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Tabú se designa a una conducta moralmente inaceptable por una sociedad, grupo

humano o religión.
Es la prohibición de algo supuestamente extraño (en algunas sociedades), de contenido
religioso, económico, político, social o cultural por una razón no justificada basada en
prejuicios. Romper un tabú es considerado como una falta grave por la sociedad que lo
impone.

Orígenes [editar]
En las agrupaciones primitivas los comportamientos causativos de una reacción tribal
eran aquellos que ofendían el tabú mágico, esto es, las prohibiciones vigentes en la tribu
oriundas de supersticiones, hechicerías y costumbres ancestrales, en las que los magos o
sacerdotes eran sus veladores.
No hay en estas agrupaciones humanas primitivas un concepto destacado de lo
que hoy estimamos como delito, pues las violaciones de los tabúes mágicos tenían
más bien la naturaleza de lo que las religiones positivas han considerado pecado. Las
sanciones que seguían a la violación del tabú tenían también carácter religioso, ya que
consistían en la privación de los poderes protectores de los dioses de la comunidad.
Empero, en aquellos primitivos tiempos, se observa ya que lo que hoy denominamos
delito era un hecho efectuado individualmente y que por implicar una violación de las
costumbres lesionaba las normas prohibitivas de la comunidad tribal constitutivas del
tabú. El comportamiento punible era oriundo de hábitos y supersticiones, usanzas y ritos;
estaba considerado como una ruptura de la paz interna o externa del clan; e imperaba en
su concepción un acusado de carácter religioso sacerdotal de colectiva defensa física,
objetiva y ciega de los principios ancestrales en que se fundaba la propia existencia de
cada tribu o colectividad.
El hombre primitivo pensaba que si cometía ciertos actos debía sufrir, inevitablemente,
ciertas consecuencias. Las aceptaba sin exigir que la relación de causa a efecto tuviera
un contenido lógico, ni tampoco una base ética y moral. La tradición y la costumbre le
habían enseñado que si hacía esto o aquello (ya que los tabúes tenían vigencia en
relación a acciones, no omisiones), sufriría tales y cuales castigos. No porque los mismos
fueran inevitables, porque hubiera infringido un precepto legal, o porque hubiese causado
daño sino, simplemente, porque había violado un tabú, vale decir, una prohibición atávica.
En la mayoría de las sociedades primitivas los tabúes estaban representados por una
serie de reglas negativas, cada una de las cuales preveía, y sancionaba, una forma de
conducta prohibida, cuya concreción debía determinar, inevitablemente, un daño al
culpable o, en algunos casos, a todo el grupo al que pertenecía. Sirvieron para
acostumbrar al hombre a la obediencia, y prepararon su ánimo para que en estadios
posteriores de la civilización aceptara los castigos derivados de la violación de las leyes
humanas. Ayudaron a mantener el imperio de las normas de moralidad corrientes dentro
de cada grupo social, las que podían aplicarse no sólo a una relación arbitraria del
hombre con la divinidad, sino también a la conducta cotidiana y corriente. El peso de los
tabúes se hizo sentir en forma efectiva en los pueblos primitivos, extinguidos o actuales,
porque el grado de conocimiento de sus miembros no les permitía entender la naturaleza.
Los pueblos que forman el "mundo civilizado actual" hicieron una selección inteligente
dentro del dominio de los tabúes. En consecuencia permitieron que subsistieran
únicamente aquellos que, de acuerdo con la experiencia, mostraban tener una utilidad
social. Los mismos sobreviven bajo el aspecto de reglas de etiqueta o preceptos morales,
o adoptaron la forma más solemne de leyes civiles o penales. El pasaje del tabú mágico al
concepto de la prohibición o sanción motivada y razonable siguió un camino paralelo y
equivalente al recorrido por el progreso de la mente humana. Así, el temor a lo
sobrenatural fue reemplazado por el temor concreto a las sanciones de las leyes
humanas.

Tabú  que significa “lo prohibido”. El concepto permite mencionar

las conductas o acciones que están prohibidas o censuradas por un grupo humano

debido a cuestiones culturales, sociales o religiosas.

Los tabúes suelen instaurarse sobre aquello que se considera antinatural.

La mayor parte de los tabúes surgen por la tradición cultural, aunque algunos también

pueden desarrollarse a partir de los intereses políticos dominantes.

La noción de tabú cambia con la historia y depende de cada comunidad. Un sujeto incluso

puede desarrollar una conducta considerada tabú por la sociedad pero que a él no le causa

ningún rechazo. En estos casos, lo habitual es que dicha conducta sea realizada en privado

o en secreto, para evitar el escarmiento público.

El canibalismo es uno de los tabúes más extendidos. Comer carne humana es

considerado aberrante por la gran mayoría de las personas. Otros tabúes

alimentarios son más acotados, como el hecho de comer carne de cerdo (algo

condenado por el judaísmo pero común para los católicos, por ejemplo).

La sexualidad incluye muchos tabúes, algunos muy extendidos (como el incesto o

la zoofilia) y otros que resultan obsoletos en la actualidad (la homosexualidad, el sexo

prematrimonial).

Tabú es un concepto usado para referirse a todo aquello que, según las convenciones
sociales, las creencias religiosas o la mera superstición, se considera prohibido.
Cuando una práctica, una conducta, un hábito o un simple gusto chocan con los
valores tradicionales, los preceptos religiosos o los dogmas de la clase política
dominante de una sociedad, estos son susceptibles de pasar a ser censurados y
considerados como tabúes.

De este modo, los tabúes pueden catalogarse como todas aquellas conductas, acciones


o expresiones que son prohibidas o vetadas por la sociedad. En este sentido, existen
diversos tabúes dependiendo del área de actividad humana.
Puede haber, por ejemplo, tabúes de tipo lingüístico, que son aquellos según los cuales
ciertas palabras o expresiones, consideradas altisonantes o de mal gusto, o relativas
a temas delicados, como la muerte, el sexo o el mal, están sujetas a ser consideradas
como tabúes, dependiendo de la cultura.
Hoy en día, en nuestras sociedades convivimos con una enorme cantidad de tabúes,
algunos de ellos basados en prejuicios sociales únicamente, otros en la preservación
de valores morales, y algunos más bien en las supersticiones.

El tabú hacia la diversidad sexual, por ejemplo, muchas veces se basa simplemente en el
rechazo a lo que nos resulta extraño, desconocido, y, por lo mismo, amenazador, pese a
que sean percepciones infundadas.

