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CHRISTIE GOLDEN

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PUNTO DE IGNICIÓN

La Reina De Espadas Ha Caído

La siniestra líder zerg ya no lidera a sus legiones


de alienígenas sedientos de sangre contra los
humanos del sector Koprulu, todo gracias al
valor y la tenacidad de Jim Raynor, el general
Horace Warfield y un variopinto grupo de
soldados del dominio y forajidos rebeldes.

Aunque la reina ya no existe, Sarah Kerrigan


está muy viva. La mujer que llegó a controlar
incontables mentes alienígenas en una oleada de
furia por las estrellas ha sido secuestrada por
el hombre que la destronó. Ahora la armada del
dominio de Arcturus Mengsk sigue su rastro,
exigiendo su sangre. Jim Raynor tendrá que
poner a prueba su fuerza, su ingenio y su lealtad
con todas las de perder para proteger a la
mujer que ama.

Starcraft II: punto de ignición une lo acontecido


entre starcraft ii: Wings of Liberty y Starcraft
II: Heart of the Swarm, de próxima aparición.
Presentando sucesos nunca vistos en el pasado
de Jim Raynor y Sarah Kerrigan, esta novela
abre una ventana a un mundo de pasión, acción
y aventura.

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CHRISTIE GOLDEN

—Jim, sé lo que hice. Lo recuerdo. Miles de millones de muertos... ¡Por mi


culpa!
—Ésa no eras tú —dijo Jim con firmeza—. Era la Reina de Espadas. En lo
que te convirtieron. Ahora has vuelto a ser Sarah. Y estamos juntos. Así que
calla, cariño.

Había retrasado el tocarle los extraños tentáculos que le adornaban la cabeza


en lugar de pelo. Todo lo demás era tan humano, tan parecido a la mujer que
recordaba, pero aquello... Ahora lo hizo, manteniendo los dedos entrelazados
con los de ella con una mano y con la otra rozándole las espinosas
protuberancias. Se preparó para el contacto. Ante su sorpresa, eran cálidos al
tacto, como piel. La piel de Sarah. Y cualquier duda que hubiese tenido
acerca de si seguía queriéndola... dudas que había enterrado tan
profundamente dentro de su alma que sólo entonces había sido consciente de
ellas... desaparecieron como una pesadilla.

Pero la caricia no la consoló. Volvió la cabeza, tratando de apartarse.


Respetando sus necesidades, Jim la mano.

—No importa, Sarah Kerrigan, Reina de Espadas... No lo entiendes —


murmuró—. Quizá nunca lo entiendas. Siempre he destruido cosas. Todo lo
que toco, todo: lo que me importa... Por eso me escogieron a mí, Porque soy
destructiva...

Cerró los ojos y cayó en la inconsciencia. Jim se echó hacia atrás en el


asiento, intentando entender lo que le había dicho. ¿Cuánto era real y cuánto
se debía al dolor que sentía?

Y, a pesar de lo que le había dicho a Sarah, a pesar de lo que se decía a sí


mismo, no podía evitar pensar qué parte de la matanza de miles de millones
había sido sólo cosa de la Reina de Espadas... y qué parte de Sarah Kerrigan.
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PUNTO DE IGNICIÓN

CHRISTIE GOLDEN
Editado por
HUSSERL MARVIN

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CHRISTIE GOLDEN

AGRADECIMIENTO

El más sincero agradecimiento a Leandro por todo el esfuerzo,


dedicación y tiempo que nos brinda a todos los fans de Blizzard, es
gracias a su ayuda que podemos hacerles llegar estas maravillosas
obras.

Con aprecio.

Su equipo de Lim-Books.

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PUNTO DE IGNICIÓN

Este libro está dedicado con agradecimiento a aquéllos que tanto


me han apoyado en una época muy difícil. Todos son mis soldados.

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PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO
UNO

2504

«Todos tenemos decisiones que tomar».

Ésas fueron las últimas palabras que Tychus Findlay, delincuente,


antiguo marine y traidor, oiría de su viejo amigo James Raynor.

Tychus había decidido primero traicionar la confianza y la amistad


de Jim intentando asesinar a Sarah Kerrigan, la antigua Reina de
Espadas, que ahora se encontraba tumbada tiritando y vulnerable
en una caverna roja y negra del planeta Char.

Jim había decidido no permitírselo.

«He hecho un trato con el diablo, Jimmy».

Y, por aquel trato, Sarah yacía inmóvil, temblando y viva, y Tychus


Findlay estaba enfriándose en la armadura que primero había
resultado una prisión y luego, un ataúd metálico.

Jim bajó la pistola. El humo aún salía del cañón, mezclándose con
el vapor que formaba volutas y se enroscaba a sus pies. La bala que
iba para Arcturus Mengsk, el hombre al que odiaba más que a

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nadie, había acabado con la vida del hombre al que Jim llegó a
llamar su mejor amigo.

«¿Qué acabo de hacer?»

Jim combatió la oleada de emociones que amenazaba con


abrumarlo. Aquél no era el momento de felicitarse porque hubiese
funcionado el artefacto que debía restaurar a Kerrigan, ni para
reprenderse por su falta de juicio acerca de Tychus, ni para llorar a
aquel gigante cuya voz atronadora nunca volvería a proferir bromas
ni amenazas.

Tenían que salir de aquella enlodada e infernal caverna, de aquel


mundo, y deprisa.

Con Sarah Kerrigan.

Sus hombres se adelantaron con la obvia intención de llevarse con


ellos el cuerpo de Tychus cuando su jefe enfundó el arma. Jim bufó
amenazador:

— ¡Déjenlo!
— ¿Señor? —preguntó Cam Fraser, confundido—. No
abandonamos a nadie.
—A él, sí. No voy a poner en peligro la vida de ninguno de ustedes
por llevar el cadáver de un traidor —gruñó Jim. Era un argumento
válido. Pero, incluso mientras pronunciaba las palabras, Jim sabía
que ése no era el único motivo para esa decisión.

Quería abandonar a Tychus. Findlay había hecho un trato con


Arcturus Mengsk. Hubiese cambiado la vida de Kerrigan por su
libertad. Ahora Sarah Kerrigan vivía y Tychus se pudriría en su
armadura. En todo aquello había una justicia brutal que Jim
sospechaba que le sacudiría el alma si pensaba demasiado en ello.
Pero, quizá afortunadamente, no había tiempo para pensar.
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PUNTO DE IGNICIÓN

Habían llegado allí, al mundo-base zerg de Char, para hacer lo que


sin duda parecía una locura: hacer que la Reina de Espadas volviese
a ser humana. La habían encontrado en las profundidades del
planeta volcánico. Parecía completamente desposeída de las
habilidades y la apariencia zerg. Ya no estaban las huesudas alas,
la piel escamada que una vez había cubierto su cuerpo tonificado.
Pero su pelo todavía era...

Parecía haber funcionado. Y “parecer” le bastaba a Raynor, por


ahora.

—Necesitamos una nave de despliegue, Matt —dijo Raynor por su


comunicador.

Matt Homer, capitán del crucero de batalla Hyperion, pareció


asombrado.

— ¿Ha... ha funcionado? Esa cosa alienígena que Valerian nos


mandó a buscar... ¿ha funcionado de verdad?

Raynor se arrodilló y, tan suavemente como le era posible con la


gigantesca armadura metálica, deslizó los brazos por debajo de
Sarah y la levantó. Ésta gimió una vez y a él se le rompió el
corazón.

—Eso parece —dijo. A Matt no le comentó sus preocupaciones


mientras su mirada se veía atraída de nuevo por lo que coronaba la
cabeza de Sarah.

Los largos cabellos rojos por los que Raynor había pasado una vez
sus dedos eran ahora sólo recuerdos. Esa parte de la Reina de
Espadas no había cambiado; en lugar de suaves cabellos, adornaba
su cráneo lo que parecía un repugnante cruce entre tentáculos, patas
de insecto seccionadas y espinas como las de un puercoespín.
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Quizá, como una cola que ya no se necesitaba, eran vestigios que


habían quedado después de que el objeto hubiese hecho funcionar
su magia.

Quizá no lo eran.

—No... no me lo puedo creer, señor. —Matt seguía asombrado.


—He dicho que necesitamos una nave de despliegue, a no ser que
hayamos pasado por todo esto para liberar a Sarah, sólo para
conseguir que muera con todos nosotros, Matt —dijo Raynor. Se
levantó. El cuerpo de Sarah, desnudo como el de un recién nacido,
se movió en reacción al gesto, acercándose a él.

Ojalá la tuviese de verdad en sus brazos, no sólo llevándola en su


armadura, pensó por un instante. Ojalá pudiese sentirla contra su
cuerpo, como había hecho antes, hacía unos pocos años, hacía toda
una vida.

«Sarah... Voy a protegerte».

—Por supuesto, señor —dijo Matt, volviendo a ponerse firme—.


Los zerg se están volviendo locos sin Kerri... sin la Reina de
Espadas para dirigirlos. Algunos están huyendo, pero un montón
de ellos están aparentemente interesados en ataques suicidas. Va a
ser duro bajar algo hasta usted, pero lo haremos.
—Buen chico —dijo Raynor. Se dirigió de nuevo hacia la entrada,
llevando a Sarah con cuidado—. Ahora escúchame: tenemos una
pequeña complicación. La nave de despliegue tiene que esperar a
dos grupos, no sólo a uno. He tenido que dividir a mi equipo. Mi
grupo fue a averiguar qué le hizo a Kerrigan el artefacto Xel’naga,
y Lisie y Haynes se quedaron atrás para protegerlo. Una vez que
sepas dónde aterrizar la nave de despliegue, lo llevarán con ellos y
se reunirán allí con nosotros:

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No pensaban dejar allí el objeto. Jim podía verlo: elegante y negro,


ligeramente más largo que la altura de un hombre, con líneas
luminiscentes azules que revelaban dónde se ajustaban cinco piezas
separadas para crear un aparato asombroso. Raynor sabía que
aunque sólo habían empezado a entender lo que era capaz de hacer
siempre lo recordaría y se sentiría agradecido por lo que había
hecho por Sarah.
—Comenzaré a analizar el terreno en busca del lugar más seguro
para que aterrice, señor —dijo Matt.
—Muy bien —Jim cortó la conversación y cambió a otro canal.
Salieron de la cueva...

«...He matado a mi mejor amigo y lo he dejado ahí fuera para que


se pudra...»

...al brillo rojizo que pasaba por luz del sol en Char. Era un mundo
feo e impredecible. La superficie era rocosa y negra, o gris por la
ceniza, o simplemente fuego líquido. Se podía sobrevivir en la
atmósfera sin protección... a duras penas. Era el Infierno, simple y
llanamente, y un lugar adecuado para que los zerg lo llamasen
hogar.

— ¿Jim? —la voz era débil, pero era la de ella. Humana. Y ella
sabía quién era él.
—No pasa nada; te tengo. —Y eso era todo lo que hacía falta decir.
Caminó lenta, cuidadosamente, sintiendo su mirada, y la miró a los
ojos. No le dedicó una sonrisa tranquilizadora. Sus sentimientos
eran demasiado profundos para eso. La miró un instante y volvió
su atención al feo mundo que lo rodeaba. Las palabras vendrían
después. Ahora mismo tenía que llevarla a lugar seguro.
—Eh, chicos —dijo por el comunicador—, ha funcionado. ¿Han
protegido el cacharro xel’naga como se los pedí?
— ¡Sí, señor! —dijo la voz de Lisie—. Tuvimos que luchar contra
unos cuantos cuando empezó todo, pero durante un rato se

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apartaron de él. Fue algo curiosísimo... los bichos empezaron a


atacarse unos a otros.
—Y estoy seguro de que no es quejan.
— ¡No, señor, ni un poquito!
—En cuanto lo sepamos nosotros les diré cuál es el punto de
encuentro. —Jim levantó la mirada al cielo rojo. Veía que la batalla
seguía desatada encima del planeta; aquí y allá había explosiones
que desde esa distancia parecían nubecillas. Podía incluso ver las
diminutas formas de los mutaliscos más cerca de la superficie—.
Nos...

El cuerpo de Kerrigan sufrió un espasmo repentino y comenzó a


toser. Jim maldijo. Debería haber pensado en eso. Seguían sin saber
qué le había pasado exactamente a Kerrigan; podría ser que el
cambio a humana de nuevo la hubiese debilitado más de lo que
creían.

— ¡Médico! —llamó mientras posaba a Kerrigan en el suelo y se


arrodillaba junto a ella. Lily Preston corrió hasta él, dando pasos
rápidos en su armadura de médico mientras sacaba de la mochila
una unidad respiratoria. También se arrodilló al lado de Kerrigan y
le colocó la unidad sobre la boca abierta y la nariz. Taparon
delicadamente a Kerrigan con una delgada manta, nada pesada pero
hecha de un material conocido como tejiaislan que aseguraría que
el calor corporal de la paciente se mantuviese a 37 grados. Gimió
ligeramente mientras le levantaban las extremidades y la arropaban
como a una muñeca, pero las toses y los espasmos se detuvieron.

Preston miró a Jim.

—Al no sabemos lo que es, Jim —dijo—. La estoy tratando como


si fuese humana, pero...
— ¡Es humana, maldita sea! —replicó Jim, insistiendo en ello
aunque se apoderaba de él un miedo frío a que Kerrigan en realidad

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no lo fuese—. Tiene problemas para respirar este aire igual que


nosotros. Su temperatura corporal...

El terreno sobre el que ambos estaban arrodillados de repente se


encabritó como un animal salvaje y hubo un tremendo sonido que
reverberó y pareció eterno. Otros asaltantes se cayeron al suelo. Jim
sostuvo a Sarah, tratando de mantenerla estable. Por el rabillo del
ojo pudo ver un enorme resplandor rojo y giró para ver qué había
pasado.

Un pedazo gigantesco de lo que había sido un crucero de batalla


ahora no era más que restos en llamas que ardían en el cráter que
había provocado. Por todas partes a su alrededor zumbaban cosas
salidas de pesadillas. Eran zergling, los zerg más pequeños. Los
hidraliscos eran una combinación espantosa de insectos con patas
en forma de guadaña, cuerpos de serpiente, dientes interminables y
espinas que disparaban desde la espalda y que eran capaces de
penetrar el neoacero. Los mutaliscos eran monstruos que añadían
la capacidad de volar en la atmósfera y el espacio profundo, la
sangre ácida y unas agujas dragón parasitarias. Lo que a los
zergling les faltaba en tamaño y capacidad de ataques diferentes
comparados con sus hermanos lo compensaban con su número.
Parecían compuestos totalmente por dientes, garras y caparazones,
y se lanzaron contra los restos atraídos como insectos a la luz y el
calor y gritaron espantosamente cuando sus cuerpos se
carbonizaron. Jim miró al cielo y gritó:

— ¡Prepárense para el impacto! —El resto del crucero de batalla,


en pedazos llameantes pequeños como un casco o grandes como
una casa, cayó después, chocando contra la superficie de Char
como un puño blindado contra un rostro desprotegido.

A pesar de la advertencia de Jim y de la estabilidad que daban las


armaduras, el suelo tembló con tanta violencia que más de uno se

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cayó. Jim se agarró con fuerza a Sarah, balanceándose y


esforzándose por mantenerse en equilibrio por pura cabezonería.

Muchos de los zergling restantes se quedaron repentinamente en


silencio, pero otros seguían abriéndose paso y chillando. En
cualquier momento esas cosas asquerosas, sin ninguna dirección,
sin duda se volverían contra Jim y su equipo. No porque se
estuviesen llevando a la Reina de Espadas zerg, que llegó a
controlarlos y dirigirlos por completo, sino sencillamente porque
los terran se movían y por lo tanto eran presas.

En su imaginación, Jim vio de repente la imagen que lo había


obsesionado durante cuatro años: la inquietante fantasía de cómo
habían sido los últimos momentos de Sarah como humana.

Volvió a oír su petición de ayuda y las despreciables palabras de


Arcturus: «Ignoren esa orden. Nos vamos». Arcturus Mengsk, que
utilizaba a las personas hasta agotarlas y luego las tiraba cuando ya
no le eran útiles o se habían vuelto demasiado peligrosas. Jim se
oyó gritar, «¿Cómo? No vas a abandonarlos sin más». La
perplejidad... entonces había sido una pregunta. Jim creía que no
había entendido bien, que Arcturus no estaba haciendo lo que
parecía.

Pero ese bastardo de corazón de hielo tenía la intención de hacer


justamente eso. Había vuelto a oír la voz de Sarah, con un ligero
temblor de preocupación en su tono habitualmente tranquilo:

«Eh, chicos... ¿Y esa evacuación?»


«¡Maldita sea, Arcturus! ¡No hagas esto!»
«Y estás condenado. Estás...»
«¿Comandante…?»

Pausa.

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«¿...Jim? ¿Qué demonios está pasando allí arriba?»

Y luego nada. Jim se la había imaginado mirando en todas


direcciones al verlos llegar, una interminable oleada de terror tras
otra, lanzando chirridos y gritos de triunfo. ¿Y después de eso? La
Reina de Espadas, parte humana psiónica pero más zerg
monstruosa, había nacido.

Se había atormentado preguntándose cómo se habría enfrentado a


lo que debería haber sido su muerte: ¿disparando hasta que se le
acabó la munición y luego lanzándose contra ellos? ¿Quedándose
quieta y dejando que la capturasen? ¿Intentando suicidarse antes?

«Creía que te habían matado. Hubo veces, muchas, que deseé que
lo hubiesen hecho. Y ahora, incluso después de todo lo que has
hecho, incluso después de tantos muertos, me alegro mucho de que
sigas viva».

Oyó en la distancia disparos de armas y los inevitables chirridos y


gritos de los zerg. Jim se levantó y echó mano a la pistola, dando
un paso grande de modo que estuviese de pie protegiendo a Sarah.
Sólo se la llevarían por encima de su cadáver... literalmente.
Excepto que él se tomaría un valioso segundo para matarla antes
de que ellos pudiesen con él. Sarah Kerrigan no volvería a ser su
creación.

Y hoy no era un buen día para morir. No cuando su vida tenía la


posibilidad de empezar de nuevo tras haberse detenido
abruptamente cuando se le rompió el corazón hacía cuatro años.

Fraser lo miró rápidamente y apartó la mirada cuando Jim tomó


una postura defensiva.

—Ahora casi me dan pena los zerg que se enfrenten a ti, Jim.
—Y a mí.
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Jim miró al cielo aliviado al ver que, al menos por ahora, los
mutaliscos estaban ocupados atacando las naves del Dominio, que
estaban mejor preparadas para repelerlos. Una preocupación más
inmediata era la nube de polvo gris ceniza que había levantado la
cercanía del enemigo. Jim distinguía las formas de
monstruosidades multimandibulares de patas de guadaña que se
arrastraban sobre sus torsos-colas. Contó cuatro hidraliscos.
Tragadas por el polvo, veía formas que tenían que ser varios
zergling más que avanzaban corriendo como una jauría de perros
salvajes, sólo que infinitamente más letales y aterradores.

Jim apuntó según se acercaba la nube y ordenó:

—A mi señal... ¡Fuego!

Sus soldados eran buenos. Jim notó el sudor corriéndole hacia los
ojos y parpadeó, ignorando el picor. Esperó hasta ese dulce
segundo en que el ataque tuviese el mayor efecto pero no tan tarde
como para que los pasaran por encima. En alguna parte lejana de
su mente, lamentó haberse vuelto tan experto en la mejor manera
de matar zerg que el conocimiento del momento justo de hacerlo
se había convertido en una reacción instintiva.
Seguían acercándose, pidiendo sangre y muerte, enloquecidos por
la falta de la guía de su reina desaparecida.

Jim esperó.

— ¡Fuego! —gritó. Los gritos repiqueteantes y jubilosos de triunfo


y ansias de matar se convirtieron de repente en chillidos agudos
mientras los zerg estaban siendo convertidos en pedazos de carne
sanguinolenta. Miembros de los horrores insectoides salieron
volando por los aires. Un trozo de caparazón rebotó en el casco de
Jim antes de caer. Jim no cambió de ritmo. Siguió disparando,
moviendo la pistola en un movimiento de barrido de atrás a
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PUNTO DE IGNICIÓN

adelante, acabando con ellos según se acercaban. Nunca había visto


pensamiento independiente en sus actos o movimientos, pero sí
había visto a menudo inteligencia. La de Kerrigan, guiándolos y
maniobrándolos. Ahora sólo veía caos y locura relampagueando en
sus ojos diminutos y brillantes, y torpeza errática en sus
movimientos.

Le voló la cabeza al último. Cayó a seis pasos de él, escupiendo


sangre y fluidos, se retorció y se quedó quieto.

Jim se arrodilló enseguida junto a Sarah. Estaba recogida,


aferrándose a la manta que la tapaba. Curiosamente, el gesto
tranquilizó a Jim. Era... muy humano.

—Matt, ¿dónde está esa nave de despliegue? —gritó Raynor por su


comunicador.
—Señor, acaba de despegar —la voz de Matt era aguda por la
ansiedad. A juzgar por lo que quedaba del crucero de batalla
todavía humeante, Jim entendía con lo que tenía que estar lidiando
allá arriba. Pero no era momento de ser comprensivo; Tenían que
subir a Sarah a bordo y salir echando chispas de aquel agujero
infernal.
—Diles que les doblaré la paga si llegan aquí en cinco minutos.
—Señor, hace semanas que no les paga.
—Bueno, si estoy muerto para cuando lleguen, eso no va a cambiar,
¿verdad?

La débil risa de Matt era alentadora.

—Eso es cierto, señor. Se lo diré, pero no hay garantía de que


lleguen. Las coordenadas del punto de encuentro son rumbo ocho
cuatro siete punto ocho.
—Bien. No estamos lejos de esa meseta.
—Señor —dijo Fraser—, las lecturas indican que está repleta de
zerg.
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CHRISTIE GOLDEN

—Por supuesto que lo está —dijo Jim—, el maldito planeta lo está.


Sólo tenemos que llegar allí y contenerlos hasta que llegue la nave.

Cogió a Kerrigan en brazos. Sarah abrió los ojos. Ahora volvían a


tener su color verde natural, ya no eran relucientes y aterradores.
Curvando ligeramente los pálidos labios de su boca demasiado
ancha, le dedicó una pequeña sonrisa. Levantó la mano para rozarle
el pecho y la dejó caer sin fuerza al tiempo que giraba la cabeza y
cerraba los ojos, su cuerpo exhausto por ese sencillo esfuerzo.

Oh, sí. Los contendría. Los contendría eternamente.

Jim había advertido a Lisie y a Haynes de dónde aterrizaría la nave


de despliegue y sencillamente debía esperar a que los dos soldados
fuesen capaces de contener a los zerg ellos solos. La meseta a la
que llegaría la nave estaba adelante, a sólo unos pocos kilómetros,
pero que parecía todo un mundo. Mientras corrían a paso ligero
gracias a sus armaduras que los llevaban hábil y fácilmente, Jim
oyó un sonido grave distante. Extrañamente se acordó de los
calurosos veranos que había pasado creciendo en Shiloh, de la
caída del sol acompañada por la música zumbadora de los insectos.

Pero aquel sonido hizo que le prestase toda su atención. Ahora


podía ver a las criaturas dirigiéndose hacia él y su equipo.
Descontroladas, reaccionaban como las bestias que eran, oliendo
presas y atacándolas. Jim sintió un destello de humor negro al darse
cuenta de que probablemente Lisie y Haynes estaban más a salvo
que él.

Sin Kerrigan para controlarlos, los zerg probablemente estarían


menos interesados por los dos humanos del aparato que por los
cuatro que no lo tenían; sencillamente, porque el grupo de Jim les
proporcionaría más comida.

— ¡No cedan terreno!


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PUNTO DE IGNICIÓN

Hubo ruidos metálicos cuando los soldados se detuvieron,


levantaron los rifles y se prepararon para atacar a su orden. Jim
distinguía tres enjambres distintos. No había orden en ellos ni
uniformidad de número o tipo, nada de atacarlos por un costado u
otro, ninguna estrategia. Sólo hambre.

Espera...

— ¡Fuego!

Los asaltantes masacraron implacablemente a los zerg. Algunas de


aquellas cosas se detuvieron en seco y giraron, lanzándose contra
sus compañeros caídos en busca de sustento con el mismo
entusiasmo con el que se habrían lanzado contra los asaltantes de
Raynor. Mientras Jim sostenía a Sarah, los demás siguieron
disparando, matando a más y más de aquellos infelices y, cuando
al fin no quedaban más zerg que los atacasen, sino devoradores y
devorados, les hizo un gesto a sus soldados para que rodeasen el
banquete. Los asaltantes corrieron dejando atrás a zergling que se
comían a los hidraliscos. Al dejar atrás la grotesca escena, de
repente se preguntó si los zerg encontrarían y devorarían el cadáver
de un hombre al que una vez había considerado “amigo”, abriendo
la carcasa metálica de la armadura de Findlay para conseguir lo que
había dentro...

Se estremeció un instante ante la imagen y luego se obligó a


insensibilizarse al respecto. Tychus estaba muerto. No tenía por
qué estarlo. Podría seguir vivo, seguir siendo el amigo de Jim si le
hubiese dado la espalda a su “trato con el diablo”. Si no hubiese
estado a punto de matar a la mujer que Jim amaba. Pero Tychus
había tomado su decisión y debería de haber sabido lo que haría
Jim. Conocía a Jim mejor que nadie.

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CHRISTIE GOLDEN

«Tychus. Maldita sea. Hubo un tiempo en que hubiera hecho lo que


fuese por ti. Y creía que tú lo habrías hecho por mí. Un tiempo en
que lo habrías dejado todo por mí».

Un zergling se dirigía a atacarlo, babeando. Sin una manada su


ataque era un suicidio, pero no lo sabía. Sólo sabía que tenía
hambre. Jim acunó a Kerrigan más cerca y se volvió de modo que
le dio la espalda a la criatura, protegiendo a Sarah con su propio
cuerpo. Fraser levantó su rifle y le disparó una púa entre los
relucientes ojos. El bicho siguió avanzando un paso o dos, como si
su cuerpo necesitase unos segundos para comprender que le
acababan de empalar el cerebro, y luego cayó. Fraser apuntó a un
segundo, pero resultó innecesario. El otro zergling se detuvo y
comenzó a arrancarle trozos a su compañero de manada.

— ¡Detrás de ti! —gritó Jim.

Fraser se giró y derribó a dos más. Los otros zergling chirriaron


excitados ante el banquete que Jim y sus asaltantes les habían
puesto delante. Jim ni siquiera se molestó en arrugar la nariz
asqueado. Sencillamente sostuvo a Kerrigan y volvió a correr en
dirección al punto de encuentro.

Sería una hipocresía condenar a los zerg por volverse contra los
suyos. Ellos, al menos, tenían excusa. Una vez completamente
controlados por la Supermente y luego por la Reina de Espadas, ya
no eran más que bestias sin mente. ¿Qué excusa tenían los humanos
para hacer lo mismo?

Mengsk había traicionado a Kerrigan sin pestañear, abandonándola


a lo que esperaba que fuese un destino espantosamente cruel. Al
menos Tychus parecía haberse tomado un instante para lamentar lo
que veía como una necesidad. «Una condenada lástima», había
murmurado.

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PUNTO DE IGNICIÓN

Antes de comenzar a apretar el gatillo.

Antes de decidir asesinar a una mujer traumatizada e indefensa


delante del hombre que la amaba.

«Que se vaya al infierno».

Se estaba convirtiendo en una rutina brutal: los zerg, uno o dos o


veinte, aparecían de la nada. Jim gritaba las órdenes. Sus asaltantes
abrían fuego y los zerg caían, a veces rápidamente; otras, no. Y,
cuando había suficientes muertos, como si hubiese una especie de
límite desconocido para los asaltantes, los zerg dejaban de
perseguir a humanos y empezaban a devorar a los suyos.

Se preguntó si a su gente le parecía mal que su líder, que había


decidido poner las vidas de todos en peligro, estuviera allí de pie,
sosteniendo a Sarah Kerrigan, la antigua Reina de Espadas, la
responsable de tantísimas muertes, mientras ellos luchaban para
protegerlos. Jim se dio cuenta con una cierta náusea que no
importaba lo bien que creyeses conocer a alguien, no era así. No
podías. Sólo los protoss podían conocer a alguien completamente
enlazando sus mentes y esencias en el gran cónclave psíquico que
llamaban Khala. Y, aun así, algunos de los suyos, los templarios
tétricos, habían preferido no revelarse tan profundamente.

«Estoy yendo a ciegas», pensó Jim mientras seguía corriendo,


tratando de cubrir tanto terreno como podía mientras sacudía a
Sarah lo menos posible. «Todos estamos igual. Todos los hombres,
todas las mujeres. Vamos a ciegas y nunca sabemos una mierda
sobre ningún otro corazón o mente que no sean los nuestros».

— ¡Señor! —gritó Fraser—. ¡Mire!

Avergonzado, Jim se dio cuenta de que había estado tan perdido en


sus pensamientos que no había visto el diminuto punto en el cielo
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CHRISTIE GOLDEN

que crecía cada vez más y cuya forma se volvía cada vez más
distinguible hasta que pudo ver las conocidas y bienvenidas curvas
de la nave de despliegue Fanfare. A Jim le pareció lo más hermoso
que había visto nunca... excepto la mirada que le había dedicado
Sarah cuando se la llevaba.

Pero, mientras los soldados lanzaban vítores y gritos de júbilo, a


aquel ruido se unió otro, un zumbido. Jim lanzó un taco. La
Fanfare, como todas las naves de despliegue, no tenía armas y no
podía aterrizar para rescatarlos hasta que el equipo de Jim
despejase la zona.

— ¡Fuego a discreción! —ordenó Jim—. ¡No pienso dejar que unos


cuantos apestosos zerg se interpongan en nuestro camino!

Los soldados asintieron y empezaron a disparar a los zerg incluso


con mayor intensidad de la que habían demostrado antes. Los zerg
caían hechos pedazos y esta vez los asaltantes no perdonaron a
aquéllos que se detenían para comer. Jim y sus soldados siguieron
disparando, abriéndose camino un trabajoso paso tras otro,
rociados de sangre y fluidos de zerg. Y finalmente, gracias al cielo,
la Fanfare se posó sobre el suelo rocoso aunque prácticamente
plano.

Extendieron la rampa y el piloto, Wil Merrick, los llamó


vehementemente.

— ¡Deprisa! ¡Hay todo un enjambre que se dirige hacia aquí!


— ¿Algún rastro del segundo equipo?
—No —dijo Merrick, y su mirada pasó al cuerpo envuelto en una
manta—. Maldición, ¿es ella?
—Sí —dijo Jim.
—Está en shock —dijo Preston. Estiró los brazos para quitarle a
Jim su valiosa carga, levantando a Sarah con la misma facilidad
que había hecho él gracias a la armadura de médico. Jim no quería
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PUNTO DE IGNICIÓN

soltar a Sarah, pero en aquel momento ella necesitaba más lo que


pudiesen hacer los médicos que lo que pudiese hacer él. Se la dio a
Preston, sintiendo un tirón en el corazón al ver cómo la médico la
metía en la nave. Pusieron a Kerrigan en un asiento, le conectaron
una vía intravenosa y lo que a Jim le parecieron seis mil tubos o
monitores portátiles más. Las palabras salieron sin pensar de la
boca de Jim, una plegaria silenciosa:

—Tengan cuidado.

No se le escapaba la ironía; era mucho pedir cuidados para la


asesina de miles de millones. Pero Preston lo entendió y asintió en
silencio mientras intentaba salvarle la vida a Kerrigan. Sarah no dio
muestras de ser consciente de nada.

«Aguanta, Sarah. Eres dura; puedes sobrevivir. Que no sea


demasiado tarde. No después de todo esto...»

— ¡Maldita sea, señor, tenemos que irnos! —gritó el piloto—.


Viene otro puñado de zerg.
— ¿De qué clase?
—Hemos tenido que sortear a un huevo de mutaliscos sólo para
poder bajar aquí, señor —replicó Merrick—. Una vez que
alcanzamos la atmósfera, fueron a atacar a otros, pero los sensores
indican que hay un montón de zergling y de hidraliscos que parecen
dispuestos a terminar el trabajo.

Jim miró a Sarah. Deseaba desesperadamente que pudiese irse, que


estuviese fuera de peligro, a salvo en la enfermería del Hyperion,
pero no podía abandonar a los hombres que lo habían arriesgado
todo para salvarla.

— ¡No vamos a dejar a mis hombres para que sean carne de cañón
para los zerg ni al aparato para que lo destruyan! —contestó Jim—
. Mantenedla lo más estable que sea posible. Su supervivencia es
24
CHRISTIE GOLDEN

importantísima. Si te doy la orden de que despegues, la pongas a


salvo y me dejes aquí, lo harás, ¿entendido?
—Perfectamente, señor.

Jim volvió a mirar a Sarah, cuya piel mostraba un color antinatural


bajo la luz artificial, y saltó de la nave. Las puertas se cerraron tras
él.

Sus asaltantes se unieron a él y uno de ellos le entregó un fusil


gauss. Aunque había atesorado cada momento en que Sarah había
vuelto a estar en sus brazos, Jim también se alegró de tener un fusil
y tomar un papel activo en la pelea una vez más.

Ya podía oír llegar a los zerg, sentir el temblor de la tierra ante su


avance. Sonriendo ligeramente, Raynor levantó su fusil, lo apuntó
a la nube de polvo gris rodante y comenzó a disparar.

25
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO DOS

En el grandioso puente de mando del Bucéfalo, Valerian Mengsk,


Príncipe Heredero del Dominio Terran, le quitó el tapón a una
botella de oscuro oporto de una rara añada, se sirvió una pequeña
copa y miró por la enorme ventana que ocupaba toda una pared.

El feo planeta Char, rojo y de aspecto amenazador, se veía en


primer plano. Allí estaba teniendo lugar una batalla cuyo resultado
lo significaba todo para Valerian. En aquel mundo volcánico e
inhóspito o Sarah Kerrigan estaba renaciendo o la Reina de
Espadas estaba masacrando a aquéllos que habían ido a rescatar su
humanidad perdida. Entre las estrellas también se libraba una
batalla. Los zerg estaban descontrolados, lo que era bueno y malo
a un tiempo. Bueno, en el sentido de que sus ataques carecían de
estrategia; malo, en el que eran brutalmente aleatorios. Las propias
naves de Valerian estaban envueltas en la pelea y había visto
destruidos al menos once de los veinticinco cruceros de batalla que
había llevado. Incluso el glorioso Bucéfalo estaba siendo atacado.

Había habido, y todavía había, demasiados condicionantes. Si


Raynor había encontrado a Kerrigan. Si su equipo pudo colocar el
objeto lo bastante cerca como para que funcionase. Si el objeto
funcionaba siquiera, Valerian confiaba en que sí pero, por
supuesto, como sostenía un sabio y antiguo proverbio, «Los
mejores planes de ratones y hombres a menudo se tuercen».
Afortunadamente, hasta entonces, parecía que su jugada había
resultado, al menos si el comportamiento descontrolado de los zerg
servía de indicación.

26
CHRISTIE GOLDEN

Aun así, contuvo su alegría, consciente de los condicionantes


restantes. Si, si, si... Si Raynor sobreviviría el tiempo suficiente
para poner a salvo a Kerrigan... Si accedería a entregársela a
Valerian.

Entonces el príncipe heredero lo celebraría de verdad.

Anticipándose a ese momento, Valerian había reunido a un grupo


de doctores y científicos. Cierto, sólo era un equipo circunstancial
hasta que pudiesen llevar a Kerrigan a unas instalaciones más
apropiadas, pero era una buena selección en todo caso. Estaban
esperando, casi tan emocionados como él, preparados para empezar
a examinar a Kerrigan en cuanto llegase. Raynor no era tonto. El
exforajido tenía que saber que aquellos hombres y mujeres eran
muy superiores a cualquier doctor o científico que él tuviese a
bordo del Hyperion. Valerian estaba apostando a que, al final,
venciese la preocupación de aquel hombre por su amada y Raynor
quisiera el mejor tratamiento para Sarah.

Valerian movió el líquido ámbar en la copa, sus ojos grises


pensativos, y dio un sorbo de la reconfortante bebida. Sacó la
lengua para capturar una gota que se derramaba.

El poder pronto sería suyo... El poder de demostrarle al fin a su


padre que era un hombre tan fuerte, y mejor, que Arcturus Mengsk.
Pero para Valerian era todavía más importante saber qué tenía
Kerrigan dentro de la cabeza. Al menos esperaba que todavía
guardase conocimiento. Podría ser que no recordase nada de haber
sido convertida en un monstruo, la gloriosa y aterradora Reina de
Espadas, la señora de los zerg. Podría ocurrir incluso que su mente
hubiese quedado completamente destrozada por la transformación.

Le pesaría si ése fuese el caso. Más que el poder o las riquezas, a


Valerian le emocionaba el conocimiento y lo valoraba más. Sobre

27
PUNTO DE IGNICIÓN

todo, el conocimiento de lo antiguo. Y, sin duda, Kerrigan lo había


poseído.

La música que emanaba del disco de vinilo que daba vueltas en el


fonógrafo antiguo fue aumentando de volumen hasta alcanzar un
crescendo y se detuvo. En la sala sonaba un débil ruido de
rasguños. Valerian extendió su bien cuidada mano, levantó la aguja
y volvió a colocarla al principio del disco. De nuevo empezaron a
sonar viejos instrumentos y la voz de una mujer humana que
llevaba siglos muerta comenzó a cantar.

Por supuesto, se podía utilizar el conocimiento para provecho


personal. Pero, igual que la ópera que sólo estaba escuchando a
medias, era hermoso y valioso, y tenía valor sencillamente por ser
lo que era. Por existir.

Tomó otro sorbo de oporto y reflexionó sobre el poder de algo


llamado “amor”. Valerian había amado a su fallecida madre pero,
aparte de eso, no tenía mucha familiaridad con ese sentimiento.
Sabía lo que era el respeto y el afecto por otros, pero nunca creyó
haber estado enamorado. Esperaba estarlo algún día; como hombre
que anhelaba comprenderlo todo, deseaba experimentar una fuerza
tan poderosa. Más de una vez había sido testigo de lo que podía
hacer. El amor había convertido a R.M. Dahl, una asesina
extremadamente eficiente y ególatra, en una mujercita dispuesta a
matar y morir no sólo por el hombre que inesperadamente
descubrió que amaba, sino también por los ideales que aquél
defendía.

Y aquel hombre, el profesor Jacob Jefferson Ramsey, no sólo la


amaba a su vez, sino que también había aprendido a comprender,
admirar y sí, amar a toda una raza alienígena. Valerian admitía de
buen grado que no se había quedado impávido ante la experiencia
de haber conocido a esas dos personas. Le había hecho lamentar
aún más lo que más tarde había ordenado que le hiciesen a Jake.
28
CHRISTIE GOLDEN

Ahora otro hombre que amaba con todo su corazón le había hecho
a Valerian quizá su mayor servicio. El rubio príncipe sabía bien que
Jim Raynor era el único motivo de que Sarah Kerrigan siguiese
viva ahora. Raynor la amaba a pesar de aquello en lo que se había
convertido, a pesar de las atrocidades que había llevado a cabo. La
amaba lo suficiente como para arriesgar su vida y las de otros lo
suficiente como para entrar en la boca del lobo sin tener ni idea de
si encontraría a la muerte o a su amada.

Impresionante, muy impresionante todo. Valerian movió el líquido


que le quedaba en la copa y sonrió ligeramente. Alzó la copa y dijo
con su voz dulce y agradable:

—Bueno, entonces, por el amor. —Y se bebió las últimas gotas.

Los dos iban de camino con el objeto, le había dicho Lisie a Jim
hacía como cuatro siglos, según le parecía a éste.

En esos cuatro siglos, que más probablemente habían sido cuatro


minutos, Jim y su grupo habían apilado una cantidad impresionante
de cadáveres de zerg, aunque ese montón había empequeñecido
cuando dos hidraliscos habían acudido a atacar a los terran. Los
asaltantes de Jim habían hecho pedazos de color magenta a uno de
ellos. El superviviente había clavado sus patas semejantes a
guadañas en el cuerpo de un zerg y se había retirado.
Los asaltantes habían lanzado vítores sin malgastar munición
cuando la enorme criatura se alejó arrastrándose con su trofeo.

—Al fin la solución a los zerg —había dicho Fraser—. Cortarles la


cabeza y darles a los otros los miembros para que se los coman.

Jim le había dedicado una mirada, pero no había habido malicia en


el comentario. Y era cierto. La Reina de Espadas había

29
PUNTO DE IGNICIÓN

desaparecido, aunque la humana que había sido su origen estaba, o


eso esperaba él, dentro de la nave de despliegue.

Sonó un crujido en el oído de Jim.

—Estamos a un kilómetro —dijo Lisie—. Lo sentimos, chicos.


Este juguete Xel’naga nos está ralentizando un poco. Y tenemos
que cargamos a unos cuantos perritos malos de camino.

Jim no pudo evitar sonreír al oír a Lisie quitarle importancia a lo


que él sabía bien que era una cuestión de vida o muerte.

—Oído —dijo Jim, manteniendo la voz baja. Animándolos. Señaló


a dos de sus hombres—. Fraser, Rolfsen... adelántense y vayan a
buscarlos. Despejadles el camino. Tenemos suficientes aperitivos
para distraer a la próxima oleada. Esos chicos no tienen nada.
—Sí, señor —dijo Fraser. Rolfsen y él se fueron.
—Señor —dijo la voz del piloto en el oído de Jim—, recibo
información de que hay un enjambre de mutaliscos reuniéndose
entre nosotros y la flota principal allá arriba.

El tono de voz del piloto, cuidadosamente normal, demasiado


neutral, le dijo a Jim lo que quería saber.

—Kerrigan sigue inconsciente —dijo Jim—. Es imposible que los


esté dirigiendo ella.
—Si usted lo dice, señor... Pero se están reuniendo. Podrían estar
siguiéndonos... No puedo estar seguro.
—Quizá hayan decidido que les gusta la compañía —replicó Jim—
. A menos que pueda decirme con exactitud cómo funcionan los
zerg cuando no reciben órdenes, vamos a asumir que no es más que
una coincidencia. —Se dio cuenta de que sonaba enfadado y a la
defensiva, pero no podía evitarlo. Sabía que Sarah no estaba
controlando a los zerg. Lo sabía de un modo que no podría explicar.

30
CHRISTIE GOLDEN

—Sí, señor.

El polvo anunciaba algo que se acercaba por tierra. Jim no sabía lo


lejos que estaba. Levantó el arma, pero notó un escalofrío en la
nuca, el instinto de un hombre tan acostumbrado a luchar que las
tripas eran a veces más inteligentes que la cabeza.

No disparó. Y, por supuesto, tres segundos después vio claramente


que no eran un puñado de monstruos hambrientos los que estaban
levantando el polvo de Char, sino Lisie, Haynes, Fraser y Rolfsen,
que se acercaban hacia ellos a un paso tan ligero como podían
mientras portaban la carcasa que albergaba el brillante objeto
alienígena.

Se oyó un grito victorioso y la rampa de la nave de despliegue bajó.


Sonriendo, cubiertos de polvo gris, los cuatro asaltantes cargaron
el valiosísimo objeto en la nave. Jim miró más allá de donde
estaban, hacia el interior de la nave, y vio a Sarah, todavía
inconsciente, todavía respirando y pareciendo algo menos humana
con todas las máquinas a las que estaba conectada de lo que había
parecido cuando la encontró en la cueva.

Miró por encima del hombro y lanzó un taco. Otra nube de polvo y
esta vez podía ver dentro de ella unas feas siluetas.

—Más mascotas para la fiesta —dijo—, Parece que sí que


siguieron el rastro de la nave de despliegue. —Sacó su fusil y
apuntó.
— ¡Señor, tenemos que irnos! —gritó Rolfsen.

Jim no malgastó tiempo contestando. Tenían que despegar... pero


lo harían mejor sin un puñado de zerg lanzando sus cuerpos contra
la nave. Los masacró según se acercaban, sin experimentar
remordimiento ni alegría, saltó dentro de la nave y se tambaleó
hasta el asiento de al lado de Kerrigan. Casi antes de que las puertas
31
PUNTO DE IGNICIÓN

se hubiesen cerrado, los pasajeros se habían puesto los arneses y la


nave de despliegue estaba en el aire.

Jim y los demás abrieron los visores. El aire reconducido nunca les
había parecido tan dulce. Al inhalar agradecido, a Jim le sorprendió
encontrarse pensando no en su fuga, que todavía era incierta, ni
siquiera en Sarah, sino en Tychus.

«Tengo que estar encerrado en esta armadura hasta que pague todas
mis deudas».

Tychus Findlay Se había llevado la cárcel puesta, había vivido y


había muerto en ella. Ojalá hubiese habido otro modo.

Jim apartó la idea y volvió su atención hacia Kerrigan. El cuerpo


estaba asegurado con uno de los arneses que los protegían a todos
y tenía los ojos cerrados. La cabeza se le movía de lado a lado y el
extraño cabello, si es que se le podía llamar así, se movía no por su
propia cuenta sino con el movimiento de la nave. Preston se había
asegurado de que la manta tapaba por completo a Kerrigan,
protegiendo su desnudez. Aunque tampoco es que Sarah hubiese
sido una delicada florecida cuando se trataba de esas cosas.

— ¿Cómo está? —preguntó Jim.

Preston, sentada al otro lado de Kerrigan, levantó la mirada del


historial de datos. —Ahora es difícil decirlo. La tengo estable y
parece bastante humana por lo que puedo ver. Pero necesita más
cuidados de los que le podamos dar aquí.

— ¿Qué más?

Lily dudó.

32
CHRISTIE GOLDEN

—Creo que necesita más cuidados de los que podemos dedicarle


en el Hyperion también.
—El Hyperion era el buque insignia de Mengsk —dijo Jim—. Las
instalaciones son excelentes. ¿Qué estás diciendo exactamente?

Lily lo miró a los ojos.


—Digo que no estoy segura dé qué tenemos delante, Jim. Tenemos
un material excelente pero, demonios... Yo no soy una gran doctora
y desde luego no soy experta en zerg.
— ¡No es una zerg!

La respuesta de Lily fue encogerse de hombros.

—No puedo asegurarte eso mirándote a los ojos —dijo


tranquilamente—. Todavía no —e inclinó la cabeza cubierta de
pelo oscuro sobre el historial.

Jim se quedó un momento sentado, pensando, y se quitó uno de los


guantes. Estiró el brazo y tomó a Kerrigan de la mano con cuidado
de no tocar ninguno de los numerosos tubos conectados a distintas
partes de su cuerpo.

Cálida carne humana tocando cálida carne humana. De repente le


ardieron los ojos y parpadeó. No esperaba que la sensación lo
conmoviese tanto. Miró la mano de Sarah como si nunca la hubiese
visto, notando de nuevo su fuerza, las uñas desacostumbradamente
largas que habían sido garras, y se acordó de la primera vez que
esos fuertes dedos se habían entrelazado con los suyos.

Una vez le había dicho que conservaba las uñas cortas porque era
práctico. Por el mismo motivo por el que siempre llevaba el pelo
apartado de la cara, recogido en una cola de caballo. Por el mismo
motivo por el que se mantenía en gran forma y se había construido
a su alrededor un muro de un kilómetro de grueso.

33
PUNTO DE IGNICIÓN

Porque era práctico. Esas eran la clase de cosas que haría un


guerrero o un asesino.

Jim quería apretar la mano dormida contra su corazón o contra sus


labios, pero no hizo ninguna de las dos cosas. Sencillamente
recordó.

Se oyó un repentino ruido sordo y la nave se movió. Si Kerrigan no


hubiese estado inmovilizada, habría salido volando. Jim sabía, por
supuesto, lo que había ocurrido. Rápidamente se bajó el visor y se
dirigió hacia la conexión del cuadro eléctrico de la nave. Los
alrededores de la nave habían empezado a descargarse en su
visualizador.

Mutaliscos.

Siempre habían sido dados a la sed de sangre en sus ataques y


ahora, sin su reina para dirigirlos, Jim sospechaba que eran más
seres sin mente que zergling. Dos de ellos se habían concentrado
en la nave de despliegue ignorando todo lo demás, incluidas sus
propias vidas. Los asquerosos bichos movían sus aparentemente
delicadas alas (inútiles en el espacio, así que Jim pensó que sería
una especie de reflejo animal) y escupían sus gujas dragón parásitas
que podían devorar, cortar o trocear prácticamente cualquier
material en dirección a la nave. Una de las gujas había golpeado
claramente el casco.

La nave se inclinó tan rápidamente que a Jim el estómago le dio un


vuelco por la sorpresa. La cabeza de Kerrigan se movió
bruscamente hacia delante; los demás llevaban armadura para
protegerse de los golpes cervicales, pero en ese momento no se
podía hacer nada por ella. Jim sabía que estaban luchando por sus
vidas y que las únicas cosas que podían salvarlos eran el talento del
piloto y un rescate rápido antes de que la guja dragón se abriese
paso.
34
CHRISTIE GOLDEN

La nave viró hacia arriba tan abruptamente como antes había


bajado, rodó y volvió a caer. A través del visualizador Jim vio la
brillantez de esa táctica. Los mutaliscos acabaron enfrentados y
atacándose inadvertidamente el uno al otro. Echaron hacia atrás sus
cabezas con múltiples ojos, sin duda gritando de agonía cuando su
propia sangre ácida comenzó a comerse sus caparazones. Jim casi
deseó poder oírlo en el silencio del espacio.
Dos menos, pero ¿quién sabía cuántos más había ahí fuera? Jim
volvió a pensar en los fragmentos del crucero de batalla que habían
caído sobre Char como meteoros.

—Mayday, mayday, aquí la nave de despliegue Fanfare del


Hyperion pidiendo refugio con carácter inmediato. Nos atacan los
mutaliscos y llevamos al comandante y a Kerrigan. ¡Repito,
necesitamos ayuda inmediatamente!
—Aquí el Bucéfalo. ¿Cuál es su posición, Fanfare?
No —dijo Jim al instante, hablando sólo para el piloto—. Ahí no.
No voy a dejarle que se quede con Sarah.

La nave volvió a moverse.

—Señor —gritó Merrick—, ¡no creo que tengamos elección! Ese


muta nos ha dado un buen golpe. ¡Tenemos como siete minutos
antes de que la guja se abra paso por el casco!

Jim estaba indeciso. Valerian no vería a Sarah como a una persona.


La veía como un medio para lograr un fin, un modo de superar a su
padre, de demostrar su valía. Ella era una herramienta, nada más, y
Raynor no pensaba dejar que ese guaperas le pusiera las manos
encima a Kerrigan.

Las palabras de la médico volvieron a él. ¿Y si el Hyperion no


estaba equipado para darle a Sarah la ayuda que realmente

35
PUNTO DE IGNICIÓN

necesitaba? ¿Y si le estaba negando la oportunidad de recuperarse


por completo?

—Señor, no vamos a sobrevivir a otro ataque y nuestros sensores


muestran a cuatro más de esos hijos de perra —le advirtió el piloto.
—Mierda —dijo Jim—. Aquí Raynor a Bucéfalo. Manden a sus
chicos a que nos quiten a esos zerg de encima. Vamos para allá.
—Entendido, señor Raynor. Los interceptaremos lo antes posible.

Decisiones. Jim esperaba no tener que arrepentirse de ésta.

Apagó el comunicador y se echó hacia atrás pensando en seguir


sentado junto a Sarah hasta que llegasen al muelle de atraque del
Bucéfalo. Y entonces quizá cogería su fusil y se aseguraría de que
el comité de bienvenida lo era de verdad. Para su sorpresa, estaba
despierta... al menos un poco.

—Sarah —dijo con cariño, volviendo a tomarla de la mano.

Preston dijo en voz baja:

—Está recuperando y perdiendo la consciencia. No estoy segura de


lo que sabe ahora mismo.

Jim asintió mostrando haberlo entendido y volvió su atención hacia


la mujer que amaba.

—Hola, querida —dijo, manteniendo la voz lo más baja que podía


e incapaz de ocultar un temblor por la emoción.

Sus ojos verdes se abrieron, pero él no sabía si lo estaba viendo o


veía algo que sólo existía en su mente. Se movía como si estuviese
nadando por el barro y de repente se echó hacia atrás lanzando un
grito feroz.

36
CHRISTIE GOLDEN

A Jim le parecía que una mano gigante le estaba apretando el


corazón. Claro que Sarah tenía miedo. Era más vulnerable de lo
que lo había sido nunca en toda su vida adulta; desnuda, débil e
indefensa ante un hombre que la había amado pero que también
había jurado matarla. Jim se preguntó si ella recordaría esa promesa
y si estaba contenta o temerosa de que hubiese sido él quien la
encontrase.

—Cálmala, Jim —decía Presión. Los otros asaltantes lo


observaban atentamente. Jim sólo podía tratar de adivinar qué les
estaba pasando por la cabeza—. ¡Sus signos vitales se disparan!
—Sarah, querida —dijo Jim, todavía en voz baja y tranquila—, te
prometo que nadie va a hacerte daño. Ni yo ni nadie, ¿lo entiendes?
Te doy mi palabra. Te lo prometo. ¡Te lo prometo!

Sus movimientos eran como mucho débiles, pero se calló y lo miró.


Su cara y sus ojos eran tan familiares, tan propios de ella, bajo
aquella masa de extrañas púas-tentáculos que formaban su cabello.

Sarah.

Ésta asintió y cerró los ojos, casi con la confianza de un niño,


aceptando su palabra.

«Sarah. Sarah. Maldita sea... Te vas a poner bien. Voy a conseguir


que te pongas bien. Voy a conseguir que vuelvas a ser Sarah.
Aunque me cueste la última gota de sangre de mis venas, voy a
protegerte».

—Está inconsciente —dijo la médico.


—Si puedes conseguirlo sin hacerle daño, mantenía así —dijo
Jim—. Mejor que no vea lo que podría estar a punto de pasar.

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PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO TRES

Valerian había dado órdenes de que todas las conversaciones de las


distintas naves en contienda, incluyendo las de aquellos cruceros
de batalla y Espectros que no eran suyos, fuesen monitorizadas si
era posible. Estaba terminando de comer una pequeña ración
perfecta de chocolate negro mirando cómo luchaban las naves
desde la ventana de su suite privada cuando llegó un mensaje desde
el puente de mando.

—Señor —dijo el capitán del Bucéfalo, Everett Vaughn—, creo


que debería oír esto...

Valerian se giró y asintió, dejando que el chocolate se deshiciese


con una exquisita dulzura en la lengua. Pero ni siquiera el chocolate
era tan dulce como la sensación de triunfo que lo inundó con las
siguientes palabras.

—Mayday, mayday, aquí la nave de despliegue Fanfare del


Hyperion pidiendo refugio con carácter inmediato. Nos atacan los
mutaliscos y llevamos al comandante y a Kerrigan. ¡Repito,
necesitamos ayuda inmediatamente!
— ¡Tráiganlos! —gritó Valerian. Se dio cuenta de que no podía
dejar de sonreír. Tal como Jake Ramsey había predicho, el artefacto
xel’naga había, según las palabras del arqueólogo, “funcionado
como debía”. O, al menos, como Valerian había querido. Y ahí
estaban Raynor y Kerrigan poniéndose en sus manos.
—Aquí el Bucéfalo. ¿Cuál es su posición, Fanfare? —preguntó
Vaughn.

38
CHRISTIE GOLDEN

Hubo una larga pausa y a Valerian le falló la sonrisa ligeramente.


No quería tomar la nave de Raynor por la fuerza, pero...

—Aquí Raynor a Bucéfalo. Manda a tus chicos a que nos quiten a


esos zerg de encima. Vamos para allá.
—Entendido, señor Raynor —la voz de Vaughn era tranquila y
fría—. Los interceptaremos lo antes posible.

La sonrisa de Valerian regresó, todavía mayor. Aquél era un día


histórico para el Imperio Mengsk. Pues era el día que la historia
recogería como aquél en que el poder comenzó a pasar del padre al
hijo.

—Capitán Vaughn, los recibiré en el muelle de atraque —dijo, y se


movió tan deprisa que la capa roja que llevaba aleteó
enérgicamente a sus espaldas.

*******

Jim permanecía de pie con la armadura y el fusil gauss en la mano


junto a otros cuatro hombres cuando la nave de despliegue entró
lentamente en el muelle de atraque. Pensó en la última vez que
había estado a bordo del Bucéfalo. Qué diferentes habían sido las
cosas. Entonces tenía a Tychus a su lado y había abordado la nave
insignia de Mengsk con la intención de hacer justicia. Habían
entrado por los conductos, abriéndose paso por la nave hasta que
se encontraron no con Arcturus Mengsk, como esperaban, sino con
su hijo Valerian. Pensándolo, las cosas no eran tan distintas ahora.

No le importaba lo que le pudiese pasar a él; estaba pensando en


meterle una bala a Valerian en su aristocrática frente si se le ocurría
decir o hacer algo que a Jim Raynor no le gustase.

—Ya llega, señor —dijo el piloto. Jim miró las imágenes que
aparecían en su visualizador y entrecerró los ojos.
39
PUNTO DE IGNICIÓN

En la pantalla Valerian parecía arrogante, patricio, seguro de sí


mismo. Pero no parecía que estuviese planeando nada malo. Había
unos cuantos guardias, pero no más de los que podían esperarse y
ninguno de ellos parecía tener ganas de pelea.

Pasaron los segundos. Valerian miraba hacia la nave,


aparentemente en dirección a Jim; cruzó los brazos y levantó una
ceja rubia.

—Señor Raynor —dijo—, no le he dado motivo alguno para


desconfiar de mí. He sido sincero con usted acerca de mis motivos
y puede creerme ahora cuando le aseguro que el bienestar de Sarah
Kerrigan es de la mayor importancia para mí.

Oh, eso Jim sí que lo creía, desde luego. Pero también creía que
Valerian era más que capaz de matarlo en un instante y llevarse a
Kerrigan para sus propios propósitos.

Fue la propia Sarah la que solucionó el asunto. Jim oyó un ligero


gemido e hizo una mueca. Era un viejo tópico: donde había vida,
había esperanza, y Sarah estaba viva. Pero podría no estarlo si Jim
se quedaba ahí mucho más tiempo.

—Abran las puertas —dijo, y levantó el visor.

Bajaron la rampa y los ojos grises de Valerian se abrieron


ligeramente al ver a Jim y a otros cuatro asaltantes con armadura
de combate y sus armas apuntándolo. Los hombres de Valerian se
pusieron de inmediato en posición de lucha. Éste levantó una grácil
mano para tranquilizar la situación.

—Bajen las armas, caballeros —dijo—, al señor Raynor no se le


recibe de ese modo.

40
CHRISTIE GOLDEN

Mientras los soldados de Valerian obedecían, Jim hizo un gesto a


sus hombres y dio un paso adelante. Con la armadura, era más alto
que Valerian, pero había que reconocerle al príncipe heredero que
no parecía intimidado en lo más mínimo.

—Felicidades, señor Raynor. ¿Dónde está la dama en cuestión?

La estaban bajando en camilla por la rampa de la nave en ese


momento. Rolfsen la llevaba mientras Preston sostenía la
intravenosa. Sarah estaba inconsciente y la cabeza se le movía de
un modo que hizo que a Jim se le encogiese el estómago.

—Y aquí está —suspiró Valerian. Avanzó hacia Kerrigan con la


mirada fija en el cuerpo inerte que respiraba con dificultad—.
Asombroso, sencillamente asombroso —dijo, moviendo
ligeramente la cabeza —. Parece humana... excepto por el pelo. —
Valerian estiró el brazo para tocar una de las extrañas extensiones.

La mano blindada de Jim se movió velozmente y se cerró con


fuerza, aunque no la suficiente como para causar dolor, en el brazo
del príncipe heredero. Se oyó un ruido de fusiles cuando ambos
bandos levantaron los suyos al instante.

—No es un trofeo —dijo Jim con rudeza.


—No he dicho que lo fuese. —Valerian estaba admirablemente
tranquilo pero, mientras su mirada gris pasaba de su brazo atrapado
a Jim, había una tormenta en sus fríos ojos—. Suélteme, señor
Raynor.

Jim lo hizo.

—Está enferma —dijo—. Mi médico dice que necesita atención.


Inmediatamente.
—Y la tendrá —dijo Valerian. En su voz había un tono agudo.
Asintió y varios hombres con batas blancas de laboratorio tomaron
41
PUNTO DE IGNICIÓN

la camilla con convincentes muestras de cuidado—. La


atenderemos lo mejor que podamos y luego la llevaremos a una de
las instalaciones de la Fundación Moebius. Allí tenemos un
laboratorio completísimo. Como ya sabe, nuestro Dr. Emil Narud
es un experto, quizá el mejor, en fisiología zerg. Podremos hacerle
toda clase de pruebas... —¡Tampoco es un maldito espécimen! —
gritó Jim.
—No sabemos lo que es, ¿no lo entiende? —replicó Valerian,
perdiendo obviamente la paciencia—. ¡Y, mientras no lo sepamos,
no sabremos cómo ayudarla! Usted ha arriesgado mucho por
recuperarla y ahora no va a hacer lo que es mejor para ella
sencillamente porque no quiere admitir que quizá no es tan humana
como usted quiere que sea.
Ante el comentario, una ira fuera de toda proporción barrió a Jim.
—Mira, arrogante...
La frase de Jim quedó abruptamente cortada por el desagradable
sonido de una alerta roja.
— ¡Puente a príncipe Valerian!
—Aquí Valerian. —Éste también había abandonado la discusión al
instante—. ¿Qué...?

La pregunta se quedó sin terminar cuando se giró y se asomó por


las gigantescas ventanas.

Docenas de naves habían aparecido sin aviso previo. Raynor se vio


mirando boquiabierto la otra mitad de la flota del Dominio.
Valerian también miraba fijamente con la boca ligeramente abierta.
Jim se recuperó primero, girándose hacia Valerian.

— ¡Hijo de perra traicionero! —Echó hacia atrás el puño,


preparado para darle al Príncipe Heredero del Dominio Terran un
buen puñetazo en la mandíbula ignorando las consecuencias.

Para sorpresa de Jim, Valerian corrió, se puso tras él y gritó:

42
CHRISTIE GOLDEN

— ¡No disparen! —Raynor se giró y vio al príncipe de pie con una


pequeña pistola que había sacado de Dios sabe dónde. Apuntaba
directamente a Jim, pero no disparó.
— ¿Te crees que yo he hecho esto? —siseó Valerian. Su delicadeza
había desaparecido y Jim se dio cuenta de que, por distinto que
fuese a su padre, Valerian podía ser igual de peligroso y letal.
Ahora toda su gracilidad era feroz... la gracilidad de la jungla, no
la del salón de juegos—. ¿Te crees que quiero entregaros a
Kerrigan y a ti precisamente a él?

No. Claro que no querría. Valerian iba a hacerse un nombre


utilizándolos, no entregándoselos a su padre.

—Hola, Hijo, Jim —dijo una voz muy familiar. Jim no necesitó
volverse a mirar la pantalla de la pared del muelle para saber que
Arcturus Mengsk estaba sonriendo burlón ante su inminente
triunfo. Jim recordó aquel momento aciago en que, justo antes de
que Tychus hubiese apuntado a Sarah, todos habían oído la voz de
Mengsk desde dentro del casco de Tychus: «Tiene sus órdenes,
señor Findlay. Cúmplalas».
«Tychus... ¿Qué has hecho?»
«He hecho un pacto con el diablo, Jimmy. Ella muere... Yo salgo
libre».

Ahora Jim se dio cuenta de repente cómo había sido posible que
Mengsk hablase con Tychus por el comunicados

Ese bastardo había estado esperando ahí todo el tiempo.

Acechando justo fuera de órbita, evitando la detección


deliberadamente. Mengsk había dejado que su hijo hiciese todo el
trabajo y asumiese los riesgos, utilizando a Tychus para eliminar a
Kerrigan, y ahora acudía a reclamar el mérito y el trofeo.

43
PUNTO DE IGNICIÓN

«Ni hablar», pensó Jim y, para su sorpresa, vio la misma idea


reflejada en el rostro de Valerian Mengsk.
—Tienes algo que quiero, Hijo. —Arcturus arrastró las palabras.
Valerian se recompuso, bajó el arma y se giró hacia la ventana.
—El victorioso se lleva el botín, Padre —dijo con una calma que
dejó pasmado a Raynor—. Eso me lo enseñaste tú.
—Todavía no has vencido —dijo Arcturus—. Preferiría no
dispararle a tu nave. Entrégame lo que queda de Kerrigan o mata
tú mismo a esa perra. Entrega al delincuente y ambos daremos la
buena noticia de que la amenaza zerg ha dejado de existir y que el
Dominio está a salvo, gracias a nosotros. Y todos contentos.

Valerian sacudió la rubia cabeza.

—No puedo hacer eso, Padre.

La sonrisa de Arcturus se tomó burlona.

—Eres demasiado blando, Valerian.


—No es ser blando, Padre, es sabiduría. Tenemos una oportunidad
única de estudiarla. Puede que descubramos cosas sobre los zerg
que nos permitirían derrotarlos de una vez por todas. ¿No creerás
que van a seguir eternamente sin dirección? Cuando la Supermente
fue destruida acabaron reemplazándola por Kerrigan. Y a ella la
reemplazarán por otra cosa.

Esa fea perspectiva no se le había ocurrido a Raynor. Miró hacia la


camilla de Kerrigan. Cuando la alerta roja sonó, los científicos se
habían quedado quietos, esperando órdenes. Mientras Mengsk hijo
y padre discutían, iban pasando valiosos segundos. Captó la mirada
de Valerian y señaló con la cabeza en dirección a Kerrigan.
Valerian asintió casi imperceptiblemente y los científicos se fueron
enseguida.

44
CHRISTIE GOLDEN

Jim quería ir con ellos, pero aún más necesitaba saber si Valerian
iba a seguir defendiendo su posición.

—Conocía tu pequeño plan, Hijo, y es una pérdida de tiempo. A


Kerrigan hay que sacrificarla como la perra rabiosa que es.

Jim no pudo evitarlo. Replicó:

—Igual que todos los que no están de acuerdo contigo, ¿eh,


Arcturus? Qué propio de ti enviar a un criminal endurecido para
meterle una púa en el cerebro a una mujer desnuda e indefensa.

Arcturus soltó una risita.

—Oh, Raynor, eres un idiota enamorado. Sarah Kerrigan no ha


estado indefensa desde el día en que salió del vientre de su madre
y lo sabes.

Y entonces Valerian dijo algo que dejó asombrados a su padre y a


Jim.

—Es más que un fantasma o un zerg... ¡Es el cumplimiento de una


profecía!

Jim se quedó boquiabierto. ¿Cómo sabía eso Valerian?

Ni él mismo lo habría sabido si su viejo amigo Zeratul, prelado de


los templarios espectrales, no hubiese arriesgado la vida para
encontrar a Jim y darle un cristal que compartía el encuentro de
aquel protoss con Kerrigan.

Iban a volver. Los xel’naga iban a volver. ¿Qué había dicho


Zeratul? «Tendrás su vida en tus manos. Y, aunque la justicia exige
que muera por sus crímenes, sólo ella puede salvamos».

45
PUNTO DE IGNICIÓN

Si Zeratul creía aquello, Jim también. Y, aparentemente, también


Valerian.

Las espesas cejas de Arcturus Mengsk se juntaron sobre sus ojos.

— ¿Qué demonios estás balbuceando?


—No he estado ocioso, Padre. Estos últimos años he aprendido
mucho. Los protoss son una raza antigua y creen que sus creadores,
los xel’naga, los mismos seres que fabricaron esos objetos que he
estado coleccionando y que parecen haber vuelto humana a
Kerrigan de nuevo, van a regresar. Y que Sarah Kerrigan podría ser
nuestra única esperanza cuando lo hagan.
— ¿Y te lo crees? —la voz de Arcturus Mengsk era una mezcla de
incredulidad y desprecio.
—La crea o no, la profecía existe y es importante. Demasiado
importante como para que actuemos precipitadamente mientras no
sepamos más. Si matamos a Kerrigan ahora, podríamos estar
sellando nuestro destino.
—El único destino que me interesa es el que yo me fabrico,
muchacho. Y ése debería ser el único que te interesara a ti también.
Por si no te has dado cuenta, somos humanos; ni protoss ni zerg, y
cualquier cosa que esos místicos de piel huesuda te hayan contado
tiene todas las probabilidades de tener más de fantasías y sueños
que de otra cosa. Ahora sé un buen hijo. Mata a ese error de mujer
que resulta ser la peor enemiga de tu padre, por no mencionar de la
humanidad, o entrégamela y deja que papaíto haga el trabajo sucio.
—Valerian, no puedes...

