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IVE – Ejercicios Espirituales 1ª Semana 1

EJERCICIOS ESPIRITUALES SEGUNDA TANDA


PLÁTICA: LA ORACIÓN

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén


Padre nuestro...
Ave María Purísima. Sin pecado concebida.
San Ignacio de Loyola. Ruega por nosotros.

Lo que vamos a ver ahora es una plática sobre la oración. Las pláticas no se tienen que meditar
como los puntos, son consideraciones, materia que se da para que uno pueda hacer mejor los
Ejercicios e incluso le sirvan para toda la vida espiritual.

En este caso, tenemos una primera parte: qué es la oración, la necesidad de la oración y las
condiciones necesarias para hacer una buena oración. Luego vamos a ver una segunda parte:
la oración en los Ejercicios, cómo es el mecanismo de lo que sugiere san Ignacio para que
nosotros hagamos las contemplaciones y meditaciones; iremos distinguiendo y explicando los
pasos, los modos de orar que pone el santo.

Lo primero, entonces: qué es la oración. La oración se suele definir como la elevación de la


mente y del corazón a Dios, como se indica al entrar en el corazón de la Misa, al comenzar la
Plegaria Eucarística con el diálogo introductorio, cuando el sacerdote dice: levantemos el
corazón y contestamos: lo tenemos levantado hacia el Señor.

Tenemos que deponer toda preocupación humana. Es claro que uno en la oración también
vierte toda su vida y todo lo que está pasando, las preocupaciones también, pero lo más
importante es ocuparnos de Dios en ese momento; aquello que le decía Jesús a Santa Catalina
de Siena: Tú ocúpate de mis cosas que yo me ocuparé de las tuyas1 .

Tenemos que ser más como María y no tanto como Marta cuando vamos a entrar en oración.
Marta se agitaba por muchas cosas, en cambio María estaba a los pies de Cristo escuchando 2.
Y allí, más que hablar, tenemos que escuchar porque estamos delante de Dios, elevar la mente
y el corazón. Santa Teresa dice que la oración es tratar de amor con aquél que sabemos que
nos ama3.

Una conversación que significa estar uno vertido en el otro. Mi alma dentro del alma de Cristo,
o mi alma dentro del alma de la Virgen, como dos amigos. Eso es lo más importante: tener
conciencia de que la oración es estar presente a Dios. Dios está presente a mí pero no siempre
yo estoy presente a Dios.

Aunque no diga una sola palabra, yo sé que Él está ahí, Él me ama y yo lo amo. Lo que decía
aquel campesino de una anécdota del santo cura de Ars: este hombre entraba a la Iglesia de
Ars y pasaba mucho tiempo sentado allí, el santo admirado y un poco por curiosidad, un día le
preguntó:

1
BEATO RAIMUNDO DE CAPUA, Vida de Santa Catalina, I p., c. 3. La frase exacta es:"Hija mía, piensa en mí; si así lo haces, yo
pensaré siempre en ti”.
2
Lc 10, 38-41.
3
SANTA TERESA DE JESÚS, Libro de la Vida, Cap. 8. Ed. Algaba, Madrid 2007.

P. Jon Mikel de Arza Blanco


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- ¿Qué hace?
A lo que el campesino respondió: -Yo, rezo
-¿Y cómo reza?
-Él me mira y yo lo miro4 .

Incluso, no tenemos las palabras exactas para decir. Dios conoce todo aun antes de que se lo
pidamos. Más que las palabras, son los afectos. Ese ponerse a disposición de Dios
demostrándole que queremos hacer Su voluntad, que estamos a Su servicio y que todo
nuestro contento es estar a sus pies, en Su presencia y en Su compañía.

Me acuerdo que en la clausura del año jubilar, el 2000, pudimos concelebrar los sacerdotes
que estábamos allí en la plaza San Pedro y, al final de la Misa, para mi sorpresa, dijeron que
podíamos quedarnos porque venía el Papa Juan Pablo II y se lo podía saludar. Evidentemente,
todos los sacerdotes estábamos ahí esperando, todavía revestidos. Era la primera vez que me
tocaba estar delante de él, arrodillarme y saludarlo; en ese momento empecé a pensar: ¿y
ahora qué le voy a decir cuando lo salude? Y me decía para mis adentros: le digo quién soy
pero, ¡qué importa quién soy! Y uno empieza a descartar… al final, cuando llegó el momento,
me arrodillé, le besé la mano, lo miré, él me miró y no le dije ni una sola palabra. Le besé la
mano y me dio la bendición.

