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Brochero, santo Cura argentino y católico

A las 4:32 AM, por Mª Virginia


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“El cura gaucho fue un santo y una de las puras siluetas de nuestra historia. Tres santos solamente ha
habido en nuestro país que son el Cura Brochero, el Obispo Esquiú y la Beata Antula…” (Leonardo Cas-
tellani)

Y… no; no es tan obvio como parece, conciliar los dos


últimos adjetivos que figuran en el título…

Se supone que todos los curas son católicos, claro,


pero sin embargo, cuando en una nación la catolici-
dad se “devalúa” con el barniz ideológico, todo cam-
bia de color, y a veces uno se encuentra con que “le
han dado gato por liebre”….

Y ese espíritu malsano también puede embadur-


nar a los santos, por qué no, y de paso “empa-
queta” a los pobres fieles, haciendo el juego al
diablo, que ya que no pudo evitar que los Biena-
venturados sean dóciles a la gracia, “mete la cola”
para que nosotros, que todavía batallamos en este valle de lágrimas, aprovechemos a medias
sus ejemplos, sin dejarnos enseñar lo suficiente, o contentándonos con una “imagen de estam-
pita”, lo más tranquilizadora posible. Quienes no gustan de una completa catolicidad, tratan a veces
“sin querer queriendo”, de desdibujar la de los santos en lo que pueda haber de incómodo para noso-
tros, si buscamos seguir sus huellas. Sucede como a aquel pobre cardenal que le preguntaba a S.S.
San Pío X “qué tenía que decir al mundo esa pobre monja” que era Sta. Teresita -predilecta del santo
pontífice-, y el Papa le tuvo que responder: “Eminencia, repase el Evangelio”.

Simplificando así la silueta de Brochero, se ha insistido mucho en su predilección hacia los más
pobres, lo cual es una gran verdad, pero… creo que podemos ir un poco más allá, y los lectores
me disculparán el atrevimiento, no siendo ni remotísimamente una “especialista” en su figura, pero al fin
y al cabo, estamos en familia. Como católica argentina, hace muchos años que doy gracias a Dios por
su ejemplo, tan semejante en muchas cosas a la muy querida “Mama Antula”, apelativo cariñoso dado a
María Antonia de Paz y Figueroa (¡a quien estamos impacientes por ver también en los altares!), y que
menciona Castellani en el epígrafe.

Creo, en fin, que cada glorificación de los siervos de Dios es una fiesta inmensa, no sólo para los com-
patriotas “temporales” -es decir, cohabitantes de esta patria del tiempo-, sino para toda la Iglesia: cada
santo debería ser vivida con vítores por todos, como grandes banderas de Victoria que secundan al
gran estandarte de la Cruz.
Quisiera compartir entonces algunas notas para acercarnos más al tercer santo argentino (el primero ha
sido S. Héctor Valdivielso -mártir de la educación en España-, y el segundo, el Beato Ceferino Namun-
curá, “lirio de las Pampas”, hijo de un cacique patagónico). No me detengo en su hagiografía, que pue-
den ver someramente aquí, junto con las palabras del Papa en su beatificación. http://infocato-
lica.com/?t=noticia&cod=18499.

Creo que Brochero tiene mucho para decir a sacerdotes y fieles contemporáneos, preocupados por ser-
vir más y mejor a los “más pobres”, por las misiones y por la creación de verdaderas “comunidades” pa-
rroquiales:

§-Buscando siempre las Cumbres: no se detenía ante la enormidad de los obstáculos materiales y
sobre todo, morales o espirituales, condescendiendo con ellos. ¿Nunca han oído uds. a ciertos católi-
cos, quejarse de que “en nuestra comunidad no es viable tanta exigencia”; “aquí la gente no responde”;
“en esta parroquia no están capacitados para comprender tanta espiritualidad”, “no vale la pena el es-
plendor litúrgico, pues no lo valoran”, etc. etc.? Yo, personalmente, he oído cientos de veces esos la-
mentos guturales. Hace no mucho tiempo, un respetable vicario de una diócesis, al comentar algunos
graves abusos de pastoral sacramental, me decía con suficiencia onCológica: “Señora, ud. se ha equi-
vocado de lugar, múdese a Tal Lugar, porque allí no hay remedio…” Asimismo, unos días antes de que
S.S. Benedicto XVI anunciase el Año Sacerdotal, un sacerdote con quien conversaba sobre el Santo
Cura de Ars, advertía: “¡Pero esos son santos de antes, estos son otros tiempos!”. Y así otros.