Alimentos Es tabú No es Tabú


Estados Francia,
Ranas Unidos, Inglaterra, ju España, Italia, Asia, Argentina, Bo
daísmo livia, México
Perros Europa, América China, Corea, Congo y Suiza
Europa y parte deAsia, África, tribus
Insectos
América amazónicas, sur de México
Europa y parte de
Gatos China, Corea
América
Estados
Francia, México, Italia, Alemania,
Caballo Unidos, Inglaterra, A
España
ustralia
Ratas Europa y América Ghana y Tailandia
Vacas Hinduísmo Cristianismo, Islam, América
Tortugas Judaísmo Asia, América
Cerdos Judaísmo, Islam Cristianismo
Pájaros cant Bolivia, Italia, Francia, México,
Alemania, Argentina
ores España, Portugal
Arañas Europa, América Laos, tribus amazónicas
Vísceras España, Argentina
Morcillas y
otros Islam, Gran parte de América del Sur,
alimentos judaísmo, Testigos deMéxico, España, Alemania, UK y
preparados Jehová Estados Unidos
con sangre

Tabúes sexuales

 Incesto: Es una conducta criticada por la sociedad sabiendo que


esto lleva a que los hijos tengan problemas psicológicos que traerán
consecuencias en la relación mas adelante, en cuanto a
lo genético puede provocar enfermedades y en caso de embarazo,
malformaciones. En muchas de las religiones también califican esto
como algo inmoral y absurdo frente a la realidad, pero en Europa ya
es legal el este tipo de vínculos.

El término tabú nos llega de las lenguas polinesias y “tapú” o “kapú” tiene un
significado próximo a “sagrado”, “prohibido”, “inviolable”, “sucio” o “maldito”.
En esas sociedades designaba aquello que los “no consagrados” tenían
prohibido tocar o hacer por su carácter sagrado y si lo hacían cometían un
sacrilegio.
Este concepto fue introducido en Europa por el capitán Cook en 1777, al
regresar de su expedición al Pacífico, que lo había recogido de las diferentes
islas que había visitado. Extrapolado y estudiado por los antropólogos se vio
que el “tabú” es un fenómeno universal.
Tradicionalmente el tabú tenía connotaciones religiosas, pero en las
sociedades actuales puede tener un contenido económico, social, cultural o
político. La base de algunos tabúes no suele estar justificada y se apoya
en prejuicios.
El respeto de los tabúes se sostiene normalmente por el miedo. El que
transgrede alguno es castigado. En las sociedades primitivas el culpable
podía sufrir enfermedades, muertes, perder sus cultivos, tener
accidentes, etc. y en la actualidad supone en muchos casos el
ostracismo social.
Hoy en día el término “tabú” se utiliza para aquel tipo de acto, hecho o
actuación que está prohibido y que de alguna manera tiene un trasfondo que
evoca la violación de algo sagrado, pero no queda limitado por la esfera
religiosa o espiritual.
Muchos antropólogos sugieren que los tabús sirvieron para
acostumbrar a los seres humanos a la obediencia y lo prepararon para
aceptar las leyes y los castigos por su incumplimiento que serían los
pilares de las sociedades modernas.
¿Cuál fue el primer tabú? La mayoría de antropólogos consideran que el primer
tabú de la humanidad fue la endogamia, es decir el tener relaciones
sexuales con gente de la propia familia. Este evolucionaría en el tabú del
incesto. La prohibición del incesto parece hundir sus raíces en grupos tribales
de la antigüedad y estar basado en leyes genéticas.
Actualmente es una ley prácticamente universal ya que en la mayoría de
sociedades están prohibidos tanto los matrimonios como cualquier tipo de
unión entre personas consanguíneas. Es interesante saber respecto al que se
considera el primer tabú, que no es exclusivo de la especie humana ya que
también existe en el mundo animal, especialmente entre los primates.

http://www.aperturas.org/articulo.php?articulo=0001006
“Se preguntan o nos preguntan, los organizadores de esta jornada de
trabajo. Como sin prohibición no hay transgresión…"
Freud pensaba que los hombres, la especie Homo Sapiens, habían
construido la cultura y la civilización privándose de satisfacer
poderosos deseos y es así que con las prohibiciones que instauran
estas renuncias se inaugura “la ruptura con el estado originario de la
animalidad”. Estos deseos que conciernen a “todo el mundo”, y que
“renacen con cada niño”, “son los del incesto, el canibalismo, y del
placer-deseo de asesinato” (Freud, 1927/1994).
El psiquismo humano ha evolucionado a medida que los milenios se
han ido sucediendo y lo que era una restricción externa se convierte,
interiorizándose, en un mandamiento “de una instancia anímica
particular, el superyó del hombre” (p. 151).