Eso es la oración: mirarlo, y sabemos que Él nos contempla y lo hace con una mirada
escrutadora, a lo más profundo del corazón, nuestra alma está desnuda delante de Dios, no
hay nada que le podamos ocultar, así que lo mejor que podemos hacer es ponernos ahí a sus
pies.

Y fíjense que -ya vamos al segundo punto, dentro de esta primera parte- si hay algo necesario
en este mundo, es la oración. Jesús no enseñó cómo ayunar, dijo que cuando ayunemos no se
note que lo estamos haciendo, pero no que tenemos que ayunar tantas veces, de ésta u otra
manera, o no comer pan… no dio muchos detalles. Lo mismo con otras cosas. Sin embargo dijo
que es necesario orar siempre. Oportet semper orare.

Me acuerdo que el Padre Florentino Escurra -un claretiano ancianito de 80 años, con el que me
dirigía antes de entrar al Seminario- en la Misa de despedida que hicimos nosotros en Buenos
aires, en San Nicolás de Bari, predicó sobre esta frase de Cristo: Oportet semper orare 5.

Hay que rezar siempre y en todo momento, siempre es «en toda circunstancia»: cuando uno
va caminando por la calle, cuando toma el colectivo…con mucha más razón cuando vivimos
una actividad espiritual como la que estamos ahora desarrollando.

Es necesario orar siempre: Así lo dijo Jesús. Es una cuestión de vida o muerte. No podemos
salvar el alma si no rezamos. Así lo dicen los santos. El que reza se salva y el que no, se
condena6. Esto no es una mera teoría o una frase que puede sonar muy bonita, sino que es la
verdad. Si uno anda mal es porque no reza, o porque no reza lo suficiente o porque no reza

4
Cf. F. TROCHU, El Santo Cura de Ars.
5
Lc 18, 1.
6
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, El gran medio de la oración.

P. Jon Mikel de Arza Blanco


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con las condiciones con que debe rezar. Entonces viene aquél adagio que dice si la oración no
te cambia, cambia tu oración.

Dios, en su Providencia, quiso asignar a un Avemaría que recemos, una gracia particular. A un
acto de amor (porque eso también es oración), a un acto de fe, de esperanza o a una mirada, a
un acto de elevación atenta a Dios, que tiene las manos llenas para colmarnos de sus bienes,
Dios tiene dispuesto darnos algo. Quiso condicionar todas las bendiciones y todas las gracias
que quiere darnos a que las pidamos. Un pobre, si no pide, si no abre la mano, no tiene. Y
nosotros somos pobres de toda indigencia delante de Dios; si no fuera por su misericordia nos
faltaría todo.

Porque, fíjense: ¿Cómo puedo yo saber cuál es la voluntad de Dios para mí si no le pregunto, si
no me pongo en contacto con Él, si no rezo? ¿Cómo voy a saber el camino que tengo que
recorrer si no medito en las cosas de Dios, si no me ocupo o no me preocupo de hacerlo, o
sea, si no rezo?

Ya les decía: Normalmente Dios bendice más abundantemente a las almas que están recogidas
en silencio, dispuestas a tratar de amores con Él, si están atentas y dóciles a lo que Él pueda
inspirar. Y si uno no hace así, si uno no ora al menos unos momentos en el día -no digo que
seamos monjes contemplativos, cada uno en su estado- si no rezamos nada, ¿qué luces vamos
a recibir? ¿Cómo vamos a escuchar lo que Dios nos dice, qué fuerza vamos a tener para salir a
combatir esa batalla de la fe ya desde la mañana? Lo primero del día es pedir fuerzas para
hacer lo que tengo que hacer.

Es decir: Si yo no tengo vida de oración no puedo cumplir con mi fin, o sea, con el Principio y
Fundamento; porque ¿cuál es el fin del hombre? Es, en definitiva unirse a Dios, y ¿qué otro
modo hay en este mundo de unirse a Dios si no es por medio de la oración?

