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Bombón de hombre: carta al amor ideal

El documento presenta una carta escrita por una mujer borracha donde describe al hombre perfecto y lo envía por error a una fábrica de chocolates en lugar de a una empresa de citas. La mujer se arrepiente de su acción al día siguiente. Más tarde, dos periodistas reciben la tarea de investigar y escribir un artículo sobre dicha fábrica de chocolates durante dos meses.
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Bombón de hombre: carta al amor ideal

El documento presenta una carta escrita por una mujer borracha donde describe al hombre perfecto y lo envía por error a una fábrica de chocolates en lugar de a una empresa de citas. La mujer se arrepiente de su acción al día siguiente. Más tarde, dos periodistas reciben la tarea de investigar y escribir un artículo sobre dicha fábrica de chocolates durante dos meses.
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Sinopsis

¿Alguna vez has deseado pedir un hombre por encargo?

No me refiero a un gigoló, no, aunque no sería tan mala idea...

En fin, hablo de un lugar, específicamente una fábrica, donde puedas enviar una
carta con las características de tu chico ideal, y a final de mes ¡¡Llegue tu jodido
pedido!!

Todos los ideales y requisitos específicos de un hombre perfecto envuelto en un


sobre...
En varias páginas...
Manchadas con labial y algunas gotas de vino...
Enviada por error al lugar menos indicado...
Prólogo

Saqué el lápiz de mi boca y dejé de mordisquearlo, los nervios me estaban


consumiendo y no creía que fuera el alcohol. No todos los días podía hacer una
lista del hombre perfecto y necesitaba concentrarme.

Quizá, solo quizá, me estaba comportando como una solterona que se quedaría
con siete gatos y con un salón convertido en biblioteca. Con millones de libros
donde existían los hombres perfectos que no te engañaban con rubias con tetas
de silicona. ¡Maldito! ¡Lo odiaba!

Otro largo trago de vino se deslizó por mi garganta, estaba demasiado delicioso y
me tenía bien subida de tono. La realidad, estaba demasiado borracha. Tanto, que
estaba escribiendo todo lo que quería de un hombre para guardarla en un sobre y
enviarla a cruzar el océano. Sures't Sweet era su destino, su sucursal en Europa
se vanagloriaba de hacer los mejores bombones del mundo y yo quería uno.
Quería un jodido bombón de carne y hueso.

Un ataque de risa me invadió al sentir mis ridículos pensamientos y dos segundos


después, aclaré mi garganta porque el momento requería seriedad. ¿Bipolaridad?
Casi apostaba más por borrachera. Di dos toquecitos en mis mejillas con el lápiz y
suspiré.

11. Necesito un hombre tierno y detallista, que demuestre que me ama.

12. Un hombre que sepa mantener el equilibrio de la relación, que sienta que
puedo contar con él en mis peores momentos y aun así en sus ojos siga
siendo perfecta.

13. Quiero un hombre con el que pueda hablar tierno, morboso y divertido a
la vez.

Repasé los primeros puntos con detalle. Que fuera guapo y además tuviera un
buen cuerpo, un dios sexual obviamente y que tuviera su dosis de Christian Grey
¿Qué mujer no había soñado con eso? El punto número cinco, lo resalté con
marcador amarillo, nunca debía serme infiel, jamás y por supuesto, añadí un
paréntesis que mucho menos, fuera con una rubia. ¡Maldita perra! Las mejores,
perfectas e imposibles cualidades del mundo las había resumido en una carta de
varias hojas.

Dando traspiés y con cero equilibrio logré bajar el edificio, la calle estaba desierta
como era de esperar. Caminé hasta el buzón más cercano y me paré con
solemnidad frente a él. En breve sería la portavoz de la población femenina,
porque luego de mi hazaña, muchas iban a imitarme.
Con mis labios marcados por todo el envoltorio y la energía a mil, di saltitos y le
susurré bajito deseándole buen viaje. Nada podía fallar, la dirección estaba
perfecta y los requisitos detallados.

Dirigida específicamente al dueño de la estúpida fábrica de chocolates, no era


justo que alardeara de tener la mejor producción del mundo en bombones, si no
podía repartir un poco a las pobres desdichadas que escogimos un imbécil en un
ataque de hormonas revueltas.

Con la misión cumplida decidí volver a casa, giré un poco mareada y con el
pensamiento de que ojalá llegara pronto mi entrega. De todos modos ¿Cuánto
tiempo podría demorar hacer mi bombón?

Unas arcadas me invadieron en plena calle y vomité, me sentía realmente


asquerosa. Sin fuerzas y sin saber cómo, llegué al apartamento otra vez y me
deslicé detrás de la puerta. Lloré sin control, el peso de mi estupidez se estaba
apoderando de mí. Creía que me sentiría mejor, pero solo me sentía más
miserable.

Esa carta sería una burla y mi fracaso personal, pero nada de eso interesaba.
Intenté levantarme para volver y rescatarla del buzón, pero mi mente se negaba a
cooperar.

¡Maldito trabajo el mío! ¡Si fuera barre calles no tuviera sellos de postal!
Capítulo # 1 ¡Buenas noticias!

"Lo que bien se piensa, bien se expresa" ~ Víctor Hugo.

— ¿Terminaste? — Mis dedos no paraban en el teclado, necesitaba y quería


terminar el maldito informe, planeaba tener una noche agitada y no quería tener
nada para el día siguiente. Observé a Erika que me veía expectante y le saqué la
lengua de manera infantil.

— Por favor Kika deja eso ya, llevas diez minutos ahí parada y me estás poniendo
nerviosa — Ella solo sonrió y sus ojos claros alcanzaron un brillo malévolo.

— ¿Qué? — dijo en tono casual — ¿Acaso temes que el inútil de tu prometido no


llegue a la cena por otra reunión? Deberías tener un plan B — Rodé mis ojos, ahí
empezaba otra vez.

— ¿En serio? — traté de razonar — ¿No puedes darme ánimos ni una sola vez?
Matías no es como tú crees, puede que haya cometido errores, pero ha cambiado,
prometió que estaría allí. Lo sorprenderé, le dije que iría directo del trabajo a la
cena, pero como César me pidió este informe podré irme temprano y mimarme un
poco.

— Lo que tú digas, ojalá y si haya cambiado porque como vuelva a lastimarte, le


cortaré lo que lo hace hombre — No pude evitar reírme y asentir.

— Tienes todo mi permiso Campanita — ella sonrió con ganas, ya no me


reprochaba ese apodo tan infantil con que la llamaba, pero desde que la conocía
tenía cierta obsesión con ese dibujo animado, tanto, que en dos Halloween
seguidos se disfrazó del hada, siempre repetía que nunca entendí el mensaje de
Tinkerbell y yo solo me limitaba a callarme y seguirle la corriente.

— Cambiando de tema ¿Cómo vas con ese reportaje? No puedo creer que hayas
logrado eso, es muy difícil conseguir una entrevista con los dueños, son
demasiado reservados, aunque César dice que son lindas personas.

— Ni idea, solo sé que no lo pienso desaprovechar. Tengo un mes para lograr


plasmar todo su proceso y creación además de intentar descifrar como se
mantienen en el número uno de calidad. Jamás han estado en las páginas
amarillistas ni nada, ni un solo chisme, una tragedia, es como si quienes dirigen
ese emporio fueran fantasmas.

— No creo que sean tan inexistentes, nada funciona sin supervisión y esa maldita
empresa está generando millones, sus productos reinan en Europa y están
conquistando América ¿No te da curiosidad?

— ¿Sobre? — Alce una ceja inquisitiva, sabía por dónde iba.


— Tal vez el dueño sea una persona con algún defecto físico y le avergüence que
lo vean, o es un viejo amargado que se consumió en su trabajo y ahora se
arrepiente.

— Tal vez es una mujer exitosa que no desea que su familia esté expuesta al
mundo del espectáculo, quiere mantenerlos lejos de toda esa mierda que lees de
vez en cuando — Respondí

— ¡Hey! Que bastante que te gusta escucharlas... — Se hizo la ofendida y yo solo


pude entrecerrar los ojos.

— Vale, pero solo de vez en cuando — Enfatice la oración y nos lanzamos a


carcajadas, un carraspeo nos interrumpió.

— Señoritas... — César tenía una sonrisa extraña, era raro que viniera hasta
nuestras oficinas, normalmente era al revés, debía ser importante. De inmediato
nos pusimos de pie.

— Señor ¿Qué se le ofrece? — El avanzó sin pedir permiso, algo que no era
común.

— Emily, sabes que en casi dos semanas viajarás a Inglaterra — hice un leve
asentimiento un poco confusa — Debes entender que te confié este reportaje
porque admiro mucho tu trabajo, tienes una forma de escribir peculiar que hace
que empatices con los lectores, el articulo más aburrido es ameno de leer con tus
palabras.

— G..ggracias — Empecé a tartamudear y no voy a negar que hasta me sonrojé


un poco, ¡Mi jefe estaba halagándome! ¡Joder!

— Te lo mereces de verdad, pero aparte de elogiar tu trabajo vengo a darte unas


indicaciones y a cambiar otras. — Me puse atenta, de ese reportaje dependía mi
ascenso en el periódico — La familia Sures't es demasiado reservada, pero
quieren abrirse al mundo contando una historia, relatando como han llegado hasta
la cima de este negocio que no es muy fácil.

— Me parece perfecto, adoré este trabajo desde que me lo propuso, no puedo


estar más ansiosa por lograrlo, será un mes muy productivo.

— No tengo dudas, y lo disfrutarás más porque no irás sola — Le dio una mirada a
mi amiga y la pelirroja se puso un poco nerviosa, la verdad tener un jefe guapo era
un privilegio que teníamos, lástima que yo solo me recreaba un poco porque los
trigueños jamás me llamaron la atención — Ya no será solo un reportaje escrito,
habrá que tener pruebas documentales, fotos, entrevistas, por eso he decidido que
la señorita Valentinos la acompañe.
Sin importarnos una mierda la presencia de César gritamos y saltamos como
desquiciadas mentales, solo la risa de César nos hizo recobrar la compostura.

— Sabía que les agradaría la sorpresa...

— ¡Oh por Dios! Perdón, pero esto es tan genial — Ninguna podía con la emoción.

— ¡Si! Haremos un gran trabajo, no te defraudaremos — Mi amiga y yo nos


tomamos las manos como niñas pequeñas y sonreímos.

— Lo tengo claro, además serán casi dos meses de trabajo ya que será más
intenso y amplio el trabajo — Mi cara perdió un poco la sonrisa, de por sí había
sido un dilema lo de un mes fuera por trabajo, no quería ver como se pondría
Matías con los cambios de última hora.

— ¡Estupendo! — Nada mejor que estar en un trabajo genial con tu mejor amiga,
Matías debía entender que el periodismo era mi vida, contar una historia a través
de mis palabras no tenía precio.

— ¿Cuándo nos vamos? — A Erika casi le daba un infarto de la emoción


contenida.

— Nos iremos en ocho días — Lo miré confundida ¿Iría alguien más?

— ¿Nos? — dije aturdida, la mano dolió del apretón de Erika.

— Sí — Sonrió como un niño cuando tiene un dulce — Iré con ustedes, no estaré
los dos meses, pero si mi presencia será continua ¿Algún problema?

— Para nada — Solté con brusquedad mi mano, porque estaba a nada de perder
los dedos. Pobre Erika, tendría la tentación andante para ella casi un mes, la
acompañaba en el sufrimiento.

Para mí pasaría rápido, hablaría con Matías esa noche y lo convencería de que
esos dos meses pasarían volando, haría mi trabajo sin distracciones ni
interrupciones para volver, que me ascendieran y ponerme de lleno a planear mi
boda. Nada podría salir mal.
Capítulo # 2 Decepción no esperada

— ¿Cuánto tiempo es para siempre?


— A veces, solo dura un segundo.
~ Alicia en el país de las maravillas

— ¡Joder, que feliz estoy! — Solo asentí de tal forma que mi cabeza podía quedar
con trauma de tanto movimiento.

— No puedo pedir nada más Kika, tendremos un viaje que será un trabajo estrella,
disfrutaremos un montón en un país extranjero y cuando regresemos planearemos
mi boda y...

— Puaj, me quedo con las dos primeras — Le di un manotazo y ella ni se inmutó.

— ¿Qué? No puedes obligarme a que me caiga bien, ¡es un estúpido! — Se


quejó.

— Erika, no estoy de ánimos para eso. Sé que Matías no es santo de tu devoción,


pero es quien escogí para casarme y ser feliz, solo te pido que respetes eso. En
honor a nuestra amistad considéralo — Me moví recogiendo lo que me queda
pendiente y ella se quedó mirándome fijo.

— ¿Sabes qué? ¡Es tu problema! Cuando regresemos de este viaje, te ayudaré a


planificar tu boda idealizada, ni rechistaré si el pastel no me gusta, pero cuando
ese estúpido te dañe la vida, será muy tarde, y todo por no escuchar los que
quieren el bien para ti — Salió de mi oficina dando un portazo, no iría tras ella
porque sabía que estaba molesta, pero debía entender que fue el hombre que
escogí para mí, solo tenía que darle un tin de confianza para que pudiera verlo
como yo lo hacía.

Apoyé las dos manos encima de la mesa y suspiré con pesar, detestaba esas
discusiones. Observé mi reloj y quedaban como siete horas para la cena, tenía
tiempo suficiente. Iría andando un poco para despejar mi mente, de todas
maneras, iba sobrada.

Recogí mi bolsa y vi el informe de la fábrica Sures't, sin pensar mucho lo tomé y


guardé en mi bolso, tal vez sirviera para distraerme más tarde. Le eche una última
mirada a mi espacio sagrado de trabajo y me dio un poco de tristeza ver nuestras
fotos en la pared. Decidimos hace un tiempo decorar nuestros puestos casi
idénticos, fue una idea demasiado original como para negarse.

Salí del edificio con la culpa de no arreglar las cosas, pero si algo conocía de Erik,
era que no sabía perder la razón.
Mi prioridad antes de la caminata de relajación era algo caliente, la cafetería de la
esquina vendía los mejores chocolates calientes de la historia, le podrían hacer
competencia a los Sures't si quisieran.

Hice mi pedido y en unos minutos salí conforme con mi vaso de aquel líquido tan
maravilloso. Recorrí el parque con lentitud y aunque el camino fuera más largo,
me daba paz y perspectiva, disfrutaba mi paseo. Cuando creí que habían
trascurrido más de dos horas me percaté que no había gastado ni una, por lo que
me senté en una banca a despejar.

Saqué el informe de mi bolso y me puse a hojear. Interesante. Hacía veinte años


que se había fundado la empresa, pero entró en decadencia unos años atrás,
¿Por qué? Su producto cumplía estándares de calidad extremos y sus ventas y
distribuciones variaban. Fabricaban chocolate de lujo ¿Tendrían oro comestible?
También una línea específica para los menos favorecidos sin mermar en calidad.

Anoté alguna de mis dudas en la agenda y guardé todo, retomé mi camino y no


pude evitar recordar el día que César me propuso el trabajo.

— ¿En serio? Pero nadie ha tendido acceso a eso en años... — estaba tan
emocionada que saldrían fuegos artificiales de mí.

— Lo sé, por eso es algo tan importante, es la oportunidad de tu vida Emily y


quiero que sepas aprovecharla — César estaba apoyado en sus codos mientras
me explicaba — Creative Letters me ha costado un montón levantarlo.

— Soy consciente de eso y no pienso fallarte — interrumpí, no por falta de


educación, sino porque lo creía de verdad.

— Sé que amas tu trabajo, lo noto en cada reportaje que haces. Por cosas de la
vida alguien que aprecio mucho me ha dado la primicia de esta empresa, si
logramos ser el único periódico con las noticias de este emporio sería un salto
definitivo a las grandes ligas.

— Entiendo, y me hace ser afortunada de formar parte que eso suceda, dígame
que hay que hacer.

— Primero quiero saber si tienes toda la disponibilidad para este trabajo — Me


miró serio y los nervios llegaron.

— Absolutamente — Ya vería qué pasaba con Matías, sería un tema de horas.

— Bien, porque tendrás que viajar a Inglaterra durante un mes.

— ¿Un mes? — Mi voz subió varios decibeles y me avergoncé que fuera tan
evidente mi sorpresa.
— Si, como comprenderás esa familia tiene mucho que hacer, y su nuevo dueño
tiene demasiadas responsabilidades como para viajar hasta aquí, ¿espero no
haya inconveniente en eso?

— Para nada señor Nezaré, estoy dentro.

— No me importaba que tuviera que convencer a mi prometido, ese ascenso sería


mío.

— Comencemos entonces con los detalles...

Abrí la puerta de mi departamento, un año atrás Matías y yo lo habíamos


comprado, no podía negar que la decoración estaba triste pero mi querida suegra
(Nótese el sarcasmo) la eligió, supongo que quería deprimir mis días.

Sin prender ninguna luz fui hasta la recámara, abrí el closet y dejé mi bolso junto a
los zapatos. Mi bata de seda ya estaba en mi mano y caminé al baño, aunque todo
estuviera en silencio, lo disfrutaba.

Cerré la puerta y me recosté en la tina mientras terminaba de llenarse, unas sales


harían mimos a mi piel, quería estar hermosa esa noche. Estaba meditando
cuando sentí ruidos fuera, me puse alerta porque se suponía que Matías estuviese
ocupado en la oficina a esta hora y nadie más tenía las llaves.

Apagué la luz del baño que era la única que daba señales de vida y me ubiqué
tras la puerta con la pieza de mármol que aguantaba la cesta de los jabones en mi
mano. Me daría tiempo para correr si eran ladrones, o al menos eso esperaba.
Las voces se acercaron y me preparé para atacar, pero lo que logré distinguir me
detuvo.

— Nena, no sabes cómo extrañé tu cuerpo — ¿Esa voz?

— Yo también mi amor ¿La tonta no llegará? — Mi corazón comenzó a romperse


al empezar a comprender la situación.

— No, me dijo que iría del trabajo a esa estúpida cena, pero ya no hablemos de
eso.

Salí con los ojos empañados en lágrimas y aguantando el arma que conseguí aun
en las manos.

— ¿Estúpida cena? — Mis palabras salieron entrecortadas y me arrepentí de ellas


de inmediato. ¿En serio Emily?
Capítulo # 3 Todo cambia en un segundo

...No la dejes ir, ella no sabe volver...

— ¿Estúpida cena? — Fueron las únicas míseras palabras que salieron de mi


boca al presenciar esa escena.

— ¿Emily? — Tuvo la decencia de lucir confundido. No imbécil, era un fantasma


¿quién más? — ¿Qué haces aquí?

— Eres un maldito hijo de puta — Hablé conteniendo las ganas de matar que me
estaban invadiendo, la rubia intentaba cubrir la poca vergüenza que le quedaba y
mi rabia incrementaba al percatarme que desde la sala venían quitándose la ropa.

— Puede explicarlo caramelito — ¿Por qué nunca tuve el valor de pedirle que
dejara ese horrible apodo? — Esto es un malentendido, Melissa y yo...

— Melissa es una puta desgraciada que pega perfectamente contigo ¡Te abrí las
puertas de mi casa! ¡Éramos amigas! ¿Cómo fuiste capaz? — Los gritos
aumentaban y todo lo que llevaba acumulando empezaba a fluir — Y la tonta,
como bien me llamaste, se creyó todo el cuento de mujer agradecida porque
Matías te había dado una oportunidad... ¡Una oportunidad de meterte en su cama,
zorra!

— ¡Emily cálmate! — Cuando los brazos de Matías me sostuvieron reaccioné,


estaba a centímetros de echar a perder el rostro embadurnado de maquillaje
corrido de la "socia" de mi EX-prometido — ¡No me toques! ¡Nunca más vuelvas a
poner tus asquerosas manos encima de mí!

— Emily hablemos, ella no significa nada para mí — ¿Cómo podía ser tan maldito
de decirlo frente a ella? — ¡Tú y yo nos vamos a casar por Dios!

— Nos íbamos a casar — Enfaticé — Esto terminó aquí, y te juro que no hay
vuelta atrás...Ni te molestes en recoger las cosas, me provoca náuseas siquiera
mirar cada cosa de este departamento, a saber, en cuantos lugares dejaron sus
pulgas.

— Caramelito deja que te explique — Intentó arrodillarse y mi enojo solo pudo


aumentar, Melissa lloraba en un rincón, no sé si por la vergüenza o por acabar de
descubrir que solo era una distracción.

— ¡Deja de llamarme así! ¡Odio ese estúpido apodo! ¡Joder! He perdido cuatro
años de mi vida al lado de un inútil, nunca podré arrepentirme lo suficiente de no
haber hecho caso a los que estaban a mí alrededor. Debí alejarme desde que
encontré el supuesto mensaje equivocado en tu teléfono.
— Lo siento, fue un desliz — Ya no me tragaría sus mentiras, ya no más —
Además ¡Fue tu culpa! Siempre estás pendiente a tu trabajo.

— Eres aún más idiota de lo que imaginaba — Reí sin humor — Te encuentro casi
teniendo sexo con tu socia, escuche como hablaban y sé que no es de hace tres
días, y tienes los huevos de decirme ¡Que es mi maldita culpa!

— ¿Quién descuidó esto Emily? — Me acusó, iba revelando su verdadera


personalidad, se giró hacia la rubia y despectivamente gritó — ¡Tú! Vete de mi
casa, mi prometida y yo tenemos que hablar.

— ¿Prometida? Esa palabra se escucha demasiado grande en la boca de un poco


hombre como tú — Di con las palabras correctas, porque se abalanzó sobre mi
hecho una furia y golpeó mi rostro con fuerza, el impacto me hizo caer al suelo y
me quedé desorientada por un momento.

— Perdóname cariño — Se arrodilló a mi lado e intentó consolarme, jamás me


había puesto un dedo encima y eso estaba fuera de los límites, pero aún estaba
en shock y me límite a observarlo — ¿Te das cuenta lo que pasa cuando ofendes?
¿Por qué quieres revelarte? Siempre has sido una novia ejemplar, no protestas,
no discutes, eres la mujer perfecta para un hogar.

— Estás enfermo... — Susurré con lágrimas en los ojos, el golpe había lastimado
mis labios porque sentía el sabor de la sangre en mi boca — ¿Cómo pudiste
pegarme así?

— Ya todo está olvidado — Besó mi cabello como si nada — Me iré a un hotel


para que te calmes y mañana regresaré luego del trabajo para que hablemos. No
intentes nada estúpido por favor, evitemos problemas.

Con la calma del mundo se puso de pie y entró al vestidor, cogió una camisa y
cambió la que traía por la nueva, llevó otra en las manos y un cambio de
pantalones con ropa interior.

Lanzó la corbata a la cama que seguía desecha mientras me miraba con una
sonrisa, mi corazón estaba bombeando demasiado rápido, temía que me
sucediera algo e internamente trate de serenarme.

— Nos vemos mañana, CARAMELITO — Deletreó con burla y temblé de rabia —


No me extrañes — Lanzó un beso al aire y se fue.

Lloré, lloré de impotencia, de rabia, de decepción. Las palabras de Erika


resonaban en mi cabeza torturándome sin piedad

¿Cuántas veces lo defendí?


¿Cuánto tiempo no quise ver?

¡Fui tan estúpida!

Una tonta, como decía Melissa ¿Cuánto tiempo se habrían burlado de mí?
Esa mujer, comía en mi mesa, hasta la dejé pasar varias noches con nosotros
cuando peleo con su esposo, todo era parte de un juego, un juego bastante cruel
del cual fui víctima.

Era suficiente. No pensaba quedarme tirada en el piso y menos en aquel


asqueroso apartamento. En el fondo tenía un poco de miedo por la amenaza que
había pronunciado antes de salir, pero nunca había sido una chica sumisa.

Sino había planteado cara todo ese tiempo era por pensar que dejándolo ganar lo
haría feliz, el me complacía en todo, lo mínimo que podía darle era la satisfacción
de hacer lo que le gustaba y a mí me daba tranquilidad.

Me levanté y fui corriendo al baño, mi cara se veía roja, solo con mi bata estaba en
ese intercambio de palabras vacías, suspire apoyada en el lavamanos, lave el
hilito de sangre que se notaba y recogí mi cabello en un moño descuidado.

Corrí al vestidor y logré encontrar unas maletas, estarían bien para llevarme
suficientes cosas, dejaría lo que nunca fue mi estilo y adopté por querer encajar en
costumbres y formas que nunca fueron las mías. A partir de que pusiera un pie
fuera de ese departamento, sería libre otra vez.

Me quedé mirando las hileras de ropa y me di valor, el pensamiento era empezar


desde cero, para eso necesitaba motivación extra.

Con ropa deportiva y unos tenis agarré las llaves y corrí al súper mercado.
¡Necesitaba vino!
Capítulo # 4 No fue mi mejor idea

...Enamórese, que, si le rompen el corazón, compramos tequila...

Pasé casi media hora frente al estante de las bebidas decidiendo cuantas botellas
debía llevar, no era muy tolerante al alcohol, pero la ocasión lo ameritaba. Si no
estuviera estado tan avergonzada habría llamado a Erika, pero no tenía valor de
mirarla en ese instante, me sentía tan patética que debería conformarme con vino
dulce y barato. Si era dulce, debía ser menos fuerte seguramente.

Pagué mis cosas en la caja y la dependienta me miraba raro, me daba igual. Entre
el vino, comida chatarra y una caja de cigarrillos iba cargada al lugar de los
hechos, tendría una tarde-noche agitada. Recogería lo necesario y me iría a un
hotel por algunos días, en dos semanas viajaría a otro continente por lo que no me
preocupé en buscar ningún lugar para vivir, ya tendría tiempo de buscar algo
decente en tres meses. Mi ropa, o lo que quedará de ella, la guardaría con Kika y
problema resuelto.

Descalza y con copa en mano, tomé el control del equipo de música y subí a todo
volumen las canciones, un poco de ritmo al estilo discoteca ayudaría a mis tareas
propuestas.

Desarmé las maletas, tiré mucha ropa y empaqué otras, cuando estaba por la
segunda maleta ya había consumido dos de las cinco botellas que había
comprado.

No sé si fue el alcohol, pero las ideas malévolas empezaron a cobrar vida, las
camisas favoritas de Matías me miraban con recelo y hacían bien, porque no
durarían mucho con vida. ¡Tijeras! ¡Marcadores permanentes! ¡Labiales rojo
pasión! Mi lado creativo salía a flote, en un segundo pensé que debí ser artista
plástica, aunque no creo que esa obra hubiera sido bien aceptada, mejor me
quedaba escribiendo, me solté a reír de pensar tantas estupideces. ¡Ja! Matías iba
a infartar cuando viera mis obras maestras. Debía agradecer, era mi fuente de
inspiración.

Me detuve mirando alrededor, ¿qué más podía hacer? Mire con odio su maldito
perfume, los botaría todos y que gastara dinero, con razón se arreglaba tanto para
sus reuniones, seguro que eran en un hotel, asqueroso de mierda.

Aplaudía y me reía de mi misma, estaba algo mareada y achispada. Cantaba con


mi cepillo de dientes a todo pulmón y para ser honesta, no tenía una puta idea que
canción estaba sonando.

¡Tuve una idea genial! Botaría toda mi ropa interior, así tendría que ir de compras,
¡Al fin compraría lencería de encaje sin tener remordimientos! El imbécil de Matías
era alérgico a la tela, nunca pude sorprenderlo con nada sexy porque le huía solo
de mirarlo, le dejaría en su cajón los que tenía escondido así con suerte tocaba
uno y le daba picazón. Mis venganzas eran infantiles ¿Y qué?

Fui corriendo a donde guardaba las prendas íntimas y localicé mi bolso ¡Mi móvil!
Lo había olvidado, llevaba horas sin revisar nada. Agarré con un poco de dificultad
mis pertenencias y busqué con ímpetu mi cuarta parte del cuerpo. ¡Ajá! Que
decepción, un mensaje de Matías alias "Imbécil Agresivo" deseándome dulces
sueños. La rabia me invadió una vez más y lancé el bolso contra el piso con fuerza
¡Te odio! ¡Sínico! En lo que gritaba hasta quedarme ronca noté que una carpeta
había salido sin querer y varios papeles se regaron por toda la alfombra de la
habitación.

