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Concilio de Nicea y la herejía arriana

El Concilio de Nicea de 325 d.C. fue el primer concilio ecuménico de la iglesia cristiana. Reunió a obispos de toda la cristiandad para condenar la herejía de Arrio, quien enseñaba que Jesucristo no era eterno y era una criatura, en contraste con la doctrina católica de que Jesús es coeterno con Dios Padre y de la misma sustancia divina. El concilio formuló el Credo de Nicea para establecer la doctrina de la Trinidad y la divinidad de Cristo.

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Concilio de Nicea y la herejía arriana

El Concilio de Nicea de 325 d.C. fue el primer concilio ecuménico de la iglesia cristiana. Reunió a obispos de toda la cristiandad para condenar la herejía de Arrio, quien enseñaba que Jesucristo no era eterno y era una criatura, en contraste con la doctrina católica de que Jesús es coeterno con Dios Padre y de la misma sustancia divina. El concilio formuló el Credo de Nicea para establecer la doctrina de la Trinidad y la divinidad de Cristo.

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El concilio de Nicea

El Concilio I de Nicea es el primer Concilio Ecuménico, es


decir, universal, en cuanto participaron unos trescientos
obispos de todas las regiones donde había cristianos.
Fomentado por Constantino tras haber logrado con su victoria
contra Licinio en el año 324 la reunificación del Imperio, que
también deseaba ver unida a la Iglesia, que en esos momentos
estaba sacudida por la predicación de Arrio, de donde se
deduce que hubo un tiempo en que el Hijo no existió, por tanto
Dios fue siempre Dios pero no siempre fue Padre; el Hijo no
pertenece a la esencia del Padre sino que es creado y
producido; el Hijo es Dios por participación y no por esencia.

Las principales enseñanzas de Arrio condenadas en Nicea


aparecen en el anatema que sigue a la exposición que el
concilio hace de la fe católica. Podemos sintetizarlas en seis
proposiciones:

a) el Verbo no es eterno ya que «hubo un tiempo en que no


existía»

b) el Verbo no existía antes de ser engendrado c) fue hecho de


la nada

d) no es de la misma sustancia o esencia que el Padre);

e) es una criatura

f) posee una naturaleza mudable y, en virtud del libre albedrío,


es capaz del bien y del Mal.

Afirmaban que el Hijo de Dios no es eterno pretendían


establecer la diferencia entre el Padre y el Hijo en base al
atributo divino de la eternidad, atributo que correspondería
solamente al Padre; el Hijo sería de distinta naturaleza por ser
posterior en el tiempo. Basilio, en cambio, negará
enérgicamente que la unión Padre-Hijo se dé solamente en el
tiempo; esa unión, dice, va más allá de todos los siglos y no
existe intermedio alguno entre el que engendra y el
engendrado . El Hijo existe antes de los siglos y S. Juan lo ha
puesto de relieve cuando dice: «En el principio existía el Verbo
El Hijo guarda con el Padre una unión natural y, por tanto,
eterna.

También del Espíritu Santo se dice que no es eterno con el fin


de mostrar su desemejanza con el Padre. Basilio responde con
una fórmula llena de solemnidad: el Espíritu Santo existía,
preexistía y estaba en compañía del Padre ya antes de todos
los siglos también en cuanto a la eternidad está unido con el
Padre y el Hijo, o lo que es lo mismo, coincide con ambos en la
noción de eternidad . Por ser eterno como el Padre y el Hijo,
está justificado el decir que coexiste con ellos; coexistir
significa lo mismo que consorcio eterno y resulta perfectamente
adecuado para expresar la existencia antes de los siglos y la
duración sin fin. Según el concilio de Nicea, (el 20 de mayo del
325 D.C.) una de las características de la herejía arriana es
calificar al Hijo como hechura

y criatura del Padre. El arrianismo piensa, en efecto, que no


hay diferencia alguna entre el Hijo y las criaturas . La herejía
arriana enseñaba que el Verbo no existió desde siempre, y
que, por ser engendrado no era increado, sino hecho y hecho
de la nada por ello no era posible comunión alguna entre el
Padre y el Hijo ni que el Padre engendrara a alguien de su
misma naturaleza .

