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Consideraciones sobre las

Sagradas Escrituras
† JESÚS †

“Toda palabra de Dios es limpia: Es escudo á los que en él esperan. No añadas a sus palabras,
porque no te reprenda, y seas hallado mentiroso”. Proverbios 30.5-6

La lectura de la Biblia siempre ha presentado algunos problemas derivados de su propia estructura,


de su antigüedad, de su lenguaje, y de sus propias afirmaciones. Muchos de estos problemas no son
inherentes al texto, sino a la óptica propia de los lectores. Lamentablemente, la Biblia no se lee
como se leería cualquier otro escrito, más bien se va a ella de una forma mágica, oracular, que fuera
de ser reverente es, en realidad, una tergiversación de significados para acomodarlos a una cierta
visión particular.

A diferencia de otros textos, podemos afirmar que las Sagradas Escrituras son la Palabra de Dios.
Las mismas Escrituras declaran, y su veracidad confirma, que “los santos hombres de Dios
hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo”. La inspiración de las Escrituras no es fruto de la
especulación teológica, ni un principio dogmático establecido desde fuera de las mismas Escrituras,
sino una declaración directa y explícita de las mismas Escrituras. Ahora bien, inspiradas no significa
lo mismo que reveladas. Es verdad que hay revelaciones en las Escrituras, no obstante la mayor
parte es el relato de hechos cotidianos, canciones, reflexiones, dudas y realizaciones. En lo sencillo
Dios se muestra como realmente es: vivo y verdadero. La sencillez de las Sagradas Escrituras no
debe engañarnos, ellas son la Palabra de Dios, por lo cual no contienen errores ni contradicciones,
sino que en todas sus partes y palabras son verdaderas, también en aquellas partes que tratan de
aspectos históricos, geográficos y asuntos.

“Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para
nuestros hijos por siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley”. Deuteronomio 29.29

“Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá á mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será
prosperada en aquello para que la envié”. Isaías 55.11

“Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para
instituir en justicia, Para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra”. 2
Timoteo 3.16-17

“Dios, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo á los padres por los
profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”. Hebreos 1.1-2

“Porque la profecía no fue en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos
hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo”. 2 Pedro 1.21

Hacemos eco de las palabras del Doctor Martín Lutero, quien dijo:

“La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, escrita y, por así decirlo, impresa y puesta en forma de
libro (gebuchstabet und in Buchstaben gebildet), tal como Cristo, la Palabra eterna de Dios, está vestido de
humanidad. Y los hombres consideran y tratan la Palabra escrita de Dios en este mundo tal como lo hacen con
Cristo”.

Nada se nos ha revelado sobre el o los modos en que Dios ha dado la inspiración a los escritores
sagrados. Todos los errores sobre este asunto se originan del deseo de explicar de qué manera el
Espíritu Santo realizó esta operación. No podemos entender a cabalidad cómo Dios dio la
inspiración a los Apóstoles y Profetas, así como tampoco podemos entender las dos naturalezas en
la única Persona del Salvador, o incluso la unión del alma y el cuerpo en nuestra propia persona.

Las Sagradas Escrituras no son ociosas, ni tienen como propósito saciar la curiosidad o incentivar la
especulación; Dios las dio a la Iglesia Cristiana como fundamento de la fe. Por ello las Sagradas
Escrituras son la única fuente de la cual deben tomarse todas las doctrinas proclamadas en la Iglesia
Cristiana y, por lo tanto, también, la única regla y norma por la cual todos los maestros y doctrinas
deben ser examinados y juzgados.