Ya me estoy uniendo ahora con Dios. Pero si yo no me uno en esta vida, mal me voy a unir
después en la Otra, porque es como que yo no me interesé en Dios y de los asuntos de mi
alma, de la vida eterna, entonces ¡atención! que la oración es sumamente necesaria.

Condiciones para rezar:

Lo primero que podemos ver es la humildad. A Santa Teresa de Jesús las monjas, que eran sus
hijas espirituales, le pedían que hiciera un tratado acerca la oración y, siendo mística, llegó a
describir los grados de la oración y las moradas del alma. Pero empieza a hablar de algo que
aparentemente no tiene nada que ver, que está desconectado, y ella lo hace notar: la
humildad, ya que la primera condición es tener humildad que me va a llevar a rezar y a pedir
aquello que no tengo, lo que necesito, porque dependo de Dios.

Y dice ella: “Esto he probado: De este arte ha llevado Dios mi alma. Lo que yo he entendido que
todo este cimiento de la oración ha fundado en la humildad. Y que mientras más se abaja un
alma en la oración, más la sube Dios. No me acuerdo haberme hecho merced muy señalada de
las que adelante diré que no sea estando deshecha de verme tan ruin. Y aún procuraba Su

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Majestad darme a entender cosas para ayudarme a conocerme, que yo no las supiera
imaginar”7 .

Es decir, que el humilde es el que anda en verdad y se conoce realmente como es, sabe las
faltas que tiene y sabe quién es delante de Dios. Y el mismo Dios, cuando uno tiene esa
disposición de humildad, lo ayuda a descubrirse más a fondo, a darse cuenta lo poco que es y
de lo mucho a que puede llegar con el favor de Dios.

Esto lo vemos en el Evangelio; por ejemplo en la mujer cananea pero, en general, en todos
quienes piden un milagro o un favor a Cristo. La cananea, aquella que iba suplicando y
molestando detrás para que Jesús curara a su hija, hasta que los apóstoles se molestan y dicen
a Jesús que la atienda porque ya está molestando demasiado. Y Jesús se hace el que no la
escucha, la trata de una manera «dura». Al final le sigue diciendo: -No es bueno darle el pan de
los hijos a los perros. Ella contesta -Señor, aún los perros comen de las migajas que caen de la
mesa de los hijos8 . Y ahí «le tocó» el corazón a Cristo, que curó a su hija y mucho más.

A veces Dios nos prueba y tenemos que pasar por alguna humillación. Recuerden que no
tenemos derecho a las cosas que pedimos. Es todo gracia; si viniera alguien a exigirnos algo a
lo cual no tiene derecho, no nos caería muy bien y difícilmente se lo daríamos: En cambio, Dios
nos va probando, nos va amansando y nos va conduciendo por el camino de la humildad para
llenarnos de sus dones.

Vemos el ejemplo del publicano y el fariseo, esos dos que fueron a rezar al templo. Dice Cristo:
Dos hombres subieron al templo a orar. Uno fariseo y el otro publicano. Subieron a orar porque
el templo estaba elevado pero, en realidad, también se sube cuando se va a orar: se eleva la
mente y el corazón. Y el fariseo de pie oraba en su interior de esta manera: Oh Dios te doy
gracias porque no soy como los demás hombres. Rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como
este publicano. La oración estaba centrada en él: yo oro, yo ayuno, yo hago esto… No puede
orar bien el que se cree más que los demás, el que desprecia a los demás; ese no es humilde. El
que no está bien con los hermanos, mal puede orar. En cambio el publicano sí; manteniéndose
a distancia, no se atrevía a alzar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten
compasión de mí que soy pecador. Os digo que bajó a su casa justificado éste, y aquél no9 .

Tenemos otras actitudes necesarias para la oración, aparte de la humildad: la fe y la confianza,


es decir, el creer que vamos a obtener aquello que pedimos; ya que Dios, que es infinitamente
todopoderoso e infinitamente bueno para con nosotros, quiere darnos aquello que más nos
conviene; si es para la salvación de nuestra alma, ciertamente que nos lo va a dar. Esa fe que
hacía a la hemorroisa pensar que con sólo tocar la orla del manto de Cristo, quedaría curada10.

