persona, que a veces se imponía para evitar un embarazo, se suplantan por la seguridad del
método, la experiencia enseña que la calidad de la relación puede disminuir hasta perder su contenido
más humano y específico. Y "un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su condición
actual y sus legítimos deseos no es un verdadero acto de amor" (Humanae vitae, no 13). Habría, pues,
que plantearse con seriedad si el recurso a estos métodos, incluso cuando se emplean lícitamente,
como después diremos, sirven para una experiencia más profunda de amor o terminan en una
banalización e insignificancia del acto. En una cultura hedonista, donde el gozo del placer ocupa un
lugar relevante, la exclusión segura del hijo podría llevar a un encuentro demasiado instintivo que
margine su contenido amoroso.
Es una salvaguardia, además, contra las campañas impuestas y obligatorias, que invaden la
intimidad de las parejas, al margen de la propia responsabilidad. En la mayoría de los países
subdesarrollados, la encíclica se recibió como una defensa frente al imperialismo de aquellas naciones,
para quienes resultaba más rentable una implantación del control que una promoción al desarrollo. Un
problema familiar que se convierte, por tanto, en político, cuando en las relaciones internacionales "la
ayuda económica para la promoción de los pueblos está condicionada a problemas de anticoncepción,
esterilización y aborto provocado" (Familiaris consortio, no 30).
Finalmente habría que subrayar también su carácter ecológico, como respeto a la naturaleza
humana. Es evidente que aquí, como en otros muchos campos del organismo, lo ideal sería no tener
que intervenir para nada en los procesos biológicos. Los mecanismos naturales poseen sin duda sus
ventajas, que no conservan siempre lo artificial. Tal vez se han caricaturizado con exceso los métodos
naturales, olvidando que para muchas parejas han servido para una honesta regulación de la
fecundidad y para la riqueza amorosa del propio encuentro, como si la renuncia en determinados días
fuese algo que rompe el dinamismo espontáneo del amor. Ni la elección de los tiempos agenésicos
convierte la entrega sexual en un gesto rutinario y ficticio, cuando el lenguaje del amor está en el
fondo de todo comportamiento y es lo que más importa e interesa. Por eso, la preocupación ecológica
que lleva a respetar los ciclos y mecanismos complejos de la naturaleza, debería aplicarse con el
mismo empeño en este campo. No es extraño, por tanto, que hoy exista una campaña en muchos
sectores, al margen de las motivaciones éticas o religiosas, para explicar y defender el valor de estos
métodos. Su conocimiento y aplicación, en contra de lo que con frecuencia se afirmaba, dan una
garantía eficaz para cumplir con la paternidad responsable.
Todo esto es verdad, pero ninguno de estos motivos implicaría un rechazo absoluto. Las personas
estériles o en situaciones agenésicas pueden celebrar su amor cuando lo deseen, sin temor a un nuevo
hijo, y no por ello su relación se deshumaniza o rebaja. Si cualquier método no deja de tener sus
inconvenientes, también los tiene la continencia periódica. Por eso, los argumentos que condenan su
empleo porque impiden una verdadera relación amorosa, cosifican a las personas o provocan
determinadas consecuencias no han resultado convincentes, aunque se repitan con demasiada
frecuencia.

10. La fundamentación teológica

El apuntar las dificultades no es con el deseo de obstaculizar la aceptación de la encíclica. Es un


problema real que muchas personas sinceras y comprometidas con la Iglesia experimentan, aunque a
otras no les importe nada lo que enseña el Magisterio. No es mala voluntad, ni falta de cariño o
ilusión por comprender esta doctrina, sino que, a pesar de una honrada reflexión, no llegan a quedar
convencidas de su fundamento. Cualquiera que conozca la bibliografía actual sabe muy bien las
razones y respuestas que mutuamente se proponen, pero que no llegan a persuadir a los que parten de
otros presupuestos. Los mismos intentos por encontrar nuevas justificaciones indican que las dadas
con anterioridad, como algunos de estos autores indican, no resultaron del todo convincentes. Y es
que, como afirmaba el documento citado de la minoría, "el problema no es mera y principalmente
filosófico, sino que depende de la naturaleza de la vida y la sexualidad humana, tal como ha sido
interpretada por la Iglesia desde un punto de vista teológico".
El mismo Pablo VI, al recordar a los sacerdotes la necesidad de una obediencia, afirmaba que
"tal obsequio, bien lo sabéis, es obligatorio no sólo por las razones aducidas, sino sobre todo por la
luz del Espíritu Santo, de la cual están particularmente asistidos los pastores de la Iglesia para ilustrar
la verdad" (Humanae vitae, no 28). Y así lo han manifestado también con toda franqueza varios
episcopados:
"En particular, los argumentos y la base racional de la encíclica, que no están sino brevemente indicados, no
han conseguido, en algunos casos, ganar el asentimiento de hombres de ciencia y de alta cultura educados
conforme al pensamiento empírico y científico de nuestra época" (Canadá).

No he hallado ninguna declaración que pretenda apoyarse en una base racional. Lo cual
significa que este problema de la ética debe plantearse a un nivel teológico. No serán las premisas de
un silogismo, sino otros motivos superiores los que hagan aceptarlo con docilidad y obediencia. Por
encima de todo está el valor y la autoridad de la Iglesia en el ejercicio de su Magisterio. ¿Cómo se ha
de recibir esta enseñanza teológica?
Ninguna de las muchas Conferencias episcopales que explicaron el alcance y contenido de la
encíclica puso en duda la obligación de recibir y aceptar esta doctrina, tal y como la enseña la Iglesia.
No es posible formarse un juicio moral, sin tener honradamente en cuenta las exigencias éticas que
plantea. Existe excesiva desafección hacia el Magisterio en la conciencia de muchos fieles, que impide
una seria reflexión antes de tomar otras decisiones. El Catecismo Católico para adultos II, de la
Conferencia Episcopal alemana, aprobado por Roma después de un amplio y detenido diálogo, me
parece que presenta el problema con realismo y sinceridad.
Reafirma, en primer lugar, el punto básico de la declaración que hicieron al publicarse la
encíclica: "Puesto que el Papa ha hablado después de examinar durante largo tiempo las cuestiones
surgidas, todo católico, aunque se haya formado hasta ahora otra opinión, se encuentra ante las
exigencias de aceptar esta doctrina". Pero admiten, al mismo tiempo, como ya lo hicieron con
anterioridad, que "hay parejas que no pueden reconocer aquí un camino practicable para ellos. Los
cónyuges que llegan a la firme convicción de que en su situación personal no pueden seguir la
doctrina de la Iglesia sobre la regulación de nacimientos se acogen a su responsable juicio de
conciencia". Sobre esta posibilidad de disentimiento recuerda que "quien crea que debe pensar así, ha
de examinarse y preguntarse en conciencia si él -libre de toda arrogancia subjetiva y de una sabiondez
irreflexiva- puede responder de su punto de vista ante el tribunal de Dios". En cualquier hipótesis,
semejante decisión "con independencia de la valoración ética que ella merezca, se dice allí que los
pastores de almas en su ministerio, sobre todo en la administración de los sacramentos, respetan tal
juicio de conciencia, lo que no es sinónimo de aprobación y menos aun de justificación" (Parte II, cap.
6, 3, b).

11. Ayuda a los mecanismos de la naturaleza

Dentro, pues, de la más estricta fidelidad al Magisterio de la Iglesia, no hay que excluir tampoco
la interpretación que puede darse a su doctrina, en el ámbito concreto de la casuística. Dos caminos
quedan abiertos de acuerdo con los criterios tradicionales. El acto puede quedar privado de su
aspecto procreador para ayudar a la naturaleza en sus leyes biológicas fundamentales, o cuando la
esterilidad no sea directamente pretendida como fin o como medio. Es lo que la encíclica había
designado como "el uso de los medios terapéuticos verdaderamente necesarios para curar
enfermedades del organismo" (n º 15). Creo que las interpretaciones que apuntamos a continuación
gozan de la suficiente garantía, aunque no todos las acepten, y pueden constituir una ayuda para los
que viven con amor su vida matrimonial y desean atenerse a la enseñanza pontificia.
Desde el comienzo se conocieron los efectos beneficiosos de las pastillas anovulatorias, en el
terreno de la ginecología, para el tratamiento de diversas disfunciones femeninas. Su empleo en estos
casos, durante el tiempo prescrito por el médico, forma parte de una verdadera cura, sin que la
esterilización temporal producida se haya buscado como fin o como medio para no procrear.
Su empleo parece también útil para ajustar el ciclo femenino, en el caso de ciertas irregularidades
que dificultan la seguridad de la continencia periódica. Se buscaría con ello reproducir el proceso
normal de la naturaleza para evitar al máximo los embarazos sorpresa, aunque no todos comparten los
presupuestos médicos de esta utilización. El mismo Pablo VI volvió a insistir, como ya lo había hecho
Pío XII y lo repetirá Juan Pablo II, en que "la ciencia médica logre dar una base, suficientemente
segura, para una regulación de nacimientos, fundada en la observancia de los ritmos naturales" (n o 24).
Algo parecido habría que decir para mantener un reposo oválico después del parto que sirvieran
como ayuda a las leyes biológicas del organismo. Algunos creen que la naturaleza exige un reposo
agenésico, prolongado durante algún tiempo, para que la mujer se recupere de todos los desgastes
anteriores antes de enfrentarse con un nuevo embarazo. Si realmente esa agenesia es un fenómeno
natural, que no siempre se da de hecho, tampoco habría dificultad ética en provocarla artificialmente,
actuando de acuerdo con los mecanismos de la naturaleza. El problema consiste en saber si
científicamente se trata de un descanso normal o no está exigido por el organismo. Aunque muchos
médicos se inclinan por esto último, no creo que, en las actuales circunstancias, se pueda negar la toma
de anovulatorios durante un año después del parto. Esto sólo serviría a bastantes parejas como un
remedio válido para espaciar, al menos, los nacimientos.

12. La esterilización indirecta

Son muchos los que admiten cualquier anticonceptivo cuando se busca defender el derecho de la
persona, para evitar el embarazo como consecuencia de una relación injusta. Excluir la procreación
no es una acción ilícita, cuando tal acto no se quiere ni se debe realizar, pues la persona tiene derecho
a impedir las consecuencias graves de un gesto que se le impone por la fuerza y en contra de su
voluntad. Semejante situación podría darse aun dentro del matrimonio, si la mujer no tuviera otra
forma para defenderse de los abusos del marido, cuando ella tampoco quiere, ni puede, ni debe
ofrecerse a un nuevo embarazo y no es posible evitarlo por otro camino. Sería la defensa también
contra una maternidad involuntaria e indebida.
De la misma manera que una esterilidad temporal provocada podría ser, en opinión de los
psiquiatras, un elemento importante en el tratamiento de la ciesofobia o neurosis del embarazo.
Aunque la opinión de los moralistas es más bien desfavorable, el empleo de los anticonceptivos, en
tales circunstancias, sería un intento por redescubrir el sentido de la maternidad a una persona que se
ha vuelto estéril por razones psicológicas, y no creemos, por tanto, que se pueda rechazar como
inaceptable. La esterilidad, en este caso, no tendría una intención anticonceptiva, pues lo que busca
precisamente es superar las condiciones que imposibilitan la procreación.
Otro caso, ampliamente discutido desde hace mucho tiempo, es el de la licitud de la histerectomía
(ablación del útero) para evitar las graves consecuencias de una gestación, después de varias cesáreas.
Es evidente que el útero puede considerarse patológico e inepto para su función y el peligro sería
causado no tanto por el embarazo -una simple ocasión-, sino por el estado anormal en que se
encuentra. La solución positiva es aceptable para muchos y lógicamente no habría tampoco dificultad
en hacer una ligadura de trompas o utilizar cualquier anticonceptivo, que traería a lo mejor menos
inconvenientes y peligros que la citada operación. La misma respuesta podría darse a las mujeres que,
por diversos motivos, sean incapaces de gestar una prole viva. Aquí no sólo es el útero, sino toda la
facultad generativa la que se encuentra inepta para el cumplimiento de su función.

13. Interpretación personalista de la terapia

El mismo concepto de remedio terapéutico necesitaría hoy también una interpretación de signo
personalista. Dentro de la medicina moderna ya quedó superada una visión exclusivamente biológica
y mecanicista de lo que supone la enfermedad. La salud no se reduce a la curación de una
determinada patología orgánica, sino que ha de buscar el bien de la persona en todas sus
dimensiones. Lo mismo que el tratamiento psíquico es necesario, en ocasiones, para una terapia
orgánica, ciertos factores biológicos pueden prevenir o aumentar una patología psicológica. No se
trata de curar el cuerpo o el espíritu, según la clásica dicotomía helenística, que tanto ha pesado sobre
nuestra cultura occidental, pues los síntomas de uno pueden tener sus raíces en el otro. Se busca la
cura del enfermo, de la totalidad de su persona.
Por aquí había ido toda la reflexión moral para defender la licitud de los trasplantes orgánicos
entre vivos, ya que una interpretación literal de los discursos de Pío XII sobre el principio de totalidad
dificultó, al comienzo, su admisión en el campo de la ética. Hoy son muchos los que aceptan que el
bien de la persona no hay que situarlo sólo en la integridad del organismo, sino que debe ampliarse al
enriquecimiento producido por otros valores espirituales. La persona que entrega un riñón sano para
que otro sobreviva pierde algo biológico, pero tal mutilación queda justificada por el gesto de
solidaridad que lo dignifica como persona.
La perspectiva de la Humanae vitae hace referencia al nivel corporal, pues explícita sólo "las
enfermedades del organismo". Pero no creo que con esto niegue la interpretación de un principio como
el de totalidad, que se acepta en la solución de otros problemas éticos y que no fuera aplicable al caso
que nos ocupa. Semejante postura iría contra una exigencia razonable, sobre la que se va insistiendo
cada vez más en el campo de la medicina. Por ello me parece válida la interpretación. La clase de cura,
cuando fuese necesaria, que busque el bien totalizante de la persona debería considerarse como una
terapia auténtica.
Si se permite el empleo de anovulatorios para curar una erupción cutánea, a mucha gente se le
hace incomprensible que no se puedan tolerar cuando está en peligro el amor de los cónyuges o la vida
de la madre, por citar únicamente los casos más extremos. Las respuestas que, a veces, se dan en estas
circunstancias -Dios no manda imposibles, él ayudará con su gracia, etc.- podrían también aplicarse a
las deficiencias orgánicas. ¿Por qué se admiten para superar una pequeña molestia y no para impedir
una tragedia mayor?

14. Situaciones conflictivas

Como indicaron diferentes Conferencias episcopales, son bastantes las parejas que pueden verse
enfrentadas a un conflicto de valores, dentro de su vida conyugal. Estos católicos desean cumplir la
voluntad de Dios, atenerse a las enseñanzas de la Iglesia, pero no saben cómo deberían actuar, cuando
se sienten incapacitados para cumplir con todas las exigencias que se les demandan.
Ha de quedar claro que, cuando hablamos de conflicto, no lo entendemos como una
contraposición entre los valores éticos o religiosos y los valores que pertenecen a un nivel inferior.
Nadie niega la jerarquización existente entre todos ellos y nunca se aceptará como lícita la opción por
uno de estos últimos que lleve consigo la eliminación de los primeros. El comportamiento tendrá que
tener siempre en cuenta, para no caer en un situacionismo ético, la objetividad de todos los valores,
pero cuando no puedan cumplirse con todos por ser incompatibles, como sucede tantas veces en la
vida ordinaria, no queda otro remedio que elegir uno de ellos, el más importante y preferente, aunque
suponga lamentablemente el abandono de otro.
Semejante elección no debería nacer del gusto, interés o capricho personal, sino que requiere la
existencia de un motivo adecuado, que la oriente y determine hacia el mayor bien posible, ya que,
por hipótesis, no puede alcanzar la plena realización de todos los valores que entran en juego. De esta
forma, lo que en circunstancias normales sería moralmente ilícito se convierte en un simple desorden,
en un mal físico que no reviste la categoría de ético, pues responder a su llamada concreta supondría
otras consecuencias morales todavía peores y de mayor trascendencia.
En este contexto conviene situar la afirmación de los obispos franceses sobre el tema de la
regulación:
"La contracepción no puede ser nunca un bien. Siempre es un desorden, pero este desorden no es siempre
culpable. Se da el caso, efectivamente, de que los esposos se encuentran ante un verdadero conflicto de deberes
(Gaudium et spes, no 51). Nadie ignora las angustias espirituales en las que se debaten los esposos sinceros,
especialmente aquellos a los que la observancia de los períodos naturales no consigue 'darles una base
suficientemente segura sobre la regulación de nacimientos' (Humanae vitae, no 24). Por una parte, son
conscientes del deber de respetar la apertura a la vida en todo acto conyugal. Creen igualmente que deben evitar
en consecuencia -o aplazar para más adelante- un nuevo nacimiento. Al mismo tiempo, están privados del
recurso a los ritmos biológicos. Por otra parte, no ven en lo que les concierne cómo renunciar entonces a la
expresión física de su amor sin poner en peligro la estabilidad de su matrimonio (Gaudium et spes, no 51,1).
A este respecto, recordamos simplemente la enseñanza constante de la moral: cuando uno se encuentra ante una
alternativa entre deberes, en la que, sea cual fuese la decisión que se tome, no se puede evitar una, la sabiduría
tradicional prevé que se busque ante Dios qué deber es mayor en este caso. Los esposos tomarán su decisión
después de una reflexión en común, hecha con todo el interés que requiere la grandeza de su vocación
conyugal.
No pueden olvidar ni menospreciar jamás ninguno de los deberes que entran en conflicto. Por tanto,
mantendrán su corazón disponible a la llamada de Dios, atentos a cualquier nueva posibilidad que postule una
nueva reconsideración de su elección o comportamiento actual."

Lo primero que conviene aclarar ante un texto como éste -aquí se fundamenta la mala
interpretación de muchos- es que no se trata de justificar lo que objetivamente ha sido declarado
como desorden. Que un fin bueno justifique los medios intrínsecamente malos no ha sido nunca,
como nos recuerdan los obispos, "la enseñanza constante de la moral", e iría contra la afirmación
categórica de la encíclica: "No es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el
bien" (no 14). ¿Cómo es posible, entonces, acercarse a Dios escogiendo lo que la encíclica dice "que
hay que excluir absolutamente como vía lícita"? Con otras palabras, si la anticoncepción es un grave
desorden, ¿cómo puede ser empleada en algunas ocasiones sin que constituya un pecado mortal?

15. Los diversos valores de la ética matrimonial


La situación de conflicto entre los diversos valores morales propios del matrimonio podría
sintetizarse en los siguientes puntos.
La paternidad responsable, en primer lugar, constituye una obligación ética para no tener más
hijos de los que cada pareja juzgue en conciencia que deba tener, con una actitud generosa y no
egoísta. Esto significa que también se puede pecar por irresponsabilidad en la procreación, cuando
existen razones serias y objetivas para no tener más hijos, al menos por el momento. Es un deber ético
que forma parte de sus obligaciones conyugales.
Para cumplir con esta obligación queda el recurso de la continencia periódica. Para muchas
parejas es un método posible y eficaz, sin que provoque ningún conflicto, aunque exige un cierto
control durante algunas fechas y la atención requerida para determinar los días fértiles. Pero es posible
también que, en otras circunstancias y por diferentes motivos, su utilización resulte difícil, como lo
demuestra la experiencia. La única salida, entonces, consistiría en una abstinencia absoluta y
completa, cuando la presencia del hijo hubiera que excluirla por serias razones. Sin negar que haya
parejas capaces de compartir todo, menos la entrega sexual, el Concilio fue más sincero y realista al
señalar las consecuencias graves e importantes que pueden derivarse de una situación como ésa:

"El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, se ven muchas veces
impedidos por ciertas condiciones de la vida moderna y metidos en circunstancias tales en las que no es
posible, al menos por un determinado tiempo, aumentar el número de los hijos y, entonces, ni el desarrollo del
amor leal ni la total comunidad de vida se pueden conservar sin dificultad. Por otro lado, cuando se interrumpe
esta intimidad de la vida conyugal puede sufrir menoscabo el bien de la fidelidad no raramente, como también
corre su riesgo el bien de la prole; en estos casos la educación de los hijos y la fortaleza que hace falta para
seguir recibiendo el aumento de la familia se hallan en peligro" (Gaudium et spes, no 51).

Si la abstinencia produce tensiones, lejanías afectivas, debilitamiento progresivo del amor,


nerviosismo profundo, que ponen en peligro la paz, la convivencia, el clima necesario para la
educación y hasta la misma fidelidad -sin analizar ahora las causas de tales efectos-, constituye un
atentado contra la primera obligación básica de la pareja: mantener por encima de todo una
comunidad profunda de amor. La misma enseñanza clásica de los manuales permitía -para evitar el
adulterio, por ejemplo- el encuentro sexual, aunque el embarazo trajera como consecuencia la muerte
de la madre. Es decir, lo que en un principio no era lícito ni aceptable por el peligro que incluía, se
aceptaba como ético, a pesar de su tragedia, como forma correcta de evitar otros daños que se
consideran peores.

16. La opción por el valor preferente


Si existe, por tanto, la obligación de no tener más hijos, pues lo contrario sería un mal; si la
manifestación del cariño a través de la entrega corporal parece necesaria o conveniente en orden a
conseguir una comunión y cercanía más profunda y evitar la crisis de una convivencia que se
desmorona; y si la abstinencia, en tales circunstancias, provocara otra serie de males que irían contra
las obligaciones primarias de los cónyuges, no cabe otra salida que el empleo de los anticonceptivos,
cuya utilización el Papa nos recuerda que es también un mal. Es decir, nos encontramos ante una
triple exigencia incompatible, en teoría, pues ninguna de ellas respeta todos los valores que deberían
salvaguardarse: la paternidad responsable, el cariño conyugal y la doctrina pontificia. Buscar
cualquiera de ellos llevaría, por hipótesis, al incumplimiento de alguno de los restantes. La pareja
que, en estas circunstancias, optara por uno de esos tres males con la conciencia y la honradez de que
es el de menor importancia, el menos grave para ella, no podría ser acusada de pecado. Entre las
diversas posibilidades negativas ha escogido aquella que considera mejor. Aunque su opción
suponga no tener en cuenta algún valor en concreto, lo hace buscando precisamente el mayor bien
posible, aquél que considera de mayor trascendencia, como una obligación más urgente.
Con ello no se pretende justificar ninguna conducta. El matrimonio puede tener conciencia de su
limitación y vivir ilusionado a la espera de que tales circunstancias cambien y posibiliten el
cumplimiento de todos los valores, pero por el momento no resulta factible este ideal. Deseando
aspirar a lo mejor, evitan en estas situaciones difíciles lo que les parece más negativo desde el punto
de vista ético. Por ello, varias Conferencias episcopales no tuvieron reparo en afirmar que, desde el
momento que eligen honradamente el camino que estiman mejor, nadie podrá calificar esta conducta
como pecaminosa.
Que esto sea verdad no significa que el mayor bien posible tenga que ser siempre el empleo de
los anticonceptivos. Cualquiera de las otras posibilidades, a pesar de sus propias limitaciones, podría
constituir una elección válida de acuerdo con los principios enunciados. El nacimiento de un nuevo
hijo o la aceptación de una mayor abstinencia, aunque trajera algunas consecuencias negativas,
podrían considerarse también como de menor importancia. Se requiere, pues, un esfuerzo sincero para
que la decisión no brote del propio interés o comodidad, sino que esté motivada y sirva para la
conservación del valor más preferente.
Sin esta honradez sobrenatural no tiene sentido la conducta posterior. No será difícil que algunos
quieran encontrar por aquí una justificación al egoísmo personal, optando por lo que resulta más
cómodo. Pero este peligro no elimina el que otros descubran por ese camino la solución cristiana a un
problema que juzgan como el único obstáculo para un encuentro sincero con Dios.
La sociedad española, en concreto, debería hacer una seria reflexión, pues sigue siendo el país
europeo con un índice menor de natalidad, junto con Italia, cuando hace sólo 20 años estaba a la
cabeza de los demás. Tampoco las previsiones para el futuro son demasiado optimistas, ya que es, al
mismo tiempo, el que menos hijos desearía tener. Aunque la paternidad fuera responsable, no la
podemos adjetivar como generosa. Y cuando esta generosidad está ausente es muy fácil que tampoco
sea del todo responsable.