"La Biblia es, en verdad, la norma para nuestra vida, la esencia misma y el centro de nuestra fe. No
adoramos el libro en sí, adoramos al Cristo que nos revela. Conocer las Sagradas Escrituras debe ser,
para todos nosotros, motivo para leerla, esperando que Dios nos hable de una manera directa, clara
y hermosa." (Texto Adaptado de: "Los cristianos luteranos y sus creencias")

“La ley de Jehová es perfecta, que vuelve el alma: El testimonio de Jehová, fiel, que hace sabio al
pequeño”. Salmos 19.7

“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo
Jesucristo mismo”. Efesios 2.20

“Luego la fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios”. Romanos 10.17

“Si alguno habla, hable conforme á las palabras de Dios”. 1 Pedro 4.11

“Esto empero, hermanos, he pasado por ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros; para que en
nosotros aprendáis á no saber más de lo que está escrito, hinchándoos por causa de otro el uno contra el otro”. 1
Corintios 4.6

Con ello concuerda la Fórmula de Concordia, donde declara:

“Recibimos y aceptamos de todo corazón las escrituras proféticas y apostólicas del Antiguo y del
Nuevo Testamento como la fuente pura y clara de Israel, la cual forma la única norma verdadera por las que
han de ser juzgadas todas las doctrinas y los que las enseñan”. (FC, Dec.Sol.)

En el acercamiento a las Sagradas Escrituras ha habido tradicionalmente en la Iglesia de occidente


dos posturas diametralmente opuestas: el fundamentalismo y el liberalismo. El primero alega que
las Escrituras fueron dicatadas directamente por Dios y sus palabras deben ser acatadas como un
formulario de doctrinas inamovibles y reglas morales inflexibles. Por el otro lado se sostiene que las
Escrituras no son más que una colección abigarrada de tradiciones tribales y prejuicios culturales
que, con un poco de adaptación, sirven como lemas inspiradores para la comunicación de un “dios”
impersonal adaptado a los intereses humanos de una buena vida. ¿Será que son dos extremos
opuestos? ¿O más bien los extremos se encuentran? Tanto el fundamentalismo cuanto el liberalismo
pecan del mismo error: el racionalismo, acercándose a las Escrituras como base para sus
inducciones o deducciones racionales.

Como dijera de manera sarcástica Martín Lutero: “la razón es la ramera del diablo”. No sólo el
reformador, sino la tradición cultural en la cual las Escrituras se compilaron, se acercaron al texto
bíblico de modo global, como un discurso viviente y transformador, nó un código del cual se debían
decantar proposiciones verdaderas únicamente dirigidas a la mente. La verdad es la palabra siempre
viva de Dios que, en Cristo, irrumpe en la cotidianeidad. Por medio de historias, poesía, parábolas y
profecía, Dios nos exhorta, nos denuncia, nos asombra y nos salva.

Nuevamente, la Fórmula de Concordia, de manera sencilla y clara nos dice:

“Por lo tanto, es nuestro deber no interpretar y explicar estas palabras del eterno, verdadero y
todopoderoso Hijo de Dios [...] según parezca agradable a nuestra razón, sino con fe sencilla y debida
obediencia aceptar las palabras tal como rezan, en su sentido propio y claro, y no permitir que seamos
desviados del Testamento expreso de Cristo por objeciones y contradicciones humanas, extraídas de la razón
humana, no importa cuán atractivas parezcan a la razón”. (FC, Dec.Sol. VII)

El fundamentalismo, con su lectura mecánica y determinista, nada tiene a ofrecer al cristianismo.


Los acercamientos eruditos a las Sagradas Escrituras pueden servir como buenos auxilios para
comprender mejor la formación y transmisión del texto, el lenguaje de los escritores y el ambiente
de los primeros lectores, sin embargo ni por asomo pueden atribuirse la interpretación autorizada de
la palabra de Dios. ¡La palabra de Dios! No es una expresión vacía, ni una fórmula ritual: es una
confesión de fe. Ese acercamiento a la Biblia, como palabra viva del Dios vivo, es por fe de
principio a fin, y por eso mismo no puede ser producida por nosotros mismos ni por una tozudez
dogmática ni por pedantería académica, es un don de Dios. “Creo que por mi razón y por mis
fuerzas propias no soy capaz de creer en Jesucristo, mi señor, ni llegar a él. Sino que es el Espíritu
santo quien me ha llamado al Evangelio.” - Martín Lutero (Catecismo Menor)

© 2018 – Rev. Dr. Andrés Omar Ayala