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6B10-l RECENSIONES

El Renacimiento, una Invención Historiográjica, Julio Retamal Favereau, Universidad Gabriela


Mistral, Santiago de Chile, 1997, 337 páginas.

Julio Retamal, distinguido profesor de Historia Moderna de las Universidades Católica de


Chile, Gabriela Mistral y Adolfo Ibáñez, se introduce con este libro en la ya larga polémica
acerca de ese período de la historia de Occidente que algunos han denominado “Renacimiento”.
Ya el título es perfectamente revelador de la posición que toma el autor respecto del tema: el
renacimiento no es más que una invención histórica.
Es un libro dirigido principalmente a especialistas, pero que, al mismo tiempo, en ningún
momento deja de tener interés para quien no lo es. Este último es el caso de quien realiza esta
recensión, por lo cual se advierte desde ya que no se avanzará ningún juicio crítico acerca de las
tesis sostenidas por el autor: sencillamente no se está en condición de hacerlo. Sólo se buscará
presentar adecuada y resumidamente dichas tesis.
La tesis principal del libro, junto con negar la existencia de cualquier Renacimiento, afirma
que el Humanismo, que sí existió, no corresponde a ningún renacer de nada, sino que, más bien,
obedece a un intento de revitalizar el catolicismo volviendo a la fuente de las Sagradas Escrituras,
para lo cual se puso la atención principalmente en las lenguas clásicas: primeramente el latín,
luego el griego y, por último, el hebreo.
El Humanismo, entendido de esta manera, más que cortar la historia y lejos de ser un renacer
de la antigüedad clásica, es un importante esfuerzo por continuar y llevar adelante la cultura
europea profundamente católica más allá de las miserias de los hombres que se habían manifes-
tado con generosidad en los períodos inmediatamente anteriores. Por lo mismo, el supuesto Re-
nacimiento menos puede ser la puerta de entrada a un nuevo período histórico, a una nueva edad:
la moderna. Si existe un relativo corte, él es posterior: es el del racionalismo, que sí vendría a ser
un punto de profundo quiebre que dará paso a lo que se ha venido en llamar “modernidad”. En el
racionalismo sí habría un rechazo de todo lo anterior, no en el humanismo. Las mismas razones
sirven al autor para mostrar que el Humanismo no puede ser considerado como una de las causas
de la reforma protestante. Lo que él busca es reunificar fe y razón, por lo que se halla mucho más
cerca de la actitud intelectual escolástica que de la que resultaría de la revolución religiosa. El
Humanismo puede ser inscrito más bien en la línea de la prerreforma católica, interna de la Iglesia
y ortodoxa, pues todos sus grandes representantes jamás quisieron cortar con Roma y menos con la
fe tradicional. “Hay un abismo entre el afán estilístico, retórico y educacional del Humanismo,
destinado además a la mejor comprensión y vivencia de la religión revelada prevalente; y el
Racionalismo, punto de partida del mundo “moderno”, visión innovadora, fundante de un nuevo
orden y anticristiana por excelencia...”. El Humanismo es un movimiento “de las almas cultivadas
e inquietas por sacar a vastas proporciones de la Iglesia militante de la postración doctrinal y
moral en que yacían. Vale decir, se trata de una tendencia claramente religiosa y no secular”.
Julio Retamal, en el contexto del examen del movimiento Humanista como base de un posi-
ble Renacimiento, también aborda el tema del individualismo, en torno al cual se ha tejido el

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manido argumento de que el Humanismo representa un paso adelante en la valoración de la


