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¿A DÒNDE VA EL HUMANISMO?

Carlos Javier Gómez Fuentes1

Ese algo que todos tenemos en común y que


legitima nuestra aspiración a la igualdad, a pesar
de nuestras diferencias, es la médula del
humanismo. Los filósofos de la Ilustración lo
buscaron en una razón única, pero hoy debemos
buscarlo en el entrelazamiento de las distintas
visiones morales.
- SANJAY SETH

El humanismo es, entre otras cosas, la afirmación o la intuición de que todos


los humanos tenemos en común algo fundamental y un mismo derecho a la
dignidad y el respeto. Esto no basta, sin embargo, para distinguir al humanismo
de otros enfoques y doctrinas, comprendidas las religiosas, que merecen
respeto y que consideran también que todos los humanos tenemos rasgos
comunes, como por ejemplo un alma inmortal.

Lo que ha diferenciado históricamente al humanismo de muchas otras


afirmaciones de la dignidad y el valor del ser humano es la forma específica
que ha revestido su afirmación y, más concretamente, dos argumentos
importantes que, a la hora de proclamar la igualdad y dignidad humanas, le
confieren su carácter específicamente “humanista”. El primero de esos
argumentos es que el valor del hombre se afirma independientemente de un
Dios o de dioses y, más aún, que el “hombre” reemplaza a Dios como medida
de todas las cosas. El segundo es que lo que los hombres tienen en común
estriba en una racionalidad única y sólo puede encontrarse recurriendo a ella.

Definido así, el humanismo no es simplemente un fenómeno del Renacimiento.


Su pleno desarrollo tiene lugar en el Siglo de las Luces, con la idea de una
humanidad universal y una razón única.

El interrogante que deseo plantear es el siguiente: ¿La comprensión


antropológica del mundo y la búsqueda de una racionalidad única constituyen
el mejor medio para afirmar la similitud y el valor de los seres humanos? En
otras palabras, ¿el humanismo es la mejor respuesta a la aspiración del
hombre a afirmar el carácter común de la especie humana y de su dignidad?

En primera instancia, analicemos la afirmación de Edward Said: “El hombre es


el centro del universo”. Pues bien, Para Edward Said 2, el humanismo es
fundamentalmente la noción secular de un mundo histórico –no creado por
Dios, sino por los hombres y las mujeres– que es susceptible de ser

1
Estudiante, programa de Física. Universidad de Córdoba.
2
Edward Said [1935-2003], teórico literario palestinoestadounidense y uno de los padres fundadores de
los estudios postcoloniales. Autor de Orientalismo (Editorial Debate, Madrid, 2002) y de Humanismo y
crítica democrática (Editorial Debate, Madrid, 2006)
aprehendida racionalmente. En la médula del humanismo hallamos, por
consiguiente, una antropología filosófica que, al otorgar al hombre un puesto
central, reduce la función de Dios, o de los dioses, sin suprimirla forzosamente.

Hubo un tiempo en que el que el mundo de los hombres se explicaba por los
designios y actos de los dioses. Con el humanismo, para comprender a los
dioses es necesario comprender a los hombres, ya que los primeros son el
producto quimérico de la imaginación de los segundos.

Si el papel central atribuido al hombre en cuanto creador de significaciones y


objetivos supone una restricción del papel atribuido antaño a Dios, o a los
dioses, también supone una separación, una distinción, entre un mundo
humano y otro que no lo es. Hay dos mundos: uno de leyes y procesos
impersonales, y otro de intenciones y significaciones humanas.

Como la naturaleza no es un ámbito de intenciones y significaciones,


desarrollar un conocimiento de la misma equivale a acceder a la comprensión
de las fuerzas impersonales que la rigen y que tienen, por regla general, valor
de ley. Desarrollar un conocimiento del mundo histórico o cultural equivale a
desentrañar intenciones y significaciones. En efecto, en el mundo histórico es
donde se manifiestan, a través de las huellas que dejan tras de sí, las
significaciones y designios de los hombres. El conocimiento de la naturaleza –
ámbito exclusivo de las ciencias naturales– puede conducir al dominio de las
fuerzas que la rigen. El conocimiento del mundo histórico –ámbito de las
ciencias humanas y sociales– conduce al ser humano a conocerse a sí mismo.

En vez de un mundo único en el que los fines y designios de la naturaleza se


prefiguran y reflejan en el mundo social, el humanismo introduce una visión
diferente compuesta por dos mundos: uno carente de significado e intención; y
otro constituido por significaciones e intenciones atribuidas por los hombres a
su propio universo en diferentes épocas y lugares.

Estas tesis siempre han tenido detractores en Occidente, por ejemplo


Heidegger,3 Hamann,4 Adorno5 y Kierkegaard6. Fuera de Occidente, aunque
han sido numerosos los pensadores que han aceptado y celebrado los valores
del humanismo occidental, también hallamos algunos como Gandhi 7 que han
criticado una pretendida “civilización” que a menudo ha envilecido al hombre,
pese a jactarse de exaltarlo.

3
Soren Kierkegaard [1813-1855], filósofo cristiano danés considerado padre del existencialismo.
4
Johann Georg Hamann [1730-1788], filósofo alemán, amigo y contradictor de Emmanuel Kant. Sostuvo
que los actos humanos están más determinados por la fe y las creencias que por el conocimiento.
5
Theodor Adorno [1903-1969], filósofo y crítico social alemán. Formó parte, junto con Horkheimer, de la
Escuela de teoría y filosofía sociales de Fráncfort.
6
Soren Kierkegaard [1813-1855], filósofo cristiano danés considerado padre del existencialismo
7
Mahatma Gandhi [1869-1948], ideólogo, dirigente político y padre de la nación india. Su filosofía de
resistencia no violenta ha inspirado numerosos movimientos en pro de los derechos cívicos y de la
liberación del yugo colonial en todo el mundo.
Estimo que, habida cuenta de que las circunstancias han cambiado, conviene
replantearse este humanismo con espíritu crítico. El cambio ha consistido en la
aparición de una crisis ambiental que pone en tela de juicio la prerrogativa
absoluta del hombre, así como la tajante distinción entre el hombre y la
naturaleza, característica del humanismo clásico. Es evidente que no sólo esa
prerrogativa atribuida al hombre ha contribuido al deterioro de las condiciones
necesarias para la perennidad de la vida humana, sino que además se está
borrando la distinción entre el mundo construido por los hombres y el mundo
que existe independientemente de ellos. Con el calentamiento del planeta y la
extinción masiva de especies vegetales y animales, el hombre, además de ser
–como antes lo era– un agente biológico, se ha convertido hoy en día en un
agente geológico.

Afirmar la comunidad de la especie humana y la dignidad de todos los hombres


es una tarea tan apremiante hoy como lo fue en el pasado. Habida cuenta de
que esta afirmación se puede considerar, en cierto sentido, la médula del
humanismo, no cabe rechazar el humanismo en sí mismo. Sin embargo, sí es
necesario refundarlo y reinterpretarlo. A mi parecer, un humanismo
reinterpretado y duradero será un humanismo en el que nuestras intuiciones
morales acerca del carácter común y la dignidad de la especie humana no se
basen más en un antropocentrismo discutible o en dudosas reivindicaciones de
una razón universal. Esa reinterpretación no será el producto de la afirmación
de la validez exclusiva de la concepción moral particular del Occidente
moderno, sino el fruto de un diálogo entre civilizaciones y concepciones
morales diferentes.