Valerian levantó una mano, haciendo callar a Raynor. Apartó la


mirada un instante y luego volvió a mirar a su padre.

—No, Padre. No puedo obedecer una orden que considero corta de


miras y potencialmente devastadora, y no lo haré.
— ¡Lo que podría ser corto de miras y potencialmente devastador
es salvar a una asesina de masas! ¡Hablamos de miles de millones
46
CHRISTIE GOLDEN

de muertos, Valerian! ¿Prefieres a la perra zerg y a ese traidor de


Raynor antes que a tu propio padre?
—Lo que prefiero —dijo Valerian, y su voz se hacía más fuerte con
cada palabra—, es no sacrificar este sector por imprudencia y el
deseo personal de venganza de mi padre. Y ambos sabemos que se
trata de eso. No estoy excusando lo que ha hecho... estoy apelando
a lo que has hecho tú. —Dio un paso adelante, cerrando los
puños—. Todavía puedes elegir seguir conmigo, Padre. Olvida tu
venganza. ¡Mira con los ojos de un auténtico líder todo lo que está
en juego aquí, todo lo que estás poniendo en peligro por tus propias
razones egoístas! —Se obligó a relajar las manos y extendió una,
rogando—. ¡Estudiemos juntos la profecía y estaremos preparados
si los xel’naga regresan tal como está profetizado!

Incluso en la pantalla los ojos del emperador parecieron volverse


más fríos y severos.

—Si no me la entregas —dijo Arcturus con voz grave—, puedes


estar seguro de que iré a por ella. No permitiré que nadie, ni
siquiera tú, se interponga en mi camino.

La imagen desapareció. Valerian se quedó donde estaba un


momento y luego, lentamente, inclinó la cabeza.

—Valerian —empezó a decir Jim.

La dorada cabeza del príncipe volvió a levantarse.

—Ve a la enfermería —dijo—. Es donde debes estar. Lo que haya


hecho Kerrigan... Por el bien de todo lo sagrado, lo hermoso y lo
verdadero, protégela, Jim.

Y, en ese momento, el Bucéfalo, la nave insignia del Dominio que


albergaba al príncipe heredero, empezó a ser atacada por su
emperador.
47
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO
CUATRO

Matt Homer se repanchingó en su silla, pensando sombríamente:


«Lo sabía. Sabía que llegaría un día así».

El día en que Arcturus Mengsk encontraría por fin al grupo


“terrorista” conocido como los Asaltantes de Raynor y descargaría
toda la ira del Dominio contra la nave que había sido su nave
insignia.

Con el tranquilo equilibrio que era una parte tan consustancial de


su naturaleza, Matt se dio cuenta inmediatamente de que sólo los
atacaba la mitad de la flota del Dominio. La otra mitad, al principio
veinticinco y ahora catorce cruceros de batalla y sus grupos de
Espectros, naves de despliegue y demás, estaba bajo el control de
otro Mengsk y les devolvía el fuego a las naves de su padre.
Valerian había conectado el Hyperion a la conversación entre padre
e hijo, de modo que Matt sabía a qué Mengsk debía atacar. Su
amigo y comandante James Raynor seguía también a bordo del
Bucéfalo.

De todos modos, no era ni mucho menos algo agradable y Matt no


estaba tan seguro de que esta vez fueran a conseguir escapar. El
emperador parecía muy decidido a ignorar el amor paternal cuando
sus deseos se veían contradichos y ahora estaba atacando las naves
que estaban bajo las órdenes de su hijo. Con saña.

48
CHRISTIE GOLDEN

De momento, aquélla era la única ventaja, si es que se podía llamar


así. En la pantalla sólo se veía el feo planeta anaranjado Char y las
feas nubes de luego cuando las naves recibían impactos. Era una
guerra de titanes, una batalla de naves, y la carnicería iba a ser sin
duda enorme. Los grandes cruceros de batalla se movían más
despacio que los Espectros mientras disparaban y recibían disparos
y el espectáculo era espantosamente asombroso.

—Y yo que creía que los zerg iban a ser nuestra mayor


preocupación —murmuró Matt para sí. Luego dijo, en voz más
alta— apunten al Bucéfalo.
—Apuntado, señor —dijo el timonel, Marcus Cade.

La imagen de la pantalla cambió y apareció el crucero de batalla


clase Gorgona. Ya había sufrido daños, pero estaba repartiendo
tanto como recibía. Matt sabía que siendo la nave insignia de la
flota de Mengsk tenía el armamento y las defensas más avanzados
y era la nave más gigantesca que había visto la humanidad.
Mientras Homer observaba, el Bucéfalo disparó su cañón Yamato.
La pequeña explosión nuclear que salió del cañón alcanzó su
objetivo con devastadores resultados. El crucero de batalla más
viejo y peor equipado de clase Behemoth que sufrió el ataque se
frenó drásticamente y empezó a ir a la deriva. La nave y las seis mil
personas que iban dentro ya no eran una amenaza.

Pero otras dos naves clase Minotauro se acercaban. Mientras el


Hyperion se iba acercando, Homer vio un campo verde que empezó
a rodear al Bucéfalo. El crucero de batalla estaba poniendo en
funcionamiento su matriz defensiva y con suerte aguantaría hasta
que el Hyperion estuviese a tiro.

Fuera se vio un borrón repentino.

Zerg.

49
PUNTO DE IGNICIÓN

Los mutaliscos no tenían guía, pero eran tan salvajes como


siempre, y Matt dio orden de disparar. Cada segundo que pasaban
disparándoles a los zerg que caían sobre ellos en ataques casi
suicidas era un segundo en el que la nave que albergaba a Jim y a
otros asaltantes estaba en peligro.

—Destruyan a los zerg, a todos los que se pongan a tiro —dijo


Matt—. Y en una pantalla separada sigan al Bucéfalo. Aléjenlo de
las naves del Dominio y hagan que se acerquen a nosotros.

Cade pareció confundido, pero obedeció.

—Dos naves más de la flota de Valerian se acercan para


interceptamos. Ahora ya sólo le quedan catorce de las veinticinco
y varias parecen en mal estado.
—Ya lo creo —dijo Matt—. Vamos a seguir avanzando hacia ellos.
«Con un montón de zerg cabreados siguiéndonos», pensó, y se
permitió una ligera sonrisa de astucia.

El Bucéfalo se movía ligeramente ante los ataques exteriores. Jim


no malgastó un segundo en preocuparse. No había nada que
pudiese hacer ni por la nave de Valerian ni por él mismo. Saldrían
de aquélla, o no, sin su ayuda.

Había una persona por la que podía hacer algo. Quizá.

La enfermería del Bucéfalo era similar a la del Hyperion, pero más


avanzada según el ojo inexperto de Jim. Era grande, casi cavernosa,
y parecía fríamente eficiente.

Sarah estaba al fin en una cama de hospital de verdad. Estaba


conectada a varios tubos y un monitor encima de su cabeza
mostraba información en doradas letras electrónicas. Jim leía las
palabras pero no entendía la mayoría. Sin embargo, los tres
doctores y el científico estaban pegados a las lecturas.
50
CHRISTIE GOLDEN

Jim, que ya se había quitado la armadura, estaba en una silla a su


lado. Le tomó la mano con las dos suyas y susurró en voz baja:

—Sé que estos tipos asustan, pero ahora estás segura. Aquí todos
quieren ayudarte. Y, si no lo hacen, me encargaré personalmente
de mandarlos al espacio.

Durante un largo momento creyó que seguía dormida. Luego se le


movieron los párpados, abrió los ojos y parpadeó unas cuantas
veces. Miró a su alrededor y finalmente encontró la mirada de Jim.

— ¿...Jim?
—Aquí, cariño —dijo Jim, sonriéndole.

Ella empezó a sonreír también y entonces Jim casi pudo ver cómo
las ideas le iban encajando en la cabeza. La sonrisa quedó
congelada, se convirtió en una mueca, cerró los ojos y se apartó de
él.

—Hicieras lo que hicieras —murmuró—, hubiese preferido que no.

Jim se quedó sin aliento por un instante, pero mantuvo la calma en


su voz.

—No hablas en serio —dijo—. Deja que estos tipos hagan su


trabajo. No te preocupes.
— ¿Que no me preocupe? —movió la cabeza bruscamente y se lo
quedó mirando, con los labios fruncidos, y la voz se le agudizó en
la última palabra. Pareció sobresaltar a los doctores y sacarlos de
su fascinación con sus estadísticas, y miraron para observar a la
paciente en lugar de a los números—. ¿Cómo puedes decirme eso?
Jim, sé lo que hice. Lo recuerdo. Miles de millones de muertos...
¡Por mi culpa!

51
PUNTO DE IGNICIÓN

—Ésa no eras tú —dijo Jim con firmeza—. Era la Reina de


Espadas. En lo que te convirtieron. Ahora has vuelto a ser Sarah. Y
estamos juntos. Así que calla, cariño.

Había retrasado el tocarle los extraños tentáculos que le adornaban


la cabeza en lugar de pelo. Todo lo demás era tan humano, tan
parecido a la mujer que recordaba, pero aquello... Ahora lo hizo,
manteniendo los dedos entrelazados con los de ella con una mano
y con la otra rozándole las espinosas protuberancias. Se preparó
para el contacto. Ante su sorpresa, eran cálidos al tacto, como piel.
La piel de Sarah. Y cualquier duda que hubiese tenido acerca de si
seguía queriéndola... dudas que había enterrado tan profundamente
dentro de su alma que sólo entonces había sido consciente de
ellas... desaparecieron como una pesadilla.

Pero la caricia no la consoló. Volvió la cabeza, tratando de


apartarse. Respetando sus necesidades, Jim retiró la mano.

—No importa, Sarah Kerrigan, Reina de Espadas... No lo entiendes


—murmuró—. Quizá nunca lo entiendas. Siempre he destruido
cosas. Todo lo que toco, todo lo que me importa... Por eso me
escogieron a mí, Jim. Porque soy destructiva...

Cerró los ojos y cayó en la inconsciencia. Jim se echó hacia atrás


en el asiento, intentando entender lo que le había dicho. ¿Cuánto
era real y cuánto se debía al dolor que sentía?

Y, a pesar de lo que le había dicho a Sarah, a pesar de lo que se


decía a sí mismo, no podía evitar pensar qué parte de la matanza de
miles de millones había sido sólo cosa de la Reina de Espadas... y
qué parte de Sarah Kerrigan.

Era lo más bonito del mundo, del mundo entero, y había cogido
una, y se la iba a enseñar a mamá y papá.

52
CHRISTIE GOLDEN

Sarah levantaba las piernecitas según corría por el campo de flores


amarillas que habían vuelto su rostro hacia el sol. En la jaula de las
manos guardaba cuidadosamente lo más bonito del mundo. Notaba
el aleteo; estaba asustada, pero la soltaría en cuanto se la hubiese
enseñado a sus padres.

— ¡Sarah Louise Kerrigan!

Los pasos de Sarah se frenaron. Con retraso, al ver a sus padres en


el porche de la casa, a papá mirando su reloj de bolsillo y a mamá
frunciendo el ceño, recordó que ese día iban al pueblo.

—Lo siento. Se me olvidó —dijo. Su enorme sonrisa regresó


cuando estiró las manos todavía cerradas—. Pero mirad lo que he...
— ¡Fíjate qué pelos! —estalló su madre, exasperada. Comenzó a
quitarle los pétalos de flores del cabello pelirrojo, intentando domar
la desmañada melena y hacer una cola de caballo—. ¿Qué vamos a
hacer contigo? Tienes polvo por todas partes y no tenemos tiempo
de lavarte, ¿verdad?
—Bueno —dijo papá, consultando su reloj—, van a tener que darse
prisa.
— ¿Por qué no hemos podido tener una niña buena a la que le guste
estar guapa y no una sucia...?

Las palabras la hirieron, pero Sarah ya las había oído antes. No


pasaba nada. Mamá iba a quedarse tan asombrada y maravillada
como la propia Sarah en cuanto viese lo que su hijita había
encontrado. Las palabras de su madre se convirtieron en un lejano
zumbido cuando Sarah abrió las manos, esperando el momento con
alegría.

Estaba muerta. La cosa más bonita del mundo estaba muerta.


Y Sarah la había matado.

53
PUNTO DE IGNICIÓN

— ¡Oh, mira lo que has hecho ahora, Sarah! También has aplastado
al bicho y lo tienes por todas las manos...

Sarah gritó.

Gritó furiosa por las palabras de su madre. Gritó horrorizada por la


muerte, literalmente en sus manos, y por la culpa de haberle hecho
promesas de libertad a aquella frágil criatura.

El rojo salió por todas partes.

La salpicó, caliente y húmedo, en la cara, en las tablas del porche,


en la mecedora, moviéndose demasiado lentamente para ser real,
demasiado vagamente para ser tan espantoso.

Sarah oyó a su padre gritar incoherentemente a lo lejos, pero era


como escuchar algo debajo del agua; era ahogado, confuso y muy,
muy lejano. Se quedó transfigurada al ver la cabeza de su madre...
Bueno, lo que solfa ser la cabeza de su madre. Porque ahora no
quedaba nada excepto parte de la mandíbula inferior y fragmentos
irregulares de hueso, sangre y cerebro.

El cuerpo se vino abajo como el de una marioneta a la que le


hubiesen cortado los hilos de repente. Y con implacable aspereza
la extraña ensoñación desapareció y todo se volvió brutalmente
diáfano. Sarah comprendió entonces lo que su padre gritaba una y
otra vez.

— ¡Le ha estallado la cabeza... Le ha estallado la cabeza...!

*******

— ¿Qué demonios le está pasando? —gritó Jim.

54
CHRISTIE GOLDEN

Sarah se había quedado rígida como una tabla. Había abierto de


repente aquellos ojos verdes que no miraban nada que Jim pudiese
ver, pero el horror que se apreciaba en ellos lo espantó. El Dr.
Frederick se acercó, pálido por la preocupación, y comprobó las
constantes de Sarah.

—Debería estar bien. No hay ninguna reacción a la medicación...


A Frederick sólo le faltó añadir «No lo sé», pero no era necesario
pronunciar las palabras.

Sarah inspiró profundamente y empezó a revolverse. A Jim no le


había gustado la idea de que la atasen, pero ahora se alegraba de
que no hubiesen hecho caso a sus protestas. Sarah no podía lanzarse
encima de nadie ni tirarse ella misma de la cama.

Valerian estaba de pie en el puente de mando. Tenía los puños


apretados y su mirada gris era tan dura como el neoacero mientras
observaba la batalla.

Suponía que debería haberse esperado aquello. Nunca creyó haber


estado engañado con ideales acerca de la naturaleza de Arcturus
pero, aparentemente, no había esperado que su padre llegase tan
lejos. A bordo de cada crucero de batalla había de cuatro a seis mil
personas. Las vidas de los demás no significaban nada para su
padre.

Ni siquiera la de su hijo.

No estaba yendo bien. Cuatro de los cruceros de batalla que le


quedaban a Valerian, el Aeneas, el Amphitrite, el Metis y el
Meleager, estaban muertos, flotando en el espacio. Otras naves
estaban gravemente dañadas. Restos tan grandes como un barrio
entero de una ciudad giraban y flotaban, molestando en los ataques.
De vez en cuando había una llamarada repentina cuando un
fragmento de nave se acercaba demasiado a la atmósfera y entraba
55
PUNTO DE IGNICIÓN

en combustión. Los otros diez cruceros de batalla continuaban el


hostigamiento y una de las naves de Arcturus quedó fuera de juego
en un ataque bien coordinado del Antigone y el Eos. Cada uno de
ellos se acercó desde un lado diferente y, a pesar de sus valientes
esfuerzos, el crucero de batalla enemigo fue destruido. Valerian dio
las gracias en silencio a los hombres y mujeres que iban a bordo de
todas sus naves, que fácilmente podrían haber huido a la seguridad
del otro bando. Pocos se lo hubiesen reprochado, ni siquiera
Valerian.

Había sido un idiota por no preverlo. Arcturus le había dicho una


vez, «Todavía tienes mucho que aprender». Y el muy bastardo
tenía razón.

—Señor, el Hyperion se nos acerca —-dijo el capitán Everett


Vaughn. Joven, pero ya con canas, lo había hecho
sorprendentemente bien ante el repentino desarrollo de los
acontecimientos de los últimos días durante su primera travesía
como capitán—. Acabo de recibir un mensaje del capitán Homer.
Dice... —Vaughn pareció ligeramente confundido—. Dice que
tengamos cuidados con los perros sueltos.
— ¿Cómo?

El Hyperion se movió lentamente y apareció a la vista, y entonces


Valerian lo entendió. Una lenta sonrisa le cruzó los labios y recordó
una cita de un dramaturgo cuyas obras eran aún más antiguas que
la ópera que había estado escuchando antes: «Grita ‘Caos’ y suelta
a los perros de la guerra».

El Hyperion estaba repleto de zerg.

Algunos lo atacaban directamente; otros volaban tras su rastro.


Zumbaban como abejas, menos inteligentes incluso que esos
insectos. Y el Hyperion parecía ir en rumbo de colisión contra el
White Star, la nave que llevaba a Arcturus Mengsk.
56
CHRISTIE GOLDEN

—No... no van a intentar embestirlo, ¿verdad? —preguntó Vaughn.

Valerian sacudió la cabeza, incapaz de responder. Raynor y sus


asaltantes eran completamente impredecibles. El príncipe no creía
que el joven que capitaneaba el Hyperion estuviese preparado para
destruir a todos los de a bordo por salvar a Raynor y a Kerrigan,
pero no lo sabía. Y ese elemento caótico les daba a los asaltantes
una ventaja enorme.

Porque, si Valerian no sabía lo que haría Homer, desde luego


Arcturus tampoco.
Dos poderosas naves, el Hyperion y el White Star, se acercaban
cada vez más. Valerian frunció el ceño. El Hyperion estaba
arreglado y completamente trucado, y eso en teoría suponía que
podría resistir un tiempo al más nuevo White Star. Aún así,
definitivamente era el que más tenía que perder. Se alegraba de que
Raynor no lo estuviese viendo; de algún modo Valerian no creía
que, por muy forajido que fuese y por mucho que odiase a Arcturus
Mengsk, fuese a aprobar la voladura de su propia nave y de todos
los que iban a bordo en un ataque que podría incluso no funcionar.

—Señor, desde luego llevan rumbo de intercepción —dijo Vaughn.


—Ya lo veo, gracias, capitán —replicó Valerian con frialdad,
incapaz de apartar los ojos del inminente desastre.

El White Star atacó al Hyperion. Los Espectros se lanzaron sobre


él como un enjambre de avispas furiosas, bombardeándolo a su
paso. El White Star disparó su cañón Yamato y Valerian entrecerró
los ojos ante el destello. La suerte estaba con el Hyperion; había
virado cuando el cañón disparó y el disparo lo alcanzó de refilón.
Aún así, era bastante serio. Curiosamente, el Hyperion no devolvió
el fuego y siguió avanzando.

—Suicidio —murmuró Valerian. Pero... aquello no tenía sentido...


57
PUNTO DE IGNICIÓN

Y entonces se rio; un ladrido agudo, diáfano de admirado deleite.


Porque, aunque el Hyperion había sufrido los daños de un cañonazo
de refilón, el ataque también había servido para enfurecer a los
zerg. Y todos... docenas a esas alturas... comenzaron a descender
hacia el White Star.

—Hyperion a Bucéfalo... prepárense para despejar espacio en las


coordenadas cuatro uno siete marca ocho.
—Aquí Valerian —dijo, anticipándose a la respuesta estándar—.
Se lo notificaré a mi flota —se volvió a Vaughn—. Ya has oído al
caballero —dijo—, envía el mensaje y asegúrate de que tiene
encriptación de nivel tres. No quiero arriesgarme a que mi padre lo
oiga.
—Sí, señor —dijo Vaughn.

Valerian volvió su atención a la batalla que tenía delante. Las naves


parecían estar tan cerca que pudiese tocarlas y notó el movimiento
del Bucéfalo al ser alcanzado.

—Recibido, señor. El Eos, el Patroclus, el Herakles y el Antigone


están informando de diferentes daños, pero harán todos los
esfuerzos necesarios para llegar allí. El resto de la flota ha perdido
sus motores y está detenida en el espacio.

Valerian asintió. No lo sorprendió, a juzgar por lo que estaba


haciendo Arcturus. Pero se arrepentiría de cada vida perdida. Eso
no tenía por qué haber pasado. Todo había ido tan bien... pero era
una lección que había aprendido desde joven. Las cosas podían
cambiar en cuestión de segundos, y rara vez para mejor. Ahora
había una guerra entre padre e hijo y miles se verían atrapados en
ella. Ésa era la naturaleza de la bestia.

Los zerg seguían atacando al White Star, ignorando cuántos de


ellos morían y consiguiéndoles a Valerian y a sus soldados un
58
CHRISTIE GOLDEN

tiempo valioso. El Bucéfalo y las otras naves comenzaron a girar


lentamente en dirección a las coordenadas que les había dado
Horner. Demasiado lentamente... Valerian apretó la mandíbula al
ver un ataque concentrado casi destruyendo el Eos.

«Cuatro». De veinticinco... Bien, pues serían cuatro. Sabía que el


piloto estaba maniobrando el dañado Bucéfalo a toda velocidad,
pero a Valerian le pareció que pasaban eones antes de empezar a
ver en las pantallas estrellas y espacio vacío en lugar del planeta
Char, zerg y explosiones. Delante, herido pero vivo, estaba el
Hyperion.

—Bucéfalo, ¿dónde estás? —preguntó la voz de Homer.


—Vamos de camino. Otros cuatro creceros de batalla han
informado de que saltarán con nosotros.
—Más les vale estar aquí pronto. No tenemos tiempo que perder.
Parece que su ausencia se ha notado.
—Vista trasera —dijo Valerian, fijando la mirada en la pantalla.

Efectivamente, varias de las naves de su padre habían empezado a


perseguirlos torpemente. Valerian vio a sus cuatro naves tratar de
seguirlo. Mientras miraba, la flota del emperador abrió fuego y el
Eos, ya dañado, se detuvo de repente y comenzó a moverse a la
deriva.

«Tres»

—Varen —murmuró Valerian. Notó cómo se le juntaba el sudor en


la frente y se lo reprochó. Se enorgullecía de su porte controlado y
constante, pero nunca había estado en una posición como ésa.
—Señor, un mensaje del White Star —dijo Vaughn.

Aquello sorprendió a Valerian. Por un momento se pensó si ignorar


a su padre. No le apetecía especialmente aguantar más amenazas y

59
PUNTO DE IGNICIÓN

comentarios enfurecidos. Pero ¿y si Arcturus había cambiado de


idea?

Era dudoso. Siendo sinceros, imposible. Pero Valerian no lo sabría


a no ser que accediese a escuchar.

— ¿Señor?
—Adelante —dijo Valerian mientras se acercaba a la consola,
complacido de que al menos su voz no reflejase su agitado estado
actual.

La imagen de su padre apareció ante él.

—Como eres mi hijo y, al menos hasta hoy, mi heredero, voy a


hacer algo que nunca he hecho con nadie contra el que he luchado.
Me voy a tragar mi orgullo.

Un rayo de esperanza, doloroso en su alegría y su miedo, recorrió


repentinamente a Valerian como adrenalina. «¿Es posible?».

—Te voy a pedir por última vez que lo reconsideres. Tienes al


enemigo en tu nave, chico. Podemos matarlo juntos. Te permitiré
compartir el mérito. Te lo prometo. No arrojes tu vida y las de tus
tripulaciones por la borda buscando una aguja en un pajar protoss
si es que tienen pajares.
«No». Valerian había tenido razón desde el principio.

Habló, apesadumbrado y melancólico por la resignación.

—Ya has matado a miles, Padre. Se lo debo a los que han perdido
la vida protegiéndome por defender aquello en lo que creo. Y en lo
que no creo... es en ti y en tus promesas.

60
CHRISTIE GOLDEN

Apretó con un dedo y la imagen desapareció. Una luz comenzó a


parpadear casi inmediatamente indicando que Arcturus quería
tener la última palabra, pero Valerian no quiso saber más.

Detrás de él el White Star, tras haberse deshecho de casi todos los


zerg, giraba lentamente para dispararle a una de las naves que
seguía al Bucéfalo. Hizo un blanco perfecto en el Patroclus y brotó
más muerte anaranjada.

«Dos cruceros de batalla, entonces».

Dos de los veinticinco que habían acompañado a Valerian iban a


poder dar el salto con él. Los capitanes de las naves que estaban
averiadas y que abandonaban por necesidad podrían o no rendirse
a Arcturus; el emperador podía o no aceptar su rendición. En
cualquier caso, ya no estaba en manos de Valerian. Había tomado
su decisión y, a pesar de las pérdidas que crecían por segundos,
Valerian sabía en el fondo que era la correcta. En su enfermería
tenía a Sarah Kerrigan, clave para la profecía sobre el regreso de
los Xel’naga. No podía, y no quería, poner eso en peligro.

—Señor, el White Star está entrando dentro de nuestro alcance de


tiro —dijo Vaughn.
—Entra en distorsión —dijo Valerian.

61
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO
CINCO

Llegaron muchos, muchísimos, todos cayendo sobre ella. Sintió el


aliento caliente, fluidos sobre su rostro y vio el destello de varias
filas de dientes y el movimiento de extremidades punzantes. Había
luchado hasta que su arma se quedó sin munición, sólo para darse
cuenta de que no iban a ir a rescatarla, que no iba a llegar ninguna
ayuda. Esperó la muerte y en lugar de eso...

Oscuridad... cautividad, la incapacidad de moverse en libertad.


Pero algo se movía. Dentro de su cuerpo, sus huesos, sus músculos
y sus tendones se retorcían, se movían, se reformaban y era una
agonía. Otras mentes alcanzaron la suya mientras estaba siendo
reconstruida.

El poder. Tanta fuerza, tantas vidas unidas a la suya, tanto amor...


Amor...

Ya había conocido el amor antes de que se uniesen a ella. Lo había


saboreado como una simple hembra humana yaciendo
silenciosamente en los brazos de un hombre fuerte pero amable con
un rostro curtido y barbudo.

James Raynor. Sheriff, forajido, padre, viudo. Amante.

Jim...

62
CHRISTIE GOLDEN

El breve cese del dolor desapareció. Imágenes de matanzas


ocuparon su lugar. De incontables zerg revoloteando sobre las
superficies de los planetas, infestando a todo lo vivo con lo que se
topaban, incluyéndola a ella, incluyendo...

Podía notar sus alas huesudas, cada punta tan afilada como un
puñal, flexionándose, extendiéndose. Le pesaba la cabeza,
adornada no con claros mechones de pelo, sino con algo más
pesado, algo que se movía por voluntad propia. Sus ojos podían ver
mucho más allá que antes* su mente se había abierto...

...La habían estirado...

...Para acomodar mucho más de lo que había sido capaz de procesar


incluso siendo fantasma. Saber, notar, blandir un poder
inimaginable.

Asesinar en números inimaginables.

¿Cuántos?

Mares de rostros. Pero uno estaba grabado en su cerebro. Kerrigan


nunca la había conocido, pero a través de los ojos de su zerg, Sarah
la había visto morir.

Había visto a una madre luchar por apartar a su llorosa hija del
peligro, cuando no había una salida al peligro...

Oh, sí, Sarah había matado antes. Pero quitarle la vida a una
persona le quitaba algo a ella también. Recordó una danza de la
muerte que había interpretado que desafortunadamente el
periodista Mike Liberty había sido obligado a contemplar.
Entrando y saliendo en fase de invisibilidad, cortando aquí,
rompiendo un cuello allí, disparando una escopeta, desapareciendo
de un lugar para aparecer en otro. Rostros desaparecidos, torsos
63
PUNTO DE IGNICIÓN

abiertos. Había dejado un rastro de muerte como migas de pan para


que lo siguiera Liberty. Y él había acabado por encontrarla,
arrodillada por el agotamiento...

—Gofres —murmuró.
— ¿Qué dices, cariño? ¿Te ha entrado hambre?

Una voz del pasado. Una que le había dedicado palabras cariñosas
una vez, que había amenazado con matarla otra. Tenía que ser del
pasado, porque no podía estar ahí ahora...

Gofres. Uno de los técnicos a los que había matado durante aquella
danse macabre en Antiga Prime había muerto deseando haberse
comido los gofres que le habían ofrecido en el desayuno aquella
mañana.

«Soy una fuerza destructiva».

Y de repente los cadáveres se levantaron, rostros podridos,


ensangrentados o desfigurados. No sólo los de aquel día, sino los
de todos los días en que había repartido muerte, tanto como humana
como siendo la Reina de Espadas. Cada hombre, mujer y niño que
había caído desde el momento en que se había convertido primero
en fantasma y luego en la reina de los zerg, en su madre, levantaba
sus manos sanguinolentas hacia ella, algunos rogándole que les
devolviese lo que les había arrancado, algunos exigiendo venganza
por vidas segadas demasiado pronto.

Eran un océano de carne arrancada y ensangrentada. Miró,


pasmada, cómo inundaban cada rincón de su vista y más allá.
Docenas... Cientos... Miles... Millones... Miles de millones...

...Y dos... Madre e hija...

64
CHRISTIE GOLDEN

Sus gritos de agonía, furia y miedo le llenaron la garganta y Sarah


Kerrigan les dio voz a todos ellos.

El grito hizo que a Jim se le erizase el cabello. El hermoso rostro


de Sarah estaba contorsionado en una mueca de puro terror y
tormento. Tenía la boca abierta y de ella brotaban todos los sonidos
del dolor y la furia.

— ¡Sarah! —gritó, agarrándola de los hombros y sacudiéndola,


primero suavemente, luego con más firmeza—. ¡Estás a salvo! ¡No
pasa nada!

El grito se convirtió en gemido y luego en suaves lloriqueos tan


perdidos y desesperados que Jim notó que él mismo empezaba a
llorar.

—Hable con ella —dijo Frederick de repente—. Sus ondas


cerebrales indican que nos oye; sencillamente es que no deja que
nada de ello la alcance.

Jim observó a la mujer que estaba en la cama y formuló una oración


silenciosa a cualquier deidad, real o imaginaria, que pudiese estar
escuchándolo.

—Sarah, cariño, ¿te acuerdas de cuánto me odiaste la vez que nos


conocimos?

Más lloros. No había señal alguna de que le hubiese entendido. Jim


miró al doctor, que le hizo un gesto para que continuase.

—Desde luego eras tremenda, cielo. Estabas guapísima. Y, oh, mis


pensamientos me traicionaron entonces, ¿verdad?

2500

65
PUNTO DE IGNICIÓN

Antiga Primer. No era el primer mundo al que Sarah Kerrigan,


antigua fantasma y ahora segunda al mando del grupo rebelde
liderado por Arcturus Mengsk, había sido destinada y
probablemente tampoco sería el último. Era peor que algunos
planetas y mejor que otros. Árido, seco, marrón. Se sabía que sus
habitantes no le tenían un cariño especial a la Confederación
Humana. Mengsk creía que, con un poco de estímulo, se alzarían
al unísono como ya habían hecho antes, llevándose su mundo de
las garras de la tiránica Confederación y reclamándolo para ellos
mismos. Y, por supuesto, para Arcturus Mengsk, su liberador.

Así que habían enviado a Sarah para asegurarse de que el ambiente


para el derrocamiento era propicio. Su visita había dado frutos. La
información inicial había revelado que el problema principal lo
planteaba un solo destacamento confederado. Cierto que se trataba
del Escuadrón Alfa, pero seguía siendo un solo destacamento.
Kerrigan no había tardado en descubrir que el general Edmund
Duke, jefe del Escuadrón Alfa y del crucero de batalla Norad II,
había desaparecido.

Mengsk parecía complacido con el informe y le dijo que en breve


esperase una nave de despliegue con el “chico nuevo”, antiguo
sheriff y ahora capitán, James Raynor, al mando.

Ella había llegado al punto de encuentro y observó salir de la nave


a sus ocupantes. Mike Liberty todavía no estaba acostumbrado a su
armadura y empezaron a formar un perímetro. Ella prefirió
mantenerse invisible con la intención de tomarle las medidas al tal
Raynor. Parte de su entrenamiento había consistido en evaluar al
enemigo y por aquellos días todo el mundo era un enemigo en
potencia, incluso aquéllos que decían trabajar para Mengsk.

Raynor era alto, de buena constitución pero no cargado de


músculos, con arrugas profundas alrededor de las ojeras. Charlaba
amigablemente con los demás, dándole una palmada en la espalda
66
CHRISTIE GOLDEN

a uno de ellos. Sí, pensó. «Parece exactamente lo que ha sido, un


policía de un planeta de cuarta». Pero tenía algo... algo en la forma
de la mandíbula y la agudeza de su mirada. Puede que James
Raynor viniese de un planeta perdido, pero no era un paleto.

Satisfecha con su evaluación y consciente de que el tiempo era


importante, Sarah dio un paso adelante, se quitó el casco para
enfriarse la cabeza y desactivó el camuflaje.

Liberty le dedicó una sonrisa cómplice al reconocerla, pero ella no


tenía tiempo para cortesías. Se acercó a Raynor, saludándolo.

—Capitán Raynor —comenzó a decir. Éste se volvió y levantó una


ceja—. Acabo de explorar la zona y...
Estaba acostumbrada a que los hombres la encontrasen atractiva, a
darles un equivalente telepático a una mirada de desprecio y a
continuar con la conversación. Pero aquel hombre... Las cosas que
quería hacerle... Imágenes de sus manos en ella, de sus labios
apretándose contra los suyos, de las piernas de ella envolviéndolo...

— ¡Cerdo!

Las imágenes en la cabeza de Jim eran gráficas, vividas y...


atractivas. Se quedó sorprendida por su propia reacción y convirtió
la sorpresa en ira.
Jim abrió los ojos.

— ¿Qué? j Si todavía no te he dicho nada!

Le reconoció que no lo negase, pero estaba demasiado disgustada


para admitirlo. Además, ¿por qué iba a hacerlo? ¡Era un cerdo!

—Ya, pero lo estabas pensando —le replicó. Se preguntó por qué


se ofendía tanto. Tampoco es que fuese el primer hombre en pensar
esas cosas. En su primer examen, Sarah había creído que tenía un
67
PUNTO DE IGNICIÓN

aire de bondad y decencia. Obviamente, se había equivocado. Por


debajo era exactamente como todos los demás.

Un cerdo.

—Ah, claro, eres telépata —dijo, dándole a la palabra un tinte de...


algo. Había muchas emociones agolpándose en su mente y ella no
estaba dispuesta a descifrarlas. Al menos, tuvo la decencia de
aparentar vergüenza—. Mira, vamos a ponemos a trabajar, ¿está
bien?
—De acuerdo —mordió la palabra con frialdad, preguntándose de
nuevo por qué estaba tan enfadada. Con la rapidez de la práctica,
se recuperó, todavía un poco resentida, e informó a Liberty y a
Raynor sobre la situación. Cuando Jim hizo un comentario
sarcástico sobre sus habilidades, por un instante picó el anzuelo
antes de calmar su ira. Era más importante que había observado
algo más durante su exploración... los terran no estaban solos en
Antiga Prime.
—Mierda —dijo Jim—. Confederados y zerg. Parece que van de la
mano. Bueno, vamos con esto.

2504

A Jim se le había secado la boca de hablar, de describirle a la


atormentada joven una época de sus vidas que ahora parecía tan
sencilla y casi dulce. Sabía que el Bucéfalo había estado en batalla;
incluso en la enfermería, en las profundidades de la nave, podían
notarlo. Había notado los ataques que recibía la nave. Todo había
estado ocurriendo mientras él hablaba.

Pero Raynor estaba justo donde sabía que podía servir mejor.
Mientras hablaba, el tenso cuerpo de Kerrigan se fue relajando
lentamente. Hacia el final, Jim se animó un poco cuando algo
semejante a su antigua sonrisa burlona curvó los carnosos labios de

68
CHRISTIE GOLDEN

Kerrigan. La respiración se calmó y el doctor llegó para comprobar


sus constantes.

—Está dormida —dijo Frederick—. No inconsciente... sólo


dormida. —Jim lanzó un suspiro de alivio y se recostó en la silla,
todavía sujetando la mano de Sarah—. No he podido evitar
escuchar —continuó Frederick—. ¿En qué demonios estaba
pensando cuando la vio?
—A mí me enseñaron, hijo, que un caballero no habla de esas cosas
—dijo Jim, encontrando la energía para dedicarle al doctor una
cansada sonrisa—. Pero estoy seguro de que puedes adivinarlo.

En ese momento se oyó un agudo silbido.

—Señor Raynor, soy Valerian. Por favor, conteste.

Jim se levantó y se acercó a la consola, apretando un botón.

—Aquí Raynor. Supongo que Matt y tú han salido bien de ésta o


no estaríamos teniendo esta conversación.
—Supone bien. Aunque huir de la flota de mi padre ha tenido un
coste elevado. —La voz parecía auténticamente triste—. Me
gustaría reunirme con usted y con el señor Homer a bordo del
Hyperion. Tenemos mucho de qué hablar.

Clic. No era una petición, naturalmente, y Jim lo sabía. Le parecía


bien... Demostraba que no era un prisionero confinado en la
enfermería con Sarah. No quería dejarla, pero obviamente ella se
encontraba estable y en buenas manos. Jim la miró un instante más
y luego dirigió su mirada al doctor.

—Cuídala —le dijo—. Cuídala bien.

Había dado tanto para encontrarla. Para salvarla. Se había vuelto


contra Tychus por ella. No podía perderla ahora.
69
PUNTO DE IGNICIÓN

Cuando Raynor y Valerian entraron en el puente, Matt, sentado


mientras charlaba con el ingeniero jefe del Hyperion, Rory Swann,
pareció aliviado.

—Me alegro de volver a verle, señor —dijo. Le hizo un gesto cortés


aunque frío a Valerian y dirigió casi toda su atención a Raynor.
—Cuéntamelo —dijo Raynor.

Matt lo hizo, describiendo rápida y concisamente la batalla. Jim


observaba atentamente a Valerian mientras escuchaba. Valerian
todavía tenía su conocida expresión de calma y control, pero
parecía desanimado por todo lo que había ocurrido. En su hermoso
rostro apareció un destello de dolor cuando Matt le contó a Raynor
que sólo otros dos cruceros de batalla aparte del Bucéfalo habían
conseguido huir. Raynor no dijo nada, sencillamente hizo un gesto
de sobria comprensión. Mengsk era despiadado pero no estúpido.
Si necesitaba las naves averiadas y a la tripulación que iba a bordo,
no los mataría. Si no...

—Bueno, júnior —le dijo a Valerian, decidiéndose por dirigirse a


él de modo desenfadado en lugar de comprensivo—, tú encontraste
los objetos, los reuniste y han funcionado. Desde luego, Sarah
parece volver a ser humana. Tu siguiente paso era llevarla a una de
las instalaciones de la Fundación Moebius y hacer que tus grandes
científicos le echen un vistazo.

Valerian tardó medio segundo más en contestar de lo que debería


y Raynor se dio cuenta de lo agitado que estaba en realidad.

— ¿Eh? Oh, sí. El Dr. Emil Narud será de gran ayuda para todos
en este momento.
—Aquí tenemos también a un científico —intervino Homer— Y
bastante bueno. Egon Stetmann. Quizá no necesitemos a Narud.

70
CHRISTIE GOLDEN

Valerian movió las doradas cejas.

—No conozco al tal Dr. Stetmann, pero le aseguro que no hay nadie
en toda la galaxia que conozca mejor la fisiología zerg que el Dr.
Narud. Seríamos unos necios si no lo avisáramos lo antes posible.
—Vamos a ver qué piensa Stetmann antes de tomar una decisión
—dijo Jim. Apretó el botón de control y el rostro angular y
dispuesto de Egon apareció en pantalla—. Egon, ¿cómo va el
laboratorio?
—Un poco desordenado, pero nada que no podamos o barrer o
arreglar —replicó Egon—. ¿Cuál es el plan?
—Bueno, estamos pensándolo ahora mismo —dijo Jim—. Ya
sabrás que los objetos xel’naga han funcionado.

A Stetmann se le iluminó el rostro.

— ¡Oh, ya lo creo! ¡Es fantástico! ¡Es tan excitante! Una vez


tengamos la ocasión de estudiarlos más y, por supuesto, de hablar
con la Re... eh, quería decir con Kerrigan, claro... la ciencia habrá
descubierto tantas cosas que...
—De eso es de lo que quiero hablar contigo —dijo Jim. Si lo
dejaba, Egon era capaz de parlotear durante horas—. Nuestro plan
original era llevarla a la Fundación Moebius de Valerian. Su padre
nos lo ha puesto considerablemente más difícil.

Egon frunció el ceño.

—Ah, claro... Entiendo que eso podría ser un problema —dijo—.


Eso no es bueno.
— ¿Crees poder encargarte tú? Kerrigan es humana, pero... —hizo
una mueca, odiando admitirlo—. No del todo. Va a necesitar
cuidados, seguimiento y exámenes para que sepamos cómo cuidar
de ella de la mejor manera.

Egon palideció visiblemente.


71
PUNTO DE IGNICIÓN

— ¿Yo? —Su voz, siempre juvenilmente aguda, era ahora un


chillido—. Oh, señor... No creo que sea muy buena idea. O sea, sé
algunas cosas sobre los zerg, pero...
—Sabes muchísimo, Egon.
—Bueno, aunque eso sea cierto, esto... bueno, esto me supera con
mucho. Obviamente, si no tenemos otra opción, haré cuanto pueda,
pero... Señor, detestaría perderla y no sólo porque usted se me
echaría encima como un enjambre de zerg. No sé si sería capaz de
enfrentarme a cualquier, esto, emergencia que pueda surgir.

Considerando que Egon tendía a exagerar ligeramente sus


conocimientos, Jim creía ahora que el joven científico estaba
obviamente inseguro. E incómodo.

Y tenía razón. Jim se le echaría encima como un enjambre de zerg


si cualquier cosa le pasaba a Sarah.

—Bueno. Supongo que iremos a ver a Narud de nuevo —dijo. No


hacía tanto, los asaltantes habían salvado a Emil Narud y a muchos
miembros de su equipo de la Reina de Espadas. Entonces el tipo no
le había caído muy bien y ahora le caía todavía peor.
—Sé que esto es difícil para usted, señor Raynor, pero le aseguro
que Sarah estará en las mejores manos posibles. Nos...
— ¡Capitán Homer! —gritó Cade—. Tenemos visita. ¡El Dominio
nos ha encontrado!

72
CHRISTIE GOLDEN

CAPITULO SEIS

Jim lanzó un taco que habría hecho que Tychus Findlay


parpadease.

— ¿Cómo demonios nos han seguido?


—Ni idea, señor —contestó Cade. Parecía tan nervioso como los
demás— El capitán Homer dio instrucciones encriptadas para el
salto. ¡Es imposible que Mengsk haya desencriptado el mensaje tan
deprisa!

Matt no perdió un segundo en disculparse. Volvió a su papel de


capitán y comenzó a dar órdenes.

— ¡Puestos de batalla! ¡Escudos!

Jim se giró hacia Valerian, recortando la distancia entre ellos, y le


puso la cara a unos centímetros de la del príncipe.

— ¿Hay algo que me quieras contar?

Valerian entrecerró los ojos. Levantó una mano, se la puso a Jim


en el pecho y lo empujó hacia atrás con firmeza.

—No —dijo—, y no me gusta lo que estás insinuando.


—Nos están siguiendo. Y desde luego que ni de cofia el Hyperion
los está dirigiendo hacia nosotros.
— ¡Ni tampoco yo! —replicó Valerian—. Por aliarme contigo he
perdido varios cruceros de batalla llenos de seres humanos, Raynor,
y…
73
PUNTO DE IGNICIÓN

—Jim —interrumpió la ronca voz de Swann—. Puede que sea


sincero. Estúpido, pero sincero.
— ¿Qué quieres decir?

Las pantallas se llenaron de fuego y el Hyperion se movió. Valerian


dijo:

— ¡Debo regresar a mi nave!


—No hasta que oigas lo que Rory tiene que decir —dijo Jim. Él
también ardía en deseos de regresar al Bucéfalo, estar junto a
Kerrigan, averiguar lo que estaba pasando y ponerle fin. Cuanto
más los retrasara papá Mengsk, más tiempo tardaría Sarah en
recibir su tratamiento.

Rory miró a Valerian pero dirigió su comentario a Jim.

—Cuando, eh, le tomaste prestado el Hyperion a Mengsk,


recordarás que había un montón de rastreadores y aparatos de
grabación a bordo que había que eliminar. Por lo que contaste, llevó
un tiempo hacerlo. Estoy seguro de que el Bucéfalo tiene por lo
menos varios cacharros, viendo que además fue la nave insignia de
Mengsk. Esta vez sabemos qué hacer, porque grabaste dónde
estaban colocados en el Hyperion. Estoy seguro de que Arcturus se
limitó a ordenar que colocasen del mismo modo todos los
rastreadores.

Jim frunció el ceño pero asintió.

—Es la explicación más probable, sí.


—Llevaré a algunos de mi tripulación al Bucéfalo para empezar a
buscar —miró a Valerian desde debajo de sus pobladas cejas—.
Estamos mucho más acostumbrados a estar huyendo y a tener que
escapar deprisa que ustedes, príncipe encantador.
—Swann hace milagros cuando hablamos de naves —dijo Jim,
golpeando a su amigo en el hombro.
74
CHRISTIE GOLDEN

Valerian frunció ligeramente el ceño, sin duda con desagrado ante


la idea de aquel hombre desastrado toqueteando su preciosa nave.

—Muy bien —dijo. Como si pudiese elegir—. Considerando lo


bien que han estado eludiendo a mi padre hasta ahora, me atrevería
a decir que sabes un par de cosas —sonrió, y pareció auténtica—.
Cualquier ayuda que me puedan ofrecer la aceptaré de buen grado.
Pero, por favor, vámonos. Hombres y mujeres a mis órdenes están
siendo atacados. Me gustaría estar con ellos.
—Estaré allí antes de que puedas parpadear —dijo Rory.

*******

Annabelle Thatcher había estado haciendo tumos dobles, pero


también todos los demás. Había descubierto que ser uno de los
asaltantes de Raynor consistía en horas de aburrimiento pasadas o
bien en ayudar a su jefe, Swann, a reparar el Hyperion o atendiendo
a las aparentemente interminables tareas de mantenimiento; horas
de algo menos de aburrimiento en la cantina con sus amigos,
bebiendo los magníficos mai tais de Cooper, y minutos de puro
terror.

Recientemente, esos minutos parecían haber sido más largos. Las


cosas habían pasado tan deprisa que la mitad del tiempo que duró
la batalla, Annabelle y muchos otros no habían sabido exactamente
quién estaba luchando contra quién.

Primero había estado todo lo de llegar a Char y deszergficar a


Kerrigan. Esa decisión había provocado que parte de la tripulación
se sintiese incómoda, incluso hasta el punto de hablar abiertamente
contra Raynor. Para aquéllos como Milo Kachinsky, los disidentes
más ruidosos, parecía que Raynor se había unido al Dominio. Hasta
Annabelle había tenido dudas.

75
PUNTO DE IGNICIÓN

Tychus Findlay que, según Annabelle, daría miedo hasta sin la


armadura y dormido, había avivado las llamas. Había lanzado
puyas sobre lo que bebía Raynor, algo que a la propia Annabelle la
había preocupado, y había dicho abiertamente que, de tener la
oportunidad, Raynor se escabulliría del peligro y abandonaría a su
tripulación.

Annabelle no se lo había creído. Raynor había entrado, le había


tirado el puro a Tychus y a continuación había tenido lugar la típica
pelea de bar. A pesar de las aparentes ventajas de llevar la armadura
completa, Tychus había sido derrotado amplia y francamente.
Hasta Milo había dicho de Jim:

—Ese sí que es el capitán que he estado esperando.

Una vez alcanzada la órbita de Char y que se hubiese llevado a cabo


el intento de salvar a Kerrigan, las cosas habían ocurrido tan rápida
y violentamente que Annabelle apenas estaba segura de qué estaba
pasando. Homer había anunciado que el rescate de Kerrigan, en
forma humana, había tenido éxito, pero entonces de repente había
aparecido Arcturus Mengsk. Nadie sabía qué estaba pasando, sólo
que volvían a estar en peligro y todos se concentraron en obedecer
órdenes y en disparar donde les decían.
De nuevo cumpliendo órdenes, saltaron y ahora estaban... Bueno,
desde luego Annabelle no sabía dónde. Habían tenido lo que le
había parecido seis nanosegundos para recuperar el aliento antes de
que, de algún modo. Mengsk los hubiese encontrado y hubieran
sido el blanco de los disparos del emperador por segunda vez.

—No hay descanso para los malvados —murmuró su amigo Earl.


Él, como Annabelle y los demás mecánicos, estaba sucio y tenía
aspecto cansado.
—Tú deberías saberlo —replicó Annabelle. La nave se movió, y la
extraña delicadeza del movimiento negaba la furia de la batalla que
se libraba fuera.
76
CHRISTIE GOLDEN

—Cállense los dos y vengan conmigo —dijo Rory, entrando en la


sala. Normalmente Swann era un tipo campechano y amable, pero
tenía carácter, y su equipo sabía que no debía incordiarlo cuando
estaba de mal humor. Earl y Annabelle intercambiaron miradas y
se encogieron de hombros pero obedecieron, cogiendo los
maletines de herramientas y corriendo para alcanzar a su jefe
mientras recorrían los amplios pasillos cubiertos de moqueta de la
que una vez había sido la nave insignia de Arcturus Mengsk.
—Señor —se aventuró a decir Annabelle—, ¿dónde vamos?
—Al Bucéfalo —replicó de modo cortante Swann. Comenzó a
correr y los otros dos lo imitaron—. Probablemente no se han dado
cuenta, pero en la batalla anterior y en ésta Mengsk padre estaba
luchando contra el hijo y contra nosotros.

Annabelle abrió los ojos de par en par.

—No, en la sala de mecánicos sólo nos concentrábamos en


mantener al Hyperion de una pieza mientras los zerg y los cruceros
de batalla del Dominio nos atacaban.
—El hijo y un par de sus naves venían con nosotros. Pero, cuando
saltamos, Mengsk nos encontró en menos de quince minutos. Así
que ahora vamos a ir a la nave del principito a comprobar si el papá
ha plantado transmisores y otros aparatos de búsqueda.
—Porque, si no lo hacemos, Mengsk va a poder seguimos allá
donde vayamos —terminó Annabelle—. Sí que resulta familiar
todo esto.

Había estado a bordo del Hyperion cuando Raynor se había hecho


con él y se acordaba bien de haber estado registrando la nave en
busca de transmisores. No se moría de ganas de volver a hacerlo,
pero era preferible a que los persiguiese y atacase el emperador.
Corrieron por los pasillos y entraron al interior del Bucéfalo.

—Primero —dijo Rory—, a la sala de mecánica.

77
PUNTO DE IGNICIÓN

*******

Valerian estaba de pie en el puente. No se había sentido tan furioso


e indefenso desde que su madre y él se habían visto obligados a
ocultarse, perseguidos por los grupos asesinos de la Confederación.
Aunque sabía que había hecho un trabajo admirable ocultándolo,
aún se resentía de la traición de su padre. Seguía sin poder entender
la decisión de Arcturus. Era miope y estúpida; dos cosas que nunca
habría creído de su padre, pero que ahora se veía obligado a creer.

También luchaba contra otra emoción poco habitual: la culpa. Les


había ordenado a sus soldados que disparasen contra su emperador
y luego que rompiesen todos los lazos al escoger a Valerian por
encima de Arcturus. Cierto, algunos de los que servían en los
cruceros de batalla eran lo que llamaba “resocs”, marines a los que
les habían alterado la memoria para que fuesen alegres y
completamente obedientes. Aún así, eran personas, no máquinas
como los adjuntos, los interfaces informáticos de forma
humanoide. Y había muchos bajo su mando que todavía eran
dueños de sus propias mentes; mentes que habían tomado la
decisión consciente de seguir al Príncipe Heredero, no mentes que
sencillamente siguiesen órdenes.

Muchos de esos hombres y mujeres habían muerto por escogerlo a


él. Y ahora iban a morir más, porque su padre había sido lo bastante
astuto como para plantar rastreadores en el Bucéfalo. De repente se
dio cuenta de que sus manos estaban cerradas en forma de puños y
se obligó a abrirlos.

Mientras miraba, con los labios apretados formando una línea


delgada y cruel, sintió un triste placer al darse cuenta de que, si el
número de sus naves había quedado reducido, también el de las de
su padre. No era una batalla igualada, pero las posibilidades no eran
tan aplastantemente abrumadoras en su contra como podían
haberlo sido. Tanto él como su padre habían llevado veinticinco
78
CHRISTIE GOLDEN

naves a la batalla sin contar la White Star, el Bucéfalo ni el


Hyperion. No le daba órdenes a su capitán; Everett Vaughn conocía
bien su trabajo y Valerian era lo bastante inteligente como para
saber que era beneficioso encontrar a la persona más adecuada para
cada puesto y luego dejarlos hacer su trabajo.

Los puños se le apretaban solos cada vez que una de sus naves
recibía un disparo. Una en particular, el Antigone, parecía ser el
objetivo preferido aparte del propio Bucéfalo. El Antigone era la
nave más dañada de las dos que habían conseguido huir de la
batalla anterior. Obviamente, Mengsk había pensado en
desarbolarla por completo y eliminar su amenaza mientras seguía
atacando al Bucéfalo.

Vaughn miró a Valerian.

—Señor, llega una transmisión del White Star.


—Ignórela. Mi padre no tiene nada que decir que pueda
interesarme.
—... Sí, señor.

Pero sin embargo sí había alguien con quien quería hablar. Se


dirigió a uno de los paneles y apretó el botón de un
intercomunicador.

—Valerian a Swann. ¿Cómo van avanzando?


—Iría más deprisa si no tuviese que oír tu charla —dijo el gruñido
del ingeniero—. Nos movemos tan deprisa como podemos, junior.
Recuerda, no sólo les están disparando a ti y a tu preciosa nave.
—Por supuesto.
—Dicho eso, ya hemos encontrado tres rastreadores aquí abajo.
Deberíamos poder revisar el puente en breve.
—Confieso que no había esperado tener a tres de los asaltantes de
Raynor en el puente del Bucéfalo en medio de una batalla —dijo

79
PUNTO DE IGNICIÓN

Valerian. En ese momento, una luz naranja iluminó las ventanas y


el Bucéfalo se zarandeó.
—Llegan informes de daños de los niveles cuatro y siete, seis bajas
—dijo Vaughn.
—Cuanto antes subamos allí y hagamos el barrido, antes podremos
volver a saltar —intervino Swann.
—Señor —dijo Vaughn, volviéndose hacia Valerian—, recibo
mensajes del Herakles y el Antigone. Están sufriendo graves daños
y ambos expresan dudas acerca de su capacidad para hacer el salto
si esperamos mucho más.
—Bueno, no tiene sentido hacerlo si sólo vamos a volver a saltar
justo después.

Los ojos grises de Valerian estaban fijos en la visión de la batalla,


no en Raynor. Las dos naves seguían luchando, pero era obvio que
el Antigone estaba en mal estado y el Herakles no le andaba muy a
la zaga.

—Vamos a tener que hacerlo. Le conseguirá a Swann y a su equipo


tiempo para seguir trabajando.
—Nos van a encontrar...
— ¡No me importa! —gritó Valerian, girándose hacia el holograma
de Raynor—. Saltaremos las veces que haga falta para salvar a mi
gente, Raynor. Y, si no lo entiendes, entonces te he juzgado muy
mal.

Raynor frunció el ceño. A Valerian no le hacía falta ser telépata


para saber qué estaba pensando. Sin duda Raynor se preguntaba si
aquello era una pose o si quizá el hijo era mejor persona que el
padre.

—Te entiendo —dijo Raynor al fin. Volvió la cabeza—. Matt,


consíguenos unas coordenadas nuevas de salto. Aunque sólo nos
consigan diez o quince minutos, merecerá la pena.

80
CHRISTIE GOLDEN

Valerian cerró un instante los ojos, aliviado.

—Gracias, señor Raynor —apagó la imagen—, Aquí el príncipe


Valerian al Antigone y al Herakles. En breve llegarán coordenadas
de salto del Hyperion. Esperen a la señal del capitán Homer y
adelante.

Los siguientes minutos fueron una eternidad. Valerian luchó contra


la necesidad de caminar de arriba abajo, practicando en su lugar la
respiración rítmica, un arte antiguo para calmarse. El White Star
estaba siendo atacado implacablemente y estaba sufriendo daños.
Pero no los suficientes ni lo suficientemente deprisa.

«Vamos, vamos...»
—Recibiendo transmisión del Hyperion, señor. Envían las
coordenadas del salto y nos dicen que estemos preparados para
saltar a su señal en menos de dos minutos.

Durante un breve y espantoso segundo, Valerian se preguntó si


también estaban siguiendo sus comunicaciones. Pero casi al
instante se dio cuenta de que no. Porque, de haber sido así, Mengsk
y su flota habrían llegado mucho antes de quince minutos. Era un
pequeño consuelo.

—Transmítaselas al Herakles y al Antigone —ordenó Valerian—,


ambas naves tienen canal abierto para recibir la señal del capitán
Homer. Nos...

Y tuvo que cerrar los ojos ante el repentino resplandor de la


pantalla. Cuando los abrió, fue para contemplar el horror. El
Antigone había recibido un golpe definitivo y mortal. Las llamas
provocadas por la atmósfera del crucero de batalla lo hacían
parpadear. Se veía una corriente constante de restos y cuerpos
saliendo del agujero que tenía la nave. Mientras miraba,
horrorizado, hubo otro disparo y la nave se partió por la mitad.
81
PUNTO DE IGNICIÓN

El Antigone, y probablemente todos los de a bordo, estaba perdido.

—Homer a flota. Prepárense para saltar a mi señal. Tres... dos...


uno... ¡Ya!

El Bucéfalo y otra nave de la “flota” fueron las únicas que


acompañaron al Hyperion en su huida a un breve respiro.

La furia, fría e hirviente, le quemaba a Valerian en el estómago.


Apretó un botón.

—Estoy seguro de que has visto eso, Raynor.


—Sí, y lo siento mucho —oyó decir a la voz de Raynor. Expresaba
auténtica simpatía.
—No podemos permitimos perder más naves ni más gente.
—Estoy de acuerdo, pero sé que Swann y su equipo están
trabajando tan deprisa como pueden. A juzgar por la última vez,
tenemos unos quince minutos o menos antes de que tu padre nos
vuelva a encontrar, asumiendo que Swann no haya eliminado todos
los rastreadores ya. Entiendo que ni siquiera ha empezado con el
puente todavía.

Valerian hizo una mueca.

—No, no lo ha hecho.
—Bueno, entonces ven aquí mientras él trabaja allí. He estado
hablando con Matt y podríamos tener un lugar donde escondemos
una vez nos deshagamos de todos tus rastreadores.

82
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO SIETE

Jim levantó la mirada cuando Valerian apareció en el puente.


Raynor debía admitir que aquel hombre sabía hacer una entrada.
Comparado con el aspecto desaliñado y bastante sucio de su propia
tripulación, Valerian prácticamente relucía. Pero los últimos
sucesos le habían quitado al chico parte de su brillo. Jim se dio
cuenta de que, por joven que fuese Valerian, había surcos en esa
frente que no estaban antes y que ya no se erguía tan
orgullosamente como era su costumbre. Jim supuso que debía de
sentirse satisfecho, pero en lugar de eso, para su propia confusión,
se sentía algo triste.

Horner parecía cada vez más incómodo. Ahora suspiró y cruzó los
brazos al aproximarse Valerian. Parecía que estaba a punto de
presentarse voluntario para hacerle cosquillas a un hidralisco.
Valerian alzó expectante una rubia ceja.

—Primero, Excelencia —dijo Horner—, quiero decir que lamento


mucho la pérdida del Antigone, Entiendo que, de haber saltado un
minuto antes, lo habría conseguido. Quiero que sepa que lo hice lo
más deprisa que pude.

El hielo de los ojos grises de Valerian se fundió ligeramente.

—Gracias —dijo—, cualquier idea que pueda tener para evitar más
pérdidas de vidas y llevar a Sarah Kerrigan a que le den los
cuidados adecuados será más que bienvenida.
—Bueno, yo... quizá tenga una solución —dijo.

83
PUNTO DE IGNICIÓN

— ¡Pues dila, chico! —se oyó la voz de Swann. A Jim le divirtió


que Valerian pareciese sobresaltado. Luego, el Príncipe Heredero
sonrió modestamente al darse cuenta de que Swann estaba
conectado a la conversación.
—No sé si es una buena solución —continuó Horner—, de hecho,
saben, cuanto más lo pienso...
—Matt—dijo Jim—, escúpelo. Es una orden.
Matt asintió.
—Sí, señor. Estaba pensando que podríamos pasar desapercibidos
en Deadman’s Port durante un tiempo.
— ¿Deadman’s Port? —repitió Valerian, incrédulo—. Señor
Horner, ¿se ha vuelto loco? ¡Aquello está lleno de alimañas! ¡Los
piratas se nos echarán encima en el momento en que aparezcamos!
Pero Jim estaba asintiendo. Creía saber dónde quería llegar Matt
con eso.
—En la parte positiva, Valerian, tu papi no podrá venir con los
cañones y obligarte a irte a la cama sin cenar —dijo—. El Dominio
no tiene ninguna influencia en esa zona. Arcturus tendría que
preparar un ataque a gran escala contra el planeta antes de poder
pensar en encontramos siquiera y no creo que esté preparado para
hacerlo. Quizá en algún momento, pero ahora no.

La sorpresa de Valerian había decrecido algo y parecía pensativo.

—Eso es cierto —dijo—. Ha perdido el Bucéfalo y los dos... el otro


crucero de batalla que saltó conmigo. Y no tengo ni idea de en qué
estado se encuentran los que no pudieron saltar. Pero aún así...
¿Qué va a evitar que los honrados habitantes de la peor cloaca de
la galaxia nos ataquen y se lleven lo que queda?
—Eso no va a pasar —dijo Jim, permitiéndose una sonrisa y
dándole una palmada en el hombro a Horner—. Tenemos un as en
la manga en esa cloaca. ¿Verdad, Matthew?

Horner enrojeció.

84
CHRISTIE GOLDEN

—Yo, eh... tengo un contacto allí, sí —dijo—. Alguien que creo


que nos daría cobijo durante al menos un tiempo.

Swann estalló:

— ¡Estás como una cabra, Horner! ¿Mira Han? ¡Esa mujer es una
sucia mercenaria!
—Bueno, bueno, Swann —dijo Jim—, vigila tus modales. Estás
hablando de la...
—No hace falta que entremos en eso —lo interrumpió Matt
rápidamente. Valerian se volvió hacia Matt, levantando las cejas
inquisitivamente. Horner no miró a los ojos grises del Príncipe
Heredero, movió la mano y dijo—: es una... larga historia.
—Pero me imagino que una que merecerá la pena oír en algún
momento —dijo Valerian, claramente intrigado. Volvió con el
asunto del que hablaban—. ¿Entonces la tal Mira Han estaría
dispuesta a repeler a los mercenarios y a los piratas que pueblan
Deadman’s Port y a protegemos del Dominio por ti?
—Es una apuesta arriesgada, pero creo que podré convencerla.
—Bueno, lo único que sé es que siente debilidad por Matthew —
dijo Raynor—. Vamos, Swann. ¿Tienes tú una idea mejor?
— ¿Con el Dominio pegado al culo cada vez que se nos ocurra
siquiera sonamos la nariz? Claro que no tengo una idea mejor. Y
sabes que me mata reconocerlo. ¿Cómo vas a ponerte en contacto
con ella, Horner?
—Tengo una manera.

Valerian se adelantó.

—Señor Horner, aunque agradezco el hecho de que esté dispuesto


a hacer algo que obviamente no le gusta para ayudarme...
—Con el debido respeto, no lo hago por usted; lo hago por los
asaltantes —la voz de Matt era gélida.
—Entendido. Sin embargo, considerando los riesgos, sigo
queriendo saber cómo va poder ponerse en contacto con ella.
85
PUNTO DE IGNICIÓN

Horner miró a Raynor, quien asintió. Jim también sentía


curiosidad. Matt dejó caer ligeramente los hombros, derrotado.

—Me envía información de modo regular acerca de qué canales


son seguros. Por si me apetece hablar con ella. Esta va a ser la
primera vez que lo hago.
—Ooh, pobre Mira —dijo Jim—. Quizá debería darte un permiso
mientras estamos allí.
—Oh, por favor, señor —dijo Matt enfáticamente—, preferiría
trabajar tumos dobles.
—Bueno, entonces, será mejor que llames a esa... persona — dijo
Swann, obviamente molesto por la charla que le hacía perder
tiempo—. Y será mejor que yo acabe aquí en el puente. Si necesitan
alguna otra cosa, llámenme; estaré aquí haciendo mi trabajo. Estos
cacharros no se van a desmontar solos. —Se oyó un clic.
—Como de costumbre, Swann tiene razón —dijo Raynor—.
Estamos perdiendo tiempo de cháchara. Valerian, será mejor que
tú vuelvas a tu puente. Sólo tenemos unos pocos minutos más hasta
que volvamos a ver a tu padre.
—Una reunión nada deseada —dijo Valerian.
—En realidad —dijo Horner—, también tengo una idea al respecto.

*******

Earl y Annabelle habían estado escuchando en silencio la


conversación que su jefe estaba teniendo con Raynor, Horner y
Valerian. Cuando se mencionaron las palabras “Deadman’s Port”,
Annabelle hizo una mueca y vio que Earl hacía una parecida. La
expresión de Swann era más sombría, un trueno en un día
normalmente soleado. Deadman’s Port era un lugar del que
mantenerse apartado, no al que acudir. Pero, como decía el refrán,
cualquier puerto en una tormenta y, si Mira Han podía evitar que el
Dominio los acosara el tiempo suficiente como para que hicieran
las reparaciones, suponía que merecía la pena correr el riesgo.
86
CHRISTIE GOLDEN

Por supuesto, tenían que terminar de encontrar todos los


dispositivos de rastreo antes de poder saltar allí. Si Arcturus y el
resto de la flota del Dominio se materializaba antes de que el
Hyperion, el Herakles y el Bucéfalo pudiesen escapar, Annabelle
sabía que todos esos planes no servirían de nada. Earl era un
experto en nanotecnología. Sabía dónde plantar cosas y,
consecuentemente, dónde otros tendrían la inclinación de hacerlo.
Entre Earl, Annabelle, que recordaba dónde habían encontrado
muchos de los rastreadores del Hyperion, y Swann, con su
conocimiento general y agudos instintos, habían ido bastante
deprisa... aunque no lo suficiente. Generalmente, y con evidente
falta de imaginación, los rastreadores o los dispositivos de
grabación solían plantarlos en las mismas zonas: puente, cuartos
del capitán e invitados y en la sala de mecánica, en lugar de en un
sitio aleatorio de la nave.

Si el puente del Hyperion era lujoso, aquello era casi excesivo.


Abierto, amplio, parecía más el yate de lujo de alguien que el
puente de una nave de batalla. Mientras que los asaltantes de
Raynor no tenían nada siquiera parecido a un uniforme y a menudo
parecían desaliñados y sin afeitar, los hombres y mujeres de allí
estaban todos de revista. Los uniformes apenas tenían una arruga;
sus voces hablaban de riqueza y educación. Y, aunque Annabelle
había tomado una ducha sónica y se había puesto ropa limpia
aquella mañana, seguía pareciéndole que olía mal mientras estaba
al lado de uno de los timoneles. El joven, de cabello y ojos oscuros
e intimidantemente atractivo, levantó la mirada inquisitivo.