El enunciado llamó mi atención y me agaché para recogerlo. «Sures't Sweet», la


bendita fábrica de chocolates, y recordé todo lo que discutí con Matías por ese
trabajo. Hojee el contenido como si nunca lo hubiera visto. Productos perfectos,
calidad extrema, ventas disparadas, no, si solo faltaba que el dueño fuera un Dios
del Olimpo y serían dignos de un lugar en el museo de la perfección.

¿Qué no podían tener un maldito fallo? Cake de bodas, pasteles de varios


sabores, especialidad en Chocolate, podías hacer un pedido con características
especiales, bombones de todo tipo de chocolate y productos innovadores. La risa
no se hizo esperar ¿productos innovadores? ¿Qué significaba eso? ¿Iban a hacer
chocolate con ensaladas? Estaba riendo tan fuerte que las lágrimas se escapan
sin control y mi estómago dolía, tal vez tenían un producto secreto como la Cangre
Burguer de Bob Sponja. Averiguaría eso luego.

Con carpeta en mano caminé hasta la mesa de centro en la sala y abrí otra
botella, el líquido pasó con facilidad por lo garganta y eso hizo que me diera más
de cuatro tragos seguidos. ¿Por qué si hacían tantas cosas geniales no fabricaban
un hombre? ¡Un hombre de chocolate! ¡Sí! Un hombre que estuviera para
comérselo, literalmente. Entre risas y llanto, no definía bien que estaba haciendo,
arranqué unas hojas de la agenda de teléfonos y tomé mi lápiz de apuntes.

— ¡¡Muy bien querido público!!, — dije en voz alta a los adornos de la sala, —
haremos una maldita lista del hombre de chocolate perfecto.

—¡No! — Me corregí dudosa y gritando.

— ¡Un bombón!, sí, eso, un bombón de hombre ¿No que fabrican a pedido? Púes
seré la voz de todas las mujeres del mundo y mandaré una carta al fantasma
misterioso que dirige la empresa perfecta.

Dirigida a: Empresa Sures't Sweet CEO


CP: SW1W 8RH UK
Remitente: Emily Bersett
Esp. Principal de Reportaje Industrial
CP: Ave Kresl Edif Creative Letters
¡El sobre estaba listo! Ya podía escribir la carta con tranquilidad, y de repente mi
mente se alumbró y deduje que, sin sello, mi carta no podría viajar. El sello,
necesitaba el sello de correo internacional, por suerte siempre llevaba en las
carpetas del trabajo...

Canturreaba moviendo las caderas y encaminándome a la búsqueda de mi Santo


Grial en este momento. Al segundo de tenerlo conmigo regresé y en el trayecto
prendí un cigarrillo, no me importaba el olor a humo, que se le pegara a los
muebles y a las cortinas. Me daba igual, detuve abruptamente y entrecerré los
ojos, las cortinas, las malditas cortinas de color verde selva, odiaba esas cortinas
con toda mi alma, sonreí y alterné la vista de mi mano a las malditas. Sí, esas
cortinas iban a morir.

Terminé mi otra travesura y recordé mi misión, me quedaba solo una botella. Me


lancé un cojín y crucé mis piernas como si fuera a meditar, y eso haría, nada más
serio que ese proyecto recién adquirido.

¿Qué tendría un hombre perfecto? Pensé como darle forma a aquello, encendí
otro cigarrillo, tomé un larguísimo trago directo de la botella sin preocupación,
suspiré, y empecé a escribir.

Querido dueño de Sures't Sweet que nadie conoce:

Antes que nada, quisiera expresar mi admiración, su empresa es una de las


mejores del mundo, no porque tengan una excelente calidad y un sabor exquisito,
sino porque están a punto de convertir el deseo de más de la mitad de la
población mundial en realidad.

Como no sé si es hombre o mujer no gastaré tinta es comentarle lo mucho que


suelen cagarla el género masculino ¿Sabe? Debería haber un Guinnes por
estupideces cometidas, ellos serían siempre los encabezados de la lista. Por no
contarle sobre sus típicas frases, tal parece que nacieran y le pusieran un manual
interno que es útil solo para esa interfaz, no es de extrañar que llevemos más
neuronas que ellos. «Tú eres la única en mi vida» «No eres tú soy yo» «Ella solo
es una amiga» ¡Claro! Tu amiga y luego esta desnuda en tu cama la muy zorra.
Pero no es el tema a tratar, por favor no se disocie con lo anterior.

Es muy necesario cumplir las expectativas que el ser humano se crea, y en


realidad las chicas no somos complicadas, solo queremos alguien que nos
entienda, dilema que tal parece los hombres deducen que es un debate de crisis
existencial.

Por tanto, he decidido que ustedes que realizan pedido con productos
innovadores, pudieran crear un hombre perfecto, un bombón, no por gusto son los
mejores del mercado. Y ya que estamos en estas, adjunto una lista con los
requisitos que necesitaría le incluyera, de ser probado el producto con éxito cuente
con mis excelentes referencias.

Atentamente y en espera de la respuesta (preferiblemente que venga el bombón


en persona)

Emily Bersett

Mordí con nerviosismo mi lápiz especial, era hora de entrar en el terreno peligroso.
Tache aquí y allá hasta que todo expresaba lo que quería. Seguí bebiendo y
fumando para poder aclarar la lista de deseos. ¿Qué debería poner de número
uno?
Capítulo # 5 Maldita resaca

...No existía nada más, esa botella de vodka era mi única compañía...

Mi cabeza dolía, las punzadas que me atacaban no me daban ganas de abrir los
ojos ¿Por qué tuve que beber tanto? Jamás en mi vida volvería a probar esa cosa,
ilusa yo por pensar que al ser dulce era inofensivo, maldito vino. Mi cuerpo estaba
en muy mal estado luego de mi arrebato, mi estómago revuelto y un olor
nauseabundo. En pocas palabras: Daba asco.

Abrí los ojos con una dificultad abrumadora, observé como pude a mí alrededor y
estaba sobre el sofá de la sala, la luz que entraba por las puertas de cristal que
daban al balcón me molestaban a un nivel infinito y cuando intenté cubrir mi cara
con las manos unas arcadas me invadieron, que olor tan desagradable. Me
levanté y con pasos agitados llegué al baño, la vida se me iba frente al inodoro y
me aferré al él como tabla de salvación en lo que iba expulsando todo lo que
quedaba en mi maltratado estómago.

Me desplomé en el piso y miré con anhelo la ducha, la necesitaba con urgencia.


Gatee como pude hasta allí y con rapidez aventé mi ropa a la basura, ni loca
volvería a usar ese conjunto deportivo.

Perdí la noción del tiempo que estuve bajo la lluvia artificial, mis músculos lo
agradecieron y ni hablar de mi cabeza, poco a poco me iba sintiendo persona una
vez más. Salí y me enrollé en una toalla, llegué despacio hasta el vestidor y quedé
impactaba al ver todo revuelto y en su mayoría desecho.

Toda mi ropa, o algunas de ellas estaban en las maletas que encontré, las demás
estaban apiladas en bolsas de basura. Ahogué un grito cuando me fijé en la parte
de Matías, ¡Sus camisas! Maldición, estaban rotas, embadurnadas en maquillaje y
todas con letreros permanentes con ofensas muy subidas de tono.

Realmente intenté sentirme culpable pero el muy idiota lo merecía, eso me


preocupaba solo, por saber que otra locura había llevado a cabo. Como envidiaba
aquellas personas que lo recordaban todo, quizá más tarde llegarían a mí esas
lagunas que tenía, aunque no estaba muy segura de quererlas recordar.

Me vestí con algo cómodo para tratar de organizar el desastre, organicé bien la
ropa en las maletas y las que había en bolsas de basura las acomodé en la
entrada del vestidor para donarlas a algún centro de mujeres.

Mi apetito estaba en cero, pero la debilidad se estaba haciendo presente y no lo


pensé mucho en ir a la cocina y beber un poco de mi jugo preferido en lo que
distraída preparaba un sándwich ligero. Con todo listo me senté en la meseta,
pero casi escupo el jugo de naranja al fijarme en las cortinas. Las jodidas cortinas,
estaban con quemaduras de cigarro y llenas de huecos. Llenas de manchas rojas,
por lo que supuse había lanzado vino con ganas. Me reí, todo lo que deseaba
sobria, lo hice alcoholizada. Por supuesto que no arreglaría nada. Que se jodiera,
su maldito apartamento y él.

Mordí el sándwich con furia, estaba famélica, mis tripas resonaban con aceptación
y mi energía de repente se sentía renovada. Limpié todo en la cocina, y me
dispuse a seguir recogiendo. El cenicero estaba repleto de colillas y el olor a humo
en toda la sala. Definitivamente había tenido mucha acción.

— ¿Por qué están ahí esos papeles? — Hablé al vacío porque obviamente y
gracias a Dios estaba sola.

Mi agenda de anotaciones apenas tenía hojas y todas tenían notas, pintadas con
garabatos y esparramadas por todo el salón. Mi carpeta del trabajo también
estaba allí, en ella guardaba documentos de la oficina, sobres, sellos y algunas
cosas legales del periódico ¿Para qué podría haberla usado? Tomé el sobre de
manila que resaltaba entre todo y se me hacía muy familiar.

— Sures't... — susurré — ¿Qué hacía esa carpeta aquí?

Me puse nerviosa de repente. Por todo lo bendito y glorioso que existía, solo
rezaba que no hubiera cometido una estupidez. Los artículos que había dentro
tenían frases subrayadas y anotaciones en los costados, flechas y corazones mal
hechos, el dibujo nunca había sido lo mío.

Una hoja manchada de labial me llamó la atención, con un ligero temblor la agarré
y leí apresurada.

Punto número treinta y tres: Que le guste tener mascotas (Gatos, perros, peces,
hámsters, tortugas, y otros animales domésticos.

Mi letra se definía, pero se notaba que tenía estragos mentales cuando escribí
esas cosas ¿A qué venía ese punto? Seguí leyendo otras líneas que no tenían
uniformidad.

Punto número treinta y seis: Que te recoja en el trabajo con un ramo de flores y
bombones (a todas las chicas nos gustan esos detalles)

Punto número cuarenta: ¿Pudiera tener el pensamiento de cuando nos casemos


comprar una casa en zona urbana con una cerca blanca, un césped podado y con
terreno para que jueguen los niños? (en las películas sucede.

El color huía de mi rostro, ¿Por qué mierdas tenía todas esas estupideces
escritas? Revolví entre el reguero y veía más notas, más puntos y puntos dando
explicaciones ridículas y aclarando argumentos, pero ¿para qué?
Unas tijeras y algunas revistas recortadas me siguieron confundiendo, una
cartulina con un intento de rompecabezas y con plumón rojo me seguía
revolviendo las ideas, leí un encabezado, "Proyecto Bombón".

Mi corazón se detuvo, ¡¿QUÉ?! El hombre no tenía cara, pero sí pedazos de


varios recortes de cuerpos de modelos, quería golpearme, no podía creer lo que
había causado ese vino del demonio.

Demandaría a la compañía por no advertir sobre los efectos que producía.


No entendía nada, había una lista que no entendía su finalidad, una cartulina con
recortes, mi carpeta de trabajo, los archivos de la fábrica de los Sures't, suspiré,
juntando todo, nada bueno podía salir.

Seguí enfocada en los papeles avergonzándome cada vez más con lo que leía,
como pude ser tan estúpida de escribir esas líneas, eran cosas irreales, ningún
hombre podía tener todas esas cualidades, era absolutamente imposible.
Casi resignada empecé a juntarlos todos, pero uno debajo del mueble llamó mi
atención. La hoja estaba un poco arrugada y en el texto escrito varias tachaduras,
pero algunas líneas se podían distinguir con claridad. El miedo se fundió con mi
curiosidad.

...que nadie conoce: — No, no, no...

... por favor no se disocie con lo anterior... — Tierra trágame y escúpeme en


Madagascar.

...un bombón de carne y hueso... — San Benito, rezaba en silencio, no me


castigues de esta manera.

...cuente con mis excelentes referencias...— Tenía que ser una maldita broma.

Estrujé aún más la hoja con fuerza.

No lo hice.

No lo hice.

No lo hice.

Repetía una y otra vez. Por eso tenía mi carpeta afuera, era obvio que para tomar
los sellos si quería enviar una carta internacional. ¡NO!

Corrí como poseída por todo el salón y me arrastré buscando mi teléfono celular.
Grité y chillé sin saber qué hacer, en lo que la escuchaba que empezaba a dar
tono. Un timbre, dos, tres... ¡Maldita sea!

— ¿Emy? — Mi amiga contestó media dormida.


— Erika necesito que vengas a mi casa urgente, tenemos un problema —Confirmó
enseguida y sin rechistar mientras yo continuaba angustiada. Solo esperaba que
no hubiera sucedido como recordaba, solo eso.
Capítulo # 6 ¿Detectives? Mala idea

... Siempre estuviste presente en todas mis locuras, tienes un pedazo de mi


corazón...

— ¿Estás segura que esto es buena idea? — A mí no me lo parecía tanto, pero


debía preguntar de todos modos.

— ¡Cállate! Sino hubieras hecho esa estupidez, ahora no estaríamos aquí — La


pelirroja sonaba exasperada y solo me quedaba darle la razón.

— Vale, pero ¿era necesaria esta ropa? — Cuestioné.

— Si quieres vamos directamente y nos robamos el buzón — Me miró furiosa


y como si tuviera dos cabezas.

— No creo que sea la forma de asesorarnos, además ya pasó casi un día — Me


sentía demasiado angustiada y un poco pesimista.

— Pero el chico del correo me dijo, que a veces tardan casi veinticuatro horas en
recoger los buzones para llevarlos al correo y de ahí a su destino. Una vez llegue
a la agencia, no hay marcha atrás.

— ¿Qué probabilidades tengo que se hayan demorado? — Pregunté haciendo un


puchero.

— Dado a tu escasa suerte últimamente, cero posibilidades. — contestó sin pizca


de culpabilidad.

Las esperanzas se iban disipando una tras otra, ¿Por qué me dejé convencer de
esta atrocidad? Respuesta fácil, si de verdad había enviado esa carta, estaba
muerta profesionalmente, me quedaría sin trabajo y justo en ese momento que no
tenía ni donde vivir y tenía a mi ex, buscándome como psicópata. Nada podía ir
mejor.

No sé cómo terminamos con ropa negra, unos gorros de delincuentes, spray de


pimienta, unos binoculares y un destornillador. Sin contar que estábamos casi a
cien metros del edificio donde estaba mi antiguo apartamento vigilando el buzón
de enfrente como si fuera un delincuente, adjetivo que sin lugar a dudas
llevábamos en la frente nosotras.

Unas horas antes…

— ¡¿Qué hiciste qué?! — Sus gritos me estaban provocando jaqueca —


¡Enloqueciste! ¡Dios! No sé si besarte por tener el valor de joder a este imbécil o si
golpearte por casi arruinar el trabajo de tu vida.
— ¿Crees que no lo sé? Estaba borracha Erika, no recuerdo nada, tengo la noche
anterior en blanco en mi mente, no sé si la envié porque todos los papeles están
aquí, pero…

— Tienes la manía de hacer borradores de todo lo que haces para luego hacerle
anotaciones y formar el original — terminó por mí.

— Con algo de suerte esa manía la olvide estando peor que una cabra
alcoholizada ¿no?

— Déjame ver los papeles — La miré con las mejillas encendidas, no podía creer
todo lo que había escrito — Emily Bersett, tienes cinco segundos para traerme esa
evidencia antes que se acabe el poco autocontrol que llevo.

— Bien — Suspiré, me levanté y fui por ellos. Lo peor que pude hacer porque
media hora después mi supuesta mejor amiga casi se orina encima de tanta risa

— ¿Ya vas a parar?

— Es que no puedo Emy, te juro que no puedo — No podía casi hablar — ¿Cómo
se te ocurren estas cosas? Es que algunas las he pensado hasta yo y nunca tuve
el valor de decirlo. Esta genial amiga, ojala y la hayas enviado — Un cojín aterrizó
en su rostro — ¡Vale! Pero es que está demasiado bueno, podrías publicar un
artículo con esto.

— Sí, claro, sino pierdo mi trabajo antes — sonaba derrotada y ella se limpió una
lágrima para mirarme con ternura.

— Lo solucionaremos cariño, ya verás, ahora recojamos todo antes que venga ese
inútil que tenías por novio y me arresten por asesinato.

— Pensé ir a un hotel mientras…

— ¿Quieres que te golpee? — Me miró retadora — Tú vendrás conmigo y fin de la


discusión — No aguanté y la abracé con fuerza a lo que ella correspondió.

— Te quiero Campanita…

— Y yo a ti Peter Pan — Me separé y la miré con enojo, en nada soltamos las


carcajadas juntas. No sé qué haría sin esa pelirroja.

***********************
Tiempo real

— ¿Ya? — pregunté.
— Espera... — respondió fastidiada, era la décima vez que preguntaba — ya
están cerrando la tienda de enfrente, en diez minutos ya podremos llevar a cabo la
operación.

— Deja de hablar así, ni que fuéramos a robar un banco — contesté bajito y


levanté la cabeza para poder ver un poco mejor.

— Da gracias que estamos en el auto, sino pareciéramos sospechosas.

— Claro, porque así vestidas damos mucho que desear — dije molesta.

— Ya Emy, solo será entrar y salir ¿Qué tiempo llevará abrir el buzón y revisar si
están las cartas o no? En una hora estaremos en casa viendo Posdata: Te amo,
con palomitas de maíz y dos helados de chocolate.

— Lo dices muy fácil Kika y yo no tengo nada de suerte hace un día…

— Cállate que ya se va... ¡Haz silencio! — Casi me ahogó poniendo su mano en


mi boca de repente, la aparté consternada, se estaba tomando muy en serio su
papel de espía — Bien, vamos.

Acomodó su gorro y me hizo una seña muda, rodé los ojos con fastidio y la seguí
¿Tenía opción? Estábamos ahí, de eso dependía todo.

Nos acercamos al buzón y lo rodeamos como perros, solo tenía una rendija por la
cual era imposible saber si tenía cartas o no. Solo quedaba tratar de abrirlo. Erika
tomó el destornillador y empezó a forzar aquello, el ruido era fuerte por lo que
trataba de hacerlo lento. Nada, aquel maldito buzón no daba tregua, ni tenía pizca
de querer abrirse ni un poco.

— Basta Erika — susurré, como si no hubiésemos hecho demasiado escándalo


golpeando el puto buzón — Esto no tiene ni pies ni cabeza, no se abre, asumiré
las consecuencias si la envié, ahora solo queda rezar.

— Bien — suspiró — Solo un intento más ¿sí?

Me encogí de hombros en señal de aceptación, una más no iba a ser la diferencia.


Mi amiga le dió un súper golpe que retumbó en la calle desierta. Le grité para que
hiciera silencio y ella gritó para que dejara de gritar. Cuestión, que no nos dimos
cuenta cundo un coche estacionó frente a nosotras. Y sí, era la policía.

Vamos, con nuestra pinta y el arma en las manos, evidencia fija. No dijimos nada
en el camino e íbamos con esposas y todo ¿Qué más, San Benito? ¡Que más!
Cuando dimos la declaración no hubo remedio, nos hicieron pruebas de alcohol y
drogas, natural con las explicaciones que salían de nuestra boca.
Luego de dos horas Erika gritaba que quería su llamada, yo solo estaba allí,
mirando a la nada, ni muerta llamaría a Matías, prefería pasar la noche en aquella
celda. Lamentablemente la otra persona que podía ir en mi ayuda estaba
encerrada conmigo.

— Disfruta la vista cariño porque en nada salimos de aquí — Me desesperé


cuando escuché la pelirroja dirigirse al oficial que la traía, con cara de amargado.

— ¿A quién llamaste? — Mi pregunta llevaba genuina curiosidad, tenía entendido


que al igual que yo, solo contaba conmigo en la ciudad.

— Ummm — me miro dudosa — Lo importante es que nos saquen de aquí y ya.

— Erika, no me gusta tu cara, dime ahora a quien mierda llamaste — Estaba


perdiendo los nervios, eran demasiadas cosas.

— Y será rápido — Me ignoró deliberadamente — Dijo que estaba a cinco minutos


de aquí — Observó su reloj imaginario y me dió una sonrisa — Casi debe estar al
llegar.

— Mira — la señalé mirándola mal — Si tú llamaste a…

— Buenas noche señoritas… — Mi amenaza quedó en el aire cuando vi quien


estaba parado frente a la celda — Me sorprendió mucho esta llamada, para ser
honesto.

— ¿Nos sacará de aquí? — La pelirroja se acercó a los barrotes y lo miró casi


suplicante.

— ¿Llamaste al Señor Nazaré? — Interrumpí incrédula e intentando susurrar —


¡Enloqueciste!

— Era eso o dormir aquí Emily ¿Qué hacía? — Ella también se estaba alterando y
comenzó a mover los brazos de forma exagerada.

— Para mí no es problemas Emily, solo que… — hizo una pausa que nos puso
tensas al momento — Tengo curiosidad ¿Cómo llegaron aquí?

Volví a repetir mirando al techo de aquel cuarto de 2x2 ¿Qué más puede pasar?
¡Qué más!
Capítulo # 7 Vida ¡Apiádate de mí!

Era perderte, o perderme y cariño; ya había perdido bastante contigo.

De todas las cosas que por los siglos de los siglos Erika estaría endeudada
conmigo, aquella situación, la ponía en la cima ¿Cómo coño se le ocurrió llamar a
nuestro jefe para que nos sacara de la maldita estación de policía?

Súper cómodo y súper lógico de explicar todo aquello, si es que no podía ser más
vergonzoso

— Hola jefe, estamos arrestadas por tratar de robar propiedad privada y del
estado, según el informe policial, tratando de dañar la integridad moral de alguna
persona.

Aún no me creía esas jodidas palabras ¿En serio? ¡Yo solo quería saber si envíe
la maldita carta!

Por si fuera poco, estábamos vestidas como si fuéramos a asaltar un


supermercado y el puto destornillador lo tomaron como un arma ¿Que tan patético
sonaba eso en nuestra ficha policial?

Por supuesto, nadie nos creyó el motivo y eso me llevaba al punto ¿Cómo le
explicaba nuestro jefe, que intentaba recuperar algo que podría arruinar todo
nuestro trabajo y dañar la reputación del periódico? Mi cabeza iba a explotar.

— Si, verá Señor Nazaré, yo estaba tan borracha que no recuerdo si envíe un
pedido de un hombre perfecto con sabor a chocolates al dueño de la Empresa que
tenemos que hacer el reportaje de nuestras vidas.

Simple, muy simple. Mataría a esa pelirroja y no tendría remordimientos.

— Lamentamos mucho esta situación señor, — Cada palabra que salía de su


boca abría más posibilidades de homicidio en mi mente — pero no teníamos a
quien recurrir.

— No te preocupes Erika, gracias por librarme de esa cena tan aburrida — le


sonrió, mi jefe ¡le sonrió! — Es algo entretenido en mi rutina, y por favor llámame
César solamente.

— Oh, gracias. Es vergonzoso todo esto la verdad — ¿En serio? Su sentido


común parecía estar regresando — Tuvimos una noche difícil.

— ¿Cómo terminaron encerradas? — Rezaba porque las palabras regresaran a


mí.
— Es una larga historia — Me miró de reojo — Además, no nos creerías de todos
modos.

— Tengo una mente amplia, puedes intentarlo — ¿Eso había sido coqueteo? No
lo podía creer.

— Lo pensaré — Las mejillas de Erika estaban del color de su cabello.

— Espero la historia con ansias entonces. Vamos, las llevaré a casa — Abrió la
puerta de BMW y nos dio una señal caballerosa para entrar.

Murmuré un pequeño: gracias, pues fue lo único que logré pronunciar. El solo
asintió y repitió que no había problemas. El camino a casa fue silencioso, hice
intervalos de mirada entre ellos que iban frente a mí, y la idea sobre César, sin
tener nada mejor que hacer un viernes en la noche que ir a sacar de comisaría a
sus empleadas empezaba a rondar por mi mente. Qué vida más aburrida.

Llegamos al edificio de Erika y él nunca hizo preguntas, nuestra respuesta fue


clara y firme cuando mencionó la dirección de Matías, hasta hacía horas, mía
también y gritamos un perfecto no, que solo nos dejó aún más en ridículo de lo
que ya estábamos. Mi jefe solo asintió y condujo hasta donde le dijo mi amiga.

— Buenas noches César... Y gracias — ¿estaba siendo tímida? Quien era esa
pelirroja frente a mí, ya me burlaría en el futuro.

— No fue nada — le dio una mirada a mi amiga, que hasta yo quedé bajo ese
encanto, y sus palabras me dejaron traumada. — ¿Estaría mal que las arrestaran
más seguido? Así consigo verte fuera del trabajo.

¿¿What is that?? ¡Alarma! Tuve que mirar a otro lado para no morir de la risa
cuando mi amiga casi se derrite en la calle. La venganza era dulce, disfruté
desmesuradamente el tartamudeo de Erika.

— Yyyo no, no... — Se aclaró la garganta y miró al suelo para tomar aire y
recomponerse — Trataré de asaltar buzones más seguido.

¿QUÉ?

Tuve que llevar mi mano hasta mis labios para no soltar una carcajada, hasta para
mí fue la peor respuesta del siglo, pero contrario a lo esperado, mi jefe sonrió
como jamás había visto, se notaba más joven y despreocupado. Era una sonrisa
muy, pero muy sexy.

— Hasta el lunes chicas, diviértanse — Dio media vuelta, pero se detuvo al


instante para agregar algo que nos hizo reír — Olviden eso último.
Nos quedamos esperando que se marchara para entrar al edificio y subir a nuestro
piso, subimos en silencio, no había nada que agregar. Nos duchamos y comimos
algo para dormir, sería una noche para recordar.

El fin de semana pasó sin más, solo algunas llamadas y mensajes no agradables
que hacía Matías y yo ignoraba, al no contestar el solo aumentaba las ofensas. No
sé cómo no me di cuenta que él no estaba en sus cabales, debería someterme a
test psicológico sin dudas, Es tan cierto lo que dicen que jamás se termina de
conocer a una persona.

El lunes fue divertido despertar juntas, hicimos desayunos, nos ayudamos a


maquillar y conducimos al trabajo en busca de una perspectiva para nuestro
próximo trabajo. Decidí con Kika olvidar aquel incidente sobre la carta, después de
todo eso no era seguro. Aún mantenía las esperanzas, literalmente, era lo único
que me quedaba.

Entramos a la empresa haciendo bromas y bebiendo chocolate caliente de la


cafetería de la esquina, nos detuvimos en mi puerta escuchando anécdotas de las
chicas que trabajaban con nosotras, pero jamás mencionar lo que habíamos vivido
aquel viernes. Nos llevaríamos aquello a la tumba.

Cerca de las once de la mañana teníamos un desastre encima de la mesa de mi


oficina, diseñamos varias estrategias para el reportaje y el enfoque que le
daríamos. Teníamos la creatividad por los cielos.

— Buen día chicas — La voz de César nos hizo voltear al minuto.

— Buen día César ¿Cómo estuvo tu fin de semana? — Mi amiga se había


adueñado muy rápido de las confianzas. Reprimí una mueca divertida y seguí el
hilo de la conversación.

— No tan intenso como el de ustedes seguro — Nos hizo un guiño y sonrió.

—Buen día para ti también ¿que se te ofrece? — Pregunté porque los dos se
quedaron en silencio, observándose.

— Ah, sí — movió un poco la cabeza, imaginé, que para aclarar los pensamientos
— tenemos que hablar algo súper importante, algo que afectará un poco las cosas
y quería pedir su opinión.

— Adelante, por favor — le pedí educadamente — Toma asiento ¿Quieres un


café?

— Por favor, con esta mañana lo necesito — Le serví un poco de inmediato.

— ¿Qué sucede? — Me sentía muy ansiosa.


— El proyecto Sures't — Mi estómago se encogió solo de escucharlo —
Necesitamos adelantar el trabajo.

— ¿Porque? — mi amiga cuestionó — ¿Sucedió algo?