Nosotros, muchas veces, no solamente tocamos el manto de Jesús, sino que tocamos Su
cuerpo, comemos Su cuerpo, y si no somos mejores, y si no somos santos, es porque no
tenemos fe, comulgamos sin fe. Si tuviéramos fe como un granito de mostaza, diríamos a las

7
SANTA TERESA DE JESÚS, Libro de la Vida, Cap. 22. Ed. Algaba, Madrid 2007.
8
Mt 15, 21-28.
9
Mt 18, 9-14.
10
Lc 8, 43-48.

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montañas: trasladaos hacia el mar y caerían en el mar11. Nuestra fe es muy débil; cuanto más
grande sea nuestra fe más Dios nos va a dar.

La fe del Centurión. Quería que Jesús curase a su siervo, entonces envió a sus amigos a
decirle:-Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni
siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra y quede sano mi
criado.

Y el motivo es éste: Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y
digo a éste: `Vete', y va; y a otro: `Ven', y viene; y a mi siervo: `Haz esto', y lo hace. Al oír esto,
Jesús quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que
ni en Israel he encontrado una fe tan grande» 12.

Tenemos que hacer una reflexión. Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una
palabra tuya bastará para sanarme, ¡cuánto más el mismo Cuerpo de Cristo! Jesús, entonces,
no nos hace caso pues, precisamente porque somos humildes entra en nuestra casa, y la
transforma, la purifica; sobre todo nos cura de nuestras dolencias espirituales.

Otra condición es la perseverancia. No basta pedir una vez, dos veces; tal vez Dios quiere que
al Ave María número cincuenta y uno, o a lo que tenga dispuesto, nos concederá esa gracia.
Pero prueba nuestra fe, nuestra fidelidad, nuestra humildad, porque no nos da enseguida lo
que pedimos y eso requiere de nuestra esperanza.

La perseverancia es el principal fruto, más que la gracia que Dios nos quiere dar. Ya el hecho de
perseverar en la oración, es una gran gracia, porque eso quiere decir que todos los días
estamos en unión con Dios. ¿Y para qué queremos una gracia diferente de la unión con Dios?
Ya tenemos todo si lo tenemos a Él. De hecho, es una gracia que Dios demore, haga oídos
sordos o se haga al distraído a lo que le pedimos, porque quiere que se lo pidamos más, que
aumente nuestro deseo y nuestra capacidad para recibir el amor de Dios. El amigo importuno,
la viuda que pide justicia una y otra vez… ¡cuánto más Dios que es bondadoso con nosotros!

Hay que pedir lo que conviene, aquello que conduce al fin. No podemos pedir cualquier cosa y
Dios no nos la da porque no es cruel, Él nos quiere dar cosas buenas. Si vosotros que sois malos
sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más Dios nos dará el Espíritu Santo13. Dará el
Espíritu Santo al que se lo pida, el don de Dios. Justamente el Espíritu Santo va a hacer dentro
de nosotros, que sepamos orar como conviene y pedir aquello que tenemos que pedir para la
mayor gloria de Dios y salvación de nuestra alma.

Vamos a la segunda parte ya más referida a la oración en los ejercicios espirituales. Hay
distintos modos de oración en los Ejercicios que son modos de examinar, orar mental o
vocalmente, de meditar, de preparar el alma y disponerla.

Distingue San Ignacio lo que es la oración vocal y la oración mental. Mental es cuando se
acompaña a las palabras que se están diciendo, la consideración de a quién se está diciendo

11
Lc 17, 5.
12
Lc 7, 1-10.
13
Lc 11, 13.

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eso. Y se da cuenta de la bajeza propia de quién es el que está hablando con semejante
Persona, con mayúscula. Se da cuenta de su indignidad, de quién es Dios a quien yo pido o
quién soy yo, el que pide. Santa Teresa dice que siempre tienen que ir juntas la oración vocal y
la oración mental: Cuando digo Páter, amor será entender quién es este Padre14.