Lo prohibido del incesto


Del muy extendido catálogo de prohibiciones sexuales que presentan
las diversas sociedades humanas, la prohibición del incesto ha sido
vista como un principio universal, una especie de Ley primordial
que marca el paso del estado de la naturaleza a la cultura.
En la tradición occidental la palabra “Incesto” nos viene del latín “in-
cestus”; podríamos decir no-casto, lejana alusión al cinturón de
Afrodita donde residen todas las voluptuosidades y todos los
encantos[1]. Los antiguos diccionarios califican el incesto como
“crimen contra el orden de la sociedad”. Pero, para intentar definir
el concepto, la prohibición aparece como un ingrediente
necesario. El Littré [N.T. diccionario de la lengua francesa]
dice: “Unión ilícita entre las personas que son parientes o ligadas en
un grado prohibido por las leyes”. Y el Grand Robert [N.T.diccionario
de la lengua francesa]: “Relaciones sexuales entre un hombre y una
mujer parientes o ligados en un grado que conlleva la prohibición del
matrimonio”. Así, en el orden de la significación, el enunciado instituye
el incesto prohibiéndolo.
Cuando la palabra ha podido pronunciar una “prohibición” o un
mandamiento, que obliga a una parte o a la totalidad de los miembros
de un grupo, el linaje humano (el género Homo tiene 46 cromosomas)
había completado ya una larga evolución.
La primera cultura Lítica, llamada Olduvayense,data de un periodo que
habría comenzado entre unos 3 a 2,7 millones de años.
Probablemente entre-especies, engloba Paranthropus boisei, Homo
habilis, Homo ergaster y llega hasta el Homo erectus. Esta cultura
perdurará 1 millón cuatrocientos mil años.
La cultura Acheulena que le va a seguir, es contemporánea del final de
la Olduvayense y se extiende en Africa y Europa entre 1,7 y
0,3millones de años y concierne las especies del Homo ergaster y
del Homo erectus entre otras. Se mantendrá en Europa alrededor de
900 000 años y verá aparecer la producción de las hojas de doble
cara, herramienta que será sustituida en el Musteriense (paleolítico
medio) por la generalización de la talla lítica con el método Levallois.
El Musteriense se extiende de 300 000 a 30 000 años antes de
nuestros días, periodo de aparición de las primeras sepulturas y de la
diversificación de las herramientas; en Europa están presentes los
Neandertal y Cro-Magnon que han heredado del Acheuleano la
domesticación del fuego iniciada por el Homo erectus.
En función de las adquisiciones técnicas y de los comportamientos
complejos que estas prácticas han exigido tanto en la transmisión
como en la anticipación -y sabiendo que ya existían las modificaciones
anatómicas de la laringe y de la faringe necesarias para
la fonación- parece sensato pensar que los grupos humanos al final
del paleolítico inferior (alrededor de 400 000 años BP) poseían al
menos el embrión de un lenguaje articulado (con la doble articulación
señalada por André Martinet) y un tipo de organización social
instituida, es decir, que tenían un pensamiento simbólico.
Todo orden simbólico-imaginario se construye sobre el reconocimiento
de lo idéntico y lo que es diferente, themata[2] arcaicas fundadas
sobre el sexo y la muerte: la diferencia de sexos y la diferencia de
generaciones. Las primeras instituciones se harán entonces
articulando los intercambios sexuales y la descendencia, organizadas
y controladas entonces por el matrimonio y la filiación, dando lugar al
grupo de parentesco (clan).
El parentesco en la gran mayoría de los casos, con la notable
excepción de los Na de China, es a la vez “descendencia y
alianza, consanguinidad y afinidad” (Godelier, 2004, p. 375).
La sociedad primitiva se organizaba, pues, a partir de los
intercambios de objetos materiales y de valores sociales, pero
también a partir del “bien por excelencia” que son las mujeres,
según la tesis de Claude Lévi-Strauss, el cual prolongaba las
conjeturas freudianas. Él nos dice que el intercambio de mujeres
tiene una “función fundamental […] porque las mujeres no son en
principio un signo de valor social, sino un estimulante natural… el
único por el cual, en el acto de intercambio, y por la percepción de la
reciprocidad, la transformación puede producirse del estimulante al
signo y, definiendo por este paso fundamental el pasaje de la
naturaleza a la cultura, constituyéndose como institución” (Lévi-
Strauss, 1967, p. 73).
Visto así, el vínculo de reciprocidad que funda la relación global del
intercambio se expresa en la exogamia; sin embargo, no es entre un
hombre y una mujer donde el vínculo se establece, se establece “entre
dos grupos de hombres, y la mujer figura ahí como uno de los objetos
de intercambio y no (como) uno de los “socios comerciales” entre los
cuales tiene lugar” (p. 135) el acto social.
La reciprocidad en el intercambio se desvela con idénticas reglas en la
exogamia y en la prohibición del incesto (p. 72). Sin embargo, aquí se
juega una dimensión profunda de la organización política de lo social:
darse una regla positiva del intercambio anunciándola por su negativo
-la prohibición-, refuerza la idea del mandamiento, sugiere el castigo,
impone el sentimiento de dependencia, de sumisión o de tutela. Ella, la
prohibición, establece una instancia prohibidora generalmente dotada
del poder de imponer una sanción.
La postulación de una ley primordial de prohibición presupone una
división jerárquica de la sociedad primitiva, antes de la prohibición en
sí-misma, una heteronomíainicial. Según Lévi-Strauss la asimetría
(jerárquica) entre los sexos es en principio un hecho de la
naturaleza antes de dar lugar a una prohibición vista como la Regla
fundamental que instaura la cultura. Y Lévi-Strauss reconocía que esta
Ley que prohíbe el incesto “ofrecería el único caso en el que se pedirá
a las ciencias naturales el dar cuenta de la existencia de una regla
sancionada por la autoridad de los hombres (p. 28) “.
En esta perspectiva, la prohibición del incesto se presenta, entonces,
como un fiat lux, un enunciado que instituye “ la llegada de un orden
nuevo “.
“Considerado como prohibición – continúa Lévi-Strauss – la
prohibición del incesto se limita a afirmar, en un terreno esencial para
la supervivencia del grupo, la preeminencia de lo social sobre lo
natural, de lo colectivo sobre lo individual, de la organización sobre lo
arbitrario“ Lo cual quiere decir, que no puede haber, para los
humanos, relaciones sociales sin la dimensión simbólica, aunque esto
no permite concluir que las relaciones se reducen exclusivamente al
