Está en la página 1de 2

>>Reseña :: Libro :: La enfermedad como estética

T>Mejor es el remedio
>>Ficha: Bajo el signo de Marte, de Fritz Zorn. Traducción de Susana Spiegler. Anagrama,
Barcelona, 2009. 302 páginas
P>Por la misma época en que Susan Sontag publicó La enfermedad como metáfora apareció
este ensayo (o confesión, o relato) que lo contradice en casi todos sus términos. Si, en última
instancia, lo que hacía la crítica estadounidense en su libro de 1978 era tratar de desmontar el
aparato simbólico que rodeaba a ciertos padecimientos corporales para reclamar su derecho a
tratarlos como problemas físicos (no morales), lo que intentó el suizo Fritz Zorn con Bajo el
signo de Marte (1978) es explicar por qué el cáncer que -al igual que a Sontag terminó por
matarlo- le estaba bien merecido en tanto manifestación de una situación familiar, social,
política y espiritual que debe ser castigada. Los dos textos han transitado caminos distintos: el
de Sontag se volvió un clásico y conoció una actualización oportuna (El sida y sus
metáforas,de 1989), en tanto el de Zorn viene royendo lentamente su camino la superficie:
semicensurado originariamente en Suiza, fue publicado en español por primera vez en 1992 y
ahora vuelve a ser editado, con atractivas introducciones de Félix de Azúa, Rafael Conte y
Manuel Rodríguez Rivero, como parte de la "vuelta de tuerca" que Anagrama le está
imprimiendo a su catálogo desatendido.
A primera vista, Zorn adscribe con fuerza a la visión del cáncer que Sontag expone como un
constructo infundado: la enfermedad es consecuencia de la represión emocional, de una
interrupción en el flujo de la libido. En el género freudiano y afines es imposible esquivar la
infancia: la del personaje Zorn es aterradoramente armoniosa. Miembro de una familia de
millonarios zuriqueses que meticulosamente impide la aparición de cualquier forma de
disenso, por más nimia que sea, que inculca la amabilidad pero no el interés genuino por los
otros, que promociona la alta cultura sólo como oposición a de otras formas de expresión
artística, en definitiva, que evita todo tipo de conflictos, Zorn se transforma en un impotente
emocional.
Lo que lo diferencia al pobre niño rico de sus antepasados es su extrema sensibiliad a lo
anormal de su situación: la primera parte de Bajo el signo de Marte es el relato del
sufrimiento causado en la niñez y juventud del protagonista, en tanto la tercera sería la
explicación de su toma de conciecia, y el último, una búsqueda in extremis del sentido de lo
acontecido. Dos cosas acercan a Zorn autor al también germanoparlante Thomas Bernhard:
por un lado, su insistencia en dejar absolutamente clara cada cuestión que le interesa,
atacándola desde distintos ángulos y profundidades, y retomándola en cuanto se presente la
menor oportunidad (aunque todo esto sin la adicción del escritor austríaco por la frase larga y
la subordinación cuasi infinita); por otro lado, su vocación por demostrarl lo aborrecible de
cada detalle de la sociedad donde crecieron, cosa que lo emparenta no sólo al autor de
extinción, sino a toda una "tradición" austríaca de denunciar a la "pútrida patria" (al decir de
GW Sebald).
Como varias de las novelas de Bernhard (la insuperable Extinción, también Corrección y El
sobrino de Wittgenstein), lo que está mal es constitucional de las familias de la alta burguesía,
pero el pacto de lectura que propone Zorn es diferente. En tanto lo de Bernhard es ficción,
aún cuando escribe desde el punto de vista más acorde a su biografía -es decir, la de alguien
que no pertenecía a la clase alta, pero que la frecuentó, admiró y odió-, lo de Zorn es leído
como el testimonio de un moribundo adinerado. Habría, sin embargo, varios obstáculos para
considerar a Bajo el signo de Marte un objeto no literario. Para empezar, está el asunto del
pseudónimo: el verdadero apellido del escritor fue "Angst" (miedo, angustia) y no "Zorn"
(rabia, ira); el cambio favorece a quien en sus últimos momentos de lucidez se identifica con
la energía guerrera y creadora de Marte, descubre que Dios no es un absoluto (y por ello se
vuelve aliado de su molestia, el Diablo) y declara que no se rendirá jamás, aunque sabe que
será vencido. Por otra parte, hay una acumulación de citas a la literatura europea, y,
particularmente, a la tradición ibérica (especialmente a ciertos desasosegados poetas
portugueses), algo que aparece como absolutamente natural dado que Zorn nos cuenta cómo
se forma en romanística para luego desempeñarse como profesor de literatura. Finalmente,
ocurre algo extraño: mucho de lo que escribe Zorn -más allá de ciertos hallazgos
costumbristas muy graciosos- es efectivamente tan ascéptico como el entorno que denuncia,
se acerca más a un informe que al testimonio de un enfermo terminal. La acumulación, sin
embargo, vuelve a funcionar.
A>JG Lagos