—Yo, eh, tengo que mirar ahí debajo —dijo Annabelle con una
sonrisa tímida—. Para buscar rastreadores y eso.
—Oh, por supuesto. —Se levantó inmediatamente de su asiento y
Annabelle se metió debajo de la consola. Dedos ágiles y sensibles,
a pesar de sus bien ganados callos, pasaron por el frío metal y

87
PUNTO DE IGNICIÓN

plástico. Sonrió para sí al tocar un objeto plano y ovalado oculto en


las sombras.
—¡Tengo uno! —le gritó a Rory. Rápida, eficientemente, estiró el
brazo en busca de una pequeña herramienta que tenía la punta
brillante. Para separar el rastreador hacían falta unas manos firmes,
dado que estaba diseñado para romperse si se quitaba torpemente y
continuando así con su insidiosa misión sin modo de detenerlo.
De repente empezaron a sonar bocinas. Annabelle se sobresaltó,
pero sus manos continuaron firmes. Oyó a Rory, que lanzó un taco
en voz queda.
—Arcturus ha aparecido a tiempo, el muy bastardo.
—Maldición —maldijo Annabelle. Se preguntó un instante si el
guapo oficial la había oído y, si era así, qué opinaría de su lenguaje,
pero al instante ignoró el pensamiento. Se mordió el labio, notando
la sal de su sudor, tratando de decidir si debía continuar intentando
separar el aparato o esperar a que terminase la batalla.

Sin aviso previo, aparecieron unas botas a tres centímetros de su


cadera. El oficial había tomado la decisión por ella; iba a estar en
su puesto y ella se había quedado atrapada. Se encogió de hombros
y devolvió su atención al trabajo.

—Llamen al White Star —oyó decir a Valerian. Annabelle se


detuvo. ¿Estaba intentando retrasarlo, conseguir tiempo... o se iba
a rendir?
—Vaya, vaya, ahora sí que quieres hablar conmigo —dijo la voz
de Arcturus Mengsk. Annabelle se encogió un poquito al oír la voz,
sabiendo que la imagen de video del emperador estaba a sólo unos
pocos centímetros de ella.
—Claro que quiero —dijo Valerian—. Padre, esto es una locura.
Estás malgastando vidas persiguiendo a una mujer que ya ni
siquiera existe.
—Mientras siga respirando, existe. Es un peligro para mí sea la
Reina de Espadas o Sarah Kerrigan. Y, si tú no estuvieses tan
encantado con estúpidas profecías alienígenas, te darías cuenta de
88
CHRISTIE GOLDEN

que es un peligro para cualquiera que esté cerca de ella, incluido


tú.
—No, Padre. La mejor manera de derrotar a un enemigo es
convirtiéndolo en tu amigo.

Arcturus soltó una risotada.

—Esa zorra es incapaz de ser amiga de nadie. Ya estaba mal antes


de que yo le pusiera las manos encima y siempre lo estará. Deberías
haber dejado que Tychus completase su misión.

Annabelle se sobresaltó. Ahora que lo pensaba, no había oído que


Tychus hubiese vuelto con los otros, y Tychus no era de los que
estaba callado. Había estado demasiado ocupada con el
mantenimiento como para que le llegasen rumores. Si habían
pagado a Tychus para matar...

—Tu títere está muerto, Padre. Has fracasado. Y siempre vas a


fracasar porque eres incapaz de ver...
— ¡Basta ya! Es tu última oportunidad, Valerian. Ríndete,
entrégame a Kerrigan y a Raynor y podremos olvidar esto.
—En esto te desafiaré hasta mi último aliento, Padre.
—Eso se puede arreglar —dijo la voz de Arcturus—. He intentado
ser razonable con...

Otra voz interrumpió de repente.

—Señor, aquí el capitán Roger Merriman del Herakles. Lamento


informarle de que estoy a punto de desobedecer sus órdenes.
— ¿Qué? —Valerian no gritó, ni mucho menos, pero el tono de su
voz se agudizó.
— ¡Ja! —la voz de Arcturus era triunfal—. ¿Lo ves, hijo? Tu gente
está a punto de abandonarte por el bando vencedor.
—No, emperador Arcturus. Hemos jurado nuestro servicio al
príncipe Valerian, señor, y también nuestras vidas. Sabemos que ha
89
PUNTO DE IGNICIÓN

plantado aparatos de rastreo en esta nave y así es como han podido


seguir nuestros saltos. Esta nave está probablemente demasiado
dañada para hacer el salto... pero podemos conseguirle tiempo al
Príncipe Heredero.
—No —gritó Valerian, aparentemente llegando a la misma
conclusión que Annabelle en el mismo momento. Ella abrió los
ojos horrorizada—. Lo prohíbo. ¡Disparen sobre el White Star! Si
lo averiamos, todos podremos...
—No, señor —continuó la voz de Merriman—, éste es el único
modo. Saluden a nuestras familias.

Annabelle apretó las rodillas para controlar su repentino temblor.


Las lágrimas le ardían en los ojos. Casi seis mil personas estaban a
punto de entregar sus vidas por Valerian, por Raynor, por la
esperanza que suponía Kerrigan.

—Señor, el Herakles se acerca al White Star a, toda velocidad dijo


alguien—. Tiempo para el impacto... siete segundos.

Instintivamente, sin importarle cómo podía interpretarse,


Annabelle estiró el brazo y rozó la pierna del timonel, desesperada
por contacto humano. Esperaba que se echase atrás pero, en lugar
de eso, apareció una mano que le tomó la suya. Se aferró a ella sin
decir palabra, apretando, y él, de quien ni siquiera sabía el nombre,
le devolvió el apretón.

Incluso desde debajo de la consola Annabelle veía los destellos de


luz que marcaban el fin de la carrera suicida.

Hubo una larga, larga pausa. Luego Valerian suspiró.

—Parece que ha funcionado —dijo—. El White Star ha sufrido


graves daños.
—Maldita sea, Valerian, serías un gran actor —dijo la conocida
voz de Jim Raynor— Creo que se lo ha tragado enterito.
90
CHRISTIE GOLDEN

— ¿Qué tal le va a mi tripulación allí?


—Es gente interesante, pero hasta ahora no ha empezado ninguna
pelea. Vamos a estar un poco justos con casi tres mil bocas más que
alimentar, pero nos las arreglaremos.
— ¿Qué? —la palabra se le escapó a Annabelle antes de que
pudiese detenerla. El timonel echó su asiento hacia atrás y la miró.

Unos segundos después apareció el rostro de Valerian; la coleta se


movió hacia su hombro al inclinarse.

—Ah, señorita Annabelle —dijo—. Me temo que no se lo


habíamos contado. Mis disculpas.

Annabelle parpadeó, mirando a Valerian y al timonel mientras


ambos la miraban con amabilidad.

— ¿Ha-ha sido un engaño?


—Y ha funcionado —dijo Valerian—. Tuvimos el tiempo justo
para transferir a la tripulación del Herakles que, tristemente, había
sufrido grandes pérdidas, al Hyperion y al Bucéfalo. Luego hicimos
que el capitán hablase desde mi cuarto personal acerca de utilizar
el Herakles en una misión suicida mientras el adjunto de la nave lo
pilotaba directo al White Star. Arcturus no podrá seguimos durante
un tiempo, incluso aunque acabe descubriendo dónde estamos. El
Herakles estaba en mal estado... pero su tripulación está bien.
—Oh —dijo Annabelle débilmente. Se frotó los ojos todavía
húmedos y de repente notó calor quemándole las mejillas—. Me
siento tan tonta —murmuró.

El timonel le apretó la mano, que todavía le agarraba.

—No —dijo—, la verdad es que esos hombres y mujeres hubiesen


estado dispuestos a morir por Valerian. Pero no tenían que hacerlo.
Y, si tú te lo has creído, entonces seguro que Arcturus también.

91
PUNTO DE IGNICIÓN

Valerian asintió, satisfecho de que Annabelle se encontrase bien.

—Por favor, continúe, señorita —dijo—. No me puedo creer que


vaya a decir esto pero, cuanto antes lleguemos a Deadman’s Port,
mejor.

Annabelle asintió y comenzó a retirar la mano. El timonel se la


sostuvo un segundo más y la soltó. En voz baja, Annabelle
preguntó:

— ¿Por qué has hecho... eso? —le hizo un gesto indicando la


mano—. O sea... sabías que era un engaño.

Él sonrió con amabilidad en sus ojos oscuros.

—Tú no lo sabías —fue cuanto dijo.

Sarah no tenía mejor aspecto cuando Jim regresó al Bucéfalo.


Supuso que no debería haber asumido que lo tendría, pero de algún
modo, sabiendo que estaba conectada a todos esos tubos y eso, lo
había hecho. Frederick asintió al verlo entrar.

—Está dormida, pero estable.


—Muy bien. Sólo quería sentarme un rato con ella.
—Adelante.

Jim hizo una mueca cuando su silla arañó ligeramente el suelo, pero
Sarah no se movió. Estaba muy dormida. Volvió a tomarle la mano,
recordando que algunas personas creían que incluso en coma la
gente era consciente de esas cosas. Esperaba que fuese cierto.

Mentalmente repasó las últimas horas. Había puesto


constantemente su fe en Valerian, normalmente sin mucho
entusiasmo, pero hasta ahora el chico había cumplido su palabra.
Había sido Matt quien había sugerido el plan inicial para estrellar
92
CHRISTIE GOLDEN

el dañado Herakles contra el White Star. Al principio parecía que


el único modo de conseguir que funcionase era dejar una
tripulación mínima en la nave pero, para sorpresa tanto de Jim
como de Matt, Valerian se había negado en redondo.

—Hoy he perdido a demasiados soldados leales —había dicho—.


Puede que mi padre use a sus seguidores como papel higiénico,
pero yo no. Si no podemos salvar la nave, debemos salvar a la
tripulación, o no daré la orden.

Y habían decidido una evacuación masiva, algo complicado de


hacer sutil y rápidamente, y programar al adjunto para que pilotase
la nave vacía hacia su fin y, esperaban deseosos, el del White Star
y Arcturus Mengsk.

Pero Jim había perdido hacía tiempo esa ingenua esperanza.


Incluso aunque su nave no sobreviviese, Mengsk lo haría. Era
como una cucaracha... sucio, pero un superviviente. Volvería a ir
tras ellos. Jim estaba seguro. Las preguntas eran cuándo, dónde y
cómo.

A Jim le resultaba casi imposible creer haber sido un ardiente


seguidor de Arcturus. Lentamente había empezado a desilusionarse
con el terrorista y entonces aliado que le había dicho lo que quería
oír, pero incluso en sus momentos de mayor furia, de mayor
suspicacia, no había visto venir la traición.

Ni, pobrecilla, tampoco Sarah...

2500

Después de que Antiga Prime hubiese caído ante los zerg, Sarah
seguía sin recuperar el coloren sus mejillas, y los círculos
verdeazulados bajo sus ojos no habían desaparecido del todo. Ella
y Jim, tras sus primeras tazas de café juntos, habían ido gravitando
93
PUNTO DE IGNICIÓN

el uno hacia el otro. Algo más que el agotamiento físico parecía


inquietarla, pero Jim no quería presionar. Habían sido conscientes
de que había cosas acechando en el horizonte pero, después de que
Sarah se agotase tan* to tras utilizar el emisor psi, ambos habían
estado dispuestos a cerrar los ojos a lo que se avecinaba y
sencillamente disfrutar del momento.

Los habían llamado al despacho de Mengsk. Era la primera vez que


ambos lo veían desde Antiga Prime. Parecía relajado y descansado
y los saludó con entusiasmo al tiempo que les ponía en las manos
unas copas de brandy. Kerrigan al principio se resistió, pero
Arduras dijo «Insisto», sonriéndole con amabilidad. Y, cuando
Arcturus Mengsk insistía, uno normalmente se rendía.

Señaló dos sillas y ambos se sentaron.

— ¿Dónde está Mike? —preguntó Sarah. El reportero Michael


Liberty se había hecho amigo de Kerrigan y de Raynor y parecía
ser el cachorrito especial de Arduras. Aún así, Jim musitó mientras
se le ocurría la idea, si Mike era un “cachorro”, él era uno de esos
perros que de vez en cuando le gruñen a su “amo”.
—Normalmente disfruto hablando con ustedes tres —dijo Mengsk,
haciendo girar el brandy en la copa mientras hablaba—, pero la
devoción de Liberty es de algún modo... condicional. Después de
lo que ha pasado hace poco, quería tomarme un momento y hablar
con aquéllos que están más, digamos, en sincronía con mis ideales.
Quería daros las gracias. A los dos. Hay cosas por delante y....
bueno, nadie sabe cuándo morirá. Es más importante que nunca que
estemos unidos. Que trabajemos juntos por la libertad y el bien de
la humanidad, como han hecho los dos.

Sonrió y su bien recortada barba salpicada de canas se separó y


mostró unos dientes blancos.

94
CHRISTIE GOLDEN

—También quería decirles que me alegra mucho ver que los dos se
llevan tan bien.

Jim había creído quo era un cínico resabiado. Pero, ante las
palabras de Mengsk, se sonrojó. Aunque Kerrigan tampoco iba a
tener problemas en saber lo que pensaba sin aquel arrobo delator.
Sarah también apartó la mirada un momento y. al final, miró a
Jim.

—Creo que nos juzgamos mal el uno al otro —dijo—. Me alegro


de que Jim esté con nosotros.
—Con ustedes dos cooperando, podemos conseguir lo que
anhelamos. De verdad que si —dijo Mengsk, con un tono sincero
en su convincente voz—. Podemos tener un mundo mejor sin lo
Confederación. Derrocar ese sistema brutal y anticuado es una
misión tan pura como la de cualquier ángel. Ustedes dos son mis
mejores soldados... Mis ángeles.

Jim lanzó una risa al oírlo y se rascó la nuca.

—Me han llamado muchas cosas, Arcturus, pero nunca ángel.


Mengsk soltó una risita, probando el brandy.

—A veces necesitamos a otros para que vean lo que hay dentro del
corazón de un hombre. Juzgo bien a la gente, Jim Raynor. Me está
permitiendo llegar donde he llegado en mi misión de, por fin,
eliminar a la Confederación de este sector y establecer algo que sea
justo y duradero. Tú, amigo mío, tienes los ideales de un ángel. Y
tú, Sarah —su voz se volvió afectuosa mientras brindaba por ella—
, tú eres mi ángel vengador.

Sarah bajó la mirada. A Jim no le hacía falta ser telépata para notar
su dolor. Pero Sarah no protestó. Porque todos sabían que era
cierto.

95
PUNTO DE IGNICIÓN

Jim se vio impelido a hablar.

—En una cosa tienes razón —dijo, tomando un trago del brandy.
El líquido le quemó delicadamente al bajarle—, hay que detenerlos.
Hay que hacerlo. Si hay una vida después de esto, esos bastardos
van a tener que responder por muchas cosas. Sus políticas están
hechas para llenarse el bolsillo y nada más, y cuestan vidas. Vidas
de gente buena y decente que sólo quiere ganarse la vida
honradamente. Gente que confía en ellos porque, maldita sea,
deberían poder confiar en ellos. En que su gobierno les dará comida
sana y nutritiva, no veneno. En que, si se presentan voluntarios a
librar una guerra por ellos, luchar y quizá morir, serán honrados si
caen y se ocuparán de ellos si vuelven a casa. En que a sus líderes
les importan.

Le tembló la voz, pero no le importó. Tanto Sarah como Mengsk


lo estaban observando con los ojos de par en par, las bebidas
olvidadas en la mano.

—Ustedes también lo ven —les dijo a los dos—. Mengsk, a ti te


llaman terrorista. Pero eres un condenado héroe si haces lo que
dices que vas a hacer. La Historia te va a mirar a ti y a nosotros y
lo que hicimos y, maldita sea, por qué lo hicimos, y ya no seremos
nosotros a los que llamen terroristas.

Mengsk extendió la mano y Raynor se la apretó. Con fuerza.

2504

«Confiaba en ti, hijo de puta», pensó Raynor. Confiaba en Mengsk.


Confiaba en Tychus.

Bajó la mirada hacia donde sostenía la mano de Sarah con la suya


y para su remordimiento se dio cuenta de que casi se la estaba
aplastando. La aflojó enseguida. Sarah también había confiado.
96
CHRISTIE GOLDEN

Había.

Durante mucho tiempo Jim había guardado una bala especial con
la palabra “Justicia” escrita en ella. Ahora tendría que hacerse con
otra. La primera se la había metido en el cerebro a Tychus Findlay.
Y, tragando saliva ante el recuerdo, se dio cuenta de algo.

«Tychus... quizá en realidad no fuese culpa tuya. Sé lo que Mengsk


le puede hacer a una persona. Sé cómo se te puede meter dentro, en
tu cerebro, y hacerte pensar que estás haciendo lo correcto. Quizá...
quizá creías que lo hacías».
«¿De tal palo, tal astilla?» apareció otro pensamiento. «¿Cuánto
puedo confiar en el chico guapo? Hasta ahora ha cumplido con su
palabra. Hasta ahora. Pero Mengsk también lo hizo al principio. Y
también Tychus. Mengsk me la arrebató una vez... y Tychus casi
lo hizo una segunda. Y no puedo volver a perderla. No puedo».
«No lo haré».

97
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO OCHO

— ¡Matthew!

La voz era sugerente, cálida y con un ligero acento, la voz de una


gatita mimosa. La mujer a la que pertenecía tenía el pelo rosa
caramelo, pero el resto de ella estaba lejos de ser blando y maleable.
Un ojo chisporroteaba con traviesa picardía a través de un mechón
del pelo escandalosamente teñido; el otro era rojo, brillante y
cibernético, engarzado entre carne arrugada. El resto de su cuerpo,
aunque lo que se veía era atractivo, estaba cubierto por un equipo
protector. Mira Han era un curioso montón de contradicciones.

“Matthew” sonrió cansado a la imagen en la pantalla.

—Hola otra vez. Mira. Gracias por acceder a ayudamos.


—Estoy más que dispuesta a ayudar a mi querido y dulce esposo
—dijo, y su sonrisa se amplió durante un juguetón instante ante la
obvia incomodidad de Horner. Luego, más en serio, añadió—: al
menos, durante un tiempo.

Matt frunció el ceño.

— ¿Un tiempo?
—Por supuesto. No puedo poner en peligro a mi propia gente
durante demasiado tiempo, ¿no crees? Tú harías lo mismo.

Matt supuso que sí. Suspirando, dijo:

—Está bien, ¿cuánto es “un tiempo” en el cálculo de Mira?

98
CHRISTIE GOLDEN

—Hasta que yo lo diga. No voy a luchar contra el Dominio por ti,


Matthew, así que si vienen, James, tú y tu nuevo amigo van a estar
solitos. Pero, por otra parte —y se encogió de hombros—, conozco
un montón de escondites por aquí, y si no quiero que algo se
encuentre... no se encuentra.

Raynor estaba tan perdido en sus pensamientos que hizo falta un


débil apretón de manos de Sarah para que volviese a prestarle
atención a ella. La miró enseguida, viendo cómo los párpados le
aleteaban al abrirse.

—Hola —dijo.
—Hola —murmuró ella y había un remoto rastro de sonrisa— Este
doctor es incapaz de mantener su laboratorio inmóvil. ¿O es cosa
mía?
—No —dijo Jim—, no eres tú, pero tampoco el doctor. Nos están
atacando, querida.
— ¿Quién? ¿Zerg, protoss, el Dominio, uno que pasaba por ahí?

Jim intentó y no consiguió no sentirse risueño ante aquel


dificultoso, débil y forzado intento de humor. Al menos quedaba
algo de la personalidad de Sarah. La alegría disminuyó cuando se
dio cuenta de que probablemente tendría que contarle todo lo que
había pasado.

—El Dominio —dijo. La ligera sonrisa desapareció de la boca de


Sarah y apretó los labios.
—Arcturus —dijo, y la palabra sonó como hielo.
—Sí —dijo Jim—. No sabe cuándo está vencido.
—No está vencido, Jim. Nunca lo estará. Nos sobrevivirá a todos y
dará una fiesta en nuestras tumbas —volvió la cabeza y trató de
soltarse de la mano de Jim, pero éste no la dejó.
—Eh, eh, calma —la tranquilizó—, no tienes todos los datos.
—No me hacen falta.

99
PUNTO DE IGNICIÓN

—Creo que sí —dijo Jim—. Le acabamos de dar una tunda al viejo


Arcturus que no olvidará pronto. Está ahí sentado en el puente de
su nueva nave insignia, lamiéndose las heridas enfurruñado.
—Tu aliado... Él es el que... —levantó la otra mano y señaló su
cuerpo.
—Sí —dijo Jim—, el hijo de Mengsk. Sigo sin fiarme de él, pero
hasta ahora ha cumplido con todo lo que prometió. Además, su
propio padre ha intentando matarlo. Empieza a parecerme un buen
tipo.

Sarah frunció el ceño mientras intentaba, entre el mareo provocado


por las drogas que corrían por su cuerpo, comprender lo que Jim le
había dicho.

— ¿Mengsk ha intentado matar a su hijo?


—Ya te digo. Y estuvo demasiado cerca de intentar matamos a
todos. Valerian ha perdido veinticinco cruceros de batalla por haber
decidido devolverte a mí.

Sarah se quedó paralizada y cerró los ojos. Jim maldijo para sí.
Estaba claro que había ido demasiado lejos.

—No lo hizo por ti —dijo Sarah. Su voz era monocorde—. Lo hizo


para utilizarme.

Jim captó un movimiento por el rabillo del ojo. El doctor


gesticulaba y movía la cabeza, obviamente deseando que Jim
condujese la conversación hacia otro lado. Jim frunció el ceño y
sacudió la cabeza. Nunca le había mentido a Sarah y no iba a
empezar ahora. Pensó en la conversación que había tenido con
Valerian acerca del mismo tema.

«Quiero algo más», había dicho Valerian. «Demostrar que soy


mejor emperador y mejor hombre».

100
CHRISTIE GOLDEN

«Eso no debería de resultar difícil», recordó Jim que le había


contestado.
«Si reformo a la peor asesina en masa de la Historia, la vuelvo a
hacer humana, formando equipo con Jim Raynor, el famoso fuera
de la ley... Será toda la prueba que necesite».
«Así que soy un tomillo en tu maquinaria».
«Si eso te consigue lo que quieres... ¿Te importa?».
«Supongo que no».
—Sabes, yo también pensaba lo mismo —dijo Jim—. Y puede que
siga siendo cierto. Sin duda ayudarte, y a mí también, va a ser una
medalla para Valerian. Pero eso no importa. Has vuelto, Sarah, y él
puede ayudarte. Averiguaremos...
— ¿Que sigo siendo un monstruo? —Sarah apartó violentamente
la mano y agarró uno de los tentáculos reptilescos que le servían de
pelo—. ¿Esto es humano? Escapo de la muerte segura que Arcturus
tenía planeada para mí sólo para convertirme en la reina de los zerg.
Infestada. Reformada, célula a célula. ¿Y tú me traes de vuelta para
entregarme a su hijo? ¿Por qué no me mataste cuando pudiste, Jim?
¿Por qué no? Me prometiste que lo harías...

Y así había sido, hacía tiempo; le había prometido que la mataría


antes de permitirle continuar matando sin control por toda la
galaxia a la cabeza del Enjambre.

—Cariño, yo...

Sarah echó la cabeza atrás y gritó. No fue un grito de terror ni de


dolor, sino de ira y desesperación. Arqueó el cuerpo, tratando de
liberarse de las ataduras, tratando de lanzarse contra Jim. Éste la
agarró por las muñecas, sujetándola el tiempo suficiente para que
el doctor le inyectase algo. Tres segundos después quedó inerte y
Jim la agarró. Despacio, le apoyó la espalda en la cama, fijándose
sólo entonces en las lágrimas que habían derramado sus ojos ahora
cerrados.

101
PUNTO DE IGNICIÓN

—He intentado decirle que no hablase —murmuró Frederick—.


Debería marcharse.

Jim asintió lentamente. Volvió a tocar la mano de Sarah, se levantó


y se dirigió hacia la puerta.

—Y probablemente no debería volver —dijo Frederick—. Sé que


se preocupa por ella, pero parece que la altera.

Jim se quedó quieto y se giró lentamente.

—Me gustaría ver cómo intentas que no entre —dijo.


—Podría convertirlo en una orden médica —replicó el doctor—.
El cuidado de mi paciente es lo principal.

Jim dio tres largas zancadas y acortó la distancia entre ellos.

—No saben nada sobre Sarah Kerrigan —dijo—. Yo he movido


cielo y tierra para recuperarla y sé que, aunque mi presencia pueda
hacerle daño, también le hace bien. Eso lo creías antes también.
—Sí, hasta que ella...
—No soy yo quien la está disgustando —dijo Jim—. Es lo que
tengo que decirle acerca del mundo al que ha regresado. Tu jefe era
el que quería recuperarla. Bueno, pues ahora ha vuelto y sólo tiene
un maldito apoyo —se señaló con el pulgar en el pecho—. Yo. Y
no tengo intención de abandonarla. Ya tuvo que enfrentarse a una
traición. Antes muerto que el que tenga que volver a hacerlo.

Frederick no dijo nada mientras lo veía salir de la enfermería.

*******

— ¿Que vamos a hacer el qué? —Valerian no pudo ocultar la


sorpresa en la voz.

102
CHRISTIE GOLDEN

—Escondemos en un desguace —dijo la imagen de Matt Horner en


la pantalla.
—Eso me parecía que había dicho, pero me di cuenta de que no
podía ser.

Matt sonrió un poco.

—Nunca ha estado en Deadman’s Port, ¿verdad?


—Pues no—dijo Valerian—. Parece que tristemente descuidaron
aquella parte de mi educación acerca de cómo desenvolverme en
un planeta lleno de asesinos, rufianes y ladrones.
—Le pondremos al día.
—Qué bonito.
—En cualquier caso, si no ha estado allí, no sabe a qué me refiero
cuando digo “desguace”. Hay ciudades enteras construidas en los
desguaces de este planeta. Eso es básicamente lo que es Deadman’s
Port. Confíe en mí... Podría ocultar allí toda la flota del Dominio si
consiguiese que alguien mirase para otro lado. Dos cruceros de
batalla no van a ser un problema.

Jim salió del hangar de atraque del Hyperion a la gris niebla, que
provocaba escozor en los ojos, del “clima” de Deadman’s Port.
Parpadeando, miró a su alrededor y pensó en su visita, hacía tantos
años, con Tychus Findlay. Aquello no había cambiado mucho;
seguía siendo un montón de basura que se las arreglaba para ser
una ciudad. Habían construido hogares dentro de los restos de
viejas naves; las calles, si es que se podían llamar así, eran
sencillamente senderos entre las pilas de restos, Pero había gente
que vivía y moría allí, quizá incluso que amaba y soñaba.

Por aquel entonces Jim y Tychus huían de un asesino, obligados a


pedirle refugio y ayuda a un tal Scutter O’Bannon. O’Bannon, que
entonces dirigía el planeta, era un mal tipo, incluso para los
estándares del entonces forajido Raynor. Jim había pensado
entonces que Deadman’s Rock, como se conocía al planeta, era lo
103
PUNTO DE IGNICIÓN

más feo que había visto nunca y O’Bannon, el alma más fea que
había tenido la desgracia de conocer.

Sí, O’Bannon les había proporcionado refugio y trabajo. Jim


intentó no pensar en cuando recorría las “calles” de la ciudad con
Tychus y éste había exclamado con aprobación, «No puedes dar un
paso sin topar con una zorra». Entonces creía que sabía lo que era
estar cansado del mundo, creía que las cosas no podían empeorar.

Ni siquiera había empezado a rascar la superficie.

«Te echo de menos, Tychus. No al traidor en el que te convertiste...


sino al hombre que eras. Maldita sea... echo de menos a mi amigo».

Pero Tychus estaba muerto. Y también O’Bannon, que había sido


reemplazado por alguien llamado Ethan Stewart, que fue
reemplazado a su vez por otro a quien Raynor no conocía.
Posiblemente, fuese quien fuese el nuevo jefe de aquel lugar dejado
de la mano de Dios, Mira se llevaba bien con él o no habría podido
ofrecerles refugio. Raynor esperaba que fuese quien fuese, tuviese
una buena seguridad. Los jefes de Deadman’s Port no tienen vidas
muy largas, y lo último que Jim necesitaba era una lucha de poder
cuando estaba pidiendo un favor.

—Creo... que entiendo lo que el señor Horner intentaba decir sobre


este sitio —dijo Valerian al salir del Bucéfalo con su voz destilando
asco.
—Sí —dijo Jim todavía mirando, todavía recordando. Le llegó el
olor de un puro desde alguna parte y, durante un breve y
maravilloso instante, pensó que si se volvía lo bastante rápido vería
a Tychus.
«No en esta vida». Jim se giró, vio a Horner y a Valerian y sacudió
la cabeza. El Príncipe Heredero del Dominio se había quitado su
brillante abrigo militar pero, incluso en camisa con las mangas

104
CHRISTIE GOLDEN

remangadas y pantalones normales, era un objetivo para cualquiera


que lo viese.
—Tenemos que hacer algo contigo, Valerian —dijo, agradeciendo
la distracción de tantos y tan malos recuerdos—. Resaltas
demasiado.

Valerian observó su camisa perfectamente planchada, los


pantalones de raya marcadísima y las botas brillantes.

—Vaya, vaya, aquí están, tres chicos lindos para Mira —dijo una
voz detrás de ellos. Se giraron y vieron a una mujer musculosa de
pie ante ellos con las manos en las caderas y sonriendo—. Bueno
—se corrigió, con sus ojos (el mecánico y el humano) pasando de
uno a otro—, dos chicos monos y uno desaliñado. James —
suspiró—, ¿nunca utilizas las duchas sónicas de tu encantadora
nave?

La “encantadora nave” a la que se refería estaba, junto al Bucéfalo,


tan bien camuflada que ni su propio diseñador la hubiese
reconocido. La tripulación que Mira había enviado había hecho un
trabajo espectacular quitando (bajo la cuidadosa supervisión de
Swann) piezas innecesarias del exterior, soldando temporalmente
otras y pintándolo tan magistralmente que parecía un cacharro en
las últimas. Para aumentar el engaño, encima del Hyperion habían
apilado restos auténticos. El Bucéfalo había recibido el mismo
tratamiento. Jim hubiese jurado que a Swann se le había escapado
una lagrimita.

—Sí, lo hago y las disfruto —dijo Jim—. Pero supongo que no


hago más que atraer la porquería.
Mira hizo una pequeña mueca de decepción y sacó pecho
juguetonamente.
—Hay quien podría pensar que eso es un insulto —dijo—. Menos
mal que yo sé que no.

105
PUNTO DE IGNICIÓN

Entonces volvió su inquietante mirada hacia Valerian.

—Me han dicho que te llame señor V —dijo—, y eso haré. Pareces
más alto que en los informativos de la UNN.
—Me lo dicen mucho —dijo Valerian—. Gracias por acceder a
protegemos. No olvidaré su amabilidad.
—Esperemos que tu querido papi no se entere y que también decida
no olvidar —dijo Mira. Jim conocía lo suficientemente bien a Mira
para reconocer una advertencia cuando la oía. Podía ser coqueta
cuando así lo decidía, pero peligrosa lo era siempre. Sabía que no
debía subestimarla. Sonrió, dulcificando la sutil amenaza—. Y yo
también les estoy agradecida... por darme la oportunidad de pasar
algo de tiempo con mi querido Matthew.

Ahora, al fin, se acercó a Horner y se deslizó entre sus brazos,


dándole un beso en la mejilla al tiempo que le daba un pedazo de
papel doblado. Matt se quedó completamente inmóvil, con el
aspecto de un preso que se enfrenta a su ejecución; resignado, pero
obviamente deseando que la situación fuese distinta.

Valerian sonreía ligeramente.

— ¿Cómo se conocieron?
—Oh, no hablemos de eso —dijo Matt rápidamente.

Mira sonrió más abiertamente aún.

—Le gusta hacerme rabiar —dijo, pero era obvio para cualquiera
que la que estaba haciendo rabiar a Matt era ella—. No me escribe,
no me llama... Pero aquí estamos ahora y vamos a compensar el
tiempo perdido, ¿verdad?

Matt asintió sin entusiasmo. «Nunca me canso de esto», pensó Jim.


Mira no era precisamente una doncella con el corazón roto y ambos
eran sin duda “marido y mujer” sólo en el título. Aún así, el afecto
106
CHRISTIE GOLDEN

que ella sentía por Matt era obviamente real, aunque sólo fuese
juguetón.

—Detesto interrumpir —dijo Jim—, pero creo que Matt... Ehhh,


Matthew... te dijo que traemos a una mujer muy enferma que
necesita atención médica y un lugar tranquilo en el que descansar
y curarse.

Mira se volvió hacia él, todavía apoyada en Matt pero ahora


concentrada en su negocio.

—Así es. También fue muy críptico en cuanto a la naturaleza de la


enfermedad y la identidad de esa... mujer.

Al fin y al cabo, Mira Han era una mercenaria. Se estaba


arriesgando mucho ocultándolos. Matt, Raynor y Valerian habían
decidido que tenía que saber algunas cosas pero otras no. Valerian
había accedido a revelar su propia identidad, dado que así ella
sabría al menos uno de los motivos principales de por qué los
buscaba el Dominio. Pero todos creían que dar el nombre de Sarah
Kerrigan sería sellar su sentencia de muerte; si no de manos de la
propia Mira, de otros que pensaran que tenían cuentas que ajustar.
Los marines, con su lealtad biológicamente implantada, eran una
cosa. Los asaltantes, con su devoción por Jim y sus decisiones,
también eran completamente dignos de confianza. Pero Jim no
pensaba confiar tanto en la gente de Mira. Como Reina de Espadas,
Kerrigan habría sido casi imparable. Incluso como Sarah Kerrigan,
fantasma, se habría defendido bastante bien. Pero la mujer de la
enfermería estaba débil y era vulnerable. Cerrar una de las vías
intravenosas podía matarla. Era difícil, casi imposible, pensar en
ella de ese modo, pero Jim sabía que por primera vez ella dependía
completamente de él. Y no la iba a decepcionar.

—Todos tenemos secretos —dijo Jim.

107
PUNTO DE IGNICIÓN

—Señora —dijo Valerian con una encantadora sonrisa—, hemos


tratado con usted de buena fe. Le he revelado mi identidad y sin
duda sabe que eso me deja completamente en sus manos. Podría
enviar fácilmente un mensaje al Dominio y decirle a mi padre que
nos tiene aquí. Pero Matthew nos asegura que podemos confiar en
usted. Por favor... concédanos la misma cortesía.

Mira permaneció inmóvil, mirando a Jim y a Valerian con su


inquietante ojo cibernético. Horner dijo:

—Mira... No podemos hablar de ella ahora. Tú confía en mí, ¿de


acuerdo?

La pétrea expresión se suavizó.

—Matthew, eres un buen hombre y yo raramente veo hombres


buenos. Muy bien. Por ti, no sólo los esconderé, sino que no haré
preguntas.

A Jim lo inundó una oleada de alivio.

—Gracias, Mira.
—Mmm —dijo Mira evasivamente—. Puedo ofreceros un refugio
en el que esta... mujer.... puede ser atendida. He llamado a algunos
doctores, pero no creo que vayan a ser mejores que los que van en
tu nave, señor V. Pero están a su disposición. El lugar está aislado,
silencioso y es muy seguro.
—Suena perfecto.
—Bien. Enviaré a alguien para recogeros dentro de una hora o así.
Mientras, Matthew y yo tenemos que ponemos al día —dijo Mira,
colocando un posesivo brazo alrededor de Matt. Matt miró a Jim
con expresión triste, pero éste se limitó a encogerse de hombros y
a gesticular un «No puedo hacer nada».

108
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO
NUEVE

Una hora después, como Mira había prometido, apareció un


pequeño vehículo para llevarse a Jim y a Sarah. Jim llevaba ropa
corriente, desastrada, que era lo mismo que decir que era su aspecto
habitual, y llevaba a Sarah, que estaba envuelta en una manta. Se
preocupó de que la manta cubriese su extraño “cabello”. El exterior
del vehículo parecía haber tenido días mejores, pero por dentro
estaba bastante nuevo, aunque algo usado. Jim metió dentro a Sarah
con cuidado, arropándola con la manta y asegurándose de que no
se le caía de la cabeza. Estaba despierta, pero aún mareada por las
drogas.

— ¿Dónde vamos exactamente? —le preguntó al piloto.


—Fuera de la ciudad —dijo—. El refugio está bien protegido.
Usted y su amiga no deberían ser molestados.

Jim frunció el ceño. Se le ocurrió una idea, pero al instante la


descartó. No podía ser allí.

Despegaron y dejaron atrás el desguace que era la ciudad. Jim


volvió a maravillarse, como le había ocurrido la última vez que
había estado allí, de que el hecho de que todo el planeta fuese un
basurero era sólo aparente. Los colores metálicos daban paso a la
hierba verde y a la tierra marrón e incluso a una extensión azul que
indicaba un lago.

109
PUNTO DE IGNICIÓN

Y entonces lo vio. Abrió los ojos de par en par. Estaba más hecho
polvo que antes, pero era inconfundiblemente...

—Ése es el complejo de Scutter O’Bannon, ¿no? preguntó.

El piloto se rio.

—Claro que sí. ¿Cómo lo sabe?


—Nos... Yo... había venido antes. Hace mucho. —Estaban en un
lío, por supuesto, ¿cuándo no? Pero de algún modo Jim sabía que
el hombre que era entonces no era capaz de apreciar lo libre de
cargas que había estado entonces.

Incluyendo la carga de haber asesinado a su mejor amigo.

Estaba empezando a desear no haber ido. Para él sólo había un


fantasma en Deadman’s Rock, pero con eso bastaba.

—No parece tan distinto desde aquí arriba, pero una vez bajas, te
das cuenta de que ha cambiado mucho —dijo el piloto, y añadió—
; Mira no es O’Bannon.
—Y menos mal —dijo Jim. Soltó una risita y movió la cabeza con
tristeza. Bueno... Así que Mira, la del pelo rosa, era la que se había
hecho con el mando después de que Ethan Stewart, el sucesor de
O’Bannon, hubiese sido convertido en un zerg. Raynor no tenía ni
idea de que su poder fuese tan grande y, a juzgar por lo que había
dicho el piloto, a ella le gustaba así. De repente se sintió mucho
mejor acerca de su seguridad y de la calidad de los cuidados que se
le proporcionarían a Sarah.

Los guardias seguían en su sitio, pero habían llenado las piscinas y


los jardines, y los huertos estaban florecidos. La mansión, porque
así había que llamarla, parecía igual desde el aire, aunque el césped
cuidadosamente cortado era algo del pasado.

110
CHRISTIE GOLDEN

El campo de aterrizaje lo habían conservado y a Jim le sorprendió


ver esperándolo al mismo vehículo de tierra pasado de moda. Le
sorprendió aún más que el conductor llevase un llamativo pelo
color rosa.

Mientras Jim ayudaba a Sarah y se sentaba, Mira se giró y se volvió


a él.

— ¡No me esperabas! —se burló.


—No, desde luego que no —dijo Jim. Miró a Sarah y volvió a
taparla con la manta. Kerrigan seguía obediente, pero el sedante se
disiparía pronto—. Ni nada de esto. Nos has engañado pero bien,
Mira... ¿O debería llamarte Jefa?
—No si le tienes aprecio a ese aspecto toscamente atractivo que
tienes, James —dijo. A su lado estaba Matt, que parecía estar
pasándoselo más o menos bien—. ¿Alguna vez habías montado en
un vehículo terrestre, James?
—Sí —dijo—. Aquí, de hecho.
— ¡Oh! Entonces conociste o al difunto Scutter o al difunto Ethan
—dijo. Conducía el anticuado vehículo con pericia, lo que
sorprendió a Jim. Los llevó tranquilamente por un camino bien
pavimentado. Los árboles que Jim recordaba tenían más o menos
el mismo aspecto; unos cuantos años no los habían cambiado
mucho.
—Conocí a O’Bannon, aunque no fue un feliz encuentro —dijo
Jim—. Estoy encantado de que tú ocupes su lugar.
— ¿Porque estoy de su lado?
—Por eso —admitió Jim— y, sinceramente, porque eres
muchísimo mejor persona de lo que él podría haberlo sido nunca.

Ella lo miró a través del retrovisor, y sus expresiones eran


sombrías.

—Gracias, James—dijo en voz baja.

111
PUNTO DE IGNICIÓN

Intentando animar la situación, Jim preguntó:

—Oye, ¿y te has quedado con Randall? —Phillip Randall era el


mayordomo de O’Bannon. Elegante, discreto, de cabello gris y
afilados ojos azules. Nada parecía inquietarlo nunca, ni el aspecto
desastrado de Jim y Tychus ni la petición de Tychus de que les
llevase chicas. Tychus, por una vez, había estado de broma...
Randall se lo había tomado muy en serio.
—Me han contado historias sobre Phillip Randall —dijo Mira—,
pero también está muerto. ¿Sabías que era un asesino?

Jim y Matt intercambiaron miradas. De repente la precisión con la


que Randall se movía y la acerada mirada de aquellos ojos tomaba
una proyección completamente distinta en la mente de Jim.
Recordó una frase que Scutter O’Bannon había pronunciado en un
momento de furia, «Demonios, chicos, tienen suerte de que sea el
día libre de Randall o ahora mismo estarían sangrando en el suelo».
Jim abrió los ojos de par en par. Lo había tomado como una
broma...

—Eh, no, no me lo habían dicho. Sólo pensaba que era un


mayordomo condenadamente bueno.
—Eso también. Aquí habrá doctores que ayuden a tu... mujer...
pero me temo que tendrán que cocinar y limpiar ustedes mismos.

Detuvo el vehículo delante de la mansión. A Jim le sorprendió lo


bien que recordaba el lugar. Llevó a Kerrigan, todavía mareada, en
brazos hacia la enorme puerta de entrada. Mira tecleó un código y
la gigantesca puerta se abrió.

Ahí, al menos, los recuerdos de Jimmy diferían de la realidad. En


tiempos de Scutter, los viejos suelos y vigas de madera brillaban
gracias a un pulido cuidadoso y regular, y las paredes estaban
adornadas con trofeos de grandes animales. Ahora la sala había
caído, si no en deterioro, sí en descuido. Había gruesas capas de
112
CHRISTIE GOLDEN

polvo en los pesados muebles. La mayoría de los adornos que


atestaban la sala, antigüedades de incalculable valor pero para el
gusto de Jim demasiadas y demasiado llamativas, ya no estaban.
Tampoco las cabezas de los animales, lo que era una mejora
significativa.

—No vivo aquí —dijo Mira—, esto es sólo un sitio para que venga
la gente que lo necesite.

Jim sacudió la cabeza ante la idea de la querida mansión de Scutter


O’Bannon convertida en un santuario. Era maravilloso.
La vieja madera crujió al caminar sobre el suelo desnudo hacia la
escalera de caracol y ascendieron por ella. Jim sintió un escalofrío.
La habitación en la que Sarah y él se iban a quedar era la que había
ocupado Tychus.

Deseaba de verdad no haber ido.

Mira buscó en uno de los bolsillos del chaleco y sacó una vieja
ganzúa. La habitación era tan grande como la recordaba pero, igual
que había pasado en el salón de la entrada, la mayoría de la
decoración se había vendido hacía tiempo. La luz que entraba desde
la ventana era tan agradable como siempre, y la cama era la misma:
grande y con dosel y, Jim supuso, cómoda.

Y, de repente, ya no le importó a Jim que aquella habitación


hubiese sido la de Findlay. Era un refugio para la mujer que amaba,
donde podía descansar y, con suerte, recuperarse. Jim se dio cuenta
de que las mesas que recordaba que había al lado de la cama las
habían quitado y reemplazado por mesas médicas portátiles.

Dos hombres vestidos de blanco salieron de la sala de estar con la


inconfundible expresión de suficiencia que a menudo tienen
algunos miembros de la profesión médica. Jim movió a Sarah en
sus brazos y dijo:
113
PUNTO DE IGNICIÓN

—Supongo que puedo contar con la confidencialidad médico


paciente.

Éstos intercambiaron miradas.

—Trabajamos para Mira Han —dijo uno de ellos—, pero nuestro


primer deber es con nuestro paciente.
— ¿Es eso un sí? —insistió Jim. Quería oír las palabras. Sarah era
demasiado importante.
—Sí —dijo el otro—. ¿Lo quiere por escrito? —añadió
sarcásticamente.
—Pues sí, la verdad, eso estaría muy bien —dijo Jim, entrando en
el cuarto y dejando con delicadeza a Sarah sobre la cama.

Matt parecía un poco preocupado, como si la brusquedad de Jim


pudiese ofender a Mira. En lugar de eso, Mira se rio.

—Oh, James, eres tan encantadoramente franco. Ése es uno de los


motivos por el que te tengo tanto aprecio. Contigo siempre sé
exactamente en qué punto me encuentro.
—Así es como pretendo seguir siendo —dijo Jim, dedicándole una
sonrisa sincera—. Te agradezco lo que estás haciendo por nosotros.
—Lo sé —dijo ella—. Y espero que Matthew y el encantador Sr.
V también lo hagan. Y ahora los dejo a ti y a tu amiguita con los
doctores. Espero que puedan ayudarla. Puedes localizarme
mediante Matthew si necesitas algo —se volvió a Matt—. ¿Quieres
acompañarme en un paseo muy, muy largo? Todavía quedan sitios
bonitos y privados.
— ¿No tenemos que volver con el Sr. V? —dijo Matt, con
demasiada prisa—. Prometiste conseguirle un canal seguro.
—Oh, sí, lo hice —dijo Mira—. Mmm. Me imagino que estará un
poco irritado, ¿no? Sí, vamos a ocupamos de él. Luego podremos
dar ese paseo.

114
CHRISTIE GOLDEN

Lo tomó del brazo y salió con él del cuarto. Los médicos dedicaron
su atención a Sarah. Uno de ellos se había inclinado para retirarle
la manta. La mano de Jim salió disparada para agarrarlo por la
muñeca.

—Lo han prometido —dijo—. Confidencialidad.


—Por supuesto —replicó el médico, impacientemente. Jim lo
soltó, se sentó y observó la sorpresa de aquel hombre al ver los
“cabellos” semejantes a serpientes de Sarah. Los dos médicos lo
miraron fijamente.
—Sí, es ella —dijo Jim.
— ¿Nos ha traído a la Reina de Espadas? —dijo uno de ellos,
mirando asombrado a Jim.
—No. Les he traído a Sarah Kerrigan. Y van a dedicarle los mejores
cuidados médicos que le han dedicado a nadie en la vida.

No por primera vez, Jim sintió un aguijonazo terrible al ver a Sarah


tan débil. Todos sus recuerdos eran de una mujer fuerte y poderosa,
fuese con el nombre de Sarah Kerrigan o con el título de Reina de
Espadas. Verla luchar era como ver un ballet armado de mente y
músculo, un poema a la belleza de la violencia controlada y
dirigida. Estaba entrenada para matar, pero él sabía lo que le
costaba hacerlo. Si hubiese podido conseguir sus metas sin
convertirse en un ángel de la muerte, lo habría hecho. Jim lo
entendía. Él también lo había decidido así, algo que Mengsk no
podría entender nunca.

Y quizá era por eso por lo que habían trabajado tan bien juntos.
Eran dos asesinos soberbios a quienes no les gustaba matar.

2500

—Chico, aquí no hay nada que indique que hay alguien en casa —
dijo Jim mientras se acercaban a la solitaria luna del gigante de gas
conocido sólo como G-2275.
115
PUNTO DE IGNICIÓN

Sarah le dedicó una mirada divertida.

—Eso era lo que decía mi informe, Jim.


—Bueno, ya, lo sé, pero resulta distinto cuando lo ves con tus ojos.

Sarah levantó una rojiza ceja y miró la pantalla. Era una luna
completamente corriente, rodeando un planeta completamente
corriente. No había indicación alguna de que bajo la superficie se
encontrase uno de los grandes centros tecnológicos de la
Confederación.

Sarah les había informado a él, a Mengsk y a Mike Liberty sobre


aquel lugar. Tras la victoria en Antiga Prime, Mengsk estaba
encantado con su nuevo juguete* el emisor psi, que había permitido
a los rebeldes y a mucha de la población civil escapar con los Hijos
de Korhal, mientras la presencia de la Confederación en el planeta
caía ante el primer zerg y luego ante la implacable purga llevada a
cabo por los protoss. Pero habían empezado a llegar informes de
que los Goliats, los andadores de cuatro metros que convertían a un
hombre en un gigante, habían sido adaptados y mejorados.

Kerrigan admitió sinceramente que no estaba deseando repetir su


actuación con el emisor psi, por muy increíblemente exitosa que
hubiese sido. Había convencido a Mengsk de que obtener los
planos de los mejorados goliats sería más barato, útil y, a largo
plazo, igual de efectivo. La ventaja táctica que tenía la
Confederación con los goliats podía demostrar ser lenta pero letal.
Sarah sabía incluso el lugar donde más probable era que estuviesen
desarrollando esos planes.

—He estado allí antes, hace como un año —dijo.


— ¿Haciendo qué? —había preguntado antes de poder pensarlo, e
hizo una mueca por dentro ante la feroz mirada que le dedicó Sarah
y que decía «¿Tú qué crees?» —Oh.
116
CHRISTIE GOLDEN

Ella no dio detalles de a quién ni por qué, sino que sencillamente


continuó.

—Cambian los códigos de seguridad religiosamente, por supuesto.


Pero utilizan un algoritmo matemático concreto. Es complicado,
pero lo conozco. Podemos extrapolarlo hasta el momento.
—Parece una tontería —dijo Mike, rascándose pensativo la
barbilla—. Si te sabes la fórmula, puedes entrar cuando quieras.
—No subestimes la arrogancia de aquéllos que creen que tienen un
sistema a prueba de todo, Mike —dijo Mengsk—. Probablemente
están demasiado ocupados felicitándose unos a otros por su
inteligencia al prever cualquier peligro.
—Y no subestimes el ingenio de los tontos —aportó Jim. Sarah le
dedicó una sonrisa, lo que Jim había esperado que hiciese.
—Bueno, Sarah... Cumpliste una, eh, misión allí. ¿Crees que
habrán reforzado la seguridad?
—Sin duda —dijo Kerrigan—. Pero, según los perfiles
psicológicos que he estudiado, no habrán cambiado el algoritmo.
Sin embargo, probablemente habrán solicitado más que la docena
de marines con la que tuve que enfrentarme entonces.

Ella había tenido razón, como siempre, en todo lo que había dicho.
Aquellos arrogantes bastardos no se habían molestado en cambiar
el algoritmo. Fue sencillísimo obtener permiso para aterrizar y, una
vez allí, que un forajido y una fantasma derrotasen al grupo que
trabajaba en el muelle de atraque y a los dos marines que parecían
extremadamente aburridos antes de haberse vuelto
extremadamente muertos.

Y, después de aquello, empezó el auténtico baile.

Había que neutralizar a los marines. Si eran resocs, y


probablemente lo fuesen, no dejarían de luchar si los dejaban con
vida. Tanto Sarah como Jim lo sabían y, sin decirse una palabra,
117
PUNTO DE IGNICIÓN

fueron a matar. Aquella parte del baile era siniestra y desagradable,


pero no menos hermosa.

Su llegada había sido autorizada, así que no sonaba ninguna


alarma. Sarah había memorizado la planta de la estación y entró
primero, una hermosa pelirroja que pareció desvanecerse,
transformándose en un arma invisible e inaudible. Jim la vio
desaparecer, contó hasta cinco y le disparó a la primera marine
apostada delante. Ésta cayo, pero sus dos compañeros empezaron
a disparar. Uno de ellos levantó la mano y abrió la boca para hablar.

Murió antes de poder decir una sílaba. Un agujero apareció en el


pecho de su armadura de combate por el ataque por detrás de Sarah.
Antes de que el que quedaba pudiese siquiera empezar a correr,
voló atravesando el pasillo y se estrelló contra un mamparo. Se
quedó como una tortuga boca arriba que lucha por incorporarse.
Sarah se materializó un instante después, acabando con los
esfuerzos del marine. Su cuerpo blanco y azul estaba tenso y un
mechón de cabello le colgaba por delante de los ojos. Era
ciertamente un arma mortal, capaz de enfrentarse a varios
enemigos a la vez, silenciándolos a todos con actos de elegante
muerte.

Sus ojos se encontraron. Algo eléctrico pasó entre ellos; un


reconocimiento, una apreciación de sus talentos depurados, de sus
nervios resistentes y un profundo lamento de que todo aquello
fuese necesario.

Habían encontrado a alguien que sabía dónde estaban los planos.


Sarah le había leído el pensamiento con facilidad y lo había dejado
junto a otros catorce sangrando, inconsciente y vivo. Por supuesto,
Mengsk estaba encantado de la vida y los goliats de la rebelión
fueron mejorados. Una vez más, habían cambiado las
probabilidades.

118
CHRISTIE GOLDEN

Y había sido Sarah Kerrigan, la fantasma, el arma que lloraba.

2504

Era, pensaba Valerian inclinado sobre la barra de la cantina del


Hyperion, un camino verdaderamente interesante el que lo había
llevado hasta allí. Su padre no reconocería aquello, y eso lo hizo
sonreír un poco mientras se bebía el mai tai. El aire era denso por
el humo, y una música de lata resonaba desde un cacharro que él
recordaba que se llamaba “gramola”, que estaba suspendido en el
techo. Parecía que había sido dañado y lo habían parcheado, y su
sonrisa se volvió irónica al escuchar al cantante advertir sobre
“mentes desconfiadas”.

—Tenía como el doble de canciones antes de que Tychus Findlay


lo rompiese —dijo Cooper, el camarero.

Valerian frunció el ceño ligeramente. Findlay. Valerian estaba de


acuerdo con la decisión de Jim, pero sabía que le había resultado
difícil tomarla.

— ¿No le gusta el mai tai? —preguntó Cooper, obviamente


preocupado por la expresión de Valerian.
—Oh, es excelente —dijo Valerian, y era sincero—. Si las otras
copas que prepara son igual de deliciosas, debo decir que está
malgastando su talento aquí.

Cooper, un tipo de aspecto amistoso con pelo oscuro y ojos azules,


se rio un poco mientras preparaba otro combinado para un cliente.

—Qué va—dijo—, esto me gusta. Llevo un tiempo con los


asaltantes. Luchan con fiereza y lo arriesgan todo. Lo menos que
se merecen es una buena copa al final del día.
—O al principio —dijo Valerian.

119
PUNTO DE IGNICIÓN

—Pues no se lo va a creer, pero no tenemos muchos borrachos aquí


—dijo Cooper, sirviendo la bebida y dándosela a una joven.
Valerian la reconoció de inmediato... y al caballero que le hacía
compañía.
—Señorita Annabelle —dijo, y al joven que estaba al lado de ella—
: teniente Rawlins. ¿No sigue de servicio?
—Señor, soy timonel y ahora mismo estamos en tierra —dijo
Rawlins—. El capitán Vaughn me dijo que podía invitar a la
señorita a una copa. Es lo menos que podemos hacer para
disculpamos por haberla engañado.

Valerian le dedicó una sonrisa a la joven.

—Muy cierto —dijo—. Y gracias. Su equipo hizo un buen trabajo


bajo una gran presión. No creo que el Bucéfalo estuviese aquí de
no ser por ustedes.

Annabelle se ruborizó ligeramente.

—Gracias —dijo—. Sólo hacía mi trabajo.


—Empiezo a entender por qué los asaltantes de Raynor le
provocaron tantas dificultades a mi padre —dijo.
—Hacemos lo que podemos por ser molestos —replicó Annabelle.
Se volvió a su acompañante—. Gracias por la copa, Travis —le
dijo—, ven conmigo. Sé dónde está la mejor mesa.
—Cuéntame más sobre tu idea sobre las naves de despliegue —
dijo Travis. Aunque Valerian era consciente de que su timonel no
sabía prácticamente nada sobre mecánica, Travis parecía
sinceramente interesado. Valerian sonrió un poco.
—Y por eso —dijo Cooper, también observando cómo se alejaba
la pareja—, es por lo que hago lo que hago. Ahora, una pregunta
para usted, señor... ¿Por qué está aquí y no en su nave?
—No... estoy muy seguro —dijo Valerian—. Me imagino que ya
que funcionamos tan bien juntos para enfrentamos a mi padre
quería saber más de la gente con la que estoy trabajando.
120
CHRISTIE GOLDEN

—Suena razonable. ¿Y también, quizá, para conseguir


información?

Valerian le lanzó una mirada rápida y brusca, pero Cooper se limitó


a sonreír y comenzó a enjuagar unos vasos.

—Vamos, todo el mundo habla con el camarero. Usted tiene


preguntas, yo respuestas. Pero tengo también mis propias
preguntas. ¿Querría hacer un intercambio?
—Suena justo —dijo Valerian—. Aunque debe saber que hay
algunas cosas que no estoy en libertad de compartir.
—Claro —dijo Cooper—. Matt y Jim son igual. Usted primero.
—Muy bien. ¿Qué opina del señor Raynor?
—No estaría aquí si no lo respetase —dijo Cooper—. Alguien que
lo entregase seguro que ganaría mucho dinero.
— ¿Así que nunca diría una mala palabra sobre él?
—No he dicho eso —dijo Cooper. Empezó a secar los vasos—.
Ha habido momentos en que he tenido mis dudas. Como cuando
fue tan torpe con aquel protoss, Zeratul. Y, durante un tiempo, me
preocupó que el licor lo venciese.
— ¿Qué le hizo cambiar de idea?
—Bueno, nada me ha hecho cambiar de idea sobre el protoss.
¿Alguna vez ha conocido a uno?
—Sí.
—Dan cosa, ¿verdad? —Cooper hizo una mueca—. No tienen
boca, y la manera en que se mueven, y todo eso de leer mentes que
hacen... No, señor, mis disculpas si a usted le caen bien como a Jim,
pero preferiría no tener que volver a ver a uno. En cuanto a la
bebida... Bueno, Jim demostró pronto que tiene lo que hay que
tener. Viene de vez en cuando y bebe, y se lo pasa bien, pero he
dejado de preocuparme por él. Tiene sus prioridades bien
ordenadas.
— ¿Y cuáles son ésas?

Cooper le dedicó una sonrisa.


121
PUNTO DE IGNICIÓN

—Ah, ah —dijo—, ya le he respondido a más de una pregunta. Me


toca.

Valerian brindó con la copa medio llena.

—Adelante.
—Todo el mundo sabe que ha roto relaciones con su padre por lo
de Sarah Kerrigan. Pero, ahora ¿qué? No vamos a seguir aquí
escondidos toda la vida.

Valerian observó a Cooper.

—No se anda por las ramas —dijo.


—No, no lo hago. Supongo que ya oigo suficiente de eso. Le seré
sincero; la decisión del comandante de ir a Char no le sentó muy
bien a la tripulación al principio. Findlay intentó que la gente no
confiase en él.
—De ahí lo de la gramola.
—Cierto. Pero, al final, Tychus estaba en el suelo y no podía
levantarse. Y el comandante nos dijo que era decisión nuestra
seguirlo o marchamos... Igual que siempre. No se fue ni uno solo.
Pero queremos saber para qué fue todo, porque desde luego no
acabó con Kerrigan convertida en humana. Si es que lo es. Hay
muchos rumores por ahí.

Valerian estaba seguro de que así era. Se preguntaba cuál sería el


curso de acción más seguro y decidió que con aquel grupo era
sencillamente la sinceridad.

—Obviamente no está del todo bien o la habrían visto por aquí.


Los ojos azules de Cooper mostraron una ligera aprensión.
—Pero... ¿está básicamente bien? ¿No es una... cosa medio zerg
que nos ocultan?

122
CHRISTIE GOLDEN

Valerian sonrió.

—Desde luego que no. —Era la verdad. Kerrigan estaba bien.


Prácticamente—. Pero el shock ha sido fuerte para ella. Necesita
ayuda, más ayuda de la que yo le puedo brindar en mi nave. Por
eso estamos aquí, por la gracia de una tal Mira Han, para que yo
pueda llevarla con gente que puede hacer que vuelva a ser ella
misma.
—La Fundación Moebius, ¿verdad?

Valerian asintió.

—Exacto. En cualquier momento, espero, Mira me dirá que ha


conseguido un modo seguro para que envíe una transmisión. Nunca
se es demasiado cuidadoso.

Cooper hizo una mueca.

—Lo sé. Después de lo de Findlay... Bueno, no me sorprendería


que su padre tuviese algunos espías en este planeta también. Tenga
cuidado cuando envíe ese mensaje —le dedicó una sonrisa a
Valerian al tiempo que terminaba de secar los vasos—. Detesto
perder clientes.
—Ya ha perdido demasiados —dijo Valerian. Sacó un generoso
puñado de créditos—. Va a ver mucho de mi personal aquí en el
Hyperion. Tuvimos que dividir a la tripulación del Herakles entre
el Bucéfalo y esta nave. Trátelos tan bien como me ha tratado a mí.

Cooper recogió los créditos agradecido.

—Hecho, Sr. V —dijo, y levantó la mirada hacia la entrada—.


Vaya, mira quién ha venido —dijo—, me sorprende que ella le
dejase que escapara de sus garras... quiero decir, de sus brazos.

123
PUNTO DE IGNICIÓN

El comentario era con buena intención y Valerian se volvió y vio a


Matt Horner entrando en la cantina. Se acercó a Valerian y le dijo:

—Tenemos un problema.
—Le pondré otra copa —dijo Cooper, poniéndose a trabajar en el
acto.

Valerian prestó atención.

— ¿Qué ocurre? ¿Mira no ha podido conseguirme una conexión


segura?
—Oh, sí, eso está solucionado. El problema es que usted tiene que
acudir a ella.

El Príncipe Heredero frunció el ceño.

—No lo entiendo.
—Se lo diré de otro modo —dijo Matt. Se inclinó y pasó la mano
por el suelo. La levantó llena de grasa, aceite goteando, manchada
de suciedad y salpicada de otras cosas que Valerian no quería saber
qué eran—. ¿Ve esto? —preguntó Matt, indicando la mano sucia.

Valerian hizo una mueca.

—Sí, aunque preferiría no haberlo visto.

Sin previo aviso, Matt estiró la mano y pasó la suciedad por la


mejilla de Valerian.

—Es un comienzo —dijo.

124
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO DIEZ

Antes de que Matt pudiese verlo, y no digamos reaccionar, la mano


de Valerian se había disparado, había agarrado al capitán por la
muñeca y se la había retorcido dolorosamente. Matt dobló las
rodillas y Valerian oyó los ruidos de sillas arrastrándose cuando los
parroquianos del bar se prepararon para defender a su capitán. Lo
soltó enseguida, pero mantuvo la mirada fija en Horner.

—Si tiene algún problema conmigo, dígamelo —replicó, con la voz


ronca por la ira.
—No lo tengo —dijo Matt, mirándolo con una expresión
levemente asombrada y frotándose la muñeca-M El problema lo
tiene usted. Parece... bueno... usted. Y, si vamos a pasear por
Deadman’s Port, cuanto menos se parezca a usted, mejor.

Valerian había aprendido hacía tiempo a dominar su ira. De vez en


cuando salía a la superficie, como había sido el caso, para atacar
rápida y certeramente como una serpiente venenosa, pero siempre
pasaba rápidamente.

—Entiendo. Podría haberse limitado a decírmelo —hizo un gesto


señalando la muñeca de Matt—. Se habría ahorrado algo de dolor.
—No se preocupe —gruñó Matt— Debo decir que me sorprendo
que haya podido hacerlo.
—Oh, ya verá que tengo muchas sorpresas —replicó Valerian,
dándole un sorbo al segundo mai tai que Cooper le había servido—
. Pero, vamos al grano. ¿Por qué tenemos que andar?

125
PUNTO DE IGNICIÓN

Mira dice que, aunque esto sea un vertedero, la mayoría de la gente


camina si tiene que ir a alguna parte. El número de habitantes ha
crecido recientemente debido a los últimos ataques zerg. Antes, la
mayor parte de la población estaba compuesta por mercenarios y
delincuentes, pero ahora son sobre todo refugiados. Nadie tiene
dinero. Cualquier vehículo o nave van a llamar la atención.

Mientras hablaban, Cooper había estado ocupado preparando otra


bebida en silencio, y ahora se la sirvió con delicadeza a Horner que
la aceptó con un gesto y un par de créditos.

—Muy bien —contestó Valerian. Señaló la copa—. Veo que es un


hombre de gin tonic.
—Tónica y lima sintética, sí —dijo Matt— Generalmente no bebo
estando de servicio. Así que tenemos que conseguir que parezca
tan desgraciado, hecho polvo y sucio como los demás. Y, lo siento
—dijo mientras daba un sorbo—, eso va a ser un pedazo de desafío.

Valerian le dedicó una débil sonrisa.

—Quizá menos de lo que cree —dijo.

*******

Tras media hora de preguntar por ahí, Matt recogió algo de ropa
que estaba convenientemente gastada. Se la dio un hombre de
Swann que era, según Matt, «de esos a los que les gusta tener las
manos sucias mientras trabaja».

Valerian observó la ropa, intentando no parecer demasiado


ofendido por la, eh, fragancia que ascendía de los pantalones,
camisa, chaqueta y botas manchados de aceite y parcheados.

—Esto debería servir —dijo arrastrando las palabras.

126
CHRISTIE GOLDEN

—Una lástima que no podamos esperar un par de días para que le


crezca un poco de barba —dijo Matt—, pero tendrá que valer. Un
poco de suciedad en la cara y en el pelo y debería al menos parecer
un andrajoso. —Matt intentaba ser profesional, pero a Valerian le
resultaba obvio que Horner estaba disfrutando imaginándose al
Príncipe Heredero caminando por las calles oliendo como un
refugiado. La idea le resultó divertida e irritante por igual.
— ¿Parecer un andrajoso al menos? —repitió—. Parece que no
cree que pueda conseguirlo, capitán Horner.
—Admito que estoy preocupado. Un movimiento equivocado y
somos hombres muertos. Y el búnker está a unos cinco kilómetros
de aquí.
—Usted no parece especialmente desastrado —dijo Valerian—.
Quizá debería preocuparme yo por usted. Entiendo que los marines
se van a quedar a bordo del Bucéfalo.
—Así es, señor. Los resocializados no podrían negar su
programación y eso los incapacita para misiones encubiertas. Y ni
siquiera sus marines podrían sacudirse ese porte militar.
—Cierto.
—Podríamos llevar a un par de los asaltantes menos conocidos para
defenderlo. Esto es —añadió Matt—, suponiendo que confíe en
nosotros.

La irritación estaba empezando a vencer a la diversión. Valerian se


dirigió a Horner.

—No le caigo bien —dijo—, y no confía en mí. Sin embargo, aquí


estoy, poniéndome en sus manos. Si vamos a trabajar juntos,
capitán Horner, por amor de Dios, vamos a trabajar juntos, ¿de
acuerdo? Estas pullas están empezando a resultar irritantes.

Un ligero rubor alcanzó las mejillas de Matt. Obviamente las


palabras de Valerian le habían afectado.

—Por supuesto.
127
PUNTO DE IGNICIÓN

—Además —dijo Valerian, mirando una vez más la maloliente


ropa—, este recadito le mantiene alejado de Mira Han. Creía que
estaría más agradecido.

El hielo no se rompió del todo, pero Matt se esforzó por no sonreír.

********

Salieron del improvisado refugio del montón de chatarra que era en


realidad uno de los cruceros de batalla más conocidos de la galaxia
y de nuevo Valerian tuvo que esforzarse ante el denso miasma.
Horner lo miró pensativo. Él mismo tendía a ser más limpio que la
mayoría de los asaltantes, pero Valerian había resultado un desafío.
Aparte de la sorprendentemente rápida, y dolorosa, reacción inicial,
SÍ príncipe se había resignado a la charada. Mirándolo ahora. Matt
se preguntaba si incluso podría pasar por delante de su propio padre
sin ser reconocido.