Pienso, entonces, en el beato Cura Brochero, que no vivió en Marte sino en nuestras Sierras, no en el
siglo XIII sino en el XX, y que no se amilanaba por carecer de medios, y no renunciaba a enseñar a sus
paisanos todo el Catecismo, y no sólo ello, sino a instarlos a que hagan Ejercicios Espirituales igna-
cianos, no de 3 sino de 9 días, teniendo que atravesar para ello 200 kilómetros que requerían tres
días a lomo de mula, en caravanas que muchas veces superaban las quinientas personas, sor-
prendidos muchas veces por fuertes tormentas de nieve. ¿Puede leerse esto sin estremecernos de
admiración, esperanza y alegría?

Hoy no puedo dejar de pensar que muchas veces, cuando uno propone a directivos de colegios, por
ejemplo, la realización de Ejercicios Espirituales de 3 o 4 días, se oye la respuesta de “los chicos no es-
tán preparados para eso todavía”. Y entonces los tratan como a niños de jardín de infantes, los llenan
de globos y caramelos, y luego de un festival intensivo de sensiblería en que todos se van llorando -efi-
cacia rotunda-, creen que han sembrado algo “sólido” en esas pobres almas, que al año dejan de ir a
misa, o se meten en el budismo, porque les parece más “interesante”… Y en la Comunión de los San-
tos, es inevitable pensar en el Juicio a quienes habían sido confiadas esas almas, y las dejaron pasar
sin darles convenientemente el alimento espiritual.

Es evidente, pues, que el santo Cura Brochero -lo mismo que Ntra. Señora en Fátima frente a los
pastorcitos-, no tenía “asesor pedagógico”, y entonces se atrevía a mirar y señalar siempre a las
Cumbres. No sólo las de las sierras cordobesas, sino las del alma. No cedía a la pusilanimidad de
creer que sus feligreses podían “asustarse” por predicar las verdades primeras y últimas de la
Salvación.
Sobre las cumbres materiales, leemos unas anotaciones manuscritas de la Casa de Ejercicios de Villa
Cura Brochero:

“Aunque en aquellos tiempos los viajes a la ciudad de Córdoba eran muy largos, se propuso llevar a Ejer-
cicios cada vez el mayor número de personas que pudiera conseguir, a los que no sólo proporcionaba ca-
ballos y mulas sino también víveres y dinero para el viaje, y para dejar a sus familias durante la ausencia
de más de quince días. (…) recorría los departamentos de la sierra y parte de las provincias de San Luis y
de La Rioja, recolectando fondos e invitando gente para los Ejercicios, logrando hasta trescientos y cua-
trocientos hombres de buena voluntad, que él mismo conducía a Córdoba (…) El viaje se hacía especial-
mente más penoso cuando eran mujeres las enviadas…”

Dice el p. Cayetano Bruno -santo varón que nos ha dado la familia salesiana en Argentina- en su breve
semblanza del Cura Brochero (Ediciones Don Bosco, 1984):

“Otra embarazosa traba era la abrupta sierra con sus borrosos caminos de herradura, culminantes en la
Pampa de Achala, sobre los 2.200 mts. de altura.” Se cita en el mismo librito un episodio relatado por el
p. Bustamante: “..una vez acompañando a un gran número de estas ejercitantes, al subir la gran sierra por
la parte del poniente, casi a la mitad del camino les sorprendió una gran nevazón al anochecer, lejos de
todo rancho o casa donde pudiesen guarecerse y librarse del frío, que en aquellas alturas es muy intenso y
penetrante, y se vieron forzadas a pasar la noche sin más abrigo que la concavidad de una gran piedra
(…). Por la mañana muchas se encontraban medio tullidas por el frío, otras casi desmayadas de debilidad
y todas sufriendo mucho, hasta que el señor Brochero hizo fuego con algunos palos de leña desente-
rrados de entre la nieve, con lo cual, y unos cuantos mates, consiguió animarlas, hacerlas subir a
caballo y continuar la gran subida, no sin mucha dificultad.”
El mismo ánimo heroicamente magnánimo se luce durante la construcción de la casa de Ejercicios,
como rememora él mismo en sus últimos años:

“…los que habitaban en el Tránsito en 1875, desde 7 años para arriba, me llevaban los ladrillos y la cal
quemada al pie de la obra en el hombro o la cabeza, como hacían también las damas y señoritas, que me
traían la cal cruda de una legua de distancia, en árganas o alforjas, para que la quemara en los hornos que
estaban en la plaza; como otros (…) conducían los tirantes a remolque o cincha de mula, viniendo mu-
chas de estas vigas hasta de veinte leguas, pues hasta la fecha no había conseguido aún camino carretero
en el valle…”