— No, nada grave — Solté un suspiro de alivio y me dejé caer disimuladamente


en el sofá, si hubiera llegado mi carta, ya no tendría trabajo. ¡Gracias San Benito!

— Nosotras estábamos diseñando enfoques y temáticas ¿quieres un informe esta


semana?

— No Emily, no me expliqué bien, deja te cuento — Dejó la taza en la mesita de


café y se acomodó, no lucía muy convencido — El dueño de la fábrica
actualmente, es mi amigo.

— ¡¿Eh?! — soltamos a unísono.

— Sí, pero ese no es el tema — hizo ademán con la mano restándole importancia
— Recibí una llamada explicando que deberíamos hacer nuestro trabajo pronto
porque la fecha que teníamos coincide con algunos compromisos y eventos de la
familia que no se pueden posponer. Sé que no estaba en nuestros planes, pero no
podemos perder esta oportunidad, es demasiado importante, entenderé que no
estén de acuerdo, ustedes tienen su vida y este cambio es un poco brusco.

— César — Lo interrumpí con una sonrisa porque ya se estaba agitando al hablar


— Entendemos, ¿Qué hay que adelantarlo? ¿Una semana? No es problema,
ambas andamos sobradas de tiempo.

— Lo que dijo ella — Me secundó la pelirroja y él sonrió.

—En realidad… — Se rascó la nuca nervioso — nos vamos en dos días...

— ¡¿DOS DÍAS?!

— Sí, lo siento — Sus ojos se dirigieron a mí específicamente — Hablaré con tu


prometido si es necesario...

Levanté la mano y él se detuvo, no quería ni mencionar, ni escuchar sobre ese


imbécil. Observé a mi amiga y le sonreí, al minuto entendió mi mirada. Nada podía
ser mejor, nada mejor que un océano para poner distancia entre mi pasado y yo.
Me levante con precisión, él me imitó y se notaba preocupado.

— Emily yo...

— Inglaterra, allá vamos — Lo interrumpí y el soltó un suspiro.


Al fin tenía un descanso, nada mejor que mi trabajo para darme paz. Este viaje era
señal que todo estaba tomando un nuevo camino, uno, que definitivamente, no iba
a desaprovechar.
Capítulo# 8
Un ascensor con desconocidos

Todo lo que brilla, definitivamente no es oro.

Los preparativos del viaje fueron un caos, entre las maletas, las cosas que
utilizaríamos para el reportaje, las cámaras de Erika y todo lo necesario para
sobrevivir en un país extranjero parecíamos que íbamos a emigrar. Por suerte,
nuestros pasaportes estaban actualizados y César no tuvo problemas en
conseguir los boletos de avión.

El trayecto fue cómodo y bastante silencioso, leí un poco y todas las horas de viaje
me sirvieron para plantearme un poco lo que quería para mí, clásico, algo que
hacíamos todos cuando no había nada más interesante, o la vida se nos viene
encima, yo, estaba teniendo la crisis de ambas.

No pude evitar entretenerme con las miradas furtivas de mis acompañantes,


estuve a punto de intervenir y presentarlos como niños de primaria, pero se veían
demasiado tiernos así. Me daba nostalgia ¿Cómo no pude sentir algo real? Todo
ese tiempo que estuve con Matías no pude ser yo, me convertí en todo lo que
odiaba, porque para todos a mí alrededor eso estaba bien. Me perdí a mi misma y
juré a todos esos pies de altura que nunca más lo haría de nuevo.

Aterrizamos en Reino Unido y el clima nos golpeó al bajar del avión, amaba ese
país, pero no era algo a lo sé acostumbrara de golpe. Una leve llovizna y un poco
de aire nos dieron el recibimiento. El proceso de salir fue tedioso y agotador, mi
cuerpo pedía a gritos un descanso.

Afortunadamente no tuvimos que buscar reserva en un hotel, la familia Sures´t nos


brindó una casa que al parecer no usaban, contaba con varias habitaciones e
incluso podríamos montar una oficina improvisada. No le faltaba nada a esa
familia, fue salir del aeropuerto y una camioneta súper imponente nos esperaba,
justo al lado del auto, un señor con el nombre de César escrito nos saludaba.
Evidente que era un chofer designado.

El camino hasta la casa fue rápido, casi no disfrutamos el paisaje pues al ser de
noche y estar muertos de cansancio, íbamos prácticamente dormidos. Nos
ayudaron a bajar las maletas y los equipos de trabajo antes de irse. La casa
estaba hermosa, parecía estar lista para nuestra llegada pues hasta comida tenía
en el refrigerador.

Agarré mis cosas y subí buscando donde dormir, la primera habitación que
encontré fue mía, tiré todo al piso y con ropa y todo me enredé en los brazos de
Morfeo. Ya habría un nuevo día y con él, nuevas oportunidades.
— ¡Buen día! — Tararee mientras bajaba las escaleras, una buena dosis de sueño
y una ducha relajante era lo mejor para un día productivo.

— ¡Buen día Emy! — La pelirroja aún llevaba ropa de dormir y estaba bebiendo
café tranquilamente — Veo que ya estás lista para un día de trabajo, yo que
pensaba dar un paseo o algo.

— ¿Cómo se te ocurre? — La regañé bajito — Con César aquí tenemos que


aparentar ser profesionales, hagamos un esfuerzo por parecer normales una vez
¿sí?

— Vale, intentaremos madurar o algo parecido — Dio un largo trago a su café y


morí de la envidia.

—Aggg — Protesté — Muero de hambre, por cierto ¿Dónde está César?

— Creo que salió a correr, no sé bien, solo lo vi con ropa de deporte cuando venía
bajando las escaleras — Lo dijo de manera despreocupada, pero una sonrisa
adornaba su rostro.

— Ajá ¿Y? — Pregunté, en lo que disfrutaba mi chocolate caliente.

— ¿Y? Qué, nada… — Me ignoró e hice lo mismo.

— Ok, ya me contarás cuando lo asumas…

— Buen día señoritas — Su protesta no llegó, porque nuestro jefe entró con su
camiseta toda sudada y una toalla mojada alrededor del cuello, ¡Joder!, sí que
estaba sexy y bueno, no era pecado mirar, la pelirroja tenía muy buen gusto, pero
seguí sin sentir nada, los trigueños no eran lo mío — ¿Cómo pasaron la noche?

Unos minutos más y la galleta se caía de las manos a Erika, no la iba a juzgar yo
quedé con la taza a mitad de camino, pero me recompuse rápido.

— Hola, todo bien gracias, fue un viaje agotador — Me sonrió vagamente y volvió
su atención a Erika.

— Sí, bastante, me alegro que hayan descansado, Emily tienes una cita dentro de
una hora en la empresa Sures´t, espero que no haya problemas con eso.

— Para nada, estoy ansiosa por trabajar, termino de desayunar y recojo todo lo
necesario para el primer encuentro.

— Perfecto, Erika y yo iremos a la Mansión, la señora Sures´t nos espera allá.


Al terminar, como mismo le dije a César, subí y tomé todo lo que necesitaba.
Guardé y acomodé las cosas en mi bolso y me di una última mirada en el espejo,
estaba conforme con el reflejo que me devolvía. Antes de salir me despedí y tomé
las llaves que nos facilitaron a cada uno.

Tomé un taxi, le di la dirección de la empresa, y me acomodé para disfrutar el


viaje. Al bajar, quede impactaba ante el edificio que se alzaba ante mí. Cristales y
marcos de acero, hacían la diferencia en medio de toda la manzana, un ligero
color, como a oxido, le provocaba un toque bohemio. Las letras “Suret´s Sweet”
sobresalían en lo alto y sonreí levemente, me gustó muchísimo el estilo. Ansiosa y
expectante, entré.

— Buen día, señorita. Mi nombre es Emily Bersett y tengo una cita con el señor
Sures´t — La chica morena y de aspecto amigable me dijo que esperara en lo que
ella confirmaba mis datos. Me dio un pase, me señalo un ascensor y que mi piso,
era el número quince.

Hice todo lo indicado, y el pitido de la caja metálica, me hizo ver que había llegado
a mi destino. Las puertas se abrieron y un ambiente elegante, pero demasiado
frío, me recibió. Observé curiosa, la decoración era impecable, pero se notaba la
ausencia del tacto femenino, por lo que descarté enseguida que el dueño, fuera
mujer.

Una chica, que supuse era la secretaria, tecleaba entretenida en el computador,


me acerqué y muy amable intenté presentarme.

— Buen día señorita, mi nombre es Emily… — Ella levantó la cabeza y me


observó de pies a cabeza de forma despectiva, mi sonrisa se congeló.

— El señor Sures´t no podrá atenderla hoy, se le ha presentado una junta de


emergencia a la que tuvo que asistir — Ni siquiera me dejó explicar quién era y
rezándole a todo lo divino, suspiré y lo intenté otra vez.

— Tal vez si pudiera, por favor… — Volvió a interrumpir y me hizo señas para que
me alejara sin siquiera mirarme.

— Es todo lo que tengo que decirle, por favor tengo mucho trabajo que hacer,
vuelva mañana para ver cuando podemos reajustar su cita — Mi paciencia estaba
en niveles muy bajos, me sentía furiosa, la estúpida me recordaba a Melissa y las
ganas de arrancar sus extensiones iban subiendo de nivel. Necesitaba control.

— Bien — Agarré mi bolso con fuerza y me di vuelta muy molesta. El ascensor


que me trajo, estaba en el piso número dos y yo necesitaba salir de allí. Miré a la
izquierda y estaba otro que parecía estar disponible, marqué y abrió las puertas al
instante. Entré y el grito de la Barbie Malibú casi me hizo dar un brinco.
— ¡No puedes hacer!… — Su chillido quedó opacado con las puertas cerrándose
y mi dedo del medio para ella.

Iba soltando palabras sin parar, mal educado, poco profesional, imbécil e idiota por
tener una asistente tan desubicada ¿Para eso viaje desde América? ¡Por favor!
Que no fui a conocer Londres por su maldita culpa, o mejor ¡estaría descansando!

El elevador sonó y supuse que estaba en el primer piso, cuando abrieron las
puertas, unos ojos marrones me miraban con curiosidad, y al minuto, se quedaron
sin expresión. No le tomé mucha importancia y lo reté con la mirada.

— ¿Me dejas pasar? — Abrió los ojos un poco y siguió sin responder,
evaluándome. Aquello aumentó mi furia. — ¿Eres sordo acaso? Necesito salir.

— ¿Un mal día señorita? — Se hizo un lado en lo que habló y le puse mi cara más
fastidiosa. Su acento marcado, casi, casi pudo quitarme mi frustración.

— ¿Trabajas aquí? — Se quedó un segundo en silencio antes de responder, y yo


estaba casi en el pasillo. Volteé para mirarlo mientras respondía.

— No precisamente…— Mejor, con él podría desahogarme.

— Bien, púes deja que te cuente que si vienes a cerrar un negocio te vayas,
porque el dueño de todo esto es un mal educado informal que no tiene idea de lo
que es valorar el tiempo ajeno, sin agregar que tiene la secretaria más
desagradable del mundo.

— Oh, tenía una cita con el dueño — Alzó una ceja, interesado.

— Si, tenía, parece que tuvo algo mejor que hacer, tal vez tú que eres hombre
tengas más suerte.

— ¿Crees que es machista? — Cuestionó.

— No tengo idea — Me encogí de hombros — pero si le miras las tetas a su


secretaria seguro que consigues algo, adiós.

Lo dejé anonadado, pues sin más me fui. Maldito día, maldita cita y maldita
secretaria. Me sentí un poco mal por el desconocido que escucho mis reproches,
solo le deseaba que pudiera ver al dueño ese día.
Capítulo # 9
Hazte la muerta

...Situaciones difíciles, requieren medidas extremas...

— ¿En serio? No te lo puedo creer, — Mi amiga me miraba interesada — César


me dijo que era muy formal, si suspendió la cita debe haber sido algo súper
importante, pero con la secretaria Alias «Tetas plásticas» deberías haberle
arrancado los pelos y ya está.

— Y lo dices así tan tranquila... — Suspiré — Créeme que me falto poco, verla me
recordó a Melissa, pero no vale la pena, personas como ella merecen ignorancia,
solo eso — Erika alzó una ceja con cara de "no te creo nada" y yo solo me encogí
de hombros tratando de reafirmar lo dicho.

— No querías perder tu trabajo ¿Cierto?

— No — respondí tranquila — sino, la hubiera golpeado.

— Ya sabía yo — Reímos mientras bebíamos chocolate caliente, nuestros


cuerpos aún no se adaptaban a la frialdad de Londres.

Nos pasamos un rato frente la chimenea del salón, la casa tenía una decoración
exquisita, todo estaba tan detallado que parecía salida de un cuento.

Con unos cojines en el piso y con unas colchas, conversábamos. Llevábamos


puesto unos pijamas de unicornios que compramos en una feria en New York, ese
día fue inolvidable. Nos perdimos buscando una tienda de ropa y encontramos ese
puesto tan genial, salimos ganando, tuvimos ropa, zapatos y hasta tres bolsos
súper baratos, además de esos pijamas de mejores amigas que eran demasiado
originales.

Teníamos la casa sola, por lo que nos tomamos la libertad de vestir y hacer lo que
se nos ocurriera. César, estaba resolviendo negocios en otra ciudad y no llegaría
hasta el otro día.

— ¿Vemos unas películas de comedia? — Esa idea levantó al segundo mi ánimo.


Amaba a esa pelirroja.

— Veré si hay palomitas — Me levanté y corrí a la cocina.

— ¡Y yo buscaré algo en Netflix! — Gritó desde la sala, mientras yo rebuscaba en


los cajones de la cocina.

Además de palomitas, un montón de comida chatarra estaba disponible.


Estuvimos como cinco minutos gritándonos preferencias de películas y comida,
hice un reguero terrible y traté de llevarlo todo junto. Obviamente no podía solo
con las manos y la pelirroja se negaba a ayudar, tomé un paquete de papas con la
boca, un pomo de Pepsi debajo del brazo, las palomitas y dos paquetes de
gomitas con las manos y caminé como modelo de pasarela hasta la sala.

El ruido de la puerta me hizo girar, el paquete de papas cayó de mi boca y casi


tropiezo con una silla. ¿Por qué no podía tener una vida justa?

— Buenas noches — César nos miraba confundido desde la entrada — Veo que
se están divirtiendo... — ¿Qué hacía en la casa a esa hora? — ¿Hola?

Erika estaba como estatua encima del sofá, yo ni siquiera podía respirar. La
pelirroja agarraba con fuerza el mando del TV, que estaba usando como micrófono
en lo que yo buscaba la comida.

— Hola — Susurré. Quería salir corriendo y esconderme dentro de la chimenea,


claro, que ahí si quedaría como una lunática.

— ¿Qué haces aquí? — Kika preguntó sin querer sonar grosera, sino porque al
igual que yo, creía que estaríamos solas. Sino, jamás hubiéramos hecho todo eso.

— Te extrañé también Erika — Respondió mi jefe sonriendo y dejando su abrigo


en el perchero — Hubo una tormenta e impidieron el paso por carretera.

— Oh... — Respondimos al unísono.

— Sí, cosas que pasan — Continuó conversando como si no estuviera delante de


dos locas con pijamas de unicornios — Voy a mi habitación que estoy demasiado
cansado, pueden seguir con su... — nos miró y luego movió la cabeza como
despejando sus ideas. — Con lo que sea que estuvieran haciendo.

Se encaminó a las escaleras riendo, lo más probable que de nosotras y se detuvo


al recordar algo. Contuve la respiración cuando dijo mi nombre.

— Emily, sé lo ocurrido hoy, mañana el Señor Sures't estará esperándote sin falta
en la empresa para disculparse en nombre de... — Se quedó callado como
analizando — Para disculparse, ¿crees que puedas ir a la misma hora que hoy?

— Por supuesto — Contesté. Pero ese hombre había perdido mi respeto, pensé.

— Perfecto, hasta mañana chicas, lindos pijamas, por cierto — y desapareció


riendo un poco más fuerte.

Nos quedamos en silencio y mirando fijamente las escaleras. No había modo de


regular todo lo penoso que nos sucedía, así que vimos la película y comimos sin
mencionar el incidente. Esa noche éramos las chicas con pijamas de unicornios,
cuando amaneciera, volveríamos a ser profesionales del periodismo.

Las luces del sol me dieron el rostro y quise lanzar una maldición, olvidé cerrar las
cortinas antes de irme a dormir. No quería levantarme, pero el trabajo me llamaba.
Como un zombi de "The Waking Dead" caminé hasta el baño, tomé una ducha
que relajo mis huesos y logró espabilarme.

Quería verme bastante formal, por lo que una falda tubo y una camisa de hilo
fueron las elegidas, el clima estaba favorecedor, me calcé mis tacos de aguja
negros, tomé mi bolso con lo necesario y quedé conforme con la imagen que me
devolvía el espejo.

El silencio de la casa, me hizo suponer que mis compañeros habian salido antes,
tomé una manzana y un poco de jugo para compensar un poco todas las calorías
de la noche anterior. Desayuné en tiempo récord y salí con tiempo de sobra.

El edificio me recibió tan imponente como el día anterior, pero no me detuve a


observar nada. Nadie se burlaría de mí, así que llevaba el modo perra, activado.
Unas palabras o diez se llevaría "la barbie" si volvía a tratarme de mala manera.

Cuando llegué a la recepción, noté que no era la misma chica de ayer, pero el
trato amable era el mismo. Definitivamente, unas de esas chicas deberían pasarla
a presidencia y mandar a "aquella" a cuidar los baños.
Piso número quince y estaba lista, mi máscara de indiferencia estaba puesta y me
preparé mentalmente para lo que pudiera encontrar.

Cuando puse un pie fuera del ascensor, un señor bastante mayor estaba
esperándome. Su pelo entero en canas y un bastón bastante peculiar le daban un
aire de respeto y mucha personalidad. Al instante mis labios pusieron una sonrisa.

— Acabo de entrar y me informaron de tu llegada por eso decidí esperarte, mucho


gusto Emily, soy Adolf Sures't — extendió su mano y sin dudar la estreché, aun
teniendo porte serio su sonrisa era muy cálida y paternal.

-— El gusto es mío señor Sures't... — respondí honestamente.

— Por favor hija llámame Adolf, es señor Sures't ahora es mi nieto — dijo en modo
de broma y me hizo una señal, invitándome a seguir hasta una oficina, que supuse
que era la de "Presidencia"

— Por favor perdona lo de ayer, hubo un malentendido...

— No se preocupe por favor, entiendo que hay emergencias que no se pueden


evitar — ¿Cómo iba a enojarme con un señor que podría ser mi abuelo? ¿Y si
había tenido un problema de salud ayer? Me arrepentí de todas las palabras que
salieron en su contra el día anterior.

— Sí — Habló en un tono, que denoté tristeza — Hay cosas que no se pueden


evitar por más que se quiera querida, por favor toma asiento.

Lo hice gustosa y conversamos de temas triviales en lo que bebimos un café, que


estaba sumamente delicioso. Agradecí que no hubiera rastros de "la Barbie", otra
chica estaba ocupando su lugar, quizá rotaban al personal, anoté mentalmente
esa curiosidad pata mi reportaje.

— Perdone que lo interrumpa Adolf — puse mi taza en la mesita — Estoy


disfrutando demasiado su compañía.

— Gracias querida, igual yo — Hizo un gesto pensativo — Eres mejor de lo que


imaginé, justo lo que necesitaba mi familia en estos momentos.

— ¿Ya me conocía? — confundida pregunté, seguro había pedido mis referencias.


Era normal que investigaran quien estaría dos meses hurgando en su día a día, y
más que sería primicia nacional — Acabo de hacerlo querida — soltó una risita
contagiosa — Y déjame decirte que César quedó corto, eres muy inteligente,
además de ingeniosa a la hora de escribir.

— ¿César le mostró algún escrito?

— He leído tu trabajo de forma interesante y quedé sorprendido. — Se acomodó


un poco en el sofá — No podía esperar para conocerte, por eso adelante el
trabajo.

— No sabe lo que significa su opinión, — Dije sincera — ¿Me dejaría hacerle


algunas preguntas sobre la empresa para el reportaje?

— Te contestaría diez mil preguntas, pero creo que sobre la empresa debería
responder su actual dueño — Lo miré sin comprender ¿Él no era el dueño? —
Hace un mes heredé mi puesto a mi nieto menor, confío que podrá llevarla igual, o
mejor que yo.

Cuando iba a preguntar más al respecto, la puerta de la oficina se abrió y giré por
inercia.

— Abuelo, no me dijiste que vendrías... — el desconocido alzó el rostro, quitando


su atención de lo que llevaba en las manos.

Podía sentir todo el color huyendo de mi rostro.

Esos ojos.
Esa cara.

¿Dijo abuelo?

¿Acaso?

No, por favor que no fuera...

— ¿Tú? — Casi gritó y yo quería saltar por la ventana.

— ¿Tú? — Susurré de vuelta ¿Por qué San Benito? ¿Por qué yo?

— ¿Se conocen? — preguntó curioso Adolf y yo sentía que me daba un infarto al


notar lo que llevaba el "desconocido nieto de Adolf" en las manos.

Los oídos me pitaban y mi cabeza quería estallar. ¡Mi carta! ¡Traía mi maldita
carta! Solo había una solución y la tenía más que clara. Mi mente pensó
demasiado rápido...

Emily ¡hazte la muerta!


Capítulo # 10 ¡Oh San Benito!

...Reza querida, quizá un milagro suceda...

¡Hazte la muerta!

¡Haz algo!

En unos segundos vi la vida pasar frente a mis ojos, el fin de mi carrera, mis
sueños, mis metas, de mi próxima acción dependía absolutamente todo. Mi cuerpo
parecía reflejar mi estado, porque empecé a escuchar las voces lejanas, estaba
teniendo una crisis.

Yo solo observaba sus manos, me regañé mentalmente — Deja de mirar idiota,


que sino mirará él también y es lo que tratas de evitar — Alcé mis ojos para tratar
de enfocar y Adolf tomaba mi mano con preocupación.

— ¿Emily querida?...

— Creo que le bajo la tensión…

— Trae un vaso de agua, ¡Apúrate mujer!

Vamos Bersett, las palabras hacían existe en mi mente. Sal de este trance.
Afronta todo como mejor sabes, con alguna estupidez.

— Estoy bien — Conseguí articular — Solo… solo necesito recostarme unos


minutos.

— Si quieres puedo llamar un médico — Adolf seguía hablándome y el


desconocido del ascensor estaba arrodillado frente a mí.

— No, de verdad estoy bien, creo que esta baja tensión fue porque…ummm,
porque no desayuné — ¡Bien! Excusa perfecta.

— Me asustaste querida, pareciera que hubieras visto un fantasma — Si él


supiera, me entendiera. Esa “carta” era peor que un fantasma. ¡La carta!, recordé
¿Dónde estaba?

Observé todo como psiquiátrica, sin resultados ¿Cómo me perdí la parte donde la
dejó?

¿Encima del buro? No.

¿En la mesa del café? No.


¿La llevaba aún encima? Definitivamente NO.

¿Dónde estás? ¿Dónde estás pequeña? Empecé a repetir.

— ¿Dónde está qué? — La voz ronca y seria me hizo girar, la cara fastidiada del
chico del ascensor me miró fijo.
¡Por favor San Benito que no lo hubiera dicho en voz alta!

— Señorita, ¿Dónde está qué? — repitió en un tono enojado.

— El baño hijo, — interfirió Adolf con una gran sonrisa — Seguro quiere
refrescarse un poco ¿cierto querida? — Era claro que me estaba ayudando para
no quedar como psicópata desvariada delante de su hijo, nieto, o lo que fuera.

— ¡Eso! Un baño, por favor… — Hablé demasiado alegre. ¡Ayuda San Benito!

— Esa puerta de allí — El hijo, o nieto estaba perdiendo la paciencia. Por un lado,
podía entenderlo, no solo le había dicho mil cosas en el ascensor, entre ellas que
le mirara las tetas a “la Barbie”, sino que en el segundo encuentro actuaba sin
sentido común. Pero, podía agradecer que al menos no le salté encima para quitar
la carta de sus manos.

— Gracias… — murmuré y me puse de pie con la vergüenza escalando por mi


rostro.

— Sin problema querida, aquí te esperamos — Adolf me habló con suavidad y no


tuve valor para mirar los ojos marrones del desconocido otra vez.

Quedé mirando fijo mi reflejo, más de treinta veces eche agua en mi rostro ¿Qué
hacía? Algo se me tenía que ocurrir para recuperar aquel sobre del que dependía
mi vida.

Debía apurarme, ¿y si la estaban leyendo ya? Miré al cielo pidiendo clemencia…


Juré a San Benito hacerle una procesión en Marbella si salía victoriosa de esa
situación. Necesitaba intervención divina o el infarto me daría de verdad.

Tomé un respiro y me armé de valor. Traté de aparentar que era una mujer
decidida y profesional que no acababa de tener un colapso nervioso. Tenía cinco
minutos para idear una estrategia. Caminé tranquila de regreso y cuando llegué,
esperaba lo peor. Nada se me había ocurrido.

— ¿Ya está mejor? — La ironía no me pasó desapercibida y lo miré fijamente —


¿O necesita sus pastillas? — ¿Me llamo loca? ¿Ese idiota me acababa de
ofender? Quizá tenía razón, pero ¿Cómo se atrevía? El jodido chico del ascensor,
se metió en terreno peligroso.
— ¿Disculpe? — lo acusé con la mirada — ¿Podría ser más específico? Creo que
no entendí lo que quiso decir.

— Aparte es tonta — bufó y algo dentro de mí se agitó con rabia, se puso frente a
su abuelo antes de continuar — ¿Y dices que ella hará un gran trabajo? ¡Por
favor! Si es más que evidente que se distrae con el aire, ¿No ves cómo me miraba
cuando entré? No hay diferencia entre ella y las otras, abuelo.

Me puse de pie furiosa, no aguantaría eso. De igual forma cuando leyeran la carta,
mis días ahí estaban contados. Ese inútil con aires de grandeza no me iba a
humillar y degradar a su antojo. Desde Matías, juré que nunca más un hombre
escupiría mi dignidad, y pretendía cumplirlo hasta la muerte.

— ¿Y qué habría de mirar según usted? — Lo miré despectivamente y casi le


grité, pero ya me daba igual todo — Que es un mal educado sin sentido de la
puntualidad y el compromiso social, o la cara de amargado que trae ¡Por favor!
Quien dirige una empresa de chocolate con esa falta de todo que lleva encima. Y
para que el quede claro, los trigueños no son mi tipo, y si lo fueran, usted no
habría por donde mirarlo. Con permiso y tengan buena tarde.

Agarré mi bolso del sofá como si tuviera la culpa de todos mis males y caminé a la
salida, antes de abrir la puerta me detuve y tome un respiro, le debía al menos una
disculpa a Adolf, no se merecía ese mal rato, ese señor no tuvo sino atenciones
conmigo.

Me giré para excusarme y quedé sorprendida al ver al patriarca de los Sures´t


quitando la mano de su boca y soltando la carcajada que contenía.

— Adolf… — carraspee un poco — lo siento muchísimo, ha sido un verdadero


placer conocerlo «A usted» — recalqué las últimas palabras.

— Y yo a ti querida, y yo a ti, no sabes cuánto — parecía que le iba a dar algo, su


rostro se veía rojo por el esfuerzo de reír.

El engreído solo me miraba apretando los puños ¡Que se fuera a la mierda! Salí
con toda la dignidad que me quedaba luego de ver que las personas que estaban
en el pasillo, quizá, hubieran escuchado el escándalo.

Que se fuera a la mierda, una y otra vez. Ese pensamiento iba disminuyendo
mientras caminaba a tomar un taxi, cuando llegué a la casa, me quería morir.
César me iba a odiar, ¿Cómo le explicaría lo de hoy sin quedar en ridículo? Con
todo el dinero que había invertido en ese proyecto. ¿Qué le iba a decir?

Mandé a la mierda a la persona que nos iba a garantizar el éxito laboral. Quizá
como eran amigos, conseguía otra oportunidad para otra periodista. Solo me
quedaba rezar para que me dejaran, al menos encargarme de limpieza en el
periódico, para poder pagar la renta de algo medianamente decente.