Para Basilio ni el Hijo ni el Espíritu Santo provienen de una


sustancia anterior común a las tres divinas Personas. Pero
tampoco proceden de la nada: ambos proceden del Padre,
pero no por eso son criaturas ya que proceden de un modo
radical y esencialmente distinto; tan distinto que ese modo de
proceder da testimonio de su divinidad. Sólo el Hijo y el Espíritu
Santo proceden del Padre en el sentido más auténtico y pleno.
Ambos proceden en sentido estricto, aunque de diferente
manera: el Hijo por generación y el Espíritu Santo de un modo
que nos resulta desconocido e inefable. Nicea condenó a
quienes afirmaran que el Verbo es capaz del bien y del mal, es
decir, de voluntad mudable los arrianos sostenían así porque
pensaban que se seguía ineludiblemente del hecho de que
Cristo poseyera el libre albedrío. Paralelamente, también del
Espíritu Santo dirán que es capaz del mal es decir, que no
tiene la santidad por naturaleza pero, precisamente, dirá
Basilio, la diferencia que se da entre el Espíritu Santo y los
poderes celestiales consiste en que aquél tiene la santidad por
naturaleza mientras que éstos la poseen de una manera
participada los ángeles tienen una naturaleza mudable y, en
virtud de su libre albedrío tienen capacidad de hacer el bien y
el mal; en exacta contraposición con el modo de ser y calidad
de naturaleza de los poderes celestiales, Basilio afirma que el
Espíritu Santo es fuente de santidad; posee una santidad no
recibida graciosamente, sino poseída esencialmente,
coesencialmente con el Padre y el Hijo y llena completamente
su naturaleza. Pero el atentado más fuerte contra la verdadera
doctrina del Hijo y del Espíritu Santo es el que supone que ni
uno ni otro poseen la misma naturaleza, la misma esencia
(oúcrla) que el Padre.

De las afirmaciones del Evangelio relativas al hambre, a la sed,


al sueño y a las pasiones (ira, emoción, llanto, etc.) de Cristo,
los arrianos inducían que Jesucristo no podía ser Dios, porque
era mutable y pasible.

Maximino, obispo arriano de África en el siglo IV habla de la


Encarnación como de ad humana contagia et ad humanam
carnem descendere, cosa incompatible con el Padre que
es: innatus, infectus, invisibilis; en este sentido atribuye sólo al
Padre el texto de 1 Tim 6, 15s que habla de la inmortalidad e
invisibilidad de Dios, y que la unidad entre Dios Padre y Cristo
es una unidad moral, producida por la unión de voluntades.

La fe arriana se basa en que el Hijo: «valuntate et praecepta


Patris se encaminó

a la pasión y muerte, como él mismo dijo: Padre, pase de mí


este cáliz; pero no lo que yo quiero, sino lo que quieras tú (Mt
26, 39.59); y el Apóstol afirma y dice: hecho obediente al Padre
hasta la muerte, y la muerte de cruz (Phi! 2,8)

En sus orígenes, Cristo era considerado ante todo como un


Mesías, en definitiva un ser mortal, el cual había sido elegido
por Dios para realizar sus designios y que por ello podía
llamársele Hijo de Dios; a esta doctrina se la llama
adopcionismo. Sin embargo, en la Iglesia cristiana fue
creciendo en importancia la opinión de que Cristo había
preexistido como Hijo de Dios a su encarnación humana en
Jesús de Nazaret, y que había descendido a la Tierra para
redimir a los seres humanos; a esta nueva doctrina se la
denomina encarnacionismo. Esta nueva concepción de la
naturaleza de Cristo trajo aparejados varios problemas
teológicos, ya que se discutió si en Cristo existía una
naturaleza divina o una humana, o bien ambas, y si esto era
así, se discutió la relación entre ambas (fundidas en una sola
naturaleza, completamente separadas, o relacionadas de
alguna manera).

El encarnacionismo prendió fuertemente en el mundo gentil, y


especialmente en el occidente del Imperio Romano, mientras
que las iglesias orientales defendían nociones más cercanas al
adopcionismo. Arrio había sido discípulo de Pablo de
Samosata, un predicador oriental del siglo III, y creía que Cristo
era una criatura, aunque concedía que había sido la primera
criatura formada por el Creador.

En la lucha de los encarnacionistas contra los arrianos hay


varios factores a tomar en cuenta, como trasfondo de la
discusión doctrinal:

 Había una lucha de poder entre la Iglesia de


Roma y las iglesias orientales, en una época en
que la supremacía de la primera no estaba bien
asentada todavía. Las iglesias orientales apoyaron
a Arrio, mientras que las occidentales tendieron a
apoyar a los encarnacionistas.