Y como decíamos, ante las exigencias espirituales tampoco se amedrenta “el señor Cura”, como se ad-
vierte en la relación anónima de un viejo serrano conservada en los archivos de la Casa de Ejercicios,
que hoy espantarán a más de un católico “sentimental” (que no es lo mismo que piadoso):

“En cada plática, en cada meditación, al terminar se nos repetía: silencio, silencio, silencio, en voz alta, y
ya desde la tercera noche había disciplina: ‘Ejercitantes de mi alma, ya habrán entendido la gravedad del
pecado; por necesidad tenimos que hacer alguna penitencia; no anden con lástima; se darán en la nalga,
en el cuero limpio…’ Y luego se oía un solo ruido, y entre el tumulto, algunos clamores. Después de la
disciplina había un portón por donde nos teníamos que trasladar (…) Al salir de la sacristía los ejercitan-
tes nos encontrábamos con un grupo de hombres tendidos en el suelo, boca abajo y muy juntos, que in-
tencionadamente se colocaban para ser pisados por los demás…; así que por fuerza, así teníamos que ha-
cerlo. Luego en los corredores se veían unos caminando de rodillas con los brazos en cruz, otros cru-
zando los dedos de las manos sobre ellas, se hincaban y allí permanecían largo rato; otros estaban firmes
hincados en cuz, y así permanecían un cuarto de hora. Y en los ratos de descanso, unos hacen el Villa
Crucis (sic), otros los quince minutos ante Jesús Sacramentado.”

Su ausencia de respeto humano -esa falsificación farisaica de la caridad que sólo cuida de malquistarse
con los demás por lo que podría traer de complicaciones a la propia comodidad- para proponer la per-
fección, se ve por ejemplo, cuando invitaba a la gente a Ejercicios:

“En una ocasión, encontrándose en una pulpería un paisano conversando acerca de la prédica de Bro-
chero, dijo aquél: ‘si va Brochero a invitarme lo voy a echar a …’

No faltó entonces quien le comentara al sacerdote lo ocurrido, y Brochero fue a buscarlo al paisano, que
estaba hachando leña. Le pidió entonces que repitiera sus expresiones en la pulpería, y negándose el hom-
bre avergonzado, tras invitarlo a Ejercicios, cuando se echó para atrás, le dijo el Cura mostrándole el Cru-
cifijo: ‘No soy yo el que te viene a convidar. Es Este. ¿A que no te animás a insultarlo?’ Y el hombre ter-
minó por integrar una de las tandas…”

§-Párroco-misionero, no “feudal”: hoy cae mal esta calificación, y sin embargo, es frecuente ver pa-
rroquias convertidas en feudos. Basta que uno pretenda que se haga lo que quiere la Iglesia -sea por el
Catecismo, el Derecho Canónico o la voz del Magisterio- , se oye el despliegue del muro: “Aquí se hace
de tal manera”. Y claro: con el “aquí” se delimita un espacio soberano, independiente, “adulto”, que en
nada tiene que rendir cuentas a nadie, porque para algo se es el párroco, o el superior de una congre-
gación determinada, que funge como agujero negro. Antes que aceptar otras congregaciones o caris-
mas en alguna actividad, es preferible que vengan los Hare Krishna a dar algún seminario, o que se or-
ganice algún evento con la logia B’Naith Brith. Pero “ecumenismo interno”, de ningún modo.

Por el contrario, vemos en Brochero un cura párroco católico: como trabaja para la Iglesia, y sabe
que ésta no termina en su parroquia, no vacila en salir a misionar, a invitar a habitantes de provincias
vecinas a participar de los Ejercicios, por ejemplo, mirando sobre todo a hacer el mayor bien a la mayor
cantidad de almas posibles.

Y reconoce, generoso, las virtudes de los otros: siendo él mismo de clero secular, sabe aunar, sin em-
bargo, en el trabajo por las almas, el carisma reconocido de tradicionales familias religiosas, como los
jesuitas y los dominicos (él mismo era terciario dominico), junto a los claretianos, a quienes encarga la
administración de la Casa de Ejercicios, y confía también en las recientemente fundadas Religiosas
Esclavas del Sdo. Corazón de Jesús, cuyo lema era “amor y desagravio”, y que dedicadas a la educa-
ción y promoción de la mujer y a los Ejercicios Espirituales, administrarán el Instituto Brocheriano. No
recela de los instrumentos del Señor, porque se sabe servidor y no propietario de su parroquia.
§-Pobres sí, ignorantes no: Aunque muchos se empeñen en hacer de ambos términos sinónimos, el
santo Cura veía claramente la diferencia. Insistiendo en su frase “olvidados de todos, menos de Dios”,
se preocupa de que sus paisanos no se tomen a Dios a la ligera, confundiéndolo con “cualquier cosa” o
empobreciendo la verdad. Así, no ahorra esfuerzos en la construcción de un colegio de niñas -sabía que
en la educación o corrupción de la mujer descansa la de la sociedad- , casa para religiosas y residencia
sacerdotal, sabiendo que la pobreza material proviene muchas veces de la espiritual, de las costum-
bres.