17. El problema de la esterilización

Cualquier método anticonceptivo supone siempre una esterilización, aunque limitada a un


espacio más o menos reducido de tiempo. Ahora nos referimos a esas otras técnicas, como la
vasectomía o la ligadura de trompas, que implican un rechazo de la procreación de forma definitiva,
a pesar de que médicamente tales intervenciones comienzan a ser reversibles. La sencillez de estas
operaciones y la ausencia de riesgos significativos que comportan las han convertido en un método
de control bastante utilizado en la actualidad.
La doctrina tradicional, de acuerdo con las orientaciones dadas por Pío XII, la excluía como
camino para la regulación de la natalidad o por motivaciones eugenésicas y sólo la aceptaba como
remedio terapéutico para la curación de alguna anomalía. Su carácter más definitivo y sus posibles
consecuencias psicológicas, que a veces no se valoran como sería necesario, la hacen ciertamente
desaconsejable como recurso ordinario. Con el peligro, además, de que las campañas anticonceptivas,
impuestas a una determinada población, como ya ha sucedido, la utilicen como el medio más eficaz y
económico.
Bastantes autores, sin embargo, no se oponen a su licitud, en la hipótesis apuntada de un conflicto
de valores, siempre y cuando se tuviera el convencimiento de que esta opción iba a ser para el futuro el
mal menor en cualquier circunstancia. La previsión se hace más difícil que cuando reviste un carácter
temporal, pero no habría que excluirla en algunas situaciones, sobre todo, cuando el final de la vida
fecunda se encuentra ya cercano.
Su aplicación se plantea también en el caso de los deficientes mentales, cuando no tienen
capacidad para defenderse de personas desaprensivas que se aprovechan de su condición, o ellos
mismos, con una sexualidad fuerte e incontrolada, no son apenas responsables de las consecuencias
que puedan derivarse de su acción. No están preparados para fundar un hogar ni para el mantenimiento
y educación de los hijos, que deberán ser acogidos por la propia familia o por otras personas. La
paternidad responsable excluye la procreación en tales circunstancias, pero como, por su limitación
psicológica, están impedidos para el cumplimiento de tal obligación, el empleo de este mecanismo
aparece como una opción razonable para evitar la tragedia que supone semejante descendencia.
Además, no es raro que el embarazo de estas personas o el dejar a otras embarazadas se repita con una
frecuencia que aumenta aun más la preocupación de los que rodean al enfermo. La defensa frente a
tales situaciones no resulta eficaz con el recurso a los medios anticonceptivos. Lo que sería una
intromisión inaceptable en la autonomía y libertad de cualquier individuo, como sujeto libre y
responsable de sus acciones, aquí estaría justificado precisamente por la deficiencia personal, como la
única defensa eficaz contra una paternidad o maternidad indebida.
No se trata de una solución que busque la comodidad de los padres o tutores, sin tener ya que
preocuparse para nada. Bastantes minusválidos gozan de la autonomía y capacidad suficientes para
hacerse responsables de sus acciones, mediante una adecuada educación y la ayuda complementaria
que siempre van a necesitar. No estaría justificada una mutilación en estos casos, cuando existen otros
recursos que respetan su integridad y defienden con la suficiente garantía de otros peligros. La
valoración, sin embargo, podría ser distinta en otras situaciones mucho más complicadas.

18. Las intervenciones de Juan Pablo II

Para nadie es un secreto que Juan Pablo II ha ido repitiendo por todas partes, de una manera
constante, la validez y vigencia de la doctrina tradicional sobre éste punto: la objetiva inmoralidad de
los métodos artificiales para regular los nacimientos. En todo su Magisterio la condena ha sido
explícita y reiterada, sin ningún asomo de duda o vacilación. Su pensamiento lo ha expresado, con una
fuerza mayor aun, en algunos de sus más recientes discursos y documentos, donde negaba la
posibilidad de un conflicto de valores, tal y como lo hemos explicado. La encíclica Veritatis splendor,
al condenar una ética teleológica -que descubre la moralidad de una acción teniendo en cuenta su
naturaleza y las circunstancias o consecuencias que la acompañan-, supondría también la condena de
esta misma orientación,
No hay que olvidar, sin embargo, que hasta en la moral más clásica y tradicional se aceptaban
como lícitas, en la práctica, conductas que, en teoría, deberían condenarse de acuerdo con la naturaleza
de la acción. Nadie puede tirarse al vacío desde un rascacielos, matar a un niño inocente, contestar con
una mentira, colaborar a un acto anticonceptivo, o incendiar una casa para inmolarse los que se
encuentran dentro, por citar sólo algunos de los muchos ejemplos. Pero si ese mismo gesto se da en
algunas circunstancias o provoca mayores males, su valoración ética sería diferente. Cuando se
pretende evitar una violación, impedir que el criminal huya, ocultar lo que puede poner en peligro a
otros, eludir el adulterio del cónyuge, o escaparse de los enemigos, se daban como lícitos tales
comportamientos. En caso de perplejidad, cuando algunos valores éticos entran en conflicto, como en
los casos propuestos, la norma dictada por los moralistas era que elija cada uno el mal que le parezca
menor. Hasta en el principio de doble efecto, donde siempre se tolera la existencia de un mal, se
requería una razón proporcionada, que exigía analizar las ventajas y los inconvenientes de una acción
determinada para la formación del juicio recto.
La doctrina oficial de la Iglesia, confirmada por la Humanae vitae y por el Magisterio posterior,
enseña la malicia objetiva e intrínseca de la anticoncepción. Aceptar este carácter impide que pueda
catalogarse como buena en cualquier circunstancia y por muy digno que sea el fin pretendido. Cuando
se habla del conflicto de valores, nadie pretende justificar esa acción que sigue constituyendo un
verdadero mal. El problema radica en que si se quiere evitarlo a toda costa, otros males peores podrían
acontecer, como veíamos con anterioridad.
Comprendo que no todos estén de acuerdo con algunas de estas explicaciones, como respeto a los
que piensan de otra manera, pero tal disconformidad no significa que sean inaceptables como normas
orientadoras. No es una opinión particular que no tendría ningún peso. El mismo Magisterio de la
Iglesia, a través de las declaraciones efectuadas por los episcopados, ha querido interpretar la doctrina
de la Humanae vitae para sus aplicaciones pastorales. Sería muy duro y un desprestigio para la
autoridad de los obispos decir que se han equivocado e inducido al error a sus fieles.
Supongo, además, que nadie mejor que Pablo VI supo y defendió el contenido de la encíclica
que había escrito, lo mismo que los colaboradores que ayudaron, de una u otra forma, a su redacción.
Pues bien, el mismo Papa, en un discurso pocos días después de ser publicada, recordó que "no faltan
ya y no faltarán publicaciones en torno a la encíclica, a disposición de cuantos se interesan por el
mismo tema". En nota citaba expresamente a G. Martelet, como un buen intérprete de su doctrina
pues había sido uno de los redactores finales de la misma y el gran inspirador de la declaración hecha
por el episcopado francés. En el comentario a la Humanae vitae, este autor la explicaba de la
siguiente manera:
"Pero en determinadas situaciones históricas y concretas, una práctica contraceptiva más o menos prolongada
puede, de hecho, ser considerada por algunos cristianos como un mal menos grave que el peligro que
representaría para ellos una nueva maternidad [...]. La cuestión es, entonces, la siguiente: la encíclica, al
denunciar en la contracepción la existencia de un desorden objetivo del amor, ¿condena, por ello mismo, a los
esposos que recurren a tal desorden porque en su situación particular les parece un mal menor? A esta pregunta
debemos contestar decididamente que no por la sencilla razón de que la encíclica no puede querer hacer lo
contrario de lo que la Iglesia debe hacer en general [...]. En las situaciones de hecho muchas veces complicadas
que viven los cónyuges, la elección no ya de lo mejor, ni siquiera de lo bueno, sino simplemente de lo menos
malo, constituye, en efecto, el verdadero camino para la conciencia."

Aceptamos, por tanto, la Humanae vitae con un sentimiento de obediencia filial hacia el
Magisterio de la Iglesia, pero la admisión de su doctrina no puede cerrar las puertas que ella misma
deja abiertas, ni excluye otros principios de interpretación de la moral, que le son también aplicables.
Aunque no todos los acepten, deben gozar de la suficiente garantía y fundamento para su aplicación
en la praxis cristiana.

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CAPÍTULO 11

Conflictos matrimoniales

1. La crisis de la fidelidad

Con una ironía no exenta de realismo, Byron había dicho que es mucho más fácil morir por la
persona que se quiere que vivir siempre con ella. La verdad es que no es fácil mantener el amor a lo
largo del camino. Las crisis matrimoniales constituyen un testimonio de esta dificultad que se acentúa
más todavía en el carácter débil de nuestro mundo posmoderno. Supongo que nadie se casa con la
ilusión de separarse al poco tiempo. Incluso los que no excluyen la posibilidad de una ruptura
posterior, preferirían que el itinerario que comienzan juntos pudieran concluirlo también con las
manos entrelazadas. ¿Por qué, entonces, tantas parejas se quedan a medio camino? ¿Qué factores
provocan que las ilusiones primeras se destruyan con el paso del tiempo?
Hay un primer aspecto que reviste especial importancia. No creo exagerado decir que, en el
mercado de nuestros valores culturales, la fidelidad no es de los que se encuentran más cotizados. Las
mismas estructuras sociales, que gozaban de una gran estabilidad y favorecían los compromisos
definitivos, experimentan una menor credibilidad y firmeza. Más que mantener el orden establecido o
el respeto por lo tradicional, se busca lo diferente, lo nuevo, lo inédito. El cambio y la evolución son
mucho más apreciados que la estabilidad y permanencia. Un signo de juventud que se resiste a la
nostalgia de la vejez por el pasado. La misma economía fomenta el consumismo constante. Las cosas
se hacen para que duren poco tiempo y haya que cambiarlas por las nuevas ofertas mejoradas.
El mismo reconocimiento de nuestro mundo inconsciente despierta en muchos la sospecha que
evita una cierta seguridad para enfrentarse con el futuro. ¿Quién está cierto de las razones por las que
se ha comprometido? Y aun en la hipótesis de que fueran auténticas, ¿no sería un orgullo demasiado
presuntuoso querer abarcar el tiempo, como si en el ahora ya se pudiera dominar lo que todavía resulta
desconocido? La experiencia demuestra cómo muchas ilusiones se resquebrajan cuando la realidad
desconocida descubre la falsedad en que se apoyaban. De ahí que hoy se levanten una serie de críticas
que van creando un ambiente distinto al de épocas anteriores. Para muchos la ruptura de un
compromiso ya no constituye un abandono o una traición condenable; al contrario, aparece más bien
como un gesto de valentía y coraje para romper con todo lo de antes, que ahora se vive como una
carga pesada e impuesta; un acto profundo de sinceridad para vivir de acuerdo con las exigencias
actuales, al margen de lo que se había prometido en otras circunstancias diferentes; una opción, en
último término, por la libertad, que impulsa a superar cualquier tipo de esclavitud, de pasivismo, de
inercia, de vulgaridad.
La persona libre no se deja encadenar por el pasado, como si no quedara otra salida que la
resignación fatalista a lo que pudo ser fruto del error, de la ingenuidad o de una ilusión demasiado
exagerada. Como tampoco debe cerrar el futuro a sus múltiples posibilidades inéditas y desconocidas,
eliminando para siempre otros caminos de realización, que se presentarán, tal vez, como mejores. Lo
único importante sería la fidelidad al momento presente para vivirlo con todo su realismo y plenitud.
Cualquier otro compromiso revestirá un carácter alienante, pues estaría motivado por intereses
ocultos: narcisismo, miedo a la libertad o sentimientos de culpa.

2. La fidelidad al servicio de un valor

A pesar de todo, conviene levantar la voz en defensa de la fidelidad. Las grandes decisiones de
la vida nunca jamás se hacen con la pura razón. Queda siempre un margen que sólo es posible
superar con la fuerza del afecto. No se trata, desde luego, de opciones irracionales, pero tampoco se
tomarían si no estuviesen en el fondo las ilusiones del corazón, por aquello de que él también tiene
razones que la cabeza no comprende. Es la conciencia de una vocación personal, que se intuye y
seduce como la mejor manera de realizar la propia existencia.
Para aceptar este compromiso, hay que reconocer primero en qué consiste la naturaleza de la
fidelidad. Su función no consiste en crear algo, en ser fuente de vida para dar a luz una nueva
realidad, como si se tratara de un alumbramiento que se abre a la existencia, sino que busca
prolongar y mantener lo que ya ha nacido. Con un cariño exquisito, como el médico que se acerca al
recién nacido, intentará que ese brote de vida ya existente no enferme o se paralice, sino que se
desarrolle y evolucione, a pesar de todas las dificultades, hasta su plenitud final.
Dicho de otra forma, la fidelidad tiene como tarea específica que aquel valor, que estimamos
digno de perseverancia, se conserve intacto en el tiempo, superando los obstáculos que pudieran poner
en peligro su existencia o evolución. Sería como un deseo apasionado por la continuidad, no por
simple conservadurismo del pasado, o por miedo a lo inédito del porvenir, sino porque experimentó la
seducción de una persona y/o de un compromiso por lo que merece la pena existir y arriesgar la propia
vida. No es como cualquiera de las otras virtudes que tienen consistencia propia en sí mismas, una
naturaleza substantiva que exige su inmediata realización. La fidelidad se revela sólo como un
humilde atributo de aquel valor -lo único verdaderamente importante- al que deseamos defender
contra el desgaste del tiempo y protegerlo de aquella fragilidad que encierra todo proyecto humano.
No posee, pues, ninguna autonomía, ya que se trata sólo de estar por completo al servicio de aquellos
valores a los que asegura su permanencia y estabilidad.
En nuestro caso concreto es haber descubierto que el amor, nacido en el fondo del corazón y que
reconoce como un auténtico regalo, vale la pena conservarlo por encima de las vicisitudes y obstáculos
que pudieran presentarse, defenderlo contra el desgaste de los años que le hagan perder su relieve e
importancia. Parece coherente, por tanto, que, cuando alguien descubre por una llamada interior que su
opción preferente puede vivirla a través de un camino específico -matrimonio, vocación sacerdotal o
religiosa, por citar los más generales e institucionalizados-, también se comprometa a conservar, de
manera estable y definitiva, lo que para él responde a su proyecto personal más íntimo y profundo.
Una urgencia que, aunque para cada uno se traduzca de formas muy distintas, se convierte en una
auténtica vocación, porque inclina e impulsa hacia un género de vida concorde y en armonía con su
proyecto personal. Se escoge un camino o se elige una determinada opción, con la que uno desea
definitivamente comprometerse, no por fidelidad a unas leyes, por conservar unas normas, o por apego
a unas costumbres o ideas, sino porque así, conservando con ilusión y cuidado tal compromiso, se
mantiene algo mucho más importante: el amor a una persona.

3. El valor de la decisión definitiva

Para ser fiel hay que aceptar un presupuesto previo: tener fe en la capacidad del ser humano para
orientar su vida con un carácter definitivo. Es un riesgo que se asume por creer en la fuerza moral de
poder arrostrarlo. Consciente del proyecto que se quiere vivir, como respuesta a las exigencias
humanas y religiosas de nuestro interior, surge el deseo de conservarlo para siempre. Es un gesto de
libertad, porque uno se resiste a pactar cobardemente con lo que ahora es, y sueña con un futuro mejor
que satisfaga las necesidades más profundas de nuestro ser. Sabe que no puede renegar del pasado,
como si fuese posible hacer caso omiso de todo lo que le condiciona, y acepta aun más el misterio del
futuro, pero no quiere tampoco someterse al ritmo variante de la historia, vivir como una marioneta en
manos del destino o dejarse llevar por la fuerza de los acontecimientos naturales. Desea ser dueño y
actor de sus propias decisiones, dar una estructura determinada que unifique su existencia y le otorgue
una identidad.
El sí primero es sólo el punto de partida de un itinerario, que se compromete a recorrer, para
conseguir lo que él quiere y no lo que las circunstancias le impongan. Una disponibilidad generosa y
esforzada para consagrar la vida entera a lo que se ha descubierto como una vocación que da sentido y
plenitud a la existencia. Anclarse en el aquí y en el ahora es renegar de esa llamada que impulsa hacia
más allá de lo que uno es, no quedarse agotado en lo inmediato, ceñido exclusivamente a la
temporalidad del momento, sin fuerza capaz de unificarlo en una historia. No hay fidelidad sin pasión,
sin riesgo, sin apuesta por una persona. Como no existe libertad humana si no es para comprometerse
con un ideal, para despojarse de todo lo que condiciona y obstaculiza su obtención. Lo contrario es la
falacia de creerse libre, al borde siempre de tomar una decisión, pero que constantemente queda
suspendida, sin querer empeñarse por una causa.
La fidelidad vale precisamente por el riesgo que supone, porque no nace de una absoluta
seguridad que impide el miedo y la incertidumbre. Es un desafío, al no existir evidencias irrefutables,
pero muy lejos de la estupidez. Por eso es posible el compromiso, ya que nadie lo hace con lo que
irremisiblemente va a suceder. Comprometerse a morir, por ejemplo, no tiene ningún sentido pues,
antes o después, tendrá que ocurrir a la fuerza semejante acontecimiento. Se trataría, a lo más, de un
fatalismo sin mérito o de una resignación más o menos aceptada. La persona fiel se arriesga porque
desea ofrecer algo que merece la pena.
Sin embargo, cuando un compromiso se acepta, no es una conquista definitiva, como si fuera un
regalo que la propia naturaleza nos hace, sin necesidad de ningún otro esfuerzo por parte del que lo
recibe. Ni se puede descansar después, como el que ha aprobado un examen y ya no tiene que
preocuparse en adelante. La fidelidad camina siempre en un difícil equilibrio entre dos exigencias que
pueden parecer paradójicas y contradictorias.

4. Entre el inmovilismo y la novedad

Por una parte, es una negativa de cambio que rechaza para el futuro cualquier nueva alternativa.
Desde el aquí y el ahora, se da una renuncia a todas las otras posibilidades que no concuerdan con la
opción elegida y que se abandonan en aras de la opción prioritaria que se ha tomado. Es un abandono,
semejante a una pequeña muerte, por la que uno se despide de algo que ya no podrá disfrutar.
El ser humano se cansa con la monotonía de lo conocido y toda nueva experiencia lo atrae, como
un alivio en su esfuerzo de continuidad. Lo inédito rompe el cansancio psicológico de repetir siempre
el mismo camino. Y por dentro, como una nostalgia escondida, late el deseo inquieto de una pequeña
aventura, que suavice el realismo de la propia existencia. Mantenerse fiel, desde esta perspectiva,
supone la aceptación de un cierto inmovilismo, porque rechaza de nuevo lo que un día se quiso
abandonar y, aunque ahora lo desee, sabe que no debe buscarlo. Se requiere una lucha constante para
no dejarse llevar por las nuevas posibilidades que se presentan, y a las que se había renunciado con
anterioridad.
Pero, por otra parte, la fidelidad exige también una recreación constante para acomodarse a las
nuevas circunstancias. La vida se despliega en la evolución, y ninguna otra realidad humana -ni
siquiera el amor- puede escaparse de dar este tributo al tiempo. Si sólo consistiera en conservar el
pasado, sería algo aterrador y fisicista, porque nos haríamos esclavos de una inmovilidad muy cercana
a la muerte. Existen cambios personales, urgencias diferentes, sensibilidades distintas, que exigen una
innovación creadora dentro de la misma fidelidad. Como el cariño que, en el atardecer de la vida,
sigue siendo el mismo y, a la vez, tan diverso al de los tiempos primeros.
Esta renovación constante es la que impide quedar aferrados al pasado, fijarse sólo en el presente,
o vivir proyectados exclusivamente hacia el futuro, porque armoniza entre sí las tres dimensiones:
recrea lo anterior en una ahora que deja abierto a las nuevas exigencias del porvenir. La fidelidad que
no cambia se esclerotiza y pierde su dinamismo. Y también sabemos por experiencia que a las
personas les cuesta el cambio, porque la rutina les resulta más cómoda y necesita menos creatividad.
El apego a lo conocido se hace menos doloroso que la búsqueda de nuevas formas para remozar lo
anterior. Somos animales de costumbres y a medida que envejecemos se hace más difícil su despojo,
porque esta renuncia implica una pérdida muy querida por el hábito de siempre. Mantenerse fiel, desde
esta perspectiva, es vivir con una agilidad fresca y sensible para adaptarse, por tanto, a las nuevas
circunstancias. Se trata, en una palabra, de no cambiar por fidelidad y de ser fiel en el cambio. Una
paradoja aparente que sólo consigue comprender aquél que la acepta y se entrega a vivirla.
Cualquier tipo de fidelidad está amenazada por la inconstancia, porque a todos nos cuesta trabajo
perseverar. Se requiere una lucha constante para no dejarse absorber por las nuevas posibilidades que
se presentan, y a las que se había renunciado con anterioridad. El futuro hay que irlo encajando con
ahínco en la promesa realizada, ya que el ajuste entre lo dicho y lo por venir no se efectúa siempre
como un proceso biológico y natural. Las energías más profundas del amor son necesarias para esta
constante adaptación. No somos simples espectadores del porvenir, como un destino que se nos
impone desde fuera, sino dueños y creadores que lo van fraguando con las decisiones ilusionadas de
cada día.
No olvidemos que, en el fondo de todo compromiso definitivo, hay presente una cierta dosis de
riesgo y osadía. Nadie sabe con exactitud a lo que se compromete, por mucho que reflexione sobre lo
que ello significa, hasta que el futuro no se convierta en una realidad y nos descubra sus posibles
sorpresas e imprevistos. Se intuye y vislumbra lo que puede ser porque, de lo contrario, sería una
decisión insensata, como el que comienza un viaje sin saber adonde va. Queda por delante, sin
embargo, el paso del tiempo que irá manifestando, poco a poco, lo que de verdad exigía aquella
promesa. Con ella nace la orientación hacia una meta o ideal hacia el que alguien se pone en camino
por el progresivo desarrollo de aquélla. Se realiza en un momento, pero con la intención ilusionada de
integrar el futuro en la palabra dada, aunque no se conozca por completo lo que pueda ofrecemos. Lo
único que se sabe fundamentalmente es por quién nos comprometemos -a pesar de que también las
personas engañan y decepcionan- y, en función de ese amor, uno sueña razonablemente que vale la
pena un determinado ofrecimiento. Pero esta ilusión primera habrá que renovarla cada día, viviendo lo
que significa, para que el sendero comenzado no se desvíe y nos conduzca hasta el final previsto.