¡Ya no podía más! Mi cabeza estaba revuelta de tantas emociones, al borde del
llanto, llamé a Erika que no tardó en contestar.

— Hola Emy — Su alegría me hundió más en la miseria — ¿Cómo vas?

— Mal — sollocé.

— ¿Emy? ¿Qué pasa? — Sentí un silencio de repente y supuse que se alejó para
hablar.

— Lo mandé a la mierda… — Solté


— ¿A quién?

— ¡Al dueño joder! — Contesté, casi al borde la histeria.

— ¡¿Qué?! — gritó — ¿Al dueño de Sures´t?

— ¡Sí! — grité de vuelta.

— ¿Por qué? — cuestionó — Se propasó contigo, porque ahora mismo…

— Tenía mi carta… — interrumpí.

— ¡Oh, mierda! — susurró consternada.

— Y no la pude recuperar… — terminé de decirle, ya llorando. Mis cambios de


humor eran consecuencia de todos los sucesos del día.

— ¡Oh San Benito! — exclamó

— Eso dije yo Erika, ¡Ay San Benito!, que mierda haré ahora.
Capítulo # 11 Un consejo bienvenido

... No todos sabemos jugar póker, algunos somos un desastre con el arte de las
cartas...

— ¡Ya te dije que no! — grité una vez más.

— ¡Deja esa maleta antes que golpee con la lámpara Bersett! — Mi amiga sacaba
la ropa de la maleta, mientras intentaba empujarme.

— ¿Qué quieres? — Suspiré cansada y la dejé arrebatarme la maleta — ¿Que


haga más ridículo que el de hoy? ¡Lo mandé a la mierda Erika! ¿Sabes lo que es
eso? Decirle estúpido y feo a quien te da trabajo.

— Pero aún no sabemos si César lo sabe… — Me miró inocentemente.

— ¡Me da igual! No le daré la cara ahora, no quiero que me despida.

— No te va a despedir, cuando le expliques como sucedió todo él podrá entender


Emy, solo hay que tener fe.

— ¿Fe? — La miré de forma ridícula — ¡Dame la jodida maleta!

— ¡Que no! — Gruñó y empezamos a forcejear. La pelirroja me tenía agarrada de


los pelos cuando un toque en la puerta nos interrumpió.

— ¡¿Si?! — Gritamos al unísono.

— ¿Chicas? — Preguntó dudoso — ¿Todo bien ahí? — Estaba aterrada, tendría


que enfrentar a César, seguro ya sabía todo. Miré a todos lados desesperada y
tratando de buscar una salida.

— Ni lo pienses Emily Bersett — Me señaló acusadora — No saldrás por la


ventana — ¡Maldita pelirroja! Traté de detener que abriera la puerta, pero mis
intentos fallaron siendo ella más rápida y abriendo de golpe la puerta.

— Buenas tardes César ¿Qué se te ofrece? — Su amabilidad era más falsa que
las extensiones de la “la Barbie” de Sures´t, y yo solo pude acomodar un poco mis
pelos alborotados.

— Buenas tardes — Mi pobre jefe quedó en silencio unos minutos, lo compadecía,


el pobre no se cansaba de presenciar nuestros ataques psicóticos. — Emily,
pudiéramos hablar un minuto.

¡Lo sabía! Venía para decirme que estaba despedida, fuera de la editorial, en la
calle. Tendría que vivir en los callejones, pedir asilo en casa para indigentes y
recoger latas en los basureros. Mi vida estaba acabada. Al menos conocía a
varios indigentes de la zona donde vivía, siempre ayudaba en esas causas, nuca
imaginé que me convertiría en uno de ellos.

— ¿Emily? — César repitió mi nombre y miró a mi amiga que solo sacudió la


cabeza. Al menos ella estaba adaptada a que me perdiera en mis monólogos.

— ¿Si? — Aclaré mi garganta — Digo, claro, pero por favor déjame que te
explique y luego puedes tomar una decisión.

— Emily, detente — me interrumpió — Luego me dices lo que quieras, pero antes


vamos a ver al señor Sures´t que está esperando por tí en el salón.

— ¿El señor Sures´t? — pregunté temerosa y con esperanza haber imaginado esa
última oración.

— Sí, vino a hablar contigo. No me ha dicho sobre que, supongo que sea por la
entrevista ¿todo bien hoy? — Mi mente gritaba ¡Díselo! Es tu oportunidad.

— Bueno, en realidad…

— No importa — Me interrumpió otra vez ¡Señal del destino! — Vamos a verlo que
no debemos hacerlo esperar.

Erika de un empujón me lanzo fuera de la habitación, bajé con pasos de princesa


los escalones. No por elegancia, sino tratando de retrasar lo inevitable.

Cada escalón era una tortura, no sabía que diría. Seguro quería vengarse por lo
de esa mañana, pero yo debía permanecer callada, no podía seguir arruinado las
cosas.

Caminé con la cabeza gacha y ensimismada, estaba preparada para quedarme


sin nada en cuestión de minutos. Iba directo a mi horca y debía asumirla feliz, todo
era mi culpa. Suspiré lentamente y la sorpresa me golpeó cuando vi a quien
menos imaginé parado frente a mí.

— ¿Adolf? — susurré.

— Hola Emily — Me habló sonriente y mi nerviosismo iba en aumento ¿Sería un


truco para que tomarme con la guardia baja? Estaba confundida.

— Hola — Hablé tímida y observé el rostro de mi jefe, me dio a pensar que no


tenía idea de nada.

— ¿Podemos hablar? Me gustaría tratar unos temas contigo, en privado por favor.
— Claro, ¿Quiere algo de tomar? Puedo preparar chocolate, te, ¿café? — ofrecí.

— Chocolate caliente está bien, te espero en el jardín entonces, me gusta ese


lugar — Con ayuda de su bastón empezó a caminar hasta la puerta que daba a un
jardín trasero.

— Enseguida estoy con usted — Quedé unos segundos un poco perdida y la voz
de mi jefe me trajo de regreso.

— ¿Emily? — Voltee — Haz hecho un buen trabajo, Adolf me ha hablado


maravillas de ti, sé que con Max te costara un poco, pero todo el buen trabajo lleva
un sacrificio ¿no? — Soltó una risita y yo solo pude alzar una ceja confusa.

— Supongo que sí — Me encogí de hombros y fui hasta la cocina. Preparé el


chocolate y un poco más calmada fui al encuentro del abuelo Sures´t. Ese señor
me inspiraba una ternura infinita.
Lo encontré con la mirada perdida y las manos apoyadas en su bastón, su rostro
solo trasmitía melancolía.

— Aquí tiene… — le ofrecí la taza, sacándolo de sus pensamientos y me regaló


una sonrisa absolutamente paternal — Espero que le guste.

— Mi esposa adoraba el chocolate — Sopló y tomó un sorbo — Creé esa fábrica


por ella, cada pedazo de dulce que sale de allí, lleva su nombre. Estela, mi amada
Estela — suspiró y me observó curioso — ¿Sabes porque el negocio se llama
Sweet?

— No — contesté mientras bebía mi chocolate.

— Así era mi apodo para ella, era la mujer más dulce, encantadora y frágil que
jamás conocí. Fue un trabajo enorme conquistarla, pero cada instante valió la
pena, merecía que mi trabajo representara lo que me motivó, “Sures´t Sweet” Ahí
tienes un dato muñequita, para tu reportaje — terminó con un guiño.

— Ohhh…— fue lo único que salió de mis labios, quería disculparme, me sentía
avergonzada de mi comportamiento — Adolf, yo…

— No tienes que decir nada muñequita, lo que sucedió hoy no fue tu culpa. De
hecho, hace mucho tiempo que no me reía tanto — Me dio un empujoncito
amistado y solo pude sonreír.

— Aun así, yo le debo una explicación y una disculpa — susurré, y él solo me


observó fijamente con esos ojos miel cargados de experiencia.

— Te escucho si es lo que quieres, y te hace sentir más tranquila.


— Yo…, bueno — Intenté coordinar mis ideas, quería contarle todo — Hice algo
tonto, tonto no, yo, en realidad… ¡Dios!

— No tienes que decir nada — interrumpió tomando mi mano con cariño — Lo que
fuera que hayas hecho, tenías tus motivos, además mi nieto no es muy sociable y
educado que digamos.

— Ese imbe…. — Me llevé las manos a mis labios al instante, solo recordar a ese
idiota me ponía de mal humor — ¡Perdón!

— Si, es eso y muchas cosas — Soltó unas carcajadas y luego suspiró — Pero te
digo algo muñequita, nunca juzgues un libro por su portada, detrás de cada uno de
nosotros hay una caja con infinidad de cosas, muchas buenas, otras malas, la
diferencia es que no todos sabemos manejar las que nos tocan.

Sus palabras llevaban pesar y mi corazón se encogió un poco, me sentí


identificada con sus palabras y solo asentí comprendiendo. No era nadie para
juzgar y definir a alguien que no conocía. Ante mi silencio, Adolf continuó.

— En ocasiones nuestra existencia se convierte en una carga pesada llena de


decepciones, es triste mirar como algo que antes te daba felicidad, te torture luego
día a día. Sientes que te ahogas, no tienes escapatoria. Pero es aún más horrible,
escoger atormentarte cada minuto, no aceptar que muchas veces no tenemos
control de las situaciones. No es sano elegir vivir así, teniendo la opción de
continuar — Sus ojos brillaban atrapando algunas lágrimas, quería abrazarlo por
puro instinto y lo hice.

— No sé qué decir… — Se apartó delicadamente y tomo mi rostro con sus


arrugadas manos para luego sonreírme lentamente.

— No tienes que decir nada muñequita, si te conté eso, es porque veo que eres un
alma limpia a pesar de tu forma tan alocada, actúas sin filtros y por instinto. Un
espíritu libre, y el aire fresco que nos vendría bien a todos.

— ¿A todos? No entiendo — Pregunté confundida y él me observó como quien


sabe un secreto. Suspiró y se puso de pie.

— El clima de Inglaterra, es muy húmedo muñequita, es hora de que salga el sol


— Tomé su taza y lo imité — Este viejo se va.

— ¿Quiere decir que no le dirá nada a César?

— ¿Qué debo contarle? — Me observó divertido — Que le alegraste la mañana a


este viejo, no muñequita, tranquila.

— Gracias Adolf — Sin poder evitarlo lo abracé otra vez — Muchas gracias.
— Gracias a ti — Sonrió, correspondiéndome — ¿Mañana a las nueve?

— A las nueve — Aseguré — Estaré allí sin falta, no pienso fallarle en esto, lo
prometo.

— No lo dudo, y para que estés tranquila Maximiliano se comportará, yo me


encargaré de eso.

— Confío que sí — Hablé animada — Gracias por la visita y la charla, fue muy
agradable.

— Habrá varias, no te preocupes, hasta mañana Emily, descansa y prepárate,


será un camino interesante.

Adolf se despidió y no quiso que lo acompañara hasta la salida. Volví a sentarme


en el banco y reflexionando un poco. Su última frase me dejó pensando ¿Qué
quiso decir con camino interesante?
Capítulo # 12 Punto para mí.

Con un buen cuerpo, se puede llegar lejos, pero con una mente brillante no hace
falta ir a ningún sitio ~ David Sant.

Tú puedes.

Tú puedes.

Tú puedes.

Era el mantra que estuve repitiendo durante quince minutos, los mismos que
llevaba de pie frente al edificio Sures't.

No es que fuera una cobarde, pero hacer como si nada hubiera pasado el día
anterior era un poco complicado para mí y aún sin tener certeza que mi carta
hubiera caído en manos equivocadas.

Tomé un respiro y me eché un repaso en el cristal de las puertas enormes de la


entrada, mi atuendo lo disfrutaba, elegido adecuadamente, absolutamente formal y
ese engreído no podría decir una palabra sobre mi actitud, seriedad es todo lo que
tendría de mi parte.

Con la cabeza en alto y rezando no tropezar con nada, llegué a la recepción y


antes de siquiera abrir mi boca, la chica morena de la primera vez que estuve en
la empresa me recibió con alegría.

— Buen día señorita Bersett, la estaba esperando, el señor Sures't me pidió que la
acompañara personalmente a su oficina, para evitarle personas indeseadas —Di
un movimiento de cabeza porque estaba demasiado sorprendida para contestar, y
tomé la credencial que me extendió amablemente — Esta es especial, usted
tendrá acceso a todo el edificio y a la fábrica también.

— Gracias — Medio susurré, y la seguí hasta el ascensor observando la tarjeta


que llevaba una línea dorada en la punta, la morena bonita seguía con la sonrisa
alegre en su rostro. — Disculpa, ¿Cómo te llamas?

— Marie, señorita, Marie Arsent para lo que necesite.

— Gracias otra vez, eres muy amable, la única que se ha portado bien conmigo
después de Adolf, perdón — me corregí — el señor Sures't.

— No pasa nada, todos aquí lo conocemos por su nombre, el señor Sures't es su


nieto, nuestro jefe ahora — Explicó mientras subíamos al piso de las oficinas, me
tranquilicé, todos amaban a Adolf ¿Cómo no hacerlo?
En cambio, al M.C.T.R Me Creo Todo Rico, como decidí apodarlo, no, por la cara
que puso cuando lo mencionó.

— Es un hombre extraordinario — halagué, y no hizo falta especificar, obviamente


era de Adolf de quien hablaba.

— Lo es, señorita — Las puertas del ascensor se abrieron y Adolf estaba


esperándome, una sonrisa genuina se deslizó en mi rostro.

— Muñequita — Saludo mientras me abrazaba y yo le correspondía —, espero


que hoy sea un muy buen día.

— Yo también, vengo con todas las ganas de trabajar — dije con honestidad.

El solo arrugó sus ojos con sabiduría y un poco de diversión, mientras la chica
morena se despedía de ambos.

— Que tengan excelente día, señor, — le dio un gesto familiar — señorita.

— Emily, — ofrecí, no me sentía cómoda con tanta formalidad luego que ella se
comportara tan especial conmigo — Marie, llámame Emily y muchas gracias por
todo.

— Es un placer seño... — alcé mi ceja y ella soltó una risita — Emily — corrigió
mientras se marchaba.

— Esa chica no tiene remedio — habló Adolf mientras caminábamos a las


oficinas, curiosamente, no había nadie en donde me había topado a Señorita
Silicona.

— ¿Marie? -— pregunté.

— Sí, es hija de mi ama de llaves de toda la vida, la vi crecer y sigue llamándome


señor — negó con la cabeza mientras me invitaba a pasar a la oficina — podría
ser mi nieta.

— Se ve que es muy dulce e inteligente. — halagué.

— Mucho — pude sentir el orgullo en sus palabras —, estudia y hace las prácticas
aquí, no quiere un mejor puesto porque opina que debe conocer cada lugar de
esta empresa antes de saber a qué área quiere pertenecer por completo. Por eso
está en la recepción ahora.

— Oh, me encanta, quiere ganarse todo por ella — el asintió y cuando iba a decir
algo más, mi sonrisa se borró de cuajo al ver quien entraba con aires de grandeza
y su cara de amargado.
— Buen día abuelo, señorita. — saludó.

— Buen día — contesté, mientras me extendía la mano y yo la estrechaba


profesionalmente.

— Espero que podamos comenzar con la entrevista, sin inconvenientes esta vez
por favor — habló mirándome y sentí el golpe bajo, pero no caería, se lo había
prometido a Adolf.

— Me parece bien, — sonreí inocentemente — cuando quiera podemos


comenzar, señor — Miré a Adolf y el me guiñó un ojo divertido, no sé qué gracia
podía causarle que su nieto y yo bien podríamos sacarnos los ojos si nos dieran la
oportunidad.

— Entonces, señorita — desabrochó un botón de su traje mientras se sentaba


frente a mí y yo lo imitaba — ¿Cómo es su nombre? — preguntó agitando su
mano.

— Señorita Bersett está bien, gracias — Alcé una ceja retadora, si quería sentirse
superior a mí, bien mal la llevaba.

Adolf hizo un ruidito que no distinguí bien porque tomó asiento un poco lejos de
nosotros, pero sonó como disimulando una risita, estaba en un sofá que se veía
cómodo, mientras nosotros estábamos en una silla tétrica de mal gusto, apostaba
mi salario que las había escogido Don Amargado.

— Bien, Señorita Bersett — forzó mi nombre como si fuera un insulto — Antes de


empezar quiero aclarar un par de cosas.

— Usted dirá — lo miré a los ojos y su tono me estaba poniendo de mal humor.

— Para empezar, quiero que no olvide que está aquí porque mi abuelo intercedió
por usted y porque César apuesta demasiado por su periodista — asentí con la
cabeza intentando no perder la paciencia — Responderé a todas sus preguntas
mientras sean profesionales, para las personales estará mi familia. Yo solo
comentaré sobre los temas empresariales, y por favor no cuestione mis
respuestas, recuerde que usted no conoce de este trabajo, limítese a anotar
¿Estamos claros?

— Alto y claro señor, ¿Podemos comenzar? — Sonreí demasiado falso, ese


Limón Amargado me tenía agotada, esa es la iba a devolver, nadie podía intentar
humillarme e irse como si nada.

— Adelante, — Miró su reloj caro como detenimiento — tenemos una hora, hoy
debo asistir a un evento importante.
— Bien, — abrí mi agenda y comencé — ¿Cuántos trabajadores tiene en la
empresa señor Sures't? — él se quedó observándome antes de contestar, bien,
muy bien.

— Aquí en la empresa cerca de dos mil, en la fábrica serían casi diez mil
personas. — Anoté.

— De todos sus empleados ¿Cuál lleva más tiempo trabajando? — Meditó un


segundo antes de responder.

— Sería Leonardo Stand, lleva casi veinte años aquí, fue un fundador del negocio.

— Muy bien, ¿podría decirme si él tiene algún inconveniente en concederme una


entrevista?

— No creo, pero ¿a qué vienen esas preguntas? No tiene que hacer un informe
sobre esto, que datos le proporciona saber quién ha estado más tiempo aquí —
Cuestionó y supe que, sin saberlo, me había regalado la revancha, yo no quería,
pero él se lo buscó.

— Con todo respeto señor, — lo observé con altanería — deje que le haga una
pregunta ¿usted estudio periodismo? — era una pregunta retórica, pero no le di
oportunidad de contestar, era mi turno de disparar — No, cierto, sino no estuviera
aquí sentada. Por tanto, quien decide las preguntas apropiadas soy yo, como dijo
hace unos minutos, limítese solo a contestar, usted no conoce de este trabajo.

Si lo hubiera conocido mejor diría que le estaba provocando un pre infarto, la ira
de Don Amargado le salía por los poros, y solamente estaba comenzando,
agradecí que Adolf siguiera al margen de todo. Aún.

— Pero para ser benevolente le diré, que hace veinte años usted no tenía
conciencia de llevar un negocio por eso pregunté por alguien que lo haya vivido, si
quiero ver los números de todos estos años, pido un informe a Economía, si quiero
ver su taza de demandas, a Jurídico y si tuviera alguna duda de la información
sobre empleados que acaba de darme, solo tengo que ir al Departamento de
Recursos Humanos, para algo servirá la tarjeta que me dio.

— Mire, deje... — intentó detenerme, grave error.

— No he terminado — interrumpí delicadamente — tranquilo, tengo demasiada


clase como para no dejarlo dar su respuesta, pero antes muestre educación y deje
que termine de hablar, si es tan amable.

Ambos estábamos de pie y ni supe cuando mi agenda cayó al piso, no tenía


intención de dejar de hablar y supe que su paciencia se había agotado, lo que me
hizo anotar un punto a mi favor en mi tablón de apuestas imaginario.
— Sino se ha tomado la molestia de leer algo de mi autoría, deje le cuento que no
escribo de forma mecánica, a nadie le interesa saber cómo, sino él por qué. No
quiero que me cuente lo que hace para dirigir sino porque lo hace — su semblante
cambió de repente a uno más oscuro, si eso era posible — y como dejo claro que
no le interesa darme esa información no puedo hacer nada, solo me queda dilatar
ese momento de aburrimiento para cuando lo necesite, es más que evidente que
le molesta mi presencia y eso es lo último que quiero. Interferir su hora de
importantes reuniones o lo que sea — nos quedamos mirando fijamente — he
terminado, por ahora.

No contestó nada, solo se dio vuelta y caminó hacia la puerta, dejándome furiosa.
Me agaché y tomé la agenda y sin pensar se la lancé, a mi NADIE, me dejaba
hablando sola, nadie.

— ¡He! ¡Ni piense que me dejará con la palabra en la boca! — grité mientras la
agenda lo golpeaba en la espalda y él se quedaba inmóvil.

La mirada que me dio cuando se giró y Adolf de pie a mi lado, me hizo estremecer
y cuestionarme, si fue una buena idea hacerlo enojar.
Capítulo # 13
Cero a cero en el marcador

... Por azar del destino, a veces, perdiendo se gana...

— Maximiliano ¡Es suficiente! — Adolf intervino antes que su nieto se acercara a


mí, su cara por un segundo me asustó, pero qué más daba, el comenzó la guerra.

— ¡¿Suficiente?! — Gritó Don Amargado — ¡Que no ves que está en esta oficina
por tu chantaje! Si por mí fuera, desde el primer segundo no pudiera pisar un
periódico en su miserable vida.

— ¡Miserable y una mierda! — Protesté furiosa.

— ¡Emily! — me reprendió Adolf.

— No, Adolf — Lo observé y me dieron ganas de llorar — Lo prometí, sé que lo


hice, pero como quiere que no tenga deseos de asesinarlo, solo con ver esa cara
de limón.

— ¿Qué ha dicho? — ¡Joder! Lo había dicho en voz alta.

— Limón — repetí decidida, no me iba a disculpar— ¿Sabe lo que es? ¿O se lo


explico con dibujitos?

— Mire, escritorcita… — Oh no, ese energúmeno no había dicho eso.

— Mira estúpido… — Comencé.

— ¡Se acabó! — La voz que nos detuvo se sentía molesta, pero, sobre todo, muy,
muy cansada. Nos giramos a la vez y vimos como Adolf llevaba una mano a su
pecho.

— ¡Abuelo! — gritó Mr Limón y sin importarnos la cercanía acudimos a su ayuda


e intentamos recostarlo en el sofá más cercano.

— ¿Te encuentras bien? — Se me ocurrió preguntar — Iré a buscar un médico —


Intenté ponerme de pie, pero su mano pálida y arrugada por los años me detuvo.

— No — carraspeo un poco en lo que bebía un poco de agua que su nieto le


había alcanzado — Tranquilos, todo está bien. Solo fue que me exalte un poco,
gracias a ustedes cabe mencionar — Nos dio una mirada triste.

— Pero abuelo... — intentó cuestionar de malas maneras Amargura Andante, que


hombre tan insoportable.
— Abuelo nada, Maximiliano — Adolf habló en un tono que jamás pensé
escucharle — estoy harto que te comportes como si quienes están a tu alrededor
no fueran personas. No todo el que te rodea tiene intención de destruirte.

La expresión del trigueño se puso sombría y apretó los labios conteniendo una
respuesta.

¿Qué quiso decir Adolf con eso?

¿Acaso habría sufrido algún atentado?

Me quedé como que no me interesaba el tema, acariciando la mano del viejito en


modo de apoyo y aun así debí suponer que no iba a escapar.

— Y usted señorita, — me quedé quieta — debemos tener la habilidad de saber


cuándo detenernos, muchas veces no es bueno saberlo ni conocerlo todo.
Información es poder, y no todos sabemos lidiar con lo que encontramos — Mi
garganta se cerró y baje la mirada, ese regaño me lo merecía.

— Adolf, yo... — alzó su mano y ni siquiera me atreví a volver a interrumpir.

— Me han obligado a tomar medidas drásticas — Dejó el vaso a un lado y se


sentó un poco más recto, suspiró. — He intentado por todos los medios que
cooperen y traten de llevar una relación profesional, no estos intercambios
merecedores de un Oscar en categoría drama.

¿Drama? Si yo era cero dramas. Nunca había hecho nada exaltado ni fuera de lo
común... ¿O sí? Aunque pensándolo bien, algunas veces, contadas con las manos
obviamente, había perdido…

— Por eso, — Sacudí ligeramente la cabeza, ya estaba creando un monólogo


interno — No puedo dejar que sigan así, comportándose como niños.

— Es lo que digo abuelo — Limón habló otra vez ¡Por Dios! Que no podía callarse
dos putos minutos... — Por tu salud — Me miró con desprecio y suficiencia, si es
que era posible aquella combinación — y la nuestra, es mejor que dejemos esto
aquí.

— Totalmente de acuerdo — apoyé, incrédula que pudiera estar de acuerdo con


él, pero Adolf sonrió como si fuéramos idiotas.

— No dije que no trabajarían juntos — nos observó lentamente — Dije que


tomaría medidas drásticas, y esas las conocerán justo ahora.

— Adolf, no creo que sea buena idea que,— cuestioné porque me sentía
preocupaba.
— Las mejores cosas salen de malas ideas querida, — interrumpió — aprende
eso para el futuro muñequita, ayúdenme a acomodarme por favor.

Lo ayudamos a ponerse de pie y él se dirigió a la mesa justo frente donde


habíamos estado sentados. Hizo un gesto leve y fuimos frente a él como niños
regañados.

—Yo creo que… — hice otro esfuerzo por zafarme, pero era en vano.

— Ninguno tiene opciones ahora mismo Emily — Wow, me había llamado por mi
nombre, no había rastro de humor en su tono — Para empezar — se giró a su
nieto — Maximiliano, te confié la presidencia porque eres mi nieto y creo que
tienes la capacidad para dirigir el negocio de la familia.

— Gracias abuelo... — susurró Limón Agrio.

— Pero nunca has entendido el principio de este lugar, — adquirió una mirada
melancólica — y es una lástima que no pueda explicártelo, porque debes
entenderlo tú mismo en algún momento. Si no quieres perder tu puesto en esta
empresa tendrás que tolerar la presencia de la señorita Bersett, responder todo lo
referente a su entrevista y tratarla con amabilidad mientras estén en un mismo
espacio. Además, que en estos dos meses ella viajará contigo a cualquier
situación de trabajo que se te presente, sea una reunión aburrida o un cierre de
contratos.

La cara de Míster Limón era de asesino serial sorprendido, algo muy raro y yo
casi, suelto una carcajada de triunfo, pero algo me decía que eso no era del todo
bueno para mí.

Aunque si él tenía que soportarme, podía portarme todo lo mal que quisiera, pero
que perdiera su puesto era demasiado feo, incluso para mí. Me pondría solo
medio punto en el marcador.

— No puedes… — quiso protestar.

— Yo puedo todo Maximiliano, — Adolf golpeó la mesa — recuerda con claridad


las clausuras que firmaste cuando deje todo en tus manos, sino te gusta, puedes
coger la puerta que nadie te detiene — Se hizo el silencio incómodo, en lo que
abuelo y nieto se observaban.

— En cuanto a ti querida — No, por favor, no, ya estaba asustada — Tampoco


has tenido una conducta muy adecuada, y debo decirte que, si no cumples con las
mismas condiciones que mi nieto, quedarás fuera del periódico y del mundo
editorial.

— Pero yo… — no creía lo que estaba diciendo.


— Pero nada — su mirada me dejó sin dudas — es lo último que diré, ahora solo
queda saber lo que deciden, es muy simple. ¿Cuál opción desean?

El silencio reinó por minutos u horas, no tomé en cuenta el tiempo que pasó, la
decisión era más que clara, pero ninguno de los dos se atrevía a mencionar
palabra. Hasta que Adolf con aire divertido se levantó y aplaudió como si no nos
hubiera amenazado y dejado atascados uno con otro.

— Tomaré esto como que van a pasar dos meses en armonía como los adultos
responsables y profesionales que son. Iré a dar un paseo por la empresa, los dejo
para que vayan familiarizándose.

En esos minutos deseaba que las sillas fueran eléctricas y nos achicharraran para
no tener que mirar al trigueño; cara de limón. Nada más Adolf saliera por la puerta,
dejaría a Don Amargura y huiría, luego con Erika idearía un plan para zafarme de
todo. Pero mis geniales planes, murieron sin ver la luz del día.

— Esta noche estaré pendiente de ustedes, deberán asistir juntos a la gala


benéfica de los Romans — habló Adolf antes de abrir la puerta.

