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STONER McTAVISH

Por Sarah Dreher

El primer misterio de stoner mctavish

Copy write © 1985 New Victoria Publishers, Inc.

ISBN 0-934678-06-5

Library of Congress Number 85-60065

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form without the permission of the publisher.

PUBLISHERS,

Box 27, Norwich, Vermont 05055

For Lis— who brings me memories for tomorrow

NOTA: Este libro fue traducido por mi, sin permiso de su autora
o de sus agentes literarios. Lo hice porque es un libro
maravilloso y divertido y me gustaría que las personas que
no saben inglés no se lo pierdan. No soy una traductora
profesional, sólo soy amateur. Pero creo que está bastante
bien.

Comentarios, críticas, denuncias, propuestas decentes o


indecentes, me escriben a traductorailegal@yahoo.com.ar.
Enjoy!
Capitulo 1

“Yo sé lo que necesitas”, dijo Marilou.

“Qué?” Estaba pesado en la agencia de viajes. La mano de Stoner


pegada a un formulario, tachando con furia un programa tentativo y
escribiendo otro nuevo. El papel, blando como un trapito de
algodón.

“Amor.”

“No necesito amor, Marylou. Necesito un aire acondicionado.”

“Romance,” dijo Marylou, esparciendo con parsimonia queso crema


en una rebanada de pan de centeno. “Pasión, entusiasmo, angustia.”

Stoner resopló. “Esta gente está loca. Imaginate lo que puede llegar
a ser Walt Disney con este clima?”

“No estás enamorada desde hace... Cómo era esa cara?”

“Agatha.” Stoner revolvió el cajón de su escritorio. “Tú tienes el


programa de United?”

“No. Cuánto hace?”

“Lo tuve esta mañana”

“Desde que estuviste enamorada”

“No hace tanto,” dijo Stoner. “Estás segura de que no lo tienes?”


“Dos años? Tres años. Demasiado.” Marylou se sacó una miga que
había aterrizado en su blusa con flecos. “No es saludable pasar tanto
tiempo sin estar enamorada”.

Stoner le contestó con una mirada de fastidio. “Por Dios, Marylou,


estoy trabajando.”

“Te volviste aburrida”

“Gracias.”

Marylou suspiró. “Caminatas a la luz de la luna junto al río Charles.


Nudismo en la playa Crane…”

“Hace demasiado calor para estar enamorada… si conociese a


alguien de quien quisiera estar enamorada. Y no conozco. Asi que si
no te importa, tengo que ...”

“Aburrida, aburrida, aburrida,” dijo Marylou. “Toma una galletita”.

Stoner largó su lápiz. “No quiero una galletita. No quiero estar


enamorada. Lo único que quiero es el programa de United Airlines.”

“Por ahí mi madre conoce a alguna chica linda disponible en


Wellfleet.”

“Marylou…” No estaba de humor para esto. Sus impulsos homicidas


se agitaron.

Su amiga y socia la miró con temor. “Por ahí está mas fresco en
Wellfleet que en Boston.”

“Por ahí,” dijo Stoner sin alterarse, “está mas fresco en el infierno.
El programa de United, por favor?”

“No lo tengo. De veras. Vas a tener que llamarlos.” Sirvió una copa
de plásico con vino para Stoner y otra para ella. “Te van a poner en
espera, sabes”.
“Qué otra cosa puedo hacer? United Airlines no está sintonizando
con mis pensamientos”.

“Y con nuestro teléfono tampoco,” dijo Marylou.

Discó el número de reservas y la pusieron en espera. Reclinándose


en su silla, tapó el auricular con la palma de su mano y empezó a
balancearse furiosamente.

“Realmente debes relajarte”, dijo Marylou seriamente, “Esto no te


hace bien.”

“Tenemos que trabajar. Esto no es una ONG.”

“Lo es en verano. Te preocupas demasiado. Sobrevivimos.”

“Apenas,” dijo Stoner. Tomó un sorbo de vino y se masajeó la sien


con las manos. “Sólo por una vez me gustaría tener suficiente dinero
para hacer algo especial para Tía Hermione. Sabes, en los doce años
que he vivido con ella, nunca pude hacer más que cubrir mis
gastos.”

“Oh, Stoner, a ella no le importan esas cosas.”

“A mí si.” Se terminó el vino. “Mirame. Treinta y un años y lo único


que puedo hacer es ´sobrevivir´.”

Marylou volvió a llenarle el vaso. “Mamá dice que es normal pensar


así a nuestra edad.”

“Eso no me reconforta.” Stoner se acercó el auricular por un


segundo. “Malditos, si me van a poner en espera, podrían ahorrarme
Muzak. Siento como si estuviera en el dentista.”

Marylou estiró su pollera. “Creo que aumenté de peso.”


“No me extraña. Te comiste tres bagels con queso crema — bagels
enteras, no mitades — y media caja de galletitas desde las 9 de la
mañana.”

“Las mujeres no podemos vivir del aire, aunque sea aire


contaminado.”

“Y encima salimos a almorzar.”

“El almuerzo es el almuerzo,” dijo Marylou.

“Entonces no te quejes por tu peso.”

“No puedo evitar mi peso, es hereditario.”

Stoner sacudió su cabeza, impotente. “Marylou, tus padres parecen


víctimas de anorexia crónica.”

“La naturaleza detesta las repeticiones,” dijo Marylou.

“Uno de estos días,” dijo Stoner, “me van a sacar de acá, pataleando
y gritando, con una camisa de fuerza.”

Marylou observó su abundante pecho y frunció el ceño. “Pensás que


soy repulsiva?”

“Oh, Marylou, por supuesto que no.”

El teléfono hizo un click y una voz entrecortada entonó, “Buenas


tardes. United Airlines. En qué lo puedo ayudar?”

Stoner cubrió el micrófono con la mano. “Es ella,” susurró. Marylou


voló a tomar la extensión de su escritorio.

“Un momento, por favor,” dijo Stoner en tono secretaria, y esperó.


Carraspeó. “Hola. Habla Stoner McTavish, de Kesselbaum &
McTavish.”
“Oh.” La voz se congeló. “Qué puedo hacer por usted?”

Marylou se retorció de la risa en silencio y colgó. “Me encanta, me


encanta.”

Separando la silla, Stoner apoyó sus pies en el borde del escritorio y


se pasó los siguientes diez minutos desenredando pasajes aéreos.
Cuando terminó, Marylou gritó, “Llame la semana próxima.
Tendremos operaciones de cambio de sexo.”

Stoner se rió. “Enserio, Marylou.”

Marylou desechó United Airlines con un gesto. “Odia a las mujeres.


Me juego a que muere por todos los de Crimson Travel.”

“Lo que salva mi día,” dijo Stoner, sonriendo, “es saber que arruiné
el suyo.”

“Tengo una idea. Llama de vuelta e invitala a salir.”

“Nunca!”

“Por qué no?”

“Podría aceptar.” Levantándose, Stoner atacó el correo. Como


siempre, eran todos folletos. Tres nuevos hoteles en las Islas
Virgenes, un tour por Las Vegas (con desayuno gratis, fichas de
casino, y cocktails en el cuarto), cruceros navideños por Rio. “Este
es lindo”, dijo Stoner, sosteniendo un papel ilustrado.

“Qué?”

“Un tour en trineo con perros por el Artico.”

Marylou miró hacia arriba. “Deberías probarlo.”

“Es en enero.” Se levantó y ordenó las carpetas en sus respectivos


lugares.
“Alguna vez estuve enamorada de ti,” dijo Marylou.

Stoner la miró. “Tú?”

“Durante mi polimorfa y perversa adolescencia.”

“Marylou, nunca me enteré.”

Marylou suspiró. “Sucedió la primera vez que te vi. Te acuerdas de


la noche que mamá te trajo a casa a cenar?”

Stoner se acordaba. Le había parecido un comportamiento un poco


raro de su psicoterapeuta. En los años siguientes aprendió que nada
era raro para la Dra. Kesselbaum.

“Dios, estabas adorable,” dijo Marylou. “La forma en que te


quedaste parada en la puerta con esos jeans gastados y remera,
mirando tus zapatillas apolilladas”.

“Las polillas no comen zapatillas,” dijo Stoner, y sintió que se estaba


ruborizando.

“Y cuando finalmente me miraste, con esos ojos verdes, sentí que el


Cometa Halley se había estrellado sobre Boston Common.”

Stoner se acomodó un mechón de pelo nerviosamente.

“Y lo seguiste haciendo. Toda la noche. Me acuerdo de cada palabra


que dijiste esa noche. ‘Esto está muy bueno´ – creo que refiriéndote
a los Big Macs. ´No, gracias´, a más papas fritas. Y ´Lo siento´ unas
veintitrés veces.”

Marylou golpeó el escritorio con su lápiz. “Sabes, siempre sospeché


que Edith estaba intentando engancharnos”.

“Pensé que eras hetero,” dijo Stoner.


“Lo soy ahora, pero en ese tiempo era lo que diera. No le importaba
en qué dirección iban mis impulsos, mientras fueran a algún lado y
se quedaran.”

“Nunca dijiste nada.”

Marylou se encogió de hombros. “Cualquiera con dos gramos de


cerebro podía darse cuenta de que una relación contigo tenía que ser
enserio. No estaba dispuesta a eso.”

Stoner se quedó dura como una valija abandonada en el medio de la


agencia mientras pensaba qué podía hacer con sus manos.
“Tú….eh…es decir, todavía…”

“Por supuesto que no, tonta. Te piensas que podría estar sentada acá
siete años, día tras día, destrozando mi corazón? Te hubiera
encerrado en el cuartito y arrancado la ropa hace mucho tiempo.”
Abrió un sobre con un abrecartas plateado. “Mierda, la luz volvió a
subir. Igual, prefiero a los hombres en la cama, Dios sabe por qué.
Te vas a quedar parada ahí todo el día?”

Lóbulos en llamas, Stoner se tambaleó hasta su escritorio y aterrizó


en su silla. “Espero…” dijo titubeante “… no haberte tratado mal.”

“No, mi amor, no me trataste mal. No puedo evitar mi inclinación


sexual, igual que tú.”

Miró a Stoner por un minuto. “Sabes, no cambiaste nada.”

Stoner le tiró con un lápiz. Erró. “Si cambié.”

“Cómo?”

“Soy mas vieja.”

“No a la vista. Debajo de ese femenino — y, debo decirlo, todavía


terriblemente atractivo — exterior, late el corazón de un corderito.”
Suficiente. Stoner se paró. “Me voy.”

“No puedes. Voy a cenar a tu casa. Tía Hermione dijo que había una
emergencia. Me pregunto qué tipo de vino va con emergencias.”

El estómago de Stoner empezó a dar vueltas. “Mis padres están


acá.”

“Oh, Stoner, sabes que ella te hubiese advertido.”

“Supongo.”

“Igual,” Marylou reflexionó, “es raro. Tu tía no ha declarado una


emergencia desde 1970, cuando el gato se comió los Blue Runners.”

“Eh?”

“No te acuerdas? Fue la noche que me enseñó – y uso el término


libremente — a jugar Mah Jongg.”

Stoner sonrió. “Te ganó diez dólares.”

“Tu tía,” anunció Marylou, “es una dulce viejita. Y también es una
sinverguenza.”

Marylou volvió a su trabajo. Stoner la observó. Asi que Marylou


estuvo enamorada de ella, hace todos esos años. Se preguntó que
hubiera hecho de haber sabido. Suspiró. Sabía exactamente lo que
hubiera hecho. Huir como loca. En aquellos días su lesbianismo la
aterrorizaba, aún en su latente, embrionaria etapa. Al descubierto,
hubiera sido como caer al vacío desde la punta del Bunker Hill
Monument. Cualquier tipo de sexo le aterrorizaba por entonces.
Bueno, para ser honesta, todavía le incomodaba. Y encima estaban
sus padres, su madre le gritaba o colapsaba histericamente, su padre
la miraba como si fuera algo salido del fondo del océano que dejaba
manchas pestilentes en la alfombra del living... Y no importaba
cuánto tía Hermione les gruñera su disgusto y les informara que eran
afortunados, que su única hija podría haber vuelto a casa arrastrando
un crío no deseado e ilegítimo, y que cómo hubieran podido
esconder eso de los vecinos, cuya opinión ellos obviamente
valoraban mas que la felicidad de su propia hija…Pero ellos le
recordaban a tía Hermione que Stoner era su hija, no suya, y de sólo
diecisiete años por si fuera poco, y que si ellos querían hacerla
infeliz era su derecho – por no decir deber – y Hermione debía
mantener su nariz de Beacon Hill fuera de sus asuntos de Rhode
Island, y qué podía saber ella además, sin hijos, soltera, que ya
bastante raro era, además, y que si sabía lo que le convenía se
ocupara de su lectura de manos y de sus porotos Blue Runners, que
había Lugares en los que Gente Como Ella podía Terminar que no
eran exactamente Country Clubs, así que mejor que se ocupara de
sus propios asuntos…Lo que le produjo a tía Hermione montones de
carcajadas.

A veces hasta Stoner se reía, menos cuando le tiraron el teléfono y


tía Hermione desapareció de la línea, ya no fue gracioso.

Una noche Stoner supo que había tenido suficiente. Después de


todo, cuando tu madre te dice repetidamente que le das asco, o te
rindes, o te vas, o aprendes a ignorarla. Y Stoner nunca había sido
capaz de ignorar nada, sobre todo si era desagradable – lo que la
Dra. Kesselbaum le hizo ver, no como una crítica, querida Stoner,
sino para que tenga el cuidado de rodearse de entornos benignos y
personas amables. Pero esa noche el aire había hechado chispas y
chisporroteado con violencia y lágrimas inútiles, y Stoner, no
atreviéndose a ponerse a pensar en lo que estaba haciendo, había
hecho lo único que sabía hacer. Había corrido hacia la tía Hermione.

Guardó lo que pudo en una mochila vieja, y esperó hasta que la casa
estuviese en silencio. Aterrorizada, bajó las escaleras, se robó
cincuenta dólares de la cartera de su madre, y se tomó el micro a
Boston.
En la terminal de Park Square, su coraje se desintegró. Tía Hermione
la iba a odiar por esto. Era cobarde, irresponsable, e injusta. La iba a
echar de su casa – o peor, la iba a mandar de vuelta con sus padres.
No pudo enfrentar a tía Hermione.

Durante dos días dio vueltas por la ciudad, durmiendo en la


terminal, vagando por los Jardines Públicos, frente a la fortaleza de
su tía, angustiada por la mirada de dolor de su perro mientras lo
empujaba hacia adentro y cerraba la puerta. Pero finalmente,
hambrienta, agotada, los nervios de punta, se arrastró hacia los
escalones y tocó el timbre.

“Bueno,” dijo tía Hermione, “era hora.”

Stoner la miró, su cara redonda, suave, coronada por su cabello gris,


rizado, y se quebró.

“Por favor no me mandes de vuelta,” masculló.

Tía Hermione la atrapó en un abrazo con olor a lavanda. “No seas


imbécil,” dijo, y le limpió las lágrimas con el borde de su vestido.
“Vamos a la cocina. Voy a hacernos un té.”

Stoner se acurrucó con las piernas cruzadas en el hundido sillón que


adornaba la esquina de la cocina de su tía. El sol de la mañana se
asomaba por las cortinas de encaje, dejando sombras raras en el
brillante piso de madera. Prismas en cada ventana rompían la luz en
arcoiris contra paredes semimates. Pajareras de mimbre llenas de
plantas colgaban de las puertas, sobre la pileta y la mesa.

“Mi hermana siempre fue una yegua”. Tía Hermione se entretenía


estrellando puertas de aparadores. Encontró unas masas y las metió
en el horno. “Deben ser viejas, pero van a servir. Cuándo fue la
última vez que comiste?”

“Eh? Oh... no estoy segura.”


“Algo horroroso en un restaurante, sin dudas. Te digo, Stoner, la
civilización no existe más en el centro de Boston. Me acuerdo
cuando podías conseguir una comida como la gente a cualquier hora
del día o de la noche. Servida con estilo, además. Ahora mira. Pewer
Pots. McDonald´s, por el amor de Dios. Ni siquiera un puesto
decente de Walgreen´s. La Parker House es un aborto. Con razón la
gente actúa como ganado. No he probado un omelet decente en
años.”

“Hablaste con ellos?” Stoner preguntó timidamente.

“Te aseguro que me quejé largo y fuerte, para lo que sirve de todas
formas.”

“Qué?”

“Llamé a la municipalidad, a la junta de planeamiento, al ministerio


de Justicia, y hasta al gobernador. Podría hasta hablar dormida.”
Miró a Stoner. “Oh, tus padres. Les dije que no estabas acá. No
estabas, o si?”

“Qué dijeron?”

Tía Hermione apoyó las manos en las caderas. “Mi querida, a mi


edad no debería importarme lo que ellos dicen. Te suplico, no me
hagas repetirlo a tus tiernos oídos.”

A pesar de sí misma, Stoner sonrió. El olor a nueces de las masas


llegó hasta ella.

“Whoops!” Tía Hermione corrió hacia el horno y las sacó. “Aquí


tienes.”

Le acercó el plato a Stoner con una bandejita con manteca y un


cuchillo. “El té en un minuto. Estas están buenas. Me las regaló una
cliente, una cocinera maravillosa, me paga en calorías.”
“Cómo va el negocio, tía Hermione?” Stoner preguntó cortesmente,
intentando no deborar su comida y actuar como ganado.

“En auge. Es la moda de lo oculto, por supuesto. De repente que te


lean la mano se volvió fashion. Personalmente, prefiero trabajar con
estudiantes serios de Misterios, y no con estos piratas. El año que
viene van a estar abriendo sus cajas de ahorro y votando a los
Republicanos. Aún así, como decía mi padre, a la ocasión la pintan
calva.”

La pava de cobre silvó. Tía Hermione puso distintas hebras de té en


un jarro que había estado calentando, y agregó el agua. “Frutilla,
menta, y manzanilla. Necesitas levantar ese ánimo.”

Stoner se puso colorada. “No me baño hace tres días.”

“Nunca te averguenzes de una suciedad honradamente adquirida.”


dijo Tía Hermione. La miró de arriba a abajo. “Un poco de sueño no
te vendría mal, tampoco.” Apoyó los codos en la mesa, la barbilla en
las manos. Sus ojos azules alerta como los de un gorrión detrás de
unos anteojos de plástico con aplicaciones de estrás.

“Así que finalmente lo hiciste. Stoner, estoy orgullosa de ti.”

“Lo estás?”

“Aunque hayas esperado tanto. Hasta un perro hubiese tenido la


sensatez de irse de esa casa de horrores. Nunca entendí a Helen, y no
porque sea diez años más chica que yo. Por supuesto... te debe haber
metido en la cabeza que soy cien años más vieja y que ella fue un
accidente de la menopausia. Siempre se tuvo que salir con la suya,
que todos a su alrededor hagan lo que ella quiera.”

“Y eso no alcanza a describirlo,” dijo Stoner amargamente.

“Más mala que pis de gato. No me importa decírtelo, me dio miedo


cuando supe que ibas a ser una nena. Quiso hacer de ti una copia
exacta de ella misma.” Tía Hermione frunció el entrecejo. “Solía
decirle, ´Helen, si te querés tanto, llená tu casa de espejos. Pero dejá
a esa chica en paz!´”

Sirvió el té y le alcanzó una taza a Stoner. “Y ese padre tuyo. Perdón


por mi francés, pero es incapaz de decir ´mierda´ insultando a
alguien. La cabeza del viejo Angus debe haber estado en cualquier
lado cuando lo concibió.”

Stoner se acurrucó en la esquina del sillón y se sintió –


provisoriamente – segura. Tía Hermione le alcanzó otra masita.
“Alguna vez te conté,” preguntó, “de la vez que te gané en un juego
de cartas?”

Stoner sacudió su cabeza.

“Tenías una semana. La convencí de jugar al gin. Le encanta jugar,


pero odia perder. Así que hice trampa, y la limpié. Ahora, tu madre
es capaz de aferrarse a una moneda hasta que grite. La dejé que
hiciera una tablita y le di opciones de pago: o me das la plata o me
das a tu hija.”

“Se horrorizó?” preguntó Stoner, un poco horrorizada ella misma.

“Se le frieron los calzones. Cuando se despejó el humo quiso zafar.


´Una deuda de juego es una deuda de juego,´ le dije. Pero me
conformé con elegirte el nombre. Tal vez debiera haberme puesto
firme.”

“Nunca me enteré,” dijo Stoner.

“Y bueno, no me sorprende. Si, te lo puse por Lucy B. Stone. La


admiraba mucho. Helen se quedó lívida. Siempre odió a las
feministas.”

“Cuánto te costó?”
“Quinientos.”

Stoner silbó.

“No fue nada comparado al placer que me dio saber que cada vez
que te nombrara se iba a acordar de Lucy B.” Tía Hermione
reflexionó con aire inocente. “Si hubiera sabido entonces lo que sé
ahora, hubiera insistido con Gertrude Stein.”

Stoner miró para abajo y se sonrojó.

“Oh, no seas así,” dijo Tía Hermione. “Me anima el corazón en las
frías noches de invierno saber que Helen produjo una Safo.”
Revolvió el té. “Tenemos que planear nuestra estrategia, Stoner. No
nos va a ser fácil salir de ésta.”

“No quiero ocasionarte líos, Tía Hermione.”

“Líos! Amo los líos.” Miró el reloj en su solapa. “Pero ahora debo ir
a meditar. Tengo un cliente en veinte minutos.”

“Me voy a conseguir un trabajo,” dijo Stoner con entusiasmo.

Tía Hermione la miró con dureza. “No. Mañana vamos a la


Universidad de Boston a anotarte para el próximo semestre. Ninguna
sobrina mía va a ser una hippie marginal.”

Stoner sintió lágrimas en sus ojos.

“Ahora,” su tía dijo firmemente, “te terminas esas masas, te das un


baño, y a dormir. Yo uso la sala de adelante para leer. Por lo demás,
la casa es tuya.”

“Gracias,” murmuró Stoner. “Creo que me voy a quedar acá un


rato.”

“Perfecto. No atiendas el teléfono.” Se levantó para irse, pero antes


agregó. “Stoner, nadie va a hacerte volver allá, nunca.”
Suspiró con fuerza. Cuatro semanas para el Día del trabajo. Sus
padres se habían ido de vacaciones las dos últimas semanas de
Agosto, y como siempre las coronaron con una cena en Boston con
su hija renegada. Tal vez un feriado no fuese feriado sin algo
desagradable en el medio.

“Debería decirles que no vengan y listo,” dijo en voz alta.

“Eso podría funcionar,” dijo Marylou. “Decirle a quién que no


venga?”

“A mis padres.”

Marylou miró el reloj. “Es esa hora ya? No encargué las tarjetas
navideñas.”

“Nunca mandas tarjetas navideñas.”

“Mandamos, no te acuerdas? Trabajo?” Se recostó en la silla. “Mira,


mi amor, por qué no me dejás que los ponga en algún tour? Puedo
arreglar para que no sean vistos nunca mas en este planeta.”

“No funcionaría.”

“Después de ocho años de perder equipaje, deberíamos ser capaces


de perder a tu familia.”

“No puedo,” dijo Stoner. “Me sentiría muy culpable.”

“No tienes ni que levantar un dedo. Sólo dilo, yo me encargo, y no


se habla jamás del tema. Tengo conexiones.”

“Mafia?”

“Los maleteros de Logan están disponibles.” Marylou volvió al


trabajo.
Esto es ridículo. Las mujeres normales de treinta y un años no
emplean su tiempo preocupándose en cómo llevarse con, o cómo
zafar de sus padres. Las mujeres normales de treinta y un años se
preocupan por sus maridos (o falta de ellos), carreras, calorías,
puntas florecidas, inodoros, la absorción de los pañales, cuellos de
camisas manchados, higiene femenina, transpiración, y embarazo no
deseado.

“Sobre qué estás rumiando?” preguntó Marylou.

“Cuellos de camisas manchados.”

“Tienes?”

“No creo.”

“Tengo?”

“No.”

Marylou suspiró. “Bueno, te importaría preocuparte por ese micro


tour a Tanglewood? Les prometimos Previn, y van a terminar con
Linda Ronstadt.”

“Por ahí no se dan cuenta.”

“De 35 amantes de la música, uno se tiene que dar cuenta.”

Sin ganas, Stoner agarró el programa de Tanglewood. “Sabes lo que


significa esto no? Treinta y cinco llamadas telefónicas.”

“Treinta y seis. Mejor que chequeés con Lenox antes.”

Comparó los programas con su calendario. “Es Previn. Mira.”

Marylou espió sobre su hombro. “Ese es el programa del año


pasado, mi amor.”
“Por Dios,” dijo Stoner, arrojándolo, “tenemos que guardar todo lo
que aterriza en nuestros escritorios?”

“Yo no, amiga. Eres tú la que guarda todo para los archivos.”

“Bueno, una nunca sabe.”

Tal vez Marylou tenga razón. Tal vez necesito estar enamorada.
Dios sabe, necesito algo. Estoy inquieta, aburrida, indecisa, y hecha
una cobarde. Bueno, siempre fui una cobarde. Y a veces he sido
indecisa. Pero no tanto. O si? Dios, ni siquiera me puedo poner de
acuerdo en esto.

Dos años. No es tanto, o si? Ya no duele. Pero si ya no duele, por


qué no me quiero involucrar con nadie? Porque no he conocido a
nadie con quien quiera involucrarme, por eso. No es que decides
que quieres salir con alguien y vas y eliges, como si fuera una
planta de lechuga. No se puede poner “amor” en la lista de
compras y salir volando a Filene´s Basement, por Dios. No estoy
interesada, es eso. Esto no es una película, es la vida. Hay más
cosas en la Vida además del Amor.

Nombrame tres. Okey, está el trabajo. Hasta Freud admite eso.


Amor y Trabajo. Y está...está....los Red Sox. Los Red Sox? Ni
siquiera me gusta el baseball. El Inminente Holocausto Nuclear?
Eso, si, es algo que podría interesarme. Te alegras de estar viva
solo de pensar en eso.

Lo que realmente debería interesarme es Linda Ronstadt y Lenox.


Treinta y seis llamadas telefónicas? No puede ser tan terrible. Nada
puede ser tan terrible. O si?

“Bueno,” dijo Marylou bruscamente. “Cerramos.”

Stoner levantó la vista. “Qué hora es?”


“Tres y cuarto.” Maryloy cerró el paquete de Triscuits con aire de
finalidad.

“No podemos.”

“Somos nuestras propias jefas.”

“Por qué?” Stoner fue hasta el escritorio de Marylou y le puso un


gancho al paquete de galletitas.

“Porque no podemos hacer nada mas.” Marylou miró las galletitas.


“Honestamente, eres tan compulsiva.”

“Por qué nos vamos?”

“Estás perturbada. Es malo para los negocios. Se supone que


deberíamos irradiar la diversión y el romance de viajar.”

“Mirá quien habla,” dijo Stoner. “No recuerdo la última vez que
saliste de Boston.”

“Fui a Cape en 1973.”

“Bajo coacción.”

“No, en micro.”

“Ni siquiera visitas a tu madre, y solamente son dos horas hasta


Wellfleet.”

“Viajar,” dijo Marylou, “es escabroso. Si te gusta ser comido por


pulgas de arena, ve tú a visitar a mi madre.”

“No ves a tu padre de Abril a Octubre.”

Marylou barrió las migas de su escritorio. Algunas lograron llegar al


tacho de basura. “Max es perfectamente feliz con sus algas y sus
fertilizantes orgánicos.”
“Las algas son fertilizantes orgánicos.” Stoner observó las migas.
“Vas a dejar eso así? Podrían venir ratas.”

“Bien!” Marylou exclamó. “Las ratas serían mejor compañía que


tú.” Le tocó la mano. “Querida y vieja amiga,” dijo amablemente,
“sabes que te amo. Pero tu humor es abominable.”

Stoner dejó caer su cabeza. “Lo siento.”

“Qué es lo que te pasa?” Eperó un momento. “Vamos, Stoner.”

“Tengo... miedo.”

“De qué?”

“Qué hago si están acá?”

“Tus padres?”

Stoner asintió.

“Mi amor, no te pueden hacer nada. Ya pasaste los veintiuno.”

“Soy una freak.”

“No lo eres,” Marylou dijo firmemente. “Los Kesselbaums no nos


asociamos con freaks.”

Stoner tuvo que reirse. “Ustedes los Kesselbaums son freaks.”

“Por eso no nos asociamos con freaks,” dijo Marylou, cerrando su


escritorio. “Sería redundante.” Se guardó las llaves en el bolsillo.
“Vienes, o te dejo acá para que disfrute el portero?”
Llegaron a la casa con vista a los Jardines Públicos. El aire se
sostenía sobre la ciudad como agua estancada. Hasta el tráfico
estaba apagado. Hojas de arce y haya caían sin ganas de ramas
agotadas. Las palomas apenas se movían , rezongando entre ellas
mientras rebuscaban desganadas en las grietas de la vereda. Al pie
de los escalones, Stoner se detuvo en seco.

“Están acá. Lo sé.”

“Tía Hermione no te haría eso,” dijo Marylou.

“Tal vez no tuvo opción.”

“Si ese es el caso, mejor entremos, porque seguro la tienen atada y


amordazada en el armario del hall.”

Asustada, deprimida, y sintiéndose ridícula, Stoner se sentó en el


escalón. “Me odio.”

“Por qué?”

“A mi edad, tenerle miedo a mis padres.”

Marylou se acomodó la pollera, que había quedado a la altura de su


cintura. “Bueno, se ponen bastante desagradables. Personalmente,
no sé por que los dejas convencerte de salir a cenar cada vez que se
les ocurre visitar la gran ciudad.”

Stoner se pasó la mano por la cabeza. “Harían demasiado escándalo


si me niego.”

“Por tu descripción de esas cenas, el escándalo ya está hecho.”

“Debes pensar que soy una maldita cobarde,” dijo, sin atreverse a
levantar la vista.

“Stoner, tengo una madre que según dicen es una psicoanalista de


cierta reputación. Maneja un Lincoln Continental blanco
convertible, se sirve su propia nafta para ahorrar dinero, y llena la
casa de bandejitas de plástico de comida rápida. Mi padre es tan
bueno que se deprime cada vez que cosecha una remolacha. Y el
único objetivo en la vida de mi hermana es irse a vivir pacíficamente
a su bungalow en Hawai con cuatro hijos que no saben lo que es
usar ropa, además de abastecerme de café Kona y nueces de
macadamia.” Se encogió de hombros. “Qué sabes tú de tenerle
miedo a tu familia?”

Stoner se quedó en silencio.

“Cuando fuiste a cenar con ellos en abril, volviste a tu casa a


emborracharte. Los siguientes tres días te la pasaste pidiendo perdón
por estar viva. Sobre eso, sólo puedo concluir que no son personas
encantadoras.”

“Intentaron mandar a Tía Hermione a la cárcel por tomarme a su


cuidado.”

“Lo sé.”

“Casi me internan en un hospital de locos. Si tu madre no


hubiese…”

Marylou la agarró de los hombros, sacudiéndola. “Stoner,


escuchame. Eso fue hace mucho tiempo. No funcionó entonces, y no
funcionará ahora. Pueden hacerte sentir horrible, pero no pueden
interferir con tu vida.”

Stoner la miró y suspiró. “Lo siento.”

“Vamos,” dijo Marylou, levantándola de los escalones. La empujó


unos pasos. “Ay mierda,” masculló. “Me olvidé el vino.”
Stoner hizo café mientras Marylou revisaba la panera. “Me temo que
no hay demasiado,” dijo Stoner. “La señora Bakhoven está de
vacaciones.”

“Qué desconsiderada,” dijo Marylou, atacando la heladera.

“Tía Hermione le dijo que iba a hacer un viaje, asi que lo hizo.”

“Cualquier cosa es mejor que lo que tengo en casa. Mamá estuvo el


fin de semana pasado y me dejó la casa llena de zapallos verdes”.
Encontró un pedazo de pastel de cerezas viejo y lo llevó
triunfalmente a la mesa. “Sabes que me encanta de tu tía? Que no te
falla.”

Stoner sirvió el café y se sentó. “Si la emergencia no son mis padres,


qué será?”

“No lo dijo.”

“No le preguntaste?” Estaba empezando a sentir frío por dentro, un


síntoma inequívoco de pánico inminente.

“Bueno, no será tan serio si puede esperar hasta la cena.”

“Después de la cena. Nunca discutimos nada serio mientras


comemos. Dice que los electrolitos pierden equilibrio.”

“Es propable,” dijo Marylou.

Tía Hermione irrumpió por la puerta vaivén, su collar


repiqueteando. “Rápido,” exclamó. “Café.”

Se dejó caer en el sofá mientras Stoner le servía una taza. “Hiciste


nuevo, Stoner?”

“Si.”

“La jarra térmica está llena.”


“Oh,” dijo Stoner timidamente. “No pensé.”

Marylou la apuntó con un tenedor. “No deberías usar esas cosas, Tía
Hermione. Son primitivas. Las usan en los moteles.”

“Cómo puedes saber eso?” preguntó Stoner.

“Lo sé,” dijo Tía Hermione, “pero ésta llegó por correo. Yo no la
encargué, por supuesto. Jamás encargaría una cosa tan horrible, y
menos de un lugar de venta por correo. Pero ahí estaba. Pensé que
podía ser una señal.”

Stoner no podía soportarlo un segundo más. “Mis padres están acá,


no?”

“Oh, mi Dios,” dijo Tía Hermione. “pensé que habíamos tenido


suficiente de ellos por lo menos por seis meses , y sólo han
pasado…” contó para atrás hasta abril … “cuatro.”

“Pensé que eso era la emergencia,” dijo Stoner. “Pensé que estaban
acá.”

Tía Hermione la miró. “Acá? En esta casa? Enserio, Stoner.”

“Tiene un mal día,” dijo Marylou.

“Probablemente sea tensión premenstrual. Gracias a Dios por la


menopausia.”

“Creo,” dijo Marylou, “que necesita enamorarse.”

“Marylou…” advirtió Stoner.

“Vaya, Marylou! Que perfecta y agradable idea. A quién tienes en


mente?”
Stoner se frotó las manos contra la cara. “No necesito estar
enamorada. Sólo tuve miedo de que mis padres estuviesen aquí.
Temía que los hayas invitado a cenar.”

Tía Hermione intercambió una mirada con Marylou. “Sabes,


Marylou, a veces pienso que Stoner es un poco…lenta. Alguna vez
tu madre mencionó algún posible daño cerebral?”

“Tía Hermione,” dijo Stoner entre dientes. “Cuál es la emergencia?”

“Tendrán que esperar.” Su tía le apuntó con un dedo. “Tiene que ver
con una clienta, Eleanor Burton. Creo que lo va a explicar ella
misma.”

“Oh.” Stoner se sintió floja. “Es con ella con quien estabas ahora?”

Tía Hermione suspiró cansada. “No, este es otro, nuevo. Un hombre


jóven. Muy intenso, muy sincero, y muy, muy místico. Pero la palma
más aburrida que vi jamás. Este chico va a tener una vida que
aburriría a un contador. Mi imaginación está agotada.”

“Comete un pedazo de pastel de cerezas,” dijo Marylou con


compasión.

“Gracias, querida, pero no. Es Table Talk.”

Marylou dejó el tenedor y se agarró la garganta. “Estoy


envenenada!”

Stoner rió. “Está bien. Yo lo probé en el desayuno.”

“Ugh,” dijo Marylou. “Eres una asquerosa.”

CAPITULO DOS
Stoner intentó dividir su atención entre la comida, la conversación, y
los apliques de lata en forma de globo en los cuales unas velas de
cera de abeja resplandecían con fuerza. La luz era dorada, las
sombras sepias, el aire con un toque de ligera dulzura. Cada tanto
miraba de reojo a la Sra. Burton, y se preguntaba qué la preocuparía
tanto. La anciana era delicada, casi frágil. Las líneas alrededor de
sus ojos estaban marcadas con preocupación. Los hoyos en sus
mejillas eran severos, pero no por la edad, pensó Stoner, sino por
falta de sueño. Sus dedos se movían por la vajilla y por el borde de
su servilleta. Stoner rechazó un impulso de saltarse las reglas y
exigirle saber qué estaba mal.

Intentó involucrarse en la conversación. “Mi padre piensa,” estaba


diciendo Marylou, “que los yuyos son lo que viene. Retienen la
humedad, protegen las semillas débiles, y pueden hasta atrapar
insectos.”

“Pero quedan tan desprolijos,” dijo Tía Hermione. “Qué piensas,


Eleanor?”

La señora Burton levantó la mirada de su plato. “Perdón?”

“Qué piensas de los yuyos?”

“Divinos,” murmuró la señora Burton, y revolvió un poquito en la


ternera a la marsala.

“Toma un poco de vino, Eleanor.” Tía Hermione le llenó el vaso.


“Mi preferido…” Se volvió hacia Marylou “…es el método
intensivo francés. Muy práctico para jardines de ciudad.”

“Si,” dijo Marylou, “pero sólo hemos empezado a entender a los


yuyos. Las posibilidades son ilimitadas. Consideremos los
amarantos.”
Stoner sonrió para sí misma. Consideremos los amarantos, seguro.
Marylou era capaz de comer amarantos tanto como un Egg
McMuffin.

“Bueno,” dijo Tía Hermione, “siempre estoy a favor del progreso,


pero no podrán convencerme de que el yuyo de los cerdos sirve para
algo.”

“Sólo a los cerdos,” opinó Stoner.

Marylou y Tía Hermione la miraron como si hubiera perdido la


cabeza. “No puedes tener cerdos en Boston,” dijo Marylou. “Hay
ordenanzas.”

“Sólo quise decir…”

“No sabía que te gustaban los cerdos,” dijo Tía Hermione.

“Qué tienen de malo?”

Tía Hermione se volvió al resto. “A veces me gustaría no vivir en la


ciudad. Sé que a Stoner le encantaría tener un perro, pero debería ser
un perro muy pequeño, y los perros pequeños son tan poco
gratificantes. Especialmente si eres tan revoltosa como Stoner.”

“No lo soy,” protestó Stoner.

“Sólo con los perros, querida. Pero cerdos! No creo que te dejen
tener uno aunque sea bien chiquito y bien limpito.”

“No quiero tener cerdos,” dijo Stoner.

“Pero si te gusta verlos, podríamos ir a la Granja Drumlin. Deben


tener cerdos ahí, no te parece, Eleanor?”

“Divinos,” dijo la señora Burton, y se sirvió otro vaso de vino.


“Por ahí te dejan tocar uno, aunque personalmente me parecería
escalofriante. Pero tú sabes lo que haces, Stoner. Siempre.”

Bueno, Tía Hermione estaba imparable. Si había tiempo, y alguna


esperanza de éxito, intentaría aclarar la situación. Pero Tía Hermione
era devota a sus tangentes, en ocasiones hasta fanática, y no había
nada que hacer para detenerla.

Y no es que Stoner tuviese algo contra los cerdos. Parecían lindas


criaturas, aunque alguna gente afirmaba que eran salvajes. Pero que
otra cosa pueden hacerte más que empujarte con el hocico? Y eso
era fácil de esquivar. Había escuchado que les gustaba nadar en el
mar, lo que inspiraba singulares imágenes de grandes manadas –
bandadas? de cerdos bajando en estampidas a las playas. Se
preguntó cómo podrían nadar con esas pezuñitas. Tal vez todo fuera
un rumor, un toque de desinformación plantado por el gobierno para
desviar la atención del público del hecho de que la economía se iba
al infierno.

Mientras, estaba la emergencia en casa. Y no es que alguien se


estuvise comportando con alguna urgencia, exepto tal vez la señora
Burton, que iba a estar completamente borracha para el postre. Tía
Hermione, por supuesto, creía en el Destino, lo que la relevaba de la
inmediata necesidad de acción en cualquier situación – una posición
que Stoner a veces codiciaba, y que otras veces le hacía querer salir
gritando en el medio de la noche. Marylou, por otro lado, estaba tan
apasionadamente metida en lo que fuera que estaba sucediendo en
ese momento que cualquier otra cosa – pasado, futuro, o armas
nucleares – se fundían en una nebulosa oscuridad.

Stoner las envidiaba, aunque solo pensar en vivir así la aterrorizaba.


Como a tía Hermione le gustaba decir, “Stoner siempre tiene que
saber donde están las salidas.”

Miró a la señora Burton, que estaba empezando a temblar


suavemente o a balancearse rapidamente. Era difícil de discernir.
Qué, se preguntó de nuevo, pondría a una dulce viejita en tan
grandes apuros. Dulce viejita? Eleanor era pequeña – eso era
evidente – pero era dulce? Era una dama? Era acaso, si lo
pensabas, viejita? Mas vieja que la Tía Hermione, al menos en
espíritu, pero no por mucho. Pero gente grande muchas veces ha
conseguido cosas maravillosas. Incluso dulce gente grande. Incluso
dulces viejitas. Miren esas dos en “Arsenic & Old Lace” – cuerpos
amontonados como leña en el sótano. Había cuerpos amontonados
en el sótano de la señora Burton? Si así era, cuántos? No más de
uno, de eso estaba segura. La señora Burton claramente no daba el
perfil de asesina serial.

Un cuerpo, entones. Circunstancias? Un huésped de confianza de


repente se vuelve violento. La viejita ataca con miedo en defensa
propia. El atizador del fuego. Un entierro discreto bajo una pila de
carbón. La ansiedad y el remordimiento se vuelven insoportables.
En la seguridad y semi oscuridad de la sala de su tía descarga su
culposo secreto. Qué hacer a continuación? Tía Hermione sugiere
que Stoner y Marylou, siendo mas mundanas, tiren ideas.

“No se preocupe,” escupió Stoner. “Estoy segura de que podremos


convencerlos de que fue un accidente.”

“Oh, lo intenté,” dijo la señora Burton. “No un accidente, sino un


error. Ella no me escucha.”

“Ignore a Stoner,” dijo Marylou. “Habla sola.”

“Ella también,” gimoteó la señora Burton. Su barbilla temblaba.

“Sugiero que vayamos a la sala.” Tía Hermione se paró y dobló su


servilleta. “Podemos comer la torta Linzer ahí.”

“Nada para mi, gracias,” dijo la señora Burton. “Sólo tomaré un


poco más de este delicioso vino.”
Marylou puso los ojos en blanco. “Torta Linzer! Tía Hermione, vieja
zorra, por qué no me dijiste? Me llené con la cena.”

“Te puedes llevar tu porción, Marylou. Tengo una de más, sólo para
ti.”

“Deberían canonizarte.”

“Imposible,” dijo Tía Hermione. “Soy agnóstica.”

“Te rezaría a la noche,” dijo Marylou.

“Bueno, puedes hacerlo, querida. Stoner, le darías una mano a


Eleanor? Parece haber perdido el sentido del equilibrio.”

Las pesadas cortinas de la sala estaban cerradas, pero el cuarto


estaba frío. Arriba, una lámpara Tiffany arrojaba una luz suave y
multicolor. Stoner se arrojó en una enorme silla Lawson, mientras
Tía Hermione se sentó en el borde de una escalerita y sacó su tejido.
“Espero que no te moleste, Eleanor,” dijo. “Dedos ocupados aclaran
la mente.”

La señora Burton se estiró la manga. “Por supuesto,” masculló


preocupada. Marylou llenó los vasos de vino, aunque Stoner apenas
había tocado el suyo.

“Bueno!” Marylou se sentó en el sofá al lado de la señora Burton. La


anciana rebotó. “Y ahora el misterio.”

“Marylou…” le advirtió Stoner.

La señora Burton agarró su cartera. “Probablemente piensen que soy


una vieja tonta, imaginando cosas.”

Esto no sonaba a esqueleto enterrado bajo el carbón.


“Para nada,” dijo Stoner.

“Mi nieta lo piensa,” dijo tristemente la señora Burton. Suspiró. “A


veces dudo de mis propios sentidos.” Tomó un largo sorbo de vino y
se sentó derecha. “Pero sé lo que sé, y sospecho lo que sospecho. Y
sé que algo terrible está por ocurrir.”

Esto sonaba cada vez menos a un asesinato accidental. La señora


Burton miró a su audiencia salvajemente. “Nunca fue muy popular,
saben. Tímida, e insegura. Pensaba que nadie la quería. Así que
cuando él apareció la volvió loca. Pero estoy segura de que él sabe
de su dinero, y ella cambió el testamento, y…”

Stoner levantó una mano. “Señora Burton,” dijo, inclinándose hacia


adelante, “por favor intente contarnos toda la historia, desde el
comienzo. Tómese todo el tiempo que necesite.”

“Gracias, querida.” La señora Burton tomó una bocanada de aire.


Buscó en su cartera y sacó una foto. “Esta es mi nieta, Gwen.” Pasó
la foto a Tía Hermione. “Se casó la semana pasada con Bryan
Oxnard. Gwen, la hija de mi hija, quedó huérfana en la adolescencia.
Sus padres murieron en un accidente aéreo. Un charter. A Venecia.”

“Nosotras perdimos uno de esos una vez,” dijo Marylou.

“Este no pudo haber sido culpa de ustedes,” dijo la señora Burton.


“Ellos eran de Atlanta.”

Tía Hermione hizo un chasquido de comprensión.

“Su hermano estaba en Australia, asi que Gwyneth vino a vivir


conmigo. Hacía tanto que no había niños en la casa. Tal vez fui
negligente. Pensé que le estaba dando todo el amor que ella
necesitaba, pero...” La señora Burton sacó un pañuelo de su manga y
se lo acercó a los ojos.

“Por favor continúe,” dijo Stoner.


“Sus padres le dejaron mucho. El dinero fue a un fondo hasta que
cumpliese 25. Después de eso podía hacer lo que quisiese con él.
Decidió dejarlo crecer.”

“Sensato,” dijo Tía Hermione, un poco con desaprobación.

“Qué edad tiene ahora?” preguntó Stoner.

“Treinta. Hace dos meses que él empezó a venir a casa.” Su copa ya


estaba vacía. Marylou se la volvió a llenar.

“El?” preguntó Stoner.

“Bryan Oxnard, por supuesto,” dijo Marylou. “Presta atención,


Stoner.”

Stoner la miró. “Lo intento. Entonces Gwyneth… Gwen…”

“Son la misma persona,” dijo la señora Burton. “Gwen es un


diminutivo de Gwyneth.”

“Celta,” dijo Tía Hermione.

“… se casó con Bryan,” presionó Stoner, “luego de conocerlo por


poco tiempo, y cambió el testamente, dejándole – me imagino – todo
a él.”

“Eso es!” exclamó la señora Burton. “Chica inteligente.”

“Mujer,” dijo Stoner.

Tía Hermione asintió orgullosamente. “Ahora, dejemos todo en


manos de Stoner.”

Marylou rió.

“Por favor,” dijo Stoner, “cuénteme mas.”


“Daphne y Richard, los padres de Gwen, se casaron en 1945. Abril.
Una época maravillosa. La guerra estaba terminando, los muchachos
estaban regresando. El papá de Gwen había sido herido en combate.
Creo que dejó caer un maletín con municiones en su pié, en
Brighton. Daphne lo conoció en el hospital del Ejército. Estaba
haciendo trabajo voluntario, saben.”

“Si,” dijo Stoner. “Quise decir, cuénteme mas sobre Bryan…”

La señora Burton la ignoró. “Eso fue en Enero. Tres meses después,


se casaron.” Una mirada de horror apareció en su rostro. “Oh,
querida. No supondrán que los matrimonios precipitados son
hereditarios, no?”

“No creo que sea hereditario,” dijo Marylou. “Por otro lado, en un
ambiente en el cual tales cosas son formas de comportamiento
aceptadas...” Hizo un gesto, palmas para arriba. “…cualquier cosa
puede suceder.”

“La madre de Marylou es una psicoanalista famosa,” explicó Tía


Hermione.

“Qué dulce,” dijo la señora Burton.

Stoner suspiró. “Estaba diciendo sobre Gwen…”

“Donald, el otro chico, nació sólo nueve meses después de la boda.


Un hijo de la luna de miel.”

“Acuario o Piscis?” preguntó Tía Hermione.

“Acuario. Gwyneth es Piscis. Con ascendente en Cáncer.”

“Querida, querida,” dijo Tía Hermione. La bola de lana rodó de su


falda y se detuvo bajo el sofá. Stoner la agarró. “Muy emocional.”

Stoner estaba al borde de la histeria. “Por favor, qué hay de Bryan?”


La señora Burton pensó por un momento. “Creo que él es…Leo. Si,
es Leo.”

Stoner se refregó la cara con desesperación. “Qué más sabe de él?”


preguntó lo mas calmada que pudo.

“Muy poco,” dijo la señora Burton. “Dijo que era nuevo en la


ciudad, trabaja en el departamento de tesorería del banco.”

Uh-oh. “Y es cierto?”

“Qué?”

“Que trabaja en el departamento de tesorería?”

“Oh, si. Eso es cierto.” La señora Burton se inclinó hacia delante y


le dio un golpecito en la mano a Stoner. “Tienes que entender, Gwen
se considera una chica común y corriente.”

“Mujer,” dijo Stoner.

Marylou, camino a llenar su vaso, agarró la foto que tenía Tía


Hermione. Silbó.

“Era una bebé hermosa,” dijo la señora Burton. “Podría tomar un


poquito mas de ese delicioso vino, querida? Gracias. Una bebé
buenísima. No lloraba nunca, dumió toda la noche casi desde el
principio. Y siguió siendo así, dulce y agradable, nunca una queja,
siempre dispuesta a complacer…” Su voz se quebró. “Nunca
tuvimos ni un sí ni un no hasta que él apareció.”

Marylou le pasó la foto a Stoner. Ella la miró, y tragó saliva. Gwen


no era hermosa en el sentido convencional, pero aunque la foto
había sido tomada desde lejos y sin foco – Instamatic, pensó Stoner
– la mujer proyectaba una calidez y una vulnerabilidad… Por alguna
razón, Stoner sintió que se sonrojaba. “Ella es…adorable,”dijo.
“Qué les parece mas vino?” preguntó Marylou. “Voy a buscar otra
botella.” Al salir de la sala, le lanzó una mirada a Stoner.

“Basta,” masculló Stoner. Se volvió hacia la señora Burton.


“Imagino,” dijo, deseando que la voz no le temblara, “que usted y –
uh – Gwen disienten sobre Bryan.”

“Fue horrible,” la señora Burton empezó a llorar de vuelta.

“Qué cosa...!” murmuró Tía Hermione, y agregó una nueva bola de


lana a su tejido.

La señora Burton se compuso. “Supongo que la culpa fue de mi


hija.”

“Fue?” Stoner la miró inexpresivamente.

“Que Gwyneth sea tan…simple. Daphne era vivaz. El centro de


atención donde fuera. Gwen siempre estuvo en las sombras. Hasta
sus amigos estaban hechizados. El minuto que Daphne entraba en la
sala, se olvidaban de ella.”

“Eso es injusto,” murmuró Stoner.

“Le sugerí a Daphne que no se metiera cuando venían los amigos de


Gwen, pero por supuesto no me escuchó. Daphne era una criatura
irresistible. Para cuando me di cuenta de lo egocéntrica que era, el
daño ya estaba hecho.”

“No fue su culpa,” dijo Stoner con compasión. Ella misma había
conocido bebés del tipo femme fatale. Nacían así, y a falta de
cirugías plásticas desfigurantes, no había nada que hacer exepto
empujarlas a un pantano.

“Gwen nunca tuvo muchos novios. Intenté advertirle sobre Bryan,


pero se negó a escuchar. Se casaron la semana pasada.” Resumió en
sollozos.
“Quiere un vaso de agua?” preguntó Stoner.

Tía Hermione le llenó el vaso con vino.

“Gracias. Están de luna de miel, en el Parque Nacional Grand Teton.


Jackson Hole. Eso es en Wyoming.”

“Si,” dijo Stoner. “Lo sé.”

“Al sur de Yellowstone.”

Stoner se acomodó el pelo a un costado. “Por qué sospecha que


Bryan Oxnard tiene...motivos diabólicos?”

“No le tengo confianza. Y, como dijo Harry, es muy sospechoso lo


del testamento.”

“Harry?”

“Harriman Smythe, el abogado de nuestra familia.”

“Ya veo,” dijo Stoner, sin ver.

“Tomamos el té justo ayer, en el Copley. Deberías probarlo,


Hermione. Es muy fino.”

“Debería,” dijo Tía Hermione.

“Har… El señor Smythe me dijo casi por accidente… El señor


Smythe nunca traicionaría una confidencia… me dijo que Gwen
había cambiado su testamento. Le deja todo….”

“A Bryan Oxnard,” completó Stoner.

“Exactamente.” Los ojos de la señora Burton se llenaron de


lágrimas.
Siguiendo una corazonada, Stoner se volvió hacia su tía. “Podrías
entretener a Marylou en la cocina por un rato? Me gustaría hablar a
solas con la señora Burton.”

“Por supuesto,” dijo Tía Hermione, juntando su lana. “Voy a ver si


tiene hambre.”

Stoner estudió a la mujer, que ahora estaba sentada en calma, las


manos sobre la falda. En reposo, era encantadora, el tipo de mujer
suave, de piel blanca, como cualquier abuelita se supone que debería
ser. De las que ha visto buenas y malas, y sabe que todo pasa. La que
se queda despierta a la noche hasta que vuelves a casa, pero nunca te
lo dice a la mañana siguiente. La que te regala libros para tu
cumpleaños cuando tu madre insiste con bombachas y corpiños, y
los envuelve ella misma. Y que nunca te hace sentir culpable,
incómoda, o vergonzosa. Que dice cosas como, “Deja a esa chica en
paz, Helen. Es sólo una niña.”

Se aclaró la garganta. “Pensé que sería mas fácil charlar si éramos


sólo usted y yo.”

La señora Burton sonrió tímidamente. “Te lo agradezco, Stoner. He


tomado demasiado vino para coronar dos semanas de mucha
angustia.” Miró hacia la puerta. “Y francamente, aunque tu amiga
me parece encantadora, está un poco…sobrestimulada.”

“Me temo que este tema me ha desarmado. Gwyneth y yo jamás


habíamos estado en desacuerdo por algo importante antes, verás.
Pero estoy tan segura de que con él tengo razón, y ella todo lo
contrario, y… bueno, es un sentimiento desolador.”

“Entiendo.”

“Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, supe que tenía…


cómo dicen ustedes los jóvenes? … que tomarlo con calma.”

Stoner rió. “No soy tan jóven.”


“Temo haber dañado nuestra relación sin remedio.”

“Estoy segura de que no,” dijo Stoner. “No después de todos estos
años.”

“El amor jamás debe darse por descontado. La lastimé, Stoner, y no


me lo perdono.”

Hizo una pausa para tomar un sorbo de vino, cambió de opinión, y


dejó el vaso en la mesa. “Charlando como una cotorra,” musitó. “A
mi edad, hay que ser cuidadosa en mantener las apariencias.”

Stoner apoyó los brazos en las rodillas. “Puede decirme, por favor,
qué hizo sobre esta situación hasta ahora?”

“Algo terrible,” dijo la mujer. “Impensado.”

“Impensado?”

La señora Burton jugaba con sus puños. “Fui a la policía.”

“Bueno, parece apropiado.”

“Fue humillante.” Sus ojos centellearon. “Fueron poco amables.


Obviamente, se convencieron de que soy una vieja tonta
comadrera.”

Y ahí estaba la diferencia entre la señora Burton y la Tía Hermione,


que hubiera ido derecho a la intendencia a poner el grito en el cielo
contra la idiotez de confiarle la seguridad y el bienestar de una
ciudad entera a una manga de inexpertos, insensibles e
icompetentes.

“Si alguna vez tienes motivos para llamar a las autoridades,” dijo la
señora Burton, “hazlo antes de cumplir cincuenta. Después de los
cincuenta, no te dan ni la hora.”

“La aconsejaron de alguna forma?”


“Dijeron que debía tener Evidencia Sólida. Un cadáver
ensangrentado, sin dudas.”

“Sin duda,” coincidió Stoner. “Revisó los antecedentes de Bryan?”

“Se me ocurrió ir a hacer algunas preguntas en el banco, hace unas


semanas. Pero me pareció poco ético.”

“Debería hacerlo ahora.”

“No en persona. Podría enterarse Gwen, no te das cuenta?”

Stoner asintió. “Podría ayudarle con eso.”

“Sería bonito, por supuesto. Pero llevaría tiempo, y me temo que


tiempo es lo que no tenemos.”

“En serio?”

“Gwen me llamó anoche desde Wyoming… Por lo menos la


convencí de eso… y tuve la exacta premonición de que…de que no
volvería a verla.” Pareció quebrarse de nuevo, y se recompuso. “Lo
que me asusta es que jamás tengo premoniciones. Al salir de la
policía, vine directo a lo de Hermione. No fue muy alentadora.”

“Qué dijo?” preguntó Stoner, empezando a alarmarse.

“Que hay peligro. Peligro definitivo. Se conectó con Bryan de


alguna forma. No sé como funcionan estas cosas.”

“Yo tampoco. Pero funcionan.”

“No crees que sólo estaba siendo prudente, no?”

“Lo dudo. El tacto no es lo de ella.” Stoner contempló el dibujo de la


alfombra. “Qué quiere que haga yo?”

“Ir hasta allá y, bueno, ver cómo van las cosas.”


“Espiarlos?”

“Que palabra más ruda. Pero, si, espiar.”

“Señora Burton,” dijo, “no sabría como hacerlo.”

La mujer descartó la objeción de Stoner con un gesto. “Por supuesto


que sabrías. Hermione dice que eres inteligente.”

“No tanto.”

Esconderse detrás de los arbustos? Espiar por las puertas? Por las
ventanas? No hacía ese tipo de cosas desde los diez años.

“Podrías cruzarte con ellos de forma casual. Congraciarte…”

“Congraciarme?”

“Hacerte amiga. Estoy segura de que mi nieta te va a encantar.”

“Seguro que si, pero…”

“Y sé que a ella les vas a encantar. Tal vez puedas disfrazar la


verdad.” Miró a Stoner fijamente. “Ella necesita mucho tener una
amiga, Stoner.”

“Pero qué pasa si está equivocada sobre él?”

La señora Burton sonrió. “Estoy bien preparada para tragarme mis


palabras. Y para ajustarme a un nieto político que no me cae nada
bien.”

Stoner miró la foto de Gwen, y reprimió una pequeña ráfaga de


excitación. Racional. Tenemos que ser racionales aquí. “Puedo
tomarme un tiempo para pensarlo?”

“La velocidad es esencial. Incluso ahora puede ser demasiado…oh,


querida.”
“Esta noche,” dijo rápidamente Stoner. “No puedo… podría hacer
nada hasta mañana, de todos modos. Mientras, si usted…uh…sabe
algo de ella, me llama?”

“Inmediatamente.” Se paró. “Me tengo que ir. Si hay malas noticias,


no quiero escucharlas de mi contestador automático.” Se dirigieron
hacia la puerta. “Cuando yo tenía tu edad, dábamos las malas
noticias en persona. Hasta un llamado telefónico era impensado.
Hoy todo vale, no?”

“Quiere que Marylou la acompañe a casa?” Preguntó Stoner,


tomando el abrigo de la mujer del perchero.

“Vaya, sería una exelente idea. A un asaltante le dejaría la cabeza


como un budín, no es cierto?” Se puso los guantes. “Gracias por tu
ayuda. Hermione prometió que no me ibas a defraudar.”

Stoner sintió que las paredes se le venían encima. “Lo voy a


considerar. Es lo único que le puedo decir por ahora.”

“Iría yo misma, sabes, pero no serviría de nada.”

“Claro. Tiene que ser alguien que ellos no conozcan.”

“Y de qué serviría alguien como yo entre las montañas?”

“Le digo la verdad, señora Burton, creo que usted puede manejarse
en cualquier situación.”

“Eres muy dulce,” dijo la mujer, y le dio una palmadita en la mejilla.

“Puedo quedarme con la foto por esta noche?” Avergonzada, sonrió


torpemente. “Podría ayudarme a decidir.”

“Por supuesto. Y la vas a necesitar, no? Para identificarla?”

“Si yo…”
La señora Burton suspiró. “Oh, espero estar equivocada. Realmente
quiero que sea felíz.”

“Estoy segura de eso.”

“Me he comportado tan mal hasta ahora. Piensas que algún día me
perdonará?”

“Estoy segura de que si.”

“El amor nos hace hacer cosas extrañas.” Buscó en la cartera la llave
de su casa.

“Ciertamente.”

“Pero qué mas hay?” Tocó el brazo de Stoner. “Creo que ya estoy
lista para Marylou.”

Cuando se hubieron ido, Stoner se volvió hacia su tía. “Te parece


que es tan terrible como ella dice?”

“Tanto, sino peor.”

Stoner puso sus manos en los bolsillos traseros. “Por Dios, Tía
Hermione, en qué me metiste?”

Sola en su cuarto, Stoner se apoyó en la ventana abierta y miró hacia


el oscuro jardín interno. Los edificios, ubicados hombro con hombro
alrededor del pequeño espacio abierto, amortiguaban el ruido de la
calle. Prestando atención, pensó que podía escuchar el suspiro y el
chirrido de las vides creciendo a hurtadillas en la oscuridad. Suspiró
profundamente, y se dejó llevar por un pensamiento poco digno.

Por mucho que quisiera a Marylou y a Tía Hermione – y las adoraba


con todo su corazón – a veces, en el medio de sus charloteos y sus
formas de ver la vida, se sentía sola. Le hubiera gustado compartir
momentos con alguien que le tuviera miedo a los extraños, que no
pudiera dejar sonar el teléfono sin contestarlo, que disfrutara de un
atardecer en silencio, que se fastidie si está cansada, que sea tímida
en un shopping, que se sintiera incómoda cuando la tocan – alguien,
en resumen, que fuera un poquito neurótica, lo normal. Suspiró de
vuelta. Estos pensamientos no sirven de nada.

Stoner encendió la lámpara al costado de su cama y estudió la foto


borrosa. Había algo en los ojos de la mujer…Reservada, consciente
de que le estaban sacando una foto, y no muy cómoda con ello. Eso,
pensó, era algo que ella podía entender.

Las puntas de los dedos le cosquillearon extrañamente. Stoner se


pasó las manos por su pijama. Qué, en nombre del cielo, iba a hacer
con esta situación? Era ridículo, algo sacado de una novela o de una
película de trasnoche. La gente no andaba por ahí casándose por
dinero y asesinando a sus esposas. No en la Vida Real. Bueno, no en
la vida real que ella conocía. Y ni siquiera parecía haber tanto dinero
involucrado aquí. Ahora, si estuviésemos hablando de millones…
aunque ella no creía que hubiese gente con millones, después de
todo Newport era obviamente un set de filmación…si estuviesen
hablando de millones, era posible. Si podías creer en un imposible,
podías creer en dos.

Pero aún creyendo en imposibles, cómo podía aceptar este trabajo?


No era inteligente, no sabía nada sobre este tipo de cosas, y ni
siquiera tenía un impermeable. Mejor dejarlo en manos de un
profesional. Un detective privado. Eso es lo que le aconsejaría a la
señora Burton. A Stoner le iba a ir mejor – a todos les iba a ir mejor
– si se quedaba en casa haciendo lo que mejor sabía hacer. Llenar
vouchers de viaje.

Miró una vez mas, tristemente, a la foto, y se metió en la cama.


Convencida de que había tomado la decisión correcta, apagó la luz.

Algún día, deseó, conocería a Gwen Oxnard.

“Bueno,” dijo Tía Herminone en el desayuno.

“Bueno?”

“Lo vas a hacer?”

Stoner levantó la mirada. “Pensé que las comidas eran sagradas.”

Tía Hermione apoyó su taza con un gesto de impaciencia.


“Honestamente, Stoner, a veces piensas como un perro.”

“Huh?”

“Te digo que no te subas al sillón, y tienes miedo de acercarte a


cualquier mueble.”

Stoner se resfregó los ojos con sueño. “Es sólo porque te la pasas
cambiando las reglas.”

“Ok, Stoner.” Tía Hermione le sirvió otra taza de café. “Conozco ese
gesto McTavish. Ya tomaste una decisión, y quiero saber cual es.”

“Pensé que mi padre era un débil.”

“Me refiero a Angus McTavish,” dijo Tía Hermione. “Cuando


sales?”
Stoner revolvió el café. “No salgo. Creo que tiene que contratar un
detective privado.”

“Ya se lo sugerí. No lo va a hacer.”

“Por qué no?”

“No quiere que los asuntos de su familia se ventilen con extraños, no


confía en extraños.”

“Yo soy una extraña.” Tomó un sorbo de café.

“Pero a mi me conoce desde hace años.”

Stoner inclinó la cabeza y miró duramente a su tía. “Realmente


tengo elección?”

“Por supuesto que no,” dijo Tía Hermione, untando un croissant.

Stoner dejó que la puerta de la agencia de viajes se estrellara detrás


suyo y apoyó la mochila en su escritorio. “Bueno,” dijo con
desagrado, “lo voy a hacer.”

“Maravilloso,” dijo Marylou. Levantó una pila de papeles.


“Entonces, te tomas el de la 1:10 desde Logan. United, me temo. Es
un vuelo directo, con una parada de 45 minutos en O´Hare, llegando
a Denver a las 6.30 hora local.”

“Marylou…”

“No necesitas llevar mucho. Puedes conseguir tu disfraz una vez que
llegues allí.”

“Mi disfraz.”
Marylou le puso una mirada irritante. “Sobresaldrías como un dedo
con llagas con esa ropa. Debes parecer una turista, mezclarte con el
paisaje, que según entiendo es magnífico. Llevate la mochila, botas
de escalar, y otras cosas esenciales.” Puso una montaña de folletos
de Jackson Hole el el escritorio. “Estudiate éstos.”

“Espera un minuto...”

“En Denver cambias a Frontier Airlines, lo que sea que fuera, que te
lleva a Jackson. Te alquilé un auto. Tienes una reserva en la Posada
Timberline, donde Gwen y Bryan están alojados.”

“Cómo averiguaste eso?”

“Hablé con la señora Burton esta mañana. Se ofreció a pagar tus


gastos, más un extra por la molestia. Tenía una resaca terrible.”

Stoner se hundió contra el escritorio. “Me tendiste una trampa.”

Marylou dejó de revolver papeles. “Tenderte una trampa?”

“Tú y Tía Hermine,” dijo furiosa. “Estoy tentada de no hacerlo.”

“No quise...”

“Oh, olvidate, Marylou. No quisiste.” Se sentó y comenzó a revisar


en un cajón. “Maldición, dónde puse los pasajes de Amtrak a
Jessamy?”

Marylou se le acercó. “Stoner, lo siento. Realmente lo siento.”

Stoner se cruzó de brazos y miró hacia delante. Sus labios tensos.


“Podría ser peligroso, sabes.”

“No pensé.”

Stoner masculló por lo bajo.


“Te quedaste con la foto, no?” Preguntó Marylou sumisamente.

“Si, me quedé con la foto.”

“Bueno…” Marylou se encogió de hombros, y como pidiendo


disculpas, dibujó círculos en el escritorio con la punta de su dedo.

Stoner se ablandó. “Ok.” Revisó los pasajes aéreos y se sentó


derecha. “Marylou, esto es sólo un pasaje de ida.”

“No sabía cuando podrías volver.”

Stoner rió. “Por un minuto pensé que no esperabas que volviera.”

Marylou la miró. “Estás asustada.”

“Por supuesto que estoy asustada.”

“Qué podría pasarte?”

Con exasperación, Stoner se acomodó el pelo hacia un costado.


“Teóricamente, voy allá a evitar un asesinato. Qué te parece que
podría pasar?”

“Tía Hermione debe saber que todo va a salir bien.”

“Tía Hermione no lee para la familia o amigos íntimos.”

“Oh,” dijo Marylou. Se iluminó. “Lleva un revólver.”

“No sé usar un revólver.”

“Es fácil. Sólo hay que apretar ese cosito que cuelga... No?”

“Marylou, no voy a andar por todo Wyoming con un revólver.”

“Por qué no? Todo el mundo anda.”

Stoner gruñó. “Eso es sólo en las películas.”


“Bueno, qué demonios? La señora Burton probablemente se está
imaginando todo.”

“Eso espero.”

“Me vas a escribir?”

“Todos los días.”

Marylou la abrazó. “Hey, el cambio te va a hacer bien. Y piensa en


lo estético...”

“Ya sé,” dijo Stoner. “Siempre quise ver los Tetones.”

“No me refería a las montañas,” dijo Marylou.

CAPITULO TRES

La primera vista del Medio Oeste desde 30.000 pies convenció a


Stoner de las virtudes de volar. Allá abajo se extendían milla sobre
milla cuadrados perfectos, tostados, su simetría reforzada por
carreteras exactamente rectas. Cada tanto aparecía una granja,
rodeada de árboles, solitaria, como una bandada de aves migratorias
perdida en alta mar por culpa de una tormenta. Un tractor reptaba
por los campos. En auto, llevaría dos días enteros cruzar todo eso.

Por otro lado, un auto le hubiese dado algo que añoraba a cada rato
desde que el avión despegó de Boston – la oportunidad de regresar.
Sólo disciplina, autodominio, y un Manhattan doble habían
impedido que se suba de polizón en el próximo vuelo de vuelta hacia
el Este desde Chicago. Stoner apoyó la cabeza contra la butaca y
miró la parte superior del ala del avión. El cielo se estaba
oscureciendo un poco, limpiando hacia el oeste. Un atado de nubes
pasó por la ventanilla.
Las ciudades al este del Mississippi se caían por la curva de la
Tierra. Sintió una ola de excitación. Allí abajo estaba la Zona de
Praderas, hogar de las ahora desaparecidas manadas de búfalos, los
trenes de carga, los Arapaho, el Pony Express, las luchas por la
tierra, la Zona de Sequía.