 Pablo de Samosata había sido apoyado por la


reina Zenobia de Palmira, enemiga mortal del
Imperio Romano, y el emperador tendía a apoyar el
encarnacionismo.

 Por razones psicológicas, el encarnacionismo


gustaba más a las clases acomodadas del Imperio
(que vivían en Grecia o Roma), mientras que el
Adopcionismo gustaba más a las clases
empobrecidas (las que predominaban en las
regiones orientales del Imperio).

San Atanasio, secretario de San Alejandro, obispo de


Alejandría, y el mismo obispo, se enfrentaron acaloradamente
con Arrio. Para calmar las disensiones. Constantino, que
practicaba la religión mitraica y se ocupaba de restablecer la
paz religiosa y el orden civil envió cartas a San Alejandro y a
Arrio censurando sus acaloradas controversias relativas a
asuntos sin importancia práctica y aconsejándoles que se
pusieran de acuerdo sin demora. Para suavizar la situación, fue
enviado Osio a Alejandría, que vio imposible reducir al primero
y opinó por la celebración de un concilio. Juntóse éste en Nicea
de Bitinia el año 325, con asistencia de 318 obispos, presididos
por el mismo Osio, que firma el primero después de los
legados del papa, en esta forma: Hosius episcopus civitatis
Cordubensis, provinciae Hispaniae, dixit…. Aquel concilio, el
primero de los ecuménicos, debe ser tenido por el hecho más
importante de los primeros siglos cristianos, en que tanto
abundaron las maravillas.

Al fracasar la mediación de Osio, Constantino convocó el


concilio de Nicea. El emperador puso a disposición de los
obispos los medios de transporte públicos y las postas del
imperio; incluso, aportó provisiones abundantes para el
mantenimiento de los asistentes durante el Concilio. Eusebio
de Cesarea habla de más de 250 obispos. San Atanasio,
miembro del Concilio, habla de 300 y en su carta "Ad Afros"
menciona explícitamente 318. Parece que el presidente fue,
realmente, Hosio de Córdoba, asistido por los legados papales
, Víctor y Vincencio.

El emperador Constantino decidió actuar para poner fin a las


disputas teológicas, no porque estuviera especialmente
interesado en la materia, ya que de teología sabía bien poco,
sino porque podrían suponer a la larga un motivo de
desestabilización social.

San Atanasio nos asegura que las actividades del Concilio no


se vieron, de ninguna manera, perturbadas por la presencia de
Constantino.
Fue el Concilio de Nicea, el 20 de mayo del 325 D.C., donde el
partido anti-arriano bajo la guía de San Atanasio, diácono de
Alejandría, logró una definición ortodoxa de la fe y el uso del
término homoousion (consustancial, de la misma naturaleza)
para describir la naturaleza de Cristo. ««Creemos en un solo
Dios Padre omnipotente... y en un solo Señor Jesucristo Hijo
de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia
del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios
verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al
Padre...»» (Manual de Doctrina Católica Denzinger - Dz 54).

San Atanasio, reconocido como "Padre de la Ortodoxia",


recibió una educación clásica y teológica de Alejandría, donde
fue ordenado diácono y también nombrado secretario del
obispo Alejandro. Como experto teológico en el Concilio de
Nicea, En 328 sucedió a Alejandro como obispo de la sede
sobre la que iba a presidir durante 45 años. Diecisiete de ellos
los pasó en el exilio, que se le impusieron en cinco ocasiones
distintas entre 335 y 366.

En reacción a los que negaban tanto la plena humanidad y la


plena divinidad de Jesucristo, Atanasio explicó cómo el Logos,
la Palabra de Dios, se unió con la naturaleza humana y cómo
su muerte y resurrección venció la muerte y el pecado. Trabajó
las implicaciones de pasajes bíblicos sobre la Encarnación y
aseguró la unidad del Logos y la naturaleza humana en Cristo.
Sostuvo que si Cristo no era de la misma naturaleza
(homoousios, "tener el mismo ser") con Dios el Padre,
entonces la salvación no sería posible y si Cristo no eran
plenamente hombre, entonces la naturaleza humana no podía
ser salvada.