Un fuerte llamado de atención, sin duda, para algunos lobos disfrazados de pastores que alabando la
pobreza, hacen el elogio de la ignorancia como si fuese ésta signo de “humildad”, o utilizan al pobre
como herramienta ideológica, llevando agua para el molino de intereses mucho más humanos que
evangélicos.

§- Alma profundamente sacerdotal: habiéndose desempeñado como ayudante de las tareas pastora-
les de la Catedral de Córdoba, durante la tremenda epidemia de cólera sirvió de modo heroico a sus fie-
les –tal vez hoy se lo hubiese tachado de “imprudente” por no administrar la Sagrada Comunión con
barbijo, ante el peligro de contagio…-. Siendo Prefecto de Estudios del Seminario Mayor, obtuvo el título
de Maestro en filosofía por la Universidad de Córdoba, y al poco tiempo, en vez de quedarse a hacer
“carrera”, asume el extenso Curato de San Alberto, de 4.336 kilómetros, con poco más de 10.000 habi-
tantes que vivían en lugares distantes sin caminos y sin escuelas, incomunicados por las Sierras Gran-
des de más de 2.000 metros de altura. Durante casi cuarenta años, vivió pobre pudiendo ser rico, entre-
gándose a su misión sin reservas, en plena disponibilidad al llamado de Cristo en las necesidades de su
Iglesia. Fue su vida la promoción de los Ejercicios, la Misa diaria -aún en sus largos viajes y en su pieza
de enfermo-, su Rosario, el Breviario que llevaba a la cintura, según testigos, y que rezaba diariamente.
“Vivía según la fe", anota un testigo.

Y él declara en una de sus cartas:

“... Yo me felicitaría si Dios me saca de este planeta, sentado


confesando, o explicando el Evangelio".

Porque hay que decirlo a los gritos en las plazas: será la hora
de los laicos si les parece, pero la felicidad más grande de un
laico, de un hijo de la Iglesia, es saber que puede recostar su
alma en un corazón verdaderamente sacerdotal. La Iglesia vive
por sus sacerdotes, porque como bien decía Hugo Wast, es el
único que puede hacer el oficio de todos, pero ninguno puede
hacer el suyo, aunque las Forcades trasnochadas los quieran
reemplazar. Y ningún laico en su sano juicio puede prescindir
de buena gana de ellos, por más cursos de misionología que
nos vendan.

En un alma así, hay, lógicamente, dos cosas imprescindibles: la Santa Misa y la solicitud por todas y
cada una de sus ovejas. Así le escribe a su hermana Aurora:
“Para ir yo a tu casa necesito dos cosas: primera, que las [Hermanas] Esclavas me prestasen todos
los elementos para decir Misa en mi pieza y segunda adquirir unos cuantos pesos -o que tu me ayu-
des con algunos- para atender las necesidades de los pobres que irán a pedirme que los surta” (13-
11-1911).

La Misa le permitía tratar mano a mano con ese Señor, que según él mismo decía a menudo “lavó mis
pecados con su sangre", y con el Rosario siempre, para tratar con la Santísima Virgen a la que llamaba
cariñosamente “mi Purísima".

El Cura piensa en las necesidades de cada uno de los hombres que tiene a su lado, con nombre y ape-
llido, como cuando piensa en el trabajo más conveniente para un capataz conocido suyo.

Con esa misma caridad encaró también la pastoral carcelaria, de1898 a 1902, en la ciudad de Cór-
doba. Del mismo modo, cuando le dicen que no visite a un bandolero popular, a quien se calificaba
como ”hombre malo”, él responde: “para mí fue un manso cordero y muy buen amigo". Lo visita con peli-
gro de su vida, y para que lo reciba bien le envía un santo Cristo, una medalla y una fotografía suya,
para que al llegar lo reconozcan sus amigos. El Cura pagó sus deudas, le buscó trabajo, se ingenió para
conseguirle el indulto por sus crímenes, y “lloró su muerte".