dignidad humana en comparación con la existente en las concepciones teocéntricas “medieva-
les”. El autor destaca la importancia que el individuo tuvo desde los inicios del cristianismo. Son
el cristianismo y la “edad media” cristiana los que pusieron los fundamentos duraderos de la
dignidad del hombre, por lo que mal puede atribuirse tal mérito a una época posterior. A lo más,
ella será continuadora de tal valoración y por lo mismo por ningún lado renaciente. Es en este
punto donde aparece un elemento que se podría discutir: el autor habla de un individualismo
cristiano que se fundaría en el hecho de que la salvación es de responsabilidad exclusivamente
individual. Esto es cierto, sin lugar a dudas, aun cuando también lo es que ella no se logra fuera de
la Iglesia, pero el uso del término “individualismo” indica que su significado hace referencia más
bien a aquellas situaciones en que la individualidad ha sido sacada de su quicio para ser conver-
tida en el centro y fundamento de todo; por lo que me parece que su uso no es el mejor para
referirse a la equilibrada concepción católica de persona y su relación con la sociedad sobrenatu-
ral y natural. El punto tiene interés en el desarrollo de la argumentación del autor, pues si se
acepta “individualismo” humanista, sería preciso aclarar si es efectivamente del mismo cuño que
el católico -que no es verdadero individualismo- o ya comienza a tomar distancia de él.
La idea de un Renacimiento -el uso generalizado del término es recién del siglo XIX y su
impulso es mérito o más bien demérito, si somos fieles a Retamal, del historiador suizo
decimonónico Jacobo Burckhardt- sólo es posible en el errado esquema de la historia dividida
en las edades antigua, media y moderna. Es en este contexto donde el Renacimiento es presenta-
do como una suerte de final de un período oscuro y comienzo de una nueva era luminosa y
progresista. Pero este esquema el autor ya lo criticó suficientemente mostrando con detenimiento
sus limitaciones y absurdos en una de sus obras anteriores.
Con la clara distinción que Retamal hace entre Humanismo y Renacimiento y sacando a luz
la verdadera naturaleza del primero queda desechada la existencia del segundo. Además, en sub-
sidio de la anterior, todo el libro está impregnado de otra tesis que escapando a los dominios de la
historia y entrando en los de la filosofía es, sin embargo, capital y presupuesto esencial de la que
se ha venido comentando: se refiere a la posibilidad misma de renacimientos en la historia. El
autor los descarta en línea de principio. La historia no tiene vueltas atrás. Es cierto -reconoce el
autor- que Occidente vive una “endémica insatisfacción de su propia cultura” que le “lleva a
vivir una especie de vértigo del cambio”, razón por la cual en muchas ocasiones se aspira a cortar
con el pasado, con la línea de los acontecimientos que hasta el momento se desarrolla. Pero más
allá de eso “en materias de pensamiento y cultura, sobre todo en los aspectos filosóficos y
teológicos, predomina la continuidad sobre la innovación, la larga duración sobre el accidente”.
En definitiva, en el decurso de los tres capítulos del libro, donde se recorre buena cantidad de
los principales autores que han escrito sobre el asunto en cuestión -favorables y detractores con
toda la gama de matices intermedios- se deja bien sentado por qué hablar de Renacimiento, con
las características que se le atribuyen, es un sinsentido, una creación historiográfica útil en un
momento para denostar a la Cristiandad, pero que no tiene ni un significado preciso, ni tampoco

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fechas más o menos determinadas que lo sitúen temporalmente. No es más -según el autor-
que una verdadera rémora que deforma nuestra comprensión del pasado, nuestra visión del pre-
sente y nuestra previsión del futuro. Es una obra que será indispensable para cualquier especialis-
ta que se quiera preocupar de la discusión en torno al Humanismo o al Renacimiento y muy Útil
para cualquier lector que quiera dar con las claves adecuadas para entender ese complejo período
que va de finales del siglo XV y recorre todo el XVI, renunciando de una buena vez a todos los
lugares comunes en función de los cuales corrientemente se ha interpretado.

JosÉ LUISWIDOW
LIRA

Lepanto, la historia oculta (Lépante, 1 ’Histoire étoufiee), Jean Dumont, Versión española de
Mónica Ruiz Bremón. Ediciones Encuentro, Madrid, 1999, 215 páginas.

Jean Dumont es un historiador francés que ha sido dado a conocer a los lectores de lengua
española por Ediciones Encuentro: anteriormente, en su colección “Ensayos”, había publicado,
del mismo, La Iglesia ante el reto de la historia (L’Eglise au risque de l’histoire), 1987, y, con
una muy mala traducción del título, El amanecer de los derechos del hombre (La vrai controverse
de Valladolid), 1997. La primera de estas dos obras se divide en dos partes, cuyos respectivos
subtítulos son: La Zglesia, ¿mal histórico? (capítulo primero: “La Iglesia, ¿destructora del Impe-
rio romano y de la cultura antigua?”; capítulo segundo: “La Iglesia, ¿vehículo del ‘mal roma-
no’?’; capítulo tercero: “La Iglesia, ¿opresora de los indios de América?”), y La Iglesia, imaes-
tra de intolerancia? (capítulo primero: “La tolerancia católica y las inquisiciones francesas”;
capítulo segundo: “Las guerras de religión”; capítulo tercero: “La inquisición española”). La
segunda obra es una muy fiel exposición de lo que fue la controversia que, realizada por orden del
emperador Carlos, enfrentó en el Colegio San Gregorio de Valladolid, en 1550 y 1551, a fray
Bartolomé de Las Casas, O.P. con el doctor Ginés de Sepúlveda, sobre la legitimidad de la con-
quista llevada a cabo por España en tierras de indios.
En esta tercera obra, de la cual ahora nos ocupamos, encara Dumont la actitud y las posicio-
nes asumidas por Francia respecto de las guerras sostenidas por las demás naciones de Europa,
particularmente España, los Estados Pontificios, Venecia y el Imperio, contra los turcos, que
amenazaban de manera inmediata y directa, principalmente por sus desembarcos en Italia y por la
conquista de Hungría, la misma subsistencia de la Europa cristiana.
En una primera parte, destinada a relatar los hechos, refiere las acciones de Francisco I que,
de acuerdo a una constante manifestada en ellas mismas, manifiestan la intención de este rey de
aliarse con los turcos para lograr el dominio de Europa occidental: en 1519 alienta la sublevación
de los moriscos de Granada; en 1524 envía a Túnez un embajador para solicitar a los turcos
berberiscos que “susciten problemas al emperador en el reino de Nápoles”; después de la derrota
de Pavía, otra embajada, esta vez dirigida al mismo Solimán el Magnífico, le ruega “que empren-