orden simbólico.
Uno de los corolarios de esta tesis será, pues, que “la regla en
apariencia negativa ha engendrado su contraria,ya que toda
prohibición es al mismo tiempo, y en otro sentido, una prescripción” (p.
52). Y la prescripción se convierte así en el negativo de la prohibición.
Además, sabemos bien que las prohibiciones de matrimonio no
coinciden con las prohibiciones sexuales. Evans-Pritchard, por
ejemplo, muestra esta disimilitud en los Nuer, una sociedad
patrilineal[3], para quienes el matrimonio en el interior del propio clan
está prohibido y con más razón en el interior del mismo linaje, pero
está prohibido también tomar ciertas mujeres en el clan de su madre.
Está prohibido casarse con una mujer con la cual se comparte un
ancestro común, sea del lado paterno o materno, etc. “En resumen
-comenta Maurice Godelier en su libro les Métamorphoses de la
parenté (2004)– el número de prohibiciones de casamiento en los
Nuer es inmenso (un poco como en el parentesco cristiano), mientras
que el número de relaciones sexuales prohibidas dentro del campo de
la exogamia es mucho más reducido” y, sobre todo, su gravedad varía
enormemente. Tomar a la mujer de un medio-hermano de su padre es
mucho más grave que tomarla de su propio medio-hermano, porque se
debe un respeto a los miembros de una generación anterior. Los Nuer
consideran como verdaderos “incestos” las relaciones sexuales con la
madre, o con las esposas del tío materno por ejemplo, por el
contrario, las relaciones sexuales con las esposas de los hermanos del
padre, de los primos parallèles [N.T. los primos que lo son porque los
padres que dan lugar a la filiación son del mismo
sexo]patrilatéraux[N.T.que está basado en la sola ascendencia
paterna]  y de medio-hermanos agnáticos, son simples diferencias de
conducta (Godelier, 2004, p. 370).
Evans-Pritchard, al igual que Lévi-Strauss, pensaba que las
prohibiciones de matrimonio, es decir, las reglas de la
exogamia, explicaban las prohibiciones sexuales y no a la inversa[4].
No obstante, en el largo proceso histórico de institución de estas
reglas, hay que tomar en consideración otras variables más allá de la
“reciprocidad del intercambio”, o la prohibición del incesto. La
exigencia de reciprocidad no explica todas las prohibiciones sexuales.
Otras variables deben ser tomadas en cuenta, variables que son la
resultante de los vínculos que la sexualidad teje en la estructura del
grupo de parentesco sin que las uniones sean directamente “uniones
sexuales”. Las sociedades primitivas, en todas las formas de
organización que se han sucedido, han podido sentir su cohesión y
sus alianzas amenazadas por los conflictos y las transgresiones que la
sexualidad induce entre sus miembros, requeridos como lo son tanto
por el poder político como por la líbido dominandi o el prestigio.
La enorme diversidad del conjunto de las prohibiciones sexuales no
puede ser comprendida fuera del ensamblaje particular en la cultura
histórica que las engloba, aunque por las necesidades de la teoría
aislamos una entre ellas, “la prohibición del incesto”, para hacerle jugar
el rol de regla universal.
En cada contexto cultural las prescripciones/prohibiciones
exogámicas son reglas explícitas, por lo tanto “representaciones
colectivas”, las cuales, por definición, tienen relación con el acceso a
las mujeres.
“A los ojos de numerosos pueblos y de algunos antropólogos”
(Needham, 1977, p. 127) las mujeres son bienes sociales de primer
orden. Si las mujeres son puestas al nivel de los objetos (o signos) que
tienen un valor social –incluso el más importante- a compartir entre
dos grupos de hombres, si en la mayor parte de las sociedades
conocidas son los hombres quienes intercambian las mujeres, hay que
pensar que ha existido una cierta institución jerárquica de la diferencia
entre los sexos anterior o concomitante con la organización de los
grupos de parentesco. En la naturaleza no hay ni convenciones ni
sanciones.
La sociedad instituida entrecruzando la diferencia de generaciones y la
diferencia de sexos ha dado un valor superior a los muertos que a los
vivos, a los ancestros que a los contemporáneos, a los padres sobre
los hijos y a los hombres sobre las mujeres. En las sociedades
patriarcales (androcéntricas y falocéntricas), la prohibición del incesto
cierra la articulación jerárquica entre las generaciones y los sexos. Al
igual que el pensamiento freudiano reconocía en la organización de
los hermanos la fuente que establece el tabú del incesto, la teoría lévi-
strausiana, lo hemos visto, postula que los hombres renuncian a “usar
sexualmente y a fines reproductivos a sus hijas y a sus hermanas en
sus grupos de consanguinidad para cambiarlas por aquellas de otros
hombres pertenecientes a otros grupos”. Las mujeres, entonces,
estarán colocadas originariamente en posición dependiente, infantil,
bajo tutela, bajo la jurisdicción masculina “según el principio de la
diferencia de generaciones” (Héritier, 2002, p. 17).
Además de la antropología cultural, numerosas observaciones de
etnólogos han llamado la atención sobre la existencia de
comportamientos de evitación del acoplamiento entre consanguíneos
entre los mamíferos, proponiendo así una base biológica al tabú del
incesto.
Los trabajos de John Hoogland sobre los perros de las praderas, han
señalado el comportamiento de las hembras que durante la pubertad
dejan el grupo natal dominado por un macho copulador, mientras que
aquellas que retardan su partida, retardan también la fecha de su
primer œstrus.
Numerosos grupos de animales afines han mostrado inhibiciones en
los acoplamientos a los que estaban biológicamente predispuestos.
Los cambios fisiológicos y morfológicos de los chimpancés hembras,
tales como la hinchazón de la vulva y sus colores vivos, que denotan
la presencia del oestrus, excitan a los machos que les responden
mediante un comportamiento de exhibición sexual. La observación de
una hembra preparada para estos cambios hormonales, que atraían a
todos los machos, mostraba que le repugnaba acoplarse con sus
hermanos. Impedía a uno de ellos el acoplamiento con ella, mientras
que en los días que habían precedido al primer œstrus, no había
mostrado ninguna objeción (Goodall, citada en Cyrulnik, 1998, p. 962).
Así, aparece también en este tipo de observaciones que la mayor
inhibición toca a la madre y los hijos. “Cuando ocurre que un joven
macho monta a su madre, el coito adquiere un aspecto particular” ( p.
965). Es habitualmente la madre quien solicita y el abrazo parece