Se había descubierto una fórmula que serviría como


comprobación, aunque no simple de encontrar en las
Escrituras, sin embargo resumía la doctrina de San Juan, San
Pablo y el propio Cristo, "Yo y el Padre somos uno". La herejía,
como destaca San Ambrosio, había provisto desde su propia
vaina el arma para cortar su cabeza.

Si Cristo no fuera plenamente hombre y plenamente Dios, no


podría llevar a cabo la salvación, puesto que sólo se salva lo
que se asume (la humanidad) y sólo puede salvar quien tenga
potestad para ello (la divinidad).

La consubstancialidad numérica es en la substancia, que es


común a ambos. Si fuera en la persona (del Padre), caeríamos
en el modalismo que temían los adversarios.

Tratando de las "personas", Gregorio de Nacianzo : "El nombre


propio del sin principio, es Padre; del engendrado de modo sin
principio, hijo; del que de modo no engendrado o procede
hacia, el Espíritu Santo"

Ni el Hijo es el Padre, pues hay un solo Padre, sino lo que es el


Padre, ni el Espíritu es el Hijo por (venir) de Dios, pues hay un
solo Unigénito, sino lo que es el Hijo. Los tres son uno en la
divinidad y lo uno es tres en las propiedades"

La "consubstancialidad" fue aceptada. Solamente trece obispos


disintieron, y rápidamente se redujeron a siete. Hosio redactó
las declaraciones conciliares, a las que fueron anexados
anatemas contra aquellos que afirmaran que el Hijo alguna vez
no había existido, o que no existía antes de ser engendrado, o
que Él había sido hecho de la nada, o que Él era de una
substancia o esencia diferente del Padre, o era creado o
variable. Todos los obispos hicieron esta declaración excepto
seis, de los cuales cuatro a la larga se retractaron. Eusebio de
Nicomedia retiró su oposición a los términos de Nicea, pero no
firmaría la condena de Arrio. El emperador, que consideraba la
herejía como rebelión, propuso las alternativas de suscripción o
destierro; y, en el terreno político, el Obispo de Nicomedia fue
exiliado poco después del concilio, involucrando a Arrio en su
ruina. El heresiarca y sus seguidores soportaron su sentencia
en Iliria.

Finalmente, en el Concilio de Nicea del año 325 se aprobó el


credo propuesto por Atanasio (y a lo que parece formulado por
Osio), y la cerrada defensa del encarnacionismo hecha por
Atanasio consiguió incluso el destierro de Arrio. Cuando éste
fue perdonado el año 336, murió en misteriosas circunstancias
(probablemente envenenado). La disputa entre
encarnacionistas y arrianos iba a durar durante todo el siglo IV,
llegando incluso a haber emperadores arrianos (el propio
Constantino I el Grande fue bautizado en su lecho de muerte
por el obispo arriano Eusebio de Nicomedia. Ulfila, obispo y
misionero, propagó el arrianismo entre los pueblos germánicos,
particularmente los visigodos ostrogodos y vándalos. Después
del Concilio de Calcedonia del año 381, el arrianismo fue
definitivamente condenado y considerado como herejía en el
mundo católico. Sin embargo, el arrianismo se mantuvo como
religión oficial entre los germanos hasta el siglo VI. El último
rey germano en mantener el arrianismo fue Leovigildo, rey de
los visigodos.

La adhesión al credo niceno fue general y entusiasta. Todos


los obispos, excepto cinco, se declararon prestos a suscribir
dicha fórmula, convencidos de que contenía la antigua fe de la
Iglesia Apostólica. Los oponentes quedaron pronto reducidos a
dos, Teonas de Marmárica y Segundo de Tolemaida, quienes
fueron exilados y anatematizados. Arrio y sus escritos fueron
también marcados con el anatema, sus libros fueron quemados
y él fue exiliado a Iliria.

El concilio también fijó la celebración de la Pascua en el primer


domingo después del primer plenilunio de primavera, siguiendo
la praxis habitual en la iglesia de Roma y en muchas otras.