Los pioneros se habían propuesto cruzarla sin saber qué había del
otro lado – o si había otro lado. Los hombres se volvieron violentos,
y las mujeres se volvieron locas, por la desolación, la incertidumbre,
y el viento. La vida era inimaginable, aún hoy. Debía haber unas
miles de millas entre cada granja. Amas de casa que pasaban días,
hasta semanas, sin verle la cara a otra mujer. Limpiaban, cocinaban,
cultivaban vegetales, y miraban la tele. Día tras día, una vida entera.
Qué hacías si te sentías sola? Qué hacías si tu marido abusaba de ti?
Qué, por Dios, hacías si eras lesbiana? Bueno, probablemente hacías
lo mismo en cada caso – huir si podías. Y si no podías, apretabas los
dientes, intentabas no sentir, y esperabas con locura que haya otra
vida después de la muerte – o después de Nebraska, cualquiera que
llegara primero.

La azafata se inclinó hacia ella, rompiendo su ensueño.


“Aterrizamos en diez minutos, señora McTavish.”

“Señorita.” Dijo Stoner automáticamente.

Ya podía ver adelante la línea frontal de las Montañas Rocosas, una


delgada línea gris malva de abollones irregulares. El avión se inclinó
hacia delante, sus motores disminuyeron la velocidad. Las montañas
crecieron; picos agudos bordeaban un cielo color lavanda. Las
pequeñas luces de Denver destellaron en la niebla. Stoner sintió un
nudo en la garganta. Estaba en el Oeste.

El pequeño avión bimotor de Frontier Airlines dio unos tumbos y se


sumergió en un pozo de aire. Stoner observó a los demás pasajeros y
se sintió desubicada con su ropa del Este. El vuelo a Denver llevaba
mayoría de hombres de negocios, de traje, pero los locales preferían
obviamente jeans y camisas a cuadros.

Hicieron una pausa en Laramie para dejar a unos estudiantes


universitarios, y despegaron hacia el noroeste. El cielo todavía
estaba claro, pero oscurecía rápidamente. Un planeta brilló en el
horizonte. La noche llegó de repente.

Su compañero de asiento hizo un gesto hacia la ventana. “Medicine


Bows”, dijo. Abajo había montañas con picos nevados. “Glaciares.”

Era un hombre de mediana edad, de jeans y botas de cowboy.Una


persona poco interesante. Era la primera vez en una hora que emitía
una palabra.

“Parece que no hay atardecer,” dijo Stoner. “Es normal?”

Asintió. “Sequía.”

“Vive en Jackson?”

“Alce. Pesca y Vida Silvestre. Wapiti.”

“Alce, pesca, vida silvestre, y wapiti?”

“Al servicio del gobierno,” masculló. “Vivo en Alce.”

“Wapiti?” preguntó Stoner timidamente.

“Estudio los wapiti. Los ante. Pero no son ante, son wapitis.”

“Oh,” dijo Stoner. Vagamente recordaba haber leído algo sobre el


Refugio Nacional del Ante en un folleto.

“Parecen ante,” dijo el hombre. “Pero no son ante.”

“Wapiti,” dijo Stoner.


Gruño de vuelta, conforme. “Wapiti”. Observó su ropa. “Turista.”

Stoner negó con la cabeza. “Estoy acá… por negocios.”

“Bien. Demasiados malditos turistas. Gobierno?”

“No, tengo una…” dudó, “…agencia de viajes. En Boston?”


concluyó con esperanza.

“Maldita turista.”

“No,” dijo Stoner con urgencia. “No soy turista.”

“Pero vive de ellos.”

“Pero no me agradan.”

“Debería vivir de algo que le agrade.”

“Bueno, sí me gustan algunos. Pero no los que piensan que el mundo


es su propio campo de recreo.”

“Hay demasiado de esos,” dijo Pesca y Vida Silvestre.

“Y hay muchos lugares para ellos.”

“Por ejemplo?”

“Las Vegas, la mayor parte de Florida, y Atlantic City.”

Pensó que lo había hecho sonreir un poco, pero pudo haber sido una
alucinación.

“Todos andan detrás de algo en este valle,” gruñó el hombre. “Usted


detrás de que anda?”

“Sólo quiero echar un vistazo,” dijo Stoner. “Para tener una idea del
lugar, así no se lo recomiendo a la gente equivocada.”
Pesca y Vida Silvestre la miró. “Quiere ver el lugar para mantener a
la gente alejada?”

Stoner asintió con fuerza.

“Una especie de chiflada,” dijo. “Quiere un trago?”

Stoner miró hacia la cola del avión. Si había algún tipo de cocina,
estaba destinada a la carga de la empresa de correos. “Sirven tragos
en este tipo de aviones?”

“No.” Sacó una petaca de su destruído maletín, limpió el pico con la


manga, y se lo pasó.

Sintió como si se estuviese iniciando en algún tipo de tribu antigua,


pero elevó una plegaria a cualquiera que estuviese escuchando, y
tomó un buen sorbo. Era gin puro. “Gracias,” jadeó.

“Muy bueno.” Guardó la petaca sin beber.

“Si, muy bueno.” Era, notó con algo de asombro, capaz de temblar
sin mostrarlo. Tenía que ver con la presión de las muelas. “Usted no
toma?”

“Me pudre las entrañas.” Suspiró y se recostó cómodamente. “He


estado aquí cinco años, probablemente me quede cinco más. Si esto
sigue en pié. Cazadores, elefantes, y ahora turistas.”

“Elefantes?” preguntó Stoner, alarmada. (*)

(*) Nota del T.: ´Tuskers´ significa ´elefantes´ y ´tusk´ colmillos.


Aquí se usa ´tuskers´como ´cazadores de colmillos´.

“Vinieron acá a buscar colmillos de wapiti, ´caninos´ les dicen.


Mataron a los animales, les sacaron los dientes, y dejaron los
restos.”

“Para qué?”
“Alguna vez escuchó algo sobre los B.P.O.E.?”

Stoner asintió. “Los Ante.”

“Biggest Pigs On Earth (Los Cerdos Mas Grandes Del Planeta).


Usan los dientes para los relojes de bolsillo.”

“Pero no son ante,” protestó Stoner. “Son wapiti.”

“Mataron cientos de miles. Limpiaron la maldita manada.”

“Oh, Dios,” dijo Stoner.

“Y bueno, protegieron la especie. Y ahora vienen los turistas.


Campamentos, pistas de ski, motos de nieve, motos de montaña.
Malditos vehículos recreativos. Pueblos enteros se quedaron sin
bosque. Condominios. Vaya a dar una vuelta por Teton Village.
Chalets suizos, restaurantes franceses. La gente quiere venir a
Wyoming y sentir que está en Europa. Por qué no van a Europa?” La
miró. “Respóndame.”

“No lo sé,” murmuró Stoner.

“Bueno, si alguna vez lo averigua, cuénteme. De veras que estoy


interesado en esa información.” Suspiró. “Jackson Hole era tierra
sagrada para los indios. Nadie sabe por qué, pero ni se atrevían a
acampar ahí. Algunos dicen que era porque muchas tribus
atravesaban el valle en sus viajes, y se habían puesto de acuerdo en
que nadie reclamara esa tierra como suya y así evitar los conflictos.
Aunque no eran el tipo de indios que reclamara tierras de todos
modos. Supongo que creían que el Gran Espíritu vivía en las
montañas. Ya va a ver lo que son. Pero ningún turista se va a tragar
eso.”

Stoner se estaba deprimiendo cada vez más.


“Ganancias,” dijo su compañero. “Unos urbanistas tomaron el
Mother Lode en Jackson Hole. Compraron unas hectáreas con una
linda vista, una astuta campaña publicitaria, y se sentaron a disfrutar
los billetes.”

“Pero por qué les vendieron los terrenos?” Preguntó Stoner.

“La principal fuente de ingresos aquí, si no haces vasijas o vendes


chucherías, es la hacienda. Trabajo duro, demoledor, incómodo…y a
bancarrota – es el ciclo de vida de un campesino.”

Para romper la nube de tristeza que se estaba posando sobre ella,


Stoner miró por la ventana. Las montañas habían quedado atrás.
Estaban sobre tierra plana de vuelta. Arena y artemisa brillaban
extrañamente en la oscuridad. La vista la completaban algunos
pueblos, edificaciones, luces.

“Agua,” dijo el agente del gobierno abruptamente. “Es algo que


ustedes en el Este jamás entenderían. Tienen más lluvia en dos
meses que la que tenemos acá en un año. Tienen que quedarse sin
agua para apreciarlo.”

Eso era cierto. En New England, el agua siempre estaba cayendo,


corriendo, helándose, derritiéndose, flotando en el aire,
escurriéndose en el sótano, o evaporándose por las laderas. Te dejaba
el pelo aplastado, la ropa con olor, el pan con hongos, y el jardín
podrido. Te innundaba el carburador, manchaba las paredes, y tenías
que usar ropa horrible.

“Tienen demasiado follaje,” continuó. “Se pasan la vida sacando


yuyos y cortando matorrales. Acá la gracia es lograr que algo crezca.
Tenemos árboles y plantas en la altura, ahí donde no te sirven para
nada. Pero en el llano un árbol tarda cincuenta años en madurar. Y
así y todo no sirve de mucho.”

“Lo siento,” dijo Stoner, irrelevantemente.


“Así que no nos causa gracia que vengan visitas, que no miran
donde pisan, hacen dibujos en los árboles, rompen y matan. Y lo
llaman diversión.” La miró. “Hable con el Servicio de Parques, le
van a decir lo mismo. Intentamos proteger un acre aquí, un árbol por
allá. Pero estamos perdiendo. Podemos enlentecerlo, pero antes o
después se van a llevar todo.”

“Debe haber alguna esperanza”, dijo Stoner desesperadamente.

“Bueno, consiguieron hacer que Jackson Hole sea declarado Parque


Nacional. Es algo. Al menos hasta que esos burros de Washington
cambien de parecer y le vendan todo a los urbanizadores. Ahí están.”

Stoner se dió vuelta, medio esperando ver un pelotón de


urbanizadores y legisladores marchando por el pasillo. “Quienes?”

“Tetones.”

En la oscuridad apenas podía distinguir la pista de terrizaje, y detrás


la enorme sombra de las montañas. Al norte brillaba un río,
reflejando la luna plateada. Jackson estaba en el extremo sur de la
oscura depresión que era Jackson Hole. “Qué es eso?” preguntó,
señalando un grupo aislado de luces.

“Una de las posadas,” dijo el hombre. Miró hacia el costado,


orientándose. “Signal Mountain, probablemente. En el Lago
Jackson.”

Stoner miró mejor, y vió una enorme superficie de agua que parecía
mercurio derramado. Más al norte, otro grupo de luces cortaban la
oscuridad.

“La posada Lago Jackson ,” dijo su compañero.

“Todo se llama Jackson acá?”


“Casi. Jackson era un viejo cazador. Ponía sus trampas sobre el
Snake.”

“Se ve la posada Timberline desde acá?”

Sacudió la cabeza. “Está en el bosque, en la base del Teewinot. Ahí


es donde se hospeda?”

“Si.”

“Es de Ted y Stell Perkins. Buena gente. Probablemente no llegue a


conocer a Ted. Es inquieto. Stell tiene una de las mejores cocinas del
parque.”

“Francesa?” preguntó Stoner.

Pesca y Vida Silvestre rió, algo que Stoner creía que era incapaz de
hacer. “Stell no serviría nada que no pudiera pronunciar.”

Las dos posadas flotaban como buques en un mar gris de oscuridad


y luz de luna. Stoner sintió que su corazón empezaba a repiquetear.
Se acomodó, enderezó la butaca, intentando ver todo a la vez. El
piloto inclinó el avión y comenzó su descenso. Stoner se apoyó en la
butaca, las manos le temblaban.

“Digame,” dijo lo mas calmada que pudo, “cual es la forma más


rápida de ubicarse por acá?”

“Turistas,” suspiró el hombre. “Siempre apurados.”

“Por favor.”

“Bueno, la guía de Bonney es muy buena. No la actualizan desde


1972, pero aún así es la mejor que hay. La Asociación de Historia
Natural la tiene, y hay algunas otras. O puede conseguir una en la
entrada de la estación, en Alce. Va a cabalgar?”
“En caballo?” Stoner sacudió la cabeza. “Les tengo pánico. Pero
podría hacer una caminata.”

“Consígase un mapa topográfico, y no salga sin él. No vaya a áreas


remotas. Hay lugares peligrosos ahí afuera, y la altura le hace cosas
raras a uno.”

El avión rebotó y se detuvo. “El hijo de puta aterrizó esta cosa,” dijo
el hombre. “Juro por Dios, algún día lo va a aterrizar en el Cañón de
Granito.” Sacó un sobretodo del compartimiento de equipajes.
“Mejor saque un abrigo. Se le congela el culo vestida así. Que tenga
buen viaje.” Se fue por el pasillo. “Turistas,” lo escuchó mascullar
Stoner.

Se quedó parada sola en la pista desierta, sintiendo y viendo los


gigantescos Tetones delante de ella. Debajo de una media luna las
montañas eran apenas visibles, pero su presencia era inconfundible.
Manchas florescentes marcaban la presencia de glaciares en las
alturas, y pudo distingir, cuando sus ojos se acostumbraron a la
oscuridad, los afilados picos. Pero sobre todo pudo sentir su pesada,
calma impersonalidad. Había cierto presagio en ello. Stoner sintió
que su cuerpo se tensaba.

Fue a buscar su auto y un mapa del Parque. Por lo menos no iba a


ser fácil perderse. Sólo dos rutas importantes cruzaban el área,
Rockefeller Highway al este, y Teton Park Road, con un solo camino
transversal cerca del Lago Jenny, al oeste. Entre ellas se extendían
Baseline y Antelope Flats, y el serpenteante Río Snake. La posada
Timberline estaba al borde de Lupine Meadows, metida entre las
montañas sobre el arroyo Cottonwood.

Su ansiedad se incrementó mientras manejaba hacia el norte en la


noche desierta. Las luces del coche dejaban ver arbustos de artemisa
al costado de la ruta. Cada tanto un par de pequeños ojos brillaban y
desaparecían.
Cercas de madera, hechas con ramas de árboles jóvenes y postes
verticales, rodeaban la autopista. Ni árboles, ni otros coches, sólo el
brillo de las luces de su tablero y el silencio, y las amenazadoras
montañas. El aire nocturno estaba raro; se sentía un poco ebria sólo
de respirarlo. Pesca y Vida Silvestre tenía razón. Quería ver todo a la
vez. La luz de la luna le enviaba extrañas sombras.

Dobló en el sucio camino marcado con un pequeño y discreto cartel.


Posada Timberline. El maltratado puente y guarda-ganado rugieron
cuando los cruzó e ingresó en la playa de estacionamiento. Cerrando
la puerta de tela metálica suavemente, Stoner se sorprendió al ver
que el lobby estaba casi desierto. Las paredes estaban hechas con
troncos barnizados, torpemente esculpidos y cruzados en las
esquinas. La posada tenía forma de L. Justo enfrente de la puerta
principal estaba la entrada de lo que debía ser el comedor,
identificado como el Highlands Room sobre un arco. A su derecha
había una salida, y a continuación el Stampede Room, que
probablemente fuera el bar. Una luz suave se filtraba por la puerta,
junto al discordante murmullo de la televisión. Parecía una película
de trasnoche. Stoner miró su reloj. Once y cuarto. En casa debería
ser la una pasada.

Un hogar llenaba la pared norte, troncos flagrantes producían un


fuego crepitante. Dos hombres jóvenes leían sentados al lado del
fuego, los pies apoyados sobre el pié de la hoguera. El cuarto los
hacía parecer más pequeños. Todo estaba muy quieto. Sintiéndose
incómoda y un poco cohibida, tocó la campanilla.

Una mujer alta y flaca apareció desde el comedor, limpiándose las


manos en un delantal. Su cabello era marrón con algunas canas, sus
ojos color avellana. “Tú debes ser Stoner McTavish,” dijo,
estrechando la mano. “Te estábamos esperando.”

Stoner le estrechó la mano, sorprendida por la dureza de su piel, la


firmeza de su apretón. “Lo siento,” dijo. “No pretendía entrar a
hurtadillas como un ladrón en el medio de la noche.”
“A hurtadillas? Se puede escuchar ese guarda-ganado hasta los
campamentos del Lago Jenny. Hace seis años que intento que Ted lo
arregle. Soy Stell Perkins. Llamame Stell. Quieres una taza de
café?”

“Sería bueno,” dijo Stoner.

“Deja la valija detrás del buffete. Cómo fue el vuelo?”

“Un poco raro. Quiero decir, nunca vi un paisaje como este antes.
Digo, lo que vi hasta ahora.” Por alguna razón se sintió como de
quince años. “Hay siempre tanto – espacio?”

Stell rió y la tomó de los hombros, guiándola hacia el comedor. “A


veces hay mas. No te importa sentarte en la cocina, no?”

Una lámpara solitaria que ardía en el Highlands Room iluminaba


grandes ventanales, negros sobre la oscuridad de la noche. “Esos dan
hacia el Cathedral Group,” explicó Stell. “Middle, Grand, Owen, y
Teewinot. Es impresionante de día.”

Stoner le echó un vistazo al cuarto. Otro hogar, su fuego reducido a


carbón, ocupaba la pared sur. Las mesas estaban hechas de madera
barnizada, las sillas de madera y cuero crudo. Una gigante rueda de
vagón llena de lámparas colgaba en el centro del lugar.

“Parece sacado de una película,” dijo Stoner, deslumbrada.

“Supongo que si. Todo por aquí es mas o menos del mismo estilo.
Excepto los lugares nuevos en Teton Village. Siento lo del sauna.”

“Perdón?”

“Tu socia – Kesselbaum? – cuando llamó para hacer la reserva. Me


preguntó por el sauna.”
Stoner sintió que la cara se le ponía roja. “Odio los saunas. Me
hacen sentir como un cultivo de laboratorio.” Miró a Stell. “Marylou
está un poco loca.”

Stell se encogió de hombros. “Quién no lo está? Dejame darte las


instrucciones oficiales del lugar, y entonces podrás descansar.
Tenemos unas sesenta personas hospedadas aquí generalmente.
Treinta en las cabañas y treinta en los cuartos de la posada, arriba.
Por suerte, Little Bear está disponible.”

“Little Bear?”

“Nuestra cabaña de reserva. Es para dos, pero como la mayoría de


nuestros huéspedes son familias, suele estar vacía. O un grupo
grande ocupa Big Bear y ponen a los chicos en Litte.”

“Entiendo,” dijo Stoner.

“Está al fondo, así que vas a tener mucha privacidad. Vamos.” Abrió
la puerta de la cocina, y Stoner entró. Fue amor a primera vista.
Detrás del hogar del comedor había otra, totalmente completa y con
hornos de ladrillo. Sobre los morillos, una enorme pava negra
colgaba de una barra de hierro. Una vieja Border Collie parpadeó
desde su alfombra al lado del fuego. “Esa es Chipper,” dijo Stell.
“No sirve de mucho pero es un amor. Está un poco sorda, y un poco
lenta, pero en su tiempo supo ser una gran cazadora de ratones. No
es cierto, chica?”

Stell se agachó y rascó a Chipper detrás de las orejas. La perra


resopló con extasis.

“Espero que no te moleste un poco de informalidad,” dijo la mujer,


sacando dos pesadas tazas blancas del armario sobre la pileta. Las
llenó utilizando una jarra de lata que estaba en una hornalla de una
enorme cocina negra a gas. “Azúcar?”

“No, gracias.”
Algo parecido a un balde estaba atornillado a una larga tabla de
carnicero que cubría todo el largo de la cocina. Stell tomó una
manija que tenía arriba. “Te importa si termino con esto mientras
hablamos? El pan casero es una de nuestras especialidades.”

“No sé para que necesitan una especialidad,” dijo Stoner. “Este lugar
es hermoso.”

“Gracias. Era el rancho de la familia de mi esposo, mucho antes de


que hubiera un Parque Nacional aquí. Luego pusieron un camping
de recreo, y finalmente terminó siendo lo que hoy es. Es uno de los
pocos lugares privados dentro del Parque.”

Stoner tomó un sorbo de café. El fuerte gusto amargo le hizo saltar


los ojos. “Por Dios!” dijo.

Stell rió. “Café de cowboy. Agua y café se hierven juntos, con unas
cáscaras de huevo para que se asiente.”

“No sabe muy asentado,” dijo Stoner. “Quiero decir…”

“Te vas a acostumbrar al sabor. No es tan terrible como parece.”


Stell puso la masa en la tabla enharinada y empezó a darle forma a
los panes.

“Cuántos de esos haces por día?” preguntó Stoner.

Stell se corrió el pelo de la frente, dejando ver un mechón blanco.


“Tenemos a los huéspedes habituales para el desayuno, y otros diez
– artistas locales y el personal del Servicio Forestal. Para el
almuerzo, suelen ser quince, más unas venite cajitas de picnic. Para
la cena esperamos unos cuarenta. Probablemente haga unos treinta
panes por día.”

Stoner silbó. “Eso es mucho trabajo.”


“No es más que hacer tres,” dijo Stell. “Ya que estamos, si no vas a
estar para la cena, sería bueno que le avises a Pat. Es la jefa de
comedor. Le puedes avisar en el desayuno. Y si quieres una cajita de
picnic, hay que pedirla en el desayuno también. La puedes retirar
después de las nueve.”

“Tengo que avisarte si no quiero desayuno?”

“Vas a querer. Estas montañas hacen descalabros en tu dieta.”

Stoner apoyó los brazos en la mesa y tomó su café. “Veo que es muy
tranquilo aquí,” dijo. “Es porque son todas familias?”

“Es la altura. Te mata si no estás acostumbrada. Viste nuestro


barcito?”

Stoner asintió.

“Tony, el bartender, está dispuesto a quedarse toda la noche, pero


generalmente a eso de las doce ya no hay nadie.” Stell acomodó los
panes en los moldes. “Ahora que lo pienso, nunca vi a Tony dormir.”

“Tal vez es un vampiro,” dijo Stoner.

Stell sonrió. “Tal vez.” Se limpió las manos con un repasador. “A


ver, qué más te puedo decir de Timberline?” Hizo un gesto hacia el
comedor. “Ya viste el Highlands Room. Al lado de la puerta que está
bajo las escaleras, cerca del bar, hay una fogata. Los rangers locales
dan charlas los jueves a la noche. O un huésped se puede sentar a
charlar sobre sus hobbies o viajes. Cada tanto tenemos una misa los
domingos a la mañana, si hay un sacerdote hospedado. Pero no lo
impulsamos.”

“Por qué?”

“Pone a los huéspedes nerviosos, como que es algo que tienen que
hacer. Como que te arruina las vacaciones.” Enjuagó un trapo y
limpió la pileta. “Desde la fogata hay dos caminos, uno al Lago
Jenny y el otro a Taggart. Están señalizados. Hay un teléfono en tu
cuarto. El médico más cercano está en Jackson, pero hay una
enfermera en la posada Lago Jackson para emergencias. Tenemos
nuestros propios establos. Si quieres ir a cabalgar o a escalar, es
buena idea registrarse. De esa forma, si pasa algo, tarde o temprano
alguien va a salir a buscarte. Por supuesto, eso no es necesario en los
caminos mas populares. Nuestro vaquero se llama Jake. Es un poco
taciturno, pero no te dejes intimidar. Nuestras mozas y mucamas son
estudiantes universitarias. Las sábanas se cambian cada tres días. Me
olvidé de algo?”

“Lo dudo,” dijo Stoner. Estaba empezando a sentir sueño.

“No dudes en preguntar.” Stell apoyó el delantal sobre el borde de la


pileta. “Tu socia dijo que no te deje hacer estupideces. Planeas hacer
alguna estupidez?”

Stoner rió. “Esa es Marylou. Ella es...”

“...un poco loca. Igual, sirve ser cuidadosa. Este territorio es


tramposo.”

“No puede ser peor que Boston.”

“Si, puede. Ahí afuera, si algo te pasa, estás sola.” Le apretó el


hombro cariñosamente. “Dejame mostrarte como encontrar tu
cabaña.”

Stoner terminó su café y siguió a Stell hacia el lobby.

“Acá,” dijo Stell, señalando una especie de plano. “Vuelve por


donde entraste, hacia la playa de estacionamiento. Rockchuck,
Wapiti, Bobcat, Elk, y Bronco están a tu izquierda mirando la ruta.
Coyote, Mustang, Big Bear, y Little Bear están a la derecha. Little
Bear está subiendo un par de metros. Las noches son muy frías
ahora, así que te prendí un fuego. Tirale un par de troncos antes de
acostarte, y debería tirar hasta la mañana.”

Reprimiendo un bostezo, Stoner tomó su llave y su valija. “Gracias,


Stell. Oh, una cosa, se supone que debo buscar a alguien que está
acá en la posada. Podrías decirme dónde se hospedan los Oxnard?”

Stell puso una cara rara. “Son amigos tuyos?”

“Amigos de un amigo. No los conozco.”

“La suite Nez Perce, arriba.”

Stoner dudó. “Pasa algo?”

“No,” dijo Stell, y se encogió de hombros. “La mujer es bastante


agradable. Pero el marido…no me cierra. Alguna gente es así,
supongo. Te cae mal de entrada…y terminas convenciéndote de que
era todo idea tuya…”

“Y seis meses después descubres que tenías razón,” concluyó Stoner.


“Qué te cae mal de Bryan Oxnard?”

Stell frunció el seño pensativamente. “No te puedo decir qué


exactamente. Demasiado seguro de sí mismo para mi gusto.
Necesitas un toque de inseguridad para que el estofado te salga rico.
Me explico?”

“Totalmente.”

“No debería ser chismosa, pero como estamos en el mismo rubro,


por decirlo de alguna forma...”

“No voy a repetirlo,” dijo Stoner.

“Eso me hace acordar. Tu socia dijo que me asegure de que no


vuelvas a casa con 20 kilos de folletos como siempre haces. Dijo
que no podrías afrontar la carga extra.”
Stoner rió. “Está intentando ahorrar cada céntimo para comprar una
procesadora.”

“Para qué necesitan una procesadora en una agencia de viajes?”

“Tienes que conocer a Marylou para entenderlo,” dijo Stoner.

“Bueno, mejor que emprendas el camino. Las mañanas comienzan


muy temprano por aquí.”

“No sé.” Bostezó abiertamente. “Tal vez me quede durmiendo.”

“Imposible cuando los pájaros se despiertan,” dijo Stell.

Stoner salió al frío aire de la montaña y miró hacia arriba. Aún con
media luna, sintió que podía ver cada una de las estrellas del
universo. Sobre ella se extendía la vía láctea, una cinta de diamante
que flotaba descuidada. Otras estrellas y galaxias se veían como
granitos en el cielo azul terciopelo. Una lluvia de meteoritos cruzó
por la oscuridad. Mi Dios, pensó, la belleza me va a matar.

Cruzó el estacionamiento y subió por un camino de tierra, pasando


frente a las demás cabañas, hacia Little Bear. Los pinos extendían
sus ramas silenciosas sobre su cabeza. Las estrellas destellaban entre
sus agujas. El aire olía suavemente a pino y un extraño, acre aroma
de flores salvajes que florecían en los espacios abiertos. El silencio
era casi tangible, como una respiración contenida, rota solo por el
inconsistente sonido de sus pasos.

Little Bear estaba lejos de las otras, una pequeña cabaña hecha de
troncos, diminuta como una casita de juegos para niños. Una luz se
colaba por las ventanas a través de las cortinas. Un porche techado
esperaba con dos mecedoras. Un grupo de adelfillas rodeaban la
cabaña. Stoner levantó el pestillo y entró. El fuego siseó y
chisporroteó en el hogar, flanqueado por unos muy confortables
sillones. Sobre una pared había una mesa escritorio. La pared
opuesta tenía una puerta que iba al baño. El piso estaba revestido
con alfombras indias. Al lado de la puerta de entrada había dos
camas dobles separadas por una mesa de luz, y enfrente el vestidor y
armario. En cada lugar que miraba encontraba el brillo amigable de
madera lustrada. Era demasiado. Stoner soltó la valija, se sentó en el
borde de la cama y llorisqueó.

Se despertó casi antes del amanecer, descansada y ansiosa de


enfrentar las montañas. Luchando con sus ropas, salió al porche. A la
izquierda los Tetones incaban sus picos de granito en un cielo azul
hielo. Campos de nieve se veían en algunas grietas y sobre las
cimas. Bosques de pinos y álamos llenaban algunos declives, y
prados de flores salvajes gritaban sus colores. A su derecha podía
distinguir las secas, bajas colinas de Gros Ventre Range. El valle del
medio era una enorme pileta verde. Y sobre todo eso ese increíble
cielo azul. Sintió que se le desgarraba el corazón.

Miró todo lo que pudo soportar. Harta del paisaje, huyó camino
abajo hacia la posada.

Las puertas del comedor estaban cerradas, pero unos grupos de


escaladores y mochileros ya estaban en el lobby, haciendo alboroto
con un aire de superioridad. En algún lugar, pensó, le faltaba algún
cromosoma esencial – el que se emocionaba ante el riesgo y lo
extremo, ni hablar a exponerse, sólo por el dudoso placer de quedar
colgada de una roca al final de una cuerda. De helarse, transpirar, ser
consumida por mosquitos, empapada por la lluvia, asada por el sol –
todo para bajarse una lata de Budweiser en la cima de una montaña,
con un cartel que diga “Soy el Numero Uno”, saltando en cámara
lenta. En este grupo, todos con botas con punta metálica, medias
gruesas, pantalones de cuero, cuerdas y picos decoraban sus cuerpos.
Lo que sin duda explicaba algo. O no?

Las puertas del comedor se abrieron. Los mochileros corrieron a por


una mesa, empujando, apartando, a los codazos, y gritando
obscenidades con algarabía. Stoner esperó a que se sentaran, y espió
tentativamente por el borde de la puerta. Ahí, detrás de los
ventanales, estaban las montañas, enmarcadas por álamos y
observando plácidamente a una colina alpina. Cerró sus ojos y
apretó los puños. “No lo puedo soportar,” dijo en voz alta.

“Debe ser nueva aquí,” dijo una voz masculina a su lado.

Stoner se volvió para ver a un hombre alto y robusto vestido con el


uniforme verde del Servicio Forestal. Sus ojos eran azules como el
cielo, su cabello marrón rojizo con algunas canas. Usaba anteojos
con montura de alambre. Un tag de plástico negro sobre su pecho
anunciaba, “Flanagan.”

“Yo...uh...llegué anoche.”

“La primera vez que vi eso,” dijo el hombre, señalando hacia el


comedor, “me encerré en mi cuarto y me tomé un par de tragos.”

“Por las montañas?” preguntó Stoner. “O por los mochileros?”

“Ambos.”

Stoner extendió su mano. “Stoner McTavish.”

“Flanagan,” dijo él, dándole un fuerte apretón. “John.”

Uno de los empleados de la posada lo saludó. “Hey, Smokey.”

El guardabosques le contestó. “Hey, Tim.”

“Smokey?” preguntó Stoner.

“Es el sombrero,” se quejó. “El sombrero Smokey Bear.”

“Oh.” De repente se vió a sí misma, parada en una montañita,


gritando, “Smokey!”, y viendo como todo el Servicio Forestal
aparecía desde cada esquina del Parque. “Debe ser bastante
confuso,” dijo, “si le dicen Smokey a todos.”
Flanagan suspiró. “No. Sólo a mí.”

“Por qué?”

“Tengo problemas especiales. Me concedería el placer de desayunar


conmigo?”

“Sería un gusto.”

Mientras cruzaban la puerta, sintió un repentino estremecimiento en


la nuca. Hoy, de hecho en cualquier minuto, conocería a Gwen
Owens personalmente. No estoy lista, pensó. Huye de aquí sin hacer
ruido antes de que sea demasiado tarde.

Smokey la guió hacia una mesa para dos, ofreciéndole la silla que
daba a la gran ventana. Stoner la rechazó. Si podía ver la puerta, tal
vez podría ver a Gwen antes de que Gwen la viera a ella. Le daría la
ventaja…

Una camarera les trajo café y menús. “Cuidado con eso,” dijo
Smokey, señalando el café.

“Si. Lo probé anoche.” Se dio cuenta de que estaba revolviendo


azúcar en la taza. Dejó la cuchara. “No tomo con azúcar,” explicó.

El la miró, levantó una ceja, y volvió al menú.

Nervios, nervios. Cuál es el motivo ahora, se preguntó a sí misma.


Conoces gente todos los días. Si, se contestó, pero no la conoces a
ella todos los días.

Intentó focalizar su atención en su compañero de mesa.


“Mencionaste problemas especiales.”

Smokey miró en derredor, y se inclinó sobre la mesa. “Gente de


cine,” dijo susurrando.

“Gente de cine.”
Stoner sacudió la cabeza. “Me perdí de algo.” Una pareja de
ancianos entró en el comedor. No eran ellos.

“Hacen películas ahí afuera, por...razones obvias.” Asintió


discretamente hacia las montañas.

“Por favor,” dijo Stoner. “No hasta que haya desayunado.”

La camarera vino a tomar sus pedidos. Pensando que era mejor


apegarse a la rutina familiar, Stoner eligió rosquitas.

“Pide algo más,” dijo Smokey. “Esta altitud te da muchísimo


hambre.”

“Me la voy a jugar.” Considerando lo duro que estaba su estómago,


mantener algo adentro iba a ser un milagro. Si Marylou estuviese
acá, la haría salir afuera y gritar.

“Qué es una pilita?” preguntó, para hablar de algo.

“Tortas, dos. Una pila es cuatro.” Tomó un sorbo de café.

El lobby estaba terriblemente vacío. Tal vez no vinieran. “Cuentame


sobre la gente de cine.”

“Bueno,” dijo Smokey, recostándose en su silla, “la mayoría son


gente de ciudad. Crecidos entre cemento y supermercados, si soy
claro. Pero acá tenemos una ecología muy frágil.”

“Lo sé,” dijo Stoner. “Ya lo escuché todo de Pesca y Vida Silvestre.”

“Pesca y Vida Silvestre! Qué saben ellos? Sentaditos en sus sillones


en oficinas con aire acondicionado. Escriben reportes que nadie lee,
si es que tienen algún sentido, y que nadie podría entender. Deberían
estar acá afuera…” Apuntó con su dedo sobre la mesa. “…donde las
cosas suceden.”

“Gente de cine?” sugirió Stoner tímidamente.


“Si. Bueno, cuando hacen una película acá, el gobierno – Dios se
apiade de su alma – manda al Servicio Forestal al set. Para
asegurarse de que no destrocen nada.”

Alguien estaba parado en la puerta! No, sólo era un niño buscando


a su madre. “No llueve,” masculló Stoner.

“Estos personajes de Hollywood,” dijo Smokey. “Piensas que


deberían saber algo sobre la lluvia, ya que ellos mismos no tienen
tanta.” Bufó. “Dinero, es lo único que entienden. Rompen algo,
compran uno nuevo. Pero no puedes comprar lluvia, y las plantas
necesitan lluvia, y la vida silvestre necesita plantas, y a quién estás
buscando, querida?”

“Qué? No... nadie. Lo siento. Me estabas diciendo sobre la lluvia?”

Smokey le sonrió amargamente. “Yo soy el que tiene que vigilar a


esa gente.”

“Ya veo.” Confundida, se acomodó el pelo a un costado. Iba a huir.


En cuestión de minutos, se iba a levantar, inventar algún problema, y
desaparecer. Concentración, se pidió a sí misma. “Pensé que eso
tenía algo que ver con… No me acuerdo.”

“El sobrenombre, McTavish.”

“Por supuesto. El sobrenombre.” Se estaba empezando a marear.


“Creo que mejor desayuno.”

Smokey señaló a la moza. “Ellas empezaron con esto de ´Smokey´”,


dijo cuando ella hizo el pedido. “Piensan que queda lindo.”

“Te pueden dar otro trabajo?”

“El Servicio Forestal es como el Ejército,” gruñó. “Y lo peor es que


les caigo bien. Se corre la bola. Así que cada vez que llega una
compañía es lo mismo, ´Dónde está Smokey Flanagan?´ Bueno,”
mostró sus manos en un gesto de rendición, “hay que mantener a los
contribuyentes contentos.”

Stoner tuvo que sonreir. “Creo que te gusta.”

“Gustarme! McTavish, me estás tomando el pelo.”

Stoner se encogió de hombros. El la miró. “Bueno,” dijo, “supongo


que podría ser peor. Un compañero mío tiene que hacer caminatas
naturistas en Colter Bay. Eso sí que es difícil. Qué hace una chica
como tú aquí sola?”

“Por favor,” dijo Stoner, haciendo un gesto de dolor, “no me llames


chica.”

“No quise ofender,” se disculpó.

“Está bien. Es lo que prefiero.” Tomó un sorbo de café y miró


ansiosamente hacia la puerta. Estaba empezando a parecer como que
no vendrían. “Estoy acá en una especie de viaje de negocios. Tengo
una agencia de viajes…”

“Humph,” dijo Smokey.

Stoner se masajeó la frente. “Oh, por favor, ya pasé por esto con
Pesca y Vida Silvestre.”

“Por donde?”

“Turistas, elefantes, ecología, y wapiti.”

Smokey rió. “Ese debe haber sido Harry. Ese caballero nació con un
palo metido en el...” Se detuvo y carraspeó. “Disculpame.”

“Me gustó eso,” dijo Stoner. “Puedo citarte?”

“Lo que quise decir, McTavish,” dijo bruscamente, “es que el


negocio de los viajes es un negocio pésimo.”
“Tiene sus compensaciones. Tenemos descuentos.”

La camarera trajo las órdenes. “Stell te hace descuento?” preguntó


Smokey.

“No lo sé.”

“Si te lo hace, no será porque está buscando hacer negocio. No


necesita más clientes. Pero te lo puede hacer si le caes bien. Stell es
una tipa rara.” La miró. “Está bien? Decir ´tipa´?”

“Seguro. Lo siento, Smokey. No quise ser ruda.”

El se encogió de hombros. “Algunas cosas te van, y otras no. A mi


no me gustaría que la gente me diga Mick”.

(N. de T.) Mick es una forma ofensiva del slang de llamar a alguien
de descendencia irlandesa).

Se estaba haciendo tarde. Si iban a venir, debería ser pronto. Los


escaladores se habían ido ruidosamente – lejos, a aterrorizar la vida
silvestre, sin dudas. Las camareras estaban limpiando las mesas sin
prisa. Los pocos comensales que quedaban se estaban tomando su
tiempo. Stoner masticó pensativamente su panqueque con sirope y
observó la puerta. La picazón en la base de su columna ya se había
ido.

“A quién buscas?” preguntó Smokey.

“A la nieta de una amiga de mi tía,” dijo Stoner, sonrojándose sin


sentido. “No la conozco.”

“Qué nombre?”

“Gwen Owens. Está de luna de miel.”

La miró desconcertadamente. “Sola?”


“Con su marido. Bryan Oxnard. Te los cruzaste, por casualidad?”

“No creo, si están de luna de miel. Los recién casados tienden a


dormir hasta tarde. De dónde son?”

“Boston.”

“Boston!” Sus ojos se encendieron. “Tú eres de Boston, McTavish?


Es cierto que sirven cerveza verde el día de San Patricio?”

“En algunos lugares. Nunca estuviste en Boston?”

Sacudió la cabeza tristemente, como un Basset recién mojado.


“Nunca pasé al este de Omaha.”

“Dónde naciste?”

“Nevada.”

“No sabía que había irlandeses en Nevada.”

“No hay,” dijo Smokey, “desde que yo me fui.”

Stoner rió. “Nevada. Otro estereotipo del infierno. Y quedan sólo


unos pocos buenos.”

“Bueno,” dijo Smokey, limpiando la salsa del panqueque con un


tenedor lleno de cerdo. “Me temo que no soy uno de ellos.”

“Oh, Smokey,” dijo Stoner said. “Te insulté?”

“Nah. Es lo que hay que esperar de un escocés.” Le guiñó un ojo.

“Hablando de estereotipos,” dijo Stoner, “parece haber un número


desmedido de hogares acá.”

“La mayoría de la gente no se queda en el invierno. Un hogar da el


suficiente calor para soportar el frío hasta Octubre.”
“Tú te quedas todo el año?”

“Por supuesto,” dijo.

“Cómo hacen con las comidas?”

“Nos turnamos y sufrimos. Tenemos un compañero, cocina tan mal


que…”

Por el rabillo del ojo, Stoner vió una pareja entrando en el comedor.
Su estómago dio una vuelta. “Smokey, son ellos!”

La foto de Gwen la había excitado. La versión real – la verdadera,


viva, tecnicolor, 3-D, estéreo panorámica – la dejó pasmada. Altura
casi normal. (Stoner se dio cuenta en el acto de que no le gustaban
las mujeres altas.) Del lado de las delgadas pero de estructura sólida.
(Y tampoco las flacuchas.) Su cabello era castaño claro. (Desde
siempre su color de pelo favorito.) Sus rasgos definidos, pero
suaves. (Nada de narices afiladas y pómulos sobresalientes para ella,
ni en un millón de años.) Desde esta distancia, no podía verle los
ojos. (Las de ojos grandes te comen viva. Stoner no sabía que había
visto en ellas alguna vez.) Y tenía puesta una camisa escocesa,
pantalones kaki, y botas. (Como haría cualquiera con buen gusto.)

“Sería mejor si respiraras, querida,” dijo Smokey.

Humillada, dejó escapar de una todo el aire, y se aclaró la garganta.


“Uh, linda pareja,” masculló.

“El no está mal, tampoco,” dijo Smokey.

Los observó cruzar el comedor y elegir una mesa. Bryan se movía al


lado de su mujer con un leve aire de condescendencia. No, no era
feo, si es que te gustan los hombres altos, de espalda ancha, con
cabello negro ondulado y ojos penetrantes.

“Parece salido de un comercial de desodorantes”, dijo Stoner.


“Tal vez es así.”

“No, es banquero.”

Smokey emitió un gruñido de disgusto.

“No te gustan los banqueros?”

“Están bien,” dijo Smokey, “para cavernícolas del final de la


Segunda Guerra Mundial.”

Stoner rió. “Tuviste experiencias desagradables con banqueros?”

“Tuviste experiencias placenteras con alguno?”

“Bueno,” dijo Stoner, “Bryan no es en realidad banquero. O sea,


trabaja en un banco, pero no creo que sea banquero.”

“Qué es, entonces?”

Stoner se pasó la mano por el pelo. “No estoy segura.”

Gwen miraba el menú. Bryan parecía estar aconsejándola, haciendo


sugerencias. Por Dios, esto no es el Ritz Carlton. Llevaba una
corbata bolo y campera de cuero, jeans nuevos y camisa blanca.
Probablemente para las tardes usara un gran sweater con parches de
cuero en las mangas. Cuando hubo ordenado (la señora Burton
aparentemente había obviado mencionar el hecho de que Gwen era
muda, e incapaz de ordenar algo por sus propios medios), se inclinó
sobre la mesa y acarició el brazo de Gwen con el dedo índice. Tomó
su mano y la acercó a sus labios. Stoner empujó la silla hacia atrás.
“Disculpame,” susurró, y se puso de pié.

“Pasa algo?”

“Odio el sexo con el jugo de naranjas.”


Para cuando llegó a la mesa, Stoner ya se había compuesto. “Hola,”
dijo casualmente.

Gwen la miró y Stoner sintió que el piso se sacudía bajo sus pies. Mi
Dios, ojos caoba. Se metió las manos en los bolsillos. “Eres...” Su
boca estaba seca. “Eres... por casualidad... Gwen Owens?”

Bryan se había medio levantado de su silla. “Oxnard,” dijo


bruscamente. “Gwen Oxnard.”

“Si, por supuesto, y tú debes ser Byron.”

“Bryan. Y tú?”

“Oh, uh, mi nombre es McTavish. Sto... Stoner McTavish. Ustedes


no me conocen.”

Gwen sonrió. “No, no creo que te conozca.” Su voz era como


terciopelo. Stoner quiso gritar.

“Mi abuela y tu tía... Quiero decir, mi tía y tu abuela son amigas.


Ella cenó con nosotras la otra noche – tu abuela. Le dije que iba a
buscarte.”

“Bueno, estoy muy felíz de conocerte,” dijo Gwen, y le tendió la


mano. Stoner la tomó. “Te sientas con nosotros?”

“No, en realidad, yo...” Se quedó mirando a Gwen.

“Por favor,” dijo Bryan. Stoner saltó. Se había olvidado de él. “Por
lo menos una taza de café.”

Stoner se dejó caer informalmente en la silla que él le ofreció.

“Disculpame,” dijo Gwen, y suavemente retiró su mano.

“Oh, lo siento.”
Stoner respiró hondo. Tenía que sobreponerse. Compasivamente, la
camarera se hizo presente. “Café, por favor,” dijo. “Negro.”

“Siempre te lo sirven negro acá al menos que lo pidas diferente,”


dijo Gwen. “Un poco de cultura regional que hemos adquirido.”

“Eso está bien.”

“Así que conoces a mi abuela?”

Stoner asintió. “Es clienta de mi tía. Hermione Moore.”

“La clarividente,” dijo Gwen. “La abuela habla siempre de ella.


Nunca mencionó una sobrina.”

“Tía Hermione no me incluye mucho en sus negocios,” dijo Stoner.


“Dice que soy muy excitable.”

“Lo eres?” preguntó Bryan.

“Soy qué?”

“Excitable.”

“No...creo.” Solo ahora.

“La abuela de Gwen es excitable,” dijo Bryan. “Muy excitable.”

Gwen bajó la mirada. “Por favor, Bryan.”

“Lo siento, amor,” dijo Bryan. “Cada vez que pienso en lo que te
hizo…”

Gwen miró a Stoner. “Mi abuela no quería que nos casemos tan
pronto,” dijo, casi apologéticamente. “Me temo que ello ha creado
algunos…sentimientos desagradables.”

“Bueno,” dijo Stoner, “esas cosas pasan.”


“Estás casada?” preguntó Bryan. Por alguna razón, la pregunta sonó
ruda, como si le estuviese preguntando si usaba ropa interior.

“No.”

“Es muy doloroso,” dijo él, “cuando la familia no está de acuerdo


con la persona que uno ama.”

Dímelo a mí, pensó Stoner. Yo escribí el libro.

“Te dijo algo ella sobre esto?” preguntó Gwen.

Oh, mierda. Qué hago ahora?

“Gwen,” dijo Bryan firmemente, “estoy seguro de que


Stoner...Stoner era, no? Nombre raro. Estoy seguro de que ella no
está interesada en nuestros problemitas.”

Stoner casi se le ríe en la cara.

“Además,” continuó suavemente, “ahora tienes que vivir tu propia


vida. Ya estuviste bajo su dominio lo suficiente.”

“No se sentía como una dominación,” dijo Gwen.

Bryan sonrió. “La tiranía amable es algo elusivo.”

Pija. Stoner observaba las profundidades de su taza de café. Tomó


un trago largo, sabiendo que estaba demasiado caliente.

“Ella elije creer que me casé con Gwen por su dinero,” explicó
Bryan. “Mi teoría es que ella esperaba que Gwen sea su seguridad y
compañía debido a su avanzada edad.”

“Podemos cortarla?” pidió Gwen con irritación.


El le cubrió la mano con la suya. Agotada, pensó Stoner. “Lo siento,
querida.” Se volvió hacia Stoner. “Ves? Aún a miles de quilómetros
se las arregla para separarnos. Esta es tu primera vez aquí?”

Stoner asintió, y se preguntó con qué rapidez podía tomarse el café


sin arriesgarse a un daño permanente del tejido celular.

“Te quedas por mucho tiempo?”

“No estoy segura. Depende con que rapidez consiga la información


que necesito.”

“Información?” preguntó Gwen.

“Trabajo en una agencia de viajes. Tengo que ver que comodidades


tienen por acá. Hoteles, museos, entretenimiento, ese tipo de cosas.”

“Mira.” Gwen le tocó la mano. Ella lo sintió hasta en los dedos de


los pies. “Nosotros estamos aquí desde hace casi una semana. Te
podemos mostrar algunos de los principales atractivos.”

Stoner no podía creer lo que escuchaba. “No me gustaría abusar.”

“No sería abusar. No es cierto, Bryan?”

El sonrió apretadamente. “Por supuesto que no.”

“No tengo planes para hoy,” dijo Gwen. “Bryan tiene una reunión de
negocios con unas personas que conoció.”

Negocios? En una luna de miel?

Gwen miró a su marido. “No me vas a extrañar por unas pocas


horas, no?”

“Pensé que te morías por leer esa novela de misterio.”


“No quería que te sientas culpable por dejarme sola.” Bryan no dijo
nada. “Y no he charlado con una mujer en una semana.”

“Qué diferencia hay en eso?”

Gwen quedó desconcertada. “Pensé que entendías ese tipo de


cosas.”

Bryan le contestó con una sonrisa condescendiente. “Por supuesto


que entiendo. Sabes que intento ser comprensivo con los temas
femeninos.”

Atragantate, Oxnard. “Bueno, la verdad es que necesito ir a


Jackson,” dijo Stoner. “Lo único apropiado que traje es una mochila
y un par de botas viejas de escalar.”

“Una agente de viajes debería estar mejor preparada,” dijo Bryan


dulcemente.

“Nos habrás confundido con boy scouts.” Le ofreció su sonrisa más


ganadora. “De hecho, uno de nuestros clientes tuvo que cancelar su
viaje aquí a último momento. Tomé sus reservas.”

“Mira,” dijo Gwen, “por qué no vamos hasta el pueblo ahora?


Puedes comprarte ropa, y yo averiguo cosas para nuestro
campamento.”

“Campamento?”

“El próximo jueves. Una semana a partir de mañana. Es el


cumpleaños de Bryan.”

Algo en la cabeza de Stoner hizo un pequeño “click”. Interesante.

“Suena divertido,” dijo. “A dónde van?”

“Secreto,” dijo Bryan.


“No me quiere decir,” dijo Gwen. “Algún lugar al que solía ir con su
padre.”

“Oh,” dijo Stoner. “Entonces eres de por aquí?”

Bryan la miró. “Creo que tu amigo se está yendo.”

“Te espero en la fogata,” dijo Gwen. “En una hora?”

Stoner se levantó. “En una hora. Gracias por el café.” Se apuró a


llegar hasta su mesa. “Lo siento, Smokey. No quise dejarte solo.”

El la miró con perspicacia. “Parece que tuviste éxito.”

“Si, bueno...” dijo, “...ya está. Ahora puedo disfrutar de mis


vacaciones.”

“Bien,” dijo Smokey cordialmente. “Nada peor que estar de


vacaciones y tener que hacer mandados.”

“Smokey,” dijo Stoner mientras empujaba la silla. “Intentas ser


comprensivo con los temas femeninos?”

“Huh?”

Stoner rió. “Que tengas un buen día. No te la agarres con ninguna


estrella de cine.”

El la miró. “Sabes una cosa, McTavish? Tú andas en algo.” Agarró


la cuenta de la mesa y se fue.

Transparente, pensó Stoner, acomodándose nerviosamente el pelo a


un costado. Marylou muchas veces se lo había dicho. “No eres un
libro abierto, eres una biblioteca pública.” Esta situación exigía
cuidado, discreción. Planear cada movimiento. No ser atrapada con
la guardia baja. Bajando la mirada, notó que estaba martilleando con
los dedos en la mesa, y casi se ríe en voz alta. A quién intentaba
engañar? Era un día hermoso, Wyoming la estaba esperando, y se
iba a Jackson con Gwen.

CAPITULO CUATRO

Stoner llegó a la fogata quince minutos antes. Se sentó en un banco


de troncos que bordeaba el pequeño anfiteatro, apoyó los pies en el
banco de al lado, cruzó los brazos, y observó los Tetones. Eran
realmente remarcables, grandes bloques esculpidos de granito gris,
glaciares eternos aún colgando de sus cimas. El tiempo, el frío, y el
viento habían tallado profundos cañones y afilado las cimas como
cuchillos. Stoner observó su mapa. Grand Teton, directamente
enfrente, era el más alto, 4.197 metros sobre el nivel del mar. El
Glaciar Teton se veía aún desde esta distancia. Al sur de Grand,
Middle y South Teton se asomaban como hermanos menores, y al
norte el Monte Owen y Teewinot. Las montañas destellaban en el
aire de la mañana.

Respiró profundamente, sintiéndose un poco mareada. A sus pies


una ardilla dorada saltaba entre los troncos. Un chillido agudo llamó
su atención, y se volvió para ver a un arrendejo gris volar con una
miga de pan en el pico. En la colina de atrás, flores púrpuras y
escarlatas competían por llamar la atención. Estirando los brazos por
encima de la cabeza, Stoner deseó poder absorver el paisaje en cada
célula y grieta de su cuerpo. “Oh, glorioso,” dijo en voz alta.

“Tal cual”

Se dió vuelta y se encontró directamente con los ojos castaños de


Gwen. Su estómago dio una pequeña vuelta.
“Los tres centrales son las Catedrales,” dijo Gwen, sentándose a su
lado. “Intenté venir a leer acá una tarde. Y sólo pude quedarme
mirándolos.”

“Piensas, viviendo acá, que te acostumbrarías?”

“Sería muy feo acostumbrarse, no?”

“Gwen,” dijo Stoner, “espero que esto no cause problemas entre tú y


Bryan.”

Gwen rió. Cristo, hasta su risa era aterciopelada. “Está bien que se
choque con sus propias políticas cada tanto. Le hace bajar los
humos.” Sonrió para sí misma. “Sus intenciones son buenas. Lista
para salir?”

En la playa de estacionamiento, Stoner vaciló. “Esto es ridículo,


pero estoy completamente desorientada.”

“Yo pasé por lo mismo,” dijo Gwen. “Mira, los Tetones siempre
están al oeste. Si están a tu derecha, vas hacia Jackson. A tu
izquierda, y vas a Yellowstone.”

“Y si están detrás mío?” preguntó Stoner, volviéndose hacia la


derecha.

“Entonces no estás yendo a ningún lado.”

Stoner rió.

“En serio. Al este de Big Horns está el Gran Estado de Hibernación.


Bryan y yo compramos un auto en Detroit y vinimos manejando
desde ahí. Hay una sección de la Interestatal 90 que va desde
Moorcroft – donde van a parar todas las medias que se pierden en el
secarropas – hasta Buffalo. No hay nada. Quiero decir, nada.
Desierto, salvias, polvo, y sol. Y serpientes, montones de serpientes,
puedes manejar unos 1000 kilómetros sin cruzar un signo de vida
humana, y de ningún otro tipo. Me puso nerviosa, y Bryan estaba de
mal humor, y había evangelistas en todas las radios que
encontrábamos. De repente, en un segundo, aparece un gran cartel
verde, con una flecha para abajo indicando un camino de tierra. Que
dice ´Arroyo Mujer Loca´”.

“Por Dios,” dijo Stoner.

“Yo grité, y Bryan hubiese chocado si hubiese habido algo contra


que chocar. Después de eso intentamos mantener una conversación
más animada. En serio, Stoner, cómo lo hicieron?”

“Quienes? Qué?”

“Los pioneros. Yo enseño historia, pero los libros nunca te dicen


cómo lo hicieron. O por qué.”

“Tal vez estaban locos,” dijo Stoner.

“Cada tanto, mientras íbamos por esa ruta, me acordaba que la


hicieron siguiendo la hueya de un viejo camino de carretas. Y
pensaba, ´estamos pasando encima de los huesos de miles de
personas que no lo lograron´”

“Por Dios,” dijo Stoner, mirándola. “Te torturas con esos


pensamientos muy seguido?”

“No, a menos que no me quede otra.”

El auto avanzó a través del aire fresco de la mañana, por campos con
artemisas, sobre arroyuelos llenos de piedras de marfil. Bosques de
álamos se extendían al costado de los arroyos, y sus suaves
filamentos bailaban con la brisa. Colinas polvorientas se elevaban
del piso del valle. Las secas montañas Gros Ventre rodeaban la
cuenca del río hacia el este. Y sobre todo se extendía el cielo, azul.
Stoner sintió ganas de cantar.
La montaña Snow King cerraba el lado sur del valle. El pueblo
Jackson abrazaba el llano en su base. Algunas de las tiendas estaban
abriendo. Stoner paseó junto a Gwen por las veredas de madera que
rodeaban el parque. Un carruaje estaba estacionado en la plaza, los
caballos sacudiendo las riendas. Una multitud de niños miraban
asombrados como el conductor les colocaba el arnés. Las galerías de
arte proliferaban detrás de deteriorados frentes de madera. Todas,
parecía, tenían pinturas a la venta. La mayoría eran de los Tetones.

“Deberíamos mandar una docena de esas a casa,” dijo Stoner, “y


cambiarlas por las de Motif Nº 1.”

“Cínica,” dijo Gwen.

Pasaron la tienda Dry Goods. “Creo que esto es lo que andas


buscando. Encontrémonos en el parque en una hora. O necesitas
ayuda?”

“No,” dijo rápidamente Stoner. “Probarse ropa es personal.”

Sus nuevos jeans y camisa a cuadros eran un poco incómodos y


duros, y Stoner se sintió un poco turista al sentarse a esperar en el
banco del parque. Ya tenía otro par de jeans, varias remeras de
algodón y de franela, y una campera Levi´s en una bolsa de papel.
Su ropa del este estaba metida en la otra. Apoyando las manos detrás
del cuello, reclinó la cabeza sobre el banco y escuchó la música
country que salía de un bar al final de la calle. El oeste era realmente
asombroso. Bueno, no había muchos cowboys alrededor para ver, y
de alguna forma los Bancos y lavaderos nunca habían figurado en
sus fantasías, pero en general no estaba decepcionada. Estoy en
Wyoming, pensó. Estoy realmente en Wyoming. Hasta las patentes la
fascinaban.
Escuchó un suave silbido y se volvió. “Estás hermosa,” dijo Gwen.

Stoner se puso roja hasta los dedos de los pies. “Gracias,” murmuró,
levantándose.

“Ah, las famosas botas.”

“De mis viejos días en el Centro de Mujeres de Cambridge.”

Gwen rió. “Recuerdo esas épocas. Me sorprende que no nos


hayamos conocido ahí. Tal vez lo hicimos.”

Stoner sacudió la cabeza. “Me acordaría.”

“En realidad, sólo estuve por un grupo y un par de talleres de auto


defensa. Qué hacías ahí?”

“Uh, andaba.” Dudó. Oh, qué demonios, mejor temprano que tarde.
“Y dictaba un curso. Estilos de Vida Alternativos.”

Los ojos de Gwen se encendieron. “En serio? Quise entrar en ese


curso, pero no califiqué.”

“Si.” Stoner hizo un cuidadoso estudio de la vereda justo debajo de


sus pies. “Eramos…” se aclaró la garganta “…bastante selectivas en
esos días.”

“Raro que no reconocí tu nombre, también.”

“No publicábamos los nombres. Miedo al FBI.” Stoner se dio cuenta


de que hablaba entre dientes. Ok, ok, ahora ya lo sabes. Qué
piensas?

Gwen puso la mano en el brazo de Stoner. “Relax,” dijo suavemente.


Miró hacia la plaza. “Qué te gustaría hacer ahora? Es demasiado
temprano para almorzar, altura o no altura.”
“Lo que quieras,” dijo Stoner, sin atreverse a mirarla. Por alguna
extraña razón, sintió ganas de llorar.

“Bueno,” dijo Gwen, todavía con la mano en su brazo, “podríamos


comprar baratijas y souvenirs. Obras de arte impagables. Lo último
de la explotación a los Nativos.”

Stoner sonrió. “Ahora quién está siendo cínica?”

Gwen suspiró. “Lo sé. La vida era tan sencilla antes de la


Conciencia Social. Toda mi niñez fue una vergüenza.” Le dio a
Stoner un golpecito en la pierna. “Vamos. Vayamos hasta el Wort
Hotel a tomar un trago.”

“Pensé que habías dicho que era muy temprano para almorzar.” Se
arriesgó a mirar a Gwen.

“No estaba pensando en almorzar.” Se levantó, agarró uno de las


bolsas de Stoner, y arrancó.

“No me dejes,” gritó Stoner. “Estoy perdida!”

Gwen se volvió, riendo. “Bueno, alcanzame, tonta.”

Cruzaron por el semáforo y tomaron una calle lateral. “Si alguna vez
sientes que las paredes se te vienen encima,” dijo Gwen, señalando
la Librería Teton, “metete ahí. Tienen una sección para mujeres.”

“En serio?”

“Rudimentaria, y en el sótano, pero es mejor que nada.”

“Gwen,” dijo Stoner, “de veras me estás llevando a un lugar llamado


el Wart Hotel?”

“El Wort Hotel. Te va a gustar, te lo prometo.”


El bar estaba tranquilo, fresco, y oscuro, invadido con el siempre
presente aroma de madera barnizada. Stoner se balanceó un poco en
su silla, agarrando la cerveza con si fuera el mango de un hacha.
Gwen pasó el dedo suavemente por el borde de su vaso.

“Cuentame de tu tía Hermione,” dijo. “Cree en la quiromancia, o


es…?” Dudó.

“Una charlatana? No, ella cree en eso.”

“Y tú?”

“No sé. Ha hecho cosas maravillosas. Y la vida es tan extraña, me


gusta tener una mente amplia. Cada vez que no creo en algo,
sucede.”

“Eso debe simplificar las cosas,” dijo Gwen.

“Qué?”

“Si quieres que algo pase, lo único que tienes que hacer es no creer
en ello. Quieres otra cerveza?”

Stonner asintió. Debería decir algo, pensó. No podemos dejarlo así


como si nada. Tomó aire profundamente. “Mira, Gwen, realmente
aprecio tu comprensión sobre…”

“No,” dijo Gwen.

“Pero…”

“Dije no. No es tan importante.”

“Lo es para mí.”

“Está bien, pero no lo aprecies, por Dios.”


“Pero realmente apre...”

“Bueno, no!” gritó Gwen. El mozo y tres clientes las miraron.

“Y ahora mira lo que hiciste!” dijo Stoner.

“Que hice yo?”

Stoner empezó a reirse nerviosamente.

“Estás borracha,” dijo Gwen.

El mozo les trajo las cervezas.

“Mira, Stoner, no estuve toda la vida encerrada en un departamento


en Watertown...”

“Es ahí donde vives? En Watertown?”

Gwen suspiró. “Quieres hablar de esto, o no?”

“Lo que tú quieras.”

“Yo no soy la que sacó el tema.”

“Entonces no lo discutamos.”

“Stoner…”

Se acomodó el pelo con la mano. “Lo siento. Me pone…nerviosa.”

“Soy yo la que se supone que tiene que estar nerviosa,” dijo Gwen.

“Lo estás?”

“Qué?”

“Estás nerviosa?”
Gwen le tomó la mano y se la apretó. “No eres la primer lesbiana
que conozco. No eres la primer lesbiana con la que hablo. No eres la
primer lesbiana que toco. Pero puedes ser, tal vez, la primer lesbiana
a la que le tiro un vaso de cerveza en la cara.”

“Con estos precios?” dijo Stoner.

Gwen rió. Por Dios, si se pudiera empaquetar esa risa, se agotaría


en cada librería y disquería para mujeres del país. Bailaríamos con
ella, nos bañaríamos con ella, le haríamos el amor… Respiró
profundamente e intentó pensar en alguna forma de cambiar de
tema.

“Cómo lo tomaron tus padres?” preguntó Gwen.

“Tomaron qué?”

“Que seas lesbiana.”

“No muy bien.” Tomó un trago de cerveza. “Tuve que irme de casa,
y entonces intentaron internarme en un hospital de locos.”

“No sabía que eso era posible.”

“Lo era en ese entonces.”

Gwen la miró. “Me parece terrible.”

“Bueno.” Se encogió de hombros. “No son buena gente.”

“Los sigues viendo?”

“Cada tanto. A veces pienso que sigo buscando una madre.”


Realmente dije eso?

“Y qué hay de la señorita Moore?”


“Tía Hermione es...medio amiga, medio abuela, supongo. Hay una
diferencia, pero no sé cual es.” Levantó la vista. “Te debe parecer
tonto, una mujer de mi edad.”

“Para nada.”

“Tal vez lo que necesito es aceptación.”

“Bueno,” dijo Gwen, “la señorita Moore te debe aceptar.”

“Oh, si. Lo disfruta.”

“A tu preferencia sexual.”

“Si.” Se movió, incómoda. “Y estoy agradecida por ello, realmente.


Pero no es lo mismo.”

“No es lo mismo que una mujer íntegra, de mediana edad, que vaya
a las reuniones de padres y compre en el supermercado local.”

“Supongo que si,” dijo Stoner, sintiéndose tonta y un poco


avergonzada.

“Bueno, puedo entenderte.”

“Puedes?”

“Por supuesto.”

“Lo loco es,” dijo Stoner, “que en realidad no me gusta mucho ese
mundo normal.”

“Así y todo, puedo ver a qué te gustaría pertenecer, de vez en


cuando. Hay mucho de eso.”

Stoner rió. “Millones.”


“Billones,” dijo Gwen. Trazó una serie de olas en la mesa con el
dedo. “Yo me siento diferente, también.”

“De qué?”

“De la gente que no se preocupa por ser amada.” Rió con un poco de
ansiedad. “Es mi obsesión personal.”

“Es dura,” dijo Stoner amablemente.

“Me hace tímida.”

“No me pareces nada tímida.”

“Bueno, esto es un poco fuera de lo común para mí. Tal vez seas tú.”

“Yo?” Stoner chilló.

“Tú eres muy... confortable.”

Si hay algo que no soy, Gwen Owens Oxnard, es confortable. Mis


manos están temblando, mi estómago está experimentando caída
libre, y me estoy poniendo al descubierto por cada poro. Podré
estar un poco borracha, pero no estoy confortable. “Gracias.”

“Bueno, tienes suerte,” dijo Gwen. “Quieres una madre, así que tu
juicio está a prueba sólo con mujeres veinte años mayores que tú. De
mí se aprovechan mujeres, hombres, niños, pares, mayores,
menores, perros, gatos, y peces tropicales.”

Y Bryan Oxnards.

“Y conejillos de la India,” continuó Gwen. “Una vez me mandé una


terrible metida de pata con un conejillo de la India.”

“Espero que haya sido un lindo conejillo de la India.”


“Era un hermoso conejillo de la India. Lo llamé Miss Macintosh,
My Darling.”

“Por tu maestra favorita?” aventuró Stoner.

“Por un libro. Cada verano de mi vida, desde los dieciséis, me


preparaba para leer Miss Macintosh, My Darling. Nunca lo
terminaba. Ahora que lo pienso, nunca conocí a nadie que lo haya
terminado.”

“Bueno, ves, eres normal.”

“Ella tenía el pelo rojo.”

“Quién?”

“Miss Macintosh, My darling.”

“El conejillo de Indias.”

“Miss Macintosh. El conejillo de Indias tenía el pelo gris.”

“Y entonces por qué lo llamaste Miss Macintosh?”

Gwen la miró. “No tengo la menor idea. Era un libro muy gordo. Y
un conejillo de Indias muy chiquito.”

“Gwen, estás borracha?”

“Nunca,” dijo firmemente Gwen, y se terminó la cerveza.

“Creo que mejor almorzemos.”

“Estoy quedando en ridículo?”

“Todavía no.”

“No me dejes quedar en ridículo.”


Yo, por el presente medio, dedico mi vida a no dejarte quedar en
ridículo. Requerirá de una vigilancia de 24 horas.

“Alguna vez quedaste en ridículo?” preguntó Gwen.

“Frecuentemente.”

“Yo quedé en ridículo con Bryan.”

Stoner la miró.

“En serio, lo hice. Me casé con un hombre al que conocía apenas


hacía unos pocos meses. Eso me hace quedar como una ridícula ante
los ojos de todos, no te parece?”

Debe haber alguna respuesta educada, elusiva, a una pregunta


semejante. “Uh…” Stoner dijo groseramente, “por qué lo hiciste?”

“Tenía miedo de que este fuera el verano en que termine Miss


Macintosh, My Darling.”

“En serio.”

“El me hace sentir apasionante.”

“Tú eres apasionante.”

Se miraron la una a la otra en un momento de reconocimiento mutuo


sobre el incómodo hecho de que alguien acababa de sobrepasar los
límites de propiedad. Dios.

“Y tú también lo eres,” dijo Gwen suavemente.

Stoner se aclaró la garganta y trató de dar marcha atrás. “Quieres ser


valorada por ti misma, como se dice?”
“Bueno, estoy dispuesta a poner un poco de esfuerzo. Un montón de
esfuerzo algunas veces, me temo. Te parece que de veras sirven
comida en este lugar, o es sólo un rumor?”

“Voy a buscar un mozo,” dijo Stoner, y pegó un salto.

“Espera, persona.”

Stoner la miró, un extraño, subterráneo crispamiento en sus manos.


No hay nada malo en un pequeño toque amistoso, si lo haces
casual. Casual es la palabra clave. Muy casual. Palmeó el hombro
de Gwen torpemente. “Espera aquí, persona.”

“Tu tía te leyó las manos?” preguntó Gwen.

Stoner tomó un enorme bocado de hamburguesa. “Ella dice que leer


para amigos y familia es poco profesional. Creo que pasa mucho
tiempo cerca de la Dra. Kesselbaum.”

“Dra. Kesselbaum?”

“La madre de Marylou. Es psicoanalista.”

“Marylou?”

“Su madre. Marylou maneja la agencia conmigo.”

“Es tu novia?”

Stoner rió. “Puede estar sexualmente desviada, pero lo suyo es la


mezcla. No habrá salmonella en esta ensalada?”

“Lo dudo,” dijo Gwen.

“Ella odia viajar.”


“Odia viajar.”

“Pero le encantan las diapositivas. Va a la casa de nuestros clientes a


ver las fotos de sus vacaciones. Una vez organizó una fiesta en la
agencia para que todos muestren sus diapositivas, pero no vino
nadie. Se olvidó de enviar las invitaciones.”