Pues también será bueno que veamos quién es el Maestro que nos enseña esta oración. La
santa dice que si rezamos el Padrenuestro, lo mejor es rezarlo con Cristo, poner a Cristo
delante, que es nuestro Maestro y nos enseña a orar con Él; decir “Padre” pero decirlo con Él.
Incluso santa Teresa aconseja entender las palabras que estamos diciendo, y no repetir como
loros. Cuando digo credo, razón me parece será que entienda y sepa lo que creo15. Santa Teresa
se refiere a la materialidad de las palabras, a entender lo que estamos diciendo.

Esto tendría que ayudarnos a tomar verdadera conciencia de lo que estamos pidiendo, porque
cuando uno dice: hágase tu voluntad, le está pidiendo a Dios la Cruz. Está solicitando lo mismo
que le pidió el Hijo. Nos cabe aquello que dijo Jesús a los hijos de Zebedeo: No sabéis lo que
pedís16. Esto es cuando le pidieron de beber de su cáliz.

Nunca podemos saber en profundidad todo lo que pedimos. Sabemos que Dios nos va a
mandar una bendición y que esa bendición de seguro es una cruz; porque toda bendición pasa
por la cruz y con eso mismo nos va a dar la fuerza para poder llevar esa cruz, para
santificarnos, para purificarnos y así poder llegar a la gloria. Ese es el camino.

La meditación, es divagar con la mente de un lugar a otro, considerar algo con la mente, una
materia, algo que está fuera nuestro. Yo voy considerando y voy mirando y sacando
conclusiones, provecho para mi alma, y viendo si yo me ajusto a eso que estoy meditando. De
alguna manera es una búsqueda.

En cambio, la contemplación es haber alcanzado esa verdad. Es descansar en aquello que he


buscado y que he hallado. Por eso, una mirada contemplativa es una mirada serena, una
mirada en la cual, en vez de yo ponerme a examinar cada cosa en detalle, es la cosa que entra
dentro mío mientras me pongo en contacto con ella. Es decir, ponerme en el ambiente de la
cosa. Como una guitarra se afina y cada cuerda tiene una proporción y tiene que ser justa la
afinación para que suene bien, así la lira de mi alma tiene que estar templada con la canción
que Dios quiere hacer sonar en mí. Meterme en un misterio de Cristo o de la Virgen que yo
quiera considerar, descansar en ello.

Los pasos a seguir en la meditación, son casi los mismos que para la contemplación: lo primero
es la preparación remota. Saber a qué vamos. Voy a tratar de amores con aquél que sé que me
ama. Hablar con Dios con la mayor reverencia y respeto. Pone San Ignacio los preámbulos para
hacer una buena oración. Cómo me tengo que preparar para la oración. En el número [46] del
Libro, ustedes tienen la oración preparatoria.

Dice el texto del libro: la oración preparatoria es pedir gracia. Porque todo es gracia y ¿cómo
puedo yo rezar bien si no pido la gracia para rezar bien? Esto sería pedir el Espíritu Santo para
14
SANTA TERESA DE JESÚS, Camino de Perfección, Cap. 24, 2.
15
Ibid.
16
Mc 10, 35 -40.

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que conduzca nuestra oración. Pedir gracia a Dios Nuestro Señor para que todas mis
intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su
divina majestad. No tengo que esperar a terminar los Ejercicios para vivir el Principio y
Fundamento; el fin para el cual he sido creado. En las meditaciones de estos ejercicios pido
cumplir con eso, es decir, que todo sea bueno.

Y distingue distintas operaciones y potencias del alma. Para que todas mis intenciones, es
aquello que persigo con mi voluntad, lo que me mueve a orar. ¿Y qué me mueve a orar? ¿Me
busco a mí mismo en la oración, pido cosas para mí caprichosamente, no buscando la voluntad
de Dios?

Todas mis acciones: Acciones exteriores. Lo que hago cuando rezo. Las posturas que puedo
tener. A veces me convendrá estar de pie o caminar, según la materia que estoy
contemplando, otras veces será mejor estar arrodillado frente al crucifijo o en la capilla frente
al Santísimo donde se obtienen más gracias. Ya sea que me arrodille, que me pare, que junte
las manos, que tome la Biblia y lea un texto o algo, hable o pronuncie unas palabras, que
suspire, que sea todo para gloria de Dios. Todo tiene que ser de acuerdo al fin. No tengo que
buscar que los demás me miren: estoy arrodillado, pongo arroz y extiendo los brazos en cruz…
Esta no sería una acción exterior que persiga la gloria de Dios, sino la gloria mía.