pobre a los ojos del investigador.
Sin embargo, las relaciones sexuales entre consanguíneos son raras
por elementales razones cronológicas ya que en general los machos, y
en ocasiones las hembras, dejan el grupo en la pubertad (Picq y
Brenot,, 2009, p. 189). ¿Lo hacen ellos o ellas con la
“finalidad”[5] de reducir las posibilidades de relaciones sexuales?
No hay reconocimiento de la paternidad en el género Homo antes del
lenguaje como no lo hay en los Pamines. El tabú del incesto es el
resultado de un enunciado del lenguaje, de una decisión “intencional”
propia del orden simbólico-imaginario.
De todas maneras, una madre animal que copula con su hijo no
practica “el incesto”, simplemente porque nada se opone a ello, ya que
en su especie el acto sexual entre parientes cercanos no ha sido
inhibido por los mecanismos de selección y adaptación de la evolución
natural.
Si no es necesario buscar en lo biológico el fundamento de un
comportamiento cultural, tampoco hay que ser negligente con los
signos conductuales que preparan la llegada del signo (Cyrulnik,
1998, p. 966)[6].
Sin embargo, las dificultades de comprensión entre investigadores
persisten: si la evitación y la inhibición son “naturales”, ¿qué necesidad
han podido sentir los humanos para querer prohibir fuertemente y con
duras sanciones una acción que nadie tiene ganas de realizar? Ya
Frazer se preguntaba: ¿por qué reforzar un instinto por una ley? Freud
partía de una constatación: solamente un fuerte deseo puede explicar
una tal prohibición. Y Françoise Héritier escribe hoy que la existencia
misma de una prohibición legal haría creer en la presencia de un
instinto natural empujando al incesto.
La construcción de lo social, su institución, es la resultante de la
invención de las normas, de las convenciones, de las reglas.
Existe una tendencia del espíritu a ver en una institución actual la
realización de un principio, de un elemento que desde el origen se
desarrolla y se actualiza en formas sociales diversas pero
dependientes de él[7]. En realidad, pensémoslo, en el origen no hay
más que lo heteróclito, lo indeterminado, l’apeiron de Anaximandro, “lo
arbitrario cultural”. La cultura del linaje humano se desarrolla muy
lentamente durante millones de años como para dejar bruscamente el
umbral biológico al final del Musteriense. Organizándose en grupos de
parentesco, inventando, modificando, intercambiando, experimentando
reglas de filiación y alianzas, entrecruzando diferencia de sexos y
generaciones, se han constituido algunas líneas de organización
común.
No sabemos qué tipo de alianzas ha podido inventar Homo erectus ni
que variantes existían entre diferentes grupos, ni qué continuidad o
discontinuidad han mantenido estas normas con las que establecieron
posteriormente los neandertales, pero conocemos las formas
extremadamente variadas que toman, presentadas bajo el diktat de
una prohibición, las reglas legales y morales de las uniones sexuales
en las llamadas sociedades primitivas o arcaicas, contemporáneas de
nuestras sociedades, que llamamos históricas.
En el pueblo Na de China, hasta nuestros días, las relaciones de
matrimonio no existen. Luego, sin matrimonio, no hay lazos
de afinidad. Entonces, las prohibiciones sexuales no conciernen más
que a los consanguíneos del lado materno, “puesto que en esta
sociedad sin marido no hay padres” (Godelier, 2004, p. 363) las
relaciones consideradas incesto, por lo tanto prohibidas, se refieren
solamente a las uniones sexuales entre hermanos y hermanas, entre
madre e hijos, tío materno-sobrina, y otras de la línea materna.
Contrariamente a las normas de los Na, el Egipto faraónico y
helenizado había hecho del matrimonio entre hermano y hermana la
unión preferencial.
Llegamos a pensar, entonces, que las prohibiciones jurídicas y
habituales que caen dentro de la noción de incesto son diversas y, en
ocasiones, contradictorias y que, en cada ocasión, su campo de
aplicación es parte integrante y función del sistema institucional
económico y político de una sociedad.  Para decirlo con las palabras
de Rodney Needham: “Las prohibiciones del incesto no tienen en
común más que su carácter de prohibición“ (Needham, 1977, p. 127).
Así, la transgresión de estas prohibiciones sexuales amenaza con
destruir las relaciones de parentesco y con ellas la estructura
jerárquica de los grupos sociales. Nuestro antiguo diccionario decía: el
incesto es un crimen contra el orden de la sociedad (Court de Gébelin,
1788, p. 248).
La prohibición del asesinato
Escribir sobre “la prohibición del asesinato” es quizás, en un
sentido, más difícil aún que orientarse entre las reglas de la exogamia:
el asesinato y el castigo están por todos lados, en los mitos, las
leyendas, los cuentos, las religiones y recorren la historia de los
hombres desde tiempos inmemoriales; sin embargo, en otro sentido es
mucho más fácil introducirse en el concepto de prohibición del
asesinato porque esta prohibición no existe, en todo caso no como
una pretensión universalista.
Lo que existe, y ha existido siempre, es la exclusividad del derecho
de glaive, un ius gladii [N.T. derecho de “alzar” la espada, de imponer
la pena capital] entre las manos del poder.
La inseguridad de la vida, escribió Freud, une “a los hombres en una
sociedad que prohíbe al individuo matar y se reserva el derecho de
matar colectivamente a todo aquel que transgrede la prohibición”
(Freud, 1927/1994, p. 181).
Sin embargo, las sociedades nacen heterónimas, los humanos se
auto-desposeen de su capacidad instituyente al desdoblar el aquí-
abajo en un más allá, lugar de origen de la ley dictada, entonces, por
los muertos, los ancestros o los dioses.
Estas tribus que podemos denominar sin Estado están en relación con
sus dioses, y bosquejan rápidamente la división vertical entre
dominantes y dominados, división mayor que vigila la sociedad
primitiva y “a quien está destinado a matarla” (Clastres, 1974, p. 169).
El poder implícito de la “sociedad instituyente” dicta su ley a todos,
y esta ley es una prescripción de igualdad. Sin embargo, los jefes
adquieren con el tiempo las prerrogativas, delegadas o usurpadas, en
la ejecución de penas impuestas a aquellos que transgreden las
normas. Los Ashanti, por ejemplo, una sociedad matrilineal de la
antigua Ghana, clasifican los delitos y crímenes ligados a las
relaciones sexuales en dos categorías: aquellos que, como el incesto,
son responsables de la pena de muerte o de destierro Y que exigen el
juicio del jefe o de un miembro de la jerarquía, y los delitos y ofensas