— Abuelo creo que te estás pasando… — su nieto habló insultado y yo estaba un


poco confundida.

— Haz lo que entiendas, — habló Adolf despreocupado — ya sabes lo que


pasará. La invitación esta encima del escritorio, voy a cambiar tu vida Max, ojalá y
alguna vez lo agradezcas — Sonrió guiñándome un ojo — ten buenas tardes
muñequita, y si mi intuición no me falla, nos vemos esta noche.

Se fue y nos dejé en la oficina en modo bombas de relojería. La respiración de mi


acompañante era contenida, y yo solo quería beber, tequila esta vez porque mi
última experiencia con el vino fue un desastre.

— Dame tu número de teléfono — Se giró y me sorprendió la brusquedad con que


me habló.

— ¿Por qué te lo daría? — pregunté recelosa.

— Para coordinar lo de esta noche, ¿Por qué más? —Me miró como si fuera un
bicho en su zapato — enviaré a alguien a tu casa para que te arregles como se
debe.

— ¿Perdona? — Me había ofendido, aunque no se lo demostré — ¿Acaso dices


que no se arreglarme para un evento?
— Piensa lo que quieras, solo anótalo y déjalo por ahí, ha sido suficiente aguante
por hoy — hizo camino a la puerta, y casi, casi, le lanzo algo otra vez, pero una
duda asaltó mi mente.

— Oye tú — se detuvo sin mirarme —¿Quiénes son los Romans?

Observé su espalda tensarse, y contestó tan bajo que creí haber imaginado la
respuesta.

— Son una desgracia…

Dio un portazo que retumbó las paredes y quedé sola. ¿Qué quiso decir con una
desgracia?
Capítulo # 14 El Zapato de Cenicienta

...Le llamaban bruja, porque la única que tenía el valor para ser auténtica...

— ¡No puedo creerlo! ¡Cada día me doy cuenta que jamás vas a cambiar! — Mi
mejor amiga se reía mientras gritaba por toda la habitación. — ¡Dios! ¡Que ese
vestido era el sueño de toda mujer! ¿Qué tienes en la cabeza?

— Ya basta Erika, primero muerta que usar algo que me imponga Mr. Limón —
solté con fastidio.

— ¿Mr Limón? ¿No era Don Amargado? — me miró confundida enroscando un


mechón de su cabello entre sus dedos.

— Le pega más lo de agrio, créeme, que ese hombre solo sabe poner cara de
funeral. Además, ¿quién se cree? Me vestiré como me dé mi reverenda gana,
suficiente tuve con el inútil de Matías, como para que venga un estúpido a insinuar
que no tengo clase para ir donde sea que deba llevarme.

— Eso sí — asintió y me hizo una mueca infantil bastante graciosa — pues si


dices que es un limón, que se joda.

— ¡Y bien jodido! — Chocamos palmas y le lancé un beso — Y ahora deja el


chisme y ayúdame a terminar de arreglarme, por favor.

Luego de dos horas, estaba lista. El vestido que me costó varias horas de
caminata por el centro comercial me encantaba, estaba diseñado para mí, se
acomodaba en los lugares justos. Elegante, pero con un toque sensual increíble.
Erika se había lucido con el maquillaje, los zapatos y el bolso de mano
completaban lo que quise expresar, que no era más que un: jódete por llamarme
inculta de eventos sociales.

Con mi ex, tuve que presentarme en varias cenas de negocios y más cuando se
trataba de cerrar algún trato con algún cliente importante, aunque siempre me
quedaba sola en una mesa.

El imbécil infiel, era abogado. Pero fue gracias a mi madre que sé lo que es
comportarme, para ella la educación y la elegancia iban de la mano.

Para quitar un poco los nervios, mientras esperábamos en el salón que dieran las
nueve la pelirroja y yo nos servimos unas copas de vino. No tenía idea a que hora
venían por mí, la invitación decía diez de la noche, así que supuse que una hora
antes debía estar preparada.

Una pequeña vocecita en mi cerebro murmuraba que tal vez me dejaran plantada.
Aprovechando la ocasión, y que nos estamos solas, hice la pregunta que llevaba
todo el día formulando, pero no se me ocurrió nada más que soltarlo casual.

— Kika, ¿y César? — Casi arruina mi vestido cuando escupió el trago de vino que
acababa de beber. —Ehhh, ¡Estás loca! — Grité saltando — ¡Que ya no tengo otro
vestido!

— Perdona Emy, — balbuceó en lo que se limpiaba la boca con la mano —


perdona…

— ¿Por qué me escupes cuando pregunto por César?

— ¿Yo? — se señaló así misma.

— ¿Hay alguien más aquí? — la miré agitando las manos, conocía sus técnicas
evasivas.

— Nop — me dio una sonrisa angelical — Emy, tengo algo que decirte…

— Suéltalo — hablé calmada y le di un pequeño sorbo al líquido rojo que me


encantaba.

— ¡Me gusta César! — Gritó y se tapó la boca como si hubiera confesado un


crimen y yo la seguía observando con la misma expresión de calma. — ¡No dirás
nada!

— ¿Qué quieres que te diga? — Me encogí de hombros — Lo sé hace años, pero


estaba esperando que lo asumieras de una vez.

— ¡Queeee! — Parecía una histérica — Dices que lo sabías y no hablaste


¡Desgraciada! Que tenía una crisis existencial en mi cabeza cada que lo veía.

— ¡Y yo que culpa! — Grité de vuelta, era un clásico en nuestras charlas


casuales — Si cada vez que se ven parecen niños de primaria ¡San Benito me
libre de esas tonterías!

— Pero yo… — el timbre sonó, interrumpiendo el tema. Y Erika corrió a abrir la


puerta — ¡Yo voy!

— Casi me deja sorda — Susurré mientras ella corría como niña con su pijama de
nubes de colores, se detuvo, hizo una mueca de no parecer loca, que fracasó
terriblemente para abrir y dar un amistoso, buenas.

— Buenas noches — respondieron y aunque no lo estuviera viendo reconocería


esa voz de amarga alegría en cualquier lado — ¿La señorita Bersett? — preguntó.
— Ya estoy lista Sures´t — hablé lo suficientemente alto para que escuchara
desde la puerta, dejé la copa en la encimera y caminé para tomar mi bolso que
estaba tirado en el sofá — Me gusta la puntualidad, anótalo. — Dije mientras me
paraba frente a él ignorándolo olímpicamente.

— Agradece que vine por ti — Soltó con ese tono irritante que me causaba dolor
de cabeza.

— Ves Kika — Me dirijí específicamente a la pelirroja que nos miraba curiosa y


divertida — Es un amor de persona, como bien te he contado, no me esperes
despierta y reza por favor, porque San Benito me colme de paciencia y no cometa
un crimen esta noche. Te amo — Le dí un beso sonado en lo que ella soltaba una
risa.

— Tengan linda noche — Se despidió y un escueto igual fue lo que recibió de mi


acompañante. Mr Limón pasó de mí y el chofer fue quien me abrió la puerta.
Seguía acumulando puntos negativos el energúmeno.

El camino al lugar, fue silencioso. Observé las calles salpicadas por la clásica
llovizna londinense. Mi mente se perdió en lo hermoso del paisaje, imaginando lo
romántico que sería caminar por allí con tu pareja, me quedé embobada cuando
estábamos llegando a una mansión.

— ¿Tanto lujo la impresiona? — Su voz me distrajo, devolviéndome a la realidad y


el tono que usó no me gustó.

— ¿Perdona? — le di la oportunidad de rectificar.

— Es normal, hay tipos de personas que son así. Tengo un talento para ficharlas y
veo que no me equivoqué — hizo una mueca despectiva y me echo una mirada
desagradable antes de cambiar la vista al frente.

— Me gusta apreciar lo hermoso de la vida, — Con él jamás me quedaría callada,


parecía que disfrutaba tratando de humillarme — lástima que haya personas que
lo vean todo gris y agrio, tengo un talento para detectar ese tipo de personas
también, tampoco me equivoqué — Hice que volteara y acepté el desafío de
miradas.

— Señor, hemos llegado — El ruido que hizo la puerta al ser abierta por el chofer
fue lo que puso fin a nuestra guerra silenciosa. El señor extendió su mano a lo que
correspondí con una sonrisa para bajarme con delicadeza.

Los flashes de las cámaras me cegaron de repente y no me di cuenta que tenia a


Míster Limón al lado con su típica expresión amarga.
Escuchaba que mencionaban su nombre sorprendidos, pero no pude detenerme a
escuchar bien porque sentí un escalofrío cuando me habló casi al oído.

— Ni sueñes que te daré mi mano para entrar — Habló con una sonrisa que haría
pecar a cualquiera y quise borrársela de un golpe.

— ¿Quieres que vomite? — Lo miré dulcemente — No te tocaría ni con un palo,


capaz me pegues la mala leche que siempre traes — Le di una sonrisa de
catálogo y caminé deprisa antes que me diera una respuesta.

El camino fue corto y solo asentía al tumulto de periodistas que habían, hace
mucho tiempo fui uno de ellos. No miré ni una vez detrás de mí, ¡Por Dios! Que
moría si me relacionaban con esa cosa alias Míster Limón, la prensa rosa era
demasiada creativa.

Las escaleras, adornadas con farolillos y alfombras le daban un toque místico a la


entrada, aunque un poco exagerado. Cuando llegué a la entrada un señor vestido
de negro al estilo Men in Black me detuvo.

— Buenas Noches, señorita, ¿Me podría mostrar su invitación por favor? — Iba a
contestar, pero el hombre se quedó mirando casi con incredulidad un punto detrás
de mí.

— Viene conmigo — Sin verlo sentí la tensión en la voz de mi acompañante. Ni


siquiera enseñó las invitaciones y el señor del traje hizo una seña a otros detrás
de él que de inmediato se apartaron del camino.

— Por supuesto señor Sures´t, adelante y tengan buena velada — Sures´t me


devolvió el gesto y se adelantó sin esperarme, yo, toda digna lo seguí y me quedé
estática cuando vi el salón.

— San Benito… — susurré — ¿Qué es esto?

— Una fiesta — contestó para mi sorpresa — Una demasiado ridícula.

— Parece el Baile de Cenicienta… — Todos llevaban vestidos excéntricos y en mi


opinión muy feos. Brillos en exceso y hasta bailarinas colgadas en telas que
llegaban al techo del salón.

— Estas a punto de conocer a la hermanastra — Murmuró y casi pude preguntar a


que se refería hasta que la vi.

Una rubia con un vestido rojo y un caminar de la dueña del mundo se dirigía a
nosotros. Nada más verla supe que era igual que Melissa y la secretaria de Don
Limón.
Antes de volver a parpadear Barbie Roja estaba frente a nosotros con una
expresión furiosa y bastante despectiva.

— No pensé que tuvieras la vergüenza de venir, — Maximiliano no respondió


nada, pero en sus ojos había ira y un poco de tristeza. — Después de todo —hizo
una mueca maliciosa — Elaine era la dueña de todo esto, hasta que tú…

— Una palabra más y estás acabada Elizabeth, no me provoques — Amenazó


Surest ¿Quién era Elaine que solo mencionar su nombre lo afectó así?

— ¿Ahora me amenazas Maxi? Aitana estaría tan decepcionada de ti — Esa frase


desató el caos, Don Limón la agarró del cuello y la acorraló contra una de las
columnas. — grité sorprendida.

— Vuelve a mencionar su nombre con tu sucia boca y no volverás a hablar en tu


puta vida — La rubia intentaba hablar, pero él no aflojaba el agarre, yo solo
pensaba que podía hacer.

Algunos hombres que parecían guardaespaldas empezaban a caminar hacia


nosotros con paso apresurado. La situación se estaba descontrolando, ellos
parecían tener una historia complicada.

— ¡Maximiliano! — Lo agarré por un lado de su saco con fuerza para que soltara a
la rubia que ya estaba perdiendo el oxígeno. — ¡Suéltala Joder!

— ¡Suéltela o disparamos! — Como cinco hombres nos apuntaban y las personas


empezaban a acumularse, ya los nervios me estaban comiendo y yo nerviosa
hacía cosas estúpidas. ¡San Benito!

— ¡Mierda! — exclamé y él parecía no saber de la realidad, estaba en su burbuja


de asesinar a la rubia, que aun estando a punto de ser asfixiada, parecía disfrutar
de la situación.

Tenía que actuar, pensamiento rápido, mordí con fuerza brazo y suavizó un poco
su agarre, pero ni de lejos soltarla o dar señales que me escuchaba.

— Contaremos hasta tres y dispararemos… — ¡Joder con el loco! Yo no quería


morir, y tampoco podía dejarlo solo, y solo tenía tres putos segundos.

Me agaché bajo la mirada atenta de todos y con una velocidad impresionante me


quité el zapato y pretendía darle en un brazo. Mi falta de puntería llevó el tacón a
la cabeza de Sures´t y del golpe quedó aturdido.

La buena noticia es que soltó a la rubia que tosía como desquiciada y no nos
mataron.
Lo malo de todo es que Míster Limón cayó sin conocimiento y con sangre saliendo
de su cabeza ¿Lo habría matado? ¡Joder conmigo!
Capítulo # 15 Necesito un hada madrina

Al universo no le gustan los secretos, conspira para revelar la verdad - Lisa Unger

¿Han tenido la sensación de estar perdidos en un desierto? Era la comparación


más estúpida que había hecho, pero era de esperar que mi mente no funcionara
en eso momentos. Debía estar con un ataque psicótico o en un estado de shock
porque había bloqueado todos los sucesos luego del golpe que probablemente,
había acabado con el heredero del imperio Sures't.

Zapato.

Golpe.

Sangre.

Hospital.

Era la secuencia que repetía en mi cabeza una y otra vez.

— ¿Emy? — La voz me llegaba como un susurro lejano — Cariño, tienes que


beber esto por favor, hará que te sientas mejor.

¿Mejor? Yo no tenía palabras para expresar como me sentía, solo necesitaba


cerrar mis ojos y que el tiempo volara.

— Le han puesto un calmante al llegar porque estaba un poco desorientada, es


normal con los sucesos...— No reconocía quien hablaba.

— Es entendible, debemos sacarla sin que la vean, será un escándalo terrible -


una mujer, explicaba molesta — suficiente con lo que ya está en las noticias.

— No debiste forzar las cosas Adolf, mi hijo no es conocido por la tolerancia, lo


enviaste justo a la boca del lobo.

— Y también envié un plan de contención — ¿Plan? Donde estaba ese plan


cuando Míster Limón casi asesina a la Barbie Roja.

— Uno que terminó con una demanda y alguien hospitalizado — ¿Hospitalizado?


¿Demanda? ¿Estaría grave? ¿O era la rubia, y ya Sures't estaba muerto?

Seguro me tenían aquí en espera de la policía para tomar mi declaración, llamar a


un abogado y me pusieran en custodia preventiva en un país extranjero. Mi vida
estaba acabada.
— Necesito sacar a mi amiga de aquí — sentí la caricia familiar de Erika en mi
espalda y quise llorar, quise hablarle, pero mis cuerdas vocales no parecían
cooperar. — Fue suficiente para ella hoy, ya tendrán tiempo de conversar.

Buena idea, seguro ella me ayudaría a salir ilegalmente del país. Buscaría
documentos falsos y nos iríamos a una ONG en África. Todo estaba planeado.

— Hay un auto esperando por ustedes en la parte de atrás del hospital, no es


seguro que vayan a la casa, ya ellos tienen la dirección, todo está listo en la
mansión.

— Gracias, yo me ocupo de que este bien — Sentí que me ayudaban a levantar y


yo solo podía observar rostros que nunca había visto mirarme con curiosidad.

— Con cuidado hija, si necesitan algo más solo pídanlo. — Adolf se despidió.

Mis pies se movieron por inercia mientras mi amiga me guiaba, llegué al final de
un pasillo y creí ver a César abrir la puerta para mí. Mi cuerpo empezó a temblar y
el agarre de la pelirroja se hizo más fuerte.

— Erika... — susurré.

— Shhh — Me acarició el brazo — Todo está bien cariño, todo va estar bien.

El ambiente cálido y con olor familiar del auto me hizo perder la conciencia, si a
eso le sumamos el hombro de mi amiga y una colcha que no sé de donde salió,
pero agradecí. Era lo único que necesitaba, dormir.

Sentía cosquillas en mi nariz, mi almohada parecía ser de algodón de azúcar


porque no paraba de abrazarla e intentar morderla del olor tan dulce que
desprendía. Ni en sueños podía dejar de ser rara, ¿por qué tendría que
enamorarme yo de un hombre de dulces imaginario? Ese sueño debió darme un
indicio que la vida amorosa no era para mí.

Unas caricias en mi pelo me sacaron de la conversación con mi yo del sueño, y


mentalmente protesté, necesitaba saber más de mi futuro. Pero fueron más
insistentes y comencé a entender los susurros.

— Emy...Emy cariño... — parpadee y el rostro preocupado de mi mejor amiga me


observaba. — Despierta, necesitas comer algo.

No fue hasta que mencionó comida que me percaté cuanta hambre tenía, mi
estómago gruño en respuesta. Quizá por eso mi idealización de un hombre
azucarado, aparté ese loco pensamiento una vez más.

— Sí — me incorporé despacio — Parece que hace siglos comí, gracias.


Ella extendió una bandeja y mis neuronas se dispararon sin control, todo era
demasiado apetecible. Tostadas, mantequilla, frutas, zumo de naranja y una taza
de café. Sin mediar palabra ataqué en lo que la pelirroja me observaba.

— ¿Dónde estamos? — Hablé con la boca llena y cuando me di cuenta que no era
ninguno de los cuartos de la casa donde nos quedábamos.

— En la mansión Surest — dijo mientras suspiraba y me preocupé.

— ¿Me tienen en custodia? — susurré mientras se hacía un nudo en mi garganta


y solté el pedazo de tostada que comía. — ¿Por eso estamos aquí? ¿Lo maté,
cierto?

— Por más que eso quisieran muchos, no — una chica un poco menor que yo,
muy linda y con un rostro un poco familiar, nos interrumpió desde la puerta — no
lo hiciste, y créeme que mi familia te lo agradece. Incluso que lo golpearas.

— ¿Perdón? — pregunté sin entender.

— Sí — soltó una risita y se acercó a la cama — Disculpa que entrara así, pero la
puerta estaba entreabierta y no pude evitar escuchar. Mi nombre es Maya, Maya
Sures't, un placer Emy.

— ¿Sures't? — balbucee.

— Anjá, soy la hermana menor del energúmeno que golpeaste con un tacón de
zapato. ¡Dios! — Comenzó a reír — Esta historia será épica en esta familia.
Gracias, de verdad, aunque fue todo un drama, realmente mi hermano merecía
que alguien removiera su cerebro.

Erika sonrío divertida a mi lado y yo solo pude mirar de una a la otra, era muy raro
que la familia de alguien a quien había agredido me diera las gracias e incluso
riera del suceso. Pero conociendo a Míster Limón, cumplí la fantasía de la mitad
de Londres.

— Yo solo quería evitar algo peor, y aunque no lo creas no fue mi intención


lastimarlo así, agradece a mi mala puntería y que cuando me pongo nerviosa tomo
decisiones extrañas — Aclaré.

— Eso lo puedo confirmar — La pelirroja levantó la mano a modo de apoyo y la


chica Sures't volvió a reír.

— Solo sé que, desde ya, soy tu mejor fan — me miró de una forma extraña —
¿Podemos salir juntas alguna vez? Ir de compras o tomar un café, la verdad no
tengo muchas amigas por aquí y presiento que las tres nos llevaremos bien.
— Por supuesto — habló mi amiga por mí — Nada más que tengamos un tiempo
libre lo hacemos, recuerda que estamos trabajando aquí.

— ¡Genial! Intercambiemos números. — Así lo hicimos en lo que seguimos


charlando y yo terminando de desayunar.

Maya parecía una chica muy agradable, aún no entendía como ella y Adolf eran
tan encantadores y Maximiliano la amargura andante. Era un claro ejemplo que la
manzana cayó bien lejos del árbol.

Unos toques en la puerta detuvieron nuestra conversación y me sorprendí que


César estuviera allí, ¿habíamos dormido todos en la mansión? No me
denunciarían, pero mi jefe me sacaría del proyecto, ¿o me despediría? Seguro
algo malo me esperaba con mi buena intención de ayudar a que Sure't no
cometiera un crimen que luego no tuviera retorno.

— Buen día chicas ¿Cómo te sientes? — preguntó mientras me miraba


directamente.

— Mucho mejor, gracias. — contesté.

— Me alegro, Erika estaba muy preocupada y aunque yo también, sabía que solo
necesitabas descansar. Fue una noche muy agitada para todos.

— Y que lo digas — Agregó Maya sonriendo.

— Los demás están reunidos abajo, Adolf y Marianne quieren hablar contigo
Emily, si estás de acuerdo, claro. — mi jefe me observaba con amabilidad.

— Claro, no tengo problemas — hice ademan de levantarme y noté que llevaba un


pijama, alcé la mirada confundida y la pelirroja disipó mis dudas.

— Te cambié anoche, no ibas a estar nada cómoda con aquel vestido, además
que estaba... — sacudió su cabeza y no quise ni que terminara la frase. —tomé un
poco de tu ropa esta mañana cuando fui a la casa. Puedes darte un baño y
vestirte, luego te encuentras con ellos, a Adolf ya la conoces y la señora Marianne
es muy agradable.

— Sí, y está feliz de conocerte — me dijo Maya con una sonrisa que correspondí.

— Yo tengo cosas que adelantar, las veo más tarde. Tienen dos días de
descanso, así que no se preocupen. Lindo día chicas...—Ni siquiera nos dio la
opción de replicar cuando se giró para irse.

Mi amiga se quedó mirando la puerta embobada y la pequeña Sures't soltó una


carcajada.
— Deberías saltar sobre él amiga, está demasiado bueno.

— ¿Eh? No, yo no... — la pelirroja no sabía que decirle y la miré divertida.

— Es demasiado evidente querida, parecen niños, él no dejaba de mirarte y a ti


casi se te salía la baba. Un ciego lo vería — se encogió de hombros la trigueña y
yo asentí de acuerdo con ella.

— ¡No es cierto! — protestó Erika.

— Si lo es, solo ustedes fingen no verlo — hablé mientras me paraba de la cama.

— ¡Cállense! — gritó mientras lanzaba una almohada. Nosotras reímos.

— ¿Dónde está la ropa Doña babas? — ella señalo con la cabeza a una bolsa
encima de un mueble mientras me enseñaba su dedo del medio y yo le sacaba la
lengua. — Iré a bañarme para bajar a ver a Adolf.

— Aquí te esperamos, quiero ver la cara de todos cuando te vean — habló


emocionada y la miré raro — No me mires así, en esta casa nunca pasa nada
divertido, así que voy a disfrutar este momento todo lo que pueda. Incluso mi
prima salió de su pequeño cuarto de pinturas para la ocasión.

— No te ofendas, pero me estás dando miedo — ella sonrió creyendo que


bromeaba — En serio.

— Nada de eso, verás como todo va bien. Seguro quieren avisarte sobre las
últimas noticias.

— ¿Noticias? — pregunté confundida.

— Sí, pero ya las verás. Corre a bañarte que se te hace tarde. Shu, — me empujó
hacia el baño y casi cerró la puerta por mí.

Me recosté a la puerta y suspiré. En verdad, luego de todos los sucesos,


necesitaba un hada madrina.
Capítulo # 16 Familias y noticias.

Todo lo que puedo hacer es seguir mis instintos, porque nunca voy a complacer a
todos — Emma Watson

Estaba demasiado nerviosa, no sabía que noticias me esperaban y porque había


tanta conmoción en la familia Sures´t. Maya no dejaba de parlotear con Erika
mientras me vestía y enseguida me sentí en confianza con ella, era una chica muy
auténtica. Su pasión eran los caballos y era una profesional en equitación, incluso
había ganado varias competencias en el país y fuera de este. Era muy agradable
su compañía.

Bajamos juntas y ella nos guio hasta la sala, me sentí un poco cohibida al
observar rostros desconocidos, aun cuando algunos los sentía familiares en las
brumas de mi inconsciencia el día anterior. Aunque hablaban entre ellos, Adolf fue
el primero en notarme y alertar los demás.

— Emily, querida. Qué bueno que ya te encuentres mejor — caminó hacia mí para
abrazarme y solo pude darle una sonrisa genuina.

— Gracias, muchas gracias por todas las atenciones. Solo necesitaba descansar
un poco, fue un día… — no sabía que palabra usar, así que lo resumí como
estaba en mi mente — fue un día con... Con demasiadas emociones.

— Y que lo digas — soltó una voz femenina que me hizo voltear.

— Mila… — advirtió Adolf — No es momento.

— ¿Por qué abuelo? — cuestionó la chica, su cabello estaba atado en un moño


descuidado y traía puesto un mono lleno de pintura, supuse fue la prima que Maya
había mencionado antes. — Solo expreso lo que todos pensamos, en un día esta
chica ha volteado nuestra familia al revés, incluso nos ha reunido en el salón, lo
que es mucho decir, ya que hace tiempo no nos vemos ni para cenar juntos.

— Lo siento — me disculpé y mi garganta se cerró. Tenía muchas ganas de llorar


y me sentía fuera de lugar, nunca quise golpear a nadie, fue un intento
desesperado por ayudar. — No fue mi intención…

— No te estoy cuestionando — me interrumpió la chica alzando su mano — Si te


soy sincera hubiera pagado por verlo en primera fila. Solo digo que no hagamos
esto más grande de lo que es, golpeaste a mi primo, sí, muchos aquí te damos las
gracias por eso…

— ¡Mila Suret´s! — Gritó una señora a mi lado — ¿Cómo dices eso?


— Es cierto, tía. Hace mucho tiempo Max cambió y se volvió ese ser terrible que
no se le puede ni hablar. Parece un fantasma vagando por la casa y todos
perdimos la fe que algún día asuma que no fue su culpa que…

— Suficiente — La voz autoritaria de Adolf se alzó — Basta ya de recordar el


pasado.

— Lo siento abuelo — Mila bajo su cabeza y suspiró — Solo digo que


agradecemos que hayas evitado otra desgracia. Cualquiera que haya sido el
método, lo preferimos antes del resultado si no hubieras estado allí. Nadie contaba
con que esa perra apareciera.

— Lenguaje señorita, por favor — regañó la señora y se levantó — Marianne


Sures´t, querida, un placer — Dijo extendiendo su mano y la estreché.

— Emily Bersett señora, — me presenté — el placer es mío.

— Toma asiento por favor, y disculpa por esta introducción — me apartó de Adolf
y me guió hasta el asiento a su lado. Erika y Maya se acomodaron frente a mí. —
A veces en esta familia se vuelve un poco incontenible.

— Ahí tengo que darte toda la razón mamá, — habló un chico con un traje azul
que resaltaba sus ojos, su cabello negro contrastaba con su corbata del color de la
obsidiana. Guapo, muy guapo. Se acomodó a la pared con un vaso de lo que
supuse era whisky en su mano, me confundió, no se parecía a nadie de la familia
y le había dicho mamá a la Señora Sures´t — nunca una palabra nos definió tanto.

— No sabía que tenías conocimientos sobre significado de palabras, pensé que tu


vida se regía en códigos binarios — Mila habló, pero su tono se sintió como un
ataque al chico de los ojos azules.

— Algunos tenemos trabajos de verdad, no perdemos el tiempo dibujando cosas


sin sentido — esbozó una sonrisa arrogante y de inmediato supe, que sí podía ser
hermano de Míster Limón. Que comentario tan desagradable hacia alguien de su
familia.

— ¡Imbécil inculto! — Soltó la aludida — No te permito que…

— Alexandro, — Adolf parecía estar perdiendo la paciencia — Te voy a pedir que


tengas más respeto hacia tu prima — el ojiazul se puso serio de repente y bebió
del contenido del vaso — Las expresiones que carecen de sentimientos reales,
deberían considerarse mediocres, usa las palabras para expresar la verdad, sino,
quédate callado.

Jamás había sentido que una frase golpeara tantas personas, porque la habitación
quedó muda y admiré a Adolf, era una persona demasiado sabia. Pero sobre todo
justa, repartía sermones por igual, y entendí el castigo que nos había puesto a su
nieto y a mí.