“Ya veo. Bueno, vas a tener algunas para mostrarle cuando vuelvas a
casa.”

“Oh, por Dios,” dijo Stoner, “me olvidé la cámara.”

Gwen se atragantó con una papa frita. “Si me haces quedar mal,
nunca te lo voy a perdonar.” Tomó un trago de cerveza. “Lo juro,
Stoner. Seré resentida hasta mi muerte.”

“No digas eso,” dijo Stoner.

“Qué?”

“No hables de morir.”

“Lo siento.”

Se tomó un momento para controlarse. “Me pone incómoda,” dijo


apologéticamente. “No me gusta pensar en gente muriendo.”

Hubo un largo e incómodo silencio.

“Razones personales?” preguntó Gwen.

Oh, Dios, le dí la impresión de que… “Nada de eso.” Forzó una


sonrisa. “Supersticiosa, supongo. No sé por qué. Tía Hermione dice
que voy a vivir hasta los 72.”

“Debe ser reconfortante. Es ese su único trabajo?”


“Bueno, hace trampa con las cartas. Y vende los McTavish Blue
Runners.”

“Vende qué?”

“Los porotos McTavish Blue Runner Sin Hilos. Nunca los sentiste
nombrar?”

Gwen la miró. “Espero que no. Son legales?”

“Mi abuelo los inventó,” explicó Stoner. “Del lado de mi papá. Tía
Hermione es la hermana de mi mamá, pero cuando él – um – murió,
se los dejó a ella. A Tía Hermione. Dijo que ella estaba llena de
energía, mientras que su lado de la familia estaba lleno de inútiles.”
Sintió que se ponía roja. “Era…una vieja broma de él,” continuó
impotentemente.

“Tienes ojos verdes.” Dijo Gwen. “Pero supongo que ya lo sabes.”

“´Los McTavish Blue Runner,´” se apresuró a continuar, intentando


poner distancia, “como lo explica nuestro folleto, ´es un poroto
enano altamente prolífico que sirve para fecundar´”

“Mi Dios,” dijo Gwen.

“Es un mutante. El único en su especie. Tía Hermione fue invitada a


unirse a la Sociedad Horticultora de New England, y tuvo algún
flirteo con James Whitehead. Esquire. Durante un descanso de la
Sinfónica de Boston. Nunca consumaron. Era la noche de
Mendelssohn.”

“Que apropiado.”

“Ella y la señora Whitehead van a todos los encuentros Hort juntas.”

“Encuentros Hort?”

“De la Sociedad Horticultora,” explicó Stoner.


“Hort,” dijo Gwen pensativamente. “Suena a algo hecho por
lombrices. ´Cómo está tu jardín?´ ´No muy bien. Las lombrices no
hort este año´. Quieres otra cerveza?”

“Mejor que no.” Un nuevo grupo de risitas se le formó sobre la caja


toráxica.

“Debes tener una vida fascinante,” dijo Gwen. “Con todo ese horting
y etc…”

Las risitas se liberaron. Stoner apoyó la cabeza en las manos y se


rindió.

“Si Jackson tiene ordenanzas contra la borrachera en público,” dijo


Gwen, “estamos a punto de ser ordenadas.”

Stoner levantó la mirada, y le ofreció al barman que se acercaba su


mejor sonrisa tranquilizadora. El se retiró a la seguridad de su caja
registradora. “No sé que me pasa.”

Gwen se inclinó. “Es la altitud,” susurró. “Carbonata la sangre.”

“Por qué estás susurrando?”

“No quiero ofender a los nativos. Una nunca sabe.”

“Sangre carbonatada,” masculló Stoner. “Me pregunto qué pensarán


de eso en Beacon Hill.”

“Es ahí donde vives?”

“En una de las viejas Brownstones. Con Tía Hermione.”

“Y los McTavish Blue Runners.”

“Tuvimos un gato una vez,” dijo Stoner, “pero murió.”

“Lo siento.”
“No nos llevábamos.”

Gwen le lanzó una mirada divertida. “Pensé que no querías hablar de


muerte? O es sólo de mí de quién se supone que no hay que hablar?”

“No soy yo misma,” dijo Stoner. “No estoy segura de quien soy,
pero definitivamente no soy yo.”

“Una prima lejana, sin dudas.”

“Tal vez.”

“Stoner,” dijo Gwen, de repente seria, “mi abuela está muy enojada
conmigo?”

Enojada contigo? Quién puede estar enojado contigo? “No creo.”

“Dije cosas que deseo no haber dicho.” Se masajeó la parte trasera


del cuello. “Me temo que tomé una posición, y después no quise dar
el brazo a torcer.”

“Bueno,” dijo Stoner, “me imagino que funciona para ambos lados.”

“Estuve sola durante años, dando clases, saliendo cada tanto con
alguien, pero nada especial. Y entonces apareció Bryan.”

En su caballo blanco.

“Me propuso casamiento cada noche, durante un mes. Me la pasé


diciendo que no. No quería que se despierte una mañana, y me vea,
y se…decepcione.”

Jesús. Stoner daba vueltas con la comida en su plato. “Qué te hizo


decidir a...” Colapsar.

“Le ofrecieron un trabajo en Chicago. Dijo que yo lo volvía loco...”


Sonrió avergonzada. “…pero que al ver que yo no lo quería….”
Debiste darle un rápido paseo por los tulipanes y embarcarlo en el
vuelo nocturno hacia O´Hare.

“Me dijo que si no nos casábamos, tomaría el trabajo de Chicago.”

Aw, mierda. Eso es tan viejo, que el rigor mortis ya vino y se fue.

Bajó la vista hacia la mesa.

Frenate, camarada. No tienes absolutamente ninguna razón para


tener esta actitud hacia Bryan Oxnard. Hasta donde sabes, ama a
los perros y a los niños, y ayuda a las viejitas a cruzar las calles.
Un auténtico príncipe como compañero.

“Bueno,” dijo.

“Tal vez hice lo incorrecto,” continuó Gwen. “Tal vez debí haber
esperado. No lo sé.”

Stoner alzó la mirada. “Dudas?”

“La verdad, no. Estuvimos juntos las veinticuatro horas del día en
toda la semana, y él ha sido…maravilloso. O sea, si pudimos
sobrevivir la Interestatal 90, el resto debería ser nada. No te parece?”

“Seguro.”

“Pero me gustaría que la entienda a la abuela. Me gustaría haberla


entendido yo también.”

“Ella está preocupada por ti, es todo. La gente se preocupa por sus
seres queridos.” A veces con muy buena razón.

“Supongo,” dijo Gwen. “Pero me siento mal por eso.”

Oh, Dios, no estés tan triste. No lo puedo soportar. “Gwen,” dijo


decididamente, “tu abuela está pasando por un momento difícil, pero
va a estar bien.”
Arriba ese ánimo. “No se estaba cortando las venas cuando cenamos
con ella la otra noche. En este preciso instante, se debe estar
emborrachando con jerez con Tía Hermione, y aprendiendo a hacer
trampa en un solitario.”

Gwen rió. “Probablemente tengas razón. Me preocupo demasiado.”

“Yo también. Soy la campeona mundial de los aprensivos.” Señaló


el plato de Gwen. “Terminaste?”

“Si. Qué te gustaría hacer ahora?”

Esa, amiga de pelo castaño, ojos marrones, y voz de terciopelo, es


una pregunta peligrosa. “Tú eres la guía de este tour.”

“Podemos parar en el Refugio del Ante en el camino de vuelta.”

“Wapiti,” dijo Stoner. “Parecen ante, pero no son ante. Wapiti.”

Gwen empujó la silla hacia atrás y se paró. “De veras piensas que
están tomando jerez allá en Boston?”

“Si conozco algo a mi Tía Hermione.”

“Son sólo las once de la mañana allá. Mi abuela es muy mayor para
beber a esta hora.”

“Eso,” dijo Stoner, “es un comentario discriminatorio. Serías echada


del Centro de Mujeres de Cambridge por deshonra.”

“Se lo merecen,” dijo Gwen, “por no dejarme entrar a Estilos de


Vida Alternativos.” Se inclinó para agarrar la cuenta.

Stoner llegó primero. “Yo me encargo.”

“Vaya, Stoner, que caballeresco?”

Metió los pulgares en sus bolsillos. “Si, muñeca, soy un caballero.”


El día se pasaba rápido, demasiado rápido. El viento de la tarde
soplaba caliente y seco por las ventanillas abiertas del auto. Las
montañas se veían menos, un aire sucio borrando las formas.
Pararon en el Centro de Visitantes del Alce, donde Stoner fingió una
fascinación que no sentía sobre mapas, fotos, y pedazos de historia.
Intentando prolongar la tarde. Intentando que no se termine nunca.
Pero se estaba terminando. Próxima parada, la Posada Timberline.

“Sabes qué?” preguntó Gwen mientras una artemisa se metía por la


ventanilla.

“Qué?”

“Va a resultar terriblemente lindo, tenerte de amiga.”

Hey, esta amistad tiene un futuro. Puso el automóvil de vuelta en el


carril derecho.

“A Bryan le vas a encantar, también.”

Fantástico. Observó la ruta, una vieja canción sonando en su cabeza.


(“Pon tu mente a conducir, tus manos en el volante, tus estúpidos
ojos en la ruta…”)

Gwen le tocó el hombro. “Stoner, hice algo malo?”

Tenía que salir de ese pantano de emociones. “Para nada,” dijo,


evitando mirarla a los ojos. “Lo siento. Mi mente no está
funcionando bien. Debe ser la altura.”

“Fue un día hermoso.”

“Si, lo fue.” (“Nos divertimos, sentadas en el asiento trasero...”)

“Hagámoslo otra vez.”


“Cuando quieras.” (“Besando y abrazando a Fred.”)

“Hice...,” dijo Gwen. “Hice algo mal.”

Stoner la miró. “No, no hiciste nada.” Excepto ser la mujer más


maravillosa que he conocido en mi vida. “Es muy tarde. Piensas que
Bryan estará enojado?”

“Espero que no.”

“Si lo está, dile que fue culpa mía.”

“No,” dijo Gwen. “Por qué haría eso?”

“Porque fue un placer, para mí.”

“Oh, Stoner, dices cosas muy lindas.”

Tomó la entrada a la Posada demasiado rápido, y se detuvo en medio


de una nube de polvo en la playa de estacionamiento.

“Bueno,” dijo Gwen.

“Bueno…”

“Tal vez te veamos esta noche. Generalmente vamos a tomar un


trago al Stampede Room antes de cenar.”

“Te busco.”

Gwen dudó. “Qué vas a hacer el resto del día?”

“Pensé en ir caminando hasta el Lago Taggart.”

“Es una caminata maravillosa,” dijo Gwen. “Pero qué no lo es, acá?”
Apoyó una mano en el hombro de Stoner. “Que no te afecte la
altura.”

Stoner le tocó la mano. “Gracias por todo.”


“La próxima, “ dijo Gwen, “de caballero hago yo.” Se bajó del auto
y desapareció dentro de la Posada.

El polvo dio unas vueltas y se asentó.

“McTavish & Kesselbaum. Buenas tardes.”

Stoner trabó el teléfono entre la mejilla y el hombro, y se desató los


cordones. “Hola, Marylou.”

“Stoner! Qué pasó?”

“No pasó nada.”

“Suenas rara.”

“Estoy intentando sacarme las botas. Estás ocupada?”

Marylou rió. “Ojalá. Las cosas están tan tranquilas que estoy
pensando en largar el caviar.”

Sacándose las botas, Stoner gruñó.

“Oh, mi Dios,” dijo Marylou. “Hay un alce en tu habitación?”

“No, eso era yo.”

“Bueno, no te llevó mucho tiempo tomar hábitos extraños.”

“Los conocí,” dijo Stoner.

Podía imaginarse a Marylou inclinándose sobre su escritorio, lista


para chismear. “Cómo son?”
“Marylou, ella es fabulosa. Fuimos a Jackson y nos emborrachamos
en el Wort Hotel...”

“Stoner!” Marylou chilló. “Vuelve a casa inmediatamente. Tomate


el próximo vuelo. Tomate un micro.”

“Qué?”

“No sabes lo que puedes agarrarte en un lugar de esos.”

Sonriendo, Stoner se estiró en la cama. “Ni siquiera me traje un


folleto. Almorzamos.”

“Dónde, en el Herpes Bar & Grill?”

“La vas a adorar. Es afectuosa, amable, y tiene un maravilloso


sentido del humor. Sus ojos…Marylou, qué estás tarareando?”

“Yo? Nada.”

Stoner se incorporó. “Si, estás. Es ´Tammy está enamorada´.”

“Oh.”

“Marylou, no estoy enamorada.”

“Por supuesto que no.”

“No lo estoy.”

“Yo no dije una palabra.”

Stoner respiró profundamente. “Marylou.”

“Qué?”

“Cómo están las cosas ahí?”


“Bien,” dijo Marylou. “Acá estoy sosteniendo el fuerte entre la
humedad y el calor mientras tú te andás babeando por todo
Wyoming.”

“No...me...estoy...babeando.”

“Querida Stoner, yo – que soy una autoridad en el tema – reconozco


la lujuria cuando la escucho.”

“Es una mujer casada, Marylou.”

“Nunca dije que tengas buen juicio. Sólo dije que estás babeando.”

“Voy a colgar,” dijo Stoner.

“Okay.”

“Marylou?”

“Si? Quién habla?”

Stoner se acomodó el pelo. “Cortala.”

“Stoner? Pensé que habías colgado.”

“Esto nos cuesta dinero.”

Marylou suspiró. “Mejor me voy buscando una nueva fecha para la


procesadora.”

“En serio, necesito hablar contigo.”

Casi podía ver a Marylou encogiéndose de hombros. “Es tu plata.”

“Tengo un problema con Bryan. No me gusta.”

“Bien,” dijo Marylou. “Gwen no va a tener que preocuparse cuando


se lo saques de encima.”
Stoner se quedó dura. Cuando Marylou estaba con este tipo de
humor, no había nada que hacer, sólo continuar. “Podría ser tan
inocente como un bebé, y no me lo creería. Quiero que sea un
villano. O sea, no quiero que la lastime. Ella lo ama. Mucho. Y es
felíz. No quiero arruinar eso. Pero...demonios, estoy confundida.”

“No tiene que caerte bien, Stoner.”

“Pero creo que debería ser más…objetiva.”

“Bueno, pero eso no sería propio de ti, no?”

Stoner apretó el tubo. “Marylou, ayudame.”

“Así es como lo veo yo, mi amor.” Podía escuchar papel crujiendo


de fondo. “Como yo lo veo es que…”

“No te atragantes. Sé que estás comiendo.”

“Bien. Ahora, en estos casos, una estrategia desapasionada no sería


la mejor forma. Después de todo, la emoción es una motivadora muy
poderosa. Y, bajo estas circunstancias, amar a la supuesta víctima y
odiar al supuesto sospechoso es sin dudas la combinación ideal –
esmero total, dedicación, afán, y perseverancia.”

“Marylou,” dijo Stoner, “me lo repetirías en inglés por favor?”

“En una palabra, mi amor, ve y atrapa a ese bastardo.”

Stoner consultó su guía de caminos y decidió que tenía tiempo de


sobra para llegar al Lago Taggart y volver antes del atardecer.
Aunque era un sendero popular, no quería que la agarre la noche, en
un lugar sin alumbrado público. Por el sendero que salía de la playa
de estacionamiento, cruzó una sección plana llena de artemisas y
gramíneas salvajes, y de repente estaba en un bosque.

Vadeó el rápido y brillante arroyo Taggart y empezó a subir. Grupos


de enormes abetos daban paso a una colina plagada de lupinos, y de
vuelta un bosque. Ahora realmente podía sentir la altura. Le dolían
las piernas, las rodillas le temblaban. Tuvo que parar cada tanto a
recuperar el aliento. Saltó de vuelta sobre el arroyo, rodeó una
colina, y se encontró a orillas del lago. Sereno y autosuficiente,
brillaba a la luz del sol, reflejando las montañas. Unas rocas gigantes
bordeaban la costa justo donde ella estaba parada. Buscó una roca
plana, se extendío boca abajo y observó las aguas, que no eran
profundas. Metió una mano en el lago y la shockeó su frialdad. Por
supuesto, deshielo de los glaciares. Esto no se parecía en nada a los
cálidos y barrosos pantanos que había en casa, que ocultaban cosas
horribles en sus turbias profundidades. Stoner rodó hasta ponerse de
espaldas y se entregó a la quietud y a los abrasadores rayos del sol.

Estaba lleno, pero había asientos vacíos en el bar. Stoner pidió un


Manhattan. Seis hombres jóvenes y sucios acababan de volver de
escalar. Charlaban animadamente, y tomaban cerveza como agua.
“Cristo,” escuchó que decía uno, “ya tuve suficiente allá afuera.
Basta para mi.”

Un pisoteador de flores salvajes menos. Stoner sonrió para si misma.


En la rocola de la esquina sonaba música country. Bueno, le ganaba
al disco. Tony, el barman, estaba en su gloria, sirviendo tragos con
una velocidad y agilidad que serían la envidia de cualquier jinete
espacial. Stoner cruzó una pierna sobre el taburete y revolvió el
hielo de su vaso.
Los recién casados no estaban. Probablemente estuviesen en el
cuarto, haciendo lo que sea que hacen los recién casados a las seis de
la tarde. Prefería no pensar demasiado en eso. Era momento de hacer
cálculos en serio. Agarró a Tony que justo pasaba, esperando no
haberle arruinado su timing, y le pidió un lápiz. Haz una lista.
Stoner era una gran creyente de las listas. Hacía varias al día, y
rápidamente las perdía. Pero lo importante era hacerlas. Fijaba las
cosas en la cabeza. O algo así. Tomando un trago, extendió la
servilleta.

Primero, cómo averiguar más sobre Bryan? Bueno, Marylou estaba


chequeando sus credenciales en el banco. Eso les diría algo, aunque
probablemente sólo lo que él quería que sepan. Los currículums
podían ser falsos. La mayoría aparentemente lo era, juzgando por lo
que leía en los diarios – cuando tenía estómago para leer los diarios.
El decía ser de Wyoming, así que debería haber un certificado de
nacimiento. Tendría que ir a Cheyenne para eso. Podría ser una
pérdida de tiempo. Y qué le diría eso, además de que Bryan Oxnard
existía, hecho que ya estaba bien establecido. Antecedentes
policiales. Cómo demonios iba a averiguar eso? Dejemos que
Marylou se preocupe por eso. Qué podía hacer ella desde ahí? Ok,
de quién fue la idea del testamento? Eso podía salir de una
conversación, si se las arreglaba para dirigirla en ese sentido. Tiene
Bryan algún plan que involucre grandes sumas de dinero? El viaje
de camping, qué entrañaba? Y cuál es su verdadera actitud hacia
Gwen? Y por qué el apuro por casarse? No se creía el cuento de
Chicago ni por un minuto, pero si realmente la amaba, no podría
soportar despertarse a la mañana y comenzar el día sin ella.

El problema era – Stoner terminó su trago y pidió otro – Gwen.


Gwen creía que Bryan la amaba. Okay, eso sucede. Pero si Stoner
estaba en lo cierto, y Bryan era una rata, Gwen iba a terminar muerta
o desilusionada. Stoner nunca había estado muerta, pero sí había
estado desilusionada, y no era un sentimiento agradable. Y qué pasa
si estaba equivocada? Qué si Bryan era tan inocente como un bebé,
víctima de chismes maliciosos o de la activa imaginación de la
señora Burton? Qué si Stoner estaba sufriendo una especie de
astigmatismo psíquico que la cegaba ante las obvias virtudes de
Bryan? Bueno, no pasó nada, entonces. A menos que Gwen
averiguase por qué ella estaba realmente ahí – lo que enviaría una
prometedora amistad por el retrete. O si no se enteraba. Entonces
podían ser amigas, y Stoner tendría el dudoso placer de sentarse a
mirar cómo este fugitivo de un comercial de desodorantes
mordisqueaba las yemas de los dedos de Gwen.

Stoner McTavish, se preguntó a sí misma, en qué infierno te has


metido?

Para evitar pensar en eso, hizo una lista de formas de matar a alguien
en el Parque Nacional Grand Teton y hacerlo parecer un accidente.
Envenenamiento. No, comían afuera. Un accidente de caza. No
existía la caza en el parque. Coche se cae por alcantilado. Pero hasta
donde ella sabía, había una sóla ruta en el parque que iba por las
alturas, la ruta hacia Signal Mountain. Y era muy usada de día y
cerraba por la noche. Coche choca con algo. Pero qué? No había
obstáculos, y la visibilidad era al menos de diez kilómetros en toda
dirección. Posible en la oscuridad, pero arriesgado. Un accidente
acuático en el Lago Jackson? Otra vez, demasiado arriesgado,
mucha probabilidad de ser visto por el Servicio Forestal, los
Guardaparques, Pesca y Vida Silvestre, o turistas. El Parque
Nacional Grand Teton, parece, es el lugar más seguro del planeta.

Excepto por las tierras altas, las áreas remotas que todo el mundo se
apuraba a advertirle que no pisara. Lo que nos vuelve a llevar al
viaje de camping. Tenía que averiguar más sobre eso.

Y entonces qué? Supongamos que encontraba un motivo, medios, y


oportunidad. Llamar a las autoridades? “Bueno, verá, oficial, tengo
razones para creer que este hombre va a matar a su esposa.” Uh-huh.
Si arrestaban a todos los que alguien pensaba que podían cometer un
crimen, el mundo entero estaría en la cárcel. Terminando con el
crimen – y la civilización – tal cual lo conocemos. No, tendría que
convencer a Gwen. Y no estaba dispuesta a apostar los ahorros de su
vida a sus chances de lograrlo.

Bueno, bueno, la perfecta situación perdedora. Desafortunadamente,


no estaba de humor para apreciar la pureza geométrica que
implicaba. Y ahora qué? Arrugó la servilleta de papel y se la metió
en el bolsillo. Sigue adelante, McTavish.

“Nos vemos de nuevo,” dijo Bryan, subiéndose al taburete de al


lado.

Stoner se volvió con lo que esperaba fuese una sonrisa de


bienvenida. “Hola, Bryan.”

“Tomando sola?” Sacudió la cabeza. “No es bueno eso. Para nada


bueno.”

“No estoy sola,” dijo Stoner. “estoy con mi amigo Harvey.”

“Dónde?”

“Estás sentado sobre él.”

Bryan rió y señaló al barman.

No, no me importa que te sientes, pero muy considerado por


preguntar.

“Dónde está Gwen?”

Bryan encendió un cigarrillo. “Mi esposa?”

Si, esa Gwen.

“Debe estar por bajar. Llegó de Jackson y se quedó dormida. Lo que


haya sido que hicieron en el pueblo, debe haber sido excitante.”
Stoner sonrió para sí misma.

“Cuál es el secreto?”

Se paralizó. “Secreto?”

“Te ves como el gato que se comió al canario.”

“Oh,” Agitó una mano en el aire. “Un chiste privado.”

“Ya, ya,” dijo Bryan. “No hay secretos entre compañeros de tragos.”

“Es demasiado complicado,” dijo Stoner.

Tony le trajo su trago. “Te pido otro?” preguntó Bryan.

“Estoy bien, gracias.”

“Entonces, qué hicieron?”

“No mucho. Shopping. Almuerzo.”

Bryan sonrió. “Y charla de mujeres.”

“Si,” dijo Stoner. “Charla de mujeres. Cómo fue tu reunión de


negocios?”

“Bien.”

Muy informativo. Y ahora, cómo iba a averiguar todo lo que


necesitaba saber? Levantó la vista, vio que Bryan la miraba, y
concentró la atención en su trago. Hubo un largo silencio.

“Stoner?” dijo Bryan por fin.

“Si?”

“Tengo un problema.”
Ella lo miró. Ahora era él el que estudiaba su trago. Tal vez un día
escribiría un libro sobre lo fascinante que era observar el alcohol.

“Qué tanto conoces a la señora Burton?” preguntó.

“Sólo la vi una vez.” Algo le dijo que sea cuidadosa, muy cuidadosa.

“Pero sabes que no me aprueba.”

“Me he llevado esa impresión.”

“Sabes por qué?”

“Bueno... parece sentir que tú y Gwen debieron esperar un poco


más.”

Bryan suspiró. “Soy un hombre impaciente,” dijo tristemente.


“Cuando veo lo que quiero, lo tomo. Es un error que intento
corregir.”

Bueno, empezaste de una forma terrible. Revolvió su trago.

“Sé que debimos esperar,” dijo Bryan. “Pero era el sueño de toda mi
vida venir aquí…” con un gesto comprendió el bar, la posada, el
parque, y probablemente todo el Estado de Wyoming. “…con la
mujer que amo.”

“Aún así,” dijo Stoner, “un par de meses...”

“Gwen es maestra. Empieza a trabajar en Septiembre. Para Navidad


el parque está cerrado. Se nos iría a Junio…”

Stoner se encogió de hombros. “Junio es un lindo mes para una


boda. Tradición y todo eso…”

“Tenía miedo de perderla para Junio.”


Cuentame sobre el trabajo en Chicago, amiguito. Esperó. El se
mantuvo en silencio. “Bueno,” dijo ella irrelevantemente, “ya va a
pasar.”

El se inclinó hacia atrás y la miró a los ojos. “Creo que lo que


realmente me tiró en contra de la señora Burton fue el testamento.”

Stoner miró hacia otro lado para esconder su entusiasmo. “El


testamento?”

“Gwen cambió su testamento. Me dejó todo a mí. Le supliqué que


no lo hiciera, pero ella insistió.”

“Por qué?”

“No lo sé.”

Para probar que te amaba, pavo. Todo lo que tuviste que hacer fue
hacerte el lastimoso, tal cual estás ahora, y ella hubiera hecho lo
que quisieras. Y lo sabes.

Bryan le puso una sonrisa aduladora. “No quiero su dinero. No


necesito su dinero. Diablos, ni siquiera sé cuánto dinero tiene.”

Oh, callate, Oxnard. Eres su banquero. Sabes cuanto dinero tiene,


hasta el último céntimo. “Cómo se conocieron?” preguntó.

“Estábamos planificando cambiar algunas de sus acciones de bajo


interés por inversiones de alto rendimiento. Le pidieron que venga a
charlarlo. Las mujeres generalmente ni se molestan. Se imaginan
que no entienden nada de finanzas. Pero ella vino.” Pidió otro trago.
“El empleado a cargo de su cuenta había faltado ese día, asi que me
pidieron que lo cubra.”

Stoner no pudo resistirse. “Entonces sí sabes cuanto dinero tiene.”


Bryan sonrió humildemente. “Para decirte la verdad, Stoner, sólo
entre tú y yo, el segundo que la vi quedé tan poseído por ella que no
podría decirte de qué hablamos.”

Recórcholis-cáspita-cielos. “No veo,” dijo ella, “cual es el


problema.”

“La señora Burton. No se le pasa esa estúpida idea de que no puede


confiar en mi. Hasta tú puedes ver cuánto le molesta a mi mujer.”

Si. Hasta la torpe, lenta, retardada puede verlo. “Qué quieres que
haga?”

“Cuando vuelvas a Boston, podrías hablarle bien de mi a la señora


Burton?”

Ni muerta. “Haré lo que pueda,” dijo.

Bryan encendió otro cigarrillo. “Ella toma, sabes.”

“Gwen?”

“La señora Burton. En conjunto, demasiado para una mujer de su


edad.”

“Bueno,” dijo Stoner, “los viejos se han vuelto descontrolados estos


días. AARP, Panteras Grises. Una ya no sabe que esperar.”

Bryan la estudió. “No te caigo bien, no Stoner?”

Sintió que se sonrojaba culpablemente. “Apenas te conozco, Bryan.


Cómo podrías no caerme bien?”

“Eres muy fría conmigo.”

“Lo siento. De chica tuve problemas de adaptación.” A veces nunca


me adapto. A veces me vuelvo más fría y más fría hasta que todo a
mi alrededor se congela. La vida se detiene. Las moscas se pegan en
el alféizar. El vapor se congela en el aire. Aprieta los botones
adecuados, y pondré al mundo en parálisis permanente. “Te importa
si te hago una pregunta profesional?”

“Dispara,” dijo amablemente.

“Tengo algún dinero ahorrado,” dijo ella. “No es gran cosa, unos
pocos miles. Me gustaría invertirlo. Qué me sugerirías?”

El lo pensó un momento. “Recreación.”

“Qué?”

“Recreación. Ahí es donde va el dinero grande ahora.”

“No entiendo.”

“Mira,” dijo, “en los tiempos de nuestros abuelos, qué hacía la gente
para relajarse? Se iba a pasear al campo. Miraba atardeceres. Jugaba
a las cartas.” Tiró unas cenizas al piso, adiós atardeceres. “Las cosas
cambiaron. Ahora la gente quiere ver y ser vista. Quieren moverse,
hacer ruido, impactar en el ambiente.”

Jesucristo.

“Pon el dinero en lugares de recreación.” Bajó la voz. “Estoy


trabajando en un negocio ahora. Un grupo de personas vamos a
comprar una parcela de tierra en New Hampshire, White Mountains,
al lado de la autopista Kancamagus. Primero vamos a montar una
pista de ski y una posada. Y después nos vamos a expandir a
deportes de verano – senderos para motos, canotaje, campos de golf,
ese tipo de cosas. Caza en otoño. También podemos construir un
estadio para deportes y conciertos de rock. Ahí es donde van los
billetes grandes, a conciertos de rock.”

“Conciertos de rock.” A menudo pensaba que los conciertos de rock


eran el lugar perfecto para probar armas atómicas. Y también los
Mundiales y el Super Bowl. Unas pocas bombas bien ubicadas y
poof! – adiós patriarcado, presente y futuro. “No son tierras
fiscales?” preguntó.

Bryan se encogió de hombros. “Lo llevamos al Congreso. Unos


miles de dólares en las manos adecuadas y los votos son nuestros.
Interesada? Con veinticinco mil entrás.”

Stoner apretó los dientes. “No creo que pueda reunir tanta plata.”

“Una pena.” La miró agudamente. “No estás de acuerdo.”

“No del todo.”

Bryan rió. “Y eres agente de viajes.”

“No sé que tiene que ver con eso.”

“Mandas un avión lleno de gente a una isla del Caribe. Cómo le


dices a eso, conservación? Explotas el medio ambiente tanto como
yo.”

No, pensó Stoner, no voy a tener una crisis de conciencia justo


ahora. “Bueno,” comenzó.

“Eres tan mala como mi mujer. Despiertate, mujer. Es un mundo


muy competitivo, y sólo los vivos sobreviven. A la hora de la
verdad, tu sensibilidad femenina no vale ni una moneda falsa.”

Stoner se terminó el Manhattan de un trago.

“Este país está lleno de idiotas que podrían estar haciendo fortunas.
Pero qué hacen? Dejan su dinero durmiendo en algún Banco chico y
conservativo y mueren lentamente. Mira por ejemplo mi mujer…”

Okay.
“Tiene su dinero guardado en un banco municipal. Podría sacarlo,
ponerlo en nuestro projecto, y hacer suficiente para poder pasarse el
resto de sus días sentada contando las ganancias. Pero le da miedo
tocarlo.”

“Bueno, cuando se muera, podrás hacer lo que quieras con él.”

El la miró. “Eso fue de pésimo gusto.”

Oh, mi Dios, lo dije en voz alta! El pánico se apoderó de ella. “Es


sólo una broma,” dijo rápidamente.

“No muy graciosa.”

“Tengo un sentido del humor raro.” La sensación fue bastante


parecida a cuando se te escapan los skates de los pies en una pista de
hielo.

“Si tú le llamas a eso sentido del humor.”

“Un rasgo,” dijo ella, pedaleando hacia atrás frenéticamente. “Falta


de oxigeno prenatal. Algunos días no me atrevo a salir de casa.”

El la miró.

“Lo sé, es horrible,” agregó. “Mira, lo siento.”

“Entendiendo una cosa,” dijo Bryan. “Nada podría compensarme


por la pérdida de mi mujer. Nada.”

“Te creo. Dije que lo siento. No debería beber.”

“No, no deberías.”

Gwen eligió ese momento exacto para aparecer. Usando ropa


celeste. Stoner quería morir.

“Bueno,” dijo Gwen, “este parece un grupo divertido.”


“Creo que tomé un trago de más y perdí la honra,” dijo Stoner.

“No te preocupes,” dijo Bryan suavemente. “Le pasa a cualquiera.”

“No obstante, mejor ir a cenar.”

Bryan le apretó el brazo. Se vió como un gesto amistoso. Exepto que


lo hizo con la suficiente fuerza como para que doliera. “Por qué no
esperas unos minutos y cenas con nosotros?”

“No. Comida, ahora. Mi vida depende de ello.”

Salió corriendo del bar.

En el lobby se chocó con Smokey. “Ah,” dijo alegremente. “Justo la


mujer que quería ver. Cenas conmigo?”

Stoner dudó. Lo que realmente quería hacer era correr hacia su


cabaña, juntar sus cosas, y hacer dedo hasta el primer medio de
transporte que vaya hacia el este. Por otro lado, una cena era lo que
más necesitaba. “Podría ser.”, dijo.

“Bueno,” dijo Smokey luego de que hubieron ordenado. “Estás de


humor.”

Stoner se pasó una mano por el pelo. “Lo siento. Tuve un


encontronazo con Bryan Oxnard.”

“Y qué es lo que hay en su supuesto cerebro?”

“Dinero.”

La camarera trajo dos patéticas ensaladas. Stoner revolvió la suya.


“Por qué tienen tan buena comida, y tan miserable lechuga?”

“Demasiado lejos de los mercados.” La miró curiosamente. “Qué te


dijo?”
“Me invitó a invertir en un complejo vacacional en las White
Mountains.”

“Bueno,” dijo Smokey.

“Cómo pueden hacer eso, Smokey?”

El guardaparques sacudió la cabeza. “El dinero indicado en el lugar


indicado…”

“Pero son sòlo un grupo de urbanistas.”

“Van con la industria de la madera, supongo. Se las han arreglado


para meterse en los bosques de acá también.”

“Arrastrados,” masculló Stoner.

“Poderosos arrastrados.”

La cena llegó. Smokey cortó un bife que, con un poco de CPR,


podría sobrevivir. “Cuál es tu papel en todo esto, McTavish?”

“Qué?” Largó una papa frita.

“Me parece a mí que tienes más que un interés pasajero en esos


Oxnards.”

“Uh, ese tipo de cosas simplemente me ponen furiosa, es todo.”

“Seguro.” Masticó pensativamente.

“Cómo fue tu día?” preguntó.

“No cuentas?” Le sonrió. “Okay, voy a mantener mi gran pico lejos


de tus asuntos.”

“Oh, Smokey, no quise...”

“Está bien, querida. Siempre fui un poco metido.”


Stoner atacó su roast beef. “Escuchame,” dijo, “si te fueras de
campamento por acá, dónde irías?”

“Bueno...” Se rascó la cabeza. “Los campings por Lago


Amphitheater y Lago Solitude están cerrados. Sobreutilizados. Lago
Surprise, vale la pena el viaje.”

“Está aislado?”

Frunció el seño. “No estarás planeando ir sola, no? Puedes acampar


en casi cualquier lado en las áreas remotas. La mayoría sube a los
cañones.”

Eso sonaba prometedor. “Cuántos hay?”

“Que puedes ir a caballo...” Contó con sus dedos. “Once.”

“Once!” Stoner gruñó. “Nunca lograré subir a todos.”

“No sabía que ibas a ir de campamento.”

“Podría solo...echarles un vistazo.”

“Es un montón de tiempo a caballo,” dijo Smokey.

“Oh, yo no ando a caballo.”

Levantó las cejas. “Estás planeando unirte a los Marines, McTavish?


Caminando te llevaría unos seis años. Quedate con los senderos
establecidos. Esos cañones son asesinos. Un paso en falso y te
estaremos esperando para el deshielo de la primavera.”

“Huh?”

Smokey probó su café. “He conocido gente que subió a esos


cañones, se resbaló, quedó atrapada en una pequeña avalancha o en
el barro, y no los encontramos hasta la primavera, cuando salen a
flote los cuerpos.”
“Pensé que todo el mundo se debía registrar.”

“Eso nos dice hacia dónde te dirigías. No nos dice dónde caíste. Aún
si lo sabemos, no siempre podemos sacarte.”

Stoner se estremeció. “Alguna vez tuviste que hacer eso, Smokey?


Sacar a alguien?”

Se quedó callado por un rato. “Demasiado seguido.”

“Lo siento.”

“Mi trabajo,” dijo bruscamente.

“Pero,” presionó, “cuál dirías que es el más peligroso?”

“Todos son peligrosos,” ladró. “Alejate de ellos, McTavish. No


quiero tener que sacarte en una bolsa de plástico sobre el lomo de
una mula.”

Stoner estaba impresionada. “Seré cuidadosa,” dijo suavemente.

“Cuidadosa no es suficiente. Mantente alejada de ellos.”

“Me gustaría poder prometerlo,” dijo Stoner. “Podría no tener


elección.”

El le lanzó una mirada de desconcierto. “Qué significa eso?”

“Es mi trabajo, Smokey. Como tú, a veces tengo que hacer cosas
desagradables.”

Smokey se quedó en silencio, la conversación lo había puesto de mal


humor. Ella quería contarle la verdad, pero ir por ahí dando a
entender que una persona era un asesino incipiente… Levantó la
vista y vió a Gwen y a Bryan entrando en el comedor. Gwen vino
directo a su mesa.
“Hola,” dijo. “Te sientes mejor?”

Stoner la miró. “Mucho. Te dijo Bryan por qué fue?”

“No quiere hablar. Y tú?”

“Yo no. Me da mucha verguenza.”

Gwen rió y apoyó una mano en el hombro de Stoner. “Son


imposibles, los dos.”

“Si,” murmuró Stoner.

“Hazla entrar en razón,” dijo Smokey. “Tal vez a ti te escuche.”

“Estás en problemas otra vez?” preguntó Gwen.

La mano seguía en su hombro. Stoner sintió como si alguien echara


agua tibia sobre ella.

“Quiere ir a escalar esos malditos cañones,” se quejó Smokey.

“Por qué querrías hacer eso?”

Stoner se encogió de hombros. “Era sólo una idea. No se por qué


todos se ponen así. Tú y Bryan van a ir, no?”

“Pero él es un excursionista experimentado. Y conoce el territorio.


Solía cazar aquí con su padre.”

Smokey la miró. “Caza ilegal?”

“No creo,” dijo Gwen, y sonrió. “El es de Rock Springs, saben.”

“Bueno,”refunfuñó Smokey, “dile que mire donde pisa.”

Bryan deambuló hasta ellos. “Vienes, Gwen? O tengo que ordenar


por ti?”
“Voy.”

“La esposa dice que vas de camping,” dijo Smokey. “Dónde?”

“Es un secreto.”

“Sabes lo que haces?”

Bryan sonrió. “Sé lo que hago, Flanagan.”

Gwen estaba frotando el pulgar nerviosamente por la clavícula de


Stoner. Si inclinaba la cabeza sólo un poquito, accidentalmente, su
mejilla podía tocar la mano de Gwen. Cortala, se dijo a sí misma.
Esta es una lucha de poderes masculina muy seria.

“Exceso de confianza,” dijo Smokey. “La forma más rápida de


matarte.”

“Honestamente,” dijo Gwen ligeramente. “Parecen dos chicos


jugando a Rey de la Montaña.” La presión de su mano traicionaba la
tensión. “Bryan, vamos a comer?”

“Seguro,” dijo Bryan. “Te veo más tarde, Stoner.”

Ultima oportunidad. Simulando mirar a Bryan, inclinó la cabeza y


dejó que su cara descanse por un instante en la mano de Gwen, y
sintió que se ponía colorada. Gwen le apretó el hombro. “Estás
agotada,” dijo Gwen suavemente. “Ve a descansar. Buenas noches,
señor Flanagan.”

Smokey gruñó.

“Que se vaya a la cama,” dijo Gwen. “Tuvo un día larguísimo.”

“No confío en ese estúpido,” dijo Smokey cuando Gwen se hubo


ido. “Te juego lo que quieras a que nunca estuvo en Rock Springs.”

“Qué te hace pensar eso?”


“Mira como está vestido. Campera de cuero, por el amor de Dios.
Un cowboy de película. Me pone los pelos de punta.” Atacó su
bistec. “Linda mujercita, sin embargo.”

“Si,” dijo Stoner.

“No es su tipo para nada.”

“No.”

“Ahora, si yo fuese más jóven…” Sacudió la cabeza. “Nah, no es mi


tipo, tampoco. Demasiado suave.”

“Cuál es tu tipo, Smokey?”

Para su sorpresa, se quedó callado por un largo rato. Por fin levantó
la vista. “Stell Perkins,” dijo por lo bajo.

“Stell…”

“Te vas a quedar sentada así toda la noche, McTavish?” Su voz era
ruda.

“O vas a dormir un poco?” Miró su plato. “Parece algo que cazó un


gato y no quiso ni comerlo.”

Stoner se levantó. “Te veo en el desayuno, Smokey.” Dudó,


sintiendo que debería decir más, incapaz de pensar qué.

“Si quieres verlos haciendo una película,” dijo él, “ven hasta el
Snake mañana. Por el Parque hasta Blacktail Ponds y de ahí hacia el
norte bordeando el río.”

“Me encantaría,” dijo Stoner. Impulsivamente, se inclinó y le dio un


beso en la mejilla.

Corrió hasta Little Bear. No había forma de que pudiese dormir esta
noche. Ninguna forma.
CAPITULO CINCO

Pero sí durmió. Y hasta tarde, de hecho. Eran bien pasadas las nueve
cuando terminó de vestirse y hacer la cama. Demasiado tarde para
desayunar, no había razón para apurarse. Enjuagó la ropa nueva y la
colgó sobre la cerca del porche, esperando que el sol le saque un
poco la dureza. La posada Timberline estaba quieta, los huéspedes
ausentes, cada uno en su propio projecto. Se quedó parada un rato,
oliendo los pinos y la tierra y los últimos humos de los fuegos del
desayuno. Otro día glorioso.

Cuando bajaba por el camino se encontró con Stell, que llevaba ropa
blanca a una cabina recientemente desocupada. “Buen día, perdida.”
Dijo Stell. “Te extrañamos.”

Stoner le sostuvo la puerta de la cabaña. “Siempre sigues tan de


cerca de tus huéspedes?”

“A veces. Estaba por hacer una pausa de café. Quieres?”

“Si no es mucho problema.” Siguió a Stell hacia la posada.

“Ve a la fogata,” ordenó Stell. “Voy a ver que puedo garronear.”

Estaba empezando a poder mirar las montañas casi con calma. En el


aire polvoriento de la media mañana resaltaban, distantes, menos
intimidantes. Stoner observó un grupo de nubes jugueteando en la
cima de Teewinot.
“Muffins de maíz”, dijo Stell, alcanzándole un plato. “Lo mejor que
pude conseguir, me temo. Nuestra cocinera jefa lleva la cocina como
si fuese un campamento del Ejército.”

La mujer se sentó y estiró las piernas lozanamente en el sol. “Me


deben estar pegando los años,” dijo. “Se siente tan bien descansar.”

“Dónde está Chipper?” preguntó Stoner, intentando no devorar su


muffin.

“Allá en el campamento del guardabosques con Ted. Están


arreglando un caño.”

“Oh, dioses, se suponía que iba a desayunar con Smokey.”

“Eso dijo,” Stell estiró los brazos sobre la cabeza. “Pero lo envié al
pueblo a buscar víveres, así le saco un poco de la cabeza a la gente
de la película.”

Stoner tomó un sorbo de café, recordando la conversación de la


noche anterior. “Lo conoces desde hace mucho tiempo?”

“Casi cuartenta años,” dijo Stell. “Lo conocí cuando llegué acá,
recién casada.” Rió. “Era un galancito en esa época.”

“Cuarenta años. No pensé que era tan grande.”

“Ya pasamos los sesenta. Todos nosotros.”

Stoner hizo un rápido cálculo. “Tienes la edad suficiente para ser mi


madre,” dijo incrédulamente.

“Si. Así que no me faltes el respeto.”

“No, señora,” dijo Stoner. Ambas rieron.

“John cree que fue todo un Don Juan en su juventud.”


Lo llamó “John”. Por alguna razón, Stoner sintió calidez por el
comentario.

Stell tomó unos sorbos de café y se inclinó hacia delante, las manos
sosteniendo la taza, los codos en las rodillas. “Hemos pasado por un
largo trecho, John, Ted y yo. Por algunos momentos difíciles, y por
muchos buenos. Pero siempre juntos. Es lo único que cuenta al final,
juntos.”

Stoner observó las montañas. “El se casó alguna vez?”

“La vida de un Guardaparques no tiene mucho que ofrecer a una


mujer. Trabajo duro, poca diversión, y un montón de incomodidades.
Lo reflexionó en algún momento, pero si lo piensas bien, John
Flanagan está casado con esas montañas. Algunos de sus
compañeros más jóvenes se casan, y salen del servicio o toman
trabajos de oficina. Pero esas viejas de allá arriba lo tienen
atrapado.” Suspiró. “Malditas, nos tienen atrapados a todos.”

“Qué le sucederá,” pregunto Stoner, “cuando se retire?”

“No se va a retirar,” dijo Stell. “Algún día de Enero, cuando llegue


el momento, simplemente caminará hacia las cimas. Con un litro de
whisky.”

Stoner apoyó su plato. “Es muy triste,” dijo.

“Triste?” Stell sacudió la cabeza. “El encontró su lugar en el mundo.


Hizo el trabajo que se suponía que debía hacer. Y ha sido amado.”
Sonrió para sí misma. “Muy amado.”

Stoner sintió lágrimas en sus ojos. Miró hacia el piso.

“Mira qué par,” dijo Stell, y le palmeó la rodilla. “Sentadas acá


cotorrenado como un par de viejas con nada que hacer más que
filosofar. Cuáles son tus planes para hoy?”
“Pensé que podía trabajar un poco. Ir a visitar los hoteles en
Jackson, darme una vuelta por Teton Village.”

Stell hizo un gesto de disgusto. “No te va a gustar.”

“Ya lo creo. Y Smokey me invitó al set de filmación.”

“El viejo truco,” dijo Stell. “Le encanta alardear.” Se levantó.


“Bueno, avisame si necesitas algo.”

“En realidad, quería echarle un vistazo a alguno de los...” dudó en


decirlo, “…cañones mientras estoy acá. Podrías sugerirme un buen
libro para guiarme?”

“Hay una copia de Ptezoldt en recepción. Y algunos mapas


topográficos. No te los puedo dar, pero te los puedes llevar por el
día.”

“No me vas a decir que no lo haga?”

Stell la miró. “Tienes ojos, no? Mira los mapas. Ellos te lo van a
decir más clarito que yo. Terminaste ese café?”

Stoner le alcanzó el plato y la taza. “Gracias, Stell.”

“Oh, no te la pases agradeciéndome. Me cansa.” Inclinó la cabeza


hacia un lado y la miró. “La edad suficiente para ser tu madre. Dios
me ampare.” Subiendo de a dos escalones, se metió en la posada.

Después de dos horas con Petzoldt, Stoner se sintió incapaz de


razonar. El hombre era minucioso. Tenía que reconocerle eso. Un
verdadero detallista. Compulsivo. Tal vez candidato a internación. Y
su uso del lenguaje! Morrena glaciar. Talud. Depósito aluvial.
Poesía, pura poesía. Desafortunadamente, no tenía ni la menor idea
de que lo que significaba. Maldición, Herman o como sea que te
llames, no me importan los depósitos aluviales. Lo único que me
importa es un cañón letal. Es mucho pedir, un lugar perfecto para
un crimen?

A él no le importaba. Probablemente estuviese sentado sobre sus


pequeñas nalgas en su carpita en la cima de The Wall, lo que sea que
ello fuera, acopiando regalías y esculpiendo sus memorias en el
granito para que algún idiota las leyera algún día. Cinco minutos a
solas con el Sr. Petzoldt, era lo único que quería.

Suspiró y observó sus notas. Okay, veamos lo que tenemos. Entre los
mapas y Heinrich P., se había quedado con cinco. Avalancha,
cortando al oeste desde el Lago Taggart entre Cloudveil Dome y
Monte Wister. Leigh y Morgan, pasando por Monte Moran. Hanging
Canyon – lindo nombre, tenía posibilidades – hasta el Lago de los
Peñascos, sobre el norte de Monte St. John. Y Bannock, una grieta
entre Grand Teton y Teewinot.

Cinco. Dada su inexperiencia, a una proporción de escalada de una


milla por hora (de acuerdo con Fritz Petzoldt, que probablemente
era mitad cabra de montaña), y la altura (no te olvides de la altura,
por Dios), podría casi cubrirlos todos para su cumpleaños 57.

La frustración le hizo apretar los puños. Maldición! Este viaje estaba


haciendo estragos en sus emociones. Okay, veámoslo con calma.
Tienes una semana. Vayamos con tranquilidad. Haz preguntas.
Presta atención. Escarba en los antecedentes de Bryan. Pon a Max
Kesselbaum en el caso. Antes de sucumbir a los placeres de la
jardinería orgánica, fue agente del FBI. Tal vez siga teniendo
contactos en el Bureau. Mientras, trabaja en tu cubierta. Si se
supone que estas acá de vacaciones laborales, mejor que seas capáz
de aprenderte un par de nombres de los mejores hoteles de Jackson
Hole.

Metió lo indispensable en su mochila, dobló los mapas, y cerró la


puerta de la cabaña.
Para media tarde, había manejado incontables kilómetros, repartido
tarjetas como arroz en una boda, y almacenado varias toneladas de
folletos. También estaba desarrollando una incipiente depresión. La
mentalidad de los moteles parecía poseer la remarcable capacidad de
reproducirse en cada nivel. Tiendas de vasijas cocidas al sol vendían
souvenirs de plástico, piedras lustradas, y lámparas con forma de
cáctus a los mochileros. En los caros resorts del oeste, pinturas al
óleo, joyería india y alfombras tejidas a mano eran la atracción. Pero
era todo lo mismo.

Bryan le había puesto el nombre indicado: explotación. Las pistas de


ski se extendían donde antes había bosques, dejando huellas como
una babosa de jardín. Los regadores de un campo de golf tiraban
litros de preciosa agua al sediento aire, haciendo crecer césped
donde no se supone que hubiese césped, para que esos tontos con
sus ridículas gorras y pantalones escoceses pudieran maltratar
pequeñas pelotitas blancas con cepillos de dientes gigantes. Y en el
invierno, la voz de la moto de nieve se escuchará a través de la
tierra. Estaban impactando con el medio ambiente, si. Con
represalias.

Al ser agente de viajes, Stoner fue atendida por los dueños de los
moteles como uno de los suyos. La recibieron en sus oficinas
privadas, le ofrecieron café o licor (que no aceptó – beber a tantos
metros de altura podía ser peligroso para la salud, como ya lo había
comprobado anoche), y le contaron sobre sus planes de expansión y
ganancias. Para cuando hubo escuchado el décimo proyecto para
infiltrarse en los pocos holdings privados que había en el Parque, su
correcta sonrisa se había quedado dura. Cuando el manager del
Slumber Inn, un motel tan original como su nombre, empezó a
confiarle sus planes de convertir la posada Timberline en una
ciudad-condominio, supo que estaba a punto de quebrarse. Alegando
un dolor de cabeza, huyó y manejó lo mas rápido que pudo de vuelta
al Parque.
Grandes nubes de media tarde se estaban formando cuando pasó por
la estación de entrada y se dirigió hacia el norte por Rockefeller
Highway. Tenía que poner tanta distancia como pudiera entre ella y
las tiendas de souvenirs, bares, y el A & W Root Beer Drive Inn. Y
su mente había registrado, levemente, un par de taxidermistas.
Quería dejar atrás ese conocimiento.

Los Tetones eran efímeros en el aire polvoriento. Llegó al cruce de


Blacktail Ponds, estacionó el auto, y se detuvo un momento a mirar
las aguas quietas. Pequeños sauces rodeaban los estanques. Plantas
acuáticas destellaron un verde lima cuando una nube volvió gris el
reflejo del cielo. Un castor masticaba un pedazo de árbol
silenciosamente dentro del agua.

Un auto se acercó y estacionó. Patente de Illinois. Antes de que el


motor se detuviese, dos niños salieron corriendo hacia el borde de la
colina donde ella estaba parada. Instantáneamente vieron al castor,
juntaron montones de piedras, y empezaron a tirárselas salvajemente
al pequeño nadador. Furiosa, Stoner agarró el brazo del que tenía
mas cerca, listo con una piedra, y se lo dobló. “Qué diablos crees
que estás haciendo?” gritó.

El chico chilló. Eso, por supuesto, hizo aparecer a la madre. “Sacale


las manos de encima,” gritó la mujer. “Quieres que llame a la
policía?”

“Mi querida señora,” dijo Stoner uniformemente. El chico se


retorcía en su mano como una trucha en el anzuelo. “Este angelito
suyo le estaba tirando piedras a un castor.”

La madre agarró al chico y lo mantuvo cerca. El le puso a Stoner


una mirada furiosa, triunfante, y enterró la cara en el estómago de su
madre, gimoteando. El otro chico observaba con placer. “Bueno, él
no quiso hacer ningún daño. Es sólo un bebé.”

“Igual que lo fue Genghis Khan, alguna vez.”


Para entonces el padre había aparecido en escena. “Vamos, chicos.
Dejen a la dama en paz.” Arreó a su familia de vuelta al auto.
“Maldito Parque, está lleno de chiflados,” dijo en voz alta.

Mientras el auto salía, el niño la miró, sonrió, y le sacó la lengua.


Stoner le mostró su dedo medio. Se volvió hacia el estanque. El
castor ya no estaba. El pedazo de árbol flotaba solitario en el agua.

“Maldición!” Le gritó a la soleada quietud. Corrió de vuelta hacia el


auto, agarró la pila de folletos y los tiró con furia en el tarro de
basura más cercano que encontró.

Un caminito serpenteaba hacia el norte entre los estanques, apenas


ancho para caminar. Stoner lo siguió, pateando polvo. Encontró a
Smokey al lado del agua. Los pies bien plantados en el suelo, las
manos en la cintura, parecía la Guardia del Palacio. La vió y sonrió.
“Hey, McTavish.”

“No soy muy buena compañía.” Haciendo un puchero, se dejó caer


en el piso y se sentó con las piernas cruzadas.

“Qué pasa?”

“Me pasé medio día jugando a la agente de viajes, y acabo de


agarrarme con un chico de seis años. Creo que estoy perdida.”

El bajó la mirada, una sonrisa divertida le cruzaba la cara. “Puede


que estés en el trabajo equivocado.”

Stoner encogió los hombros con irritación. “Yo y tú también.”


Enterró el talón en la tierra. “No te dan ganas a veces de hacer
pedazos a esos pequeños monstruos?”

“No hace falta,” dijo él. “El uniforme los aterroriza.”

“Algún día este valle va a ser un gran parque de diversiones. Me


pregunto dónde van a poner la montaña rusa.”
El se arrodilló a su lado. “Estás empezando a pensar como Pesca y
Vida Silvestre,” dijo. Hizo una pausa. “Mira, Stoner, hay gente acá
que no quiere que eso ocurra. Se están organizando, y están pasando
leyes para proteger lo que queda. He visto tipos que no se sentarían
en la misma mesa aún integrando juntos una comisión.”

Stoner se pasó las manos por la cara. “Me temo que no soy una
persona muy tolerante, Smokey.”

“Bueno,” se arregló el pelo, “hay muchas cosas que te ponen loco.”

Stoner dibujó lineas en la tierra con una ramita. “Estoy asustada, ese
es el problema. Van a destrozar todo, y no hay nada que yo pueda
hacer.”

“No es una cruzada de una sola mujer, sabes.” Alzó la vista. “A


dónde vas con esa hacha?” le gritó a uno de los hombres del set.

“El árbol está en el medio,” contestó el hombre.

“Ese es tu problema. Filma alrededor.” El hombre se alejó. Smokey


se rió entre dientes. “Quieres escuchar algo loco, McTavish? El
mismo gobierno que intenta vender pedazos de este paisaje, me paga
para que los mantenga a raya. Ahora, este tipo de razonamiento no
va a ninguna parte.”

Stoner alzó la vista y lo miró. “Hablé con alguien que quiere


construir un condominio en Timberline.”

El largó una carcajada. “Son tonteras. Ted y Stell le vendieron los


derechos de desarrollo a la Administración del Parque hace años.
Cuando ellos se retiren, se vuelve propiedad del gobierno.”

“Y entonces qué?”

“Depende. Phil, el hijo mayor, es farmacéutico. No va a querer


hacerse cargo. Ted junior, puede que si. El Parque puede buscar a
alguien más, o cerrarlo al público. Puede que vuelvas aquí un día y
me encuentres durmiendo en tu cabaña.”

“Es decir que la posada Timberline puede no estar mas?” Lo sintió


como algo extraño.

“Querida, algún día ni tú vas a estar aquí.”

Ella lo miró. “Bueno, que pensamiento mas reconfortante.”

Smokey prendió un cigarrillo, rompiendo el fósforo y metiéndoselo


en el bolsillo. “Sólo intentaba animarte.”

“Qué sentido del humor,” dijo ella. “Deberías conocer a Marylou.”


Contempló las poco profundas vueltas y giros del Río Snake.
“Cuántos dueños le vendieron al gobierno?”

“La mayoría. El resto va a caer en línea. Los inviernos son largos


aquí. Pueden ser horriblemente solitarios si no tienes a alguien al
lado.” Inclinó la cabeza hacia las montañas. “Miralas. Han visto
dinosaurios, océanos, glaciares, indios, elefantes, y ahora turistas. Y
sabes qué? Crecen media pulgada por año.”

Stoner lo miró. “Me estás jodiendo.”

“En serio.”

“Dios mío, eso es raro.”

“Te cuento otra,” dijo Smokey. “Hay pájaros acá que caminan bajo
el agua.”

“No esperarás a que crea eso.”

“Manten los ojos abiertos, especialmente cerca de los saltos de agua.


Vas a ver.”
Ella rió. “Seguro, Smokey. Lo voy a hacer a medianoche, me llevo
una bolsa de arpillera.”

El se encogió de hombros afablemente. “Cómo te guste. Pero el


punto es, Stoner, que hay un montón de cosas sucediendo en este
mundo que no entendemos. Y hasta que no sepamos lo que la Madre
Naturaleza nos tiene planeado, no andes sacando conclusiones.”

Stoner levantó las rodillas y puso los brazos a su alrededor. “Qué


piensas?”

“Creo,” dijo él, “que esa vieja está en lo mejor de su cósmica vida.
Creo que un día nos va a convertir a todos en yuyo.”

Stoner sonrió. “Eres un gran filósofo.”

El gruñó.

Un tipo rubio y flaco, vestido con camisa blanca y pantalones de


montar, se acercó. Su cara estaba roja y agrietada por demasiado sol.
“Buenas, Art,” dijo Smokey. “Esta es mi amiga, Stoner McTavish.”

El la miró de forma rara, se agachó, y le dio la mano. “Encantado de


conocerla, señora McTavish.”

“Señorita,” dijo Stoner.

“Chris quiere saber cuándo tendremos luna llena. Necesitamos unas


tomas nocturnas.”

Smokey sacó un almanaque gastado de su bolsillo trasero y lo


consultó. “Martes.”

“Alumbrará lo suficiente?”

“Si no llueve.”

Art alzó la vista al cielo. “Lluvia?”


“El otoño llega rápido,” dijo Smokey. “Podría nevar para mediados
de Septiembre. No puedo prometerte nada.”

“Cristo. Ya estamos atrasados.”

“Bueno, no culpes al clima por tus problemas. Personalmente, les


daría un par de chirlos a tus actores. Podría solucionar algunos de
tus ´problemas internos´. Sé que le haría bien a tu úlcera.”

“Mierda,” dijo Art, y se alejó tristemente.

“Qué fue todo eso?” preguntó Stoner.

“La protagonista odia al protagonista, y viceversa. Eso solo ya les


costó dos semanas.”

“Parece algo muy infantil.”

“Debería. Tienen catorce y dieciseis.”

Stoner gimió. “Una de esas películas. Apuesto a que tienen un


perro.”

Estiró el pulgar hacia el set. “Ese mismo.”

Un enorme ovejero inglés descansaba, sentado, espiando a través de


su melenudo cabello.

“El perro más idiota que vi en mi vida,” dijo Smokey. “No come a
menos que alguien le muestre cómo. El otro día una ardilla se le
acercó, lo miró directo a los ojos, y se fue. El perro ni siquiera
pestañeó. Esa ardilla quedó muy decepcionada.”

“Parece un lindo perro, pobrecito.”

Smokey se sacó los anteojos y los limpió con la camisa. “Si. Todo lo
que esa bestia significa para alguien es dinero, y siempre será así.
No hay derecho a hacerle eso a un perro.”
“Vamos a secuestrarlo.”

“Y tener el Parque invadido por agentes de Pinkerton? Esa bola de


pelos está asegurada por mas de lo que tú y yo ganaremos en
nuestras vidas. Mejor dejarlo en paz. Nunca va a extrañar lo que
nunca tuvo.”

Stoner sintió la tristeza invadiéndola de vuelta. “Smokey, por qué


seguimos teniendo estas conversaciones depresivas?”

“Sangre celta,” dijo Smokey.

“Gwen es galesa.”

“Madre de Dios, esos son los peores. Por lo menos los irlandeses
toman. Y escriben poesía.”

“Y los escoceses?”

“Ellos salen y cortan un par de cabezas.” La miró. “Sólo para pasar


el rato, sabelo.”

Los trabajadores estaban empacando. “Perdieron la luz,” comentó


Smokey.

“Perdieron la luz?” Miró de reojo hacia un reflejo.

“Se levanta polvo, barre los contrastes. Las cuatro es el límite.” Se


agachó y la levantó del piso. “Llevame que te muestro algo.”

La llevó a un tour por ranchos privados que había dentro del Parque.
Acá, al menos, el énfasis estaba puesto en mantener una forma de
vida, no en cambiarla. La interacción con los caballos le dejó la boca
un poco seca – el día, parecía, giraba alrededor de cuidar, alimentar,
ensillar y montar, la noche reservada a hablar y cantar sobre ellos
(no es que no fueran hermosas criaturas – de lejos) – pero la vida era
relajada e interesante. Su disgusto, pensó mientras Smokey la guiaba
hacia el este desde Moran Junction a la Posada Lago Jackson – no
era con el ser humano en sí mismo, sino con esa parte egoísta,
irresponsable, ruidosa, descuidada, inconsiderada, y ruda. Esa parte,
en resúmen, que Impactaba con el Medio Ambiente.

La Posada Lago Jackson, grande y desparramada, no era más grande


que una caja de fósforos al lado de la inmensidad del lago. “Ahora,”
dijo Smokey mientras el sol poniente lanzaba cohetes de oro sobre el
cielo detrás de la cima del Monte Moran, “dime si los invasores de
tierras van a sobrevivir esto.”

Una suave brisa nocturna movió el agua, transformando el atardecer


reflejado en ella en brasas vivientes. La luz se esfumó rápidamente
del cielo. Moran y sus compañeros, Woodring y Bivouac Peak,
comenzaron a desaparecer. Grandes nubes negras flotaban rumbo al
este, sus bordes en llamas. Por un instante la tierra estuvo en llamas.
Y de repente la luz se fue, dejando en su lugar un cielo gris. Dentro
de la posada las luces estaban encendidas. Un planeta brilló sobre
Rockchuck Peak. Stoner sintió que su corazón se aceleraba.
“Gracias,” dijo.

Stoner jugó con la cereza de su Manhattan. “Smokey,” aventuró, “si


quisieras descubrir algo sobre alguien, qué harías? Además de
preguntar.”

El la miró desconcertadamente. “De quién estamos hablando?”

“Oh...solo...en general.”

Tony les trajo un bol con maní. “De mi colección privada,” dijo
Smokey. Rompió uno y le pasó el plato. Stoner lo rechazó.

“Creo...” Smokey se ajustó los lentes. “...que nos estamos refiriendo


a ese tipo Oxnard.”
“No, yo...”

“Vamos, McTavish.” Se comió un maní. “En qué andas?”

Podía sentir cómo se sonrojaba. “El…hay algo sobre él.”

“Es una espina en tu zapato.”

“Casi.”

Smokey tomó un puñado de maníes, los rompió, y puso las cáscaras


en una montañita y los pelados aparte. “Bueno, podría ayudarte,”
dijo al fin. “Pero tengo que saber qué pasa.”

Stoner dudó.

“Piensas que está intentando cometer un fraude?”

Ella asintió.

“Y la mujer?”

Ella sacudió la cabeza.

“Escucha, McTavish, puede que pienses que soy un viejo


charlatán…”

“Oh, Smokey, no es eso.” Quería contarle. Podría ayudarla. Cada


pulgada de su ser confiaba en él. Y tampoco era que había firmado
un contrato que dijera que no podía ser ayudada por alguien. Pero,
más que nada, no tendría que pasar por todo esto sola.

Stoner lo observó. El seguía rompiendo maníes, pero había algo


diferente. Una leve mueca en su cara, tal vez. Parecía – más viejo.
Viejo, y herido. Eso era.
“La abuela de Gwen cree que hay algo raro sobre Bryan,” dijo ella.
“Me pidió que averiguara lo que pudiera.” No tenía sentido contar
todos los secretos familiares si podía evitarlo, al menos por ahora.

“Qué piensa hacer con la información?” preguntó Smokey. “Lío?”

Eso era algo que Stoner nunca había considerado, que la señora
Burton usara lo que ella descubriera en contra de un perfectamente
inocente Bryan – todos tenían alguito que esconder en su pasado.
Sintió una punzada de culpa por los cincuenta dólares que le había
robado a su madre. Cualquier cosa podía ser exagerada. Y si todos
habían sido manipulados por la señora Burton para su propio
beneficio?

Sacudió la cabeza. No, si la abuela de Gwen tenía motivos ocultos,


no se le hubieran pasado por alto a Tía Hermione – que solía decir
que sólo mirando la palma de la mano de una persona podía saber
mucho más de lo que le gustaría enterarse de alguien. Había veces,
decía la Tía Hermione, que deseaba que a la gente se la obligara a
usar guantes. Y había gente que definitivamente debería usarlos todo
el tiempo.

“No,” dijo Stoner. “Sólo está preocupada. Si la investigación sale ok,


estoy segura de que se sentirá aliviada.”

“Yo no,” dijo Smokey.

“Tú no?”

“Si tuviera una hija, preferiría que se case con un delincuente antes
que con un arrastrado. De un delincuente te puedes librar. Un
arrastrado siempre está en el medio.”

Stoner sonrió.

“Cómo quieres que termine esto, McTavish?”


Ella dudó. “No quiero que Gwen salga lastimada,” dijo al fin. “Así
que supongo que quiero que salga limpio. El problema es, que nunca
voy a estar segura.” Se pasó la mano por el pelo. “No importa cuáles
sean los hechos, mi instinto me dice…”

“Que él se dirige hacia nosotros,” dijo Smokey.

“Buenas tardes,” Bryan se acomodó como en su casa. “Cómo


llegaste a Jackson hoy?”

“Fue difícil de pasar por alto.”

“Bueno, te extrañamos en el desayuno.” Chasqueó los dedos para


llamar la atención de Tony, y ordenó un trago. “Mi mujer estaba
segura de que te habían atrapado unas bestias salvajes.”

Si la llama “mi mujer” una vez más…

“Realmente le desatas todos sus instintos maternales.”

Smokey mutiló un maní.

“Tenía que trabajar,” dijo Stoner. “En Jackson.”

“Si. Nos enteramos.” Bryan comprobó su apariencia en el espejo


detrás del bar, y se ajustó la corvata. “Nos encontramos con Stell,
afortunadamente.”

“No hace mal,” dijo Smokey, “seguirle los pasos a alguien que está
sola, sobre todo siendo la primera vez.”

“Supongo que no.” Raspó una mancha invisible en su campera.

“Gwen viene?” preguntó Stoner.

“En un minuto. No me digas que tú también te preocupas por ella.”

“A veces, si.”
Bryan rió. “Mujeres.” Se inclinó sobre Stoner para dirigirse a
Smokey. “Digame, Flanagan, usted las entiende?”

“Intento,” masculló Smokey.

“Mire estas dos,” continuó Bryan. “Se pasaron medio día en el


pueblo ayer, y no puedo lograr que ninguna me cuente lo que
hicieron. Qué haría en una situación semejante?”

Smokey lo miró fríamente. “Tomaría la indirecta y me ocuparía de


mis cosas.”

Bryan rió de vuelta. Era un sonido horrible. Le pasó un brazo sobre


los hombros a Stoner. Ella intentó reptar dentro de su vaso. “Vamos,
Stoner. Qué sucedió en Jackson?”

Ella se encogió ante el roce de su brazo. “Nada interesante,” dijo.

El le apretó el hombro, un poco demasiado fuerte. Ella no pudo


decidir si fue intencional. “Cuentame.”

Smokey dejó su trago y se levantó. “Bueno, muchacho. Sacale las


garras de encima.”

Por un segundo, los ojos de Bryan brillaron como el acero. Entonces


sonrió y separó los brazos en un gesto de inocencia. “Sólo intento
conocer mejor a la amiga de mi mujer.”

“No necesitas usar el sistema braile.”

Bryan miró a Stoner. “Te ofendí? Lo siento muchísimo.”

“No importa,” masculló Stoner.

“Ah,” dijo Bryan, mirando por encima de ella, “una mesa libre.
Gwen baja en un minuto. Tomas un trago con nosotros?”

“Estoy tomando un trago,” dijo Stoner rígidamente.


Bryan se encongió de hombros. “Haz lo que quieras.” Se deslizó de
su taburete y se dirigió hacia una mesa en una esquina del bar.

“Espero no haberte hecho quedar mal,” dijo Smokey.

