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“El Sueño de Anami” Nuria Aragón Castro. Mandala Ediciones S.A.

Capítulo 5, Parte II -Renegando- (Incompleto)

Una luz tenue acarició el rostro de Anami mientras ésta estiraba gozosamente su cuerpo. Se
sentía algo decaída y confundida. Las palabras tenidas el día anterior con Orwel la habían
afectado grandemente a pesar de ella considerarlas insignificantes. Se sentía desconcertada y algo
deprimida.

Miró en su derredor y halló una amplia habitación con una gran cama con dosel en la cual
estaba tumbada, una butaca, una cómoda con espejo y taburete, un perchero, una gran
alfombra y un pequeño orinal de metal esmaltado.

Con la nariz arrugada se levantó dispuesta a entre abrir la puerta y mirar discretamente a través
de ella intrigada por saber en dónde se encontraba, pero a su paso por la cómoda decidió
sentarse en el taburete para primero peinarse y arreglarse mientras reflexionaba el cómo actuar
ahora. Cual fue su sorpresa cuando encontró ante ella no a una rolliza Gonu color marrón suave
con rabo peludo, orejas de liebre y pelo pelirrojo y rizado sino a una escuchimizada Iris color
azul celeste sin rabo, con orejas de soplillo puntiagudas y finísimas y pelo rubio, liso y muy largo
¡Casi la dio un paro cardíaco! Asustada y temerosa de sí misma se sentó en el taburete y se puso
a toser forzada y artificialmente lo más escandalosamente posible que pudo pues una vez leyó en
un email que al hacer esto, al toser, provocaba fuertes contracciones musculares muy eficaces en
la interrupción voluntaria de un paro cardíaco. Tal fue su susto…

- Entonces, entonces… No ha sido todo un sueño –Expresó en voz ligeramente alta, con la
nariz hecha completamente una pasa y medio llorando— No puede ser, tiene que haber sido un
sueño —Siguió insistiendo sobre sí misma — El rapto de mi hermana, Ninse, el entierro, Orwel,
Lamaria… Todo ha sido realidad entonces… ¡Horror! No, no puede haber sido realidad. Todo es
un sueño muy vívido del que aún no me he despertado. Venga Anami, venga ¡Levántate! —Se
dijo medio desesperada y a la vez no confiando nada en lo que se decía a sí misma—

Anami quiso levantarse y salir corriendo del lugar como si de este modo pudiese huir de sí
misma y de su situación pero mientras se levantaba impulsivamente, la entró un medio vahído
que la obligó a sentarse nuevamente para evitar la inmediata caída al suelo, manteniéndose ciega
y al borde de la inconsciencia por unos cuantos segundos.

Anami, frustrada y desesperada, comenzó a sollozar cruzando los brazos sobre la cómoda y
agachando y apoyando su cabeza en ella. En estos momentos la hubiese encantado ser un
avestruz. Mientras sollozaba, frustrada revivía en su memoria todo lo acaecido en los últimos
meses, especialmente desde que se encontraba en casa de Lamaria con Orwel apoyándola y
ayudándola. Orwel… ese ser tan extraño que constantemente la decía cosas muy raras, visiones
de la realidad muy extrañas pero a la vez muy lógicas que luego la mantenían reflexionando
sobre ellas durante muchísimos días.

- ¿Y qué fue lo que me dijo ayer? Apenas recuerdo nada, sólo que no me gustó e hizo que me
sintiese y me sienta algo rabiosa hacia él… ¡Ah, ya! Que soy una adicta… ¡De locos! Todo esto
es de locos. No puede ser realidad. Es imposible. Tengo que estar soñando sí o sí… —Volvió a
intentar auto convencerse—

¡Cuánto le gustaría ahora evadirse de la realidad!

Anami levantó su humedecida cara y se miró al espejo intentando reconocer algo de sí misma
en él. Sus emociones eran encontronadas. Por un lado, sentía un rechazo y una repulsa extremos
a la imagen que divisaba frente a sí. Era un sentimiento de rechazo y desprecio muy instintivo y
estomacal acompañado de bastante ira.