considerados menores que son juzgados y castigados por los
ancianos de los grupos domésticos (Godelier, 2004, p. 364).
Ya fuertemente organizados bajo el Imperio, los Romanos se reservan
el derecho de glaiveen todos los lugares de sus conquistas, es decir,
el derecho soberano de vida y de muerte, dejando de lado el resto. En
los comienzos del siglo III, bajo el imperio de Séptimo Severo, la ius
gladii no será solamente un derecho del jefe militar, se extenderá a la
jurisdicción civil y también a los gobernantes de las provincias extra-
itálicas (Chastagnol, 1987, p. 127).
El Papa Gregorio VII había consignado en Dictatus papae (1075) la
pretensión hegemónica de la Iglesia de Roma con frases como esta:
“Solamente él (el Papa) puede usar las insignias imperiales”,
“Que todos los príncipes besen los pies del único papa”, ”Le está
permitido destituir a los emperadores”. En el siglo XIII el papado
refuerza su poder reivindicando para él la plenitudo potestatis, y
prelados y canonistas construyen la teoría de las dos glaives, una
espiritual y la otra temporal, ambas en manos de la Iglesia católica, la
cual delega la glaive temporal al Príncipe, quien debe ejecutar la
sentencia de muerte.[8]
En Francia un edicto de Enrique III (1581) da en exclusiva a los jueces
reales el derecho de glaive,desde ese momento los jueces del lugar
(locales) no tienen jurisdicción sobre los crímenes de sangre. Así, por
la intermediación del ejercicio de la justicia, los Reyes encuentran el
pretexto para la extensión de su poder y la consolidación de su
autoridad. Reservando los crímenes mayores a los tribunales reales, el
soberano tenía la posibilidad de intervenir en territorios donde no
poseía ninguna tierra y sobre las cuales no tenía ningún derecho de
jurisdicción local. “Como los señores Altos-Justicieros
tienen derecho de glaive, ellos tienen derecho a tener fourches
patibulaires, piloris, échelles des poteaux, à mettre carcan.” (de
Ferrièrre, 1769)) [N.T.: cadalsos o estructuras de castigo en caminos o
plazas públicas]. La pena por el regicidio era la muerte por
descuartizamiento.
En mitad del siglo XVII se consolida el Estado moderno, depositario de
la Autoridad Suprema, por lo tanto del “monopolio de la violencia
legítima, dios mortal que Hobbes definió en su Léviathan donde
escribe el apotegma: “las convenciones sin la glaive no son más que
palabras”.
La muerte nunca ha sido universalmente prohibida, ha
estado legitimada: prohibida y legalizada. Freud pensaba que la
prohibición del asesinato, más allá de la ley escrita, había recibido el
sello de lo sagrado, y que para el común de los mortales no era más
que un mandato de la voluntad de Dios, una consecuencia posterior a
un homicidio colectivo, lejano y memorable, que había abatido al
Padre primitivo. Mandamiento que se traslada desde entonces a la
ambivalencia del complejo paterno[9].
El mito del Padre de la horda
“Dentro de mi he encontrado el sentimiento amoroso por la madre y los
celos hacia el padre, y los considero ahora como un acontecimiento
general en la primera infancia (…) si esto es así, se comprende la
llamativa fuerza del Edipo Rey”. Con estas palabras en una carta
escrita a Fliess el 15 de octubre 1897, Freud desvela las bases de la
estructura mental conocida como “complejo de Edipo”.
Sentimientos y deseos que cada uno ha vivido “en germen y en
fantasía” y que caen bajo “el peso de la represión que separa su
estado infantil del que es el suyo hoy”.
La relación con el drama de Hamlet aparece espontáneamente en el
espíritu de Freud. “Así es como la conciencia hace de todos nosotros
unos cobardes”[10]. ¿Cómo ejercer una justa venganza si nosotros
tenemos la oscura conciencia de haber acariciado un día, nosotros
también, el mismo deseo de asesinato hacia el padre de “la prehistoria
personal”? La conciencia del atormentado príncipe de Dinamarca -y en
esta línea de pensamiento, seguramente la nuestra- es “conciencia” de
una culpabilidad inconsciente (Freud, 1897/2006, pp- 344, 345).
Habiendo cometido todos nosotros, en effigie, los dos mayores
crímenes de nuestra cultura, el incesto y el parricidio, debemos tener
una conciencia moral roída por la culpabilidad, siempre inclinada
al confiteor Deo omnipotenti.
La universalidad del fantasma edípico –o más bien de la estructura
inconsciente, o modelo, la cual sostiene las diversas expresiones
fantasmáticas– se afirma en Freud a todo lo largo de la elaboración de
la teoría analítica. Dos premisas le eran necesarias: una fundación
antropológica enraizada en una experiencia arcaica de la humanidad,
es decir, una dimensión colectiva, socio-histórica, y el hecho de que
esta experiencia debe actualizarse en cada individuo que viene al
mundo. Freud, como sabemos, opta por la herencia filogenética, por la
“conservación de tales restos mnésicos en la herencia arcaica” (Freud,
1939/1986, p. 186). Nosotros seguimos otro camino. Sin embargo, la
clínica muestra con una claridad suficiente a aquellos que mantienen
posiciones contradictorias, que “el comportamiento del niño neurótico
con respecto a sus padres en el complejo de Edipo y en el complejo
de castración abunda en reacciones que parecen injustificadas desde
el punto de vista individual” (p. 195) y que en revancha pueden ser
comprendidas con el modelo de un acontecimiento arcaico.
Así, se establece un puente por encima de los milenios entre un hecho
social, una acción colectiva que ocurre en el seno de ”la horda
primitiva“, y el inconsciente individual del hombre moderno. Este
aspecto separa claramente la teorización freudiana de las posiciones
de psicólogos, antropólogos y sociólogos que considera la prohibición
del incesto como una extensión de las “relaciones-internas-de-la-
familia” (Fox, 1967, p. 169).  George P. Murdock, por ejemplo, había
escrito que: “el tabú del incesto y las restricciones exogámicas de
todo tipo, parecen ser extensiones del tabú sexual entre padres e
hijos y entre hermano y hermana en el seno de la célula familiar"
(1972, p. 263). La posición de Freud es exactamente la opuesta, la
prohibición del incesto es una convención (nomos, ley) impuesta por
los hombres (machos) en una organización de clan de ascendencia
matrilineal y, en consecuencia, corta la familia de modo diferencial.  En
realidad, dice Freud, estas prohibiciones están dirigidas contra las
pulsiones incestuosas de los hijos (Freud, 1913/1984, p. 14). El tabú
del incesto en la “familia nuclear” es un caso particular de la
prohibición en el clan. 