5. La historia que comienza

Este equilibrio no está exento de riesgos, y explica con mucha frecuencia el fondo de cualquier
crisis matrimonial. La fuerza y los matices podrán ser diferentes en cada pareja, en función de los
múltiples factores que intervienen, aunque en un primer momento suelen encubrir realidades que no
se desean reconocer. Pero el camino mejor para la maduración de los cónyuges y para la superación
de las dificultades no es el olvido intencionado o la marginación inconsciente de lo que no interesa
descubrir. Por ello, vale la pena acercarse a esta compleja realidad, tal y como se vive en muchas
parejas, para comprender mejor sus posibles riquezas y sus amenazas latentes.
Con frecuencia, muchas películas de antes terminaban con la boda feliz de los protagonistas,
después de haber superado diferentes dificultades, como si la meta final ya estuviera alcanzada. La
vida demuestra que, a partir de ese momento, es cuando comienza precisamente la verdadera aventura.
Es cierto que hay un tiempo de ilusión para gozar la alegría de lo inédito. Haber descubierto que en la
vida no hay nadie tan singular e importante, como las dos personas que se sienten seducidas
mutuamente, hace salir del anonimato de la masa y provoca una alimentación afectiva que suaviza las
muchas aristas de la realidad. Se crea un ambiente comprensivo y acogedor, capaz de irradiar por
todos los rincones del alma y del cuerpo una atmósfera afectiva que tonifica y estimula. Ninguna
dificultad se considera obstáculo para esa profunda armonía que ata por dentro con la fuerza de un
amor que se considera indestructible. Las diferencias culturales, políticas, religiosas, sociales... no
sirven nada más que para demostrar la autenticidad del cariño que destruye cualquier tipo de lejanía.
El cuerpo y el corazón también se vinculan con este mismo lenguaje, sin que exista entre ellos ningún
desajuste. Se da un diálogo hecho palabra en el silencio de la ofrenda.
La llamada luna de miel no se reduce sólo al viaje de novios. Muchas parejas recuerdan aquellos
primeros años que vivieron como un pequeño paraíso, donde todo quedaba de inmediato superado por
un gesto, sin mayor importancia, pero de una eficacia sorprendente. La opción valía la pena, cuando
todo estaba limpio y transparente, como la primavera que aún desconoce las lluvias y el frío de la
realidad. En la escalada hacia lo imprevisto no existe miedo, porque van los dos juntos, con la alegría
de ser fortaleza y aliento el uno para el otro y, además, todavía no están cansados. Todas las ilusiones
se mantienen vivas, sin que el paso del tiempo provoque desgaste. Una mirada o caricia es suficiente
para que la llama del corazón no pierda su calor.
Sin embargo, no todo es tan auténtico como se trasluce en estas primeras manifestaciones.
También aquí las apariencias engañan, encubriendo por dentro las inevitables limitaciones de todo
amor primerizo. Además de todo lo bueno y positivo, quedan otras muchas sombras en el horizonte
del corazón, que podrán enturbiar un paisaje con demasiada luz hasta el momento. La gratificación
afectiva es tan fuerte que cubre de inmediato cualquier pequeña herida o molestia. Nadie piensa en
esos momentos sobre la posibilidad de una crisis futura o de un posible deterioro. Parece que el
paraíso soñado se ha convertido, por fin, en realidad.

6. La fragilidad del enamoramiento


La experiencia afectiva no nace por casualidad. Ni siquiera el flechazo es fruto de un destino
anónimo, sino que halla su justificación en otros niveles más profundos de la personalidad. Son
decisiones pre-reflexivas e inconscientes, surgidas por múltiples mecanismos compensatorios,
afinidades instintivas, vacíos complementarios, búsquedas que sirvan para colmar expectativas y
satisfacer otras diferentes necesidades del psiquismo humano. La justificación racional sólo vale para
cubrir las apariencias de una realidad más profunda que brota, sobre todo, por la sensibilidad del
corazón. Ya dijimos en un capítulo anterior, al tratar sobre las relaciones prematrimoniales, la
diversidad que existe entre el fenómeno del enamoramiento y la experiencia del amor verdadero. Es
una forma de indicar que en todo afecto hay una etapa primera demasiado embrionaria, sin tiempo
suficiente para que ese cariño tenga garantías de sobrevivir, como le sucede a todo nacimiento que no
llegó a un desarrollo suficiente.
Por muy maravilloso que sea semejante estado, es aún demasiado frágil y quebradizo, como
fuegos artificiales que se admiran sin mayor consistencia, como globos de colores que animan la
fiesta, pero que se desinflan con excesiva facilidad. El amor verdadero encuentra también en él su
introducción y preámbulo, pero necesita de otros capítulos para escribir su biografía completa.
Lo más lamentable es que bastantes parejas se casan estando solamente enamoradas, sin haber
descubierto y reflexionado con anterioridad sobre los posibles elementos que también enturbian su
relación, a pesar del gozo que se comparte. El noviazgo debería ser, entonces, el momento adecuado
para discernir en lo más fundamental si la experiencia amorosa va perdiendo su carácter utilitario y
se acerca, con la inevitable limitación de todo lo humano, hacia una maduración progresiva. Muchas
parejas no tienen mayor interés en realizar este esfuerzo y es posible que, después del matrimonio, se
vaya realizando este proceso de purificación que nunca termina; es decir, que acaben queriéndose de
verdad. Pero son también muchas las que, al poco tiempo, descubren que aquellos sentimientos
fueron demasiado superficiales como para fundamentar sobre ellos una convivencia definitiva. Son
bastantes los enamoramientos que parecían anclados en un cariño completo y para siempre y que, al
poco tiempo, desaparecen con la misma rapidez con que habían nacido. Cuando casi la mitad de los
divorcios y separaciones, según las últimas encuestas, ocurren en los dos primeros años de
matrimonio, es porque el vínculo afectivo no había arraigado con fuerza en el corazón de los
amantes.

7. Las primeras sombras del paisaje

En cualquier hipótesis, la luna de miel no puede ser eterna, como ninguna otra época de la
existencia. Es una etapa, más o menos prolongada en el tiempo, donde las ilusiones forjadas encubren
bastante la realidad, como si no hubiera nada capaz de romperlas. A veces se mantiene, incluso, con
una fuerte dosis de artificialidad, sobre todo, cuando los dos están interesados en conservar el
equilibrio que ya se había conseguido y por temor a que ciertas grietas puedan poner en peligro su
estabilidad.
Sin embargo, resulta muy comprensible que con el desgaste y la monotonía del tiempo la pareja
termine por abrirse al realismo que la vida ofrece. Es un fenómeno parecido al de la desilusión
personal, cuando los sueños infantiles de la adolescencia se difuminan en contacto con las primeras
frustraciones que nos hacen descubrir la realidad tal y como es y no como ingenuamente nos la
habíamos imaginado. Tampoco la imagen del matrimonio soñado se ajusta por completo a su verdad
más auténtica. La imaginación de lo que aún no se ha experimentado suele ser bastante más agradable
que cuando se hace realidad y desaparecen ciertas expectativas demasiado ilusorias. A partir de ese
momento, se constatan las inevitables y pequeñas desarmonías en las que nunca se había pensado.
Como si el mismo paisaje de siempre se empezara a contemplar desde otra óptica distinta, que
difumina el relieve con el que antes se admiraba. Todo sigue lo mismo y, no obstante, algo ha
cambiado. Y es que las diferencias que ya existían desde el comienzo se hacen presentes en pequeños
detalles.
Por vez primera hay que realizar un esfuerzo para fingir un entusiasmo que no nace de forma
espontánea o para ocultar un cierto cansancio que no se notaba con anterioridad. Cuesta algo más
reanudar las conversaciones como las de otros tiempos o repetir las mismas palabras que salían desde
dentro. Las primeras justificaciones son demasiado fáciles y aparentes: el agobio del trabajo que no
deja espacio para mayores encuentros; las preocupaciones de los hijos que desvían el centro de la
preocupación y del interés; el haber superado las etapas ingenuas de un enamoramiento romántico, que
no necesita el mismo lenguaje; los múltiples compromisos de cualquier índole, que exigen tiempo y
dedicación. Y otras múltiples razones objetivas que se pueden multiplicar sin mucho esfuerzo. Todo
esto será verdad, en muchas ocasiones, pero no constituye la única explicación.
Es posible que otros problemas latentes hayan aguardado la primera fricción para hacer acto de
presencia, y que ahora se quieren todavía ocultar con tales razonamientos. De un sabio matemático,
como Pitágoras, al que imaginábamos viviendo entre números y ecuaciones, no era previsible que
llegara a decir: "cuando estés cansado de descansar, cásate". Y es que la sicología juega también con
guarismos bastantes exactos. Si la suma final no equivale a las cantidades anteriores es porque ha
existido alguna operación equivocada. Aquellos sentimientos amorosos del principio siempre
necesitarán un reajuste posterior que sólo es posible en la reconciliación con una nueva verdad que
no responde a las expectativas primeras. La sensación que provoca el cansancio psicológico, la
monotonía de la convivencia diaria, la frustración de algunas ilusiones que se quedan sin respuesta,
abre un pequeño sendero de dolor en el corazón de los amantes. La sabiduría oriental nos recuerda,
sin embargo, que cuando dos personas nunca se han hecho daño es porque tampoco se han querido.
Y la experiencia básica que se revela -y que hay que aprender desde la primera crisis- es que el amor
no es un nido caliente, como hemos dicho, que impide cualquier contacto con el frío de la realidad.
Por eso, ante una situación como ésta, caben diferentes posturas como intentos de solución.

8. El juego de las renuncias

Una primera puede nacer de la buena voluntad por impedir que estas pequeñas heridas terminen
por causar una daño mayor. Incluso se siente un miedo más o menos oculto de que este proceso que
ahora se abre pudiera aumentar otras lejanías interiores. Se vislumbra con horror hasta la posibilidad
de que provocara más adelante una ruptura que echara por tierra toda la esperanza largo tiempo
acumulada. El único remedio para cicatrizar esa herida sería la búsqueda de una comunión
consensuada, en la que cada uno ofrezca determinadas renuncias, como una forma de contrato
implícito, para satisfacer ciertas demandas mutuas que no se encuentran satisfechas. Es un precio a
pagar que se hace con gusto, pues así se consigue también algún beneficio personal y se evita el
peligro de un progresivo deterioro. Sin necesidad de ninguna firma, se llega a un acuerdo tácito de
pequeños derechos que el otro tendrá que respetar, si desea que también se respeten los suyos,
aunque ello suponga para los dos un cierto sacrificio.
No es raro descubrir estos pactos implícitos en la vida de algunas parejas. Son conscientes de que
para prevenir disgustos y tensiones no hay más remedio que respetar ciertas zonas que ya están
acotadas para cada uno. Aunque algunos aspectos del cónyuge duelan o molesten, se toleran con gusto
para que el otro acepte también las propias limitaciones que tampoco le agradan. La mutua renuncia
aceptada reporta otros beneficios. Si la convivencia funciona, sin aparentes conflictos, nadie va a ceder
de lo que para sí se reserva. Con el esfuerzo de ambos se evita cualquier tensión más grave. La
sicología , sin embargo, sufre las consecuencias de esta situación que no es tan benéfica como se cree.
En el fondo, se fragua una actitud que impide cualquier nuevo cambio, como si fuera inútil e
ineficaz. Hay una dosis de conformismo demasiado escéptico, que no aspira a ningún otro avance.
Bastante se ha conseguido con eliminar otras desavenencias más profundas y hasta es posible que
ambos o uno, al menos, se declaren satisfechos de esta situación. La crisis queda paralizada y, a lo
mejor, no obstaculiza una coexistencia educada y bastante tranquila. El problema es que la fidelidad
va perdiendo, poco a poco, su riqueza. No es la palabra que se renueva con el paso del tiempo,
dispuesta a repetir el sí de antes en cada nueva situación, sino la inercia que permanece de aquel
primer impulso. El cariño se desliza hacia la rutina que continúa en la misma dirección, pero como si
se tratara casi de una simple manía que se conserva por pereza y comodidad, porque cuesta menos que
el cambio.
Es posible, incluso, que la promesa se mantenga por una obstinación que hunde sus raíces en los
bajos fondos del narcisismo, del orgullo latente, para tener la satisfacción de cumplir con un deber,
para que ni la propia conciencia ni los otros puedan considerarnos como traidores. Una observancia de
la ley que gratifica porque borra cualquier sentimiento de culpa, pero que está muy cercana a la actitud
hipócrita del fariseo que pretende conservar las apariencias y el cumplimiento externo que no nace del
corazón. ¡Cuántas parejas aparecen hacia fuera como modelos cuando por dentro se encuentran tan
lejanos! No es la simple perseverancia, como monótona repetición de actos, lo que adjetiva como fiel a
una conducta, sino la decisión renovada de expresar con ellos el cariño de siempre.
En estos casos, lo que se teme no es el riesgo de romper un amor, sino la molestia de cambiar lo
que se ha convertido en una costumbre estéril y fría, sin capacidad de recrear el pasado como una
llama que se aviva, como un rescoldo que aún sigue calentando. Lo que duele por dentro no es el
sentimiento de haber destrozado una amistad, sino la ruptura de un yo idealizado, que puede perder el
honor y la estima de los demás. Nada existe más lejano a la fidelidad que esa actitud solitaria, tensa,
inflexible, perseverante, pero donde ya no queda apenas espacio para la comunión personal.

9. La tentación de la huida

Aunque no se lleguen a vivir semejantes patologías de la fidelidad, esta primera actitud, sin
embargo, resulta excesivamente superficial y de poca eficacia para la solución de los problemas. Las
renuncias que exige, aunque necesarias para obtener recompensas personales, es una fuente de
frustración, porque con ellas no se consigue una mayor plenitud y satisfacción amorosa, sino que se
quedan a medio camino. Por dentro, no es posible evitar una tensión latente, ante una experiencia tan
incompleta que, con el tiempo, puede terminar haciéndose bastante insoportable. Se requiere una
ilusión muy recortada para encontrarse feliz en una situación como ésta, que sólo posibilita una
coexistencia pacífica, pero que nunca llenará las aspiraciones más profundas del corazón. Cuando el
amor se convierte en una especie de contrato, pierde toda su riqueza afectiva para imponerse como una
obligación. Es más, la experiencia demuestra que es difícil mantener este equilibrio en la pareja, si no
encuentra otras compensaciones diversas al margen de la conyugalidad, máxime cuando la
convivencia del matrimonio hoy se prolonga durante mucho más tiempo.
Por ello, la tentación de la fuga es una amenaza que se esconde en esos momentos. Reviste
múltiples manifestaciones, pero todas con un mismo denominador común: el deseo de buscar por otros
lugares y con otras relaciones el alivio y satisfacción que ya no se experimentan con el cónyuge. Una
diversión, en el sentido más etimológico de la palabra, por la que uno se vuelve hacia otro sitio para
llenar algunos vacíos. A veces, incluso, los propios hijos cumplen con ese papel, sin necesidad de abrir
las puertas hacia fuera, para que sean ellos los que respondan a las frustraciones de un amor conyugal
en decadencia. Y cuando el fruto y la manifestación de ese cariño se convierte en el centro afectivo de
la pareja, como el lugar preferente, es un síntoma inequívoco de que la relación prioritaria de los
padres se debilita progresivamente.
En otras ocasiones, el desempleo afectivo necesita otras salidas que entretengan. Cualquier
motivo se hace de inmediato razonable: amistades, reuniones, compromisos sociales, trabajos
necesarios para la economía del hogar, preocupaciones de diversa índole, y hasta es posible que lo sea
en determinadas situaciones normales, pero lo específico de este caso es que tales argumentos sirven
fundamentalmente para eludir el hecho de encontrarse solos, sin tener casi nada que decirse. Incluso
las tareas apostólicas y las obras benéficas son justificaciones que tranquilizan por dentro, pero que
inconscientemente cumplen con otra función menos cercana al Evangelio. Con estos escapes ni
siquiera tienen que estar juntos y en silencio, como en cualquier programa de televisión. La
convivencia pacífica de antes se hace incapaz de llenar todas las exigencias de la persona en sus
diferentes niveles. De ahí que el coeficiente de paro o desempleo afectivo se pueda ir agudizando y
predisponga al sujeto para cualquier tipo de aventura. Aunque no se pretenda conscientemente, queda
siempre por dentro una posibilidad abierta para escaparse de este ambiente monótono y aburrido, que
ha perdido ya mucho de su interés.
Y el camino más fácil que en estas ocasiones se presenta se dirige hacia el descubrimiento de
alguien que comienza a ofrecer lo que no se recibe del otro cónyuge. El adulterio no se reduce a la
entrega del cuerpo; también en la imaginación se agolpan las carencias reales que podrían superarse
con una nueva experiencia que se vislumbra. La nostalgia de lo que no se tiene hace más difícil la
serena aceptación de la realidad frente a una nueva promesa que parece mucho más auténtica y
verdadera. Mantener, entonces, el equilibrio interior, sin que el conflicto trascienda hacia fuera, exige
bastante esfuerzo. Es la tensión entre dos querencias que resultan muy difíciles de compaginar. La
experiencia demuestra, además, que en esa situación se transmiten, de forma más o menos
consciente, demandas implícitas que se captan con facilidad por alguna persona con las que se
relaciona. Y si la situación de esta última se encuentra en circunstancias parecidas, no es extraño que
brote entonces una nueva ilusión.

10. El adulterio:
una experiencia traumática e idealizada

El encuentro con un tercero tiene, además, una serie de ventajas que lo hacen más atractivo
psicológicamente, pues no encierra el peso de la historia vivida, la memoria de los disgustos sufridos,
las desilusiones que se fueron acumulando. La relación es mucho más gratificante, ya que no se
encuentra gastada por el realismo de los hechos, sino sostenida sobre todo por los deseos de la
imaginación. Aquí no existe espacio para el desgaste de la convivencia y de la rutina, ni la verdad de
la otra persona se descubre en su totalidad. Los buenos ratos de convivencia no están manchados por
ningún sinsabor. Nace la sensación de una mayor plenitud por respirar un nuevo aire oxigenado y
limpio de tantas contaminaciones negativas. Como contrapartida, la lejanía y el vacío se hace mayor
en la pareja, y el miedo a encontrarse solos fomenta cualquier escapatoria como una necesidad
impulsiva.
En estas condiciones se explica la aventura más o menos pasajera o el nacimiento de una
vinculación psicológica más permanente. Si lo que importa es la satisfacción sexual, se procura
mantener una cierta distancia afectiva para no crear ningún compromiso, pero el agradecimiento por
esa compensación moviliza, a veces, a toda la persona y se fragua una neoconyugalidad que habrá de
vivirse, por el momento, en el silencio de la clandestinidad. Cualquiera de estas hipótesis manifiesta
las grietas del vínculo anterior, que pueden terminar por destruirlo. Sin embargo, el factor decisivo y
desencadenante de la crisis no suele ser con frecuencia la tercera persona que aparece en el escenario.
Ningún intruso habría entrado, si las puertas no estuvieran ya entreabiertas, como el que espera la
ocasión que no se descarta por completo. La situación es análoga a los conflictos neuróticos. El trauma
que ocurre en un momento determinado parece engendrar la crisis patológica, pero él sólo ha sido el
desencadenante de la neurosis que se encontraba latente. También aquí la quiebra de la fidelidad, en
cualquiera de sus niveles, es consecuencia de las heridas internas del matrimonio.
Cuando nace el dolor del adulterio no se debe, como algunos creen, a prejuicios y tabúes
irracionales, sino que supone la amputación de un sentimiento, que atenta contra la integridad más
profunda del yo. El amor había gestado una comunión que no se quería perder con el desgaste del
tiempo, ni que su existencia se pusiera en peligro por cualquiera de los muchos obstáculos del
camino. Cuando uno de los cónyuges queda abandonado, se tiene la experiencia de un duelo, como la
pérdida de algo irreparable o el adiós definitivo de una partida: el ideal primero se ha roto en
múltiples pedazos que ya no se pueden ensamblar. Como un espejo destrozado que ya nunca reflejará
los rostros que allí se miraban. Un dolor, incluso, mayor que la muerte, pues nadie se puede imponer
al destino ineludible de la naturaleza, pero aquí ha sido la libertad humana quien ha provocado la
defunción del cariño. Aunque se lleguen a superar los sentimientos de culpabilidad y de un cierto
narcisismo herido, quedará siempre por dentro la señal de una cicatriz. Un proverbio escandinavo
aconseja: "ve a menudo a la casa de tu amigo, porque la maleza borra pronto la senda que no se usa".
Y al constatar que ya no existe ninguna vereda, nace la pena de no poder llegar hasta el corazón que
se ha buscado otros destinos.