— Y tú, Mila — la chica de ojos color chocolate parpadeo y se retorció las manos,
sabía que algo le tocaba a ella — tanto presumes de arte, pero tus acciones
carecen de ella. Aprende a elegir los momentos adecuados, como eliges los
colores que utilizas en tus cuadros.

— Extrañaba esto — dijo Maya lo suficiente algo para que todos escucharan —
Las peleas y los regaños. Los gritos, — suspiró — a papá le hubiera gustado.

Marianne Sures´t llevó una mano a su pecho y soltó una carcajada.

— Esto me recuerda a la última cena que hicimos por mi cumpleaños — Adolf


suspiró y Mila soltó una risita. Incluso me pareció ver el fantasma de una sonrisa
en Alexandro.

— ¿Y el señor Sures´t dónde está? — pregunté y al instante quise golpearme por


eso.

— Murió — el tono sombrío de Alexandro hizo que me encogiera.

— Lo siento — murmuré — No quise…

— ¿Repites mucho esa palabra? — Cuestionó lazando una ceja — No tienes por
qué sentirlo, no lo conociste de nada.

— Eso estuvo fuera de lugar Alexandro, discúlpate — Maya habló con la voz
entrecortada — Ella no merece tus malos tratos.

El chico de ojos azules, carentes de expresión, termino de un golpe el contenido


de su vaso y lo colocó con ruido encima de un aparador. Me dio una mala mirada
y se marchó. La señora Marianne suspiro con pesar.

— Lamento que mi hijo se haya expresado así, no fue su intención hacerte sentir
mal, es solo que es un tema delicado para él.

— No lo defiendas mamá, nada justifica las actitudes de Max y Alex, nosotras


también estuvimos ahí y no tenemos…

— Todos no asumimos el dolor igual, Maya, — la cortó una afligida Mila para mi
sorpresa — cada uno vivió la muerte de mi tío de manera diferente, no debemos
juzgar.

— No lo hago Mila, aún tengo pesadillas de esa noche, y no por eso ando por el
mundo como si nadie mereciera pisarlo.
— Se levantó, y se fue con lágrimas en los ojos. Vi la expresión de mi amiga de
seguirla o no, pero se quedó en su lugar y en silencio.

— Yo me encargo — su prima fue corriendo detrás de ella y nos quedamos


Marianne, Adolf, Erika y yo.

— Emily, aparte de estos incidentes — suspiró y pasó una mano por su rostro —
Tenemos que hablar, necesitas estar preparada para todo lo que ha surgido.
Sabes cómo es la prensa y ya las noticias han volado. Solo no quiero que te
sorprendas o afecten algunas de ellas.

— Mi familia se ha mantenido bajo perfil muchos años — me explicó Marianne —


y desde la muerte de mi madre, que en paz descanse, la prensa londinense no ha
tenido nada con que hacer noticia. Al menos, una tan escandalosa como esta,
cabe decir que también hubo demasiados testigos e incluso lo grabaron con sus
teléfonos.

No tenía idea de eso, pero debí suponerlo. La tecnología en estos tiempos era un
arma de doble filo, si bien podía ayudarte, también podía hundirte en la mayor de
las miserias. Solo moví mi cabeza con aceptación, tenía que ser responsable de
mis actos.

— Entiendo, haré lo que me recomienden. Si tengo que dar alguna declaración o


alguna otra cosa, con gusto lo haré. — Ella me sonrió con calidez.

— No es necesario querida, ellos pensaran lo que quieran de igual forma, no


pienses que nos interesa. Lo que realmente nos preocupa, son las personas, y tú
ahora estas bien cerca de mi familia, es nuestro deber protegerte— Mi corazón se
encogió de agradecimiento, tomé su mano en respuesta y le di un leve apretón.

— Gracias, de verdad. — Era reconfortante el apoyo que me estaban brindando,


pero algo me preocupaba. No sabía nada de Míster Limón ¿Y si estaba en el
hospital? No lo había matado pero un buen golpe sí se había llevado. — Y
Mis…Digo, Maximiliano ¿Está bien?

— Mi hijo… — empezó a responder Marianne pero dejé de escuchar cuando mis


ojos se enfocaron en las letras que encabezaban el periódico que Adolf me
enseñaba.

¿Cenicienta asesina? Un zapato de cristal amenazó la vida del heredero del


imperio del chocolate.

En la noche del día de ayer, en la gala ofrecida por la familia Roman´s


amenazaron la vida de Maximiliano Sures´t, el hijo de…
Mi mente había colapsado, las imágenes mías atacando a Míster Limón debían
estar por todo Londres. No salía ninguna palabra de mi boca.

¿Ya Maximiliano lo habría visto?

No llevaba una semana en Reino Unido y mi vida estaba de cabeza, me aterraba


preguntarme a mí misma ¿Qué otras sorpresas podrían llegar?
Capítulo # 17 Sorprendida

Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, si no por
todas las cosas que no lloraste en su debido momento.
~ Mario Benedetti

¿Era posible que, en menos de un mes, mi vida hubiera dado un giro de ciento
ochenta grados?

Matías engañándome.

Una carta de la que no sabía el paradero y tampoco sabía que destino tenía.

Justo cuando llegué a un país extranjero, insulté al dueño de la fábrica de la que


tenía que hacer el reportaje.

Intenté asesinar supuestamente al heredero del imperio del chocolate.

Sí, como buena obsesiva de listas, lo había resumido bastante bien. En mis 24
años, jamás, tuve tantas emociones en un período tan corto de tiempo. Siempre
me consideré una persona centrada y bastante pasiva, un poco alocada y con
altos niveles de despiste, pero nada que ver con la personalidad que había
florecido pisando Londres.

Aún con el periódico temblando levemente en mis manos, mi mente intentaba


crear conexos entre los últimos acontecimientos. Me debatía entre encontrar a
Maximiliano y pedirle mis disculpas más sinceras por alborotar la vida de su familia
de esa forma o simplemente, pedir mi traslado de vuelta a casa aún con la
posibilidad de un despido justificado.

— Yo; realmente estoy muy apenada — murmuré — No sé cómo disculparme, no


tengo más que repetir una y otra vez que no fue mi intención causar todo este
alboroto.

— Ni siquiera hemos contemplado esa posibilidad querida — Marianne tomó mi


mano en gesto cariñoso — Estamos conscientes que no lo has hecho a propósito,
aunque haya sido un poco peculiar la táctica — Me dio una leve sonrisa — Mi hijo
tendría más que una venda y varios puntos en la cabeza ahora.

—!¿Varios puntos?¡ — grité.

— Y un aneurisma cerebral con tus gritos — me giré al sentir ese tono ronco y
amargado. Me puse de pie nerviosa porque, aunque su rostro no demostraba
ninguna expresión como de costumbre, su pose desgarbada y aquella venda en
una parte de su cabeza, activaron mis alarmas.
— Maximiliano… — pronuncie su nombre con dificultad y sus hombros se
movieron ligeramente, me lleve una mano al pecho — Siento mucho lo que…

— ¿Debo creer que lo sientes? — Dio un paso más cerca y lanzo su saco de la
noche anterior al sofá, noté que no se había cambiado — Llevo toda la noche en
un hospital, rodeado de buitres buscando una noticia de primera plana y tengo la
cabeza que me quiere explotar, ¿crees que un lo siento cambiará eso?

— Sé que no, pero debes saber que no fue mi intención causarte ni a ti, ni a tu
familia…

— ¿Mi familia? ¿Por qué tendrían que importarte ellos también? No creo ni una
miserable palabra que sale de tu boca.

— Cuidado con ese lenguaje Maximiliano, respeta que es una mujer y que
nosotros estamos presentes — regañó Adolf causando la furia de Míster Limón.

— ¿Qué respete? — Soltó una sonrisa burlona — No sé cómo después de todas


las cosas que nos han pasado puedan creer así de fácil en una… — el sonido del
bastón del patriarca Sures´t me hizo saltar, y supe que hizo cambiar la palabra que
seguramente era un insulto subido de tono — en una desconocida, que solo está
aquí porque vio la oportunidad de tener cinco minutos de fama.

— ¿Qué? — di un paso atrás ofendida y choque contra el cuerpo de mi mejor


amiga que ya tenía sus brazos en mis hombros.

— Te advertí que podía detectar las de tu tipo, — me señaló — una oportunista.


Una periodista con sueños frustrados que piso una tierra extranjera para ver qué
buena historia conseguía para vender y mira nada más, que mejor que ser tú la
protagonista. Me das…

— Una palabra más Maximiliano Sures´t y tendrás que salir de esta casa — Su
madre lo interrumpió, y casi bloquea mi visión porque se ubicó a un costado de él.
— he soportado con paciencia todo este tiempo que tu corazón sane, pero es tan
decepcionante no ver nada del niño que crie. Esta cáscara vacía que te has vuelto
hace que mis esperanzas de ver esta familia unida, mueran poco a poco. ¿Dónde
está tu humanidad hijo mío?

— Mamá, yo no; — aunque seguía con su tono ronco, pude ver como sus ojos
desviaban la mirada y tragaba con fuerza — La quiero fuera de aquí.

Mis ojos estaban llenos de lágrimas, me sentía tan fuera de lugar y atacada. Sabía
que me había equivocado, pero también tenía todas las intenciones de
disculparme. Yo no era una mala persona y mucho menos agresiva, no merecía
ese ataque verbal injustificado.
— No hace falta que nos bote, Señor Sures´t — la voz de mi amiga se alzó y
agradecí mentalmente su intervención, mi garganta estaba cerrada. — Si estamos
aquí, es gracias a la amabilidad que tiene su familia, no porque así lo hayamos
elegido. No me interesa cuando poder tenga o quien se crea que es, para mí es un
falta de respeto y alguien que no conocer el respeto ni la integridad y que si no
estuviera así de convaleciente, se mereciera otro golpe.

— Kika — murmuré asustada, no era el momento para decir aquello.

— Nada Emy, — recalcó sin una nota de miedo — es cierto, no lo conozco de


nada y aclaro, que tampoco me apetece, pero solo con ver esta actitud que lleva
entiendo que las personas abran paso cuando llega, tiene un aura tan fea, que
quizá pueda sentir pena por usted.

Maximiliano estaba tan sorprendido como furioso, sus puños se apretaron a sus
costados y gritó.

— ¡Las quiero fuera de mi casa! — observó fijamente a su abuelo — O me largo


de aquí; — apuntó con un dedo a su madre — Y Aitana se va conmigo.

— ¿Te atreves a amenazarme de este modo? — La sala de estar se había


convertido en un campo de batalla, todos de pie, enojados, frustrados y golpeados
en el ego. Nunca creí, ver a Adolf con esa expresión furibunda. — No confundas
paciencia y amor Maximiliano, con aguante y estupidez. ¿Qué te crees? ¿Que el
dolor te da el derecho de comportarte como un desgraciado?

— Papá… — Marianne observó con sorpresa y su nieto se tensó.

— Nada Marianne, fue suficiente de aguantar, de dejar que nos pase por encima,
de soportar malos tratos y humillaciones cuando no hay un día, que no nos pese lo
que sucedió en esta casa. Que insistes e insistes en llevar toda esa culpa que te
está consumiendo lentamente. — Me dio una mirada y yo solo pude suspirar,
lagrimas silenciosas seguían rodando. — Emily y Erika se quedan en esta casa, y
no hay más que hablar.

— Entonces quiere decir que las elijes…

— Yo no elijo nada, — volvió a golpear el piso con su bastón y su tono era suave,
pero sumamente firme. — Tú tampoco irás a ningún lado, y te advierto
Maximiliano, jamás vuelvas a utilizar a Aitana para chantajearme. Caíste
demasiado bajo al utilizar a tu hija, realmente, que decepción.

¿Hija?

¿Había dicho hija?


¿Aitana era la hija de Maximiliano?

¿Por ella había perdido el control en la fiesta?

¿Cuántos secretos escondía esta familia?


Capítulo # 18 Promesas

Dejarse querer, también es de valientes.

El grito ahogado de Erika me hizo entender que mis oídos no padecían ningún
problema. Había escuchado perfectamente. Adolf había mencionado claramente,
Aitana, hija y Maximiliano en la misma oración.

— ¿Dijo hija? — la pelirroja preguntó confundida.

— No es tu maldito problema — contestó antes que nadie Míster Limón, miró con
una rabia helada a su abuelo y tomó de nuevo el saco que había lanzado antes de
decirnos — Las quiero fuera de mi camino; es una jodida advertencia.

Sin agregar más salió del Salón directo a las escaleras que estaban a un costado.
Supuse que llevaban a las habitaciones.

— No deberías presionar a Max así abuelo, — me giré lo suficiente para ver que
Alexandro Sures't había regresado de donde quiera se hubiera ido hacía unos
minutos. — No es la mejor manera de llegar a él.

— Tengo mis razones Alex y te voy a pedir que no intervengas. Ni tú, ni nadie, tu
hermano lleva demasiado tiempo justificando sus malas acciones con el dolor que
lleva. Eso es de cobardes y no es como educamos a los miembros de esta familia
¿O Thomas eso les enseñó?

Fue como si alguien lo hubiera golpeado, el chico de ojos azules se quedó inmóvil
y sus facciones mostraron un profundo dolor.

— No; — su garganta se movió con dificultad — He intentado ayudarlo abuelo,


realmente he querido que saque todo lo que lo tortura, pero solo me he ganado
varios golpes en mis costillas. No es que me queje — se encogió de hombros —
después de todo yo tengo parte de esa culpa.

— Basta... — el susurro mezclado con sollozos de Marianne hizo que mi pecho


doliera — No aguanto más esto, ¿llegará el día que entiendan que lo que sucedió
esa noche no es culpa de nadie? ¿O acaso tú no hubieras actuado igual que tu
padre?

— Sin dudarlo — contestó su hijo sin titubeos.

— Exactamente, es lo que hace la familia, como nos educamos, como enseñamos


a nuestros hijos. Que el problema de uno es de todos. Y la vida de mi nieta estaba
en riesgo. Fue una tragedia lo que sucedió; sí. Pero es como si estuvieran
comparando vida por vida cuando todas son valiosas.
— Hija mía — Adolf atrajo a Marianne hacia él y la abrazó. — Te prometo que
ayudaremos a Max; te prometo incluso que tus hijos volverán a reunirse y celebrar
como familia, y que el pasado, solo nos servirá para agradecer las nuevas
oportunidades.

— ¿Cómo papá? — su voz se sentía estrangulada y mi amiga y yo, estábamos


consternadas — No hay un día que no sueñe con ello.

— Confía en mí y asegúrate de ese día, hacer un brindis por tu madre y por mí,
para que este viejo sonría donde quiera que esté.

— ¿Qué quieres decir? — Ella alzó su cabeza y lo miro confusa limpiando sus
lágrimas delicadamente.

— Solo eso querida, — suspiró y le dio una sonrisa triste. — Que merezco un
brindis por ser un viejo tan sabio.

Todos sonreímos ante su tono burlón, disipando un poco así el momento


incómodo que se había creado.

— No seré yo quien dudé jamás de ocurrencias abuelo, — Alexandro se acercó a


ellos — Después de todo, gracias a una de ellas, yo estoy aquí.

— Y estaré siempre feliz que seas parte de mi familia, hijo mío — Adolf lo miró con
orgullo — Desde el minuto uno que te tuve en mis brazos supe que tendrías un
futuro brillante, como el de tus padres. Aunque a veces te vuelvas tan obtuso
como ellos.

Su nieto soltó una carcajada e hizo ademán de alejarse, pero otra frase de su
abuelo lo detuvo.

— Los conozco a todos Alex, se mirar en sus corazones y al tuyo siempre le


encantaron los colores — Los hombros de Alexandro se tensaron, pero no se giró.
— Aun cuando te niegues a verlos.

Un suspiro fue toda respuesta antes que se marchara a toda prisa. Adolf solo se
quedó observando el lugar e hizo una mueca que no pude descifrar.

— Niñas — Marianne nos miró con dulzura y sus ojos enrojecidos por el llanto —
Siento toda esta situación.

— No se preocupe, — mi amiga respondió — lamentamos nosotras causar


cualquier inconveniente.

— Mi hijo no necesita excusas para hacer esos espectáculos querida, le salen


naturalmente, es como sí últimamente viviera para amargarse.
— Con razón el apodo — murmuró en mi oído y la golpee en las costillas
disimuladamente.

— Adolf, Marianne — hable y mis palabras se sintieron livianas, como si llevará


años sin pronunciar alguna. — De verás gracias por todo, pero creo que
deberíamos volver a la casa que nos brindaron al llegar aquí. Evitaremos todo tipo
de situaciones, y hablaré con César para que cambié mi lugar en el...

— No — me interrumpió — No será necesario que cambies nada, ni que se vayan


a otro lugar. Más allá de todo, no estarán seguras porque la prensa conoce su
dirección y las atacarán a la mínima oportunidad, aun cuando César se esté
encargando de eso. Por otro lado, aquí será más cómodo todo, y mucho más fácil
trabajar. En cuanto a Max — me miró significativamente — y a ti, las reglas no han
cambiado Emy; Siguen con las mismas condiciones.

— Pero — repliqué sorprendida. — Yo creía que, bueno, en realidad, no pienso


que sea buena idea.

— Y no lo es muñequita, — caminó hacia mí — pero no significa que no se hará.


Ya sabes las consecuencias.

— Adolf, por favor...

— La habitación de Erika esta junto a la tuya, en breve deben llegar sus cosas y al
lado del estudio de Mila podrán instalarse — no me dejó cuestionar nada —
Pueden disponer de todas las áreas de la casa y relajarse en las áreas de
recreación también. Siéntanse en casa.

— Como si fuera tan fácil — mi amiga volvió a murmurar y yo la mire mal de reojo.

— Les presentaré a las empleadas y no tengan pena en disponer de nada. Ellas


estarán a su servicio también.

Llevé una mano a mi frente y suspiré, no tenía muchas opciones, o más bien, no
me las habían dejado. Quise despejar esos pensamientos y me enfoqué el otro
tema que me tenía muy preocupada.

— Gracias a los dos, molestaremos lo menos posible. — miré a Adolf — ¿en


cuanto a la noticia del periódico? ¿Qué haremos?

— Nada — el me observó como si estuviéramos hablando del clima — Las cosas


tomarán su lugar, y ustedes seguirán apareciendo en la prensa.

— ¿Seguiremos? — casi grité.


— Sí Emy, seguirán. Los fotógrafos los perseguirán y tomarán exclusivas de
ustedes llegando a alguna reunión, o simplemente tomando el mismo auto. No hay
que darles más cuerda, — Me observó curioso — ¿O hay algo que esconder?

— No, claro que no. — Respondí al instante, lanzando a lo más profundo de mi


mente, la Carta de la que no sabía el puto paradero — Se hará como tú digas.

— Muy bien, — observó el reloj que había en una pared del Salón, luego a
Marianne y luego de vuelta a nosotras — Erika querida, quisiera tocar unos temas
contigo, de ser posible.

— Pos supuesto Adolf, dígame.

— Acompáñame al despacho por favor, allí tengo lo que quiero mostrarte — mi


amiga asintió y se giró a su hija. — Deberías llevar a Emy a tomar el té al jardín.

Observé la expresión de sorpresa en el rostro de Marianne que al instante se


recompuso y le dio una leve sonrisa a su padre. Se acercó a mí y tomó mis
manos.

— Vamos querida, pediré que nos sirvan el té y unas galletas. Luego que ellos se
nos unan.

— Esta bien — hablé mientras estábamos llegando casi a unas puertas que
supuse daban a una terraza.

— Todo irá bien Emy, no te preocupes. — ella sonrió y quise creerle.

— Eso espero. — contesté devolviendo su sonrisa. Quizá ya era hora que todo
estuviera en calma, al menos por un tiempo. Me lo merecía.
Capítulo # 19 ¿Corazón Dorado?

... Y duele, simplemente me duele el amor...

No tenía palabras para describir la belleza del jardín de la mansión Sures't, los
colores eran tan vibrantes que parecían una pintura rupestre. Trasmitía tanta paz
que era imposible no sentirse a gusto inmediatamente, sin contar que mi
compañía era más que agradable.

— Mi pasión es cuidar de las flores — dijo Marianne con una sonrisa luminosa, —
tengo dos invernaderos que consumen mi tiempo, me ha ayudado a no perder la
cordura entre tantas cosas que han sucedido.

— No lo dudo, es simplemente hermoso.

— Gracias, es difícil, sin embargo, nuestro clima no ayuda mucho, pero eso lo
hace incluso mejor, con esfuerzo, toda recompensa se disfruta más.

— Estoy totalmente de acuerdo — contesté sincera.

— Quiero pedirte una disculpa por lo anterior, aunque me duela, se ha vuelto


demasiado común. — explicó con una mirada triste.

— No hace falta, de verás. Comprendo que hay situaciones que no conozco y no


justificó algunas actitudes, pero creo que, en el fondo, Maximiliano solo trata de
proteger su familia. — explique en un intento de quitar esa expresión de culpa.

— Quizá, pero no son las maneras. Vamos a sentarnos por favor y deja que te
cuente una historia — extendió su mano en una invitación para acomodarnos en
una mesa pequeña en medio de una glorieta. — Pediré que nos traigan algo de
beber. ¿Te?

Hice una mueca, realmente no me apetecía, pero tampoco quería sonar


desagradable. Además, estaba en Inglaterra, era una costumbre a esa hora, beber
el té. Sería bueno integrarme.

— Mejor tomamos algo un poco más fuerte — ofreció e iba a negarme, pero luego
aclaró — Lo necesito

— Lo que pidas está bien para mí. — Marianne alzó su mano y no sé dónde salió
una señora de piel morena y con un uniforme blanco y azul. Su rostro de veía
envejecido pero su expresión era absolutamente cálida. Me recordó a la chica
amable de la empresa, supuse que era su madre haciendo memorias de lo que
Adolf me había contado.

— Señora — sonrió para mí — Señorita.


— Nada de formas Lucre, tráenos algo fuerte de beber y algunas cosas para picar.
Aquí Emy y yo, tenemos una charla larga.

— Por supuesto Mary, enseguida pido que traigan algo — le dio una mirada que
no supe entender — Recuerda que...

— Sí, — Marianne levantó su mano — Lo sé, pero es necesario. Entendí por una
vez bastante rápido a mi padre.

— Entonces no hay más que hablar, enseguida traigo sus cosas, — desvío su
mirada hacia mí — Y señorita, feliz de que esté con nosotros.

— Emily, solo Emy por favor. — Ella me dio una leve inclinación y se fue sin
agregar más.

— Lucrecia ha estado aquí desde siempre, fue gran compañía para mi madre y
para mí, también la nana de mis hijos. Es el ama de llaves por que amenazó con
irse a otro sitio si la poníamos a descansar, necesita sentirse productiva.

— Se ve una gran mujer — dije — ¿es la madre de Marie?

— Sí — me observó con la pregunta en su mirada.

— La conocí en la empresa, una chica muy agradable.

— Definitivamente, las consideró parte de mi familia, ya tendrás tiempo de


conocerla mejor.

— No lo dudo — contesté, pero en mi interior me pregunté, ¿cuánto tiempo creía


Marianne que iba a permanecer aquí? Dos meses se irían volando, pero intentaría
atesorar todos los momentos que pudiera.

— Entonces Emily, tienes un nombre muy bonito, por cierto — me dio una leve
sonrisa.

— Gracias, y solo Emy por favor, me siento más cómoda así.

— Muy bien Emy, en lo que Lucrecia trae las bebidas voy adelantándote algo de la
historia que te quiero contar. — Yo solo le di un leve asentimiento y me acomodé
un poco en la silla — Ya conociste a mis tres hijos, Maximiliano, Maya y
Alexandro.

— Sí, Maya me parece encantadora, presiento que nos llevaremos bien — Dije sin
intención de aclarar que con los otros dos, nada de buenas relaciones más allá de
trabajo.
— No tengo duda de eso, y sé qué con Mila será igual. Es un poco recelosa, pero
tiene un corazón de oro, vive con nosotros desde que tenía unos diez años y mi
hermana la dejó a mi cargo.

— Espero que hagamos buen equipo, con Erika seguro que encontramos algo
divertido que hacer. — le hice un guiño y ella rio.

— Me incluyen por favor — y yo solo asentí más de una vez.

— Cuando tenía más menos doce años, mis padres me enviaron a un internado —
comenzó — allí conocí una chica que al igual que yo, no se adaptaba a estar
encerrada allí, aunque por razones distintas. Yo extrañaba mi familia, ella solo
quería ser libre de todo lo malo que la atormentaba. No tengo idea como
terminamos siendo mejores amigas y cada una de las veces que nos dieron
vacaciones, terminaba en mi casa.

Fue interrumpida por Lucre que nos dejó unos tragos que se veían exquisitos y
algunos bocadillos, sin decir nada, se retiró otra vez.

— Mi padre tenía un socio cuando comenzó el negocio, el que le prestó todo el


dinero para invertir en nuestra fábrica, lamentablemente no le quedaba mucho
tiempo de vida y puso como acuerdo que sus dos hijos tuvieran participación en el
negocio años más tarde. — Observó a la distancia como quien se pierde en los
recuerdos — Sonará demasiado cliché que Alejandra y yo nos enamoramos de
cada uno de los hermanos, y vivimos las más hermosas historias de amor.

Mi corazón se estrujó, podría escribir mil páginas dedicadas a ellos con solo ver la
mirada que me daba Marianne, amor puro, sincero, de los que ya no se veían.

— Esperamos terminar los estudios y ella y Tobias se casaron, después de negar


una y otra vez que terminarían juntos a pesar que todos sabíamos que se
amaban— me dio una sonrisa luminosa — Thomas, mi padre y yo ideamos un
plan, nos fuimos a un viaje al campo durante varios días, salieron de aquí sin
mirarse, ignorándose mutuamente y mi padre los envió a recorrer los alrededores
de la finca cada uno por su lado. Por gracia divina, o la nuestra — soltó una
carcajada — el caballo de Alejandra se escapó mientras ella se entretuvo
observando el río y sus gritos atrajeron a Tobias.

— ¿Y qué sucedió? — pregunté curiosa.

— Que no los vimos más durante tres días, mi padre le había mostrado por
casualidad — hizo comillas con sus dedos divertida — una cabaña que estaba
alejada de la casa a Tobias y le dijo que siempre que necesitara pensar, fuera allí.

Solo podía reír, Adolf era... No tenía palabras. Cada minuto admiraba más a ese
viejito. Una de las personas más especiales que estaba agradecida de conocer.
— En fin, que todos sabíamos dónde estaban, y le dimos tiempo de arreglar sus
miedo y diferencias. Era nuestra última carta después de varios intentos fallidos.
— Le dio un sorbo largo al trago y la imité — Hasta q regresaron con unas
sonrisas que brillaban más que el sol y con la noticia que se iban a casar.

— ¿Y luego? — estaba ansiosa.

— Luego, nueve meses después, llegó Alexandro. — mi boca debió tocar el suelo.
— Él no es mi hijo biológico, aunque supongo que debiste notar las diferencias.

— Yo, ummm, no sé qué decir — realmente me había dejado sin palabras, sí noté
que no se parecían, pero nunca que fuera adoptado o algo así. — ¿Pero...

— Ellos murieron — contestó mi pregunta no terminada y sus ojos se pusieron


vidriosos — Fue algo que nos azotó de la peor manera, solo pudieron disfrutar de
su bebé un año, un año que se amaron como nadie y nos dejaron un tesoro para
cuidar.

— Lo siento — susurré.

— No te preocupes, — toco mi mano a modo de consuelo — fue hace mucho


tiempo y esa herida a sanado. Los recuerdo con amor, y es un honor haber criado
a su hijo como mío. Fue una suerte que me quedará con él esa noche para que
ellos llegaran a esa estúpida cena con la familia de ella. — sacudió su cabeza
como despejando la idea — pero esa es otra historia.

— Marianne, — suspiré — no se que decir.