De hecho, Totem y tabú (1913/1972b) llega a ser una pieza mayor de
la teoría para acercarnos a la comprensión del psiquismo humano.
Precisemos, la comprensión del psiquismo humano en una sociedad
patriarcal.
Creemos que la conjetura sobre el nacimiento de la cultura propuesta
por Freud constituye un “mito originario” y, al mismo tiempo, es una
hipótesis de alto valor heurístico. Como todo mito de los orígenes no
nos enseña sobre el pasado, sobre la historia lejana o arcaica de un
pueblo, él nos deja ver, o nos señala, las representaciones clave –
centrales- que organizan, como en un campo de fuerza, las
instituciones, las prácticas, las mentalidades de la sociedad particular
en la cual el mito se expresa. Así, Freud establece un puente, no
sobre los milenios, si no sobre la brechaque separa la sociedad y el
psiquismo.
La hipótesis freudiana es fundadora del momento donde hace
intervenir una instancia prohibitoria exterior a las relaciones
situacionales de un grupo humano, y que, además, liga
indisolublemente el deseo y la ley. – El mito funda en derecho- y en el
mismo movimiento desvela - lo que la sociedad hace.
¿Qué dice “el mito del Padre primitivo“? (aquí consideramos solamente
los aspectos en relación con nuestra tesis). En el estado de la
naturaleza, estado que “’no ha sido observado en ninguna parte’, los
hombres primitivos, vivían, según la hipótesis de Darwin, en pequeñas
hordas bajo la férula “de un padre violento y celoso, guardando para sí
todas las hembras y desembarazándose de sus hijos a medida que
crecían" (Freud, 1913/1972b, p. 162). Así alejados, los hermanos
vivían juntos, conjeturaba Atkinson, “bajo un régimen de celibato
forzado o, como mucho, de relaciones poliándricas con una sola
hembra cautiva” (Atkinson, citado por Freud, 1913/1972b, p. 163, nota
2). Estos hermanos expulsados de la horda paterna se conjuraban y,
después de ataques repetidos, un día terminaban “por arrancar al
padre tiránico a la vez su mujer y su vida” (Atkinson, citado por Freud,
p. 163, nota 2). Entonces, devoraban entre todos el cadáver, lo
incorporan materialmente y se identificaban con él, se apropiaban de
una parte de su fuerza “... este acto memorable y criminal... Ha servido
de punto de inicio de muchas cosas: organizaciones sociales,
restricciones morales, religiones” (Freud, 1913/1972b,  p. 163).
Pero después del parricidio los hombres se encontraron, desde el
primer momento, en una situación tan violenta o peor que antes: cada
uno de los hermanos querían para sí mismos, al modo del padre que
habían suprimido, la posesión de todas las mujeres. La lucha de todos
contra todos de la época precedente había continuado y hundía toda
nueva organización igualitaria “también los hermanos, si querían vivir
juntos, no tenían más que una posibilidad: instituir (...) La prohibición
del incesto, mediante la cual renunciaban todos a la posesión de las
mujeres deseadas, mientras que era precisamente para asegurarse
esta posesión por lo que habían matado al padre” (p. 165, cursivas
mías) las reglas de la exogamia estructuran pues las organizaciones
sociales “las más primitivas que conocemos”, matrilineales e
igualitarias, para los machos, en la reciprocidad de la renuncia a las
mujeres del propio clan.
Así, en los orígenes de la sociedad humana encontramos, como lo
había imaginado Thomas Hobbes, un (supuesto) estado de naturaleza
de lucha de todos contra todos, que acaba cuando los hombres
establecen un contrato entre ellos. Por esta “especie de contrato
social” (Freud, 1939/1986, p. 172) nacen obligaciones mutuas e
instituciones investidas por la fuerza de lo sagrado: el tabú del incesto
y la obligación de la exogamia, escribe Freud. Después de él, para
Lévi-Strauss también en la reciprocidad del intercambio entre dos
grupos de hombres se vuelve a un punto de origen: la prohibición del
incesto.
La reflexión freudiana introduce en la trama del mito un elemento
capital con el banquete totémico.El grupo de hermanos en estado de
rebelión y en la exaltación de los afectos, había saciado su odio y cada
uno había realizado su identificación-incorporación con el padre que
había sido antes admirado y amado. La contradicción de sentimientos
ha dejado en este grupo desgraciado, después del crimen y el
banquete, la oscura conciencia de la culpabilidad y el arrepentimiento.
El muerto vuelve en su dimensión simbólica “más poderoso de lo que
había sido jamás en vida; todas las cosas que constatamos aun hoy
en los destinos humanos” (Freud, 1913/1972b, p. 164)
Del sentimiento de culpabilidad de los hijos nace la primera religión, la
religión totémica, que significa una tentativa de reconciliación con el
padre asesinado y de sumisión por la aceptación de una obediencia
retrospectiva.
El asesinato, la culpabilidad y la obediencia forman parte de la
ambivalencia del complejo paterno. Esta actitud con respecto al padre
no se limita al orden religioso, se extiende a la organización social. El
padre de la horda regresa entonces, fantasmáticamente, en tanto dios
y víctima del sacrificio: el sistema patriarcal le devuelve a su antiguo
lugar, pero esta vez simbólicamente y en derecho. En sus nuevas
funciones, el padre, restaurado en el trono y en el altar “se venga
cruelmente de su derrota anterior y ejerce una autoridad que nadie
osa discutir” (p. 172).
El epílogo lo conocemos, se prolonga hasta nuestros orígenes: los
hijos rechazan su acto y castigan duramente el parricidio, renunciando
así a los beneficios de su rebelión “rechazando tener relaciones
sexuales con las mujeres que habían liberado” (p. 165).
Así, desde el principio de los tiempos, un crimen colectivo, y
el sentimiento de culpabilidad que invade a los hijos del “Padre
primitivo”, han engendrado los dos tabúes: del incesto y del parricidio –
en términos más políticos, tiranicidio – que deben revestir desde
entonces los dos deseos reprimidos del complejo de Edipo (p. 152, p.
165).
El cuadro simbólico-imaginario
Las sociedades humanas son sociedades instituidas. Son la resultante
de la puesta en sentido y de la puesta en escena de prácticas
colectivas. Las fantasías inconscientes, los fantasmas, son los
escenarios individuales de las representaciones sociales.
Si consideramos dos ejes, uno vertical, de la Institución, y otro
horizontal, de la Significación: el eje vertical conecta el polo superior
“la institución del parentesco” (exogamia) al polo inferior del “Complejo
de Edipo”; el eje horizontal conecta el polo izquierdo del “Mito” (del
Padre primitivo) al polo derecho del “Fantasma” (edípico):