Las operaciones interiores son las que se realizan más que nada con la inteligencia. Pero
también, los afectos de la voluntad. Que Dios conduzca mis razonamientos, que concluya y
razone bien, y que disipe las pasiones que obnubilan mi mente.

El otro preámbulo es la composición de lugar. Es decir que me figuro que estoy en un lugar o
que estoy mirando algo que me ayude a meterme en la oración. A veces será una realidad
espiritual, como el pecado, por ejemplo. No es que yo veo el pecado, sino que veo las
consecuencias del pecado. Por ello san Ignacio pone: ver con la vista imaginativa17, imaginar
algo. Si es algún misterio de la vida de Cristo, es más fácil. Veo los personajes del pesebre, la
gruta de Belén etc.

La petición, es la gracia que quiero obtener. En estas meditaciones del Principio y Fundamento
no hemos dado ninguna en particular, pero se supone que queremos penetrar en esta verdad
de que sólo en Él está mi felicidad, mi salvación y que me dé cuenta de la importancia que
tiene en mi vida, y así en cada meditación18.

Luego, el cuerpo de la meditación, los puntos de la meditación que San Ignacio propone. A
veces hay más libertad. Tengo que ir pasando de un punto al otro, pero detenerme lo
necesario. Si encuentro gusto en eso, me quedo, como la abeja, succionando todo el polen
para hacer la miel. No se va inmediatamente al siguiente punto, sino que se le saca provecho a
un punto, aunque se me vaya la media hora, o la hora, con ése sólo. Si logro el fin, mejor así.

Una vez que terminé el cuerpo -todo esto me va preparando para tratar de amores, porque
por ahora estoy reflexionando y tratando conmigo mismo- comienzo a hablar con Dios, eso es

17
SAN IGNACIO DE LOYOLA, Libro de los Ejercicios, [47]
18
SAN IGNACIO DE LOYOLA, Libro de los Ejercicios, [48]

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el coloquio: Hablar como un hijo habla co n su madre o su padre, como un amigo habla con
otro, como un discípulo habla con su maestro... Terminar siempre con una oración vocal:
Padrenuestro, Alma de Cristo o un Ave María si hablé con la Virgen19.

Los modos que pone san Ignacio de orar están en el punto [238]: La primera manera de orar
es cerca de los diez mandamientos, y de los siete pecados mortales, de las tres potencias del
ánima, y de los cinco sentidos corporales; la cual manera de orar es más dar forma, modo y
ejercicios, cómo el ánima se apareje y aproveche en ellos, y para que la oración sea acepta, que
no dar forma ni modo alguno de orar. Considero, por ejemplo, el Primer Mandamiento: amar a
Dios sobre todas las cosas, me detengo en ese mandamiento, hago todas las consideraciones
que puedo y voy sacando conclusiones. Lo mismo con los demás mandamientos, virtudes etc.

Esto es dar forma, ejercitar, cómo el ánima se apareje en ellos (en los Ejercicios). Esto nos va a
ayudar para habituarnos para la oración y en la marcha de los Ejercicios. Por ejemplo, si me
quiero confesar, me va a convenir meditar en los diez mandamientos.

No es un modo de orar. Sino dar forma para orar. Incluso dice en el [248]:Quien quiere imitar
en el uso de sus sentidos a Christo nuestro Señor, encomiéndese en la oración preparatoria a su
divina majestad; y después de considerado en cada un sentido, diga un Ave María o un
Paternoster, y quien quisiere imitar en el uso de los sentidos a nuestra Señora, en la oración
preparatoria se encomiende a ella, para que le alcance gracia de su Hijo y Señor para ello; y
después de considerado en cada un sentido, diga un Ave María, meditar sobre los sentidos
corporales: la vista, el gusto, el olfato, el tacto, el oído.