Por otro lado, si se proponía ser de verdad sincera consigo misma, tenía que reconocer que no
veía que hubiese nada malo en el cambio e incluso que esa nueva imagen que se presentaba ante
ella era mucho más luminosa, armoniosa y clara ahora ¿Cómo era posible que entonces la
rechazase? ¿Por qué se sentía pues en guerra? Resultaba completamente incomprensible para
Anami, como todo lo que la estaba sucediendo... Se sentía un personaje de ficción protagonista
de algún juego de ordenador manejado por algún pirado.

Mientras Anami se mantenía ensimismada en sus pensamientos, Lamaria entró sigilosamente en


la habitación.

- Qué bien que te hallas levantado. Temíamos que el estrés emocional de todo por lo que estás
pasando te hubiese roto por completo. Anoche nos distes la impresión de que ya estabas al
límite y no soportabas más —Expresó Lamaria—

- Y es cierto, ya no soporto más —Respondió Anami mientras se volvía hacia ella con los ojos
completamente enrojecidos y algo hinchados por haber estado llorando—

- ¡Oh, no! No… No te entristezcas mi amor, ya verás como pronto vas a descubrir lo bueno de
todo esto. Ven, déjame que te peine —Y mientras la decía esto, Lamaria cogió un gran cepillo
de madera que había sobre la cómoda tocador y se dispuso a peinarla—

Anami cerró sus ojos permitiéndose sentir un muy agradable y relajante hormigueo en su
cabeza gracias al ligero masajeo que le producía Lamaria al peinarla lo más dulcemente que
podía.

Y así, como una cachorra pequeña, Anami comenzó a sumirse en un estado placentero hasta
que su mente lo rompió bruscamente tras un ligero roce del cepillo en su oreja derecha.

- No, mejor no me peines —Dijo rudamente mientras apartaba su cabeza del mismo modo y la
quitaba el cepillo de la mano—

- ¿Por qué no? Creía que te estaba gustando y te ayudaba a relajarte.

- Pero mis orejas… Son tan finas y frágiles…

- ¿Qué? ¿No quieres que te peine por tus orejas? —Preguntó Lamaria sorprendida—
- Sólo me faltaría que ahora se me rajasen y empezasen a soltar una sangre de a saber qué color:
negra, morada, verde o fosforito… —Respondió Anami asqueada —

- Roja

- ¿Qué?

- Roja. Nuestra sangre es roja — Respondió Lamaria con tono cómico—

- Al menos todavía me queda algo normal —Dijo Anami mientras mostraba clara y
abiertamente su frustración—

- Todo en ti es normal. La única diferencia es que antes te veías de otro modo y ahora te crees
que eres otra, diferente. Pero en realidad eres exactamente la misma. Lo único que ha cambiado
es que ahora ves más partes de ti misma que antes no veías —La comunicó Lamaria mientras
recuperaba el cepillo para el pelo—

- ¿Qué antes no veía? ¡Lo que no veo ahora es mi precioso y sensual rabo! —Respondió Anami
frustrada—

Lamaria medio riendo la hizo una mueca con la cara a través del espejo como diciendo “Ya ves,
así es la vida” y volvió a acariciarla el pelo mientras comenzaba a peinárselo otra vez.

- No te preocupes. Nuestras orejas no son tan frágiles como parecen. Sí que son finas, casi
transparentes, pero están hechas de un tejido cartilaginoso mucho más fuerte que muchas otras
partes de nuestro cuerpo. No tengas miedo, relájate y disfruta —La aclaró con gran amor y
ternura mientras Anami comenzaba a permitirse dejar llevar nuevamente por una muy
agradable sensación de ser mimada—

Una vez ya relajada y descansada, Anami abrió más su corazón a Lamaria y la mostró muy
abiertamente sus sentimientos:

- Oh, me encantaría volver a la cama y dormir para no despertarme nunca más o para
encontrarme horas después con la sorpresa de que nada de lo que ha sucedido y está pasando ha
ocurrido en realidad. Quisiera que este último tiempo no hubiese sucedido jamás. Orwel y tú
decís que ahora soy más sabia pero a mí me gustaba más antes, cuando era menos sabia. Se vive
mejor cuando no se sabe. Por lo menos, antes me creía feliz. Ahora en cambio, me siento como
si estuviese dentro de una pesadilla y me pregunto… ¿Para qué entonces ser más sabia? Yo creía
que la sabiduría daba felicidad, no que la quitaba…