— Si te cuento esto es porque quiero que sepan que he tratado de inculcar a mis
hijos a ser grandes seres humanos, y aprender de la vida. Y saber que no siempre
podemos tener el control de todos. — asentí — Thomas y yo criamos a Alexandro
como un hijo más y luego, tres años más tarde cuando Maximiliano llegó, no
hicimos diferencias. Jamás le impusimos llamarnos mamá o papá porque siempre
le tuvimos presente los recuerdos de los suyos, que lo amaban más que nada.
Pero me hace feliz cada vez que me premia con esa palabra, donde quiera que
este, estoy segura que mi amiga es feliz.

— Yo también lo creo — contesté con la voz un poco rota, porque me había dado
el sentimiento.

— Entonces Emy, mis hijos son maravillosos, aunque no se estén comportando


como tal, y menos lo digo por ser su madre —aclaró y yo no hice señal de estar en
desacuerdo — Solo quiero pedirte un favor. Solo uno.

— El que sea — contesté de inmediato.


— Observa, se paciente y date cuenta que nada es lo que parece — me dio una
mirada extraña — Necesito que mires con el corazón, que escuches lo que no se
puede decir.

Iba a contestar, pero un movimiento llamó mi atención y me giré. Mi cuerpo se


congeló y mi pulso se aceleró.

Una niña de unos cinco años estaba parada en medio del jardín, un ángel de
cabellos dorados. Absolutamente hermosa en su inocencia, pero mi corazón
estaba doliendo al imaginar, y sin explicación comprender un poco a Maximiliano
Sures't.

El angelito de ojos café, tenía la mitad de su cara quemada.


Capítulo # 20 Sensaciones

Encontré todo en ruinas y una chica esforzándose por crear el más hermoso
camino hacia ella misma ~ David Sant

— ¿Emy? — La voz de Marianne la sentía lejana. Toda mi atención puesta en


unos ojos marrones que me observaban con curiosidad y en silencio. — ¿Emy?
¿Te encuentras bien?

Mi cuerpo se había paralizado. Mis ojos se negaban a creer la imagen que se


exponía frente a mí.

¿Cómo era posible?

¿Cómo iba a estar bien?

¿Cómo?

— Tiny — la voz de la señora Sures’t se alzó otra vez, pero esta vez con un matiz
más dulce — acércate quiero que conozcas a una amiga.

El rostro del angelito rubio no cambió y tuve miedo de no sostener su mirada y que
se sintiera rechazada, pero con un descaro singular rompió el contacto visual y me
analizo de arriba abajo sin atender al llamado de Marianne.

Aproveché para hacer lo mismo de manera rápida y lo que vi, al momento me


sacó una leve sonrisa. Sus pantuflas de la bestia de las hadas y su pantalón verde
con camiseta de Tinkerbell me hizo sentir como en casa, Erika la amaría en
cuestión de segundos. Sostenía un peluche de un conejito y si no fuera por las
marcas que estropeaban su rostro, pudiera decir que era una muñeca,
absolutamente hermosa en su inocencia.

Cuando terminé mi repaso rápido encontré su mirada otra vez, era muy profunda
como sino necesitara palabras para comunicarse y cuidadosa, ni siquiera reparé
en la mitad quemada de su rostro, simplemente le di una leve sonrisa y ella ladeó
solo un poco la cabeza antes de darle toda su atención a Marianne.

— ¿Tiny? — me volví hacia la voz y su sonrisa se hizo más amplia cuando la niña
empezó a caminar hacia nosotros y se sentó en la silla frente a mí que quedaba
vacía — enseguida traen tu zumo, cielo.

Ella la observó y asintió, tomó una galleta de plato y comenzó a comer sin más.

— Emy, esta es mi nieta Aitana. — Lo sospechaba, así que le di una sonrisa —


Tiny cielo, esta es una amiga de la familia que se quedará un tiempo con nosotros.
— Seguía diciendo lo del tiempo como si un mes fuera una eternidad, pero
incapaz de rebatir lo que decía.

La niña no tuvo ninguna reacción a las palabras de la abuela, solo siguió


imperturbable con su galleta.

Quería hablar, preguntar, entender, pero nada salía de mí, desde que pisé Reino
Unido bien podría cuestionarme mi afición por las letras porque las palabras no
llegaban o me hundían.

Agradecí a San Benito que Lucrecia apareciera con una bandeja, un vaso de
zumo de naranja y unas magdalenas que se veían espectaculares.

— Aquí tienes Tiny, de arándanos esta vez así vas eligiendo tu preferida, ¿eh?
— Le hizo una mueca divertida y la niña rio. Tomó un dulce y le dio una mordida,
las señoras se quedaron esperando el veredicto y yo solo quería escuchar su
pequeña voz.

— ¿Entonces? — preguntó Marianne — ¿qué tal?

Ella subió un pulgar y el pedazo que le quedaba se lo llevó todo a la boca de una
vez y todos reímos.

— No tienes remedio, niña. Seguiré buscando uno que no te guste. — Me dio un


guiño y se fue.

— Todos los días Lucre le hace un pastel, tienen ese pequeño juego de decidir
cuál es su preferido, pero llevan casi un año y no hay un sabor que Tiny rechace.
— me explicó y ambas soltaron una risita.

— No lo dudo, esas magdalenas tienen una pinta impresionante, te da hambre


solo de verlas — comenté alegre.

— Pues toma una y pruébala — ofreció la señora Sures´t con una risita baja.

— Ummm — dudé, realmente quería probar, pero cuando giré a ver a Aitana tenía
una expresión desafiante, anoté curiosa, por ese rasgo poco común en niños
pequeños. — Sería genial una, Marianne, pero los dulces son de Aitana, ella
debería decidir si me quiere brindar, yo encantada de colaborar con un veredicto.

Sus ojitos marrones siguieron fijos en mí y me pareció una eternidad, hasta que
bajó sus bracitos y sacó una libreta que ni noté que llevaba y la puso encima de la
mesa.

Abrió las páginas y fue pasando poco a poco, muchos dibujos llenos de colores
que noté que eran pasteles o la mejor representación infantil de ellos.
Me quedé quieta y casual, tomé un sorbo de mi bebida, no quería que me notara
ansiosa y Marianne solo observaba quieta en su lugar. Me tomó todo ese tiempo
deducir que la niña estaba decidiendo si confiar en mí, podía hacer mi mejor
esfuerzo, así que lo intenté con ganas.

— ¿Has probado varios dulces Marianne?

— Unos cuantos — contestó bebiendo otra vez — pero no hay manera de


seguirles el ritmo sin terminar diabética, además probar es solo la parte más fácil.

— ¿Como? — pregunté con bastante curiosidad y ella sonrío.

— Aparte de Mila, nadie logra seguir la otra parte del juego — se encogió de
hombros.

— La otra parte... — un golpecito en mi mano me hizo desviar la atención, Aitana


había empujado su libreta hacía mi y en la hoja una mezcla de colores apareció.
Me percaté que el conejito era una especie de mochila donde llevaba muchos
lápices de colores. La miré y ella solo me observaba — ¿Para mí?

Ella negó, señaló el dibujo y luego las magdalenas. Luego de vuelta a mí.

— ¿En el dibujo? ¿Son las magdalenas? — pregunté y ella se encogió de


hombros y se recostó en la silla mientras tomaba su zumo de naranja. Yo suspiré
¿Que se suponía que hiciera?

En el dibujo había lineas negras separadas por círculos de colores que se


mezclaban creando una especie de pintura abstracta. Entendí que la artista
familiar se llevara el mérito al entender. Observé de nuevo el plato con las dos
magdalenas que quedaban, el dibujo, a Tiny y por ultimo a Marianne, que me hizo
una seña de aliento.

— Inténtalo, quizá te sorprenda.

— Vale, voy a probarlas ¿Eso está bien? — pregunté a la niña señalando el plato
y ella asintió levemente.

Tomé una y no había tocado mis labios y estaba babeando, un olor tan exquisito
que daban ganas de comer miles. Una mordida y tomo toda mi compostura no
gemir, pero no pude evitar cerrar los ojos, absolutamente alucinante.

— Esto es extremadamente, delicioso — opiné mientras terminaba de comer.


Marianne me dio una risita.

— De eso no tengo dudas querida. — Podía comer esos dulces el resto de mis
días y nunca me quejaría de ellos. El golpecito otra vez cambió mi atención, Tiny
volvió a empujar la libreta hacia mí. Pero esta vez no la miré a ella, mis ojos se
quedaron fijos en los colores y las líneas.

Y podía jurar que las vi de forma diferente antes de probar las magdalenas. Casi
podía ver los colores de todo lo que sentí en aquel papel. El olor, el gusto y la
explosión de sabor, mi cerebro hizo clic y quede sumamente impresionada.

Arte, un don sumamente hermoso.

— Sensaciones... — susurré y alcé mi cabeza para toparme con esos ojos


marrones que me recordaban tanto al insoportable de su padre. Al parecer vio en
entendimiento en mis ojos porque una leve sonrisa adornó sus labios. — Pintas
las sensaciones.

— ¿Qué diablos haces con mi hija? — ya el acostumbrado tono furioso nos


interrumpió, y no se decir quien estaba peor, ellas con sus caras de susto o yo con
la de compresión.
Capítulo # 21 Rompiendo los límites

Lo más importante, es saber atravesar el fuego. ~ Charles Bukowski

— ¿Qué diablos haces con mi hija? — repitió. Las tres estábamos quietas. Yo
suspiré y me giré un poco para enfrentar a la ira de la bestia.

— Hijo, — Marianne me interrumpió, pero Mr Limón no dejó de mirarme en ningún


momento, yo también le sostuve la mirada — Solo estábamos tomando algo,
además es la hora de Tiny y sabes que siempre...

— Porque es la hora de Aitana, pregunto porque, nuestra invitada —expulsó con


desagrado — está en este jardín, cerca de mi hija, advertí que las quería fuera de
mi camino.

— Max — intenté sonar amable pero sus ojos se estrecharon más.

— ¿Max? — cuestionó — ¿Te he dado permiso de tutearme? ¿Quién te crees?


No pienses ni por un instante que vivir aquí te da algún privilegio conmigo.
Aprende cuál es tu lugar.

Lo intenté, juro por San Benito que lo intenté. ¿Cómo podía ser tan idiota? Su hija
estaba presente. Quería golpearlo otra vez por ser tan jodidamente grosero y
amargado, pero solo me levanté despacio.

— Se perfectamente cuál es mi lugar Señor Sures't, no necesita recordármelo. Le


pido amablemente que su infinita bondad me permita retirarme a mi habitación y
no seguir perturbando su paz al encontrarme cerca de su hija — no quise sonar
irónica, pero fallé infinitamente. Eso, lo hizo enojar más.

— ¡Tú! — me señaló — ¿Quieres volverme loco?

— Jamás querría eso Señor Sures't — me llevé una mano al corazón como
ofendida — ¿Cómo podría intentar algo tan terrible como eso? Que fea opinión
tiene de mí.

El apretó los puños y supe que quería gritarme e insultarme, pero no iba a caer, si
quería lastimar, conmigo tenía un camino largo, perdería absolutamente el tiempo.

— Hijo, por favor — intervino Marianne — ¿crees que haría algo que dañe a mi
nieta? Solo estábamos tomando jugos y Tiny le ofreció a Emy jugar, nada más.

— ¿Jugar? — preguntó incrédulo y sus ojos observaron a su hija, muy profundo,


me dolió ver la expresión de amor mezclada con culpa que su rostro tomó.
— El juego de los dulces — respondí tranquila y en una ofrenda de paz silenciosa,
el solo me miró confuso y regreso la vista a su madre.

— Todos los días Lucre trae dulces para ella, luego los prueba y dibuja, el juego
es tratar de adivinar qué pinta. — sorprendido no dio respuesta y Marianne suspiró
con tristeza — Hace un año pasa casi todos los días Max.

Me sentí confundida entre todos mis sentimientos, ¿un año? Y él no se había


enterado ¿Tan mal padre era?

Enterré el pensamiento, no debía juzgar, no sabía las historias completas, quizá


había algo más allá.

— Marianne, yo... — iba a pedir permiso para retirarme, pero mi respiración se


atascó en mi garganta cuando vi a Aitana tomar su cuaderno y acercarse a su
padre. Él se puso rígido cuando ella frente a él expuso su dibujo. Infinito amor
había en la mirada de Maximiliano.

Él se agachó y tomó el cuaderno en sus manos, observando lo que parecieron


horas. Ella puso la mano en su rostro y él se impulsó a la caricia suspirando y
cerrando los ojos. Ella sonrió.

No me atreví a moverme, Marianne estaba derramando lágrimas en silencio, yo


seguía sin entender.

El abrió los ojos y como rayos llegaron sentimientos a su mirada, pensé que la
abrazaría que lloraría, pero solo se puso de pie y su máscara de indiferencia
volvió. Devolvió el cuaderno a su hija, para luego acariciar su cabello y le decía a
su madre.

— Llegó tarde a una Junta de la empresa, no llegaré a cenar. — Y se fue sin dar
una mirada a nadie más.

Mi corazón se estrujó cuando las manitas pequeñas se quedaron con el cuaderno


extendido y la cabeza agachada.

¿Por qué no dijo nada?

¿Cómo podía ser tan insensible con su hija?

¿Que no veía que la estaba lastimando?

Podía ser todo lo amargado que quisiera, descargar su frustración conmigo, yo


siempre le daría pelea, pero con una inocente que no podía defenderse,
jodidamente no en mi presencia.
Sin pensarlo dos veces me apresuré a seguir el camino que había tomado.

— ¡Emily! Espera, no es buena idea que vayas... — Dejé a Marianne casi gritando
en el jardín y sus palabras las dejé de escuchar al pasar un pasillo que me llevó a
unos garajes. Corrí para que me diera tiempo alcanzarlo, me lanzaría delante del
coche si era necesario, pero Mr Limón me escucharía.

Mis pasos apresurados dieron frutos, él estaba abriendo la puerta de un deportivo


azul. Le grité.

— ¡Hey! — ni siquiera se giró — ¡Espera! Necesito hablar con usted.

Se montó en el coche y tiro la puerta, llegué justo para ponerle frente a él y


golpear el capó con mis manos.

— Lo diré una vez Sures't, o se baja o me pasa por encima. — Por dentro
temblaba, lo creía capaz de arrollarme y luego decir que fue un accidente. Puse
una expresión desafiante e intenté otra vez. — Baje del coche.

— ¡Que mierda quieres! — gritó bajando furioso del coche. — ¡No puedes dejarme
en paz!

— No, no puedo, y menos luego de ver cómo trata a su hija. — respondí bajando
un poco la voz.

— Mi hija, mi problema, no me provoques periodista, no sabes de que soy capaz


si se meten con lo mío.

— ¿Lo suyo? — solté una risa amarga — ¿Acaso su hija es una propiedad?
Debería darle vergüenza...

— Vergüenza deberías tener tú y no meterte donde no te importa, ¡deja de fingir!


— me señalo y se había movido cerca de mí — tarde o temprano esa máscara de
mosca muerta caerá y yo estaré ahí para pisotearte como una cucaracha.

— ¡Imbécil! — lo empujé — la que te arrancará los ojos seré yo cuando vuelvas a


insultarme — volví a empujar — ¡Eres un amargado de mierda! ¡La peor persona
que he conocido! No mereces una familia tan maravillosa, ni una hija tan especial,
¡no mereces nada!

— ¡No! — gritó y me asusté cuando tomó mis manos con fuerza y me lanzó contra
la puerta de una camioneta parqueada y su cuerpo presionó el mío mientras me
hablaba demasiado cerca. — ¡No los merezco! ¡No debería estar aquí! ¡Soy un
maldito hijo de puta que quisiera estar muerto cada vez que ve el rostro de mi hija
y recuerda que no pude hacer nada por ella! ¡Que no recuerda el sonido de su
voz! ¡Que quiero darme un tiro cada vez que me veo al espejo y me observó! ¡Sí!
¡Soy un maldito! ¡¿Contenta?! ¡¿Jodidamente contenta?!

Mi cuerpo no respondía, me sentía ahogada, Maximiliano Sures't estaba llorando.


Mientras me gritaba, lloraba y supe que se estaba desahogando. Me quedé en
silencio dejando que su frustración saliera, aunque fuera a costa mía. Lo prefería
así. Después de todo yo lo había empujado hasta ese punto.

— Max... — susurré y el bajo la vista derrotado. — Lo siento, yo no...

— Aléjate de mí, — liberó un poco su agarre y sus palabras fueron bajas y


contenidas — Aléjate antes que sea tarde, haz tú trabajo y no te metas en mi
camino.

— De verdad Max, — me soltó como si lo quemara — No quise que todo esto...

— Ahórratelo. No me interesa lo que tengas que decir. — Mr Limón había vuelto,


aunque sus ojos estaban enrojecidos su máscara de indiferencia había vuelto —
Ya estas advertida. Aléjate y déjame en paz.

No pude responder y tampoco sabía que decir. Él solo me dio una corta mirada
para volver a meterse en el coche y salir disparado a su reunión, o donde quiera
que fuera.

Solo de una cosa estaba segura, Max no era simplemente amargado y duro
porque sí. Estaba sufriendo, de ese dolor que te mata lentamente. Pude ver ese
sufrimiento, casi contagioso.

Y dolió.

Me dolió y no tenía idea por qué.


Capítulo # 22 Malas preguntas
¿Quién necesita disfraz? Si el hecho de ser uno mismo ya asusta a cualquiera.

El chirrido de gomas derrapando para salir de la casa me sacó del leve shock que
tenía, no hubiera imaginado jamás que alguien albergara tanto sufrimiento y
rencor dentro. Maximiliano estaba muriendo lentamente de tristeza, por muy
dramático que sonara; no quedaría mucho para que perdiera las ganas de vivir, y
eso me dolía, aunque no entendía por qué. Supuse que mis niveles de empatía
estaban más que elevados.
Había logrado mover a Mr. Limón de su imperturbable mundo, no era un hombre
de hielo; al contrario, sino tenía cuidado bien podría quemarme.
— ¡Emily! — escuché la voz de Marianne cuando iba de regreso a la casa. —
¡Emy!
— ¡Voy! — respondí de vuelta, pero me sorprendí al topármela casi entrando al
garaje. Se notaba preocupada.
— ¿Estas bien? — me observó con detenimiento — Dime por favor que no
sucedió nada grave.
— No Marianne, todo está bien — respondí un poco confusa.
— No me mientas Emily, si Max te hizo algo por muy hijo mío que sea, yo…
— Te juro que no me hizo nada, solo discutimos y él se marchó, muy enojado eso
sí.
— ¿Entonces porque tienes la cara así? Toda roja y los ojos llorosos. —
cuestionó.
— Yo…— ni siquiera había notado que estuve llorando. Llevé una mano a mi
rostro y se sentía caliente, rezago de la furia que tuve y las lágrimas no supe
cuando llegaron. Me vi en la necesidad de defender a Maximiliano — Juro que no
hizo nada grave Marianne, tu hijo no sería capaz, es un poco imbécil cuando
quiere, pero no deja de ser un hombre con principios.
— Gracias al cielo, — llevó una mano a su pecho y suspiró — me tenía muy
nerviosa toda esta situación. Él normalmente es controlado, ignora todo a su
alrededor, pero ustedes hacen de cualquier circunstancia una explosión. Es
refrescante, pero agotador.
— Supongo que amigos nunca seremos — me encogí de hombros
despreocupadamente y la tomé por un brazo para incitarla a caminar de regreso.
Necesitaba encontrar a Erika. — Pero prometo poner de mi parte para llevar la
fiesta en paz. Solo que quisiera llegar a un consenso sobre Aitana, me gustaría
seguir compartiendo con ella, por favor.
— Por supuesto, mi nieta no se relaciona muy bien y todos en esa casa le
respetamos su espacio y tratamos de que se sienta amada y acogida. Muchas
veces creo que siente que su padre no la quiere y nosotros tontamente intentamos
llenar ese vacío. — Me dio un apretón de manos — Solo rezo para que el día que
volvamos a ser una familia, llegue más temprano que tarde.
— Ustedes son personas maravillosas Marianne, realmente lo merecen. Y tengo
fe que pronto se cumplirán tus deseos. No hay sol sin un poco de lluvia — traté de
darle ánimos y le guiñé un ojo y ella me devolvió una sonrisa cautelosa.
— ¿Puedo hacer una pregunta un poco indiscreta? — mencioné.
— Claro cariño, ¿Qué duda tienes? — contestó casual y con su vista al frente, casi
llegábamos al jardín otra vez.
— La cicatriz… quiero decir, Aitana y las… — tragué en seco — ¿Cómo se las
hizo? — Marianne volteó hacia mí y su expresión se oscureció, jamás pensé que
alguien que emanara tanta dulzura, me diera una imagen tan perturbadora. —
¿Marianne? — Ella solo me observó en silencio. — Lo siento, no debí…
— No es mi historia para contar Emily — volvió su vista al frente — Ese día nos
cambió a todos, el fuego se llevó algo importante para cada uno de nosotros y a
veces creo que arrasó también con nuestra felicidad. Algún día, escucharás todo
de boca de quien vivió todo, lo demás, llegamos en diferentes momentos. Nadie
conoce el principio de ese día.
— Lo siento, no quería traerte malos recuerdos. Fue muy mal educado preguntar.
— Traté de excusarme pobremente.
— No te preocupes querida, no pasa nada — su tono no decía lo mismo, y yo no
quería seguir escarbando.
—¡Emy! — la voz de mi amiga, bendita fuera nos hizo prestar atención a las
puertas de cristal que daban a una entrada de la casa. Ella y Adolf venían hacia
nosotros.
— ¡Kika!, ¿Qué tanto hablaban ustedes? — pregunté divertida cuando estaban lo
suficientemente cerca.
— Ah pequeña curiosa, todo no se puede saber — respondió Adolf antes que la
pelirroja pudiera decir una palabra. — Mejor cuéntame que tal su paseo por el
jardín.
— Muy bien papá, creo que Tiny y Emy serán grandes amigas — comentó
Marianne intentando sonar alegre, me sentí culpable otra vez.
— Por supuesto que sí querida, jamás tuve dudas de eso.
— ¿Quién es Tiny? — cuestionó mi amiga.
— Aitana es la hija de Max, tienes que conocerla Kika; es absolutamente adorable
y le encanta pintar. — hablé rápidamente y no me detuve a preguntar si eso sería
posible. — Disculpen, me adelanté, si eso está bien para ustedes me gustaría que
Kika se nos uniera mañana y conociera a Tiny.
— Será genial para ella tener nuevas amigas, aquí entre nosotros, creo que está
aburrida de ver las mismas caras todos los días. — Todos soltamos una risita con
las palabras de Adolf.
— Necesito adelantar algunas cosas para César, ¿puedes acompañarme Erika?
Quiero ir dándole algún enfoque al informe que hay que presentar.
— Claro, yo también necesito editar algunas de las cosas que tengo grabadas,
¿vamos arriba?
— Justo al lado de la habitación que dormiste, hay preparada una salita pequeña
con lo que necesitan, César se encargó de dejar las instrucciones para que nada
faltara y tuvieran la comodidad de trabajar desde aquí. — nos explicaron para
nuestra grata sorpresa.
— Muchas gracias de verdad, esto ha sido más de lo que pudimos imaginar en
este viaje, ha sido una bendición conocerlos. — dije honestamente, cuando
regresara a casa los llevaría en mi corazón.
— Nada que agradecer querida — nos regaló una de sus bellas sonrisas — Anden
y adelanten que luego tienen que prepararse para la cena.
— Ahí estaremos — contestó mi amiga y me tomo la mano antes de despedirnos y
caminar hacia la casa.
— ¿Qué tanto hablabas con Adolf? — pregunté mientras subíamos las escaleras.
— ¿Eh? — contestó dudosa y algo en mí se activó.
— ¿Tú y Adolf? Te pidió que fueras con él — la pelirroja no me miraba y eso era
señal que estaba muy nerviosa.
— Ah sí, me pidió que me hiciera cargo de unas fotos familiares que quiere hacer
mientras estamos aquí — me dio una pequeña sonrisa.
— ¿Y porque estas tan nerviosa? — cuestioné antes de entrar al lugar que habían
preparado para nosotras y quedarme con la boca abierta. — Esto es
absolutamente impresionante.
— Muy de acuerdo — Era una habitación pequeña, pero totalmente agradable,
casi una versión en miniatura de que la teníamos en casa. Todos nuestros
materiales de trabajo estaban perfectamente ordenados y separados.
— Nuestro jefe es genial — alabé con una sonrisa.
— Y que lo digas
— Además que está muy bueno — comenté haciéndome la distraída.
— Dios, demasiado bueno — respondió rápidamente y al darse cuenta me lanzó
un bolígrafo, yo solo pude reírme — Eres una amiga terrible.
— Nada, así me amas — ella me dio un gesto vulgar — Entonces, ¿Por qué
estabas tan nerviosa cuando te pregunte sobre Adolf?
— Otra vez con eso — ni siquiera mi miró, estaba mirando algunas tomas en la
laptop — Es normal Emy, esta familia es muy importante y tengo que poner todo
mi esfuerzo para no defraudar a Adolf, hay muchos fotógrafos mejores que yo y él
ha confiado en mí.
— Tu eres muy talentosa amiga, es imposible que hagas mal tu trabajo — ella alzó
la vista — Solo hay que ver una foto hecha por ti para sin dudarlo llamarte artista.
— Eres una perra que sabe usar bien las palabras, lo siento, pero no me harás
llorar — habló con los ojos brillantes.
— Y uno aquí creyendo que estaba dando buen discurso — llevé la mano a mi
pecho haciéndome la ofendida y las dos reímos.
— ¿Tienes mucho que adelantar? — preguntó.
— Información técnica que me dieron sobre la fábrica, con Maximiliano no es que
haya tenido avances, evidentemente.
— Cierto, creo que Mr Limón nos odia. Que hombre tan odioso, no sé cómo no se
envenena con tanto acido que suelta cada vez que habla. — expresó con un poco
de desprecio.
— Cierto que es un poco insufrible, pero tampoco nos hemos encontrado en las
mejores circunstancias, a lo mejor…
— ¿Lo estas defendiendo? — no me había dado cuenta de eso y ni siquiera alcé
la vista.
— Obvio no, no hay por dónde. Es un estúpido, tienes toda la razón.
— Pues sí, y eso es un adjetivo muy bonito para él — Que mala imagen tenía
delante de todos.
— De acuerdo — No quería hablar más sobre Max — terminemos esto rápido
para irnos a tomar un baño, arreglarnos y bajar a cenar.
— ¿No estas curiosas por la cena?
— ¿Debería? — cuestioné.
— No lo sé, solo que con esta familia nunca se sabe.
— Debe ser todo tranquilo, al menos Mr Limón no estará aquí.
— Muchísimo mejor, entonces tendremos una buena noche — canturreo.
— Hace falta, la necesitamos. — Suspiré, no sabía si la ausencia de Max sería
mejor o peor para mí y mi reciente descubrimiento sobre él.
Capítulo # 23 ¿Puede haber paz?
-Deja el drama querida, tú no eres Shakespeare-