Fueron condenados los escritos de Arrio y tanto él como sus


seguidores desterrados, entre ellos Eusebio de Nicomedia.
Aunque no era arriano, Constantino gradualmente relajó su
posición anti-arriana bajo la influencia de su hermana, quien
tendía simpatías arrianas. A Eusebio y a otros se les permitió
regresar y pronto comenzaron a trabajar para destruir lo hecho
en el Concilio de Nicea. Por los manejos de Eusebio de
Nicomedia, Constantino intento traer a Arrio de regreso a
Constantinopla (334-335) y rehabilitarlo, pero murió antes de
que llegara. Aprovechando la nueva situación, el partido
arriano fue ganando terreno y logró el exilio de San Atanasio,
quien ya era obispo de Alejandría, y de Eustaquio de Antioquía.
Avanzaron aún más durante el reinado del sucesor de
Constantino en Oriente, Constancio II (337-361), quien dio un
apoyo abierto al arrianismo.

Se puede decir que, en realidad, el arrianismo resultó


fortalecido después de su primera derrota superficial. Esta
paradoja obedeció a una causa que se puede hallar en muchas
formas de conflicto. El adversario derrotado aprende de su
primer revés las características de la cosa que ha atacado;
descubre sus puntos débiles; aprende la forma de confundir a
su oponente y percibe los compromisos hacia los cuales el
adversario puede ser conducido. Por consiguiente, después de
esta prueba, el derrotado está mejor preparado que antes de la
primera batalla. Eso fue lo que sucedió con el arrianismo.

Tras la muerte de Alejandro, Atanasio había accedido al


episcopado en Alejandría. Fue una de las mayores figuras de
la Iglesia en todo el siglo IV, que defendió con gran altura
intelectual la fe de Nicea, pero que precisamente por eso fue
enviado al exilio por el emperador.

Eusebio, que en 328 recobró el favor de Constantino, propició


un período de reacción arriana. San Eustaquio de Antioquía fue
depuesto bajo el cargo de sabelianismo, y el emperador envió
su mandato de que Atanasio debía recibir de regreso a Arrio a
la comunión. El santo rehusó firmemente. En 325 el heresiarca
fue absuelto por dos concilios, en Tiro y en Jerusalén, el
primero de los cuales depuso a Atanasio basado en falsos y
vergonzosos fundamentos de mala conducta personal. Fue
exiliado a Tréveris y su estadía de dieciocho meses en esos
lugares cimentó más estrechamente a Alejandría con Roma y
el Occidente católico.

Los arrianos estaban dispuestos a admitir que Cristo había sido


de la esencia divina, pero no plenamente Dios; no increado.
Cuando los arrianos comenzaron con esta nueva política de
compromiso verbal, el emperador Constantino y sus sucesores
la consideraron como una oportunidad honesta de
reconciliación y reunión. La negativa de los católicos a dejarse
engañar quedó a los ojos de quienes así pensaban como mera
obstinación; y a los ojos del Emperador, como una rebelión
facciosa y una desobediencia inexcusable. "Aquí estáis
vosotros que os llamáis los únicos verdaderos católicos,
prolongando y envenenando innecesariamente una mera pelea
facciosa. Debido a que tenéis los personajes populares detrás
de vosotros, os creéis amos de vuestros seguidores. Tal
arrogancia es intolerable. Vuestros adversarios han aceptado
el punto principal. ¿Por qué no podéis acordar la disputa y
restablecer la unión? Al resistiros estáis dividiendo a la
sociedad en dos bandos; estáis alterando la paz del Imperio y
estáis siendo tanto criminales como fanáticos."

Constantino ordenó a Alejandro, obispo de la Ciudad Imperial,


darle la Comunión en su propia iglesia . Arrio triunfó
abiertamente; pero mientras andaba pavoneándose, la tarde
anterior al día en que iba a tener lugar este acontecimiento,
murió de un repentino desorden, al que los católicos no
pudieron dejar de atribuir a un juicio de los cielos. Constantino
entonces no favoreció más que a los arrianos.

No obstante, fue bautizado en sus últimos momentos por el


prelado de Nicomedia.

La muerte del arrianismo en el Este se produjo cuando los


conquistadores árabes convirtieron a la masa del Imperio
Cristiano Oriental en un pantano, pero la herejía no moriría aun
por siglos y crecería en algunas tribus germánicas que habían
sido evangelizadas por predicadores arrianos, las cuales la
traerían de nuevo al Imperio en el siglo V con la invasión de
Occidente. Aunque todavía se encuentran grupos de cristianos-
arrianos en el Oriente Medio y el Norte de África, el arrianismo
profesado como tal desapareció hacia el siglo VI.