“Me alegra que estuvieras aquí.” Se estremeció. “Dios mío, me pone


los pelos de punta. Está obsesionado con ese viaje a Jackson.”

“Está celoso,” dijo Smokey.

Stoner lo miró. “Celoso! Está casado con ella, por todos los cielos.
Yo soy sólo una amiga.”

“Ese tipo de hombres no quiere que su mujer tenga amigas. A menos


que las elija él.” Se terminó la bebida. “Cómo se enganchó con él?”

“Es lo que yo me pregunto,” dijo Stoner.

Smokey sacó un pequeño anotador y la colilla de un lápiz del


bolsillo de su camisa. “Bryan Oxnard.” Anotó. “De dónde dijo ella
que era él?”

“Rock Springs.”

“Algo más?”

“No, lo siento.”

“Bueno,” se levantó y guardó el anotador. “Veré que puedo hacer.”

“Smokey,” dijo Stoner. “No quiero involucrarte en esto.”

“Creéme, querida, es un placer.” Le guiñó un ojo. “Pero ojo dónde te


metes, McTavish. No hay nada más peligroso que un marido
celoso.”
“Sóla esta noche?” Stell preguntó cuando Stoner pasó por la caja
registradora en el entrada del Highlands Room.

“Necesito un momento a solas. Ya tuve suficiente charla para toda


una vida.”

“Sé a lo que te refieres. Esa gente de los moteles pueden hablar hasta
matarte. A propósito, la señora Oxnard te encontró?”

“Quién? Oh, Gwen. No la he visto. Me estuvo buscando?”

“Hoy temprano,” dijo Stell.

“Bryan me encontró. Oxnard. Que nombre de mierda. Suena como


una enfermedad.”

Stell sonrió. “Algo que les puede agarrar a las vacas lecheras.
Tenemos truchas frescas esta noche.”

“Con cabezas?”

“Me temo que si.”

“Otra vez será, gracias.”

Estudió el menú y se decidió por costillas de cerdo, ordenó y se puso


a pensar.

Hoy era jueves. Seis días, si su sospecha sobre el camping era


acertada. Gwen estaba segura por seis días. Y ella tenía seis días
para…qué? No tenía ni la menor idea de que hacer a continuación.
Empezar a escalar? Era esa la mejor forma de encararlo? La alejaría
de la posada, le consumiría un montón de tiempo, y la dejaría con
posibilidades pero sin certezas. Tiene que haber una forma mejor de
averiguar los planes de Bryan. Pero la única persona que conocía
esos planes era el mismo Bryan. Si sólo pudiera conseguir que meta
la pata, que quede al descubierto…
Edith Kesselbaum! Se ganaba la vida descubriendo cosas que la
gente no quería decir, cosas que la gente ni siquiera sabía. Después
de cenar, le haría una llamada a la Dra. Kesselbaum.

Con eso decidido, Stoner se dispuso a disfrutar de su comida y hacer


un poco de observación social. Ahí, en la esquina mas lejana, había
un buen ejemplo de esa especie tan peculiar, la Familia Nuclear
Americana. Madre, padre, hijo varón de 9, hija de 4. El chico
haciendo puchero e inquieto. La madre asediada, enojada, y
probablemente sufriendo de presión alta. La atrapante interacción
ocurría entre padre e hija. La hija lucha con el tenedor. El padre le
corta la carne en pequeños pedacitos. La hija parpadea y frunce los
labios seductivamente. El padre se ilumina. El hijo, observando, le
da a su hermana un buen pellizco. La hija chilla. El padre le habla
duramente al hijo. La hija corre a subirse en la falda del padre. El
padre la abraza y la besa. La madre suspira. El padre alimenta a la
hija con la mano de su propio plato. El hijo tira un vaso de leche y es
enviado a la habitación. La madre contempla el suicidio.

Debía ser innato. No pueden aprenderlo de tan chicos. Cuando la


nena tenga quince, su hermano va a estar preso por vender drogas, la
madre va a estar en cama por dolor de espalda crónico, y papá va a
estar andando de un lado al otro de la casa hasta que la nena vuelva
de una cita, amenazando con golpear a cualquier chico que se atreva
a mirarla. Stoner observó a Stell, que estaba mirándola mirándolos.
Alzó las cejas inquisitivamente. Stell inclinó la cabeza, indicando al
padre. Exacto. El era el que debía impedirlo, y estaba claro que lo
estaba disfrutando demasiado. Se preguntó si Freud alguna vez había
considerado esa posibilidad.

En la mesa más cercana había dos viejitas con trajes de lana y


zapatos macizos. Estaban consultando una copia muy usada de la
Guía Peterson de Aves Occidentales, comparando ítems con una
hoja de papel. Listas de objetivos. La miraron. Una de las mujeres se
inclinó hacia ella.
“Chamarices,” trinó.

“Chamarices?”

“Chamarices de pino.” La mujer señaló el libro. “Vimos toda una


bandada hoy, cerca de Granite Canyon.”

“Que....bueno,” dijo Stoner.

“Y una cotorra. De colores como el arcoiris.”

“Alguien me dijo,” dijo Stoner, “que hay pájaros acá que caminan
bajo el agua.”

“Mirlos,” dijo firmemente la mujer.

“Caballete?” * N. d. T.: “ouzel” significa “mirlo”, “easel” significa


“caballete”.

“Juegas al bridge, querida?” preguntó la otra.

“Si, un poco.”

“Si encuentras un compañero, juguemos. Estamos en Coyote.”

“Lo siento,” dijo Stoner. “No puedo esta noche.”

“Bueno, si cambias de opinión,” dijo la primera, “no dudes en venir.


Nosotras no salimos de noche. Hay pocas lechuzas, sabes.”

“No me había dado cuenta.”

Volvieron a sus listas de objetivos.

Del otro lado había una mesa redonda con tres bulliciosas parejas.
Los hombres era gritones y pelados, con panzas de cerveza que
sobresalían sobre unos cinturones nuevos de cuero labrado. Las
mujeres debían haber pasado el día en el salón de belleza. Sus
cabellos estaban esculpidos y duros, y se lo arreglaban
nerviosamente. Unas joyas de fantasía les colgaban como musgo de
las muñecas, cuellos, y orejas. Probablemente jugaban a los bolos
juntos cada miércoles.

Una de las mujeres se inclinó a agarrar la sal, manchando sin sentido


una ya manchada camisa. Dos botones perlados estallaron,
mostrando sus más que abundantes senos. No usaba corpiño. Su
marido agarró la Polaroid y le sacó una foto. Carcajadas, chillidos,
gritos, y comentarios obscenos invadieron el comedor.

Stell miró fugazmente a Stoner, intentando mantenerse inexpresiva.


Un tirón en el borde de la boca la delató. Stoner sonrió. Stell se
cubrió la cara con las manos.

“Con huéspedes como esos,” dijo Stoner cuando se detuvo a firmar


la cuenta, “quien necesita televisión?”

“Me encantan,” dijo Stell. “Vienen cada Agosto. Han ahuyentado


por lo menos a dieciseis de nuestros clientes más ultraconservadores.
Quieres venir a andar a caballo conmigo mañana?”

Stoner palideció. “Yo no.”

“No te gustan los caballos?”

“Yo no les gusto a ellos. Me subí a tres caballos en toda mi vida. El


primero me tiró, el segundo salió corriendo conmigo, y el tercero se
tiró al piso y se dio vuelta.”

“Bueno, estás progresando. Si cambias de idea, avisame. Podría


ayudarte.”

Stoner bajó la mirada. “Gracias, pero no creo...”

Stell rió. “Tu cara lo dice todo.”


Las señoras de los pájaros se acercaron. De cerca eran más
parecidas, aunque una era un poco más vieja. “Recuerda,” dijo la
más jóven, “cuando quieras jugar al bridge, avisame.”

“Me voy a acordar,” dijo Stoner.

“Estoy impresionada,” comentó Stell cuando las hermanas se


hubieron retirado.

“Qué?”

“Las hermanas Thibault no juegan al bridge con cualquiera. Te


sirvió Petzoldt?”

“Algo,” dijo Stoner. “No creo que nos llevemos bien.”

“Te haría el tour personalmente, pero no me puedo ausentar tanto.


Ahora, si vuelves para el 15 de Septiembre…”

Stoner la miró cuidadosamente. “A caballo?”

“Diablos, si. No me vas a hacer caminar por esos barrancos.”

“Stell, alguien camina en Wyoming?”

“No si lo pueden evitar.”

Una multitud de mochileros se dirigía hacia ellas. “Te veo después,”


dijo Stoner, y se fue.

Era temprano para llamar a Marylou por el número de la Dra.


Kesselbaum en Wellfleet. Conociéndola, seguro había trabajado
hasta tarde y estaba disfrutando de una fina cena Continental en
algún pequeño y oscuro restaurante que sólo Marylou sería capaz de
volver a encontrar. Y ahora qué? Podía salir a mirar la luna, pero la
luna todavía no había subido. La verdad es que no quería estar sola –
después de hoy la re-entrada en la soledad debía ser gradual. Había
un fuego en el hogar del lobby. Los demás huéspedes estaban
comiendo o bebiendo, como lo demostraba el agradable sonido de
fondo. Perfecto. Tomando una copia de la Guía Bonney de Jackson
Hole, se sentó a leer.

Iba por la sección Hoback Entrance cuando algo movió su silla.


“Hola,” dijo Gwen, balanceándose sobre un brazo e inclinándose
para ver el libro. “Qué estás leyendo?”

Stoner se lo mostró.

“Oh, Dios, la Guía Bonney. Nosotros pasamos los primeros tres días
haciendo esos auto tours. Recuerdas, Bryan?”

El se acomodó en la silla de al lado, apoyó las botas (nuevas, notó


Stoner) en la mesa de café y dobló los brazos detrás de la cabeza.
“Nunca lo olvidaría.”

“Lo hice parar en cada punto que mencionan en el libro. Al principio


no sacábamos el auto para nada.”

Bryan sonrió. “Que te sirva de lección, Stoner. Nunca te cases con


una profesora de historia.”

“No sé,” dijo Stoner. “Suena divertido.”

“Casarse con una profesora de historia?” preguntó Gwen.

Bueno, ya que lo mencionas.... “El auto tour,” dijo ella rápidamente.

Gwen se apoyó, pasando el brazo por detrás de la silla de Stoner. Si


me tocas, pensó Stoner, sintiendo la sangre subiendo hasta su cara,
no seré responsable de mis acciones.

“Lo maravilloso de Jackson Hole...” dijo Gwen.

Si intento rascarme el hombro...


“...es que nada de gran significado histórico ha ocurrido aquí.”

... mi mano va a estar exactamente al nivel de su cinturón…

“Han tenido sus bandidos y ladrones de ganado, por supuesto.”

...y podría agarrarla por la cintura y tirarla arriba mío…

“Apenas un asesinato casual, o dos.”

...pero quién creería que fue un accidente?

“Pero nada fuera de lo común. Nada que no haya ocurrido cien


veces en pequeños pueblos de por aquí.”

Por otro lado, si ella se resbalase...

“No te parece extraordinario? Digo, este paisaje demanda drama a


gran escala.”

...su brazo estaría agarrándome, y podría enterrar mi cara…

“Hasta las películas que hacen acá son insignificantes. Quien se


acuerda de ´Spencer´s Mountain´?”

...en sus pechos. Y en dicho punto me convertiría en un pequeño


charco…

“Por supuesto, estuvo ´Shane´.”

... y nunca se volvería a saber de mí.

“Shaaane,” repitió Bryan imitando la voz de un niño. “Vuelve,


Shaaane.”

“Alguna vez viste ´Shane´, Stoner?”

“Dónde?”
“No te está escuchando,” dijo Bryan.

“Oh, lo siento,” dijo Gwen. “Te estoy aburriendo?”

Jesús, María y José, y todos los Santos del Cielo. Stoner se deslizó
por la silla.

Bryan estaba mirándola, demasiado intensamente. Podía ver su


mente trabajando. “Por supuesto que no me aburres,” tartamudeó
Stoner. “Estaba reflexionando sobre… el significado histórico.”

“Raro, no?” dijo Gwen.

“Si. Si, muy raro.” Querido Dios, sacame de esta. Nunca volveré a
pecar, lo prometo. Ni en pensamiento, ni en palabra, ni en hecho.
Miró a Gwen. Bueno, tal vez sólo un poquito. Un pequeño
pensamiento, es todo, un inofensivo pequeño pensamiento.

“Cuánto tiempo te vas a quedar?” preguntó Bryan abruptamente.

“Yo...no estoy segura. Hasta la semana que viene, imagino.”

El encendió un cigarrillo y tiró el fósforo en el hogar. Aterrizó en la


alfombra. Lo miró, vió que estaba apagado, y lo ignoró. “Viste
Yellowstone ya?”

Stoner sacudió la cabeza.

“Por que no vas con Gwen mañana?”

Su corazón dió un vuelco.

“Y tú, Bryan?” preguntó Gwen.

“Se supone que voy a jugar al golf con George Freylinghausen


mañana. En el Racquet Club.”

“No sabía.”
“Me invitó ayer, mientras estabas en Jackson.”

Gwen se quedó en silencio.

“Son negocios, amor,” dijo él. Alargó las manos. “Puede ser
importante para nuestro futuro.”

“George Qué?” preguntó Stoner.

“Freylinghausen.” Bryan le sonrió. “El tipo de nombre que te


encuentras en un resort, no?”

El silencio de Gwen era tenso.

“Si no quieres,” le dijo Stoner, “está bien.”

“No es eso,” dijo Gwen, y le tocó el hombro. Sólo pensamientos,


Dios. No palabras, no hechos. Pequeños pensamientos placenteros
para irse a dormir.

“No sé, Bryan,” dijo Gwen. “O sea, es nuestra luna de miel.”

Bryan adoptó una expresión apologética. “Es sólo un día, amor. No


estaba pensando cuando acepté. De todos modos, tú te fuiste ayer.”

“Por unas horas. Esto es todo un día.”

Todo un día? Todo un día? “Si no quieres….” Dijo ella de nuevo,


mintiendo entre dientes, “está bien.”

“Quiero ir,” dijo Gwen. “Es sólo que…bueno, la gente no hace este
tipo de cosas en su luna de miel, no?”

Todo el tiempo. En todo el país. En este mismo momento hay miles


de recién casados en vacaciones separadas.

Bryan sonrió. “Pensé que no iba a preocuparnos lo que hacía el resto


de la gente.”
“Tienes razón,” dijo Gwen. Sonaba complacida. De veras sonaba
complacida.

“Genial.” Bryan se levantó. “Les voy a hacer reservas en el tour. Así


que mejor que vayamos yendo.” Se fue hasta la recepción.

“Vayamos yendo?” preguntó Stoner.

“Vamos a Teton Village. Bryan quiere ir a bailar.”

Stoner gruñó. “Cómo puedes? Yo estoy muerta.”

“Soy maníaco depresiva,” dijo Gwen, riendo. “Agarrame cuando


caiga.”

“Estás segura de que todo va bien?”

“Por supuesto que estoy segura. Me asombró un poco lo de los


negocios, es todo.” Le levantó la cabeza a Stoner y la miró.
“Quiero…mucho…ir a Yellowstone contigo.”

“Bien,” dijo Stoner, sabiendo que su cara estaba lo suficientemente


roja como para leer un diario en completa oscuridad. Un día entero.
Sola. Con Gwen. En un... “No puedo ir,” dijo.

“Qué?”

“No puedo ir.”

Gwen la miró consternada. “Por qué no?”

“Yo...” se miró las manos. “Me mareo en el colectivo.”

“Tengo dramamina.”

“Y si no funciona?”

“Vomitas,” dijo Gwen.


“Es bochornoso!”

“Oh, Stoner. Eres la persona más tímida que he conocido.” Le


desordenó el pelo afectuosamente. “Estate en el comedor a las 7. El
colectivo sale a las 7.30.”

Bryan le sostuvo la puerta, y meneó los dedos en dirección de Stoner


mientras se iban.

Irresponsable, Stoner se regañó a sí misma. Estás acá en una


Misión Muy Importante, y quieres pasarte todo un día paseando por
Yellowstone con esa mujer. Si, se contestó. No es fantástico?

“Yellowstone!” Marylou aulló con horror. “No es ahí donde salen


cosas de la tierra?”

“Si, Marylou. Recibiste mi carta?”

“Qué carta?”

“Una que te mandé el miércoles.”

“Hoy es jueves,” dijo Marylou. “Te crees que el Servicio Postal


descubrió la eficiencia de un día para el otro?” Su voz bajó un par de
tonos. “Podemos hablar libremente?”

“Si.”

“La señora Burton está haciendo que Harry Smythe busque los
antecedentes de Bryan. A propósito, no te parece que pasa algo entre
esos dos?”

“No sé, Marylou. Espero. Qué hay de tu padre?”

“Max está en otra. De veras, Stoner.”

Stoner suspiró. “Puede conseguir archivos del FBI?”


“Está en un retiro New Age en Granjas Rodale hasta fin de mes.”

“Puedo llamarlo?”

“Están en seclusión. De todas formas, dudo mucho que tengan


teléfono en Meaux, Pennsylvania. Lo siento, amor. Realmente no
podemos localizarlo.”

“Qué está haciendo ahí?”

“Medicina oriental o algo así. Todo lo que sé es que requiere una


enorme cantidad de meditación. Va a tener el aura más limpia de
Boston.”

Maldición. Golpeteó el lápiz contra el escritorio. Una calle sin


salida. “Mira, necesito hablar con tu madre. Me das su teléfono en el
Cape?”

“Ahí va. Tienes lápiz y papel? Escucha con atención. Sólo lo puedo
repetir una vez. Uno, ochocientos...”

“Marylou, por Dios, ese es un número gratuito.”

“Oops, lo siento,” dijo Marylou. “Te estaba dando Time/Life Books


por error.”

“Esta llamada va a cuenta tuya.”

“Acá vamos. Lista?”

Stoner copió el número.

“A propósito,” dijo Marylou, “ella está acá. Te la paso?”

“Hay veces,” dijo Stoner, “que desearía que no tengas sentido del
humor.”
“Lo siento,” dijo Marylou seriamente. “Estoy un poco asustada,
Stoner. Mi más querida amiga está lejos cazando a un sinverguenza
cerca de la frontera.”

“Sinverguenza?” Stoner rió. “De dónde sacaste semejante palabra?”

“Seguí tu consejo. Intento leer, como hobby.”

“Qué estás leyendo?”

“No estoy segura.” Hizo una pausa. “Te quiero, Stoner. Vuelve a
casa pronto.”

“Yo también te quiero, Marylou.”

“Nunca más te voy a mandar lejos.”

Stoner sonrió. “Pasame con tu madre.”

Escuchó unos crujidos en el fondo, y se imaginó a Edith Kesselbaum


– alta, flaca, su cabello negro siempre al costado, probablemente
usando algo de colores brillantes, amorfo, transparente, chiffon o
seda, sin poliéster. “Poliéster,” le gustaba decir a Edith, “es el
uniforme de los oportunistas.”

“Hola, Stoner,” dijo una voz gutural. “Cómo te va?”

“Hola, Dra. Kesselbaum.”

Edith Kesselbaum suspiró. “Diez años, Stoner. Hace diez años que
te pido que me llames Edith.”

“No me parece correcto.”

“Deberíamos tener una charla para discutir tu fijación maternal.”

“Eso me lo viene diciendo hace diez años, también.”


“Tenemos que concentrarnos en eso, Stoner. La concentración es la
llave de todo.”

“Bueno. Cómo está Wellfleet?”

“Horrible, como siempre. La biblioteca es abominable. Pero ya


conoces a Max. Insiste con que sus orgánicos crecen mejor cerca del
mar, así que no hay otra. Qué necesitabas, Stoner?”

Ella dudó, pensando en cómo comenzar. “Te dijo Marylou lo que


estoy haciendo acá?”

“Estábamos hablando de eso. Debo decir, Stoner, es algo muy


cristiano lo que estás haciendo.”

“Dra. Kesselbaum, no sé cómo debería tomar eso. Quiere decir


cristiano como algo bueno, o como entrometido?”

“Una bromita, querida.” Su risa era perversa, casi depravada. “Cómo


te puedo ayudar?”

“Hay cosas que tengo que averiguar, y que sólo puedo averiguar por
Bryan. No sé cómo hacerlo.”

“Quieres decir que fuiste allá sin un plan de ataque? Stoner, un plan
de ataque es de importancia vital. Nunca salgas sin un plan de
ataque.”

“Pero qué debería hacer ahora?”

La Dra. Kesselbaum pensó un momento. “Cual es tu impresión de


este hombre?”

“Arrogante,” dijo Stoner inmediatamente. “Seguro de sí mismo. Y


materialista. Mira un atarceder y ve playas de estacionamiento.”

“Qué hay de la mujer?”


“No puedo usarla.”

“Por qué no?”

“Simplemente... no puedo.”

“Si, por supuesto,” dijo Edith. “Marylou mencionó algo sobre


atracción sexual. No quieres comprometerla.”

Me rindo.

Hubo un profundo silencio del otro lado de la línea. “Lo que yo


haría,” dijo la Dra. Kesselbaum por fin, “es agrandarle el ego.
Hacerle creer que te ganó. Intentará impresionarte. Tal vez se le
caiga la máscara.”

“Dra. Kesselbaum,” dijo Stoner, “no tengo la menor idea de cómo


hacer eso.”

“Oh, mi querida, por supuesto que no. Tienes tan poca experiencia
con hombres. Recuerdas algún consejo que tu madre te pueda haber
dado?”

Stoner hizo fuerza para recordar. “No hables de ti misma, y no les


corrijas su gramática. No les dejes pensar que sabes más que ellos.
Hazte la indefensa. Y no levantes nada por tus propios medios.”

“Eso es bastante rudimentario, Stoner.” Hizo un sonido ahogado.


“Seguro que no hay nada más?”

“Dra. Kesselbaum?”

“Si?”

“Se puede reir.”

“Ni se me ocurriría…” comenzó Edith, y se quebró. “Oh, Stoner,


eres la mujer más inocente que queda en este mundo.”
“Lo sé,” dijo Stoner miserablemente.

“Dios me ayude, no sé ni por donde empezar. Me llevaría meses. Tal


vez años. Te faltan los instintos básicos.”

“Me temo que estoy sola, entonces.”

“Lo siento, querida. Me temo que si.”

“Bueno, gracias de todos modos.”

“Ten cuidado, Stoner. Y por Dios...” Se ahogó de nuevo. “...no


levantes nada sola.”

“Buenas noches, Dra. Kesselbaum.” Colgó y se sentó al borde de la


cama, las manos colgando entre las rodillas.

Otro día, otros cincuenta centavos.

CAPITULO SEIS

Stoner se sentó al lado de la ventana, el café intacto, y estudió las


montañas. Ferozmente delicadas en el brillante resplandor de la
mañana, los picos del Cathedral atravezaban el cielo de agosto. Una
brisa tocaba los álamos y dejaba las hojas dando vueltas como si una
guerra se hubiera desatado entre bandadas de gorriones.

O más bien se parecía a lo que estaba sucediendo en su estómago. Al


tomar el café, Stoner indentificó los síntomas de vuelo inminente.
Era un error, este viaje. Una cosa era pasar un par de horas en el bar
del hotel - y otra muy distinta era estar atrapada todo el día en un
pequeño y movedizo objeto, solas, y sin chance de volver a casa si
las cosas se ponían feas. Y si discutían? Y si a Gwen no le caía bien?
Y si a ella no le caía bien Gwen? Era una posibilidad. Stoner era lo
suficientemente realista para saber que su atracción por Gwen, hasta
ahora, era sobre todo física (si, Marylou…si, Edith Kesselbaum, lo
admito). Después de todo, la mujer se había casado con Bryan
Oxnard. Ahora, quién en sus cabales se casaría con ese maniquí de
tienda con terrible ego y un nombre como Oxnard? O sea, cómo
puedes tener una conversación larga con alguien asi? Y ahora Stoner
se había comprometido a pasar ocho horas de su vida con una
cabeza hueca.

“Eso sólo desayunas?” Preguntó Gwen, indicando el café de Stoner.

Su estómago hizo quince nudos llanos y marineros. Asintió


estúpidamente.

“Si te vas a descomponer, más vale que tengas algo con que
descomponerte.” Gwen se sentó y ordenó jamón y huevos para ella,
y tostadas y leche para Stoner. Miró por la ventana. “Otro día
perfecto. Aburrido, no?” Puso la dramamina sobre la mesa. “Qué
estás pensando?”

No podía recordarlo. “Cómo puedes estar tan alegre a esta hora de la


mañana?”

“No lo puedo evitar.” La camarera le trajo café. Ella tomó un sorbo.


“Creo que me estoy volviendo adicta a esta cosa.”

Stoner asintió.

“Nunca te agradecí,” dijo Gwen, “por dejarme hablar de la abuela el


otro día. A veces tengo cosas adentro por tanto tiempo que se hace
gangrena. Ayudó. De veras.”

“Está bien,” murmuró Stoner.

Gwen inclinó la cabeza hacia un lado y la miró. “De veras no sé


cómo vas a disfrutar Yellowstone,” dijo, “si insistes en charlotear
tanto.”
“Lo siento. Yo...”

“Te estoy cargando,” dijo Gwen, y le tocó la muñeca. El toque viajó


por el brazo, por su cuerpo, hasta la punta de los dedos de los pies.
Al pararse, sabía, iban a quedar sectores chamuscados en el piso.
“Qué pasa, Stoner?”

“Tengo miedo de que no nos caigamos bien,” espetó Stoner en el


momento más ingenuo de toda su vida. Adelante, ríete de mí.

“De veras, no creo que haya peligro de eso,” dijo Gwen suavemente.
“Sé que me gustas.” La comisura de su boca se torció con una
sonrisa irónica. “Pero bueno, últimamente nadie me da medallas por
mi buen juicio.”

El corazón de Stoner se derritió. “Oh, Gwen, estás muy enojada por


eso?”

Gwen bajó la mirada. “No, no enojada. Herida, supongo. Es...duro.”

Inflado. No veo la hora de que descubra lo que pienso.

“También es un día hermoso”, dijo Gwen. “Lo vamos a desperdiciar


siendo tímidas?”

“No,” dijo firmemente Stoner.

“Te digo algo. Te doy mi mano si me das la tuya.”

Stoner se ahogó con el café. El desayuno llegó como ejército al


rescate. Mordisqueó un pedazo de tostada. “Qué hiciste ayer?”

“Hicimos rafting por el Snake.”

“Cómo estuvo?”

Gwen se encogió de hombros. “Ahora sé por que lo llaman el Mad


River Tour. Tienes que estar loco para hacerlo. Ahí vas, atorada en
esa cosa grande de goma con otros veinte idiotas suicidas. Con
salvavidas. Contrario al imaginario popular, no son cómodos. El
agua se te mete por todos lados – juro que te agarra. Las orillas cada
vez mas altas y mas cerca. No hay modo de escape a la vista. Todo
el tiempo vas rodando como un corcho. Y lo peor es que los demas
disfrutan de ese viaje de la muerte.”

Stoner rió.

“Así que ahí estaba, pensando, ´Oigan, muchachos, tal vez ustedes
crean en otra vida, pero yo no estoy muy segura, y me gustaría vivir
un poquito más si no es mucho problema,´ cuando aterrizaron esa
cosa en una pequeña playita de arena. Bueno, si te fijas en los
problemas de erosión que tienen ahí, y sabes que a ese pedazo de
tierra le quedan como cinco minutos de existencia…Y ellos sacan
toda su comida y esperan que tú comas.”

“Creo que paso,” dijo Stoner.

“Con tu estómago, definitivamente. Tomate la dramamina.”

Stoner jugó con el frasquito. “Me va a dar sueño.”

“Y qué? Como sabrás, se me hace imposible mantener una


conversación, de todas formas.”

“Sabes que? Eres admirable.”

Gwen se sonrojó. Se sonrojó! “Vas a tomar esa cosa, o voy a tener


que sufrir las consecuencias?”

“Ok, ok.” Stoner suspiró. “Acá vamos.”

Ya iban cinco paradas por osos en la ruta, y la dramamina estaba


empezando a disiparse. El bus frenó, terminando de despertarla. Se
resfregó la cara.
“Buen día,” dijo Gwen.

Stoner levantó la mirada. “Oh, Dios, estuve durmiendo sobre tu


hombro?”

“Estuviste.”

“Lo siento mucho.”

“Bueno, empezaste durmiendo contra la ventana, pero te veías tan


incómoda que te moví para este lado. Además, tus dientes hacían
ruido.”

Se cubrió la cara con las manos. “Estoy siendo humillada. Dejenme


morir.”

Gwen le palmeó el hombro. “Presta atención, Stoner. Estamos en el


medio de un Evento Vida Silvestre.”

En el coche de adelante, turistas sacudían galletitas por la ventanilla,


tentando a los osos. Un adulto y dos cachorros paseaban por la ruta.
Apoyándose en las patas de atrás, se inclinaron hacia el auto, las
narices olisqueando. El conductor del bus encendió el altavoz y
advirtió sobre el peligro de alimentar a los animales.

“De alguna forma,” dijo Stoner, “no estoy tentada.” Los osos le
recordaban a sillones rellenos, gordos y peludos. “Desgarbados,
no?”

“Me dan pena,” dijo Gwen. “Aprenden a conseguir comida de la


gente. Un día algún turista de camping se pone nervioso, y el
guardaparques los echa de vuelta a la selva. Debe ser terrorífico para
ellos.”

“Hay un mensaje ahí,” dijo Stoner. Sentía la cabeza como un musgo.


“Pero me elude.”
“Ojo con los guardaparques con pistolas tranquilizantes?”

“Nunca aceptes regalos de humanos. Se te volverán en contra al


final.”

“Oh, dios,” dijo Gwen.

“Lo siento.”

“Podrías parar de pedir perdón?” dijo Gwen. “Por Dios.”

“Perdón.”

Gwen la golpeó en la rodilla.

El bus continuó por los bosques. En un claro oscuro cubierto de


hierba había un animal inmenso, peludo y con cuernos. “Qué es
eso?” preguntó Stoner, alarmada.

Gwen se inclinó a observar. “Bisón.”

“Está suelto.”

“Todo está suelto acá,” dijo Gwen. “Nosotros somos los que estamos
encerrados, no te diste cuenta?”

“Dónde están los geisers?”

“Casi llegamos al West Thumb. Paramos en una hora. Cómo te


sientes?”

“Bien.”

Un lago apareció a la derecha, flanqueado por montañas. “El lago


Yellowstone,” dijo Gwen. “Ese es el Absaroka Range.” El bus paró
en un estacionamiento delimitado por pequeñas construcciones.
Unas nubes pasaron al ras de la tierra. “Raro,” dijo Stoner. “Se
supone que la niebla ya se disipó a esta hora.”
“Eso no es niebla. Es vapor.”

“Vapor?” Stoner dijo aprensivamente. “De debajo de la tierra?”

Gwen rió. “No, del lavadero. En serio, Stoner.”

“Quieres decir que hay agua caliente acá abajo?”

“Exacto.”

Stoner sacudió una mano. “Piensas que hicimos bien en venir?”

“Espera un rato. Se pone peor.”

“Peor?”

“Increíble.”

Stoner la miró. “Ya estuviste por acá?”

“La semana pasada.”

“Y volviste?”

“Aparentemente.”

“Por qué?”

“Porque quise, tonta.”

“Por qué?”

“Porque le tengo afecto a la compañía, por el amor de Dios.” Dijo


Gwen casi gritando.

“Oh.” Stoner se metió las manos en los bolsillos y se acurrucó en su


asiento.
“No me hagas una escena” suspiró Gwen. “Una cosa es ser echadas
del Wort Hotel. Que te echen ahí afuera es otra cosa.”

“Por qué nos detuvimos?”

“Fotos y necesidades naturales. Quieres bajar?”

Stoner miró hacia el suelo. El bus había estacionado al lado de un


conducto de vapor. “Es seguro?”

“Probablemente.”

“Creo,” dijo Stoner, “que voy a esperar hasta que las cosas
mejoren.”

Gwen la miró. “Por qué tienes tanto miedo? Has visto fotos de
Yellowstone, o no?”

“Las fotos pueden ser trucadas,” masculló Stoner.

“Okay, pero bajamos en la próxima parada. Como sea.”

Se estaban moviendo otra vez, por la orilla del lago, hacia el norte
por el Fishing Bridge. El majestuoso desorden de los pinos torcidos,
los abetos Engelmann, y los abetos alpinos inclinados hacia los
pastizales de Hayden Valley. Flores salvajes brillaban como joyas en
los anchos prados, y en la distancia un bisón pastoreaba
plácidamente. El sol, las colinas y el ruido de las ruedas del bus la
hicieron dormir de vuelta. Y entonces, de repente, estaban parados.

“Preparate,” dijo Gwen. “Esto va a ser terrible.”

Salieron y tomaron un camino señalado, inocentemente, “Mud


Volcano Trail.” Sin aviso la brisa cambió, tirando olas de un olor
hediondo en sus caras. Stoner se sintió palidecer.

“Aguanta,” dijo Gwen. “Se pone peor.”


De cada lado, piletas de barro gris y caliente hervían perezosamente.
El olor a huevo podrido se volvía mas espeso. Y entonces quedaron
cara a cara con el Black Dragon´s Cauldron, una masa hirviente y
burbujeante de barro podrido que parecía vómito de una cueva de la
montaña. Stoner lo miró. “Oh, por Dios,” dijo. “Es la cosa más
horrible que he visto.”

Se fueron hacia el borde del Sour Lake y miraron el agua, verde y


quieta. La orilla del lago estaba bordeada de una sustancia
amarillenta y cristalina. Arboles muertos, como dedos sin piel,
reptaban hacia el cielo. Stoner se arrodilló para observar más de
cerca el agua.

“No la toques,” dijo Gwen, empujándola hacia atrás.

“Qué es?”

“Acido sulfúrico. Los puntos negros de esos árboles son


quemaduras.”

Stoner sintió pánico creciendo por dentro. “Creo que no deberíamos


estar mirando esto.”

“Lo sé.”

Alguien sacó una foto. “No haga eso!” gritó Stoner.

“Stoner, calmate.”

“Está todo mal,” dijo rápidamente. “Algo pasa acá, y no se supone


que lo estemos viendo.”

“Stoner?”

“Alguien cometió un error. Esto debe ser un secreto. Vamos a ser


castigadas por mirar. Lo digo en serio, Gwen. Lo que sea que está
ocurriendo, no es para ojos humanos.”
“Sabes los millones de personas que lo vieron? La mitad de la raza
humana debería estar en problemas.”

“Y bueno, no lo está?”

Gwen la miró. “Estás hablando en serio?”

“Si, en serio. Algunas cosas son privadas.”

“Vamos, entonces. Esperemos en el bus.”

“No tienes que irte por mi.”

Gwen rió. “Estás bromeando? Quieres que me quede acá a arruinar


mi karma?”

Caminaron rápidamente por el sendero. “El resto no está tan mal,”


dijo Gwen.

“Espero que no.” Stoner observó el suelo bajo sus pies. “Lo siento,”
dijo al final. “A veces pienso que logro ver un poquito de algo…”
No logró terminar la sentencia…

“Tal vez lo hagas. De todas formas, quién soy yo para tentar al


destino?”

Stoner lo dejó pasar.

“Por qué huiste de tu casa?” preguntó Gwen.

Stoner se encogió de hombros. “Mi madre y yo no nos llevábamos.”

“Cómo es eso?”

“A ella no le gusta lo que soy. No es que lo hayamos charlado. En


realidad discutíamos sobre cómo me vestía, cómo hablaba, y quienes
eran mis amigas.”
“Y tu padre?”

“No quiso meterse.”

Gwen se sentó en un banco en la playa de estacionamiento, agarró


un puñado de piedritas, y las tiró una a una de vuelta al piso.
“Cuántos años tenías?”

“Dieciocho. Era hora de irse, de todas formas. Sólo lamento que


haya tenido que ser así.”

“Pero todavía los ves.”

Podía sentir la familiar tensión en la cara y manos. “Trato de


evitarlos, pero si no los veo, me llaman por teléfono hasta que lo
hago.” Suspiró. “Supongo que no debería quejarme. Es sólo dos
veces por año ahora.”

“Yo voy al dentista dos veces al año,” dijo Gwen. “Pero eso no lo
hace divertido.”

“Me gustaría poder decirles que desaparezcan. O no dejar que me


moleste.”

Gwen se recostó y estiró las piernas. “Las familias son algo raro.
Pueden lastimarnos tanto como nadie. Intento entenderlo, pero no
puedo.”

“Yo tampoco.”

“Y cómo son esas cenas?”

“Empiezan en el aperitivo con cuánto me extrañan, y cómo no


entienden por qué los trato asi, cómo se están poniendo viejos y yo
soy su única hija, y por qué no me mudo de vuelta a Rhode Island?
Mi madre se encarga de toda la charla. Mi padre toma whisky y
mira. Después de un rato mi madre empieza a llorar, y se pide un
whisky sour para los nervios.”

Hizo una pausa. “Odio el whisky sour.”

Gwen trazaba lentos círculos con la punta de los dedos sobre la


espalda de Stoner.

“Para cuando llegamos a las ensaladas es todo culpa de Tía


Hermione. Ella es una loca. Me tiene bajo una especie de embrujo.
Y después Marylou. Se aprovecha de mí, algún día voy a lamentar
no haberlos escuchado, y esperan todavía estar cerca para recogerme
cuando me caiga de cara.” Se rió amargamente. “Para el plato
principal tenemos apariencia física – mi pelo está muy corto, me
visto como una hippie, si pudiera ser un poco más femenina…. Si
tengo suerte, no llegamos al tema matrimonio antes del postre.”

“Y tú simplemente te sientas y te lo tragas?” preguntó Gwen.

Stoner la miró, y luego miró hacia el horizonte. “Generalmente.


Algunas veces intento discutir, y mi padre me dice que no moleste a
mi madre. Es su única contribución a la conversación.”

Gwen apoyó la mano en la nuca de Stoner. Mierda, voy a llorar.


Pestañeó rápidamente.

“Qué importa, ellos pagan la cena.”

“Tú pagas más,” dijo Gwen.

“Supongo que debería dejar de verlos...” Cómo le explicas a otra


persona lo que no puodes explicarte a ti misma? “Pero no puedo
lograrlo.”

“Por qué?”

“No estoy segura.”


Qué diablos? Dí la verdad. “Cuando pienso en la pelea que habría si
me planto ante ellos…” Extendió los brazos. “Odio esos momentos.
Duele. El eco de las cosas dichas... Lo escucho por semanas. Me
siento criticada, achicharrada. Y sucia. Como si hubiera gusanos
trepando por mi cuerpo.” Sonrió apologéticamente. “No soy buena
para las confrontaciones.”

“Yo tampoco,” dijo Gwen. Rió. “Tal vez deberíamos escribir un


libro. Ganar Volando.”

“Cobardía Creativa.”

“Zen y el Arte de la Retirada Estratégica. Pongamos manos a la obra


cuando volvamos a casa. Puede que cumpla con las expectativas de
mi Departamento para ser publicado.”

“Bueno,” dijo Stoner, “puedo ocuparme de las firmas de autógrafos,


pero a ti te tocan las entrevistas.”

“No sé,” dijo Gwen. “Soy tímida.”

“No lo había notado, aunque había escuchado rumores.”

“Rumores?”

“La señora Burton lo mencionó.”

“Pobre abuela,” dijo Gwen. “Sufrío las agonías de mi adolescencia.


Seclusión, ataques de desesperación inmotivados. Por lo menos no
escribía poesía.”

“Cómo se sobrevive a la adolescencia sin poesía?”

“Te lo cuento,” dijo Gwen, “tan pronto como esté segura de que lo
logré. Podría ser un retoño tardío.”
La gente estaba volviendo al bus. Stoner suspiró. “Arriba hacia el
próximo horror. Este viaje me está deformando como nunca lo
hubiese soñado.”

“Vas a soñar con ellos,” dijo Gwen mientras se paraba. “Llevate el


teléfono a la cama y llamame si tienes una pesadilla.”

Stoner la siguió hacia el bus. La señora Burton había dejado afuera


un esencial y pequeño ítem en la descripción de su nieta. Gwen era
innegablemente – e increíblemente – encantadora. “Lo siento,”
murmuró Stoner al tropezar con el pié de alguien.

Gwen estaba parada en el pasillo esperándola. “Tú vas a la


ventanilla por un rato,” dijo Stoner.

“No quieres ver?”

“Puedo ver suficiente desde acá. Y, para decirte la verdad, estoy


cansada de ser ignorada por la vida salvaje. Me hace sentir, como
dicen, anulada.”

“Bien,” dijo Gwen, tomando asiento. “Anulada por un alce.”

No pasó mucho antes de que estuvieran parando de vuelta, esta vez


en el Grand Canyon de Yellowstone. Lejos allá abajo, el dorado y
lento río fluía entre paredes de rocas volcánicas sulfuro-amarillas.
Más arriba, el agua caía como una cinta ocre en un salto de agua. Un
lagarto saltó hacia una roca al sol y probó el aire con su lengua. Un
águila remontó vuelo en el cielo, las alas desplegadas y quietas. “Te
parece que nos estará buscando?” preguntó Stoner.

“Tal vez el lagarto es almuerzo,” dijo Gwen. “Quieres caminar?”

Tomaron el Sendero del Borde Norte. Sobre un tacho de basura una


ardilla rebuscaba entre bolsas de papel y servilletas. Gwen se
detuvo, buscando en su mochila, y se arrodilló. Sacó un maní. La
ardilla la observó con cautela por un segundo, luego se adelantó,
tomó el maní, y corrió rápidamente hacia el árbol más próximo.

“Pensé que no estabas de acuerdo con alimentar animales,” bromeó


Stoner.

Gwen levantó la mirada, acomodándose el pelo con el revés de la


mano. “No creo que esta amiguita ponga a los turistas nerviosos,
no?”

Al mirarla, Stoner sintió algo cálido irradiar en la boca su estómago.


“Me gustaría tener una foto de esto,” dijo.

Gwen la tomó de la mano y se paró. “Bueno, te dejaste la cámara en


Boston, tonta.”

“No me lo recuerdes.”

Caminaron por un buen rato. “Cómo conociste a Bryan?” preguntó


Stoner.

“El banco estaba reinvirtiendo algo de mi dinero. Me pidió que vaya


a hablar. Eso fue raro. Generalmente lo hacen y me mandan una
carta.”

Eso no fue lo que yo escuché.

“Le dije que lo haga, que no necesitaba discutirlo. Pero él insistió.


Es raro cómo se dan las cosas, no? Crees en la suerte?”

“Más o menos,” murmuró Stoner. Simuló admirar el paisaje.

“Vas viviendo el día a día,” dijo Gwen, “todo es lo mismo. Piensas


que sabes cómo va a ser tu vida. Y cuando menos lo esperas, alguien
aparece y te da vuelta todo.”

Dímelo a mí, pensó Stoner.


“Alguna vez te pasó?”

A decir verdad, muy recientemente. “Una que otra vez,” dijo Stoner.

Gwen se asomó por la valla y miró hacia abajo, el cañón. “Cómo


salió todo?”

“No estoy segura,” dijo Stoner evasivamente. “estoy esperando hasta


el final antes de ponerle una nota.”

“Lo que me preocupa,” dijo Gwen, “es que no estoy segura de saber
la diferencia entre un acierto y un error.”

Amén.

“Stoner, piensas que mi abuela podría tener razón sobre Bryan?”

Se sintió palidecer, y se arrodilló fingiendo atarse los cordones. “No


sé, Gwen. Apenas lo conozco. Tú qué piensas?” Si, quería gritar, si,
tu abuela tiene razón. Huye ahora, que todavía estás a tiempo.

“Para serte sincera,” dijo Gwen, “a veces tengo un poco de duda –


no mucho, sólo…” Se encogió de hombros. “Tal vez me metí en
algo… Pero estaba el trabajo en Chicago…”

No había ningún trabajo en Chicago. Stoner alzó la mirada. “De qué


tienes miedo?”

Tal vez era el paisaje lo que hacía que Gwen pareciese tan pequeña.
Tal vez fuese otra cosa.

“De que él se canse de mí.”

Quiso agarrarla y abrazarla. Pero en cambio se agarró de la baranda.


“Puede ser al revés, sabes. Tú te puedes cansar de él.”

“Imposible.”
“Nada es imposible.”

Gwen sacudió la cabeza. “Eso si.”

Stoner se sintió de vuelta peligrosamente cerca de las lágrimas. Por


Dios, Gwen, el tipo es un asqueroso, probablemente un asesino, y
seguramente un arrastrado, turbio…

“Qué pasa?” preguntó Gwen. “Te ves furiosa.”

“No nos dan de comer en este viaje?” dijo con irritación.

“La próxima parada. Aguantas?”

“Seguro,” dijo Stoner. “Aguantar es lo que mejor me sale.”

“Hice algo terrible,” dijo Gwen. “Lo sé.”

Stoner intentó salir de su estado de pánico. Estaba acurrucada en el


asiento, las rodillas hundidas en la butaca de adelante, las manos
enterradas en los bolsillos. “Qué?”

“Te he ofendido.”

Sacudió la cabeza. “Te estás denigrando. Odio cuando la gente que


… me importa hace eso.”

“Es lo mismo que dice Bryan. Lo siento.”

Glorioso. Simplemente glorioso. Es limonada en Julio, y nieve en


Navidad…Recuerda, McTavish, lo importante es importante, y lo
alternativo es alternativo, y ambos nunca deben cruzarse.

Quería tocarla, pero tuvo miedo. “Es mi culpa,” dijo. “A veces me


entierro en un agujero y tiro hacia adentro.”

“Pensé que era la única que hacía eso.”


Stoner se esforzó en sonreir. “El mundo está entrelazado con túneles
subterráneos.” Se pasó la mano por el pelo. “Sabes, Gwen, el trabajo
de Bryan en el banco puede que no sea lo mejor del mundo. Pero los
beneficios adicionales son fantásticos.”

Gwen apartó la mirada tímidamente. “Gracias.”

Charla. Charla. “La señora Burton dice que tienes un hermano en


Australia.”

“Don. Se fue un poco antes de que nuestros padres muriesen.


Deberías conocerlo. Podrían compartir historias de huídas.”

“Y él por qué huyó?”

“Nuestro padre manejaba la casa como un instructor de la Marina,”


dijo Gwen. “Teníamos millones de reglas. Es decir, era difíl llegar al
final del día sin hacer algo mal. Y si cometías un error, agarrate.”

“Te golpeaba?”

“Bueno, a mi no tanto. No tuvo que hacerlo. Ví lo que podía


suceder, sabes?”

Stoner se encogió. El pecho cerrado.

“Fue difícil para Don. Más crecía, más lo sufría. Se rebelaba – en


pequeñas cosas al principio. Pero sabías que un día todo iba a
explotar. A veces salíamos en el auto de papá cuando el estaba
trabajando. Eramos cuidadosos. Sabíamos que nos mataba si se
enteraba, pero supongo que era una especie de estímulo para salirnos
con la nuestra.” Suspiró. “En fin, un día tuvimos un accidente. Un
viejito salió delante de nosotros. No hizo mucho daño, sólo un
pequeño raspón que papá tal vez ni hubiese notado. Pero alguien nos
vio, y le contó.”

“Qué pasó?”
“Era tarde. Nos sacó de la cama y le empezó a pegar a Don con el
cinturón. Me quedé petrificada. Siguió golpeándolo y golpeándolo.
Intenté no llorar. Siempre te pegan más si llorás. Pero tenía tanto
miedo que no lo pude evitar. Así que empezó a pegarme a mí.”

Stoner encorvó los hombros. Los pulmones se sentían como llenos


de plomo.

“Pensé que me iba a matar,” dijo Gwen. “Realmente pensé que iba a
morir. Y lo hice, casi. Quiero decir, algo en mí murió. Por lo menos
pude parar de llorar.”

Se quedó en silencio por un rato. Stoner intentó respirar


normalmente, suavemente, como si hasta el aire fuese frágil.

“Don se fue a la mañana siguiente,” dijo finalmente Gwen. “Tomó


sus ahorros para la universidad y se compró un ticket en barco a
Australia. Ha vivido allí desde entonces.”

“Te dejó ahí?”

“Quiso llevarme. Pero estaba segura de que papá nos iba a agarrar.
Sabía que no podría volver a pasar por eso. De todas formas,
murieron tres meses después, y me fui a vivir con la abuela. El está
casado ahora. Me encantaría verlo.”

Stoner temblaba. “Podría matar a tu padre.”

Gwen rió. “Llegas tarde.” Se puso seria. “No he llorado desde esa
noche. A veces temo que una parte mía siga muerta. A veces hago
cosas, o digo cosas, que se sienten muy…lejanas.” Dudó. “A
veces…me siento así con Bryan.”

Oh, Dios.

Gwen la miró. “Es probablemente porque sucedió tan rápido. Deben


ser nervios de recién casados o algo así. No te parece?”
“Supongo,” murmuró Stoner.

“Alguna vez te sentiste así?”

“A veces.” No últimamente. Ultimamente, todo en mí está vivo.


Demasiado vivo.

“Tenés novia?” preguntó Gwen.

“No por el momento. Bueno, no desde hace un par de años, la


verdad. Marylou piensa que debería. No sé.”

“Por qué no?”

Stoner se encogió de hombros. “Es todo genial al principio, pero si


sale mal… Me tomo las cosas muy mal. Me encantaría ser más fácil,
sabes? Todo es tan complejo para mi… Tía Hermione dice que es
Venus en Tauro.”

“Es una cualidad valiosa. Para tu chica, digo. Se deben sentir


seguras.”

“A veces demasiado seguras,” dijo Stoner amargamente.

Gwen la abrazó. “Lo siento.”

No hagas eso. A no ser que quieras innundar este bus con tres años
de lágrimas acumuladas. Una gota resbaló por su rostro.

Gwen apretó su abrazo. “Todo bien si quieres…”

“No quiero. Podemos cambiar de tema?”

“Ahora?”

“Inmediatamente.”
“No creo poder.”

“Vas a poder si te importo,” dijo Stoner, en el tono más ligero que


pudo conseguir.

Gwen se quedó en silencio por un momento. “Sólo hace un par de


días que te conozco,” dijo al fin, “y siento que me importas
muchísimo.”

Nos estamos acercando ráudamente a una crisis de proporciones


internacionales. “Gwen, yo….” comenzó, y se quedó en blanco.

“Tal vez no debí decir eso.”

“Por qué no?”

“Bueno, me casé apresuradamente. Probablemente pienses que soy


superficial.”

Nunca. Me pueden arrancar las uñas. Me pueden poner un revólver


en la cabeza. Pero nunca voy a pensar que eres superficial.

“No lo soy,” dijo Gwen seriamente. “No hago amigos con facilidad.
No verdaderos amigos. Pero a veces conocés a alguien, y de
inmediato sentís…simpatía. Sabes a que me refiero?”

“Absolutamente.”

“Hace mucho que no me pasa. Tal vez esa parte mía estaba muerta,
también.”

Bajó la mirada, el pelo le ocultó el rostro. “Jamás querría lastimarte,


Stoner.”

“Yo tampo querría lastimarte.” Pero lo voy a hacer. A menos que


Bryan resulte ser un corderito con traje de lobo, sé que lo voy a
hacer.
El bus se detuvo en una playa de estacionamiento. “Almuerzo,”
anunció Gwen, y se levantó. “No alimentes a los osos.”

Stoner trastabilló por el pasillo detrás de ella.

En Mammoth Hot Springs, agua calcificada bajaba por una colina y


se convertía en piedra. Bacterias y algas rojas, naranjas y amarillas
pintaban los montículos de piedras salinas. Grandes formaciones
grises, ásperas como patas de elefantes, se elevaban como
monumentos a la muerte.

“Fascinante,” dijo Gwen.

“Explicación, Sr. Spock?”

“Ninguna, Capitán.”

Stoner consultó la guía. “Esto está lleno de datos interesantes. Pero


no explica nada.”

Gwen la miró desconcertadamente. “Stoner?”

“Qué?”

“Estás intentando entender Yellowstone?”

“Pensé que podría”

“Si puedes entender esto, puedes entender cualquier cosa.”

“Es una cuestión de supervivencia,” dijo Stoner. “La mía.”

Para cuando llegaron a Geyser Basins, Stoner se estaba hundiendo,


rápido. Hicieron un paseo rápido por Paint Pots, y volvieron al
estacionamiento. Se dejó caer en un banco cerca de unas secas ramas
de abeto. “No sé cuanto más de esto podré soportar,” dijo.
“Estamos en el Valle de la Fatiga. No te preocupes. Se abren camino
entre los geysers. Hay un tour aparte que podemos hacer otro día, si
es que alguna vez querés volver a este lugar.”

“Quiero verlo. Pero justo ahora mis sentidos están arruinados.”

“Hey,” dijo Gwen alegremente, “lo mejor está aún por venir.”

“Y qué es?”

“Old Faithful!”

Stoner sacudió la cabeza. “Gwen, me han eructado en Black Dragon


´s Cauldron. He sido ignorada por un visón. He visto a la naturaleza
en su mayor obscenidad, y me he muerto de terror. He mantenido mi
buen humor a pesar de un constante aullido de fondo de niños
hiperactivos. Te imploro que no me hagas creer en Old Faithful.”

“Te vas a arrepentir,” dijo Gwen, y se subió al bus.

Gimiendo, Stoner subió detrás. “Y no me avisaste que íbamos a


escalar Grand Teton de a cuatro escalones a la vez.”

Gwen se sentó y señaló su falda. “Apoya tus piernas aquí. Te voy a


hacer un masaje.”

“No!,” chilló Stoner, ruborizándose.

Los caminos alrededor de Old Faithful estaban llenos de turistas.


Sólo se escuchaban los clicks de las Instamatics. En el medio de un
apiñado círculo de personas se veía una pila de barro y piedritas.
“Sabía que era un truco,” murmuró Stoner. “Hacen toda esa
publicidad para atraernos hasta aquí, y en cualquier momento algún
idiota vestido de payaso sale de ese agujero y se nos ríe en la cara.”

Gwen la golpeó.

La multitude contuvo el aliento.


“Aquí viene,” suspiró Gwen.

El geyser emitió un pequeño erupto, como una burbuja de gas de


pantano.

“Eso fue todo?”

“Espera.”

Un chorro de vapor de dos pies de altura brotó de la abertura.

Stoner aplaudió.

Gwen soltó una risita.

Un hombre gordo y pelado, vestido sólo con shorts y unos


binoculares las miró con malicia.

Gwen se tapó la boca con la mano y se sacudió.

Old Faithful eruptó. Un chorro de agua hirviendo atravezó el pálido


cielo azul. Un soplo de brisa hizo que los que estaban con viento en
contra corrieran a protegerse. El geyser humeó y eructó y siseó
como una pava enloquecida, y se apagó hasta sólo quedar una masa
de barro hirviente. Stoner se agachó y espió por debajo de la
pasarela de madera.

“Qué diablos haces?” preguntó Gwen.

“Busco la válvula.”

A Gwen se le aflojaron las rodillas. Se sentó en el piso, muerta de


risa. Stoner reptó hasta ella con lágrimas en los ojos. Le dolían las
mandíbulas. Los turistas les pasaron por al lado, mirándolas, como
visitantes del Zoo algún domingo. “Controlate…,” Stoner jadeó, y
empezó a hipar. Gwen intentó ponerse seria, miró a Stoner, y le cayó
encima.
“Mejor…que…nos vayamos,” Gwen se atragantó entre
convulsiones. “Oh, Dios, me estoy muriendo.” Intentó ponerse de
pié.

“No puedo,” dijo Stoner.

Gwen la agarró de las muñecas y la levantó. “Sabes qué?” dijo.


“Estás loca.”

Las sombras eran largas y frías a medida que avanzaban por West
Thumb hacia Teton. Gwen bostezó. Stoner hizo una almoada con su
campera, retiró el posa brazos, y empujó a Gwen hacia su falda. Fue
un acto de coraje consumado. “Estirate,” dijo con su mas casual
´hago-esto-todos-los-días-de-la-semana-y-dos-veces-los-domingos´
tono.

“Lo siento,” murmuró Gwen. “Demasiado sol. Demasiadas


emociones.”

Amiga, qué podría decirte en este momento sobre demasiadas


emociones.

El bus rebotó por la ruta. Salud, Oh Dios de Frostheaves. Stoner


deslizó un brazo sobre Gwen. Para que no se mueva, por supuesto.
Detén ese ruido, le ordenó a su corazón, la vas a despertar. Las
otras partes de su cuerpo podían continuar haciendo lo que estaban
haciendo eficientemente. Mientras lo hicieran en silencio. En
realidad, podía hacer poco para detenerlas, sólo una anestesia
general.

Cuidadosamente, bajó la vista. Las pestañas de Gwen se apoyaban


suavemente sobre su mejilla, la respiración tan profunda como la de
un bebé. Un mechón de pelo había caído sobre su rostro. Stoner
contuvo la respiración y muy, muy delicadamente lo hizo a un lado
con su dedo. Parecía seda. Oh, Jesús, sabía que su pelo era como
seda, lo sabía, lo sabía.

Esto era más que atracción sexual. Esto era amor total, corazón,
cuerpo y alma. Gran, envolvente, flotante hasta el cielorraso, amor.

Se atrevió a dejar su mano, oh muy suavemente, sobre la cabeza de


Gwen. Gwen se agitó en su sueño, y enlazó sus dedos con los de
Stoner. “Oh, mi Dios, Gwen,” suspiró. “Te amo.”

CHAPTER SEVEN

Gracias a Dios que había quedado en cenar con Smokey. Debido a


ello, no tuvo otra que declinar la invitación de Gwen a tomar un
trago con Bryan. No hubiese sido capaz de resistirlo, y hubiese sido
una perfectamente horrible forma de terminar el día. Asi que no
regresó a Timberline hasta después de las diez. Al pasar por el lobby
retiró una carta certificada de Marylou.

La luna creciente colgaba helada en el quieta noche. De la chimenea


de la posada salía una fantasmal columna de humo que se perdía en
los árboles, se aplastaba, y volvía a la tierra, dándole al aire un toque
de madera. En algún lado de los Gros Ventres, un coyote auyó.
Exausta, Stoner se arrastró hasta su cabaña. La grava crujió bajo sus
pies. Luchó con la llave y abrió la puerta.

Algo hizo que se le paren los pelos de la nuca. Se quedó parada un


momento en el umbral, escuchando. Silencio. Pero allí estaba, o
había estado, alguien en su cuarto. Con cuidado, tanteó en busca de
la perilla de la luz.
El cuarto estaba vacío. Todo estaba como ella lo había dejado. O no?
Había ajustado los dos cierres de su valija, o sólo uno? Ambos
estaban ajustados ahora. El cajón del escritorio no estaba al mismo
nivel que el marco. Lo había dejado así? Y había tanto espacio entre
dos de sus remeras, como si una hubiera sido movida y acomodada
sin cuidado? Dado el estado en el que estaba desde que había
llegado, era posible.

Revisó sus cosas. Todo estaba en orden. No faltaba nada. Tal vez una
de las mucamas había estado, pero no era el día de cambio de
sábanas. Desconcertada, se sentó en la cama, y recordó la carta de
Marylou.

Debe ser importante. Certificada. Marylou no creía en el Correo de


USA. Bueno, creía en él como institución. Pero como institución
capaz de transmitir comunicaciones de un lugar a otro, olvidalo.
Para ella enviar una certificada era como para un ateo rezarle a San
Judas. Abrió el sobre.

Querida Stoner,

Vuelve a casa. Todo perdonado. Con amor, Marylou.

En serio, amiga, mil vidas han pasado desde que te fuiste. Navidad
está a punto de llegar. No puedo creer que me hayas dejado, tu mas
querida y vieja (y volviéndose rápidamente mas vieja) amiga, sola y
desolada en Navidad. Me encantó hablar contigo por teléfono, pero
me hizo sentir SOLA.

Viste algún indio? Tienen electricidad por ahí? Era realmente un


auto lo que te alquilé, o un carro (con flecos, espero)? Películas?
Televisión? Sin television, cómo haces, tú sabes, cosas normales?

Negocios. La señora Burton puso al amigo Smythe en la pista de


nuestro chico dorado. Un rápido chequeo del archivo del banco no
reveló nada fuera de lo ordinario. Sospechoso, eh? S. también
contactó a alguna de las personas que le habían dado a B. cartas de
referencia. Todos tienen la mejor de las opiniones de él, sólo
expresaron que ojalá no se hubiese marchado tan de prisa (¡). La
historia es que tuvo que atender a su padre moribundo. (Violines).

Ahora, agarrate fuerte de los breteles del sostén. Aquí viene el


shock. El padre de Bryan aparentemente murió dos veces. Al menos
el dejó dos trabajos diferentes por la misma muerte. Eso me parece
raro, aunque por supuesto para los del Nuevo Testamento podría ser
normal.

Al recibir las noticias, la señora B. lloró desconsoladamente,


conjurando visiones de la muerte o desmembramiento de la querida
Gwyneth. Pero le aseguré que no había nada que temer con Stoner
McTavish en el caso. Tú no, le dije, dejarías a Gwen fuera de tu vista
por un solo segundo. Y estoy dispuesta a apostar a que esos son
exactamente tus sentimientos.

Debo ir a sentenciar la oscura suerte de esta carta, gracias a la


negligencia del Servicio Postal. Escribeme seguido. Vuelve a casa
pronto. Intenta divertirte un poco en el medio. Y Stoner, amor, POR
VAVOR TEN CUIDADO!

Te ama, Marylou.

P.S. Descubrí un pequeño y adorable restaurante cerca de los


Jardines Públicos. Perfecto para seducir, y lo suficientemente cerca
de tu casa como para minimizar pausas incómodas (no hay nada
peor que un viaje en taxi en Boston, creeme). Debes llevar a G. allí a
tu regreso.

Bueno, bueno. Así que había un agujero en la historia de Bryan. Dos


padres moribundos. No era demasiado, sin embargo. Podría ser un
error – otro pariente, el padre se recupera y vuelve a caer, las
posibilidades de un error son infinitas. Así y todo…
Se puso rígida. Y si Bryan había estado en su cuarto? Bueno, no
había nada que él… la servilleta del bar! No, la había quemado. La
había quemado, o no? Fue hasta la chimenea y revolvió. Si, ahí
estaba, solo una esquinita intact, y un trozo de escritura. Lo observó.
“Certificado de nac…”. Podía ser peor. Podía ser la lista de formas
de cometer un asesinato en el Parque Nacional Grand Teton. Qué
mas? La foto de Gwen. Voló hasta su valija.

La foto estaba ahí, sana y salva. O no? La había dejado mirando


hacia el lado de la valija, o hacia el centro? Pero aún si el la había
visto, qué probaba? El sabía que a ella le habían pedido que los
busque. Era natural que llevara una foto, para facilitar la
identificación, o no? No? No del todo.

Stoner, vieja amiga, creo que tienes delirios de grandeza. Se tomaría


Bryan Oxnard, Campeón del Ego, la molestia de mandar a su novia
a Yellowstone simplemente para revisarte el cuarto? Por supuesto
que no. Así y todo, había algo incómodo en todo esto.

Bueno, mañana le preguntaría a Stell si alguien había estado en


Little Bear de manera oficial. Mientras, le había prometido a
Smokey una llamada cuando llegara. El espera noticias de su amigo
en Cheyenne, que había, sospechaba, hecho una visita encubierta
después de hora a la Oficina de Registros. No es que ella esperase
demasiado de ese lado. Pero tal vez podían acusar a Bryan de
falsificar su edad. Sacó el número de Smokey del bolsillo, y discó.

“Residencia de Empleados.”

“Podría hablar con John Flanagan, por favor?”

“Si, no cuelgue,” dijo el hombre, y la puso con el equivalente en


Wyoming de “espera”.

El teléfono hizo un fuerte ruido. Se escucharon pasos sobre tablas de


madera. Una puerta chirrió. “Flanagan.” Pausa. “No se. Una chica.”
Chirrido. Bang. Clomp, clomp, clomp. “En un minute.” Clunk.
Sonidos de un televisor de fondo, un chacarero de Idaho justificando
una matanza de liebres. “Me deben haber costado unos $10.000 de
cultivos el año pasado. Los del este no entienden contra qué nos
enfrentamos acá.” Oh, entiendo contra que estás. Estás en contra de
lo que pasa cuando envenenás a los coyotes, exterminás lobos, y le
disparás a cada águila que encuentres entre Chicago y Los Angeles.

Squeak, bang, clomp, clomp, clomp. “McTavish?”

“Hola, Smokey. Tienes algo?”

“Aguanta.” Parecía haber una excesiva cantidad de “aguantes” en


los Tetones. Debido, sin dudas, a las interferencias montañosas.
“Hey, Claude,” escuchó decir a Smokey, “me traerías una Coca?”
Clomp, clomp, clomp, chirrido, bang. “Okay, podemos hablar, pero
rápido.”

“Smokey, su nombre verdadero es Claude?”

“Nah, es como llamamos a los novatos. Acá tenés la mierda. Mi


amigo dice que no hay registro de un Bryan Oxnard en Rock Springs
o en la oficina del estado de Cheyenne.”

“Podría tener mal el año?”

“Chequeó cada año desde 1940 a 1960.”

“Tan rápido?”

“Alguna vez escuchaste hablar de computadoras, McTavish?”

“Oh.” Desplegó su mapa de carreteras. “Bueno, qué te parece


Sweetwater, cabecera del condado?”

“Rock Springs es la Cabecera del Condado.”

Stoner frunció el seño. “Pero es tan pequeño.”


Podía escuchar la risa entre dientes de Smokey. “La ciudad de
Boston tiene el doble de población que el estado de Wyoming.
Piensalo.”

Lo pensó. “Eso explica por qué hay tanto paisaje, no?”

“Alguna novedad en tu cuartel?”

“Algunas. No estoy segura de lo que significan. Bryan dejó dos


trabajos por muertes en la familia.”

“Es posible.”

“Fue por su padre las dos veces.”

“Ah-haaa,” dijo Smokey.

“Si,” dijo Stoner.

Smokey se aclaró la garganta. “Mira, McTavish, sé que dije que no


me iba a meter. Pero me parece que te estás tomando mucho trabajo
por este carbon. Y hay veces que un uniforme del gobierno te puede
dar acceso a lugares que de otra forma no tendrías, entiendes lo que
estoy diciendo?”

“Lo entiendo.”

“No te parece que es momento de ser franca conmigo, McTavish?”

Stoner dudó. Si, era momento. “Podemos encontrarnos en la Posada


para desayunar?”

“Debe ser temprano. Tengo que estar en el set a las 8.30. Podríamos
tener un tiempo horrible para el fin de semana.”

“Tiempo horrible? Está tan despejado como un vidrio ahí afuera.”

“Demasiado despejado. A las 7.00?”


“Bien. Smokey?”

Chirrido, slam, clomp, clomp, clomp. “Aquí tiene su gaseosa, Sr.


Flanagan.”

“Gracias, Claude.” Clomp, clomp, clomp. El volúmen del televisor


subió. “Jesús,” murmur Smokey. “Cada vez los toman más jóvenes.
Estás pensando en algo?”

“Sólo quería agradecerte por tu ayuda.”

“Guardalo para cuando haga algo útil.” Colgó. Bueno-bueno-bueno,


como diría Marylou. Nuestra primer gran revelación. Por ahí no tan
grande, pero al menos había pescado a Bryan Oxnard en su primer
mentira. Se puso el pijama y se metió en la cama. Había sido todo un
día. Apagando la luz, apoyó la cabeza sobre sus brazos y observó la
luna. Oh, qué demonios? Tomó la almoada de la otra cama, se
abrazó a ella, y se durmió pensando que era Gwen.

A la mañana siguiente el cielo estaba cubierto por una densa bruma,


gotitas plateadas se deslizaban como lágrimas por las ventanas del
comedor. Unas nubes grises y amorfas se posaban sobre los picos de
las montañas. El ruido de la vajilla estaba amortiguado. Hasta los
niños estaban calmados. Los escaladores de siempre estaban
aprestándose a desafiar la altitud, pero con mucho menos entusiasmo
del habitual.

“Así que esa es la historia,” dijo Stoner. Cortó un waffle. “No lo sé,
Smokey. En voz alta suena ridículo.”

Smokey se masajeó la barbilla, pensativo. “Veamos si lo entendí


bien. Tú piensas que Oxnard planea asesinar a su mujer.”

“Tal vez.”

“Y usar el dinero que herede para…hacer qué?”


“Invertir en un desarrollo urbanístico en New Hampshire. Mi
corazonada es, él tiene el ojo puesto en algo, pero no tiene el dinero.
Así que estuvo husmeando las cuentas…trabajando en el banco, no
es difícil…hasta que encontró una que servía a sus necesidades. La
cantidad justa de dinero…no demasiado para despertar sospechas…
el capital disponible, una mujer soltera y jóven, vulnerable. Se las
arregla para conocer a Gwen, le hace perder la cabeza, y se
asegura…probablemente diciendo que es lo ultimo que él querría…
que ella escriba un nuevo testamento con él como único heredero.
La convence de venir aquí de luna de miel, sabiendo que será fácil
escenificar un accidente fatal en las zonas alejadas.” Se acomodó el
pelo a un costado. “Suena muy exagerado, no?”

“Si. Cuándo es el viaje de camping?”

“Jueves.”

Hizo el cálculo. “Hoy es sábado. Eso nos da hoy, domingo, lunes,


martes, y miércoles.”

“A menos que no lo haga aquí.” Frunció el seño. “Lo va a hacer


aquí. Es la oportunidad de su vida.”

Smokey sorbió su café pensativamente. “Cinco días para conseguir


la suficiente evidencia para mandarlo a la cárcel.”

“O convencer a Gwen.” Se sintió asqueada. “Oh, Dios.”

“Qué pasa?”

“Sabes lo que le va causar?”