¡Oh Lamaria! ¿Por qué me resulta todo tan complicado? No me gusta estar despierta. Quiero
volver a dormir. Ir a la cama, meterme en ella, dormir y desaparecer…

- Mi amor… —Comenzó a responderle Lamaria— ¿Por qué dudas de ti? ¿Por qué luchar contra
corriente, contra la vida misma? Tú sigues el ritmo natural de la vida. Más rápido que muchos;
más lento que otros… Pero el ritmo de la vida, aquel que Sat, el Señor Supremo Verdadero te ha
regalado… —La dijo muy suave, cariñosa y dulcemente— El problema es que cuando se
aprende un conocimiento, éste siempre va acompañado de un poder. Ahora ciertamente eres
más sabia y por tanto hay más fuerza, más poder dentro de ti. La siguiente cuestión sería saber
qué control tienes sobre esa fuerza interior que recientemente has acumulado ya que lo que
suele suceder es simplemente que al principio no se sepa manejar satisfactoriamente. Sólo con el
tiempo y con mucha atención y energía extra se puede poco a poco entrenar ese poder hasta
someterlo bajo tu control y dirigirlo hacia donde tú quieres. Y sí, eso es lo que te ocurre cariño
mío: que no controlas esa gran fuerza y en vez de canalizarla hacia un estado de sabiduría y de
emoción más excelso, lo derrochas disparándolo hacia todos los lados y especialmente, hacia la
depresión es decir, hacia el hundimiento de tu propio barco…

Anami seguía sintiéndose descorazonada y no conseguía cambiar ese sentimiento. En cierto


sentido entendía lo que Lamaria la decía pero en otro sentido, no entendía nada. Entendía lo
que Lamaria decía, sus palabras, lo que éstas significaban. Pero no entendía el por qué de ellas, la
relación de ellas con su persona, a qué venían ya que Anami se encontraba en un estado tan
negativo y con pensamientos tan negativos y desalentadores, que por mucho que escuchase y
tuviese la llave de salida de su estado emocional en la mano, no veía ésta y seguía dando vueltas
y vueltas sobre sí misma lamentándose movida por una vanidad excesiva que no conseguía ver.

Al percatarse Lamaria de que por mucho que hablase con Anami ésta no parecía fuese a cambiar
su estado o a escucharla verdaderamente o a probar sus consejos, decidió ofrecerla marihuana
para “adormecerla”, buscando con ello el que pudiese tener por lo menos un rato agradable.

Anami no supo qué contestar y por ello pasaron algo más de dos minutos de un silencio muy
incómodo.

- ¿Quieres un poco? Te ayudará a relajarte y sentirte bien —Volvió a ofrecer Lamaria con una
amplia sonrisa y un peta sin encender en su mano izquierda recién sacada del bolsillo de su larga
falda—

Anami seguía insegura y sin responder más allá de con una nariz arrugada. Su mente recordaba
raudamente la conversación tenida con Orwel la noche anterior sobre diversas actitudes o
“juegos” que hace Lamaria y la ayudan a tener esa energía magnética tan especial pero que según
Orwel, realmente la estaban retrasando en su camino hacia la sabiduría como si fuese un pez
atrapado en una red trampa que no le permite ir más lejos de lo que la red abarca. Anami aún
no comprendía bien lo expresado por él y seguía sintiéndose ofendida hacia él por haberla
llamado “adicta” pero no podía evitar cierta sensación de respeto hacia Orwel así como cierta
confianza en que siempre que hablaba, lo hacía con algo de sabiduría que ella debería de
esforzarse ahora en encontrar.

