Historia natural
-Pere Calders-
Cualquiera que tenga cuatro lecturas sabe que en el trópico hay ciudades buenas que
tienen una retirada con las verdaderas ciudades de Occidente.
Pero, antes de formarse un juicio definitivo sobre la materia, es preciso conocer muy bien
los dos extremos, y yo estoy en condiciones de aportar datos que pondrán la cuesti ón bajo
otra luz.
Porque una vez, para descansar de no recuerdo qué fatiga, me fui a vivir a una ciudad
tropical. Era una ciudad asfaltada, con construcciones a la americana y semáforos en cada
esquina, guardias urbanos, unos tranvías que iban bien y un servicio de cultos que llenaba
holgadamente las necesidades de los habitantes y de la gente que los visitaba.
Alquilé un piso moderno, todo él en cemento armado y hierro, con unos servicios
sanitarios que, según declaración explícita del propietario, estaban elegidos del catálogo
más reciente de una fábrica de la que decía que tenía mucha fama.
Daba toda la impresión de que, en aquel piso, se debía de vivir bien. Pero no era verdad. El
primer día que estuve allí comenzaron a salir insectos por todas las rendijas y me
rondaban y me miraban esperando que me durmiera para picarme. Contra ellos tenía las
defensas que la industria moderna pone al servicio del inquilino en casos como éstos, y
me dio la impresión de que no tenía que preocuparme demasiado.
Pero al día siguiente descubrí unos bichos extraños que había que matar, precisamente,
aplastándolos, y después ratas, un reptil tropical que canta de noche, escorpiones, la
peligrosa mimeola-alleuquis que se come las orejas de las criaturas y, cuando éstas faltan,
las de los mayores, termitas blancas, etc.
Tenía la sensación de ser un superviviente en aquel piso y, efectivamente, alguna vez
había
sorprendido una mirada llena de reproches de una de aquellas bestezuelas. Pero ya sabéis
cómo somos los europeos. No cedemos, vamos a la nuestra y tenemos un temperamento
belicoso. Decidí plantar cara y me pasaba el día luchando de la mañana a la noche,
ocultándome por los rincones con una madera en las manos, esperando el paso de
cualquier animal.
Pero un día, un miércoles, encontré un tigre en la cocina. Eso sí que me indignó y me hizo
ver que ya era suficiente.
Fui a ver a la portera, saltando los escalones de cuatro en cuatro.
—¡Tengo un tigre en el piso! —le dije.
—¿Ya? —respondió—. Este año se ha adelantado la temporada.
—¿Ah, sí?
—Sí —dijo—. Cuando vienen las lluvias las hembras buscan refugio en los pisos, para criar.
Si no la molesta, no le hará nada. Lo mejor es hacer ver que la ignora, y sobre todo
procurar no pisarla. Si se las lleva bien, estas bestias incluso hacen compañía.
—¿Ah, sí?
—Sí. Sólo causan molestias en el momento de dar a luz; pero usted mismo puede vigilarla,
y cuando vea que se acerca la hora se va a pasar un par de días a un hotel. El dueño le
rebajará del alquiler del piso los gastos que haga en este sentido.
Emprendí la vuelta al piso con la cabeza gacha, lleno de presentimientos. Cuando estaba a
mitad de la escalera, la portera me gritó:
—Olvidaba recomendarle que le haga un lecho de paja en la cocina, y —hágase cargo de
esto—, téngale siempre un cubo de agua limpia a punto.