Smokey la miró bruscamente. “Mira, McTavish. Hay mucho más en


juego que sus sentimientos si es que estás en lo cierto.”

“Lo sé. Tenemos que pensar fría y claramente.”


Levantó la mirada y vio a Gwen y Bryan entrando al comedor y
ocupando una mesa en una esquina alejada. Una bandada de
mariposas revivieron en su estómago. Muy friamente.

“Smokey,” dijo, “cosas como estas no ocurren en la vida real, no?”

“Cosas como qué?”

“Asesinato.”

El río. “No me preguntes. Me paso la mitad del tiempo viendo


películas a medio hacer.”

“En serio. Es muy…loco.”

Smokey se sacó los anteojos y los limpió. “Bueno, por lo que he


leído, una de cada diez personas en este país está loca. Eso nos da
como veinte millones mas o menos para elegir. Por supuesto, un
buen número de ellas han sido elegidas para gobernar.”

“Y la mayoría del resto no andan por ahí planificando asesinatos.


Pensás que Bryan está loco?”

“No.”

“Crees que realemente lo va a hacer?”

El la miró por un momento. “Sabes, McTavish, lo harías mucho más


fácil para vos – y para mí – si decidieras de una buena vez si este
tipo es o no culpable.”

Stoner jugó con su waffle. “Supongo que no hace gran diferencia,


no?”

“Ni un poco. Si es culpable, mejor que estemos sobre la situación. Si


no, Sólo habremos perdido tiempo. Ahora.” Sacó su block de notas y
un lápiz. “Veamos cómo está el terreno. Uno, Bryan Oxnard dice ser
de Wyoming, lo que no es cierto. Dos, hay algo raro en su historia.”
“Hasta donde sabemos.”

Dio un resoplido. “Hasta donde sabemos. Ese abogado amigo está


siguiendo sus pistas?”

“Supongo.”

“Está bien.” Entornó los ojos y mordisqueó el lápiz. “Tu desayuno


se está enfriando.”

“No tengo hambre.”

“Nunca tienes hambre. Para la tarde vas a estar muerta de hambre. Y


no puedo pensar contigo esperando así.”

“Lo siento.” Intentó comer. “Me gustaría saber qué hacer a


continuación.”

“Lo tengo!” Smokey pidió otra taza de café.

“Qué?”

Se inclinó hacia adelante excitadamente. “No estamos llegando a


ningún lado con el tipo, así que vayamos al crímen.”

“Huh?”

“Consigamos una lista de casos no resueltos de matrimonio-y-


asesinato-por-dinero, e intentemos comparar a nuestro chico con los
sospechosos.”

“Qué si nunca lo hizo antes?” Preguntó Stoner abatidamente.

Smokey se encogió de hombros. “Tienes una idea mejor?”

“Qué hay de esos cañones? Si averiguamos que intenta llevarla a


uno, eso no nos dice algo?”
“Sabes cuánta gente va a esos cañones en el año, McTavish? No creo
que todos vayan con la idea de matar a alguien.”

“Pero si la tuvieses,” insistió, “cuál elegirías?”

“Leigh, Moran, Avalanche, Bannock, o Hanging.”

Stoner suspiró. “Eso ya lo sé. Cuál?”

“Cualquiera. Y no salgas corriendo a revisarlos. Dentro de dos horas


ya no podrás ver tu mano delante de tu cara.”

Mordisqueó un pedazo de waffle. “Cómo conseguimos esa


información de la que hablaste?”

“Dejamelo a mí. Digamos que los empleados del gobierno a veces


hacemos amigos valiosos.”

“Smokey, no irás a hacer algo ilegal, no?”

Puso cara de inocente. “Yo? Nunca. Pero menos sepas, mejor.”

Stoner inclinó la cabeza y lo miró. “Sabes, Smokey, estoy realmente


agradecida…”

“Basta,” la cortó. “Tenía un verano aburridísimo. Además,” miró en


dirección a Bryan, “no me importaría nada hacérsela a ese
desgraciado.”

Stoner rió. “Ahora quien está tranquilo y calmado?”

“No necesito estarlo. Yo sólo hago la entrada en calor.” Cerró su


libreta de notas. “Haré un par de llamadas telefónicas.”

“Espera un minuto, es fin de semana.”

“Mejor, menos tráfico en los archivos.”


“Qué archivos?”

“FBI.”

“Smokey!”

Se acarició la barbilla. “Yo no dije eso.” Tirando un puñado de


cambio en la mesa, salió apresuradamente del lugar.

Stoner se acomodó y terminó su café. En la otra punta podía ver a


Gwen y a Bryan, riendo y charlando con su desayuno. Dilema. Voy
hasta allá y les hablo, o desarrollo una ceguera operativa y hago
línea directa hacia la puerta? La verdad era que no quería hablar con
Bryan esta mañana – no es que la idea le importara demasiado, pero
después de lo de ayer prefería pensar en él como una abstración. El
pensar en él, en un ser humano vivo, capaz de estar con Gwen las 24
horas del día, de hablar con ella, de tocarla cuando se le antojara –
era demasiado para soportarlo. Por otro lado, no podía ignorar a
Gwen. No quería ignorar a Gwen. No podía soportar ignorar a
Gwen.

Terminó el café y se acercó a la mesa. “Buen día.”

Gwen la miró a los ojos y sonrió. “Hola,” dijo con esa voz
aterciopelada.

Cada onza de sangre del cuerpo de Stoner subió a sus lóbulos.

“Cómo estuvo Chuck Wagon?” preguntó Gwen.

“Maravilloso. Nunca había visto tanta comida. Smokey me tuvo que


enviar a casa en carretilla.”

“Dormiste bien?”

Stoner asintió.

“Sin pesadillas?”
“Ni una.” Sus sueños, de hecho, habían sido con Gwen. También
habían sido pornográficos.

“Con problemas para dormir?” preguntó Bryan.

Stoner se sobresaltó. Oops, me había olvidado de él.

“Estaba un poco perturbada por Yellowstone,” explicó Gwen.

El levantó una ceja. “De veras? Pensé que la gente como tú estaba
hecha de algo más fuerte.”

Stoner se quedó helada.

“Bryan, qué quisiste decir con ´gente como tú´?” preguntó Gwen
bruscamente.

Se limpió la comisura de la boca con la servilleta. “Del tipo


liberadas. Tú sabes, que se abren sus propias puertas, que llevan sus
pedidos del supermercado, que arreglan sus autos…”

“´Gente como tú´ es un término peyorativo,” dijo Gwen fríamente.

Bryan sonrió de forma encantadora. “Sin ánimos de ofender.”

“Y para que quede claro,” prosiguió Gwen, “tu esposa se considera a


sí misma una de esas ´del tipo liberadas´”

“Cariño.” Mostró sus manos impotentemente. “No quise decir nada


con eso. Sabes que no me casé contigo para que seas mi muñeca
Barbie.” Miró a Stoner y guiñó un ojo. “Tiene un mal día. Será la
luna llena?”

“No tengo un mal día,” dijo Gwen apretando los dientes. “Al menos
no lo tenía hasta ahora.”

“No hay luna llena,” dijo Stoner, y suplicó que Gwen nunca la
mirara a ella de la forma en que estaba mirando a Bryan.
“Me rindo,” dijo Bryan. “Dos contra uno…” Simuló secarse la
frente. “Oh, amigo. Ustedes chicas sí que van bien jun..”

“Mujeres!” Corrigió Gwen. Tiró la servilleta y salió del comedor.

Stoner deseó que el suelo se la tragara.

Bryan la miró tímidamente. “Metí la pata, no?”

“Supongo.”

Se encogió de hombros. “Bueno, sé cómo corregirlo.”

“En serio?” preguntó Stoner, sabiendo exactamente qué tenía él en


mente.

“Hemos andado mucho por afuera. Es tiempo de una linda tardecita


adentro…” Sonrió ampliamente “…en la cama.”

“No sé,” dijo Stoner, apretujando las manos en los bolsillos. “La
´gente como yo´ no arregla los problemas de esa forma.”

Al girar sobre sus talones pudo escuchar su risa burlona.

Gwen la alcanzó en la recepción. “Stoner, lo siento,” dijo,


apoyándole una mano en el brazo. “Espero no haberte incomodado.”

“No me incomodaste.”

“No sé que nos pasó. No habíamos discutido jamás.”

“Bueno, eso es probablemente un milagro,” dijo Stoner. “Qué vas a


hacer?”

“Concientizarlo.”

Stoner la miró. Iba a ser un día interesante para los Oxnards. Vamos,
Gwen, quería decir, camina conmigo bajo la lluvia. Dejalo que se
concientice…solo. “Ten cuidado, si?” dijo, soprendiéndose a sí
misma.

“Qué quieres decir?”

“No estoy segura.”

Gwen suspiró. “Ahí viene. Mejor que que desaparezca. El primer


paso es hacer que me tenga que buscar. Nos vemos más tarde.” Dio
unos pasos y se volvió. “A propósito, Stoner, no pude dormir nada
anoche.”

“Espera. Qué quieres…” Pero ya se había ido.

Bryan firmó su cuenta y deambuló hasta ella. “Dónde se fue?”

“Qué? Uh, no sé.”

Se frotó las manos, sonriendo ampliamente. “Escondidas en un día


lluvioso. Me encanta.” El bastardo estaba positivamente eufórico.
“Nos vemos, camarada.” Silvando, subió las escaleras hacia las
habitaciones.

Stoner apretó los puños y lo miró con furia.

“No lo hagas!” anunció una voz femenina.

Se dio vuelta y vio a Stell sonriéndole desde detrás de la caja


registradora.

“Que no haga qué?”

“Matarlo. Sabés el lío que haría en esa alfombra?”

Stoner se acercó a ella. “Lo siento, Stell. Me pone tan…furiosa.”

Stell movió la mano quitándole importancia. “Y, es un idiota. Dónde


has estado?”
“Yellowstone.”

“Las hermanas Thibault están organizando una partida de bridge


para esta tarde. Quieres unirte?”

Stoner dudó. “Bueno, pensé en hacer un poco de hiking…”

“Con eso?”

Miró por la ventana del comedor. Hasta la base de la montaña ya


estaba cubierta. Los cañones deberían estar completamente mojados.
No había forma de intentar ver algo hoy. Aprendería más de la guía
y los mapas topográficos. “Seguro,” dijo, “me encantaría jugar al
bridge.”

“Ven a Coyote a eso de las dos. Juegas conmigo. Las hermanas


siempre juegan juntas.” Bajó la voz. “La verdad, creo que hacen
trampa.”

“En serio?”

“Un pequeño sistema de señales, pero inofensivo. No juegan por


dinero.”

“No debería sorprenderme,” dijo Stoner. “Mi tía hace trampa en el


gin.”

“Tal vez venga con la edad.”

“No, ella siempre lo hizo. Escucha, vendes mapas de caminos aquí?”


Stell sacudió la cabeza. “Prueba en la escuela de montañismo en el
Lago Jenny. Es cerca caminando desde aquí.” Sacó un telegrama de
debajo de la caja. “Esto llegó para ti.”

“Para mi? No me anoté en ninguna lotería.”

Stell estiró el brazo. “Bueno, no lo vas a tomar?”


“Nadie envía buenas noticias por telegrama.”

“Lo puedo abrir por ti.”

“Yo lo haré.” Tomó el sobre. “Cáspitas,” dijo Stell.

Furtivamente, Stoner espió el mensaje. “Pista se evapora en Junio


1975. Cada vez más curioso. Con amor, Marylou.” Stoner se refregó
la cara. “Malas noticias?”

“No particularmente. Negocios. Especie de.”

“Hablando de negocios, una de las chicas piensa meterse en el rubro


turístico. Cuál es tu consejo?”

Stoner miró el telegrama, las escaleras hacia el segundo piso, la


niebla hacia las casi invisibles montañas. “Dile,” dijo, “que solo hay
un requerimiento. Tienes que estar certificadamente loco.”

Dej estrellar la puerta de tela metálica a su paso y huyó hacia su


cabaña.

El Lago Jenny es conocido como la joya de los Tetones, pero bajo la


lluvia la joya es más perla que zafiro. Una depresión cóncava en la
base de Teewinot y el Monte St. John, sus aguas heladas vienen de
los glaciares y de la nieve derretida del Arroyo Cascade. Un suelo
rico y oscuro, abandonado por el glaciar que talló el lago y el
Cascade Canyon al oeste, nutre un denso bosque de pinos y abetos.

Stoner tocó una roca que estaba al costado del camino. Su superficie
despareja le raspó la mano. Inmediatamente detrás del bosque se
elevaban las paredes de montañas. Sin la distracción del cielo y las
nubes, el granito lucía duro y áspero, con bordes y puntas filosas.
Caminó hacia la orilla norte del lago y se dió vuelta para observar
las Cathedrals. Ellas, también, habían cambiado. En el aire oscuro de
la mañana se veían andrajosas, duras, amenazantes. Picos que se
elevaban como guardias contra la roca implacable. Nubes rotas y
tironeadas se abrían paso entre las afiladas cumbres. Algunos
troncos relucían en el oscuro bosque. El Lago Jenny estaba denso, y
gris como el estaño.

Stoner se detuvo, sintiéndose amenazada. Esto no era bueno, para


nada bueno. Se sintió aliviada de no haber subido a esas montañas
hoy. Parecían querer comerte viva. Apurándose hacia el cruce del
Lago Jenny, tomó sus mapas y casi corrió de vuelta hacia la Posada
Timberline.

Hizo un fuego en la hoguera y se cambió la ropa empapada.


Recostándose en la alfombra frente al fuego, extendió los mapas y
puso manos a la obra con la tarea de encontrar el lugar perfecto para
un asesinato.

Tenía que ser empinado, pero no impasable para una caravana de


mulas. Todos los caminos seguían alguna corriente, pero qué tan
arriba del agua estaban esos caminos? Si estaban al nivel de los
lechos de los ríos, habría poca o ninguna caída. Necesitaba una caída
lo suficientemente profunda como para matar a una persona, o
garantizar que el cuerpo nunca fuese recuperado.

Avalanche Canyon, a pesar de su siniestro nombre, seguía al Arroyo


Taggart en una subida bastante leve hacia el Monte Wister. El arroyo
se bifurcaba, un brazo hacia el oeste, a Shoshoko Falls y Taminah.
Esto, según Petzoldt, no era un ascenso difícil. Pero quién sabía qué
consideraba Petzoldt como “difícil”, masoquista de cáscara dura
como era? Así y todo, se decidió a descartarlo.

El South Fork, sin embargo, ascendía abruptamente. No había


vegetación señalada en el mapa. Debe estar sobre la altura de la
vegetación, o pelado por otras razones. Recordó la dura roca que
había tocado. Te sacaría un pedazo de carne como una escuela de
pirañas hambrientas. Con un marcador señaló el South Fork del
Arroyo Taggart como una posibilidad.
Bannock era el próximo. Por más de una milla el camino se
superponía con el de Cascade Canyon, de acuerdo con los libros un
paseo muy usado y popular. Entonces cruzaba el Arroyo Cascade
hacia el sur sobre una corriente, entre Owen y Teewinot. Las líneas
de contorno estaban demasiado juntas aquí, los árboles ausentes.
Otra posibilidad.

Hanging Canyon y Moran, como Avalanche, parecían inofensivos –


al menos en papel – pero Leigh tenía algunos puntos escabrosos.
Todo dependía del emplazamiento del camino. Stoner se puso de
espaldas y observó las rugosas maderas del cieloraso. Aún
eliminando Hanging, Moran y Avalanche, era mucho territorio para
cubrir. Y aún si podía elegir su lugar favorito, quién le aseguraba que
fuera el de Bryan? Mas vale que Smokey saliera con algo para
detener este viaje de camping antes de que comience, porque si no…

Stoner se paró de un salto. Supongamos que no encontramos


evidencia para implicar a Bryan. Debería intentar convencer a
Gwen sin ella. Y si no podía…debería seguirlos y detenerlo en el
acto.

Palideció. Detenerlo? El era más grande, más fuerte…No pienses en


ello. Piensa en agarrarlo antes… Tal vez se entregara.

Fue a lavarse la cara con agua fría. La cabeza le pesaba como


escombros. Miró la hora. Era cerca de la una, tiempo de almorzar.
Metiéndose una barrita en el bolsillo de la campera, dejó la cabaña.

La lluvia había dado paso a la niebla por un rato mientras paseó por
el Arroyo Cottonwook y se sentó junto a un álamo. Del otro lado de
Park Road, la isla Timbered se elevaba en la oscuridad, una sólida
masa que resaltaba del valle, su denso bosque fuera de lugar al lado
de la artemisa. Smokey dijo que una manada de alces vivía en la
helada morada. Intentó imaginarlos, fantasmas color crema
moviéndose silenciosamente entre los árboles mojados.
Arrancó la envoltura de su barrita y le pegó un mordisco. Sabía
exactamente a cartón, o alguna otra comida saludable,
probablemente una eficiente fuente de proteínas, etc. etc. Bueno,
tendría que servir.

El Arroyo Cottonwood borboteaba y cantaba sobre rocas con forma


de ostras. Stoner apoyó la cabeza en las rodillas, cerró los ojos, y
escuchó los sonidos del agua a su alrededor. Cada tanto un auto
chapoteaba sobre Park Road, pero el resto del valle parecía desierto.
Algunas gotas de lluvia caían de hoja en hoja. La bruma era suave
en sus manos y rostro. Ante un crujido, alzó la vista. Del otro lado
del arroyo, una marta la observaba desde la seguridad de un árbol.
Sus negros ojos alertas la miraban con curiosidad. “Lo siento,
amiga,” dijo en voz alta. “No tengo nada para ti.”

La marta continuó mirándola. Observando al pequeño e inteligente


animal, Stoner se encontró pensando en Scruffy, su perro. Todavía
podía recordar su piel suve y sus ojos marrones, la forma en que
inclinaba la cabeza cuando ella le hablaba. Cuando estaba contento,
que era la mayoría del tiempo, se acurrucaba en forma de herradura,
la miraba y le sonreía. En las caminatas que solían compartir le
encantaba esconderse en la maleza y saltarle inesperadamente
cuando ella pasaba por al lado. Dormía al pie de su cama. Ella le
hablaba por horas. El le lamía la cara cuando ella lloraba. Cuando se
negó a volver a casa luego de su huída, sus padres lo hicieron
desaparecer.

Stoner tomó una piedra y la lanzó al arroyo. Malditos! Se pasó la


mano por el pelo empapado. La ácrida fragancia de salvia húmeda le
hizo cosquillas en la nariz. Se preguntó qué estarían haciendo Gwen
y Bryan. Se preguntó si Gwen lo habría “concientizado”, y no creyó
ni por un minuto que eso fuese posible. Aunque él podría simular, el
baboso.
Hora de irse. La marta se había movido hacia una rama más alta,
pero aún la observaba. Stoner río. “Ok, pequeña mendiga, mañana te
traeré algo.”

Golpeó en la puerta de la cabaña de las Thibaults. “Ah,” dijo la


Mayor, “justo a tiempo. Me gusta la presteza. Entra. Estás mojada.
Siéntate cerca del fuego.” Le dió un empujón. “Galatea! La chica
está aquí.”

“No es una chica, Hortense,” dijo una voz desde el dormitorio. “Es
una mujer.”

Hortense chasqueó los labios impacientemente. “Siéntate.” Empujó


a Stoner sobre una silla al lado del fuego.

“Gracias.” Le dio un vistazo a la cabaña. Era mucho mas grande que


Little Bear, con el living separado, un dormitorio, y cocina. “Este
lugar es encantador.”

“Hace siete años que venimos,” explicó Hortense, abotonándose un


saquito de lana sobre sus firmes senos. Bajo el saquito llevaba una
camisa blanca. Unos macizos zapatos deportivos agraciaban sus
largos pies. Stoner creyó reconocerlos del catálogo de L.L.Bean.

“Cocinan mucho?” Preguntó Stoner.

Hortense se encogió de hombros. “Mi hermana lo hace de vez en


cuando. Y tenemos a Stell y a Ted los sábados a la noche, cuando el
comedor está cerrado.” Espió su reloj de oro. “Galatea! Qué estás
haciendo?”

La jóven Thibault asomó la cabeza por una puerta. “Ya que quieres
saber, estoy doblando tu maldita ropa interior.”

Desapareció, dejando a Hortense balbuceando incoherencias. “Cómo


te mojaste tanto?” preguntó. “Afuera. Almorcé en el arroyo.”
“Artritis antes de los cincuenta,” dijo Hortense sin vueltas. “Cuál es
tu nombre?”

Galatea apareció en la puerta. Era mas flaca que Hortense, llevaba


pantalones, una blusa, y sandalias. Los anteojos le colgaban de un
collar de perlas que rodeaba su cuello. “Por Dios, Hortense, no seas
ruda.”

“Ruda. Quieres que la llame ´Hey tu´ toda la tarde?”

“Lo siento,” dijo Stoner rápidamente. “Debí haberme presentado.”


Galatea descartó su pedido de disculpas. “Mi hermana no te dio la
oportunidad.” Estiró la mano. “Soy Galatea Thibault.”

“Stoner McTavish.” Le dio la mano.

“Y este viejo bisón sarnoso…” Galatea señaló hacia Hortense. “…es


mi hermana mayor, Hortense.”

“Cómo le va?”

Hortense le tomó la mano, bruscamente. “Nombre gay.”

“Es por Lucy B. Stone.”

“Bah,” dijo Hortense.

“Stell va a llegar unos minutos tarde,” dijo Galatea. “Algunos early


checkouts.”

“Flores delicadas,” declaró Hortense. “Unas pocas gotas de lluvia,


levantan todo y se van. Por supuesto,” miró bruscamente a Stoner,
“están los que ni siquiera se molestan en venir.”

“Ignora a mi hermana,” dijo Galatea. “Es una peleadora.”

“Oh,” dijo Stoner.


Galatea se volvió hacia Hortense. “La estamos poniendo incómoda.”

“Oh, no,” dijo Stoner rápidamente. “Por favor no piense eso… Sra.
Thibault.”

“Señorita,” dijo Hortense. “Y muy orgullosa.”

“Oh, no empieces,” dijo Galatea. Le palmeó la mano a Stoner.


“Llámanos Hortense y Galatea.”

Stoner se miró las manos. “Lo intentaré.”

“Y ahora qué es lo que ocurre?” demandó Hortense.

“Bueno…Me resulta difícil llamar…a gente mayor…por sus


nombres.”

Hortense miró triunfalmente a su hermana. “Ves? Te dije que era


educada. La primera vez que la vi me dije a mí misma, ¨Esa chica
tiene modales.¨”

“No es una chica,” dijo Galatea. “Mujer. Es una mujer.” Hortense


miró a Stoner. “Qué edad tienes?”

“Treinta y uno.”

“Ves?” dijo Galatea.

Hortense resopló. “Qué sabás tú a los treinta y uno?” Le guiñó un


ojo a Stoner conspiradoramente.

“Tanto como sabes tú ahora, viejo cacharro. Té.” Galatea se volvió


sobre sus talones y se dirigió hacia la cocina.

“No le hagas caso a mi hermana,” dijo Hortense. “Es una libre


pensadora. Eso la hace susceptible. De dónde eres? ”

“Boston.”
“Espero que no de esos departamentos llenos de ratas de
Cambridge.”

“Hortense, por el amor de Dios!” gritó Galatea desde la cocina.

“Escuchar a escondidas es grosero,” contestó Hortense.

Stoner rió. “Vivo con mi tía, en Beacon Hill. Usted es de New


England?”

Hortense la miró como si se hubiese vuelto loca. “Por supuesto.


Tenemos una casita en Newton.”

“A ti te parece chiquita,” dijo Galatea, apoyando un juego de té de


plata, “porque no tienes que limpiarla.”

Stoner pegó un salto. “Déjeme ayudar.”

“No te molestes. Sólo tengo que traer las tortas.” Galatea volvió a la
cocina.

“Tú tampoco tienes que limpiarla,” dijo Hortense a sus espaldas.

“Por supuesto que si, cada martes.”

Hortense sirvió el té y le alcanzó una taza a Stoner. “Quieres algo de


eso?” Indicó la crema y el azúcar.

“No, gracias.”

“Limpia los martes porque la chica de la limpieza viene los


miércoles. No es ridículo?”

“Creo que mucha gente hace eso,” dijo Stoner.

“Escuchas eso?” gritó Hortense. “Piensa que eres ridícula.”

“No fue eso lo que dije.”


Hortense rió y le dio un codazo. “Dejala que lo piense. Vieja tonta y
terca, tiene que ganar todas.” Sorbió su té. “Quién es tu tía?”

“Hermione Moore.”

Hortense frunció las cejas. “Moore. Moore.” Alzó la vista cuando su


hermana entró con una bandeja de galletitas. “Conocemos a alguna
Hermione Moore de Boston?”

Galatea se acurrucó en una silla, una pierna doblada por debajo


suyo. “La Sociedad Horticultora de New England.”

“Las lombrices no hort este año.”

“Esta es su sobrina,” dijo Hortense. “De qué te ríes?”

“Uh…” tartamudeó. “Nada.”

“Hermiones y yo trabajamos en los arreglos de flores secas,” dijo


Galatea, “para el Festival Harvest hace unos años.”

“No hablaba mucho, según recuerdo,” dijo Hortense.

“Es un poco tímida.”

“Bah,” gruñó Hortense. “Debe ser hereditario.”

Felizmente, alguien golpeó la puerta. “Siento llegar tarde,” dijo


Stell. Miró a Stoner. “No fue mi intención tirarte a los leones.”

“No seas ridícula, Stell,” dijo Hortense. “Somos unas viejitas


inofensivas.”

“Son un par de coyotes,” dijo Stell. Se sacó el sweater y lo arrojó al


sofá. “Por eso las pongo en esta cabaña.”

“En ese caso,” dijo Galatea, “Stoner debe ser un osito” Stell la miró
con cariño. “Lo eres, Stoner?”
“Uh…” Se pasó la mano por el pelo.

“Por Dios, Galatea,” dijo Hortense. “Ya la pusiste incómoda de


vuelta. Juguemos a las cartas.”

Hortense chasqueó los dedos. “Blue Runner!” exclamó.

“Dos de espadas,” dijo Galatea.

“Ahora, esperen un minuto,” dijo Stell. “No vale hablar en la mesa.”

Hortense la ignoró. “Eres esa McTavish?”

Stoner asintió. “Mi abuelo.”

“Tres de diamantes,” dijo Stell.

Hortense consultó sus cartas. “Cuatro de espadas.”

“Hermana,” Galatea dijo pacientemente, “sólo necesitamos tres por


juego.”

“Esa no es una carta de triunfo.”

“Tenemos una.”

“Oh,” dijo Hortense, momentaneamente consternada. “Bueno,


puedes hacerlo.”

Stoner pasó.

Galatea y Stell pasaron, y Hortense bajó las cartas. “Tengo


problemas con los míos,” le dijo a Stoner. “Una amiga de la ciudad
siempre tiene una cosecha perfecta. Pero las mías – son abundantes,
pero les falta sabor. ”

Stell miró a una y a la otra. “Alguien me podría explicar qué


sucede?” Tiró una carta en la mesa.
“Las espadas son cartas de triunfo,” dijo Hortense.

“Ya lo sé. De qué están hablando?”

“De porotos, por supuesto,” dijo Hortense. “Presta atención, Stell.”

“Porotos?”

“Porotos.”

“Los porotos McTavish Blue Runner Híbridos Sin Hilos, ” dijo


Stoner. “Mi abuelo los inventó. O los creó. O los desarrolló. O lo
que sea.”

“Estoy fascinada,” dijo Stell.

“Bueno, no puedo entender que hago mal,” dijo Hortense. “Sigo las
instrucciones al pie de la letra.”

“Las intimidas,” dijo Galatea. “Ninguna planta en su sano juicio


puede crecer con tus métodos.”

“Tal vez su suelo es demasiado rico,” sugirió Stoner.

“Las llevé a extensión universitaria. Me dijeron que en ese suelo


jamás iba a volver a crecer algo.”

“Entonces no es el suelo,” Pensó. “Luz?”

“Sólo tiene dos horas de luz solar, y filtrada por el sauce. ”

“Ah,” dijo Stoner. “Apuesto a que están demasiado lejos del


garage.”

“Temo preguntar,” dijo Stell, “pero por qué?”


“Necesitan monóxido de carbono. Por eso son ideales para jardines
de ciudad.”

“Siempre supe que los del este estaban locos,” dijo Stell,

Stoner rió. “Son sólo mutantes,” dijo.

“No te molestes intentando hacerlos crecer aquí,” dijo Hortense. “El


aire es demasiado limpio.”

Stell la miró por encima de sus anteojos. “Me puedo arreglar muy
bien sin mutantes, gracias.”

“Algunos de tus huéspedes le pasan cerca,” dijo Hortense.

“Bueno, Hortense,” advirtió Galatea.

Stell suspiró. “Los pro y los contras del negocio turístico. No es


cierto, Stoner?”

“Si.”

“Stoner es agente de viajes,” explicó Stell.

Galatea tiró las cartas que le quedaban sobre la mesa. “El resto es
mío. Quieren jugar otro?”

Stell miró la tabla de posiciones. “Tenemos una serie cada una.


Podriamos seguir.”

Estaba lloviznando de vuelta. “Por mi está bien,” dijo Stoner.

“Ese grupo de Illinois te pagó?” preguntó Hortense, repartiendo las


cartas.

“No. Pensamos en contratar una agencia de cobros, pero nos pareció


un poco brusco. Uno de corazones.”
“Por mi,” dijo Hortense.

Stoner contó sus puntos. Oh, Dios. Veintiuno, y su compañera había


abierto. Estaban hablando de un slam. Había temido este momento
toda su vida. “Dos, no ganadoras,” dijo tímidamente.

“Bueno,” dijo Galatea, “aguantamos hasta el final.”

Stell fue a Blackwood. Stoner nombró sus ases y suspiró aliviada


cuando Stell decidió jugarlo en corazones.

“Así que estás aquí por negocios,” dijo Galatea.

“Parte negocios, parte placer.”

“Todavía pensando en escalar esos cañones?” preguntó Stell.

“Probablemente.”

“Pensé que los mapas te iban a hacer cambiar de idea.”

“Me temo que no.”

“Tuvimos un grupo hace unos años,” dijo Stell mientras jugaba.


“Mitad de septiembre, fue. Subieron Leigh Canyon hasta Lago
Cirque, los agarró una nevada, y se murieron congelados.”

“Oh, Stell,” dijo Stoner. “Qué horrible para ti.”

“A veces deseo que el Servicio del Parque cierre esos cañones.”

“Hah!” dijo Hortense. “El alboroto que eso causaría!”

Stell rió. “Supongo.”

“Nunca,” dijo Hortense, “interfieras con el derecho de una persona a


ser un imbécil.” Miró a Stoner fijamente.

“No puedo hacer nada por ella,” dijo Stell. “No soy su madre.”
Hey. Esa fue una excelente idea.

“Qué es lo que buscas allí arriba, de todas formas?” preguntó


Hortense. “Intentando atrapar a algun jinete musculoso?”

Galata soltó una risita. “Atleta, hortense. La palabra es ´atleta´”

“Nunca tuviste mucho que ver con hombres,” dijo Hortense. “Y de


repente eres una autoridad.”

“Bueno, tuve algunos pretendientes.” Galatea rió. “Te acuerdas de


Harold?”

“El lindo Harold, el Hada de Harvard,” dijo Hortense.

“Una de las Hadas de Harvard.” Se volvió hacia Stoner. “Lo nuestro


terminó el día en que entré en su cuarto y lo encontré probandose
ropa interior.”

Stoner estaba desconcertada. “Qué hay de malo en ello?”

“Que era mi ropa interior.”

Stell pegó un grito. “Intentan hacerme perder esta mano.”

“Bueno,” dijo Hortense, “espero que tu Ted no haga eso.”

“Tu marido?” preguntó Stoner, shockeada.

“Mi hijo. No, Hortense, él es perfectamente convencional.” Rió.


“Supongo que convencional no es exactamente la palabra adecuada
debido a las circunstancias.”

“Tu hijo es gay?”

Stell le sonrió. “No te horrorices. Uno de diez, sabes.”


Parecían ser muy afectos a las estadísticas en Wyoming. Stoner se
aclaró la garganta. “Está todo bien…contigo?”

Stell frunció el entrecejo y eligió una carta. “Oh, pasé por los
bombos y platillos normales al principio. Tuve visiones de él
huyendo a San Francisco para convertirse en decorador de interiores
y enganchándose con un Adonis bronceado que use camisetas
manga corta y lo llame ´Teddy´ .”

“Pero está todo bien ahora?”

“Mejor cambia de tema,” dijo Hortense. “Estás excitando a la


chica.”

“Callate,” dijo Galatea, y pateó a su hermana por debajo de la mesa.

“Bueno, anduve caída por un tiempo. Y un día me dije a mi misma,


¨Stel, vieja amiga, puedes continuar haciéndole la vida miserable a
todos, o puedes admitir que amas a ese chico y ya¨.”

“Y tu marido?”

“Cuando Ted está enojado, se descarga reparando cosas. Arregló


todas las cabañas esa primavera.” Suspiró. “Me encantaría poder
arreglar las cosas así.” Jugó su última carta. “Siete de corazones.”

“Bien jugado,” dijo Galatea.

“No gracias a ti, Galatea. Nos conocemos hace demasiado para


pensar que puedes distraerme con noticias de ayer.”

Galatea se encogió de hombros. “El que no arriesga no gana.”

Querido Papá Noel. Lo único que quiero para Navidad es a Stell


Perkins de madre. Tu amiga, Stoner. P.S. Va un soborno de un millón
de dólares debajo de las galletitas de chocolate.

Alguien golpeó la puerta. “Adelante,” dijo Galatea.


La jefa de comedor asomó la cabeza. “Sra. Perkins, puedo hablarle
por un minuto?”

Stell la hizo entrar.

“Preferiría que usted salga, si no le importa.”

Stell le pasó las cartas a Hortense. “Reparte.”

“Ahora,” le dijo Hortense a Stoner, “cuentame por qué una chica de


tu edad vive con su tía.”

“En serio, Hortense,” exclamó Galatea.

“Cómo voy a averiguarlo si no pregunto? No nos está dando la info


voluntariamente.”

“Puede tener razones personales.”

“Bueno, no debí pensar que eran impersonales.”

“Vivo con mi tía desde los 18,” dijo Stoner. “Nos gusta. La única
razón por la cual me iría a vivir sola sería para probar algo, y eso no
tiene mucho sentido. Además, creo que ella me necesita.”

“Problemente ella diga lo mismo sobre ti.”

“Probablemente. Supongo que nos necesitamos mutuamente.”

“Bien,” dijo Hortense, arreglando las cartas. “Mucha gente jóven le


tiene miedo a los lazos en estos días. Piensan que es un síntoma de
madurez no necesitar a nadie. Síntoma de egoísmo, si me
preguntas.”

“Hortense tiene opiniones,” dijo dulcemente Galatea.

“Ahí tienes a Stell Perkins,” continuó Hortense, espiando las cartas


de Stell. “Esta mujer tiene un corazón tan grande que todo el mundo
cabría en él. No es que sea incauta, sabelo. Hazla enojar y desearás
que su madre hubiese abortado.”

Stoner contó sus puntos. No suficiente para abrir, gracias a Dios.


“Qué la hace enojar?”

“La mezquindad. Si Jesucristo mismo dijese una palabra mezquina,


lo corta en frío.”

“Maldición,” dijo Stell, volviendo a entrar.

Stoner la miró. “Pasa algo?”

“Una de nuestras mucamas renunció. Sin explicación, sin siquiera


pedir su cheque.”

Hortense murmuró algo sobre “niños” e “irresponsabilidad”.

“Oh, cállate,” dijo Galatea. “Quién fue, Stell?”

“Amy.”

“La conozco. Póster central de Playboy.”

“Mi dios,” dijo Stoner, sorprendida.

“A Galatea le encanta pensar que es una mujer informada,” dijo


Hortense. “Pero sólo ve esas revistas cuando va a alguna marcha
antipornográfica.”

Stoner miró a Galatea. “De veras haces eso?”

“En mayo fue arrestada por grafitear Hustler con crema de afeitar.”

Galatea se arregló el pelo modestamente. “Tal vez se cansó de


trabajar,” le dijo a Stell.
“Amy nunca se iría de esa forma. Es mormona. Hortense, me
miraste las cartas?”

“Por supuesto que no,” resopló Hortense.

“Hay otro problema,” dijo Stell, arreglando sus cartas. “No devolvió
las llaves. Si no las encontramos, tendremos que cambiar todas las
cerraduras.”

Suspiró. “Odio hasta preguntarlo, Stoner, pero te faltó algo de la


cabaña?”

Stoner se puso tensa. “No creo. Pero sí tuve la sensación de que


alguien había estado allí ayer.”

“Bueno,” dijo Stell. “Si eso no espesa la crema…”

“Piensas que pudo haber robado algo?” preguntó Stoner.

“No sé que pensar. Mi instinto me dice que no, pero me he


equivocado antes.”

“Si andás falta de personal,” dijo Stoner con entusiasmo, “puedo


darte una mano hasta que encuentres a alguien.”

“Gracias, Stoner. No podría dejarte hacer eso.”

“No me importa.”

“Siempre podemos conseguir ayuda de Colter Bay. Sólo rezo por


que no tengamos un lío en nuestras manos.”

Y espero no ocasionarte uno.

“Bueno,” dijo Stell, “no podemos hacer nada por el momento. Quién
apuesta?”
Bryan Oxnard era la última persona en el planeta que quería ver,
pero no tuvo elección. Era absolutamente vital averiguar lo que
pudiese sobre el viaje de camping – y tenía curiosidad por ver su
reacción sobre la entrada a la fuerza en su cabaña. Rechazó una
invitación a cenar de las Thibaults, privándose de la oportunidad de
conocer al inquieto, elusivo Ted Perkins – cuya existencia estaba
empezando a dudar seriamente – y trotó a través de la lluvia hacia el
Stampede Room.

El bar estaba lleno. Huéspedes, excursionistas, y varios empleados


del Parque se empujaban y se codeaban y ahogaban el sonido de la
juke box. Vio que una mesa quedaba libre y saltó hacia ella,
ignorando la salva de miradas asesinas de los que seguían parados.

Había ordenado un Manhattan cuando Bryan entró. Stoner lo miró y


saludó. El pidió un trago en la barra y fue hacia ella. Recuerda,
elogia su ego. Aplastó un hielo de su vaso. Jesús, tendría que ser
Helen Hayes para lograr eso.

“Bueno,” dijo él, sentándose. “Esto es una sorpresa. Dónde está tu


hombrecito verde esta noche?”

“Perdón?”

“El Eagle Scout. Generalmente están juntos como porotos en una


vaina.”

Cuidado. No puedes darte el lujo de asustar al pez antes de que


muerda el anzuelo. Forzó una sonrisa. “Es su día libre. Supongo que
estará haciendo…lo que sea que haga en sus días libres.”

“Bebiendo, sin dudas.”

“Como nosotros.” Mantén esa sonrisa a flote, Stoner. “Resolviste la


crisis de esta mañana?”
Pareció desconcertado por un segundo. “Oh, eso. No fue nada. Te
gustó Yellowstone?”

“Tengo sentimientos encontrados.”

“Dicen que van a limitar la casa de osos ahí arriba. Me gustaría


meterme en eso.”

Algo para adornar tu cuarto de trofeos? Junto con tu esposa?

“Aunque supongo que no lo apruebas, tampoco.”

Stoner se encogió de hombros. “No sé nada al respecto.”

El se recostó en su silla y la miró. “Entonces. Cuéntame sobre


Yellowstone.”

“Pensé que ya lo habías visto.”

“Si. Pero me gustaría tu punto de vista.”

Sobre qué? Las posibilidades comerciales? “Es muy grande,” dijo


ella.

La comisura de sus labios se contrajo. “Una vez más el velo del


silencio.”

“Qué?”

“Ustedes dos ciertamente son reservadas sobre sus salidas. Menos


mal que no soy desconfiado por naturaleza.”

“Por dios, Bryan,” dijo exasperadamente, “fuimos en el bus,


miramos el paisaje, y hablamos.”

“Sobre qué?”

“Geología y vida.”
Alzó las cejas. “Ah,” dijo. “Vida.”

“Vida.”

“Vida de quién?”

“Mayormente mía, de hecho.”

“Y ha sido excitante tu vida?”

“No mucho.”

Tomó un sorbo de su trago. “Ocho horas es mucho tiempo para algo


no excitante.”

“No cuando te pasás la mayor parte del tiempo descompuesta.”

Si,” dijo él, “Gwen lo mencionó.” A miró de una forma que, se


suponía, debía ser comprensiva. “Debe ser molesto.”

“Muy molesto.” Estaba, se dio cuenta, no sólo confundida, sino


también un poco asustada. “Bryan,” le dijo, forzándose a mirarlo
directamente a los ojos, “quieres llegar a algo?”

Una sonrisa se dibujó en su rostro. “Hay algo a lo que llegar?”

“Lo hay?”

“Me resulta curioso,” dijo él, “que mi novia de un poco mas de


semana se pase dos días de nuestra luna de miel con una extraña de
su ciudad.”

“Fue idea tuya, no recuerdas?”

“Lo fue.” Sacó un cigarrillo y lo dejó colgando, apagado, entre sus


labios. “Cuál es tu interés en ella, Stoner?”

Lascivo. “No sé a que te refieres.”


“Me refiero a por qué estás tan interesada en ella?”

Se agarró al borde de la silla y esperó a que él no lo notara. “La


señora Burton me pidió que la busque,” dijo inadecuadamente. Con
todos los talleres que ofrecen en el Centro de Mujeres de
Cambridge, por qué no habrán dado uno sobre Mentiras Eficientes?
Las mujeres acudirían a él como petirrojos a un campo mojado.

“Para qué?”

“Para decirle hola.”

El encendió el cigarrillo con una lentitud intolerable y la miró,


fijamente, a través de una nube de humo. “Creo, amiga mia, que es
momento de poner las cartas en la mesa.”

Este no es momento de huir, se dijo a sí misma, mirando hacia la


puerta. “Qué?”

“Tu trabajas para Eleanor Burton, no es asi?”

Sus entrañas se congelaron. “Yo trabajo en una agencia de viajes.”

“Pero te estás haciendo unas extras.”

“Para hacer qué?”

“Separarnos.”

El alivio la golpeó como Colombia Gold. “Cierto,” dijo ella,


riéndose nerviosamente. “Me ofreció el dinero de un rey para
desenmascararte como el demonio que ella sabes que eres.”

“Cuánto?”

“Eso es un secreto profesional. Pero hazme una oferta. Si supera la


de ella me paso de tu lado.”
El la miró.

“Honestamente, Bryan. Has visto demasiadas películas viejas.”

El sonrió. “Cómo estuve? Convincente?”

Huh? Se agarró más fuerte de la silla. “No mucho.”

“Vamos. Te lo creiste por un minuto.”

“Bueno, tal vez.”

El apoyó los brazos en la mesa. “Mira, está bien para mi si ella


quiere hacer amigas contigo. Mientras la pase bien. Para eso estamos
aquí, para pasarla bien.”

Qué demonios está sucediendo? “Me alegro por eso.”

“Cualquier amiga de ella es mi amiga.”

Oh, eso lo dudo, Bryan. Sinceramente lo dudo. “Está bien.”

“No hay razón por la cual no podamos ser todos amigos.”

“Ninguna razón.” Excepto que no confiaría en ti ni para sacar la


basura.

“Después de todo, mi esposa obviamente se ha encariñado contigo.”

“Si, bueno, yo también me he encariñado con ella.”

“Ambos nos hemos…encariñado con ella.”

“Que bueno,” dijo Stoner, “ya que estás casado con ella.”

El rió. Demasiado fuerte. Demasiado rígido. Stoner examinó su


trago.

“Cómo van tus vacaciones?” preguntó.


“Bien.” Una apertura. Tómala. Una oportunidad desperdiciada es
una ofensa al Destino, H. Moore. “Alguien entró en mi cabaña
ayer.”

“Se llevaron algo?” Ni una contracción, ni un pestañeo, ni un


parpadeo.

“No.”

“Lo reportaste?”

“Si.”

“No hay más nada que puedas hacer, no?”

“Supongo que no.” Pasó los dedos por el borde del vaso. Un hábito
que había tomado de Gwen.

“Hay alguna razón,” dijo Bryan con lo que Stoner estaba segura era
una despreocupación estudiada, “por la que alguien querría entrar en
tu cabaña?”

“No a menos que tengan un fetiche por los folletos de viajes.” Lo


miró con lo que esperaba fuese una mirada desolada, y femenina.
“Estoy asustada.” Gracias a Dios Marylou no estaba allí para verla.
Hubiese vomitado. “Qué debería hacer?”

El musitó algo simpático e ininteligible.

“Me siento tan vulnerable ahí en la cabaña.” Olvídate de Marylou.


Puede que vomite yo misma.

“Tal vez deberías mudarte a la posada.”

“Pregunté. Está llena.”

“Bueno.” Le tocó el brazo reconfortantemente. “Si alguna vez tienes


miedo, sólo llámame. Iré a revisar el lugar.”
Wow! Habló el gran macho. “Gracias,” dijo tímidamente.
“Ciertamente es un alivio saber que tu estás ahí.”

“En cualquier momento. Día o noche.”

Ella tomó un trago. “Todo listo para tu viaje?”

“Todo listo.”

“Te envidio,” suspiró. “Estoy tan harta de moteles y telesféricos y


multitudes. No me vendría nada mal hacer una pausa por unos días.”

“Tal vez deberías. Hay mucha tierra salvaje ahí afuera.”

“Pero no tengo mucho tiempo, y no conozco el area. Con mi suerte,


escalo todo el día y termino en el medio de un campamento de boy
scouts.” Lo miró esperanzadamente. Deseó. “Conoces algún lugar
donde pueda estar sola?”

El pensó por un momento. “Hanging Canyon. No, es muy peligroso


para hacerlo sola.”

Ahora estamos llegando a algún lugar.

“Andas a caballo?”

“Me temo que no.”

“Que pena. Hay un par de caminos que son realmente salvajes. Pero
no podrías pasarlos si debes apurarte.”

“Dónde van tu y Gwen? Sólo por curiosidad,” agregó rápidamente.

“La curiosidad mató al gato.”

“No le contaría.”
“Cómo sé que no lo dejarías escapar,” dijo pausadamente, “durante
uno de tus íntimos tête-à-têtes?”

Stoner lo miró con calma. “No sabía que te molestaba mi amistad


con Gwen.”

“No mientras se quede en el nivel de amistad.”

Demasiado para seamos-todos-amigos. Ahora viene la verdad. “Qué


quieres decir con eso, Bryan?”

El inclinó la cabeza hacia un lado y la miró quietamente. “Tu sabes


muy bien que quiero decir.”

“No.Yo. No.”

“Ya se te va a ocurrir.” Se levantó y tomó el vaso. “Quieres otro? Yo


invito.”

Stoner lo miró. Bryan se encogió de hombros. “Haz lo que quieras.”

Arrogante, pretencioso hijo de puta. Furiosa, empujó la silla hacia


atrás.

“Te vas?” preguntó una voz aterciopelada.

Stoner se volvió y tragó saliva. “Hola, Gwen.”

Gwen se deslizó en la silla de al lado. “Dónde has estado todo el


día?”

“Jugando al bridge. Y tú?”

“Haciendo las paces.”

Stoner tragó. “Todo el día? Llevó todo el día?”

“Si cuando lo haces entre capítulos de un libro de detectives.”


“Oh. Te gustan las historias de detectives?”

“No, a Bryan le gustan.”

Termínalo, Gwen. Huye conmigo. Viviré en cualquier lado, hasta en


Yellowstone. El probablemente Lo Hace con un libro en las manos.

Gwen miró alrededor. “Lo has visto?”

“En el bar.”

Hubo una pausa. Stoner luchó con el broche de su puño, y notó que
inconscientemente se había puesto la camisa marrón, la que
resaltaba los rayos esmeralda de sus ojos. Oh, Dios, me vestí para
ella.

“Stoner?”

“Huh?”

“Ayer fue bonito, no?”

Bonito? Maravilloso. Exquisito. Fue todo lo que hubiese querido de


un día. Fue un día ganador de un Premio Nobel. Fue el mejor día
de mi vida, y de mis vidas pasadas también. “Si, lo fué.”

“Puedes pensar que es tonto, pero me hubiese gustado que


trajésemos un souvenir. No importa qué, simplemente algo de
plástico para probar que sucedió realmente.” Rió. “Soy un poco
sentimental con esas cosas.”

Puedes tener mi corazón. No es de plástico, pero puede ser un


recuerdo vivo. “Yo también.”

“Tengo una biblioteca llena de cosas en casa. De mal gusto,


chucherías sin valor la mayoría. Pero cuando recuerdo algo
especialmente lindo, puedo tomarlas y decir, ´Fue real. Aquí está la
prueba.´ ”
Encuentra un huequito para mi. En algún lugar entre el cenicero de
Lookout Mountain y el sacapuntas de Luray Caverns.

“Supongo que tendré que deshacerme de ellas cuando vuelva a


casa,” dijo Gwen un poco tristemente. “No hay lugar para ellas en el
departamento de Bryan.”

No hay lugar para ti, tampoco. Pero podríamos vivir en Mammoth


Cave.

“Igualmente…” Gwen se acomodó el pelo. “El seguro piensa que es


una estupidez.”

Quieres escuchar una estupidez? Dejame contarte la charla que


tuve con tu adorable marido.

“Te contó Stoner sobre el intruso?” preguntó Bryan, interrumpiendo.


La besó. Stoner miró para otro lado.

“Qué intruso?”

“Creo que alguien entró en mi cabaña,” dijo Stoner.

“Qué horror. Por qué alguien querría entrar en tu cabaña?”

“No necesitas insultarme. Cómo sabes que no soy una


contrabandista internacional de estupefacientes? Buscada en diez
continentes. Interpol tiene un archivo sobre mi tan grueso que
tuvieron que construir un cuarto solamente para archivarlo.”

Gwen sonrió un poco inciertamente. “Estás bien?”

“Bien.” Maravillosa. Estupenda. Nunca mejor. Sentarse aquí viendo


como tú y el Gran B juegan a los besos es uno de mis pasatiempos
favoritos.

“Te traigo un trago, amor?” preguntó Bryan, palmeando a Gwen en


el hombro.
“Por favor.”

Se dirigió de vuelta al bar. El Sr. Brilcreem. El chico exitoso.

Gwen tomó a Stoner de la mano. “Stoner, qué sucede?”

Stoner la miró. Cristo, estaba usando esa esa remera celeste de


vuelta. Te amo, te amo.

“Tengo algo desabrochado o qué?” preguntó Gwen.

“No! Gwen, tienes una idea de lo…” Hermosa que eres?

“No importa.”

“Qué pasa?”

“Nada. No es nada.”

Gwen sonrió y le apretó la mano. “Eres un desastre.”

“Creo que a Bryan le molesta que pasemos tiempo juntas,” escupió


Stoner.

“Por qué dices eso?”

“Sólo…cierta tensión que sentí en él.”

“No seas tonta, Stoner. Nunca me ha dicho una palabra en contra


tuya.”

Por supuesto que no. Las guarda para decírmelas a mi. No hay por
que repetirse, es una cuestión de ahorro.

“Estoy segura de que imaginas cosas,” dijo Gwen.

Sacaste la mano cuando lo viste venir. No me imaginé eso.


“Aquí tienes, cielo,” dijo Bryan, poniéndole el trago adelante y
tomando una silla. “Cheers.”

Puaj.

Gwen la miró. Stoner bajó la vista.

“Miren,” dijo Bryan. “Qué me dicen de tomar el desayuno en el


crucero hacia Elk Island mañana?”

“Qué?”

“Suena divertido,” dijo Gwen.

“Lluvia,” murmuró Stoner.

“Ya está aclarando. Quieres, Stoner?”

Miró a Bryan. “Estoy segura de que ustedes dos quieren ir solos.”

El sonrió. “Tenemos toda la vida para estar juntos,” dijo, y con sus
ojos agregó, “no lo olvides.”

Gwen la tomó de la muñeca. “Por favor?”

Se sintió como un conejo en una trampa. “Ok, seguro. Pero mejor ir


en autos separados. Tengo que parar en la Posada Signal Mountain.”

“Tal vez deberíamos ir todos,” dijo Bryan. “Me encantaría verte en


acción.”

Apuesto a que si. Aquí les presento a un conocido, Bryan Oxnard. El


doble sentido es su primer lenguaje.

“Lo siento,” dijo ella. “Hay cosas que prefiero hacer sola.”

“Qué pena.”
Ahora lo entiendo. No quiere perderme de vista. Tengo una pequeña
sombra que entra y sale conmigo, y para qué me serviría es algo
que no llego a darme cuenta.

El se volvió para hablar con alguien de otra mesa. Gwen se acercó a


Stoner. “Ves?” dijo. “De veras le caes bien.”

Ella empujó la silla y se paró. “Tengo que ir a cenar.”

“Dónde?”

“La Posada Jackson Lake.”

“Bueno, supongo que nos vemos a la mañana.”

La expresión de Gwen era de desconcierto, y un poco de dolor.


Stoner extendió la mano para tocarla, lo pensó mejor, y se la guardó
en el bolsillo rápidamente. “Bien. En la mañana.”

Estaba a medio camino cuando escuchó a Gwen. “Stoner? La


Marina de Colter Bay.”

“La Marina de Colter Bay,” dijo, y se apuro a salir.

Quería llorar.

CAPITULO OCHO

Ya era bien de noche para cuando regresó a Timberline. Las nubes se


habían levantado y se estaban dispersando, desparramadas en el
cielo como piezas de un rompecabezas. Detrás de Gros Ventres, la
luna creciente comenzaba a elevarse. La pared de pinos Douglas en
la ruta del lago Jenny se abría gracias a sus luces, y se cerraba
suavemente cuando ya había pasado. Por un trecho la ruta se dirigía
hacia el oeste, hacia la base de las Cathedrals. Owen, Grand y
Teewinot la observaban indiferentemente. Sus picos plateados y
blancos glaciares colgaban en la oscuridad como crestas de olas a
punto de romper. Un par de fogatas resplandecían en el camping.

La cabaña se quebraba de frío. Stoner encendió un fuego y caminó


de un lado al otro, inquieta, incapaz de sacarse de encima un
sentimiento de desolación. El silencio era opresivo. Sus nervios en
carne viva. Necesitaba contacto humano. Tal vez si le escribía a
Marylou…

Querida Marylou,

A falta de evidencia de lo contrario, estoy de acuerdo con la señora


Burton. Bryan Oxnard es un bastardo. No sé que tipo de hechizo le
lanzó a Gwen, pero debe ser detenido. Todas las dudas que tenía
sobre este tema han desaparecido. Puedes decirle a la señora B. que
no tiene que pagarme. Esta es gratis, y un placer…

Bueno, realmente, cuán infantil puedes ser? Casi un nivel por


encima de pasarle una nota debajo de su puerta. “Querido Bryan, te
odio, con amor, Stoner.” Arrugó el papel y lo arrojó al fuego, tomó
un libro, y se dirigió a la posada.

Se acomodó en un sillón, apoyó los pies en la loza de la chimenea, y


abrió el libro. El lobby estaba desierto. Hasta el gentío del bar había
desaparecido. El juke box pasaba una suave balada. Apenas podía
escuchar el suave murmullo de la voz de Tony charlando con un
cliente solitario. En la mesa de entradas, la luz nocturna lanzaba un
rayo dorado. Un leño estalló, soltando una lluvia de chispas. El
cuarto olía a años de humo acumulado. Leyó algunas páginas, se
acurrucó profundamente, y se quedó dormida.

La despertó un toque. Stell la estaba tapando con una frazada. “No


quise molestarte,” dijo Stell. “Hace frío.”
Stoner se masajeó la cara. Stell avivó el fuego, sus grandes y fuertes
manos movían troncos como si fuesen ramitas. Cuando terminó se
sentó en la loza y le dio a Stoner un pellizco en el tobillo. “Te
estamos desgastando, Stoner?”

Stoner intentó reprimir un bostezo. “No sé como lo haces, Stell.


Alguna vez descansas?”

“Tengo todo el invierno para descansar, después de la Cocktail


Hour.”

“Cocktail Hour?”

“Comienza en Columbus Day, y termina en la cárcel o en


inconsciencia, lo que venga primero.” Se paró. “Café?”

“Siento como que me estás alimentando todo el tiempo.”

“No lo haría si no quisiera.” Se dirigió hacia la cocina. “Traete la


frazada. El fuego está bajo. Dónde está tu campera?”

“Me olvidé.” Se envolvió en la frazada y rodó hacia la cocina detrás


de Stell.

“Maravilloso,” dijo Stell. “Agarrate una neumonía. Arruina tus


vacaciones. Hortense nos ofreció unas pocas palabras sobre el tema
en la cena. Se ha encariñado contigo.”

“En serio?”

“Y Galatea también, pero Hortense es más difícil de complacer.


Selectiva.”

Stoner se acurrucó junto al fuego moribundo. “Tendré que pasar a


visitarlas cuando esté de vuelta en casa.”
“Eso significaría mucho para ellas,” dijo Stell. “Para Hortense en
particular. No conoce mucha gente jóven. Solía salir mucho, pero ya
no puede. Mal corazón. Echa un leño al fuego, si? ”

“Qué tan malo es?” preguntó Stoner, esperando que Stell no se dé


cuenta de que había agregado un leño extra.

“La he visto empeorar en siete años. Y no es que ella quiera que se


note.” Puso el café a calentar. “Cada septiembre cuando se van
pienso que tal vez no la vuelva a ver. Cuando le pongo el candado a
Coyote, mi corazón se rompe un poquito. Y no quiero que se sepa.”

Chipper se levantó de su alfombra y saltó hacia la loza. Con un


ruidoso gemido se echó, apoyó la cabeza en la pierna de Stoner, y la
miró con adoración. Stoner le acarició las orejas.

“Ciertamente te la has ganado,” dijo Stell. “Los extraños


generalmente la asustan.”

Stoner le sonrió. “Nos entendemos. A mi también me asustan.”


Observó a Stell mientras servía el café. “Supiste algo de Amy?”

“Llamé a su padre, pero no ha vuelto a casa todavía. Me prometió


que la haría llamar cuando llegue.” Le alcanzó una taza de café a
Stoner y se acomodó en la silla mecedora. “Este es mi momento
favorito del día,” dijo. “Nada que hacer más que hamacarse y soñar
despierta. Así es como voy a pasar mi vejez. Hamacándome y
soñando despierta.” El fuego crujió perezosamente.

“Sabes la única cosa que lamento, Stoner?” dijo Stell. “Nunca tuve
una hija.” Se hamacó, apoyando la cabeza contra la silla. “Solía
soñar con ello. Cómo trabajaríamos juntas en la cocina, charlando
por las tardes. Como ahora. Ted y yo somos tan unidos como lo
pueden ser un hombre y una mujer. Pero hay cosas, cosas de las que
no podría hablar con él. No es que no me entienda, o no lo intente.
Pero las entendería diferente, como un hombre.” Suspiró. “Mis hijos
son buenos hijos, buenos hombres. Pero seguro desearía que uno
hubiese sido mujer.” Ejem. Tengo una sugerencia…

“Raro,” dijo Stell. “Siempre imaginé que mi hija podría ser como
tú.” Stoner se miró las manos. “Tu madre es una mujer con suerte,
Little Bear.”

Su rostro se contrajo. “No veo mucho a mi madre,” dijo tensamente.


“Me fui de casa a los dieciocho.”

“Por qué?”

“No me quería.”

“Por qué no te quería?”

“Porque soy lesbiana.”

“Que me parta un rayo,” dijo Stell. “Imaginate no querer a tu propia


hija.” Se hamacó por un rato. “Ted Junior dice que ser gay es duro.”
Rió. “En realidad, dice que apesta. Es tan buen poeta como
decorador de interiores. Ha sido duro para ti?”

“No, he tenido suerte. Un poco paranoica, pero eso viene con el


territorio. Supongo, si todo el mundo quiere mantenerte afuera, es
much más placentero cuando alguien te deja entrar.”

“Alguna vez quisiste ser diferente?”

“Alguna que otra. Pero en esos momentos quería ser diferente no


importara lo que fuese.”

“Ojalá fueses hombre,” dijo Stell. “Te engancharía con mi hijo.”

“Entonces no podría ser tu hija.”

Stell chasqueó los labios. “Es verdad. Siempre hay una mosca en la
sopa.” Observó a Stoner. “Te molesta que te hable así?”
“Ni en un millón de años. La mayoría no lo hace, sabes. Creo que
tienen miedo de contagiarse si hablan de ello.”

“Espero que no sea contagioso,” dijo Stell. “Soy demasiado vieja


para empezar de cero.”

“No tendrías mucho problema, Stell.”

“Y qué haría con Ted? Lo saco a pastar con los caballos?”

Stoner sonrió y se encogió de hombros. “Bueno, si le gusan los


caballos…”

Stell estiró el brazo y le palmó el pié. “No le digas barbaridades a tu


madre.”

Oh, mi Dios, me voy a morir de felicidad.

El teléfono sonó, rompiendo la paz.

“Maldición,” dijo Stell. Se levantó de la silla y fue hasta la


recepción.

Stoner observó el fuego. Estallaba animadamente. Pero se consumía


rápido, la madera estaba seca. Y sería tiempo de marcharse.
Sintiéndose un poco culpable, agregó dos leños más.

Estaba casi dormitando cuando Stell irrumpió en la cocina, fue hacia


los hornos, sacó una masa fermentada, y comenzó a darle forma a
los panes. Nubes de harina volaban por todos lados.

“Uh…” dijo finalmente Stoner, tentativamente.

Stell gruñó y arrojó otra taza de harina en el bowl. Golpeó la maza


resignación. “El padre de Amy.”

Stoner esperó otra ronda de golpes.


“Se va mañana. Antes del desayuno.” Tiró la masa contra la mesa.
“Lo echaría esta noche si no causaría un revuelo.”

“Al padre de Amy?”

“Bryan Oxnard.”

Stoner se quedó helada. “Stell?”

Stell se acomodó un mechón que le tapaba los ojos. “Sabía que era
una gato sarnoso la primera vez que lo ví.”

“Stell, qué pasó?”

“Intentó hacerse el vivo con ella.”

“Con Amy?”

“Bueno, con seguridad que no fue conmigo. Lo habría neutralizado


de por vida.”

“Por favor, Stell. Cuéntame que ocurrió.”

“Ayer. Subió a cambiar las sábanas. Le puso encima sus manos


peludas.”

“Por qué no te lo vino a decir?”

Stell atacó el pan de vuelta. “Pensó que le iba a echar la culpa a ella.
Probablemente pensó que era su culpa. Tú sabes como son las
chicas. Así que se escondió en el bosque toda la tarde e hizo dedo
hasta Jackson a primera hora de esta mañana.”

“Y las llaves?”

“Las perdió.”

“En el bosque?”
“En el manoseo.”

Las piezas caían en su lugar. Stoner respiró hondo. “Stell, hay algo
que debo contarte.”

“Si? Qué?”

“Creo que lo hizo para conseguir las llaves. Para entrar en mi


cabaña.”

Stell la miró. “Tu cabaña?”

Stonner asintió.

“Y?”

“No sé…No sé como decir esto…”

Stell se apoyó las manos en la cintura. “Empieza a hablar, chica, o


empieza a caminar.”

“Veras…” Estaba temblando. “La verdad es que no estoy aquí de


vacaciones…Stell, y no tenía intención de meterte en esto.”

Stell avanzó con actitud amenazante. “Stoner…”

“La abuela de Gwen piensa que Bryan va a asesinarla. A Gwen.


Estoy aquí para detenerlo.”

“Hijo de puta,” dijo Stell, shockeada.

“Creo que sospecha de mí,” continuó, aferrándose a la frazada.


“Creo que quería esas llaves para meterese en mi cabaña. Para
buscar…evidencia. Honestamente, Stell, no tenía idea de que
intentaría algo así. Nunca se me ocurrió…”

“Cállate la boca,” dijo Stell. “Estoy pensando.” Se sentó.


“Sé que suena increíble. Sé que la gente no hace este tipo de
cosas…”

“Si, si. Eso es lo que dijeron cuando Hedda Gabler se suicidó.”


Apoyó los codos en las rodillas y apoyó la cabeza en las manos.

“Stell, por favor, no lo eches,” dijo Stoner urgentemente. “Si se va,


voy a tener que seguirlo. Podría perderlo. El no sabe nada. Yo no sé
nada. Smokey está intentando…”

“Smokey! Esa vieja aguila ratonera está en esto, también?”

Stonner asintió.

“Jesús. Intrigas bajo mis narices y yo ni me entero. Estoy fallando.”


Miró a Stoner. “Cómo piensas que lo hará?”

“O sea que me crees?”

“Por supuesto que te creo. Nadie podría inventar algo exagerado.”

“Se van de camping,” dijo Stoner. “Creo que va a intentar que


parezca un accidente.”

“Y por eso estás tan interesada en esos cañones?”

“Si sólo pudiera averiguar cual…”

Stell rió. “Eso no es problema. Tiene que registrar el viaje.”

“En serio?”

“Si quiere que parezca un accidente.”

“Y si pone otro?”

“Bueno, eso sería sospechoso, no?” Se frotó los brazos. “Qué


piensas hacer al respecto?”
“Dejarlo en evidencia antes si puedo. Si no, supongo que tendré que
seguirlos.”

“Y hacer qué?”

“Detenerlo.”

“Cómo?”

“No sé.”

Stell tomó un palito y lo golpeó rítmicamente contra su pié.


“Bueno.” Pensó por un momento. “No parece habérsele ocurrido a
esa cabezota dura que tienes que esto es peligroso.”

“Se me ha…ocurrido.”

“Debe caerte muy bien esa chica.”

“Bueno…” dijo Stoner incómodamente, “con el tiempo llegas a


quererla.”

Stell se cruzó de brazos y se apoyó contra la chimenea. “Hijo-de-


puta,” dijo de vuelta. “Dime una cosa.”

“Si.”

“Quiero la verdad.”

“La verdad.”

“De veras eres agente de viajes?”

Stoner sonrió. “De veras soy una agente de viajes.”

Chipper gimió dormida. Stoner la acarició. “Los vas a dejar


quedarse?”
Stell lo pensó de vuelta. “Si fue por ti, no creo que le robe a otros
huéspedes. Supongo que podría esperar un par de días.”

“Gracias,” dijo Stoner. “No te vas a arrepentir.”

“Ya me arrepentí.”

Stoner dejó colgar su cabeza. “Yo también.”

“Ahora, me escuchas, Stoner. Si te ves en problemas, vienes directo


a mi. Entiendes?”

“Si señora.”

“Quiero saber donde estás cada minuto, y por qué. Si me entero que
estuviste por ahí haciendo tonteras, vas a saber lo que son los
problemas como nunca antes.”

“Voy a Elk Island mañana. Con Gwen y Bryan. Y después a la


posada Signal Mountain. Vuelvo a almorzar.”

“Más te vale,” dijo Stell. “Espera a ver sus precios.”

“Hey, Stell,” dijo Stoner tímidamente. “Eres una verdadera amiga.”

Stell la miró. “Hasta que me cruces.” Se paró y comenzó a apagar


las luces. “Vete a la cama. Llevate esa frazada. Vamos Chipper.”

“Bueno, que duermas bien.”

“No voy a dormir nada, gracias a ti,” dijo brúscamente.

“Stell?”

“Ahora qué?”

“De veras lo siento.”

“AFUERA!” Gritó Stell, señalando la puerta.


La luna estaba alta, los valles bañados de plateado. Stoner suspiró.
No quería irse de aquí, nunca.

La lluvia del sábado le había dado al terreno un lustre fresco. Stoner


llegó a la Marina de Colter Bay temprano. Las quietas aguas del
Lago Jackson ofrecían un espejo de las montañas y del impecable
cielo. Donde el lago todavía estaba en sombras, una niebla se
elevaba de la superficie como fantasmas enanos. En Elk Island, el
humo de las chimeneas se abrían ascendía en finas columnas. Raspó
el pié en las piedras de la costa y respiró con fuerza. Tenías que ser
infrahumano para asesinar a alguien aquí.

Alzando la vista, vio a Bryan avanzando en el camino. Solo. Stoner


devolvió su saludo sin entusiasmo, y fue a su encuentro.

“Gwen no viene,” dijo. “Tendremos que ir sin ella.”

Sintió una punzada de aprensión. “Qué ocurrió?”

“Dolor de cabeza. Ocurre cada vez que hay cambio climático.”

“Lo podemos hacer otro día…”

Bryan le sonrió extrañamente. “Tenemos reservas. Son las siete de la


mañana. No creo que a esta hora puedan reemplazarnos, no?”

No sabía que hacer.

“Gwen me dijo que vayamos,” dijo Bryan. “No quería arruinarnos el


día.”

Gwen no sabe lo intrincado de esta situación.

“Bueno…” dijo.

El se cruzó de brazos y la estudió con una expresión de asombro.


Sus ojos, se estaban burlando. “No me tendrás miedo, no?”
Stoner se enfureció. “Por supuesto que no.” Y nunca te vas a enterar,
mequetrefe.

“No muerdo.”

Pero podés pisarte. Si lo hago bien. Como anoche? Definitivamente


no como anoche. Hoy mantendremos a los viejos demonios en su
lugar.

“A menos,” dijo Bryan, “que tengas escrúpulos en salir con


hombres.”

“Tengo escrúpulos,” dijo Stoner, “en salir con hombres casados.” Y


con idiotas, arrastrados, libidinosos, y mentirosos. Tu calificas en
todo.

“Pero esto no es una cita, no?”

Vamos a llamarla misión de búsqueda de datos. Observó a la gente


que se estaba juntando para hacer el viaje. Nada peligroso podía
ocurrir con esta multitud. Se encogió de hombros. “Por qué no?”