No obstante, bajo forma mitigada, el arrianismo permanece


hasta hoy implícito, al menos bajo algunos aspectos, entre los
protestantes, especialmente por su rechazo a la Santísima
Virgen en cuanto Madre de Dios: pues si Jesucristo no es
verdaderamente Dios —¡arrianismo!— y hombre, María
Santísima no es Madre de Dios y no ejerció entonces una
participación excelsa en la obra de la Redención, lo que es
contrario a la fe.

Bajo el astuto rótulo de Teología de la Liberación se designa a


una amalgama de errores de los más disparatados en materia
de teología, filosofía, sociología, economía, etc.

Ella es fruto de los errores teológicos y filosóficos que


penetraron en la Iglesia a fines del siglo XIX y que fueron
condenados por San Pío X (Papa de 1903 a 1914) bajo la
denominación de modernismo. Tales errores pretendían
adaptar a la Iglesia y al pueblo fiel al espíritu y a los errores del
mundo y de la vida "moderna", los cuales buscan satisfacer el
orgullo y la sensualidad dejados en el corazón humano por el
pecado original.

El arrianismo revivió por un momento en el caos general de la


Reforma. Intelectuales dispares, incluyendo a Milton en
Inglaterra y presumiblemente a Bruno en Italia, y todo un grupo
de franceses, presentaron en los Siglos XVI y XVII doctrinas
que intentaban reconciliar un materialismo modificado y una
negación de la Trinidad con alguna parte de la religión
cristiana.

Tras el concilio de Nicea


Cuando se sugirió el primer compromiso con el arrianismo,
Atanasio ya era arzobispo de Alejandría. Constantino le ordenó
readmitir a Arrio a la Comunión. Atanasio se negó, por lo que
fue exiliado a la Galia, pero el Atanasio en el exilio resultó ser
aún más formidable que el Atanasio en Alejandría. Su
presencia en Occidente tuvo el efecto de reforzar el fuerte
sentimiento católico de esa parte del Imperio. Los hijos de
Constantino que se sucedieron uno tras otro en el Imperio,
vacilaron entre una política de asegurarse el apoyo popular,
que era católico, o bien asegurarse el apoyo del ejército, que
era arriano. Más que otra cosa, la corte se inclinaba por el
arrianismo porque le molestaba el creciente poder del Clero
Católico organizado como rival del poder secular del Estado. El
último y el más longevo de los hijos de Constantino –
Constancio – se hizo decididamente arriano. A Atanasio lo
exiliaron una y otra vez, pero la causa que defendía siguió
aumentando en fuerza.

Los arrianos rígidos, estaban dirigidos por un tal Aezio (Ezio)


de Antioquía, calderero primero, luego platero, más tarde
médico y finalmente diácono de Antioquía. Buen dialéctico,
árido y seco en sus silogismos, identificaba la esencia divina
con la noción de «no engendrado», evidentemente propia del
Padre, resultando de ello que el Hijo, lejos de ser consustancial
o al menos semejante al mismo, venía a ser totalmente
diferente (anhomoios).

En el conciliábulo de Antioquía, en 341, depusieron a Atanasio,


eligiendo en su lugar a Gregorio. El nuevo obispo penetró en
Alejandría con gente armada, y San Atanasio hubo de retirarse
a Roma, donde alcanzó del papa San Julio la revocación de
aquellos actos anticanónicos; pero el emperador Constancio
persiguió de tal suerte al santo Obispo, que éste se vio
precisado a mudar continuamente de asilo, sin dejar de
combatir un punto a los arrianos de palabra y por escrito.

A la muerte de Constantino (a. 337), se levanta una fuerte


reacción antinicena contra los hombres que más
decididamente habían propugnado su credo y la doctrina del
homousios, como los papas julio 1 y Liberio, Osio de Córdoba,
S. Atanasio de Alejandría, Marcelo de Ancira, Eustacio de
Antioquía, etc.

Convocóse al fin un concilio en Sardis, ciudad de Iliria, el año


347. Concurrieron 300 obispos griegos y 76 latinos. Presidió
Osio, que firma en primer lugar, y que propuso y redactó la
mayor parte de los cánones, encabezados con esta frase:
Osius Episcopus dixit. El sínodo respondió a todo: Placet. San
Atanasio fue restituido a su silla, y condenados de nuevo los
arrianos. Otra vez en España Osio, reunió en Córdoba un
concilio provincial, en el cual hizo admitir las decisiones del
Sardicense y pronunció nuevo anatema contra los secuaces de
Arrio.