Con los recursos que tenían, no podían hacer nada acerca de sus
rasgos patricios, aparte de ensuciárselos. Y lo habían hecho.
Valerian mascaba algo que le había dado... alguien, y se inclinó
escupir un chorro de un líquido de color repugnante.

—Espero que se te quite de los dientes —murmuró.


—Creo que sí, a no ser que lo masque habitualmente —dijo Matt.

Le habían soltado la cabellera rubia y Valerian se había pasado los


dedos engrasados por el pelo. Ambos llevaban pistolas. La que
Valerian había querido llevar estaba tan limpia y reluciente como
él mismo. Horner se lo había prohibido y la había sustituido por
una más machacada sacada de la armería del Hyperion. Por un
momento, mientras se acostumbraba a lo que allí llamaban aire,
Valerian seguía recto como un palo, pero al mismo tiempo que
Matt iba a abrir la boca para hacer un comentario al respecto, el
príncipe cambió su peso hacia una cadera y se encorvó.
128
CHRISTIE GOLDEN

—Bien —dijo Matt.

Valerian torció el labio y se llevó un dedo peligrosamente cerca de


la nariz.

—Vale, tampoco no hace falta que se pase —gruñó Matt,


suprimiendo una carcajada—. Vámonos. Tenemos que tener
cuidado. Incluso vestidos así tenemos mejor pinta que la mitad de
los que viven aquí. Vamos.

Bajaron por el “montón de chatarra” y saltaron el último metro


hacia la zanja que servía de pasaje. Matt observó que las capas de
basura eran casi capas de sedimento. Los restos nuevos de naves
sencillamente se apilaban unos sobre otros. Se preguntó qué época
estaban pisando sus pies y qué les habría pasado a los hombres y
mujeres que habían volado en lo que una vez fue parte de una nave
espacial.

Se dirigieron hacia el norte lo mejor que pudieron siguiendo las


direcciones que Mira le había dado a Matt, susurradas
cariñosamente al oído y seguidas de un leve beso. Hizo una mueca
al recordarlo y se concentró en lo que tenía que hacer.

Valerian le siguió el ritmo, dándole a sus movimientos un ligero


balanceo. El estrecho pasaje daba a una zona más llana y Matt
sacudió la cabeza.

—Esto está casi invadido —dijo.

Valerian no contestó. Sus agudos ojos grises estaban observándolo


todo. Había docenas de personas en aquella pequeña zona. Niños,
algunos de ellos apenas vestidos, correteaban sin vigilancia,
metiéndose en agujeros y saltando insensatamente sobre los
pedazos de metal rotos y retorcidos que habían sido naves. Había
129
PUNTO DE IGNICIÓN

color por todas partes, en la ropa y en los restos. La mirada de


Valerian parecía seguir a un niño que estaba raspando con fuerza
algo de un gran pedazo azul de metal.

— ¿Qué está haciendo? —preguntó Valerian en voz baja.


—Conseguir el almuerzo —replicó Matt. Mientras hablaba, el niño
se llevó las manos sucias a la boca y se metió algo dentro. Valerian
apartó la mirada rápidamente—. No —siseó Matt—, no puede
mostrar ninguna debilidad. Y no se compadezca tampoco de los
niños. Sí, la pobreza es auténtica, pero también lo son las pandas
de niños que lo llevarían a una trampa para que los chicos mayores
le quiten hasta la respiración. Jim se metió en una de ésas la primera
vez que vino aquí.
—Entiendo —dijo Valerian. Su voz era decidida, pero indicaba
dolor.

Se abrieron paso entre las docenas de críos que, una vez que vieron
a la pareja, se agarraron inmediatamente a sus piernas y
extendieron unas manos sucias, pegajosas y pedigüeñas, rogando:

— ¿Por favor, señor, por favor, señor?


—Lárguense —ladró Matt, con una furia y un asco que no sentía,
y los empujó con fuerza. Era firme, pero no cruel. Uno de los críos
se tropezó y se cayó. No cayó con fuerza, pero uno no lo diría a
juzgar por cómo llenó de aire sus pequeños pulmones y lanzó un
aullido de dolor. El chico era bueno, hasta se le salieron unas
lagrimillas.
— ¿Qué le has hecho al chico? —se oyó decir a una voz airada y
profunda. Las palabras sonaron algo arrastradas, pero no eran
menos amenazantes por ello. Matt hizo una mueca para sí. Ya
empezamos. El hombre era más alto que él o que Valerian y,
aunque no tan fuerte como Tychus Findlay, seguía siendo
imponente. Otra cosa que recordaba a Findlay era la cicatriz que le
recorría un lado de la cara, aunque parte del labio lo tenía cortado.

130
CHRISTIE GOLDEN

No estaba solo. Dos amigos, de aspecto casi tan desagradable como


él, avanzaban hacia Matt y Valerian.
—Enseñarle modales —dijo Valerian antes de que Matt pudiese
intentar suavizar la situación.
— ¿Dices que el chico no tiene molares? —la palabra arrastrada
no era cómica al venir de aquella boca deforme.
—Eso es justo lo que estoy diciendo. Quítanoslo de encima y nos
iremos.

Cicatriz sonrió burlón, lo que mostraba una imagen inquietante.

—No creo que vayas a ir a ninguna parte. —Un puño gigantesco


agarró a Valerian por la camisa y lo levantó. Por el rabillo del ojo
Matt vio el brillo de unos machetes. Acababa de levantar su arma
cuando... todo pasó.

Valerian se movió tan deprisa que era prácticamente un borrón a


ojos de Matt. Las manos de Valerian estaban al instante sobre la
que le agarraba de la camisa y una fracción de segundo después
Cicatriz estaba de rodillas chillando. Los dos amigos del
grandullón corrieron hacia Valerian, pero de repente el Príncipe
Heredero sencillamente no estaba allí, sino detrás de ellos. Saltó y
lanzó dos patadas; cada bota aterrizó en una ancha espalda y
entonces, no había otra manera de describirlo, Valerian corrió por
encima de los dos hombres, deteniéndose sólo el tiempo suficiente
para hacerles chocar las cabezas antes de saltar y aterrizar
agazapado, con un cuchillo en la mano que Matt no sabía que tenía.

Los dos hombres cayeron, no inconscientes, pero definitivamente


fuera de la pelea. Cicatriz aulló y se lanzó a por él. Valerian esperó,
sosteniéndose de puntillas, hasta el último segundo posible antes
de apartarse. El impulso de Cicatriz lo llevó hacia delante y chocó
con toda la velocidad de su ataque contra un muro de chatarra. Al
golpear se oyó un ruido seco y luego un sonsonete agudo.

131
PUNTO DE IGNICIÓN

El machete de Valerian clavó la camisa harapienta del hombre


contra lo que podría ser o no un colchón viejo.

Cicatriz lo miró fijamente un instante y soltó una carcajada.


Desclavó el cuchillo y se giró, agarrándolo con su gigantesca mano.

—Has fallado —gruñó.

Valerian sonrió beatíficamente.

—No —dijo amablemente—, no he fallado. No quiero dejar a un


niño sin padre... incluso con alguien de tu clase. —Tanto Cicatriz
como Matt vieron en el mismo momento que Valerian tenía en la
mano un segundo machete—. Ahora —continuó el príncipe—,
¿quieres dejamos pasar o llevamos esta pelea a su conclusión
lógica?

Los ojillos porcinos del hombre pasaron de la tranquila expresión


de Valerian (maldición, dijo Matt, Valerian ni siquiera estaba
resoplando) al cuchillo, y luego otra vez a su cara. Murmuró algo,
tiró el cuchillo y caminó hacia su hijo.

Valerian asintió, recogió el cuchillo y se volvió a Matt. Éste se le


quedó mirando sin palabras durante un segundo y luego continuó
adelante. No los siguieron.

—No... tenía ni idea de que pudiese hacer esto —dijo Matt.


— ¿El qué?
—Eso. Todo eso.

Valerian le ofreció una pequeña sonrisa tensa.

—Creía que era un empollón débil y afeminado, ¿verdad?


—Yo... —Matt no quería confirmarlo, pero tampoco quería mentir.
Así que se esforzó por encontrar un punto medio—. Digamos que
132
CHRISTIE GOLDEN

desde luego no esperaba que se desenvolviese tan bien tres contra


uno.
—Tres contra dos —dijo Valerian—. Vi cómo sacaba el arma.
—Se movía demasiado deprisa para que yo tuviese un blanco claro.
— ¿...Perdón?

Matt tuvo que reírse.

—Supongo que le debo una disculpa.


—La verdad, no. Sabe muy poco sobre mí, Sr. Horner —continuó
Valerian según avanzaban—. Me ha visto cortar lazos en la UNN
y me ha oído hablar con entusiasmo de objetos antiguos. Sabe que
aprecio el lujo y el arte y no tengo cicatrices de pelea obvias. Lo
que no sabe es que durante la mayor parte de mi vida yo era un
secreto. Probablemente he pasado más horas en compañía de
militares que usted. Quizá incluso que el Sr. Raynor. He entrenado
mucho, con armas antiguas como espadas...
—Y cuchillos.
—...Y cuchillos—accedió Valerian—-. Conozco tres tipos
distintos de artes marciales.
— ¿Podría matarme con una cuchara?
—Sólo los aficionados necesitan cucharas —dijo Valerian, de un
modo tan inexpresivo que por un segundo Matt se preguntó si
hablaba en serio. Se encontraron sus miradas y Matt vio jocosidad
en las grises profundidades antes de que Valerian apartase la
vista—. Durante mi infancia no me sentí a salvo ni por un segundo.
He aprendido a estar en guardia a todas horas, incluso cuando no
es necesario. Preferí pelear en lugar de retirarme porque en sitios
como éste las noticias vuelan. No creo que nos vayan a dar más
problemas.
—Pero ha atraído la atención.
—Prefiero estar vivo y atraer la atención que muerto e ignorado.
Como, me imagino, la mayoría de los que mueren aquí.
—Intenté avisarle.

133
PUNTO DE IGNICIÓN

—Así es, y estaba preparado. Es... —Valerian buscaba las palabras


y no parecía encontrarlas—. Se supone que un gobierno debe
preocuparse por su gente. Pero después de los recientes ataques
zerg... los han dejado aquí para que se pudran. Matt. Hombres,
mujeres, niños... El Dominio no va a levantar un dedo para
ayudarlos.
—Bueno, tampoco es que aquí el Dominio sea bien recibido.
—Y sin embargo he visto que compartían comida aunque también
hubiese ladronzuelos. ¿Reconoció los paquetes?
—Eh —dijo Matt inexpresivamente.
—Yo me fijo en todo —dijo Valerian—. Tengo que hacerlo. Vi dos
paquetes que tenían la misma insignia que llevaba Mira en el mono.
Es la marca de su supuesta banda de mercenarios. Le están dando
comida a esta gente. Parece que los matones, los asesinos y los
mercenarios tienen mejor corazón que los miembros del gobierno
de mi padre.

Matt estaba callado. Mira siempre le había parecido una mujer que
sólo miraba por ella misma. Pero creyó a Valerian y la revelación
le estaba obligando a ver a Mira bajo otro prisma. Además, ella
también tenía en sus manos al Príncipe Heredero y tenía que saber
que Arcturus la recompensaría muy bien por entregar a Valerian.

Pero no lo había hecho.

Al menos, no por ahora. Y Matt sabía, aunque no estaba seguro de


cómo lo sabía, que no lo haría.

—Me pregunto si deberíamos hablarle de Sarah —le dijo a


Valerian.
—No —replicó enseguida el príncipe—. Decenas de miles de
personas fueron desplazadas aquí a causa de los actos de la Reina
de Espadas. Murieron miles de millones. Si se corre la voz de que
Mira está protegiendo a Kerrigan, todos sus actos de caridad no le
darán a Sarah ni un segundo de vida a manos de aquéllos que
134
CHRISTIE GOLDEN

buscan venganza, y estas calles están atestadas de gente así —su


voz era triste y amargada—. No le pagaré a Mira su amabilidad
poniéndole una diana en el pecho.

Matt no contestó. Estaba avergonzado de que no se le hubiese


ocurrido antes a él.

—Espere —dijo, y se detuvo. Se había concentrado tanto en la


conversación que se preguntaba si no habría dejado atrás el sitio al
que iban. Rápidamente consultó el mapa que le había hecho Mira.
—No puede ser aquí —dijo Valerian.
—Creo... que sí —dijo Matt. Le enseñó el mapa, que tema algunos
símbolos garabateados, y señaló a lo que había sido la entrada de
una nave hacía tiempo destruida. Tenía los mismos símbolos
grabados, probablemente con un cuchillo. Valerian levantó la ceja.
—Menos mal que ninguno somos tan grandes como Tychus — dijo
Matt, y se deslizó a través de la estrecha apertura bajo los símbolos.

135
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO ONCE

Jim llevaba fuera poco tiempo. No había querido dejar sola a Sarah
con extraños, pero era un ser vivo y su cuerpo tenía algunas
necesidades de las que debía ocuparse. Una de ellas era conseguir
comida. El estómago le había rugido con tanto ruido que los dos
médicos, Yeats y Becker, lo habían mirado de reojo.

Mira había cumplido con su palabra, nadie iba a cocinar ni a limpiar


para Jim. Mientras buscaba por la enorme cocina en busca de algo
que calentar rápidamente, se descubrió añorando al asesino-
mayordomo Randall. Estaba seguro de que aquel hombre podría
haber montado una obra maestra culinaria sólo con sobras. De
repente se recordó a sí mismo con Tychus en aquella cocina. Los
chefs se habían irritado, pero no protestaron cuando Tychus
empezó a comer de las ollas de comida todavía hirviendo. Más de
una vez se habían tambaleado hasta la cocina a las tantas de la
noche buscando algo que combatiese la inevitable resaca.

—Maldición —dijo Jim—. Cuanto antes salga de aquí, mejor.

Llevaba fuera poco tiempo, pero aparentemente el suficiente.


Cuando volvió con Sarah unos minutos después con dos platos de
tallarines con salsa de un montón de raciones militares, se encontró
con dos caras distintas, una mayor, arrugada y pálida, la otra,
oscura como el café y de piel suave, con parecidas expresiones de
preocupación.

136
CHRISTIE GOLDEN

Sarah estaba en la cama, su respiración era lenta y regular y tenía


varios tubos conectados a los brazos y al pecho. Tenía los ojos
cerrados.

— ¿Cómo está? —preguntó Jim, y su voz conllevaba inquietud.


—No muy bien —dijo el doctor más mayor, Yeats—. Hemos
tenido un incidente antes.

A Jim se le encogieron las tripas.

— ¿Qué ha pasado?
—Intentó arrancarse una de las... bueno, hemos empezado a
referimos a ellas como “plumas” —dijo Becker—. Se rompió un
poco por la base, pero es una herida menor. Hemos reparado los
daños.

Jim tragó saliva.

—Ya veo.
—Desde entonces se ha negado a responder a ninguna pregunta y
actúa como si no estuviésemos delante.
— ¿Está despierta? —preguntó Jim, todavía en voz baja mientras
miraba al cuerpo que yacía bajo las sábanas al otro lado de la
habitación.
—Sí —dijo Yeats— pero, como dijo el Dr. Becker, nos ignora.
—A mí no me ignorará.

Jim dejó atrás a los médicos y se sentó en la silla que estaba junto
a Sarah. Arrastró las patas de la silla para que ella supiese que
estaba allí. Sarah miraba hacia el otro lado y no se movió mientras
Jim se sentaba. Desde aquel ángulo veía la pluma herida; la habían
vendado cuidadosamente a la base.

—Hola, querida —dijo Jim.


—Deja de mirarme la cabeza —dijo ella sin darse la vuelta.
137
PUNTO DE IGNICIÓN

— ¿Ya estás leyéndome la mente otra vez?


—No. Es que te conozco. Y sé que los médicos te han contado lo
que ha pasado.
—Sí, me lo han contado. Te has cabreado bastante.
—No tienes ni idea —su voz sonaba fría y a la vez llena de pasión.
Estaba completamente furiosa y se controlaba por pura fuerza de
voluntad. Jim quería tocarla, pero sabía que el gesto no sería
bienvenido. Así que, en lugar de hacerlo, mantuvo un tono de voz
alegre.
—Sabes, creo que tienes razón en eso. Nadie sabe lo que está
pasando dentro de otro.
—Sí lo sabes, si eres telépata.

Jim tuvo que reírse.

—Ahí me has pillado. Digamos que yo no sé lo que pasa dentro de


otra gente.
—Estamos de acuerdo. ¿Ha terminado esta conversación?
— ¿Quieres que haya terminado?

Silencio. Sarah levantó la mano hacia su cabeza, como si fuese a


acariciarse los tentáculos. Pero Jim sabía que no era un gesto tan
inocente y su mano salió disparada, agarrando a Sarah de la muñeca
antes de que pudiese causar más daños.

—Es una tontería que te hagas daño —dijo tranquilamente—. Eso


no va a resucitar a nadie. Además, no fuiste tú quien lo hizo, fue
esa maldita plaga. Te convirtieron en su reina, Sarah. No lo hiciste
tú. No lo olvides nunca.

Estaba preparado para otro arrebato de furia y violencia, pero en


lugar de eso la mano de Sarah se relajó y le permitió a Jim que
volviese a colocarla a su lado.

138
CHRISTIE GOLDEN

—No estoy tan segura —dijo Kerrigan en voz baja—, de nada. —


Cualquier otra persona se habría creído aquel tono calmado de voz.
A Jim no lo engañó ni por un instante. Sarah seguía llena de ira,
hirviendo por dentro, reprimiéndolo todo. Y todo el mundo sabe
que, si te reprimes demasiado, aquello hierve y se organiza un buen
desastre.

Se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

—Te quiero, Sarah. ¿Lo entiendes? Pase lo que pase.

2500

—Vamos a sacar a esa gente, pase lo que pase —dijo Jim con
firmeza—. Nuestra información dice que un montón de esos
científicos de Orna III no están precisamente contentos con las
cosas que les obligan a hacer.
— ¿Obligar? —dijo el joven primer oficial del Cormorant, la nave
que llevaba a Jim y a Sarah a la instalación científica de la que
hablaban. El muchacho, cómo se llamaba, Jack Horner o algo así,
era todo un novato. Jim reconocía el tipo. No hacía tanto que lo
había visto al mirarse al espejo. Antes de que las Guerras de
Gremios y la traición lo hubiesen cambiado.
—Obligados —dijo Jim—. Está bien, no todos. Algunos
probablemente disfrutan de lo que hacen. En nombre de la ciencia
y todo eso Pero a muchos se les revuelve el estómago tanto como
a nosotros con lo que está pasando ahí. Los vamos a rescatar igual
que a los eh... —miró a Sarah en busca de la palabra.
—Sujetos de experimentación —dijo Sarah con frialdad. Jim se
encogió de hombros mentalmente. Él estaba pensando en la palabra
“pacientes” o algo parecido.
—Con su permiso, señora—dijo Horner—, hemos oído muchos
rumores. No pueden ser ciertos todos. —Le fallaron las palabras
bajo la implacable mirada de Sarah.

139
PUNTO DE IGNICIÓN

— ¿Rumores? ¿Te refieres a cosas como uniones genéticas?


¿Modificaciones cerebrales? ¿Pruebas de enfermedades?
¿Experimentación telepática? ¿Y tortura si no obedecen? ¿Esa
clase de rumores?

Horner miró inquieto a su capitana, una elegante mujer de piel


oscura llamada Sharyn Moore. Ella le hizo un gesto para que
hablase tranquilamente.

—Sí, señora —dijo Horner, sonando algo menos seguro.


—Oh, son ciertos.

No tuvo que decir nada más. Los miembros de la tripulación del


puente se miraron unos a otros y se movieron intranquilos.

—Los científicos de esa instalación están haciendo experimentos


secretos con sus propios ciudadanos —dijo Jim—. Están haciendo
justo lo que Sarah ha dicho que hacen. Por eso tenemos que
detenerlos.
— ¿Cómo va a saber quién quiere marcharse? —preguntó Horner.
—No lo sabré. Sarah, sí. Nuestro trabajo es sacar a los científicos
que tienen conciencia y a los, eh, sujetos de experimentación, y
traerlos a salvo al Cormorant. Su trabajo es estar preparados para
ayudamos a conseguirlo y luego sacamos de aquí a toda pastilla.
—Vamos a colocar explosivos —dijo Sarah—, de modo que el
tiempo es esencial.

Jim se había sobresaltado, pero se obligó a permanecer impávido.


Sarah no había dicho nada acerca de volar la instalación en el
informe que le había dado a él, a Mike y a Mengsk a bordo del
Hyperion. Decidió que hablaría con ella en privado. Ahora mismo.

—Deberíamos llegar allí dentro de tres horas —dijo—. Que todo


el personal esté preparado. Entiendo que eres nuestro contacto
principal, Jack.
140
CHRISTIE GOLDEN

—Eh, es Matt Horner, señor.


— ¿Matt? Hubiese jurado que era Jack.

Horner se ruborizó ligeramente.

—Todos se confunden, señor —dijo, resignado—. Y no, no me


siento en el rincón comiendo tarta. Y además... detesto las ciruelas.

Eso era. Una vieja canción de cuna sobre el Pequeño Jack Horner.
Jim se sentía un poco avergonzado.

—Perdona —dijo. Matt le dirigió una sonrisa para demostrarle que


no debía preocuparse.

De repente, a Jim aquel tipo le cayó muy bien.

—Eres nuestro contacto principal, Matt —repitió, más en serio—.


Eres nuestro salvavidas. No me decepciones.

Igual de rápidamente, Matt se estiró y adoptó la mirada seria de


antes.

—No lo haré, señor —dijo—. Puede contar con ello. Con permiso,
querría repasar el plan una vez más.
—Adelante, chico.

Matt carraspeó.

—La señorita Kerrigan ha falsificado documentos para el ingreso


de un terrorista buscado, James Raynor, en la instalación para su
observación y estudio. El ingreso de dicho terrorista es secreto. Ya
hemos recibido confirmación del científico jefe para dirigimos a
admisiones. El señor Raynor irá acompañado por un fantasma, así
que no habrá necesidad de que aumenten la seguridad que se
necesitaría en otro caso.
141
PUNTO DE IGNICIÓN

Miró a Kerrigan levantando una ceja.

—De momento, bien —dijo ésta, y Matt continuó.


—El Cormorant tiene permiso para permanecer en órbita hasta el
acompañante fantasma esté satisfecho de que se cumplen todos los
requisitos para el ingreso de Raynor y ella haya regresado.

Una vez atraquen, con el señor Raynor aparentemente bien


esposado, comenzaremos a decirles dónde dirigirse gracias a los
planos de la instalación que usted nos facilitó. Entonces...

*******

Unos instantes después, mientras sus botas resonaban por el suelo


metálico de la vieja nave mercante, Jim dijo:

— ¿Cuándo pensabas contarme lo de los explosivos?

Ella no lo miró.

—Pensaba decírtelo justamente cuando te lo he dicho, Jim — dijo.


— ¿Por qué ha ordenado Mengsk eso?
Ahora sí lo miró, intensamente.
—Él no lo ordenó. Fui yo.
— ¿Qué?
—Como jefa de este grupo en el campo, la decisión la tengo que
tomar yo.
—Es una decisión demasiado grande como para al menos no
consultársela al jefe—dijo Jim.
— ¡Arcturus no es mi dueño! —replicó ella. Jim parpadeó ante su
vehemencia, y Kerrigan se calmó—. No podemos dejar que esos
datos científicos lleguen a nadie más —dijo ella, en voz baja y
firme, ligeramente temblorosa-—. Ni siquiera la han obtenido por
motivos decentes, como curar enfermedades ni ninguna otra cosa
142
CHRISTIE GOLDEN

remotamente humanitaria. La obtuvieron mediante torturas, para


poder torturar mejor y convertir en monstruos a gente inocente que
era demasiado débil como para detenerlos.

Y de repente Jim supo que no se trataba de la misión. Ni de la


información. Se trataba de Sarah. Se detuvo y la tomó del brazo
para que ella también se detuviese. Sarah apartó el brazo, pero se
detuvo, apretando la mandíbula.

—Sarah, añadir un factor extra como plantar explosivos hace que


la misión sea más peligrosa de lo necesario, tanto para nosotros
como para la gente a la que queremos rescatar —dijo Jim en voz
baja—. Sé que quieres...
—No quiero vengarme —dijo, leyendo sus pensamientos antes de
que Jim pudiese terminar la frase—. Quiero justicia. A la gente que
hace lo que ellos no debería permitírseles vivir. El conocimiento
que obtienen haciendo... haciendo esas cosas no debería permitirse
que se extendiera. Jim... sé lo de Johnny.

Jim se quedó frío y dio un paso atrás.

— ¿Qué sabes? ¿Quién te lo ha contado?


—Mike... Bueno, no me lo contó exactamente. Le leí los
pensamientos.
—Ya veo.
—No, no creo que lo veas. Yo... no hay nadie en esta galaxia que
entienda cómo te sientes mejor que yo. Tu hijo sufrió, Jimmy. Lo
siento mucho.

Éste asintió, tragando saliva.

—Siempre me lo había preguntado. Sarah... no puedes contarme lo


que le hicieron a John. Pero... por favor... ¿qué te hicieron a ti?
Sarah abrió los ojos, rogando.
—No me preguntes eso —le dijo, casi suplicando.
143
PUNTO DE IGNICIÓN

—No puedo apoyar tu plan a menos que entienda por qué lo deseas
tanto —dijo Jim.

Sarah apartó la mirada.

—Si te lo cuento, me odiarás. Estás mejor sin saberlo.


—Siempre he sido un estúpido cabezota —dijo, y le mostró una
sonrisa que no sentía—, y no creo que pudiese odiarte nunca,
Sarah.

Esta lo miró un rato largo y empezó a hablar con voz tranquila e


impersonal.

—La Confederación montó el programa fantasma. Hay tanta


maldad de la que son responsables, Jim, Y no uso esa palabra a la
ligera. No puedo, después de todas las cosas que he hecho.

Jim pensó en su hijo y su madre. Uno había sido secuestrado y


sujeto a horrores parecidos a aquéllos que estaba a punto de ver. la
otra había muerto de cáncer provocado por el completo y criminal
desinterés del gobierno en proporcionar comida en buen estado a
los hambrientos. Oh, no, no le dolían prendas a la hora de calificar
de maldad los actos de la Confederación.

—Era una niña cuando vinieron a por mí, igual que Johnny. No
controlaba mis poderes. Querían saber qué podía hacer. Querían
que mostrase mis poderes para poder analizarlos y clasificarme,
pensar cómo podían utilizarme mejor. Me mantuvieron aislada,
excepto cuando me sacaban para intentar ponerme a prueba. Pero
un día me dieron una compañera. Una gatita. La tuve durante tres
semanas. Una gatita negra con la frente y las patas blancas. La
bauticé Botas.

De repente, Jim ya no quería oír más, pero sabía que tenía que
hacerlo.
144
CHRISTIE GOLDEN

—A Botas le implantaron un tumor. La mataría lenta,


dolorosamente. Me dijeron que yo podía acabar con su vida... y su
sufrimiento.
— ¿Qué hiciste?
—Nada. —Su decisión, la de permitir que una criatura inocente
sufriese antes que someterse a la voluntad de sus torturadores,
obviamente la afectaba, incluso después de tantos años.
—Porque no querías que supieran lo que podías hacer —dijo.
—Porque ya había matado antes con lo que podía hacer —dijo ella,
con un tinte de dolor en la voz—. Sabía en qué querían convertirme.
Y yo no quería hacerle eso a nadie nunca más.
—Pero lo hiciste —dijo él—, y lo sigues haciendo.

Fueron unas palabras crueles, pero dichas con compasión, no con


crueldad.

—Sí —replicó ella—, hago lo que hago para evitar que esto le
vuelva a pasar a alguien más. Dentro de ese supuesto laboratorio
les están haciendo cosas como las que me hicieron a mí, y peores,
a hombres, mujeres y niños. Voy a hacer volar el sitio, Jim. Porque
es lo que tiene que pasar. ¿Estás conmigo?

Jim ni siquiera tuvo que pensárselo dos veces. Tenía la mente llena
de imágenes de un gatito juguetón que enfermaba cada vez más y
de una niña a quien se le rompía el corazón un poco más cada día
que pasaba. Le hizo un gesto afirmativo.

—Estoy contigo, querida —dijo Jim.

145
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO DOCE

2500

Después de lo que le había contado, Jim se sorprendió de que Sarah


se conformase con hacer volar la estación sin desmembrar a los
científicos locos. Sospechaba que ahí estaba demostrando su
verdadera fuerza. Cualquiera que tuviese un arma, como un
revólver Colt del ejército, un fusil gauss o telepatía, tenía la fuerza
suficiente para matar. Eso lo sabía bien. Pero el profundo
aborrecimiento que sentía Sarah por matar le daba la fuerza para
decidir no hacerlo. Ahora entendía al menos parte de lo que la
empujaba, y saberlo hizo que la admirase aún más.

Habían trabajado bien juntos otras veces, pero aquello era distinto.
La meta era más complicada. Encontrar y liberar a los pobres
desgraciados con los que experimentaban ya era suficiente. Pero
también tenían que encontrar a los hombres y mujeres decentes
mezclados entre esos psicópatas y liberarlos junto con las víctimas.
Ah, y plantar los explosivos para hacer volar aquello. Y la única
ayuda que iban a tener los dos en todo aquello era la voz de Jack...
maldición, Matt Horner, en sus oídos dirigiéndolos. Jim se esforzó
por contener su inquietud, tanto por él como para evitar un bucle
de pesimismo con Sarah.

146
CHRISTIE GOLDEN

—Lo sé —dijo Sarah, volviendo a leer sus pensamientos—, es


difícil. Y yo lo estoy poniendo más difícil. Pero sabes que tengo
razón.

Jim asintió.

—Sí. La tienes. Vamos a hacerlo. —Extendió los brazos y Sarah le


colocó las esposas alrededor de las manos y los pies.
Aparentemente eran unas esposas de buen y resistente metal
confederado y quedaban muy bien, aunque fuesen completamente
inútiles. Sarah lo miró un momento.
—Perdona —dijo.
— ¿Por qué? —preguntó Jim.

Debía haber esperado el puñetazo pero no fue así. Durante un


instante, Jim vio las estrellas. Notó la hinchazón en su mandíbula
casi al instante y reprimió la necesidad de quitarse la sangre. Por
supuesto, entendía por qué lo había hecho.

—Sarah, cielo —dijo, ceceando un poco—, pegas como una niña.

Kerrigan sonrió por primera vez desde su sombría conversación.

—Lo sé.

Primero bajó él de la nave de despliegue y ella lo siguió de cerca.


Un hombre mayor con bata blanca y canas perfectamente peinadas
los esperaba en la zona de atraque. Con él había dos guardias
armados y todos parecían emocionados.

—Dr. Orville Harris —dijo, extendiendo la mano hacia Sarah. Jim


conocía el nombre. Aquél era el mandamás del matadero, el
científico jefe que supervisaba cada uno de los horrores y conocía
todos los oscuros secretos. El que daba todas las órdenes. Sarah
miró la mano extendida y apretó las suyas detrás de la espalda.
147
PUNTO DE IGNICIÓN

—Yo no doy la mano —dijo finalmente.


—Ah —dijo Harris con una sonrisa forzada—, por supuesto que
no. —El doctor volvió su atención a Raynor, mirándolo de arriba a
abajo como si fuese un animal trofeo al que habían llevado para
inmolar. Lo que Jim suponía que sería si todo aquello hubiese sido
real.
—Me gustaría inspeccionar las instalaciones antes de entregarle en
custodia al Convicto 493 —continuó Sarah.
—Por supuesto —dijo Harris—. Debo agradecerle que me haya
traído este trofeo, ¿agente...?
—Soy un fantasma —dijo Sarah—. No tiene por qué saber mi
nombre. Y estos matones —continuó, su amplia boca convertida
en una mueca de desprecio—, que se vayan, por favor. A menos
que usted crea que no puedo encargarme de un prisionero esposado.

Jim reprimió una sonrisa. Estaba manipulando a Harris


magistralmente. Aquel tipo prácticamente se estaba desinflando
ante sus ojos.

— ¡No, no! Por supuesto que no pretendía insinuar eso. Márchense,


caballeros. Por aquí, agente... eh, agente.

La puerta se abrió y los tres, Kerrigan, Raynor y Harris, entraron


en el pasillo.

Sólo salieron dos. Jim colocó el cuerpo de Harris en un rincón y le


quitó una pequeña pieza rectangular de la inmaculada bata blanca
antes de meter dentro una de las pequeñas bombas parpadeantes del
tamaño de medio puño de Jim. Habría muchas más y todas serían
activadas al mismo tiempo. Era, pensó Jim, muy pequeña para ser
tan letal. Algo que provocaba tanta destrucción tenía que ser
mayor, más imponente.

—La tengo —dijo, mostrándole la llave a Sarah.

148
CHRISTIE GOLDEN

Ésta asintió sin mirar siquiera el objeto. Sarah era ahora como un
depredador a la caza, completamente concentrada en la tarea que
tenía delante. Su rostro tenía la expresión que Jim estaba
aprendiendo a reconocer que significaba «Estoy escuchando
pensamientos»: agudamente concentrada y extrañamente distante
al mismo tiempo.

—Bueno, Matt —dijo Jim en voz baja—. Harris ya ha caído,


tenemos su llave y nos dirigimos hacia el sur por uno de los
pasillos—. Sarah, por supuesto, conocía la planta de la estación,
pero de este modo podía concentrarse por completo en otras tareas.
Si no tenía que pensar en dónde girar, podía estar atenta a los
pensamientos y preparada para cualquier ataque.
—Sigan adelante —dijo la voz de Matt en su oído. Sarah tenía un
auricular parecido y también oía a Matt—. Hay una puerta a unos
diez metros que lleva a una zona de mayor seguridad. No hay
guardias y la llave de Harris debería permitirles entrar sin
problemas.
—Ya la veo —replicó Jim. Pasó la llave y la puerta zumbó y se
abrió—. Estamos dentro.
—Muy bien —dijo Matt—. Luego hay tres puertas, dos a la
derecha y una a la izquierda. Las dos de la derecha son un
laboratorio y una oficina; traten de no llamar la atención. La de la
izquierda los llevará a la zona de, eh, retención principal.
Probablemente la llave les permita pasar ahí también, pero habrá
un puñado de científicos y guardias.

Jim y Sarah intercambiaron miradas.

—Así que seguimos con la treta hasta que podamos movernos


Encontraré a los que son de fiar y te daré una señal.

Jim asintió.

—Suena bien.
149
PUNTO DE IGNICIÓN

Sarah tiró de las falsas esposas y repitieron el engaño. La mentira


se sostuvo. Los guardias estaban atentos pero obedecían las
órdenes de los científicos y éstos parecían fascinados ante la idea
de estudiar, literalmente, el cerebro del famoso James Raynor. Pero
Raynor sabía que para algunos el macabro interés era tan falso
como sus esposas, Sarah miró un instante a Jim mientras saludaba
al tercer científico, al que dedicó una débil sonrisa. Ésa era la señal.
La repitió una vez más. De los ocho científicos presentes, sólo dos,
aparentemente, conservaban suficiente compasión humana como
para despreciar en secreto lo que estaban haciendo. Eran un hombre
asiático y una mujer rubia. Y eso era todo. Jim esperaba que
pudiesen descubrir a más.

Les preguntaron por la llave; Sarah miró severamente al hombre.


Tres científicos los acompañaron a ella y a Jim a través de una
puerta de seguridad, hacia otro mundo.

Jim no se molestó en ocultar su desmayo ante lo que vio. Hizo que


la treta fuese más convincente y, además, era lo que sentía de
verdad. Seres humanos, gente corriente según la documentación
que habían interceptado, estaba acuclillada o tumbada en distintas
posturas. Algunos tenían el cerebro dañado, a juzgar por las feas
cicatrices de sus cráneos rapados. Otros tenían fragmentos de a
saber qué insertados en distintas partes del cuerpo. Se veía un rasgo
extraño, probablemente desapercibido, de compasión: a los
“sujetos” se les permitía estar vestidos y casi todos utilizaban la
ropa para ocultar sus deformidades físicas. Jim apenas pudo
contener la ira al ver a un niño de unos diez años, de pie e inmóvil,
que les daba la espalda a los recién llegados. La cicatriz de su
cráneo rapado era todavía reciente y tenía mal aspecto.

El científico guía, un hombre alto y corpulento de piel morena y


cabello oscuro que empezaba a encanecer elegantemente en las

150
CHRISTIE GOLDEN

sienes, estaba diciendo algo espantoso sobre «ajustar y adaptar a


nivel genético» cuando la mirada de Sarah se cruzó con la de Jim.

Éste rugió, “destrozando” las esposas y lanzándose a por aquel


hombre. El guía se quedó mirando fijamente el ataque de Jim, y
toda su arrogancia y enfermiza superioridad había desaparecido al
ver al forajido James Raynor cayendo sobre él. Jim no contuvo el
puñetazo, haciéndolo chocar contra la mandíbula perfectamente
cuadrada y derribando al hombre alto. Este cayó en un ángulo que
parecía muy incómodo. Jim no estaba seguro de si estaba vivo o
muerto, y no le importaba. Esta vez no. Cogió la llave del bolsillo
de la bata del científico y comenzó a abrir las puertas.

En el mismo momento, Sarah saltó hacia el otro hombre, que tenía


los ojos azul claro abiertos como platos por la sorpresa. Con
sencilla eficiencia, Sarah le dio una patada en el cuello,
aplastándole la laringe.

Sarah se giró y agarró a la mujer. La científica inhaló aire para


gritar, pero Sarah la silenció apretando la mano contra su boca.

—Hemos venido a sacarte, si es que quieres venir. ¿Quieres?


Alivio y algo semejante a la alegría llenaron la mirada de la mujer
y asintió con fuerza. Sarah le quitó la mano de la boca.
—Entonces, ayúdanos. Hay otros que piensan como tú. El Dr.
Phan, por ejemplo. ¿Sabes de otros?
—E-eso creo. La verdad, no hablamos de ello. Ya entenderá por
qué.

El rostro enfurecido de Sarah era hermoso y terrible, pensó Jim al


mirarla, escuchando la conversación mientras liberaba a los presos.

—Lo entiendo. Encuéntralos. Habrá naves de despliegue


preparadas dentro de unos diez minutos en la zona de aterrizaje 4.
Llévate a esta gente a lugar seguro —le dio una pistola a la mujer—
151
PUNTO DE IGNICIÓN

. Coge esto. Lo necesitarás. Y date prisa. Todo esto va a volar muy


pronto.

La doctora tomó la pistola cautelosamente y se fue junto a Jim para


ayudarlo a abrir las puertas. Algunos de los presos entendían lo que
pasaba y estaban deseosos de escapar; otros parecían asustados Y
se arrinconaron.

—Vale, Matt, estamos dentro y tenemos una aliada, la doctora... —


Elizabeth Martin —contestó la mujer.
—Elizabeth Martin —dijo Jim—. Va a encargarse de este bloque
celdas y ponerse en contacto con sus amigos.
—Oído —dijo Matt—. Ahora, los guiaré a la siguiente sección.
Jim se volvió hacia Sarah y la encontró arrodillada junto al
científico que Jim había noqueado. Le metió la bomba en el bolsillo
de la bata, se levantó y se volvió a Jim.
—Vamos.

*******

En total había cuatro zonas de celdas. Para cuando Jim y Sarah


llegaron a la última nave de despliegue y corrieron a bordo,
cuarenta y cuatro sujetos de experimentos habían alcanzado la
libertad junto a trece científicos que habían aprobado la inspección
de Sarah. Matt los mantuvo atentos a todo, alertándolos cuando los
habían descubierto y guiándolos hacia salidas desconocidas, dos
veces justo a tiempo. Sarah plantó un reguero de bombas a su paso,
a veces dejándolas en el suelo sin más. Cuanto más veía Jim de ella
y de la estación, de los científicos y de los experimentos, más lo
entendía. Y más de acuerdo estaba con la decisión de Sarah. Tenía
que acabarse ahí, todo lo que pudiese acabar. Había más
instalaciones, más científicos. Pero aquella rama en concreto del
espantoso árbol de las experimentaciones y la tortura quedaría
cercenada. Para siempre.

152
CHRISTIE GOLDEN

Sarah tenía algo en la mano mientras plantaba la última bomba. Jim


no tuvo que preguntar qué era. Lo sabía. En vez de eso, preguntó:

— ¿Cuánto tiempo?
—Cinco minutos —dijo Sarah.
—Sí que te gusta apurar al máximo, querida.
—Lo conseguiremos.

Y así fue. Apenas. La última nave de despliegue, que los llevaba a


ellos, a cuatro científicos y a seis presos, todavía estaba
ascendiendo cuando la estación explotó. Las bombas detonaron en
una pequeña cadena de destrucción, desde la primera colocada en
el cuerpo del Dr. Harris a la última soltada apresuradamente sobre
una mesa, fue una serie de cegadores destellos de grandes
llamaradas anaranjadas. Veinte segundos después de que la primera
hubiese estallado lo único que quedaba era el negro armazón del
edificio y las hambrientas llamas devoradoras.

Sarah miraba atentamente, sus ojos fijos en la escena. Jim había


esperado ver furia justiciera o alegría. En su lugar vio algo que no
había visto antes en ella. Sarah Kerrigan tenía una expresión de
calma. Había hecho lo que era necesario y no se arrepentía.

Las palabras le salieron de un modo totalmente inesperado.

— ¿Sarah? ¿Qué te parece si vamos a tomar unas copas de verdad


cuando volvamos?

2504

Una vez Matt se había deslizado por la entrada, poniéndose de lado


para poder hacerlo, entró en una zona ligeramente más abierta e
iluminada ligeramente sólo por la luz que se filtraba por la entrada.
En agudo contraste con la aleatoria “construcción” del entorno
exterior, aquel lugar había sido construido de plastigón. Parecía una
153
PUNTO DE IGNICIÓN

pequeña habitación. Valerian bloqueó la luz un instante y se puso


al lado de Horner. Aquella pequeña antecámara parecía ser... todo.
Pero ambos hombres sabían que no era así.

—Empiece a buscar una puerta —dijo Matt. Valerian comenzó a


examinar las paredes. Horner se colocó en cuclillas y golpeó
ligeramente el suelo buscando con los dedos la pequeña abertura
que indicase la presencia de una puerta.

Se oyó un mido metálico y se puso en pie de un salto al tiempo que


una luz formaba un cuadrado en el suelo de plastigón. El cuadrado
se deslizó hacia atrás y aparecieron cuatro hombres, todos con la
insignia de Mira y apuntándolos con armas muy grandes.

Valerian y Horner levantaron las manos a la vez.

—Matt Horner y el Sr. V —dijo Matt enseguida.

Al reconocerlos, bajaron las armas.

—Maldita sea, chaval —dijo uno de los hombres—. ¿Es que la jefa
no te dio la señal?

Valerian miró socarronamente a Matt, que sacudió la cabeza.


Maldita mujer. Era el epítome de la astucia en los negocios y el
sentido práctico, excepto estando con él, cuando de repente se
volvía, como decirlo, traviesa y juguetona.

—No —dijo pesadamente—, no me la ha dado.


—Bueno, los estábamos esperando, así que bajen. —Tan
repentinamente como habían aparecido, desaparecieron. Horner y
Valerian los siguieron por una escalera que no tenía nada de
tecnología y aparecieron en un mundo de alta tecnología.
—Me llamo Gary Crane —dijo uno de los hombres que los había
apuntado con un arma no hacía ni dos minutos. Era alto, delgado y
154
CHRISTIE GOLDEN

de cabello negro lacio. Tenía los ojos rodeados de patas de gallo y


el color era difícil de distinguir en la luz artificial—. Se supone que
les tengo que enseñar esto y llevarlos a la sala privada de
comunicaciones.

Incluso un Príncipe Heredero buscado y el “marido” de Mira


necesitaban guardias, aparentemente. Horner no puso pegas. Era
sin duda el procedimiento estándar y, mientras Valerian
consiguiese hacer lo que había ido a hacer, le parecía bien obedecer
el protocolo.

—Éste es el centro de operación de Mira —dijo Crane, indicando


las paredes cubiertas de luces parpadeantes, botones, clavijas y
pantallas.
—Es un poco arriesgado ponerlo todo en el mismo sitio —comentó
Valerian.
—No tanto como se podría pensar —dijo Crane—. Todo tiene su
duplicado. Si alguna vez se hacen con este lugar o lo destruyen,
podría hacer todo lo que necesita hacer desde otro sitio.
Sencillamente, es práctico tenerlo todo en un sitio —les dedicó una
sonrisa—. Además, si hubieran sido de los malos y no hubiésemos
conseguido mataros al principio, las medidas de seguridad de aquí
abajo los hubiesen despachado en segundos.
—Eso me lo creo —dijo Matt.
—Vamos, síganme. Está todo preparado para ustedes. —Los guió
por la zona principal hasta una de seis puertas. Aquella sala estaba
completamente falta de cualquier comodidad. Estaba, de hecho,
completamente falta de todo excepto de una solitaria consola que
había en el centro.
—Aprieta este botón de aquí. Generará un código aleatorio. Teclea
el código aquí —dijo, señalando varios puntos de la consola—.
Abrirá un canal seguro para hablar con quién quieras. Tienes seis
minutos para hablar antes de que el canal se reconfigure solo.
Después de eso, tendrás que esperar otros cuarenta y siete minutos
Para volver a intentarlo.
155
PUNTO DE IGNICIÓN

—Entendido —replicó Valerian—, seré breve —miró fijamente a


Crane, que lo miró inexpresivo por un instante y luego dijo—: Ah,
ya. Estafé fuera.
—Gracias.

Cuando la puerta se hubo cerrado tras Crane, la pantalla, con grano


y distorsionada, parpadeó rápidamente un instante y luego se
estabilizó para mostrar el rostro de un anciano de aspecto
distinguido. Tema la presencia erguida e imponente de un oficial
militar de una época pasada, incluyendo el pelo blanco, el bigote
de morsa y una pequeña mosca en la barbilla. Los ojos, agudos
incluso vistos en el holograma de poca resolución, se fijaron por un
instante en Valerian. Los entrecerró y de repente las pobladas cejas
se movieron hacia arriba.

— ¿Príncipe Valerian? —preguntó el Dr. Emil Narud.

El Príncipe Heredero sonrió e hizo una inclinación formal.

—El mismo —dijo—, aunque me temo que un poco arrugado.


—Eso... es quedarse corto. Pero, mientras esté a salvo, bien podría
tener el aspecto del mismísimo diablo. Me han hablado de una
batalla que ha enfrentado a naves del Dominio contra otras naves
del Dominio. No resultó difícil concluir qué había pasado. ¿Su
padre...?
—No lo sé —dijo Valerian, poniéndose serio—. No aprobaba mi
decisión, como puede imaginar. El White Star sufrió muchos
daños. Nos fuimos antes de saber cuál había sido el resultado final
de la batalla. Estoy seguro de que, si está vivito y coleando,
empezará a perseguimos otra vez.

La expresión de Narud, ya complacida y aliviada de antes, mostró


aún más placer.

—Si habla en plural, asumo...


156
CHRISTIE GOLDEN

—Sí. Lo conseguimos. Sarah Kerrigan está viva y en gran parte


libre de la infestación.
— ¿En gran parte?
—Bueno... Lo entenderá una vez que venga aquí. Obviamente yo
no puedo acudir ahora a la base principal de Moebius. Mi padre
estará observando. Usted va a tener que venir hasta nosotros.
Parece que hay en ella algunos aspectos, genéticamente hablando,
que no se han transformado completamente. Espero que pueda
ayudamos con eso. Y —añadió Valerian—, no está demasiado
bien. Tenemos que llevarla a nuestra base de refuerzo y deprisa, o
me temo que la perderemos.

La ligereza desapareció. De repente, Narud era el frío profesional.

—No se puede permitir que pase eso. ¿Dónde está ahora?


—En un bonito paraje turístico llamado Deadman’s Port.

Narud hizo una mueca.

—No me extraña que vaya disfrazado. Se está arriesgando


muchísimo con ella al llevarla allí.
—Un minuto y medio —dijo Horner.

Valerian asintió.

—Es cierto. Una vez que llegue usted, vamos a tener que salir de
aquí lo más deprisa que podamos. Voy a tener que dejarle en breve.
El canal se reconfigurará y no estoy seguro de que vayamos a tener
otra oportunidad de hablar.
—No se preocupe por eso —dijo Narud—. Preocúpese de
conservar a la Reina de Espadas tan a salvo y estable como sea
posible. Y de salvar su propio pellejo mientras está en ello.
—Haremos lo que podamos. Asegúrese de que sus instalaciones
están preparadas para nosotros.

157
PUNTO DE IGNICIÓN

—Llevamos preparados desde la primera vez que me llamó,


Valerian. Cuídese. No... tenga... un momento de...

El holograma petardeó, luego se detuvo y finalmente desapareció.

—Parecía hablarle con mucha familiaridad —comentó Horner.


Valerian se frotó los ojos y luego gruñó al recordar lo sucias que
tenía las manos. Mientras hablaba, se le enrojecieron los ojos y
lagrimeó un poco debido a la suciedad.
—El Dr. Emil Narud es un genio total —dijo—. Entiendo que,
cuando hablamos de Ciencia, por mucho que yo haya estudiado y
aprendido, sólo soy un niño comparado con él. Si alguien puede
ayudar a Sarah Kerrigan a acortar la diferencia entre lo que es y lo
que era, es él. Y, ahora —dijo—, hagamos otra ruta panorámica por
el moderno centro de Deadman’s Port.
— ¿Están ahí?
—Sí. Pero Raynor no.
—No, él está con Kerrigan, estoy seguro. ¿Están tus hombres y tú
preparados para actuar cuando les diga?
—Sí.
—Su Excelencia les estará muy agradecido. Estoy seguro de que
este pequeño feudo que gobierna Mira palidecerá en comparación
con lo que se les dará.
—Más vale. Sea lo que sea un “feudo”.

Una risita.

—Hagan lo que hagan, no se precipiten o todo se habrá perdido.


Esperen a mi orden. Pero, cuando empiecen a pasar cosas... pasarán
muy deprisa.
—Eso suena bien.
— ¡Eh, Coop! ¿Qué va a pasar deprisa? —Annabelle estaba
sonriendo, con una mirada brillante y feliz bajo la gorra. Junto a
ella estaba Travis Rawlins, del Bucéfalo.

158
CHRISTIE GOLDEN

Cooper les sonrió, terminando la conversación en el acto.

—Unos que quieren sus cervezas servidas y preparadas para


cuando salgan del tumo —dijo—. Les he dicho que quizá no pueda,
pero que estarán muy deprisa para cuando lleguen. Bueno —y se
inclinó hacia delante, mirando de una cara sonriente a otra—, ¿qué
quieren tomar?

*******

Crane esperaba fuera. Tenía una mano apoyada descuidadamente


en la pistola que llevaba en la cintura y la otra, apretada contra su
oído. Movía los labios cuando Valerian y Matt salieron,
obviamente informando a alguien. Se volvió a ellos y asintió.

—Hablando con la jefa. ¿Preparados para volver?


—Más que preparados —dijo Valerian. Siguieron a Crane de
nuevo por la sala principal. Matt miró el equipo según pasaba y
sacudió la cabeza.
—Pues... sabía que Mira tenía contactos, pero confieso... que de
verdad no creía que Mira fuese tan importante aquí.
—A juzgar por lo que hemos visto hasta ahora, yo diría que es el
pez más gordo —lo corrigió Valerian—. Todos estamos
acostumbrados a mirar por encima del hombro. Creo que
probablemente ella lo hace más a menudo, y con mayor motivo,
que nosotros.
—Mira es una buena líder —dijo Crane—. Trata a su gente con
justicia. Si alguien quiere fastidiarla, va a tener que enfrentarse a
todos nosotros.

Matt asintió. Se alegraba de oírlo. Según subía las escaleras hacia


la superficie, tenía todavía la cabeza en lo contradictoria y compleja
que era Mira Han. Y esperaba, sinceramente, que haberlos acogido
a él, a Raynor, a Valerian y a Kerrigan no se convirtiese en un gesto
generoso del que tuviese que arrepentirse.
159
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO
TRECE

2500

El bar, Sam’s Place, era corriente. Ni demasiado tranquilo ni


demasiado salvaje, ni demasiado oscuro ni demasiado iluminado.
Jim quería que Sarah se sintiese cómoda, pero también quería
enseñarle algo real, no una versión edulcorada de lo que era un bar
corriente. Él ya había estado antes allí y tenía una buena relación
con Sam y las camareras. No era Wicked Wayne’s, el bar que tanto
habían frecuentado Tychus y él, que era como su segunda casa,
pero ya había dejado atrás aquello. Jim ya no necesitaba mujeres
desnudas bailando y música a todo trapo. Quería una conversación
decente cuando le apetecía hablar y una cerveza helada que beberse
cuando no le apetecía. Sam’s Place le ofrecía ambas cosas.

Intentó no mirar constantemente su reloj y fracasó, intentó no mirar


la puerta y también fracasó en eso. Sarah llegaba tarde. Quizá había
decidido no ir. La decepción lo hizo sentirse mal al pensarlo, pero
suponía que no podía culparla. Para ella era-una situación
completamente nueva. Todo... lo de... la relación... Jim no sabía
cómo llamarlo, aquello también era nuevo para ella. Estaba
metiéndose la mano en el bolsillo para poner unos créditos en la
barra y marcharse cuando la notó detrás de él. Se volvió,

160
CHRISTIE GOLDEN

despreocupado, de modo que día no supiera cuánto le había gustado


que hubiese decidido ir y pre-Paró un comentario sarcástico con el
que saludarla.

Lo que le salió fue un asombrado:

—Estás... increíble.

Ante él estaba Sarah Kerrigan, sí, pero desde luego no la Kerrigan


que conocía. Conocía al fantasma, cuyo cuerpo estaba envuelto de
la cabeza a los pies por un uniforme ajustado especial que le
permitía aparecer y desaparecer a voluntad. Conocía a la asesina
que había convertido el asesinato en una danza, aunque tuviese
muchos compañeros de baile en el macabro vals. Conocía a la
soldado que, aunque cuestionase las órdenes, obedecía y lo daba
todo.

Nunca había conocido a la mujer.

Sarah había encontrado un vestido, sabía Dios dónde, que le


sentaba como si lo hubiesen hecho para ella. No era un vestido
precioso, ni tampoco ligero y atrayente. Era sencillo, un vestido de
verano verde con la falda por la pantorrilla y sin mangas. Mostraba
los hombros, pálidos y marcados, musculosos pero todavía
femeninos y espolvoreados por pecas. Por primera vez desde que
la conocía, no llevaba su larga melena roja recogida en la
acostumbrada coleta, sino que la lucía suelta alrededor de sus
marcados hombros en toda su flamígera gloria. Un pequeño broche
de mariposa le recogía un mechón tras la oreja. Llevaba el busto
cubierto, pero se veía un poco de escote. Llevaba los pies,
sorprendentemente delicados, enfundados en unas sandalias ligeras
y cambiaba nerviosa su peso de uno a otro.

Sarah Kerrigan. Nerviosa.

161
PUNTO DE IGNICIÓN

—Gracias —le dijo, dedicándole una breve sonrisa—. Espero...


que fuese la ropa correcta. Me la han dejado.
—Perfecto, querida —dijo Jim, levantándose y retirando una silla
para que Sarah se sentase como su padre le había enseñado a hacer.
Volvió a darse cuenta de que Sarah tenía una figura pasmosamente
impecable. ¿Es que tenía algo que no fuese perfecto?
—Un montón de cosas —dijo Sarah, y luego puso cara de
contrición—. Maldita sea. Perdona. Estaba intentando no... ya
sabes.
—Cielo, mientras no vuelvas a llamarme cerdo, puedes leer lo que
quieras. Quiero ser un libro abierto para ti. —Las palabras le
salieron solas y se dio cuenta de que lo decía en serio. Ella también.
Su postura se relajó y su sonrisa se volvió más auténtica. Jim se
daba cuenta de que tenía la boca un poquitín grande para su cara y
se preguntó cómo sería besarla. Para su asombro, Sarah se ruborizó
y bajo la mirada. El pelo le cayó sobre la cara. Jim estiró el brazo
y puso la mano encima de la de ella.
—Bueno, ¿qué quieres beber?

Sarah encogió ligeramente aquellos hombros elegantes y fuertes.

—No tengo ni idea. No bebo excepto cuando Arcturus me ofrece


algo.
—Vamos a empezar con una buena cerveza fría para un día muy
caluroso —dijo Jim—. Y luego ya veremos. Ah, y prueba esto —
añadió, señalando un aperitivo de... cosas fritas—, están
buenísimos.

2504

—Sé de buena tinta que el chef que prepara la comida aquí es mejor
que el del Hyperion —dijo Jim, completamente en serio. Señaló los
tallarines y la salsa que había en el plato que le había puesto delante
a Sarah—. Pruébalos. Están buenísimos.

162
CHRISTIE GOLDEN

Ella lo miró.

—Eres muchas cosas, Jim Raynor, pero “chef’ no es una de ellas.


Y recuerdo que me dijiste lo mismo una vez sobre otra cosa.
Probablemente no debería fiarme de tu gusto culinario. —Había
odiado aquellas cosas fritas.

Jim sonrió, complacido de que se acordase. Quizá ella también


estaba recordando los buenos momentos de su pasado. No había
habido muchos, no habían tenido tiempo de hacerse con muchos
buenos recuerdos, pero para él eran indescriptiblemente valiosos.
Parecía que ella también los valoraba.

—Bueno, quizá —concedió Jim, dedicándole una sonrisa sin


pretensiones—. Pero no puedes discutir que lo he preparado con
más cuidado de lo que lo hacen en el Bucéfalo.
—Bueno, eso es cierto. —Sarah observó cautelosamente la comida
y le dedicó a Jim una mirada que era a partes iguales diversión y
repugnancia.
— ¡Oh, vamos, es comida de soldados y sé que ya la has probado
antes! —protestó, fingiendo sentirse insultado. Luego, cediendo,
dijo—: Sí, es bastante mala, pero es lo mejor que he podido
encontrar aquí. Pero espera a que estemos de vuelta en el Bucéfalo.
Me imagino si la comida de allí es lo bastante buena para Valerian,
probablemente sea condenadamente buena, considerando lo
arrogante que es con las cosas que bebe.

No era lo mejor que podía haber dicho. La sonrisa de Sarah, qUe


ya era débil, se desvaneció por completo. Sin embargo, ella se
esforzó por incorporarse. Él la ayudó, con las manos bajo los brazos
de ella Antes eran fuertes y musculosos. Ahora parecían
simplemente delga, dos y blandos, y Jim sintió otro aguijonazo que
ya empezaba a resultar familiar. Tenía que conseguir ayuda, ayuda
de verdad, y pronto.

163
PUNTO DE IGNICIÓN

—Ya está —dijo Jim. Sarah no hizo ningún esfuerzo por comer y
sencillamente se quedó mirando la comida. Le daba vueltas a la
comida, verdaderamente poco agradable. Jim la contempló durante
unos cinco minutos en silencio y luego dijo—: ¿Querida? No es un
solomillo, pero tienes que comer.

Sarah se encogió de hombros y luego, como un niño malhumorado,


se metió una cucharada de comida en la boca.

Jim luchaba contra la frustración y el miedo. Pudo contenerlos


durante otros minutos y luego saltó.

—Sarah, tú no eres nada tonta, pero tengo que decirte que estás
aquí sentada haciendo unas cuantas tonterías. Sabes que tienes que
comer, pero no haces más que darle vueltas a la comida en el plato.
Sabes que en algún momento tendrás que hablar con alguien sobre
lo que ha pasado o vas a reventar. No puedes matarte de hambre y
reprimir todo lo que ha pasado. Vale, entiendo que no eres de la
clase de personas que se sienta a hablar con un loquero, pero yo
hubiese dicho que, después de todo por lo que hemos pasado juntos,
creerías que yo sí era alguien con quien podías hablar. Una vez lo
creíste.

Al principio Sarah no contestó, se quedó sentada con la mirada


gacha. A Jim verla así, tan indiferente, tan apática, lo inquietaba
más de lo que quería reconocer. Ella, que había sido todo fuego y
pasión, contenida y controlada quizá, pero...

—Sarah...

Kerrigan estiró la mano y apretó la de Jim con fuerza. Él le devolvió


el apretón. Casi al mismo tiempo, ella lo soltó, apartó la comida y
volvió a tumbarse. Se hizo un ovillo, dándole la espalda.

— ¿Sarah?
164
CHRISTIE GOLDEN

—No tengo hambre, Jim. Vete. Me gustaría estar sola un rato.

Jim subía que aquello no podía ser bueno. Sabía que lo estaría
plisando. Y sintió una punzada de culpa, sabiendo que al mencionar
su cita le había refrescado el recuerdo. No podía llegar a ella, no
podía ayudarla. Ere como tratar de llegar a alguien que está a punto
de caer, Ella tenía que agarrarlo de la muño para que pudiese
apartarla del precipicio, y no parecía capaz.

O quizá no parce la dispuesta.

Jim se cubrió la cara con las manos un buen rato, esperando contra
toda esperanza que Sarah se girase y dijese algo. Los únicos
sonidos eran el débil zumbido del equipo médico y el tenue, casi
imperceptible, goteo de los fluidos de la vía intravenosa.

No dijo nada al levantarse y salir. No sabía dónde iba a ir y tampoco


le importada. Sencillamente dejó que los pies lo guiasen por la gran
mansión que había pertenecido a Scutter O'Bannon y ahora a una
diablesa de pelo rosa. Recorrió los pasillos, con los putos en los
bolsillos, la cabeza gacha y sin ver nada de la casa que una vez fue
hermosa. Ni siquiera vio a Tychus.

Sólo veía a Sarah, yaciendo en sus brazos con la piel tan pálida que
casi relucía en la débil luz...

2500

Habían hablado, habían bebido cerveza, se habían reído y habían


comido y. cuando se hizo tarde y Sarah se terminó la última cerveza
y dijo «¿Y ahora qué?». Jim no había dudado en limitarse a
extender la mano en silencio.

Sarah no se había emborrachado. Jim no podía imaginarse & Sarah


Kerrigan permitirse nunca dejarse ir tanto como para
165
PUNTO DE IGNICIÓN

emborracharse. Pero había permitido que el alcohol la relajase,


había bebido lo suficiente como para que las mejillas y los ojos
tuviesen un brillo que Jim no había visto nunca y le había regalado
su risa, musical, grave, más genuina que la risa de cualquier otra
mujer, excepto la de Liddy.

«Liddy, te quise. Siempre te querré. Te fui fiel hasta tu último


aliento y también después. Pero ya no estás, querida. Y sé que me
entenderías y que querrías que fuese feliz. Y... creo que puedo
serlo».

Sintió que algo dentro de él se liberaba mientras lo pensaba, se


sintió dejar una carga que ni siquiera se había dado cuenta que
llevaba. De repente su corazón era ligero y se dio cuenta de que era
cierto. Jim Raynor era feliz en aquel momento, con aquella mujer,
a pesar de los horrores de la guerra que los rodeaban, a pesar de los
alienígenas que parecían estar siempre tras sus talones. Miraba a
Sarah y era feliz.

Así que extendió la mano. Ella se la quedó mirando un largo rato.


Parte de la sencilla diversión se desvaneció mientras pensaba si dar
un paso que convertiría una noche agradable en otra cosa... El qué,
ninguno de los dos lo sabía. ¿Un fin? ¿Un principio?

Y puso la mano en la de Jim.

Raynor no encendió la luz del pequeño cuarto que le servía de


habitación. Las débiles luces de seguridad siempre estaban
encendidas, para que en caso de emergencia pudiese encontrar la
salida con facilidad. Ahora bañaban el sencillo cuarto con una
agradable luz azulada. Cerró la puerta, apoyó a Sarah contra ella y
se inclinó para besarla.

Ese, su primer beso, fue un beso dulce, suave e inquisidor. Ella era
inexperta, tímida, torpe... Ella, que era el epítome de la gracilidad
166
CHRISTIE GOLDEN

y de los movimientos precisos. Jim sonrió con los labios apoyados


en los de Sarah pero siguió besándola porque, sencillamente, no
quería parar.

Y ella respondió, dubitativamente al principio, luego con la pasión


creciente que él había sabido que estaba bajo la superficie
cuidadosamente controlada. Los brazos de Sarah lo rodearon y se
puso de puntillas, ya no tímida, sino hambrienta, ansiosa, como él.

Jim no quería que fuese así, apresurado y desatado. No la primera


vez. De modo que la frenó, dulce pero firmemente, haciéndola
entender que ella podía recibir además de dar, enseñándola que la
paciencia tenía su recompensa.

*******

Fue ella quien interrumpió el dulce silencio posterior.

—No la ves —dijo, en voz tan baja que él apenas la entendió. No


era una pregunta, era una afirmación.
— ¿Que no veo el qué, querida? —le susurró. Ella tema la cabeza
apoyada en su ancho pecho, con el oído pegado para poder oír el
latido de su corazón y su pelo, tan suave como seda roja, los cubría
a ambos. Los dedos de Sarah recorrían suavemente la piel de Jim,
tiernamente. Su pasión estaba saciada por el momento, pero
obviamente seguía queriendo tener contacto con él. No se movió
para mirarlo.

No le respondió enseguida, pero luego dijo, en el mismo tono casi


inaudible:

—La oscuridad. La oscuridad que... está dentro de mí.

Su voz se detuvo. Jim quiso abrazarla con fuerza, pero se frenó.


Ella era como un animal salvaje, lista para saltar si él hacía el
167
PUNTO DE IGNICIÓN

movimiento equivocado. Se cerraría si Jim le insistía demasiado.


Siguió acariciándole el brazo, notando que había más, y tras un
momento Sarah continuó.

—Me... asusta a veces. Es tan fuerte. Y tan poderosa.


—Todos tenemos luz y oscuridad dentro de nosotros —dijo Jim en
voz baja—. Yo he hecho cosas que algunas personas dirían que son
bastante chungas. Y sé que tú también. Pero, cielo, ahora tienes
libre albedrío. Tú elegiste aceptar la cita de esta noche. Elegiste...
y me elegiste a mí. Y te juro por todo lo sagrado y por unas cuantas
cosas que no lo son que todo lo que veo en ti ahora mismo es una
luz tan fuerte y pura que no puedo apartar la mirada.

Sarah levantó la cabeza. Sus ojos brillaban en la débil luz mientras


buscaba la mirada de Jim. Muy probablemente estaba leyéndole la
mente. A Jim no le importó. Quería que lo hiciese. Quizá entonces
ella se vería tal como la veía él. Sonrió amablemente, levantando
una mano para acariciar esa seda roja, y se llevó un mechón a los
labios.

—Sé que eso es lo que ves —dijo Sarah—, y... no creo que lo
descarte, pero... tú no estás aquí. —Se tocó la cabeza—. Yo sí. Esta
oscuridad... Jim, necesito que me prometas una cosa.
— ¿El qué?

Sarah tragó saliva. Jim notó que nunca había sido más vulnerable
ante nadie de lo que lo era en aquel momento, y la idea hizo que su
corazón se sintiese de repente muy, muy lleno.

—Prométeme que si alguna vez me consume la oscuridad... la


detendrás. No importa lo que cueste.

Jim abrió la boca, la volvió a cerrar y siguió acariciando su suave


piel pálida. No sabía qué decir, qué hacer.

168
CHRISTIE GOLDEN

— ¡Prométemelo! —la voz de Sarah era aguda, no por la furia sino


por el miedo.

No se iba a ver consumida por la oscuridad. No después de todo


por lo que ya había pasado. Tenía un poder tremendo y personas de
pocos escrúpulos le habían hecho hacer cosas terribles. Pero Sarah
Kerrigan ya era libre. Nunca sería el juguete de nadie. Y por eso
nunca caería en la oscuridad.

La miró a los ojos con confianza y amor y la tomó por la barbilla:

—Si eso hace que descanses mejor en mis brazos, querida,


entonces sí. Te lo prometo.