11. Hacia una posible reconciliación

En los momentos de crisis, existe el peligro de analizar la historia pasada con menor objetividad
por los intereses inmediatos que ahora afectan a los cónyuges. Las sombras forman parte también del
paisaje y, además, lejos de impedir su contemplación, permiten dar relieve a la belleza del conjunto.
Por ello, antes de admitir que todo quedó destruido, habría que examinar con atención las raíces
más hondas de la experiencia afectiva, vivida con anterioridad, para ver si es posible aún reavivar la
llama mortecina. Y, sobre todo, buscar la solución de la crisis en otros estadios anteriores, cuando
todavía no sólo se puede evitar la ruptura, sino reconstruir la relación conyugal de forma más madura
y auténtica.
Toda situación conflictiva echa por tierra muchos de los elementos artificiales y ayuda a
descubrir los efectos negativos de la dinámica inconsciente. No es el momento de analizar ahora los
múltiples mecanismos. Sirvan como ejemplo algunos de ellos. Las afinidades profundas, que se habían
instaurado con el enamoramiento, necesitan posteriores reajustes bastante más objetivos. La respuesta
que se esperaba del otro había nacido, en gran parte, por las necesidades del momento, que pueden
desaparecer o cambiar por la evolución de las personas. Si determinadas carencias fueron un factor
decisivo, el interés por el cónyuge podría disminuir cuando aquellas quedaran ya satisfechas. El
matrimonio motivado por compasión, ante la anemia afectiva del novio o de la novia durante el
noviazgo, se hace molesto cuando uno de los dos se harta de hacer obras de caridad o el otro no quiere
continuar siendo un mendigo que recibe limosna.
En cualquier caso, hay que tener la valentía de reconocer aquellos espacios oscuros que conviene
sacar a la superficie, sin miedo a llamar a las cosas por su nombre. Un examen sincero y honesto de
tales raíces es un trabajo necesario para el reajuste e integración posterior de los dos miembros de la
pareja, ya que ambos habrán de amoldarse a las nuevas circunstancias. Sólo por aquí se avanza hacia
una fase de mayor plenitud en el amor. La experiencia también demuestra que, a pesar de los
desgastes, golpes y situaciones límites, no hay que descartar la posibilidad de la reconciliación. Por lo
visto, existe algo mucho más tolerable que la ambigüedad y, por supuesto, menos amargo que la
ruptura clandestina y el juego mentiroso: la comprensión y el olvido. Es cuando se aprende que el
sufrimiento padecido y compartido es una vereda sencilla que nos deja a las puertas del amor.
No hay que pensar en una vuelta atrás para retroceder a los comienzos, cuando la convivencia
marchaba sin apenas dificultades. Sería caer de nuevo en los sueños infantiles que no aceptan ninguna
limitación. Ahora se trata de comprender lo que significa la profundidad del cariño, aunque no posea
la vivacidad y frescura de los primeros encuentros. Los conflictos asumidos tienen un carácter
purificatorio, como la noche oscura en las relaciones con Dios. Ya dije que nadie mejor que los
místicos saben lo que es la soledad, el vacío, la aridez, el aparente abandono, la nostalgia del ausente,
para que, cuando sientan el regalo de un encuentro gozoso y permanente con él, comprendan que es
Dios mismo el único que interesa, más allá de los consuelos y dones que les ofrece. La sensibilidad ha
de quedar limpia de tantas impurezas psicológicas que ensucian el amor. Entonces se empieza a querer
de verdad, sin la mezcla de tantos intereses y egoísmos encubiertos. Es la persona quien debe ocupar
el centro de la verdadera experiencia afectiva, pues seguirá siendo la misma, a pesar de todos los
cambios que hayan podido afectarle. Ahora es cuando se descubre la vocación de cónyuges, uncidos
por el mismo yugo, que supone compartir los misterios de gozo y de dolor, con la experiencia ya
almacenada de que los sueños de plenitud sólo existen en la imaginación infantil que todos llevamos
por dentro.
Para amar de verdad hay que reconciliarse con la limitación, pero sin la nostalgia y el
resentimiento del que se encuentra frustrado por el margen que separa el deseo de la realidad. En ese
espacio más reducido es donde el gozo sereno nunca se apaga. La llama excesiva se hace más
peligrosa que una pequeña lumbre que siempre calienta. Con el paso de los años, la persona mayor
sufre de vista cansada; necesita alejar el objeto de su mirada para poderlo contemplar con precisión.
Pero esta patología orgánica de la visión deja de serlo, cuando la aplicamos a nuestro psiquismo. La
presbicia es muy conveniente para contemplar el pasado en su conjunto, sin que la óptica se deforme
por ningún acontecimiento aislado. Hay que retirarse de la propia historia, como el que sube a la
montaña para admirar desde ella el conjunto del paisaje. Sólo así se llega a comprender que, a pesar
de las sombras y limitaciones, la totalidad del espectáculo merece la pena. Como si fuera necesario
un cierto desencanto de otras ilusiones para volver de nuevo a descubrir lo que no se valoraba. Si es
verdad que el amor engaña a veces, muchas más somos nosotros los que estamos engañados sobre la
naturaleza del verdadero amor.

12. El difícil arte de amarse a sí mismo

Para vivir a gusto con la realidad y con los demás es necesario aprender a reconciliarse con la
finitud y limitación. Aceptar, como ya he insistido, que en la vida no existen paraísos de felicidad
absoluta, sino pequeños oasis que permiten el descanso y la recuperación para continuar el camino.
También en las relaciones humanas se tropieza con que la pequeñez de la otra persona que tampoco
satisface por completo. El amor es el único puente por el que se consigue pasar a la otra orilla. Pero
no es fácil este acercamiento en la inevitable distancia. Para reconciliarse con las sombras de los
demás hay que haber aprendido con anterioridad el difícil arte de amarse a sí mismo.
Hablar de amor propio tiene connotaciones muy negativas. Siempre se ha condenado esta actitud,
dentro de nuestra espiritualidad cristiana, como si se tratara de algo indigno y pecaminoso. Se la valora
con un sentido peyorativo, pues parece un serio obstáculo para la experiencia del verdadero amor, que
supone una apertura de sí mismo para el encuentro y la comunión con las otras personas. Sin embargo,
a pesar de esta primera valoración espontánea muy poco positiva, no creo que exista una virtud tan
difícil de alcanzar como amarse a sí mismo. Un verdadero arte que, por prejuicios y falsas
interpretaciones, no hemos aprendido con mucha frecuencia, ni entraba tampoco entre los objetivos de
una buena educación o de una pedagogía espiritual.
Los datos psicológicos y las recomendaciones evangélicas nos abren, sin embargo, a otra
perspectiva bastante diferente. Mientras la persona no sea capaz de amarse a sí misma, reconciliarse
con sus limitaciones, aceptar sus sombras y desajustes interiores, tampoco será posible amar al
prójimo con sus propias deficiencias y fallos. Y Jesús vuelve a insistir en esta verdad cuando le
responde al escriba sobre cuál es el primero de todos los mandamientos. Después de hacer referencia
al texto conocido del Deuteronomio (6,4-5) para amar al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma,
con toda tu mente y con todas tus fuerzas, añade de forma explícita: "El segundo es: amarás a tu
prójimo como a ti mismo" (Mc 12,31). En este caso, el amor hacia sí mismo posibilita y condiciona el
cariño a los demás.
La persona, por tanto, ha de aprender a vivir, pacífica y armoniosamente, con una serie de
elementos con los que había luchado a muerte para vencerlos y eliminarlos. Es el comienzo de una
difícil y dolorosa convivencia, pues ha descubierto que los tendrá como compañeros inseparables,
durante el largo viaje de su historia. Desde ahora en adelante hay que proseguir el camino en estrecha
relación con nuestras tendencias egoístas, interesadas, anárquicas, hipócritas o con cualquier otro
impulso negativo.
La cara oculta y sombreada que cada uno lleva en su interior no es nada más que un reflejo y
exponente significativo de la sombra existente en el corazón de los demás. Por eso, la persona incapaz
de reconciliarse con los elementos negativos que oculta en su dentro, ya sea porque no los conoce e
ignora por completo, o bien porque no quiere aceptarlos de ninguna manera y preferiría mejor vivir sin
experimentar su compañía, está imposibilitada también para comprender la existencia de esos mismos
componentes en el corazón de los otros. El encuentro y la reconciliación con el prójimo comienza, a
pesar de las diferencias y limitaciones, cuando el sujeto sabe reconciliarse consigo mismo y se abre
con cariño y benevolencia hacia el fondo más profundo y negativo de su verdad.
Cada día estoy más convencido de que el que no sabe amar a los demás no es porque se quiera
demasiado a sí mismo, sino porque no se ama lo suficiente. Nadie llega a quererse hasta que no
consigue aceptarse como es y no como le hubiera gustado haber sido. Reconciliarse con los propios
límites, sin que esto signifique cruzarse de brazos o quedar satisfecho. Reconocer que somos autores
de ciertos capítulos o páginas de nuestra historia, que preferiríamos no haber escrito. Que existen, al
menos, algunos párrafos o frases que nos gustaría borrar para no volver a leerlos. Es, en una palabra,
abrazarse con la propia pequeñez y finitud, sin nostalgias infantiles, con una mirada realista, llena de
comprensión y ternura y sin que falte tampoco una cierta dosis de humor.

13. El amor de la despedida

Taulero, uno de los grandes místicos alemanes, se vale también de las matemáticas para describir
el proceso del cristiano que se acerca hacia Dios. Parece imposible que un místico quiera utilizar los
números para describir una evolución espiritual. "El hombre no hallará la paz verdadera hasta los
cuarenta años de edad", pues, hasta ese momento, es muy difícil, a no ser por una gracia excepcional,
sentirse anclado en Dios. Pero tendrá que esperar "diez años, los cincuenta" para sumergirse en la
experiencia mística de la divinidad. Es una forma simbólica de recordar que, sin haber atravesado
otras etapas anteriores, la fusión más profunda de la fe no se realiza de inmediato. Se requiere un
tiempo amplio de margen para que la pedagogía del Señor, a través de múltiples mediaciones, despoje,
cierre caminos, introduzca en la soledad, acose con lo inesperado, hasta el convencimiento de que él
sólo vale por encima de todo. Y todavía habrá que esperar otro nuevo período para gozar de su
amistad privilegiada. Es entonces, cuando la historia pasada, con todo su dolor e incertidumbres, se
recoge con un enorme gozo que no ahorra nada de lo acontecido.
Parecidos mecanismos psicológicos actúan en las relaciones humanas. El cariño necesita una sala
de espera, aunque la estancia nunca suele ser confortable, para que crezca y se desarrolle. Iba a decir
que los amores mejores no nacen con la belleza del alba, cuando la luz del sol penetra impetuosa en la
naturaleza, sino que se descubren en el atardecer de la vida, cuando su resplandor acaricia el día que se
acaba, como si deseara quedarse para siempre en la paz serena que experimenta.
En el museo de El Cairo vi hace años una escultura de la civilización egipcia que me encantó por
la expresión que revelaba, en medio de sus formas adustas y rudimentarias. Se trataba de una pareja de
ancianos que, con las manos cogidas, se miraban mutuamente como si fuera la primera vez. Un
testimonio espléndido de que el paraíso se prolonga o puede recuperarse en la época final de la vejez,
cuando llega la hora del crepúsculo en el otoño de la vida, y el corazón se alimenta, sobre todo, con el
cansancio compartido. No se necesitan tantas manifestaciones como antes; basta saberse acompañado
y sentir la caricia de una mano rugosa, pero todavía sensible. El espíritu es capaz de resonar aún en la
debilidad del cuerpo que sigue siendo palabra y comunión. Las mismas cicatrices que un día sangraron
son ahora recuerdos de un amor que no quiso darse por vencido.
Hasta me atrevería a decir que, en el momento de la viudez, tampoco desaparece este pequeño
paraíso. No es un momento deseable, pues muchos desearían partir antes que el otro compañero, para
no sufrir la soledad del último tramo. Pero también es verdad, como la experiencia enseña, que el
cariño alcanza, entonces, su cima más alta, cuando sólo queda la presencia de un recuerdo que lo llena
todo. Ahora sólo se espera, en la fe, la hora del abrazo definitivo, como una cita fijada para más
adelante, de la misma manera que otras veces lo hicieron en cualquier esquina. La lejanía se acorta,
porque no están tan separados como aparece. Víctor Hugo lo había plasmado en un bello poema: "Ya
hace tiempo que aquella con quien he vivido/ abandonó mi casa, Señor, por la tuya/ pero aún estamos
mezclados el uno al otro/ ella está medio viva y yo muerto a medias".
Tampoco hay que alimentar sueños infantiles. Hace mucho tiempo que nos expulsaron del
paraíso terrenal, símbolo de una plenitud soñada e inalcanzable, pero queda un pequeño oasis, donde
recuperar fuerzas y evitar la soledad del desierto. Es el gran premio de los que han sabido perdonarse,
aunque no siempre supieron amar de verdad. Un pequeño y humilde rincón cobija y abriga mejor que
un palacio. En vez de soñar con la luz del sol, ¿no sería mejor mantener encendida la pequeña
lámpara?
Existen situaciones, sin embargo, en las que el reencuentro ya no se hace posible, sobre todo
cuando el rescoldo interior quedó definitivamente apagado. Una dificultad que se aumenta cuando, al
echar una mirada hacia atrás, la pareja constata que cometieron un grave error al casarse del que no
fueron conscientes en ese momento. La pena es que bastantes personas se dieron cuentan de la
equivocación en la que iban a incurrir, menos los propios protagonistas de la historia. ¿Cómo
acercarnos, entonces, a estas parejas fracasadas? Es lo que veremos en el próximo capítulo.

BIBLIOGRAFÍA
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del "gusano". Autoestima y Evangelio, Santander, Sal Terrae, 2000.
CHASSEGNET-SMIRGEL, J., El ideal del yo. Ensayo psicoanalitico sobre la "enfermedad de idealidad". Buenos
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DÍAZ MORENO, J. Mª., "Paz en el matrimonio". Sal Terrae 88 (2000) 231-241. DOMÍNGUEZ, C., "El deseo y
sus ambigüedades". Sal Terrae 84 (1996) 607-620.
FROMM, E., El arte de amar. Una investigación sobre la naturaleza del amor. Buenos Aires, Paidós, 1977.
Recomendamos de nuevo este pequeño y clásico libro.
GRÜN, A., Portarse bien con uno mismo. Salamanca, Sigúeme, 1997.
LÓPEZ AZPITARTE, E., "Amarse a sí mismo". Mensaje 444 (Chile, 1995) 14-18.
MAÑERO, S., "Por una ética del amor propio". Religión y Cultura 37 (1991) 483-508.
POWELL, J., El secreto para seguir amando. La relación de amor a través de la comunicación, Santander, Sal
Terrae, 1997.
SANZ, F., Los vínculos amorosos. Amar desde la identidad en la terapia de reencuentro, Barcelona, Kairós,
1995.
TRECHERA, J. L., ¿Qué es el narcisismo?, Bilbao, Desclée De Brouwer, 1996.
VALLES, C. G., Te quiero, te odio. Dinámica de las relaciones humanas, Santander, Sal Terrae, 1994.
CAPÍTULO 12

Situaciones irregulares

1. El matrimonio civil de los bautizados

La legislación actual de la Iglesia exige que el matrimonio de los bautizados sea al mismo tiempo
sacramental, sin darle ninguna validez jurídica, en el foro eclesiástico, al compromiso contraído por lo
civil. Y una vez que este amor queda consagrado por el sacramento y consumado por la unión
conyugal, el vínculo se hace indisoluble. La realidad nos ofrece diferentes circunstancias en las que el
incumplimiento de tales exigencias provoca determinadas situaciones irregulares, que impiden
normalmente el acceso a los sacramentos. Sobre ellas quisiera hacer una reflexión pastoral, que
ayudara a enfocarlas con una perspectiva evangélica, llena de comprensión, pero sin marginar
tampoco las obligaciones canónicas y legales que dimanan por ser miembros de la comunidad eclesial.
Un primer caso sería el de aquellos católicos que rechazan la sacramentalización de su amor y se
conforman exclusivamente con el matrimonio civil. Cuando unos bautizados toman esta opción, si
conservan en su interior la fe necesaria, cometen una incoherencia manifiesta, pues parece absurdo e
incomprensible que, buscando con seriedad el compromiso humano por el que mutuamente se
entregan para siempre, no quieran aceptar el contenido religioso que lo consagra y santifica. Ninguna
persona con fe debería negarse lógicamente a que la experiencia de su amor se convierta también en
un encuentro de gracia y amistad con Dios. Algún motivo especial tendrá que darse para no admitir
con alegría la dimensión sobrenatural de ese cariño.
Es posible también que, en ocasiones, se trate de una decisión coherente, cuando la fe ha quedado
de tal manera disminuida que hasta el mismo sujeto tendría la sensación de realizar un acto sin sentido
y mentiroso. Las exigencias actuales para recibir el sacramento son mínimas, pues sólo se requiere
que, al menos de manera implícita, se acate lo que la Iglesia tiene intención de hacer cuando celebra el
matrimonio, pero algunos ni siquiera estarán dispuestos a reconocer esta virtualidad religiosa por su
rechazo y apatía interior frente a todo lo sacramental y eclesiástico. El problema no crea mayor
dificultad, pues la ausencia de interés religioso les hace vivir tranquilamente, sin que pidan ningún
arreglo posterior. Su situación, además, quedaría solucionada desde el momento en que desearan darle
a su amor un contenido sacramental, según la legislación de la Iglesia.
En cualquier hipótesis -y en contra de opiniones recientes y autorizadas- el mismo Juan Pablo II
afirma: "Su situación no puede equipararse sin más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya
que hay en ellos al menos un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá estable, aunque
a veces no es extraña a esta situación la perspectiva de un eventual divorcio" (Familiaris consortio,
no 82).

2. La separación de los cónyuges

El problema mayor se plantea con otras situaciones que se van haciendo cada vez más frecuentes
dentro de la misma comunidad cristiana. El número de parejas que fracasan en su matrimonio aumenta
de forma progresiva. Las razones podrán ser diversas: existen infidelidades matrimoniales de los que
no cuidaron su amor, reconocimiento posterior de los errores o equivocaciones que motivaron un
compromiso poco razonable, o cualquier otro de los múltiples condicionantes que impiden continuar la
convivencia, a pesar incluso de la buena voluntad y esfuerzos realizados. La misma Iglesia admite que
"la separación debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento
razonable haya sido inútil" (Familiaris consortio, no 83).
Cuando el matrimonio queda roto de una manera irreparable, la comunidad debe ofrecer toda la
ayuda necesaria para que en tales circunstancias se vivan también los valores de la fidelidad y del
perdón. Lo mismo que el cónyuge inocente, afectado por un divorcio civil, tiene que sentirse
acompañado, en esos momentos especialmente difíciles y dolorosos, para no contraer una nueva
unión. "En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume un particular valor de
testimonio frente al mundo y la Iglesia, haciendo todavía más necesaria, por parte de ésta, una acción
continua de amor y de ayuda, sin que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos"
(Familiaris consortio, no 83).
Desde una perspectiva de fe, aunque comprendo que se requiere tenerla muy honda e integrada,
un cónyuge abandonado que se mantiene fiel a su primer compromiso, podrá encontrar un estímulo y
aliento a la luz del misterio de Cristo y su Iglesia. Jesús la amó con un cariño tan grande que se
entregó a ella por completo, a pesar de que nunca halló el eco y la respuesta que esperaba. Por eso hizo
del martirio la encarnación de su fidelidad y nunca retiró su amor y su perdón de aquella que había
elegido como esposa. También el fracaso de un matrimonio, cuando refleja esa misma actitud, se
convierte en un símbolo y testimonio formidable del cariño con que Cristo nos ha amado y perdonado.
Las personas que son capaces de vivir así, en circunstancias difíciles y hasta heroicas, merecen nuestra
admiración y gratitud por mantenerse fieles a los más altos ideales evangélicos.
Los inconvenientes aumentan para los que, por diferentes causas e incluso después de intentar
durante largo tiempo vivir sin ningún nuevo compromiso, terminan por contraer un matrimonio civil
del que ya no pueden separarse. Son conscientes de su situación irregular, pero se les hizo demasiado
dura su soledad y cuando encontraron otra compañía, que les hizo renacer su esperanza y ilusión, no
pudieron renunciar al nuevo futuro que se les abría por delante. Ahora sólo tienen la nostalgia y el
pesar de que la Iglesia, en esas condiciones, les niega el acceso a los sacramentos de la eucaristía y
reconciliación. Incluso en la hipótesis de una falta anterior, si existe un arrepentimiento sincero y un
deseo de vida cristiana más hondo, ¿no debería tenerse un gesto de comprensión y misericordia?

3. Los divorciados vueltos a casar

El tema venía preocupando desde hace tiempo. Aun aceptando plenamente la doctrina de la
Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio, la inquietud pastoral se experimentaba con fuerza. Se
trataba, como alguno afirmó en una intervención inesperada durante el Vaticano II, de un problema
más angustioso aun que el de la limitación de la natalidad, sobre todo teniendo en cuenta la valoración
tan rigorista y negativa que estaba presente en la doctrina y praxis oficial de la Iglesia. Los mismos
calificativos empleados son ya un testimonio evidente de esa actitud.
Por eso muchos obispos y teólogos habían defendido una mayor benevolencia pastoral para
determinados casos, ofreciendo, incluso, en algunas ocasiones, normas prácticas de orientación o, al
menos, manifestaban con insistencia la necesidad de algún cambio. Es cierto que había de evitarse
todo posible escándalo y no dar nunca la impresión de que se facilitan o se aprueban las infidelidades
al compromiso conyugal. Cada caso concreto, teniendo en cuenta las múltiples circunstancias
personales y comunitarias, exigía la búsqueda de una solución adecuada para encontrar unos cauces
humanos y evangélicos que defiendan el ideal y se hagan comprensivos con la falta o equivocación.
Contra esta praxis, sin embargo, se levantaron opiniones muy autorizadas, sobre todo por parte de
la jerarquía eclesiástica, que deseaba mantener la disciplina tradicional. Esto eliminó la esperanza de
unas orientaciones públicas y oficiales, como habían comenzado a realizarse en algunas diócesis y se
pedía con insistencia en otras. La Congregación para la Doctrina de la Fe recordaba de nuevo la
costumbre vigente que debía ser mantenida contra ciertas prácticas contrarias. El cuidado y la
preocupación pastoral hacia estas personas no justifican el cambiar la disciplina vigente, y se pedía a
los obispos que mantuvieran el cumplimiento de la normativa vigente. También la Comisión
Teológica Internacional recordaba que la situación de los divorciados vueltos a casar es incompatible
con el precepto y el misterio del amor pascual del Señor y acarrea para ellos la imposibilidad de
recibir, en la eucaristía, el signo de la unión con Cristo.
En el Sínodo sobre la familia, sin embargo, volvieron a plantearse las mismas preguntas, como si
no bastara la normativa vigente: "Los que defienden con energías la enseñanza eclesial sobre la
indisolubilidad piden igualmente misericordia y compasión para los arrepentidos que han sufrido un
fracaso irrevocable en su matrimonio" (D. Worlock). No parecía difícil que pudiera encontrarse, sin
negar en nada las verdades básicas, unas vías de solución para determinados casos:
"Nuestra Conferencia tiene la impresión de que debería haber caminos y medios para admitir a los
sacramentos, en algunas ocasiones y bajo ciertas condiciones, a los divorciados recasados, sin traicionar la
disciplina sacramental general de la Iglesia. Si no encontramos tales caminos y medios, nos podemos ver en el
caso de separar a Cristo de los que le aman y precisamente en nombre de ese mismo Cristo que ha dicho
quiero la misericordia, no el sacrificio'" (Conferencia episcopal nórdica).
La proposición sinodal aprobada sobre este punto confirmó "la práctica de la Iglesia, fundada en
la Sagrada Escritura, de no admitir a los divorciados, irregularmente casados de nuevo, a la
comunión eucarística [...] a no ser que, si se arrepienten de haber violado el signo de la alianza y de
la fidelidad a Cristo, se abran con un corazón sincero a una forma de vida que no contradiga la
indisolubilidad del sacramento del matrimonio". Sólo al final de ella quedó una recomendación que
podría servir también como un punto de partida para un análisis y una praxis posterior: "El Sínodo,
movido por su interés pastoral por estos fíeles, desea se lleve a cabo un nuevo y más profundo
estudio a este respecto, teniendo en cuenta igualmente la práctica de la Iglesia de Oriente, a fin de
poner mejor en evidencia la misericordia pastoral". Este último deseo y la posibilidad de un acceso,
si existe un cierto arrepentimiento bajo fórmulas un tanto vagas, indican el nuevo talante que flotaba
en el aula sinodal.