Por ello Anami no quería responder a la ligera. Su mente inmediatamente respondió un “sí” y la
estimulaba a estirar la mano y cogerlo pero pensó que lo mejor sería reflexionar antes pues tenía
la experiencia de que todo aquello de lo que hablaba Orwel siempre se merecía por lo menos un
poco de refl exión. Tan segura estaba que jamás hablaba palabras vanas…
- ¡Jo! ¡No vale! ¿Por qué me habrá hablado tan duramente Orwel de lo que hace Lamaria? —
Pensó para sus adentros— Ahora no puedo aceptar. Si acepto, me siento mal, siento que hay
algo que no estoy haciendo correcto o positivo para mí aunque no tengo ni idea de por qué ni
de qué y me gustaría tanto irradiar esa energía que irradia Lamaria… ¡Qué rollo! ¿Por qué no se
estará callado ese tío?

Anami arrugó extremadamente su nariguilla mientras reflexionaba.

- ¿Qué significa eso? ¿Qué sí? ¿Qué no? Venga anda, no seas aburrida, disfruta de la vida. Total,
son sólo cuatro días —Preguntó y estimuló Lamaria insidiosamente y con una amplísima
sonrisa en su cara—

Este ligero comentario fue la gota que necesitaba Anami para decidirse en su balanza. Lamaria
hablaba de disfrutar de la vida pero Anami estaba súper segura de que Lamaria apenas tenía ni
idea de lo que era realmente ser feliz, de la felicidad verdadera, profunda, constante y eterna, de
la felicidad interna, no de la estimulada por una acción, palabra, ser o algo agradable venido de
fuera de uno mismo. En cambio, Orwel sí parecía poseerla y sobretodo Anami se daba cuenta
de ello cuando le miraba profundamente a los ojos.

- No gracias, no me apetece —Contestó algo bajito—

- ¿Por qué no? ¡Venga! Ya verás como nos lo pasamos muy bien. No seas aburrida.

- He dicho que no quiero, gracias —Contestó Anami muy firmemente esta vez ya segura de sí
misma mientras la miraba con ojos asesinos—

- Ok, ok. Tampoco es para tanto yo sólo quería animarte un poco —Dijo Lamaria a la defensiva
mientras levantaba las manos como si un prisionero de una película del oeste se tratase—

- Y te doy las gracias por ello ya que lo has hecho —Contestó Anami muy animosa y llena de
chispa. El haber conectado nuevamente consigo misma junto con la alegría innata a haber
tomado la decisión más acertada con firmeza y seguridad, la habían cambiado por completo el
estado de ánimo.

Anami se hizo en su mente la firme promesa de hacer a partir de ahora uso de su autodisciplina
para probar lo más fielmente posible el camino a seguir que Orwel la había y la estaba
mostrando cada día. Quería asegurarse de si de verdad era el camino más acertado y si
funcionaba. Ya tendría tiempo de fumar más adelante en caso de no ser el correcto.

- ¿Quieres quedarte sola? —Preguntó Lamaria muy discretamente—

- No. Me apetece salir al patio y comer algo afuera contigo y con Orwel ¿Él aún está aquí? —
Preguntó con un gran sentimiento de amor y respeto hacia él—

- Sí. Aquí sigue. Vamos, tengo preparada una deliciosa paella vegetariana y un bizcocho de
chocolate que no lleva huevo.
- ¡Genial! Porque tengo un hambre…

Una vez ya en el patio Anami se encontró con Orwel sentado en una confortable silla.

- Tengo algo que decirte, Orwel.

- Sí, ya sé. Ha llegado el momento de la nueva búsqueda —Le respondió Orwel sin haberla dado
tiempo a hablar—

- ¡Oh!... Se me olvidaba —Expresó Anami mientras se llevaba la mano a la cabeza y ponía cara
de exasperada— Tú siempre sabes lo que pienso incluso antes de que lo piense.

Orwel respondió con un simple gesto facial lleno de inocencia, complicidad y picardía.

- Sí. Ya no quiero seguir por más el tiempo aquí. Quiero adentrarme en el Circo de Sasta y
encontrar el único icono existente de Sat, el Señor Supremo Verdadero.

- Me alegra ver que tienes ya más energía y que aprovechas ésta para proseguir tu búsqueda —Le
dijo Orwel en un tono muy paternal— Entre hoy y mañana prepararemos el equipaje para que
pasado podáis salir.