2504

«Te lo prometo»

Los párpados de Sarah aletearon. Aunque la habitación que hacía


de enfermería nunca estaba a oscuras con todas las lucecitas de los
paneles parpadeando y la suave iluminación nocturna, todavía
había tan poca luz que supo que era de madrugada.

Pensó en su conversación anterior con Jim. Él no podía saber lo


que había estado pensando. No podía saber que cada vez que él la
urgía a hablar de “lo que había pasado”, lo revivía: la “muerte'’ que
no era nada misericordiosa, el tormento de su cuerpo retorciéndose
para tomar su nueva forma, las visiones y los sonidos de tanta gente
muriendo agónicamente, convirtiéndose o bien en comida o en
materia prima genética para los zerg. Sus zerg.

Sus zerg, que habían atacado a una mujer aterrada pero decidida,
con la intención de poner a salvo a su hija, que estaba gritando.

169
PUNTO DE IGNICIÓN

«—¡Mamá! ¡Mamá! —La niña no quería irse, no quería que la


entregasen a los fuertes brazos de un desconocido que trataba de
salvarle la vida. Forcejeó.

En vano, todo en vano, Madre; hija y el amable extrañó estarían


muertos en segundos...».

Jira quería pensar qué era la Reina de Espadas, ese ser que no era
ni Sarah Kerrigan ni un auténtico zerg, sino la combinación de
ambas fruto de una mente enfermiza, la que había hecho, aquello.
Quizá tuviese razón.

Sarah no lo creía.

Rodó, lentamente, y se sintió sorprendida y lo contrario a la vez al


ver un cuerpo recostado en la silla que había al lado de su cama.
Tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca ligeramente abierta y se
oía un suave ronquido. Sarah cerró los ojos.

«Te lo prometo».

Y, sin embargo, cuando la oscuridad tuvo el total y espantoso


control, Jim no la había detenido.

¿Había incumplido su promesa? ¿O sencillamente había visto que,


a pesar de aquello en lo que creía que se había convertido y había
hecho, la oscuridad no la había consumido por entero?

De repente la atravesó la ira, ardiente y aguda. Hacia quién o hacia


qué, no lo sabía. En alguna parte se oyó un estruendo y abrió los
ojos de repente al oír una maldición en voz baja de uno de los
miembros del tumo de noche del personal médico.

— ¿Qué ha pasado? —dijo una voz asustada.


—No tengo ni idea —dijo otra.
170
CHRISTIE GOLDEN

Sarah lo sabía.

Lo había hecho ella. Había sentido cómo su ira escogía al azar algo
de la habitación, aunque no lo supiese, y se había concentrado en
ello hasta que... ¿se cayó? ¿Explotó?

Jim se despertó al instante, alerta y preparado, la mano dirigiéndose


hacia la pistola del costado.

— ¿Estás bien?
«Una pregunta complicada», pensó Sarah, pero asintió.
—Algo se ha roto —no explicó más. No estaba preparada para
pensar en las repercusiones.

Jim miró, vio que ya estaban recogiendo los trozos y asintió para
sí. Se volvió hacia ella.

—Sé que me dijiste que me fuera, pero... me gustaría quedarme.


No te molestaré si quieres volver a dormir.
—No pasa nada —dijo Sarah. El estallido telequinético había
aliviado algo de la presión—. Es... estaba pensando en aquella
noche. En lo que pasó. En lo que dije.
—Sí —dijo Jim en voz baja—, yo también. —Durante un instante
se quedó callado—. Sabes, a Arcturus no le gustaba la idea de que
atuviésemos juntos.
—Claro que no —dijo Sarah, con tono envenenado—. Si
acudíamos el uno al otro, ya no dependeríamos de él. No podría
manipulamos más. Tenía miedo de qué fuésemos una mala
influencia el uno para el otro.
—Si por “mala” quieres decir “buena”, como por ejemplo pensar
por nosotros mismos, sí. Prácticamente fue lo que me vino a decir
después de que uno de sus espías te viese saliendo de mi cuarto.

171
PUNTO DE IGNICIÓN

Sarah se quedó inmóvil, como si estuviese escuchando con todo su


cuerpo.

— ¿Qué dijo?
—Los típicos embustes de Mengsk —dijo Jim, con toda la
sinceridad que Sarah encontraba tan atractiva—. Me dijo que
pretendía ayudarme. Advertirme, para que no resultase herido. —
Jim se detuvo, obviamente esperando a que ella hiciese algún
comentario sarcástico, pero Sarah no dijo nada—. Me dijo que no
eras la clase de mujer de la que un hombre como yo debería
enamorarse. Que no eras una niñita inocente que necesita que la
rescaten, sino... —se detuvo en seco. A Sarah no le hacia falta ser
telépata para saber lo que había pasado. Jim todavía estaba medio
dormido y no había pensado lo que estaba diciendo.
—Sigue —le dijo.
—No tiene importancia. Sólo, ya sabes, lo que te dicho, sus cosas.
—Jim. ¿Qué dijo?

Raynor suspiró.

—Dijo que eras un arma. Un monstruo. Peligrosa.


—Ya veo.
—Creo... que fue la primera vez que entendí que no podía fiarme
de ése bastardo.
—Tenía razón.
—Bueno, sí, en cierto sentido. No te lo voy a discutir. Se te adiestró
para que fueses un arma peligrosa, Sarah, y así es cómo él té
utilizaba. Y, cuando empezaste a pensar por ti misma, a poner en
cuestión sus Órdenes y a entender lo mala persona que podía ser,
eras un arma que de repente ya no disparaba donde él apuntaba.
Eras un arma que se podía volver contra él. Por eso intentó
deshacerse de ti. Y fue entonces cuando se creó al monstruo —se
inclinó hacia delante y la tomé de la mano—. Pero un Mengsk me
ha dado el poder para deshacer lo que hizo otro. Vuelves a ser
Sarah, querida, y no pienso volver a dejarte. Nunca.
172
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO
CATORCE

Jim, Matt y Valerian estaban sentados en silencio en el transporte


de tierra que los llevaba rápidamente del caótico montón de
chatarra que era Deadman’s Port hacia el desolado espacio rocoso
y muerto que era Paradise.

—De un agujero a otro —murmuró Matt al fin mientras Jim


buscaba un lugar seguro donde detenerse a las afueras de la ciudad.
—Ah, pero debe admitir que hay mucha variedad entre agujeros —
dijo Valerian detrás de los dos asaltantes.
—Cierto —dijo Jim—. Este es demasiado despejado para mi gusto.
¿Por qué escogió Mira este lugar, Matt?

Matt le dedicó una rápida mirada de irritación.

— ¿Crees que lo sé? No entiendo nada de lo que quiere esa mujer


ni de cómo piensa.
—Bueno, pues parece que lo que hace y cómo piensa la ha llevado
bastante lejos aquí —dijo Valerian.

Jim entrecerró los ojos mientras buscaba un lugar bajo una piedra
colgante no demasiado lejos de los edificios de aspecto destartalado
que componían el pueblo.

—No sé —dijo—, parece un sitio muy raro. Pero si Mira fuese a


vendemos ha tenido tiempo de sobra para hacerlo.

173
PUNTO DE IGNICIÓN

Guió la nave para aterrizar suavemente. Saltaron todos y sus pies


se hundieron un centímetro en el blando polvo rojo. La sensación
y el color rojizo le recordó a Jim a Char y sintió una punzada.
Aquello ya había pasado. Habían rescatado a Sarah y Narud estaba,
le aseguró Valerian, dispuesto a ayudarla a recuperarse. Tenía que
Encentrarse en eso, no en el pasado, no en dispararle a un amigo
que una vez había asumido la culpa por él, ni en nada de eso.

Notó la mirada de Matt fija en él, pero sacudió la cabeza. «Estoy


bien». Matt asintió.

—Hay un bar en el pueblo —dijo Matt.


—Concreta un poco, Matt —dijo Jim—. Estoy seguro de que en
este sitio hay más bares que habitantes.
—Éste es el primero al que llegaremos. Antes era un antro de
drogas, pero Mira lo limpió. Pero seguro que siguen sin servir
oporto.
—Yo no he venido aquí a beber —dijo Valerian, ignorando la
pulla. Jim no había tenido tiempo de preguntarle a Matt qué tal
había ido su “expedición” a Deadman’s Port, pero notaba que parte
del resentimiento de Matt hacia el emperador había desaparecido.
Eso estaba bien. A él tampoco le caía muy bien el niño guapo, pero
ahora todos tenían una meta común y, mientras nadie cuyo nombre
fuese Valerian y su apellido Mengsk descubriese su tapadera,
estarían bien.

El aire era caliente, sólo soplaba una ligera brisa y Jim se alegraba;
no quería que ese polvo fino lo azotase cuando sólo llevaba unos
pantalones, una camisa, botas y una chaqueta. No llevaba menos
de tres pistolas encima, dos a plena vista, y Matt y Valerian iban
armados de un modo parecido. Caminaron sin hablar hacia las
afueras del pueblo.

174
CHRISTIE GOLDEN

Una muralla de más de una docena de refugios improvisados de


grosor rodeaban el pueblo de Paradise junto a chabolas que eran
obviamente más viejas. El viento cambió y Jim casi sintió arcadas
ante el olor de orina rancia, heces y cuerpos sucios. Vio a familias
enteras amontonadas qué los miraban con sospecha, miedo u odio
al acercarse.

—Parece que de repente ha llegado aquí mucha gente —dijo Jim


en voz baja.

Matt abrió la boca para hablar, pero Valerian se le adelantó.

—Refugiados -—dijo—. Aparentemente, Mira está haciendo o que


puede para ayudarlos.
—Pues no es mucho —dijo Jim. No era una crítica, ni mucho
menos, sólo un comentario. Sencillamente, eran demasiados.
—Está bien —dijo Matt—, Mira comentó algo de que su gente
estaría aquí entre los habitantes para vigilar, pero que
probablemente no sabríamos quiénes eran. Me advirtió que algunos
están sencillamente furiosos y frustrados y que buscan un blanco
propiciatorio, así que deberíamos llevar las armas en lugar bien
visible.

Jim lanzó una risita. Ya había hecho lo que Matt decía antes de que
el capitán del Hyperion hablase. Valerian, sin embargo, se apresuró
a hacerlo.

Jim sintió miradas penetrantes, algunas en secreto, otras


abiertamente. Se enfrentó con frialdad a las miradas más atrevidas
e ignoró las otras. Valerian, afortunadamente, parecía llevar un
paso que encajaba a la perfección con el caminar seguro de Jim y
Matt.

Los edificios eran parecidos a algunos de los que Jim había


conocido de pequeño: casas prefabricadas pero de una calidad muy
175
PUNTO DE IGNICIÓN

inferior a las de Shiloh. Muchas ya se habían venido abajo y las


habían reparado con pedazos de la piedra del lugar. Por todas partes
pesaba un aire de vigilancia y desesperación.

—Ese edificio, el segundo por la izquierda —dijo Matt en voz baja


y se dirigieron hacia una estructura en ruinas. No había cartel
alguno que indicase la naturaleza del negocio que se trataba, y Jim
se puso en tensión al entrar mientras empujaba la vieja y
baqueteada puerta.
Se notaba un olor dulce, empalagoso, que anunciaba a los que lo
reconocían la naturaleza anterior del lugar. Pero estaba claro que,
al menos recientemente, el negocio no se dedicaba a otros vicios
que no fuesen la consumición de alcohol. Había algunas mesas y
sillas desperdigadas aquí y allá y parroquianos inclinados sobre las
mesas, cuidando de sus bebidas. Matt se acercó a la barra. El
camarero, que tenía unas grasientas patillas de hacha y la cabeza
tatuada, los miró un momento.
— ¿Qué va a ser? —preguntó con voz grave, casi desafiante.
—Scotty Bolger’s Old N° 8 —dijo Jim.
—Lo mismo —dijo Valerian.
—Cerveza. Que sean dos; tengo sed —dijo Horner.

Exactamente lo que debían pedir.

El camarero miró a Horner con desconfianza, pero el código de las


bebidas, solicitadas precisamente en ese orden, no era en realidad
un pedido para él. Alguien más estaba escuchando. No se giraron
para ver quién era el que se levantaba de la silla.

El camarero dejó bruscamente los dos vasos y las dos botellas sobre
la barra. Se derramó un poco de whisky y el camarero no hizo gesto
alguno para limpiarlo. «Desde luego no es Cooper», pensó Jim
mientras cogía el vaso. Incluso en la débil luz podía ver huellas en
el cristal. Se encogió de hombros y se lo bebió; el alcohol mataría

176
CHRISTIE GOLDEN

cualquier bicho y agradeció el rastro caliente que dejó en su


garganta. Pidió un segundo vaso y luego un tercero.

Tras un momento, se giraron y se dirigieron hacia una mesa vacía,


de las que había muchas.

—De momento, bien —dijo Jim.

—Cierto —dijo Matt—. Y por cierto... Valerian, ¿alguno de los


tipos de aquel rincón le resulta familiar?

Valerian hizo una mueca como si hubiese sufrido una punzada de


dolor y se masajeó el cuello, girándose ligeramente siguiendo el
gesto. Volvió la mirada a la mesa.

—Crane, si no me equivoco. Veo que Mira nos ha puesto


guardaespaldas.

Jim acababa de coger una de las cervezas de Matt (de todas


maneras, Horner sólo estaba fingiendo que se bebía la otra) cuando
una figura se acercó a la mesa junto a Valerian. Una capucha le
ocultaba el rostro, pero luego levantó la cabeza y Jim vio un bigote
y unas patillas blancas como la nieve.

—Hola otra vez, doctor —le dijo Jim a Emil Narud.


—No me importa decirles que, cuanto antes salgamos de aquí,
mejor —dijo el doctor.
—Cierto, pero no podemos marchamos enseguida. Llamaríamos la
atención—dijo Horner.
—Entonces usaré el tiempo para ponerles al día tanto como pueda
antes de salir —dijo Narud. Todos hablaban en voz baja para evitar
oídos impertinentes. Se volvió a Jim—. Sé que esto no le va a
gustar, pero es necesario que le haga algunas pruebas a la... sujeto.
Sigue teniendo mutagen zerg en sus genes, como demuestra la
transformación incompleta de la que me ha hablado Valerian.
177
PUNTO DE IGNICIÓN

Tendremos que determinar si es lo bastante humana como para


confiar en ella o si nos veremos obligados a contenerla por su
propia seguridad y la de los...
—No.

Narud miró a Jim, perplejo.

—Sin duda debe entender...


—Usted debe entenderme a mí, y lo que le estoy diciendo es que
no le va a hacer ninguna prueba para determinar si la trata como a
una persona o a un animal. Y no me venga con actitudes de
superioridad. Estoy seguro de que no se le ha olvidado que le
salvamos el trasero en Tyrador VIII.

Narud parecía incómodo.

—Eh, no, por supuesto que no. —De no haber sido por los
asaltantes, la Reina de Espadas habría obtenido información clave
acerca del objeto que acabaría por devolverle la forma humana. Y
podría haber destruido a los científicos del planeta como feliz
efecto secundario.

Valerian dijo en voz baja:

—Con el daño que han sufrido las naves y las heridas de las
tripulaciones, estamos preocupantemente bajos de suministros
médicos. Mira ha podido ayudamos con algunas de las
reparaciones, pero cualquier cosa que supere el mínimo esencial
levantaría sospechas. Tenemos que ir a una base secreta de
Moebius y conseguir los cuidados que Sarah necesita, al menos.
—Tienen razón —dijo Matt. Jim lo miró enfurecido. Matt
sencillamente se encogió de hombros—. Puedo mostrarle la lista
de suministros y los agujeros de la nave si quiere, señor. Esto me
gusta tan poco como a usted, pero no podemos quedamos aquí.

178
CHRISTIE GOLDEN

Mira ya ha hecho suficiente y no quiero que le pase nada por


habernos ayudado.

Jim miró fijamente su botella, luego sacó un cigarrillo del paquete


que llevaba en la manga enrollada, prendió una cerilla y lo
encendió. Le dio una calada mientras pensaba en Sarah tumbada en
la cama de la enfermería, todo su ánimo apagado, su negación a
comer, la aterradora fragilidad de una mujer que había sido tan
rápida y grácil.

Tampoco quería que Mira corriese riesgos. Jim dejó que el humo
saliera por los agujeros de la nariz y entrecerró los párpados
pensativo mirando a Narud.

—No le va a hacer absolutamente nada, ni siquiera mirarla, si no


estoy yo delante —dijo Jim. Hablaba en voz baja pero con una
vehemencia que denotaba la gravedad de sus palabras—. Y, si ella
no es capaz de rechazar el tratamiento, la última palabra la tengo
yo. Si no está de acuerdo con eso, encontraremos otro modo de
conseguir ayuda. ¿Entendido?

Narud abrió la boca para hablar.

Sarah Kerrigan abrió los ojos. Algo iba mal. Jim... Jim estaba en
peligro. ¿O era un sueño? Con las drogas, las pesadillas y los vacíos
que estaba encontrando en su memoria, Sarah ya no estaba segura
de qué era real. Se esforzó por despertarse a través de una neblina
inducida por las drogas, abrir la boca y gemir:

—Doctor...

Yeats apareció a su lado enseguida.

— ¿Qué pasa, Sarah?


—Jim. No está aquí... N-no está en el Hyperion, ¿verdad?
179
PUNTO DE IGNICIÓN

—No, de hecho, no. Está con el capitán Horner y el señor V.

Un vaso medio lleno de agua pasó volando por la habitación,


aparentemente por voluntad propia. Sarah se esforzó por
levantarse, apartó las sábanas y apoyó los pies descalzos en el suelo
de madera.

*******

A Swann no le gustaba estar al mando. Le gustaba trabajar con


herramientas, ensuciarse las manos, la real y la mecánica. Le
gustaba arreglar cosas y trabajar con un puñado de gente que
pensaba exactamente igual que él. Estar de pie en el puente del
Hyperion, mientras se escondían bajo una pila de escombros nada
menos, lo disgustaba. Además, ¿por qué Raynor y Horner tenían
que ir a ver al tal Narud? ¿No podía ir uno mientras el otro
capitaneaba el Hyperion para que Swann no tuviese que estar allí
arriba y...?

—Señor—dijo Marcus—. ¡C-creo que nos atacan!

No habían sonado bocinas, ni alarmas, y Swann entrecerró los ojos.

— ¿Crees? -^repitió malhumorado—. ¿Qué te hace pensarlo


cuando no hay nada más que nos lo advierta?
— ¡Porque alguien está disparando contra los escombros!
Incluso entonces era tan ridículo que Swann se limitó a fruncir aún
más su poblado ceño.
—Señor... Los escombros que...
—... nos cubren —terminó Swann—. Maldita sea. Nos han
encontrado. ¡Avisa rápidamente al capitán del Bucéfalo!

La imagen del capitán Everett Vaughn apareció en la pantalla de la


consola.

180
CHRISTIE GOLDEN

— ¿Qué ocurre, señor Swann?


— ¿Que qué ocurre? ¡Nos atacan, idiota!
—He detectado actividad en la superficie, sí —dijo Vaughn.

Swann parpadeó.

—Alguien está disparando contra los escombros que nos ocultan,


Vaughn —dijo, vocalizando lentamente—, ¿qué otra cosa podría
significar?
—Hemos identificado que las naves pertenecen a mercenarios —
continuó Vaughn. Permanecía inalterable—. Es posible que se trate
de una escaramuza entre los individuos de la superficie y que no
nos hayan detectado.
— ¿Qué? —la voz de Swann se elevó hasta alcanzar el tono de un
ladrido furioso—, ¿Estás loco? Tenemos que abandonar el
escondite ya... ¡Contraatacar si es necesario!

Vaughn alzó una ceja.

—El Hyperion y el Bucéfalo son cruceros de batalla, señor Swann.


Antiguas naves insignia del Dominio, mientras que las naves que
usted concluye que nos están atacando son espectros muy poco
numerosos y, según mis cálculos, son una amenaza menor incluso
aunque seamos su blanco. ¿Usted caza, señor Swann?
— ¿Eh? —Swann alucinó ante la ridiculez de la pregunta.
—Lo que están haciendo se llama “atraer a la presa”. Puede que ni
siquiera sepan que estamos aquí. Si nos vamos ahora, perderemos
por completo nuestra capacidad de ocultamos en este mundo. Creo
que les concede demasiado mérito.

A Swann empezó a latirle una vena en la frente. Las palabras se lo


amontonaban en la boca con tanta furia que se ahogaba en ellas y
se quedó mudo.

181
PUNTO DE IGNICIÓN

—Estoy seguro de que usted, en su época de rebelde —continuó


Vaughn—, se ha acostumbrado a ser especialmente sensible ante
la idea de que lo descubriesen. Además, yo tengo mis órdenes y
hasta que sepa del príncipe Valerian, me guiaré por mi juicio, y ese
juicio me dice que no haga nada.

Eso colmó el vaso. Una corriente de furia desató la ráfaga de


palabras atascadas en la boca de Swann y salieron como una riada.

— ¡Idiota! ¿Es que ni siquiera lo entiendes ahora? ¡La mayoría de


su flota ha quedado hecha pedazos, han perdido a gente a mansalva
y te quedas de brazos cruzados diciendo gilipolleces sobre esperar
al Príncipe Encantado y atraer presas! ¡Vaughn, ahora todos somos
rebeldes! ¡Y como rebelde, cuando me atacan, yo devuelvo el
ataque! Tú haz lo que te dé la gana.

Golpeó la consola con el puño con tanta fuerza que casi la rompió.
Afortunadamente, el rostro increíblemente irritante de Vaughn
desapareció.

— ¡Cade! ¡Ha descubierto y empezad a contraatacar! ¡Y notifica al


comandante y al capitán que es muy probable que también estén en
peligro y que salgan de allí deprisa y se dirijan al punto de
encuentro de emergencia! No... Pásame directamente con él. —
Swann creía que sólo él podía transmitir la urgencia de la situación.
— ¡Sí, señor! —Marcus y los demás del puente parecían muy
aliviados.

*******

—Con el debido respeto —dijo Narud, sonando nada respetuoso—


, no creo que esté en posición de...

Una voz ronca sonó dentro del oído de Jim.

182
CHRISTIE GOLDEN

— ¡Jim! ¡Nos ataca lo que parece ser un puñado de mercenarios!


El capitán de tu amigo Valerian no va a hacer nada pero nosotros
nos largamos. ¡Y, si nos han encontrado a nosotros, quizá también
a ustedes!

Narud seguía hablando, pero Jim había dejado de escucharlo en


cuanto Swann había empezado a hablar.

—Mierda —dijo Jim, interrumpiendo las protestas de Narud—


Vámonos de aquí. —Ante las expresiones de curiosidad que
recibía, dijo, sencillamente—: Swann.
—Oh, oh —dijo Swann, su versión menos ruda de “mierda”.

Valerian y Narud fueron lo bastante inteligentes como para


levantarse, todavía de modo desenfadado, y comenzar a dirigirse
hacia la puerta. El hombre al que Horner y Valerian habían
identificado como del grupo de Mira, Crane, se levantó y se puso a
su altura. Otro hombre lo imitó.

—Nos acaban de decir que unos mercenarios están atacando el


Hyperion —dijo Matt en voz baja—. Adviertan a Mira y...
—Me parece —dijo Crane—, que eso no va a pasar.

Y Jim sintió el cañón de una pistola entre sus omóplatos.

183
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPITULO
QUINCE

Valerian lanzó un grito ahogado.

—Pero... ¡Trabajan para Mira Han!


—No levantes la voz y diríjanse hacia la puerta —siseó Crane,
mirando a todos lados—. Nadie tiene por qué salir herido.

Jim y Matt obedecieron, y Matt tomó al alarmado Narud del brazo


y lo guió hacia delante. Jim estaba observando la sala, pensando a
toda velocidad, buscando una oportunidad. Sabía que Matt estaba
haciendo lo mismo. Pero Valerian, el idiota mimado, iba a
conseguir que los matasen a todos.

—La estás traicionando... y vas a vendemos, ¿verdad? —continuó


diciendo el príncipe alzando la voz. Tenía un tono de pánico y Jim
sintió asco. El chico era bueno cuando estaba a salvo y seguro en
su nave, pero se estaba viniendo abajo cuando se metía en el
barro—. ¿Verdad?
—Cierra la boca —murmuró Jim.
—Raynor es sensato —dijo Crane arrastrando las palabras,
girándose para mirar al legendario proscrito—. Tú eres tan
insensato como...

Fuese lo que fuese lo que iba a decir, se iba a quedar sin decir. La
expresión de Valerian, tímida y asustada un instante antes, se
volvió fría. Veloz como una serpiente agarró a Crane de la muñeca

184
CHRISTIE GOLDEN

y retornó con fuerza, quitándole la pistola. Crane lanzó un grito y


Valerian lo soltó, seguido de una patada en la parte trasera de la
rodilla de Crane. Con el mismo movimiento, Valerian clavó el codo
derecho en el cuello del segundo traidor.

El alivio y la sorpresa inundaron a Jim. Aprovechó la oportunidad


que el astuto príncipe le había dado, cogió la otra pistola del
cinturón de Crane y derribó a ese bastardo de un culatazo en el
cráneo. Oyó los ruidos de las sillas al echarse hacia atrás y supo
que el tiempo que habían conseguido con la treta de Valerian se les
había acabado.

— ¡Vámonos! —gritó Jim, y los cuatro salieron corriendo.

*******

Fue lento. El Hyperion era como un animal que estuviese enterrado


vivo, luchando por salir a la superficie y temblando por el esfuerzo.
Swann sudaba, pero no de miedo, sino de un deseo urgente de estar
junto a los esforzados motores en su lucha por liberar a la nave. En
su momento parecía una buena idea cubrirse de toneladas de
camuflaje, pero ahora Swann se preguntaba cómo habían podido
convencerlos.

—Perdimos dos motores durante la batalla y todavía no habíamos


podido repararlos —la voz de Annabelle sonaba tensa y aguda, y
Swann supo que estaba sufriendo por los motores igual que él.
—Lo sé, lo sé —dijo Swann—, ¡pero tenemos que salir de debajo
de todo esto!
—Los sensores indican que se abrirán camino más o menos...

Las consolas de la nave se encendieron.

—Ahora —terminó Cade.

185
PUNTO DE IGNICIÓN

Swann lanzó un taco.

—Vamos, guapa —dijo en voz baja dirigiéndose a la nave—. No


vas a dejar que unos kilitos de chatarra te frenen, ¿verdad?

La nave, al fin, empezó a moverse. ¡Se estaban liberando!

—Impacto directo a estribor, a través de la chatarra —dijo Cade—


, Y detecto que vienen más espectros —se detuvo un instante, luego
añadió—: y vikingos.
— ¿Cuántos?
—La suma es de ocho espectros y tres vikingos —dijo Cade.

Aquello no era bueno. Nada bueno. Uno o dos espectros o vikingos


contra dos cruceros de batalla era una cosa. Pero, si reunían el
número suficiente...

—Vamos, vamos —rogó Swann. La nave se volvió a balancear,


más libremente esta vez, esforzándose por sacudirse las toneladas
de chatarra que la habían enterrado—. ¿Sabemos algo del
Bucéfalo? —preguntó Swann.
—Negativo, señor.
—Vuelve a llamarlos. Diles que estamos a punto de salir y
pregúntales si quieren venir con nosotros o quedarse blanco.
—Se lo, eh, diré de otro modo.
—Hazlo, chico. Pero asegúrate de que entiende que, si no lo
“atraen” pronto, va a ser demasiado tarde.

*******

Casi todos los disparos fallaron. Uno sí dio en el blanco, una púa
de un fusil gauss le atravesó el brazo a Matt. Sangre de color rojo
vivo comenzó a brotar en cantidad. Horner lanzó un breve grito
agudo, luego se tapó la herida con la mano libre y siguió corriendo
mientras Jim giraba y devolvía el fuego. Jim se dio cuenta de que
186
CHRISTIE GOLDEN

tenían una suerte endemoniada y de que no iba a durar. Con tanto


espacio entre el pueblo y el lugar donde dejaron la nave, no
llegarían a tiempo. Lo que significaba, por supuesto, que nunca
llegarían a las coordenadas de emergencia que le había dado a
Swann por si algo salía mal.

Lo que también significaba que probablemente su tiempo en


Paradise tampoco iba a durar mucho.

No llegarían a tiempo. Tendrían que conseguir un refugio. Vio que


uno de los edificios cercanos al límite del pueblo tenía aspecto de
estar abandonado; tendría que valer.

Narud tropezó y cayó con fuerza. La caída fue afortunada, otra púa
pasó por la zona donde había estado una fracción de segundo antes.
Sin frenarse, Valerian agarró al científico, lo puso en pie y siguió
corriendo.

— ¡Allí! —gritó Jim, señalando al edificio a su izquierda—. ¡Allí


tomaremos posiciones!

Valerian lo miró escandalizado, pero no se detuvo. Jim no podía


culparlo; el edificio tenía pinta de que podría derribarlo un soplo
de viento. Pero era su única opción. Seguir corriendo en terreno
abierto era invitar a la muerte y, mientras Sarah siguiese viva, Jim
no tenía intención de palmarla.

Entraron a trompicones en la casa prefabricada y cerraron la puerta.


Jim le lanzó una pistola a Narud y le hizo un gesto a Valerian.

—Hay una ventana en cada pared. Empiecen a defenderse dijo—,


tengo que ocuparme de Matt y pensar en cómo salir de aquí.

Narud se quedó mirando la pistola.

187
PUNTO DE IGNICIÓN

— ¿Esto contra todos ellos? —dijo incrédulo—. ¡Lanzarán algo


contra la casa y nos matarán a todos!
—No, no lo harán —dijo Jim. Sacó un botiquín de primeros
auxilios, le arrancó la manga a Matt y evaluó la herida. La púa
hipersónica había atravesado limpiamente el brazo, pero el color
brillante de la sangre le dijo a Jim que le habían alcanzado una
arteria. Jim colocó una venda y aplicó presión—. Nos quieren
vivos, ¿recuerdas? Lo que significa que están limitados en cuanto
a lo que nos pueden hacer. Y eso nos consigue tiempo.
— ¿Qué ha pasado, Jim? —preguntó Matt mientras su amigo
trabajaba. Se filtraba sangre por la venda y Jim frunció el ceño.
Para distraer a Matt de lo que estaba haciendo, le contestó mientras
deslizaba una mano por debajo del bíceps de Matt y agarraba un
punto de presión.
—Recibí un mensaje de Swann —dijo Jim, lo suficientemente alto
para que los otros dos lo oyesen por encima de los disparos—. El
Hyperion y el Bucéfalo están siendo atacados. Tu perrito faldero
capitán se niega a salir, Valerian —añadió—. Swann está
intentando salir de debajo de la chatarra al espacio abierto donde
poder contraatacar. Se supone que nos vamos a encontrar en el
punto de emergencia.
—Si no estuviese tan ocupado disparando —dijo Valerian,
entrando en acción y manejando la pistola con una familiaridad que
sorprendió a Jim—, yo mismo le echaría una buena bronca a
Vaughn.
—Si puedo localizar a Swann, le diré lo que has dicho —dijo Jim—
. Matt... Mantén el brazo arriba. —Ayudaría a contener la
hemorragia. Obedientemente, Matt levantó el brazo. Parecía un
niño que fuese a preguntar algo en clase—. Mientras lo haces,
¿crees que podrías localizar a Mira? Podría conseguimos ayuda
más deprisa que el Hyperion.
—Puedo intentarlo —dijo Matt—, No tengo ni idea de si es una
línea segura o no.

188
CHRISTIE GOLDEN

—A estas alturas, no importa —dijo Jim—. Tienen que saber que


la vamos a avisar de una manera o de otra. Ahora mismo
necesitamos más ayuda que discreción.

Matt asintió, sacó su fono y tecleó un código con la mano buena.


Jim se levantó, se limpió la sangre de Matt de la camisa y se colocó
junto a Valerian.

—Dile a tu capitán que mueva el trasero.

*******

—El capitán Vaughn le llama —dijo Marcus, sonriendo un poco a


pesar de la gravedad de la situación.
—Ya no somos tan arrogantes, ¿eh? —dijo Swann en el instante en
que apareció en la pantalla el rostro de Swann.
—He, esto, recibido nuevas órdenes de mi comandante, si es a lo
que se refiere —replicó Vaughn envarado. Su rostro, sin embargo,
mostraba el esfuerzo.
—Señor, han aparecido tres espectros más —dijo Marcus. Vaughn
tuvo el detalle de abrir más los ojos.
—Casi hemos salido —dijo Swann—. Los cubriremos, lentos.
¡Ahora, despierta!

Si la nave hubiese sido un animal, habría habido gruñidos por el


esfuerzo. Pero casi estaban libres y Swann rezó en silencio para que
los motores aguantasen.

El repentino tirón hacia la libertad tomó a todos por sorpresa, pero


Swann y el resto de la tripulación del puente gritaron en cuanto se
hubieron recuperado.

La pantalla apenas había mostrado nada, excepto las vagas formas


de los pedazos de chatarra. Ahora todos observaron mientras la

189
PUNTO DE IGNICIÓN

chatarra se apartaba y se alzaron, enormes, lentos, un blanco


perfecto.

Y les dispararon.

—Un total de once espectros y seis vikingos ahora, señor —dijo


Cade—. ¿Devuelvo el fuego?

Swann se acarició el bigote, pensativo. Sacudió la cabeza.

—No, todavía no. Por ahora, conservamos la potencia máxima en


los escudos. Vamos a elevamos un poco y, cuando el Bucéfalo
asome la nariz, empezaremos a sacudimos a esas moscas.

La gigantesca nave siguió elevándose mientras recibía disparos Los


escudos aguantaron... en su mayoría. Las pantallas no se
concentraban en los espectros o los vikingos, sino en donde el
Bucéfalo luchaba por emerger.

—Vamos —urgió Swann, observando cómo se movía la chatarra


suelta que todavía cubría el gran crucero de batalla.

Y entonces la nave de Valerian también se liberó, apartando los


desechos que la enterraban como una cría saliendo del huevo,
tironeando y luchando un instante más antes de estar en el aire.

—Muy bien —dijo Swann—. Apuntad a esos condenados vikingos


y espectros, y borradlos del cielo. Marcus, mándale a Vaughn las
coordenadas del lugar de rescate por si eso también lo hace mal. Y
diles que nos largamos y que, a menos que me equivoque, nos
encontraremos con un comité de bienvenida en cuanto salgamos de
la atmósfera.

Casi más veloz que el pensamiento, el Hyperion, tan torpe cuando


estaba atrapado bajo los desechos de la superficie, se elevó,
190
CHRISTIE GOLDEN

disparando al mismo tiempo, dirigiéndose al espacio abierto.


Swann había tenido razón. Los aguardaban más espectros... y una
nave de guerra. La nave había visto días mejores y más parecía
pertenecer al montón de chatarra que había cubierto al Hyperion y
al Bucéfalo que estar dispuesto a luchar contra las antiguas naves
insignia. Pero Swann sabía lo suficiente sobre mercenarios como
para saber que se gastaban el dinero en lo que importaba, no en
cuidados cosméticos. No pensaba subestimar aquella nave de
guerra supuestamente destartalada.

—Activa el cañón Yamato. ¡Apunta a la nave de guerra y dale con


todo! —gritó. Los espectros estaban infligiendo los mayores daños,
pero sin la nave de guerra estaban atrapados, no podían hacer saltos
de distorsión. Ni podrían atracar para efectuar reparaciones.

Y los espectros no tenían cañones Yamato.

Cade puso la nave de guerra en su mira y disparó. Consiguió un


buen tiro, pero la nave seguía funcionando. Los espectros
descendieron para atacar, cayendo como abejas enfurecidas.

—Señor, están apuntando a los aceleradores de gravedad —dijo


Cade.

Refuerza los escudos —replicó Swann.

—Ya está hecho, señor, pero con ese fuego concentrado... ¡Señor!
¡Es el Bucéfalo!

Y allí estaba la poderosa nave, por fin libre del planeta, y se


acercaba al rescate. Su propio cañón disparaba a la nave de guerra
mercenaria y ahora se veían vikingos más nuevos, brillantes y
modernos enfrentados en combate singular con los espectros y los
vikingos mercenarios.

191
PUNTO DE IGNICIÓN

Vaughn había respondido.

Después de todo, quizá iban a poder llegar al punto de encuentro


con el capitán y el comandante.

*******

—Oh, sí —estaba diciendo la animada voz de Mira—. Ya soy


consciente de la... situación y estoy enviando a gente. Y el querido
James puede tranquilizarse respecto a su amiga. Ya va de camino
al Bucéfalo. ¡Pero, querido, tienes que alejarte del pueblo! ¡Si no,
no puedo enviarte naves!
—No podemos —gritó Matt, chillando para poder oír su propia voz
por encima de los disparos. Mantenía el brazo en alto y la
hemorragia se estaba frenando, pero sabía que había perdido mucha
sangre—. Estamos atrapados aquí. Nos hemos refugiado en uno de
los edificios abandonados en el límite del pueblo. Era imposible
que cruzásemos todo ese espacio abierto. Jim dice que nos quieren
vivos, pero ya sabes cuáles son las probabilidades.
—Mmm —dijo Mira. Matt estaba impresionado y frustrado por el
hecho de que sonase tan preocupada como si estuviese decidiendo
de qué color teñirse el pelo en lugar de cómo sacar vivas a cuatro
personas de un tiroteo. Se la podía imaginar, frunciendo el ceño,
toqueteándose pensativa la barbilla.
—Mira, por favor, tienes que darte prisa...
—Matthew, te preocupas demasiado. ¿En qué edificio se
encuentran?
—En el que está en la esquina noroeste del pueblo. No demasiado
lejos del antro de drogas que limpiaste. En el mismo lado.
— ¿Es el último de esa fila de edificios?
—Sí, eso creo. —Se oyó un ruido cuando un objeto atravesó lo que
quedaba de una de las ventanas ya rotas. Se trataba de algo
pequeño, redondo y empezaba a emitir un gas de color verde
pálido.

192
CHRISTIE GOLDEN

— ¡Maldición! —gritó Jim. Se tapó la mano con un brazo, se lanzó


a por el objeto y lo volvió a lanzar. Luego se inclinó y empezó a
toser violentamente.
—Mira —dijo Matt, reprimiendo una tos y parpadeando cuando
empezaron a llorarle los ojos—, acaban de lanzamos una granada
de gas. Estoy seguro de que sólo es la primera. Intentan dejamos...
—el resto se perdió en la tos.
—Matthew, querido, tienes que escucharme. Hace mucho tiempo
hice que excavasen algunos túneles en los cuatro edificios del
extremo del pueblo. Están en uno de esos. ¡Empiecen a buscar una
trampilla bajo el suelo!

El alivio inundó a Matt, seguido por una inquietante sensación de


desesperación. Tomó aliento para hablar, tosió durante unos quince
segundos y continuó hablando en tono sibilante.

—Algunos de los que nos disparan solían ser de tus hombres —


dijo—. ¡Sabrán lo de los túneles!
—Qué tonto eres, Matthew —dijo, con voz cálida y divertida—.
¿Te crees que se lo cuento todo a todo el mundo?
Matt empezó a sonreír.
— ¡Mira eres increíble! —Se volvió a sus compañeros—. ¡Hay un
túnel debajo del suelo!
— ¡Mira, querida, te quiero! —gritó Jim, y Matt oyó la risa de
Mira.

Jim tiró de Valerian y juntos empezaron a pisotear las tablas del


suelo en busca de algo que les marcase dónde estaba la trampilla.
Lanzaron una segunda granada de gas dentro del destartalado
edificio que siseó mientras extendía por el aire su viciado
contenido. Narud la cogió y la volvió a lanzar fuera, pero entraron
otras dos por el otro lado. Todos empezaron a toser.

193
PUNTO DE IGNICIÓN

Matt empezaba a marearse y no estaba seguro de si era por la


pérdida de sangre o por efecto del gas. Le temblaban las piernas y
se vio sentado, perplejo, en el suelo del edificio.

—Ahí —oyó la voz de Valerian. A Matt le sonaba lejana y débil*


igual que la voz de Mira por el fono.
— ¿Matthew? Sigue hablando. ¿Ha encontrado James el túnel?
—Eso creo —dijo Matt. Le sorprendía cuánto arrastraba las
palabras. Seguía sangrando—. ¿Mira? No creo que vaya a salir de
ésta.
—Tonterías —su voz era animada y segura—. Todavía no estoy
preparada para ser viuda, Matthew Horner.

Y entonces, de algún modo, Matt vio un par de botas. Unas manos


lo cogieron, sin demasiada delicadeza, y bajó por un agujero
oscuro. Ya no supo más.

*******

—Los hemos perdido.


— ¿Qué? ¡Se los entregué en bandeja de plata! —Cooper puso toda
su furia en su voz. El Hyperion estaba luchando; estaba solo por el
momento.
—Los teníamos atrapados en un edificio abandonado, lanzamos
unas cuantas granadas de gas... y cuando entramos habían
desaparecido.
— ¿Desaparecido? ¿Cómo pueden haberlos perdido en un...? —y
se dio cuenta de repente—. ¡Oh, maldito seas, Crane, idiota, tenía
que haber un túnel en el suelo!
—Yo, eh... supongo que tendría que haberlo, sí.
—Y supongo que no tienes ni idea de adonde lleva.
—... No.

Miró con pesar su pequeña bolsa, escondida tras la barra.

194
CHRISTIE GOLDEN

—Está bien, esto probablemente no les servirá de nada, pero voy a


mandaros las coordenadas del punto de encuentro original.
Conociendo a Jim, estoy seguro de que las ha cambiado media
docena de veces, aparte de que no tienen ni idea de adonde lleva el
túnel. Yo en tu lugar enviaría a algunos hombres a cubrir el punto
de encuentro. ¡Los demás, entren en el edificio y averiguen adonde
lleva el túnel!

Rápidamente, Cooper envió las coordenadas y apagó el fono.


Parecía que no iba a ser rico pronto... pero no perdía la esperanza.

*******

Cuando Matt recuperó la consciencia, le ardían los pulmones y los


conductos nasales, y sentía náuseas. El brazo le dolía horrores, pero
tenía la mente lo bastante despejada como para entender tres cosas:
una, estaba vivo; dos, habían escapado; tres, Valerian lo llevaba
como un saco de patatas encima de un hombro.

—Bájame —gruñó.
—Todavía no —dijo Valerian. Fue entonces cuando Matt se dio
cuenta de la cuarta: Valerian iba corriendo, como Jim y Narud.
Hacia dónde, Matt no lo sabía; tenía una buena vista del suelo y de
las piernas en movimiento de Valerian, pero poco más.

Empezó a moverse, pero se dio cuenta de que lo que estaba


haciendo era entorpecer su propia fuga y probablemente ponerlos
a todos en peligro. Frunciendo el ceño, con dolor de cabeza por los
efectos secundarios del gas, se quedó quieto.

—Mira es una buena mujer —dijo Valerian—. Nos ha enviado un


bonito transporte... y a algunos tipos para asegurarse... de que lo
tomamos —resoplaba un poco entre frases—. Casi hemos llegado.
—Y también los mercenarios —dijo Jim.

195
PUNTO DE IGNICIÓN

—Podemos... llegar —dijo Valerian, ajustándose a Matt sobre el


hombro—. Aguanta, Matt.

Desde su innoble postura, Matt hizo justamente eso. Valerian


empezó a correr con más fuerza y Matt ahora podía oír los ruidos
de naves por encima de sus cabezas. Los disparos errados
levantaban polvo demasiado cerca para que estuviese tranquilo.
Luego llegó el ruido de otras armas devolviendo el ataque y una
voz que hizo que se animase.

— ¡No se atrevan a hacerle daño a mi Matthew!

Mira sonaba muy, muy cabreada. Y Matt empezó a sentir lástima


por los mercenarios. Unos cuantos minutos de inquietud después,
que le parecieron siglos, Valerian se detuvo y movió a Matt de su
hombro.

—Tienes que dejar de comer galletas —le dijo el heredero del


imperio boqueando. Tenía la cara roja y estaba cubierto de sudor.
Matt no tenía ni idea de cuánto tiempo había estado corriendo
Valerian llevando un peso aproximadamente equivalente al suyo
propio.

—No como galletas —dijo Matt—, Bueno, no muy a menudo. Un


pastel de chocolate de vez en cuando y a veces...
— ¡Matthew! —Matt vio primero un borrón rosa y luego la cara
sonriente de Mira. Se puso seria al ver la venda ensangrentada—.
Tienes muy buenos amigos. Ahora, date prisa... ¡Las naves han
sufrido daños pero todavía podemos llegar!

Matt miró a su alrededor. Jim y Valerian, ahora que el príncipe se


había liberado de su carga, estaban junto a un transporte,
disparándoles a los mercenarios que se acercaban a pie. Sombras
proyectadas por naves en vuelo se movían deprisa por el suelo rojo
polvoriento.
196
CHRISTIE GOLDEN

Mira le deslizó un brazo por detrás.

— ¡Vamos, vamos! —dijo, guiándolo hacia la nave. Mientras lo


colocaba en el asiento, Matt le miró el pecho. Tenía una gran
mancha húmeda de color rojo.
— ¡Te han dado! —dijo, sorprendido por el dolor que había
sentido.

Mira le sonrió cariñosamente.

—No, Matthew, es tu sangre. Todavía estás sangrando. Yo estoy


bien. ¡Pero eres un encanto por haberte preocupado! —le levantó
la barbilla y le dio un beso largo y apasionado. Matt se encontró
devolviéndole el beso y culpó a las emociones provocadas por
haber burlado a la muerte.

Luego Mira desapareció, corriendo por la nave, y Jim, Narud y


Valerian subieron a bordo. Jim se sentó en el asiento del piloto y
Valerian tomó el del copiloto.

— ¿Dónde está el botiquín? —preguntó Narud—. El señor Horner


necesita cuidados.
—No es mi nave —contestó Jim, cerrando las puertas y
preparándose para el despegue—, pero yo buscaría debajo del
asiento de atrás. ¿Cómo estás, Matt?
—Vivo, señor.
—Bien. Narud, que siga así. Agárrense a los raíles y mantengan las
manos detrás de la barra en todo momento.

Valerian se rio. Y luego, con un tirón que hizo que Matt se alebrase
de no tener nada en el estómago, estaban en el aire. Dos segundos
después, les disparaban. La nave se movió violentamente y Matt se
alegró de llevar puesto el cinturón.

197
PUNTO DE IGNICIÓN

Narud, que había cogido el botiquín y se había sentado junto a


Matt, parecía muy incómodo. Matt se puso la mano sobre la herida.

Mira tenía razón; la herida era claramente más grave de lo que una
venda podía solucionar. Estaba sangrando otra vez y aplicó presión
sobre ella. Haciendo una mueca, dijo:

—Lo conseguiremos. Jim es un piloto condenadamente bueno.


—Me temo que tendrá que serlo —dijo Narud en voz baja y
resignada. Abrió el botiquín, intentando evitar que se cayese el
contenido, y comenzó a buscar.
— ¿Esto? Esto no es nada —dijo Jim en tono burlón—. Miren esto
—y con ese sencillo aviso, Jim colocó el morro de la nave casi en
posición vertical. Narud gimió un poco. Estaban tan cerca de la
nave que querían evitar que Matt llegó a mirar a los ojos del otro
piloto un instante. Narud gruñó e hizo un gesto de enfado.

Matt no podía evitarlo. Quizá fuese por la pérdida de sangre, la


huida por los pelos o el beso de Mira, pero empezó a reírse.
Entendía que era inapropiado y quizá hasta histérico, pero ¿por qué
no? ¿por qué demonios no? En cualquier caso, vivirían o no y,
fuese lo que fuese, no estaba en sus manos. Narud lo miró,
horrorizado.

—Ése es mi chico —dijo con aprobación Jim desde la cabina—. Es


mejor palmarla riéndose.

Narud palideció ligeramente y Horner se rio todavía más.

—Swann, aquí Raynor.


— ¿Dónde rayos estás, vaquero? Hemos estado luchando contra
unos espectros y vikingos y quién sabe qué más, y estamos
esperando en el punto de encuentro.
—Lo sé, pero hemos tenido que tomar un desvío para que no nos
matasen. No creí que te fuese a importar mucho.
198
CHRISTIE GOLDEN

El lenguaje de Rory Swann casi funde la consola.

—Bueno, pues traigan sus traseros al Hyperion mientras todavía


tienen trasero. Y —añadió—, mientras todavía hay un Hyperion.

Matt se echó hacia atrás en el asiento. La sangre le corría entre los


dedos, cálida y húmeda. Narud habló con claridad y calma,
asegurándose de que Matt le miraba a los ojos.

—Señor Horner, la arteria braquial ha sufrido daños. Una venda no


ha evitado que dejase de sangrar. Cuando estemos a bordo del
Bucéfalo podremos curarlo, pero aquí no tengo los útiles
necesarios. Voy a colocarle tres vendas para taponarlo por ahora.
¿Lo entiende?
—Tres por una. Lo entiendo.

Jim elevó el transporte tan deprisa como pudo, dejando atrás toda
la fealdad de Deadman’s Rock. Matt miraba por la ventana
mientras Narud trabajaba. ¿Tan feo era aquello? Aquella chatarra
los había salvado cuando los perseguían, al menos durante un
tiempo. Y en alguna parte allá abajo había una mujer valiente de
pelo rosa que nunca sería la chica de sus sueños, pero que era
alguien a quien admiraba y por la que sentía cariño.

Quizá aquello no era tan feo después de todo.

Desapareció de la vista, y las formas de los edificios se fundieron


con el polvo marrón, suavizado ahora por las nubes. El transporte
se movió y Matt vio un destello de luz cuando los alcanzaron de
lleno. Empezó a aullar una bocina y las luces se apagaron hasta un
color rojo sangre. Matt miró hacia delante, a través de la pantalla
principal.

199
PUNTO DE IGNICIÓN

El Hyperion rara vez le había parecido tan bonito, pero su capitán


sufría al ver que la nave recibía disparos. No se alegró por la vida
perdida cuando un espectro explotó convertido en una bola de
fuego, pero se alegró de que la nave más pequeña hubiese dejado
de ser una amenaza. Jim guió la nave herida hasta la parte de babor
del Hyperion, volando en círculo para encontrar el muelle de
atraque. Se estaba abriendo lentamente. Demasiado lentamente.

— ¡No lo conseguiremos! —gritó Narud.


—Cierre la boca, doc —dijo Jim casi suavemente—. Que dude de
un modo tan obvio interfiere con mis milagros.

Sufrieron otro disparo, esta vez en proa. La consola empezó a


chisporrotear y a petardear violentamente. Jim conectó el extintor
y un chorro de espuma apagó las llamas. Miró a Narud por encima
del hombro.

—Mire, ¿ve lo que ha hecho?

Matt tragó saliva cuando miró a los ojos a Jim. La consola estaba
completamente inoperativa. El transporte no se frenaría... ningún
objeto en movimiento en el espacio lo hacía por propia voluntad...
pero tampoco iban a poder desviarse de su curso. Si Swann no
entendía lo que les había pasado y movía el Hyperion...

Otro golpe. Otro fuego empezó a arder por detrás.

— ¿Qué está haciendo? —gritó Narud.


—Nada —dijo Jim—. No puedo hacer nada. No puedo dirigir, no
puedo comunicarme, no puedo luchar. Ahora todo depende de
Swann.

Y, para alivio de Matt Horner, Jim entrecruzó los dedos por detrás
de la cabeza, se apoyó en su silla y empezó a silbar. Junto a Matt,
Narud se llevó las manos a la cabeza y gimió en voz muy baja.
200
CHRISTIE GOLDEN

Valerian miró fijamente a Jim por un instante y luego una sonrisa


curvó sus labios e imitó a Raynor.

—Cuando no se puede hacer nada —dijo—, no hagas nada.


—Estás empezando a entenderlo. Valerian. —Jim entrecerró los
ojos y frunció el ceño—. Maldición. Nos han pillado.

*******

Matt también lo vio, por la ventanilla. Un espectro que había visto


días mejores, pero que todavía era lo suficientemente funcional
como para descender y tener al transporte en su punto de mira.
Aparentemente, la idea de “raptar" a Raynor, Horner y Valerian (el
pobre Narud era un premio extra accidental) y entregárselos a
Mengsk la habían olvidado por completo. Un buen disparo, tan
vulnerables como eran, los destruiría. Aparentemente, a Mengsk le
parecía bien la parte de “muertos" de “Se buscan, vivos o muertos".

Y entonces el espectro explotó. Matt estiró el cuello para ver quién


había disparado y vio que había salido del Bucéfalo.

—Valerian —dijo—, quizá tú y los tuyos no sois una causa perdida


después de todo.

Durante un largo, largo momento, no pasó nada. El muelle de


atraque se abrió, preparado para recibirlos, pero todos sabían que a
la velocidad a la que iban, no lo conseguirían. Otro espectro los
localizaría. Luego, lentamente, el muelle de atraque pareció
acercarse más. Matt sonrió abiertamente. Si el transporte no llegaba
a tiempo para llegar al muelle, el asombroso Swann llevaría el
muelle al transporte. Seguían sin estar fuera de peligro; la puerta
no era tan grande y un ligero error de cálculo por parte de Swann
significaría que se estrellarían contra un lado de la nave, a metros
de la salvación,
201
PUNTO DE IGNICIÓN

Pero Swann era bueno. El Hyperion se acercó más y Matt contuvo


el aliento cuando el transporte raspó ligeramente un lado de la
entrada. Las puertas se cerraron, volvió la atmósfera y la nave cayó
pesadamente sobre la plataforma.

—Les dije que no pasaría nada —dijo Jim.

Dos minutos después, el Bucéfalo y el Hyperion ejecutaron un salto


de distorsión.

*******

Mira observó el despegue de la nave. Los cuatro hombres que


habían sido confiados a su cuidado habían escapado, pero Matthew
había resultado herido. Aún así, sobreviviría. Era duro. No duro
como ella, pero duro a su extraña y amable manera. Por un
momento permitió que su mirada siguiese fija en el cielo hasta que
la nave no era más que una brillante mota.

Iba a echar de menos a su marido.

Luego volvió la mirada hacia sus enemigos, en tierra y en aire.


Mercenarios, contratados por su propia gente, gente que había
querido quitarle lo que tenía. Gente en la que había confiado. Ya
terna una lista de nombres. La boca de Mira formó una línea
delgada y levantó un fusil, apuntando primero a aquéllos que le
permitía reconocer su ojo cibernético.

¿Traicionarla? ¿A Mira Han? ¿Hacerle daño a Matthew y a sus


amigos, que habían acudido a ella de buena fe en busca de refugio?

Pagarían por su traición. Todos y cada uno de ellos.

Empezó con Crane.


202
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO
DIECISÉIS

Una vez que llevaron a Matt a la enfermería del Hyperion para que
lo tratasen adecuadamente (tratamiento que, les aseguró el doctor,
incluiría la cura de la arteria dañada y una transfusión para
reemplazar la sangre que había perdido), Jim corrió hacia el
Bucéfalo y hacia Sarah. Frederick lo miró al entrar. Había una
expresión en su mirada que a Jim no le gustó nada. Frederick
parecía... preocupado.

Y bastante asustado.

—Los doctores de Mira han tenido que sedarla —dijo el médico


sin preámbulos cuando Jim se acercó a su ya habitual sillón junto
a Sarah.

Jim le dedicó una mirada dura.

— ¿Por qué?
—Lo sabía —dijo Frederick. Tenía los brazos cruzados.
Definitivamente, estaba nervioso—. Lo del ataque.
—Bueno, claro que...
—Ames de que ocurriese, Raynor. —Frederick escupió las
palabras—. Según los médicos empezó... bueno, a hacer que se
rompiesen cosas, a gritar que usted estaba en peligro. Se levantó de

203
PUNTO DE IGNICIÓN

la cama y se cayó. No me gusta mantenerla sedada, pero era la


única manera de poder manejarla.

Jim se esforzó por conservar una expresión neutral.

—Ya veo —dijo.

«Así que sus poderes han vuelto», pensó «¿Eso será bueno o
malo?».

Sarah murmuró, movió la cabeza. Jim estiró el brazo para tomarle


la mano.

—Calma, calma, cariño. He vuelto y estoy bien. Muy bien. Todos


estamos bien.
— ¿J-jim? —hablaba arrastrando las palabras. Parecía costarle un
gran esfuerzo abrir los ojos y cuando lo hizo tenía las pupilas
dilatadas—. Es... estás bien.
—Hace falta algo más que una emboscada para evitar que esté a tu
lado —dijo bromeando. Lo curioso es que era cierto.
— ¿Por qué te has ido? Se... se me olvida... —Lo miró con ansiedad
y Jim pensó que lo mejor sería decírselo.
—Bueno, fuimos a buscar a alguien que puede ayudarte —
comenzó Jim, pero otra voz, suave, joven y cultivada, lo
interrumpió.
—Vamos a llevarla a un lugar donde pueda conseguir el
tratamiento que necesita, señorita Kerrigan —dijo Valerian.

Sarah lo miró fijamente y empezó a fruncir el ceño.

—Eres Valerian.

Éste sonrió. Todavía llevaba las sucias ropas de “camuflaje” que se


había visto obligado a llevar mientras estaba en Deadman’s Port,
pero había abandonado la pose. Su voz y su lenguaje corporal
204
CHRISTIE GOLDEN

denotaban su linaje. Y, obviamente, a Sarah Kerrigan su linaje no


le gustaba.

—Lo soy —dijo—. Creo que nuestro amigo Jim le ha contado


cómo llegó a volver a ser usted misma y a descansar en esta
enfermería. Pero aquí no podemos tratarla adecuadamente. Llamé
a un viejo amigo mío científico y ahora nos dirigimos a una base
secreta donde la Fundación Moebius tiene un laboratorio de última
tecnología. Allí podremos...
— ¿Hacer experimentos conmigo como si fuese una cobaya? No,
gracias.
—Sarah, no les voy a dejar que hagan eso —insistió Jim,
lanzándole a Valerian una mirada que podía ser correctamente
interpretada como «Vete, déjame que la tranquilice». Valerian
levantó las rubias cejas, pero se quedó donde estaba.
— ¿Crees que puedes hacerle frente? ¿Y a esos supuestos
científicos? —Se estaba poniendo más nerviosa y Jim supuso que
no podía recriminárselo—. No me fío de ti, príncipe heredero. Eres
un Mengsk. Y sé lo que hacen los Mengsk. Jim, en cuanto
lleguemos a ese sitio, ya no estarás al mando. Me llevarán, me
harán cosas y te encerrarán, si no te matan nada más verte.
—Valerian es todo lo que tenemos, cielo —dijo Jim—. Y, hasta
ahora, se ha portado bastante bien. Para ser un repipi.

Valerian sonrió un poco, pero era una sonrisa hueca. A Jim no le


hacía falta poder leer mentes para saber que las palabras de Sarah
le habían hecho daño. Por otra parte, Valerian ya era mayorcito y
tenía que saber justamente qué clase de recepción iba a tener el hijo
de Arcturus Mengsk.

Sarah cerró los ojos.

—Estoy cansada —dijo, y Jim se dio cuenta de que así era. Luchar
contra la medicación, aunque hubiese sido por un periodo tan corto
de tiempo, la había agotado. Le metió la mano bajo la sábana, se
205
PUNTO DE IGNICIÓN

levantó, le dio un beso en la frente y se giró para marcharse con


Valerian.
—Sus poderes psiónicos están volviendo —dijo Jim en voz baja
cuando la puerta se cerró tras ellos. Hubiese preferido no contarlo
pero, dado que había sido el propio médico quien se lo había dicho,
sin duda Valerian lo sabría en breve.
—Ya veo —dijo Valerian.
—No sé todavía qué puede hacer, pero el médico dijo que sabía
que nos iban a atacar y empezó a destrozar cosas.
—Entonces me alegro de que Narud esté aquí para...
—Aún no —dijo Jim—. Sé que está deseando ponerle las manos
encima, pero ya has visto cómo ha reaccionado ante ti. Y en ti
confío mucho más que en Narud.

Valerian le dedicó una sonrisa.

—Tu confianza significa mucho, Jim. Gracias.


—No te me pongas cariñoso todavía —lo advirtió Jim—. Sólo he
dicho que me fío más de ti que de él. Voy a ver cómo está Matt y
luego volveré para ver si puedo calmar a Sarah un poco más. Va a
ser difícil hacerlo dado que estoy de acuerdo con ella, pero haré lo
que pueda.

Se detuvo de repente. Valerian se volvió con expresión inquisitiva.

—Escucha, Valerian —dijo Jim—. Quiero tu palabra de que Narud


no va a ignorarme en lo que respecta al tratamiento de Sarah.
—Yo... Él es el profesional, Jim, no yo. Y tú tampoco,
—No importa. Conozco a Sarah, sé lo que ella querría y tengo algo
más de perspectiva que ella. Hasta ahora has sido legal, pero
necesito tener tu palabra al respecto.

Extendió la mano. Valerian la miró un instante.

—Pero, y si la vida de Sarah o...


206
CHRISTIE GOLDEN

—Yo tomaré esa decisión y cargaré con la responsabilidad. Tu


palabra. O te prometo que me largaré de aquí con Sarah tan deprisa
que ni te vas a dar cuenta de cómo ha sido.

La expresión de Valerian se volvió irónica.

—Bueno, ¿cómo puedo rechazar un gesto de confianza tan sin*


cero? —contestó. Extendió una mano todavía sucia, pero cuidada
con manicura, y estrechó la de Jim—. Tienes mi palabra. James
Raynor. No lanzaré a Sarah Kerrigan a los lobos.

*******

Jim se sorprendió al ver a Horner ya en el puente. El joven capitán


estaba de pie mirando la pantalla con el brazo en cabestrillo y
cuando Jim entró Matt se giró para verlo. Parecía pálido y cansado,
pero furioso.

— ¿Qué demonios es esto? —exigió saber.

Jim miró la pantalla. Ambas naves habían tomado del Bucéfalo las
coordenadas para el salto, pero las cosas habían pasado tan deprisa
que Jim no había tenido la ocasión de ver dónde lo habían llevado
esas coordenadas. Ahora lo sabía y comprendió la ira de Matt.

En la pantalla se veía un enorme gigante gaseoso de color verde


azulado. Estaba rodeado por pedazos de rocas astrales en espiral
que iban del tamaño de un planeta al de una partícula de polvo.
Entre medias había millones de asteroides que convenientemente
tenían el tamaño necesario para destruir un crucero de batalla y
estaban tan juntos que el lugar era conocido por todo el sector no
por su nombre formal, el Cinturón Kirkegaard, sino por el de
Cinturón “Muerte Segura”.

207
PUNTO DE IGNICIÓN

—Es el Cinturón Muerte Segura, Matt —dijo Jim lacónicamente,


entrecerrando los ojos mientras lo veía.
—Eso ya lo sé —dijo Matt—. Éstas son las coordenadas que nos
dio el capitán Vaughn. ¿Por qué estamos aquí?
—Bueno, ésa es una pregunta distinta que pienso hacerle a Valerian
ahora mismo. —Apretó un botón—. Valerian, ¿por qué demonios
estamos aquí?

El rostro de Valerian apareció en la pantalla.

—Porque —dijo— la estación que alberga el laboratorio secreto de


Moebius conocido como Estación Espacial Prometheus está dentro
de ese cinturón de asteroides.

Matt se quedó mirando fijamente, con la boca ligeramente abierta.

—Debes de estar tomándome el pelo —dijo Jim—. A esto lo


llaman el Cinturón Muerte Segura por una razón. Es porque el que
esté lo bastante loco o sea lo bastante estúpido como para
aventurarse un poco más allá de donde estamos ahora será
pulverizado. Nadie ha entrado ahí.
—Ah —dijo Valerian—, y esa creencia, que me he molestado
mucho en propagar, es el motivo de que una base secreta lo siga
siendo. Claro que hay un modo de sortear el cinturón. Requiere
coordenadas precisas y una navegación cuidadosa y paciente, pero
créeme, siguiendo ese camino llegaremos a la base del Dr. Narud.
Está localizada en el centro de un asteroide que fue ahuecado con
ese propósito expreso —parecía un poco demasiado arrogante para
Jim.
—Por supuesto que no —dijo Horner—. Puede que un asteroide
más pequeño pueda hacerlo, Valerian, pero estamos hablando de
cruceros de batalla. Dos, lo que significa que las probabilidades de
que acabemos como parte permanente del Cinturón Kirkegaard se
duplican. Esto es un cementerio de naves. Si no me crees, haz un
escaneado rápido. Encontrarás los restos de un montón de naves
208
CHRISTIE GOLDEN

cuyos capitanes fueron lo bastante idiotas como para intentar lo que


sugieres.

Valerian se puso serio.

—Señores —dijo con calma—, sé que parece imposible. Pero


muchos habrían dicho que recuperar a Sarah Kerrigan también era
imposible.

Jim miró a Matt. Matt lo miró a los ojos por un momento y apartó
la mirada, sacudiendo la cabeza.

—Matt... esperaba que tras nuestra aventurilla hubieses aprendido


a confiar un poco más en mí y en mi capacidad para manejar un
problema. Jim... sabes que pienso las cosas. Mucho. Y usa tu lógica
por un momento. ¿Cómo se podría establecer una base aquí si eso
fuese imposible?

Valerian los tenía pillados. Si no les estaba mintiendo directamente.


Pero a Jim su instinto le decía que el joven príncipe no mentía. Era
una mentira demasiado elaborada y no parecía haber motivo alguno
para ella.

— ¿Alguna vez has entrando con el Bucéfalo? —preguntó.


—Eh... La verdad, no. Siempre viajaba con naves más pequeñas.
Matt empezó a levantar las manos con gesto de “no fastidies”, hizo
una mueca de dolor y detuvo el movimiento.
—Pero el camino es el camino. Es lo bastante grande como para
que quepa un crucero de batalla, siempre que dicho crucero sea
extremadamente cauto. Jim... de verdad que es la única manera de
conseguir que Sarah tenga el tratamiento que necesita. El Bucéfalo
irá primero, si quieres. Para demostrar mi buena fe. Es una nave
mayor que el Hyperion. Si nosotros podemos, también ustedes.

De repente, Jim sonrió. Matt lo miró, confuso por la expresión.


209
PUNTO DE IGNICIÓN

—Bueno, verás, quizá me he vuelto aburrido con la edad. Quizá


esto sea justo lo que necesitamos para animar un poco las cosas.

Matt lo miró incrédulo durante un instante y luego, sin hablar,


levantó la mano buena y se señaló el brazo herido.

—Matt, el motivo de que recibieses esa herida es para que


estuviésemos donde estamos ahora. Para recoger a Narud y llevarlo
a la Estación Prometheus, para que podamos cuidar de Sarah. Por
eso le pedimos el favor a Mira y por eso acabamos poniéndola en
peligro a ella y todo su negocio accidentalmente. ¿Quieres que todo
eso no haya servido de nada porque no te apetece rodear un
cinturón de asteroides?

Matt suspiró.

—Odio que hagas eso —dijo. Pero Jim se dio cuenta de que Matt
sabía que su comandante tenía razón. También conocía lo bastante
bien a Jim como para saber que no lo hubiese dicho si no hubiese
creído que era verdad. Jim se sentía agradecido por una lealtad tan
inquebrantable.
—Envíanos las coordenadas de ese... camino, Valerian —dijo Matt
con voz cansada—. Cuanto antes empecemos, antes llegaremos.

Valerian envió las coordenadas tal como le habían pedido y cortó


la transmisión. Se volvió a Narud, que había estado cerca durante
la conversación.

—No es usted un hombre muy querido en el Hyperion —dijo


Valerian—. Ni en mi enfermería, me temo.

Al contrario que Horner, Valerian o Raynor, Narud había


aprovechado el tiempo para asearse. Llevaba una camisa, unos
pantalones y unas botas que le había prestado Valerian. No le
210
CHRISTIE GOLDEN

quedaban muy bien, pero tendrían que bastarle por ahora. Al oír el
comentario se limitó a suspirar.