En el cuadrante superior izquierdo se despliega la sociedad, en el


inferior derecho el sujeto.
El sujeto en tanto que agente de la acción, es decir todo ser humano,
se construye (se libera y se automatiza) a partir de los determinismos
empíricos, biológicos y sociales de su historia colectiva. Freud ha
intentado fundar en esta historia “prehistórica” la estructura
inconsciente (edípica) del psiquismo de los hombres. De hombres,
podemos añadir, viviendo en una sociedad jerárquica patriarcal
(falocéntrica). Y él siempre pensó que los mandamientos morales
fueron antes restricciones externas[11].
Considerado en su globalidad, el Complejo de Edipo (y el Complejo de
castración que está asociado) integra el sentido mítico – la experiencia
de la horda y la leyenda griega – y las identificaciones precoces del
individuo, pero en tanto que “modelo” estructurante del psiquismo, es
la expresión trans-individual de la inserción del sujeto en la estructura
del parentesco, es exterior a toda experiencia vivida del Ego. El hecho
de no estar motivado por los peligros de la vida da al complejo su
carácter trágico (Green, 1999, p. 221). Es fatal, inexorable, articula el
sexo y la muerte, el deseo y la ley.
Es lo que da a la política su pathos particular. Porque el mito del Padre
primitivo y el mito de Edipo son, más allá de su alcance psicoanalítico,
mitos políticos inconscientemente pensados que señalan y reproducen
el lugar del poder.
La herencia de los hijos del Padre de la horda destila en el espíritu de
los hombres las fechorías de una irreparable culpabilidad inconsciente
que les impide salir fuera del estado de minoría, donde se mantienen
por su propia falta (Kant, 1784/1985, p. 209).
Freud, en las páginas de Totem y Tabú, da dos razones de la
prohibición del incesto, la primera es del orden del “contrato
social”, “los hermanos, si querían vivir juntos, no tenían más remedio
que hacer una cosa: instituir (...) la prohibición del incesto”, prohibición
que representa en negativo la prescripción de la exogamia, una
convención entre iguales. La segunda considera que es del
sentimiento de culpabilidad y del arrepentimiento de donde nace la
renuncia a las mujeres codiciadas, la reconciliación con el padre
asesinado, la actitud de sumisión y la aceptación de la obediencia.
La tragedia de Edipo –Edipo Tirano, mito patriarcal de la sociedad
jerárquica– refuerza aún más la “sumisión debida” al orden
establecido, golpeando el deseo humano con el sello del destino:
Œdipe, en el Trono y en la cama de Layo, busca al criminal que se
revela parricida y se descubre incestuoso. Transgresor inconsciente, él
es el hijo, ciego y simbólicamente castrado. Foucault escribe que
hacía mucho tiempo que los psicoanalistas han supuesto que la ley es
constitutiva del deseo, y que esta representación del poder que le une
al sexo “tiene sus raíces sin duda lejos en la historia de occidente”
(Foucault, 1976, p. 109).
En tanto que el escenario del crimen originario describe a un déspota,
ávido y lujurioso que persigue a sus competidores de fuera de su
grupo y castra sus hijos rivales, el derecho de resistencia parece
ampliamente establecido y el tiranicidio un acto de liberación, en todo
caso un crimen absolutamente comprensible. Pero he aquí que el
Autócrata es también el padre amado. Entonces la razón no será
suficiente, la culpabilidad inconsciente de un crimen arcaico quedará
muy viva en el corazón de los hombres y hará de ellos unos émulos de
Hamlet. He aquí la función del Mito del Padre primitivo y de Edipo Rey
conjugados: ellos dan la significación inconsciente que el complejo
infantil parodia. Ellos inscriben cada ser humano en el círculo de la
reproducción de la dominación, desvelando al mismo tiempo, a
aquellos que quieren verlo, las representaciones inconscientes de
la servidumbre voluntaria.
En la práctica de la cura analítica nos encontramos constantemente
los límites estructurales de la sociedad jerárquica.
El heredero del complejo
Si la Ley es constitutiva del deseo podemos decir que todo placer es
social –en el sentido que Freud y Lévi-Strauss daban a la prohibición
del incesto: preeminencia de lo cultural, origen del orden simbólico–
entonces se puede pensar también que si “el goce ignora la
prohibición que transgrede, siempre ha tenido por origen la civilización,
el orden establecido del que aspira a liberarse” (Horkheimer, 1974, p.
114).
Esta dimensión de la ley será un elemento integrante de la noción de
superyó, aclarada por Freud de una manera más neta en la segunda
tópica. El superyó se separa del yo, lo controla y lo toma por objeto.
Inconscientemente para el sujeto, el superyó tomará valor de modelo y
en el fuero interno llegará a ser un juez más o menos inflexible. Es
una instancia que encarna la Ley y que prohíbe la transgresión.
Heredero de los complejos de Edipo y de castración marca la renuncia
a los deseos edípicos. Freud pensaba que su establecimiento era una
“identificación exitosa con la instancia parental” (Freud, 1933/1984, p.
89) las identificaciones sedimentan en el yo los objetos abandonados y
en el curso del desarrollo individual la influencia de otras personas: los
educadores, los modelos ideales, modificaron el superyó dejando su
impronta. Sin embargo, en la herencia recibida por el superyó hay un
contenido que viene de lejos y que le da su carácter de instancia:
el superyó del niño no se construye a partir del modelo de los padres,
sino a partir del superyó parental; se llena del mismo contenido, acaba
siendo portador de la tradición, de todos los valores que resisten al
paso del tiempo, que se han perpetuado de esta manera de
generación en generación (p. 93).
lo cual une míticamente el superyó a las prohibiciones originarias.
En el juego de las identificaciones y del apego libidinal al objeto, Freud
describió los lazos que reúnen en una unidad psicológica, en un
“nosotros”, a los individuos que han introducido en su superyó un
mismo objeto de amor o de odio. De manera similar se puede
considerar la proyección identificatoria de una parte del superyó sobre
una instancia externa que completa así una función superyoica
dictando obligaciones y sanciones, imponiendo obediencia y respeto,
ahorrando al sujeto el sentimiento de su responsabilidad individual. Un
ejemplo muy claro es el utilizado por Freud cuando trabaja sobre el
análisis del fenómeno colectivo del pánico. Según la leyenda bíblica
Judith regresa a Betulia después de haber cortado la cabeza de
Holofernes, jefe de la armada asiria que asedia la ciudad. La noticia
llega a la armada asediante mediante la voz de un guerrero que
grita “¡El jefe ha perdido la cabeza!” El temor se expande por toda la
tropa y cada uno huye lo más rápido posible. El peligro era el mismo,
comenta Freud, pero los hombres habían proyectado una parte de sí
mismos en su jefe y todos compartían así un objeto identificatorio
común. Sin su jefe se desploma el lazo que los mantenía juntos. Cada
uno ha “perdido su cabeza” (Freud, 1921/1972a, p. 118).
De este modo, la estructura edípica inconsciente del sujeto responde
de manera más o menos exitosa, más o menos neurótica, a las
exigencias institucionales de la sociedad patriarcal –
frecuentemente conflictuales– determinadas por las diferencias
jerárquicas de los sexos, de grupos y de clases. En el orden de lo
inconsciente, escribía Lacan, “cetro y falo se confunden”[12].
Un superyó externalizado evitaa las personas “bien integradas” las
dudas, las dilaciones y los compromisos a los cuales una conciencia
culpable las expone, y las protege de las tentaciones y de la rebelión o
la transgresión.
Es así que cuando la conflictividad social, los cambios constantes que
recorren y que, en ocasiones, trastornan las relaciones sociales, dan la
sensación de tocar las estructuras del parentesco, la autoridad
tradicional vacila, una angustia de castración –al ejemplo de aquella
que antes invadía a los soldados asirios- asalta a los ciudadanos, y
entonces, los fantasmas del incesto y del asesinato se liberan
tomando el centro de la escena.

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