- ¿Podáis? ¿Qué quieres decir con podáis? —Preguntó Anami algo temerosa y desconcertada—
¿Acaso tú no vienes? ¡No puedes faltar! No me dejes sola ¡Tienes que venir!

- No, no te dejo sola. Irás con Lamaria y con uno de sus amigos. Ya te dije que yo siempre voy a
estar muy cerca de ti siguiendo tus pasos pero eres tú la que tienes que darlos.

- Ya, puedes expresarlo como quieras pero la verdad es que te rajas y me dejas sola y colgada ¿Es
por aquellas voces que antes de partir de mi casa me decían que sólo podía hacer el viaje sola?

- Si fuese así, no habría dicho “podáis” —Contestó Orwel—

- ¿He de tomarme eso como una ofensa personal? —Preguntó Lamaria quien aparecía en ese
instante con una gran paella en sus manos— ¿Acaso me he convertido como por arte de magia
en la mujer invisible? —Preguntó directamente a Anami—

- No, no es eso. Es que… Es que… —Balbuceó ésta—

-Es que estás empezando a cogerme cariño pero todavía no confías del todo en lo que te digo y
temes que desaparezca —Afirmó Orwel muy cariñosamente mientras la sujetaba y elevaba la
barbilla para estimularla a que le mirase a los ojos y percibiese su tremendo amor y sinceridad en
todo lo que decía y sentía— Sí Anami, voy a seguir muy cerca de ti todo el trayecto hasta que
encuentres y rescates a tu hermana gemela Mani. Aunque tú no siempre me puedas ver, yo sí
que te estaré mirando.
Anami sintió un calor infinito en todo su ser y con una fuerza nueva y animosa sintió un deseo
increíble de echarse a los hombros de Orwel y abrazarle. “Autocontrol” oyó en su mente y se
contuvo, pero no sin grandes esfuerzos.

Tras terminar de comer y llevar un par de horas con los preparativos del viaje, Anami se retiró a
su cuarto a descansar por un rato. Se sentó en la cama en la postura de loto, con las piernas
dobladas y cruzadas sobre sí de tal modo que cada pié estuviese sobre el muslo de la pierna
contraria manteniendo la espalda completamente recta aunque apoyada ligeramente en la pared.
Una vez ya relajada, se quedó medio transpuesta.

De repente, Anami se vio a sí misma frente a sí. Sí, había dos Anamis idénticas sentadas
exactamente en la misma postura y con las mismas ropas enfrentadas entre sí, como si un espejo
hubiera entre ellas pero sin haberlo. Ambas se encontraban elevadas a unos treinta centímetros
de la cama, flotando en el aire, levitando. Pero esto no fue lo que más le sorprendió a Anami.
Lo que a Anami le sorprendió mucho fue el verse a sí misma repetida, el verse doble. El tener
frente a sí a otra Anami completamente igual pero con un rostro bastante más duro y
masculino y muchísimo más oscuro. Como si fuese ella misma pero mucho más “sucia” y
enfadada.

Fue un tremendo impacto para Anami el verse más fea de lo que se auto consideraba y ya no
me refiero por la apariencia física de la tribu Iris respecto a la Gonu, pues Anami comenzaba ya a
acostumbrarse y a valorar su nuevo aspecto. Me refiero al encontrar frente a sí a la misma Iris
que veía cada mañana en el espejo pero con una apariencia muchísimo más fea que con la que se
encuentra normalmente al levantarse.

Este estado de sorpresa y susto al verse mucho más fea y “sucia” de lo que se creía, fue lo que la
hizo salir a Anami de ese estado o percepción especial y volver a encontrarse sola, sentada sobre
la cama en su postura de loto mientras escuchaba desaparecer de seco el sonido de una gaita
venida de ningún sitio y que debió de estar ahí cuando se miraba a sí misma, a su doble, aunque
no se percatase de ello en ese momento.