—El genio rara vez es apreciado en vida —dijo. No era una broma,
y Valerian no se lo tomó como tal. El hombre era, sin duda, un
genio.
—Debe entenderlos —continuó Valerian—. Piense en los
antecedentes de Kerrigan... y en los de Raynor.
—Eso es exactamente en lo que estoy pensando —replicó Narud—
. De verdad me gustaría que me permitiese verla. Podría enviarle a
mi equipo una transmisión diciéndoles qué esperar exactamente.
—Eso lo puede hacer sin verla físicamente —replicó Valerian—.
Le diré al Dr. Frederick que le dé todos los datos que tiene sobre su
estado y puede hablar con él cuanto quiera. Sólo se trata de un
retraso de horas, Emil. Puede esperar ese tiempo. Deje que Jim... la
convenza de todo esto. Si alguien puede hacerlo, es él.
—Sí —musitó Narud—. Si alguien puede... es Raynor.

*******

Annabelle estaba en el pasillo fuera de la cantina. Tenía la mano


entrelazada con la de Travis Rawlins. Habían estado disfrutando de
una copa en la cantina, conversando, cuando llamaron a Rawlins
para que se presentase inmediatamente en el Bucéfalo. Annabelle
Labia oído las órdenes de Travis y éste había palidecido cuando le
Mencionaron las palabras “Cinturón de Kirkegaard”.

—Tengo que irme —dijo Travis en voz baja. Estaba cerca de


Annabelle. Ella sentía su calor y su fuerza, y sabía que sí miraba
hacia arriba vería el cariño en sus ojos castaños.
—Losé—dijo ella.

Ninguno de los dos se movió.

211
PUNTO DE IGNICIÓN

—Deberías hablar con el ingeniero jefe Swann —le dijo Travis—


sobre lo de poner armas en el Fanfare.
—No. es una tontería.
—No. creo que es una gran idea. Podría no ser nada práctico
armarios todos, pero aunque fuese sólo uno... ¿Quién sabe cuántas
vidas podrían salvarse?
— ¿Qué sabe un timonel de naves de despliegue? —le dijo
Annabelle picándolo.
—No mucho —admitió Travis—, pero reconoce algo bueno
cuando lo oye. O... cuando lo ve.

Annabelle lo miró un momento y luego se miró las botas.

—Bueno —dijo al fin, temblándole la voz—, deberías irte.


—Tendrás que soltarme la mano —dijo cariñosamente, aunque él
no hiciese movimiento alguno.
—Eso también lo sé —contestó Annabelle—. Pero, por algún
motivo, parece que no puedo hacerlo. —Se arriesgó a levantar la
mirada y el corazón le dio un vuelco—. Qué curioso, ¿no?

Travis sacudió la cabeza y le acarició la mejilla con la otra mano.

—No creas. A mí... me pasa lo mismo.

Annabelle estaba acostumbrada a estar en compañía do hombres y


generalmente la disfrutaba. Formaba parte de un equipo;
desempeñaba un papel. Pertenecía al grupo. Consideraba a Rory su
tío gruñón, a Jim y a Matt sus hermanos mayores y el resto de los
mecánicos eran camaradas. Pero ahora era muy consciente de que
era una mujer y Travis, un hombre, y éste olía... muy bien.
Y estaba a punto de pilotar la nave a través del cinturón de
asteroides más famoso del sector. Con el crucero de batalla más
grande jamás construido.

212
CHRISTIE GOLDEN

—Soy muy bueno en lo que hago, Annabelle —le dijo Travis, con
media sonrisa en su apuesto rostro.
— ¡Claro que lo eres! No quería... Es que...

Él la calló con un beso que era tan dulce y excitante como


completamente inesperado. ¿Qué estaba haciendo? ¿Enamorarse
de un hombre al que apenas conocía? Y, sin embargo, desde el
momento en que él la tomó de la mano cuando ella creía que había
miles de personas muriendo, se había abierto a él como una flor. Se
sentía como si hubiese estado esperando...

—Creo que te he estado esperando toda mi vida —dijo Travis en


voz baja, besándola en la sien.
—Oh —dijo Annabelle, y su voz era un mero susurro. Se regañó
mentalmente. Mira que decir una cosa tan tonta. “Oh”. Pero por
algún motivo no se le ocurría ninguna otra. Le agarró la mano como
si fuese un salvavidas.

Travis se rio, y Annabelle sintió su aliento cálido y dulce en la cara.

—No te preocupes. Nos guiaré por el cinturón de asteroides


perfectamente. Pero quiero algo a cambio. Habla con Swann.
—Oh, no creo...
—Por favor... ¿Me lo prometes? Nunca se sabe hasta que no lo
preguntas, ¿no?

Anabelle asintió.

—Es cierto.
—Y... dado que nunca se sabe hasta que lo preguntas... ¿quieres
cenar conmigo cuando aterricemos?

Anabelle sonrió, sintiendo que le estaba enseñando el corazón,


abierto y feliz. De repente todo parecía posible.

213
PUNTO DE IGNICIÓN

—Trato hecho —dijo.

Cuando él se fue, sintió la mano dolorosamente vacía.

214
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO
DIECISIETE

Jim se enfrentaba a una difícil situación... si quedarse en el


Hyperion con Matt mientras la nave intentaba sortear el cinturón
de asteroides o regresar al Bucéfalo para estar con Sarah durante el
viaje.

—No hace falta que te quedes aquí, comandante —dijo Matt— La


tripulación no va a pilotar mejor por tu presencia y... sé que
preferirías estar allí.
—No se trata de lo que yo quiera; se trata de qué es lo mejor. Sarah
está bastante disgustada por la idea de llegar a este sitio, y no la
culpo. Por otra parte, la tripulación está bastante preocupada por
cómo llegar.
—Otra vez y, con el debido respeto, te digo que tu presencia le
servirá más a Kerrigan que a la tripulación. Tampoco es que los
estés abandonando —sonrió un poco—. De hecho, irás en la nave
guía. Eso podría decirle a la tripulación lo confiado que estás, je —
Tampoco es que lo esté tanto —confesó Jim.
—Claro que no. Pero parecerá que sí.

Jim entendió que Matt tenía razón, le dio una palmada al joven en
el hombro del brazo sano y se dirigió al Bucéfalo. Pero, antes de
dirigirse a la enfermería, se detuvo en el puente. Valerian y Narud
Parecieron sorprendidos de verlo.

215
PUNTO DE IGNICIÓN

—He estado pensando —dijo Jim. Narud murmuró algo que podría
ser comentario despectivo acerca de que el hecho de que Jim
“pensara” era un suceso sorprendente. Raynor lo ignoró—.
Deberíamos hacer un anuncio conjunto, que se oiga en ambas
naves. Por mi parte les diré que estoy en el Bucéfalo, la nave guía,
y que tengo toda la fe en tu timonel. —Levantó las cejas
inquisitivamente en dirección a dicho timonel.
—Travis Rawlins, señor.
—Ah, vale, así que tú eres Travis. Annabelle no para de hablar de
ti. No, no te avergüences, hijo. Annabelle tiene la cabeza bien
amueblada y confío en su juicio.
—Eh... ¿gracias? —Travis seguía estirado en su silla, pero miró a
Valerian en busca de aprobación. El príncipe asintió y levantó una
mano, indicándole que no había nada de qué preocuparse.
—Que tengo toda la fe en que Travis Rawlins nos guíe hasta la
estación sin problemas. Y lo que tú deberías decir es algo acerca de
cuándo se construyó la estación, cuántas veces las naves han
conseguido llegar y salir de ella y descargar en la base de datos del
ordenador cualquier prueba visual de que la estación existe.
—Por supuesto que no —dijo Narud—. ¡La estación es alto
secreto!

Jim se volvió a Narud.

—Muy bien. ¿Quizá prefiera enfrentarse a un motín?


—No puede creer que su tripulación vaya a hacer tal cosa —resopló
Narud.

Jim se rascaba la barba pensativo.

A ver, lo creo y no lo creo. No creo que tengamos un motín de ésos


en que empiezan a aparecer las armas y destrozan el equipo. Pero
desde luego sí que me los imagino dejando el trabajo y
marchándose. En mi tripulación no tengo reclutas ni están
obligados a quedarse si no quieren.
216
CHRISTIE GOLDEN

Esto iba obviamente dirigido a Valerian, que se molestó


ligeramente ante la implicación.

—Te recuerdo, Jim, que Sarah está en nuestra nave. Si tu


tripulación decide “dejar de trabajar” como tú dices, los perderás.
Porque mi tripulación sí que obedecerá mis órdenes.
—No te voy a pegar porque sé lo que estás diciendo en realidad —
dijo Jim—. Pero sabes tan bien como yo que todos los que están en
las dos naves están acojonados ante la idea de atravesar eso. Señaló
la pantalla con el dedo... Y los incontables asteroides que
mostraba—. Y sabes que todos se sentirán mejor si reciben algún
tipo de seguridad de la gente que lo ha hecho antes en el sentido de
que no van a acabar aplastados contra una roca espacial.
—Estoy de acuerdo en que un anuncio animaría a las tripulaciones
de ambas naves —dijo Valerian—. Dr. Narud, respeto su deseo de
conservar la Estación Prometheus tan secreta como sea posible. Yo
puse los fondos para su construcción y usaré mi sentido común
sobre lo que se le puede mostrar a las tripulaciones. Después de
todo, pronto verán al menos parte con sus propios ojos. Creo que
Raynor sugiere que sencillamente quieren estar seguros de que el
lugar existe, no de cuántos ordenadores tenemos. ¿No es así?
—Algo así.

Narud frunció el ceño, pero sabía cuándo lo habían vencido.


Asintió con desgana. Jim asintió una vez y salió corriendo hacia la
enfermería. Sarah estaba despierta. Tenía color en la cara y vio que
estaba comiendo.

No pudo reprimir una sonrisa.

—Sabes lo que me hace feliz, ¿verdad, querida?

Ella le lanzó una mirada fría.

217
PUNTO DE IGNICIÓN

—Tú no sabes lo que me hace feliz a mí. —Se metió la comida en


la boca casi mecánicamente. Y entonces Jim se dio cuenta de lo
que estaba pasando. Sarah estaba haciendo todo lo que podía para
recuperar las fuerzas por si tenía que luchar contra la gente que
percibía como sus captores.
—Lo sé —dijo Jim en voz baja—. Sarah... ¿confías en mí?

Sarah tragó la comida, sin responder enseguida. Luego se ablandó,


aunque ligeramente.

—Sí.
—Entonces confía en que sé lo que hago y en que voy a hacerlo
por tu bien. No te van a hacer daño.
—He dicho que confiaba en ti, Jim. No en Valerian.
—Deja que yo me preocupe de Valerian y de Narud. Tú sigue
comiendo.
—Hay mucho miedo en esta nave, Jim. Puede que no tenga que
Preocuparme de Valerian y Narud si lo que la gente está pensando
sobre el asteroide es cierto.
—Bueno, cariño, ahí tienes razón. Pero vamos a ver qué pasa.

Supongo que todo se resolverá si acabamos aplastados contra una


roca, ¿no?

Y le complació ver que, a pesar de su determinación de seguir con


el ceño fruncido, Sarah agachó la cabeza y trató de esconder una
sonrisa.

Había prometido que “hablaría con ella”. Sabía que Valerian y


Narud asumían que intentaría convencerla para que viese a Narud
antes de que tuviese la necesidad imperiosa de hacerlo.

Que lo asumieran.

*******
218
CHRISTIE GOLDEN

Fueron seis horas de morderse las uñas, sudor, oraciones y


maldiciones. Todo el mundo en las dos naves conocía el Cinturón
Muerte Segura. Todos conocían las historias. Y todos veían los
restos de las otras naves que habían tenido la audacia de intentar lo
que estaban intentando ellos ahora.

Annabelle siguió intentando distraerse, pero no hacía más que


mirar de reojo los avances. En un momento dado Swann se acercó
a ella y le dijo toscamente, metiéndole unos créditos en la mano:

—Te doy permiso. Vete a la cantina. Tómate una copa por mí.
Habla con Cooper sobre lo preocupada que estás por ese timonel.
Annabelle se ruborizó...
—Estoy preocupada, Rory. Pero, por favor, no me señales así.
Puedo con ello.

Él la miró fijamente.

—Claro que puedes. Eres una de mis mecánicos. Le diría


exactamente lo mismo a Milo si fuese su chica la que tuviese que
guiar estas dos naves gigantescas a través de un desagradable
cinturón de asteroides.

Annabelle lo miró escéptica, pero vio en sus ojos que le decía la


verdad.

—Gracias. Pero creo que lo que necesito es trabajar.

Él la miró, asintió y sonrió un poco.

—Y por eso eres de mi equipo. Si lo que necesitas es trabajar,


vuelve a ello. No se te paga para que vaguees.

219
PUNTO DE IGNICIÓN

La chica dudó, recordando la última (“No, no lo digas así,


Annabelle”), la más reciente conversación con Travis. Sintió una
lucidez repentina. Travis lo iba a conseguir. No sería timonel de la
nave insignia del Dominio si no fuese el mejor. Con recién hallada
confianza le dijo a Rory:

—En realidad, sí que hay una cosa de la que quería hablarte. Si las
cosas están tan tranquilas que puedes mandarme a tomar una copa,
quizá quieras dejarme intentar hacer esto.
—Venga, niña. Soy todo oídos.

*******

Valerian no mostraba nada de la preocupación que sentía durante


el viaje. La tripulación ya estaba lo bastante inquieta; tenían que
verlo comportarse con su calma, casi indiferencia, habitual.

—Su hombre va muy despacio —dijo Narud.

Valerian lo miró.

—Esta nave ya ha sufrido suficientes daños. No quiero hacerle otro


agujero.
—Cada minuto que nos retrasamos es un minuto que no estoy
tratando a Sarah Kerrigan —dijo Narud. Suspiró irritado—. Ojalá
me permitiese verla.
—Con el debido respeto, Dr. Narud, no podría hacer un diagnóstico
completo con el equipo que tenemos a bordo. Es capaz de hacer
cosas asombrosas, pero todos los artistas necesitan una paleta. Deje
que Jim hable con ella.
—Parece que usted está idealizando a ese forajido.
—Al contrario —dijo Valerian—, cualquier idea falsa que pudiese
tener sobre Raynor o su gente ha desaparecido —no añadió que
había sido reemplazada por algo más importante; una opinión
certera y documentada sobre aquel hombre. Y, cuanto más sabía
220
CHRISTIE GOLDEN

Valerian sobre Raynor y sus asaltantes, más sabía que la decisión


de enfrentarse a su padre había sido la correcta.

Rawlins guiaba lentamente la gran nave entre las amenazas


pendientes. De vez en cuando tenía lugar un débil temblor y a veces
se oía un ruido de rozadura cuando se acercaba demasiado a un
pedazo de roca, pero Valerian no podía echárselo en cara.

—Aparecen las coordenadas de la estación, señor —dijo Rawlins


tras lo que pareció una eternidad.
—Ya era hora —dijo Narud.
—Bien hecho, señor Rawlins —dijo Valerian—. Ha sido magistral.
—Gracias, señor.

Valerian y la Fundación Moebius que dirigía habían acordado que


el trabajo que hacían y la estación principal donde lo hacían tenían
que ser el secreto mejor guardado de la galaxia. Con ese fin,
Valerian había construido la estación en el supuestamente
“impenetrable” Cinturón Kirkegaard. Era improbable que nadie se
atreviese a entrar y, si lo hacían, a menos que supiesen la ruta, no
llegarían lejos.

Y con ese fin a Valerian se le había ocurrido la idea de no sólo


construir una estación, sino meterla dentro de un asteroide. Así, el
lugar era doblemente secreto. Generalmente, una vez que alguien
lo sabía, se quedaba allí y no se iba. Sólo Narud y algunos de sus
hombres de confianza se aventuraban más allá.

— ¿Señor? —dijo Rawlins con tono ligeramente confundido—.


Según las coordenadas que nos ha dado el Dr. Narud, debería ser
este asteroide, el número 3958. Pero no detecto señales de ninguna
estación espacial.

Valerian y Narud intercambiaron una mirada divertida.

221
PUNTO DE IGNICIÓN

—Por favor, toque el timbre, doctor —invitó Valerian.

Narud inclinó la cabeza y se acercó a la consola. Abrió un canal.

—Aquí el Doctor Emil Narud. Vengo con el Bucéfalo y el


Hyperion. Por favor, preparen el muelle y utilicen el protocolo de
respuesta 221-C.

Y de repente, como un holograma materializándose, allí estaba. En


la pantalla que Rawlins tenía al lado apareció un plano y la
información empezó a aparecer en una columna lateral.

—Esto nunca deja de divertirme —dijo Valerian. Era el tercer nivel


de secreto. Camuflaje, tanto para los sentidos como para la
tecnología. Apretó un botón—Atención, tripulaciones del Bucéfalo
y del Hyperion. Su fe en mi y en mi timonel ha sido recompensada.
Les invito a todos a contemplar... la Estación Espacial Prometheus.
— ¿Quieres verla? —preguntó Jim.
—No —dijo Sarah, pero estoy segura de que tú quieres que la vea.
—Bueno, en algún momento tendrás que verla. —Jim estiró el
brazo hacia una pequeña pantalla y toqueteó unos instantes—.
Debo admitir que siento curiosidad por ver dónde ha estado
gastándose Valerian los créditos que lo tiene tan... Guau.

La última palabra fue un susurro leve, y Jim abrió los ojos de par
en par. No era un gran conocedor de la belleza ni disfrutaba
particularmente de los lujos pero, al girar la pantalla para que Sarah
pudiese verlo, hasta ella se quedó sin respiración... en el buen
sentido.

La Estación Espacial Prometheus era, como se podía esperar de


Valerian, estéticamente exquisita. Si alguna vez se podía llamar
“obra de arte” a una estación espacial, tenía que ser aquélla. Los
materiales de los que estaba construida tenían que ser el plastigón
y el neoacero corrientes de los que estaban construidos otros
222
CHRISTIE GOLDEN

edificios normales pero, de algún modo, aquello parecía


sobrenatural.

—Xel’Naga —dijo Sarah, y Jim asintió. Estaba hecho por terran,


pero los giros, las curvas, los colores y la luz recordaban a los
hermosos y misteriosos artefactos que le habían devuelto a
Kerrigan.

Había tres anillos principales, dos pequeños y uno mayor en el


centro, protegiendo una esfera alargada que parecía una lágrima de
color azul plateado esperando eternamente a caer. No había nada
que pareciese duro o puntiagudo, todo era armonía y gracia.
Mientras miraban, una rampa empezó a extenderse desde la esfera
principal en forma de gota. Una pantalla traslúcida se formó a su
alrededor, creando un túnel transparente cuando los generadores fie
atmósfera se pusieron a funcionar.

Una voz chisporroteó desde el monitor.

— ¿Señor Raynor? ¿Señorita Kerrigan? Es hora de salir. La


Estación Espacial Prometheus acaba de extenderles oficialmente la
alfombra de bienvenida.

223
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO
DIECIOCHO

El transporte que llevaba á Raynor, Sarah, Valerian, Narud, el Dr.


Egon Stetmann y a algunos otros asaltantes atracó junto a la rampa,
Jim había ordenado que fuesen con él por dos motivos: uno, le
parecía prudente tener a un par de amigos cerca y dos, aquello era
asombroso, y pensó que aparte de la tripulación podría gustarle. El
piloto confirmó lo que Jim ya había supuesto: que había un entornó
artificial adecuado, aunque temporal. Podrían bajar por la
plataforma directamente hacia la estación espacial como si
estuviesen paseando por Mar Sara.

Jim había insistido en que llevasen a Sarah en una camilla o al


menos en una silla para convalecientes, pero ella se había negado.

—O entro por propia voluntad o no Voy. Por mis propios pies o


nada —había dicho.

Jim la conocía lo suficiente como para reconocer el tono de ^o voy


a seguir discutiendo contigo” de su voz. Estaba, sinceramente,
aliviado de ver que estaba dispuesta a entrar siquiera en la estación.

El Dr. Narud se había acercado a ella con amabilidad, extendiendo


la mano.

—Señorita Kerrigan —dijo—, estoy encantado de conocerla.

224
CHRISTIE GOLDEN

Ella no le había estrechado la mano y Jim, qué estaba sosteniéndola


con el brazo bajo el codo, notó que se ponía rígida.

—Ojalá pudiese decir lo mismo.


—El Dr. Narud está deseando ayudarte, Sarah dijo Valerian, todo
diplomático, con suavidad—. Me alegro de que por fin estés en una
instalación donde podrás recibir un tratamiento adecuado.

Ella también lo miró a él y luego tomó asiento en la nave y no les


dirigió la palabra ni a Valerian ni a Narud. Pero en una ocasión se
inclinó y susurró al oído de Jim:

—Hay algo raro en Narud. Lo he visto antes.


—Bueno, no eras exactamente quien eres ahora, querida, pero sí
que lo has visto antes. No me sorprende que te resulte familiar.

Sarah sacudió la cabeza con impaciencia, buscando las palabras.

—No, no es eso. No lo recuerdo en concreto. No es que lo haya


“visto”... resulta difícil de explicar... me resulta familiar, pero no
con esa cara. Psiónicamente.

Jim asintió, pero estaba un poco preocupado. Hacía poco que Sarah
había recuperado sus poderes y obviamente no los controlaba por
completo. Había pasado por una experiencia espantosa, su
memoria tenía lagunas en el mejor de los casos y era desconfiada,
naturalmente.

El problema era que, dada su situación actual, Jim no estaba seguro


de si sospechaba con razón o por pura paranoia. Sin embargo, a él
tampoco le caía bien Narud y no necesitaba ánimo extra de Sarah
para vigilar como un halcón a aquel hombre.

Había sido un vuelo incómodo pero afortunadamente breve.


Bajaron a la brillante plataforma blanca. A Egon se le escapó un
225
PUNTO DE IGNICIÓN

leve suspiro de los labios, la clase de suspiro que lanza un hombre


que se ha enamorado.

—Es... tan hermoso —dijo. A unos cuantos metros de distancia, la


suave superficie de la estación en forma de lágrima comenzó a
abrirse lentamente.
—Por supuesto, hay algunas pruebas que quisiera hacer antes de
empezar el tratamiento propiamente dicho —dijo Narud.

Jim había empezado a contestar cuando la puerta se abrió por


completo, mostrando el comité de bienvenida de la Estación
Prometheus. Jim había esperado ver una camilla y médicos.

Vio guardias armados.

Pensó dos cosas a la vez.

Una: Sarah tenía razón. Y dos: ¿por qué no había traído un arma?

— ¿Qué coño es esto? —dijo, girándose para colocar a Sarah detrás


de él.
—Si la señorita viene voluntariamente, podemos empezar las
pruebas que... —empezó a decir Narud.
— ¡Ni hablar! —contestó Sarah, saliendo de detrás de Jim. Desde
luego, no parecía ni débil ni frágil. Había recuperado el color a
causa de la furia y su cuerpo se alimentaba temporalmente de
ello—. ¡No me voy a someter a ser un sujeto de pruebas para tu
laboratorio! —señaló por encima del borde de la plataforma—. Me
lanzaré desde aquí si tus hombres me ponen la mano encima. ¡Te
lo juro!
—Y lo hará —dijo Jim.
—Jim —empezó a decir Valerian—. Por favor. A los pacientes no
se les trata sin determinar primero con exactitud qué les pasa.
—El príncipe Valerian tiene razón —dijo Narud—. Creo que sería
mejor si...
226
CHRISTIE GOLDEN

—Plataforma —dijo Sarah—. Gravedad.


—Me importa un bledo lo que creas, doc —replicó Jim—. Ya la
has oído. Lo que necesita ahora es cuidado humano básico y
decente, y pura y simple ayuda médica. Ni una cosa más. ¿Está
claro?

Se oyó un ruido metálico cuando los guardias, al unísono,


levantaron sus armas, limpias y relucientes, para apuntar a Raynor.
Hubo otro mido en respuesta cuando los asaltantes hicieron lo
propio.

Jim no pudo reprimir una sonrisa. Se encontraba curiosamente


tranquilo sobre lo que estaba a punto de pasar. La tensión se
extendió un largo instante.

—Me temo que soy —dijo Narud— un mal anfitrión. He ordenado


a los guardias que sigan el protocolo 221-C. Es el procedimiento
estándar para recibir visitas.
—Una manera condenadamente estúpida de decir hola —dijo
Raynor.
—La mayoría de nuestros visitantes no son forajidos y comprenden
que tomar precauciones es necesario. Sin embargo —dijo, e hizo
una señal al capitán de los guardias para que bajasen las armas—,
pido disculpas. Estoy seguro de que entienden lo... incierto de la
situación en la que nos encontramos y que me preocupe mucho la
seguridad de la gente confiada a mi cuidado. Un sentimiento que
estoy seguro de que comprende, señor Raynor.
—Sí —dijo Jim—. ¿Te vas a quedar todo el día ahí parloteando o
Vas a llevarla a la enfermería?

Narud hizo un gesto. Apareció un segundo grupo, un hombre y una


mujer vestidos de blanco que empujaban una camilla.

—Eso está mejor —dijo Jim. Se volvió a Valerian y lo miró durante


un instante, luego miró a los asaltantes.
227
PUNTO DE IGNICIÓN

—Voy con Sarah a la enfermería. ¿Qué va a pasar con ellos?


—Tendrán acceso vigilado a la estación —dijo Narud.
— ¿Vigilado?
—Jim, se trata de una instalación de alto secreto. Dr. Stetmann —
dijo, dirigiéndose a un pálido Egon—, ¿a usted le gustaría tener a
extraños merodeando por su laboratorio sin su presencia?
—Bueno... eh... no —tartamudeó Stetmann—, pero confieso —y
sé rio un poco— que estoy deseando echarle un vistazo al suyo, Dr.
Narud.
—Creo que eso se puede arreglar —dijo Narud, sonriendo—. Me
vuelvo a disculpar. Como he dicho, lo inapropiado en este caso ha
sido seguir el procedimiento estándar. Espero que me perdonen. He
estado tan a la defensiva del mundo exterior durante tanto tiempo
que se ha convertido en una costumbre. Hay una zona de comedor,
otra recreativa... su gente puede moverse por esas zonas
tranquilamente. Con o sin compañía, como prefieran. Pero, para
ciertas zonas, me gustaría que un miembro de mi personal los
acompañase. ¿Eso es aceptable?

Todavía sosteniendo a Sarah por el brazo, Raynor notó cómo


empezaba a relajarse ligeramente. La adrenalina y la furia que la
habían alimentado estaban desapareciendo y él tampoco quería que
pareciese débil delante de ésta gente.

—Muy bien. Ya sabes dónde encontramos —se volvió a Cam


Fraser—. Si los tratan de un modo que a mí no me gustaría, quiero
saberlo.
—Hecho.

Los médicos se acercaron a Sarah, supuestamente para ayudarla a


subirse en la camilla. Raynor se colocó entre ellos, sacudió la
cabeza y la levantó él mismo. Sosteniendo su mano, Raynor
caminó a su lado por los largos pasillos hasta la enfermería. Había
cuadros en las paredes, no tan lujosos cómo los de Valerian, pero
preciosos y de buen gusto. La luz era más bien apagada pero
228
CHRISTIE GOLDEN

eficiente; la moqueta, gruesa y blanda. De alguna parte venta


música suave.

—Dígame, Dr. Narud —decía Egon animadamente—, por


supuesto sé que es usted un experto en los zerg. Yo sólo soy un
recién llegado a ese emocionante campo y me preguntaba cuál es
su opinión acerca de la teoría imperante sobre...

Jim ignoró la charla científica. Su mente volvió a otra conversación


distinta, en otro pasillo, años atrás.

2500

Sarah caminaba tan deprisa que Raynor tenía dificultades para


mantenerse a su altura mientras recorrían un pasillo del Hyperion.

—Para un momento, guapa —dijo—. Mis piernas tienen más años


que las tuyas. Y no puedes salir corriendo de algo porque no lo
quieras oír.
—No quiero oírlo porque es mentira —replicó Kerrigan.
—No lo es —insistió Jim—. Sarah, te digo que vamos a pasar de
la sartén a! fuego. No digo que él lo vaya a hacer, pero tienes que
abrir los ojos. Arcturus Mengsk tiene el potencial de ser tan malo
cómo la Confederación. Intenta derrocar al gobierno no porque
crea que es lo correcto, sino para poder alcanzar el poder cuando
todo empiece a venirse abajo. ¿No lo ves?

Sarah se detuvo y, mordiéndose el labio inferior, se volvió hacia él.

—Veo que no es lo que una vez creímos que era. Pero también creo
que es la mejor posibilidad que tenemos, que tiene todo el mundo,
de derrocar a la Confederación. Ha hecho cosas despiadadas. Lo
sé. Pero no me puedo creer que después de todo lo que ha hecho
pienses que es tan malvado como la Confederación. Piensa en la
Academia de Fantasmas, Jim. El lugar en el que asesinaron a tu
229
PUNTO DE IGNICIÓN

hijo. Piensa en las latas de material tóxico que mataron lentamente


a tu madre. ¡Eso lo hizo la Confederación, no Mengsk.

Jim le colocó la mano en el hombro para detenerla. Sarah dio un


lirón. Los ojos verdes le ardían, pero no siguió corriendo.

—Querida, escúchame. Sabes que Mengsk hará lo que haga falta


para conseguir su meta. Eso lo sabes.

Sarah asintió.

—Sí. Su meta es derrocar a la Confederación y su corrupción.


—Su meta es crear un vacío de poder. Y entonces él se presentará
como el salvador.
—El menor de dos males, Jim. Mucho menor.

Jim se pasó los dedos por el pelo, exasperado.

—Está bien. Estoy de acuerdo con que te liberó de una vida


horrible. Estoy de acuerdo con que me sacó de una cárcel. ¿Por qué
crees que hizo ésas cosas, Sarah? Fue porque le íbamos a resultar
útiles. Contaba con que nos sintiésemos tan agradecidos que
haríamos la vista gorda con todo lo demás que estaba haciendo. Te
ha utilizado, cariño. Y a mí. Hijos de Korhal, la Confederación
Humana, son dos caras de la misma fea moneda. Lo he observado,
Sarah. He visto su reacción ante la adquisición de poder, y no es
bonito.

Sarah se relajó, olvidando la furia.

—Si Mengsk es decidido es porque tiene una visión de un universo


mejor para todos. Y si, “todos” incluye a Arcturus Mengsk. Y, al
contrario que otras personas, él tiene la capacidad de hacerlo. —
Levantó la mano para acariciarle la cara a Jim. Rápidamente este
le cubrió la mano con la suya.
230
CHRISTIE GOLDEN

—Es que... significas mucho para mí, Sarah. Sé que las cosas han
pasado deprisa, pero es cierto. Y no soportaría saber que te pasa
algo malo.

Lentamente. Sarah apartó la mano.

—Lo sé —dijo en voz baja—, pero no puedo quedarme mirando.


Tengo que correr riesgos, igual que tú. —Sarah bajó la mirada y un
mechón rebelde de pelo rojo le cayó sobre los ojos—. No puedo
evitar pensar que quizá no deberíamos haber empezado esta
relación.
—No digas eso —dijo él—, no lo digas nunca.

2504

Pero las palabras se habían dicho y no había vuelta atrás. Y en los


últimos años había habido varias veces en que Jim se había
preguntado lo mismo. Ya no. No había podido evitar que Arcturus
traicionase despreciablemente a una mujer que había escogido
permanecer junto a ese bastardo incluso cuando su fe se quebrantó.
Pero desde luego había podido hacer algo al respecto. Que Kerrigan
estuviese viva y fuese aparentemente humana de nuevo y que la
estuviese sosteniendo de la mano mientras caminaba a su lado se
debía a él. Y le estaba humildemente agradecido al Destino y, si,
también a Valerian Mengsk, de que lo hubiesen puesto en la
posición de poder ayudaría.

Doblaron una esquina y se detuvieron delante de una gran puerta


que tenía un elaborado teclado. Todos los médicos se pusieron
delante y escanearon las huellas y las retinas, dijeron los códigos
pertinentes y la puerta, como la entrada a la estación, se abrió.

Jim lanzó un silbido en voz baja. Aquello era una oda a la


tecnología. Todo parecía nuevo y reluciente y no podía ni siquiera
adivinar para qué servían la mitad de las cosas que veía: Aún así,
231
PUNTO DE IGNICIÓN

carecía de la imponente frialdad de la tecnología. Aunque no se


trataba de las manecillas, botones e interruptores del Hyperion,
desgastados y familiares, al menos era agradable.

La cama en la que posó suavemente a Sarah tenía una consola que


parpadeaba a un lado y una silla al otro. Encima de la cama había
un monitor que ahora estaba apagado. Dos enfermeras aparecieron
como de ninguna parte, moviéndose rápidamente y en silencio para
meter datos en la consola, y comenzaron a conectar a Sarah al
monitor.

—Dígame qué están haciendo —dijo, y una enfermera le dedicó


una sonrisa tan auténticamente agradable que Jim mitigó la dureza
de su voz a mitad de frase.
—Por supuesto —dijo—. Vamos a monitorizar todas sus
actividades cerebrales y corporales y le vamos a tomar de modo
indoloro muestras de sangre y tejidos. Le daremos una infusión de
nutrientes que también la hidratarán. Y si está lo bastante bien,
señorita Kerrigan, me dicen que está invitada a cenar a la mesa del
Dr. Narud.
—Déjeme ver el gráfico —dijo Jim. La enfermera le entregó un
pequeño aparato. Jim tocó la pantalla, miró y no vio nada que
contradijese lo que había dicho la mujer.
—Muy bien —dijo, y se sentó junto a Sarah. Tuvo lugar un
incómodo silencio mientras la enfermera preparaba a Sarah. Luego
la mujer se inclinó y, con la misma agradable sonrisa que le había
dedicado a Jim, dijo:
—Señorita Kerrigan, durante las próximas horas debería estar bien.
Por favor, apriete este botón si necesita cualquier cosa. Mientras la
animo a que se relaje. —Su sonrisa se hizo más amplia—. No se lo
diga al Dr. Narud, pero algunas de nosotras preferimos metemos en
estas camas antes que en las nuestras para echamos una siesta... son
especialmente cómodas.

232
CHRISTIE GOLDEN

La sonrisa le falló cuando Sarah no se la devolvió, sino que asintió


de modo cortante. La enfermera se marchó en silencio.

Jim cogió a Sarah de la mano y carraspeó.

—Escucha, Sarah. Yo... Yo...

Los dedos de Sarah en sus labios lo callaron.

—Jim. Shhh. Lo sé.

Raynor le besó los dedos y le dedicó una sonrisa irónica,


cambiando de tema.

—Bueno... dijiste algo sobre Narud en el Bucéfalo —lo dijo en voz


baja.

La mirada de Sarah se enturbió por un instante y luego la alerta


volvió a sus ojos verdes.

—No están prestando atención. Podemos hablar por ahora. Y sí, lo


dije. Me siento más fuerte, Jim. La estación... es como el
laboratorio en el que hicieron los experimentos conmigo. En los
tiempos de la Confederación.
—Bueno —dijo Jim con cautela—, es un laboratorio. Puede que te
sintieses así en todos los laboratorios en que estés.
—Lo he pensado, créeme —dijo Sarah—. Pero no se trata de mi
imaginación ni de mis problemas de memoria. Narud emite una
resonancia psiónica que me resulta familiar. No confío en él.
Sencillamente.
—Ni yo. La cuestión es... ¿qué vamos a hacer al respecto? No estás
recuperada, querida. Eres demasiado inteligente como para no
saberlo. —Le tocó los tentáculos que ahora le hacían de cabello.
Sarah se encogió ligeramente—. Él es la única oportunidad que
tenemos de averiguar qué te pasó exactamente y cómo recuperarte
233
PUNTO DE IGNICIÓN

por completo. Si te sirve de algo, Valerian ha demostrado ser


totalmente digno de confianza. Aún no ha tropezado y ha tenido
muchas ocasiones para hacerlo.
—También confiabas en su padre.
—Al principio, sí —dijo Raynor—. Pero hasta ahora el nene sí que
parece distinto, cariño. Hasta dónde puede llegar eso, y qué
significa, no lo sé.

Y eso era todo, en realidad. Había muchas cosas que no sabían,


demasiadas cosas de las que no podían estar seguros. Y
permanecieron en silencio, tomados de la mano, confiando el uno
en el otro.

Porque de eso sí podían estar seguros.

234
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO
DIECINUEVE

Cuando Jim y Sarah se hubieron ido, Narud se volvió a Valerian.

—Cuando esté adecuadamente atendida, me gustada mucho que


me enseñase ese aparato tan encantador.
— ¡Oh, sí! —dijo entusiasmado Egon. Valerian le dedicó una
sonrisa indulgente al joven científico, ignorando el hecho de que se
habían dirigido a él, no a Egon.
—Llevamos los fragmentos reunidos a bordo del Hyperion —
continuó diciendo Stetmann, ignorante de su descuido—, pero el
príncipe Valerian lo tiene a bordo del Bucéfalo por el momento.
—Sr. Stetmann —dijo Narud—, el príncipe Valerian le ha
reservado una visita privada, aunque supervisada, a uno de nuestros
laboratorios, si le interesa.

Egon abrió los ojos como platos.

—Yo, eh... ¡Pues, sí, claro, sería fantástico!

Cuatro personas más salieron de la estación hacia la plataforma,


dos hombres y dos mujeres. Una de las mujeres, alta, de cabello
negro, piel clara y ojos grises, se acercó a Egon y extendió la mano.

— ¿Dr. Stetmann? Soy la Dra. Chantal de Vries. Es un placer


enseñarle uno de los laboratorios.

235
PUNTO DE IGNICIÓN

Valerian pensó que, a juzgar por la expresión de Egon, era difícil


saber si el joven estaba más complacido ante la idea de ver el
laboratorio o la de acompañar a aquella hermosa mujer. Sin duda,
una feliz combinación de ambas.

—Encantado de conocerla —dijo Stetmann, tratando de no


tartamudear, aunque al darle la mano la voz se le agudizó
ligeramente—. Estoy muy emocionado. Por ver el laboratorio. O
sea, he hecho cuanto he podido para estudiar a los zerg con las
instalaciones de las que dispongo, pero...

Ella sonrió.

—Venga. Voy a enseñarle cosas que lo van a dejar pasmado.

La doctora no lo tomó del brazo, pero no le hacía falta. Egon la


siguió con un ritmo rápido y alegre que a Valerian le recordó a un
cachorrillo.

Bueno, pensó Valerian, al menos un miembro de la tripulación de


Jim iba a disfrutar de la visita. Se volvió a los otros. Narud ya estaba
haciendo las presentaciones; los otros tres doctores, Nancy
Wyndham, Joseph Reynolds y Adrián Scott, le daban la mano a los
asaltantes.

—Los doctores tienen instrucciones de llevarlos donde quieran —


dijo Narud—, con la excepción de algunos lugares. Por favor,
disfruten. A mí... me gustaría compensarles por la recepción inicial
que no ha sido tan amistosa.

Valerian notó cómo la tensión bajaba y se alegró. Tanta


desconfianza, para alguien que había crecido rodeado de una
miasma de ella, era comprensible y lamentable. Mientras se
dirigían hacia la entrada, Narud miró a Valerian y sonrió.

236
CHRISTIE GOLDEN

—Una cosa más: ¿estaría dispuesto a autorizar que algunas


unidades de reparación subieran a sus naves?

Para una estación espacial hacer esa oferta no era tan raro como
pudiese parecer. Llegar a Prometheus era una empresa arriesgada
incluso para los pilotos más experimentados, y Valerian se había
asegurado de que sólo estuviese disponible el mejor equipo y el
mejor personal si era necesario.

—Por supuesto —dijo. Usó su comunicador-^ Matt, soy Valerian.


Me gustaría enviar a algunos grupos de reparaciones a bordo del
Hyperion. ¿Alguna objeción?
— ¿Bromeas? —dijo la voz de Matt—. En este momento Swann
estará buscando cinta aislante y goma de mascar. Por favor, manda
tanta gente como quieras.
—Estarán allí pronto en el transporte, entonces. Valerian, corto y
fuera.

Se volvió a Narud.

—Ahora —dijo el doctor, con excitación apenas contenida—, el


objeto.

Valerian sonrió.

—El objeto—asintió.

*******

El objeto xel’naga, el resultado de años de investigación y estudio,


flotaba casi complaciente en el muelle del Bucéfalo. El interior del
laboratorio era de un color que en el pasado se había llamado “azul
metálico arma”, y la luz era suave y agradable a la vista. El objeto
era una pequeña columna negra de tres lados con una luz azul casi
mágica que salía de los bordes donde se habían unido las piezas.
237
PUNTO DE IGNICIÓN

Nadie podía mirarlo sin emocionarse, ni siquiera el más cínico de


los asaltantes ni el más resocializado de los marines. Y, desde
luego, menos aún un científico que había dedicado los últimos años
de su carrera a estudiar a los zerg y a los xel’naga.

Bajo el aparato alienígena, que se movía ligeramente, estaba su


cápsula de transporte, semejante a un sarcófago. Como el campo
de fuerza que envolvía al objeto, la cápsula estaba hecha de un
material que, esperaban todos, contenía cualquier energía que el
artefacto pudiese emitir pasivamente.

Valerian estaba orgulloso de lo que la Fundación y él habían


conseguido y se quedó de pie, sonriendo amablemente, mientras
Narud observaba atentamente.

—Como le prometí, es suyo —dijo Valerian—. Estoy seguro de


que usted descubrirá más sobre él cuando tenga la oportunidad de
estudiarlo.

La puerta se abrió con un zumbido y apareció Raynor. Entró sin


decir palabra, cruzando sus fuertes brazos por encima de su ancho
pecho.

Narud lo ignoró.

—Qué hermoso, para ser un arma —dijo.


— ¿Arma? —preguntó Jim—. ¿Así que sabe para lo que sirve?
—El hecho de que revirtiese la infestación que transformó a
Kerrigan en la Reina de Espadas es una prueba obvia de ello —dijo
Narud con tono condescendiente. De la parte superior de la cápsula
que había llevado el objeto, el arma, hasta Char con tan asombrosos
resultados, sonó un zumbido y aparecieron cuatro tomillos. La
parte superior de la cápsula se deslizó y se abrió. El objeto giró,
lenta ceremoniosamente, hasta quedar en paralelo con la caja

238
CHRISTIE GOLDEN

abierta y fue igual de lenta y ceremoniosamente posada sobre unos


brazos metálicos que había dentro.
—Para los xel’naga, que modificaron extensamente tanto a los
protoss como a los zerg, poder destruir su ADN era naturalmente
un arma —continuó Narud, la mirada fija en el objeto mientras la
cápsula se cerraba con el aparato dentro. La suave luz azul
desapareció y de repente el laboratorio pareció más gris, más
militar—. Los Terran han descubierto un modo de utilizarlo para
un resultado positivo que no tenía nada que ver con la intención de
su diseñador.

Jim gruñó evasivamente.

—Bueno, pues ahora es todo tuyo —dijo—. No hagas nada que yo


no haría.

Narud sonrió.

—Entiendo que siente mucha emoción en relación a este aparato


—dijo—. Por favor, sepa que está en las manos más respetuosas.
Gracias, príncipe Valerian. Voy a pedir que lo lleven al laboratorio
de Prometheus y, mientras estoy allí, hablaré con su entusiasta
joven científico.
—Gracias de nuevo por permitirle ver el laboratorio —dijo
Valerian.
—Es un buen chico —dijo Jim—, inteligente, y aprende deprisa.
—Quizá entonces podría haber un puesto para él en Prometheus, si
usted y él lo desean —dijo Narud—. Y, por favor... voy a dar una
cena para darles la bienvenida a la estación a las 20 horas. Príncipe
Valerian, por supuesto, espero que asistan usted, el señor Raynor y
Sarah Kerrigan.
—La enfermera ya nos ha invitado. Ya veré cómo se siente Sarah
para entonces.

239
PUNTO DE IGNICIÓN

—Gracias. Me sigo sintiendo bastante mal por la primera


impresión que se han llevado. Ha sido culpa mía y espero que me
den la oportunidad de ofrecerles una mejor.

La puerta volvió a abrirse y entraron dos marines con el uniforme


de combate completo. Antes de que Jim pudiese decir nada,
Valerian dijo, de un modo rápido pero natural:

—Gracias, señores. Este es el objeto. Por favor, llévenlo protegido.

Jim se relajó sutilmente y Valerian suspiró para sí. No podía


reprocharle a Jim que sospechase, pero la desconfianza constante
estaba empezando a cansarlo. Los marines se acercaron, agarraron
las asas de la caja y salieron, llevándose el gigantesco objeto como
si no pesara nada.

—Le veré en la cena, príncipe Valerian. Señor Raynor, espero


verles también a usted y a Sarah —pareció querer extender la mano
pero, quizá dándose cuenta de que la ignorarían, sencillamente les
hizo un gesto a ambos y siguió a los marines;

Cuando las puertas se cerraron tras él, Jim dijo:

— ¿Por qué no me gusta nada la idea de que ese hombre tenga el


aparato?
—Jim —dijo Valerian—la Fundación Moebius fue la responsable
de reunir los...
—Yo fui el responsable —dijo Jim—. Mi tripulación y yo fuimos
los que nos jugamos el cuello para conseguir esas cosas.
—Se les pagó muy bien —dijo Valerian, ignorando el tono
acalorado en la voz de Jim—. Y al final el aparato te dio algo
infinitamente más valioso que el dinero. ¿No es así?

Raynor frunció el ceño y no dijo nada.

240
CHRISTIE GOLDEN

—La Fundación Moebius es mía. No de mi padre. Y yo soy yo...


no mi padre. Emil Narud es un científico magistral y creo con todo
mi corazón que podrá ayudar a Sarah para que sea humana por
completo.

Jim miró a Valerian con tranquilidad. Valerian no apartó la mirada.


Tras un momento, Jim asintió y dijo:

—Bueno, al menos habremos sacado una buena comida de todo


esto.

*******

— ¿Estás seguro de que no quieres venir? —le preguntó Jim a Matt


por segunda vez—. Swann es más que capaz de supervisar las
reparaciones.
—Claro que lo es —dijo Matt—. Pero no tengo ningún interés en
la estación, señor. Preferiría mejor quedarme aquí.

Sinceramente, también Raynor lo prefería.

Aunque estaba seguro de que Narud y Valerian irían vestidos con


ropa formal, Jim había optado por ir sencillo pero limpio. Incluso
en sus mejores momentos había sido o granjero o sheriff y ninguna
de las dos cosas requería un uniforme que tuviese algo más que una
estrella como adorno. Se había tomado tiempo para ducharse,
afeitarse y recortarse el pelo y la barba, pero ésa era su única
concesión a lo que estaba seguro de que iba a ser una ocasión
formal.

Se encogió de hombros.

—Como quieras. Te traeré lo que no me coma.

—Por favor. ¿No has podido convencer a Kerrigan de que vaya?


241
PUNTO DE IGNICIÓN

Jim sacudió la cabeza.


—No quería saber nada. No estoy seguro todavía si va a someterse
a algo más que a los cuidados médicos básicos. Y no estoy seguro
de que yo quiera que lo haga. Esta noche espero enterarme de más
para que me deje las cosas más claras en un sentido u otro. ¿Has
sabido algo de Egon?
—No —dijo Horner—. Pensé que quizá tú sí.
—Probablemente siga en el laboratorio babeando como un crío en
una tienda de dulces —dijo Jim—. Narud amenazó con contratarlo.
Estoy seguro de que estará en la cena. Quizá pueda ofrecerle un
aumento para que siga con nosotros.

Matt sonrió un poco.

—El doble de nada sigue siendo na...


—Cállate o te doy un puñetazo en el brazo herido. Te veré en un
par de horas.

*******

Jim fue primero a la enfermería de la Prometheus, decidido a


intentar una vez más convencer a Sarah de que fuese a la cena. Al
menos estaba seguro de que la calidad de la comida le sentaría muy
bien a Kerrigan. La enfermera que había estado atendiéndola
parecía incómoda. Cuando Jim entró, lo avisó diciendo:

—Le dije que ella y yo teníamos una talla parecida. Tengo un


vestido precioso que le podría haber prestado.
—Yo no llevo vestidos —dijo Kerrigan con frialdad. Jim se acordó
del vestido verde, pero no dijo nada. Puede que una vez llevase un
vestido, pero ahora no significaba nada. Sarah lo miró desafiante—
. ¿Has venido a retorcerme el brazo?
—Ni se me ocurriría —dijo Jim—. He venido a ver si habías
cambiado de idea.
—No.
242
CHRISTIE GOLDEN

—Le dije a Matt que le llevaría comida. ¿Tú también quieres?

Eso le sacó una sonrisa a Sarah.

—Estoy bien, Jim —dijo. Jim dudó, y luego se inclinó y la besó


suavemente en los labios. Al principio ella se quedó parada, pero
luego le devolvió el beso. Mientras se apartaba, Jim susurró:
—Volveré en cuanto pueda. Y te contaré todo lo que haya
averiguado sobre Narud.

Sarah sonreía cuando él salió.

*******

La puerta a lo que modestamente llamaban la sala multifuncional


se abrió e inmediatamente Jim se sintió aún más fuera de lugar de
lo que se había sentido en el Bucéfalo.

La luz era suave pero no apagada, y la música era relajante. Era


parecida a la misma música que había oído por toda la estación,
inofensiva pero monótona. Se le acercó una joven sonriente que le
ofreció una bandeja de delicadas copas llenas de vino espumoso.
Jim aceptó una y dio un sorbo. Sin duda era de gran calidad y
espantosamente caro, pero sólo le sirvió para desear estar en la
cantina, bebiéndose una cerveza y escuchando su querida jukebox.

Valerian iba, como Jim había supuesto, vestido formalmente.


Había cambiado su ropa militar por algo comparativamente
sencillo, una chaqueta negra con pantalones a juego, botas
brillantes y una camisa azul oscuro con chorreras. Un alfiler de oro
con la forma de una cabeza de lobo adornaba la negra corbata de
seda. En el pelo seguía teniendo un mechón dorado rebelde. Jim
esperaba que no pudiese peinárselo nunca. Si no, Valerian sería
demasiado Perfecto.

243
PUNTO DE IGNICIÓN

—Siento que la señorita Kerrigan decidiese no venir —dijo—, Pero


me alegro de que tú hayas venido, Jim.
—Gracias. —No pretendía ser cortante. Sólo se sentía fuera de
lugar y quería que aquello se acabase.

Narud se le acercó, vestido de un modo similar al de Valerian pero


no tan elegantemente. Lo único que destacaba era una joya que
parecía, como la estación, de diseño xel’naga.

Por supuesto, Valerian lo notó enseguida.

— ¿Es un fragmento de un objeto xel’naga, doctor? Lo parece.


—Cielos, no —dijo Narud—. Sólo un tributo que había diseñado
con la esperanza de honrar a la señorita Kerrigan.
—Quiero uno. Estoy seguro de que puedo ponerlo de moda.

Narud soltó una risita.

—Estoy seguro de que sí. Es sólo una joya, Alteza, pero si lo desea
me encargaré de ver si pueden hacer otra. —Se volvió hacia Jim—
. Bienvenido, señor Raynor. Me alegro de verle, pero lamento que
haya venido solo. Deseaba mucho que la señorita Kerrigan
estuviese aquí.
—Bueno, los que están en el infierno querrían agua helada — dijo
Jim. Sabía que su sonrisa era burlona. No le importó.

Narud ni siquiera pestañeó.

—Y tampoco veo a su capitán Horner —añadió, mirando a su


alrededor.
—Yo no veo a Egon —dijo Jim—. ¿Dónde está?
—Parece ser que ha estado tan ensimismado con su visita a los
laboratorios y, posiblemente, con la Dra. De Vries, que ha decidido
pasar más tiempo observando.

244
CHRISTIE GOLDEN

«¿En lugar de asistir a una cena íntima en la que podía acosar a


preguntas a un Narud sin posibilidad de escapar?».
—Veré si puedo convencerlo de que venga —dijo, metiendo la
mano en el bolsillo y sacando su comunicador. Estaba pendiente de
alguna reacción negativa por parte de Narud, pero éste
sencillamente sonrió complacido.
—Adelante —dijo—. Quizá usted tenga éxito allí donde yo he
fallado.
—Egon Stetmann —dijo la voz de Egon.
—Te estás perdiendo una cena gratis, Egon, y la oportunidad darle
la brasa a Narud con preguntas.
—Oh, ya lo sé, señor. ¡Pero me lo estoy pasando tan bien aquí! pj
o sea, no tengo que ir... ¿verdad?

La voz sonaba lastimera. Satisfecho con que Egon, tramase lo que


tramase, estaba ileso y obviamente contento, Jim dijo:

—Qué va. Pero tú te lo pierdes.


—Oh, no lo creo, señor. ¿Alguna otra cosa?
—No se me ocurre nada. Pero no voy a perderte por estos
cerebritos, ¿verdad?
—Claro que no. ¡Aunque estoy seguro de que tendré mucho que
compartir con usted cuando vuelva!

Jim apagó el comunicador y se lo metió en el bolsillo.

—Tenías razón —le dijo a Narud—. Mientras al final del día haya
recuperado a mi científico jefe.
—Oh, no sé —dijo Narud, intentando bromear—. ¿Un joven tan
brillante como él? Quizá tengamos que raptarlo. Pero hasta
entonces —y señaló a un joven bien vestido que acercaba una
bandeja con una especie de pasta pequeña y delicada y que olía
sabrosa y deliciosa—, por favor, disfruten.

245
PUNTO DE IGNICIÓN

Resultó que Egon tampoco se había perdido tanto, al menos al


principio. Durante la primera parte de la cena, Narud estuvo mucho
más interesado en escuchar que en hablar. Les preguntó por los
detalles de dónde habían encontrado los fragmentos de lo que se
convertiría en el “arma” y cuándo había empezado Raynor a sentir
curiosidad acerca de su propósito. Cómo había funcionado el arma
y en qué estado habían encontrado a Kerrigan.
Jim se las arregló para comerse una buena cantidad de aperitivos,
la sopa de marisco y más vino a pesar de verse acosado a preguntas.
Pero, cuando sirvieron el plato principal, una porción generosa y
apetitosa de lo que parecía ser y olía a solomillo de skalet, dijo:

—Sabes, no puedo evitar sentir que en lugar de estar sentado en


una cómoda silla comiendo buena comida, deberían estar
apuntándome con una lámpara en la cara y clavándome agujas en
las uñas. ¿Te importa frenar con las preguntas, doc?

Narud tuvo el detalle de aparentar avergonzarse.

—Por favor, discúlpeme —dijo—, es que estoy muy interesado.


—Lo entiendo completamente —dijo Valerian—. Jim es un
hombre inteligente, pero me temo que no comparte nuestra pasión
por la ciencia.
—Lo hago cuando la ciencia me consigue lo que quiero —dijo Jim,
cortando el filete y metiéndose un pedazo en la boca. «Madre mía,
está delicioso». La frase era de Tychus; el grandullón ya iría por su
tercer plato. Ojalá las cosas hubiesen sido distintas.
—Pero el señor Raynor tiene razón —dijo Valerian—. Por favor...
Sin duda ha tenido tiempo de analizar los datos que le hemos dado
sobre Sarah Kerrigan y habrá hecho sus propias pruebas — antes
de que Jim pudiese reaccionar, añadió—: tú estabas delante cuando
tomaron muestras de sangre y tejido, Jim. No le han hecho nada
más.

246
CHRISTIE GOLDEN

«Todavía», pensó Jim, pero tenía la boca llena de skalet, así que
siguió callado. Narud se volvió hacia él con expresión de inquietud
profesional.

—Permítame que le cuente lo que sabemos, señor Raynor—


empezó Narud—. Las pruebas que ha mencionado Valerian son
extremadamente preliminares y, una vez estemos convencidos de
que usted y la señorita Kerrigan nos permiten hacer otras, sabremos
más. Todavía queda mucho mutagen zerg en su sistema. Estoy
seguro de que lo supo cuando vio su... pelo, a falta de un término
mejor.

Jim se había tragado el trozo de carne y ahora apretaba los dientes.

—El pelo es una señal visible, pero hay otras muchas partes de ella
que también deben de estar infectadas. Podría ser su cerebro, sus
poderes, sus riñones o su hígado... todo podría haberse visto
afectado de algún modo.
—Creí que el aparato se ocuparía de eso —dijo Jim.
—Señor Raynor, sin duda puede entender lo... bueno, lo extraño
que es este aparato alienígena —dijo Narud con sinceridad—. Sólo
hace pocos años que somos conscientes de la existencia de los zerg,
los protoss y los xel’naga.
—Valerian me dijo que eras un experto —dijo Jim.
—Lo es —dijo Valerian—, pero ni siquiera un experto puede
saberlo todo, todavía no.

Narud se frotó las sienes y suspiró.

—Es necesario examinar completamente a Sarah Kerrigan por el


bien de la humanidad y por el suyo propio —dijo—. Me está atando
de manos y está evitando que consiga cualquiera de esas metas. No
sabemos qué le está haciendo el mutagen a su cuerpo. Permítame
que hable con claridad. Cada minuto que malgastamos discutiendo

247
PUNTO DE IGNICIÓN

sobre ello podríamos estar acercándonos un minuto más a


perderla... o a perder su humanidad.

De repente la deliciosa comida le supo a raciones de campaña. Jim


tenía la desagradable sensación de que Narud tenía razón. No podía
negar la evidencia de aquellos tentáculos de Medusa que sustituían
el suave y largo pelo rojo de Sarah. Y si ésa era la mutación que
podían ver...

Pero, ¿qué pasaba con lo que había dicho Sarah de que Narud le
resultaba familiar? ¿Era sólo su memoria fragmentada o estaba
pasando algo más? A Jim le importaba la humanidad, pero en el
fondo sabía que Sarah le importaba un poquito más. Quería lo que
fuese mejor para ella.

Pero ahora mismo se dio cuenta, con desmayo, de que no tema ni


idea de qué era lo mejor.

248
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO
VEINTE

Sarah yacía en la cama de la enfermería. Jim había conseguido que


le sirviesen la misma cena que estaban comiendo ellos y debía
admitir que olía bien. Muy bien. Y, siendo más práctica, sabía que
tenía que recuperar fuerzas. En algún momento, por alguna parte,
se acercaba una pelea y tenía que estar preparada.
Su enfermera sonrió al verla atacar el solomillo de skalet y el puré
de patatas con una salsa de alguna especie de baya. Mientras comía,
pensó en la situación.

Obviamente, aún quedaba algún mutagen zerg en su ADN. Eso lo


veía cualquiera que tuviese ojos en la cara. Y ella no podía evitar
preguntarse si eso era sólo la punta del iceberg. Si ella y todo el
mundo podía verlo, ¿qué más estaba pasando dentro de su cuerpo,
o dentro de su mente, que no podían ver?

Así que sí, en algo estaba de acuerdo con ellos. Necesitaba saber
qué le había pasado exactamente, y qué había hecho y qué no había
podido hacer el aparato. Al mismo tiempo le parecía que hasta sus
mismas células le gritaban una advertencia sobre Emil Narud. Lo
conocía. Lo... Sarah sacudió la cabeza, obligándose a tomar otro
bocado. Era como si lo hubiese conocido... y lo hubiese olvidado...
Pero todavía, en cierta parte a la que aún no tenía acceso, lo
recordaba. Y los recuerdos, si es que de eso se trataba, no eran ni
mucho menos agradables.

249
PUNTO DE IGNICIÓN

Sarah Kerrigan tenía muchísimos recuerdos desagradables. Su


madre, su padre, un gatito enfermo... ser la reina de los zerg...

…El hidralisco, el hidralisco de Kerrigan, había atacado primero a


la madre. Utilizó su brazo semejante a una guadaña para cortarle a
la mujer el cráneo en dos casi despreocupadamente. Mientras el
cerebro, el hueso y la sangre salpicaban por todas partes, la niña
gritó con más fuerza todavía. El sonido era penetrante y desolador.

«¡Mamá! ¡Tu cabeza! ¡Tu cabeza!».


«La cabeza se separó del cuerpo... se separó...»

Y entonces sintió como si una sombra cayese sobre su alma.


Se atragantó con la carne y la escupió, tratando de respirar, se le
puso la piel de gallina.

Algo iba mal. Algo iba muy mal.

El estómago se le encogió por la aprensión y la adrenalina se


disparó por su cuerpo. Durante un terrible segundo, sintió que iba
a vomitarlo todo, pero por pura fuerza de voluntad no lo hizo.

Casi podía saborear la... malicia, suponía que era, la alegría. Y era
personal, de un modo en que no lo había sido el ataque contra Jim,
Horner y Valerian.

Giró la cabeza y miró fijamente la puerta.

Venían.

*******

Egon Stetmann se preguntaba cuándo dejaría de ser útil y lo


matarían.

250
CHRISTIE GOLDEN

No se lo había esperado. Algo que, por supuesto, debería haber


hecho. Pero se había metido en la telaraña con la despreocupada
idea de que la fraternidad de la ciencia tenía su propio código de
honor, y ése era el motivo de que ahora se encontrase atado y
metido debajo de una mesa como si fuese una remesa extra de tubos
de ensayo.

Por supuesto, había estado demasiado ansioso. Siempre lo estaba.


Se había mostrado tan impaciente ante los vastos descubrimientos
que sin duda le aguardaban más allá de la puerta del laboratorio
que, cuando su guapísima de la muerte (“Eso ha tenido gracia,
Egon, la Estación Espacial Prometheus es el festival del humor”)
acompañante le había incrustado un fusil en el costado y le había
ordenado que hablase en un grabador, ni siquiera estaba asustado.
Sólo confuso. Bueno, al menos al principio.

— ¿Por qué me estás clavando eso en el costado? —había


preguntado, totalmente confundido.

De Vries le había dedicado una mirada de desprecio.

—Es una amenaza, idiota —había dicho. Y, por supuesto, la


palabra que entendió primero no fue “amenaza”, sino “idiota”, y
por supuesto, como un idiota, había dicho:
—Oye, que yo era candidato para el laboratorio de investigación
de Tyrador III...

En ese momento casi vomitó, porque ella lo golpeó con fuerza con
el cañón del arma en el estómago y le dijo:

—Cállate y di algo.

A esas alturas había recuperado el juicio lo suficiente como para no


señalar que esas palabras eran contradictorias, sino que
simplemente dijo:
251
PUNTO DE IGNICIÓN

—Está bien. ¿Qué quieres saber?


—No quiero saber nada. Sólo que hables.
—Eh... está bien... soy Egon, y estoy... hablando... —dijo, y su voz
se volvía más aguda según se iba dando cuenta de lo peliagudo de
su situación—. No estoy seguro de qué estoy diciendo, pero soy yo
y... digo palabras y...
—Ya basta.
— ¿Para qué? —No pudo evitarlo; las palabras le habían salido de
la boca antes de poder contenerse.

Ella sonrió. Stetmann se preguntó que decía de él que, aunque


estuviese muerto de miedo (“Vaya, Egon, hoy estás chispeante”),
seguía resultándole atractiva.

—Necesitaba una muestra de tu voz. La meteré en el banco de datos


del ayudante y, si alguien trata de llamarte aquí —le había sacado
el comunicador del bolsillo del abrigo—, podré convencerlos de
que estás bien.
—Eso... es brillante —dijo, derrotado.
—Tengo tres títulos —dijo ella.
—Y, eh... ¿ahora qué? —se estiró y trató de aparentar valentía.
¿Vas a ejecutarme?

Ella se había reído, un resoplido nada femenino que era de algún


modo el epítome de un insulto.

Narud te quiere vivo. Probablemente para sacarte la poquita


información útil que puedas tener.

—Oh. —Bueno, al menos eso estaba bien.


—Considérate afortunado, Dr. Stetmann. Vas a estar mejor que
Sarah —había dicho De Vries, y ya no supo nada más. Se despertó
sabe Dios cuánto más tarde con un tremendo dolor de cabeza.

252
CHRISTIE GOLDEN

Intentó moverse y de repente vomitó, muy violentamente, e hizo


una mueca, sintiendo que acababa de empeorar la cosa.

«Piensa». Tenía que pensar. Era lo que se le daba bien. La


habitación estaba poco iluminada, pero a través de las grietas de la
puerta se filtraba algo de luz. Que no fuese una de esas puertas
automáticas tan elegantes que había visto hasta entonces era
alentador. Significaba que no se trataba de un cuarto especialmente
importante y que podría escapar de allí. Bueno, sí, excepto por
tener atados los pies y las manos, de lo que acababa de darse cuenta.

Había tenido los ojos cerrados tanto tiempo que aquella poca luz le
bastaba para ver. Estaba debajo de una mesa y tenía cajas en la
cabeza y en los pies. Preparándose para el dolor, Egon trató de
arrastrarse hasta el centro del cuarto. Torpemente, dando tirones de
forma espasmódica con las manos atadas a la espalda y los tobillos
unidos, lo consiguió. Estornudó violentamente una vez por el polvo
y el frío, y creyó que iba a aparecer alguien y a acabar el trabajo
que había empezado De Vries, dijese lo que dijese Narud. Pasaron
los minutos y por fin el corazón empezó a latirle con normalidad.
Otra buena señal... no había nadie en la puerta custodiándolo.

Estaba ya en el centro del pequeño cuarto, tumbado de lado. Incluso


había conseguido evitar mancharse en el charco de su propio
vómito. Egon miró a su alrededor como pudo desde su postura y
confirmó su suposición de que estaba en un almacén.

«¿Qué cosas se guardan en un almacén de una base científica?


¿Agujas... tubos... contenedores de cualquier clase...? No hay
cuchillos ni...»

No hay cuchillos. Pero el cristal roto es bastante afilado. Y los


tubos y los contenedores normalmente se hacían de cristal. Seguía
siendo el material más fiable para los trabajos más delicados que
se hacían en un laboratorio. Era barato y no contaminaba las
253
PUNTO DE IGNICIÓN

muestras. Con un esfuerzo, y como un pez fuera del agua, se


incorporó. La mesa bajo la que lo habían metido estaba hasta arriba
de cajas. Al lado opuesto del pequeño cuarto había una estantería
con más cajas pequeñas. No había luz suficiente para que pudiese
leer las etiquetas desde esa distancia. Tendría que ponerse en pie
de algún modo.

Egon estaba sentado con las largas piernas estiradas ante él. Ahora
las dobló hacia un lado y consiguió ponerse de rodillas,
“caminando” hacia las estanterías. Las cajas tenían etiquetas
describiendo sus contenidos, pero no encontró nada útil ni en la
primera ni en la segunda estantería. Estiró el cuello y suspiró. Tenía
dos posibilidades, intentar ponerse de pie desde su posición o tratar
de maniobrar sus manos atadas para colocarlas delante de él, no a
su espalda.

Tenía las piernas muy, muy largas.

Egon se echó atrás, momentáneamente desanimado por el esfuerzo


que supondría. No era ágil ni estaba en forma. Sólo era un
científico.

«Para ser un tipo inteligente», se dijo, «has sido bastante tonto. Te


has metido en una trampa con un cartel que decía “PÉGAME”. Has
fracasado como tipo inteligente. Ahora tienes que ser un tipo duro.
Como Jim».

Sin duda Raynor ya se habría desatado y se habría abierto paso a


tiros a través de la estación. Nadie sabía dónde estaba Egon.
Probablemente nadie sabía siquiera que estuviese en apuros.
Recordó algo que De Vries le había dicho antes: «Considérate
afortunado, Dr. Stetmann. Vas a estar mejor que Sarah».

¿Qué quería decir con...?

254
CHRISTIE GOLDEN

Oh, no. Iban a llevarse a Kerrigan. A experimentar con ella. Quizá


a matarla. Y quizá también matar a Raynor. Y, por lo que sabía
Egon, ahora mismo él era el único que era consciente de aquello.

Gimió, sólo un poco, sólo una vez. Y entonces Egon Stetmann se


sentó entristecido en el frío suelo y comenzó, lenta, dolorosamente,
a pasar sus manos atadas por debajo de su cuerpo y tratar de hacer
pasar sus largas piernas por un hueco muy, muy pequeño.

*******

Matt Horner detestaba las raciones militares tanto como cualquiera


que tuviese papilas gustativas, pero detestaba aún más estar en
situaciones incómodas y formales con gente en la que no confiaba.
Lo arregló casi inmediatamente. Por supuesto que confiaba en Jim
y estaba empezando a plantearse seriamente que Valerian era
también digno de una cauta confianza.