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da una expedición por tierra y por mar para liberar” al rey de Francia, entonces prisionero en la
torre de los Lujanes de Madrid; otra embajada, enviada a los reinos de Europa oriental, procura
que éstos se aparten de la resistencia común contra los turcos que encabeza el Emperador, propó-
sito que, si bien fracasa en Polonia, tiene éxito en Transilvania, lo cual facilita a Solimán la
decisiva victoria de Mohacs.
La alianza de Francia con los turcos se afianza cada vez más, culminando con el tratado, o
capitulación, de febrero de 1536, que comprende una alianza militar secreta: en septiembre de
ese año Barbarroja, llevando en su nave capitana al embajador francés, saquea e incendia los
pueblos de Calabria. En el año siguiente, lo que da pruebas de la alianza no es sólo la presencia
del embajador francés, sino de la misma flota francesa, la cual, al mando del barón de Saint-
Blancard, se une a las naves de Barbarroja para asolar las islas venecianas, para sitiar Otranto y
saquear La Puglia. En 1543la flota turca descansa en Marsella después de haber saqueado Regio:
allí Barbarroja recibe de Francisco I una “espada de honor”, y desde allí zarpa, junto con la
escuadra francesa dirigida por Paulino de la Garde, para atacar Niza, que entonces era saboyana.
Luego entrega Francisco I a Barbarroja, como puerto de refugio, Tolón, desde el cual éste ataca
las ciudades de las costas mediterráneas de España.
¿Cuál es la causa de esta política constante de Francisco I de favorecer a los turcos a costa de
las otras naciones de la Europa aún cristiana? Dumont señala como principal causa el rencor y
resentimiento de Francisco I por el hecho de haber sido elegido Carlos, y no él, emperador del
Sacro Imperio. A lo cual se agregó la humillante derrota de Pavía y la aún más humillante prisión
en Madrid. Que sean éstas las causas u otras que desconozcamos, no cambian la realidad de los
hechos, en los cuales es claro y persistente el propósito de producir daño a la Cristiandad median-
te la alianza con los turcos, Que el objetivo propio de Francisco I no sea éste, sino el de debilitar
a la Casa de Austria y el de restablecer a Francia en Italia, es otra cosa: el efecto de la política
francesa es aquél, es decir, es una traición formal a la Cristiandad.
La política francesa de alianza con el turco y de hostilidad a la Casa de Austria continúa con
los sucesores de Francisco I, con la excepción de los Últimos años del reinado de Enrique 11. Pero,
muerto éste, la reasume Carlos IX, y se llega así a los días en que el Papa Pi0 V llama a la Cruzada
y se prepara Lepanto. Es éste el punto central sobre el cual se enEoca la exposición de Dumont: su
propósito es explicar por qué fue Francia la única nación católica de Europa que no atendió al
llamado del Papa y que estuvo ausente en el triunfo de Lepanto.
En la segunda parte del libro el autor trata acerca de las justificaciones que se han dado en
Francia de su política turca o pro-islámica, tanto en el orden de los mismos políticos y gobernan-
tes cuanto en el de los historiadores. Analiza la carencia de fundamento real del propósito, enun-
ciado como tal desde Francisco I, de defenderse de la Casa de Austria, por la simple razón de que
ésta nunca tuvo intenciones hostiles que directamente apuntaran a Francia: hubo guerra Única-
mente cuando ésta buscó restablecerse en Italia, o cuando apoyó la subversión en Flandes, o
cuando defendió política y militarmente a la Reforma. Por último, en la tercera parte, el autor
considera cuáles son las consecuencias posteriores, para la misma Francia, de esta constante pro-

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