Con la nariz arrugada nuevamente, Anami rompió la quietud de su cuerpo y miró girando la
cabeza en su derredor intentando con ello conseguir vanamente pistas que la llevasen a
comprender lo que acababa de sucederle. El tan sólo y simple hecho de girar la cabeza le supuso
un esfuerzo enorme. Para ello, tuvo que centrar toda su atención en el movimiento y con esa
energía extra, consiguió mover a duras penas la que se le antojaba muy pesada y a la vez
inexistente cabeza.

Anami se mantuvo en la misma posición unos minutos más intentando reflexionar sobre lo que
la acababa de ocurrir sin llegar a ninguna respuesta concreta ya que no conseguía averiguar
quién de las dos Anamis que había visto era realmente ella y quién era la otra, la que estaba
frente a sí. Si ella era la otra ¿Cómo había sido posible que se viese desde fuera con otros ojos? Y
si ella era la que miraba ¿Quién narices era ese otro ser idéntico a ella misma reflejado en una
especie de espejo inexistente pero al que podía sentir también como si fuese ella misma? Anami
miraba desde una de las dos Anamis enfrentadas pero a su vez observaba lo que veían las dos. Del
mismo modo se sentía ser ambas, como si las dos formasen parte del mismo ser.
Anami comenzó a enfadarse consigo misma con esta especie de trabalenguas sentido en el que
se encontraba, por lo que optó por volver a donde Lamaria y Orwel para despejarse la mente y
no creer que estaba comenzando o que ya había llegado a volverse loca.

Cuando entró abruptamente en la sala dado el exceso de energía que acababa de conseguir sin
ser consciente de ello, Orwel, Lamaria y Jisto se volvieron al unísono hacia ella.

- Vaya, veo que el tanque ya ha repostado gasolina —Expresó Orwel con tono chusco—

- ¿Y con ella es con quien tengo que ir de viaje? ¿Cómo voy a hacer para pararla cuando tenga el
acelerador metido? ¡Si atropella de tal modo que te sientes violado! —Preguntó Jisto a la vez
que hacía gestos muy chocarreros y desagradables—

Lamaria se percató de la incomodidad sentida por Anami y sintiendo compasión por ella probó
a suavizar las cosas:

- No es ningún tanque, ni viola ni atropella. Sólo es mi amiga Anami y yo soy la que se va muy
contenta de viaje con ella ya que me deja acompañarla. Si tú no quieres venir o si no te gusta
ella —Dijo mientras miraba muy agresivamente a Jisto—, no tienes por qué hacerlo. Me da
igual que lo apruebe o no Orwel. No necesitamos a ningún macho a nuestro lado —Terminó
por decir muy despectivamente—

Anami se sentía incómoda. No sabía dónde meterse ni entendía a qué venía ahora todo eso. Ella
sólo había abierto la puerta y entrado en la sala sin más. Ni tan siquiera había mencionado una
sola palabra.

- Ven Anami, siéntate aquí —Propuso Orwel mientras señalaba un amplio hueco del tresillo en
el que él se encontraba sentado—

Anami se acercó a él algo insegura y con su nariz ligeramente arrugada y se sentó muy
modestamente.

- Anami, este macho cabrío es Jisto. Él es el que nos va a acompañar al viaje —Enunció Lamaria
mientras Jisto se levantaba de su sofá y la daba la mano en señal de paz y amistad— Y no te
preocupes, aunque parece un macho cabrío enfadado, en realidad es un tontorrón —Terminó
por decir mientras le sacaba la lengua risiblemente—

Jisto no pudo enfadarse ante la actitud de Lamaria ya que ésta actuó tan jocosamente que
distendió la tensión creada y todos sonrieron.

Aún así, a Anami no le hacía que digamos mucha gracia la idea de partir con Jisto de viaje a una
aventura que la resultaba tan difícil para sus emociones dada la gravedad del caso y las posibles
consecuencias si no lograba encontrar y superar las pruebas que la llevarían a rescatar a su
deforme y loca hermana gemela Mani.
Una ola de nostalgia recorrió el cuerpo de la añorante Anami. Se sentía mal consigo misma por
no ser capaz de recordar el rostro de su hermana. Sí, recordaba muchas, muchísimas escenas y
conversaciones diversas, momentos compartidos en común y sobretodo, reproches, maltratos y
desprecios por parte de ella hacia Mani. Pero lo que Anami no conseguía visualizar a pesar de
cerrar sus ojos y poner su máximo esfuerzo en ello, era el rostro de su hermana, su físico. Tan
poca atención la había prestado durante todos estos años…

Quiso justificarse en que era porque Mani era físicamente deforme y la mente recuerda con más
nitidez imágenes hermosas y recuerdos agradables que la imagen de un ser completamente feo,
horrible como era la de su hermana gemela Mani, una lacra no sólo para Anami y su familia,
sino para todo el pueblo.