Pero Narud no le caía bien y hubiese dado mucho dinero para no


estar esa noche en la cena. Afortunadamente, había podido negarse
sin tener que pagarle a nadie.

Según Swann, el equipo de reparaciones estaba “llegando a las


tachuelas de latón”, significase lo que significase eso. Horner
supuso que significaba que estaban haciendo un buen trabajo, a
juzgar por el tono complacido del jefe de mecánicos.

—Y nuestra señorita Annabelle tiene una idea en la que está


trabajando. Si funciona, te la contaré. Si no, no lo mencionaré
nunca.
—Ah... está bien —había dicho Matt.

Supuso que podía relajarse un par de horas. La nave estaba segura


por el momento, igual que Jim, Valerian y Sarah. Y, como extra, ni
siquiera Rory estaba gruñendo. Se recostó en la silla, ajustando
255
PUNTO DE IGNICIÓN

cuidadosamente el brazo, inspiró profundamente, se lo soltó y cerró


los ojos. El brazo le dolía.

— ¿Capitán Horner?

Abrió los ojos de par en par.

— ¿Qué pasa, Marcus?


—Recibo lecturas que... bueno, no sé qué están haciendo los chicos
de Narud en la nave, pero creo que quizá hayan metido la pata.
— ¿Qué ves? —Matt estaba de pie y mirando por encima del
hombro de Cade antes de que siquiera le hubiese contestado,
dispuesto a verlo él mismo.
—Bueno, esto parece estar en el extremo exterior del campo de
asteroides —dijo Marcus.
Había puntos en la pantalla. Muchos.
—No... no pueden ser naves —dijo Horner, sintiendo un
agarrotamiento en la boca del estómago.
—Bueno, señor, es lo que parece, y por eso me preguntaba si-
—Horner a Swann —dijo Matt, interrumpiendo a Marcus—.
¿Están los chicos de Narud haciendo algo más que reparaciones.
¿Cualquier cosa que pueda interferir con los sensores?
—No lo creo, pero miraré un poco. Ahora te contesto.
—Hazlo, sí.

Matt comenzó a andar, pensando, mirando la pantalla de reojo. No


parecía que fuese una avería. Los puntitos no se movían en sentido
uniforme. Algunos se quedaban donde estaban, otros se movían
ligeramente y cada vez se les unían aún más puntitos...

Tomó una decisión. Si era un error, se disculparía. Demonios, hasta


invitaría a una cena a bordo del Hyperion para compensar el insulto
a los trabajadores de Narud. Pero no podía arriesgarse.

—Horner a Swann.
256
CHRISTIE GOLDEN

—Demonios, chico, dame un momento para...


—Detén las reparaciones. Ya. Hazlo.

*******

Annabelle, a pesar de estar concentrada en su nuevo proyecto,


había oído la conversación inicial. En los últimos días había
desarrollado un gran interés en el pilotaje de las naves debido a su
repentino interés por Travis Rawlins. Había un modo de poder
comprobar si era una avería de la nave o una amenaza auténtica...
y ese modo la hizo sonreír un poco.

Llamó por su comunicador por el canal adecuado, intentando


localizar a Travis en el Bucéfalo. Normalmente éste contestaría
inmediatamente, porque no era tan estúpida de llamarlo en mitad
de lo que pudiese ser una emergencia. Pero esta vez no contestó.

Quizá estuviese ocupado. Podía haberse dejado el comunicador en


su cuarto. Podría haberse aburrido de ella y estar ignorándola. Pero
Annabelle supo de repente que algo iba mal. La voz de Horner
entró en sus pensamientos.

—Detén las reparaciones. Ya. Hazlo. —la voz de Matt era profunda
e intensa.
—Por el amor de... Vale, vale. —Swann apretó el botón y se dirigió
a uno de los trabajadores de Narud—. Ya han oído al capitán. Dejen
de trabajar todos. No sé qué bicho le ha picado, pero es el capitán.
—Esto es un escándalo —protestó uno de ellos—. Hemos ve-nido
aquí de buena fe para echaros una mano. ¿Te crees que somos
responsables de unas imágenes fantasma en...?

Annabelle lo ignoró. Siguiendo una corazonada, conservó los


Planos del Fanfare en su pantalla mientras rápidamente tecleaba un
257
PUNTO DE IGNICIÓN

comando para acceder al nivel actual de las células de energía.


Esperaba equivocarse, tanto en eso como en lo de no poder hablar
con Travis en el Bucéfalo, y al principio la señal parecía
completamente normal. Estaba a punto de dar un suspiro de alivio
cuando...
Las medidas, representadas por barras de color naranja, deberían
estar fluctuando ligeramente. En lugar de eso estaban
completamente estáticas

Lo que significaba que estaba mirando una imagen falsa.

Rory seguía gritándole al mecánico de la Prometheus, que le estaba


gritando a su vez. Con el corazón a cien, Annabelle se puso en
contacto con Horner.

—Mecánica a puente —dijo, en voz baja. Miró a los dos mecánicos


que discutían. No parecía que ninguno de los dos se hubiese dado
cuenta.
— ¿Annabelle? ¿Dónde está Rory?
—Discutiendo con uno de los mecánicos de la base —dijo—. Matt,
no les pasa nada a sus sensores. Alguien está drenando la energía
de las células de energía. Y... y creo que también están bloqueando
el contacto con otras naves. No puedo hablar con Travis.

Matt la creyó en el acto. Para empezar, podía oír los gritos al fondo
y, para continuar, Annabelle era una mecánica segura y tranquila.
Si los “mecánicos” enviados a “ayudar” estaban bloqueando la
comunicación con el Bucéfalo...

—Avisa a Raynor enseguida.

Estática. El oficial de comunicaciones se volvió hacia él, atónito.


No tuvo que decir ni una palabra.

258
CHRISTIE GOLDEN

—Marcus, ¿qué pasa con esas naves que estaban fuera del
cinturón?
—Están... Señor—dijo Marcus, volviéndose hacia su capitán—,
están entrando en el Cinturón de Kirkegaard.
— ¿Cuántas?
—Todas.

259
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO
VEINTIUNO

La cena había llegado al postre, pero la conversación no había


progresado nada. Narud seguía insistiendo en su argumento, Jim
seguía resistiéndose y Valerian seguía tratando de mediar. El postre
era muy bueno, una especie de tarta de bayas que olía
maravillosamente y que era dulce como el néctar.

—Ah, y Valerian —dijo Narud—, he hecho que traigan un oporto


especialmente para usted. Prefiere el oporto dorado al tinto,
¿verdad? —Los sirvientes acercaron una botella vieja y polvorienta
y tres copas pequeñas.
—Desde luego. Qué detallista por su parte el recordarlo. —
Mientras servían las bebidas, Valerian le dijo a Jim—: Mi padre y
yo, además de tener diferencias, nos parecemos. A ambos nos gusta
un buen oporto. Él prefiere los tintos; yo, los dorados.

Jim aceptó con ganas la copa. Supuso que, si la cena era un


elaborado modo de envenenarlo, ya lo habrían hecho antes. Y no
era de los que rechazaba una buena copa... o, normalmente, ni
siquiera una mala.

Dio un sorbo. Era casi tan bueno como el postre.

—Ah. Cerezas y caramelo, algo así.

Valerian alzó sus rubias cejas con aprobación.

260
CHRISTIE GOLDEN

—Tiene usted un paladar perspicaz, señor Raynor.


—Es curioso, dado que estoy acostumbrado a lo barato dijo Jim,
sin sentir vergüenza alguna. Rara vez lo avergonzaba la verdad.
Dio otro sorbo. Podría acostumbrarse a eso.
—Me alegro de que lo disfrute, príncipe Valerian dijo Narud. Le
hizo un gesto al sirviente—Por favor... Limpien la mesa y traigan
el oporto tinto.

Y entonces Jim lo supo, una fracción de segundo antes de que las


puertas se abriesen y apareciesen tres guardias armados, pero sin
armadura. Valerian los miró totalmente confundido. Incluso
mientras sus sentidos se despertaban y pensaba rápidamente en
cómo escapar, Jim sintió una punzada de simpatía por el chico.

—Hijo de perra —le dijo Raynor a Narud.


—Emil... ¿qué? —Valerian parecía ser incapaz de terminar una
frase; sencillamente, se volvió a mirar a su “amigo” con la boca
abierta y los ojos grises, de par en par.
—El señor Raynor se lo ha imaginado —dijo Narud. Sonrió sin
humor—. Lamento informarle, Su Excelencia, de que su padre
estará aquí en unos momentos. Con —añadió— lo que queda de
toda su flota tras él.

Valerian todavía parecía completamente confuso. Miró a Jim con


los ojos como platos, Jim le devolvió la mirada con calma.

«No eres telépata como Sarah», pensó Jim, «pero tampoco eres
tonto. Has estado tiempo suficiente con Matt y conmigo. Lee mis
ojos. Imagínatelo, Valerian. Más te vale estar preparado, maldita
sea, o estamos muertos los dos.»

Jim se encogió de hombros y estiró el brazo para coger la botella


de oporto.

261
PUNTO DE IGNICIÓN

—Bueno, dado que probablemente ésta es la última cosa agradable


que voy a disfrutar, bien puedo servirme otra...

Se puso en pie de un salto y le lanzó la botella al primer guardia,


que se agachó, aunque no lo suficientemente rápido. La botella le
rozó la sien.

Valerian saltó en el momento en que Jim lo había hecho y le lanzó


al guardia que tenía más cerca dos cuchillos de carne muy afilados.
El guardia, engañado por la fingida indefensión de Valerian,
levantó el arma un segundo demasiado tarde. Cayó, con la boca
llena de sangre. Tenía dos cuchillos clavados hasta el mango en el
cuello. Valerian cogió el arma y se giró para dispararle al tercer
guardia. Cubrió el cuerpo del soldado con púas de punta de acero.
«Bien hecho», pensó Jim, y cogió una silla que siguió el camino de
la botella. Pero aquel hombre se estaba esperando el ataque. Se
apartó, rodando, y empezó a disparar.

— ¡Idiotas! —gruñó Narud—. ¿Creen que pueden escapar?


¡Prometheus es mi estación y está llena de mis hombres y de los de
Mengsk!

Jim se lanzó bajo la mesa. Apretó los dientes, fijó firmemente los
pies y visualizó a Tychus Findlay, hacía mucho tiempo, levantando
el jukebox mientras estiraba las piernas y levantaba la mesa. Era
muy pesada, pero no tan grande como para no poder darle la vuelta.
Narud, que todavía estaba sentado, saltó y cayó hacia atrás.

Jim saltó hacia él...

Y cayó con fuerza en el suelo.

Narud había desaparecido.

262
CHRISTIE GOLDEN

— ¿Qué diab...? —de más allá de la puerta le contestó una sonrisa,


engreída y satisfecha.

Por un instante, Jim no pudo entender qué estaba pasando. Luego


recordó el “alfiler” de diseño xel’naga que llevaba Narud.

— ¿Es un fragmento de un objeto xel’naga, doctor? Lo parece.


—Cielos, no —dijo Narud—. Sólo un tributo que había diseñado
con la esperanza de honrar a la señorita Kerrigan.

Sarah Kerrigan... Fantasma. El maldito alfiler era un reactor


Moebius.

— ¡Valerian! Lleva un traje de camuflaje... ¡Junto a la puerta!


—Estoy un poco ocupado —gruñó Valerian. Jim levantó la mirada
y vio que estaban entrando más guardias. Cogió las armas de los
guardias muertos y le hizo una seña a Valerian para que se uniese
a él tras la mesa. No era una gran protección, pero era algo mejor
que quedarse de pie y presentar el pecho como diana.
— ¿Cuántos? —preguntó Jim.
—He contado seis —dijo Valerian. Su cuerpo estaba tenso,
concentrado, y cada movimiento era exactamente lo que
necesitaba, no más. Jim usó un nanosegundo para quedarse
impresionado.
—Podemos acabar con ellos según entren por la puerta —dijo
Jim—. Tenemos que salir de aquí.
—Buena sugerencia. ¿Te importaría ser más concreto?

Dos guardias más asomaron la cabeza por la puerta. Jim y Valerian


Íes dispararon y ambos guardias cayeron con la cabeza atravesada.

—Todavía no lo sé. Tenemos que sacar a Sarah y a Egon.


—Ella ya está muerta —susurró una voz delicada junto a su oído.
Jim se giró y comenzó a disparar, pero Narud ya había vuelto a
desaparecer. Jim forzó a su corazón a frenarse, forzó a la nube roja
263
PUNTO DE IGNICIÓN

de furia que nublaba su juicio a desaparecer. Sabía lo que debía


mirar... un ligero titileo por el rabillo del ojo que era fácil de
achacar a la luz o a la propia imaginación... si no supiese que era
otra cosa.

Jim lo sabía.

—Sigue disparando —le dijo a Valerian—. Defiende la puerta. Yo


voy a por Narud.

Dejó que su visión se calmase, invitando al borrón que veía por el


rabillo del ojo a que volviese a aparecer. Su cuerpo hervía de
impaciencia, pero se obligó a mantener la cabeza fría y la
respiración constante. Permitió que el ruido de los disparos, tan
escandaloso y llamativo, desapareciese en el ruido de fondo. Sólo
la calma le conseguiría el resultado deseado... y, oh, deseaba mucho
destruir a Narud, que se había atrevido a hacerle daño a Sarah
Kerrigan.

Y allí estaba. Una ligera distorsión en el espacio, un pequeño


borrón en el color azul claro de la pared. Se giró a la izquierda y
comenzó a disparar, pero de nuevo no pasó nada.

Aún así, sonrió.

—No lo he matado —le dijo Jim a Valerian—, pero he conseguido


algo casi igual de bueno. Un modo de salir de esta sala.

*******

Matt sabía exactamente lo que tenía que pasar, cuándo y cómo para
que el Hyperion tuviese una mínima oportunidad de salir con vida
de aquello.

264
CHRISTIE GOLDEN

—Annabelle, escucha atentamente. Estoy enviando apoyo. No le


digas nada a nadie. Estoy seguro de que esos tipos van armados
hasta los dientes. Deja que Rory siga discutiendo. ¿Puedes
conseguir ayuda discretamente y empezar a deshacer lo que sea que
le han hecho a las células de energía?
—Yo... Seguro. Estoy en ello. —Matt la oyó dudar, sólo un
instante, y luego recuperarse. Como haría un asaltante.
—Tenías razón acerca del Bucéfalo. No podemos hablar con ellos
ni con la estación. Si tu amigo timonel es tan inteligente como
dices, él también verá las naves.
—Oh, sí, estoy segura. —No lo estaba. Ni tampoco Matt.

Éste avisó a seguridad y mandó a varios y muy enfadados


miembros de la tripulación a que se pusiesen la armadura y se
dirigiesen hacia mecánica. Hizo otra llamada al Bucéfalo que
quedó sin respuesta.

—Marcus, controla al Bucéfalo. Si empiezan a prepararse para


luchar, avísame.
—Señor —dijo Marcus—, ¿cree que el Bucéfalo está metido en
esto?
—Es posible —dijo Matt—, si Valerian es un traidor.
—Pero... ¿cree que lo es?
—Deja que te lo diga así —dijo Matt—, la única persona en quien
confío ahora es en Jim. Pero eso no significa que me vaya a poner
a atacar al Bucéfalo si están en la misma situación que nosotros. Se
mata a los enemigos, no a los aliados. — “Sólo tienes que saber
quién es quién”, se dijo para sí. Se estaba arriesgando mucho al no
atacar al Bucéfalo mientras tenía los escudos bajados; ése era el
curso de acción más seguro. Pero en el fondo sabía que no era el
correcto.

Al menos, todavía no.

265
PUNTO DE IGNICIÓN

—Señor, están levantando los escudos y preparándose para la


batalla —dijo Marcus—. Pero no nos apuntan a nosotros.

Matt asintió.

— ¿Llegada estimada de esa... armada?


—Aproximadamente diecisiete segundos.
— ¿Cómo demonios se mueve tan deprisa? —se preguntó en voz
alta—. Por supuesto que conocen el camino, pero nosotros
tardamos horas.
—Han destrozado algunos de los asteroides más pequeños y
apartado los fragmentos—dijo Marcus—. Incluso han pulverizado
varios.
—Oh —replicó Matt—. Eso... podría valer. —Nada de seguir la
ruta. Las naves sencillamente se habían fabricado sus propios
atajos.

Ocho segundos.
Tres.
Dos.
Uno.

Sarah había llamado a la enfermera. No había aparecido nadie.


Estaba completamente sola en la enfermería de la Prometheus tras
estar tan ensimismada en sus sentimientos de culpa y preocupación
como pare haberse dado cuenta de que todas las enfermeras se
habían ido.

Sola.

Y venían a por ella.

Se desconectó las vías y se puso el mono que había pedido que le


llevasen hacía un rato, decidida a no morir con un camisón de

266
CHRISTIE GOLDEN

hospital puesto. Lamentaba haber comido. Sentía la deliciosa


comida pesada y digiriéndose en su estómago. La frenaría cuando...

¿Cuándo qué?

Estaba tan lejos de su mejor forma que daba risa. De repente


recordó haberse quedado sola, sin munición, sabiendo que la
habían abandonado. Sabiendo que se acercaban no docenas, sino
cientos, quizá incluso miles de zerg. Una vez. Mengsk la había
salvado. Pero aquel día la había dejado morir.

Algo se había detenido dentro de ella. La amarga angustia se había


convertido en triste y roma aceptación. Luchar era inútil. No podía
ganar, no contra tantos zerg.

Y ahora tampoco. Se acercaban y se la llevarían, y no había más


que hablar. Quizá no la torturasen. Quizá...

Y entonces llegó, directo, cristalino, brutal, como la implacable luz


del sol reluciendo en la hoja de un cuchillo. Enseguida reconoció
de qué se trataba y la propia familiaridad que sentía por la sensación
la movió a la acción.

Ondas alfa. Estaban enviando a un fantasma camuflado. A un


ladrón para robar a otro ladrón.

«¡No!»

La puerta se abrió y, sin siquiera pensarlo, su cuerpo y su mente se


pusieron en acción. Levantó una mano, concentró su energía
psiónica y lanzó al enemigo invisible contra una pared. So oyó un
crujido y el cuerpo; ahora visible, se deslizó sobre la blanca
superficie. Por supuesto, no había ido solo. Cuatro guardias
entraron corriendo pero antes de que pudiesen disparar los paralizó
y, enseñando los dientes, les convirtió el cerebro en líquido.
267
PUNTO DE IGNICIÓN

Cayeron, muertos al instante. Les salían fluidos por los ojos, los
oídos, las narices y la boca.

Durante un brevísimo instante, Sarah se dio cuenta de que no sólo


había recuperado sus poderes, sino que eran más fuertes que antes.
Siempre había sido buena (no, la mejor) en su trabajo. Matar. Pero
ahora de repente se había convertido en una semidiosa. Por un
segundo la revelación la inquietó y entonces sus pensamientos
acudieron a otro lugar.

«¡Jim!»

Estaba en peligro mortal.

Todos lo estaban...

La base se movió como si fuese poco más que el juguete de un niño


y el niño se hubiese enfadado con él. ¿Qué demonios le podía hacer
aquello a una estación espacial dentro de un asteroide? ¿Alguien
había colocado bombas para que explotase?

Y de repente lo supo y el odio hizo que el cuerpo se le quedase


rígido. La base estaba siendo atacada.

—Oh no, ni hablar, hijo de perra —gruñó, sintiendo que la furia


crecía dentro de ella, que se le subía la sangre a la cara, que le
disparaba adrenalina a las venas—. Esta vez no. Y nunca más.

*******

Egon estaba bastante orgulloso de sí mismo. Se las había arreglado


para conservar la calma, localizar una caja de vasos de laboratorio,
romper uno y ahora estaba utilizando el afilado fragmento de cristal
para cortar las ataduras de las manos.

268
CHRISTIE GOLDEN

De repente el suelo se movió. Las cajas temblaron en las estanterías


durante un instante antes de caerse encima de él. Egon levantó las
manos, todavía atadas, para parar las cajas y soltó un grito cuando
un afilado fragmento de cristal se le clavó en la palma. Luego pasó.

—Dios —susurró, repitiendo la palabra una y otra vez. Al tiempo


que se calmaba un poco, se oyó el agudo y furioso aullido de una
alarma. Luego una voz pregrabada tranquila comenzó a anunciar:
—Atención. La estación espacial Prometheus está siendo atacada.
Esperen instrucciones. Atención...

Tanteó con la mano ensangrentada en busca del fragmento de


cristal y siguió cortando las ataduras. Por fin se rompieron y se
concentró en los pies. El cristal, empapado de la sangre, estaba
resbaladizo, pero consiguió liberarse. Bueno, al menos de las
ataduras. Seguía sin saber si la puerta se abriría.

Se incorporó torpemente con los pies dormidos por la fuerza de las


ligaduras, agarró el picaporte y apretó con todas sus fuerzas.
No se movió.

La desesperación, que había controlado por un momento, lo


inundó. Seguía atrapado. Atrapado en una estación científica,
encerrado en un pequeño almacén, y nadie sabía dónde estaba. Si
Jim y Valerian seguían allí, ellos también eran prisioneros. Ellos y
él serían entregados a Mengsk, que tenía que ser quien se
encontraba tras ese ataque, y experimentarían con ellos, o los
torturarían y los matarían.

Esto es, si es que alguien lo encontraba. Era más probable que fuese
a morir allí solo, lentamente, de deshidratación, o que fuese hecho
pedazos.

El picaporte se movió.

269
PUNTO DE IGNICIÓN

Se quedó paralizado un instante y luego se puso rápidamente en pie


buscando un lugar donde esconderse. Había cajas por todas partes,
pero nada lo suficientemente grande como para ocultar su
larguirucho cuerpo. Sombrío, Egon decidió que esa vez no caería
sin pelear. Cogió una de las cajas más pequeñas, haciendo una
mueca por el dolor que sentía en la mano cortada, y la levantó por
encima de la cabeza.

La puerta se abrió de un portazo. Egon sólo había podido echar un


breve vistazo a una silueta que se recortaba contra la luz del pasillo
cuando la caja salió volando de sus dedos.

Una mano lo agarró por las solapas del abrigo y tiró de él hacia la
luz.

Estaba mirando fijamente un rostro hermoso en su furia coronado


por un pelo que no era pelo sino que parecían serpientes acostadas.

—Quédate cerca, por detrás de mí —dijo Sarah Kerrigan con voz


baja e intensa y tan terrible como la expresión de su rostro—. Sólo
te voy a rescatar una vez.

270
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO
VEINTIDÓS

Los “mecánicos” enviados para “reparar” el Hyperion y,


supuestamente, el Bucéfalo, habían hecho algún bien sin
pretenderlo. Dado que necesitaban mantener su tapadera mientras
saboteaban las células de energía, habían hecho algunas
reparaciones de verdad. Era el único motivo por el que el Hyperion
pudo resistir el ataque de tres cruceros de batalla y los espectros
que los acompañaban.

Los mecánicos estaban trabajando mucho para deshacer el daño y


devolver las comunicaciones entre las dos naves y la estación
espacial Prometheus. Pero no parecían tener ningún problema a la
hora de recibir comunicaciones del White Star.

—Aquí el emperador Arcturus Mengsk —había dicho la odiada y


conocida voz en cuanto la flota apareció de entre el cinturón de
asteroides—. Ríndanse y no serán destruidos.
—Mengsk —había dicho Matt, ni siquiera molestándose en fingir
respeto usando el título—, soy el capitán Matthew Hor...
—Oh, conozco bien tu voz, Matt —dijo Mengsk—. Sé dónde está
tu jefe... y también dónde está su novia. Hay gente en tu nave y en
el Bucéfalo que han trabajado para mí y preferiría no hacerlos
pedazos. Ni a ti, ya que estamos. Los superamos en armamento y
apenas pueden navegar. Así que ríndanse y ahórrennos a todos
mucho tiempo y dinero.

271
PUNTO DE IGNICIÓN

—Vaya, eso suena genial, pero fíjate que me parece que a mi jefe
no le iba a gustar —dijo Matt, y le hizo una señal a los de táctica.
Sin previo desataron todo el poder del cañón Yamato contra White
Star.

Y desde aquel ataque las cosas no se habían parado. Ni las furiosas


amenazas de Mengsk ni el contraataque de represalia ni el avance
hacia la estación. Aquél parecía ser el objetivo principal y Matt
pensó sombrío, ¿por qué no lo iba a ser? Tanto Kerrigan como
Raynor estaban en la estación.

Estaba seguro de que había sido Valerian quien había avisado a su


padre. Matt no quería creerlo, Valerian había estado
peligrosamente cerca de ganarse su confianza. Pero el Bucéfalo
estaba ahí quieto, sin atacar a ninguno de los dos bandos, y Matt
Horner juzgó con rabia a Vaughn y su poca disposición a actuar.
No le sorprendía que aquel gusano ni siquiera tuviese el valor como
para unirse a Mengsk en el ataque.

*******

—He dicho “desconectado”, señor —dijo Elías Thompson, el


mecánico jefe del Bucéfalo. Sonó irritado y asustado, una
combinación que su capitán entendía perfectamente—. ¡Cuando
digo “desconectado” me refiero a que no podemos disparar!
— ¡Van a hacer pedazos esa estación espacial y a nuestro príncipe
con ella si no ayudamos al Hyperion! —replicó Vaughn. Su plan
había sido unirse al Hyperion en el ataque contra Mengsk, que
obviamente no tenía intención alguna de reconciliarse con su hijo,
dado que estaba tan decidido a atacar la estación espacial
Prometheus con tanto vigor en el preciso momento en que el
combate había comenzado. Vaughn tenía la intención de enviar sus
cazas y darles cobertura, y así al menos los pobres desgraciados
tendrían alguna clase de refuerzos provenientes del Bucéfalo.

272
CHRISTIE GOLDEN

El problema era que los mecánicos y los expertos en armas


enviados a ayudarlos habían estado haciendo justo lo contrario. No
importaba lo frenéticamente que trabajasen, había gente muriendo.
Y sabía lo que Matt Horner debía de estar pensando.

Vaughn se frotó los ojos con una mano temblorosa.

—Envíen a los cazas —dijo.


—Señor —dijo Travis—, con el debido respeto, sin fuego de
cobertura de nuestra parte...
—Lo sé, pero tenemos que hacer algo. Thompson, ¿cuánto tiempo
más?
— ¿Hasta qué? ¿Hasta que podamos luchar, movemos o avisar a
Valerian?
—Cualquiera de esas cosas.
—No tengo ni idea, señor. Estamos haciendo todo lo que podemos.
«Igual que todos», pensó Vaughn. Abrió el comunicador de modo
que sus palabras pudiesen oírse por toda la nave.
—Aquí el capitán Vaughn. Todo el personal con experiencia en
pilotaje de naves pequeñas debe presentarse en el muelle de atraque
en el acto. No tenemos mucho con qué atacar a Mengsk, pero
vamos a dar todo lo que podamos. Si el Bucéfalo tiene que caer, lo
hará luchando.

*******

Cooper sabía que tenía que salir de allí. Ya.

No tenía que haber sido así. Los hombres de la estación espacial


Prometheus tendrían que haber estropeado por completo la
mecánica y luego, haber tomado rehenes. Luego se habrían unido
a Mengsk y se habrían llevado con ellos al simpático, sonriente y
agradable camarero al que todos subestimaban.

273
PUNTO DE IGNICIÓN

Pero aquel bastardo de Horner había sido demasiado inteligente.


De algún modo, y Cooper no sabía cómo, se había enterado de que
algo estaba pasando. El contacto de Cooper había sido
misteriosamente silenciado en mitad de una frase. Ahora por fin
había llegado Mengsk y estaba atacando a la estación y al
Hyperion.

Nadie iba a entrar en la cantina en medio de un ataque, así que


Cooper sencillamente cogió su bolsa y se marchó. La cabeza le iba
a cien. Su único contacto había sido con los hombres enviados a
sabotear la nave. Había hablado con Arcturus Mengsk hacía unas
horas, y también con Narud, pero ahora no podía localizar a
ninguno fe los dos. Lanzando un sonoro taco, Cooper tiró el
comunicador y salió corriendo por los pasillos.

Su único pensamiento era que en algún momento enviarían naves


Para combatir a corta distancia. Se sorprenderían de verlo, pero
Sabía cómo pilotar un espectro y supuso que podría aprovecharse
del viejo “¡Necesito toda la ayuda que pueda encontrar!” y que lo
dejarían. Tras muy poco tiempo tendrían que hacerlo, porque todos
los pilotos con más experiencia serían trozos de carne flotando en
el espacio.

Era un intento desesperado y no tenía muchas posibilidades de


éxito. A menos que fuese extremadamente cuidadoso, la gente para
la que trabajaba lo destruiría y si era demasiado obvio los que lo
harían serían los asaltantes. Tenía que parecer convincente pero no
amenazante. Empezaron a sudarle las axilas y tragó saliva.

«Esto no tenía que estar pasando», pensó por centésima vez. «No
tendría que estar pasando».

*******

274
CHRISTIE GOLDEN

—Señor—dijo Marcus—, detecto varias naves pequeñas saliendo


del Bucéfalo.

Matt frunció el ceño y se inclinó hacia delante. ¿Qué de...?


— ¿Por qué no están luchan...? —y entonces lo supo—. Maldita
sea. ¡Fuego de cobertura para esos cazas! ¡Ya!
—Enseguida, señor —dijo Marcus.
—Y Swann... ¡Tengo que recuperar las comunicaciones!
—“Sabotaje” suele querer decir que han jodido algo —replicó
Swann—. ¡Hago lo que puedo!

Los pensamientos de Matt iban a toda velocidad, pero con calma.


Jim estaba en la estación, lo que significaba que él, Matt, tenía que
pensar un modo de mantener vivo a todo el mundo el tiempo
suficiente para traer a casa al comandante. Ahora también tenía una
obligación para con el Bucéfalo. No habían huido cuando habían
podido y estaban enviando a gente a la lucha sin tener un modo
adecuado para protegerlos. Eso le decía mucho a Horner y no
estaba dispuesto a dejar que esa gente muriese innecesariamente si
podía evitarlo.

La estación seguía siendo atacada. Horner tenía que distraer a


Mengsk, tenía que concentrar su atención hacia el Hyperion,
mientras seguía protegiendo de algún modo su propia nave y a los
pilotos enviados en una misión suicida. Si hubiese algún modo de...

— ¡Swann!
—Oh, por amor de Dios, ¿ahora qué?
—El sabotaje... No podemos saltar, ¿verdad?
—Todavía no. Tengo a todo el equipo trabajando en ello conmigo.
—Tú y dos de tus mejores hombres dejen eso. Esto es lo que quiero
que hagan.

275
PUNTO DE IGNICIÓN

Narud era muy listo. Jim lo admitía. Probablemente habría estado


de acuerdo con las palabras de Valerian acerca de que el científico
era un genio. Pero los genios tienden a saber que lo son y les
encanta demostrarlo, lo que, irónicamente, los vuelve estúpidos.

Narud había sido estúpido. Estaba tan dispuesto a demostrarles a


Jim y a Valerian lo condenadamente listo que era que
inadvertidamente les había mostrado cómo escapar. Narud llevaba
camuflaje.

Y también el portal por el que él huiría, en cierto sentido.

—Holograma. ¡Adelante! —gritó Jim, y se lanzó contra la pared


aparentemente sólida. Valerian sólo había dudado un instante,
luego proporcionó fuego de cobertura mientras ambos daban un
salto de fe y corrían hacia la puerta holográficamente “camuflada”.
Jim extendió la mano por si Narud había cerrado detrás de él. Era
una buena precaución, dado que eso era lo que había hecho el
científico. Jim buscó el picaporte, lo giró, atravesó la puerta abierta
y, una vez que Valerian lo siguió, la cerró y echó el cerrojo. Se
volvió hacia el Príncipe Heredero, sonriendo.

El rostro de Valerian parecía grabado en piedra, Sólo unos puntos


de color en sus pómulos y la intensidad de su mirada revelaban que
era un ser vivo.

— ¿Qué pasa?

Valerian abrió la boca y sacudió la cabeza. El pelo dorado se había


liberado de su habitual coleta y le caía por los hombros.

—Nada.

Y entonces Jim lo entendió.

276
CHRISTIE GOLDEN

—Has... Ha sido la primera vez que...

No. Pero eso no importa. Eran hombres, Raynor. Seres humanos.


Y ahora sólo son cadáveres.

—Siento que hayas tenido que hacerlo, Valerian. De verdad. Pero


la peor ironía de esta clase de vida es que si quieres hacer lo
correcto vas a tener que estar dispuesto a ensuciarte las manos. Has
hecho lo correcto. Lo que tenías que hacer. Y lo has hecho bien.

En la mirada de Valerian había una expresión que Jim reconoció.


En la batalla la había visto una y otra vez, era la expresión de
alguien que ha quitado una vida. Un deseo de que hubiese habido
otro modo.

—Yo también lo hubiese preferido —dijo Jim en voz baja—. Todas


y cada una de las veces. Pero será mejor que sigamos adelante.

Estaban en un pasillo poco iluminado, obviamente un camino


secundario poco frecuentado. Sólo había una dirección en la que ir:
hacia delante. Jim comprobó su arma y empezó a correr por el
enmoquetado pasillo. Cogió su comunicador.

—Maldita sea —dijo—, han bloqueado la señal.

En ese momento oyeron una explosión que reverberó por toda la


estación. Se tambalearon ligeramente y se miraron el uno al otro.

—Está atacando la estación —dijo Valerian amargamente—. Los


conocimientos científicos que se perderán...
—A Mengsk eso no le importa una mierda —replicó Jim—. Sólo
nos quiere muertos a todos. A mí, a Sarah, a ti. ¿Sabes algo del
diseño de la estación?
—Ayudé a hacer los planos.

277
PUNTO DE IGNICIÓN

—Santa madre de Dios, una ventaja —suspiró Jim—. ¿Dónde


estamos en relación con la enfermería?

El aristocrático ceño de Valerian se frunció.

—Si lo recuerdo bien, esa sala está rodeada de varios pasillos para
que los equipos de reparaciones puedan ir donde tienen que ir sin
interrumpir nada. Hay un nexo a varios metros de aquí donde se
forma una zona más grande con varios desvíos.
— ¿Y uno de ésos nos llevará a la enfermería?
—Sí.
—Pero ¿no sabes cuál?
—Eh... no. Jim, este último par de años no me he estado
concentrando en memorizar el plano de la estación.

Jim contuvo una réplica, sobre todo porque Valerian tenía razón.

—Quizá haya un mapa.

*******

—Joven loco atrevido —murmuraba Swann mientras trabajaba con


Earl y Annabelle en la petición de Horner—. Hay muy pocas
probabilidades de que esto vaya a funcionar. Un plan así sólo se le
ocurriría a alguien que no sabe nada de mecánica.

El plan que se le había ocurrido al joven loco atrevido que


capitaneaba el Hyperion era drástico, pero Annabelle sabía que
Rory creía que era posible o, si no, no habría accedido a malgastar
el tiempo intentándolo. Annabelle se había animado cuando se lo
había contado; cualquier cosa que protegiese al Hyperion y al
Bucéfalo era algo que estaba dispuesta a hacer. Todavía no había
podido hablar con Travis y asegurarse de que estaba bien. Apartó
de la cabeza la imagen de su hermoso rostro y se concentró con
renovada intensidad en el proyecto que tenía delante.
278
CHRISTIE GOLDEN

Cuanto más evaluaban la situación, más posible empezaba a


parecerles.

—Bueno, eh, jefe, quizá deberíamos conseguir que más gente que
no sabe nada de mecánica nos propusiera ideas —dijo Earl.
—Cierra el pico —gruñó Rory, pero no había malicia en sus
palabras. Él también empezaba a animarse un poco—. Quizá esto
sí que funcione...

279
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO
VEINTITRÉS

—Maldición, sí que hay un mapa.

Jim no se lo podía creer pero, mientras Valerian y él llegaban coca


de la entrada al pasillo y avanzaban cautelosamente, vio un
pequeño atril en el centro de una sala abovedada. El espacio era
como el centro de una rueda, con al menos cinco pasillos, contando
el suyo, que iban en distintas direcciones. Había tres bancos,
algunas macetas y una pequeña fuente que burbujeaba de un modo
incongruentemente jubiloso junto a una representación holográfica
de la estación Prometheus. Lamentablemente, estaban demasiado
lejos y en la dirección equivocada.

—Ahora —dijo Valerian—, a llegar hasta el destino sin que nos


peguen un tiro.
—Parece vacío —dijo Jim, enfatizando la palabra “parece”—. Yo
creía que a estas alturas todo el personal estaría corriendo hacia los
módulos de escape.
—Muy probablemente —concedió Valerian—. Tú primero.

Jim le lanzó una mirada antipática y Valerian sonrió. Jim suspiró y


dio un paso adelante; tenía más experiencia que Valerian en esta
tipo de situaciones. Colocó su arma, que le había quitado a uno de
los guardias muertos, delante de él y se movió lentamente
asomándose por el borde del pasillo. Se preparó para el repentino
rugido de los disparos, dispuesto a agacharse, pero no pasó nado.

280
CHRISTIE GOLDEN

—Parece despejado —dijo. Valerian y él corrieron hacia el mapa


holográfico.

Valerian tocó un pequeño botón del atril y el holograma se


reconfiguró, aumentando la zona donde ahora se encontraban.

—Éste es el pasillo por el que hemos venido —dijo—, y el segundo


a la derecha lleva a la enfermería y a una zona que no está
identificada. Probablemente a uno de los laboratorios más secretos.
— ¿Cuántos laboratorios hay? —inquirió Jim, preguntándose si
podrían encontrar al pobre Egon. Esperando poder encontrarlo... y
vivo.
—Veintisiete —dijo Valerian—. Sé lo que estás pensando. Aunque
supiéramos que habían llevado a Egon a uno, no tenemos tiempo
de...
—Primero, Sarah —dijo Jim—. La llevaremos a lugar seguro.
Luego, Egon. Yo no abandono a ningún miembro de mi tripulación.
Valerian sonrió. Era una sonrisa curiosamente amable.
—Entonces, tampoco lo haré yo.

Jim asintió una vez, se giró y comenzó a correr por el pasillo hacia
la enfermería con Valerian a su lado.

*******

Narud se encontraba en el centro principal de seguridad de la


estación espacial Prometheus, que por el momento era el lugar más
seguro donde podía estar. La sala estaba llena de pantallas y
pequeñas luces parpadeantes y había no menos de siete guardias
armados esperando sus órdenes. Narud sabía que no podía
entretenerse. Tenía que salir en breve, pero también necesitaba
asegurarse de que sus adversarios estaban muertos. Se habían
negado, sin ninguna consideración, a morir cuando se suponía que
tenían que hacerlo y ahora andaban sueltos por la estación.

281
PUNTO DE IGNICIÓN

Tenía la vista fija en las cámaras que los mostraba en el atril


número cuatro. Estaba muy cerca del centro de seguridad;
obviamente, Valerian y Raynor lo habían seguido. Frunció
levemente el ceño. Quería haber hecho una salida espectacular,
pensando en que los matarían casi inmediatamente después. En
lugar de eso, habían visto su camuflaje.

—Envíen a una unidad tras ellos —dijo Narud— Quiero sus


cuerpos agujereados por las púas. No se les puede permitir vivir y
parecen tener más vidas que muchos gatos que conozco.
—Por supuesto, señor —dijo el jefe de seguridad—. Vrain,
Osgood, Warren, Mitchell, Tseng... ya han oído al Dr. Narud. —
Los cuatro hombres y Ja mujer asintieron y se dirigieron hada la
puerta.

Cuando se hubieron marchado. Narud se inclinó hacia delante y


apretó un botón. Sonrió un poco para sí. Sus guardias eran buenos,
peto había decidido que otra arma era aún mejor.

*******

Varios metros más allá de la enfermería, una puerta pesada y


cerrada con medidas de seguridad redundantes se abrió. Unas
armas gigantescas, diseñadas para hacer pedazos todo lo que se
moviese, estaban desconectadas.

Y dos sombras, toscas y grotescas, aparecieron en el pasillo.

—Hemos tropezado... con algo —dijo Valerian. Su respiración era


entrecortada mientras corrían—. Esas luces... no parpadeaban
antes.

Considerando que antes habían visto un montón de luces


parpadeantes y sirenas que aullaban, Jim se preguntó cómo podía
282
CHRISTIE GOLDEN

Valerian distinguir las nuevas mientras corrían a toda velocidad,


pero creyó al Príncipe Heredero. En lugar de contestar, apretó los
labios y forzó a sus piernas a correr más deprisa. No se iba a ir sin
Sarah.

Trastabilló hasta detenerse repentinamente cuando Valerian lo


agarró por el brazo y tiró de él. Jim se zafó y se volvió, gruñendo.

— ¿Qué de...?
— ¿Has oído eso?
Jim miró inexpresivamente al príncipe.
— ¿El qué, aparte de las cincuenta y dos sirenas que aúllan a la
vez?
— ¡Shh! —Era algo ridículo de decir, pero Jim se calló,
esforzándose por escuchar... lo que fuese que había oído Valerian.

Y lo escuchó.

Era un sonido agudo, más bien sentido que oído, y Jim tenía una
idea de qué lo provocaba. Se le heló la sangre y se le puso el pelo
de punta.

Valerian parpadeó, casi en una bruma de terror.

—Sabía que Narud había estado trabajando con ellos —


murmuró—, pero me dijo que la investigación era preliminar... No
sabía que...
—Como si hubiese despertado de repente, Valerian se sacudió
literalmente y agarró a Jim por el brazo.
—Híbrido —gruñó Jim.
—Corre —dijo Valerian.
—Un momento, Sarah está ahí y yo...
—Sarah vivirá o morirá sola, Jim —le gritó Valerian—. ¡Y
nosotros moriremos si no corremos ya!

283
PUNTO DE IGNICIÓN

El espantoso sonido, que se le clavaba a Jim en el cerebro, se


acercaba más. Y de repente el miedo pareció atravesarlo, como si
el sonido le hubiese perforado un frío y aterrador agujero en el
corazón. El sonido/sensación estaba unido a un ruido metálico y
siseante cuando las cosas se acercaron.

Recordó al híbrido y supo que Valerian tenía razón. Jim corrió.

*******

— ¿Están preparados ahí abajo, Swann? —preguntó Matt.


—Me has preguntado lo mismo hace diez segundos —gruñó la voz
de Swann—. Y la respuesta sigue siendo “no”.

Matt contuvo una respuesta. Swann estaba haciendo lo que podía,


que era mucho, y sabía que lo que le estaba pidiendo al mecánico
jefe era mucho. Pero estaba observando la pantalla viendo cómo se
llenaba de explosiones al tiempo que, uno a uno, los espectros y los
vikingos desprotegidos que había lanzado el Bucéfalo eran hechos
pedazos. Cada uno le dolía más que su todavía dolorida herida.

—Muy bien, chico, vamos a ponemos en marcha —dijo Swann—.


Ultima oportunidad de cambiar de idea.
—Hazlo —dijo Matt.

El gigantesco crucero de batalla se había estado moviendo hasta


colocarse en una posición para defenderse y atacar cuando lo
necesitase. Ahora el Hyperion se frenó y se detuvo por completo,
flotando aparentemente muerto en el espacio. Matt supo que, una
vez Mengsk entendiese la importancia de ese hecho, se convertirían
en el objetivo principal antes que la propia estación espacial.

Contaba con ello.

284
CHRISTIE GOLDEN

Dos segundos después hubo un crepitar en el comunicador. Por un


espantoso momento Horner temió que Rory hubiese calculado mal,
que hubiese intentado hacer demasiado y demasiado deprisa y que
estuviesen tan muertos en el espacio como aparentaban.

Luego Marcus gritó con excitación:

— ¡Señor! ¡Está funcionando!


—Cambia a vista del Bucéfalo —ordenó Matt.

Marcus lo hizo. El alivio hizo que Matt prácticamente se sintiese


débil al ver el halo azul que envolvía al Bucéfalo y a los espectros
restantes. Swann, siguiendo la idea aparentemente loca de Matt,
había desviado toda la energía de los motores de la nave a los
escudos. Esa energía extra le había permitido al Hyperion extender
su capacidad de protección a la nave de Valerian y a las naves más
pequeñas que el Bucéfalo estaba enviando para protegerlos. No
había sido gratis. El Hyperion no sólo estaba atrapado donde estaba
hasta que la energía volviese de los escudos a los motores, sino que
su propio escudo era mucho más débil de lo habitual. La cantidad
de energía para compartir era limitada y, cuanto mayor era la zona
que se debía de cubrir, menos efectivo era el escudo.

Pero le estaba consiguiendo tiempo al acosado Bucéfalo y a los


espectros. Mientras observaba, los espectros, que habían sido poco
más que patos de feria, comenzaron a infligir graves daños en las
naves que momentos antes los habían estado destrozando.

— ¡Swann, ha funcionado! ¡Eres increíble! —gritó Matt.


—Sí, recordémoslo la próxima vez que estemos repartiendo
créditos —dijo Swann—. Ah, y tengo un regalo extra especial para
ti. Dame unos veinte segundos y vas a poder hablar con el Bucéfalo
y, espero, con nuestro jefe en la estación.

285
PUNTO DE IGNICIÓN

El Hyperion se estremeció por un ataque que ahora provocaba más


daños de los que debería haber provocado.

— ¿Matt?

Para Matt la voz de Jim Raynor rara vez había sido más bienvenida
que en ese momento, aunque era difícil distinguir su voz de los
miles de ruidos de fondo, todos los cuales sonaban temibles.

— ¡Señor! ¿Qué está pasando?


—Es una larga historia. —La voz de Jim era entrecortada y
jadeante. Matt supuso que estaban o luchando o huyendo—. ¿Qué
tal va el Hyperion?
—Aquí sigue, señor, igual que el Bucéfalo. Hemos perdido la
comunicación entre nosotros hasta ahora mismo y el Bucéfalo no
puede disparar. Ahora estamos defendiendo ambas naves.
—No podrás aguantar mucho más. —Era una afirmación, no una
pregunta—. Valerian está hablando con el Bucéfalo. No van a salir
de ahí si se quedan esperando a los rezagados.
—Señor, usted, Valerian, Egon y Kerrigan no son rezagados
corrientes. Salgan de esa estación y nos...

La consola explotó con una serie de chispazos. Cade se echó hacia


atrás, levantando la mano para protegerse momentáneamente la
cara. Se oyó un zumbido cuando los sistemas de reserva se
conectaron.

—Matt, te estoy dando una orden. Si salimos de la estación, ya


encontraremos un modo de encontrarlos por nuestra cuenta. Pero
ustedes y el Bucéfalo se están llevando una paliza.

Entre los ruidos metálicos Matt pudo distinguir un nuevo sonido.


Disparos. Y una especie de ruido extraño, agudo y penetrante, que
Matt recordó al instante con odio y miedo. Por un largo y tenso
momento, no hubo más palabras por parte de Jim.
286
CHRISTIE GOLDEN

— ¿Comandante?
—Estamos bien —dijo Jim, resoplando. Su voz desmentía las
palabras. Estaba vivo, pero desde luego no estaba bien—. Tienes
que salir de ahí con mis asaltantes, Matt. Esas miles de vidas son
más importantes que la vida de cualquiera de nosotros. Ahora tú
eres los asaltantes. Tienen que seguir vivos para que ellos puedan
continuar.
—Señor, yo...
—No hagas que muera por nada, Matt. Te juro que te acosaré como
espíritu.

Matt no pudo conseguir sonreír ante la broma. Jim tenía razón.

Si se quedaban mucho más tiempo, Mengsk y su flota destruirían


ambos cruceros de batalla y luego, la estación. Habría eliminado a
su enemigo principal y todo lo que Jim había hecho para oponerse
a él. Aquí y allá quedarían supervivientes, pero Matt sabía que la
rebelión moriría allí si seguía luchando.

No parecía haber otra opción más que la retirada... y dejar que Jim,
Valerian, Sarah y Egon se las apañasen.

— ¿Jim?
— ¡Vete, Matt, ya!

Matt cerró los ojos por un instante.

—Llama al Bucéfalo —dijo, con tono amargo—, Diles que nos


largamos de a...

Antes de que pudiese terminar la palabra, el Hyperion recibió un


disparo. La nave se sacudió violentamente y todo se volvió negro.

*******
287
PUNTO DE IGNICIÓN

Las cosas estaban ahora más cerca. Claro que lo estaban. Eran
monstruosidades mestizas protoss-zerg, cosas que nunca deberían
haber existido más allá de las pesadillas. Jim estaba seguro de que
las criaturas estaban jugando con Valerian y con él y eso hizo que
las odiase aún más.

Un movimiento más adelante le llamó la atención.

—Maldición —dijo—. Guardias. ¡Dispara!


—Con el híbrido...
— ¡Hazlo!

Los guardias eran profesionales entrenados y Jim y Valerian eran


sus objetivos. Pero también eran humanos y Jim sabía lo que él
haría si le daban a elegir entre dos humanos corriendo hacia él y...
a saber cuántas cosas de ésas.

Eso le daría una oportunidad a Valerian y a él.

Los guardias no los estaban mirando a ellos. Teman la mirada fija,


la boca abierta y los ojos de par en par observando al híbrido que
corría tras los dos hombres. Estaban apuntado y disparando como
a un metro por encima de la cabeza de Jim. Éste y Valerian
dispararon y los guardias cayeron. Sin detenerse, Jim saltó sobre
los cuerpos que aún se movían y siguió corriendo. Oyó detenerse
al híbrido, el pavoroso crujido de las armaduras y la carne
rasgándose. Los guardias les habían conseguido tiempo.

Jim sabía que no debía mirar atrás. Pero tenía que hacerlo.

Fue un error.

Había dos. Eran enormes, llenaban el pasillo y eran tan diferentes


como aterradores. Uno parecía un insecto gigante con seis patas
288
CHRISTIE GOLDEN

delgadas como las de un protoss, que aguantaban un cuerpo largo


y anguloso. Dos apéndices, un cruce entre las patas de guadaña de
un mutalisco y los enjutos miembros de un protoss, estaban
ocupados con uno de los guardias, que no había tenido la buena
suerte de morir todavía. El híbrido lo levantó, abrió
horizontalmente la boca y dio un gran bocado.

El otro era achaparrado, con el cráneo largo de un protoss y las


mandíbulas de un zergling. Tras la cabeza tenía una protuberancia
ósea como un ventilador. Partes de su cuerpo y del de su compañero
estaban iluminadas por un brillo azulado.

No se parecían en nada a los híbridos que habían visto antes, ni


siquiera el uno al otro. Jim supuso que era porque se trataba de las
mascotas de Narud.

—Genial —murmuró—, cada uno es su propio copo de nieve


especial.

Y entonces Jim oyó algo que odiaba aún más que la visión de los
híbridos.

—Señor Raynor. Mi hijo huido. Mi colega el Dr. Narud me asegura


que hay una frecuencia que calmará a los híbridos y los volverá
dóciles. Y, por supuesto, puedo decir a los guardias que se retiren.
Lo único que tienen que hacer es rendirse a la justicia del Dominio
para responder por sus crímenes. Y —continuó Arcturus
Mengsk—, entregarme a esa zorra de Sarah Kerrigan.

La mano de Valerian en su brazo, tirando bruscamente de él, sacó


a Jim de su hipnosis de terror.

— ¡Vamos! —gritó Valerian, sacudiéndolo—. ¡No vamos a dejar


que gane!

289
PUNTO DE IGNICIÓN

Híbridos sueltos, Narud fugado, Sarah atrapada, el Hyperion


dañado y sufriendo un ataque devastador...

A Jim Raynor le pareció que Arcturus Mengsk quizá ya hubiese


ganado.

290
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO
VEINTICUATRO

«Lo único que tienen que hacer es rendirse a la justicia del Dominio
para responder por sus crímenes. Y entregarme a esa zorra de Sarah
Kerrigan.»

Sarah se detuvo tan deprisa al oír la despreciable voz que Egon casi
chocó contra ella. Se quedó quieta, cada músculo rígido por el odio,
su respiración agitada y entrecortada. Desde el momento en que la
estación había sido atacada supo quién estaba detrás, pero oír la voz
de nuevo tras lo que le habían parecido años; tanto tiempo, después
de todo lo que había pasado...

«Eh, chicos... ¿y esa evacuación?»

El ataque de los zerg en cuanto se giró para enfrentarse a ellos.

Su cuerpo siendo retorcido y reformado dentro de la crisálida.

Y, lo peor de todo, la alegría que había sentido al matar mientras


había sido la Reina de Espadas.

La alegría por asesinar a una madre delante de los ojos de su hija...


y por matar segundos después a la niña junto con aquéllos que la
habían socorrido.

Todo esto era responsabilidad de Mengsk. Todo.

291
PUNTO DE IGNICIÓN

Y ahora iba a por ella.

Echó la cabeza hacia atrás con la boca abierta en un horrísono grito


sin palabras, con el cuerpo retorcido por la furia y la agonía, y los
puños cerrados formando pequeñas marcas en forma de luna en las
palmas de las manos.

No, no. Mengsk no iba a por ella. Ella iba a ir a por él.

—Eh, ¿Sarah? —la voz de Egon, que sonaba tras ella, denotaba
preocupación y algo más que un poco de miedo. Lo ignoró.
— ¡Mengsk! —gritó, y el grito le desgarró la garganta. Casi podía
imaginársela en carne viva, sangrando. Sarah sabía que Mengsk
sólo estaba hablando por radio, sin importarle qué respuesta podría
provocar. Cabrón arrogante. Hablando sólo para oír su propia
voz—, ¡No terminaste el trabajo! ¡Me dejaste viva!

Sarah podía sentirlo burbujeando dentro de ella, como lava que


sube a la superficie, deseosa de liberarse. Era abrasadora, violenta
y dulce, y cerró los ojos y la invitó a entrar. Que venga. Que me
alimente. Que me sirva para destruir a mi enemigo.

De repente todo tomó una nueva claridad. Abrió los ojos y se sintió
como una ciega que estaba viendo de verdad por vez primera. Podía
notar hasta las más débiles ondas en el aire, oír el latido de Egon,
desbocado y asustado como el de un conejo, como si tuviese la
cabeza apoyada en el pecho del científico. Pasándose la lengua por
los labios, podía incluso saborear la estación.

Y de repente, vertiginosamente, fue consciente de la presencia más


adelante de los sicarios de su enemigo.

Sarah empezó a correr. Podía sentir sus pulmones al tomar aire,


oxigenando su sangre. Sentía esa sangre renovada moviéndose a
292
CHRISTIE GOLDEN

través de su cuerpo. Era una máquina perfecta que funcionaba


como nunca antes lo había hecho.

Al doblar la esquina había ocho marines. Llevaban la ropa de


combate, se movían deprisa y sus brazos metálicos llevaban con
facilidad armas casi tan grandes como los hombres a los que
pensaban atacar.

— ¡Mengsk! —gritó Sarah—. ¡Mengsk! ¡Mira esto!

Al primer ruido, los marines se volvieron y levantaron las armas.


No hicieron un solo disparo. De repente los visores de sus cascos
estaban manchados de rojo y cayeron allí donde estaban.

Sarah ignoró los asombrados gritos de Egon y siguió adelante.

*******

— ¿Señor? —Marcus Cade estaba mirando a Matt—. ¿Llamo a un


doctor? ¿Cómo se siente?
— ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —preguntó Matt. Se
llevó una mano a la dolorida cabeza y la apartó, mojada y roja.
También se había golpeado en el brazo herido y le dolía
espantosamente.
—Sólo unos segundos.
—Entonces, estoy bien —dijo Matt—. Tenemos cosas más
importantes de las que preocupamos. ¿Cómo de dañada está la
nave?

Cade hizo una mueca.

—Ha sido bastante grave. Rory no está contento. No estamos bien,


señor.

Matt asintió y pulsó su comunicador.


293
PUNTO DE IGNICIÓN

—Swann, ¿has podido transferir la energía de vuelta a los motores?


—Sí. Muchísimo más fácil que al revés.
— ¿Podemos movemos?
—No vamos a poder pasear tranquilamente por la galaxia en un
tiempo, pero puede moverse.

Por lo menos, pensó Matt, el Hyperion y el Bucéfalo podían distraer


a Mengsk y alejarlo de la estación. Quizá Jim encontrase una nave
para escapar.

A veces uno necesita contarse mentirijillas.

—Cade, haz un nuevo disparo directamente al White Star y luego


vámonos por donde vinimos. Vaughn, ¿me oyes? ¿está listo tu
timonel?
—Rawlins tiene el rumbo preparado y nuestro mecánico acaba de
informarme de que los motores vuelven a funcionar, aunque algo
dañados —dijo la voz de Vaughn—. Podemos correr con vustedes,
Hyperion, pero no estamos seguros de hasta dónde.
—Entendido. Esperad. Marcus, fuego a mi señal. —Apretó un
botón—. Aquí el capitán Horner. Todas las naves, regresen al
Hyperion y al Bucéfalo. Nos vamos de aquí ya.

Observó mientras las naves siguieron disparando unos instantes


más y luego se giraron y comenzaron a volver en cuanto tuvieron
la oportunidad.

— ¿Qué de...? ¡Señor, uno de los espectros ha roto la formación y


va directo hacia el White Star!

Matt se inclinó hacia delante.

— ¿Quién va en esa nave?

294
CHRISTIE GOLDEN

Cade lo comprobó rápidamente.

—Eh... Ah. Señor, es Cooper.


— ¿Cooper el camarero?
—Sí. Parece ser que se presentó y dijo que no podía quedarse de
brazos cruzados cuando podía pilotar y luchar.
—Eso es... muy noble por su parte, pero tiene que volver —dijo
Matt. Por fuera sí que parecía noble, y Matt Horner no era de los
que le negase a nadie su momento para demostrar valor—. Ponme
con él. —Cuando Cade asintió, siguió hablando—. Coop, soy Matt.
No puedes hacer gran cosa contra esa nave. Vuelve a casa. Nos
vamos de aquí.

Silencio.

Matt frunció ligeramente el ceño. Algo no encajaba en todo


aquello. ¿Por qué no contestaba Cooper?

— ¿Me está oyendo?


—Sí, señor.

Algo lo inquietaba. Se movió y el brazo herido le dio una ligera


punzada, y entonces lo entendió. Jim, Valerian y él habían asumido
que había sido alguien del grupo de Mira quien los había
traicionado. Y, por supuesto, así había sido. Pero Crane y los otros
descontentos no habían estado solos. Sabían demasiado... más de
lo que deberían haber sabido si sólo hubiesen estado escuchando a
Mira.

—Echaré de menos los mai tais —murmuró.


«Pero no la traición»
— ¿Señor?
—Déjenlo marchar —dijo Matt—. Es una muerte mejor de la que
se merece.

295
PUNTO DE IGNICIÓN

Marcus lo miró, completamente confundido.

—Te lo explicaré después —le dijo Matt.


—Señor, es un asaltante, no podemos...
—Ésas son mis órdenes, Marcus. Y no. No es un asaltante. Ya no.
¿Los demás han contestado todos?
—Sí, señor. —Marcus seguía poco convencido, pero conocía a
Matt y confiaba en él. No volvería a protestar.
—Entonces, vamos a lanzarle al White Star un disparo de
despedida.

El último ataque del cañón Yamato dejó su marca. Matt observo


las llamas un instante antes de dar la orden.

—Vámonos. Matt no lo avergonzó que la voz le temblase un poco.

Los motores delanteros del Hyperion se pusieron en marcha y la


gran nave de batalla se movió marcha atrás. Por un momento el
White Star y las otras naves del Dominio siguieron disparándoles.

—Vamos —susurró Matt— no quieres que nos escapemos...

Y entonces el White Star empezó a moverse. Las otras naves, las


dos que quedaban, lo siguieron.

—Nos persiguen y se alejan de la estación —dijo Marcus,


intentando no sonreír y fracasando en el empeño.
—Bien —dijo Matt—. Ahora sólo tenemos que sortear uno de los
campos de asteroides más traicioneros con el veinticinco por ciento
de los escudos, la mitad de los motores y Arcturus Mengsk
persiguiéndonos.

*******

296
CHRISTIE GOLDEN

Sarah se frenó repentinamente por segunda vez, esta vez afectada


por lo que sentía su mente.

«¡Zerg!»

Algo que era a la vez protector y aterrador surgió en ella. Al


instante siguiente se sintió confusa.

«¿Protoss?»

Ellos también la notaron y no recibió reconocimiento ni afecto.


Sólo hambre, odio y alegría de matar. Y luego otras dos presencias
alcanzaron su mente. ¡Jim! ¡Lo había encontrado! Estaba vivo, pero
varias emociones lo acosaban aguda y rápidamente: miedo,
preocupación, determinación, odio...

«No la voy a abandonar con esas... cosas.»

—Jim —susurró.
— ¿El comandante sigue aquí? ¿Está vivo? —la voz de Egon
resultaba bienvenida. El ataque de los pensamientos de odio
abrasador de los híbridos alienígenas y las bruscas emociones de
Jim habían amenazado con mezclarse en una oleada gigante que
casi la ahoga. Pero ahora se veía de nuevo en el presente, un
presente en que su propio odio abrasador era lo único
suficientemente estable y fuerte para sostenerla.

Más adelante había una puerta, un sombrío cuadrado que no tenía


nada de la elegante forma de las puertas que Valerian y Jim habían
visto en la estación espacial Prometheus. Jim, sin aliento por haber
corrido a toda velocidad durante demasiado tiempo, se limitó a
señalar. Si podían conseguir distanciarse lo suficiente, podrían
atravesar la puerta y cerrar los controles desde el otro lado.

Si conseguían distanciarse lo suficiente.


297
PUNTO DE IGNICIÓN

La esperanza, afilada y aguda como un cuchillo, espoleó a ambos


hombres. Esta vez Jim no miró atrás para ver lo cerca que podían
estar. O llegarían o no. Los pulmones y las piernas le ardían al
tiempo que los forzaba a seguir. «Sáquenme de ésta, denme esta
oportunidad, podemos volver luego a buscar a Sarah...»

Corrieron y se detuvieron tan bruscamente que casi se cayeron. Jim


se volvió, sudando a mares, y se dio cuenta de que sí, sí, había
distancia suficiente. Se lanzó hacia el panel y lo golpeó con fuerza
con la palma de la mano.

No pasó nada. El panel de control había sido desactivado. Narud y


Mengsk habían tomado todas las precauciones para asegurarse de
que sus trofeos no iban a escapar vivos.

Jim echó la cabeza hacia atrás y rugió. No por miedo, no por dolor,
sino por furia ante su indefensión. Moviéndose espasmódicamente,
sus miembros temblando por la exigencia a la que los había
sometido, cogió su rifle y empezó a disparar. A su lado, sin
palabras, Valerian hizo lo mismo.

Era inútil. Pero tenía que hacerlo. Los híbridos apenas parecían
parpadear mientras avanzaban, con la saliva cayendo de las
mandíbulas, oliendo que la presa estaba a su alcance, deseosos de
matar.

La protuberancia ósea que el híbrido achaparrado tenía tras el


cráneo se partió por la mitad de repente. Y también el cráneo. El
monstruo sufrió espasmos mientras caía y, ante la mirada
asombrada de Jim, el cerebro de aquella cosa... explotó. Como si
hubiesen apagado un interruptor y, en cierto aspecto, quizá así
había sido, el resplandor azulado que había iluminado partes de su
cuerpo se apagó al instante.

298
CHRISTIE GOLDEN

Sin embargo, el segundo híbrido seguía vivo y estaba furioso por


la muerte de su compañero. Más deprisa de lo que una criatura tan
gigantesca debería poder moverse, giró sobre sus seis patas
demasiado enjutas para enfrentarse a su oponente. Sus mandíbulas
laterales se abrieron como lanzando un grito de desafío. A Jim se
le cayó el arma al suelo y su rostro se contorsionó por la agonía. Se
tapó los oídos con las manos, pero el gesto no hizo nada por acallar
el sonido que tenía dentro de la cabeza. Cerró firmemente los ojos,
aparentemente por voluntad propia.

Una mano en el hombro lo sacudió.

— ¡Jim! ¡Mira!

Jim abrió los ojos y se sintió atravesado a partes iguales por la


alegría y el horror.

«¡Sarah!»

Vestida con un sencillo mono, daba casi más miedo observarla a


ella que al híbrido con el que había luchado. Jim había visto su
rostro mostrar toda clase de expresiones: humor irónico, irritación,
ira, amor. Pero nunca había visto aquella expresión, ni siquiera en
el rostro de la Reina de Espadas.

En ese momento Sarah Kerrigan ya no era amante, amiga, fantasma


o siquiera una mutación zerg.

Era lo que Arcturus Mengsk la había llamado una vez: un ángel


vengador.

No tenía armas; no las necesitaba. Mientras Jim observaba, era un


borrón en movimiento. El híbrido se lanzó a por ella, lanzando
aquel terrible grito psiónico, y sus brazos como guadañas girando
en su ataque contra ella con una luz azul. La hubiese hecho
299
PUNTO DE IGNICIÓN

pedazos. Pero Sarah no estaba allí. Saltó hacia arriba, haciendo un


salto mortal para aterrizar sobre la espalda de aquella cosa. Se
quedó allí menos de un latido, pero bastó. Agarrando una de sus
patas con Cada mano, echó la cabeza hacia atrás y lanzó un grito
de furia. Los hombros se separaron del cuerpo con facilidad,
escupiendo fluidos. Sarah los lanzó hacia arriba al tiempo que
saltaba de la espalda del híbrido. Como jabalinas, ambas patas, que
teman una sola garra afilada como una navaja en la punta, se
clavaron en el cuello de aquella cosa. El monstruo chilló y sus
miembros restantes arañaron el suelo. La sangre manaba de las
heridas con un pálido brillo azulado.

Sarah volvió a saltar, aterrizando delante del bicho. Con alegría,


creyendo que había llegado su oportunidad, el híbrido adelantó la
cabeza. Las mandíbulas horizontales se abrieron lo suficiente como
para tragarse la cabeza de Sarah. Pero, en lugar de apartarse, Sarah
se lanzó hacia delante, agarrando cada mandíbula con una mano y
tiró, lanzando un grito visceral de odio.

Se oyó un crujido espantoso. Y entonces Sarah acabó el trabajo.

Como un insecto rociado por un spray letal, la cosa se debatió y se


retorció, fallándole las patas, emitiendo aquel pavoroso chillido en
todo momento. Entonces se quedó inmóvil.

Silencio.

Sarah seguía de pie, sosteniendo un pedazo de mandíbula en cada


mano. Miraba fijamente al monstruo y sus pechos se movían con
sus jadeos, en busca de aire. No parpadeaba.

— ¿...Sarah?

No hubo respuesta.

300
CHRISTIE GOLDEN

—Querida... ya está. Los has matado. Están muertos.

Sarah parpadeó y giró la cabeza lentamente en su dirección.


Sangre, fluidos y restos de cerebro la habían salpicado. Su rostro
se relajó al encontrarse sus miradas y volvió a agriarse al ver a
Valerian.

—Mengsk —dijo con una voz profunda y furiosa, y comenzó a


moverse lentamente, con un terrible propósito, hacia Valerian.

301
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO
VEINTICINCO

— ¡Sarah, no! —Olvidando que él mismo podría estar poniéndose


en peligro, Jim corrió a agarrar a Sarah por el brazo.

Esta se volvió hacia él, con los ojos verdes en llamas.

— ¡Es un Mengsk, Jim! ¡No se puede confiar en él!


— ¿Igual que no se puede confiar en los telépatas? —dijo Jim.
Mantuvo la mirada fija en Sarah, vagamente consciente de que
Egon acababa de aparecer y de que Valerian no se movía—. ¿Igual
que no se puede confiar en los fuera de la ley?
—Ya sabes a qué me refiero. Suéltame.
—No, no te voy a soltar. No te voy a permitir que hagas algo de lo
que te arrepentirás.
—Comandante —dijo Egon, dubitativo—, algo le ocurrió cuando
oyó la voz de Mengsk... no estoy seguro de que sea, eh...
— ¿No estás seguro de que siga siendo yo, Egon? —replicó
Sarah—. Oh, sí que lo soy. De verdad.
—Entonces, no quieres matar a este hombre —dijo Jim—. No es
su padre. Me lo ha demostrado una y otra vez.
—A mí no me ha demostrado nada.
—Entonces tendrás que confiar en mí, ¿no?