— Te ves hermosa Emy — alabó mi amiga mientras terminada de aplicar un poco


de rímel a mis ojos — Esa sombra resalta tus ojos.
— Gracias Kika; tú también te ves divina. — Sonreí — Claro que yo no tengo un
jefe guapísimo que quiero impresionar
— ¡Cállate estúpida! — me lanzó un lápiz de ceja que esquivé sin problemas y
riendo a carcajadas.
— Espero el día que cada uno asuma libremente que le gusta el otro, es más que
evidente excepto para ustedes — me encogí de hombros.
— ¿Tú crees? — se mordió el labio con nerviosismo.
— Y lo firmo donde quieras cariño — Guardé el maquillaje y caminé hasta ella —
Anda, bajemos ya que aún nos quedan quince minutos, pero no quiero llegar
tarde.
— Sí, bajemos… — contestó distraída mientras se dejaba guiar por mí hasta la
puerta y salir de la habitación.
— ¿Crees que Maya y Mila estén presentes? — pregunté. — Maya me parece una
chica genial y aunque Mila es un poco reservada creo que nos llevaremos bien,
hay que intentar hacer algo juntas en estos días ¿Qué te parece?
— Por mi encantada, siento que podemos hacer amigas aquí — contestó
entusiasmada antes de cambiar la expresión y hablar un poco más bajo —
¿Sabes? El hijo mayor ¿Cómo era su nombre?
— Alexandro — respondí en voz baja también.
— ¿Crees que sea igual que Mr Limón? No me gustó su actitud contigo, al parecer
el único hombre de esta familia que nos tolera es Adolf. — hizo una mueca y
estuve tentada a estar de acuerdo con ella.
— No lo sé, como te dije antes; no hemos tenido los mejores momentos quizá y
luego hasta amigos nos hacemos. No vamos a meterlo en el mismo saco aun —
analicé.
— Vale, le daremos una oportunidad y ya calla; que al parecer no fuimos las
únicas que quisimos llegar temprano. — En efecto, Mila y Adolf estaban de pie
conversando en la entrada de lo que me habían informado era el comedor.
— ¡Chicas! — gritó Mila — casi subía por ustedes de no ser por mi abuelo. Ya sé
que faltaba tiempo, pero ya estaba lista y dije ¿Qué tal si voy por ellas? La casa es
grande y se pueden perder y entonces…
— ¡Mila! — medio gritó Adolf y la tomo por los hombros a los que nosotras
soltamos carcajadas divertidas. — ¡Por Dios! Respira, no sé cómo te alcanza el
aire para hablar así de rápido.
— Lo siento — se disculpó, pero estaba totalmente divertida — Cuando me pongo
nerviosa, suele pasar.
— Me he quedado impresionada, no pensé que fuera posible hablar así de rápido,
¿siempre te ha sucedido?
— Durante años hemos intentado que se calle, créeme — interrumpió Adolf
— ¡Abuelo! — regaño Mila sonriendo — Que mala opinión en esta familia.
— Tengo que estar de acuerdo con eso — una voz suave intervino detrás nuestro,
Mila se veía demasiado guapa con su simpleza, en sencillo vestido amarillo de
flores, sandalias planas y un collar adornando su cuello eran sus únicas prendas;
no necesitaba más. El gen atractivo de esta familia se había lucido. — No existe
un milagro que haga que mi prima deje de hablar.
— ¡Que feo eso! — hizo un gesto para hacerse la ofendida — Ven chicas, recibo
estos ataques continuamente en esta familia ¿Me adoptarían?
— Tendría que encerrarlas en un cuarto a las dos o me volvería loca, bueno, más
— contesté riendo y dándole un empujoncito a mi amiga.
— ¡Oye! — exclamó la pelirroja y se colocó al lado de Mila — No te preocupes
amiga, somos unas incomprendidas.
— Deberían estudiar actuación — comentó Mila pensativa llegando a donde
estaba — ¿Qué crees?
— Que pagaríamos dinero por algo que ya viene con ellas — contesté con
seriedad. Todos quedamos en silencio y en nada estallamos en carcajadas, era
bastante divertido conversar con ellas, tuvimos razón en decir que haríamos
amigas en Londres.
— ¿Qué es tan divertido? — mi espalda se erizó con la voz, me quedé quieta y
traté de mantener mi expresión despreocupada.
— No creo que pudieras entenderlo primo, hace mucho tiempo que el humor
escapó de tu cuerpo — las palabras de Mila eran duras y no pude ver si tuvo algún
efecto en Mr Limón.
— Puedes hacer un esfuerzo en comentarlo, — ese tono más ronco, adiviné era
Alexandro — el mismo que hacemos nosotros en entender lo que sea que llames
arte. — No pude contenerlo más y me giré.
— Lo de ser idiota definitivamente se pega, les aumenta por día. Dan pena —
ambos hombres estaban en traje y quitaban el aliento; parecían acabados de
duchar, con ropa bastante casual y sus clásicas expresiones amargadas. Les di un
repaso rápido e intenté poner una expresión aburrida.
— Suficiente para todos; no quiero ni una pelea esta noche. Creo haberlo dejado
claro por cada parte — Nadie contestó las palabras de Adof. — Vayamos
pasando, esperemos a Marianne en la mesa, no sé porque está tardando tanto.
— Te ayudo abuelo — Maya lo tomo del brazo y él le regaló una sonrisa. Los
hermanos “ácido” fueron delante, seguidos de Mila, Erika y yo.
El comedor tenía una mesa larga y aunque todo era bastante elegante tenía un
toque familiar increíble, noté que había una sola silla en la punta; para Adolf
supuse.
— Pueden tomar el lugar que desee, pediré que nos sirvan algo de beber mientras
esperamos a mi hija. — Adolf hizo una seña y dos chicas de servicio aparecieron.
— Un whisky doble para mí — Alexandro levantó su mano y Mila rodó sus ojos
luego de mirarlo con fastidio.
— Lo mismo — Maximiliano ni siquiera miraba a nadie, su vista estaba perdida en
la pared.
— Chicas, le voy a recomendar un vino que tenemos que tienen que probar;
delicioso. — Ofreció Maya.
— ¿Vino? — chillé sin querer y Erika soltó una risa.
— ¿No te gusta? — cuestionó confundida la hermana de Max.
— Digamos que Emy no tiene muy buena experiencia con el — le di una mala
mirada y mi mente no pudo evitar evocar el recuerdo de la maldita carta que aún
no aparecía.
— ¿Tiene problemas con el alcohol? — mis ojos se desviaron de inmediato ante la
pregunta filosa del ojiazul, no me dio tiempo decir nada antes que, maldito fuera,
tuvo que abrir la boca.
— Lo que faltaba — dio un sorbo y me dio su clásica mirada de amargado —
Quizá necesite información de centros de desintoxicación.
— ¿Me está llamando borracha? — pregunté con una calma mortal.
— ¿Lo es? — no dejó de observarme ni un segundo y todos parecían estar
atentos sin aportar nada.
— No me gusta el vino porque me pone caliente — ni siquiera reparé la estupidez
que había dicho hasta después de soltarla. — quiero decir…no caliente, de
caliente, sino… — Alexandro soltó un sorbo de whisky y casi pude sentir como las
chicas llevaban una mano a su boca para contener la risa; incluso el imbécil frente
a mí tuvo un leve cambio de expresión.
— ¿Existe varios tipos de caliente? — cuestionó y alzó una ceja. Era idiota, si
fuera un deporte hubiera ganado mil medallas sentado en esa silla.
— No usé la palabra adecuada — suspiré y rompí el contacto visual, no le daría el
gusto. Pero fue peor cuando vi la cara de mi mejor amiga, estaba mordiendo su
labio y evitando mirarme. Las demás estaban igual, no me atrevía a mirar a Adolf
— quise decir que hago cosas que normalmente no hago.
— ¿Calientes? — seguía, y seguía. Mi paciencia estaba agotándose.
— No, — respondí con los dientes apretados — ni calientes, ni de ningún tipo. No
me gusta el vino y ya está.
— Que curioso que siendo periodista le cueste usar los adjetivos adecuados,
debería darle un repaso a sus apuntes cuando pueda, por si ha olvidado algunas
cosas — dejó el vaso con lentitud y apoyó sus codos en la mesa.
— Que curioso que lo de ser imbécil no se estudie en ningún sitio y tu pareces
tener un doctorado — no había forma de llevar las cosas en calma con él, le
sonreí mientras contestaba
— ¡Salud por eso! — Mila gritó y cortó el intercambio personal que teníamos.
— ¿Por qué te metes? — Alexandro no perdió la oportunidad de lanzarse contra
su prima.
— Porque puedo, idiota — le guiño un ojo y el apretó sus labios.
— Nada es aburrido en esta familia ¿eh? — mi amiga intervino con una risita y
nadie la siguió.
— Creo que todos estamos haciendo un esfuerzo por tener una comida agradable
— fue la primera intervención se Adolf. — Mantengamos la compostura, por favor.
— Buenas noches, al parecer somos los únicos que faltábamos — Marianne y
César aparecieron.
— ¿Empezaron sin nosotros? — Mi jefe caminó con confianza y besó el pelo de
Maya con total naturalidad y le lanzó otro a Mila. — Chicas, buenas noches.
Mi amiga y yo respondimos al unísono, la tensión se notaba en el ambiente.
— Hace mucho que no te dignabas a aparecer — Para mi sorpresa Alexandro lo
saludo con familiaridad.
— No me apetecía la compañía de dos idiotas, hace mucho que me liberé de esos
dotes que ustedes calzan — el amargado mayor soltó una carcajada que me dejó
helada, pensé que era incapaz de reír.
— Tengo muchas anécdotas que ponen en duda esa frase idiota — Mi jefe le
devolvió la risa.
— Tú cállate y vamos a comer que con la demora seguro que se enfría. —
comentó dándole un apretón en el hombro a Mr Limón.
— Tranquilo, seguro que tu empleada puede calentarla, conoce muchos tipos de
eso… — habló y lo supe. El tenedor frente a mí cobraría vida propia.
Capítulo # 24 Entonces juguemos
Te declaro la guerra; el amor lo hace cualquiera…
Agarré el tenedor con fuerza y empecé a contar mentalmente sin tope de número,
necesitaba serenarme un idiota con cara de Limón no iba a poder conmigo. Yo era
una mujer hecha y derecha y con una licenciatura en periodismo. Tenía una
oportunidad de trabajo genial y…
— …El adjetivo caliente ha adquirido nuevos significados esta noche — Y a la
mierda todo mi monólogo interno, se iba a enterar.
— Caliente va a quedar tu cara como no te calles ya — hablé furiosa y el solo alzó
una ceja aceptando el reto.
— Me gustaría ver eso, het docka — me quedé un poco confusa porque no pude
detectar el idioma, pero su hermano y Cesar lo observaron con atención. Su vista
seguía puesta fijamente en mí.
— ¿Cómo me llamaste? — cuestioné.
— Un poco de cultura ¿no? — tomó su vaso y acabo el contenido de un trago
antes de acomodarse al espaldar de la silla y dirigirse a mi jefe — A ver si
prestamos más atención a las hojas de vida cuando contratamos César.
— Tú atiende tu negocio, que yo me ocupo del mío Max; además tu cerebro es
incapaz de comprender un texto. Si aprobaste todas esas materias fue por mis
brillantes trabajos — Mi jefe tomo asiento al lado de ellos y la sombra de una
sonrisa se dibujó en el rostro de Mr Limón. — Y ya cállate que no vine a cenar
para escucharte, de hecho, deberían irse y dejarme con toda esta belleza — Hizo
un gesto hacia todas las mujeres frente a él.
— ¿Debería dejar a todas mis niñas tu cuidado? — cuestionó Adolf divertido.
— Indiscutiblemente, soy mejor que ellos Adolf. ¿O no? — nunca había visto a mi
jefe tan desinhibido y familiar.
— Los tres son igual de obtusos — contestó con una sonrisa — Por eso son
amigos, se alimentan en su ignorancia ante la vida. Así que no, no te dejó con
ninguna de mis muñecas.
— Tenía que intentarlo — llevó una mano a su corazón como ofendido — Aun me
quedan dos para mí.
— Cuando dije muñecas, las incluí a ellas. Quiero a los tres lejos de ellas, hasta
que lo merezcan. — Mi amiga y yo giramos con hacia él sin palabras, pero
nuestras miradas de gratitud fueron suficientes. Se me hinchó el corazón al saber
que me había puesto en el mismo lugar que las mujeres de su familia.
— Nadie se quiere acercar abuelo — interrumpió el hermano mayor — Puedes
quedártelas.
— Lo sigo repitiendo Alex, obtusos e ignorantes — tomó un sobo de su vaso
mientras reía. Nadie mencionó nada.
— Mandaré a servir la cena. — Rompió el silencio Marianne y dio la orden para
hacerlo — Estoy tan feliz de que estén todos aquí esta noche; deberíamos volver
a hacerlo costumbre.
— De acuerdo contigo mamá. — Maya contestó con una sonrisa.
El personal de servicio comenzó a servir los platos y fue un esfuerzo no gemir con
cada uno de ellos, estaban deliciosos. La mayoría nunca los había probado en ese
estilo de cocción y fue una maravillosa experiencia; si pudiera raptara a la cocinera
y la llevara conmigo al regresar a casa. Una que otra conversación hubo, pero solo
entre Marianne; Adolf y las chicas. César aportaba alguna que otra cosa y los
demás permanecimos en silencio y simplemente degustando la comida.
— Creo que me volveré adicta a este postre ¿Cómo se llama? — preguntó la
pelirroja.
— Es magdalenas de arándanos — sonreí, los había probado con Tiny y eran una
delicia.
— Podría vivir de esto toda la vida, — comió otro pedazo — Y no exagero.
— Tomo nota para que regalarte en tu cumpleaños — añadió mi jefe y mi amiga
solo pudo sonrojarse como de costumbre. — ¿Has pensado que quieres hacer?
Quedan pocos días.
— ¿Cuándo es? — una entusiasmada Maya aplaudió.
— En cinco días, contesté. — Aun tenía tiempo de cómprale un regalo, que antes
de viajar chequee que alguna tienda de Londres tuviera.
— ¡Genial! Haremos una fiesta; o nos iremos de copas a un bar, ¿Qué te parece?
— Por mí perfecto; — comentó alegre Erika — pensaba pasarlo trabajando de
todos modos.
— ¿Creíste que no te daría el día libre? — preguntó curioso mi jefe.
— No sabía siquiera que sabías mi fecha de cumpleaños — ella se encogió de
hombros.
— Conozco todo lo que es importante para mí Erika — lo dijo de una forma tan
sensual, que creo que todas nos hicimos un charco encima de la mesa.
— Es…Yo, que bueno saberlo — era divertido ver balbucear a la pelirroja, como
buena amiga, la ayudé con su terrible sufrimiento.
— Entonces solo queda planear donde chicas, ustedes conocen la ciudad. Ahora
es su responsabilidad el lugar — miré a Mila y ella me dio un asentimiento.
— Yo me encargo, — me dio una sonrisa — nos viene bien un poco de fiesta.
— ¿Y sabes tú como divertirte? — otra vez el pesado de Alexandro, era un
deporte molestar a Mila — ¿Sabes lo que es un bar?
— Afortunadamente no lo sabrás, porque por evidentes motivos no estas invitado
a la salida — agradecí que ella lo hubiera dejado claro — Ni tú, ni ninguno de
ustedes. — Los apuntó con un dedo.
— Lastimas mi corazón Mila — mi jefe la miró con ojos de gato indefenso — ¿Por
qué me catalogas igual que a estos idiotas?
— Porque, aunque lo seas menos, tengo memoria César. Y lo de ser idiota la
distancia no lo cambia — respondió tranquilamente.
— No rogaré por la invitación, si es lo que deseas. Londres es grande y sobre todo
libre. Todo puede suceder; no necesito que me invites para ir a algún lugar.
— ¿Quieres apostar? — Mila apoyó los codos en la mesa con una expresión
desafiante.
— Había olvidado lo divertido que era viajar a Londres querida Mila; apostemos
entonces.
— Odio esta mierda; siempre termina mal — Alexandro se recostó con expresión
aburrida. — ¿No crecen de una vez?
— ¿Los años te han hecho cobarde Alex? — mi jefe le contestó y él ni siquiera se
movió — ¿O es que sabes de plano que vas a perder?
— Yo jamás pierdo César, lo sabes — sonrió fríamente.
— ¿No tienes otra frase? — Mr Limón se metió en la conversación y me
sorprendió bastante — Llevas años con la misma, ya aburres.
— Parece que no — soltó una carcajada mi jefe — él sí que debería leer más a
ver si aprende palabras nuevas.
— Par de idiotas — puso una palma encima de la mesa y con la otra mano apuntó
a Mila — ¿Cuál es tu apuesta?
— ¡Bien! Esto es la guerra — aplaudió Maya. — Chicas contra chicos.
— Eh, no entiendo mucho lo que hablan; pero no creo que…
— ¿Tienes miedo? — me interrumpió Max.
— No, ¿Por qué tendría que tenerlo? — cuestioné.
— ¿Entonces te unes? — sonrió perversamente.
— Cuando ganemos, vas a desear no haber apostado — señale muy segura, y sin
saber qué coño estábamos haciendo.
— ¡Perfecto! La cumpleañera decidirá la apuesta, tenemos dos días para decirles
y ustedes contraatacar.
— Hecho — contestó mi jefe. — En dos días será.
— Estoy tan feliz… — la voz de Marianne se sentía ronca y todos giramos a verla.
— Gracias por esta noche, — nos miró a cada uno — A todos.
Nadie contestó y creo que ninguno de esa familia se había percatado que estaban
actuando con naturalidad, fuera de amargura ni malos tratos. Como amigos de
toda la vida.
— Fue una muy buena idea obligarlos a todos a esta cena — aportó Adolf —
porque no se atrevan a fingir que varios de ustedes están aquí gracias a una
conversación bastante persuasiva. — algunos cambiaron la vista.
— Hay que repetir abuelo, se siente bien estar todos juntos — Maya comentó.
— Claro que sí princesa; — él le regaló una de sus clásicas sonrisas — Antes que
lo olvide. Mañana tienes que viajar a Manchester, hay que cerrar unos negocios
allá; iremos viendo lo de la sucursal que debe abrir pronto.
— De acuerdo abuelo, saldré bien temprano. Esta noche miraré los documentos
necesarios.
— Emily irá contigo… — casi escupo el agua ante esas palabras.
— ¿Qué? — casi chillé.
— ¿Olvidan la conversación que tuvimos en la Oficina? Además, esto es trabajo
— agregó — ella necesita ver como si interactúa con clientes, socios y demás.
Esta es una buena oportunidad.
— Pero abuelo… — quiso mediar Max y casi me uno a su causa.
— ¿Tienes algún problema Maximiliano? — lo desafió y Mr Limón cerró su boca
— ¿No son lo suficiente profesionales para trabajar juntos? ¿O tengo que pensar
en alguien más que lleve cada trabajo?
— No. — contestamos los dos.
— Bien, púes salen mañana a primera hora. Necesito que resuelvan todos los
inconvenientes allá; tienen que regresar a tiempo para su juego de apuestas. —
sonrió con picardía.
Y que maldad; un viaje a solas con el hermano ácido menor, un juego del que no
tenía idea y un reportaje por hacer. La vida en Londres no era nada aburrida. Solo
esperaba que el idiota no me dejara tirada en medio de la nada.
Capítulo # 25 Tolerancia cero
Aún queda mucho tiempo para que me duelas, ten paciencia

No había pegado ojo en toda la noche, no era nada de nervios; solo que quería
tener una buena excusa para dormir todo el viaje a Manchester. Aunque aquello
también suponía un reto para mí, porque aumentaba las posibilidades que no me
enterara cuando Mr Limón me dejara en una carretera desierta y sin ninguna
pertenencia para que no pudieran localizarme.
¿Paranoica? Sí.
Pero nadie podía culparme; ese hombre me tenía en modo defensa todo el
tiempo. Luego de la noticia el día anterior, el ambiente no volvió a ser cálido; todo
el intento que hubo por parte de Marianne luego de eso fue en vano, las
respuestas e intervenciones salían forzadas.
Terminé de guardar mi laptop y algunas otras cosas que pensé me harían falta
para tomar el pequeño equipaje que había hecho y bajar, casi en monosílabos
habíamos quedado en vernos a las cinco de la mañana en el salón principal. Mi
amiga quería despedirse, pero como le expliqué, era una tontería. Yo estaría de
regreso en menos de un día.
La casa se sentía silenciosa mientras pasaba las escaleras, creí que llegaba
temprano, pero Maximiliano se encontraba ahí de espaldas, y hablando por
teléfono ¿Con quién hablaba a esas horas de la mañana? Solo recé internamente
para que no fuera a alguien que le habría pagado para secuestrarme.
Sí. Seguía paranoica.
— Buen día… — rompí el silencio haciendo que se volteara. Si no fuera por su
expresión de amargura y porque los trigueños no eran mi tipo, me hubiera
parecido muy, muy atractivo. Con todo su pelo revuelto y un abrigo con capucha,
lo hacía parecer bastante joven; unos jeans apretados y unas botas completaban
su outfit.
— No me interesa lo que tengas que decirme, — abrí los ojos pensando que era
conmigo, cuando lo vi agarrando un poco más fuerte el teléfono — no vuelvas a
llamar. — Y colgó con furia.
— ¿Estás bien? — pregunté.
— ¿Te importa? — respondió.
— Es muy temprano Maximiliano — suspiré —No me apetece discutir.
— Entonces no me hables y evitemos problemas — tomó un pequeño maletín que
no había notado del asiento y me hizo una seña — Lucre nos dejó algo para
desayunar en el camino, puedes tomarlo en la mesa del medio.
Caminó hasta la salida y yo obedecí, mejor que no nos dirigiéramos la palabra y
quizá fuera un mejor viaje. El clima estaba bastante húmedo, el frío mañanero hizo
que se me erizara la piel aun cuando estaba bastante abrigada; me abracé como
pude con las dos manos ocupadas.
Una camioneta estaba estacionada fuera de la casa, no tenía idea de autos, pero
al ver a Mr Limón a su lado la hizo parecer bastante masculina, y porque no
decirlo, sexy. No me regañe mentalmente, yo era una mujer y tenía derecho a
recrear mi vista, aunque fuera con un imbécil como él.
— ¿Vienes o qué? — gritó y no me percaté que me quedé estancada en la
entrada de la casa con mis absurdos pensamientos. Caminé hacia él.
Para variar no me ayudó con mi equipaje, ni abrió la puerta para mí. No me quejé,
intentaba tener el menor roce; todos éramos conscientes de la poca tolerancia que
existía entre nosotros.
Se puso en marcha y salimos de la mansión Sures´t; no tenía ningún recuerdo de
cuando llegué aquí; teniendo en cuenta que no había sido de la mejor manera y no
lo pude apreciar al salir ya que el solo no había salido. Pasados cinco minutos
comencé a ponerme inquieta, nunca había soportado el silencio y no tenía ganas
de dormir.
— ¿Puedes poner la radio? — giré para verlo y estaba concentrado en la
carretera, su mandíbula estaba apretada y sus nudillos un poco blancos de apretar
el volante. Parecía no escucharme. — ¿Max? — Intenté otra vez un poco más alto
y funcionó.
— ¿Qué? — contestó más fuerte de lo que debía.
— ¿Puedes poner la radio? Por favor, — al no tener respuesta agregué — Me
molesta el silencio.
Me miró lo que conté como tres segundos antes de volver a apretar el volante y
alcanzar la reproductora para encenderla. Las noticias se empezaron a escuchar
al instante y me relajé.
— Gracias… — dije y el no respondió nada.
Estaba siendo un viaje demasiado incómodo, el silencio era devorado por las
noticias que si bien no me interesaban al menos me mantenían atenta. Al pasar
casi una hora mi estómago empezó a protestar.
— ¿Quieres desayunar? — intenté entablar algún tipo de conversación — Ya
tengo un poco de hambre.
— En cinco minutos pararemos en un parque para hacerlo, prefiero no comer aquí
dentro.
— De acuerdo, ¿Esta todo o es necesario comprar alguna cosa? — comenté.
— Conozco a Lucre lo suficiente para saber que no falta nada, de todos modos,
revísalo y ve si necesitas algo más. — antes de dar una respuesta quité el cinturón
para voltear a tomar el bolso con nuestro desayuno — ¡¿Qué haces?! — gritó.
— ¿Qué pasa? — me devolví a mi asiento asustada y con los ojos muy abiertos.
— ¿Cómo se te ocurre quitarte el cinturón? ¿Estás loca? — volvió a gritar.
— Yo solo, estaba… — intenté explicar.
— ¡No vuelvas a hacerlo jamás! ¿Me escuchas? — golpeó el volante con fuerza
mientras seguía gritando y yo me encogí en el asiento.
— Lo siento, solo estaba tratando de… — dio un giro brusco y aparcó en una
esquina de la carretera. Me quedé inmóvil y con la respiración un poco acelerada;
no sabía que era lo próximo. — Max, lo siento…
— Cállate…— habló lo suficiente bajo como para escuchar, cerré la boca. Reclinó
su frente al volante y suspiró — Siento haber gritado de ese modo.
— Está bien… — murmuré.
— Ya podemos bajar a desayunar, ve adelante; yo bajo las cosas — No dudé un
segundo en bajar aún a expensas que me dejara y se fuera. No tenía idea de sus
gritos ni porque pareció alterarse tan de repente por el cinturón.
Mi vista se topó lo que en su momento pudo ser un parque para turistas, estaba
desatendido y la naturaleza ya había hecho lo suyo tomando las mesas de picnic y
llenándola de flores y otras hierbas. Era perfecto en su abandono. Sentí un ruido
de puertas detrás y no me voltee, espere tranquila que Max me alcanzara y me
indicara donde íbamos a comer.
En efecto, pasó por mi lado sin detenerse y caminó hasta una mesa que se veía
lista para usar aun, colocó el bolso encima y lanzó una manta que no noté llevaba
en su hombro. Comenzó a sacar las cosas y decidí acercarme, el hambre crecía
por momentos.
— ¿Cómo encontraste este lugar? — intenté hacer como que no había sucedido lo
anterior, pero mi voz no salió tan casual.
— En uno de los muchos viajes que hago en carretera — contestó solicito —
Siéntate y come, nos queda bastante por llegar.
— Gracias — no esperé más y comencé a servirme de todo un poco; Lucrecia
había nacido para cocinar, podría ganar un concurso de comidas si se lo
propusiera. Estaba feliz comiendo, y sin episodios extraños; pero Max me
interrumpió.
— ¿Estás casada? — preguntó y me quedé estupefacta.
— ¿Disculpa?
— ¿Qué si estás casada? ¿Abandonaste a tu esposo por cruzar el mar detrás de
un trabajo? — cuestionó y no me gustó su tono.
— No estoy casada, y si lo estuviera no sería tu problema las decisiones que tomo
o dejo de tomar.
— ¿Entonces no abandonaste a nadie? — insistió.
— No, no lo he hecho ¿Cuál es tu problema? ¿Qué te importa mi vida? — terminé
de tomar el jugo que me quedaba.
— Realmente tu vida me importa una mierda — hablo con seriedad y mi corazón
dio un golpe rápido dentro de mi caja torácica — Solo que no soporto rodearme de
gente mentirosa.
— ¿Qué coño sabes tú para llamarme mentirosa?
— ¿No es cierto que tu pareja se llama Matías Isazcum y es un importante
abogado de Nueva York? — me quedé de piedra — ¿No es cierto que lo
abandonaste a su suerte con tal de garantizar tu puesto en la editorial?
— ¿Qué?... — mi respuesta salió en un susurro.
— Odio a las oportunistas mentirosas, y mira he aquí una ganadora de los dos
adjetivos. Pareces una niña buena que encandila a todos, pero te prometo que
conmigo no podrás; te sacaré lo antes posible de nuestras vidas. Te lo juro —
afirmó con tanto odio que el frío que sentía no era por el exterior.
— ¿Acaso me investigaste? — fue lo único que cuestioné, mis ojos dolían de
contener las lágrimas, no perdería el tiempo en defenderme.
— ¿Acaso importa? Tus reacciones me dicen que es verdad; yo solo cumplo con
advertirte que tengas cuidado un paso en falso y te destruiré. — amenazó y yo
solo asentí.
— Podría decirte muchas cosas Maximiliano, pero sería en vano tratar de razonar
con un hombre como tú. Puedes creer lo que has elegido como verdad; es tu
problema y para ser honesta, tu opinión también me interesa una mierda — me
levanté despacio — solo te pido que no te me acerques, hagamos este trabajo
rápido y así cada cual podrá volver a su vida y no verse jamás.
— Es lo único que deseo — contestó poniéndose de pie igual y guardando las
cosas.
— Entonces colabora y no te metas jamás en mi vida — le di una mirada dura y no
me importó dar un golpe bajo — Yo no pregunto qué sucedió con tu esposa.
Supe que había dado en el clavo cuando su imperturbable expresión se congeló
para dar paso a una inminente furia.
— Tú jamás… — comenzó, pero levanté una mano y lo interrumpí.
— Cállate, — me di vuela para volver al auto — como dije antes, no me interesa.
Llegué al auto y entré, coloqué mi cinturón y por el cristal observé como Max
seguía en el mismo lugar y de espaldas a mí. No había forma que pudiéramos
hacer una tregua; y ya me había agotado de querer intentarlo. A partir de este
viaje lo ignoraría todo lo que pudiera.

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