Bryan rió. “Me halagas.”

A casi diez minutos de la costa, se dio cuenta de que no había traído


dramamine. El leve, rítmico tamborilleo del motor de la lancha le
producía oleajes en el estómago. Stoner se aferró a la baranda y rezó
por un milagro.

Bryan, gracias a Dios, estaba poco dispuesto a charlar. Fue, de


hecho, un viaje silencioso. Algunos padres, poco atraídos por las
payasadas de sus hijos, mantenían el entusiasmo al mínimo. La
tripulación hacía su trabajo silenciosamente, eficientemente, con un
desapego que Stoner envidió. Probablemente tenían vidas llenas de
fantasías.
No lo iba a lograr. Piensa en alguna otra cosa. Juegos de viajes.
Haz una lista. Grandes Temas y Cuestiones de Nuestro Tiempo. La
plaga de polillas es resultado de la política económica de Reagan, o
síntoma de un problema más profundo?

No hace mucho, si ponías la música muy fuerte, tu madre te decía


que la bajes, y los vecinos llamaban a la policía. Qué ocurrió?

“A” deposita $1000 en el banco “B” y recibe 6% de intereses. El


Banco “B” le presta $1000 a “C” al 16% de interés, y le carga a
“A” 12% por manejar el depósito. Cuál es el ingreso anual del
presidente del Banco “B”?

Pueden las leyes contra el acoso telefónico extenderse a los


vendedores que te llaman a tu casa?

Qué es lo que quería Freud?

Hay una conspiración entre las industrias del acero de medioeste y


los productores de piedra caliza para generar lluvia ácida?

Quién es el dueño del sol? Quién es el dueño del Congreso? Quien


es el dueño de ellos?

“Por lo menos podrías hablarme,” dijo Bryan.

“Bryan,” dijo dulcemente Stoner, “tienes dos opciones: silencio o


vómito.”

“Te sientes mal?”

“Mucho.”

“Podrías haberme dicho. Te traigo una Coca.” Desapareció dentro de


la cabina.
Con todo este ruido, uno pensaría que al menos se avanzaba. Elk
Island no parecía más grande que hace un rato. Hasta parecía más
chica. Sentía gusto a lata en la boca. Vamos, Bryan.

“Aquí tienes,” dijo.

“Gracias.” No pienses, bebe. Esperó por las repercusiones.

“Mejor?”

“Tal vez.”

“Ya llegamos.”

Nunca. Así es como termina mi vida, a la deriva en un mar de


náusea y paisajes.

La lancha arribó al muelle. La tripulación desapareció. “Vamos,”


dijo Bryan, ofreciéndole una mano. Considerando las circunstancias,
la aceptó. No pienses que esto es una tregua, Bryan. Es una
suspensión temporaria de hostilidades.

Se decidió por un desayuno de papas fritas – sin café, y ciertamente


sin truchas decapitadas – y otra gaseosa, y buscó un lugar alejado de
la multitud. Bryan se sentó a su lado.

Bien, alumna, tarea del día. Planificar una conversación a llevar


con alguien a quien odias, que va a intentar asesinar a alguien que
amas. Debes ser cortés en todo momento. Y averiguar lo siguiente:

1. Dónde lo va a hacer?

2. Cuándo lo va a hacer?

3. Cómo lo va a hacer?

Componer un haiku con las respuestas. Sin hacer trampa, y sin


copiarse. Las notas se pondrán al azar.
Se aclaró la garganta. “Esto es hermoso. Debes odiar el este,
viniendo de aquí.”

Bryan se devoró una trucha. “Prefiero el este. Suceden más cosas.”

“Así y todo, tiene que haber algo que te guste. Lo suficiente como
para pasar tu luna de miel aquí.”

“Está bien para unas vacaciones.”

O para un asesinato.

“Solía cazar por aquí con mi padre,” dijo.

“Oh. Es ahí a donde vas de camping? Donde solías cazar?”

“No.” Dejó de lado el plato y estiró las piernas. “Ciertamente estás


muy interesada en ese camping.”

Se acomodó el pelo a un lado nerviosamente. “Bueno, te envidio.


Me encantaría hacer algo parecido.”

“Podría llevarte. Nosotros dos, solos en la selva. Qué te parece?”

Ella rió. “Creo que Gwen puede tener algo que decir al respecto.”

El tomó una piedra y la tiró al lago. “Mi esposa confía en mí.”

A cada persona se le permiten veintitrés momentos de idiotez en la


vida. Desafortunadamente, Gwen eligió consolidar todas las suyas
en un gran momento de desacierto. “Para hacer qué?”

“Esa fue muy buena,” dijo Bryan. “No hay nada que me guste mas
que un partido de esgrima.”

Se dice que los lobos le sonríen a sus víctimas mientras se mueven


para atacar. Bryan sonrió ampliamente. “Me gustan las mujeres con
recursos. ”
Oh, por favor. “Vamos, Bryan, ni siquiera fue un poco inteligente.”

“Pero apuesto a que puedes ser inteligente. Muy inteligente.”

Ella suspiró cansada. “Qué estás haciendo, Bryan?”

“No estoy haciendo nada. Pienso que eres una mujer atractiva. Es
eso un crimen?”

“Basta de estupideces, si? La gente está comiendo.” No puedo creer


estar sentada aquí diciendo estas cosas.

“No deberías ser tan modesta. Cualquier hombre te encontraría


atractiva.”

Yupi. “No estoy interesada.”

“O cualquier mujer.” La miró duramente. “Apuesto a que has tenido


montones de mujeres, o no?”

Ella lo miró fijo. “Si las tuve, serías el último en saberlo.”

Bryan chasqueó los labios. “No eres de las que cuenta, huh?”

“Bryan,” dijo, “creo que esta conversación no va a ningún lado. Pero


yo sí.” Se paró, llevó los platos a la mesa de servicio, y se dirigió a
la orilla. Bryan la siguió.

“Vamos,” dijo él. “Cuéntame. De hombre a hombre. ”

Stoner giró bruscamente. “Qué demonios sucede contigo?”

“Sólo intento conocerte,” dijo inocentemente.

“Para qué?”

“Para poder entender qué es lo que mi esposa encuentra tan


fascinante sobre ti.”
Fascinante? Gwen piensa que soy fascinante? Maldición, se estaba
sonrojando.

Bryan sonrió. “Eso te gustó, no es cierto?”

“Vete al infierno,” murmuró.

“Te gusta, no es cierto? Te gusta mucho. No te importaría meterla en


tu bolsa de dormir, no?” Avanzó un paso hacia ella. “Quieres saber
cómo es cojer con Gwen, Stoner? Quieres saber? Yo puedo contarte.
Lo he hecho miles de veces.”

“Basta.”

Sácame de aquí. Querido Dios, sácame de aquí. Se tapó los oídos


con las manos.

“Piensas en ello, no es cierto, Stoner? A la noche, antes de dormirte,


te acuestas y piensas en cómo será.”

“Eres desagradable.”

El se rió en su cara. Su aliento olía a pescado. “Yo soy


desagradable? Pervertida.”

Buscó desesperadamente una salida. La estaba arrinconando contra


la gente. Quiso irse hacia la izquierda. El se le paró adelante y le
agarró las manos.

“Suéltame, Bryan.”

“Yo sé que ella flirtea contigo,” dijo en voz baja. “La he visto
tocándote. He visto esas sonrisitas conspiradoras que te hace. He
visto como te mira. Pero no significa nada, Stoner, mi amor. Ella es
así con todo el mundo.”

Se retorció intentando soltarse. “Si no me dejas ir, Bryan, voy a


gritar. Hasta que la nieve se caiga de las montañas.”
“No creo que lo hagas,” dijo con calma. “No creo que quieras
arruinarle el día a toda esta gente.”

De veras está loco. Abrió la boca. Antes de que saliera un sonido, el


apoyó sus labios sobre los de ella y la apretujó contra el áspero
tronco de un árbol. Ella intentó apartarlo, y sintió su lengua,
separándole los dientes, deslizándose hasta el fondo de su boca.
Jadeó, y levantó la rodilla con fuerza hacia su ingle.

Bryan saltó hacia un lado, riéndo. “Nada de eso, chiquita. A mí, con
eso, no.”

“Bastardo,” siseó. “Le contaré a Gwen.”

“Y yo le diré que tú me provocaste. A quién te parece que le va a


creer, a su adorado esposo o a una lesbiana enamorada?” Le sonrió
ampliamente, mostrando los dientes, los ojos lanzando odio como
balas hacia ella. “Su abuela intentó de todo para alejarla de mí, y qué
consiguió? Gané entonces, y ganaré ahora.” Sus ojos se
entrecerraron. “Pero te diré algo, Stoner, mi amor. Te diré qué la
excita. Piensa en ello cuando estés en la cama jugueteando contigo
misma. Piensa en lo que yo le hago. Piensa en lo que tengo, cada vez
que yo quiero. Piensa en lo que tú nunca tendrás. ”

“Déjame en paz!” gritó, y rompió a llorar. El pánico la puso a correr.


No le importaba dónde, ni quien la viera. Cualquier cosa, cualquier
cosa con tal de alejarse de él.

Un hombre con barba se paró. “Hey, chica, estás bien?”

“Es mi esposa,” escuchó decir a Bryan. “Un pequeño altercado. Ya


sabes cómo es. Ya se le va a pasar.”

Se sentó en la orilla y lloró hasta que le dolió el estómago.


Bastardo! Le pegó al suelo con el puño. Bastardo, bastardo,
bastardo!
Hay un sólo dato cierto sobre la raza humana: cualquier persona en
desgracia será dejada absolutamente sola. Los otros turistas la
evitaron en el regreso como si fuese Typhoid Mary. Algunos hasta la
miraron hostilmente. No le importaba. Sólo una cosa le importaba
ahora. Debía mantener a Bryan alejado de Gwen.

Lo alcanzó cuando él estaba entrando en su auto, y lo agarró de la


manga. “Sólo tengo una cosa que decirte, Bryan.”

El la miró.

“Si la lastimas, de cualquier forma, pagarás por ello. Así me lleve el


resto de la vida, te perseguiré y te lo haré pagar.”

“Por qué le haría algo?” preguntó. “La amo.”

Dio media vuelta y huyó. Al dejar la playa de estacionamiento, él se


le acercó. “Una palabra de advertencia, mi impulsiva amiga.
Mantente alejada de mi esposa. Mantente alejada de mi viaje de
camping. Y mantente alejada de Bannock Canyon.”

Apuró el motor y se marchó, llenándole el parabrisas de barro.

Ella se quedó con la boca abierta. Bannock Canyon! Lo había tirado


casualmente como si fuese un envoltorio de chicle.

Las cosas mejoran, pensó mientras se dirigía hacia la Posada


Timberline. Lo habré hecho de la peor manera, pero lo hice.

Lo volvió a ver, auto detenido al lado del camino, la puerta del baúl
levantada. Cubierta pinchada, Oxnard? Trágatelo. Le tocó bocina y
aceleró, dejándolo atrás.

Se dirigió al lobby. Gracias Dios, Stell estaba ahí. “Has visto a


Gwen?” preguntó.

“Hace un rato, qué sucede?”


“Dóndo está?”

“Salió a caminar.”

“Dónde?”

“No sé. Stoner…”

“Bueno, dónde piensas que fue?”

“Stoner, qué sucede?”

“Por favor, necesito saber.”

Stell se volvió hacia el mapa en la pared y se puso los anteojos.


“Bueno, por la forma en que estuvo mirando esto, supongo…
Inspiration Point.”

“Genial. Te veo después.” Voló hacia la puerta.

“Whoa!” Gritó Stell, tomándola del brazo. “Qué sucede aquí?”

“No hay tiempo.”

“Si buscas a Gwen, la encontrarás yendo o viniendo. Ahora, cálmate


y cuéntame que ocurre.”

Stoner se pasó la mano por el pelo. “No vino al viaje. Bryan y yo


tuvimos un…encuentro desagradable, y temo por ella. Cómo se la
veía?”

“Pálida.”

“Como dolor de cabeza?”

“Algo así.”

“Debo irme.”
“Stoner.”

Se volvió. “Si?”

“Llevate una campera. Va a llover.”

Corrió hasta su cabaña y tropezó hasta la puerta. La mucama había


estado ahí. El tacho de basura estaba limpio, las toallas también. La
cama hecha. No había cenizas en la chimenea. Así que, aún si por
alguna remota posibilidad su nota para Marylou había sobrevivido al
fuego, ahora ya estaba en la basura, segura. Y cada minuto del
tiempo de Bryan desde anoche hasta ahora estaba chequeado. Con la
campera en la mano tomó el camino hacia Inspiration Point.

Cruzó Lupine Meadows, dobló hacia el noroeste por el Lago Jenny,


y comenzó a escalar. El camino subía afiladamente por altos bosques
de abetos, pinos y mas pinos. El arroyo Cascade bailaba al lado de la
huella. Pinturas indias brillaban como rubíes al ser tocadas por el
sol. Por entre los árboles podía ver las puntas plateadas de Owen y
St. John. En Hidden Falls se detuvo a descansar. A esta altura podías
romperte un pulmón sacando a pasear al perro.

Al menos el esfuerzo había disipado el pánico. Ok, Bryan era


peligroso, loco y peligroso. Pero no más peligroso que antes. Al
menos no para Gwen. Su ataque había sido – celos, furia, una
advertencia. No significaba que fuese a llegar a casa a desmembrar a
su mujer. Aún así, no quería perder de vista a Gwen. Pero eso sólo
levantaría sus sospechas - y su furia – mucho más. Entonces qué?
Entonces podría agarrárselas con Gwen. Tal vez debería mantenerse
alejada de ambos. Y pasar los próximos cuatro días arrastrándose en
la ansiedad?

Pueden cuatro días de ansiedad causar úlceras? Daño cerebral? Ok,


pensemos con calma. Si intenta cualquier cosa en su cuarto, alguien
va a escuchar. Si intenta cualquier cosa fuera del cuarto, alguien va a
ver. Por lo tanto, no intentará nada. Excepto en Bannock Canyon.
Demonios, puede hacer cualquier cosa, en cualquier momento. No le
va a importar quien escuche, o quien vea. No le importó esta
mañana. Pero quién sabe cómo se vio desde afuera? Cómo una pelea
matrimonial, sin dudas.

Jesús, alguna vez se me va a quitar su sabor de la boca? Juntó las


manos y bebió de la espumante y helada agua que caía del
alcantilado. Madre Tierra, espero que tengas poderes sanadores,
porque esta hija tuya con seguridad necesita ser curada.

Se tiró mas agua en la cara. Ok, ok, cuál es el denominador menos


común aquí? Más que nada, Bryan quiere el dinero de Gwen. Por lo
tanto, no va a hacer algo que ponga en peligro su chance de
conseguirlo. Por lo tanto, no va a hacer algo que levante sospechas
sobre sí mismo. Por lo tanto, no va hacer algo que la haga
arrepentirse de ir al viaje de camping.

Espero.

Mientras, qué puedo hacer? Uno – tiró una piedra al arroyo Cascade
– encuentra la forma de poner a Gwen en guardia. Dos – tiró otra
piedra – vigilarlos lo más que se pueda. Tres – otra piedra – seguir
investigando su pasado, intentar conseguir evidencia sólida en su
contra. Pero sobre todo – se llenó la mano de piedras y las estrelló
contra una roca – DETENLO!

El cielo se estaba poniendo gris. Finas nubes asomaban entre las


montañas desde el oeste. Vamos. Encuentra a Gwen. Para cuando
llegó a Inspiration Point, las rodillas le temblaban. Pero la vista era
magnífica. El Lago Jenny quedaba debajo, pequeño, plateado, un
reflejo como un espejo de bolsillo. Los Gros Ventres eran visibles al
sur, y al este el Monte Leidy Highlands y la enorme, larga cuenca de
Jackson Hole.

Sintió una fría gota de lluvia en el hombro, y otra más, y vió en el


norte una espantosa masa de nubes. Como humo de aceite, hervían a
través de los cañones y fisuras sobre su cabeza. Los rayos ya
acuchillaban el terreno. Cañonadas de truenos sonaban por los
valles. Jesús!

Con la tormenta detrás, se apuró por la huella. Al llegar a una curva


vio una figura familiar y se paró en seco. “Gwen,”gritó por sobre un
trueno, “dónde has estado?”

Gwen la miró y bajó la vista. “Caminando.”

“Qué?”

“Caminando.”

“Dónde?”

Gwen hizo un gesto hacia el bosque. “Por ahí.”

“Por ahí? En el bosque? Hay osos ahí, Gwen. ”Alces. Uapitis.


Lobos, problemente.”

“Qué?”

El pelo de Gwen le azotaba la cara.

“Tenemos que salir de aquí,” gritó Stoner.

El viento alcanzó a un puñado de árboles y los sacudió como


matracas.

El rostro de Gwen estaba blanco. “Estoy bien.”

Las nubes se abrieron.

“Estás loca? Esto es monstruoso!”

La tomó de la mano y la arrastró hacia la base del alcantilado a la


orilla de Hidden Falls. Había un callejón sin salida poco profundo
protegido por una roca por arriba. Un rayo estalló sobre los árboles.
Stoner empujó a Gwen dentro de la semi cueva.

Stoner se quedó sin aliento. “No ibas a quedarte ahí afuera con esta
tormenta, o si?”

Afuera un árbol cayó al suelo. Gwen se encogió de hombros. Estaba


temblando. Stoner tomó su campera y se la puso sobre los hombros.
El viento tembló. Ramas crujieron y cayeron. La lluvia barrió en
furiosos torrentes a través de los bosques y cayó en chorros por las
rocas sobre sus cabezas. “Nos la tiene jurada,” dijo Stoner. “Sabía
que no había que mirar en Yellowstone.” Se paró y empujó
suavemente el techo de granito. La roca era firme.

Se sentó en el piso, la espalda contra la pared de piedra. Gwen no se


movió. “Siéntate. Puede ser una larga espera.”

Mecánicamente, Gwen obedeció. Stoner la miró. Algo estaba


terriblemente mal.

“Te extrañé esta mañana.”

“Si.”

“Bryan dijo que tenías dolor de cabeza.”

“Eso dijo?” Gwen miró para otro lado.

“Estás mejor?”

Gwen no contestó. Definitivamente, terriblemente mal.

Se quedó dura. “Gwen, hay algo que debo decirte. Esta mañana,
Bryan…”

“Bryan?”
“Bryan y yo…tuvimos un problema.” No estaba escuchando.
“Gwen.”

“Esta mañana?”

“Gwen.”

“Fuiste a Elk Islando esta mañana.”

“Es correcto.”

“No pude ir. No quiso que fuera.”

Espera un minuto. Estamos en el mismo vuelo? “Gwen, qué


sucede?”

El viento sopló mas fuerte. A tavés de los pinos como un hacha.


Réplicas ensordecedoras rebotaron de cañón en cañón mientras la
tormenta bajaba por las montañas como un tren fugitivo.

Gwen miró al suelo, sin mirar. Todavía temblaba. Stoner se mordió


el labio. Ante la duda, actúa. Le pasó un brazo por los hombros.
Gwen apoyó la cabeza en sus rodillas, pero no se apartó.
“Tuvimos…una pelea,” dijo finalmente. “Por eso no fui.”

Mierda. Stoner le sacó el pelo de la cara.

“Me dijo estúpida e infantil y…la mirada de sus ojos.” Gwen


tembló. “No había visto eso desde…Dijo que debía quedarme…No
debía quedarme…” Su voz se deshizo.

Stoner la abrazó con fuerza. “Cuéntame.”

“No esperaba…Nunca se había enojado así…Pensé que estaría bien


decirle.”

“Decirle qué?”
“No quise arruinarlo. Sólo pregunté. El me despertó. Yo estaba
dormida y desperté y él estaba parado ahí, en la entrada. Mirándome.
Lo supe. Supe que alguien le había dicho.”

El viento formó cortinas de lluvia en la boca de la cueva. Stoner


atrajo la cabeza de Gwen hacia su hombro. “Por favor, Gwen,
intenta explicarlo.”

Gwen se apretujó contra ella, las uñas mordiéndole el brazo.

“No me dejes llorar.”

“Háblame.”

“El me despertó.”

Stoner sintió que se le erizaban los pelos de la nuca. Quería gritar,


correr, pararlo. Se contuvo. “Está bien”, dijo, acariciándole el
hombro. “Sólo háblame.”

“Quería matarme. Lo ví en sus ojos.”

“Quién, Gwen? Tu padre?”

Silencio.

“Bryan?”

Gwen se incorporó y la miró, sacudiendo la cabeza como para


aclararse. “Bryan no querría matarme…o si?” preguntó con una voz
apenas audible.

Si. Maldición, si!

“Lo haría?”

Este no era el momento. “No lo sé,” dijo Stoner.


“No lo haría. Me ama. Dijo que me amaba.” Miró a Stoner
suplicantemente. “Lo haría?”

Stoner hizo un esfuerzo para no mirar para otro lado. Se aclaró la


garganta. “Por qué pelearon?”

Gwen sacudió la cabeza. “No puedo recordarlo. Yo dije…el


gritaba…todo se mezcló.”

“Intenta.”

La tormenta se desplazaba hacia el este ahora. El viento aflojó. Los


truenos sonaban a la distancia. Gruesas gotas de lluvia aún caían de
los árboles, pero en el aire sólo quedaba una fina niebla, el aroma a
pino mezclado con tierra.

“Fue por el campamento,” dijo Gwen finalmente. Stoner se quedó


helada. “Le pregunté si quería cancelar el viaje.”

“Por qué?”

“Pensé que estaba preocupado por el dinero. Ha estado…distante.


Le dije que podríamos hacerlo en otro momento. Fue sólo una
sugerencia. No quise…”

“Supongo que es importante para él,” dijo Stoner lastimosamente.


No puedo decirle ahora. No puedo hacérselo peor. Apretó los
dientes.

“Y después quiso hacer el amor,” dijo Gwen tímidamente. “Yo


tuve…miedo. El estaba…parecía violento. Como un extraño. No lo
pude evitar, no puedo dejar de pensar que…estoy sola aquí.”

“No,” dijo Stoner firmemente. “Acá no estás sola.”

“Mientras hacíamos el amor...lo odié. Pero no pude detenerlo. Tuve


miedo de detenerlo. Stoner, me siento tan avergonzada.”
“No, no te sientas así.” En donde yo vivo lo llamamos violación.

“No sé que hacer.”

“Gwen, quiero que me prometas algo. Si sientes miedo, por


cualquier razón, no importa lo tonta que te parezca, por favor ven a
mi cabaña. O busca a Stell.”

“Stell?”

“Ella va a entender.”

Gwen la miró desconcertada. “Qué quieres…?”

Stoner le tocó la cara. “Sólo prométemelo.”

“Lo prometo.”

Un hilo de luz de sol se asomó entre las nubes.

“Stoner, qué sucede?”

“No debes volver a pasar por esto.”

“Estoy volviéndome loca?”

“No. Sólo ten cuidado, okay?”

“De Bryan?” dijo Gwen incrédulamente.

Stoner se resfregó la cara. “Si.”

Gwen la miró.

“Cuando sientes cosas…bueno, yo creo en el instinto.”

El sol pegaba en el suelo húmedo del bosque, en piletas de


resplandeciente verde y dorado. Gwen se quitó el pelo mojado de
sus ojos y se paró lentamente. “Debo irme. Debo pedirle disculpas.”
“Unos minutos más no importan.”

“Se va a preocupar. Debo ir a solucionarlo.”

“Gwen!” Salió corriendo a la luz del sol, tras ella.

“Yo…” Gwen se dió vuelta y corrió.

“Déjame ir contigo,” gritó Stoner.

Gwen no volvió la vista. El bosque se la tragó.

Stoner trotó por el camino alrededor del Lago Jenny, resbalando en


el suelo mojado por la lluvia. Se dobló el tobillo y se detuvo
bruscamente. Maldición! Gwen no estaba por ningún lado. Rengueó
hasta pasar el lago, a través del prado, y golpeó con fuerza la puerta
de la posada. El lobby estaba desierto.

Y ahora qué? Abres a patadas la habitación y entras, pistolas en


mano? Si sólo pudiera. Derrotada, se fue a su cabaña.

Era un desastre. El contenido de su equipaje estaba tirado en el piso.


Su ropa arrancada de las perchas y tirada en la alfombra. La foto de
Gwen en la chimenea, partida en dos. La cama parecía un nido de
ratas. Y en el centro de su almoada, acomodada como si fuesen las
joyas de la corona, las llaves de Amy.

Stoner observó el lío, y empezó a reir. Si esta era su idea de


amenaza…Si su mente operaba en este nivel…Tal vez, al fin,
tuviese una ventaja.

“Ni se te ocurra,” dijo Edith Kesselbaum.

Stoner apretó el teléfono. “Qué me quiere decir?”


“Nunca he sido capaz de predecir a un psicótico. Y, creéme, no soy
lenta.”

“Es lo que es él, un psicótico?”

Edith suspiró. “Stoner, querida, me doy cuenta de tu falta de


entrenamiento profesional. Y siendo, como ha sido, contra-cultural,
te inclinas a ser tolerante ante un amplio rango de comportamiento.
Pero seguramente deberás reconocer que pequeños actos de
vandalismo no son acciones de un ser humano sano y maduro.”

“Bueno,” dijo Stoner, “pensé que era raro.”

“Si, Stoner, muy raro.”

“Dra. Kesselbaum, usted piensa que soy estúpida?”

“Eres una romántica, Stoner. Lo que significa…” continuó,


anticipándose a la siguiente pregunta, “…que siempre le atribuirás a
compañero o compañera mucha más inteligencia, autodominio,
comprensión, y pureza de motivo que lo que él o ella poseen.”
Suspiró de vuelta. “Oh, querida, el lenguaje asexuado puede ser tan
incómodo y trabajoso. Aún así, la Asociación Americana de
Psiquiatría es muy categórica en el tema.”

“Qué puedo hacer?”

“Nada, me temo. Le prestan poca atención a uno de los suyos. Van a


ignorar totalmente la opinión de una persona laica.”

“Huh?”

“Además, recuerdo claramente que estabas positivamente orgásmica


de alegría cuando salió el fallo. ”

“Sobre Bryan, Dra. Kesselbaum,” dijo Stoner pacientemente.


“Mi consejo sería…vuelve a casa inmediatamente. El hombre
obviamente tiene el instinto de un animal herido. Pero tal vez esté
insultando a nuestros amigos los animales.”

Stoner sonrió. “Eso creo.”

“Si, frecuentemente me pregunto si las ventajas del pulgar oponible


tienen mas peso que las pérdidas evolutivas. Alguna vez se te ha
ocurrido, Stoner, que el experimiento ser humano puede haber sido
un error?”

“Todos los días,” dijo Stoner.

La Dra. Kesselbaum se quedó en un silencio filosófico.

“Qué hay de Gwen?” preguntó Stoner.

“Cuál es tu evaluación sobre su estado mental?”

“Bueno, teniendo en cuenta que soy una romántica…”

“Siempre tengo eso en mente, Stoner.”

“Pienso que se está desmoronando.”

“Me lo dices mas claro? Qué quiere decir “desmoronando?””

Stoner meditó. “Creo,” dijo finalmente, “que está confundida. Su


comportamiento está cambiando en formas que ella no entiende.”

“Porque le falta la mitad de la data, verás. Ella no percibe lo que tu


percibes, al estar cegada, como está, por la pasión. Ella no, podría
decirse, juega con todas las cartas.”

“Le faltan las espadas,” dijo Stoner tristemente, “pero con seguridad
tiene el comodín.”
“Ah, si, el comodín. En las cartas antiguas, el Tonto. La carta de la
inocencia, ignorancia, pero que tiene la sabiduría instintiva de un
recién nacido.”

“Dra. Kesselbaum, se está volviendo Jungiana?”

Edith Kesselbaum jadeó. “Oh, por God, espero que no. Sería
expulsada de la Sociedad Psicoanalítica.”

“Bueno, no puedo dejarla aquí.”

“En sus garras? Ciertamente que no.”

“Qué debería hacer? Secuestrarla?”

“No, muy riesgoso.”

“Supongo,” dijo Stoner. “Ha hecho cursos de defensa personal.”

“Bueno, hay un plus para tu lado.”

“No si ella no piensa usarlo.”

“O lo usa contigo. Me estremece pensar…”

“Debo hacer algo, Dra. Kesselbaum.”

“En estas circunstancias, diría…” Pensó un momento. “Batea.”

“Batea?”

“Cuatro abajo. Medida larga. Batea.”

Stoner se masajeó la frente con desesperación. “Puede ser más


específica?”

“Toca de oído.”

Stoner gimió.
“No es irremediable, querida. Es muy probable, en su estado mental,
que cometa un error.”

“Qué tipo de error?”

“Stoner, tienes la perseverancia de un elefante.”

“Necesito ayuda.”

“Bueno, tomemos el tema del Hammock Canyon…”

“Bannock Canyon.”

“Es lo que dije, querida. Me estás prestando atención?”

“Si, Dra. Kesselbaum.”

“En mi opinión profesional…”

Ah, eso era una buena señal.

“En mi opinión profesional, señaló el lugar del asesinato para ti.


Tiene delirios de grandeza, obviamente. Creo que va a seguir
adelante con sus planes originales.”

“Y qué debo hacer?”

“Déjalo que crea que te tiene controlada. Puedes agarrarlo con el


tema del archivo del FBI, por supuesto. Pero en el caso de que
no…”

Stoner contuvo la respiración. “Si?”

“Familiarizate con la escena del crimen. Puede que así tengas la


oportunidad de saltarle encima. Hay alguien allí que pueda
ayudarte?”

“Eso creo.” Pensó en Smokey.


“Bien. Hay una cosa muy importante que no debes olvidar.”

“Que es?”

“Atraparlo antes de que él te atrape a ti.”

“Gracias, Dra. K. Ha sido de mucha ayuda.” Creo.

“Una cosa, Stoner…”

“Si?”

“Hay algún McDonald´s por ahi?”

“No que yo sepa. Pero sí vi un A&W Root Beer.”

“Oh, gracias a Dios,” la Dra. Kesselbaum respiró. “Adios, Stoner.”

Adios? Eso sonó a mal agüero. Stoner observó el teléfono por un


momento antes de cortar.

CAPITULO NUEVE

Mientras se quedaba dormida, un pensamiento la sobresaltó. Gwen


estaba probablemente, en este momento, en la cama con un maníaco
homicida. Una oleada de adrenalina le recorrió el cuerpo. Ahora,
espera un minuto. Recuerda, quiere dinero, no sangre. No va a
arriesgarlo todo con una violación. Debe parecer un accidente.
Nada le puede suceder antes del viaje. Pero algo ya le ha ocurrido,
esta mañana. Intentó olvidarse del aspecto de Gwen en bosque. Era
imposible. Los demonios del insomnio, bien armados, revoloteaban
por su cuarto.
Intentó leer, pero no se pudo concentrar. Le escribió una carta a
Marylou. No funcionó. Encendió un fuego y se lo quedó mirando
hasta que se consumió. Dio vueltas por la habitación. Se dio un buen
baño y se tomó un dramamine. Contó ovejas. Contó los minutos.
Contó los latidos de su corazón. Los coyotes auyaron y se quedaron
en silencio. Algo pasó por la ventana del baño, algo pequeño, algo
con garras. Una piña cayó sobre el techo y rodó hasta el piso. Se
escuchó un sonido débil e irregular de goteo al juntarse líquido en
las hojas de las plantas, hasta que cayó por el propio peso.
Aparecieron siluetas y sombras, vagos huecos de negro sobre negro.
Lentamente se acomodaron formando árboles. La noche palideció.
Una brisa se levantó, cerca del suelo. Al este, una mancha gris se
desparramaba detrás de las colinas.

Empiezan los pájaros. Un tentativo, inquisitivo “cheep.” Y otro, y


otro. Un aleteo. Arriba los arrendajos. Una llamada. Un graznido.
Hey, ese es mi árbol. Graznido. A quien creés que estás empujando,
hombre? Graznido. Graznido. Ni se te ocurra mostrar las garras.
Okay, todo el mundo, llegó la MAÑANA.

Stoner dejó el porche, probó sus rodillas y tobillos. No sé, señorita.


Ruedas en marcha, traumatismo ausente, transmisión establecida. Te
digo algo, dame diez pesos y te lo hago desaparecer. Se apoyó las
manos en la espalda, se estiró y gimió. Rápido, Madre, las pastillas
Doan. Vete ya. Mejor, quítale este sufrimiento. No va a doler,
querida…Vas a caer en un profundo sueño, y despertar en un lugar
mejor, mucho mejor.

Una cutícula de amarillo apareció en el horizonte. En la posada, una


puerta de tela metálica se cerró con un golpe. Una nube de humo
blanco salía de la chimenea y se evaporaba en el aire de la mañana.
Ah, habían elegido a un nuevo Papa.

Alcanzó a ver a Smokey, subiendo por el camino hacia la puerta de


la cocina. Se detuvo, sin verla, saludó al sol con el sombrero, y
entró. Se escuchaba el rechinar de la vajilla. La maquinaria de la
vida estaba arrancando.

Stoner se lavó, vistió, y se apuró por el camino. Entró por la puerta


de la cocina. Smokey estaba apoyado contra el fregadero, taza de
café en mano, charlando con las cocineras. Raro, ver tantos extraños
en la cocina de Stell. Pero Chipper, en su lugar habitual junto al
fuego, alzó la cabeza y resopló una bienvenida.

“McTavish!” gritó Smokey. Le trajo una taza de café. Uno de los


cocineros estaba cortando papas y cebollas para hacer papas fritas.
Su cuchillo dejaba un tatuaje en la tabla. El aire era rico con el
aroma a humo y bacon frito. Bollos dulces levaban cerca del hogar.

Stoner suspiró.

“Fin de semana difícil?” preguntó Smokey.

“Muy difícil. Qué hay de nuestro proyecto?”

“No te va a gustar.”

Se le paró el corazón. “No hay archivos.”

“Oh, hay archivos, McTavish. Tenemos para tirar para arriba.”

“Cuántos?” preguntó, y contuvo la respiración.

“Mil setecientos treinta y dos.”

Stoner se hundió contra la pared.

“Espero que no tengas planes para hoy,” dijo Smokey.

“Ahora no.”

Stell entró por la puerta del comedor. “Buen día, Stoner. John.”
Smokey gruñó.

“Toma,” dijo Stoner, sacándose las llaves del bolsillo.

“Dónde las encontraste? O voy a lamentar la respuesta?”

“Bryan las dejó en mi cabaña.”

Stell la miró. “Qué estuvo haciendo ahí?”

“Un poco de intimidación amateur.”

“Bastardo,” dijo Stell.

Stoner rió. “Te voy a dejar a ti las maldiciones. Ya me quedé sin


eufemismos. Cenaron aquí anoche?”

“Si.”

“Cómo estuvieron?”

“Tranquilos. Oxnard como siempre con su sonrisita.”

Stoner bajó la mirada.

“Preocupada?” preguntó Stell.

“Muy.”

“Qué hacemos ahora?”

“Stoner va a mirar algunos archivos del FBI,” dijo Smokey. “Te


contó, eh?”

“Me contó,” dijo Stell. “Algo. Odio pensar en lo que no me contó.”

“Lo sé,” dijo Smokey. “Me encantaría no tener que trabajar hoy.”

“La artemisa depende de ti,” dijo Stoner. “Stell, averiguaste algo?”


“Seguro. Se anotó en nuestros establos.” Stoner se inclinó hacia
adelante. “Y?”

“Jueves. Bannock.”

“Madre de Dios,” dijo Smokey.

“Mil setecientos treinta y dos,” dijo Stoner más tarde en el comedor.


“No lo puedo creer.”

“Lo creerás cuando los veas.”

Cortó su panqueque de arándanos. “Fichas?” preguntó


esperanzadamente.

Smokey sacudió la cabeza. “Impresos.”

“Sumarios?”

“Cada detalle. La Agencia es minuciosa.”

“Todos sin resolver?”

“Todos sin resolver.”

Revolvió una cucharita de azúcar en su café con furia. “Qué


estuvieron haciendo con su tiempo?”

“Persiguiendo activistas sociales.” Destrozó un pastelillo. “Lo


siento, McTavish. Me hubiese gustado ser de mas ayuda.”

“No es tu culpa.” Se masajeó la parte de atrás del cuello. “Pensé que


los hombres en este país tenían todo el dinero.”

“Pronto lo tendrán,” dijo Smokey.


Bryan y Gwen entraron y se fueron a una mesa de la esquina. Stoner
lo miró y le guiñó un ojo, como si compartieran un secreto. Bryan se
lo devolvió.

“Qué fue eso?” preguntó Smokey.

“Un pequeño test de cordura. Ambos fallamos.” Le puso mas salsa


al panqueque. “No se, Smokey. Piensas que es una pérdida de
tiempo?”

El se encogió de hombros. “Tienes una idea mejor?”

“No.”

“Ni yo.” Se levantó. “Bueno, debo irme. No te envidio.”

“Tal vez sean interesantes,” dijo Stoner.

“Miré un par. Esa computadora no es Agatha Christie.” Le dio su


llave. “Buena suerte.”

Suerte. Le puso dos cucharaditas mas de azúcar al café. Voy a


necesitar mas que suerte. Tres pares de ojos ayudarían, o un curso de
Lectura Veloz de Evelyn Wood.

Miró a Gwen, pero Gwen estaba de espaldas a ella. Bryan levantó la


mirada y sonrió ampliamente. Esto tiene que funcionar, porque si
llegamos al jueves…

“Buen día, Stoner.”

Se sobresaltó. “Señorita Hortense,” dijo, parándose.

“Oh, siéntate. Esto no es un colegio.”

“Se sienta conmigo?”

“No, gracias,” dijo Hortense. “Nos vamos a Gros Ventres.”


“Ya veo.”

“Aguilas peladas. Cómo va tu resfrío?”

“Resfrío?” dijo Stoner. “No creo estar resfriada.”

“Por supuesto que si. Tan mojada el otro día. No se puede evitar un
resfrío.”

“Yo…” dijo Stoner, aturdida, “creo que me estoy recuperando.”

“Abrochate.” Le tiró de la manga. “Algodón. Nada bueno para este


clima.”

“Tengo un sweater.”

“Dónde?”

“En mi cabaña,” dijo Stoner.

“Maravilloso,” dijo Hortense. “La cabaña no se va a resfriar.”

Galatea apareció en escena. “Y ahora por qué la molestas?”

Hortense frunció los labios. “No te importa.” Codeó a Stoner. “La


neumonía está a la vuelta de la esquina. Escucha mi consejo.”

“Si, señora. Lo haré.”

“Modales,” dijo Hortense mientras Galatea se la llevabab. “No tiene


mucho sentido, pero la chica tiene modales.”

“Cuántas veces debo decírtelo,” dijo Galatea, “es una mujer.”

Stoner le quiso poner mas salsa a su panqueque, pero el frasco


estaba vacío. Los panqueques se estaban desintegrando en una masa
líquida. Exceso de azúcar. Un buen síntoma de demencia.
Me gustaría no tener que dejarla sola con él. Me gustaría que
hubiese una forma de vigilarlos. La ansiedad le provocó un nudo en
el estómago. Ahora sé como se siente la madre de una hija
adolescente.

Hey, pasaron la noche, no? Y por las festividades matinales, cuando


quiera que sean. Cómo estuvo esta mañana, B? Aún su mejor
momento del día? O te gusta mas cuando te haces el violento? Te
excita, Bryan, esa expresión de miedo, de hielo, en sus ojos? Como
un animal enjaulado, en ese segundo en el que comprende que va a
morir? Realmente te excita, no es cierto?

Arrojó la servilleta y salió del comedor. Si iba a ser uno de esos días,
mejor pasarlo con los impresos de la computadora.

“Tan mal estaba la comida,” preguntó Stell desde atrás de la caja


registradora. “O es el servicio?”

“La clientela.”

Stell suspiró. “Es el problema de la democracia. Tenemos que dejar


entrar a la basura.” Se estiró sobre el mostrador y le tocó el hombro.
“Tómatelo con calma, Little Bear. Estas haciendo lo mejor que
puedes.”

Stoner apretó los puños. “Stell, me siento tan indefensa.”

“Lo sé. Pero debes continuar. Hay que tener fe.”

“En qué?”

Stell pensó. “En un Justo y Piadoso Dios?”

Stoner movió los ojos hacia el cielo.

“Suerte de principiante?”

“Necesito cualquier cosa.”


“Bueno,” dijo Stell, “sólo puedes hacer lo que puedes hacer.”

“Eso es muy reconfortante, Stell.”

“Qué esperas? Es lunes. Mira, Stoner, busca esos archivos y llévalos


a mi oficina. Te puedo dar una mano entre desastres.”

Stoner dudó. Estaba tentada. “Oh, no quiero involucrarte en esto


más de lo que debo.”

“Stoner, estoy involucrada. Es mi posada, son mis huéspedes, tú eres


mi amiga…y él me parece un idiota.”

“La Dra. Kesselbaum dice que está loco. Eso debería hacerme sentir
otra cosa por él, supongo. Pero no.”

“A mi tampoco,” dijo Stell. “Quien quiera que sea la Dra.


Kesselbaum”

Stoner se apoyó en el mostrador. “Escucha,” dijo en voz baja,


“olvidémonos de todo este lío y simplemente tirémoslo desde la
cima del Grand Teton.”

“No creo que sea una buena idea,” dijo Stell.

“Por qué no?”

“Porque su esposa se dirige hacia nosotras.”

El brazo de Stoner cedió. La cabeza se le estrelló contra el


mostrador.

“Hola,” dijo Gwen.

Stoner se aclaró la garganta. “Hola,” dijo con un hilito de voz.

“En qué andas?”


“Hey, chicas,” dijo Stell. “Les importaría pasar al lobby? Hay un
regimiento de escaladores en camino.”

Se alejaron hacia una de las esquinas.

“Cuando hagan la película de la vida de Stell,” dijo Gwen, “quiero


hacer de ella.”

“Te sientes bien?”

“Un poco tembleque,” dijo Gwen. “Pero la vida continúa.”

“Si.”

“De veras me asusté.”

No, maldición, Bryan te asustó. Y me asusta a mi, y a Stell, y a


Smokey, y a la Dra. Kesselbaum. Tu adorado esposo, Gwen, es el
Terror de los Tetones. Miró con furia hacia el piso.

“Igual,” dijo Gwen. “Quería devolverte tu campera, y agradecerte.”

“Agradecerme?”

“Por ser mi amiga.”

Stoner se encogió de hombros. “Sólo recuerda lo que me


prometiste.” Tomó la campera.

“Lo recuerdo.”

De repente, y sin aviso, Gwen se acercó y la abrazó. “Stoner, eres


maravillosa.”

El estómago de Gwen era firme contra su estómago. Sus muslos


firmes contra los suyos. Sus pechos eran suaves contra sus pechos.
La campera cayó al suelo con un golpe seco. Su presión arterial
destrozó la escala Ritcher. Puso los brazos alrededor de Gwen y
sintió que las rodillas no le respondían.

Gwen se apartó y la miró. “Estás bien?”

“Bien,” dijo Stoner, agarrándose de la pared. “Estoy bien.” Cada


célula de mi cuerpo se ha convertido en una ventosa. Además de
eso…

“Qué vas a hacer hoy?”

Oh, pensé que quedarme por ahí a contar mis terminaciones


nerviosas. “No lo sé. Y tú?” Qué aplomo. Qué compostura. Y si me
desmayo?

“Vamos a Teton Village.”

“Bueno, no te acerques a pasajes oscuros.” Stoner tomó aire. Oh,


Jesús, respiración dificultosa.

“Seguro que estás bien?”

“Si. Si, estoy bien. Un poco mareada. La altitud.”

“Quieres que te acompañe a tu cabaña?”

“No!” Mi cabaña no es un lugar seguro para ti en estos momentos.


Pasajes oscuros, bosques profundos, autos de desconocidos, y mi
cabaña. “Estaré bien. De veras.” Señaló débilmente hacia el
comedor. “Bryan debe estar preguntándose…”

“Bueno, okay. Si estás segura.”

“Estoy segura. Estoy segura.” Oh, querido Dios, sácala de aquí.

“Quieres tomar algo esta noche?” preguntó Gwen.


Esta noche? Esta noche? No, creo que estaré muerta esta noche.
“Bien.”

“A las siete?”

Siete qué? Oh, si, a las siete. “Bien.”

“Bueno, te veo entonces.”

“Si. Entonces. Si.”

Gwen juntó la campera y se la alcanzó. “Se te cayó esto.”

Mueve el brazo. Abre los dedos. Toma la campera firmemente… Su


mano no! La campera!

“Stoner?”

Quequequequeque? “Si?”

“Que disfrutes tu día.”

“Oh, lo haré. Ciertamente. Tú también.”

Gwen se alejó reluctantemente. “Stell,” dijo, “está bien?”

“Creo que ese momento del mes,” dijo Stell. “No te preocupes. Yo lo
limpio.”

Gwen volvió lentamente hacia el comedor.

Stell colapsó contra la caja registradora.

Stoner la miró. “Dí una sola palabra” dijo,”una palabra y me voy sin
pagar la cuenta.”

“Oh, por Dios, Stoner. Tu cara lo vale.” Se secó una lágrima. “Y la


de ella también.”
“Stell, te lo advierto…”

“Entonces,” dijo Stell. “Así es como son las cosas.”

Stoner pegó un salto.

“Me vas a ayudar?” preguntó Stoner con euforia, “o vas a quedarte


ahí sentada burlándote?”

Estaba tumbada en el suelo de la oficina de Stell, la espalda contra


una silla. Impresos de computadora alfombraban el piso.

“No me burlo,” dijo Stell. “Pienso.”

“Bueno, dime que piensas de esto.” Le indicó una pila de


posibilidades que había separado.

Stell se puso los lentes y levantó los papeles. Los revisó. “Qué son?”

“Viudas desaparecidas. Todas heredaron dinero y desaparecieron.


Esposas que murieron por causas sospechosas.”

“Este es oriental.” La puso en la pila de desechadas. “Este perdió un


brazo en Vietnam. Este debe tener unos setenta años hoy. No creo
que sean lo que estás buscando.”

Stoner rodó sobre sí misma. “Esto no tiene sentido. Ni siquiera me


puedo concentrar. Qué hora es?”

“Un poco pasadas las tres. Cuántos mas hay?”

Los contó. “Ciento ochenta y uno.”

“Déjame terminar. Ya hiciste lo suficiente por un día.”

“Sólo necesito un descanso.”


“Mucho más que eso, me temo,” dijo Stell.

Stoner cerró los ojos. “Son tan poco originales. El único que
encontré que fue un poco creativo es envenenamiento con hongos.”

“Es difícil, no, Stoner? Estar enamorada de ella?”

“No queda otra.”

“Es buena contigo?”

“Si.”

“Mas le vale.”

Stoner se apoyó en un codo. “Cómo podría manejarlo, Stell?”

“No puedo contestarte eso.”

“Pero tú lo manejaste. Tú y Ted y Smokey.”

Stell sonrió. “Nos llevó veinte años, Stoner. Hicimos algunas cosas
bien, y algunas cosas mal. Todos salimos un poco heridos. Y
también nos hemos divertido. Supongo que lo que nos hizo
sobrevivir es que nunca dejamos de amarnos los unos a los otros.”

Stoner rió amargamente. “Tenemos una situación un tanto distinta


aquí. La única que desea lo mejor para todos es Gwen, y eso sólo
porque no sabe lo que ocurre.”

“Si me preguntas,” dijo Stell, tomando una pila de hojas y


poniéndose los lentes, “le iría mejor si se sacara las lagañas y mirara
alrededor.”

“Está como hechizada por él,” dijo Stoner.

“Seh.”
Rodando sobre su estómago, Stoner se encontró cara a cara con el
último estante de la biblioteca de Stell. Escaneó los títulos. Una
habitual colección de misterio – la edición de El Club del Crimen –
siempre presente en lugares turísticos donde todo pasa por el sol.
Una copia muy usada de tapa dura de The Virginian. El Centennial
de Michener (en el este sería Hawaii, o Boon Island de Roberts). Un
par de romances de la Segunda Guerra, probablemente muy
atrevidos en su tiempo pero ahora aptos para niños. Jack London,
por supuesto. “Dónde está el Zane Grey?”

“Arriba.”

El próximo estante contenía thrillers. También unos Readers Digests


de hacía tres años. “No esperaba que tuvieses esto,” dijo Stoner.

Stell levantó la vista. “Son de Phil. Los guardaba por si alguna vez
se hacía dentista.”

“Quiero hacer lo correcto, Stell. Pero no sé qué.”

“Puedes estar equivocada sobre él, sabes.”

“Se me ha ocurrido.” Se quitó el pelo de los ojos. “Pero ciertamente


se ha salido del camino para hacer mi vida miserable.”

“Celos?”

“Tal vez.” El tronco de un pino golpeó la ventana. “Y entonces por


qué la mentira sobre donde nació? Por qué los huecos en su historia?
Eso no puede tener que ver conmigo.”

Stell se quitó los lentes y la miró. “Eres una persona encantadora,


Stoner. Cuando llegue el momento, sabrás que hacer.”

Stoner suspiró y tomó los archivos. “Bueno, ahora tengo que pasar
estos tres días. Los próximos dos y medio. Después de eso…Si meto
la pata, no habrá nada después de eso.”
“No conozco a nadie en quien confíe mas,” dijo Stell.

“En serio?”

“De corazón.”

Observó una hoja. “Sabes, a veces me cuesta creer que esto es real.
Un poco espero que lleguemos al final, aparezcan las luces, el
público deje el teatro.”

“Quieres saber un secreto?” dijo Stell. “Todavía espero que eso


suceda al final de mi vida.”

“De veras?”

“De veras. Lo que me preocupa son las críticas.”

Hay un momento cada día en que la Naturaleza aguanta la


respiración. El viento muere. El sol hace una pausa en el cielo. El
polvo se asienta. Los pájaros guardan sus alas, los ciervos se
acuestan en las sombras. Un momento de silencio en la memoria, tal
vez, de ese instante largamente olvidado cuando un simple rayo de
luz golpea un mar de gases, y dos moléculas se unen para comenzar
una larga y lenta caminata hacia la vida.

Y entonces cae una bellota. Un pez rompe la superficie de un lago.


Un alce bufa en los sauces. El viento toca una hoja. Y el día
comienza su inexorable caída hacia la tarde.

Stoner alzó la vista. “Stell, crees en Dios.”

Ella rió. “Ese viejo loco?”

“Pero crees en algo.”

“Creo que todo lo que ocurre debe ocurrir.” Se alejó del escritorio.
“Y eso incluye la cena.”
Para las seis y media, había terminado, ordenado y empaquetado los
archivos en sus respectivas cajas, arruinado sus ojos, desarrollado un
dolor de cabeza, y avanzado absolutamente nada. Se arrastró hasta el
bar, pidió un Manhattan, y pasó el tiempo preguntándose como
podían hacer cerezas al marrasquino sin Tintura Roja Nº 2. Y por
qué no hacían M&M rojos de la misma forma. Los M&M ya no eran
lo mismo.

Smokey se acomodó en el taburete de al lado. “Y?”

“Nada.”

“Me imaginé. Estás mirando ese trago como si fuese el Puente


Golden Gate.”

Stoner suspiró con fuerza. “Los archivos están en la oficina de Stell.


Qué debería hacer con ellos?”

“Yo me ocupo. Van a calefaccionar la casa hasta Noviembre.” Se


pidió un gin con hielo.

“Gin?” Stoner lo miró.

“Hora de beber en serio,” dijo. “Y pensar en serio.” Se terminó el


trago, pidió otro, y comenzó a sacudir el vaso de un lado al otro.
“Huellas digitales,” dijo al fin.

“Huellas digitales.”

“Para enviarlas a Washington y ver si tiene antecedentes.”

“Buenísimo,” dijo Stoner sombríamente. “Qué hago, voy y se las


pido?”

Smokey sacudió la cabeza lentamente. “No sé tú, McTavish. Estás


segura de que tienes pasta para este tipo de trabajos?”
“Sé que no.”

“Tómate un trago con él, y quédate con el vaso.”

“Y cómo hago eso?”

El desestimó la pregunta. “Con descaro.”

Descaro? Descaro? Nunca fui descarada. “Lo intentaré,” dijo

Le palmeó la mano. “Bien... mujer.”

Gwen y Bryan entraronm al bar y ocuparon una mesa vacía. Stoner


se bajó del taburete, trago en mano. “Deséame suerte.”

“La suerte de los Irlandeses.”

“No soy irlandesa.”

Ensayó una sonrisa y se acercó a la mesa. “Buenas tardes.”

Bryan se levantó y le ofreció una silla.

“Descansaste bien ayer?” preguntó Gwen.

“Uh-huh.”

“Déjame traerte otro trago,” dijo Bryan. Antes de que pudiese


contestar, le había sacado el vaso y se dirigía al bar.

“Cómo estuvo Teton Village?”

“Caliente y panorámico.” Gwen se desabotonó los puños y se


arremangó. Fue absoluta y positivamente el acto más sensual que
Stoner había visto en su vida. “Puedo contarte un secreto, Stoner?”
Gwen se inclinó peligrosamente cerca. “Odio Teton Village.”

Stoner sonrió ampliamente.


“Todo ese alfombrado de pared a pared,” continuó Gwen. “Es
indecente.”

“Tal vez sea útil en invierno.” Su mente imaginó noche, nieve, una
suave y mullida alfombra – y la luz de las llamas brillando sobre
cierto cuerpo desnudo. Presta atención, por Dios.

“… a Cheyenne mañana. Por qué no pasamos el día juntas?”

“En Cheyenne?”

“Bryan va a Cheyenne. Nosotras podemos hacer alguna caminata, ir


a Jackson a cenar. Viste el show del Pink Garter?”

“A qué va a Cheyenne?”

“No sé,” dijo Gwen. “Algo sobre la herencia de su padre.”

Y ahora qué se trae entre manos?

“No quiere que vayas con él?”

“Dice que no quiere preocuparse por dejarme sentada por ahí con
calor y aburrida.”

Stoner estaba tentada. Pero sin Bryan cerca, sería la oportunidad


perfecta para chequear Bannock Canyon.

“Podríamos caminar hasta el Lago Emma Matilda y espiar a los


alces.”

Maldición. No había nada en el mundo que quisiera más. “Me


encantaría poder,” dijo. “He estado holgazaneando mucho. Debería
trabajar.”

Gwen pareció decepcionada. “Entiendo.”


No, no entiendes. No entiendes que daría cualquier cosa por estar
contigo…cualquier cosa menos tu vida. “Mi tarde está libre,” dijo.
Me puedo permitir eso, al menos.

“Genial.” El rostro de Gwen se iluminó. “Podemos encontrar el


mejor restaurant del pueblo y hacer de las nuestras.”

Irreflexivamente, Stoner le tocó la mano. “Hagámoslo. Haremos tal


escándalo que se va a escuchar hasta Park Square Station.”

“Y seremos el cotorreo del MBTA.”

“Por no hablar del Centro de Mujeres de Cambridge.”

“Aquí estamos,” dijo Bryan, apoyando los tragos. Miró ligeramente


la mano de Stoner tocando la de Gwen.

Atragántate, Bryan. No se movió.

Pero sí lo hizo Gwen. “Stoner tiene que trabajar mañana,” dijo,


tomando su trago con ambas manos.

“Qué pena.”

“Pero podremos pasar la tarde juntas.”

“Bien.” Se volvió hacia Stoner. “No volveré hasta la mañana. Me


alegro de poder dejarla en buenas manos.”

Los mentirosos van al infierno cuando mueren, Bryan. Piénsalo de


vuelta. “De veras que es una luna de miel extraña.” No pudo evitar
molestarlo.

Bryan sonrió su sonrisa aceitosa. “Lo es? La verdad es que no tengo


con qué comparala. Y tú?”

“Sólo con lo que he visto en las series.”


“Bueno,” dijo, “cuida bien a mi chica.”

Condescendiente de mierda. “Creo,” dijo Stoner con calma, “que


Gwen es capaz de cuidarse a sí misma.”

“Pero a tí no te importaría, verdad?”

Gwen miró a uno y a otro. “Qué sucede?”

“Nada,” dijo Stoner rápidamente. “Bryan y yo tuvimos algunas


diferencias ayer. Sólo necesitamos calmarnos.”

“Tal vez debería dejarte en paz,” dijo Gwen.

“Buena idea,” dijo Bryan. “Qué dices, Stoner? Quieres que lo


arreglemos aquí y ahora?”

“Creo que ya aclaramos lo esencial,” murmuró Stoner.

Gwen golpeó el vaso contra la mesa, “Miren,” dijo con furia. “Ya
basta, o me cuentan qué ocurre.”

Stoner bajó la vista. “Lo siento.”

“Para decirte la verdad, amor,” dijo Bryan, “estoy celoso.”

Stoner lo miró con incredulidad.

“Siempre envidié a las mujeres,” continuó. “La pasan tan…bien…


juntas.”

Oh, vómito.

“Siendo cariñosas y todo eso.” Puso cara de perro hambriento.

“Es por como te criaron,” dijo Gwen en tono conciliador. “Ya vas a
aprender.”
Qué bueno que estos vasos sean baratos. Puede que termine
destrozando este lugar con mis propias manos.

Bryan miró su reloj. “Mejor que vayamos. Nos encontraremos con


alguna gente para cenar en Triangle X.” Llamó al mozo y pidió otro
Manhattan. “Ponlo en mi cuenta.”

“Stoner?” dijo Gwen.

Levantó la mirada.

“Dónde nos encontramos mañana?”

“Tu casa, o la de ella?” dijo Bryan, y rió.

“Puede que me retrase,” dijo Stoner. “Te llamo.”

El mozo trajo el trago. Cuando se estaban yendo del bar, Bryan le


palmeó el trasero a su esposa ostentosamente.

Stoner saltó, llena de furia. Escucha, idiota, voy a atraparte. Voy a


hacerte pagar por cada mirada de suficiencia, por cada comentario
altanero, por cada segundo de ansiedad que le hayas causado a
ella, o a mí. Así que mas vale que tengas cuidado. Porque estoy
esperando. Te voy a borrar esa cara de superioridad así me lleve el
resto de la vida.

Oh, por Dios, suenas como un chiquillo de diez años. Se sentó y


tomó un sorbo de su trago. Relax. No puedes permitir que te afecte.
Desde ahora, vas a necesitar cada gota de serenidad que puedas
recolectar. No pierdas la cabeza, y la pelea final será tuya.

Bajó la vista hacia la mesa. Los vasos ausentes, llevados por el mozo
cuando trajo su trago. Un carrito en un rincón contenía un montón
de platos, el vaso de Bryan enterrado entre ellos. No había forma de
encontrarlo ahora. Stoner se tomó la cabeza con las manos.
Realmente esto era el colmo.
Comió sola y con rapidez, tomó un panfleto con horarios de buses, y
se fue a la cabaña a pensar. El primer bus a Cheyenne salía 7:30. El
Highlands Room habría a las 7:00. Eso significaba que él
desayunaría en Jackson, no en Timberline. Se iría hasta el miércoles.
No había tiempo para la Opción Huelas Digitales. Se había quedado
sin opciones.

Okay, planes. Mantén la furia arriba y la depresión abajo. Iremos


por Bannock Canyon. Y si me estoy equivocando, que sea una
equivocación minuciosa. Mapa. Revisemos Bannock con un peine
fino. Encuentra cada punto, y estúdialo. Intenta pensar como Bryan
Oxnard.

Y si no lo hace enseguida? Prepárate a vivir de nueces, moras, y


barritas de cereales. Abrígate. Que Smokey te consiga una pistola.
Debes atraparlo en el acto.

Alertar a Gwen? Cómo? Sé convincente. Prepara un caso


lógicamente convincente. No hay forma. La gente no hace este tipo
de cosas, recuerdas? Pero ella puede ser advertida. Seguramente su
instinto conservación la hará más cautelosa, si es que tiene alguno.

Encuentra ese lugar. Lo más apretadas estén las líneas en un mapa


topográfico, más profunda la caída. Eso lo reduce. A casi una
docena. Qué hay del terreno lindante? Lugares donde esconderse.
Bajadas suaves con caída libre. Otras atracciones, como rocas
filosas. Los mapas no sirven de nada aquí, no son sustitutos de una
observación en persona.

Stoner se tiró el pelo hacia atrás y suspiró. Es hora de hacerse


amiga de un caballo.

Es uno de los Grandes Misterios de la Naturaleza Humana: si estás


convencida de que no podrás dormir, dormirás. Stoner se puso el
pijama y se metió en la cama, pidiendo que la despierten a las 7.
Antes de apagar la luz, estudió la pequeña cabaña, con sus paredes
barnizadas, rústicos muebles y el alegre hogar. Algún día, cuando
todo termine, volvería aquí. Tal vez con Gwen. Se quedó dormida
tan pronto como su cabeza tocó la almoada.

El sonido insistente del teléfono la despertó. En la oscuridad, buscó


la perilla de la luz y miró el reloj. Medianoche. Con aprehensión,
tomó el auricular. “Hola?”

“Stoner, querida,” dijo Tía Hermione con alegría.

“Tía Hermione, está todo bien?”

“Por supuesto.”

“Marylou, está bien?”

Tía Hermione rió. “Qué aprensiva, Stoner. Marylou está bien.


Cenamos juntas esta noche – dicho sea de paso, un restaurante
perfectamente horrible. Ella pensó que era francés, cuando en
realidad era francés-canadiense. No hay comparación, creéme.
Marylou estaba muy contrariada, por supuesto. ”

“Tía Hermione…”

“Edith ha vuelto a Wellfleet. Max volvió de su retiro, levitando entre


los zapallitos supongo. Edith estaba de humor de perros por eso,
pero un matrimonio es un matrimonio, a pesar de los códigos.”

“Tía Hermione,” interrumpió Stoner, “de veras me llamas a las dos


de la mañana para hablar de estas cosas?”

“Ya me imagino los gritos cuando la noticia llegue a la Sociedad


Horticultora. Qué dijiste, querida?”

“Son las dos de la mañana…”

“De veras? Y por qué me llamas a esta hora? Ocurrió algo?”


“Tía Hermione,” gimió Stoner. “Tú me llamaste.”

“Lo hice. Me pregunto por qué.” Pausa. Stoner podía imaginarse a


su tía, el pelo gris rizado alrededor de su cara, la bata azul
arrastrando el piso, sosteniendo el auricular con una mano e
intentando encender un cigarrillo con la otra. Escuchó el siseo de un
fósforo, y luego una larga exhalación.

“Tuve un sueño,”anunció Tía Hermione. “Tiene algo de profético. Y


tú sabes que rara vez tengo sueños proféticos. No como tú. Tú los
tienes todo el tiempo. Estás segura de que no eres médium, Stoner?”

“Estoy segura.”

“Y tenemos ese extraño incidente del gato con los Blue Runners. De
alguna forma supiste que se los iba a comer.”

“Lo supe porque lo estuvo intentando por meses. Años. Lo espanté


cientos de...”

“Pero ese día. Ese día tú me dijiste. ¨Tía Hermione,¨ dijiste. ¨El gato
se va a comer los Blue Runners.¨ Cómo llamas a eso si no son
poderes psíquicos?”

Me rindo. “Por qué me llamaste, Tía Hermione?”

“Por el sueño, por supuesto.”

“Qué hay del sueño?”

“Bueno, no era muy claro. Pero definitivamente tuve la sensación de


que estabas en peligro. Fue una advertencia. Stoner, debes alejarte
de las rocas.”

Un ataque de histeria era inminente. “Tía Hermione, no hay nada


más que rocas aquí.”
“Oh, querida, qué desgracia.” Se quedó en silencio por un momento.
“Supongo que no…”

“Si tuviese que evitar las rocas,” dijo Stoner, “no podría salir de mi
cuarto. Me moriría de hambre.”

“No tienen servicio de habitación?”

“No, no tienen.”

Tía Hermione chasqueó los labios en desaprobación. “Bueno, no hay


nada que hacer, entonces. Supongo que no podrás mantenerte
alejada de…rocas innecesarias?”

Stoner sonrió. “Lo haré. Buenas noches, Tía Hermione.”

“Oh, otra cosa, querida. Necesito un favor. Qué tan amigable eres
con esos Nativos?”

“Qué Nativos?”

“Los que conociste por allí.”

“No he conocido a nadie que yo sepa.”

Tía Hermione meditó. “Raro. Había Nativos en mi sueño. Estoy


segura.”

“Tal vez conozca alguno.”

“Bueno, si lo haces, quiero que les pidas algo.”

“Joyas?” dijo Stoner. “Hay joyas muy lindas hechas por Nativos en
algunas tiendas de por aquí.”

“No, joyas no. Aunque siempre he admirado esos collares hechos


con flores de zapallo. Pero son muy caros.”
“Puedo comprar alguno.” Por qué estamos discutiendo precios de
joyería en el medio de la noche?

“No importa. Lo que estaba pensando era en recetas de medicinas


herbales. Lo que se encuentra por aquí en estos días es sospechoso,
con cada Tom, Dick y Harry inventando una, como si supieran. Pero
si una va directo a la fuente…”

“Haré lo que pueda. Alguna tribu en particular?”

“Sí, el sueño fue muy específico. Algo sobre un árbol.”

“Un árbol?”

“Un árbol tropical.”

“Espera un minuto.” Buscó su copia de la Guía Bonney y abrió el


índice. “Indios. Arapahoe…”

“Banyan!” dijo Tía Hermione. “Era un árbol Banyan.”

En ese mismo momento vió el nombre: Bannock! Bannock


Canyon… Banyan. “Tía Hermione…”

“No importa, querida. Sólo recordé. No eran muy amigables.”


Colgó.

CAPITULO DIEZ

El Día D amaneció brillante y cristalino. Ni una nube en el cielo.


Debería haber lluvia y truenos, niebla apestosa y vientos terribles.
Brujas arrugadas graznando amenazas que te helaban la sangre en
lenguajes satánicos, comiéndose las entrañas de cabras
despedazadas. Profetas ciegos en harapos manchados con sangre
maldiciendo a los dioses. Salamandras cayendo del cielo como si
fuese granizo vivo. Innundaciones. Hambrunas. Devastación.
Stoner revolvió su café y mordisqueó malhumoradamente una
tostada. Caballos. Horribles bestias. Nada tan grande puede servir
para que los humanos lo monten. Mira como baten intimidantemente
las colas. Alguna vez fueron tan pequeños como perros, dicen. Pero
eso fue antes de la Bomba. Preguntenlé a Godzilla.

Querido Dios, he intentado llevar una buena vida. Sólo he fallado


en algunos mandamientos menores – no honrar a mi padre y a mi
madre, olvidar el Día del Señor, usar tu nombre en vano, desear la
mujer de mi vecino. Pero no su buey. O su trasero. Te lo juro, Dios,
nunca ni por un minuto codicié el trasero de Bryan. Entonces por
qué me haces subir a un caballo? Nunca hiciste que Job se subiera
a un caballo. Eras muy inteligente, no? Con sólo mencionar a un
caballo te hubieras quedado sin un creyente.

“Bueno,” dijo Stell, sentándose con una taza de café. “Escuché que
tu presa viajó a la Tierra. O al menos a Cheyenne.” Arrugó la nariz.
“Ese es tu desayuno?”

Stoner asintió. Pensé que me iba a dar ventajas revolver las sobras.
Esta era la semana de ¨Sé amable con tu forense.¨ “Has visto a
Gwen?”

“Se volvió a la cama. Dijo que iba a dormir todo el día…”

Sola.

“…e ir a pueblo contigo a la noche.”

“Así es.”

“Mejor que mires por donde pisas,” dijo Stell. “Jackson puede ser
peligroso a la noche.”

“De veras?”

“Algunas noches hay alborotos en las esquinas hasta medianoche.”


Stoner rió. Se le ocurrió que debería contarle a Stell lo que pensaba
hacer. Hasta podría pedirle que la acompañe. Pero hay cosas que una
mujer debe hacer sola – nacer, morir, parir, y subirse a un caballo
por primera vez.

“Cuáles son tus planes para hoy?” preguntó Stell.

“No sé. Escribir algunos reportes, caminar.” Hacer mi testamento.

“Unas pequeñas vacaciones de Bryan Oxnard?”

“He hecho todo lo que pude,” dijo Stoner. “La pelota está en la
cancha. Ibamos a intentar conseguir sus huellas digitales de un vaso,
pero lo perdí.”

“Por el amor de Dios, por qué no me dijiste? Yo podría haber


conseguido sus huellas de miles de maneras. Cada cosa que él toca
pasa por mis manos. Puedo conseguirte sus huellas, su firma, hasta
su tipo de sangre si se corta afeitándose.”

“Mi Dios,” exclamó Stoner. “Nunca pensamos en eso.”

Stell suspiró. “Tú y Flanagan. Nunca lo harán fácil si existe una


forma difícil.”

“Me lo puedes conseguir? Smokey dijo que se las dejara en su


cabaña.”

“Te las dejaré ahí. Ted y yo vamos al pueblo esta mañana. Phil y su
esposa e hijos están aquí por una semana. Ahora que sé que mis
gallinas están seguras, no hay problema en irse. Vas a evitar meterte
en líos?”

“Voy a intentarlo.”

Stell se levantó. “Bueno, con eso me sirve. A dónde envía Smokey


esas cosas?”
“Cheyenne, creo.”

Sacudió la cabeza. “No funcionará. La forma más rápida de


enviarlas es por Greyhound, y ellos no pasan hasta esta noche.
Bueno, vale el intento. Qué hace Bryan en Cheyenne?”

“Ni idea. Dijo que era algo sobre el testamento de su padre. Pero por
supuesto no podemos encontrar ni un registro de que sea de por
aquí.”

“Tal vez se cambió el nombre,” dijo Stell.

“Por Oxnard?”

“Es cierto. Nos vemos mañana.”

Lo siento, Spike, la llamada del Gobernador entró demasiado tarde.