4. Planteamiento de la Familiaris consortio

La Familiaris consortio no recoge para nada la conveniencia de un estudio sobre la pastoral de


las Iglesias orientales e insiste únicamente en la costumbre tradicional de negar los sacramentos a los
que vivan en tales circunstancias. Como ya había hecho en su discurso de clausura, Juan Pablo II
precisa también de manera concreta y sin ninguna ambigüedad la condición más indefinida e
imprecisa, utilizada por el Sínodo, para la administración de aquellos en el caso de haberse
arrepentido y abierto "a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio". Su
afirmación no deja lugar a dudas:
"Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios -como, por ejemplo,
la educación de los hijos- no pueden cumplir con la obligación de la separación, asumen el compromiso de
vivir en plena continencia, o sea, de abstenerse de los actos propios de los esposos" (Familiaris consortio, no
84).

Dos son las razones fundamentales, que apunta en el mismo número, para adoptar esta postura.
En primer lugar, "su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre
Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la eucaristía". Es decir, existe una contradicción entre
el símbolo que representa el sacramento y el testimonio cristiano que ellos ofrecen. Y un segundo
motivo de orden más pastoral, pues con tal condescendencia "los fieles serían inducidos a error y
confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio". De ahí que para
evitar cualquier mala interpretación se prohíba, por cualquier razón o pretexto, incluso pastoral, la
celebración de ceremonias religiosas para estos divorciados, ya que "podrían dar la impresión de que
se celebran nuevas nupcias sacramentales válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la
indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído".
Es verdad que los sacramentos no deberían administrarse sin discernimiento y sin determinados
requisitos, para que no sólo comuniquen la gracia, sino que expresen eclesialmente su contenido
simbólico y estimulen, más allá de la simple devoción, a un compromiso práctico. La ausencia de este
último provocaría un escándalo por incoherencia entre la vida y la praxis sacramental, cuando se
realiza como un puro rito que no afecta para nada a la conducta. Lo mismo que la posibilidad de una
mala interpretación debería tenerse en cuenta para superarla con las debidas cautelas y prudencia y no
sembrar ningún error o confusión. De cualquier manera, sin embargo, tales argumentos no poseen una
evidencia absoluta, pues todos los que desean una mayor comprensión pastoral son también
conscientes de estos valores y no pretenden eliminarlos con una mayor apertura, donde se subraye más
la benevolencia misericordiosa.
Por otra parte, la posibilidad de administrarlos, si se comprometen a vivir en plena continencia,
hace sospechar a muchos que el motivo definitivo para su rechazo radica no tanto en las razones
apuntadas, sino precisamente en el ejercicio de la sexualidad, pues basta la renuncia al acto
matrimonial para que puedan ser aceptados. Es evidente que el estado y situación de tales parejas,
cuando ya no deben separarse por causas serias, seguirán contradiciendo la fidelidad del amor entre
Cristo y su Iglesia, aun en la hipótesis de que ya no tengan relaciones conyugales. El hecho
importante surgió al romperse el primer matrimonio y haber contraído uno nuevo contra la doctrina
católica. A partir de ese momento, el simbolismo matrimonial queda destruido e incapacitado para
expresar la entrega y cariño de Cristo. El posible error o confusión sobre la doctrina católica no va a
desaparecer tampoco por completo, pues los fieles que conozcan esa situación, por mucho que se
pretenda ocultar, no sabrán nunca la conducta íntima que tales parejas llevan en su hogar. Por eso,
aunque se haya repetido lo contrario, muchos seguirán creyendo que el obstáculo definitivo sigue
siendo la relación sexual, como si ésta fuese la única que contradice los motivos expuestos.

5. Un significativo avance pastoral

Sin embargo, hay que reconocer el avance positivo que se ha dado en comparación a épocas
pasadas. No sólo se ha superado ese vocabulario tan negativo de otros documentos anteriores, sino
que "los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones". No todas se
pueden analizar con idénticos criterios, como recuerda el mismo Papa, pues existen entre ellas
diferencias significativas. Unos se esforzaron a lo mejor por salvar su primer matrimonio y, a pesar
de todo, fueron abandonados injustamente. Otros se vieron obligados a tomar tal decisión buscando
el bien de los hijos, o con la conciencia de que su compromiso anterior fue ciertamente inválido,
aunque no puedan probarlo en el ámbito externo y jurídico. Finalmente habrá también parejas que
por su culpa destrozaron su unión válida, imposible de recomponer por múltiples factores.
En cualquiera de esas hipótesis, lo importante es descubrir el nuevo talante que se quiere inculcar
a toda la comunidad cristiana. Se exhorta "vivamente a los pastores y a toda la comunidad de fieles
para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de
la Iglesia", sino que participen en su vida, escuchen la palabra de Dios, frecuenten el sacrificio de la
misa, perseveren en la oración, incrementen las obras de caridad, luchen por la justicia, eduquen a los
hijos en la fe cristiana y cultiven el espíritu y las obras de penitencia "para implorar de este modo, día
a día, la gracia de Dios" (Familiaris consortio, no 84). Exhortaciones y consejos que resultarían
enormemente extraños y sin sentido para una persona a quien se juzgara, como ocurría en tiempos
pasados, que, mientras se mantuviera en tales circunstancias, iba a vivir de espaldas a Dios y privada
de su amistad. La misma diferencia gramatical entre el discurso de clausura en el Sínodo y la
formulación de la Familiaris consortio no deja de ser también significativa. Mientras que en el
primero se habla de la oración, penitencia y caridad "para que puedan conseguir finalmente la gracia
de la conversión y de la salvación" (Ecclesia, no 2004, 1-XI-1980, p. 9); en la segunda, tales prácticas
posibilitan cada día el encuentro con Dios. El Sínodo había hablado de "merecer cada vez más la
gracia de Dios" (Proposición 14, 4).
Frente a la intransigencia y condena de épocas anteriores, "la Iglesia esta firmemente convencida
de que también quienes se han alejado del mandato de Dios y viven en tal situación pueden obtener de
Dios la gracia de la conversión y de la salvación". No deja de ser positivo que los nombres de
matrimonio y nuevas nupcias hayan sido empleados también, en contra de los que se utilizaron con
anterioridad, para designar a esta unión civil que se consideraba como inexistente en la doctrina de la
Iglesia.
Tal vez se haya centrado demasiado el problema en permitir a estas personas el acceso a los
sacramentos o negarles su participación por los motivos expuestos. Me parece una visión muy estrecha
y poco objetiva centrar todas las reflexiones pastorales en la práctica sacramental, como si el conseguir
ese intento fuera lo más importante. Es curioso que, a veces, los que dan un valor más secundario a
esta praxis en el campo de la evangelización y de la vida cristiana quieran hacer de ella, en este punto
concreto, un motivo de su reivindicación. En diferentes partes del mundo existen bastantes
comunidades cristianas que, por la falta de sacerdotes, tienen que desarrollar su fe sin la ayuda de los
sacramentos. Es ciertamente una pena, pero semejante hecho nos indica que es posible estar muy cerca
de Dios, aunque falte este tipo de encuentro. El que una persona, por otras razones diferentes,
estuviera alejada de la gracia sacramental no supone, como el mismo Juan Pablo II apuntaba, que
exista un rechazo por parte de Dios o de la comunidad cristiana.

6. Posibilidad de una interpretación


El derecho a los sacramentos, como signos de comunión eclesial, debe tener sus reglas de juego y
cuando por circunstancias objetivas no se está dentro de ellas, se da una irregularidad canónica que
implica un alejamiento sacramental, como signo de la ilegalidad existente, pero que no supone, repito,
ninguna condena o rechazo sobrenatural si el corazón busca a Dios y lo sigue amando, a pesar de las
incoherencias. Con un espíritu sencillo se acepta esa excomunión, en cuanto se prohíbe el acceso a la
eucaristía y no como alejamiento de la comunidad eclesial, pero desde esa pobreza interior que asume
con humildad, puede abrirse a una vivencia espiritual que le llene de Dios por dentro.
Sobre las reglas de juego que él utiliza con esas personas, la Iglesia ha querido mostrarse con un
respeto y una delicadeza extraordinaria, aunque se vea en la obligación de imponer las suyas propias,
que juzga convenientes para el bien de los fieles. La situación de conflicto externo y jurídico no
implica siempre la lejanía de Dios o una ruptura de amistad con él. "Actuando de este modo, la Iglesia
profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno
hacia esos hijos suyos" (Familiaris consortio, no 84). Tener esta conciencia sería ya un motivo de gozo
y consuelo para los que se creen abandonados y sin salida en su situación personal.
Sin embargo, no parece que deba excluirse con ello la posibilidad de una solución más
comprensiva en el ámbito de la vida privada. Toda ley tiene como objetivo la búsqueda del bien
común tal y como parece que se plantea en la mayoría de los casos. Determinadas excepciones sólo
vendrían a confirmar la existencia de una regla común. La epiqueya, que se ha aceptado casi siempre
como una peligrosa y egoísta justificación para liberarse de la ley, constituye para santo Tomás una
verdadera virtud como la misma prudencia. Cuando ella no tiene en cuenta la literalidad de una norma
es para cumplir aún mejor con los objetivos que esta misma busca y defiende. El análisis de cada caso,
con sus circunstancias específicas y personales, podría llevar en algún momento a una mayor
benevolencia. La postura actual de la Iglesia elimina la esperanza de unas orientaciones públicas y
oficiales. Sin embargo, ¿habría de excluirse cualquier otra solución más comprensiva y misericordiosa
en el ámbito de la vida privada?
Con otros muchos autores, también yo creo que las posibles excepciones a lo que hoy constituye
la doctrina oficial de la Iglesia -según las enseñanzas de Juan Pablo II y el Sínodo- no la eliminan, la
ignoran o la menosprecian, cuando la decisión se toma después de una reflexión sincera y analizando
cada caso en particular. Semejante actitud no debe excluir la meta propuesta por la autoridad y nuestra
admiración por las personas que la encarnan, pero frente a los que por unas u otras razones, de las que
no podemos constituirnos en jueces, no alcanzan esa meta, no queda otra postura que esta cercanía
honesta y cariñosa para defender, por un lado, el ideal más alto de la fidelidad y la doctrina propuesta
por la Iglesia, y dar testimonio también, por el otro, de la ternura, comprensión y misericordia de
Jesús.

7. La tolerancia civil del divorcio

Otro problema diferente sería el juicio moral sobre la legislación que permitiera el divorcio civil.
Desde una perspectiva ética, su tolerancia legal no tiene por qué excluirse por ser un atentado contra
las leyes naturales y evangélicas. Es más, la ética política tendría que tener en cuenta otros problemas
que no se incluyen en un planteamiento estrictamente religioso. La tarea y función de los poderes
públicos consiste en la búsqueda del mayor bien posible en cada comunidad. Ello comporta, entre
otros aspectos, un doble requisito, que quisiéramos exponer sin mucha ampliación.
En primer término, ha de respetar la libertad de conciencia de cada individuo, ofreciendo las
posibilidades de actuar conforme a sus convicciones personales. La declaración conciliar es clara y
determinante en este punto: "Todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto de personas
particulares, como por parte de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera
que en lo religioso ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe
conforme a ella en privado o en público". Siendo significativo que el Concilio no prejuzgue para
nada de la buena o mala fe del hombre en la búsqueda de la verdad, ni del contenido objetivo de la
opción que cada uno realice: "El derecho a la libertad religiosa no se funda en una disposición
subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza. Por eso el derecho a esta inmunidad permanece
también en quienes no cumplen con la obligación de buscar la verdad y darle su admisión". El único
límite señalado es que "no se puede impedir su ejercicio, con tal que se guarde el justo orden
público" (Libertad religiosa, no 2).
Según esto, todo ciudadano tiene un derecho inalienable para actuar conforme a su conciencia,
aunque ésta, como es lógico, no responda a la enseñanza católica. Si para muchas ideologías religiosas
y personas de buena voluntad el divorcio es una solución aceptable, supuesta la ruptura del
matrimonio anterior, no se ve en virtud de qué principio el Estado tiene que exigir en su legislación
una absoluta indisolubilidad. De acuerdo con lo dicho habría que afirmar más bien lo contrario. El
"justo orden público" no se mantendría así -impidiendo la libertad de conciencia-, sino evitando las
arbitrariedades que pudieran darse, mediante una jurisprudencia lo más justa posible. Encontrar una
salida legal a los problemas matrimoniales resueltos, según los imperativos de su propia fe o de su
ética, es un derecho a defender, incluso en una legislación que se quiera adjetivar como cristiana.
En segundo lugar, esta búsqueda del mayor bien posible postula también en ocasiones la
tolerancia de ciertos abusos y deficiencias que sería mucho mejor por supuesto que no se diesen en la
realidad. Pero la vida no está compuesta exclusivamente de ideales, ya que la existencia del pecado y
de la fragilidad humana explica la multitud de comportamientos que no se ajustan a los valores éticos
o religiosos de cada persona. Por ello, un problema planteado desde los tiempos más antiguos es la
distinción entre lo legal y lo moral, la licitud jurídica y la licitud ética.
Esto supone que, desde el punto de vista moral, puede ser lícita una legislación que permita o
tolere un mal, aunque para la conciencia de esa persona constituya también una auténtica falta. La
razón última de esta postura pertenece al ámbito de la prudencia política. Tolerar una conducta,
aunque fuese deshonesta, mediante una determinada legislación, puede resultar en su conjunto más
beneficiosa que la absoluta prohibición, cuando se sabe que con ésta no se pueden evitar las prácticas
contrarias. Con un régimen de tolerancia se busca conseguir el mayor bien posible o evitar otros males
peores que pudieran darse. El tema con sus diferentes aplicaciones había sido tocado por todos los
grandes teólogos clásicos. Y la conclusión de santo Tomás, al reflexionar sobre este problema, es de
una claridad impresionante: "Por lo tanto, la ley humana no puede prohibir todas las cosas que prohíbe
la ley natural" (Suma Teológica, I-II, 9 2 ad 3).
Siempre serán un motivo de discusión las aplicaciones de este principio a los hechos reales y
concretos, como el aborto, la prostitución y el divorcio, por citar los más frecuentes. Pero está claro
que cuando en una sociedad concreta existen divorcios y separaciones, resultaría más beneficioso para
la comunidad, de acuerdo con la prudencia política, regular de alguna manera esas nuevas uniones
para impedir, al menos, otras posibles consecuencias negativas. Ya que la praxis resulta imposible
eliminarla, parece mejor una regulación civil que la existencia de parejas que no tienen ningún tipo de
institucionalización.

8. Exigencias religiosas y obligación civil

El hecho de que muchos católicos admitieran una fidelidad para siempre, en su compromiso
sacramental, no exige que el estado tenga que imponer la obligación legal de mantener semejante
promesa. Cuando no se quiere vivir un ideal evangélico, que requiere a veces una actitud heroica,
porque la fe personal es irrelevante y sin apenas influencia en la vida, no es la ley civil precisamente
la que debe obligar de una manera externa y coactiva, lo que debería nacer de un convencimiento
religioso e interior. Si Dios mismo respeta nuestra libertad para que podamos negarle nuestra
adhesión, sería absurdo que los poderes públicos no aceptasen semejante posibilidad y obligaran a la
fuerza, cuando los individuos no desean actuar de acuerdo con sus exigencias religiosas.
Esta intromisión en el ámbito personal y religioso sólo sería aceptable, cuando estuviera en
peligro el justo orden público, como hemos apuntado con anterioridad. Y no parece que la concesión
civil del divorcio, dentro de un marco legal que tutele y promueva los bienes de la comunidad
conyugal, traspase esas fronteras o sea un atentado contra el derecho natural.
La aceptación del divorcio civil no significa, pues, renegar de la propia fe o caer en un
indiferentismo religioso. Serviría para posibilitar a unos el cumplimiento de sus propias creencias
personales, para no exigir a otros por medios jurídicos lo que resulta obligatorio por motivos
religiosos. Cuando en la sociedad actual no todos los ciudadanos entienden el matrimonio desde
nuestra perspectiva cristiana, no existe ninguna obligación ética de que la legislación civil se atenga en
todos sus puntos al pensamiento concreto de la Iglesia. Si hay algo claro en nuestro mundo actual es
que -estemos o no de acuerdo, lo creamos positivo o lamentable- el cristiano tendrá que aprender a
vivir cada vez más sin el apoyo de seguridades legales, en un clima social que no le servirá de ayuda
para el cumplimiento de sus compromisos evangélicos.
A pesar de todo lo dicho hay que reconocer también las dificultades concretas que cualquier
legislación sobre el divorcio comporta, y no ser tan ingenuos como para ignorar sus consecuencias y
peligros.

9. Los peligros de una legislación tolerante

Su aceptación civil puede tener el riesgo de olvidar un punto que me parece muy importante: el
divorcio debe considerarse, en cualquier hipótesis, como un fracaso, como un hecho lamentable y en
ocasiones también -¿por qué negarlo?- como una auténtica infidelidad. Aunque su reglamentación
jurídica fuera lícita desde una perspectiva ética, y para otros incluso una solución moralmente
aceptable, nunca podremos presentarlo como la meta y el ideal del matrimonio. Lo ideal sería
ciertamente que nada ni nadie destruyese el amor definitivo y la fidelidad mutua que se habían
prometido. Podrá ser una solución de emergencia para situaciones difícilmente sostenibles y hasta
heroicas, pero en el fondo de todas ellas habrá que admitir la existencia de un error, de una
equivocación o de una culpa.
El cariño conyugal no puede ser, en teoría, un compromiso pasajero, algo que se utiliza mientras
sirve o interesa, como si se tratara de un objeto que se abandona cuando sale un nuevo modelo en el
mercado. Supongo que nadie irá al matrimonio con la ilusión de constatar un día que ya no se quieren,
ni es posible la convivencia. La conyugalidad es una invitación a lo definitivo, la permanencia fiel a la
unión más profunda entre dos personas, a la encarnación del amor en los hijos, a una vida compartida
en su totalidad, aunque después, por desgracia, no siempre llegue a realizarse.
Este presupuesto elemental conviene subrayarlo, pues la existencia del divorcio puede oscurecer
estos valores fundamentales, como si la permisividad religiosa o moral -para los que la acepten-, o la
simplemente jurídica, supusiera una negación de lo afirmado. Mucha gente tendría la impresión de que
lo verdaderamente importante y decisivo es que los cónyuges tengan la posibilidad de divorciarse,
cuando lo verdaderamente importante y decisivo es que los cónyuges aspiren a quererse con plenitud y
autenticidad.
Por eso la reflexión sobre el matrimonio no debe realizarse en cualquier caso, desde una
perspectiva pesimista, como sería quedarnos sólo en el fracaso de la pareja. Si el drama de ciertos
matrimonios debe constituir un motivo de preocupación, de ayuda fraterna, de estímulo para nuevas
iniciativas, nunca será, sin embargo, el lugar más oportuno para descubrir todas sus posibilidades. El
ideal del matrimonio y de la familia abre nuevos horizontes -modestos y limitados si se quiere, como
todo lo humano- que impiden centrarse sólo en lo negativo y lamentable de la misma realidad. Una
legislación que subraye exclusivamente el lado oscuro del matrimonio olvidaría otros muchos aspectos
de mayor urgencia e interés.

10. La estabilidad del matrimonio

Y es que lo que aparece en el fondo de muchas discusiones actuales es algo más que la
conveniencia o no de reglamentar su licitud jurídica. Lo que está en juego muchas veces es una
concepción auténtica del cariño, de la familia, de la felicidad, para convertir el matrimonio en una
especie de amor libre y periférico donde el más mínimo cansancio o dificultad justificará otras nuevas
aventuras. Un amor que huye ante las primeras crisis y dificultades de la convivencia nunca llegará a
densificarse. Sin una dosis de purificación, el gozo más profundo y verdadero no se hará tampoco
presente.
Por ello la ley debe evitar al máximo las consecuencias deplorables del divorcio, cuando su
práctica se transforme en una costumbre fácil, en una solución inmediata, que ponga en peligro la
seriedad y permanencia, al menos, que debe tener el matrimonio. Lo que se justifica por un respeto a
la conciencia ajena o se tolera para evitar males mayores no puede convertirse en un atentado contra la
estabilidad de la familia, en un obstáculo para la mejor educación de los hijos o en una sutil invitación
para no afrontar los problemas y dificultades que suelen presentarse y que constituyen a veces el
sendero difícil para una mejor armonía y reconciliación posterior.
La experiencia demuestra, por último, que la introducción de una ley permisiva, incluso dentro de
un marco jurídico adecuado, suele ir ampliando sus límites de tolerancia, más allá de lo que en un
principio se pretendió. Su misma aplicación práctica va creando, incluso, un ambiente social donde el
ideal humano de la pareja se devalúa progresivamente. Un peligro que aumenta todavía cuando el
tema se utiliza como instrumento político. Lo que interesa, entonces, no es buscar el mayor bien
posible para las personas y para la comunidad, sino valerse de una promesa demagógica que facilite la
obtención de unos votos populares. Y es comprensible que cuanta mayor amplitud y facilidad se
ofrezca, se despierte también, sobre todo en ciertos ambientes, una mayor simpatía que, en el fondo, es
lo único que se pretende.
La ley implica, por otra parte, una cierta sensibilización de la conciencia, siempre que acepta o
tolera una determinada conducta. Se termina aceptando como normal, y hasta como un derecho, lo que
es solo respeto y tolerancia hacia otras ideologías. Habría que recordar, entonces, que la radicalidad
del Evangelio, el plus de una ética cristiana en contacto con la revelación, los contenidos categoriales
de la moral católica, no se identifican con las normativas reductoras de una ética civil. El cristianismo,
en teoría, aspira a una moral de máximos, muy por encima de los mínimos exigidos en una legislación
laica. Aunque después la praxis de los creyentes no responda al ideal dibujado, nunca se pueden sentir
satisfechos con el programa minúsculo de las obligaciones legales. Nunca se debe olvidar, para evitar
ambigüedades posteriores, que la ética civil no tiene que cambiar en nada la moral de los que tienen
otra serie de exigencias. Dicho de otra manera, todo lo que se permite en una legislación civil no tiene
por qué ser aprobado por la moral cristiana. De la misma manera, como ya hemos dicho, que todas las
exigencias de ésta no deben quedar tampoco sancionadas por el derecho.