§- Como buen gaucho, contemplación y Cruz: No se asuste el lector, que no emprenderemos la Oda
al Gaucho. Pero no viene mal aclarar, ya que se lo llama vulgarmente el “Cura Gaucho”, que esto no es
sinónimo de vagabundo, ni de pendenciero resentido, como lo calificó con desprecio cierta literatura.
Hay, como en todos los tipos sociales, notas variables. Pero creo que es oportuno afirmar en este caso,
que se trata de un hombre de raíz genuinamente hispánica, en quien da fruto la simiente del
Águila plantada en nuestra tierra. Por eso suele ser ante todo, un hombre respetuoso siempre de
Dios, parco, acostumbrado al sacrificio del trabajo cotidiano, para quien la Cruz es elemento tan familiar
como sagrado, y que posee un alma especialmente propensa al silencio y la contemplación. Pues con
una mirada habituada a perderse en inmensidades -sean del cielo estrellado, de las Sierras o las Pam-
pas-, podemos comprender su “inclinación” hacia la eternidad, que es la inmensidad del tiempo. Es una
clase de hombre que vive, paradójicamente, entre el límite humano de la pobreza extrema, y el atisbo
de saberse destinatario de las maravillas de la Creación.

Hay que tener cuidado, entonces, con creer que el santo Cura Gaucho tenga algo que ver con lo “cha-
bacán”, con el descuido o subestimación de lo sagrado, o la desacralización del sacerdocio -¡antes bien,
todo lo contrario!- que proponen todavía ciertos “teoloPillos”, que bajo el título de “misioneros”, desdibu-
jan su ministerio principalísimo entre cientos de empresas humanas, rezumando activismo.

No hay que perder de vista, pues, que la actividad incansable de Brochero -siempre crucificada- es fruto
maduro de una actividad eminentemente interior, de intimidad con su Señor y su Purísima, porque como
decía Francisco Luis Bernárdez “lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado”. Esto es
lo que se deduce de sus escritos y prédicas, como en ésta:
“En la cruz está nuestra salud y nuestra vida… la fortaleza del corazón, el gozo del espíritu… la espe-
ranza del cielo… ¿Tendremos valor para mirar al Salvador sin conmovernos y sin resolvernos a se-
guirlo, aunque sea caminando por el medio de la amargura, y aunque sea derramando nuestra san-
gre gota a gota hasta exhalar el alma?". (Plática sobre la última Cena de Jesús).

Al fin de sus días, ya leproso, físicamente ciego, Brochero, en la luz de la Fe, ve con más claridad que,
en sus últimos días, está celebrando su “última Misa", que es la identificación con Cristo en la Pasión.
Dice en aquellos días: “Ahora, puestos los aparejos, estoy ya listo para el viaje. Lo restante queda a la
misericordia de Jesucristo”.

Esas últimas cartas, durante la enfermedad que


terminó de “aparejarlo” para el cielo, rubrican
aquella primacía de la docilidad a la gracia, y del
“dejarse hacer” antes que del puro hacer humano:

“…Dios Nuestro Señor es y era quien vivifica y


mortifica, quien da las energías físicas y morales
y quien las quita: pues bien, yo estoy ciego casi al
remate, apenas distingo la luz del día, y no puedo
verme ni mis manos, a más estoy casi sin tacto
desde los codos hasta la punta de los dedos y de las
rodillas hasta los pies, y así otra persona me tiene
que vestir o prenderme la ropa; la Misa la digo de
memoria, y es aquella de la Virgen cuyo Evange-
lio es: ‘extollens quaedam mulier de turba…’; para
partir la hostia consagrada, y para poner en medio del corporal la hijuela cuadrada, llamo al ayudante
para que me indique que la forma la he tomado bien, para que se parta por donde la he señalado, y que la
hijuela cuadrada esté en el centro del corporal para hacerlo doblar; me cuesta mucho hincarme y muchí-
simo más levantarme, a pesar de tomarme de la mesa del altar. Pero es un grandísimo favor el que me
hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pa-
siva, quiero decir que Dios me da la ocupación de buscar mi último fin y de orar por los hombres pasa-
dos, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo…”(Carta dictada tres meses antes
de su muerte, Tránsito, 28-10-1913, dirigida “al Sr. Obispo de Santiago del Estero Dr. Yaniz Martín").

Roguemos, pues, que se siga emulando al verdadero Brochero y no se lo rebaje o bastardee, falseando
su memoria. Y que su ejemplo obtenga de la Misericordia Divina, para nuestras patrias americanas, mu-
chos sacerdotes profunda y verdaderamente católicos y santos, que no miren más el suelo que el Cielo,
para que sus huellas sean de luz, y que desde Allí descifren los rumbos de su grey.

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