La ejecución sigue adelante.

Metió la campera en la mochila con un par de barritas, llenó la


cantimplora que había comprado en el Lago Jenny, y se metió el
mapa en el bolsillo trasero. Colgándose la mochila sobre un hombro,
cerró la puerta de la cabaña. El click sonó a definitivo, la sensación
de estar a punto de tirarse desde una montaña rusa. Sin poder bajarte
hasta llegar al fondo.

Jake, el vaquero, estaba intentando ponerle la montura a una criatura


de casi 20 pies de altura con muy mala cara. El hombre era alto y
regordete, con pelo oscuro y piel curtida por el sol, vestido con jeans
emparchados y una camisa gastada. Sus botas estaban muy usadas y
manchadas con bosta. En el cinturón tenía gravado algo sobre
monturas y la Calgary Stampede de 1965. Un cigarrillo le colgaba
de un extremo de la boca. Si no era el Ultimo de los Old West, al
menos era una buena imitación.

Stoner se aclaró la garganta. “Yo – uh- necesito un caballo por el


día.”
Jake la miró de arriba a abajo. Hizo un gruñido evasivo. “Montado
antes?”

“Si, preferentemente,” dijo Stoner alarmada.

“No el caballo. Tú.”

“Oh! Si, por supuesto.”

La miró con sospecha, se metió al establo, y volvió –


instantáneamente, parecía – con un enorme brontosaurio negro, ya
ensillado y listo. “Aquí tienes,” dijo Jake. “Este es Blacky. Es muy
apacible.”

“Este?” graznó. “Un semental?”

“Castrado.” Jake apuntó a las partes apropiadamente ausentes.

“Oh.”

Se quedó sosteniendo las riendas de Blacky. El protocolo parecía


indicar que montara. “El es – muy grande, no?” dijo con un hilo de
voz.

“Grande? Qué tipo de caballos suele montar, señorita?”

“Tennessee Walker,” dijo Stoner, lo único que le vino a la mente.

Jack acarició el cuello del caballo. “Diablos, Walker creería que este
es un pony. Va a subir?”

Aquí va. Mi primer desmayo. Se trepó a la montura. Ancho, no?


Simplemente acomode el pié en los estribos de metal y pongase
cómoda, Srta. Jones. El Doctor llegará en un minuto para echarle
una mirada a ese sarpullido.

Eso de allí abajo es la Tierra?


Miren, amigos, no quiero arruinarles el día ni nada de eso, pero
algo me dice que esta montaña está viva.

Jake caminó alrededor del caballo, ajustando las riendas y hablando.


“Estas pueden ser un poco largas a lo que está acostumbrada. No se
despacha a un caballo americano.”

No se qué? Qué americano? Hey, oficial, entendió todo mal. De


veras parezco alguien que enviaría un caballo por Correo?

“Alguna vez cabalgó en el Oeste?”

Stoner sacudió la cabeza.

“No hay mucha diferencia. Sólo hay más de que agarrarse. Aquí.”

Le dió al caballo una palmada en la cadera. No haga eso! Blacky


apenas se reacomodó y movió las riendas.

“No debe preocuparse por Blacky,” dijo Jake. “Es un buen pony.
Riendas indirectas.”

“Qué?”

“Riendas indirectas.”

Stoner miró alrededor. “Dónde?”

Jake la observó. “Seguro que ha montado antes?”

“Por supuesto. En el este lo llamamos de otra forma.”

“Las riendas indirectas no es lo que usan. Es lo que hacen.”

“Oh.”
“Digamos que quiere ir a la derecha,” explicó Jake. “Hay que tirar
firme de la rienda derecha, y la izquierda la deja descansar en su
cuello.”

“Qué inteligente,” dijo Stoner. “Para qué?”

“Tienes la otra mano libre, para la pistola o la soga o lo que sea.”

“Fascinante.”

Jack escupió en el piso. “Si.” Agarró a Blacky por las riendas y


empezó a caminar.

“Hey!” La tierra se sacudió.

“El caballo americano es trabajador,” dijo Jake, llevándolos


alrededor del corral. “No va a comportarse como esas bestias que
tienen en el este. Hará lo que le diga, mientras tenga sentido.”

Eso no está mal, después de todo. Jake soltó la rienda y se marchó.


Calzó la bota sobre una valla y la observó.

Estamos solos, Old Paint. Dejó que el caballo la llevara.

“Okay?” gritó Jake.

“Okay.”

“Tráelo hacia aquí.”

Le alcanzó un portapapeles. “Firme.”

“Qué es esto?”

“Cláusula de responsabilidad.” La miró por debajo de unas cejas


oscuras y tupidas. “Rutina.”
Recordando una película que había visto, Stoner cruzó la pierna
derecha sobre la montura y tomó el papel. Hey, eso estuvo bien.

Jake copió su nombre en el registro. “Destino?”

Ella dudó. “Leigh Canyon.”

“Lindo paisaje allá arriba,” dijo, garabateando.

“Puedo volver a la tarde noche?”

“Depende de cuán lejos vaya. Mantenga un paso firme y rápido,


pero no canse al pony. Cuando el sol pegue en Moran, emprenda la
vuelta.”

Pensó un momento, y se dejó llevar por la tentación. “Tal vez


debería intentar Bannock en realidad. Es más cerca?”

Jake gruñó. “Manténgase alejada de allí. El camino es malo.”

Y ENTONCES POR QUE DEJAS QUE BRYAN LA LLEVE AHI? Es


una conspiración. Están todos metidos. El Servicio del Parque, el
Servicio Forestal, Pesca y Vida Silvestre, Oskar Petzoldt, la Policía,
la Sociedad de Tierras Salvajes, y el Congreso de los Estados
Unidos. Accesorios, todos accesorios. POR QUE NADIE HACE
NADA?

“Quédese quieta, señorita. Está molestando al pony.”

“Oh, lo siento,” dijo ella. “No quise molestarlo.”

“No lo está molestando. Le está dando un susto de muerte.”

Ya somos dos. Le palmeó el cuello a Blacky.

“Me voy a Laramie esta tarde. Funeral de un viejo amigo. Sobrino se


encarga por un par de días. No deje que la estafe. El precio es diez
pavos el día.”
“Bien.”

“Ahora, este pony no es lindo, pero es vivo. Si no quiere correr, no


lo haga correr. Si no quiere detenerse, no se detenga. Si pega una
estampida, agárrese. Hay osos por aquí.”

Stoner asintió.

“Lleva comida y agua en esa cosa?” Señaló la mochila.

“Si.”

“Mapa topo?”

Lo sacó y se lo mostró.

“Okay, todo listo. Tome esa huella al oeste de Jenny. La llevará


pasando por Cascade Canyon hasta Lago Leigh. Verá Indian
Paintbrush Canyon primero, y después Leigh. Cascade es lindo si
decide no ir más lejos que Leigh. Manténgase a la izquierda en
Cascade. Como una milla adentro verá una huella que corta hacia el
sudoeste. Es Bannock. Pásela.” Le dio una palmada a la naríz del
pony. “No te metas en líos,” le dijo a Blacky. “Si algo le ocurre a
ella, Stell querrá mi trasero.”

“Qué?”

“Jinete inexperta saliendo sola. No hay reglas en contra, pero la


sensación está…”

“Y entonces por qué…”

El volvió a escupir. “Porque se hubiese ido a los establos de Jenny


Lake. No sé que le hubiesen dado. Además,” dijo, volviéndose,
“nadie me va a llamar cerdo chauvinista.” Se metió en el establo y
cerró la puerta de un golpe.
Bueno, veo que no soy la única que ha estado trabajando. Galatea
Thibault ha estado haciendo guardias. Pegándose a la manija de la
montura, se dirigió hacia la huella.

A través de Lupine Meadows, el camino era llano y fácil. Decidió


arriesgarse a un trote, y apretó los piés contra los costados de
Blacky. Inmediatamente él levantó velocidad. Traqueteado, pero no
imposible. Probemos tercera. Su andar cambió, transformándose en
un paso sostenido. Nada mal. Para nada mal. Levantó una mano de
la manija de la montura. Hey, Slim, la banda de Oxnard acaba de
robar la diligencia al este. Dispárale al conductor y huye con esa
pequeña y hermosa viudita de aquí a Dodge. A ensillar y a
cabalgar!

Al llegar a Cascade Canyon comenzaron a subir. Blacky aminoró a


una caminata llena de resoplidos y gruñidos. Stoner se inclinó hacia
adelante. Parece que vienen hacia aquí, Slim. Huellas frescas. Es
tramposo, si, pero no puede pasar a Marshall McTavish. Mantén la
cerveza fría, Kitty. Para mañana a esta hora ese sarnoso mofeta no
servirá para nada más que comida para los buitres.

Pasaron Hidden Falls, y la pequeña cueva donde ella y Gwen habían


esperado en la tormenta. La puso triste. Gwen debería estar aquí
ahora, las dos cabalgando en las montañas hacia un picnic. Algún
día, cuando esto acabe…

El caballito siguió por el camino, entre rocas y árboles caídos,


empujando siempre para adelante. Las patas resonando en la tierra
dura. El arroyo Cascade cantó. El cielo, alto y pálido. Entraron a un
monte de pinos y abetos. Los rayos de sol se colaban por entre los
árboles. El bosque era frío. Le dió el mando a Blacky y sacó la
campera de la mochila, echándosela a los hombros.

En la entrada a Bannock Canyon, la huella se volvía difícil y subía


abruptamente por una colina montañosa. Blacky avanzó con
pesadez, obedientemente, deteniéndose cada tanto para mordisquear
pasto. Owen y Teewinot surgían amenazadoramente sobre sus
cabezas. Sus filosos peñascos cortaban el cielo color zafiro.
Arroyuelos serpenteaban por la colina arrojando agua de deshielo en
el Arroyo Cascade. Otro bosque, magro y despoblado. El sol alcanzó
Teewinot, apuñalando al cañón con una luz abrasadora y un calor
polvoriento. Stoner se sacó la campera y la ató a la montura,
colgando la mochila de la manija. La huella era tan empinada ahora
que tuvo que recostarse contra el cuello de Blacky para no caer hacia
atrás.

Salieron del bosque a un camino innundado por el sol. Stoner silbó


suavemente y detuvo el caballo. A su izquierda una pared de granito
se elevaba abruptamente, cubiera con rocas y guijarros. Varios
árboles muertos colgaban de la ladera. La montaña caía
abruptamente a su derecha, un delta de granito y piedra caliza
salpicada de grandes peñascos. Obra de una avalancha. Se habían
desprendido de la cumbre de Teewinot, restregando la ladera de la
montaña para zambullirse finalmente por un precipicio en un lecho,
cientos de metros abajo.

Stoner sintió un agarrotamiento en el pecho y estómago. Había


encontrado el lugar.

Sombrío, hostil, diabólico. Teewinot proyectaba su sombra sobre la


huella. Rocas angulosas, como cuchillos de la edad de piedra. El
agua del arroyo apenas se escuchaba.

Blacky se movió inquieto en el angosto camino. La montura se


quejó. Más allá de eso, había silencio.

Demasiado silencio.

Tomó una roca de la pared de la montaña y la arrojó suavemente por


la pendiente. Por impacto comenzó a rodar, tomando velocidad y
llevándose otras piedras con ella, creando un tobogán en miniatura.
Las piedras rebotaron en el borde y desaparecieron, silenciosamente.
La grava de la pendiente se calmó con apenas un siseo.

Stoner sintió lágrimas en los ojos. No había defensa contra este


lugar. Demandaba sacrificio humano. Un mal paso en el angosto
camino, y caballo y jinete desaparecerían en un instante. El la traería
aquí. Aquí, a este lugar de piedra, frío y muerte.

Blacky bufó y levantó las orejas. Ella lo escuchó, también. O lo


sintió. Alguien estaba allí.

Con cuidado, se volvió sobre la montura. Un destello de rojo, en el


bosque. Demasiado grande para ser un ave.

Refugio. De vuelta al bosque? El camino era demasiado angosto


para doblar. Cruzar la pendiente, expuesta y vulnerable? Bajarse,
apretarse contra la montaña, y llevar al pony a un lugar seguro?

Sacó el pié derecho del estribo y se dispuso a desmontar.

Un agudo “pop”. Blacky se paró en dos patas. Ella quiso tomarlo de


la manija de la montura, pero falló. El pequeño caballo volvió a
pararse en dos patas. Sus ojos blancos de terror cuando ella golpeó
el suelo, resbalando. Estaba en la pendiente.

Las piedras mordían como dagas en sus hombros y espalda,


desgarrando su remera, y su piel. Jesús! Apretó los dientes contra el
dolor y enterró los pies en la grava. Resbaladiza como un rulemán,
acercándola al borde. Agarró una piedra al pasar, y sintió que se le
salía la piel de la mano. Conteniendo un sollozo, pateó con fuerza.
Encuentra un apoyadero. La avalancha se movía con ella. El polvo
le invadía la nariz y la boca. Piedras se desprendían de la pared del
cañón más abajo. De espaldas estaba tan indefensa como un
cascarudo. Con un último y desesperado esfuerzo, hizo una voltereta
y rodó de panza. Algo estalló en un costado, deteniéndole la
respiración. Rocas y guijarros le salían de entre las piernas. Había
parado de caer. Más allá de la piedra que la había parado, escombros
se deslizaban y desaparecían sobre el borde del alcantilado.

Por un momento se quedó quieta, escuchando el silencio, con miedo


hasta de respirar. Su cuerpo ardía. Lentamente, cuidadosamente,
levantó la cabeza.

Algo se movía, más allá en el camino. Algo – rojo. Intentó


descifrarlo. El polvo la cegaba. Pestañeó rápidamente para aclararse
la vista. Había desaparecido.

“Hey!” gritó. “Hay alguien ahí?”

Su voz volvió a ella hecha eco.

“Ayúdenme. Por favor.”

Silencio.

Una piedra gris y blanca, decorada con cuarzo, colgaba del borde del
camino justo encima de ella. Entre el polvo y los rayos del sol,
parecía moverse.

No parecía. Se estaba moviendo!

La piedra se movió suavemente hacia adelante y hacia atrás, y


entonces se volcó hacia adelante, colgó por un instante, y empezó a
caer hacia ella. Otro chispazo de rojo, en el camino detrás.

“Bryan!” Gritó.

Su voz se ahogó con el estallido de la piedra.

La piedra se movió pesadamente hacia ella, agarrando velocidad.


Rocas más chicas empezaron a tropezar y danzar delante de ella.

No quiero morir.
Estaba casi sobre ella ahora, tapando el sol. Otras piedras le caían en
oleadas.

No quiero morir.

Había un rugido en sus oídos, como el rugido de un tren de cargas.

Enterró la cabeza en la tierra y esperó.

La piedra retumbó más cerca. El suelo se sacudió. Su corazón


martilleaba. Oh, Dios. Oh, Dios. Oh, Dios. La piedra que la sostenía
se sacudió. Un agudo crujido, y ecos como de fuegos artificiales
chinos.

Silencio.

La consciencia le volvió lentamente. Estaba viva. Su piedra la había


aguantado. Esperó, sabiendo que el entumecimiento pasaría, y el
dolor y el miedo volverían. Por favor, Gwen, rezó en silencio, si no
salgo de aquí, recuerda confiar en tus dudas.

El estaba ahí arriba, todavía. Debía hacerle creer que la piedra le


había dado, hacerle creer que estaba muerta. Tarde o temprano, se
iría.

Y entonces qué? Muévete, y podrás llegar al acantilado.

Y si por algún milagro llegas al camino, cómo volverás a


Timberline? Y si no puedes caminar? Blacky se fue, tal vez murió. O
tal vez volvió corriendo al corral. Si vuelve a casa sin jinete,
alguien saldrá a buscarme.

A Leigh Canyon.

Ok, una cosa a la vez. Estaba oscuro bajo la pila de piedras. La


oscuridad era segura. Respira suave y constantemente. El
movimiento de una sola piedra puede desatar un desastre.
Con cuidado, hizo inventario de cada parte de su cuerpo. Nada
parecía roto, pero no podía estar segura. Sus piernas y cadera
estaban lastimadas, pero los jeans nuevos y duros habían servido de
protección. La remera estaba hecha trizas, los brazos, manos y
espalda raspados y sangrando. Sentía una quemazón donde el
granito la había desgarrado. Olvídala. Olvídala mientras puedas. El
polvo le llenó los ojos. La boca, reseca. El pecho le dolía con cada
respiración.

Piensa en otra cosa. Piensa en Gwen…No! Pensar en Gwen


despierta los sentidos.

Pensó en un espacio abierto. Un espacio en un bosque frío y


profundo. Una pared de piedra rodeando el espacio. Una corriente de
agua chorrea por las piedras y desemboca en un estanque poco
profundo. Examina la pared con detalle. Aprende cada matiz y
textura. Despacio, despacio. Musgo. Huele el musgo. Siente la
humedad. Escucha el agua, cada pequeña gota. Hay helechos
creciendo alrededor del estanque. Estúdialos. Acaricia sus hojas.
Son como plumas, hileras de pequeñas plumas, cada una con una
espora.

Ahora el frío es tangible. Un pájaro aterriza de repente y bebe del


estanque. Déjalo ir ahora. Deja que la escena sea libre. La
consciencia se evapora hacia la realidad. Tráela de vuelta. Despacio,
con cuidado, tómala suavemente como a una burbuja. Las manos
tocándola ahora. Tranquilizando, confortando, protegiendo. Todo
adentro ahora. Seguro. A la deriva.

Se despertó horas más tarde, sintiendo un cambio en el aire. La


sombra del Monte Owen apuntando hacia el cañón. Escucha los
sonidos de la vida. Usa tu cuerpo como sensor. Mente en blanco,
espera a sentir…

Nada.
Cuidadosamente, empujó las rocas hasta sacar la cabeza.

La noche llegaba rápidamente. Los objetos pronto perderían


claridad, las distancias se volverían engañosas. La roca cedió sobre
ella, frágil y amenazante. Detrás… Ya sabía que había de ese lado.
Se puso de rodillas, y jadeó con fuerza ante los inesperados
pinchazos de dolor. La cabeza le latía. No te desmayes.

Cada momento debe ser planeado perfectamente. No mas errores.


No mas actos imprudentes.

Y ahora, señoras y señores, en el ring principal, Stoner McTavish


intentará lo imposible. Un acto de desafío a la muerte de
autoconservación. Sin red de seguridad. Sin segunda chance. Y sin
ensayo.

No puedo.

Qué gran comediante, no, Stoner? Como si tuvieses elección.

Puedo quedarme aquí.

Okay. Quédate aquí. Y el jueves – si todavía estas viva el jueves –


puedes ver morir a Gwen. Y puedes felicitar a Bryan cuando gane.

Era sólo una idea.

Se sujetó contra la piedra y miró hacia el camino. Unas pocas millas


a su izquierda la pendiente se nivelaba y se mezclaba con el bosque.
Si pudiese cruzarla diagonalmente…

Apretándose contra el piso, se inclinó hacia adelante, alejándose de


lo seguro. Las rocas debajo de sus piernas se movieron. Estaba
rodando hacia el precipicio.

Floja. Peso muerto.


Paró de moverse. Con cuidado, probó el terreno. No había nada bajo
su pié izquierdo.

Entierra los dedos en la tierra, bajo las piedras. Buscó por entre las
rocas rugosas. Y tocó tierra sólida. Tierra seca. Rascó con las uñas.
El corazón le sonaba como el de un pájaro aterrorizado.

No pienses en ello. No pienses en nada, sólo en los próximos


centímetros, y en los próximos, y en los próximos…

Cava. Amarra. Deslízate. Alcanza. Cava. Amarra. Deslízate.


Alcanza. La luz se esfumó. El cañón se llenó de noche. Cava.
Amarra. Deslízate. Alcanza…

Su mano tocó pasto. Muerto, frágil, pero pasto! Reptó hacia adelante
unos pocos metros, y colapsó en el camino con un sollozo de
agotamiento.

Con la oscuridad el frío bajó con todo. Empezó a temblar. Su cuerpo


gritó cuando a los tropiezos se paró y comenzó a caminar. Algo le
llamó la atención al costado del camino. Su mochila. La cantimplora
se había caído. No había forma de encontrarla en la oscuridad. Pero
las barritas estaban adentro. Al menos era algo.

Qué tan lejos había llegado esta mañana? Cinco millas? Diez? El
mapa todavía estaba en su bolsillo, pero estaba demasiado oscuro
para ver. Como si importara.

La luna llena había subido para cuando llegó a los tropiezos a


Cascade Canyon. Una luz fría se filtraba por los árboles formando
estanques fosforescentes en el camino. Le temblaron las rodillas. El
aliento le salía en helados sollozos. Hizo una pausa para descansar y
el frío la alcanzó, metiéndosele en los huesos, paralizándole los
músculos. La mochila le colgaba del cinturón; las manos le ardían
demasiado para llevarla. Se la colgó a la espalda como
neutralizadora del frío. La tela, dura, le irritó la espalda herida.
Conteniendo las lágrimas, intentó pensar en otra cosa.
Sigue andando. Sigue andando.

Como un robot se lanzó hacia adelante, el único sonido el golpe seco


de sus pasos. La punta de la bota se le atascó en una raíz y tropezó.
Se tiró sobre una roca, raspándose las manos. La sangre, caliente, le
chorreó por entre los dedos.

Algo pasó rápidamente por entre las sombras. Automáticamente se


tiró al piso y se aplastó, aterrorizada, contra el piso.

La lechuza se deslizó pacíficamente sobre la colina.

Se puso de pié y volvió a ponerse en marcha.

Desde Inspiration Point, Jackson Hole parecía un lago plateado bajo


la luna. Buscó luces, pero no encontró ninguna. Hasta las posadas
estaban en la oscuridad. Nada vivía allí afuera. Y nadie la estaba
buscando.

Una oleada de autocompasión se le vino encima, e inmediatamente


se convirtió en histeria. No debería caer en eso, o en el abrumador
deseo de recostarse en el piso y dormir. O congelarse. Debe estar por
los cuarenta grados, o tal vez menos. Y se pondría mas frío antes de
la mañana.

Sigue andando.

La mochila le pegó en la pierna, recordándole su última barrita de


cereales. La sacó. Las manos le temblaban, tanto que apenas pudo
sacar el envoltorio. Mordiendo una puntita del celofán, intentó
abrirla con los dientes. Estaba demasiado débil. Se tragó las lágrimas
de frustración y la metió de vuelta en la mochila. No había que tirar
desperdicios en el Parque. El castigo era multa o expulsión. Tal vez
podría hacer que Bryan sea acusado de tirar basura sin autorización.
Sólo pensar en él le dió una inesperada corriente de energía. Bryan
Oxnard. Bryan Oxnard. Sus pasos al compás. Lo repitió una y otra
vez como un mantra.

La luna había comenzado a descender detrás de las montañas cuando


rengueando subió los escalones de su cabaña. La llave. Y si hubiese
perdido la llave? La sacó, abrió, y tropezó hacia adentro.

Prendiendo el velador, Stoner se sentó en el borde de la cama y dejó


las manos colgando entre las rodillas. Debía lavarse y cambiarse.
Debía hacer algo con sus heridas. Se miró las manos. Sangre, barro,
pedazos de carne desgarrada. Parecían hamburguesas. No le
importaba. Ya había llegado. Pobres manos, no puedo ayudarlas.

Alguien golpeó suavemente la puerta. Miró en derredor desesperada.


No podía dejar que nadie la viera así.

“Stoner?”

Gwen. Ella no. Por Dios, ella no.

“Stoner, puedo ver la luz. Sé que estás adentro.”

Vete. Por favor, vete.

“Por favor déjame entrar, Stoner.”

Debo deshacerme de ella.

“Te he estado buscando toda la tarde. Estaba preocupada. No pude


dormir. Déjame entrar.”

Escóndete en el baño. Comenzó a levantarse. Las piernas no le


respondieron. Necesitaba ayuda. “La puerta está sin llave,” dijo
roncamente.

Gwen la miró y se quedó sin aliente. “Mi Dios, Stoner.” Se arrodilló


delante de la cama y le tomó una de las manos.
“Caballo me tiró.”

“Debo llevarte a un médico.”

“No!”

“Estás toda desgarrada.”

“Voy a estar bien. Nada roto.” Levantó la vista. “Por favor, no puedo
discutir. Estoy muy cansada.” Se obligó a decirlo. “Por favor
ayúdame, Gwen.”

Gwen le acomodó el pelo a un costado y le tocó la cara con


indecisión. “Quédate aquí,” dijo.

Stoner rió tristemente.

Gwen llenó la hielera con agua tibia y jabón. “Lávate las manos
aquí,” dijo. Fue a encender el fuego.

Okay, una zambullida rápida. “Cristo, esto arde.”

“No se puede evitar. Quieres venir aquí?”

Sacudió la cabeza. La cabaña se llenó de calor, los músculos se


relajaron derritiendo el entumecimiento que los protegían. Iba a ser
una noche dura.

“Te ves como la parte perdedora de una guerra de pandillas,” dijo


Gwen limpiando la suciedad de la cara de Stoner con una toalla
húmeda. “Cómo van tus manos?”

Ella las alzó.

“Mejor. Pero no me gusta esa grava.”

“A mi no me vuelve loca, tampoco,” dijo Stoner.


Gwen se sentó a su lado y le tomó la mano, tocando las heridas con
la toalla. Stoner dió un respingo.

“Creo,” dijo Gwen, “que menos pensemos en lo que está


sucediendo, mejor estaremos.”

Fácil decirlo.

Gwen trabajó en ella por un rato. “Bueno, creo que vas a vivir. Algo
más?”

“Me…corté en la espalda un poquito.”

“Date vuelta. La luz es mala.”

Stoner se dió vuelta.

“Oh, Stoner.” La cara se le puso blanca. “Es…horrible.” Gwen


apoyó los codos en las rodillas y se agaró la cabeza entre las manos.
“Creo que voy a vomitar.”

“No puedes,” dijo Stoner con desesperación. “Tienes que


ayudarme.” Estaba peligrosamente al borde de las lágrimas.

“Realmente deberíamos ir…”

“Gwen, me muero si tengo que salir de aquí. Por favor.”

Gwen suspiró, y se levantó. “Sácate la remera.”

“Ahora?”

“Ahora.”

“Aquí?”

“Aquí.” Gwen sonrió. “Stoner, he visto mujeres sin remera antes.


Cierra los ojos si te da verguenza.”
Se desabrochó la remera y comenzó a sacársela. Toda su espalda
estaba en llamas.

“Okay,” dijo Gwen. “Yo me ocupo.” Trajo agua fresca y con cuidado
mojó las tiras de tela llenas de sangre que estaban pegadas a la piel
de Stoner.

Suavemente, despegó los pedazos. Dolía. Jesús, dolía. Stoner cerró


los ojos y se mordió el labio.

“Cuéntame que ocurrió,” dijo Gwen.

Stoner sacudió la cabeza.

“Te ayudará a no pensar en esto.”

“Te dije. Caballo me tiró.”

“Bueno, te debe haber arrastrado por todo Montana. Pensé que le


tenías miedo a los caballos.”

“Le tengo.”

“Estabas sola?”

“Si!” gritó cuando un pinchazo de dolor le recorrió el cuerpo.

“Lo siento, Stoner. Está muy mal?”

“Si fuese masoquista,” dijo Stoner, “estaría en el paraíso.”

Gwen se sentó. “Oh, mierda.”

“Qué pasa?”

“Estás toda llena de…suciedad y grava. Tendré que limpiarte.”

Stoner cerró los ojos.


“Cómo caerse de un caballo puede provocar esto?”

Tuve ayuda, amiga. Espera a ver lo que tu adorado esposo ha


planeado para tí.

“Tienes antiséptico?”

“Botiquín de primeros auxilios en la valija,” murmuró.

Gwen se volvió. “Por Dios, son las sobras de la Segunda Guerra


Mundial?”

Stoner intentó volverse y mirar. Fue un error. “De Tía Hermione,”


dijo.

“Tu mal llamado botiquín de primeros auxilios consiste en tres


curitas, una botella de yodo, y una caja de Halazone.”

Empezó a temblar por dentro. “Sabía que este era mi día de suerte.”

“Va a doler,” dijo Gwen.

“Ya está doliendo.”

“Bueno, se va a poner peor.” Gwen dudó. “Déjame llamar a Stell.


Probablemente tenga algo…”

“No.” Golpeó la cama con la mano. “No la quiero aquí. Ni siquiera


te quiero a tí aquí. Oh, Dios.”

“Mejor recuéstate,” dijo Gwen, ayudándola. “Lo siento, Stoner. No


quise retarte. Intentaré hacerlo rápido.”

Era como un ejército de hormigas de fuego en su espalda, picándola


una y otra vez. Stoner enterró la cabeza en la almoada.

“Me encantaría que grites,” dijo Gwen.


Sacudió la cabeza vehementemente. Si empiezo a gritar ahora,
nunca me detendré. Seguiré gritando, y gritando, y gritando por el
resto de mi vida.

Gwen tiró una pelota de papel en el piso con furia. Estaba llena de
iodo y sangre y tierra. “Odio esto,” dijo.

“Sólo termínalo.” Otro cuchillo caliente pareció cortarla. Se agarró


de la cama. Las manos le ardían. No es justo. No es justo. Se apretó
contra la cama, intentando no moverse, alejándose sin querer. Que
pare. Por favor, Dios. No puedo mas.

Díme que quieres de mí, Dios. Haré lo que sea. Lo que sea. Lo que
sea para detener esto.

Algo se estaba rompiendo en su interior. Pequeños sonidos como


varillas resquebrajándose. Desgarrándose. Nervios que explotaban,
se hinchaban y estallaban como jamón en el fuego. “Jesucristo!”
gritó.

Gwen le puso una mano en la cabeza. “Sólo uno más.” Terminó,


juntó los papeles en silencio, y los tiró en el tacho de basura. Llevó
la hielera al baño, la vació, y la arrojó al piso lo más fuerte que
pudo. “Maldición!” Estalló en miles de pedacitos de plástico.
“Discúlpame,” dijo.

Stoner levantó las piernas y se sentó. “No te hagas problema.”

Gwen tomó el pijama de Stoner del perchero y se lo acercó.


“Necesitas ayuda?”

Ella sacudió la cabeza.

“Entonces mejor limpio esto. A como van las cosas, seguro las pisas
y te agarras tétano.” Su voz estaba tensa.

Stoner se levantó temblando. “Gwen, estás enojada conmigo?”


“No, idiota. Pero prefiero evitar la histeria en estos momentos, si
para ti es lo mismo.” Cerró de un portazo y tiró el water.

Mecánicamente, Stoner se cambió, retorciéndose del dolor cuando el


suave algodón le tocó la espalda. Botones. Bailaban frente a sus
ojos. Los ojales le huían. Eran sus manos. Temblaban. Concéntrate.

“Aquí,” dijo Gwen. “Déjame.”

“Puedo…” Estaba temblando con fuerza. Los dientes le rechinaban.

Gwen le apoyó una mano en la mejilla. “Estás acostumbrada a


hacerlo todo sola, no, Stoner?”

Las palabras la atravezaron como una flecha.

Todo se vino abajo.

“No puedo hacerlo,” dijo, y rompió a llorar.

Gwen la abrazó con cuidado, acunando su cabeza contra su hombro.

Lloró por todo: por el collar de semillas de zapallo de Tía Hermione,


por Scruffy, que no pudo entender por qué debía irse; por el gato que
ni siquiera le caía bien; por Stell y Smokey; por Marylou, que tenía
que hacer de la vida una broma; por Gwen, y lo que vendría…

Y entonces lloró por sí misma, porque estaba cansada y dolorida y


asustada…no sólo ahora sino siempre, muy adentro. Porque no
podía seguir y debía hacerlo. Porque se iba a la cama sola, y se
despertaba sola, y sacaba sus propios turnos en dentistas y médicos.
Porque su madre no la quería y a su padre no le importaba. Por
amores que se habían ido. Por promesas que no pudo cumplir. Por
amistades que habían muerto. Por la tímida y extraña niña que había
sido y que todavía era. Porque vivir era muy difícil. Porque no podía
más.
“Stoner,” dijo Gwen, abrazándola con fuerza, acariciándole el
cabello, haciendo suaves y reconfortantes sonidos.

Se acurrucó profundamente en el hombro de Gwen. Sólo por un


ratito. Por favor, simplemente abrázame un ratito más.

Gwen apoyó la cabeza en la nuca de Stoner.

“Lo siento,” masculló Stoner.

“No seas imbécil.”

“Arruiné nuestra noche.”

“No importa cuanto te duela,” dijo Gwen suavemente. “Si vuelves a


decir algo así, te golpearé.”

Se había deshecho en llanto. Se levantó y buscó un pañuelo. Gwen


le acercó uno. Levantó la mirada.

Gwen la miraba con una extraña e intrínseca expresión. Su cara


estaba húmeda.

“Tú, también?” preguntó Stoner.

“Yo, también.”

“Por qué?”

“Por tí.” Corrió las frazadas. “Métete en la cama ahora. ”

Con dolor, Stoner se arrastró entre las sábanas y se acostó.

“Tienes otro pijama?” preguntó Gwen.

Stoner señaló la valija. “Te quedas?”

“Si.”
“No es necesario.”

“Sí, lo es.” Fue al baño y se cambió, encendió el fuego, y apagó la


luz. La luz de las llamas iluminaron la habitación. “Stoner,” dijo,
sentándose a su lado y acariciándole la mano, “cuando volvamos a
casa…Si alguna vez me necesitas, cada vez que me necesites…Ya
sabes.”

“Gracias.” El sueño llegaba con rapidez. “Gwen, debo decirte


sobre…” Bryan.

“Mañana,” dijo Gwen. Se tapó con las frazadas, se inclinó y besó a


Stoner en la frente. “Mañana hablaremos.”

“Pero debo…” Comenzó a quedarse dormida.

“Buenas noches, Stoner.”

CAPITULO ONCE

Había alguien en su cuarto. Alguien que se movía, en silencio, con


sigilo. Y ahora qué hago? Me hago la dormida y espero que se vaya?
Salto y lo agarro en el acto? Suavemente, abrió los ojos.

Gwen tenía un pié sobre la silla, atándose los cordones. Dándole la


espalda.

“Qué haces aquí?” preguntó Stoner, sentándose. Todo su cuerpo era


un gran dolor. “Ow,” dijo. Y recordó.

Gwen se volvió hacia ella, riendo. “Idiota.”


Se estaba abotonando la camisa. Stoner alcanzó a vislumbrar su seno
derecho. Redondeado, firme, el color y la textura de la crema. Era el
seno mas hermoso que había visto.

Menos mal que estoy medio muerta y tengo escrúpulos.

Un toque rosado apareció en las mejillas de Gwen.

“Gwen, te estás ruborizando?”

“Por supuesto que me estoy ruborizando.”

“Por qué?”

“Tú te ruborizarías, también, si te dijera lo que acabas de decirme.”

Stoner enterró la cabeza en sus manos. “No lo dije en voz alta. No lo


dije.”

“Sí lo hiciste.”

“Oh, mi Dios, qué humillación. No podré volver a hablarte. Me iré


de Boston…”

Gwen rió. “Bueno, al menos hoy no vas a ir a nintún lado.” Se


acercó a la cama. “Mientras estás sentada, déjame ver tu espalda.”

Sostuvo a Stoner con un brazo y le levantó el pijama. “Nada mal,”


dijo,”considerando las condiciones de trabajo.”

“Gwen, siento mucho haber dicho…”

“Oh, quédate quieta,” dijo Gwen, tocándole los hombros con la


punta de los dedos. “Fue lo más lindo que me hayan dicho jamás.”

Sintió que su cuerpo se contraía en un profundo, cálido, visceral y


muy placentero nudo. “No te burles de mí, Gwen.”
“No me estoy burlando de tí,” dijo Gwen seriamente. “Es muy lindo
gustarle a alguien que me gusta. Especialemente a alguien que
aprecia a una mujer.”

Simplemente cuélguenme de una antena de radio y úsenme de


baliza. “Te parece bien,” dijo Stoner con una vocesita, “”si
olvidamos que esto ha ocurrido y empezamos el día de cero?”

“Después del desayuno.” Se pasó las manos por el pelo y tiró un par
de leños al fuego. “Vuelvo en un minuto.”

“Espera. Hay algo que debo decirte.”

“Me lo puedes decir,” dijo Gwen firmemente, “después de que tome


café.” Cerró la puerta con cuidado y trotó por el camino.

Cómo le dices a la mujer que amas que el hombre que ella ama
planea matarla?

Si te cree, le rompes el corazón.

Si no te cree, no podrás volver a ser su amiga.

De cualquier forma, pierdes. Ella pierde.

Pero debes hacerlo.

Stoner suspiró. Bueno, ciertamente no podrás hacerlo metida en la


cama en pijamas, con el pelo sucio. Con cuidado, apartó las frazadas
y se paró.

Ducharse y vestirse incluyó todas las delicias de una cámara de


torturas medieval. Sus piernas estaban golpeadas. Las articulaciones
le quemaban con cada movimiento. La ducha fue como si agujas se
le clavaran en la piel. Las palmas de las manos estaban secas y
duras, y cuando las movió se le abrieron pequeñas grietas con
sangre.
Se visitó lo mejor que pudo, y trastabilló hacia la cama. Si sólo
pudiera acostarse y curarse… Pero era imposible. Debía pensar.
Debía planificar. Debía actuar.

Actuar? Ponerse en acción? Y cómo lo haces cuando tu cuerpo está


cubierto de monstruos invisibles que muerden y desgarran y golpean
con martillos al rojo vivo? Cómo planeas algo cuando tus
pensamientos no pueden ir más lejos que la superficie de tu piel?

Pasos sonaron en los escalones de la cabaña. La puerta se abrió.


Stoner levantó la vista.

“Aquí tienes tu desayuno,” dijo Gwen bruscamente. Puso la bandeja


en la cama.

“Y tú?”

“No.” Sus labios estaban tensos, su cara pálida. Evitó mirar a Stoner
a los ojos.

“Pasa algo?”

“Bryan está de vuelta. Consiguió que lo trajeran de Cheyenne


temprano esta mañana.”

Oh, Dios, y ahora qué le hizo? “Gwen.” Se inclinó hacia ella. “Qué
ha ocurrido?”

“No me toques!” ladró Gwen.

Se sintió morir. “He hecho algo?”

“Has hecho demasiado.” Los ojos de Gwen despedían fuego. “El me


lo contó todo.”

“Todo… ”
“Trabajas para mi abuela. Te envió aquí para separarnos.” Se rió con
pesar. “Todo este tiempo pretendiendo ser mi amiga, y ha sido todo
una mentira.”

“No, Gwen. No entiendes.”

Los ojos de Gwen se clavaron en los suyos. “Sé todo lo de Elk


Island. Me mostró tu carta a Marylou.” Le caían lágrimas de los
ojos.

Había sido un montaje. La invitación. La pelea con Gwen. Me vió


dejar la cabaña… “Escúchame!”

“No! Ya fui lo suficientemente estúpida para confiar en tí una vez.


Pero no soy tan estúpida para que me lastimes de vuelta. Maldición,
Sto…” Se le quebró la voz. Se volvió y salió corriendo.

Indefensa, Stoner miró como se iba. Había un hueco de dolor en su


pecho. Mecánicamente, se estiró y tomó un sorbo de café. Estaba
frío.

Dejó caer la cabeza. Nunca se había sentido tan sola en su vida.

Bueno, qué vas a hacer? Sentarte aquí a ver como se te seca el


pelo? No lo sé.

Tiene una carta sin usar. Juégala. Es el dos de bastos, y las espadas
son ganadoras.

Se levantó suavemente y dejó la cabaña, hacia la posada. Stell se la


cruzó en el lobby. “Ven a mi oficina.”

“No puedo. Debo encontrar a Gwen.”

“Está en el comedor y acaban de ordenar. Tienes tiempo.” Cruzó los


brazos y le cerró el paso. “Stoner,” dijo con firmeza. “Vienes
conmigo.”
Stell cerró la puerta de la oficina y señaló un banquillo. “Siéntate
ahí. Tengo algo para esas raspaduras.”

Stoner la miró. “Quién te dijo?”

“Nadie tiene que decirme. Caminas como alguien salido de ¨La


Venganza de la Momia.¨ Sácate la remera.”

Por qué no? Es lo único que hago últimamente.

“En realidad,” dijo Stell, pasándole una crema refrescante por la


espalda, “Gwen me contó. Cuál es la gran idea, chica?”

“Cuándo la viste?”

“Recién.”

“Cómo se veía?”

“Como Medea en un mal día. Me vas a contestar la pregunta?”

Stoner se inclinó y la miró. “Qué dijo?”

“Dijo que te habías caído de un caballo, que te habías cortado


bastante, y que ella no podía hacer nada por tí. Te pregunté cual era
tu gran idea.”

Sí le importa. Al menos lo suficiente como para contarle a Stell.

“Te pregunté, Stoner.”

“Eso es casi todo, Stell. Me caí de un caballo.”

“Dónde?”

“Bannock Canyon.”

“Por qué no viniste a verme?”


“No pude. Era tarde.”

“Tarde!”

“El caballo se escapó,” dijo Stoner apologéticamente. “Tuve que


volver caminando. Era después de medianoche…”

“No me importa la hora que era. Debiste haberme llamado.”

“Lo siento. No pude.”

“Te torcería el cuello, Stoner. De dónde sacaste el caballo?”

Ella dudó. “De…tu establo.”

“Jake?”

Stoner asintió.

“Lo voy a matar!” Bramó Stell. “Lo voy a matar con mis propias
manos.”

“Hubiese ido a otro lado. El lo sabía.”

“Supongo que si,” regañó Stell. “Manos.”

Stoner las levantó. “Mejor que lo sepas todo,” dijo. “Bryan lo hizo.
Me engañó para que vaya allí arriba. Asustó al caballo. Y luego
intentó matarme.”

Stell la miró. “Cómo saliste?”

“Suerte de principiante.”

“Bueno,” dijo Stell, pasándole una venda por la mano, “y ahora qué
harás?”

“Decirle la verdad.”
“Y dónde creés que eso te llevará?” Le hizo un gesto a Stoner para
que levante la otra mano.

Ella la levantó. “No lo sé. Es todo lo que puedo hacer. Has tenido
noticias de las huellas digitales?”

“John llamó esta mañana. Le dijeron que tardaría una semana. Sabe
Oxnard en lo que andas metida?”

“No. Piensa que quiero separarlos.”

“Se irrita fácil, no?” Dejó a un lado el kit de primeros auxilios y


tomó una de las muñecas de Stoner. “Mírame, Little Bear.”

Stoner levantó la vista.

“Quiero que me prometas que vas a ser muy, muy cuidadosa.”

“Seré cuidadosa.” Stell, creo que eres maravillosa.

“Muy cuidadosa.”

“Muy cuidadosa.” Se paró.

“Bien. Ahora, fuera de aquí…” Le palmeó el trasero “…antes de que


haga algo que luego debamos lamentar.”

“Stell, puedo llevarte a casa a conocer a mis amigos?”

“No. Si son todos como tú, me vuelvo loca en una semana.”

Hizo una pausa a la entrada del comedor y tomó una bocanada de


aire. Bueno, nada que perder.

Marchó derecho hacia la mesa de Gwen y Bryan.

“Quiero hablar contigo, Gwen.”

Gwen miró las manos de Stoner y desvió la vista.


“Has tenido un pequeño accidente?” preguntó Bryan, sonriendo
ampliamente.

Ella lo ignoró. “Gwen?”

“Vete,” dijo suavemente Gwen.

“No hasta que escuches lo que tengo que decirte.”

Bryan intentó levantarse. “Mi esposa pidió que te vayas.”

“Tú esposa,” dijo Stoner, volviéndose hacia él, ”puede hablar por sí
misma.”

Gwen se quedó en silencio.

“Cinco minutos,” dijo Stoner. “Sólo cinco minutos. Afuera.”

“No dejes que te intimide, ” le dijo Bryan a Gwen. “No se atreverá a


causar mas problemas.”

Stoner lo miró a los ojos. “No tengo nada que perder,” dijo
fríamente, “no?”

“Déjanos en paz,” dijo Gwen.

“No le hablo a los dos. Te hablo a tí.” Esperó un momento. “Vienes?


O armo un escándalo?”

“No voy a ir.”

Stoner tomó un plato con pan y manteca y lo estrelló contra el piso.


Se hizo añicos.

“Por Dios,” suspiró Gwen. “La gente mira.”

“Ven afuera conmigo,” dijo Stoner en voz baja, “o destruiré este


lugar pedazo por pedazo.” Tomó un vaso.
“Es suficiente,” dijo Bryan bruscamente.

“Métete en tus cosas, Bryan,” gritó Stoner.

“Está bien, está bien.” Gwen dejó la servilleta y se levantó.

“Cariño…” dijo Bryan.

Stoner se volvió hacia él. “Ve a jugar contigo mismo, Cariño.”


Siguió a Gwen afuera, hacia la fogata.

“Qué quieres ahora?” dijo Gwen con furia.

“Siéntate.”

“Prefiero quedarme parada, si te es lo mismo.”

“No me es lo mismo,” ladró Stoner. “Siéntate.”

Gwen se sentó en la primer fila de asientos y miró las montañas.

Perdóname, Gwen. Perdóname por esto. Se pasó la mano por el


pelo. “Siento tener que hacer esto.”

Gwen siguió mirando hacia adelante.

“Hay algo más que debo decirte.”

“Más mentiras?”

“Gwen, no te he mentido.”

Gwen la miró con dureza. “No has hecho más que mentirme desde
el momento en que nos conocimos.”

“Nunca mentí acerca de lo que siento por tí.”

Gwen bajó la vista hacia el piso.


Cómo diablos empiezo? “Gwen, no sé cómo decir esto…”

“Bueno,” dijo Gwen, “no me pidas ayuda.”

Eso dolió. Stoner se mordió el labio. “Gracias por decirle a Stell…”

“Hubiese hecho lo mismo por cualquiera.”

Stoner tragó y se dejó caer en un banco a su lado. “De veras sabes


como lastimar, no?”

“Estamos parejas.”

“Gwen, nunca quise lastimarte.” Comenzó a inclinarse hacia ella,


pero se contuvo.

“Entonces nunca debiste aceptar….¨el trabajo¨.” Su voz era glacial.

No arrases con todo. Por favor, Gwen, no lo hagas.

Gwen se volvió y la miró. “Por qué estuviste espiando a mis


espaldas? Por qué me mentiste?”

“No había otra forma.”

“Prueba siendo honesta.”

“Tu abuela lo intentó. No funcionó.”

“Mi abuela piensa que soy una niña.”

“Tú creés,” dijo Stoner, “que si yo te hubiese dicho lo que pienso,


me hubieses escuchado?”

“No lo sé.”

Stoner la miró. “Tienes…dudas?”


“No dije eso. Dije que no sabía.” Se levantó. “Esto no lleva a
ninguna parte. Me voy.”

Stoner saltó y la agarró, empujándola de vuelta a su asiento y


sosteniéndola ahí. “Escúchame. Esto no tiene que ver con lo que
siento por Bryan. Estoy hablando de asesinato.”

“Qué?”

“Tu marido planea asesinarte.”

“Eso es absurdo.” Se retorció entre las manos de Stoner.

“En el camping. Hay un lugar en Bannock Canyon. Apenas pasando


un bosque de abetos. El camino se estrecha, al borde de una vieja
avalancha. Te va a empujar por ahí y dirá que fue un accidente.”

“No sabes de lo que hablas.” Intentó soltarse.

Stoner la apretó con fuerza. “Sé de lo que hablo. Intentó hacerlo


conmigo.”

“No!”

“Recuerda como se puso cuando quisiste cancelar el viaje? Va a


matarte, Gwen.”

“Suéltame!” Su rostro comenzó a descomponerse.

“Bryan está loco, Gwen. Es dos personas disntintas. Lo he visto.”

Gwen sacudió la cabeza vehementemente de lado a lado. Las


lágrimas le estallaron como cataratas a la luz del sol. “Détente,
Stoner. Por favor basta.”

“Quiere tu dinero. Por eso se casó contigo.”

“Maldita seas!”
“No quiero que te pase nada.”

“Bryan me ama.”

Frustrada y furiosa, Stoner la sacudió. “Intentó matarme. Lo ví.


Tenía puesto algo rojo…”

Gwen se quedó dura entre sus manos. La mirada apagada.

Oh, Dios, qué he hecho? Stoner apretó los dientes. “Querías la


verdad,” dijo suavemente. “Ahí la tienes.” Déjame abrazarte, Gwen.
Déjame abrazarte hasta que todo esto pase.

Gwen le dió una bofetada.

Anonadada, Stoner se tocó la cara con la mano.

Se miraron una a la otra.

Gwen se puso de pié. “Te odio, Stoner.”

“No vayas a ese camping.”

Gwen se volvió. Lágrimas de odio le rodaban por el rostro. “Fuera


de mi vida.”

“Por lo menos lleva un arma. Gwen, te amo.”

“Vete al diablo!” gritó Gwen, y corrió hacia la posada.

Stoner se masajeó la cara donde Gwen la había golpeado. Bueno, al


menos sabía lo que debía hacer ahora.

Stell estaba en el mostrador de reservas. “Cómo fue?”

“No fue.”
“Tienes fiebre?”

“No, por qué?”

“Tu cara está roja.”

“Me pegó,” dijo Stoner.

Stell arrojó el lápiz. “Sé que la amas, Stoner, pero esa mujer está
causando un montón de problemas a un montón de gente.”

“Está confundida.”

“Cagada,” disparó Stell. “Arriba, abajo, y en los costados.”

Por el rabillo del ojo vió a Gwen y Bryan dejando el comedor.


“Stell,” dijo con urgencia, “haz como si me estuviera yendo.”

“Y ahroa qué?”

“No tengo tiempo de explicarte.”

Gwen la vió y corrió hacia las escaleras. Bryan se quedó atrás.

“Es lo último que te pido,” rogó Stoner.

Stell sacó su libro de cuentas, se puso los anteojos, y fingió leer.


“Hacia donde vas?” preguntó entre dientes.

“Al puesto de los Rangers.”

“Cuándo vuelves?”

“Mañana. Mira, esto debe ser convincente. Fíjate si lo puedes


mantener por aquí hasta que te devuelva la llave.”

Bryan daba vueltas por el lobby. Fingía hojear una revista.

“Aquí están los daños,” dijo Stell en voz alta.


“Bien. Te traigo un cheque con la llave.”

“Siento que hayas tenido que acortar tus vacaciones.”

“Me necesitan en casa.”

Bryan se acercó despacio. “Te vas?” preguntó.

“Si.”

“Conseguiste lo que viniste a buscar?”

“No exactamente.” Se dirigió hacia la puerta.

Bryan se recostó contra el umbral, bloquéandole el paso. “Escuché


sobre tu accidente. Qué mala suerte, Stoner.”

Ciertamente. Para tí. “Mal planeado de mi parte,” dijo.

“Dónde ocurrió?”

Oh, Dios, y ahora qué hago? “Cascade Canyon…creo.”

“Creés?”

“No estoy…segura.” De repente se inspiró. “Mira.” Lo acercó hasta


los mapas colgados en la pared del lobby. “Salí de aquí,” dijo,
trazando la ruta con el dedo. “Y doblé…oh. No debí haber doblado.
Fue en Bannock Canyon, entonces.”

“Un poco confundida?” preguntó con condescendencia.

No se lo cree. “Debe haber sido Bannock. Eso explica por qué no vi


escaladores. Bueno, creo que ví a alguien, pero cuando pedí ayuda
desapareció. En realidad, no puede haber desaparecido porque no
estaba allí.” No estaba funcionando. “Creo que estaba…histérica.”

Bryan sonrió. “No sabes mentir, Stoner.”


Se quedó dura. “Qué?”

“Tu intención siempre fue ir a Bannock Canyon. No?”

“No, no me importaba donde…”

“Fuiste allí a ver donde vamos a acampar con Gwen.”

“No, yo…” Si sabe que yo sé, se termina todo. Esperará a estar


seguro antes de hacerlo. Tal vez en otro viaje. Tal vez en Boston. No
puedo seguirlos por el resto de mi vida.

Bryan rió. “No hay nada más ridículo que una tortillera enamorada.”

“Qué diablos quieres decir con eso?”

“Querías saber cómo sería para poder pensar en ello, no? Querías
imaginarla allí arriba conmigo, pero en mi lugar estarías tú.”

No podía creer lo que escuchaba. De veras pensaba que había hecho


todo eso porque quería a Gwen para ella. Como si fuesen dos
pastores alemanes peleando por una hembra en celo. El no tenía idea
de que ella sospechaba…

No sonrías. Mantén los ojos tímidamente hacia abajo. Hacia el


suelo. Ahora, mueve un poco el pié. Así. Proyecta malestar extremo.
Humillación. “Debo irme,” murmuró. “Mi avión…”

Bryan puso los brazos a cada lado de su cabeza, atrapándola. “Qué


ocurre, Stoner? Avergonzada? Deberías.”

“Si no te importa…” Intentó pasar por debajo de sus brazos. Con


una mano la agarró por el brazo.

“Cuándo ocurrió? Cuando la conociste? En Jackson? En


Yellowstone? Cuando tu pequeño ´trabajito´ se volvió un interludio
romántico? O fue antes de que aceptaras el trabajo? Fue cuando
viste su foto?”
No necesitó fingir el color que le subió a las mejillas. O el temblor
nervioso alrededor de sus labios.

El sonrió. “Así que fue eso. Amor a primera vista. Bueno, no te


sientas tan mal. No eres la primer mujer en la historia que hace el
ridículo.”

“Debo irme,” dijo.

“Sabes, Stoner, te voy a extrañar.” Le dio una pequeña sacudida al


brazo. “He disfrutado jugar contigo. En tu estúpida forma, eres
mucho más divertida que mi esposa.”

Levantó la vista, lista para asesinarlo. “Déjame ir, Bryan.”

La empujó a un lado como si fuese un mosquito molesto. “Que


tengas buen viaje. Y la próxima vez, júntate con los tuyos, marica.”

Stoner giró sobre sus talones y salió disparada. Terminaremos esto


mañana, Bryan. En Bannock Canyon.

Corrió hacia su cabaña, metió la ropa en la valija, y se dirigió hacia


la playa de estacionamiento. Metiendo la valija en el baúl, miró
hacia arriba. La silueta de Bryan estaba parada en una ventana del
segundo piso, observándola abiertamente. Ella lo miró por un
segundo, y se metió en el lobby.

“Lo siento,” dijo Stell. “Quise entretenerlo.”

“Está bien. Me vió.”

“Me puedes contar por favor qué pasa?”

“Voy a pasar la noche en lo de Smokey. A primera hora de mañana


conseguiremos ayuda y lo atraparemos en el acto.”
Stell frunció el entrecejo. “Todavía creés que lo va a hacer? Después
de todo esto?”

“Lo va a hacer.” Rió, y se sintió mareada, eufórica, y un poco


inquieta. “Ha sumado dos más dos, y le ha dado diecisiete.”

“No lo sé, Stoner. Por qué no dejas que Smokey se encargue de


ahora en mas?”

“No me perdería esto por nada del mundo.” Se sintió tan liviana
como una pluma mientra corría hacia su auto.

El cielo estaba alto, limpio e infinito mientras manejaba hacia


Blacktail Ponds. Bajando las ventanillas, dejó que el viento cáliente
se metiera en el auto. Olió el polvo y la salvia. Cantó.

El velocímetro marcaba 70. Con esfuerzo, bajó a 55, y observó


cómo subía de vuelta. Voy a atraparlo. Voy a atraparlo.

Esto es peligroso, dijo la pequeña voz de la razón. Debes ser


cuidadosa.Todo está en juego.

Mañana. Podía imaginarse la escena. Bryan, cabalgando arrogante y


despreocupadamente como un príncipe. Midiendo su tiempo. Oh,
podía darse el lujo de elegir el momento, ahora. No había nada en su
camino, nada que pudiese denerlo. Silbando, se aproximaría a la
pendiente. Ahora. El momento es ahora. Lo excita sexualmente, un
hormigueo en las entrañas. Hace su movida.

Y entoces, como un espléndido coro de verdes, por detrás de cada


roca y árbol – el Servicio Forestal en su totalidad.

Su cara. Desconcierto. Incredulidad. Miedo y luego humillación.


Palidece. Su sonrisa de triunfo de desvanece. Sus rasgos se
convierten en un semblante de derrota.

Oh, iba a ser un día maravilloso.


La entrada de la estación Alce estaba más adelante. Stoner pisó los
frenos, chirriando lentamente. Concentrándose, encontró la salida y
dobló hacia la izquierda, hacia Rockefeller Highway. Apretó el pedal
hasta el piso.

A veces es difícil encontrar una diferencia ente alegría y miedo.

Voy a atraparlo. Voy a atraparlo.

Estaba apretando los dientes.

Una vista de Blacktail Ponds apareció a su izquierda. Se detuvo, dió


marha atrás, y dobló. El auto se detuvo en una lluvia de polvo y
grava.

Cerró la puerta y observó el agua del Snake, allí abajo. El lago


parecía un espejo. En él los Tetones colgaban invertidos y tocaban el
fondo del río. Algo le apretó el estómago, retorcíendoselo. Las
rodillas le fallaron. Stoner se dejó caer sobre la varanda y tomó
bocanadas de aire. Estaba muy, muy asustada.

Mañana se abría como una puerta abierta. El terror acechaba detrás.


Miró hacia el futuro. El futuro la miró a ella. Quiso correr. No pudo
moverse. Los minutos se esfumaron, cada uno empujándola mas
cerca a mañana.

Si me quedo donde estoy, y respiro con cuidado, tal vez pueda


detener el tiempo. Tal vez este momento, este preciso momento
duraría para siempre.

Resbaló sobre ella, una brizna, y se volvió pasado.

Y entonces pensó en la única cosa que había estado intentando no


pensar. Gwen.

Algunas palabras, una vez dichas, se te adhieren como dientes


filosos. Y no importa cuánto intentes alejarlas, no importa cuánto
corras, no puedes pasar al dolor. “Hubiese hecho lo mismo por
cualquiera.”

Soner comenzó a llorar.

No había nadie para consolarla esta vez.

En cambio había un motorhome lleno de turistas.

Se puso de pié y tropezó por el camino hacia el set de filmación.

“McTavish!” Smokey sonrió y le hizo señas.

De vuelta a la cordura. “Tienes algo de beber?” preguntó.

“Sólo lo que hay en la cantimplora.” Se la alcanzó.

Resultó ser whisky irlandés. Le quemó la garganta de manera


satisfactoria.

Smokey le levantó el mentón con una mano y le miró la cara. “Te


ves horrible,” dijo.

“Necesito ayuda.”

“Qué te ha ocurrido?”

“Tuve un encontronazo con Bryan.” No podía pasar por todo aquello


de vuelta. “Mira, estoy en aprietos. Puedo quedarme en tu cabaña
esta noche?”

“Encontraremos una cama disponible. En qué tipo de problemas


andas, McTavish?”

“Lo va a intentar mañana. En Bannock Canyon. Sé el lugar exacto.


Puedes conseguir algunos amigos que nos ayuden a rodearlo?”
Smokey resopló. “Puedo venir con tantos Rangers como para rodear
el maldito cañón.”

“Con armas?”

“Con miras telescópicas.” Sonrió. “Ah, McTavish, les ha dado todo


un nuevo sentido al Servicio Forestal.” Le ofreció la cantimplora.

Stoner sacudió la cabeza. “Y tu trabajo? La película?”

“Les podemos vender los derechos de la historia.”

“Tengo mucho que hacer. Te explico el plan esta noche.”

Tomando un trago de la cantimplora, le dijo adiós con la mano.

El sobrino de Jake y sus amigos holgazaneaban en el pasto cerca del


corral, aburridos. Stoner se presentó. “Alquilé un caballo ayer. El
negro. Me caí y él desapareció. Regresó?”

Uno de ellos se paró con una expresión de congoja. “Blacky?”

Stoner asintió.

“Hey, Jim, Blacky está aquí, no?”

Jim la miró de arriba a abajo. “Si.”

“Puedo verlo?”

Muy agobiado por la vida, Jim se levantó y la llevó hasta el establo.


“Me imagino que nos debes unos veinte pavos, ya que no lo trajiste
de vuelta.”

“Por supuesto.” Le pagó. El libro de registros estaba abierto en una


mesa.
“Bill!” Jim gritó hacia el establo. “Trae el negro.” Se volvió hacia
ella. “Lo quiere de vuelta hoy?”

“Sólo quiero saber si está bien.” Necesitaba unos pocos minutos a


solas con ese libro. “Uh…Perdí mi campera. Estaba atada a la
montura. Podrías ver si está por aquí?”

Jim gruñó y se dirigió hacia el depósito. Rápidamente, buscó la


página del jueves. Estaba en blanco, pero algo había sido borrado.
Desconcertada, volvió al miércoles. Ahí estaba. “Oxnard. Dos
jinetes, dos bultos. Bannock Canyon. 11:30.”

Stoner contuvo la respiración. Planeaba hacerlo hoy. Miró el reloj.


11:00. Sal de aquí, rápido.

“No hubo suerte,” dijo Jim. “Vino sin nada.”

Había algo que debía saber. Bill estaba sacando el caballo. Le pasó
las manos por todo el cuerpo, y encontró lo que estaba buscando. En
su parte izquierda, un chichón del tamaño de una moneda. Corrió el
pelaje para revelar un bulto rojo. “Qué podría causar esto?” Bill
observó el punto. “Un tábano, tal vez. No es serio.”

“Y un rifle?” preguntó. “Creo que escuché algo, justo antes de que


me tirara. Había niños jugando por ahí. Tal vez alguno…”

“Tal vez. Se supone que no se deben llevar armas en el Parque, pero


a veces lo hacen.”

“Gracias.” Le dió a Jim cinco dólares. “Siento haberte molestado.”

De acuerdo, y ahora qué? El cambio de planes de Bryan eliminaba


armas y amigos de Smokey. Y sólo estaba media hora adelantada.
Denmé un respiro. Sin armas, sin ayuda, sin tiempo. Todo lo que le
quedaba era su ingenio, determinación, y un cuerpo listo para el
contenedor de la basura.
Escónde el auto. Encuentra un caballo. Gimió en voz alta de sólo
pensar en montar de vuelta. La aventura de ayer no había hecho
nada para incrementar su amor al deporte. Dobló por el camino a las
cabañas de los Rangers. La primera a la izquierda, recordó. El
estacionamiento estaba detrás, oculto a la ruta. Un punto para
nuestro equipo. Desde el corral escuchó un relincho. El caballo de
Smokey. Dos puntos. Corrió hacia la cabaña, dejó la valija, encontró
un lápiz y papel, y escribió una nota.

“Flanagan. Van hoy. Me llevo tu caballo. Haz una novena.


McTavish.”

Cinchas y monturas colgaban ordenadamente en sus lugares en el


establo. Cómo diablos vistes un caballo? Qué va sobre qué? Al
escuchar pasos detrás de ella, Stoner se volvió con culpa. Una mujer
se acercó, con el familiar uniforme verde. Tres puntos.

“Hola,” dijo Stoner alegremente. “Soy amiga de Smokey Flanagan.


Dijo que me podía llevar su caballo.”

“Si?” La mujer tenía el cabello negro y largo y ojos como mármol de


acero. Mascó chicle y observó a Stoner. Lentamente.

“Yo…no sé cual es su montura. Podrías…?”

“Nombre?”

“Stoner. Stoner McTavish.”

La mujer la miró, inexpresiva.

“Me lo pusieron por Lucy B. Stone.”

“Si?”

“Fue idea de mi tía.” De alguna forma esta no era la manera en que


se suponía que debía llevarse esta conversación.
“De dónde?”

“Mi tía?”

“Tú.”

“Oh. De la Posada Timberline. Comemos juntos. Smokey y yo.


Seguido.”

“Además.”

“Además?”

La mujer mascó una vez. “De dónde además?”

“Boston.”

Silencio.

“Eso es Massachusetts.”

“Eso he escuchado.” Parecía haber llegado, reluctantemente, a una


decisión. “Jessie Eisenberg.” Le dió la mano, apretándosela con
fuerza. Stoner dió un respingo.

“Vas a cabalgar con las manos así?”

Stoner se acomodó el pelo a un costado nerviosamente. “Pensé que


podría. Que con las riendas libres y eso…”

Jessie la apuntó con la barbilla, señalando las manos. “Cómo te


hiciste eso?”

“Tuve un accidente.”

“No puedes levantar mucho.”

“No,” dijo Stoner. “No mucho.”


Jessie acarreó la montura y las cinchas y se dirigió hacia el corral.

Aquí vamos de nuevo, pensó Stoner. Reprimió el pánico y se subió a


la montura, sus músculos gritando. El caballo se movió inquieto.
Stoner se agarró de la manija de la montura.

“Has montado antes?” preguntó la mujer.

“Alguna que otra vez.”

“No le tires tanto la cabeza hacia atrás.”

“Gracias,” dijo Stoner. “Si ves a Smokey, díle que le dejé una nota
en la cabaña.”

“Okay.”

“Hay algún atajo hacia Bannock Canyon?”

Jesse la miró. “No te metas ahí. Está maldito.”

Stoner suspiró. “Un asesino. Lo sé. Se supone que me voy a


encontrar con alguien allí. Llego tarde.”

“Mapa?”

Sacó el maltrecho mapa topográfico del bolsillo.

“Okay,” dijo Jesse. “Saliendo de aquí, toma Lupine Meadow. Hay


una huella alrededor del Lago Moose. En el extremo norte del lago
corta hacia el noroeste por el costado de Teewinot. Empinado y
duro, pero se puede pasar.” Mordisqueó el chicle pensativamente.
“Sabe él a dónde vas?”

“Si.”

Jesse miró su reloj. “A eso de las cuatro iré a mirar.”


Stoner bajó la mirada. “Gracias,” dijo, conmovida.

“No pareces muy ruda,” dijo la mujer.

Stoner se sonrojó.

“Nombre del pony es Pinto. Tiene en muy alta estima.”

Aparentemente los pronombres personales estaban prohibidos en


Wyoming. “Pinto?”

“Flanagan.”

“Gracias. Yo también lo estimo.”

Jessie se encogió de hombros. “Está bien. Para un hombre.”

Stoner agarró la manija de la montura, apretó los talones a los


costados del caballo, y salió al galope. A unas pocas yardas en el
camino, le cayó el significado de la última observación de Jessie.
Bueno, bueno.

Ató el pony a un árbol fuera del camino y se escondió detrás de una


roca a esperar. El sol estaba cálido. Una mosca le volaba sobre la
cabeza. Debajo la estrecha huella se elevaba hacia la avalancha.
Stoner se estremeció.

Ni lo pienses.

Alístate.

Un arrendajo canadiense llamaba en el bosque, expresando una


queja privada. El algún lado al costado de Teewinot una roca se
desprendió y rodó por la montaña. El sol subía mas alto. Un grupo
de nubes se formaron y disolvieron y se formaron de vuelta,
ensayando una variedad de formas. Desde allí abajo llegaba el
sonido impaciente del arroyo. Pinto comía rítmicamente penachos
de pasto.
De repente se detuvo, olisqueó el aire, y bufó. Stoner tensó los
oídos, pero no le llegó ningún sonido. Pinto cencerró las riendas y
pateó el piso. Sus orejas dieron unos golpecitos. Se estremeció.

Los gruñidos de caballos, subiendo por la huella.

Stoner se quedó quieta.

Un jinete con camisa roja emergió del bosque, seguido por otro con
camisa escosesa. Dos caballos cargados con equipamiento los
seguían de cerca. Bryan y Gwen. Se acercaban a la pendiente con
extrema lentitud.

Qué pasa si pasan de largo?

Tiene que ser aquí.

Si no lo hace aquí…

Habían llegado al centro de la avalancha, más allá del punto en


donde Stoner había caído. No había ninguna piedra protectora en esa
parte de la pendiente.

Bryan se detuvo.

Stoner comenzó a gatear hacia su caballo.

“Por qué nos detenemos? Bryan?”

Sigue entreteniéndolo, Gwen. Se paró y corrió a toda velocidad,


luchó con los nudos, y liberó las riendas.

Se escuchó el chillido del cuero de una montura. Alguien desmontó.

“Qué haces?”

“Parece peligroso. Voy a cruzar mi caballo y vuelvo a buscarte.”


Pasos firmes de caballo. Traqueteo de grava cayendo. Y los pasos d
Bryan, volviendo.

Maldición, no podía verlos. Y si salía, podían verla. Se inclinó hacia


adelante, acariciando la nariz de Pinto para que se quede quieto.

Grita. Avísale.

No, él tenía que quedar en evidencia. A menos que Gwen sepa sus
planes, no tenía sentido.

Oh, Jesús; Gwen, no hagas nada. Píde explicaciones.

Contuvo la respiración.

“Okay,” dijo Bryan. “Puedes bajarte ya.”

“No sé, Bryan. Se vé horriblemente…”

“Bájate!”

“No me tironeés, Bryan. Me voy a caer.”

Espera.

Ahora!

Todavía no.

“Bryan, ya basta. Es muy peligroso. Volvamos.”

“Es perfecto.”

“Detente. Quieres que me caiga?”

El rió malignamente. “No te traje hasta aquí para que mires el


paisaje.”

Eso es. MUEVETE!


Salió al camino, sosteniendo cerca a Pinto. Más allá del grupo de
caballos podía verlos. Bryan tirando del brazo de Gwen. Gwen
luchando para no caer, comenzando a resbalar a un lado de la
montura.

No puedo alcanzarla. Jesucristo, no puedo alcanzarla!

Pinto sacudió la cabeza.

Ella saltó, alejándose de él. “Pinto! Vé!” gritó, y le pegó un


puñetazo.

El caballo salió disparado hacia la pendiente. Stoner corrió detrás de


él.

Bryan levantó la vista, sobresaltado, y se pegó contra la pared de la


montaña cuando Pinto pasó tronando en medio de una nube de
polvo.