11. La aplicación concreta de los principios

La disparidad de criterios no se presenta, por tanto, a un nivel abstracto sobre la conveniencia o


no de una legislación permisiva. Si el Estado concediera el divorcio, por ejemplo, sólo en aquellos
casos en que la Iglesia lo otorga, ninguno estaría preocupado por las consecuencias negativas que se
derivaran de esa concesión. El problema se plantea cuando se introduce una ley concreta, que
necesariamente ha de ser más abierta y tolerante para dar cabida al pluralismo de nuestra sociedad
actual. En función de estas aplicaciones concretas, los juicios y opiniones serán diferentes. Unos
creerán que, a pesar de sus lagunas e imperfecciones, sirve para el cumplimiento de los objetivos
propuestos, mientras que otros pensarán que sus posibles ventajas quedan anuladas por los males que
provoca. La opción a favor o en contra de su tolerancia civil puede estar, por ello, justificada desde
un punto de vista ético, según prevalezcan, en la óptica personal de cada individuo, las ventajas o
inconvenientes de esa alternativa.
Por todo lo dicho, no parece conveniente -respetando otras opiniones más autorizadas- que la
Iglesia, en las actuales circunstancias, ponga todo su esfuerzo en evitar a toda costa cualquier posible
legalización civil del divorcio. Si vivimos en una sociedad democrática, con todas sus ventajas e
inconvenientes, las leyes son promulgadas por los representantes del pueblo, que intentan responder a
sus votantes. Este ambiente social ha influido para que la gran mayoría de las naciones lo tengan ya
reglamentado de alguna manera. Creo que se trata de un proceso irreversible, por una serie de razones
que no siempre comparto ni considero positivas. En hipótesis, sería mucho mejor para todos que el
fracaso matrimonial, como la enfermedad, no se diese en la vida, pero una vez que existe el enfermo
habrá que buscarle alguna terapia.
Su trabajo debería orientarse para que esa legislación fuera lo más justa posible y respetara, al
menos, ciertos valores que en ninguna hipótesis se deberían sacrificar. Ella podrá seguir manifestando
al mundo en su enseñanza el ideal del matrimonio y preparando a los cristianos para que aspiren a
vivirlo por convicción, sin necesidad de coacciones legales, y ofrezcan así con su compromiso sincero
un testimonio luminoso de amor conyugal. Si la ética civil corresponde de ordinario a la sensibilidad
generalizada de sus miembros, el gran esfuerzo habría que ponerlo en elevar esta conciencia
comunitaria que se manifieste, después, en una legislación más acorde con la dignidad auténtica del
ser humano.
12. Las parejas de hecho

Es un fenómeno que aumenta de forma progresiva en muchos países. Se trata de parejas que,
por motivos ideológicos o por cualquier otro, no quieren ningún tipo de vinculación legal. Por falta
de fe rechazan el matrimonio canónico, pero tampoco desean el contraído ante la autoridad civil. No
existe, por tanto, constancia alguna, fuera de las apariencias sociales, de que vivan de forma estable y
no sea una simple convivencia transitoria. Sin embargo, empiezan a exigir los mismos derechos que
tienen las parejas casadas, para gozar también de los beneficios que se les otorga a éstas:
arrendamientos, exenciones fiscales, herencias, derechos de los hijos, declaración de la renta,
descuentos, pensiones, etc.
Algunos tribunales han concedido estas demandas, cuando se ha llegado a probar la vida en
común durante algún tiempo. Para que la verificación de este dato resulte más fácil, con una cierta
garantía legal, comienzan a multiplicarse por muchos sitios los libros de parejas de hecho. La
autoridad civil determina dónde se pueden inscribir estas parejas que afirman vivir juntas de manera
estable. Semejante posibilidad queda abierta también para las personas homosexuales. Así, sin estar
jurídicamente casadas, de acuerdo con la legislación vigente, obtienen ventajas y prestaciones que se
conceden a los matrimonios.
El hecho no deja de ser algo paradójico, pues los que rechazan la legalización civil y eclesiástica
terminan por aceptar otro tipo de control legal, aunque sea para conseguir beneficios personales. Es
como si un anarquista convencido terminara por fundar o alistarse en un partido político.
Ante una situación como ésta, son muchos los que piden actuar de manera coherente. Es una
postura que se ha dado en otros momentos de la historia y que Napoleón, sobre todo, defendía con
empeño. Los que se despreocupan de la ley y no tienen para nada en cuenta sus exigencias, la ley debe
también prescindir por completo de ellos e ignorar sus demandas y peticiones. Los Tribunales tendrán
que dictaminar si, en algún caso, se violan los derechos del ciudadano.
Otros autores, sin embargo, se muestran más comprensivos y tolerantes. Ya en el Derecho
Romano, en las Partidas de Alfonso X, y en otras legislaciones a lo largo del tiempo, se encuentran
posturas menos radicalizadas. Como se trata de situaciones que siempre han existido y nunca se
terminan de eliminar, el legislador debe acercarse a ellas para encontrar una solución jurídica a los
problemas que pudieran plantearse, sobre todo cuando está en juego el bien de otras personas, incluso
inocentes. La ética de la tolerancia no significa rechazo de los propios principios, o dejarse conducir
por la inercia de los hechos, sino salvaguardar, al menos, ciertos valores que parecen importantes.
El tema, sin embargo, incluye otras dimensiones más profundas y peligrosas. Lo que está en
juego no es sólo la defensa de ciertas demandas, que podrían regularse con una legislación adecuada,
sino que lo que se plantea, en el fondo, es el mismo concepto de matrimonio y familia. La frontera de
estos términos no se limita a la unión del hombre y la mujer, con sus hijos, sino que se amplía a
cualquier conjunto de personas que constituyen núcleos estables de vida en común. Y, dentro de ese
ámbito, no debería excluirse ninguna forma de convivencia.
La Iglesia se ha opuesto -y me parece que con toda razón- a que cualquier forma de convivencia
se identifique con el matrimonio debidamente contraído. Aunque algunos no estén de acuerdo, la
familia sigue siendo en la sociedad un espacio demasiado importante y privilegiado, como para
equipararlo con otras formas que se alejan mucho de esta realidad. Ser comprensivos ante ciertas
situaciones de hecho no implica claudicar ante las amenazas que buscan, de alguna manera, su
progresivo deterioro y marginación. Si la ley no puede desconocer la realidad, también exige la
defensa de aquellos valores que conservan su validez e importancia.

BIBLIOGRAFÍA

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CAPITULO 13

El celibato religioso

1. La realidad del celibato:


dificultades actuales

No es una paradoja hablar del celibato en un libro que trata sobre el sexo y el amor, a no ser que
se conciba esta forma de vida como una negación de todo lo relacionado con la esfera afectiva y
sexual. La renuncia al ejercicio genital y a compartir la existencia con una persona no supone dejar en
el olvido un aspecto imprescindible que forma también de nuestra realidad humana. La capacidad para
el amor y el desarrollo de su sexualidad constituyen una tarea de la que nadie puede eximirle. Por ello,
el tema no sólo encaja dentro de esta problemática, sino que resultaría incompleto de no apuntar esta
nueva perspectiva.
Las expresiones utilizadas para designar esta forma de vida cristiana han sido diferentes a lo
largo de la historia, aunque todos con ciertas connotaciones negativas. La continencia subraya
principalmente la abstinencia sexual que se da también en otras personas, en ocasiones sin sentido
religioso. El celibato hace referencia a una condición social que, incluso, puede ser impuesta contra la
propia voluntad o elegida por múltiples motivaciones. La virginidad tiene resonancias más femeninas
y parece vinculada con la integridad física. La castidad perfecta deja la impresión de que en la vida
conyugal el cumplimiento de esta virtud es por su naturaleza limitado e imperfecto. De ahí que cada
autor opte por aquel término que mejor le parezca, a pesar de los inconvenientes que cada uno reviste.
La virginidad y el celibato suelen ser de ordinario los más empleados en la literatura cristiana.
De hecho, son muchas las personas que por unas razones o por otras viven el celibato en nuestra
sociedad. Su número va además en aumento, debido a una serie de circunstancias que posibilitan el
que no se acuda al matrimonio como la única solución para asegurarse el futuro, aunque a veces
puedan existir otro tipo de motivaciones. Todas ellas deberían encontrarle un sentido a esta situación,
aun cuando se trate de algo impuesto por una serie de circunstancias, y descubrir los valores y
características que le son inherentes. Tal forma de vida específica encierra una serie de aspectos
positivos y enriquecedores para el conjunto de la comunidad, que sería injusto no tener en cuenta
cuando se da una aceptación libre e integrada de un dato que no ha sido objeto con frecuencia de una
previa elección. El enfoque cristiano tendría que abarcar a los diferentes tipos de célibes, cuyo
denominador común radica en no haberse casado, con todo lo que ello comporta.
Sin embargo, nuestras reflexiones van a centrarse fundamentalmente sobre la virginidad y el
celibato religioso, cuando se acepta como una forma de consagración y entrega a Dios. Esta
motivación es la que lo caracteriza y distingue de otras situaciones parecidas. Desde ahí podrán
iluminarse otros aspectos del celibato no consagrado, y mucho de lo que digamos sobre aquél tendrá
también su aplicación en éste, con ciertas diferencias lógicas y comprensibles.

2. Interrogantes actuales

Hoy vivimos en un ambiente cultural donde este género de vida se valora con matices bastante
diferentes a los de épocas anteriores. Antes constituía el único camino de perfección para los que
buscaban una entrega más profunda a Dios, que no se hacía posible en el matrimonio al ser un estado
que, por su naturaleza, impedía semejante donación. Como consecuencia nacía una situación de
aprecio y estima social por tratarse de personas escogidas y privilegiadas. Bastaría pensar en la imagen
sociológica que ha rodeado con tanta frecuencia al sacerdote o religioso. Todo ello sirvió de ayuda y
estímulo para fomentar esta vocación y para mantenerla no sólo como una riqueza personal, sino como
algo valioso y aceptable sociológicamente.
La situación se presenta ahora muy cambiada, pues hemos asistido a una revalorización de la
teología del matrimonio, en la que el amor conyugal se vive como un lugar de cita y de encuentro con
Dios. Querer a otra persona no impide el cariño a Dios ni un compromiso para trabajar por su Reino,
sino que se considera como una auténtica ayuda para el mismo trabajo apostólico. Es una opción
también que facilita la maduración y el equilibrio afectivo, que le falta a tantos célibes, y cuya
importancia se subraya hoy con especial énfasis. No es extraño, por tanto, que exista una devaluación
sociológica, pues la renuncia a esta experiencia afectiva llevará con frecuencia a un estado de
mutilación y empobrecimiento psicológico, que desemboca en otra serie de riesgos y ambigüedades.
Las incoherencias y fragilidades que hoy se conocen con mayor facilidad producen la impresión
también de que las apariencias engañan y muchas de estas personas encubren debilidades ocultas. El
número de sacerdotes y religiosos que abandonaron su compromiso celibatario parece confirmar esta
sospecha de que hay más conflictos latentes de lo que se manifiesta por fuera. Hasta las mismas
discusiones sobre la conveniencia o no de vincular el celibato con el ministerio sacerdotal indicarían
que la experiencia ha demostrado las dificultades presentes en tal legislación que muchos desean
suprimir.
Existe, por tanto, una incomprensión generalizada, incluso entre cristianos comprometidos, para
descubrir el sentido de esta opción. Lo que sí está claro es que el que ahora se oriente por este camino
encontrará inevitablemente un entorno hostil que puede tambalearlo en su propia seguridad. Por eso
vale la pena preguntarse sin miedo, ¿tienen hoy algún sentido la virginidad y el celibato religioso?
Como Dios no puede querer un estado de vida que provoque neurosis y desequilibrios, que convierta a
las personas en individuos psicológicamente castrados, ¿es posible por este camino la maduración y el
equilibrio personal? Si se tratara de un objetivo real y al alcance del célibe, ¿cómo se llegaría a
conseguirlo? Nuestra reflexión va a centrarse sobre esta triple pregunta.

3. Motivaciones históricas

Hoy no podemos aceptar como válidas y objetivas todas las razones que se han dado en las
diferentes épocas para justificar esta elección. Todas ellas nacen de un idéntico presupuesto: la
concepción peyorativa de la sexualidad y los recelos y sospechas que en torno al matrimonio, como
forma de vida cristiana, se han dado con tanta frecuencia. Dos argumentos se utilizaron con mucha
frecuencia.
La temática sobre la división del corazón ha sido constante en la literatura cristiana, hasta en los
tiempos más recientes, como Pío XII recordaba en su encíclica sobre la virginidad. El célebre texto de
san Pablo (1 Cor 7, 32-35) sobre los problemas del matrimonio y la libertad del célibe, que se
preocupa sólo de agradar al Señor, fue interpretado de una forma restrictiva. La idea de fondo suponía
una imposibilidad de querer conyugalmente a una persona y servir al mismo tiempo a Dios con una
entrega más profunda. De ahí que los que aspiren a una mayor perfección deban decidirse por la
virginidad, para que su cariño no permanezca dividido entre la entrega al cónyuge y su consagración al
Reino.
La pureza cultual aparece también, desde el principio, como una justificación determinante. El
sexo se vive como una mancha y como una especie de profanación que aleja al ser humano de la
esfera sagrada y del ámbito religioso. Ya en el Antiguo Testamento se mandaba a los sacerdotes
israelitas abstenerse de las relaciones sexuales antes de su servicio en el templo. Esta misma
mentalidad va a estar latente en muchas prescripciones eclesiásticas para imponer el celibato y
constituye uno de los argumentos fundamentales para su defensa y exaltación. El sacerdote, que está
llamado a un servicio constante en su ministerio, debe renunciar a todo lo que dificulte su encuentro
con Dios. Y el ejercicio de la sexualidad, más todavía que el hecho de estar casado, se hace
incompatible con las exigencias de su vocación.
Por eso la legislación se irá haciendo cada vez más rigorista. En un principio no se aceptan para
las órdenes a los que hubieran contraído nuevas nupcias, ni éstas son permitidas a los sacerdotes que
hayan enviudado. Durante los primeros siglos, aunque el celibato no es requerido para la ordenación,
al clérigo ordenado ya no le es lícito casarse. A partir del Concilio de Elvira se extiende la costumbre
de no tener relaciones sexuales, ni siquiera con la legítima esposa, después de las órdenes, y ya en el
siglo V los obispos empiezan a ser elegidos entre el clero célibe. Más tarde se proclamó la nulidad del
matrimonio intentado por los clérigos de órdenes mayores y fue desapareciendo casi por completo la
ordenación de personas casadas.
La idea, por tanto, de que las relaciones sexuales tienen algo de impuro y son incompatibles con
el culto litúrgico penetra en todos los ambientes cristianos. Incluso entre los laicos cristianos, la unión
conyugal, en determinados días de fiesta o de comunión, se estuvo desaconsejando hasta tiempos muy
recientes.
Las únicas causas que motivaron el esplendor y la frecuencia de la vida virginal no fueron éstas
exclusivamente, como si los que se entregaron en ella hubieran vivido equivocados por completo.
También podría recogerse un florilegio de testimonios que manifiestan otras motivaciones válidas y
aceptables. Ni el hecho de rechazar las que tuvieron vigencia en una cultura concreta supone un ataque
directo contra la virginidad. Si las hemos criticado es para intentar una purificación en el campo de las
motivaciones y descubrir las que resultan válidas para nuestro tiempo.
A nadie podemos decirle hoy para entusiasmarlo con la virginidad que, si se casa, no podrá amar
a Dios con todo su corazón, porque, además de ser falso -el amor humano es también una vereda hacia
el de arriba-, no es cierto que el hecho de no casarse evite necesariamente esa división, pues el corazón
humano puede buscar otros múltiples entretenimientos que lo distraigan de Dios. Y la renuncia al
ejercicio de la sexualidad, por considerarlo como algo impuro e indigno en cualquier hipótesis,
manifestaría una estructura mental, carente de toda valoración humana y evangélica.

4. Justificación humana del celibato religioso

Nuestro punto de partida, para aceptar la validez y riqueza de semejante forma de vivir, nace de
un presupuesto diferente. El ser matrimonial es una vocación cristiana con todas sus exigencias, y los
casados no se santifican a pesar de su matrimonio. Ellos se encuentran también llamados a la plenitud
del amor, aunque su forma de conseguirlo sea distinta, porque cumplen otra función en el cuerpo de la
Iglesia. Ni se puede negar la belleza del sexo cuando se vive con cariño y alcanza su grado máximo de
expresividad en la entrega mutua de los cónyuges. ¿Qué sentido tiene, entonces, la virginidad?
Sin acercarse siquiera a las motivaciones religiosas, creo que en la misma esfera de lo humano
podemos encontrar una plena justificación a este género de vida. Se trata de una situación interna en la
que la entrega plena a una tarea o persona, que se consideran urgentes e inmediatas, lleva consigo la
necesidad existencial de permanecer soltero. El celibato aparece así como una actitud creadora para el
fomento y la realización de un valor determinado que exige la supresión de otro tan bueno y apetecible
como el amor conyugal. La vivencia, para prestar un servicio concreto, resulta tan exigente que el
sacrificio de otros valores, que podrían constituir un obstáculo o dificultad, se considera secundario.
Es una preocupación experimentada por dentro para entregarse con mayor independencia a lo que se
considera digno de semejante opción, pero que no tiene por qué menospreciar otras vocaciones ni
rebajarlas de categoría.
El celibato verdadero -no cuando se acepta por otras motivaciones inconscientes e inmaduras-
supone siempre una actitud de disponibilidad y servicio a los otros. Jamás estará motivado por un
narcisismo egoísta y cómodo, como puede darse en el típico solterón. La persona que no se casa por
cuidar de unos padres o de un enfermo que la necesita, o el que no quiere distraer su energía o su
tiempo para trabajar con mayor plenitud en bien de la humanidad o de una ideología que le llena por
completo, no será nunca un egoísta interesado. Ante estas personas, capaces de renunciar a
sentimientos muy legítimos y naturales por cubrir una urgencia que para ellas les resulta insoslayable,
no hay más remedio que descubrirse con respeto, sea cual sea la función que desinteresadamente
pretendan realizar.
Incluso cuando la vida lo impone de una manera forzosa o involuntaria habría que reflexionar
muy en serio sobre las posibilidades que se abren en esas circunstancias para realizar un servicio de
ayuda comunitaria, y no admitir, como única alternativa, la frustración o la nostalgia de una ilusión
perdida

5. Eunucos por Jesús y su Reino

Esto, que tiene validez y justificación como fenómeno humano, alcanza también un significado
religioso. Si el cariño es capaz de cambiar la vida de una persona, sus relaciones sociales, familiares
y profesionales, el amor de Dios puede irrumpir también con tal fuerza en su existencia que provoque
una determinada orientación. En tiempos de Jesús se aceptaba la castración de hombres para
desempeñar ciertas funciones específicas. El eunuco aparecía como guardián del harén en cargos
administrativos y militares, que le estaban más bien reservados por su condición especial, al no tener
herencia ni otras ambiciones dinásticas. Se convertían en tales para prestar un servicio al reino. En
aquel ambiente, la invitación de Cristo no parecía tan extraña. Predicó un ideal para las personas
comprometidas que quisieran vivir, como él, para entregarse a la tarea de la evangelización. Desde
entonces hubo quienes se sintieron tan cogidos por la persona de Jesús y su obra, que sintieron la
necesidad de seguirlo, dejando a un lado otras posibilidades y valores. Son aquellos que abandonaron
todo "por mí y por el Evangelio" (Mc 10, 29). Los que no se atrevieron a contraer matrimonio para
vivir como eunucos al servicio de su Reino (Mt 19, 12).
El celibato de Jesús no fue una opción ascética, como la que existió -en algunos ambientes
paganos y religiosos de aquellos tiempos, ni una huida de otras preocupaciones existenciales, como
aquellos que se retiraban del mundo a la espera de su fin cercano. Cristo fue el hombre consagrado
por el Padre para estar orientado por completo hacia él y dedicarse incondicionalmente a las tareas
del Reino. Desde entonces, otras muchas personas quisieron seguir sus huellas, haciendo de sus vidas
una ofrenda a esta misma causa. El valor del celibato no lo constituye la negativa de contraer
matrimonio, sino la orientación definida hacia la persona de Cristo y su obra, que imposibilita, de
manera concreta y existencial, la preocupación por otras tareas diferentes. Se da, como si dijéramos,
una dedicación exclusiva, que facilita la realización de un proyecto determinado.
Por aquí va toda la dimensión cristológica y eclesiológica de la virginidad. Jesús, como persona,
puede constituir el centro de la vida y mantenerse con él una familiaridad tan íntima, que excluya la
entrega matrimonial con otra persona. El deseo de encontrarse con los demás y ponerse a su servicio
no irá en la línea de la conyugalidad. Hay ya alguien con el que el célibe se siente definitivamente
comprometido en su existencia. A partir de esa unión personal el celibato se manifiesta como un
servicio de disponibilidad al servicio de la Iglesia. La libertad de compromiso y obligaciones
familiares, tan dignas y sagradas como cualquier otra, posibilita la intensidad de un trabajo y ciertas
formas de realizarlo, que no pueden exigirse con una vida de familia. Anclarse en Dios, sin una
mediación conyugal, no significa amarlo más o mejor que el casado, sino hacerlo por otro camino en
el que uno se siente satisfecho.
Creo que todo el tema del cor indivisum contiene un realismo extraordinario. No porque al amar
al otro cónyuge el corazón se divida y limite la capacidad de querer a Dios con toda plenitud, sino
porque ese hecho del amor matrimonial supone una serie de obligaciones y exigencias que dificultan
una dedicación sin límites ni condiciones. El problema no es simplemente de sentimientos, como si
Cristo y el cónyuge se disputaran el corazón de una persona, sino de realidades más profundas: estar
disponibles con facilidad para cualquier tarea, sin tener que contar con el peso gozoso de una familia.
Serían auténticos profesionales del Evangelio, dispuestos a una vida de perpetuo riesgo (1 Cor 15,
13).

6. La dimensión escatológica

Por otra parte, la virginidad es también un enigma que manifiesta la trascendencia de nuestra
realidad presente y el relativismo de nuestros valores actuales. Como Jesús había explicado a los
fariseos, las ideas sobre la vida futura que mantenían no estaban de acuerdo con la verdad: "Estáis
muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Porque cuando llegue la
resurrección ni los hombres ni las mujeres se casarán, serán como ángeles del cielo" (Mt 22, 29-30).
Deducir de aquí que el amor en la vida futura sea deshumanizante o que la existencia venidera se
convertirá en una espiritualización platónica y desencarnada sería una lamentable equivocación. La
transformación que supone el mundo venidero resultará siempre enigmática, pues nuestra
imaginación no puede sospechar lo que ella es y cómo se realiza. Cristo no ha venido a revelarnos la
naturaleza de la resurrección eterna, sino a descubrir la dimensión escatológica y definitiva de la
existencia actual, a enseñarnos que el matrimonio y el amor humano tienen también una forma
trascendente y distinta, sin que sepamos cómo será. Cerrarnos a esa dimensión sería mutilar un
aspecto básico de nuestra vida cristiana, y el ser humano, apegado a la inmediatez de los valores
presentes, tiene el peligro de olvidar lo que va a venir. El célibe se convierte, por ello, en una llamada
constante hacia la eternidad.
Que dos personas se quieran mucho y que lleguen a contraer matrimonio no plantea ninguna
interrogación. Es una cosa natural, cuya explicación no sale del ámbito humano. El que se casa no
formula una pregunta a la que tenga que responderse con el más allá, pero el que renuncia a ella por
motivos religiosos presenta un enigma, que no se puede resolver con un sentido inmanente. La única
respuesta válida tiene un origen sobrenatural y eterno. La fe en lo que ha de venir, en lo que todavía no
está al alcance de su mano, le hace ya vivir de una forma anticipada el mundo futuro. Hace ya presente
en este mundo, de alguna manera, la promesa definitiva de Dios, advierte y recuerda que el
sentimiento más profundo de la vida no se agota aquí abajo, dentro de nuestras coordenadas
temporales, sino allí donde el tiempo deja paso a la eternidad. Tal vez este significado tenga menos
resonancias en nuestro mundo actual, por estar vinculado con una escatología que alienaba en
ocasiones de las responsabilidades terrestres, pero, a pesar de los prejuicios históricos, es una
dimensión que no puede caer en el olvido.
El sacrificio que supone una elección como ésta es algo secundario. Lo primero es la opción
gozosa por una forma de vida que compromete en su totalidad y que llena de sentido. Sin embargo,
Lucas, el evangelista de las exigencias más absolutas y radicales, señala también este último aspecto
como una forma de la cruz que nos vincula con Cristo (14, 26-27). Renunciar a la mujer y a los hijos
es una manifestación del radicalismo, que se nos pide y que se verá más adelante recompensado (18,
29-30).