Un carraspeo de garganta intencionado y realizado por Orwel sacó a Anami de su


ensimismamiento. Ésta abrió sus ojos color caramelo y frente a ella halló a un Jisto mucho más
inseguro de lo que había mostrado hasta ahora. Se encontraba de pies ante ella, con el rostro
completamente sonrojado y una mano temblorosa extendida esperando respuesta. De vez en
cuando miraba a Lamaria o a Orwel de reojo buscando una propuesta respecto a cómo actuar
ante una Anami que le estaba ignorando por completo.

Anami inmediatamente se puso de pies y chocó su mano con la suya agitándola enérgicamente.

- Encantada Jisto. Yo soy Anami —Expresó muy sonriente y como si fuera el primer segundo
de encuentro en sus vidas—

Una vez hubieron vuelto cada uno a sus asientos, Anami se permitió fijarse un poco más en él.
Ya que iban a viajar juntos, mejor saber lo más posible sobre sus acompañantes.

Ahora que le miraba más, le dio la sensación de que ya le conocía, de que le había visto antes.

- Tal vez ha sido alguno de los que venían muchas noches casi a hurtadillas para divertirse con
Lamaria en la cama —Pensó para sus adentros—

Jisto era un Iris unos cinco centímetros más alto de lo normal entre su raza. Cinco centímetros
a nosotros pueden parecernos muy poco pero para un Iris que como mucho mide un metro
veinte, tener cinco centímetros más puede suponer sobresalir mucho.

Jisto tendría unos veintisiete años y el color de su piel, al igual que el de todos los miembros de
las tribus Iris, era de un azul celeste muy suave. Sus orejas, al igual que las de Anami ahora,
también eran puntiagudas, de soplillo y muy, muy finas.

Todo en él era muy delgado y fino: sus manos, sus pies, su rostro, su cuerpo… Su pelo, al igual
que el de Lamaria y el de todo Iris, era de color rubio dorado, liso y muy largo, llegándole a él
justo por encima del culo. Jisto se había hecho un moño alto enrollándolo y sujetándolo con
una larga astilla de madera.

Vestía muy fino, elegante y algo hippie. Llevaba un traje chaqueta de lino blanco con una camisa
de raso color amarillo llena de pequeños lunares verdes. Le acompañaba al traje unas sandalias de
cordones hasta mitad de la pantorrilla color verde jazmín, verde vivo…

Anami le observaba con atención. Durante prácticamente todo el tiempo que estuvieron juntos,
Jisto tenía su mano derecha dentro del bolsillo del pantalón. A Anami le daba la impresión de
que la tenía siempre ahí para darse calor o acariciarse el miembro o el vello púbico. También,
varias veces Anami “pilló” a Lamaria y a Jisto haciéndose mutuamente insinuaciones sexuales.

Tras cenar los cuatro juntos, Anami se levantó para ir a su dormitorio a acostarse. Jisto salió casi
al unísono del salón para ir al baño y en el trayecto que hicieron en común por el pasillo, le
preguntó a Anami:

- ¿Eres tú quien me rechaza tal y como siento o soy yo quien te rechaza y por eso siento que
me rechazas?

Anami se quedó completamente descuadrada. Estaba claro que ambos sentían una especie de
rechazo mutuo pero para nada se esperaba una pregunta así de abierta, directa y sincera.

- Me has postrado –Respondió— Ahora sí que no voy a poder dormir —Terminó de decir—
¿Por qué nos complicaremos tanto la vida con preguntas así? —Se auto preguntó con semblante
pesado más tarde, cuando ya se encontraba a solas en su cuarto—