Las persecuciones se alargarían. El año 362, en Alejandría,


unió Atanasio a los ortodoxos semiarrianos con él mismo y el
Occidente. Cuatro años después cincuenta y nueve prelados
macedonios, es decir, hasta entonces anti nicenos, se
sometieron al Papa Liberio. Pero el Emperador Valente, un
feroz hereje, todavía ponía devastación a la Iglesia.

Teodosio I, un español y católico, gobernaba todo el Imperio.


Atanasio murió en 373; pero su causa triunfó en
Constantinopla, arriana por largo tiempo, primero por la prédica
de San Gregorio Nacianceno, luego en el Segundo Concilio
General (381), cuya apertura presidió Melecio de
Antioquía. Desde este momento el arrianismo en todas sus
formas perdió su lugar dentro del Imperio.

Su desarrollo entre los bárbaros fue más político que doctrinal.


Ulfilas (311-388), quien tradujo las Escrituras al maeso-gótico,
enseñó una teología acaciana a los ostrogodos del Danubio;
reinos arrianos surgieron en España, África, Italia. Los gépidas,
hérulos, vándalos, alanos y lombardos recibieron un sistema
que eran tan poco capaces de comprender como de defender.

Ulfilas divulgó el credo arriano: Creo que sólo hay un Dios


Padre y en su Hijo unigénito, nuestro Dios y Señor, creador y
hacedor de todas las cosas, como el que no hay nadie. Por lo
tanto hay un Dios de todo, que es también Dios de nuestro
Dios, y creo en el Espíritu Santo como un poder iluminador y
santificador. Como Cristo dice tras la resurrección a sus
Apóstoles: "Y he aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre
sobre vosotros: mas vosotros asentad en la ciudad de
Jerusalem, hasta que seáis investidos de potencia de lo alto"
(Lucas, 24.49) y después "Mas recibiréis la virtud del Espíritu
Santo que vendrá sobre vosotros; y me sereís testigos en
Jerusalem, en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la
tierra" (Hechos 1.8) Ni Dios ni Señor, sino el ministro de Cristo;
no igual, pero sujeto y obediente en todas los aspectos al Hijo.
Y creo que el Hijo está sujeto y obedece en todo a Dios Padre.

Comprenderemos mejor su significado si la calificamos como


un intento Oriental de racionalizar el credo despojándolo del
misterio en lo concerniente a la relación de Cristo con Dios.

M. Simonetti, La crisi ariana nel IV seculo, Studia Ephemeridi


"Augustinianum" 11, Roma, 1975.
Cfr. B. Studer, Filioque: Dizionario patristico e di antichitä cristiane I, ed. por A. di
Bernardino, Casale Monferrato, 1983, 1358s.

«Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso,


creador de todo lo visible e invisible; y en un solo
Señor Jesucristo, Hijo de Dios, engendrado como
unigénito del Padre, es decir, de la substancia del
Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de
Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma
naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho, lo que
hay en el cielo y en la tierra; que por nosotros los
hombres y por nuestra salvación descendió, se
encarnó e hizo hombre, padeció, fue crucificado y
resucitó al tercer día, ascendió a los cielos y vendrá a
juzgar a vivos y muertos; y en el Espíritu Santo.
Pero quien afirme que "hubo un tiempo en que el Hijo no existía", y que
"antes de ser engendrado, no existía", y que "surgió de la nada", o quien
afirme que el Hijo de Dios es de otra hipóstasis o naturaleza, o que ha
sido creado o (-!), que es mudable o cambiable, caiga sobre él el
anatema de la Iglesia Católica»
CONSTANTINOPLA

«Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso,


creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible e
invisible; y en un solo Señor Jesucristo, Hijo unigénito
de Dios, engendrado por el Padre antes de todos los
siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de
Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma
naturaleza que el Padre por quien todo fue hecho, que
por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó
del Cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de
María la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa
fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, padeció y
fue sepultado; al tercer día resucitó según las
Escrituras, subió al Cielo y está sentado a la derecha
del Padre; y, de nuevo, vendrá con gloria para juzgar a
vivos y muertos; y su Reino no tendrá fin; y en el
Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del
Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma
adoración y gloria, y que habló por los profetas. Y en la
Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica.
Reconocemos un solo Bautismo para el perdón de los
pecados. Esperamos la resurrección de los muertos y
la vida del mundo futuro».

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