7. Nuevos simbolismos humanos

La fundamentación sobrenatural en la que hemos insistido no tiene por qué romper o eliminar
otros significados más inmediatos. Cualquier signo tiene que interpretarse con un lenguaje humano
para que no quede demasiado lejos y oculto de nuestro horizonte de comprensión. Los signos de
Jesús para hacer presente su buena noticia gozaron siempre de esta visibilidad y cercanía. Una
explicación puramente religiosa y sobrenatural lo haría sin duda menos inteligible aun. Por ello, sin
querer presentar el celibato religioso como el único modelo, aporta algunos aspectos sobre la realidad
matrimonial que no deberían olvidarse, de la misma manera que el matrimonio ofrece también otros
datos complementarios que el célibe tendrá que recoger.
Hoy existe una revalorización del lenguaje sexual frente a los recelos de épocas anteriores, pero
con el peligro de que toda palabra amorosa se canalice a través del sexo. Si éste constituye una forma
singular de expresión, sería lamentable que se convirtiera en el único camino, como si fuera la única
alternativa existente de la que no se puede prescindir. El silencio del virgen en este terreno manifiesta
que esta renuncia se hace posible y que el cariño tiene también otras múltiples veredas que conducen
al corazón del amado. Hacer el amor debería abrirse a otras expresiones que lo simbolizan y lo
enriquecen para que su lenguaje tuviera un amplio vocabulario.
Ya dijimos también, al hablar sobre la naturaleza del cariño, que no es posible hacerlo
auténticamente, mientras no se acepta la limitación de la alteridad, que impide poseer al compañero
como algo nuestro; respetarlo en su diferencia que revela la propia finitud; estar dispuesto al despojo
para que no se convierta en objeto de gratificación. Me impresionó la dedicatoria de una india en un
libro reciente: "A mi madre, que me amó tanto que me dejó partir".
En la experiencia matrimonial hay una amenaza de apoderarse de aquello que se abraza con tanta
fuerza, de cerrarse con exclusivismo en el gozo que se comparte de forma tan única, de sentirse
satisfecho por el calor que se recibe. También aquí el cariño del célibe, que ha renunciado a esa
experiencia, recordaría la urgencia de un amor más abierto y oblativo, donde la ofrenda que se hace
incluye una demanda menor. Aunque todos necesitamos alivios y recompensas para la soledad y el
vacío interior, hay que aprender la entrega del don, más allá de las capturas personales. Una imagen de
la felicidad que no se recuesta y aísla en el cálido nido hogareño, sino que se abre también a otras
muchas necesidades que nos rodean.
Desde una óptica antropológica, la paternidad humana es una forma parcial de vencer a la
muerte. El hijo es como una prolongación de la propia existencia hasta el punto de que, consciente o
inconscientemente, es utilizado muchas veces para colmar el narcisismo, encubrir dificultades
conyugales o compensar otros vacíos internos. La renuncia a convertirlo en objeto de la felicidad
personal supone un desprendimiento doloroso. De alguna manera hay que morir -y hoy los padres
experimentan esta sensación con mayor frecuencia que antes- para que el hijo viva, desprenderse de la
imagen idealizada con tanta ilusión para que sea él quien la construya como desee. Es la experiencia
de una pequeña muerte que frustra y desengaña, porque roba una ilusión demasiado querida. La
elección del celibato, que asume la esterilidad de no perpetuarse en la descendencia, nos habla de una
victoria distinta sobre tantas muertes -frustraciones- prematuras. Hay una plenitud por encima que
mantiene la esperanza incólume: toda muerte es semilla de un futuro mejor.

8. El descubrimiento de un carisma

La elección de este camino no es una posibilidad ofrecida a todos. Justificar esta forma de vida,
tan brevemente señalada, no es suficiente para sentirse comprometido con ella. En el campo de las
opciones más fundamentales, como la profesión y el amor, no bastan las puras ideas. Nadie se
enamora por las razones que se afirman con posterioridad para explicar el hecho. Se quiere a una
persona porque uno ha descubierto algo que permanece oculto y sin relieve para los demás. Y es que
en todas las grandes decisiones de la vida juega un papel mucho más importante la dimensión afectiva
que la puramente racional. Cualquier tipo de vocación se constata fundamentalmente por los
sentimientos interiores que le hacen a cada uno descubrir que una determinada opción le resulta válida
y positiva. Esta consistencia personal, cuando no está motivada por factores inconscientes, produce el
bienestar y la sensación del que se encuentra a gusto y encajado en el compromiso con una tarea.
Algo parecido podríamos decir del celibato. Se pueden comprender intelectualmente las razones
que motivan su existencia, pero permanecer fríos e indiferentes cuando se trata de su aceptación.
Descubrir su sentido personal, como opción válida para una vida en concreto, es producto exclusivo de
una revelación: "No todos entienden este lenguaje, aquellos a quienes se les ha concedido" (Mt 19,
11). Experimentar con la cabeza, y sobre todo con el corazón, que vale la entrega definitiva a este
valor, como es válida la entrega matrimonial que se hace a otra persona, es indicio de que se ha
recibido este carisma especial. En este caso la invitación de Cristo es categórica: "Quien pueda
entender que entienda" (Mt 19, 12).
El mismo problema del celibato sacerdotal no puede plantearse desde otra perspectiva. Hablar de
una ley que se impone a los clérigos de la Iglesia latina me parece un vocabulario inexacto e
inaceptable. Nadie puede obligar a un género de vida que tiene que ser, por su naturaleza, carismático,
pues una obligatoriedad que naciese de la ley resultaría demasiado molesta. Y aquí creo que puede
encontrarse la raíz de algunas crisis y dificultades. El hecho de tener una vocación clara al sacerdocio
no significa, por ello, poseer el carisma de la virginidad. Lo mismo que se intenta discernir los signos
de la llamada al sacerdocio, habría que descubrir también si existen las señales de ese carisma. Aquella
persona que se ordenara de sacerdote y aceptara el celibato como una mera condición o requisito
necesario tendrá necesariamente que sentir lo imperfecto de su elección. Sin una auténtica vocación
previa hacia la virginidad, la Iglesia romana no quiere otorgar el ministerio a los candidatos al
sacerdocio.
Se podrá discutir si es conveniente o no mantener la exigencia de un verdadero carisma para
poder ser ordenado, pero en caso positivo el sacerdote tendrá que experimentar la llamada virginal lo
mismo que siente su vocación al sacerdocio. Esto significa, como es lógico, que la Iglesia latina, entre
las posibles vocaciones que pudiera tener, sólo quiere aquellas que sienten, además, esta segunda
vocación hacia el celibato. Aunque las razones de esta limitación pudieran ser discutibles, si la Iglesia
cree conveniente esta condición, ya no se podrá hablar de una ley o de una imposición obligatoria,
sino de una opción libre y descubierta por el valor mismo de la virginidad.
Pablo VI manifestó con plena claridad este mismo pensamiento:

"Ciertamente, el carisma de la vocación sacerdotal, enderezado al culto divino y al servicio religioso y pastoral
del pueblo de Dios, es distinto del carisma que induce a la elección del celibato como estado de vida
consagrada; mas la vocación sacerdotal, aunque divina en su inspiración, no viene a ser definitiva y operante
sin la prueba y la aceptación de quien en la Iglesia tiene la potestad y la responsabilidad del ministerio de la
comunidad eclesial; y por consiguiente, toca a la autoridad de la Iglesia determinar, según los tiempos y los
lugares, cuáles deben ser en concreto los hombres y cuáles sus requisitos, para que puedan considerarse
idóneos para el servicio religioso y pastoral de la Iglesia misma" (El celibato sacerdotal, ne 15).
9. Virginidad y matrimonio

Si se acepta el matrimonio y el celibato como dos funciones diferentes y complementarias dentro


de la Iglesia, la superioridad de uno u otro estado aparece como una cuestión accidental y de bastante
poco interés en nuestros días. Ambas vocaciones hay que vivirlas como exigencias necesarias a la vida
cristiana, evitando el orgullo sutil de la exclusividad o mayor importancia de alguna de ellas.
La tradición ha insistido en la superioridad del estado virginal sobre el matrimonio. Postura que
parece lógica cuando la valoración de la vida conyugal partía de unos presupuestos negativos, como
hemos visto. Aunque la doctrina se haya repetido desde Trento hasta épocas recientes, creemos mucho
más positiva la postura del Vaticano II, que ha querido prescindir, según parece, de una confrontación
en términos comparativos. Al menos, es significativo que, en algunos de sus documentos, al tratarse
sobre el tema, no se hayan citado los textos clásicos que podrían haberla confirmado.
Siempre se ha estado de acuerdo en que la mayor perfección depende de la caridad personal y
que cada uno debe seguir la vocación a que Dios le tiene destinado. Esto es lo principal y lo más
importante. El otro planteamiento comparativo, explicable en otras circunstancias diferentes, no
tendríamos por qué subrayarlo. La virginidad sigue teniendo pleno sentido, sin tener que mirar desde
arriba la vocación de otros cristianos, que pueden seguir también con plenitud la llamada de Dios.
Con todo lo que hemos dicho es difícil convencer a una persona del valor del celibato, si
previamente no se ha sentido seducida por la invitación del Señor. En los que ha resonado esta
llamada, el recuerdo de estas ideas podrá servirles para renovar con alegría y agradecimiento su
consagración. Los otros podrán comprender, al menos, que semejante opción es válida y razonable.
Pero si el amor matrimonial debe ser una ocasión propicia para la apertura al otro y, en cierto sentido,
un camino normal para la maduración psicológica, ¿no sería el celibato una especie de mutilación, la
causa de los desequilibrios de muchos célibes con todas sus consecuencias? Es una idea bastante
extendida en ciertos ambientes, como si la renuncia a la experiencia afectiva de la conyugalidad y al
ejercicio del sexo, con todas las gratificaciones que comporta, fuera ya indicio de una cierta rareza o
condujera inevitablemente hacia otros desequilibrios psicológicos.

10. Constatación de una realidad

Mucho mejor que responder a esta pregunta con elucubraciones y teoría abstractas, se impone
una constatación nacida de la experiencia, que no conviene olvidar para evitar exageraciones de
cualquier índole. Nadie puede negar la pobreza psicológica de algunos célibes que no han sabido
evolucionar, por las condiciones características en que han vivido, hacia una maduración afectiva.
Hay conductas que revelan manías, compensaciones, reacciones infantiles, lejanía e insensibilidad
ante problemas humanos, con otras múltiples manifestaciones del que no ha desarrollado su riqueza
interior y su mundo sensible y afectivo. A pesar de sus esfuerzos, buena voluntad e, incluso, de una
vida entregada y piadosa, no constituyen ningún modelo de armonía e integración personal. Pero
sería cerrar los ojos no querer darse cuenta de que también en el matrimonio es posible encontrar
desequilibrios, rarezas y neurosis más o menos compensadas. Basta muchas veces el conocimiento
superficial de algunas parejas -y aun más, cuando se penetra en intimidades que no se detectan por
fuera para descubrir múltiples actitudes regresivas e inmaduras de tantas personas que se quedaron a
mitad de camino en su proceso de evolución.
Lo mismo que sería injusto ignorar la riqueza humana de muchos célibes, que han sabido
explotar al máximo sus capacidades afectivas y psicológicas, aun viviendo en unas circunstancias,
como diremos enseguida, donde se hace más difícil su maduración. Esto demuestra la dificultad de
una confrontación objetiva para ver dónde, de hecho y en teoría, se alcanza un equilibrio mayor. Si
tanto en uno como en otro estado existen personas con un psiquismo excelente, normal, pobre o
patológico, esto significa que no es tanto el género de vida cuanto la situación individual de cada uno
lo que facilita o entorpece su propio desarrollo evolutivo. La renuncia al amor conyugal o al ejercicio
del sexo no son por sí mismas determinantes de ninguna anomalía psíquica o de conductas cercanas a
lo patológico. De la misma manera que la vida sexual y el matrimonio no sirven de terapias eficaces
para la curación de todos los conflictos.
Hay que reconocer, sin embargo, que la vida celibataria constituye un camino más difícil y
arriesgado para el proceso de maduración. Si el amor es un elemento decisivo para el equilibrio
psicológico de la persona, en este género de vida se renuncia a la experiencia humana de la
conyugalidad, la más rica y densa que se puede tener. En el cariño de la pareja, cada uno encuentra
en el otro su complemento más adecuado y le hace sentirse como ser único y exclusivo. Una
gratificación amorosa, que repercute en todos los niveles de la personalidad, para enfrentarse a la
vida con una dosis básica de plenitud y optimismo,

11. Ambigüedad de una renuncia afectiva

Ser célibe implica, en el fondo, la aceptación de un cierto vacío o soledad que nada ni nadie llega
a suplir, ni siquiera la vivencia más profunda y cercana de Dios que se mueve en otras coordenadas
diferentes. Ya sé que en el corazón de cualquier ser humano anida siempre una nostalgia de más, que
impide la satisfacción absoluta y definitiva, como si la felicidad que se busca no dejara de ser un
sueño. Aun en el abrazo más profundo de los cónyuges queda espacio abierto a un deseo mayor que
nunca se sacia por completo. Una herida oculta que, como es lógico, se hace mayor en la persona que
no goza de las gratificaciones conyugales.
Un corazón pobre y vacío no deja de poseer una riqueza extraordinaria. Las familias y los
pueblos más despojados de bienes suelen ser también más acogedores, generosos y solidarios. Como
no tienen mucho que ofrecer, se entregan con mayor facilidad y comparten con gusto su misma
pobreza. Esa penuria interior del corazón, que no se ha visto compensado por la fuerza de un amor
peculiar, lo puede hacer más libre y abierto al no sentirse cogido por nada especial, más comprometido
por estar desligado de otros lazos, más trasparente y sensible frente a otras soledades ya que sabe lo
que significa caminar sin ciertas ayudas. El peligro radica en que esa falta de alimentación afectiva
termine provocando una anemia que lo vuelva frío, indiferente, insensible, cerrado sobre sí mismo. Y
cuando se esclerotiza la sensibilidad, el juego afectivo que entabla las relaciones y vincula a las
personas, desaparece, o se intenta espiritualizar tanto que parece falso y postizo.
En otras ocasiones, se busca superar la anemia con demandas más o menos inconscientes que
sirvan de verdadera compensación. El que no se reconcilia con la pobreza del célibe, andará pidiendo
limosna para poder por fin colmarla. Lo peor es que como no puede mendigar claramente, porque su
identidad se lo impide y hasta le resulta vergonzoso reconocerlo, sus mensajes se transmiten con
formas neutras, en apariencia, pero llenas de un contenido más provocador. Hay maneras muy sutiles
de actuar o comportarse que despiertan, sin pretenderlo explícitamente, las respuestas que se buscan y
de las que el propio individuo se escandaliza y asusta, cuando llegan a darse, como si él no hubiera
sido el verdadero causante. Si este ayuno de la virginidad no se hace conscientemente, habrá siempre
un hambre interior que necesita saciarse en cualquier momento. Bajo ciertas ingenuidades están
latiendo, a veces, otras búsquedas no tan buenas e inocentes.
La libido insatisfecha puede encontrar otras salidas, ajenas incluso al ámbito sexual. No se anda
mendigando el amor para llenar los huecos afectivos, pero se intenta suplirlo con otras múltiples
indemnizaciones que alivien su ausencia. El apego a pequeñas riquezas, el ansia de posesión y
avaricia, el deseo de dominar e influir sobre los otros, la necesidad de sentirse admirado, consultado e
influyente, el llamar la atención de alguna manera, etc., son dinamismos presentes y necesarios en
cualquier sicología , pero que pueden acentuarse con exceso en la persona que no se siente satisfecha,
adquiriendo un significado distinto. El trabajo profesional y hasta el ministerio apostólico se viven,
entonces, como una forma de apagar con el éxito la desazón e inquietud interior. La conducta externa
será muy digna y evangélica, pero no hay que ver las simples apariencias, sino la motivación de fondo
que las impulsa.

12. Un resto que no se resigna

No hay que olvidar tampoco, en segundo lugar, que el equilibrio conseguido no es una
conquista definitiva y estable, ni se alcanza de forma completa, sin otros desajustes que influyen
sobre el control de la libido. Ya vimos cómo la integración del impulso sexual es fruto de un
itinerario que no siempre se recorre sin conflictos. Diversos condicionamientos de todo orden pesan
sobre la conducta de las personas, dificultando, en un grado que no es fácil valorar, su dominio
responsable. La creencia de que todo está integrado nace más bien de un narcisismo idealista que
pretende ignorar otras zonas más ocultas y encubiertas. En el fondo, queda siempre algún resto sin
pacificar o que se rebela y protesta por las continuas exigencias impuestas.
Esta amenaza común a cualquier persona se acentúa más en el célibe que renuncia
definitivamente a un mundo atrayente y que, a lo mejor, ni siquiera ha conocido de cerca. Ser virgen
no significa haber matado la llamada incesante del deseo que le gustaría abrirse a nuevas experiencias
inéditas o recuperar lo que había abandonado. Aunque se esfuerce y quiera vivir en coherencia con su
vocación, la carne, como símbolo de la dimensión más humana y sensible, no se resigna a perder la
primacía que se le niega. En ciertas épocas o momentos se eclipsa y serena, pero puede volver a gritar
de nuevo, sin darse jamás por vencida, como si no se resignara a permanecer para siempre en silencio.
Una inquietud que se manifiesta, a veces, en el mundo del sueño, de la fantasía, del hambre interior, de
la nostalgia, de la curiosidad, que no se integran por el mandato del propio querer.
La renuncia permanente a esas llamadas, que la persona casada no experimenta con tanta fuerza,
exige por parte del célibe, que desea vivir en coherencia con su consagración, la capacidad de
controlar unas pulsiones que nunca quedarán satisfechas. La búsqueda de alguna compensación
amenaza siempre como una alternativa atrayente. Decir que no, incluso cuando las posibilidades se
presentan, requiere un temple psicológico que no se hace tan necesario en otros estados de vida. Tales
condicionantes, como cualquiera puede comprender, hacen más difícil un equilibrio y control que en la
persona casada.
Por otra parte, la persona normal encuentra un doble punto de apoyo para sostener su bienestar
interior: el amor del hogar y su profesión. El éxito en cualquiera de estos campos es suficiente para
mantener un equilibrio psicológico, que desaparece de ordinario en la persona hundida y fracasada.
Cuando alguno de ellos se quiebra, siempre queda otro recurso que impide el derrumbe total. La
situación del célibe se encuentra menos protegida. Ha renunciado al calor de la familia para poner su
cariño y su corazón en una tarea apostólica.
Podría decirse que su dimensión afectiva está profundamente vinculada con su trabajo y que su
actividad se explica y condiciona por ese talante afectivo. De ahí que las frustraciones de su vida
repercutan en ambos campos sin posibilidades de separación.
En estas ocasiones, la imaginación tiene siempre el peligro de idealizar lo que no se disfruta, pues
nadie se resigna a pactar con el realismo doloroso y limitado de la existencia. La tentación en este caso
es la misma para todos. El matrimonio es la felicidad vista desde el celibato fracasado, lo mismo que
la vida sacerdotal o religiosa se llega a convertir en el paraíso de algunos matrimonios conflictivos.
La ilusión engañosa, sin embargo, se repite con más frecuencia entre los célibes. El casado
soñará más bien con otra alternativa mejor o, incluso, que hubiera preferido permanecer soltero a una
convivencia tensa e insoportable. Pero para el virgen, en cualquier momento desagradable y apurado,
que no han de faltar, el cariño compartido con una persona a todos los niveles se vivencia como el
alivio y drenaje más adecuado. Nacen unas expectativas tan encantadoras que ocultan otros muchos
datos de la situación.
Es verdad que, cuando se renuncia a él, el matrimonio soñado aparece como un ideal casi
perfecto. Nadie piensa haber renunciado a un amor con límites y desajustes, sino a una experiencia
humana, la más grande y seductora que se puede ofrecer. La comparación entre la realidad que se vive
y el mundo imaginado se hace, entonces, demasiado hiriente y cruel. Para estos momentos se requiere
una visión más realista y adecuada, sin dejarse engañar por falsas ilusiones. En cualquier situación hay
siempre un margen que frustra, que no responde a la esperanza programada, que destruye el proyecto
infantil. Reconocer la realidad, sin idealismos, impide otras seducciones peligrosas, que fomentan la
nostalgia oculta de un paraíso perdido.

13. Los caminos para la maduración:


una triple renuncia

Ningún célibe puede ser maduro y equilibrado si no fuese capaz psicológicamente de hacer feliz
a otra persona en el matrimonio. La virginidad no debería estar reservada para los fracasados en el
amor por limitaciones personales, como tampoco debería casarse ninguna pareja por ciertas
necesidades o exigencias falsas o inconscientes. El servicio a Dios no tiene que realizarse con
psicologías taradas, aunque sea posible en ellas una entrega muy auténtica y sobrenatural. Si el perfil
humano del virgen tuviera que estar siempre destrozado, habría que preguntarse con seriedad si esta
elección vale la pena y resulta cristiana.
Ahora bien, una renuncia como ésta no se integra sin conocer y aceptar lo que ella exige y a qué
compromete. El punto de partida tendría que ser, pues, la libre aceptación voluntaria de lo que
significa la virginidad: la renuncia a la más bella y profunda de las experiencias humanas. En el fondo,
aunque expresada ahora de forma negativa, es vivir para siempre con una cierta soledad básica, que
nada ni nadie podrá nunca llenar. Esto lleva consigo una triple negativa.
Hay un primer vacío de todo lo que dice relación con el ejercicio de la sexualidad. La continencia
priva de unas gratificaciones que, cuando se viven de una manera armónica y positiva, constituyen un
importante factor de equilibrio y felicidad. El placer compartido es un lugar privilegiado para dar
salida a otras pulsiones arcaicas, primitivas e insatisfechas que, de no encontrar este cauce, podrían
hacerlo con otras manifestaciones más peligrosas. Se convierte, además, en el lenitivo de muchos
problemas y compensa de alguna manera la fatiga y el aburrimiento que provoca con tanta frecuencia
la vida. Como es posible también que nunca lo haya gozado en su expresión más profunda -e incluso
aunque se haya acercado a él de alguna manera-, o se decide conscientemente que el no es definitivo o
quedará por dentro aletargada la curiosidad de un posible conocimiento, que se conserva con una
cierta ilusión implícita, como el que no se arriesga a una negativa total.
Un segundo aspecto de mayor importancia consiste en la ausencia del compañero con el que
compartir la vida entera y sentirse privilegiado como sujeto de un amor único, exclusivo y totalizante.
La soledad humana descubre aquí su remedio más oportuno. El encuentro definitivo con el otro, en
todos los niveles de la existencia, es un remanso de fortaleza, dinamismo y bienestar. En medio de las
dificultades y problemas queda un espacio reservado para recuperar la ilusión y la alegría. Es el
maravilloso sentimiento de que todo tiene sentido, porque la felicidad se hace posible con el cariño
que se comparte y experimenta. No es raro que al pasar el ecuador de los años -los antiguos
designaban esta etapa como el diablo meridiano- se produzca un cierto tedio y monotonía existencial,
precisamente en el momento en que muchas cosas se vienen abajo y el realismo penetra en el alma, sin
las ilusiones e ingenuidades de otros tiempos.
La búsqueda de alguien que, como refugio mutuo y compañía amorosa, compense el mundo
solitario se añora, en esos momentos, con mayor urgencia que la misma gratificación sexual. Diversas
circunstancias, que disminuyen las resistencias personales, hacen más proclive esta búsqueda hacia el
amor y la compañía privilegiada, en un contexto social donde tales encuentros se facilitan. La
participación común en los misterios de dolor y gozo hace de la pareja un pequeño remanso de
fortaleza, dinamismo y bienestar. El epitafio de Adán sobre la tumba de Eva deja de ser ficción
literaria de un novelista para convertirse en realidad: "Donde quiera que estuvo ella, estuvo el paraíso",
Y el virgen no tiene este aire único, que refresca y tonifica el duro desierto de la vida.
Finalmente no podemos olvidar tampoco que el instinto de paternidad es una nostalgia
escondida en el corazón del hombre y más todavía en la mujer. El hijo, aun sin ser un reflejo del
narcisismo paterno, despierta poder e iniciativas creadoras, y completa de alguna manera el ansia de
permanencia y sucesión. Detrás queda alguien por quien valió la pena el esfuerzo y ayudó a
enfrentarse con tantas muertes -incomprensión, rebeldía e independencia de los propios ideales- antes
de la última y definitiva. Si además constituye un triunfo, el retiro hacia la vejez se hace mucho más
soportable.