Jim tenía en mente todo lo que Valerian había hecho. Todas las
promesas que había cumplido, todos los peligros a los que se había
enfrentado. El chico era hijo de su padre, sí, pero tenía su propia

302
CHRISTIE GOLDEN

personalidad. Sarah lo miró fijamente a los ojos y Jim supo que


estaba leyéndole los pensamientos. Durante un segundo le pareció
ver aquellos ojos verdes brillar por las lágrimas, y luego Sarah miró
a Valerian. Ahora estaba leyendo sus pensamientos, entendió Jim.
A Sarah se le relajó la expresión ligeramente.

—No —dijo—. No eres Arcturus. Al menos, todavía no.


—De usted, señorita Kerrigan, acepto lo que me ofrezca —le
dedicó una ligera sonrisa.

Jim se volvió a Egon.

—Veo que Sarah te ha encontrado —dijo—. Me alegro de que estés


vivo.
—Y yo —dijo Stetmann. Miró a Sarah, ceñudo, y Jim se preguntó
qué había visto exactamente el joven científico cuando Sarah había
oído la voz de Mengsk por los altavoces. Jim le dio una palmada
en el hombro, asustando un poco a Egon, y luego se acercó a Sarah.
Con suavidad le quitó de la mejilla una mancha de algo espeso y
morado.
—Gracias, señorita Kerrigan. Ha aparecido en el momento
oportuno —dijo Valerian.
— ¡En este momento no nos queda mucho tiempo! —les recordó
Jim.
—No —dijo Sarah. Le dio una patada a uno de los híbridos
muertos—. Mengsk quiere estar completamente seguro de que
ninguno salgamos vivos de esta estación. Además de dispararle a
la estación y dejar que Narud soltase a sus mascotas, ha ordenado
a unos cuantos marines que nos persigan. Me he cruzado con ocho.
Estoy segura de que hay más.

Egon palideció y bajó la mirada, y Jim no tuvo que preguntar qué


había hecho Sarah con los marines.

303
PUNTO DE IGNICIÓN

—Bueno, entonces mejor no nos entretengamos. Vamos al muelle


de atraque.
—Y recemos para que al menos siga habiendo una nave allí —dijo
Valerian.
—No —dijo Sarah—, todavía no. Tenemos que conseguir el
aparato. Es demasiado peligroso para dejarlo en manos de Narud.
No le podemos permitir que escape con él.

Todos gimieron ligeramente, pero ninguno de ellos protestó. Todos


sabían que tenía razón.

—Egon —preguntó Jim, volviéndole hacia su amigo—, ¿sabes


dónde pueden haberlo llevado?
—La Dra. De Vries no estaba muy interesada en contarme nada útil
—dijo Egon—. Sólo quería quitarme de en medio. No sé nada de
eso.
—Yo sí —dijo Valerian—. Sé exactamente dónde lo llevaría.
— ¿Necesitas el mapa otra vez?
—No —dijo Valerian, y sonrió un poco—. No está en el mapa.
¡Vamos!

*******

— ¿Cuánto tiempo piensas seguir con esto, chico? —preguntó


Swann.

—El que haga falta —dijo Matt.

El Hyperion y el Bucéfalo estaban llevándose una paliza. No era


posible que siguiesen así durante mucho tiempo. Estaban
consiguiendo tiempo, nada más. Jim no se dio cuenta de lo
machacadas que estaban ambas naves cuando había dado la orden.
El...

304
CHRISTIE GOLDEN

Matt parpadeó. Era una opción arriesgada, pero ahora mismo todo
era arriesgado. No había una opción segura.

—Ponme con Vaughn —dijo.


—Aquí Vaughn —dijo una voz, agotada y tensa.
—Tengo un plan —dijo Matt—. Esto es lo que tienes que hacer.

Cinco minutos después, todo estaba preparado para la apuesta de


Matt. Swann lo había aconsejado en contra (le había dicho: “con
algo así podrías ahogar los motores”), pero Matt sabía que era la
única opción con la que podía vivir. O morir.

— ¿Todos preparados?

Hubo un coro de “síes” y Matt aspiró profundamente.

—Vaughn, mantenlos ocupados.


—Lo haré, Horner.
—Está bien. Cade... ¡Salto!

*******

— ¿Qué de...? Señor, hemos perdido al Hyperion —dijo un timonel


muy nervioso a bordo del White Star.
— ¿Qué quieres decir con “perdido”? —Mengsk dio un paso
adelante, acercándose amenazadoramente.
—Quiero decir, señor, que ha... desaparecido. No hay rastro. Ha
debido de saltar.
— ¿Saltar? ¿Dónde? Estamos en medio de un campo de asteroides.
Un salto sería algo suicida. Timonel, mantenga apuntado al
Bucéfalo. Esto tiene que ser un truco. Varley, averigüe dónde han
ido.
—Sí, señor. —El timonel siguió apretando botones, abriendo
imágenes, intentando encontrar alguna respuesta para su
emperador. Luego se detuvo, con los ojos de par en par— ¿Eh,
305
PUNTO DE IGNICIÓN

señor? Acaban de salir del salto. Y parece... parece que han


saltado... ¡detrás de nosotros!

*******

Valerian parecía saber dónde iba. Aparentemente le resultaba más


familiar la localización del laboratorio extremadamente secreto que
cómo llegar a la enfermería. Jim pensó que no debería estar
sorprendido.

El laboratorio estaba localizado en las profundidades del centro de


la estación. Según descendían, tras lo que parecía un número
interminable de escaleras (“No podemos atrevemos a usar los
ascensores”, había advertido Valerian), los disparos que estaba
recibiendo la estación Prometheus parecían más distantes. Valerian
iba primero. La suerte estaba con ellos; Narud no se había
molestado en anular el permiso de acceso de Valerian. Sarah estaba
impaciente. Jim y Egon iban detrás. El joven científico resoplaba
por el cansancio.

—Tienes que hacer más ejercicio —dijo Jim.


—Eso... parece —boqueó Egon. Tenía la cara de un nada saludable
color rojo. Corrieron por otro pasillo y Valerian se fue frenando.
—Aquí es —dijo Valerian. Puso la mano en el escáner. En seguida
el escáner exploró sus huellas, patrones de voz y retina.

La puerta se abrió. La sala estaba a oscuras.

—Luces —dijo Valerian. La sala se iluminó. Se fueron


directamente hacia la plataforma. Una plataforma vacía.
—Demasiado tarde —susurró Sarah—. Se lo ha llevado. ¡Se lo ha
llevado!

Valerian parecía destrozado.

306
CHRISTIE GOLDEN

—Yo lo he hecho posible —dijo en voz baja—. Yo le di esta arma.


Y ahora...
—Deja de compadecerte, Valerian —replicó Jim—. Narud lo ha
robado. Lo que hiciste fue darle la oportunidad a Sarah de volver a
ser humana. Y salvarme el pellejo unas cuantas veces.
—Todavía podemos detenerlo —dijo Sarah. Su expresión era
distante. No había estado escuchando, ni con los oídos ni con el
cerebro, lo que acababan de decir—. Sólo hay una salida de esta
estación. Me equivoqué al desviamos hacia aquí. ¡Deberíamos
haber ido allí y tratar de cortarle el paso! —Parecía furiosa, pero
Jim sabía que era con ella misma y con su error de cálculo.
—Entonces volvamos atrás, querida —dijo Jim. Apenas había
dicho esas palabras cuando oyó una voz en su oído.
— ¿Comandante?
— ¿Matt? —Jim frunció el ceño—. Creía que te había dicho que te
largases de aquí.
—Lo hice, pero he vuelto.

Todos se habían dado ya la vuelta y corrían por el camino por el


que habían llegado.

—Ése no era el plan.


—Bueno, ahora sí lo es. Estamos intentando dividir las fuerzas del
Dominio. El Bucéfalo los atrae para que los persigan. Dos de ellos
van tras él; el White Star probablemente va a descubrir lo que he
hecho y va a venir a por mí. Preferiría que estuviesen todos a bordo
sanos y salvos antes.
—Lo mismo digo —dijo Jim— Ahora vamos hacia el muelle. Nos
vemos allí.

Esta vez, las escaleras eran de subida. Egon no se quejó, pero Jim
temía por la tensión sanguínea del científico. De todas maneras, no
se podía hacer nada... no había tiempo para que nadie se detuviese
a tomar aliento, no había tiempo para hacer nada más que darse
prisa, darse prisa y rezar por no llegar demasiado tarde.
307
PUNTO DE IGNICIÓN

Esta vez Sarah iba la primera, imponiendo un ritmo que resultaba


casi imposible para el resto. Subía los escalones de dos en dos y,
cuando estuvieron a punto de dirigirse hacia otro pasillo, se detuvo
y se llevó un dedo a los labios. Les hizo una seña para que se
retrasaran. Jim se dio cuenta enseguida de que unos marines
estaban a punto de alcanzarlos.

—Escóndanse bajo las escaleras —les dijo a Egon y a Valerian. Lo


siguieron, obedeciendo sus órdenes. Jim esperó a que Sarah se
uniese a ellos y entonces, un instante demasiado tarde, se dio cuenta
de cuál era el plan de Kerrigan.

Oyó los sonidos de la carnicería antes de verla. Se oía el


inconfundible ruido de la munición de los fusiles gauss rebotando
en paredes y pasamanos, resonando por toda la escalera. Sarah gritó
algo, Jim no pudo distinguir qué, y oyó el pavoroso grito de un ser
humano sufriendo que se cortó de repente. Jim y los demás
corrieron hacia arriba, con las armas listas para disparar, pero se
detuvieron. Ni él ni Valerian querían alcanzar a Sarah, pero ésta se
movía tan rápidamente que no podían disparar. Dos de los marines,
con armadura, ya estaban muertos. Jim no podía verles la cara; la
sangre y los restos les tapaban los visores. Otro marine estaba
disparándole a Sarah sin ton ni son mientras ésta, subida en sus
hombros, estiraba la mano para disparar el cierre de emergencia del
traje. El hombre cayó, pero Sarah ya estaba con un cuarto marine
antes de que aquél tocase el suelo. A éste lo lanzó por las escaleras.
Jim sintió una extraña punzada de compasión.

Sólo quedaba uno. Sarah se giró, apretó los puños y gritó algo
ininteligible. A la mujer le explotó la cabeza y la armadura se
tambaleó.

Sarah se volvió para mirar a Jim. Los tentáculos que hacían de pelo
se movían, bien por la reciente y vigorosa actividad de su dueña o
308
CHRISTIE GOLDEN

por voluntad propia. Jim no lo sabía y no quería saberlo. Tragó


saliva. Valerian y Egon no dijeron nada.

— ¿Qué estás mirando? —lo desafió Sarah— Vámonos. ¡Tenemos


que detener a Narud! —Salió corriendo.

Jim trató de ocultarle sus pensamientos, pero sabía que el horror y


la inquietud que sentía eran obvios de todas formas. Sólo esperaba
que ella estuviese más concentrada en buscar más marines a los que
matar que en leerle la mente.

— ¿Crees que podremos pararlo? —preguntó a Egon según


atravesaban la puerta.
—Creo que Sarah puede detener todo lo que quiera —dijo Vale—
rían—. Y, si Narud hubiese salido de la estación, ella lo sabría.

Jim se sintió avergonzado de que eso no se le hubiese ocurrido a él.


El aullido de las sirenas y el ruido de las naves que disparaban
contra la estación eran ruido de fondo para él ahora. Estaba
concentrado en Sarah, que atravesaba puertas corriendo, saltaba
sobre cascotes, recuperaba el equilibrio con asombrosa y fácil
gracilidad mientras ellos iban a contrapié y tropezaban con cada
disparo que recibía la estación. Estaban casi en el muelle de atraque
cuando de repente ella se tensó y gritó:

— ¡No! ¡No! ¡Se va a escapar!

¿Sólo habían pasado unas horas desde que Jim, Egon, Sarah y
Valerian habían pisado el puente que tenía su propia atmósfera para
entrar en la exquisita estación espacial Prometheus? Parecía que
había sido en otra vida. Siguieron a Sarah hasta la puerta. Ésta
frenó, inclinó la cabeza, pensando... y escuchando pensamientos.
Todos se detuvieron tras ella, recuperando el aliento. Jim y
Valerian tenían sus fusiles. Jim se dio cuenta de que todos habían
aceptado tácitamente que Sarah era la líder de facto.
309
PUNTO DE IGNICIÓN

—Sigue aquí, pero vamos a tener que luchar para llegar hasta él —
dijo Sarah—. ¿Todos preparados?

Los miró uno a uno. Todos, incluido Stetmann, asintieron. Sarah se


volvió a la puerta y apretó los controles.

La puerta se abrió y les mostró el infierno.

310
CHRISTIE GOLDEN

CAPÍTULO
VEINTISÉIS

Jim ya estaba corriendo, gritando y disparando antes de que se


diese cuenta de a qué se enfrentaban. Y, cuando lo hizo, no se
detuvo. Hubiera sido absurdo.

Al final de la rampa había un transporte y cuatro marines estaban


maniobrando hacia él la caja que contenía el aparato. Narud ya
estaba a bordo, haciendo gestos para que se apresurasen. Entre ellos
y Narud y el aparato había como un millón de marines.

Y un híbrido.

La cosa atacó directamente a Sarah y ella a él, sin duda


reconociendo ambos al enemigo más peligroso. Éste no tenía patas,
pero aún así movía con asombrosa velocidad su ofídico tren
inferior. Alas membranosas, inquietantemente semejantes a las de
la Reina de Espadas, se estiraban hacia delante. Dos juegos de
pinzas, lo bastante grandes como para partirla por la mitad si se
cerraban en su cuerpo, se lanzaron a por Sarah.

No la alcanzaron. Ágilmente Sarah saltó, apartándose como una


gimnasta en una competición en la que el premio para la ganadora
fuese la vida, y aterrizó como un gato. Estiró el brazo y el híbrido
se trastabilló hacia atrás, tapándose la cabeza con dos de los brazos-
pinza antes de renovar su ataque.

311
PUNTO DE IGNICIÓN

Jim, Egon y Valerian se concentraron en el elemento humano. En


el amplio pasaje no había dónde refugiarse. Tenían que confiar en
el elemento sorpresa y el caos... y en Ja distracción que suponía la
batalla entre Kerrigan y el híbrido, incluso para los marines, muy
probablemente resocializados. Era prácticamente imposible
ignorarlo, los gritos de la criatura, tanto psiónicos como audibles,
te atravesaban. Los fugitivos tenían la arriesgada ventaja de
conocer bien a los híbridos y cómo luchaban. Los marines, no.

Era la única salida que tenían y Sarah lo sabía. Mientras Jim y


Valerian disparaban, corrían y volvían a disparar, se lanzó de modo
que estaba guiando al híbrido, jugando con él y volviéndolo contra
el odiado Narud y sus aliados.

Jim no podía oír a Narud por encima de la cacofonía de la batalla,


pero sí veía que el artefacto estaba casi cargado. Y también lo veía
Sarah. Se detuvo un segundo, angustiada al mirar fijamente a
Narud.

— ¡Sarah! —gritó Jim.

El híbrido había aprovechado el instante de desatención y la pinza


caía sobre ella. En el último instante, se apartó de un salto, pero no
indemne... el monstruo le cortó un pedazo de muslo.

Y, en ese segundo, Jim sintió una púa metálica clavársele en el


brazo y gruñó de dolor. El miembro se había quedado debilitado,
pero todavía podía usar su arma, y comenzó a disparar de nuevo.
Era inútil. Jim lo sabía y sabía que los otros también. Los superaban
en número al menos cuatro a uno, los superaban en armas y Sarah
no podía ayudarlos contra los marines.

«Bueno, todos tenemos que morir algún día. Parece un modo de


palmarla tan bueno como cualquier otro», pensó Jim.

312
CHRISTIE GOLDEN

Las puertas del transporte se cerraron. Despegó. No habían


conseguido detener a Narud. Ahora lo único que podían hacer era
librar a la galaxia de otro híbrido y acabar con todos los marines de
Mengsk que pudiesen.

Entonces, sin previo aviso, vieron fuego en el cielo por encima de


la estación espacial Prometheus. Jim levantó la mirada y una
enorme sonrisa comenzó a extenderse por su rostro. El transporte
de Narud estaba siendo atacado.

Por la nave de despliegue Fanfare del Hyperion. Cómo demonios


Swann había podido modificar en tan poco tiempo una nave de
despliegue para que pudiese disparar, Jim no tenía ni idea y, en ese
momento, no le importaba.

—Bendito seas, Swann. Y también tú, Matt, bastardo desobediente


—murmuró Jim. Ver la nave le dio a su machacado cuerpo una
energía renovada y, por el rabillo del ojo, vio que Valerian y Egon
también sonreían como idiotas. Seguía siendo probable que no
salieran vivos de aquello, pero tenían algo que no tenían un minuto
antes... esperanza.

El Fanfare disparaba furiosamente la nave de Narud, pero el


transporte estaba casi fuera de alcance. Mientras Jim miraba, hubo
un destello, y desapareció. Un segundo destello y Jim se desanimó
tan rápidamente como se había animado un instante antes.

El White Star.

Pero los asaltantes que iban a bordo de la nave de despliegue


parecían ser más optimistas que su líder. En lugar de defenderse
del crucero de batalla, apuntaron a una amenaza más inmediata.
Sarah, obviamente notando sus intenciones, saltó justo en el
momento en que el disparo de la nave de despliegue convertía en
pulpa al híbrido. Luego empezó a segar marines.
313
PUNTO DE IGNICIÓN

— ¡Vamos, vamos! —gritó Jim. Valerian y Stetmann parecían


deseosos de obedecer, pero Sarah no se movió. Se quedó en pie,
salpicada por la sangre, y apretó los puños. Una oleada repentina
brotó de ella. Como fichas de dominó, los marines cayeron. La
oleada llegó hasta la nave de despliegue al tiempo que Sarah abría
un camino pavimentado por restos humanos. Se detuvo un instante
más, se balanceó y luego se desmayó.

Jim tiró el arma y corrió hacia ella. Valerian y Egon ya corrían


hacia la nave de despliegue. Jim los seguía de cerca, apretando los
dientes por el dolor mientras sostenía a Sarah como podía,
siguiendo velozmente el camino que ella había abierto, a pesar de
lo macabro de la situación. La rampa bajó y unas manos dispuestas
aparecieron para coger a Sarah y ponerlo a él a salvo. Jim medio
saltó, medio se cayó. Valerian tiró de él el resto del camino.

La rampa se levantó y el piloto despegó en el acto, incluso mientras


varios de los ocupantes estaban todavía de pie. Jim se tambaleó
hasta un asiento. Valerian y Egon corrieron a otros detrás de él.

— ¿Sarah? —Jim le preguntaba a la doctora, Lily Preston. Ésta le


impedía ver a la persona que había al lado de Sarah. Cuando Lily
se sentó en su asiento y la nave despegaba, Jim se dio cuenta de
que había dos personas que estaban sentadas pero muy, muy
quietas. Una era Sarah.

La otra, Annabelle Thatcher.

—Oh, por favor, no —susurró Jim.


—Sarah está inconsciente —dijo Preston respondiendo a su
pregunta—, pero parece estar bien. Sólo agotada por... por el
ataque.

314
CHRISTIE GOLDEN

Jim asintió, agradecido por la noticia, aunque se sentía muy mal


por lo que le había pasado a Annabelle. Los ojos almendrados de
la mecánica estaban abiertos de par en par. Por los oídos, la nariz y
la boca le salía sangre que le caía por la cara como lágrimas
carmesí. No había señales de ninguna herida.

Preston no tuvo que decirlo, pero Jim lo dijo en su mente «El ataque
contra los marines que no había podido controlar adecuadamente.
El ataque que le había licuado el cerebro a Annabelle. Oh,
Annabelle... Lo siento tanto. Lo siento muchísimo».

Annabelle tenía que haber estado en la parte más alejada de la


cabina, la más cercana al ataque psiónico de Sarah. En la parte de
atrás había un panel abierto que revelaba luces brillantes y cables.
Probablemente había estado trabajando en algo cuando...

— ¿Por qué estaba siquiera aquí, maldita sea? —preguntó Jim, con
el dolor tiñendo su voz—. Deberías haber sido sólo tú y el piloto,
Lily. Los mecánicos no son parte de un equipo estándar. ¿Por qué
ella?
— ¿Las armas que se supone que una nave de despliegue no tiene?
Fue idea suya. Las diseñó y las instaló ella misma. —Con una
tranquilidad que parecía insensible pero que sólo era la protección
profesional médica contra el daño emocional, Preston se sentó
junto a Sarah y miró a Jim—. Tenía que venir con nosotros para
operarlas de modo manual. No había tiempo para integrarlas
apropiadamente en el sistema.

De nuevo, Jim asintió mecánicamente. No podía apartar la mirada


del cuerpo. De la última muerte de Sarah, por involuntaria que
fuese. La mujer que había hecho posible atacar la nave de Narud y
destruir a uno de los híbridos les había salvado la vida pagando un
precio terrible.

Junto a él, Valerian dijo:


315
PUNTO DE IGNICIÓN

—Travis va a quedarse destrozado.

También Jim.

*******

—Aquí la Fanfare al Hyperion; ¡Conteste, Hyperion!


—Te oigo perfectamente, Fanfare, ¿has recuperado la carga?
—Sí, señor, pero con una baja. Hemos perdido a Annabelle.

Matt cerró los ojos un instante.

—Lamento oírlo. Yo mismo se lo diré a Rory.


—Sí, señor. Deberíamos llegar en unos seis minutos. Con prisa.
—Señor —dijo Cade—, naves detrás de nosotros.

Naves delante, naves detrás... el fragmento de un viejo poema se le


vino a la mente a Matt: “Cañón a la derecha, cañón a la izquierda,
cañón delante, fuego y trueno”. Qué cosas tan raras se le ocurren a
uno en momentos de crisis. Recordaba vagamente que el poema no
acababa bien para aquéllos que se enfrentaban a cañones por todas
partes.

Más adelante, el White Star seguía de cerca al Fanfare.


Tras el Hyperion, otro crucero de batalla y varias naves más
pequeñas habían aparecido fuera de alcance.

—Empiecen a disparar a popa —le dijo a Marcus—. Horner a


muelle de atraque. El Fanfare va a llegar en unos seis minutos.
Prepárense para el recibimiento y saldremos de aquí
inmediatamente después.

«Si es que duramos tanto». Más ataques, fuego y truenos. Apareció


otro destello de luz.
316
CHRISTIE GOLDEN

— ¿Y ahora qué? —preguntó Matt, cansado—. ¿Otra nave de


batalla del Dominio?
—No, señor, es...

Y entonces Matt se vio recompensado con la asombrosa visión del


fuego sobre la cubierta del White Star cuando una voz familiar le
llegó a los oídos.

—Aquí el capitán Vaughn del Bucéfalo. Parece ser que mi timonel


no soporta estar separado de esa mecánica tuya tan guapa. Se le
ocurrió que podrías necesitar ayuda.

Matt sintió un agudo pinchazo.

—Ya lo creo, Bucéfalo —dijo Matt sencillamente—. Tenemos a su


comandante y al nuestro en esa nave de despliegue que se acerca a
toda velocidad. Y dile a Travis... —Matt tranquilizó su voz—. Dile
a Travis que Annabelle bien puede ser la que los ha salvado a todos.

Era muy probable que fuese cierto. Y si no lo era, maldita sea,


debería serlo.

—Ustedes preocúpense de la nave; nosotros nos encargamos del


White Star —dijo Vaughn—. Nuestras armas vuelven a funcionar
y estoy deseando utilizarlas a plena potencia.

Matt no necesitó que se lo repitiesen. El Hyperion se giró,


maniobrando de tal modo que el muelle de atraque estaba tan cerca
del Fanfare como era posible. Unos pocos y tensos segundos
después, Horner oyó las bienvenidas palabras:

— ¡Los tenemos, capitán!


—Entonces, vámonos de aquí a toda pastilla.
—Eh... ¿y cómo piensa hacerlo, señor? —preguntó Marcus.
317
PUNTO DE IGNICIÓN

Matt se dio cuenta de que no tenía ni idea.

El olor de sangre recientemente derramada, de agrio sabor a


cobre. El terror contorsionando los rostros y saturando las mentes
de los caídos. Las conocía todas a través de su amado zerg, de
aquéllos que eran parte de su alma, su cuerpo y su mente. La
emoción del nuevo material genético, el nacimiento de algo nuevo
adaptado a partir de él. La alegría de la unidad, tan grande que
los humanos no podían concebirla. Ningún dolor ni trauma al
compartir las mentes. Sólo poder, para una y para todos, sólo un
propósito, avanzar, destruir, conquistar.
Y ella misma, tan hermosa con sus “mechones” largos
moviéndose, con alas que extender y admirar o con las que atacar.
Energía incombustible.
Propósito. Pertenencia.
Pertenencia que había tenido cuando fue liberada por...
¡Arcturus!

Abrió los ojos de par en par y se le quedó el aliento en la garganta.


Se dio cuenta a media luz de que estaba en la enfermería del
Hyperion, pero no le importó.

Él no le había dado unidad, paz y pertenencia. Le había dado un


infierno. Cuando hablaba de ella como de un arma, era la verdad,
excepto que antes sólo había sido una solitaria espada. Mortal, sí,
pero limitada.

Arcturus Mengsk la había convertido en una bomba nuclear.

«Lo único que tienen que hacer es rendirse a la justicia del Dominio
para responder por sus crímenes. Y entregarme a esa zorra de Sarah
Kerrigan.»

318
CHRISTIE GOLDEN

Era el momento de dejar de huir. Era el momento de volverse y


luchar. Habría venganza por lo que Arcturus Mengsk había hecho.
Y no saldría vivo del conflicto.

319
PUNTO DE IGNICIÓN

CAPÍTULO
VEINTISIETE

— ¿Señor?

Era la nave de Matt. Lo miraban a él en busca de respuestas. Y tenía


la mente en blanco. Como si le estuviese metiendo prisa para que
pensara, la nave se movió presa de otro ataque.

—Señor, el Bucéfalo está pidiendo instrucciones sobre cómo


proceder.
—Oído —dijo Matt, sólo por decir algo. Miró la pantalla,
esperando que le alcanzase la inspiración. La primera vez que
habían entrado, siguiendo el peligroso camino hacia la estación,
habían tardado seis horas. Ahora ni siquiera estaba seguro de que
hubiese un camino. Mengsk había pulverizado tantos asteroides
que era sólo una nube de...

—Polvo estelar —dijo en voz baja.

******

Arcturus Mengsk se rio al ver a las dos naves de batalla abalanzarse


hacia una nube de polvo. Todo lo que quedaba de uno de los
molestos asteroides que, no hacía mucho, el White Star había
convertido en polvo, gravilla y rocas de varios tamaños. ¿De
verdad se creían que la materia pulverizada de los asteroides los iba
a ocultar? Era tan ingenuo que casi resultaba encantador, como un

320
CHRISTIE GOLDEN

niño que se tapase los ojos y creyese que los demás no lo ven.
Pero... Mengsk frunció ligeramente el ceño. Jim Raynor contrataba
a gente más preparada. Más inteligente. Era uno de los motivos por
los que el fuera de la ley había conseguido eludir ser capturado; era
muchas cosas, pero estúpido, no. Ni tampoco lo era el capitán
Vaughn, comandante del Bucéfalo. ¿Qué les hacía pensar que...?

—Disparen a esa nube. ¡Ya! —ladró.

El timonel lo obedeció. Se vio la luz del fuego láser... y luego nada.


Nada de una gloriosa, esperada y, maldita sea, lógica explosión.

El Hyperion y el Bucéfalo no estaban allí.

— ¿Qué está pasando? —preguntó Arcturus—. ¿Dónde demonios


están?

Su timonel parecía a la vez desesperadamente infeliz y frenético.

—Señor, yo... No podemos encontrarlos.


—Son dos cruceros de batalla que se ocultan en nubes de polvo,
hijo. ¿Qué quieres decir con que no los encuentran?
—Nos... han irradiado las partículas de polvo al atravesarlas. Está
oscureciendo nuestros sensores. No podemos penetrar.
Compensando...
—Deprisa.
—Sí, señor, nos... Ahí está —lo mostró en pantalla. Ahora podían
usar sus sistemas para “ver a través” de la nube de polvo... y no
vieron nada.

Los cruceros de batalla consiguieron ocultarse el tiempo suficiente


para hacer saltos cortos, erráticos e impredecibles de nube a nube.
El poderoso Dominio iba al menos un minuto por detrás de ellos.
Y había, literalmente, docenas de nubes. Era imposible que

321
PUNTO DE IGNICIÓN

Mengsk los encontrase antes de que tuviesen suficiente ventaja


como para hacer un salto de larga distancia.

Esos hijos de perra rebeldes se estaban burlando de él.

*******

Sarah estaba en la cama del cuarto de Jim. Él estaba sentado a su


lado, mirando la puerta. Ella había vuelto la cara hacia la pared.
Sonó la puerta y Jim dijo:

—Adelante.

Valerian, Matt y Swann entraron, mirando primero a Jim, luego a


Sarah y, por último, a Jim de nuevo.

— ¿No debería estar todavía en la enfermería? —preguntó


Swann—. Después de...
—Siéntense, amigos —lo interrumpió Jim, señalando tres sillas—
Cuando despertó, no quería quedarse allí. Así que le pedí que
viniese. —Los miró fijamente, dejando claro que esa clase de
preguntas iban a acabarse. Sarah permaneció en silencio. Su cuerpo
encogido irradiaba furia.

Matt y Valerian intercambiaron miradas. Swann estaba


incómodamente apoyado en el borde de la elegante silla con la
mirada en el suelo. Valerian levantó una de sus doradas cejas. Matt
se encogió de hombros, indicando que el Príncipe Heredero podía
hablar.

—Jim, no deseo insistir en lo obvio, pero creo que es imperativo


decir que después de lo que tú, Egon y yo vimos hacer a Sarah, es
absolutamente necesario hacerle pruebas. —Se detuvo, sin duda
esperando una furiosa respuesta de Kerrigan, pero no hubo

322
CHRISTIE GOLDEN

ninguna. Continuó—. Sigue siendo indeciblemente peligrosa. La


vimos...
—Yo estaba allí, Valerian; lo vi —dijo Jim, con voz irritada.
—Estoy de acuerdo con Valerian —dijo Matt, sorprendiendo
ligeramente a Jim—. Egon me ha contado lo que vio. Y lo que le
hizo... quiero decir, lo que le pasó a Annabelle...
—No, lo dijiste bien a la primera, chico —dijo Swann con la voz
ronca. Todos conocían y apreciaban a Annabelle, pero Rory había
trabajado de cerca con ella. El dolor de su muerte, sobre todo de
esa manera, por fuego amigo, lo había afectado más de lo que Jim
había esperado. Sarah se encogió aún más y le dolió el pecho al
hacer el gesto—. Lo que le hizo a Annabelle.
—Rory, sé que sabes que Sarah no quería hacerle daño a la chica.
—Eso díselo a Earl y a Milo —replicó Swann—. Díselo a Travis
Rawlins.
—Lo haré, y sé que Valerian y Matt también lo harían, porque es
la verdad.
—Lo sé, Jim —dijo Matt—, pero ¿de qué manera hace que sea
mejor saber que la propia Sarah no puede controlarlo? Todavía no
hemos salido de esto. Las naves están prácticamente hechas
pedazos y seguimos siendo delincuentes buscados. La próxima vez
que haya una situación así, y sabes que la habrá, ¿qué va a pasar?
¿qué va a hacer ella? ¡Si ni siquiera lo sabe!

Jim podía notar cómo Sarah se envaraba y se recluía aún más en sí


misma. Después de despertar en la enfermería no había dicho nada
más que “Me voy”.

—Fue accidental —repitió Jim.


—Lo sé, señor. Pero Annabelle está muerta. Yo... no puedo perder
a nadie más. No así.
—Jim, eres un buen líder —dijo Valerian en voz baja—. Sé que
quieres a Sarah, pero tienes una responsabilidad con los qué te
siguen, los que ponen su fe en ti. Sarah, voluntariamente o no, es

323
PUNTO DE IGNICIÓN

una amenaza. Tienes que evaluar eso adecuadamente para poder


protegerla a ella y a tu tripulación.

Todos tenían razón y Jim lo sabía. No quería que la tuviesen, pero


así era. El silencio se alargó incómodamente, señalado sólo por la
rápida y furiosa respiración de Sarah.

—Muy bien —dijo Jim al fin—. Hablaré con ella.

Los otros tres no parecían muy contentos con esas palabras, pero
asintieron. Era lo mejor que podían conseguir y parecían saberlo.
Se levantaron y comenzaron a dirigirse hacia la puerta. Valerian
sencillamente asintió en dirección a Jim. Rory se detuvo, mirando
inquisitivamente a su comandante.

—Haz lo correcto, vaquero —fue todo lo que dijo.

Matt también empezó a marcharse, pero Jim se levantó.

— ¿Matt?
— ¿Señor?

Jim se colocó a su lado.

—Has desobedecido una orden, hijo. Ya lo sabes.


—Sí, señor. ¿Permiso para hablar con libertad?
—Siempre.
—Estás vivo para poder castigarme por ello.

Jim sonrió ligeramente.

—Eso es cierto —dijo—. Se suponía que tenías que haberte ido de


aquí. Pero... más o menos me alegro de que no lo hicieras.

324
CHRISTIE GOLDEN

Matt sonrió y, por un momento, pareció el joven idealista que Jim


había conocido hacía años. Los ojos le brillaban y el rostro perdió
sus arrugas cuando sonrió ligeramente.

—No podría abandonarte, señor. Nunca.

*******

— ¿Qué rumbo debería marcar? —preguntó Matt al alcanzar a


Valerian.
—Permíteme que me divierta el que me lo preguntes —dijo
Valerian.
—Supongo que tú tienes los fondos y los contactos —dijo Matt,
encogiéndose ligeramente de hombros. Los dos hombres
caminaban juntos.
—Así es —dijo Valerian—. Mi recomendación para el señor
Raynor es que nos dirijamos al Protectorado Umojano. Tengo las
coordenadas de una plataforma orbital ultrasecreta donde podrían
reparar al Bucéfalo y al Hyperion de modo eficiente, rápido y
secreto.
— ¿Cómo de secreto?

Valerian le dedicó una ligera sonrisa.

—Ni siquiera los mejores espías de mi padre la conocen, si es lo


que te preocupa.
—Lo es, ¿estás seguro?
—Mucho.
—Esperemos que tu camarero tampoco lo conozca.
— ¿Perdona?
—Te lo explicaré por el camino.

*******

325
PUNTO DE IGNICIÓN

Jim le había cedido a Sarah su cuarto y compartía una habitación


con refugiados del Herakles. Durante el viaje, Sarah se había
negado a hablar con nadie. Al fin, cuando empezaban los
procedimientos de atraque, fue hacia allá y llamó a la puerta.

Sarah la abrió. Se había duchado y se había puesto una camisa y


unos pantalones de Jim, apretando el cinturón con fuerza. Pero
llevaba sus propias botas. Jim se dio cuenta de que se había quitado
la sangre de híbridos y humanos. Sarah se quedó de pie en la puerta,
mirándolo.

— ¿Puedo pasar?
—Es tu cuarto —dijo—. Haz lo que quieras.
—Bueno, ahora mismo es el tuyo, querida, y no voy a entrar a
menos que me invites.

Sarah estaba empezando a darse la vuelta y Jim vio cómo los


hombros se le tensaban ligeramente cuando usó el término
afectuoso.

—Entra, entonces.

Jim se sentó en una de las sillas mientras ella lo hizo en el borde de


la cama. Sarah parecía... consumida. No agotada, porque
obviamente había dormido; ni tenía mal aspecto, dado que se había
duchado y se había puesto ropa limpia, aunque no fuese la suya.
Sólo... consumida. Más mayor y más infantil a la vez. En la
estación había llegado al límite y le había pasado factura. No quería
tener esta conversación.

—Sé que no quieres —dijo ella—, pero vamos a tener que tenerla,
así que acabemos con esto.

Así que iba a ser directa. A Jim le pareció bien.

326
CHRISTIE GOLDEN

—De acuerdo. Tiene que estar claro para todos, incluyéndote a ti,
que todavía tienes mutagen zerg dentro, y tenemos que averiguar
cuanto podamos para poder ayudarte. Eres una mujer inteligente,
Sarah, una de las más inteligentes que he conocido. Y, desde luego,
eres más lista que este granjero. Así que sé que sabes que tengo
razón.

Esperaba oír una respuesta airada. Quizá que tirase algunos


muebles. En lugar de eso, sencillamente bajó los hombros
ligeramente.

—No... no estoy segura de qué pensar al respecto, sinceramente.


Jim se levantó y se sentó a su lado en la cama, estirando la mano
de manera vacilante para tomarle suya. Ella lo dejó.
—Sólo van a estudiarte. Encontrar un modo de sacarte toda esa
mierda zerg de dentro para que vuelvas a ser Sarah Kerrigan. Van
a ayudarte.
—Eso ya lo he oído antes, Jim, y lo sabes.

Jim hizo una pequeña mueca. Lo hirió. Era cierto. Buscó palabras
para convencerla. Se dio cuenta de que, de todos modos, Sarah
probablemente estaba leyéndolo todo en su mente y se quedó
callado.

Sarah tomó aliento y se volvió a él. Había tomado una decisión.


Sus ojos buscaron los de él durante un largo rato.

Cuando habló, su voz era suave y extrañamente calmada.

—Por ti, Jimmy. Lo haré por ti.

Ella le apretó la mano con fuerza, cada vez más, y sus dedos casi
se la rompieron. El dolor era glorioso. Pero Jim Raynor sabía que
no era el dolor lo que hacía que le picasen los ojos y se le trabase
la garganta.
327
PUNTO DE IGNICIÓN

Estaban juntos en el pequeño vehículo que Jim pilotó hasta la


plataforma. Las palabras de Valerian acerca de que el lugar era
secreto parecían ser ciertas esta vez. No hubo sorpresas, nada de
cruceros de batalla apareciendo de la nada, ningún científico
demasiado amable. Sólo una estación de aspecto sencillo que
probablemente era de todo menos eso y una silenciosa, triste
sombra de derrota que lo presidía todo.

Habían muerto demasiados. Mengsk seguía por ahí fuera; también


Narud y el devastador objeto alienígena. Sarah se había convertido
de nuevo en algo que odiaba y una vida alegre se había apagado...
no por culpa del odiado enemigo de Sarah, sino por culpa suya.

Jim creía firmemente que se ocuparían de Sarah, que encontrarían


cómo eliminar o suprimir permanentemente la parte zerg que
todavía le quedaba dentro. Sabía que Sarah no lo creía y esperaba
contra toda esperanza tener razón.

Esperaba muchas cosas.

Llegaron a la estación, atracaron y los recibió una científica que se


presentó como Maddie Wilson. Sin guardias ni armas. Era una
buena señal.

Siguieron a la Dra. Wilson cogidos de la mano por un pasillo hasta


un ascensor. Se volvió a Jim y a Sarah.

—Sé que los han informado a ambos, pero sólo quiero recordarles
que estará completamente aislada. La habitación va a ser
extremadamente segura. La observaremos a través de pantallas y
podremos comunicamos con usted.

Wilson les dedicó lo que parecía ser una sonrisa comprensiva.

328
CHRISTIE GOLDEN

—Si quiere hablar con alguien sobre lo que está experimentando,


sólo tiene que decirlo. Entienda que aquí está segura, aunque pueda
parecerle lo contrario.

Sarah estaba callada. El ascensor se detuvo suavemente. Wilson los


guió hasta una habitación al final de un largo pasillo y tecleó un
código.

—Hemos llegado —dijo.

Raynor le apretó la mano a Sarah, se inclinó y le susurró al oído:

—Te quiero.

Sarah se volvió para mirarlo y sus rasgos se suavizaron en una


sonrisa que contenía amor, dolor y resignación.

—Yo también te quiero —le susurró. Respiró hondo y entraron.

Jim vio una pared que parecía no ser más que una ventana que se
abría a lo que parecían ser un número infinito de pisos. Mientras
observaban, abrazados en silencio el uno al otro, vieron un pequeño
objeto. Se acercaba, girando y titilando. Parecía una burbuja de ésas
que hacen los niños con jabón para divertirse, pero no era nada tan
inocente. Creció de tamaño al aproximarse y se quedó flotando por
encima de la ventana, que se disolvió.

Sarah le apretó la mano por última vez. Para sorpresa de Jim, fue a
él a quien le costó soltarla. La observó en silencio entrar en la
burbuja. Cuando se retiró, dejándola dentro, Sarah empezó a flotar,
ingrávida dentro de la burbuja. Se giró lentamente, se acercó hacia
Jim y colocó la mano encima de la superficie de la burbuja.

Rápidamente, él presionó la mano contra la de ella, sintiéndola a


través de la delgada capa.
329
PUNTO DE IGNICIÓN

Sarah y la burbuja flotaron hacia abajo. Jim observó, retirando la


mano, viendo cómo se hacía cada vez más pequeña, alejándose
hacia las entrañas de la estación, más allá de pisos de ocupados
científicos que, si le hubiesen echado una mirada, sólo la hubiesen
observado con curiosidad o bien de manera imparcial o ansiosa.
Para ellos no era Sarah Kerrigan, con toda su angustia, su alegría,
su risa y su miseria. Era un sujeto de pruebas. Algo a lo que pinchar,
toquetear e investigar. Por mucho que Valerian dijese que la iban a
ayudar y Jim lo creyese, el camino a la curación de Sarah sería frío
e impersonal.

Pero al menos ella tenía esa oportunidad. Arcturus había tratado de


arrebatársela usando a Tychus como herramienta. Tychus había
muerto a manos de Jim. Ahora no había oportunidad de redención
ni camaradería. Jim sintió cómo se formaba en sus labios una curva
pequeña y triste al recordar la actitud de Tychus, cabezota,
fanfarrona y directa. Ya no dolía tanto. Jim no podía haber hecho
ninguna otra cosa y seguir siendo quien era. Ni siquiera estaba
furioso con Tychus. Sólo con el hombre que había utilizado a su
mejor amigo.

Pensó en Annabelle, yaciendo rota y sangrando. Había sido una


mujer tan animada, fiable, inteligente, dedicada a los asaltantes. Su
idea los había salvado... y Sarah, descontrolada, la había matado.
Jim sentía con más dolor la pérdida de Annabelle, pero había
habido muchas más. Cada una de los... sí, miles de millones... de
víctimas tenía una historia. Y una vida que había sido segada por
la Reina de Espadas.

Pero no por Sarah Kerrigan. Sarah, a quien él amaba, a quien


conocía profundamente. Sarah, la asesina que lloraba. Sarah, que
había confiado en él para que la llevase allí... para que le hiciesen
pruebas, la pinchasen, la analizasen.

330
CHRISTIE GOLDEN

—Oh, querida —dijo en voz baja— Espero haber hecho lo


correcto.

*******

En la cámara no había nada excepto Sarah. Ningún pensamiento de


otros sobre tortitas o sobre miedo, sobre un hilo suelto en una
chaqueta ni sobre el éxtasis del amor. Sólo ella. Sola.
Completamente sola.

No, no del todo. Se había llevado con ella recuerdos, sus decisiones
a cada paso del camino en todos los momentos de su vida. Sus
decisiones de negarse a cooperar, de rendirse o ser tozuda. De
matar o salvar.

Sabía que durante el curso de esas “pruebas”, si es que no eran más


que eso, tendría que enfrentarse a cada uno de esos momentos, esas
decisiones. Eso Jim no lo había entendido. Era un hombre
inteligente y... bueno, pero había muchas cosas que no entendía.
Que no podía entender.

Pero lo amaba. Y sabía que él creía, y ella creía en él. Parte de ella
esperaba que tuviese razón, que Valerian pudiese ayudarla a que
volviese a ser su antiguo yo... Todo lo que cualquiera que hubiese
pasado por lo que ella pudiese esperar recuperar. Recordaba sus
palabras a Zeratul, amargas y resignadas: «El destino no puede
cambiarse. El final se acerca. Y, cuando me encuentre, lo aceptaré
al fin».

Quizá se había equivocado.

Con firmeza, echó a un lado la furia hirviente, los recuerdos de las


descargas eléctricas y la fría y enfermiza culpa. Incluso la venganza
que, como un animal salvaje que contenía en su pecho y la arañaba
mientras Sarah se aferraba a él, podía esperar. Todavía no. Por
331
PUNTO DE IGNICIÓN

ahora, mantuvo la mirada fija en la de Jim Raynor, recordando la


primera vez que él la había besado, la primera vez que sus cuerpos
se habían unido haciendo el amor. La ternura de sus caricias y la
asombrosa pureza de su alma por debajo de todo lo que había hecho
y lo que le habían hecho. Se aferró a esa pureza, dejando que la
calmase. Permitiéndose creer por un momento que sí que había un
modo de salir de aquello.

El rostro barbudo, amado de Jim se alejaba cada vez más. Y


entonces Sarah Kerrigan se quedó sola con sus pensamientos y
recuerdos de amor.

De amor y deseos de venganza.

Y no podría haber dicho cuál de los dos era más dulce.

FIN.

332
CHRISTIE GOLDEN

CRONOLOGÍA
STARCRAFT

c. 1500
Un grupo de protoss es expulsado de su mundo natal, Aiur, por
negarse a unirse a la Khala, un nexo telepático compartido por toda
la raza. Estos disidentes, llamados templarios tétricos, terminan por
asentarse en el planeta Shakuras. Esta división entre las dos
facciones protoss acaba siendo conocida como La Discordia.
(Starcraft: Shadow Hunters. libro dos de La Saga del Templario
Tétrico, por Christie Golden.)
(Starcraft: Twilight. libro tres de La Saga del Templario Tétrico,
por Christie Golden.)

1865
Nace el templario tétrico Zeratul. Más tarde será un personaje clave
para reconciliar a las mitades separadas de la sociedad protoss.
(Starcraft: Twilight, libro tres de La Saga del Templario Tétrico,
por Christie Golden.)
(Starcraft: Queen of Blades, por Aaron Rosenberg.)

2143
Nace Tassadar. Más larde será nombrado ejecutor de los protoss de
Aiur.
(Starcraft: Twilight, libro tres de Lo Saga del Templario Tétrico,
por Christie Golden.)
(Starcraft: Queen of Blades, por Aaron Rosenberg.)

333
PUNTO DE IGNICIÓN

C. 2259
Cuatro supertransportes, el Argo, el Sarengo, el Reagan y el
Nagglfar, que trasladan convictos desde la Tierra se aventuran más
allá de su destino previsto y se estrellan en planetas del sector
Koprulu. Los supervivientes se asientan en los planetas Moria,
Umoja y Tarsonis y construyen nuevas sociedades que acaban
abarcando otros planetas.

2323
Tras establecer colonias en otros planetas, Tarsonis se convierte en
la capital de la Confederación Terran, un gobierno poderoso pero
cada vez más opresor.

2460
Nace Arcturus Mengsk. Es miembro de una de las Antiguas
Familias de la Confederación.
(Starcraft: I, Mengsk, por Graham McNeill.)
(Starcraft: Liberty’s Crusade, por Jeff Grubb.)
(Starcraft: Uprising, por Micky Neilson.)

2464
Nace Tychus Findlay. Más tarde se hará buen amigo de Jim Raynor
durante la Guerra de los Gremios.
(Starcraft: Los Diablos del Cielo, por William C. Dietz.)

2470
Nace Jim Raynor, hijo de Trace y Karol Raynor, granjeros del
mundo limítrofe de Shiloh.
(Starcraft: Los Diablos del Cielo, por William C. Dietz.)
(Starcraft: Liberty’s Crusade, por Jeff Grubb.)
(Starcraft: Queen of Blades, por Aaron Rosenberg.)
334
CHRISTIE GOLDEN

(Starcraft: Frontline, volumen 4, «Homecoming», por Chris


Metzen y Hector Sevilla.)
(Starcraft, serie mensual decomic-books, números 5-7, por Simón
Furnia» y Federico Dallocchio.)

2473
Nace Sarah Kerrigan. Es una Terran dotada de poderosas
capacidades psiónicas.
(Starcraft: Liberty s Crusade, por JeffGrubb.)
(Starcraft: Uprising, por Micky Neilson.)
(Starcraft: Queen of Blades, por Aaron Rosenberg.)
(Starcraft: La Saga del Templario Tétrico, por Christie Golden.)

2478
Arcturus Mengsk se licencia de la Academia Styrling y se alista en
el Cuerpo Confederado de Marines contra la voluntad de sus
padres. (Starcraft: I, Mengsk, por Graham McNeill.)

2485
En respuesta a la turbia apropiación de recursos por parte de la
Confederación, la Coalición Minera Morían y el Gremio de
Transportes Kelanis unen sus fuerzas para formar la Asociación
Kel-Morian. Su meta es proteger su lucrativa industria minera y
proveer de ayuda militar a cualquier gremio minero oprimido por
la Confederación. El aumento de las tensiones entre la Asociación
y la Confederación desemboca en una guerra abierta. Este conflicto
llega a ser conocido como la Guerra de los Gremios.
(Starcraft: Los Diablos del Cielo, por William C. Dietz.)
(Starcraft: I, Mengsk, por Graham McNeill.)

2488-2489
335
PUNTO DE IGNICIÓN

Jim Raynor se alista en el Cuerpo Confederado de Marines y


conoce a Tychus Findlay. En batallas posteriores entre la
Confederación y la Asociación Kel-Morian, los soldados del 321
Batallón Colonial de Rangers, al que pertenecen Raynor y Findlay,
se darán a conocer por su talento y su valor, lo que les hará
merecedores del mote «Diablos del Cielo».
(Starcraft: Los Diablos del Cielo, por William C. Dietz.)

Jim Raynor conoce al soldado confederado Cole Hickson en un


campo de prisioneros Kel-Morian. Durante su encuentro, Hickson
le enseña a Raynor a resistir y sobrevivir a los brutales métodos de
tortura Kel-Morian.
(Starcraft: Los Diablos del Cielo, por William C. Dietz.)
(Starcraft, serie mensual de comic-books, número 6, por Simón
Furman y Federico Dallocchio.)

Hacia el final de la Guerra de los Gremios, Jim Raynor y Tychus


Findlay desertan del ejército confederado.

Arcturus Mengsk dimite del ejército confederado tras alcanzar el


rango de coronel. Se convierte en un exitoso prospector en el confín
galáctico.
(Starcraft: I, Mengsk, por Graham McNeill.)

Tras casi cuatro años de guerra, la Confederación negocia la paz


con la Asociación Kel-Morian, anexionándose casi todos los
gremios mineros que apoyan a la Asociación. A pesar de esta
gigantesca pérdida, a la Asociación Kel-Morian se le permite
continuar su existencia y conservar su autonomía.

El padre de Arcturus Mengsk, el senador confederado Angus


Mengsk, declara la independencia de Korhal IV, un mundo del
núcleo de la Con-federación que lleva tiempo enfrentado al
gobierno. Como respuesta, tres fantasmas confederados (agentes
encubiertos terran que poseen poderes psiónicos sobrehumanos,
336
CHRISTIE GOLDEN

potenciados gracias a tecnología punta) asesinan a Angus, a su


esposa y a su joven hija. Enfurecido por el asesinato de su familia,
Arcturus se hace con el mando de la rebelión en Korhal y libra una
guerra de guerrillas contra la Confederación.
(Starcraft: I, Mengsk, por Graham McNeill.)

2491
Como advertencia para otros aspirantes a separatistas, la
Confederación provoca un holocausto nuclear en Korhal IV en el
que mueren millones de personas. En venganza, Arcturus Mengsk
nombra a su grupo rebelde Hijos de Korhal e intensifica su lucha
contra la Confederación. Durante este tiempo Arcturus libera a una
fantasma confederada llamada Sarah Kerrigan, que más tarde se
convertirá en su lugarteniente.
(Starcraft: Uprising, por Micky Neilson.)

2495
Jim Raynor acaba sus días de proscrito cuando su compañero de
delitos, Tychus Findlay, es detenido por las autoridades. Raynor
comienza una nueva vida como agente confederado en el planeta
Mar Sara.

2499-2500
Aparecen dos amenazas alienígenas en el sector Koprulu: los
despiadados y muy adaptables zerg y los enigmáticos protoss. En
un ataque aparentemente sin provocación alguna, los protoss
incineran el planeta terran Chau Sara, provocando la ira de la
Confederación. Sin que lo supieran la mayoría de los terran, Chau

337
PUNTO DE IGNICIÓN

Sara había sido infestado por los zerg, y los protoss llevaron a cabo
su ataque para acabar con la plaga.

Otros mundos, incluido el planeta cercano Mar Sara, también están


infestados por los zerg.
(Starcraft: Liberty’s Crusade, por Jeff Grubb.)
(Starcraft: Twilight, libro tres de La Saga del Templario Tétrico,
por
Christie Golden.)

En Mar Sara la Confederación detiene a Jim Raynor por destruir la


Estación Backwater, un puesto avanzado terran infestado de zerg.
Poco después es liberado por el grupo rebelde de Mengsk, los Hijos
de Korhal.
(Starcraft: Liberty s Crusade, por Jeff Grubb.)

Un marine confederado llamado Ardo Melnikov se ve envuelto en


el conflicto de Mar Sara. Sufre dolorosas regresiones a su vida
anterior en el planeta Bountiful; pero pronto descubre que su
pasado oculta una verdad más oscura.
(Starcraft: Speed of Darkness, por Tracy Hickman.)

Mar Sara sufre el mismo destino que Chau Sara y es incinerado por
los protoss. Jim Raynor, Arcturus Mengsk, los Hijos de Korhal y
algunos de los habitantes del planeta consiguen escapar a la
destrucción.
(Starcraft: Liberty’s Crusade, por Jeff Grubb.)

Sintiéndose traicionado por la Confederación, Jim Raynor se une a


los Hijos de Korhal y conoce a Sarah Kerrigan. Un reportero de la
UNN, Michael Liberty, acompaña al grupo rebelde para informar
del caos y contrarrestar la propaganda confederada.
(Starcraft: Liberty's Crusade, por Jeff Grubb.)

338
CHRISTIE GOLDEN

Un político confederado llamado Tamsen Cauley encarga a los


Jabalíes de Guerra (una unidad militar encubierta creada para
cumplir con las misiones más sucias de la Confederación) que
asesinen a Arcturus Mengsk. El intento fracasa.
(Starcraft, serie mensual de comic-books, número 1, por Simón
Furman y Federico Dallocchio.)

November Nova Terra, hija de una de las poderosas Antiguas


Familias de la Confederación, desarrolla su poder psiónico latente
después de sentir telepáticamente el asesinato de sus padres y
hermanos. Cuando se conoce su poder aterrador, la Confederación
la persigue con la intención de aprovecharse de su habilidad.
(Starcraft: Ghost: Nova, por Keith R.A. DeCandido.)

Arcturus Mengsk emplea un arma devastadora, el emisor psi, en la


capital confederada de Tarsonis. El aparato emite señales psiónicas
amplificadas y atrae a grandes grupos de zerg al planeta. Tarsonis
cae poco después y la pérdida de la capital demuestra ser un golpe
mortal para la Confederación.
(Starcraft: Liberty’s Crusade, por JeffGrubb.)

Arcturus Mengsk traiciona a Sarah Kerrigan y la abandona en


Tarsonis mientras está siendo invadida por los zerg. Jim Raynor,
que había trabado una estrecha relación con Kerrigan, abandona los
Hijos de Korhal enfurecido y crea un grupo rebelde que se conocerá
como los Asaltantes de Raynor. Pronto descubre el verdadero
destino de Kerrigan: en lugar de morir a manos de los zerg, se ha
transformado en un poderoso ser conocido como la Reina de
Espadas.
(Starcraft: Liberty s Crusade, por Jeff Grubb.)
(Starcraft: Queen of Blades, por Aaron Rosenberg.)

Michael Liberty abandona los Hijos de Korhal junto a Raynor


después de ser testigo de la crueldad de Mengsk. Negándose a
convertirse en un instrumento de propaganda, el reportero
339
PUNTO DE IGNICIÓN

comienza a transmitir noticias que ponen en evidencia las tácticas


opresoras de Mengsk.
(Starcraft: Liberty s Crusade, por Jeff Grubb.)
(Starcraft: Queen of Blades, por Aaron Rosenberg.)

Arcturus Mengsk se autoproclama emperador del Dominio Terran,


un nuevo gobierno que se hace con el poder en muchos de los
planetas terran en el sector Koprulu.
(Starcraft: I, Mengsk, por Graham McNeill.)

El senador del Dominio, Corbin Phash, descubre que su joven hijo


Colin, puede atraer hordas de letales zerg con sus poderes
psiónicos, un talento que el Dominio concibe como un arma muy
útil.
(Starcraft: Frontline, volumen 1, «Weapon of War», por Paul
Benjamin, David Shramek y Héctor Sevilla.)

En el mundo limítrofe de Bhekar Ro, fuerzas terran, protoss y zerg


luchan para reclamar un edificio recientemente excavado
perteneciente a los xel’naga, una raza alienígena que se cree que
influyó en la evolución de los zerg y los protoss.
(Starcraft: Shadow of the Xel’Naga, por Gabriel Mesta.)

El gobernante supremo de los zerg, la Supermente, descubre la


localización del planeta natal de los protoss, Aiur. Los zerg invaden
el planeta, pero el heroico alto templario Tassadar se sacrifica para
destruir a la Supermente. Sin embargo, una gran parte de Aiur
queda en ruinas y el resto de los protoss de Aiur huyen al planeta
de los templarios tétricos, Shakuras, a través de un portal de
distorsión de los xel’naga. Por primera vez desde que los
templarios tétricos fueron expulsados de Aiur, las dos sociedades
protoss se reúnen.
(Starcraft: Frontline, volumen 4, «Twilight Archon», por Ren
Zatopek y Noel Rodríguez.)
(Starcraft: Queen of Blades, por Aaron Rosenberg.)
340
CHRISTIE GOLDEN

(Starcraft: Twilight, libro tres de La Saga del Templario Tétrico,


por Christie Golden.)

Los zerg persiguen a los refugiados del planeta Aiur a través del
portal de distorsión hasta Shakuras. Jim Raynor y sus fuerzas, que
se habían hecho aliados de Tassadar y del templario tétrico Zeratul,
se quedan en Aiur para cerrar el portal. Mientras, Zeratul y el
ejecutor protoss Artanis utilizan los poderes de un antiguo templo
xel’naga en Shakuras para eliminar a los zerg que han invadido el
planeta.

El Directorio de la Unión Terrestre (DUT), tras observar el


conflicto entre terran, zerg y protoss, llega al sector Koprulu desde
la Tierra para hacerse con el control. Para conseguir su objetivo, el
DUT captura una cría de Supermente en el planeta Char, ocupado
por los zerg. La Reina de Espadas, Mengsk, Raynor y los protoss
olvidan sus diferencias y trabajan juntos para derrotar al DUT y a
la nueva Supermente. Estos improbables aliados consiguen su
objetivo, y tras la muerte de la segunda Supermente, la Reina de
Espadas se hace con el control de todos los zerg del sector Koprulu.

En una luna que no figura en los mapas, cerca de Char, Zeratul se


encuentra con Samir Duran, antiguo aliado de la Reina de Espadas.
Zeratul descubre que Duran ha conseguido unir ADN zerg y
protoss para crear un híbrido, una creación que Duran profetiza
ominosamente que cambiará el universo para siempre.

Arcturus Mengsk extermina a la mitad de sus agentes fantasma


para asegurarse la lealtad de los antiguos agentes confederados que
se han integrado en el programa fantasma del Dominio. Además,
funda una nueva Academia Fantasma en Ursa, una luna que órbita
Korhal IV.
(Starcraft: Shadow Hunter, libro dos de La Saga del Templario
Tétrico, por Christie Golden.)

341
PUNTO DE IGNICIÓN

Corbin Phash envía a su hijo Colin a que se esconda del Dominio,


cuyos agentes están persiguiendo al joven para explotar sus poderes
psiónicos. Corbin huye al Protectorado Umojan, un gobierno terran
independiente del Dominio.
(Starcraft: Frontline, volumen 3, «War-Tom», por Paul Benjamin,
David Shramek y Héctor Sevilla.)

El joven Colin Phash es capturado por el Dominio y enviado a la


Academia Fantasma. Mientras, su padre, Corbin, actúa como voz
disidente contra el Dominio desde el Protectorado Umojan. Por su
oposición, Corbin se convierte en objetivo de un intento de
asesinato.
(Starcraft: Frontline, volumen 4, «Orientation», por Paul
Benjamin,
David Shramek y Mel Joy San Juan.)

2501
Nova Terra, tras escapar de la destrucción de su mundo, Tarsonis
se une a otros terran con poderes y perfecciona sus capacidades
psiónicas en la Academia Fantasma.
(Starcraft: Ghost: Nova, por Keith R. DeCandido.)
(Starcraft: Ghost: Academy, volumen l, por Keith R. DeCandido y
Fernando Heinz Furukawa.)

2502
Arcturus Mengsk intenta acercarse a su hijo Valerian, que ha
crecido con un padre prácticamente ausente. Con la intención de
que Valerian perpetúe la dinastía Mengsk. Arcturus recuerda su
propio progreso de adolescente apático a emperador.
(Starcraft: I, Mengsk por Graham McNcill.)

La reportera Kate Lockwell se embarca con las tropas del Dominio


para emitir noticias patrióticas favorables al Dominio en la UNN.
342
CHRISTIE GOLDEN

Durante su estancia con los soldados conoce al ex reportero de la


UNN Michacl Liberty y descubre algunas de las más oscuras
verdades bajo la superficie del Dominio.
(Starcraft: Frontline, volumen 2, «Newsworthy», por Grace
Randolph y Nam Kim.)

Tamsen Cauley planea matara los Jabalíes de Guerra, ahora


separados, para encubrir su anterior intento de asesinar a Arcturus
Mengsk. Antes de hacerlo reúne a los Jabalíes para la misión de
matar a Jim Raynor, un acto que Cauley cree que le hará ganarse el
favor de Mengsk. Uno de los Jabalíes de Guerra enviados para
llevar a cabo la misión. Colé Hickson, es el ex soldado confederado
que ayudó a Raynor a sobrevivir al brutal campo de prisioneros
Kel-Morian.
(Starcraft, serie mensual de coimc-books, número 1. por Simón
Furman y Federico Dallocchio.)

Luchadores de todos los bandos del sector Koprulu, terran, protoss


y zerg, se enfrentan por el control de un antiguo templo xel’naga
en el planeta Artika. En medio de la masacre, los combatientes se
dan cuenta de que las motivaciones individuales los han llevado a
ese caótico campo de batalla
(Starcraft: Frontline, volumen 1, «Why We Fight», por Josh Eider
y Ranianda Kamarga.)

La tripulación Kel-Morian de El Beneficio Generoso llega a un


planeta desolado con la esperanza de encontrar algo que
perteneciera a los anteriores habitantes del planeta y que merezca
la pena recuperar. Mientras buscan entre las ruinas, los miembros
de la tripulación descubren el terrible secreto tras la desaparición
de la población.
(Starcraft: Frontline, volumen 2, «A Ghost Story», por Kieron
Gillen y Héctor Sevilla.)

343
PUNTO DE IGNICIÓN

Un equipo de científicos protoss experimenta con una muestra de


biomateria zerg. De repente, la sustancia comienza a afectarles de
un modo extraño, hasta el punto de hacer que sus mentes
desciendan en picado hacia la locura.
(Starcraft: Frontline, volumen 2, «Creep», por Simón Furman y
Tomás Aira.)

Un piloto vikingo psicópata, el capitán Jon Dyre, ataca a los


inocentes colonos de Ursa durante una demostración
armamentística. Su ex alumno, Wes Cárter, se enfrenta a Dyre para
acabar con su enloquecido frenesí homicida.
(Starcraft: Frontline, volumen 1, «Heavy Armor, Part 1», por
Simón Furman y Jesse Elliott.)
(Starcraft: Frontline, volumen 2, «Heavy Armor, Part 2», por
Simón Furman y Jesse Elliott.)

Sadin Forst, un habilidoso piloto de Thor, se adentra junto a dos


compañeros leales en las ruinas de una instalación terran en Mar
Sara para acceder a una cripta oculta, tras conseguir entrar, Forst
se da cuenta de que los tesoros que esperaba encontrar nunca
debían haberse descubierto.
(Starcraft: Frontline, volume 1, «Thundergod», por Richard A.
KnaaK y Naohiro Washio.)

2503
Científicos del Dominio capturan al pretor Muadun y experimentan
con él para comprender mejor la estructura psiónica de los protoss,
la Khala. Dirigidos por el retorcido Dr. Stanley Burgess, estos
investigadores violan todos los códigos éticos con tal de conseguir
poder. (Starcraft: Frontline, volumen 3. «Do No Harm». por Josh
Eider y Ramamla Kamarga.)

El arqueólogo Jake Ramsey investiga un templo xel’naga, pero la


investigación acaba por descontrolarse cuando un místico protoss,
344
CHRISTIE GOLDEN

más conocido como conservador, se funde con su mente. Después


de aquello, Jake se ve invadido por recuerdos de la historia protoss.
(Starcraft: Firstborn, libro uno de La Saga del Templario Tétrico,
por Christie Golden.)

La aventura de Jake Ramsey continúa en el planeta Aiur. Con las


instrucciones del conservador protoss en la cabeza. Jake explora
los sombríos laberintos que subyacen bajo la superficie del planeta
con el fin de localizar un cristal sagrado que puede resultar clave
para salvar el universo.
(Starcraft: Shadow Hunters, libro dos de La Saga del Templario
Tétrico, por Christie Golden.)

Misteriosamente y a pesar de su largo entrenamiento, algunos


fantasmas del Dominio empiezan a desaparecer. Nova Terra, ahora
licenciada de la Academia Fantasma, investiga el destino de los
agentes desaparecidos y descubre un terrible secreto.
(Starcraft: Ghost: Spectres, por Keith R.A. DeCandido.)

Jake Ramsey pierde a su guardaespaldas. Rosemary Dahl, después


de que ambos huyeran de Aiur a través de un portal distorsionador
xel’naga. Rosemary acaba junto a otros refugiados protoss en
Shakuras; en cuanto a Jake, no hay rastro de él. Solo y con el factor
tiempo en contra, Jake busca un modo de separar al conservador
protoss de su mente antes de que ambos mueran.
(Starcraft: Twilight, libro tres de La Saga del Templario Tétrico,
por Christie Golden.)

Un equipo de la Fundación Moebius, una misteriosa organización


terran interesada en objetos alienígenas, investiga un edificio
xel’naga en un extremo del sector Koprulu. Durante su
investigación los científicos descubren una fuerza oscura que
acecha en las antiguas ruinas.
(Starcraft: Frontline, volumen 4, «Voice in the Darkness», por
Josh Eider y Ramanda Kamarga.)
345
PUNTO DE IGNICIÓN

Kem intenta rehacer su vida tras una carrera como segador del
Dominio (un miembro de una unidad de choque altamente móvil
alterado por medios químicos para volverse más agresivo). Pero
huir de su problemático pasado resulta más difícil de lo que
pensaba, cuando un ex compañero aparece inesperadamente en
casa de Kem.
(Starcraft: Frontline, volumen 4, «Fear the Reaper», por David Ge-
rrold y Rubén de Vela.)

Una cantante de club nocturno llamada Starry Lace se ve atrapada


en una intriga diplomática entre oficiales del Dominio y Kel-
Morian. (Starcraft: Frontline, volumen 3, «Last Cali», por Grace
Randolph y
Seung-hui Kye.)

2504
Un desencantado Jim Raynor regresa a Mar Sara y se enfrenta a su
desilusión.
(Starcraft; Frontline, volumen 4, «Homecoming», por Chris
Metzen y Héctor Sevilla.)

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