Ella se detuvo en seco al lado del caballo de Gwen.

“Bueno,” dijo Bryan. “Mira lo que trajo el gato. Qué hay de nuevo,
vaquera?”

“Sal de aquí, Gwen.” No despegó los ojos de Bryan.

Gwen no se movió.

Maldición, no es momento de entrar en shock. “No tengas miedo.


Da marcha atrás y vete.”

Bryan sonrió ampliamente. “Lindo día, no?” Una mano estaba atrás.
Con la otra sacó del bolsillo un cigarrillo y encendedor, y lo prendió.
Estudió el humo. “Sin viento. Te parece que eso significa lluvia?”

“Gwen, muévelo.”
“No hay apuro.” Sacó la mano oculta y tomó las riendas del caballo
de Gwen. “Ella no se va a ningún lado.”

Miró hacia arriba rápidamente. Gwen estaba mirando a Bryan, su


rostro tenso. Stoner se se apoyó en el caballo y codeó el pié de
Gwen con su hombro, intentando que se ponga en acción. “Por
favor, Gwen, bájate. Corre. Lo mantendré aquí.”

Bryan rió. “Bueno, vaquera, qué hacemos ahora?”

Stoner lo miró. “Por qué?” preguntó furiosamente.

“Por qué?”

“Te hubiese dado el dinero. Todo lo que tenías que hacer era ponerle
una de tus caritas de perro abandonado. Por qué esto?”

Sus ojos se clavaron en los de ella. “Y arruinar toda mi diversión?”

El estómago se le hizo un nudo del miedo. Oh, Dios, de veras está


loco.

Bryan tomó una pitada de su cigarrillo. “Sabes, casi decido


aplazarlo. Era demasiado fácil.” Exhaló humo por la nariz e inclinó
la cabeza hacia Gwen. “Imbécil.”

Gwen no se movió.

“Pensé en llevarla de vuelta a Bosto,” continuó. “Jugar con ella un


ratito. Lo suficiente como para asustarla. Lo suficiente para hacerlo
interesante.”

Su voz era un susurro, hipnótica. Sacudió la cabeza para


neutralizarla.

“Y entonces apareciste tú. Un obstáculo. Me gusta eso. Aunque tuve


que dejarte una huella de una milla de ancho.”
Espera. Piensa. “Si me querías alrededor para divertirte,” dijo, “por
qué intentaste matarme?” Vamos Gwen, vamos.

Bryan se encogió de hombros. “Te volviste aburrida. Si hay algo


peor que una imbécil, es una maldita aburrida.” Se enderezó y tiró el
cigarrillo a un lado. “Bueno, continuemos con esto.”

“No te le acerques!”

“Quieres rogar, Stoner? Sería divertido. Vamos, arrodíllate y ruega


por su vida.”

“Bastardo.”

El sonrió. “No hay nada malo en rogar. Querías que yo ruegue por
su dinero. Y lo hubiese hecho, vaquera, si hubiese sido su dinero lo
que quería.”

No podía soportar la tensión. Quería darle un latigazo. Quería huir y


llevarse a Gwen y a su caballo y a los caballos de carga hasta Dakota
Sur. Apretó los puños.

“Ahora te hice enojar,” dijo él. “Bien. Me gusta el enojo.” Sus ojos
destellaban plata Estiró las manos.”Vamos.”

Stoner dudó. Mantenerlo alejando por diez segundos. Quince


segundos. Le daría tiempo suficiente para…? Pero Gwen estaba
congelada en la montura. O no? Había algo distinto en la tensión del
pié que tocaba su hombro?

Bryan dió un paso adelante.

Stoner se concentró en su balance. Bien. Okay. Te llevo conmigo.

El se mojó los labios y sonrió, su cruda fuerza masculina realzada


por la locura.
Otro paso. Los brazos le colgaban a los lados. Casi podía tocarla
ahora.

El dejó caer las riendas.

Ella tomó una bocanada de aire, vió su pié derecho levantarse del
piso, apuntar hacia adelante…

“Bryan,” dijo Gwen suavemente.

Sus ojos se desviaron hacia el sonido.

Stoner se abalanzó.

Algo la agarró de la garganta, empujándola contra el costado del


caballo, quitándole la respiración. El caballo se adelantó y dió
marcha atrás.

A través de las oleadas de polvo vió a Bryan, los brazos alzados para
protegerse el rostro de las garras cortantes. Por un momento se
balanceó en el borde del precipicio.

Y cayó.

El eco de rocas quebrándose llenó el aire como un tren subterráneo.


Sobre el tronar de la cascada de grantio, escuchó sus gritos.

Y entonces hubo silencio, roto sólo por castañeo de las piedras


dejando de rodar.

Ahogándose, se dió vuelta para mirar a Gwen. Su rostro era de tiza,


sus ojos la miraban. Con la mano se aferró al cuello de Stoner.

Se sacó de encima los dedos de Gwen y suavemente empujó al


caballo a la seguridad del bosque. Silbó. Pinto volvió trotando y
comenzó a pastorear al costado del camino. El caballo de Bryan hizo
lo mismo.
Stoner estiró la mano. “Bájate ahora,” dijo.

Gwen dudó, y se deslizó hacia el suelo. Sus piernas colapsaron.


Stoner la atrapó, apenas notando el dolor cuando Gwen se le colgó.
Encorvó los hombros para convertir su cuerpo en un capullo de
protección, y la envolvió con sus brazos.

“Ya terminó,” suspiró Stoner, sabiendo que para Gwen era sólo el
comienzo.

CAPITULO DOCE

Se sentó en los escalones de la cocina e hizo dibujos en el polvo con


un palito. Los Tetones parecían estar durmiendo en el aire brillante
de media mañana. La playa de estacionamiento estaba casi desierta;
el camino hacia su cabaña se hundía silencioso entre los pinos.
Detrás de ella, podía escuchar los últimos platos del desayuno
siendo apilados para el almuerzo. Una brisa tocó las cabezas de las
escrofularias en la colina, y las hizo bambalear.

No quiero irme.

Stell salió y se sentó a su lado.

“Bueno,” dijo Stell.

“Bueno.”

“Cómo fue la indagatoria?”

“Okay, supongo. Ella no habló demasiado.” Dibujó un círculo en el


piso.

“Sin cambios?”
Stoner sacudió la cabeza. “Le hicieron identificar el cuerpo. No sé
por que tuvieron que hacer eso.”

“La ley trasciende la compasión,” dijo Stell.

“Tiene pesadillas. Cuando duerme.”

“Lleva tiempo.” Stell le palmeó el brazo. “No creo que tú hayas


dormido mucho.”

“Supongo que no.” Se masajeó la nuca.

“Lo que no entiendo,” dijo Stell, “es por qué cambió el viaje para el
miércoles.”

“Cuando pensó que yo había muerto, volvió a Jackson y se hospedó


en el Motel 6 en las afueras del pueblo. Usó un nombre falso, pero el
chico de la noche reconoció la descripción y el auto. A la mañana,
juntó el equipo de camping y volvió aquí, como ya tenía planeado.
Gwen le dijo que yo seguía viva. Sabía que debía ponerla en mi
contra, así que le mostró una carta que yo le había escrito a Marylou
– la encontró en mi chimenea antes de encontrarse conmigo en Elk
Island – y le dijo que yo había inventado todo, para separarlos. Eso
pareció funcionar, pero cuando la forcé a salir conmigo afuera y
hablarme, volvió adentro muy agitada. Supongo que él se dió cuenta
de que tenía que actuar rápido, antes de que ella uniera las piezas.”

“La convenció de que necesitaban salir ya mismo, para sacarse de la


cabeza lo que había ocurrido. Jake estaba en Laramie, y su sobrino
no sabía lo suficiente – o no le importaba – como para sospechar
cuando él cambió las reservas.”

Rompió el palito. “Gwen estaba lastimada y confundida por lo que


pensaba que yo le había hecho. Y un poco asustada por el, creo. Ya
se había puesto violento por ese viaje antes. Quería creerle, y no
sabía que más hacer. Así que hizo lo que él le dijo.”
Stell sacó una miga de su bolsillo y se la tiró a un arrendajo que
pasaba. “Que suerte que miraste el libro de reservas. O no?”

“Estaba preocupada por Blacky. Y sabía que debía seguirlos, así que
quise ver a que hora salían. ” Se encogió de hombros. “Supongo que
soy un poco impulsiva.”

Stell rió. “Compulsiva o perfeccionista. Al menos a tí te habla de lo


ocurrido.”

“Sólo me contó eso. Y sólo porque insistí.”

Y no había habido mucho tiempo. La policía local, la estatal, el


Servicio Forestal, el Servicio del Parque, todos tenían preguntas, y
todos querían respuestas, y se negaban a compartir preguntas y
respuestas entre ellos. Ni siquiera compartían lápices, por lo que
había visto. Todo el tiempo Smokey se quedó a un lado, las manos
en la cintura, listo y ansioso para romper cabezas si era necesario, en
caso de que las cosas se pusieran feas. Stell se había ocupado de los
periodistas como si fuesen Jesucristos hablando sucio. Había pocos.
Los accidentes no llamaban la atención por mucho tiempo. Pero
hubo que hacer llamadas, arreglos para enviar el cuerpo de Bryan a
Boston ya que no pudieron dar con ningún pariente vivo.

Cuando estaban solas, Gwen se encerraba en sí misma, en sus


propios y privados pensamientos como un mejillón con marea baja.
Lo que sea por lo que estuviese pasando, lo estaba pasando sola.

Stell tomó a Stoner de la mano y entrelazó sus dedos. “El reporte de


la policía llegó, Stoner. Tenía antecedentes.”

Stoner la miró.”De qué?”

“Asalto. Asalto con arma. Todas mujeres.” Le apretó la mano. “Y no


te va a gustar. Violación.”

Encorvó los hombros. “Cristo. Dónde?”


“Wisconsin, Arkansas, y New Mexico. Debe haber estado
desesperado para ir a Arkansas.”

“Estaba…casado con alguna de ellas?”

“Con las primeras dos. Estaba comprometido con la tercera.”

“Jesús,” dijo Stoner. “Tenía una carrera.”

“Bueno,” dijo Stell, “debía retirarse cuando perdiese la pinta. Ahora


que lo pienso, tampoco era tan lindo.”

“Stell!” Intentó no reirse, y falló.

Stell la miró. “Es bueno escucharte reir de nuevo. Te voy a extrañar,


Little Bear.”

Stoner suspiró. “Yo también te voy a extrañar. Me gustaría volver


alguna vez, si me dejas.”

“Si te dejo? Qué se supone que significa, si te dejo?”

“No fui precisamente una clienta fácil.”

Stell le pegó en el costado de la pierna. “Has roto lo que de otra


forma hubiese sido una temporada muy aburrida.” Observó el
bosque. “El verano casi termina. Lo siento en el aire.”

“En New England ya debe haber telarañas en las praderas.”

“New England,” dijo Stell. “Es un mundo aparte.”

Conteniendo las lágrimas, Stoner acarició los nudillos de Stell con la


punta del dedo. “Tú crees que te volveré… a ver?”

“No seas idiota,” dijo Stell. Le pasó el brazo por detrás de los
hombros. “Tú eres parte de mi familia.”
“Stell, puedo decirte algo feo?”

“Por qué no? Estoy acostumbrada a tus malas noticias.”

“No quiero que se vuelva a casar.”

Stell respiró hondo. “Voy a dar un discurso, Stoner. Tal vez


signifique algo para ti, tal vez no. Pero quiero que me escuches.”

Stoner la miró.

“Quiero que tengas lo que quieres, Little Bear. Pero la vida se


desarrolla en su propia forma, y a veces piensas que todo va en
contra tuyo. Pero cuando las cosas estén mal, recuerda que un día es
sólo un día, un año es sólo un año, y una vida es mucho tiempo por
vivir.”

“Hay algo que hemos aprendido a través de los años, John, Ted y yo.
Los buenos momentos son mejores, y los malos menos malos si
tienes un amigo del alma. Y no importa lo que el futuro les depare a
tí y a Gwen, no puedo imaginar una mejor amiga que tú. ”

Stoner apoyó la cabeza en el hombro de Stell. Olía a pan recién


horneado. Por el resto de mis días, cada vez que huela esto me voy a
acordar de ella. “Gracias,” dijo.

Después de un momento, Stell se separó con suavidad. “Ahora,


tengo mensajes para ti. Smokey te manda su amor.”

“Me hubiese gustado que estuviese aquí.”

Stell sonrió, “Se esconde. Odia las despedidas. Esta noche se


sentará en la cocina y se beberá todo hasta que tengamos que
llevarlo a la cama.”

“Quería agradecerle por hacerse cargo de todo estos días. No podría


haberlo hecho sin él.”
“Bueno, tenías las manos ocupadas con ella. Jessie llamó.”

“Ella nos encontró, sabes. Trajo de vuelta los caballos.”

“Dijo que te diga, que la próxima vez que te encuentres con cinco
caballos a cargo, intentes atarlos juntos.”

“Oh.”

“Y, Stoner, eso no significa atar la cola de un caballo a la nariz del


que va atrás.”

“No hice eso,” dijo Stoner.

“Eres capáz. Las Thibaults te verán de vuelta en la civilización.” Se


paró. “Supongo que eso es todo.”

“Supongo que sí.” Observó el suelo miserablemente.

Stell le desacomodó el pelo. “Vamos. No es el fin del mundo.”

Stoner miró las montañas.

“Seguirán estando aquí,” dijo Stell. “El año que viene.”

“Si.”

“Aquí viene.” Gwen caminaba por el sendero, las zapatillas


levantando pequeñas bolas de polvo. Stell fue a su encuentro.

Stoner se quedó mirando. Unas pocas y pequeñas nubes volaban


como banderines en la punta del Grand Teton. Los glaciares
brillaban en el sol de la mañana. Bueno, hasta pronto.

Se volvió rápidamente hacia la playa de estacionamiento. “Todo


listo?”
Gwen asintió. Stoner tomó su valija y la metió en el baúl. Se limpió
las manos en el jean. “Mejor vamos yendo.”

Stell se aclaró la garganta. “Cuídate, Gwen,” dijo, dándole un


abrazo.

“Tú también, Stell. Siento lo que…” dijo sin terminar y se deslizó en


el asiento de acompañante.

“La próxima vez que vengas,” le dijo Stell a Stoner, “trae a


Marylou.”

Stoner rió. “No te haría eso.” Raspó el piso con el pié. “Buen…”

“Bueno…”

“Me hubiese gustado que me dejes pagar por mi cuarto y por todo.”

“Te dije,” dijo Stell. “Eres de la familia.”

Stoner le pasó los brazos por alrededor del cuello. “Te amo,” le dijo.

“Pórtate bien, Little Bear,” dijo Stell, abrazándola. “Y ahora vete de


aquí antes de que haga un papelón.”

Stoner corrió hacia el auto, puso la llave en el arranque, y salió hacia


la autopista. No confiaba en sí misma para mirar atrás.

Jackson Hole ya estaba dos días atrás. Dos días de silencio, y


llanuras chamuscadas. Dos noches de silencio roto sólo por el
zumbido de camiones en la autopista que corría al borde de los
cuartos de hotel, y el ruido de las sábanas de Gwen cuando se
retorcía en sueños. Dos días y dos noches de silencio, y pensar en
qué hacer.
Las llanuras dieron paso al trigo. Millas de sol blanco, calcinante,
millas de campos de granos tostados que se extendían hacia cada
horizonte. Sólo girasoles salvajes y algunos molinos aliviaban la
enervante monotonía.

Uno de los problemas de Nebraska era que no sabías si era peor con
las ventanillas bajas o altas. El aire en el auto sofocante, pero cuando
abrió las ventanas, el viento caliente le raspó la cara.

Otro era la Interestatal 80, larga, rápida, derecha, que pasaba por
todos lados menos por un Stuckey. A veces podías ver brevemente
algún pedazo de algún pequeño y gris pueblito desde la autopista.
Pueblos contruídos con rapidez cuando las vías se expandieron hacia
el oeste, destruídos con más rapidez cuando las Interestatales se
expandieron hacia el Este. Si las cosas hubiesen sido diferentes,
podrían haber bajado de la autopista, visitado alguno de esos
pueblos con nombres como Roscoe y Darr y McCool Junction, los
elevadores de cereales, los trenes, almorzado en el Bar y Grill de
Mike o en el Ethel Luncheonette, dado vueltas por los almacenes
generales, y sentido cómo era la vida en esos lugares apartados del
tiempo.

Pero las cosas no eran diferentes.

Y también estaban los insectos, genéticamente programados para


autodestruirse en el centro exacto del parabrisas, del lado del
conductor. Presionó el limpiador, y sólo consiguió esparcir unas
manchas lechosas sobre todo el rango de visión.

Con el silencio, el sol, los insectos, y Nebraska… en qué punto deja


uno de ser legalmente responsable de sus acciones?

Observó a Gwen. Su rostro era inexpresivo, sus ojos vacíos. Su piel


tenía una extraña opacidad, a pesar del sol. Las venas de sus manos
sobresalían como pequeños tubitos de vidrio azul.
Qué diablos estoy haciendo en este territorio olvidado por Dios con
ésta extraña?

Shock, se recordó a sí misma. Se le pasará. Sé paciente.

Qué fue de esa chica con ojos caoba y pelo castaño y voz de
terciopelo? Bromeamos juntas en un bar de Wyoming. Nos
acariciamos en Yellowstone. La contuve en una tormenta. Me
contuvo. Qué sucedió?

Sucedió Bryan Oxnard.

Está muerto, y sin embargo sigue con nosotras.

Una fina capa de polvo cubría el interior del auto. Sus labios estaban
partidos y agrietados. El viento se retorcía y agitaba los campos
creando formas como las olas del mar. Olas amarillas de cereal, mi
Tía Matilda. Puedo vivir mil años sin otra ola amarilla. Véndansela a
los rusos. Dénsela a los esquimales. Dispárenla hacia el espacio
exterior. Entierren basura radioactiva en ella. Quien la necesita?

Pasaron otra en una interminable serie de estaciones de servicio


desintegradas. Madera seca, ventanas vacías o rotas, enmarcadas por
cortinas podridas. Carteles de Coca Cola que colgaban como
suicidas de cadenas oxidadas. Motas de pintura, descamadas de las
paredes, ensuciaban terrenos ya sucios con papeles. Surtidores
muertos se oxidaban lentamente, derritiéndose en la tierra.

“La alquimia del siglo veintiuno,” dijo ella, “será la ciencia de


convertir óxido en mineral de hierro.”

El viento nunca dejó de soplar.

“Este debe ser un gran lugar para nacer. Es un infierno.”

Un saltamontes estalló en el parabrisas.


“Las mujeres solían volverse locas aquí en un principio. Puedo ver
por qué.”

Gwen sonrió cortésmente.

“Ya casi estamos en Grand Island, lo que sea que fuere. Tienes ganas
de almorzar?”

“Si tú tienes.”

Maldición, coincide conmigo. No coincidas conmigo. Toma alguna


ridícula posición. No te quedes ahí sentada.

Qué tal un poquito de compasión, McTavish? Apretó los dientes y


pisó con fuerza el acelerador.

Cinco millas de cereales pasaron en silencio.

“Dí algo!” gritó Stoner.

Gwen se sobresaltó. “Lo siento.”

Se pasó la mano por el pelo. “No, yo lo siento.”

“No soy muy buena compañía,” dijo Gwen. “Por qué no te tomas un
avión en Omaha? No es necesario que te quedes estancada
conmigo.”

“No estoy ´estancada contigo.´”Seguro, Gwen, dejarte. Estrellarías


este auto contra el primer árbol que encuentres. Si es que quedan
árboles en este país. Probablemente en Ohio. Cleveland. Quieres
que tu última noche en este mundo sea en Cleveland?

Un par de escarabajos fornicadores llevaron a cabo un desesperado


pacto de enamorados contra el vidrio. “Suficiente,” dijo Stoner.
“Ahora tenemos que parar.”
Espiando por entre la lechosa suciedad, alcanzó a ver un restaurante
más adelante. Un auto solitario en la playa de estacionamiento
sugería vida humana. A un lado descansaba una dilapidada pero
aparentemente funcional estación de servicio. “Cielos,” dijo Stoner,
sacando el auto de la autopista hacia un rudimentario y sucio
camino, “mis plegarias han sido escuchadas.”

Con el tanque de combustible lleno y el parabrisas limpio, estacionó


al lado del restaurant. ”No sé. No es el Copley Plaza.”

Gwen señaló hacia un cartel descolorido, descascarado y pegado con


cinta scotch a una de las ventanas. “Pasó el Consejo de Sanidad.”

“Si, pero cuándo?” Se encogió de hombros. “Si es bueno para Tom


Joad, es bueno para mí.”

Hamburguesas y papas fritas. Pero no las hamburguesas con papas


fritas del Hotel Wort. Estas hamburguesas eran finitas y grasosas. El
pan estaba rancio. Y las papas habían flotado en aceite por tres días.
Moscas colgaban en racimos de lo que quedaba de un mosquitero, y
te revolvía el estómago. La mesera, cuyo nombre era probablemente
Shirley – o Charlene – hojeaba una revista.

“Conozco este lugar,” dijo Stoner. “Es el set de ´El Bosque


Petrificado.´ ”

Gwen dejó de revolver su ensalada y levantó la vista, mirando a


Stoner a los ojos. Las viejas mariposas empezaron a darle vueltas en
el estómago.

“Dónde estamos?” preguntó Gwen.

“En la Oscuridad Relativa.”

“Qué?”
“Mucha gente famosa salió de aquí. ´El salió de Oscuridad Relativa.
´ O también está, ´Él salió del closet en Oscuridad Relativa´ ”

“Dónde saliste tú, del closet?”

“En el Ritz Carlton. Fue el evento social de la temporada.”

“Estás loca,” dijo Gwen.

“Es la altura.”

“Si.” Desvió la mirada.

Okay, no haremos ostensibles y audibles referencias a Jackson Hole.


Stoner comtempló su hamburguesa. “Creo que puedo estar
emparentada a esta cosa,” dijo. “Gwen, todavía somos amigas?”

“Supuse que lo éramos.”

“Entonces me gustaría que me hables.”

Gwen acuchilló un pedazo de huevo duro de plástico. “No hay nada


de qué hablar,” dijo tensamente. “Ya sabes todo.”

“No sé que ocurre dentro tuyo.”

“No puedo.”

“Gwen…”

“No, Stoner, por favor?” Dejó el tenedor, alineándolo prolijamente


al lado del plato. “La verdad es que no puedo comer más,” dijo, y se
levantó. “Te espero en el auto.”

“Gwen, yo…”

“No eres tú. De veras.” Y dejó el restaurante.


Stoner mordió un pedazo de papa apelmazado. Sabía a lágrimas. Lo
tiró en el plato.

“Terminaste?” Shirley – o Charlene – preguntó con voz aburrida.

“Si, eso creo.”

Shirley apiló los platos con toda la gracia de una reina, y se los
llevó, aderezo de la ensalada chorreando entre los platos, hacia la
caja. “Quieres más café?”

“No, gracias.”

Charlene dejó los platos, sucios, en un fregadero con agua grasienta


y seguramente fría. “Cual es el problema con tu amiga?”

“Mi amiga.”

“Parece una muerta en vida. Los huevos estaban hervidos de esta


mañana. Es demasiado fina para comer nuestra comida?”

Stoner se levantó. “Ha habido una tragedia en la familia.”

La camarera se encogió de hombros. “Hay que comer.”

“Uno dificilmente,” dijo Stoner fríamente, “se comporta


normalmente en estos momentos.”

“Lo reconozco,” dijo Charlene – o era Shirley – con una sonrisa


burlona.

Stoner pagó. “Una pregunta,” dijo casualmente mientras tomaba el


cambio, “qué hay que hacer para conseguir la aprobación del
Consejo de Sanidad? Tirar la cadena del baño una vez a la semana?”

“Tú debes ser del este.”


Stoner se le acercó confidencialmente. “Te contaré un secreto,
Shirley. Acabo de asesinar al marido de esa mujer. Ahora la voy a
llevar a la próxima zanja de irrigación y la voy a violar.” Dejó dos
centavos en la mesa y pegó un portazo.

“Vayámonos de aquí,” le dijo a Gwen. “antes de que llame a la


policía.”

“Qué hiciste?”

“No querrías saber.” Le pasó las llaves a Gwen. “Conduce tú. Yo me


encargo de la escopeta…”

Grinnell, Iowa.

Debo alejarme de ella.

Se sentó en el borde de la cama y escuchó a Gwen duchándose en el


baño. Pasó un camión. Allí afuera, por el límite de velocidad de 55
millas había sido como ir en elefante. Otras ciento cincuenta millas
detrás. Otra comida en silencio.

Tal vez me aliste como voluntaria para el primer vuelo espacial en


solitario a Júpiter.

Pasta dental en mano, Gwen salió de baño. “Es todo tuyo,” dijo.
Apagó la luz y se acurrucó en la cama.

Stoner miró el montículo sin forma de ropa de cama que


ostensiblemente contenía un ser humano vivo. Suspiró. “Dicen que
hay una colina en las afueras de Iowa City. Debe ser lindo.” Cerró la
puerta del baño.

Puños apretados, Stoner yacía de espaldas y miraba el rítmico


centelleo del cartel del motel. Luz, oscuridad, luz, oscuridad. Un
escarabajo atacó la ventana. Quería gritar, quería terminar con esto.
El silencio de Gwen fluía a su alrededor. Estaba suspendida en un
espacio frío y hueco. Luz, oscuridad. Quería destrozar el cartel.
Ambas terminaremos dementes antes de que esto termine. Luz,
oscuridad.

Al diablo con todo. Se levantó y se sentó en la cama de Gwen. Le


tocó el hombro. “Gwen, no puedo continuar así. Sé que dije cosas
que te lastimaron. Tú dijiste cosas que me lastimaron. No me
importa eso ahora. Sí, fui hasta allí a hacer un trabajo, pero luego
cambió. Cambió el minuto en que te ví. Por favor no me dejes
afuera, Gwen, yo…te amo.”

Gwen comenzó a llorar. “Stoner, ayúdame. Por favor.”

Se metió en la cama y atrajo a Gwen, tomándola de la mano.

Gwen lloró, largo y tendido.

Le partía el corazón.

“No puedo parar,” dijo Gwen, destrozada. “No puedo parar de


recordar.”

Stoner le acarició la espalda. “Intenta relajarte,” le dijo. “Te vas a


enfermar.”

Pero le salía de adentro en cataratas, sin parar. No, Gwen. No sufras


más.

No podrían haber sido más que minutos, pero parecieron horas.


Gradualmente, sus sollozos se convirtieron en temblores. Y entonces
se quedó quieta.

“Ya está bien,” dijo Stoner.


Gwen se dio vuelta y la miró. “No quería hacer esto,” dijo. “No
quería pedirte más nada.”

Suavemente, Stoner le secó las lágrimas de la cara. “No entiendes


nada sobre el amor?”

“Solía. Hace mucho.” Se puso de costado y anidó contra el hombro


de Stoner. “Por qué me odiaba?”

“No te odiaba.”

“No me amaba.”

“No.” Le pasó la mano por la espalda. Sus músculos eran largos y


firmes. “Esas emociones estaban más allá de él.”

“No entiendo como puede ser,” dijo Gwen.

“No, yo tampoco.” Su mano terminó descansando en la parte baja de


la espalda de Gwen.

Cuidado.

“Después de todo lo que ocurrió, por qué te quedaste? Por qué


viniste detrás nuestro?”

“Porque te amo.”

Gwen permanecía en sus brazos, en silencio. Sus pestañas le rozaban


el cuello.

“Debiste haber hablado, Gwen.” Su corazón latía con fuerza. Los


dedos le cosquilleaban. Sintió los labios pesados. Ahora no, por
Dios.

“Tenía verguenza por las cosas que te había dicho. Tenía miedo de
que no me perdonaras.”
Stoner le sonrió. “Gwen, eres imposible.” Imposiblemente adorable.
Imposiblemente…apetecible.

Contrólate. Se dio vuelta, fuera de la tentación

“Por qué no ví lo que él era,” dijo Gwen, “en todo este tiempo?”

“Eres muy confiada. Es una cualidad admirable, pero tiene sus


desventajas.”

Gwen se quedó en silencio por un largo tiempo. Bien, se está


quedando dormida. Sintió que su corazón bajaba el ritmo, y
comenzó a dormitar.

“Stoner,” dijo Gwen en un susurro.

“Si?”

“Tú…me harías el amor?”

La adrenalina le recorrió todo el cuerpo. “Qué?”

“Me harías el amor? Por favor?”

“Yo?” Chilló. Los músculos se le pusieron duros.

“Si no quieres…”

“Quiero,” dijo Stoner. “Con todo mi corazón.” El problema es que


estoy totalmente paralizada.

“No te lo pediría, pero…me siento tan…sola. Te necesito, Stoner.”

Sintiéndose de repente muy fuerte, y muy protectora, Stoner se


volvió y pasó una mano bajo la cabeza de Gwen. Con cuidado,
lentamente, desabrochó el camisón de Gwen y deslizó la mano entre
sus pechos. Gwen se contrajo. “Has hecho el amor con una mujer
antes?”
“No.”

“Asustada?”

“Un poco.” Su rostro brillaba bajo la pálida luz de neón rosa. Sus
ojos estaban oscuros.

“Me detendré cuando me lo pidas. No tengas miedo de decirme.”

Gwen la miró. “Sólo estoy…nerviosa.”

Stoner le acarició los huecos en la base del cuello. Gwen le tocó la


cara.

“Si hay algo que quieras, o no quieras, está bien.”

“Sólo quiero…saber que estás aquí.”

Stoner sonrió. “Estoy aquí, Gwen.”

Gradualmente dejó que sus dedos se desplacen por los pechos de


Gwen, y sintió que se elevaban a su encuentro. Bajó la cabeza y
suavemente masajeó un pezón con la lengua. Gwen contuvo la
respiración y enterró la mano en el cabello de Stoner. Movió la boca
hacia el otro pecho y lo mordisqueó delicadamente con los labios.

Suavemente le acarició todo el cuerpo. Sobre los hombros, pechos,


la parte baja del estómago y muslos, una y otra vez, haciendo
círculos hasta que la piel de Gwen danzó con pequeños temblores
bajo sus dedos. “Te amo,” dijo con la voz quebrada.

“Stoner,” suspiró Gwen.

Le besó las pupilas, el puente de la nariz, las comisuras de la boca, y


deslizó una mano entre sus piernas. Gwen estaba caliente, mojada, y
suave. Rítmicamente, movió su mano arriba y abajo, arriba y abajo.
Gwen se tensó, agarrándose con fuerza a ella. “No tan rápido,” dijo
Stoner. “Permítete disfrutarlo.”

“Me estás volviendo loca.”

“Es parte de la diversión.”

Siguió acariciándola, tocándola, primero en pequeños círculos, luego


de adelante hacia atrás. La piel de Gwen se tensó bajo sus dedos. Un
delicado sudor le cubrió todo el cuerpo. Sintió que ella también se
mojaba, que su sangre amenazaba con salir a la superficie de su piel,
y se sintió caer. Subir y caer, subir y caer en una cálida marea. La
respiración de Gwen se volvió errática, y su propio calor subió y
bajó, y finalmente alcanzó el rítmo de Gwen.

El cuerpo de Gwen se sacudió. Otra vez. Y otra vez. Tomó la mano


de Stoner, sosteniéndola fuertemente entre sus piernas. Y entonces
se quedó quieta.

Stoner la besó en la boca.

Por un rato Gwen se quedó asi, sosteniendo la mano de Stoner. Sus


respiraciones eran largas y profundas.

Abrió los ojos y la miró. “Rayos y centellas,” dijo.

Stoner sonrió. “Rayos y centellas?”

“Rayos y centellas.”

Y entonces las manos de Gwen estaban en su piel, tocándola,


rindiéndose a ella. Era delicioso. “No tienes que…” dijo sin mucha
convicción.

“Quédate quieta.”

Gwen le hizo el amor. Muy lentamente. Muy profundamente.


Las piedras retumbaron contra la montaña, acercándose
inexorablemente. Apretó la cara contra el piso, incapaz de moverse,
paralizada por el miedo. No de nuevo. Por favor, no de nuevo. El
invisible ruido a catarata de rocas seguía creciendo. Intentó ponerse
de rodillas, pero el suelo la atrapaba. Algo le tocó el hombro.

Sus ojos se abrieron.

“Stoner,” dijo Gwen, “despierta.”

El carrito de la mucama traqueteó por el pasillo.

El sonido de su corazón la shockeó. Respiró porfundamente hasta


que se tranquilizó. “Lo siento. Pesadilla.” Volviendo la cabeza, vio
su propio hombro desnudo, y a Gwen inclinada sobre ella, y recordó.

Hicimos el amor.

“Estás bien?” preguntó Gwen.

“Bien, bien. Qué hora es?”

“Diez y media.”

Stoner empujó el cubrecama. “Tenemos que hacer el check out.”

“No se supone que deberíamos languidecer en una bruma de


romance y satisfacción? ”

“Se supone que deberíamos haber salido de aquí.” Se dispuso a


levantarse.

Gwen la empujó hacia abajo. “Espera un minuto. Quiero mirarte la


espalda.”

“Una vez que has visto una…” Luchó para zafarse.


“Oh, cállate,” Gwen rió, y le empujó la cabeza contra la almoada.
“No fuiste nada tímida anoche.”

“Eso fue anoche,” gruñó Stoner.

Gwen pasó un dedo suavamente a través de sus hombros y espalda.


“Vas a tener cicatrices.”

Voy a tener algo peor si me vuelves a tocar entre los omóplatos. “No
hagas eso,” chilló cuando Gwen la tocó entre los omóplatos.

“Por qué no?”

“Me convierto en una maníaca delirante.”

“Bien.” Gwen la besó. Justo entre los omóplatos.

“De veras, Gwen.” Luchó contra sí misma, sin ganas. “Si no te


detienes, nunca llegaremos a Ohia esta noche.”

“Qué hay de especial en Ohio?” Gwen volvió a besarla, y le acarició


la espalda. “Tienes familia en Ohio o algo?”

Oh, por Dios, todo me da cosquillas. “Gwen…”

“Qué?” Deslizó su desnudo y cálido cuerpo sobre Stoner y la


inmovilizó.

“Eres…una descocada.”

“Soy una necesitada,” dijo Gwen. Sus labios acariciaron los lóbulos
de Stoner. Los mordisqueó suavemente.

Una corriente de calor le recorrió las entrañas cuando Gwen le tocó


un pecho. Sintió que su cadera comenzaba a moverse – no del toco
en contra de su voluntad – contra los muslos de Gwen. “Ya basta.”

“Dí ´por favor´.”


En tu vida. Con toda la fuerza que pudo juntar, rodó de lado, de cara
a Gwen, y la envolvió con sus brazos. La mano de Gwen encontró
su debilidad. Su mano encontró la de Gwen. Juntas se tocaron y
acariciaron hasta que su cuerpo explotó con deliciosos pinchazos de
placer.

Después de unos minutos abrió los ojos. “Gwen?”

“Quieta,” dijo Gwen. “Estoy languideciendo en una bruma de


romance y satisfacción”

Apoyándose en un codo, Stoner observó a la mujer que yacía a su


lado. El cabello de Gwen estaba húmedo, y le colgaba en ondas por
la frente. Sus labios estaban rellenos y rojizos. Las pestañas se
apoyaban suavemente contra sus mejillas. Stoner agarró su mano y
la besó en la palma. “No eres una descocada…” Y el puente de la
nariz. “O necesitada…” Y la base de la gargante. “Eres despiadada.”

El carrito de la limpieza estaba en movimiento de vuelta. “Tenemos


que vestirnos,” dijo Stoner.

Gwen abrió los ojos. “A quién le importa?”

“Intenta explicar esto. En Iowa.” Saltó de la cama, juntó la ropa, y se


dirigió a la ducha.

“Qué amante,” murmuró Gwen entre risas.

“Levántate.”

“Oh, está bien.” Gwen comenzó a desarmar la cama. “Voy a


empacar mientras te duchas. Si logro encontrar tu pijama.”

“Por Dios,” dijo Stoner, dando una última mirada de apreciación, y


metiéndose en el baño.
Cuando se estaba enjuagando el pelo, escuchó un golpecito en la
puerta. “Stoner,” dijo Gwen, “esto significa que somos mas que
amigas?”

“No quieres jamón?” preguntó Gwen.

Stoner observó su comida, intacta. “No tengo hambre.”

“De veras?” Agarró una de las tostadas de Stoner. “El sexo me deja
hambrienta.”

“No tan alto,” dijo Stoner rápidamente. “Este lugar está lleno.”

“Les dará algo de que hablar este invierno.” Gwen mordisqueó el


jamón. “De todas formas, probablemente lo saben.”

“Qué?”

“Mira alrededor. Somos las únicas desayunando.”

Stoner escondió la cara entre sus manos.

“Al menos bébete el café.”

Intentó. “No puedo.”

“Mira,” dijo Gwen, terminando el último pedazo de tostada y la


mitad de los huevos, “una de las dos tiene que estar alerta para
manejar. Y seguro que no voy a ser yo.”

Esas manos. Nunca ví algo parecido a esas manos. Apuesto a que


puede hacer cualquier cosa con ellas. Cazar burbujas. Abrir viejas
latas de oliva. Curar lepra. Hacer que los ciegos vean. Calmar a
niños asustados. Bajar la fiebre. Sé que puede hacer que una pasión
congelada vuelva a vivir.
Está bien, Marylou, lo admito. Estabas en lo cierto. Como siempre.
Necesitaba enamorarme. Pero no sólo enamorarme. Enamorarme
de esta, (en particular, de todos los millones de personas en este
mundo), mujer admirable con ojos caoba.

Gwen dobló su servilleta y alzó la vista. “Stoner?”

“Por qué hiciste eso?”

“Qué?”

“Doblar la servilleta?”

“Por qué no?”

“Es una servilleta de papel?”

Gwen se la arrojó. “Tengo que preguntarte algo.”

“Lo que sea.”

“Estuve…bien?”

Estuviste bien? Bien? Mis rodillas puede que nunca vuelvan a


soportar mi peso. Pasaré el resto de mis días en una silla de ruedas.
“Tienes un talento natural,” dijo.

“Oh, gracias a Dios. Pensé que no podía hacer otra cosa que no sea
enseñar historia.”

Stoner rió. “Si enseñas historia de la misma forma en que haces el


amor…”

Gwen sacudió la cabeza. “No puedo creer que haya hecho eso.
Nunca me sentí tan avergonzada en mi vida.”

Lo sabía. Sabía que esto vendría. Stoner bajó la vista hacia la mesa.
“Bueno,” dijo tristemente, “no es para cualquiera.”
“Tengo treinta años, por todos los cielos,” dijo Gwen con furia.
“Hacer algo estúpido y adolescente como eso…”

Stoner sintió una punzada de rabia. “Si eso es lo que crees, al diablo
con ello.” Son todas iguales. Está bien por unas horas de calentura,
un revolcón casual. Pero a la mañana…

“Stoner?”

“Vé a leer el graffiti en el baño de mujeres. Te sentirás bien en casa.”

“Stoner, de qué estás hablando?”

“Sexo adolescente,” escupió Stoner. “Desarrollo atrofiado. Cuál es


tu teoría? No nos podemos separar de nuestras madres? Paternidad
inadecuada? Narcisismo? No puedes relacionarte con hombres?
Escucha, Gwen, mis experiencias con hombres no han sido ni la
mitad de malas que las tuyas.”

“Qué diablos te pasa?”

“Los llamamos privilegio heterosexual,” masculló Stoner. “Siento


que estés avergonzada. Siento que pienses que hacer el amor
conmigo es estúpido y adolescente.”

Gwen la agarró de la mano. “Stoner, basta.”

Ella sacó la mano de un tirón. “No me trates con condescendencia.”

“Escúchame, maldición. No estaba hablando de eso.”

“Entonces qué?” demandó Stoner, con desconfianza.

“Estoy hablando de preguntarte eso. Como un hombre.”

Levantó la vista. “Qué?”


“Cómo estuve, baby? Acabaste?” dijo Gwen, poniendo voz de
macho.

“Oh.”

Gwen le apretó la mano. “Creo que es momento de que hablemos,


no?”

Voy a llorar. Voy a quebrarme en el medio de Grinnell Greasy


Spoon rodeada de granjeros de Iowa.

“Vamos,” dijo Gwen, arrastrándola. “Salgamos de aquí.” Le dio un


poco de dinero a Stoner. “Paga con esto. Lo tuyo también. Después
de todo, me lo comí.”

“A dónde vas?”

“Al baño de damas. A leer el graffiti.”

Había una colina detrás del restaurante. Ofrecía una vista de maíz al
norte, maíz al sur, maíz al este, maíz al oeste, y pasto bajo los piés.
Stoner se sentó cruzada de piernas en el suelo pedregoso. Hoy el
paisaje dejaría paso a lo familiar. El cielo bajaría y estaría gris de
humo. Habría ciudades con edificios altos, pueblos pegados uno al
otro como mejillones. El olor de los automóviles. Corrientes
contaminantes, charcos de aceite. Y todos apurados.

Cortó una hoja de pasto y la partió con el dedo. “En qué piensas?”
preguntó Gwen.

“En casa.”

“Felíz por llegar?”

Sacudió la cabeza. “Me hará feliz ver a Tía Hermione y a Marylou.


Pero extrañaré las montañas.”
“Y yo también.” Gwen arrojó una piedra por la colina. “Serás
distinta allí, o no?”

“No mucho.”

“No puedo imaginarte en otra ropa, adentro. Perteneces a la


artemisa.”

Stoner se recostó en el pasto. “No podría vivir allí.”

“Por qué no?”

“Caballos.”

Gwen rió. El terciopelo le había vuelto a la voz. “Tú también serás


diferente,” dijo Stoner.

“No sé lo que seré.” Hizo una pequeña montañita de piedras. “Leí el


graffiti.”

“Lindo, eh?”

“No puedo imaginar cómo se siente, saber que en cualquier


momento te recordarán que alguien que nunca conociste te odia.”

“Intento no pensar en ello,” dijo Stoner. “No podría vivir si lo


hiciera.”

“Es muy cruel.”

“Hay muchos tipos de crueldad, Gwen. Vivir no es fácil para nadie.”


Una bandada de golondrinas les pasó por encima, hacia el sur. Tan
pronto.

“Stoner, sobre anoche…”

No quiero escuchar esto. “Anoche fue anoche. Está bien.”


“Quiero que hablemos.”

“Yo no.” Por favor, Gwen, no lo arruines.

“Tengo que hacerlo.” Apoyó los codos en las rodillas y miró el piso.
“No sé lo que significa para mí. Estoy…confundida. Sobre mí
misma. Sobre el futuro. Estaba tan segura de…” Tomó una bocanada
de aire. “…Bryan. Y estaba tan equivocada. No confío más en lo que
sé.”

Stoner tragó. “Lo entiendo.”

“Pero estoy segura de una cosa. Te amo.”

Algo le pegó con fuerza en el estómago. Le vinieron lágrimas a los


ojos.

“Te amo desde esa noche en tu cabaña. Cuando me dejaste


contenerte.” Miró hacia arriba. “Me hiciste sentir gigante.”

Stoner cerró los ojos.

“No te estaba usando anoche, Stoner. Espero que no pienses eso.”

“No pienso eso,” dijo suavemente.

“Todo lo que hice o dije fue…de corazón. Y no me arrepiento.


Nunca me arrepentiré. Jamás.”

“Ni yo.”

“Hay tanto que no sé de ti,” dijo Gwen. Sonrió ampliamente. “Ni


siquiera sé que comes en el desayuno.”

Stoner le tiró una piedrita.

“No puedo esperar a que ocurra.”


“Si,” dijo Stoner.

“Es hora de irse.”

“Supongo que sí.” Stoner se puso de pié reluctantemente. Miró hacia


el noroeste, como si pudiese vislumbrar por última vez los Tetones.
Pero sólo había maíz y cielo.

Gwen apareció por detrás abrazándola y besándole el cuello con


delicadeza. “Fueron hermosos,” dijo.

CAPITULO TRECE

“Cambios de humor,” dijo Gwen. Tiró la valija en la cama. “Toda mi


vida intenté evitar los cambios de humor. Lo siento, Stoner.”

“No lo sientas.” Metió la Biblia en un cajón y lo cerró de un golpe.


“Y no hagas chistes al respecto. Es perfectamente entendible.”

“Lo loco es que sigo queriendo echarme la culpa.”

“Si Dios hubiese querido que fuésemos racionales, nos hubiese


hecho racionales.”

“Creés en Dios?” preguntó Gwen, cambiándose la ropa por su


remera de dormir.

“No. Si hay un Dios, no le tengo respeto.”

“Bueno, cómo puedes respetar a alguien que creó Ohio?”

“Si tú crees que esto es malo, espera a ver el New York Thruway.”
Gwen se sentó en el borde de la cama. “Odio sentirme así,” dijo con
tristeza. “Especialmente después de esta mañana.”
Stoner la abrazó. “Va a ocurrir. Simplemente no te cierres.”

“No lo haré.” Puso las manos alrededor de la cintura de Stoner y


enterró la cabeza en su pecho.

“Así es como va a ser, Gwen,” dijo ella, sostentiéndole la cabeza con


una mano. “Por un tiempo. Bryan no fue un tipo bueno.” Si alguien
vuelve a lastimar a esta mujer…

Gwen respiró profundamente. “Quieres usar el baño primero?”

“Tú vé primero. Yo me cambiaré.”

Me pregunto cuáles serán los arreglos para dormir esta noche,


pensó mientras se secaba la cara. Espero que no quiera hacer el
amor. Estás loca? No quieres hacer el amor? No ahora. Ahora sólo
quiero…protegerla. Cuando salió del baño, notó que Gwen había
puesto todas las almoadas en una cama. Se acostó a su lado.

“Stoner,” dijo Gwen en voz baja. “Te importaría simplemente…


abrazarme?” El paraíso es irse a dormir con la mujer que amas en
tus brazos. Aún en Ohio.

Gwen estacionó en la curva frente a la casa de piedra rojiza de


Beacon Hill. Stoner se bajó y sacó su valija del asiento trasero. Se
inclinó sobre la ventanilla. “Te veo en un par de días.”

Gwen asintió.

“Gwen, vas a estar bien?”

“Seguro.” Se pasó la mano por el pelo, un gesto que se le había


pegado recientemente.

Stoner sonrió y la tomó de la mano. “Recuerdos?”


“Me temo que sí.”

“Me gustaría ayudarte.”

“Es una de las cosas,” dijo Gwen, “que nadie puede hacer por mí.”

“Bueno, si me necesitas, estoy tan cerca como el teléfono.”

Gwen la miró. “Eso parece horriblemente lejos.”

“Si, es cierto.” Stoner le acarició la cara con el revés de la mano. “Te


voy a extrañar.”

“No eres la única.”

Un auto detrás de ellas tocó la bocina impacientemente. “Debe ser


de afuera,” dijo Stoner irrelevantemente. “En Boston bajas la
ventana y gritas.”

“Hey, señorita, se va a quedar parada ahí todo el día?”

Gwen suspiró. “Mejor me voy. Paso por la agencia de viajes pasado


mañana. Si logro encontrarla.”

“Simplemente busca una deli con folletos de viaje. Eso somos.”


Impulsivamente, se inclinó hacia adelante y la besó en la boca. “No
me olvides.”

Gwen puso la mano en la nuca de Stoner. “Cómo podría?”

“Vamos, chicas. Cortenlá.” El conductor aceleró el motor.

“Ese es el problema con New England,” dijo Stoner. “No hay


facilidades para el romance.” Le torció la cabeza a Gwen hasta que
sus ojos se encontraron. “Recuerda, siempre que me necesites.”

Gwen puso la mano en el arranque. “Adiós, Stoner.”


Vió como el auto doblaba en la esquina, fuera de su vista. Un
camión de reparto rugió amenazadoramente. Corrió hacia la acera.
Se sintió fuera de lugar, aquí en el medio de Boston, con su ropa del
oeste. El tránsito sonaba, lejano. Los niños jugaban en el Jardín. Una
paloma aterrizó en una ráfaga de alas y levantó unas migas de la
vereda, quejándose a sí misma. Una foto se le formó en la mente, de
Gwen ese día en Yellowstone, alimentando a una ardilla. Sintió un
vacío doloroso. Montañas, artemisa, Stell, Smokey…ya eran como
un sueño. De veras había terminado. Tristemente, se volvió y subió
los escalones de su casa.

Tía Hermione estaba con un cliente. Podía afirmarlo por la forma en


que se sentía la casa, como si nadie viviese allí. Tía Hermione decía
que era porque ella tenía que “recoger las vibraciones” para la
lectura. Stoner sospechaba que la verdadera razón era que su tía
infundía a la casa con tanta vida, moviéndose constantemente,
tocando cosas, haciendo ajustes, que cuando estaba en estado
sedentario sólo podías pensar en pararte con las manos en los
bolsillos y mirar estúpidamente a la calle. Cualquiera fuese la razón,
era una señal para que ella se quede en la cocina y haga té.

Puso la pava y fue hacia la ventana. Los Blue Runners estaban en


buena forma, sus zarcillas cargadas con arbejas que espiaban por las
aberturas de las malditas pajareras. La pava silbó y se dió cuenta de
que había estado parada con las manos en los bolsillos, mirando
estúpidamente hacia el jardín. Palmeó el alféizar. “Sé como te
sientes, viejo amigo.”

“Hablando con las paredes, querida?” Tía Hermione apareció en la


cocina junto a un acompañamiento de collares y brazaletes
tintineantes. “Wow!” dió un grito, sacándose una blusa brillante y
floreada. “Demasiado por un día. La luna llena es brutal. Debe estar
en algo.” Abrazó con fuerza a Stoner. “Al fin en casa. Te ves
maravillosa.”

“Y tú también.” Fué a por la pava.


Tía Hermione la empujó hacia una silla. “Quédate ahí.” Se hizo
cargo de la cocina.

“Puedo hacer té,” dijo Stoner.

“No muy bien, querida.”

Sonrió para sí misma. A pesar de todo, era bueno estar en casa.

“Ahora,” dijo su tía, entre la parafernalia del té. “No quiero que me
cuentes nada. Tenemos compañía para la cena y no hay necesidad de
que te repitas a tí misma.”

“Quién?”

“Edith y Marylou Kesselbaum. Espero que no quieras una noche de


descanso. Conoces a Marylou. No puede esperar a escuchar cada
truculento detalle.”

Stoner revolvió su té. “Está bien.”

“Tengo dos noticias perfectamente horribles para tí,” dijo Tía


Hermione con alegría. “Lo primero, tenemos un gato nuevo.”

Stoner sonrió. “Supongo que puedo vivir con eso.”

“Y aquí viene la parte terrible. Toma una galletita, querida.” Le pasó


el plato.

“El gato está embarazado?” Preguntó Stoner, tomando una.

“Oh, espero que no. Grace me aseguró que estaba castrada. Aún así,
cosas extrañas han ocurrido. Ese niño israelí, por ejemplo.”

“Qué niño israelí?”


“Ya sabes cuál. Con la posada y el pesebre y esos tres viejos tontos?
Bueno, fue hace mucho tiempo. No debería esperar que te
acuerdes.”

“Jesús?” preguntó Stoner, intentando no reirse.

Tía Hermione chasqueó los dedos. “Ese mismo. Qué inteligente.


Pero, entonces, siempre dije que eras inteligente.”

“Tía Hermione, por qué estás nerviosa?”

La mujer mayor la miró.”Porque estoy tan agradecida de verte vivita


y coleando.” Sacó un pañuelo del bolsillo y se secó los ojos. “Te
extrañé, Stoner.”

Stoner se levantó y la abrazó. “Yo también te extrañé,” dijo, con el


corazón derretido.

Tía Hermione le palmeó la mejilla con afecto. “No te agaches así,


Stoner. Te van a doler las rodillas.”

Stoner agarró su taza y se apoyó en el fregadero. “No puedo


sentarme más. Estuvimos en el auto cinco días.”

“Cinco silenciosos días,” Tía Hermione dijo acusadoramente. “Tu


última carta fue enviada desde Douglas, Wyoming. Y Marylou no
recibió más que postales. Debo decir, querida sobrina, que escribes
maravillosas y poco informativas postales. Una nunca debe
preocuparse por dejarlas por ahí.”

“Cuál es la otra mala noticia, Tía Hermione?”

“Tenemos un gato.”

Stoner cerró los ojos y sacudió la cabeza. “Ya me dijiste eso. Qué
más?”

“Tus padres vienen a Boston. Esperan que cenes con ellos.”


Descolocada, Stoner levantó la vista. “Por qué? Ni siquiera les caigo
bien.”

Tía Hermione se puso los anteojos y la miró. “Bueno, algunas cosas


han cambiado por aquí.”

“Sabes todos esos rumores que siempre escuchamos sobre padres


que aman a sus hijos? Creo que pueden ser verdad. Conocí a una.”

“De veras? Quién?”

“Stell Perkins.”

“Perkins, Perkins.” Tía Hermione frunció el entrecejo por un


segundo. “Oh, la posadera!”

“Supongo que puedes llamarla así.” Dudó. “Te importaría si las


cosas se ponen un poco caóticas por un par de días? Me gustaría
poner a mis padres en su lugar. Puede que recibas algunas llamadas
telefónicas desagradables.”

“Por supuesto que no me importa. Ya sabes que me encanta el


alboroto.” La estudió. “Sí, algo ha cambiado en tí definitivamente.
Algo grandioso debe haber ocurrido en Wyoming.”

“Y en Iowa.”

“Iowa! Pasó algo en Iowa?”

“Hicimos el amor,” soltó Stoner.

“Bueno, no hay necesidad de anunciarlo, querida, estoy segura de


que a Beacon Hill le importa poco.”

Stoner sintió que su rostro pasaba de escarlata a magenta. “No quise


decirlo,” murmuró. “Se me escapó.”
“No escuché nada,” dijo Tía Hermione. “No te interesa saber cómo
dispusimos del cuerpo del delito?”

“El qué?”

“Los restos de Oxnard.”

“Tía Hermione,” dijo Stoner, shockeada.

“Cómo lo llamas, el adorado difunto?”

Me rindo. “Qué hiciste con el…con Bryan?”

Su tía mordisqueó una galletita. “Lo llevamos al cementerio, bien


arregladito. Grace D´Addario…la conoces, Stoner, ella es bruja…
roció unas hierbas e hizo una hermosa danza ritual.”

Stoner se ahogó con el té. “Ella qué?”

“Cálmate, Stoner. No comas y grites al mismo tiempo.”

“Tía Hermione, pudiste ser arrestada.”

“Lo sé, querida. Y nos miraron bastante mal desde una procesión
funeraria que pasó…”

Stoner gimió.

“Pero no podíamos dejar que el diablo escape de debajo de la tierra.


La luna estaba en Escorpio, sabes, y Grace sintió que estábamos
justo a tiempo.” Se sirvió otra taza de té. “Por supuesto, mucho de lo
que sucedió fue griego para mí. No es mi área, apenas hice lo que
me dijeron.”

Stoner se abrazó a sí misma. “Y qué fue eso, Tía Hermione?”

“Unos simples pasos de baile y un poco de canto.”


“Oh, Dios.”

“A veces me preocupas, Stoner. Eres tan conservadora. Más té?”

“No, gracias.”

“Me moría por abrir el ataúd y mirar adentro, por supuesto. Pero
hubiese sido un error, con Eleonor presente.”

“Estaba la señora Burton contigo? Bailando y cantando?”

“Por supuesto. Es la pariente viva más cercana, ya que tú y Gwyneth


estaban hacieno Dios sabe qué, retozando en Iowa.”

Stoner se volvió y se golpeó la frente contra la pared.

“Tiene una voz encantadora para el canto.”

“La señora Burton,” dijo Stoner débilmente.

“No se nota al oírla hablar, no? Le pedí que se uniera al Coro


Azalea.”

“El Coro Azalea.”

“En la Sociedad Horticultora.”

Stoner colapsó en una silla. “Tía Hermione, vivir contigo es como


vivir en la Twilight Zone.”

“Pues, gracias, querida. Qué dulce.” Sorbió el té con placer. “Qué


hora es?”

“Como…” miró su reloj, “…las cinco y cuarto.”

“Mejor que corras a bañarte. Nuestros invitados llegan a las seis.”

“Qué hay de cenar?”


“Conseguí un asado maravilloso en la carnicería.”

Cayó en la cuenta de algo. “Tía Hermione, te das cuenta de que


invistaste a Edith y a Marylou Kesselbaum a cenar en la misma
noche?”

Tía Hermione se golpeó las mejillas con las manos. “Oh, querido
Dios. Qué podemos hacer?”

“Tú vé a la rotisería,” dijo Stoner, levantándose. “Yo iré a McDonald


´s ” Hizo una pausa en la puerta. “Estoy horriblemente encantada de
estar de vuelta.”

Sonó el teléfono.

“Voy yo.” Arrojó el trapo sobre el frejadero. Levantó el auricular.


“Hola,” dijo fríamente.

“Stoner? Eres tú?”

Su estómago dió un par de vueltas. “Gwen?”

“Suenas tan rara.”

“Acabo de romperle el corazón a mi madre,” dijo, llevándose el café


hacia la mesa. “Pensé que era ella que llamaba de vuelta.”

“Hiciste qué?”

“Es la posición oficial en este momento.”

“Pero qué hiciste?”

“Me negué a cenar con ellos. Me temo que vamos sufrir un largo
asedio.”
“Oh, Stoner, lo siento.”

“No lo sientas. Era inevitable.”

“Vas a volver a verlos alguna vez?”

Stoner se encogió de hombros. “No lo sé. Depende de cómo vaya.


Cómo vas tú?”

“Bien. Necesitaba escuchar tu voz.”

“Es bueno escuchar la tuya,” dijo ella.

“Stoner? Te pusiste colorada?”

“No es de tu incumbencia.”

Gwen suspiró. “Me gustaría verte.”

“Estaré allí en un segundo.”

“No, es muy tarde, y muy lejos.”

“Lo sé.” Dudó. “Gwen, le conté a Tía Hermione sobre…Iowa. Ella


no se lo dirá a nadie. Te molesta?”

“Por supuesto que no me molesta,” dijo Gwen suavemente.

“Se me escapó.”

“Dije que no me molesta.”

“Ella no va a pensar nada raro al respecto.”

“NO ME MOLESTA!” gritó Gwen. “No, abuela,” dijo, alejándose


del teléfono, “no pasa nada. Hablamos así entre nosotras todo el
tiempo.”

Se escuchó un murmullo de fondo.


“Sé que no es propio de una dama, pero no pasa nada.”

Otro murmullo.

“Bien. Vé a la cama. Buenas noches, abuela.” Volvió al teléfono.


“Por dios.”

Stoner sonrió ampliamente. “Problemas por ahí?”

“De veras! La amo con todo mi corazón, pero ha estado encima mío
como un hongo toda la tarde.”

“Bueno,” dijo Stoner, “estuvo muy asustada.”

“Lo sé. Le dije que iríamos a Nova Scotia por unos días. Tal vez eso
la tranquilice un poco.”

Oh, mierda. De veras estamos de vuelta. “Parece una buena idea.”

Gwen rió. “Y tu pareces una gran mentirosa.”

“Estoy mal acostumbrada. La vuelta ha sido dura.” Dura! Fue


desgarradora. Se secó una lágrima que de algún modo se le había
escapado.

“Estás invitada.”

“No puedo. No sería justo dejar a Tía Hermione sola.”

“Si paso por la agencia mañana, podría Marylou hacernos las


reservas?”

“Para eso estamos. Y si ella puede, yo puedo.”

“No,” dijo Gwen. “No quiero que lo hagas tú.”

“Por qué no?”


“Ya es bastante duro que me vaya. No quiero sentir que me estás
despachando.”

Te amo, te amo, te amo.

“Stoner?”

“Qué?”

“Pensé que habías colgado.”

“No, sigo aquí.”

“Tengo que seguir recordándome eso.”

Stoner suspiró. “Y yo.”

“Las llamadas telefónicas son frustrantes, no?”

“Si.”

“Pero es mejor que nada.”

“Apenas.”

“Muy apenas. Pero te veré mañana. A las once?”

“Bien.”

Hizo una pausa. “Stoner?”

“Qué?”

“Tus ojos me vuelven loca.”

Stoner tragó con dificultad. “Esto se está convirtiendo en una


llamada obscena?”

“Puede ser. Buenas noches, Stoner.”


Apagó las luces y subió las escaleras. Desempacó, corrió el
cubrecama, y acomodó la destruída foto de Gwen contra la lámpara
en su mesa de luz. La cama le pareció enorme. Y muy vacía.

“Por el amor de San Pedro,” aulló Marylou. “Podrías parar de


rezongar? Me estás volviendo loca.”

“Intento poner orden en todo este caos.” Miró a Marylou. “El cual,
incidentemente, no he creado.”

“Orden,” dijo Marylou, “no es poner los archivos del Grand Canyon
con los de Virgin Islands.”

Stoner se dejó caer en su silla y enterró la cabeza entre las manos.


“Maldición.”

“Relájate. Estás nerviosa sólo porque viene ella.”

“Vete,” murmuró Stoner.

Marylou le palmeó la cabeza. “Está bien, ya limpiaremos.”

Stoner se puso de pié.

“Yo limpiaré,” se corrigió Marylou. “Lee tu correo.”

Sin ganas, Stoner abrió un par de sobres. Propaganda. Los dejó


sobre el escritorio. “Basura.”

“Estamos en el negocio basura.”

“Este lugar se le parece. No piensas vaciar los tachos?”

“No,” dijo Marylou. “Puede que haya pusto algo importante ahí.”
“Dos semanas,” dijo Stoner, moviendo los brazos. “Te dejo sola dos
semanas y conviertes este lugae en un vertedero.”

Marylou se apoyó las manos en la cadera. “Llama a United. Habla


con la señorita Vozdulce. Te va a serenar.”

“No tengo nada que decirle a la señorita Vozdulce.”

“Reserva veinticinco lugares a Londres.”

“Qué veinticinco lugares? Marylou, si vas a enviar veinticinco


personas a Londres, por qué no lo estamos haciendo? Sabes lo difícil
que es conseguir tantas reservas? Les hablaste de charters?”

Marylou chasqueó los labios. “Llegará el día en que tengamos un


grupo de veinticinco. No somos Crimson Travel, cielo.”

“De qué estás hablando?” preguntó Stoner al borde de la locura.

“Simplemente reserva el vuelo. Luego lo cancelas. Te va a mantener


ocupada por un rato.”

Stoner gritó.

“Quieta,” dijo Marylou. “Quieres que toda la policía de Boston


termine entrando por esa puerta? Piensas que esto es un caos ahora.
Creéme, una vez que entre la policía montada... ”

Stoner se acurrucó en posición fetal.

“Bien. Quédate así hasta que haya terminado.”

Al rato Stoner se animó a espiar. Una esquina del escritorio de


Marylou comenzaba a emerger. “Has buscado hoteles en Nova
Scotia ya?”

“No, no he buscado hoteles en Nova Scotia todavía. No he


terminado con las tareas del hogar todavía.”
“Ella va a estar aquí en minutos.”

Marylou la ignoró.

La puerta se abrió.

Stoner sintió que la sangre le subía al rostro.

“Si?” dijo Marylou, dirigiéndose a Gwen. “Puedo ayudarte? Mi


socia está con un pequeño ataque de nervios, como podrás ver, pero
tal vez yo…”

“Por todos los cielos, Marylou. Es ella.”

“Quién?”

“Gwen,” gritó.

“Oh!” Le tendió la mano. “No te reconocí. Es porque sólo tuve la


oportunidad de mirar tu foto unos diez segundos antes de que ella
me la arrebatara.”

“No la arrebaté. Nunca arrebato.”

“Uh,” dijo Gwen, “tal vez debería volver más tarde.”

Stoner dejó caer la cabeza en el escritorio y se cubrió con los brazos.

“Por favor,” dijo Marylou. “Si quieres ayudar, haz algo con…” hizo
un gesto hacia Stoner. “…ella.”

“Tú eres Marylou,” dijo Gwen.

“Intento.” Miró a Gwen de arriba a abajo. “No estabas bromeando,


Stoner. Es deliciosa.”

“Marylou!”

Gwen rió. “Gracias. Supongo.”


“Me las vas a pagar,” dijo Stoner entre dientes.

“Uh-oh,” dijo Marylou. “Metí la pata.” Le tocó la mano a Stoner.


“Lo siento. Amigas?”

Stoner asintió en silencio.

Gwen cruzó hacia su escritorio y puso una mano en el hombro de


Stoner. “Stoner?”

“Maldición.” Estaba al borde de las lágrimas. “Quería que todo


fuese perfecto.”

“Todo es perfecto.” Gwen miró a Marylou. “Te contó Stoner


nuestros planes?”

“Tendré algo para tí en un minuto,” dijo Marylou. “Si le dices que


me perdone.”

Stoner suspiró. “Oh, Marylou. Por supuesto que te perdono.”

“Nerviosa, no?” le dijo Gwen a Marylou.

“Bajo ciertas circunstancias.”

Stoner le lanzó una mirada de advertencia.

“Ahora.” Marylou se frotó las manos. “Pongamos el show en


marcha.” Fue hacia su escritorio y sacó unos formularios.

“Seguro que no puedes venir con nosotras?” preguntó Gwen.

“Estoy segura. Y tu abuela debe querer algún tiempo a solas


contigo.”

Marylou murmuró algo que sonó bastante parecido a “Quién no?”

“Perdón?” dijo Gwen.


Marylou alzó un folleto. “Demasiado rígido. El hotel. Acartonado.”

Stoner apretó los dientes.

Gwen se puso detrás, la rodeó con los brazos, y apoyó su mejilla en


la cabeza de Stoner. “Jeans,” suspiró. “Sabía que estarías usando
jeans.”

“Gwen…”

“Aha!” anunciò Marylou. Les alcanzó una carpeta. “Y esto?”

Stoner la miró. “Marylou, eso es un resort para solteros.”

“Mi abuela tiene setenta y dos,” dijo Gwen.

“Oh,” dijo Marylou. “Bueno, me ponen nerviosa. Vayan a dar una


vuelta mientras lo soluciono.”

“Vamos,” dijo Gwen, encaminándose hacia la puerta.

“Stoner,” dijo Marylou, “puedo decirte algo antes de que te vayas?


Un problemita con estos vouchers…”

“Esperaré afuera,” dijo Gwen.

Stoner observó los vouchers y los estudió. “Cuál es el problema?”

“Muy interesante,” dijo Marylou.

“Qué es interesante?”

“Todo ese toqueteo y abrazos. Hay sólo una cosa que hace que la
gente se comporte así.”

“Qué?”

“Sexo.”
Stoner le arrojó los vouchers en la cara. “Te odio, Marylou.” Corrió
hacia la puerta.

“Quiero saber todo lo que pase,” gritó Marylou a sus espaldas.


“Cada detalle.”

Se sentaron en un banco cerca de los botes cisne. El parque estaba


casi desierto por el calor. Una anciana con un vestido muy usado
alimentaba a las palomas con una bolsita de migas, llamándolas
suavemente. El aire estaba seco.

“El tiempo está cambiando,” dijo Stoner.

Gwen asintió.

“Dormiste anoche?”

“Un poco. Las pesadillas volvieron.”

“Lo siento.” Stoner la tomó de la mano.

“Es una cuestión de tiempo, supongo.” Miró hacia el piso. “Stoner,


no sé cómo agradecerte por…”

“No.”

Las hojas de un sauce se sacudieron con una correntada.

“Gwen,” dijo Stoner de repente, “a veces los Bryans de este mundo


ganan, y a veces pierden. Lo que importa es seguir adelante.”

“Supongo.”

“Si no, siempre ganan.”


Gwen se masajeó la cara. “Sabes que es lo peor que hizo, Stoner?
Me robó mi habilidad de creer en mí misma.”

“Eso es lo que tú me diste,” dijo Stoner en un susurro.

Gwen le apretó la mano.

Hubo un largo silencio.

Gwen rió. “Marylou,” dijo. “Es muy graciosa.”

Stoner gruñó.

“Son amigas desde hace mucho tiempo, no?”

“Doce años.”

“Creo que estoy celosa.”

Stoner la miró. “De veras?”

“Algún día te habré conocido por mucho tiempo, también. Me va a


gustar eso.”

“Y a mí.” Stoner buscó en su bolsillo y sacó una cadenita con una


piedra brillante, sin pulir. “Esto lo tengo desde que era chica,” dijo.
“Encontré esta piedra en un día perfecto.” Con torpeza, la dejó caer
en la mano de Gwen. “Quiero que la tengas. Para que te dé suerte.”

“Es hermosa,” dijo Gwen. Sus ojos estaban húmedos. “Gracias.” Se


la pasó por encima de la cabeza, y sostuvo la roca en su mano.
“Stoner, me gustaría no estar tan confundida. Me gustaría saber…
cuánto te amo.”

“Me amas,” dijo Stoner. “Es todo lo que importa.” Le tocó el pelo.
“Stell me dijo algo. Una vida es mucho tiempo para vivir. Lo
importante es hacerlo juntas.”
Observaron como un bote cisne descargaba pasajeros.

“Mejor me voy,” dijo Gwen. “La abuela me espera.” Se levantó.


“Me detendré a recoger las reservas de Marylou.”

“Creo que me quedaré aquí un ratito.”

“Stoner? No estaré así por siempre.”

“Lo sé.”

Gwen se volvió y se alejó. Extendiendo un brazo sobre el respaldo


del banco, Stoner la observó alejarse. La luz del sol brillaba en su
pelo. Su cuerpo era firme y fuerte y elegante. Stoner sonrió. Gwen
llevaba puesta su camisa celeste, pantalones kaki y botas. Como lo
haría cualquiera con buen gusto.

FIN

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