14. Análisis de la propia realidad

Comprometerse con el celibato supone, pues, la marginación seria y gozosa de estos elementos,
que facilitan de ordinario el éxodo de nuestro caminar por el mundo, y el convencimiento íntimo de
esta posibilidad en las circunstancias concretas y personales del individuo. Por ello se requiere, como
segunda condición para madurar, un discernimiento honesto de la situación en que cada uno se
encuentra, y que posibilita llamar a cada cosa por su nombre. Esta actitud de honradez y sinceridad
consigo mismo es imprescindible para evitar los múltiples engaños y autojustificaciones, que evitan el
enfrentamiento con la propia verdad.
El peligro que existe en este caso nace, porque no interesa conocer los deseos, tendencias,
ilusiones, curiosidades y anhelos más íntimos, por miedo a despertar un sentimiento de culpa y
destruir con ello la buena conciencia que se quiere mantener. Entonces la persona se contenta con una
imagen ilusoria y narcisista de un yo virgen, cuando el fondo no queda tan limpio y transparente como
piensa. Con el riesgo, además, de que todo ese mundo desintegrado encuentre salidas falsas y se revele
bajo otras manifestaciones en apariencia más inocentes y virtuosas. Toda maduración tiene que partir
de un análisis sincero de la propia realidad, cuyo encuentro no siempre resulta agradable.
El equilibrio de la virginidad, por otra parte, no resulta siempre estable y definitivamente
adquirido. La evolución hacia la madurez exige un cambio permanente, con sus correspondientes
crisis para irse adaptando a las nuevas exigencias personales, como sucede también en la biografía del
amor matrimonial. Cuando la vida descubre con realismo lo que significa la promesa hecha como un
proyecto lejano, hay que repetirla de nuevo con una dosis mayor de autenticidad, eliminando lo mucho
de imaginario que al principio existía. Ser fiel consiste precisamente en la respuesta y acomodación a
las circunstancias presentes, dentro de la misma orientación fundamental.
Es normal, por tanto, que muchas ilusiones se rompan y aparezcan determinados conflictos o
surjan con fuerza ciertas necesidades, que habían permanecido demasiado silenciosas. No hay que
asustarse por la irrupción del deseo insaciable que quisiera acercarse a lo prohibido. Ser casto no
consiste en haber matado las tendencias de la carne o verse libre de sus llamadas más o menos
clandestinas, sino que radica en conservar la lucidez y no ceder a sus insinuaciones, aunque la
sensibilidad se agudiza a veces de tal manera que desborda al poder de la voluntad. Lo mejor,
entonces, no es dejarse llevar por las racionalizaciones, que justifican otras experiencias inéditas en la
vida virginal. Es el momento de la reflexión sincera para recordar el significado del compromiso y, sin
temor por los errores, fallos y equivocaciones -que también pueden convertirse en una experiencia
positiva-, volver a una conducta coherente. Las situaciones irreversibles, en la hipótesis de una
auténtica llamada, son de ordinario consecuencia de una actitud prolongada donde ha escaseado la luz
o la decisión.
Es posible, incluso, que problemas de diversa índole surjan en determinados períodos cruciales.
La integración de la libido, aun en los casados, no se consigue desde el comienzo y exige un esfuerzo
permanente. Por eso hay que superar el peligro de un narcisismo perfeccionista que está obsesionado
por alcanzar la maduración plena. Con frecuencia se crea un yo ideal al que se sacrifican los mejores
esfuerzos y las mayores energías con tal de conseguirlo. El margen que siempre queda entre la
perfección soñada y la realidad vivida es el terreno abonado para tantos desencantos y frustraciones,
que dejan por dentro el dolor y la amargura del fracaso. La madurez tiene siempre un idéntico punto
de partida: la difícil reconciliación amorosa con las propias limitaciones.
Es verdad que Dios no quiere el fracaso de nuestro proyecto, pero se hace también presente entre
el cansancio y las equivocaciones del ser humano. Sin éxitos completos en la plenitud deseada y entre
las ruinas aparentes de un perfeccionismo destrozado, hay espacio para una entrega y un amor muy
profundos, que no tienen ya su objetivo puesto en la imagen ideal del propio yo. El único camino para
encontrarlo no exige sentarse en el trono de la perfección personal, sino esperarlo a que se acerque,
cuando nos hace sentir la incapacidad, el desconcierto y la propia impotencia.

15. El valor de la experiencia afectiva

Supuestas estas condiciones -aceptación de lo que significa el compromiso, y reconocimiento y


reconciliación con las limitaciones personales-, el tema de la amistad adquiere una importancia
extraordinaria en la vida del célibe. Renunciar a la conyugalidad no significa cerrarse al amor. Es más,
el que nunca haya tenido una experiencia semejante ha perdido sin duda una posibilidad de
maduración. Nadie alcanza un equilibrio humano suficiente, por muy santo que pueda ser en lo
religioso, si no ha descubierto lo que significa amar a una persona.
Una continencia que elimine la sensibilidad resulta demasiado enfermiza, destruye múltiples
valores y fomenta una serie de rarezas y comportamientos extraños, pues el corazón queda duro y
reseco por una falta de riego afectivo. Sin creer que sea patrimonio exclusivo de los célibes, es
evidente que algunas manifestaciones de esta sequedad -rigorismo, incomprensión ante problemas
humanos, reacciones infantiles, deseo de dominación, inflexibilidad... y hasta el mismo trabajo
desenfrenado como excusa- pueden darse en ellos con mayor propensión. El aprendizaje del amor por
la vereda de los encuentros personales es un punto de orientación para todo el mundo. De ahí que el
tema de la amistad y la importancia de la vida comunitaria sean factores importantes para esta
maduración.
La misma relación afectiva heterosexual no hay por qué rechazarla como elemento de equilibrio
y maduración. El recelo excesivo de otras épocas, que superaba la prudencia imprescindible, no sé si
ha tenido un precio demasiado caro, aunque haya fomentado la continencia. Un ambiente de mayor
naturalidad parece mucho más sano y enriquecedor, sin negar, como enseguida veremos, sus posibles
riesgos.
En la vida celibataria se da una renuncia al ejercicio de la genitalidad, pero ello no significa
marginar la dimensión sexuada de cada individuo que se manifiesta y actualiza en las relaciones con el
otro sexo. La llamada recíproca, complementaria y enriquecedora forma parte de cualquier encuentro
entre hombre y mujer, donde la ternura, la confianza, la simpatía, el cariño, la sensibilidad se pueden -
y hasta se deberían- hacer presentes. La persona madura está capacitada para vivir esta relación con
una espontaneidad sana, sin que se mezcle necesariamente con otros elementos genitales. Ahora bien,
como la frontera entre lo sexual y lo genital no está siempre bien delimitada, es posible que ciertas
expresiones sexuales se encuentren motivadas por una dinámica genital oculta y sutil, que no interesa
por el momento reconocer hasta que un día se manifiesta con claridad. El proceso de gestación
inconsciente se venía desarrollando con antelación, aunque el sujeto prefería conservar la ignorancia o
una ingenuidad demasiado interesada.
Estar atentos a este riesgo no implica fomentar el miedo, la sospecha o la desconfianza, sino
insistir en la necesidad de este conocimiento interior, indispensable para la integración y madurez en
el celibato. El sacerdote, en concreto, representa un papel singular en el juego de las relaciones
afectivas. Como a confidente y consejero, se le pueden revelar los secretos más íntimos, incluso
sobre temas delicados, que a ningún otro se le comentan. Su capacidad de escucha y sintonía es apta
para despertar vinculaciones más profundas, sobre todo cuando el confidente -o él mismo- se halla
desamparado o con dificultades en el mundo afectivo. Es como el descubrimiento de un ideal soñado
que aún no se encontró en la realidad. Suscitar su interés y cariño late con frecuencia en el
inconsciente, pues supone el gozo de una conquista especial por su condición sagrada.

16. La amistad privilegiada

Más allá de estas relaciones normales, es posible también la experiencia de una amistad
privilegiada. El tema es delicado y se presta a tantos equívocos que algunos preferirían silenciarlo
para no fomentar un camino que juzgan demasiado peligroso, pero me parece que hay que plantear el
tema con honestidad y realismo.
El célibe no se orienta por el camino de la conyugalidad, pues renuncia a compartir la vida en
plenitud con otra persona, pero experimentar un amor, que le llevaría, incluso, en circunstancias
normales hasta el matrimonio, no supone una ruptura de su consagración. Ser virgen y estar casado,
aunque sea nada más que con vinculaciones afectivas, son realidades que se excluyen, pero lo
característico del matrimonio es hacer a la otra persona el centro de gravedad, que determina y
especifica la propia existencia.
En este caso, semejante afecto no tiene por qué suponer una pérdida de autonomía y libertad, un
nuevo esquema de valores y preferencias en su trabajo, ni un paso atrás en su compromiso anterior.
Sabe lo que ha prometido y mantiene su palabra. Sólo que ahora puede vivirla con una renovada
ilusión y en una acción de gracias. La historia y la experiencia ofrecen abundantes testimonios y
documentos.
A veces se afirma, como un argumento para rechazar esta posibilidad, que todos los abandonos
de la vida religiosa o sacerdotal están motivados por problemas afectivos. La realidad, sin embargo,
no responde siempre a esta suposición. Es posible que un fuerte sentimiento destruya una verdadera
vocación, cuando se ha hecho demasiado intenso y faltan fuerzas, energías e ilusiones para mantener
el compromiso. Pero la experiencia demuestra que tales problemas afectivos no son muchas veces los
que la aniquilan, sino que nacen precisamente porque la firmeza y el convencimiento de la llamada
estaban ya muy debilitados. Por ello no es fácil saber con claridad, en ocasiones, cuál ha sido la
causa y cuál la consecuencia o efecto. En cualquier hipótesis, se trata de un terreno resbaladizo en el
que se requiere una suficiente lucidez y una dosis grande de honestidad.
Sin embargo, sería ingenuo e injusto no señalar, al mismo tiempo, los riesgos y equivocaciones
que la vida nos enseña. Admitir en teoría que la amistad, incluso la más profunda, es buena y
enriquecedora no debería servir de justificación para ocultar una serie de equívocos, cuyas
consecuencias no se constatan hasta que la situación se hace crítica o irremediable. Es muy difícil
superar los engaños cuando las relaciones se hacen demasiado interesadas, y son muchas las
motivaciones ocultas que dinamizan el mundo afectivo. Lo que había comenzado como una
experiencia tan buena y extraordinaria termina donde nunca se había soñado ni pretendido llegar. La
pena es que semejantes justificaciones falsas suelen captarse, desde fuera, por otras personas antes
que por los propios interesados.
Creo que la única manera de afrontar el problema con eficacia es recordar algunos criterios
básicos, que puedan iluminar la conducta del que desea vivir en coherencia con su vocación.

17. La pobreza bienaventurada de un amor

Hay un presupuesto de base que nunca se debería olvidar: el amor del virgen será siempre el de
una persona pobre, impotente, cuya expresividad queda limitada por su compromiso anterior. Ser
eunucos, como afirma el Evangelio, no hace referencia a un dato biológico, sino a la libre aceptación
de lo que ya hemos dicho que significa la virginidad. No es posible el tipo de entrega propio de los
cónyuges, porque ya se ha ofrecido la vida por un camino diferente. El cuerpo, además de estar
consagrado por el bautismo, queda entregado a Dios por una vinculación especial. Si la amistad, el
cariño y todas sus manifestaciones hacia los demás se regulan en el matrimonio por el compromiso
previo con el propio cónyuge, aquí también cualquier gesto debe recordar la promesa anterior que se
ha hecho. Toda vinculación afectiva debe mantener, por tanto, esa lejanía que nace del compromiso
adquirido y que impide donar a otro lo que no nos pertenece. No es la falta de cariño o su poca fuerza
lo que impide una mayor donación, sino el hecho sencillo de no poder dar aquello que no es de uno, ni
ya le corresponde.
Por eso una relación así participa del misterio doloroso de la cruz, porque supone el silencio de
un lenguaje que de alguna manera separa y mantiene distancias, pero al mismo tiempo se experimenta
la bienaventuranza de una pobreza, que termina enriqueciendo y recrea el corazón. Un buen signo para
ver si este despojo se va realizando es reflexionar sobre la libertad y autonomía que se mantiene o, por
el contrario, si son muchos aún los vínculos que encadenan e impiden un control de las reacciones y
un respeto de los límites establecidos.
No es inútil alertar de nuevo sobre los múltiples engaños posibles, cuando se vive una situación
afectiva tan gratificante e interesada. Los comienzos, además, suelen ser bastante positivos hasta para
el trabajo apostólico y la vida espiritual. Se trata de una experiencia gozosa que reanima las ilusiones,
despierta nuevas esperanzas, afronta mejor las dificultades y conflictos de siempre, suaviza las
tensiones, e incluso facilita el encuentro con Dios.

18. Un reconocimiento honesto de la propia situación

Conviene, sin embargo, estar vigilante sobre el desarrollo del proceso, una vez que ha pasado la
primera etapa de euforia, cuando el amor empieza a exigir espacios de tiempo más prolongados y un
clima de intimidad excesivo en el que los otros aparecen siempre como unos intrusos.
También el cuerpo hace acto de presencia para achicar la lejanía física de personas que no se
sienten espíritus angélicos y que empiezan a encontrarse movidas por sentimientos y deseos que no
siempre consiguen controlar. Son momentos que se viven como una cierta aventura, sin saber cuál será
el fin, y en los que a lo mejor se andan los primeros pasos por caminos que nunca se habían
imaginado.
Hay justificaciones demasiado ambiguas que tranquilizan aparentemente, aunque en la distancia
y con mayor objetividad tampoco satisfacen por completo. Los mismos errores y equivocaciones
pueden ayudar, entonces, a un deseo de clarificación para reconducir un proceso, que se iba desviando,
hacia una coherencia mayor. En otros casos, el final se hace imprevisible, aunque la solución no se
pueda valorar con idénticos criterios. Incluso cuando la vuelta atrás se hace irreversible, como
acontece en algunas situaciones, la responsabilidad corresponde más a este período primero de
gestación, donde faltó lucidez y fortaleza, que a la decisión última que ya estuvo demasiado
condicionada.
En tales circunstancias, por otra parte, habrá que tener también muy en cuenta la situación de la
otra persona, que puede ser bastante diferente a la que uno está viviendo. A lo mejor el sujeto se cree
con fuerzas y garantías suficientes para superar momentos delicados y conserva un convencimiento
profundo de fidelidad a su vocación, pero está creando en el otro un estado cada vez más insostenible,
porque su sicología personal o el momento que atraviesa lo coloca en una posición muy incómoda y
delicada. Se anudan unos vínculos que para él resultan insuperables, aunque para el primero no le
impidan seguir su camino adelante. Fomentar y mantener una relación que personalmente parece
inocua y placentera, sin querer darse cuenta del daño y destrozo que se está provocando, es un
comportamiento irresponsable y perverso, a pesar de la aparente inocencia con que se acepta. Hay que
observar muchas veces las cosas desde fuera para comprender con realismo el dolor y hundimiento
infligido.
Es posible, incluso, que alguno se quiera mantener fiel al compromiso primero o deseara
retroceder hacia una relación menos intensa, pero su propósito resulta ineficaz, cuando descubre que
semejante tentativa comporta una pena y sufrimiento tan grande en el otro que se siente incapaz de
hacerlo desgraciado para siempre. El sentimiento de que Dios mismo no puede permitir ese
abandono aflora y se explícita con frecuencia, haciendo más confusa la respuesta. La pregunta, tal
vez, habría que enfocarla hacia el pasado: ¿quería Dios que se llegara a esta situación?

19. Ayuda en el proceso de clarificación

Por todo lo dicho hasta ahora, se deduce la importancia de confrontar la propia experiencia con
un consejero, como ayuda inestimable en el proceso de clarificación. El hecho mismo de estar
dispuesto es un signo de transparencia y sinceridad, pues no resulta fácil este tipo de manifestaciones
por diversos motivos. Se trata de una vivencia tan íntima, singular y personalizada que ninguno se
atreve a comunicar, como si nadie pudiera llegar a comprenderla o pareciera una violación
compartirla, aunque se mantenga el anonimato del compañero.
Es verdad que estos problemas no son para exponerlos en público, ni siquiera dentro de una vida
comunitaria, pero sería bueno estar convencido de que no basta fiarse de la buena voluntad o del
sentido común, ya que la dinámica afectiva presente suele jugar malas pasadas, además de que la
inexperiencia facilita los errores. Por desgracia es frecuente que se acuda cuando el problema se ha
complicado en exceso y la solución, aunque fuera asequible, se torna más dificultosa.
El papel del testigo, sobre todo en estos casos, no consiste en prohibir o consagrar, como si él
tuviera que imponer una decisión negativa o favorable. En este campo, es muy difícil aceptar un
consejo ajeno del que no se está interiormente convencido. Su misión se limita a ofrecer una serie de
datos que, en tales momentos, no se conocen siquiera, se pretenden ignorar o no se objetivan lo
suficiente. Los mecanismos psicológicos que actúan son demasiado fuertes, interesados y complejos
para analizar el problema desde la propia perspectiva. La experiencia del consejero sabrá poner a
flote motivaciones ocultas, indicar signos de verificación y autenticidad, incluir aspectos y
circunstancias olvidados, descifrar ciertas confusiones, hacer más explícito y comprensible lo que se
vive pero que no está del todo clarificado, levantar la mirada por encima de la intensidad presente.
Todo, en una palabra, para que el sujeto afectado sepa decidir con mayores garantías. Con la
conciencia, al mismo tiempo, de que no existen criterios tan evidentes que aseguren de forma
absoluta la rectitud de cualquier opción. Quedar siempre abiertos a la posibilidad de un cambio o
rectificación será una postura sensata y aconsejable.

20. El amor posible en el desierto


Por otro lado, es necesario enfrentarse con otra nueva posibilidad. El amor es siempre una
ofrenda y un regalo de la vida que no se puede jamás conquistar ni merecer. Es una experiencia de
gratuidad absoluta, donde juegan muchos factores y, por ello, hay ocasiones frecuentes en las que se
capta su ausencia con un sentimiento de nostalgia profundo. Una amistad auténtica constituye un
privilegio del que no es posible siempre disfrutar, al menos en sus niveles más íntimos. El remedio
no es lanzarse como un mendigo hambriento a la búsqueda y aventura de alguien que llene ese vacío
interior. Cuanto más hambre y obsesión se experimente, más difícil se hace un encuentro maduro,
pues semejante inquietud es ya un síntoma negativo y peligroso. Hay que tener muy claro, por tanto,
y aceptar que, aunque sea una ayuda y enriquecimiento, semejante experiencia afectiva no es
necesaria para la vocación ni para la madurez psicológica. Ésta requiere como primer paso la
reconciliación serena con una verdad, de la que tal vez no se pueda prescindir. A través de las
frustraciones, cuando sabe integrarlas con elegancia, el ser humano prosigue su camino de evolución
hacia la madurez, aunque no haya vivido en las mejores condiciones.
Es más, me atrevería a decir que los valores de esta amistad no producen sus verdaderos frutos,
mientras no se haya uno tragado la posibilidad de una vida solitaria, e incluso experimentado por
dentro el realismo de esta situación. Hay que atravesar el desierto del celibato antes de gozar con la
tierra prometida. El que no ha sido capaz de vivir la soledad de su consagración, difícilmente
descubrirá el rostro de Dios en los ojos de la persona amada. Por eso no estaría mal insistir en los
inconvenientes de ciertas experiencias demasiado primerizas. La amistad, en este caso, tiene el riesgo
de ser una compensación a la añoranza de algo que falta y que no está aún asumido, en vez de ser un
encuentro para compartir la felicidad que ya se disfruta. Sin embargo, aunque no añada ningún
elemento esencial a la gracia de la vocación, nadie tiene derecho a desconocer o despreciar este
regalo de Dios, de la misma manera que tampoco constituye ningún timbre de gloria para poder
vanagloriarse.
En cualquier caso, renunciar a una forma concreta de amor no supone ninguna regresión o
estancamiento si las exigencias fundamentales de la persona se alimentan y satisfacen por otros
caminos. Esto significa que la sublimación, en el sentido más pleno de la palabra, es una urgencia para
el celibato. Entiendo por ella el proceso por el cual se ponen al servicio de otras tareas superiores o de
otro tipo aquellas pulsiones que originariamente estaban orientados hacia metas más primitivas e
inmediatas.
Cuando el celibato es de tipo religioso, la motivación básica debe tener un fuerte contenido
sobrenatural. El "por mí y por el Evangelio" serán los valores fundamentales vivenciados. Esto no
significa, por supuesto, negar la conveniencia de otras gratificaciones y sublimaciones humanas, para
no caer en un espiritualismo exagerado, como no lo somos en el campo de la alimentación o de otras
necesidades biológicas. Negar las recompensas y consuelos que la vida ofrece es propio de un
neurótico o de un masoquista. El problema reside en la proporción que debiera existir entre ambas, a
fin de que estas últimas no sean las que sostengan un estado de vida que se eligió por otros motivos.
Dicho con otras palabras y sin necesidad de mayores explicaciones: Dios y el Evangelio tienen que
pesar mucho en la vida afectiva del célibe. La renuncia y soledad que comporta, y en la que hemos
insistido, se aceptan a cambio de otra plenitud de signo diferente, que sólo se vislumbra en la
experiencia religiosa. Sin esa relación personal con Dios, la virginidad cristiana se queda a medio
camino.

BIBLIOGRAFÍA

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