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Por Carolina Reznik para Zibilia.

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Bernardo Cappa es actor, dramaturgo y director. Se formó en la Escuela Municipal de


Arte Dramático en la década del 90 y desde entonces se convirtió en una interesante
figura del campo teatral porteño. Si de periodizaciones se trata, podemos ubicarlo dentro
del teatro de intertexto posmoderno que surge en los 80, particularmente en el llamado
“teatro de la desintegración” (Pellettieri, 2001). Este tipo de poética ‒ entre cuyos
precursores se encuentran Spregelburd y Veronesse‒ se caracteriza por una parodia
tanto a los discursos teatrales dominantes ‒como, por ejemplo, el realismo‒ como a los
sociales y culturales. Ahora bien, la cuestión no pasa por encasillar a artistas cuya labor,
sin duda, se va modificando a lo largo del tiempo en interacción con el medio, sino en el
hecho de que estas etiquetas nos ayudan a mirar y pensar los objetos escénicos de una
manera que los enriquece.
La poética realista ha dominado y sigue dominando el campo teatral y resulta
sumamente interesante observar cómo, a su vez, ésta se va modificando a partir de las
parodias que, al mismo tiempo, crean un nuevo tipo de realismo. Las vengadoras,
escrita y dirigida por Cappa, podría caracterizarse como una obra de este tipo, que
trabaja a partir de la poética realista y que, también, la parodia. Pero la parodia no se
realiza en términos de caricatura y exageración de lo formal (actuaciones, escenografía,
etc.) sino que ésta funciona a partir de los serio y realista del conjunto y, también, a
partir de la saturación de ciertos sentidos. Como no es la intención de esta nota contar el
argumento de la obra, el comentario está limitado en cierto punto y puede parecer
abstracto.
Particularmente en relación a lo formal de la puesta en escena, ésta desborda el espacio
del escenario y rodea al espectador hasta el punto de que algunas acciones escapan a su
vista y llegan a través del sonido. Lo popular y lo patriótico invaden todo y funcionan
de marco visual y sonoro de una historia en que el bien y el mal son intercambiables. Y
el suspenso, en el sentido de que la información se da en cuenta gotas, es el principio
rector que hace avanzar la trama y mantiene en vilo al público. De hecho, nunca nos
terminamos de enterar del todo que es lo que pasó o va a pasar. Y, a la vez, las
relaciones con nuestra realidad actual hacen que no quepa mucha duda.
Una obra de las que mejor no perderse, que seguramente nos hará reír y horrorizarnos al
mismo tiempo por no dejar de reconocer en ella al país en el que vivimos.
Charlamos con Bernando Cappa sobre el espectáculo y sobre algunas cuestiones de su
labor y del teatro en general:

- ¿Qué intertextos (en sentido amplio, no solo textos en sentido estricto) están presentes
y atraviesan "Las vengadoras"?
El prólogo que puso Piglia en su libro Los casos del comisario Crose es un texto de
Marx que describe cómo la delincuencia sostiene a la economía. Hay un texto previo
que escribí hace mucho tiempo que se llamó Más fácil que llorar, que derivó en Blanco
Vivo, este texto es deudor de esos textos, es una derivación. De alguna manera esta obra
también es pariente de Amor a tiros, otra obra que escribí sobre el mundo de la policía.
Si bien es cierto el parentesco de las obras, ésta tiene su propia singularidad, esta obra es
más concreta que las otras.

- La obra está llena de referencias a la realidad inmediata ¿cuánto se fue modificando la


obra con los hechos recientes?
Dejamos que la obra se contamine de las noticias, no que se modifique el relato, sólo
algunos bocadillos. En ese sentido, la obra tiene una gran llegada con la gente, está
activa, esos agregados funcionan como bromas y el público siente alivio con eso.

- ¿Cómo fue el proceso de ensayos, la obra ya estaba cerrada o continuó la dramaturgia


durante los ensayos y en la interacción con las actrices? ¿Siempre trabajás de la misma
forma? 
Empezamos a trabajar con un texto que yo iba modificando hasta que en un momento
abandonamos ese texto y sólo improvisamos. Mientras tanto yo iba escribiendo ese
nuevo texto y finalmente decidimos trabajar ese último texto que se sigue modificando
función a función. Sí, siempre trabajo así, voy escribiendo y modificando el texto
durante los ensayos y las funciones. Me interesa el texto que surge en los ensayos, en las
improvisaciones, me resulta más orgánico el texto que dicto que el texto que escribo, las
actrices en este caso inspiran un texto en el momento de la situación, ahí es cuando se
me ocurre el texto, pero ese texto que se me ocurre es una consecuencia del texto escrito
previamente. El dictado es una traducción de ese texto, cuando no escribo nada, en el
ensayo tampoco se me ocurre nada, dictar para mí es una forma de reescritura de mi
propia escritura.
-¿A qué te referís con “dictar” texto?
Cuando miro el ensayo. Mientras lo estoy mirando voy tirando texto. Dictando. Al
mismo tiempo que los actores improvisan. Lo que ellos dicen yo se los dicto. Esa
escritura sirve más que la que escribo sólo.

- ¿Cómo ves el teatro local hoy en día, dentro de la situación puntual del país?
En Buenos Aires siempre se va a hacer buen teatro. Creo que ahora se quedó sin
modelos claros. Esa sensación de orfandad, de no tener padres es por un lado muy
buena porque da mucha libertad y al mismo tiempo esa libertad angustia, no hay contra
quién hacer, no hay referencias, entonces la tentación de buscar la efectividad es muy
grande. Por un lado se busca ser efectivos, gustar, y por otro ser originales porque hay
una demanda de originalidad en el mercado. Esa contradicción se intenta ocultar, no
tiene nada de malo intentar hacer obras que a las que les vaya bien, siguiendo a tal que
también le fue bien, tal vez alivie cierta tensión que circula en el medio. Lo cierto es que
el mercado no admite ese sinceramiento, entonces las obras se están volviendo muy
autorreferenciales , hay un yoismo muy grande porque tal vez creamos que con nuestra
singularidad alcanza pero, claro, si esa singularidad tiene que gustar, está obligada a
gustar, a un público que ya sabe más o menos lo que le gusta y va a buscar eso, esa
singularidad deja de ser tan singular y se autosatisface representando lo que el público
quiere ver, que alguien disfrazado de singular le confirme que está pensando bien. Nos
estamos obligando a pensar todos lo mismo, le tenemos terror a la diferencia, y a eso
que se le teme es de lo que se huye y en teatro si hay algo que sabemos hacer es
disfrazarnos, en este caso nos estamos disfrazando de singulares que casualmente
pensamos más o menos todos lo mismo. Lo cierto es que eso lo hacemos muy bien.
Dicho esto, veo también mucha necesidad de hacer, estamos muy tristes y el teatro
siempre será un lugar de encuentro, nuestro lugar dónde podemos convertir la tristeza en
alegría. La alegría creada en grupo tal vez sea el inicio de la nueva ética que estamos
necesitando tanto.

Bibliografía
Pellettieri, O. (ed.), 2001. Historia del teatro argentino en Buenos Aires, Buenos Aires:
Galerna.