Quien quiere imitar en el uso de sus sentidos a Cristo Nuestro Señor encomiéndese en la
oración preparatoria. «Enséñame, Señor, a usar bien de los sentidos, infunde en mí tus mismos
sentimientos». Cuando Cristo toca a un enfermo, o mira a una mujer pecadora, cuando Cristo
escucha a un pobre, cómo lo hace; cuando Cristo come, cómo gusta o bebe. Así con cada
sentido.

Otro tanto con Nuestra Señora: considerando, cómo la Virgen tocaba, oía, olfateaba; cómo la
Virgen gustaba las cosas de Dios, cómo miraba. En cada una de esas consideraciones terminar
con un Ave María.

El segundo modo, es orar contemplando la significación de cada palabra. Yo digo, ya sea


sentado, arrodillado, en silencio o fijando mis ojos en alguna imagen; empiezo con el
Padrenuestro, digo “Padre” y me quedo gustando esta palabra todo lo que me inspire. Bastaría
esto para estar los cinco días de Ejercicios haciendo comparaciones, significaciones, hallando
gustos y todo lo que esa palabra me sugiere.

Santa Catalina difícilmente terminaba un Padrenuestro, pues no podía seguir; a Santa Teresita
le sucedía lo mismo. Cuando dice uno «Padre», esa palabra nos habla del Principio, de
engendrar. Nos habla de amor, de protección, de seguridad, de cobijo, de Providencia

19
Cf.SAN IGNACIO DE LOYOLA, Libro de los Ejercicios, [54]

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amorosa. Dios es refugio. Dice un Salmo: me refugio a la sombra de tus alas mientras pasa la
calamidad20.

¿Qué padre no quiere cobijar a sus hijos? Nos habla de sabiduría, a un padre siempre se lo
tiene por sabio. Este padre es Todopoderoso y, a la vez, es tierno, de una ternura infinita. Y
Padre es -como nos enseñó a decir Jesús- Abbá, que significa «papi» o «papito», y es de mucha
confianza, respeto y de mucho amor filial. «Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo
su divina enseñanza nos atrevemos a decir»: ¡Padre!

Esto asombró mucho a los judíos. ¡Imagínense los Apóstoles! se asombraron mucho porque los
judíos le decían Padre a Dios, pero como el Creador, como una Persona, pero no
cariñosamente. Abbá le decían a su padre de familia. No se atrevían a llamar a Dios con ese
nombre, como le dice un niño a su padre. Y Jesús lo recomendó tanto que san Pablo lo dice en
la carta a los Gálatas: donde tenemos un espíritu que nos hace decir Abbá 21. Ya los primeros
cristianos tenían fija esa invocación.

Cuánto más admira a los musulmanes. Ellos tienen una especie de rosario de noventa y nueve
cuentas que son títulos y atributos de Dios: bondadoso, misericordioso, poderoso, justo… y
ninguno de esos noventa y nueve es el título de Padre y, mucho menos el de papito. Y así con
cada palabra.

Ahora hacemos el examen (que en este caso se llama “particular”) en el que debemos revisar
cómo estamos viviendo los Ejercicios, si los estamos realmente aprovechando, si hemos dado
ese paso de ofrecer todo nuestro querer, nuestra persona para que Dios haga lo que quiera; si
nos preocupamos por consultar todo lo que necesitemos al director de los Ejercicios; cómo
estamos cumpliendo con la oración, si le damos todo el tiempo necesario y si podemos, un
poco más; si estamos haciendo algo de penitencia, en el comer, por ejemplo, privarnos de
algo… pienso que el guardar el silencio ya es penitencia, para los que no estamos
acostumbrados y para los que hacen los Ejercicios por primera vez, que los felicito; ofrecer
todo, incluso la media hora de oración que puede resultarnos muy costosa, y si se puede,
hacer más. Cómo estamos reaccionando ante las tentaciones, distracciones, si las rechazamos
con fuerza o empezamos a jugar con ellas, etc.

Una parte del examen al mediodía y luego, la otra parte, a la noche para que, si estamos
fallando, nos enmendemos, si no, si vamos bien, para agradecer a Dios.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo….

20
Sal 57, 2.
21
Rm 8,14.

P. Jon Mikel de Arza Blanco


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